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Una puerta llamada divorcio

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Una puerta llamada divorcio

CUANDO SE TOMAN DECISIONES DIFÍCILES

Ante la idea de un divorcio, las cosas se tornan diferentes. Quien desea tomar una decisión como esta en medio de una situación tan emocional, corre el riesgo de enfocar su pensamiento casi exclusivamente en sus anhelos, intereses y deseos. No va a penar en los otros miembros de la familia. Esto es peligroso, sobre todo cuando existen hijos de por medio.

Sin dudas, el divorcio es una opción cuando existe una relación absolutamente destructiva en la que los adultos y los niños sufrirían más que si se mantiene el matrimonio. No obstante a eso, es indispensable pensar que usted se encuentra frente a una decisión que le afectará para siempre. Alterará todas las áreas de su vida y a todas las personas que están involucradas en ella. La Biblia nos anima a tomar en serio nuestras decisiones y a calcular los costos antes de meternos en un proyecto. Y, por supuesto, la decisión del divorcio no es una excepción (Lucas 14:28–32).

Existen preguntas serias que deben realizarse. En primer lugar, pregúntese: ¿Cómo afectará el divorcio a mi vida? Debe comprender que le afectará emocional y físicamente.

Es posible que en este mismo instante esté sufriendo los estragos de la tensión nerviosa que experimenta. ¿Está absolutamente seguro, está realmente convencido que su vida será mejor después del divorcio? ¿Está su decisión apoyada por la Palabra de Dios? ¿Qué pensará Dios de su situación? Todo el que cree a Dios y quiere vivir bajo los valores divinos debe hacerse estas preguntas. ¿Ha pensado que el divorcio afectará también su situación económica? Es obvio que en la decisión del divorcio no debe influir el beneficio ni el retroceso económico que se experimente. Sin embargo, esto es algo que debe considerarse en la decisión a fin de que ninguno de los dos cónyuges salga perjudicado innecesariamente.

¿Ha pensado cómo el divorcio afectará a sus hijos? Existe información que señala que los hijos de los padres divorciados son más propensos al suicidio, pasan más tiempo en la cárcel o tienen más problemas de comportamiento. Tienen menos defensa ante enfermedades físicas y mentales. Por lo general, los hijos de padres divorciados están en medio de dos padres que consciente o inconscientemente, agresiva o sutilmente, luchan por recibir el apoyo emocional y obtener la mayor parte del tiempo de sus hijos. Es muy común que directa o indirectamente los padres exijan que los niños tomen partido por uno de los dos y eso es precisamente lo que los hijos no desean.

En el caso de que ambos sean cristianos y asistan a la misma congregación, tengan amigos cercanos comunes o gocen de buenas relaciones interpersonales con la familia de su cónyuge, también se llevará a efecto un divorcio con algunos o todos ellos. Además, en el caso de que se divorcie y tenga la posibilidad de un nuevo matrimonio, las estadísticas le dicen que contará con menos de treinta por ciento de posibilidades de que su nuevo matrimonio sobreviva cinco años o más, y que en el tercer matrimonio solo tendrá quince por ciento de posibilidades de tener éxito.



Sugerencias que le ayudarán


Si después de leer lo anterior ha llegado a la conclusión que mi intención es desanimarle y que no logre rápidamente su meta de conseguir el divorcio, está en lo cierto. Mi intención es desanimar a todos aquellos, y generalmente son la mayoría, que buscan el divorcio como un medio de escape de una situación que puede ser difícil pero no imposible de solucionar.

Sin embargo, también estoy consciente de que existen relaciones conyugales que no deberían continuar ni un minuto más. Si su situación está dentro de los límites bíblicos que permiten la separación y el divorcio, y realmente se encuentra en peligro, es muy posible que no sepa qué hacer. A fin de ayudarle, tengo algunas sugerencias que le guiarán a seguir un camino cristiano y con gran responsabilidad. Solo quiero orientarlo para que encuentre la salida que le brinda la Palabra de Dios a quienes se encuentran en necesidad de restauración.

Salida a situaciones insostenibles. Cuando la falta de armonía sustituye a la armonía, cuando el maltrato suple al cariño, cuando la lujuria y el adulterio suplantan el amor genuino y la intimidad integral, cuando el abandono cambió la unidad y la convivencia, cuando se rompieron los compromisos y otras personas o cosas se interponen en la relación conyugal, la separación y el divorcio sustituyeron al matrimonio. Dios no desea el divorcio. Tampoco el cónyuge que anhela cambiar y seguir los principios divinos. No obstante, sí lo es de quien se rebela contra la voluntad y los mandatos divinos. Cuando la disposición a escuchar a Dios y a sus seres queridos se ha sustituido por la «dureza de corazón», y la necedad y el pecado han corrompido el plan divino perfecto y limpio, la salida de esa relación enferma y esclavizante es el divorcio.

Suponga que ha ahorrado el suficiente dinero para construir una piscina. Se reúne con el constructor y discuten acerca de cuáles son sus gustos y preferencias. Se firma el contrato y todo marcha de acuerdo a lo planificado. Se comienza la construcción, se usan todos los materiales acordados y finalmente se termina el trabajo. Usted lo recibe satisfecho y paga todo lo que debe. Entonces usted llena la piscina y pasado un tiempo se da cuenta que el agua ya no está cristalina. Se ha vuelto de color verde y despide un terrible mal olor. No esperaba que eso ocurriera. Eso no estaba en sus planes. Lo que quería era agua limpia y cristalina para disfrutar de los beneficios de la piscina que construyó porque ese sí era su plan original. Sin embargo, el enemigo vino sin invitación. Tal vez no se preocupó de darle el mantenimiento apropiado. Los gérmenes la inundaron y dañaron aquello que tenía un buen propósito y que tenía todo para cumplir con su propósito.

Mientras más tiempo dejamos al enemigo allí, más putrefacta se torna el agua. Este es el momento de tomar una decisión. Al pensar y evaluar la situación tiene frente a si algunas opciones. Cubre toda la piscina con tierra y cemento y se olvida de ella, o decide poner todos los químicos necesarios para iniciar un pronto proceso de purificación. Rápidamente debe poner cloro. Por su poder destructivo, este quemará sus ojos, su piel y su traje de baño cada vez que decida nadar. Es una medida extrema, es una medida en la que inevitablemente sufrirá consecuencias, pero es absolutamente necesaria.

Este proceso lo he notado también en mi relación con el dolor que experimentan los que ven cómo se destruyen sus matrimonios. La putrefacción es el resultado de la invasión de gérmenes. Así como el agua de la piscina terminó corrompida, de la misma manera ha ocurrido con muchas relaciones matrimoniales. Es lamentable, pero el pecado ha invadido la vida matrimonial y aunque el plan de Dios es perfecto, el pecado ha corrompido esta relación.

Creo que existe un paralelismo entre lo que ocurrió en el Antiguo Testamento con el pueblo de Israel y lo que pasó con la Iglesia en el Nuevo Testamento. Moisés permitió el divorcio cuando el ideal de Dios para el matrimonio de lo judíos no se cumplía. Dios quería que se mantuviera la distinción de la nación judía.

Cuando el matrimonio es una relación putrefacta donde se han metido gérmenes y uno de los cónyuges no está dispuesto a pasar por todo el proceso de eliminación de las impurezas, el divorcio permite que se mantengan algunos de los distintivos de un hogar que modela el carácter de Dios. Se pierden algunas marcas del ideal, pero no se mantiene el proceso de corrupción y destrucción.

En estos casos el divorcio llega a ser una forma de salvar el distintivo de un creyente, a pesar de que esta nunca fue la intención original de Dios. Se permite a fin de que el pecado no llegue a proporciones insostenibles.

Conforme a lo que la Palabra de Dios enseña, cuando existe adulterio o abandono, el creyente no está obligado a permanecer en un ambiente peligroso para su salud espiritual, física y emocional. El creyente en esas circunstancias puede divorciarse y lo hace apoyado en las bases bíblicas que están a su disposición. Debe realizarlo con el respeto que es propio de cualquier determinación que tome el cristiano, por difícil y dolorosa que esta sea. El creyente tiene el llamado a responder con sabiduría y, tanto en palabras como en conducta, debe actuar con dignidad.

La manera de proceder del creyente debe ser tal, que corresponda a las acciones de un hijo de Dios. Debe tener el propósito de que una vez separado del cónyuge que está en pecado, pueda vivir para la gloria de Dios y que le permita su desarrollo normal como un individuo en una relación saludable. El cristiano debe tener como meta que cuando ocurra la separación de su vínculo pecaminoso y/o destructivo, vivirá de tal forma que su vida será productiva y un aporte no solo a la familia, sino a la iglesia y a toda la comunidad.

Liberación del yugo destructivo. A través del divorcio, el creyente tiene un camino que le libera de la esclavitud de ese yugo destructivo. Por tanto, en su vida y familia, Dios volverá a recibir la gloria que se le estaba quitando. La comunidad no cristiana observará la conducta y el testimonio apropiado del creyente y recibirá en ella a alguien productivo. Con el divorcio, el no creyente que anhelaba seguir en pecado tendrá la libertad de vivir conforme a sus deseos pecaminosos. Sin embargo, ahora no seguirá afectando la vida de quien estaba obligado a permanecer a su lado por el vínculo matrimonial existente. Si esa es su situación, creo que debe tomar medidas radicales y decisiones importantes para el futuro de su vida.

Determinaciones radicales. Cuando las personas casadas se encuentran en situaciones tan difíciles, en que al menos uno de los cónyuges realmente vive una situación insoportable, es necesario tomar determinaciones radicales. Las determinaciones para poder enfrentar a tiempo y con éxito una situación verdaderamente conflictiva no deben postergarse. De ellas dependen la sanidad emocional del individuo o la destrucción de este.

Quizás algunos recuerden la historia de los deportistas uruguayos que cayeron en la cordillera de los Andes, en Chile, cuando viajaban en un avión para cumplir un compromiso deportivo. El avión cayó en una montaña muy nevada. Debido a que el techo del avión estaba pintado de color blanco, las patrullas de rescate no lo podían divisar. Para enfrentar las duras circunstancias que no buscaron, estos jóvenes tuvieron que tomar una decisión radical. Morir de hambre y frío o sobrevivir comiendo carne de sus compañeros muertos. Por supuesto que su decisión fue seguir viviendo y para ello tuvieron que hacer lo que nunca habían hecho. Debían comer carne humana. Solo esa acción les permitiría mantenerse con vida. Sin duda fue una decisión difícil, horrible, pero absolutamente necesaria para la supervivencia.

Hay momentos en que los matrimonios llegan a situaciones tan terriblemente complicadas, que el intento de obviar la situación o no buscar soluciones lo único que conseguirá es lesionar espiritual, emocional y físicamente a ambos cónyuges.

Como es natural, los consejeros cristianos tratamos de evitar por todos los medios adecuados que ocurra el divorcio. Sin embargo, los que ven que poco a poco se acerca la muerte de su relación conyugal, deben tomar una decisión tan radical como la que enfrentaron los jóvenes uruguayos. La situación complicada que vivieron evidentemente indicaba que era necesario actuar de inmediato. Las circunstancias eran propicias para la destrucción. El techo del avión blanco no permitía a las patrullas de rescate reconocer donde se encontraban. Pasaban los días y no tenían ninguna relación con otros seres humanos. No tenían forma de comunicarse. Sus medios de comunicación estaban destruidos. Se terminaron los alimentos, el frío los congelaba lentamente, el tiempo seguía su marcha y no encontraban ninguna otra solución. En tales circunstancias era necesario actuar, hacer lo que nunca antes hicieron, lo que nunca esperaron, lo que no planificaron, lo que no deseaban, pero que era indispensable.

De la misma manera hay matrimonios que viven situaciones demasiado peligrosas como para permanecer impávidos. Hay momentos en que las líneas de comunicación están del todo destruidas. El matrimonio muere lentamente y los cónyuges se destruyen en forma paulatina pero constante. Ese es el momento oportuno para determinar hacer cosas que nunca antes pensaron y que nunca planificaron, pero que deben llevarse a cabo pues, si deciden mantenerse en esa condición, no les espera un final adecuado.

La buena orientación. Es lamentable, pero algunas personas deciden rechazar toda ayuda cuando más la necesitan. Cuando los matrimonios se encuentran en estas circunstancias, hay pocos cónyuges que buscan la orientación necesaria a pesar de que ese es el momento propicio para hacerlo. Existen otros, que ante la terrible presión que soportan, deciden buscar consejeros, pastores, sicólogos o siquiatras.

Algunos que, al pasar por el proceso de asesoramiento, requieren cambios indispensables para la normalización de la relación interpersonal, demuestran que no están dispuestos o no tienen la capacidad para realizarlos. Sin embargo, también existen quienes comprenden su situación crítica y con paciencia y humildad determinan dar todos los pasos necesarios para realizar los cambios requeridos. Estos son los que juntos, y como pareja, tienen la posibilidad de conquistar con éxito una buena relación matrimonial.

Muchas veces sucede que las parejas en el proceso de asesoramiento comienzan a ver de inmediato ciertos resultados, a pesar de que el consejo apenas ha tocado ciertas áreas superficiales. Es entonces que las parejas al notar que comprenden mejor la situación, deciden valerse por sí mismas, abandonan el asesoramiento y siguen tratando su conflicto con las pocas herramientas adquiridas. Por supuesto, esa es una decisión inadecuada, pues el problema real es mucho más profundo que lo que los cónyuges se imaginan.

La buena orientación, en el momento oportuno, será determinante para el futuro de una sana relación.

Los cambios necesarios. Cuando las parejas buscan ayuda por encontrarse en circunstancias difíciles, como consejero debo ayudar para que sean capaces de realizar los cambios necesarios que permitan una vida conyugal saludable. Por lo general, pido que dediquen tiempo a la persona amada y que pasen juntos, como pareja, conversando con franqueza. Siempre que es necesario, solicito que cambien sus hábitos sexuales, de trabajo e incluso que cambien su forma de comunicarse. Por supuesto, estos consejos son útiles y pueden ayudar a restablecer la comunicación rota o permitir el inicio de un proceso de comprensión entre dos personas heridas y decepcionadas. No obstante, llevar a la práctica acciones que en el pasado voluntaria o involuntariamente se han pasado por alto, requiere de determinaciones radicales. Lo radical del compromiso a cambiar otorga la posibilidad de salvar el matrimonio que está muriendo.

El respeto mutuo. En muchos casos las personas tienen una relación inadecuada debido a la forma en que cada una de ellas comienza a percibirse. El mal comportamiento hiere a la otra persona y llega a perderse el respeto mutuo. Es necesario recordar que la forma en que una persona se comporta cada día está directamente relacionada con el respeto o la falta de respeto que existe entre los cónyuges. Los empleados actúan de acuerdo a cómo respetan a sus empleadores. Los hijos de acuerdo al respeto que tienen de sus padres y viceversa. La naciones coexisten en armonía o discrepancia en dependencia del respeto mutuo que se tienen. Las relaciones matrimoniales no son una excepción. También en ellas es esencial el respeto mutuo.

Una de las cosas más importantes que hacemos los consejeros para tratar de resucitar una relación muerta es tratar que, con la ayuda de Dios y al tener un cambio de percepción y de valores, las personas aprendan a respetarse de la forma descrita en la Palabra del Señor. Los matrimonios, cuyos integrantes tienen un profundo respeto mutuo, pueden hacer todos los cambios que sean necesarios. Sin embargo, existen situaciones excepcionales en que uno o ambos cónyuges han elegido el camino del pecado y ningún consejo les motivará a determinar abandonar el pecado. En esos casos, el cónyuge inocente no tiene obligación de permanecer en esa relación matrimonial.

Hormachea, D. (1997). Una puerta llamada divorcio (pp. 54–62). Nashville, Tennessee: Caribe-Betania.

 

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