SIMÓN DE CIRENE

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SIMÓN DE CIRENE

¿Qué te dice el nombre de Simón de Cirene?

¿Te suena de algo? Ciertamente no es uno de los nombres más conocidos, ¿verdad? Aunque, dicho eso, si buscamos “Simón” en algún diccionario, es fácil que encontremos “Simón Cireneo” y una breve descripción de lo que le hizo pasar a la Historia.
Ni siquiera en la Biblia, que es donde Simón de Cirene hace su primera y única “aparición” en el drama de la Historia, se le puede comparar con, por ejemplo, Abraham, Moisés o Pedro. De hecho, de los más de 30 000 versículos que hay en la Biblia, el nombre de Simón de Cirene solamente se encuentra en tres de ellos; y, por si esto fuera poco, ¡los tres dicen más o menos lo mismo! ¿Cuáles son esos tres versículos y qué dicen?

1. “Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase la Cruz” (Mateo 27:32).
2. “Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz” (Marcos 15:21).
3. “Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús” (Lucas 23:26).

Simón cargando la cruz

Y eso es todo. Se puede resumir en pocas palabras: Cuando los soldados estaban llevando al Señor al lugar de ejecución, en el camino obligaron a un tal Simón de Cirene a llevar la Cruz del Señor.
No se nos dice por qué, aunque la tesis más probable parece ser que los soldados se habían dado cuenta de que el Señor no iba a poder llegar arriba llevando Él solo su Cruz, sin ayuda. Si fue así, no sería nada extraño. El Señor llevaba unos tres años y medio dándose a la gente, caminando mucho y descansando poco, y acababa de pasar la agonía de Getsemaní, la traición de Judas Iscariote, la deserción de todos los demás discípulos y una noche entera de soledad, de una humillación tras otra en tres juicios diferentes (ante el Concilio, ante Herodes y ante Pilato) y de la más cruel tortura física y psicológica.
Por tanto, en el drama del último viaje del Señor antes de su muerte, Simón de Cirene parece poco más que un extra que entra en el escenario sin que apenas se note y que poco tiempo después vuelve a salir para desaparecer para siempre. ¿Pero es así?

Simón de Cirene: lo que sabemos

¡Es sorprendente cuánta información puede haber en unas pocas palabras!
1. Sabemos cómo se llamaba: acerca de eso Mateo, Marcos y Lucas concuerdan.
2. Sabemos de dónde era: de Cirene, en el norte de África, muy cerca de lo que hoy es Trípoli, la capital de Libia.
3. Sabemos que tuvo por lo menos dos hijos, Alejandro y Rufo (cf. Marcos 15:21). Cabe la posibilidad de que los tuviera después; las palabras de Marcos podrían significar que Simón era el padre de Alejandro y Rufo cuando Marcos estaba escribiendo.
4. Sabemos que Simón probablemente era judío: su nombre es un nombre judío muy común; se sabe que, en la zona de Cirene, en aquel entonces había muchos judíos; y parece razonable pensar que Simón se encontraba en Jerusalén justo por esas fechas, porque se estaba celebrando la fiesta judía de la Pascua.
5. Sabemos que Simón “venía del campo” (Marcos 15:21; Lucas 23:26). Es decir, estaba entrando en la ciudad, no saliendo de ella como todos los que formaban parte de la procesión que acompañaba a los tres hombres que iban a ser ejecutados aquella mañana. Nos podemos imaginar a Simón acercándose a la ciudad cuando, para su sorpresa, ve un montón de gente saliendo de la ciudad en medio de mucha emoción; y para su mayor sorpresa (y probablemente totalmente en contra de su voluntad) se encuentra obligado por los soldados a llevar una de las cruces.
6. Sabemos que los soldados se fijaron en él. ¿Por qué? ¿Fue porque tenía pinta de extranjero? ¿O fue porque era un hombre fuerte, justo lo que hacía falta en ese momento? En esto podría haber alguna pista más acerca del aspecto físico de “nuestro hombre”.

Simón de Cirene: lo que quizá ocurrió

Aquí me voy a atrever a expresar algo mucho más trascendental que una simple descripción de Simón de Cirene. Voy a sugerir que Simón de Cirene, como consecuencia de lo que le pasó aquel día, se convirtió en cristiano. Esta sugerencia puede parecer, a primera vista, un disparate. ¿Cómo se puede sacar tanto de esas pocas palabras de Mateo, Marcos y Lucas?
La respuesta es la mención (en Marcos) de los hijos de Simón: “Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo” (Marcos 15:21). Aunque parezca fruto de una fértil imaginación basar la conversión de alguien solamente en la mención de sus hijos, tal vez las siguientes preguntas nos ayuden a ver que no es una teoría tan descabellada como puede parecer:

1. ¿Cómo sabía Marcos que Simón de Cirene tuvo dos hijos?
2. ¿Cómo conocía Marcos los nombres de los dos hijos de Simón de Cirene?
3. ¿De qué conocía Marcos a Alejandro y a Rufo?
4. ¿Por qué menciona Marcos a Alejandro y a Rufo en su Evangelio?

Propongo la siguiente tesis (que juzgue el lector si es creíble o no, si convence o no):

1. Marcos conocía a Alejandro y a Rufo, hijos de Simón de Cirene.
2. Las personas para quienes Marcos escribió su Evangelio también conocían a Alejandro y a Rufo; si no, ¿por qué nombrarlos?
3. Tanto Marcos como la mayoría de sus lectores eran cristianos; por tanto, parece razonable pensar que Alejandro y Rufo también lo eran.
4. No es imposible —aunque esto ciertamente no se puede demostrar— que el Rufo nombrado en Romanos 16:13 fuera el mismo Rufo que era hijo de Simón de Cirene: hay algunas circunstancias que asocian el nombre de Marcos con la iglesia cristiana en Roma.
5. Si Alejandro y Rufo eran cristianos, parecería mucha coincidencia que ese hecho no tuviera nada que ver con su padre, quien pasó a la Historia como el hombre que llevó la Cruz del Señor Jesús.
6. Parece natural que Simón de Cirene les contara a sus hijos (¡y a todos sus familiares, amigos y conocidos!) lo que le había pasado cuando estaba en Jerusalén, y sobre todo si a él mismo le había impactado.
7. Es posible que Simón de Cirene, después de haber llevado la Cruz de Jesús, se quedara para ver ejecutados a los tres hombres; y que lo que viera y oyera aquel día en el Calvario tuviera un gran impacto sobre él, hasta tal punto que, ese mismo día o un tiempo después, llegara a creer en Cristo, a ser cristiano; y que todo ello se lo transmitiera a sus hijos Alejandro y Rufo.
8. Y años más tarde, cuando Marcos escribe su Evangelio, conociendo a los hijos de Simón y sabiendo que muchos de sus lectores también los conocían, menciona sus nombres como los hijos de aquel que había llevado la Cruz del Señor.
Normalmente no pensamos en Simón de Cirene como uno de los que estuvieron ante la Cruz. Pero es probable que estuviera, ¿verdad? ¿O es que parece más probable que, después de haber llevado aquella Cruz, se fuera enseguida sin esperar a ver el fin del “espectáculo”?

Simón de Cirene: lo que podemos aprender

De todas las lecciones que se podrían mencionar, hay tres que parecen sobresalir:

La providencia de Dios

¿Qué es la providencia de Dios? Es cómo Dios va guiando a las personas y sus circunstancias para que se cumplan sus propósitos. No es difícil verlo en el caso de Simón de Cirene:
1. Simón estaba en el lugar oportuno en el momento oportuno. “Venía del campo”, sin duda no esperaba nada de lo que le iba a ocurrir. Pero Dios lo tenía todo planeado. Era su propósito que Simón de Cirene tuviese aquel viernes un encuentro con el Señor Jesucristo; ¡y qué encuentro!
2. Los soldados se fijaron en él. Había una multitud de gente; pero era el propósito de Dios que, ante la necesidad de encontrar un “voluntario”, se fijasen en Simón de Cirene, alguien que no tenía nada que ver con lo que estaba pasando. ¡La providencia de Dios!
3. Simón no estaba buscando al Señor aquel día, ¡pero el Señor estaba buscándole a él! Y puso a Simón en ese lugar, justo en el momento oportuno, e hizo que los soldados se fijasen en él y le escogiesen a él para ese trabajo, porque todo venía del Señor, ¡para que se cumpliese su propósito para un hombre de África!
¿Y no es así también con nosotros? ¿Acaso no se ve esa misma providencia divina en nuestras vidas hasta en los detalles aparentemente más insignificantes? Piensa en tu propio caso: en los lugares donde has estado, en las personas con las que te has cruzado, en lo que has hecho y en las cosas que te han pasado. No todo ha sido ni fácil ni agradable, pero todo ha estado dentro de los propósitos de Dios para ti.

Llevar la Cruz

En un sentido, lo que hizo Simón aquel día fue algo tan irrepetible como lo fue la muerte del Señor en la Cruz: nadie más en toda la Historia ha hecho lo que hizo Simón —llevar la Cruz del Señor— ni nadie más lo hará.
Pero, dicho eso, la imagen de Simón de Cirene llevando aquella Cruz “tras Jesús” (Lucas 23:26) nos recuerda lo que es el discipulado cristiano: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8:34). Esto no es algo opcional para los más comprometidos. Seguir al Señor no es como asegurar tu automóvil decidiendo entre pagar más para tener una mayor cobertura y pagar menos con mayor riesgo. Con el mensaje de Cristo no hay dos o más opciones, no se puede optar por pagar lo mínimo para ir al Cielo. No, si quieres ser cristiano, tienes que negarte a ti mismo, tomar tu cruz y seguir al Señor. Ni el Señor ni los Apóstoles hacían lo que, por desgracia, muchos hacen ahora: pintar la vida cristiana de color de rosa y ocultar el costo.
“Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13). ¡Vayamos tras el Señor! ¡Identifiquémonos con Él! ¡Suframos con Él y por su causa! ¡Y un día sabremos hasta qué punto mereció la pena!

El cambio que puede producir un día

Cuando Simón de Cirene despertó aquel viernes, ¡no tenía ni idea de lo que le esperaba! Pero para cuando se acostara al final del día, ¡sabría que había sido un día que había cambiado su vida! En un solo día había pasado de la ignorancia del Señor al conocimiento de Él, ¡de la indiferencia a la fe! ¿Qué había producido ese cambio? ¡Había estado ante la Cruz!
No todos los encuentros con el Señor son así de dramáticos, pero para nosotros también un día puede producir un cambio muy grande. Puede ser por una conversación con alguien, por algo que leemos, por alguna noticia especialmente impactante, por algo que nos pasa o por algún encuentro con la Palabra de Dios que, como la “dinamita” espiritual que es, ¡explosiona en nuestro corazón! Sin embargo, lo que más puede cambiar nuestras vidas sigue siendo la Cruz de Cristo y el haber estado ante ella. Ya no se puede estar allí físicamente, pero sí espiritualmente. La Palabra de Dios nos la describe y la fe nos puede llevar hasta allí. ¿Has experimentado el cambio, la transformación, que experimentó aquel día Simón de Cirene?

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