Madrid, España

LOS SÚBDITOS DEL REINO: 9 PARÁBOLAS

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LOS SÚBDITOS DEL REINO: 9 PARÁBOLAS

las parábolas d jesús

Se ha visto que la mayoría de las parábolas de Jesús tenía que ver con algún aspecto del reino de Dios, ya que éste era el tema central de su enseñanza. Cabe recordar que el reino, en labios de Jesús, significaba principalmente el gobierno, el control, el dominio de Dios; no aludía al “cielo” como tanto creyente supone. Esto significa que, para Jesús, Dios reinaba sobre la naturaleza; era soberano sobre la historia también. En un sentido Dios era rey con la anuencia de los hombres o sin ella, pero primordialmente las parábolas de Jesús versaban sobre el dominio de Dios sobre los hombres. El ejercicio de este dominio sobre los hombres, no obstante, no hace caso omiso de la actitud del hombre. Su sumisión en fe al Dios del reino conllevaba ciertas consecuencias y características. Hay varias parábolas que giran en torno a los hombres del reino en las cuales se detallan algunas de estas características.


Parábolas del tesoro, la perla y la red (Mat. 13:44–50)

El contexto sinóptico

Aunque las parábolas se encuentran una tras la otra en el Evangelio de Mateo, lo más probable es que fueron dichas en ocasiones distintas dentro del ministerio de Jesús, pero sus contextos originales ya no pueden recobrarse. Es más, probablemente la forma breve de las dos primeras parábolas puede sugerir que hayan sido abreviadas. Puede ser que la misma naturaleza del Evangelio de Mateo (un manual de instrucción para catecúmenos) haya tendido a reducir en algo las parábolas para más facilidad en el aprendizaje y la memorización. Se nota de una vez que estas parábolas se ubican únicamente en Mateo (“M”) si no tomamos en cuenta su aparición en el Evangelio apócrifo de Tomás. En esta obra deliberadamente nos hemos limitado a los Evangelios sinópticos; esta decisión se tomó no tan sólo por razones dogmáticas sino porque el Evangelio de Tomás representa una aberración gnóstica de las parábolas de Jesús.
¿Por qué se habrán colocado estas parábolas una tras la otra en el Evangelio de Mateo? Se sabe que es un tanto frecuente lo que se llama “la doble parábola” o la doble imagen en los evangelios (Mat. 9:16 ss.; 12:25; 5:13, 14a, 14b–16; 6:26–30; 7:6; 10:24 ss.; 13:31–33; 24:43–51). Pese a esta cantidad de citas, Bonnard (p. 314) opina que este procedimiento literario no es del todo característico de Mateo. Prefiere achacar la combinación de las parábolas a Jesús mismo, porque (el procedimiento) “permite precisar el elemento esencial de la parábola mediante la comparación de las dos partes” (Ibíd.). La crítica literaria dice que el contexto mateano (capítulo 13) está tomado de Marcos 4. Aun este capítulo en Marcos es considerado como de naturaleza compuesta; sus materiales son tomados de varias fuentes.

La parábola del tesoro escondido (Mat. 13:44) refleja fielmente eventos de la vida palestinense. Se sabe que por las muchas guerras que hubo en el Cercano Oriente entre las grandes potencias de la antigüedad, Palestina estaba constantemente sometida a invasiones; a menudo era el campo de batalla de fuerzas opositoras como las de Egipto y Mesopotamia. Cuando esto ocurría, la gente tenía que esconder sus valores donde pudieran. Una de las maneras de proteger sus bienes del saqueo era colocarlos dentro de una vasija de barro y enterrarlos en un campo. Además, es obvio que el hombre de la parábola que descubre en un campo una de estas vasijas llenas de valores es un pobre jornalero; no es el dueño del campo, pues toma las precauciones para que nadie se entere de su hallazgo. De inmediato, reúne todo lo que tiene, lo vende con tal de poder hacerse dueño del campo donde está escondido el tesoro. Jeremias comenta que el jornalero obró correctamente al ir a comprar el terreno; no había intención de defraudar; entierra de nuevo el tesoro para prevenir en contra de robos en caso de que el hallazgo se descubriera.

En la parábola de la perla (Mat. 13:45, 46), se comienza con la misma fórmula introductoria con el dativo que se halla en la anterior. “El reino de Dios es semejante a …”. Esta fórmula se halla mucho más en Mateo que en los otros Evangelios. Viene siendo característica de la enseñanza rabínica. Aunque Bonnard  atribuye esto a la redacción de Mateo, ¿No sería factible que Jesús utilizara el mismo método rabínico en sus parábolas? La fórmula introductoria no tiene la intención de comparar el reino con una perla sino con lo que pasa cuando un comerciante halla la perla que por tantos años había buscado. ¿Cuál es el tertium comparationis? Para Dodd, este es el problema principal de la interpretación de la parábola. El punto de comparación, según el erudito británico de renombre, tiene que decidirse entre el inmenso valor de lo hallado (sea tesoro o perla) y el sacrificio con que se adquiere. Parece que el auditorio de Jesús no necesitaba convencimiento respecto al valor del reino; lo que sí se les pide es hacer una especie de juicio sobre la acción de los actores en las parábolas. Aunque bien algunos cuestionarían la sabiduría del jornalero al arriesgar todo y lo mismo con el mercader, la parábola parece indicar que hay que estar dispuesto a arriesgar todo con tal de ser súbdito del reino.

La parábola de la red presenta problemas precisamente por su ubicación. El que Mateo pusiera esta parábola después de las dos anteriores es algo enigmático, ya que uno pensaría que agruparía parábolas afines con el mismo énfasis. Tal no es el caso. De hecho, la mayoría de los eruditos en el campo prefieren hablar de “las parábolas gemelas”, refiriéndose únicamente a las parábolas del tesoro y de la perla. No procuran ver la parábola de la red en unión con las otras dos. Kistemaker y Hunter afirman que la parábola de la red es similar a la del trigo y la cizaña (Mat. 13:24–30). Los tres estudiosos concuerdan en que el contexto original probablemente fuera semejante al que se halla en Marcos 1:17 en donde Jesús llama a los hermanos pescadores a que sean “pescadores de hombres”. El punto de comparación de esta parábola no es la misma de las dos anteriores en esta sección. Si bien las otras dos dejan la idea de arriesgar mucho porque el reino de Dios lo valía, ésta se centra en el concepto de la tarea de los primeros discípulos. Cuando Jesús les llamó a que fueran pescadores de hombres, lo más natural hubiera sido que preguntaran respecto al alcance de su obra misionera. Dodd aclara esto al decir:

Ahora bien, el punto de la historia es que cuando se pesca con una red, no se puede esperar seleccionar los peces; la pesca será una mezcolanza … De modo similar los pescadores de hombres tienen que estar dispuestos a arrojar sus redes ampliamente sobre todo el campo de la sociedad humana.

Para Dodd, pues, la parábola fue contada por Jesús para preparar a sus seguidores para un ministerio universal.
Hunter agrega unos detalles a la misma idea:

¿A quiénes habían de ir? En su obra misionera, ¿debían procurar ser selectivos? “No más que una red” es la respuesta del Señor. “Vosotros sabéis cómo ésta capta toda clase de pescado; sólo al llegar a la playa se puede clasificar los pescados. Así es con el reino de Dios. Vendrá el tiempo para la separación, pero ineludiblemente en su alcance original el reino recoge toda clase y condiciones de hombres—infractores de la ley tanto como cumplidores de ella, celotes animados tanto como soñadores apocalípticos, reprobados tanto como gente respetable”.

Dado que el significado de la parábola de la red en el posible contexto original sugerido hable de la expansión del reino por medio de la obra misionera, no es tan difícil ver cómo Mateo la habría colocado junto a las parábolas del tesoro y la perla. Ciertamente las dos primeras versan sobre el sacrificio que requiere el reino. Sin duda, los apóstoles originales también habrían visto algo del sacrificio implícito en la obra misionera. ¿Quién quita que este elemento haya influido sobre Mateo en su arreglo de las parábolas aparentemente disparejas?

 El contexto en el ministerio de Jesús

El contexto de Mateo no nos indica cuál sería la situación durante el ministerio de Jesús en que las parábolas se dieron. Como en otros casos, hay que tratar de colocarnos en una situación de la vida de Jesús que pudiera provocar esta clase de enseñanza. Hay que buscar una situación que requiera que el auditorio de Jesús sea retado a grandes sacrificios para poder lograr un fin de gran valor. Dodd  encuentra que hay semejantes situaciones narradas en Marcos 10:17–30. En este contexto Jesús busca voluntarios que se comprometan en una causa. Este compromiso puede significar grandes sacrificios por parte de ellos. Pueden perder casa, amigos, propiedades y negocios. ¿Están dispuestos a sacrificarlo todo con tal de seguirlo a él? Es del todo probable que esta misma clase de situación es la en que Jesús diera estas dos parábolas del reino. Los súbditos del reino que Jesús busca son aquellos que reconocen el gran valor de pertenecer al reino de Dios y que están dispuestos a pagar el precio que fuere. Es necesario ver que cuando Jesús da estas parábolas, está invitando a que cuenten el costo de seguirlo a él, porque el reino de Dios estaba de algún modo relacionado con su causa. Hace muchos siglos el gran teólogo alejandrino, Orígenes, escribió que Cristo era la autobasilea, queriendo decir con esto que Cristo mismo era el reino. Reconocerlo a él como Señor podía costarles caro, pero el reino lo valía.

Las parábolas para el contexto latinoamericano

Hay muchas oportunidades en las cuales estas parábolas gemelas pueden hablar al contexto latinoamericano. Si acertamos en definir y ubicar el reino de Dios correctamente como una realidad presente y futura, tendremos que ver cuáles son las áreas de la vida cotidiana en que el reino tenga injerencia. Cabe reiterar que al hablar del reino de Dios, se habla principalmente de una acción divina. Esta acción divina, no obstante, involucra a los súbditos del reino, a los hombres y mujeres que se someten a la voluntad de Dios en todas sus relaciones. El reino de Dios, pues, es una realidad inteligible únicamente para los súbditos, los sumisos a Dios en Jesucristo. Es un error garrafal igualar el reino de Dios, sin más, con la sociedad humana en general. Apelar a autoridades gubernamentales, comerciantes, la población en general como si fueran integrantes del reino es errar el blanco. Las parábolas del reino dadas por Jesús están dirigidas a personas que comprendían la naturaleza religioso-ética fundamental del reino.
Una cosa que urge descartarse es el concepto exclusivamente futurista y extramundano del reino. Aunque el Evangelio de Mateo emplea el término “reino de los cielos” en lugar del “reino de Dios”, hay que reconocer que con esta expresión no alude exclusivamente a una realidad extraterrestre. “El reino de los cielos” de Mateo es el equivalente exacto al “reino de Dios” en Lucas y Marcos. Hay que recordar que Mateo era judío, y muy a menudo los judíos solían usar términos que substituyesen el nombre de Dios; esto se hacía por el temor de usar el nombre de Dios en vano. Preferían no usar el nombre de Dios para no pecar. “Reino de los cielos” en Mateo, pues es simplemente un eufemismo por “reino de Dios”. Claramente la expresión mateana no da pie para que el reino de Dios se convierta exclusivamente en una realidad de ultratumba o extramundana. A todas luces, el reino de Dios para Jesús era una realidad actual durante su día. Ese reino implicaba la existencia de súbditos del reino que contaran con ciertas características inherentes; esas características se detallan en el Sermón del monte y en las parábolas. Los súbditos del rey del reino, precisamente por ser tales, se conocerán por su estilo de vida individual y colectiva.
Habiendo dicho todo lo anterior con respecto a la actualidad del reino, es menester que se recalque que el reino de Dios también tiene elementos futuros. Aunque el reino de Dios no depende de los hombres, precisamente las limitaciones pecaminosas de los seres humanos hacen que el reino de Dios requiera una culminación futura; esta culminación futura compete cien por ciento a Dios. Cabe señalar que la culminación futura del reino encierra la segunda venida de Jesucristo a la tierra, la resurrección de los creyentes, el juicio final y luego los destinos eternos. Es justamente en la etapa culminante del reino en donde el reino actual se convierte en el reino futuro, en donde los reinos de este mundo llegan a ser del Señor Jesucristo.
Una cosa más hace falta agregar. El reino de Dios no es equivalente a la iglesia. No es lo mismo que la iglesia como institución, no es lo mismo que su jerarquía, ni es lo mismo que su feligresía en conjunto. El igualar el reino de Dios con la iglesia es malinterpretar la naturaleza del reino. Hay que recordar que el reino es la actividad de Dios en su gobierno y en el logro de sus propósitos. La iglesia, en términos de una comunión de personas redimidas, puede llegar a ser un agente del reino al mismo tiempo que es súbdito del rey. En la medida en que los creyentes se sometan a la voluntad de Dios, justo en esa medida el reino de Dios “viene” para ellos según dice el Padrenuestro.
El reino de Dios en América Latina involucra todo lo dicho. Las dos parábolas gemelas del tesoro escondido y la perla de gran valor dicen a los latinoamericanos de hoy que vale la pena pagar el precio que fuere con tal de someterse a Dios como rey. Eso de “vale la pena” nunca puede describirse en términos egoístas. El reino de Dios no es nada que uno desee para lograr sus propios intereses. El ser súbdito del rey siempre implica todo lo contrario. El someterse al reinado de Dios en América Latina va a requerir sacrificio para que los efectos del reino se percaten entre nosotros. Acatar el gobierno de Dios puede significar exponerse a persecución por causa de intereses creados en la sociedad. Acatar el reino de Dios visto en Jesucristo puede acarrear choques con autoridades civiles y hasta eclesiales cuando se busca remediar situaciones de injusticia. El súbdito del reino siempre querrá emplear toda la sabiduría posible para buscar cambios tendientes a mayor justicia social dentro de los parámetros legales de cada país. El hacer esto expondrá al creyente a vituperios de mucha índole. Con todo, el súbdito del reino latinoamericano reconoce que el reino de Dios implica mayor justicia. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia …”. En la medida en que la justicia de Dios se logre en Latinoamérica, justo en esa medida se experimenta el reino de Dios. Nuestras parábolas gemelas nos dicen que hay que estar dispuestos a pagar el precio con tal que el reino de Dios se haga realidad en nuestro medio.
La parábola de la red tanto en el contexto de Jesús como el de la iglesia primitiva reviste un carácter netamente religioso. Se ha visto que la parábola habla principalmente de la tarea de los apóstoles originales y ésta en relación con la necesidad de buscar a toda clase de personas para el reino. En América Latina hace falta que los integrantes de toda la iglesia, sea en su expresión evangélica o católica, reconozcan que el evangelio es para toda persona, no importando su situación civil, su origen étnico o su condición económica. En algunos países latinoamericanos en cuyas poblaciones abundan los indígenas ha habido en el pasado cierta tendencia a obviar este estrato de la sociedad. Tanto en los esfuerzos evangelísticos como en la obra social se ha olvidado a los indígenas. Esto sucede aun en esos países en donde el elemento indígena predomina. Es claro que esta actitud y práctica contradicen el espíritu de la parábola de la red. Ésta indica que no debe haber prejuicio alguno respecto a las personas a quienes se comparte el evangelio del reino. En éste no hay distingos de color, etnicidad, nivel socioeconómico o cultural. La universalidad del evangelio y el reino de Dios se hacen patentes en la parábola. Urge que así sea en el medio latinoamericano también.
Para el creyente cristiano en América Latina, no es nada inusual que su fe cristiana le sea costosa. Es decir, el creyente evangélico en particular ha sabido lo que cuesta seguir a Jesús dentro de una nueva comunidad de creyentes. No es nada anormal que familiares fanáticos excluyan a los recién convertidos al evangelio en su expresión “protestante”. Aunque dicho fenómeno se da con menos frecuencia ahora que en épocas pasadas, siempre puede verse en ciertas latitudes. Siempre que uno abandone las tradiciones hogareñas para abrazar otras, hay precios que pagar. Cuando Jesús apelaba a los judíos a que aceptaran su interpretación del reino de Dios, había que calcular el costo para ellos en el ámbito familiar tanto como en la sociedad mayor. Hay que recordar que una vez que uno se convenza del valor de su nueva creencia y estilo de vida, hay que estar dispuesto a pagar las consecuencias. Recordemos que el tertium comparationis de estas parábolas está en el valor del reino y el precio que hay que pagar con tal de ser miembro de él. En este sentido, nada ha cambiado para el creyente contemporáneo. El reino de Dios vale la pena; paguemos el precio que haya que pagar para ser buenos y leales súbditos del Rey.


Parábola del buen samaritano (Luc. 10:30–37)

El contexto sinóptico

Hay muchas parábolas de Jesús que abordan las características del súbdito del reino. A. M. Hunter clasifica no menos de once dentro de esta categoría. Una de las más conocidas de Jesús es la del buen samaritano.
En cuanto a popularidad y difusión entre nuestros pueblos, la parábola del buen samaritano ocupa el segundo lugar; sólo la del hijo perdido le gana en este sentido. Además de ser muy conocida y popular, la parábola del buen samaritano ha sido inspiración para la fundación de muchas instituciones caritativas en todas partes del globo, especialmente hospitales. Definitivamente no puede concebirse un libro sobre las parábolas que no la exponga. Es una de las parábolas con más nutrido contenido ético; tal vez a eso obedece su popularidad. Respecto a su contenido ético T. W. Manson comenta:

Lo que Jesús ofrece en su enseñanza ética no es un juego de reglas de conducta sino varias ilustraciones de la manera en que un carácter transformado se expresará en la conducta. Esta diferencia se expone claramente en la conversación entre Jesús y “cierto maestro de la ley” registrada en Lucas 10:25–37. Surge una pregunta en torno a la interpretación del mandamiento “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El escriba quiere una definición de “prójimo”. Jesús replica con la parábola del Buen Samaritano: al terminar la parábola se ha trocado la discusión en torno al significado de “prójimo” en un ejemplo concreto de la urbanidad. La pregunta del escriba se queda sin contestar. En vez de una regla de conducta que obedecer, se le da un ejemplo que emular.

Es muy patente que esta parábola se halla únicamente en el Evangelio de Lucas. El contenido mismo de la parábola no se halla en otra literatura neotestamentaria, aunque hay quienes opinan que la introducción de la parábola (Luc. 10:25–28) viene siendo una especie de comentario o pasaje paralelo a la discusión de Jesús en torno al mandamiento principal (Mat. 22:34–40; Mar. 12:28–34). Esto obedece al hecho de que la parábola misma sigue inmediatamente después de un pasaje muy parecido a las citas en Marcos y Mateo. En ambos casos (en Lucas, Marcos y Mateo) es un escriba el que aborda la cuestión del mandamiento mayor. En ambas ocasiones hay la mención del doble mandamiento del amor: el amor para Dios y el amor para el prójimo.
Parece que Bornkamm opina que hay cierto nexo entre los pasajes en Lucas y los de Marcos y Mateo, pues incluye una exposición de la parábola del buen samaritano dentro del mismo contexto.
Jeremias es de otro punto de vista. Niega rotundamente que haya nexo entre la introducción a la parábola y la cuestión del mandamiento mayor, porque “realmente el único punto de contacto es el mandamiento doble del amor”. El hecho de la aparente conexión obedece probablemente a que Jesús abordaba el tema muy a menudo. Los otros evangelios, al referirse a la conversación de Jesús con el escriba, tienen contextos y detalles bastante diferentes a los de Lucas. Es mejor atribuir la parábola con todo y su introducción al material peculiar de Lucas (“L”).

El contexto en el ministerio de Jesús

Jesús tuvo ocasión de dar la parábola del buen samaritano mientras iba hacia Jerusalén. Pudiera ser que estuviera en el mismo camino que la gente transitaba entre Jericó y Jerusalén. Por lo menos la parábola se halla dentro de la sección central de Lucas que aborda tal viaje hacia la capital para ser sacrificado. No se puede especificar los pormenores respecto a la cronología y el movimiento geográfico de Jesús, pero en términos generales, según Lucas por lo menos, Jesús tendría el rostro fijado hacia Jerusalén, la ciudad de los profetas mártires. Las parábolas dadas en Galilea no suelen centrarse en personeros religiosos; el que esta parábola sí hable de dos clases de religiosos asociados con el templo (un sacerdote y un levita) es otro indicio de que la parábola se dio en los contornos a Jerusalén o Judea (Ibíd).
Es un escriba, un exegeta, un “doctor de la ley”, un teólogo, un perito en la interpretación bíblica el que entabla una conversación con Jesús. La motivación del escriba en hablar con Jesús ha provocado algo de debate entre los eruditos. Lucas mismo dice (v. 25) que el teólogo judío buscaba “probarle”. En otras ocasiones en los Evangelios este motivo tiene el fin de enredar a Jesús para poderlo enjuiciar posteriormente. Pareciera que tal no era el caso en esta ocasión. Para algunos, la “prueba” sólo involucraba un deseo de cerciorarse de la pericia teológica de Jesús. Ya el teólogo se había referido a Jesús como “maestro”, un título de honor y de cierta autoridad religiosa. Lo que el escriba quería simplemente era que Jesús diera su interpretación en torno a un debate religioso en boga. Es posible, inclusive, que el escriba ya hubiera escuchado exposiciones de Jesús anteriormente y, por ende, pensaba saber lo que su respuesta sería. De todos modos, es factible que la “justificación” aludida en v. 29 se explique en que el escriba habría escuchado a Jesús versar sobre el mismo tema anteriormente, y como que pide disculpas por abordar la cuestión nuevamente. Es del todo posible que mediara una sinceridad de parte del escriba, porque la enseñanza anterior de Jesús había turbado su conciencia. Como quiera que sea, la pregunta planteada por el escriba, fuera una pregunta teológica en boga o no, revestía elementos profundamente existenciales: “¿haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?” (v. 25). Jesús, “el laico”, de modo algo típico para él, contesta la pregunta con otra pregunta. El que probaba a Jesús resulta ahora ser el probado.
La respuesta casi automática del escriba incluye una combinación de dos textos de la Tora: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Deut. 6:5; Lev. 19:18). La amalgamación de estos dos textos aparentemente ya era costumbre entre los judíos. Más importante que la fusión de dos textos era el doble concepto de amor para con Dios y para con el prójimo. ¿Entenderían los judíos en esta combinación del amor a Dios y el amor al prójimo un solo amor? La respuesta es un rotundo ¡No! Amar a Dios no es lo mismo que amar al prójimo, ni el amar al prójimo es lo mismo que amar a Dios. Bornkamm  aclara esto magistralmente:

Lo mismo que el amor de Dios no desaparece sin más en el amor del prójimo, Jesús tampoco quita al amor del prójimo su cara a cara humano, transformándole en un medio para realizar el amor de Dios. Un amor que, en este sentido, no ama al otro por sí mismo sino por Dios no es verdadero amor. El amor del prójimo es descrito de una manera típica en la parábola del buen samaritano (Luc. 10:30–37).

Jesús aprobó la respuesta del escriba, pero insistió en que había más entre manos que una respuesta teórica correcta; la interpretación correcta de un pasaje nunca asegura de por sí una vida correcta dentro del pacto. Por esto Jesús agrega “Haz esto y vivirás” (v. 28).
La pregunta del escriba “¿quién es mi prójimo?” no es una simple evasiva. Es una pregunta muy fundamental para todo judío contemporáneo de Jesús. El judío común y corriente vivía en un mundo concéntrico: en el centro estaba la persona judía rodeada por sus parientes más cercanos; en los círculos siguientes estaban sus parientes más distantes, luego todos los compatriotas judíos, tanto por nacimiento o por conversión. El vocablo “prójimo” encerraba un concepto recíproco; yo soy hermano para él, y él lo es para mí. Patentemente es un círculo egocéntrico tanto como etnocéntrico. A todas luces, es un círculo diseñado específicamente con miras a la exclusión. El círculo aseguraba auxilio a los de adentro y la total falta de ayuda a los de afuera. Pero el exclusivismo se llevaba a extremos: los fariseos excluían a todos menos otros fariseos, los rabinos deseaban inclusive que los herejes, delatores y renegados fueran arrojados en una fosa para no sacarlos jamás. Jeremias agrega: “No se le pide a Jesús una definición del compañero, sino que debe decir dónde se encuentran los límites del deber del amor dentro de la comunidad del pueblo … ¿Hasta dónde alcanza mi obligación?”.

Todo esto suena muy raro, porque Lev. 19 exigía el amor para con el compatriota o “prójimo” (v. 18) tanto como para el extranjero (v. 34). El que suene raro, en realidad, no debe extrañarnos, pues lo más común es que esta clase de ley espiritual sea ignorada. Y así era entre los judíos. La mejor forma de esquivar la exigencia de la ley era debatir el significado de “prójimo”. Entre los judíos contemporáneos de Jesús la forma de hacerse irresponsable era fomentar un debate; hoy nombraríamos una comisión de estudio. Jesús tenía otra respuesta: la parábola del buen samaritano.
¿Sería la parábola producto de la pura creatividad narrativa de Jesús o se basaría en algún evento histórico acaecido durante esos mismos días? Algunos ven tanto realismo en la descripción que no pueden sino contemplar algún evento histórico detrás de la parábola; Jesús estaría confeccionando una ilustración de acuerdo con algo que hubiera ocurrido últimamente y de lo cual el escriba estaría del todo enterado. Basándose en M. Meinertz, Jeremias opina que “La historia con que contesta, al menos en su marco escénico, enlaza con un hecho real”. La parábola del buen samaritano, pues, tendría cimientos históricos, porque el recorrido de unos 27 kilómetros entre Jerusalén y Jericó se prestaba y aún se presta para tales atracos de la índole descrita en la parábola. Hay otros, no obstante, que no ven ninguna base histórica para la narración sino que ésta refleja la presteza y creatividad de Jesús al dar respuesta a la pregunta del escriba respecto a la relimitación del prójimo. La respuesta de Jesús sería una demostración de sus propias destrezas en la elaboración de una especie de midrash sobre el segundo mandamiento del amor (Lev. 19:18).

La parábola misma, basándose en un evento real o no, narra de un hombre, probablemente judío, que hacía el viaje de un día entre Jerusalén y Jericó. Lucas 10:30 dice que “descendía” de la ciudad mayor a la menor. Efectivamente, al salir de Jerusalén para Jericó, uno pierde altitud (1.200 m), pero el hecho de que la capital judía fuera el sitio del templo hacía que la ciudad tuviera otra clase de “altitud”; no tan sólo estaba situada sobre montes, sino que por su significado religioso se le tenía por la “cima” del mundo. El camino es demasiado sinuoso, y las curvas empinadas se prestan a que asaltadores se escondan entre las rocas y en las cunetas. A unos cinco kilómetros fuera de Jericó hay un lugar que desde tiempos muy remotos se llama “el sendero de sangre”; la expresión aramea puede haberse originado por el color de las rocas en esa sección, pero la tradición atribuye el nombre al derramamiento de sangre por parte de los asaltadores. No se puede saber a ciencia cierta si Jesús tenía presente este lugar al narrar la parábola, pero no deja de ser una posibilidad interesante. De todos modos, “el sendero de sangre” reúne las condiciones descritas en la parábola.
Al ser atacado por los ladrones, parece que el judío resistió físicamente, pues la expresión en el v. 30 “le hirieron” deja tales sospechas. No hay modo de saber si el hombre era rico o pobre, pues el texto no lo indica; detalles como estos no vienen al caso. Lo que sí se describe es la condición lamentable en la que los ladrones lo dejaron: despojado de sus bienes inclusive su ropa y mal herido. Según la narración de Jesús, pronto llegó un sacerdote judío quien, viendo al desdichado, no se molestó en ayudarlo. ¿Obedecería esto a una fría indiferencia, una insensibilidad ante el dolor ajeno? ¿Se debería al temor de contaminarse con un cadáver y así hacerse incapaz de fungir como sacerdote por un tiempo prudencial (Lev. 21:1)? La impresión general es que, pese a sus obligaciones humanitarias y religiosas para con otro miembro del pacto, el sacerdote opta por “no inmiscuirse” en problemas ajenos. El que bajara el sacerdote desde Jerusalén hacia Jericó (lugar de residencia de muchos sacerdotes oficiantes en el templo) implica que ya había terminado su período de servicio; esto descarta la imperiosa necesidad de mantenerse sin contaminación. Parece que mediaba únicamente una apatía para con las necesidades urgentes de otros. El que algunos sacerdotes fueran también escribas no pasaría desapercibido por el que “probaba a Jesús”.
Si no había justificación para la actitud y acción del sacerdote, menos había para el levita. Éste era una especie de ayudante en los cultos del templo, pues no participaba en los sacrificios como lo hacía el sacerdote. Hay cierta duda si el levita subía o bajaba de Jerusalén. El v. 32 no aclara esto. Si subía hacia Jerusalén para participar de algún modo en el culto del templo, habría más razones “levíticas” para no contaminarse, pero todo esto es muy debatible. El punto esencial es que el levita también “paso de largo”. Por la expresión en el v. 32, parece que el levita hasta se acercó al herido para “verle”; ni esto lo movió a misericordia. Al igual que su compañero en el rito judío, optó mejor por no involucrarse en problemas ajenos. Otra cosa los levitas compartían con los sacerdotes; algunos de ellos eran escribas. El teólogo escriba que había emprendido la conversación con Jesús se sentiría muy incómodo a esta altura. Era demasiado inteligente como para no captar las “indirectas”.

Parece que los cuentos populares de los judíos solían usar como vehículo la llamada “regla de los tres”. Es decir, había cierto sentido anticlerical entre los mismos judíos debido precisamente a algunas actitudes y acciones de los religiosos. “La regla de los tres” siempre aparecía en una historia que involucraba dos religiosos y un laico. El tercero era el bueno y los dos religiosos eran los malos. En la parábola de Jesús, se esperaría que al final hubiese un sentimiento anticlerical. El levita estaría pendiente de una especie de incriminación, pero cuando Jesús, en lugar de un laico judío, pone como el “bueno” a un samaritano, esto era el colmo. Los samaritanos eran odiados terriblemente por los judíos por cuestiones raciales, históricas y religiosas. Los samaritanos eran mestizos (mezcla de antiguos hebreos con otras razas). No es que los judíos fueran racistas como tales (el racismo se basa en la idea de que una raza es inferior a otra) sino que el mestizaje involucraba el sincretismo religioso; esto era suficiente para que los judíos vieran a los samaritanos con desdén; también, los samaritanos habían ofendido a los judíos en ciertos momentos históricos durante el retorno del exilio babilónico; teológicamente, los samaritanos sólo aceptaban la Tora como autoritativa, no recibían como inspiradas las dos últimas partes del canon judío: los profetas y los escritos. Cabe mencionar que el odio entre los judíos y los samaritanos era recíproco. El que Jesús hubiera incluido a un samaritano en “la regla de los tres” era doblemente ofensivo para el escriba con quien conversaba. El que un samaritano resultara el héroe de la historia le era intolerable. Si algunos de los discípulos de Jesús escuchaban esta parábola, ellos también, como buenos judíos al fin y al cabo, se incomodarían ante este desarrollo en la historia. Pese a esto, Jesús pinta la acción del samaritano misericordioso con pincelazos inspirados (vv. 34, 35). Bornkamm capta algo de esto al decir:

Lo que hace el samaritano por aquel que ha sido víctima de los salteadores es simplemente lo que requiere la desgracia ajena. El evangelio nos lo cuenta con el mayor cuidado: el samaritano venda las llagas, alivia el sufrimiento, pone al herido en su cabalgadura, le lleva al albergue, le confía al posadero, paga los primeros gastos y promete que pagará el resto cuando vuelva. Se nos presenta al samaritano con mucha sencillez, sin el menor sentimentalismo: es un comerciante ahorrador que emplea su dinero y los medios de que dispone como un hombre práctico y despierto y que no hace nada superfluo. En esto no hay ninguna retórica religiosa. Lo que hace, lo hace por ese pobre hombre, sin guiñarle el ojo a Dios.

Sin duda alguna, Jesús sabía captar la atención de sus oyentes. Que un maestro judío hablara de un samaritano como superior a religiosos asociados con el templo era algo inusitado. Por inaudito que fuera, Jesús empleó esta táctica para asegurar que la lección no se perdiera. Hubo evidentemente en la historia tres modos de reaccionar frente a las necesidades del “prójimo” o compañero. El sacerdote simple y sencillamente se negó a exponerse a la necesidad humana; no le importaba que otro hubiera caído en desgracia, y se retiró del sitio. El levita se acercó un poco más al necesitado; se enteró de la necesidad, pero no quiso hacer lo necesario para socorrerle. El samaritano no tan sólo se expuso a las necesidades ajenas, sino que se llenó de compasión ante ellas; su compasión no se limitó a emociones sino que se convirtieron en acciones positivas .

Al terminar la parábola, Jesús preguntó: “¿Cuál de estos tres te parece haber sido el prójimo de aquel que cayó en manos de ladrones?” (v. 36). No le quedaba más remedio al teólogo sino admitir que era el samaritano. La respuesta le era tan incómoda, no obstante, que se negó a usar siquiera la palabra “samaritano”, sino simplemente “el que hizo misericordia con él” (v. 37). Más que el odio del judío para con el samaritano, hay que fijarnos en el desenlace de la parábola. El exegeta había entablado la conversación con Jesús con una pregunta respecto a la identidad del “prójimo”. Jesús nunca contesta la pregunta; más bien, la parábola no describe quien es el prójimo en el sentido de objeto. Es decir, Jesús no define el prójimo en términos del objeto de mi atención o carencia de ella. Al contrario, Jesús responde a la pregunta del maestro de la ley describiendo para él lo que significa ser un prójimo. El escriba preguntaba por el objeto del amor; Jesús replica con una descripción del sujeto del amor, o sea el que obra como un compañero.
¿Qué significó la parábola para Jesús? Debe ser claro que para Jesús el prójimo (objetivamente) es aquel que necesita de ayuda. Esto trasciende barreras sociales, raciales, religiosas, nacionales. Estas “barreras” nunca pueden ser pretextos para retener la ayuda necesaria.
Subjetivamente, el “prójimo” es aquel, como el buen samaritano, que ignora todas las posibles barreras, y se dispone a socorrer a quien lo necesite. Al igual que Jesús hizo una pregunta muy existencial al exegeta: “¿Cuál de los tres te parece …?”, así mismo la pregunta tiene que ser existencializada hoy. El creyente de hoy no puede sino ubicarse en el lugar del maestro de la ley. ¿Cuál será la respuesta nuestra a la pregunta de Jesús?

La parábola para el contexto latinoamericano

Nuestro continente reúne varias cualidades que hacen que la parábola tenga una pertinencia ineludible. Veámoslas.
Aunque hay autonomía e independencia políticas en las respectivas repúblicas latinoamericanas, no dejan de formar una comunidad de naciones vecinas. Este carácter comunitario no se limita a lo geográfico; no sólo compartimos gran parte del hemisferio occidental; compartimos también idioma común, cultura común, historia de la lucha por la independencia común. En muchos casos se comparten sistemas educativos muy semejantes. En fin, en teoría un latinoamericano, pese a sus diferencias nacionales, debe sentirse relativamente “en casa” en cualquier país de habla castellana del continente. Desgraciadamente tal teoría raras veces se lleva a la práctica. Hay barreras políticas, sociales, raciales, educativas, económicas. Donde debe imperar relativa armonía, la historia de nuestro continente ha demostrado lo contrario. La parábola del buen samaritano debe hablar no tan sólo a individuos sino también a naciones. Hay, dentro de la comunidad, naciones que están en mayor necesidad que otras. Dentro de la misma comunidad de naciones latinoamericanas hay países con más posibilidades económicas que otros. La parábola del buen samaritano dice a los líderes políticos de las naciones “hay que socorrer, dentro de las posibilidades, al más débil”. Tal vez si dejáramos de reclamar tanto nuestras propias necesidades, podríamos ver las necesidades mayores de los demás. Recordemos, el prójimo para Jesús es tanto aquel que necesita de nuestra ayuda como el ser de ayuda a otros. El prójimo lo es objetivamente y lo es subjetivamente. Tal vez, entre las naciones, el espíritu cristiano del buen samaritano se principiará a aprender cuando se realicen de modo eficaz comunidades regionales políticas de naciones en donde se busquen soluciones siquiera parciales para las necesidades de los miembros más débiles de la comunidad. Desde luego, las grandes potencias del mundo harían bien en aprender que la comunidad de naciones latinoamericanas viene siendo una parte real de la comunidad mundial. Sus necesidades urgentes, la deuda externa en particular, requieren inteligencia y compasión de parte de los países más poderosos del mundo.
Prejuicios religiosos juegan un papel importante en la parábola del buen samaritano. Los judíos despreciaban a los samaritanos; éstos, normalmente, correspondían con odio de igual intensidad contra los judíos. Con la parábola Jesús demostró que era posible vencer tales prejuicios. Había por lo menos un samaritano que experimentó una compasión tal por una persona en desgracia que echó a un lado todos los impedimentos tradicionales al servicio. Cuánta energía ha sido malgastada por católicos y evangélicos latinoamericanos en sus interminables querellas. Hay un continente lleno de gente sufriente que necesita de toda la energía disponible tanto por parte de los católicos como por parte de los evangélicos. ¿Cuántas veces no nos habremos visto desviados del camino de un verdadero servicio cristiano precisamente por celos y animosidades entre dos grupos que llevan el nombre de Cristo? ¿No podemos dejar que la desgarradora escena latinoamericana de los inconversos, la pobreza, la injusticia inacabable, el hambre, la falta de educación nos despierten y nos orienten a un verdadero llamado al servicio? Con estas palabras no se pretende que diferencias doctrinales se ignoren. Podemos diferir doctrinalmente, y de hecho lo haremos, pero por el amor a Jesús y al latinoamericano que tanto le necesita no permitamos que diferencias doctrinales nos trunquen y obstaculicen un auténtico servicio misionero. Dejemos de pensar tanto en nosotros mismos, en nuestras organizaciones, en nuestros intereses; centremos nuestra atención en el hombre de la calle que necesita del evangelio de Cristo y de la ayuda de los cristianos. Beck, citando a B. S. Easton, dice algo muy pertinente: “La moraleja (de la parábola del buen samaritano) no es que un samaritano sea mejor que un sacerdote, sino que un samaritano amoroso es mejor que un sacerdote sin amor”. R. Bultmann acierta al decir respecto a la parábola:

La exigencia del amor no necesita formulación alguna; el ejemplo del samaritano misericordioso muestra que el hombre puede y debe saber lo que tiene que hacer cuando el prójimo necesita de su ayuda. En el “como a ti mismo” se contiene la ilimitación así como el sentido y dirección de actuación del amor.

En caso de que alguien interprete estas palabras como meras invitaciones a que los cristianos latinoamericanos nos involucremos en obra social de corte secular y carente de fundamento cristiano, escuchemos a Alan Richardson al decir:

Usualmente pensamos en el Buen Samaritano de la parábola (Luc. 10:25–37) como la figura semejante a Cristo; de verdad, así es, porque Jesús “anduvo haciendo el bien” (Hch. 10:38). Pero en un sentido más profundo el hombre que cayó entre ladrones es el representante de Cristo, el prójimo que necesita de mi ayuda. Es a Cristo, quien quedó desnudado, golpeado y dejado por muerto, a quien el samaritano ayudó. Este es el corazón del agape cristiano: “me lo hicisteis a mí”. No hay mérito en nuestro servicio, porque lo mejor que podamos hacer no es digno de aquel quien hizo tanto por nosotros. El pobre que sufre a quien yo ayudo me confiere un favor, no yo a él, porque me muestra a Cristo, hace que Cristo sea real para mí, me permite tocar, atender y servir a Cristo.

Una palabra final respecto a la parábola del samaritano misericordioso y su relación a la escena religiosa de la América Latina. Debe ser obvio al lector más superficial de la parábola que Jesús presenta a unos “religiosos” que no veían ningún nexo entre su religión y las necesidades más básicas del hombre sufriente. Aun parece que para el escriba, a quien Jesús contaba la parábola, no había ningún problema particular en que los religiosos ignoraran la condición de su compatriota y correligionario herido. Total, sus ocupaciones eran otras: la dirección de la vida religiosa del pueblo y la liturgia en el templo. Pareciera que ni ellos ni el escriba se escandalizaban por este divorcio total entre “la religión” y las acciones más básicas de la ética. Parece que corazones insensibles de hierro no eran incompatibles con el ejercicio religioso. Recordemos que el escándalo para ellos sólo llegó cuando Jesús permitió que un odiado samaritano representara el verdadero cumplidor del pacto. Si hay algo que la parábola debe enseñarnos en América Latina es que la fe cristiana, sea la expresión católica o evangélica, es carente de sentido a no ser que contenga una buena dosis de compasión por los que sufren dentro de nuestro medio. No tan sólo eso, sino que la compasión exigida no es puro sentimentalismo y retórica sino práctica y orientada hacia la acción. El cristiano latinoamericano que se contente con una fe cristiana sólo de corte “religioso” sin el necesario contenido ético-social desconoce las implicaciones de la parábola del samaritano misericordioso. ¿Seguiremos jugando el papel del sacerdote, o comenzaremos a jugar el papel del samaritano en América Latina? Dios nos dé la inteligencia y el discernimiento espiritual para saber la diferencia.
Después de detallar la parábola, Jesús insistió en que el escriba contestara de manera personal una pregunta respecto a la identidad del verdadero prójimo. Jesús le preguntó en efecto: “¿Qué crees tú respecto al que se portó más como un prójimo?”. El escriba había procurado diligentemente mantener control de la conversación, pero Jesús persistía para que el judío se diera cuenta de su necesidad de contestar la pregunta existencial. Jesús no lo iba a soltar hasta que reconociera la demanda del amor. Al escriba no se le había escapado que el verdadero prójimo de la historia era el samaritano. Esto le molestaba en sumo porque los judíos odiaban a los samaritanos. El que la historia revelara este carácter benigno del odiado, en contraste con el mal comportamiento de sus correligionarios era especialmente difícil para el escriba.
La verdad es que Jesús no tan sólo enseñaba mediante la parábola que el verdadero prójimo era cualquier persona necesitada, sino que también dejaba la idea al escriba que el odiado samaritano amaba aun a sus enemigos. Hay que recordar que los samaritanos, tanto como los judíos, eran programados para odiar a sus enemigos. El samaritano de la parábola, pese a este acondicionamiento, demostró un amor para con su enemigo, el judío. Ser un buen prójimo significa, pues, que hemos de amar hasta a los enemigos. Esto es inconcebible a no ser que uno esté “en Cristo”. Este término predilecto del acompañante de Lucas, el apóstol Pablo, significa una relación con Cristo por la fe.
El ser buen prójimo del necesitado, hasta al enemigo, es una de las demandas más difíciles de la fe cristiana.


Parábola del siervo malvado (Mat. 18:23–35)

El contexto sinóptico

Hasta ahora la mayoría de las parábolas que se hallan únicamente en un solo Evangelio se ubica en Lucas. Una de las excepciones es la pequeña parábola del crecimiento de la semilla en Marcos 4:26–29. Esta vez se trata de una parábola cuya fuente única es el Evangelio de Mateo.
Uno de los principios de la buena hermenéutica es que siempre se debe poner atención en el contexto inmediato de un pasaje bíblico. No se puede leer la parábola del siervo malo en Mateo sin darse cuenta de que hay un contexto muy específico dentro del cual se halla. Si uno comienza la lectura de la parábola sólo con el principio de ésta, va a perder de vista un tema general que Jesús aborda dentro del arreglo literario del autor de Mateo. Principiando con el versículo 15, se nota que Jesús aborda el problema del perdón que los creyentes deben a sus hermanos en la fe. El contexto más inmediato de la parábola comienza con el v. 21 en donde el apóstol Pedro le pregunta a Jesús respecto a la extensión del perdón. Típicamente, siguiendo el patrón judío un tanto legalista, Pedro le pregunta a Jesús si el perdón tenía ciertos límites. El apóstol estaba bien enterado de los requisitos de la ley al respecto. Sabía de sobra que la ley y los profetas tanto como la tradición judía requerían el perdón de parte del miembro del pacto. Era su deber perdonar al ofensor. Para Pedro la cuestión no era si se debía perdonar o no, sino ¿hasta qué punto llegaba el requisito del perdón? Al hacerle la pregunta a Jesús, Pedro emplea el número clásico entre los judíos que simbolizaba “lo completo”, el número siete. Era un número “redondo” que significaba en la pregunta de Pedro que el perdón debía ser “satisfactoriamente completo”. La respuesta de Jesús es sorprendente para Pedro. Éste pensaba que Jesús estaría totalmente de acuerdo con él. Tal no fue el caso. Jesús insiste en que el perdón no tiene límites. Al responder a Pedro, Jesús ocupa los dos números 10 y 7 en forma multiplicada. Recordando que los judíos veían en ciertos números significados simbólicos más bien que su cantidad numérica, podemos apreciar que Jesús usó dos cifras cuyos significados hacían énfasis en lo completo. Al multiplicar 10 por 7 por 7, Jesús le decía a Pedro que no había límite a la necesidad de perdonar. En realidad, el uso de las cifras dejaba la idea de infinitud. Pedro necesitaba saber que en virtud de la inmensurable gracia de Dios que perdonaba infinitamente, a él le tocaba perdonar de la misma manera a sus ofensores. Sin duda, esta lección no era fácil de comprender para Pedro. Por esto, el Maestro de los maestros puso la parábola del siervo malvado para ilustrar su enseñanza.
Una cosa más llama la atención respecto al contexto que se halla en Mateo. Se aprecia de nuevo un patrón seguido por los sinópticos: (1) Surge una pregunta a raíz de un conflicto y su posible solución: “cuántas veces …”. (2) Sigue después una frase un tanto críptica: “… hasta setenta veces siete”. (3) Sigue una parábola: la del siervo malvado. Muy a menudo es una parábola que gira en torno al reino. En este caso, lo más probable es que esta parábola Jesús la puso de forma espontánea ante la pregunta hecha por Pedro. Otros ejemplos de esta esquematización pueden encontrarse en Lucas 12:13–21; 13:1–9.

El contexto en el ministerio de Jesús

Para poder entender más cabalmente la razón por la que Jesús dio esta parábola, conviene ver algo de la parábola misma y sus desarrollos.
No nos es extraño que Jesús comience con las palabras “por esto” (v. 23a). Quiere que se entienda bien que la parábola que va a contar responde a la situación planteada por Pedro respecto al perdón. También, ya estamos acostumbrados a que Jesús empiece a relatar la historia con el prefijo: “el reino de los cielos es semejante a …” (v. 23b). En Mateo, casi de rigor vemos la expresión “reino de los cielos” en lugar de “reino de Dios” como en Marcos y Lucas. Es evidente que las dos expresiones son sinónimas.
Jesús comienza con una escena que no sería nada desconocida para Pedro. Se trata de un rey (semejante a un señor feudal) que cita a sus oficiales (siervos) a cargo de los asuntos económicos de su reino. No era anormal que a los oficiales políticos se les llamara “siervos”. Se sabe que cuando un monarca oriental citaba a sus oficiales para esta clase de reunión, siempre pasaba por encima los oficiales de menor categoría para poder exigir responsabilidad de parte de sus oficiales de mayor rango. Estos corresponderían a los oficiales más elevados del Ministerio de Economía en algunos gobiernos actuales. No se nos explica la situación precisa, pero uno de los oficiales elevados le debía al rey una suma enorme de dinero. ¿Sería por robo o por simple incumplimiento de pago? No se nos dice, pero lo que sí se destaca es que el monto era casi incalculable. Diez mil talentos en términos actuales serían múltiples millones de dólares. Para la mentalidad antigua el número “diez mil” en realidad no era un número sino una manera de expresar lo incalculable, lo incontable, lo infinito. Para lograr una comparación, se debe saber que el talento era la denominación más grande en el sistema monetario de la época. El ingreso anual en tributos e impuestos para todo el reino de Herodes el Grande era sólo de novecientos talentos. Se sabe, pues, que la deuda de diez mil talentos era impagable (Kistemaker, p. 65).
Es claro que el alto oficial debía al rey más de lo que podía pagar. La expresión “le fue traído uno …” (v. 24) puede connotar que ya se reconocía su calidad de reo. Otros habrían descubierto su incumplimiento de pago. Hasta ahora, se ha centrado en el deudor. Hay que reconocer, no obstante, que las costumbres del día no favorecían al deudor, y el potentado oriental se disponía a vender al funcionario político, a su familia y todos su bienes. Fisher opina que el rey descrito en la parábola tenía que ser gentil, ya que a los judíos no se les permitía vender a sus compatriotas y correligionarios. Esta venta, sin embargo, no resolvería el problema de la deuda, ya que los esclavos se vendían en ese período por sólo el equivalente de $2.500 hasta un tope de $10.000 dólares. La deuda, sin embargo, era incalculable e impagable. Con todo, el rey ordenó que fueran vendidos en esclavitud. ¡Para el colmo, la deuda todavía quedaba vigente! (v. 25).
Ante su situación desesperante, el siervo cae de rodillas ante el rey y suplica que se le dé tiempo para poder pagar la deuda. En realidad, tanto él como el rey se daban cuenta de que no sería posible el solventar la deuda, pero el siervo pidió que el rey le tuviera “paciencia”. Lo que en realidad el deudor pedía era que le postergara el pago de la deuda por un año más. Esto significa que al final del año, no tan sólo debería la cantidad impagable ya, sino los intereses acumulados. Inesperadamente, el rey, en lugar de darle una prórroga respecto al pago de la deuda, se la perdona. Jesús aclara que la nueva disposición del rey obedecía a su compasión, no porque hubiera algo en el siervo que la mereciera. El hombre y su familia son puestos en libertad y la deuda ha sido cancelada.
A estas alturas, Jesús empieza a pintar la calidad de carácter del alto funcionario. Justo al terminar de recibir el sobreseimiento del rey que le absolvía de toda su deuda, sale a la calle y se topa con un colega de trabajo. Este consiervo tenía la desdicha de deberle unos cien denarios. El denario era la cantidad de dinero que un jornalero u obrero ganaba por el trabajo de todo un día. Es obvio que la cantidad que el consiervo le debía era ínfima en comparación con el monto que había debido al rey. Esta comparación sirve para hacer énfasis en la actitud del deudor del rey. No tan sólo la cantidad que le debía el consiervo era mínima, sino que el siervo cuya deuda le había sido perdonada se porta de una manera brusca y violenta. Se aprovecha de una disposición de la ley judía, y lo agarra por el cuello para ahogarlo. Al hacerlo, le grita “Paga lo que debes”. Prácticamente la misma escena se presenta, pero ya con actores cuyos papeles se han intercambiado. Ahora el oficial se hace el amo, y un colaborador de él se hace el endeudado. Ahora es éste el que clama repetidamente porque se le tenga paciencia para que solvente la deuda pequeña. En este caso, sin embargo, el oficial se niega a darle tiempo para que pague, y le echa en la cárcel. El contraste entre su comportamiento, su carencia de paciencia, y la del rey es muy patente.
Las noticias respecto al comportamiento del oficial perdonado no tardaron mucho en llegar al oído del rey. De inmediato éste le cita a una comparecencia. Sólo se puede imaginar el estado de nervios con el que llegaría el siervo ante el rey. No demoraría mucho en percatarse de los motivos del rey en exigir su presencia. “¡Siervo malvado!” (v. 32) fueron las palabras con las que el rey lo saluda. Según Kistemaker, citando a Derritt, una de las razones por las que el rey se enfureció con el siervo era que éste le privaba de los dineros que el consiervo le iba a dar.
Por mucho que se le deba a Kistemaker por sus discernimientos en torno a la parábola, hay que reconocer que ésta misma no indica que tal fue el motivo del enojo del rey. Más bien, implícitamente el v. 32 indica que el enojo del rey se debía al espíritu mezquino e ingrato del siervo malo. Habiéndosele perdonado tanto, éste no sabía corresponder con un espíritu perdonador también para con el endeudado de él. Parece que era esta actitud y no unos dineros perdidos que hizo que el rey se enfadara con el alto oficial de la burocracia.
¿Cuál era la enseñanza que Jesús quería dejar para los primeros oyentes? Hay que recordar que, según Mateo, esta parábola se dio a los discípulos de Jesús. El contexto general de sus conversaciones con ellos giraba en torno al perdón. Pareciera que había momentos cuando los discípulos cedían ante la tentación de la envidia y el deseo por los lugares de preferencia. ¿Sería ésta lo que provocó la pregunta al principio del capítulo? “En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús diciendo: ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?” (Mat. 18:1). Se sabe que el deseo por los lugares de más importancia en el reino ocasionó un espíritu de celos entre los discípulos (Mar. 9:33–37). El hecho de que Mateo incluyera en el capítulo varios ejemplos del valor de los pequeños (18:2–5, 10, 11, 12–14) puede indicar que algunos de sus discípulos necesitaban reconocer que en el reino de Dios el más importante era el que aparentaba ser el de menos importancia. Con este ambiente de celos, hacían falta palabras claras con respecto a la necesidad del perdón. Mateo registra tales palabras en Mateo 18:15–22. Magistralmente las da también en la parábola del siervo malvado.
Lo dicho sugiere un posible incidente en el ministerio de Jesús que pudiera haber provocado el pronunciamiento de la parábola en cuestión. Hunter parece concordar en el sentido general de la parábola al decir:

Tal es la historia, y su significado es bastante claro. Los hombres del reino deben mostrar a otros el perdón que ellos mismos han recibido. Aquél que rehúse perdonar al hombre que le ha ofendido (y lo que Jesús demanda no es un perdón de labios para afuera, sino un perdón “del corazón”) ha de esperar que Dios le juzgará con igual severidad.

Fisher, al estudiar la parábola, hace que su interpretación gire en torno a la demostración de misericordia para otros. Aunque su conclusión tira un poco hacia una enseñanza desligada del contexto inmediato, vale la pena considerarla:

Esta parábola nos brinda una pista respecto a la naturaleza de la nueva era al mostrarnos qué cosa no es. No es una nueva serie de leyes. Más bien consiste en respuestas características que son apropiadas, de hecho requeridas, a la luz del reino de Dios. Hemos observado que dentro del contexto de la nueva era, las acciones que parecieran extraordinarias, de repente son vistas como apropiadas … De forma semejante, cuando la nueva era amanece, determinada por el perdón de Dios, entonces la demostración de la misericordia no es un nuevo mandato sino la única respuesta apropiada. La nueva era es un orden dentro del cual el perdón de Dios da forma a nuestros tratos el uno con el otro. Los que hemos sido recipientes de una gran misericordia demostramos que hemos captado la visión de la nueva era cuando somos misericordiosos para con otros.

Sea que se trate de la misericordia o del perdón agradecido para con otros, la parábola del siervo malvado está cargada de significado para los miembros del reino de Dios y también para los que forman parte de la comunidad latinoamericana.

La parábola para el contexto latinoamericano

¿Qué impacto puede tener la parábola del siervo malvado para los latinoamericanos y su mundo? Si partimos del significado que vimos dentro del ministerio de Jesús, el perdón y la misericordia, puede verse fácilmente sus injerencias tanto en el ámbito social como el personal. Estas dos enseñanzas, bien relacionadas entre sí, no deben permanecer como simples perogrulladas intemporales o generales, sino que deben traducirse en algo positivo dentro de aspectos especiales del contexto latinoamericano. Además, se debe llamar la atención al hecho de que la parábola misma indica que la carencia del perdón y la misericordia en los tratos interpersonales acarrea resultados funestos (v. 34).
Los latinoamericanos, al igual que todas las demás personas del globo, sin importar su cultura y procedencia, tienen problemas con las relaciones interpersonales. Escasea el perdón agradecido en México o la Argentina tanto como en Inglaterra o Suecia. Las manifestaciones de esta escasez, sin embargo, varían según la cultura involucrada. Pongamos un ejemplo un tanto burdo, pero significativo dentro del contexto latinoamericano. El que escribe vivió por espacio de quince años en México. La mayor parte de ese tiempo lo pasó en el Valle de México, un área sobrepoblada con mucho tránsito de automóviles, mucha contaminación ambiental y mucho estrés. A las horas “pico” de tránsito, era casi imposible transitar de una parte de la ciudad a otra, máxime si uno quisiera tomar el famoso “periférico” (en aquel entonces la única vía principal de norte a sur) o “el viaducto Miguel Alemán” (la única vía principal de oriente a poniente). Los mexicanos, sin embargo, aprendían rápidamente a “torear” en el tránsito para lograr, tarde o temprano, su destino deseado. El “torear” significaba manejar agresivamente para lograr cualquier espacio que hubiera vacante en la calle. Todo el mundo que manejaba en la capital mexicana se daba cuenta de lo que el otro chofer iba a hacer. Iba a aprovecharse de toda oportunidad para avanzar siquiera unos metros. Así se progresaba a vuelta de rueda. Toda pretensión a hidalguía o cortesía se ignoraba. Hay que comentar, sin embargo, que los mexicanos en general son sumamente corteses en su trato con la gente. Sólo cuando se ponían detrás del volante, se convertían en otras personas. Los que vivíamos en ese ambiente, aprendíamos a ser agresivos, implacables e imperdonables al manejar “el coche”. Entre todos los choferes, los que manejaban día tras día los taxis solían ser los más agresivos. Desde luego, no faltaba quien expresara su frustración con ademanes gráficos y palabras insultantes, cosa que no mejoraba la situación difícil de todos. Uno no podía vivir en ese ambiente de competición agresiva sin adquirir como propio algo de esa modalidad de transitar.
Después, bien entrenado en el arte de conducir en la capital mexicana, nos tocó trasladarnos a San José de Costa Rica. Debe ser obvio que, pese a ser ambas ciudades capitalinas, San José y la Ciudad de México son muy diferentes. Todo el “Valle Central” de Costa Rica cuenta con un poco más de un millón de habitantes. El “Valle de México”, según algunas estadísticas, cuenta con casi 22 millones. Lógicamente, el número de vehículos en circulación en ambas ciudades era muy diferente. El problema del tránsito se agravaba en Costa Rica, principalmente por la carencia de vías adecuadas para el número de vehículos. Aunque el total de automóviles en Costa Rica era infinitamente inferior al de México, los embotellamientos parecían ser muy semejantes a los de la capital azteca por causa del tamaño y el número limitado de calles. Recién llegado a Costa Rica, este chofer “mexicano” intentó manejar de igual forma que en México. La vergüenza fue enorme cuando un día un taxista muy cortésmente me dio preferencia en un momento crítico. Lo mismo sucedía con los choferes de camiones de carga, etc. Ellos sabían “perdonar” las afrentas y la poca cultura de otros. El que escribe aprendió rápidamente que el perdón valía mucho incluso en problemas de tránsito. El perdón y la misericordia no son sólo conceptos religiosos. Son también principios de civilidad. Este “chofer mexicano” transplantado aprendió de manera convincente el valor de ambos.
Para los creyentes cristianos, no obstante, el perdón y la misericordia son más que modales en el tránsito. La parábola del siervo malvado nos enseña que al igual que Dios nos perdona la rebeldía inmensurable y los actos pecaminosos resultantes por nuestra fe en la obra de Jesucristo, nos toca también ser perdonadores para con las personas que nos ofenden. Estos principios del perdón y la misericordia funcionan mejor dentro de la comunidad de creyentes que llamamos la iglesia. Esta funciona mejor y puede alcanzar sus cometidos cuando los miembros individuales de ella recuerdan cuán grande ha sido el perdón de Dios para con nosotros. Si el perdón y la misericordia son principios funcionales entre las personas que componen la iglesia, el espíritu de la iglesia va a ser tal que sus ministerios son eficaces. El refrán antiguo podrá entonces aplicársele a la iglesia: “Mirad, cuánto se aman los unos a los otros”.

las parábolas d jesús

Jesús explica las parábolas del reino a sus discipulos


Parábola del mayordomo injusto(Luc. 16:1–9)

El contexto sinóptico

De nuevo encontramos una parábola que Lucas incluye dentro de su sección especial (Luc. 9:51–19:44). Después de la parábola del gran banquete (Luc. 14:15–24), se reanuda el tema de la jornada hacia Jerusalén. Esta sección que comienza con Lucas 14:25 no termina hasta 14:35. Según Lucas, muchas personas seguían a Jesús, y durante este tiempo les hablaba de las condiciones del discipulado. No figura ninguna parábola en dicha sección. El movimiento geográfico de Jesús no continúa hasta 17:11. Es obvio que inmediatamente antes se encuentra ese capítulo rico en las parábolas que Jesús utiliza para defender su postura respecto a los publicanos y pecadores ante los fariseos y los escribas (Luc. 15:1–32). El contexto inmediato de la parábola del mayordomo injusto es el mismo capítulo 16. Se considera que éste sea una unidad literaria (Hendrickx, p. 170) dentro de la cual hay un tema general de las riquezas. Llama la atención que hay dos parábolas en este capítulo que comienzan con las palabras: Había cierto hombre rico (Luc. 16:1) y Cierto hombre era rico … (Luc. 16:19). El que Lucas 15 preceda la parábola que nos ocupa ahora también es significativo, y probablemente hay razón como para ver un nexo lógico entre los dos capítulos. Por lo menos, entre las tres parábolas sobre cosas perdidas en el 15 y la del mayordomo injusto no hay mención de cambio de escena. Además, Lucas 16:1 afirma: Dijo también a sus discípulos … Esta frase tendería a hacernos creer que se trata del mismo contexto para las parábolas en ambos capítulos.
Debe ser claro que para Lucas las dos parábolas, el mayordomo injusto (Luc. 16:1–9) y el rico y Lázaro (Luc. 16:19–31) se relacionan la una con la otra, porque ambas hablan sobre el uso del dinero. La primera debe enseñar a los discípulos el uso correcto del dinero. La segunda logra su cometido al enseñar a los fariseos el peligro de emplearlo malamente. No hay duda de que para Lucas el tema de las riquezas es muy importante, ya que incluye por lo menos cinco historias acerca de hombres ricos a lo largo de su sección especial. (Luc. 12:13–21; 16:1–13; 16:19–31; 18:18–31; 19:1–10).
Sin duda, la parábola del mayordomo injusto es una de las más difíciles. Los estudiosos de las parábolas coinciden en que su interpretación se hace sumamente engorrosa por varios factores. Fisher expresa algo de esto al afirmar:

Una de las parábolas más difíciles es la del mayordomo injusto. Un comentarista va tan lejos como para decir “no hay nada edificante en ella”. Los lectores actuales se escandalizan no tan sólo por las supercherías involucradas, sino también porque interpretan la parábola como para aprobar esta conducta descaradamente deshonesta.

Otra cosa que dificulta la interpretación de la parábola es la determinación de su extensión. Algunos escritores piensan que la parábola misma se extiende sólo hasta el v. 7. Otros son de la opinión que la parábola original dada por Jesús abarcaba hasta 8a. “El señor” de 8a puede ser el hombre rico o el Señor Jesús, según algunos comentaristas. Pareciera, sin embargo, que sería un tanto ilógico que el hombre rico que había sido defraudado elogiara al mayordomo. Lo más razonable es que sea el mismo Señor Jesús el que reflexione sobre la sagacidad del mayordomo.
Los que opinan que la parábola termina con el v. 8a, aducen que los vv. 8b–13 representan tres lecciones distintas fundadas en la parábola. Éstas serían acuñadas por la iglesia primitiva: (1) sobre la prudencia de los hijos de este mundo en contraste con la de los hijos de luz (vv. 8b–9), (2) sobre la confiabilidad (vv. 10–12), (3) una lección un tanto distanciada del significado de la parábola misma; es una exhortación tocante al mal de las riquezas que hacen que uno las sirva en vez de a Dios (v. 13). Todavía otros comentaristas creen que la parábola misma termina con el v. 8 en su totalidad.
Finalmente, hay algunos pocos eruditos que piensan que la parábola originalmente se extendía hasta el v. 9. Llama la atención que el famoso Gospel Parallels [Paralelos de los Evangelios] por Huck-Lietzmann (p. xxiv) incluye hasta el v. 13 como parte de la parábola. Una lectura somera del pasaje, no obstante, revela que tal no es el caso. La parábola la constituye la historia del mayordomo, su problema y su solución. En cambio, las palabras de Jesús (vv. 10–12) aluden a la riqueza pero no parecen formar parte de la parábola misma. Parecen ser, más bien, palabras exhortativas sobre la fidelidad en la mayordomía de cosas ajenas. También las palabras de Jesús terminan con una exhortación porque sus seguidores no permitan que las riquezas lleguen a señorearlos. De hecho, el v. 13 ocupa el vocablo griego mamón (riquezas) y parece ser un dicho de Jesús ocupado también por otro evangelista en un contexto totalmente diferente (ver Mat. 6:24). Esto favorecería porque Lucas empleara el dicho para cerrar con broche de oro la enseñanza de Jesús en torno a las riquezas y su uso debido.

El contexto en el ministerio de Jesús

Una manera de entender lo que Jesús quería enseñar por medio de la parábola es ver el desarrollo del argumento que la misma contiene y el trasfondo religioso-cultural de éste. El comienzo de la parábola es algo conocido. Se trata de un rico y su mayordomo. Es interesante cómo Jesús formulaba varias parábolas con personajes semejantes para lograr enseñanzas diferentes según el contexto. Acá el mayordomo lleva el mismo título que en Lucas 12:42, pero es obvio que las circunstancias y el carácter del personaje son distintos. En este caso, el mayordomo es un administrador nombrado por el dueño como de costumbre. A tal administrador se le daba toda autoridad para actuar en el nombre del dueño. Tiene que haber mediado una alta dosis de confianza de parte del dueño para que se le confiera al mayordomo “un cheque en blanco” para el manejo de sus negocios. El administrador era responsable ante el dueño por sus acciones y su honestidad. En el tiempo de Jesús esta clase de arreglo se conocía bien.
Para los ricos, les convenía que los mayordomos fueran usureros, ya que ellos ganaban más por este delito. Eso sí, si el mayordomo se probaba ser un delincuente, convirtiéndose en usurero, éste era responsable ante las autoridades judiciales, no el dueño. El mayordomo pagaría las consecuencias, y el dueño quedaría impune. Hay que recordar que la usura en contra de un correligionario era un delito para los judíos. Esto se basaba en pasajes del Antiguo Testamento como los siguientes: Éxodo 22:25; Levítico 25:36; Deuteronomio 15:8; 23:19. Todos estos textos implican que el usurero es en realidad un ladrón.
En la parábola que nos ocupa, no obstante, parece que la queja del dueño en contra del mayordomo no era la usura, sino el mal manejo de bienes, o sea, mala administración (el verbo que se traduce en “derrochar” es el mismo que se usa para describir la acción del Hijo Perdido en la región lejana en Luc. 15:13). Noticias de este problema le llegaron a oídos del dueño. Se hizo que compareciera el mayordomo ante el dueño, y éste le acusa de ineptitud. Exige que complete un proceso de contabilidad de los libros para luego quedar cesante de su puesto. El dueño mostró ser bastante generoso; podría haberlo despedido en el acto o fácilmente pudiera haber logrado su encarcelamiento. Es obvio que el mayordomo reconocía que su jefe estaba en lo cierto en su acusación, porque no hay ni una sola palabra de protesta o excusa.
Se puso a pensar el mayordomo respecto a las perspectivas de su futuro. Se dio cuenta de que tendría que arreglársela él mismo. Razonaba dentro de sí mismo, y reconocía que no tenía las fuerzas físicas para hacer trabajo manual duro. También, como buen judío, no le parecía la posibilidad de mendigar, ya que esto era muy mal visto entre sus compatriotas. Lo cierto es que no esperaba que se le diera otra oportunidad como mayordomo, ya que sus acciones pasadas no le favorecían. Se pone a pensar en cómo salir del embrollo. De repente se le ocurre una cosa que realmente caracteriza su persona: el engaño y el fraude, el abuso de confianza. Su salida, pensaba, sería aprovechar el tiempo que le quedaba con los libros del dueño y lograr que otros le quedaran endeudados (Luc. 16:4). Esto lograría al llamar rápidamente a los que debían algo al dueño. Se les preguntaría el monto de su deuda, luego se le cobraría una cantidad inferior. Así, sin fallar, quedarían con compromisos con el mayordomo pronto a ser despedido.
La parábola nos da dos ejemplos de este tipo de fraude; no hay razón para pensar que no hubiera otros. En un caso le pregunta a un deudor del dueño el monto de su deuda en particular. Debía al dueño el valor de la cantidad de aceite de oliva que producirían 150 matas. Cien barriles de aceite representaban en esos días unos 3.946 litros. El mayordomo instruyó al deudor que redujera la cantidad debida por la mitad. Al segundo deudor se le preguntó lo mismo. Esta vez era el valor de cien medidas de trigo, más de 27 toneladas. De nuevo, al deudor se le dice que reduzca la deuda en 20%. Las cantidades que debían (y ahora reducidas) tendrían que pagarlas al llegar el tiempo de la cosecha. Lo interesante del asunto es que los deudores se darían cuenta de los intereses sobre las deudas: 100% sobre el aceite y 25% sobre el trigo. Por esto, sin reclamo redujeron las cifras con su propio puño y letra lo que se le debía al dueño. Glen  aclara un poco todo lo anterior al decir:

… el mayordomo regaló el dinero del dueño sin su permiso al reducir las obligaciones de los deudores, y lo hizo no por otra razón sino para ganar el favor de ellos de modo que eventualmente lo emplearan. Fue un caso claro de fraude … Ya que esto sucedió después de su historial de derroche e ineficiencia y su rápida despedida, resultó ser peor el delito. No hace falta decir que los deudores se prestaron para cooperar. No les fue repugnante la naturaleza poco escrupulosa de su acción.

Ahora viene algo sorprendente. Al presentar los libros el mayordomo al dueño y después de enterarse éste de las cifras cambiadas, se le halaga por su astucia (v. 8). No tan sólo es este fenómeno sorprendente, es algo casi inusitado. Por esto, urge que se determine la identidad del señor de v. 8a, porque únicamente así se puede averiguar el sentido de la parábola. Algunos opinan que la palabra se refiere al dueño o el hombre rico de la parábola. Sus argumentos a favor de esta postura, sin embargo, parecen ser de menos peso que los que abogan porque el señor se refiera a Jesús, el que narra la parábola. La mayoría de los estudiosos son de la opinión de que se le debe atribuir las palabras del v. 8a Jesús. Algunas de las razones por las que sostienen esta postura son identificadas muy bien por Hendrickx, citando a M. Krämer:

1. Sería una ofensa contra la fidelidad a la realidad de la historia si al dueño defraudado se le hiciera elogiar a su mayordomo.
2. Es típico del estilo de Lucas en su material narrativo que se refiera a Jesús por medio de un jo kurios absoluto (así 18 de las 21 veces; pero las tres veces en que se refiere al amo o dueño de la historia figuran en parábolas).
3. El v. 8b sólo puede contener un juicio de Jesús. Ya que esto está relacionado tan de cerca al v. 8a, éste debe considerarse como aludiendo a Jesús.
4. Lucas resume de modo indirecto el juicio de Jesús. Se encuentra un dicho paralelo en Lucas 18:6, “Entonces dijo el Señor: ‘Oíd lo que dice el juez injusto’. También en Lucas 18:8 sigue la expresión “Os digo”.
5. La conexión con el versículo 7 también aboga porque se separe el v. 8 de la historia parabólica. En la parábola el jefe del mayordomo se deja atrás con el v. 2, y no se dice que éste esté enterado del engaño del mayordomo. ¿Cómo puede elogiarlo?

Pese al hecho de que muchos eruditos, incluyendo a Jeremias y Hunter, identifiquen al señor del v. 8 con Jesús, muchos lectores creyentes se ofenden al pensar que Jesús pudiera elogiar al mayordomo por una acción deshonesta. Glen sucintamente comenta:

La otra posibilidad es que el señor fuera Jesús mismo, una interpretación suficientemente ofensiva desde el arranque que por esta razón debe considerarse como probablemente la correcta.

Desde luego, la razón por la que dice Glen esto es que sería muy difícil que se incluyera en el texto una cosa aparentemente ofensiva respecto al comportamiento de Jesús si no fuera cierto. El problema, desde luego, es entender correctamente lo que Jesús quería decir con su elogio. Se puede afirmar con toda firmeza que no elogiaba acciones deshonestas que el mayordomo cometiera.
Conviene a estas alturas considerar algunas interpretaciones que se le han dado a la parábola del mayordomo injusto para luego intentar sondear sus respectivos valores. Según Hunter, la parábola debe entenderse a la luz del dicho de Jesús en Mateo 10:16: “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos. Sed, pues, astutos como serpientes y sencillos como palomas”. Hunter mismo dice al respecto:

Lo que Jesús aplaudía no era la travesura del hombre sino su presteza para inventar salidas de su lío. ¡Un pícaro muy listo! Y Jesús dice en efecto: “Dame hombres que muestren tanto sentido práctico en las cosas de Dios como los mundanos muestran en las suyas”. Pero savoir faire no basta. Los hijos del reino deben poseer una fe fuerte, un espíritu perdonador y un amor ilimitado.

Para Hunter, pues, la parábola del mayordomo injusto fue dada por Jesús a sus propios discípulos para que ellos vieran la necesidad y el valor de la astucia en la labor del evangelio.
Neal F. Fisher, en lugar de ver en la parábola una enseñanza de Jesús que recomendara la astucia del mayordomo en términos generales, agrega un elemento escatológico. Comenta:

… Más bien, (Jesús) recomendaba la acción de este pícaro que, al darse cuenta de la crisis en la que se encontraba, dio pasos determinados para prepararse para la misma. ¡Cuánto más, pues, deben ser prudentes y prestos en prepararse para la prueba que se avecinaba al llegar el reino en poder los que declaraban su lealtad para con él y la nueva era! Se requiere una respuesta pronta y prudente.

Otro comentarista de cierta fama es B. T. D. Smith. Sus comentarios sobre las parábolas ya tienen bastantes años, pero no dejan de interesar al estudiante de la Biblia. Su interpretación de la parábola del mayordomo injusto, respecto al sentido que Jesús quería darle, difiere de la de los dos comentaristas previos. Smith sí encuentra que la clave de la interpretación de la parábola se encuentra en el v. 8a. Sin embargo, en vez de dirigirse la parábola a los discípulos, entiende que ésta podría haberse dirigido a inconversos. Veamos escuetamente su postura:

Hay una solución más sencilla. Es la de encontrar la aplicación de la parábola indicada en el v. 8a, y suponer que se dirigía no a los convertidos, los hijos de luz, sino a los inconversos. Que sigan ellos el ejemplo del mayordomo, ese hijo típico de esta era, sin dejar de hacer todo lo posible porque su futuro sea seguro: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Explicada de ese modo, la parábola se asemejaría a las del tesoro escondido y el mercader de perlas, en que llama la atención a la enseñanza de la sabiduría mundana, agregándose ésta a la Divina.

Por dicha cita, pareciera que Smith encuentra algo evangelístico en la parábola en labios de Jesús. La daría no a los discípulos sino a los inconversos que necesitaban asegurarse de su futuro. Esto involucraría el arrepentimiento y la fe. La sabiduría mundana, ejemplificada por el mayordomo de la parábola, les ayudaría a reconocer su necesidad de proveerse de un futuro. La sabiduría divina les llevaría al arrepentimiento y la fe.
El famoso Joachim Jeremias no deja de opinar respecto al significado de la parábola del mayordomo injusto. Este autor alemán la coloca dentro de su agrupación llamada “El reto de la hora”. Ya con esa clasificación de la parábola podemos saber que para Jeremias la parábola tiene matices escatológicos. Una cosa que afirma Jeremias que otros no es que probablemente Jesús conocía un caso histórico específico de un mayordomo así. Es decir, su parábola se basaba sobre hechos reales, conocidos por Jesús. Fundamenta sus razonamientos el alemán en las condiciones existentes en Galilea que permitían abusos semejantes a los del mayordomo infiel. Desde luego, al oír la parábola, los oyentes esperarían que Jesús desaprobara la estafa del mayordomo, pero para su sorpresa, lo adula. Según Jeremias, después Jesús habría dicho: “Está bien, que se enojen, pero aplíquense la lección a sí mismos”. Agregaría: “Ustedes están ante una crisis mayor; la hora requiere la prudencia y la astucia. Mucho está de por medio”. En otras palabras, para Jeremias la parábola es una advertencia de Jesús para sus discípulos a que se preparen con astucia para los días difíciles que vendrían después.
Un ejemplo final para ilustrar cómo los distintos estudiosos varían en su modo de entender el significado de la parábola del mayordomo injusto. Desde el principio se dijo que esta parábola era una de las más difíciles. No nos debe sorprender, pues, que hay diferencias de opinión al respecto. Kistemaker opina que Jesús quería enseñar a sus discípulos cómo utilizar el dinero para propósitos dignos. Hay que advertir que este autor cree que el mayordomo, al darse cuenta de su fama de deshonestidad, procuró la aprobación de los deudores al ser honesto con ellos, regalándoles dinero que no le pertenecía. Este autor estadounidense parte de la premisa que los dineros del hombre rico eran mal habidos, y al regalar dinero a otros, sólo privaba al rico de ganancias deshonestas por la usura. Aclara su postura al decir:

El punto de la parábola es que el mayordomo que había ganado la reputación de ser deshonesto … buscó la aprobación de los deudores del rico. No se aferró a la riqueza mundana, sino que la regaló generosamente a los que estaban endeudados con su señor. Sin embargo, el dinero que él regaló liberalmente a los deudores no era suyo y en un sentido ni siquiera de su señor. De igual manera los hijos de luz no deben anhelar posesiones mundanas … Por medio de la parábola del mayordomo astuto, Jesús aconseja a sus seguidores a que regalen su dinero tanto como sea posible para que puedan ganar el favor de Dios y ser bienvenidos a la casa de Dios para vivir eternamente.

Parece que Kistemaker encuentra que la parábola es simple y sencillamente un consejo de Jesús a sus seguidores para que éstos no sean avaros sino generosos en el empleo de sus recursos económicos.
Parece que Lucas 16:13 es clave para una interpretación tentativa de la parábola. Ciertamente, este texto es parte y parcela del contexto mayor de la parábola. Sería desleal al contexto puesto por Lucas si se ignorara dicho uso del evangelista. Se sabe que este mismo dicho de Jesús fue empleado por Mateo en un contexto diferente (Mat. 6:24), pero eso no anula su uso para los propósitos de Lucas. Por cerrar el contexto de esta parábola con las palabras: Ningún siervo puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas pareciera que Lucas ciertamente entendía que Jesús advertía contra el convertir las riquezas en el dios de uno. Dentro de la fe cristiana no puede haber lealtades diversas. La lealtad suprema y resoluta del creyente tiene que ser para con Cristo. Esto impide radicalmente que el afán por el dinero ocupe el primer lugar en la vida de los creyentes. Habiendo dicho esto, no hay que ignorar que la historia misma del mayordomo injusto puede incluir la idea de la necesidad de la astucia de parte de los creyentes en el desempeño de la labor evangélica. Ambas cosas, el uso de todas las facultades (intelectuales, morales, espirituales) en el servicio a Cristo y la lealtad única a Dios, prohíben tajantemente el afán por las riquezas.

La parábola para el contexto latinoamericano

En América Latina es patente que la educación básica es preciada por el pueblo a todo nivel. Los gobiernos, de un grado u otro, dedican grandes sumas de dinero para que haya educación relativamente gratuita para sus pueblos. Uno de los países que más porción del presupuesto anual dedica a la educación pública es Costa Rica. Tanto es así, que la pequeña república centroamericana se priva de fuerzas militares con el fin de dedicar más fondos para el Ministerio de Educación. No debe ser sorprendente, pues, que el nivel de analfabetismo en Costa Rica es inferior al de muchos de los países del llamado “mundo desarrollado”. En todo país latinoamericano, no obstante, no hay ese mismo nivel de empeño gubernamental para que las masas se eduquen. Se puede notar fácilmente que mucho del dinero invertido en la educación da preferencia a las zonas urbanas. Algunas de las escuelas en el campo se quedan sin todo lo necesario para que haya el máximo rendimiento de parte de los maestros y los estudiantes. Desgraciadamente, aun en los países latinoamericanos más desarrollados, se nota que las escuelas privadas son las que tienen el mejor plantel educativo, los cuerpos docentes de mayor preparación, el equipo más moderno para la instrucción.
Es axiomático que la gente de más dinero es la que mejor se prepara normalmente. El orgullo de muchos padres pudientes es que sus hijos lleguen a estudiar en el extranjero. Todo esto se ha dicho para que veamos que los dos elementos en la parábola del mayordomo injusto tienen injerencia en la vida de los pueblos latinoamericanos. Recordemos que se ha dicho que por una parte la parábola afirma la necesidad de que los creyentes cristianos sean astutos, listos en el mejor sentido de la palabra. Sin duda, la preparación académica no es un estorbo para que los talentos naturales se perfeccionen. La educación secular tanto como la cristiana hacen falta para que los creyentes tengan la astucia santa que se requiere en la labor evangélica.
También, la parábola en su contexto lucano exige que la riqueza no tenga un valor desproporcionado. Es claro que uno no tiene que ser magnate rico para permitir que la riqueza entorpezca los valores cristianos. Hay muchos pobres también que permiten que el afán por hacerse más ricos sea su valor gobernador principal. No es cuestión de la cantidad de dinero que uno tenga sino su actitud para con el valor relativo que se le debe dar a la consecución del mismo. Veamos ahora las dos enseñanzas principales de la parábola y sus aplicaciones al creyente latinoamericano.
En cuanto a la preparación académica, los evangélicos tanto como las masas del pueblo latinoamericano se esfuerzan y hasta se sacrifican porque sus hijos reciban una buena educación básica. En algunos países este nivel de educación termina con la primaria. Mayormente, sin embargo, en Latinoamérica se provee una excelente preparación secundaria. Muchos latinoamericanos no se dan cuenta del privilegio que tienen respecto a la educación universitaria que muchos gobiernos proveen a un costo mínimo para el estudiante. En este sentido, los países latinoamericanos tienen una gran ventaja sobre los países del llamado mundo desarrollado en los cuales la educación universitaria es de un costo casi prohibitivo para mucha gente. Esto sucede no tan sólo con las universidades privadas sino también ahora con algunas universidades estatales.
Ahora bien, pese a las muchas ventajas que tienen los países latinoamericanos en la provisión de una esmerada educación, muchas personas no se aprovechan de ella. Esto es cierto en el caso, desgraciadamente, de muchos creyentes cristianos evangélicos. En algunos círculos eclesiásticos se ha minimizado el valor de la preparación para sus pastores. Según la parábola del mayordomo injusto, Jesús recomendaba sobremanera que sus discípulos se hicieran “sagaces”. No recomendaba que ellos se hicieran deshonestos en sus tratos con la gente, pero sí alentaba a sus seguidores a que usaran la sagacidad en su trabajo en el reino de Dios. Dicha sagacidad o prudencia puede aprenderse en el transcurso normal de la vida cristiana dentro de un contexto incrédulo, pero cuánto más podría hacerse para el Señor si aprovecharan los obreros cristianos todas las oportunidades para mejorarse culturalmente. Ningún obrero cristiano vive en un vacío. Hace falta que se prepare lo más posible en todas las disciplinas, sobre todo las que nos ayudan a comunicarnos con la gente en nuestro derredor. Esto significa que el pastor latinoamericano, lejos de caer en un caduco antiintelectualismo, debe aprovechar cuanta oportunidad educativa que se le presente. Si es factible, el pastor evangélico debe hacerse de una carrera universitaria, especialmente dentro de las facultades de humanidades. Luego, habiendo un seminario teológico en su país, debe prepararse en los campos bíblicos, teológicos y prácticos. Ciertamente así, la sagacidad del obrero cristiano será aumentada, y su labor en el ministerio cristiano será mil veces más provechosa.
El segundo énfasis de la parábola del mayordomo tiene que ver con una valoración adecuada de la riqueza. Debe reiterarse que el contexto de la parábola del mayordomo infiel se extiende hasta el v. 13. Dentro de este contexto se hace claro que Jesús recomendaba varias cosas a sus discípulos respecto al manejo del dinero. La primera es que lo que más vale en torno al dinero es la fidelidad en el buen uso de éste. Cantidades son relativas: siempre habrá personas con más y otras con menos. Lo que Jesús pide es la fidelidad en el uso del dinero, sin importar la cantidad involucrada. Si uno es fiel en su uso de poco dinero, lo será también en su manejo de mucho. En cambio, si uno no ha aprendido a ser fiel con poco, tampoco lo será con mucho (v. 10). Según la misma parábola, el mayordomo no tan sólo era astuto en su empleo del dinero ajeno, sino que también supo beneficiar a otros (los deudores) con ese dinero. Hay que recordar que el dinero que manejamos no es nuestro; pertenece a Dios (v. 12). Todos somos mayordomos; todo lo que tenemos es de Dios; él permite que lo administremos. Ciertamente, el permitir que una posesión (dinero) usurpe el lugar de Dios termina siendo idolatría. La sagacidad, la prudencia en el uso del dinero implica claramente que sabremos poner un valor secundario sobre lo prestado por Dios. No hay campo dentro de las filas cristianas para que el afán por las riquezas se convierta en nuestro dios (v. 13).


Parábola del amigo que llega a medianoche (Luc. 11:5–8)

El contexto sinóptico

Se nota de nuevo que esta es una parábola exclusiva de Lucas. Es notable la cantidad de parábolas que se encuentran en el Tercer Evangelio. Muchas de éstas se hallan en la ahora famosa sección especial de Lucas. Además, otra cosa que llama la atención es que muy a menudo Lucas nos da parábolas que son “gemelas”, es decir, son parábolas con significados similares, aunque las historias parabólicas mismas sean diferentes. Tal es el caso de la parábola que nos ocupa ahora. Esta y la parábola del juez y la viuda (Luc. 18:1–8) se asemejan en que ambas recalcan la persistencia en la oración y la fidelidad de Dios en contestar.
La parábola del amigo que llega a medianoche carece del refrán introductorio acostumbrado. Es decir, no comienza con la frase llamativa: “El reino de Dios es semejante a …”. El tema de la oración es el contexto general de la parábola. Lucas describe cómo Jesús oraba “en cierto lugar”. Aparentemente, los discípulos lo observaban mientras oraba. Después de terminar su período de oración, se le acerca “uno” de sus discípulos. Nos llaman la atención las palabras genéricas respecto al lugar y al discípulo; no se nos especifican los detalles. El discípulo anónimo pide a Jesús que les enseñe a orar al igual que Juan el Bautista había enseñado a sus propios discípulos. Parece que era costumbre entre los rabinos enseñar una oración definida a sus discípulos; ésta les servía de una especie de distintivo. Es decir, podrían distinguirse de los demás grupos religiosos por medio de su oración distintiva.
Es obvio, pues, que el contexto inmediato de la parábola es el Padre Nuestro en su versión lucana (Luc. 11:2–4). Esta oración en el medio latinoamericano se conoce justamente por las palabras “El Padre Nuestro”, porque así comienza en su versión de Mateo. Nótese, sin embargo, que la Reina-Valera Actualizada (ver la nota al pie de la hoja correspondiente a los versículos 2 y 4) acertadamente coloca las palabras “… nuestro que estás en los cielos” entre corchetes, ya que los manuscritos más antiguos de Lucas no las contienen. Las palabras entre corchetes deben compararse con las correspondientes en el Evangelio de Mateo. Parece que Lucas abrevió la oración en algo, comparándola con la de Mateo (Mat. 6:9, 10). Muchos estudiosos de esta oración prefieren llamarla “La oración modelo”. Se le ha llamado así, porque en ella Jesús desea instruir a sus discípulos sobre el modo de orar.
Hasta ahora hemos ocupado el nombre usual de la parábola. Hay quien prefiere bautizarla con otro nombre: “el dueño mal educado”. Al leer la parábola, quizá tenga razón el distinguido erudito inglés en cambiar el nombre. Una cosa sí es cierta, la parábola describe con más lujo de detalle el carácter y comportamiento del dueño de la casa que al amigo que llega a medianoche.
Finalmente, es importante reconocer que los textos que siguen después de la parábola ayudan a fijar el significado de esta parábola y también el de la parábola gemela del juez y la viuda (Luc. 18:1–8). Es claro que los versículos en Lucas 11:9–13 en conjunto recalcan la buena disposición de Dios para contestar la oración.

El contexto en el ministerio de Jesús

Es importante notar que Jesús cuenta esta pequeña parábola a sus propios discípulos. Aunque la oración modelo, el contexto inmediato de la parábola, se dio para cumplir con la petición de “uno” de sus discípulos, se hace patente que esta parábola se da al grupo de discípulos, ya que se emplean los verbos iniciales en la forma plural (v. 5). Para la comprensión de cualquier parábola, es imprescindible que se determine el auditorio o los recipientes de la enseñanza. En este caso el auditorio es el grupo más allegado. Por medio de esta parábola Jesús asegura a sus seguidores que Dios está dispuesto a inaugurar su reino; lo hace por la analogía que se da en la respuesta humana ante una situación familiar entre los judíos.
La escena se fija al hacer Jesús que sus discípulos se imaginen un dilema personal. La parábola del amigo que llega a medianoche llega a ser una ilustración de lo que podría suceder en la vida de los discípulos. Para tal fin Jesús limita el dilema a “uno” de ellos. A este discípulo le llega de noche una visita inesperadamente. Peor la cosa, no tiene pan que ofrecerle como las costumbres exigían. El dilema consistía en una disyuntiva que se le presentaba: o se negaba a atender a la visita inesperada, cosa que infringiría la norma establecida de la hospitalidad oriental, o tendría que molestar a su vecino a las altas horas de la noche. Fisher describe con más lujo de detalle algunas de las costumbres de los judíos al respecto:

El anfitrión de la parábola obviamente reconocía su responsabilidad de alimentar a su huésped y ayudarlo a refrescarse de su viaje. También se daba cuenta de que la atención a un viajero visitante no era únicamente una responsabilidad individual; era también comunal. El huésped de una familia era el huésped de toda la comunidad. Al entrar a una casa en la Palestina de hoy, a un huésped se le dice a veces que no tan sólo la familia se siente honrada por su presencia sino que “ha honrado toda nuestra aldea”.

Por la vergüenza que siente al no poder atender debidamente a la visita, acude al vecino el discípulo imaginario. La hora es avanzada, ya que la visita estaría viajando de noche posiblemente para evitar los calores sofocantes del día. Se hace la situación más embarazosa, porque se da cuenta de que por la hora el vecino ya está dormido.
No obstante su vergüenza, no le queda más remedio que pedir al vecino que le preste algunos panes. Estos en aquellos tiempos tenían el tamaño de una pequeña piedra que podía sostenerse en una mano (ver Mat. 7:9). Se sabe que tres de estos panes pequeños constituían una comida entera para una persona. La hechura del pan era tarea comunal, cosa que se hacía por las mañanas. Las mujeres de la aldea sabrían quién había hecho suficientes panes como para que algunos sobraran. Probablemente la esposa del anfitrión le dijera a quien acudir para pedir el pan.
La historia se complica cuando el anfitrión llega a la casa del vecino. Llama a la puerta para explicar al vecino su dilema. Su vergüenza aumenta cuando el vecino se niega a levantarse para atender su petición. Es más, la respuesta del vecino se hace con palabras bastante ásperas, expresando así más su indisposición que su incapacidad para atender su petición: “¡No me molestes!”. Afirma que la puerta está cerrada y sus hijos dormidos. Su pretexto también refleja algunas de las costumbres del día. Smith aclara:

Hasta hoy en Siria parece que la puerta cerrada se reconoce como una señal de que la familia ha llegado al final de las faenas del día en el campo … Los niños duermen juntos sobre el piso, el papá a un lado y la mamá al otro. No es cosa fácil caminar entre los dormidos en la oscuridad para llegar a la puerta.

Pese a su vergüenza, el anfitrión persiste en llamar a su vecino. Era imposible que llegara a casa y a su huésped con las manos vacías. Siguió llamando a la puerta hasta que por fin el vecino se levantó, despertó a su familia, buscó un quinqué, encontró el pan y se lo dio a su vecino insistente. Se nota que no era la cantidad de pan que pedía el vecino la que le molestaba sino la hora de la noche.
Debe ser obvio que el tema de la insistencia es clave para la culminación de la parábola. La insistencia caracteriza la actitud de un judío, obligado por las costumbres de su día, de proveer hospitalidad para una visita que llega inoportunamente. Cumpliendo con las exigencias de su cultura, se arriesga la amistad del vecino para no quedar mal con el huésped. Pese a la indisponibilidad del vecino, insiste hasta lograr que acceda a su petición. En Lucas 11:9 hay una palabra griega que no aparece en ninguna otra parte del Nuevo Testamento. Es el vocablo que se traduce como insistencia en la RVA. Joachim Jeremias opina que la palabra incluye la idea de desvergüenza. Con esta palabra Jesús describe al anfitrión importunado que insiste con su vecino para que éste responda. Es muy posible que el mismo término se aplique al vecino por rehusar al principio la solicitud. Según Jeremias, la palabra griega conlleva la idea de “avergonzarse”. De este modo, el vecino accedió al fin a la petición del amigo, porque no quería traer vergüenza a su casa por su rechazo. Todo esto quiere decir que el vecino abrió la puerta no tan sólo por la importunidad del vecino necesitado sino también para salvaguardar su propio honor. Si hubiera rehusado terminantemente la petición del vecino, habría perdido el respeto de toda la comunidad.
Toda la parábola del amigo que llega a medianoche ilustra perfectamente una de las reglas hermenéuticas rabínicas entre los judíos. De hecho fue una de las siete reglas confeccionadas por el famoso rabí Hillel. La regla específica tiene que ver con un sistema para hacer contrastes. Siempre se comienza con una enseñanza menor para luego destacar una enseñanza mayor. En este caso la enseñanza menor es la de la insistencia del anfitrión al vecino, porque se da cuenta de que al fin el vecino accederá a su petición. La enseñanza mayor, y el propósito de la parábola, es que podemos ir a Dios en oración a sabiendas que vendrá una respuesta. Las palabras de Jesús en Lucas 11:9 confirman esta aseveración. Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Hay que recordar que la enseñanza mayor tiene que ver con Dios y su disposición de responder a los que claman a él. Jesús dice que Dios contesta nuestra petición, no porque teme por su propio honor o porque se le haya cansado por la mucha insistencia, sino porque su bondad es mayor que la del vecino de la parábola (ver Luc. 11:13). También es bueno recordar que la parábola se dio con la oración modelo por antecedente. En dicha oración, lo primero que el creyente debe pedir es que venga el reino de Dios. Si así es, se hará su voluntad entre los creyentes. Ciertamente, Dios concede el reino a aquellos que lo soliciten.

La parábola para el contexto latinoamericano

Ya que esta parábola Jesús la dio a sus propios discípulos, la aplicación al medio latinoamericano se limita un poco. Se notó que Jesús quería dejar la idea de la accesibilidad de Dios en la oración, sobre todo para aquellos que son súbditos de su reino, es decir, creyentes cristianos. Ciertamente, esto no quiere decir que Dios no oye la oración sincera del no-creyente. Si no fuera así, no habría forma de que la persona incrédula llegara a ser creyente. Una de las primeras cosas que el pecador que quiere seguir a Cristo tiene que hacer es elevar una oración de fe a Dios para que sea perdonado por la gracia de Dios, efectuada ésta en la labor salvadora de Cristo Jesús en la cruz. Toda persona comienza con el estatus de “incrédulo”, no porque no crea en la existencia histórica de Jesús o su muerte en la cruz. La incredulidad involucra mucho más que el no creer. Abarca también el no aceptar el señorío de Cristo en su vida. La fe salvadora ciertamente involucra el intelecto, pero más se basa en la voluntad del hombre. Uno tiene que responder positivamente ante los impulsos del Espíritu Santo para que esté dispuesto a dejar que Jesús sea rey en todos los aspectos de la vida. Obviamente, pues, esta parábola sobre la oración tiene matices espiritual-religiosos que son difíciles de aplicar a la sociedad latinoamericana. Eso sí, la parábola tiene una injerencia muy especial en la vida de los creyentes que viven en América Latina. Veámosla.
El medio latinoamericano por su cultura tiende a conceptuar a Dios como “algo” o “alguien” muy distante del mundo en que vivimos. La vida cotidiana no parece tener nexos con la realidad de Dios. No es que el pueblo latinoamericano en general no crea en la existencia de Dios. La mayoría de la gente profesa creer en la existencia de una realidad más allá de sus propias personas. Esta creencia suele expresarse por ciertos elementos de la población en su participación en actos religiosos. El problema estriba en que no encuentran ninguna relación entre su vida “religiosa” y su vida de cada día. Esto es cierto aun con las personas que acuden a cultos religiosos con cierta regularidad. Es cosa cierta aún más con las personas que profesan creer en Dios pero nunca participan en expresiones públicas de su creencia. Desgraciadamente, esto se ve entre el pueblo de trasfondo católico tanto como el evangélico. La parábola del amigo que llega a medianoche viene muy bien para solucionar esta problemática.
El latinoamericano que es discípulo de Cristo Jesús necesita ir “contra la corriente” de su medio ambiente para reconocer que hay un nexo estrecho entre la fe cristiana y la vida cotidiana. Si no lo hay, falta algo en su expresión de fe. Jesús, por medio de la parábola a mano, enseñaba que el carácter y la persona de Dios pueden ilustrarse por las cosas que suceden en la vida diaria. Sin volver a ver todos los pormenores de la parábola, ésta enseña que Dios es infinitamente diferente al vecino reacio a levantarse en la noche para prestar los panes. De por medio sí estaban las cosas ordinarias de la vida: la llegada inesperada de una visita, la carencia de los elementos más necesarios para cumplir con las exigencias de los buenos modales y la cultura. Estaba entredicho el honor del huésped tanto como el del vecino. Seguramente, no hay cosas más básicas en la vida ordinaria de la gente que el mantener las costumbres, el pan y el honor. Jesús quería que sus discípulos de aquel entonces se dieran cuenta de que había una relación estrecha entre las cosas necesarias de cada día y su fe en Dios.
Como ya se dijo, la parábola enseña por medio de contraste: la confiabilidad de Dios es mil veces mayor que la del vecino. Ante las necesidades más apremiantes de la vida de los creyentes Dios no se ciega. Él está presto a contestar las súplicas de los suyos. ¡Cuánta cabeza de familia en América Latina no se ha quedado maravillada por la provisión de Dios en momentos de crisis! Una de las cosas que se oye a menudo en los cultos evangélicos latinoamericanos es el testimonio de cómo Dios ha provisto todo lo necesario durante la semana. Lo lindo para los creyentes es saber que no hay que cansarle a Dios por largas oraciones como si esto fuera necesario para que nos escuche. Lucas 11:11–13 empiezan hablando de cosas ordinarias de la vida: pescado, huevo, etc. Termina hablando de la dádiva del Espíritu Santo a los que le piden a Dios. De nuevo, el énfasis es que si nosotros los seres humanos imperfectos sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, ¡cuánto más sabe dar Dios cosas mejores a los suyos! Resumiendo, ¿cuál es el significado para América Latina de la parábola del amigo que llega a medianoche? Es que podemos confiar en la bondad y gracia de Dios que nos socorren aun en las cosas diarias de la vida.


Parábola del juez y la viuda (Luc. 18:1–8)

El contexto sinóptico

Al igual que la parábola gemela del amigo que llega a medianoche, ésta se halla dentro de la sección especial de Lucas (Luc. 9:51–19:44). También se encuentra únicamente en el Evangelio de Lucas. El que lee Lucas de principio al fin no puede dejar de notar que el contexto inmediato de la parábola del juez y la viuda es una serie de enseñanzas de Jesús sobre cuestiones escatológicas (Luc. 17:11–18:34) Aunque algunos tienen el último versículo de la parábola (v. 8) como un agregado posterior, otros son de la opinión que Jesús, por medio de la alusión a su segunda venida, logra que la parábola cuadre con el contexto inmediato de temas escatológicos y sus énfasis (ver: Luc. 17:20a, 20b, 21, 22, 24, 26, 30).
De hecho, con la parábola del juez y la viuda Lucas empieza a relatar las actitudes que los creyentes cristianos deben tener a la luz de la instrucción de Jesús sobre la realidad escatológica. La actitud más importante es la oración (Luc. 18:1–14). Hendrickx  llama la atención a que el evangelista Lucas tiene la costumbre de colocar una parábola inmediatamente después de un discurso de Jesús. (Ver: Luc. 6:20–49; 10:1–37; 11:37–12:21).
Jones, aclara un poco la cuestión del contexto de la parábola en Lucas:

La parábola misma dentro de su contexto literario (Sitz im Buch [Su contexto en el libro]) funciona como la conclusión de una unidad escatológica interesante y provee una transición a la siguiente parábola la cual también concierne la oración. Las dos parábolas de oración fueron colocadas a la par por el evangelista con propósitos pastorales. En la serie anterior de dichos escatológicos (17:22–37), la llegada futura del Hijo del hombre se presenta como llegando repentina e inesperadamente, tomando a algunos por desprevenidos. Durante el intervalo antes del día del Hijo del hombre, puede que algunos se pongan ansiosos (v. 22). La parábola encaja con estas reflexiones sobre las últimas cosas, y es posible que se encontrara dentro de la fuente de Lucas.

Se ha hecho alusión al hecho de que sinópticamente se guarda una relación estrecha entre la parábola del juez y la viuda y la del amigo que llega a medianoche (Luc. 11:5–8). Por lo menos, Lucas presenta las dos historias como teniendo algo en común. Este factor en común es la persistencia en la oración. Esta persistencia se hace patente en los personajes principales de las parábolas. Es interesante, no obstante, que una parábola aborda el problema de un hombre, mientras la otra aborda el de una mujer.

El contexto en el ministerio de Jesús

Como se ha visto anteriormente, siempre es bueno procurar establecer un momento en el ministerio de Jesús que pudiera haber suscitado tal o cual parábola. En el caso de la parábola bajo estudio, esto se hace prácticamente imposible. Lo que sí se puede afirmar es que esta parábola probablemente surgiera como parte de un discurso escatológico de Jesús a sus discípulos ansiosos. Tenía el propósito de calmar sus ansias.
Durante la época de Jesús, había normas establecidas con respecto al proceder legal. En la parábola que nos toca ahora se nota que había un solo juez. Esto nos indica que la petición de la viuda probablemente tuviera que ver un problema de índole monetaria, ya que ésta era la única clase de disputa que un solo juez podía resolver. Los demás juicios requerían por lo menos tres jueces. Por la descripción del juez que se nos da en la parábola, ni temía a Dios …, se puede deducir que no era un escriba. Lo más probable es que era un juez secular, un oficial del gobierno de Herodes. Jones  cita una descripción hecha por H. B. Tristram de la clase de justicia que existía para los pobres en el antiguo Cercano Oriente:

Sobre una tarima un poco elevada se sentaba el kadi o juez, medio cubierto por cojines. En su derredor había varias secretarias y otras personas notables. El populacho se apretujaba en el salón … cada uno clamando porque se escuchara su causa primero. Los litigantes más prudentes no se unían al clamor sino que, susurrando, se comunicaban con las secretarias, entregándoles sobornos. Al satisfacerse la avaricia de los subalternos, uno de ellos susurraba al kadi, y éste citaba un caso. Se daba por sentado que el juicio favorecería al litigante con el mayor soborno. Pero mientras tanto, una mujer pobre en la periferia del populacho interrumpía constantemente los procesos, clamando en voz alta por la justicia. Mandaban que se callara, y le decían con reproche que ella acudía a la corte todos los días. Ella respondió: “Y así lo haré hasta que el kadi me oiga”.

Dada esta clase de justicia por trasfondo, es fácil ver cómo los primeros discípulos entenderían los pormenores de la parábola. Ciertamente en ésta la viuda no tenía quien intercediera por ella. Tampoco tenía dinero para sobornar al juez por medio de las secretarias. Ciertamente en el caso de la viuda de la parábola, el soborno tal vez hubiera resuelto en algo su problema, dado el carácter del juez. Aparte de no tener reverencia para Dios, tampoco tenía respeto para la gente (v. 2). Para la mentalidad judía, las dos cosas siempre iban de la mano. El hombre que no temía a Dios siempre era aquel que maltrataba a la gente. De hecho, en el pueblo hebreo se esperaba que el juez no tan sólo dictara la justicia sino que también fuera el defensor de los oprimidos. Éstos eran clásicamente las viudas, los huérfanos, los pobres y los extranjeros. La viuda estaba entre la gente más desamparada. La palabra griega que se traduce como “viuda” significa “desamparada” o “dejada vacía”. De hecho, así era su existencia. Los profetas son los que más claman por la protección de las viudas (ver: Job 25:3; Isa. 10:2; Jer. 22:3; Eze. 22:7; Zac. 7:10).
No tan sólo los profetas sino también otros textos antiguotestamentarios buscan que se le trate bien a las viudas (ver: Deut. 14:29; 26:12; Rut. 2:2). Mayormente el hebreo reconocía su necesidad de cuidar a las viudas, porque Dios mismo era el protector principal de ellas (Sal. 68:5). Una de las cosas que más se nota con respecto a Jesús es que tenía una compasión grande para con las viudas (Luc. 7:11–17). En parte, es posible que Jesús así sintiera por la experiencia de su propia madre como viuda.
Jesús hace que la parábola sea muy específica en sus detalles. Se trata de un juez en particular con su propia reputación de corrupto. La viuda también reviste características propias. Es posible que Jesús tuviera en mente un suceso recién acontecido. Esto se afirma, porque todos los verbos están en el tiempo pasado. La viuda llegó donde el juez para rogarle que protegiera sus derechos contra su adversario. Éste se negó a atender su petición. Ante su actitud, no le quedaba otra cosa sino persistir en sus demandas por la justicia. El verbo en el v. 3 indica que ella persistía en venir al juez, vez tras vez. Al fin, el juez en un monólogo un tanto gracioso determina actuar a favor de la viuda para que no siguiera “cansándole” (v. 4). Lo interesante es que el verbo que se traduce en cansarme puede traducirse también de otra manera. Pudiera ser que el juez dijera: “Voy a dictar a favor de ella para que no me venga a poner un ojo morado”.

Es obvio que la motivación del juez no era administrar la justicia únicamente sino la de protegerse contra esta viuda “indefensa”. Es de sumo interés que el carácter supuestamente más débil en la historia es el que al fin y al cabo rige en todo el asunto. Ella llega a controlar aun los pensamientos del juez.
Jesús recalca que el juez, por injusto que fuera, al fin accedió ante la petición de la mujer. Al hacerlo, le pregunta al oyente de la parábola: ¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos que claman a él de día y de noche? ¿Les hará esperar? (v. 7). Se debe notar que al igual que en la parábola del amigo que llega a medianoche, Jesús no desea que sus oyentes admiren o emulen la conducta del juez injusto o el vecino reacio a ayudar. Más bien, enfatiza que si un juez injusto puede optar por dictar la justicia con motivos de temor y egoísmo, ¿no hará justicia Dios a los pobres y los oprimidos si le claman a él de día y de noche, ya que es protector de ellos? El reino de Dios siempre involucra la justicia para los oprimidos.
¿Cuál es la enseñanza principal de la parábola? ¿Se determinará ésta basándose en la persistencia de la viuda o en el comportamiento del juez injusto? Llama la atención que hay quienes optan por una de las dos cosas. Pero Jesús tenía su propósito en incluir a ambos personajes en la parábola. La enseñaza definitiva que se saque tendrá que tener en cuenta a los dos. Ninguno de los dos es prescindible. Sin embargo, aun en el monólogo del juez se destaca que es la viuda la que más sobresale. El juez al fin va en contra de sus propios deseos; ella predomina de tal forma que gobierna aun los pensamientos del juez. Parece que la enseñanza gira en torno a la fe persistente que anhela y espera la vindicación divina. La idea no es persistencia en orar simplemente, sino nos deja la idea del ánimo para que no nos rindamos ante el pecado o la desesperación. Es claro que la parábola nos estimula a tener la clase de fe que confronta los riesgos de la vida. Es la clase de fe que se destaca no tanto por su regularidad sino por la persona a quien se dirige: a Dios. La oración debe ser siempre que Dios logre su reino. La oración modelo (Mat. 6:10; Luc. 11:20) contiene la esencia de esta fe: Venga tu reino. Sobre todo, la fe que ora y la oración de fe es la que espera finalmente la vindicación de Dios. La parábola (v. 8a) asegura que Dios ha de vindicar a los elegidos. Desde luego, es obvio que esta vindicación es un elemento escatológico también, porque se menciona la segunda venida del Hijo del hombre.
La pregunta de Jesús al final de la parábola (v. 8b), Sin embargo, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?, no parece encajar a primera vista en el hilo de pensamiento hasta ahora. Algunos, inclusive, piensan que estas palabras han sido agregadas por un creyente posterior al tiempo de Lucas. Smith opina que los vv. 6–8 reflejan un período posterior al ministerio de Jesús, una época caracterizada por la persecución de los creyentes. Estas palabras representan una segunda aplicación de la parábola sugerida a un maestro posterior. La primera es la que ofrece Lucas mismo en el v. 1 acerca de la persistencia en la oración: Les refirió también una parábola acerca de la necesidad de orar siempre y no desmayar. La supuesta segunda aplicación se dirige a los creyentes perseguidos que posiblemente duden de la misma supervivencia de la fe cristiana (je pistis) cuando la segunda venida (v. 8b). Smith agrega que la solución de Lucas (la persistencia en la oración, v. 1) finalmente es aceptada como eficaz. Lo que sí se puede afirmar con seguridad es que la frase no está nada en desacuerdo con el resto de la parábola. Fisher nos ayuda a esclarecer un poco este dicho por Jesús:

Una vez más se hace la pregunta a los que le oyen. Si la fe es la disposición de uno para confiar en Dios como el vindicador del oprimido, ¿hay tal disposición y confianza entre aquellos que oyen la parábola? ¿Habrá un grupo de hombres y mujeres que ponga su fe en este Dios de la justicia y que esté listo para dar la bienvenida a la nueva era?

Jesús, por medio de la parábola, también pregunta si Dios tardará en contestar las oraciones de los suyos: ¿Les hará esperar? (v. 7b). comenta:

En contraste con el juez, a Dios no le molesta que su pueblo clame a él de día y de noche. El que Dios escuche las oraciones no debe entenderse como que desiste de una determinación fija de no contestar. Más bien, Dios contesta la oración según su tiempo y según su plan. Cuando ese tiempo se aproxima, la oración es contestada rápidamente. Dios no demora en nada, porque su oído está atento a la voz de sus hijos. Los tiempos de espera durante períodos de tensión pueden parecer largos, pero después, al ver sus oraciones contestadas el pueblo de Dios y ver los designios del plan de Dios, concuerdan en que Dios hizo justicia para ellos sin demora.

Debe ser obvio que, para Lucas por lo menos, la parábola del juez y la viuda hace dos cosas. Enseña la persistencia en la oración en primer lugar (v. 1). También recalca la necesidad de que haya la fe de parte de los seguidores de Cristo cuando el tiempo de la segunda venida (v. 8b). Pese a la tensión que algunos contemplan entre los dos énfasis, hay que ver que sólo si los creyentes persisten en la oración habrá fe sobre la tierra cuando la parusia. En realidad no hay un conflicto entre las dos cosas.

La parábola para el contexto latinoamericano

Esta parábola se presta fácilmente para una aplicación al ámbito latinoamericano. Esto es así, no tanto por las posibles similitudes entre las injusticias y vejaciones sufridas por la viuda ante el juez y condiciones dentro del sistema judicial en algunos países de América Latina, sino porque urge que la enseñanza de la parábola encuentre cabida entre los creyentes latinoamericanos.
Con todo, uno no puede leer la parábola sin pensar en ciertas analogías entre el sistema judicial del antiguo Oriente Cercano y el que existe en algunas partes de Latinoamérica. No es ningún secreto que en ciertas latitudes de América Latina existe la impresión de que con suficiente dinero cualquier cosa puede resolverse dentro del sistema judicial. No tan sólo el dinero vale sino también el poder. Raros son los casos en que las cortes hagan justicia para el individuo en contra del régimen que está en poder. Aunque existen leyes que dictan que los poderes legislativos, judiciales y ejecutivos deben funcionar autónomamente, asegurando así la máxima justicia, en algunos lugares es evidente que la rama ejecutiva prevalece sobre las otras dos. ¿Cuántas veces el presidente de algún país u otro no ha abolido hasta la legislatura nacional para poder asumir control absoluto? He aquí las infames dictaduras que han caracterizado tanto gobierno en América Latina en el pasado. Si esto puede hacerse referente a la rama legislativa, con más facilidad se hace con la judicial.
Aparte del sufrimiento general de muchos pueblos enteros por dichas dictaduras, ¿cuánta gente sencilla e inocente no ha sufrido atropellos ante oficiales burocráticos sin manera de reclamar nada? Se han dado casos en donde abiertamente se han vendido plazas gubernamentales con el propósito expreso de poder extorsionar al público. Siempre son los más sencillos, los pobres e indefensos los que sufren más de este tipo de arreglo. Hasta puestos especiales dentro de las fuerzas policíacas se han vendido, porque el poseedor de tales puestos está garantizado entradas extras (léase extorsión) por encima de su sueldo. Parece mentira, pero pareciera que las fuerzas policíacas y la oficialía aduanal son las que más se han prestado para la extorsión del pueblo y el atropello de los indefensos. Vale más decir, no obstante, que no todos los oficiales aduanales y policíacos son corruptos. Tiene que haber personas honradas que ocupan estos puestos sin que caigan en la tentación de la extorsión.
El propósito principal de estas palabras no es para pintar un cuadro demasiado oscuro o denigrante de algunos sistemas gubernamentales. Más bien, se quiere ver cómo las enseñanzas de la parábola del juez y la viuda pueden aplicarse dentro de la realidad de América Latina. Cabe recordar que las enseñanzas de las parábolas tienen que encontrarse dentro de los mismos pasajes bíblicos y el período religioso-cultural que éstos reflejan. Una vez que se descubre el sentido que tal o cual parábola tenía para los oyentes originales y los primeros lectores de los Evangelios, se puede intentar hacer una aplicación tentativa. En el caso de la parábola del juez y la viuda se observó que hay dos posibles significados: (1) el de Lucas en 18:1, o sea, la persistencia en la oración; (2) la permanencia de la fe hasta la venida de Cristo. ¿Cómo hablan estos dos conceptos a la realidad de Latinoamérica? Los creyentes cristianos latinoamericanos se dan cuenta de que ambas cosas pueden impactar grandemente el medio dentro del cual viven.
Es difícil que se halle otra parábola de Jesús que hable más directamente acerca de realidades que existen en la sociedad: la venalidad de los jueces, la burocracia apática ante las urgencias del ciudadano, el sinfín de trámites interminables y costosos, las demandas de parte de la oficialía porque se le pague más allá de lo que la ley exige: léase cohecho. Es obvio que la viuda en la parábola refleja la mayoría del pueblo latinoamericano: la persona indefensa ante las injusticias y atropellos cometidos por la burocracia en nombre de la ley. El creyente cristiano se da cuenta de que Dios es el protector de la viuda (Sal. 68:5). Es su protector, porque Dios sabe que ella, juntamente con los demás indefensos (huérfanos y extranjeros), no tiene quien más los rescate y cuide. Se sabe que en el Antiguo Testamento la viuda y los otros que reciben un cuidado especial de Dios son los representantes generales de todos los oprimidos. Por lo menos los voceros de Dios durante el Antiguo Pacto abogaban porque el pueblo de Israel se comportara, siguiendo las pautas dadas por Dios mismo (léase Isa. 1:16, 17). Todo esto quiere decir que si Dios protege a los indefensos y a los oprimidos, se espera que sus seguidores hagan igual.
En la parábola hay dos personajes principales: el juez y la viuda. Se puede aprender de ambos con relación a los problemas en América Latina. Al igual que la viuda y su tenacidad en seguir exigiendo la justicia ante el juez, los creyentes cristianos pueden “orar siempre y no desmayar” ante el Juez Supremo porque lleve más justicia a la sociedad. También, urge que los creyentes se comporten de tal manera que la justicia se mantenga en alto aun dentro de sus propios tratos con la burocracia. En otras palabras, el cristiano no debe hacer nada que venga a desprestigiar la causa de Cristo y la justicia que él representa. Esto significa que el creyente tiene que evitar a toda costa el caer en la trampa del sistema, pagando el soborno. Mientras más leña se echa al fuego, más inapagable se pone.
El juez de la parábola nos enseña que por malo y corrupto que fuera, la persistencia de parte de la viuda pudo más que él. Esto significa que los cristianos latinoamericanos pueden persistir en sus demandas individuales y colectivas por la justicia hasta que por fin se logre una mejora. Un sentido de derrota o de impotencia nunca debe caracterizar al creyente cristiano.
Finalmente, la segunda enseñanza respecto a la permanencia de la fe tiene un aporte también a la realidad latinoamericana en que vive el creyente. Recordamos que en el v. 8 Jesús preguntó: Sin embargo, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? Esta pregunta es importante, porque alude a un tema mayor: la venida del reino en sus etapas consumadoras, inauguradas éstas por la segunda venida de Cristo. Este tema de la venida del reino cuando la manifestación del Hijo del Hombre se halla especialmente en Lucas 17:22–37. Acá Lucas da las palabras de Jesús que advierten a sus seguidores en contra de dos peligros tocantes al reino. El primero tiene que ver con el sufrimiento que aguarda a los fieles, especialmente cuando éstos procuran luchar por la justicia. Jesús dijo a sus discípulos que, al igual que él sufría por su mensaje de liberación, también ellos podrían esperar lo mismo (Luc. 17:22–25). Siempre que se luche en contra de la injusticia, los opositores de ésta pueden esperar la violencia. Se hace todo lo posible porque se callen y se mantenga el estatus quo. Históricamente, se sabe que Cristo sufrió hasta la muerte; los cristianos primitivos también sufrieron por su fe. No debe sorprendernos que también en nuestro tiempo y en nuestras latitudes los cristianos que se oponen a la injusticia en todas sus manifestaciones vayan a pagar las consecuencias. Ante esta escena, la pregunta de Jesús respecto a la permanencia de la fe hasta la segunda venida es aun más pertinente.
El segundo problema que plantea Jesús tocante a los peligros que tendrán que encarar los creyentes tiene que ver con la perenne socavación de la integridad por las riquezas y el egocentrismo. En Lucas 17:28–30 Jesús pone la ilustración del tiempo de Lot. Se describe la actuación rutinaria de la gente en sus faenas diarias por adelantarse económicamente: “… compraban, vendían, plantaban y edificaban …”. Se insinúa que las cosas ordinarias de la vida controlaban sus agendas. Es cierto que el poder del testimonio cristiano ante las injusticias suele socavarse precisamente por el temor de perder dinero e influencia. Una de las tentaciones más sutiles de la actualidad cristiana es la de callarnos ante algunas injusticias abiertas con el fin de no hacer peligrar nuestra posición en la sociedad. Sabemos por las enseñanzas de Jesús que Dios siempre está del lado de las víctimas de la injusticia. La pregunta de Jesús respecto a la presencia de la fe sobre la tierra cuando su retorno se hace cada vez más pertinente. ¿Habría una demostración de fe de parte de nosotros, defendiendo a los indefensos, si Jesús volviera hoy? Esta pregunta cobra una vigencia especialmente genuina dentro de las filas de los creyentes latinoamericanos actuales.
Quiera Dios que la enseñanza de la parábola del juez y la viuda cale profundamente en el corazón del cristiano latinoamericano de hoy.


Parábola de los dos hijos (Mat. 21:28–32)

El contexto sinóptico

A primera vista, se nota que esta es otra parábola que se halla únicamente en el Evangelio de Mateo. Debe decirse, no obstante, que Lucas (15:11–32) tiene una parábola que tiene muchos elementos semejantes a los que se presentan en la parábola de los dos hijos en Mateo. Las dos parábolas, la del hijo perdido en Lucas y la de los dos hijos en Mateo se asemejan en que ambas destacan: (1) un hijo que se caracteriza por ser desobediente al principio, que desilusiona al padre pero al final se arrepiente y se torna en hijo obediente; (2) un hijo que al principio aparenta ser obediente pero a la larga resulta ser un hijo que decepciona al padre. Barnett  opina que es posible que ambas parábolas representen un tema que Jesús usaría múltiples veces en su enseñanza. Pareciera, según Barnett, que originalmente habría una sola parábola que a la postre sufriera cambios durante la formación de las dos fuentes particulares de los evangelistas (ver el apéndice respecto a las fuentes “M” y “L”). Llama la atención que la mayoría de escritores no concuerdan en esta opinión.
La parábola de los dos hijos en Mateo es precedida por la pregunta hecha por los principales sacerdotes (¿saduceos?) y los ancianos (¿escribas?) del pueblo respecto a la autoridad de Jesús. Este tema se remonta a la sanidad de los dos ciegos en Jericó (Mat. 20:29–34). Al acercárseles Jesús, éstos lo identifican como el Mesías, el ungido. Lo hacen por el uso del término “Hijo de David”. La ocasión de la pregunta por los líderes religiosos también tiene por base la actuación de Jesús en “la entrada triunfal en Jerusalén” (Mat. 21:1–11). Las aclamaciones de los dos ciegos son confirmadas por las multitudes durante la entrada a Jerusalén por Jesús. Es obvio que Jesús intencionalmente asume el papel profetizado del Mesías al entrar a la ciudad montado sobre un asna y su borriquillo. Mateo no pierde la oportunidad de incluir dos textos del Antiguo Testamento (Isa. 62:11 y Zac. 9:9) para confirmar esta actuación mesiánica de parte de Jesús. Para los líderes religiosos, el colmo fue cuando Jesús entra al templo de los judíos y lo purifica mediante algunos actos bastante enérgicos (Mat. 21:12, 13). Jesús ocasionó más furor de parte de los líderes religiosos por su uso de las Escrituras para condenar los abusos y atropellos que cometían los cambistas y los vendedores. No tan sólo estaban éstos dentro del templo con la anuencia de la jerarquía, sino que ésta contemplaba que sus ventajas económicas se iban disipando. Todas estas acciones de Jesús hablaban poderosamente de su papel como Mesías. Esto enfurecía contra Jesús aún más a los líderes religiosos. Esta ira llega a su cenit cuando, dentro del mismo templo, Jesús sana a algunos ciegos y cojos. Ante este milagro algunos muchachos empiezan a proclamar también el mesiazgo de Jesús. Cuando los líderes religiosos procuran que Jesús niegue la verdad de lo que decían los niños, Jesús agrava la situación al confirmar tácitamente la veracidad de lo dicho por ellos (Mat. 21:14–17).
Después, Jesús se va de la ciudad de Jerusalén, pasando la noche en Betania, una aldea circunvecina. En el camino de regreso hacia Jerusalén por la mañana, acompañado por sus discípulos, Jesús encuentra una higuera de la cual esperaba sacar algún fruto. En lugar de fruto, sólo había hojas. Llama la atención que Mateo toma este relato de Marcos (Mar. 11:12–14, 20–25) y lo abrevia. Ya que tanto Marcos como Mateo incluyen este relato en relación con la visita de Jesús al templo, es probable que ambos evangelistas lo interpretaran como una acción profética del juicio del Mesías sobre la nación judía que prometía mucho en el reino pero no producía frutos palpables. El que el Antiguo Testamento (Jer. 8:13) emplee las ideas de la esterilidad y la carencia de fruto para describir el estado pecaminoso del pueblo de Dios apoya tal concepto. Ya que el tema de la eficacia de la oración (Mat. 21:21, 22) no parece relacionarse mucho con la acción de Jesús con la higuera, hay quien piensa que estas palabras fueron agregadas como una interpretación posterior. Por lo menos, se puede notar que Marcos no incluye esta aplicación a la acción de Jesús con relación a la higuera.
Enseñando Jesús en el templo, se le acercan los líderes religiosos, demandando que el Maestro divulgue la fuente de su autoridad para que hiciera todas las acciones anteriores (Mat. 21:23–27). La demanda se hace en forma de una pregunta: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad? (v. 23). Típicamente, Jesús responde con otra pregunta, esta vez tocante a la autoridad de Juan el Bautista. Viéndose entre la espada y la pared respecto a las consecuencias de su respuesta, los líderes religiosos prefieren callarse. Jesús hábilmente soslaya su censura, y rehúsa darles base para que sigan adelante. Jesús sabía muy bien que sólo los ojos de fe podían captar el origen de su autoridad divina. Aunque hubiera dicho de modo directo y sin ambages a los líderes religiosos la fuente de su autoridad, la predisposición de éstos a la incredulidad habría convertido su respuesta en foro adicional para condenarle. Según Mateo, el contexto de este mismo conflicto con los líderes religiosos judíos dio pie para que Jesús pronunciara tres parábolas de censura contra ellos. La parábola de los dos hijos es la primera, seguida ésta por la de los labradores malvados y la del banquete de bodas. Por lo que nos informa Mateo, los líderes religiosos no dejaron de entender que las parábolas tenían que ver con ellos (vv. 45, 46) y los dejaban mal parados. Tanto fue así que éstos confabularon con otros contra Jesús (Mat. 22:15).
Conviene que se agregue una cosa más tocante al contexto sinóptico. Parece, según Smith (p. 210), que hay cierto problema textual. Es decir, algunos manuscritos antiguos difieren los unos de los otros en cuanto al orden de la actuación de los hijos. Aunque veremos la parábola con más lujo de detalle dentro del ministerio de Jesús, esta variación textual atañe más bien al contexto sinóptico. Según algunos manuscritos, el hijo que responde “¡Sí, señor, yo voy!” aparece primero, y los líderes religiosos lo declaran como el hijo auténtico. Esto hace que concuerde con la aplicación en v. 31b. Para algunos, no obstante, esto ocasiona una duda respecto a la autenticidad del manuscrito. La lectura más normal tiene al primer hijo diciendo: “No quiero”. El que responda así provee una razón para que se le pida al segundo hijo que trabaje en la viña. Esta forma más lógica es la que encontramos en la Reina-Valera Actualizada. Ciertamente, es la forma que más se presta para que los principales sacerdotes y los ancianos v. 23) se den cuenta de que su propia postura respecto al reino de Dios es totalmente opuesta a la de Jesús. Especialmente sus conceptos respecto a los súbditos del reino de Dios están en conflicto directo con los de Jesús de Nazaret.

El contexto en el ministerio de Jesús

Esta parábola se caracteriza por la simpleza; Jesús muy intencionalmente la relató de tal manera para que no hubiera ninguna duda respecto a su significado. Sería muy difícil que los oyentes no entendieran el propósito de la parábola de los dos hijos. Si bien se acepta que discípulos de Jesús tanto como líderes religiosos se encontraban entre los oyentes, no queda duda de que ambos grupos captaron la idea principal: los súbditos del reino de Dios se caracterizan por la fe obediente a Dios pese al hecho de una vida pasada de pecado (vv. 31c, 32). Cuando Jesús habla de los dos hijos, de inmediato se nota que lo primordialmente importante no es lo que uno diga, sino lo que uno haga cuando se trata de la obediencia. Los publicanos (cobradores de impuestos) y las prostitutas, dos grupos especialmente desdeñados por los líderes religiosos, habían dicho “no” a Dios al principio. Al escuchar las buenas nuevas del reino predicado por Jesús y Juan el Bautista, cambiaban de parecer (se arrepentían) y después obedecían a Dios por la fe. Su “no” se trocaba en “sí”. En cambio, los líderes religiosos decían “sí” a las demandas de Dios, pero a la larga su “sí” se trocaba en “no”. Querían éstos lucir una gran obediencia a Dios por medio de su legalismo, pero en resumidas cuentas, su relación era con un código legal y no con el Dios viviente de los hebreos. Jesús decía que los verdaderos súbditos del reino eran los que reconocían su necesidad de arrepentimiento y una disposición de someterse al reinado del Dios vivo.
Los detalles de la parábola son interesantes. Por el relato, es claro que el padre de los dos hijos tenía una viña, una fuente de ingresos para la familia. Puesto que era así, era natural que el padre esperara que los hijos participaran en el trabajo de la viña, ya que era un trabajo en el cual todos los miembros de la familia participaban. La estación del año realmente no entra como cosa importante en esta parábola. Pudiera haberse tratado de los meses de primavera cuando eran podadas las plantas por los obreros, los meses del verano cuando se limpiaban los viñedos de toda la hierba mala, o los meses del otoño cuando se realizaba la vendimia o cosecha de las uvas. En realidad, no importa la temporada del año, ya que estos detalles no figuran en la enseñanza principal de la parábola.
Lo más importante en la parábola es la petición del padre a que los hijos vayan al trabajo y sus respectivas respuestas. Los pormenores en torno a petición y las respuestas sí son pertinentes. Se nota que la petición del padre de la parábola es solícita y atenta. La respuesta del primer hijo, en cambio, es brusca y carente de cortesía respetuosa: “No quiero”. No se dirigió al padre como era debido, utilizando el término “señor”. Tampoco puso ninguna excusa o pretexto por su renuencia. Después, sin embargo, se arrepintió de su respuesta descortés y cumplió con lo pedido. Mientras tanto, el padre, viendo que su petición al primer hijo no daba resultados positivos, se dirige al segundo hijo con la misma solicitud. Urgía que el trabajo se hiciera de alguna forma. En esta ocasión el segundo hijo, con términos altamente corteses, siguiendo los buenos modales orientales, responde: “¡Sí, señor, yo voy!”. Pese a sus lucidas cortesías, optó por no acatar los deseos de su padre. No fue al trabajo. El contraste entre los dos hijos no puede dejar de apreciarse. Uno desobedece por un tiempo, pero después, por un cambio de parecer, se somete al deseo del padre. El segundo quiere fingir una obediencia por medio de su respuesta, pero al fin demuestra su verdadera actitud: la desobediencia.
La pregunta de rigor, desde luego, tiene que ver con “¿Quién es el hijo obediente?” (v. 31a). Este es el momento crítico para los líderes religiosos. Sabían de sobra que Jesús contaba la parábola para demostrar la actitud equivocada de ellos acerca del reino de Dios. Ante la parábola, no obstante, no les quedaba más remedio que confesar que el primer hijo era el que había hecho la voluntad del padre, pese a su actitud negativa al principio. Jesús no vacila. De inmediato identifica al primer hijo con los cobradores de impuestos (judíos que se habían vendido al gobierno romano con el fin de lucrar a expensas de sus compatriotas) y las prostitutas. Jesús quiere decir que por medio de su estilo de vida pecaminoso se negaban a hacer la voluntad de Dios. Después, por la predicación de Juan el Bautista y Jesús éstos se arrepentían y comenzaban a portarse como súbditos del reino. El segundo hijo, en cambio, refleja la actuación de los religiosos: ostentaban una gran religiosidad para ser vistos de los hombres. Al llegar Juan el Bautista y Jesús, no les hacían caso. Escuchaban sus palabras, pero no las acataban. Eso sí, se fijaron en que los publicanos aceptaban el mensaje de Juan el Bautista, y se bautizaban. Los religiosos, en cambio, se negaban a someterse al bautismo de Juan, demostrando así que rechazaban el propósito de Dios para ellos (ver Luc. 7:30).
Aunque la parábola de los dos hijos es corta, no por eso carece de significado. Su mensaje es vital y actual para todo el que la lee. Llama la atención que esta parábola en un sentido muy palpable reúne la enseñanza global del Antiguo Testamento tanto como la del Nuevo. ¿Cuál es esa enseñanza? No es nada menos que “obedece la voz de Dios y haz su voluntad”. Esta voz y voluntad se hallan en la Palabra escrita de Dios, pero más perfectamente aun en la Palabra Viva que es Jesucristo mismo.

La parábola para el contexto latinoamericano

Esta parábola parece encarnar una exposición del principio de Jesús que reza así: No todo el que me dice, “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mat. 7:21). La realidad eclesiástica latinoamericana ilustra una necesidad tremenda porque esta parábola halle eco entre los creyentes. A nivel de las iglesias locales entre los evangélicos, es muy común que la fe cristiana se interprete de una manera muy cómoda. Al escuchar la predicación fiel del evangelio, algunas veces por espacio de años, el creyente verdadero hace una profesión pública de su fe en Cristo. Esta confesión es confirmada por su bautismo en agua. A veces este bautismo es de forma inmediata después de su profesión pública, a veces se realiza sólo después de algún tiempo prudente de enseñanza respecto al significado de ser miembro de una iglesia. Luego, aparte de programas dominicales de enseñanza bíblica, suele haber poco adiestramiento para los miembros de la iglesia. Ahora bien, vale la pena aclarar que todas las actividades mencionadas son de suma importancia; más bien, son imprescindibles. El problema estriba en que después, la vida cristiana se limita básicamente a la fidelidad en asistencia a los cultos de la iglesia. En los peores de los casos, muchos creyentes, por alguna razón, llegan a creer que la vida en Cristo se limita a las cosas que NO se hacen. Es decir, el buen cristiano es el que NO fuma, el que NO bebe bebidas alcohólicas, el que NO asiste a bailes, etc. La cosa más fácil es caer en un legalismo que se asemeja mucho al de los líderes religiosos judíos del tiempo de Jesús. No tan sólo se puede llegar a un legalismo, sino que también éste a la larga resulta en una actitud de superioridad espiritual de parte de los creyentes. Olvidan que también lo que condenan en otros, eso mismo hacían antes de convertirse. La combinación de legalismo con la actitud de superioridad espiritual cuadra perfectamente con la actuación de los líderes religiosos durante el tiempo de Jesús. Además, cuadra infinitamente bien con el papel que jugó el segundo hijo en la parábola de los dos hijos. Ahora bien, estas palabras no pretenden dejar la impresión de que no debe haber normas para la buena conducta de los creyentes; al contrario, lo que se pretende es que la vida del creyente latinoamericano se destaque no por lo que NO hace sino por lo que SÍ hace. ¿Cuántos miembros de las iglesias son “buenos” miembros porque cumplen con lo negativo? Si la fe cristiana se limitara únicamente a las cosas que no se hacen, entonces la fe se convierte en algo muy fácil. Lo que hay que recordar es que Jesús era conocido, no tanto por lo que NO hacía, sino por lo que hacía. Inclusive, se metía en líos con la jerarquía judía por su positiva relación con “pecadores”. Se le conocía bien por los bienes que realizaba. Jesús nunca se destacó por guardar leyes negativas (como las del sábado, leyes culinarias judías, etc.) sino más bien sus obras positivas. La enseñanza, la predicación del reino, las sanidades, su relación amistosa y benéfica con los marginados: todas estas cosas caracterizaban al Señor Jesús. ¿No conviene que las mismas cosas caractericen a sus seguidores?
Finalmente, urge que los creyentes latinoamericanos aprendan de la parábola de los dos hijos que los verdaderos súbditos del reino son las personas que demuestran su obediencia por las obras. No importa cuán sincera sea nuestra profesión, si ésta no es acompañada por la obediencia, de nada sirve. A la inversa, puede haber personas “del mundo” cuyas vidas no eran nada envidiables moral y éticamente que han dicho “no” al Padre. Puede ser que su fama de inmorales se haya propagado por todas partes. Si estos individuos, no importando su infamia, se arrepienten y cambian su respuesta en “sí” al Padre, no debe haber cristiano alguno que los rechace por “indignos”. Jesús dijo que los cobradores de impuestos y las prostitutas entrarían al reino de Dios antes que los religiosos judíos que dependían de su propio mérito. Los publicanos y las prostitutas entrarían al reino de Dios delante de los “buenos” precisamente porque reconocían su propio pecado y dependían de la gracia de Dios. El que aprenda esta lección habrá alcanzado un alto grado de sabiduría.


Parábola de los dos cimientos (Mat. 7:24–27; Luc. 6:47–49)

El contexto sinóptico

Los dos evangelistas terminan sus respectivas versiones del gran sermón de Jesús con esta parábola. Las diferencias entre las dos presentaciones obviamente se pueden atribuir al contexto y propósito de cada uno de los escritores. El Sermón del monte de Mateo (Mat. 5–7) contiene mucho del mismo material que el Sermón de la llanura de Lucas (Luc. 6:20–49). Lo interesante es que ambos escritores terminan sus versiones del sermón con esencialmente las mismas palabras: Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, será semejante a un hombre prudente que edificó su casa sobre la peña (Mat. 7:24).
Es probable que el Evangelio de Mateo refleje la forma más original de la parábola, ya que sus lectores mayoritariamente eran judíos y estaban bien familiarizados con la topografía de Palestina. Los detalles descriptivos de Mateo parecen acoplarse más a la vida beduina del área. Lucas, en cambio, escribe para un auditorio helénico, tanto judío como gentil, cuyas vidas no estaban directamente relacionadas a las regiones palestinas. Sus palabras son más “genéricas” en sus descripciones. Es así, porque los judíos helénicos, lectores de Lucas, no conocían a primera mano la vida beduina. No estaban acostumbrados a vivir en casas provisionales o temporales como los beduinos. De los dos, Mateo es el único que menciona la característica de uno de los edificadores: prudente. Algunas versiones traducen esta palabra en “sabio”. Mateo también es más descriptivo con relación a la tempestad. Habla de lluvia y vientos. Lucas, en cambio, sólo habla de una inundación. Respecto al contexto sinóptico de la parábola, también conviene observar que Lucas tanto como Mateo ponen por prefacio inmediato las palabras de Jesús: ¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor” y no hacéis lo que digo? (Luc. 6:46; Mat. 7:21, 22). Ambos usos de este dicho hacen énfasis sobre la autoridad de Jesús en sus enseñanzas. Como “Señor”, Jesús merecía que se le obedeciera. Obviar el señorío de Jesús al desobedecer sus palabras era exponerse a un riesgo grande. De los dos evangelistas, Mateo es el único que da aun más realce a la idea de la autoridad de Jesús al hablar del asombro de la gente y la originalidad de sus enseñanzas (Mat. 7:28, 29).
Con respecto al nombre de la parábola, los eruditos no concuerdan. Smith  insiste en que la parábola debe llamarse “Las dos casas” en lugar de “Los dos edificadores”. Esto contradice directamente el nombre empleado por Hunter.  Más llamativo y más acertado es el nombre puesto por los editores de la RVA: “Los dos cimientos”. Es así, porque, como veremos, la enseñanza principal de la parábola gira en torno a los cimientos sobre los cuales uno edifica su vida.

El contexto en el ministerio de Jesús

Llama la atención el papel que juegan las tempestades naturales dentro del ministerio de Jesús. En más de una ocasión una tempestad fijó el escenario para unas enseñanzas especiales de Jesús. Sólo hay que recordar la experiencia aterradora de sus discípulos, algunos de ellos pescadores experimentados, durante una tempestad sobre el mar de Galilea (Mar. 4:35–41 y paralelos). Jesús en esa ocasión demostró su autoridad sobre las fuerzas naturales. El Señor sobre la naturaleza sabía sacar enseñanzas parabólicas aun de las tempestades. Una de ellas es la que nos ocupa ahora.
Aun en la actualidad suele haber tempestades repentinas en las zonas desérticas de la Palestina. Jesús estaría totalmente familiarizado con la escena de la cuenca seca de un arroyo que se inunda por causa de una tempestad repentina de viento y lluvia. Se sabe que durante el tiempo de Jesús, las casas rurales se construían de adobe, o sea, lodo endurecido. La gente sabia era la que se cuidaba de construir sus casas a una distancia prudencial de vados o hundimientos en la tierra. Éstos podían convertirse rápidamente en ríos caudalosos por causa de aguaceros fuertes, aunque durante la mayor parte del año estaban totalmente secos. Los beduinos, habitantes principalmente de tiendas, solían a veces construir casas provisionales. Algunos, por el deseo de estar cerca de un manantial de agua, construían estas casas sobre la cuenca de un arroyo. Este era el tipo de persona descrita en la parábola como insensato (Mat. 7:26). En cambio, el constructor prudente es el que no depende de la constancia del buen tiempo. No construye su casa sobre la arena sin un cimiento sólido. Más bien, perfora profundamente hasta encontrar roca sólida sobre la cual echar los cimientos de su casa. Aunque los detalles descriptivos de ambos evangelistas no son iguales respecto al lugar y medios de construcción o la naturaleza de la tempestad, ambos sí recalcan que el constructor prudente tiene la previsión de edificar sobre cimientos permanentes.
La enseñanza clara de la parábola es que el constructor sabio es el que oye las palabras de Jesús y las pone por obra. Es imprudente y carente de sabiduría sólo escuchar las palabras sin acatarlas. Jesús quería de plano que sus oyentes no fueran sólo oidores sino también hacedores de su enseñanza.
Aunque escribe de forma escueta y sintética, Hunter sabe captar el sentido de las parábolas de Jesús de manera singular. Respecto a esta parábola afirma:

El significado es claro. La casa construida sobre la roca simboliza el oír y el hacer las palabras de Cristo; la casa construida sobre la arena simboliza a los que las oyen solamente. La tempestad de la parábola pudiera ser el juicio final; más probablemente alude a un período de prueba en la vida del discípulo. Para tales ocasiones el secreto de la seguridad lo constituye la vida edificada sobre la obediencia activa a las enseñanzas de Cristo. “Obedéceme,” dice el Señor, “y podrás resistir la tempestad; desatiende mis palabras, y te buscarás el desastre”.

El que esta parábola ocupe la parte final del Sermón del monte (Mat. 5–7) y el Sermón de la llanura (Luc. 6), es obvio que los evangelistas querían que los lectores no sólo pensaran en las enseñanzas de Jesús, apreciándolas así como hermosas ideas, sino que se convirtieran en seguidores de él, obedeciéndolas. El escritor reformado Hendrickx  lo expresa hermosamente:

Quienquiera que sea sabio atiende seriamente las palabras de Jesús y conduce su vida según ellas. Quienquiera que escucha a Jesús pero no pone sus palabras por obra llega a la ruina absoluta. No toma el tiempo para escarbar y echar los cimientos. Su casa se hace rápidamente, y temporalmente satisface sus necesidades, pero al llegar la adversidad en el torbellino de la vida, la casa que no tiene a Jesús por cimiento se desmorona y se destruye completamente.

Esta pequeña parábola está cargada de significado que difícilmente se le escape a uno. Se asemeja mucho al tema general del escritor antiguotestamentario autor de Jueces, 1 y 2 Samuel y 1 y 2 de Reyes: la obediencia a Dios trae bendición; la desobediencia acarrea desastre. Desde luego, en esta parábola la obediencia aludida es la que se debe dar a las palabras de Jesús encontradas especialmente en el Sermón del monte.

La parábola para el contexto latinoamericano

Hace algunos años hubo un terrible terremoto en la ciudad capital de México. Muchas personas perdieron la vida, los damnificados eran incontables, y hubo mucha destrucción material. El que escribe vivía en aquel entonces en el Estado de México en un condominio de cinco pisos. Hasta la fecha no cuesta ningún trabajo recordar con viveza el movimiento del edificio, el sonido subterráneo, el pánico que se sentía, la sensación de impotencia para hacer algo significativo para protegerse. Los que viven en zonas de frecuente movimiento telúrico se dan cuenta perfectamente del terror experimentado cuando sucede un terremoto. Cuando sucedió aquel terremoto aludido, creíamos que el edificio se nos venía encima; fue de larga duración. Al rato, sin embargo, nos dimos cuenta de que por nuestro sector no había grandes destrozos. Al restaurarse el fluido eléctrico, sin embargo, los reportajes televisados contaban otra historia respecto a otros sectores de la ciudad. ¿Por qué en algunos sectores se sintieron más agudamente los embates del temblor? Después de mucho estudio, la respuesta se hizo clara. La diferencia estribaba en dos cosas: (1) la técnica y materiales de construcción, (2) la clase de superficie sobre la que los edificios se construían. En el caso de nuestro condominio la construcción se había realizado sobre lo que el arquitecto llamaba tepetate. Como se nos explicó se trataba de una profunda capa de piedra y gravilla. En cambio, la zona de más destrucción y pérdida de vidas tuvo lugar en el centro de la ciudad cuyo terreno antiguamente había sido un lago.
La lectura de la parábola de los dos cimientos, sea la versión mateana o la de Lucas, recalca la importancia del lugar de los cimientos. Fuera una tempestad con vientos y fuertes lluvias que producían inesperadamente una ola de agua (Mateo) o fuera una inundación repentina (Lucas), la cuestión de los cimientos era vital. Los latinoamericanos actuales, vivan en zonas de movimiento telúrico o no, necesitan asegurarse de la clase de cimientos que están poniendo. Desde luego, la clase de cimiento tiene que ver con el lugar en que se echa. El hombre de la parábola que construyó su casa sobre la arena sólo podía esperar a la larga como consecuencia natural el desastre. En cambio, el hombre que cavó y echó los cimientos de su casa sobre la roca sólida no tenía porqué temer, viniera la tempestad que viniera.
Los habitantes de América Latina que edifican su casa (su vida, su familia) sobre la arena (el dinero, la fama, el poder, el materialismo) pronto descubren que esa arena es movediza, y grande es la destrucción. Los hombres y mujeres en Latinoamérica que echan profundamente los cimientos de su casa (su vida, su familia) sobre la Roca firme de las enseñanzas y la persona de Jesucristo, descubren que esa casa es indestructible y sólo prospera. No debe ser necesario decir, sin embargo, que la prosperidad aludida no es necesariamente material. La prosperidad cristiana es la que produce la dicha y la satisfacción personal. Los seguidores de Jesucristo que se empeñan en acatar fielmente sus enseñanzas se contentan más al verse involucrados en el servicio a otros. Hay una gran verdad en la expresión: “La calidad de nuestro servicio a Dios sólo se mide correctamente al contemplar nuestro servicio a otros en nombre de Cristo”. ¿Qué clase de cimientos tiene su casa?


Parábola de los dos deudores (Luc. 7:41–42)

El contexto sinóptico

De nuevo topamos con una parábola que sólo figura en el Evangelio de Lucas. No tan sólo eso sino que también la parábola se destaca por la brevedad de ella. Lo que llama la atención fuertemente es que el contexto de la parábola en Lucas, o sea, el ungimiento de Jesús por la mujer pecadora en casa de Simón, parece figurar también en los otros sinópticos, pero sin que la parábola misma aparezca en éstos. No tan sólo en Mateo (26:6–13) y en Marcos (14:3–9) no hay esta parábola, sino que los detalles y sus respectivas enseñanzas en torno al ungimiento de la mujer también difieren de los de Lucas. Las diferencias son tan grandes que algunos piensan que se trata de dos eventos diferentes. Cuando se analiza la historia acerca del ungimiento, sin embargo, es difícil no ver el mismo acontecimiento, pero ubicado éste en contextos diferentes en los tres sinópticos. De nuevo, esto no debe perturbarnos, ya que hemos visto que los Evangelios no son biografías con una perfecta cronología, detallando así las palabras y las acciones de Jesús durante su ministerio terrenal. Más bien, son divinamente inspirados arreglos literarios, basados en palabras y acciones auténticas de Jesús, organizadas éstas según el propósito teológico-didáctico de cada evangelista. Se entiende que al escribir sus obras, los evangelistas tenían acceso a varias fuentes para escribir sus Evangelios. Estas fuentes estaban compuestas por unidades independientes de tradición, tanto de índole escrita como oral. Bajo la inspiración del Espíritu de Dios, los evangelistas libremente utilizaron sus respectivas fuentes para hilvanar su interpretación del significado de Jesús según sus propios propósitos teológicos. Así, sería muy fácil ver cómo Lucas podría tomar la tradición respecto al ungimiento de la mujer y colocarla dentro de su propia esquematización literaria (ver Luc. 1:1–4).
Veamos algunas de las similitudes y las diferencias de contexto en los respectivos Evangelios. En primer lugar están las similitudes:

1. El ungimiento es por una mujer.
2. Jesús es el que recibe el ungimiento.
3. El ungimiento se realiza en una comida, reclinado Jesús a la mesa.
4. El material de ungimiento está contenido dentro de un alabastro; es perfume costoso.
5. El ungimiento tiene lugar en la casa de un “Simón”.

Veamos las diferencias muy marcadas en los distintos relatos del ungimiento:

1. El sitio del ungimiento en Marcos y Mateo es Betania; no es así en Lucas.
2. Aunque el anfitrión en los tres sinópticos se llama Simón, al de Marcos y Mateo se le describe como leproso. En Lucas es fariseo.
3. En el relato de Lucas, hay un intercambio entre Jesús y Simón, no así en los otros Evangelios sinópticos.
4. En Lucas la mujer unge los pies de Jesús; en los otros, ella unge su cabeza.
5. En Lucas, la conversación de Jesús es con Simón; en los otros sinópticos, es con los discípulos.
6. En Lucas, el contexto da lugar a la parábola de los dos deudores; no así en Marcos y Mateo
7. En Marcos y Mateo el alabastro se rompe; no así en Lucas.
a. En Marcos y Mateo la acción de la mujer provoca el tema de los pobres; no así en Lucas.
b. En Marcos y Mateo la acción de la mujer, dice Jesús, resultará en su fama. Lucas no incluye esto.
c. En Marcos y Mateo el ungimiento de Jesús por la mujer es una de las cosas que suceden durante la semana de pasión. Lucas ubica el evento en otro contexto temporal.

Por lo antes expuesto, es fácil ver cómo algunos verán el relato del ungimiento de la mujer a Jesús en Lucas como otro evento totalmente diferente. Otros siguen pensando que es el mismo evento pero narrado de forma distinta por los diferentes evangelistas según sus propios propósitos. Lo que nos interesa principalmente para nuestros propósitos es que Lucas utiliza el ungimiento de la mujer como contexto para la parábola de los dos deudores.

El contexto en el ministerio de Jesús

El contexto inmediato, exclusivo de Lucas, es el que narra la intervención de una mujer pecadora durante una comida en la que Jesús es el huésped especial. Cobra más viveza el relato cuando uno se da cuenta de que la comida se verifica en la casa de un fariseo llamado Simón. Sería particularmente ofensivo para Simón que esta mujer entrara a su casa durante la ocasión de una comida. Los fariseos, como ya se sabe, eran muy escrupulosos en cuanto a sus relaciones interpersonales. No se asociaban con personas que eran consideradas “pecadoras”; menos deseaban que estas personas entraran a sus hogares, contaminándolas así con su presencia. Esta mujer, obviamente sin permiso y menos una invitación, se hace presente en la casa de Simón, porque se había enterado de la presencia de Jesús en ella. Para el colmo, es posible que esta interrupción inesperada de la mujer tuviera lugar en sábado, el día especialmente sagrado para los judíos. Joachim Jeremias  hace notar que era costumbre que los líderes judíos invitaran a predicadores visitantes después del culto de la sinagoga. Jesús no sería el único invitado; otros miembros de la sinagoga estarían presentes en el almuerzo también.
Una de las cosas que sobresale es que, pese a las costumbres de hospitalidad bastante rígidas entre los judíos, Simón no se preocupa en cumplir con ellas en el caso de Jesús. Una de las cortesías de rigor era el beso de saludo. Faltó por completo este acto de respeto. Tampoco se le lavó los pies a Jesús al entrar. Ya que la norma era llevar sandalias, los pies de los caminantes se empolvaban por la condición primitiva de los senderos. Todos los judíos de cierto rango se esmeraban en tener un siervo que se ocupara de lavar y secar los pies a los visitantes. El siervo encargado de esta tarea, al quitársele las sandalias a los visitantes, las guardaba hasta su salida de la casa. Parece, por lo dicho por Jesús después, que se le quitaron las sandalias, pero no se le lavaron los pies. Los nombres de otros visitantes en el hogar no se mencionan específicamente, pero sería anormal que no hubiera otros presentes. Si Jesús era el único entre varios a quien faltó respeto Simón, esto agravaría aún más la cosa. Finalmente, tampoco el anfitrión ungió la cabeza de Jesús con aceite. Esta costumbre entre los judíos se remontaba a tiempos muy remotos (ver Sal. 23:5; 45:7; 104:15; Eze. 23:41; Amós 6:6). Con toda razón Jesús llamó la atención de estas faltas a Simón, pero lo más importante era que estas faltas sirvieron para llamar la atención al gran amor de la mujer y su consecuente perdón de pecados (Luc. 7:44–50).
Las comidas formales de los tiempos de Jesús entre los judíos se celebraban de la siguiente manera: Alrededor de una mesa las visitas se reclinaban sobre el brazo izquierdo en bancas diseñadas para tal propósito. La cabeza de tales bancas daba a la mesa, y la gente solía servirse de la mesa con el brazo derecho. Ya estarían descalzos al reclinarse. Esto permitía que la mujer pecadora mostrara a Jesús su amor. Ella tenía la intención de regalarle un alabastro lleno de perfume costoso. Deseaba por medio de este acto expresarle su gratitud, probablemente por haberle dado el mensaje del reino. Sin embargo, ante su presencia, no pudo contener sus emociones y empieza a llorar. Sus lágrimas caían sobre los pies de Jesús, mojándolos. Al no tener con qué secarlos, remedia esta situación, aflojando el pelo largo para tal fin. Después de secar sus pies, los besa y comienza a ungirlos con el perfume. Esta acción tiene que haber sido muy desconcertante para Simón. Hendrickx  nos ilumina al respecto:

Desde la óptica de Simón, este era un incidente muy penoso. Si la mujer había comprado el perfume con dinero ganado en la prostitución, la dádiva estaba manchada. Según Deuteronomio 23:18, Dios detestaba tales ganancias, y por lo tanto no era correcto que estuvieran en su casa. Regalos obsequiados por personas inmorales eran considerados sucios e inaceptables por cualquier persona respetable. Es más, la mujer había soltado el cabello en presencia de hombres; al hacerlo, demostraba qué clase de mujer era. No era socialmente aceptable que las mujeres soltaran su pelo en público.

Simón dudaba de la autenticidad profética de Jesús, porque pensaba que si éste fuera un verdadero profeta, sabría quién era la mujer, y no permitiría que ella entrara en diálogo con él. La acción amorosa de la mujer y la actitud farisaica de Simón fijaron el escenario para que Jesús diera la parábola de los dos deudores.
¿Qué es lo que Jesús quería enseñar mediante la parábola de los dos deudores? El significado de la parábola, como es muy natural, está muy relacionado con el contexto de la comida en casa de Simón y el ungimiento de Jesús por la mujer. Jesús reconoció la actitud negativa del fariseo ante su disposición de permitirle a la mujer tocarlo. Conocía de sobra los pensamientos de Simón, y de forma cortés lo redarguye por sus faltas de cortesía para con él. Expresa su gratitud por las atenciones de la mujer, haciendo a favor de él lo que el anfitrión no había hecho. Esta expresión de gratitud la formula por medio de la parábola de los dos deudores.
Para comenzar, Jesús le dice directamente a Simón que le tiene algo que decir. Esto pica el interés del fariseo, quien le manifiesta a Jesús que le comunique su mensaje. Este mensaje fue expresado por medio de una parábola que se centraba en la experiencia de dos deudores. Uno de éstos le debía al acreedor quinientos denarios, o sea, el equivalente al dinero que un jornalero recibiría por quinientos días de labor. El otro deudor sólo le debía al acreedor cincuenta denarios. Ninguno de los dos deudores tenía con qué pagarle al acreedor lo convenido. Sin dar una razón, Jesús dice que el acreedor perdonó la deuda a ambos. Aunque no se detalla la razón, se concluye que la bondad del acreedor para con los dos endeudados ocasionaría que se les cancelaran las deudas. Luego, Jesús remacha la idea principal del relato con una pregunta: ¿Cuál de éstos le amará más? (v. 42). Sin que lo dijera, Simón se daba cuenta de que Jesús de alguna manera tenía la intención de involucrarlo a él personalmente en el relato. Sabía de antemano que Jesús de alguna manera iba a referirse a la presencia de la mujer y a su propia falta de cortesía. Sabiendo todo esto, Simón responde a la pregunta de Jesús con cierto aire de desgano, como que no quería contestar directamente. Dice: Supongo que aquel a quien perdonó más (v. 43). Haciendo caso omiso de su contestación soslayada, Jesús le dice a Simón que había dado en el clavo, había contestado correctamente.
Lo que sucede después llama la atención: Jesús, mirando a la mujer, le pregunta al fariseo si puede verla. Es obvio que Simón no era ciego físicamente; desde luego, la veía. Lo que Jesús quería, sin embargo, era que el fariseo la viera de manera distinta. Éste la veía únicamente como una intrusa pecadora. Jesús quería que Simón la viera como una persona perdonada. Físicamente Simón era vidente; espiritualmente era ciego. Sin reprocharlo, Jesús intentó darle al fariseo una nueva manera de ver las cosas. Para hacerlo, Jesús le recuerda a Simón de todas las atenciones que debiera haberle dado. Luego señala todas las acciones bondadosas de la mujer pecadora para con su persona. Mediante esta comparación, Jesús pudo lograr la enseñanza principal de la parábola de los dos deudores. Mientras más la deuda perdonada, más amor habrá para el perdonador. Era necesario que el fariseo entendiera que la mujer demostraba su amor para con Jesús porque su deuda había sido grande. Era más necesario aún que Simón captara la idea de que sus propios pecados eran grandes también, y hacía falta que pidiera perdón a Dios por causa de ellos. El fariseo no reconocía sus propios pecados, sólo los de la mujer. Si no reconociera sus pecados para luego pedir perdón, no experimentaría el gozo que tuvo la mujer. Por medio de la parábola de los dos deudores Jesús quería que todos los oyentes (y lectores posteriores) se dieran cuenta de su propia deuda grande para con Dios por causa de su pecado. Sólo experimentando este perdón de Dios tomando como base nuestro arrepentimiento y fe, podremos corresponder con el amor grande que de hecho le debemos a Dios. Al igual que al acreedor de la parábola, le costó bastante el perdonar las deudas de los dos deudores, le costó caro a Dios el perdonarnos a nosotros: la muerte de su propio hijo.

La parábola para el contexto latinoamericano

Uno de los problemas más grandes de los países latinoamericanos de la actualidad es la deuda externa. Por años muchos factores han hecho que los gobiernos de América Latina dependan de préstamos de la banca mundial. No es necesario entrar en detalle respecto a todos los factores que han dado origen a las tremendas deudas. Basta con decir que las causas son múltiples y de muchas facetas. Cuando un país pequeño vive principalmente de la agricultura, está expuesto al peligro de sequías, heladas, inundaciones, etc. Esto se complica aún más si el país sólo exporta una cosa, el café por ejemplo. Si la agricultura falla, toda la economía del país cae, y el pueblo sufre. También, hay que admitir que muchas veces la mala administración, la estafa, la corrupción empedernida roban al pueblo de sus justas recompensas por su labor e inversión.
Otro factor, desde luego, que ha empeorado la situación económica de los pueblos latinoamericanos ha sido las altas tasas de interés que la banca mundial ha venido cobrando. En fin, la situación económica de varios países de América Latina se ha hecho insostenible. La deuda se ha hecho impagable. Qué sorpresa sería, y qué gran alegría habría si la banca mundial perdonara siquiera algo de la deuda.
La parábola de los dos deudores saca a relucir una gran verdad. Mientras mayor la deuda, mayor alivio se siente al ser perdonada la deuda. No es muy probable que la banca mundial perdone de un solo golpe las deudas de los países latinoamericanos. Con todo, se debe trabajar de manera unida para que se busque una solución satisfactoria para todos los involucrados: los países endeudados y la banca mundial.
Una cosa es cierta, no se puede comparar a Dios con la banca mundial. Ésta tiende a ser una institución de poca disposición a perdonar. Los que conocen a Dios en Jesucristo saben a ciencia cierta que él sí está dispuesto a perdonar siempre y cuando medien la fe en Jesucristo, su hijo, y la fe en la obra redentora de éste. Nuestras deudas de pecado son grandes, pero más grandes todavía son las alegrías al recibir el perdón gratuitamente por su misericordia y gracia. Quiera el Señor de toda gracia ayudar a todo latinoamericano a que reconozca su deuda y también el perdón de esta deuda en Jesucristo.

LOS SÚBDITOS DEL REINO: 9 PARÁBOLAS

 

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