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Los Tres Reyes Magos

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Los Tres Reyes Magos

Los Tres Reyes Magos

La historia de la interpretación popular sobre la identidad de los magos en Mateo 2:1–12 podría describirse como una historia de la imaginación: se les han asignado nombres y representado como reyes sabios, se ha indicado que eran tres, que pertenecían a diversas razas y que cada uno de ellos procedía de un continente distinto: Asia, África y Europa. Sin embargo, la realidad es que el texto de Mateo no ofrece ninguna información de este tipo (Fuller, 132). En contra de la idea de que los magos fueran reyes sabios, M. Powell ha argumentado que de los lectores implícitos del Evangelio cabría esperar que consideraran a los magos como personas carentes de cualquier tipo de condición real o sabiduría, dada la hostilidad implícita de Mateo hacia estas dos formas de poder. Más aún, leer estas formas de poder en la historia equivale a convertir a los magos en merecedores del favor de Dios, lo cual va en contra de la naturaleza misma del evangelio (Powell, 136–56, 175). A esto habría que añadir que la estrecha que siguieron los magos probablemente no era ni un fenómeno natural como un cometa o un meteorito (que no podía «detenerse» sobre la casa en que se encontraba Jesús [Mt 2:9–10]) ni una señal celestial a la que pudieron acceder debido a sus conocimientos de astrología. Dado que en la antigüedad a las estrellas se las consideraba seres vivos y se las relacionaba estrechamente con ángeles en muchos escritos judíos, puede que lo mejor sea interpretar la estrella de Mateo 2:9–10 como un ángel (Allison 2005). Así pues, los magos que aparecen en Mateo representan a los gentiles sin conocimiento del Mesías que sin embargo son atraídos a él gracias a un mensajero divino, que prefigura el importante tema mateano de la inclusión de los gentiles en el pueblo de Dios. También es importante el hecho de que adoren a Jesús, habida cuenta de la centralidad de este tema en la narración de Mateo. La adoración a Jesús, que aparece aquí por primera vez (Mt 2:11; véase también Mt 2:2, 8), también la encontramos en la conclusión del Evangelio (Mt 28:17; véase también Mt 14:33; 28:9), formando una inclusión junto con la identificación de Jesús como «Emanuel»/«Dios con nosotros» (Mt 1:23; 28:20) que sirve de ejemplo para el lector de cuál es la respuesta adecuada a Jesús

Mateo nos cuenta muy poco acerca del mismo nacimiento de Jesucristo

De hecho, los únicos datos específicos que nos da son el lugar (Belén) y el momento (el reinado de Herodes, en 2:1). En cambio nos narra una historia acerca de las consecuencias del nacimiento: la de la visita de los Magos.
Esta historia no es un bonito cuenta para niños. No es narrado como una leyenda curiosa sino como un hecho histórico de grandes implicaciones espirituales y consecuencias sociales. No está en la Biblia para ofrecernos la oportunidad de dar regalos a nuestros hijos en «Reyes», sino para subrayar unos hechos trascendentales: que Cristo tuvo que enfrentarse desde el momento de su nacimiento con una sociedad hostil a los propósitos divinos, y que iban a ser los gentiles más que los judíos los que recibirían al Mesías. Los Magos mismos, por lo tanto, a mi parecer no son en sí el elemento principal de esta historia sino más bien el catalizador que provoca la persecución de Cristo por Herodes. Si su protagonismo tiene alguna importancia en sí, es para ilustrar la extensión del Evangelio al mundo gentil.
Desgraciadamente, por ser esta historia un tanto exótica, la tradición cristiana ha ido elaborando alrededor de ella unas características de pura fantasía que han encubierto completamente el verdadero sentido de la narración. Como consecuencia, al leer esta historia pensamos en tres reyes montados en camellos que van caminando hacia Belén acompañados por una banda de criados y guiados por una estrella igualmente exótica que va flotando en el aire a poca distancia de ellos.
Ya hemos visto en el prólogo que no es así. En cuanto a la estrella parece que frases como las del versículo 9 («la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño») no son más que la descripción poética de un fenómeno astrológico: Los Magos, por sus estudios de los movimientos de esta estrella, descubrieron el camino hacia Belén. Si tuvieran una interpretación más literal sería difícil explicar por qué la estrella al principio les llevó erróneamente a Jerusalén.
Lo que la Biblia narra acerca de los Magos es muy diferente del cuento ya casi mitológico que se enseña a los niños de hoy. Y es una pena. Porque detrás de la fantasía tradicional existe una realidad histórica y espiritual de significado profundo. Aquí comienza la gran lucha entre Jesús y las autoridades judías, entre los «dos Israeles», y aquí comienza la presencia gentil dentro de los propósitos de Dios para su nueva creación.
La obra de Cristo iba a romper con el exclusivismo judío. La nueva creación iba a abarcar a los hijos espirituales de Abraham de todas las naciones (8:11–12; 28:19); y esto no iba a agradar a una nación que se creía el heredero de un monopolio de los favores divinos. Los Magos son las primicias de la incorporación de los gentiles a la familia de Dios, mientras el rechazo de Cristo por parte de Jerusalén anticipa la exclusión de un gran sector de los judíos del reino de los cielos. Los primeros en aclamar al Mesías en este Evangelio no son judíos sino gentiles (¡y esto que Mateo escribía mayormente para lectores judíos!). Heredes tenía a mano la revelación de las Escrituras y sabía manipularlas (2:4–6), pero no tuvo intención de recibir al Cristo qué ellas anunciaban. En cambio los Magos, guiados únicamente por sus estudios astrológicos y sin las ventajas de la Ley de Dios, le adoraron.

 

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