MI HIJO ERES TÚ-HEBREOS 1:5

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MI HIJO ERES TÚ-HEBREOS 1:5

 

«Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás:
Mi Hijo eres tú,
Yo te he engendrado hoy,
y otra vez:
Yo seré a él Padre,
Y él me será a mí hijo?»


EL APOYO DE LAS ESCRITURAS

       MI HIJO ERES TÚ-HEBREOS 1:5

Para el autor de Hebreos el tema de los ángeles era de especial importancia por el lugar que ocupaba en la mente de los judíos de su tiempo. Como ya hemos visto, ellos sabían que la ley fue dada por medio de los ángeles, y así entendían que éstos ocupaban un rango muy importante en la jerarquía universal y en la relación entre Dios y los hombres. ¿No había sido por medio de ángeles que Dios había visitado a sus siervos de antaño (Abraham, Lot, Agar, Jacob, Moisés, Gedeón, Manoa…) y les había transmitido su voluntad? ¿No actuaban los ángeles como mediadores entre Dios y los hombres?
Tal exaltación de los ángeles en la tradición judía atentaba contra el carácter único del Señor Jesucristo como Mediador (1 Timoteo 2:5) y hacía que los creyentes judíos no apreciaran debidamente la autoridad suprema de la revelación de Dios en Él.
(Por cierto, esta interferencia de mediadores espirituales no era un problema sólo en las iglesias de procedencia hebrea. El helenismo y el protognosticismo, con su filosofía de las siete esferas, cada una con sus principados y potestades, también enseñaban que el hombre, para acercarse a Dios, primero tenía que encontrarse con otras autoridades espirituales. Ésta era una enseñanza que perturbaba a los colosenses y no es ninguna casualidad que las dos epístolas, a los Colosenses y a los Hebreos, ensalcen al Señor Jesucristo y nos hablen extensamente de su dignidad divina.)
Contra esto el autor acaba de afirmar la divinidad del Hijo y su absoluta superioridad con respecto a los ángeles (v. 4). Pero, por supuesto, en materias de fe no bastan las afirmaciones dogmáticas. Los asuntos del destino eterno del alma son demasiado serios como para poder confiarlos a criterios meramente humanos. Por mucho que los primeros lectores respetasen al autor y aceptasen su autoridad, su sola palabra no era suficiente. Les hacían falta argumentos, evidencias. La fe verdadera no es credulidad. No es aceptar ciegamente unas ideas sólo porque cierto señor las dice. ¿A dónde, pues, debe acudir el autor para encontrar argumentos de peso? Por supuesto, a aquella única fuente cuya autoridad era incuestionable tanto para él como para sus lectores judíos: la revelación divina plasmada en los textos del Antiguo Testamento. Esto es lo que él procede a hacer en el resto de este capítulo.
Es aleccionador el uso que el autor hace del Antiguo Testamento. Lo es por el solo hecho de que, a lo largo de la Epístola, él siente la necesidad de respaldar todo lo que dice con el apoyo de las Escrituras. Ellas deberían tener la misma autoridad para nosotros que para él y para sus lectores. Para ellos el argumento era absolutamente contundente si se arraiga en el Antiguo Testamento.
Es aleccionador también porque constantemente atribuyen las citas del Antiguo Testamento no al autor humano sino a Dios. Dios es el sujeto de la inspiración en todas las citas del capítulo 1 y en casi todas las del resto de la Epístola. Es cierto que en algunas de estas citas, aun en el Antiguo Testamento, es Dios mismo quien está hablando. Pero no en todos los casos. Sin embargo, el autor de Hebreos dice que Dios dijo todas estas cosas. Él identifica plenamente el texto del Antiguo Testamento con la Palabra de Dios. Cuando las Escrituras hablan, Dios habla. Lejos de tenerlo por un libro anticuado sin relevancia, el autor comprende que el Antiguo Testamento es decisivo para la fe, aun después de la venida de nuestro Señor Jesucristo.
Así pues, él acude al Antiguo Testamento para investigar la relación entre nuestro Señor Jesucristo y los ángeles, y para demostrar la superioridad de Jesucristo lo hace mediante una serie de siete citas. En ninguna de estas citas se cuestiona la posición digna y exaltada de los ángeles dentro del orden de la creación, pero precisamente porque los ángeles ocupan un lugar de tanta importancia, su inferioridad con respecto al Hijo sirve para ensalzar más aún la posición de Éste.


LOS ÁNGELES

Hoy en día son pocos nuestros contemporáneos que creen en los ángeles. Vivimos en una sociedad que tiende hacia el mal, y es más fácil encontrarnos con personas que creen en espíritus malignos que con personas que tienen una creencia viva en los ángeles.
No creer en los ángeles no es nada nuevo: en tiempos de Jesucristo los saduceos tampoco creían en ellos. Pero la Biblia da por sentada su existencia desde el principio hasta el final, desde los primeros capítulos de Génesis hasta los últimos del Apocalipsis. Constantemente nos encontramos con estas figuras, para nosotros misteriosas.
La Biblia no entra en explicaciones ni nos dice cómo son. Aparentemente no es de nuestra competencia entenderlos. Pero la Biblia nunca cuestiona su existencia. Cristo y los apóstoles tampoco. Al contrario, es especialmente durante el ministerio terrenal del Señor Jesucristo cuando intervienen los ángeles. En torno a su nacimiento hay seis visitaciones de ángeles narradas en el Nuevo Testamento (Mateo 1:20; 2:13, 19; Lucas 1:11, 26; 2:9). También cuando empezó su ministerio público, después de su bautismo y tentación en el desierto, vinieron ángeles para ministrarle (Mateo 4:11), anticipo de aquella lucha mayor y nueva ministración angelical en Getsemaní (Lucas 22:43). De la misma manera que los ángeles aparecieron para anunciar el momento del nacimiento de Jesús, anunciaron su resurrección (Mateo 28:2; Lucas 24:23; Juan 20:12, etc.).
Si los ángeles estaban tan notablemente presentes en el ministerio de Jesús, ¿cómo es que no nos encontramos nosotros con ellos en el nuestro?
A esto contestamos: ¿Quién dice que no nos encontramos con ángeles? Hasta que no estemos en la presencia del Señor y no se nos desvelen los secretos del mundo espiritual, no lo sabremos. Pero según nuestro capítulo, el Señor Jesucristo tiene bajo sus órdenes a los ángeles y los envía precisamente para servir a los creyentes (v. 14). ¿Quién sabe en cuántas ocasiones no debemos nuestra protección, provisión, ayuda o buen ánimo al ministerio de los ángeles? ¡Quizás en el cielo tengamos sorpresas!


LA PRIMERA CITA: SALMO 2:7

Pero volvamos a nuestro tema: los ángeles y el Señor Jesucristo. La primera cita en apoyo de la superioridad de Cristo procede del Salmo 2: «Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy».
Puesto que el autor de Hebreos presupone que sus lectores conocen este salmo, conviene recordar el contexto de la cita:

«Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro, como vasija de alfarero los desmenuzarás. Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes… Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que confían en él» (Salmo 2:6–10a, 12).

Es un salmo que desde el principio hasta el final nos habla de Jehová y de su Ungido. Probablemente, cuando fue escrito, el ungido que el salmista tenía en mente era uno de los reyes de Israel. Sin embargo, el lenguaje exaltado se escapa de los límites del reinado de un monarca de Israel cualquiera. No tardaron mucho los judíos en ver en este salmo una referencia al gran Rey que Dios había prometido a David que vendría de su linaje, un rey cuyo reino sería universal y cuya justicia sería perfecta, un rey que reinaría con una relación absolutamente nueva en cuanto al grado de su intimidad con Dios y de su obediencia a la voluntad de Dios.
Si miramos el lenguaje de este salmo vemos que, si lo tomamos al pie de la letra, necesariamente reclama un cumplimiento mesiánico porque, si bien alguna frase podría aplicarse a un rey de Israel, otras son de otro alcance. Según el versículo 8 las fronteras del imperio de este rey son universales: «Te daré por herencia las naciones y como posesión tuya los confines de la tierra». Vemos en el versículo 9 que su dominio es absoluto: «Los quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás». Por muy imponente que fuera el imperio de los judíos en algún momento (y la verdad es que, aun en tiempos de David y Salomón, nunca llegó a ser comparable a los grandes imperios de la antigüedad), jamás se podría hablar en estos términos de ninguno de sus reyes. Además, el salmo habla de un gobierno en absoluta consonancia con la voluntad de Dios, de manera que quien honra al Hijo también sirve a Jehová, porque Jehová y el Hijo están unidos en su reino (vs. 11, 12): no se puede servir a Jehová sin honrar al Hijo y viceversa. Pero de todas estas frases exaltadas la más eminente es el versículo 7: «Jehová me ha dicho: mi Hijo eres Tú, yo te engendré hoy».
Es cierto que en el mundo pagano de aquel entonces muchos reyes eran tenidos por «hijos» de alguna divinidad. Así aumentaban su autoridad. Pero este salmo no brota del paganismo, sino del pueblo de Dios, enseñado por la ley a evitar toda exaltación humana que atentara contra la gloria de Dios. Ningún rey de Israel (excepto precisamente aquellos que se entregaron a la idolatría) habría dicho de sí mismo: Yo soy hijo de Dios; yo he sido engendrado por Jehová. Ni siquiera los términos del pacto davídico (ver 2 Samuel 7:12–14), que daban pie a que los reyes fuesen tenidos por «hijos de Dios», pueden ser entendidos excepto en un sentido figurado, como referencia al «ungido especial» de parte de Dios.
Pero el que la frase no deba entenderse meramente como figurada se ve por el refuerzo de su segunda parte. Éste es un hijo de Dios no por designación, ni por adopción ni por unción, sino por engendramiento. Este hijo no es un hombre cualquiera al que Dios ha elegido para una dignidad excepcional, sino alguien que por su propia naturaleza procede de Dios, participando de la naturaleza divina. Es Hijo por engendramiento.
Por esto los judíos no dudaron en ver en estas palabras una referencia al Mesías. Ellos comprendían que ningún rey de Judá había estado a la altura del Salmo 2. Y por esto los apóstoles no dudaron en aplicarlo a Jesús. Las citas del Salmo en el Nuevo Testamento son frecuentes, y específicamente del versículo 7: Pablo lo cita en su predicación en Antioquía (Hechos 13:33) y nuestro autor vuelve a citarlo en el 5:5.


YO TE HE ENGENDRADO HOY

Ningún cristiano, pues, puede dejar de encontrar en Jesús el pleno cumplimiento del Salmo 2. Él es el Hijo. El Padre le reconoce como tal, no sólo en el Salmo sino también en su bautismo (Mateo 3:17) y en su transfiguración (Mateo 17:5). En cuanto a la identificación del Hijo, hay unanimidad.
No es así en cuanto a la interpretación de la segunda parte de la frase citada: «Yo te he engendrado hoy». ¿A qué momento se refiere? ¿A qué «engendramiento»? Hay al menos tres interpretaciones posibles, ninguna de las cuales es fácil de descartar. Veamos cuáles son:


1. La encarnación

La misma palabra «engendrar» nos recuerda en seguida la encarnación:

«No temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).

Sin duda alguna, Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo cuando Éste «vino sobre María y el poder del Altísimo la cubrió con su sombra». Como consecuencia de lo cual, «el Santo Ser que nació, fue llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35). Todo encaja: el engendramiento, el origen divino, el nombre. Por lo tanto sería una presunción afirmar que la cita no puede referirse a la encarnación. Además la encarnación está presente en el contexto: el versículo 3 nos ha hablado (implícitamente) de la humanidad de Jesús y de su humillación, al recordarnos que Él efectuó la purificación de nuestros pecados; el versículo 6 nos hablará de la «introducción del Primogénito en el mundo». Lo que es más, algunos comentaristas proponen que la mejor traducción del versículo 6 sería: «Y cuando introduce otra vez al Primogénito en el mundo…». Si el versículo 6 nos remite a la segunda venida, el versículo 5 naturalmente tiene que ver con la primera.


2. La filiación eterna

Sin embargo, acabamos de ver (v. 2) que el Hijo disfruta de la relación filial desde toda la eternidad. No empezó a ser el Hijo en el momento de nacer en Belén. La relación que le une con el Padre siempre ha existido. Fue por el Hijo que Dios creó el universo (v. 2), pero si el universo es obra del Hijo cae por su peso que el Hijo ha existido como tal desde antes de la fundación del universo.
Si eternamente Jesús es el Hijo ¿cómo podemos entender esta frase: «Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy»? ¿A qué se refiere este «engendramiento» y este «hoy»?
Obviamente, la idea de «engendramiento» es una ilustración, procedente de nuestra experiencia humana, que nos aproxima a una realidad en Dios que nosotros somos incapaces de captar. Sabemos que nuestra comprensión de la relación entre el Padre y el Hijo forzosamente es limitada, pero entendemos que el Hijo no lo es por adopción, ni lo es por ningún proceso de deificación, ni porque el Padre haya decidido crear otra divinidad (como si el Hijo previamente no hubiese existido). Puesto que el Padre sólo es Padre por cuanto el Hijo es Hijo, Padre e Hijo coexisten desde toda la eternidad. El Hijo «era en el principio con Dios» (Juan 1:2).
¿Y cuándo empezó a existir el Padre? Nunca «empezó» a existir, porque siempre había existido. Él es, sencillamente. Por esto este engendramiento no debe ser entendido como un acto temporal. Es una realidad eterna y, según esta interpretación, es a esta dimensión eterna a la que se refiere la palabra «hoy».
Según algunos comentaristas, la frase original es un tanto especial, porque en griego se habría esperado un pretérito: «yo te engendré hoy»; pero de hecho encontramos un perfecto: «Yo te he engendrado hoy». Sugieren, pues, que debemos ver aquí un contraste deliberado entre el perfecto del verbo y el presente del adverbio. «Te he engendrado» es un acto cumplido y perfecto, mientras «hoy» nos remite al presente, a «ahora». Según nuestra mentalidad temporal, hay un aparente contrasentido aquí: Dios hace «hoy» lo que ha hecho en el pasado. Pero debemos intentar entender la frase en su dimensión eterna. La relación entre el Padre y el Hijo es una relación completa y perfecta; no está en un proceso de evolución temporal ni nunca lo ha estado. Pero por otro lado es una relación dinámica. El hijo siempre emana del Padre. Siempre le refleja. «Yo te he engendrado», indica el carácter completo de la relación; «hoy» indica su dinámica perpetua.
Quizás nos ayude a entender esto el escuchar la misma idea expresada por otra persona:

«Al decir “Te he engendrado”, el hebreo expresa, por medio del perfecto, una acción completa: el Hijo está perfectamente engendrado desde la eternidad. Al decir “hoy”, se expresa la continuidad eterna del acto generativo en el eterno presente que es exclusivo de Dios, pues lo temporal es esencialmente fluido con un presente ficticio que no se deja atrapar» (Francisco Lacueva: Un Dios en Tres Personas, p. 154).

Según esta interpretación, por lo tanto, este texto nos lleva a los misterios de la eternidad, a la realidad intrínseca de la relación eterna que existe entre el Padre y el Hijo.
De hecho, si éste es el sentido primordial, no hemos de excluir del todo la primera interpretación (la de la encarnación). Es precisamente porque el Hijo es eternamente engendrado por el Padre, que cuando Dios toma forma humana, es apropiado que sea la segunda persona, el Hijo, la que se encarna, y ninguna otra. Es decir, la encarnación es en el tiempo y el espacio el equivalente de la relación filial en la eternidad.
En la esfera de la eternidad el Hijo eternamente procede del Padre y el Padre eternamente engendra al Hijo. Como hemos dicho, no entendemos lo que esto quiere decir, sólo podemos vislumbrarlo por medio de una ilustración humana. Pero puesto que ésta es la realidad eterna, es apropiado que, cuando una de las personas sale del seno de Dios para habitar entre nosotros y dar a conocer las verdades divinas, sea el Hijo, el Verbo, y no el Padre. Aquel que sale del Padre eternamente, sale del Padre también al entrar en el tiempo y en el espacio.

«Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos y que había salido de Dios, y a Dios iba…» (Juan 13:3).

«Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre» (Juan 16:28).


3. La resurrección

Hemos visto que, en un sentido misterioso y aun escondido de nuestra comprensión, seguramente no ha habido ningún momento en toda la eternidad en que el Padre no haya podido decir del Hijo: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy». Sin embargo, la frase adquiere un nuevo significado en la encarnación. Y ahora debemos añadir una tercera interpretación, la que parece haber estado presente en la mente de los autores del Nuevo Testamento cuando empleaban esta cita: la de la resurrección y exaltación de Cristo.
El que es eternamente el Hijo de Dios tomó forma humana al ser concebido por el Espíritu Santo en Nazaret y al nacer en Belén. En virtud de su divinidad eternamente es Hijo de Dios, pero en cuanto a su humanidad lo es desde el momento de su engendramiento en la Virgen María. Pero durante su ministerio en la tierra, los hombres no le veían como lo que Él era, excepto por revelación especial a unos pocos (Mateo 16:16, 17).
Fue la resurrección lo que quitó toda duda de las mentes de sus seguidores en cuanto a su procedencia divina. Como vemos en la frase de Pablo en Romanos 1:4, Él fue «declarado Hijo de Dios con poder, por la resurrección de entre los muertos». Y de decretos y declaraciones se trata. El contexto inmediato de nuestra cita es la declaración pública, por parte del Padre, de la relación que existe entre Él y el Mesías: «Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú» (Salmo 2:7). Pablo dice que la declaración pública de este decreto ocurrió en el momento de la resurrección. En esto también él sigue el contexto del Salmo 2. Allí el decreto es publicado en el momento cuando, después de sufrir el antagonismo y conspiración de reyes y gobernadores (v. 2), el Mesías es vindicado por Dios, quien se ríe de ellos (v. 4). ¿Acaso ha habido alguna ocasión que mejor reúna estas condiciones que la pasión y resurrección de Jesús?
Desde luego los primeros cristianos entendían que los primeros versículos del Salmo 2 fueron cumplidos cuando «se unieron en esta ciudad [Jerusalén] contra Jesús, a quien [Dios] había ungido, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel» (Hechos 4:24–28).
Así pues, fue en torno a la resurrección y ascensión que los apóstoles situaron el cumplimiento del Salmo 2. En su discurso en Antioquía de Pisidia, Pablo declara:

«Nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy» (Hechos 13:32, 33).

No podía ser más claro. Pablo asocia nuestra cita con la resurrección. Los apóstoles siempre entendían que fue al «sentarse a la diestra de la Majestad en las alturas» que el Dios-hecho-Hombre, nuestro Señor Jesucristo, empezó su reinado mesiánico. Y por supuesto el Salmo 2 describe aquel momento. En él vemos al Padre y al Hijo sentados en el trono, contemplando los absurdos esfuerzos de la humanidad de alzarse contra su señorío. Es en su nueva función como Mesías que el Padre se vuelve a Jesucristo y le dice: Mi hijo eres tú; yo te he engendrado hoy.
Lo mismo es cierto en Hebreos 5:5, si bien la misma verdad es expresada en términos del sacerdocio de Jesús, no de su mesiazgo. Después de recordarnos que nadie puede constituirse a sí mismo como sacerdote, sino que ha de ser designado por Dios, el autor sigue:

«Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec».

Muy claramente nuestro autor identifica aquí la cita del Salmo 2 con el momento en que Jesús es constituido sumo sacerdote por Dios. Y ¿cuál fue ese momento? Hebreos establece que su vida terrenal fue un período de preparación (de «perfeccionamiento») para el sacerdocio (2:10), y que el sacrificio mediante el cual Jesús realiza su sacerdocio fue la Cruz (p. ej. 7:27). Pero fue cuando Jesús traspasó el velo de los cielos para presentarse por nosotros ante Dios, y entró en el santuario de aquel verdadero tabernáculo celestial para interceder por nosotros en virtud de su propia sangre (8:1, 2; 9:23–26; 7:25), y se sentó en aquel verdadero propiciatorio, el trono celestial; fue entonces cuando el Padre le declaró sacerdote para siempre, su «Hijo engendrado hoy». Por supuesto, en cierto sentido Jesús ya era sacerdote al realizar el sacrificio de la cruz. Pero fue en la resurrección y ascensión que el Padre demostró su aceptación del sacrificio y que el Hijo fue manifestado como nuestro Sacerdote.
Así también, el contexto inmediato de Hebreos 1:5 no es la encarnación ni la esfera eterna, sino la exaltación de Jesús a la diestra de la Majestad (vs. 3, 4). Fue en este momento, el de la resurrección y ascensión, cuando Jesús fue declarado como Hijo de Dios en su doble función de Rey y Sacerdote, y así debemos interpretar nuestro texto.
Esto no es negar que Él haya sido desde toda la eternidad el Hijo de Dios en su divinidad (ya lo han dicho los versículos 2 y 3), ni que haya nacido en Belén como el Hijo de Dios en su humanidad (así lo declaran los Evangelios), sino es afirmar que ahora su filiación tiene una nueva dimensión: el Dios-hecho-hombre ahora es exaltado a la diestra del Padre como Rey y Sacerdote; nuestro Señor Jesucristo «hoy», en aquel momento de su glorificación, es reconocido por el Padre como lo que Él verdaderamente es: Él es el Hijo en virtud de su persona eterna; es «engendrado» en virtud de su resurrección como primicias de la nueva humanidad; es declarado Rey y Señor por cuanto el Padre le ha dado «por herencia las naciones» (Salmo 2:8); es declarado «Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» por cuanto su sacrificio en la cruz es perfecto, poderoso y eficaz, lo cual es demostrado por la vindicación de su resurrección. Es en torno a la exaltación de Jesús, después de su pasión y resurrección, donde debemos situar la primera de las siete citas de este capítulo.
Dejemos ahora estas cuestiones un tanto complicadas y volvamos a lo relativamente sencillo. Ya sea en la eternidad o en el tiempo, ya sea en torno a su nacimiento o a su resurrección, el hecho es que Dios dice del Señor Jesucristo lo que jamás ha dicho a ningún ángel: «Mi Hijo eres tú».
El Salmo 2 indica muy claramente que el Mesías es una persona divina. El Hijo de Dios participa de la misma naturaleza que el Padre. Los lectores de Hebreos ya habían depositado su fe en Jesús como Mesías. Pero ¿hasta qué punto habían comprendido la verdad acerca de su naturaleza? Habían creído en Él como hombre. Ahora su confianza estaba siendo atacada. Necesitaban considerar lo que las Escrituras decían de Él: «Mi Hijo eres tú; yo te he engendrado hoy».
Ellos seguramente habían oído que, cuando Jesús salió de las aguas del bautismo, el cielo se abrió y una voz proclamó: «Éste es mi Hijo amado»; y que, cuando tres de los discípulos habían subido al monte con Jesús, Él había sido transfigurado y nuevamente una voz había declarado desde el cielo: «Éste es mi Hijo». Jesús no era solamente el Mesías. Esto de por sí sería motivo para acatar en todo su autoridad. Pero hay más. Él es el unigénito Hijo del Padre.


LA SEGUNDA CITA: 2 SAMUEL 7:14

Para reforzar esta idea el autor añade una segunda cita del Antiguo Testamento: «Yo seré a él Padre, y él me será a mí Hijo». Esta segunda cita procede de 2 Samuel 7:14 (aunque hay ecos de la misma idea en el Salmo 89:26, 27, que se asocia estrechamente con la historia narrada en 2 Samuel 7). En el contexto original David había tenido el deseo de construir un templo para Dios en Jerusalén; aunque la idea en sí era del agrado de Dios, sin embargo Él envió al profeta Natán para decir que David mismo no sería el constructor del templo, sino que lo sería un descendiente suyo. Si ésta era una mala noticia para David, Dios también le dio una buena, la de la ratificación de su pacto con él: si David había deseado construir una casa para Dios, Dios ahora confirmaría la casa de David.

«Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijo de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente» (2 Samuel 7:12–16).

Evidentemente, algunas frases de esta promesa encuentran su cumplimiento en Salomón. Él fue quien construyó el templo. Además, la segunda parte del versículo catorce («si él hiciere mal, yo le castigaré»), no tiene ningún cumplimiento en Aquel que era siempre «sin pecado» (4:15); pero, tristemente, puede ser aplicada a Salomón, quien hizo mal y tuvo que sufrir las consecuencias. Y es precisamente porque Salomón hizo mal, que ni siquiera los rabinos judíos (ni mucho menos nosotros) podían aceptar que la promesa a David recibiese su pleno cumplimiento en Salomón.
El reino de Salomón no fue eterno y su linaje no estuvo sobre el trono de Jerusalén para siempre (v. 16). No podemos por menos que buscar un cumplimiento de estas palabras a otro nivel y en otra persona. El verdadero reino eterno, ¿a quién pertenece sino al Señor Jesucristo? Quien está construyendo el verdadero templo de Dios, el templo santo en el Señor (Efesios 2:21), no es Salomón, sino Jesucristo.
Por lo tanto, el texto de Samuel reclama una interpretación que va más allá de Salomón. Nuevamente se trata de un texto mesiánico. Es del Mesías que el Padre dice: Yo le seré a él Padre, y él me será a mí hijo. Ésta es la relación que Dios ha determinado que existirá eternamente entre Él y el Mesías, una relación de Padre e Hijo.
Aun en la esfera humana la relación entre padre e hijo es una relación especial. El hijo participa de la carne y sangre del padre. Ciertas características del padre, tanto físicas como morales, se manifiestan en el hijo. Todo esto es cierto, y en mayor grado aun en el seno de la Trinidad. Pero lo que el autor tiene en mente aquí es el grado de intimidad y autoridad que disfruta el hijo de la casa.
El padre puede tener muchas amistades, muchos empleados, muchos criados. Pero ninguno de ellos tiene los derechos y privilegios del hijo, ni conoce el mismo cariño y cuidado. Desde luego hay padres humanos que no cumplen con sus obligaciones, pero, esto no obstante, en potencia no hay relación más idónea en nuestra experiencia humana para explicar la relación entre el Padre y el Hijo.
¿Acaso —pregunta el autor— Dios ha dado este título de «hijo» a otra persona? ¿Lo ha dado a alguno de los ángeles? ¿Los ángeles se relacionan con Dios como con un padre?
Notemos de paso que el autor saca provecho de lo que el Antiguo Testamento no dice. Éste es el primer ejemplo de una característica que observaremos en diferentes ocasiones. Del silencio de las Escrituras al respecto, él saca la conclusión de que Dios nunca ha designado como hijo a ningún ángel. Por supuesto, puede ser peligroso construir grandes doctrinas sobre lo que la Biblia no dice si esto nos conduce a descuidar lo que dice, pero si procedemos con prudencia podemos aprender cosas interesantes de los silencios de las Escrituras.
En contraste, pues, con lo que el Antiguo Testamento dice explícitamente acerca del Mesías, ningún ángel es llamado «el hijo de Dios». Ahora, es cierto que en algunos lugares del Antiguo Testamento este título es aplicado colectivamente a los ángeles y al pueblo de Israel, como también lo es a los creyentes en el Nuevo (p. ej. Job 1:16; Deuteronomio 14:1; Juan 1:12). Pero a ninguno de nosotros se le ocurriría decir: Yo soy el Hijo de Dios. Los creyentes podemos decir: Yo soy un hijo de Dios; pero ningún ángel ni creyente puede llamarse personalmente el Hijo.
Los ángeles son hijos sólo en el sentido colectivo. Jesús es engendrado por el Padre como el Hijo unigénito (Juan 1:14; 3:16). Dios ejerce un cuidado paterno sobre todas sus criaturas, y recibe como hijos adoptivos a aquellos que están «en el Hijo». Pero hay uno solo que procede del Padre y que refleja perfectamente el carácter del Padre por ser de la misma esencia que Él: nuestro Señor Jesucristo.
Los ángeles, por muy gloriosos que sean, no son más que criaturas, mientras que el Hijo es el Creador (v. 2). Jesús es el heredero y los ángeles son una parte de su herencia. Jesús es el Señor y los ángeles son sus siervos. Por muy alto que sea el rango de los ángeles, el Hijo es hecho tanto superior a ellos cuanto heredó más excelente nombre que el suyo. Este nombre, que en su sentido más profundo sólo le pertenece a Él, es el nombre de Hijo.


 

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