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LIDERANDO CON AMOR

Recursos Bíblicos Para Crecer

LIDERANDO CON AMOR

 

Cómo conectar amor y liderazgo

“Seguid el amor…”
1 Corintios 14:1

Liderando con amor

No es exageración decir que la Biblia es el libro del amor. La historia del evangelio, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito” (Juan 3:16), es la más grandiosa historia de amor que alguna vez se haya contado. Debido al gran amor de Dios por nosotros, debemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12:30, 31). En tanto que este requerimiento de amar a Dios y al prójimo incumbe a todos los verdaderos creyentes, yo he enfocado mi atención sobre el tema del amor en su aplicación a los líderes y maestros cristianos. He aquí algunas razones.
Primero, aunque el cristianismo es inigualable entre las religiones del mundo en su enseñanza acerca del amor de Dios y los requisitos del amor por los creyentes, los líderes cristianos normalmente no se enfocan en el amor cuando consideran el liderazgo. Muchos libros se han escrito para describir las cualidades del liderazgo como el coraje, la iniciativa, el carisma, la convicción, la perseverancia, la visión, la autodisciplina, la firmeza. Sin embargo, pocos libros sobre el liderazgo de la iglesia incluyen el amor como el ingrediente más importante. Este es un descuido trágico puesto que el Nuevo Testamento deja bien en claro que el amor es indispensable para los dones de dirigir y enseñar. Efectivamente, el Nuevo Testamento enseña que los dones espirituales sean ejercitados en amor. Como Pablo lo expresa, cualquier intento por dirigir y enseñar apartado del amor es como “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13:1). El poseer todas las cualidades de liderazgo mencionadas pero sin amor, representa un fracaso total para un líder cristiano (1 Corintios 13:1–3).
Segundo, los líderes y maestros establecen el tono espiritual para la iglesia. Ellos tienen el poder para crear una atmósfera más fraternal dentro de la iglesia local. Si ellos aman a Dios y aman a las personas, es más probable que sus seguidores también amen a Dios y a las personas. No obstante, si los líderes son egocéntricos, criticones, orgullosos, de mal carácter e impersonales, las personas adoptarán estas mismas disposiciones desagradables.
A través de los años he hablado con muchas personas que estaban desconformes con sus iglesias locales pero no sabían exactamente por qué. En muchos de estos casos, yo creo que el elemento faltante era la clase de amor descrito en el Nuevo Testamento. La falta de amor es demasiado común y crea un amplio espectro de conflictos, como se demostró en la iglesia de Corinto. Por eso es que la Escritura insiste en que los líderes y maestros sean ejemplos de amor: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12). El amor es de vital importancia para la iglesia local debido a que el amor es “el aliento de vida de la iglesia” esencial para su testimonio evangelístico y crecimiento espiritual (Efesios 4:16).
Tercero, en la familia de la iglesia las personas deben trabajar estrechamente juntas como hermanos y hermanas en Cristo, en tomar decisiones y lograr que se completen las tareas. A veces esto es difícil. Gran parte del trabajo de la iglesia local (y entre las iglesias locales) es realizado en grupos establecidos: reuniones de ancianos y diáconos, reuniones del personal, reuniones de juntas, reuniones de comités y reuniones de toda la iglesia.
Cuanto más trabajemos juntos, tanto más llegaremos a conocer las faltas de unos y otros y los rasgos ofensivos de nuestras personalidades, que pueden hacer que la vida juntos sea frustrante. Entender los principios del Nuevo Testamento realzará significativamente la salud del grupo de liderazgo, las reuniones de grupos, y la vida congregacional como un todo. Sin el amor, no podemos vivir ni trabajar en armonía.
Cuarto, hay muchas ideas falsas acerca del amor que necesitan corrección. En nombre del amor, se ha sabido que cristianos abandonaron a sus familias, cometieron toda clase de pecados sexuales, rehusaron practicar la disciplina de la iglesia, y redefinieron a Dios y la salvación según las nociones contemporáneas del amor y la tolerancia. En vez de que el amor sea “el cumplimiento de la ley”, ha sido hecho el enemigo de la ley (Romanos 13:8–10). En vez de que el amor “aborrezca el mal”, ha sido usado para justificar el mal (Romanos 12:9). En su obra clásica Testamentos de Amor, León Morris declara: “No hay fin a la lista de horrores que han sido perpetuados en el nombre del amor”.
A pesar de estas desventajas, yo creo firmemente que el entender verdaderamente lo que dice la Biblia acerca del amor, mejoraría significativamente las habilidades de los líderes y maestros de nuestras iglesias al relacionarse con las personas y realzaría grandemente su eficacia en el ministerio; disminuiría conflictos y divisiones sin sentido, promovería el evangelismo, y lograría formar iglesias espiritualmente sanas. Y lo más importante es que todo eso agradaría al Señor.
Este libro está escrito para líderes y maestros en cada nivel de liderazgo dentro de la iglesia local. Si usted dirige o enseña a personas, es líder de estudio bíblico, administrador, director de música, anciano, diácono, pastor, evangelista o misionero, la práctica del amor es indispensable para usted y su ministerio. Como nos recuerda Michael Green en forma clara y contundente: “El amor es la cualidad más atractiva del mundo. Y está en el corazón del cristianismo”. Por esa razón, Dios requiere que usted y yo dirijamos y enseñemos con amor y continuamente crezcamos en nuestro amor por él y por todas las personas.

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El amor es indispensable para el liderazgo cristiano


“Mas yo os muestro un camino aun más excelente”.
1 Corintios 12:31


Dwight L. Moody, el Billy Graham del siglo diecinueve, cuenta del encuentro que cambió su vida con la doctrina del amor. Comenzó cuando Henry Moorhouse, un evangelista británico de veintisiete años de edad, predicó en la iglesia de Moody durante una semana. Para sorpresa de todos, Moorhouse predicó siete sermones seguidos sobre Juan 3:16. Para demostrar que “Amó Dios al mundo”, predicó sobre el amor de Dios desde Génesis a Apocalipsis. El hijo de Moody registra la descripción de su padre sobre el impacto de la predicación de Moorhouse:

Durante seis noches había predicado sobre este texto solamente. La séptima noche vino y se dirigió al púlpito. Los ojos de todos estaban sobre él. Entonces dijo: “Amados amigos, he estado buscando todo el día un nuevo versículo, pero no pude encontrar nada tan bueno como el anterior; por lo tanto volveremos al tercer capítulo de Juan y el versículo dieciséis”, y predicó el séptimo sermón de esas maravillosas palabras: “Porque de tal manera amó Dios al mundo”. Yo recuerdo el final de ese sermón: “Mis amigos”, dijo él, “durante toda una semana he estado tratando de decirles cuánto Dios los ama a ustedes, pero no puedo hacerlo con esta pobre lengua tartamudeante. Si yo pudiera pedir prestada la escalera de Jacob y trepar por ella hasta el cielo y preguntarle a Gabriel, que está en la presencia del Todopoderoso, para que me dijera cuánto amor el Padre tiene por el mundo, todo lo que podría decir sería: ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna’ ”.

No pudiendo controlar las lágrimas mientras Moorhouse predicaba sobre el amor de Dios al enviar a su Hijo unigénito a morir por los pecadores, Moody confesó:

Nunca supe hasta ese momento que Dios nos amaba tanto. Este corazón mío comenzó a descongelarse; no pude sujetar mis lágrimas. Eran como noticias de un país lejano: simplemente las bebí todas junto a la constreñida congregación. Yo les digo que hay una cosa que atrae por sobre todas las cosas en el mundo, y eso es el amor.

Como resultado de la influencia de Moorhouse, Moody comenzó a estudiar la doctrina del amor. Esto cambió su vida y su predicación. Posteriormente él dijo:

¡Adopté la palabra “amor”, y no recuerdo cuántas semanas dediqué estudiando el pasaje en el cual aparecía, hasta que por fin no pude evitar el sentir amor por las personas! Me había estado alimentando de amor por tanto tiempo que estaba ansioso de hacer bien a todos los que se ponían en contacto conmigo.
Logré llenarme de amor. Salía por mis dedos. ¡Uno adopta el tema del amor de la Biblia! Uno llega a llenarse tanto de ello que todo lo que tiene que hacer es abrir sus labios, y una inundación del amor de Dios fluye sobre la reunión. No vale la pena tratar de hacer la obra de la iglesia sin amor. Un médico, un abogado, pueden hacer su trabajo sin amor, pero la obra de Dios no puede hacerse sin amor.

D. L. Moody no podría haber estado más bíblicamente correcto cuando dijo: “El amor de Dios no puede hacerse sin amor”. Ese es el mensaje del más famoso capítulo del amor en la Biblia: 1 Corintios 13.


El camino más excelente

Es un hecho aceptado por todos que Pablo es el más grande misionero, erudito, pionero, evangelista y héroe de la fe. Sin embargo, él sabía que todo su genio, multitud de dones y dedicación sacrificada, no significaba nada si no estaba totalmente bañada en amor. Ningún otro escritor del Nuevo Testamento habló más acerca del amor o proveyó más ejemplos de liderazgo práctico del amor que Pablo. A lo largo de su vida, de su ministerio y sus cartas, Dios dio a su iglesia y a todos los líderes y maestros, un modelo de liderazgo afectuoso. En toda la Escritura, en ninguna parte está más claramente y fuertemente declarado que el amor es indispensable para dirigir y enseñar que en 1 Corintios 13.
Pablo escribió este pasaje en respuesta a conflictos que surgieron en la iglesia de Corinto acerca de los dones espirituales, para corregir los puntos de vista incorrectos sobre los dones espirituales de la iglesia, y su forma autodestructora de comportarse. Pablo prometió enseñarles a los corintios “un camino más excelente” (1 Corintios 12:31). Quería que ellos supieran que hay algo mucho más importante que los dones sobrenaturales, algo que transciende los dones y realizaciones más excelentes, algo que si está ausente hará que los dones sean indignos. Ese algo es el amor.
El amor del que habla Pablo es primeramente el amor por los creyentes. Este amor fue definido por Jesucristo cuando dio un nuevo mandamiento a todos sus discípulos, que se amaran unos a otros “tal como” él los había amado a ellos (Juan 13:34, 35). Este amor se da a sí mismo en sacrificio total y abnegado por el bien de otros.
Jesús ejemplificó este nuevo modelo de amor humildemente lavando los pies de sus discípulos (Juan 13:4–17) y abnegadamente sacrificando su vida en la cruz por otros. Juan lo expresa de esta forma: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Juan 3:16).
Para silenciar cualquier duda acerca de que el amor es el “camino más excelente” y para sacudir la forma equivocada de los corintios acerca de los dones espirituales, Pablo usa capacidad de retórica para comunicar con elocuencia y fuerza que el amor es el “camino más excelente”. El escribe:

“Mas yo os muestro un camino más excelente. Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 12:31–13:3).

Miremos más de cerca este pasaje para adquirir un entendimiento más claro de lo que dice.


Sin amor aun el idioma celestial es un sonido molesto

El propósito de los dones espirituales es unir y edificar a los creyentes. Sin embargo el entusiasmo de los corintios sobre los dones sobrenaturales de lenguas causó orgullo y desorden en el cuerpo de la iglesia. Los corintios de mente independiente, usaron sus dones para la gratificación del ego personal, lo cual causó división en el seno de la iglesia.
Para corregir esta distorsión de los dones, Pablo capta la atención de ellos describiéndose a sí mismo hipotéticamente como “el hablador de lenguas de más talento del mundo”, pudiendo hablar elocuentemente en “lenguas humanas y angélicas”. Semejante don habría impresionado grandemente a los corintios. Pero Pablo declara que aun si él tuviera dicha exaltada experiencia debido a los dones celestiales, él sería “como metal que resuena, o címbalo que retiñe” —es decir, un ruido fuerte y vacío— si él no actuara en amor, como se describe en los versículos 4 al 7. La belleza de esta forma de hablar milagrosa sería tergiversada sin la gracia del amor.
Pablo no está meramente diciendo que su hablar sería un ruido clamoroso, sino que él mismo sería un sonido hueco y molesto. El no sería lo que debiera ser; él sería seriamente deficiente en su vida cristiana y no viviría según el “camino más excelente”. La razón por la que Pablo sería un ruido molesto, es que sería un hablador de lenguas sin amor. Estaría usando el don de lenguas para glorificarse y servirse a sí mismo más bien que servir y edificar a la iglesia, lo cual es el objetivo del amor (1 Corintios 8:1).
Cuando yo enseño sobre este pasaje, a menudo uso una ilustración visual. Saco de detrás del púlpito una olla de acero y un martillo y empiezo a golpear la olla y a hablar de dones espirituales y de la necesidad del amor. Al principio las personas se ríen. Piensan que es una maravillosa ilustración. Pero yo sigo martillando la olla y sigo hablando de dones espirituales. Pronto las personas no se ríen ni sonríen más. Se han hartado; se han ofendido, y se muestran muy molestas, pero yo sigo haciendo el ruido. Cuando parece que ya no lo pueden aguantar más, dejo de hacerlo y pregunto: “¿Se sienten fastidiados? ¿Están gozando de esto? ¿Les agrada esto a ustedes? ¿Piensan que es edificante? ¿Les agradaría que continuara golpeando la olla durante el resto del mensaje?”. Ninguno quiere que yo continúe golpeando la olla. A esta altura les recuerdo que esto es lo que ellos son para otros y para Dios cuando usan sus dones sin el amor. No son nada más que “metal que resuena, o címbalo que retiñe”.


Sin amor el saberlo todo no ayuda a nadie

Pablo luego habla de sí mismo hipotéticamente como poseyendo el don de profecía en tal medida que conocería “todos” los misterios y “todo” conocimiento. De esta forma, él tendría todas las respuestas teológicas para todos los misterios de Dios que las personas ansían entender. El sería una enciclopedia de conocimiento caminante y hablante.
A algunas personas les encanta desplegar su intelecto y su superioridad teológica. Están orgullosas de su educación y habilidad de expresión. Dicho orgullo se había vuelto un serio problema en Corinto. Algunas personas eran arrogantes debido a su conocimiento y estaban hinchadas de autosuficiencia. Querían que los reconocieran por sus percepciones proféticas y sabiduría superior, y miraban con desprecio a los otros con menos conocimientos y menos dones personales. Como resultado de su arrogante mal uso del conocimiento, perjudicaban al cuerpo de la iglesia (1 Corintios 8).
El conocimiento sin amor infla el ego y engaña la mente. Puede conducir a una arrogancia intelectual, una actitud de burla y de reírse de los puntos de vista de los otros; un espíritu de desprecio hacia los que tienen menos conocimiento y menos dones, y una actitud de menosprecio hacia las personas que están en desacuerdo con ellos. Conozco un pastor que tenía un conocimiento fenomenal de la Biblia pero que hirió a muchas personas con su escrutinio doctrinal y dividió a su propia congregación repetidas veces, hasta que no quedó nadie excepto él mismo. Tenía una cabeza muy grande pero un corazón pequeño. Su teología era tan clara como el hielo y dos veces más fría. Esa es la senda de uno que tiene conocimiento sin amor.
Por lo tanto, Pablo declara que aun si él tuviera un conocimiento que lo abarcara todo, aparte del amor, él no sería “nada” —un cero espiritual. Insiste en que un profeta carente de amor, un erudito carente de amor, un maestro carente de amor no están capacitados para disciplinar al pueblo de Dios. La historia confirma esto, como John Short observa:

La fe sin amor y la profecía sin amor dan cuenta de las páginas más trágicas en la historia cristiana a lo largo de los siglos. Ha quemado a los llamados herejes; ha hecho parecer ridículas las sinceras encuestas por la verdad; a menudo ha sido contenciosa y amargada; y con frecuencia ha resultado en la negación de la hermandad cristiana a los creyentes congéneres.

En una línea similar, George Sweeting, ex presidente del Instituto Bíblico Moody, hace esta observación:

“Me ha desilusionado tremendamente encontrar personas más preocupadas por misterios ocultos que acerca de personas necesitadas… Demasiado a menudo los cristianos se preocupan acerca de la verdad oculta, pero son indiferentes acerca de amar a las personas difíciles”.

Sólo con amor puede utilizarse el conocimiento según el “camino más excelente”, para proteger y edificar a la iglesia (Efesios 4:11–16).


Sin amor la fe que se arriesga es inútil

El tercer don espiritual que presenta Pablo es la fe (1 Corintios 12:9). Se imagina a sí mismo poseyendo el más excelente don de la fe imaginable, “de tal manera que trasladase los montes”. Al igual que Abraham, creería en Dios para lo imposible y confiaría activamente en él para hacer obras milagrosas. Sería una fuente de energía inagotable de oración, alguien que aceptaría riesgos espirituales, un virtual Jorge Müller, grandemente admirado y buscado por todos, sería un David valiente corriendo a la batalla para matar al gigante filisteo Goliat (1 Samuel 17:32). Pero aun con este poderoso don espiritual, si el amor no está presente, el don se vuelve un medio de glorificarse a sí mismo más bien que servir a otros.
Algunos obradores de “milagros” en la televisión pueden afirmar que hacen lo imposible por la fe, pero ellos hablan más acerca del dinero, del éxito y de ellos mismos que acerca de las personas que ellos supuestamente ayudan. Al igual que los fariseos que hacían ostentación de su religiosidad, ellos quieren “ser vistos por otros” (Mateo 6:5). Aman la alabanza de los hombres y quieren ser reverenciados como gigantes espirituales que hacen grandes cosas para Dios. Usan sus maravillosos dones para promoverse a sí mismos, no al cuerpo de Cristo.
Recuerdo a un predicador radial que a menudo hablaba de las cosas maravillosas que Dios estaba haciendo mediante sus programas y cómo Dios proveía milagrosamente fondos sin tener que solicitar dinero (lo cual puede ser una forma sutil de pedir dinero). Pero los que conocían al hombre personalmente y trabajaban para él, veían las cosas en forma diferente. Veían a un hombre obsesionado por el dinero y la imagen pública. Veían que usaba su don de fe para garantizar su propia seguridad personal. Veían a un hombre que no se preocupaba mucho por las personas sino mucho por sí mismo.
Con razón Pablo declaró tan enfáticamente que ese don poderoso sin amor no vale “nada”. Pablo estaba seguro de lo que decía. Sin amor él sabía que sería espiritualmente infructuoso en vez de una fuente de energía espiritual.
Sin amor, el líder cristiano está en la senda equivocada de la vida cristiana. Pero cuando la fe es combinada con el amor, el cuerpo de Cristo es edificado y avanza hacia delante en el camino real, el “camino más excelente” del amor.


Sin amor dar todo nuestro dinero para los pobres es infructuoso

Pablo luego considera regalar todas sus posesiones terrenales: su casa, propiedad, muebles, ahorros y todas las cosas que aprecia mucho, a fin de alimentar a los pobres. El lo da todo y queda en la mayor miseria. Seguramente que esta es una acción bondadosa digna de halago. ¿Acaso esa forma de dar no sería, por definición, amor? No necesariamente. Pablo deja en claro que la acción más extraordinaria y abnegada, puede ser hecha sin amor. La abnegación puede ser practicada para el interés propio, como lo ilustraron Ananías y Safira en el libro de Hechos. Esta pareja vendió su propiedad y dio el dinero a los apóstoles para distribuirlo entre los pobres (Hechos 5:1–11). Sin embargo, lo dieron sin amor. Ellos no estaban realmente preocupados por las necesidades de los pobres, sino por sí mismos. No amaban a Dios ni a sus prójimos. Al igual que los fariseos que tocaban trompeta, a quienes Jesús condenó en el Sermón del Monte (Mateo 6:1–5). Ananías y Safira dieron a fin de realzar su prestigio personal a la vista de la iglesia. Ellos dieron para recibir la alabanza del pueblo. El amor de ellos era amor hipócrita (Romanos 12:9). Ellos dieron a los pobres, pero sin el verdadero poder del amor que motiva interiormente, por lo que sus donaciones fueron vanas. A pesar de que dieron dinero a los pobres, ellos quedaron en bancarrota espiritual, y Dios rechazó el regalo de ellos.
Por consiguiente, Pablo dice que si él diera todas sus posesiones a los pobres, pero lo hiciera sin amor, eso sería improductivo, inútil, indigno y carente de valor eterno. Aún después de dicho sacrificio él sería un hombre en bancarrota espiritual; no estaría humildemente sirviendo a otros, sino sirviéndose a sí mismo.
En contraste, cuando uno es movido por el amor para satisfacer las necesidades de los pobres, dando todo lo que uno posee, fructifica en bien de todos. Ese es el amor que motivó al Señor Jesucristo a abandonar sus riquezas del cielo y hacerse pobre por nosotros. Por esa razón “…Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9). Jesús dio según el “camino más excelente”.


Sin amor el más grande sacrificio de nuestra vida no tiene sentido

Finalmente, Pablo se imagina a sí mismo como el héroe final de la fe. En un acto de supremo sacrificio, él rinde su cuerpo a las dolorosas llamas del martirio para Cristo. Dicho sacrificio ciertamente inspiraría a otros creyentes a la fidelidad, a una mayor dedicación y al coraje. Proveería un testimonio poderoso del evangelio para los no creyentes. Pero Pablo nos advierte de que aun el sufrimiento y el martirio para Cristo pueden ser hechos por razones equivocadas.
Algunas personas adoptan una actitud de orgullo al sufrir por su fe. Para otras, vale la pena morir a fin de ser recordado como héroe de la fe. En los primeros años del cristianismo, volverse mártir a veces se usaba como un medio de adquirir gran fama. Un historiador comenta: “Pronto se hizo claro a todos los cristianos, que la fama y el honor extraordinario acompañaban al martirio”. Algunos mártires, como Ignacio, recibieron lluvias de adulaciones antes de su martirio. No que Ignacio buscaba el martirio para la alabanza personal, pero su vida ilustra el hecho de que podría ser una tentación para algunos el buscar la inmortalidad en los anales de la historia de la iglesia al morir como mártires de Cristo. De Policarpo se dijo que fue quemado vivo, que sus huesos eran “más valiosos que las piedras preciosas y más finos que el oro refinado, y que su tumba se volvió un lugar sagrado para reunirse”.9 Al reconocer el potencial para dicha adulación, Pablo halla que es necesario decir que ofrecer la propia vida sin amor es un sacrificio sin valor, una muestra religiosa vacía, una realización hueca.
No obstante, cuando está motivado por el bienestar de otros y la gloria de Cristo, el martirio se vuelve el sacrificio fundamental del amor. Jonathan Edwards, en su libro Charity and Its Fruits (La caridad y sus frutos), resume la perspectiva de Dios sobre el amor y el sacrificio propio de esta forma:

Dios se deleita en las cosas pequeñas cuando ellas surgen del amor sincero por él mismo. Un vaso de agua fría dado a un discípulo en sincero amor vale más a la vista de Dios que todos los bienes dados para alimentar a los pobres, y aún más, que la riqueza de un reino regalada, o un cuerpo ofrecido a las llamas, sin amor.

Sólo cuando el amor es el resultado del amor a Dios y a los demás, es “el camino más excelente”.


Matemática divina

Imagínese por un momento lo que los corintios deben haber pensado cuando ellos oyeron por primera vez las palabras de Pablo leídas públicamente en la reunión congregacional. Probablemente no podrían haber creído lo que oían. El mensaje de Pablo era contrario a toda la manera de pensar y conducta de ellos. ¡Eran deficientes en el amor y ni siquiera se daban cuenta de ello! El orgullo de ellos en el conocimiento y en los dones milagrosos los había engañado.
D. A. Carson, comentarista de la Biblia y profesor de Nuevo Testamento en la Trinity Evangelical Divinity School, describe el razonamiento de Pablo en este pasaje en términos de la “matemática divina”. Según la matemática divina, “cinco menos uno es igual a cero”. O, como George Sweeting comenta: “dones, menos amor, es igual a cero”.12
El escritor Jerry Bridges, dando una vívida ilustración de la matemática divina, les pide a sus lectores que hagan lo siguiente:

Escriba en un papel o imagine una hilera de ceros. Continúe añadiendo ceros hasta que haya llenado toda una línea en el papel. ¿Qué suman todos ellos? ¡Exactamente nada! Aun si usted escribiera miles de ellos, todavía no serían nada. Pero ponga un número positivo al principio de ellos e inmediatamente tienen valor. Esto es lo que sucede con nuestros dones, con la fe y el celo. Son los ceros sobre la página. Sin amor, ellos no cuentan para nada. Pero coloque amor frente a ellos e inmediatamente tienen valor. Y así como el número dos da más valor a una hilera de ceros que el número uno, así más amor puede añadir exponencialmente mayor valor a nuestros dones.

Sin amor, nuestros dones más extraordinarios y nuestras realizaciones superiores, resultan sin fruto para la iglesia y ante Dios. En la forma de pensar de Pablo, nada tiene valor espiritual duradero a menos que surja del amor.


Una paráfrasis moderna

Pensando de sí como el maestro o líder más extraordinario que haya vivido, Pablo diría:

Si yo fuera el comunicador más talentoso que alguna vez haya predicado, de modo que millones de personas se emocionaran por mi oratoria, pero no tuviera amor, yo sería una bolsa de viento vacía irritante ante Dios y las personas.
Si yo tuviese la personalidad más carismática, de modo que todos fuesen atraídos a mí como a un imán, pero no tuviera amor semejante al de Cristo, yo sería un falso y un inútil.
Si yo fuera el líder más visionario de quien la iglesia haya oído alguna vez, pero no tuviese amor, yo estaría confundido y extraviado.
Si yo fuera escritor de los libros más populares sobre teología y crecimiento de la iglesia, pero no tuviera amor, yo sería un pobre hombre fracasado.
Si yo diera sacrificialmente todo mi tiempo para disciplinar a futuros líderes, pero lo hiciera sin amor, sería un guía y un ejemplo falso.

 

Ame o muera

“Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”.
Apocalipsis 2:4


La experiencia que cambió mi propia vida acerca del amor, vino cuando un amigo me obsequió un ejemplar del libro Brother Indeed (Hermano de verdad), la biografía de Robert C. Chapman, de Barnstaple, Inglaterra. Aparte de la Biblia, nadie ha influenciado más en mi forma de pensar acerca del amor y el liderazgo que Robert Chapman.
En su día, algunos le llamaban el “apóstol del amor”, y Charles Haddon Spurgeon se refería a él como “el hombre más piadoso que alguna vez conocí”.
Robert Chapman dejó su profesión de abogado en Londres para ser el pastor de una pequeña iglesia bautista en Barnstaple. Esta pequeña congregación contenciosa, había pasado por tres pastores diferentes en los dieciocho meses previos a la llegada de Chapman. La historia de cómo Chapman dio vuelta completamente a esta iglesia contenciosa mediante su amor, paciencia y ministerio de enseñanza bíblica, es un relato inspirador de liderazgo bondadoso. La iglesia eventualmente se convirtió en una iglesia grande y armoniosa. Se la conocía por toda Inglaterra por su amor, alcance misionero y ministerios compasivos a los pobres.
Hacia el final de su vida, a la edad de noventa y nueve años, Chapman era tan reconocido por su cariñosa disposición y sabiduría que una carta del extranjero estaba dirigida simplemente a “R. C. Chapman, Universidad del Amor, Inglaterra”, y fue correctamente entregada en su domicilio.
Antes de la llegada de Chapman, la iglesia en Barnstaple estaba orgullosa de sus distintivos doctrinales y su forma de gobierno, pero estaba muriendo por falta de amor. Cuando llegó Robert Chapman, él sopló el aliento de vida dentro de la iglesia. Pronto irradiaba el amor por Cristo, el amor de unos por otros, el amor a la verdad del evangelio, el amor por los perdidos. Se convirtió en la universidad del amor.
En Apocalipsis 2, leemos de otra iglesia que era orgullosa de su justicia y fidelidad, pero estaba a punto de morir por falta de amor. Nuestro Señor mismo le dice a la iglesia y a sus líderes que se arrepientan y permitan que el aliento vital del amor fluya nuevamente dentro de su cuerpo. Lea cuidadosamente las palabras solemnes y la advertencia de Jesucristo a la iglesia de Efeso:

Escribe al ángel de la iglesia en Efeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos… Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido (Apocalipsis 2:1–2, 4–5).


Alabanza y condenación

Nuestro Señor comienza por encomiar a la iglesia de Efeso por sus buenas obras, arduo trabajo, constancia en la fe, intolerancia a la herejía, celo por la pureza de la doctrina y paciente resistencia bajo la persecución. Hay mucho que elogiar en esta iglesia, y nosotros deberíamos premiar sus cualidades ejemplares; parecería que todo estaba bien. Los efesios podrían haber escrito libro sobre el ministerio eclesiástico exitoso. Sin embargo, no todo estaba bien. Algo estaba fundamentalmente mal. Con una percepción divina penetrante dentro del verdadero estado espiritual de esta iglesia exteriormente exitosa, Jesús tornó la alabanza en condenación. El dice: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”.
A la luz de todas las buenas cualidades de esta iglesia, la crítica de Cristo parecería trivial, pero a sus ojos, el latido del corazón de esa iglesia se había perdido.


Pérdida del primer amor

En un tiempo la iglesia prosperaba con genuino amor. Pero esto había cambiado. Todavía quedaba una medida de amor genuino porque ellos peleaban por la verdad del evangelio. Pero esto había cambiado. (Apocalipsis 2:2–3, 6). El amor de ellos ya no era lo que había sido una vez. Efectivamente, en vez de crecer más fuerte y más profundo, el amor de ellos se había desvanecido. Tenían obras, pero el gozo, la creatividad, sensibilidad, y la energía que el amor produce había desaparecido. La calidad de su amor había cambiado, y esto se hizo aparente aun en sus obras. Jesús los reprende y los llama a hacer las “primeras obras”. Los amonesta a recordar de dónde “han caído” (Apocalipsis 2:5).
El objeto de este amor no se declara específicamente en el texto. No dice amor por Cristo o amor por los creyentes. Por lo tanto es mejor entender que Jesús se refiere al amor en general (amor por Cristo, de unos a otros, y por los perdidos).

La clase de amor que Dios requiere de su pueblo es un amor total, no dividido (Deuteronomio 6:4–6). Debemos amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente (Mateo 22:37). Además, según el libro de Apocalipsis, la relación entre Jesucristo y su Iglesia es la de una relación matrimonial; Cristo es el marido y la Iglesia es la esposa. La respuesta de la esposa, la Iglesia, debe ser devoción a Cristo el esposo, una respuesta gozosa, sin división. En Efeso, la esposa había perdido las importantes cualidades de su amor. El gozo de adorar, el hambre por conocerle mejor mediante su Palabra, el deseo de entender su amor más plenamente, la sed de crecer espiritualmente, y el amor por cantar sus alabanzas y orar se habían perdido.
La clase de amor que se requiere entre los creyentes es amarse unos a otros como Jesús nos amó. Es un amor fraternal (1 Pedro 1:22) que nos capacita para dar nuestras vidas unos por otros (1 Juan 3:16). En Efeso, el Señor estaba buscando que su pueblo se preocupara sacrificialmente por las necesidades de unos y otros, abriendo sus hogares a todos, viviendo como una familia extendida, gozosamente sirviéndose mutuamente, orando fervientemente unos por otros, cruzando fronteras raciales y gozando de la vida juntos en la iglesia y en el hogar. Pero el amor de ellos se había marchitado.
Amy Carmichael, quien rescató niños abusados y proveyó un hogar para ellos mediante su ministerio Dohnavur Fellowship en la India, reconoció el potencial mortal de la pérdida del amor entre sus compañeros de trabajo. Estableció pautas para las Hermanas de la Vida Común, las mujeres que trabajaban junto con ella en el orfanato.

La falta de amor es mortal. Es un cáncer. Puede matar lentamente pero siempre mata al final. Tengamos temor de él, temor para darle lugar como deberíamos temer el alimentar a una cobra. Es más mortal que una cobra. Y así como una gota pequeña del veneno casi invisible de una cobra se disemina rápidamente por todo el cuerpo de uno que ha sido inyectado, así una gota de la hiel de la falta de amor en mi corazón o el suyo, no importa que no se vea, tiene un poder terrible de diseminarse por toda nuestra familia, puesto que somos un cuerpo —somos parte unos de otros.
Es nuestro deber enseñar a los más jóvenes la verdad de que la oración unida es imposible, a menos que haya amor leal. Si la falta de amor se descubriera en cualquier parte, detenga todas las cosas y arréglelo como corresponda, si es posible enseguida.

La clase de amor requerido por Cristo es el amor hacia todas las personas (1 Tesalonicenses 3:12). Este amor busca satisfacer las necesidades físicas y espirituales de las personas. Es el amor manifestado por el Buen Samaritano a un hombre moribundo desconocido (Lucas 10:30–37). Es el amor expresado en el evangelismo y en alcanzar a los perdidos. Es el amor que Pablo sintió por Israel: “… que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Romanos 9:2–3). Este amor por los perdidos y necesitados se había marchitado totalmente en Efeso.
Trágicamente, la iglesia de Efeso había cambiado. Había abandonado su primer amor, y algo tenía que hacerse o el Señor juzgaría a la iglesia. “Con razón”, escribe el predicador puritano Nathaniel Vincent, “que Satanás, que obra para destruir iglesias, se esmera por matar el amor.”


El remedio de Cristo para el amor desvanecido

Jesús llama a la iglesia a que haga tres cosas inmediatamente o, él dice, “quitaré tu candelero de su lugar”. Aunque el significado correcto de este juicio es cuestión de debate, la seriedad de la situación es alarmantemente clara. A menos que haya un cambio, Cristo vendrá y actuará en juicio contra esta iglesia local.
La pérdida del amor es pecado. En Apocalipsis 2:4–5 Jesús reprende, así como también ofrece un remedio:

1. recuerda, por tanto, de donde has caído.
2. arrepiéntete.
3. haz las primeras obras.

La situación no era imposible de solucionar. Pero la iglesia tenía que actuar inmediatamente para encender nuevamente la llama del amor original. El fracaso en cambiar resultaría en el desastre para la iglesia. El Señor advierte con firmeza, “…pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido”. Esta advertencia demuestra cuán seriamente Jesús considera la pérdida del amor. La amenaza es real; si ellos no se arrepienten, vendrá y quitará el candelero de su lugar, es decir, él traerá a su fin la existencia de la iglesia local.


Un llamado de advertencia a las iglesias y los líderes

Las cartas a las siete iglesias son como un toque de trompeta a todas las iglesias y líderes cristianos (Apocalipsis 2 y 3). Jesús advierte a la iglesia local en Efeso y sus líderes de que pueden trabajar arduamente, luchar contra la herejía, tener dones espirituales, enseñar sana doctrina, y aun ser deficientes en amor y estar al borde de la disciplina divina. Puesto que el amor es absolutamente esencial para la supervivencia de la iglesia local, sus líderes deben guardar un profundo amor por Cristo y continuamente supervisar y alentar el amor en la iglesia.


Cuidando de guardar nuestro amor hacia Cristo

Cuando los líderes pierden su amor, no pasará mucho tiempo antes que el pueblo lo haga. Por consiguiente, los líderes deben primero guardar su propia relación de amor con el Señor Jesucristo a fin de que la iglesia tampoco pierda ese amor por Cristo. No hay sustituto para el amor que debemos entregar al Señor Jesucristo. Es nuestro deber primordial y más fundamental. Los creyentes de Efeso pensaban que su ortodoxia doctrinal era suficiente. Pero no lo era. Si nosotros no protegemos activamente y cultivamos nuestro amor por Dios y Cristo, todos los otros amores se desvanecerán: nuestro amor por los creyentes, nuestro amor por los necesitados, nuestro amor por los perdidos, y nuestro amor por la verdad.
El apologista cristiano Francis Schaeffer, quien, con su esposa Edith, demostraron el amor cristiano en formas extraordinarias mediante su hogar abierto en Suiza, entendían la importancia del amor:

Debemos preguntarnos: ¿Luchamos meramente por la fidelidad doctrinal? Esto es como la esposa que no duerme con ningún otro, pero que nunca muestra amor hacia su propio esposo. ¿Es esa una relación suficiente en el matrimonio? No, diez mil veces no. Sin embargo, si yo soy un cristiano que habla y actúa a favor de la fidelidad doctrinal pero no muestro amor hacia mi divino esposo, estoy en el mismo lugar que dicha esposa. Lo que Dios quiere de nosotros no es sólo la fidelidad doctrinal, sino nuestro amor día tras día. No en teoría solamente, sino en práctica.

C. H. Mackintosh, cuyos libros sobre el Pentateuco son considerados la norma para los comentarios devocionales, ofrece sanos consejos acerca del amor por Cristo como el requerimiento esencial:

Si yo permito que mi trabajo se interponga entre mi corazón y el Maestro, será de poco valor. Sólo podemos servir eficazmente a Cristo a medida que lo estamos gozando a él. Es cuando el corazón mora sobre sus poderosas atracciones que las manos realizan el servicio más aceptable a su nombre… Es verdad que alguien podrá predicar un sermón, dar una conferencia, expresar oraciones, escribir un libro, y pasar por toda la rutina del servicio externo, y todavía no ministrar a Cristo. El hombre que presenta a Cristo a otros debe estar él mismo ocupado con Cristo.

El amor a Dios y a Cristo es fundamental para tener amor por todas las demás cosas. El amor a Dios “es el primero y grande mandamiento” (Mateo 22:38).


Cuidándose de las formas externas y del ritualismo

Necesitamos proteger a la iglesia contra la tendencia de confiar en formas externas, rituales religiosos, tradiciones, y reglas, mientras descuidamos los elementos vitales del verdadero amor a Cristo y el amor de los unos por los otros.
Estamos seguros que los cristianos de Efeso asistían a la iglesia, conocían la doctrina, rechazaban a los falsos maestros, hacían buenas obras, vivían vidas honradas, oraban y cantaban, pero el celo y la devoción interior de su amor estaba disminuyendo en forma alarmante. La realización externa había reemplazado a la verdadera fe y amor interior del corazón. El amor a Cristo y por el prójimo que una vez tenían se había desvanecido. Por lo tanto, su religión se volvió más externa que interna. Se volvió más mecánica que genuina:

Todavía proclaman la verdad, pero ya no aman tan apasionadamente al que es la verdad. Todavía realizan buenas acciones, pero ya no debido al amor, la hermandad y la compasión. Preservan la verdad y testifican valerosamente pero se olvidan de que el amor es el gran testigo de la verdad. No es que sus virtudes genuinas hayan eliminado el amor, sino que ninguna cantidad de buenas obras, sabiduría, y discernimiento en asuntos de disciplina de la iglesia, la resistencia paciente en dificultades, odio al pecado, o doctrina disciplinada en la iglesia, jamás pueden compensar la falta de amor.


Guiando la Iglesia al arrepentimiento y la renovación

El arrepentimiento y la revitalización espiritual son tareas interminables en un mundo saturado por el pecado. Por lo tanto, los líderes y maestros de la iglesia deben estar preparados para guiar a la congregación al arrepentimiento ante la falta de amor y el amor hipócrita (Romanos 12:9). El amor puede ser revivido y crecer de nuevo (Apocalipsis 2:5). El fuego puede ser encendido otra vez. Las personas pueden ser dedicadas nuevamente a Cristo y también unos a otros. La fresca vida del amor puede ser impartida en la oración, el estudio bíblico, el evangelismo, la adoración y la comunión con otros. Para ese fin, es que nosotros debemos continuamente orar y trabajar. Como el predicador Puritano Nathaniel Vincent indicó:

¡Oh amor! ¡Cuánta necesidad hay de ti en la Iglesia de Cristo! ¡Y cuánto siente la Iglesia esta necesidad! Ella gime, languidece, ella muere diariamente debido a tu ausencia. ¡Regresa, oh amor, regresa! Repara brechas, restaura sendas para habitarlas. Edifica los viejos caminos y lugares, y levanta los fundamentos de muchas generaciones.

 

El poder motivador del amor

“Porque el amor de Cristo nos constriñe”.
2 Corintios 5:14


¿Qué nos motiva a querer guiar y enseñar a las personas? ¿El deseo de ayudar a las personas, un sentido del deber, el gozo del liderazgo, del dinero, el placer de enseñar a las personas, la presión de complacer a otros? Para los líderes cristianos, la principal respuesta debe ser el amor. El amor es el poder motivador más grande en el universo. Está en el corazón del evangelio. El amor de Dios lo motivó a dar a su Hijo para nuestra salvación. El amor es la fuerza indispensable para todo servicio cristiano. El liderazgo debe ser motivado por un amor triplicado: el amor de Cristo por nosotros, nuestro amor a Cristo y el amor hacia otros.


Motivado por el amor de Cristo

En un pasaje profundamente revelador de la Escritura, Pablo revela la singular fuerza impulsora de su vida:

Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Corintios 5:14–15).

Notemos que Pablo no está hablando de su amor por Cristo, sino acerca del amor de Cristo por él. Pablo nunca dejó de asombrarse del amor de Cristo por los pecadores, según lo demostró por su muerte en la cruz. El amor de Cristo controlaba totalmente su vida. Era la razón de todo lo que Pablo hizo.
Un misionero que entendía la comprensión que Pablo tenía del amor de Cristo, escribió: “Si Jesús es Dios y murió por mí, entonces ningún sacrificio será demasiado grande para que yo lo haga por él.” El compositor de himnos Isaac Watts captó el significado de este amor en las líricas del himno “When I Survey the Woundrous cross” (Cuando contemplo la maravillosa cruz). El himno termina con una línea inolvidable, “Love so amazing, so divine, demands my soul, my life, my all.” (Amor tan asombroso, tan divino, demanda mi alma, mi vida, mi todo).
Entender el amor de Cristo es tan esencial para la vida cristiana que Pablo, en una de las oraciones más magníficas de la Biblia, ora que Dios capacite a todos los creyentes a comprender la vasta e incomprensible naturaleza del amor de Cristo:

Para que …seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento… (Efesios 3:17–19).

Aunque “excede a todo conocimiento”, el amor de Cristo es algo que debemos comprender no sólo intelectualmente sino experimentalmente, personalmente e íntimamente. El comentarista bíblico Harold Hoehner destaca esta paradoja:

El hecho de que el amor de Cristo se expresa a sí mismo en su disposición de morir a favor de los pecadores, es abrumador para todos los creyentes… No importa cuánto conocimiento tengamos de Cristo y de su obra; su amor sobrepasa ese entendimiento. Cuanto más conozcamos de su amor, tanto más estaremos asombrados por él.

La historia provee muchos ejemplos de líderes y maestros que cuentan del poder motivador del amor de Cristo. El predicador y pastor metodista William Alfred Quayle, por ejemplo, registró una conversación que tuvo con un predicador fronterizo que viajaba a caballo entre los colonizadores norteamericanos en el siglo XVIII. El pionero predicador le dijo a Quayle:

Yo siento los ayes de los paganos: conozco la amarga esterilidad de sus vidas; pero esto no sería suficiente para mantenerme entre ellos. Uno se acostumbra al paganismo y se vuelve indiferente a su tragedia desesperante. El amor del hombre no ha sido suficiente para mantenerme alejado de mi esposa y de mis hijos durante estos años. Sólo el amor de Cristo es competente.

Iain Murray nos cuenta que fue la comprensión del amor de Cristo lo que influenció al conocido predicador D. Martyn Lloyd-Jones a dejar su prestigiosa carrera de médico para predicar la Palabra de Dios:

Llegó a ver el amor de Dios expresado en la muerte de Cristo en una forma que lo abrumó. Todo lo que le estaba sucediendo a él en su nueva vida espiritual estaba ocurriendo debido a lo que primero le sucedió a Cristo.

Hope MacDonald, misionera en el Brasil, describe su comprensión del amor de Dios:

“Ví por primera vez la antigua verdad: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). ¿Cómo se me había pasado por alto? ¡Había memorizado ese versículo antes de empezar la escuela! A medida que la realidad de su amor por mí me sumergía por primera vez, quería salir de la cama y saltar de gozo; quería trepar arriba del techo y gritarle al mundo: ¡Despiértense! ¡Dios me ama! Fue un momento que nunca olvidaré. Desde entonces nunca he dudado de su amor por mí.”

También Hudson Taylor, fundador de la Misión del Interior de la China (ahora llamada Hermandad Misionera de Ultramar), creía que si el dinero podía motivar a los mercaderes de Inglaterra a cruzar océanos desafiando a la muerte y entrar en el interior de la China a gran riesgo personal de perder la vida, ¿no podía el amor de Cristo motivar a misioneros para hacer lo mismo por amor del evangelio?
La gran verdad a la que debemos llegar una y otra vez a lo largo de la vida es ésta: No que nosotros amamos a Dios, sino que el nos amó primero y demostró su amor al enviar a “su Hijo unigénito al mundo… para ser la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:9–10). Esto es lo que más debería emocionar nuestros corazones y motivarnos para servir a otros.


Motivado por el amor a Cristo

El conocer a Cristo y comprender su gran amor por la humanidad nos impulsa a servirle, pero aún más, hace que nosotros le amemos. Nosotros le amamos porque él nos amó primero (1 Juan 4:19), y nos capacita para amar a otros. El amor debe ser nuestro principal motivo para servir a las personas. Debe ser el poder que nos sostiene y nos permite soportar las numerosas dificultades del liderazgo.
Nuestro Señor dice que “el primero y grande mandamiento” es amar a Dios con la totalidad de nuestro ser —“con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:35–40). Jesucristo debe ser el objeto supremo de nuestros afectos. El debe ser amado, atesorado y gozado más que ningún otro y que cualquier otra cosa en el mundo. Debe ser amado sobre todas las otras personas, aun los miembros más cercanos de nuestra familia: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).
Cuando nuestro liderazgo es motivado por el amor a Dios y a Cristo, somos más agradables a Dios y más eficaces con las personas. Usted podrá ser un orador público sumamente elocuente y un líder dinámico, pero si no ama a Dios primero y principalmente, no le va a agradar a él. Su liderazgo no va a ser con amor o impulsado por el Espíritu. Ministrar por ministrar no agrada a Dios; más bien, es el ministerio nacido del amor por Dios que es agradable y aceptable (1 Corintios 13:1–3). “Todos los mandamientos”, escribe David Jones, “han de realizarse por amor a él, aun el servicio al prójimo, así como el servicio de adoración”.
Como es lógico, nosotros deberíamos mejorar continuamente nuestro conocimiento de Cristo y profundizar nuestro amor por él (Filipenses 3:8–14). Después de todo, cuanto más profundo sea nuestro amor por él, tanto más se volverá como su amor, y tanto más podremos enseñar a otros a amar.
Por lo tanto, difícilmente haya algo mejor que nosotros podamos hacer por quienes guiamos a amar al Señor Jesucristo por sobre todas las cosas, creciendo y manteniendo fresca nuestra relación con él diariamente. A partir de esta relación bendita y santa, vendrá una manifestación más grande del amor de Dios en nosotros, brillando hacia otros y atrayéndolos a Cristo.
Amy Carmichael vivió esa vida de amor:

El amor de Dios en Amy era como un magneto tan poderoso que a través de toda su vida otros fueron irresistiblemente atraídos a ella. No es de sorprenderse que los hindúes comenzaron a llamarla “La Señorita Ammal, atrapa-niños, y ellos verdaderamente creían que ella usaba algún poder misterioso que drogaba a sus niños y hacía que anhelaran estar cerca de ella.

El cuidado del pueblo del Señor no siempre es una experiencia agradable. Las mismas personas por las cuales nosotros invertimos nuestras vidas para servirles son imperfectas y pecadoras. Ellas pueden volverse sobre nosotros y atacarnos maliciosamente. Pueden ser irrazonables, exigentes e ingratas.
Dos de los más piadosos líderes que registra la historia bíblica, fueron Moisés y David. No obstante, a veces las personas se quejaron amargamente contra ellos y hasta estuvieron a punto de matarlos. Algo similar le ocurre a los líderes del pueblo de Dios actualmente. Un anciano de una iglesia me dijo cómo había experimentado numerosos abusos durante los muchos años en que había servido en su iglesia local. Había sido casi físicamente estrangulado, abofeteado, le quebraron la quijada, lo escupieron, lo maldijeron, lo acusaron falsamente y lo amenazaron con llevarlo a juicio.
Esta clase de tratamiento abusivo por las personas explica por qué tantos pastores y obreros de iglesias se amargan y desilusionan con las personas y abandonan la obra del Señor. Pero cuando nuestro servicio es motivado por el amor a Cristo, seremos capaces de perseverar y encontrar mayor satisfacción en nuestras labores. Oswald Chambers, autor del devocional clásico “My Utmost for His Highest” (En pos de lo supremo), lo dijo bien:

La obra de alimentar y cuidar ovejas es trabajo arduo y esmerado, y el amor por las ovejas solamente no lo logrará; uno tiene que tener un amor consumidor por el Gran Pastor, el Señor Jesucristo. Entonces él fluirá a través de usted en una pasión de amor y traerá a hombres a sí mismo.

Aquí, entonces, está la clave para perdurar en el liderazgo espiritual: Debemos servir a las personas por amor a Cristo. Cuando lo hagamos, tendremos gozo en lo que hacemos y, más importante todavía, nuestro servicio será aceptable y agradable a Dios. Por lo tanto, ser motivado por el amor de Cristo y el amor por Cristo es esencial para el liderazgo cristiano. Es el punto de partida para todo servicio cristiano.


Motivado por el amor a las personas
Horas antes de su muerte, después de lavar los pies de sus discípulos, Jesús les dio “un nuevo mandamiento”:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34–35).

Simplemente no podemos entender la forma cristiana de vivir, el evangelismo, o el liderazgo de la iglesia, sin comprender el nuevo mandamiento. Nótese que Cristo no dijo meramente: “amaos los unos a los otros”. El tenía algo mucho más profundo: Amaos unos a otros “como yo os he amado”. Jesús establece su propio ejemplo de amor. Su amor es el amor para los no afectuosos así como también para los afectuosos. Es un amor lleno de cuidado y servicio. Se da a sí mismo abnegadamente por el bien de otros. Jesucristo nos dio el ejemplo al lavar los pies de sus discípulos y al sacrificar su vida en la cruz. Estaba estableciendo un nuevo modelo de amor.
Juan explica la inferencia plena de limitar el amor de Jesús cuando escribe: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Juan 3:16). Benjamin B. Warfield dice: “Así es como el amor abnegado se vuelve la esencia de la vida cristiana”.
El nuevo mandamiento se aplica a todo cristiano, y especialmente a líderes y maestros. Todo nuestro trabajo —dirigiendo, enseñando, corrigiendo, protegiendo, hablando, sirviendo, motivando, organizando, planeando, visitando, orando, aconsejando o evangelizando— ha de ser formado por el nuevo mandamiento. Debemos amar a otros como Jesús amó. Debemos amar como el Buen Pastor que entregó su vida por las ovejas (Juan 10:11).
Más que cualquier otro líder en el Nuevo Testamento, Pablo exhibía el amor abnegado de Jesús para los que enseñaba y guiaba. El manejo de la turbulenta iglesia en Corinto ilustra su liderazgo motivado por el amor. La iglesia en Corinto le causó a Pablo muchos dolores de cabeza. La mayoría de nosotros la habríamos desechado y abandonado con enojo; no obstante a pesar del dolor que le causó, Pablo repetidas veces afirmó su amor por ella.
El comentarista Paul Barnet destacó: “Históricamente, pocos ministros pueden haber sufrido a manos de sus congregaciones tanto como Pablo recibió del comportamiento de los Corintios. Sin embargo, él continuó teniéndolos en su corazón”.
En 2 Corintios Pablo dice: “No lo digo para condenaros; pues ya he dicho antes que estáis en nuestro corazón, para morir y para vivir juntamente” (2 Corintios 7:3). Después, en la misma carta él escribe: “porque no busco lo vuestro sino a vosotros… Y con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas” (2 Corintios 12:14–15). James Denny se refiere a éste como a “uno de los pasajes más emocionalmente tiernos de toda la Biblia”. Denny continúa diciendo: “No lo de ustedes, sino ustedes mismos, es el lema de todo ministro que ha aprendido de Cristo”.13
De su extenso estudio de 2 Corintios, que revela el corazón y la vida de Pablo, Philip Hughes escribe: “Ningún hombre en la tierra tenía un corazón más cariñoso y más dedicado que el apóstol Pablo. El amor era el impulso de toda su vida y ministerio como apóstol de Cristo”.
Pablo estaba dotado de grandes talentos, pero era su amor lo que le permitía “soportarlo todo” (1 Corintios 13:7) y tratar eficazmente con personas difíciles. Lo mismo ocurre con los líderes y maestros cristianos actualmente. Considérese, por ejemplo, a Anthony Norris Groves, un misionero en Iraq y la India. Ha sido llamado el “Padre de las misiones de fe”. Al igual que Pablo, sufrió mucho por Cristo. No obstante, una de las cualidades brillantes de su vida era su amor abnegado por las personas. Este amor estaba arraigado en su amor por Cristo.
El biógrafo Robert Dann destaca cómo el amor de Groves por las personas lo hicieron un gran misionero a pesar de sus debilidades:

No era un evangelista de muchos dones, ni era un orador natural. No era particularmente sociable, y a menudo encontraba que las relaciones eran penosas. Nunca fue un gran organizador o administrador; no era física ni mentalmente fuerte… Podríamos pensar que no estaba destinado para ser un misionero en absoluto. Pero tenía una cualidad que compensaba sus deficiencias: él sabía cómo amar. El amor era la clave: “Siento que hay algo en el amor tan santificante, que mata ese odioso egoísmo que se enreda en torno de todo lo que es humano”. Fue el amor lo que atrajo a las personas a Cristo —no ceremonias, ni reglas, ni costumbres, ni aun doctrinas, sino el amor. Y el amor fue lo que atrajo a las personas a Norris Groves.

John Christian Arulappan, un evangelista de la India y fundador de iglesias quien vio a miles de convertidos y muchas iglesias establecidas en la India, también afirma la influencia del amor de Groves. Escribe: “Me amaba sinceramente como su querido hijo en Cristo Jesús. Nunca conocí a nadie que me amara así por amor al Señor Jesús”.
El liderazgo motivado por el amor hará un impacto porque las personas tienen hambre de amor. Este aspecto me lo hicieron comprender dos amigos que fundaron una iglesia. Poco después que la iglesia se había establecido, organizaron una sesión de preguntas y respuestas para la nueva congregación. Durante la reunión, una señorita que recientemente se había convertido a Cristo, les formuló esta pregunta: “¿Estarían dispuestos a morir por mí?”.
Su pregunta los tomó completamante desprevenidos. No queriendo ser crédulos, ellos le dieron una respuesta sabia. Le dijeron que primero necesitaban examinar sus propios corazones honestamente ante Dios para ver si ellos realmente la amaban de tal manera que estuvieran dispuestos a morir por ella. Después que hicieran eso, le contestarían. La pregunta de esta joven convertida era una pregunta meticulosamente bíblica. ¿Cómo le habría contestado usted?

Segunda Parte

El carácter y la conducta de un líder que ama


 Paciente y bondadoso

“El amor es sufrido, es benigno”.
1 Corintios 13:4


Imagínese a más de trescientos cristianos de cuarenta naciones diferentes, y varios grupos denominacionales que viven juntos veinticuatro horas por día. Imagínelos trabajando juntos en cuartos extremadamente apretados, la mayoría de ellos por dos años, algunos por más tiempo. ¡Imagíneselos haciendo todo esto como voluntarios sin recibir pago alguno! Esa es la vida a bordo del barco MV Doulos.
Durante los últimos veintisiete años, el Doulos ha navegado alrededor del mundo atracando en puertos de más de cien países y sirviendo como exibición de libros cristianos y centro de conferencias, visitado por dieciocho millones de personas. El Doulos, y otros dos barcos similares, son el resultado de la visión de George Verwer, fundador de Operación Movilisación (conocida como OM). OM es una de las primeras organizaciones para misiones de corto plazo y ha adiestrado a más de 150.000 personas para las misiones.
Los voluntarios que sirven en el barco son personas comunes. Tienen las mismas debilidades y fallas de carácter que los otros seres humanos. Experimentan a bordo del Doulos las mismas dificultades que las que experimentan las personas en la costa. La única diferencia es que en el barco no hay forma de escaparse del conflicto. ¿Cómo pueden vivir y trabajar juntos bajo semejantes condiciones extremas sin destruirse unos a otros? La respuesta: el amor.
Desde el mismo comienzo de OM, George Verwer predicó que sin una “revolución de amor”2 la visión para el barco y para los miles de los equipos de literatura a corto plazo sería un sueño imposible. La clase de amor necesario para trabajar juntos en estos barcos no es un amor meramente sentimental. Es el amor abnegado, sin envidia del Calvario. Es la clase de amor descrito en 1 Corintios 13:4–7; amor que es paciente y amable, amor que no tiene envidia ni se enorgullece, no es arrogante ni torpe, no insiste en su propia voluntad y no es irritable ni rencoroso. Es un amor semejante a Cristo.


Instrucciones, no poesía

Primera Corintios 13 no es un discurso teórico sobre el amor o un himno floreado que glorifica los sentimientos del amor. Pablo no era un poeta romántico. El era un apóstol de Jesucristo, un misionero global, fundador de iglesias, pastor y maestro. Estas palabras son parte crítica de su instrucción y corrección a la iglesia de Corinto, que se estaba despedazando por una conducta carente de amor.
A fin de ayudar a los corintios a comprender sus propias deficiencias y mostrarles “un camino más excelente”, Pablo lista quince descripciones positivas y negativas del amor. En el texto griego, todas estas descripciones son verbos que describen lo que el amor hace y no hace. En nuestro idioma, estas descripciones a menudo son traducidas como adjetivos.

El amor es:
1. sufrido (paciente)
2. benigno

El amor no:
3. es envidioso
4. es jactancioso
5. es arrogante
6. es grosero
7. es egoísta
8. se enoja fácilmente
9. es rencoroso
10. se goza en la injusticia

El amor
11. se goza en la verdad
12. todo lo sufre
13. todo lo cree
14. todo lo espera
15. todo lo soporta

Estas quince cualidades describen hermosamente el carácter y la conducta del Señor Jesucristo. Nosotros debemos moldear nuestro amor y liderazgo imitándolo a él (1 Juan 2:6). Con Cristo viviendo y obrando dentro de nosotros mediante el Espíritu Santo, la misma conducta debiera ser verdadera en nosotros, ya sea que seamos ancianos, pastores, diáconos, obreros entre los jóvenes, maestros de Escuela Dominical, directores de música, misioneros, evangelistas, líderes de estudios bíblicos o administradores de la iglesia.
En nuestro ministerio con las personas, estas cualidades tendrían que ser las principales que deberíamos practicar. Uno de los capítulos más importantes de la Biblia para la vida en la iglesia local y para el liderazgo cristiano es 1 Corintios 13. Define cómo nosotros debemos comportarnos en el matrimonio, la amistad, la iglesia y la sociedad. Describe lo que nuestro carácter debiera ser, y en el ministerio cristiano, el carácter es todo.
Pablo simplemente no escribió lindas palabras acerca del amor; él las vivió. Y los corintios vieron la verdad de esas palabras en su vida.


El amor es paciente

Si le fuéramos a preguntar a nuestro Señor: “¿A qué se asemeja un líder cristiano afectuoso?”, él primero contestaría: “paciente y bondadoso”. Por lo tanto, Pablo comienza y termina su lista sobre el amor con la naturaleza paciente, que todo lo soporta en amor (1 Corintios 13:4–7). En un mundo imperfecto, un líder debe caracterizarse por la paciencia.
El verbo griego para paciente denota que “todo lo sufre” o “todo lo soporta”, particularmente con respecto a heridas personales o males sufridos. El espíritu de amor del cristiano no busca desquitarse. No se enoja enseguida.
Dios mismo es el ejemplo supremo de paciencia. Cuando somos tentados a ser impacientes con otros, deberían detenernos y pensar acerca de la magnánima paciencia de Dios para con nosotros y de nuestros muchos males contra él. A la luz de su paciencia hacia nosotros, ¿quiénes somos nosotros para pensar que no podemos soportar pacientemente las debilidades y fracasos de otros, o los males que ellos puedan habernos hecho?
La falta de paciencia es una seria deficiencia en un líder cristiano. Nuestro trabajo con las personas es una obra principalmente espiritual, por consiguiente debe hacerse de la forma que Dios quiere, con gran paciencia y cuidado. Un líder impaciente es tan destructivo con las personas como un padre impaciente es para con sus hijos, o como un pastor impaciente es para con sus ovejas.
La paciencia es necesaria porque la vida está llena de frustraciones, males e injusticias. En realidad, es imposible guiar a las personas sin eventualmente ser atacados. Las personas asaltarán el carácter de sus líderes, criticarán sus decisiones, hablarán mal tras sus espaldas, y se aprovecharán del amor de ellos.
En respuesta a dichos ataques, el amor sufre mucho. Por lo tanto Pablo instruye a los siervos del Señor a que sean pacientes cuando los hieran:

Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él (2 Timoteo 2:24–26).

Asimismo, la paciencia es necesaria cuando tratamos con las muchas debilidades y fracasos de las personas. Debemos tener paciencia con los que son lentos para aprender, que resisten el cambio, los débiles en la fe, rápidos para quejarse, olvidadizos de sus responsabilidades, emocionalmente inestables, temerosos o caprichosos. Pablo enseña que debemos “amonestar a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tesalonicenses 5:14). Asimismo, Pablo instruye a Timoteo: “Que prediques la palabra… redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2; cursivas añadidas).


Los líderes pacientes en acción

Ser paciente no infiere pasividad o rehusarse a confrontar los pecados o problemas de las personas. Sin su liderazgo pastoral paciente, Pablo y los corintios se hubieran ido por sus caminos separados. En cambio, su manejo firme pero paciente de los problemas preservó las relaciones. Cuando los corintios lo criticaron injustamente, Pablo no los abandonó, ni cortó con ellos, ni se volvió vengativo, o devolvió mal por mal, o expresó enojo en una forma pecaminosa. En cambio, él respondió a sus críticas, confrontó sus pecados y les advirtió sobre la disciplina que merecían. Lo que es aún más extraordinario es que él lo hizo con verdadera paciencia y amor sincero.
Pablo, por lo tanto, podía decirles a los corintios que su liderazgo estaba marcado por la paciencia, la bondad y el amor:

No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado; antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en longanimidad, en mucha paciencia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero (2 Corintios 6:3–4, 6).

La paciencia es tan importante en el liderazgo de la iglesia actual como lo era en los días de Pablo. Muchas veces la paciencia de un líder es puesta a prueba. Robert Chapman, por ejemplo, era bien conocido por su amor. Y al igual que todos los líderes afectuosos, mostraba una paciencia extraordinaria con las personas y los problemas difíciles.
Quizás su paciencia y amor fueron más evidentes cuando se originó un conflicto en una prominente iglesia en Plymouth, Inglaterra, entre dos pesonalidades poderosas: John Nelson Darby, el arquitecto de la teología dispensacional, y Benjamín W. Newton, el principal maestro de la iglesia. Cuando Darby y Newton no pudieron reconciliar sus diferencias, Darby anunció planes para una nueva iglesia rival en Plymouth. La propuesta de Darby alarmó a muchas personas dentro de la iglesia, así como también a los que asistían a iglesias asociadas con ella. Debido al amor de Chapman por ambos hombres, él se sintió impulsado a buscar una reconciliación. Instó a Darby a que no siguiera adelante con sus intenciones, pero Darby rehusó hacer caso al consejo de Chapman.
La actitud de Darby creó dos congregaciones similares en Plymouth, de más o menos el mismo tamaño. Estas iglesias continuaron estando disgustadas una con la otra, lo que hizo que otras iglesias de la mismas creencias escogieran ponerse del lado de una o de la otra. Un año después, John Darby hizo acusaciones más serias contra la doctrina B. W. Newton. A su tiempo, Newton reconoció su error doctrinal y públicamente confesó su error. Pero Darby y sus colegas insistieron en que el cambio de Newton no era genuino. Con el correr del tiempo ellos pudieron influenciar a muchas otras iglesias para que excluyeran a Newton y su iglesia del círculo de ellos. Newton reconoció su derrota y salió de la iglesia en Plymouth permanentemente, pero la batalla estaba lejos de terminarse. Escalaría más allá de toda proporción razonable, como las peleas de las iglesias a menudo lo hacen, causando una angustia indecible. Las miembros de ambas iglesias estaban acongojados debido a la amarga división e hicieron esfuerzos continuos para una reconciliación, pero sin éxito. Una reunión de doce líderes influyentes se convocó para tratar de resolver las crecientes divisiones. Durante las reuniones, Robert Chapman expresó una de sus declaraciones más memorables. Desafió a John Darby: “Usted debería haber esperado más tiempo antes de separarse”, refiriéndose a la incapacidad de Darby de resolver su conflicto con B. W. Newton.
“Yo esperé seis meses”, replicó Darby.
La contestación de Chapman fue tranquila y serena, dijo: “Pero si hubiera sido en Barnstaple, deberíamos haber esperado seis años”.
La historia demostró que Darby era impaciente y severo, no sólo con B. W. Newton sino con muchos otros. Aunque algunos empezaron a hablar de Darby en términos menos que amables y rehusaron el compañerismo con él, Robert Chapman no lo hizo. Su amor por John Darby siguió sin cambio alguno. En vez de despreciar a hermanos y hermanas cristianos que seguían a Darby, se refirió a ellos como “hermanos queridos, amados y anhelados”. El dolor de Chapman era genuino porque él vivía según el “camino más excelente”.


El amor es benigno

Las dos primeras descripciones de Pablo respecto al amor forman una pareja y un perfecto balance entre sí: El amor es sufrido, la calidad pasiva, y el amor muestra bondad (o es benigno) la calidad activa. La paciencia y la bondad son dos caras de la misma moneda del amor. “Uno no puede tener amor sin bondad, de la misma manera que no puede tener primavera sin flores”, escribe W. Graham Scroggie.
La bondad es la preparación para hacer el bien, para ayudar, para aliviar cargas, para ser útil, para servir, para ser tierno y simpatizar con otros. Se ha dicho que “La bondad es amor en ropa de trabajo”.
Dios es benigno para con todos, y la obra de nuestro Señor Jesucristo en el mundo demostró una bondad abundante y compasiva. Los evangelios están repletos de historias de su bondad hacia hombres y mujeres necesitados. En una ocasión Jesús tocó a un hombre, a quien Lucas el médico describió como “lleno de lepra” (Lucas 5:12–13). William Lane lo describe exactamente como “un acto de compasión nunca oído”. Cuando Jesús encontró a una mujer deforme, encorvada por la enfermedad y a un agente demoníaco, él “puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios” (Lucas 13:13). Tocó los ojos de un ciego y alimentó multitudes. Hizo tiempo para detenerse y bendecir a niños. Jesús comió y habló con las personas más odiadas de su día, los cobradores de impuestos. Una mujer notoriamente inmoral halló bondad y misericordia a sus pies (Lucas 7:37–39). Hechos 10:38 resume la obra de Jesús de esta forma: “Anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos”.


El poder de la bondad

La Escritura insiste en que todos los que guían y enseñan al pueblo del Señor son siervos que deben ser bondadosos para con todos (2 Timoteo 2:24). Pablo escribe: “Antes bien nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones” (2 Corintios 6:4–6).
Agustín, en su libro Confesiones, describe cómo aún antes de que él se convírtiera, el conocido predicador y obispo Ambrosio, lo impresionó mucho más por su bondad que por su predicación excelente:

Ese “hombre de Dios” me recibió como a un padre y expresó placer por mi venida con una bondad muy adecuada en un obispo. Comenzó a gustarme, al principio ciertamente no como un maestro de la verdad, puesto que yo no tenía absolutamente ninguna confianza en su Iglesia, sino como un ser humano que era bondadoso hacia mí.

Los líderes que aman son bondadosos aun con las personas que los critican, provocan enemistad o se oponen a ellos. Se dijo de Thomas Cranmer, un arzobispo de la Iglesia en Inglaterra: “Hacerle cualquier mal era como engendrar bondad en él.”
Liderazgo sin bondad es un desastre. El relato del Antiguo Testamento sobre el rey Roboam, el hijo de Salomón, por ejemplo, ilustra cómo la falta de bondad arruinó a un rey. Antes de que Roboam fuera coronado, el pueblo de Israel vino a él y demandó saber el espíritu con el cual él gobernaría porque el gobierno de su padre terminó en una dura opresión. Antes de responder al pueblo, él consultó debidamente con los ancianos, hombres experimentados que habían servido a su padre y conocían los principios del liderazgo bueno y malo. Los ancianos asesoraron a Roboam para que guiara con una actitud bondadosa. Le dijeron: “Si te condujeres humanamente con este pueblo, y les agradares, y les hablares buenas palabras, ellos te servirán siempre” (2 Crónicas 10:7).
No haciendo caso a la sabiduría y experiencia de estos hombres ancianos, Roboam rechazó sus consejos. Neciamente escogió el consejo de sus amigos jóvenes sin experiencia para tratar al pueblo con dureza y mano pesada (2 Crónicas 10:10–11). Como resultado, la nación se dividió y hubo una guerra civil. El pueblo quería un rey bondadoso, no uno severo. Y las personas no son diferentes hoy día. La bondad es la clave para guiar al pueblo eficazmente.
Si queremos alcanzar a las personas para Jesucristo, debemos cultivar una actitud bondadosa. Los actos de bondad impactan a las personas en gran manera y captan su atención: una tarjeta enviada a alguien que está enfermo, una llamada telefónica expresando preocupación, una invitación para comer, una disposición para ayudar a aliviar una carga, una palabra que indica interés, un toque de ternura, un gesto considerado, una simple expresión de interés por la preocupación de otro, una visita. La bondad es el “camino más excelente”.

 

No tiene envidia ni es jactancioso

“El amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso”.
1 Corintios 13:4


En su segundo viaje misionero, Pablo fue a la ciudad de Corinto, donde se quedó por dieciocho meses (Hechos 18:11). En ese tiempo Corinto era una próspera colonia Romana, y Pablo la consideraba como una ciudad estratégica para el avance del evangelio. Era como una Roma en miniatura, un centro comercial floreciente. Corinto podía ofrecer a sus ciudadanos y viajeros todos los placeres de una ciudad cosmopolita de mente abierta. Los personas en esa cultura valoraban el éxito mediante la riqueza, la búsqueda de la posición personal, el individualismo competitivo, la sabiduría y el conocimiento. Este sistema de valores no sólo saturaba la cultura sino también influía adversamente en la iglesia. Según un comentarista, “El problema no era que la iglesia estaba en Corinto sino que demasiado de Corinto estaba en la iglesia”.
Cuando Pablo escribió 1 Corintios, unos tres años y medio después de dejar esa ciudad, tuvo que referirse a serios problemas dentro de la congregación. En la raíz de estos problemas estaban las actitudes y creencias mundanas que eran inherentemente hostiles al evangelio de la cruz de Cristo y su sabiduría.
Como resultado de los numerosos pecados en la iglesia, Pablo se ve obligado a adoptar una actitud negativa, describiendo ocho cualidades de carácter que son incompatibles con el amor. Estas cualidades negativas dividían a la iglesia de Corinto tal como dividen a las iglesias actuales.
Pablo simplemente declara que el amor no es:
1. envidioso
2. jactancioso
3. arrogante
4. descortés
5. egoísta
6. fácilmente enojadizo
7. rencoroso
8. se goza de la injusticia
Esta lista de Pablo sirve como propósito para corregir nuestra conducta egoísta y para guiarnos a “un camino más excelente”.


El amor no envidia

Encabezando la lista de Pablo está un vicio que ha destrozado incontables relaciones y dividido muchas iglesias: la envidia o el celo. El celo dividió la iglesia en Corinto y mostraba el alarde vacío de los corintios de ser personas espirituales: “… porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? (1 Corintios 3:3).
La envidia hace que uno se resienta de la buena fortuna de otros; abarca los dones, posesiones, o posiciones de influencia que otros tienen. Es sospechosa y crítica de la popularidad de otros. Nathaniel Vincent expresa agudamente el espíritu egoísta de la envidia.

¡Cuánto de infierno hay en el temperamento de un hombre envidioso! La felicidad de otro es su miseria, el bien de otro es su aflicción. Mira la virtud de otro con ojos malos y se resiente en la alabanza a otro como si esa alabanza fuera quitada de sí mismo. La envidia hace que él odie a su prójimo y es su propio atormentador.


La envidia es destructiva

El relato sobre los reyes Saúl y David provee una vívida ilustración del poder destructivo de la envidia en la vida de un líder. Inicialmente, Saúl amaba a David, pero casi inmediatamente después de la estupenda victoria del joven pastor sobre el gigante Goliat, el rey tuvo envidia de David.
Había mucho que envidiar acerca de David. Era joven, buen mozo, fue bendecido abundantemente por Dios en todo lo que hacía y “su nombre se hizo de mucha estima” (1 Samuel 18:30). Era tan popular y sumamente admirado que las mujeres cantaban, “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles” (1 Samuel 18:7).
Esta comparación de las victorias de Saúl con las mayores victorias de David lo enfurecieron y originaron las pasiones de celos más viles en el rey. Llegó a odiar a David y a oponérsele en toda oportunidad. Habló mal de él en cada oportunidad que se le presentó y sólo pensaba en la ruina de David. En vez de arrepentirse de su envidia y buscar la ayuda de Dios y reconocer a David como el don de Dios para la nación, Saúl dio rienda suelta a su pecado. Su envidia lo condujo al descontento, a pensamientos de paranoia, miseria personal e intrigas asesinas. Su vida demostró que cuando hay envidia y celos no hay amor.
Ninguno de nosotros es inmune a la envidia. Aun los misioneros más comprometidos y siervos del Señor han luchado con este pecado. George Müller fue el fundador del orfanato de Ashley Down en Bristol, Inglaterra. Mientras era copastor con Henry Craik en una iglesia en Bristol, Inglaterra, George Müller vio que las personas disfrutaban de las enseñanzas del otro hombre más que de las suyas. Henry Craik no sólo era un excelente maestro de la Biblia, sino que también era un erudito de primera clase del hebreo. Sin embargo, a diferencia del rey Saúl, Müller era un hombre de extraordinaria fe y oración. El confesó sus sentimientos de envidia hacia Craik y confrontó su pecado:

Cuando en el año 1832, yo vi cómo algunos preferían el ministerio de mi amado amigo más que el mío, determiné, en la fortaleza de Dios, regocijarme en esto, en vez de envidiarlo. Dije, como Juan el Bautista: “No puede el hombre recibir nada, sino le fuere dado del cielo” (Juan 3:27). Este resistir al diablo estorbó la separación del corazón.

La amistad de George Müller y Henry Craik duró por treinta y seis años, hasta que Craik falleció. Aunque ambos eran hombres fuertes, de muchos talentos y con personalidades bastante diferentes, la prolongada relación de ellos fue un testimonio público respecto al poder del amor cristiano. Müller era bien conocido por sus numerosas amistades de toda una vida con personas como Hudson Taylor, Charles Spurgeon, D. L. Moody, Robert Chapman, y otros. Lamentablemente, las personas envidiosas tienen pocos amigos verdaderos y muchos conflictos.
Necesitamos estar apercibidos de que la envidia es un pecado que crece entre el pueblo de Dios y entre los líderes cristianos. Los pastores pueden ir hasta extremos insólitos para eliminar de la iglesia a las personas con dones que los amenazan. Algunas iglesias pueden envidiar a otras iglesias que son más grandes o están creciendo rápidamente. Misioneros pueden envidiar a otros misioneros que son más fructíferos o tienen mejor sostenimiento. Maestros de estudios bíblicos pueden envidiar a maestros de estudios bíblicos más populares; cantantes pueden envidiar a otros cantantes que cantan más a menudo o reciben aplausos más fuertes; ancianos pueden envidiar a otros ancianos quienes brillan con más luz en la capacidad de liderazgo o conocimiento; y diáconos pueden envidiar a otros diáconos quienes sirven más eficazmente o son buscados con más frecuencia para ayudar en la obra.


El amor se regocija en otros

“Al amor no arde de envidia”. El amor es de corazón grande, inclinado a los demás, contento y lleno de buena voluntad hacia otros. “Cuando el amor ve que alguien es popular, exitoso, apuesto o con talentos, se alegra de ello y nunca es celoso ni envidioso”.6 El amor entre hermanos trata de “ser mejor que otros en mostrar honor” (Romanos 12:10).
Por ejemplo, el bondadoso Bernabé, el compañero de Pablo, se regocijó al reconocer los grandes dones de Pablo y lo invitó a colaborar con él en la enseñanza de la iglesia en Antioquía (Hechos 11:19–26). El afectuoso Jonatán, hijo del rey Saúl, difería grandemente de su envidioso padre. Admitía y valoraba las capacidades de líder que tenía David. Estaba dispuesto a poner en peligro su propia posición futura como rey (1 Samuel 23:16–17), a fin de proteger y promover la causa de David.
Como líderes cristianos, nuestro compromiso con el amor debería alentarnos a regocijarnos verdaderamente con respecto a los éxitos y talentos de otros. Deberíamos darles oportunidades de trabajar, reconociendo sus dones y capacidades como si fueran las nuestras propias (1 Corintios 12:25–26). Cuando surgen pensamientos de envidia hacia otros, debemos confesar esas actitudes como lo que son: pecado y egocentrismo. Al igual que George Müller, necesitamos admitir, con la ayuda de Dios, que es posible que nos alegremos en el éxito de otras personas. Estaremos más felices y más contentos y esto agradará a Dios, cuando pensemos y actuemos según el “camino más excelente”.


El amor no es jactancioso

Al igual que el pecado de la envidia, jactarse o hacer alarde de autosuficiencia, es una preocupación pecaminosa con uno mismo. Los fanfarrones necesitan que se les preste atención; quieren que otros alaben sus capacidades, conocimiento, éxitos, y aun sus sufrimientos por la causa de Cristo. Debido a que desean reconocimiento, hablan con mucha importancia y exageradamente de sí mismos, aunque quizás no tengan nada importante que decir.
La jactancia por mucho tiempo ha sido un serio problema entre la gente religiosa. Los fariseos santurrones, tocaban trompeta y ansiaban desvergonzadamente la atención del pueblo. Eran religiosos presumidos. Jesús señaló cómo amaban los primeros asientos en la sinagogas, las salutaciones respetuosas en las calles, y la alabanza por los actos públicos de piedad. Similarmente, los creyentes en la iglesia de Corinto, se jactaban acerca de su sabiduría superior, la capacidad de oratoria de los maestros favoritos, y sus extraordinarias experiencias espirituales. Estaban llenos de sí mismos, no llenos de amor.
Dicha jactancia todavía es un problema actual. Recuerdo claramente a un evangelista misionero que vino a mi casa, junto con otros, para cenar. Durante tres horas no dejó de hablar de sí mismo, de sus ministerios, y de su éxito. Nos contó cuán arduamente trabajaba, de cómo viajaba a lo largo y ancho del país, y de cómo Dios le había bendecido. No obstante, ni una sola vez, durante la larga comida de la cena, preguntó él acerca de los otros que estaban a la mesa. El era un jactancioso.
En otra ocasión yo estaba en una conferencia de una iglesia que tenía cientos de exhibiciones de libros y ministerios. La mesa de nuestros libros estaba al lado del lugar de un ministerio que incluía a un pastor y escritor internacionalmente famoso. Todo el tiempo que estuvo en la casilla habló sin parar acerca de sí mismo. No pudimos evitar oír por casualidad cómo se alabó a sí mismo durante dos días enteros. Le dijo a cada persona con quien habló de cuán grande era su iglesia, cuántas personas componían los miembros de su personal, y cuán grande era el presupuesto de la iglesia. Ni siquiera fue sutil acerca de mencionar nombres de personas famosas que él conocía y lugares donde había predicado. Era un fanfarrón.
Sin embargo, el jactarse jamás ayuda a nadie. Hablamos de “fanfarronada vacía”, pero en realidad, como dice Scroggie “No hay otra clase de jactancia. La naturaleza y esencia de la jactancia son vacías. La jactancia es siempre una propaganda de la pobreza”. La jactancia no edifica ni sirve a la comunidad de la iglesia. La jactancia no honra a Cristo. Más bien, intimida y divide a las personas. Provoca en otros la envidia. La ostentación es particularmente aborrecible en un líder y mancha el carácter de un líder. No desearíamos tener gente en la iglesia que siguieran semejante ejemplo. Los fanfarrones hacen descaradamente caso omiso a la prohibición de Dios contra la alabanza propia: “Alábete el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos” (Proverbios 27:2).
Los fanfarrones buscan edificarse a ellos mismos, las personas celosas derrumban a otros, pero sólo las personas que aman edifican a los demás.


El amor promueve y alaba a otros

El amor promueve y alaba a otros. Es abnegado y se asusta y aleja de hablar de sí mismo. Por lo tanto los que están poseídos del amor de Cristo se deleitan en enfocar la atención en otros, en empujar a otros al centro del escenario, y en compartir la luz focal de la atención.
En el contexto de la enseñanza sobre los dones espirituales, Pablo dice: “Digo pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura” (Romanos 12:3). Esto no infiere que jamás debemos hablar acerca de nosotros mismos o permitir que otros averigüen acerca de nuestros intereses o ministerios. Hay una línea fina entre hablar acerca de nosotros mismos sin jactancia y jactarse en forma pecaminosa y egocéntrica. Al igual que Pablo y Bernabé, los misioneros necesitan informar sobre la obra de Dios mediante sus labores a los que los patrocinan (Hechos 14:27; 15:3). Los maestros expertos a menudo usan ilustraciones sacadas de sus experiencias personales para comunicar eficazmente sin jactancia (Gálatas 2:1–14). La diferencia es que los fanfarrones usan a las personas para satisfacer su propia necesidad de atención y alabanza.
Un amigo misionero en su regreso al Africa se encontró a bordo de un barco con el joven Billy Graham y fue testigo del amor que no hace alarde. Graham estaba yendo a una Cruzada en Londres. Cuando los dos hombres se encontraron y conversaron durante su viaje, algo acerca de Graham impresionó a mi amigo profundamente. Graham hizo preguntas acerca de la vida y ministerio de mi amigo en Africa; estaba genuinamente interesado en su obra. Mi amigo particularmente observó que Graham raras veces hablaba de sí mismo o de sus experiencias fenomenales como evangelista. Al final del viaje, el misionero le preguntó al joven evangelista cómo podía orar por él, y las respuesta fue: “Ore para que yo sea un hombre humilde”. Esa oración hace muchos años reflejó un corazón de sabiduría y amor. Décadas después es evidente que el orgullo del talento o el éxito no es una crítica que haya sido dirigida contra Billy Graham.
Hay algo que aprender de su ejemplo. La personas humildes no son fanfarronas que están absortas en sí mismas. En cambio, promueven y alaban a otras según el “camino más excelente” del amor.

 

No es arrogante ni descortés

“El amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido”.
1 Corintios 13:4–5


Difícilmente haya algo más contrario al ejemplo de Cristo, al mensaje de la cruz, y al amor cristiano que la arrogancia. Los cristianos son pecadores salvados por la gracia de Dios, y todos nuestros talentos y dones espirituales nos han sido magnánimamente dados por Dios. Por lo tanto la Escritura dice: “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?” (1 Corintios 4:7).
De ninguna manera hay lugar para el egoísmo en la obra del Señor, especialmente para los que dirigen y enseñan a la comunidad de la cruz. Sin embargo, la arrogancia es un problema reconocido generalmente entre los líderes actuales.
Durante una ceremonia de graduación de un seminario, a la que yo asistí, el presidente del seminario pronunció un mensaje desafiante titulado “El síndrome del personaje importante”. Fue gratificante oírle advertir a los estudiantes graduados en contra de pensar demasiado alto de sí mismos y actuar como grandes jefes, más bien que como humildes siervos de Jesucristo. Para concluir el asunto, había cortado una toalla en pequeños pedazos cuadrados y los puso en un canasto. Al final de su mensaje invitó a los graduados a que pasaran adelante para recibir un pedazo pequeño de la toalla. Luego sugirió que pusieran el pedazo de la toalla en sus billeteras para que les recordara continuamente que Jesucristo tomó una toalla y humildemente lavó los pies de sus discípulos. Qué excelente recordatorio para esos jóvenes siervos del evangelio. Recordar el ejemplo de humildad de Cristo es bueno para todos los que sirven en el liderazgo de la iglesia local.


El amor no es arrogante

Un espíritu arrogante impregnaba a la iglesia en Corinto, y esto generó muchos de sus problemas. La arrogancia es contraria al amor debido a que se enfoca en el ego más que en los otros. Los individuos arrogantes, especialmente los religiosos, piensan que son mejores que las otras personas. Piensan que saben mucho más de lo que realmente saben; se consideran a sí mismos más santos que los otros, y se imaginan que tienen más talento de lo que realmente tienen. Son ciegos ante sus propios y evidentes pecados, debilidades personales y errores doctrinales. Como Amy Carmichael dijo cierta vez: “Los que piensan demasiado de sí mismos no piensan lo suficiente”.2
La palabra griega para arrogante puede traducirse literalmente “hinchado” o “inflado”. J. B. Phillips capta bien la idea en su traducción: El amor no “aprecia ideas infladas de su propia importancia”. En otras palabras, el amor no tiene un complejo de superioridad. Este era un concepto importante para que los discípulos de Jesús lo entendieran debido a que muchos de los líderes religiosos de sus días estaban hinchados de orgullo religioso. “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres” (Lucas 18:11).
En contraste, Jesús les prohibió estrictamente a sus discípulos cualquier clase de autoexaltación idólatra: “El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:11–12). La humildad de mente, no la arrogancia, ha de ser la marca que identifique a los seguidores de Cristo. La arrogancia es la disposición del diablo (Isaías 14:13–14), no de Cristo. Y, como Jonathan Edwards sabiamente observó: “Nada coloca al cristiano tan fuera del alcance del diablo como la humildad”.
Un ejemplo del Nuevo Testamento de un líder arrogante, tipo mandamás en una iglesia, es Diótrefes. La Biblia dice que amaba ser el “primero”. Juan escribe:

Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia (3 Juan 9, 10).

Diótrefes estaba tan hinchado consigo mismo que criticaba y rehusaba escuchar al amado apóstol Juan. Abusaba a gente que estaba de acuerdo con él, creaba una atmósfera de temor dentro de la iglesia local, y demandaba que todos hicieran lo que él quería. No era un edificador de personas sino un limitador de personas. No era un unificador sino un divisor. No era un siervo líder de mente humilde. No quería compartir su ministerio con sus congéneres y colegas tales como Pablo. Rehusaba la corrección e instrucción piadosa. Su corazón no era contrito ante Dios, y su espíritu arrogante dividía a las personas y perjudicaba a la iglesia. En las palabras de Pablo, Diótrefes era “un metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13:1).


El amor es humilde y modesto

La naturaleza del amor es lo opuesto a la arrogancia. El amor piensa humilde y modestamente acerca de sí mismo y de otros (Romanos 12:3). El espíritu del amor dice: “Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión” (Romanos 12:16). Pedro exhortó a los ancianos de la iglesia “Revestíos de humildad” (1 Pedro 5:5). Pablo les recordó a los ancianos de Efeso que él estaba “sirviendo al Señor con toda humildad” (Hechos 20:19).
La humildad es la actitud de un siervo. Hace a un líder más educable, más receptivo a la crítica constructiva, mejor capacitado para trabajar con otros, mejor calificado para tratar con los fracasos y pecados de otras personas, más dispuesto a someterse a otros, menos proclive a pelear, y más pronto a reconciliar diferencias. Sin la humildad, uno no puede ser un líder semejante a Cristo (Mateo 11:29; Filipenses 2:7–8).
La humildad también hace mejores maestros de la Palabra y más capaces de relacionarse con las personas en todos los niveles de la vida, aun con los más pobres y menos instruidos. Como lo hizo nuestro Señor Jesucristo, los maestros de la Palabra de Dios deben ser siervos humildes, de lo contrario contradecirán el mensaje de la Biblia.
Pablo y Apolos eran líderes y maestros con muchos talentos. Ellos podrían fácilmente haber sido tentados a hincharse con sensaciones de superioridad debido a sus mentes geniales y muchos éxitos en el evangelio. No obstante, Pablo sabiamente les recuerda a los corintios, quienes apreciaban a los maestros vanidosos, de que él y Apolos eran humildes siervos del Señor, y nada más. El les escribe: “¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído, y eso según lo que a cada uno concedió el Señor” (1 Corintios 3:5).
Los líderes y maestros afectuosos, entonces, son humildes y modestos. No tratan a las personas con arrogancia sino con respecto. Sirven con humildad y no se alaban a sí mismos, sino a los demás.
C. S. Lewis, uno de los autores cristianos más conocidos, era un hombre humilde, quien como maestro vivió en “el camino más excelente” del amor. Lewis enseñó en las universidades de Oxford y Cambridge en Inglaterra, y se hizo internacionalmente famoso cuando se convirtió del ateísmo al cristianismo. Escribió muchos libros cristianos que se han vendido por millones y que se han traducido a muchos idiomas. Sus escritos han tocado incontables vidas para Jesucristo.
A pesar de su éxito en escala mundial, Lewis era un hombre humilde y un maestro de eruditos como de niños, siempre estaba disponible para ayudar a todas las personas que buscaban su consejo. Personalmente contestó miles de cartas de personas comunes que él nunca había conocido pero que le pedían su ayuda. Lewis creía que Dios quería que él contestara todas las cartas, lo cual hizo, y “trataba a cada corresponsal como si él o ella fueran tan importantes como el rey o la reina de Inglaterra”. Esta era una tarea extraordinaria considerando su exigente horario. Respondió a las preguntas de la gente acerca de la depresión, conflictos matrimoniales, y problemas teológicos difíciles. También se comprometió a sí mismo a orar diariamente por muchas personas en dificultades en todo el mundo quienes solicitaban sus oraciones, personas que nunca conoció y algunas que eran bastantes excéntricas.
Lewis se congregaba en una iglesia anglicana cerca de su casa, donde él se relacionaba con un diverso grupo de personas, algunas de las cuales tenían poco conocimiento de su éxito literario o popularidad mundial. Puesto que el cielo estará lleno de tantas clases de personas que adorarán a Dios, Lewis consideraba “inconcebible” buscar una iglesia cuyos miembros se compusieran sólo de tipos académicos y eruditos. Adorar en su iglesia local era, para él, la preparación para la adoración celestial.
Su humilde actitud hacia los demás es revelada en un cuento encantador contado por un chofer de taxi, Clifford Morris (Lewis no tenía un automóvil). Lewis lo trataba como a todos los demás, con una atención respetuosa y cariñosa. Uno de los biógrafos de C. S. Lewis, Lyle W. Dorsett, escribe:

“Morris descubrió que el Sr. Lewis era de carácter afectuoso y agradable, siempre tratándolo como a un igual a pesar de la gran disparidad entre sus clases sociales y niveles educativos. Este tratamiento sorprendió y bendijo a Morris, porque otros hombres, incluyendo cristianos, nunca eran tan bondadosos. Ocasionalmente el profesor Lewis subía a su auto y en el camino a Cambridge decía: “Morris, lo siento que no puedo hablar por unos quince minutos. Necesito hacer mis oraciones”.

C. S. Lewis entendía claramente la necesidad de humildad en la vida cristiana en los muchos peligros del orgullo pecaminoso. Del orgullo escribió: “Fue mediante el orgullo que el diablo se volvió diablo: El orgullo conduce a todo otro vicio: es el estado mental completamente anti-Dios”.
Los que viven según “el camino más excelente”, sin embargo, no sufren de un “estado mental anti-Dios”. En cambio, como el Salvador de ellos, son “mansos y humildes de corazón” (Mateo 11:29).


El amor no es descortés

El amor semejante a Cristo influye en todas las conductas, y la Escritura nos dice que el amor no es torpe: “no hace nada indebido”. El verbo para “descortés” lleva la idea de actuar vergonzosamente, contrario a las normas establecidas de la propia conducta y decencia. Por lo tanto vestirse no apropiadamente, la conversación desconsiderada, hacer caso omiso del tiempo o la conciencia moral de otros individuos, aprovecharse de las personas, carecer de tacto, ignorar las contribuciones e ideas de otros, tratar sin miramientos los planes e intereses de otros, la conducta inapropiada con el sexo opuesto, descortesía y rudeza básica, y una indiferencia general por la conducta social apropiada, son evidencias de falta de amor y no deben tener lugar en la iglesia local.
La falta de amor era evidente en la conducta torpe de los corintios. Los miembros más ricos no esperaban que los pobres llegaran para la Cena del Señor. En cambio, comían egoístamente sus propias comidas costosas y dejaban pocos alimentos para que los pobres comieran (1 Corintios 11:21–22, 33).
Otros miembros usaban con indiferencia lo que ellos llamaban conocimiento y libertades superiores para pisotear las conciencias de sus hermanos y hermanas más débiles. Comían alimentos ofrecidos a ídolos paganos (1 Corintios 8), lo cual creaba confusión y hacía que otros creyentes violaran sus conciencias. Durante las reuniones congregacionales, ciertos predicadores de talento estaban monopolizando el tiempo e impidiendo que otros expresaran sus dones espirituales. Luego estaban los que interrumpían mientras otros predicaban. Algunos hablaban en lenguas sin interpretación de modo que los asistentes no entendían lo que se decía. Para poner fin a esta práctica, Pablo instruyó: “pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40).
La descortesía no desapareció con la iglesia de Corintio sino que caracteriza a nuestro día también. Durante un servicio de adoración en una iglesia que yo estaba visitando, dos jóvenes sentados detrás de mí estaban vergonzosamente interrumpiendo la celebración de la Cena del Señor. Masticaban nueces y caramelos duros y bebían agua a tragos fuertes de botellas de plástico sin preocuparse por el ruido que hacían. Se susurraban el uno al otro y decían “Amén” junto con la congregación, pero sólo burlonamente. Perturbaban a todos los que los rodeaban.
Después del servicio hablé con uno de los líderes de la iglesia con respecto a la conducta de ellos. El me habló de su frustración. Me aseguró de que ya habían tratado de solucionar el problema en otras ocasiones, pero que los padres rehusaban corregirlos. Sentían que sus hijos tenían derecho a comer y beber durante el servicio. Por supuesto, esta clase de conducta no se permite en un teatro cinematográfico; pero los padres pensaban que era aceptable en la iglesia. Eran personas descorteses, carentes de amor. No tenían consideración por los demás.
La descortesía no se limita a la edad ni a la clase social. Los intelectuales y las personas de alta educación pueden ser tan descorteses e indiferentes como cualquiera. En una universidad cristiana, un erudito conservador presentó un discurso sobre un tema no popular sobre lo políticamente incorrecto. A medida que hablaba, la audiencia de los escolares y líderes le hacían burla, silbaban y se reían del conferencista. Esta vergonzosa demostración de torpeza sin consideración por los sentimientos o creencias del conferencista tenía poco que ver con el amor. El amor no es torpe.


El amor promueve el decoro apropiado

Las personas afectuosas son consideradas con respeto teniendo en cuenta cómo su conducta afecta a otros, aun en las cosas pequeñas. Aquéllos que poseen el amor de Dios son sensibles a las relaciones sociales apropiadas, decencia pública, convenciones sociales, cortesía, tacto y conducta apropiada en vestir, vocabulario y acción. Son sensibles al hecho de que las personas en ciertas iglesias se incomodarían si un predicador o director de canto no usara una corbata y chaqueta pero vistiera “jeans” y camiseta. Reconocerían que es inapropiado que una maestra de Escuela Dominical viniera a la clase vestida con ropas adecuadas para la playa (1 Timoteo 2:9–10). Se darían cuenta de que no deben hablar con el teléfono celular durante la reunión de la iglesia.
El amor reconoce que la mala conducta y la descortesía entorpecen las reuniones de los ancianos y diáconos (y todas las otras reuniones de comités). El amor fomenta reuniones eficaces en las cuales todas las cosas se hacen en forma apropiada y de una manera ordenada (1 Corintios 14:40). El hablar más fuerte que otros, no escuchar, ignorar las ideas de otras personas, amenazar y hacer comentarios hirientes, mostrar falta de respeto hacia los que no están de acuerdo, no ejemplifica amor. Dicha conducta no tiene lugar en el liderazgo de la iglesia.
A medida que las sociedades occidentales se vuelven cada vez más toscas y desconsideradas en cuanto a las normas básicas de la cortesía y la decencia social, debemos resistir la aceptación de una conducta descortés. De lo contrario, producirá un efecto perjudicial degradante en nuestras vidas y en nuestras iglesias.
Esta es una cuestión especialmente importante para los cristianos que viajan a otros países para servir a Jesucristo. Hudson Taylor fue uno de los más grandes líderes cristianos de todos los tiempos, y fue reconocido como un líder cariñoso. La extraordinaria historia de su vida y de la fundación de la Misión del Interior de China han sido documentadas extensamente. Una de las muchas cualidades fuertes del liderazgo de Taylor era su capacidad de relacionarse bien con los chinos debido a su agudo sentido de cómo conducirse y su sensibilidad cultural.
En cierta ocasión se quejó en una carta acerca de la falta de tacto y, en efecto, falta de respeto, que algunos misioneros demostraban hacia las costumbres y protocolos de los chinos. Sus palabras deberían ser escuchadas hoy:

Algunas personas parecen realmente ingeniosas en hacer lo correcto en la peor forma posible, o en el momento más inadecuado. Las personas realmente torpes o rudas pocas veces estarán fuera de ser mal mirados en China; y aunque sean vehementes, astutas y piadosas, no lograrán mucho. En nada fracasamos más como una Misión, como lo es en la falta de tacto y cortesía.

La Gran Comisión de Cristo (Mateo 28:18–20) ha dado a todos los cristianos una misión global. Pablo reconoció esto. Un hombre de tres culturas diferentes —judío, romano y griego— Pablo, el evangelista, viajó extensamente predicando el evangelio y sabía cómo adaptarse adecuadamente a las diferentes costumbres sociales (1 Corintios 9:19–23). Nosotros también, cuando viajamos como siervos de Cristo, necesitamos ser sensibles para no ofender las convenciones sociales de nuestra nación anfitriona, sino ser buenos embajadores del amor de Dios a todo pueblo. Ser cortés y respetar es el “camino más excelente”.

 

No es egoísta ni se irrita fácilmente

“El amor… no busca lo suyo; no se irrita”.
1 Corintios 13:5


La Biblia no oculta el hecho de que entre los apóstoles existían actitudes egoístas y luchas por el poder. Jacobo y Juan, por ejemplo, al pensar exclusivamente respecto de sí mismos, pidieron a Jesús que les diera lugares de alto honor en su reino: “Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda” (Marcos 10:37). Jacobo y Juan eran miembros que llevaban tarjetas del “Club de los egoístas”, como la ambición egoísta siempre lo hace. Marcos registra que “cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse contra Jacobo y Juan”. Se indignaron porque ellos también eran egoístas y anhelaban para sí cargos de poder y gloria.
Este incidente muestra cuán poco ellos entendían los caminos del Señor y cuánto tenían que aprender acerca de amarse y servirse unos a otros como hermanos. “Jacobo y Juan quieren sentarse en tronos en poder y gloria”, escribe John Stott; “Jesús sabe que él debe colgar de una cruz en debilidad y vergüenza. La antítesis es total”.


El amor no está ocupado en sí mismo

La quinta declaración negativa apunta al egoísmo, la raíz de muchos de nuestros problemas y un vicio totalmente incompatible con el amor y el liderazgo cristiano. El amor, declara 1 Corintios 13:5, “no busca lo suyo”. Esto significa que el amor no busca sus propios intereses o su propia ventaja. El amor “no está preocupado con el interés del ego”. Esto es especialmente importante que se entienda porque vivimos en una época de individualismo radical. Las personas en muchas sociedades occidentales modernas son consumidas por sus propios intereses. Se colocan a sí mismas en el centro del universo, el cual es el legítimo lugar de Dios. Este enfoque totalmente centrado en uno mismo es completamente contrario al amor cristiano.
Si Jesús hubiera buscado su propia ventaja no habría ido a la cruz. Pero la Escritura dice: “Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Romanos 15:3). Nuestro Señor no vino para ser servido sino para servir: “Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 22:27).
Pablo tampoco buscó hacer su voluntad. Si lo hubiera hecho, él nunca habría soportado todas las dificultades al propagar el evangelio y cuidar de las iglesias. Pero debido a su amor por Cristo, expresado mediante el amor por las demás personas, él pudo decir: “Como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos” (1 Corintios 10:33). “Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos” (1 Corintios 9:19). “Porque no busco lo vuestro, sino a vosotros… Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas” (2 Corintios 12:14–15).
Este no fue un ejemplo fácil de seguir para los creyentes corintios. En agudo contraste, ellos insistieron en sus derechos y libertades de comer alimentos ofrecidos a ídolos paganos, aun si el tomar dichas libertades perjudicaría las conciencias de sus hermanos y hermanas más débiles (1 Corintios 8–10). No entendían el espíritu del amor que dice: “Por lo cual si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano (1 Corintios 8:13). No les importaba que “…si por causa de la comida, tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor” (Romanos 14:15). Usaban sus maravillosas libertades y dones para sus propios fines egoístas más que para el bien de toda la comunidad.
Como eran egoístas, ellos tampoco entendían el ministerio cristiano o la misión de siervo de un líder o maestro cristiano. Algunos en Corinto hasta veían el sufrimiento y la abnegación de la vida de Pablo como un ejemplo de debilidad y fracaso. La opinión de ellos sobre el liderazgo cristiano era poder y gobierno, no debilidad o servidumbre; por lo tanto, ellos dudaban de su apostolado. Estas mismas ideas equivocadas acerca del verdadero liderazgo cristiano persisten hasta hoy.


El amor se ocupa de los demás

El gran enemigo de todo pastor es un corazón egoísta. Un modelo maravilloso del Nuevo Testamento es Barnabé. El no era alguien que estaba buscando un lugar de privilegio. Lucas registra que “era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hechos 11:24). Siendo lleno del Espíritu Santo, él se caracterizaba por el amor (Gálatas 5:22) y todas las cualidades del amor que se describen en 1 Corintios 13:4–7.
La primera vez que encontramos a Bernabé, él está vendiendo terrenos y dando el dinero a los santos pobres de Jerusalén (Hechos 4:36–37). La generosidad hacia otros fluye naturalmente del amor. Como Robert Law dice: “El amor es el impulso de dar”.
Pero lo más impresionante acerca de Bernabé es cómo compartía su cargo y ministerio de liderazgo con Pablo. Bernabé había sido enviado por los líderes en Jerusalén para ayudar en la iglesia recién establecida en Antioquía. Ese era un lugar emocionante para estar. Dios estaba haciendo cosas nuevas entre los gentiles y Bernabé estaba en el centro de la acción. No obstante él pensaba más sobre lo que era mejor para la nueva iglesia que en su propia prominencia y seguridad.
Convencido de que la iglesia necesitaba el liderazgo y las enseñanzas de Pablo, Bernabé hizo un gran sacrificio personal y viajó a la ciudad de Tarso para encontrar a Pablo e invitarlo para que viniera a Antioquía. Esto significaba que compartiría sus actividades de enseñanza y liderazgo con Pablo, quien tenía más talentos que él. Bernabé le da a Pablo primacía en el servicio permitiendo que Pablo se volviera el más prominente de los dos. Un predicador dijo: “Bernabé no era un acaparador del ministerio”. El no tenía que hacer todo en el ministerio o recibir toda la gloria. Bernabé era alguien que no buscaba ser alabado o servido; sino el que lavaba los pies a otros (Juan 13:14). Exaltaba y animaba a las personas y no las limitaba (Hechos 11:19–24). Era un dador, no un receptor. Su amor era de la “variedad de dar”, no de la “variedad de recibir”.
Bernabé era verdaderamente un líder y maestro cristiano bondadoso. No tenía celos de Pablo, ni hacía alarde de su cargo como apóstol o de su propia espiritualidad. No era arrogante, ni torpe, ni egoísta, pero se dio a sí mismo para beneficio de otros. Con razón las personas le llamaban “hijo de consolación” (Hechos 4:36; 11:23). Era ejemplo del lema: “Grandes cosas pueden suceder cuando a uno no le importa quién recibe el crédito”. Grandes cosas sucedieron en la iglesia en Antioquía por medio de Bernabé y Pablo y continúan sucediendo en la iglesia actual debido a maestros y líderes que no son egoístas.
Un Bernabé de nuestro tiempo es John Stott, ex rector de la Iglesia de Todas las Almas, en Londres, capellán honorario de la reina de Inglaterra y autor de muchos comentarios bíblicos excelentes. Un profesor de misiones relata que mientras caminaba por un aeropuerto, vio a un anciano sentado en la capilla del aeropuerto con una gran pila de cartas a su lado, escribiendo. Era John Stott. Como pastor cariñoso, Stott escribía y alentaba a muchas personas, especialmente a la gente joven. Y como Bernabé, John Stott es bien conocido como un magnánimo siervo de Dios que comparte su enseñanza y ministerio de liderazgo con otros.
El corazón humilde de Stott es ilustrado por un relato dado por uno de sus colegas de Latinoamérica quien traducía a Stott al español mientras estaba predicando en Cuba:

…después que terminé cinco días de traducir para John Stott, me invitó para que observáramos un poco las aves, pero yo me sentía muy enfermo. Qué privilegio ser alimentado, cuidado, y que orara por mí; ser consolado y afectuosamente ministrado por él. Tengo la impresión de que las mucamas del hotel donde estábamos habrán pensado que yo debía ser una persona extremadamente importante porque estaba siendo cuidado por un distinguido caballero anglosajón blanco, algo que ellas jamás habían visto antes.

Los líderes y maestros afectuosos —ya sean maestros de Escuela Dominical o evangelistas misioneros— dan de su tiempo desinteresadamente, y también de sus bienes para ayudar. Se esfuerzan por servir a otros, ayudan a las personas en necesidad al punto de olvidarse de sí mismos. No se pertenecen y no se molestan si son tratados injustamente; no se preocupan de que les paguen o aun que les agradezcan como corresponde. Son personas piadosas que miran no sólo a sus propios intereses sino también a los intereses de otros (Filipenses 2:4).


El amor no se irrita fácilmente

Una cualidad extraordinaria del amor es que no es provocado fácilmente a un estado de enojo emocional. “No se irrita”. Esta es una virtud eminentemente práctica para un líder. Los líderes una virtud eminentemente práctica para un líder. Los líderes tienen que tratar con muchas situaciones difíciles. Siempre habrá suficiente combustible para provocar en un líder la irritabilidad, la ofensa, la amargura y el resentimiento. Por eso es que una de las cualidades bíblicas para un anciano es que no sea irascible (Tito 1:7). Los pastores no pueden estar pateando o matando las ovejas porque estén contrariados.
Esto no significa que uno nunca puede enojarse o irritarse con las personas. La Biblia no dice que el amor no se enoja; dice que el amor no debe ser provocado fácilmente al enojo o la irritación. Hay enojo justo, controlado, motivado por el amor y opuesto al mal y la falsedad que destruye a las personas. Pero el amor no es provocado en un sentido destructivo debido a motivos equivocados. Jonathan Edwards dice: “El corazón del hombre es excesivamente proclive al enojo indebido y pecaminoso, siendo naturalmente lleno de orgullo y egoísmo”.9 Este enojo no es compatible con el amor.
Un profesor de seminario cuenta la historia de que un día estaba en un restaurante con un pastor cuando la mesera accidentalmente derramó agua sobre el traje del pastor. El pastor inmediatamente reaccionó con enojo contra la mesera ventilando su desagrado. Después de limpiarse, el profesor se inclinó y susurró al pastor: “Quizás deberíamos testificarle del amor de Cristo”. El pastor entendió el mensaje.
Un corazón amoroso (como el de Cristo) inmediatamente hubiera sentido compasión por la mesera y pensado más en sus sentimientos que en un traje mojado. Habría tratado de aliviar la tensión restando importancia a la situación y tranquilizando a la mesera. El incidente podría fácilmente haberse tornado en un testimonio positivo para Cristo. En cambio, el pastor sólo pensó en su traje. Fue fácilmente provocado.
dan a su pueblo un mal nombre en el mundo. Dentro de la iglesia, es fácil ver cómo los que son fácilmente provocados al enojo, atemorizan, hieren y dividen descuidadamente a las personas. Ellos promueven y acentúan el conflicto.
Las personas que se enojan fácilmente no se enfocan en otros sino en sus emociones y cuestiones. Cuando los líderes están enojados, los problemas son exagerados, abundan las malas comunicaciones y malentendidos, y la objetividad y la razón desaparecen. Cuando el enojo gobierna, los problemas pequeños se vuelven grandes explosiones que pueden hacer pedazos a una iglesia. Estoy convencido de que mucho más daño es hecho a nuestras iglesias por el enojo fuera de control de lo que quisiéramos admitir. Esto es un gran problema.
El diablo es un maestro en usar el enojo para arruinar iglesias y familias, y puede a menudo provocar a líderes piadosos a hacer cosas que destruyen a otros. Ninguno de nosotros somos inmunes de herir a personas con nuestro enojo. Henry Drummond observa perceptivamente que el enojo es “el vicio de los virtuosos”. Considérese cuán pronto debemos disminuir la importancia y justificar nuestras explosiones de enojo hacia otros:

Estamos inclinados a observar el mal genio como una debilidad muy inofensiva… Sin embargo aquí, precisamente en el corazón de este análisis del amor, encuentra un lugar; y la Biblia una y otra vez regresa para condenarlo como uno de los elementos más destructivos de la naturaleza humana.
La peculiaridad del mal genio es que es el vicio de los virtuosos. A menudo es la única mancha en un carácter de otra manera noble. Hay hombres que son casi perfectos, y mujeres que serían enteramente perfectas, si no fuera porque fácilmente se enfadan, tienen un temple irascible, o disposición susceptible. La compatibilidad del mal genio con alto carácter moral es uno de los más extraños y más tristes problemas de la ética. (cursivas añadidas).

Como cristianos, cuando enfrentamos conflicto o dolor relacional debemos ser controlados por el Espíritu y autocontrolados (Gálatas 5:22–23). El enojo fuera de control es obra de la carne y del diablo (Gálatas 5:19–20; Efesios 4:30–32). Hay un dicho antiguo que dice que cuando uno derrama un florero, lo que está dentro es lo que sale afuera. Cuando uno trata con alguien que es desagradable o desconsiderado, o simplemente ve las cosas diferentemente de lo que nosotros las vemos, ¿qué sale de uno? Lleve este asunto seriamente ante el Señor y guárdese de cualquier justificación propia. La Escritura dice: “Por esto, mis hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:19–20).


El amor es calmado y lento para airarse

Los líderes afectuosos no se irritan por cada pequeño desacuerdo o frustración. La razón es que el amor, como ya lo hemos visto, es paciente. El amor sufre mucho con las aflicciones que otros ocasionan. Los que controlan su enojo, controlan potencialmente situaciones explosivas y traen sanidad a las emociones dañadas. “El que tarda en airarse apacigua la rencilla” (Proverbios 15:18).
Martyn Lloyd Jones cuenta cómo Hudson Taylor era lento para airarse e irritarse. En China, parado sobre el banco de un gran río, Hudson Taylor llamó para que un bote lo llevara a cruzar el río. Cuando el bote llegó, un hombre chino adinerado vino apurado detrás de Taylor para subir al bote. El hombre empujó a un lado a Taylor con tal fuerza que él cayó en el barro. Horrorizado por lo que había visto, el botero rehusó permitir que el hombre rico subiera al bote porque Taylor había sido el primero en llamarlo por sus servicios y él era un extranjero quien, de acuerdo a las costumbres chinas, merecía ser tratado con respeto y como Hudson Taylor vestía ropa china, el rico no se percató de que era un extranjero. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, instantáneamente se disculpó. Hudson Taylor no reaccionó con irritación o enojo; en cambio, amablemente invitó al hombre que lo acompañara en el bote, y le testificó del amor de Cristo. Respondió a una situación provocadora según “el camino más excelente”.

 

No guarda rencor ni se goza de la injusticia

“El amor no guarda rencor, no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad”.
1 Corintios 13:5–6


A pesar del carácter amoroso de R. C. Chapman, había personas que lo despreciaban. Un almacenero de la ciudad de Barnstaple, por ejemplo, estaba tan perturbado por la predicación de Chapman al aire libre que una vez lo escupió. Durante algunos años, el almacenero continuó criticando e interrumpiendo la predicación de Chapman al aire libre. Chapman continuó con su ministerio, y cuando se presentó la oportunidad, extendió su mano para bendecir al almacenero.
La oportunidad vino cuando uno de los adinerados parientes de Chapman vino a visitarlo. Aquéllo fue más que una simple visita social. El pariente quería conocer el ministerio de hospitalidad de Chapman y el alcance hacia los pobres de la ciudad. Después de una visita informativa, el pariente le preguntó si él podía comprar comestibles para el ministerio. El Sr. Chapman asintió con satisfacción, pero insistió que los comestibles se compraran en el negocio de cierto almacenero, el que durante tanto tiempo lo había calumniado.
Desconocedor de las situaciones previas entre el almacenero y Chapman, el pariente fue adonde le habían indicado. Seleccionó y pagó por una gran cantidad de alimentos, y luego le dijo que lo entregara a Robert Chapman. El estupefacto almacenero le dijo al visitante que él debía haber venido al negocio equivocado; pero el visitante explicó que Chapman lo había enviado específicamente a ese negocio. Pronto el almacenero llegó a la casa del Sr. Chapman, donde rompió a llorar, y pidió perdón. Ese mismo día, el almacenero rindió su vida a Cristo.
“Perdonar sin censurar, escribió Robert Chapman, “es un alto ejercicio de gracia —es una imitación de Cristo”.


El amor no guarda rencor ni busca venganza

Otra compensadora y gran cualidad del amor es que no es rencoroso. La traducción literal es amor “que no reconoce el mal”. El comentarista David Garland explica la imagen expresada por estas palabras: “El amor no guarda registro sobre el mal… La imagen es la de mantener una lista de los males con vistas a devolver las heridas”. El amor no guarda rencor ni busca venganza. No mantiene “un archivo privado de las ofensas personales que pueden ser consultadas y alimentadas siempre que haya la posibilidad de alguna nueva ofensa”.3
Jay Adams, un consejero cristiano y autor de numerosos libros sobre consejería, relata la historia de una pareja atribulada que visitó a un consejero para recibir ayuda. El médico de la esposa le había aconsejado que viera a un consejero porque ella estaba desarrollando una úlcera que aparentemente no tenía causa física. Durante la sesión, la esposa estrelló sobre el escritorio del consejero un documento de “tres centímetros de espesor, en hojas de papel tamaño carta escritas por ambos lados… un registro de trece años de los males que su marido le había hecho a ella”.
El consejero pudo ver inmediatamente el resentimiento de ella por las muchas faltas de su marido y su meticulosa documentación de cada uno de los hechos que la habían amargado. Al mantener el registro de los pecados de su marido sólo había hecho que se empeoraran las cosas, hasta el punto de hacer que esta mujer se enfermara físicamente. Por lo tanto el consejero sabiamente le recordó a ella 1 Corintios 13, enfatizando esto: El amor no guarda registro de todos los males que uno haya sufrido a manos de otros.
La libertad de no guardar registros de los males sufridos es de vital importancia para el amor. Todos hemos sido ofendidos por el mal que otros nos han causado. Todos hemos tenido que luchar con el perdón. Todos hemos tenido que dejar pasar los malos recuerdos y abandonar cualquier deseo de venganza, a fin de reconciliarnos con los que nos han ofendido. No hay forma en que nosotros podríamos vivir felizmente juntos en matrimonio o con otros creyentes en la iglesia local sin esta cualidad del amor. Si rehusamos dejar pasar las heridas emocionales, si nos gozamos en mantener viejas heridas, si nos sentimos impulsados a vengarnos de nuestros enemigos, vamos a ser devorados por la amargura, el enojo y una actitud imperdonable. Seremos ejemplos miserables y líderes ineficaces para Cristo.


El amor perdona

Todos los hombres y mujeres, cristianos compasivos, a lo largo de los siglos han sufrido terribles injusticias y críticas. Sin embargo, han usado la oportunidad de volverse personas perdonadoras más que personas resentidas. Nunca hay una excusa para devolver mal por mal o para destruir la vida de otra persona (Romanos 12:21). Cuando nos perjudican es realmente una oportunidad para practicar el “nuevo mandamiento”, para caminar por el camino real del amor, para alimentar y cuidar del enemigo a fin de “amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza”, y “vencer con el bien al mal” (Romanos 12:14, 19–21). Es una oportunidad para sufrir por amor al Señor e imitar el amor perdonador de Dios: “Perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo… Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 4:32; 5:2).
Qué fuerza omnipotente es el amor que puede vencer el mal, cubrir recuerdos dolorosos, perdonar, renunciar a la venganza, y suprimir el resentimiento. El amor, escribe Lewis Smedes:

No tiene que aclarar todos los malentendidos. En su poder, los detalles del pasado se vuelven irrelevantes… Las cuentas pueden quedarse sin arreglar; las diferencias quedan sin resolverse; los estados de cuentas siguen sin balancear. El conflicto entre los recuerdos de las personas sobre cómo sucedieron las cosas no se aclaran; el pasado sigue embarrado… El amor prefiere poner todos los cabos sueltos de los bienes y males del pasado en el seno del perdón y nos empuja hacia un nuevo comienzo… Moviéndonos hacia una vida reconciliada, es una de las cosas más difíciles que a cualquier ser humano alguna vez puedan pedirle que haga. El amor es el poder para hacer eso.

Escoger la senda del amor no significa que nosotros no sentimos el dolor, la injusticia emocional o la lucha contra el enojo o los recuerdos malos. Sí sentimos el dolor. No obstante, escoger el “camino más excelente” significa que buscamos, por el poder y con la ayuda del Espíritu Santo dentro de nosotros, tratar honestamente con nuestras heridas emocionales. Perdonamos a otros tal como nosotros hemos sido perdonados repetidas veces por Cristo. Buscamos entender a la persona que nos ha causado heridas y reconocemos que nosotros hemos hecho lo mismo a otros. Confesamos nuestras malas actitudes, nuestra autocompasión y un corazón implacable. Vemos las cosas desde la perspectiva de Dios y rehusamos continuar la pelea. Oramos, y acudimos a la otra persona para buscar una auténtica restauración y sanidad.
La Escritura provee muchos ejemplos del poder del amor que perdona. Cuando David oyó que el Rey Saúl, quien había tratado de matarlo muchas veces, había muerto en la batalla, él “y los hombres que estaban con él… lloraron y lamentaron y ayunaron hasta la noche, por Saúl y por Jonatán su hijo” (2 Samuel 1:12). David no se recreó sobre la muerte de Saúl, aunque la mayoría de las personas en la posición de David habrían bailado de gozo. En la cruz Jesús oró: “Padre, perdónalos, porque no saben los que hacen” (Lucas 23:34). Y Esteban, el primer mártir cristiano, también oró por el perdón de sus verdugos: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:60).
Otros creyentes continúan dándonos buenos ejemplos del poder del amor perdonador. Después que Jim Elliot y sus cuatro compañeros (Pete Fleming, Roger Youderian, Ed. McCully y Nate Saint) fueron muertos por los indios aucas en la selva del Amazonas al este del Ecuador, su esposa Elizabeth y las cuatro otras esposas no pensaron en vengarse sino en el amor y el perdón. Un periodista que testificó de la reacción de ellas para publicar las noticias dio este relato:

Las viudas creían que la muerte de sus esposos no había sido una tragedia sin sentido, como les pareció a muchos. Ningún pensamiento de venganza cruzó por sus mentes; al contrario, se sintieron con una sensación cada vez más urgente de la necesidad de llevar el mensaje de amor y redención a los aucas.

Posteriormente, Elizabeth Elliot escribió:
Tengo un deseo cada vez más personal de alcanzarlos. El hecho de que Jesucristo murió por todos despierta mi interés en la salvación de todos, pero el hecho de que Jim amaba a los aucas y murió por ellos, intensifica mi amor por ellos.

Cerca de tres años después de la muerte de los cinco jóvenes misioneros, Elizabeth Elliot y Rachel Saint se mudaron a una villa auca, los primeros extranjeros que alguna vez vivieron entre esa feroz tribu. Estas mujeres se hicieron amigas y mensajeras del evangelio a los mismos hombres que mataron a sus esposos. Actualmente, como resultado de esos primeros encuentros y de la obra de misioneros que llegaron después, el Nuevo Testamento ha sido traducido a la lengua de los aucas y una iglesia se ha establecido. Esta es una historia extraordinaria del amor y el perdón cristiano.
Clara Barton, fundadora de la Cruz Roja Norteamericana y conocida como el “Angel del campo de batalla”, era una mujer de un carácter firme, muy valiente y gozaba de la confianza de todos. Como cualquier persona prominente ella tenía críticos. Cuando un amigo le recordó a Clara de la crítica que alguien había hecho de su obra, Clara no podía recordarlo. Sorprendida, su amiga le dijo: “¿No te acuerdas?”. La respuesta de Clara es clásica: “No, pero recuerdo claramente que lo olvidé”. El amor establece la importancia de olvidarse de los males sufridos.
John Perkins, evangelista afro americano y reformador social, relata cómo él y otros amigos habían sido casi muertos a golpes y torturados en una cárcel en Mississippi por tratar de ayudar a que los negros lograran igualdad social e independencia económica. Durante horas interminables, él fue brutalmente pateado y pisoteado, golpeado con cachiporras y garrotes hasta que estaba sangrando e inconsciente. Oficiales policiales borrachos apuntaban a su cabeza con un revólver sin balas y apretaban el gatillo para burlarse de él. Un oficial le hizo tragar a la fuerza un tenedor. Dieron rienda suelta al vil odio que sentían. Dos años después, John se estaba restableciendo de una operación al estómago. Todavía esperaba la decisión de la justicia, pero mientras estaba en cama, reflexionaba en lo que había experimentado y lo que Dios querría que él hiciera. John Perkins escribió:

Comencé a ver con horror cómo el odio podía destruirme más devastadora y repentinamente que cualquier destrucción que yo pudiera traer sobre los que me habían hecho mal. Podía tratar de defenderme, como muchos de mis hermanos lo habían hecho. Pero si lo hacía ¿cómo sería diferente de los blancos que odian?
¿Y adónde me llevaría el odio? Cualquiera puede odiar. Todo este asunto de odiar y responder con odio… Eso es lo que mantiene al racismo andando en un círculo vicioso.
El Espíritu de Dios obró en mí mientras guardaba cama. Una imagen se formó en mi mente. La imagen de Cristo en la cruz borró todas las demás cosas de mi mente.
Este Jesús sabía lo que yo había sufrido. El entendía. Y a él le importaba. Porque él lo había experimentado todo personalmente.
… Y él oró a Dios que los perdonara: “Padre, perdona a estas personas, porque no saben lo que están haciendo”.
Sus enemigos odiaban. Pero Jesús perdonaba. No pude seguir con esa idea de odio.
El Espíritu de Dios continuó obrando sobre mí y dentro de mí, hasta que pude decir como Jesús: “Yo también los perdono a ellos”. Le prometí que yo “devolvería bien por mal”, no mal por mal. Jesús me dio el amor que yo sabía iba a necesitar para cumplir su mandamiento: “amad a vuestros enemigos”.
Debido a Cristo, Dios mismo me encontró y sanó mi corazón y mente con su amor.
El Espíritu de Dios realmente me ayudó a creer lo que yo tan a menudo había profesado, que sólo en el amor de Cristo hay alguna esperanza para mí, o para aquellos por quienes yo una vez había trabajado tan arduamente.

La vida vivida según el “camino más excelente” no mantiene un registro de injusticias y heridas emocionales. No hace planes para desquitarse. En cambio, “el amor es generoso en su olvido”. El amor perdona y bendice a los que han causado ofensa.


El amor no se goza de la injusticia

La décima declaración negativa y final provee una conclusión perfecta: El amor “no se goza de la injusticia” (1 Corintios 13:6). El amor, escribe León Morris: “no se goza del mal de ninguna clase”. El amor no puede hallar placer distorsionado en la injusticia o la perversidad debido a que todo ese tipo de conducta hiere a las personas y deshonra a Dios. El amor no tiene una actitud complaciente hacia nada perverso. Las personas que practican el “camino más excelente” del amor, “aborrecen lo malo, siguen lo bueno” (Romanos 12:9).
En un mundo secular que a menudo “llama a lo malo bueno y a lo bueno malo” (Isaías 5:20) hay, lamentablemente, mucho placer en aceptar la injusticia (Romanos 1:32). Pero es asombroso cómo las personas “religiosas” también pueden hallar gran placer en hacer el mal. Los que planearon los ataques contra el Centro de Comercio Mundial en la ciudad de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, que mataron y sembraron el terror en miles de personas inocentes, se deleitaron en su misión de muerte. Por todo el mundo, algunas personas bailaban festejando abiertamente mientras otras se gozaban secretamente. En el nombre de Dios y la religión, las personas pueden mentir, matar y dar lugar a cruentas guerras.
Algunos cristianos que creen en la Biblia también pueden llegar a gozarse de la injusticia. Un pastor evangélico, por ejemplo, anunció deleitosamente desde el púlpito que un hermano en Cristo que se había opuesto a su ministerio había muerto repentinamente. Declaró que la muerte del hombre era el juicio de Dios. Una diaconisa habló triunfalmente a sus amigos acerca del éxito en echar fuera a cuatro pastores diferentes mediante sus campañas de llamadas telefónicas y de correspondencia. Un anciano hacía alarde de gozar de una buena pelea, de humillar a su pastor y de aplastar los planes del pastor para la iglesia. Un pastor se alegró cuando oyó de las desgracias de las personas que se habían ido de su iglesia. Estos “goces malignos” afligen muchísimo al Santo Espíritu de Dios (Efesios 4:30). Estas seguramente no son las conductas de los que andan según “el camino más excelente” del amor.
Scroggie es muy perspicaz cuando dice: “En lo que se regocija un hombre hay una prueba justa de su carácter. Estar contento cuando el mal prevalece, o regocijarse en las desgracias de otros, es indicativo de una gran degradación moral”.
Las personas que aman no derivan placer de sensaciones de superioridad sobre los otros. No se deleitan en chismes interesantes ni encuentran satisfacción en oír acerca de pecados sórdidos y del fallecimiento de líderes cristianos que no eran de su agrado. No manifiestan satisfacción por los escándalos en una denominación a la cual ellos pertenecieron una vez, ni logran placer en el hecho de que personas que se fueron de sus iglesias han sufrido una desgracia. No pueden sentirse contentos cuando un terremoto en una nación que ellos desprecian resulta en miles de muertos. No se gozan públicamente en denunciar y criticar los fracasos y errores de otros cristianos. Y si ellos deben exponer una conducta pecaminosa, lo hacen con compasión y genuina tristeza de corazón.
Los líderes que aman caminan en el ejemplo de Job y David. Job era un cariñoso anciano de la comunidad que podía honestamente decir a sus detractores: “No me alegré en el quebrantamiento del que me aborrecía, ni me regocijé cuando le halló el mal” (Job 31:29). David rehusó regocijarse de las oportunidades que tuvo de matar a Saúl, su enemigo mortal (1 Samuel 24:1–7). En más de una ocasión cuando podría fácilmente haber matado al rey, le perdonó la vida. Aun Saúl fue forzado a admitir al referirse a David: “Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal” (1 Samuel 24:17). Saúl nunca entendió el extraordinario amor de David por él y su familia. Líderes celosos de poca monta no dan a las personas el beneficio de la duda, y no tienen la actitud de pensar lo mejor acerca de otros.


El amor se goza de la verdad

A la última declaración negativa, que el amor “no se goza de la injusticia”, Pablo añade una contraparte positiva: “mas se goza de la verdad”. Un corazón cariñoso se entristece por la perversidad porque destruye a las personas y desagrada a Dios. Pero la verdad tiene exactamente el efecto opuesto: hace que el amor cante de gozo como un pájaro en la mañana de un día de verano. El amor rápidamente reconoce la conducta y las actitudes que concuerdan con la verdad y se goza cuando la verdad prevalece.
En este contexto, la palabra verdad es usada en el sentido de conducta honrada o principios de conducta que corresponden a la verdad del mensaje del evangelio. Pablo no habla de “verdad” en el sentido abstracto, sino de la verdad en la práctica que resulta en una forma de vivir honradamente. La verdad y la rectitud están soldadas juntas en la fe cristiana. El amor aplaude toda virtud y bondad, ya sea que la persona es creyente o no. Se regocija en el carácter santo, la conducta virtuosa, la integridad y el crecimiento en Cristo. “La persona llena de amor cristiano se une en gozarse del lado de la conducta que refleja el evangelio: por cada victoria ganada, cada perdón ofrecido, cada acto de bondad”.
Los líderes y maestros que aman a las personas le contarán que uno de sus grandes deleites es ver que aquéllos a quienes ellos guían crecen en la fe y viven vidas obedientes para Cristo. Recuerdo una vez que estaba sentado en una cafetería con un grupo de profesores y maestros de universidades cristianas, escuchando mientras ellos hablaban. Se regocijaban del progreso en las vidas de sus estudiantes como si estuvieran hablando de su equipo que hubiera ganado el campeonato mundial de fútbol. El gozo de ellos era ver a sus estudiantes que vivían según la verdad.
El padre del hijo pródigo se regocijó con gran gozo por el virtuoso arrepentimiento y regreso de su hijo al hogar (Lucas 15:11–23). Lucas registra:

“Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó… el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta…” (Lucas 15:20–23).

No obstante, el hermano mayor del hijo pródigo, no tenía gozo por el arrepentimiento de su hermano y su regreso al hogar, porque no tenía el amor de Dios en su corazón. Lleno de fariseísmo, “se enojó y no quería entrar” a la fiesta con motivo del regreso de su hermano. Se hubiera regocijado sólo si hubiera oído del mal que venía sobre su hermano o aun de su muerte.
El tierno corazón de Pablo se regocijó en todo lo que los corintios hicieron que era correcto y bueno, a pesar de sus muchos fracasos (1 Corintios 1:4–8; 11:2). No se alegró interiormente por la disciplina de Dios hacia algunos de los corintios por desobedecer sus instrucciones (1 Corintios 11:30). Los sufrimientos de ellos no le trajeron satisfacción o vindicación propia. Sólo podía regocijarse en el arrepentimiento, la reconciliación, la sanidad, la conducta piadosa y la victoria sobre el diablo. Ver a sus convertidos crecer en amor y andar en santa conducta deleitó su corazón.
Juan se regocijó por un hermano llamado Gayo quien vivía la vida cristiana según la verdad:

“Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que éste, el oír que mis hijos andan en la verdad. Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor” (3 Juan 3–6; 2 Juan 4).

La prueba de que Gayo caminaba en la verdad era la hospitalidad que mostró a los cristianos que viajaban, los cuales eran evangelistas y maestros itinerantes (3 Juan 5–8). Juan tuvo gran gozo en oír que Gayo era bondadoso, generoso y desinteresado.
Regocijarse en la verdad, y no hacer el mal, es vivir según el “camino más excelente” del amor.

Capítulo 9

Sufre, cree, espera, soporta todas las cosas
“El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
1 Corintios 13:7

El amor es tenaz. Cierta vez leí una historia de un joven de mente criminal quien continuamente se hallaba en dificultades con la policía por las drogas y por robar. Lo arrestaron y encarcelaron varias veces y últimamente lo enviaron a la prisión por gran parte del resto de su vida. Después de un corto tiempo en la prisión, sus amigos y hasta su padre lo olvidaron. Afuera de los muros de la celda de su prisión, fue un ser humano olvidado excepto por una persona. Cada semana su madre tomaba un ómnibus y viajaba varias horas para visitarlo en la prisión. Después de unas horas de visita, ella tomaba el ómnibus y regresaba a la casa. Casi diariamente escribía cartas y a menudo enviaba libros y artículos personales conforme se lo permitían los oficiales de la prisión. Ni la distancia, ni los muros de la prisión, ni el dinero, ni el tiempo podían detenerla en su empeño de amar y visitar a su hijo.
Algunos piensan que las personas afectuosas son débiles y sin carácter. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Las personas que no aman son las que son débiles porque están controladas por sus antojos egoístas y mezquinos. Jesús fue la persona más cariñosa que alguna vez existió, y no era débil. Dio su vida para salvar a otros. La continua preocupación de Pablo por los corintios después de todas las penas que le causaron no demostraba debilidad sino más bien gran fortaleza y perseverancia.


La tenacidad del poder del amor

Pablo concluye y resume su descripción del amor con cuatro cláusulas cortas y positivas que nos dicen lo que el amor hace. El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.


Todo lo sufre
El amor permanece bajo la pesada carga de los problemas y sufrimientos de la vida. Se mantiene firme y continúa fuerte a pesar de la oposición, privación y arduo trabajo. El amor es valiente. Puede llevar un peso enorme; por tanto los líderes afectuosos poseen una asombrosa capacidad para soportar toda clase de sufrimiento y frustración por amor de otros y del evangelio (1 Corintios 9:12). Este es un rasgo distintivo de todos los buenos pastores (Génesis 31:38–40). Ellos perseveran y no ceden fácilmente ni fracasan bajo presión.


Todo lo cree

Luego, Pablo menciona la fe y la esperanza en relación a su conexión con soportar y sufrir todas las cosas. La fe y la esperanza son los componentes del amor que le permiten soportar dificultades y estar firme bajo las pesadas cargas de la vida. Al tratar con seres queridos, el amor no es sospechoso o cínico, sino sincero y favorablemente dispuesto hacia ellos. Busca entender a cada persona en la mejor luz con un entendimiento de las complejidades de la vida. Cree que las personas pueden cambiar y mejorar. Considera el valor, el potencial y las futuras posibilidades de ellos. “Estudia motivos, y hace todas las concesiones posibles”, dice Scroggie. No tiene miedo de que lo prueben equivocado o avergonzado por otros.
Esto no infiere que el amor es crédulo o ciego, porque eso sería una fe falsa o engañosa. Se entiende, aunque no directamente declarado, que el amor no cree en mentiras. Cuando Jesús trataba con los doce, con sus debilidades y sus fracasos, demostró el amor que cree y espera todas las cosas.
El amor también confía en Dios y su Palabra y esto hace toda la diferencia en cómo uno ve y responde a las personas y a personas difíciles. La fe ve a las personas y a la vida a través del lente de los soberanos propósitos de Dios para su pueblo. La fe descansa segura en que “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28). Cree que nada puede “separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:39); “estando persuadido de esto, que el comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6), y que nada es imposible para Dios.


Todo lo espera

El otro ingrediente central del amor es la esperanza. La situación en la iglesia de Corinto era de confusión, pero Pablo nunca abandona la esperanza. No se desespera. No se aleja de ellos caminando con frustración. Escribe cartas, visita la iglesia, envía representantes y ora. A pesar de sus firmes palabras, tiene confianza de que ellos eventualmente responderán adecuadamente.
Pablo expresa su confianza en ellos: “Mucha franqueza tengo con vosotros; mucho me glorío con respecto de vosotros; lleno estoy de consolación; sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Corintios 7:4). “Me gozo de que en todo tengo confianza en vosotros” (2 Corintios 7:16; ver también 1:7; 2:3; 7:4, 14–16; 10:15).
Esta confianza no es un deseo sentimental; es fe en el triunfo fundamental de Dios y en las buenas intenciones de Dios para su pueblo. Esto le da optimismo y confianza realistas en el futuro, aun frente a las repetidas dificultades y desilusiones. La esperanza en el Señor y la confianza en sus seguras promesas permiten que Pablo ponga los problemas y fracasos en perspectiva (Gálatas 5:10; 2 Tesalonicenses 3:4; Filemón 21).


Todo lo soporta

Esta última cualidad, todo lo “soporta”, es similar a la primera, es “sufrido”. El amor es fuerte y tenaz: “Ningún infortunio o desaire hace jamás que el amor cese de ser amor”. El amor perdura, resiste, persevera ante la oposición, la severidad y las dificultades. Nunca se da por vencido. El servir a Cristo y a su pueblo no puede hacerse sin la labor y el sacrificio propio. El amor le otorga a la persona el poder para soportar todas las cosas.
La vida de Moisés, el más grande líder de Israel, es un ejemplo del amor que persevera, cree, espera y soporta todas las cosas. Durante cuarenta años difíciles, Moisés dirigió a la nación de Israel a través del desierto de Sinaí. El pueblo se quejó repetidas veces de su liderazgo. Lo acusó falsamente de abuso, ineptitud, motivos malos, orgullo y aun de tratar de matarlos a ellos y a sus hijos. En cierta ocasión casi lo apedrearon a muerte. Aquí hay algunos ejemplos de sus acusaciones y quejas:

• “¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto?… Déjanos servir a los egipcios” (Exodo 14:11–12).

• “Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón… Pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud” (Exodo 16:2–3).

• “Y altercó el pueblo con Moisés,… Entonces clamó Moisés a Jehová, diciendo: ¿Qué haré con este pueblo? De aquí a un poco me apedrearán” (Exodo 17:2–4).

• “¿Y por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa? ¿No nos sería mejor volvernos a Egipto? Y decían uno al otro: Designemos un capitán, y volvámonos a Egipto” (Números 14:3–4).

• “¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar” (Números 20:5).

En cierta ocasión su hermano y su hermana hablaron mal contra él (Números 12). “Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?” (Números 12:2). Debe haber sido particularmente doloroso para Moisés cuando su propia familia y sus más cercanos confidentes lo atacaron. No obstante él los perdonó y oró por su restauración después que Dios los juzgó por sus pecaminosas acusaciones.
Uno de los peores momentos en la vida de Moisés fue cuando 250 prominentes líderes de la nación lo acusaron de liderazgo pecaminoso dominante (Números 16). Les dijeron a Moisés y Aarón:

“¡Basta ya de vosotros! ¿Por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?… ¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra… para hacernos morir en el desierto, sino que también te enseñorees de nosotros imperiosamente? Ni tampoco nos has metido tú en tierra que fluya leche y miel, ni nos has dado heredades de tierras y viñas. ¿Sacarán los ojos de estos hombres? No subiremos”. Entonces Moisés se enojó en gran manera (Números 16:3, 13–14).

El pueblo rotundamente rechazó la autoridad de Moisés y designó a un nuevo líder para guiarlos de vuelta a Egipto (Nehemías 9:17). En esta ocasión, Moisés oró a Dios para castigarlos por su maldad, y Dios lo hizo. El castigo fue justo y se había demorado mucho.
No obstante, en otras ocasiones, Moisés oró para que Dios no destruyera el pueblo. En cuatro ocasiones diferentes Dios estaba por destruir a toda la nación debido a su rebelión continua, pero Moisés oró e imploró que Dios los perdonara. Moisés probablemente podría haber pensado en cientos de razones para no orar por ellos, pero como hombre de Dios él pudo elevarse por encima de sus sentimientos personales y orar por el perdón y la liberación de ellos.
Sólo el amor por Dios y el amor por el pueblo podrían explicar la paciencia de Moisés para con los hijos de Israel. El amor todo lo sufre, el amor todo lo soporta, el amor cree todas las cosas, y el amor todo lo espera. Una y otra vez, cuando parecía que todo estaba perdido para la nación, Moisés confió, esperó y soportó. Por otra parte, los líderes egoístas se derriten como copos de nieve cuando el calor aumenta. Ellos no perseveran.
El ministerio más significativo con las personas generalmente es de largo plazo, pero el ministerio de largo plazo sólo tiene éxito con poder sobrenatural de lo alto para soportar todas las dificultades y penas de la vida. Algunos misioneros trabajan durante décadas en zonas peligrosas donde los problemas y desventajas nunca terminan. ¿Cómo duran ellos? La respuesta: el amor por Dios y el amor por las personas. El amor genera la fe, la esperanza, la resistencia para perseverar a lo largo de los problemas de toda la vida.


La cosa más grandiosa del mundo

El poder del amor para soportar (1 Corintios 13:7) conduce a la sección final del capítulo 13 (vv. 9–13), donde Pablo hace dos de sus más profundas declaraciones acerca del amor cristiano: “El amor nunca deja de ser” y “ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”.


El amor es eterno
1 Corintios 13:8–12

En el versículo 8, Pablo escribe: “El amor nunca deja de ser”. Técnicamente esta no forma parte de las quince descripciones del amor en los versículos 4 al 7. El versículo 8 comienza con una nueva sección que contrasta la naturaleza temporaria de los dones espirituales con la naturaleza permanente del amor. Esto lo trae a Pablo directamente de vuelta a su preocupación por el mal uso de los dones espirituales en la iglesia en Corinto (1 Corintios 12:1; 13:3).
Para mostrar de nuevo que el amor es el “camino más excelente”, Pablo les dice a sus lectores que los dones espirituales, no importa cuán impresionantes e importantes parezcan ser, algún día cesarán: “Pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará” (1 Corintios 13:8). Vendrá un día cuando los dones espirituales ya no serán más necesarios y cesarán. En el cielo no vamos a necesitar dones espirituales. Son para la edad actual solamente. El amor, en contraste, nunca llegará a su fin. Es para ahora y para la eternidad.
En el capítulo final de La caridad y sus frutos, Jonathan Edwards describe al cielo como “un mundo de amor santo” y “un paraíso de amor.”7 El cielo va a ser un hogar lleno de amor para siempre debido a que Dios está allí, y “Dios es amor” (1 Juan 4:8).
Cuando los creyentes se aman unos a otros como Jesús lo hizo, la familia de la iglesia local prefigura las glorias de nuestra existencia celestial amorosa. Tristemente, la iglesia en Corinto no estaba experimentando amor celestial. Se caracterizaba por rivalidades, pleitos, inmoralidad, abuso de la libertad cristiana, conducta desordenada, orgullo e independencia egoísta —una representación total e inaceptablemente pobre de las realidades celestiales del amor y del fruto del Espíritu.


El amor es la virtud más grandiosa
1 Corintios 13:13

El capítulo cierra con las familiares palabras: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero al mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13). No todo cristiano está dotado de profecía, lenguas o conocimiento, pero todo cristiano debe caracterizarse por la fe, la esperanza y el amor. Esta tríada de virtudes es fundamental para vivir la vida cristiana y para la madurez de la iglesia local (1 Tesalonicenses 1:2–3).
No obstante, aun entre las tres virtudes cardinales: la fe, la esperanza y el amor, Pablo puede decir: “pero el mayor de ellos es el amor”. Por lo tanto, si es que estamos hablando de los dones espirituales o virtudes cardinales, el amor es el mayor. Por eso es que cada líder y maestro cristiano debe en forma activa e intencional “seguir el amor” (1 Corintios 14:1).


Resumen del carácter y la conducta de un líder que ama

Al aplicar las quince descripciones de Pablo sobre el amor, nosotros que guiamos y enseñamos al pueblo de Dios debemos ser marcados primero por la paciencia y la bondad, aun cuando seamos heridos por aquéllos a quienes servimos. Todo nuestro ministerio debe caracterizarse por la paciencia y la bondad.
No debemos ser líderes centrados en nosotros mismos, que envidiamos a los que tienen más talentos que nosotros. Ni tampoco debemos menoscabar a otros o hacer alarde de nuestras propias realizaciones. Más importante, nunca debemos ser arrogantes y pensar de nosotros mismos como superiores a otras personas. Debemos ser humildes y modestos. No debemos ser torpes o de malas maneras, sino siempre discretos y conscientes del decoro social apropiado. Especialmente no debemos ser egoístas que cuidamos primero y principalmente a nuestros propios intereses y ventajas. Debemos ser siervos que edifican a otros. No debemos ser fácilmente provocados al enojo o la irritabilidad, que pueden perjudicar emocionalmente a los que guiamos. Debemos ser calmados, lentos para el enojo, y debemos regocijarnos en la verdad.
Siempre debemos recordar que el amor sufre todas las cosas, cree en todas las cosas, espera todas las cosas, y soporta todas las cosas.


Una apelación al autoexamen

Cierro esta sección con una importante apelación personal: No use este libro para decirle a otras personas que ellas no tienen amor. Algunas de las personas más cariñosas que yo alguna vez he conocido han sido acusadas erróneamente de que carecen de amor.
En el Antiguo Testamento, los hijos de Israel acusaron a Moisés de dominar sin cariño al pueblo, aunque él les había salvado la vida en muchas ocasiones y se había consagrado totalmente a sí mismo para guiarlos durante cuarenta años. La verdad es que los hijos de Israel no eran nada cariñosos.
Más a menudo, las personas que dicen que otros no tienen amor, son ellas mismas las que menos lo tienen. Piensan que el nuevo mandamiento dice: “Ameme a mí o lo destruiré a usted y a su iglesia”. Se sientan por allí esperando que las otras personas los amen.
Cuán fácil es ver la paja de la falta de amor en el ojo de otro pero no ver la viga del egocentrismo, la hipocresía y el enojo en su propio ojo (Mateo 7:3–5). Por lo tanto, use este libro para hablarse a sí mismo. Esfuércese para ser un ejemplo a otros del amor según el “camino más excelente”. Y cuando surja una situación que demande confrontar una conducta sin amor, usted tendrá la credibilidad así como la pericia para confrontar, “hablando la verdad en amor” (Efesios 4:15).
Si somos honestos, debemos admitir que todos hemos fracasado en amar adecuadamente. Por lo tanto, debiéramos juzgarnos a nosotros mismos primero. Sólo después que hayamos confesado y arrepentido de nuestros pecados de falta de amor, podremos comenzar a ayudar a otros a amar. Una buena forma de hacer eso es orar por ellos, porque Dios puede cambiar los corazones.
Por supuesto, aun las personas cariñosas a veces hacen cosas sin amor. Se meten en conflictos terribles y no son lo que debieran ser. Martín Lutero, el reformista del siglo dieciséis, era un hombre afectuoso y abnegado, pero a veces también podía ser cortante y severo. La única persona perfectamente cariñosa que vivió en este mundo fue el Señor Jesucristo. El resto de nosotros todos nos esforzamos toda la vida por amar como él amó y resolver exactamente cómo amar en situaciones difíciles.

Tercera Parte

Las obras de un líder que ama


 Expresa amor y afecto

“Por cuanto os tengo en el corazón … de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo”.
Filipenses 1:7–8


Una amiga de mi familia asistía a una iglesia que enseñaba la Biblia, pero se mudó de allí por varios años. Cuando regresó, descubrió un cambio maravilloso y emocionante. La iglesia todavía enseñaba la Biblia, pero durante los años había crecido en amor. Las miembros eran más amistosos, daban la bienvenida, eran hospitalarios. Se abrazaban unos a otros, eran más cariñosos. Y cuidaban de los miembros necesitados. En toda la congregación se palpaba una atmósfera de afecto y amor,


Poniendo amor en las palabras

El amor en esta iglesia se veía en las palabras, hechos y expresiones de afecto. El hecho es que, el amor debe expresarse a sí mismo, no puede permanecer en silencio. Cuando su Hijo estaba en el mundo, el Padre clamó desde el cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Jesús expresó verbalmente su amor por su Padre y sus discípulos: “Amo al Padre” (Juan 14:31); “así también yo os he amado” (Juan 15:9). Jesús le preguntó a Pedro, “¿Me amas?” Tres veces Pedro respondió, “te amo” (Juan 21:15–17).
Las expresiones de amor sincero como éstas establecen el tono para todo el Nuevo Testamento.


Expresando gratitud

Las personas que aman están llenas de gratitud y lo expresan abiertamente. De todos los escritores del Nuevo Testamento, Pablo habla más frecuentemente de su amor por sus colaboradores y convertidos. A lo largo de sus cartas, Pablo expresa libremente el aprecio y reconoce a los creyentes y compañeros por su servicio a él y a Dios por amor del evangelio. No retiene su reconocimiento ni la alabanza. Está profundamente agradecido por todos ellos y todo lo que ellos han hecho.
Romanos 16 provee un extenso ejemplo de la profusa alabanza pública por las amistades personales y las obras de otros:

• “Febe, una sierva de la iglesia” (Romanos 16:1).

• “Priscila y Aquila… quienes arriesgaron sus vidas por mi vida” (Romanos 16:3–4).

• “María, que ha trabajado mucho por vosotros” (Romanos 16:6).

• “Andrónico y Junias… muy conocidos por los apóstoles” (Romanos 16:7).

• “Amplias, amado mío en el Señor” (Romanos 16:8).

• “Apeles, aprobado en Cristo” (Romanos 16:10).

• “Trifena y Trifosa, que trabajan en el Señor” (Romanos 16:12).

• “Pérsida, que ha trabajado mucho en el Señor” (Romanos 16:12).

• “Rufo, escogido en el Señor” (Romanos 16:13).

• “Gayo, hospedador mío y de toda la iglesia” (Romanos 16:23).

Otras cartas de Pablo proveen ejemplos adicionales:

• “La familia de Estéfanas… que se han dedicado al servicio de los santos” (1 Corintios 16:15).

• “Tíquico… fiel ministro en el Señor” (Efesios 6:21).

• “Pero ya conocéis los méritos de él (Timoteo)” (Filipenses 2:22).

• “Epafrodito mi hermano y colaborador y compañero de milicia” (Filipenses 2:25).

• “Epafras, nuestro consiervo amado… fiel ministro de Cristo para vosotros” (Colosenses 1:7).

• “Tíquico… un fiel ministro y siervo congénere en el Señor” (Colosenses 4:7).

• “Onésimo, amado y fiel hermano” (Colosenses 4:9).

• “Epafras… un siervo de Cristo Jesús siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones” (Colosenses 4:12).

• “Lucas, el médico amado” (Colosenses 4:14).

• “Tito, verdadero hijo en la común fe” (Tito 1:4).

• “Filemón colaborador nuestro… el corazón de los santos han sido consolados por ti” (Filemón 1, 7).

Dios expresa su amor por medio de palabras, y él nos creó para que seamos criaturas que hagamos lo mismo. Por lo tanto, en nuestro ministerio debemos aprender a ser generosos con nuestras palabras de alabanza y acciones de gracias. Necesitamos que las personas sepan que estamos agradecidos a Dios por ellas. No deberían adivinar acerca de lo que nosotros pensamos. Necesitan oírlo de nosotros.
Los líderes que hablan sólo cuando hay algo negativo que decir o para desaprobar no son eficaces. Las personas necesitan oír palabras positivas de aprobación y amor; dichas palabras edifican sanas comunidades cristianas. Así como las personas necesitan oxígeno para respirar, también necesitan una fresca brisa de afirmación y reconocimiento para nutrir sus almas. Como líderes, deberíamos aspirar a ser como Bernabé, quien continuamente alentaba a otras personas con la Escritura y con palabras de gracia y aliento.
Conozco a una pareja que dedicó treinta y cinco años sirviendo voluntariamente como superintendentes de Escuela Dominical en una iglesia local. Muchos en el liderazgo admitieron que esta pareja era irreemplazable, pero cuando se jubilaron, ninguno les dijo siquiera gracias. No hubo reconocimiento público, no hubo llamadas telefónicas ni cartas de aprecio. Se quedaron anonadados por la silenciosa ingratitud, y comprendemos la razón. Los miembros del cuerpo de Cristo deberían relacionarse unos con otros en la comunidad activa, y no en un aislamiento pasivo. La iglesia debería ser un lugar donde las personas expresan amor y aprecio, se dan gracias unos a otros, y se alientan unos a otros.


Expresando amor sincero
A sus convertidos, Pablo a menudo expresa profundo afecto mediante palabras intensamente emocionales. Escribe con una voz de tierno pastor no de un oficial religioso profesional distanciado o de un fanático endurecido interesado solamente en la causa. Aun cuando corrige y disciplina Pablo es paternal y pastoral, tierno y conmovedor, compasivo y afectuoso. Nótese cuantos versículos hay que expresan su sentimiento cariñoso y estilo de liderazgo afectuoso.

• “Así que me gozo en vosotros” (Romanos 16:19).

• “Os tengo en el corazón” (Filipenses 1:7).

• “De cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo” (Filipenses 1:8).

• “Así que hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía” (Filipenses 4:1).

• “Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos” (1 Tesalonicenses 2:8).

• “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros, quisiera estar con vosotros ahora” (Gálatas 4:19–20).

• “Mi amor en Cristo Jesús esté con todos vosotros” (1 Corintios 16:24).

• “Porque con mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas… para que supieseis cuán grande es el amor que os tengo” (2 Corintios 2:4).

• “Nuestra boca se ha abierto a vosotros, oh corintios; nuestro corazón se ha ensanchado” (2 Corintios 6:11).

• “Que estáis en nuestro corazón, para morir y para vivir juntamente” (2 Corintios 7:3).

• “¿Por qué? ¿Porque no os amo? Dios lo sabe” (2 Corintios 11:11).

• “Porque no busco lo vuestro, sino a vosotros” (2 Corintios 12:14).

• “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (2 Corintios 12:15).

• “Y el Señor os haga crecer… en amor unos para con otros, como también lo hacemos nosotros para con vosotros” (1 Tesalonicenses 3:12).

• “El cual vuelvo a enviarte; tú, pues, recíbele como a mí mismo” (Filemón 12).
Pablo expresó su afecto profundamente arraigado por sus convertidos por su generoso uso de términos de ternura. No menos que veinticuatro veces Pablo se dirige a sus lectores como “amados”. Esto no es una trivialidad o mera cortesía. El término expresa intimidad, afecto y amor. Los amigos y convertidos de Pablo eran sus queridos y amados hermanos y hermanas. Eran su familia. Estaban vinculados íntimamente juntos por el mismo Espíritu. Eran amados de Dios,2 y también amados de Pablo.
Los líderes y maestros en la iglesia no deberían ser renuentes en usar idioma familiar afectuoso para expresar la realidad de su relación entre unos y otros. Esta era la práctica normal de los primeros cristianos. Los términos hermanos, hermano, o hermana, aparecen aproximadamente 250 veces a lo largo del Nuevo Testamento. En un antiguo diálogo cristiano, una obra en latín titulada “Octavio”, el pagano Caecilius criticaba a los cristianos diciendo: “apenas si se han conocido cuando ya se aman unos a otros… Indiscriminadamente se llaman unos a otros hermano y hermana”. ¡Qué bendición sería que nos acusaran así a nosotros! Las personas actualmente más que nunca, necesitan oír palabras de amor familiar y coherencia. Dicho lenguaje íntimo familiar es bíblico, y refleja el amor de la iglesia del Nuevo Testamento.


Mostrando señales físicas de afecto
Una expresión física del amor cristiano es el “beso de amor”, y es “una de las hermosas costumbres de los primeros cristianos”. Pedro urgió a sus lectores “Saludaos unos a otros con ósculo de amor” (1 Pedro 5:14), lo cual es una producción práctica de sus instrucciones anteriores de amarse unos a otros fervientemente como hermanos y hermanas:

• Amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro
(1 Pedro 1:22).

• Amad a los hermanos (1 Pedro 2:17).

• Y ante todo tened entre vosotros ferviente amor (1 Pedro 4:8).

Este “beso de amor”, al que Pablo también se refiere como “beso santo”, es una señal física externa de “reciprocidad… unidad de condición e identidad que todos los creyentes comparten a través de divisiones de raza, clase y género”.6 Pero es un beso “santo”, no un beso sensual. Ha de ser expresado con respeto y con toda pureza.
Si es que nos expresamos con un “beso de amor” con un abrazo natural, o un sincero apretón de manos, se nos manda saludar a los hermanos y hermanas con afecto. Nuestros saludos entre unos y otros deben expresar visiblemente la realidad de la unidad y el amor de nuestra familia. Por lo tanto, no seamos impersonales, reservados o fríos. Las personas necesitan expresiones físicas de amor así como también de palabras de amor. La expresión física de amor es una forma concreta y práctica de que vivimos y demostramos el mandamiento del Nuevo Testamento de amarnos unos a otros con amor ferviente” (1 Pedro 4:8).
John Stott, un inglés naturalmente reservado y característico, ha aprendido de sus extensos viajes por el mundo, especialmente en Latinoamérica y Africa, a gozar del abrazo físico afectuoso de los creyentes. Al cerrar una carta a un amigo, él dice: “Le envío un saludo y un abrazo (¡Ahora soy un miembro para toda la vida del Instituto de la Terapia del Abrazo!)”.
Pablo también era miembro del “Instituto de la Terapia del Abrazo”. Al final del mensaje de despedida a los ancianos efesios, Lucas registra: “Entonces hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban” (Hechos 20:37).
Los niños en nuestras iglesias también necesitan sentir expresiones de amor. Nuestro Señor Jesucristo recibía a los niños. Ellos eran un gozo para él. No estaba demasiado ocupado para prestarles atención. El los tocó, oró por ellos y los bendijo (Mateo 19:13–15). Las madres y los niños se sentían cómodos acudiendo a Jesús porque su naturaleza les daba la bienvenida y era afectuosa. Seamos también protectores y cariñosos hacia los niños.
La iglesia local es “la familia de Dios” (1 Timoteo 3:15) y debería estar llena de palabras cariñosas y demostraciones de afecto familiar. Tristemente, la atmósfera en algunas iglesias es más como una casa funeraria que el hogar de una familia amorosa. Hay poco afecto y ambiente cálido. Los sentimientos emocionales legítimos son sofocados. Las personas difícilmente se conocen unas a otras. Guardan distancia, y la única manifestación de afecto es un ligero apretón de manos antes de salir por las puertas de la iglesia. Dicha conducta no es la auténtica comunión cristiana entre los hermanos y las hermanas. No representa a personas que son fieles al “nuevo mandamiento”.


Cómo comenzar

Si desea crear una atmósfera más afectuosa en su iglesia local o en el grupo que usted dirige, comience orando por el crecimiento en amor. Use estas Escrituras como una guía para sus oraciones:

• Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más (Filipenses 1:9).

• Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos (1 Tesalonicenses 3:12).

• (Oro para que) …seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (Efesios 3:18–19).

Si su iglesia o grupo es un cuerpo de creyentes afectuosos, siempre se puede superar aún “más y más” en amor (1 Tesalonicenses 4:10). Enseñe lo que la Biblia dice acerca del amor. ¿Cuán a menudo las personas oyen una cuidadosa exposición de 1 Corintios 13, Efesios 3:14–19 y 4:1–16, o de 1 Juan 4:7, 21? La mayoría de los que asisten a la iglesia no conocen las demandas bíblicas del amor y de la necesidad de la enseñanza con profundidad sobre este tema. Desafíe a las personas que usted guía a crecer en amor.
Una atmósfera afectuosa no se produce por la enseñanza solamente. Los líderes de la iglesia también necesitan un modelo de amor. Hay maestros, músicos, y otros en la iglesia quienes han servido voluntariamente durante años. Ellos necesitan saber que su fidelidad a Dios y a la congregación es apreciada. Exprese su gratitud a ellos y aliente a otros a que hagan lo mismo. Hay personas que lim-pian, arreglan y mantienen el edificio de la iglesia; no permita que pasen desapercibidos. A ellos debieran agradecerles verbalmente o con un regalo o tarjeta. No ignore a nadie. ¡Dios no lo hace!
No permita que su iglesia sea un lugar donde los miembros del cuerpo de Cristo tienen sólo interacción superficial, o peor, adonde vienen y van sin siquiera hablarse unos a otros. Nuevamente, es su responsabilidad guiar mediante el ejemplo. La iglesia no es una corporación de negocio, institución militar, o agencia de gobierno. Es la “familia de Dios”, por lo tanto actúe como corresponde. Trate de alcanzar a otros en amor. Salúdelos con un “beso de amor”, un abrazo afectuoso, o un “santo apretón de manos”. Decida específicamente acordarse de los nombres de las personas.
La iglesia debe ser una familia estrechamente unida de hermanos y hermanas quienes expresan el amor de Cristo entre unos y otros. Debe ser una comunidad que transforma vidas donde las personas crecen y se vuelven más como el amante Salvador de ellos. Su iglesia puede volverse una comunidad más amorosa y experimentar mayor unidad a medida que usted enseña y dirige con amor.

 

Practica la hospitalidad

“Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad…”
Hebreos 13:1–2


Difícilmente algo sea más característico del amor cristiano que la hospitalidad. La hospitalidad es esencial para avivar las llamas del amor y fortalecer la comunidad cristiana. El líder cristiano que ofrece hospitalidad demuestra su amor en una forma muy personal.
Mediante el ministerio de la hospitalidad, compartimos las cosas que valoramos más: la familia, el hogar, los recursos financieros, los alimentos, la privacidad y el tiempo. En otras palabras, compartimos nuestras vidas.
Puesto que la Escritura repetidas veces manda a los creyentes que se amen unos a otros, no debería sorprendernos que la Escritura también nos mande a practicar la hospitalidad:

• “El amor sea sin fingimiento… Amaos los unos a los otros con amor fraternal… practicando la hospitalidad” (Romanos 12:9–10, 13).

• “Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor… Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones” (1 Pedro 4:8–9).

• “Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:1–2).

• “Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor (hospitalidad)” (3 Juan 5–6).


La hospitalidad crea una comunidad afectuosa

Una iglesia fría y poco acogedora, contradice el mensaje del evangelio. No obstante, la falta de amistad es algo que se critica frecuentemente de las iglesias locales. A las personas no les lleva mucho tiempo darse cuenta de que hay un amor entre los cristianos que termina en la puerta posterior del santuario o en la playa de estacionamiento de los automóviles. Es un amor superficial de domingo en la mañana solamente, que no está dispuesto a extenderse más allá de las paredes del edificio de la iglesia.
Pero la Escritura nos dice: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal” (Romanos 12:10). El amor fraternal involucra conocerse unos a otros y compartir la vida juntos. A menos que abramos las puertas de nuestros hogares para unos y otros, la realidad de la iglesia local como una familia estrechamente tejida de hermanos y hermanas que aman es sólo una teoría religiosa vacía. Es imposible conocer o crecer cerca de nuestros hermanos y hermanas reuniéndonos por una hora a la semana con un grupo grande en el santuario de una iglesia. Mediante el ministerio de la hospitalidad proveemos la comunión y el cuidado que nutre el verdadero amor entre los creyentes.
En la mayoría de los casos, nosotros difícilmente llegaremos a conocernos unos a otros hasta que dediquemos tiempo en los hogares y hablemos sentados a la mesa. Una placa en la pared de un restaurante expresa hermosamente este punto: “Es alrededor de una mesa que los amigos perciben mejor la tibieza de estar juntos”. Por lo tanto, cuando hablamos de amarnos unos a otros con afecto fraternal debemos también hablar de practicar la hospitalidad (Romanos 12:10, 13).
Como un ejemplo del efecto que la hospitalidad tiene en comunicar amor y la naturaleza familiar de la iglesia local, consideremos la historia acerca de un periodista de noticias que visitaba iglesias cristianas para ver cuán amistosos y afectuosos eran sus miembros. Categorizó sus experiencias de visitación según este sistema de puntos: Los que lo saludaban a la puerta recibían un punto. La carta preparada previamente del pastor recibía tres puntos. La hora del café recibía cuatro puntos. Las personas que se presentaban a sí mismas en una forma cordial, no amenazante, recibían diez puntos. ¡Pero las invitaciones personales para comer recibieron sesenta puntos! Vemos que esto muestra cuán poderosamente la hospitalidad comunica amor.
La naturaleza del amor es dar la bienvenida a seres queridos, para buscar estar cerca de ellos, y para compartir lo mejor con ellos. El amor no se aísla a sí mismo, se extiende a sí mismo. Como líderes, debemos practicar la hospitalidad. Nuestros hogares son una de las mejores herramientas que tenemos para edificar comunidades cristianas afectuosas. Al abrir regularmente nuestros hogares a otros, podemos ayudar a la iglesia (o grupo) local para que sea una comunidad más amistosa y afectuosa.


La hospitalidad ayuda en la enseñanza y el discipulado

La labor pastoral no puede hacerse desde la distancia o con una sonrisa y un apretón de manos el domingo en la mañana. Requiere una estrecha interacción. El hogar puede proveer un ambiente poderosamente eficaz para enseñar, disciplinar y cuidar a las personas.
Enseñar las Escrituras en un ambiente hogareño cómodo es sumamente práctico para aprender la Palabra de Dios (Hechos 5:42; 20:20). Martín Lutero demostró que la mesa es un púlpito espléndido desde el cual enseñar las verdades de Dios y discipular al pueblo de Dios. Lutero y su esposa, Katie, eran muy conocidos por su hogar abierto y hospitalidad amplia. Un historiador escribe: “Porque la gran casa siempre estaba llena hasta el tope”, La famosa obra de Lutero, Table Talk (Charla de Mesa), escrita por sus muchos estudiantes e invitados, es un maravilloso testimonio del poder del hogar en disciplinar y enseñar a las personas.
Aun el ministerio de la hospitalidad que podrá parecer una cosa pequeña, tiene un gran impacto sobre las personas. Un hogar abierto es una señal de un corazón abierto, generoso y de un espíritu dadivoso. Mostrar amor a las personas, muchas de las cuales están pasando momentos difíciles, invitándolos a su hogar para una comida o para asesorarles, es profundamente conmovedor. Cuidar del pueblo de Dios significa, entre otras cosas, compartir nuestro hogar con ellos para las comidas, alentar visitas amistosas, o hasta proveer alojamiento como vivienda temporaria.
No debemos subestimar el poder de la hospitalidad en enseñar y cuidar a las personas. En una forma misteriosa Dios usa las relaciones mutuas entre anfitrión e invitado para instruir y alentar a su pueblo. Esta es una de las cualidades que el Nuevo Testamento requiere de un anciano de la iglesia, es decir, que sea “hospitalario” (1 Timoteo 3:1–2; Tito 1:7).
Uno de los grandes evangelistas y fundador de iglesias del siglo veinte fue el Hermano Bakhr Singh, de la India. Poco después de su conversión del ateísmo y del hinduismo, a Cristo, el Señor usó la generosa hospitalidad de John y Edith Haywards para discipular a Bakhr. Vivió con los Haywards en Winnipeg, Canadá, por casi tres años. Nunca se imaginaron del impacto que su amigo hindú tendría en una nación. El biógrafo de Bakhr Singh, T. E. Koshy, destaca “la importancia de los hogares cristianos en disciplinar y preparar a nuevos creyentes como testigos eficaces para el Señor”.

El Señor usó poderosamente a los Haywards para que Bakhr Singh madurara espiritualmente. Mientras estaba en la casa de ellos, el Señor le enseñó varias lecciones importantes, incluyendo su compromiso total al Señor; aceptar la Biblia como la inspirada Palabra de Dios; la importancia de la hospitalidad y la oración, como también buscar la voluntad de Dios para todas las cosas. Además, el Señor ministraba a sus necesidades temporarias mediante esta pareja cariñosa y cuidadosa. Los Haywards habían abierto su hogar a muchos misioneros. Esto le dio a Bakhr Singh la oportunidad de reunirse y tener comunión con muchas personas piadosas de varias denominaciones y antecedentes.


La hospitalidad promueve el evangelismo

La hospitalidad alcanza no sólo a los creyentes sino también a los no creyentes. La naturaleza del amor es alcanzar, salvar y compartir el mensaje de salvación. Los líderes que aman sienten carga por los perdidos (Romanos 9:1–3; 10:1), y el amor por las personas perdidas impulsa a practicar la hospitalidad. La hospitalidad es un medio eficaz para alcanzar a los perdidos.
Para los primeros cristianos, el hogar era el ambiente más natural para hablar de Cristo a las familias, vecinos y amigos. Michael Green, autor de Evangelism in the Early Church (El evangelismo en la iglesia primitiva), describe al hogar como “uno de los métodos más importantes de pregonar el evangelio en la antigüedad”. Al referirse al hogar de Aquila y Priscila, escribe “Hogares como éste deben haber sido sumamente eficaces en el alcance evangelístico de la iglesia”.
Lo mismo sucede hoy día. Si está buscando formas de evangelizar, el abrir su hogar es uno de los mejores métodos para alcanzar a los no creyentes. Muchos de nosotros ni siquiera conocemos a nuestros vecinos. Sin embargo, mediante la hospitalidad podemos lograr el máximo de cada oportunidad que el Señor nos da para ser sus embajadores en este mundo. Si estamos dispuestos, nuestros hogares pueden ser faros en vecindarios espiritualmente oscuros.
Dawson Trotman, fundador de “Los Navegantes”, usó su hogar para ganar a personal militar para Cristo. Después de varios años de generosa hospitalidad a los marineros, él podía decir que marineros de cada estado de los Estados Unidos de América se habían convertido a Cristo en la sala de su casa.
Jim Peterson, en su libro Evangelism as a Lifestyle (El evangelismo como un estilo de vida) cuenta de Mario, un brasilero, con quien estudió la Biblia durante cuatro años antes de que el joven aceptara a Cristo. Mario era un activista marxista intelectual y político —un candidato improbable para el cristianismo. Varios años después, Mario le preguntó a Jim si sabía lo que le había hecho decidir por Cristo. Jim pensó que podrían ser las muchas horas de discusión intelectual de la Escritura, pero aquí está lo que Mario replicó:

“¿Se acuerda de la primera vez que me detuve en su casa? Estábamos camino a un lugar juntos y yo tomé un plato de sopa con usted y su familia. Mientras estaba sentado observándolo a usted, a su esposa y a sus hijos, y cómo ustedes se relacionaban unos con otros, yo me pregunté: ¿Cuándo voy a tener una relación como ésta con mi prometida? Cuando me dí cuenta de que la respuesta era “nunca”, llegué a la conclusión de que tenía que convertirme en cristiano por amor a mi propia supervivencia”.

Mostrando amor a los no creyentes, invitándolos a su hogar, es un poderoso imán para atraer personas a Cristo. No es necesario ser predicador ni tener años de adiestramiento para usar su hogar a fin de amar y servir a las personas. Si simplemente abre las puertas de su hogar, las personas vendrán.


Cómo comenzar

Nuestro mundo urbanizado y de febril actividad, deja poco tiempo para la hospitalidad. Por consiguiente, aquí hay unas cuantas ideas para ayudarle a usted a obedecer el mandamiento de la Escritura de practicar la hospitalidad (Romanos 12:13).
Primero, establezca una hora regular cada semana o mes para invitar a personas a su hogar. A menos que usted planee esto dentro de su horario, nunca se moverá más allá de las buenas intensiones para comenzar a hacerlo. Pensará: Esto es importante. La Biblia nos dice que hagamos esto, y ayudará a nuestra iglesia. Pero a menos que lo planee por adelantado y haga de la hospitalidad una prioridad, se encontrará ocupado la semana siguiente a ésta, el próximo mes, etc.
Segundo, haga una lista de las personas que se sentirían alentadas por su oferta de hospitalidad. Por ejemplo, podría ser un paso crucial en ayudar a miembros nuevos de su iglesia a sentir que son bienvenidos como una parte del cuerpo. Los que están pasando por muchas dificultades pueden ser motivados simplemente al recibir una invitación. Muchas personas se sienten solitarias y en necesidad de amor. En realidad, usted puede ser un ángel ministerial para los que están sufriendo.
Tercero, recuerde invitar a personas a su hogar durante las fiestas navideñas. Estos son tiempos especialmente buenos para invitar a la gente solitaria y a amigos no cristianos. Busque incluir a alguien que raras veces recibe una invitación debido a su enfermedad. Tenga en cuenta la enseñanza de Jesús: “Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos, y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar” (Lucas 14:13).
Cuarto, disfrute de actividades creativas con sus invitados. Camine alrededor de la mesa haciendo algunas preguntas claves a cada persona de modo que todos individualmente puedan conocerse unos a otros. Tengan un tiempo de oración juntos. Después de la comida, salgan a caminar juntos. Todas estas actividades los atraerán a usted y a sus huéspedes más cerca unos de otros y finalmente al Señor.
Quinto, enseñe sobre el tema de la hospitalidad. ¿Cuándo fue la última vez que oyó un mensaje de la Escritura sobre la hospitalidad? Las personas necesitan que les enseñen el deber y las bendiciones de usar sus hogares para Cristo. Es fácil olvidar la práctica de la hospitalidad, por lo tanto todos nosotros necesitamos ser recordados y exhortados.
Sexto, ofrezca voluntariamente albergar a misioneros o siervos del Señor que están de viaje. Algunas organizaciones misioneras tienen una lista de hogares para huéspedes que los misioneros usan durante sus viajes. Usted puede encontrar una organización compatible y anotarse para ser un hogar de huéspedes. Y cuando los misioneros de su iglesia vuelvan de su campo de labor, no pierda la oportunidad de invitarlos a su mesa para una comida.
Sus hijos, especialmente, recibirán ganancias cuando usted invite a siervos de Dios a su hogar. El extinto predicador radial y autor Stephen Olford, nacido de padres misioneros en Africa, manifiesta sus impresiones de su niñez de la generosa hospitalidad de sus padres.

Ninguno podría jamás predecir qué recompensa eterna estará esperándonos por la hospitalidad cristiana. Pero aun ahora hay una compensación guardada para nosotros. La hospitalidad es una aventura emocionante y trae maravillosas preseas. Al mirar atrás, a los días de mi niñez, alabo a Dios por el enriquecimiento que vino a mi vida mediante hombres y mujeres piadosos que pasaron por nuestro hogar. Las impresiones hechas en años formativos aprovechan a un niño en la madurez.

Helga Henry, la esposa del famoso teólogo Carl F. H. Henry, nos recuerda que “La hospitalidad cristiana no es una cuestión de elección, no es una cuestión de dinero, no es una cuestión de edad, posición social, sexo o personalidad. La hospitalidad cristiana es una cuestión de obediencia a Dios”.

 

Cuida de las necesidades de las personas

“¿No lloré yo al afligido? Y mi alma, ¿no se entristeció sobre el menesteroso?”
Job 30:25


La compasión es la empatía, la tierna emoción que una persona siente cuando se confronta con el sufrimiento de otra persona, junto con el deseo de aliviar el sufrimiento. No obstante, dicha definición formal no hace mucho para inspirar la acción. Por lo tanto, Jesús, el maestro por excelencia, explica el amor compasivo con la inolvidable historia del Buen Samaritano (Lucas 10:30–37).
Un hombre estaba viajando de Jerusalén a Jericó cuando lo asaltaron. Los ladrones le robaron el dinero, lo dejaron sin ropa y lo golpearon brutalmente. Mientras yacía sangrando moribundo, un sacerdote judío (un líder religioso y maestro del pueblo) pasó por allí. El sacerdote vio al herido pero siguió de largo. Poco después, un Levita judío (un asistente de los sacerdotes) llegó al lugar. El también vio al hombre desamparado pero no hizo nada. Finalmente, un hombre de Samaria también pasó por allí. Aunque el viajero samaritano no conocía al hombre herido, se nos dice que “él tuvo compasión” (Lucas 10:33). Se detuvo y cuidó de la víctima, echando aceite y vino sobre las heridas y vendándolas tiernamente. Luego levantó al hombre y lo puso sobre su animal y lo llevó al mesón y cuidó de él. Al día siguiente el samaritano tenía que partir, pero le dio dinero al mesonero para el alimento y hospedaje del hombre herido, y le pidió que lo cuidara.
El buen samaritano también prometió volver y pagar cualquier gasto adicional mientras el hombre se recuperaba. Hizo todo esto por un individuo que él no conocía, y lo hizo sin ninguna promesa de recompensa.
Esta historia establece la norma para el amor y la compasión del cristiano. Cuando comprendemos las inferencias del buen samaritano entendemos lo que nuestro Señor requiere de los que profesan amar como él amó. Piense en el sacerdote religioso y el levita que caminaron al lado del moribundo y no hicieron nada. Ellos eran líderes y maestros religiosos, por tanto sabían las demandas del Antiguo Testamento “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). Pero ellos eran hombres que carecían de compasión. Si queremos ser líderes cristianos bondadosos, debemos ser tan desinteresados y compasivos como el buen samaritano.


Líderes compasivos del Nuevo Testamento

La palabra que salta a la vista en los evangelios y describe la emoción de Jesús hacia el pueblo en necesidad es compasión. Nuestro Señor a menudo sentía compasión, o era movido a compasión para sanar y salvar. El cuidado compasivo que él y los apóstoles brindaron a los pobres y a los enfermos es algo inspirador. Sus “inauditos actos de compasión” atraían a las personas a él como un imán.2
Después que Jesucristo ascendió al cielo, los apóstoles se involucraron en el ministerio compasivo hacia los creyentes pobres de Jerusalén (Hechos 4:34–35). En realidad, el trabajo de ellos de distribuir dinero a los pobres se volvió tan gravoso que tuvieron que designar a siete hombres para que se hicieran cargo de esta tarea a fin de que ellos pudieran concentrarse en la oración y el ministerio de la palabra (Hechos 6:1–6).
Aunque el principal llamado de Pablo fue la proclamación y defensa del evangelio, él gustosamente cuidó también de los necesitados (Hechos 11:30; Gálatas 2:10). En un momento de su ministerio Pablo inició, mobilisó y entregó una ofrenda de ayuda de los gentiles para los creyentes pobres de Jerusalén. Consideraba que la ofrenda de las iglesias gentiles era una demostración concreta del amor cristiano a los creyentes judíos necesitados (2 Corintios 8:24).
El ministerio de los ancianos del Nuevo Testamento involucra supervisión pastoral de la iglesia local en cuatro categorías principales: enseñanza, guía, protección y sanidad. Aunque los ancianos enseñan y guían a la iglesia, ellos también ministran a los débiles y a los enfermos (Hechos 20:34–35; Tito 1:8; Santiago 5:14). Por lo tanto deben tener un corazón compasivo hacia las necesidades de las personas. El ministerio de los diáconos del Nuevo Testamento es uno de benevolencia, misericordia y servidumbre en una capacidad oficial. Tanto los ancianos como los diáconos, deben demostrar compasión y preocupación activa por el bienestar de los santos necesitados. Deben establecer un ejemplo para que los otros sigan.


Los líderes son modelo del cuidado compasivo

La iglesia local debe ser una familia, una comunidad de personas que satisfacen las necesidades, llevan las cargas, y sirven sacrificialmente los unos a los otros. Debe ser un cuadro de amor en acción —una comunidad compasiva, generosa y dadivosa. Dicho amor comienza con los líderes.
Es verdad que a las personas no les importa cuánto uno sabe, hasta que saben cuánto le importan ellas a uno. Un líder no tendrá mucho éxito en su ministerio si las personas no saben que él o ella realmente se preocupa por ellos. Por lo tanto, un líder necesita demostrar un corazón tierno hacia los miembros que sufren, una genuina preocupación por los enfermos, una disposición generosa por los pobres, y un espíritu de misericordia para ayudar a aliviar la miseria que caracteriza las vidas de tantas personas en la actualidad.


Compasión por los enfermos

En un mundo lleno de dolor físico y enfermedades, la preocupación amorosa es un ministerio esencial de los que desean o afirman expresar el amor de Dios en el mundo. El cuidado compasivo por los enfermos incluye oración, visitas, ayudas prácticas, llamadas, notas y tarjetas.
La oración es una expresión de preocupación muy significativa. No deberíamos nunca decir en tono apenado, “Bueno, todo los que puedo hacer es orar por usted”. Dicha observación sugiere un punto de vista pobre de la oración. Dios dice: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). En realidad, orar por los que están enfermos o moribundos es una de las cosas más importantes que podemos hacer por ellos. La oración da esperanza y consuelo. Por lo tanto, los líderes deberían orar regularmente con fe por los enfermos, y deberíamos desafiar a nuestras congregaciones para que participen en oración enfocada, consecuente y personal por ellos también.
Las personas que están enfermas no sólo necesitan oración sino también el toque humano. Es tanto sanador como consolador. Una persona enferma anhela la compasión y el compañerismo. A veces una persona enferma, particularmente alguien que está enfrentando la muerte, simplemente necesita saber que alguien está cerca. Cuando visitamos a los enfermos o moribundos, estamos ministrando el amor y el consuelo de Dios. Este es un gran privilegio y un alto llamado. Jesús tocaba a los leprosos y ciegos, los “intocables” de su día, y él espera que su pueblo haga lo mismo (Mateo 25:36).
Lamentablemente, las personas son renuentes a visitar a los enfermos. Tomarse el tiempo para visitarlos en la casa o en el hospital se ha vuelto una inconveniencia para muchos en nuestra sociedad sumamente individualista e hiperactiva. Quizás quisiéramos pensar de nosotros mismos como personas afectuosas, pero en realidad, cuando los actos de amor se vuelven actividades que consumen y demandan tiempo, no queremos las cargas del amor, sólo los beneficios.

Estamos dispuestos a amar hasta el punto donde, amar más, comienza a ser un inconveniente. Nos gusta la imagen de nosotros mismos como personas amadas y cariñosas, pero nos gustaría el beneficio sin las responsabilidades de la actividad. Cuando la respuesta a nuestro amor nos presenta demandas, quizás comenzamos a mantener a la distancia a las personas.

No obstante, el amor de Cristo nos constriñe a negarnos a nosotros mismos a fin de satisfacer las necesidades de otros. Quizás no podamos visitar a todos los que quisiéramos, pero podemos llamarlos por teléfono. El teléfono es una herramienta inestimable que nosotros debiéramos usar eficazmente para conversar y animar a los que están sufriendo. Las personas aprecian una llamada telefónica que demuestre interés en ellas. Ellas saben que no podemos visitarlas todos los días, y a veces una visita no es apropiada; pero podemos hacer una llamada telefónica. Los líderes que aman practican este ministerio cuando no pueden hacerlo personalmente.
Las personas que están enfermas también aprecian las tarjetas, postales, los mensajes electrónicos y las cartas. Un hombre en nuestra iglesia, que se estaba muriendo de cáncer, apreciaba tanto las tarjetas que le enviaban que llenó toda una pared con las tarjetas que había recibido. Las leía muchas veces y veía a cada una como un mensaje de amor personal. Las tarjetas en esa pared proveían la afirmación diaria de que lo cuidaban y de que un número de personas oraban por él. Los medios visibles de aliento fortalecían su espíritu.
Algunas de las mejores medicinas para los enfermos y moribundos es el cuidado práctico y cariñoso. Pueden necesitar ayuda con comidas, la limpieza de la casa, y que los lleven a las oficinas de los médicos. Cuando ayudamos a las personas de esta forma, demostramos amor y cuidado por el cuerpo de Cristo (Mateo 25:35–36).


Compasión por los confinados y los ancianos

Todos nosotros debemos estar preparados para cuidar de la creciente población de ancianos. Algunos han llamado a las personas ancianas sin ningún apoyo familiar “huérfanos adultos”. La compasión cristiana no puede permitirles que sean descuidados. Debemos honrar a los ancianos.
Los que están confinados en sus casas u otras dependencias, son un grupo fácilmente olvidado o no son tenidos en cuenta. Debido a una incapacidad física o mental, pueden sufrir de soledad y aislamiento de sus amigos. Quizás no puedan asistir a la iglesia. Necesitan llamadas telefónicas, tarjetas, visitas, boletines de la iglesia, mensajes grabados y participar de la Cena del Señor para mantenerlos conectados con la familia de su iglesia. Si estos actos de amor son descuidados, se sentirán abandonados. Santiago escribe: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Santiago 1:27). Estas personas experimentan varios tipos de “aflicción” y necesitan nuestro amor compasivo.


Compasión por los pobres y necesitados

Juan describe la norma del amor entre los creyentes prevista por el Nuevo Testamento:

En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3:16–18).

Aquí Juan advierte contra el amor que es solamente un servicio de labios. En contraste con este llamado amor que rehúsa mostrar compasión, él describe un amor que se expresa a sí mismo no sólo en palabra sino en hechos. El amor de los cristianos nunca es teórico o abstracto, es siempre práctico. El que ama es impulsado a actuar a fin de aliviar el sufrimiento del que es amado.
Elaborando sobre la declaración de Juan, León Morris escribe:

Pero Juan es práctico. El sabe que un hombre puede fácilmente declararse a sí mismo listo para ofrecer su vida por otros, porque las palabras son baratas, y es improbable que dicho sacrificio se requiera. Lo que se demanda no es un gesto heroico sino el compartir diariamente de lo que uno tiene con los que no tienen. Considerando mentalmente las necesidades cotidianas de las personas a quienes les falta lo necesario, es un deber que Juan ve como una consecuencia necesaria de la cruz. La cruz nos muestra lo que es el ágape: una disposición no sólo para morir por otros sino para vivir por otros. El amor no es un tesoro frágil que debe ser escondido en forma segura en alguna parte; es una virtud robusta que debe ser practicada todos los días de la vida.

Jonathan Edwards nos recuerda que la naturaleza del amor es: “Disponer de hombres para todos los actos de misericordia hacia sus prójimos… dispondrá de hombres para que den a los pobres, para llevar las cargas de unos y otros, y para llorar con los que lloran”. La primera congregación cristiana y sus líderes se organizaron para cuidar de sus miembros pobres (Hechos 4:34–35; 6:1–6). Cuando escribe acerca del amor fraternal, Pablo exhorta a los creyentes en Roma, “compartiendo para las necesidades de los santos” (Romanos 12:13).
Tener los medios para ayudar a un hermano o hermana, pero rehusar hacerlo es desobediencia a Cristo y pecado contra el cuerpo de Cristo. Este tipo de conducta suscita la pregunta si es que verdaderamente el amor de Dios mora en dicho corazón.
Todos nosotros necesitamos líderes que aman y compasivos. Uno de esos líderes era Job. Un anciano en su comunidad, “y era este hombre perfecto y recto” (Job 1:1), un hombre que mostraba compasión por los pobres y necesitados, Job tenía un corazón tierno por los que sufrían. Lloraba y se dolía por los traspasados de dolores. Respondía con generosa ayuda a los clamores de los pobres, el huérfano, la viuda y los incapacitados. Job también era un hombre de gran hospitalidad sincera.
A los amigos de corazón frío que lo sabían todo, siendo ellos mismos ancianos en la comunidad, les habló en su propia defensa:

“¿No lloré yo al afligido? Y mi alma, ¿no se entristeció sobre el menesteroso?” (Job 30:25).
“Porque yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que carecía de ayudador. La bendición del que se iba a perder venía sobre mí, y al corazón de la viuda yo daba alegría. Me vestía de justicia, y ella me cubría; como manto y diadema era mi rectitud. Yo era ojos al ciego, y pies al cojo. A los menesterosos era padre, y de la causa que no entendía, me informaba con diligencia” (Job 29:12–16).
“Si estorbé el contento de los pobres, e hice desfallecer los ojos de la viuda; si comí mi bocado solo, y no comió de él el huérfano; si he visto que pereciera alguno sin vestido, y al menesteroso sin abrigo; si no me bendijeron sus lomos, y del vellón de mis ovejas se calentaron; si alcé contra el huérfano mi mano, aunque viese que me ayudaran en la puerta; mi espalda se caiga de mi hombro, y el hueso de mi brazo sea quebrado” (Job 31:16–17, 19, 22).

Actualmente, podemos demostrar compasión proveyendo asesoramiento gratuito para las viudas y viudos ancianos a fin de ayudarles a entender las preguntas sobre los impuestos, papeles de seguros médicos y testamentos.
Podemos invitarlos a nuestros hogares para compartir nuestra mesa y momentos de compañerismo. Podemos proveer traducción por medio de señas para los sordos que vienen a nuestra iglesia. Podemos proveer transporte para los ciegos e invitarlos a nuestros hogares practicando la hospitalidad
Podemos organizar un fondo de beneficiencia para los que han perdido sus puestos, para los incapacitados, o para madres solteras que están criando niños pequeños. Podemos establecer un programa para jóvenes y señoritas sin padres. Podemos hacer que las personas con incapacidades se sientan bienvenidas y seguras en nuestras iglesias y hogares. Podemos proveer enseñanza del idioma para nuevos inmigrantes.
Como líderes y maestros, podemos hacer una diferencia. Podemos establecer una visión y fijar un ejemplo de cuidado compasivo. Podemos suscitar conciencia y establecer estructuras organizacionales a fin de proveer oportunidades para que las personas compartan con otros en necesidad. También podemos advertir de cómo el materialismo, la prosperidad y la avaricia endurecen el corazón y ciegan nuestros ojos al terrible sufrimiento de nuestros creyentes así como también de otras personas.
Nuestro mundo está lleno de pobreza y enfermedad. Casi 800 millones de personas van con hambre a la cama todas las noches. Casi tres billones de personas (la mitad de la población mundial) viven con menos de US$2.00 por día. Un millón de personas beben agua insalubre; dos billones y medio de personas no tienen instalación sanitaria adecuada. Más de diez millones de niños menores de cinco años mueren cada día de causas que pueden prevenirse. El setenta por ciento de los pobres del mundo son mujeres y niños. Todos los días, 27.000 niños mueren de hambre y causas relacionadas. Más de un millón de jovencitas son obligadas a la prostitución cada año.
Y el sufrimiento en nuestro mundo no termina con estos problemas. El más grande problema de salud pública que el mundo ha enfrentado alguna vez, según Dale Bourke, es la presente crisis del SIDA. Esta pandemia reclama las vidas de 8.500 personas por día. Bourke escribe:

“Ya ha sobrepasado la peste bubónica, que barrió con veinticinco millones de personas —una cuarta parte de la población de Europa en ese tiempo. Se estima que tres millones de personas mueren de SIDA cada año, una cantidad de muertos que ha sido comparada con veinte aviones 747 totalmente llenos que se estrellan cada día en un año. Se ha informado que casos del SIDA se están diseminando tan rápidamente en China y la India que ellos podrían eventualmente eclipsar los números en Africa. En algunos países más de una tercera parte de la población está infectada, efectivamente eliminando a toda una generación”.

El sufrimiento en Africa como resultado del SIDA, las guerras continuas y el hambre, está más allá de nuestra comprensión. ¿Nos importa a nosotros? ¿Qué podemos hacer para ayudar?
Un erudito en griego que participó en un comité para producir una nueva traducción de la Biblia también era un activo miembro de una organización para alimentar a los pobres. Le preguntaron: “¿No le parece extraño que usted participe en un comité para traducir la Biblia y en otro para alimentar a los pobres?”.
“No”, replicó él. “De las dos formas estoy traduciendo el Nuevo Testamento”.

 

Persiste en la oración

“Os saluda Epafras… siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones”.
Colosenses 4:12


El liderazgo afectuoso es incompleto sin la oración intercesora. La Escritura dice: “El amor sea sin fingimiento”, y luego sigue diciendo: “constantes en la oración” (Romanos 12:9, 12). Orar por las personas es un acto de amor. El amor genuino desea orar por las personas. El amor hipócrita promete orar pero no lo hace.
La oración requiere esfuerzo. Cuando oramos por las personas, enfocamos nuestros pensamientos en ellas; tomamos sus cargas sobre nosotros; intercedemos ante Dios por ellas; sacrificamos nuestro tiempo por ellas; nos comprometemos al bienestar de ellas. Demostramos verdadero cuidado y compasión.
Martyn Lloyd Jones nos recuerda que la oración puede ser una de las cosas más difíciles de hacer en la vida cristiana:

Cuando un hombre le habla a Dios, está en su misma cima. Es la actividad más encumbrada del alma humana y por lo tanto es, al mismo tiempo, la prueba fundamental de la verdadera condición espiritual del hombre. No hay nada que diga tanto la verdad acerca de nosotros como cristianos, como nuestra vida de oración. Todas las cosas que hacemos en la vida cristiana son más fáciles que la oración.

Aunque quizás sea difícil, la oración es motivada por el amor. El amor de Pablo por sus convertidos, por ejemplo, lo impulsó a orar por ellos continuamente. D. A. Carson dice que lo que lo motivaba a Pablo a orar era “una pasión por las personas”.3 Al describir el amor de Pablo por los nuevos creyentes en Tesalónica, escribe:

Aquí hay un cristiano tan comprometido por el bienestar de otros cristianos, especialmente nuevos cristianos, que simplemente está ardiendo interiormente para estar con ellos, para ayudarles, para nutrirlos, para alimentarlos, para estabilizarlos, para establecer un fundamento adecuado en ellos. No es de extrañarse mucho, entonces, que él se dedique a orar por ellos cuando se da cuenta de que no puede visitarlos personalmente.

Carson resume la motivación de Pablo y nos desafía a crecer en amor de modo que rebose en oración intercesora por otros:

La oración de Pablo es el producto de su pasión por las almas. Su fervorosa actitud en oración no es un emocionalismo repentino sino el derramamiento de su amor por los hermanos y hermanas en Cristo Jesús.

Eso significa que si nosotros hemos de mejorar nuestra actividad de oración, debemos fortalecer nuestro amor. A medida que crezcamos en el amor disciplinado y abnegado, también vamos a crecer en la oración intercesora. Las oraciones fervientes, pero carentes de dicho amor, son finalmente falsas, vacías y superficiales.

Pablo es un ejemplo de un líder amoroso que trabajó en la oración. Al estar impulsado a orar, no sólo por los salvos sino también por los perdidos, él ardía con amor por Israel y oraba por su salvación: “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón y mi oración a Dios por Israel, es para salvación” (Romanos 10:1). Los líderes cristianos asimismo necesitan orar por los perdidos.
Epafras, el compañero de Pablo, es otro ejemplo inspirador de un líder afectuoso que oraba fervientemente por los que amaba. Mientras Epafras estaba con Pablo en la ciudad de Roma, Pablo escribió a la iglesia en Colosas y les contó acerca de las oraciones de Epafras a favor de ellos:

Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere. Porque de él doy testimonio de que tiene gran solicitud por vosotros y por los que están en Laodicea, y los que están en Hierápolis” (Colosenses 4:12–13).

Nótese que Epafras estaba “siempre rogando encarecidamente por su amado pueblo”. Otras traducciones dicen de esta frase lo siguiente: “El está continuamente luchando en oración por ustedes”, él “nunca deja de batallar por ustedes” en oración (NJB). “No era una oración indiferente ocasional a favor de ellos”, comenta D. Edmond Hiebert, “sino una carga constante de intercesión. Regular y repetidamente él los elevaba ante el trono de la gracia”.
¡Cuán bendecidos eran los creyentes en Colosas de tener dicho pastor fiel y afectuoso! Las oraciones intercesoras de Epafras por sus conciudadanos fluía de su amor por ellos y seguía en las pisadas de su mentor, quien constantemente oraba por todos los que estaban bajo su cuidado pastoral. Como H. C. G. Moule declara: “Epafras era el verdadero erudito de Pablo en la escuela de la intercesión”.


Cómo comenzar

Mientras la oración espontánea tiene su lugar en nuestras vidas, hay también una necesidad para la oración intercesora disciplinada. Pablo apela a los creyentes en Roma para que luchen activamente en oración a Dios por su protección y viaje: “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios” (Romanos 15:30). Nótese que Pablo apela a ellos por oración “por el amor del Espíritu”. Si ellos lo aman, ellos orarán por él. Pero este amor no es alguna sensación sentimental de poca duración por un misionero. Este amor es el amor producido por Dios el Espíritu Santo. El Espíritu es la fuente de este amor. Es el amor que todos los creyentes deberían tener los unos para con los otros. El “amor del Espíritu” sería por lo tanto el poder que los mueve a “perseverar” en oración intercesora disciplinada por las necesidades de la persona que ellos aman.

La oración disciplinada es un desafío particularmente urgente en la actualidad, porque la vida tan ocupada deja poco tiempo para la oración a menos que nosotros la hagamos una prioridad y hagamos planes para ella. Es demasiado común para los líderes descuidar el paciente ministerio de oración tanto el orar por otros como el orar con otros. George Verwer, fundador de Operación Mobilisación, observa:

Pero si hay una doctrina de la cual sólo hablamos pero sin ponerla en práctica, en nuestras iglesias, tiene que ser la doctrina de la oración. Yo he ministrado en miles de iglesias… en Europa, Norteamérica, y alrededor del mundo y nunca he dejado de asombrarme ante el descuido de la oración corporativa, sincera y verdadera. Hay algunas hermosas excepciones, por supuesto, pero ellas son pocas en comparación.

D. A. Carson concuerda y añade que la falta de oración “está en desacuerdo con la Biblia que describe lo que la vida cristiana debería ser”:

Lo que es sorprendente, así como también deprimente, es la simple falta de oración que tanto caracteriza a la iglesia occidental. Es sorprendente porque con frecuencia coexiste con una abundante actividad cristiana que de alguna forma parece hueca, frívola y superficial.

La falta de oración intercesora es no sólo una señal de falta de amor sino una indicación de nuestro fracaso en ver las oscuras realidades espirituales que nos rodean. La oración es crítica debido a que nosotros estamos en guerra “contra los poderes cósmicos sobre esta oscuridad presente, contra las fuerzas espirituales de maldad en los lugares celestiales”. Por consiguiente, debemos “tomar la armadura de Dios” (Efesios 6:12–13) y estando plenamente armados, perseverar en la oración capacitados con el poder del Espíritu:

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio” (Efesios 6:18–19).

No seamos líderes sin oración, sino líderes vigilantes. Pablo y Epafras eran soldados “alertas” de Jesucristo. Ellos dos oraban por todos los santos, “todo el tiempo”, y “con toda perseverancia”. Nosotros, asimismo, debemos estar alertas y orar por todos los santos bajo nuestro cuidado. El fracaso de orar es una seria negligencia de nuestro privilegio y nuestra responsabilidad como líderes, maestros y ministros del evangelio. El profeta Samuel consideraba que la falta de oración de parte de un líder del pueblo de Dios era pecado. “Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros” (1 Samuel 12:23).
En toda congregación, existen problemas espirituales y necesidades físicas para las cuales la única solución es la oración persistente. Hay los que diariamente sufren dolores físicos, algunos que enfrentan enfermedades que amenazan sus vidas, otros que tratan con problemas familiares angustiosos. Muchos necesitan oraciones porque batallan con adicciones o pecados que los están esclavizando y arruinando sus relaciones. Algunos todavía no son salvos y necesitan la salvación.
Cuando se enfrentó con un problema que sus discípulos no podían resolver, de un joven atormentado por un espíritu maligno, nuestro Señor dijo: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (Marco 9:29). Por lo tanto, debemos creer que “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16) o no podremos producir el esfuerzo de obrar en oración por las necesidades de otros.
Los mejores maestros y predicadores se esfuerzan por mejorar sus métodos de enseñanza. Los líderes y administradores competentes continuamente buscan cómo mejorar sus capacidades de liderazgo. Asimismo, por lo tanto, los líderes deberían trabajar para mejorar su ministerio de oración intercesora. A continuación se dan algunas sugerencias para ayudarle a usted a que comience a orar por las personas a quienes está enseñando y guiando.


Información

Para orar inteligentemente, necesitamos información; necesitamos los pedidos de oración comunes. Hudson Taylor, un misionero con extensa experiencia en perseverar y contender en oración para cientos de misioneros en las situaciones más difíciles concebibles, enseñaba que la información de los misioneros era de vital importancia para mantener la oración viva en las iglesias locales. A. J. Broomhall, el biógrafo de Taylor, escribe:

cuando los cristianos supieron lo que estaba sucediendo estaban unidos en un mismo sentir. Cuando se sentían fuera de contacto, sus dones y aun sus oraciones parecían disminuir. En muchos casos, la información los guiaba aun a dedicar sus vidas por completo.

Como un líder que ama, haga el deliberado esfuerzo por enterarse de las necesidades verdaderas de quienes usted guía y enseña. No suponga que conoce los problemas y preocupaciones de ellos. ¡Pregunte! Al amor le importa y quiere saber. Esto moverá su corazón a orar y ayudará a darle vida a sus oraciones. Permita que las personas sepan que usted ora por ellas y necesita sus pedidos de oraciones. Pero debido a que muchas personas son renuentes a hablar acerca de sus necesidades personales, usted necesitará conocer las verdaderas necesidades de oración, necesitará ser el que tome la iniciativa.
Finalmente, no le diga a las personas que orará por ellas y luego deja de hacerlo. Esto es amor hipócrita. El amor genuino toma las promesas de oración en serio y las cumple conforme a lo prometido.


La lista de oración

Para lograr una labor eficaz en la oración intercesora por otras personas, usted necesitará desarrollar una lista de oración con nombres y necesidades. Puesto que la mayoría de nosotros no tenemos una memoria fotográfica, necesitamos poner por escrito las solicitudes. Si usted está entre los que son responsables de toda la congregación, tendrá que orar por muchas personas y necesidades. Para hacer esto eficazmente, use el directorio de nombres de la iglesia para orar en forma consciente y sistemática “por todos los santos” (Efesios 6:18). Ore por sus misioneros también (Efesios 6:19–20). Y no se olvide de anotar también a sus enemigos en su lista de oración. Jesús dice que amemos a nuestros enemigos y oremos también por ellos (Mateo 5:44; Lucas 6:28). D. A. Carson dice acertadamente: “Todos nosotros seríamos más sabios si determinamos no hablar acerca de las personas, excepto en nuestras listas de oración”.


Oración bíblica

Si a veces usted no sabe cómo orar por los que están bajo su cuidado espiritual, mire en su Biblia. Es la mejor guía de oración que hay. Usted puede usar las oraciones de la Escritura al orar por otros (y por usted mismo). Aquí hay varios ejemplos:

• Y dije: Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos; esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés tu siervo (Nehemías 1:5–8).
• Yo ruego por ellos… porque tuyos son… Padre Santo… No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal… Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad… que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste (Juan 17:9, 11, 15, 17, 23).
• No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza (Efesios 1:16–19).
• Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Colosenses 1:9–10).
• Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder, para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo (2 Tesalonicenses 1:11–12).
• Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos… para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos los santos (1 Tesalonicenses 3:12–13).

Usted puede tomar estas mismas palabras y aplicarlas a las personas por las que esté orando. Esto dará a sus oraciones un fundamento escritural sólido. Usted tendrá confianza de que está orando la voluntad de Dios por otros y sabrá lo que Dios quiere para ellos. Orar las palabras de la Escritura pone vida en sus oraciones.
Por amor a los que usted guía, comprométase a mejorar su oración intercesora. Pregúntese: Si los que yo guío dependieran de mis oraciones, ¿cómo les iría a ellos? O: Si nuestros misioneros dependieran de mis oraciones, ¿cómo les iría a ellos?
Para fortalecer su vida de oración, tome la concordancia de su Biblia y lea los versículos sobre la oración para ver lo que Dios quiere que usted sepa acerca de la oración. Lea libros sobre la oración y hable con otros para obtener ideas prácticas. Ore con creyentes maduros y aprenda de oírlos a ellos. Haga una lista de oración de las personas por quienes orará regularmente y escoja un lugar y tiempo para hacerlo. Aun cinco o diez minutos por día de oración fiel por los que están bajo su cuidado producirán grandes beneficios. Algo de oración es mejor que nada de oración. A medida que practica la disciplina de la oración y vea muchas y maravillosas respuestas del Señor, usted crecerá en amor y se volverá más devoto a la oración.
Al igual que los discípulos, podemos pedir a nuestro Señor que nos enseñe a orar (Lucas 11:1), y luego obedecer fielmente los mandamientos de la Escritura de orar en todo momento con perseverancia, por todos los santos (Efesios 6:18).

 

Alimenta las almas hambrientas

“¿Me amas?…Apacienta mis ovejas”.
Juan 21:17


Los buenos pastores aman a sus ovejas y no escatiman esfuerzos cuando las están guiando a los verdes pastos y aguas de reposo. Para el pastor negligente, cualquier pastura y pozo de agua bastará. En el Antiguo Testamento, Dios tenía palabras fuertes para los pastores negligentes. En Ezequiel, Dios condenó a los líderes de Israel por ser descuidados en alimentar a su pueblo (Ezequiel 34:2). En Oseas, los sacerdotes fracasaron en enseñar la ley de Dios, por lo tanto Dios clamó: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6). Pero un día, Dios promete a Israel: “y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia” (Jeremías 3:15).
Jesucristo es el Buen Pastor. Un pastor según el propio corazón de Dios, que entregó su vida alimentando a las personas con la Palabra de Dios. Por lo tanto le llamaron “Maestro”. Aun ahora, desde el cielo, Jesucristo da dones espirituales para capacitar a aquéllos que alimentan su rebaño (Efesios 4:11–16). Debido a que ama a su pueblo, él quiere que tengan sus palabras nutritivas, “las palabras de vida” (Juan 6:63, 68), de modo que puedan crecer hasta la madurez y se reproduzcan ellos mismos. De la misma manera, los líderes y maestros que aman dedicarán sus vidas para alimentar el rebaño de Dios.


El amor enseña y fortalece

Cuando vemos imágenes de niños demacrados y hambrientos, nuestros corazones se apenan y queremos ayudarles. Así también, nuestros corazones deberían apenarse cuando vemos al pueblo de Dios demacrado y hambriento espiritualmente, debido al hambre por la Palabra de Dios. Quisiéramos actuar en forma inmediata porque el amor siempre busca proveer para las necesidades de los seres queridos y la necesidad más grande que tienen las personas es de la Palabra de Dios. El Señor mismo dice: “No solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre” (Deuteronomio 8:3). La Palabra de Dios provee el mensaje de salvación eterna y las pautas para la vida cristiana (2 Timoteo 3:15–17).
El amor por las personas nos impulsa a predicar y enseñar la Palabra de Dios. Nos da el poder para esforzarnos en leer, estudiar y prepararnos para enseñar. Nos inspira a sacrificar nuestro tiempo para enseñar individualmente a cada uno, en grupos pequeños, o en grandes reuniones congregacionales. Nos da el deseo de enseñar a todas las personas, jóvenes o viejos, educados o iletrados. El amor no puede soportar ver a seres queridos en pobreza espiritual, pasando hambre por la Palabra de Dios, y dejados en la ignorancia.
El pueblo de Dios necesita alimento y nutrición espiritual para crecer y reproducirse. Por eso es que Pablo le dice a Timoteo que haga que la enseñanza de la Escritura sea central a su ministerio: “Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza (basada en la Escritura)” (1 Timoteo 4:13). El comentarista William Mounce declara precisamente: “El liderazgo en la iglesia apostólica estaba mayormente basado en la enseñanza apropiada”.
Bernabé era un ejemplo maravilloso de un líder amoroso con una pasión por edificar a otros mediante la Escritura. Los primeros cristianos lo llamaban “hijo de consolación” (Hechos 4:36). Por la Palabra del Señor, Bernabé levantaba los espíritus de las personas. Fortalecía y desafiaba la fe de ellos. Inspiraba valentía y compromiso hacia Cristo (Hechos 11:23). Educaba a nuevos creyentes en Cristo (Hechos 11:26; 13:1). Su amor por la enseñanza del evangelio le impulsó a buscar a Pablo en la ciudad de Tarso y traerlo a Antioquía para que la nueva iglesia allí tuviera la mejor instrucción posible. Juntos, Pablo y Bernabé, podían enseñar la palabra y edificar un rebaño maduro y sano.
Un Bernabé de nuestro tiempo es Robert Chapman, quien dejó su profesión de asesor jurídico para convertirse en pastor de una pequeña iglesia Bautista con problemas en Barnstaple, Inglaterra. A pesar de sus excelentes relaciones con las personas, pastorear la iglesia sería sin dudas una tarea desafiante. Para empezar, tenía que enfrentar diferencias doctrinales potencialmente explosivas entre él mismo y la congregación.
Es notable que la Capilla Ebenezer lo invitara para ser su pastor, puesto que él nunca había sido bautista y no compartía muchos de los estrictos puntos de vista de la iglesia. Dadas las tensiones doctrinales entre Robert Chapman y la iglesia, la situación en la Capilla Ebenezer parecía destinada al fracaso. Era probable que él fuese el cuarto pastor que se fuera en menos de dos años.
Pero eso no sucedió. Robert Chapman creía firmemente que a menos que tuviera la libertad de enseñar la Palabra de Dios, no podía haber un ministerio para él en la Capilla Ebenezer. Por lo tanto, él sabiamente estableció una condición no negociable antes de aceptar el pastorado en Ebenezer. La condición la explica mejor Chapman personalmente:

Cuando me invitaron a salir de Londres e ir a ministrar la Palabra de Dios en la Capilla Ebenezer, entonces ocupada por una comunidad de bautistas estrictos, consentí en hacerlo, mencionando una condición solamente, que yo tendría la libertad de enseñar todo lo que encontrara escrito en las Escrituras.

Para su satisfacción, las personas estuvieron de acuerdo con esta condición y Robert Chapman comenzó su ministerio que duró sesenta años en Barnstaple. Gradualmente la iglesia cambió bajo la enseñanza bíblica franca y consecuente. Con el paso de los años, se volvió una congregación de creyentes maduros e influyentes, que fundaron muchas iglesias y tuvieron un amplio alcance misionero en España, India y China.
El amor demanda que nosotros satisfagamos las necesidades básicas de las personas de oír la Palabra de Dios (Deuteronomio 8:3). ¡Qué fracaso colosal es que los pastores de una iglesia hagan todo excepto alimentar el rebaño de Dios! La Biblia es el alimento de los creyentes. La nutrición continua mediante la leche y la carne de la Palabra de Dios es lo que ellos necesitan para protección y crecimiento. Los líderes y maestros que aman trabajarán diligentemente para satisfacer esa necesidad.


El amor hace maestros más eficaces

El amor no sólo motiva a los líderes a enseñar, sino que los hace más eficaces en la enseñanza. Los buenos maestros necesitan una buena relación de cuidado con sus estudiantes, un afectuoso carácter y personalidad, y una pasión por sus intereses.


El amor por los estudiantes

Howard Hendricks, profesor de Educación Cristiana en el Seminario Teológico de Dallas, Texas, y conferencista popular, ha enseñado a miles de personas a mejorar su enseñanza. El cuenta la historia de su maestro de Escuela Dominical llamado Walt.
Walt amaba a los niños y amaba la Palabra de Dios. En un medio ambiente peligroso de la ciudad, caminaba por las calles buscando muchachos sin iglesia para invitarlos a su clase de Escuela Dominical. Con el tiempo, Walt estaba llevando trece muchachos del vecindario a su clase. La mayoría de estos jóvenes recibieron a Cristo, y once de ellos eventualmente entraron al ministerio cristiano de tiempo completo. Uno de ellos era Howard Hendricks. Walt no era un gigante intelectual, no tenía una personalidad particularmente atractiva; entonces ¿qué era lo que había en él que alcanzó a esos muchachos y los impactó para la eternidad? Hendricks dice: “En realidad, no puedo comentar mucho de lo que Walt nos decía, pero le puedo decir todo acerca de él… porque él me amaba por amor a Cristo. Me amaba más que lo que me amaron mis padres”.
Los buenos maestros aman a sus estudiantes y se entregan a sí mismos denodadamente a la educación de ellos. Cuidan de sus estudiantes. Los respetan y valoran. Los conocen y los entienden. Los maestros que aman están dedicados a la educación de sus estudiantes. Al igual que Pablo, ellos pueden decir: “Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos” (1 Tesalonicenses 2:8).
Los educadores evangélicos concuerdan en que el amor y el respeto por los estudiantes es esencial en la instrucción que cambia vidas:

No existe un substituto para el amor de un maestro por sus estudiantes… Enseñar es mucho más que comunicar contenido; también exige comunicar un interés personal genuino por cada estudiante así como amor por cada uno de ellos.


Una disposición afectuosa

Los buenos maestros deben tener buena relación con sus estudiantes. Para hacer esto, deben ser la clase de personas que aman descritas en 1 Corintios 13:4–7. Las personas responden positivamente a los maestros que muestran las características del amor semejante a Cristo.
Humildes. En la universidad yo tenía un maestro cristiano que regularmente alardeaba en la clase acerca de su conocimiento avanzado y de sus publicaciones prestigiosas. Era inteligente y un buen conferencista, pero no era un maestro semejante a Cristo. Más bien, era arrogante y jactancioso; el tono de su voz era condescendiente, estaba lleno de sí mismo más bien que del Espíritu Santo, trataba de impresionar más bien que edificar. Era como un “metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13:1).
En contraste, el Señor Jesucristo dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Todos los que oyeron a Jesús enseñar sabían que él no era como los otros maestros. El hablaba con absoluta autoridad, pero con humildad y gracia, sin arrogancia. Como resultado, las personas de todos los niveles de la sociedad fueron atraídos a él: hombres y mujeres, ricos y pobres, educados y analfabetos, sanos y enfermos, religiosos y no religiosos; hasta los proscritos de la sociedad eran bienvenidos y disfrutaban de aprender de sus magnánimas palabras.
El amor nos hace mejores maestros porque nos hace humildes y modestos. El amor nos hace siervos de nuestros estudiantes, no gobernadores de ellos. El amor está dispuesto a aceptar corrección, a cambiar, a mejorar y admitir equivocaciones. El amor nos ayuda a darnos cuenta de que no sabemos todas las cosas. Al igual que Pablo, debemos confesar: “Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos” y “pero ahora vemos por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:9–12).
El amor requiere que nos guardemos contra el orgullo en el púlpito y en el aula. “El orgullo repele, la humildad atrae… La eficacia en la enseñanza requiere humildad en la actitud”. Un espíritu humilde nos hace mejores representantes de Jesucristo y su doctrina y hace a las personas más receptivas a nuestra enseñanza. Como John Oman advierte: “a menos que el púlpito sea el lugar donde el predicador es el más humilde en dar el mensaje de Dios, será ciertamente el lugar donde sea el más vano en dar su propio mensaje”.6
Paciente y amable. En una clase de estudiantes universitarios que se preparaban para ser maestros, los estudiantes incluyeron en la lista de las cualidades más importante de un buen maestro “amor y paciencia para los alumnos”. El amor capacita a los maestros para ser pacientes y amables (1 Corintios 13:4), para soportar con paciencia a las personas difíciles —aun a los que se oponen (2 Timoteo 2:24–26), y los problemáticos como los testarudos corintios. Los maestros que aman se esmeran en ayudar a los que son lentos para aprender. Buscan atraer a los desinteresados. Demuestran cuidado y comprensión por las necesidades especiales de algunos.
La Biblia es difícil de entender y retener para la mayoría de las personas (2 Pedro 3:15–16); por lo tanto los maestros necesitan ser muy pacientes. Muchas de las grandes doctrinas que creemos y enseñamos sólo se aprenden con el paso de los años —efectivamente, toda una vida— se aprende línea por línea, precepto sobre precepto (Isaías 28:10, 13). Además, nuevas personas vienen a nuestras iglesias o estudios bíblicos con deficiencias o errores doctrinales. Si no somos pacientes y bondadosos al tratar con ellos, los ahuyentaremos antes de que tengamos la oportunidad de enseñarles.
Como maestros, debemos razonar con las personas y persuadirlas. Si les hablamos con amabilidad, paciencia y bondad, tendremos más probabilidades de convencerlas con la verdad. Por otra parte, rechazarán las actitudes dogmáticas y ásperas, haciendo que nuestra enseñanza sea ineficaz e infructuosa (2 Pedro 1:8).
Tierno y compasivo. Cuando Jesús vio las multitudes, “tuvo compasión de ellos… y comenzó a enseñarles muchas cosas” (Marcos 6:34). Los maestros que aman, como Pablo, tratan a las personas con ternura y compasión. Pablo se comparaba a sí mismo “con la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos” (1 Tesalonicenses 2:7).
Wilson Thomas Hogg, primer presidente del Greenville College, comenta sobre la importancia de hablar la verdad con ternura y amor:

La ternura ganará corazones tan endurecidos que ninguna otra cosa podría moverlos. La verdad hablada con amor va directamente al corazón del oyente y motiva una reacción amable… Vence el prejuicio y la dureza… Neutraliza y gana donde el argumento más lógico, la advertencia más terrible y la amenaza más severa no producirían una mayor impresión que la caída del rocío sobre un bloque de granito.

Me di cuenta cabal de la verdad de la declaración de Wilson Hogg cuando me bautizaron. Invité a un viejo amigo para que presenciara mi bautismo y para que oyera a un predicador misionero. El misionero era un irlandés que había servido muchos años en Angola, Africa. Mi amigo era un incrédulo endurecido que vino sólo porque yo se lo pedí. Había oído sermones del evangelio antes, y yo le había hablado muchas veces del evangelio, sin ninguna respuesta. Pero después de oír hablar al misionero, preguntó: “¿Quién es este hombre? Nunca he oído a un predicador tan amable y sincero. Me gustaría conocerlo”. Dicha reacción era completamente inusual en mi amigo. Lo que produjo tal reacción en ese pecador desinteresado fue que, al igual que Jesús, el misionero fue “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29).
Lento para la ira. El amor no se irrita o enoja fácilmente por un desacuerdo u oposición (1 Corintios 13:5). Los buenos maestros son accesibles y siempre dispuestos a concedernos tiempo para hablar; no se irritan, ni son rápidos para discutir con aquéllos que no están de acuerdo con ellos.
La manera en que enseñamos es tan importante como lo que enseñamos. No debemos perder la paciencia, regañar a los estudiantes, gritarles o tratar de vengarnos si nos ofenden. Si lo hacemos le damos lugar al diablo para que arruine nuestro ministerio de enseñanza (Efesios 4:26–27). En vez de ayudar a nuestros estudiantes los lastimamos con nuestro enojo y perdemos nuestra credibilidad. Los predicadores y maestros enojadizos crean temor y apagan el deseo de aprender, especialmente en los niños y adolescentes.
Agradable. Los maestros y líderes que aman no son rudos ni de mal carácter (1 Corintios 13:5). Ellos no avergüenzan a la gente en público, ni los interrumpen, insultan o maltratan. No abusan de su autoridad ni intimidan a las personas. Ellos son cuidadosos en la forma en que hablan y se visten propia y decorosamente, particularmente frente a miembros del sexo opuesto. Son corteses y de buenos modales. Reconocen el valor del tiempo y esfuerzo de las personas.
Balanceando verdad y amor. El ser compasivo y de corazón tierno no significa que debemos comprometer la verdad. ¡Nunca! Siempre debe mantenerse el balance bíblico entre la verdad y el amor. No deben ser separados (1 Corintios 13:1–; Efesios 4:14–16; 2 Juan 3). John Stott ofrece una clara observación sobre el balance correcto:

Algunos líderes son campeones de la verdad y están ansiosos de pelear por ella. Otros son grandes defensores del amor, pero no tienen el mismo compromiso con la verdad, como lo tuvieron Jesucristo y sus apóstoles. La verdad es dura si no es suavizada por el amor, y el amor es blando si no es fortalecido con la verdad.

Ya sea que estemos defendiendo, proclamando, instruyendo o compartiendo informalmente verdades divinas con otros, siempre debemos envolverlas con amor. Debemos siempre hablar: “la verdad en amor” (Efesios 4:15). A Timoteo, un verdadero hijo en la fe, Pablo escribe: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 1:13).

Por lo tanto, vemos que “la enseñanza ortodoxa de Timoteo debía ir acompañada y respaldada por una genuina forma de vida cristiana que involucra fe en Dios y amor a los demás”, como Howard Marshall lo expone.


El amor por estudiar y comunicar la Palabra de Dios

El “primero y grande mandamiento” (Mateo 22:38) es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Este amor por Dios produce amor por el estudio de su Palabra y nos motiva a mejorar nuestra capacidad para comunicarla. El amor por la palabra de Dios enciende el fuego en el corazón para continuar estudiándola siempre.
Adquiriendo pericia en la Palabra de Dios. A los buenos maestros les encanta el tema y continúan aprendiendo. John Stott escribe: “No hay duda que los mejores maestros en cualquier campo del conocimiento son los que siguen siendo estudiantes toda la vida.”
Un extraordinario ejemplo de un estudiante de la Escritura durante toda su vida es un anciano de noventa y siete años quien enseña a los ancianos de nuestra iglesia. Todavía le encanta leer, estudiar y enseñar la Palabra. Siempre que estoy con él, habla de las Escrituras y de los comentaristas que ha leído. Jamás debemos pensar de nosotros mismos de que somos demasiado ancianos para leer o crecer.
El amor por el Señor y su Palabra nos hace estudiantes para toda la vida y aprendices sedientos. Con su percepción acostumbrada, Charles Spurgeon advierte que es una tragedia cuando un maestro pierde el deseo de aprender y estudiar:

Todos tenemos la gran necesidad de estudiar asiduamente si nuestro ministerio ha de ser bueno para algo… El que ha cesado de aprender ha cesado de enseñar. El que no siembra más en el estudio no cosechará más en el púlpito.

Howard Hendricks simplemente advierte: “Si uno deja de crecer hoy, dejará de enseñar mañana”.
Paul Stanley y Robert Clinton, en su obra Connecting: The Mentoring Relationships You Need to Succeed in Life (Conectando: Las relaciones de mentor que usted necesita para tener éxito en la vida), dice que una de las principales razones por las que muchos líderes y maestros cristianos no terminan sus vidas sirviendo a Cristo eficazmente es que en algún momento dejan de crecer en el conocimiento y en el amor por Cristo.

Hemos observado que la mayoría de las personas dejan de aprender a la edad de cuarenta años. Con eso queremos decir que ellos ya no persiguen asiduamente el conocimiento, entendimiento y la experiencia que realzará su capacidad para crecer y contribuir a favor de otros. La mayoría simplemente descansa en lo que ya saben. Pero los que terminan bien mantienen una actitud positiva de aprender toda su vida.
Muchas personas, particularmente los líderes, llegan a una meseta. Se vuelven satisfechos en donde están y con lo que ellos saben. Esto a menudo ocurre después que logran lo suficiente para sentirse cómodos o pueden mantener un futuro relativamente seguro y predecible. Pero esto contradice el principio bíblico de la mayordomía.

A la luz de esta tendencia natural, el encargo de Pablo a Timoteo, después de decirle que se dedique personalmente a enseñar, merece repetirse:

Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:15–16).

Cuando perdemos nuestro celo por el conocimiento, perdemos nuestro celo por enseñar. Cuando dejamos de crecer, dejamos de influir en otros. Cuando no estamos emocionados por la Escritura, no emocionamos a otros. Si esperamos desafiar corazones y mentes, debemos ser desafiados también nosotros. No podemos influenciar a las personas para Dios si no estamos aprendiendo, cambiando y creciendo. Los maestros que aman a Dios y aman el estudio de su Palabra reproducen este amor en otros.
Cómo crecer en la capacidad de comunicar eficazmente. El amor por el pueblo de Dios y su Palabra nos impulsa a mejorar continuamente nuestras capacidades de comunicación de modo que podamos exponer más eficazmente la verdad. Howard Hendricks advierte:

Si usted va a aburrir a las personas, no las aburra con el Evangelio. Abúrralos con cálculos, abúrralos con la ciencia de la tierra, abúrralos con la historia del mundo. Pero es un pecado aburrir a las personas con el Evangelio.

Naturalmente, hay muy pocos grandes predicadores y maestros. La mayoría de nosotros somos maestros promedio que continuamente necesitamos mejorar nuestras capacidades y conocimientos. Sin embargo, la tentación es de estar satisfechos con nuestro nivel actual de competencia y productividad. No obstante, si amamos a las personas y a las Sagradas Escrituras nunca vamos a querer dejar de luchar por el mejoramiento.
John MacArthur Jr., ha estado enseñando la Biblia a través de varios medios a grandes audiencias durante casi cuarenta años. En todo este tiempo él no se ha cansado, sino que es más elocuente que cuando comenzó. El amor por la Palabra de Dios y el amor hacia sus oyentes motiva su compromiso por la excelencia.


Cómo comenzar

Las ovejas son casi incapaces de alimentarse adecuadamente o de calmar su sed por sí mismas. Sin un pastor, pronto estarían sin alimento y sin agua y se morirían de hambre o de sed. Por lo tanto, como autor y pastor Charles Jefferson nos recuerda que: Todo depende de la alimentación apropiada de las ovejas.

A menos que se las alimente con sabiduría, se vuelven demacradas y se enferman, y la riqueza invertida en ellas es malgastada. Cuando Ezequiel presenta un cuadro del mal pastor, el primer trazo del pincel es: “él no alimenta al rebaño”.

Aquí hay unas cuantas ideas para ayudarle a mejorar su enseñanza. Primero, si usted forma parte del equipo de liderazgo responsable de dirigir y enseñar a personas, establezca una clara filosofía bíblica de enseñar y predicar las Escrituras. Asimismo, evalúe regularmente su ministerio de enseñanza y haga un plan para el futuro. Asegúrese de que el contenido de su enseñanza sea bíblico, desafiante, aplicable y relevante para las personas. No deje que se vuelva fortuito o ineficaz. Sea capaz de decir como Pablo “porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27). Las ovejas sufrirán si usted descuida este deber esencial.
Segundo, para mejorar su enseñanza, escuche la enseñanza expositora de excelentes predicadores y maestros, y haga que las cintas o CDs estén disponibles para otros. Esto me ha ayudado inmensamente en mi andar con el Señor así también en mi predicación.
Cuando escucho a los predicadores más grandes del mundo, ellos enriquecen mi alma y demuestran cómo aplicar la Palabra de Dios a las vidas de las personas. Me ayudan a pensar en las formas de ilustrar conceptos difíciles, ser relevante, organizar un pasaje de la Escritura y a predicar el material con poder y vitalidad espiritual.
Tercero, siempre siga recopilando una biblioteca de estudios bíblicos como herramientas y ayuda para estudiar las Escrituras. Como es lógico, la cosa más importante es tener una buena Biblia. También va a necesitar una buena concordancia, diccionarios bíblicos, comentarios de calidad, y otros recursos. Hay buenos programas electrónicos así como una cantidad cada vez mayor de herramientas para estudios bíblicos disponibles en páginas de la internet sin costo alguno.
Cuarto, hay muchos libros y otros materiales disponibles para ayudarle a mejorar su predicación y enseñanza. Llame a un seminario o colegio bíblico y pídale sugerencias al profesor de homilética. Use estos materiales y téngalos disponibles para otras personas en su iglesia. Si es posible, tome un curso sobre homilética. Aun si usted ha asistido a una escuela o seminario bíblico, nunca deje de crecer en su necesidad de ideas frescas o de mejorar su predicación de la verdad. Ver a sus líderes y maestros crecer es muy alentador para las personas y los alienta a crecer también.
Quinto, escúchese usted mismo. Aun los mejores predicadores involuntariamente caen en malos hábitos. Escuchándose a sí mismo en cinta magnetofónica, o mejor aún, mirándose en video, puede ayudarle a corregir hábitos molestos que estorban la comunicación. No se preocupe si esta práctica pudiera causarle orgullo; ¡definitivamente lo mantendrá humilde! Aun los mejores maestros necesitan mejorar sus habilidades.
Sexto, permita que una persona de su confianza evalúe su enseñanza y predicación. No deje que otros en su audiencia sepan que usted está haciendo esto, porque los distraerá de escuchar el contenido de su enseñanza. Mi esposa ha sido uno de mis mejores críticos, y no ha arruinado nuestro matrimonio todavía.
Finalmente, los maestros y predicadores necesitan “abundar en amor” si han de ser fructíferos en su trabajo. Charles Spurgeon dice:

Seguramente, debemos abundar en amor. Es cosa dura para algunos predicadores saturar y perfumar sus sermones con amor; pero la naturaleza de ellos es dura, o fría, o egoísta. Ninguno de nosotros somos todo lo que debiéramos ser, pero algunos están especialmente heridos de pobreza en el aspecto del amor. A ellos “naturalmente no les importan” las almas de los hombres, como dice el apóstol Pablo. A todos, pero especialmente a los de clase más dura, yo les diría: sean dos veces más vehementes en cuanto a la caridad santa, porque sin esto usted no será más que metal que resuena o címbalo que retiñe. El amor es poder del Espíritu Santo, en su mayor parte, obra por nuestro afecto. Ame a los hombres para Cristo; la fe puede mucho, pero el amor es el instrumento real por el cual la fe realiza sus deseos en el nombre del Señor. Y estoy seguro que, hasta que nosotros amemos sinceramente nuestro trabajo, y amemos a las personas con quienes estamos trabajando, no realizaremos mucho.

 

Protege y reprende a los seres queridos

“Yo reprendo… a los que amo…”
Apocalipsis 3:19


Imaginemos a un padre que afirma amar a sus hijos pero no hace nada para impedir que se vuelvan drogadictos o prostitutas. O imaginemos ver a un hermano en Cristo caminando solo directamente hacia arenas movedizas, pero usted no le dice nada y se aleja en silencio. Esto no es amor genuino; es apatía. No es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; no es amar como Jesús amó. No obstante así es como somos nosotros cuando rehusamos corregir a un creyente rebelde, a fin de reprobar su conducta pecaminosa, o para advertir a otros sobre los falsos maestros.
La Biblia dice que todos nosotros somos como ovejas: sin la protección de un buen pastor nos descarriamos fácilmente. Necesitamos pastores, en cada nivel de la iglesia, quienes darán su vida para proteger al rebaño de los lobos salvajes y otros peligros.


Jesús confrontó a lobos vestidos de ovejas

Como Buen Pastor, Jesús repetidas veces advirtió a su rebaño acerca de la influencia mortal de los falsos maestros. Muchas personas, incluyendo los discípulos de Jesús, pensaban que los fariseos y escribas eran verdaderos maestros de la ley y hombres piadosos. Pero no lo eran. Eran lobos hambrientos que devoraban el rebaño. En su celo religioso, iban mucho más allá del Antiguo Testamento instituyendo miles de rituales ceremoniosos y tradiciones inventadas por los hombres que hacían la vida casi inaguantable para el pueblo. Se exaltaban a sí mismos y estaban llenos de fariseísmo. Lo peor de todo, es que estorbaban a las personas para que no conocieran y amaran a Dios.
Por consiguiente, Jesús advirtió severamente a sus discípulos: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:15–16). Con indignación moral perfecta, Jesús identificó sus perniciosas doctrinas y falsa piedad, exponiéndolos públicamente por lo que realmente eran:

• Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres (Mateo 23:13).
• ¡Ay de vosotros, guías ciegos…! (Mateo 23:16).
• Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad (Mateo 23:28).
• ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno? (Mateo 23:33).
• Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición… invalidando la Palabra de Dios con vuestra tradición (Marcos 7:9, 13).
• Guardaos de los escribas, … que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones… (Lucas 20:46–47).

Jesús les dice a sus discípulos que los fariseos recibirán “mayor condenación” como maestros que han guiado mal y devorado a los indefensos (Lucas 20:46–47).
La tremenda reacción de Jesús contra los fariseos y escribas no suena muy afectuosa ni tolerante, y algunas personas no pueden imaginarse a Jesús desplegando una indignación moral o expresando una fuerte condenación. Pero eso es porque ellos entienden mal quién es Jesucristo. Su denuncia a los fariseos y escribas fue la expresión de un Dios justo y del juicio equitativo sobre ellos. El Dios de la Biblia no sólo es un Dios de amor sino también un Dios de ira y santo juicio. El amor divino puede ser tierno así como severo (Romanos 11:22).
Jesús no era un profeta descuidado y malhumorado. El lloró cuando Jerusalén rechazó su tierna invitación de acudir a él para la salvación (Mateo 23:37; Lucas 19:41). Se lamentó por la endurecida incredulidad del pueblo y sus líderes. Jesús es el verdadero profeta y maestro que arriesga su vida para advertir del peligro. Es el vigía sobre el muro de la ciudad que clama para proteger la ciudad de los invasores. Es el valiente protector que ahuyenta al lobo, al león o al oso, porque él ama a sus ovejas. Jesús declara: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11).
Cuando los maestros y líderes de la iglesia rehúsan advertir al rebaño sobre los falsos maestros, esto es un descuido definitivo del deber, que resultará en que el rebaño sea devorado (Hechos 20:28–31). Imaginemos a un pastor que evita proteger al rebaño de los lobos porque es un trabajo peligroso y desagradable. ¡Qué pensamiento más ridículo! No obstante, hay iglesias que creen en la Biblia pero que están tan extremadamente preocupadas por no ofender a alguien, debido al deseo de aumentar sus congregaciones, que no advierten a las personas sobre los falsos maestros. Están dispuestas a dejar a las ovejas vulnerables e indefensas contra las artimañas del enemigo.


Jesús reprende a sus discípulos

A veces era necesario que Jesús reprendiera a sus discípulos por su incredulidad y falta de entendimiento. Pero Jesús no era un tirano frío y abusivo; él era un maestro cariñoso, “lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Jesús nunca denunció a sus verdaderos discípulos como lo hizo con los falsos maestros de Israel.
En realidad, Jesús era extraordinariamente paciente y amable con sus discípulos tardos en aprender. Les lavó los pies, les sirvió y les enseñó. Cuidó de ellos y los amó, aun cuando ellos lo abandonaron durante su hora de crisis. Como el evangelio de Juan declara: “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Y al final, murió por ellos.
A. B. Bruce, en su obra monumental The Training of the Twelve (El adiestramiento de los doce), nos recuerda de cuánto los discípulos tuvieron que olvidar y aprender en menos de tres años. Sólo un maestro y líder sumamente especializado como Jesús podía haber realizado lo que él hizo con los doce.

Pero al tiempo del llamado de los discípulos, ellos eran extremadamente ignorantes, de mirada estrecha, supersticiosos, llenos de prejuicios judíos, ideas equivocadas y animosidades. Tenían mucho que olvidar de lo que era malo, así como también mucho que aprender de lo que era bueno, y eran lentos para aprender y para olvidar. Las viejas creencias ya en posesión de sus mentes, hacían la comunicación de las nuevas ideas religiosas una tarea difícil. Hombres de corazón bueno y honesto, el suelo de su naturaleza espiritual, era adecuado para producir una cosecha abundante; pero era duro, y necesitaba mucho cultivo laborioso antes de que pudiera producir su fruto.

Nosotros también tenemos que corregir y reprender a los que discipulamos y dirigimos, pero siempre con amor y paciencia. La reprensión apropiada puede cambiar o salvar una vida. Tenemos que creer en esto o no lo haremos.


Pablo rechazó a los lobos

Cuando los lobos atacaban al rebaño de Cristo, Pablo se volvía un león inflexible. Estaba preparado para pelear y para morir por la iglesia y la pureza del mensaje del evangelio. (Para evidencia de esto, ver el libro de Gálatas). Dondequiera que predicó el evangelio y fundó iglesias, los falsos maestros pronto aparecían para contradecir el mensaje de la cruz.
Al igual que Jesucristo, Pablo no suena muy cariñoso ni tolerante respecto de estos falsos maestros. De cualquiera que predica “un evangelio diferente”, él dice “sea anatema” (Gálatas 1:10). Llama a los falsos maestros engañadores, hipócritas, destructores, obreros impíos y perros. Y eso es lo que son. Se disfrazan como maestros de Cristo cuando en realidad son agentes de Satanás.

Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño, si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia (2 Corintios 11:13–15).

Las solemnes advertencias de Pablo son solemnes advertencias de Dios. La intolerancia de Pablo sobre los falsos maestros representa la intolerancia de Dios sobre los falsos maestros. Los clamores de Pablo son los de un padre cariñoso que cuida y protege a sus hijos del engaño. El suyo es un celo piadoso por preservar la pureza de sus amados convertidos en la fe:

Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo. Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo (2 Corintios 11:2–3).

Usando el cuadro del Antiguo Testamento de un vigía sobre el muro de una ciudad, quien era responsable de la sangre de los que morían si él fracasaba en advertir al pueblo de invasores foráneos, Pablo dice: “Por tanto, yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios” (Hechos 20:26–27).
Juan, Santiago, Pedro, Judas y el escritor de Hebreos también dan fuertes advertencias acerca del peligro de ser engañado por un falso evangelio o creer en un Cristo falso.


Pablo advirtió y reprendió a los creyentes

Pablo no sólo advirtió sobre los falsos maestros, sino también protegió a las iglesias de contiendas y de volver al comportamiento pagano sexualmente inmoral. Por lo tanto, sus cartas están llenas de exhortaciones y admoniciones.
Con los corintios, Pablo a veces usa palabras severas. La razón por dicho lenguaje es que ellos estaban actuando más como paganos sabios en las cosas del mundo que obedientes seguidores de Jesucristo. “No obstante, estas duras reprensiones o severas advertencias no eran inconsecuentes con su amor. Ellas surgían de su amor”
Todos los líderes espirituales tienen el solemne deber de amonestar a quienes ellos guían (1 Tesalonicenses 5:12). Pablo le dice a Tito “exhorta y reprende con toda autoridad” (Tito 2:15), y a veces “repréndelos… duramente” (Tito 1:13). Pablo le encarga a Timoteo “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2).
A veces los pastores tienen que reprender no a las ovejas sino a los líderes y maestros. De los ancianos que pecan, Pablo encarga a Timoteo y a la iglesia: “repréndelos delante de todos, para que los demás también teman” (1 Timoteo 5:20). En una ocasión, en la iglesia de Antioquía, Pablo reprendió severamente a Pedro y a su propio colega Bernabé por comprometer el evangelio y poner en peligro la unidad de la iglesia. Pedro, Bernabé y otros creyentes judíos habían dejado de comer con sus hermanos y hermanas gentiles para apaciguar a los creyentes judíos de Jerusalén (Gálatas 2:11–14). Anticipando el efecto desastroso de la hipocresía de Pedro si los dejaban sin desafiar por cierta cantidad de tiempo, Pablo confrontó a su hermano en Cristo. Pablo entendió que no era un momento para la paciente tolerancia sino para adoptar una acción inmediata y una posición fuerte e intransigente.

Advertir del peligro, corregir la conducta rebelde y reprender el pecado, son todos aspectos involucrados en la tarea de guiar con amor. Como Anthony Thiselton lo expresa: “Lo opuesto del amor no es corrección sino indiferencia”. Como líderes cristianos se nos requerirá amonestar y reprender. En realidad, una buena cantidad de tiempo puede usarse haciendo este trabajo. Es un aspecto importante del ministerio no ser negligente, porque es usado por Dios para rescatar a personas del pecado y el engaño. Nunca sabremos hasta que lleguemos al cielo, el alcance total del bien que hayamos hecho por otros en reprenderlos acerca del pecado o advertirles acerca de la falsa doctrina.
Cuando yo era joven y ayudaba en el ministerio de alcanzar a jóvenes adolescentes, traté de confrontar a uno de estos jóvenes cristianos acerca de su uso de las drogas. Cuando no tuve éxito, fui a sus padres. Esto condujo a un año de amargas peleas y falsas acusaciones contra mí, lo que resultó en que me despidieran como a uno de los líderes de los jóvenes. Los padres, influyentes en la comunidad de la iglesia, habían creído en las excusas y mentiras de su hijo. Esta fue una dolorosa experiencia. Unos años después, el joven vino al arrepentimiento sobre su uso de las drogas y confesó a sus padres las mentiras que les había dicho contra mí y otros que habían tratado de ayudarle. Luego se disculpó ante todos los que él había ofendido. Después me agradeció por quererlo lo suficiente como para confrontarlo acerca de su adicción a las drogas. Desde ese tiempo, hemos tenido una buena relación y he sido un consejero y amigo de él.
Todos nosotros, naturalmente, queremos evitar encuentros desagradables, pero dichas confrontaciones, aunque duras, pueden literalmente salvar la vida de los que amamos. “Yo reprendo y castigo a todos los que amo”, dijo el Señor Jesús (Apocalipsis 3:19).


Cómo advertir y reprender con amor

Cuando es necesario reprender a alguien, debe hacerse con amor y sabiduría en el poder del Espíritu Santo. La Escritura nos dice que Pablo, aunque estaba preparado para usar una “vara” de disciplina, prefería tratar a sus convertidos “con amor y espíritu de mansedumbre” (1 Corintios 4:21). Trata a las personas con gentileza, humildad, bondad, paciencia y amor (2 Corintios 6:3–13; 10:1) y advierte con “lágrimas” (Hechos 20:31). El no enseñorea su autoridad sobre los demás, sino que obra con ellos, ayudándolos a estar firmes en su fe (2 Corintios 1:24). Las cartas de Pablo demuestran una diplomacia y tacto magistrales. Es severo y amenazador sólo cuando no hay otra opción. No obstante, aun así no puede dejar de derramar su corazón en las más tiernas expresiones de cariño que se encuentran en el Nuevo Testamento.
La forma en que nosotros como líderes advertimos y corregimos a otros es crucial. Los pecadores que reprenden a pecadores es siempre una obra que debe hacerse con amor (1 Corintios 16:14). Amonestar, corregir y reprender sin amor sólo herirá a las personas. Pero cuando se hace con amor, una reprensión puede ser recibida de buena gana y la vida de la persona puede ser cambiada para bien. Por lo tanto, considere estos principios básicos al confrontar y reprender con amor.


Controle sus actitudes, especialmente el enojo

A un líder bien conocido de una organización de discipulado mundial le preguntaron cuál era su principal trabajo como jefe de dicha organización. Respondió: “Controlar las actitudes”. Aunque él quiso decir controlar las actitudes de todos dentro de la organización, podemos aprender de sus palabras. Antes de confrontar a cualquier otro, debemos empezar controlando nuestra propia actitud. Esto hace toda la diferencia entre confrontación y reprensión constructiva y destructiva.
Mantenga una actitud sin orgullo, rencor o impaciencia, pero especialmente guárdese del enojo. No reprenda o corrija a nadie cuando esté enojado. Espere hasta que su enojo esté bajo el control del Espíritu Santo (Gálatas 5:15–23). William Arnot ofrece excelente consejo en este asunto:

Un hombre sabio puede ciertamente experimentar el calor del enojo, pero no hará nada hasta que se enfríe de nuevo. Cuando nuestras ropas exteriores están ardiendo, uno se envuelve en una frazada, si puede hacerlo, y así poder sofocar la llama; de manera similar, cuando en su corazón usted se ha encendido por el fuego del enojo, su primer acto es hacer que la llama se apague. Después de eso usted estará en mejores condiciones para formarse un juicio equitativo, y seguir un curso adecuado.

Debemos recordar que el amor, es no enojarse fácilmente (1 Corintios 13:5). Pero cuando uno está enojado, debe reconocer que el enojo incontrolado inflama las emociones, exagera las cuestiones, y estorba la corrección piadosa. Tiende a ser menos racional y más autojustificante. Trata con las personas ásperamente. La conversación en voz alta, amenazante, puede hacer eco en la mente de una persona para toda la vida. Por lo tanto la Biblia dice: “sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:19–20). También dice: “El hombre iracundo levanta contiendas, y el furioso muchas veces peca” (Proverbios 29:22).
Un espíritu tranquilo y autocontrolado es esencial para una confrontación eficaz, como estos versículos señalan:

• Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina (Proverbios 12:18).
• El que ahorra sus palabras tiene sabiduría; de espíritu prudente es el hombre entendido (Proverbios 17:27).
• El hombre iracundo promueve contiendas; mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla (Proverbios 15:18).
• El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad (Proverbios 14:29).

Cuando uno tiene que reprender a un creyente, el hablar con una voz amable y calmada, alivia las tensiones y hace que la reprensión sea más fácil de recibir:

• La blanda respuesta quita la ira; más la palabra áspera hace subir el furor (Proverbios 15:1).
• La lengua apacible es árbol de vida; mas la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu (Proverbios 15:4).
• Con larga paciencia se aplaca el príncipe, y la lengua blanda quebranta los huesos (Proverbios 25:15).
• Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno (Colosenses 4:6).

Si usted quiere ser un confrontador diestro, siempre controle su propia actitud primero y asegúrese de que está bajo el control del Espíritu Santo. Permanezca calmado y autocontrolado, y hable en una forma afable y cortés.


No se apresure a hacer acusaciones

A nadie le gusta ser acusado falsamente. Por lo tanto, no comience ninguna confrontación con una acusación. Su acusación puede ser injusta, puede que no tenga todos los hechos correctos y usted puede estar equivocado. Comience declarando el problema objetivamente y pidiéndole a la persona una respuesta. Un acusación es apropiada sólo después que se haya hecho una cuidadosa investigación y se haya establecido una sólida evidencia. Cuando confronte, y especialmente cuando haga acusaciones, siga la Regla de Oro: “Cualquier cosa que quiera que los otros hagan con usted, haga también usted con ellos” (Mateo 7:12). Usted no quiere que lo acusen injustamente, por lo tanto no acuse a otros.
Sea un oyente cuidadoso, haga muchas preguntas, sea cortés, no acapare la conversación, y que las personas sepan que usted trabajará arduamente por ser justo y escuchar el lado de la historia de ellos.

Como un ejemplo, Dios nos dio dos ojos, dos oídos, y sólo una boca. Muchas personas nunca aprenden la lección, la cual es que usted debiera siempre usar sus ojos y oídos dos veces más de lo que usa su boca. Otra forma de ponerlo en términos electrónicos… es que el propósito de los ojos y los oídos es programar su boca. El problema con muchas de las relaciones humanas es que hay demasiadas conversaciones no programadas.

También, en palabras de la Escritura:

• Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse (Santiago 1:19).
• Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio… Justo parece el primero que aboga por su causa; pero viene el adversario, y le descubre (Proverbios 18:13, 17).

Aun pastor le informaron que el líder de los jóvenes de la iglesia estaba bebiendo alcohol en un restaurante mientras comía con la gente joven en una función oficial de la iglesia. Los padres oyeron esta historia y demandaron que el líder de los jóvenes fuera removido inmediatamente de su cargo o ellos se irían de la iglesia. El pastor convocó a los ancianos para una reunión de emergencia. Un anciano dijo que el joven debería ser disciplinado; otro demandó que se escribiera una carta para dejarlo cesante inmediatamente antes de que todos se fueran de la iglesia; otro supuso que era un alcohólico. Finalmente alguien tuvo la brillante idea de que ellos debían hablar con el líder de los jóvenes para ver lo que él tenía que decir.
Cuando lo hicieron se hizo claro de que no había sido él, sino otra persona. Cuán prontas son las personas para acusar. Cuán fácil es tratar, condenar y ejecutar a alguien sin causa adecuada.


Planifique antes de actuar

Piense antes de actuar. Piense en las palabras que va a usar antes de reprobar a alguien. Las palabras con gracia imparten bendición (Efesios 4:29), pero las palabras ásperas hacen daño. La Biblia dice que las palabras correctas sanan y las palabras equivocadas cortan como un cuchillo.

• Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina (Proverbios 12:18).
• Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos (Proverbios 16:24).
• La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos (Proverbios 18:21).
• Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno (Colosenses 4:6).

Además, escoja sabiamente el lugar y el tiempo adecuado para hablar de modo que cada persona no se avergüence frente a otras personas. “El amor no hace mal al prójimo” (Romanos 13:10). Cuando repruebe alguna conducta, no ofenda innecesariamente o avergüence a la persona. No sea como el hombre que coléricamente y en voz alta arremetió contra el pastor en frente de la iglesia cuando todos estaban saliendo, y desconcertó y consternó a todos los que estaban allí. Por supuesto, hay momentos apropiados para la reprensión pública, pero eso, especialmente, debe pensarse con mucho cuidado (1 Timoteo 5:20; Gálatas 2:14).


Responda con paciencia y doctrina

La Biblia declara que la admonición, reprensión y exhortación han de hacerse “con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2). Tratar con un persistente error doctrinal o conducta pecadora es siempre un trabajo difícil, y por lo tanto demanda “una paciencia completa”. El amor es paciente.
Además, según 2 Timoteo 4:2, la reprensión ha de hacerse con el uso de la Escritura. Unos cuantos versículos antes, Pablo dice que toda la Escritura es “inspirada por Dios” y es útil “para enseñar, para redargüir, para corregir” (2 Timoteo 3:16). Por lo tanto, todo lo que necesitamos para advertir y corregir a otros está provisto por Dios en su Palabra. Los escritores del Nuevo Testamento usaron las Escrituras del Antiguo Testamento para respaldar sus advertencias y enseñanzas, y nosotros deberíamos hacer lo mismo.
Recuerde que la Escritura lo puede preparar para la tarea de corregir tal como lo prepara para toda buena obra (2 Timoteo 3:17). Cuanto más conozca de la Escritura, tanto más capaz será para advertir y reprobar eficazmente en amor a los miembros descarriados.
Conozco a un hombre, que trabaja con alcohólicos. Los amonesta estudiando cuidadosamente con ellos todo lo que la Biblia dice acerca de la embriaguez, junto con los hechos biológicos acerca de ese problema. Les ayuda a ver la perspectiva de Dios y la seriedad y destructividad de la embriaguez. Su corrección no es sólo su opinión; es lo que Dios dice. La Escritura da peso a sus palabras. Su actitud quita el enfoque sobre la persona y lo coloca sobre Dios y la Escritura. El mismo enfoque puede usarse para tratar con otros vicios y adicciones.


Sea benévolo

Durante la guerra de Vietnam, se cometieron muchos errores, pero se aprendieron algunas lecciones muy buenas también. Una de esas lecciones fue la sabiduría de ganar los corazones y las mentes de miembros del Vietcong y de los soldados regulares del ejército Vietnamita, prometiéndoles que si ellos se rendían, serían tratados con equidad, bondad y generosidad. Se les prometió alimentos nutritivos, tratamiento médico, educación, buenos puestos y la oportunidad de reunirse con sus familias. El programa se llamaba Cheiu Hoy (Chiu Joy, que traducido libremente quiere decir “brazos abiertos”). Tenía la intención de alentar al enemigo para que abandonara la lucha, pero también para transformar su forma de pensar acerca del comunismo. Aunque el programa no ganó a los insurgentes comunistas fanáticos, ayudó efectivamente a transformar unos 200.000 soldados. Los comunistas tomaron seriamente el éxito de este programa de “brazos abiertos” e hicieron todo lo posible para destruirlo. Ellos temían el poder de la bondad y la generosidad, porque era más poderoso que las bombas y las balas.
El Nuevo Testamento enfatiza la necesidad de tratar a las personas con bondad, especialmente cuando se está corrigiendo un error o restaurando a un creyente caído. Ser benévolo con las personas es ser bondadoso, tierno, magnánimo y calmado; no áspero ni agresivo. Cuando confrontaban serios problemas, Pablo advirtió y corrigió a los corintios “por la mansedumbre y ternura de Cristo” (2 Corintios 10:1). Instó a los creyentes a “restaurar” a un creyente caído “con espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6:1). Le dijo a Timoteo que el “siervo del Señor… con mansedumbre corrija a los que se oponen” (2 Timoteo 2:24–25). La razón para tratar a los oponentes con mansedumbre es que realza la posibilidad de restauración: “por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Timoteo 2:25–26). Como un hombre de Dios, Timoteo debe seguir la “mansedumbre” de carácter (1 Timoteo 6:11), que le servirá bien cuando trate con diferentes tipos de personas y problemas.
Corregir a las personas con mansedumbre las hace más dispuestas a escuchar y más abiertas a un cambio real de corazón y mente. En las culturas donde la confrontación y la reprensión generalmente son evitadas, es tanto más necesario ser afable y benévolo cuando confrontamos el comportamiento pecaminoso.


Equilibre la reprensión con el estímulo

Busque equilibrar la reprensión con palabras de estímulo y esperanza. Esto es exactamente lo que Pablo hace en sus cartas. A la reprensión le añade estímulo, consuelo, afirmación y alabanza. Las observaciones del comentarista Paul Barnett respecto al ministerio de estímulo del apóstol Pablo deben repetirse: “Estas pericias pastorales, expresadas en estímulo —aun cuando había otros asuntos que remediar— es una calidad de ministerio digna de ponderarse”.
Después de la tormentosa disciplina y restauración de un creyente rebelde, Pablo le asegura a la iglesia en Corinto de que todo el tiempo él tenía la confianza que ellos harían lo correcto.
“Mucha franqueza tengo con vosotros; mucho me glorío con respecto de vosotros; lleno estoy de consolación; sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones… Me gozo de que en todo tengo confianza en vosotros (2 Corintios 7:4, 16).
Cuando el padre de mi cuñado falleció inesperadamente, lo llamé para expresarle mi tristeza y averiguar cómo le estaba yendo. Hablando de su padre, con quien él era muy cercano, me dijo: “Lo voy a extrañar realmente. Mi padre era un gran estimulador”. ¡Qué maravilloso elogio de un hijo! Un hijo estaría ansioso de aceptar la corrección de dicho padre. En realidad, la mayoría de las personas responderían mejor a una reprensión de una persona quien ya ha estado estimulándolos en la senda de la vida. Por lo tanto, cuando deba tratar con lo malo, recuerde también de buscar lo bueno y señale cualquier cosa que sea recomendable o digna de alabanza (Filipenses 4:8). Si usted no es un estimulador positivo, probablemente será un pobre amonestador.


Ore

Ore por sabiduría, valor y dominio propio. Ore también para que el Señor prepare a la otra persona o personas para recibir la reprensión. Cuando las personas no quieren recibir corrección, invariablemente lo acusarán a usted de no actuar con amor hacia ellos. Tratarán de dar vuelta a la mesa y hacer que usted sea la cuestión del problema. Por lo tanto, asegúrese que usted ha hecho lo mejor para actuar en amor.
En las palabras del sabio rey Salomón, los burladores orgullosos no aceptan corrección pero odian a los que los reprenden. Los sabios, por otra parte, se deleitan en la corrección y aman a los que los reprenden e instruyen:

“El que corrige al escarnecedor, se acarrea afrenta; el que reprende al impío, se atrae mancha. No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; corrige al sabio, y te amará. Da al sabio, y será más sabio; enseña al justo, y aumentará su saber” (Proverbios 9:7–9).

 

Disciplina y restaura al descarriado

“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”.
Hebreos 12:6


Un hombre de la iglesia estaba cohabitando abiertamente con la mujer de su padre, es decir su madrasta. Estaba viviendo en una relación de incesto, y todos en la iglesia lo sabían. Lo que es peor, excepto por unas cuantas personas, la iglesia era complaciente acerca de todo el asunto.
Esta clase de relación sexual ilícita no era tolerada por la sociedad romana o judía. En vez de avergonzarse por el pecado, la iglesia era arrogante. Toleraba un grave pecado, aunque era el “templo de Dios” (1 Corintios 3:16) y el “cuerpo de Cristo” (1 Corintios 12:27). Usted puede leer acerca de esta triste historia en 1 Corintios 5.
Pablo, el misionero fundador de la iglesia, no era un líder pasivo. En vez de esperar para ver lo que sucedería, él pidió una acción inmediata y ordenó que aquel hombre fuera expulsado de la congregación:

• Que sea quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción (1 Corintios 5:2).
• El tal sea entregado a Satanás para la destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5).
• Limpiaos, pues, de la vieja levadura (1 Corintios 5:7).
• Más bien os escribí que no os juntéis con… con el tal ni aun comáis (1 Corintios 5:11).
• Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros (1 Corintios 5:13).


Una aparente contradicción

La cuestión que preocupa a muchas personas hoy es cómo puede Pablo demandar semejante disciplina pública y a la vez en la misma carta escribir algunas de las palabras más brillantes que alguna vez se hayan escrito acerca del amor en 1 Corintios 13. ¿Acaso Pablo no dice: “Todas vuestras cosas sean hechas en amor”? (1 Corintios 16:14) ¿Acaso no dice que el amor es “paciente”, que “el amor todo lo soporta”? (1 Corintios 13:4, 7). La respuesta a esta aparente contradicción es que el amor puede ser tanto tierno como severo.
El amor cristiano demanda acción, aunque sea dolorosa, para salvar a un miembro pecador y a una iglesia entera. La Biblia dice: “Porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Al hablar a la tibia iglesia de Laodicea, Jesús advierte: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo” (Apocalipsis 3:19). El Señor ama a su pueblo, por lo tanto lo disciplina, lo castiga, y a veces severamente.
El amor no consiste en sonrisas y palabras agradables. Una prueba crítica del genuino amor, es que estamos dispuestos a confrontar y disciplinar a los que son la razón de nuestro afecto. Nada es más difícil que disciplinar a un hermano o hermana en Cristo que está atrapado en el pecado. Siempre es un trabajo agonizante, complicado, a menudo frustrante, emocionalmente agobiante y potencialmente divisivo. Por esto es que la mayoría de los líderes de las iglesias evitan la disciplina a toda costa. Pero eso no es amor. Es falta de valor y desobediencia al Señor Jesucristo, quien incluso estableció instrucciones para la disciplina de un creyente no arrepentido.

“Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo 18:17–18).


El amor actúa en disciplina

Es significativo que el apóstol que hizo las más grandes declaraciones acerca del amor, también escribió mucho acerca de la disciplina en la iglesia.
• La iglesia de Efeso estaba en las garras de los falsos maestros. Para salvar a la iglesia, Pablo disciplinó a dos de los cabecillas: Himeneo y Alejandro. Con respecto a la disciplina de estos dos hombres, Pablo escribe a Timoteo: “a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar” (1 Timoteo 1:20).
• Pablo instruye a Tito y a las iglesias en la isla de Creta: “Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo” (Tito 3:10).
• A los cristianos en Roma, Pablo dice algo similar: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Romanos 16:17).
• En la carta de 1 Corintios, Pablo les recuerda a los corintios que él les había escrito previamente para que no se asocien con un cristiano inmoral no arrepentido. Pero ellos le habían entendido mal. Por lo tanto, de nuevo él escribe: “Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que llamándose hermano, fuere fornicario, avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis” (1 Corintios 5:11).
• Algunos creyentes en la iglesia de Tesalónica eran haraganes; no hacían nada. No trabajaban para proveer para sus propias necesidades sino que vivían a costa de los demás. Pablo manda a la iglesia que discipline a estas personas. El futuro de la iglesia y su testimonio entre la comunidad no creyente, giraba sobre esta cuestión práctica: “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros… Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence. Mas no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como a hermano” (2 Tesalonicenses 3:6, 14–15).
• En 2 Corintios, Pablo expresa repetidas veces su intenso amor por los creyentes. Sin embargo, ante el comportamiento pecaminoso de ellos también los disciplina, “y estando pronto para castigar toda desobediencia” (2 Corintios 10:6). “…y ahora ausente le escribo a los que antes pecaron, y a todos los demás, que si voy otra vez no seré indulgente” (2 Corintios 13:2). Pero la perspectiva de tener que disciplinar a miembros de la iglesia lo entristecía. Pablo les advirtió a que se juzgen y corrijan a sí mismos. Por lo que les advierte que se arrepientan y corrijan sus caminos antes de que él venga a visitarlos otra vez: “Por esto os escribo estando ausente, para no usar de severidad (en disciplina)” (2 Corintios 13:10).
Si Pablo no amara a los corintios, se habría ido tranquilamente y los habría dejado en su propio pecado. En cambio, él confronta, advierte, escribe, visita y hasta se humilla a sí mismo ante ellos (2 Corintios 2:5–10; 12:21). Esas son las obras del “genuino amor” en el ministerio cristiano (2 Corintios 6:6).


El amor actúa para restaurar

El amor genuino no sólo disciplina, sino también sana y restaura. El ejemplo clave del Nuevo Testamento sobre la disciplina exitosa en la iglesia y la restauración bondadosa aparece en la carta de 2 Corintios, la cual nos da un resplandor fugaz dentro del corazón cariñoso de uno de los más grandes siervos de Dios. La tristeza, angustia y lágrimas que Pablo experimentó personalmente como resultado del pecado y la desobediencia de la iglesia es parte del precio que un líder que ama debe pagar en la obra de disciplina y restauración. Aquí está la historia.
Después de escribir la carta de 1 Corintios, más noticias llegaron a Pablo de la situación de deterioro en esa iglesia atribulada. Pablo respondió haciendo una pronta visita pastoral a Corinto desde la ciudad de Efeso donde él estaba viviendo. Pero la visita resultó un desastre. Los eruditos le llaman a esta visita la “visita dolorosa”.
Cuando llegó a Corinto, un individuo cuyo nombre no se menciona resistió las admoniciones de Pablo, insultándolo y humillándolo. Pero peor aún, la congregación era renuente a ponerse del lado de Pablo y a disciplinar al “ofensor”. Esto causó una gran tensión en las relaciones entre Pablo y los corintios. Había que hacer algo.


Escribiendo una carta severa

Cuando regresó a la ciudad de Efeso, Pablo escribió una severa carta a la iglesia urgiéndole que tomaran acción contra el ofensor y juzgaran su propia conducta pecadora. Esta carta se nos ha perdido; no está en el Nuevo Testamento. Los eruditos bíblicos le llaman la “carta severa”, o a veces la “carta lacrimosa” o la “carta dolorida”.
En la carta de 2 Corintios, Pablo revela que una de las razones para escribir la carta severa, era para permitir que los corintios “conocieran el amor” que él tenía por ellos:

“Porque por la mucha tribulación y angustia de corazón os escribí con muchas lágrimas (en la “carta severa”), no para que fueseis contristados, sino para que supieseis cuán grande es el amor que os tengo” (2 Corintios 2:4), itálicas añadidas.

Pablo no escribió la “carta severa” para devolver el golpe en venganza por el dolor que le habían causado, sino para mostrar la profundidad de su amor por ellos. El amor, no el enojo impaciente, lo impulsó a confrontar la negligencia moral de la iglesia. Al confrontarlos y escribirles, estaba realmente demostrando su amor por ellos. Sus “lágrimas” eran lágrimas de un padre cariñoso que tiene que actuar severamente con seres queridos, aun causándoles dolor. La disciplina y reprensión no eran más fáciles para Pablo de lo que son para nosotros.
Aunque la carta era severa, dio resultado. En respuesta a la “carta severa”, la iglesia, en su mayor parte, se arrepintió y adoptó la acción de disciplina formal contra el ofensor.
Como resultado de esa disciplina, el hombre se arrepintió. Ahora surgió una nueva cuestión. ¿Qué hace la iglesia con él? De nuevo, Pablo sabe exactamente lo que tiene que hacer. La iglesia necesita perdonarlo y restaurarlo a la comunión afectuosa. Pablo insta al perdón y a la reconciliación con igual vigor como el que había previamente exigido para la disciplina de corrección.


Afirmando el amor

El amor sana el alma dolorida a diferencia de cualquier otra medicina. Aquí hay un ejemplo vivo de 1 Corintios 13 en acción. Pablo manda a la congregación a que “perdone y consuele” al miembro arrepentido (2 Corintios 2:7). La restauración del pecador penitente es tan vital para la iglesia local como la disciplina misma.
Phillip Hughes comenta adecuadamente:

No es menos escandaloso cortar a un pecador penitente de toda esperanza de entrar de nuevo al consuelo y la seguridad de la comunión de la congregación de los redimidos, que permitir que la escandalosa iniquidad continúe sin castigo en el Cuerpo de Cristo.

No sólo había necesidad de perdón y consuelo, sino que había necesidad de amor. Compasivamente, Pablo escribe: “Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él” (2 Corintios 2:8). Pablo no quiere que el creyente restaurado tenga dudas acerca del amor de la iglesia.
El insta a la iglesia a que haga perfectamente claro su amor, probablemente por medio de una declaración pública formal. Similar al padre que corre afuera para saludar al hijo pródigo con brazos abiertos y gozo (Lucas 11:11–32), la iglesia necesitaba dar la bienvenida a su entristecido hijo con perdón, consuelo y amor.


Strauch, A. (2010). Liderando con Amor. (D. Rosso, Trad.) (pp. 7–203). Cupertino, CA: Editorial DIME.

La conexión del amor con la disciplina y la restauración

Los tratos de Pablo con los corintios demuestra que la disciplina correctiva de la iglesia y la restauración son inseparables del amor. Esto es cierto en muchas maneras.
Primero, el amor por el Señor Jesucristo nos impulsa a adoptar la acción correctiva disciplinaria. La disciplina de la iglesia es el mandamiento de Cristo (Mateo 18:15–20), y el amor obedece sus mandamientos: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Por lo tanto el ejercicio de la disciplina de la iglesia demuestra amor por Cristo.
Segundo, el amor siente indignación moral ante el mal y su insensata destrucción de seres queridos. El amor aborrece lo que es malo y se sujeta firmemente a lo que es bueno (Romanos 12:9). El amor “no llama a lo malo bueno y a lo bueno malo” (Isaías 5:20). “Los que amáis a Jehová”, dice el salmista, “aborreced el mal” (Salmos 97:10). El amor nunca menoscaba la seriedad del pecado y sus poderes de corrupción, ni minimiza las normas del bien y el mal. Por lo tanto, los líderes que aman no pueden ser apáticos hacia un miembro pecador. Deben actuar para corregir y rescatar. La disciplina es la marca de liderazgo amante.
La disciplina de la iglesia no es una práctica anticuada y vergonzosa. Toda sociedad responsable tiene un código de disciplina para protegerse a sí misma de la conducta ilegal entre sus miembros. Esto es cierto para la policía, los militares, las sociedades legales y médicas, y para los sistemas políticos y corporativos.
El pecado siempre debe tratarse (ya sea personalmente o corporativamente) porque su naturaleza es destruir: “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Por lo tanto, por el bien de toda la iglesia local, así como también para el pecador impenitente, Dios requiere disciplina correctiva. La verdad es, como James Denny escribe: “El juicio de la iglesia es el instrumento del amor de Dios, y al momento que se lo acepta en el alma pecaminosa, comienza a obrar como una fuerza redentora”.
Tercero, los cristianos deben amarse unos a otros con amor fraternal entre hermanos y hermanas. ¿Qué clase de amor fraternal entre hermanos o hermanas simplemente permite que un miembro de la familia caiga en el pecado o en el error lejos del hogar? Santiago, por lo tanto, alienta a los creyentes para que actúen a fin de salvar a sus hermanos o hermanas descarriados. Concluye su carta diciendo que si un hermano o hermana “se ha extraviado de la verdad”, y “alguno le hace volver” a la verdad, ha hecho una cosa buena y “salvará de muerte un alma (de un miembro descarriado) y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:19–20). Nosotros somos el “guarda de nuestro hermano” (Génesis 4:9). Tomar la iniciativa para disciplinar y restaurar es un acto abnegado de amor fraternal.
Cuarto, el amor provee las actitudes correctas para ejercer la disciplina y restauración en la iglesia. El amor actúa con paciencia y bondad; el amor es compasivo; se compadece de la miseria del pecador impenitente y busca aliviar su dolor y rescatarlo de la muerte. Las manos cariñosas son manos sanadoras, tanto tiernas como firmes. (Ver Santiago 5:15–17 para sugerencias prácticas sobre cómo actuar con amor con personas y situaciones difíciles). Por lo tanto, cuando ayudamos a restaurar a un hermano o hermana caídos mediante afectuosa disciplina, estamos, en las palabras de la Escritura, sobrellevando “los unos las cargas de los otros” y cumpliendo “así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2).


La conexión entre el amor y el juzgar a otros

En el Sermón del Monte, Jesús dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mateo 7:1). Este versículo se ha vuelto un dicho común del día actual. Las personas que jamás han leído una palabra de los Evangelios conocen este versículo. Esto les hace pensar que Jesús era un maestro de tolerancia; él no era crítico ni dogmático; no condenaría a nadie; no juzgaría a ninguno. Lamentablemente, aun algunos creyentes usan mal este versículo. ¡Dicen que no tenemos derecho a ejercer la disciplina de la iglesia para juzgar a otra persona, o para expresar una opinión adversa acerca de la conducta o creencia de una persona! Pero, claramente, este es un uso equivocado de las palabras de Jesús.
Jesús no está prohibiendo todo juicio, eso sería absurdo. Hacerlo así sería condenarse a sí mismo porque ninguno criticó a los fariseos y escribas más que Jesucristo. Después, en el mismo capítulo, Jesús les dice a sus discípulos que juzguen si un maestro es un maestro genuino de la verdad o sólo un lobo vestido de oveja (Mateo 7:15–20). Nosotros no debemos cándidamente cerrar nuestros ojos a la mala conducta o la falsa doctrina; debemos actuar con perspicacia. En Juan 7:24 Jesús dice: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio”.
Lo que Jesús prohíbe en Mateo 7:1–6 es el juicio pecaminoso inapropiado. Es la hipocresía de condenar a otros y fracasar al no ver los propios pecados vergonzosos de uno mismo. Jesús prohíbe la crítica farisaica, un espíritu de hipocresía, una actitud mental severa que encuentra culpa. Con orgullo y fariseísmo, los fariseos y escribas tenían la costumbre de actuar como si ellos mismos fuesen Dios. Eran implacables y crueles en sus juicios, y no habían juzgado sus propios corazones de pecado.
Jesús advierte en el versículo 2 que como nosotros juzgamos a otros (suponiendo que sepamos que debemos hacerlo) determinará cómo nosotros a su vez, seremos juzgados por otros, especialmente por Dios: “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido”. Los que juzgan a otros sin misericordia recibirán el mismo tratamiento. Pero los que juzgan con humildad, bondad y gracia recibirán lo mismo.
En el versículo 3, Jesús les pregunta a los fariseos hipócritas: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3). Es fácil ver los pecados pequeños en otros pero no poder ver los pecados propios que son mucho peores y más repugnantes delante de Dios. ¡Dicho juicio hacia otros es hipocresía! “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7:5).


Juzgando correctamente a otros

No hay nada de malo con querer ayudar a sacar las manchitas del pecado de la vida de una persona. El amor busca lo bueno de lo que es amado, y los granitos de polvo en el ojo duelen, y necesitan ser sacados. Pero primero, Jesús dice que trate con las vigas del fariseísmo, orgullo, enojo e hipocresía en su propia vida, entonces podrá ver claramente para ayudar a otros. Lo que Jesús exige es el juicio y el examen personal de los propios pecados. Sólo después de examinarse honestamente a usted mismo estará en una posición de juzgar a otros con una vista clara: “entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7:5). El juicio apropiado debe ser hecho con una mente humilde y un corazón limpio.
Jesús concluye: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mateo 7:6). Después de exhortar a sus discípulos para que eviten el juzgar como hacen los hipócritas, Jesús les advierte del peligro opuesto: de no saber discernir y de ser ingenuos. Nosotros, como ellos, no debemos ser tontos ni engañados por las personas que desprecian totalmente las grandes verdades del evangelio. En algunas situaciones, hasta es apropiado refrenarse de dar el mensaje del evangelio a dichas personas, que es exactamente lo que Jesús hizo con el rey Herodes (Lucas 23:9).
Esta enseñanza tiene la intención de proteger a la iglesia y el mensaje del evangelio de personas que actúan como perros y cerdos en cuanto a las gloriosas verdades del cristianismo. ¡Dichas personas son antagonistas que odian la verdad y sólo buscan destruirla y a los que la proclaman! Por lo tanto, a los cristianos se les pide que sean perspicaces, es decir, capaces de poder hacer las evaluaciones correctas acerca de las personas.
La Escritura requiere que hagamos los juicios morales y espirituales apropiados acerca de la doctrina y la conducta. El evangelio sería ineficaz en el mundo y la iglesia sería asimilada dentro de la sociedad secular si no hiciéramos los juicios discriminadamente entre la verdad y el error, Cristo y Satanás. Por lo tanto, la Escritura nos manda: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Jesucristo elogia con entusiasmo a la iglesia en Efeso porque no soportaban “a los malos” y aborrecían “las obras de los nicolaítas”, que Jesús también odiaba (Apocalipsis 2:2, 6). El amor aborrece las mentiras y la falsedad debido a sus consecuencias destructoras en las personas.
Cristo requiere que la iglesia local juzgue la conducta inmoral entre sus miembros para que no sea asimilada hacia un mundo inmoral. Este era uno de los problemas en la iglesia de Corinto: No juzgaba el pecado no arrepentido en la congregación (1 Corintios 5:12).
Por lo tanto, juzgar la conducta pecaminosa de los creyentes o juzgar la falsa doctrina, es el mandamiento de Cristo y los apóstoles. Ello no debe hacerse con condenación farisáica sino con humildad de mente, mansedumbre de espíritu, y temor del Señor. Como lo dijo Jesús: “Juzgad con justo juicio” (Juan 7:24). Sea consciente de la advertencia de Pablo: “considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1).


La conexión del amor con la tolerancia

La instrucción de Pablo a los cristianos de Corinto de juzgar y despedir a uno de sus miembros por pecado sexual, les parece a las personas contemporáneas de mente secular, que es insensible a las necesidades físicas y emocionales de la pareja, que es crítico de otro estilo de vida, divisivo, nada afectuoso e intolerante. Dicha reacción se entiende dado al hecho de que las personas de mente secular rechazan los absolutos morales de Dios conforme se revelan en la Escritura. Están comprometidas a la filosofía del se revelan en la Escritura. Están comprometidas a la filosofía del relativismo moral, que ve a todas las afirmaciones religiosas como igualmente válidas, y a todas las afirmaciones y valores de la verdad como creadas culturalmente. Redefinen la tolerancia para que signifique no sólo respeto y paciencia en cuanto a los desacuerdos, sino aprobación y aceptación de las creencias morales y religiosas de los otros.
Por lo tanto, el requisito de Pablo para la disciplina es visto por algunos como de mal ánimo e intolerante. Lamentablemente, aun algunos cristianos que profesan creer en las verdades del evangelio y aceptan la autoridad divina de la Escritura, piensan lo mismo al respecto. No están dispuestos a aceptar la idea de la disciplina de la iglesia o de seguir principios escriturales en este respecto. Para los cristianos que viven en un océano de secularismo y relativismo que desprecia a Dios y deplora la Escritura, la única esperanza para entender la genuina tolerancia y el amor como Dios define estos términos, es mediante la renovación de la mente, saturándola con la Palabra de Dios (Romanos 12:2; Juan 17:17).
Por lo tanto, ¿cuál es la definición de Dios sobre la tolerancia? ¿Qué tiene que decir su Palabra sobre este tema?


La tolerancia del amor

El genuino amor cristiano es tolerante en el sentido de que es paciente y amable hacia aquéllos con quienes hay desacuerdos. Pablo les recuerda a los creyentes sobre la importancia de ser tolerantes: “soportándoos (o mostrando tolerancia) con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4:2). Sin entender bien la virtud de la tolerancia, sería imposible vivir juntos en el matrimonio, la iglesia, la familia o la sociedad.
El amor cristiano es también tolerante en el sentido de que es humilde y modesto acerca de sí mismo y su conocimiento. No es arrogante o altanero. No se enoja fácilmente ante un desacuerdo. Perdona y no guarda rencor. Además, el amor cristiano nos llama a hacer el bien a nuestros enemigos, aun a los que nos llaman intolerantes porque creemos que Jesucristo es el único y verdadero Salvador del mundo. El amor cristiano no da lugar a la burla o la coerción de aquéllos con quienes estamos en desacuerdo. En cambio, el amor dice: “todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).
Al testificar de Cristo a los que rechazan lo que nosotros creemos o son hostiles a nuestras creencias, la Escritura dice: “Sea vuestra palabra (con el no creyente) siempre con gracia, sazonada con sal” y “estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (Colosenses 4:6; 1 Pedro 3:15–16). A los cristianos no se nos permite odiar a los que no están de acuerdo con nosotros. Los amamos y oramos por ellos. Buscamos persuadirlos con la verdad del evangelio, la razón, la gentileza y la compasión.
A los cristianos se les enseña que todas las personas son creadas a la imagen de Dios y son valiosos a los ojos de Dios, por lo tanto todas las personas deben ser tratadas con respeto y amor. Como dice la Escritura: “Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres (especialmente los no creyentes)” (Filipenses 4:5).


La intolerancia del amor

También hay un sentido legítimo en el cual el amor del cristiano es intolerante. No es tolerante en el sentido de aprobar o aceptar lo que es inmoral o falso según lo define la Palabra de Dios. El amor no puede ser tolerante de lo que destruye las vidas de las personas o disemina mentiras acerca del evangelio. “El amor es el cumplimiento de la ley”, no el quebrantamiento de la ley de Dios (Romanos 13:10). El amor “no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad” (1 Corintios 13:6).
El hecho es que nadie es tolerante ante todas las cosas. La tolerancia en sí misma es una palabra neutral. Es en lo que uno es tolerante que la hace buena o mala. Aun los que claman más fuerte por tolerancia afirman tener “cero de tolerancia” por el abuso sexual de niños, violación y discriminación racial, y así debieran hacerlo. A pesar de la aseveración de ellos de que son relativistas morales, ellos efectivamente tienen absolutos morales, y están preparados para luchar por ellos. Están más que dispuestos a tomar una fuerte acción disciplinaria en el lugar de trabajo y en las agencias de gobierno contra los que violan esos absolutos morales.
Irónicamente, la que llaman tolerancia del relativismo secular es bastante intolerante con los que están en desacuerdo con su filosofía de la verdad y los compromisos ideológicos. Numerosos libros y artículos, tanto desde las perspectivas seculares como de las religiosas, han expuesto la arrogancia e hipocresía de la tolerancia relativista. A. J. Conyers escribe: “Obviamente, la idea moderna de tolerancia se ha tornado sobre sí misma, produciendo en muchos casos mayor fanatismo que cualquier cosa que buscaba eliminar”.12
En realidad, a la palabra tolerancia la están usando como un garrote para intimidar y marginar a las personas que no se arrodillan ante el dios del relativismo moral y religioso. La palabra misma es actualmente usada para promover intolerancia de todos los que disienten del relativismo secular y sus contrapartes religiosas. En un país famoso por sus alardes de la tolerancia, puede leerse un letrero prominente que dice, “Muerte a los intolerantes”. C. S. Lewis se quejó de que fue de lo llamado no dogmático y tolerante que él experimentó el tratamiento más intolerante y amargo. Esta nueva tolerancia ve las manchitas de la intolerancia en los ojos de otros, pero no puede ver sus propias vigas de intolerancia, dogmatismo, orgullo, absolutismo, discriminación, autoritarismo y falta de amor.
En contraste, la comunidad evangélica creyente en la Biblia cree que Dios ha dado normas universales, objetivas, morales y que Dios es la autoridad fundamental a la cual todas las personas deberán responder algún día. Sus normas morales deben ser mantenidas entre su pueblo. Por lo tanto, cuando uno que profesa ser creyente apela al arrepentimiento, Dios requiere disciplina correctiva cariñosa.
No es intolerante disciplinar la conducta sexual inmoral. No es intolerante exponer mentiras o criticar la falsa enseñanza. No es intolerante tener convicciones morales o creer que uno conoce la verdad. El mundo hace lo mismo. Las personas de mentes más seculares se aferran firmemente a ciertas convicciones morales. No confrontar el pecado o la falsa enseñanza de un creyente en nombre de la tolerancia y el amor, es tolerancia falsificada y amor tergiversado.
Pablo amaba a los creyentes de Corinto, por lo tanto actuó decisivamente con disciplina. No era de espíritu malo o intolerante. La situación exigía acción correctiva inmediata para salvar a la iglesia de la corrupción moral y espiritual (1 Corintios 5:6–8). La tolerancia no es siempre la respuesta apropiada. Es posible ser tolerante de cosas malas. Es posible tolerar lo que Dios no tolera. La tolerancia no es la virtud suprema. Efectivamente, un punto de vista falso, inflado de la tolerancia, destruirá a una iglesia o una nación.
Pablo disciplinó al hombre inmoral y exigió que la iglesia hiciera lo mismo, porque Pablo amaba a la iglesia. Pablo no podía tolerar la conducta inmoral del hombre debido al amor de Dios, al amor por la verdad, al amor por la iglesia y al amor por el miembro pecador. Fue por la severa disciplina impuesta por Pablo, no la tolerancia lánguida de la iglesia, que este hombre recibió genuina esperanza y ayuda, y que su “espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (1 Corintios 5:5).

 

Administra conflictos por el “camino más excelente”

“El amor cubrirá multitud de pecados”
1 Pedro 4:8


El primer pecado registrado en Génesis después de la desobediencia de Adán y Eva es el de Caín cuando mató a su hermano Abel. Los humanos han estado matándose unos a otros desde entonces. Una de las horribles consecuencias de que el “pecado” entrara al mundo (Romanos 5:12) es el arte de la guerra humana, y nuestra historia se puede rastrear a través de guerras y divisiones interminables.
Lamentablemente, lo mismo es cierto en el pueblo de Dios. Lo que es peor, nuestras batallas ni siquiera son siempre por cuestiones importantes, como doctrinas no ortodoxas contra doctrinas ortodoxas o puntos de vista liberales contra conservadores. Las iglesias que creen en la Biblia, que gozan de un 95 por ciento de acuerdo en todas las cuestiones de la doctrina fundamental, se pelean y dividen por las diferencias más insignificantes. El filósofo judío Benedict de Spinoza hizo esta observación desastrosa acerca de los cristianos y la forma en que se pelean:

A menudo me he preguntado, cómo personas que hacen alarde de una profesión de religión cristiana, es decir, amor, gozo, paz, templanza y caridad hacia todos los hombres, quieran disputar con semejante animosidad rencorosa, y desplegar diariamente entre unos y otros semejante odio amargo, que esto, más bien que las virtudes que ellos alegan, son los criterios de más prontitud de su fe.

Una de las estrategias más exitosas de Satanás para mantener débiles e ineficaces a las iglesias es con disputas y conflictos no resueltos. Esta es una cuestión de vida o muerte en nuestras iglesias locales. Por lo tanto, como líder cristiano, no sólo va a tener que enfrentar muchos conflictos, sino también administrarlos según los principios bíblicos.


Cómo el amor maneja los conflictos

No hay nada malo que los cristianos no concuerden unos con otros o que traten de persuadirse unos a otros de lo correcto de una posición particular. No obstante, lo que está mal es el conflicto nada afectuoso que termina en odio y amargura. “Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros” (Gálatas 5:15). Usted, como líder, necesita poder enseñar los principios del amor cristiano que ayudan a reducir, templar y sanar el conflicto. Pero antes de que pueda enseñar esos principios a otros, usted debe primero conocerlos y modelarlos en su propia vida.
En su libro La marca del cristiano, Francis Schaeffer, hablando de los años de experiencia, dice que no sólo es importante reconocer la significancia del desacuerdo sino las palabras, acciones y actitudes desplegadas en medio del conflicto:

He observado una cosa entre verdaderos cristianos en sus diferencias en muchos países: Lo que divide o separa a verdaderos cristianos y grupos de cristianos —lo que deja una amargura que puede durar por 20, 30, 40 años (o hasta 50 ó 60 años, en la memoria de un hijo o una hija)— no es la cuestión de doctrina o creencia que causó las diferencias en primer lugar. Invariablemente, es la falta de amor, y las cosas amargas que son dichas por verdaderos cristianos en medio de las diferencias.

El amor promueve las virtudes que unen (paciencia, bondad, humildad, perdón) y prohíbe los muchos vicios que dividen y acentúan los desacuerdos (celos, arrogancia, egoísmo, actitud implacable). No es extraño que Pablo señale al “camino más excelente” del amor como una solución a los conflictos entre los cristianos en Corinto. Las quince descripciones que explican el camino del amor deberían leerse a la luz del conflicto de la iglesia (1 Corintios 13:4–7).


El amor actúa bajo el control del Espíritu Santo

Cuando se enfrentan conflictos, la primera y más importante cosa que hay que recordar es esta: sea controlado por el Espíritu, y no por la falta de control. No permita que usted sea controlado por la carne y el diablo. La carne no produce sino contiendas, enojo y división: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas” (Gálatas 5:19–21). No obstante, si uno es controlado por el Espíritu Santo, actuará en amor y con dominio propio. Usted será amable, gentil, paciente y pacífico (Gálatas 5:22–23). Un líder controlado por el Espíritu maneja el conflicto según el “camino más excelente”.


El amor refrena el poder destructor de la ira

En cualquier conflicto, cuídese de la ira (Efesios 4:26–27). La ira incontrolada mata el amor y divide a las personas. Cuídese especialmente de las palabras con ira, las cuales sólo inflaman las pasiones y distorsionan las cuestiones que se están debatiendo. Cuando las personas se enojan, a menudo no les importa lo que dicen o hacen. Expresan palabras no afectuosas indiscriminadamente como dagas que hieren y matan; son usadas para lograr venganza. Dichas palabras hieren profundamente y pueden grabarse en la mente de una persona para toda la vida.
Los líderes de la iglesia necesitan recordar que los que se suponen que son ejemplos del amor de Dios, están en el negocio de la edificación, no en el negocio de la destrucción. El Salmo 145:8 dice: “Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia”. Los líderes bondadosos reflejan el carácter de Dios hacia otros y no son fácilmente provocados a airarse (1 Corintios 13:5). Son lentos para enojarse y pacientes. El amor debe gobernar la manera en que hablamos y respondemos a las personas. Cuando estamos involucrados en un áspero desacuerdo con un hermano o hermana, deberíamos escoger nuestras palabras cuidadosamente, ablandar la polémica, y controlar nuestras emociones. Recuerde Santiago 1:19: “sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”. Lamentablemente, cuando surgen las disputas, muchos cristianos reinterpretan este pasaje para que signifique “lento para oír, pronto para hablar, pronto para airarse”.


El amor actúa con un espíritu humilde

Detrás de la mayoría de las peleas de las iglesias y las divisiones no resueltas está el feo orgullo humano. Y la peor clase de orgullo es el orgullo religioso, el orgullo farisaico de la santurronería y la superioridad.
La Biblia dice: “Ciertamente la soberbia (orgullo) concebirá contienda” (Proverbios 13:10). Debido al orgullo, a Diótrefes, por ejemplo, le gustaba tener el primer lugar (3 Juan 9). Era egoísta. Los líderes que aman son abnegados. Ellos “no son arrogantes” (1 Corintios 13:4). No tienen una opinión inflada de sí mismos o un ego que provoca la contienda.
Cuando trataba con la iglesia en Filipos, la solución de Pablo fue que cada persona adoptara la actitud de humildad de Cristo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Esta actitud de humildad es esencial para suavizar el conflicto, para resolver diferencias, para realmente oír a otras personas, para ver nuestras propias faltas, para someternos unos a otros y para perdonar y reconciliar. Pedro lo expresa de esta manera: “Todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad” (1 Pedro 5:5)
Imagínese un salón grande lleno de pianos. Si usted tuviera que afinarlos a todos ellos con un diapasón, pronto estarían en tono perfecto unos con los otros. Pero si tuviera que afinar los pianos unos con otros, ellos pronto estarían fuera de tono unos con otros. Lo mismo es cierto en la iglesia local. Cada creyente debe afinar su actitud hacia la actitud de Cristo, y esa actitud es humildad. Hay un dicho, “la actitud es todo”, pero para el cristiano debe ser llevada un paso más adelante: “La actitud de Cristo es todo”.


El amor busca la paz

Pacificar es un acto de amor bendecido por el Señor Jesucristo (Mateo 5:9). Es necesario para la unidad y el crecimiento de la iglesia local. A los cristianos que luchaban en Roma, Pablo escribió: “El amor sea sin fingimiento… Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:9, 18). Luego añade: “sigamos lo que contribuye a la paz” (Romanos 14:19). Y para alentar la unidad entre creyentes judíos y gentiles, Pablo dice: “os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:1–3). Los líderes de las iglesias, entonces, deben seguir constantemente la paz y la armonía en la iglesia. Deben ser pacificadores, no peleadores. Por eso es que los requisitos para los ancianos de la iglesia indican que ellos “no sean violentos sino amables” y “no pendencieros” (1 Timoteo 3:3).
La pacificación es trabajo arduo. Requiere de mucha sabiduría y dominio propio. Significa poner el bien de otros primero. Al negarse a sí mismos, los pacificadores hacen todo el esfuerzo necesario para guiar a los que están en conflicto hacia soluciones constructivas, a practicar la justicia y la reconciliación cristiana (Filipenses 4:2–3). Tristemente, ellos a menudo son malentendidos o calumniados como transigentes o que complacen a las personas.
No obstante, cuando hablamos sobre pacificación, no estamos hablando acerca de la paz a cualquier precio o de rendir la verdad bajo el disfraz del amor. Esa no es la verdadera paz. Dennis Johnson nos advierte de los riesgos de la tal llamada paz:

La paz de Dios no coexiste pacíficamente con la falsedad, lo fingido o la injusticia; por consiguiente, los pacificadores de Dios no pueden simplemente ignorar el pecado y el error que destruyen la paz, como tampoco un cirujano puede simplemente cerrar una herida infectada; porque un absceso se desarrollaría inevitablemente.

Debemos recordar que muchos conflictos de iglesia no son acerca de las verdades centrales del evangelio sino acerca de cuestiones secundarias, choques de personalidad, cambios de programas. Estos pueden y debieran resolverse pacíficamente por líderes que aman y que están llenos del Espíritu. Uno de los tales líderes confrontó a su iglesia, que estaba en guerra consigo misma. Este pastor se puso de pie y declaró públicamente: “Es hora de establecer la paz”. Establecer la paz es difícil, es un trabajo muy sacrificado, pero debe ser hecho.


El amor cubrirá multitud de pecados

Con su humor típico, Howard Hendricks comenta: “Muchos de nosotros somos como puercoespines tratando de acurrucarnos juntos en una noche de mucho frío para mantenernos calientes unos con otros, pero continuamente nos empujamos y nos lastimamos cuando más cerca estamos uno del otro”. En ningún momento nosotros como hermanos y hermanas “nos empujamos y nos herimos unos a otros” más dolorosamente que durante los conflictos. Sin el ferviente amor no podríamos sobrevivir dichas heridas y mantener la unidad familiar. Por eso Pedro escribe: “Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados” (1 Pedro 4:8).
El amor cubre toda clase de ofensas, heridas, molestias, desilusiones y pecados que nosotros sufrimos por causa de otros. Sólo el amor tiene el poder para perdonar libremente y repetidas veces, para verdaderamente tratar de entender las debilidades y complejidades de las personas, para poner las cosas dentro de la perspectiva adecuada, y poner una frazada sobre las faltas de las otras personas. El amor de Jesús por sus discípulos cubría los muchos pecados de ellos. El entendía sus debilidades, pero su amor los cubría a todos; de lo contrario, no habría podido vivir con ellos.
Esto de ninguna forma infiere que el amor ignora o tolera el pecado. El amor cubre una multitud de pecados, pero en muchas circunstancias el amor requiere exponer y disciplinar el pecado para el bienestar de un individuo así como de la iglesia. El amor sabe cuándo cubrir y cuándo exponer para el propósito de la redención y la restauración.
Cuando el apóstol Pablo dice “el amor cubre” significa que el amor no es rencoroso (1 Corintios 13:5). Aferrarse a ofensas y heridas impide que los conflictos se resuelvan. El amor rehúsa mantener un registro de las heridas y ofensas, pero escoge perdonar. El perdón es una de las cualidades más importantes del amor (Efesios 4:32; Colosenses 3:13).
Los líderes bondadosos no guardan rencor ni perpetúan la guerra con los que les han causado heridas u ofensas. Demuestran una gran comprensión por las personas y sus problemas. Perdonan y se reconcilian. Cubren una multitud de pecados.
Debido a que el amor perdona, eso trae sanidad. En las palabras de la Escritura, vence el mal con el bien (Romanos 12:21).


El amor considera el bienestar de los creyentes más débiles

Desde el principio de la era cristiana, los creyentes han luchado por sus libertades en Cristo. Entre los cristianos judíos y gentiles en Roma, surgieron intensos conflictos debido a los reglamentos sobre los alimentos y la observancia de los días santos. Pablo describe esto como “contender sobre opiniones o asuntos disputables” (Romanos 14:1). Por esto él dice que los desacuerdos no eran sobre doctrinas fundamentales sino, más bien, asuntos secundarios de conciencia personal. Los cristianos actuales todavía discuten sobre estas cuestiones marginales.
Lo más importante entre los principios que Pablo establece para resolver esta clase de conflictos es el amor: “Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquél por quien Cristo murió”. Por lo tanto, el amor no “hiere” ni “destruye” a los creyentes debido a cuestiones secundarias tales como el alimento. El amor no busca su propia ventaja (1 Corintios 13:5). El amor se niega a sí mismo por el bien de la conciencia de otros. Como la Escritura nos recuerda: “Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Romanos 15:2–3).
El amor protege a los hermanos y hermanas débiles (Romanos 14:15). El estilo de vida del amor requiere que un creyente ponga a un lado el ejercicio legítimo de las libertades personales para el bienestar del creyente débil. El amor dice: “Si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Corintios 8:13). El orgullo y el egoísmo, no obstante, rehúsan privarse de los derechos y libertades personales por amor a un creyente débil. El uso sin amor de la libertad siempre destruye a otros así como también a uno mismo. La respuesta de las Escrituras al mal uso de las libertades cristianas es esta: “Que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13). Como líderes y maestros debemos ser modelos de la clase de amor que sacrifica la libertad personal para servir al bien de otros, “y no agradarnos a nosotros mismos” (Romanos 15:1).


El amor bendice a los enemigos

Jesús enseña que no hay nada especial acerca de amar a las personas que nos aman. Aun los que no tienen amor para la mayoría de las personas, a menudo aman a las personas que los aman a ellos. Lo que es verdaderamente distinto y divino y honrado es amar a los que nos odian y se oponen a nosotros. Jesús declara que esta clase de amor nos hace mucho más como nuestro Padre celestial:

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:44–48; Lucas 6:27–28).

Siguiendo la enseñanza extraordinaria de nuestro Señor, Pablo escribe:

Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis. (Romanos 12:14).
Así que si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza (avergonzarás a la persona por tu bondad y de esa forma quizás cambiarás su modo de pensar) (Romanos 12:20).

No importa si aquéllos que nos odian son inconversos o creyentes. También así debemos bendecirles, orar por ellos, mostrarles misericordia en sus necesidades y ganarles con nuestra compasión. Jonathan Edward nos recuerda que la verdadera “naturaleza del amor es buena voluntad” hacia otros. Esta buena voluntad debe extenderse aun hacia nuestros enemigos.


Al amor no busca represalia ni venganza personal

Cuando los sentimientos han sido heridos, las personas a menudo se sienten justificadas en hacer cualquier cosa que quieran en represalia. Pueden dejar la iglesia, dividir la iglesia, explotar con enojo incontrolado, dejar de hablar con otros creyentes, mentir, odiar y murmurar. Tratan de justificar la conducta más impía y pecaminosa con la simple excusa de “¡Pero me han ofendido!”. No obstante, la Escritura prohibe el espíritu de represalia, la mentalidad de desquitarse que plaga la naturaleza humana, con el mandamiento claro de: “No paguéis a nadie mal por mal” (Romanos 12:17; 1 Tesalonicenses 5:15; 1 Pedro 3:9). Cuando nos insultan, no debemos devolver el insulto; cuando nos atacan, no debemos desquitarnos; cuando nos critican, no debemos calumniar; cuando nos hieren, no debemos devolver el golpe.
La Escritura además prohíbe buscar venganza personal o tomar la justicia en nuestras propias manos: “No os venguéis vosotros mismos” —pero déjelo para la ira de Dios— “Porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19). Es privilegio de Dios castigar el mal, y él se va a ocupar de ello. Recuerde, también, que Dios ha establecido gobiernos y tribunales humanos para juzgar y castigar a los malhechores (Romanos 13:1–7).
Más bien que buscar retribución, los cristianos deben “vencer el mal con el bien” (Romanos 12:21). Como líderes, debemos establecer el ejemplo y ganar al malo con bondad y perdón, confiando en la justicia de Dios para que los asuntos se arreglen al final.


¿Por qué la controversia más grande requiere el amor más grande?

El conflicto entre hermanos y hermanas en Cristo descansa en las genuinas profundidades de nuestro amor. Sin embargo, nosotros a menudo fracasamos en exhibir el amor de Cristo. Francis Schaeffer, quien enfrentó mucha controversia en su vida, nos recuerda de lo que a menudo nos olvidamos: Cuando más difícil y potencialmente explosiva sea la controversia entre verdaderos creyentes, tanto mayor la necesidad de desplegar más amor, no menos:

Cuanto más seria sea la iniquidad, tanto más importante será exhibir la santidad de Dios, hablar claro con respecto a lo que está mal. Al mismo tiempo, cuanto más serias se vuelvan las diferencias, tanto más importante se volverá que acudamos al Espíritu Santo para que nos permita mostrar amor a los verdaderos cristianos con quienes tenemos diferencias. Si es sólo una diferencia menor, el mostrar amor no requiere mucha consideración consciente. Pero donde la diferencia se vuelve realmente importante, se vuelve proporcionalmente más importante hablar a favor de la santidad de Dios. Y se vuelve cada vez más importante el mostrar al mundo que nosotros todavía nos amamos unos a otros.
Humanamente, funcionamos en exactamente la dirección opuesta: En las diferencias menos importantes, mostramos más amor hacia los verdaderos cristianos, pero a medida que la diferencia penetra áreas más importantes, somos proclives a mostrar menos amor. Lo inverso debería ser el caso: A medida que las diferencias entre verdaderos cristianos se hacen más grandes, debemos conscientemente amar y mostrar un amor que tenga una manifestación mayor y que el mundo pueda ver.

¡Cuán naturalmente nosotros nos volvemos a nuestros viejos caminos carnales (Gálatas 5:20)! Esto no debería ser así. Los conflictos proveen oportunidades para obedecer los mandamientos bíblicos para amar y para ser modelos del amor en acción. Use estas oportunidades para crecer en amor y enseñar a otros a amar.

 

Obedece a Cristo y enseña a obedecer

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”.
Juan 14:15


Cuando era una niña, Helen Keller perdió completamente su vista y su oído. Cómo fue que una niña incontrolable, temerosa, sorda y ciega, llegó a ser una mujer inteligente y afable, que escribió catorce libros y fue respetada por líderes alrededor del mundo; ha sido registrado en su libro The Story of My Life (La historia de mi vida), y en una película de largo metraje titulada: The Miracle Worker (La obradora de milagros).
Al principio, parecía imposible enseñarle el idioma y la disciplina a Helen Keller, una niña que vivía en un mundo de oscuridad silenciosa. Pero su maestra, Anne Sullivan, estaba tenazmente determinada a enseñarle el idioma. La relación entre ellas comenzó con una guerra de voluntades. Helen comía con sus manos y arrebataba comida de los platos de otras personas. A veces, solía yacer en el piso, pateando y gritando. Cuando Anne trataba de disciplinarla, ella la pellizcaba y chillaba. A partir de esta situación casi imposible, Anne Sullivan le enseñó el idioma y amor. En una carta a una amiga, Anne Sullivan revela el “pórtico” secreto para educar y amar a Helen:

Supongo que tendré muchas de dichas batallas con la mujercita antes de que aprenda las dos únicas cosas esenciales que le puedo enseñar: obediencia y amor.
Muy pronto decidí en mi mente que no podía hacer nada con Helen en medio de la familia, que siempre le había permitido hacer exactamente lo que quería. Y los ha tiranizado a todos… y como todos los tiranos, ella se aferra tenazmente a su derecho divino de hacer lo que le place… Vi claramente que era inútil tratar de enseñarle el idioma o cualquier otra cosa, hasta que aprendiera a obedecerme. He pensado muchísimo al respecto, y cuanto más lo pienso, tanto más segura estoy de que la obediencia es la puerta a través de la cual el conocimiento y el amor entran en la mente de un niño.

Anne Sullivan, una maestra excepcionalmente dotada, entendió el significado de la obediencia en el proceso de la educación. Vio la conexión entre la obediencia y el amor. Nosotros, también, debemos reconocer que la obediencia fiel es esencial para crecer en la vida cristiana y llegar a un liderazgo cristiano eficaz.


Conectando amor y obediencia

Como maestros y líderes del pueblo de Dios, debemos entender que nuestra obediencia o desobediencia afecta a muchas personas y aun a iglesias y denominaciones enteras, para bien o para mal. La obediencia y el amor están directamente conectados a lo largo de la Escritura. Miremos brevemente lo que la Biblia dice acerca de la conexión entre los dos.


La obediencia es requerida

La Escritura nos manda amar a Dios, a nuestro prójimo, a nuestros hermanos en Cristo, a nuestros enemigos, y a todas las personas. Estas no son meras sugerencias; son mandamientos.
Por lo tanto, tenemos la obligación de amar a Dios y de amar a nuestro prójimo. Juan enfatiza esta obligación y deber cuando escribe: “debemos” rendir nuestras vidas unos por otros (1 Juan 3:16). Alexander Ross resume bien el punto:

El amor no es una emoción a la que podemos dar expresión ahora y luego de acuerdo a como nos sintamos inclinados; es un deber que Dios requiere de nosotros todas las veces, y los hijos de Dios debieran seguramente obedecer a su Padre Celestial.


La obediencia es evidencia del amor hacia Dios

Juan enseña que la evidencia y seguridad de que conocemos a Dios y amamos a Dios es la obediencia a su Palabra: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos… Pero el que guarda su Palabra, en este verdaderamente el amor de Dios (el amor por Dios) se ha perfeccionado (es plenamente lo que debería ser)” (1 Juan 2:3, 5). Nuestro amor a Cristo se evidencia por nuestra obediencia a Cristo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:21). La obediencia demuestra el amor a Dios. La desobediencia, por otra parte, demuestra una ausencia de amor: “El que no me ama”, dice Jesús, “no guarda mis palabras” (Juan 14:24).


La obediencia es una condición para disfrutar de la comunión con Cristo

Jesús le dice a sus discípulos: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10). Nosotros no merecemos el amor de Cristo por nuestras obras ni ganamos la salvación por la obediencia, pero la obediencia es necesaria para disfrutar y crecer en estrecha comunión con Cristo. Este principio es expresado en las palabras de un gran himno antiguo “Obedecer y confiar en Jesús” de John Sammis: “Obedecer y confiar en Jesús, es la senda marcada para andar en la luz”. Por otra parte, el creyente desobediente, pierde este gozo.
Jesucristo mismo es el ejemplo supremo de esta verdad vital. Mientras estaba en el mundo él era un Hijo obediente. Disfrutó y permaneció en el amor de su Padre mediante la obediencia a los mandamientos de su Padre (Juan 10:17; 14:31; 15:10). Ahora Jesús quiere que sus discípulos “permanezcan” en su amor mediante la obediencia a sus mandamientos. Bruce Ware arroja luz sobre el razonamiento de nuestro Señor cuando escribe:

Pero a fin de que sus discípulos supieran que la conexión entre la obediencia y la permanencia en el amor de aquél a quien deben obedecer no es nuevo, o extraño, o particular sólo para ellos, él hace claro de que esto es exactamente como las cosas han obrado entre él mismo (el Hijo) y su Padre… El amor y la obediencia, corren juntos en una unión inseparable en esta relación entre Dios el Padre y Dios el Hijo.


La obediencia es un fruto del amor

La naturaleza del amor cristiano es hacer la voluntad de Dios. Obedecer al Padre era una delicia para Jesucristo porque él amaba al Padre: “Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago” (Juan 14:31). Cuando amamos a Cristo, amamos sus enseñanzas. Nos encanta agradarle, y hacemos su voluntad porque eso es lo que le agrada a nuestro amado.
“Si me amáis”, dijo Jesús, “guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). En este versículo Jesús está hablando de obediencia voluntaria del corazón, no una obediencia forzada y sin gozo. El amor nos motiva a obedecer y el Espíritu Santo nos capacita para amar (Juan 14:15–31); (ver también Deuteronomio 30:6).


Los líderes cristianos deben ser modelos en la obediencia

Jesucristo y sus apóstoles eran siervos obedientes quienes mostraban a otros cómo amar y obedecer a Dios. Lo mismo es cierto de los líderes y maestros cristianos de nuestros días. Estamos en el negocio de enseñar y modelar la obediencia a Dios.


Enseñando a otros a obedecer

La Gran Comisión declara: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,… enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:19–20). Instruir a las personas para que obedezcan los mandamientos de Cristo es parte de la Gran Comisión. No es suficiente enseñar los hechos acerca de Cristo, debemos enseñar, exhortar y adiestrar discípulos a obedecer y vivir según los mandamientos de Cristo.

Los líderes que piensan que el crecimiento en la gracia viene por conocer la Palabra de Dios sin hacerla, producirá congregaciones de cristianos pasivos que se asemejarán a seres humanos que comen demasiado y hacen muy poco ejercicio.

Por lo tanto, nuestros ministerios de enseñanza, ya sea en el hogar, en la iglesia, o en una institución teológica, han de estar dirigidos a promover la obediencia a Cristo. A veces pasamos por alto estos aspectos del ministerio. Mientras estaba asistiendo al seminario, vi a estudiantes que pasaban varias horas por día en la clase y en el estudio de la Biblia y la teología, pero no asistían a la iglesia ni compartían su fe, no tenían responsabilidades de ministerio, y cuyos estilos de vida no era diferente de los no creyentes. Disfrutaban del estudio de la teología y encontraban la Biblia interesante en el nivel teológico, pero no aplicaban lo que aprendían, ni experimentaban transformación en sus vidas. Esta no es la idea de Jesús sobre la educación o el ministerio de hacer discípulos. El dijo que fuéramos e hiciéramos discípulos, enseñándoles a obedecer “todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:20).

Jesús también advirtió de los peligros de llamarle “Señor” y de oír su Palabra pero fracasar en obedecerla o de ponerla en práctica (Mateo 7:21–23; Lucas 6:46–49; 8:21).


Modelando la obediencia

En un mundo que hiede a rebelión contra Dios, las personas necesitan ver ejemplos vivos de obediencia a su Palabra. Efectivamente, las personas aprenden tanto de observar las vidas de sus líderes como por escuchar sus palabras. Muchas fuerzas negativas —el pecado, Satanás, la carne, el mundo, y nuestra propia haraganería— continuamente nos tientan a desobedecer la voluntad de Dios, pero los ejemplos piadosos de obediencia nos inspiran y alientan a obedecer.
Dos ejemplos sobresalientes del Antiguo Testamento de líderes que modelaron y enseñaron obediencia fueron Esdras y Nehemías. Cuando Esdras, que era un maestro, sacerdote y escriba, llegó a Jerusalén desde Persia para ministrar a los exiliados, descubrió que los líderes de la nación habían guiado al pueblo de Dios a permitir matrimonios mixtos con naciones extranjeras. Este pecado estaba estrictamente prohibido por la ley de Dios (Esdras 9:1–2; 10:18).
Esdras, como todos los líderes activos, tomó acción inmediata. Primero guió a la nación a la confesión y el arrepentimiento (Esdras 9:3–10:1). Luego trazó un plan de acción para revertir sus selecciones pecaminosas, y el pueblo respondió en obediencia.
Esdras no sólo era un maestro sino un practicante obediente de la verdad. El “había preparado su corazón para inquirir en la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos” (Esdras 7:10). Su enseñanza y reforma habrían sido inútiles si no fuera por su brillante ejemplo de obediencia.
Posteriormente, Nehemías llegó a Jerusalén de Persia para reconstruir los muros desmoronados de la ciudad de Jerusalén, destruidos por los babilonios ciento cuarenta años antes. Como Esdras había hecho antes que él, Nehemías tuvo que exhortar a los líderes de la nación a obedecer la ley de Dios.
Algunos de los líderes estaban explotando la situación económica desesperante de su propio pueblo en desobediencia directa a las leyes del Antiguo Testamento sobre la usura (Nehemías 5:7–13). Nehemías reprochó la avaricia y estableció un buen ejemplo para que ellos lo siguieran. Usó su propio dinero para redimir a los israelitas que habían sido esclavizados debido a las deudas. Dio préstamos a los pobres. Como gobernador de Judea, él no tomó su plena subvención monetaria del rey. No cargó al pueblo con impuestos indebidos. En cambio, ayudó a alimentar al pueblo y alivió sus cargas.
Nehemías es uno de los grandes líderes descriptos en el Antiguo Testamento, un modelo de obediencia afectuosa a la voluntad y la ley de Dios. Debido a su fidelidad, sabiduría y amor, el pueblo obedeció a Dios y prosperó. Es un ejemplo para todos nosotros en nuestro tiempo.


La obediencia o desobediencia de un líder afecta a otros

Los reyes de Israel del Antiguo Testamento ilustran las bendiciones por la obediencia de un líder y las calamidades por la desobediencia de un líder. Durante la época de los reyes de Israel, unos 460 años desde el ungimiento del rey Saúl hasta la cautividad babilónica (586 a.C.), un modelo emerge que puede describirse en una frase: según va el rey, así va la nación.


Reyes desobedientes

Algunos de los reyes de Israel desobedecieron escandalosamente la ley de Dios. Sacrificaron a los ídolos paganos, contaminaron el templo, descuidaron la Pascua y el Sábado, violaron el pacto, perdieron la ley escrita, rechazaron los profetas de Dios, y trajeron a la nación hasta el punto de la ruina espiritual y juicios divinos. Estos líderes no amaban al Señor su Dios con todo su corazón y alma y fuerza (Deuteronomio 6:4–5), ni enseñaron al pueblo a amar a Dios y guardar sus mandamientos (Deuteronomio 6:7–9). Puesto que no amaban a Dios ni confiaban en él, no le obedecían. En cambio, amaban y obedecían a los dioses de otras naciones.
Al igual que los reyes desobedientes, algunos teólogos cristianos y oficiales de la iglesia guían a las personas a las falsas doctrinas y la inmoralidad sexual en el nombre de la tolerancia. Llaman al mal bien y al bien mal, diciendo que un Dios amante no juzgaría a las personas. Reinterpretan las palabras y doctrinas cristianas para hacerlas compatibles con los ídolos de nuestra cultura secular. Esto es una tragedia, pero la historia de desobediencia de Israel se repite hoy entre muchos que profesan ser cristianos.


Reyes indiferentes

Algunos reyes le dieron la espalda Dios; otros eran indiferentes en su obediencia a Dios. Establecían reformas parciales, confiaban en el Señor cuando convenía a sus propósitos, y comprometían la adoración de Jehová dejando intactos los lugares altos de adoración idólatra. Al final, dejaron un pobre legado para sí mismos y permitieron que la nación se desviara más de Dios.
Un claro ejemplo de los resultados de la desobediencia viene de la vida del rey Saúl en el Antiguo Testamento. Dios instruyó al rey a que destruyera completamente la ciudad de Amalec, incluyendo todos sus animales. Pero Saúl obedeció parcialmente: destruyó la ciudad pero salvó los mejores animales y bienes para sí mismo y el pueblo. Cuando el profeta Samuel lo confrontó por desobedecer al Señor, Saúl justificó su desobediencia afirmando que los animales habían sido salvados para sacrificios religiosos a Dios. La respuesta de Samuel es penetrante:

¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación (1 Samuel 15:22–23).

Si fuéramos honestos con nosotros mismos, tendríamos que admitir que muchos de los problemas y conflictos que enfrentamos en nuestras iglesias locales pueden derivar de esta clase de obediencia parcial a la Palabra de Dios. Muchas peleas y divisiones dentro de la iglesia resultan de la desobediencia a las reglas bíblicas de conducta básica. Los cristianos critican y calumnian, buscan venganza personal, se enjuician unos a otros, y rehúsan perdonarse y reconciliarse. Dicha desobediencia conduce a divisiones dentro de nuestras iglesias, relaciones destrozadas, y creyentes amargados y desilusionados. Nos preguntamos por qué nuestras iglesias son débiles y problemáticas. La razón es simple: cosechamos lo que sembramos (Gálatas 6:7–8).


Reyes obedientes

Aunque hubo muchos reyes desobedientes, hubo también algunos reyes buenos que amaban al Señor y le obedecieron de todo corazón. La Escritura dice del rey Josías: “no hubo otro rey antes de él que se convirtiese a Jehová de todo corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después nació otro igual” (2 Reyes 23:25). Esta es otra forma de decir que él obedeció el mandamiento de “amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5).
A partir del amor incondicional por el Señor y la obediencia a su Palabra, Josías destruyó los ídolos de Baal y desterró a los falsos profetas, removió los lugares altos de adoración idólatra, limpió la ciudad de Jerusalén de sus objetos extraños de adoración, y limpió la tierra de los médiums y del culto a la prostitución masculina. También restauró el templo para la adoración a Jehová, reinstituyó los sacerdotes y recuperó el libro perdido de la ley de Moisés. En respuesta al oír las palabras de la ley, Josías se humilló a sí mismo e hizo según todo lo que estaba escrito en ella (2 Reyes 2:11–13). Renovó el pacto con Dios; guió al pueblo en oración, confesión y arrepentimiento; enseñó la ley de Dios; y reinstituyó la celebración anual de la Pascua (2 Reyes 22:1; 23:25).
Josías amaba al Señor su Dios con todo su corazón, alma y fuerzas. Por lo tanto buscó obedecer totalmente todo lo que el Señor había mandado en su ley. Esto trajo reavivamiento y reforma a toda la nación. Todas las reformas y reavivamiento subsiguientes han comenzado de la misma manera, con un corazón movido por el Espíritu Santo para amar y obedecer la Palabra del Señor.


Liderazgo orientado a la obediencia

Una de las más grandes bendiciones que una iglesia puede experimentar es que sus líderes amen al Señor y se deleiten en obedecer su Palabra. Conmueve el corazón ver a una iglesia donde los líderes están comprometidos a obedecer la Escritura. Ansiosos por buscar la voluntad de Dios, y determinados a guiar a la iglesia en formas que agradan al Señor, dichos líderes son mejores líderes porque son mucho menos inclinados a descuidar sus deberes pastorales otorgados por Dios.
La obediencia es una motivación poderosa. Los líderes obedientes amarán y servirán con sacrificio a los creyentes porque la Escritura dice que “nosotros debemos poner nuestras vidas por nuestros hermanos” (1 Juan 3:16). Y estarán dispuestos a confrontar la conducta pecaminosa porque la Escritura dice: “redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2). Ellos guiarán más diligentemente porque la Escritura dice que los que dirigen deben dirigir “con solicitud” (Romanos 12:8). Trabajarán para alimentar y cuidar al rebaño de Dios porque ellos creen que el Espíritu Santo los ha colocado en la iglesia para pastorear el rebaño (Hechos 20:28). Cumplirán con sus responsabilidades porque son siervos obedientes.


Practicantes del amor

Si no enseñamos y somos modelos de obediencia, no vamos a enseñar y modelar el amor cristiano. No podemos debidamente hablar acerca del amor sin considerar la obediencia. El amor puede crecer sólo si está arraigado en el terreno de la verdadera obediencia.
La Biblia dice: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22). Si nosotros oímos las palabras de Dios pero no las obedecemos, nos engañamos y sus palabras no tienen el poder transformador duradero sobre nosotros (Santiago 1:22–25). Meramente oír las palabras de Dios acerca del amor no es suficiente. Debemos hacer que nuestras mentes estén ansiosas por “hacer la palabra”. El comentarista bíblico R. V. G. Tasker nos recuerda que el “Cristianismo es esencialmente una vida para ser vivida”.
No es suficiente oír y estar de acuerdo con la enseñanza de la Biblia sobre el amor, debemos ser practicantes del amor bíblico. Sólo los que oyen y hacen son “bendecidos”, dice Santiago, no los que se sientan en la iglesia y oyen pero inmediatamente se olvidan (Santiago 1:25). La instrucción de Santiago viene de nuestro Señor personalmente: “Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lucas 11:28). “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17.

Apéndice de palabras griegas en la Biblia


La mayoría de los cristianos están familiarizados con el sustantivo griego para amor, agapê, pero no tan familiarizados con las otras palabras para amor que se encuentran en el Antiguo como en el Nuevo Testamento en griego. Esta breve vista general se incluye aquí para proveer un entendimiento más pleno de las palabras griegas para amor, y para corregir las ideas equivocadas al respecto.


Palabras griegas para amor en la Septuaginta

El Antiguo Testamento fue escrito en Hebreo, con unas cuantas porciones en Arameo. Pero entre 250 a.C. y 150 a.C. las Escrituras hebreas fueron traducidas al griego Koiné. Esta traducción griega es llamada Septuaginta y a menudo es abreviada por los números romanos LXX, que significan setenta. La Septuaginta, como la tenemos ahora, comprende tanto las Escrituras hebreas divinamente inspiradas (nuestro Antiguo Testamento Canónico) y la Apócrifa (libros no inspirados, pero no obstante obras históricas importantes).
Los escritores del Nuevo Testamento y los primeros cristianos leyeron y estaban más familiarizados con el Antiguo Testamento en griego (la Septuaginta). Los escritores del Nuevo Testamento regularmente lo citaban. J. Julius Scott declara: “El ochenta por ciento de las citas del Nuevo Testamento son tomadas de la Septuaginta”. El continúa diciendo que “la Septuaginta se volvió la Biblia de la iglesia primitiva”.
En la Septuaginta, el verbo griego predominante para amor, agapaõ, aparece 271 veces. Por lo tanto, agapaõ no era una nueva palabra inventada por los escritores del Nuevo Testamento. En realidad, ella no sólo es la palabra dominante para amor en la Septuaginta. En el primer siglo d.C. se había vuelto la palabra corriente, general, para amor usada entre las personas que hablaban griego.
En la Septuaginta agapaõ es usada para todas las clases de expresiones de amor incluyendo, y más significativamente, el amor de Dios por su pueblo y amor de ellos por él. Este uso de la palabra en la Septuaginta hizo de agapaõ una palabra adecuada para los escritores del Nuevo Testamento para ser usada en expresiones del amor de Dios, amor para Dios, y amor entre los miembros de la familia de Dios.
El otro verbo griego importante para amor en la Septuaginta es phileõ. Aunque era el verbo más predominante para amor en el idioma griego clásico, es usado sólo treinta y dos veces en la Septuaginta (escrita en griego Koine), y mayormente con referencia a besar. En unas cuantas ocasiones es usado intercambiablemente con agapaõ. Phileõ nunca es usado en la Septuaginta para el amor de Dios por su pueblo o el amor de ellos por Dios. Su forma sustantiva, philia, puede denotar amor, pero más a menudo es usada en la Septuaginta para amistad.
El sustantivo para amor, agapê, con el cual estamos más familiarizados hoy debido a su frecuente uso en el Nuevo Testamento, aparece en la Septuaginta sólo diecinueve veces. Once de estos usos de agapê aparecen en Cantar de los Cantares. A continuación, damos unos cuantos ejemplos de agapê en el Antiguo Testamento Canónico. En todos ellos agapê es usado en referencia al amor sexual:
• “Luego la aborreció Amnon (a Tamar) con tan grande aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el amor (agapê) con que la había amado” (agapaõ) (2 Samuel 13:15).
• “Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor” (Cantar de los Cantares 2:4).
• “Porque fuerte como la muerte es el amor” (Cantar de los Cantares 8:6).
• “Las muchas aguas no podrán apagar el amor… Si diese el hombre todos los bienes de su casa por ese amor, de cierto lo menospreciarían” (Cantar de los Cantares 8:7).
En la Apócrifa agapê se usa para amor por sabiduría que conduce a Dios, amor por Dios, y posiblemente aun el amor de Dios por su pueblo.
• “Y amor por ella (sabiduría) es el guardar sus leyes, y prestar atención a sus leyes es seguridad de inmortalidad, y la inmortalidad acerca a uno a Dios” (Sabiduría de Salomón 6:18–19).
• “Los que confían en él entenderán la verdad, y los hermosos morarán con él en amor” (en el amor de ellos por Dios o en el amor de Dios por ellos) (Sabiduría de Salomón 3:9).
• “Bienaventurados son los que vieron (a Dios), y los que han sido adornados en amor (amor humano o amor de Dios); puesto que nosotros seguramente viviremos” (Eccle. o Sir. 48:11).
El adjetivo agapêtos, el cual es la palabra griega para “amado”, aparece veinticuatro veces en la Septuaginta; el sustantivo agapêsis, “amor”, trece veces. Esta palabra no se usa en el Nuevo Testamento. Por lo tanto las palabras del grupo de palabras agapaõ aparece 327 veces en la Septuaginta.


Palabras griegas para amor en el Nuevo Testamento

Las palabras griegas agapaõ, agapê y agapêtos —el principal grupo de palabras usado para expresar amor cristiano— aparece un total de 320 veces en el Nuevo Testamento. El verbo agapaõ aparece 143 veces. Su uso religioso y teológico en la Septuaginta lo hizo una elección natural para los escritores del Nuevo Testamento. Las enseñanzas de Cristo sobre amor y su ejemplo extraordinario de amor, además, le dio a la palabra un significado nuevo.
En la literatura griega no bíblica antes del segundo y tercer siglos d.C. el sustantivo agapê aparece raras veces, si es que aparece. En la Septuaginta el sustantivo agapê aparece diecinueve veces, principalmente con referencia al amor físico, sensual, y posiblemente una vez o dos veces en referencia al amor de Dios por su pueblo. En contraste, agapê aparece 116 veces en el Nuevo Testamento, más frecuentemente usado por Pablo (setenta y cinco veces) y Juan (treinta veces). Los primeros escritores cristianos hicieron de este sustantivo escasamente usado para amor (agapê) el término común para expresar el amor de Dios y de Cristo, así como también el amor humano. Por supuesto, la relación obvia de agapê a su forma verbal agapaõ ayudó en esta elección, y otros sustantivos griegos para amor simplemente no eran adecuados. Por lo tanto, los primeros cristianos usaron el sustantivo agapê y lo llenaron con su rico concepto de amor según se revela en la enseñanza y cruz de Cristo. Esto le dio a la palabra su significado cristiano distintivo y destacado.
El adjetivo griego agapêtos es la palabra para “amado”, o uno que es amado. En el Nuevo Testamento agapêtos se usa sesenta y una veces, veintisiete de ellas por Pablo. Jesucristo es llamado el “Hijo amado” y los creyentes son “amados” de Dios (Romanos 1:7). Asimismo, los creyentes a menudo se refieren unos a otros como “amados” enfatizando la relación íntima de familia cariñosa que existe entre ellos.
Además del verbo agapaõ hay otro verbo para amor, phileõ. Phileõ es la segunda palabra más frecuentemente usada para amor en el Nuevo Testamento (veinticinco veces), usada mayormente por Juan en su evangelio. A pesar de las distinciones entre agapaõ y phileõ, dependiendo del contexto, los verbos son a veces usados intercambiablemente sin diferencia aparente. Phileõ así como agapaõ puede ser usado en referencia a diferentes clases de amor. Phileõ es usado para el acto de besar, amor entre amigos, el amor del Padre por el Hijo (Juan 5:20), y nuestro amor por Jesucristo (1 Corintios 16:22). Pero claramente agapaõ es la palabra predominante para amor en el Nuevo Testamento, especialmente con referencia al amor de Dios que hace posible que nos amemos unos a otros.
Finalmente, el Nuevo Testamento usa la palabra griega compuesta Philadelfia, “amor fraternal”, un término familiar, para describir la calidad del amor que une a los cristianos. Esta clase de amor es un amor familiar íntimo y duradero. Los primeros cristianos entendían que ellos mismos eran una verdadera familia de hermanos y hermanas en Cristo. En cuanto a la importancia crucial de este tipo de amor en la iglesia James Moffatt comenta que “ninguna iglesia tiene perspectiva alguna de estabilidad o posibilidad de existencia a la vista de Dios si descuida el amor fraternal”.8


 

 

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