Madrid, España

LAS OBRAS DE LA CARNE Y EL FRUTO DEL ESPIRITU

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LAS OBRAS DE LA CARNE Y EL FRUTO DEL ESPIRITU

 

Una Guerra Continua

Gálatas 5:16–26

Las obras de la carne y el fruto del espiritu: ¿Alguna vez se ha sentido desanimado porque trata de llevar una buena vida, pero se da cuenta de que sigue siendo pecador? O, ¿cuando confía en los hermanos y de repente éstos fallan y no se conducen como se espera de ellos? Si esta ha sido su experiencia, este mensaje es para usted. Si nunca se ha sentido así, no podrá comprenderlo.
¿Cómo se reconoce a los verdaderos hijos de Dios? ¿Qué características deben mostrar que indiquen que Dios está con ellos? El apóstol Pablo aplica la verdad doctrinal acerca de la santificación de los hijos de Dios a la manera en que deben andar diariamente. Esta porción es uno de los textos de mayor importancia en cuanto a la doctrina de la santificación y su práctica.
Los judaizantes querían obtener la bendición de Dios por medio de la ley. Pablo les responde refiriéndose a la importancia que tiene el comportamiento de los hijos del Señor.

El énfasis principal de esta sección es que si confiamos en nuestro propio esfuerzo, sólo podemos producir frutos que no agradan a Dios (5:19–21). La expresión la carne en las epístolas de Pablo se refiere a las acciones y obras que realizamos por nuestra cuenta. En este caso, Pablo señala la realidad de que nuestros mejores esfuerzos nos cierran la puerta del reino de Dios porque no nos punden salvar ni santificar. En realidad, tanto la salvación como la santificación son obras del Espíritu de Dios que vive dentro de sus hijos, no el resultado de nuestras obras (5:25; Colosenses 2:6–7).


CONFLICTO ENTRE LA CARNE Y EL ESPIRITU  Galatas 5:16–18


La vida espiritual es el resultado de la obra del Espíritu Santo en nuestra vida (5:16). El reto consiste en que vivamos continuamente bajo su control y que tomemos una actitud decidida de jamás rendirnos al dominio de nuestros propios impulsos.
Esta clase de vida implica una lucha constante que se efectúa dentro de nosotros (5:17). Lo que somos y podemos hacer está en conflicto permanente con el Espíritu Santo; confrontación que nunca terminará mientras vivamos.
No debemos dejarnos engañar. Aun si somos cristianos, nuestros esfuerzos se oponen a la obra de Dios. Cuando tratamos de hacer las cosas por nosotros mismos, impedimos al Señor intervenir. Cuando el Espíritu hace la obra, ni la ley ni nosotros podemos hacer nada. La batalla resulta del hecho de que la carne quiere producir su propio fruto y el Espíritu Santo el suyo. Tanto la Palabra de Dios como la experiencia demuestran que este conflicto entre la carne y el Espíritu continúa a través de nuestra vida.

¿Qué evidencia de esta batalla ha visto en su vida? ¿Cómo la ha confrontado? ¿Cómo podría ganarla conforme a las exhortaciones de Pablo en este pasaje?


FRUTO DE LA CARNE  Galatas 5:19–21


Los resultados de nuestros esfuerzos nunca podrán agradar a Dios. Cuando vivimos sin la ayuda divina, nuestra naturaleza humana sólo produce su fruto natural. El apóstol Pablo describe esta realidad en forma negativa señalando la clase de fruto que produce la carne. Los resultados son feos y abominables; llegan a tal extremo, que practicarlos continuamente nos impide la entrada al reino de Dios.
Los efectos de nuestros esfuerzos son todo lo contrario de lo que la vida cristiana debe ser. Presentan precisamente el cuadro de lo que la vida espiritual no debe ser y ponen de manifiesto la imposibilidad de lograr la santificación por nosotros mismos. ¿Cuál es el fruto que produce nuestra naturaleza? Primero, Pablo describe los pecados relacionados con la vida sexual (5:19). Incluye entre ellos el adulterio, la fornicación, la prostitución y toda impureza sexual. Después se observan los pecados religiosos que resultan de tratar de agradar a Dios: la idolatría y la hechicería (5:20a).
La mayoría de las transgresiones que resultan de la carne son sociales, las faltas que la gente considera pequeñas. Aquí las presenta como siendo iguales que los pecados grandes e igualmente capaces de impedir la entrada al reino de Dios. Los pecados sociales mencionados incluyen enemistades, desacuerdos, celos, iras, contiendas, divisiones, conflictos, y envidia (5:20b–21). La lista de las obras de la carne concluye con los pecados que se dan en las fiestas o celebraciones: borracheras y orgías (5:21b).
En caso de que se le hubiera pasado mencionar algún otro, Pablo termina la lista añadiendo “y cosas semejantes”. Los que se caracterizan por la práctica de las obras del hombre natural, no tienen parte en el programa de Dios. En otras palabras, tales personas no son salvas (5:21). Esta advertencia no quiere decir que si alguna vez el cristiano llegara a cometer alguno de estos actos perderá su salvación, porque todos somos susceptibles de caer en estos pecados de vez en cuando, en especial, cuando permitimos que nuestros deseos y esfuerzos naturales nos controlen. Sin embargo, este estilo de vida no se manifiesta normalmente en la vida de los verdaderos hijos de Dios, porque su Espíritu reside en nosotros y produce otra clase de fruto.


NUESTROS MEJORES ESFUERZOS
PRODUCEN EL FRUTO
DE LA NATURALEZA HUMANA

LAS OBRAS DE LA CARNE Y EL FRUTO DEL ESPIRITU


EL FRUTO DEL ESPÍRITU Galatas 5:22–23


En contraste con el producto de la naturaleza humana, la vida espiritual verdadera se produce en forma natural cuando el Espíritu Santo está presente (5:22–23a). Este nuevo estilo de vida cumple con los requerimientos fundamentales de la ley (5:23b).
Pablo señala que los resultados del control del Espíritu se ven en actitudes transformadas. Si andamos por fe, con el poder que el Espíritu provee, él dará el fruto que le es natural. La lista del fruto de esa divina persona incluye nueve características que sólo Dios puede dar a quienes son controlados por el Espíritu Santo y que los distingue de la gente que los rodea.
El primer fruto, que algunos consideran la fuente de la cual brotan los demás, es el amor, pero no la clase que el mundo propone. El amor que produce la naturaleza humana se basa en la apariencia física o en los méritos de la persona amada. Por el contrario, el tipo de amor que Dios nos muestra, es el que no toma en cuenta los méritos o la falta de ellos. Siempre busca el bien del otro, sin importar lo que cueste.
El segundo fruto es gozo. No se refiere a la alegría, ni a la risa o la sonrisa. Este gozo no depende de las circunstancias externas. Más bien, se manifiesta cuando la situación en la que estamos es adversa. Es el gozo que brota de lo profundo de nuestro ser, y que reconoce la soberanía de Dios quien controla todo lo que acontece.
El tercer fruto es paz. Se refiere principalmente a la que sentimos en nuestro interior aun cuando el mundo esté en conmoción y en toda situación por difícil que sea. Esta paz viene de Dios y tampoco depende de lo que nos rodea. Es también la actitud práctica que tomamos frente a los ataques de otros porque no busca la venganza.
El cuarto fruto que el Espíritu de Dios produce es la paciencia. La palabra empleada en este caso quiere decir lento para enojarse. Una persona que posee esta característica puede aguantar a otros, aun cuando sean insoportables. Tampoco busca venganza a pesar de la provocación continua, porque Dios da la capacidad de perdonar, tal como hizo David, quien pudiendo matar al rey Saúl, no lo hizo.
Cuando el Espíritu de Dios nos dirige, también produce benignidad. Esta palabra incluye las ideas de benevolencia y misericordia; es cuando buscamos oportunidades para ayudar al que tiene necesidad o problemas.
El sexto fruto del Espíritu es la bondad. Se refiere al que hace bien, el que discierne lo que es correcto y hace sólo lo bueno.
La fe es otro fruto notable que surge en la vida cuando el Espíritu de Dios está en nosotros. La palabra fe se presenta en la Biblia bajo dos acepciones. En ocasiones, se refiere a la confianza que depositamos en alguien o en algo. Pero a veces se usa para describir las características de alguien digno de confianza y en tal caso, puede traducirse como confiabilidad o fidelidad. Personalmente, para este pasaje prefiero el segundo significado: que el Espíritu de Dios produce una persona fiel, confiable. Sin embargo, también es aceptable la otra acepción, porque el Espíritu Santo produce la fe, o sea la capacidad de confiar en Dios aun en las circunstancias difíciles. Tal vez sea mejor aceptar las dos ideas, reconociendo que el Espíritu divino produce confianza en Dios en horas oscuras y difíciles, así como siervos dignos de confianza.
El octavo fruto del Espíritu es la mansedumbre. La idea de una persona mansa no ha sido bien aceptada, y normalmente no se ha comprendido desde su perspectiva bíblica original. Esta cualidad no se refiere a debilidad de carácter como muchos imaginan, sino que describe el poder de controlarse; una persona capaz de mandar, pero que voluntariamente se somete a los demás; que está dispuesta a ser enseñada y no lucha por hacer valer sus derechos. Jesucristo y Moisés se presentan como los mejores ejemplos de esta clase de persona, y sin embargo, no existió debilidad en ninguno de ellos.
Finalmente, el fruto del Espíritu incluye la templanza o dominio propio. Esta palabra se utilizaba para describir la disciplina de un atleta, indispensable para desempeñar un buen papel en las competencias. Así también nosotros tenemos que disciplinarnos en la lucha espiritual y aprender a controlarnos. Tenemos que desarrollar la capacidad de andar en el mundo sin contaminarnos.
En base a esta lista, podemos observar que estos frutos tienen que ver principalmente con nuestras actitudes, las cuales siempre constituyen lo más difícil de cambiar y que sólo Dios puede hacerlo.
También podemos notar que el fruto señalado afecta nuestras relaciones interpersonales. Donde se nota más la obra de Dios es en nuestro comportamiento para con otros. Todos debemos preguntarnos de vez en cuando: “¿Qué ven mis amigos en mi vida que sólo la presencia de Dios puede explicar?”
Varios comentaristas han observado que la suma de estas nueve cualidades son una buena descripción del carácter de nuestro Señor Jesucristo. El Nuevo Testamento enseña que el Espíritu Santo fue el encargado de revelar a Dios a los hombres cuando se manifestó en Cristo. Ahora, las evidencias de la vida espiritual en nosotros tienen el mismo propósito, el de revelar a los hombres a Dios, quien mora en nosotros.
Finalmente observamos que este fruto sirve para describir el carácter de un siervo. Las actitudes del creyente no deben ser las de amo o señor, sino de siervo. ¿Pensamos como siervos? ¿Buscamos el bien del otro? O, ¿siempre procuramos obtener nuestro provecho propio?

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