Madrid, España

SALMO 51: EL PECADO DE DAVID

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SALMO 51: EL PECADO DE DAVID

Se cuenta que Catalina la Grande dijo: “El buen Señor perdonará: es su deber hacerlo.” No podría haber dado evidencia más clara de que sabía muy poco acerca del perdón. No era el perdón lo que ella quería; realmente no creía que lo necesitara.
Los profetas sabían más que ella: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro…”, diceIsaías (Is. 59:2). Y Jeremías habla en términos muy parecidos: “Vuestros pecados apartaron de vosotros el bien” (Jer. 5:25).


SALMO 51

1 Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
2 Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.

3 Porque yo reconozco mis rebeliones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
4 Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio.
5 He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.

6 He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
7 Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve.
8 Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido.
9 Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.

10 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
Y renueva un espíritu recto dentro de mí.
11 No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu Santo Espíritu.
12 Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me
sustente.

13 Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos,
Y los pecadores se convertirán a ti.
14 Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; Cantará mi lengua tu justicia.

15 Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza.
16 Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto.
17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.

18 Haz bien con tu benevolencia a Sión; edifica los muros de Jerusalén.
19 Entonces te agradarán los sacrificios de justicia,
el holocausto u ofrenda del todo quemada;
Entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.

Natán Reprende a David

                                               Natán Reprende a David

Hay muchas razones por las que sentimos la ausencia de la presencia de Dios. Sospechamos que Dios se ha distanciado de nosotros; hemos perdido la sensación de su presencia y la seguridad de su gracia. Y nos tememos que puede ser porque hemos pecado.
No siempre es así, ¿pero qué pasa si en esta ocasión tenemos razón? ¿Qué si nuestro pecado ha hecho ocultar de nosotros su rostro y nos ha privado de las cosas buenas de su presencia?
¿A cuál de los salmos acudiremos ahora? Cuanto más seria la pregunta, más obvia la respuesta: a aquel salmo que comienza: “Ten piedad de mí, oh Dios… Contra ti, contra ti solo he pecado…” (Sal. 51:1, 4).

David escribió este salmo especialmente para nosotros: “Enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti” (51:13). ¿Cómo podemos aprender a encontrar nuestro camino de vuelta a la presencia de Dios cuando hemos pecado?

El título del salmo nos da ánimo inmediatamente. El salmo fue compuesto después de que David fuese denunciado por los pecados del adulterio con Betsabé y su complicidad en el homicidio planeado del marido de ésta, Urías heteo (2 S. 11–12). David no tenía dónde esconderse, ni ninguna excusa. Hasta un punto que nunca había experimentado, ahora sabía que era pecador.
Sin embargo, David experimentó el perdón. Descubrió:

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad (Sal. 32:1–2).

Nosotros también podemos descubrir lo mismo, si permitimos que David sea nuestro maestro, tal como él pedía.


HE PECADO

Ya hemos notado que el desánimo tiende a paralizar nuestra capacidad para explorar sus causas. Y el pecado tiene un efecto parecido sobre nosotros; nos insensibiliza en cuanto a su verdadera naturaleza y nos ciega a su gravedad. En tal condición de endurecimiento, lo último que David iba a hacer era examinarse a sí mismo y su pecado. Pero hasta que lo hiciera, no iba a poder gustar las bendiciones del perdón.
El profeta Natán fue el valiente instrumento que despertó a David de su letargo espiritual. Natán hizo que David pensara acerca de su pecaminosidad: “¿Por qué… tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos?… me menospreciaste…” (2 S. 12:9, 10).


La Naturaleza del Pecado

Dios tiene muchos instrumentos que le pueden servir de profetas por medio de los cuales nos amanezca y nos veamos a nosotros mismos tal como realmente somos. Al igual que con David, puede ser a través de un sermón como Dios nos hable; o, como con Jonás, por medio de dolorosas providencias por las que toque nuestras vidas y despierte nuestras conciencias. Puede ser la semejanza con Cristo de alguien la que nos haga pararnos a pensar y darnos cuenta de lo deficientes que son nuestras propias vidas. De menos importancia es el instrumento en particular que su efecto: el llevarnos a exclamar: “Señor, he pecado contra ti.”

Lo que se destaca en la confesión de David es su casi insoportable descubrimiento de lo que realmente había en su corazón. Había en su alma capas de pecado, o –para cambiar de metáfora– picos de maldad, cada uno más alto que el anterior y sólo haciéndose visible cuando éste ya se había escalado del todo. Saquea el vocabulario del Antiguo Testamento mientras explora su alma, y provee una serie de vivas imágenes verbales para describir su necesidad.
“Mis rebeliones” (v. 1) sugiere, además de la rebeldía como tal, la presunción. Se hace a sí mismo el centro del universo, y su corazón está muy opuesto a cualquier rival para su trono: aun cuando ese rival sea el amante Creador.

“Mi maldad” (v. 2) conlleva la idea de una perversa tendencia a desviarse que corrompe nuestras vidas: ese defecto fatal que destruye todo. Pablo habla del hombre pecador “cambiando” la gloria de Dios (Ro. 1:23). Ése es el error fatal: si me equivoco en esto, todo lo referente a mí estará equivocado. Creado para glorificar a Dios y gozar de Él para siempre, busco glorificarme a mí mismo, tuerzo y distorsiono mi propósito, y al final no gozo de nada para siempre.
“Mi pecado” (vv. 2, 3) denota su fracaso. David ha errado el blanco y se ha desviado del fin para el cual fue creado. Fue hecho no sólo para vivir para la gloria de Dios, sino también para reflejar esa gloria. Ahora ha malgastado su destino.
“Lo malo” (v. 4). He aquí la terrible verdad que ha descubierto acerca de sí mismo: ha hecho lo malo, y esa maldad es el fruto de un corazón malvado.

No hay nada que nos caracterice más que esa fácil suposición de que somos por naturaleza básicamente buenos: que pecamos a pesar de nosotros mismos. ¿Y ese pensamiento codicioso, o de odio o inmoral? Lo vemos todo como aberraciones. Pero David ha sido enfrentado (y él a su vez nos enfrenta a nosotros) con la verdad que sacude el ego: así es como él es realmente.
En un famoso pasaje de sus Confesiones, Agustín cuenta cómo, cuando era joven, disfrutaba de robar peras de un huerto donde él vivía. Al recordar aquellos días de supuesta inocencia, analiza sus motivos. ¿Por qué, cuando podía conseguir honradamente otras peras mejores, se llevaba aquellas a las cuales no tenía ningún derecho? Lo hacía, él mismo concluye, por amor al robo en sí; pecaba porque amaba al pecado más que a Dios.

El fruto robado es el que mejor sabor tiene; o al menos eso es lo que neciamente nos imaginamos, mientras a la vez protestamos: “Eso no es exactamente lo que llamarías ‘robar’, ¿no te parece? Ahora, háblame de robar bancos: eso sí es codicia y robo; ¿pero los pensamientos adúlteros de David, y luego su adulterio en sí, queriendo hacerlo Betsabé también?” “Sí, es robar”, proclamó el valiente y bueno de Natán. “Robaste lo que era de otro. Eres ladrón, adúltero y asesino, rey David.”
¿Qué pasa cuando por fin se nos convence de nuestra necesidad del perdón? Empezamos a enfrentarnos con la verdadera naturaleza del pecado. Lo llamamos por sus verdaderos nombres: transgresión, iniquidad, pecado, maldad.
Y también empezamos a hablar en primera persona del singular: “mi”: mis transgresiones, mi iniquidad, mi pecado, mi maldad. No es culpa de otro, ni tampoco de mis circunstancias. Es mi propia culpa. Y como hijos pródigos exclamamos: “He pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno…” (Lc. 15:21). Ya no usamos más el lenguaje de la autojustificación. El pecado es el pecado, y este pecado es mío.

Esto es un autodescubrimiento necesario, pero casi insoportable. David confiesa que lo que Dios busca, a él le falta: “la verdad en lo íntimo” (v. 6).
Y tampoco se trata de un fracaso reciente: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (v. 5), confiesa. Aquí, David no está utilizando otra evasiva; está reconociendo que su naturaleza pecaminosa es indeleblemente profunda, tejida en la misma urdimbre y trama de su ser, entretejida de manera inextricable en su existencia misma. Es una deformidad congénita, tan profunda como los rasgos de la familia que lleva. Es una persona ineludiblemente pecadora. No hay manera de romper su atadura.

Natán sale de la presencia del rey, y a los siervos del rey se les despide, uno por uno, dejando así a David solo en su cámara. ¿Acaso no le puedes oír decir: “¡Oh Dios!, ¿es a esto a lo que he llegado? ¿Es esto lo que realmente soy?”
Si nunca has exclamado así, es probable que nunca hayas gustado las profundidades del perdón de que habla la Biblia.
¿Será que te has escondido (a la manera de los fariseos, aunque a éstos los desprecies) detrás del hecho de que en lo externo no has infringido gravemente la Ley de Dios? Pero, si hemos de confiar en la enseñanza de Jesús, en tu interior has infringido todos los mandamientos.
¿Te acuerdas del clamor del corazón de Isaías cuando éste se encontró con Dios exaltado en su santidad? “¡Ay de mí! que soy muerto” (Is. 6:5). Estaba abrumado y destrozado por el descubrimiento de la verdad acerca de sí mismo.

Imagínate por un momento que el profeta hubiera ido más tarde, ese mismo día, a la casa de algún amigo buscando consejos y ánimo. Le dice a su amigo: “Ahora me doy cuenta de que soy hombre inmundo de labios.” ¿Qué le hubiéramos dicho nosotros, las personas de hoy? ¿Le hubiéramos animado como hacemos con nosotros mismos, diciéndole: “Venga, Isaías, tan malo no eres; de hecho en cuanto a la santidad nos has adelantado a todos; Dios te ha dado unos labios maravillosos; de verdad, eres un predicador con un don muy especial”? Sospecho que eso es lo que nosotros hubiéramos hecho, por desgracia.
No obstante, Isaías había visto la verdad –la devastadora, abrumadora verdad– acerca de sí mismo. No era en sus debilidades donde su pecado estaba sutil e inextricablemente entretejido; ¡era en su fuerte, en sus dones espirituales! Estaba diciendo simplemente la verdad: sus labios sí estaban contaminados.
Y sólo aquellos que hayan llegado a ese descubrimiento de sí mismos estarán preparados para experimentar el carbón encendido que trae perdón. Éste viene del altar de Dios. Quema. Pero al quemar nos limpia (Is. 6:6, 7).


LOS EFECTOS DEL PECADO

La gran tentación para nosotros, como cristianos modernos, es creer que cuanto más deprisa podamos seguir adelante con las cosas, tanto mejor. Si tenemos la sensación de que Dios está lejos de nosotros, solemos buscar y tomar la ruta más rápida para eliminar esa incomodidad. Pero en el terreno espiritual los atajos siempre son el preludio del desastre.
Una de las marcas de una profunda obra de gracia en la vida de David era el deseo que tenía de enseñar a los transgresores que los caminos de Dios muchas veces son más lentos, pero a la vez más profundos y más sabios, que los nuestros. No satisfecho con su reconocimiento de la naturaleza del pecado, ahora pasa a enseñarnos cuáles son sus efectos y sus consecuencias.

El pecado acarrea culpa.

Con razón distinguimos entre la culpa y los sentimientos de culpa. Es posible experimentar éstos y, sin embargo, no tener aquélla, y viceversa. Necesitamos distinguir entre estas dos cosas.
David se daba cuenta de ello. Aquí nos dice que le atormentaron sus sentimientos de culpa: “Reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí” (v. 3). Se parece a Lady Macbeth, en aquella gran obra de teatro de Shakespeare, Macbeth. Los sentimientos de culpa la persiguen día y noche después de su acto asesino:

¡Fuera, maldita mancha!:
Aquí está aún el olor de la sangre.
Ni todos los perfumes de Arabia
endulzarán esta pequeña mano.

Anteriormente, David no había experimentado nada de esto. Antes de que Dios le hablara, su corazón se había endurecido por el engaño del pecado. Después sus defensas fueron penetradas, y la inundación de sentimientos de culpaque vino a continuación fue incontrolable. Y con razón: era profundamente culpable.
Por eso su clamor no es: “Haz que me sienta mejor; no me gusta sentirme culpable.” Es, más bien: “Soy culpable; ¡ten misericordia de mí!”
Sólo este último clamor nos traerá verdadera paz.


El pecado crea contaminación.

David veía que el pecado en su corazón era multiforme (“rebeliones”, “maldad”, “pecado”, “lo malo”). Y también reconocía lo profundamente que penetraba su contaminación en su alma. Esto lo subrayan sus clamores por algún remedio divino. Pasa a utilizar otras tres vivas imágenes verbales.
Siente como si el registro de sus pecados se hubiera puesto por escrito en una tabla de arcilla. “Borra mis rebeliones”, exclama; “rompe la tabla en la que se han puesto por escrito; destruye el registro de mi culpa”, porque, “Jah, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?” (Sal. 130:3).
Ve la culpa de su pecado como un tinte profundo, casi indeleble, sobre su carácter. “Lávame más y más de mi maldad”, suplica. La expresión que utiliza es especialmente intensiva. Necesita múltiples lavados para poder quedar limpio del todo.
Nosotros estamos demasiado familiarizados con las comodidades modernas para captar enseguida esta imagen. Cuando yo era niño, no teníamos lavadora automática en casa; mi madre lavaba a mano toda nuestra ropa. Aún puedo verla, en mi imaginación, frotando para quitarle la suciedad a mi traje de fútbol, con la ayuda de una “tabla de frotar” que tenía como ondulaciones metálicas redondeadas. Era un trabajo arduo aquel de quitar la suciedad incrustada lavando a mano.
Nos es imposible efectuar un lavado tan vigoroso de nosotros mismos, como señala Jeremías:

Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti,
la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí,
dijo Jehová el Señor (Jer. 2:22).

Sólo Dios nos puede lavar.
Y es de eso de lo que habla David. Está pidiendo a Dios que frote su corazón hasta que se lave del todo la contaminación de su pecado.
Luego ora: “Límpiame de mi pecado.” Es el lenguaje de la purificación y de la limpieza. Vuelve a aparecer en la descripción que hace Malaquías de Dios purificando a su pueblo:

¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata… (Mal. 3:2–3).

Nada menos que esto bastará para limpiar nuestra conciencia de la culpa.

El pecado causa impotencia espiritual.

Nos hace inestables. De ahí que David pida en oración “un espíritu recto” (v. 10). El pecado nos hace poco fiables, y necios; de ahí que le sea necesario pedir que se le enseñe sabiduría “en lo secreto” (v. 6).
Su corazón pecaminoso le había engañado y le había llevado a pensamientos, planes y hechos caracterizados por una necedad total.
Y siempre lo hace. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Cuando lo seguimos, empezamos a pensar que Dios no ve nuestros pensamientos y hechos; o que no le importa; o que no tendrá consecuencias graves; o que no pasa nada.
Santiago describe la realidad de esta situación, con palabras que proporcionan un comentario espiritual sobre la vida de David en este momento:

Cada uno es tentado,
cuando de su propia concupiscencia
[No era Dios, ni tampoco Betsabé, quien llevaba la responsabili
dad; David debió irse del terrado del palacio, y orar para ser prote
gido de su propia lujuria.]
es atraído y seducido.
Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado
[En el caso de David, el adulterio espiritual conllevó el adulterio físico.]
y el pecado, siendo consumado,
[La lujuria llevó a David al adulterio, y el adulterio al asesinato.]
da a luz la muerte.
[El bebé que concibió Betsabé murió; tragedia que recuerda la
condición espiritual de David.]
(Stg. 1:14, 15)

No es de extrañar que las siguientes palabras de Santiago sean: “Amados hermanos míos, no erréis” (Stg. 1:16).
Desde su sentimiento de necesidad, nuevamente despertado, David invoca al Señor para que haga algo nuevo: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (v. 10). El verbo que utiliza aquí, aparece originalmente en el relato de la creación, en el primer capítulo de Génesis. El sujeto del verbo en cuestión siempre es Dios. Describe el acto de la creación que sólo Él puede efectuar. David está admitiendo que sólo Dios le puede cambiar; sólo Dios puede hacerle puro; sólo Dios puede hacer obediente su corazón.
Sólo Dios puede salvar a un pecador impotente; sólo Dios me puede salvar a mí. De lo contrario, estoy perdido: perdido y sin esperanza, perdido sin poder hacer nada, perdido para siempre. Somos llevados a cantar en el espíritu que nos enseña Augustus Toplady, en su himno “Roca de los siglos”:

Culpables, viles, impotentes, nosotros…
Nada en las manos tengo para ofrecer…
Desnudo, a ti acudo para que me vistas;
Impotente, a ti miro para encontrar gracia…
Tú has de salvar, sólo tú.

¿Qué impresión causan estas palabras en ti?

El pecado nos pone en peligro.

Esto lo reconoce David cuando pide ser librado “de homicidios” (v. 14), o “culpa mortal”. Siente esto intensamente. No soporta saber que Dios le está mirando: “Esconde tu rostro de mis pecados” (v. 9); y sin embargo, hay algo que teme aún más que eso: que Dios le eche de delante de sí (v. 11).
Aquello que nosotros procuramos ocultar, Dios lo manifiesta. Todo está delante de Él como un libro abierto. No hay lugar donde esconderse de su juicio. Y el temor de David era que Dios le echara a las tinieblas de afuera, excluido de su presencia (v. 11); que nunca más se pronunciara sobre él la bendición de Aarón; y que el sentimiento de la ausencia de Dios llegara a ser permanente.
No es de extrañar que parezca como si el sonido de “gozo y alegría” (v. 8) jamás fuera a volverse a oír. El pecado de David le ha expuesto al peligro de la ira de Dios. Y sabe que no tiene defensa:

Contra ti, contra ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de tus ojos;
Para que seas reconocido justo en tu palabra,
Y tenido por puro en tu juicio (v. 4).

Ante Dios, toda boca se cierra; somos culpables. No hay en el universo dónde esconderse. Éste es el efecto del pecado.
¿Entonces, quiere decir esto que no haya esperanza para David, y que no haya esperanza para mí tampoco? Gracias a Dios, David descubrió que sí la hay.

SALMO 51: EL PECADO DE DAVID

 

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