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Mi esposo no es cristiano ¿Qué hago?

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Mi esposo no es cristiano ¿Qué hago?

Estas páginas tienen su enfoque en la realidad del mundo hispano, aunque se ha comprobado que la situación se da a nivel mundial: en la mayoría de nuestras iglesias hay más cantidad de mujeres que de hombres. Esto se debe, en parte, a que la mujer tiene un espíritu más sensible hacia las cosas de Dios, y siente necesidad de congregarse con otros que comparten su fe.

Al margen de los problemas de orden práctico creados por el mayor porcentaje de creyentes del sexo femenino, surgen asimismo problemas de relación para estas mujeres ––tanto en la iglesia como en el seno de la familia y en la sociedad en general. Los problemas se dan pues ellas intentan vivir su fe sin el apoyo de un esposo cristiano.

Ya en tiempos apostólicos se mencionaba el caso de una mujer con esposo no creyente (mientras que casi no se citaba el caso inverso, quizás por ser menos corriente), y el mismo Pedro ofrece consejos para una mujer en esa situación (1 Pedro 3).

Distintos son los casos individuales. Bien se ha dicho que cada caso es un mundo. Las situaciones por las que cada uno atraviesa son resultado de circunstancias de origen diverso, por lo cual no podemos hablar de una solución universal. Sin  embargo, en estas páginas intentaremos señalar varios problemas que surgen como resultado de matrimonios mixtos, y hemos de mencionar algunas soluciones bíblicas para la mujer objeto del problema. Esta última, por lo general, lo resume en cinco palabras: “Mi esposo no es cristiano”.

SITUACIONES DIFICILES

La cuestión de los matrimonios mixtos  sigue provocando encrucijadas. Durante mis más de 20 años en el ministerio de consejos, he tratado innumerables casos de este tipo, unos más comunes que otros. Lo que sigue es una selección de variadas situaciones que dieron origen a o son resultados de matrimonios mixtos.

•Jóvenes cristianos evangélicos —mayormente señoritas— que por distintas razones se casan con quienes no comparten su fe en Cristo.

•Matrimonios de no-cristianos en que la esposa recibe a Cristo en su vida mientras que el marido permanece ajeno a la nueva fe de la mujer (oposición pasiva).

•Marido inconverso que además de no compartir la fe de su cónyuge, se opone a que la esposa practique su fe, y le impide toda conexión con la iglesia (oposición activa).

•Las actividades de muchas iglesias tienen una orientación familiar que, por razones obvias, dejan de lado a las mujeres que tienen esposos y/o familias inconversas.

•Con frecuencia las mujeres buscan orientación de pastores o líderes, quienes a veces son muy jóvenes o no están suficientemente equipados para abordar los múltiples problemas de estas damas.

•Si una de tales mujeres se hace amiga de un hombre de la iglesia, siempre surge el problema de los chismes.

•Mujeres con esposos inconversos a menudo se enamoran de un miembro de la iglesia, por lo general el pastor.

•Como contrapartida, hay pastores cuyo corazón se enternece ante una pobre mujer víctima de un esposo inconverso violento, desleal, adúltero y a veces borracho. En ocasiones el pastor cree que puede suplir la falta de compañerismo en la mujer, y termina enamorándose de ella.

•Algunas mujeres sufren del llamado “complejo de mártir” en razón de las dificultadas ocasionados por el marido no creyente.

•En innumerables casos hay que encarar el resentimiento, enojo o rencor que una mujer cristiana tiene hacia su esposo inconverso.

•Los amigos de la mujer a veces toman como propia la ofensa que ella ha sufrido por parte de su esposo, e intentan tomar partido en la situación familiar.

•Hay confusión  sobre cuál es la voluntad de Dios cuando el cónyuge es inconverso. Esto se debe a que no ha habido clara enseñanza sobre el orden bíblico para la familia.

•Existe asimismo el problema del comportamiento no bíblico de la esposa. Muchas mujeres sostienen equivocadamente: ”Si las puertas de la iglesia están abiertas, tengo que estar presente a pesar do lo que diga mi marido, a pesar de que él me prohíba asistir“.

•Además, hay que recordar a la familia que sufre las consecuencias de un esposo y/o padre que no cree en Jesucristo como su Salvador.

LOS PRINCIPIOS BIBLICOS PARA MATRIMONIOS MIXTOS

El apóstol Pedro, inspirado por el Espíritu Santo exhorta:

Asimismo, vosotras mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus esposas al observar vuestro casto y respetuoso comportamiento. Y que vuestro adorno no sea externo: —peinados ostentosos, joyas de oro y vestidos lujosos— sino que sea el ser interno del corazón, con el adorno imperecedero de un espíritu tierno y sereno, el cual es precioso delante de Dios. Porque así también se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos. Así obedeció Sara a Abraham, llamándole señor, y vosotras habéis llegado a ser hijas de ella, si hacéis el bien y no estáis amedrentadas por ningún temor.

¿INCOMPATIBILIDAD RELIGIOSA COMO CAUSAL DE DIVORCIO?

La mujer cristiana debe tener presente que la incompatibilidad de religión entre una esposa creyente y  su marido inconverso, bajo ningún concepto justifica la disolución del matrimonio. Pareciera obvio, pero uno de los errores más comunes  es creer que la conversión al Señor Jesús da derecho al divorcio dentro de un período determinado el cónyuge no se convierte a Cristo. Sin embargo, refiriéndose a los maridos incrédulos Pedro dice con claridad: “Vosotras mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados...” Según el apóstol la mujer cristiana debe sujetarse al esposo aun cuando éste no crea en Cristo, aun cuando sea “desobediente”.

Otro caso similar es el de la mujer creyente que se casa fuera de la voluntad de Dios (es decir con un inconverso). Ella cree que su arrepentimiento por haber contraído ese matrimonio incluye el derecho al divorcio para poder comenzar una nueva vida. Aunque en este pasaje Pedro se refiere en especial a las mujeres convertidas después del matrimonio, las enseñanzas se aplican también a las creyentes que optaron por casarse con inconversos. La orden divina es sujetarse y no deshacer la unión.

En tiempos bíblicos un alto porcentaje de matrimonios eran digitados, y los padres convenían de antemano el casamiento de sus hijos. En la India se dan situaciones similares todavía. A veces, por ejemplo, una muchacha cristiana no tiene voz ni voto y debe casarse con un inconverso en razón del compromiso asumido por los padres. El apóstol Pedro insiste en que la voluntad de Dios es sujetarse al marido.

Al hablar sobre el tema, el apóstol se dirige mucho más a las mujeres (1 Pedro 3:1–6) que a los hombres (sólo v.7). Es probable que el ojo profético de Pedro advirtiera que la situación sería más frecuente en las mujeres que en los hombres. No obstante otros comentaristas atribuyen la diferencia a un hecho cultural del primer siglo, época en que las mujeres poseían menos derechos. Si el hombre llegaba a conocer a Cristo primero, tenía la prerrogativa de llevar a su mujer a la iglesia sin que ella pudiera objetar. Consecuentemente los problemas resultantes no eran tan complejos.

LA ESPOSA MARTIR QUE DEJA DE SERLO

Después de años de haber ayudado a mujeres en esta situación, he llegado a la conclusión de que desde el comienzo es imprescindible establecer metas correctas ––es decir bíblicas–– y luego mantenerlas.

Para ilustrar este punto consideremos el caso de la esposa sufrida cuyo esposo se convierte al Señor. Irónicamente, hay mujeres que ante este hecho retroceden en su vida espiritual, y a veces hasta entran en profunda depresión. ¿Qué ha ocurrido? Ellas tenían un foco de atención incorrecto. Su meta era ganar al esposo para Cristo en lugar de ser la persona que Dios deseaba de ellas ––independientemente de lo que pasara con el marido.

Algunas se concentran tanto en la meta de ganar al esposo, que este propósito acapara su vida toda. Cuando la meta se cumple, sienten que han perdido el propósito en la vida.

Otro grupo de mujeres llegan a estar cómodas en el papel de esposas sufridas y mártires. El esposo inconverso se convierte en excusa para tener un pie metido en el mundo y otro en la iglesia, y también es excusa para no profundizar su andar con el Señor. Cuando milagrosamente el marido se convierte, la inmadurez espiritual de ella queda al descubierto. Es más, se ha dado el caso de mujeres que, luego que sus esposos aceptaron a Cristo, tomaron la actitud opuesta y terminaron “convirtiéndose en inconversas”.

Ultimamente (y otros consejeros me han comentado que es más común de lo que yo pensaba) he sido testigo de casos en que, cuando el esposo se convierte en un verdadero creyente, después de tantos años de maltratos la esposa cree que el marido merece cierto castigo o que debe pagar por sus pecados. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario a la mujer: él es absuelto, perdonado, libre de culpa y cargo. Recuerdo una ocasión cuando no sospechábamos que la mujer estaba llena de resentimiento hasta que su esposo se bautizó... y ella corrió a su casa llorando de amargura, no de gozo. Según esta mujer, el esposo no había recibido el castigo que merecía.

Desde el principio pueden evitarse complicaciones si la mujer hace la distinción entre la meta (vivir con su esposo inconverso como Cristo desea, ser la clase de esposa que honra al Señor) y el deseo (ganar al esposo para el Señor). Pedro exhorta: “Asimismo estad sujetas...” La palabra “asimismo” se refiere a los versículos anteriores,donde el apóstol se sirve de situaciones paralelas para instruir al pueblo de Dios sobre las actitudes, metas  y comportamientos convenientes en situaciones sociales similares. Pedro concluye esa sección de su carta citando el ejemplo del mismo Señor cuando tuvo que soportar los insultos de hombres malignos.(4)  Es entonces que aparece la palabra “asimismo” en referencia a la conducta de la mujer con su esposo inconverso.

SUJECION FEMENINA SEGUN LA BIBLIA

La mujer cristiana debe comprender las implicaciones de la sujeción bíblica.

Sujetarse es una actitud, mientras que obedecer es la acción que generalmente resulta de tal actitud. Sumisión es “reconocimiento y aceptación voluntaria de la autoridad de otra persona.” Es posible que haya obediencia sin sujeción. Sucede a menudo cuando uno obedece de mala gana, con amargura. No es ésa la voluntad de Dios ya que tanto valor tiene la actitud como la acción misma. Sin embargo, también existe la posibilidad de sujetarse (mantener una actitud piadosa) sin obedecer, y aún estar dentro de la voluntad de Dios.

La sujeción bíblica también se define como “aceptar que Dios puede perfeccionar su plan para mi vida a través de la persona que El ha puesto en autoridad sobre mí.”  La mujer debe tener confianza en que el esposo será instrumento de Dios para que en ella se cumpla la voluntad divina. A través de los años nuestra experiencia ha mostrado que, además del gozo que puede experimentar la mujer al obedecer al Señor en asuntos hogareños, ella siente alivio al comprender el significado de la línea de autoridad bíblica.

Una tercera definición de sujeción es: “Vaciarse del yo voluntariamente, es decir crucificar el orgullo, y en su lugar tener el deseo y propósito de servir.”  Es una actitud que reconoce la autoridad que Dios le haya dado a otro a pesar de las debilidades humanas de ese otro. Sujetarse es estar libre del deseo de hacer las cosas siempre “a mi manera” Es una actitud que por lo general resulta en obediencia.

Asimismo, vosotras mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus esposas... Porque así también se adornaban en otro tiempo la santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos. Así obedeció Sara a Abraham, llamándole señor...

La sujeción no implica inferioridad ni superioridad. Jesús gozaba de una relación íntima  con su padre, una relación al mismo nivel, y sin embargo estaba sujeto. Sujeción tampoco sugiere que uno no tenga ni comparta una opinión; eso sería negar el profundo significado de “y los dos serán  una sola carne”. Sujetarse es ponerse bajo la autoridad de otro en forma voluntaria y porque Dios lo ha ordenado.

OBEDIENCIA LIMITADA VS. ILIMITADA

Muchos me han preguntado hasta qué punto una mujer debe obedecer a su marido inconverso. De acuerdo a la Escritura, creo que la esposa ha de sujetarse y obedecer mientras eso no signifique cometer un pecado personal. Dios desea que haya sujeción al esposo en tanto que ello no implique violar un principio bíblico. Algunos sostienen que ella no es responsable cuando obedece a su esposo, y alegan que ante los ojos de Dios su marido es el responsable de lo que ella hace en obediencia a él. No estoy de acuerdo. Como hija de Dios ella tiene la responsabilidad de vivir en santidad.

Cuando un esposo ordena que su esposa cristiana haga algo que, evaluado a la luz de la Sagrada Escritura, implicaría cometer un pecado, el hombre está creando un conflicto entre la autoridad de Dios y la humana. Ambas son autoridades hacia quienes la Biblia demanda sumisión.

A continuación menciono algunos ejemplos de autoridad humana en conflicto con enseñanzas divinas: (En cada caso las mujeres eran cristianas.) Un estafador en Sudamérica pidió a su esposa que participara en sus robos. Un empresario norteamericano quiso que su mujer tomara parte en una fiesta —en realidad una orgía–– donde tendría relaciones sexuales con otros hombres. Un caso difundido por televisión donde un hombre deseaba que su esposa se acostara con el jefe de él a fin de conseguir una promoción y mejor salario. Otro caso en Latinoamérica cuando un padre ordenó a su propia hija  que se hiciera prostituta para incrementar la ganancia de la casa. En tales situaciones la sumisión al esposo ––o padre–– no incluye los actos pecaminosos ––es decir que existe la libertad bíblica de NO obedecer.

Sin embargo, un entendimiento correcto de la sujeción bíblica deja en claro que no debemos usar tal libertad como pretexto para hacer el mal. La exhortación es “no uséis la libertad como pretexto para la maldad, sino empleadla como siervos de Dios.”  La libertad que Dios da para NO obedecer sólo se emplea en casos en que la obediencia implique pecado, pero jamás para zafarse de un compromiso marital.

Los ejemplos mencionados resultan obvios, sin embargo no todas las situaciones son tan fáciles de discernir. Es necesario tener principios guías.

La experiencia de Sadrac, Mesac y Abed-nego (Daniel 3) nos brinda pautas de ayuda en la  decisión de conflictos morales. La situación de estos muchachos es semejante a los ejemplos anteriores. A estos tres judíos temerosos de Dios una autoridad humana les ordenó hacer algo que Dios claramente prohíbe (adorar a un ídolo) y que está en contra de sus leyes (Exodo 20:2–5). Por otra parte Dios nos exhorta a sujetarnos a la autoridad humana (Romanos 13:1–8; 1 Pedro 2:13–17; Tito 2:1). Por eso decimos que existe un conflicto moral entre obedecer la autoridad del hombre y seguir los mandatos de Dios.

Los principios que observaron Sadrac, Mesac y Abed-nego son tan contemporáneos hoy como lo eran en tiempos de Daniel.

Dice el profeta:

El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia... Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo... Por esto en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos... Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado. Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego... Habló Nabucodonosor y les dijo: ... Ahora, pues, ¿Estáis dispuestos para que al oír... de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos? Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.

1) La intención de Dios es que la autoridad divina y la humana estén en armonía, y su voluntad es que nos sujetemos a la autoridad de quienes están en eminencia (Romanos 13:1–8).

2) Cuando haya conflicto entre la ley divina y la ley humana, o entre la autoridad divina y la humana, siempre es consecuencia de que la persona que representa el poder humano se ha apartado de los límites de autoridad otorgados por Dios. Consecuentemente, obedecer semejante mandato humano (adorar al ídolo, participar de una orgía, etc.) sería violar la Palabra de Dios.

3) Si nos halláramos frente a tal dilema, no debemos dudar en obedecer la ley de nuestro Dios (Daniel 3:15, 16).

4) Cuando esa obediencia signifique oponerse a la autoridad humana, podemos contar con el poder y la protección divinos (Daniel 3:17).

5) Debemos estar preparados para aceptar las posibles consecuencias de la obediencia al Dios vivo frente al enojo, la ira y la oposición humana (Daniel 3:18).

6) Aunque en casos de conflicto como los citados debemos obedecer a Dios antes que a los hombres, la postura bíblica ––pase lo que pasare- es una actitud de sumisión y respeto a la autoridad humana -rey, esposo, jefe, dueño (Daniel 3:16).

7) Una sugerencia final (sin conexión con Daniel 3) es el principio de la sustitución. En vez de declarar un “no” categórico, es aconsejable proponer una alternativa: lograr los mismos propósitos básicos que la autoridad humana tiene en mente, pero sin violar los principios divinos. (Véase Génesis 39 y Hechos 5:21–41.)

Un buen ejemplo de este principio se encuentra en la triste historia bíblica de Amnón y Tamar (2 Samuel 13). Amnón quería forzar a Tamar a acostarse con él. Tamar, en cambio, reconociendo no sólo el pecado sino también las múltiples consecuencias de un acto tan perverso, sugiere una alternativa que no violaría los principios divinos: el matrimonio. “... que hables al rey, que él no me negará a ti.”

CUANDO LAS PALABRAS ESTAN DE MAS

La mujer cristiana no debe tratar de convertirse en la voz de la conciencia del esposo. No podemos esperar que alguien se conduzca como cristiano si no lo es. Pedro enfatiza que al esposo se lo gana para Cristo sin palabras. “De modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus esposas al observar vuestro casto y respetuoso comportamiento.”

No es necesario idear trampitas evangelísticas, colocar tratados debajo de su plato a la hora de comer ni estar continuamente sermoneando. Es probable que todo ello produzca un efecto contrario. El Espíritu Santo usará la conducta de la esposa para obrar en la conciencia del marido inconverso. Esto no significa que nunca haya que testificarle. Claro que sí. La conducta de la esposa brindará la oportunidad de testificar, y ella con toda libertad podrá explicar lo que Cristo ha hecho en su vida. Tanto antes como después del testimonio mismo, lo que importa y tiene aun más peso son las acciones y actitudes bíblicas (Mateo 5:16; Gálatas 5:19–23).

CONFIDENCIAS Y CHISMES

La mujer cristiana y su vida de oración son una combinación crucial cuando el cónyuge es inconverso. Pedro dice que un esposo impío es ganado sin palabra verbal, por lo tanto una esposa creyente ha de dirigir sus palabras primordialmente a Dios.

Es muy cierto que para una mujer sufrida será beneficioso compartir su problema con otras cristianas que le ayuden a sobrellevar la carga (Gálatas 6:2), pero debemos hacer algunas advertencias. En primer lugar, ello nunca debe ocupar el lugar de la oración. Las confidentes cumplirán con la ley de Cristo sólo cuando ayuden a sobrellevar las cargas, no al entrar en chismes, calumnias u otros pecados comunes a estos casos (aunque a veces se cometan de manera inconsciente). Para prevenir estas desviaciones hay que utilizar discreción y discernimiento al escoger a las confidentes. Como resultado de los chismes, muchos esposos tienen que hacer frente a la vergüenza y el bochorno de saber que la mitad de los miembros de la iglesia conocen los problemas matrimoniales de la pareja. Mi consejo es tener un máximo de dos compañeras que se comprometan a sobrellevar las cargas y a orar. Deben ser mujeres maduras en la fe, tal vez mayores de edad, que también puedan instruir a la esposa en problemas.

SANTIDAD Y RELACIONES INTIMAS

La mujer cristiana debe sujetarse sexualmente a su esposo inconverso. El fundamento bíblico “Vosotras mujeres, estad sujetas a vuestros maridos” incluye los asuntos sexuales. Desafortunadamente muchas mujeres cristianas hoy día alegan: Ya que soy cristiana no debo... no osaría... usted sabe, Jaime... una mujer santa no debe tener relaciones sexuales con su esposo inconverso.  Existen muchos conceptos erróneos acerca del significado de una vida santa. Admito que la sexualidad es un tema delicado, pero es imprescindible hablar con claridad.

Mencionaré tres cuestiones comunes que, a menudo, hemos enfrentado en el ministerio de orientar a la gente.

1) El esposo es inconverso e infiel a su mujer, y ésta pregunta: “¿Tengo que seguir sujetándome sexualmente?” No encuentro ninguna indicación bíblica que permita a una creyente comportarse en forma no-bíblica debido a que su esposo está en pecado sexual. Mientras la pareja esté viviendo bajo el mismo techo, continúa en vigencia el siguiente principio:

Que el esposo cumpla su deber para con la esposa, e igualmente la esposa lo cumpla con el esposo. La esposa no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino que el esposo es el que la tiene. Y asimismo, el esposo no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, pero la esposa sí la tiene.

2) El esposo pide algo fuera de lo normal en las relaciones íntimas. En la actualidad muchos hombres inconversos (lamentablemente también algunos cristianos ) llenan sus mentes de material pornográfico; tienen conversaciones de tono subido con sus compañeros y amigos e imaginan que les falta algo en la vida íntima. Como resultado piden a sus esposas actos sexuales no convencionales (me refiero a las relaciones íntimas entre ambos, sin la intervención de terceras partes). ¿Tiene que sujetarse la esposa?  Aunque esta cuestión necesitaría una respuesta detallada, en estas páginas resumiremos diciendo que si el requerimiento del esposo no produce daño físico (que sí sería el caso del sadomasoquismo) ni viola un principio bíblico (homosexualidad, bestialidad, adulterio, etc.) la Biblia declara que el lecho matrimonial está sin mancilla.

3) El esposo ha contraído una enfermedad venérea, por lo general como resultado de sus relaciones sexuales extramatrimoniales. Sin embargo, desea  tener relaciones intimas con su esposa. ¿Ha de sujetarse sexualmente una mujer cristiana sabiendo que su esposo está infectado con tal enfermedad contagiosa? Hay que tomar en cuenta tres verdades: a) el cuerpo humano es el templo del Espíritu Santo;  b) el mal venéreo no perjudica sólo a la presente generación sino también a la siguiente;  c) lo más factible es que la infección haya sido contraída por adulterio (tal vez incluso con una prostituta). Por lo tanto, creo que una esposa cristiana, en esas circunstancias, tiene la libertad de no consentir las relaciones sexuales. Ella debe reanudar el contacto sexual con su esposo siempre y cuando él tenga puebas médicas de que se haya curado y de que la enfermedad ya no sea contagiosa.

¿CELOS DE LA IGLESIA?

La mujer cristiana no debe provocar a celos al esposo. El apóstol dice con claridad que el marido es ganado para Cristo por el comportamiento casto.   Muchas veces en el Nuevo Testamento la palabra griega que aquí se traduce “casto”, es traducida “puro”. Esa conducta casta y pura hace referencia a la batalla mental de algunas mujeres cuyos esposos no son de Cristo. Ella se siente tentada a comparar al esposo con los hombres de la iglesia e incluso con el pastor. Sin embargo, debe estar alerta a fin de que su esposo no tenga motivos para sospechar infidelidad marital ni sienta que sus obligaciones conyugales se están debilitando. Como las actividades de la iglesia a menudo hacen que la esposa esté fuera de la casa, quizá el hombre se sienta tan celoso de la iglesia como de otro hombre.

“Pero mi esposo no me deja ir a la iglesia,” exclamó dolorida una mujer que vino a pedir consejo. Sin duda estamos ante una situación que choca con un mandato bíblico inequívoco “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre”. En primer lugar, recomiendo a la mujer que vive este drama hacer un inventario de su tiempo, a fin de saber con exactitud cuánto está fuera de la casa atendiendo los asuntos de la iglesia. Es posible que haya provocado los celos de su esposo por pasar demasiado tiempo en la iglesia. Si así fuera, sería aconsejable trazar un plan bíblico que abarque tiempo con su familia y además comunión y edificación en la iglesia local:

1) Revisar —Biblia en mano— las prioridades de la vida.

2) Asegurarse de mantener actitudes bíblicas en el hogar y estar libre de resentimiento.

3) En oración y con sabiduría establecer qué reuniones o actividades de la iglesia serán más beneficiosas para la vida espiritual, y darles prioridad. (Es posible que la mejor alternativa sea asistir a encuentros fuera del templo, como un té de damas o una reunión hogareña. Hay muchos hombres que sólo se oponen a las reuniones formales en el templo mismo.)

4) Luego de pasar tiempo en oración, ir directamente al esposo y solicitarle permiso para asistir a la actividad de la congregación. En caso de haber pasado más tiempo del razonable en los asuntos de la iglesia, comenzar pidiendo perdón al marido por esa negligencia.

5) Vivir cada día mostrando al esposo que él tiene un lugar prioritario en la pareja. La experiencia demuestra que, por lo general, cuando un esposo percibe que él está primero en las prioridades de su mujer (aunque en realidad el Señor esté primero -Mateo 6:33), y cuando advierte que Dios está convirtiendo a su mujer en una esposa más dedicada, una amante más fervorosa, una madre más sabia y una persona más auténtica, ese marido permitirá que su esposa asista a algunas reuniones.

EL PELIGRO DE COMENTARIOS DESPECTIVOS

La mujer cristiana debe respetar y honrar al esposo. Existe desacuerdo entre  varios intérpretes bíblicos acerca de si el “comportamiento respetuoso” mencionado por el apóstol Pedro se refiere a la relación de la mujer con su esposo o con Dios. En mi opinión, se refiere a la relación con el marido. El Dr. Jay Adams en su excelente libro Vida cristiana en el hogar, dice que respetuoso “se refiere al respeto por el marido: es la misma palabra que usa Pablo en Efesios 5 cuando habla de su sumisión a él (es decir al esposo) como la autoridad puesta por Dios en el hogar” (página 102). Este respeto nos advierte acerca de una tentación bastante común: hablar de su esposo inconverso de manera despectiva, y esto en lo que se refiere a sus hijos, demás familiares y amigos.

Incluso existe a veces la tendencia de compartir los problemas hogareños en la junta de oración o en la reunión femenil. El apóstol Pedro repite: “Vivid con ellos con comportamiento respetuoso”. Por cierto que es necesario hablar con alguien, por tal motivo mencionamos nuevamente la importancia de una o dos mujeres piadosas que se comprometan a orar en forma regular por y con ella, a fin de que sus problemas no sean la comidilla entre los miembros de la iglesia.

UN ESPOSO CON VIRTUDES

La mujer cristiana debe reconocer, meditar y centrar su atención en las virtudes (Filipenses 4:8) y no en las debilidades de su esposo. Las deficiencias podrán ser obvias, pero aun el peor esposo tiene algo positivo. ¡Por algún motivo se casó con él!

Pedro indica que el esposo será ganado para Cristo al ser espectador del comportamiento de su mujer. Una sugerencia para ponerlo en práctica es hacer una lista con las virtudes de su marido y luego agradecer a Dios por cada una de las virtudes. Ella debiera buscar maneras prácticas de demostrar al esposo todo su aprecio y su afecto. Pueden ser notas, agradecimiento verbal, actitudes y expresiones no verbales, llamadas telefónicas, etc. Habría que empezar mesuradamente, tomando una virtud cada semana hasta completar este sencillo plan.

El objetivo no es manipular al esposo ni forzarlo a entrar al reino de Dios (el manipuleo raras veces da buenos resultados). El objetivo es agradar al Señor, renovar la mente y respetar al marido.

Además, y a fin de recordarlo, será valioso hacer otras listas con los intereses, gustos, aversiones del marido, como así también de las cosas que le producen alegría o lo contrarían. Esto ayudará a que la señora tenga participación activa en la vida de su esposo y sea en verdad ayuda idónea.

Por otra parte, la esposa cristiana debe profundizar su relación personal con el Señor en lugar de preocuparse tanto porque su marido no es todo lo que ella desearía que fuera.

LO EXTERIOR VS. LO INTERIOR

La Escritura declara: “Y que vuestro adorno no sea externo - peinados ostentosos, joyas de oro ni vestidos lujosos.”. El apóstol habla de la belleza externa en contraste con la interna, y asegura que ésta tiene mucho más valor. A veces sucede que o bien la mujer  da gran importancia a la apariencia externa o de lo contrario la descuida hasta tener aspecto desaliñado y penoso. Ambos extremos son negativos. El aspecto externo debe ser reflejo del gozo, la paz y la alegría que Dios ha dado. La apariencia exterior debe ser tal que quien la observa no se detenga ni se distraiga en ella sino que sea una inspiración para apreciar el “yo” interno.

CUIDADO CON EL ORGULLO

La mujer cristiana debe cuidarse del orgullo espiritual. “Y que vuestro adorno no sea externo... sino que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios”. Aquí Pedro resalta el valor de un espíritu tierno y sereno delante de Dios. El apóstol no habla de una disposición innata sino desarrollada por la gracia de Dios en la mujer piadosa.

El espíritu tierno y sereno está íntimamente vinculado con la humildad ante Dios y el esposo. El Señor debe echar fuera todo indicio de rebelión, resentimiento o -más sutil todavía- orgullo espiritual. En ciertas mujeres existe la tendencia de creerse superiores porque en el campo espiritual se encuentran con ventajas. De allí la importancia del espíritu tierno y apacible.

LA FALTA DE RESULTADOS

El gozo de la mujer cristiana es resultado de la obra de Dios en su corazón, y no debe ser consecuencia de cómo reaccione o responda su esposo. Ella tiene que persistir en su obediencia al Señor a pesar de los resultados (o la falta de ellos). Pedro termina este trozo diciendo a las mujeres: “Habéis llegado a ser hijas de ella [Sara], si hacéis el bien y no estáis amedrentadas por ningún temor” (literalmente “terror”).

A veces pareciera que no hay resultados (me refiero a cambios en la vida del esposo) a pesar de haber actuado en la voluntad de Dios. Sin embargo, ante todo su propósito es agradar a Dios. La consecuencia será una paz interior que sobrepasa todo entendimiento.

Dios bendecirá tal obediencia, obrará a través de la conducta de la esposa y le dará el poder de perseverar. Las actitudes cristocéntricas reprenden a quien está en pecado, quien lo sabe pero no está dispuesto a admitirlo. Una de las reacciones más frecuentes de los esposos inconversos es criticar de manera severa y categórica a los creyentes (“son todos hipócritas”), al pastor y en forma especial a su propia esposa. Pedro insiste en el mismo capítulo, diciendo: “Teniendo buena conciencia, para que en aquello en que sois calumniados, sean avergonzados los que difaman vuestra buena conducta en Cristo”.

Por ello repito que el gozo será consecuencia de la obediencia, y la perseverancia resultará de la paz de haber obedecido. Es posible que la frustración —o peor todavía, la amargura o autocompasión— sea fruto de relacionar el gozo con cambios inmediatos en la vida de un esposo inconverso.

Recuerdo el caso de una dama que recibió a Cristo en un país latinoamericano. Su esposo inconverso se volvió peor en forma inmediata. Entre otras cosas, su marido (un hombre en muy buena posición económica) la privó de dinero, le quitó su tarjeta de crédito, su automóvil y comenzó a enseñar a los hijos que no debían obedecer a su madre porque estaba loca. Sin embargo, ella perseveró en su vida cristiana en obediencia a los principios de 1 Pedro 3:1–6. A pesar de la dureza del corazón de su esposo y del hecho de que durante seis meses no le dirigió la palabra, ella gozaba de su relación con el Señor sin “estar amedrentada en el temor”. Luego de siete años el corazón del hombre se ablandó, cambió su actitud con respecto a los hijos, le devolvió el auto, comenzó a darle suficiente dinero para el manejo de la casa, y dos veces asistió a escuchar la Palabra de Dios. Es posible (por mi parte estoy seguro) que un día el hombre se rinda a Cristo.

EL RESULTADO ESPERADO

Pensemos ahora en el esposo que viene a Cristo como resultado de la conducta de su esposa. ¿Cuál debe ser la actitud de la mujer? En realidad esto engendra otra serie de dificultades. Las hemos mencionado anteriormente (Ver “La esposa mártir que deja de serlo”), pero haremos una pequeña reseña.

Cuando un esposo viene a Cristo después de haber vivido en el mundo durante mucho tiempo, algunas mujeres creen perder su status de mártir. Si dicho status no había sido evidente antes de la conversión  de su marido,  quizá se advierta después.

Otra complicación es la dificultad de entregar el liderazgo espiritual a un esposo que tal vez haya sido abusivo por años. En repetidas oportunidades la actitud es: “Después de todo lo que hizo, éste ni siquiera merece la salvación.” Es el momento de que aparezca en escena una mujer cristiana madura y ministre a la esposa (Tito 2:3–5). Esta cariñosa y piadosa mujer que ha pasado por pruebas y experimentado la victoria en Cristo (quizá su propio esposo aún no sea cristiano), podrá cumplir un papel vital; podrá aconsejar de qué manera traspasar el liderazgo espiritual a manos de un esposo recién nacido espiritualmente.

UNA PALABRA FINAL

Estimada lectora, ¿se ha visto reflejada en este libro?  ¿Ha reconocido algunas maneras en que ha fallado a Dios en la relación con su esposo?  ¿Por qué no comienza desde ahora a remediar la situación?  San Pablo dice: “En cuanto depende de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. Nunca debemos minimizar las dificultades sino maximizar la gracia de Dios que ayuda al creyente a vivir en victoria.

Hace poco recibimos la siguiente carta:

“La situación en mi hogar es muy difícil. Soy de muy mal genio, orgullosa. Mi esposo me hace daño sin que haya razón, y yo sé que le devuelvo el doble. En casa siempre hay preferencias... los mejores son los varones y nosotras (las mujeres), lo peor. Mi esposo piensa que sólo debemos estar en la cocina pues, según él, para eso nacimos y no somos útiles para nada más... Estoy dispuesta a matar o morir. Vivo un infierno. Por favor, ayúdeme.”

En tal familia no existe la luz de Dios ni tampoco una gracia salvadora, sino que la mujer cristiana ha descendido muy bajo en su conducta.

Nótese la diferencia con las cartas que siguen:

“Recibí su carta y ha transformado la relación con mi esposo. He visto el poder divino cambiando a mi marido. El aún no ha recibido al Señor, pero Dios está cambiándolo. Me ha confesado que desde que inicié mi contacto con ustedes (mejor dicho con el apóstol Pedro), soy otra mujer.” -Alicia (Argentina)

“Hace tres años le escribí y le estoy muy agradecida ya que sus consejos basados en 1 Pedro 3 los he seguido al pie de la letra. Resultaron muy eficaces y de mucha bendición. Mi esposo aceptó a Cristo como su Salvador.” -Marisol (México)

“Su carta fue para mí una gran alegría y me siento feliz de haber puesto en práctica sus consejos (1 Pedro 3:1–6) y ver resultados tan positivos. Aunque mi esposo no me permite asistir a los cultos, al menos me permite reunirme con un grupo de señoras para leer la Biblia, orar y alabar a Dios, pues hay un grupo de mujeres que se encuentran en mi misma situación. Su carta fue de mucha bendición y varias señoras me pidieron copias a fin de leerlas en sus casas y estudiar las citas bíblicas que usted indica.” -Noemí (Ecuador)

“Hace varios años le escribía frecuentemente. Usted me aconsejó con sabiduría a la luz de la Biblia (1 Pedro 3). El resultado de esas cartas es que mi esposo y mis tres hijos se han convertido al Señor Jesús. Ahora trabajamos en su obra y alabamos a Dios por lo que hizo en nuestro hogar.” -Edith (Colombia)

“Más de un año atrás escribí exponiendo un problema, a lo cual usted me contestó bíblicamente con mucha cortesía. Doy gracias a Dios ante todo, y luego a usted. Mi hogar ha cambiado bastante. Mi esposo ya no se opone a que yo asista a la iglesia los domingos por la mañana. Al contrario. Ahora me pregunta a qué hora terminará el culto y me va a recoger. También me permite escuchar por radio programas cristianos, algo a lo que antes se oponía.” -Ana María (El Salvador)

“Doy gracias a Dios por los consejos que usted me envió ya que yo tenía mala orientación. Anteriormente me habían dicho que debíamos ir a la iglesia todos los días, y a raíz de ello me rebelé contra mi esposo inconverso. En el pasado me habían enseñado que debíamos dejar al esposo en la casa e irnos a pesar de que se enojara y gritara. Pero gracias a sus consejos de la Biblia (1 Pedro 3:1–6) he aprendido que debo sujetarme a mi esposo y que yo puedo ser el medio que Dios use para ganar a mi marido a Jesucristo. Ahora más que nunca puedo decir que no vivo derrotada sino en victoria.” -Martisa (Costa Rica)

El apóstol Pedro concluye el pasaje que hemos examinado con estas palabras de ánimo: “... de la cual vosotras habéis venido a ser hijas de [Sara], si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza”.

Se requiere una fe sobrenatural para vivir en el hogar tan de cerca con quien no es cristiano. Cristo mismo dará los recursos divinos para seguir haciendo el bien sin temor.

Esposa cristiana con marido inconverso, nuestras oraciones y las de muchos otros en todo el continente están con usted.

Mirón, J. (1990). Mi esposo no es cristiano: ¿qué hago? (pp. 3–31). Miami, Florida: Editorial Unilit.

 

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