¿POR QUÉ MURIÓ CRISTO?

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¿POR QUÉ MURIÓ CRISTO?

CRISTÓ MURIÓ: ¿POR QUÉ? ¿QUIÉN FUE RESPONSABLE DE SU MUERTE?


Muchas personas no ven problema alguno en estas preguntas, y en consecuencia no encuentran difícil responderlas. Para ellos los hechos son tan claros como el agua. Jesús no ‘murió’, dicen; fue muerto, ejecutado públicamente como criminal. Lo mataron porque las doctrinas que enseñó parecían peligrosas, hasta subversivas. Los líderes judíos estaban indignados por su actitud irrespetuosa hacia la ley y por sus declaraciones provocativas. Los romanos, que gobernaban Palestina, oyeron que se estaba anunciando como rey de los judíos; por lo tanto, estaba desafiando la autoridad del César.
Ante ambos grupos Jesús aparecía como un pensador y predicador revolucionario, y algunos lo consideraron también como un activista revolucionario. Era una amenaza tan profunda para el sistema establecido que decidieron deshacerse de él. Judíos y romanos llegaron a formar una alianza sacrílega para llevar a cabo sus planes. En el tribunal judío se lo acusó de blasfemia. Ante el tribunal romano se lo acusó de sedicioso. En un caso el cargo era teológico, en el otro la denuncia fue política. Pero ya fuera que su ofensa se considerara dirigida contra Dios o contra el César, el resultado fue el mismo. Los líderes percibieron a Jesús como una amenaza contra la ley y el orden, y no podían tolerarlo. De manera que lo liquidaron. ¿Por qué murió? A primera vista, murió como quebrantador de la ley; pero en realidad, fue víctima de mentes estrechas y mártir de su propia grandeza.
Una de las características fascinantes de los relatos evangélicos acerca del juicio de Jesús es esta fusión de los factores legales y morales. El relato de los cuatro evangelistas indica que en ambos tribunales, el judío y el romano, se siguió un trámite legal. El prisionero fue arrestado, acusado y severamente interrogado; en ambos casos se convocaron testigos. El juez entregó entonces su veredicto y pronunció la sentencia.
Sin embargo, los evangelistas también dejan en claro que el prisionero no era culpable de los cargos que se habían presentado, que los testigos eran falsos, y que la sentencia de muerte constituía una grave violación de la justicia. Y esto, porque hubo motivos personales y morales que influyeron en la manera en que se actuó. Caifás, el sumo sacerdote judío, y Poncio Pilato, el procurador romano, no eran simplemente funcionarios de la iglesia y el estado, que cumplían sus funciones oficiales. Eran seres humanos caídos y falibles, movidos por las oscuras pasiones que a todos nos gobiernan. Nuestras motivaciones siempre son confusas. Quizás logremos mantener cierta corrección en el desempeño de nuestras obligaciones públicas, pero detrás de esta fachada acechan emociones violentas y pecaminosas, que siempre amenazan irrumpir. Estos son los pecados secretos que los evangelistas ponen de manifiesto cuando relatan el arresto, la custodia, el juicio, la sentencia y la ejecución de Jesús. Más aun, es uno de los propósitos de la narración, ya que los Evangelios se usaban en la instrucción moral de los nuevos cristianos.

¿POR QUÉ MURIÓ CRISTO?


Los soldados romanos

Las personas directamente responsables de la muerte de Jesús fueron, por supuesto, los soldados romanos que llevaron a cabo la sentencia. Sin embargo, ninguno de los cuatro evangelistas describe el procedimiento concreto de la crucifixión. Si tuviéramos que depender exclusivamente de los Evangelios, no hubiéramos sabido qué fue lo que sucedió. Pero hay otros documentos de la época que nos dicen cómo era una crucifixión. En primer lugar se humillaba al prisionero en público, desnudándolo. Luego se lo acostaba de espaldas sobre el suelo; las manos eran atadas o clavadas a la vara horizontal de madera (el patíbulo), y los pies a la vara vertical. La cruz se llevaba luego a una posición vertical, y se la dejaba caer en una cavidad previamente preparada en el terreno. Generalmente se agregaba un taco o un asiento rudimentario para sostener en parte el peso de la víctima, y evitar que el cuerpo se soltara. Allí quedaba suspendido, expuesto en total impotencia al intenso sufrimiento físico, al escarnio público, al calor del día y al frío de la noche. La tortura podía prolongarse durante varios días.
Nada de esto describen los escritos de los Evangelios. Sí nos dicen algunos detalles. De acuerdo con las costumbres romanas, Jesús salió cargando su propia cruz hacia el lugar de la ejecución. Sin embargo, al parecer, tropezó varias veces bajo el peso de la cruz. Por esa razón detuvieron a un hombre llamado Simón, natural de Cirene, del norte de África, que entraba en ese momento del campo a la ciudad, y lo obligaron a cargar la cruz de Jesús. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que significa Lugar de la Calavera), le ofrecieron a Jesús vino mezclado con mirra; fue un gesto misericordioso, ya que esa bebida mitigaba lo peor del dolor. Sin embargo, Mateo relata que lo probó pero se negó a beberlo. Luego, los cuatro evangelistas escriben simplemente que lo crucificaron. Eso es todo. Habían narrado con bastante detalle la forma en que los soldados se burlaron de él en el pretorio (la residencia del gobernador). Allí le pusieron un manto púrpura, colocaron una corona de espinas en su cabeza y un cetro de caña en su mano derecha, le cubrieron los ojos, lo escupieron, le dieron bofetadas en el rostro y lo golpearon en la cabeza; al mismo tiempo lo desafiaban para que identificara al que lo golpeaba. También se arrodillaron delante de él imitando un homenaje en son de burla. Pero luego los evangelistas no ofrecen detalles acerca de la crucifixión; no hacen referencia alguna al martillo, a los clavos, al dolor, como tampoco a la sangre.
Todo lo que se nos dice es que ‘le crucificaron’. es decir, los soldados llevaron a cabo su horrible tarea. No hay indicios de que lo hayan disfrutado, ni sugerencia alguna de que hayan sido personas crueles o sádicas. Simplemente obedecían órdenes. Era su ocupación. Hicieron lo que tenían que hacer. Jesús se limitó a orar por ellos en voz alta, diciendo ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’ (Lucas 23:34).


Poncio Pilato

Los escritores de los Evangelios dan a entender que los soldados romanos no tenían ninguna culpa en especial por haber crucificado a Jesús (y agregan que posteriormente el centurión a cargo de ellos creyó en él, o por lo menos creyó en parte). Pero el caso es enteramente diferente en lo que respecta al procurador romano que ordenó la crucifixión. ‘Así que entonces [Pilato] lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le … crucificaron’ (Juan 19:16–18). Pilato sí era culpable. De hecho, su culpabilidad queda registrada en nuestro credo cristiano, el que declara que Jesús fue ‘crucificado bajo Poncio Pilato’.
Se sabe que Pilato fue nombrado procurador (gobernador romano) de la provincia fronteriza de Judea por el emperador Tiberio, y que sirvió durante 10 años, desde alrededor del 26 hasta el 36 d.C. Adquirió reputación como administrador capaz, con un sentido típicamente romano de trato justo. Pero los judíos lo odiaban porque los trataba con desprecio. No olvidaban que los había humillado, al comienzo de su período de gobierno, exhibiendo los estandartes romanos en la propia Jerusalén. Josefo describe otro acto necio de Pilato, cuando malversó parte del dinero del templo para destinarlo a la construcción de un acueducto. Piensan muchos que fue en esa ocasión que se desató una rebelión y el gobernador mezcló la sangre de ciertos galileos con sacrificios de los judíos (Lucas 13:1). Estos son solo ejemplos de su temperamento vehemente, de su violencia y su crueldad. Según Filón, el rey Agripa I lo describió en una carta al emperador Calígula como ‘un hombre de una disposición sumamente inflexible, y muy cruel además de muy obstinado’. Su principal preocupación era la de mantener la ley y el orden. Para mantener a los revoltosos judíos bajo control, estaba dispuesto a mostrarse implacable y a aplastar cualquier rebelión o amenaza de rebelión.
El retrato de Poncio Pilato en los Evangelios responde fielmente a estas descripciones de los historiadores. Los dirigentes judíos llevaron a Jesús ante él con la denuncia. ‘A éste hemos hallado que pervierte a la nación’; y agregaron que ‘prohibe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey’ (Lucas 23:2). Sin duda Pilato tomaría nota. A medida que Pilato avanzaba en su investigación, los evangelistas destacan dos cuestiones importantes.
Primero, Pilato estaba convencido de la inocencia de Jesús. Evidentemente lo impresionó el aspecto noble del prisionero, como también su autodominio y el hecho de que era políticamente inofensivo. De modo que tres veces declaró públicamente que no encontraba ningún motivo para condenarlo. La primera vez, poco después del amanecer del viernes cuando los saduceos le llevaron el caso. Pilato los escuchó, le hizo algunas preguntas a Jesús, y luego de esta audiencia preliminar anunció lo siguiente. ‘Ningún delito hallo en este hombre.’
La segunda ocasión fue cuando Jesús fue traído nuevamente, después de ser interrogado por Herodes. Pilato les dijo a los sacerdotes y al pueblo. ‘Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre.’ Ante estas palabras la multitud exclamó. ‘¡Crucifícale, crucifícale!’ Pero Pilato preguntó por tercera vez. ‘¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él.’8 Pilato estaba convencido de la inocencia de Jesús. Su convicción fue confirmada por un mensaje que le mandó su mujer. ‘No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él’ (Mateo 27:19).


La cobardía de Pilato

Sobre este trasfondo de reiterada insistencia de Pilato sobre la inocencia de Jesús, los evangelistas se ocupan de destacar sus ingeniosos intentos de evitar pronunciarse por una de las partes. El procurador quería evitar la condena de Jesús (porque creía que era inocente) y al mismo tiempo evitar su exculpación (porque los dirigentes judíos consideraban que era culpable). ¿Cómo podía arreglárselas para hacer ambas, si resultan irreconciliables? Lo vemos realizar maniobras sinuosas en su intento de soltar a Jesús y al mismo tiempo pacificar a los judíos. Pretendía ser justo e injusto simultáneamente.
Pilato intentó evadir la cuestión en cuatro formas. Primero, al enterarse de que Jesús era galileo, y que por consiguiente pertenecía a la jurisdicción de Herodes, lo envió a este para que lo interrogase. Tenía la esperanza de transferir la responsabilidad de la decisión. Pero Herodes mandó a Jesús otra vez a Pilato sin haberlo sentenciado (Lucas 23:5–12).
Segundo, intentó medidas parciales. ‘Le castigaré, pues, y le soltaré’ (Lucas 23:16, 22). Esperaba que la multitud se conformase con algo menos que la pena capital, y que su sed de sangre se apaciguase al ver lacerada la espalda del prisionero. Era una propuesta vil, porque si Jesús era inocente, tendría que haber sido soltado de inmediato sin ser azotado primero.
Tercero, Pilato intentó hacer lo que correspondía (soltar a Jesús) por una razón equivocada (que la multitud eligiera ella misma soltarlo). El procurador tenía por costumbre dar amnistía a algún prisionero durante la Pascua. Pensó que la gente elegiría a Jesús para concederle ese favor. Entonces lo podía soltar como un acto de clemencia de su parte, en lugar de hacerlo como acto de justicia. Se trataba de una propuesta astuta, pero vergonzosa. El pueblo la frustró porque exigió que el procurador pusiera en libertad a un notorio criminal y asesino llamado Barrabás.
Cuarto, intentó demostrar su inocencia. Tomó agua y se lavó las manos ante la multitud, diciendo a la vez. ‘Inocente soy yo de la sangre de este justo’ (Mateo 27:24). Y luego, antes de que se le secaran las manos, entregó a Jesús para ser crucificado. ¿Cómo pudo atreverse a incurrir en esta gran culpabilidad inmediatamente después de proclamar su inocencia?
Condenamos fácilmente a Pilato. Sin embargo, pasamos por alto nuestro comportamiento muchas veces similar. Para evitar el sufrimiento de una entrega total a Cristo, nosotros también tomamos caminos tortuosos. Dejamos la decisión en manos de otro, como pretendió hacer Pilato. Como él, intentamos un arreglo a medias con Jesús, o procuramos honrarlo por una razón errónea (por ejemplo como maestro en lugar de Señor), o incluso hacemos una declaración pública de lealtad aunque al mismo tiempo lo estamos negando en nuestro corazón.
Tres expresiones en el relato de Lucas arrojan luz sobre lo que finalmente hizo Pilato. ‘las voces de ellos … prevalecieron’, ‘Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían’, y ‘entregó a Jesús a la voluntad de ellos’ (Lucas 23:23–25). Las voces de ellos, lo que ellos pedían, la voluntad de ellos. Pilato capituló ante los otros, poniendo en evidencia su debilidad. Quería ‘soltar a Jesús’ (Lucas 23:20), pero también quería ‘satisfacer al pueblo’ (Marcos 15:15). Ganó la multitud. ¿Por qué? Porque le dijeron. ‘Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone’ (Juan 19:12). Esto fue lo que decidió la cuestión. Tenía que elegir entre el honor y la ambición, entre los principios éticos y la conveniencia personal. Ya había tenido problemas con Tiberio César en dos o tres ocasiones anteriores. No podía arriesgarse nuevamente. Por cierto que Jesús era inocente. Por cierto que la justicia exigía su liberación. ¿Cómo podía abogar por la inocencia y la justicia si al hacerlo negaba la voluntad popular e ignoraba a los líderes de la nación? Sobre todo, ¿por qué provocar una rebelión, perdiendo de este modo el favor del emperador? Su conciencia fue ahogada por esos argumentos con los que pretendía justificar su conducta. Cedió porque era cobarde.


El pueblo judío y sus sacerdotes

No podemos disculpar a Pilato, por cierto. Pero podemos reconocer que se encontraba ante un gran dilema, y que fueron los dirigentes judíos los que lo colocaron en esa situación. Porque fueron ellos quienes llevaron a Jesús ante Pilato para que lo juzgara, quienes lo acusaron de hacer declaraciones y ofrecer enseñanzas subversivas, y quienes incitaron a la multitud para que exigieran su crucifixión. Por lo tanto, como el propio Jesús le dijo a Pilato, ‘el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene’ (Juan 19:11). Tal vez, dado que se expresó en singular, se estaba refiriendo al sumo sacerdote Caifás, aunque todo el sanedrín estaba implicado.
De hecho también el pueblo, como lo declaró valientemente Pedro poco después de Pentecostés. ‘Varones israelitas, … vosotros entregasteis y negasteis [a Jesús] delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida’ (Hechos 3:12–15). Al parecer, las mismas multitudes que habían tributado a Jesús una calurosa acogida a Jerusalén el domingo de ramos, cinco días después clamaban pidiendo su sangre. Pero sus líderes tenían una mayor medida de culpa por haberlos incitado.
Jesús había desconcertado a los dirigentes judíos desde el comienzo de su ministerio público. Para empezar, les parecía una persona irregular. Si bien pasaba por rabino, no había ingresado por la puerta correspondiente ni había utilizado la escalera apropiada. No tenía credenciales, ni la autorización acostumbrada. Además, había dado lugar a las controversias debido a su comportamiento provocativo. compartía con personas despreciables, participaba de fiestas en lugar de ayunar, y profanaba el día de reposo al realizar sanidades ese día.
No solo desatendía las tradiciones de los ancianos sino que las había rechazado de plano, y criticaba a los fariseos por haber enaltecido a la tradición por encima de las Escrituras. Los acusaba de ocuparse más de los reglamentos que de las personas, más de las purificaciones ceremoniales que de la pureza moral, más de las leyes que del amor. Los había acusado de ser hipócritas, los había llamado ciegos guías de ciegos, y los había comparado con ‘sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia’ (Mateo 23:27).
Para los dirigentes, se trataba de acusaciones intolerables. Lo más riesgoso era que estaba minando su autoridad. Al mismo tiempo Jesús hacía afirmaciones increíbles sobre sí mismo diciendo que él era señor del sábado, que conocía a Dios de un modo único, como su Padre, y que, incluso, él era igual a Dios. Se trataba de blasfemias. Sí, desde su punto de vista era eso justamente, blasfemia.
En su posición hipócrita, se sentían indignados con Jesús. Su doctrina les resultaba hereje. Su comportamiento constituía una afrenta a la ley sagrada. Confundía a la gente. Hasta se rumoreaba que alentaba la deslealtad hacia el César. Por todo ello su ministerio debía ser interrumpido antes de que hiciese mayores daños. Tenían buenas razones políticas, teológicas y éticas para exigir que fuese arrestado, sometido a juicio, y silenciado. Por si hubiese faltado algún argumento, cuando ya lo tenían ante los jueces y le habían tomado el juramento de práctica, Jesús hizo afirmaciones sobre sí mismo que eran blasfemas para la ley judía. No hacían falta otros testigos. lo habían escuchado con sus propios oídos. Se trataba de un blasfemo confeso. Era culpable y merecía morir. Esto quedaba perfectamente claro. Las manos de ellos estaban limpias.
Y sin embargo… sin embargo, el caso que presentaban los dirigentes judíos tenía fallas.


La envidia de los líderes religiosos

¿Cuál era la razón fundamental de la hostilidad de los sacerdotes hacia Jesús? ¿Era realmente que les preocupaba la estabilidad política, la verdad doctrinal y la pureza moral? Pilato pensaba que no. No lo engañaron con sus argumentos, mucho menos con su pretendida lealtad al emperador. Como lo expresó H. B. Swete, ‘por debajo de su disfraz detectó el vulgar vicio de la envidia’. En palabras de Mateo, ‘sabía que por envidia le habían entregado’.10 No hay motivos para dudar de la percepción de Pilato. Era un hábil juez del carácter humano. Los evangelistas, al registrar su opinión, parecen apoyar sus apreciaciones.
¡Envidia! La otra cara de la vanidad. Nadie siente envidia de otros a menos que primero se sienta orgulloso de sí mismo. Los líderes judíos tenían un gran orgullo, orgullo por su raza, por su nación, su religión y su moral. Estaban orgullosos de la relación especial de su nación con Dios, orgullosos de su propio papel de liderazgo en la nación, y por sobre todo orgullosos de su propia autoridad. Su disputa con Jesús era esencialmente una lucha por la autoridad. Jesús poseía una autoridad que ellos evidentemente carecían.
Pretendieron acorralarlo en una ocasión, preguntándole. ‘¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te dio autoridad para hacer estas cosas?’ (Marcos 11:28). Pero fueron ellos quienes quedaron acorralados por la pregunta que les devolvió Jesús. ‘El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme’ (v. 30). Estaban ante un dilema. No podían contestar ‘del cielo’ porque él entonces les preguntaría por qué no le creyeron. Tampoco podían decir que el bautismo de Juan era ‘de los hombres’, porque quedarían mal ante el pueblo, que estaba convencido de que Juan era un verdadero profeta. De modo que se negaron a contestar, demostrando así su falta de sinceridad. Si no podían hacer frente al desafío de la autoridad de Juan, mucho menos podían enfrentar el desafío de Cristo. Él sostenía que tenía autoridad para enseñar acerca de Dios, para sacar demonios, para perdonar pecados, para juzgar al mundo. En todo esto era totalmente diferente a los dirigentes religiosos, por cuanto la única autoridad que podían exhibir ellos era referirse a otras autoridades. La autoridad de Jesús era real, espontánea, transparente, de Dios.
Por todo ello se sentían amenazados por él. La seguridad y la dignidad de Jesús quedaban intactas. Ellos, en cambio, perdían prestigio, disminuía el dominio que ejercían sobre el pueblo, la confianza que se tenían a sí mismos y la dignidad que ostentaban. Le tenían envidia, y por consiguiente resolvieron librarse de él.
Resulta significativo que Mateo relate dos intrigas motivadas por celos para eliminar al Mesías. La primera, de Herodes el Grande, poco después del nacimiento de Jesús. La otra, por los sacerdotes, al final de su vida. Tanto Herodes como los sacerdotes sentían que su autoridad estaba amenazada. Por lo tanto, se propusieron ‘destruir’ a Jesús. Por respetables que hayan parecido los argumentos políticos y teológicos de los sacerdotes, fue la envidia lo que los llevó a entregar a Jesús a Pilato para que fuese destruido (Marcos 15:1, 10).
Nuestras actitudes contemporáneas pueden ser igualmente perversas respecto a Jesús. Sigue siendo, como dijo C. S. Lewis, ‘un perturbador que nos trasciende’. No nos gusta que se entrometa en nuestra vida privada, que exija nuestro homenaje, que requiera nuestra obediencia. ¿Por qué no puede ocuparse de sus propios asuntos (preguntamos con soberbia) y dejarnos tranquilos a nosotros? A lo cual él responde de inmediato que somos asunto suyo y que nunca nos va a dejar tranquilos. Entonces lo percibimos como una amenaza, alguien que entorpece nuestra comodidad, sacude el sistema establecido, disminuye nuestra autoridad, y echa por tierra nuestro sentido de dignidad propia. Por eso nosotros también queremos librarnos de él.


Judas Iscariote, el traidor

Hemos considerado la forma en que Jesús fue entregado a Pilato por los sacerdotes, y a los soldados por Pilato. Debemos considerar ahora la forma en que fue entregado a los sacerdotes por Judas.
El jueves santo será recordado siempre como ‘la noche que fue entregado’ (1 Corintios 11:23), y a Judas como ‘el que le entregó’. Esta carátula acusadora ya está agregada a su nombre cuando se lo menciona por primera vez en los Evangelios. Los tres evangelios sinópticos lo ubican al final de sus listas de apóstoles.
Con frecuencia se encuentra gente que expresa cierta simpatía hacia Judas. Consideran que se le asignó una misión injusta en la vida y que desde entonces ha tenido mala prensa. ‘Después de todo’, dicen, ‘si Jesús tenía que morir, alguien tenía que traicionarlo. ¿Por qué, entonces, echarle la culpa a Judas? Él no fue más que instrumento de la providencia, víctima de la predestinación.’ Por cierto, el relato bíblico indica que Jesús anticipó quién lo iba a traicionar y se refirió a él diciendo que era ‘el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese’. También es cierto que Judas hizo lo que hizo solo después de que Satanás primeramente le puso en el corazón la idea y luego realmente ‘entró en él’.
No obstante, nada de esto disculpa a Judas. Hay que considerarlo responsable de lo que hizo, y seguramente estuvo tramando la traición bastante tiempo. El hecho de que su traición se predijo en las Escrituras no significa que no fuera un agente libre. La muerte de Jesús también estaba predicha y eso tampoco significa que no murió voluntariamente. Por ello Lucas pudo referirse posteriormente a la ‘iniquidad’ de Judas (Hechos 1:18). Por fuertes que hayan sido las influencias satánicas que obraban en él, tiene que haber habido algún momento en el cual Judas se expuso a ellas voluntariamente. Parecería estar claro que Jesús lo consideraba responsable de sus acciones. Incluso en el último momento en el aposento alto apeló a él una vez más, mojando un pedazo de pan en el plato y dándoselo (Juan 13:25–30). Pero Judas rechazó el llamado de Jesús, y su traición ha resultado siempre más odiosa porque se trataba de una violación de la amistad. En esto se cumplió otra parte de las Escrituras que decía. ‘Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar’ (Salmo 41:9). El cinismo final de Judas consistió en traicionar a su Maestro con un beso, valiéndose de esta señal de amistad como medio para destruirla. Jesús confirmó su culpa, cuando dijo, ‘¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido’ (Marcos 14:21). No solo Jesús lo condenó sino que el propio Judas terminó condenándose a sí mismo. Reconoció el crimen que había cometido al traicionar sangre inocente, devolvió el dinero por el cual había vendido a Jesús, y se suicidó. Es indudable que sintió más remordimiento que arrepentimiento, pero por lo menos confesó su culpa.


La codicia de Judas

La motivación del crimen de Judas ha sido motivo de intriga para los estudiosos. Algunos se han convencido de que se trataba de un celote judío, que se había unido a Jesús y sus seguidores creyendo que se trataba de un movimiento de liberación nacional; terminó traicionándolo debido a una desilusión política o como un intento de obligarlo a luchar. Los que intentan esta explicación encuentran indicios confirmatorios en su nombre ‘Iscariote’, aun cuando todos admiten que es oscuro. Generalmente se entiende que indica su origen como ‘hombre de Queriot’, ciudad en la parte sur de Judá que se menciona en Josué 15:25. Pero los que piensan que Judas era celote sugieren que ‘Iscariote’ está ligado a la palabra sikarios, que significa asesino (del latín sica y el griego sikarion, ‘puñal’). Josefo se refiere a los sikarioi.
Los celotes eran nacionalistas judíos fanáticos, decididos a liberar a su territorio de la dominación colonial de Roma. No vacilaban en asesinar a sus enemigos políticos, a quienes despreciaban como colaboracionistas. Se hace referencia a ellos una sola vez en el Nuevo Testamento, a saber, cuando el comandante romano que había rescatado a Pablo, al ver que iban a lincharlo en Jerusalén le dijo que había pensado que era el ‘egipcio que levantó una sedición antes de estos días, y sacó al desierto los cuatro mil sicarios (sikarioi)’ (Hechos 21:38).
Otros comentaristas consideran que la base en la que se apoya esta reconstrucción es demasiado endeble, y atribuyen la traición de Judas a una falla moral antes que a una motivación política. Es el cuarto evangelista quien menciona la codicia y nos dice que Judas era el ‘tesorero’ del grupo apostólico, a quien se habían confiado los fondos comunes. La ocasión del comentario de Juan fue el ungimiento de Jesús por María de Betania. Esta llevó una vasija de alabastro que contenía un perfume de mucho precio (nardo puro según Marcos y Juan), que procedió a derramar sobre él cuando estaba reclinado a la mesa, hasta que la casa se llenó del fragante perfume. Fue un gesto de gran devoción, casi excesiva, que el propio Jesús describió más tarde como una ‘buena obra’ (‘algo hermoso’, NIV). Pero algunos de los que estaban presentes (de los que Judas actuó como portavoz) reaccionaron de un modo totalmente diferente. Observándola con incredulidad, ‘bufaron’ (literalmente) con airada indignación. ‘¿Por qué se ha hecho este desperdicio de perfume?’, dijeron. ‘¡Qué vil extravagancia! Podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres.’ Pero según Juan sus comentarios no eran sinceros. ‘[Judas] dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella’ (Juan 12:6). Más aun, parecería que después de haber sido testigo de lo que a su entender era un irresponsable desperdicio por parte de María, y después de haber denunciado el hecho, salió directamente a buscar a los sacerdotes para recuperar parte de lo que se perdió. ‘¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?’ les preguntó. Seguramente comenzaron a regatear, y por fin acordaron darle 30 monedas de plata, el precio de rescate de un esclavo común. Con su sentido dramático los evangelistas deliberadamente contrastan a María y a Judas, la desprendida generosidad de ella y el regateo fríamente calculado de él. Quizás había otras pasiones oscuras en su corazón; es algo que solo podemos conjeturar. Juan insiste en que lo que finalmente lo venció fue la codicia monetaria. Indignado por el desperdicio del salario de todo un año (lo que costaba el perfume derramado por María), salió y vendió a Jesús apenas por un tercio de ese monto.
No es por nada que Jesús nos dice ‘guardaos de toda avaricia’, y que Pablo declara que el amor al dinero es ‘raíz de todos los males’. Por codiciar ganancias materiales hay seres humanos que se han reducido a una profunda depravación. Hay magistrados que han pervertido la justicia, como los jueces de Israel de los que Amós dijo. ‘Vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos’ (2:6). Hay políticos que han usado su poder para otorgar contratos al mejor postor, y espías que se han hundido a tal punto que han vendido los secretos de su país al enemigo. Hay comerciantes que han realizado transacciones dudosas, arriesgando el bienestar de otros con el fin de hacer un negocio más ventajoso. Incluso hay maestros supuestamente espirituales que han convertido la religión en una empresa comercial. Algunos siguen haciéndolo, de modo que al candidato al pastorado se le advierte que no sea ‘codicioso de ganancias deshonestas’. Todas esas personas hablan el mismo lenguaje de Judas. ‘¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?’ Todo hombre tiene su precio, asegura el cínico, desde el asesino a sueldo, que está dispuesto a regatear en torno a la vida de alguien, hasta el empleado que demora la entrega de un permiso o un pasaporte hasta que se lo soborna. Judas no era ninguna excepción. Jesús había dicho que es imposible servir a Dios y al dinero. Judas eligió el dinero. Muchas otras personas también lo han hecho.


Los pecados de ellos y los nuestros

Hemos considerado a tres individuos —Pilato, Caifás y Judas— a quienes se atribuye la principal culpabilidad por la crucifixión de Jesús, y a los que estaban asociados con ellos, sean sacerdotes, personas del pueblo o soldados. Para cada una de las personas o grupos se emplea el mismo verbo, paradidōmi, ‘entregar’ o ‘traicionar’. Jesús había predicho que sería ‘entregado en manos de hombres’ o ‘entregado para ser crucificado’. Los evangelistas relatan la historia de manera tal que se vea que su predicción se cumplió. Primero, Judas lo ‘entregó’ a los sacerdotes (por codicia). Luego, los sacerdotes lo ‘entregaron’ a Pilato (por envidia). A su vez Pilato lo ‘entregó’ a los soldados (por cobardía), y ellos lo crucificaron.
Nuestra reacción instintiva ante esta perversidad acumulada consiste en hacer eco a la sorprendida pregunta de Pilato, cuando la multitud clamaba pidiendo su sangre. ‘Pues ¿qué mal ha hecho?’ (Mateo 27:23). Pero Pilato no recibió ninguna respuesta coherente. El gentío histérico no hizo sino gritar con tanta mayor fuerza. ‘¡Sea crucificado!’ Pero ¿por qué?

¿Por qué? ¿Qué ha hecho mi Señor?
¿Qué es lo que da lugar a esta furia
y a este rencor?
Hizo que los cojos caminaran
y a los ciegos les dio vista.
¡Dulces perjuicios!
Mas ellos ante tales hechos
se sienten descontentos,
y contra él se levantan.

Buscamos excusas para ellos, porque nos vemos a nosotros mismos en ellos y nos agradaría poder excusarnos. Por cierto que había ciertas circunstancias mitigadoras. Como Jesús mismo lo expresó al orar pidiendo perdón para los soldados que lo estaban crucificando, ‘no saben lo que hacen’. De modo semejante, Pedro le dijo a una multitud judía en Jerusalén, ‘sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes’. Pablo agregó que, si ‘los príncipes de este siglo’ hubiesen entendido, ‘nunca habrían crucificado al Señor de gloria’. Con todo, sabían lo suficiente como para ser culpables, para reconocer su culpa y para ser condenados por sus acciones. ¿Acaso no hacían alarde de plena responsabilidad cuando exclamaron. ‘Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos’?
Pedro habló claramente el día de pentecostés. ‘Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.’ Sus oyentes, sin negar de su culpa, ‘se compungieron de corazón’ y preguntaron cómo podían hacer reparación (Hechos 2:36–37). Esteban fue más directo aun en su discurso ante el sanedrín, discurso que lo llevó al martirio. Calificó al consejo como ‘¡duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos!’ Los acusó de resistir al Espíritu Santo igual que sus antepasados. Sus antepasados habían perseguido a los profetas y habían matado a los que predijeron la venida del Mesías. Ahora ellos habían traicionado y asesinado al propio Mesías (Hechos 7:51–52).
Más tarde Pablo usó un lenguaje similar al escribir a los tesalonicenses acerca de la oposición de los judíos al evangelio. ‘Mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y a nosotros nos expulsaron.’ El juicio de Dios caería sobre ellos porque estaban tratando de impedir que los gentiles recibiesen la salvación (1 Tesalonicenses 2:14–16).
Hoy es extremadamente impopular culpar al pueblo judío por la crucifixión de Jesús. Por cierto, si se usa como justificativo para denigrar y perseguir a los judíos (como ha ocurrido), o como expresión de antisemitismo, resulta enteramente indefendible. El modo de evitar los prejuicios antisemitas, empero, no es pretender que los judíos fueron inocentes. Hemos de admitir su culpabilidad, y agregar que otros también tuvieron participación. Así fue como vieron la cuestión los apóstoles. Herodes y Pilato, gentiles y judíos, decían, se habían ‘unido’ contra Jesús (Hechos 4:27).
Más importante todavía, nosotros mismos también somos culpables. Si nosotros hubiésemos estado en el lugar de ellos, hubiéramos hecho lo que hicieron ellos. Más aun, lo hemos hecho. Porque toda vez que nos alejamos de Cristo, estamos ‘crucificando de nuevo … al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio’ (Hebreos 6:6). Nosotros también entregamos a Jesús a causa de nuestra codicia igual que Judas, a causa de nuestra envidia igual que los sacerdotes, a causa de nuestra ambición igual que Pilato. ‘¿Estabas tú allí cuando crucificaron a mi Señor?’ pregunta un antiguo negro spiritual. Y tenemos que contestar. ‘Sí, nosotros estuvimos allí.’ No como espectadores solamente sino como participantes, como responsables y culpables, complotando con los demás, tramando, traicionando, regateando, y entregándolo para ser crucificado. Podemos intentar lavarnos las manos de la responsabilidad como hizo Pilato. Pero nuestro intento resultará tan inútil como lo fue el de él. Porque tenemos las manos ensangrentadas.
Antes de que podamos ver la cruz como algo que fue hecho para nosotros (lo cual nos conduce hacia la fe y la adoración), tenemos que verla como algo hecho por nosotros (lo cual nos lleva al arrepentimiento). ‘Solo la persona que está dispuesta a reconocer su parte en la culpa de la cruz’, escribió el canónigo Peter Green, ‘puede ser partícipe de la gracia que ella proporciona’.
Horace Bonar (1808–1889), reconocido compositor escocés, lo expresó muy bien.

Fui yo quien derramó la sagrada sangre;
yo lo clavé en el madero;
yo crucifiqué al Cristo de Dios;
yo me uní a las burlas.

De toda esa multitud vociferante
siento que yo soy uno de ellos;
y en ese estruendo de groseras voces
reconozco también la mía.

Alrededor de la cruz veo al tropel,
burlándose de los gemidos del Sufriente;
Mas todavía, parece ser mi propia voz,
como si solo yo me burlase.


¿Quién entregó a Jesús?

La respuesta que hasta ahora hemos dado a la pregunta sobre el porqué de la muerte de Cristo, ha procurado reflejar la forma en que los escritores de los Evangelios hacen sus relatos. Señalan la cadena de responsabilidad. de Judas a los sacerdotes, de los sacerdotes a Pilato, de Pilato a los soldados. Al menos insinúan el hecho de que la codicia, la envidia y el temor que promovieron su comportamiento también promueve el nuestro.
Con todo, allí no acaba el relato que hacen los evangelistas. He omitido un aspecto vital al cual ellos aluden. Es este. que si bien Jesús enfrentó la muerte debido a los pecados de la humanidad, no murió como mártir. Por el contrario, fue a la cruz voluntariamente, incluso deliberadamente. Desde el comienzo de su ministerio público se consagró a este destino.
En su bautismo se identificó con los pecadores, como haría luego plenamente en la cruz. Cuando fue tentado rechazó la posibilidad de desviarse del camino de la cruz. Repetidamente predijo su pasión y su muerte, como vimos en el capítulo anterior, y resueltamente orientó sus pasos hacia Jerusalén con el propósito de morir allí. Constantemente expresaba ‘me es necesario’ en relación con su muerte. Pero no se trataba de alguna compulsión externa, sino de su propia decisión interna de cumplir lo que se había escrito acerca de él. ‘El buen pastor su vida da por las ovejas,’ decía. Y hablando en forma directa. ‘Pongo mi vida … Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo’ (Juan 10:11, 17–18).
Por lo demás, cuando los apóstoles se ocuparon en sus cartas del carácter voluntario de la muerte de Jesús, varias veces usaron el mismo verbo (paradidōmi) que usaron los evangelistas para referirse al hecho de que fue ‘entregado’ a muerte por otros. Así, Pablo pudo escribir que ‘[el Hijo de Dios] … me amó y se entregó (paradontos) a sí mismo por mí’. Es posible que haya sido un eco consciente de Isaías 53:12, que dice que ‘derramó (LXX paredothē) su vida hasta la muerte’. Pablo se valió del mismo verbo para referirse a la entrega del Padre que estaba por detrás de la entrega voluntaria que el Hijo hizo de sí mismo. ‘El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó (paredōken) por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?’ Octavius Winslow lo sintetizó en una afirmación muy precisa. ‘¿Quién entregó a Jesús a la muerte? No fue Judas, por dinero; no fue Pilato, por temor; no fueron los judíos, por envidia; sino el Padre, ¡por amor!’29
Es esencial que mantengamos unidas estas dos formas complementarias de ver la cruz. En el nivel humano, Judas lo entregó a los sacerdotes, quienes lo entregaron a Pilato, quien a su vez lo entregó a los soldados, quienes lo crucificaron. Pero en el nivel divino, fue el Padre quien lo entregó, y Jesús se entregó a sí mismo para morir por nosotros.
Al contemplar la cruz, entonces, podemos decirnos a nosotros mismos. ‘Yo lo hice, mis pecados lo llevaron a la cruz’, y a la vez. ‘Lo hizo él, su amor lo llevó allí’. El apóstol Pedro unió ambos conceptos en su notable declaración en el día de Pentecostés, cuando dijo que ‘a este, entregado [a vosotros] por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios’ es aquel al cual ‘[vosotros] prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole’. Así, Pedro atribuyó la muerte de Jesús simultáneamente al plan de Dios y a la maldad de los hombres.
La cruz que pone en evidencia la maldad humana es al mismo tiempo una revelación del propósito de Dios de vencer la maldad humana allí expuesta.
Volvemos a preguntarnos, como al comienzo de este capítulo. ¿Por qué murió Jesucristo? Mi primera respuesta fue que no murió; lo mataron. Sin embargo, tenemos que equilibrar esta respuesta con la afirmación opuesta. No lo mataron; murió, entregándose voluntariamente para cumplir la voluntad de su Padre.
Con el fin de discernir cuál era la voluntad del Padre, tenemos que volver a ocuparnos de los mismos acontecimientos, esta vez escudriñando debajo de la superficie.



¿POR QUÉ MURIÓ CRISTO?
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¿POR QUÉ MURIÓ CRISTO?
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Muchas personas no ven problema alguno en estas preguntas, y en consecuencia no encuentran difícil responderlas. Para ellos los hechos son tan claros como el agua. Jesús no ‘murió’, dicen; fue muerto, ejecutado públicamente como criminal. Lo mataron porque las doctrinas que enseñó parecían peligrosas, hasta subversivas. Los líderes judíos estaban indignados por su actitud irrespetuosa hacia la ley y por sus declaraciones provocativas. Los romanos, que gobernaban Palestina, oyeron que se estaba anunciando como rey de los judíos; por lo tanto, estaba desafiando la autoridad del César.
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Ediciones Certeza Unida
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