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PABLO Y EL EVANGELIO

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PABLO Y EL EVANGELIO

Pablo comienza su carta de forma muy personal. El pronombre personal y el posesivo (yo, me, mi) aparecen más de veinte veces en estos versículos iniciales. Evidentemente está ansioso desde el comienzo por establecer una relación íntima con sus lectores. Su introducción consta de tres partes, que llamaré ‘Pablo y el evangelio’ (1–6), ‘Pablo y los romanos’ (7–13) y ‘Pablo y la evangelización’ (14–17).

 

PABLO Y EL EVANGELIO

Romanos 1:1–6

Las pautas para la composición de cartas varían de una cultura a otra. Nuestra forma moderna es la de dirigirnos al destinatario primeramente (‘Querida Juana’) y sólo al final identificarnos a nosotros mismos (‘Con afecto, José’). En el mundo antiguo se usaba el orden inverso, es decir, el o la que escribía se anunciaba al comienzo y a continuación mencionaba al destinatario o la destinataria (‘José a Juana, ¡saludos!’). Normalmente Pablo seguía el estilo de sus días, pero en este caso ofrece una descripción más completa de sí mismo que lo usual, en relación con el evangelio. Es probable que la razón sea que él no fue el fundador de la iglesia de Roma. Tampoco la había visitado todavía. Por lo tanto, siente la necesidad de presentar sus credenciales como apóstol y una síntesis del evangelio. Comienza así: Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para anunciar el evangelio de Dios. ‘Siervo’ es doulos, y en realidad debería traducirse ‘esclavo’. En el Antiguo Testamento hubo una honorable sucesión de israelitas, comenzando con Moisés y Josué, que se describieron como ‘siervos’ o ‘esclavos’ de Yahvéh (por ej. ‘Yo, Señor, soy tu siervo’). Yahvéh, el Señor, también designaba a Israel colectivamente ‘mis siervos’. Es notable con cuánta facilidad el título ‘Señor’ fue transferido, en el Nuevo Testamento, de Yahvéh a Jesús (por ej., los versículos 4, 7); y los ‘siervos’ del Señor ya no son los que pertenecen a Israel, sino todo su pueblo, sean judíos o gentiles.
‘Apóstol’, por otra parte, fue un nombre distintivamente cristiano desde el comienzo, en el sentido de que Jesús mismo lo eligió como su manera de referirse a los Doce, y Pablo sostenía que él había sido agregado a ellos. Las cualidades distintivas de los apóstoles eran que habían sido directa y personalmente llamados y comisionados por Jesús, que eran testigos oculares del Jesús histórico, por lo menos (y especialmente) de su resurrección, y que habían sido enviados por él a predicar con su autoridad. De esta manera los apóstoles del Nuevo Testamento se asemejaban tanto al profeta del Antiguo Testamento, que era ‘llamado’ y ‘enviado’ por Yahvéh para hablar en su nombre, como al shalíaj del judaísmo rabínico, que era ‘un representante o delegado autorizado, legalmente facultado para actuar (dentro de determinados límites) en nombre de su jefe’. Es ante este doble fondo que hemos de entender el autorizado papel docente del apóstol.

pablo y el evangelio

La doble designación de Pablo como ‘esclavo’ y ‘apóstol’ se destaca de manera especial cuando contrastamos estos vocablos entre sí. ‘Esclavo’ es un título de gran humildad; expresaba el sentido que tenía Pablo de su insignificancia personal, sin derechos propios, al haber sido comprado para pertenecer a Cristo. ‘Apóstol’, por otra parte, era un título de gran autoridad; expresaba su sentido de privilegio y dignidad oficiales en razón de haber sido designado por Jesucristo. Además, ‘esclavo’ es una palabra cristiana general (todos los discípulos consideran a Jesucristo como su Señor), en tanto que ‘apóstol’ es un título especial (reservado para los Doce y Pablo, y tal vez uno o dos más, tales como Jacobo). Como apóstol, Pablo había sido ‘apartado para anunciar el evangelio de Dios’.
¿Cómo quería Pablo que entendieran sus lectores su referencia al hecho de haber sido apartado? La raíz del verbo afōrismenos tiene el mismo significado que el de ‘fariseo’ (farisaios). ¿Se trataba de algo deliberado, dado que Pablo había sido fariseo? Anders Nygren, por ejemplo, que refleja su tradición luterana, escribe que ‘como fariseo Pablo se había apartado para la ley, pero ahora Dios lo había apartado para … el evangelio … Así, en el primer versículo de su epístola nos encontramos con la yuxtaposición de la ley y el evangelio, asunto que es básico en la carta y que constituye, desde un punto de vista, el tema de Romanos.’ Es discutible, sin embargo, si los lectores de Pablo hubiesen podido captar este juego de palabras. Es más probable que Pablo haya visto un paralelo entre su consagración a ser apóstol y la de Jeremías a ser profeta. En Gálatas, Pablo escribió que Dios lo había apartado (usa allí la misma palabra) desde su nacimiento, y que luego lo había llamado a predicar a Cristo a los gentiles, así como a Jeremías Dios le había dicho: ‘Antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones.’ Por lo tanto, tenemos que pensar en el encuentro de Pablo con Cristo en el camino a Damasco no sólo como su conversión sino como su designación para ser apóstol (egō apostellō se, ‘te envío’, ‘te hago apóstol’), y especialmente para ser el apóstol enviado a los gentiles.
Por esa razón, las dos expresiones verbales de Pablo, ‘llamado a ser apóstol’ y ‘apartado para anunciar el evangelio de Dios’, van inseparablemente juntas. No se puede pensar en el concepto de ‘apóstol’ sin pensar en el ‘evangelio’, y viceversa. Como apóstol, Pablo tenía la responsabilidad de recibir, formular, defender, sostener y proclamar el evangelio, y de este modo combinar los papeles de depositario, defensor y heraldo. Como lo ha expresado el profesor Cranfield, la función del apóstol era ‘servir al evangelio mediante una proclamación autorizada y normativa del mismo’.
A continuación Pablo pasa a ofrecer un análisis del evangelio para el que ha sido apartado, dividido en seis puntos.


 El origen del evangelio está en Dios

‘Dios es la palabra más importante en esta epístola,’ escribió el doctor Leon Morris. ‘Romanos es un libro acerca de Dios. Por lejos, ningún tema se trata con la frecuencia del tema de Dios. Todo lo que Pablo trata en esta carta se relaciona con Dios … No hay nada parecido en ninguna otra parte.’ De manera que las buenas noticias cristianas constituyen ‘el evangelio de Dios’. No fue algo inventado por los apóstoles; les fue revelado y confiado por Dios.
Esta sigue siendo la primera y más básica convicción que sustenta a la evangelización auténtica. Lo que compartimos con otros no es un conjunto de especulaciones humanas ni una religión más. Es, más bien, ‘el evangelio de Dios’, las buenas noticias de Dios para un mundo perdido. Sin esta convicción, la evangelización queda vacía de su contenido, de su propósito y de su impulso.


 La certificación del evangelio es la Escritura

Versículo 2: [el evangelio] que por medio de sus profetas ya había prometido en las Sagradas Escrituras. Es decir, si bien Dios reveló el evangelio a los apóstoles, no les llegó a ellos como una total novedad, porque ya lo había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras del Antiguo Testamento. Hay, de hecho, una esencial continuidad entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. Jesús mismo dijo con claridad que las Escrituras daban testimonio de él, que él era el Hijo del hombre de Daniel 7 y el Siervo sufriente de Isaías 53, y que, como estaba escrito, tenía que sufrir con el fin de entrar en su gloria. En Hechos oímos a Pedro citar el Antiguo Testamento con referencia a la resurrección y exaltación de Jesús y al don del Espíritu.15 También observamos a Pablo razonar con la gente desde las Escrituras sobre que el Cristo debía sufrir y resucitar, y que este era Jesús. De manera semejante insistió en que fue ‘según [o, de conformidad con] las Escrituras’ que Cristo murió por nuestros pecados y fue levantado al tercer día.17 Así, tanto la ley como los profetas dieron testimonio del evangelio (3:21; ver 1:17).
Tenemos razón, por consiguiente, de estar agradecidos que el evangelio de Dios tiene una certificación doble, a saber, los profetas en el Antiguo Testamento y los apóstoles en el Nuevo. Todos ellos dan testimonio en cuanto a Jesucristo, y es a esto a lo cual se refiere Pablo a continuación.


La esencia del evangelio es Jesucristo

Si juntamos los versículos 1 y 3, omitiendo el paréntesis del versículo 2, nos queda la declaración de que Pablo fue apartado para el evangelio de Dios acerca de su Hijo. Porque el evangelio de Dios es ‘el evangelio de su Hijo’ . Las buenas noticias de Dios se refieren a Jesús. Como lo expresó Lutero en su glosa de este versículo:

‘Aquí la puerta se abre plenamente para entender las Sagradas Escrituras, es decir, que todo ha de entenderse en relación con Cristo.’ Calvino escribe en forma semejante que ‘todo el evangelio está contenido en Cristo’. Por lo tanto, ‘alejarse un solo paso de Cristo significa alejarse del evangelio’.

A continuación Pablo describe a Jesucristo mediante dos condiciones opuestas: que según la naturaleza humana era descendiente de David , pero que según el Espíritu de santidad fue designado con poder Hijo de Dios por la resurrección. Él es Jesucristo nuestro Señor . Aquí tenemos referencias, directas o indirectas, al nacimiento (descendiente de David), a la muerte (a la que se hace referencia por su resurrección), a la resurrección de los muertos, y al reinado (en el trono de David) de Jesucristo. El paralelismo ha sido armado tan cuidadosamente y de manera tan exacta que muchos entendidos suponen que Pablo estaba haciendo uso de un fragmento de algún credo anterior. De ser así, aquí le otorga su aprobación apostólica. Expresa una antítesis entre dos títulos (descendiente de David e Hijo de Dios), entre dos verbos (‘era’ o ‘nació’ como descendiente de David, pero ‘fue designado’ o ‘declarado’ Hijo de Dios), y entre dos cláusulas con función calificativa (kata sarka, ‘según la naturaleza humana’ [literalmente, ‘según la carne’], y kata pneuma hagiōsynēs, literalmente, ‘según el espíritu de santidad’).
Primero, dos títulos. ‘Hijo de David’ era un título mesiánico universalmente reconocido como tal. Lo mismo puede decirse de ‘Hijo de Dios’, particularmente sobre la base de Salmo 2:7. Sin embargo, la forma en que lo entendió Jesús, como se ve tanto en su modo de acercarse a Dios como ‘¡Abba! ¡Padre!’ y en su manera de referirse a sí mismo de modo absoluto como ‘el Hijo’, indica que la designación tiene carácter divino, y no meramente mesiánico. Evidentemente Pablo la usaba de esta manera (no sólo en 1:3–4, sino también, por ej., en 5:10 y 8:3, 32). Los dos títulos hablan conjuntamente, por lo tanto, de su humanidad y de su deidad.
De los dos verbos, el primero ocasiona pocas dificultades. Si bien no significa más que ‘se hizo’, evidentemente se refiere al hecho de que Jesús descendía de David por nacimiento (y quizás por adopción también, ya que José lo reconoció como su hijo). El segundo verbo, en cambio, plantea un problema. La traducción ‘designado [declarado, RVR] con poder Hijo de Dios por la resurrección’ se entiende fácilmente. El problema está en que horizō no significa realmente (o generalmente) ‘declarar’. Se traduce correctamente ‘designar’ cuando se dice que Dios ‘designó’ a Jesús juez del mundo. Pero el Nuevo Testamento no enseña que Jesús haya sido designado, nombrado, establecido o instalado como Hijo de Dios en el momento de la resurrección o mediante ella, por cuanto ha sido el Hijo de Dios eternamente. Esto sugiere que las palabras ‘con poder’ deben unirse al sustantivo ‘Hijo de Dios’ antes que al verbo ‘designar’. En este caso Pablo afirma que Jesús fue ‘designado Hijo-de-Dios-con-poder’23 o incluso que fue ‘declarado como el poderoso Hijo de Dios’ (BAGD). Nygren capta bien este concepto cuando escribe: ‘De modo que la resurrección es punto decisivo en la existencia del Hijo de Dios. Antes de eso era el Hijo de Dios en debilidad y humildad. Mediante la resurrección se transforma en el Hijo de Dios con poder.’
El tercer contraste está en las dos cláusulas de naturaleza calificativa, ‘según la naturaleza humana’ [literalmente, ‘según la carne’] y ‘según el Espíritu de santidad’. Si bien ‘carne’ tiene para Pablo una variedad de significados, aquí evidentemente se refiere a la naturaleza humana de Jesús o a su ascendencia física, aunque tal vez con un sentido de su debilidad o vulnerabilidad, a diferencia del poder implícito en su resurrección y deidad. Por esa razón algunos comentaristas insisten en que, con el objeto de preservar el paralelismo, ‘según el Espíritu de santidad’ debe traducirse ‘según su naturaleza divina’, o por lo menos ‘según su santo espíritu humano’. Pero ‘Espíritu de santidad’ no es de ningún modo una referencia obvia a la naturaleza divina de Jesús. Más aun, no fue solamente una parte de él (su naturaleza divina o su espíritu humano) lo que fue levantado de los muertos o designado Hijo-de-Dios-con-poder por la resurrección. Fue el Jesucristo completo, cuerpo y espíritu, humano y divino.
Otros comentaristas señalan que ‘Espíritu de santidad’ era un hebraísmo natural para el Espíritu Santo, y que había vínculos obvios entre el Espíritu Santo y la resurrección, tanto porque él es ‘el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos’ y, más importante, porque fue el Cristo resucitado y exaltado el que demostró su poder y autoridad con el derramamiento del Espíritu,26 y el que de este modo inauguró para la iglesia la era del Espíritu.
Parecería entonces que las dos expresiones ‘según la naturaleza humana’ y ‘según el Espíritu’ no se refieren a las dos naturalezas de Jesucristo (humana y divina), sino a las dos etapas de su ministerio, preresurrección y postresurrección, la primera débil y la segunda poderosa debido al Espíritu derramado. Lo que aquí se nos presenta es una equilibrada declaración tanto de la humillación y la exaltación, de la debilidad y el poder del Hijo de Dios, de su descendencia humana trazada a partir de David y su divina condición de Hijo-con-poder demostrada mediante la resurrección y el don del Espíritu. Más todavía, esta persona única (simiente de David e Hijo de Dios, débil y poderosa, encarnada y exaltada) es Jesús (una figura humana histórica), Cristo (el Mesías de las Escrituras del Antiguo Testamento), nuestro Señor, dueño y amo de nuestra vida. Tal vez podríamos agregar que los dos títulos de Jesús, ‘el Cristo’ y ‘el Señor’, seguramente apelan en forma especial a los cristianos judíos y a los de origen gentil, respectivamente.


La esfera de acción del evangelio abarca a todas las naciones

Ahora Pablo vuelve de su descripción del evangelio a su propio apostolado y escribe: Por medio de él (es decir, el Cristo resucitado), y en honor a su nombre (frase a la que volveremos), recibimos el don apostólico para persuadir a todas las naciones que obedezcan a la fe (5). Es improbable que al adoptar el plural ‘recibimos’ Pablo quiera asociar a otros apóstoles con él, por cuanto no los menciona en ninguna parte de su carta. Es probable que se trate del plural editorial, o el plural de autoridad apostólica, mediante el cual en realidad se estaba refiriendo a sí mismo. ¿Qué fue, entonces, lo que ‘recibió’ de Dios a través de Cristo? Él lo denomina ‘el don apostólico’ [‘la gracia y el apostolado’, RVR], lo que en el contexto parece querer decir ‘el inmerecido privilegio de ser apóstol’; Pablo siempre atribuía su apostolado a la misericordiosa gracia y nombramiento de Dios.27
Cuando Pablo pasa a declarar el propósito de su apostolado, da a conocer aspectos adicionales del evangelio. Define su alcance como ‘a todas las naciones’. Sugiere que los cristianos de Roma eran predominantemente gentiles, ya que los menciona específicamente: Entre ellas están incluidos también ustedes, a quienes Jesucristo ha llamado (6). Enseguida Pablo describe el evangelio como el ‘poder de Dios para la salvación de todos los que creen: de los judíos primeramente, pero también de los gentiles’ (1:16). Lo que está declarando es que el evangelio es para todos; su alcance es universal. Él mismo era un judío patriota, que amaba a su pueblo y anhelaba apasionadamente su salvación (9:1–5; 10:1). Al mismo tiempo, había sido llamado a ser el apóstol de los gentiles. Nosotros también, si hemos de estar comprometidos con la misión mundial, tendremos que ser liberados de todo orgullo de raza, nación, tribu, casta y clase, y reconocer que el evangelio de Dios es para todos, sin excepción y sin distinción. Este es un tema de primordial importancia en Romanos.


 El propósito del evangelio es la obediencia a la fe

Literalmente, Pablo escribe que ha recibido su apostolado ‘para la obediencia de fe entre todas las naciones’. De modo que ‘la obediencia de fe’ es su definición de la respuesta que el evangelio exige. Se trata de una expresión particularmente notable, ya que aparece al comienzo y al final de Romanos (ver 16:26). Es en Romanos donde Pablo insiste más decididamente que en cualquier otra parte que la justificación es ‘por la fe sola’. Con todo, aquí aparentemente escribe que no es por la fe sola, sino por la ‘obediencia de fe’. ¿Ha perdido el rumbo Pablo? ¿Se contradice ahora el apóstol? Por cierto que no; Pablo es consecuente en su pensamiento.
Encontramos tres explicaciones principales de esta frase. La primera es que significa ‘obediencia a la fe’, tomando ‘fe’ aquí como un conjunto de creencias. Y por cierto que se trata de una expresión neotestamentaria. Además, no cabe duda de que los apóstoles se refieren a la conversión en función de obediencia a la verdad o a la doctrina.30 Pero cuando el término ‘fe’ tiene este significado, se esperaría que apareciera con el artículo determinante (‘la fe’), mientras que en realidad aquí todo el contexto de la carta exige una referencia a ‘fe’ (como en 8, 16–17). La segunda posibilidad es que ‘de’ sea un ‘genitivo de equivalencia’, y en ese caso la expresión debería traducirse ‘la obediencia que consiste en fe’. ‘La fe que el apostolado debía promover no era un acto de emoción liviana sino la sincera y devota entrega a Cristo y a la verdad de su evangelio’, dice John Murray. Sin embargo, aunque la fe y la obediencia siempre van juntas, no son equivalentes, y el Nuevo Testamento generalmente mantiene una distinción entre ellas.
La tercera opción es que se trata de un genitivo de fuente o de origen. Así la NIV traduce ‘la obediencia que viene de la fe’, lo cual de inmediato nos recuerda a Abraham, quien ‘por la fe … obedeció’.32 Al mismo tiempo notamos que esta es la obediencia de fe, no la obediencia de la ley. Tal vez, en efecto, la segunda y la tercera opciones no se excluyan mutuamente. Porque la respuesta correcta al evangelio es la fe, más aun, la fe sola. Con todo, una fe verdadera y viva en Jesucristo incluye en sí misma un elemento de sumisión (ver 10:3), especialmente debido a que su objeto es ‘Jesucristo nuestro Señor’ (4) o ‘el Señor Jesucristo’ (7), y lleva necesariamente a una vida de obediencia. Por esto la respuesta que Pablo buscaba era una entrega total y sin reservas a Jesucristo, a lo cual llamaba ‘la obediencia de fe’. Esta es nuestra respuesta a los que argumentan que es posible aceptar a Jesucristo como Salvador sin entregarse a él como Señor. No es así. Por cierto que los cristianos de Roma habían creído y obedecido, porque Pablo dice que ‘están incluidos’ entre aquellos ‘a quienes Jesucristo ha llamado’ (6).


 La meta del evangelio es la honra del nombre de Cristo

Las palabras en honor a su nombre, que la NVI coloca al comienzo del versículo 5, en realidad vienen al final de la oración gramatical griega, y de ese modo constituyen una especie de culminación. ¿Por qué anhelaba Pablo lograr que las naciones llegaran a la obediencia de fe? Era para lograr la gloria y la honra del nombre de Cristo. Porque Dios ‘lo exaltó hasta lo sumo’ y ‘le otorgó el nombre que está sobre todo nombre’, con el fin de que ‘ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla … y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor’. Por lo tanto, si Dios quiere que toda rodilla se incline ante Jesús y toda lengua confiese su nombre, también debemos hacerlo nosotros. Debemos ser ‘celosos’ (como a veces lo expresa la Escritura) en cuanto al honor que le corresponde a su nombre, preocuparnos cuando pasa inadvertido, sentirnos heridos cuando se lo ignora, indignados cuando se lo blasfema, y siempre ansiosos por que se le dé el honor y la gloria que le corresponde, como también decididos a que así sea. El más elevado de los motivos misioneros no consiste en cumplir la Gran Comisión (aunque tiene su importancia, desde luego), ni el amor por los pecadores que se encuentran alienados y camino a la perdición (por fuerte que sea dicho incentivo, especialmente cuando contemplamos la ira de Dios, versículo 18), sino más bien el celo abrasador y apasionado por la gloria de Jesucristo.
Algunas actividades de evangelización no son más que una forma de imperialismo apenas disimulado, toda vez que nuestra verdadera ambición sea el honor de nuestra nación, iglesia, organización, o de nosotros mismos. Hay un solo imperialismo cristiano, sin embargo, y es el interés de Su Majestad Imperial Cristo Jesús, y el de la gloria de su imperio o reino. Los primeros cristianos, nos dice Juan, salían ‘por causa del Nombre’. Ni siquiera especifica a cuál nombre se refiere. Pero lo sabemos. Y Pablo nos lo aclara. Se trata del incomparable nombre de Jesús. Ante esta suprema meta de la misión cristiana, todo motivo indigno se marchita y muere.
Para sintetizar, aquí tenemos seis verdades fundamentales acerca del evangelio. Su origen está en Dios el Padre, y su esencia es Jesucristo su Hijo. Su certificación proviene de las Escrituras del Antiguo Testamento, y su esfera de acción es a todas las naciones. Nuestro propósito inmediato al proclamarlo es llevar a la gente a la obediencia de fe, pero nuestra meta última es la mayor gloria del nombre de Cristo Jesús. O, para simplificar estas verdades mediante el uso de seis preposiciones, podemos decir que las buenas noticias constituyen el evangelio de Dios, acerca de Cristo, según las Escrituras, para las naciones, con miras a la obediencia de fe, y por causa del Nombre.



 

 

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