Madrid, España

¿SE PUEDE CONOCER A DIOS?

Recursos Bíblicos Para Crecer

¿SE PUEDE CONOCER A DIOS?

La condición humana

¿Qué sentido tiene la vida? ¿De qué va? ¿Sabe alguien decirnos por qué estamos aquí, cuál es el propósito de nuestra existencia y para qué hemos nacido?

Desde luego, en principio, la vida nos ofrece un sinfín de experiencias, situaciones y relaciones potencialmente muy enriquecedoras. Pero mucha gente, quizás la gran mayoría, descubre que aquello que empezó de una manera prometedora acaba en aspiraciones frustradas y relaciones deterioradas. Como consecuencia, se desilusionan con todo intento de encontrar un sentido trascendente en la vida y se entregan a una vivencia superficial de evasiones, placeres y diversiones: el trabajo, los pasatiempos, la sensualidad, las alegrías efímeras de una vivencia sin sentido. ¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos! (1 Corintios 15:32).

Mientras seguimos subiendo la escalera social, en los estudios, en el trabajo o en nuestro círculo de amistades, quizás no nos planteemos siquiera estas preguntas. Vivimos de la renta emocional de la misma escalada. El siguiente peldaño parece ofrecernos suficiente razón por la cual vivir. Tenemos la sensación de ser algo, de tener una vida con dirección y propósito. Pero todos pasamos alguna vez por la experiencia de preguntarnos: ¿Qué hago aquí? ¿Qué sentido tiene la frenética carrera de la vida? ¿Adónde voy a parar? Y, muchas veces, los que llegan a la cúspide de su escalera particular sienten, al superar el último peldaño, el profundo vacío de no tener ya más metas ni aspiraciones. Otros conocen la amarga experiencia de gritar: ¡Aquí estoy yo!, para descubrir luego que nadie les ha escuchado.

Algunos pretenden dar sentido a su vida realizándose en su carrera profesional. Otros en su familia. Otros lo buscan en el amor o en diferentes relaciones afectivas o sentimentales en los cuales pueden sentirse aceptados. Pero, quien más quien menos, todos descubrimos que estas cosas, aunque muy hermosas en sí, no nos satisfacen plenamente; o, en el mejor de los casos, sólo nos proporcionan una satisfacción transitoria. ¿Estamos condenados, pues, a morir sintiendo que nunca hemos sido amados como quisiéramos, temiendo que no hemos desarrollado nuestro potencial y sabiendo que pronto seremos olvidados? ¿Estamos condenados a no encontrar ningún sentido en la vida?

No. El cristiano sabe que hay respuesta a estas preguntas. Los que no la encuentran es porque buscan en el lugar incorrecto e intentan apoyar su vida sobre fundamentos incapaces de sostenerla.

Declara el Señor:… Dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua (Jeremías 2:12–13).

Hay uno solo que puede satisfacer nuestras aspiraciones más profundas de amor, comprensión, aceptación y realización. Hay una solo que puede dar sentido a la vida. Es Dios mismo. Desconocerle es perder el sentido de la vida; conocerle es descubrir una nueva dimensión de vida, la vida eterna:

No confiéis en príncipes, ni en hijo de hombre en quien no hay salvación… Bienaventurado aquel… cuya esperanza está en el Señor su Dios, que hizo los cielos y la tierra,… que hace justicia a los oprimidos, y da pan a los hambrientos (Salmo 146:3–7).

Alzando los ojos al cielo, Jesús dijo:… Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:1–3).

El mercadillo de las religiones

Nuestro mundo se ha encogido de una manera asombrosa en las últimas décadas. Cuando me establecí en España, hace unos treinta años, conocí a personas en las Alpujarras de Granada, en los montes de Lugo o en aisladas poblaciones de Palencia, que me aseguraron que nunca antes habían conocido a un extranjero. En aquel entonces, aún era cierto que para mucha gente los límites del término municipal eran las fronteras de su mundo conocido. El pueblo de al lado era un lugar distante. Ir a la capital de la provincia era una proeza. Y emigrar a Madrid o Barcelona –¡no digamos a Francia o Alemania!– era una heroicidad, una locura sólo explicable a causa de la acuciante necesidad de encontrar trabajo. La televisión, sin embargo, ya había comenzado a derribar fronteras. En las ciudades, las familias acomodadas ya tenían televisor propio. En el campo, la gente acudía al bar del pueblo para verla. Poco a poco, se estaban acostumbrando a conocer otros países, a exponerse a otras culturas y mentalidades, y a escuchar una variedad de opiniones. Antes, la gente sabía, en teoría, que en otras naciones las creencias eran diferentes: que en el norte de Europa había protestantes, en el norte de África musulmanes, y otras religiones por otras partes del mundo. Sin embargo, sólo una pequeña minoría tenía contacto directo con otros lugares y con otras culturas. En consecuencia, los únicos aires filosóficos, ideológicos y religiosos que se respiraban eran los del pueblo, es decir, los del alcalde, del maestro y del párroco del pueblo. Era absolutamente habitual seguir confiando en lo de casa y pensar que todos los demás eran herejes, gente necia o atrasada. La normalidad consistía en ser católico romano y apostólico, y casi todo el mundo lo era. En España, quiero decir.

¡Qué diferente es la sociedad de hoy! A través de los medios de comunicación, el mundo entero ha entrado en casa. Todos nos hemos convertido en viajeros. Hemos estado en Bosnia y en Ruanda. Hemos asistido a sesiones del Duma o del Congreso norteamericano. Y, si bien es cierto que las noticias nos llegan filtradas por los criterios de la prensa y de la “corrección político” del momento, y aunque nuestra perspectiva sufre las correspondientes distorsiones, ¿quién duda de que nuestros horizontes se han ensanchado? Además, estamos viviendo en plena revolución informática. Es previsible que, de aquí a poco, todos estemos conectados a alguna red a través de la cual tendremos acceso a opiniones de todos los colores. Mientras tanto, ya empezamos a palpar que no somas solamente ciudadanos de un pequeño pueblo, o de una ciudad, o de un país. Ni siquiera pertenecemos sólo a Europa, sino que compartimos nuestra suerte con el mundo entero. Con esto vamos descubriendo otra cosa: que lo que aceptábamos coma normativo en materia religiosa, ya no lo es tanto; porque día tras día vemos a otras gentes que consideran que sus creencias son la norma, y que las nuestras son la exótica excepción.

Sigue siendo cierto que la mayor parte de nuestros vecinos –quizás par comodidad, por pereza intelectual o por intereses sociales– se conforma con el status quo tradicional. Pero, debajo de esta fachada de conformismo eclesiástico, se esconde un mar de incredulidad, de incertidumbre y de relativismo en cuanto a conceptos religiosos.

Por eso muchas veces oímos decir: Yo soy católico romano… ¡pero a mí manera! Normalmente, alguien que habla así quiere decir que por razones sociales sigue cumpliendo con las formas externas del catolicismo (se casa por la iglesia, bautiza a sus hijos, hace que hagan la primera comunión y espera ser enterrado con ceremonia religiosa y que el cura oficiante le llame hermano nuestro y pida a los ángeles que vengan a recibir su alma y conducirlo al paraíso); pero en el fondo, es escéptico, no sabe lo que cree ni le interesa demasiado saber lo que, como buen católico, debería creer.

A través de los medios de comunicación hemos aprendido que, de haber nacido en otros países, probablemente practicaríamos otras religiones. Si hubiéramos nacido en Afganistán, seríamos musulmanes y nuestra gran lucha ideológica sería la de decidir entre solidarizarnos con los talibanes o seguir una interpretación más moderada del Islam. De haber nacido en Suecia seríamos luteranos. De haber nacido en algún país comunista, probablemente seríamos ateos.

La religión que profesamos, entonces, aparentemente es cuestión de un accidente de nacimiento. Esta percepción nos conduce a otras consideraciones: si crees íntimamente que sólo eres católico porque has nacido en España y que serías hindú de haber nacido en la India, ya no te caben dogmatismos ni actitudes intolerantes. Toda la cuestión religiosa te parecerá relativa. Ya no se trata de si cierta religión es verdadera o falsa, sino, como mucho, de si te va o no. Ya no es cuestión de enviar a misioneros para evangelizar América, África o Asia, sino de aceptar que todas las religiones son buenas, todas tienen cosas que enseñarnos y todas conducen a Dios. Lo importante es ser sincero y auténtico. El contenido de tu credo sólo tiene un interés relativo. Todo lo cual hace que, a efectos prácticos, la gente piensa que creer o no en Dios, creer en el Dios revelado a través del Señor Jesucristo o creer en otra deidad, es de poca monta.

Como consecuencia, nuestros contemporáneos viven la vida “a su manera”, sin tomar en cuenta a Dios. Tratan toda manifestación religiosa con cierto distanciamiento, con una buena dosis de agnosticismo, escepticismo o cinismo. Pero ellos mismos no se atreven a definirse. Ni siquiera coma ateos. No se comprometen con la iglesia, pero tampoco renuncian a llamarse cristianos. No se mojan, pero procuran guardarse las espaldas. Por si acaso exista un ser supremo, mejor no rechazar totalmente el concepto de Dios; pero no interesa saber nada acerca de la realidad de Dios, porque esto sería llegar a extremos rayanos en el fanatismo y la intolerancia. Si Dios llega a ser una realidad para ti, estás a un solo paso de decir que le conoces; si le conoces, podrías descubrir cómo es él; y si defines cómo es, acabarás diciendo que todas las otras versiones de Dios que circulan por allí no pueden ser ciertas. Acabarás cometiendo el pecado imperdonable de nuestra generación: el de la “intolerancia”.

Sin embargo, en realidad, la persona que dice que todas las religiones son iguales demuestra no haber estudiado mucho el tema, porque las religiones mismas no se ponen de acuerdo entre sí. Ni siquiera se ponen de acuerdo en cuanto a la existencia, la personalidad y las características de Dios. Algunas parten de la base de un ser supremo, creador de todo; otras lo desconocen. Algunas hablan de este Dios como si tuviera personalidad; otras coma si fuera una fuerza impersonal. Algunas creen en muchos dioses; otras afirman que hay un solo Dios y que los demás “dioses” son falsos. Las que creen en un Dios único y personal no se ponen de acuerdo en cuanto a cómo es su carácter, ni mucho menos en cuanto a cómo podemos los seres humanos relacionarnos con él. Algunas dirían que, para conocer a Dios, basta con incorporarse en sus filas come prosélito y cumplir con sus normas y ceremonias; otras dirían que el ser humano no puede conocer a Dios sin sufrir una radical transformación moral y espiritual y “ser salvo”.

Sí. La persona que afirma la igualdad de las religiones comete un error tan abultado que uno sospecha que se refugia detrás de él para no tener que molestarse en investigar el tema. Algo semejante le pasa a la persona que dice que las religiones se parecen entre sí por cuanto todas ellas son proyecciones de inquietudes, aspiraciones, ideas o sentimientos humanos y, por tanto, no son más que fabricaciones de la fértil creatividad humana. Es una idea conveniente para todo aquel que no quiere creer ni comprometerse con ningún credo, porque se trata de una idea difícil de refutar (¡o de demostrar!), descalifica de antemano el testimonio de aquellos que dan fe de la realidad de Dios y evita que el incrédulo tenga que confrontar la posibilidad de un encuentro con lo trascendente.

Vivimos, pues, en un mundo de miras amplias, tolerante y pluralista, pero también en un mundo cínico y hedonista, que ve que ya no es sostenible la confianza en la superioridad de ciertas creencias sólo porque son “las de mi pueblo de siempre”; pero que no ha sabido llenar el vacío que aquellas creencias caducas han dejado en nosotros excepto con los pobres placeres efímeros de las diversiones modernas. Por aquello de la ley del péndulo, estamos empezando a ver evidencias de un movimiento en sentido contrario: algunos, precisamente por sentirse vacíos, están intentando resucitar formas de la vieja espiritualidad. Pero uno sospecha que este renovado interés en lo espiritual (al menos hasta la fecha y según lo que ya mismo he podido observar) no deja de ser superficial, por no decir trivial. Es como si la gente, preocupada por su pérdida de identidad y desorientada a causa de la falta de valores morales y espirituales, se conformara con unas simples manifestaciones de religiosidad supersticiosa. Se sienten enfermos, pero se limitan a ponerse tiritas cuando el cáncer que sufren requiere un tratamiento a fondo. Así, vemos el resurgir de las procesiones de Semana Santa en muchas partes de España juntamente con otros brotes de los aspectos más folklóricos de la religión popular. Por otro lado, son cada vez más las personas que, aun burlándose de la religión convencional, se entregan a las formas más sensacionalistas del ocultismo. Hoy en día, casi da la impresión de que se cree más en el diablo que en Dios. La gente no acude a la iglesia, pero sí al horóscopo. En las mesas redondas de la televisión, no suele haber representación del clero (el padre Apeles fue una lamentable excepción que sólo sirvió para confirmar la regla), pero sí invitan a brujos y curanderos. Prospera la Nueva Era, que no es más que el resurgir de las viejas supersticiones, mientras que sigue habiendo en nuestro país una profunda ignorancia de la “fe una vez dada a los santos”.

En medio de este panorama, ¿qué debe hacer la persona sincera que desea investigar y saber si es posible conocer a Dios?

Francamente, lo tiene difícil. El mundo de las religiones se ha convertido en una especie de mercadillo ruidoso en el que todos los vendedores gritan que sus productos son los mejores. Imaginemos un gran mercado lleno de puestos en que sólo se venden manzanas, pero de diferentes tipos en cada puesto. Hay manzanas rojas, amarillas y verdes; manzanas grandes y manzanas pequeñas; las hay de gran calidad y las hay baratas; las hay arrugadas y picadas (pero con la garantía de ser el resultado de un riguroso sistema de cultivo ecológico), y las hay hermosas y relucientes (producto de la manipulación genética y el cultivo químico); las hay de diferentes sabores, desde el más dulce hasta el más amargo… Una enorme variedad de colores, tamaños y gustos, pero todo son manzanas. Y en cada puesto el vendedor pretende convencernos de que sus manzanas son las más sanas, las más sabrosas y las más auténticas, mientras que las del vecinos de al lado son malas.

Así pasa con las religiones. Excepto que, en nuestro país, hay una que tiene el hipermercado de las manzanas (de hecho, hasta hace poco había conseguido el monopolio de las ventas), y las demás sólo tienen puestos modestos. Las apariencias engañan, y son muchos los que se dejan deslumbrar por ellas. Pero mira bien las manzanas que venden en el hipermercado y verás que no son ni mejores ni más baratas que las del mercadillo. Pero, en fin, un hipermercado es un hipermercado. Tiene más empaque social.

¿Qué hacer, pues?

Algunos lo tienen claro. Entran en el mercadillo, ven el panorama y vuelven a salir disgustados. Nunca más probarán una manzana en toda su vida. Se vuelven escépticos y amargados. Todas las religiones son malas, hipócritas, interesadas o irracionales. No se dan cuenta de que es un tanto infantil hacer pasar a todas por el mismo rasero. Las inconsecuencias de algunas no demuestran la inconsecuencia de todas. Y, en todo caso, darse por vencido de esa manera no sirve en absoluto para contestar a las preguntas fundamentales de la vida: ¿Quién soy yo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es el propósito de mi existencia? Quien se aleja disgustado del mercadillo se condena a sí mismo a vivir sin respuestas.

Otros, la gran mayoría, aturdidos, optan por comprar manzanas en el puesto donde antes compraban sus padres. Dicen: Si esta religión valió para ellos, valdrá también para mí. A lo mejor, escuchan la opinión de los que dicen que la “manzanería comparativa” es una asignatura de muy alto vuelo, asequible sólo para algunas pocas mentes privilegiadas (¡doctores tiene la iglesia!), y mejor dejar la selección de las manzanas en manos de los expertos. (Dato curioso: casi siempre son los dueños del hipermercado los que emiten esta opinión. ¿Podría ser porque tienen algún interés en ello?) Así, éstos se ahorran la necesidad de utilizar su propio raciocinio y se entregan al inocuo oscurantismo de la tradición.

Pero nosotros –insisto–, ¿qué haremos?

Y ahora ha llegado el momento de confesar lo que ya habías llegado a sospechar: ¡Sí, yo también soy vendedor de manzanas! Lo sospechaste cuando hice referencias cáusticas al hipermercado. Dijiste para ti: ¡La típica reacción de un vendedor envidioso! Pongamos, pues, las cartas sobre la mesa. Quiero venderte manzanas. Por si no lo sabías, el libro que tienes entre manos pretende persuadirte de que es realmente posible conocer a Dios y de que el único camino autorizado para alcanzar esta meta es el evangelio de Jesucristo. Pero permíteme decirte dos cosas más.

En primer lugar, las manzanas que vendo no son mías. No vengo a ofrecerte ninguna religión nueva, sino el evangelio de siempre, el de Jesucristo. Hago mía la actitud de los apóstoles: No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús. Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandecerá la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo… Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! (2 Corintios 4:5–6; 5:20).

En segundo lugar, si piensas que el mercadillo de las religiones representa un gran problema para los compradores, ¡ponte en el lugar de los vendedores! A causa de las muchas voces que resuenan en la plaza, todo aquel que busca las mejores manzanas lo tiene difícil; pero los que, habiendo buscado y encontrado las mejores, queremos compartirlas con otros lo tenemos absolutamente crudo.

Tan crudo, de hecho, que nos daríamos por vencidos, desmontaríamos nuestro puesto y volveríamos a casa, si no fuera por dos consideraciones. La primera es que Dios –el Dios real, el que verdaderamente existe, el que no es una fabricación de la imaginación humana sino el Fabricante de ella, el que es tu Creador y que te entiende a la perfección, el que ha gobernado tus circunstancias hasta aquí y te ha conducido hasta este momento en que tienes este texto entre manos– es un Dios que busca a la gente. Sí. Según lo que este Dios nos ha revelado, la gran búsqueda de la vida no es, en primer lugar, tu búsqueda de Dios, sino aquella por la cual Dios te busca a ti. Como dice el himno cristiano:

Yo te busque, Señor, mas descubrí
Que tú impulsabas mi alma en ese afán,
Que no era yo que te encontraba a ti;
Tú me encontraste a mí.

Jesucristo dijo en una ocasión: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren (Juan 4:23). De hecho, toda la razón de ser de la encarnación de Jesucristo tiene que ver con esta búsqueda divina. Como él mismo lo expresó: El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10).

La segunda consideración es ésta: puesto que Dios te ha creado y te conoce perfectamente, no sólo sabe salir a tu encuentro de la manera más adecuada, sino que también ha puesto en ti aquellas facultades racionales, intuitivas y espirituales que mejor pueden ayudarte en tu búsqueda. Dijo el sabio Predicador, hijo de David: Él ha hecho todo apropiado a su tiempo; también ha puesto la eternidad en sus corazones (Eclesiastés 3:11). O sea, hay algo en nosotros que aspira a la trascendencia y a la eternidad. No nos conformamos con una mera existencia animal. Y esto proviene de Dios mismo, quien ordena nuestras circunstancias para que nuestras aspiraciones fructifiquen en el momento idóneo.

Algo de la misma idea lo encontramos en la gran predicación del apóstol Pablo ante los eruditos de Atenas: El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay… hizo todas las naciones del mundo para que habitaran sobre toda la faz de la tierra, habiendo determinado sus tiempos señalados y los límites de su habitación, para quo buscaran a Dios, si de alguna manera, palpando, le hallen, aunque no está lejos de ninguno de nosotros; porque en él vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17:24–28). En otras palabras, Dios ha fijado nuestras circunstancias con el fin expreso de asistirnos en nuestra búsqueda, deseando que le hallemos.

Por lo tanto, podemos contar con que el Espíritu Santo de Dios nos guíe a la verdad y nos oriente en medio de la confusión de la plaza. Como dijo Jesucristo: Cuando venga el Consolador, convencerá el mundo de pecado, de justicia y de juicio… Cuando el Espíritu de verdad venga, os guiará a toda la verdad (Juan 16:8, 13).

Todo esto quiere decir que podemos emprender nuestra búsqueda con cierta garantía de éxito. No estamos solos. El mismo Dios a quien buscamos nos ayudará en la búsqueda.

Así las cosas, ¿cómo es que no todos lo encuentran? Si todos tenemos aspiraciones de eternidad y si Dios mismo sale a nuestro encuentro, ¿no tendría que ser hallada por todo el mundo?

Las razones tienen que ver con el carácter santo de Dios y con la finalidad de nuestra búsqueda. Las exploraremos con más detalle más adelante. Por el momento, nos limitaremos a las escuetas consideraciones siguientes.

El Dios con quien queremos encontrarnos es nuestro Creador y Señor. Quien quiere entablar una relación personal con el, tiene que saber que entrará en la presencia de un ser tres veces santo, nuestro juez legítimo y dueño absoluto. Por lo tanto, no puede llegar de cualquier manera:

• El camino que conduce a Dios es un camino de adoración y obediencia, sencillamente porque él es eso: nuestro Dios y Señor. En vano le buscamos si, en nuestra búsqueda, no estamos dispuestos a concederle el lugar en nuestras vidas que él se merece como nuestro Dios.

• Es un camino de sinceridad y autenticidad, porque Dios no es un juguete a tomar y dejar a nuestro antojo; por lo cual no será hallado excepto por aquellos que lo buscan con sencillez de corazón e intensidad de propósito: Buscarás al Señor tu Dios, y lo hallarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma (Deuteronomio 4:29); Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón; [entonces] me dejaré hallar de vosotros (Jeremías 29:13–14). Por eso, Jesús indicó que el camino a Dios sólo sería hallado por una pequeña minoría: Entrad por la puerta estrecha,… porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan (Mateo 7:13–14).

• El camino a Dios es un camino de arrepentimiento y conversión, porque nos hemos rebelado contra él y vivido a espaldas de su ley y voluntad. Mientras no estemos dispuestos a volver de nuestras rebeldías, someternos a la autoridad de la voluntad divina y seguir la santidad, en vano buscaremos a Dios. Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios (Mateo 5:8).

• Es un camino de humillación y quebrantamiento, porque nuestro orgullo, pecado y egocentrismo se alzan como impedimentos para poder relacionarnos con el. Así dice el Alto y Sublime que vine para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu (Isaías 57:15).

Por tanto, el camino del conocimiento de Dios siempre se nos presenta en las Escrituras como un camino de autoconocimiento, de conversión y de santidad. No podemos aspirar a tener comunión con Dios y, a la vez, aferrarnos a nuestra impiedad e injusticia. El conocimiento de Dios tiene grandes implicaciones morales y espirituales. Los que pierden el camino suelen hacerlo no por falta de evidencias y argumentos racionales, sino por no querer renunciar a su egocentrismo y autosuficiencia, y por negarse a convertirse y cambiar de vida.

Pongamos dos textos bíblicos como botón de muestra de lo que estamos diciendo. En Isaías 55:6–7, el profeta (¡excelente vendedor de manzanas!) extiende una gloriosa invitación en nombre de Dios a que todos emprendamos la búsqueda divina: Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cerca. Pero, acto seguido, indica cuáles son las implicaciones morales y condiciones espirituales de esta búsqueda: Abandone el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos. Acercarnos a Dios implica alejarnos de nuestra impiedad e iniquidad. No podemos buscar con éxito al Santo mientras nos apegamos a nuestra inmundicia humana. La razón por la que muchos nunca encuentran a Dios, incluso cuando piensan que lo han buscado con rigor, es que su búsqueda sólo ha sido intelectual; no han querido afrontar sus ineludibles dimensiones morales y espirituales.

Por eso (y en segundo lugar), Jesús pronunció las siguientes palabras, absolutamente fundamentales para nuestro tema: Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió; si alguien quiere hacer la voluntad de Dios, sabrá si mi enseñanza es de Dios (Juan 7:16–17). Al pronunciarlas, sabía que su autoridad espiritual estaba siendo cuestionada. ¿Cómo demostrarla? En vano ofreces pruebas y evidencias si la gente no quiere verlas. En vano razonas si la gente ya ha determinado seguir en sus trece. Todo depende de la disposición del corazón. Si una persona tiene hambre y sed de Dios, si es sincera en su búsqueda y está dispuesta a cambiar y someterse a las exigencias de Dios, algo dentro de ella le dirá que el camino de Cristo conduce verdaderamente a Dios. Pero, si no está dispuesta a ello, siempre encontrará argumentos y preguntas que le sirvan de excusa para no creer. Y una de las excusas que se emplean con más frecuencia es que existen tantas religiones, filosofías e ideologías, el mercadillo es tan enorme y suenan tantas voces diciendo que tienen las mejores manzanas, que ¡vete a saber cuál de ellas tiene la razón!

¿Para qué me interesa conocer a Dios?

Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado
(palabras de Jesucristo en Juan 17:3)

Si quieres entablar una relación con un rey, tienes que aceptar las exigencias de su realeza. No puedes dirigirte a él de cualquier manera. No puedes pasar por alto el protocolo de la corte. Los funcionarios de palacio te enseñarían rápidamente la puerta de salida. Tienes que relacionarte con él tal y como él es. No puedes exigir que deje de lado sus prerrogativas para relacionarse contigo. Tú eres quien debes ajustarte a las demandas de su majestad.

Lo mismo pasa con Dios. No podemos acercarnos a él descuidando la realidad de quién es, la gloria de su majestad, la infinitud de su trascendencia y las exigencias de su santidad. Hacer esto sería fabricarnos un dios de bolsillo, un dios hecho a nuestra medida. Muchos lo hacen. Se inventan una divinidad a su propia imagen. Pero esto es una crasa idolatría. No es entablar una relación verdadera con el Dios que realmente existe.

En otras palabras, no podemos relacionarnos con Dios sin someternos a su señorío legítimo. Hay, pues, un precio que pagar si queremos conocerlo. Tenemos que estar dispuestos a afrontar sus exigencias de arrepentimiento y conversión, de sumisión y obediencia, de adoración y servicio. Para ello, tendremos que renunciar a nuestro egocentrismo y a nuestra carnalidad, y reconocer gozosamente que él manda, no nosotros.

Esto nos obliga a considerar otra pregunta. ¿Realmente me interesa conocerle? Evidentemente, si Dios no existiera, someterme a tales sacrificios y humillaciones sería el colmo de la necedad. ¿Qué razones, pues, podemos aducir por las que nos interesa conocer a Dios? ¿Por qué emprender su búsqueda?

Sencillamente, porque Dios, si existe, es por definición la realidad suprema de la vida. Si él es nuestro creador, autor de todo cuanto existe, cae por su propio peso que ignorar su existencia es descuidar la mayor realidad de nuestra vida. Vivirla a sus espaldas es levantar castillos en el aire, crear cosmovisiones edificadas sobre premisas erróneas y perder la dimensión más significativa de nuestra existencia. Es reducir la “vida abundante” ofrecida por Jesucristo (Juan 10:10) a una mera existencia animal sin trascendencia y, finalmente, sin sentido.

Por eso, dirigiéndose al Padre en oración, Jesús pudo decir: [Al Hijo del Hombre] le diste autoridad sobre todo ser humano para que dé vida eterna a todos los que tú le has dado; y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti (Juan 17:3). Hay una clase de vida que no es más que una pobre existencia temporal; hay otra que se describe como vida eterna. El verdadero valor esencial de esta última consiste en el conocimiento de Dios.

Igualmente, el apóstol Pablo les advierte a sus lectores acerca de los peligros de una vida materialista y, luego, procede a instarles a que sigan la vida abundante en Dios: Que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida (1 Timoteo 6:18–19). Hay una vida que no se merece el nombre de vida. La única vida que vale la pena es aquella que se centra en Dios.

O, para decir lo mismo de una manera negativa, no llegar a conocer a Dios es perder el mayor sentido de la vida.

No hay quien busque a Dios; todos se han desviado, a una se hicieron inútiles (Romanos 3:11–12).

Una vida sin Dios puede aparentar ser fructífera en muchas áreas; pero, en última instancia, es una vida coja, incompleta, mediocre y pobre. Es una vida “inútil”, malgastada y echada a perder. Como consecuencia, está destinada a terminar en la perdición eterna, a ser tirada en el basurero en el que acaba todo lo inútil, el infierno.

Por eso mismo, el apóstol Pablo, una vez que hubo descubierto el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo (2 Corintios 4:6), dedicó todo su empeño a proseguir aquella búsqueda de Dios, hasta el punto de estar dispuesto a renunciar y a sacrificar todo aquello que pudiera impedirle en su meta, la de conocer a Dios a través de Jesucristo: Estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo… y conocerle a él (Filipenses 3:8–10).

A los creyentes no nos sorprende en absoluto que la gente que nos rodea se caracterice por la frustración, el aburrimiento, la frivolidad, el escapismo y la alienación, fruto de una vivencia sin sentido y sin rumbo. No es de sorprender, sencillamente, por lo que acabamos de decir: quo quien vive de espaldas a la mayor realidad del universo, se condena a sí mismo a no encontrar nunca el propósito, la dirección y el sentido de su vida.

Conocimiento de Dios y revelación Divina

El evangelio cristiano proclama que Dios es un ser personal. Es decir, sostiene que el Dios que realmente existe, creador de los cielos y la tierra, no es una fuerza impersonal, ni una hipótesis filosófica, ni el conjunto del mundo natural, sino una persona.

Con esto, no queremos decir que su personalidad sea exactamente como la de un ser humano. Los hombres fuimos creados a su imagen, no él a la nuestra. Dios siempre será mucho más “persona” que nosotros. De hecho, empleamos la palabra persona sólo porque nuestros puntos de referencia y nuestro lenguaje están limitados inevitablemente a lo humano. Sencillamente, no tenemos otras palabras para expresar la realidad de Dios excepto las que empleamos para describir nuestra propia realidad. Podemos y debemos suponer que la personalidad de Dios excede a nuestra capacidad de imaginación y que es infinitamente mayor y más compleja que la nuestra. Pero no debemos caer en el error de hacerle menos persona que nosotros.

Por lo tanto, cuando hablamos de conocer a Dios, no estamos hablando de aquel conocimiento propio de una fórmula científica o de una disciplina académica. Toda rama de conocimiento tiene sus propias reglas y disciplinas. Si Dios fuera una abstracción filosófica, quizás llegaríamos a conocerle por la vía de la especulación filosófica. Si él fuera una fuerza impersonal, a lo mejor podría ser conocido por medio de las leyes propias de las ciencias físicas. Si fuera el conjunto de todo lo que existe en el mundo natural, se le conocería por medio de la investigación de las ciencias naturales. Pero no podemos ponerle a Dios en un tubo de ensayo para analizarlo. Resulta que es una persona, y como a tal tenemos que llegar a conocerlo.

Esto nos conduce a dos consideraciones. En primer lugar, necesitamos recordar que todo conocimiento nuestro de otra persona es parcial; nunca es total. Aun en las relaciones humanas más íntimas e intensas –el matrimonio, por ejemplo–, las dos personas no llegan nunca a conocerse del todo. Esto es inevitable, si consideramos que ni siquiera llegamos a conocernos perfectamente a nosotros mismos. ¡Cuánto más cierto será de nuestra relación con Dios! Él, porque es nuestro Creador, nos conoce perfectamente a nosotros. Pero nosotros nunca podremos conocerle a él sino en parte, al menos mientras estemos en esta vida terrenal: Ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido (1 Corintios 13:12).

Por eso mismo, ante la pregunta: ¿Conoces tú a Dios?, el cristiano contestará siempre: Sí y no; mi conocimiento de él es verdadero, pero sólo es pequeño y parcial. Y, también por eso, la vida cristiana debe participar de un crecimiento continuo y constante en el conocimiento de Dios. No podemos conformarnos con lo que ya conocemos acerca de Dios, como si fuera todo lo que hay que conocer. Esta clase de conocimiento no es tanto un “estado” ya alcanzado, como un camino que seguimos con perseverancia; es decir, se trata de una relación como toda relación interpersonal, en la que profundizamos continuamente, a sabiendas de que, por mucho que lleguemos a conocer a Dios, aún le conocemos muy poco: No hemos cesado de orar por vosotros y de rogar que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual,… dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios (Colosenses 1:9–10).

Pero, aunque nuestro conocimiento de Dios es parcial, no por eso deja de ser real. El creyente verdadero puede afirmar con el apóstol: Yo sé en quién he creído (2 Timoteo 1:12). Aun acerca de los más recién nacidos de los hijos de Dios, se puede decir: Conocéis al Padre (1 Juan 2:13). El creyente ha empezado ya a caminar en una relación verdadera con Dios, si bien aspira siempre a más. Siente la atracción de Dios. Sabe que sin él no vale la pena vivir. Prosigue a la meta de la vida eterna, al conocimiento de Dios en plenitud.

¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre. Porque he aquí, los que están lejos de ti perecerán… Mas para mí, estar cerca de Dios es mi bien; en Dios el Señor he puesto mi refugio (Salmo 73:25–28).

En segundo lugar, necesitamos considerar la metodología que se emplea en el conocimiento personal. ¿Cómo llegamos a conocer a una persona? Principalmente por dos vías: por medio de la información que recibimos de otras personas acerca de ella, y por medio de la convivencia y la relación personal con ella.

A mí me gustan mucho las biografías de personajes históricas. Acabo de leer una sobre la vida de George Washington. En cierto sentido, como consecuencia de esta lectura, le “conozco” tan bien como a algunas personas a las que he tratado personalmente, o quizás mejor. En este sentido, es verdad que, cuanto más investigas sobre la vida de una persona, tanto mejor le conoces. Sin embargo, si fuese por la vida diciendo que conozco a Washington, la gente me tendría por loco; porque la palabra conocer, en su uso habitual en el contexto de las relaciones personales, presupone un mínimo de convivencia o contacto directo. Así pues, el conocimiento de una persona requiere tanto una información adecuada como una relación viva.

Pero, ¡ojo! La información y la relación pueden establecerse sobre fundamentos equivocados y conducir a malentendidos en vez de a un conocimiento verdadero. La información puede ser parcial, distorsionada o sencillamente falsa. La biografía de Washington que acabo de leer pretendía contrarrestar las distorsiones de otras biografías anteriores, algunas de las cuales parecían más una labor de hagiografía que de historia, mientras que otras estaban plagadas de calumnias y difamaciones. No es cuestión, pues, sólo de informarnos; necesitamos informarnos bien.

Por otro lado, es posible convivir durante años con alguien y luego decir: ¡Qué poco lo conozco! Porque, quien más quien menos, todos nos escondemos tras máscaras. Todos tenemos nuestro mundo interior secreto. En realidad, sólo conocemos a otra persona en la medida en la que ella se abre ante nosotros. Si alguien no quiere ofrecernos su confianza, si no quiere compartir con nosotros sus pensamientos y sentimientos íntimos o no se comunica con nosotros, difícilmente podemos llegar a conocerle. Hay seres humanos que, a causa de no sé qué heridas del pasado, están cerrados casi herméticamente en sí mismos. Apenas hablan. Su cara es una máscara inmóvil que no registra sus emociones. Controlan y suprimen los gestos corporales. Son para nosotros como “libros cerrados”. ¿Acaso Dios es así?

En absoluto. La Biblia lo revela como un Dios ansioso de entablar relaciones profundas con sus criaturas, que extiende todo el día sus manos a un pueblo desobediente y rebelde (Romanos 10:21). En este caso, el problema de la incomunicación no es de Dios, sino nuestro. Toda relación que conduce a un verdadero conocimiento personal es cosa de dos. Sólo puedo esperar que el otro se me abra y me deje compartir su vida en la medida en que yo estoy dispuesto a hacer lo mismo. Pasa igual con la relación con Dios. Tiene que fundarse sobre bases de apertura, transparencia y sinceridad. No podemos guardarle secretos ni colocarnos máscaras. No podemos esperar que él se abra ante nosotros mientras nosotros no estemos dispuestos a abrirnos ante él.

En otras palabras, el encuentro con Dios implica necesariamente el encuentro con nosotros mismos. No podemos profundizar en la relación con él mientras no seamos abiertos, vulnerables y sinceros con nosotros mismos. Dios entabla relaciones con el humilde de espíritu, el quebrantado de corazón y el que practica la sencillez, no la doblez. En vano buscaremos conocerlo si en nosotros no hay una disposición abierta, humilde y sincera. Como venimos diciendo, el camino a Dios tiene su precio. No es para los arrogantes, ni para los que creen en su propia rectitud, ni para los que encubren su pecado, ni para los que se engañan a sí mismos cegándose ante su bancarrota ética e ideológica. Es un camino moral y espiritual, no sólo intelectual.

En resumidas cuentas, pues, hay al menos dos factores en el conocimiento de otra persona: la información acerca de su vida y una relación personal con ella; y, para conocerla bien, es necesario que la información sea fidedigna y que la relación sea transparente. Por tanto, si queremos conocer a Dios, tenemos que resolver dos cuestiones: por un lado, descubrir donde podemos hallar una información fiel acerca de él y luego dedicar tiempo a estudiarla; por otro, descubrir cómo podemos entrar en relación con él y luego desarrollarla.

Procedamos, pues, a considerar la primera de las dos preguntas que hemos planteado: ¿dónde podemos encontrar una fuente fidedigna de información acerca de Dios?

La respuesta cristiana es inequívoca: en la Biblia, la Palabra de Dios. Éste no es el lugar para explorar el vasto tema del origen, la redacción y la canonicidad de las Sagradas Escrituras, ni siquiera para exponer el concepto de la inspiración bíblica ni para contestar a los muchos intentos de desacreditarla. En estos momentos, no podemos hacer más que recordar que el Dios que realmente existe no se ha callado, sino que se ha revelado a lo largo de la historia humana; y que la esencia de su revelación se halla plasmada en las Escrituras. Por tanto, el evangelio cristiano supone que es imposible informarnos correctamente acerca del Dios viviente y, a la vez, descuidar la revelación bíblica:

Las Sagradas Escrituras… te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios [es decir, el hombre que conoce a Dios y vive según su voluntad] sea perfecto, equipado para toda buena obra (2 Timoteo 3:15–17).

Ninguna persona que ha descuidado la lectura y el estudio de las Escrituras tiene autoridad moral para cuestionar la existencia y la naturaleza de Dios, pues ellas constituyen el único depósito fiable y autorizado de la fe. El mensaje cristiano acerca de Dios no descansa solamente sobre el testimonio subjetivo de los creyentes, sino también sobre la revelación de Dios mediante sus grandes actos históricos realizados a lo largo de los siglos y registrados en su Palabra, la coherencia de la cual es para nosotros una de las mayores evidencias de su autenticidad.

El conocimiento de Dios en la faz de Jesucristo

Así pues, el evangelio cristiano sostiene que la Biblia nos proporciona aquella información autorizada acerca del carácter de Dios sin la cual nunca podríamos conocerle con exactitud. Pero pasemos a nuestra segunda pregunta: ¿cómo podemos llegar a establecer una relación personal con él? ¿Cómo llegar a convivir con él, si él habita la eternidad y nosotros el tiempo y el espacio?

Según el evangelio cristiano, la respuesta a estas preguntas tiene que ver con la persona y la obra de Jesucristo. La Biblia nos explica mucho acerca del carácter y la manera de actuar de Dios. A través de sus páginas, podemos crecer mucho en nuestro conocimiento de Dios. Pero sólo Jesucristo mismo nos introduce en su presencia, nos reconcilia con él y nos ofrece una relación personal con él

Jesús dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6).

Aquí conviene hacer una pausa para comentar el exclusivismo de las pretensiones de Jesús. En nuestra generación, en la que la tolerancia y el eclecticismo son la norma, parece inconcebible que alguien pretenda tener el monopolio de la verdad acerca de Dios. Pero esto es, precisamente, lo que Jesús reclamaba para sí:

Si os he hablado de las cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las celestiales? Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, es decir, el Hijo del Hombre que está en el cielo… Nadie conoce al Hijo, sino el Padre… No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que viene de Dios, éste ha visto al Padre (Juan 3:12–13; 6:46).

Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel el Hijo se lo quiera revelar (Mateo 11:27).

Una de dos. O Jesús, al hacer estas afirmaciones, es un demagogo demente; o es quien pretende ser: Dios encarnado, Dios hecho hombre, que nos habla con absoluta autoridad acerca de cuestiones celestiales porque ha vivido en la esfera celestial y sabe de lo que habla.

De hecho, el cristianismo sostiene varias pretensiones exclusivistas:

• Como acabamos de decir, pretende que la Biblia es Palabra de Dios, el único mensaje que lleva el sello de la autoridad divina. Y lo cierto es que, si la Biblia es verdad, las demás religiones tiene que ser falsas; y si las demás religiones también son caminos legítimos para conocer a Dios, la Biblia tiene que ser falsa, al menos en su exclusivismo.

• Pretende también que Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios-hecho-hombre, el más perfecto reflejo y la más exacta representación de la divinidad que el ser humano es capaz de comprender y, por tanto, el medio perfecto (de hecho, el único medio) por el cual podemos llegar a conocer a Dios.

• Como veremos más adelante, pretende que la obra redentora de Jesús es el único medio a través del cual el hombre pecador puede tener acceso al Dios santo.

• Igualmente, pretende que sólo mediante la obra regeneradora de Cristo puede el hombre conocer una auténtica relación personal con Dios.

Tales pretensiones resultarían risibles si no fuera por una serie de factores históricos que no pueden ser soslayados por nadie que quiera hacer una investigación seria del tema. Por ejemplo:

• La resurrección de Jesús. Las apariciones del Cristo resucitado, presenciadas y descritas por centenares de testigos oculares (1 Corintios 15:3–8), constituyen un importante cuerpo testimonial que es difícil de explicar sólo en términos de la ignorancia o la histeria de aquella gente. Antes de rechazar las pretensiones de Jesús, haríamos bien en examinar este testimonio y convencernos, de ser posible, de su inexactitud o de su veracidad. En cierto sentido, la resurrección es el quid de la cuestión. Si Jesús no resucitó, todas sus pretensiones se revelan como los delirios de un loco y se derrumba el evangelio cristiano como medio de conocer a Dios.1 Romanos 1:4 afirma que Jesucristo fue declarado Hijo de Dios con poder… por la resurrección de entre los muertos; es decir, que la resurrección constituye la ratificación definitiva de sus pretensiones como Hijo de Dios y Salvador del mundo.

• Los milagros de Jesús. Curiosamente, lo que hoy en día se percibe como un escollo para la fe, en realidad es un escollo para la incredulidad. Las señales milagrosas de Jesús (señales por cuanto “señalan” a su carácter único como Hijo de Dios) no fueron cuestionadas por sus contemporáneos (aunque sí atribuidas por sus enemigos a poderes maléficos). Es fácil despreciarlas como meras fabricaciones de una mentalidad primitiva; es decir, es fácil hasta empezar a estudiarlas con cierta objetividad histórica. Jesús mismo pidió a sus oyentes que, si no podían aceptar sus pretensiones sólo porque él las afirmaba, las creyeran a causa de sus obras milagrosas:

Las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado (Juan 5:36).

Las obras que hago en el nombre de mi Padre, éstas dan testimonio de mí… Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed las obras; para que sepáis y entendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre (Juan 10:25, 37–38).

Las palabras que yo os digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí es el que hace las obras; creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas (Juan 14:10–11).

• El testimonio de los discípulos. Igualmente, es fácil suponer que los escritos apostólicos sólo reflejan los prejuicios de unos hombres interesados. Es decir, fácil si no escuchamos atentamente su testimonio. Luego descubrimos que son sumamente honestos en cuanto a sí mismos (recordemos, por ejemplo, su narración del escepticismo de Tomás [Juan 20:24–29] o de la negación de Pedro [Juan 18:15–27]), se pintan a sí mismos como torpes e incrédulos, pero su testimonio acerca de Jesús es unánime: después de convivir con él a lo largo de tres años, afirman que es el inmaculado Hijo de Dios:

– Juan el Bautista: Yo le he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios (Juan 1:34).

– El apóstol Juan: El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad… Muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengáis vida en su nombre (Juan 1:14; 20:30–31); Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que han palpado nuestras manos, acerca del Verbo de vida,… lo que hemos visto y oído, os proclamamos también a vosotros (1 Juan 1:1–3).

– El apóstol Pedro: Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas, el cual no cometió pecado, ni engaño alguno se halló en su boca;… cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia (1 Pedro 2:21–23); Cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no seguimos fábulas ingeniosamente inventadas, sino que fuimos testigos oculares de su majestad. Pues cuando él recibió honor y gloria de Dios Padre, la majestuosa Gloria le hizo esta declaración: Éste es mi Hijo amado en quien me he complacido; y nosotros mismos escuchamos esta declaración, hecha desde el cielo cuando estábamos con él en el monte santo (2 Pedro 1:16–18).

Podríamos alargar mucho la lista de citas, porque el Nuevo Testamento no es ni más ni menos que el testimonio apostólico acerca de las pretensiones de Jesús. Si hemos de considerar como poco fiable su testimonio, debemos suponer que eran hombres capaces de ser rigurosamente honestos en un momento y abiertamente embusteros en otro. Tal acusación es sumamente grave y, finalmente, poco creíble; porque supone que los apóstoles se pusieron de acuerdo para falsificar el carácter, el origen, el poder y la resurrección de Jesús, aun cuando ellos mismos inculcaban en sus seguidores el amor a la verdad y aun cuando estaban dispuestos a sufrir el martirio en la defensa de sus enseñanzas.

• El testimonio de las Escrituras. Los mismos apóstoles, cuando se les acusaba de enseñar pretensiones insostenibles, apelaban siempre a la autoridad de las Escrituras. Decían: ¿No os fiáis de nosotros?; entonces, leed bien las Escrituras y veréis que ellas confirman lo que estamos diciendo. Pedro, por ejemplo, después de dar su propio testimonio acerca de Jesús, refiere a sus lectores a la palabra profética aún más segura, a la cual hacéis bien en prestar atención (2 Pedro 1:19); y Pablo, al hablar de la muerte y resurrección de Jesús, afirma que ocurrieron conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:3 y 4). Se refieren, por supuesto, a lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento. Puesto que fue escrito siglos antes del nacimiento de Cristo pero profetiza acerca de su venida, conteniendo abundancia de detalles acerca de su carácter y acerca del programa que había de llevar a cabo, constituye otro testimonio más para apoyar sus pretensiones.

Al apelar a las Escrituras, los apóstoles no hacían más que seguir el ejemplo de Jesús mismo. Él entendía que diferentes situaciones que tenía que afrontar se producían para que las Escrituras fueran cumplidas (ver, por ejemplo, Mateo 26:54; 27:35; Lucas 4:21; 18:31; 21:22; 24:44; Juan 10:35). Ante la incredulidad de los judíos, les reprendió no tanto porque rechazaran su propio testimonio como porque descuidaban la evidencia de sus señales y no prestaban atención al testimonio de las Escrituras: Examináis las Escrituras, porque pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida (Juan 5:39–40). Se ve que, para Jesús, uno de los temas principales de las Escrituras era él mismo, idea que es confirmada por Lucas en su relación de la historia de los discípulos de Emaús: Comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, [Jesús] les explicó lo referente a él en todas las Escrituras (Lucas 24:27).

Nuevamente nos encontramos ante dos opciones: o bien estas palabras revelan la megalomanía de Jesús; o bien son ciertas, en cuyo caso Dios ha hablado realmente a través de los profetas, y Jesucristo es el cumplimento de las Escrituras. Entender que Dios le preparó el camino, ver los entresijos y el complejo desarrollo de esa preparación, y luego descubrir con qué perfección Cristo lo ha cumplido todo es, en el fondo, el testimonio más incontrovertible de todos.

Pero la investigación de todos estos testimonies requiere tiempo, esfuerzo y una seria disposición a escuchar a los testigos y a estudiar sus evidencias. A muchos les resulta más fácil desoírlas y refugiarse en los tópicos de hoy: que todas las religiones son iguales, que todos los caminos conducen a Dios, que nadie puede fiarse de la exactitud de las Escrituras y, por supuesto, que, en una edad científica como la nuestra, nadie puede creer en los milagros. Así entran en un absurdo círculo vicioso: no creen en Dios porque no tienen ojos para ver lo sobrenatural; si alguien se lo señala, lo rechazan diciendo que no puede existir; y luego deducen, con una lógica aplastante, que no hay evidencia de la realidad de Dios ni posibilidad de conocerlo.

Sin embargo, a pesar de la incredulidad reinante en nuestra generación y en base a los testimonios ya mencionados, juntamente con el de incontables miles de creyentes a lo largo de la historia, quiero proponerte con toda seriedad que las pretensiones de Jesús son ciertas. Él es el único camino a Dios, el único que puede ofrecernos vida eterna y, juntamente con ella, la posibilidad de conocer a Dios y de disfrutar de una relación real, vital y fructífera con él.

Es así, no porque como hombre se arrogara prerrogativas divinas, sino porque, aun llegando a ser plenamente hombre, desde siempre es el Hijo eterno de Dios. Ya lo predecían los profetas. El niño que nace en Belén tiene orígenes que se remontan a tiempos antiguos, desde los días de la eternidad (Miqueas 5:2). El hijo que nos ha sido dado ostenta títulos divinos: se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios poderoso, Padre eterno, Príncipe de paz (Isaías 9:6); le pondrán por nombre Emmanuel, quo traducido significa: Dios con nosotros (Mateo 1:23; Isaías 7:14; 8:10). Aquel que vino para ser el buen pastor y para apacentar a sus ovejas y llevarlas a reposar no es otro sino el Señor Dios; porque así dice el Señor Dios: He aquí, yo mismo buscaré mis ovejas y velaré por ellas (Ezequiel 34:11–16; cf. Juan 10:1–18).

En Jesucristo, Dios mismo irrumpe en nuestro mundo en forma humana para que todo aquel que lo desee pueda conocerle a Dios tal y como realmente es. Otros han sido portavoces de Dios. Jesús es más que un portavoz: él mismo es toda la esencia de Dios encarnada, Dios hecho hombre. Dios no sólo habla a través de él (como en el caso de los profetas), sino que habla en él (Hebreos 1:1–2). O sea, él es el mismo lenguaje de Dios. Todo lo que él hace, además de lo que dice, es una comunicación fiel del carácter de Dios y de su obra. Él es el Verbo eterno (Juan 1:1–2), la perfecta y definitiva transmisión de la autorrevelación de Dios, aquel que ha venido desde el cielo para mostrarnos cómo es Dios y para forjar el camino por medio del cual podamos llegar a conocerlo. En Jesús, el Dios inaudible se hace audible, el Dios invisible se hace visible:

Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer… El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad… Yo y el Padre somos uno… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Juan 1:18, 14; 10:30; 14:9).

Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo (2 Corintios 5:19).

Él es la imagen del Dios invisible.… Toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en él (Colosenses 1:15; 2:9).

Él es el resplandor de su gloria [la gloria de Dios] y la expresión exacta de su naturaleza (Hebreos 1:3).

Así las cosas, no debe sorprendernos que el evangelio sostenga que es imposible llegar a conocer a Dios al margen de Jesucristo. Él es el único que hace posible nuestra reconciliación con Dios y nos abre el acceso al Padre:

Todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación… Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! (2 Corintios 5:18, 20).

Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre (1 Timoteo 2:5).

Nuestro conocimiento de Dios procede de la revelación de Dios en Jesucristo. Conocer a Jesús es conocer a Dios. Si queremos saber cómo es Dios, debemos meditar sobre la vida de Jesús. Si queremos entrar en una relación vital con él, sólo la hallaremos acudiendo a aquel que es el camino, la verdad y la vida. Si queremos conocer a Dios, debemos buscar la iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo (2 Corintios 4:6).

Así pues, ante la pregunta ¿se puede conocer a Dios?, contestamos con un ¡sí! rotundo. Por supuesto, no nos es dado conocerlo en un sentido absoluto. ¿Cómo podemos nosotros, meros seres finitos, abrazar al Infinito? (Isaías 55:8–9). El Creador conoce perfectamente a sus criaturas (Salmo 139:1–6), pero las criaturas sólo podemos conocer al Creador porque él mismo tiene interés en manifestarse a nosotros. No podemos adquirir la trascendencia de Dios para conocerlo en su eternidad; pero él se ha hecho hombre en Jesucristo precisamente para darse a conocer dentro de los límites de nuestra humanidad. En Cristo, Dios expresa sus realidades sublimes por medio de maneras alcanzables para nuestra finitud.

Pero, después de contestar a la pregunta: ¿se puede conocer a Dios?, debemos plantearnos otra: ¿cómo se hace eso? ¿Cómo podemos llegar a conocerlo? Y, antes de intentar contestar a ésta, necesitamos considerar otra más: ¿cómo es que el ser humano, siendo criatura suya, no conoce a Dios de una manera automática?

¿Por qué no conocemos todos a Dios?

Ya hemos dicho que Dios, si existe de verdad, debe ser por definición la realidad suprema de la vida, el mayor objeto de nuestra devoción y la principal premisa detrás de todo pensamiento nuestro. Pero, en ese caso, ¿cómo explicar el hecho de que muchos de nuestros contemporáneos duden hasta de su existencia? ¿No demuestra esto de por sí que las evidencias a favor de su existencia son pobres? El que algunos sean incapaces de ver lo que tendría que ser lo más evidente de todo, ¿no sugiere que aquellos que pretendemos verlo no somos más que unos ilusos?

A esto, la revelación bíblica nos diría dos cosas, por lo menos. En primer lugar, no debe sorprendernos el que no seamos capaces de ver la realidad suprema de nuestro universo, sencillamente porque, a causa de nuestra pequeñez, tenemos la tendencia a reducir el concepto de Dios al tamaño de un ser humano, y a buscar no a Dios, sino una proyección de nuestra imaginación a la que damos el título de dios. Y a este dios, efectivamente, ni lo encontramos ni lo vemos.

Una vez ví cómo una hormiga daba vueltas sobre mi zapato y pensé: ¿Cómo es que da vueltas así, aparentemente sin darse cuenta de mi existencia? ¿Acaso no sabe que, con sólo agacharme, podría aplastarla entre mis dedos? ¿No comprende que a mí no me gusta que las hormigas se me suban encima y, por tanto, que corre un gran riesgo poniéndose a dar vueltas en mi zapato? Pero la hormiga seguía dando vueltas sin hacerme caso. Supongo que no sabía que yo existía. ¿Por qué? ¿Acaso porque soy pequeño o poco visible? No. Al contrario. Sencillamente porque no tenía ojos para verme.

Muchos de nosotros, durante muchos años, hemos estado dando vueltas sobre el zapato de Dios sin poder verlo. Repetimos como mantra: Dios no existe, Dios no existe, Dios no puede existir, porque no lo veo; cuando, de hecho, no lo vemos a causa de nuestra propia ceguera y porque estamos buscando un dios de nuestro tamaño. Parece ser que no comprendemos que el Dios verdadero, por ser creador del tiempo y el espacio, no puede ser limitado por ellos; por ser creador de todo lo visible, no puede ser visible él mismo; por ser creador de nuestro cerebro, trasciende forzosamente nuestros poderes de imaginación e intelecto. Dios está tan lejos de nuestra percepción humana come nosotros lo estamos ante la percepción de la hormiga.

Hay muchos textos bíblicos que hablan de la trascendencia de Dios. Como botón de muestra, consideremos Isaías 55:8–9: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos – declara el Señor–; porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. Por mucho que extendamos nuestra capacidad racional, no podremos crear un concepto adecuado de Dios. Sus pensamientos siempre se nos escaparán, porque él es infinitamente inmenso y eterno, mientras que nosotros, en comparación, somos seres pequeños confinados a un momento del tiempo y a un lugar del espacio.

La primera razón, pues, por la que no conocemos automática y naturalmente a Dios es su trascendencia. Sin embargo, ya hemos visto que Dios condesciende a revelarse a sí mismo de maneras accesibles a nuestro entendimiento. Por tanto, nuestra pequeñez no es la principal causa de nuestra ignorancia de Dios. Ésta, la tenemos que buscar en una segunda razón: Dios es santo y nosotros somos pecadores.

Por este motivo no podemos hablar acerca del conocimiento de Dios sin volver a abordar el tema de nuestra condición humana. Si no entendemos bien el análisis bíblico de nuestra condición ni estamos dispuestos a someternos a los remedios que nos ofrece para ella, nunca entenderemos por qué no conocemos a Dios, ni tampoco podremos llegar a conocerlo:

En vano me buscáis. Yo soy Jehová que hablo justicia, que anuncio rectitud (Isaías 45:19, versión Reina-Valera 1960).

Vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros (Isaías 59:2).

El veredicto bíblico en cuanto a nuestra condición humana se puede resumir en las palabras de Romanos 3:10–11: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda; no hay quien busque a Dios. Aquí vemos las tres columnas sobre las cuales descansa nuestra miseria humana: la injusticia, la necedad y la impiedad. El comienzo de nuestros males es nuestra impiedad (no hay quien busque a Dios): consciente o inconscientemente, le hemos dado la espalda a Dios y vivimos sin contar con él, sin reconocer sus derechos coma nuestro Creador y Señor, y sin adorarlo coma Dios.

Dos consecuencias derivan de nuestra impiedad: por un lado, al darle la espalda a la suprema realidad del universo, destruimos los fundamentos filosóficos de nuestra vida. La impiedad conduce necesariamente a la necedad, porque, si le damos la espalda al Dios que existe verdaderamente, a partir de ese momento, por muy brillantes que sean nuestros pensamientos y por muy rigurosa que sea nuestra lógica, en última instancia no son más que locuras humanas que descansan sobre premisas erróneas. ¿Cómo podemos tener un entendimiento acertado del mundo si negamos la existencia de su creador? ¿Cómo podemos entender el propósito de nuestra existencia si desatendemos al autor de la vida? Borramos de nuestra cosmovisión la imagen de Dios y luego intentamos crear filosofías que hagan las veces de Dios. No podemos vivir sin algún tipo de marco ideológico que justifique nuestra existencia, por lo cual edificamos imponentes sistemas ideológicos fundados sobre las arenas movedizas de nuestro propio saber, sistemas que pronto acusan su falta de cimientos estables y se desmoronan a causa del peso de su propia insuficiencia. Esto es lo que la Biblia llama necedad, refiriéndose a todo sistema filosófico o religioso que no se funda en el Dios verdadero (Romanos 1:22–23). De ahí la existencia del grotesco mercado de las religiones en el cual el mundo pretende vendernos sus manzanas.

Par otro lado, nuestra impiedad conduce inexorablemente a la injusticia. Si practicamos la impiedad es con el fin de que, habiendo destronado a Dios, podemos colocar nuestro propia egocentrismo en su lugar. Yo mismo me convierto en el centro de mi universo. Vivo para la satisfacción de mis propios apetitos y de mis propias aspiraciones. Mi egoísmo es la raíz de tola la injusticia de mi vida.

Éste, pues, es el veredicto de Dios. Somos injustos: No hay justo. Somos necios: No hay quien entienda. Somos impíos: No hay quien busque a Dios. Nos hemos apanado de los propósitos que Dios tenía para nosotros: Todos se han desviado. Y como consecuencia, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Romanos 3: 12). Nos hemos estropeado. Ya no servimos como seres humanos. Ésta es la denuncia con que Dios nos acusa. Y, francamente, no nos gusta. Enseguida empezamos a aducir nuestros argumentos en contra de ella. Decimos que la gente es buena en el fondo, cuando la Biblia dice justo lo contrario: la gente aparenta ser relativamente buena en la superficie; pero, si rascas un poco, descubres que es egoísta e injusta. Tú y yo no buscamos a Dios, no amamos la verdad, sino que nos recreamos en nuestro egocentrismo.

Ésta, pues, es la respuesta principal a nuestra pregunta: ¿Por qué no conocemos todos a Dios? No lo conocemos porque, inconsciente o conscientemente, homos rechazado su derecho soberano sobre nosotros. No hemos querido someternos a su voluntad, sino que hemos seguido la nuestra. Él no se ha alejado de nosotros, sino nosotros de él. Mientras nos aferramos a nuestra autonomía personal, a nuestra propia voluntad y a nuestro estilo de vida egocéntrico, nosotros mismos levantamos una infranqueable barrera entre nosotros y Dios.

Dios se revela como alguien que nos busca, que extiende su mano hacia nosotros en amor y nos invita a volver a él. Pero sólo seremos capaces de aceptar la invitación si agachamos la cabeza y reconocemos el acierto del diagnóstico bíblico: que somos seres mezquinos que hemos estropeado e inutilizado nuestra humanidad y sólo nos merecemos la ira de nuestro creador. Nunca conoceremos al Dios verdadero, al Dios que se revela a través del Señor Jesucristo, mientras nos neguemos a aceptar el veredicto divino en cuanto a nuestro pecado.

Por eso, el Señor Jesucristo decía que las prostitutas y los pecadores más descarados entrarán antes en el reino de Dios que las personas que se consideran justas. Porque éstas son incapaces de aceptar el veredicto de Dios, mientras que aquéllos conocen de sobra la miseria de su condición.

Y, por eso también, el conocimiento de Dios no es sólo un proceso racional en el que escuchamos evidencias, argumentos y explicaciones, llegando a nuestras propias conclusiones. El camino a Dios, desde luego, tiene todas estas dimensiones. Pero Dios suele alcanzarnos, finalmente, no en el nivel de la mente, sino a través de la mente en el nivel de nuestro corazón y de nuestra voluntad. Lo queramos o no, creer en Dios es una cuestión con grandes ramificaciones morales. Es una cuestión que afecta a nuestra humildad de espíritu, a nuestra reacción ante el veredicto de Dios, a nuestro deseo de pureza en el corazón y a nuestra hambre y sed de justicia.

Aquí está el punto de partida. Es a aquel que se quebranta y se humilla delante de Dios, reconociendo y confesando sus pecados y rebeliones, a quien Dios se manifiesta.

Así dice el Alto y Sublime, que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu (Isaías 57:15).

En cambio, Dios se aleja de toda persona que se niega a aceptar su condición pecadora y a someterse al señorío divino o que sigue creyendo en su propia justicia y aferrándose a su autonomía y a su propia voluntad.

Reconciliación con Dios por medio de la muerte de Cristo

Ahora llegamos a lo que es para mucha gente la gran encrucijada en el camino a Dios. Tenemos que abordar una idea sorprendente, por no decir inverosímil, increíble o escandalosa. Llegamos a lo que es el mismo centro del mensaje cristiano. Se trata de lo siguiente: que nuestro conocimiento del Dios vivo y verdadero depende de la muerte hace dos mil años de Jesús de Nazaret, crucificado por los romanos. Los cristianos creemos que la muerte de Jesucristo es la condición fundamental para que el ser humano pueda llegar a conocer a Dios. O sea, que si Cristo no hubiese muerto, no habría ninguna posibilidad de conocerlo verdaderamente.

A primera vista, esta idea parece tan extraña que, nada más llegar a este punto en la exposición del evangelio, muchas personas dejan de escuchar. Siempre ha sido así. En tiempos apostólicos, el mensaje de la cruz (es decir, la idea de que sólo la muerte de Cristo puede limpiarnos de pecado y ponernos en condiciones de conocer a Dios) era tenido por los judíos como tropezadero y por los gentiles como locura (1 Corintios 1:18 y 23). Si nosotros no compartimos su reacción, quizás sea sencillamente porque estamos tan acostumbrados a oír repetir la idea de que la muerte de Cristo quita los pecados que, aun sin haberla asimilado como hecho verdadero y real, la familiaridad de las palabras encubre el carácter asombroso del concepto. Pero ha llegado el momento de contemplar con serenidad y objetividad esta enseñanza. ¿Realmente es posible que la muerte de Jesús pueda quitar mi pecado y así abrirme el acceso a Dios?

Una lectura de los evangelios y de las epístolas del Nuevo Testamento nos demuestra enseguida que, cuando Jesús mismo y los apóstoles hablan de Jesús como el único camino a Dios y el único medio por el cual podemos llegar a conocerlo, suelen explicar a continuación que es a través de su muerte como se llega a forjar ese camino.

Acabamos de ver que el principal obstáculo que impide nuestro libre acceso a Dios es nuestro pecado. Nosotros somos pecadores, mientras que, en cambio, Dios es absolutamente santo. Vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios (Isaías 59:2). Si no logramos solucionar la cuestión de nuestro pecado (o, para expresar lo mismo en términos bíblicos, si no logramos que nuestros pecados sean remitidos o que nosotros mismos seamos justificados ante Dios), no podemos entrar en su presencia. Ésta, según el testimonio unánime de las Escrituras, es nuestra triste condición: culpables, merecedores sólo de la ira de Dios, reos de muerte, excluidos definitivamente de su presencia y alejados para siempre de su gloria.

El pecado siempre implica un principio de ruptura en nuestra relación con Dios. Esto lo sabemos bien los que somos creyentes, porque, incluso después de nuestra justificación en virtud de la muerte expiatoria de Jesús, sabemos que en nuestra experiencia diaria el disfrute de la presencia de Dios y la práctica del pecado son dos principios que se excluyen mutuamente.

¡Pero cuánto más en el caso de una persona que nunca ha sido justificada por Cristo! El pecado forja un gran abismo de separación entre ella y Dios. Por eso, el “hombre natural” (o sea, el hombre en su estado natural pecaminoso) no puede llegar a Dios ni conocerlo. No puede haber intimidad con Dios sin que haya una solución al pecado. Puesto que Dios es santo, no podemos entrar en relación con él sin ser santos nosotros también.

¿Cómo, pues, podemos nosotros, personas pecadoras, llegar a ser santificadas? Ésta es la pregunta fundamental que tenemos que contestar antes de poder progresar en el tema del conocimiento de Dios.

¿Acaso lo podemos lograr mediante nuestros propios esfuerzos por ser buenos? No. Es tan imposible que los que somos pecadores por naturaleza nos vayamos santificando progresivamente en base a nuestros propios esfuerzos, coma que una manzana podrida pueda, en base a su propio esfuerzo, volverse sana. O, como dice la Biblia: ¿Puede el etíope mudar su piel, y el leopardo sus manchas? Así vosotros, ¿podréis hacer el bien estando acostumbrados a hacer el mal? (Jeremías 13:23).

¿Cómo, pues, podemos ser santos y justos, y así tener entrada a la presencia de Dios? La respuesta divina es: “la locura de la cruz”. Dios mismo toma forma humana en Jesucristo a fin de llevar sobre sí el castigo de separación eterna que nosotros nos merecíamos. Él mismo viene a ser nuestro sustito y sufrir en su carne la pena capital que estaba destinada a nosotros, para que nosotros podamos ser perdonados. Cuando, en medio de su angustia en la cruz, el Cristo moribundo clamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:46), los creyentes sabemos bien cuál es la respuesta: Dios se separó de su Hijo porque en aquel momento llevaba sobre sí la culpa de nuestros pecados y moría en nuestro lugar. Lo hacía por nosotros, para que nuestros pecados fueran remitidos y pudiéramos ser justificados ante Dios. Lo hacía para que pudiéramos ser reconciliados con Dios, ser recibidos por él como hijos amados y disfrutar para siempre de su presencia y comunión.

Hay dimensiones de la obra redentora de Cristo en la cruz que nunca entenderemos, al menos en esta vida. Puede que nuestra primera reacción ante ella sea pensar que no es justa, que no es justo que otro sea juzgado en nuestro lugar y que nosotros seamos declarados justos y libres de castigo. ¿Pero y si el que nos sustituye es Dios mismo hecho hombre expresamente con esta finalidad? ¿Qué pasa si el juez que dicta la sentencia y el sustituto que la cumple son una misma persona? ¿Cómo queda entonces la justicia de la cuestión? La justicia de Dios es sublime y trasciende nuestra capacidad de medirla. ¿Quién puede evaluar la justicia de un Dios que carga sobre sí el castigo que él mismo ha decretado? ¿Con qué autoridad moral y según los cánones de qué legislatura le diremos nosotros, los delincuentes, al Dios recto, íntegro y santo que la justicia de la cruz es una equivocación?

En todo caso, de lo que dice la Biblia se desprenden tres ideas absolutamente claras acerca de la muerte de Jesús:

1. Jesús mismo dijo repetidamente que era necesario que muriera

Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que le era preciso ir a Jerusalén y padecer mucho… y ser muerto (Mateo 16:21, Reina-Valera 1960).

Mirad, subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burla, afrentado y escupido; y después de azotarle, le matarán (Lucas 18:31–33).

Jesús afirmaba no sólo que su muerte era necesaria, sino también que iba a ser voluntaria. Él ponía libremente su vida para salvar a todo aquel que creyera en él:

El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sine para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28).

Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para tomarla de nuevo (Juan 10:17–18).

Incluso Jesús afirmaba que la misma razón de ser de su vida era su muerte:

Ahora mi alma se ha angustiado; y ¿qué diré: “Padre, sálvame de esta hora [de la muerte]”? Pero para esto he llegado a esta hora (Juan 12:27).

2. La necesaria muerte del Mesías está en consonancia con lo que habían predicho los profetas

Coma acabamos de ver (en Lucas 18:31–33), Jesús mismo afrontó la muerte a sabiendas de que estaba cumpliendo lo que habían predicho los profetas. Igualmente, los apóstoles, después de la ascensión de Jesús, siguieron insistiendo en que su muerte y resurrección habían sido anunciadas previamente por los profetas (ver, por ejemplo, Hechos 2:30–32; 3:18).

Un ejemplo clásico de cómo las Escrituras del Antiguo Testamento anuncian la muerte de Jesús se encuentra en el texto (procedente de Isaías 53:7–8) que leía el alto funcionario de Etiopía al encontrarse con el evangelista Felipe:

El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era éste: Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, no abre él su boca. En su humillación no se le hizo justicia; ¿quién contará su generación? Porque su vida es quitada de la tierra. El eunuco respondió a Felipe y dijo: Te ruego que me digas, ¿de quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo, o de algún otro? Entonces Felipe abrió su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció el evangelio de Jesús (Hechos 8:32–35).

Pero las Escrituras no solamente profetizaban la muerte de Jesús; también explicaban la razón de su muerte. Por ejemplo, el texto inmediatamente anterior a la porción leída por el etíope dice:

Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción… Ciertamente él llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores; con todo, nosotros le tuvimos por azotado, por herido por Dios y afligido. Mas él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre él, y por sus heridas hemos sido sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino. Pero el Señor hizo que cayera sobre él la iniquidad de todos nosotros (Isaías 53:3–6).

¡El castigo que a nosotros nos trajo la paz cayó sobre él! Dios tomó la pena capital que nosotros nos merecíamos y la cargó sobre Cristo a fin de efectuar la paz y la reconciliación con nosotros.

Pero, más aún que ciertos textos proféticos explícitos, todo el conjunto del Antiguo Testamento y todo el sistema levítico de sacrificios nos preparan para entender el significado de la muerte de Jesús. Dios, a lo largo de muchos siglos, fue enseñando al pueblo judío ciertas verdades acerca de cómo el ser humano puede entablar y mantener la comunión con él. Mandó edificar el tabernáculo y, posteriormente, el templo, como símbolo de su morada en medio de su pueblo. Aun así, el pueblo mismo no podía entrar en el Lugar Santísimo so pena de muerte. Sólo podía entrar el sumo sacerdote en representación del pueblo, y esto sólo una vez al año y después de hacer una serie de abluciones y sacrificios. Con esto se estableció muy claramente entre los judíos la idea de la absoluta santidad de Dios, la terrible inmundicia del hombre y la consecuente imposibilidad de que el hombre pueda acercarse a Dios sin ser limpiado previamente de sus pecados. No puede haber entrada “barata” en la presencia de Dios. Sólo puede lograrse en base al ofrecimiento de un sacrificio suficiente como para lograr la remisión de pecados.

El problema que presentaba el sistema levítico era que en realidad no podía proveer esa remisión, excepto de una manera simbólica, y en consecuencia sólo podía dar lugar a un encuentro simbólico con Dios. Esto no quiere decir que los creyentes de entonces no tuvieran posibilidad de conocer a Dios. Basta con leer los Salmos para ver que disfrutaban de una relación con él tan viva e intensa (¡o más!) como la de muchos creyentes de hoy. Pero esa relación, como la nuestra, era fruto de la fe en virtud de aquel único sacrificio eficaz, el de Jesucristo, del cual los sacrificios levíticos constituían sólo un pobre anticipo.

El gran texto bíblico que explica estas cosas es la Epístola a los Hebreos. Escuchemos lo que dice acerca de la ineficacia de los sacrificios expiatorios del Antiguo Testamento, en contraste con la muerte perfectamente expiatoria de Cristo:

Ya que la ley sólo tiene la sombra de los bienes futuros y no la forma misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que ellos ofrecen continuamente año tras año, hacer perfectos a los que se acercan… Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados… (Hebreos 10:1–4).

Es decir, los sacrificios prescritos por la ley del Antiguo Testamento anticipaban los gloriosos efectos salvadores del sacrificio de Cristo (eran como su sombra), pero no tenían su eficacia. No podían revestir a los que se acercaban a Dios con aquella perfección moral que únicamente capacita al hombre para morar en su presencia. Y era así porque un animal nunca puede ser el sustituto válido de un ser humano. Por tanto, su muerte en sacrificio no puede remitir el pecado humano de verdad. Pero, en contraste, cuando Cristo entró en el mundo, dice:

“He aquí, yo he venido… para hacer, oh Dios, tu voluntad”… Por esta voluntad hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote [levítico] está de pie, día tras día, ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero él [Jesús], habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios… Porque por una ofrenda él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados… (Hebreos 10:7–14).

Es decir, Jesucristo se sometió voluntariamente al plan de Dios para nuestra salvación y se entregó como sacrificio para expiar nuestros pecados. ¡Y su muerte es realmente válida ante Dios! Aquel que se acerca a Dios confiando en la plena eficacia de la sangre de Jesús para quitar los pecados, descubre que Dios le recibe como santificado, hecho perfecto para siempre. La consecuencia es obvia: santificados, justificados, perdonados por la sangre de Jesús, ya no hay obstáculo que impide que entremos en la presencia de Dios. Podemos convivir con él, disfrutando de la comunión con él y creciendo constantemente en su conocimiento.

Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que él inauguró para nosotros,… acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe (Hebreos 10:19–22).

Ahora estamos en condiciones de entender el significado de la sorprendente afirmación del último de los profetas del Antiguo Testamento, Juan el Bautista, al ver acercarse a Jesús: ¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! (Juan 1:29). En otras palabras: ¡Mirad bien a aquel hombre! No es otro sino aquel víctima expiatoria provista por Dios, aquel verdadero Cordero del cual los millares de corderos sacrificados en el pasado sólo eran pequeñas ilustraciones anticipatorias, aquella víctima cuya muerte traerá realmente la remisión de pecados.

3. Los apóstoles, instruidos por las profecías del Antiguo Testamento y por las enseñanzas de Jesús, predicaban constantemente que éste murió para expiar nuestros pecados y reconciliarnos con Dios

El apóstol Pedro lo expresó de esta manera:

… sabiendo que no fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir heredada de vuestros padres con cosas perecederas come oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo (1 Pedro 1:18–19).

El apóstol Juan, de esta otra:

La sangre Jesús su Hijo [de Dios] nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos,… le hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros… Si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (1 Juan 1:7–2:2).

Pero, sin duda, es el apóstol Pablo quien explora en mayor detalle estas verdades acerca de los efectos redentores, limpiadores, santificadores y reconciliadores de la muerte de Jesús. Por ejemplo, en su gran exposición del evangelio en la Epístola a los Romanos dice:

Pero ahora… la justicia de Dios [es decir la justificación del hombre pecador hecha posible y concedida por Dios] ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen;… (Romanos 3:21–22).

Vale la pena interrumpir el discurso aquí para insistir en lo que dice Pablo. Cuando los apóstoles dicen que Jesucristo murió “por todos”, quieren decir “por todos sin discriminación”, no “por todos sin excepción”. Los beneficios de los sacrificios levíticos se circunscribían al ámbito de Israel; los del sacrificio de Jesús se extienden al mundo entero. Pero, en todo caso, son para todos los que creen en él.

… porque no hay distinción; por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe (Romanos 3:22–25).

Después de establecer que la única manera en la que el pecador puede ser justificado ante Dios es por creer en Jesucristo y por abrazar, por la fe, su muerte expiatoria en la cruz, más adelante Pablo nos dice cuáles son las consecuencias de nuestra justificación:

Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien también hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:1–2).

Y lo resume todo con esta sencilla frase:

Cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (Romanos 5:10).

La justificación por la cruz de Cristo nos abre paso a la reconciliación con Dios y a todos los beneficios de una vida vivida en comunión con él.

Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos; ¡Reconciliaos con Dios! Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:19–6:2).

Mediante el sacrificio de Cristo, Dios nos limpia, nos perdona, extiende su mano hacia nosotros y nos dice: Aquí tienes el camino. Dios ha hecho posible lo que parecía imposible. Ha creado el camino mediante el cual podemos adentrarnos en una relación vital con él sin que nuestra condición pecaminosa haga violencia a su santidad. Lo ha creado para que podamos conocerle y para que, conociéndole a él, volvamos a entrar en contacto con la fuente de nuestra vida.

La pregunta crucial, pues, que debemos plantearnos es: ¿qué haremos con este camino? Algunos de los que han comenzado a ojear algunas páginas de este libro lo habrán dejado riéndose y burlándose. Siempre ha habido personas así. Otras habrán encontrado ofensivas las ideas exclusivistas de Cristo: que sólo él es el camino a Dios; que sólo él puede quitar la culpa de nuestros pecados y hacernos aceptables ante Dios. Otros habrán dejado de leer al enterarse del precio de conocer a Dios: la renuncia a la rebeldía, el retorno al señorío de Dios, la sumisión a su voluntad. Pero tú has tenido la bondad de seguir leyendo hasta aquí, lo cual sugiere que tu reacción no ha sido de burla, ni de escepticismo, ni de indignación, sino que persiste en ti el interés y la inquietud de conocer a Dios. Ahora, permíteme preguntarte si estás dispuesto a dar el paso de fe, a acudir a Dios en oración y pedirle que te limpie en virtud de la sangre de Jesús y te conceda una relación personal con él.

Como ya hemos dicho, la muerte de Jesús tiene implicaciones universales. Pero también muy personales. El mismo Pablo, que explora la trascendencia de la cruz en textos como los que acabamos de veer, pudo también personalizarla diciendo: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2:20). ¿Puedes tú decir lo mismo? ¿Quieres hacerlo?

Si aún no puedes decir que sabes que tienes acceso a Dios a través del Cristo crucificado, estás delante de una encrucijada. Quizás el sinfín de caminos que se abren ante ti sólo te provoque confusión y perplejidad. O quizás haya llegado el momento de la decisión más importante de tu vida. Quizás sea el momento de dirigirte a Dios con palabras como las siguientes:

Dios, no estoy del todo seguro de si existes o no; pero de existir, quiero conocerte. Sé que hasta aquí he vivida egoístamente, sin preocuparme por hacer tu voluntad. Estoy dispuesto a cambiar, a someterme a tu señorío y a servirte. Reconozco que mis pecados y rebeliones son los que me separan de ti y, aunque no lo entiendo muy bien, acepto que el evangelio proclama que nadie viene a ti si no es por medio de Jesucristo y su muerte redentora. Reclamo para mí aquella limpieza que sólo su muerte en mi lugar puede proporcionar. Dios, recíbeme por causa de mi Salvador, Jesús, y dame el privilegio de convivir contigo para el resto de mi vida aquí abajo, y después para siempre en tu gloria.

¿Qué impide que ores así? ¿Qué impide que acudas al Cristo que murió por ti y le digas: Señor, sálvame

El don del Espíritu y la comunión con Dios

¿Y ahora, qué? Si la justificación del pecador por la muerte de Jesús fuera la totalidad del mensaje del evangelio, nos encontraríamos ante Dios gloriosamente perdonados, pero, en el fondo, tan sujetos al dominio del pecado en nuestras vidas como antes. Sin embargo, las buenas noticias siguen.

Jesús no sólo murió, sino que también resucitó y ascendió a los cielos. Conforme a las Escrituras, resucitó como primicias de una nueva humanidad y ascendió a fin de derramar su Espíritu Santo sobre los que creen en él. Dios no se limita a perdonar nuestros pecados; también nos concede “nacer de nuevo” conforme a la vida de resurrección de Cristo. El apóstol Pedro lo expresa en estos términos:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Pedro 1:3).

Esto mismo es lo que se celebra en el bautismo cristiano. La persona bautizada confiesa que se considera muerta con Cristo en cuanto a su antigua manera de vivir y, por lo tanto, es “enterrada” con él en la sepultura simbólica del bautismo. Pero también se considera “resucitada” con Cristo al salir de las aguas del bautismo, y en lo sucesivo vivirá para Dios en el poder de una nueva vida:

Hemos sido sepultados con él [con Cristo] por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque si hemos sido unidos a él en la semejanza de su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de su resurrección… Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él… Porque por cuanto él murió, murió al pecado de una vez para siempre; pero en cuanto vive, vive para Dios (Romanos 6:4–10).

Es obvio que, al decir que Cristo vive para Dios, el apóstol Pablo no lo dice tanto a causa de Cristo (ya que él, desde siempre, y no sólo después de su resurrección, ha vivido constantemente para Dios) como a causa del paralelismo con nosotros. Morimos con él, somos sepultados con él, resucitamos con él y vivimos la clase de vida que él vive: una vida de santidad vivida de cara a Dios. Nuestra nueva vida, a partir de nuestra regeneración, tiene una orientación ya no antropocéntrica, sino teocéntrica. Vivimos con la mirada puesta en Dios, bajo sus órdenes, dispuestos a hacer su voluntad. Y vivimos en la comunión de una íntima relación con él.

A todos los que creen, pues, Jesús les da el don de su Espíritu. Éste es quien potencia en ellos una vida nueva exenta de las taras del pecado. Sin esta “regeneración”, no podríamos aspirar a la santidad. Con ella, en cambio, los creyentes tenemos la firme esperanza de llegar a ser como Cristo y, semejantes a él, disfrutar de la comunión con Dios para siempre.

El Espíritu nos es dado por muchas razones, pero sobre todo por dos. Por un lado, como acabamos de decir, inculca en nosotros la santidad. Por eso se llama el Espíritu Santo. La persona guiada por el Espíritu conoce lo que el apóstol Pablo llama una progresiva transformación de gloria en gloria hacia la imagen del Señor (2 Corintios 3:18).

Por otro lado, nos revela la verdad acerca de Dios. Él es Dios en nosotros. Nos imparte la comunión de Dios. Nos es dado para que podamos conocer a Dios.

Podríamos pensar que, sólo con que Jesucristo estuviera presente con nosotros ahora, sería fácil conocer a Dios; porque como le dijo el Señor a Felipe: ¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Juan 14:9). Pero resulta que se ha ausentado. Ha vuelto al Padre que está en los cielos. Sin embargo, volvió allá con el fin expreso de poder estar entre nosotros de una manera nueva. De hecho, como hombre, Jesús sólo podía estar en un solo lugar a la vez. Por tanto, poco acceso tendríamos a él aunque estuviera viviendo aquí en la tierra. Por eso explicó a los discípulos: Os conviene que me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré… Y cuando él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad… Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío (Juan 16:7–15). Tener al Espíritu es como tener a Jesús a nuestro lado para revelarnos las verdades de Jesús y guiarnos al Padre.

Nuevamente, vemos cómo la santidad y el conocimiento de Dios van cogidos de la mano. Una cosa es imposible sin la otra. El Espíritu no puede ser dividido. No puedes recibirlo a efectos de crecer en el conocimiento de Dios y, a la vez, rechazarlo a efectos de crecimiento en santidad. El mismo Espíritu administra las dos cosas. Por tanto, la persona que pretende tener mucha intimidad con Dios a través del Espíritu, pero que no es santa en su manera de vivir, es fraudulenta. Si nuestras vidas no crecen en amor y en rectitud, no podemos crecer en el conocimiento de Dios. O, para expresar la misma idea de una forma positiva, cuanto más avanzamos en nuestro conocimiento de Dios, tanto más somos semejantes a él.

El profeta Jeremías, refiriéndose al rey Josías, dijo: ¿No practicó el derecho y la justicia? Por eso le fue bien. Juzgó la causa del pobre y del necesitado; entonces le fue bien. ¿No es esto conocerme? declara el Señor (Jeremías 22:15–16). Es esencialmente la misma idea que la expresada por el autor de la Epístola a los Hebreos: Buscad… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).

Aun como personas justificadas por la cruz de Cristo y regeneradas por su Espíritu, podemos elegir seguir viviendo una vida egocéntrica y carnal. Pero, por este camino, nunca avanzaremos en nuestro conocimiento de Dios. Sólo le conoceremos en la medida en que andemos en el Espíritu y permitamos que él vaya transformando nuestra vida hacia el patrón del carácter de Cristo.

Pero volvamos al tema principal de este capítulo: la nueva vida en el Espíritu Santo. Si la muerte de Jesucristo en la cruz significa la eliminación de nuestra culpa y, por tanto, el derribo de la gran barrera que existía entre nosotros y Dios, de forma que ya no hay nada que impida nuestra entrada en su presencia, la resurrección de Jesucristo significa la concesión de una nueva vida que es aquel principio activo que nos permite adentrarnos eficazmente en la presencia de Dios. Jesús resucitó como primicias de una nueva humanidad y ascendió a los cielos con el fin de derramar sobre los suyos el don del Espíritu Santo. Así, nacemos de nuevo según la vida de la nueva humanidad.

El texto clásico sobre este tema se encuentra en el capítulo 3 del Evangelio de Juan, que nos narra la conversación que sostuvo Jesús con Nicodemo. En ella, Jesús afirmó con toda claridad que el requisito absolutamente necesario para poder entrar en el reino de Dios (es decir, en aquel ámbito donde es posible el conocimiento de Dios) es el haber nacido de nuevo por obra del Espíritu. Se trata, por supuesto, de una operación sobrenatural, “desde arriba”, que el ser humano no puede alcanzar a entender. Sólo puede ver los resultados. A fin de cuentas, si somos incapaces de sondear los secretos de la vida carnal, no debe sorprendernos que los de la vida espiritual se nos escapen. Por tanto, si exigimos entender plenamente la regeneración antes de experimentarla, si queremos una explicación en términos psicológicos, fisiológicos, filosóficos o teológicos, buscaremos en vano y nunca estaremos satisfechos. La Biblia nos da ciertas explicaciones y la vida de una persona regenerada da evidencias fehacientes de su transformación; pero, según Jesús, son como las evidencias acerca del viento: El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu (Juan 3:8). No puedes poner el viento dentro de un tubo de ensayo para entenderlo. No puedes saber el momento preciso ni el lugar exacto en que comenzó a soplar, ni adónde irá a parar. Sin embargo, no por eso dudas de su existencia. No puedes entender todas sus características, pero sí puedes ver cómo hace mover las hojas de un árbol. Ves sus efectos

De la misma manera, no podemos entender cómo Dios obra en nosotros para darnos nueva vida por obra de su Espíritu Santo. Pero nuestra ignorancia no hace nula la realidad de su obra. Tratándose de una operación divina, no podemos analizarla en todas sus dimensiones, pero sí podemos experimentarla si se la pedimos a Dios: Si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lucas 11:13).

Hemos de nacer de nuevo, pues, si queremos conocer a Dios. La afirmación no es mía, sino de Jesucristo. Hemos de volver a nacer conforme a una nueva clase de vida, porque en nuestro estado natural no podemos librarnos de aquella condición pecaminosa que actúa como barrera de separación entre nosotros y Dios.

Cuando recibimos el don de una nueva vida en el Espíritu, lo primero que empieza a cambiar en nosotros (por así decirlo, la primera manera en la que las hojas se mueven en demostración de la realidad del viento) son los valores de nuestra vida. Antes vivíamos para nosotros mismos y éramos radicalmente egoístas; ahora descubrimos que Dios mismo se convierte en la primera realidad (el primer “valor”) de nuestra vida, que ya no vivimos para nosotros mismos, sino para él y, por extensión, para los demás. En otras palabras, el Espíritu purifica nuestras motivaciones y aspiraciones, conduciéndonos hacia el modelo de Cristo mediante un largo proceso de santificación. Esto erais algunos de vosotros –dice Pablo, refiriéndose a las distintas formas de pecaminosidad que caracterizan al ser humano–; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11). Así el Espíritu va derribando en nosotros aquello que, en principio, impedía nuestra relación y comunión con Dios.

En segundo lugar, el Espíritu obra para nuestra iluminación. Nos da entendimiento de las Escrituras y, a través de ellas, renueva nuestras mentes (Romanos 12:2). Así nos capacita para profundizar en nuestro entendimiento de Dios y de sus propósitos en la vida. Por eso, el apóstol pudo orar a favor de los cristianos en Éfeso pidiendo que Dios les diera “espíritu” de sabiduría, de revelación, de conocimiento, de iluminación y de comprensión (Efesios 1:15–18), a favor de los filipenses, pidiendo conocimiento verdadero y todo discernimiento (Filipenses 1:9), y a favor de los colosenses, pidiendo una plenitud de conocimiento en toda sabiduría y comprensión espiritual con la finalidad de crecer en el conocimiento de Dios (Colosenses 1:9–10).

A través de la santidad y limpieza moral que el Espíritu produce en nosotros, y a través de su iluminación de nuestra mente para poder entender los caminos de Dios, nos prepara también para la tercera cosa que lleva a cabo en nosotros: la comunión con Dios. Así, el Espíritu nos guía y nos ayuda en nuestras oraciones, es decir, en nuestra comunicación directa con Dios (Romanos 8:26–27); testifica en la intimidad de nuestro corazón acerca de nuestra relación filial con Dios (Romanos 8:16–17); y, en una palabra, nos administra la comunión de Dios (2 Corintios 13:14).

No disponemos de espacio para seguir hablando acerca de la nueva vida en el Espíritu y de cómo el creyente aprende a desarrollar la comunión con Dios y caminar con él por la vida. Son temas que requieren todo un libro aparte.

Concluimos más bien volviendo a nuestra pregunta básica: ¿es posible conocer a Dios?

Ya lo hemos dicho: a esta pregunta los cristianos contestamos con un “sí” inequívoco. Y no sólo es posible, sino imprescindible, pues el conocimiento de Dios es la meta fundamental de nuestra existencia terrenal. Quien muere sin haber llegado a conocer a Dios ha perdido tristemente lo más esencial de la vida.

Sin embargo, enseguida debemos añadir una serie de “peros”:

• Sí, es posible conocer a Dios, pero debemos recordar que Dios es infinito y su realidad se extiende muy por encima de nuestra capacidad de entenderle. Nuestro conocimiento de Dios sólo es posible en la medida en que él mismo se hace accesible a nuestras mentes finitas. Por tanto, será siempre parcial y “antropomórfico”.

• Sí, pero debemos recordar que Dios es santo y no entrará en comunión con seres humanos que se aferran a sus vidas pecaminosas y egocéntricas. Para conocerle, hemos de ser santos como él es santo. Por tanto, el camino del conocimiento de Dios es también un camino de transformación moral.

• Sí, pero debemos recordar que hay un precio que pagar. El conocimiento de Dios está al otro extremo de un camino de quebrantamiento, arrepentimiento y humillación. No habrá conocimiento de Dios mientras abriguemos diversas formas de egoísmo y orgullo humanos.

• Sí, pero debemos recordar que no hay auténtico conocimiento de Dios fuera de Jesucristo. Él es la imagen del Dios invisible. Él, por así decirlo, es Dios hecho accesible, comprensible, “cognoscible”. Tomó forma humana con el fin expreso de dar a conocer a Dios y, por tanto, sería un error muy grave intentar buscar a Dios al margen de él.

• Sí, pero debemos recordar que no hay posibilidad de conocer a Dios al margen de la salvación que puede ser nuestra en Cristo. Él entregó su vida a fin de borrar nuestra culpa, que constituía la gran barrera entre nosotros y Dios; y resucitó a fin de derramar su Espíritu sobre los que creen en él, el Espíritu de Dios mediante el cual Dios mora en nosotros, nos guía, nos transforma y nos transmite su comunión. No hay conocimiento de Dios al margen de la justificación de la cruz y la regeneración por el Espíritu.

Y ahora, sólo resta que cada uno se examine a sí mismo y se pregunte: ¿Conozco yo a Dios? Si nuestra respuesta es afirmativa, oremos según los mismos términos empleados por el apóstol Pablo, pidiendo que crezcamos más y más en su conocimiento. Si, en cambio, nuestra respuesta es negativa o dudosa, preguntémonos: ¿Qué impide que yo me entregue al camino señalado y forjado por Jesucristo, al camino que me conduce al verdadero conocimiento de Dios?

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.