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UNIÓN CON CRISTO

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UNIÓN CON CRISTO


¿Qué significa estar «en Cristo» o «unido a Cristo»?


EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Todo aspecto de la relación de Dios a los creyentes de alguna manera está conectado a nuestra relación con Cristo. Desde los consejos de Dios en la eternidad pasada antes de que el mundo fuera creado, a nuestra comunión con Cristo en el cielo en la eternidad futura, e incluyendo todo nuestro aspecto de nuestra relación con Dios en esta vida, todo esto ha ocurrido en unión con Cristo. Así que en cierto sentido todo el estudio de la aplicación de la redención se podría incluir en este tema. Sin embargo, Ahora sencillamente podremos resumir las increíbles riquezas de la idea bíblica de la unión con Cristo.

John Murray dice:

La unión con Cristo tiene su fuente en la elección de Dios Padre antes de la fundación del mundo y tiene su cumplimiento en la glorificación de los hijos de Dios. La perspectiva del pueblo de Dios no es estrecha; es amplia y es larga. No está confinada al espacio y el tiempo; tiene la expansión de la eternidad. Su órbita tiene dos enfoques: uno el amor que elige de Dios Padre en los consejos de la eternidad; el otro la glorificación con Cristo en la manifestación de su gloria. El anterior no tiene principio, el segundo no tiene fin.… ¿Por qué el creyente da cabida al pensamiento del consejo determinado de Dios con tanto gozo? ¿Por qué puede tener paciencia en las perplejidades y adversidades del presente? ¿Por qué puede tener seguridad confiada con referencia al futuro y regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios? Es porque no puede pensar en el pasado, presente o futuro aparte de la unión con Cristo.

Podemos definir unión con Cristo como sigue: Unión con Cristo es una frase que se usa para resumir varias relaciones diferentes entre los creyentes y Cristo, por las que los creyentes reciben todo beneficio de la salvación. Estas relaciones influyen el hecho de que estamos en Cristo, Cristo está en nosotros, somos como Cristo, y estamos con Cristo.
Como nuestra definición indica, del material bíblico se pueden especificar cuatro aspectos diferentes de nuestra unión con Cristo. Veremos cada uno de estos cuatro por turno:

1. Estamos en Cristo.
2. Cristo está en nosotros.
3. Somos como Cristo.
4. Estamos con Cristo.3


Estamos en Cristo

La frase «en Cristo» no tiene un solo significado único, sino que se refiere a una variedad de relaciones, como se indica abajo.

1. En el plan eterno de Dios.

Efesios 1:4 nos dice que: Dios nos escogió en Cristo «antes de la creación del mundo». Fue «en Cristo» que «fuimos predestinados … a fin de que nosotros … seamos para alabanza de su gloria» (vv. 1:11–12). Más tarde el «nos salvó y nos llamó por su propia determinación» y debido a la gracia que nos dio «en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo» (2 Ti 1:9).
Puesto que nosotros no existíamos antes de la fundación del mundo, estos versículos indican que Dios, mirando al futuro y sabiendo que existiríamos, nos consideró como que estábamos en una relación especial con Cristo. No nos escogió primero y luego decidió relacionarnos a Cristo. Más bien, al escogernos, al mismo tiempo nos consideró como pertenecientes a Cristo de una manera especial, como estando «en Cristo». Por consiguiente, pensó en nosotros a la larga teniendo el derecho de participar en las bendiciones de la obra de Cristo.

2. Durante la vida de Cristo en la tierra.

En toda la vida de Cristo en la tierra, desde su nacimiento hasta su ascensión al cielo, para Dios nosotros estábamos «en Cristo». Es decir, lo que sea que Cristo hizo como nuestro representante, Dios lo contó como si fuera algo que nosotros hicimos, también. Por supuesto, los creyentes no estaban conscientemente presentes en Cristo, puesto que la mayoría de creyentes todavía no existían cuando Cristo estuvo en la tierra. Tampoco estuvieron los creyentes presentes en Cristo de alguna manera misteriosa, espiritual (como si, por ejemplo, las almas de miles de creyentes estuvieran de alguna manera presentes en el cuerpo de Cristo durante su vida terrenal). Más bien, los creyentes estuvieron presentes en Cristo sólo en los pensamientos de Dios. Dios nos tomó como si también hubiésemos pasado por todo lo que Cristo pasó, porque él fue nuestro representante.
Cuando Jesús obedeció perfectamente a Dios toda su vida, nos consideró como si también hubiéramos obedecido, también. «Por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). Así que Cristo es nuestra fuente de justicia (1 Co 1:30; Flp 3:19).
Debido a que Dios nos consideró como estando «en» Cristo, también pudo considerar que nuestros pecados pertenecían a Cristo: «Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador» (2 Co 5:21), y «el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53:6). Estos fueron pecados que todavía no habíamos cometido, pero Dios sabía de ellos de antemano, y los tomó como si Cristo lo hubiera cometido. Así, fue correcto que Cristo muriera por nuestros pecados. «Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados» (1 P 2:24; vea también Ro 4:25; 1 Co 15:3; Col 2:14; Heb 9:28).
Pero no fue simplemente nuestros pecados lo que Dios tomó como pertenecientes a Cristo, sino nosotros mismos. Cuando Cristo murió, Dios nos tomó como si hubiéramos muerto. Nuestro viejo yo fue «crucificado con él» (Ro 6:6). «He sido crucificado con Cristo» (Gá 2:20). «Uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron» (2 Co 5:14; ver también Ro 6:4–5, 8; 7:4; Col 1:22; 2:12, 20; 3:3; 2 Ti 2:11).
De la misma manera, Dios pensó de nosotros como habiendo sido sepultados con Cristo, con Cristo, resucitados con él, y llevados al cielo con él en gloria. «Y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales» (Ef 2:6; ver también Ro 6:4–11; 1 Co 15:22; Col 2:12–13).
Cuando Cristo volvió al cielo, por consiguiente, ganó para nosotros todas las bendiciones de la salvación. Dios consideró esas bendiciones como legítimamente nuestras, como si nosotros mismos las hubiéramos ganado. De todos modos, están almacenadas para nosotros en el cielo —en la mente de Dios, en realidad, y en Cristo, nuestro representante—, esperando que nos las apliquen personalmente (1 P 1:3–5; Col 3:3–4; Ef 1:3).

3. Durante nuestras vidas ahora.

Una vez que hemos nacido y existimos como personas reales en el mundo, nuestra unión con Cristo ya no puede ser algo simplemente en la mente de Dios. También debemos ser traídos a una relación real con Cristo mediante la cual los beneficios de la salvación los puede aplicar a nuestras vidas el Espíritu Santo. Las riquezas de nuestra vida presente en Cristo se pueden ver desde cuatro perspectivas ligeramente diferentes:

1. Hemos muerto y sido resucitados con Cristo.
2. Tenemos la vida en Cristo
3. Todas nuestras acciones pueden ser hechas en Cristo.
4. Todos los creyentes juntos son un cuerpo en Cristo.

Muerte y resurrección con Cristo:

La muerte, sepultura y resurrección de Jesús ahora tienen efectos reales en nuestras vidas. «Ustedes la recibieron al ser sepultados con él en el bautismo. En él también fueron resucitados mediante la fe en el poder de Dios, quien lo resucitó de entre los muertos» (Col 2:12). Aquí las referencias de Pablo al bautismo y a la fe indican que nuestro morir y resucitar con Cristo tienen lugar en esta vida presente, en el momento en que nos convertimos en creyentes.
Pablo ve esta muerte y resurrección presente con Cristo como una manera de describir y explicar el cambio que el Espíritu Santo produce en nuestro carácter y personalidad cuando nos convertimos en creyentes. Es como si el Espíritu Santo reprodujera la muerte y resurrección de Jesús en nuestras vidas cuando creemos en Cristo. Llegamos a dejar de responder a las presiones, demandas y atracciones de nuestra manera previa y pecadora de vida, al punto que Pablo puede decir que estamos «muertos» a estas influencias, porque hemos muerto con Cristo (Ro 7:6; Gá 2:20; 5:24; 6:14; Col 2:20). Por otro lado, nos hallamos queriendo servir mucho más a Dios, y somos capaces de servirle con mayor poder y éxito, tanto que Pablo dice que estamos «vivos» para Dios, porque hemos sido resucitados con Cristo: «Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva» (Ro 6:4). «De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:11; ver también 1 P 1:3; 2:24). Debido a que morimos y resucitamos con Cristo, tenemos poder para superar más y más el pecado personal (Ro 6:12–14, 19); hemos venido a la «vida» en Cristo (Col 2:10–13); es más, hemos llegado a ser una «nueva creación» en él (2 Co 5:17, con vv. 14–15), y debemos por consiguiente fijar nuestras mentes en las cosas de arriba, en donde está Cristo (Col 3:1–3).

Nueva vida en Cristo:

Estos últimos versículos sugieren una segunda perspectiva de nuestro estar «en Cristo». Podemos pensar no sólo en términos de la obra pasada de Cristo de redención, sino también en términos de su vida presente en el cielo, y su continua posesión de todos los recursos espirituales que necesitamos para vivir la vida cristiana. Puesto que toda bendición espiritual fue ganada por Él y le pertenece a Él, el Nuevo Testamento puede decir que estas bendiciones están «en Él». Así, están disponibles sólo para los que están «en Cristo», y si estamos en Cristo, estas bendiciones son nuestras.
Juan escribe: «Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo» (1 Jn 5:11), y Pablo habla de «la promesa de vida que tenemos en Cristo Jesús» (2 Ti 1:1). Leemos que «en Cristo» hay «la fe y el amor» (1 Ti 1:14; 2 Ti 1:13), «gracia» (2 Ti 2:1), «salvación» (2 Ti 2:10), «todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col 2:3) y las «gloriosas riquezas» de Dios (Flp 4:19). Pablo dice que se debe a la obra de Dios que los creyentes están «unidos a Cristo Jesús» (1 Co 1:30), y que «Dios, … nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo» (Ef 1:3).
Es más, toda etapa de la aplicación de la redención se nos da porque estamos «en Cristo». Es «en Cristo» que somos llamados a salvación (1 Co 7:22), regenerados (Ef 1:3; 2:10), y justificados (Ro 8:1; 2 Co 5:21; Gá 2:17; Ef 1:7; Flp 3:9; Col 1:14). «En Cristo» morimos (1 Ts 4:16; Ap 14:13) y «en él» nuestros cuerpos serán resucitados de nuevo (1 Co 15:22). Estos pasajes sugieren que debido a que nuestras vidas están inseparablemente conectadas con Cristo mismo, el Espíritu Santo nos da todas las bendiciones que Cristo ha ganado.

Todas nuestras acciones pueden ser hechas en Cristo:

Los cambios indicados en nuestras vidas individuales van acompañados por un cambio dramático en el ámbito en que vivimos. Llegar a ser creyente es entrar en lo nuevo de la era venidera, y experimentar hasta cierto grado los nuevos poderes del reino de Dios que afectan toda parte de nuestra vida. Estar «en Cristo» es estar en ese nuevo ámbito que Cristo controla.
Esto quiere decir que toda acción de nuestras vidas puede ser hecha «en Cristo», si se hace en el poder de su reino y de la manera que le rinda honor. Pablo habla la verdad «en Cristo» (Ro 9:1; 2 Co 2:17; 12:19), se enorgullece de su trabajo «en Cristo» (Ro 15:17; 1 Co 15:31), les recuerda a los corintios sus caminos «en Cristo» (1 Co 4:17), espera «en el Señor Jesús» enviar a Timoteo a Filipos (Flp 2:19), se regocija grandemente «en el Señor» (Flp 4:10), y «en el Señor» ordena, ruega y exhorta a otros creyentes (1 Ts 4:1; 2 Ts 3:12; Flm 8). Dice: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Flp 4:13).
Pablo también escribe a los creyentes sobre sus acciones «en Cristo». Les recuerda a los Corintios «que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co 15:58). Es «en el Señor» que los hijos deben obedecer a sus padres (Ef 6:1), las esposas deben someterse a sus esposos (Col 3:18), y los creyentes deben fortalecerse (Ef 6:10), animarse (Flp 2:1), regocijarse (Flp 3:1; 4:4), ponerse de acuerdo (Flp 4:2), estar firmes (Flp 4:1; 1 Ts 3:8), vivir una vida santa (2 Ti 3:12) y tener buena conducta (1 P 3:16). «En el Señor» ellos trabajan arduamente (Ro 16:12), tienen confianza (Flp 1:14) y son aprobados (Ro 16:10). La esperanza de Pablo para los creyentes es que ellos vivan en Cristo: «Por eso, de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, vivan ahora en él, arraigados y edificados en él» (Col 2:6–7). Entonces Pablo conseguirá el objetivo de su vida de «presentarlos a todos perfectos en él» (Col 1:28). Juan, de modo similar, anima a los creyentes a «permanecer en él» (1 Jn 2:28; 3:6, 24), haciendo eco de las palabras de Jesús: «El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto» (Jn 15:5).

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Un cuerpo en Cristo:

No estamos en Cristo simplemente como individuos aislados. Puesto que Cristo es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia (Ef 5:23), todos los que están en unión con Cristo también se relacionan unos a otros en su cuerpo. Esta unión nos hace «un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás» (Ro 12:5; 1 Co 10:17; 12:12–27). Así, «Si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él» (1 Co 12:26). Los vínculos de comunión son tan fuertes que los creyentes pueden casarse sólo «en el Señor» (1 Co 7:39). En este cuerpo de Cristo desaparecen las viejas hostilidades, las divisiones pecaminosas entre personas se derriban, y los criterios del mundo de posición ya no se aplican, porque «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús» (Gá 3:28; cf. Ef 2:13–22).
Debido a que somos un cuerpo en Cristo, iglesias enteras pueden estar «en Cristo» (Gá 1:22; 1 Ts 2:14). Y la iglesia universal, la iglesia constituida de todos los verdaderos creyentes, está colectivamente unida a Cristo como un esposo está unido a su esposa (Ef 5:31–32; 1 Co 6:17). El propósito de Cristo es perfeccionar, limpiar y purificar a la iglesia, para que ella pueda reflejar más completamente lo que él es y por ello darle gloria (Ef 5:25–27).
Sin embargo, se usa otra metáfora en 1 Pedro 2:4–5, en donde se dice que los creyentes, al acercarse a Cristo, son como piedras vivas, edificados en una casa espiritual (ver también Ef 2:20–22). De este modo, están unificados y para siempre dependientes unos de otros, así como las piedras de un edificio están unidas unas a otras y dependen unas de otras.
Pero la analogía más audaz la usa Jesús, que ora por los creyentes «para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros» (Jn 17:21). Aquí Jesús ora que nuestra unidad será como la unidad perfecta entre el Padre y el hijo en la Trinidad. Esto es un recordatorio para nosotros de que nuestra unidad debe ser eterna y perfectamente armoniosa (como lo es la unidad de Dios).
Pero esta analogía con los miembros de la Trinidad es muy importante por otra razón: nos advierte que no pensemos que la unión con Cristo en algún momento se tragará nuestras personalidades individuales. Aunque Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen unidad perfecta y eterna, sin embargo permanecen como personas distintas. De la misma manera, aunque un día alcanzaremos unidad perfecta con otros creyentes y con Cristo, sin embargo para siempre permaneceremos personas distintas por igual, con nuestros dones, capacidades, intereses, responsabilidades, círculos de relaciones personales, preferencias, y deseos individuales.


Cristo está en nosotros

Jesús habló de una segunda clase de relación cuando dijo: «El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto» (Jn 15:5). No es sólo verdad que estamos en Cristo; él también está en nosotros, dándonos poder para vivir la vida cristiana. «He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí» (Gá 2:20). El factor que determina si alguien es creyente es si Cristo está en él (Ro 8:10; 2 Co 13:5; Ap 3:20). El plan sabio de Dios, escondido como misterio por generaciones, fue salvar a gentiles tanto como a judíos. Por consiguiente, Pablo puede decirles a sus lectores gentiles que el misterio de Dios es «Cristo en ustedes, la esperanza de gloria» (Col 1:27).
Es importante mantener, en base a estos versículos, que hay un morar real y personal de Cristo en nosotros, y que esto no quiere decir que meramente convenimos con Cristo o que sus ideas que están en nosotros. Más bien, él está en nosotros y permanece en nosotros por fe (Ef 3:17; 2 Co 13:5).4 Soslayar esta verdad sería descuidar la gran fuente de fuerza espiritual que tenemos dentro de nosotros (1 Jn 4:4). Recordarla destruye nuestro orgullo, nos da un sentimiento constante de honda dependencia en Cristo, y nos da gran confianza, no en nosotros mismos, sino en Cristo obrando en nosotros (Gá 2:20; Ro 15:18; Flp 4:13).
Este morar de Cristo afecta nuestra respuesta a los necesitados. Lo que sea que hagamos para ayudar a un hermano o hermana en Cristo, lo hacemos a Cristo (Mt 25:40). Guardar los mandamientos de Jesús es una indicación de que él está en nosotros, y el Espíritu Santo también nos da testimonio de que Cristo está en nosotros (1 Jn 3:24).


Somos como Cristo

Un tercer aspecto de unión con Cristo es nuestra imitación de él. «Imítenme a mí, como yo imito a Cristo», escribe Pablo (1 Co 11:1). Juan nos recuerda: «El que afirma que permanece en él, debe vivir como él vivió» (1 Jn 2:6). Así que la unión con Cristo implica que debemos imitar a Cristo. Nuestras vidas deben reflejar lo que fue su vida al punto de darle honor en todo lo que hacemos (Flp 1:20).
De este modo, el Nuevo Testamento muestra la vida cristiana como una de procurar imitar a Cristo en todas nuestras acciones. «Por tanto, acéptense mutuamente, así como Cristo los aceptó a ustedes» (Ro 15:7). «Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia» (Ef 5:25). «Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes» (Col 3:13). «Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3:16). En todas nuestras vidas debemos correr la carrera que tenemos por delante, fijando «la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe» (Heb 12:2; ver también Ef 5:2; Flp 2:5–11; 1 Ts 1:6; 1 Jn 3:7; 4:17). En contraste, desobedecer a Cristo es exponerlo a la vergüenza pública (Heb 6:6).
Nuestra imitación de Cristo se evidencia especialmente en el sufrimiento. Los cristianos son llamados a enfrentar con paciencia el sufrimiento, «porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos» (1 P 2:21). La meta de Pablo es «participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte» (Flp 3:10; ver también 2 Co 1:5; 4:8–11; Heb 12:3; 1 P 4:13).
Todavía más, nuestro sufrimiento se conecta con participar en la gloria de Cristo cuando él vuelva: «pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria» (Ro 8:17). Esto probablemente se debe a que es mediante el sufrimiento y la dificultad que Dios nos hace más semejantes a Cristo y nos hace crecer a la madurez en Cristo. (Stg 1:2–4; Heb 5:8–9). También, puesto que Cristo obedeció perfectamente a su Padre aun frente a gran sufrimiento, lo mismo nuestra obediencia, confianza y paciencia en el sufrimiento muestra más completamente cómo es Cristo, y también le da más honor a él. Nos da gran consuelo saber que sólo estamos experimentando lo que él ya ha experimentado, y que por consiguiente comprende lo que estamos atravesando, y escucha con simpatía nuestras oraciones (Heb 2:18; 4:15–16; 12:11). Como resultado de una vida de obediencia podemos participar de la gloria de Cristo: «Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono, como también yo vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3:21).
No se debe pensar que nuestra imitación de Cristo es solo hacer mímica de las acciones de Jesús, sin embargo. El propósito más hondo es que al imitarle estamos llegando a ser más y más semejantes a él: cuando actuamos como Cristo llegamos a ser como Cristo. Crecemos en madurez en Cristo (Ef 4:13, 15) conforme «somos transformados a su semejanza con más y más gloria» (2 Co 3:18). El resultado final es que llegaremos a ser perfectamente como Cristo, porque Dios nos ha predestinado «a ser transformados según la imagen de su Hijo» (Ro 8:29; 1 Co 15:49), y «cuando Cristo venga seremos semejantes a él» (1 Jn 3:2). Cuando esto suceda, Cristo será plenamente glorificado en nosotros (2 Ts 1:10–12; Jn 17:10).
Sin embargo, en todo esto nunca perdemos nuestra personalidad individual. Llegamos a ser perfectamente como Cristo, pero no nos convertimos en Cristo ni somos absorbidos en Cristo, ni nos perdemos para siempre como individuos. Más bien, es como individuos reales que seremos conocidos como somos conocidos (1 Co 13:12); y somos nosotros los que le veremos tal como él es (1 Jn 3:2); somos nosotros los que le adoraremos, y veremos su cara, y tendremos su nombre en nuestras frentes, y reinaremos con él para siempre jamás (Ap 22:3–5).
Tal como el Padre, Hijo y Espíritu Santo son exactamente uno como otro en carácter (Jn 14:7, 9), y sin embargo siguen siendo personas distintas, así nosotros podemos llegar a ser más y más como Cristo y seguir siendo individuos distintos con diferentes dones y diferentes funciones (Ef 4:15–16; 1 Co 12:4–27). Es más, mientras más llegamos a ser como Cristo, más llegamos a ser verdaderamente nosotros mismos (Mt 10:39; Jn 10:3; Ap 2:17; Sal 37:4). Si nos olvidamos esto tendemos a descuidar la diversidad de dones de la iglesia, y a querer que todos sean exactamente como nosotros mismos. También tendemos a negar toda importancia última para nosotros mismos como individuos. Una perspectiva bíblica apropiada permitirá a todo creyente decir no solamente: «Nosotros los creyentes somos importantes para Cristo», sino también: «Yo soy importante para Cristo: él sabe mi nombre, él me llama por mi nombre, él me da un nuevo nombre que es sólo mío» (Jn 10:3; Ap 2:17).


Estamos con Cristo

1. Comunión personal con Cristo. Otro aspecto de la unión con Cristo tiene que ver con nuestra comunión personal con él. Hay escasa diferencia si decimos que estamos con Cristo o que Cristo está en nosotros, porque ambas frases representan la misma verdad. Cristo prometió: «donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20), y: «estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mt 28:20). De nuevo, puesto que el cuerpo humano de Jesús ascendió al cielo (Jn 16:7; 17:11; Hch 1:9–11), estos versículos deben hablar de su naturaleza divina estando presente con nosotros. Sin embargo es todavía una presencia muy personal, en la cual nosotros obramos junto con Cristo (2 Co 6:1), le conocemos (Flp 3:8, 10), él nos consuela (2 Ts 2:16–17), él nos enseña (Mt 11:29), y vivimos todas nuestras vidas en su presencia (2 Co 2:10; 1 Ti 5:21; 6:13–14; 2 Ti 4:1). Llegar a ser creyente es ser «llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor» (1 Co 1:9). Sin embargo esta comunión puede variar en intensidad, puesto que la bendición de Pablo a los creyentes: «El Señor sea con todos ustedes» (2 Ts 3:16; cf. 2 Ti 4:22) puede expresar solamente una esperanza para una comunión todavía más íntima con Cristo y una consciencia más honda de su presencia.
Todavía más, en cierto sentido todavía imperceptible para nosotros, cuando venimos a adorar ahora venimos al mismo cielo, «a millares y millares de ángeles, a una asamblea gozosa, a la iglesia de los primogénitos inscritos en el cielo. Se han acercado a Dios, el juez de todos; a los espíritus de los justos que han llegado a la perfección; a Jesús, el mediador de un nuevo pacto» (Heb 12:22–24). Esta participación en la adoración celestial es lo que el credo de los apóstoles llama la «comunión de los santos», y lo que el himno familiar llama «comunión mística y dulce con aquellos cuyo descanso se ha ganado».5 Hebreos 12 no parece sugerir que nos percatamos conscientemente de estar en la presencia de la asamblea celestial, sino que puede indicar que los que ahora están en el cielo presencian nuestra adoración y se regocijan en ella, y ciertamente implica que podemos tener una consciencia gozosa de que nuestra alabanza está siendo oída en el templo de Dios en el cielo.
En todas nuestras oraciones ahora nos oye Jesús y tenemos comunión con él (1 Jn 1:03), nuestro gran sumo sacerdote, que ha entrado «en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro» (Heb 9:24; 4:16). Nuestra comunión con él será más grande todavía cuando muramos (2 Co 5:8; Flp 1:23; 1 Ts 5:10), e incluso mayor todavía cuando Cristo vuelva (1 Ts 4:17; 1 Jn 3:2). Nos da gran gozo saber que Cristo en realidad desea tenernos con él (Jn 17:24).
Nuestra comunión con Cristo también nos lleva a comunión unos con otros. Juan escribe: «Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1:3).

2. Unión con el Padre y con el Espíritu Santo. Este último versículo sugiere un aspecto final de la unión con Cristo. Debido a que estamos en unión con Cristo en estas varias relaciones, también somos llevados a unión con el Padre y con el Espíritu Santo. Estamos en el Padre (Jn 17:21; 1 Ts 1:1; 2 Ts 1:1; 1 Jn 2:24; 4:15–16; 5:20) y en el Espíritu Santo (Ro 8:9; 1 Co 3:16; 6:19; 2 Ti 1:14). El Padre está en nosotros (Jn 14:23) y el Espíritu Santo está en nosotros (Ro 8:9, 11). Somos como el Padre (Mt 5:44–45, 48; Ef 4:3; Col 3:10; 1 P 1:15–16) y como el Espíritu Santo (Ro 8:4–6; Gá 5:22–23; Jn 16:13). Tenemos comunión con el Padre (1 Jn 1:3; Mt 6:9; 2 Co 6:16–18) y con el Espíritu Santo (Ro 8:16; Hch 15:28; 2 Co 13:14; Ef 4:30).
Estas relaciones adicionales no se amalgaman en un éxtasis sin distinción y místico, sin embargo. Ahora y en la eternidad nos relacionamos al Padre en su papel distinto como nuestro Padre celestial, al Hijo en su papel distinto como nuestro Salvador y Señor, y al Espíritu Santo en su papel distinto como el Espíritu que nos fortalece y continuamente nos aplica todos los beneficios de nuestra salvación.


PREGUNTAS PARA APLICACIÓN PERSONAL

1. Antes de leer este capítulo, ¿había pensado usted de sí mismo como estando unido con Cristo desde el punto en que Dios lo escogió desde antes de la fundación del mundo al punto de ir a estar con él para siempre en el cielo? ¿Cómo cambia esta idea la forma en que usted piensa de sí mismo y de su propia vida? ¿Cómo afecta esto la manera en que usted piensa en las dificultades que tal vez pueda estar atravesando en este tiempo? ¿De qué maneras las ideas de haber muerto con Cristo y haber sido resucitado con él pueden ser un estímulo en sus esfuerzos presentes de vencer el pecado que permanece en su vida?

2. ¿Ha pensado usted previamente en hacer «en Cristo» las acciones que hace todos los días (ver Flp 4:13)? Si pensara en leer «en Cristo» lo que está leyendo este momento, ¿cómo cambiaría eso su actitud o perspectiva? ¿Qué diferencia habría al pensar en hacer su trabajo diario «en Cristo»? ¿Qué tal en cuanto a las conversaciones que sostiene con amigos o parientes? ¿O comer, o incluso dormir?

3. ¿Cómo puede la idea de unión con Cristo aumentar su amor y comunión con otros creyentes, tanto en su iglesia como los de otras iglesias?

4. ¿Se percata en su vida día tras día de que Cristo vive en usted (Gá 2:20)? ¿Qué cambiaría en su vida si tuviera una consciencia más fuerte de que Cristo vive en usted todo el día?

5. Por uno o dos días, trate de leer alguna sección de los Evangelios y pregúntese cómo podría imitar mejor a Cristo en su propia vida. ¿Qué efecto tendría en su vida la idea de seguir los pasos de Cristo (1 P 1:21) y de andar como él anduvo (1 Jn 2:6)?

6. ¿Puede usted mencionar algunos momentos en sus vidas cuando percibió una comunión personal íntima con Cristo? ¿Cómo han sido esas ocasiones? ¿Puede pensar en algo que le llevó a esa comunión íntima con Cristo? ¿Qué puede hacer para aumentar la intensidad de su comunión diaria con Cristo?

7. En su experiencia personal, ¿se relaciona en forma diferente con Dios Padre, con Jesucristo, y con el Espíritu Santo? ¿Puede describir esas diferencias, si acaso hay alguna?

 

 

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