Madrid, España

¿UNA HISTORIA DE CINCO REYES?

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¿UNA HISTORIA DE CINCO REYES?

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¿UNA HISTORIA DE CINCO REYES?

¿Recuerdas, cuando eras niño, la inmensa alegría de la Navidad? La noche antes de recibir tus regalos no podías ni siquiera dormir de pura emoción. Pero ha pasado el tiempo, te vas haciendo mayor y algo de la ilusión de aquellos años se te ha desvanecido. La  inocencia que tenías en la infancia se te ha teñido de escepticismo. La vida se te ha vuelto más seria, más preocupante. Cada Navidad que pasa te recuerda que la vida es corta. ¡Una Navidad más es una Navidad menos! Las fiestas aun te proporcionan cierta satisfacción, porque al menos son un alivio de la rutina diaria del trabajo. Pero justamente con la paga extraordinaria llegan los gastos extraordinarios. Si acaso, la ilusión que buscas ahora no es para ti sino para tus hijos, tus nietos o tus sobrinos.

Sin embargo, no hay razón por la que no podamos disfrutar más y más de la Navidad con cada año que pasa. A fin de cuentas cuando Jesús nació en Belén hace dos mil años nadie tuvo mayor alegría por su nacimiento que los dos ancianos, Simeón y Ana.

¿Qué es la Navidad? Es la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, el recuerdo del hecho más trascendente de toda la historia: Dios se hizo hombre a fin de traer salvación a una humanidad perdida. El secreto de disfrutar la Navidad, este año más que nunca, y con alegría creciente hasta la vejez y la muerte, está en conocer auténticamente la salvación que Jesús vino a traernos.

Muchos celebran la Navidad sin pensar siquiera en Él. Su nacimiento no es más que un pretexto para la diversión. Lo pasan bien mientras dura la fiesta; después sólo les queda nuevamente la insatisfacción y el vacío.
Cuando nuestra celebración social corresponde a una realidad espiritual, cuando la razón por la que Jesús ha nacido se ha cumplido en nosotros, cuando el Niño que nació en Belén es nuestro verdadero Salvador personal, entonces la felicidad de la Navidad no mengua con el transcurso de los años, sino que va en aumento. Cada año que pasa no representa el acercamiento del fin, sino el cumplimiento pleno de la salvación, que es la esencia misma de la Navidad.

A fin de ayudarnos a descubrir el verdadero significado de la Navidad, y con él la posibilidad de celebrarla como nunca, vamos a intentar ponernos en la situación de los primeros gentiles que fueron a visitar al Niño Jesús. Me refiero a los «Magos», cuyo viaje y encuentro con Él son descritos para nosotros por el apóstol Mateo al principio de su Evangelio. La mayoría de mis lectores también serán gentiles. Es apropiado pues que nos identifiquemos con los Magos, porque fueron los primeros no judíos que conocieron a Jesús.
Y cuando se encontraron con Él, el texto bíblico nos dice que experimentaron un gozo inmenso. Es porque creo que ese mismo gozo puede ser el patrimonio de todos nosotros, y porque deseo que mis lectores lo reciban como su mejor «regalo de Navidad» de parte de Jesucristo, que he escrito este libro. No tiene otro propósito, pues, que el de ayudarnos a comprender la Navidad, para que la celebremos con más alegría que nunca.

¿una historia de cinco reyes?

VERDADES Y LEYENDAS

Como cada año, el día 6 de Enero, la cristiandad celebra el llamado «Día de los Reyes Magos». En nuestra Barcelona los tres Reyes, el blanco, el rubio y el negro, llegan por mar al puerto, acompañados de sus respectivos pajes. Forman una cabalgata por las calles de la ciudad y durante la noche se encargan de distribuir los regalos a todos los niños. ¡Al menos esto es lo que se supone!
Todo muy entrañable, pero poco tiene que ver con la realidad histórica que dio origen a esta celebración. La Biblia nos cuenta la visita de estos personajes al niño Jesús. Esta narración es importante por su revelación de ciertas verdades espirituales de gran trascendencia y de absoluta vigencia para nuestra fe cristiana. Pero si vamos a poder entenderlas, primero tendremos que quitar de en medio la acumulación de leyendas que han ahogado los hechos históricos. Lejos de «desmitificar» el texto bíblico (como algunos quieren) habremos de utilizar la Biblia para desmitificar el folklore.
A expensas, pues, de estropear para algunos una fiesta popular, veamos quiénes eran estos personajes y lo que hicieron según el único texto contemporáneo que tenemos (y por lo tanto el único documento al respecto que tiene valor histórico). Me refiero, por supuesto, al Evangelio según San Mateo.
Al leer este texto en seguida se desvanecen muchos de los detalles de la fiesta más acreditados por la tradición:
—Resulta ser que los «Reyes Magos» no son reyes. Al menos no hay nada en el texto que indique su naturaleza regia. Lo más probable es que, en algún momento de la historia de la iglesia, alguién identificó la historia de los magos con una profecía acerca del rey Salomón:

«Ante él se postrarán los moradores del desierto, y sus enemigos lamerán el polvo. Los reyes de Tarsis y de las costas, traerán presentes; los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones. Todos los reyes se postrarán delante de él; todas las naciones le servirán». (Salmo 72:9–11)

                                                           La navidad

Difícilmente este salmo puede ser aplicado a Jesucristo en su primera venida. Y desde luego, iría contra toda lógica histórica pensar que tres reyes pudiesen abandonar sus responsabilidades reales y emprender un viaje por el desierto para visitar a un niño recién nacido. No. Estos hombres no eran reyes.
— Ni siquiera eran magos, en el sentido popular de la palabra, sino astrólogos. No tenían poderes especiales de obrar milagros, ni realizar trucos de prestidigitación, se dedicaban a estudiar e interpretar los movimientos de las estrellas. Si la cristiandad se empeña en mantener la fiesta del 6 de Enero, en honor a la exactitud histórica debería llamarla el «Día de los Astrólogos». Pero ya sabemos que sería vano proponer el cambio: el pueblo acaricia sus mitos, aunque sean fraudulentos, y los mantendrá contra todo lo que digan los historiadores y teólogos.
— Tampoco sabemos si eran tres. Es posible que sí, porque entregaron a Jesús tres regalos. Pero el texto no lo dice. De hecho existía una tradición en las iglesias antiguas de Siria de que no eran tres ¡sino doce!
— Naturalmente la narración bíblica no nos dice que uno de ellos fuera negro. Sin duda los tres tenían las facciones bronceadas de los pueblos del Oriente Medio. Tampoco se nos dice que sus nombres fueran Melchor, Gaspar y Baltasar. Tampoco que fueran acompañados por siervos o pajes. Posiblemente viajaban en camellos, pero aun este detalle de la iconografía tradicional no deja de ser una suposición nuestra.
— Tampoco hay base para decir que llegaran a Belén el día 6 de Enero. Esta es una tradición que comenzó en el siglo IV. Probablemente es una fecha que correspondía a alguna fiesta pagana y que los cristianos «consagraron» dedicándola a los reyes (de la misma manera que el 25 de Diciembre no es el día en que nació Jesús, sino la vieja fiesta pagana del solsticio de invierno).
— Posiblemente eran ricos. Pero difícilmente habrían viajado con el ropaje suntuoso que vemos en las estampas populares. Cuando el texto bíblico nos habla de sus «tesoros», sin duda se refiere a las mercancías que llevaban consigo a fin de sufragar los gastos del viaje.
— Desde luego, dieron regalos a Jesús. Pero no eran juguetes para satisfacer los caprichos del niño. Sus presentes, como veremos, tenían otra finalidad. Convertir el recuerdo de su visita a Belén en excusa para intercambiar regalos, es otra manera más de demostrar que no hemos entendido el significado espiritual de la historia.
Por lo tanto, si queremos ser leales al texto bíblico, poco nos quedará de la fiesta popular. Pero si no lo somos, poco nos quedará de las verdaderas razones espirituales por las que Mateo plasmó estos hechos históricos en su Evangelio. Puestos a elegir entre la leyenda y la realidad, espero que mis lectores no vacilarán en escoger las profundas riquezas espirituales de la verdad histórica antes que los efímeros placeres de la celebración de una fiesta desarraigada de su origen verídico.

DOS REYES DE VERDAD

La ironía del caso es que la narración bíblica sí reconoce la presencia de reyes en esta historia. Lo que es más, Mateo subraya para nosotros la presencia de estos reyes por el lenguaje que emplea en los primeros versículos del capítulo 2:

«En días del rey Herodes.…» (v. 1)
«¿Dónde está el rey de los judíos?» (v. 2)
«El rey Herodes se turbó» (v. 3)
«Donde había de nacer el Cristo» (v. 4. La palabra
«Cristo» o «Mesías», significa «Rey ungido y enviado por Dios»)

En sólo cuatro versículos del texto, por lo tanto, hay cuatro referencias a «reyes».
De hecho, con la pregunta de los magos -¿dónde está el rey de los judíos?- Mateo nos introduce de lleno en uno de los temas más significativos de su narración: ¿Quién es el verdadero «rey» de esta historia? ¿En qué consiste la realeza de un Herodes y la de un Jesús? ¿A qué clase de rey prestaremos lealtad nosotros? ¿Cuáles son las pretensiones del Rey Jesucristo sobre su pueblo?
Aparecen dos reyes en nuestra historia: el nefasto rey Herodes, y el Rey de reyes, Jesús. Pero los magos, que la fiesta popular celebra como «reyes,» no lo son. El folklore no sólo concede títulos equivocados a algunos personajes de la historia, sino que distrae nuestra atención de Aquel que debería ocupar el lugar de preeminencia. Mateo no nos narra la visita de los magos a fin de llenar nuestra imaginación con detalles exóticos ni de exaltarles a ellos, sino para que nosotros, juntamente con ellos, podamos llegar a postrarnos ante el Rey del universo, reconocerle como nuestro Señor y ofrecerle lo mejor de nuestros tesoros.
Mateo quiere que descubramos que el niño Jesús es el Mesías prometido por Dios desde la antigüedad. Es por esto que empieza su Evangelio con la genealogía de Jesús: es necesario establecer sus credenciales y la legitimidad de su linaje…
Pero vayamos por partes. La mención de la genealogía nos recuerda que Herodes y los Magos no aparecen hasta el capítulo dos del Evangelio. Previamente Mateo coloca en el escenario, aunque brevemente, a los tres personajes principales de la Navidad, Jesús, José y María, juntamente con el ángel anunciador.
Por lo tanto, dejamos de lado por el momento la historia de la visita de los Magos. Vayamos al texto del capítulo uno, a fin de conocer las credenciales de Jesús y lo que Mateo tiene que decirnos acerca de su nacimiento.
Antes una palabra de aviso. De inmediato tendremos que introducirnos en la genealogía de Jesús, una larga lista de nombres difíciles. A mí, personalmente, me gusta la historia y creo que vale la pena luchar con la genealogía y, por así decirlo, sacar todo el jugo de ella. Pero comprendo que no todos mis lectores tendrán el mismo gusto. Por lo tanto, si los capítulos siguientes te resultan un tanto aburridos, recomiendo que pases directamente a la acción narrativa del capítulo 3.

LA GENEALOGÍA DE JESUCRISTO

MATEO 1:1–17

En el texto de la genealogía de Jesús que transcribimos a continuación, Mateo sigue una estructura literaria en la cual una misma formula, que reúne las generaciones en grupos de tres, es repetida vez tras vez:

A engendró a B, B a C y C a D;
D engendró a E, E a F, y F a G;
G engendró a H, H a I, etc. etc.

Esta fórmula constituye el esqueleto de la genealogía y en sí demuestra la tesis principal de Mateo: que Jesús es hijo de Abraham y David, y por lo tanto, pertenece al linaje del cual había de proceder el Mesías.
Sin embargo, Mateo reviste este esqueleto de ciertas frases adicionales que enriquecen notablemente su tesis. Cada vez que la fórmula es variada por una de estas frases, es como si Mateo quisiera llamar nuestra atención a un detalle del linaje de Jesucristo, significativo por sus implicaciones espirituales.
Ya que nuestro estudio de la genealogía dependerá principalmente del análisis de estas frases adicionales, he tomado la libertad de destacarlas en la transcripción por medio de una letra cursiva.

MATEO 1:1–17

1. Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.
2. Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos.
3. Judá engendró de Tomar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram.
4. Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón.
5. Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí.
6. Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías.
7. Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa.
8. Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías.
9. Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías.
10. Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías.
11. Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.
12. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.
13. Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor.
14. Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud.
15. Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob;
16. Y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.
17. De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.

LAS CREDENCIALES DEL REY

EVIDENCIAS Y AUTORIDAD

El Evangelio de San Mateo empieza con las palabras: «Libro de la genealogía de Jesucristo…»; y sigue con una larga lista de nombres. Nada más verla, solemos pasar rápidamente al versículo 18, donde empieza la acción narrativa. Suponemos que el árbol genealógico de Jesús tendrá poco interés.
Sin embargo, por algo será que Mateo comienza su Evangelio con una genealogía. Si vamos a comprender bien su mensaje, debemos tomarla en serio. Nos costará un poco de estudio, de esfuerzo y de concentración, pero valdrá la pena.
Desde la primera frase de su Evangelio, Mateo quiere que veamos que Jesús es un Rey. Mejor, que es el Rey. El Cristo. El Mesías. Aquel «Ungido» que Dios había dicho, por medio de los profetas, que ocuparía el trono de David y reinaría en nombre de Dios mismo. Mateo no vacila en llamar al protagonista de la historia «Jesucristo». Es decir, Jesús el Rey. Desde la primera frase, él nos recuerda las pretensiones reales de Jesús.
Pero no basta con afirmarlo. Hace falta demostrarlo. Los primeros capítulos del Evangelio, por lo tanto, no sólo nos presentan al personaje del Rey; también nos ofrecen evidencias para convencernos de que el hijo del carpintero es el Cristo esperado.
La evidencia inicial que Mateo aduce a favor del mesiazgo de Jesús es que CUMPLIUÓ AL PIE DE LA LETRA LO QUE LOS PROFETAS HABÍAN DICHO acerca de su venida: que nacería de una virgen (1:23 e Isaías 7:14 en la versión de la Septuaginta), en el pueblo de Belén (2:6 y Miqueas 5:2), del linaje de Abraham (1:1 y Génesis 22:15–18, etc) y de David (1:1, 6, 20 e Isaías 11:1; Jeremías 23:5, etc.). La venida de Cristo fue pronosticada constantemente por los profetas y Mateo hace hincapié en este hecho profético al comienzo de su Evangelio (1:22–23; 2:5–6, 15, 17–18, 23; 3:3; 4:14–15).
El Cristo no había de aparecer en la tierra sin preparación, inesperadamente. Por las Escrituras, los judíos sabían que su llegada sería la consecuencia de un proceso histórico de inspiración divina meticulosamente preparado. No sería una casualidad. Al subrayar en la genealogía las dos figuras de Abraham y David (v. 1), Mateo nos recuerda que este camino histórico tuvo su origen en la historia de Israel y especialmente en las promesas hechas por Dios a su pueblo a través de ellos. Además el Antiguo Testamento había establecido con toda claridad que el Cristo nacería de la simiente de Abraham y de la casa de David, de aquella casa cuya autoridad real había desaparecido con la deportación a Babilonia.
Así pues, para los judíos era necesario que el Mesías naciera de cierto linaje, de cierta manera predeterminada y en cierto lugar específico. En cambio, a los que somos gentiles del siglo XX, nos cuesta mucho más apreciar la importancia de tanta profecía y genealogía. ¿Qué más nos da a nosotros que Jesús haya nacido del linaje de Abraham o no?
Pero pensemos bien. Es relativamente fácil llegar a ser un líder político, o un maestro y pensador. Con un poco de estudio, un poco de suerte, cierta intrepidez y valentía moral, uno puede llegar a influir bastante en la gente. Sin embargo ¡no es tan fácil arreglárserlas de antemano para nacer de una virgen, en Belén, de la raza hebrea, descendiente de Abraham y David, y luego, cuando aún eres niño, ser llevado al exilio en Egipto, y volver a vivir después en Nazaret!
No puedes arreglártelas para ser el Mesías.
Estos hechos del nacimiento e infancia de Jesús de Nazaret indican que desde el primer momento de su vida era especial, con un fuerte significado histórico y espiritual. No nació como un ser humano más. Su nacimiento fue el resultado de preparativos divinos únicos en la historia. Hay muchos que piensan que Él era un profeta más, uno entre muchos. Dicen que su MENSAJE de amor y de hermandad es digno de aceptación, pero no se preocupan por las circunstancias de su VIDA. Los detalles de su nacimiento para ellos son superfluos. En cambio, Mateo pone mucho énfasis en estos mismos detalles, y lo hace con propósitos y con razón. Quiere demostrar que el camino de Cristo fue preparado desde hacía mucho tiempo antes, y que, por lo tanto, tenemos que ver, no con «un profeta más», sino con ALGUIEN ÚNICO ENVIADO POR DIOS MISMO. Si persistimos en decir que no es más que «uno entre muchos», negamos la evidencia que Mateo nos presenta en su Evangelio: que, cuando Cristo era un niño, incapaz de tomar decisiones por su propia cuenta, Dios actuaba e intervenía para cumplir «lo que de él decía en todas las Escrituras» (Lucas 24:27).
Realmente es cuestión de la AUTORIDAD de Cristo. Si El es tan sólo un profeta, un filósofo entre muchos, no tenemos ninguna obligación de escucharle más que a otro cualquiera. Pero si fue enviado por Dios, si Dios mismo hizo que se fueran cumpliendo todas las profecías acerca de Él, no podemos permitirnos el lujo de no escucharle.
No nos olvidemos de que para la mentalidad judía, estas evidencias eran tan serias y trascendentes que pudieron llevar a Herodes, un hombre impío, a asesinar a los niños de Belén, sólo en base a ellas.
La autoridad de Cristo en la tierra no se basaba, EN PRIMER LUGAR, en sus propias ideas acerca de sí mismo, ni en la verdad intrínseca de su enseñanza. Se basaba en una situación histórica y real: La preparación divina de un camino mesiánico, cumplido hasta la letra en las circunstancias del nacimiento y la vida de Jesús.
La promesa mesiánica, elaborada a lo largo del Antiguo Testamento, no fue solamente una gran fuente de consolación y de esperanza para la nación hebrea, sino también el gran fundamento sobre el cual debía ser construida la autenticidad de las pretensiones de Jesús. El mismo no tuvo el propósito de establecer un nuevo sistema religioso, sino de CUMPLIR un sistema ya profetizado hacía siglos. Él no fue un innovador sin precedentes, sino el mismo Hijo de Dios enviado para realizar los propósitos predeterminados del Padre. Las circunstancias del nacimiento de Cristo son evidencias que no podemos descartar sin haberlas estudiado seriamente. Mateo empieza su narración subrayando la preparación histórica hecha por Dios para la venida del Mesías, y así demuestra la autoridad espiritual que emana de esa intervención divina en la historia.

LA CUESTIÓN DEL ENGENDRAMIENTO

Así pues, la genealogía con la que Mateo comienza su Evangelio no es una mera lista de nombres sin interés para nosotros, sino la prueba histórica de que Jesús de Nazaret cumplió con ciertos prerrequisitos del Mesías: de que nació del linaje de Abraham y de la casa real de David. Para establecer la autenticidad de su mesiazgo, tan importante es que haya sido hijo de Abraham y David como que fuera engendrado por intervención especial del Espíritu Santo.
Ahora bien, las credenciales que uno necesita para poder ser el Mesías no dependen tanto del nacimiento como del engendramiento.
Para la inmensa mayoría de sociedades que ha habido en el mundo, el linaje depende más de la paternidad que de la maternidad. (¡El que esto sea justo es otra cuestión que aquí no vamos a abordar! Sencillamente lo afirmamos como un hecho). En el caso del Mesías no hay excepción. Lo que las Escrituras habían establecido era su paternidad: que sería hijo de Abraham y David.
Mateo escribe para lectores de mentalidad judía, y escribe para convencerles del mesiazgo de Jesús. No debe sorprendemos, pues, que mientras Lucas entra en detalles sobre el «nacimiento» de Jesús, en realidad Mateo apenas no lo cuenta, sino se centra más bien en su engendramiento. El parto de un niño, evidentemente, es asunto de la madre, y Lucas nos narrará la Navidad desde el punto de vista de María. El engendramiento, para los antiguos al menos, era percibido como un asunto del padre, y Mateo nos la narra desde el punto de vista de aquel que era el padre legal de Jesús, José.
Este énfasis sobre el engendramiento es bien patente en el capítulo 1. La palabra «engendró» aparece nada menos que quince veces en los primeros 16 versículos de nuestra versión. Pero es más evidente aún en el texto griego. Allí vemos que varias palabras, traducidas de distintas maneras en diferentes versiones castellanas, tienen la misma raíz etimológica que «engendramiento».
Tal es el caso de la primera frase del Evangelio. La palabra «genealogía» (v. 1) es una traducción moderna de la conocida palabra griega «génesis», que significa «principio». Sin embargo, procede de la misma raíz que engendramiento, y podría ser traducida por «generación». «Libro de la generación», es una fórmula antigua que equivale a nuestra «genealogía». Nuestra traducción (versión 1.960) «Libro de la genealogía» es, por lo tanto, una redundancia. Bastaría con decir: «genealogía de Jesucristo».
Seguramente al utilizar esta frase Mateo tiene en mente las otras ocasiones en las que ella se emplea en el Antiguo Testamento. Hacia principios del Génesis leemos acerca del «Libro de las generaciones de Adán» (Génesis 5:11). Conviene, pues, que el Nuevo Testamento empiece con las genealogías del postrer Adán, Jesucristo.
Luego, la palabra traducida «generaciones», en el versículo 17 (y que aparece cuatro veces en el original) también procede de la misma raíz. Como también la palabra «nacimiento» en el versículo 18. En realidad, esta última traducción es del todo cuestionable, porque los versículos que siguen (v. 18–25) no nos cuentan el nacimiento de Jesús, sino las circunstancias de su engendramiento. Las únicas referencias explícitas al mismo nacimiento aparecen en el 1:25 y 2:1, y en ambos casos son referencias casuales: el nacimiento sólo aparece en la cláusula secundaria, mientras el interés principal de Mateo se centra en otra idea.
Por lo tanto, el tema de Mateo es el engendramiento de Jesús. Es el engendramiento que casi provoca la separación de José y María. Es sobre el engendramiento que el ángel da explicaciones a José (notar que la palabra «engendrado» vuelve a aparecer en el 1:20). La profecía de Isaías, citada por Mateo (v. 23), tiene que ver con la concepción, no con el nacimiento. Y es la explicación sobre el engendramiento que permite que José reciba a María por esposa.
Aunque los versículos 18–25 inicialmente nos parecen la parte más interesante del capítulo, en realidad no son más que una continuación de las «generaciones» de Jesús, una explicación del por qué Mateo, al llegar a la generación de José (en el v. 16), no puede decir: «Jacob engendró a José, y José a Jesús», siguiendo la misma fórmula que ha empleado en los versículos anteriores, sino que tiene que emplear otra más complicada: «Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo». Vistos desde este punto de vista, los versículos 18–25 son una extensión lógica de la genealogía, más que «el comienzo de la acción».
Queda claro, pues, que este primer capítulo tiene que ver con «generaciones» y «engendramientos». Todo se relaciona con el linaje físico de Jesús y la manera en que fue concebido. Y es así, como hemos dicho, porque Mateo quiere presentarnos las credenciales de Jesús y darnos las evidencias de su mesiazgo.
Nuevamente debemos recordar que con toda probabilidad los primeros lectores de este Evangelio eran hebreos. Puesto que ellos ya esperaban la venida del Mesías, lo importante para Mateo era demostrar que Jesús de Nazaret había cumplido con los necesarios prerrequisitos, no ocupándose, en primer lugar, con la cuestión del significado de su venida. Le correspondía a Lucas narrar el nacimiento en sí y demostrar que la llegada del Mesías era el momento culminante de la historia. Pero los judíos ya entendían su importancia. Lo que les interesaba a ellos era saber si las pretensiones de Jesús de ser el Mesías podían ser sostenidas con rigor histórico. Todos los prodigios contados por Lucas les sobraban si no se podía comprobar que Jesús hubiera cumplido con lo que anteriormente se había profetizado. Es por esto que Mateo se ocupa más de su linaje y engendramiento, que de los detalles anecdóticos de su nacimiento.
Dicho de otra manera, no le cuesta a nadie nacer, y aunque los detalles del nacimiento de Jesús son impresionantes para la mentalidad gentil (que en aquel entonces esperaba que la naturaleza correspondiera al nacimiento de un héroe con prodigios cósmicos), para la mentalidad judía no ofrecían pruebas ni garantías de la autenticidad de su mesiazgo. En cambio ¡cuesta muchísimo conseguir tener ciertos antepasados determinados! Por esto, en asuntos de mesiazgo, el engendramiento (es decir, el linaje) es de más importancia que el nacimiento.
Este primer capítulo es, por lo tanto, la respuesta de Mateo a las preguntas: ¿Cómo vino Jesús de Nazaret al mundo? ¿Y cómo podemos saber si cumplió los prerrequisitos para poder ser el Mesías? Este enfoque se plantea clarísimamente en el primer versículo. Es como si Mateo nos dijera: Aquí tenéis el libro de la genealogía de Jesús el Rey. Y la primera evidencia que os propongo a favor de su mesiazgo es que El era el hijo de David, hijo de Abraham, lo cual podéis comprobar estudiando la genealogía que os escribo a continuación.

HIJO DE DAVID, HIJO DE ABRAHAM

La genealogía de Mateo se remonta a Abraham. En cambio, la de Lucas se remonta a Adán (Lucas 3:27–38). Los comentaristas, conmucha razón, habitualmente ven en esto otra evidencia más del destino respectivo de los dos Evangelios. Lucas escribe para gentiles y, por lo tanto, comienza su genealogía con el padre de la humanidad. Mateo escribe para judíos y comienza con el padre de Israel.
Sin embargo, a la luz de las intenciones aparentes de Mateo en los primeros capítulos de su Evangelio, es probable que tenía otra razón adicional por la que comenzar con Abraham. Más adelante veremos que la nota dominante de estos capítulos es la de la soberanía de Jesús. Él es Rey. Pues bien, fue con Abraham que la semilla de una esperanza mesiánica fue sembrada en el pueblo de Israel.
Se nos cuenta en Génesis que en repetidas ocasiones Dios bendijo a Abraham (Génesis 12:1–3; 13:14–17; 15:1–21; 17:1–8; 18:10–18; 22:15–18). En cada caso Dios le indica que todas las naciones serán benditas a través de él. Y en varios casos, se le dice más explícitamente que tal bendición llegará a través de su «simiente». Por su fe y obediencia a la Palabra de Dios, Abraham fue escogido para ser el padre de aquel que había de traer bendición divina a todas las naciones. Por otra parte, Dios indica a Abraham que él será el padre de reyes (17:6).
Sin duda alguna, con la progresiva revelación del Antiguo Testamento y al ir perfilándose la figura del Mesías, quien por ser hijo de David también lo sería de Abraham, los rabinos judíos entendían que este aspecto de las promesas dadas a Abraham sería cumplido por medio del Mesías. Él iba a ser aquel «hijo de Abraham» que traería bendiciones universales.
Así lo entendía el apóstol Pedro en su discurso del Pórtico de Salomón (la segunda predicación de la iglesia). Él identifica las promesas hechas a Abraham («En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra») con las palabras posteriores de Moisés («El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí». Deuteronomio 18:15–16) y de «todos los profetas desde Samuel en adelante» (Hechos 3:22–26).
El apóstol Pablo es más contundente aún. El recuerda a los gálatas que la promesa abrahámica habla de bendición por medio de «la simiente», no de «las simientes». El uso del singular -dice- es significativo. Indica que el principal cumplimiento de la promesa vendrá por medio del Cristo, no a través de toda la nación hebrea (ver Gálatas 3:16).
Ciertamente, pues, las promesas hechas a Abraham contienen el germen de la esperanza mesiánica. Y asimismo determinan que el Mesías habrá de venir del linaje de Abraham, porque es por medio de su descendencia (o simiente) que Dios bendecirá alas naciones. Por lo tanto, si Jesús es el Mesías, necesariamente ha de haber nacido del linaje de Abraham.
E igualmente, de la casa de David. Porque la semilla de la promesa mesiánica dada a Abraham toma forma definitiva en las promesas hechas por Dios a David:

«Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo» (ver 2o̱ Samuel 7:8–17).

Aunque los judíos reconocían en Salomón un cumplimiento parcial de estas palabras, por otra parte comprendían que su cumplimiento perfecto sólo llegaría con el Mesías. Desde entonces los profetas, al hablar del Rey venidero, siempre veían en él al «hijo de Isaí» (el padre de David) y hablaban de él como si fuera un segundo David:

«Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vastago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová» (Isaías 11:1–2).
«He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra» (Jeremías 23:5). «Levantaré sobre ellas (mis ovejas) a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él será por pastor. Yo Jehová les seré por Dios, y mi siervo David príncipe en medio de ellos. Yo Jehová he hablado» (Ezequiel 34:23–24).

Otro requisito indispensable, por lo tanto, para que Jesús sea el Mesías es que haya nacido de la casa de David. Mateo nos invita a que comprobemos la legitimidad de su linaje por medio de la genealogía.

TRES POR CATORCE

Ahora dejemos las palabras introductorias de la genealogía (v. 1) y saltemos al resumen del versículo 17. Aquí Mateo explica que él descubre en el linaje de Jesús una clara división en tres períodos: De Abraham a David, de David al cautiverio babilónico, y del cautiverio a Jesús. Y -añade- cada período cubre catorce generaciones, el número de la perfección multiplicado por dos.
Aquí está la lista de los antepasados de Cristo distribuida según estas divisiones:

Abraham
David
Jeconías
Isaac
Salomón
Salatiel
Jacob
Roboam
Zorobabel
Judá
Abías
Abiud
Fares
Asa
Eliaquim
Esrom
Josafat
Azor
Aram
Joram
Sadoc
Aminadab
Uzías
Aquim
Naasón
Jotam
Eliud
Salmón
Acaz
Eleazar
Booz
Ezequías
Matán
Obed
Manasés
Jacob
Isaí
Amón
José
David
Josías
Jesús
Jeconías

Nada más verla, sin embargo, nos damos cuenta de que hay un pequeño problema: el número de nombres de cada columna no es exactamente de catorce: la columna central contiene quince. Y si intentamos arreglar la cuestión suprimiendo la repetición de David y Jeconías, tampoco hay una solución exacta, porque entonces la tercera columna sólo tiene trece.
Pero más grave aún aparece el problema cuando cotejamos las listas con las genealogías del Antiguo Testamento. Porque entonces descubrimos que en la columna central, Mateo ha omitido varios nombres. Entre Joram y Uzías faltan Ocozías, Joás y Amasías; entre Josías y Jeconías falta Joacim.
De hecho, es casi seguro que faltan bastantes generaciones de cada una de las columnas. Aunque Mateo coincide con el Libro de Rut en las generaciones entre Fares y David, es casi imposible que Salmón y Rahab hayan sido los padres de Booz. Sin duda eran antepasados suyos más distantes. Según 1o̱ Reyes 6:1, pasaron 480 años entre el Exodo y la construcción del Templo y, por lo tanto, sólo unos 50 años menos entre Rahab y Salomón. Ya que sólo aparecen cinco generaciones entre ellos, tendríamos que suponer que la edad promedia de cada hombre al engendrar a su hijo era de unos ¡85–90 años!… a no ser que haya habido otras generaciones intermedias.
Igualmente, con respecto a la tercera columna, en la genealogía paralela de Lucas, este período representa veintitrés generaciones, mientras aquí sólo hay catorce. Seguramente Mateo ha omitido varios nombres.
No sé si es posible dar una explicación totalmente satisfactoria de todos los aspectos de estas anomalías. Lo que podemos afirmar sin titubear es que no son evidencias de que Mateo quiera engañarnos. Es cierto que la colocación de los nombres en grupos de catorce, y la supresión de ciertas generaciones con el fin de hacer que todo encaje simétricamente, es algo inaceptable para un historiador contemporáneo. Pero no lo era para sus contemporáneos. Si el engaño fuera su motivación, seguramente habría omitido los nombres de personajes más oscuros. Ocozías, Joás, Amasías, y Joacim son nombres poco conocidos en el siglo XX. Pero no así entre los contemporáneos de Mateo. Porque son cuatro reyes de Judá. Si un historiador moderno omitiera un par de nombres de una lista dè los reyes borbones de España, su error sería inmediatamente percibido. Mateo no es tan ingenuo -ni tan mal historiador- como para haber cometido estas omisiones por engaño o por equivocación. La omisión es deliberada. Como indica Hendriksen, a Mateo no le interesa tanto la cronología como la cristología. Con la división de los nombres no pretende ningún engaño, pero sí quiere comunicarnos algunas verdades espirituales acerca del Mesías.
(A este respecto, la palabra «todas», en la frase «todas las generaciones», no debe preocuparnos. No necesariamente significa «todas las generaciones habidas en la historia» sino «todas las generaciones enumeradas en la genealogía»).
Entonces ¿por qué ha hecho Mateo estas omisiones? Para contestar a esta pregunta necesitamos recordar ciertas costumbres de la tradición rabínica en tiempos de Mateo. Por una parte era perfectamente aceptable omitir ciertas generaciones en las genealogías; se podría decir que un bisabuelo había «engendrado» a su bisnieto sin que esto fuera malentendido; lo que para nosotros sería un error histórico, en aquel entonces era una práctica normal que todos sabían interpretar correctamente.
Por otra parte, era habitual agrupar los nombres de una genealogía por números iguales. Esta práctica tenía al menos dos causas. En primer lugar era sencillamente una ayuda en la memorización. Cualquier escolar dará fe de que no es nada agradable aprender de memoria una larga lista de nombres. Pero la tarea es más fácil cuando los nombres están agrupados con una clasificación lógica. En segundo lugar, se pretendía a través de tales agrupaciones señalar ciertos patrones que llamasen la atención a la actuación de la providencia divina en la historia.
Esto es lo que pretende Mateo. Por lo tanto, las preguntas que debemos planteamos son estas: ¿Qué criterio ha empleado para hacer su clasificación de los nombres? ¿Qué tienen en común los nombres de cada columna? ¿Y qué lecciones pueden enseñarnos acerca del Mesías?
Para contestar, empecemos con los hitos históricos que Mateo mismo subraya en el versículo 17; Abraham, David, la deportación a Babilonia, Jesús. Ya hemos visto que Abraham representa no sólo el comienzo de la nación hebrea, sino también el principio de la esperanza mesiánica; que David es el prototipo del Mesías, el rey «por excelencia» del Antiguo Testamento; y que Jesús nos es presentado como «el Cristo» (v. 1; cp.:«llamado el Cristo», v. 16) Nos queda por ver el significado del exilio babilónico.
Babilonia significa muchas cosas en las Escrituras. Es la gran alternativa a Jerusalén, la Ciudad de Dios. Como tal, es símbolo de la arrogancia humana, del «super-hombre», de todo aquello que se alza contra los legítimos derechos de Dios en la vida humana. Mientras Jerusalén es destinada a la gloria eterna. Babilonia va encaminada hacia la perdición definitiva.
Cuando los judíos fueron deportados a Babilonia era un castigo elocuente. Ellos, por su incredulidad e infidelidad, habían traicionado su herencia como pueblo de Dios y se habían mostrado dignos de pertenecer a Babilonia. El exilio constituye el gran ejemplo bíblico de cómo Dios castiga a los que, profesando ser su pueblo, con sus hechos lo niegan. Asimismo es la demostración de cómo, de en medio de los escombros de la ruina, Él es poderoso para rescatar, purificar y conservar un pequeño remanente de creyentes fieles.
Pero el exilio babilónico también significó otra cosa: el fin de la monarquía, una gran ruptura en la línea real de la casa de David. Y creo que este es el matiz que correctamente debemos dar a la deportación en el contexto de esta genealogía. Ya hemos visto que Mateo presenta a Jesús como Rey, y que es con un enfoque «monárquico» que él estructura la genealogía. Por lo tanto, debemos entender que sobre todo la deportación representa el fin de la casa real de Judá.
En la primera columna de nombres, pues, quedan plasmadas las generaciones de la «primera espera mesiánica». Representa un período en el cual Israel estaba sin rey, pero tenía la esperanza de que Dios fuera a levantar un príncipe para dirigir a su pueblo.
La segunda columna, que yo he colocado dentro de un recuadro, representa el período de la gloria de Israel, cuando era independiente de otras naciones, y tenía su propio rey. Cada nombre dentro de este recuadro es de un rey de Israel (o más exactamente, a partir de Roboam, de un rey de Judá). Esta sección central es la demostración de que, a excepción del primer rey de Israel, Saúl, descalificado por su incredulidad, entre los antepasados de Jesús figuran todos y cada uno de los reyes legítimos de Israel, es decir, de la casa de David. La división que pretende Mateo es muy clara: en la columna central, todos los nombres son de reyes; en la primera y tercera, ninguno lo es, excepto David y Jesús, como culminación de aquellas dos columnas.
La tercera columna representa el período de la «ruptura monárquica», y de la «segunda espera mesiánica». Es un período de dominación extranjera, de desolación nacional. Pero es el período en el que el pueblo anhelaba con mayor ansiedad la venida del Rey prometido, y la restauración del trono de David. De la misma manera que la primera sección culmina en la figura del gran rey de israel, David, la tercera, por lógica, nos ha de conducir a aquel que es el gran «Hijo de David», el cumplimiento de las esperanzas mesiánicas, Jesucristo.
Y para que no perdamos de vista este paralelísmo, Mateo introduce dos pequeñas frases dentro de la genealogía. En primer lugar David es llamado dos veces «el rey David» (v. 6). Esto es significativo, por un lado porque ningún judío necesitaba que se lo recordaran, y por otro lado porque los nombres subsiguientes también eran reyes, pero Mateo no nos lo dice. Jesús, y no ellos, es el verdadero sucesor al trono de David.
En segundo lugar, a fin de rematar el paralelísmo, Jesús es presentado como aquel que era «llamado el Cristo» (v. 16). David es rey; Jesús es el Cristo. David es rey; Jesús es el Rey de reyes. David fue ungido por el profeta Samuel en nombre de Dios; Jesús es el Ungido de Dios.
Por otra parte, la calificación «rey» en el versículo 6, es la contrapartida de la frase «en el tiempo de la deportación a Babilonia», introducida dos veces, en los versículos 11 y 12. Por «rey» Mateo quiere que entendamos: «aquí comienza la monarquía»; por su referencia al exilio quiere decirnos: «Y aquí ella acaba». Así la historia de Israel queda dividida en tres fases: la pre-monarquía, la monarquía, y la post-monarquía; y toda la línea de la genealogía apunta clarísimamente hacia el cumplimiento de las aspiraciones monárquicas de Israel en la persona de nuestro Señor Jesucristo.

JECONÍAS Y SUS HERMANOS

La casa real que empieza con David, termina con aquellos que Mateo denomina «Jeconías y sus hermanos». En realidad, se trata de Jeconías, su padre y sus dos tíos, pero «hermano» era una palabra frecuentemente usada en aquel entonces para referirse a un parentesco cercano. La genealogía exacta de estas generaciones sería la siguiente:

Josías
Joacaz
Eliaquim
(Joacim)
Matanías
(Sedequías)
Joaquim
(Jeconías)

No había ningún judío de tiempos de Mateo que al leer esta otra «frase adicional» no recordara en qué desgracia había acabado aquella monarquía.
Brevemente, la situación era la siguiente. En aquellos años (de finales del séptimo siglo antes de Cristo y principios del sexto) había dos «superpotencias» en oriente: Babilonia y Egipto. Israel estaba ubicado incómodamente entre ellas. Las dos intentaban absorberla dentro de su esfera de influencia como reino vasallo. En tales condiciones la nación tendría que haber buscado como nunca la protección del Señor, pero lejos de esto, los diversos monarcas entraron en el peligroso juego político de las alianzas, buscando el apoyo de Egipto contra Babilonia y de Babilonia contra Egipto.
Así pues, Joacaz, el primer hijo de Josías, intentó conseguir el apoyo de Babilonia, y como consecuencia fue tomado prisionero por el faraón Necao, acabando sus días en una cárcel egipcia.
Necao colocó en el trono al hermano menor de Joacaz, Eliaquim (también llamado Joacim), confiando en que éste le sería vasallo leal. Pero Joacim siguió una política oscilante entre las dos potencias. Deducimos que era un hombre bastante listo. Al menos, logró mantener a Israel en una precaria autonomía y murió por causas naturales en Jerusalén. Pero el precio de su prevaricación lo hubo de pagar su hijo Joaquim (el Jeconías de nuestra genealogía). Después de sólo tres meses de reinado, Jerusalén cayó por primera vez en manos del ejército babilónico de Nabucodonosor. Jeconías y muchos de los líderes políticos y religiosos del país (entre ellos Daniel y sus tres amigos, y el joven Ezequiel) fueron llevados al cautiverio.
Nabucodonosor, como antes Necao, procuró entonces el vasallaje de Israel, colocando en el trono de Israel a otro tío de Jeconías, el tercero de los hijos de Josías, un tal Matanías, llamado también Sedequías. Pero después de poco tiempo Sedequías se rebeló contra Babilonia buscando una nueva alianza con Egipto. Entonces se libró un choque frontal entra las dos potencias. Venció Babilonia. Y el gran perdedor del encuentro era Israel. Jerusalén cayó por segunda vez, y en esta ocasión Nabucodonosor no mostró ninguna misericordia. El templo y los muros fueron derribados. Los pocos habitantes que escaparon de la espada fueron llevados al cautiverio. Hubo una horrible masacre en Ramá de los que eran demasiado jóvenes o viejos o débiles para emprender el viaje (masacre a la que tendremos que volver al comentar la matanza de los Inocentes en 2:18). El rey Sedequías tuvo que testificar la muerte de sus propios hijos, y luego le quitaron los ojos y le llevaron ciego a Babilonia.
¿Y qué de Jeconías? De en medio de esta espantosa ruina brilla una pequeña luz. El segundo libro de Reyes nos cuenta que, después de treinta y siete años de cárcel en Babilonia, Jeconías fue puesto en libertad por otro rey babilónico, Evil-Merodac, quien le dio honores reales y le restituyó su dignidad. Aún en aquellos tiempos lejanos, Dios estaba cuidando a este antepasado de su Hijo.
Todo esto hay detrás de la pequeña frase «Jeconías y sus hermanos». En este profundo desengaño y destrozo quedaron las esperanzas monárquicas de Israel.
Y esta no había sido la primera decepción. Antes el pueblo había depositado su confianza en Saúl. Alto, hermoso, buen guerrero, parecía ser todo lo que fuera de desear en un rey. Pero su reinado había acabado en una catástrofe de la que Israel sólo salió de milagro. Cuando Saúl se suicidó en el monte Gilboa, dejó el país abierto a la conquista de los filisteos. Luego Dios levantó a David. A éste le costó un gran esfuerzo consolidar inicialmente su reino, tanto por el filisteo de fuera, como por enemigos de dentro. Pero mirando atrás desde siglos posteriores, los judíos veían siempre en el reinado de David y el de su hijo Salomón, la edad de oro de la monarquía y de la nación. Los reinados posteriores, sin embargo, iban provocando nuevas decepciones. Tenían sus más y sus menos. Algunos reyes destacaban por su piedad y su buen gobierno. Pero, en general, el paso de las generaciones representaba un proceso de decadencia en el cual el pueblo se alejaba cada vez más de Dios y el país se encontraba cada vez más enredado en los tentáculos de las grandes potencias de Oriente Medio. Con Jeconías y Sedequías el desengaño llega a su culminación.
Pero mira, dice Mateo, las aspiraciones monárquicas nunca podían ser cumplidas en hombres pecadores. Ni siquiera un David es solución adecuada para la necesidad humana de gobierno y dirección. Por esto Dios prometió -precisamente a David- que vendría otro príncipe que cumpliría plenamente aquellas aspiraciones. Y ahora ha nacido. Es el Cristo. Es Jesús. Es el nuevo y mayor David. Con Él comienza la segunda y verdadera monarquía. Él es el Rey que necesitamos.

«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límites, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre». (Isaías 9:6–7).

El Evangelio de Mateo nos invita a reflexionar que una de las necesidades más básicas del ser humano es la de tener un Rey. Pero ningún otro ser humano pecador le basta. No ha habido, ni habrá nunca, ningún gobierno humano que realice plenamente nuestras aspiraciones de justicia, orden y paz. Pero Dios ha provisto el Rey que necesitamos en Jesucristo. Y tarde o temprano -nos seguirá diciendo el Evangelio- cada uno de nosotros tendrá que dar su respuesta a esta pregunta: ¿Admitiremos en nuestra vida la autoridad de este Rey? ¿Confesaremos que éste es el Cristo, el Hijo del Dios viviente (16:16)? ¿Querremos que éste reine sobre nosotros (Lucas 19:14)?

TRES POR CATORCE, OTRA VEZ

Sin embargo, debemos volver al versículo 17 a fin de intentar resolver la cuestión de las «catorce generaciones» que ya hemos planteado. Si Mateo deliberadamente ha «impuesto» el número catorce sobre cada sección de su genealogía (y es así si entendemos que él ha omitido diversas generaciones) ¿qué pretende con el número catorce? Y si luego nos asegura que en cada sección hay catorce generaciones, ¿cómo explicar que en algunas parece haber quince o trece, según como se mira?
Empecemos con la segunda pregunta. Desde luego, creo que podemos descartar la idea de que Mateo no sabía contar. ¡Por algo era cobrador de impuestos! Las matemáticas eran su fuerte.
Tampoco convence la idea propuesta por algunos, de que algún copista posterior haya omitido el nombre de Joacim entre Josías y Joaquín: no hay ninguna base documental que la apoye, y no se trataría de la omisión de un solo nombre sino de toda una frase: Josías engendró A JOACIM, Y JOACIM a Jeconías y a sus hermanos. Además esta corrección no sería históricamente exacta por lo cual, de aceptar esta tesis, tendríamos que enmendar la frase más aún: Josías engendró a JOACIN Y A SUS HERMANOS, Y JOACIN A Jeconías.
La única explicación que mínimamente me satisface es la que Hendriksen propone en su comentario de Mateo, y aún ésta parece dudosa a primera vista. Sólo es una mayor profundización en algunos detalles de la historia de Jeconías la que nos convence de su viabilidad.
Hendriksen sugiere que, mientras el nombre de David sólo debe aparecer una vez (al pie de la primera columna) sin embargo, el de Jeconías debería ser incluido dos veces. Ciertamente esto «normalizaría» la cuestión numérica, con el siguiente resultado:

Abraham
Salomón
Jeconías
Isaac
Roboam
Salatiel
Jacob
Abías
Zorobabel
Judá
Asa
Abiud
Fares
Josefat
Eliaquim
Esrom
Joram
Azor
Aram
Uzías
Sadoc
Aminabad
Jotam
Aquim
Naasón
Acaz
Eliud
Salmón
Ezequías
Eleazar
Booz
Manasés
Matán
Obed
Amón
Jacob
Isaí
Josías
José
David
Jeconías
Jesús

Pero ¿qué argumentos se pueden aducir en favor de lo que parece una solución arbitraria?
Sencillamente este: que la figura histórica de Jeconías participa de dos funciones bien diferenciadas, y él aparece en el escenario en dos momentos claramente determinados. En primer lugar, él es el último representante de la casa real de David (no en orden cronológico, porque su tío Sedequías reinó después de él; sí en orden generacional). Con él se extingue la dinastía de los reyes de Judá. Para reforzar esta idea de la esterilidad y finalidad de la primera fase de su vida, tenemos estas palabras del profeta Jeremías quien habla de Jeconías como de «este hombre privado de descendencia» y asegura que «ninguno de su descendencia logrará sentarse en el trono de David» (Jeremías 22:20). Así pues, Jeconías «desaparece» de la historia, llevado cautivo a Babilonia. En este sentido ocupa su lugar oportuno al final de la segunda columna. Representa el fin de una línea.
Pero ¡he aquí! treinta y siete años después, cuando todo el mundo se había olvidado de él, Jeconías «resucitó» de la cárcel y es restaurado por el nuevo rey de Babilonia. Y ahora, aquella línea genealógica que había parecido cortada, revive. Allí en Babilonia, aquel hombre «privado de descendencia» tiene muchos hijos, ocho de ellos según 1o̱ Crónicas 3:17–18. Ahora, pues, Jeconías aparece en su segunda función, como «cabeza» de aquel remanente que Dios está salvando de entre los escombros de la Jerusalén caída. La línea mesiánica vuelve a brotar. La esperanza mesiánica no ha desaparecido. Hay un remanente que, bajo Zorobabel (nieto de Jeconías), volverá a Jerusalén. Es apropiado, por lo tanto, que el nombre de Jeconías se sitúe también como padre de una nueva sección de la genealogía.
Esta es la solución que Hendriksen propone. Desde luego, si Mateo, sabiendo que sólo ha mencionado 41 nombres, nos asegura que aquí hay 42 generaciones, por algo será. Yo no he encontrado solución mejor.
Ahora bien, si esta solución es acertada, ¿no hemos de ir un poco más lejos aún? Reconozco que en lo que voy a decir tocaré el mismo límite de lo que me parece lícito en cuanto a la espiritualización de los hechos históricos del Antiguo Testamento. Algunos de mis lectores seguramente opinarán que ya he traspasado aquel límite (¡como algunos otros pensarán que sólo he visto la punta del iceberg!) pero lo explico y ¡que cada cual determine por sí el valor que pueda tener!
Miremos otra vez la lista revisada de nombres de la genealogía. El número 14 de cada columna corresponde a David, Jeconías y Jesús, respectivamente. Nadie duda de que David sea un prototipo de Jesucristo. Los escritores del Nuevo Testamento, como los profetas del Antiguo, constantemente se refieren a él como a una ilustración y símbolo del Mesías. Si, pues, David es un prototipo de Jesús, ¿no lo será también Jeconías?
Seguramente alguien dirá: ¡Pero mira qué clase de hombre era ese Jeconías! impío, e injusto, que «hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho su padre» (2o̱ Reyes 24:19); no debes decir que tal clase de hombre sea el prototipo de Jesús. Pero a esto contestamos: David era un hombre que tomó por esposa a una mujer que ya estaba casada con otro (v. 6); era un hombre sensual y adúltero. Si el David que en esta genealogía se revela como el prototipo de Jesucristo era un hombre que la misma genealogía denuncia por pecador, no podemos excluir por pecador a Jeconías como figura del Mesías. David es prototipo, no en virtud de su vida moral, sino en virtud de ciertas características de su realeza. Lo mismo se puede decir de Jeconías.
Jesús, como Jeconías, fue cortado prematuramente y como consecuencia no tuvo descendencia:

Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido» (Isaías 53:8).

Jesús, como Jeconías, resucitó de la cárcel y conoció una restauración de sus honores reales que excede infinitamente a la rehabilitación del prototipo:

«Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos» (Isaías 53:12).

Y en su resurrección ese «hombre privado de descendencia» tiene muchos hijos:

«…verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Isaías 53:10–11).

Como Jeconías, el Señor Jesucristo no sólo merece concluir una columna de nombres, sino encabezar otra nueva.
Como el de David, el nombre de Jesús está al pie de una columna por ser la culminación de una esperanza real y mesiánica.
Como el de Jeconías, el nombre de Jesús está al pie de una columna por ser el último de un linaje. Asimismo encabeza una nueva columna como primero de un nuevo remanente, un nuevo pueblo de Dios salvado de Babilonia.
Y esto nos conduce a la cuestión de números otra vez, a los grupos de catorce. Debemos recordar que los judíos daban un significado simbólico a los números que no siempre apreciamos. Para ellos, el siete era el número perfecto de las profecías, y se puede decir que el catorce era «doblemente perfecto». Pero la perfección de perfecciones sería siete veces siete. En las tres columnas de la genealogía ya tenemos seis veces siete. Por lo tanto, la «cuarta columna», de la cual el Jesús resucitado sería cabeza y primicia, sería el comienzo del séptimo siete. Ha llegado el momento de la perfección, del cumplimiento.
Esto queda confirmado si contemplamos los nombres que encabezan las tres columnas de la genealogía: Abraham, Salomón y Jeconías. Abraham es el padre del pueblo de Dios, aquel a quien Dios primeramente prometió descendencia y tierra. Con Salomón el pueblo de Israel llegó a su máximo explendor y las fronteras de la tierra a su máxima extensión. Jeconías es el padre del remanente, cabeza de aquellos que Dios conservó de la caída de Jerusalén. Son tres figuras que marcan hitos en la formación del pueblo de Dios. Pero no son más que sombras de estos propósitos divinos en comparación con el gran cumplimiento de ellos en la persona de Jesucristo.
Jesús es en sí la verdadera simiente de Abraham, y a través de El la bendición del Evangelio se extiende a todas las naciones. Abraham puede ser el padre de la fe, pero -diría Jesús-«antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). Abraham se gozó de poder tener el privilegio de ver el día del Señor Jesucristo (Juan 8:56).
La gloria de Salomón puede haber sido deslumbradora. Pero el pueblo de Jesús es más grande, y su tierra sin fronteras. «La reina del sur vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar» (Mateo 12:42).
El nombre de Jeconías simboliza la esperanza de la resurrección de un pueblo que parecía cortado y deshecho. Pero aquel remanente que él encabeza es pobre y pequeño en comparación con los muchos hijos que Dios llevará a la gloria por medio de Jesucristo (Hebreos 2:10).
Uno de los temas que Mateo planteará en su Evangelio es la constitución del verdadero pueblo de Dios, la verdadera descendencia de Abraham. Este tema saldrá en la predicación de Juan el Bautista, cuando dice que «Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras» (3:9). Saldrá en el comentario que hace Jesús a los judíos al ver la fe del centurión gentil: «Vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera» (8:11). Mateo, a su manera, -como Pablo a la suya en el capítulo 4 de Romanos-establecerá que el verdadero pueblo de Dios y descendencia de Abraham son los creyentes: tanto los creyentes hebreos, pertenecientes a la genealogía física de Abraham, como los creyentes gentiles incluidos en el linaje de Abraham por su incorporación en «la simiente» de Jesucristo.
En Jesucristo, por lo tanto, la genealogía toma otro rumbo. Hasta el día de su nacimiento, el pueblo de Dios y la esperanza mesiánica habían dependido de una descendencia física. Pero ahora Jesucristo encabeza una cuarta columna compuesta por los verdaderos hijos de Abraham, el gran remanente que Dios está reuniendo en Cristo de todas las naciones y tribus, el Israel de Dios por la fe.

«Y FUE CONTADO CON LOS PECADORES»

Aun nos quedan algunas frases de la genealogía que no hemos examinado. Vamos a mirarlas una por una.

«MARIDO DE MARÍA, DE LA CUAL NACIÓ JESÚS» v. 16

Primero volvamos a esta frase del versículo 16, que ya hemos dicho fue añadida por Mateo al no poder seguir con su fórmula habitual, por cuanto Jesús no fue engendrado por José. El dará la explicación oportuna más adelante (en los vs. 18–25). Ahora se limita a una afirmación concisa y exacta de la relación entre Jesús y sus padres: «José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo».
Quizás nuestra reacción natural ante esta afirmación sea la de preguntar: ¿para qué darnos la genealogía de Jesús a través de José, si José no era su padre físico? ¿Para qué hablarnos tanto de «engendramiento» si precisamente Jesús no fue engendrado por José?
Nuevamente hemos de buscar una respuesta en la mentalidad que predominaba en aquel entonces. Hemos dicho que para los judíos lo que contaba en asuntos de linaje era la paternidad, de ahí que hay un énfasis sobre el engendramiento más que sobre el nacimiento. Pero igualmente válida para ellos era una paternidad por vía legal, por adopción o, en el caso de José, por haber asumido la «patria potestad» en ausencia de otro padre humano. En el primer siglo, la razón por la que era importante establecer la paternidad no tenía que ver con los genes, ni con consideraciones de salud, sino con asuntos de herencia y linaje. Y para estos efectos era tan válida la paternidad legal como la física.
Jesús, por lo tanto, era legalmente hijo de José. Ningún judío lo habría cuestionado. Y José indudablemente era hijo de David. (El ángel así le saluda en 1:20). Así pues, Jesús recibe su derecho de heredero del trono de David a través de José.
Curiosamente es posible que haya otro ejemplo de paternidad legal en esta genealogía. Se trata del caso de Zorobabel. En 1o̱ Crónicas 3:17–19 parece ser que Zorobabel no es hijo de Salatiel sino de Pedaías, y que Salatiel habría sido su tío. Y, sin embargo, no sólo Mateo, sino Esdras y Hageo, dicen que Zorobabel es «hijo de Salatiel» (cp. Esdras 3:8; Hageo 2:23). Una posible resolución de esta dificultad consiste en que Salatiel habría sido el abuelo de Zorobabel y Pedeías su padre. Pero otra posibilidad, la que representaría una paternidad legal, es que Salatiel fuera el tío paterno de Zorobabel y que por alguna razón -quizás por no tener hijos propios- le hubiera adoptado.
En todo caso queda bien claro que José era el padre legal de Jesús. Le costó mucho sacrificio a José asumir esta paternidad (como veremos). Pero Dios le honró, incorporando al Mesías en su linaje, de forma que legítimamente Jesús puede ser llamado el «hijo del carpintero».

«JUDÁ Y SUS HERMANOS» v. 2

Ahora volvemos al principio de la genealogía. En el versículo 2 Mateo hace referencia a los hermanos de Judá. Estos doce hijos de Jacob eran cabezas de las doce tribus de Israel, a las cuales dieron sus nombres. ¿Por qué los menciona Mateo?
Una razón posible es que Judá no era el mayor de los hermanos. En general, al menos hasta el final de los reyes de la segunda columna, los nombres de las genealogías corresponden a primogénitos. Esto es de esperar en la genealogía de una casa real. Sin embargo, es del todo probable que no todos los nombres de la tercera columna sean de hijos mayores. No hay nada en el Nuevo Testamento que nos haga pensar que Jesús fuera el heredero del trono de David por ser el primogénito de antepasados primogénitos. Como David mismo, no había de ser Rey por ser el hijo mayor, sino por ser el vástago de Isaí elegido por Dios. Sin embargo convenía anticipar cualquier duda en cuanto a la realeza de Jesús. Cualquiera que dudara de sus derechos reales por no ser del linaje primogénito, haría bien en recordar el caso de Judá. El tenía tres hermanos mayores -Rubén, Simeón y Leví- y, sin embargo, Jacob, en su bendición final (Génesis 49:10), le señaló a él como portador del cetro de Israel.
El argumento más poderoso en contra de esta interpretación de la frase se encuentra precisamente en que David era un mejor ejemplo aún, ya que era el más pequeño de la familia, y sin embargo Mateo no menciona a sus hermanos.
Es más probable, pues, que Mateo incluya esta frase por otra razón, la de incluir a todos sus lectores hebreos dentro del ámbito de la genealogía. Al mencionar a los hermanos de Judá, implícitamente Mateo señala el lugar de cada una de las tribus de Israel dentro de la esperanza mesiánica de la genealogía, y su vinculación y parentesco con Jesús de Nazaret.
Por diferentes referencias neotestamentarias es obvio que todos los judíos daban mucha importancia a su descendencia tribal. Si no sabían a qué tribu pertenecían, difícilmente podían asegurar que fueran hijos de Abraham. Así pues, sabemos que Zacarías era de la casa de Abías y Elisabet de los hijos de Aarón, mientras Ana era de la tribu de Aser, para sólo mencionar algunos de los personajes que aparecen en torno al nacimiento de Jesús (ver Lucas 1:5; 3:36). A tales personas Mateo podía decir: vosotros encajáis aquí en el linaje del Mesías; vosotros también tenéis parte en Él.
En su Evangelio Mateo iba a enseñar el carácter universal del reino de Jesús y la incorporación de los gentiles en Él. Pero con esta pequeña frase Mateo indica discretamente que Jesucristo vino «primeramente a los judíos» (Romanos 1:16).

«FARES Y ZARA» v. 3

Otra referencia cuya razón de ser no es fácil de determinar es la mención de Zara como hermano de Fares. Quizás se debe a que estos hermanos eran gemelos, y a que «por una disposición inesperada de la providencia divina» (Hendriksen) Fares consiguió la primogenitura en el último momento. Lo que dificulta esta interpretación es que Esaú también era hermano gemelo de Jacob, y Jacob le quitó inesperadamente la primogenitura y, sin embargo, Esaú no aparece en la genealogía.
Entonces ¿por qué figura aquí Zara? Zara era aquel niño que, en el momento del parto, sacó la mano del vientre de Tamar. La partera, creyendo que él iba a salir primero ató a su mano un hilo de grana. Pero Zara retiró la mano y salió primero Fares (ver Génesis 38:27–30). Zara, pues, es el niño del hilo de grana. Nada más sabemos de él.
Un hilo de grana. Si no me equivoco hay un solo caso más en el que las Escrituras mencionan explícitamente un hilo de grana. Fue cuando los espías hebreos, enviados por Josué a explorar las condiciones físicas y morales de Jericó, buscaron refugio en casa de Rahab. Ella manifestó fe en Jehová y dio protección a los espías, por lo cual, su casa se salvó de la destrucción de la ciudad. A fin de reconocerla los espías le dijeron que atara a la ventana de la casa un cordón de grana (Josué 2:18–19, 21). La casa de Rahab era identificada por los judíos como la «casa del hilo de grana».
Si miramos el versículo 5 de la genealogía vemos que ¡sorpresa de sorpresas! aparece Rahab. ¿Hay coincidencia aquí?
Desde luego, un hilo de grana recorre toda la historia del pueblo del Mesías. Está allí cuando Dios provee el «cordero para el holocausto» en sustitución de Isaac (Génesis 22:8, 13). Está allí cuando Naasón pintó de sangre los dinteles de la puerta de su casa en Egipto, para que el ángel vengador no matara a Salmón. Estaba allí en los sacrificios del templo construido por Salomón. Estaba allí cuando «en días de Uzías, Jotám, Acaz y Ezequías» Isaías proclamó en nombre de Dios: «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos» (Isaías. 1:1, 18). Es un hilo de sangre que nos habla de sacrificio y sustitución (Zara), de protección y salvación (Rahab). Es un hilo que encuentra su fin y culminación en la cruz de Jesús, el Mesías.

TAMAR, RAHAB, RUT Y BETSABÉ

Y ahora el lector atento habrá observado que, de todas las frases especiales introducidas por Mateo en su genealogía, sólo nos quedan por contemplar las referencias a cuatro mujeres: Tamar (v. 3), Rahab (v. 5), Rut (v. 5) y «la que fue mujer de Urías» es decir, Betsabé (v. 6).
Entre los antepasados de Jesús encontramos muchos de los grandes héroes de la fe. De hecho, es difícil imaginar que una sola persona pudiera tener un linaje más ilustre. Consideremos algunos de ellos:

Abraham: El «Padre de la fe», el que inicialmente recibió la promesa, y fue tenido por el amigo de Dios.
Isaac: El hijo de la promesa.
Jacob: Quien luchó con Dios y recibió, no sólo su bendición, sino un nuevo nombre: Israel, «príncipe de Dios».
Judá: El que se ofreció a sí mismo como seguridad de Benjamín.
Aminadad: El suegro de Aarón.
Naasón: Líder de la tribu de Judá en su marcha por el desierto y el primero en ofrecer ofrendas para la dedicación del altar.
Booz: El «redentor».

De David y de Salomón no necesitamos decir nada. Ni apenas de otros reyes de la lista, que gobernaron en el temor de Dios y vieron prosperidad: Asa, Josafat, Uzías, Jotám, Ezequías y Josías. Aun en la tercera columna, cuyos nombres son de personas desconocidas en su mayoría, aparece un Zorobabel, responsable del primer grupo de repatriados que volvió a construir el Templo en tiempos de Ciro de Persia.
Sin embargo, no todos los antepasados son tan gloriosos, y aun entre los que acabo de mencionar había mucho pecado (el engaño de Jacob, la inmoralidad de Judá y David, la sensualidad de Salomón…). Varios de los reyes de Judá eran hombres idólatras, algunos violentos, otros débiles. Uno de ellos, Manasés, a pesar de su arrepentimiento tardío, consiguió una reputación tal de impiedad que su nombre se convirtió en símbolo de apostasía, injusticia y crueldad.
Si Mateo elige incorporar algunas mujeres en la genealogía (cosa poco común en aquel entonces) ¿qué clase de mujeres son?
Seguramente si nosotros hubiéramos escrito este evangelio, habríamos incluido a algunas de las mujeres más virtuosas e ilustres. Nuestra genealogía habría rezado: Abraham engendró de Sara a Isaac, Isaac de Rebeca a Jacob, Jacob de Lea a Judá.… Pero nada de esto. No es que las cuatro mujeres hayan sido especialmente malas (Rut, por ejemplo, es uno de los personajes más atractivos de la Biblia), pero ninguna de ellas merecía estar en la genealogía del Mesías. Su presencia viene a reforzar la idea de que Jesús tenía entre sus antepasados a unas personas poco deseables.
Pero para entender esto necesitamos recordar brevemente quiénes son:
TAMAR. No sólo era la esposa de Judá ¡sino su nuera! Ella se vistió de prostituta y, siguiendo una tradición que ha perdurado hasta nuestros días, se colocó al lado de la carretera a fin de seducir a su suegro, quien había de pasar por allí. Puesto que las mujeres de entonces llevaban velo, Judá no la reconoció y fornicó con ella. El engendramiento de Fares y Zara, por lo tanto, fue un acto inmoral. Naturalmente Judá fue tan culpable como Tamar. Mucho más que ella si recordamos los detalles del caso. Su determinación de seducir a su suegro fue un acto de venganza, una reclamación de los derechos que Judá le había negado. Ella ya había estado casada con los dos hijos mayores de Judá, y las dos veces había enviudado. Aún le quedaba a Judá un tercer hijo y, según las costumbres de aquella época, Judá tendría que haberla casado con él a fin de «levantar descendencia» a sus hijos difuntos. Pero pudo más en Judá la superstición que el deber. Temiendo, pues, que perdería a su tercer hijo, decidió devolver a Tamar a casa de los padres (lo cual, para la mentalidad de entonces, era una desgracia y una vergüenza). Fue entonces que Tamar decidió que si no podía tener hijos con el cuñado, los tendría con el suegro. Su situación nos da pena. Pero mírese como se mire, era un engendramiento turbio y mezquino, caracterizado por la infidelidad y la lujuria.
Tamar hizo el papel de ramera. RAHAB era ramera profesional (Josué 2:1). Difícilmente podemos representar la degradación de su vida en una ciudad pagana como Jericó. Pero además, ella pertenecía a un pueblo del cual Dios había dado instrucciones de que todos debían ser eliminados por los judíos, debido a los excesos de su degeneración e idolatría.
Algo parecido ocurría en el caso de RUT. Ella era moabita, miembro de una nación de la cual Dios había dicho:

«No entrará moabita en la congregación de Jehová para siempre, por cuanto no os salieron a recibir con pan y agua al camino, cuando salisteis de Egipto, y porque alquilaron contra ti a Balaam hijo de Beor en Mesopotamia, para maldecirte … no procurarás la paz de ellos, ni su bien en todos los días para siempre» (Deuteronomio 23:3–6)

El libro de Deuteronomio podría haber añadido que los moabitas también fueron repudiados por Dios porque condujeron a Israel a la idolatría por vía de la fornicación (Números 25:1–3).
Rut misma era una mujer virtuosa, pero pertenecía a un pueblo excluido de la comunión con Israel por su inmoralidad. Y, sin embargo, ella no sólo fue admitida en Israel sino figura en esta genealogía como bisabuela de David.
Bien conocida es la historia de BETSABE. Mateo ni siquiera la llama por su nombre, porque tiene otra manera más significativa de referirse a ella. Cuando ella se acostó con el rey David, era «mujer de Urías». Luego, cuando ella se quedó encinta, David intentó encubrirlo por el engaño. Y cuando el engaño no tuvo éxito, David logró que Urías muriera en la guerra. Urías, que había sido uno de sus hombres valientes y leales. El adulterio, el engaño, el asesinato y la deslealtad eran las consecuencias de esta unión (ver 2o̱ Samuel 11).
Estas eran las cuatro mujeres mencionadas por Mateo. Al menos tres de ellas eran extranjeras. Tamar y Rahab eran cananeas y Rut moabita, y ya que Urías era hitita, es posible que Betsabé también lo fuera. Además los canaeos y moabitas eran pueblos explícitamente excluídos por Dios de la esperanza de Israel. No sólo esto, eran mujeres asociadas, directa o indirectamente, con la inmoralidad sexual.
¿Por qué, pues, han sido incluídas en la genealogía?
Algunos comentaristas indican que Mateo las incluye a fin de anticipar las preguntas y dudas que surgieron en sus lectores en torno al nacimiento de Jesús. Jesucristo mismo iba a tener que afrontar críticas acerca de la «irregularidad» de su nacimiento e incluso insinuaciones acerca de relaciones ilícitas entre sus padres. ¿No era esta la intención de aquellos judíos que le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación? (Juan 8:41).
Mateo contestará directamente a estas acusaciones en la segunda parte de este capítulo (vers. 18–25), demostrando que no hubo ningún amago de pecado en José y María sino que, al contrario, el carácter especial del engendramiento de Jesús se debió a la intervención directa de Dios mismo.
Otro matiz de esta misma crítica, sin embargo, podría haber mermado la confianza de los primeros creyentes hebreos: un nacimiento algo sospechoso, que daba pie al escándalo, no encajaba bien en el concepto tradicional de un Mesías glorioso y triunfante. ¿Cómo puede Dios permitir tal situación?
Por la misma razón -contesta Mateo- por la que permitió que el linaje de los reyes de Israel, de David, y Salomón, fuera corrompido: por su misericordia. Es cierto que en el momento del nacimiento de Jesús, los cielos se llenaron del canto de los ángeles. Pero no todo era «gloria y paz». Hay otra cara de la moneda. El que vino para salvar al nombre de su pecado, desde el primer momento tuvo que entrar en aquel ámbito pecaminoso que siempre ha caracterizado a la humanidad, y llevar sobre sí las críticas y sospechas del pueblo.
En otras palabras, la genealogía no es sólo una presentación de las credenciales de Jesús como Mesías. También Mateo tiene interés en hacernos ver qué CLASE de Mesías Jesús iba a ser. Otra vez debemos recordar que este Evangelio fue escrito para lectores judíos y que ellos tenían ciertos preconceptos acerca del Mesías. Esperaban a un Rey guerrero, libertador, que establecería, esto sí, un reino de justicia, pero que lo haría por vencer a los romanos y reivindicar las aspiraciones imperiales de la nación hebrea.
Jesús iba a ser un Mesías muy diferente de lo que ellos esperaban. El venía para salvar a su pueblo, no de los romanos, sino de su pecados (1:21). Desde el primer capítulo Mateo quiere aclarar que la misión mesiánica de Jesús tendría, en primer lugar, una finalidad moral y no política.
Y si este Mesías venía con el propósito de solucionar el problema del pecado, haciéndose pecado por nosotros, la genealogía nos recuerda que se identificó con este propósito en su mismo nacimiento. Mateo aquí nos demuestra una dimensión más de la humillación que Cristo conoció (Filipenses 2:7–8) cuando Dios le envió «en semejanza de carne de pecado» (Romanos 8:3) para condenar en él al pecado. No nació de una raza de superhombres, ni de santos, sino de pecadores como nosotros.
(Es de observar que mientras Mateo señala deliberadamente la corrupción del linaje de Jesús, hay los que pretender «purificarlo» mediante dogmas acerca de la naturaleza inmaculada de su madre que son desconocidos para la Biblia.)
Si Jesús hubiese venido como Mesías guerrero para realizar una liberación política de su pueblo, Mateo probablemente habría hecho hincapié en los grandes héroes militares del linaje. Pero porque vino a salvar a su pueblo de sus pecados y establecer el reino de Dios sobre una base de justificación y santidad, por esto el evangelista nos recuerda la miseria moral de sus antepasados.
Lo muy, muy grande de la encarnación es esto: Dios venía al mundo en la persona de Jesucristo, y venía para identificarse plenamente con la condición humana, para llevar sobre sí nuestro pecados. Hasta tal punto Él estaba «con nosotros». Él vino a ser «contado con los pecadores» y por esto nació del linaje de Tamar, Rahab, Rut y Betsabé.
Todo ello representa una gloriosa esperanza para nosotros. Ya estamos en pleno «evangelio» cuando aún no hemos salido de la genealogía. Porque Aquel que incluyó a pecadores y gentiles entre los ascendientes del Mesías también será capaz de incluirlos entre los descendientes.
Dos de estas mujeres no sólo eran gentiles, sino procedían de pueblos malditos por Dios. Y, sin embargo, hallaron misericordia ante Dios y fueron incorporadas a su pueblo. La gracia divina puede alcanzar a gentiles, a los que no son pueblo de Dios y hacerles su pueblo.
Este será uno de los temas del Evangelio, aun cuando Mateo escribe para los hebreos. Los primeros en adorar al Mesías (en la narración de Mateo) son astrólogos gentiles. Es en «Galilea de los gentiles» que la luz del ministerio púplico de Jesucristo primero brillará. En Capernaum, el que mostró más fe en Jesús fue el centurión gentil. Y el mandato que Jesús dará a sus discípulos, antes de su ascensión, es el de llevar el Evangelio a todo el mundo gentil.
Pero sus lectores judíos no deben pensar que sólo ahora Dios abre la puerta a los gentiles. Mateo quiere enseñarles que hay antecedentes en el Antiguo Testamento. De la misma manera que la frase «Judá y sus hermanos» incluye al pueblo hebreo entero dentro de la esperanza mesiánica, la mención de estas cuatro mujeres incluye al mundo gentil.
Igualmente tres de estas mujeres tocaron fondo en cuanto a la degradación moral. Pero aun allí pudieron ser alcanzadas por la misericordia de Dios. La genealogía es elocuente no sólo por lo que dice de la participación de gentiles en la esperanza mesiánica, sino también de la inclusión de pecadores en la salvación de Cristo.
Este será otro de los temas de este Evangelio:

«No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» (9:13).

Jesús iba a ser criticado por su asociación con gente pecadora (9:10), pero en esto no hizo más de lo que Dios mismo, en su providencia, había hecho en la genealogía.
Si Jesús ha venido a salvar a su pueblo de sus pecados, cae por su propio peso que sólo pueden ser salvos por Él aquellos que se reconocen pecadores.
Mateo había apreciado especialmente esta dimensión del Evangelio. Él había sido cobrador de impuestos («publicano») y como tal, un marginado social. La gente «buena» de entonces colocaba juntos a los publícanos y las prostitutas como la escoria de la sociedad. El evangelista sabía que si la gracia de Dios es capaz de rescatar a la prostituta Rahab, también lo es de salvar al publicano Mateo.
Si una ramera cananea encuentra la salvación, evidentemente no es por su vida virtuosa. Entonces ¿a qué se debe? Pues a la fe. A aquella fe que tan difícilmente Jesús iba a encontrar en Israel (8:10). Rahab es todo un ejemplo de aquel mismo principio que Jesús enseñaría explícitamente a la mujer con el flujo de sangre: «Tu fe te ha salvado» (9:22).

«Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes» (Hebreos 11:31).

Y, por supuesto, no hay otra manera de entrar en la verdadera genealogía de Jesucristo (la de la cuarta columna) excepto por la fe.

«A todos los que le recibieron (a Jesucristo), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12–13)

La descendencia de Jesucristo, su «nueva genealogía», depende de otra clase de «engendramiento». No es el de un nacimiento carnal, sino una obra de Dios mismo. Y este engendramiento divino corresponde a aquellos que tienen fe en Jesucristo, que le reciben como Señor y Rey, que acuden a Él para que Él les salve de sus pecados.

EL ENGENDRAMIENTO DE JESÚS

MATEO 1:18–25

«El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.
José su marido, como era justo y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.
Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.
Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:

He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.

Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer.
Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús»

JOSÉ Y EL EMBARAZO DE MARÍA

CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO

En su defensa del mesiazgo de Jesús de Nazaret, Mateo no se limita solamente a un análisis de profecías y de textos bíblicos. También funda sus argumentos en las mismas circunstancias y hechos de la vida de Jesús. Es un principio constante de la vida cristiana que lo que es auténtico en ella debe ajustarse (1) a la Palabra de Dios, y (2) a la experiencia real. No debemos predicar a otros lo que no sea una realidad para nosotros ni lo que no se apoye en la revelación de Dios en su Palabra. Si Mateo hubiera limitado sus defensas a un estudio de textos, habría faltado algo en sus argumentos. Así pues, después de ofrecernos una defensa «objetiva» de las credenciales de Jesús mediante los datos históricos de la genealogía, ahora nos presenta el otro lado de la moneda: Jesús demuestra ser el Mesías también por los hechos de su vida. Esta evidencia experimental, existencial, se presenta a lo largo de todo el Evangelio de San Mateo, y es nuestro estudio de la vida de Jesús en su conjunto el que nos llevará, en última instancia, a la convicción personal de que Jesús es el Mesías. Pero esta evidencia comienza ya en el primer capítulo: con el sueño que recibió José (1:18–20).

UNA CUESTIÓN DE ESTRUCTURAS

En el versículo 18 del primer capítulo de su Evangelio, pues, Mateo empieza su narración de los hechos y dichos de la vida de Jesucristo. Antes de entrar en materia, sin embargo, debemos detenernos un momento para considerar la estructura de la narración de estos primeros capítulos. Debemos hacerlo porque se trata de una estructura clarísimamente marcada por ciertas divisiones literarias. Estudiar estos capítulos sin tener en cuenta las divisiones y paralelismos señalados por el mismo autor, sería ignorar aspectos importantes de su mensaje y, posiblemente, equivocarnos en cuanto a su interpretación.
El 1:18–25 constituye el primero de los tres episodios en torno al nacimiento de Jesús contados por Mateo. El no pretende explicarnos todo aquello que ocurrió en aquellos días. Se limita a tres episodios por razones que tienen que ver con el mensaje que desea comunicarnos. Su selección de los hechos tiene una finalidad.
De estos tres episodios el protagonista es José. Suya ya ha sido la genealogía. (En contraste tenemos el Evangelio de Lucas que, como hemos dicho, nos cuenta la Navidad desde la perspectiva de María).
Pero ¿cuáles son estos tres episodios? El primero (1:18–25) tiene que ver con el mismo engendramiento de Jesús. El segundo (2:1–15) trata de la visita de los Magos y su consecuencia inevitable: la huida de la sagrada familia a Egipto. El tercero (2:16–23) narra la matanza de los inocentes y el retorno de la familia a Nazaret.
Y ¿por qué dividir el texto de esta manera? ¿No sería más lógico, por ejemplo, tratar la visita de los Magos, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes y el regreso a Nazaret como cuatro episodios diferentes?
Si yo defiendo la idea de tres secciones es debido a las estructuras literarias, conscientemente introducidas por Mateo, que exigen nuestro respeto. Son ellas, no nuestro propio criterio personal, las que deben establecer las divisiones del texto.
Si observamos con cuidado la narración de Mateo, veremos que cada una de estas secciones sigue el mismo patrón. Hay una serie de paralelismos entre ellos que confirma una intención explícita en la redacción:
1.- Cada una de las tres secciones empieza con el planteamiento de una circunstancia que da origen a trastornos en la Familia Sagrada.
a.- El embarazo de María.
b.- La visita de los Magos.
c.- La matanza de los niños en Belén.
2.- En cada caso esta circunstancia provoca un peligro que amenaza la seguridad del niño Jesús:
a.- El nacer sin hogar, hijo de una madre soltera.
b.- La paranoia de Herodes, y su determinación de eliminar al niño.
c.- El peligro, no menos terrible, de una posible persecución por parte del rey Arquelao.
3.- En cada caso es José, como padre legal de Jesús, quien debe afrontar el peligro y buscar solución.
4.- En cada caso Dios interviene por medio de un ángel para poner a José en aviso del peligro e indicarle el camino a seguir. Aquí el paralelismo entre las tres secciones es tan patente que el texto es literalmente igual en el griego:
a.- He aquí un ángel del Señor le apareció en sueños, y le dijo… (1:20)
b.- He aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo.… (2:13)
c.- He aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José.… diciendo.… (2:19–20)
5.- En cada caso la situación es contemplada, no como una casualidad de la historia, sino como el cumplimiento de la voz profética del Antiguo Testamento. Nuevamente el lenguaje es textualmente igual en cada caso:
a.- …para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo… (1:22)
b.- …para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo… (2:15)
c.- …para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas… (2:23)

6.- En cada caso el aviso del ángel es correspondido por la pronta obediencia de José. Nuevamente Mateo emplea el mismo vocabulario en cada caso a fin de subrayar para nosotros el paralelismo del texto. El paralelismo queda diluido en nuestra versión (1.960), porque los traductores han empleado distintas palabras para traducir una misma palabra en el griego. Pero en cada caso queda claro que José hizo dos cosas al saber la noticia del ángel: en primer lugar «se levantó» (así traducido en 2:21, aunque en 1:24 y 2:14 se emplea el verbo «despertar»; la idea no es la de «despertarse» a la mañana siguiente y luego empezar a obedecer al ángel, sino de «levantarse» inmediatamente a fin de cumplir puntualmente con las instrucciones divinas); en segundo lugar «tomó» o «recibió» (el verbo es el mismo en el original) a María y a Jesús (ver 1:24; 2:14; 2:21).
7.- Así pues, en cada caso la amenaza es obviada por la actuación del José, en obediencia al ángel, al «tomar» a la Familia Sagrada y llevarla a un lugar de seguridad:
a.- En primer lugar, lleva a María a su propia casa. Jesús no es mencionado por nombre (1:24) porque aún está en el vientre de su madre, pero es a ambos que José da abrigo.
b.- En segundo lugar, los lleva a Egipto, huyendo del terror sembrado por Herodes.
c.- En tercer lugar, los lleva a Nazaret, fuera del alcance de Arquelao.

Estos son los paralelismos que existen en las tres secciones, tanto en su contenido como en el mismo lenguaje y vocabulario. Son tantos que no nos puede caber la menor duda en cuanto a que se trata de una técnica conscientemente empleada por Mateo a fin de llamar nuestra atención a la estructura y, por ella, a la comprensión espiritual de su narración. No podemos ser fieles al texto e ignorar estas divisiones.
Esto aclarado, podemos proceder a mirar la primera de ellas, la que nos cuenta el embarazo de María.

EL EMBARAZO DE MARÍA (v. 18)

Para entender la situación planteada en 1:18–25, es necesario comprender las costumbres matrimoniales de los judíos de aquella época. Por supuesto, era una época en la que el matrimonio era decidido y organizado por los padres. (Así ha sido en la mayoría de épocas y culturas humanas. Nuestra situación, en la que el mismo joven elige a su novia y luego entre los dos deciden los detalles de su matrimonio y nuevo hogar, es una excepción en la historia. ¡Mayormente se ha considerado que éstas son cuestiones demasiado serias como para poder dejarlas al azar de pasiones juveniles y criterios de personas inmaduras!)
Los padres, pues, primero establecían un compromiso verbal con sus «consuegros». Esto podía ocurrir cuando los «novios» aún eran niños. Naturalmente pesarían mucho en esta decisión consideraciones de afinidad socio-cultural, intereses económicos, la amistad y los recursos materiales de la futura pareja, como también consideraciones espirituales y psicológicas. Una familia creyente buscaría casar a sus hijos con otra familia creyente, y estudiaría el carácter, la estabilidad emocional, la honradez y demás virtudes (y defectos) de la otra familia. Como he dicho, era un asunto serio y lo de menos era una afinidad erótica entre los jóvenes. Esto llegaría después de casados.
Lo más probable es que allá en Nazaret, hacía años, las familias de José y María habían llegado a este tipo de compromiso. Durante esta primera fase de la relación cualquiera de las dos partes contrayentes podían dar marcha atrás sin grandes consecuencias sociales.
Luego llegaba el día de los «desposorios». Aquel día el compromiso se hacía legal. A partir de aquel momento el contrato entre los novios era firme, ratificado ante los ancianos del pueblo y en presencia de testigos. Era un compromiso tan solemne y vinculante que los novios eran ya considerados «marido y mujer» y sólo podían separarse mediante un divorcio legal. Sin embargo, aún no había llegado el momento de la boda. Después de ratificar el compromiso los novios volvían cada cual a casa de sus padres y allí vivían durante un año más. Durante aquel año no había ningún tipo de contacto físico entre ellos.
La relación sexual quedaba para después de la boda, al final de aquel año. La boda misma era una celebración espléndida, un banquete que frecuentemente duraba siete días. Sólo después iba la novia a casa del novio y empezaba la convivencia.
El año de desposorios existía precisamente para asegurar que la novia no estuviera previamente embarazada. Si durante aquel período el embarazo era detectado el castigo de la ley era muy claro:

«Si hubiera una muchacha virgen desposada con alguno, y alguno la hallare en la ciudad, y se acostare con ella; entonces los sacaréis a ambos a la puerta de la ciudad, y los apedrearéis, y morirán» (Deuteronomio 22:23–24).

Y es precisamente durante aquel año de desposorios, cuando José y María se han comprometido legalmente como marido y mujer (ver v. 19, «su marido»; y v. 20, «tu mujer») pero aún no han celebrado la boda ni han empezado a convivir juntos, que José descubre que María está encinta. Dice el texto (v. 18) que estaban desposados, pero aún no se habían juntado, cuando se halló que María había concebido del Espíritu Santo.
Ponte un momento en el lugar de María. Sabes que no has sido infiel a José, que aún eres virgen, que tu embarazo no es el resultado de ninguna relación matrimonial con José ni mucho menos con otro hombre, sino, conforme a las palabras del ángel Gabriel (ver Lucas 1:26–33) es consecuencia de una intervención divina única en la historia, la operación vivificante del Espíritu Santo.
Ahora tienes que explicarlo a José. ¿Te imaginas con qué temor y temblor? Precisamente porque es un hecho único en la historia sabes que ningun hombre, ni siquiera alguien tan generoso y comprensivo como José, te lo va a creer. ¿Te imaginas cuál habrá sido la angustia de María al ver que José efectivamente no creía su historia?

LA REACCIÓN DE JOSÉ (v. 19)

Ahora pongámonos en el lugar de José. ¿Qué dirías -o más bien, qué creerías- si tu novia te dice que está embarazada? Sabes que no has tenido relaciones con ella. Supondrías lo peor, ¿verdad? Y si luego ella te dijera: Pero mira, ha sido un milagro; me vino un ángel para decirme que iba a ocurrir; el hijo que espero es obra del Espíritu Santo… ¿qué dirías? ¿Aceptarías que precisamente a tu novia le ha tocado vivir una intervención divina única en la historia? No. Si eres como yo, tu reacción sería de escepticismo. O bien creerías que, además de inmoral, esta chica que tenías por pura y fiel es embustera. O bien dudarías de su sanidad mental.
Pero aquí se manifiesta la bondad de José. Seguramente él pasó horas, quizás días o semanas, de gran angustia. Estaba convencido de que María le había sido infiel. Por lo tanto, no estaba dispuesto a proseguir con el matrimonio ni recibirla en su casa. Por otra parte, no hacer nada sería muy comprometedor para él. ¿Qué pensaría el pueblo de él cuando el embarazo llegara a ser evidente?
Por otra parte, él amaba a María. Desde hacía tiempo la había tenido por su prometida y esposa. Conocía sobradamente la buena reputación de virtuosa y amables que ella tenía en todo el pueblo. Le costaba muchísimo asimilar la noticia de su infidelidad. No casarse con ella traía abajo todas sus esperanzas e ilusiones.
El era justo. Es decir, él amaba la ley de Dios, la verdad y la rectitud. Muchos que van por la vida haciendo alarde de su propia veracidad y honradez -«yo siempre con la verdad por delante»- no habrían vacilado en denunciar a María «en honor a la verdad». Pero «ser justo», en el sentido bíblico de la frase, no sólo es cuestión de la verdad; también lo es del amor, la misericordia, la bondad, la lealtad.
Le quedan a José dos opciones. Por un lado él podía iniciar un proceso jurídico contra María y denunciarla ante los ancianos y testigos. Es probable que ella no sufriera la pena capital porque, con el paso de los siglos, los judíos habían introducido muchas excepciones y modificaciones a la ley del Antiguo Testamento. Pero estaría expuesta a una humillación que la dejaría marcada para siempre.
Por otro lado podía darle carta de divorcio (ver Deuterononio 24:1–2) y despedirla definitivamente. Así no justificaría tan fácilmente su propia reputación, pero al menos le ahorraría a María la vergüenza de un escándalo público.
José opta por este segundo camino. No por cobardía sino por generosidad. No por descuidar la verdad y la justicia, sino por entender que ellas deben ir acompañadas de la misericordia. Así pues, «no quería infamar a María sino quiso dejarla secretamente».

LA VISITA DEL ÁNGEL (v. 20)

José ha tomado su decisión. Sin embargo, antes de que él pueda ponerla en práctica, algo ocurre que le hace cambiar de idea.
Tiene que haber sido algo muy importante. Debemos recordar que José ha sido ofendido en su honor por la mujer que amaba. También debemos recordar que, ante los ojos del pueblo, si él recibe a María en su casa, sería tanto como confesar la paternidad del niño y aceptar la vergüenza social del embarazo. Alguien que se siente profundamente dolido y traicionado, abrumado por la confusión emocional y sentimental, difícilmente va a asumir el peso moral y social de la situación de la cual él mismo es víctima, a no ser que algo intervenga para aclararle la confusión, sanarle la herida, y restaurlarle la confianza en la persona amada. Además, en el caso de José, algo importante habrá ocurrido para inducirle a dar al hijo de María el nombre de Jesús.
Mateo nos dice que lo que ocurrió fue un sueño, y la aparición del ángel del Señor en el sueño. Tiene que haber sido un sueño muy poderoso y real. Su impacto es tal que, inmediatamente, José se levanta y obedece las instrucciones del ángel, sin ni un momento de vacilación ni de duda.
Como hemos visto, esta es la primera de tres veces en las que el ángel aparece a José en la narración de Mateo. Curiosamente en el Evangelio de Lucas el ángel también aparece tres veces: a Zacarías, a María y a los pastores. En la narración de Mateo el ángel siempre aparece por la noche en sueños. En cambio, en Lucas aparece en el curso normal de la vida diaria: a Zacarías mientras realiza sus funciones sacerdotales en el Templo; a María en su casa; a los pastores cuando velan las ovejas. Pero el impacto en José no es menor que en los otros tres.
El ángel empieza su mensaje saludando a José con las palabras «Hijo de David». En seguida recordamos la tesis principal de la genealogía de la primera parte del capítulo: que Jesús es el heredero legítimo del trono de David, y el cumplimiento de las esperanzas mesiánicas prometidas a Israel desde tiempos de Abraham. Con este título el ángel ya anticipa el carácter mesiánico de su anuncio.
Luego procede a explicarle los hechos ocurridos, y su origen divino. Sus palabras coinciden plenamente con lo que José seguramente ya ha escuchado de labios de María: «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es». María no le había sido infiel.
Con estas palabras, lo que hasta ahora le parecía a José la mayor desgracia de su vida, se va conviertiendo en el mayor privilegio imaginable. Dios mismo ha visitado el hogar que él está en vías de formar, y lo ha hecho de una manera única en la historia. Como María, él ha sido elegido para cuidar del Hijo de Dios en su infancia indefensa.
El ángel no sólo da explicaciones. También da instrucciones:

-«No temas recibir a María tu mujer» Con esta frase, «no temas», tan típica del anuncio angelical (Lucas 1:13, 30; 2:10), el mensajero divino demuestra su conocimiento del corazón de José. Si José «temía» recibir a María, o bien era por las repercusiones sociales, o bien por desconfiar en María misma. Pero el solo hecho de temer indica que la inclinación de su propio corazón habría sido de seguir adelante con el matrimonio. El ama a María. Ahora, con las dudas aclaradas, el deber de José también se hace claro. María es su mujer. Necesita el abrigo de su marido y un hogar en el cual poder refugiarse de las críticas del pueblo. José debe asumir su responsabilidad conyugal, solidarizarse con María en su dificultad, y recibirla en su casa.
-«Y llamarás su nombre Jesús» (v. 21). Era función del padre nombrar a su hijo. El verdadero Padre de este niño ya ha determinado cuál ha de ser su nombre. Pero ahora el ángel dice a José que él ha de asumir la paternidad legal del niño ante la sociedad. No le corresponde a él elegir el nombre. Sí le corresponde declarar ante las autoridades del pueblo cuál será su nombre y así tomar sobre sí, delante de todos, la responsabilidad de cuidar y formar a este niño como si fuera hijo suyo.

LA OBEDIENCIA DE JOSÉ (vs. 24–25)

Nada más «levantarse» del sueño, José se pone a realizar con toda prontitud lo que el ángel le ha mandado.
«Recibe» a su mujer. Es decir, adelanta la fecha de la boda. La busca y la lleva a su casa, sin esperar el cumplimiento del año de los desposorios. A fin de proteger a María del chismorreo del pueblo y de asegurar que el Niño nazca en el seno de una familia ya constituida, él hace lo necesario para que el matrimonio quede legalmente ratificado ya. No debemos perder de vista lo que antes veíamos: que al recibir a María en su casa, José permite que las malas lenguas vengan dirigidas hacia él. Estaba dispuesto a pagar el precio.
Recibe y cuida a María. Pero sin consumar el matrimonio hasta después del nacimiento de Jesús. Mateo no nos dice por qué fuera así. Sin embargo, podemos suponer que no sólo era por respeto a la naturaleza sagrada de aquel que María llevaba en el vientre, sino también para descartar toda clase de duda de que el engendramiento de Jesús fuera obra del Espíritu Santo. Nuestro texto es bien explícito. José no tuvo ninguna parte posible en la concepción de Jesús.
El sentido natural y sencillo de la frase («no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito») es que después del nacimiento y los ritos obligatorios de la purificación, José y María tuvieron relaciones matrimoniales normales.
Hay varios factores que nos llevarían a esta conclusión, además del lenguaje de estos versículos:
1.- Las costumbres hebreas. En aquella sociedad el sexo en el matrimonio era considerado no sólo bueno sino necesario. Había recibido la bendición divina (Génesis 1:28; 9:1). Y era esperado como normal (Proverbios 5:18; Salmo 127:3). El celibato sólo iba a ser admitido como válido en la tradición judeo-cristiana a partir de Cristo y los apóstoles, y ellos sostenían la costumbre hebrea de sólo abstenerse de relaciones sexuales dentro del matrimonio en momentos excepcionales, por razones específicas y durante un período corto (1a̱ Corintios 7:5, 9). La abstinencia durante el embarazo de María correspondería a esto, pero no una virginidad perpetua, que los judíos tendrían por aberrante.
2.- Los «hermanos» de Jesús. Con frecuencia los evangelios hablan de los «hermanos» de Jesús. (Para mayor detalles, ver el comentario de Hendriksen, p. 144). Es bien cierto que esta palabra solía emplearse en el primer siglo con un uso más amplio que en la actualidad, y podía abarcar a otros parientes. Pero su sentido natural sigue siendo «hermano». Sólo si uno supone de antemano que Jesús no tuvo hermanos carnales, entonces se tendría que pensar que se trata de primos. Pero por lo demás es de suponer que los «hermanos» de Jesús son hijos de José y María.
Todo el peso de la evidencia, por lo tanto, señala hacia una vida matrimonial normal después del nacimiento de Jesús y la procreación de otros hijos. En realidad la doctrina católica de la virginidad perpetua de María procede, no de evidencias bíblicas, sino de prejuicios paganos de siglos posteriores. Presupone que el celibato y la virginidad son más «santos» que el matrimonio, y que hay algo intrínsecamente inmundo en el acto sexual, aun dentro del matrimonio. Ambas son ideas desconocidas por la Biblia.
Sin embargo, volvamos a cuestiones menos polémicas. El último detalle de la obediencia de José, recogido en nuestro texto, es su nombramiento del Niño. No sólo recibe a María por mujer, también recibe al hijo de María por hijo propio. Con el nombramiento José asume públicamente su papel paterno.
El significado del nombre que le concede, Jesús, siguiendo siempre las instrucciones del ángel, será el tema de nuestro próximo capítulo.

JESÚS EL SALVADOR

«Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21)
«Y José le puso por nombre JESÚS» (Mateo 1:25)

Para los judíos el nombramiento de un niño era un asunto de gran importancia. Hoy en día los padres nombramos a nuestros hijos por distintos motivos; porque su nacimiento cayó en el día de algún santo; porque queremos honrar a algún familiar dando su nombre a nuestro hijo; porque cierto nombre está de moda; o contrariamente, porque no queremos seguir ninguna moda sino ser originales. Pero raras veces nos preocupamos por el significado del nombre.
Los judíos concedían cierta importancia a cuestiones de tradición familiar y a veces nombraban a sus hijos por ciertos antepasados o parientes. (Esto se ve, por ejemplo, en la reacción de la multitud ante el nombramiento de Juan el Bautista. Lucas 1:60–61) Pero para ellos la consideración principal era el significado del nombre. Procuraban encontrar un nombre que expresara sus esperanzas en cuanto a la personalidad o los logros del niño, o que reflejara alguna circunstancia de su nacimiento.
Había sido así desde los albores de la historia. El primer hombre fue llamado Adán, porque fue formado de la tierra (Adama). La primera persona nombrada por Adán fue llamada «Viviente» (Eva), por cuanto «ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20). Cuando ella dio a luz a su primer hijo, exclamó con sorpresa ¡He adquirido varón! por lo cual el hijo fue llamado «El Adquirido» (Caín) (Génesis 4:1). Después del asesinato de Abel, cuando Dios concedió a Adán y Eva otro hijo en sustitución suya, le pusieron por nombre «El Sustituto» (Set) (Génesis 4:25). Y así podríamos seguir a lo largo de la historia bíblica: las personas son nombradas porque el significado del nombre les corresponde.
Si, pues, el ángel dice a José que debe llamar al hijo de María «Jesús», no es porque hubiera otro Jesús en la familia, ni porque el nombre sonara bonito, sino porque el significado del nombre le corresponde. Al narrarlo, Mateo nos invita a reflexionar sobre las implicaciones de este nombre para la persona y obra del niño que acaba de nacer.

JESÚS Y JOSUÉ

Nuestro Nuevo Testamento fue redactado en griego. El ángel, sin embargo, se habrá dirigido a José en arameo, una derivación del hebreo. «Jesús» es la versión griega del hebreo «Josué». El nombre que el ángel habrá pronunciado era el mismo que el del gran héroe del Antiguo Testamento.
Es importante recordar esto. Si no, perderemos de vista una asociación de ideas que habrá sido inmediata y evidente para José. El hijo que él debe adoptar será un nuevo Josué para su pueblo.
¿Por qué es apropiado que el Niño sea llamado «Josué»? ¿Qué representaba Josué para la historia de Israel?
Antes que nada, Josué fue aquel que hizo que Israel entrase en la Tierra Prometida. Si el hijo de José y María recibe el mismo nombre, es porque Él ha nacido como caudillo de un pueblo, como Aquel que dirige la conquista del mundo nuevo y hace que su pueblo entre en el reino eterno de Dios. Jesús es quien redime a su pueblo para permitir su salida de la esclavitud de Egipto. Jesús es quien conduce a su pueblo por el desierto de la vida, dándoles el socorro que necesitan en las diversas pruebas del camino, hasta que llegan al Jordán de la muerte. Jesús es entonces quien les asiste en el paso del río y les hace entrar en su patria verdadera, en la tierra que Dios les ha preparado.
El privilegio de haber encabezado a Israel en el paso del Jordán tendría que haber pertenecido a Moisés. Fue él quien había sido el líder del pueblo durante aquellos largos años de peregrinaje. Por esto, Moisés también es prototipo del Señor Jesucristo, tal y como nos lo indican Mateo (en los capítulos 2 a 4, como veremos más adelante) y el autor de la Epístola a los Hebreos (2:10; 3:1–16). Sin embargo, no convenía que el Niño se llamara Moisés, porque Moisés fue descalificado del liderazgo debido a su desobediencia. Si se llamó «Jesús» es porque Él es nuestro Josué: Él no nos conduce por el desierto para luego dejarnos abandonados en las orillas del Jordán. Él verdaderamente nos introduce a la «Tierra Prometida».

SALVADOR

Además el mismo nombre de Josué tiene un significado: «El Señor es salvación».
Aun en el caso del Josué del Antiguo Testamento, el significado del nombre era sumamente apropiado. Nos recuerda en seguida la presencia del Señor detrás de la acción salvadora de Josué:

«No temas, ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas» (Josué 1:9).

Pero es en el caso de Jesucristo que este nombre encuentra su pleno cumplimiento. No es sólo que Dios «ayudara» a Jesús, sino que en Jesús Dios mismo tomaba forma humana a fin de efectuar nuestra salvación. En Jesucristo tenemos un caso único de la presencia salvadora de Dios con los hombres.

«Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo» (2a̱ Corintios 5:19).

«A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

Esta relación única entre Jesús y el Padre, esta presencia única de Dios con los hombres, queda reflejada en el otro nombre dado por el ángel: Emanuel, Dios con nosotros.
Con el nombre «Jesús», sin embargo, se nos enseña que la razón por la que Dios está «con nosotros» no es para juzgarnos, ni condenarnos, sino para salvarnos:

«No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (Juan 3:17).

SALVADOR DE PECADORES

«Jesús» nos habla de la presencia de Dios. Asimismo habla de la salvación. Y el ángel añade otro detalle más: es del pecado que Dios nos salvará en Jesucristo. El niño no nacerá como líder político; su salvación no será en primer lugar de orden social, sino moral. No viene para salvar a los judíos de la esclavitud romana, ni a los cristianos de la persecución, de la tribulación o del dolor, viene para salvar a su pueblo de sus propios pecados.
Esta finalidad de la misión del niño en seguida nos despierta ciertas preguntas:-
1.-¿Por qué nos salva precisamente de los pecados?
¿Acaso es esto lo que más necesitamos? Si tuvieras que definir cuál es la mayor necesidad del ser humano ¿qué dirías? Desde luego muchos actúan (aunque quizás no lo dirían) como si su mayor necesidad fuese el dinero. Otros como si todo se les solucionara con tal de tener un empleo seguro. Para otros, lo más importante de la vida es tener buena salud. Para otros es tener buenos amigos. La gran preocupación de muchos es la muerte. La de otros es la justicia social.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos declara que todas estas cosas tan importantes -la inseguridad económica o laboral, la enfermedad, la soledad, la injusticia, la misma muerte- no son nuestro mayor problema. Más bien son sus consecuencias.
El gran problema del ser humano es su pecado, y todas las demás dificultades de la vida derivan de él. Por lo tanto, lo que debería preocuparnos y angustiarnos más que nada es el hecho de ser pecadores.
El peor de todos los males que pueden alcanzarnos no está fuera de nosotros, sino dentro. No es algo que otros puedan hacernos, sino algo que nosotros nos hacemos a nosotros mismos. Peor aún, no es algo por lo cual otros sean responsables, sino algo por lo que yo soy responsable y culpable.
Los demás problemas pueden ser solucionados por Dios con relativa facilidad. Él es poderoso para suplir todas nuestras necesidades materiales, para sanar todas nuestras enfermedades, para darnos vida eterna. En el día final Él lo hará para los que creen en Él. Pero la solución al pecado no es cuestión del poder divino. Es algo por lo cual nosotros mismos somos responsables. Su arreglo, pues, no es tan fácil. Requiere el nacimiento, no de un héroe político, de un rey justo, sino de un Salvador que muera en el lugar de su pueblo a fin de llevar sobre sí su culpa.
2.-¿Qué quiere decir «ser salvo» del pecado?
Pero nos estamos adelantando. Debemos volver atrás a fin de examinar más detenidamente las implicaciones de la «salvación de los pecados». Con esta frase el ángel quiere indicarnos al menos dos necesidades nuestras, suplidas por Jesucristo:

a.- La necesidad del perdón. Si has ofendido a alguien, sabes que tu relación con él sólo puede ser restaurada si le pides perdón y él te lo concede. Asimismo nuestros pecados, que son una ofensa contra Dios, necesitan del perdón divino si vamos a disfrutar de una relación adecuada con Él. Y, efectivamente, en Jesucristo nosotros tenemos el perdón de nuestros pecados:

«Y a vosotros, estando muertos en pecados, (Dios) os dio vida juntamente con Cristo, perdonándoos todos los pecados» (Col. 2:13).

b.- La necesidad de una capacitación moral. Sin embargo, el perdón solo no nos basta. El pecado está tan arraigado en nosotros que, nada más recibir el perdón de Dios, volvemos a cometer el mismo pecado otra vez. Somos débiles. Caemos tan fácilmente. La tentación nos vence. Por mucho que Dios nos perdone, no habremos sido verdaderamente «salvos» del pecado mientras seguimos sucumbiendo ante la tentación y practicando el pecado. Necesitamos dentro de nosotros un nuevo corazón que ame y obedezca la voz de Dios, un nuevo poder que venza la tentación y viva conforme a la justicia de Dios. Esta transformación moral interior es lo que los profetas decían que caracterizaría la época mesiánica. Por ejemplo, éstas son las palabras del Señor a través de Ezequiel:

«Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; … os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra» (Ezequiel 36:25–27).

Sin esta transformación interior, toda esperanza de «salvación de los pecados» es utópica. Si Dios no nos cambia por dentro, nunca seremos capaces de vivir vidas limpias, honradas y hermosas. ¿No sabes que es así? ¿No hay en ti el anhelo de una vida mejor, de la que te sabes incapaz? Efectivamente, la salvación no sólo consiste en perdón sino también en transformación. Y es precisamente en Jesucristo que esta transformación es posible.
El apóstol Pablo era un hombre que durante muchos años había luchado por ser bueno, según su propio esfuerzo. Finalmente tuvo que darse por vencido, y encontró la salvación en Jesucristo. Entonces descubrió que tenía el perdón divino y que Dios le veía como justo en Jesucristo. Pero además descubrió en su vida un nuevo poder, el del Espíritu Santo, que le capacitaba para amar y guardar la ley de Dios y para ser cada vez más parecido a Jesucristo. Así lo describe:

«La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.… Dios envió a su Hijo… para condenar al pecado en su carne (al morir en la cruz) para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:2–4).
«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2a̱ Corintios 3:18).

3.-¿Cómo, pues, nos salva Jesús?
Hemos visto que tanto el perdón de nuestros pecados como nuestra transformación moral son partes intrínsecas de nuestra salvación, y que ambos son obra de Jesucristo. Pero ¿cómo realiza Jesús esta obra en nosotros? ¿Cómo nos salva?
Vayamos otra vez por partes. Consideremos, en primer lugar, cómo nos «salva» en el sentido de conseguir para nosotros el perdón de nuestros pecados.

a.- La justificación en Cristo. Muchas personas tienen un concepto muy superficial de lo que implica el perdón de pecados. Si Dios es un Dios de amordicen- entonces Él nos perdonará sin más. No comprenden que esta clase de perdón sencillamente no encaja dentro de lo que sabemos acerca del carácter de Dios ni de nuestro propio significado humano. Por un lado, si Dios perdonara «porque sí» -o como piensan algunos, «porque es su oficio perdonar»-su perdón haría violencia a nuestra personalidad humana. En otras palabras, si Dios hiciera caso omiso de nuestros pecados, nuestros actos dejarían de ser responsables y significativos, y nosotros mismos dejaríamos de tener entidad de seres humanos. En tal caso, Dios nos trataría como a animales, sin capacidad moral, y sin tener que dar cuentas por nuestros actos. Pero Dios no está dispuesto a negar nuestra humanidad. Nos trata como humanos, con conocimientos del bien y del mal, como seres responsables que debemos cosecharlas consecuencias de nuestros actos, por cuanto son actos responsables. Si va a haber perdón, no nos será impuesto por Dios, sino será la consecuencia de otro acto responsable de nuestra parte: el de reconocer ante Dios nuestro pecado y culpabilidad, repudiar nuestra rebelión, pedir su misericordia y creer en el Evangelio. El arrepentimiento y la fe son prerrequisitos para el perdón (Hechos 2:38; 3:19).
Por otro lado, si Dios perdonara arbitrariamente, El haría violencia a su propio carácter. Dios no sólo es nuestro Padre amante y Creador generoso. También es nuestro Juez justo, Aquel que sostiene la justicia y controla los resortes morales del universo. El perdón «sin más» sería la negación de una serie de leyes morales que Dios mismo ha decretado, leyes tan firmes y necesarias en la esfera espiritual como lo son las leyes de la naturaleza en la esfera física. Si Dios variara esas leyes morales, si sistemáticamente Él neutralizara las consecuencias de nuestros actos, el mundo iría abocado hacia un caos moral. Hay una recompensa que Dios ha determinado para nuestros actos. No pecamos impunemente. Tarde o temprano nuestros pecados nos alcanzarán. Es ley de vida. Dios lo ha establecido.

«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7).

Si, pues, va a haber perdón para nuestros pecados, las exigencias de la justicia divina deben ser satisfechas. No nos puede perdonar a espaldas de su propia justicia. Al declarar justo y perdonado al pecador, debe a la vez respetar su propio carácter justo y santo (Romanos 3:26) Todo esto puede parecernos innecesariamente complicado. Pero es la misma esencia del Evangelio cristiano. Si Dios pudiera perdonarnos solamente en virtud de su propia compasión, entonces no habría necesidad de que el Hijo de Dios se hiciera hombre y muriera en la Cruz. Si Jesucristo sufre la espantosa muerte de crucifixión es porque su muerte es imprescindible a fin de establecer la base sobre la cual Dios puede perdonarnos sin hacer violencia a su propia justicia ni a nuestra integridad humana. Sin la cruz no puede haber perdón. Es por su muerte que Jesús salva a su pueblo de sus pecados, ganando en ella el perdón de Dios.
¿Y cómo es esto?
Jesús muere en la cruz como nuestro sustituto. Yo he pecado y merezco morir. Estoy bajo el veredicto del Juez, culpable, reo de muerte. No puedo aducir ningún factor atenuante de suficiente peso como para poder justificar la conmutación de la sentencia. No puedo hacer nada por salvarme a mí mismo. Pero Jesús nace a fin de cargar sobre sí mi culpa y morir en mi lugar.

«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).

De la misma manera que en el Antiguo Testamento el pecador debía sacrificar un animal para expiar sus pecados ante Dios, así Jesucristo aparece en el escenario de la historia como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Muriendo en nuestro lugar, Él es «la propiciación por nuestros pecados» (1a̱ Juan 2:2). Por su muerte las exigencias de la justicia están satisfechas. Dios puede perdonar sin lesionar la justicia. Es la muerte sacrificial de Jesús la que proporciona salvación de la culpa del pecado a todos los que creen en Él.
b.- La santificación en Cristo. Así pues, el creyente es perdonado ante Dios en virtud de la muerte de Jesucristo. Pero ya hemos dicho que el perdón no es la totalidad de la salvación. Si Dios se limitara a perdonarnos, seguiríamos siendo vencidos por el pecado. Además de ser salvos de la culpa del pecado, necesitamos que Cristo nos salve del dominio del pecado. Y efectivamente, es así. Pablo puede escribir a los Romanos:

«El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14).

¿Cómo es que la gracia de Cristo nos salva del dominio del pecado? Por medio del Espíritu Santo, que nos es dado como fuerza motriz de una nueva vida.
Jesucristo murió. Pero también resucitó. El creyente participa en su muerte, por cuanto por ella es justificado de sus pecados. Y el creyente participa también en su resurrección, por cuanto la resurrección de Cristo es las primicias de una nueva vida que se hace extensiva a todos los que creen en Él. Es en el contexto de describir la nueva vida de resurrección disfrutada por el creyente, que Pablo afirma que el pecado no se enseñoreará de nosotros (ver Romanos 6:4–14). El Espíritu Santo es el Espíritu de Santidad. Su presencia santifica al creyente, su poder le capacita para una nueva vida recta y justa. Cristo nos salva de la culpa del pecado por su muerte expiatoria, y nos salva del dominio del pecado por el don de una nueva vida abundante, vivida en el poder de su propio Espíritu. Esta, en resumidas cuentas, es la salvación que Él brinda a su pueblo.
Lo que acabo de afirmar nos conduce a una última pregunta:-

4.- ¿A quién salva?
Según el ángel, Jesús no ha venido a salvar a todos, lo quieran o no, sino «a su pueblo». Sin duda alguna los judíos inicialmente entenderían esta frase como una referencia a Israel. ¿No era Israel el «pueblo escogido», el «pueblo de Dios» y, por tanto, el «pueblo del Mesías»? Pero más adelante Jesucristo tendrá que explicar que no es así de sencillo. Muchos que se creen pueblo de Dios serán excluidos del reino de los cielos, mientras otros, que no son físicamente hijos de Abraham, serán incluidos (ver p.ej. Mateo 8:11–12). Es así porque aquéllos, a pesar de su linaje físico, no creen en Jesús, mientras éstos, a pesar de ser gentiles, sí creen. La fe es el factor determinante (Mateo 8:10).
Una de las enseñanzas más revolucionarias de Jesús, recogida luego por los apóstoles, es que Abraham es el padre de todos los que creen, sean judíos o gentiles, mientras los que no creen no son verdaderos hijos de Abraham, por mucho que se jacten de su linaje israelita (ver Romanos 4:16; Mateo 3:9; Juan 8:39–44).
El «pueblo» de Jesús, por lo tanto, no puede ser identificado con ninguna raza o linaje, si bien es cierto que Él vino primeramente a los judíos. Se compone más bien de todos aquellos que, creyendo en Él, reciben potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12).
Más sencillamente, su pueblo son todos aquellos que reconocen en Él al Mesías prometido, a Aquel que puede salvarles de sus pecados, y acuden a Él para salvación, reconociéndole como Rey y Señor de sus vidas.
O como Él mismo diría: su «rebaño» se compone de todas las ovejas que el Padre le da, ovejas que demuestran ser suyas por reconocer su voz y seguirle a Él (Juan 10:14, 16, 27–29). Es a éstas que Él ha venido a salvar. Es por ellas que, como Buen Pastor, Él pone su vida (Juan 10:11).
La Salvación ni es universal ni automática. Es para los que forman parte del pueblo de Cristo, que se someten a su autoridad regia y creen sólo en Él para salvación.

EN CONCLUSIÓN

Todo esto está implícito en las palabras del ángel. Por todo esto José debe llamar «Jesús» al niño.

-Él es el Salvador que viene en nombre de Dios.
-Es en el terreno moral («de los pecados») que Él ha venido a realizar su obra de salvación.
-Y son aquellos que le reconocen como Rey y se incorporan en su pueblo, los que son los beneficiarios de su salvación. «Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

No hay otro nombre que mejor le siente a partir de la Encarnación. Hasta aquel momento, en la eternidad, Él era el Hijo, el Verbo, la Luz. Si ahora ha tomado forma humana y habita entre nosotros, es con el fin expreso de ser «Jesús», el Salvador. La salvación es la razón de ser de su nacimiento.
La salvación, por lo tanto, es la razón de ser de la Navidad. En vano celebramos las fiestas navideñas si a la vez descuidamos la salvación de Cristo. Sería un inmenso contrasentido. La única manera válida de «celebrar la Navidad» es por reconocer:

-que soy pecador y mi mayor necesidad es la de ser salvo de mis pecados.
-que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores (ver 1a̱ Timoteo 1:15).
-que Él es mi Rey y Mesías, y gozosamente me someto a su autoridad formando parte de su pueblo por la fe en Él.

EMANUEL, DIOS CON NOSOTROS

«Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:
He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros» (Mateo 1:22–23).

LA CREDIBILIDAD DE LA ENCARNACIÓN

El ángel no sólo comunica a José cuál será el ministerio del hijo de María («salvará a su pueblo de sus pecados»). También le asegura que el niño es de origen divino («lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es»). La Navidad no es otra cosa sino la celebración de la venida de Dios a este mundo, de Dios en forma humana.
¿Realmente es concebible que en pleno siglo XX sigamos dando crédito a esta idea?
Muchos de nuestros contemporáneos ni siquiera se preocuparían por reflexionar sobre esta cuestión. Les parece una idea tan obviamente inverosímil que no vale la pena examinarla. Desde luego, podemos estar de acuerdo con ellos que es tan extraordinaria que o bien se trata de un fraude religioso, o bien del evento más maravilloso de la historia. Un poco de escepticismo nos conviene. Demasiados embusteros hay en este mundo, que se hacen pasar por santos, como para aceptar ingenuamente cualquier doctrina sin entender sus implicaciones ni examinar sus evidencias.
Desde luego, los autores bíblicos cuentan con que reaccionaremos con sorpresa y duda ante la historia de la Encarnación. A fin de cuentas esta fue la primera reacción de los mismos protagonistas de la historia. Zacarías, el padre de Juan el Bautista, al principio no creyó las palabras del ángel y quedó mudo en consecuencia (Lucas 1:20). María respondió ante la anunciación con la pregunta: ¿Cómo será esto? (Lucas 1:34). Acabamos de ver el escepticismo de José ante el embarazo de María, y su decisión inicial de separarse de ella. La Encarnación no es sólo extraordinaria y fuera de lo común. Es absolutamente única en la historia. No tiene punto de comparación.
A lo largo de la historia bíblica, la aparición de ángeles en la historia bíblica no es especialmente frecuente. Sin embargo, ya hemos dicho que en torno al nacimiento de Jesús hay al menos seis apariciones angelicales. Es así porque una noticia tan inaudita requiere ser comunicada por medios extraordinarios a fin de vencer la incredulidad de los que han de recibirla.
Nosotros no tenemos por delante la aparición de un ángel. Pero tenemos la evidencia de aquellos que dicen que son testigos oculares de ella. Si Jesús es quien pretendía ser, hay demasiado en juego para que descuidemos ligeramente su evidencia. Los Evangelistas anticipan nuestro asombro y entienden nuestro escepticismo. Sólo nos piden que dejemos de lado nuestros prejuicios a fin de escuchar lo que tienen que decirnos, antes de emitir nuestro veredicto.
La evidencia que nos ofrecen es doble. Por una parte apelan a los acontecimientos históricos en sí; por otra a las Escrituras, que proveen el anticipo, el marco y la interpretación correcta para los acontecimientos. (En esto siguen el principio que hemos indicado en el capítulo 3: que la verdadera experiencia cristiana siempre debe ser manifestada en hechos reales y respaldada por la Palabra de Dios.)

LAS EVIDENCIAS DE LAS ESCRITURAS

Empecemos con las Escrituras. Lo primero que debe frenar un poco nuestro escepticismo ante la Encarnación es el hecho de que «todo aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio de los profetas» (v. 22).
Este acontecimiento tan sorprendente, no lo es tanto. No lo es cuando recordamos que Dios mismo lo había prometido de antemano. Antes de reaccionar con escándalo o desprecio -dice Mateo- recordemos que hubo una larga preparación histórica para la venida del Mesías. No ocurrió inesperadamente. De hecho, toda la nación la había esperado desde hacía siglos.
Lo que dice Mateo aquí es de un valor histórico indiscutible. Si vas al Museo de Jesuralén, al pabellón llamado el Santuario de Libro, verás uno de los «rollos del Mar Muerto», un manuscrito del Libro de Isaías fechado incuestionablemente con anterioridad al nacimiento de Jesús. En este manuscrito, puedes leer en hebreo el texto siguiente:

Un niño nos es nacido, hijo nos es dado… y se llamará su nombre.… Dios fuerte, Padre eterno (Isaías 9:6).

Siglos antes de que Jesús naciera en Belén, un profeta de Israel había declarado que un día nacería un niño cuyo advenimiento representaría la presencia entre los hombres del eterno Padre, Dios omnipotente.
Unas generaciones después, el profeta Ezequiel, en el cautiverio de Babilonia, igualmente recibió un mensaje de parte de Dios. Era un mensaje de denuncia contra los sacerdotes de Israel: los «pastores» no cuidaban adecuadamente a las «ovejas», al pueblo de Dios. Por esto, dice Dios, en un día futuro El mismo vendrá para ser pastor de su pueblo:

«Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré…… Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor» (Ezequiel 34:11, 15).

No podemos por menos que asociar estas palabras con las del Señor Jesucristo:

«Yo soy el buen pastor… Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna … Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:14, 27, 28, 30).

Lo importante para nuestra consideración, sin embargo, es lo siguiente: cuando los apóstoles sostienen que Jesús es Dios que toma forma humana para salvar a su pueblo y cuidar de ellos como Buen Pastor, no están inventado una idea revolucionariamente nueva, sino reafirmando algo que fue dicho por los profetas siglos antes de que ocurriera.
Si estamos dispuestos a hacer la oportuna investigación en los textos bíblicos, descubriremos una serie de evidencias que demuestran que el nacimiento de Jesús no fue una casualidad de la historia y que su significado no fue inventado posteriormente por los apóstoles, sino que había sido previsto hacía siglos por revelación divina, y su significado ya fue dado a conocer antes de que ocurriera. (Por supuesto, si no nos molestamos en estudiar estos textos ¡que luego no digamos que no existen buenas evidencias!) El Mesías no nació como una improvisación. No vino inesperadamente. Su Encarnación fue el resultado de una cuidadosa preparación divina a lo largo de los siglos, desde los mismos albores de la historia cuando Dios dijo a Adán y Eva que un descendiente suyo vencería el mal en este mundo (Génesis 3:15). En toda la historia de Israel, Dios había anunciado a su pueblo -paulatinamente, aquí un poco, allí otro poco, pero cada vez con mayor nitidez- la venida de un Salvador, de un Rey, de Jehová mismo, Dios con nosotros.
Por lo tanto, hay muchos textos del Antiguo Testamento que Mateo podría haber citado para demostrar que la Encarnación «aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor». En cambio, él ha seleccionado una cita que, según el criterio de algunos comentaristas, es un texto polémico.
Antes de mirarla en detalle, quizás este sea el momento de hacer un paréntesis y considerar globalmente el uso que Mateo hace de las Escrituras.
Vez tras vez él nos dice que algo ocurrió «para que se cumpliese lo dicho por el Señor» en algún texto del Antiguo Testamento, pero cuando examinamos aquel texto descubrimos que aparentemente no tiene nada que ver con aquello que él dice es su «cumplimiento». Esto inicialmente resulta decepcionante. Incluso podemos empezar a sospechar que Mateo está practicando el engaño. Nos da la impresión de que arranca la cita de su contexto y la aplica de una manera arbitraria (un buen ejemplo será la cita de 2:15). ¡En otras ocasiones inventa citas que ni siquiera existen en el Antiguo Testamento! (ver p.ej. 2:23).
¿Mateo es un embustero o un ingenuo? ¿No sabe entender e interpretar el Antiguo Testamento?
Todo lo contrario. Somos nosotros los que no hemos entendido bien las percepciones de Mateo.
Es cierto que hay frases del Antiguo Testamento que hablan explícita y claramente de situaciones concretas de la vida del Mesías. Esto queda demostrado en 2:4–6: los expertos de la ley en seguida saben identificar el lugar de nacimiento del Mesías, porque Miqueas 5:2 lo dice explícitamente.
Sin embargo, estas frases no agotan todo lo que el Antiguo Testamento tiene que decirnos acerca de Jesucristo. Él mismo es el tema principal de las Escrituras desde Génesis hasta Malaquías (ver Lucas 24:27). Él mismo es el punto en el cual todas las líneas de pensamiento del Antiguo Testamento tiene su encuentro. Él no sólo cumple algunas frases de la Ley y de los profetas, sino las cumple en su conjunto (Mateo 5:17). Algunos textos que profetizan acerca de El, fueron redactados por profetas que conscientemente sabían que hablaban acerca del Mesías. Pero otros muchos reciben su «cumplimiento» en Jesucristo sin que el autor conscientemente estuviera pensando en Él.
En otras palabras, el Antiguo Testamento no sólo contiene declaraciones proféticas explícitas, sino palabras, ideas y patrones que implícitamente anticipan al Mesías. Ni la serpiente de bronce, ni la roca golpeada, ni el maná en el desierto eran reconocibles para Moisés como símbolos del Mesías, pero Jesucristo los «cumple» a todos (ver Juan 3:14; 6:48–50; 1a̱ Corintios 10:4). El Éxodo en sí establece patrones espirituales (la redención, el bautismo, el peregrinaje, el reposo, etc.) que no recibirán su cumplimiento verdadero hasta la venida de Jesucristo.
Es esta convicción y percepción que subyace las citas proféticas de Mateo. Cuando él afirma que Cristo cumplió lo que los profetas habían dicho, no necesariamente está diciendo que los profetas estaban pensando conscientemente en Cristo. Más bien ve que Jesucristo es el verdadero cumplimiento de muchas palabras que inicialmente fueron dirigidas a otras personas y situaciones. Es a la luz de esta percepción que debemos entender el versículo que estamos considerando.
Si miramos el texto de Isaías (Isaías 7:14) descubriremos que la cita procede de un pasaje en el cual el profeta se dirige al rey de Judá, Acaz. Este se encuentra en un gran apuro político. Su reino está amenazado por una alianza entre Rezín de Siria y Peka de Israel. Isaías es enviado por Dios para ofrecer consuelo a Acaz y prometerle que Dios le salvará de sus enemigos. Si él cree, puede pedir la señal que sea y Dios le contestará (7:11); si no cree su casa no tardará en seguir la misma suerte que los reyes de Israel y Siria (7:9b); vendrá una terrible desolación sobre la tierra (7:17–25). Acaz era un hombre impío e incrédulo y, por lo tanto, se negó a pedir una señal. Entonces Isaías le dijo:

«Por tanto, el Señor mismo os dará señal; He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel»

¿Qué quieren decir estas palabras? Evidentemente la «señal» que Dios va a dar a Acaz, la da en ratificación de su fidelidad a la casa de David a pesar de la amenaza de los enemigos, y aun a pesar de los tiempos difíciles que se avecinan (el cautiverio babilónico). Pero ¿en qué va a consistir la señal?
Algunos comentaristas modernos sostienen que sólo significa lo siguiente: que la señal dada por Dios a Acaz era que una joven tendría un hijo y le llamaría Emanuel, no porque fuera Dios, sino porque el niño en sí era la señal de que Dios estaba con su pueblo; por lo tanto -dicen- esta señal originalmente no tiene nada que ver ni con un nacimiento virginal, ni con la Encarnación.
Sin embargo, hay serias dificultades con esta interpretación:-

-En primer lugar no hay ninguna evidencia bíblica de que la señal jamás fuese cumplida en este sentido.
-En segundo lugar ¿qué clase de «señal» es el solo nacimiento de un niño llamado Emanuel? Una señal en la Biblia siempre es un intervención clara, poco usual, normalmente milagrosa, de parte de Dios. ¿Dónde está lo asombroso en el nacimiento de un niño?
-En tercer lugar, parece claramente establecido a estas alturas que la palabra hebrea traducida por «virgen» (almâ) no significa una mujer joven cualquiera, sino una joven no casada. Desde luego, esto es lo que entendieron los traductores de la versión griega del Antiguo Testamento en el segundo siglo antes de Jesucristo. Ellos no tenían ningún interés en modificar el texto hebreo a fin de hacerlo encajar mejor con el nacimiento de Jesús. Son traductores imparciales. Pero ellos no dudan en traducir esta palabra por «virgen» (párthenos)*
Aquí, pues, está la señal. Quien va a dar a luz es una mujer no casada. Y pienso que no hay ni amago de sugerencia en la profecía de Isaías de que el engendramiento sea fruto de una relación inmoral -casi sería blasfemia pensar que el Emanuel prometido por Dios fuera un bastardo- y en cambio sí hay indicación de que su engendramiento será extraordinario. Es de suponer que esta virgen concebirá sin haber tenido relaciones sexuales con ningún hombre. -En cuarto lugar, es obvio que el niño de Isaías 7:14 no es otro que el niño de Isaías 9:6. El nombre del uno «Dios con nosotros», no es muy diferente del otro: «un hijo nos es dado… Dios fuerte». Y puesto que los demás nombres que él recibe son descripciones de su persona (Admirable Consejero; Príncipe de Paz) es de suponer que «Dios fuerte» y «Padre eterno» también lo son. El niño se llama «Dios con nosotros», no sólo porque su nacimiento es señal de la presencia de Dios con su pueblo, sino porque Él verdaderamente es Dios con nosotros.
-En quinto lugar, el niño de Isaías 9:6, claramente no es un hijo cualquiera. La descripción del profeta no deja lugar a dudas de que se trata del mismo Mesías: «el principado sobre su hombro… lo dilatado de su imperio y la paz no tendrá límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo enjuicio y en justicia desde ahora y para siempre» (Isaías 9:6–7). Sabemos por el conjunto de las Escrituras que las promesas de fidelidad de parte de Dios a su pueblo iban a recibir su pleno cumplimiento en la venida del Mesías. Por lo tanto, es en torno a esa venida que esperaríamos que la promesa de fidelidad dada a Acaz recibiese su señal y cumplimiento. La «señal» en cuestión -como la que el ángel dio a los pastores (Lucas 2:12)- apunta hacia la identificación del Mesías que ha de venir. Claramente fue en este sentido que Mateo la entendió.
Por todas estas razones la interpretación que sólo ve aquí el nacimiento de un niño cualquiera nos parece totalmente inadecuada.
Por otra parte debemos reconocer que hay ciertas dificultades en pensar que Isaías tuviera en mente el nacimiento del Mesías. Principal entre ellas es el hecho de que el versículo 16 de su profecía parece indicar (aunque no necesariamente) que el niño nacerá antes de la eliminación de Rezín y Peka. En tal caso la profecía difícilmente puede aplicarse en primer lugar a Jesucristo.
Lo que, en todo caso, queda fuera de toda duda es el absoluto acierto de Mateo al aplicar esta profecía al nacimiento de Jesús. Aun si suponemos -y es mucho suponer- que hubo un primer cumplimiento de esta señal en tiempos de Acaz, es evidentísimo que las palabras de Isaías encuentran un cumplimiento mayor, más perfecto, más profundo y más verdadero en la Encarnación.
Jesús nació de una virgen, el único caso documentado de la historia. Las dos narraciones del engendramiento, el de Mateo y el de Lucas, escritos desde perspectivas tan diferentes, se ponen de un acuerdo perfecto para persuadirnos que los hechos realmente ocurrieron así. El engendramiento milagroso de Jesús es una «señal» poderosísima de que el niño que nace, si bien plenamente humano, no es un ser humano cualquiera, sino Dios con nosotros; como también la vida posterior de este Niño, única, irrepetible, inimitable, es la confirmación de que algo especial debería haber en su nacimiento.
Aun en el caso de que Isaías no estaba pensando en el Mesías, lo cierto es que sus palabras son cumplidas a la letra por los detalles del engendramiento de Jesús. Y de todos modos, como Mateo nos recuerda, lo que Isaías mismo haya pensando es una consideración secundaria, porque más allá de él estaba el Señor, hablando «pormedio del profeta», conocedor del final desde el principio, cuidando la exactitud de las palabras pronunciadas para que en todo correspondiesen a la Encarnación venidera.
Una última consideración en torno a esta profecía. Si el profeta dijo que «llamarían su nombre Emanuel» ¿cómo es que el ángel dio instrucciones de que fuera llamado Jesús?
La respuesta seguramente tiene que ver con el concepto hebreo de lo que es un nombre. Para nosotros el nombre de una persona no es más que una «etiqueta» que le ponemos para identificarla. Pero como hemos visto, para los hebreos el nombre reflejaba algún aspecto importante de su personalidad. A nosotros lo que nos importa de un nombre es la palabra; a ellos les importaba más el significado. Y en cuanto a su significado, desde el día de su nacimiento, Jesús es Emanuel. Este nombre es una descripción perfecta de lo que Él es en sí. Por lo tanto uno de los nombres que siempre llevará, mientras está en medio de su pueblo, es «Emanuel». Sin embargo, mientras vivía como hombre en la tierra, sin dejar de ser Emanuel, le convenía otro nombre que hiciera justicia a la finalidad de su venida: Jesús.
Ahora nos hemos desviado mucho de nuestra línea de pensamiento. Volvamos a centramos. Lo que hemos intentado demostrar hasta aquí es que la doctrina de la Encarnación, que inicialmente puede resultamos indigna de credibilidad, no nos resulta tan increíble cuando entendemos que durante siglos los profetas habían anticipado que iba a ocurrir.

LAS EVIDENCIAS DE LOS MISMOS ACONTECIMIENTOS

En segundo lugar, lo que frena nuestra incredulidad es la candidez con que los Evangelistas nos cuentan los acontecimientos mismos. La oposición de las autoridades civiles, la sorpresa de María, las dudas de José, el escepticismo de Zacarías, son reacciones que esperaríamos de cada uno de ellos, dadas las circunstancias, y justamente lo que no esperaríamos de una historia fabricada y fraudulenta. El ambiente histórico, geográfico y social del nacimiento de Jesús es narrado con tanta sencillez y exactitud que resulta difícil explicarlo como una invención fantasiosa. Casi no hay nadie que haya examinado serenamente la narración bíblica de la Navidad, que luego dude de la buena fe de los Evangelistas. (En cambio, hay muchos que tratan la Navidad como un cuento de hadas por nunca haberla estudiado).
Acabamos de ver que, cuando José se enteró del embarazo de María, no respondió ingenuamente: ¡Qué ilusión! ¡Dios ha hecho un milagro en mi novia! Su primera reacción es igual a la nuestra, si nos hubiéramos encontrado en circunstancias parecidas. El responde inicialmente con incredulidad, con desengaño y con perplejidad en cuanto a lo que debe hacer. Como ya hemos dicho, algo grande tiene que haber ocurrido para que José cambiara de idea y afrontara el chismorreo del pueblo, asumiendo la paternidad pública del hijo de María. Si no fue la visita del ángel ¿qué fue?
Igualmente con María. ¿Qué hizo que su reacción inicial de perplejidad se convirtiera en una sumisión gozosa? Lucas nos da a entender que fue el carácter sobrenatural del mensajero. ¿Qué otra explicación podemos aducir?
Por supuesto, los testimonios acerca de estos hechos no acaban con José y María. Los Evangelistas reúnen para nosotros las experiencias de otras personas involucradas en estos acontecimientos. Por ejemplo, María tenía una pariente llamada Elisabet. Después del anuncio de Gabriel, María la visitó, ya que el ángel le había dicho que Elisabet también estaba encinta. Esto en sí era causa de asombro porque se trataba una mujer de edad avanzada. Humanamente hablando era imposible que tuviera un hijo. Fue por esto que Zacarías, su marido, había reaccionado con incredulidad ante la noticia del embarazo, de manera que Dios le había castigado dejándole mudo en tanto no naciera su hijo. Y todo esto ocurrió, no en un rincón perdido del país, sino en el Templo de Jerusalén, delante de toda una multitud (Lucas 1:21–22).
Harto conocidas son las historias de los pastores y los Magos. Pero su misma familiaridad quizás nos haga olvidar su importancia como testimonios de la veracidad de la narración de los Evangelistas.
Menos conocidas, pero igualmente importantes, son las reacciones de Ana y Simeón cuando Jesús fue llevado a Jerusalén para ser circuncidado. Nuevamente se trata de un testimonio al mesiazgo de Jesús, dado en el mismo corazón del pueblo de Israel, el Templo. De Ana se nos dice que «hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén» (Lucas 2:38). Simeón, por su parte, estaba tan convencido de que en Jesús se habían cumplido las promesas mesiánicas del Antiguo Testamento que, tomando al niño en sus brazos, dijo: «Ahora, Señor, despide a tus siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación; la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 1:29–32). Lo sorprendente de sus palabras es que no sólo había comprendido las implicaciones de la venida de Jesús para los gentiles, sino también tenía plena conciencia de cómo Dios había ido preparando el terreno a lo largo de los siglos para la venida de su Hijo. Además comprendía que aquella preparación no había sido una cosa oscura, escondida del escrutinio público, sino algo abierto a la investigación y comprensión de cualquiera, elaborado «en presencia de todos los pueblos».
Si los autores bíblicos se detienen para contarnos todos estos detalles en torno al nacimiento de Jesús, no es sólo para satisfacer nuestra curiosidad ni porque pretendan darnos una biografía completa de su vida (nada nos dicen, por ejemplo, del resto de su infancia y juventud) sino precisamente porque son evidencias cruciales en cuanto a la naturaleza del Niño que ha nacido. La intención de los Evangelistas es la de conducirnos a la fe en Jesucristo, a ver en Él el cumplimiento verdadero de las promesas de Dios, a comprender que Él es el Rey que había de venir del linaje de David, el Salvador que había de redimir a su pueblo, el Profeta que había de traer el mensaje definitivo de Dios, en fin, el Hijo de Dios, encarnado para efectuar nuestra salvación. Si nos cuentan estas historias navideñas, es porque constituyen un amplio cuerpo de evidencias para que podamos entender quién era Jesús y llegar a creer en Él. Testigos hubo de su nacimiento, y muchos. Los contemporáneos que tenían algo de sensibilidad espiritual comprendían, por revelación divina, que algo especial estaba ocurriendo, que había llegado finalmente el momento vislumbrado por los profetas, que después de toda una serie de promesas hechas a su pueblo, Dios por fin cumplía su palabra. «Cuando vino la plenitud del tiempo -dice el apóstol Pablo- Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gálatas 4:4).
En Navidad, pues, celebramos este hecho trascendental: Dios vino a morar entre nosotros en la persona de Jesucristo. ¿Crees esto? Es difícil creer el testimonio de personas que no conocemos. Es difícil creer en visiones que algunos tuvieron hace dos mil años. Podríamos dedicar tiempo a hablar de la fidedignidad de los documentos bíblicos a fin de robustecer la base de nuestra fe. Pero a fin de cuentas ¿cómo vamos a creer esto?

LA EVIDENCIA EXPERIMENTAL

La maravilla es que Dios nos entiende. Conoce nuestras dudas y, si nos acercamos con sinceridad, Él sale a nuestro encuentro. Sin despreciar ni por un momento la verdad de todo lo que hemos visto hasta aquí, Dios no nos pide que creamos en la Encarnación solamente sobre estas bases. Los mismos discípulos de Jesús no llegaron a creer en Él como hijo de Dios, Rey de la gloria, nacido de una virgen por obra del Espíritu Santo, solamente por el testimonio de María, de José, de Elisabet, o de Simeón. Llegaron a creer en Él porque vivieron con Él.
Fue la convivencia con Jesús la que les convenció de su divinidad. El apóstol Juan nos lo explica en estos términos: «El Verbo (de Dios) fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y nosotros vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre» (Juan 1:14). O, nuevamente: «Lo que era desde el principio, lo que nosotros hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos, tocante al Verbo de vida.… lo que hemos visto y oído, esto os anunciamos» (1a̱ Juan 1:1, 3). Juan es consciente del dilema. ¿Cómo trasmitir a otros la emoción, la intensidad, la gloria de lo que los discípulos han vivido? ¿Cómo convencerles de que no es un «cuento de hadas»? El que Dios se haya manifestado en forma humana, no hay palabras adecuadas para explicarlo. Lo único que Juan puede hacer es insistir en la fidelidad de su propio testimonio: ¡Lo he visto, lo he escuchado! ¡Lo hemos tocado, hemos convivido con Él! ¡No os estamos engañando; esto es lo que hemos visto y oído!
Pedro se encuentra ante el mismo dilema. Sabe perfectamente que los inventores de religiones tienden a la exageración, a narraciones fraudulentas apoyadas en milagros y señales. Sabe distinguir entre hechos históricos y leyendas inventadas. Viviendo en el primer siglo, en medio de sociedades caracterizadas por el pluralismo religioso, con tantos rumores de milagros, misterios y mitos, con tantos dioses que se transforman en hombres, y hombres que se convierten en dioses, su gran problema es: ¿cómo convencer a mis lectores de la veracidad de la Encarnación de Dios en Jesucristo? ¿Cómo hacerles entender que los mitos se han hecho realidad en Jesús?

«No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honor y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo mi complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo» (2a̱ Pedro 1:16–18).

Sin querer ser irreverentes con el texto bíblico, yo quisiera expresar en primera persona el conjunto del testimonio que Pedro nos da en esta cita y en otros lugares. Podría ser el siguiente:-

Un día, cuando yo remendaba mis redes, Jesús de Nazaret me llamó a ser su discípulo. Yo ya tenía mis sospechas de que Él podría ser el Mesías. Decidí ir con Él y empecé a conocerle más de cerca. Poco a poco mis criterios acerca de Él iban cambiando. Vi cómo sanaba enfermos, cómo calmaba la tempestad, cómo echaba fuera a los demonios, cómo demostró tener autoridad para perdonar pecados, cómo resucitó a muertos. Vi que Él hacía cosas que sólo Dios puede hacer, y pensé: el poder de Dios está con Él. Pero el poder de Dios también había estado con Moisés y los profetas. Sin embargo, con Jesús había una gran diferencia. Ellos habían hecho señales en el nombre de Dios; Jesús nos enviaba a hacer señales en su propio nombre. Ellos siempre decían: Dios ha dicho…; Jesús decía: Yo os digo… Ellos eran pecadores como nosotros; después de convivir con Jesús a lo largo de tres años nunca he visto ni sombra de pecado en El. El poder de Dios estaba sobre ellos; pero en el caso de Jesús es como si el poder de Dios emanara de Él mismo. Ellos reflejaban algo de la gloria de Dios. Pero yo tenía cada vez más intensamente la convicción de que al estar en presencia de Jesús, estaba en presencia de Dios. Sin embargo, esto sólo sirvió para aumentar mis dudas. Creer que un dios se puede hacer hombre está muy bien para los paganos -los romanos, por ejemplo- pero los judíos sabemos que Dios es uno, invisible, trascendente. A Dios nadie lo ha visto jamás. Ni siquiera era dado a Moisés poder verle de cara porque ningún hombre pecador, como nosotros, puede mirar a Dios y sobrevivir. Dando vueltas al asunto llegué a pensar que Jesús, de alguna manera que yo desde luego no alcanzaba a entender, había de ser Dios reducido a tamaño humano, Dios hecho accesible para nosotros. Claro está que en la medida en que Dios se reduce a nuestra forma humana, y se sujeta a nuestra condición y en que el Invisible se hace visible y el Eterno temporal, se me planteaba la pregunta si era legítimo seguir hablando de Él como de «Dios». Cuando una mariposa es crisálida ¿también es mariposa? Cuando el agua se convierte en hielo o vapor ¿es lícito seguir llamándola «agua»? Por lo tanto, cuando un buen día Jesús mismo nos preguntó: ¿Quién decís que soy yo? Le contesté: Tú eres el Hijo del Dios viviente. «Hijo de Dios» me parecía una frase que hacía justicia a la realidad que yo había percibido en Él. Mi respuesta le agradó. Y fue poco después que viví la experiencia más reveladora en este proceso de llegar a conocer a Jesús. Yo subí a un monte con Él, juntamente con Jacobo y con Juan. Cuando estábamos allí, en la cima, el hombre Jesús fue transformado delante de nosotros. La gloria de Dios que habíamos llegado a percibir en Él tomó forma visible. Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se hacían blancos como la luz. Y desde el cielo vino una voz: Este es mi Hijo amado. Dios mismo desde la gloria ratificó la definición de la persona de Jesucristo que Él antes me había revelado al corazón. Desde entonces mi relación con Jesús cambió. Comprendí quién era. Comprendí que, si bien como hombre Él convivía plenamente con nosotros, como Dios tenía acceso a un mundo invisible en el cual Él participaba de la comunión de los santos en la esfera eterna. Desde entonces no sólo era mi Maestro, ni sólo mi Rey; también era mi Dios.

Los discípulos creyeron que Jesús era el Hijo de Dios porque le conocieron en persona y convivieron con Él. Pero ¿qué de nosotros, que no tenemos este privilegio?
Nosotros también hemos de convivir con Jesús para poder aceptar sus divinidad como algo más que un dogma teórico. Primero hemos de convivir con Él en las páginas de las Escrituras: ponernos en el lugar de los discípulos y revivir el asombro de sus milagros y señales, la autoridad de sus enseñanzas, la compasión de su actitud hacia los necesitados, el amor de su relación con los que le seguían y la salvación que proporcionaba a todos los que le buscaban. Necesitamos ver que ni sus amigos más íntimos, ni sus enemigos más injustos podían acusarle de pecado, y que ni los unos ni los otros jamás cuestionaban la autenticidad de sus milagros. Debemos descubrir la realidad histórica acerca de Jesucristo por medio de las evidencia y datos narrados por los testigos oculares, los escritores del Nuevo Testamento.
Porque los apóstoles, más que teólogos eran testigos. Quiero decir, que su afán no era tanto el de elaborar sistemas teóricos de pensamiento religioso como el de dar fe de los hechos históricos de la vida, persona y obra de Jesucristo. Si menospreciamos su testimonio, naturalmente nunca vamos a conocer en experiencia propia el significado de la Navidad.
Su testimonio provee un fundamento adecuado para nuestra fe. Lo podemos desatender. Por intereses creados, podemos buscar argumentos para intentar invalidarlo. Pero si lo escuchamos seria, sincera y desinteresadamente, es plenamente adecuado como para convencernos de la trascendencia y lugar único de Jesucristo en la historia de la humanidad, del poder de Dios en sus actos, de la autoridad de Dios en sus palabras, de la paciencia de Dios en su persona, y de la salvación de Dios en todo el propósito de su vida. Por así decirlo, el testimonio de los apóstoles nos abre la puerta de la fe.
Pero luego hemos de entrar por ella.
Si la evidencia bíblica es cierta, Jesucristo resucitó de la muerte. No está muerto sino vivo. La razón por la que hoy no tenemos el privilegio de convivir con Él como los primeros discípulos, es que ascendió a la diestra del Padre. Y la razón de su ascensión fue que convenía que dejase de estar en este mundo en forma física (limitada a un solo lugar) a fin de estar entre nosotros por medio de su Espíritu (presente en todos los lugares a la vez) «Os conviene que yo me vaya -dijo a los discípulos- porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Juan 16:7). A través del Espíritu, Jesús «está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).
Si esto es cierto, Jesucristo no está lejos de nosotros. Por su Espíritu Él está a tu lado, ahora cuando lees estas palabras. No le ves. No le oyes audiblemente. Pero si la evidencia bíblica es cierta, entonces la presencia actual de Jesucristo, por su Espíritu, es igualmente cierta. Es decir, la evidencia experimental está a tu alcance, si sólo crees.
El testimonio apostólico nos abre la puerta de la fe. Entramos por ella cuando, en la intimidad e intensidad de un corazón sincero, le damos entrada como Señor y Salvador de nuestras vidas. Lo hacemos por medio de la oración.
Las palabras de nuestra oración podrían ser semejantes a las siguientes:

«Señor Jesucristo, no te veo pero, porque hasta aquí lo que he entendido del testimonio apostólico me convence, quiero creer que Tú me oyes. En la medida en que yo he ido entendiendo las evidencias históricas y bíblicas, he ido creyendo muchas cosas acerca de Ti y acerca de mí mismo. De mí mismo he aprendido que verdaderamente soy un desgraciado. Me veo como un pecador inexcusable, responsable y culpable, sucio y miserable, sin palabras para poder justificarme ni encubrir mi vergüenza ante Ti. De Ti he aprendido que eres el Salvador de pecadores como yo. Te pido que Tú me salves a mí. También he aprendido que eres el Rey. Tú eres el Mesías enviado por Dios. He comprendido que sólo puedo ser salvo por Ti si pertenezco a tu pueblo, si acato tu autoridad y me someto a tu señorío. En la medida, pues, en la que he podido creer en Ti, te entrego mi vida y me comprometo a vivir como tu siervo. También he comprendido que en mí no reside la capacidad de servirte ni obedecerte como Tú deseas y mereces. El pecado me domina. Por lo tanto pido que me des tu Espíritu para que Él me confirme en la fe y me capacite para vivir rectamente ante Ti»

Quien tiene el Espíritu Santo, convive con Jesucristo. Para tal persona el testimonio de los apóstoles es confirmado por la evidencia personal de la presencia de Cristo. Quien tiene el Espíritu, «ya no cree solamente por el testimonio de otros, porque él mismo ha oído, y sabe que verdaderamente Jesús es el Salvador del mundo» (Juan 4:42). El testimonio objetivo e histórico de las Escrituras queda ratificado por el testimonio subjetivo, íntimo y presente del Espíritu (Romanos 8:16–17).
Si nunca has orado con palabras parecidas a estas, ¿qué impide que lo hagas ahora mismo?

EL VERDADERO IMPEDIMENTO A LA FE

¿Qué lo impide? Posiblemente varias cosas.
Puede ser que aun no conoces suficientemente ni el Evangelio, ni las evidencias históricas y bíblicas del Evangelio, como para poder orar así sin hacer violencia a tu integridad intelectual. En tal caso, es cuestión de seguir investigando.
Más probable aún, sin embargo, es que el obstáculo se encuentre a nivel de la voluntad, más que de la mente. Tener que reconocer nuestra impotencia moral, nuestra necesidad de salvación, es humillante. Nuestro orgullo en seguida se levanta en protesta. Dará un golpe mortal a nuestra conversión, a no ser que nosotros tengamos el valor de darle un golpe mortal a él. La humildad y el quebrantamiento de corazón son prerrequisitos indispensables para que el ser humano pueda experimentar personalmente la comunión con Dios (ver p.ej. Isaías 57:15; 66:2; Salmo 138:6). Muchos que dicen que no pueden creer el Evangelio porque no les convence, harían bien en ser honestos consigo mismos y preguntarse si el verdadero obstáculo no es más bien su propio orgullo.
Hay muchos que dicen que quisieran creer en Dios pero no pueden. ¿Porqué no me habla Dios, si existe? preguntan. ¿Por qué no hace algo para eliminar toda duda en cuanto a su existencia? El mundo de la Naturaleza y las circunstancias de la vida no les dicen nada de Dios, porque no tienen oídos para oír ni ojos para ver. Tampoco les convence el testimonio de otros de su experiencia de Dios, porque la consideran subjetiva o relativa. Pero ante la intervención de Dios en el mundo en la persona de Jesucristo no tienen excusa. En primer lugar, los Evangelistas nos ofrecen unos datos rigurosamente seleccionados y expuestos como evidencia de ella. En segundo lugar esta intervención es para nosotros («Dios con nosotros»); es decir, su validez puede ser aplicada y experimentada en la vida de toda persona que quiera recibirla.
El problema de fondo es que sólo quieren relacionarse con Dios sobre la base de sus propias condiciones. Están dispuestos -deseosos- a relacionarse con el Dios que solucione todos sus problemas y satisfaga sus necesidades materiales, emocionales, e intelectuales. Pero Dios pone sus condiciones. El no puede tener comunión con el hombre mientras éste persiste en ser dios para sí mismo. El Dios Santo no quiere relacionarse con el hombre mientras éste permanece en su inmundicia. Hay una dimensión altamente moral al conocimiento de Dios. Si queremos apropiar para nosotros los beneficios de la Encarnación, tendremos que enfrentarnos previamente con nuestra propia condición moral.
Es bien cierto que una de las finalidades de la venida de Jesucristo fue la revelación de Dios al hombre. «He manifestado tu nombre» es la fórmula empleada por Cristo mismo para describirla (Juan 17:6, 26). Pero Cristo no dio a conocer al Padre sólo para satisfacer nuestra curiosidad intelectual. Lo hizo más bien para poder efectuar nuestra reconciliación con Dios. Y puesto que lo que impide esta reconciliación es el pecado, el «salvar al hombre de sus pecados» es un paso imprescindible en el camino de la reconciliación. Como consecuencia, la persona cuyo interés en la Encarnación de Jesucristo sólo radica en una curiosidad académica acerca de la existencia de Dios, tropezará siempre con la dimensión moral del Evangelio. Jamás llegará a comprender que la frase «salvará a su pueblo de sus pecados» es inseparable de la otra que quisiera escuchar: «Él te demostrará la existencia de Dios».
El camino a Dios siempre es un camino moral, y nunca meramente intelectual. El hombre que sólo busca respuestas académicas, sin a la vez disponerse para una transformación personal a través de la angustia del conocimiento de sí mismo, la humillación, la convicción de pecados, y el arrepentimiento, jamás encontrará esas respuestas, y dará la espalda al Evangelio considerándolo un pobre engaño. En cambio, el hombre que se acerca al Evangelio consciente de su fracaso humano y su culpabilidad, está en vías de descubrir la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
No quiero decir con esto que el Evangelio no tenga respuestas que ofrecer a nivel racional, ni mucho menos que el conocimiento de Dios implique el suicidio intelectual. Al contrario, hemos visto que los primeros capítulos del Evangelio de San Mateo están llenos de evidencias dirigidas, por supuesto, a nuestro intelecto. Lo que digo es que la integridad intelectual no es suficiente en sí. También hace falta una integridad de corazón, o sea, la disposición de responder con arrepentimiento a la voz del Espíritu Santo cuando, en medio de nuestra investigación académica, nos convence de pecado. Tanto el cerrar los oídos como el cerrar el corazón, tanto el dejar de pensar como el dejar de amar, son pecados contra el Espíritu Santo en su labor de revelarnos el camino a Dios.
Más aún, no sólo tenemos que reconocer que somos pecadores sino también darnos cuenta de que necesitamos ser salvados de nuestro pecado. Casi todo el mundo está dispuesto a reconocer que en algún momento ha pecado. Pero son muy pocos los que comprenden que su situación es tan desesperada que el único remedio es un acto de salvación de parte de Jesucristo. O bien se conforman con su situación, quizás porque les guste o quizás porque se creen bastante «decentes» u «honrados»; o bien intentan mejorarse ellos mismos, creyendo que un poco de esfuerzo bastará para remendar las grietas de su fachada moral; o bien se creen casos muy especiales por los cuales Cristo no podrá hacer nada, quizás porque sean demasiado malos o quizás porque sean demasiado «complicados». Algunos se pierden por muy buenos, otros por muy malos, pero pocos se salvan, porque no entienden el carácter moral de la intervención de Dios en la vida del hombre o, si la entienden, no están dispuestos a someterse a ella.
Es importante recalcar esto a la luz de las actitudes religiosas de mucha gente de hoy. Algunos dicen: si Dios es un dios de amor, seguramente me perdonará los pecados. En cierto sentido tienen razón, porque Dios desea perdonarnos y, por supuesto, se caracteriza por una gran benevolencia hacia nosotros. Pero es evidente que tales personas no han comprendido la naturaleza exacta de su condición humana. Piensan que un poco de perdón bastará para remediar el problema de sus pecados. Además de no haber entendido lo que hemos dicho (capítulo 4) acerca de la propiciación como base necesaria para el perdón, tampoco han comprendido que son esclavos del pecado, que son impotentes ante su fuerza, y que, por mucho «perdón» que reciban, no tendrán el poder de vencer el pecado en el futuro. El perdón en sí no ofrece una solución final para la pecaminosidad humana. Puede suavizar las consecuencias del pecado, pero no libera al hombre de su esclavitud moral.
Si el problema del hombre fuera tan sólo los pecados en sus manifestaciones externas, el perdón de Dios quizás bastaría para solucionarlo. Pero el problema del hombre es mucho más radical, y por esto tuvo que venir Cristo. El problema básico, más allá de los llamados «pecados», es el pecado, esa potencia desastrosa, destructora, que gobierna al hombre sin que él mismo lo desee (Romanos 7:15–24). El hombre no está libre. Es el esclavo del «pecado», de las tinieblas, y el Hijo de Dios vino para darle la libertad. Servimos a uno de los dos maestros: A Dios o al Diablo, al Espíritu Santo o al espíritu de Mamón (Mateo 6:24). Si no servimos a Dios, es al pecado a quien servimos. Dios tiene que salvarnos, pues, mediante una redención, una liberación de esta situación en la que nos encontramos. No basta con que Dios nos perdone, puesto que el «perdón» no soluciona todas las dimensiones de nuestro problema.
A veces se oye decir a la gente que no quiere ser cristiana porque le gusta estar libre. ¡Qué engaño! ¡Qué ilusión! Lo que tales personas quieren decir en realidad es que les gusta servir a este principio de pecado, de egoísmo, que radica en ellas. Es decir, son esclavos de sus propios intereses. Las dos alternativas que se ofrecen al hombre no son la libertad o el cristianismo, sino la esclavitud al pecado o el servicio de Dios (Romanos 6:17–22). Aquella, con el paso del tiempo, degrada al hombre; ésta resulta ser una auténtica liberación.
Lo grande de la proclamación del ángel a José es que Cristo no ha venido sólo para perdonar los pecados, sino para salvar al hombre del pecado. Lo trágico es que muchos no quieren reconocer que el conocimiento de Dios depende de la salvación de los pecados. Quieren tener relaciones con Dios sin la humillación del arrepentimiento y de la salvación en Cristo. Es decir, quieren que Cristo sea «Emanuel» sin ser «Jesús». Y lo desean así porque no quieren enfrentarse consigo mismos. No se atreven a ver lo que realmente son. Prefieren vivir engañados.
Este es el motivo fundamental por el que el hombre no conoce a Dios, y es mediante esta clase de negación de la realidad que el maligno ha cegado los ojos del hombre para que no llegue a la luz del Evangelio.
Si el ser humano no tiene ojos para ver la intervención de Dios en el mundo es porque no comprende la finalidad de ella. Piensa que Dios debe revelarse con el único propósito de darse a conocer (es decir, de quitar toda duda en cuanto a su existencia) o de solucionar los problemas y las injusticias de la sociedad. No comprende que Dios tiene interés en revelarse a fin de efectuar la reconciliación del hombre consigo, y que no hay solución para los problemas del mundo sin esta reconciliación. Como consecuencia el hombre, demasiado orgulloso para pensar que él sea ciego, niega que Dios jamás haya intervenido de una manera inteligible en la vida y la historia humanas.
Si hoy no puedes creer en Jesucristo, pregúntate si tu problema es intelectual o moral, si es una cuestión de la mente o de la voluntad, si en el fondo se debe a una falta de evidencias o a una falta de disposición de reconocer tu fracaso y necesidad de salvación.
Jesucristo mismo dice que «el que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios» (Juan 7:17). El convencimiento intelectual y la disposición moral van cogidos de la mano. El verdadero impedimento a la fe no es la falta de evidencias sino el orgullo.

DIOS CON NOSOTROS

El significado de la Navidad puede ser resumido en una sola palabra: «Emanuel». Mateo mismo nos la ha traducido: «Dios con nosotros». El Dios que siempre ha existido, que es la mayor realidad de la vida, origen de las demás realidades, Creador del universo, y sin el cual nuestra vida carece de significado, dirección y propósito, irrumpe en nuestra historia de una manera nueva y asombrosa.
En la Navidad recordamos cómo unos Magos dieron regalos a Jesús. Pero el gran regalo de la Navidad lo constituye Jesús mismo. El es el «don inefable» que Dios nos ha enviado (2a̱ Corintios 9:15). Y a través de Cristo, Dios también nos colma con otros muchos regalos: la dádiva de la vida eterna (Romanos 6:23), el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38), la gracia de la salvación (Efesios 2:8). Celebrar la Navidad y no aceptar estos regalos de parte de Dios es absolutamente incomprensible.
¿Has recibido tú el gran regalo de Dios, el Señor Jesucristo? ¿Le has reconocido como tu Señor y Salvador? ¿Has encontrado en Él a Aquel que vino a este mundo para rescatarte de la miseria de una vida sin sentido, dirección, ni felicidad y constituirte heredero de la vida eterna? A los que le reciben, a los que creen en Él como a quien realmente es -Dios, Rey y Salvador- les da potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12). ¿Tú has creído en Él?
O para volver a la experiencia de Pedro, ¿alguna vez has subido al monte y has visto a Jesús transfigurado? No estoy hablando de arrebatamientos místicos, sino de la iluminación de la mente, la comprensión asegurada de que Jesús verdaderamente es el Hijo de Dios, la confirmación de parte de Dios, en la intimidad del alma, de quién es el Niño que nació en Belén.
Cada año nuestros vecinos celebran la Navidad. Si les preguntamos ¿qué significa la Navidad? muchos sabrán darnos una respuesta correcta: es el cumpleaños de Jesús, el Hijo de Dios. Pero no es más que una respuesta teórica aprendida de memoria. Para poder contestar con convicción y coherencia, debemos haber subido al monte con Cristo. No es cuestión de repetir una frase ortodoxa, sino de haber vivido con nuestra vida, haber visto con nuestros ojos, escuchado con nuestros oídos, comprendido con nuestro entendimiento, aceptado con nuestra fe, que el Niño de Belén es Dios nuestro. Dios contigo. Dios conmigo. Dios con nosotros.
El Señor nos trata a todos de maneras distintas, pero en la experiencia de todo aquel que cree en Jesucristo viene de alguna forma esta revelación de parte de Dios. No es carne ni sangre quien pueda revelarnos estas cosas. Nosotros también necesitamos «ver» a Jesús transfigurado. A la gran mayoría, dudo que Dios nos vaya a enviar un ángel o transportarnos al cielo. Más bien será una revelación en la intimidad del corazón, un encuentro con el Señor Jesucristo en las páginas de las Escrituras y en la comunión del Espíritu. Pero tarde o temprano llega el momento en el que por fe tenemos que responder: Sí, ahora lo veo; la historia ya no es la misma para mí; no es un sinfín de acontecimientos caóticos sin hilo ni propósito; la historia ya tiene su clave, su momento de explicación, porque creo que en medio de la historia irrumpió Dios y se hizo hombre. «A Dios nadie le ha visto jamás, pero el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). La verdadera felicidad para nosotros en la Navidad estriba en el conocimiento de Dios a través de Jesucristo.

LA VISITA DE LOS MAGOS

MATEO 2:1–15

«Cuando Jesús nació en Belén de Judea en los días del rey Herodes, vinieron de oriente a Jerusalén unos magos,
diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.
Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.
Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.
Ellos le dijeron: en Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:

Y tú, Belén, de la tierra de Judá, No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;
Porque de ti saldrá un guiador, Que apacentará a mi pueblo Israel.

Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;
y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.
Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Después que partieron ellos’, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.
Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto,
y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo».

HERODES Y JESÚS: EL CONTRASTE ENTRE DOS REYES

LOS MAGOS

Mateo nos cuenta muy poco acerca del mismo nacimiento de Jesucristo. De hecho, los únicos datos específicos que nos da son el lugar (Belén) y el momento (el reinado de Herodes, en 2:1). En cambio nos narra una historia acerca de las consecuencias del nacimiento: la de la visita de los Magos.
Esta historia no es un bonito cuenta para niños. No es narrado como una leyenda curiosa sino como un hecho histórico de grandes implicaciones espirituales y consecuencias sociales. No está en la Biblia para ofrecernos la oportunidad de dar regalos a nuestros hijos en «Reyes», sino para subrayar unos hechos trascendentales: que Cristo tuvo que enfrentarse desde el momento de su nacimiento con una sociedad hostil a los propósitos divinos, y que iban a ser los gentiles más que los judíos los que recibirían al Mesías. Los Magos mismos, por lo tanto, a mi parecer no son en sí el elemento principal de esta historia sino más bien el catalizador que provoca la persecución de Cristo por Herodes. Si su protagonismo tiene alguna importancia en sí, es para ilustrar la extensión del Evangelio al mundo gentil.
Desgraciadamente, por ser esta historia un tanto exótica, la tradición cristiana ha ido elaborando alrededor de ella unas características de pura fantasía que han encubierto completamente el verdadero sentido de la narración. Como consecuencia, al leer esta historia pensamos en tres reyes montados en camellos que van caminando hacia Belén acompañados por una banda de criados y guiados por una estrella igualmente exótica que va flotando en el aire a poca distancia de ellos.
Ya hemos visto en el prólogo que no es así. En cuanto a la estrella parece que frases como las del versículo 9 («la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño») no son más que la descripción poética de un fenómeno astrológico: Los Magos, por sus estudios de los movimientos de esta estrella, descubrieron el camino hacia Belén. Si tuvieran una interpretación más literal sería difícil explicar por qué la estrella al principio les llevó erróneamente a Jerusalén.
Lo que la Biblia narra acerca de los Magos es muy diferente del cuento ya casi mitológico que se enseña a los niños de hoy. Y es una pena. Porque detrás de la fantasía tradicional existe una realidad histórica y espiritual de significado profundo. Aquí comienza la gran lucha entre Jesús y las autoridades judías, entre los «dos Israeles», y aquí comienza la presencia gentil dentro de los propósitos de Dios para su nueva creación.
La obra de Cristo iba a romper con el exclusivismo judío. La nueva creación iba a abarcar a los hijos espirituales de Abraham de todas las naciones (8:11–12; 28:19); y esto no iba a agradar a una nación que se creía el heredero de un monopolio de los favores divinos. Los Magos son las primicias de la incorporación de los gentiles a la familia de Dios, mientras el rechazo de Cristo por parte de Jerusalén anticipa la exclusión de un gran sector de los judíos del reino de los cielos. Los primeros en aclamar al Mesías en este Evangelio no son judíos sino gentiles (¡y esto que Mateo escribía mayormente para lectores judíos!). Heredes tenía a mano la revelación de las Escrituras y sabía manipularlas (2:4–6), pero no tuvo intención de recibir al Cristo qué ellas anunciaban. En cambio los Magos, guiados únicamente por sus estudios astrológicos y sin las ventajas de la Ley de Dios, le adoraron.

LOS DOS REYES

Herodes era un usurpador. Hacía bien en temblar por su trono. Ni era de la casa de David, ni tenía derecho al trono de David. En cambio Jesús, tal y como Mateo nos ha demostrado desde el primer versículo de su Evangelio, era hijo de David, y reunía las condiciones necesarias para ser rey de los judíos.
Jesús podía ser el Mesías. El testimonio de los Magos es importante en este sentido:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle» (Mateo 2:2).

La reacción de Herodes y de la corte también es significativa. Ellos desde luego no toman a la ligera la posibilidad de que Jesús sea el Mesías. Buscan en el Antiguo Testamento y encuentran una profecía que coincide con los hechos reales: el Mesías ha de nacer en Belén (v. 5) y Jesús verdaderamente nació en Belén (v. 1).
Por supuesto, en los capítulos sucesivos Mateo seguirá amontonando las evidencias. Nos dará el testimonio de Juan el Bautista (cap. 3) y de la voz del cielo (3:17). Nos demostrará que Jesús es el nuevo Israel que vence la tentación en el desierto (cap. 4). Constantemente nos indicará que Jesús cumple todo lo que las Escrituras dicen acerca del Mesías (2:15, 23; 3:3; 4:15–16). Y nos hará revivir la experiencia de los discípulos al ir descubriendo la autoridad de Jesús, primero en su enseñanza (capítulos 5–7), luego en sus señales y milagros (capítulos 8–9).
Como decíamos en el prólogo, nuestra historia versa sobre un rey, Herodes, que por su gobierno injusto no merecía serlo; sobre unos astrólogos a los que la tradición llegó a conceder el título de reyes aunque nunca lo fueron; y sobre un niño indefenso, nacido en un pueblo oscuro, pero que era reconocido por estos mismos astrólogos como lo que auténticamente era y es: el Rey de reyes y el Señor de señores.
Debemos tener cuidado de no celebrar de tal manera la fiesta de tres reyes legendarios, que nos olvidemos de las demandas sobre nosotros del verdadero Rey de la historia. Es una notable tendencia humana aprovechar ciertas efemérides históricas como excusa para la diversión y a la vez olvidarse del verdadero trasfondo histórico. Ocurre con todas las religiones del mundo, y con muchas de las fiestas nacionales y políticas, que lo trascendente queda enterrado bajo la frivolidad de la fiesta. La Navidad es la celebración del nacimiento del Rey de reyes. Sin embargo, para la gran mayoría la ocasión no es más que una excusa.
Si Mateo nos cuenta la historia de los Magos (y omite la visita de los pastores, la presentación en el Templo, etc), es porque ve en ella la ilustración gráfica de unos principios trascendentales de enorme significado para nosotros, y que tiene que ver con la realidad de Jesús y sus derechos soberanos en nuestras vidas.
Por un lado el contraste entre el rey Herodes y el rey Jesús nos conduce necesariamente a preguntarnos qué clase de rey queremos que gobierne sobre nosotros (cp. Lucas 19:14). Por otro lado el contraste entre Herodes y los Magos nos conduce a examinar con quiénes de ellos nos identificamos en nuestra reacción ante las pretensiones mesiánicas de Jesucristo.
Finalmente sólo hay dos maneras de celebrar la Navidad. O bien la utilizamos como pretexto para unas fiestas que marginan a aquel Rey cuyo advenimiento supuestamente celebran; o bien, como los Magos, lo adoramos. O bien de alguna manera, más o menos consciente, más o menos activa, perseguimos y desterramos a Jesús; o bien, admitiendo su realeza, su señorío y sus derechos soberanos, le reconocemos como nuestro Rey. Es el mismo texto del Evangelio de Mateo que nos pone en esta disyuntiva, porque es el texto el que nos plantea estas dos maneras de celebrar la Navidad.

EL REY HERODES

Ningún otro texto de la antigüedad nos cuenta la matanza de niños que fue la consecuencia de la persecución de Jesús por parte de Herodes (ver Mateo 2:16–18). Pero el hecho de encontrarla sólo en el texto bíblico no debe sorprendernos. Ni mucho menos puede ser utilizado como argumento contra su historicidad.
Debemos recordar que no disponemos de los archivos imperiales de Roma, ni mucho menos de los de la corte de Herodes. Los documentos históricos que podrían haber confirmado o contradicho la narración de Mateo, sencillamente han desaparecido. Los textos contemporáneos que han sobrevivido son poquísimos.
Por otro lado la credibilidad y fidedignidad histórica del Nuevo Testamento es algo que a estas alturas difícilmente se puede cuestionar. Todos los detalles de los Evangelios que se prestan a una confirmación por lo que sabemos de otras fuentes, han quedado respaldados por ellas. La reputación de los Evangelistas como buenos historiadores ha sido asegurada en la medida de lo posible*.
Si Mateo hubiera inventado esta historia, ¿no habría hecho que la matanza ocurriera en Ramá en vez de Belén? Así habría dado mayor autenticidad aún a la «profecía» que él cita en el versículo 18. ¿Y por qué ocuparse de esta profecía de todas maneras, si no hay nada en el contexto original de Jeremías que indique que se refiera al nacimiento del Mesías? Parece mucho más probable que Mateo haya buscado un texto bíblico para respaldar un hecho real, a que haya inventado esta historia para respaldar una profecía que de todas maneras no parece tener mucho que ver (al menos a la primera vista) con el hecho en cuestión.
Además, los detalles que Mateo nos proporciona acerca del carácter del Rey Herodes y de sus motivaciones, concuerdan perfectamente con lo que sabemos de él por la «historia secular» (y explícitamente por la «Historia de los Judíos» de Flavio Josefo). Un déspota sin escrúpulos, él tuvo una verdadera paranoia y obsesión por la seguridad de su trono. Sabía perfectamente que los judíos en general daban su apoyo a la familia hasmonea, descendientes legítimos de los sumos sacerdotes de Israel, y no a la familia de los Herodes, de origen idumeo. Hacia finales de su reinado esta inseguridad obsesiva llegó a proporciones tales que él llevó a cabo la liquidación sistemática de todos los supervivientes de la línea hasmonea, incluidos su propia esposa, Mariamne, y sus dos hijos, Alejandro y Aristóbulo. Esto ocurrió unos pocos años antes de la matanza de los Inocentes.
Si bien es cierto que la matanza de Belén sólo es narrada por Mateo, por otra parte sabemos que Herodes era plenamente capaz de realizarla. Una persona que mata a sus propios familiares, no vacilará en liquidar a enemigos ajenos, aunque sean niños.
¿Qué clase de rey era, pues, Herodes?
Sus contemporáneos le llamaban «El Grande», tanto por la extensión de su poder, como por el control férreo con el que gobernaba, como también por las obras vistosas con las que embelleció Palestina.
Era idumeo. Es decir, procedía de un pueblo (Edom) que era primo hermano de los hebreos, pero cuyo compromiso con Israel era dudoso. Debía su posición en el trono al poderío de Roma. Pero su status de vasallo no era muy cómodo. Como consecuencia ni sentía lealtad a Roma ni a Israel, excepto en la medida en que ella fuera a promocionar sus propios intereses. La «grandeza» de su reinado fue más bien personal; ni contribuyó a engrandecer el Imperio ni a Israel (excepto en sus monumento). El egoísmo y la ambición eran las fuerzas motrices de su gobierno.
Estas características, unidas a su paranoia, le llevaron a cometer atrocidades con tal de asegurar su trono. Su crueldad y tiranía eran notorias en el mundo antiguo. Elocuentes al respecto son las palabras de Mateo:
«El rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él» (2:2).
«Toda Jerusalén» se pone a temblar ante la noticias del nacimiento de Jesús, porque ya ha visto de lo que Herodes es capaz cuando su trono es amenazado. La llegada a Jerusalén de los Magos con sus noticias de un nuevo «rey» en Palestina, habría causado precisamente la consternación que Mateo nos cuenta. Toda Jerusalén se turbó porque no deseaba presenciar otro baño de sangre como el de hacía pocos años.
Sin embargo, nadie en Jerusalén se atrevía a oponerse a Herodes. Y posiblemente nadie lo deseaba. Como muchos de los tiranos de la historia, Herodes sabía controlar a la gente por medio de una mezcla de amenazas y halagos, de violencia y generosidad. El mayor de sus regalos a Israel había sido el grandioso Templo de Jerusalén. No lo había construido por piedad -excepto quizás por aquella clase de piedad que ve en la construcción de edificios religiosos una compensación por las injusticias personales- sino como monumento a su propia gloria y como medio por el cual ganar la gratitud de los líderes religiosos (¡y conseguir también su silencio y complacencia ante los abusos se su gobierno!).
A juzgar por las apariencias, Herodes era un hombre muy religioso. ¿Quién, al verel templo de Jerusalén, no habría imaginado que Herodes fuera el más piadoso de los hombres? Pero esta clase de piedad no es incompatible con intereses egoístas. La espiritualidad -ya lo hemos visto en el caso de José- debe ser medida, no por la ostentación que ella realice ante el público, ni siquiera por obras de caridad y generosidad, sino por la obediencia íntima a la voluntad de Dios. Los hombres somos capaces de construir templos para la gloria de Dios mientras a la vez perseguimos a sus siervos.
Así era Herodes. Su religiosidad no era sino una fachada. Sabía identificarse con la religión siempre que servía a sus propios intereses particulares, pero en el momento de la verdad, hacía la obra del diablo, no de Dios.
Apariencias de religiosidad; realidades de interés creado. Grandes monumentos y grandes atrocidades. La injusticia y la tiranía encubiertas por el chantaje y el halago de una corte espléndida. Mucha sofisticación en la superficie y mucha miseria en el fondo. Así era el reinado de Herodes.

HERODES Y EL DOMINIO DE SATANÁS

Si Dios interviene en la historia, también Satanás. Efectivamente, si no nos damos cuenta, desde el principio, de los papeles respectivos de Dios y el diablo en el mundo, el Evangelio de San Mateo no tendrá mucho sentido para nosotros. Porque el ministerio público de Cristo empieza con su enfrentamiento directo con Satanás (4:1–11) y termina con su entrega de sí mismo al dominio satánico (Lucas 22:53). Con esto los Evangelistas quieren hacernos ver que todo el ministerio de Cristo (y por consiguiente, todo el ministerio de la iglesia, el cuerpo de Cristo) tiene que ver con una lucha entre Dios y el Diablo. Está inminente la presencia diabólica en toda la narración de Mateo, y corremos el riesgo de interpretarla de una forma demasiado superficial si, detrás de las apariencias, no vemos la mano de los poderes sobrenaturales. Porque no luchamos, lo mismo que Cristo no luchaba, «contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efesios 6:12).
Por lo tanto, mientras Dios iba preparando la escena para la entrada de su Hijo en el mundo, también el diablo preparaba a sus protagonistas. Claro que ellos no eran conscientes de su papel, lo mismo que muchos de los antepasados de Cristo no reconocían el suyo, pero no por eso dejaban de ser agentes de la voluntad diabólica.
Los hombres somos todos por naturaleza «hijos del diablo». La enseñanza de Cristo es precisamente ésta: hijos del diablo son todos los que hacen las obras del diablo (Juan 8:44). Y ¿quién de nosotros no las hace? Todo hombre busca los intereses del mundo, de la carne y del diablo y, por lo tanto, todos somos sus hijos, o «agentes».
El mundo entero está en manos del maligno. De allí proviene la necesidad de la intervención divina en el mundo por medio de Cristo. Cuando Mateo narra el enfrentamiento de Cristo y el diablo en el desierto, no está en duda el hecho del dominio satánico en el mundo. El diablo dice que dará a Cristo todos los reinos del mundo a cambio de su adoración (4:9) y Cristo no niega que él tenga la autoridad de dárselos. Reconoce implícitamente lo que San Juan afirma explícitamente (1a̱ Juan 5:19). Cristo desafía al diablo. Los dos saben que el propósito de Cristo es el de quitarle su autoridad y principado. Pero este mismo propósito implica que el diablo previamente tenía esa autoridad.
Uno de los reinos sobre los cuales el diablo ejercía su dominio era el reino de Herodes.
En el momento de las tentaciones (4:1–11) se exterioriza esta lucha que ya había empezado de una forma menos evidente en el mismo momento del nacimiento de Cristo. Porque fue desde el nacimiento que el diablo empezó a inmiscuirse en el plan divino para la salvación del mundo en Cristo. Si Dios eligió a José para ser el instrumento humano para la protección del Mesías niño, no menos obró el diablo para hacer de Herodes el instrumento de su destrucción. Los romanos habían dado a Herodes el mismo título que Cristo recibiría después de parte de Pilato: Rey de los Judíos, porque el Padre de Mentiras sabe muy bien crear imitaciones o alternativas siniestras de las obras de Dios. En el nombre de Dios el Sumo Sacerdote condenará a muerte al Hijo de Dios (26:63–66), demostrando así que no suelen ser las grandes religiones organizadas las que cumplen los propósitos divinos. Y en el nombre de la piedad Herodes busca también la oportunidad de matarle (2:8, 13).
Pero cuando decimos que Herodes era agente del diablo ¿qué es lo que entendemos? Claro está que no nos referimos a una posesión demoníaca tal como encontramos en los endemoniados. Tampoco queremos decir que el diablo pueda manipular al hombre como si éste fuera una máquina totalmente impotente bajo su mando. Pero de la misma forma en que el Espíritu Santo controla al creyente, no en contra de su voluntad sino conforme a su disposición voluntaria de seguir los caminos de Dios, así obra para mal el diablo en el hombre caído. Cuando el ser humano obra para fines egoístas sin contar con los designios del Creador, ya está obrando conforme a la voluntad satánica.
Buen ejemplo de este principio es el caso de Judas. Mateo se limita a decir de él que traicionó a su Maestro voluntariamente (26:14–16). En la superficie y según las motivaciones «visibles», fue el egoísmo de Judas, su desilusión con Cristo, su deseo de ganar dinero, lo que le llevó a entregar a Jesús. Juan, sin embargo, ve más allá de la superficie y dice explícitamente que «Satanás entró en Judas» (Juan 13:27). Demuestra así que, incluso en esas motivaciones «naturales» señaladas por Mateo, está la presencia satánica.
¡No hace falta, pues, que el diablo envíe a ningún mensajero satánico a decir a Herodes lo que debe hacer con Jesús! Utiliza sencillamente el carácter de Herodes, tal y como es. Por sus propios intereses egoístas, Herodes ya sirve de «agente diabólico». Mientras Dios tiene que intervenir de una manera especial, enviando a José una serie de visiones (porque el «hombre natural» no percibe sin revelación especial los propósitos divinos), el diablo no tiene necesidad de tales métodos. Los hombres ya compartimos su mentalidad.
Sin embargo, es importante entender que ni Herodes ni José fueron obligados a actuar tal y como actuaron. Ni Dios ni el diablo entrarán en nuestras vidas contra nuestra voluntad. Por ser «dominado» el hombre no deja de ser significativo y responsable. Si Dios pudiera haber obrado «directamente» en la vida de José, utilizándole como si fuera un robot, ¿por qué le habló mediante sueños, que le dieron la posibilidad de obedecer o de no obedecer? ¿No habría sido más fácil controlar a José «mecánicamente»?
Lo mismo pasa con la intervención satánica en la vida normal de los hombres. Si Herodes actuó conforme a los propósitos satánicos, fue para buscar sus propios intereses y salvaguardar su trono. Eligió por su propia cuenta matar a Cristo y a los niños de Belén. No hubo ninguna «obligación» sobre él. Pudo haber actuado de otra forma. Por lo tanto está sin excusa.
El hombre siempre está libre para obedecer o no. No puede justificarse diciendo que fue obligado a cometer alguna acción. Herodes siguió los intereses de Satanás, pero sin saberlo. Él actuó deliberadamente y lleva toda la responsabilidad.
Cuando hablamos de nuestra relación con «el mundo, la carne y el diablo» viene a ser en la práctica una sola relación. Servir a uno de ellos es servir implícitamente a los otros dos. Rechazar a uno es rechazar también a los otros. Parece, según la superficie de las cosas, que Herodes servía al mundo (al imperio romano) y a la carne (sus propios intereses políticos) cuando intentó matar a Cristo, pero también servía al diablo. Si hubiera logrado matar al Cristo niño, habría destrozado todos los propósitos divinos para la redención del hombre. Nosotros estaríamos todavía sin esperanza, muertos en nuestros pecados.
Por supuesto, el ejemplo de José y de Herodes nos lleva a plantearnos la pregunta: ¿a qué maestro serviremos nosotros? Es evidente que no basta dar respuestas fáciles. Según las apariencias Herodes era un hombre más piadoso que José. Nosotros, de igual manera, podemos engañar a la gente e incluso a nosotros mismos por la fachada de religiosidad y de caridad que proyectamos. Pero lo que cuenta es el deseo fundamental en nuestras vidas de amar a Dios y sus caminos y de cumplir su voluntad, lo cual se manifestará en una obediencia inmediata a su palabra.
Como ya hemos dicho, al hacernos la pregunta: ¿qué habría ocurrido si José no hubiera obedecido la voz de Dios? vemos el significado y la enorme responsabilidad del hombre. Y esta responsabilidad la llevamos tú y yo en nuestra generación. La gran lucha entre Cristo y el diablo, aunque ganada eternamente por Cristo en la cruz, sigue librándose en nuestra sociedad. Nosotros somos elementos tan significativos en esta lucha presente como lo fueron Herodes y José en la lucha pasada.

EL REY JESÚS

Y por contraste, ¿qué clase de rey es Jesucristo?
Naturalmente Mateo no pretende darnos una respuesta completa en el espacio de este capítulo, en el cual Jesús aun es un Niño. En realidad todo el Evangelio será la elaboración de su respuesta.
La voz del cielo (3:17) en el momento del bautismo de Jesús revelará (por su combinación del Salmo 2 y de Isaías 42:1) que el mesiazgo de Jesús ha de ser realizado, sorprendentemente, con el espíritu de un siervo que sufre.
En las tentaciones (4:11) Jesús mismo habrá de luchar interiormente para que, en su cometido de establecer el Reino de Dios, quede descartado cualquier medio diabólico, que sea ganar a la gente por suplir unas necesidades materiales, o por deslumbrar con un poder espectacular, o por seguir el juego del príncipe de este mundo y emplear sus tácticas políticas. No. Su reino será establecido por otros medios porque tendrá otro carácter.
Será un reino de justicia. Por lo tanto lo primero que tienen que comprender aquellos que desean ser ciudadanos suyos (los discípulos) es la naturaleza de la justicia que lo caracterizará. No una justicia superficial, limitada solamente a aquellos actos externos que pueden ser regulados por una legislación humana. Sino una justicia profunda, íntima, que exige no sólo actos justos sino motivaciones justas, justicia que procede de un corazón regenerado. De ahí el contenido déla primera enseñanza de Jesús a los discípulos, el llamado «Sermón del Monte» (Mateo 5–7).
Será un reino establecido, no por las agresiones de una tiranía, sino por el sufrimiento y la muerte del mismo Rey. Él irá a la Cruz a fin de redimir a su pueblo y trasladarlo de la potestad de las tinieblas a su reino eterno (Colosenses 1:13). Por esto mismo, cuando los apóstoles finalmente le reconocen por quien es – Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (16:16)-desde aquel mismo momento Jesús comenzó a declararles «que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día» (16:21). Porque éste era su camino al trono. Iba a ser después de efectuar la justificación de nuestros pecados por medio de ofrecerse a sí mismo, que se sentaría a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). Sería después de padecer la muerte y gustada en nuestro lugar, que Jesús recibiría la corona de gloria y honra (Hebreos 2:9). A fin de llevar a muchos hijos a la gloria, previamente había de ser perfeccionado por aflicciones (Hebreos 2:10). El camino a la coronación conducía primero a la humillación de la Cruz. Antes de poder convocar a los discípulos al monte para decirles: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:16–18), Jesús había de subir otro monte con la cruz a cuestas, el monte Calvario.
Así es el reinado de Jesucristo. Es Rey por haber sido el Siervo sufriente. Le debemos lealtad, no porque nos ha vencido con un poder despótico, sino porque nos ha redimido con su sangre. Si es que nos ha vencido ha sido por la victoria del amor.
O sea, Jesús es toda la antítesis de Herodes. Entre ellos vemos el contraste entre la justicia y la injusticia, la autoridad y la tiranía, la verdad y la mentira, el amor y el egoísmo, el sufrir y el hacer sufrir, la luz y las tinieblas.
Pero todo esto queda aún para el futuro, para lo que Mateo posteriormente nos contará del resto de la vida de Jesús. En el capítulo 2 Jesús es sólo un niño. La naturaleza de su reinado está aún por manifestarse. Sin embargo, Mateo nos anticipa cómo será el gobierno al citarnos las palabras de los escribas (v. 4–6). Ante la pregunta de Herodes: ¿dónde ha de nacer el Cristo? ellos sólo necesitaban contestar: «En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta (Miqueas 5:2): Y tú, Belén, de la tierra de Judá…» Pero al seguir citando al profeta, los escribas, inconscientemente, describen el carácter del Mesías, y señalan el gran contraste entre su gobierno y el de Herodes: «De ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel».
Aquí vemos al menos tres matices significativos del gobierno de Jesús:

– En vez de ser un tirano será un guiador. Mandará por la fuerza del ejemplo. Si queremos un buen comentario sobre esta idea de «gobernar guiando», no podemos hacer mejor que considerar las palabras del apóstol Pedro a los ancianos de la iglesia: «Cuida de la grey de Dios, no por fuerza, sino voluntariamente… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey» (1a̱ Pedro 5:2–3). Pedro puede hablar así, porque él ya había experimentado en su propia vida el ejemplo del gobierno de Jesús.
– En vez de abusar del pueblo, Jesús lo apacentará. Difícilmente un gobierno humano se libra de la tentación de actuar en favor de sus propios intereses. Quien más quien menos, los gobernantes suelen enriquecerse a expensas del pueblo. Por mucho que hagan bandera de «servir al país», pocos lo enriquecen a expensas de sí mismos. Pero este es el caso de Jesús. «Por amor a nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que nosotros con su pobreza fuésemos enriquecido» (2a̱ Corintios 8:9). Como Rey no busca sus propios intereses sino el bien de su pueblo. Siente compasión por la gente al comprender que tienen hambre (14:14; 15:32) y al verles como ovejas sin pastor (9:36). El es un buen pastor que alimenta a su pueblo.
– En vez de servirse a sí mismo en el gobierno, Jesús formará un pueblo para la gloria de Dios. Siempre reconocerá que el pueblo al que gobierna es la posesión especial de Dios (Salmo 135:4; Efesios 1:14). Por lo tanto, lo que informará el ejercicio de su gobierno, no son sus propias ambiciones egoístas, sino la voluntad de Dios. «Hágase tu voluntad» es la oración que Él enseñará a sus discípulos (6:10); es la oración que Él mismo hará en medio de la angustia de Getsemaní (26:42); es la regla de su vida y gobierno.

Así pues, Mateo nos anticipa la clase de reinado que Jesús traerá. Y con ello nos señala el contraste entre Jesús y aquel rey que quería eliminarle. Herodes no era un «guiador» del pueblo, sino un déspota que le daba mal ejemplo. No apacentaba al pueblo sino que se apacentaba a sí mismo a expensas de él. Y para Herodes el pueblo existía sólo para satisfacer sus intereses; poco le importaba que fuera el pueblo de Dios.
Lo que resulta casi increíble es que años después este mismo pueblo, puesto a elegir entre Jesús y el sucesor de Herodes en el gobierno de Jerusalén, iba a decir: No queremos que este Jesús reine sobre nosotros; no tenemos más rey que César (Lucas 19:14; Juan 19:15). ¿Cómo es que un pueblo celoso de su independencia política, orgulloso de ser el pueblo elegido de Dios, pudiera llegar a rechazar al Ungido de Dios y aferrarse a un sistema político caracterizado por la violencia y la supresión de los derechos de los pueblos? Es un misterio que nadie puede comprender que no haya visto el engaño, las contradicciones, la rebeldía y la miseria de su propio corazón. En realidad una de las razones por las que los evangelistas escribieron los Evangelios, es para explicarnos cómo algo tan aberrante pudo ocurrir.
Mientras tanto Mateo nos invita a la reflexión. Si «toda Jerusalén» comparte la perturbación de Herodes y sólo tres extranjeros van a adorar a Jesús, ¿quién tiene razón? Puestos a considerar las dos clases de gobierno plasmadas en Jesús y Herodes, ¿qué clase de rey verdaderamente deseamos que gobierne sobre nosotros? ¿Seremos pueblo de Dios y nos someteremos al señorío de Jesucristo? ¿O daremos la espalda a Dios y a su Ungido a fin de montar nuestros propios imperios humanos? ¿Iremos con los Magos a Belén, o nos quedaremos en Jerusalén, conformándonos con los abusos e injusticias del tirano?
Hacía muchos siglos que Josué había lanzado un gran reto al pueblo de Israel; «Si mal os parece servir a Jehová; escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15). Ahora Mateo, implícitamente, por el contraste entre los dos reyes de nuestra historia, nos pone a sus lectores ante la misma decisión. Nos toca a nosotros decidir.

HERODES Y LOS MAGOS: EL CONTRASTE ENTRE DOS REACCIONES

Para ayudarnos en nuestra decisión, Mateo nos invita a que consideremos las reacciones respectivas de Heredes y de los Magos ante el nacimiento de Jesús. Porque finalmente habremos de identificarnos con una de las dos.
Podemos seguir el ejemplo de Herodes, cuya consecuencia final será la de intentar eliminar a Jesús, y evitar, por el medio que sea, sus derechos sobre nosotros. O podemos seguir los pasos de los Magos, acompañándoles a Belén y juntamente con ellos postrarnos ante Jesús, reconociéndole como nuestro Rey, Salvador y Dios.
Pero estas dos reacciones son tan importantes que merecen capítulos aparte.

HERODES Y LA NAVIDAD INCRÉDULA

La reacción del rey Herodes ante la noticia del nacimiento de Jesús fue compleja.
No avanzaremos en nuestra comprensión del significado espiritual de la Navidad si, además de convertir al Niño en excusa para una fiesta, convertimos en caricatura al «malo» de la historia, Herodes. Su reacción, desde luego, es mala. Pero es la reacción de un ser humano, no de un ogro. Y si no vemos nuestra humanidad reflejada en ella, difícilmente evitaremos el peligro de caer en los errores de Herodes en nuestra celebración de la Navidad.
Su reacción tiene al menos tres fases, descritas para nosotros por Mateo. En primer lugar la noticia le provoca «turbación»; es decir, desconcierto, incomodidad, preocupación, sentido de amenaza. Luego reacciona ante los Magos con una máscara de hipocresía, fingiendo satisfacción y manipulando la religión para sus propios fines egoístas. Y en tercer lugar hace todo lo que puede para eliminar al heredero al trono.

EL DESCONCIERTO

En principio no resulta agradable descubrir que existe un Rey que exige nuestra sumisión y lealtad. El señorío de Jesucristo siempre provoca reacciones de incomodidad.
Vamos «por libre», creyendo que somos los señores de nuestras propias vidas y los árbitros de nuestro propio destino. Pero un buen día descubrimos que Dios ha constituido a Jesucristo por Señor y Rey, y de inmediato no nos gusta.
Ya hemos dicho que Herodes era un usurpador que ocupaba el trono que pertenecía a la casa de David. No es de sorprender, pues, que reaccionara negativamente ante la noticia del nacimiento de un príncipe legítimo de aquella casa:

«Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él» (Mateo 2:3).

Pero lo mismo es cierto de nosotros también. Jesucristo es el dueño legítimo de nuestras vidas porque es nuestro Creador. Le debemos todo lo que somos. Fuimos creados para servir y glorificar a Dios. Él debería ocupar el trono de nuestras vidas. Pero desde que el hombre cayó en el pecado ha pretendido gobernar su propia vida y forjar su propio destino. Da la espalda a Dios y se sienta él mismo en el trono de su vida. Consciente o inconscientemente todos hemos atentado contra los derechos legítimos del Señor Jesucristo en nuestras vidas:

«Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Romanos 3:10–12).

Por lo tanto, no es de sorprender que nosotros también reaccionemos con aprensión, escepticismo y autodefensa, cuando nos dicen que el Rey Jesús exige entrada a nuestras vidas como nuestro Señor. Pero esto es precisamente lo que el Evangelio cristiano proclama:

«Sepa, pues, ciertísimamente … que a este Jesús… Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36).
«A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad» (Hechos 3:26).

Sí. Este es el problema. Está muy bien que Jesús quiera bendecirnos. Pero no nos gusta tanto la idea de que hemos de «convertimos de nuestra maldad» y reconocerle como «Señor y Cristo».

«Dios envió mensaje…, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es Señor de todos» (Hechos 10:36).

Nos atrae la ida de la paz. Aprobamos que Jesús haya anunciado la paz. Pero nos mostramos reacios ante sus pretensiones de señorío.
No pensemos que nuestra situación sea tan distinta de la de Herodes. Él quiso seguir siendo rey de toda una nación; nosotros queremos seguir siéndolo sólo de nuestras propias vidas. Por tanto, él como nosotros somos usurpadores. Ha nacido el Rey legítimo. Y en seguida nos sentimos amenazados. Nos aferramos a nuestra supuesta libertad, sin comprender que nunca seremos verdaderamente libres mientras luchamos contra la verdad de Dios y contra nuestro Rey (Juan 8:36). Nos aferramos a nuestro trono, sin ver que la única esperanza de que nuestras vidas sean bien gobernadas es que permitamos que Jesucristo sea el Señor.

 LA HIPOCRESÍA RELIGIOSA

Después del primer desconcierto, viene la estrategia sutil, el engaño y la hipocresía, la piedad fingida, la religión manipulada:

«Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad i con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore» (Mateo 2:7–8).

Una de las reacciones más típicas de las personas confrontadas por primera vez con las demandas del Rey Jesús, es la de afirmar su religiosidad: «Yo también soy cristiano ¿sabes?, creo en Dios; tengo mucha fe». Quizás hace años que no van a Misa, pasan largos períodos sin pensar en Dios siquiera, y jamás han permitido que Jesucristo gobierne sus vidas. Ni siquiera conocen sus enseñanzas, ni mucho menos las obedecen. Si acaso creen en Dios, creen «a su manera». Por lo demás viven también «a su manera» y dan por sentado que tienen pleno derecho de hacerlo. Pero les hablas de Jesús y en seguida se ponen una máscara de piedad.
Tales personas están en buena compañía. Herodes es sólo el primero de una serie de tiranos que, al oír hablar de Jesús, han hecho alarde de ser seguidores suyos. El general Franco entraba en la iglesia bajo palio; él también «iba a adorar» a Jesús. ¡Y cuántos de los políticos de hoy no nombran a Dios de vez en cuando en sus discursos a fin de mostrar que ellos también son «creyentes» (y de paso cosecharlos votos de la gente religiosa)!
Al principio, pues, Herodes puso buena cara ante los Magos. Con sutileza averiguó el lugar probable del nacimiento del nuevo Rey (2:5), y también su edad aproximada (es por esto que pide información exacta acerca del momento de la primera aparición de la estrella, 2:7). Era un actor consumado y un portento de cinismo.
Naturalmente el caso de Herodes es un tanto extremo. Su hipocresía era clara y siniestra. Fingía piedad a fin de engañar a los Magos y así eliminar al príncipe que amenazaba sus intereses políticos (2:8). Pero los que utilizan la religión como una fachada social tienen esto en común con Herodes, que en ambos casos su religiosidad es una excusa para no afrontar los verdaderos derechos de Cristo.
Puedes ir diariamente a la iglesia, cumplir rigurosamente con todas las fiestas de guardar, recibir todos los sacramentos, hacer grandes obras de caridad, ¡hasta construir un templo! Pero si no has reconocido a Jesús como Señor y Rey en tu vida, si no te has convertido de tus pecados, si no le sigues y obedeces en tu vida diaria, eres de la escuela de Herodes. Para ti, como para él, la religión que te has inventado, aun en el nombre de Cristo, no es más que un sucedáneo de la verdadera fe.
¡Y qué mejor ejemplo de lo que estamos diciendo que la celebración popular de la Navidad! ¿Por qué la celebramos? Pues naturalmente porque «todos somos cristianos». Hemos nacido en un «país cristiano». Nos bautizaron en la «religión cristiana». Y sin embargo, Jesucristo es el gran ausente de nuestras celebraciones navideñas. Nos comportamos como paganos, utilizando el nacimiento de Jesucristo como excusa para nuestras fiestas, y dejamos a Cristo fuera de ellas. No hay lugar para Él, ni en nuestras casas ni en nuestras vidas, y, por lo tanto, le señalamos la puerta y le enviamos nuevamente al establo (Lucas 2:7). ¡Pero, por supuesto, somos buenos cristianos! La prueba de ello es que celebramos la Navidad. Demostramos nuestro cristianismo bebiendo cava y comiendo turrón.
¡Qué monstruosidad! Gastar tanto dinero, tanta energía, tanto tiempo en un frenesí de diversión, cuando no nos importa nada el Rey cuyo nacimiento da origen a la celebración. La diferencia entre Herodes (que quiso matar al Niño) y el mundo de hoy (que lo margina) sólo es una diferencia de grado, no de esencia, porque en ambos casos los derechos legítimos del Rey son negados.
Si llegásemos a entender mínimamente el significado de la Navidad, o bien tendríamos que rechazarla por aberrante y negarnos a celebrarla, o bien tendríamos que entregarnos de corazón a Jesucristo como Rey de nuestras vidas. Lo que es incomprensible es la frivolidad de convertir algo tan trascendente en motivo de jolgorio.
La Navidad es la celebración de un evento que trastorna todos los valores de este mundo. ¿Qué hay más revolucionario -que ponga más el orden social «patas arriba»- que la idea fundamental de la Navidad: que todo un Dios nazca como niño indefenso en la miseria de un establo? ¿Cómo calificar la trascendencia de la Encarnación? Desde luego, la Navidad es motivo de turbación y desconcierto. ¿Qué pretende Dios con enviar a su Hijo en tales condiciones? ¿A dónde vamos a parar? ¿Qué quiere decirnos con esto? ¿Y cómo hemos de responder ante esta asombrosa iniciativa de salvación?
Por no querer afrontar las implicaciones de tales preguntas, la sociedad inventa una «pseudo-Navidad» en la que todo es bonito, todo alegre, todo cómodo, en la que no hemos de cambiar nada, ni siquiera pensar en Dios. Así podemos seguir con nuestras posturas de siempre, de egoísmo e incredulidad, excluyendo de nuestras vidas al legítimo Señor de ellas, y a la vez consolarnos pensando que por haber «celebrado la Navidad» somos cristianos. Nos gusta tener un poquitín de religión, pero hablar de «los derechos de Jesucristo sobre nosotros» nos parece fanatismo.
No sé lo que es peor: el hecho de que en ciertos países comunistas hayan eliminado la fiesta de la Navidad o que en occidente la Navidad sea pretexto para confirmarnos en nuestra extraña mezcla de religiosidad hipócrita y sensualidad desenfrenada. Lo que sí sé es que al menos en este caso los regímenes comunistas son consecuentes. Nosotros en cambio celebramos la Navidad rechazando, precisamente, el verdadero sentido de ella.

LA PERSECUCIÓN

Si te sientes amenazado, reaccionas con miedo. Si la amenaza es pequeña, basta con evitarla. Respondes a ella huyendo, practicando la evasión o la diversión. Si la amenaza es grande y no ves ningún camino de escape, reaccionas con violencia. Muchos animales salvajes, que normalmente se esconderían ante la llegada del hombre, se vuelven agresivos y atacan si son arrinconados.
Así se explica la violencia de Herodes en nuestra historia:

«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada porque perecieron» (Mateo 2:16–18).

Ya hemos dicho que Herodes era un hombre cruel. Pero no que fuera sádico. Sus atrocidades no eran caprichosas. No hay base para decir que él practicara la violencia por el solo gusto de la violencia. Sus agresiones eran de un animal arrinconado.
El nacimiento de Jesús era una verdadera amenaza. A Herodes sólo le quedaban dos opciones: reconocer los superiores derechos de Jesús al trono; o eliminarle. Un hombre embriagado por el poder durante años y que previamente no ha vacilado en utilizar la violencia para mantenerse en el trono, de ninguna manera estará dispuesto a renunciar ahora. La matanza de los niños de Belén (los llamados «Santos Inocentes») es la consecuencia inevitable.
Naturalmente ante tal atrocidad nuestra reacción inmediata es: yo sería incapaz de hacer tal cosa. Esto es posible. Pero no es del todo imposible. Para empezar, nunca hemos sido reyes, por lo cual es un tanto prematuro postular de lo que seríamos capaces si lo fuéramos. Si ostentásemos un poder absoluto, si no tuviéramos que dar cuenta a nadie por nuestras acciones, si tuviéramos criados y soldados dispuestos a realizar nuestro «trabajo sucio» y una corte dispuesta a aplaudirnos, halagarnos y proveer justificaciones para todos nuestros actos ¿de qué no seríamos capaces?
¿Y de qué no somos capaces ya cuando empezamos a sentir la presión del Evangelio? Aquel compañero de oficina que es creyente, por ejemplo, o aquella vecina de la escalera ¿cómo respondemos cuando pretende «evangelizarnos»? Por supuesto, si se limitan a hablarnos de paz y amor, si dicen que todos somos hermanos y que Dios es bondadoso y simpático, no nos causan ninguna molestia. Pero si empiezan a denunciar nuestro pecado, a decirnos que debemos cambiar de vida, arrepentirnos y convertirnos; si nos hablan de un Jesucristo que exige ser nuestro Señor, y de un Dios que no sólo es amor sino también Juez; si nos dicen que estamos bajo la ira de Dios y que la única esperanza de salvación está en acudir a Jesucristo para reconocerle como Señor y Salvador de nuestras vidas; entonces una de dos: o bien aceptamos lo que nos dicen, claudicamos y nos convertimos; o bien buscamos deshacernos de ellos como sea. Ya que en nuestra sociedad no es aceptable eliminarles físicamente, lo hacemos de otras maneras. Les rehuimos en la oficina, no les dejamos pasar de la puerta de nuestra casa, no les saludamos en la escalera, destruimos su reputación a base de chismorreo, nos burlamos de ellos con nuestros compañeros. Intentamos hacerles la vida intolerable, porque ellos nos han hecho la vida imposiblemente incómoda a nosotros al mostrarnos las demandas de Jesucristo.
Si nunca has respondido con agresividad ante el Evangelio, o bien es porque has seguido en los pasos de los Magos y adoras a Jesucristo como tu Dios y Rey, o bien es porque el Evangelio nunca te ha sido presentado con suficiente contundencia. Nunca te has sentido arrinconado por él.
Tengamos esto claro. La reacción de Herodes de violencia y crueldad no es más que la consecuencia final de una actitud compartida por todos los que no han aceptado a Jesucristo como Señor de sus vidas. Las pretensiones de Jesús son tan radicales -Él es el Rey, Señor de nuestras vidas; su Palabra es verdad, y debe ser seguida; su Ley es ley de vida, y debe ser obedecida; Él es portavoz de Dios, más aún Él es Dios, y su autoridad sobre nosotros es absoluta- que finalmente sólo caben dos reacciones: la aceptación o el rechazo. O bien estás con los Magos, o bien con Herodes. No cabe otra opción.
Así, pues, Herodes persiguió a Jesús hasta el punto de matar a niños. Y seguramente a la semana siguiente se presentó en el Templo que él había hecho construir, a fin de ofrecer sacrificios a Dios y dar fe al pueblo de su gran respeto hacia la religión. Y tú también puedes desterrar a Jesús de tu vida, eliminarle de tus pensamientos, negarle el señorío sobre ti que le pertenece, y luego ir a celebrar su nacimiento en una fiesta navideña.
Si la reacción de Herodes fue violenta y cruel, al menos tenía su lógica. Mucho menos comprensible es la reacción -o falta de reacción- de los líderes religiosos de Jerusalén.
Herodes era idumeo; pero ellos eran judíos. Sería de suponer que su gran ilusión fuera que un verdadero hijo de David se sentara en el trono de Israel.
Era natural que Herodes temiera por su trono y tomara medidas para conservarlo. Pero ellos eran hombres que, aun por razones profesionales, profesaban desear la venida del Mesías.
Sin embargo, cuando unos extranjeros gentiles llegan con la noticia del nacimiento del rey, ni uno solo de ellos toma medidas para investigar el caso. Habríamos esperado que alguno de ellos se apresurase a ir a Belén, pero lejos de esto, aparentemente reciben la noticia con indiferencia. En vez de ser motivo de entusiasmo, lo es de incomodidad.
El antagonismo o la indiferencia ¿cuál es la peor reacción? No nos consolemos diciendo que nosotros nunca hemos perseguido a nadie ni nunca haríamos lo que Herodes. La apatía de los sacerdotes es otra forma más de rechazo.

LOS MAGOS Y LA NAVIDAD CRISTIANA

«Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra» (Mateo 2:10–11).

Herodes y toda Jerusalén se turban ante la noticia de Jesucristo y traman su eliminación. Pero ¿qué de la otra reacción, la de los Magos?
Según la narración de Mateo, su reacción también es triple:

1.- El gozo. «Al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo».
2.- La adoración. «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron».
3.- La entrega de regalos. «Y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra».

Hasta aquí, el evangelista no nos había dicho nada acerca de las reacciones íntimas de los Magos. Se había limitado a contamos las circunstancias externas de su llegada a Jerusalén, sus preguntas e investigaciones, y la manera en la que fueron dirigidos a Belén. Ahora, por primera vez, revela la disposición espiritual de estos hombres. Lo hace, naturalmente, porque su reacción es ejemplar. Está en el otro extremo de la de Herodes. Nos sirve de alternativa en nuestra respuesta a la noticia del nacimiento del Rey.

EL GOZO

El gozo de los magos es motivado por la reaparición de la estrella. Probablemente hacía varias semanas que no la habían visto desde que asomó por el horizonte en oriente. Han sido guiados a Belén, no en primer lugar por la estrella sino por la profecía de Miqueas y el consejo de las autoridades de Jerusalén.
Habían visto la estrella por primera vez, un día cuando practicaban la astronomía. (Estos hombres eran astrólogos, y pretendían interpretar la influencia de las estrellas y demás cuerpos celestes sobre el comportamiento humano. Pero no puedes «interpretar» las estrellas si no has estudiado previamente su movimiento. Los astrónomos, que estudian las estrellas desde un punto de vista científico, no suelen ser astrólogos. Pero los astrólogos no pueden practicar su negocio sin ser astrónomos, al menos un poco). En el horizonte había aparecido una estrella desconocida y extraña. Su movimiento y forma eran tales que, según las reglas de su interpretación astrológica, supieron en seguida que alguien muy importante iba a nacer, y que el lugar de su nacimiento era hacia el oeste, en Palestina. Por esto habían emprendido el viaje a Jerusalén.
No sabemos si entonces la estrella «había ido delante de ellos» porque hasta no llegar a nuestra parte de la historia el texto no nos dice nada al respecto. No sabemos si ellos habían «seguido» la estrella hasta Jerusalén o si desde el primer momento sabían por interpretación astrológica adónde tenían que ir. Quizás lo segundo sea más probable, porque podemos suponer que la estrella no se habría equivocado como para llevarles a Jerusalén en lugar de Belén. Por supuesto, si sabes que va a nacer un príncipe en un país extranjero, y si quieres presenciar su nacimiento, te diriges a la capital, al palacio real. Y esto es precisamente lo que hicieron los Magos. Pero en Jerusalén toda había sido un desconcierto. Se habían encontrado con un monarca que no les gustaba nada. Los consejeros reales les habían parecido hombres interesados, arrogantes y cínicos. La noticia del nacimiento, lejos de provocar entusiasmo y la celebración que era de esperar, había sido recibida con una perturbación mal disimulada. Los sabios del reino habían decidido que el príncipe tenía que haber nacido en Belén, pero ¿su criterio era de fiar?
Nosotros conocemos la Biblia y sabemos que Belén había de ser el lugar de nacimiento del Mesías, pero los Magos no podían saberlo. ¡Qué país más extraño donde los reyes nacen en aldeas oscuras, y el monarca reinante desconoce el advenimiento del príncipe heredero! Desde luego los Magos habían visto suficiente como para saber que había intereses creados y complicaciones políticas por medio. Por esto, al salir del palacio es con perplejidad y preocupación que se encaminan hacia Belén.
Y en medio de su desconcierto e incertidumbre ahora otra vez la estrella se les aparece. Por esto, se regocijan. En medio de su perturbación, irrumpe la luz de la esperanza. Sienten un profundo gozo porque de nuevo experimentan la dirección divina. Dios -o quizás ellos habrían dicho «los dioses»-intervenía para confirmar que estaban en el camino correcto.
No solamente ven la estrella, sino que descubren que se está moviendo. No sabemos si Mateo utiliza esta frase -«he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos»- a fin de expresar inteligiblemente para nosotros un fenómenos astral sólo comprensible para los astrólogos, o si el movimiento y la dirección de la estrella habrían sido claros para cualquier observador humano. Lo cierto es que, a diferencia de todas las demás estrellas que iban de oriente a occidente, ésta marcaba su camino de norte a sur. Los autores bíblicos no suelen ser expertos en materias especializadas. Más bien son testigos oculares de lo que han visto. No saben darnos explicaciones de cómo ocurrieron las cosas sino narran los hechos con la sencillez de un espectador lego. Probablemente los mismos Magos se habrían expresado en términos más técnicos que los que Mateo emplea. Seguramente un astrónomo del siglo XX tendría otra manera mucho más sofisticada de explicar el fenómeno. Sólo podemos aceptar el testimonio de Mateo que, desde el punto de vista de un observador cualquiera, una lumbrera especial avanzaba por el firmamento, contra toda lógica, de norte a sur, de Jerusalén a Belén.
Más importante que cualquier explicación científica es el impacto de lo que ven en la experiencia de los mismos Magos. Aquí está la revelación natural de Dios (la estrella) que aparece en confirmación de la revelación especial de la Palabra de Dios (la profecía de Miqueas). El Antiguo Testamento dice a los Magos: ¡A Belén! Y aquí está la estrella que también les dice lo mismo: ¡A Belén! Es esta plena coincidencia lo que les llena de gozo.
No solamente esto. Los Magos siguen la estrella y, al llegar a Belén, es como si de repente la estrella dejara de moverse y se parara. Notemos bien lo que dice el texto. No nos dice que la estrella haya señalado el pueblo, ni siquiera la casa, sino que nos dice: «La estrella se detuvo sobre donde estaba el niño».
Este Niño había creado las estrellas, las había contado y las conocía cada una por su nombre. Más numerosas que los habitantes del mundo, Él había determinado las características distintivas de cada una de ellas. Él había estado presente cuando, en el momento de su creación «alababan todas las estrellas del alba y se regocijaban los hijos de Dios» (Job 38:7).
Las estrellas entonces se habían alegrado al ver a su Creador; pero ahora los Magos se regocijan porque ven la estrella, la cual se detiene sobre Aquel que un día diría de sí mismo: «Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana» (Apocalipsis 22:16).
Inicialmente, por lo tanto, es esta estrella la que llena de gozo a los Magos. La estrella, porque es el signo externo de la gran esperanza que están persiguiendo en este momento. La Navidad, sobre todo en nuestros días, está llena de estos signos externos. Me imagino que en casa en las próximas fiestas navideñas tendremos un árbol, quizás adornos colgados del techo, posiblemente una estrella encima del árbol. Serán muchos los símbolos externos, pero sabemos que no son la cosa real, la misma esencia de la Navidad. Aun así nos «llenan de gozo». Y despiertan tanta alegría e ilusión en nosotros porque detrás de ellos hay algo mucho más hermoso pero que no puede ser colocado en un árbol. Es el descubrimiento de la verdadera Estrella de la cual los demás astros no son más que símbolos y siervos.
Los Magos saben que el gozo no reside en la estrella. Se regocijan en estos momentos porque saben que Dios los dirige por medio de ella y que muy pronto verán al Niño. Su gozo es el de la esperanza de encontrarse con su Rey.
Todo creyente verdadero participa del mismo gozo. Para nosotros, como para los Magos, el Rey aun está por manifestarse. Sin embargo, aun sin haberle visto le amamos y, al creer en Él, aunque ahora no lo vemos, nos alegramos con gozo inefable y glorioso (1a̱ Pedro 1:8).

LA ADORACIÓN

Nos hemos entretenido mucho contemplando la estrella con los Magos. Ahora debemos entrar con ellos en la casa.
Es de suponer que José, María y el niño Jesús ya no están en el establo, porque ha pasado algún tiempo desde que Jesús nació. El hecho de que posteriormente Herodes fuera a matar a los niños menores de dos años -en vez de los recién nacidos- podría indicarnos el paso de cierto tiempo. Quizás no tanto como dos años (Herodes dejaría algo de margen) pero al menos varios meses. También el hecho de que José, María y Jesús huirían directamente de Belén a Egipto después de la visita de los Magos, significa que ya habrá tenido lugar anteriormente la visita a Jerusalén para la presentación de Jesús en el Templo (Lucas 2:21–38). Podemos suponer, pues, que ha pasado cierto tiempo. La sagrada familia ya no vivía en un establo. Ahora residen en una casa particular.
¿Cómo hemos nosotros de «entrar en la casa»? Los Magos tuvieron la gran ventaja sobre nosotros de haber conocido a Jesús con la intensidad de una experiencia real, física e inmediata. Nosotros la hemos de vivir en imaginación, por la fe. Pero por otro lado, nosotros tenemos la ventaja sobre ellos de comprender, por la revelación de la Palabra de Dios, mucho del significado de este momento.
Cuando los Magos se postran ante Jesús, es difícil saber hasta qué punto entendían lo que hacían. Ni siquiera sabemos cuál era su país de origen, ni mucho menos sus creencias religiosas. Los regalos que luego darían a Jesús contienen un simbolismo que, de ser conscientes de él los Magos, demostraría un conocimiento profundo de la voluntad y propósitos de Dios. Pero nos es velado el verdadero alcance de su comprensión espiritual. Probablemente, al postrarse ante Jesús, lo hacen sin tener ideas dogmáticas muy claras. Su reacción es espontánea, provocada por la emoción inmediata del encuentro y la más sutil del misterio. Han visto la mano de Dios; saben que el Niño goza de una posición privilegiada ante Dios; pero difícilmente les habría sido revelada toda la verdad de la Encarnación.
Nosotros en cambio tenemos el privilegio de acercarnos con pleno conocimiento de causa. Nosotros sabemos que el Niño de María es el Hijo eterno de Dios. La adoración, en el caso de los Magos, es el reconocimiento de que Dios, de alguna manera que ellos mismos desconocen, está activamente involucrado en el nacimiento del Niño. En nuestro caso, es la reacción racional ante el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2a̱ Corintios 4:6).
La adoración es la respuesta humana a la revelación de Dios. En el sentido general es el ofrecimiento de culto a la deidad, el reconocimiento de que el dios en cuestión tiene derecho sobre nuestra vida. En el sentido explícitamente cristiano es la respuesta del creyente ante la revelación del carácter y persona de Dios, la confesión de que Dios es mi Dios, la admiración de las cualidades de su carácter, de las maravillas de su obra y, concretamente, el descubrimiento de la divinidad de Jesucristo, el reconocimiento de que Él es la manifestación más clara y perfecta de Dios. Es absolutamente apropiadado, pues, que al entrar, en imaginación, a la casa de Belén, nuestra primera reacción ante Jesús sea de adoración.
Podemos imaginar la emoción con la que los Magos finalmente llegan ante la presencia del «rey de los judíos que ha nacido». Después de la desilusión de Jerusalén, ahora alcanzan la meta de su viaje y el cumplimiento de sus esperanzas.
El gozo que hacía unos momentos sentían, no desaparece sino que se convierte en algo más sublime.
¿Alguna vez has conocido esta transformación? Tienes el corazón lleno de gozo, tan lleno que piensas que va a estallar. No sabes cómo contenerlo. Y luego, en medio de tu gozo, entras en la intimidad de la presencia de Dios. Y ¿qué es lo que ocurre con este gozo?
¿Qué es la adoración? A veces pensamos que el culto a Dios ha de caracterizarse por el sentido del deber, la seriedad y la solemnidad, que para adorar a Dios hemos de adoptar una actitud grave. Pero en las Escrituras la seriedad y el gozo no son incompatibles. Sin duda la adoración debe ser solemne. Siempre es motivo de temor reverente entrar en la presencia de Dios. Pero también la adoración es «el gozo llevado a más», el gozo que rebosa. Cuando entras en la casa y ves a Jesús, el gozo no desaparece sino que se convierte en algo mucho más sublime.
No tenemos palabras para explicar lo que es este algo. Decimos sencillamente que es adoración. Pero a veces lo expresamos a través de gestos. Así fue en el caso de los Magos. Literalmente el texto dice que cuando vieron al Niño «cayéndose se postraron» y le adoraron. Se cayeron en reacción espontánea, como si no pudieran hacer otra cosa. Estos Magos habían estado en el palacio de Jerusalén y no se nos dice que allí, al ver a Herodes, se hubiesen caído y postrado. Seguramente le hicieron la reverencia que la costumbre exigía. Pero cuando entran en la presencia de Jesús, no es cuestión de protocolos ni obligaciones. Algo les abruma. El gozo estalla. Caen de rodillas, se postran ante Él y le adoran.
Cuando todo un Dios se humilla por nosotros, toma forma humana, se reviste de un cuerpo que le permita conocer en su propia experiencia nuestra miseria, tristeza y dolor, ¿quiénes somos nosotros para quedarnos derechos? La Navidad es la celebración de la llegada a nuestro mundo del Dios de los cielos. El Señor del universo se hizo un niño, el Creador de todo se hizo siervo, el rico se hizo pobre, por amor a nosotros. Bien entendido, ante una realidad como ésta, no hay otra reacción posible sino postrarnos en adoración y gratitud.
Muchas personas ni siquiera entrarán en casa de Jesús en estas Navidades. Prefieren quedarse fuera con las estrellas. Con los símbolos externos. Yo no sé si alguna vez has ido a alguna fiesta de cumpleaños. Vamos a decir que es la fiesta de un amigo del colegio que se llama Juan. Te ha invitado y vas a su casa. Allí te encuentras con muchos otros amigos tuyos. Al entrar ves a Juan y le das su regalo pero en seguida le dejas para estar con tus amigos. Ellos están muy contentos de verte. Pero luego te das cuenta de que el pobre Juan, en teoría el homenajeado de la fiesta, está solo. Los otros estáis demasiado ocupados en vuestros juegos como para atenderle. Esto es lo que la gente hace con Jesús. La Navidad es su fiesta de cumpleaños. Sin embargo, Él es el gran «marginado» en las celebraciones. Pensamos en nuestros familiares y amigos. Les obsequiamos con regalos. Pero nos olvidamos de Jesús y así perdemos lo mejor que hay en la fiesta. Porque lo más hermoso de la Navidad consiste en que nuestro gozo vaya a más y se convierta en un amor y gratitud tales que no podamos hacer otra cosa que postrarnos ante Él, mirarle y adorarle. Si alguna vez esto te ha pasado, entonces sabrás que no te hace falta nada más para celebrar la Navidad. Has encontrado lo mejor.

LA ENTREGA DE LOS REGALOS

No sabemos si los magos llevaron consigo tesoros expresamente con el fin de regalarlos al Niño, o si le dieron de aquellos que llevaba para sufragar los gastos del viaje. Sea como sea, su adoración no quedó sólo en palabras.
La adoración conduce a la generosidad. Los Magos desean dar algo al Niño. La adoración, cuando es genuina, siempre nos estimula a la entrega, al sacrificio y al servicio. ¿Qué es la adoración sino la expresión máxima de nuestra devoción y amor? Y quien siente devoción, siempre desea entregarse a aquel a quien ama.
El gozo, la adoración, la devoción, el amor. De tales cosas tendría que nacer la costumbre navideña de ofrecer regalos. Desgraciadamenta a veces damos regalos porque así garantizamos que otros nos los darán a nosotros. En el mejor de los casos nuestro regalo es expresión de un auténtico amor y aprecio hacia la persona a la que lo entregamos. Pero si hay alguien digno de recibir nuestros regalos de Navidad, si alguien merece nuestro amor y devoción, es Jesucristo. ¿Y cuántos de nosotros nos paramos suficientemente en medio de las fiestas a fin de abrir nuestros tesoros y considerar cuáles de ellos deseamos ofrecerle como expresión de nuestra adoración?
Esto es lo que hiceron los Magos. Dieron al Niño lo mejor que tenían: oro, incienso, mirra.
Esta Navidad, seamos como ellos. No nos conformemos sólo con símbolos externos. La Navidad se centra en Jesús. Sin Él no tiene sentido. Tomemos tiempo, por tanto, para «entrar en la casa», para estar en la presencia de Jesús. Postrémonos ante Él. Adorémosle. Y decidamos qué regalos le daremos.
Pero ¿qué regalos podemos darle? Otro problema que quizás hayas tenido al ir a una fiesta de cumpleaños es que tu amigo es muy rico y tiene de todo. No hay juguete ni capricho que él no tenga Peor aún, si tu economía es deficiente, ¿cómo puedes llevar a tu amigo un regalo adecuado si él tiene de todo y tú no tienes nada? Pero nuestro problema ante el Señor Jesucristo es más grave aún. Él lo tiene absolutamente todo. Es Creador de todo. Nosotros no le podemos obsequiar nada que Él no nos haya dado primero. ¡Qué verguenza ¿verdad? si vamos a casa de alguien para darle un regalo, y la persona al abrirlo dice: Me parece que es lo que yo te regalé hace un año! Así es cuando hemos de regalarle algo al Señor. ¿Qué le daremos, pues?
Hay un solo regalo que vale. Aun así es un regalo que ni siquiera remotamente puede corresponder a lo que Él merece. Es el regalo de nosotros mismos.
No basta con poner una buena cantidad de dinero en la ofrenda, porque esto no es darle nada, sino sólo devolverle un poco de lo que Él mismo nos dio primero. No basta con dedicarle un poco de tiempo en estas fiestas, porque Él es el Señor de nuestros tiempos y los merece todos. Dar una pequeña limosna a Aquel que, teniéndolo todo, lo entregó todo por nosotros, sería un insulto. No nos olvidemos tampoco de que entregamos nuestro regalo al Señor que, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo a fin de morir por nosotros, y así tomó forma de hombre, nació como niño, conoció la miseria de nuestra humanidad y la pobreza de un establo. Es a este Niño que hemos de entregar nuestro regalo de Navidad. Allí está en la casa, y con los Magos hemos de entrar y abrirle nuestro tesoro. Vamos a darle un regalo a Aquel que por amor a nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que nosotros con su pobreza fuésemos enriquecidos (2a̱ Corintios 8:9).
Ante tal misericordia, sólo cabe la entrega incondicional de todo lo que somos y tenemos. El apóstol Pablo lo expresa así: «Os ruego por las misericordias de Dios que presenteís vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Romanos 12:1). Ante la inmensidad del regalo que Dios nos da en la Navidad -su don inefable (2a̱ Corintios 9:15)-la única respuesta válida, la única manera de expresarle una adoración razonable es el ofrecimiento de nosotros mismos.
¿Se lo darás hoy? ¿Entrarás en la casa con los Magos? ¿Contemplarás a Aquel que nació para que tú puedas vivir para siempre? ¿Caerás ante El en reconocimiento de su señorío y divinidad? ¿Le adorarás? ¿Le dirás: Señor, aquí estoy; no tengo nada que darte que no provenga de ti, y por lo tanto, te doy mi propia vida; quiero pertenecerte; quiero que tú seas mi Rey de verdad?
No hay otra manera razonable de celebrar la Navidad.

EL ORO

«Y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra» (Mateo 2:11).

Es evidente que el oro, el incienso y la mirra no son juguetes. Son regalos simbólicos, de significado profundo. Comprender su simbolismo e identificarnos con los Magos en el gesto de ofrecerlos a Jesús, es la esencia de la celebración de la Navidad.
Por lo tanto, al considerar el primero de estos regalos, el oro, vamos a hacer dos preguntas básicas. En primer lugar: ¿Cuál es el significado de este regalo? Y en segundo lugar: ¿Cómo podemos identificarnos con el acto de ofrecerlo a Jesús?

POR QUÉ EL ORO?

No sé cuáles habrán sido las intenciones de los Magos al dar a Jesús su regalo de oro. Pero en la providencia divina, es del todo posible que, gracias a este oro, José pudo sufragar los gastos del viaje a Egipto, establecimiento en aquel país, y retorno a Nazaret.
Como veremos, el oro tiene su simbolismo, pero también fue una fuente de provisión práctica. Quizás necesitemos ver, por lo tanto, que antes que nada, el oro era evidencia de que existe un Dios que conoce nuestras necesidades y que suple lo necesario para que podamos realizar su voluntad.

EL ORO Y LA REALEZA

Solemos identificar el oro con la realeza. En casi todas las civilizaciones, el oro es el metal de la corona y simboliza la majestad real.
Según el capítulo 2 de Daniel, Nabucodonosor, rey de los babilonios, ve una inmensa estatura en forma de hombre, hecha de cuatro metales diferentes. El primero de ellos, el que formaba la cabeza de la estatua, es el oro. Con esta cabeza de oro, la visión pretendía representar el sistema político de Babilonia, en el cual regía una monarquía absoluta. Otras civilizaciones sucesivas eran representadas por metales «inferiores», porque la autoridad real no era tan absoluta en ellas. El oro corresponde a un rey absoluto en su autoridad. Se nos dice del gran rey Salomón que acumuló plata y oro en Jerusalén como piedras en abundancia (2o̱ Crónicas 1:15).
Seguramente esta asociación de la realeza con el oro procede, al menos en parte, del hecho de que la fuerza del gobierno depende del control de los resortes económicos de la nación. Quien controla las finanzas y la distribución de riquezas, quien establece los impuestos y marca los salarios, es el que ejerce el gobierno y rige los destinos del país. Por esto quien controla la moneda es simbolizado en casi todas las culturas del mundo por él.
Y porque los Magos sabían que iban a ver a un rey, es por lo que llevaban oro consigo. Por el mismo motivo habían buscado al rey allí donde esperaban encontrarle, en el palacio de Jerusalén. Todo encajaba. Es lógico. «Cuando Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos Magos, diciendo: ¿Dónde está el rey?»
Cuando los pastores se fueron corriendo al establo y volvieron con tanta alegría y entusiasmo, cuando los ángeles empezaron a cantar en el cielo, cuando María, meses antes, había irrumpido con su gran cántico de alabanza al Señor, cuando ahora los Magos se arrodillan delante del Niño y le adoran y luego vuelven gozosos a su país… ¿cuál era el motivo de su alegría? ¿Era el hecho dé que todas las calles estaban iluminadas con luces navideñas? ¿que todos los escaparates estaban llenos de juguetes y comidas especiales? ¿Era el pensar en el banquete que celebrarían al llegar a casa? ¿Era el hecho de que en la sinagoga había un árbol de Navidad bien adornado? No. Había un solo motivo, una fuente única de la que brotó la alegría en todas estas personas: el hecho del cumplimiento de la ilusión de toda una vida, de la gran esperanza que el pueblo mantenía desde hacía siglos. ¡Finalmente el Rey había nacido!
Aquí está la verdadera alegría de la Navidad. El Señor ha llegado. El Rey se ha manifestado. Está con nosotros por fin el que merece todo nuestra lealtad y servicio. Ahora sabemos a quién pertenecemos y a quién hemos de servir en esta vida. Tenemos quién nos dirige y gobierna.

«Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo enjuicio y en justicia desde ahora y para siempre» (Isaías 9:6–7).
«He aquí que para justicia reinará un rey… y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de agua en tierras de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa» (Isaías 32:1–2).
«He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra» (Jeremías 23:5).

Cuando Natanael se encuentra con Jesús, después de una breve conversación, exclama: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; ¡Tú eres el Rey! (Juan 1:49).
Más adelante, en el momento de la crucifixión, «Pilato llevó fuera a Jesús… y dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro rey! … Escribió también Pilato un título que puso sobre la cruz, el cual decía: Jesús nazareno, Rey de los judíos» (Juan 19:13–14, 19).
El apóstol Pedro concluye su predicación en el día de Pentecostés, la primera gran predicación de la iglesia, con estas palabras: «Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo» (o sea, Rey ungido) (Hechos 2:36).
Meditando en el misterio de la encarnación y exaltación de Jesús, el apóstol Pablo nos dice que, precisamente porque sufrió la cruz, «Dios lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor» (Filipenses 2:9–11).
El apóstol Juan expresa la misma idea en su visión del Apocalipsis: «Y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 11:15).
Los Magos comprendían que Jesús era Rey; por esto le ofrecieron oro. Herodes también lo reconocía; por esto intentaba eliminarle. Pero el mundo contemporáneo quiere ignorarlo; por eso desvía la celebración navideña hacia frivolidades. Sin embargo, ante la persona de Jesús, no tratamos con una figura folklórica de hace dos mil años, sino con alguien que Mateo pretende que vive hoy y desea encontrarse con nosotros en su capacidad de Rey. El mundo sigue diciendo, en palabras de las parábolas de Jesús: «No queremos que éste reine sobre nosotros» (Lucas 19:14). Pero no podemos entrar en su presencia ni entablar una relación verdadera con Él sin reconocerle por lo que realmente es: nuestro Rey.
El Rey nos ha nacido. Y todo ser humano necesita un rey. Tú también.
Hoy en día está de moda hablar de la mayoría de edad del hombre, tratar a Dios como si fuera una muleta para cojos, y considerar que la madurez consiste en independizarse de todo tipo de creencia religiosa. No hay nada nuevo en esto. El salmista, siglos antes del nacimiento de Jesús, hablabla de los que rechazaban los derechos soberanos de Dios y repudiarían el señorío del Rey que había de nacer: «Consultarán unidos contra Jehová y contra su Ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas» (Salmo 2:2–3).
Todos queremos presumir de independientes, libres, de no ser esclavos de nadie. Pero la experiencia demuestra que todos rendimos culto a algún dios, y que quien vive más «libre» y egocéntricamente sufre a la larga las peores esclavitudes. O bien reconocemos a Aquel que Dios ha puesto por Rey, o bien nuestra vida será dominada por otras tiranías.
Necesitamos un rey, y este Rey nos ha nacido. Él nos sabe gobernar con justicia, sabe velar por nuestro bien. Si hoy no estás bajo su autoridad y señorío; si en estos días de fiesta no reconoces sus derechos reales sobre ti, entonces lejos de celebrar la Navidad, en el fondo la estás negando.

EL ORO Y LA DIVINIDAD

Sin embargo, el oro existía en Israel mucho antes de que hubiesen reyes en la nación. Y en aquel entonces el oro no se asociaba tanto con la realeza como con la divinidad. El oro era empleado en el culto del Tabernáculo. Los israelitas daban lo más valioso que tenía a su Dios. Y también podemos decir que es típico de todas las culturas humanas el utilizar los metales preciosos en el culto religioso. Aun en la idolatría de Israel vemos esta tendencia: el becerro era de oro. El apóstol Pablo en su discurso en Atenas, tiene que despotricar contra las estatuas de oro que ha visto en la ciudad (Hechos 17:29), y esto sigue siendo así aun en nuestros días. No hace mucho que veíamos en la televisión el asedio al templo de Amritsar, ocupado por los Sikhs, el «Templo de Oro», así llamado porque sus torres están recubiertas de oro. Hay muchas mezquitas y templos cuyas cúpulas todavía relucen de oro, aun en los países más pobres del tercer mundo. Esto es cierto, por ejemplo, de los templos budistas de Birmania. El oro es ofrecido a los dioses.
Con cuánta más razón, en el culto al Dios verdadero, muchos de los muebles y utensilios habían de ser de oro. Por esto el arca estaba recubierta de oro. El propiciatorio, lugar de encuentro entre el hombre pecador y su Dios, era de oro puro. En el templo de Salomón el altar y la mesa también lo eran; porque el oro era apropiado para la majestad de Dios. Si hay oro disponible para tales efectos, cualquier otra materia inferior sería denigrante para el honor divino.
Hemos visto que hay un texto del Antiguo Testamento que ha sido utilizado erróneamente en la historia de la Iglesia como una especie de comentario sobre la historia de los Magos. Se trata de Isaías 60. Allí el profeta describe cómo los reyes de la tierra contribuirán a la edificación de la ciudad de Dios y a la gloria de Sión. Entre otras cosas llevarán oro e incienso para el culto a Dios. Fue esta referencia al oro y al incienso la que confundió a algunos comentaristas de la Edad Media e hizo que los Magos de Mateo fueran tenidos por reyes. En realidad no se contempla aquí el nacimiento de Jesús sino la gloria de la ciudad de Dios: «Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento… Traerán oro e incienso, y publicarán alabanzas de Jehová» (Isaías 60:1–3, 6).
La razón por la que menciono este texto, aun cuando por otros motivos debemos desasociarlo de la historia de los Magos, es porque enseña de una manera inconfundible que el oro, así como el incienso, son regalos destinados a Dios. Es apropiado que los Magos den oro al Niño, no sólo porque Él es Rey, sino porque es Rey de reyes. Es el Señor del universo al que los mismos reyes deben ofrecer oro. Él es el Rey divino, Dios con nosotros (Mateo 1:23).
Isaías ve la ciudad de Dios como objeto digno de nuestros regalos de oro. Aquí está la ciudad celestial, la esposa hecha hermosa con adornos de oro (cp. Isaías 61:10). símbolo de la presencia de Dios mismo en medio de ella. Por esto también, el apóstol Juan en su visión de la misma ciudad ve que era «de oro puro, semejante al vidrio limpio» y que «la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como el vidrio» (Apocalipsis 21:18, 21). La ciudad en la que Dios mora en medio de su pueblo y manifiesta su gloria ¡no podría ser de otra materia que de oro puro!
Otro texto del Antiguo Testamento que plasma esta idea con más claridad y de una manera más explícita se encuentra en el capítulo 2 de Hageo: «Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones…» Nuevamente el contexto es mesiánico; es navideño. «…Y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera» (Hageo 2:6–9).
El oro pertenece a Dios porque suya es la gloria. Y el oro simboliza esta gloria de Dios.
En este sentido, el regalo de los Magos era un pequeño anticipo de lo que había de venir. Si no recuerdo mal fue la única vez en su vida terrenal que Jesús recibió un regalo de oro. Aquel de quien se decía: «Mía es la plata y mío es el oro», recibió de manos de unos astrólogos extranjeros la única ofrenda de oro de su primera venida. Por derecho tendría que haber recibido todo el oro del mundo. En un día futuro su presencia llenará la nueva Jerusalén, la ciudad de oro. Pero en su nacimiento, sólo unos Magos tuvieron la percepción de ofrecerle lo que le correspondía.
Por lo tanto, detrás del regalo de los Magos, desde luego había el simbolismo de la realeza. Pero a la luz del conjunto del Antiguo Testamento hemos de decir que había algo más también: el oro es regalo para un Dios. Esto nos obliga a plantearnos de nuevo la pregunta: ¿Quién es este rey que ha nacido?

«Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla. Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.
¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, Él es el Rey de la gloria» (Salmo 24:7–10).

La razón por la que el oro es el regalo por excelencia que este Niño merecía es que el recién nacido reúne en su persona estas dos características: es el Rey y es Jehová; es Soberano y es Dios.
En estos momentos Mateo no nos abruma con argumentos teológicos acerca de la divinidad de Jesús. Ni siquiera nos presenta evidencias al respecto. Estas vendrán en los capítulos 8 y 9. Más bien está sembrando el terreno con pequeñas semillas que luego brotarán en su descripción del ministerio público de Jesús. En el capítulo 1 nos ha recordado que el Niño es Emanuel, Dios con nosotros. En el capítulo 3 la voz del cielo anunciará que Jesús es el Hijo de Dios. Aquí recibe un regalo de oro. Pequeños detalles. Pero quien tiene oídos para oír, y ojos para ver, oye y ve.

¿CÓMO IDENTIFICARNOS CON EL REGALO DE ORO?

¿Pero qué de nuestra segunda pregunta? Está muy bien que hace dos mil años los Magos le hayan ofrecido oro a Jesús. Pero ¿qué lecciones hemos de sacar de esto? ¿Que debemos ser generosos en la ofrenda de la iglesia el día de Navidad? ¿O que debemos dar regalos costosos a nuestros familiares? Pues no exactamente.
¿Cómo podemos ofrecerle oro al Rey que ha nacido? Dándole nuestras vidas, como ya hemos dicho. Pero esto de darle nuestras vidas ¿qué tiene que ver con el oro? A esto las Escrituras darían al menos dos respuestas.
La primera sería: Que cuando los Magos dieron oro a Jesús, le estaban ofreciendo lo más valioso de sus posesiones en reconocimiento de su derecho, autoridad y realeza, y porque Él mismo constituía para ellos un bien mucho mayor que todos los tesoros que hubiesen acumulado.
Cuando «damos oro» al Señor Jesucristo, reconocemos que Él es un mayor tesoro para nosotros que todas las demás riquezas. Le damos lo mejor porque Él es mejor para nosotros que lo más bueno. Se lo damos porque con Él estamos plenamente satisfechos.
El patriarca Job expresa lo mismo, aunque en términos negativos: «Si puse en el oro mi esperanza, y dije al oro: Mi confianza eres tú; si me alegré de que mis riquezas se multiplicasen y de que mi mano hallase mucho… esto también sería maldad juzgada; porque yo habría negado al Dios soberano» (Job 31:24). En otras palabras, cuando ofrecemos oro a Dios estamos reconociendo que en realidad en esta vida hay dos fuentes posibles de seguridad, de bien y de satisfacción: una es el Señor; la otra, las riquezas. Confiar en los bienes materiales es desconfiar de Dios. Confiar en Dios exige como contrapartida que tengamos la disposición de entregar al Señor nuestras riquezas, diciéndole: Ahora que he encontrado en ti mi plena satisfacción, lo demás me sobra; ya mi confianza no está depositada en el oro; confío en ti. Con el salmista decimos: «El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos; deseables son más que el oro, y más que mucho oro refinado» (Salmo 19:9–10).
Confiando en Dios, el creyente no vive para «proveerse de oro, ni plata» ni se afana por las necesidades materiales de la vida; él sabe que al buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, Dios mismo le añadirá todas las cosas que necesita (Mateo 6:25, 33; 10:9); por lo tanto, no necesita aferrarse a sus tesoros, sino que los abre ante el Señor en entrega gozosa y generosa.
El regalo del oro, por lo tanto, representa para nosotros una plena confianza en el Señor; por la cual podemos darle todo lo que tenemos y todo lo que somos, ya que no tenemos más necesidad de confiar en las riquezas. Es la respuesta de la fe a su señorío y providencia.
Pero, en segundo lugar, el oro nos habla de cómo ha de ser la calidad de la vida que entregamos al Señor. ¿Qué es el oro? Es un metal que se sustrae de la tierra. Sin embargo, en el momento de ser extraído no es hermoso ni reluciente. Tiene que ser refinado. El oro es el producto de un proceso de fuego, prueba y purificación.
Por lo tanto, a lo largo de las Escrituras, descubrimos que el oro también es empleado como símbolo de la vida del creyente, forjada y purificada en el fuego de la prueba. Cuando entregamos nuestras vidas a Dios, Él las toma, las trabaja, y hace lo necesario para que se conviertan en verdadero oro.
Así pues, Job testifica de Dios: «El conoce mi camino; me probará y saldré como oro» (Job 23:10). Zacarías habla del remanente fiel del pueblo de Dios en términos parecidos: «Yo los meteré en el fuego (es el Señor quien habla) y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. Él invocará mi nombre y yo le oiré, y diré: Pueblo mío; y él dira: Jehová es mi Dios» (Zacarías 13:9). Y es con esta misma idea en mente que el apóstol Pedro puede decir a sus lectores: «Ahora por un poco de tiempo, tenéis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1a̱ Pedro 1:6–7).
Nosotros, por lo tanto, como los Magos ofrecemos oro a Jesucristo, el oro de nuestras vidas, lo mejor y más valioso de lo que tenemos y somos. Se lo ofrecemos en reconocimiento de su señorío, realeza y divinidad. Como Tomás caemos ante Él, diciendo: ¡Señor mío, y Dios mío! Se lo ofrecemos porque Él es más precioso para nosotros que todos nuestros otros tesoros. Se lo ofrecemos porque, habiendo descubierto que Él es nuestro Dios y Salvador, no necesitamos otra provisión ni seguridad que la que emana de su providencia divina. Le entregamos nuestras vidas sabiendo que Él es capaz de tomarlas y retinarlas hasta hacerlas brillar como oro puro para su mayor gloria.
Cuando le ofrecemos nuestras vidas, es como si le dijéramos: Tú eres mi Dios y mi Rey; yo te pertenezco como súbdito y siervo; por lo tanto, toma lo mío, porque si yo soy tuyo, lo mío ya no me pertenece sino es tuyo también; tuya es la plata y tuyo es el oro; y ahora, haz que no solamente mis posesiones sino yo mismo llegue a ser oro puro, una ofrenda digna, forjada por ti a lo largo de mi vida, un sacrificio vivo, agradable a Dios, colocado sobre las llamas del altar, refinado como oro para tu gloria (Romanos 12:1).
Si en estas Navidades en lugar de entregarte por entero a Dios estás regateando con Él, diciéndole: Yo te doy mis domingos, o ciertas horas de mis domingos, te doy el diezmo de mis bienes, ciertas áreas de mi vida, algunas de mis relaciones, un rincón de mi corazón… entonces no estás celebrando la Navidad como los Magos. Has abierto tus tesoros, le has dado una pequeña limosma a Jesús, y has guardado el mejor oro para ti.
En cambio, si tu corazón rebosa de alegría como el de los Magos, y si ante la revelación del Hijo de Dios respondes con verdadera adoración, entonces no tendrás espíritu de regateo ante el Señor sino disposición de entrega. Si vas a descubrir la auténtica satisfacción de la Navidad será en la medida en la que de todo corazón y con toda sencillez te puedas arrodillar delante de Aquel que nació en Belén, y decirle: Aquí tienes mi vida; conviértela en oro.
En estas fiestas el Señor quiere para nosotros el gozo más intenso, la satisfacción más completa que jamás hayamos experimentado. Estas cosas pueden ser nuestras hoy. Podemos celebrar la Navidad como nunca la hayamos celebrado si nos ponemos delante de Él para adorarle y si le ofrecemos nuestro primer tesoro: el oro.

EL INCIENSO

En la catedral de Santiago de Compostela, colgado del techo y al extremo de una gruesa y larga cuerda hay un incensario llamado Botafumeiro. Dándole impulso en forma de péndulo va de un extremo a otro de la nave de la catedral, llenándola del olor fuerte y agradable del incienso quemado. Está allí porque en el pasado muchos peregrinos iban a Santiago. Llegaban caminando desde cualquier parte de Europa después de semanas y aun meses de viaje. En aquella época la gente no se bañaba con mucha frecuencia, y al tener que dormir la mayor parte de ellos dentro de la catedral (porque sólo los peregrinos ricos podían cubrir los gastos de una posada), su interior apestaba tanto que la gente no podía entrar en ella sin taparse las narices. Sin embargo, a la hora de encender el Botafumeiro y balancearlo de un extremo a otro, el fuerte aroma del incienso quemado hacía desaparecer todo el hedor y llenaba el ambiente con su perfume. Tanto en la Edad Media como en la antigüedad, se quemaba incienso por razones higiénicas.
¿Por qué dieron los magos el incienso a Jesús? Oí decir una vez ¡que debió ser porque olía mal allí en el establo! Seguramente ésta no es la razón. Hemos visto que la familia de Jesús ya no se alojaba en el establo, sino en una casa. Pero además el incienso era demasiado costoso como para utilizarlo diariamente. ¡No utilizas un Chanel 5 para ambientar el cuarto de baño de casa!
No. Había otras razones. El incienso tenía un significado muy especial para los judíos. Era utilizado primordialmente en el culto a Dios.

EL INCIENSO EN EL CULTO A DIOS

Dios no permite que nada feo, nada imperfecto, nada maloliente entre en su presencia. Por esto en el culto del Tabernáculo los sacerdotes tenían que vestir siempre ropas limpias de uno fino y blanco. Asimismo los animales utilizados para el sacrificio debían ser absolutamente perfectos, sin mancha ni lesión. Y por la misma razón, al celebrar el sacrificio tenía que haber un olor agradable, un olor a incienso. Por lo tanto, en el Tabernáculo, y después en el Templo, había un altar destinado expresamente para quemar incienso.
Dios había dado las instrucciones para su construcción:

«Harás asimismo un altar para quemar el incienso: de madera de acacia lo harás. Su longitud será de un codo, y su anchura de un codo; será cuadrado, y su altura de dos codos; y sus cuernos serán parte del mismo. Y lo cubrirás de oro puro, su cubierta, sus paredes en derredor y sus cuernos; y le harás en derredor una cornisa de oro. Le harás también dos anillos de oro debajo de su cornisa, a sus dos esquinas a ambos lados suyos, para meter las varas con que será llevado. Harás las varas de madera de acacia, y las cubrirás de oro. Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimomio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, donde me encontraré contigo. Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante de Jehová por vuestras generaciones» (Éxodo 30:1–8).

El incienso nos habla de aquello que hace aceptable ante Dios la presencia del hombre pecador. En principio somos criaturas harapientas, malolientes, cubiertas de suciedad a causa de nuestro pecado. En tales condiciones no podemos acercamos a Dios. Necesitamos incienso.
Todos los días, pues, y dos veces al día, los sacerdotes debían entrar en el Tabernáculo para quemar el incienso. Asimismo debían hacerlo en otras ocasiones especiales, notablemente en aquel día más señalado de todo el año cuando el sumo sacerdote pasaba al Lugar Santísimo. No sé si podemos empezar a imaginar siquiera la importancia de aquel día para el pueblo de Israel. Nosotros celebramos con costumbres muy hermosas la Navidad, pero ninguno de los ritos y ceremonías puede compararse con la solemnidad de aquel día. El sumo sacerdote entraba solo y una sola vez al año, más allá del velo, a fin de rociar sangre sobre el propiciatorio en expiación de los pecados del pueblo. Previamente había ofrecido un becerro en sacrificio sobre el gran altar. Con gesto simbólico había puesto sobre la cabeza del becerro el pecado de todo el pueblo, y luego lo había degollado como víctima sustitutoria ante Dios. El animal moría en lugar del pueblo. El pueblo merecía morir, según la ley de Dios, debido a sus pecados. Pero quedaba libre del juicio divino por la sustitución del becerro. Entonces el sacerdote llevaba la sangre del animal consigo, más allá del velo, a fin de derramarla sobre aquel lugar que simbolizaba el encuentro entre Dios y los hombres, el propiciatorio.
Sin embargo, antes de esparcir la sangre, el sumo sacerdote debía realizar otra ceremonia que tenía que ver con el incienso.

«Después tomará un incensario lleno de brasas de fuego del altar de delante de Jehová, y sus puños llenos del perfume aromático molido, y lo llevará detrás del velo. Y pondrá el perfume sobre el fuego delante de Jehová, y la nube del perfume cubrirá el propiciatorio que está sobre el testimonio, para que no muera. Tomará luego de la sangre del becerro, y la rociará con su dedo hacia el propiciatorio al lado oriental; hacia el propiciatorio esparcirá con su dedo siete veces de aquella sangre» (Levítico 16:12–14).

El incienso tenía un lugar importantísimo en el culto a Dios del pueblo de Israel. De paso, ya que esto enlaza también con la historia de la Navidad, podemos recordar que la misma historia de la Navidad empezó cuando un sacerdote entró en el Templo para ofrecer incienso sobre el altar de incienso. El nombre del sacerdote era Zacarías y ocurrió que, cuando estaba en el santuario, se le aparació el ángel Gabriel para decirle que su esposa Elisabet iba a tener un hijo, Juan, el primo y precursor de Jesús. Así empezó la historia de la Navidad (ver Lucas 1:5–25).
Bien, todo esto es muy interesante. Pero ¿por qué llevaron los Magos incienso para darlo al Niño Jesús?
Según el simbolismo bíblico creo que hay dos razones. No sé si los Magos eran conscientes de ellas porque al ser gentiles y forasteros difícilmente habrían tenido ocasión de conocer estos detalles del Antiguo Testamento. Sin embargo, podemos suponer que Mateo, al describir estos hechos, no desconocía su simbolismo, sino que veía su significado y quería comunicárnoslo.
En primer lugar, dieron incienso a Jesús porque era utilizado, como hemos visto, en el culto a Dios. Estas son las instrucciones que Dios mismo dio a Moisés al respecto:

«Dijo Dios además a Moisés: Toma especias aromáticas, estacte y uña aromática y gálbano aromático e incienso puro; de todo en igual peso, y harás de ello el incienso, un perfume según el arte del perfumador, bien mezclado, puro y santo. Y molerás parte de él en polvo fino, y lo pondrás delante del testimonio en el tabernáculo de reunión, donde yo me mostraré a ti. Os será cosa santísima. Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición; te será cosa sagrada para Jehová. Cualquiera que hiciere otro como éste para olerlo, será cortado de entre su pueblo» (Exodo 30:34–38).

El incienso era para Dios y sólo para Él. Nadie más debía recibirlo. Mateo, como buen judío, sabía esto perfectamente y no obstante nos asegura que los Magos dieron incienso al niño Jesús. Pero él también acaba de decirnos que el Niño que recibe los regalos de los Magos no es otro que Emanuel, «Dios con nosotros» (Mateo 1:23), Dios que se hace hombre a fin de morar entre nosotros. Si no fuera Dios, desde luego el regalo de los Magos no habría sido apropiado. Más bien sería un sacrilegio.
Además, el nombre de Emanuel no es sino otra manera de decir lo que los profetas había previsto: que el Rey Mesías que iba a gobernar sobre Israel no sería otro que Jehová mismo. Por esto Jeremías dice que el nombre del Rey venidero será «Jehová nuestra justicia» (Jeremías 23:5–6). Y Zacarías dice más claramente aún; «Jehová será rey sobre toda la tierra» (Zacarías 14:9). Ezequiel expresa lo mismo aunque en términos de Pastor (la figura del pastor era todo un símbolo del rey en las tradiciones de los judíos): «Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar a mis ovejas y las reconoceré… Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor» (Ezequiel 34:11, 15). El niño que recibe el incienso de manos de los Magos es «Dios con nosotros», Jehová que viene a reinar, el buen Pastor que cuida de sus ovejas (Juan 10:11, 14).

INCIENSO Y SACERDOCIO

La segunda razón por la que los Magos ofrecieron incienso es porque Jesús es nuestro Sumo Sacerdote. Si por un lado es cierto que el incienso correspondía sólo a Dios, también lo es que sólo podían quemarlo los sacerdotes. Si conocéis bien las historias del Antiguo Testamento recordaréis los nombres de personas como Nabad, Abiú y Uzías. Desconocer la historia de estos tres personajes bíblicos es desconocer la seriedad de lo que estamos tratando. Eran tres hombres que en momentos determinados tomaron el incienso cuando no les correspondía hacerlo, y lo ofrecieron delante de Dios. Pero Dios no se complació de esto. Mató a dos de ellos de inmediato. Al rey Uzías le hizo caer enfermo de lepra. Estos castigos fulminantes tuvieron la finalidad de eseñar a Israel que solamente los sacerdotes podían tocar y quemar el incienso delante de Dios. Puedes leer estas historias en Levítico 10:1–2 y en 2o̱ Crónicas 26:16–21.
Si ahora los Magos dan incienso al niño Jesús, con ello indican, consciente o inconscientemente, que Jesús es digno de usar el incienso. Él es nuestro Sacerdote. Él cumple en su persona todo el significado del sacerdocio bíblico. El ministerio de los sacerdotes del Antiguo Pacto no era más que un anticipo y sombra del ministerio sacerdotal de Jesús.
Cuando hablábamos del oro, decíamos que todo ser humano necesita un rey y que el Rey que Dios ha puesto sobre nosotros es Jesucristo. Ahora en torno al incienso hemos de decir que toda persona necesita un sacerdote, y que nuestro único Sacerdote válido es Jesús. Si tú no tienes un sacerdote, estás perdido. Pero Jesús nació a fin de ser Sacerdote para ti. Por esto le dieron el incienso. Era un ingrediente básico en el ejercicio de la función sacerdotal.
¿Qué es un sacerdote? Es una persona que ejerce una función mediadora entre Dios y el hombre. Detrás del concepto de sacerdocio está la idea de que el ser humano es indigno de acercarse a Dios por sí mismo. En todas las religiones en las que hay sacerdotes, se presupone que hace falta una casta especial de personas adiestradas en los misterios de la fe, dedicadas expresamente al culto religioso y capacitadas por diferentes ritos y ceremonias para el ministerio de mediación.
Así fue en Israel. Pero así no es en el cristianismo bíblico. El cristianismo tiene en común con estas religiones la idea de que el hombre no puede acercarse a Dios por sí solo. Como pecadores no podemos entrar en la presencia del Dios tres veces santo; por vergüenza de nuestro pecado no podemos mirar a Dios, porque Dios es perfecto y exige la perfección. Para volver a la ilustración de principios de este capítulo, olemos mal y nuestra sola presencia es una ofensa a Dios; vamos vestidos con andrajos, y Dios requiere que los que estén ante Él vistan túnicas blancas y limpias. Sencillamente no podemos acercamos a Dios, ni conocerle, ni disfrutar de la comunión con Él, en nuestro estado pecaminoso, tal y como somos. Necesitamos que alguien digno y santo nos limpie de nuestra suciedad, nos revista de ropa limpia, nos quite el mal olor y nos introduzca en la presencia de Dios. Necesitamos el incienso. Necesitamos un sacerdote.
Lo que el cristianismo bíblico y apostólico no tiene en común con estas otras religiones, es la idea de que una casta sacerdotal humana sirva para preparamos para entrar en la presencia de Dios. Más bien la Biblia nos enseña que no hay nada que el hombre pueda hacer -ningún mérito, ninguna obra, ningún acto religioso- para quitar las manchas de su pecado y así tener acceso a Dios. Aun en tiempos del Antiguo Testamento, cuando existía una casta sacerdotal establecida por Dios mismo, la aceptación ante Dios de la labor de los sacerdotes era en virtud del sacerdocio posterior de Jesucristo, del cual era anticipo.
Por lo tanto, en vez de hablarnos de sacerdotes que realicen funciones religiosas a fin de abrirnos el camino a Dios, el Nuevo Testamento nos habla de un solo Sumo Sacerdote, Jesucristo. El es el único mediador necesario, y el único posible, entre Dios y los hombres:

«Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos» (1a̱ Timoteo 2:5–6a).

Él es el único que nos abre camino hacia Dios, tal y como Él mismo dijo a los discípulos:

«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6).

Y como nos explica la Epístola a los Hebreos, Él nos abre el camino nuevo y vivo a Dios, más allá del velo, al Lugar Santísimo, porque Él es el «gran sumo sacerdote sobre la casa de Dios» y derrama sobre el propiciatorio la sangre de su propio sacrificio en la Cruz (ver Hebreos 10:19–21).
Necesitamos, pues, un sacerdote. Alguien que nos haga presentables delante de Dios, alguien que nos coja de la mano y nos introduzca en su presencia. Pero no puede ser un sacerdote cualquiera. Ha de tener el favor de Dios. Ningún otro ser humano puede hacerlo, porque todos participamos de aquel mal del cual el sacerdote ha de librarnos. Al principio, nuestra situación parecería desesperada; pero lo que nosotros somos incapaces de proveer, Dios lo ha provisto.

«Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre» (Hebreos 8:1–2).

Y porque el sacrificio de Jesucristo es perfecto en su realización, eficaz en sus resultados, y aceptable ante Dios, automáticamente queda invalidado todo otro sacerdocio. No necesitamos más de un sacerdote, porque Él es eterno y su obra completa y perfecta:

«Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por el cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo, porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Hebreos 7:23–27).

Todo otro sacerdote nos sobra, porque no hay nadie que pueda repetir la obra de Cristo, ni ninguna necesidad de repetirla. En Cristo la mediacion entre el hombre y Dios es perfecta. La tarea del sacerdote ha sido perfectamente cumplida. Cualquiera que ahora pretenda ser sacerdote está atentando contra la perfección del sacerdocio de Jesucristo.
Pero volvamos a nuestro texto y a cosas más sencillas. ¿En qué sentido es el Niño que nació en Belén nuestro sacerdote?
Los sacerdotes hebreos tenían que ofrecer sacrificios para expiar los pecados del pueblo. Esto es lo que ha hecho Jesucristo con nosotros. «Cristo -nos dice la Epístola a los Hebreos-ofreció una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados» y «se ha sentado a la diestra de Dios» (Hebreos 10:12). Se ha sentado porque la obra ya está completa. No tiene que seguir repitiendo sus funciones sacerdotales, porque este único acto es perfecto y culminante. Al ofrecerse como víctima en la Cruz, al poner su vida por nosotros, Jesucristo «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10:14).
Cuando el sumo sacerdote de antaño ofrecía sacrificios para quitarlos pecados del pueblo, después debía poner los dedos en la sangre de la víctima y rociar con ella al pueblo. Esta práctica no nos resulta muy agradable. Y seguramente era la intención de Dios desde el principio que las ceremonias en tomo a la expiación del pecado no fueran agradables. El pecado en sí es feo, horriblemente feo. La muerte que es la consecuencia y paga del pecado, es repugnante. La remisión de pecados por el sacrificio de un animal, lógicamente debía ser un acto feo y repugnante también. A todos nos repele la idea de ser rociados con sangre, pero conviene que la fealdad del pecado y sus terribles consecuencias sean experimentadas simbólicamente por aquellos que, mediante el sacrificio, son librados de ellas. Esta idea de ser «rociados» o «lavados» en la sangre de la víctima es recogida, pues, por los autores del Nuevo Testamento para hablar de nosotros y de nuestra limpieza del pecado. Nuestro sacerdote, Jesucristo, nos ha rociado con su propia sangre a fin de hacernos santos y aceptables delante de Dios. El gran coro de los redimimos, en el libro del Apocalipsis, se expresa en estos términos: «A aquel que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre… a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 1:5–6).
Porque nuestro sacerdote ofreció el sacrificio supremo de su propia vida en la Cruz, nosotros ya no somos personas sucias y «malolientes» delante de Dios. Llevamos encima el perfume de Cristo. Nos vestimos de la ropa limpia de su justicia. Tenemos acceso a Dios.
Hay otro aspecto del ministerio del sacerdote que no debemos olvidar. No solamente ofrece sacrificios por el pecado; también intercede ante Dios a favor del pueblo. En este sentido también Jesucristo es nuestro Sacerdote fiel. El apóstol Pablo dice de Él: «Cristo es el que murió por nosotros; más aún, el que resucitó; el que además está sentado a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Romanos 8:34).
Cuando nosotros celebramos la Navidad en la tierra, el Señor Jesús la celebra también en el cielo, pero de otra manera. Él está delante de su Padre ofreciéndole incienso, intercediendo por nosotros. Esto es lo que acabamos de ver en la Epístola a los Hebreos: «(Jesucristo) puede salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).
El niño que nació hace dos mil años, que murió como nuestro sacrificio, que derramó ante Dios la ofrenda de su sangre como nuestro sacerdote, ahora está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros.

¿CÓMO IDENTIFICARNOS CON EL REGALO DEL INCIENSO?

Es por esto que los Magos ofrecieron incienso a Jesús. El incienso es apropiado porque habla de la divinidad y del sacerdocio. Pero ¿qué de nosotros? ¿Cómo podemos imitar a los Magos?
Evidentemente no debemos hacerlo en un sentido literal, quemando incienso en la iglesia en honor a Jesús. Esto convertiría lo espiritual en ritual. Sería retener las formas externas y perder el significado intrínseco. Pero más importante aún, el ofrecimiento de incienso es labor exclusiva de sacerdotes, y en un sentido estricto, una vez llegado Jesús, sólo hay un Sacerdote y Él nos basta. Por todo esto el Nuevo Testamento desconoce por completo la quema literal de incienso en el culto de la iglesia.
Pero hay otros sentidos, no literales sino figurados, según los cuales las Escrituras nos dicen que todos los que hemos creído en Jesucristo somos sacerdotes y hemos de ofrecerle incienso. ¿Cuáles son?
En primer lugar, es obvio que nos identificamos con el regalo de los Magos cuando reconocemos a Jesucristo como nuestro Dios y Sacerdote, porque esto es lo que el incienso significa. Ofrecer incienso a Jesús es decirle: Tú eres mi Dios, el objeto de mi culto y adoración; Tú eres mi Sacerdote, el único que me abre el camino al Padre, el único que ofrece un sacrificio válido, aceptable ante Dios, para limpiarme del pecado; Tú eres mi gran intercesor, que oras por mí ante el Padre; Tú eres el único que necesito para mi salvación. De la misma manera que al «ofrecer oro» a Jesús le decimos: Tú eres nuestro Rey y acatamos tu señorío sobre nosotros, ahora al ofrecerle incienso decimos: Tú eres nuestro Sacerdote, el único camino a Dios. Con el oro reconocemos sus exclusivos derechos como Señor; con el incienso reconocemos, en palabras del apóstol Pedro, que «en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12).
Pero a este sentido práctico, las Escrituras añadirían otros. El mismo Pedro escribe en su 1a̱ Epístola: «Vosotros sois edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo» (1a̱ Pedro 2:5). ¿Cuáles son estos «sacrificios espirituales» que hemos de ofrecer?
El autor de Hebreos, después de haber subrayado que no hay más sacrificios que ofrecer en el sentido literal, porque Cristo ha ofrecido su gran sacrificio que vale para todos los tiempos, añade: «Ofrezcamos nosotros siempre a Dios, por medio de Jesucristo, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre» (Hebreos 13:15). Alabar a Jesús es una manera de ofrecerle nuestro incienso.
En Apocalipsis vemos a los veinticuatro ancianos «que se postraron delante del Cordero, y todos tenían arpas y copas de oro llenas de incienso». ¿Y esto qué quiere decir? Juan nos lo explica. Las copas llenas de incienso «son las oraciones de los santos» (Apocalipsis 5:8). Por lo tanto, orar a Dios en el nombre de Jesucristo (es decir, como creyentes en Él, acudiendo a Dios por el camino que Él nos ha abierto con su sangre) es ofrecerle nuestro incienso. De hecho el salmista ya había previsto esto muchos siglos antes: «Jehová, a ti he clamado; apresúrate a mí; escucha mi voz cuando te invocare; suba mi oración delante de ti como el incienso…» (Salmo 141:1–2). Nuestras oraciones hechas a través de Jesucristo, son como el ofrecimiento del incienso.
¿Qué lugar tendrá Dios hoy en nuestra celebración de la Navidad? ¿Cuánto tiempo le vamos a dedicar para darle este incienso? Dedicaremos mucho tiempo a la diversión, a los juegos, a la comida, a los regalos. Pero ¿qué lugar daremos a la alabanza, la gratitud, el reconocimiento y celebración de nuestro Sumo Sacerdote? «Señor, suba mi oración delante de ti como el incienso».
Pero sobre todo es importante que aseguremos, en medio de nuestra celebración de la Navidad, que Jesucristo verdaderamente es nuestro Sacerdote. Sin duda alguna Él mismo desea serlo. Pero no lo será mientras depositemos nuestra confianza en otros sacerdotes. Nadie viene al Padre sino por Él. Y no llegarás a Dios si estás utilizando otros medios sin reconocer que Él es el único camino verdadero.
La mejor manera de celebrar la Navidad, ofreciendo incienso con los Magos, es sencillamente pedir a Jesús que Él sea tu sacerdote.
Hay muchas cosas que hemos dicho que quizás sean difíciles de entender, pero este punto es fundamental que todos lo entendamos: Nunca seremos salvos, nunca entraremos en el reino de Dios, no pasaremos la eternidad en la presencia de Dios ni disfrutaremos en esta vida de una comunión gozosa con Él, a no ser que tengamos un sacerdote que nos capacite para ello. Y nuestro Sacerdote es el Señor Jesucristo.
Esto es lo que quiere decir la Biblia cuando nos exhorta: «Hermanos, teniendo libertad para entraren el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe» (Hebreos 10:19–20). Antes, la presencia de Dios nos era vetada por nuesto pecado. Pero nuestro Sacerdote nos ha hecho aptos para acercarnos a Dios y nos ha forjado un camino de acceso. No podemos celebrar mejor su sacerdocio que aprovechando el camino y acercándonos a Dios.
Acude, pues, a Dios por Jesucristo. Dile hoy a tu Sacerdote: Yo te ofrezco mi incienso; es decir, yo reconozco, Señor Jesús, que Tú eres mi Mediador ante Dios, que Tú eres el único que puede cogerme de la mano y llevarme al Padre; sólo Tú has muerto por mí; sólo Tú puedes limpiarme con tu sangre; sólo Tú eres el camino a Dios; por lo tanto, sé Tú mi Sacerdote.

LA MIRRA

Si conociéramos mejor el Antiguo Testamento, entenderíamos mejor el Nuevo. Muchas de las asociaciones de ideas que eran obvias para los primeros lectores de los Evangelios, nos son veladas a los lectores del siglo XX.
Por ejemplo, esta combinación de «oro, incienso y mirra» de inmediato no nos dice gran cosa. Pero muchos de los lectores judíos del primer siglo en seguida la debieron relacionar con un capítulo del Antiguo Testamento en el que encontramos la misma combinación. Me refiero al capítulo 30 del libro de Éxodo.
Ya hemos tenido ocasión de citar este capítulo al hablar del incienso. Porque en él encontramos las instrucciones divinas para la construcción del altar del incienso. Allí también está la descripción del incienso quemado sobre el altar. Pero además ¿dónde se encuentra la descripción del «aceite de la unción», cuyo primer ingrediente era la mirra? Pues también en Éxodo 30.
Si leemos bien este capítulo descubrimos que el altar de incienso estaba cubierto de una capa de oro y que antes de poder ser utilizado debía ser ungido con el aceite de la unción. Nos encontraremos, pues, con esta «casualidad»: que el incienso había de ser quemado sobre un altar de oro, previamente ungido con mirra.
No sé si sabiendo que existe este paralelo, somos capaces de desvelar todas las asociaciones aquí presentes. Pienso que es probable que algunas se nos escapen. Pero como mínimo podemos decir que, como el oro y el incienso, la mirra es algo sagrado, que pertenece a Dios y tiene un uso en el culto a Dios.

«Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Tomarás especias finas: de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, de cálamo aromático doscientos cincuenta, de casia quinientos, según el siclo del santuario, y de aceite de olivas un hin. Y harás de ello el aceite de la santa unción; superior ungüento, según el arte del perfumador, será el aceite de la unción santa.… Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones. Sobre carne de hombre no será derramado, ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros» (Éxodo 30:22–25, 31–32).

LA MIRRA Y LA CONSAGRACIÓN

Con este aceite los muebles del Tabernáculo habían de ser ungidos a fin de consagrarlos para el Señor (Éxodo 30:26–29). Aarón y sus hijos igualmente habían de ser ungidos con él en señal de haber sido apartados como sacerdotes de Dios (v. 30). El aceite -y la mirra- nos hablan en primer lugar de consagración, de la separación de algo o de alguien para el uso especial de Dios. Aquello que ha sido ungido pertenece a Dios. Es su posesión particular. Es sagrado. La diferencia, por así decirlo, entre el incienso y la mirra está en que el incienso es sagrado en sí, mientras que la mirra consagra todo aquello que toca. El incienso desprende un aroma que es de por sí sagrada para Dios; la mirra hace que la persona o el objeto ungido tenga un olor agradable para Dios.
No sé si es llevar demasiado lejos el simbolismo, pero no puedo evitar la mención de que en el Antiguo Testamento la unción es necesaria en tres clases de personas: sacerdotes, reyes y profetas.
Acabamos de ver que el sacerdote era ungido para su ministerio. Pero tambiém es cierto que el rey era ungido antes de su coronación (ver p.ej. 1o̱ Samuel 10:1; 16:13). Según estos últimos textos vemos que el aceite, que habla de la unción divina, es asociado con el Espíritu Santo, quien venía sobre los sacerdotes y reyes para asistirles en su ministerio (ver también Salmo 89:20; 45:7). Así ocurría también con los profetas. Si no había sido ungido por Dios, el profeta no tenía de qué profetizar. La profecía sólo era posible cuando el Espíritu venía sobre él.
La unción de Dios, pues, se asocia en el Antiguo Testamento con estas tres grandes figuras -el profeta, el sacerdote, el rey-cada una de las cuales encuentra su cumplimiento perfecto en el Señor Jesucristo. Mateo mismo va a ir un poco más lejos. De una manera muy explícita nos enseñará que Jesús es mayor que todos los profetas, reyes y sacerdotes.

Cristo es mayor que el Templo:

«Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí» (Mateo 12:6).

Él reúne en sí las diferentes funciones sacerdotales; todo el sistema de ritos y ceremonias del culto levítico encuentra en Él su cumplimiento y fin.
Cristo es mayor que la monarquía. De todos los reyes de Israel, Salomón era el de mayor riqueza e imperio. Ningún otro monarca ha reinado con mayor sabiduría que él. Pero:

«He aquí, más que Salomón es este lugar» (12:42).

Jesús es el gran «hijo de David», del cual todos los demás reyes no son más que pequeños anticipos.

Cristo es mayor que los profetas:

«He aquí más que Jonás es este lugar» (12:41).

Dios habló a través de ellos; pero nos habla en su Hijo (Hebreos 1:1–2).
Cristo es mayor que el Templo, porque Él es su cumplimiento. En Él todos los sacrificios encuentran su sentido. Él es el único sacerdote que nos vale, cuya obra es eficaz para permitir nuestra entrada en el Lugar Santísimo. Él es el gran Sumo Sacerdote y ha recibido unción divina para serlo.
Él es mayor que la monarquía porque los reinados de los hijos de David eran temporales y su gobierno, aun en el mejor de los casos, estaba manchado por el pecado y la injusticia. En cambio, el trono de nuestro Señor Jesucristo es eterno, justo y perfecto. Esto es lo que dice el Salmo 45 (aplicado por el autor de Hebreos al Señor Jesucristo):

«Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; Cetro de justicia es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad; Por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros» (Salmo 45:6–7).

Por su justicia, Jesús es ungido por Dios con el aceite de la unción para ser Rey para siempre. Y no es ninguna casualidad que el versículo siguiente nos hable de la mirra:

«Mirra, áloe y casia exhalan tus vestidos; Desde palacios de marfil te recrean» (Salmo 45:8).

Él es mayor que los profetas, porque es la Palabra encarnada, el Verbo hecho hombre. Los profetas hablaban por inspiración de Dios; Él habló siendo Dios. Por esto en su conversación con Nicodemo, puede decir: «De cierto, de cierto, te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; … nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo» (Juan 3:11, 13).
Por todo esto Jesucristo es nuestro Profeta, Sacerdote y Rey. Y por esto nadie ha sido ungido por Dios como Él. Escuchemos el testimonio de Juan el Bautista al respecto: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Juan 1:32–34).
Igualmente recordemos cuál era el texto sobre el que Jesús predicó su primer sermón: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres» (Isaías 61:1, citado en Lucas 4:18).
Y podríamos añadir, por si piensas que nos hemos desviado mucho del tema de la Navidad, el testimonio de Simeón cuando le llevaron al niño Jesús para su presentación en el Templo. También es Lucas el que nos lo cuenta: «He aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor» (Lucas 2:25–26).
Desde el primer momento de su vida Jesús fue separado, consagrado, santificado, ungido para un ministerio único en la historia. La unción de Dios estaba sobre Él. Y a lo largo de su vida Dios recibió el olor fragante de un ministerio realizado con unción y de su agrado. En su Hijo amado Dios recibió complacencia. La mirra le acompañaba.

LA MIRRA Y EL ENTIERRO

Hemos mencionados tres categorías de personas que en la Biblia son ungidas con mirra. Hay una cuarta categoría: la persona muerta. El cadáver era ungido de mirra en preparación para el entierro.

«Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado en la mesa. Al ver esto los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? … Pero entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? … porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura» (Mateo 26:6–12).

La versión del mismo acontecimiento en el Evangelio de Marcos concluye:

«Esta ha hecho lo que podía, porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura» (Marcos 14:8).

La mirra es asociada con la muerte de Jesús no solamente en el derramamiento del perfume, sino en dos ocasiones más. Por un lado, le ofrecieron mirra al Señor Jesús cuando estaba en la Cruz como una especie de anestesia para calmar su dolor, pero Él se negó a bebería (Marcos 15:23). Y después de su muerte, cuando fue enterrado en la tumba de José de Arimatea, «también Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos» (Juan 19:39–40).
Así fue ungido Jesús en su muerte. Los Magos le dieron mirra, porque la unción de Dios estaba sobre Él; porque tenía que resumir en sí las funciones de sacerdote, rey y profeta; pero su sacerdocio, su reinado y su mensaje profético iban a encontrar su culminación, terrible y gloriosa, en esta cuarta dimensión de la unción: la unción para el entierro.
Él es nuestro sacerdote porque se ofrece a sí mismo en sacrificio (Hebreos 9:26); es nuestro rey porque se humilló hasta lo sumo a fin de redimirnos como su pueblo (Filipenses 2:6–11); es nuestro profeta porque su mensaje es de la salvación completa y gratuita que Él nos proporciona por medio de su muerte. Por esto, cuando Él entró en el mundo, dijo: «Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo… Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad… Y en esta voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre» (Hebreos 10:5, 7, 10). Por esto también «vemos en Jesús a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Porque… por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte» (Hebreos 2:9, 14). Cuando el Señor Jesús murió, el cielo se llenó del olor del incienso de su ofrenda, el incienso mezclado con la mirra del aceite de la unción que había sobre Él. «Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2).
La mirra. Símbolo del entierro. Anticipo de la muerte. ¡Qué regalo para un niño! Todos nosotros en cierto modo nacemos para morir, porque la muerte es la consecuencia inevitable de nuestra naturaleza pecaminosa. Pero Jesucristo, libre de pecado Él mismo, y por lo tanto exento de la muerte por derecho propio, nació expresamente para morir, de una manera consciente y voluntaria. Puso su vida por nosotros (1a̱ Juan 3:16). Nadie pudo quitársela si Él no lo hubiese admitido (Juan 10:17–18). «Al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2a̱ Corintios 5:21). Fue hecho pecado -aceptó ser hecho pecado- a fin de morir en lugar de los pecadores.
La Navidad, desde luego, es tiempo de celebración y alegría. El nacimiento de Jesús fue acompañado del canto de los ángeles y del regocijo de los pastores. Pero en medio del gozo, no nos olvidemos de la meta final de su nacimiento. Este Niño es el Cordero de Dios, inmolado desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8). Este Niño es mi sacrificio, mi muerte, mi entierro. Hay olor de mirra en torno a su cuna.

¿CÓMO IDENTIFICARNOS CON EL REGALO DE LA MIRRA?

¿Cómo, pues, podemos participar con los Magos en su ofrenda de mirra? Evidentemente hay dos maneras principales, que corresponden a los dos usos de la mirra en el simbolismo bíblico.
En primer lugar, ya que la mirra representa la unción divina, ofrecemos mirra a Jesús en la medida en la que le reconocemos como el Ungido de Dios. Le vemos ungido como Rey, y nos sometemos a su autoridad. Le vemos ungido como Sacerdote, y le aceptamos como el único que nos da acceso a Dios. Le vemos ungido como Profeta, y aceptamos su mensaje como la verdad suprema, el mensaje definitivo de Dios a los hombres.
En segundo lugar, ya que la mirra era utilizada en los entierros y simboliza el hecho de que Cristo murió por nosotros, le ofrecemos mirra cuando aceptamos que Él murió en nuestro lugar. De hecho, pensar que podemos ser salvos por nuestro propio mérito, aceptos ante Dios sin la muerte de Jesús, es la mejor manera de negarnos a ofrecerle la mirra que Él merece. Es hacer que, en cuanto a nosotros, Él murió (y nació) en vano. Darle mirra es decirle, con el apóstol Pablo: «el Hijo de Dios me amó a mí y se entrego a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).
Estas son las dos maneras principales de ofrecer mirra a Jesucristo. Pero a ellas debemos añadir otra idea. Si creemos que Jesús murió por nosotros, también creemos que nosotros morimos con Él («si uno murió por todos, luego todos murieron» 2a̱ Corintios 5:14). La mirra que representa el entierro de Jesús, representa también el entierro del propio creyente en Jesús; porque «los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte y somos sepultados juntamente con él» (Romanos 6:3–4). De la misma manera que Él se dispuso para morir y ahora vive resucitado a la diestra de Dios, nosotros también debemos estar dispuestos a morir por Él, ya que por Él vivimos: «Si somos muerte con él, también viviremos con él» (2a̱ Timoteo 2:11). Él mismo llevó su cruz; cualquiera que cree en Él debe también «negarse a sí mismo, y tomar su cruz, y seguirle» (Mateo 16:24). La fragancia de la mirra, olor a muerte y abnegación, caracteriza no sólo al Señor Jesucristo sino a todos los que viven por Él. «También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (1a̱ Juan 3:16).

LOS TRES REGALOS

Oro, incienso, mirra. Estos eran los tres extraordinarios presentes ofrecidos por los Magos. Por muy honda que haya sido la percepción espiritual de esos hombres, difícilmente se habrían imaginado todo el significado de sus regalos.
Hagamos un resumen de algunos aspectos de su simbolismo. Al hacerlo debemos recordar que no es nada extraño que un mismo símbolo pueda tener múltiples significados. Así ocurre muchas veces en la Biblia. El carácter de Cristo tiene muchísimas facetas. No debe sorprendernos, pues, que cada uno de los tres regalos de los Magos pueda representar más de una de ellas.
Primero, recordemos que los tres dones tienen que ver con lo sagrado, con lo que es propio de Dios. El oro nos habla de la majestad y autoridad de Dios, el que es Rey de reyes; suyos son el oro y la plata. El incienso habla del culto a Dios; hasta tal punto le pertenecía el incienso que era una fórmula destinada exclusivamente al culto divino, so pena de muerte. La mirra habla de la unción de Dios; y podríamos señalar que el aceite de la unción también tenía una fórmula que no debía ser empleada para funciones humanas porque era de uso divino (Éxodo 30:33).
No podemos por menos que ver aquí una referencia trinitaria. La majestad y el reino pertenecen finalmente al Padre (1a̱ Corintios 15:24); el sacerdocio es función del Hijo; y la unción siempre ha sido ministerio del Espíritu Santo. El oro, el incienso y la mirra nos hablan de las tres Personas de la Trinidad. Pero puesto que el Padre estaba en el Hijo (Juan 14:11) y el Hijo obró por el poder del Espíritu (Mateo 3:16; 4:1) es del todo apropiado que Jesús reciba los tres regalos.
Luego podemos contemplar estos dones bajo el prisma de tres fases del ministerio del Señor Jesucristo. El oro nos recuerda que Él es Rey y heredero de este mundo. Pero el que era Rey de la gloria se hizo hombre a fin de realizar una labor sacerdotal. El oro se hace incienso. Y en su función de sacerdote, Jesucristo se ofrece a sí mismo en expiación por los pecados; se humilla hasta la muerte. El incienso se convierte en mirra. El mismo Rey de la gloria es nuestro Sacerdote que se entrega como víctima.
O quizás deberíamos ver el proceso al revés. Jesús es el sacrificio, pero también Él es quien ofrece el sacrificio ante Dios. Habiendo puesto su vida por nosotros, Él ahora ha entrado en el verdadero Lugar Santísmo -en el cielo mismo (Hebreos 9:24)-como nuestro Sumo Sacerdote a fin de rociar el propiciatorio con su propia sangre, quemar incienso ante el Padre, e interceder por nosotros. El que se hizo mirra por nosotros ahora ofrece incienso ante Dios. Y no sólo esto, sino que «habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se ha sentado a la diestra de la Majestad en las alturas» (Hebreos 1:3). Él comparte el trono con el Padre. Él es aclamado por las huestes de la gloria como Rey. Por haber gustado de la amargura de la mirra, no sólo es hecho incienso ante Dios, sino que recibe el oro de la majestad divina, exaltado a la diestra del Padre.
O podemos entender que los tres regalos hablan del Señor Jesucristo según las tres facetas principales de su ministerio en relación con nosotros. Él es Rey, Sacerdote y Profeta. El oro nos habla de su majestad como Rey; el incienso de su santidad como Sacerdote; y la mirra de su unción como Profeta.
Y al acércanos para adorarle en estas Navidades ¿con cuáles de estos aspectos de su Persona debemos identificarnos? ¿Qué regalo de los tres debemos ofrecerle?
No creo que sea cuestión de elegir. En las representaciones visuales de los Magos, solemos ver a uno de ellos que ofrece a Jesús el oro, otro el incienso y otro la mirra. Puede que haya ocurrido así. Pero aun admitiendo que los Magos hayan sido tres, el texto bíblico puede ser entendido en el sentido de que los tres dieron conjuntamente los tres regalos.
Nosotros, desde luego, no hemos de escoger uno solo de ellos. Jesús es Jesús. Su persona no puede ser dividida. No podemos acercarnos a Él sin aceptarle por todo lo que Él es. En realidad no puedes ofrecerle oro, por ejemplo, sin a la vez ofrecerle incienso y mirra. No puedes reconocerle como Señor y rechazarle como Salvador, ni viceversa.
¿Qué le daremos, pues? Le daremos oro, ofreciéndole homenaje como nuestro Rey, entregándole las riendas de nuestras vidas, sujetándonos a su gobierno y autoridad. Le ofreceremos incienso, reconociéndole como el Sacerdote Supremo de nuestras vidas, el único Mediador entre nosotros y Dios, el Camino, la Verdad y la Vida. Le daremos mirra, viendo en Él al ungido de Dios, quien se ofreció a sí mismo en sacrificio perfecto para expiar nuestros pecados. Y le daremos gracias porque Él es nuestro Rey, nuestro Sacerdote, nuestro Profeta, nuestra Víctima, nuestro Dios.
Rey, Sacerdote y Profeta, cuya unción en los tres casos va enfocada hacia la muerte para la que había sido preparado. Aquel ministerio especial, el gran ministerio hacia el cual apuntan todas las figuras del Antiguo Testamento, como también estos tres regalos de los Magos. El ministerio que encuentra su culminación en el Calvario.

«DE EGIPTO LLAMÉ A MI HIJO»

«Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo» (Mateo 2:13–15).

En la mayoría de las Biblias, los editores marcan una división entre los versículos 12 y 13 del segundo capítulo del Evangelio de San Mateo. Esto tiene cierta lógica si la visita de los Magos es considerada el tema principal de la primera parte del capítulo, puesto que ellos desaparecen de la narración a partir del versículo 12.
Sin embargo, un análisis literario del capítulo nos conduce a otra clase de división. Hemos visto que en tres ocasiones distintas Mateo nos cuenta la visita del ángel a José, y en cada una emplea las mismas fórmulas para describirla: «Un ángel del Señor apareció a José en sueños, y le dijo… Y José, levantándose del sueño, obedeció al ángel. Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta». Podemos añadir que estas fórmulas están empleadas al final de cada sección.
Siendo así, la narración de la huída a Egipto se relaciona estructuralmente más bien con la visita de los Magos, y debe ser entendida como una parte integral de la lucha política entre Herodes y Cristo. La cuarta sección empezaría en el versículo 16 y trata las consecuencias sociales y humanas de esta lucha.

PELIGRO DE ASESINATO

Por segunda vez el niño Jesús está en peligro. Por segunda vez interviene el ángel de Dios para avisar del peligro. Por segunda vez José obedece inmediatamente las instrucciones del ángel. Por segunda vez el peligro es evitado. Por segunda vez todo ocurre para que las Escrituras sean cumplidas.
En la primera ocasión, el peligro tenía que ver con el estigma social que habría marcado al Niño, de haber nacido de madre soltera, sin hogar, sin padre y sin protección. Al recibir a María por esposa, José no sólo obedeció al ángel y proveyó para el Niño la necesaria protección social, sino pagó el alto precio de ser objeto del chismorreo de Nazaret, al traer a su casa a una mujer embarazada.
Por cierto, el hecho de que el nacimiento tuviera lugar en Belén, y no en Nazaret, ¿no es una pequeña evidencia de la gracia de Dios y de su vindicación de la fidelidad de José? Si Jesús hubiera nacido en Nazaret, el escándalo habría sido mayor. La providencia divina que hizo que César Augusto promulgara el decreto del censo, y que José y María se trasladaran a Belén, permitió que el parto tuviera lugar lejos de las malas lenguas.
Sin embargo, el peligro que ahora amenaza al Niño es mucho más grave. Sin saberlo, los Magos han caído en un enredo, desencadenando una persecución política que acabará en una terrible matanza. Han ido directos al palacio de aquel rey paranoico, obsesionado por la seguridad de su trono y víctima de una manía persecutoria, y le han informado del nacimiento de un príncipe. Ahora él pondrá en marcha los mecanismos de violencia e intriga de su reino, a fin de eliminar a este rival.
A fin de comprender la grandeza del peligro, debemos dejar de lado los aires de la libertad democrática que tenemos el privilegrio de respirar, y situarnos en el ámbito opresivo de una tiranía, en la que no hay ningún recurso legal contra la crueldad del rey. Su sola palabra, por muy injusta, es ley. Las crueldades más terribles pueden ser practicadas impunemente.
En tales circunstancias, enfrentado con un adversario sin ningún escrúpulo moral, José necesita desesperadamente la protección divina. Y la recibe a través de la segunda visita del ángel. Después que partieron los Magos, «he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo».

RESPONSABILIDAD HUMANA Y SOBERANÍA DIVINA

Sin embargo, es importante ver la naturaleza de la protección divina y de observar las maneras en las que Dios no interviene. Nosotros quizás diríamos que, puesto a intervenir, Dios podría haber elegido un medio más eficaz. Por ejemplo, con hacer que Herodes muriera de un infarto, habría eliminado el peligro contra Jesús y a la vez salvado la vida de los inocentes. O bien, si quería que la familia sagrada bajara a Egipto, en vez de enviarles un ángel podría haberles transportado allí por un milagro. Así habría evitado todo el peligro del viaje.
Pero Dios no actuó así. Se limita a enviar un ángel. No podemos dudar de que Dios sea poderoso para tomar medidas más contundentes, pero no elige hacerlo. ¿Por qué?
No podemos dar una respuesta definitiva ni completa a esta pregunta, porque no nos es dado poder sondear las profundidades de la providencia divina, y sería una gran presunción de nuestra parte pretender hacerlo. Pero sin duda, la respuesta tendrá algo que ver con el respeto que Dios muestra hacia la personalidad del hombre y hacia la naturaleza significativa y responsable de nuestros actos.
La intervención divina en este caso no fue de tal manera que neutralizara los efectos de la personalidad de Herodes ni que representara una coacción sobre la libertad y responsabilidad de José. Creo que esto es de gran importancia para nuestra comprensión de la actuación de Dios en la vida humana.
Dios permite que se desarrollen las consecuencias de las acciones de los hombres, aun de un hombre tan maligno como Herodes. Los niños de Belén mueren como resultado del pecado de Herodes, y Dios no interviene para impedirlo. Esto no es evidencia de la impotencia divina sino de la grandeza de la responsabilidad que Dios ha concedido al hombre.
Si Dios interviniera para anular las consecuencias de nuestros actos negativos, dejaríamos de ser hombres creados a imagen de Dios, significativos y responsables. Finalmente sería un atentanto contra aquella dignidad humana que Él mismo nos ha concedido. Nos convertiríamos en animales, títeres, robots o máquinas manipuladas y controladas por Dios, sin capacidad para tomar decisiones significativas ni de asumir la responsabilidad de nuestros actos.
Además ¿dónde tendría Dios que poner el límite de su intervención? Nosotros en seguida opinamos que Herodes, o Hitler o Stalin, son ejemplos muy claros y que Dios tendría que haber impedido su maldad. Pero nos olvidamos que todos llevamos dentro de nosotros semillas de la misma maldad que floreció en aquellos tiranos. Si Dios empezara a intervenir para cortar toda injusticia, acabaría destruyéndonos a todos. Y efectivamente Él ha dicho que un día acabará de una vez con todo pecador. Mientras tanto, si Él demora el día del juicio, no es por indiferencia ante la maldad humana, sino porque, en su misericordia, nos concede un período de reflexión, una oportunidad de arrepentimos y encontrar salvación en el Señor Jesucristo. No podemos esperar, pues, que Dios vaya a intervenir para salvarnos de todas las consecuencias negativas de la maldad de los hombres, ni de las nuestras propias. Somos seres humanos. Y una parte esencial de nuestra humanidad es que cosechamos las consecuencias de lo que sembramos.
Por otro lado, en el caso del creyente la intervención divina no es de tal orden que neutralice aquella fe y obediencia que necesitamos ejercer a fin de crecer en madurez espiritual. Así pues, aquí Dios no interviene de tal manera que su intervención sea el sustituto de la responsabilidad humana de José, sino para estimularla.
Por supuesto, sería una especulación inútil intentar decidir lo que habría ocurrido si José no hubiera obedecido la voz del ángel. Pero el solo hecho de poder plantearnos esta posibilidad indica el tremendo significado de la responsabilidad de José en la infancia de Jesús. Dios nos trata como seres responsables y significativos. Estos capítulos de Mateo están llenos de intervenciones divinas. Pero también lo están de responsabilidades humanas. Una cosa no elimina la otra. En realidad en aquel momento el destino de toda la humanidad dependía de la fidelidad de José.
La historia de la Navidad da sobradas evidencias del hecho de que Dios sujeta en sus manos las riendas de la historia humana. Pero la soberanía y control divino sobre la historia no constituyen una simple manipulación. No se realizan en la superficie de los hechos sino a niveles que se escapan a nuestro análisis. Aun en el caso de los creyentes, Dios no interfiere con nuestra personalidad de tal manera que nos obligue a actuar como robots en el cumplimiento de sus propósitos. No. La actuación «sobrenatural» de Dios en nuestras vidas es sorprendentemente «natural». Su soberanía, repito, respeta nuestra humanidad. No atenta contra ella.
Dios interviene, pues, en la historia narrada en estos versículos. Interviene poderosa y milagrosamente, a través del ángel. Pero no interviene para neutralizar la actuación humana de Herodes, ni para sustituirla responsabilidad humana de José. Sobre José recayó el deber de corresponder con fe y obediencia a la intervención divina, y la posibilidad de reaccionar con incredulidad y desobediencia. José podría haberse despertado del sueño y decidido que lo que había visto y oído era demasiado extravagante y difícil como para obedecerlo. La libertad y la responsabilidad humanas entran en acción aquí. No son eliminadas por la soberanía de Dios.
Es cierto, por lo tanto, que la suerte del Niño Jesús dependía de la intervención de Dios. Pero es igualmente cierto que dependía de la fe y obediencia humanas. Notemos bien que la soberanía divina y la responsabilidad humana no eran dos opciones alternativas: las dos eran necesarias. El hecho de la protección divina no descarta la necesidad de la obediencia humana; por otra parte la responsabilidad humana nunca bastaría en sí. Depende totalmente de la soberanía divina.
Esta complementariedad es algo que necesitamos aprender y poner por obra en nuestra propia vida. No debemos esperar que Dios intervenga para solucionar todos nuestros problemas al margen de nuestra responsabilidad humana. Él es poderoso para hacerlo. Pero no suele hacerlo porque su intención no es la de mermar nuestra responsabilidad humana sino cultivarla. No intervendrá para salvarnos por medio de acciones que en el fondo destruirían nuestra plena humanidad. Al crecer en la vida cristiana podemos esperar encontrarnos más bien en situaciones que vayan a extender el horizonte de nuestra responsabilidad. Habremos de obedecer la Palabra de Dios en circunstancias difíciles y costosas. Pero por mucho que nosotros tengamos que asumir la responsabilidad de ciertas decisiones y acciones, estamos muy lejos de cuestionar nuestra plena dependencia de la protección y soberanía de Dios. Si Dios no nos rodeara de su poder salvador, nunca llegaríamos al final del camino.
La vida de fe sigue como línea intermedia entre dos extremos igualmente erróneos. Uno es la autosuficiencia humana: creer que yo me basto para mí mismo; confundir la responsabilidad humana con la autonomía; dejar de depender humildemente de Dios. El otro es aquella parálisis que procede de una comprensión errónea de la soberanía de Dios: creer que, porque Dios es soberano, luego no soy responsable ni tampoco importa si no respondo con fe y obediencia ante la Palabra de Dios.

LA OBEDIENCIA DE JOSÉ

Es cuando llegamos a comprender el peso específico de la responsabilidad humana en esta historia, que vemos la gran valentía y las maravillosas cualidades humanas de José.
En realidad sabemos muy poco de su vida. Los evangelistas no tienen gran interés en contarnos sus atributos personales. Ni siquiera Mateo (quien, como hemos visto, nos narra la Navidad desde el punto de vista de José) nos cuenta mucho acerca de él. Sólo nos habla de tres ocasiones decisivas de su vida.
Vienen momentos en la vida de todos nosotros que son cruciales en nuestro desarrollo espiritual, momentos en los cuales somos «probados» por Dios. Nos obligan a responder de una manera u otra, a poner de manifiesto el estado real de nuestra confianza en el Señor y nuestra disposición de servirle y obedecerle. No necesariamente son decisiones trascedentes; pueden ser cuestiones relativamente secundarias. Pero según cómo respondemos, determinamos el progreso o el estancamiento de nuestra vida espiritual en el futuro. Son momentos que exigen la afirmación de nuestra fe, la renovación de nuestro compromiso con el Señor.
Cuando estos momentos llegaron en el caso de José, él respondió con una sencilla e inmediata obediencia.
La obediencia no es la más popular de las virtudes hoy en día. Puesto que admiramos la independencia, la iniciativa y el individualismo, la obediencia es percibida como síntoma de debilidad y servilismo. Fácilmente olvidamos que la obediencia, en determinadas circunstancias, es algo sumamente difícil y costoso. Lo débil es desobedecer. La obeciendia puede exigir una afirmación de autenticidad personal y una valentía enorme.
Habitualmente es así cuando se trata de la obediencia a la voz de Dios, porque Dios casi siempre nos llama a nadar contra corriente. Es por esto que las Escrituras conceden tanta importancia a la obediencia. En el Antiguo Testamento Dios da preferencia a la obediencia por encima de todo rito y sacrificio de la ley (1o̱ Samuel 15:22). En el Nuevo Testamento, Cristo añade que la obediencia es la verdadera medida de nuestro amor hacia Él (Juan 14:15, 21).
Si analizamos bien algunas de las grandes historias de la Biblia, descubrimos que la fe y la obediencia son inseparables. No puede haber fe allí donde falta la obediencia. A fin de cuentas ¿fue por fe o por obediencia que José se levantó del sueño y llevó al Niño y a María a Egipto? ¿No fue por las dos cosas a la vez?
La obediencia, pues, es evidencia de fe, de amor, y de una actitud correcta hacia la autoridad de Dios en nuestras vidas. No puede haber sucedáneo de la obediencia en la vida cristiana. Su ausencia no puede quedar compensada ni por la devoción, ni por la práctica religiosa, ni por expresiones verbales de amor y fe, porque todas estas cosas sin obediencia no son más que palabras vacías. La obediencia es pieza fundamental en el conjunto de la fe.
Y la obediencia es la gran característica de José. No se nos habla en su caso de grandes iniciativas humanas ni de la profundidad de su comprensión espiritual, ni de su práctica religiosa. Pero Mateo sí nos habla de una obediencia absoluta e inmediata en los tres momentos de su vida cuando su fe fue puesta a prueba.
En el caso que estamos considerando, abandonó la seguridad de su nuevo hogar en Belén para emprender un viaje largo y peligroso a un país extranjero, cargando sobre sí el peso de la responsabilidad de cuidar a una mujer y un niño en el camino por una tierra desierta, y de establecerse en un territorio desconocido. Obedece inmediatamente, cuando aún es de noche (v. 14).
Fue una decisión valiente, a la medida de la salida de Ur del gran antepasado de José, Abraham. Y la tomó por obediencia a la voz de Dios recibida en visiones, cuando habría sido muy fácil (y según la opinión del mundo, muy sensato) descartarla por inviable y superticiosa. Sólo un hombre que ama más la Palabra de Dios que la opinión «equilibrada» del mundo, sería capaz de entregarse con una obediencia tan incondicional. ¿Cuántos de nosotros no habríamos discutido con el mensajero divino antes de obedecer?
José es ejemplo para nosotros de aquella sencillez obediente que necesitamos si vamos a ser fieles a la voz de Dios a pesar de los prejuicios sociales y los peligros políticos. No es de sorprender que Dios eligiera a tal hombre, aunque fuera sólo un carpintero, para ser el protector de su Hijo.

«Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes» (vs. 14–15a).

LA RAZÓN DE LA HUIDA A EGIPTO

¿Por qué, pues, tuvo la sagrada familia que huir a Egipto?
Quizás alguien diga: ¿Cómo plantear esta pregunta a estas alturas? Si la respuesta es muy clara y lo has dicho desde el principio. Tuvieron que huir por razones políticas, porque Herodes quería matar a Jesús.
Esta respuesta es obvia y es cierta, pero no es completa. Hubo otra razón que Mateo ahora nos revela (v. 15), escondida en los propósitos de Dios. Era necesario que Jesús bajara a Egipto para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo (v. 15).
Aquí, sin embargo, se nos presenta una dificultad. Las palabras proféticas en cuestión proceden de Oseas 11:1. Pero si nos volvemos al contexto original de la cita vemos que la referencia no tiene que ver con el Mesías. Oseas está hablando del pueblo de Israel.
Oseas fue aquel profeta que debía quejarse ante Israel en nombre de Dios, protestando por la infidelidad del pueblo y su «fornicación» tras los ídolos paganos. No sólo debía quejarse verbalmente; también había de casarse con una mujer promiscua e infiel, Gomer, para que las desgracias de su propio matrimonio sirviesen de ilustración de la relación entre Israel y Dios. Pues bien, en medio de sus denuncias, Oseas recuerda al pueblo en qué condiciones se encontraba Israel cuando Dios le tomó por «esposa» y lo constituyó como nación: no era ya una potencia importante con una cultura hermosa y un ejército poderoso. Al contrario, se encontraba hundido en la miseria, pobreza e indignidad de la esclavitud, oprimido por la tiranía de Egipto. No había ningún atractivo en Israel para que Dios lo eligiera. Era el pueblo más insignificante y miserable. Y, sin embargo, Dios lo eligió. «De Egipto llamé a mi hijo».
Observamos de paso que lo sorprendente de estas palabras de Oseas es que digan «hijo». Dado el contexto habríamos esperado que el Señor dijera «De Egipto llamé a mi esposa». Pero naturalmente ¡en tal caso estas palabras no podrían haberse cumplido en Jesucristo!
Lo claro de esta cita, entendida en su contexto original, es que se refiere a Israel y no al Mesías. Esto ha conducido a que algunos comentaristas salten a conclusiones erróneas. ¡Ves! -dicen- aquí tenemos un ejemplo claro de lo que no debemos hacer nunca: sacar un texto de su contexto y citarlo con un sentido distorsionado a fin de establecer nuestro argumento con «pruebas» espúreas. Así acusan a Mateo de haber practicado un engaño barato a fin de sostener una tesis cuestionable.
Sin embargo, el problema no está con el rigor exegético de Mateo, sino con el entendimiento superficial de estos comentaristas. ¡Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso! Cuanto más yo estudio el Evangelio de San Mateo, tanto más admiro el rigor y la veracidad del autor y su profunda comprensión del Antiguo Testamento. Aquí no pretende engañarnos (tal engaño habría sido absurdo ya que sus primeros lectores seguramente conocían bien la profecía de Oseas). Más bien quiere abrimos los ojos ante los patrones constantes que subyacen la actuación redentora de Dios a lo largo de la historia. Veamos.
Cuando Mateo afirma que Jesús «cumple» estas palabras del profeta, no necesariamente quiere decir que el profeta haya pensado en el Mesías al pronunciarlas. Hay al menos dos acepciones de la palabra «cumplir» en el Nuevo Testamento. A veces la referencia es a una cita explícitamente profética, en la que el profeta pronostica un acontecimiento antes de que ocurra. El acontecimiento, cuando llega, por supuesto es el cumplimiento de la profecía. Tal es el caso del versículo 6 de nuestro capítulo: los Magos llegan a Jerusalén preguntando por el lugar de nacimiento del nuevo rey; los escribas descubren en Miqueas un texto profético que indica que el Mesías ha de nacer en Belén; y esta profecía de Miqueas es «cumplida» en el nacimiento de Jesús. Este es el sentido que nosotros damos habitualmente a la idea de «cumplimiento».
Sin embargo, no es el único sentido bíblico. También puede referirse a la repetición de ciertos patrones a lo largo de la revelación bíblica, o a acontecimientos históricos del Antiguo Testamento que se convierten en ilustraciones de realidades espirituales en el Nuevo («tipos» y «alegorías» son otras tantas palabras bíblicas para referirse a estos cumplimientos). Por ejemplo, la liberación del pueblo de Cristo de sus esclavitudes morales queda ilustrada en el Antiguo Testamento por la liberación de Israel de su esclavitud en Egipto. El Éxodo se convierte en alegoría de la salvación. La redención por Jesucristo constituye el pleno «cumplimiento» del Éxodo. Y, sin embargo, no hay ningún texto profético en el libro de Éxodo que diga: en un día futuro la salida de Egipto ha de ser «cumplida» en la redención de la iglesia.
Esto no obstante, si en torno a la crucifixión de Jesús Mateo hubiese dicho: Todo esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el Señor: Veré la sangre y pasaré de vosotros (Éxodo 12:13); habría tenido toda la razón.
Cuando Juan el Bautista ve a Jesucristo, proclama: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Lo que quiere decir es que Jesús es el verdadero Cordero provisto por Dios para que, por medio de su sacrificio expiatorio en la Cruz, pueda justificar al pecador y eliminar la barrera de culpabilidad que separa el hombre de Dios. Es en este sentido que Jesús es el «cumplimiento» de los sacrificios animales descritos en el libro de Levítico. Y, sin embargo, en todo Levítico no hay ningún texto profético que explícitamente diga que los sacrificios tengan que recibir su cumplimiento en Jesucristo.
Es con esta segunda acepción de «cumplir» que Mateo afirma que Jesús cumple las palabras de Oseas. En absoluto quiere decir que Oseas haya hablado conscientemente del Mesías. No. Mateo está diciendo algo mucho más profundo. Si las palabras de Ose as pueden ser aplicadas a Jesús, es porque Él es el verdadero Hijo de Dios, el verdadero Israel, del cual el pueblo que salió de Egipto no es sino un anticipo o ilustración.
Israel fue constituido como nación, como «pueblo de Dios», al salir de Egipto. Jesús vino para buscar discípulos que fueran un auténtico «pueblo de Dios», «un linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1a̱ Pedro 2:9), el «Israel de Dios» (Gálatas 6:16). ¡Qué apropiado, pues, que Jesús mismo, capitán y primicia de ese pueblo, saliera de Egipto!
Jesús es el cumplimiento perfecto de todo lo que Dios tenía en mente al formar el pueblo de Israel, pero que éste no llegó a realizar por su pecado e incredulidad. Jesús es el verdadero Israel, aquella «simiente de Abraham» en la que todas las promesas hechas a los padres encuentran su realización. Y porque Jesús es el «cumplimiento» de Israel, se le pueden aplicar correctamente palabras cuyo sujeto incial es Israel.
El que vino para romper nuestras cadenas salió Él mismo de aquel país que simboliza la esclavitud. Él que vino para acabar con nuestra alienación y conducimos a nuestra verdadera patria, había de comenzar su vida en humillación como forastero y exiliado. Y luego viajar con sus padres ala Tierra Prometida.
Por lo tanto Mateo descubre en el hecho de la bajada de la familia sagrada a Egipto un paralelismo histórico de indudable significado espiritual. Jesús está repitiendo -«cumpliendo»- la experiencia de Israel. Pero la similitud entre la experiencia de Jesús e Israel no acaba aquí. Mateo seguirá indicándonos otras «coincidencias».
-Israel salió de Egipto a continuación de una matanza de niños judíos por parte de Faraón.
Jesús sale de Egipto a continuación de una matanza de niños judíos por parte de Herodes (Mateo 2:16–23).
-Nada más salir de Egipto, Israel tiene que afrontar y cruzar el Mar Rojo, símbolo del bautismo según el apóstol Pablo (1a̱ Corintios 10:1–2). En la narración de Mateo, el primer evento de importancia en la vida de Jesús, después de la salida de Egipto, es su bautismo por Juan el Bautista (Mateo 3:1–17).
– Después del Mar Rojo, Israel tuvo que cruzar el desierto y estuvo en él durante cuarenta años. Nada más bautizarse, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, donde permaneció durante cuarenta días y cuarenta noches (Mateo 4:1–2).
-Para Israel el desierto era un lugar de tentaciones y pruebas, en el que repetidamente el pueblo caía en pecado y se resistía a la voluntad del Señor. Para Jesús el desierto también fue un lugar de tentaciones, pero con esta diferencia: que Él repetidamente resistió al diablo y se sometió a la voluntad de Dios.
-Y para que no perdamos de vista el carácter trascendental de esta última «coincidencia», Mateo nos recuerda que los textos que Jesús citó al diablo, cuando refutaba sus tentaciones, procedían precisamente del libro de Deuteronomio (Mateo 4:4, 7, 10; Deuteronomio 8:3; 6:16, 13), ¡de las lecciones que Dios quería enseñar a Israel en el desierto!
El hecho de que Jesús fuera rechazado y perseguido por «toda Jerusalén» y tuviera que huir a Egipto, podría, a primera vista, parecer descalificarle como candidato viable para Mesías. Lejos de esto -nos dice Mateo- en todos estos detalles de su vida se están cumpliendo las Escrituras, en el sentido de que por ellos Jesús revive la experiencia del primer Israel y demuestra ser el nuevo Israel. ¿Qué mejor evidencia podríamos tener de su mesiazgo?
Pero ¡un momento! ¿Qué estamos diciendo? ¿No hemos dicho que Jesús tuvo que huir a Egipto por una persecución política y que Dios no intervino para salvarle de tal manera que impidiera la libre actuación de Herodes y sus nefastas consecuencias?
Efectivamente.
¿Y no hemos establecido que la intervención de Dios en la historia no es una manipulación que destruya nuestra hum anidad, ni nos trata como robots, sino como seres responsables y significativos?
Así es.
Pero ahora estamos diciendo que era necesario que Jesús bajara a Egipto, que esto entraba plenamente dentro de los propósitos de Dios, que Jesús tenía que «cumplir» el precedente establecido en el Éxodo; como si Dios estuviese controlando la situación desde el principio, sabiendo de antemano, y planeando de antemano, que la actuación criminal de Herodes sirviera para promover sus propósitos divínos; como si la misma maldad responsable de Herodes no fuera más que una pieza en el complejo rompecabezas dirigido por Dios siglos antes.
Y así es. No puedo explicarlo. Creo que este nivel de la soberanía divina se escapa de nuestra comprensión. Pero vez tras vez, en nuestra experiencia cristiana, descubrimos que cuando más parecía que se estaban cumpliendo los designios del diablo, cuando la maldad responsable y culpable de los hombres aparentemente tenía rienda suelta, y cuando Dios no parecía intervenir para impedírselo, Dios ha utilizado todo para avanzar sus propios propósitos de bien y salvación.
Aquí el mismo Mesías, Dios mismo en forma humana, tiene que huir para salvar la vida, y Dios Padre permite que esto ocurra. Las fuerzas del mal aparentemente se ríen de Dios. Parece que actúan impunemente. Pero ¿quién se está riendo de quién? Herodes, el agente de Satanás, contribuye a que las Escrituras se cumplan.
El hombre actúa. Actúa libremente y con responsabilidad. Cosecha las consecuencias, buenas o malas, de sus actuaciones. Reconoce su responsabilidad y, cuando sus acciones son malas, debe reconocer su culpabilidad. Pero después descubre, con sorpresa, que a un nivel profundo, que él mismo no llega a alcanzar, Dios ha estado actuando en medio de aquellas acciones. Ni por un momento Dios ha dejado de sujetar en sus manos las riendas de la historia.

DE EGIPTO LLAMÉ A MI HIJO

Dios no ha dejado de llamar de Egipto a sus hijos. El arquetipo sigue vigente. El patrón queda establecido desde tiempos del Éxodo. Todo aquel que pretende ser un hijo de Dios tiene que «cumplir» este requisito, porque Dios siempre llama a sus hijos de Egipto.
Egipto simboliza algo. Representa la miseria y la esclavitud de la condición humana. Todo ser humano pertenece espiritualmente a Egipto. Tiene que salir de él si quiere pertenecer al pueblo de Dios. Pero si Dios no actúa para nuestra salvación, no hay salida.
¿Qué es ser cristiano? Es haber sido llamado de Egipto por Dios. Es haber visto de lejos, en medio de nuestra miseria humana, una luz de esperanza; es haber escuchado el llamamiento del Evangelio; es haber abrazado la promesa divina de una Tierra Prometida; habernos levantado en obediencia a la Palabra de Dios, dejando atrás casa y patria, a fin de seguir el llamamiento divino y unirnos al pueblo de Dios; es emprender el viaje por el desierto contando todo lo demás como pérdida con tal de ganar el reino de Dios.
Algunos, que creen que han salido de Egipto, sin embargo se quejan de su situación en el desierto y añoran los ajos y las cebollas de sus años de esclavitud. Puede que se reúnan con el pueblo de Dios el domingo por la mañana pero su espíritu aún está en Egipto.
A todos nosotros en algún momento nos llega el mensajero divino. Levántate del sueño -nos dice- no demores; el asunto es de vida o muerte; apresúrate a salir de viaje. El llamamiento de Dios siempre ha sido así, desde el primer llamamiento de Abraham, el padre de la fe y del verdadero Israel (Romanos 4:11–12, 16–17):

«Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré… y te bendeciré» (Génesis 12:1–2).

Dios nos trata como seres responsables en su llamada. No nos obliga. No nos transporta por magia mientras dormimos. Respeta nuestra humanidad. Su intervención es tal que ha hecho todo lo necesario para que podamos escapar de nuestra esclavitud, si así lo deseamos. Pero no ejerce coacción sobre nosotros (lo cual sería sujetarnos a otra esclavitud). Su llamamiento nos llega a través del Evangelio, pero nos corresponde a nosotros reaccionar. Somos seres responsables y significativos. Podemos dar media vuelta en la cama y volver a dormirnos; o podemos obedecer la voz del ángel. En ese caso, con la obediencia sencilla de José, nos levantaremos y saldremos por fe hacia el desierto, hacia un país desconocido, pero confiados de que Aquel que nos ha llamado es capaz de guardarnos en el viaje y traernos a su reino eterno. Si hoy has escuchado su voz, no vaciles; levántate y obedécele.

MATANZA Y RETORNO

MATEO 2:16–23

«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.
Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:

Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron.

Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto,
diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño.
Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel.
Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea,
y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno».

LA MATANZA DE LOS INOCENTES

«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:

Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron».
(Mateo 2:16–18)

LA REACCIÓN DE HERODES

Belén está a unos ocho kilómetros de Jerusalén en dirección al sur, en el camino de Hebrón, que sigue por Beerseba hacia Egipto. Como punto de partida para la huida a Egipto, era idóneo.
Era un pueblo bien conocido por Herodes, porque en sus proximidades él había hecho construir uno de sus palacios, el llamado Herodium. Situado en lo alto de una colina cónica de difícil acceso, desde fuera parecía más una fortaleza que un palacio. Lo había construido para que también sirviera como mausoleo. Allí está en el día de hoy, todo un monumento a la manía persecutoria que Herodes sufría. Desde sus baluartes se vislumbra claramente el pueblo de Belén.
Herodes siempre estaba dispuesto a cometer cualquier atrocidad con tal de mantenerse en el trono. Hasta tal punto habían llegado sus excesos que las autoridades imperiales, que no tenían fama precisamente de benignidad, le habían llamado la atención en más de una ocasión.
Si así era Herodes en condiciones normales -suspicaz e implacable- más aún lo era cuando sus intrigas eran frustradas. Él había contado con el retorno de los Magos a fin de poder eliminar al príncipe rival por medio de su información. De haber ocurrido así, habría sido un pequeño detalle olvidado por la historia. Pero Herodes fue «burlado» por los Magos. No volvieron a Jerusalén. Él que quería utilizar el engaño como medio para destruir al Mesías, descubre que él mismo es víctima del engaño. Ahora pues deja de lado toda sutileza. Se entrega a la furia. Si no ha tenido éxito con la intriga, probará la violencia.
De todo esto es capaz la persona «religiosa» que profesa creer en Dios y actuar en su nombre, pero ni le conoce ni se somete a su voluntad. Herodes se había convertido al judaísmo, probablemente más por motivos políticos que por convicciones firmes. Era superescrupuloso en cuanto a las formas externas. Por ejemplo, hacía gran alarde de nunca comer cerdo, lo cual hizo que el Emperador dijese en una ocasión: ¡Mejor ser el cerdo de Herodes que el hijo de Herodes! (En su paranoia Herodes había hecho asesinar a dos de sus hijos). Por haber construido el magnífico Templo en el lugar de la pobre reconstrucción de Zorobabel, era tenido por ser un hombre de gran piedad, y por la misma razón había logrado poner en su bolsillo a los líderes de los judíos. A fin de cuentas había devuelto a Jerusalén la gloria que no había visto desde tiempos de Salomón.
En una palabra, Herodes había aprendido a utilizar la religión para sus fines políticos. Era un gran manipulador de la piedad. Públicamente participaba en la esperanza mesiánica de los judíos, y manifestaba deseos de adorar al Cristo. Pero no vaciló ni por un momento en su intención de destruir al Hijo de Dios.
No seamos ingenuos. La profesión de piedad no vale nada si no va acompañada por una conversión interior. Por sus frutos los conoceremos. Lo que importa no es sólo lo que decimos con nuestros labios, sino lo que somos de verdad. Muchos en un momento tienen una gran apariencia de piedad, luego demuestran ser capaces de destruir la obra de Dios con tal de mantener sus propios intereses creados.

LA MATANZA DE LOS NIÑOS

Muchos niños han sufrido una muerte violenta por causa de la barbarie humana. Aun en nuestro siglo, son innumerables los que han perecido en guerras y genocidios. Pero pocas veces la crueldad humana ha llegado al extremo de practicar un infanticidio colectivo y sistemático.
De hecho el único caso que me viene a la mente, aparte de los inocentes de Belén, son los niños hebreos matados por el Faraón de Egipto en tiempos de Moisés. (Ya hemos indicado que es bien probable que este caso también estaba en la mente de Mateo).
El texto del Evangelio calla el horror de aquel acontecimiento. Sólo podemos imaginar la desesperación y dolor de aquellas familias cuando de repente, sin previo aviso, las tropas herodianas irrumpieron en el pueblo de Belén y en todas las aldeas de alrededor. Mataron brutalmente, sin explicaciones. Y sin explicaciones se marcharon.
Mateo corre un velo de discreto silencio sobre la angustia de los padres de aquellos niños. Nosotros haremos lo mismo.
No muy lejos de Belén está la aldea de Ein Karem, hoy en día casi un barrio de las afueras de Jerusalén. Aquí, según la tradición, residían Elisabet y Zacarías, los padres de Juan el Bautista. Y aquí la tradición también señala una gruta a la cual huyó Elisabet con su hijo a fin de salvarle de los soldados de Herodes. Es una tradición que, a estas alturas, ni se puede probar ni refutar, pero encaja bien con los acontecimientos.
Otras muchas madres, sin embargo, no eran tan afortunadas como Elisabet y María. Mateo describe el horror de su sufrimiento, no mediante una descripción directa de él, sino por medio de una cita de Jeremías:

«Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron» (Mateo 2:18; Jeremías 31:15)

LA CITA DE JEREMÍAS

Volvamos quinientos años hacia atrás. Por segunda vez Jerusalén ha sido conquistada por los babilonios, y en contraste con la primera ocasión, ahora los vencedores no muestran ninguna piedad. Son pocos los habitantes que se escapan de la espada de Nabucodonosor. Los supervivientes son llevados a Ramá, un pueblo a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén.
Allí son divididos en dos grupos. A un lado están los jóvenes y los adultos fuertes y sanos; ellos serán llevados a Babilonia como esclavos. Al otro lado están los viejos, lisiados, enfermos, débiles y heridos, como también los niños, todos aquellos que serían un estorbo en la larga marcha a Babilonia. Y allí, ante la mirada horrorizada del grupo de los fuertes, los débiles son matados a sangre fría. Los jóvenes ven morir a sus padres; los hermanos a sus parientes incapacitados; y sobre todo los padres a sus hijos pequeños.
Posiblemente fue uno de aquellos padres que escribió, tiempo después, en el cautiverio de Babilonia, las terribles palabras del Salmo 137:

«Hija de Babilonia la desolada, Bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Dichoso el que tomare y estrellare tus niños Contra la peña» (Salmo 137:8–9).

El profeta Jeremías fue testigo de esta tragedia (ver Jeremías 40:1). Tragedia por otra parte innecesaria. Habría sido evitada si el pueblo de Israel hubiese vuelto a la obediencia de Dios. Jeremías mismo había avisado al pueblo, y profetizado la caída de Jerusalén. Había sufrido la cárcel y la amenaza de muerte por parte de sus compatriotas por su fidelidad al Señor.
El pueblo de Ramá está en territorio de Benjamín, y Raquel era la madre de Benjamín. Un poco más al norte empiezan los territorios de Efraín y Manasés, los dos hijos de José, cuya madre también era Raquel. Jeremías, por lo tanto, imagina a Raquel que, desde la tumba, contempla la muerte de sus hijos y llora desconsolada.
Ella, que tanto había deseado tener hijos, que en su desespero había clamado a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero (Génesis 30:1), ve como primero los del norte son matados o llevados al cautiverio por Asiria, y luego los del sur por Babilonia. Tanto los descendientes de José como los de Benjamín, le son quitados.
Ahora, en tiempos de Herodes, en escala más pequeña la historia se repite. O como dice Mateo, se cumple. Ahora la referencia es apropiada, no tanto porque se trata de los descendientes de Raquel (los niños de Belén serían más bien de la tribu de Judá) como porque Raquel está enterrada en las afueras de Belén:

«Murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén» (Génesis 35:19; cp. Génesis 48:7).

Desde su tumba, esta madre de la nación nuevamente contempla una matanza de sus hijos.
Sin embargo, no todo es tragedia y oscuridad. Los primeros lectores de Mateo conocían bien el contexto de la cita de Jeremías, tan entrañable en su historia nacional. Ellos sabían que procede de un capítulo que, si bien parte del dolor y del sufrimiento, sin embargo contiene un gran mensaje de consuelo y esperanza.
Al principio del capítulo Jeremías había hecho referencia a la matanza de los niños de Egipto. Luego, sigue recordando a sus lectores que «el pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo» (Jeremías 31:2). Así también, en medio del sufrimiento babilónico, las palabras de Dios son de esperanza:

«Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongaré mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel… Entonces la virgen se alegrará en la danza, los jóvenes y los viejos juntamente; y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor… Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo y… esperanza hay también para tu porvenir» (Jeremías 31:3–4, 13, 16–17).

Mateo espera que no nos olvidemos de este contexto de esperanza. La historia se va repitiendo: Egipto, Ramá, Belén. Pero en cada caso, después de la noche viene el día, después de la angustia, la esperanza.
Es así porque el mismo Dios que castiga la maldad de su pueblo, lo ama y desea mostrarle su misericordia. Dios habla de los hijos del norte, matados y presos por Asiria, como si fuera una pérdida personal suya:

«¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que habló él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia» (Jeremías 31:20).

Si conoces bien la Biblia, sabrás que este capítulo de Jeremías es uno de los textos más importantes de todo el Antiguo Testamento por ser descripción del nuevo pacto que Dios promete hacer con su pueblo, y que iba a cumplirse en la venida de Jesucristo:

«He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:31–34).

Los propósitos de Dios para su pueblo son de bien y de restauración. La profecía que habla de lloro y desolación, contiene gloriosas promesas de gozo y consuelo. La tragedia no es más que la oscuridad antes del alba, el preludio al derramamiento de las bendiciones de Dios.
La matanza de Egipto dio lugar a la redención de Israel en el Éxodo. La matanza de Ramá fue el triste prólogo al glorioso capítulo de la purificación de un remanente fiel en el exilio y del despertar de la esperanza mesiánica. Así también la historia se cumple en Belén no sólo porque se repite la matanza de los niños, sino también porque detrás de la matanza hay esperanza. La tragedia de Belén conduce al ministerio del Mesías; al Calvario, a la tumba vacía, a Pentecostés, al cumplimiento perfecto de Jeremías 31.

LUZ EN LAS TINIEBLAS

Si Mateo no nos abruma con detalles morbosos sobre la matanza de los niños de Belén, es porque para él el verdadero significado de aquel evento atroz no se encuentra en sus circunstancias inmediatas sino en el cumplimiento de la historia. Como lo había hecho en Egipto y en Ramá, de entre los niños de Belén Dios también salvó a un pequeño remanente.
Un remanente de uno (o quizás algunos pocos más). Pero la esperanza no decrece porque el número sea tan pequeño. Al contrario, este Niño que es salvado de la matanza, traerá la esperanza más gloriosa de todas al pueblo que Dios se ha reservado para sí.
Los niños de Belén murieron en el lugar de Jesús. Así comenzó la vida del Mesías. Pero su vida acabará cuando Él mismo la pone en lugar de todos los hijos de Dios:

«El Hijo del Hombre vino para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).

La única esperanza final para los niños asesinados, el único consuelo posible para aquellos padres desconsolados, reside en el Niño que fue salvado de la matanza.
Pongámonos en el lugar de una de las madres de Belén. Hace un año te nació un hijo precioso, tu primogénito. Desde entonces él se ha convertido en la gran ilusión de tu vida. Cada día le llevas contigo cuando vas al pozo a buscar agua, y fue allí, hace unos meses, que conociste a María de Nazaret. Ya sabías de los extraños acontecimientos que habían rodeado el nacimiento de su hijo: el testimonio de los pastores de su visión de los ángeles, y últimamente la visita de unos extranjeros astrólogos. Si bien el hijo de María parecía un niño normal, sabías que Dios había intervenido para anunciar que era especial. Abrigabas la esperanza de que él y tu hijo jugarían juntos cuando llegasen a ser más mayores.
Pero ahora tu mundo se ha derrumbado, todas tus ilusiones y alegrías deshechas en mil pedazos. Los soldados de Herodes han matado a tu hijo. María, José y Jesús consigieron escapar, pero tu hijo ha muerto. Y ahora te debates entre dos reacciones. Por un lado el resentimiento. ¿Por qué no murió Jesús? A fin de cuentas fue a Él que buscaban. ¿Por qué tuvo que morir tu hijo por causa de Él? Ahora, sabes muy bien que no es justo culpar al niño. Herodes y sus soldados tienen la culpa. Pero hay en ti un sentimiento irreprimible de protesta, de amargura. Por otro lado sabes que se ha salvado el niño que puede muy bien llegar a ser la esperanza de Israel. Cuando Él sea grande, ¿entonces qué será de Herodes y sus soldados? Quizás tu hijo no ha muerto en vano. En medio de tu angustia surge un pequeño consuelo.
Van pasando los largos años. Tu herida se cicatriza pero no se olvida. Ahora tienes otros hijos. El mayor de ellos pronto cumplirá los treinta. Ahora es cuando empiezan a llegar noticias extrañas acerca de un carpintero de Nazaret. Después de su huida habías perdido las pistas de José y María, aunque algunos decían que se había establecido en el norte, en Galilea. El carpintero tiene el mismo nombre y la misma edad que el hijo de José y María. ¿Será el mismo? Dicen de él que realiza milagros y señales poderosas, tal y como nunca llegaron a hacerlas los profetas de antaño. Dicen que en Galilea es tenido por el Mesías. Hay una gran expectación, especialmente entre las clases humildes.
Luego la tragedia otra vez. Otro Herodes, no el Grande sino Antipas, y el procurador romano han sucumbido ante las presiones de los sacerdotes y le han hecho crucificar. Han acabado con la esperanza de Israel.
Pero unos días después, de nuevo llegan las sorpresas. Noticias tan extrañas que no sabes si creerlas o responder con escepticismo. Ahora dicen que Jesús ha resucitado. Sus seguidores parecen asidos de una valentía inaudita, porque contra la orden expresa de las autoridades, van predicando por todas partes que el reino de Dios verdaderamente ha llegado con Jesús, y que Él es el Mesías, ascendido a la diestra del Padre. Su testimonio es tan convincente que miles de judíos se han bautizado en el nombre de Jesús en Jerusalén esta misma semana. ¿Será o no será?.…
¿Dónde está el consuelo divino para las madres -y los padres- de Belén? Según nuestro criterio, a veces Dios actúa lentamente. Sus respuestas a nuestras tribulaciones no siempre llegan al día siguiente. Pueden pasar muchos años antes de que sus propósitos empiecen a esclarecerse. Pero propósitos hay, sin duda alguna.
Consuelo hay también. Si somos fieles a las intenciones de Mateo en la redacción de su Evangelio, tendríamos que leer las palabras desgarradoras de 2:18 a la luz de la esperanza y consuelo de 4:16. Es así porque la estructura de estos capítulos nos lleva a la conclusión de que la última parte del capítulo 4 es la «respuesta» a la última parte del capítulo 2.
Este no es el lugar de poder profundizar en estas cuestiones estructurales, pero, brevemente, Mateo introduce a Jesucristo en el escenario de la historia de dos maneras: primero en su nacimiento (capítulos 1 y 2); segundo en el comienzo de su ministerio público (capítulos 3 y 4). Las dos partes constituyen un solo prólogo a las enseñanzas y hechos de la vida de Jesús. La primera nos trasmite la lamentable visión de Raquel «que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron». La segunda anticipa la solución de Dios a tales aflicciones:

«El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció» (4:16).

Al leer estas palabras, es posible que tú también estés pasando por momentos de aflicción y de perplejidad por no entender los propósitos de Dios ni ver en ninguna parte su consolación. Sin embargo, Dios puede traernos consuelo hoy. Él conoce nuestras tribulaciones. Quizás desde hace treinta años, como las madres de Belén, has sufrido sin poder ver ni un rayo de esperanza, ni un mínimo de propósito o explicación. Quizás hoy sea el día que Dios te traiga consuelo y comprensión, que Él quiera que sobre ti una luz resplandezca para iluminar tu pasado.
Esta luz, ahora como entonces, es la esperanza de vida eterna en Cristo Jesús.
Los hechos son los hechos. Lo pasado, pasado está, sin posibilidad de ser erradicado ni negado. La vida tiene sus sufrimientos, desilusiones, penas, incluso tragedias, fruto de las terribles dimensiones que alcanza nuestro pecado humano. Pero en medio de la oscuridad más negra, ante la tiranía más injusta, Dios nos señala a aquel Salvador que murió en una Cruz, Él mismo víctima de la tiranía, en medio de la oscuridad, a fin de que por su muerte se nos abriera la puerta de la vida eterna.
Nosotros también podemos pertenecer al remanente. De en medio de los escombros de la tragedia humana, puede brotar en nosotros una fe que nos marque como ciudadanos del pueblo de Dios, salvos por su misericordia. Dios no nos promete que, aun como pueblo salvado, no tengamos que conocer momentos de grandes tinieblas y aflicción. El camino a nuestra Tierra Prometida está sembrado de pruebas. Pero tarde o temprano nos trae su consuelo.

«Queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros» (Hebreos 6:17–18).

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación» (2a̱ Corintios 1:3–5).

EL RETORNO A NAZARET

«Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántante, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. Entonces él se levantó, y tomo al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, Y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno» (Mateo 2:19–23).

LA SALIDA DE EGIPTO

Herodes murió en 4 a.C. poco después de la matanza de los niños de Belén. Murió en su palacio de Jericó, pero ya había determinado que fuese enterrado en el Herodium. Esta decisión dio lugar a uno de los grandes espectáculos de la antigüedad.
Desde Jericó el cuerpo de Herodes fue llevado en procesión solemne hasta Belén. Quinientos esclavos esparcían perfumes e incienso por el camino. El ataúd era de oro macizo, decorado de piedras preciosas. Sobre la cabeza del cadáver había una corona de oro, y en su mano un cetro también de oro.
Sin embargo, tanta ceremonia y tanto lujo no podían disfrazar la cruda realidad. El Grande había muerto. En los palacios, cuarteles y hogares humildes de Palestina el alivio era palpable. Aquel hombre nefasto había sido llamado a dar cuentas a su Creador. Y ningún Templo, por fastuoso que fuese, serviría para expiar ante Dios sus muchos pecados. Él había derramado tanta sangre a fin de asegurar su propia vida. Pero la muerte es ley de vida. El tiempo no respeta a nadie. Todo el poderío y todas las riquezas de Herodes no podían eximirle del encuentro con su Dios.
Mientras tanto, el Rey de reyes vivía en el exilio de Egipto. Y fue allí que, por tercera vez, el ángel del Señor apareció en sueños a José.
Su mensaje es sencillo. Esta vez no aparece para avisar de un peligro, sino para decir que el peligro ha pasado. «Han muerto los que procuraban la muerte del niño» (v. 20).
El uso del plural -«han muerto»- no debe sorprendernos. Sin duda el ángel está pensando primordialmente en Herodes mismo. Si emplea el plural es a fin de comunicar, de una manera generalizada, que ahora no queda nadie que busque matar a Jesús.
Ha llegado el momento, pues, de volver a la tierra donde el Mesías ha de ejercer su ministerio. Ahora es cuando el Niño ha de realizar su «éxodo» y cumplir la profecía: «De Egipto llamé a mi Hijo» (v. 15).
Como siempre, José obedece puntualmente: «Entonces él se levanto, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel» (v. 21).
Puede parecemos que esta vez era más fácil obedecer en seguida el mensaje del ángel, que en las dos ocasiones anteriores. Pero no necesariamente fue así. No sabemos exactamente cuánto tiempo la familia sagrada había pasado en Egipto, pero posiblemente lo suficiente como para haberse establecido. Como había ocurrido en Belén, era justo cuando José había logrado remontar el negocio y sentir que ahora podía atender adecuadamente a sus responsabilidades de cabeza de familia, que Dios le pide que deje todo para ir a otro lugar.
Por cada judío residente en Palestina, en aquel entonces, había unos cuatro que vivían en la diáspora. Especialmente próspera era la comunidad hebrea de Alejandría. No sabemos dónde la familia sagrada se estableció en Egipto, pero si hubiera sido Alejandría, José no tendría dificultades en conseguir empleo de carpintero. Allí podían vivir en tranquilidad, lejos de la persecución política, al abrigo de la «paz de Augusto».
Sin duda, José y María estaban ya cansados de tanto viajar. ¿A cuántas mujeres les gustan las frecuentes mudanzas? Naturalmente las dificultades de traslado eran mucho más grandes en aquel entonces. El solo viaje era una aventura con abundancia de riesgos y peligros: asaltadores, fieras, inclemencias del tiempo, pocos lugares de alojamiento en el camino. Por esto la gente solía viajar en caravanas, para mayor seguridad. De Nazaret a Ein Karem; de Ein Karem a Nazaret; de Nazaret a Belén; de Belén a Egipto; de Egipto a Judea; de Judea a Nazaret. Seis viajes largos habrá realizado María en menos de dos años.
Por todo esto la pronta obediencia de José sigue siendo ejemplar.
Es probable que inicialmente José pensaba volver a Belén y establecerse allí. En la ciudad de David él tenía contactos y amistades. Era el último lugar en que había trabajado antes de la huida a Egipto. Además, si el ángel les ha hecho abandonar la seguridad de Egipto para volver a la vida incierta de Palestina, ¿no es porque el niño Mesías ha de crecer en la tierra de la cual Él es Rey? Judea era el lugar obvio para la formación del Cristo, y Belén, por ser la ciudad de David y por su proximidad a Jerusalén, era ideal desde una perspectiva política humana.
Sin embargo, cuando llegan a Judea, se encuentran con que Arquelao es el nuevo rey.…

EL TRASLADO A GALILEA

Herodes el Grande había reinado sobre un territorio excepcionalmente extenso para los vasallos del Imperio Romano. Sólo su demostrada lealtad a Roma había permitido que fuera así. Sabía que los romanos no admitirían que ningún hijo suyo gobernara sobre tanto. Así pues, con el visto bueno de las autoridades imperiales, en su testamento dividió sus tierras entre tres de sus hijos (el primogénito Antípater, acababa de ser asesinado por su padre):

-Herodes Felipos reinaría en los territorios más septentrionales. Este es el «Felipe» cuya esposa cometió adulterio con su cuñado, situación que fue denunciada por Juan el Bautista y desencadenó su encarcelamiento y asesinato (Mateo 14:1–12).
-Herodes Antipas reinaría en Galilea. Este es el «Herodes» que hizo decapitar a Juan el Bautista y también participó en el juicio de Jesús. El procurador romano, Poncio Pilato, quiso desembarazarse de una cuestión tan espinosa como era el proceso del Jesús. Al saber que éste había realizado su ministerio mayormente en territorios de Herodes y que, casualmente, Herodes se encontraba en Jerusalén, se lo envió. Pero Herodes, «aquella zorra» como le llamaría Jesús (Lucas 3:32), había heredado los instintos políticos de su padre y, si bien recibió a Jesús por curiosidad, por si pudiera presenciar algún milagro, pronto le devolvió a Pilato a fin de no enredarse en asuntos comprometedores (Lucas 23:6–12).
– Arquelao reinaría en Judea, el territorio más prestigioso, pero también el más espinoso.

Arquelao apenas aparece en las páginas del Nuevo Testamento (precisamente nuestro texto contiene la única mención de su nombre). Pero es bien conocido por la historia secular. Fue un hombre que heredó toda la crueldad de su padre sin nada de su astucia política, y como consecuencia no tardó muchos años en ser destituido por los romanos.
Nada más llegar al trono, usó de tal dureza para suprimir una manifestación en protesta por la ejecución de dos líderes religiosos, que sus soldados mataron a tres mil judíos, entre ellos muchos peregrinos que habían subido a Jerusalén para celebrar la Pascua. Con el tiempo sus excesos provocaron tantas quejas y denuncias ante las autoridades imperiales que finalmente, en 6 d.C. Roma intervino para quitarle del trono y puso una serie de procuradores en su lugar, el más conocido de los cuales sería Poncio Pilato.
No nos extraña, pues, que José estuviera profundamente preocupado al saber que el nuevo rey era Arquelao y al escuchar los comentarios de la gente sobre sus atrocidades.
En medio de la duda y perplejidad recibe otra revelación divina por medio de sueños. En este caso la visión celestial corresponde a sus propias inquietudes. Como ya ocurrió en el caso de los Magos (2:12) no hay mención explícita de los ángeles. Pero por quinta vez en poco tiempo Dios utiliza los sueños como medio de avisar de peligros y salvar al Niño.
José entonces decide volver a Nazaret, donde tiene sus raíces familiares y laborales. Según un criterio humano, no es el lugar más idóneo para la formación del Mesías (ver Juan 1:45–46), pero en territorio de Heredes Antipas estarán más seguros que en Judea.

LA CITA PROFÉTICA (v. 23b)

Ya estamos acostumbrados a la mentalidad de Mateo y a su capacidad de vislumbrar propósitos divinos más allá de las circunstancias de la vida. Había buenas razones políticas y humanas por las que era conveniente subir a Galilea. Pero Mateo quiere hacemos ver que, sean cuales sean los criterios humanos acerca de la idoneidad de Nazaret, era el lugar escogido por Dios y que encajaba perfectamente en los propósitos y preparación de Dios para su Hijo. Según Mateo, no sólo era admisible que el Mesías procediera de Nazaret, sino era necesario, porque así lo habían dicho los profetas:

«Y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que había de ser llamado nazareno» (v. 23).

Y aquí topamos con otro gran problema de interpretación. Porque buscamos en vano en el Antiguo Testamento algún texto que diga explícitamente que Jesús había de proceder de Nazaret. No sólo no existe tal cita, sino el mismo nombre de Nazaret no aparece en ningún lugar.
Algunos comentaristas -aquellos mismos que sugieren que (por ejemplo en 1:23 y 2:15) Mateo toma excesivas libertades con el texto del Antiguo Testamento- ahora vacilan. No se atreven a afirmar que Mateo haya inventado esta cita con el fin deliberado de engañar a sus lectores. Pero casi, casi. Así que finalmente optan por manifestarse perplejos: «No podemos saber lo que él quería decir».
Otros optan por una solución un tanto retorcida y que supone que a Mateo le gustaban juegos de palabras dignos de la cábala. Resulta que las consonantes hebreas de «Nazaret» -debemos recordar que el hebreo antiguo se escribía sin vocales- son iguales a las de las palabras traducidas «vástago», es decir, NZR. Luego señalan que una de las profecías del Antiguo Testamento -concretamente de Isaías 11:1-indica que el Mesías saldrá como vara del tronco de Isaí y como «vástago» retoñará de sus raíces; es decir, que el Mesías nacerá de una rama menor de la casa de Isaí, el padre de David. De allí deducen que Mateo lleva su manipulación del texto bíblico al extremo de decir: Jesús debe ser «nazareno» a fin de demostrar ser el «vástago» prometido. Esta es la razón por la que algunas versiones de la Biblia apuntan, como pie de página a la cita de Mateo, esta referencia de Isaías. Pero, desde luego, es una interpretación muy forzada y que nos hace suponer que Mateo, como hermeneuta bíblico, como poco peca de extravagante. En todo caso, lo que esta interpretación establece no es un «cumplimiento» de la profecía, ni en el sentido convencional ni en el sentido más profundo que es habitual en Mateo (que Jesús, siendo el verdadero Israel, había de repetir o «cumplir» en sí lo que Dios había dicho acerca de su pueblo), sino un mero juego de palabras.
Dado el contexto de la «cita» ¿cuál es el sentido que esperaríamos encontrar en ella? ¿No sería que la retirada del Mesías a Galilea, cuando los judíos esperaban que naciera y creciera en la comarca de Jerusalén, lejos de atentar contra la revelación del Antiguo Testamento, está en consonancia con ella?
Ya hemos mencionado los prejuicios de los «judíos viejos» de Judea en contra de los advenedizos de Galilea, reflejados en las palabras cáusticas de Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Juan 1:46; cp. 7:52). Ante estos prejuicios es natural que Mateo, al describir el momento en que José decide no residir en Judea sino en Galilea, quiere asegurar a sus lectores que esta decisión no contraviene la enseñanza de las Escrituras sino la cumple.
Así pues, la afirmación «habría de ser llamado nazareno» viene a significar que los profetas predecían que el Mesías iba a proceder de la oscuridad, y específicamente de Galilea.
En apoyo a esta interpretación es de suma importancia observar dos detalles del texto del versículo 23. En primer lugar Mateo está citando, no lo que «dijo el profeta», sino lo que «decían los profetas». Tanto el plural como el tiempo del verbo indican que no pretende darnos una cita exacta sino recordarnos el énfasis general de la profecía bíblica. En segundo lugar la «cita» viene en forma de una oración indirecta, contra el uso habitual de Mateo, quien siempre acostumbra dar las palabras exactas en citas directas. La razón es la misma: no pretende ser una cita concreta sino una referencia general.
Lo que debemos preguntarnos, pues, no es: ¿dónde se encuentra esta cita en el Antiguo Testamento? sino: ¿verdaderamente dicen las Escrituras que el Mesías procederá de la oscuridad de Galilea?
Nuestra respuesta evidentemente ha de ser afirmativa. Los profetas ya habían indicado que el Mesías vendría de un trasfondo oscuro y sería identificado con lo despreciado y lo rechazado. En este sentido es de suma importancia la mencionada cita de Isaías 11:1; no por el forzado juego de palabras entre «vástago» y «nazareno», sino porque es uno entre tantos textos que hablan de la procedencia del Mesías. Su linaje no será la guía principal del árbol sino un vastago que brota de sus raíces. Su origen será lateral y secundario, no de un origen claramente principesco.
Esta es la línea general de la revelación profética. Otro ejemplo se encuentra en el bien conocido capítulo 53 del mismo Isaías:

«Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos pero sin atractivo para que le deseemos.…

Es decir, no destacará especialmente ni por su aspecto físico, ni por su estirpe o rango.

«…Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. Y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Isaías 53:2–3).

Isaías no sólo pronostica el origen oscuro del Mesías -aunque siempre dentro de la casa de David- sino también la actitud de desprecio y rechazo con la cual será recibido. Es decir, el Antiguo Testamento no sólo anticipa la procedencia de Nazaret, sino la reacción de un Natanael al saber que Jesús procede de Nazaret.
En todo esto Jesús «cumple» las palabras pronunciadas por David, el prototipo del Mesías:

«Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo» (Salmo 22:6).
«Extraño he sido para mis hermanos, y desconocido para los hijos de mi madre… El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé» (Salmo 69:8, 20).

Mateo tiene la tarea, nada envidiable, de presentar a sus lectores judíos -que esperaban un Mesías real, glorioso, guerrero y victorioso- a un Cristo crucificado y rechazado. No es de sorprender que desde el primer momento quiera justificar el hecho de que el desprecio que los judíos mayormente otorgan a «Jesús de Nazaret» no le descalifica como Mesías. Al contrario esto es precisamente lo que los profetas habían dicho: sería despreciado y repudiado; sería llamado nazareno; no nacería en el palacio real sino en un establo; Jerusalén no celebraría con fiesta su advenimiento, sino se perturbaría y buscaría su eliminación; no crecería en la corte con honores reales, sino en la oscuridad de una aldea lejana, hijo del carpintero del pueblo.
Naturalmente los profetas no habían dicho específicamente todos estos detalles. Pero sus predicciones iban en consonancia con ellos. ¿Y qué más decían los profetas? Identificaban al Mesías con una luz que empieza a brillar en Galilea.
Hay un solo texto en el Antiguo Testamento que menciona explícitamente a Galilea. Como ya hemos visto, Mateo lo cita en el capítulo 4 (v. 15–16). No sería de extrañar que este texto estuviera en su mente al decir que Jesús «había de ser llamado nazareno».
Procede de uno de los grandes capítulos mesiánicos del Antiguo Testamento, el capítulo 9 de Isaías:

«Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos… Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán limite, sobre el trono de David y sobre su reino, dispondiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre» (Isaías 9:1–2, 6–7).

Es una cita que casi nos sitúa en Nazaret. Desde las colinas de Nazaret se vislumbra perfectamente aquella gran carretera del mundo antiguo, el llamado «camino del mar» en su paso por el valle de Jezreel. Era el camino que iba de Egipto a Damasco y es mencionado por Isaías como punto de referencia para la aparición del Mesías.
Sin duda alguna, de niño y de joven Jesús habrá contemplado en muchas ocasiones aquella carretera. Porque durante su infancia y juventud, se iba construyendo en las orillas del mar de Galilea, la nueva ciudad de Tiberíades, balneario elevado por Herodes Antipas en homenaje al nuevo emperador Tiberio. Constituía un centro de culto pagano e inmoralidad gentil en medio de un territorio que, desde hacía 150 años, había sido colonizado por los judíos. Como tal era motivo de escándalo y protesta, y podemos imaginar que el progreso de su construcción era ampliamente comentado en las calles de Nazaret. Cada semana pasaban por el camino del mar las caravanas de Africa y Arabia cargadas de materiales y riquezas para la nueva ciudad, objeto de curiosidad, sin duda, para el joven Jesús y sus compañeros.
Galilea de los gentiles. El camino del mar. ¿Qué lugar ocupaban en los propósitos de Dios? Isaías nos lo dice. Herodes pensaba llenarles de la extraña luz de la civilización romana. Pero Dios tenía la intención de que allí brillara por primera vez la luz de la nueva era mesiánica. Llenaría de gloria el camino del mar. Los tiempos de angustia y aflicción de la humanidad tocan a su fin. Ha llegado el momento de la esperanza.
Y así vino la luz a Nazaret, por medio de Jesucristo. Su origen puede ser oscuro. Pero la luz es verdadera.

«La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.…Aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre, venía a este mundo» (Juan 1:5, 9).

Por su nacimiento, por su vida sin pecado, por su muerte en nuestro lugar, por su resurrección como primogénito de una nueva humanidad, por su glorificación a la diestra del Padre como Rey de reyes y Señor de señores, Jesucristo sigue derramando su luz en medio de la oscuridad.
La luz ha venido. Ante ella podemos reaccionar de dos maneras:

«Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean sorprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifestado que sus obras son hechas en Dios» (Juan 3:19–21).

Podemos responder con escepticimo: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? Pero recordemos que Jesucristo mismo señala que nuestro escepticismo no tiene su origen en el amor a la verdad, ni en dudas bien fundadas, sino en nuestro amor al pecado e indisposición de arrepentirnos y convertirnos a Dios.
O podemos «venir a la luz». Salir de nuestra oscuridad y dejarla atrás. Pedir al Señor que su luz nos ilumine.
¿Estás sentado en región de muerte? No ves más que oscuridad. Tu futuro es negro, tu destino trágico. Pero Jesucristo puede traerte la esperanza de la vida eterna, de salvación segura, de restauración y sanidad.

«Dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Colosenses 1:12–13).

¿Te humillarás para reconocer las tinieblas que hay en ti y pedir al Hijo que te haga apto para participar en su luz? Para esto vino. Para esto fue a vivir en la oscuridad de Nazaret.

BELÉN, EGIPTO, NAZARET

Nada más empezar a escuchar las palabras tan familiares de las narraciones evangélicas de la Navidad -«Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes…»- en seguida decimos: Todo esto ya lo sabemos. No prestamos mucha atención a su lectura porque creemos conocerlas muy bien.
¿Es cierto? ¿Realmente entendemos el significado de la Navidad? ¿Siquiera conocemos bien los hechos más elementales de la historia?
Por ejemplo, consideremos los lugares donde se realizaron aquellos acontecimientos. Según el texto bíblico son tres:

1.- Jesús nació en Belén.
2.- Él y sus padres tuvieron que huir como refugiados políticos a Egipto hasta la muerte del rey Herodes.
3.- Una vez muerto Herodes, Jesús pasó el resto de su infancia en una aldea de Galilea llamada Nazaret.

Los tres lugares conducen a tres preguntas:

1.- ¿Por qué nació Jesús en Belén?
2.- ¿Por qué huyeron José y María a Egipto?
3.- Después de volver a Egipto ¿por qué se establecieron en Nazaret?

A estas preguntas podemos contestar de la manera siguiente:

1.- Jesús nació en Belén porque el emperador de Roma, César Augusto, quiso hacer un censo del Imperio y para ello dio orden de que todo el mundo fuese a su pueblo de origen; el de José y María era Belén; y por esto Jesús nació en Belén.
2.- Luego tuvieron que huir a Egipto porque el rey Herodes quería matar a Jesús. Por esto un ángel fue enviado para avisar a José y así escaparon.
3.- Al volver del exilio no querían establecerse otra vez en Belén porque el hijo de Herodes, Arquelao, ocupaba el trono. Por prudencia se establecieron lejos de Jerusalén, en Nazaret de Galilea.

Estas respuestas son acertadas. Pero no merecen un «sobresaliente»; sólo un «suficiente». Hemos contestado correctamente pero no según el testimonio de Mateo.
Estas explicaciones políticas son históricas y verdaderas. Sin embargo, si sólo damos estas razones estamos aún muy lejos de entender el significado profundo de la historia de la Navidad. Detrás de ellas está la mano de Dios. Mateo no quiere que dejemos de percibir las realidades divinas más allá de la política humana. Es por esto que repetidamente nos indica que estas cosas ocurrieron «para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta» (Mateo 1:22; 2:5, 15, 17, 23). Los eventos de la Navidad no son casualidades de la historia. Dios tenía un propósito en que Jesús naciera precisamente en Belén, huyese precisamente a Egipto y se estableciese precisamente en Nazaret. Mateo nos dice que tenía que ser así. Jesús no habría sido el Mesías, ni el Salvador del mundo si la historia no hubiese sido así. Porque Belén, Egipto y Nazaret no solamente son tres lugares geográficos que podemos visitar hoy mismo; también son símbolos de algo más.
Por lo tanto, a nuestras tres preguntas hemos de contestar: Estas cosas ocurrieron «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios» (Hechos 2:23). Naturalmente esto nos conduce a tres preguntas más:

1.- ¿Por qué quiso Dios que Jesús naciera en Belén?
2.- ¿Por qué quiso Dios que huyera a Egipto?
3.- ¿Por qué quiso Dios que pasara su infancia en Nazaret?

Estas no son preguntas extravagantes. Mateo -insisto-nos invita a planteárnoslas por sus repetidas referencias a la predicción profética.
La Biblia está llena de patrones, de significados velados pero comprensibles. No podemos entenderla bien si no hemos empezado a palpar esta dimensión simbólica. El Espíritu Santo es enormemente creativo en su inspiración de las Escrituras. Nos habla clara y directamente a la mente a través del significado primario del texto original. Pero también apela a nuestra sensibilidad estética a través de un uso amplio de distintos recursos literarios. A veces su revelación nos llega por medio de patrones y figuras sorprendentes que inicialmente no sospechábamos que estuvieran en el texto; pero una vez que lo hemos visto, comprendemos que tenía que ser así.

BELÉN

Si los tres lugares de la infancia de Jesús simbolizan algo ¿de qué es símbolo Belén? Mateo nos lo dice con toda claridad en el versículo 6: «Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel». Si volvemos a la profecía de Miqueas (5:2) de la que Mateo está citando, vemos que es una referencia al Rey Mesías que había de venir. Así lo entendían perfectamente los escribas y los principales sacerdotes cuando Herodes les consultó sobre, el asunto. Pero ¿por qué profetizó Miqueas que el Mesías había de nacer en Belén? Por una razón bien obvia. En Belén había nacido otro gran rey, David, y Dios le había prometido que su casa ocuparía el trono de Israel para siempre. Además Dios había dicho que nacería de su linaje un rey mucho más glorioso aún que David. Por lo tanto, es totalmente apropiado que Jesús nazca en Belén, la ciudad de David. Así Dios demuestra públicamente que el Niño es el Mesías, porque Belén es el lugar de nacimiento de los reyes ungidos por Dios. Así Jesús es revelado como el gran Hijo de David (Mateo 1:1). Así se establece su naturaleza real. Y así, por supuesto, se cumplen las palabras de Miqueas.
Jesús debía de nacer en Belén a fin de ser rey. Y no fue por «casualidad» que el decreto de César Augusto hizo que se cumpliera el propósito de Dios. Fue por designio divino que Jesús naciera en Belén, no en Nazaret, y justamente en medio de circunstancias (el censo) que recalcan la cuestión del linaje mesiánico.

EGIPTO

Y Egipto ¿de qué es símbolo?
Para los judíos (y no olvidemos que Mateo escribía para ellos) Egipto había sido el país de su gran esclavitud. Había sido de Egipto que Dios les había liberado con su mano poderosa. En el Éxodo de Egipto el pueblo de Israel se había constituído como nación. Egipto, pues, era a la vez símbolo de opresión y cuna del pueblo de Israel.
Israel salió de Egipto y tuvo que superar la primera gran prueba de su peregrinaje: el paso del Mar Rojo. Dios separó las aguas y el pueblo de Israel pasó por en medio de ellas. Había salido de Egipto con prisa, en medio de temores y desconciertos. Llegó a la otra orilla una nación resucitada. Ahora la historia se repite. Ya hemos visto que Mateo pasa deliberadamente de la salida de Jesús de Egipto a la historia de su bautismo por Juan en el Jordán, a fin de que no perdamos de vista el patrón que hay aquí.
Después del bautismo, Israel tuvo que emprender un largo viaje por el desierto. Jesús va directamente del bautismo al desierto (Mateo 4:1). En el desierto Israel fue tentado. En el desierto Jesús es tentado. Y por si esto fuera poco, precisamente las respuestas que Jesús da al Tentador son citas de Deuteronomio sacadas de la narración de aquella experiencia de Israel. Cristo no podría haber encontrado citas más apropiadas en ningún otro lugar de las Escrituras. Estaba reviviendo en sí las tentaciones de Israel. Jesús es el nuevo Israel.
El Éxodo, bajo el liderazgo de Moisés, es el supremo ejemplo bíblico de liberación y redención. Conviene, pues, que Aquel que había venido a este mundo para liberar, redimir y salvar a un pueblo para Dios, salga de Egipto, y así «cumpla» la experiencia de Israel. «Habiendo de conducir a muchos hijos a la gloria», convenía que «el autor de su salvación» pasara por las mismas experiencias que el pueblo escogido. O como dice Jesús en este mismo contexto (Mateo 3:15) a Juan el Bautista: «Porque así conviene que él cumpla todas justicia».
Egipto, por lo tanto, representa aquella situación de esclavitud y opresión en el que la humanidad se encuentra, y de la cual Jesús, cual nuevo Moisés, va a conducir a su pueblo hacia la Tierra Prometida.

NAZARET

Y Nazaret, ¿de qué es símbolo?
Acabamos de verlo en el capítulo anterior, así pues sólo necesitamos refrescarnos la memoria.
Nazaret se encuentra en Galilea, «Galilea de los gentiles», en la frontera con el mundo pagano, alejado del centro neurálgico de la vida espiritual del país. Los galileos eran judíos, pero de segunda categoría. Históricamente formaban un mismo pueblo con los de Judea, pero geográficamente quedaban algo aislados de Jerusalén porque en medio estaba la tierra de los samaritanos. Los judíos de Galilea hablaban el mismo idioma que los de Judea, pero con otro acento (Mateo 26:73). Los líderes religiosos de Jerusalén miraban a los galileos con desprecio: «Escudriña -decían- y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta» (Juan 7:52). Para los judíos de primera categoría en Judea, Galilea era «de los gentiles», rayana en la impiedad.
Mateo mismo nos recuerda algo de esto al citar de Isaías y recordarnos que Galilea era poblada por un «pueblo asentando en tinieblas» (Mateo 4:16).
Sería de esperar -así lo creían los mismos Magos- que Jesús naciera y viviera en el mismo centro del judaismo, en Jerusalén. ¿Acaso se puede concebir la idea de un Mesías procedente de Galilea? ¿el gran Hijo de David hablando con acento provinciano?
Cuando Mateo nos dice que la procedencia nazarena de Jesús «cumplía lo que fue dicho por los profetas», quiere decir que el origen oscuro del Mesías estaba en consonancia con la revelación profética. A pesar de Natanael (Juan 1:46) y los fariseos (Juan 7:52), no era de extrañar que Jesús llegara desde Galilea al escenario público de la historia. Ellos, sencillamente, desconocían las Escrituras al respecto. Los profetas habían señalado el origen humilde del Mesías.
Por lo tanto, no es en Jerusalén que Jesús se forma y comienza su ministerio. Más bien se identifica con este «pueblo asentado en tinieblas». Aun habiendo nacido en Belén no será conocido como hijo de Belén sino como hijo de Nazaret, el nazareno, el despreciado. Cristo «había de ser llamado nazareno» si iba a llevar luz a Galilea de los gentiles.
Cuando José llevó a su familia a Nazaret, su decisión venía determinada por una serie de circunstancias históricas y geográficas (además de las instrucciones del ángel). Seguramente el cumplimiento de la profecía estaba muy lejos de su consideración. Pero en la mente de Dios era necesario que Jesús residiera en Nazaret. Había de ser llamado nazareno en cumplimiento de lo que fue dicho por los profetas. Una luz para Galilea y para los gentiles más allá de las fronteras de Israel.

BELÉN, EGIPTO Y NAZARET… Y EL MINISTERIO DE JESÚS

Si los tres lugares simbolizan algo, es lógico suponer que si Jesús nació en uno de ello, huyó a otro y residió en el tercero, esto nos hablará de la naturaleza del ministerio que iba a realizar. Los profetas habían dicho que sería así. Pero ¿por qué lo dijeron? ¿Cuál es el significado de estos tres lugares para el ministerio posterior de Jesús?
El hecho de haber nacido en Belén, de padres que descendían de David, hace que desde el primer momento Jesús sea identificado con la casa real de Israel. Él es Rey. Vino para establecer el reino de Dios. Vino como Mesías, Vino para reinar. Su realeza nunca estuvo en duda. Pero ¿cómo había de conseguir su trono en la práctica? ¿Cómo iba a formar el pueblo sobre el cual reinaría? ¿Qué clase de gobierno habría de ejercer? La comprensión de cuál había de ser su camino al trono le costó la terrible lucha moral de las tentaciones del desierto (Mateo 4:1–11).
Sin embargo, su realeza es uno solo de los aspectos de su ministerio. La misma voz del cielo en el momento de su bautismo (Mateo 3:17) le reveló que no sólo era el Rey (Salmo 2:2) sino también el Siervo Sufriente (Isaías 42:1). Él es el Rey, pero el camino al trono pasará por la Cruz. El gobernará, pero también sufrirá. Los Magos le ofrecieron oro, pero también mirra. Nació en Belén, pero tuvo que huir a Egipto.
No es ninguna arbitrariedad que la corona de gloria había de ser ganada en el Calvario. Jesús había de reinar, pero ¿sobre quiénes? Sobre el pueblo de Dios, pueblo redimido. Y nuestra redención sólo se consigue a precio de sangre (1a̱ Pedro 1:18–19).
Jesús es las primicias y cabeza del nuevo Israel. Es el gran libertador del cual Moisés sólo es un pequeño anticipo. Él nos ha forjado el camino de la salvación desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Pero es necesario que, para poder realizar nuestra liberación de Egipto, las diferentes figuras del Éxodo encuentren en Él su cumplimiento. Así pues, Él es nuestro Cordero pacual, que puso su vida para pagar nuestra redención (1a̱ Corintios 5:7). Él es la columna de humo y de fuego que nos dirige por el desierto. Él es la roca de la cual brota el agua para satisfacer nuestra sed (1a̱ Corintios 10:4). Él es el maná que nos alimenta (Juan 6:48–50). Él es la serpiente de bronce levantada para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:14–15). El carácter de su redención viene determinado por el Éxodo, el cual ella debe «cumplir». Y el hecho de que viene determinado por el Éxodo, se ve en que el Redentor tuvo que salir de Egipto.
Jesús es Rey, luego nació en Belén. Jesús es el siervo que sufre y el Cordero que es ofrecido para nuestra redención, luego fue «llamado de Egipto». Pero también Jesús es el gran profeta, el que lleva la luz de las buenas nuevas a tierra de los gentiles. Es con el ministerio de Jesús y a través de Jesús por la iglesia, que el Evangelio irrumpe en medio del mundo gentil. Hasta aquel momento los gentiles vivían en oscuridad, sin ninguna esperanza, bajo la sombra de la muerte. Pero Jesús llega con las buenas noticias del Evangelio. Por esto era apropiado que residiera en Nazaret, en Galilea de los gentiles, y se llamara nazareno.
Pensamos que conocemos la historia de la Navidad. Después empezamos a descubir que la Palabra de Dios está llena de sorpresas. Vemos como cosas dispersas empiezan a enlazarse entre sí. Todo tiene su lugar. Todo encaja. Descubrimos que para el Señor mil revelaciones son como una y una como mil. Que hay patrones, esquemas y significados insospechados en la dirección divina de la historia.
Pero estas sorpresas no existen sólo para entretener nuestra mente. Ni mucho menos para que hagamos alarde de conocimientos esotéricos. Están allí a fin de marcarnos las pautas de nuestra propia relación con Jesucristo.
En Navidad celebramos el nacimiento de Jesucristo. ¿Quién es Jesucristo para nosotros? Porque según cómo contestamos a esta pregunta, así será nuestra celebración navideña.
¿Es nuestro Rey? Si no lo es ¿para qué celebrar su nacimiento? Como los Magos ¿nos hemos postrado ante Él a fin de rendirle homenaje y adorarle? ¿Le hemos entregado nuestra vida y puesto a su disposición nuestros mejores regalos? ¿Nos hemos sujetado a su señorío?
¿Él es nuestro Salvador, el único mediador entre Dios y nosotros? ¿Hemos descubierto en Él al único Redentor que puede sacarnos de Egipto, el que conoce el camino, el que es el camino? ¿Hemos llegado a formar parte de su pueblo? Si Él no es nuestro Salvador, si no nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte ¡qué contrasentido celebrar la Navidad!
¿Él es nuestro profeta? ¿Podemos decir que antes estábamos «asentados en tinieblas», sin saber ni de dónde veníamos ni a dónde íbamos, sin comprender el propósito de la vida, sin encontrar ninguna clase de camino ni salida; pero luego Él vino a nuestro encuentro, nos dio las buenas noticias del Evangelio, y para nosotros en aquel momento resplandeció la luz? ¿Nos ha llegado la gloria de Dios en la faz de Jesucristo? ¿Él nos ha hecho saber la verdad acerca de nosotros mismos, acerca de Dios y acerca del sentido de la vida?
Jesús para esto nació. Lo que celebramos en la Navidad es la gloria de tener un Rey que nos gobierne, un Salvador que nos redima y un Profeta que nos revele la verdad.

 

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