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Una Explicación Exaustiva Del Pecado: La Verdad

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Una Explicación Exaustiva Del Pecado: La Verdad

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El origen del pecado

 El problema del origen del mal que hay en el mundo siempre ha sido considerado como uno de los problemas más profundos de la filosofía y la teología.Es un problema que naturalmente fuerza por sí mismo la atención del ser humano, en virtud de que el poder del mal es grande y universal, es una plaga sobre la vida en todas sus manifestaciones y es una cuestión de experiencia cotidiana en la vida de cada persona. Los filósofos estuvieron constreñidos a enfrentar el problema y buscar una respuesta a la cuestión así como el origen de todo mal, y particularmente del mal moral, que existe en el mundo. Algunos lo consideraron en gran medida una parte de la vida misma y buscaron la solución para este en la constitución natural de las cosas. Otros, sin embargo, estaban convencidos de que tenía un origen voluntario, esto es, que se originó en el libre albedrío del ser humano, sea en el presente o en alguna existencia previa. Estos se encuentran mucho más cerca de la verdad tal como está revelada en la Palabra de Dios.


Posturas históricas con respecto al origen del pecado

Los primeros Padres de la Iglesia no hablan muy definidamente del origen del pecado, aunque la idea de que se originó en la transgresión voluntaria y en la caída de Adán en el paraíso ya se encuentra en los escritos de Ireneo. Pronto esto se convirtió en la postura predominante en la Iglesia, especialmente en oposición al gnosticismo, el cual consideraba el mal como inherente en la materia, y como tal el producto del Demiurgo. El contacto del alma humana con la materia la hizo pecaminosa. Naturalmente, esta teoría sustrajo del pecado su carácter voluntario y ético. Orígenes buscó mantener esto por medio de su teoría de pre-existencialismo. Según él las almas de los seres humanos pecaron voluntariamente en una existencia previa, y por tanto todos entran en el mundo en una condición pecaminosa. Esta postura platónica estaba cargada con demasiadas dificultades como para lograr una aceptación amplia. Durante los siglos dieciocho y diecinueve, no obstante, fue abogada por Mueller y Rueckert, y por filósofos tales como Lessing, Schelling y J. H. Fichte. En general, los Padres griegos de la Iglesia de los siglos tercero y cuarto mostraron una inclinación a descartar la conexión entre el pecado de Adán y el de sus descendientes, mientras que los Padres latinos de la Iglesia enseñaron con una claridad cada vez mayor que la condición pecaminosa actual del ser humano encuentra su explicación en la primera transgresión de Adán en el paraíso. Las enseñanzas de la Iglesia en oriente finalmente culminaron en pelagianismo, el cual negaba que hubiera alguna conexión vital entre ambas, mientras que aquellos de la Iglesia en occidente alcanzaron su culminación en el agustinismo que enfatizaba el hecho de que en Adán somos culpables y estamos contaminados. El semi-pelagianismo admitió la conexión adámica, pero sostenía que esta solo explicaba la contaminación del pecado. Durante el Medioevo la conexión fue generalmente reconocida. En ocasiones fue interpretada en una forma agustiniana pero más a menudo en una manera semi-pelagiana. Los reformadores compartieron las posturas de Agustín y los socinianos las de Pelagio, mientras que los arminianos se movieron en la dirección del semi-pelagianismo. Bajo la influencia del racionalismo y la filosofía evolucionaria, la doctrina de la caída del ser humano y sus efectos fatales en la raza humana fue explicada en diversas formas. Kant se refirió a ella como algo perteneciente a la esfera suprasensible, la cual no podía explicar. Para Leibnitz se debía a las limitaciones necesarias del universo. Schleiermacher halló su origen en la naturaleza sensual del ser humano, y Ritschl, en la ignorancia humana, mientras que los evolucionistas la adjudicaron a la oposición de las propensiones inferiores a un desarrollo gradual de la conciencia moral. Barth habla del origen del pecado como el misterio de predestinación. El pecado se originó en la caída, pero la caída no fue un acontecimiento histórico; pertenece a la suprahistoria (Urgeschichte). Adán fue ciertamente el primer pecador, pero su desobediencia no puede considerarse como la causa del pecado del mundo. El pecado del ser humano está en cierta manera ligado a su cualidad de criatura. La historia del paraíso simplemente transmite al ser humano la información de ánimo que no tiene por qué ser necesariamente pecador.

Una Explicación Exaustiva Del Pecado: La Verdad


 Información escritural con respecto al origen del pecado

En la Escritura, el mal moral que existe en el mundo se destaca claramente como pecado, esto es, como transgresión de la ley de Dios. El ser humano parece en esta como transgresor por naturaleza, y surgen naturalmente estas preguntas: ¿Cómo adquirió esa naturaleza? ¿Qué revela la Biblia en ese aspecto?

DIOS NO PUEDE SER REFERIDO COMO SU AUTOR.

El decreto eterno de Dios ciertamente hizo efectiva la entrada del pecado en el mundo, pero esto no puede interpretarse de modo tal que se haga de Dios la causa del pecado en el sentido de ser su autor responsable. Esta idea se excluye claramente en la Escritura. «Lejos esté de Dios la impiedad, y del Omnipotente la iniquidad», Job 34:10. Él es el Dios santo, Isaías 6:3, y absolutamente no hay injusticia en Él, Deuteronomio 32:4; Salmo 92:15. No puede ser tentado por el mal, y Él mismo tampoco tienta a ningún ser humano, Santiago 1:13. Cuando creó al ser humano, lo creó bueno y a Su imagen. Aborrece positivamente el pecado, Deuteronomio 25:16; Salmo 5:4; 11:5; Zacarías 8:17; Lucas 16:15, e hizo provisión en Cristo para la liberación del ser humano del pecado. A la luz de todo esto sería blasfemo hablar de Dios como el autor del pecado. Y por esa razón todas aquellas posturas deterministas que representan el pecado como una necesidad inherente en la misma naturaleza de las cosas deberían ser rechazadas. Por implicación hacen de Dios el autor del pecado, y son contrarias no solo a la Escritura sino también a la voz de la conciencia, lo cual testifica de la responsabilidad del ser humano.

 EL PECADO SE ORIGINÓ EN EL MUNDO ANGÉLICO.

La Biblia nos enseña que en el intento de rastrear el origen del pecado, debemos incluso remontarnos a la caída del ser humano tal como se describe en Génesis 3 y fijar la atención en algo que ocurrió en el mundo angélico. Dios creó una hueste de ángeles y estos eran todos buenos por proceder de la mano de su Hacedor, Génesis 1:31. Pero en el mundo angélico ocurrió una caída en la que legiones de ángeles se apartaron de Dios. El tiempo exacto de esta caída no está indicado, pero en Juan 8:44 Jesús habla del diablo como homicida desde el principio (kat’ arches), y Juan dice en 1 Juan 3:8, que él pecado desde el principio. La opinión predominante es que este kat’ arches significa desde el comienzo de la historia del ser humano. Se dice muy poco acerca del pecado que causó la caída de los ángeles. A partir de la advertencia de Pablo a Timoteo, de que ningún neófito debería ser designado como obispo, «no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo», 1 Timoteo 3:6, puede que concluyamos que con toda probabilidad este fue el pecado del orgullo, de aspirar ser como Dios en poder y autoridad. Y esta idea pareciera hallar corroboración en Judas 6, donde se dice que los ángeles caídos «no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada». No estuvieron satisfechos con su porción, con el gobierno y el poder confiados a ellos. Si el deseo de ser como Dios fue su tentación peculiar, esto también explicaría por qué tentaron al ser humano en ese punto particular.

  EL ORIGEN DEL PECADO EN LA RAZA HUMANA.

Con respecto al origen del pecado en la historia de la humanidad, la Biblia enseña que comenzó con la transgresión de Adán en el paraíso y por lo tanto con un acto perfectamente voluntario por parte del ser humano. El tentador vino del espíritu del mundo con la sugerencia de que el ser humano, al situarse en oposición a Dios, podría volverse como Dios. Adán cedió ante la tentación y cometió el primer pecado al comer el fruto prohibido. Pero la cuestión no se detuvo allí, porque por medio de ese primer pecado Adán se volvió esclavo del pecado. Ese pecado acarreó contaminación permanente y una contaminación que, en virtud de la solidaridad de la raza humana, no solo afectaría a Adán sino también a todos sus descendientes. Como resultado de la caída el padre de la raza solo pudo transmitir una naturaleza humana depravada a su descendencia. Desde aquella fuente impía el pecado fluye como un torrente impuro a todas las generaciones de los seres humanos, contaminando a todos y todo con lo que entra en contacto. Es exactamente este estado de cosas que hizo tan pertinente la pregunta de Job: «¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie», Job 14:4. Pero incluso esto no es todo. Adán pecó no solo como el padre de la raza humana sino también como la cabeza representativa de todos sus descendientes, y por lo tanto la culpa de sus pecados se añade a cuenta de ellos, de modo que todos son sujetos del castigo de la muerte. Es principalmente en aquel sentido que el pecado de Adán es el pecado de todos. Esto es lo que nos enseña Pablo en Romanos 5:12: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron», Romanos 5:12. Las últimas palabras solo pueden significar que todos pecaron en Adán y pecaron de un modo tal como para hacer de todos sujetos al castigo de la muerte. No es pecado considerado meramente como contaminación sino pecado como culpa que acarrea castigo con él. Dios declara a todos los seres humanos como pecadores culpables en Adán, así como Él declara a todos los creyentes como justos en Jesucristo. Eso es lo que Pablo se propone explicar cuando dice: «Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos», Romanos 5:18, 19.


 La naturaleza del primer pecado o la caída del ser humano

SU CARÁCTER FORMAL.

Puede decirse que, desde un punto de vista meramente formal, el primer pecado del ser humano consistió en comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Desconocemos qué clase de árbol era. Puede haber sido un árbol de dátiles o una higuera, o cualquier otro tipo de árbol frutal. No había nada injurioso en el fruto del árbol como tal. Comer de este no era pecaminoso per ser, porque no era una transgresión de la ley moral. Esto significa que no habría sido pecaminoso si Dios no hubiera dicho: «… mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás». No hay opinión unánime en cuanto a la razón por la que el árbol fue denominado como árbol del conocimiento del bien y del mal. Una postura bastante común es que el árbol fue llamado así porque comer de él impartiría un conocimiento práctico del bien y del mal; pero esto difícilmente está a tono con la representación escritural de que por comerlo el ser humano sería como Dios en cuanto a conocer el bien y el mal, porque Dios no comete maldad y por tanto no tiene conocimiento práctico de este. Es mucho más probable que el árbol se llamara de ese modo porque estaba destinado a revelar (a) si el estado futuro del ser humano sería bueno o malo; y (b) si el ser humano permitiría que Dios determine para él lo que era bueno y malo, o se encargaría de determinar esto por sí mismo. Pero más allá de cualquier explicación que pueda darse sobre el nombre, el mandamiento dado por Dios de no comer del fruto del árbol simplemente servía al propósito de probar la obediencia del ser humano. Fue una prueba de obediencia pura, en vistas de que Dios en ninguna manera procuró justificar ni explicar la prohibición. Adán tenía que mostrar su disposición a someter su voluntad a la voluntad de su Dios con obediencia implícita.

SU CARÁCTER ESENCIAL Y MATERIAL.

El primer pecado del ser humano fue un pecado típico, esto es, un pecado en el que la esencia real del pecado se revela claramente en sí misma. La esencia de aquel pecado reside en el hecho de que Adán se situara a sí mismo en oposición a Dios, que rehusara someter su voluntad a la voluntad de Dios, que Dios determine el curso de su vida; y que intentó activamente tomar la cuestión fuera de la mano de Dios, y determinar el futuro por su cuenta. El ser humano, que no tenía en absoluto ningún derecho sobre Dios, y que solamente podía establecer un reclamo por cumplir la condición del pacto de las obras, se separó de Dios y obró como si poseyera ciertos derechos en contra de Dios. La idea de que el mandamiento de Dios era realmente una violación sobre los derechos del ser humano pareciera haber estado presente en la mente de Eva cuando, en respuesta a la pregunta de Satanás, añadió las palabras: «… ni le tocaréis…», Génesis 3:3. Evidentemente quería enfatizar el hecho de que el mandamiento no había sido razonable. Comenzando con la presuposición de que tenía determinados derechos en contra de Dios, el ser humano permitió que el nuevo centro, que encontró en sí mismo, operara contra su Hacedor. Esto explica su deseo de ser como Dios y su duda sobre la buena intención de Dios al darle la orden. Naturalmente pueden distinguirse elementos diferentes en su primer pecado. En el intelecto se revela en sí como incredulidad y orgullo, en la voluntad, como el deseo de ser igual a Dios, y en los afectos, como una satisfacción impía en comer del fruto prohibido.


El primer pecado o la caída como algo ocasionado por la tentación

 EL PROCEDIMIENTO DEL TENTADOR.

La caída del ser humano fue ocasionada por la tentación de la serpiente, que sembró en la mente del ser humano las semillas de desconfianza e incredulidad. Aunque sin dudas era la intención del tentador causar que Adán, cabeza del pacto, cayera, también se dirigió hacia Eva, probablemente debido a que (a) ella no era la cabeza del pacto y por consiguiente no habría tenido el mismo sentido de responsabilidad; (b) ella no había recibido la orden directamente de Dios sino solo indirectamente, y en consecuencia sería más susceptible a la argumentación y la duda; y (c) ella indudablemente probaría ser el agente más eficaz en tocar el corazón de Adán. El curso seguido por el tentador es bastante claro. En primer lugar siempre las semillas de la duda al cuestionar las buenas intenciones de Dios y sugerir que Su mandamiento era en realidad una violación de la libertad y los derechos del ser humano. Cuando percibe a partir de la respuesta de Eva que la semilla había echado raíces, añade las semillas de incredulidad y orgullo, negando que la transgresión daría como resultado la muerte, y claramente intimando a que el mandamiento fue impulsado por el propósito egoísta de mantener al ser humano bajo sujeción. Afirma que al comer del árbol el ser humano se volvería como Dios. Las expectativas altas así engendradas indujeron a que Eva mirara el árbol con atención, y cuanto más observaba, mejor le parecía su fruto. Finalmente, el deseo ganó la partida y ella comió del fruto y también se lo dio a su esposo, y él comió.

 LA INTERPRETACIÓN DE LA TENTACIÓN.

Se han hecho frecuentes intentos de explicar el carácter histórico de la caída. Algunos consideran la narrativa completa de Génesis 3 como una alegoría, representando de una forma figurativa la auto depravación y el cambio gradual del ser humano. Barth y Brunner se refieren a la narrativa del estado original y de la caída del ser humano como un mito. La creación y la caída pertenecen, no a la historia sino a la suprahistoria (Urgeschichte), y por consiguiente son igualmente incomprensibles. La historia en Génesis meramente nos enseña que, aunque el ser humano es ahora incapaz de hacer algún bien y está sometido a la ley de la muerte, esto no es necesariamente así. Es posible para el ser humano ser libre del pecado y la muerte por medio de una vida en comunión con Dios. Tal es la vida ilustrada para nosotros en la historia del paraíso, y esta prefigura la vida que se nos concederá en Aquel de quien Adán no fue sino un tipo, a saber, Cristo. Pero no es la clase de vida que experimenta ahora el ser humano ni la que ha vivido desde el comienzo de la historia. El paraíso no es un lugar determinado al cual podemos apuntar sino que es donde Dios es Señor, y el ser humano y las demás criaturas son Sus súbditos dispuestos. El paraíso del pasado yace más allá de los límites de la historia humana. Dice Barth: «Cuando comenzó la historia del ser humano; cuando el tiempo del ser humano tuvo su inicio; cuando el tiempo y la historia comenzaron donde el ser humano tiene la primera y la última palabra, el paraíso ha desaparecido». Brunner habla de modo similar cuando expresa: «Así como con respecto a la creación nos preguntamos en vano “¿Cómo, dónde y cuándo se llevó a cabo?”, así también ocurre con la caída. La creación y la caída, ambas yacen detrás de la realidad histórica visible».2
Otros que no niegan el carácter histórico de la narrativa de Génesis sostienen que la serpiente al menos no debería considerarse como un animal literal sino meramente como un nombre o un símbolo para la codicia, para el deseo sexual, para la razón errónea o para Satanás. Aun otros afirman que, por decir lo menos, el hablar de la serpiente debería entenderse figuradamente. Pero todas estas interpretaciones y otras similares son insostenibles a la luz de la Escritura. Los pasajes anteriores y posteriores a Génesis 3:1–7 evidentemente tienen el propósito de ofrecer una narrativa histórica llana. Que también fueran entendidos de ese modo por los autores bíblicos puede probarse por muchas referencias cruzadas, tales como Job 31:33; Eclesiastés 7:29; Isaías 43:27; Oseas 6:7; Romanos 5:12, 18, 19; 2 Corintios 5:21; 2 Corintios 11:3; 1 Timoteo 2:14, y por consiguiente no tenemos derecho de sostener que estos versículos, que forman una parte integral de la narrativa, deba interpretarse figuradamente. Más aún, la serpiente está ciertamente contada entre los animales en Génesis 3:1 y no tendría sentido sustituir «serpiente» con la palabra «Satanás». El castigo en Génesis 3:14, 15 presupone una serpiente literal, y Pablo no concibe la serpiente de ningún otro modo, 2 Corintios 11:3. Y aunque puede ser posible concebir de la serpiente como diciendo algo en un sentido figurativo por medio de acciones astutas, no parece posible pensar en ella como llevando adelante la conversación registrada en Génesis 3 de aquel modo. La transacción completa, incluyendo el hablar de la serpiente, indudablemente halla su explicación en la operación de algún poder sobrehumano, que no se menciona en Génesis 3. La Escritura claramente da a entender que la serpiente no fue sino un instrumento de Satanás, y que Satanás fue el verdadero tentador, que estaba obrando en y a través de la serpiente, así como en un tiempo posterior obró en hombres y cerdos, Juan 8:44; Romanos 16:20; 2 Corintios 11:3; Apocalipsis 12:9. La serpiente fue un instrumento adecuado para Satanás, porque él es la personificación del pecado y la serpiente simboliza el pecado (a) en su naturaleza astuta y engañosa, y (b) en su picadura venenosa por la cual mata al hombre.

 LA CAÍDA POR TENTACIÓN Y LA SALVABILIDAD DEL SER HUMANO.

Se ha sugerido que el hecho de que la caída del ser humano fue ocasionada por tentación externa, puede ser una de las razones por las que el ser humano es salvable, a diferencia de los ángeles caídos, que no estuvieron sometidos a la tentación externa sino que cayeron por los impulsos de su propia naturaleza interior. No puede decirse nada certero sobre este punto, sin embargo. Pero sea cual fuera la importancia de la tentación en ese aspecto, ciertamente no es suficiente para explicar cómo un ser santo como Adán pudo caer en el pecado. Nos resulta imposible decir cómo la tentación podía encontrar un punto de contacto en una persona santa. Y es aun más difícil explicar el origen del pecado en el mundo angélico.


La explicación evolucionista del origen del pecado

Naturalmente, una teoría consistente de la evolución no puede admitir la doctrina de la caída, y un número de teólogos liberales la han rechazado como algo incompatible con la teoría de la evolución. ES cierto, hay algunos teólogos conservadores, como Denney, Gore y Orr, que aceptan, aunque con reservas, el relato evolucionista del origen del ser humano, y siente que deja lugar para la doctrina de la caída en algún sentido de la palabra. Pero es significativo que todos ellos conciban la historia de la caída como una representación mítica o alegórica de una experiencia ética o de alguna catástrofe moral real al comienzo de la historia que dio como resultado sufrimiento y muerte. Esto significa que no aceptan la narrativa de la caída como un verdadero relato histórico de lo que sucedió en el jardín del Edén. Tennant en su Conferencia de Hulsean titulada El origen y la propagación del pecado [The Origin and Propagation of Sin] ofreció un relato bastante detallado e interesante del origen del pecado desde el punto de vista evolucionista. Él entiende que el ser humano no podría derivar el pecado de sus ancestros animales en vistas de que estos no tenían pecado. Esto significa que los impulsos, las propensiones, los deseos y las cualidades que el ser humano heredó de lo bruto no pueden en sí mismas denominarse pecado. Según sus cálculos estas cosas constituyen solamente el material del pecado, y no se vuelven pecados reales hasta que se despierta la conciencia moral en el ser humano, y son dejadas en control de determinar las acciones del ser humano, en contra de la voz de la conciencia, y de las sanciones éticas. Sostiene que en el curso de su desarrollo el ser humano se volvió gradualmente un ser ético con una voluntad indeterminada, sin explicar cómo dicha voluntad es posible donde prevalece la ley de la evolución, y considera esta voluntad con la única causa del pecado. Define pecado «como una actividad de la voluntad expresada en pensamiento, palabra o acción contraria a la conciencia individual, a su noción de lo que es bueno y justo, su conocimiento de la ley moral y la voluntad de Dios». A medida que la raza humana se desarrolla, los estándares éticos se vuelven más exigentes y la atrocidad del pecado se incrementa. Un entorno pecaminoso se suma a la dificultad de refrenarse de pecar. Esta postura de Tennant no deja lugar para la caída del ser humano en el sentido generalmente aceptado de la palabra. De hecho, Tennant explícitamente repudia la doctrina de la caída, la cual es reconocida en todas las grandes confesiones históricas de la Iglesia. Dice W. H. Johnson: «Los críticos de Tennant coinciden en que su teoría no deja lugar para el clamor del corazón contrito que no solo confiesa actos separados de pecado sino que también declara: “Fui moldeado en iniquidad; hay una ley de muerte en mis miembros”».5


Los resultados del primer pecado

La primera transgresión del ser humano tuvo los siguientes resultados:

a) El concomitante inmediato del primer pecado, y por lo tanto difícilmente un resultado de este en el sentido estricto de la palabra, fue la total depravación de la naturaleza humana. El contagio de su pecado de una vez se esparció a través de todo el ser humano, no dejando ninguna parte de su naturaleza sin ser tocada por aquel y viciando cada poder y facultad del cuerpo y el alma. Esta corrupción total del ser humano se enseña claramente en la Escritura, Génesis 6:5; Salmo 14:3; Romanos 7:18. La depravación total aquí no significa que la naturaleza humana fuera de una vez tan depravada como podría volverse posiblemente. En la voluntad esta depravación se manifestó como incapacidad espiritual.
b) Inmediatamente conectada con lo anterior estuvo la pérdida de comunión con Dios a través del Espíritu Santo. Este es el lado inverso de la corrupción total mencionada en el párrafo anterior. Ambas pueden combinarse en la simple declaración de que el ser humano perdió la imagen de Dios en el sentido de rectitud original. Se separó de la fuente real de vida y bendición, y el resultado fue una condición de muerte espiritual, Efesios 2:1, 5, 12; 4:18.
c) Este cambio en la condición real del ser humano también se reflejó en su conciencia. Hubo, ante todo, una conciencia de contaminación, que se reveló en el sentido de vergüenza, y en el esfuerzo de nuestros primeros padres por cubrir su desnudez. Y en segundo lugar hubo una conciencia de culpa, que halló expresión en una conciencia acusadora y en el temor de Dios que esta inspiró.
d) No solo muerte espiritual sino también muerte física vino como resultado del primer pecado del ser humano. Desde un estado de posse non mori descendió a un estado de non posse non mori. Habiendo pecado, fue condenado a volver al polvo del cual había sido tomado, Génesis 3:19. Pablo nos dice que por un hombre el pecado entró en el mundo y así pasó a todos los seres humanos, Romanos 5:12, y que la paga del pecado es muerte, Romanos 6:23.
e) Este cambio también dio como resultado un cambio necesario de residencia. El ser humano fue expulsado del paraíso porque este representaba el lugar de comunión con Dios, y era un símbolo de la vida plena y la bendición más grande reservada para el ser humano, si él continuaba firme. Fue impedido del árbol de la vida porque este era el símbolo de la vida prometida en el pacto de las obras.

 


El carácter esencial del pecado

El pecado es uno de los fenómenos más tristes y generalizados de la vida humana. Es parte de la experiencia común de la humanidad y por consiguiente llama en sí mismo la atención de todos aquellos que no cierran sus ojos deliberadamente ante las realidades de la vida humana. Tal vez algunos sueñen por un tiempo en la bondad esencial del hombre y hablen con indulgencia de aquellas palabras y acciones separadas que no se ajustan a los estándares éticos de la buena sociedad como meras manías y debilidades, por las cuales el ser humano no es responsable, y que ceden fácilmente ante medidas correctivas; pero transcurre el tiempo y todas las medidas de reforma exterior fallan, y la supresión de un mal sirve meramente para soltar otro, y entonces tales personas están inevitablemente desilusionadas. Se vuelven conscientes del hecho de que hay estado meramente batallando con los síntomas de alguna enfermedad profundamente arraigada y que son confrontados no solo con el problema de los pecados, esto es, de acciones pecaminosas aisladas, sino con el mucho más grande y profundo problema del pecado, de un mal que es inherente a la naturaleza humana. Esto es exactamente lo que comenzamos a evidenciar en el momento actual. Muchos modernistas en el presente no vacilan en decir que la doctrina de Rousseau sobre la bondad inherente del ser humano ha probado ser una de las enseñanzas más perniciosas del Iluminismo, y ahora claman por una medida mayor de realismo en el reconocimiento del pecado. Así, Walter Horton, que aboga por una teología realística y considera que esto requiere la aceptación de algunos principios marxistas, sostiene lo siguiente: «Creo que el cristianismo ortodoxo representa una profunda perspectiva hacia el predicamento humano en conjunto. Creo que la dificultad humana básica es la de la perversión de la voluntad, la traición de la confianza divina, lo cual se denomina pecado; y creo que el pecado es en un sentido una enfermedad racial, transmisible de generación a generación. Al afirmar estas cosas los Padres cristianos y los reformadores protestantes hablaron como realistas, y pudieron haber reunido masas de evidencia empírica para respaldar sus posturas». En vistas del hecho de que el pecado es real y que ningún ser humano puede alejarse de este en la vida presente, no es de sorprendernos que los filósofos así como los teólogos decidieran lidiar con el problema del pecado, aunque en la filosofía se lo conoce como el problema del mal en lugar del problema del pecado. Consideraremos brevemente algunas de las teorías filosóficas más importantes sobre el mal antes de afirmar la doctrina escritural del pecado.


Teorías filosóficas con respecto a la naturaleza del mal

LA TEORÍA DUALISTA.

Esta es una de las posturas que estaban en boga en la filosofía griega. En la forma de gnosticismo encontró su entrada en la iglesia primitiva. Supone la existencia de un principio eterno de maldad y sostiene que en el ser humano el espíritu representa el principio del bien, y el cuerpo, del mal. Es objetable por varios motivos: (a) La postura es insostenible a nivel filosófico, de que haya algo fuera de Dios que sea eterno e independiente de Su voluntad. (b) Esta teoría sustrae al pecado su carácter ético al convertirlo en algo puramente físico e independiente de la voluntad humana, y por ende destruye la idea del pecado. (c) También quita la responsabilidad el ser humano al representar al pecado como una necesidad física. El único escape del pecado reside en la liberación del cuerpo.

LA TEORÍA DE QUE EL PECADO ES MERAMENTE PRIVACIÓN.

Según Leibnitz el mundo actual es el mejor mundo posible. La existencia del pecado debe ser considerada como inevitable. No puede referirse a la acción de Dios y por tanto debe considerarse como una simple negación o privación para la cual no se necesita ninguna causa eficiente. Las limitaciones de las criaturas lo hacen inevitable. Esta teoría hace del pecado un mal necesario en vistas de que las criaturas están necesariamente imitadas y el pecado es una consecuencia inevitable de esta limitación. Su intento de evitar hacer de Dios el autor del pecado no es exitoso, porque incluso si el pecado es una mera negación que no requiere una causa eficiente, Dios no obstante es el autor de la limitación de la cual esta resulta. Más aún, tiende a eliminar la distinción entre mal moral y físico debido a que representa al pecado poco más que un infortunio que le ha sucedido al ser humano. En consecuencia, tiene una tendencia a embotar en el ser humano el sentido del mal o de polución del pecado, destruir el sentido de culpa y anular la responsabilidad moral del ser humano.

 LA TEORÍA DE QUE EL PECADO ES UNA ILUSIÓN.

Para Spinoza, así como para Leibnitz, el pecado es sencillamente un defecto, una limitación de la cual el ser humano es consciente; pero mientras Leibnitz se refiere a la noción del mal, surgiendo de esta limitación, como necesario, Spinoza sostiene que la resultante conciencia del pecado se debe sencillamente a lo inadecuado del conocimiento del ser humano, que se queda corto en ver todo sub specie aeternitatis, esto es, en unidad con la esencia eterna e infinita de Dios. Si el conocimiento del ser humano fuera adecuado, de modo que viera todo en Dios, no tendría concepción del pecado; simplemente sería no existente para él. Pero esta teoría, representando al pecado como algo puramente negativo, no tiene en cuenta sus terribles resultados positivos, de los cuales la experiencia universal del ser humano testifica en la manera más convincente. Llevada a cabo consistentemente, anula todas las distinciones éticas y reduce conceptos tales como «carácter moral» y «conducta moral» a frases sin sentido. En efecto, reduce la vida completa del ser humano a una ilusión: su conocimiento, su experiencia, el testimonio de la conciencia y así, porque todo su conocimiento es inadecuado. Más aún, va contra la experiencia de la humanidad, de que los intelectos más grandes suelen ser los pecadores más grandes, siendo Satanás el mayor de todos.

 LA TEORÍA DE QUE EL PECADO ES UN DESEO DE TENER CONSCIENCIA DE DIOS, DEBIDO A LA NATURALEZA SENSUAL DEL SER HUMANO.

Esta es la postura de Schleiermacher. Según él, la conciencia de pecado en el ser humano es dependiente de su conciencia de Dios. Cuando se despierta el sentido de Dios en el ser humano, es de una vez consciente de la oposición de su naturaleza interior a ello. Esta oposición procede de la constitución misma de su ser, de su naturaleza sensual, de la conexión del alma con un organismo físico. Es por lo tanto una imperfección inherente, pero una que el hombre siente como pecado y culpa. Aun así esto no hace de Dios el autor del pecado debido a que el ser humano concibe erróneamente esta imperfección como pecado. El pecado no tiene existencia objetiva sino que solamente existe en la conciencia del ser humano. Pero esta teoría hace del ser humano constitutivamente malo. El mal estuvo presente en el ser humano incluso en su estado original, cuando la conciencia de Dios no era lo suficientemente fuerte como para controlar la naturaleza sensual del ser humano. Está en flagrante oposición a la Escritura, cuando esta sostiene que el ser humano erróneamente declara que este mal es pecado y así hace del pecado y la culpa puramente subjetivos. Y pese a que Schleiermacher desea evitar esta conclusión, esto hace de Dios el autor responsable del pecado, porque Él es el Creador de la naturaleza sensual del ser humano. También yace sobre una inducción incompleta de hechos, debido a que falla en tomar cuenta del hecho de que muchos de los pecados abominables del ser humano no pertenecen a su naturaleza física sino espiritual, tales como la avaricia, la envidia, el orgullo, la malicia y otros. Más aún, lleva a las conclusiones más absurdas como por ejemplo que el ascetismo, al debilitar la naturaleza sensual, necesariamente debilita el poder del pecado; que el ser humano se vuelve menos pecador a medida que sus sentidos fallan con la edad; que la muerte es la única redentora; y que los espíritus incorpóreos, incluyendo al diablo mismo, no tienen pecado.

LA TEORÍA DE QUE EL PECADO ES UN DESEO DE CONFIAR EN DIOS Y OPOSICIÓN A SU REINO DEBIDO A LA IGNORANCIA.

Como Schleiermacher, Ritschl también enfatiza el hecho de que el pecado solo se entiende desde el punto de vista de la conciencia cristiana. Quienes están afuera de los límites de la religión cristiana, y quinees aún son foráneos a la experiencia de la redención, no tienen conocimiento de ello. Bajo la influencia de la obra redentora de Dios el ser humano se vuelve consciente de su falta de confianza en Dios y de su oposición al reino de Dios, el cual es el bien más elevado. El pecado no está determinado por la actitud del ser humano hacia la ley de Dios sino por su relación con el propósito de Dios, de establecer el reino. El ser humano se imputa a sí mismo su fracaso en cuanto a apropiarse del propósito de Dios como culpa, pero Dios se refiere a esto como mera ignorancia, y porque es ignorancia, es perdonable. Esta postura de Ritschl nos recuerda por la vía del contraste con el dicho griego sobre que el conocimiento es virtud. Falla completamente en hacer justicia a la postura escritural de que el pecado es por encima de todo una transgresión de la ley de Dios y por consiguiente hace del ser humano culpable a la vista de Dios y merecedor de condenación. Más aún, la idea de que el pecado es ignorancia va en contra de la voz de la experiencia cristiana. El ser humano que está cargado con el sentido de pecado ciertamente no se siente de esa forma sobre ello. Está agradecido, también, de que no solo los pecados que cometió en ignorancia sean perdonables sino también todos los demás, con la sola excepción de la blasfemia contra el Espíritu Santo.

 LA TEORÍA DE QUE EL PECADO ES EGOÍSMO.

Esta postura es asumida entre otros por Mueller y A. H. Strong. Algunos que asumen esta postura conciben el egoísmo meramente como el opuesto del altruismo o la benevolencia; otros lo entienden como la elección del yo en lugar de Dios como objeto supremo del amor. Ahora bien, esta teoría, en especial cuando concibe el egoísmo como ponerse uno mismo en lugar de Dios, es por lejos la mejor de las teorías mencionadas. Aun así difícilmente pueda rotularse como satisfactoria. Aunque todo egoísmo es pecado, y hay un elemento de egoísmo en todo pecado, no puede decirse que el egoísmo sea la esencia del pecado. El pecado puede ser adecuadamente definido solo en referencia a la ley de Dios, una referencia que está completamente ausente en la definición bajo consideración. Más aún, hay una buena medida de pecado en donde el egoísmo no es el principio gobernante en absoluto. Cuando un padre golpeado por la pobreza ve a su esposa y sus hijos consumirse por falta de comida, y en su desesperante anhelo por ayudarlos recurre finalmente al robo, difícilmente pueda denominarse como puro egoísmo. Incluso puede que el pensamiento del yo esté ausente por completo. Enemistad con Dios, dureza de corazón, impenitencia e incredulidad, son todos pecados atroces, pero simplemente no pueden calificarse como egoísmo. Y ciertamente la postura de que toda virtud es desinterés o benevolencia, lo cual pareciera ser un corolario necesario de la teoría bajo consideración, al menos en una de sus formas, no se sostiene. Un acto no deja de ser virtuoso cuando su realización encuentra y satisface alguna demanda de nuestra naturaleza. Más aún, la justicia, la fidelidad, la humildad, el dominio propio, la paciencia y otras virtudes tal vez se cultiven o practiquen, no como formas de benevolencia sino como virtudes inherentemente excelentes, no peramente como promotoras de la felicidad de los demás sino por lo que son en sí mismas.

 LA TEORÍA DE QUE EL PECADO CONSISTE EN LA OPOSICIÓN A LAS PROPENSIONES BAJAS DE LA NATURALEZA HUMANA HACIA UN DESARROLLO GRADUAL DE LA CONCIENCIA MORAL.

Esta postura fue desarrollada, como señalamos anteriormente, por Tennant en sus Conferencias de Hulsean. Es la doctrina del pecado construida según la teoría de la evolución. Los impulsos naturales y las cualidades heredadas, derivadas de lo bruto, forman el material del pecado, pero no se vuelven realmente pecado hasta que son consentidos en contra del despertar gradual del sentido moral de la humanidad. Las teorías de McDowall y Fiske se mueven en líneas similares. La teoría, como es presentada por Tennant, se sitúa de algún modo entre la postura escritural del ser humano y la que es presentada por la teoría de la evolución, inclinándose para un lado u otro. Supone que el ser humano tenía un libre albedrío incluso antes de despertar a su conciencia moral, de modo que fue capaz de escoger cuando fue situado ante un ideal moral; pero no explica cómo podemos concebir una voluntad libre e indeterminada en un proceso de evolución. Limita el pecado a aquellas transgresiones de la ley moral, que son cometidas con una conciencia clara de un ideal moral y son por lo tanto condenadas por la conciencia como mal. Ciertamente, se trata de la mera postura antigua pelagiana del pecado injertada en la teoría de la evolución, y está por ello abierta a todas las objeciones con las que carga el pelagianismo. El defecto radical en todas estas teorías es que procuran definir el pecado sin tomar en consideración que el pecado es esencialmente una separación de Dios, una oposición a Dios y una transgresión de la ley de Dios. El pecado siempre debería definirse en términos de la relación del ser humano con Dios y con Su voluntad tal como está expresada en la ley moral.


El concepto Escritural del pecado

Al ofrecer el concepto escritural del pecado es necesario llamar la atención a diversos detalles.

EL PECADO ES UNA CLASE DE MALDAD ESPECÍFICA.

En la actualidad oímos mucho sobre el mal y comparativamente poco del pecado; y esto es bastante engañoso. No todo mal es pecado. El pecado no debería confundirse con el mal físico, con aquel que es injurioso o calamitoso. ES posible hablar no solo del pecado sino también de la enfermedad como un mal, pero entonces la palabra «mal» se usa en dos sentidos totalmente distintos. Por encima de lo físico ya ce la esfera ética, en la cual el contraste entre el bien y el mal moral se aplica, y es solo en esta espera que podemos hablar de pecado. E incluso en esta esfera no es deseable sustituir la palabra «mal» por «pecado» sin ninguna calificación adicional, porque esto último es más específico que lo anterior. El pecado es un mal moral. La mayoría de los nombres que se usan en la Escritura para designar el pecado apuntan a su carácter moral. Chatta’th dirige la atención a este como una acción que falla en dar al blanco y consiste en una desviación de la forma correcta. ’Avel y ’avon indican que es una falta de integridad y rectitud, un apartarse del sendero señalado. Pesha’ se refiere a esto como una revuelta o un rechazo de sujeción a una autoridad legítima, una transgresión positiva de la ley y un quebrantamiento del pacto. Y resha’ apunta a esto como un apartarse de la ley perverso y culpable. Además, está designado como culpa por ’asham, como infidelidad y traición, por ma’al, como vanidad, por ’aven, y como perversión o distorsión de la naturaleza (tortuosidad) por ’avah. Las palabras neotestamentarias correspondientes, tales como hamartia, adikia, parabasis, paraptoma, anomia, paranomia, y otras, apuntan a las mismas ideas. En vistas del uso de estas palabras y de la forma en que la Biblia usualmente habla del pecado, no puede haber duda sobre su carácter ético. No es una calamidad que vino por sorpresa sobre el ser humano, envenenando su vida y arruinando su felicidad, sino un curso de maldad que el ser humano ha escogido seguir deliberadamente y que conlleva miseria inefable con él. Fundamentalmente no es algo pasivo, como una debilidad, una falta o una imperfección, por las cuales no podemos ser considerados responsables, sino una oposición activa para con Dios, y una transgresión positiva de Su ley, lo cual constituye culpa. El pecado es el resultado de una elección libre pero mala del ser humano. Esta es la enseñanza llana de la Palabra de Dios, Génesis 3:1–6; Isaías 48:8; Romanos 1:18–32; 1 Juan 3:4. La aplicación de la filosofía de la evolución al estudio del Antiguo Testamento llevó a algunos eruditos a la convicción de que la idea ética del pecado no fue desarrollada hasta la época de los profetas, pero esta postura no está confirmada por el modo en que los primeros libros de la Biblia hablan del pecado.

 EL PECADO TIENE UN CARÁCTER ABSOLUTO.

En la esfera ética el contraste entre el bien y el mal es absoluto. No hay condición neutral entre los dos. Aunque indudablemente existen grados en ambos, no hay gradaciones entre el bien y el mal. La transición de uno al otro no es de carácter cuantitativo sino cualitativo. Un ser moral que es bueno no se vuelve malo simplemente disminuyendo su bondad sino solo por medio de un radical cambio cualitativo, volviéndose al pecado. El pecado no es un grado menor de bondad sino un mal positivo. Esto se enseña directamente en la Biblia. Quien no ama a Dios es caracterizado, por tanto, como malo. La Escritura no conoce una posición de neutralidad. Insta a los malvados a volverse a la justicia y en ocasiones habla de los justos como cayendo en la maldad; pero no contiene una sola indicación de que uno u otro aterrice alguna vez en una postura neutral. El ser humano está en el lado correcto o el incorrecto, Mateo 10:32, 33; 12:30; Lucas 11:23; Santiago 2:10.

EL PECADO SIEMPRE TIENE RELACIÓN CON DIOS Y SU VOLUNTAD.

Los antiguos dogmáticos comprendieron que era imposible tener un concepto correcto del pecado sin contemplarlo en relación con Dios y Su voluntad, y por consiguiente enfatizaron este aspecto y por lo general hablaron del pecado como «falta de conformidad para con la ley de Dios». Indudablemente esta es una correcta definición formal del pecado. Pero surgen las preguntas: ¿Cuál es el contenido material de la ley? ¿Qué exige? Si se responden estas preguntas, será posible determinar qué es el pecado en un sentido material. Ahora bien, no hay dudas de que la gran exigencia central de la ley es el amor a Dios. Y si desde el punto de vista material la bondad moral consiste en amar a Dios, entonces el mal moral debe consistir en lo opuesto. Es separación de Dios, oposición a Dios, odio a Dios y esto se manifiesta en sí como una transgresión constante de la ley de Dios en pensamiento, palabra y acción. Los siguientes pasajes muestran claramente que la Escritura contempla el pecado en relación con Dios y Su ley, sea que esté escrita en las tablas del corazón o como fue dada a Moisés, Romanos 1:32; 2:12–14; 4:15; Santiago 2:9; 1 Juan 3:4.

EL PECADO INCLUYE TANTO CULPA COMO POLUCIÓN.

La culpa es el estado de merecer condenación o de ser susceptible a recibir castigo por la violación de la ley o de un requerimiento moral. Expresa la relación que el pecado tiene con la justicia o con la penalidad de la ley. Pero incluso así la palabra tiene un sentido doble. Puede denotar una cualidad inherente del pecador, a saber, su demérito, separación o culpabilidad, lo cual lo vuelve digno de castigo. Dabney habla de esto como «culpa potencial». Es inseparable del pecado, nunca se halla en uno que no sea personalmente pecador y es permanente, de modo que una vez establecido, no puede ser eliminado por el perdón. Pero también puede denotar la obligación de satisfacer la justicia, de pagar la penalidad del pecado, «la culpa real», como la denomina Dabney. No es inherente del ser humano sino que es la promulgación penal del legislador, quien fija la penalidad de la culpa. Puede ser removido por la satisfacción de las justas demandas de la ley, sea de forma personal o vicaria. Aunque muchos niegan que el pecado incluya la culpa, esto no concuerda con el hecho de que el pecado fue amenazado y es ciertamente visitado con el castigo, y claramente contradice las declaraciones llanas de la Escritura, Mateo 6:12; Romanos 3:19; 5:18; Efesios 2:3. Por contaminación o polución entendemos la corrupción inherente a la cual todo pecador está sujeto. Es una realidad en la vida de cada individuo. No es concebible sin la culpa, pese a que la culpa incluida en una relación penal es concebible sin contaminación inmediata. Aun así siempre es seguida por la contaminación. Cada persona que es culpable en Adán es, como resultado, también nacido con una naturaleza corrompida. La contaminación del pecado se enseña claramente en pasajes tales como Job 14:4; Jeremías 17:9; Mateo 7:15–20; Romanos 8:5–8; Efesios 4:17–19.

EL PECADO TIENE SU ASIDERO EN EL CORAZÓN.

El pecado no reside en ninguna facultad del alma sino en el corazón, el cual en la psicología escritural es el órgano central del alma, de la cual son los problemas de la vida. Y desde este centro su influencia y sus operaciones se esparcen al intelecto, la voluntad, los afectos, en resumen, al ser humano por completo, incluyendo su cuerpo. En su estado pecaminoso el ser humano en conjunto es objeto del desagrado de Dios. Hay un sentido en el cual puede decirse que el pecado se originó en la voluntad del ser humano, pero entonces la voluntad no designa alguna volición concreta tanto como lo hace la naturaleza volitiva del ser humano. Había una tendencia del corazón subyacente a la volición concreta cuando el pecado ingresó al mundo. Esta postura está en perfecta armonía con las representaciones de la Escritura en pasajes tales como estos: Proverbios 4:23; Jeremías 17:9; Mateo 15:19, 20; Lucas 6:45; Hebreos 3:12.

EL PECADO NO CONSISTE EXCLUSIVAMENTE EN ACTOS ABIERTOS.

El pecado no consiste solamente en actos abiertos son también en una condición pecaminosa del alma. Estos tres están relacionados entre sí del siguiente modo: El estado pecaminoso es la base de los hábitos pecaminosos y estos se manifiestan en acciones pecaminosas. También hay verdad, no obstante, en la contención de que las reiteradas acciones pecaminosas llevan al establecimiento de hábitos pecaminosos. Las acciones y disposiciones pecaminosas del ser humano deben ser referidas a y hallar su explicación en una naturaleza corrompida. Los pasajes referidos en el párrafo anterior sustentan esta postura, porque prueban claramente que el estado o la condición del ser humano es completamente pecaminosa. Y si aún se planteara la cuestión sobre si los pensamientos y lo afectos del hombre natural, llamados «carne» en la Escritura, debieran considerarse como constituyentes de pecado, podría responderse señalando a pasajes tales como estos: Mateo 5:22, 28; Romanos 7:7; Gálatas 5:17, 24, y otros. En conclusión, podría decirse que el pecado puede definirse como falta de conformidad con la ley moral de Dios, sea en acción, disposición o estado.


La postura pelagiana del pecado

La postura pelagiana del pecado es bastante distinta de las presentadas anteriormente. El único punto de similitud yace en que los pelagianos también consideran el pecado en relación con la ley de Dios y se refieren a este como una transgresión de la ley. Pero en los demás detalles su concepción difiere ampliamente de la postura escritural y agustiniana.

DECLARACIÓN DE LA POSTURA PELAGIANA.

Pelagio toma su punto de partida en la capacidad natural del ser humano. Su proposición fundamental es: Dios ha ordenado al ser humano hacer lo que es bueno; por ende este debe tener la capacidad de hacerlo. Esto significa que el ser humano tiene un libre albedrío en el sentido absoluto de la palabra, de modo que es posible para él decidir por o en contra de lo que es bueno, y también hacer tanto el bien como el mal. La decisión no depende de ningún carácter moral en el ser humano, porque la voluntad es totalmente indeterminada. Que una persona haga el bien o el mal depende sencillamente de su voluntad libre e independiente. De esto se desprende, desde luego, que no hay tal cosa como un desarrollo moral del individuo. El bien y el mal están ubicados en las acciones separadas del ser humano. A partir de esta postura fundamental se desprende naturalmente la enseñanza doctrinal de Pelagio con respecto al pecado. El pecado solo consiste en las acciones de la voluntad separadas. No hay tal cosa como una naturaleza pecaminosa, ni tampoco hay disposiciones pecaminosas. El pecado siempre es una elección deliberada del mal por medio de una voluntad que es perfectamente libre y así bien puede escoger y seguir lo bueno. Pero si esto es así, entonces se desprende inevitablemente la conclusión de que Adán no fue creado en un estado de santidad positiva sino en un estado de equilibrio moral. Su condición era una de neutralidad moral. No era ni bueno ni malo, y por lo tanto no tenía carácter moral; pero escogió seguir el mal y así se volvió pecaminoso. En la medida en que el pecado consiste solo en acciones de la voluntad separadas, la idea de su propagación por medio de la procreación es absurda. Una naturaleza pecaminosa, si tal cosa existiera, podría pasarse de padre a hijo, pero las acciones no pueden propagarse. Esto es en la naturaleza del caso una imposibilidad. Adán fue el primer pecador, pero su pecado no fue en ningún sentido transmitido a sus descendientes. No hay tal cosa como el pecado original. Los hijos nacen en un estado de neutralidad, comenzando exactamente donde empezó Adán, excepto de que están incapacitados por los malos ejemplos que ven alrededor de ellos. El curso futuro de su vida debe determinarse por medio de su propia libre elección. La universidad del pecado se reconoce, porque toda la experiencia testifica de ello. Es debido a la imitación y al hábito de pecar que se forma gradualmente. Estrictamente hablando, no hay, desde el punto de vista pelagiano, pecadores, sino solo acciones pecaminosas separadas. Esto hace totalmente imposible una concepción religiosa de la historia de la raza.

OBJECIONES A LA POSTURA PELAGIANA.

Hay varias objeciones de peso a la postura pelagiana del pecado, de las cuales estas son las más importantes:

a) La postura fundamental de que el ser humano es considerado responsable por Dios solo por lo que es capaz de hacer es absolutamente contraria al testimonio de la conciencia y de la Palabra de Dios. Es un hecho innegable que en cuanto un hombre crece en pecado su capacidad para hacer el bien decrece. En una medida cada vez mayor se vuelve esclavo del pecado. Según la teoría bajo consideración esto también implicaría un aminoramiento en cuanto a su responsabilidad. Pero eso es equivalente a decir que el pecado en sí redime gradualmente a sus víctimas al aliviarlos de su responsabilidad. Cuanto más pecaminoso es un ser humano, menos responsable es. Contra esta postura la conciencia registra una protesta sonora. Pablo no dice que los pecadores endurecidos, los cuales describe en Romanos 1:18–32, estuvieran virtualmente sin responsabilidad, sino que se refiere a ellos como dignos de muerte. Jesús dijo de los malvados judíos que se gloriaban en su libertad pero manifestaban su extrema perversidad procurando matarlo, que eran esclavos del pecado, no entendían lo que Él decía porque no podían escuchar Su palabra, y morirían en sus pecados, Juan 8:21, 22, 34, 43. Aunque esclavos del pecado, aún eran responsables.
b) Negar que el ser humano tiene por naturaleza un carácter moral es simplemente reducirlo al nivel del animal. Según esta postura todo en la vida del ser humano que no sea una elección consciente de la voluntad está privado de toda cualidad moral. Pero la conciencia de los seres humanos testifica en general del hecho de que el contraste entre el bien y el mal también se aplica a las tendencias, los deseos, los estados de ánimo y los afectos del ser humano, y que estos también tienen un carácter moral. En el pelagianismo el pecado y la virtud se reducen a apéndices superficiales del ser humano, en ningún modo conectados con su vida interior. Que la consideración de la Escritura sea bastante distinta aparece en los siguientes pasajes: Jeremías 17:9; Salmo 51:6, 10; Mateo 15:19; Santiago 4:1, 2.
c) Una decisión de la voluntad que no sea de ninguna manera determinada por el carácter del ser humano no solo es impensable a nivel psicológico sino también éticamente despreciable. Si ocurre que una buena acción del ser humano sencillamente cae fuera, como ocurre, y no se da ninguna razón sobre el por qué no resultó ser lo opuesto, en otras palabras, si la acción no es la expresión del carácter del ser humano, carece de todo valor moral. Es solamente como un exponente del carácter que una acción tenga el valor moral que se le adscribe.
d) La teoría pelagiana no puede dar cuenta satisfactoria de la universalidad del pecado. El mal ejemplo de los padres y los abuelos no ofrece una explicación genuina. La mera posibilidad abstracta del pecado del ser humano, incluso cuando está reforzada por el mal ejemplo, no explica cómo llegó a transmitirse a todos los seres humanos que en verdad pecaron. ¿Cómo puede explicarse que la voluntad invariablemente giró en la dirección del pecado y nunca en la dirección opuesta? Es mucho más natural pensar en una disposición general al pecado.

La postura católica romana del pecado

Aunque los Cánones y Decretos del Concilio de Trento son de algún modo ambiguos en la doctrina del pecado, la postura predominante sobre el pecado en el catolicismo romano puede expresarse del siguiente modo: El pecado real consiste en un acto consciente de la voluntad. Es cierto que las disposiciones y los hábitos que no están de acuerdo con la voluntad de Dios son de carácter pecaminoso; no obstante no pueden denominarse pecados en el sentido estricto de la palabra. La concupiscencia residente, que yace detrás del pecado, ganó ventaja en el ser humano en el paraíso y así precipitó la caída del donum superadditum de rectitud original, no puede considerarse como pecado son solo como el fomes o combustible del pecado. La pecaminosidad de los descendientes de Adán es solo principalmente de una condición negativa, consistiendo en la ausencia de algo que debe estar presente, esto es, de rectitud original, que no es esencial a la naturaleza humana. Algo esencial falta solo si, como algunos sostienen, la justitia naturalis también fue perdida.
Las objeciones a esta postura son perfectamente evidentes a partir de lo que se dijo en conexión con la teoría pelagiana. Un recordatorio crudo de ello pareciera ser bastante suficiente. En la medida en que sostenga que el pecado real consiste solo en una elección deliberada de la voluntad y en acciones abiertas, las objeciones planteadas contra el pelagianismo son pertinentes. La idea de que la rectitud original fue añadida sobrenaturalmente a la constitución natural del ser humano y que su pérdida no sustrajo de la naturaleza humana, es una idea no escritural, como se indicó en nuestra discusión sobre la imagen de Dios en el ser humano. Según la Biblia, la concupiscencia es pecado, pecado real, y la raíz de muchas acciones pecaminosas. Esto fue planteado cuando se consideró la postura bíblica sobre el pecado.

  La transmisión del pecado

Tanto la Escritura como la experiencia nos enseñan que el pecado es universal, y según la Biblia la explicación para esta universalidad reside en la caída de Adán. Estos dos puntos, la universalidad del pecado y la conexión del pecado de Adán con el de la humanidad en general, requieren nuestra consideración. Aunque ha habido bastante acuerdo general en cuanto a la universalidad del pecado, ha habido diferentes representaciones de la conexión entre el pecado de Adán y el de sus descendientes.


  Repaso histórico

ANTES DE LA REFORMA.

Los escritos de los apologetas no contienen nada definitivo con respecto al pecado original, aunque los de Ireneo y Tertuliano enseñan claramente que nuestra condición pecaminosa es resultado de la caída de Adán. Pero la doctrina de la imputación directa del pecado de Adán a sus descendientes es foránea incluso para ellos. Tertuliano tenía una concepción realista de la humanidad. La raza humana en conjunto estaba presente potencial y numéricamente en Adán, y por tanto pecó cuando él pecó y se corrompió cuando él se volvió corrompido. La naturaleza humana como un todo pecó en Adán y por consiguiente toda individualización de esa naturaleza también es pecaminosa. Orígenes, que estaba influenciado profundamente por la filosofía griega, tenía una postura diferente de la cuestión, y apenas reconocía alguna conexión entre el pecado de Adán y el de sus descendientes. Encontró la explicación de la pecaminosidad de la raza humana principalmente en el pecado personal de cada alma en un estado pre-temporal, aunque también menciona cierto misterio de generación. Agustín compartía la concepción realista de Tertuliano. Aunque él también habló de «imputación», aún no tenía en mente la imputación directa o inmediata de la culpa de Adán para su posteridad. Su doctrina del pecado original no es totalmente clara. Esto puede deberse al factor de que vacilaba escoger entre el traducianismo y el creacionismo. Aunque enfatiza el hecho de que todos los seres humanos estaban seminalmente presentes en Adán y ciertamente pecaron en él, también se aproxima bastante a la idea de que pecaron en Adán como su representante. Sin embargo, su énfasis principal estaba en la transmisión de la corrupción del pecado. El pecado es transmitido mediante propagación y esta propagación del pecado de Adán es al mismo tiempo un castigo por su pecado. Wiggers expresa la idea muy brevemente en estas palabras: «La corrupción de la naturaleza humana, en la raza entera, fue el castigo justo de la transgresión del primer hombre, en quien todos los hombres ya existían». El gran oponente de Agustín, Pelagio, negaba tal conexión entre el pecado de Adán y los de su posteridad. Como él lo consideraba, la propagación del pecado mediante generación implicaba la teoría traducianista del origen del alma, la cual consideraba como un error herético; y la imputación del pecado de Adán a cualquier otro que no fuera él mismo estaría en conflicto con la rectitud divina.
La postura pelagiana fue rechazada por la Iglesia, y los escolásticos en general pensaron de acuerdo a los lineamientos indicados por Agustín, poniendo el énfasis en la transmisión de la polución del pecado de Adán en lugar de la de su culpa. Hugo de San Víctor y Pedro Lombardo sostenían que la concupiscencia real mancha el semen en el acto de la procreación y que esta mancha en cierto modo profana el alma en su unión con el cuerpo. Alejandro de Hales y Buenaventura enfatizaron la concepción realista de la conexión entre Adán y su posteridad. La raza humana en conjunto estaba seminalmente presente en Adán y por lo tanto también pecó en él. Su desobediencia fue la desobediencia de la raza humana por entero. Al mismo tiempo la generación era considerada como el sine qua non de la transmisión de la naturaleza pecaminosa. En Buenaventura y otros después de él la distinción entre la culpa original y la polución original fue expresada con mayor claridad. La idea fundamental era que la culpa del pecado de Adán se imputa a todos sus descendientes. Adán sufrió la pérdida de su rectitud original y por tanto incurrió en el desagrado divino. Como resultado todos sus descendientes están privados de rectitud original y como tales son objeto de la ira divina. Más aún, la polución del pecado de Adán es en cierto sentido transmitida a su posteridad, pero la manera de esta transmisión era una cuestión de disputa entre los escolásticos. En vistas de que no eran traducianistas, y por tanto no podían decir que el alma, que después de todo es el asiento real del mal, era transmitida de padres a hijos mediante generación, sentían que debía decirse algo más para explicar la transmisión del mal inherente. Algunos decían que se transmitía a través del cuerpo, que en su momento contamina el alma tan pronto se pone en contacto con esta. Otros, sintiendo el peligro de esta explicación, la buscaron en el mero hecho de que ahora cada ser humano es nacido en el estado en que Adán estaba antes de que fuera revestido con rectitud original, y así sujetos a la lucha entre la carne sin controlar y el espíritu. En Tomás de Aquino la tensión realista apareció nuevamente con bastante fuerza, aunque de manera modificada. Señalaba que la raza humana constituye un organismo y que, así como el acto de un miembro del cuerpo —digamos, la mano— es considerada como el acto de la persona, así el pecado de un miembro del organismo de la humanidad es imputado al organismo en su conjunto.

DESPUÉS DE LA REFORMA.

Aunque los reformadores no coincidían con los escolásticos en cuanto a la naturaleza del pecado original, su postura en cuanto a su transmisión no contenía ningún elemento nuevo. Las ideas de Adán como representante de la raza humana y de la imputación «inmediata» de su culpa a sus descendientes no están aún claramente expresadas en sus obras. Según Lutero, se nos considera culpables por Dios debido al pecado residente heredado de Adán. En cierto sentido Calvino habla en un tono similar. Sostiene que en vistas de que Adán no solo fue el progenitor sino también la raíz de la raza humana, todos sus descendientes son nacidos con una naturaleza corrompida; y que tanto la culpa del pecado de Adán como la propia corrupción innata de ellos les son imputadas como pecado. El desarrollo de la teología federal puso en relieve la idea de Adán como representante de la raza humana y condujo a una distinción más clara entre la transmisión de la culpa y de la polución del pecado de Adán. Sin negar que nuestra corrupción natal también constituye culpa ante los ojos de Dios, la teología federal enfatizó el hecho de que hay una imputación «inmediata» de la culpa de Adán a quienes él representaba como la cabeza del pacto.
Tanto los socinianos como los arminianos rechazaron la idea de la imputación del pecado de Adán a sus descendientes. Placeus, de la escuela de Saumur, defendía la idea de imputación «mediata». Negando toda imputación inmediata, sostenía que debido a que heredamos una naturaleza pecaminosa de parte de Adán, merecemos ser tratados como si hubiéramos cometido la ofensa origina. Esto fue algo nuevo en la teología reformada y Rivet no tuvo dificultades en probar esto mediante la recolección de una larga línea de testimonios. Se produjo un debate en el cual la imputación «inmediata» y «mediata» fueron representadas como doctrinas mutuamente excluyentes; y en el cual se hizo parecer como si la cuestión real fuera si la culpa del ser humano a los ojos de Dios era únicamente a cuenta del pecado de Adán, imputada a él, o únicamente a cuenta de su propio pecado inherente. Lo primero no era la doctrina de las iglesias reformadas, y lo segundo no se enseñaba en ellas antes de la época de Placeus. Las enseñanzas de este último hallaron su camino dentro de la teología de Nueva Inglaterra y se volvieron especialmente características de la teología de la Nueva Escuela (New Haven). En la moderna teología liberal la doctrina de la transmisión del pecado de Adán a su posteridad está totalmente desacreditada. Prefiere buscar la explicación del mal que hay en el mundo en una herencia animal, que no es en sí misma pecaminosa. Por extraño que parezca, incluso Barth y Brunner, aunque opuestos violentamente a la teología liberal, no se refieren a la pecaminosidad universal de la raza humana como resultado del pecado de Adán. Históricamente, este último ocupa un lugar singular meramente como el primer pecador.


La universalidad del pecado

Pocos estarán inclinados a negar la presencia del mal en el corazón humano, más allá del grado en que puedan diferir sobre la naturaleza de este mal y en cuanto a la forma en la que se originó. Incluso los pelagianos y los socinianos están prontos a reconocer que el pecado es universal. Es un hecho que fuerza en sí la atención de todos.

LA HISTORIA DE LAS RELIGIONES Y DE LA FILOSOFÍA TESTIFICAN DE ELLO.

La historia de las religiones testifica de la universalidad del pecado. La pregunta de Job: «¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios?» (Job 25:4), es una pregunta que fue realizada no meramente en la esfera de la revelación especial sino también fuera de esta en el mundo gentil. Las religiones paganas testifican de una conciencia universal del pecado y de la necesidad de reconciliación con un Ser Supremo. Hay un sentimiento general de que los dioses están ofendidos y deben ser propiciados de algún modo. Hay una voz universal de la conciencia, testificando del hecho de que el ser humano se queda corto en cuanto al ideal y se sitúa en condenación ante la vista de algún Poder elevado. Los altares hediondos por la sangre de los sacrificios, a menudo sacrificios de queridos niños, las confesiones reiteradas de fechorías y las oraciones para obtener liberación del mal, todo indica conciencia de pecado. Los misioneros encuentran esto a donde sea que vayan. La historia de la filosofía es indicativa del mismo factor. Los primeros filósofos griegos ya estaban lidiando con el problema del mal moral y desde su época ningún filósofo de nombre fue capaz de ignorarlo. Todos se vieron constreñidos a reconocer su universalidad y eso pese al hecho de que no fueron capaces de explicar el fenómeno. Hubo, es cierto, un optimismo superficial en el siglo dieciocho, el cual soñó con la bondad inherente del ser humano, pero en su estupidez explotó en su rostro ante los hechos y fue reprendido con firmeza por Kant. Muchos teólogos liberales fueron inducidos a creer y predicar esta bondad inherente del ser humano como verdad del evangelio, pero hoy en día varios de ellos lo califican como uno de los errores más perniciosos del pasado. Ciertamente, los hechos de la vida no justifican semejante optimismo.

 LA BIBLIA LO ENSEÑA CLARAMENTE.

Hay declaraciones directas de la Escritura que señalan la pecaminosidad universal del ser humano, como 1 Reyes 8:46; Salmos 143:2; Proverbios 20:9; Eclesiastés 7:20; Romanos 3:1–12, 19, 20, 23; Gálatas 3:22; Santiago 3:2; 1 Juan 1:8, 10. Diversos pasajes de la Escritura enseñan que el pecado es la herencia del ser humano desde el momento de su nacimiento, y por lo tanto está presente en la naturaleza humana desde tan temprano que no puede posiblemente considerarse como resultado de la imitación, Salmo 51:5; Job 14:4; Juan 3:6. En Efesios 2:3 Pablo dice que «éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás». En este pasaje el término «por naturaleza» señala algo innato y original, a diferencia de lo que es adquirido subsecuentemente. El pecado, entonces, es algo original, en el cual todos los seres humanos participan, y lo cual los hace culpables ante Dios. Más aún, según la Escritura, la muerte es experimentada incluso entre quienes nunca han ejercido una elección personal y consciente, Romanos 5:12–14. Este pasaje implica que el pecado existe en el caso de los niños antes de la conciencia moral. En vista de que los niños mueren, y por lo tanto el efecto del pecado está presente en su caso, resulta natural suponer que la causa también está presente. Finalmente, la Escritura también enseña que todos los seres humanos están bajo condenación y por consiguiente necesitan la redención que está en Cristo Jesús. Nunca se hace excepción de los niños ante esta regla, cf. los pasajes anteriores y también Juan 3:3, 5; 1 Juan 5:12. Esto no es contradicho por aquellos pasaje que adscriben cierta rectitud al ser humano, tales como Mateo 9:12, 13; Hechos 10:35; Romanos 2:14; Filipenses 3:6; 1 Corintios 1:30, porque esta puede ser rectitud civil, rectitud ceremonial o pactual, la rectitud de la ley o la rectitud que es en Cristo Jesús.


 La conexión del pecado de Adán con el de la raza

LA NEGACIÓN DE ESTA CONEXIÓN.

Algunos niegan la conexión causal del pecado de Adán con la pecaminosidad de la raza humana sea de modo total o en parte.

a) Los pelagianos y los socinianos niegan absolutamente que exista una conexión necesaria entre nuestro pecado y el pecado de Adán. El primer pecado fue pecado solo de Adán y de ninguna forma concierne a su posteridad. Lo máximo que reconocerán es que el mal ejemplo de Adán condujo a la imitación.
b) Los semi-pelagianos y los primeros arminianos enseñan que el ser humano heredó una incapacidad natural de parte de Adán, pero no es responsable por esta incapacidad, de modo que no hay culpa adjunta a ello e incluso puede decirse que Dios de algún modo está bajo obligación de proveer una cura para esto. Los arminianos wesleyanos reconocen que esta corrupción innata también implica culpa.
c) La teoría de la Nueva Escuela (New Haven) enseña que el ser humano nace con una tendencia inherente a pecar, en virtud de la cual su preferencia moral es invariablemente errónea; pero que esta tendencia no puede en sí denominarse pecado en vistas de que el pecado siempre consiste exclusivamente en transgresión consciente e intencional de la ley.
d) La teología de la crisis enfatiza la solidaridad del pecado en la raza humana, pero niega que el pecado se originara en un acto de Adán en el paraíso. La caída pertenece a la pre- o supra-historia, y ya es una cosa del pasado cuando el Adán histórico aparece en escena. Es el secreto de la predestinación de Dios. El relato de la caída es un mito. Adán aparece como el tipo de Cristo en la medida en que puede verse en él que la vida sin el pecado es posible en comunión con Dios. Dice Brunner: «En Adán todos hemos pecado —esa es la declaración bíblica; ¿pero cómo? La Biblia no nos cuenta eso. La doctrina del pecado original se lee en esto».

 TEORÍAS DIFERENTES PARA EXPLICAR LA CONEXIÓN

a) La teoría realista. El método más temprano para explicar la conexión entre el pecado de Adán y la culpa y la contaminación de todos sus descendientes fue la teoría realista. Esta teoría es a efectos de que la naturaleza humana constituye no solo genéricamente sino también numéricamente una sola unidad. Adán poseía la naturaleza humana completa y en él se corrompió en sí por su propio acto de apostasía voluntaria en Adán. Los seres humanos individuales no son sustancias separadas sino manifestaciones de la misma sustancia general; son numéricamente uno. Esta naturaleza humana universal se volvió corrupta y culpable en Adán, y en consecuencia toda individualización de esto en los descendientes de Adán también está corrompido y es culpable desde el comienzo mismo de su existencia. Esto significa que todos los seres humanos realmente pecaron en Adán antes de que comenzara la individualización de la naturaleza humana. Esta teoría fue aceptada por algunos de los primeros Padres de la Iglesia y por algunos de los escolásticos, y fue defendida en épocas más recientes por el Dr. Shedd. No obstante, está abierta a diversas objeciones: (1) Al representar las almas de los seres humanos como individualizaciones de la sustancia espiritual general que estaba presente en Adán, pareciera implica que la sustancia del alma es de una naturaleza material y así llevarnos inevitablemente a cierta especie de materialismo. (2) Es contraria al testimonio de la conciencia y no defiende suficientemente los intereses de la personalidad humana. Cada ser humano es consciente de ser una personalidad separada y por lo tanto mucho más que una onda pasajera en el océano general de la existencia. (3) No explica por qué los descendientes de Adán son considerados responsables solo por el primer pecado de él y no por sus pecados posteriores, ni por los pecados de todas las generaciones de antepasados que siguieron a Adán. (4) Tampoco ofrece una respuesta a la importante pregunta de por qué Cristo no fue considerado responsable por la real comisión de pecado en Adán, siendo que Él ciertamente participó de la misma naturaleza humana, la naturaleza que realmente pecó en Adán.
b) La doctrina del pacto de las obras. Esta implica que Adán se situó en una relación doble con respecto a sus descendientes, a saber, la de la cabeza natural de toda la humanidad y la de la cabeza representativa de toda la raza humana en el pacto de las obras. (1) La relación natural. En su relación natural Adán fue el padre de toda la humanidad. Según fue creado por Dios estaba sujeto a cambios, y no tenía reclamo legítimo de un estado inalterable. Estaba obligado por deber a obedecer a Dios y esta obediencia no le confería ninguna recompensa. Por otro lado, si pecaba, se volvería sujeto a la corrupción y el castigo, pero el pecado solo sería suyo y no podría ponerse a cuenta de sus descendientes. Dabney sostiene que, según la ley de que se engendra lo mismo, su corrupción habría pasado a sus descendientes. Pero sin embargo puede ser —y es bastante inútil especular sobre ello— que ellos ciertamente no hayan sido considerados responsables por esta corrupción. Pudieron no haber sido considerados culpables en Adán meramente en virtud de la relación natural en la que Adán se situó con respecto a la raza. La representación reformada habitual es diferente. (2) La relación de pacto. A la relación natural en la que Adán se situaba con respecto a sus descendientes Dios generosamente añadió una relación de pacto que contenía diversos elementos positivos: (a) Un elemento de representación. Dios ordenó que en este pacto Adán no debiera situarse solo por sí mismo sino como representante de todos sus descendientes. En consecuencia, Fue cabeza de la raza no solo en un sentido parental sino también federal. (b) Un elemento de examinación. Aunque fuera de este pacto Adán y sus descendientes habrían permanecido en un estado continuo de prueba, con un peligro constante de pecar, el pacto garantizó que la perseverancia persistente por un período fijo de tiempo sería recompensado con el establecimiento del ser humano en un estado permanente de santidad y dicha. (c) Un elemento de recompensa o castigo. Según los términos del pacto, Adán obtendría un reclamo legítimo a la vida eterna, si cumplía las condiciones del pacto. Y no solo él, sino también todos sus descendientes participarían en esta bendición. En su operación normal, por lo tanto, el acuerdo del pacto habría sido de beneficio incalculable para la humanidad. Pero existía una posibilidad de que el ser humano desobedeciera, revirtiendo así la operación del pacto, y en ese caso los resultados naturalmente serían correspondientemente desastrosos. La transgresión del mandamiento del pacto resultaría en muerte. Adán escogió el camino de la desobediencia, se corrompió a sí mismo por el pecado, se volvió culpable ante los ojos de Dios y como tal sujeto de la sentencia de muerte. Y debido a que era el representante federal de la raza, su desobediencia afectó a todos sus descendientes. En Su juicio justo Dios imputa la culpa del primer pecado, cometido por la cabeza del pacto, a todos aquellos que están federalmente relacionados con él. Y como resultado también son nacidos en una condición depravada y pecaminosa, y esta corrupción inherente además implica culpa. Esta doctrina explica por qué solo el primer pecado de Adán, y nos sus pecados siguientes ni los pecados de nuestros otros antepasados, es imputado a nosotros, y también salvaguarda la no pecaminosidad de Jesús, porque Él no era una persona humana y por lo tanto no estaba en el pacto de las obras.
c) La teoría de imputación mediata. Esta teoría niega que la culpa del pecado de Adán se impute directamente a sus descendientes y representa el asunto del siguiente modo: Los descendientes de Adán derivan su corrupción innata de él mediante un proceso de generación natural, y solo sobre la base de aquella depravación inherente que comparten con él también son considerados culpables de su apostasía. No nacen corrompidos porque sean culpables en Adán sino que son considerados culpables porque están corrompidos. Su condición no se basa en su estado legal sino que su estado legal se basa en su condición. Esta teoría, defendida primero por Placeus, fue adoptada por los jóvenes Vitringa y Venema, por varios de los teólogos de Nueva Inglaterra y por algunos de los teólogos de la Nueva Escuela en la iglesia presbiteriana. Esta teoría es objetable por diversos motivos: (1) Una cosa no puede ser mediada por sus propias consecuencias. La depravación inherente con la que los descendientes de Adán son nacidos ya es el resultado del pecado de Adán y por lo tanto no puede considerarse como la base sobre la cual son culpables del pecado de Adán. (2) No ofrece fundamento objetivo en absoluto para la transmisión de la culpa y la depravación de Adán a sus descendientes. No obstante debe haber cierto fundamento objetivo legal para esto. (3) Si esta teoría fuera consistente, debería enseñar la imputación mediata de los pecados de todas las generaciones previas a las siguientes, porque su corrupción conjunta se transmite por generación. (4) También procede sobre la suposición de que puede haber corrupción moral que no sea al mismo tiempo culpa, una corrupción que en sí misma no lo haga a uno merecedor de castigo. (5) Y finalmente, si la corrupción inherente que se presenta en los descendientes de Adán puede referirse como el fundamento legal para la explicación de algo más, no hay más necesidad de ninguna imputación mediata.


El pecado en la vida de la raza humana

Pecado original

El estado y la condición pecaminosos en los que nacen los seres humanos se designan en la teología por el nombre de peccatum originale, que se traduce literalmente en español como «pecado original». Este término es mejor que el nombre holandés «erfzonde» pues este último, estrictamente hablando, no cubre todo lo que pertenece al pecado original. No es una designación adecuada de la culpa original, porque no es heredada sino imputada a nosotros. Este pecado es llamado «pecado original» (1) porque se deriva de la raíz original de la raza humana; (2) porque está presente en la vida de cada individuo desde el momento de su nacimiento y por lo tanto no puede referirse como resultado de imitación; y (3) porque es la raíz interior de todos los pecados reales que contaminan la vida del ser humano. Debemos guardarnos contra el error de pensar que el término implica de algún modo que el pecado designado por este pertenece a la constitución original de la naturaleza humana, lo cual implicaría que Dios creó al ser humano como pecador.

REPASO HISTÓRICO.

Los primeros Padres de la Iglesia no contienen nada demasiado definido sobre el pecado original. Según los Padres Griegos, hay una corrupción física en la raza humana que se deriva de Adán, pero esto no es pecado y no implica culpa. La libertad de la voluntad no fue afectada directamente por la caída sino que solo se ve afectada indirectamente por la corrupción física heredada. La tendencia aparente en la iglesia griega finalmente culminó en el pelagianismo, que llanamente negaba todo pecado original. En la iglesia latina apareció una tendencia diferente especialmente en Tertuliano, según la cual la propagación del alma implica la propagación del pecado. Se refirió al pecado original como mancha o corrupción pecaminosa hereditaria, que no excluía la presencia de cierto bien en el ser humano. Ambrosio avanzó más allá de Tertuliano al referirse al pecado original como un estado y al distinguir entre la corrupción innata y la culpa resultante del ser humano. El libre albedrío del ser humano fue debilitado por la caída. Es especialmente en Agustín que la doctrina del pecado original llega a un desarrollo más completo. Según él la naturaleza del ser humano, tanto física como moral, está totalmente corrompida por el pecado de Adán, de modo que no puede hacer otra cosa que pecar. Esta corrupción heredada o este pecado original es un castigo moral por el pecado de Adán. Es una cualidad de la naturaleza humana, que en su estado natural, solo puede pecar y cometerá pecado. Ha perdido la libertad material de la voluntad y es especialmente en este aspecto que el pecado original constituye un castigo. En virtud de este pecado el ser humano ya está bajo condenación. No es meramente corrupción sino también culpa. El semi-pelagianismo reaccionó contra lo absoluto de la postura agustiniana. Reconoció que la raza humana por entero está implicada en la caída de Adán, que la naturaleza humana está manchada con pecado hereditario y que todos los seres humanos están por naturaleza inclinados al mal y no son capaces, fuera de la gracia de Dios, de completar ninguna buena obra; pero negó la depravación total del ser humano, la culpa del pecado original y la pérdida de la libertad de la voluntad. Esto se volvió la postura predominante durante el Medioevo, aunque hubo algunos escolásticos prominentes que eran completamente agustinianos en su concepción del pecado original. La postura de Anselmo con respecto al pecado original estaba totalmente en armonía con la de Agustín. Representa al pecado original como que consiste en la culpa de la naturaleza (la naturaleza de toda la raza humana), contraída por un solo acto de Adán, y la resultante corrupción inherente de la naturaleza humana, transmitida a la posteridad y manifestada en sí como una tendencia a pecar. Este pecado también implica la pérdida del poder de la auto determinación en dirección a la santidad (la libertad material de la voluntad) y hace del ser humano esclavo del pecado. La opinión predominante entre los escolásticos era que el pecado original no es algo positivo sino en cambio la ausencia de algo que debe estar presente, particularmente la privación de la rectitud original, aunque algunos añadirían un elemento positivo, a saber, una inclinación al mal. Tomás de Aquino sostenía que el pecado original, considerado en su elemento material, es concupiscencia, pero considerado en su elemento formal, es la privación de la justicia original. Hay una disolución de la armonía en la cual la consistía la justicia original, y en este sentido el pecado original puede denominarse una languidez de la naturaleza. Generalmente hablando, los reformadores estuvieron de acuerdo con Agustín, aunque Calvino difirió de él especialmente en dos puntos, al enfatizar el hecho de que el pecado original no es algo puramente negativo y que no está limitado a la naturaleza sensual del ser humano. En la época de la Reforma los socinianos siguieron a los pelagianos en la negación del pecado original, y en el siglo diecisiete los arminianos rompieron con la fe reformada y aceptaron la postura semi-pelagiana del pecado original. Desde aquel tiempo varios matices de opinión fueron defendidos en las iglesias protestantes tanto en Europa como en América.

LOS DOS ELEMENTOS DEL PECADO ORIGINAL.

Deben distinguirse dos elementos en el pecado original, a saber:

Culpa original.

La palabra «culpa» expresa la relación que el pecado tiene ante la justicia o, como lo expresaban los antiguos teólogos, la penalidad de la ley. Quien es culpable se posiciona en una relación penal con la ley. Podemos hablar de culpa en un sentido doble, esto es, como reatus culpae y como reatus poenae. Lo primero, que Turretin llama «culpa potencial», es la enfermedad moral intrínseca de un acto o un estado. Esta es la esencia del pecado y es una parte inseparable de la pecaminosidad. Se adhiere solo a quienes han cometido por su cuenta acciones pecaminosas y se les adhiere de forma permanente. No puede eliminarse por medio del perdón y no se quita por la justificación sobre la base de los méritos de Jesucristo, y mucho menos por mero perdón. Los pecados de los seres humanos son inherentemente merecedores del mal incluso luego de ser justificados. La culpa en este sentido no puede transferirse de una persona a otra. El sentido habitual, sin embargo, en el que hablamos de la culpa en la teología, es el de reatus poenae. Por esto se quiere expresar desierto de castigo u obligación de rendir satisfacción a la justicia de Dios por violación auto determinada de la ley. La culpa en este sentido no es la esencia del pecado sino en cambio una relación con la sanción penal de la ley. Si no hubiera ninguna sanción adherida a la indiferencia de las relaciones morales, todo apartamiento de la ley habría sido pecado, pero no implicaría riesgo de penalidad. La culpa en este sentido puede eliminarse mediante la satisfacción de la justicia, sea de modo personal o vicario. Puede transferirse de una persona a otra, o ser asumida por una persona a favor de otra. Es quitada de los creyentes mediante la justificación, de modo que sus pecados, aunque intrínsecamente merecedores del castigo, no los hacen sujetos al castigo. Los semi-pelagianos y los antiguos arminianos o remonstrantes niegan que el pecado original implique culpa. La culpa del pecado de Adán, cometida por él como la cabeza federal de la raza humana, es imputada a todos sus descendientes. Esto resulta evidente del hecho de que, como la Biblia enseña, la muerte como el castigo del pecado pasa de Adán a todos sus descendientes, Romanos 5:12–19; Efesios 2:3; 1 Corintios 15:22.

Polución original.

La polución original incluye dos cosas, a saber, la ausencia de rectitud original y la presencia de mal positivo. Debe señalarse lo siguiente: (1) Que la polución original no es meramente una afección, como algunos de los Padres Griegos y los arminianos la representan, sino pecado en el sentido real de la palabra. Viene adjunto con culpa; quien niega esto no tiene una concepción bíblica de la corrupción original. (2) Que esta polución no ha de considerarse como una sustancia infundida en el alma humana ni como un cambio de sustancia en el sentido metafísico de la palabra. Este fue el error de los maniqueos y de Flacio Illirico en los días de la Reforma. Si la sustancia del alma fuera pecaminosa, tendría que ser reemplazada por una nueva sustancia en la regeneración; pero esto no sucede. (3) Que no se trata meramente de una privación. En su polémica con los maniqueos, Agustín no negó meramente que el pecado fuera una sustancia sino que también afirmó que se trataba meramente de una privación. La denominó una privatio boni. Pero el pecado original no es meramente negativo; es también una inherente disposición positiva hacia el pecado. Esta polución original puede considerarse desde más de un punto de vista, a saber, como total depravación y como total incapacidad.

Depravación total.

En vistas de su carácter que todo lo impregna, la polución heredada se denomina depravación total. Esta frase suele malinterpretarse, y por lo tanto requiere una discriminación cuidadosa. Negativamente, no implica: (1) que cada ser humano esté todo lo depravado como posiblemente podría estar; (2) que el pecador no tiene conocimiento innato de la voluntad de Dios ni una conciencia que discrimine entre el bien y el mal; (3) que el ser humano pecador no suele admirar el carácter ni las acciones virtuosas en los demás, o que sea incapaz de afectos y acciones desinteresadas en sus relaciones con su prójimo; ni (4) que cada ser humano no regenerado será indulgente, en virtud de su pecaminosidad inherente, en cuanto a toda forma de pecado; suele ocurrir que una forma excluya la otra. Positivamente, indica: (1) que la corrupción inherente se extiende a cada parte de la naturaleza humana, a todas las facultades y poderes, tanto del alma como del cuerpo; y (2) que no hay bien espiritual, esto es, bien en relación con Dios, en el pecador en absoluto, sino solo perversión. Esta depravación total es negada por los pelagianos, los socinianos y los arminianos del siglo diecisiete, pero está enseñada claramente en la Escritura, Juan 5:42; Romanos 7:18, 23; 8:7; Efesios 4:18; 2 Timoteo 3:2–4; Tito 1:15; Hebreos 3:12.

Incapacidad total.

Con respecto a sus efectos en los poderes espirituales del ser humano, se lo denomina incapacidad total. Aquí, de nuevo, es necesario hacer distinciones. Al adscribir incapacidad total al hombre natural no queremos decir que sea imposible que él obre el bien en ningún sentido de la palabra. Los teólogos reformados por lo general dicen que él aún es capaz de realizar: (1) bien natural; (2) bien civil o rectitud civil; y (3) bien religioso externo. Se reconoce que incluso el no renovado posee cierta virtud que se revela en las relaciones de vida social, en varios actos y sentimientos que merecen la aprobación y la gratitud sinceras de sus prójimos, y que aun cuentan con la aprobación de Dios en cierto grado. Al mismo tiempo se sostiene que estas mismas acciones y sentimientos, cuando se los considera en relación con Dios, son radicalmente defectuosos. Su defecto fatal es que no están impulsados por el amor hacia Dios ni por ninguna referencia la voluntad de Dios como se requiere de ellos. Cuando hablamos de la corrupción del ser humano como incapacidad total queremos expresar dos cosas: (1) que el pecador no renovado no puede realizar ninguna acción, por más insignificante que sea, que cuente fundamentalmente con la aprobación de Dios y responda ante las existencias de la santa ley de Dios; y (2) que él no puede cambiar su preferencia fundamental por el pecado y el propio yo hacia el amor por Dios, ni tampoco incluso hacer un acercamiento a un cambio semejante. En una palabra, es incapaz de hacer algún bien espiritual. Hay un respaldo escritural abundante para esta doctrina: Juan 1:13; 3:5; 6:44; 8:34; 15:4, 5; Romanos 7:18, 24; 8:7, 8; 1 Corintios 2:14; 2 Corintios 3:5; Efesios 2:1, 8–10; Hebreos 11:6. Los pelagianos, sin embargo, creen en la capacidad plenaria del ser humano, negando que sus facultades morales fueran atrofiadas por el pecado. Los arminianos hablan de una capacidad de gracia porque creen que Dios imparte Su gracia común a todos los seres humanos, lo que les permite volverse a Dios y creer. Los teólogos de la Nueva Escuela adscriben al hombre natural en cuanto diferenciado de su capacidad moral, una distinción tomada de la gran obra de Edwards titulada Sobre la voluntad [On the Will]. La importancia de su enseñanza es que el ser humano en su estado caído está aún en posesión de todas las facultades naturales que son requeridas para obrar el bien espiritual (intelecto, voluntad, etc.) pero carece de capacidad moral, esto es, la capacidad de dar dirección adecuada a dichas facultades, una dirección que agrada a Dios. La distinción bajo consideración es avanzada, a fin de enfatizar el hecho de que el ser humano es deliberadamente pecaminoso, y esto bien puede ser enfatizado. Pero los teólogos de la Nueva Escuela afirman que el ser humano sería capaz de obrar bien espiritual si solamente quisiera hacerlo. Esto implica que la «capacidad natural» de la que hablan es, después de todo, una capacidad de obrar un bien espiritual real. En el todo podría decirse que la distinción entre capacidad natural y moral no es deseable porque (1) no tiene asidero en la Escritura, la cual enseña consistentemente que el ser humano no es capaz de hacer lo que se requiere de él; (2) es esencialmente ambigua y engañosa: la posesión de las facultades necesarias para obrar bien espiritual no constituye una capacidad para hacerlo; (3) «natural» no es una antítesis adecuada de «moral», porque una cosa puede ser ambas al mismo tiempo; y la incapacidad del ser humano es también natural en un sentido importante, esto es, como siendo incidental a su naturaleza en su estado presente como propagada naturalmente; y (4) el lenguaje no expresa con precisión la importante distinción propuesta; lo que se expresa es que es moral y no física ni constitutiva; que tiene su fundamento, no en la carencia de alguna facultad sino en el estado moral corrompido de las facultades y de la disposición del corazón.

PECADO ORIGINAL Y LIBERTAD HUMANA.

En conexión con la doctrina de la incapacidad total del ser humano surge naturalmente la cuestión de si el pecado original implica también entonces la pérdida de la libertad, o de lo que se denomina generalmente como liberum arbitrium, el libre albedrío. Esta cuestión debería responderse con discernimiento porque, puesta de este modo general, podría responderse tanto negativa como positivamente. En cierto sentido el ser humano no ha perdido su libertad, y en otro sentido sí. Hay cierta libertad que es posesión inalienable de un agente libre, a saber, la libertad de escoger como le plazca, en total acuerdo con las disposiciones y las tendencias predominantes de su alma. El ser humano no perdió ninguna de las facultades constitucionales necesarias para constituirlo como agente moral responsable. Aún tiene razón, conciencia y libertad de elección. Tiene la capacidad de adquirir conocimiento y sentirse y reconocer distinciones y obligaciones morales, y sus afectos, tendencias y acciones que son espontáneos, de modo que escoge y rechaza como le parece adecuado. Más aún, tiene la capacidad de apreciar y hacer muchas cosas que son buenas y amables, benevolentes y justas, en las relaciones que sostiene con sus prójimos. Pero el ser humano perdió su libertad material, esto es, el poder racional para determinar su curso en la dirección del bien más elevado, en armonía con la constitución moral original de su naturaleza. El ser humano tiene por naturaleza una tendencia irresistible hacia el mal. No es capaz de aprehender ni amar la excelencia espiritual, buscar y hacer cosas espirituales, las cosas de Dios que pertenecen a la salvación. Esta posición, que es agustiniana y calvinista, está llanamente contradicha por el pelagianismo y el socinianismo, y en parte también por el semi-pelagianismo y el arminianismo. El liberalismo moderno, que es pelagiano esencialmente, encuentra naturalmente ofensiva la doctrina de que el ser humano ha perdido la capacidad para determinar su vida en dirección de la rectitud y la santidad reales, y se gloría en la capacidad del ser humano de escoger y hacer lo que sea recto y bueno. Por otro lado, la teología dialéctica (barthianismo) reafirma con firmeza la incapacidad total del ser humano para hacer incluso el más mínimo movimiento en la dirección hacia Dios. El pecador es esclavo del pecado y no puede tornarse en la dirección opuesta.

LA TEOLOGÍA DE LA CRISIS Y EL PECADO ORIGINAL.

En este punto bien podría definirse brevemente la postura de la teología de la crisis o del barthianismo con respecto a la doctrina del pecado original. Walter Lowrie expresa correctamente: «Barth tiene mucho que decir sobre la caída, pero nada sobre el “pecado original”. Que el hombre está caído puede verse claramente; pero la caída no es un acontecimiento que podamos señalar en la historia, pertenece decididamente a la pre-historia, Urgeschichte, en un sentido metafísico». Brunner tiene algo para decir sobre esto en su reciente obra titulada El hombre en rebeldía [Man in Revolt]. No acepta la doctrina del pecado original en el sentido tradicional y eclesiástico de la palabra. El primer pecado de Adán no fue y no podía ser puesto a cuenta de todos sus descendientes; ni tampoco este pecado dio como resultado un estado pecaminoso, que se transmitió a su posteridad, y el cual ahora es la raíz fructificadora del pecado concreto. «El pecado nunca es un estado sino que siempre es una acción. Incluso ser un pecador no es un estado sino un acto, porque es ser una persona». Según Brunner la postura tradicional tiene un elemento indeseable de determinismo en ella y no salvaguarda lo suficiente la responsabilidad del ser humano. Pero su rechazo de la doctrina del pecado original no implica que no vea verdad en esta en absoluto. Correctamente enfatiza la solidaridad del pecado en la raza humana y la transmisión «de la naturaleza espiritual, del “carácter”, de padres a hijos». No obstante, busca la explicación de la universalidad del pecado en algo más que en el «pecado original». El ser humano a quien Dios creó no era simplemente un hombre aislado sino una persona responsable creada en y para la comunidad con los demás. El individuo aislado no es sino una abstracción. «En la creación somos una unidad individualizada, articulada, un cuerpo con muchos miembros». Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él. Prosigue en decir: «Si ese es nuestro origen, entonces nuestra oposición a este origen no puede ser una experiencia, un acto, de lo individual como individuos […] Ciertamente cada individuo es un pecador como individuo; pero al mismo tiempo es el todo en su solidaridad unida, el cuerpo, la humanidad concreta como un todo». Por tanto, hubo solidaridad en la acción de pecar; la raza humana se apartó de Dios; pero corresponde a la naturaleza misma del pecado que neguemos esta solidaridad en pecar. El resultado de este pecado inicial es que el ser humano es ahora un pecador; pero el hecho de que el ser humano sea ahora pecador no debería considerarse como la causa de sus acciones pecaminosas individuales. Tal conexión causal no puede admitirse, porque cada pecado que comete el ser humano es una decisión nueva contra Dios. La declaración de que el ser humano es pecador no significa que se encuentre en un estado o una condición de pecado, sino que está realmente comprometido en rebelión contra Dios. Como Adán nos apartamos de Dios, y «quien comete esta apostasía no puede hacer otra cosa que repetirla continuamente, no porque se haya vuelto un hábito sino debido a que este es el carácter distintivo de este acto». El ser humano no puede revertir el curso, sino que continúa pecando. La Biblia nunca habla de pecado excepto como el acto de apartarse de Dios. «Pero en el concepto mismo de “ser pecador” este acto es concebido como uno que determina la existencia total del ser humano». Hay mucho en esta representación que recuerda una de las representaciones realistas de Tomás de Aquino.

OBJECIONES A LA DOCTRINA DE LA DEPRAVACIÓN TOTAL Y LA INCAPACIDAD TOTAL.

Es inconsistente con la obligación moral.

La objeción más obvia y más plausible a la doctrina de la depravación total y la incapacidad total es que resulta inconsistente con la obligación moral. Se dice que un ser humano no puede considerarse justamente responsable por algo para lo cual no tenga la capacidad requerida. Pero la implicación general de este principio es una falacia. Podría sostenerse en casos de discapacidad resultante de una limitación que Dios haya impuesto en la naturaleza humana, pero ciertamente no se aplica en l esfera de la moral y la religión, como ya señalamos anteriormente. No debemos olvidar que la incapacidad bajo consideración es auto impuesta, tiene un origen moral y no se debe a ninguna limitación que Dios haya puesto en el ser humano. El ser humano es incapaz como resultado de la decisión pervertida que realizó Adán.

Elimina todos los motivos para el esfuerzo.

Una segunda objeción es que esta doctrina elimina todos los motivos para el esfuerzo y destruye todo fundamento racional para el uso de los medios de gracia. Si sabemos que no podemos lograr un fin dado, ¿por qué deberíamos usar los medios recomendados para su cumplimiento? Ahora bien, es perfectamente cierto que el pecador, que es iluminado por el Espíritu Santo y es ciertamente consciente de su propia incapacidad natural, cesa la justicia mediante las obras. Y esto es exactamente lo necesario. Pero esto no se sostiene con respecto al hombre natural, porque es completamente auto suficiente. Más aún, no es cierto que la doctrina de la incapacidad tienda naturalmente a fomentar la negligencia en el uso de los medios de gracia ordenados por Dios. Sobre este principio el granjero también podría decir: «No puedo producir una cosecha; ¿por qué debería cultivar mis campos?». Pero esto sería totalmente insensato. En cada empresa de esfuerzo humano el resultado depende de la cooperación de causas sobre las cuales el ser humano no tiene control. Los fundamentos escriturales para el uso de los medios permanecen: Dios ordena el uso de medios; los medios ordenados por Dios son adaptados para el fin contemplado; comúnmente el fin no es alcanzado, excepto por el uso de los medios designados; y Dios ha prometido bendecir el uso de aquellos medios.

Fomenta un retraso en la conversión.

También se afirma que esta doctrina fomenta un retraso en la conversión. Si un ser humano cree que no puede cambiar su corazón, no puede arrepentirse ni creer en el evangelio, sentirá que solo puede aguardar pasivamente el momento en que Dios tenga el agrado de cambiar la dirección de su vida. Ahora bien, puede ser que, y la experiencia enseña que hay, algunos que ciertamente adoptan esa actitud, pero como regla el efecto de la doctrina bajo consideración será bastante eficaz. Si los pecadores, para quienes el pecado ha llegado a ser muy querido, fueran conscientes del poder para cambiar sus vidas a voluntad, serían tentados a diferirlo hasta el último momento. Pero si uno es consciente del hecho de que algo tan deseable está más allá del alcance de sus propias fuerzas, instintivamente buscará ayuda fuera de sí mismo. El pecador que se siente de ese modo sobre la salvación, buscará ayuda con el gran Médico del alma, y así reconocerá su propia discapacidad.

Pecado real

Los católicos romanos y los arminianos minimizaron la idea del pecado original y entonces desarrollaron doctrinas, tales como las del lavamiento del pecado original (aunque no solo eso) mediante el bautismo, y de la gracia suficiente, por la cual su seriedad es obscurecida en gran manera. El énfasis está claramente en los pecados reales. Los pelagianos, los socinianos, los modernos teólogos liberales y (por extraño que parezca) también la teología de la crisis, solamente reconocen los pecados reales. Debe decirse, no obstante, que esta teología habla del pecado en singular así como en plural, esto es, reconoce una solidaridad en el pecado, que algunos de los otros no han reconocido. La teología reformada siempre ha dado debido reconocimiento al pecado original y a la relación en la cual se erige con respecto a los pecados reales.

LA RELACIÓN ENTRE PECADO ORIGINAL Y REAL.

Lo primero se originó en un libre acto de Adán como representante de la raza humana, una transgresión de la ley de Dios y una corrupción de la naturaleza humana, la cual lo volvió merecedor del castigo de Dios. Ante los ojos de Dios ese pecado fue el pecado de todos sus descendientes, de modo que nacen como pecadores, esto es, en un estado de culpa y en una condición contaminada. El pecado original es tanto un estado como una cualidad inherente de polución en el ser humano. Cada ser humano es culpable en Adán y en consecuencia nace con una naturaleza depravada y corrompida. Y esta corrupción interna es la fuente impía de todos los pecados reales. Cuando hablamos de pecado real o peccatum actuale, usamos la palabra «real» o «actuale» en un sentido amplio. El término «pecados reales» no denota meramente aquellas acciones externas que son efectuadas por medio del cuerpo sino todos los pensamientos y voliciones conscientes que brotan del pecado original. El pecado original es uno, el pecado real es multiforme. El pecado real puede ser interior, tal como una particular duda consciente o un designo maligno de la mente, o un particular apetito o deseo consciente en el corazón; pero también puede ser exterior, como la mentira, el robo, el adulterio, el homicidio, etc. Mientras la existencia del pecado original ha encontrado una amplia negación, la presencia del pecado real en la vida del ser humano se reconoce generalmente. Esto no significa, sin embargo, que la gente siempre haya tenido una conciencia igualmente profunda del pecado. Escuchamos bastante en nuestro día sobre la «pérdida del sentido del pecado», aunque los modernistas se apresuran a cerciorarnos de que, aunque hemos perdido el sentido de pecado, hemos ganado el sentido de pecados, en plural, esto es, de definidos pecados reales. Pero no hay dudas en cuanto a que la gente en un grado alarmante ha perdido el sentido de la atrocidad del pecado, en cuanto a algo cometido en contra de un Dios santo, y en gran medida lo considera meramente como una infracción de los derechos del prójimo. Fallan en ver que el pecado es un poder fatal en sus vidas que siempre incita sus espíritus rebeldes, lo cual los hace culpables ante Dios, y lo cual los pone bajo una sentencia de condenación. Es uno de los méritos de la teología de crisis que llamen nuevamente la atención a la seriedad del pecado como una rebeldía contra Dios, como un intento revolucionario de ser como Dios.

CLASIFICACIÓN DE PECADOS REALES.

En cierto modo resulta imposible dar una clasificación unificada y abarcadora de los pecados reales. Varían en clase y en grado, y pueden diferenciarse desde más de un punto de vista. Los católicos romanos hacen una famosa distinción entre pecados veniales y mortales, pero reconocen que es extremadamente difícil y peligroso decidir si un pecado es mortal o venial. Fueron llevados a esta distinción por la declaración de Pablo en Gálatas 5:21 de «que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios». Uno comete un pecado mortal cuando viola deliberadamente la ley de Dios en una cuestión en la que uno cree o sabe que es importante. Hace que el pecador esté sujeto al castigo eterno. Y uno comete un pecado venial cuando transgrede la ley de Dios en una cuestión que no es de grave importancia, o cuando la transgresión no es totalmente voluntaria. Tal pecado es perdonado más fácilmente e incluso sin confesión. El perdón por los pecados mortales puede obtenerse solo por medio del sacramento de la penitencia. La distinción no es escritural, porque según la Escritura todo pecado es esencialmente anomia (injusticia) y amerita castigo eterno. Más aún, tiene un efecto deletéreo en la vida práctica en virtud de que engendra un sentimiento de incertidumbre, a veces un sentimiento de miedo mórbido por un lado o de descuido infundado por el otro. La Biblia distingue diferentes clases de pecados, en especial en conexión con los distintos grados de culpa adjuntos a ellos. El Antiguo Testamento hace una distinción importante entre pecados cometidos presuntuosamente (despóticamente) y pecados cometidos involuntariamente, esto es, como resultado de ignorancia, debilidad o error, Números 15:29–31. Lo primero no podía ser expiado por medio de sacrificio y era castigado con gran severidad, mientras que lo segundo podía ser expiado y era juzgado con una lenidad mucho mayor. El principio fundamental encarnado en esta distinción aún se aplica. Los pecados cometidos de forma deliberada, con plena conciencia del mal implicado, y con intencionalidad, son más grandes y más censurables que los pecados que resultan de la ignorancia, de un concepto erróneo de las cosas o de la debilidad del carácter. No obstante, estos últimos también son pecados reales y hacen que uno sea culpable ante los ojos de Dios, Gálatas 6:1; Efesios 4:18; 1 Timoteo 1:13; 5:24. El Nuevo Testamento además nos enseña claramente que el grado del pecado está en gran medida determinado por el grado de la luz que se posee. Los paganos son ciertamente culpables, pero quienes tienen la revelación de Dios y disfrutan los privilegios del ministerio del evangelio son mucho más culpables, Mateo 10:15; Lucas 12:47, 48; 23:34; Juan 19:11; Hechos 17:30; Romanos 1:32; 2:12; 1 Timoteo 1:13, 15, 16.

EL PECADO IMPERDONABLE.

Diversos pasajes de la Escritura hablan de un pecado que no puede perdonarse, después del cual es imposible un cambio de corazón, y por el cual no es necesario orar. Por lo general se conoce como el pecado o la blasfemia contra el Espíritu Santo. El Salvador habla de esto explícitamente en Mateo 12:31, 32 y pasajes paralelos; y por lo general se considera que Hebreos 6:4–6; 10:26, 27, y Juan 5:16 también se refieren a este pecado.

Opiniones infundadas con respecto a este pecado.

Ha habido una gran variedad de opiniones con respecto a la naturaleza del pecado imperdonable. (1) Jerónimo y Crisóstomo lo consideraban como un pecado que solamente podía cometerse durante la permanencia de Cristo en la tierra y sostenían que fue cometido por aquellos que estaban convencidos en sus corazones que Cristo realizaba Sus milagros por el poder del Espíritu Santo, pero pese a sus convicciones rehusaron reconocer estos milagros como tales y los adscribieron a la operación de Satanás. No obstante, esta limitación es totalmente infundada, como los pasajes en Hebreos y 1 Juan parecieran probar. (2) Agustín, los dogmáticos melanctonianos de la iglesia luterana y unos pocos teólogos escoceses (Guthrie, Chalmers) lo concibieron como algo consistente impoenitentia finalis, esto es, impenitencia persistente hasta el final. Una postura relacionada es la expresada por algunos en nuestros días, que consiste en incredulidad continuada, un rechazo hasta el mismo final en aceptar a Jesucristo por la fe. Pero sobre esta suposición se desprendería que todos los que fallecieron en un estado de impenitencia e incredulidad han cometido este pecado, aunque según la Escritura debe ser algo de una naturaleza muy específica. (3) En conexión con su negación de la perseverancia de los santos, los teólogos luteranos posteriores enseñaron que solo las personas regeneradas podían cometer este pecado, y buscaron respaldo para esta postura en Hebreos 6:4–6. Pero esta es una postura anti escritural, y los Cánones de Dort rechazan, entre otros, también el error de aquellos que enseñan que los regenerados pueden cometer el pecado contra el Espíritu Santo.

El concepto reformado de este pecado.

El nombre «pecado contra el Espíritu Santo» es demasiado general, porque también hay pecados contra el Espíritu Santo que son perdonables, Efesios 4:30. La Biblia habla más específicamente del «que hable contra el Espíritu Santo», Mateo 12:32; Marcos 3:29; Lucas 12:10. Es evidentemente un pecado cometido durante la vida presente, lo cual hace de la conversión y el perdón algo imposible. El pecado consiste en el rechazo y la infamia conscientes, maliciosos y deliberados contra la evidencia y la convicción, del testimonio del Espíritu Santo con respecto a la gracia de Dios en Cristo, atribuyéndolo por odio y enemistad al príncipe de las tinieblas. Presupone, objetivamente, una revelación de la gracia de Dios en Cristo, y una operación poderosa del Espíritu Santo, y subjetivamente, una iluminación y una convicción intelectual tan fuertes y poderosas como para hacer imposible una negación sincera de la verdad. Y entonces el pecado en sí consiste no en dudar de la verdad, no en una simple negación de esta, sino en una contradicción de esta que va en contra de la convicción de la mente, la iluminación de la conciencia e incluso el veredicto del corazón. Al cometer ese pecado el ser humano atribuye de forma deliberada, maliciosa e intencional lo que se reconoce claramente como la obra de Dios a la influencia y la operación de Satanás. No es nada menos que una infamia decidida del Espíritu Santo, una declaración audaz de que el Espíritu Santo es el espíritu del abismo, que la verdad es una mentira y que Cristo es Satanás. No es tanto un pecado contra la persona del Espíritu Santo como un pecado contra Su obra oficial en revelar, tanto objetiva como subjetivamente, la gracia y la gloria de Dios en Cristo. La raíz de este pecado es el odio consciente y deliberado hacia Dios y todo lo que se reconozca como divino. Es imperdonable no debido a que su culpa trascienda los méritos de Cristo o porque el pecador esté más allá del poder renovador del Espíritu Santo, sino porque también hay en el mundo del pecado ciertas leyes y ordenanzas, establecidas por Dios y sostenidas por Él. Y la ley en el caso de este pecado particular es, que excluye todo arrepentimiento, cauteriza la conciencia, endurece al pecador y así hace que del pecado, imperdonable. En aquellos que han cometido este pecado puede que esperemos hallar, por consiguiente, un odio pronunciado hacia Dios, una actitud desafiante hacia Él y todo lo que sea divino, deleite en ridiculizar y mofarse de aquello que es santo, y un absoluto desinterés con respecto al bienestar de sus almas y sus vidas futuras. En vista del hecho de que este pecado no esté seguido por el arrepentimiento, puede que estemos razonablemente seguros de que quienes temen haberlo cometido y se preocupan al respecto, y desean las oraciones de otros por ellos, no lo han cometido.

Observaciones sobre los pasajes en las Epístolas que hablan de esto.

Con excepción de los Evangelios, este pecado no se menciona por nombre en la Biblia. Así, surge la pregunta sobre si los pasajes en Hebreos 6:4–6; 10:26, 27, 29, y 1 Juan 5:16 también se refieren a ello. Ahora bien, es evidente que todos hablan de un pecado imperdonable; y en virtud de que Jesús dice en Mateo 12:31, «Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada», indicando por ello que hay un pecado imperdonable, es razonable pensar que estos pasajes se refieren al mismo pecado. No obstante, deber señalarse que Hebreos 6 habla de una forma específica de este pecado, tal como solo podía ocurrir en la era apostólica, cuando el Espíritu se revelaba mediante dones y poderes extraordinarios. El hecho de que esto no fuera tenido en cuenta a menudo llevó a la opinión errónea de que este pasaje, con sus expresiones inusualmente fuertes, se refería a quienes fueron ciertamente regenerados por el Espíritu de Dios. Pero Hebreos 6:4–6, aunque hablando de experiencias que transcienden aquellas de la fe temporal ordinaria, aun así no testifica necesariamente de la presencia de gracia regeneradora en el corazón.

 

 El castigo del pecado

El pecado es una cuestión muy seria, algo tomado seriamente por Dios, aunque los seres humanos suelan restarle importancia. No es solamente una transgresión de la ley de Dios sino también un ataque al gran Legislador mismo, una revuelta contra Dios. Es una infracción de la justicia inviolable de Dios, la cual es el fundamento mismo de Su trono (Salmo 97:2), y una afrenta a la santidad inmaculada de Dios, la cual exige de nosotros que seamos santos en toda nuestra manera de vivir (1 Pedro 1:16). En vista de esto, no es sino natural que Dios deba visitar el pecado con castigo. En una palabra de importancia fundamental Él dice: «Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen», Éxodo 20:5. La Biblia testifica abundantemente del hecho de que Dios castiga tanto el pecado en esta vida como en la vida venidera.


 Penalidades naturales y positivas

Una distinción bastante común aplicada a los castigos por el pecado es la que se hace entre las penalidades naturales y las positivas. Hay castigos que son resultados naturales del pecado, de los cuales los seres humanos no pueden escapar porque son las consecuencias naturales y necesarias del pecado. El ser humano no es librado de ellas por el arrepentimiento y el perdón. En ciertos casos pueden ser mitigadas e incluso controladas por los medios que Dios ha puesto a nuestra disposición, pero en otros casos permanecen y sirven como un recordatorio constante de las transgresiones pasadas. El hombre perezoso se empobrece, la persona ebria trae ruina para sí y su familia, el fornicador contrae una enfermedad repugnante e incurable y el delincuente es cargado con vergüenza e incluso cuando sale de los muros de la prisión le resulta extremadamente difícil hacer un nuevo comienzo en la vida. La Biblia habla de tales castigos en Job 4:8; Salmo 9:15; 94:23; Proverbios 5:22; 23:21; 24:14; 31:3. Pero también hay castigos positivos y estos son castigos en el sentido más común y legal de la palabra. Presuponen no meramente las leyes naturales de la vida sino una ley positiva del gran Legislador con sanciones añadidas. No son penalidades que resulten naturalmente de la naturaleza de la transgresión, sino penalidades que están adjuntas a las transgresiones por decretos divinos. Son sobreimpuestas por la ley divina, la cual es de autoridad absoluta. Es esta clase de castigo a la que se refiere habitualmente la Biblia. Esto es particularmente evidente en el Antiguo Testamento. Dios dio a Israel un código detallado de leyes para la regulación de su vida civil, moral y religiosa, y claramente estipuló el castigo que ha de imponerse en el caso de cada transgresión, cf. Éxodo 20–23. Y pese a que muchas de las regulaciones civiles y religiosas de esta ley fueron, en la forma en que fueron expresadas, pensadas solamente para Israel, los principios fundamentales que encarnan también se aplican en la dispensación del Nuevo Testamento. En una concepción bíblica de la penalidad del pecado debemos tener en cuenta tanto el resultado natural como el necesario de la oposición deliberada contra Dios y la penalidad legalmente fijada y ajustada a la ofensa por Dios. Ahora bien, hay ciertos unitarios, universalistas y modernistas que niegan la existencia de todo castigo del pecado, excepto consecuencias tales como el resultado natural de la acción pecaminosa. El castigo no es la ejecución de una sentencia pronunciada por el Ser divino sobre los méritos del caso, sino simplemente la operación de una ley general. Esta postura es asumida por J. F. Clarke, Thayer, Williamson y Washington Gladden. Este último señala lo siguiente: «La antigua teología hizo que esta penalidad (penalidad del pecado) consistiera en sufrimiento infligido sobre el pecador mediante un proceso judicial en la vida futura.[…] La penalidad del pecado, como enseña la nueva teología, consiste en las consecuencias naturales del pecado.[…] La penalidad del pecado es pecado. Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará». La idea no es nueva; estaba presente en la mente de Dante, pues en su famoso poema los tormentos del infierno simbolizan las consecuencias del pecado; y Schelling la tenía en mente cuando habló de la historia del mundo como el juicio del mundo. Resulta evidente en forma abundante en la Escritura, no obstante, que esta es una postura totalmente antibíblica. LA Biblia habla de penalidades, que en ningún sentido son el resultado ni las consecuencias naturales del pecado cometido, por ejemplo en Éxodo 32:33; Levítico 26:21; Números 15:31; 1 Crónicas 10:13; Salmo 11:6; 75:8; Isaías 1:24, 28; Mateo 3:10; 24:51. Todos estos pasajes hablan de un castigo del pecado mediante un acto directo de Dios. Más aún, de acuerdo a la postura bajo consideración no hay realmente castigo o recompensa; tanto la virtud como el vicio naturalmente incluyen sus diversas problemáticas. Además, desde aquel punto no hay buena razón para considerar el sufrimiento como castigo, porque niega la culpa, y es exactamente la culpa la que constituye sufrir un castigo. Entonces, también, en muchos casos no es el culpable quien recibe el castigo más severo sino el inocente como, por ejemplo, quienes dependen de una persona que se embriaga o es libertina. Y, finalmente, sobre esta postura, el cielo y el infierno no son lugares de futuro castigo sino estado de la mente o condiciones en las cuales los seres humanos se encuentran aquí y ahora. Washington Gladden expresa esto de modo muy explícito.


Naturaleza y propósito de los castigos

La palabra «castigo» se deriva del latín poena, que significa castigo, expiación o dolor. Denota dolor o sufrimiento infligido por causa de algún delito. Más específicamente, puede definirse como aquel dolor o pérdida la cual es infligida directa o indirectamente por el Legislador, en vindicación de Su justicia ultrajada por la violación de la ley. Se origina en la rectitud o justicia punitiva de Dios, por la cual Él permanece en sí mismo como en Santísimo y exige necesariamente santidad y rectitud en todas Sus criaturas racionales. El castigo es la penalidad que se espera natural y necesariamente el pecador del pecador debido a su pecado; se trata, en efecto, de una deuda que se debe a la justicia esencial de Dios. Los castigos del pecado son de dos clases diferentes. Hay un castigo que es el concomitante necesario del pecado, porque en la naturaleza del caso el pecado causa separación entre Dios y el ser humano, conlleva culpa y contaminación y llena el corazón con temor y vergüenza. Pero también hay una clase de castigo que se sobreimpone al ser humano de forma externa por el supremo Legislador, tal como todo tipo de calamidades en esta vida y el castigo del infierno en el futuro.
Ahora bien, surge la pregunta en cuanto al objeto o el propósito del castigo del pecado. Y sobre este punto hay considerable diferencias de opinión. No deberíamos referirnos al castigo del pecado como una mera cuestión de venganza y como algo que se inflige con el deseo de dañar a alguien que previamente ha hecho daño. Las siguientes son las tres posturas más importantes con respecto al propósito del castigo.

VINDICAR LA RECTITUD O JUSTICIA DIVINA.

Turretin dice: «Si existe tal atributo como justicia correspondiente a Dios, entonces el pecado debe tener su merecido, que es el castigo». La ley exige que el pecado sea castigado en virtud de su demerito inherente, independientemente de toda consideración adicional. Este principio se aplica a la administración tanto de las leyes humanas como divinas. La justicia requiere el castigo del transgresor. Detrás de la ley se sitúa Dios y por tanto puede también decirse que el castigo tiene por objeto la vindicación de la rectitud y la santidad del gran Legislador. La santidad de Dios reacciona necesariamente en contra del pecado y esta reacción se manifiesta en el castigo del pecado. Este principio es fundamental para todos aquellos pasajes de la Escritura que hablan de Dios como un Juez justo, quien lo ofrece a cada ser humano según sus méritos. «Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto», Deuteronomio 32:4. «Por tanto, varones de inteligencia, oídme: lejos esté de Dios la impiedad, y del Omnipotente la iniquidad. Porque él pagará al hombre según su obra, y le retribuirá conforme a su camino», Job 34:10–11. «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu camino», Salmo 119:37. «Yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra», Jeremías 9:24. «Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación», 1 Pedro 1:17. La vindicación de la rectitud y la santidad de Dios, y de aquella ley justa que es la expresión misma de Su ser, ciertamente es el propósito principal del castigo del pecado. Hay otras dos posturas, sin embargo, que erróneamente ponen algo más en primer plano.

REFORMAR AL PECADOR.

Actualmente está en boga la idea de que no hay justicia punitiva en Dios que exija inexorablemente el castigo del pecador, y que Dios no está enojado con el pecador sino que lo ama y solamente inflige dificultades en él a fin de reclamarlo y atraerlo de regreso al hogar de su Padre. Esta es una postura antibíblica, que borra la distinción entre castigo y corrección. La penalidad del pecado no procede del amor y la misericordia del Legislador sino de Su justicia. Si la reforma se desprende de la imposición del castigo, no se debe a la penalidad como tal sino al fruto de cierta operación de gracia por parte de Dios por la cual Él cambia aquello que en sí es malo para el pecador en algo que es beneficioso. La distinción entre corrección y castigo debe sostenerse. La Biblia nos enseña por un lado que Dios ama y corrige a Su pueblo, Job 5:17; Salmo 6:1; Salmo 94:12; 118:18; Proverbios 3:11; Isaías 26:16; Hebreos 12:5–8; Apocalipsis. 3:19; y por el otro, que Él odia y castiga a los malhechores, Salmo. 5:5; 7:11; Nahúm 1:2; Romanos 1:18; 2:5, 6; 2 Tesalonicenses 1:6; Hebreos 10:26, 27. Más aún, un castigo debe reconocerse como justo, esto es, de acuerdo a la justicia, a fin de ser reformador. Según esta teoría un pecador que ha sido reformado ya no podría ser castigado más; ni tampoco podría uno más allá de la posibilidad de la reforma, de modo que no podría haber castigo para Satanás; la penalidad de la muerte habría sido abolida y el castigo eterno no tendría razón de existir.

DISUADIR A LOS SERES HUMANOS DEL PECADO.

Otra teoría bastante predominante en nuestro tiempo es que el pecador debe ser castigado para la protección de la sociedad, al disuadir a otros en cuanto a cometer ofensas similares. No caben dudas al respecto en que este fin suele asegurarse en la familia, en el estado y en el gobierno moral del mundo, pero es un resultado incidental que Dios efectúa misericordiosamente por medio de la imposición de la penalidad. Ciertamente no puede ser el fundamento para la imposición de la penalidad. No hay justicia en absoluto en castigar a un individuo sencillamente por el bien de la sociedad. En efecto, el pecador siempre es castigado por su pecado e incidentalmente esto puede ser para el bien de la sociedad. Y aquí de nuevo puede decirse que ningún castigo tendrá un efecto disuasivo si no es justo y recto en sí. El castigo solamente tiene un efecto bueno cuando resulta evidente que la persona en quien se impone merece realmente el castigo. Si esta teoría fuera cierta, un delincuente podría ser puesto en libertad de inmediato si no fuera por la posibilidad de que otros puedan ser disuadidos del pecado con su castigo. Más aún, un ser humano podría cometer con razón un delito si solo estuviera dispuesto a cargar con la penalidad. Según esta postura el castigo no está en ningún sentido fundado en el pasado sino que es totalmente prospectivo. Pero sobre esa suposición es muy difícil explicar cómo causa invariablemente que el pecador arrepentido mire atrás y confiese con un corazón contrito los pecados del pasado, como notamos en pasajes tales como estos: Génesis 42:21; Números 21:7; 1 Samuel 15:24, 25; 2 Samuel 12:13; 24:10; Esdras 9:6, 10, 13; Nehemías 9:33–35; Job 7:21; Salmo 51:1–4; Jeremías 3:25. Estos ejemplos podrían multiplicarse con facilidad. En oposición a ambas teorías consideradas debe sostenerse que el castigo del pecado es totalmente retrospectivo en su objetivo principal, aunque la imposición de la penalidad pueda tener consecuencias benéficas tanto para el individuo como para la sociedad.


La penalidad real del pecado

La penalidad con la cual Dios amenazó al ser humano en el paraíso fue la penalidad de la muerte. La muerte aquí señalada no es la muerte del cuerpo sino la muerte del ser humano como un todo, la muerte en el sentido escritural de la palabra. La Biblia no conoce la diferencia, tan común entre nosotros, entre una muerte física, una espiritual y una eterna; tiene una visión sintética de la muerte y se refiere a ella como la separación de Dios. La penalidad también fue ciertamente ejecutada el día en que el ser humano pecó, aunque la plena ejecución de esta fue temporalmente suspendida por la gracia de Dios. De un modo bastante antibíblico, algunos trasladan sus distinciones hacia la Biblia y sostienen que la muerte física no debe considerarse como la penalidad del pecado sino como el resultado natural de la constitución física del ser humano. Pero la Biblia no conoce tal excepción. Nos informa de la penalidad amenazada, que es muerte en el sentido abarcador de la palabra, y nos dice que la muerte entró al mundo por medio del pecado (Romanos 5:12), y que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). La penalidad del pecado ciertamente incluye muerte física, pero incluye mucho más que eso. Haciendo la distinción con la cual nos hemos acostumbrado, puede decirse que incluye lo siguiente:

MUERTE ESPIRITUAL.

Hay una verdad profunda en el dicho de Agustín en cuanto a que el pecado es también el castigo del pecado. Esto significa que el estado y la condición pecaminosos en los cuales nace el ser humano por naturaleza forman parte de la penalidad del pecado. Estas son, en verdad, las consecuencias inmediatas del pecado, pero también son parte de la penalidad amenazada. El pecado separa al ser humano de Dios y eso implica muerte, porque es solo en comunión con el Dios viviente que el ser humano puede vivir en realidad. En el estado de muerte, que resultó de la entrada del pecado en el mundo, estamos cargados con la culpa del pecado, una culpa que solo puede eliminarse por medio de la obra redentora de Jesucristo. Por lo tanto estamos bajo la obligación de cargar los sufrimientos que provienen de la transgresión de la ley. El hombre natural carga con el sentido de responsabilidad ante el castigo a donde quiera que vaya. La conciencia es un recordatorio constante de su culpa y el temor del castigo suele llenar su corazón. La muerte espiritual no significa solo culpa sino también contaminación. El pecado siempre es una influencia corrupta en la vida y esto es parte de nuestra muerte. Por naturaleza somos no solo injustos ante los ojos de Dios sino también impíos. Y esta impiedad se manifiesta en nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones. Está siempre activa dentro de nosotros como una fuente envenenada contaminando los torrentes de la vida. Y si no fuera por la influencia restrictiva de la gracia común de Dios, imposibilitaría la vida social por completo.

LOS SUFRIMIENTOS DE LA VIDA.

Los sufrimientos de la vida, que son resultado del ingreso del pecado en el mundo, también están incluidos en la penalidad del pecado. El pecado trajo perturbación en la vida humana por entero. Su vida física cayó presa de la debilidad y las enfermedades, las cuales dan como resultado desazones y a menudo dolores agonizantes; y su vida mental se volvió sujeta a perturbaciones angustiantes, que suele quitarle el gozo de la vida, descalificarlo para su vida cotidiana y en ocasiones destruir totalmente su equilibrio mental. Su alma misma se convirtió en un campo de batalla de pensamientos, pasiones y deseos conflictivos. La voluntad rehúsa seguir el juicio del intelecto y las pasiones se rebelan sin el control de una voluntad inteligente. La verdadera armonía de la vida es destruida y le abre camino al curso de la vida dividida. El ser humano está en un estado de disolución, que a menudo conlleva los sufrimientos más agudos. Y no solo eso, sino con y por cuenta del ser humano la creación entera fue sujetada a la vanidad y la esclavitud de la corrupción. Los evolucionistas especialmente nos han enseñado a mirar a la naturaleza como «roja en dientes y garras». Las fuerzas destructivas suelen liberarse en terremotos, ciclones, tornados, erupciones volcánicas e inundaciones, que llevan miseria indecible sobre la humanidad. Ahora bien hay muchos, en especial en nuestro tiempo, que no ven la mano de Dios en todo esto y no se refieren a estas calamidades como parte de la penalidad del pecado. Y aun así esto es exactamente lo que son en un sentido general. No obstante, no será seguro particularizar ni interpretar esto como castigos especiales por determinados pecados graves cometidos por quienes viven en las zonas golpeadas. Ni tampoco será sabio ridiculizar la idea de que existiera una conexión causal semejante en el caso de las Ciudades de la Llanura (Sodoma y Gomorra), las cuales fueron destruidas por fuego de los cielos. Siempre debemos tener en cuenta que hay una responsabilidad colectiva y que siempre hay suficientes razones por las cuales Dios debe visitar ciudades, distritos o naciones con calamidades directas. Es más bien una maravilla que Él no las visite con más frecuencia en Su ira y en Su desagrado. Siempre es bueno tener en mente que Jesús dijo una vez a los judíos que le trajeron el reporte de una calamidad que había sucedido a ciertos galileos y evidentemente sugirieron que estos galileos debían haber sido muy pecadores: «Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente», Lucas 13:2–5.

MUERTE FÍSICA.

La separación de cuerpo y alma también es parte de la penalidad del pecado. Que el Señor tuviera esto en mente en la penalidad advertida resulta evidente en la explicación de esto en las palabras: «pues polvo eres, y al polvo volverás», Génesis 3:19. También parece ser el caso a partir del argumento completo de Pablo en Romanos 5:12–21 y en 1 Corintios 15:12–23. La postura de la Iglesia siempre ha sido que la muerte en el sentido pleno de la palabra, incluyendo muerte física, no solo es la consecuencia sino también la penalidad del pecado. La paga del pecado es muerte. El pelagianismo negó esta conexión, pero el Sínodo General Norafricano de Cartago (418) declaró anatema a cualquier persona que dijera «que Adán, el primero hombre, fue creado mortal, por lo que pecara o no pecara igualmente habría muerto, no como paga del pecado son por la necesidad de la naturaleza». Los socinianos y los racionalistas continuaron el error de los pelagianos e incluso en tiempos más recientes fue reproducido en los sistemas de aquellos teólogos kantianos, hegelianos o ritschlianos que virtualmente hacen del pecado un momento necesario en el desarrollo moral y espiritual del ser humano. Sus posturas hallaron respaldo en la ciencia natural de nuestro tiempo, que considera la muerte física como un fenómeno natural del organismo humano. La constitución física del ser humano es tal que necesariamente muere. Pero esta postura no se recomienda a sí misma en vistas del hecho de que el organismo físico humano es renovado cada siete años y que comparativamente poca gente muere en edad anciana y de agotamiento completo. Por lejos el gran número de ellos mueren como resultado de enfermedades y accidentes. También es contrario al hecho de que el ser humano no sienta que la muerte sea algo natural sino le tema como una separación no natural de aquello que es un conjunto.

MUERTE ETERNA.

Esta puede considerase como la culminación y el coronamiento de la muerte espiritual. Las restricciones del presente caen y la corrupción del pecado realiza su obra perfecta. El peso pleno de la ira de Dios desciende sobre el condenado. Su separación de Dios, la fuente de vida y gozo, es completa, y esto significa muerte en el sentido más horrendo de la palabra. Su condición externa se hace correspondiente con el estado interior de su alma perversa. Hay angustias de conciencia y dolor físico. Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Apocalipsis 14:11. Un abordaje adicional de este tema corresponde a la escatología.

 


 

 

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