Madrid, España

LA VENIDA DEL REINO: 4 PARÁBOLAS EXPLICADAS

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LA VENIDA DEL REINO: 4 PARÁBOLAS EXPLICADAS

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Parábola del sembrador (Mar. 4:1–19; Mat. 13:1–19; Luc. 8:4–8)

El contexto sinóptico

Esta parábola tan familiar de Jesús es una de las pocas que se hallan en los tres Evangelios sinópticos. Es claro que la forma vista en Marcos es la más antigua. El relato marcano se distingue por sus arameísmos; estos, a su vez, arguyen poderosamente a favor de su primitividad. El texto en Mateo sigue muy de cerca al de Marcos, lo cual indica un deseo por usar fielmente la fuente más primitiva con respeto y precisión . Parece que Marcos reprodujo con fidelidad la parábola tal y como Jesús la dio. Parece que hay un solo agregado redaccional por Marcos en el versículo 5: “donde apenas había tierra”. Aunque Marcos nos da la parábola en su pristinidad, Mateo es el que bautiza la parábola con el nombre “el sembrador”. Además, debe notarse que la figura del sembrador no era desconocida para el pueblo de Israel. El libro apócrifo de 2 Esdras 9:30–33 contiene alusiones a problemas de los israelitas por no haber protegido “la buena semilla que les había sido sembrada”. No es sostenible, no obstante, que Jesús haya empleado directamente este vocabulario apócrifo para forjar su parábola. Es mucho más probable que Jesús usara una figura muy común en la vida agrícola cotidiana de su día.

El contexto en el ministerio de Jesús

Para algunos, es fácil dar con la situación que produjo la enseñanza de Jesús de esta parábola. Jesús mismo había estado predicando y enseñando acerca de la venida del reino de Dios. A cada paso esta predicación había chocado con intereses creados y había experimentado fracasos (Mar. 6:5 ss.), oposición radical (Mar. 3:6), y abandono de parte de algunos seguidores (Juan 6:60). La desilusión y la frustración bien podrían haber embargado el ser de Jesús por estas experiencias. Justo la parábola del sembrador es contada por Jesús para desmentir tal sentido de derrota. Parece ser que la idea central de la parábola es que pese a los fracasos en la siembra, aguarda una gran cosecha. Jeremias, siguiendo a su gran maestro G. Dalman, lo expresa así:

Con la cosecha se compara como tantas veces la irrupción del reino de Dios … Aunque mucho del trabajo parece ser en vano y sin éxito para los ojos humanos, aunque en apariencia suceden fracasos tras fracasos, Jesús está lleno de alegría y de confianza: La hora de Dios viene y con ella la bendición de una cosecha que sobrepasa todas las esperanzas. A pesar de todos los fracasos y resistencias, Dios hace aparecer de unos comienzos sin esperanza el final magnífico que había prometido.

Es del todo lógico, pensando juntamente con Dodd , que el sembrador aludido en la parábola no es otro sino Jesús mismo. El Maestro estaría, con esta parábola, describiendo sus propias vicisitudes en su ministerio. Pero, al igual que el sembrador oriental durante el día de Jesús no se daba por vencido debido a las inevitables pérdidas en el proceso de sembrar a voleo, Jesús reconocía que los aparentes fracasos serían trocados en victoria por el poder de Dios. Lo aparentemente perdido resultaría en el más inimaginable éxito: el reino de Dios. Es preciso recordar que la idea esencial de la parábola dentro del contexto de Jesús es patentemente la realización exitosa del reino de Dios, pese a todas sus oposiciones.
¿Es la interpretación ofrecida por Jeremias y Dodd la única viable? Si por “viable” entendemos “posible”, obviamente la respuesta es “no”. De hecho, muchas interpretaciones se han dado; muchas de ellas son por eruditos de mucho peso. Algunas de estas interpretaciones de la parábola del sembrador son: (1) para animar a los discípulos en su tarea misionera, (2) para plantear la responsabilidad que tienen los oyentes de la palabra (la semilla) de obedecerla, (3) para demostrar la necesidad del arrepentimiento de todo Israel para que el reino venga. Vincent Taylor concuerda con Dodd y Jeremias en una interpretación apocalíptica de la parábola: aunque no todo el mundo recibe el mensaje de Jesús en torno al reino, esto no frustra los propósitos de Dios respecto a su reino. Al fin y al cabo, el soberano Dios logrará sus propósitos para el mundo.

¿Qué de la explicación de la parábola del sembrador registrada en Mateo 13:18–23, Marcos 4:13–20, Lucas 8:11–15? Hay distintas maneras de ver la naturaleza de esta explicación. Para algunos, esta explicación o interpretación alegórica de la parábola se remonta a la iglesia primitiva y no a Jesús mismo. Las razones por las que se llega a esta conclusión son mayormente razones lingüísticas halladas dentro del mismo texto: (1) el término “la palabra”, usada sin un complemento en el griego koiné es una expresión de la iglesia primitiva y no de Jesús; (2) en Marcos 4:13–20 abundan vocablos que no figuran en los demás sinópticos, pero sí están en otros escritos neotestamentarios, especialmente los de Pablo; (3) la explicación tiene un estilo nada hebraico sino griego; hay que recordar que Jesús daba sus parábolas en arameo y no en el griego koiné; (4) la aplicación de la siembra a la predicación no concuerda con Mateo 9:37, 38; Lucas 10:2; Juan 4:35–38 en donde Jesús relaciona la predicación con la cosecha; (5) la interpretación, por su tendencia alegorizante, tiende a perder de vista la enseñanza principal de la parábola. Es decir, pese a los fracasos, se obtiene una cosecha abundante. Estos eruditos no dejan de reconocer que la iglesia primitiva tenía sus razones exhortativas para tal acción.

Hay otra manera de ver la interpretación aludida: es parte y parcela de la parábola original y se remonta a Jesús mismo. Esta es la interpretación tradicional. Uno de los elementos que favorecen esta postura es que la parábola, según Marcos (y seguido éste por Mateo y Lucas), está dirigida a un grupo selecto de sus seguidores. Muchas de las parábolas del reino se hallan dentro de un contexto conflictivo, o sea, se narran para los contrincantes de Jesús. Según la explicación, este no es el caso. Es evidente que la explicación asume un cariz alegórico en que para cada detalle de la parábola hay un significado correspondiente. La semilla es la palabra (el evangelio), la recepción de la palabra varía según las condiciones en que la palabra sea sembrada por el sembrador. Es claro que esta interpretación de la explicación cuadra con la realidad de la naturaleza de la obra del evangelismo en toda época y todo lugar.
En realidad, remóntese la interpretación a Jesús mismo o al período posterior del período apostólico, se debe ver en esta explicación la obra del Espíritu Santo en la inspiración de la tradición cristiana. Si bien la supuesta interpretación de la iglesia, por trasladar la parábola a su propio contexto, cambiara esencialmente el sentido de la parábola, esto no significaría que la interpretación debe ser desechada como si fuera un elemento totalmente demás. Más bien, si estuviera en lo correcto la postura no tradicional, habría que agradecerle a Marcos el habernos transmitido una explicación eclesial que antedata al mismo Evangelio de Marcos.
Para algunos, la interpretación de la parábola registrada en forma variada en los tres sinópticos es especialmente indicativa de las condiciones y necesidades de la iglesia primitiva. La iglesia del primer siglo no quedaba exenta de los embates satánicos. Especialmente Lucas, en su versión de la interpretación, refleja su afán porque la iglesia permanezca fiel e inmóvil ante lo demoníaco y las deserciones. Jones indica tres motivos esenciales que explican las apostasías; las toma de los varios sinópticos de la siguiente manera: en primer lugar está la carencia de entendimiento (Mat. 13:19). La interpretación de la parábola del sembrador indica que la palabra ciertamente se había escuchado (Mat. 13:19; Mar. 4:15; Luc. 8:12), pero no se le había atendido. Lucas (8:12) aclara bien que aunque la palabra se había escuchado, los oyentes no habían creído aún, y por ende, no eran salvos. El Evangelio de Mateo deja la impresión (13:19a) que era preciso el entendimiento antes de poderse convertir al evangelio. Puesto que el Evangelio de Mateo era probablemente un manual de instrucción para catecúmenos, se entiende más su énfasis sobre el entendimiento. Segundo, no tan sólo la falta de entendimiento resultaba en las deserciones: la persecución y las tribulaciones no dejaban de cobrar sus víctimas. Se reconoce que la persecución venía precisamente por causa de la palabra (Mat. 13:21; Mar. 4:14); la persecución está sugerida por los pedregales. Aunque se había escuchado la palabra, la nueva planta carecía de raíces, y al llegar momentos difíciles, no podían hacer otra cosa sino apostatar (Mat. 13:21; Mar. 4:17; Luc. 8:13). Lucas especialmente sugiere que creían por un tiempo, pero su creencia no resistía la tentación. El evangelista Lucas es el que más recalca la imperiosa necesidad de la perseverancia durante momentos difíciles. Queda una tercera causa de las deserciones según los sinópticos: la mundanalidad. Marcos 4:19 específicamente menciona el hecho de que “las preocupaciones de este mundo” pueden ahogar la vida naciente puesta por la palabra.
He aquí dos maneras de ver la “explicación” de la parábola del sembrador: la tradicional y la no tradicional. ¿Cuál de las dos le satisface más a usted?

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La parábola para el contexto latinoamericano

Si posiblemente los escritores del período apostólico creyeran prudente y necesaria una explicación de la parábola que versara sobre su propia situación y contexto, ¿no nos incumbe intentar lo mismo para nuestro día y nuestras latitudes? Eso sí, reconozcamos de nuevo que la contextualización de la parábola del sembrador para América Latina parte totalmente de su significado para Jesús y para la iglesia primitiva. En el caso de la parábola del sembrador, por lo tanto, principiamos con dos significados contextuales: (1) en el contexto del ministerio de Jesús vimos que la parábola deja la idea de que el reino de Dios se logrará pese a todas las oposiciones. Aunque tenga comienzos pequeños y pocos prometedores, habrá una cosecha grande y ésta será realizada por Dios, el rey del reino. Obviamente, dentro del contexto del ministerio terrenal de Jesús, la parábola tiene tintes escatológicos fortísimos. Por ser la parábola del sembrador de un tenor escatológico y apocalíptico en los labios de Jesús, sólo podemos ver un mensaje de aliento frente a todo lo que se oponga a su realización en la tierra. Una América Latina sumida en situaciones de injusticia, de desigualdades de trato, de “violencia y pecado institucionalizados”, puede vérselas muy negras cuando contempla todos los obstáculos que afronta. Los que creemos en la realidad y las posibilidades del reino de Dios sólo podemos señalar a la parábola del sembrador como un gran aliciente. Lo que hay que reconocer es que el pecado en el ámbito individual y colectivo, tanto dentro como fuera de Latinoamérica, es lo que produce las condiciones nada halagadoras en las sociedades latinoamericanas. Ante esta situación, hay dos extremos que se deben evitar a toda costa: (a) un optimismo humanístico (la teología sistemática lo llama “el semipelagianismo”) en el cual se cree que todo es posible para el hombre siempre y cuando éste se empeñe en hacerlo. Esta postura minimiza cuán hondamente está calado el pecado dentro de la naturaleza del hombre. El pecado (léase oposición a Dios, orgullo personal que desemboca en la divinización del mismo hombre) está basado ciertamente en el individuo, pero no cesa allí; pronto invade las mismas estructuras sociales con los mismos resultados funestos que aquejan al hombre individual que vive sólo para sus propios intereses.

Un optimismo humanístico pregona que los males sociales pueden eliminarse por los esfuerzos humanos solamente; puesto que los males se originan en el hombre, él mismo puede sacarse del hoyo. Esto es justamente lo que la parábola del sembrador en labios de Jesús no enseña. Al contrario, Jesús, mediante su parábola, reconoce que hay barreras infranqueables para los hombres. (b) La segunda actitud que se debe evitar, si el reino de Dios en la América Latina va a ser algo más allá de un espejismo, es un pesimismo fatalista. Precisamente una de las características en ciertos sectores de la América Latina es esta actitud de derrotismo: “¿qué se va a hacer?”. Una expresión muy mejicana es “¡ni modo!”. Sería difícil determinar con precisión cuánto de esto puede trazarse hasta la madre patria y a los conceptos de los árabes dentro de su religión el Islam y la voluntad inexorable de Alá. El hecho es que América Latina ha vivido con situaciones pecaminosas de opresión, de falta de empleo, de hambre, de sociedades clasistas por tanto tiempo, que muchos se han rendido, y ni esperanzas tienen para un futuro distinto. Si bien la parábola del sembrador nos enseña que los hombres por sí mismos no pueden remediar la situación, ciertamente nos infunde aliento para que sepamos que no hay situación irremediable para Dios. Aunque el reino de Dios nunca se realizará en toda su gloria sobre la tierra (recordemos que la doctrina en labios de Jesús es fundamentalmente escatológico-apocalíptica), la parábola nos incita a que no “tiremos la toalla”, pues sí hay algo que el pueblo de Dios puede y debe hacer. ¿Qué cosa es? Reconozcamos, juntamente con Jesús, que hay situaciones de pecado en la América Latina que nos parecen irremediables. Pese a estas condiciones trágicamente reales, hay esperanza para la América Latina a medida que ella se someta a Cristo el Rey y permita que Dios empiece a lograr su voluntad de manera individual y colectiva. Esto se logrará de manera parcial únicamente a través de la predicación de palabra y de hecho del evangelio, cuando el pueblo de Dios llegue a ser “sal” y “luz”, poniendo su granito de arena en la vida pública y política de cada nación latinoamericana. En resumen, la parábola del sembrador nos alienta a saber que, pese a contracorrientes, el reino de Dios es una realidad implacable precisamente por ser de Dios; nos amonesta a que hagamos todo cuanto esté de nuestra parte porque los hombres y la sociedad se sometan a Dios en Cristo y así ver que la voluntad de Dios se haga en tierras latinoamericanas “así como en el cielo”.
Vimos que después del ministerio terrenal de Jesús había un posible segundo contexto bíblico: el de la iglesia primitiva. Se notó que la iglesia apostólica posiblemente convirtiera la parábola del sembrador (una parábola escatológico-apocalíptica en labios de Jesús) en una parábola autoritativa de Jesús para su propio día. No hace falta recalcar mucho el hecho de que los mismo males de incomprensión, persecución, tribulación y mundanalidad siguen aquejando a los creyentes latinoamericanos en el ámbito personal. Puede que estos problemas asuman otro cariz en la actualidad, pero esencialmente permanecen iguales y con los mismos resultados de debilitamiento y deserción. En un continente en donde la religión cristiana tiene una historia de más de cuatro siglos, siguen existiendo fuerzas malignas que vienen a “arrancar la semilla”, y ocasionan que algunos abandonen su profesión y su llamamiento. Marcos 4:19 pareciera estar aludiendo a la modernidad cuando dice: “pero las preocupaciones de este mundo, el engaño de las riquezas y la codicia de otras cosas se entrometen y ahogan la palabra, y queda sin fruto”. Por siglos que tenga una tradición cristiana en América Latina, por “surcado” que pareciera el campo por su tiempo de “cristianización” o “cristiandad”, los mismos males que Marcos veía en la iglesia primitiva aún hacen sus estragos. Aun entre gente supuestamente evangelizadas, el imán de las riquezas mal habidas suele socavar la palabra del reino; la palabra queda sin fruto en ella al permitirse que haya un desequilibrio tan marcado entre los adinerados y las clases totalmente marginadas. Es cierto que los sistemas económicos alientan esto, pero los sistemas económicos son sostenidos y alimentados por individuos. Lamentablemente, muchos de estos, que no tan sólo permiten sino fomentan las injusticias económicas, son personas que en otro tiempo habrían dado lealtad primordial a la palabra del reino. Pero, el mismo Señor advirtió contra el tener dos señores: o se sirve a Dios y así fomentar la justicia, o se sirve a Mamón (el dios de las riquezas) y se produce lo que contemplamos en América Latina. El llamado de hoy es el mismo que hacía la iglesia primitiva: sometámonos a la palabra del reino para que el Dios de toda justicia reine en nosotros y en nuestra sociedad.
Cuando se reconocen las enseñanzas que implicaba la parábola del sembrador para Jesús y la iglesia primitiva, no es tarea difícil lograr una aplicación viable para el creyente contemporáneo. En primer lugar, se recuerda que Jesús quería dejar con su parábola la idea del optimismo respecto al éxito final del reino de Dios, pese a los rechazos del evangelio de parte de los hombres. El propósito de Dios se lograría inexorablemente en torno al reino. Ya que esa verdad es patente, incumbe a los creyentes modernos no desanimarse ante las experiencias semejantes en su propia predicación del evangelio. El siglo nuestro, al igual que el primero, se caracteriza por fracasos tanto como éxitos en la obra cristiana. El que haya personas que rechazan nuestros intentos por esparcir el evangelio no debe frustrarnos a tal grado que nos damos por vencidos. Seguramente, Jesús deja la misma palabra de aliciente para sus seguidores de hoy: “persistan en sus esfuerzos misioneros; al fin y al cabo, el éxito está en las manos de Dios; él dará la victoria final”.
Hay que tener presente de nuevo que cualquier aplicación individual que haya con base en la parábola tiene que partir del significado que tuviera dicha parábola dentro del contexto de la iglesia primitiva tanto como en el de Jesús mismo hasta dónde se pueda determinar. La parábola del sembrador representa un perfecto ejemplo de cómo la iglesia primitiva tomaba una parábola de Jesús para aplicarla a su propio medio. Al ver esos dos contextos ya, se notó que la posible aplicación hecha por la iglesia primitiva era diferente a la del contexto original de Jesús. Los Evangelios se escribieron varias décadas después de la muerte de Jesús, y las situaciones habían cambiado. La iglesia primitiva ya había comenzado a experimentar el rechazo de su mensaje evangélico. Es obvio que las distintas explicaciones por ese rechazo las encontraron en la parábola del sembrador. Hoy día los creyentes pueden, al igual que la iglesia primitiva, reconocer que el que la gente rehuya una aceptación del evangelio puede achacárselo a varios factores: por una carencia de entendimiento (Mat. 13:19), porque la palabra se escucha, pero no se atiende (Luc. 8:12), la persecución viene por fidelidad en la predicación de la palabra (Mat. 13:21; Mar. 4:14). El evangelista Lucas es el que insiste en la perseverancia ante las dificultades en la tarea, y Marcos es el que da aun otro motivo por el rechazo del mensaje: la mundanalidad (Mar. 4:19). Estos mismos factores siguen vigentes hasta el día de hoy, y hace falta que seamos fortalecidos por la insistencia de Lucas respecto a la perseverancia en la tarea misionera. Recordemos que el éxito final está en las manos de Dios.


Parábola del trigo y la cizaña (Mat. 13:24–30 y su explicación Mat. 13:37–43)

El contexto sinóptico

Nos topamos con una parábola que se encuentra únicamente en el Evangelio de Mateo entre los sinópticos. El Evangelio gnóstico de Tomás tiene una forma muy abreviada de la parábola en su Logion #57. Lo que primero llama la atención es que la parábola en Mateo consta de unas 170 palabras, la versión cóptica en Tomás apenas llega a 75 palabras. Faltan muchos detalles en ésta y se omite del todo la explicación un tanto alegorizada de la parábola que sí se halla en Mateo 13:37–43.
Ya que la parábola del trigo y la cizaña no figura en otros de los sinópticos, hay varios escritores que intentan encontrar una relación entre ésta y otras de las parábolas. Esto es especialmente el caso con la parábola del crecimiento de la semilla (Mar. 4:26–29). Fisher, siguiendo a Manson en su libro The Sayings of Jesus (Los dichos de Jesús), opina que la parábola del trigo y la cizaña es una ampliación de la parábola breve en Marcos.
En cuanto a su ubicación dentro del Evangelio de Mateo, se nota que la parábola bajo estudio sigue después de la del sembrador y su interpretación (Mat. 13:3–8, 18–23). Se ha visto que ésta gira en torno al comienzo del reino. Ya que el autor de Mateo tenía el Evangelio de Marcos como una de sus fuentes, se esperaría que la parábola del crecimiento de la semilla apareciera después de la del sembrador. Tal no es el caso. Lo que sí hay que notarse es que el énfasis de dicha parábola está presente. Es decir, ambas parábolas recalcan diferentes aspectos del crecimiento del reino. En efecto, la parábola del trigo y la cizaña aborda la cuestión del crecimiento y el desarrollo del reino. También, parece que Mateo colocó la parábola justo en el lugar donde estaba la del crecimiento de la semilla en Marcos.
Tocante a la influencia del autor Mateo sobre el arreglo de los materiales en esta parábola y su contexto, se nota que esta parábola se halla en el tercero de cinco discursos dentro de su Evangelio. Este tercer discurso arreglado tópicamente por Mateo, se ha llamado “el discurso parabólico” (Mat. 13:1–52). Las siete parábolas que están contenidas en este capítulo son auténticamente todas de Jesús, pero probablemente dadas en ocasiones y tiempos distintos por él. Mateo las recopila y las arregla en un solo capítulo. Según Mateo, sirven para la comunidad creyente como revelaciones de los misterios del reino de los cielos (Mat. 13:11 ss.). Estas revelaciones estaban disponibles para los creyentes cristianos, pero no para el público en general. Justamente, es el Evangelio de Mateo que demuestra el comienzo de la separación entre el vulgo que no entiende la revelación indirecta en las parábolas y los discípulos que sí la entienden y se aprovechan de dos ocasiones más en las que se les da una instrucción especial (Mat. 13:18–23; 13:36–43).

El contexto en el ministerio de Jesús

Varios de los eruditos han procurado encontrar una situación en el ministerio de Jesús que evocara la enseñanza de la parábola. El autor Jeremias cree que Jesús reaccionaba ante los movimientos puritanos dentro de los fariseos. Al hacerlo, predicaba una idea más tolerante del reino de Dios dentro del cual, por lo menos provisionalmente, el bien y el mal coexistirían. Por lo tanto, no había que procurar eliminar desde el arranque “la gente de la tierra” que no conocía la ley. Hendrickx no acepta esta postura, porque tiende a hacer que Jesús vaya de acuerdo a las categorías de los fariseos, o sea, que el vulgo era “la semilla mala” y los fariseos “la buena”. Esto, desde luego, contradice todo lo que sabemos acerca de Jesús y su evaluación de la gente de la calle. Vez tras vez, expresaba su aceptación de los marginados y su desaprobación de la actitud de superioridad de los fariseos. Hendrickx, más bien, encuentra que probablemente los que provocaron esta parábola de Jesús serían algunos de sus propios discípulos, tal vez galileos. Éstos tendrían sus propios conceptos de la pureza del reino, y por lo tanto reaccionarían ferozmente en contra de cualquier manifestación de deserción entre los discípulos. Habría otros desertores antes de Judas Iscariote. Sería a estos galileos a quienes Jesús pronunciara la parábola. Su mira sería que ellos entendieran la paciencia de Dios y el carácter paradójico del reino; es decir, actualmente, el reino, tratándose de sus súbditos, era imperfecto. No debían rebelarse contra la situación actual. Por lo tanto, la parábola en labios de Jesús representa una respuesta a un error de los discípulos. Es interesante notar que la explicación de la parábola es para los discípulos y no para los fariseos (Mat. 13:36–43).
Veamos algunos de los detalles de la parábola. El vocablo “cizaña” no es muy usual. La traducción inglesa de la palabra griega zizanía comúnmente es “hierba mala”. Ésta no es una traducción muy adecuada. Fisher describe la planta como una hierba venenosa que se asemeja mucho al trigo. En sus primeras etapas de crecimiento es prácticamente indistinguible de la planta alimenticia. Durante el proceso de crecimiento es imposible separar la cizaña del trigo. Las raíces de las dos plantas están entretejidas, de modo que arrancar la cizaña dañaría también el trigo. Para el colmo, esta hierba sólo crece en los campos cultivados. Algunos, inclusive, opinan que la cizaña es una degeneración del trigo.
Parece que el agricultor de la parábola tenía algunos recursos económicos. Esto se nos indica al hablar de sus siervos además de los segadores. No todos los agricultores palestinos podían emplear a esta clase de personas. Como todo buen agricultor, consiguió “buena semilla” para sembrar (v. 24). Algunos creen que esta descripción de la semilla está de más, pero Hendrickx  atinadamente asevera que esta expresión se da en anticipación del v. 25 en donde se nos habla de “otro” que siembra la cizaña. También es algo excepcional que se nos diga que la buena semilla es sembrada en su campo, es decir, el campo del dueño agricultor. Esto es así, porque el enemigo venía a sembrar mala semilla en un campo que no era suyo propiamente dicho. Es interesante que no se nos diga ni cómo ni cuándo se hacía la siembra. No eran detalles importantes para la historia.
Luego que se termina la siembra y durante la oscuridad de la noche, llega el enemigo. Es hora cuando todos los empleados están durmiendo. Por encima de la semilla buena que se sembró anteriormente, siembra la cizaña. No es preciso que el enemigo siembre el campo entero. Al día siguiente, no va a poder detectarse la presencia de la mala semilla. Sólo hasta la llegada de la primavera entrante se sabrá que hay cizaña entre las tiernas plantas del trigo. Aun así, la cizaña es casi idéntica al trigo. Será sólo en el momento de la cosecha que se podrá distinguir claramente entre la cizaña y el trigo. Es que el fruto de ambos tiene aspectos diferentes. Esto parece reflejarse en las palabras de Jesús en Mateo 7:20: “Por sus frutos los conoceréis”. Parece que el problema de sembrar cizaña en campos ajenos era tan agudo en el mundo antiguo que aun había leyes romanas en su contra. Según Oesterley, citado por Fisher, el sembrar de cizaña en los campos agrícolas de los enemigos persiste hasta la fecha en ciertas partes del mundo.
Según la parábola, los siervos del agricultor le avisaron del problema. Se dispusieron para hacer algo para rectificar la situación. En su conversación con el dueño del campo, preguntan los obreros sobre la procedencia de la hierba mala. El agricultor simplemente les indica que un enemigo había hecho el daño, y no había nada que pudiera hacerse hasta la siega. Cuando llegase ese momento, se les indicaría cómo habían de recoger la cizaña, amarrarla en manojos y al final utilizarla como combustible. El trigo se segaría después para colocarse en el granero del dueño.
¿Qué habrá querido decir Jesús con esta parábola? Se nota que dentro del Evangelio de Mateo hay una explicación de ella (Mat. 13:36–43). Ésta, al igual que las explicaciones que encontramos para la parábola del sembrador (Mat. 13:18–23, Mar. 4:10–20; Luc. 8:9–15), tiende a evocar muchos comentarios diversos entre los eruditos. Como se vio respecto a la interpretación de la parábola del sembrador, hay quien objeta que ésta está sobre otro plano, ya que la atribuyen a la iglesia primitiva en vez de a Jesús. Esto presenta problemas para algunos lectores de los Evangelios, ya que en Mateo se le atribuye la explicación a Jesús mismo. Uno de los factores que hacen que algunos duden que Jesús mismo diera la explicación es por el sabor profundamente alegórico de la explicación. Muchos eruditos, siguiendo las premisas categóricas de A. Jülicher, niegan que Jesús pudiera haber alegorizado sus parábolas. Hendrickx, aunque reconoce el valor de los estudios al contrario asevera:

Pese a las declaraciones anteriores al contrario, no se justifica decir que sobre este nivel nunca había interpretación alegórica alguna, y que la distinción presente entre la parábola y su interpretación es meramente un mecanismo de la comunidad cristiana primitiva para extender las enseñanzas de Jesús a su propia situación cambiante. Los rabinos judíos utilizaban el mismo método para dar primero una instrucción a un auditorio mayor y luego una explicación más profunda a un grupo menor de allegados. Jesús ciertamente debió haber seguido el mismo método. Era considerado un rabí por sus contemporáneos, y tal como atestiguan los Evangelios, se concentraba más y más en una instrucción más profunda para un grupo menor de seguidores.

Por medio de esta cita un tanto larga se aprecia que no todos los estudiosos de las parábolas de Jesús aceptan la idea de que Jesús nunca pudiera utilizar algo de alegorización en sus parábolas. El autor Jones es otro que sugiere la misma posibilidad. Después de contar los logros de A. Jülicher y J. Jeremias, advierte contra el dogmatismo al citar a James Denney:

La regla de oro es ésta: No procure eliminar por medio de una teoría arbitraria todo lo alegórico y así recortar los textos para que sean parábolas puras. En cambio, no alegorice de tal modo que se desfigure la lección única que toda parábola se propone enseñar.

Kistemaker no señala directamente la naturaleza alegórica de la explicación de la parábola del trigo y la cizaña. Sí indica que esta explicación se dio a petición de los discípulos de Jesús. Procede a exponer la explicación en su formato paradigmático.

1. “El que siembra la buena semilla
es el Hijo del Hombre.
2. El campo
es el mundo, y
3. la buena semilla
son los hijos del reino y
4. la cizaña
son los hijos del maligno.
5. El enemigo que la sembró
es el diablo.
6. La siega
es el fin del mundo, y
7. los segadores
son los ángeles”.

No hay que fijarse mucho en la esquematización anterior sin darse cuenta de que se trata de una alegoría clásica. Hay que recordar que en esta ocasión no se trata de una parábola sino de una explicación de la parábola. Algunos opinan que sería muy nocivo identificar directamente la parábola con la alegoría.
La postura de Kistemaker procura ser bastante conciliadora. Es decir, no va en contra de la corriente actual de la erudición sino busca sanamente un término medio. Recalca que la interpretación de la parábola es de Jesús, pero la composición literaria es producto de la mano del autor de Mateo. Según su explicación, Mateo toma la enseñanza de Jesús y pone sus palabras en una lista de siete conceptos. Al decir esto, sigue la pauta de Schippers, un escritor holandés. Señala también que el arreglar nombres y palabras en listas es muy característico de Mateo. El primer capítulo del Evangelio es indicativo de esto.
Es evidente que la interpretación de esta parábola se basa bastante en la enseñanza de los profetas clásicos del Antiguo Testamento. No hay duda de que éstos se centraban en anunciar un juicio venidero sobre los israelitas desobedientes. Algunos contemplan la parábola del trigo y la cizaña como también un medio de Jesús para enseñar el juicio venidero. Es decir, es una interpretación escatológica. Por esto, algunos rotulan la explicación con el nombre “parábola de la siega”.
Fisher, aludiendo al meollo del significado de la parábola, declara:

Esta parábola anticipa el tema del juicio … Pero, al mismo tiempo, comunica una seguridad para aquellos que observan que las señales del Reino no siempre son puras o inequívocas. La parábola sugiere porqué se permite en el presente que el bien y el mal prosperen juntos. A la vez, promete que se hará una distinción y los frutos de la buena semilla serán separados de los de la mala.

Para terminar, de todo lo que se ha dicho nos revela que la explicación de la parábola del trigo y la cizaña gira en torno a la idea del juicio final. Sólo entonces la distinción absoluta se hará entre los malhechores y los bienhechores. La definición que se le da a ambos términos gira en torno a la relación que uno haya tenido con el Salvador, Cristo Jesús. Es claro también que la fe en Cristo habrá hecho una diferencia en el comportamiento de los creyentes. Los incrédulos también habrán demostrado su incredulidad por medio de su estilo de vida.

La parábola para el contexto latinoamericano

El contexto latinoamericano revela varias cosas en común con el de esta parábola. La parábola en sí gira en torno a una situación agrícola en la que se comete una maldad contra un granjero. Más que una maldad, era un crimen de cierta envergadura, ya que se peligraba la cosecha, y por ende el bienestar del dueño de la finca, su familia, sus siervos. No sería difícil encontrar ciertos elementos análogos en la actualidad, fueran en el área agrícola, gubernamental o comercial. Nunca faltan malhechores que busquen aprovecharse de otros, sea para ganancia personal, sea para expresar envidia por las posesiones de otros, o sea, simplemente por falta de carácter moral. ¿Sería demás mencionar a comerciantes que muy adrede cometen atracos contra personas de ingresos muy limitados, cobrándoles aún más de lo estipulado, porque las consideran demasiado ignorantes para poder descubrir el atraco y hacer las denuncias pertinentes? ¿Qué de los burócratas gubernamentales que se aprovechan de sus puestos para sacar plata y tiempo precioso a los que no tienen más remedio que “cumplir” con las exigencias del sistema? ¿Qué de los reconocidos ladrones profesionales que se aprovechan de la ausencia del dueño de una casa para entrar y robar sus valiosas y difícilmente adquiridas pertenencias? Como ya se dijo, todos reconocemos a la legua estas clases de malhechores que “siembran cizaña” en la comunidad. Sin duda, la mayoría de nosotros desearíamos que se pudiese erradicar de una vez por todas esta clase de malhechor. Lamentablemente, no va a ser posible. La parábola que nos ocupa ciertamente aclara que la maldad es cometida por personas de mala voluntad. Reconocemos todos que siempre habrá esta clase de persona en nuestro medio. Sin embargo, no siempre se puede determinar quiénes sean los verdaderos culpables. Jesús, por medio de su parábola de la cizaña, hacía que sus propios discípulos vieran que no solamente los más obvios son los malos. Los judíos del tiempo de Jesús eran muy dados a clasificar a la gente entre los “buenos” y los “malos”. Los discípulos de Jesús mismo bien pudieran haberse visto afectados por esta manera de pensar, condenando a otros con una facilidad tremenda.
Como ya vimos, la parábola del trigo y la cizaña probablemente fuera provocada dentro del ministerio de Jesús por algunos discípulos que habían desertado y la reacción contra ellos de parte de otros. Jesús aparentemente enseñaba que Dios era paciente para con los pecadores, y así también debían ser los hombres. La diferencia terminante entre los buenos y los malos sería determinada únicamente cuando viniere el juicio final. Hasta entonces, debemos, por mucho que nos cueste, ser más comprensivos en cuanto a las personas que no “dan la talla”, según nuestros propios criterios. Aun en América Latina debemos ser más comprensivos respecto a los motivos y las circunstancias que hacen que otros sean malhechores. Así, vamos a ser más como el dueño del campo de la parábola. Simultáneamente, nos hace parecer más al que contaba la parábola.


Parábola del grano de mostaza y la de la levadura
(Mar. 4:30–32; Mat. 13:31, 32; Luc. 13:18, 19; Mat. 13:33; Luc. 13:20, 21)

El contexto sinóptico

En el cronológicamente primer evangelio (Marcos) la parábola del grano de mostaza se da como unidad independiente. En el proceso de la transmisión de las tradiciones, no obstante, ésta llegó a agruparse con la de la levadura en los Evangelios de Mateo y Lucas. Jeremias discute las razones por las que se experimentó este arreglo de ambas tradiciones y cómo se forjaron así “parábolas dobles”, caracterizándose éstas por dar una misma idea pero con diferentes expresiones.
Marcos insiste en el tamaño ínfimo del grano de la mostaza. Con una facilidad un tanto sorprendente, Dodd se deshace de la originalidad de este énfasis marcano sobre el tamaño del grano y lo tilda de “secundario”. Esta maniobra permite que ya no se considere posible como el punto esencial de la parábola el contraste entre un comienzo pequeño y un resultado grande. Pareciera que Vincent Taylor  acepta esta aseveración de Dodd respecto a la originalidad del énfasis de Marcos. Tanto Dodd como Taylor optan mejor por ver la idea esencial de la parábola en el crecimiento del reino. Más tarde se regresará a este punto.
Lo que sí se puede decir con certeza es que la parábola del grano de mostaza encontrada en Marcos refleja un contexto muy palestino y por ende muy fidedigno respecto al Sitz im Leben Jesu. M. Black en su An Aramaic Approach to the Gospels and Acts (Un acercamiento arameo a los Evangelios y a Hechos), traduce la versión griega al arameo y reconstruye así con todo su colorido la parábola en el idioma de cuna de Jesús. Haciendo esto, Black ha podido recobrar muchos de los juegos lingüísticos hechos por Jesús con la parábola. Haciéndose así, nos ubicamos juntamente con Marcos en un contexto que olía al campo en torno al lago de Genesaret.
Parece ser, sobre todo en Mateo y Lucas, que el punto esencial de la parábola gira en torno a la idea de crecimiento. Tanto es el crecimiento del pequeñísimo grano de mostaza que al final las aves pueden cobijarse en “el árbol” que resulta de él. Aunque en realidad, se trata de una especie de arbusto, y pese al hecho de que algunos eruditos no quieren hablar de la mata de la mostaza como “árbol”, el habla popular del tiempo de Jesús podía designarlo así. Al fin y al cabo, la mata de la mostaza en Galilea llegaba a unos tres a cuatro metros de alto. ¡Tamaño arbusto!
La forma que asume la parábola en Lucas es la que originalmente se vería en el documento denominado “Q” (ver el Apéndice). Esto puede determinarse, porque se sabe que los materiales en “Q” son los que se hallan como comunes a Mateo y Lucas; esto es cierto especialmente cuando se trata de los dichos de Jesús o en este caso, una parábola. Ya que la forma mateana de la parábola difiere de la que se halla en Lucas, hay que averiguar el porqué. Es observable que Mateo frecuentemente fusiona sus fuentes; en este caso son “Q” y Marcos. La misma fusión hace que la parábola vista en Mateo asuma características propias; hace, además, que la forma de “Q” se pierda en Mateo.
Es importante notar que tanto en Mateo como en Lucas los verbos están en el tiempo pasado o el pretérito. En Marcos, en cambio, la parábola se desarrolla en el tiempo presente. Se nota, además, que los verbos empleados son distintos en los respectivos evangelios. Mateo y Lucas hablan de “crecer”, refiriéndose a la semilla; Marcos dice sencillamente que el árbol “sube” y se pone grande. En ambos casos es claro que la parábola no implica un crecimiento paulatino del reino, sino que está implícita la idea de un gran contraste entre el principio y el fin. Bonnard lo expresa así:

La idea fundamental es, pues, siempre la misma: el reino sembrado por Jesús en el campo del mundo tiene un comienzo minúsculo, irrisorio; pero un día será inmenso. Entonces será algo totalmente nuevo, algo que ninguna evolución habría permitido explicar ni prever. Se hará, aparecerá … como un gran árbol; sin embargo, los entendidos descubrirán en él el árbol correspondiente al grano ínfimo sembrado por Jesús.

Todo esto sería un milagro de Dios. Claramente la naturaleza milagrosa del reino se recalca en la parábola del grano de mostaza. Es milagroso el reino no tan sólo por sus orígenes en Dios sino que también “Lo más grande está ya oculto en lo más insignificante, y ya es eficaz en lo más pequeño … El oyente sabe bien … que el pequeño comienzo contiene ya las promesas de un final grandioso … el comienzo produce el final”.

El contexto en el ministerio de Jesús

Legítimamente se puede y se debe preguntar: ¿qué situación en el ministerio terrenal de Jesús habría provocado el que Jesús diera la parábola del grano de mostaza (y la de la levadura, Mat. 13:33; Luc. 13:20, 21, pues su enseñanza es igual)? Lo más probable es que las dudas suscitadas respecto al ministerio de Jesús harían que pronunciara estas parábolas. Cuando los emisarios de Juan el Bautista llegan a entrevistar a Jesús para determinar si “él era el que habían de esperar u otro”, éstos exteriorizaban una duda respecto a la legitimidad de su ministerio. Tanto la parábola del grano de mostaza como la de la levadura insisten en que hay un gran contraste entre lo aparente o lo visible ahora (el ministerio de Jesús con su éxito dudoso) y el por venir que traerá Dios (su reino inaugurado por el ministerio de Jesús). ¡El contraste era demasiado marcado! ¿Cómo era posible que un reino divino eterno resultara del ministerio de un rabí itinerante en la Palestina? ¿Sería posible que este grupo miserable de seguidores de Jesús fueran las primicias del reino predicado por Jesús? Por ridículo que pareciera, justamente la respuesta era un rotundo ¡Sí! De igual modo que de una semilla sumamente pequeña se producía un árbol, así del ministerio aparentemente poco prometedor de Jesús, resultaría el reino de Dios. Aunque Jesús estuviera hablando proverbialmente respecto al tamaño del grano, la verdad expresada no era proverbial. Bornkamm describe la situación muy bien:

Podemos admitir sin gran riesgo de equivocarnos que la parábola del grano de mostaza y la de la levadura corresponden a los cabeceos y a las objeciones formuladas cientos de veces desde los primeros días. Un rabí desconocido, en un rincón perdido de Palestina; en torno a él un puñado de discípulos que le abandonan en el momento decisivo; en su comitiva una tropa dudosa: publicanos, prostitutas, pecadores, algunas mujeres, algunos niños y alguna que otra persona que se había beneficiado de su ayuda; y por fin, en la cruz, ¡la burla de todo el mundo! ¿Y esto es lo que debería indicar la irrupción del reino de Dios?.

Al final de la parábola, Jesús alude a la grandeza del árbol de tal modo que las aves pueden anidar allí. Hay muy buenas bases para creer que Jesús estaba hablando de la naturaleza universal del reino al referirse a las aves. El mismo Antiguo Testamento pinta unos cuadros de grandes árboles que ofrecen sombra y sustento. Estos cuadros se hallan clásicamente en Daniel 4, Ezequiel 17 y 31. Una lectura de estos materiales bíblicos descubre la naturaleza simbólica del árbol. Para los libros aludidos, el árbol tipifica a reyes y a reinos que ofrecen protección a sus súbditos. Daniel 4 especialmente refleja que estos reinos son dados por Dios mismo según su propia voluntad. Precisamente por la soberbia de algunos de estos reyes, ellos caerían. Se usa la figura de un árbol grande (el cedro de Líbano) para demostrar cómo la caída de uno de estos árboles a manos de extranjeros es símbolo de la soberanía de Dios. Además, Ezequiel 17:22–24 aclara la soberanía de Dios al presentarlo como sembrando un árbol pequeño sobre un cerro. Esta pequeña mata llegará a ser un árbol grande, símbolo de la realeza soberana de Dios. Jesús, con este pasaje como trasfondo, se atreve a decir que su propio ministerio era la realización de esta profecía. En su propio ministerio Dios estaba sembrando el reino mesiánico. Claro, el problema era que algunos de sus propios seguidores ignoraban esto, y no podían reconocer lo que estaba pasando entre ellos; por ende, las dudas. De nuevo, pues, Jesús contrasta el “pequeño” principio de su reino (la semilla pequeñísima) con su final (el árbol grande). Tal es el final (el árbol) que los mismos paganos gentiles serán incorporados en el reino por la fe.

Las dos parábolas para el contexto latinoamericano

Si intentamos verter el meollo de las dos parábolas a nuestro contexto contemporáneo latinoamericano descubriremos que tienen mucho que aportar. Si procedemos basándonos en el hecho del significado de la parábola dentro del ministerio de Jesús (un contraste entre un comienzo insignificante y su final esplendoroso realizado por Dios) se puede encontrar varios conceptos alentadores. Hay que tener presente en todo momento, sin embargo, el contexto en el ministerio de Jesús que provocó la enseñanza de las parábolas: la duda en torno a las posibilidades reales de Jesús y sus seguidores dentro del reino de Dios.
Como ya se ha dicho anteriormente, la América Latina de hoy goza de una tradición cristiana de cuatro siglos. Ningún cristiano pensante hoy, no obstante, diría que esta tradición ha hecho que la América Latina se convierta en “el reino de Dios”, aunque no falta quien identifique el reino de Dios con la iglesia institucional predominante. Si bien una vasta mayoría de la población tradicionalmente se llama “cristiana”, tanto católicos como evangélicos admitirán que la religión popular profesada y practicada por esa mayoría dista mucho de ser auténticamente cristiana. Esto puede resultar en un pesimismo respecto a las posibilidades transformadoras del cristianismo; puede, inclusive, inducir a algunos a dudar de las posibilidades y potencialidades del reino de Dios en América Latina. Al respecto, conviene recordar que por “reino de Dios” se entiende principalmente la soberanía de Dios, el gobierno, el control de Dios. Es una realidad dinámica actual y escatológica más bien que un concepto territorial, institucional o social. Obviamente el concepto “reino de Dios” es primordialmente religioso-moral, porque habla, en primer término, de Dios mismo y su soberanía. Ahora bien, si los cristianos no hemos reconocido del todo esta soberanía a nivel personal y colectivo, esto, en un sentido, no anula de modo alguno la verdadera soberanía de Dios; él es soberano, reconózcanlo los hombres o no. Lo que sí se puede notar, en cambio, es que cuando el hombre no reconoce a Dios como soberano, o sólo tiene una profesión inauténtica de esa soberanía, esto no puede sino repercutir negativamente. Tanto el hombre individual como el hombre en sociedad sufre las consecuencias de su rebeldía. El resultado de este desconocimiento de la soberanía de Dios es lo que vemos en América Latina con toda su injusticia tanto en el ámbito individual como social.
¿Qué semblante asume esta injusticia en América Latina? Ya en el año 1978 Enrique Ruiz García (Tercer Mundo y Tercer Estado en América Latina: contemporaneidad e historia de sus estructuras fundamentales), editado por Mario Fernández Lobo, intenta resumir en siete características el cuadro latinoamericano:

a. Debilidad de la renta por habitante.
b. Subalimentación de una gran parte de la población y, por tanto, alto porcentaje de endemias, de mortalidad infantil, y de lo que se llama enfermedades de masa.
c. Predominio del sector agrario, nula mecanización y cultivos rutinarios.
d. Escasa densidad de la infraestructura.
e. Industrialización mínima.
f. Analfabetismo, mínima difusión de la cultura.
g. Carencia de cuadros dirigentes adecuados.

Ciertamente desde 1978, el cuadro de los problemas sociales mayores no ha mejorado sino empeorado, pese a muchos programas domésticos e internacionales. Problemas de crecimiento demográfico con una imparable concentración urbana, no dejan de influir como factor complicante en la actualidad latinoamericana. Continúa a un paso galopante el abismo entre los ricos y los marginados. Aunque hay en algunos países latinoamericanos evidencias del desarrollo de una “clase media”, en la mayoría de los casos cada vez más se contrasta la opulencia de los pocos con la más abyecta miseria de los muchos. Nadie niega la complejidad del problema económico en el ámbito doméstico como internacional. Esta misma complejidad desafía las mejores mentalidades entre los economistas. Con todo y eso, ¿no pueden los cristianos (¡como tales!) poner su granito de arena para que estos males, por lo menos a nivel local, sean menores? ¿No pueden ellos buscar todos los medios, en unión con otros, para que impere una vida más justa para los muchos?
Si alguien dijera que el reino de Dios no tiene nada que ver con la sociedad o la justicia social, hay que recordarle que todo el Sermón del monte de Jesús describe al súbdito del reino de Dios. Sólo hay que recordar las bienaventuranzas en Mateo 5:3–12. Las palabras de Jesús en Mateo 5:13–16, tocante al papel de los súbditos del reino como luz y sal dentro de la sociedad, hablan poderosamente respecto a la dimensión moral-ética del reino de Dios. De hecho, la tradición judío-cristiana es una religión que tiene implicaciones ético-morales. La dicotomía entre la fe y la ética es un fenómeno extrabíblico e insostenible actualmente.
A la luz de la responsabilidad del súbdito del reino (léase: el hombre que se somete a Dios por el reconocimiento y acatamiento del señorío de Jesucristo), se puede preguntar ¿cuál es la enseñanza de la parábola del grano de mostaza (y la de la levadura) para el creyente latinoamericano de hoy? Precisamente estas parábolas pueden infundir gran aliento en los cristianos que seriamente procuran acatar el señorío de Jesucristo en sus propias vidas y en su contexto social.
Si tendemos a desanimarnos respecto a nuestro estatus como una minoría numérica, conviene que recordemos lo que Jesús quería decir a los primeros que le oían hablar del grano de mostaza y de la levadura. Recordemos que la idea esencial tiene que ver con el gran contraste entre el comienzo aparentemente insignificante del reino y su culminación de grandes alcances. No debe ser piedra de tropiezo para el creyente cristiano el que nuestra influencia parezca pequeña; Jesús sigue siendo el Señor, y nos compete demostrar el señorío de Cristo en la vida mediante el granito de arena que podamos poner al involucrarnos en la vida político-social de nuestro contexto latinoamericano. Esto quiere decir que es el súbdito del reino el que debe verse activo en todos los procesos sociales de su país, en particular en lo económico, lo político, lo cultural. J. Míguez Bonino articula esto hermosamente:

La relación positiva entre el reino de Dios y la empresa histórica humana nos justifica en concebir al primero como un llamado para comprometernos activamente en el segundo. El evangelio nos invita y nos impulsa a hacer opciones históricas concretas y les asegura a éstas un futuro escatológico en cuanto representen la calidad de existencia humana que corresponde al reino. Podemos, pues, en la historia empeñarnos con otros seres humanos en una acción significativa en términos del propósito redentor de Dios, de su futuro reino, anunciado y prometido en Jesucristo.

Incumbe al creyente, miembro del reino de Dios, hacer sentir su influencia de modo activo en todos los medios con el fin de que haya más justicia. Nos parecerá insignificante el papel individual y colectivo del creyente, pero recordemos que un grano de mostaza podía producir un gran árbol, dar albergue para muchas aves. Desde luego, todo esto está supeditado al poder de Jesús dentro del creyente. La soberanía de Dios en Cristo en términos absolutos no depende de la fe del cristiano; los efectos del reino de Dios en términos empírico-humanos sí se asocian a la eficacia de la fe del súbdito del reino. La esperanza escatológica generada por las parábolas del grano de mostaza y la levadura está fincada al fin y al cabo en la soberanía de Dios en Cristo; los alcances de la soberanía de Dios en sus efectos ético-morales dependen, por lo menos en parte, del grado de sometimiento de los súbditos del reino al Rey. De esto podemos estar seguros: los efectos del reino que pueden parecernos pequeños ahora, serán tornados en algo grande por el Señor soberano. La América Latina que hoy resiste al reino de Dios, con todos los estragos sociales que esto acarrea, tiene la esperanza de que un grano de mostaza puede resultar en un árbol. Nos compete hacer todo cuanto esté de nuestra parte porque este ideal futuro se haga realidad, aunque sea parcialmente, ahora.
Nuestros estudios anteriores indican que el sentido de las parábolas gemelas del grano de mostaza y de la levadura probablemente se centre en la idea del crecimiento del reino. Ambas parábolas enseñan que el reino comienza como algo pequeño, pero luego se convierte en algo sumamente grande. En el ministerio de Jesús estas parábolas serían provocadas por las dudas de la gente en torno a lo aparentemente ilusorio de su ministerio. Jesús, por medio de las parábolas, indica que aunque el comienzo del reino inaugurado por su ministerio parezca ilusorio, el final del reino sería otro. Fácilmente, alguna de la gente del día de Jesús descartaba la validez de su predicación por la naturaleza de su pretendido auditorio: los marginados, las prostitutas, los pecadores, etc. Pese a sus impresiones, Jesús insistía en que Dios mismo haría que su reino se realizara al final con esos mismos comienzos pequeños. Estas parábolas nos hablan individualmente de forma poderosa. Puede ser que nuestros esfuerzos en pro del evangelio y el reino de Dios sean ínfimos y endebles, pero Dios promete bendecir nuestros esfuerzos por pocos y pequeños que sean. Al fin y al cabo, el crecimiento del reino de Dios no depende de los esfuerzos humanos sino del poder y los propósitos de Dios. Nuestros deseos porque avance el reino son medios de bendición para nosotros mismos; sin embargo, el crecimiento y la culminación final del reino no dependen de ellos. El reino es de él; su crecimiento y culminación también son de él. Este hecho debe ser alentador para nosotros al enfrentar los constantes problemas en el servicio cristiano en América Latina.


Parábola del crecimiento de la semilla (Mar. 4:26–29)

El contexto sinóptico

Esta pequeña parábola, más un símil que otra cosa, se halla únicamente en el Evangelio de Marcos. Aun hoy se desconoce porqué esta linda enseñanza de Jesús fue obviada por los otros evangelistas. Algunos opinan que Mateo no la eliminó del todo, pues la sustituye por la de la cizaña (Mat. 13:24–30). Por lo menos, en el caso del Evangelio “judío” (Mateo) la parábola de la cizaña ocupa el mismo contexto que habría ocupado la encontrada en Marcos. Es observable que hay algunos vocablos que las dos parábolas tienen en común; esto hace que se crea que Mateo conocía, por lo menos, la parábola del crecimiento de la semilla. Jeremias prefiere bautizarla con el nombre “la parábola del labrador paciente”. Esta renombrada autoridad alemana escoge este título para la parábola porque está convencida de que ella aborda una comparación entre la venida del reino de Dios y una cosecha; ciertamente la comparación no está entre la venida del reino y una siembra. Dodd discurre sobre la parábola con el nombre “la parábola de la semilla que crece calladamente”.

El que esta parábola aparezca únicamente en el Evangelio de Marcos no nos permite hablar respecto al contexto de la iglesia primitiva, como algo distinto al de Jesús. Esto quiere decir que, dado un solo contexto, el de Marcos, es muy posible que con esta parábola nos aproximemos más a la misma concepción de Jesús en torno al reino. Con todo, hay que reconocer que Marcos mismo ubicó esta parábola dentro de sus propias esquematizaciones teológicas. El que Marcos sea el primer Evangelio en escribirse no nos faculta para obviar los elementos redaccionales teológicos del autor. Entre estos motivos teológicos de Marcos puede estar la idea de contrarrestar la presión de algunos por apresurar el reino de Dios.

Aunque esta parábola de la semilla que crece por sí sola es la única que sólo se halla en Marcos, hay quienes la identifican como si fuera un mero suplemento o agregado a la parábola del Sembrador (W. M. Taylor, The Parables of Our Saviour [Las parábolas de nuestro Salvador], p. 196; J. W. Shepard, The Christ of the Gospels [El Cristo de los Evangelios], p. 225). Dada la naturaleza de las parábolas, tal y como Jesús las empleaba, es difícil no ver la independencia de esta parábola.

El contexto en el ministerio de Jesús

¿Con qué fin habrá Jesús contado esta intrigante parábola? Tal vez por no encontrarse una interpretación hecha por la iglesia primitiva en los otros Evangelios con la cual comparar esta parábola, las interpretaciones respecto al significado para Jesús de este símil han sido muy disparejas. El eje de la parábola lo encuentran los estudiosos bien (1) en el crecimiento, (2) en la semilla misma, (3) en la cosecha o (4) en el reino de Dios.
Muchas han sido las reacciones en contra de la idea clásicamente liberal del reino como algo que crece naturalmente en el curso de la historia con la ayuda de los hombres. Rudolf Bultmann puede servir como expresión magistral de esta protesta:

De esta parábola de la simiente que crece por sí misma no es lícito concluir … que el reino de Dios es una magnitud que crece en el tiempo; por el contrario: se presupone que su venida es un milagro independiente totalmente de la actuación humana. Tan milagroso como el crecer y madurar la simiente, que acontece sin que el hombre lo entienda ni intervenga. Está lejos de Jesús y de sus contemporáneos pensar en el crecimiento de la simiente como un proceso natural de desarrollo.

Aunque no se puede aceptar cien por ciento la interpretación existencialista de Bultmann, sin duda está en lo cierto cuando niega que Jesús estuviera hablando en esta parábola del reino como una entidad realizada por los hombres dentro del marco del tiempo o una evolución gradual dentro de la sociedad como producto de los hombres y sus esfuerzos únicamente.
Unida a esta interpretación de un crecimiento dentro del tiempo está la idea alegórica: Cristo es el que siembra; la cosecha se identifica con el juicio; el dormir y levantarse simbolizan la muerte y la resurrección de Jesús. El que el labrador ignore el cómo del crecimiento (v. 27) sugiere el libre albedrío del hombre. Es obvio que esta clase de alegorización es excesiva. Aunque Dodd difícilmente pueda clasificarse como un alegorista, su doctrina empecinada de “escatología realizada” raya en una especie de alegoría. Para Dodd , que encuentra también el centro de la parábola en la idea de cosecha, identifica al labrador con Dios; las etapas de crecimiento tienen que ver con el período del Antiguo Testamento; el tiempo de la cosecha representa el tiempo del ministerio de Jesús.
Los que abogan porque la idea central de la parábola gire en torno al concepto de una cosecha enfatizan el elemento escatológico, o sea, que el reino de Dios irrumpe rápidamente. Jeremias opta por asociar la idea central con el concepto de la cosecha. Al labrador de esta parábola se le representa como inactivo. Se le pinta como durmiendo y levantándose; reparte su inactividad entre la noche y el día. Sin que el labrador sepa cómo, la simiente germina, crece, se hace hierba y finalmente produce grano. La palabra clave en toda la parábola es automaté (v. 28): “de por sí”. Con este vocablo tan cargado de significado y énfasis, Jesús ha dicho que el reino, por ser el de Dios, contiene implícitamente todos los ingredientes necesarios como para fructificar al llegar la siega (v. 29). Lo que hace que el reino de Dios sea una realidad actual y futura ciertamente no depende de modo alguno de los apresuramientos de los hombres. Ciertamente el labrador tuvo su parte: “echó la semilla en la tierra” (v. 26), pero la esencia de la parábola es que, pese a la inactividad y las demás limitaciones del labrador, Dios, a su debido tiempo, realiza el reino.
A. M. Hunter  tal vez acierta cuando asevera que la parábola enseña que el reino no se realizará inmediatamente como lo desearan los celotes; más bien, el reino se realizará según el horario establecido por Dios mismo. El crecimiento será firme, independientemente de lo que hagan los hombres. Por esta razón, según Hunter, la semilla que crece por sí sola viene siendo un llamado a la paciencia. Habría elementos dentro del contexto de Jesús que desearían “forzar” la llegada del reino por sus propios métodos o como lo dijera un cómico mexicano: “por sus propias pistolas”. Un perfecto ejemplo de esto se observa durante el tiempo de los macabeos.

La parábola para el contexto latinoamericano

Si la esencia de la parábola es la idea de paciencia: esperar, porque lo que Dios comienza, él lo termina, se nos dificultará el lograr que este mensaje encuentre eco en ciertos sectores cristianos latinoamericanos. Esto es así, porque la mentalidad de revolución armada siempre está latente en muchos hombres. Ciertamente este espíritu de querer buscar cambios inmediatos dentro de los sistemas injustos es del todo comprensible. Sólo hay que leer obras como “Formación del estado nacional en América Latina” por Marcos Kaplan para ver el trasfondo de tendencias revolucionarias en la historia de América Latina. Las injusticias, los atropellos hacia grandes segmentos de la población no son cosas de invención reciente. Gobiernos despóticos en el pasado, aun en nombre de la “estabilidad”, “orden”, no han podido realizar sus metas propuestas. Ha prevalecido en muchos países todo lo contrario: desorden, inestabilidad, caos. Ante esta situación, en algunos casos endémica, es difícil sugerir que se obre con paciencia. Lo normal es querer hacer cualquier cosa con tal de detener las fuerzas represivas y de explotación en un país dado. La paciencia es lo último que la gente marginada querrá escuchar. Con todo, es urgente que los cristianos comprendamos que las mejores soluciones se logran dentro de los propósitos de Dios. Si bien reconocemos que la máxima revelación de Dios vino en la persona de Jesús de Nazaret, haremos bien en emular su táctica ante situaciones de represión y abuso. Pese a algunos de los cuadros que uno que otro latinoamericano ha pintado verbalmente de Jesús como un legítimo revolucionario del género del “Che” Guevara, si leemos las páginas del Nuevo Testamento con una mente abierta y con la más mínima de honradez histórica, sabremos que el Maestro de Galilea no encaja en tales cuadros. Jesús no ignoraba los problemas socio-éticos de su contexto; tenía mucho que decir al respecto. Lo que sí se puede aseverar sin miedo de equivocarse es que Jesús nunca hizo el papel del revolucionario armado, buscando derrocar el gobierno opresivo de los romanos. Oscar Cullmann acierta perfectamente en su pequeño estudio titulado “Jesús y los revolucionarios de su tiempo” cuando dice:

El amor a los enemigos, que Jesús exigía en nombre del reino de Dios, le coloca igualmente por encima de los antagonismos políticos de su tiempo. Excluye toda violencia, tal como la predican los celotes (p. 58).

La postura de Jesús en relación con los tres problemas que hemos examinado presenta una notable unidad. Está inspirada en su radicalismo escatológico. Éste se traduce, de un lado, por una crítica enérgica de las instituciones existentes; de otro, por la repulsa de los movimientos de resistencia, los cuales, en virtud del fin que persiguen, apartan el interés del reino futuro y, mediante el recurso a la fuerza, violan las exigencias de una justicia y de un amor absolutos.
Es más, aconsejó en contra del uso de la espada: “… vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman espada, a espada perecerán” (Mat. 26:52). En este caso particular, el apóstol Pedro (según Juan 18:10) precipitadamente hizo uso de la espada aun en una situación de grave peligro para su Maestro. Ya que en estas circunstancias amenazadoras de vida o muerte Jesús objeta el uso de las armas, y, además, puesto que no se halla ni un solo ejemplo en el que Jesús buscara derrocar a los gobernantes judíos o romanos con la espada, se puede deducir que la intervención armada contra la injusticia queda excluida para los seguidores de Jesús. “Paciencia”, en el sentido de la parábola de la semilla que crece por sí sola, ciertamente involucra la exclusión de métodos violentos que bien pueden repercutir en injusticias de otra índole.
¿Cómo se puede contextualizar el concepto neotestamentario de la paciencia? ¿Podrá encontrar cabida dentro del contexto latinoamericano que tanto gime por alguna clase de acción sanadora? Si comenzamos con un concepto correcto de la palabra “paciencia” en el Nuevo Testamento, tal vez se nos ofrezca una pauta que seguir. El vocablo “paciencia” en su uso bíblico nunca quiere decir inactividad o “estar de brazos cruzados”. Más bien, “paciencia” connota una resistencia activa ante fuerzas tendientes a la destrucción. Ser “paciente” conlleva la idea de resistir con tanta energía que la victoria esté asegurada. Jupomone (paciencia) en el Nuevo Testamento se basa en una esperanza escatológica: la resistencia ante las fuerzas malignas y la perduración en la expectativa de la realización del reino de Dios, pese al mundo hostil. De modo que ser paciente en el sentido neotestamentario jamás implica inactividad o una actitud neutral. Más bien, convencidos de la certeza del triunfo final del reino de Dios, el creyente cristiano persevera en su resistencia ante el enemigo, cueste lo que cueste. A la luz del mensaje central de la parábola de la semilla que crece por sí sola, los cristianos latinoamericanos pueden, convencidos de la victoria final del reino de Dios realizada por él, hacer todo cuanto esté de su parte, porque el reino de la justicia divina se acerque más. No importa que los obstáculos institucionalizados parezcan infranqueables; hay esperanza al fin y al cabo. Pero, eso sí, no nos compete entrar con armas para derrocar la situación moralmente hostil. Hemos de utilizar, con todas sus potencialidades, la paciencia activa que resiste las fuerzas opositoras al reino de Dios. Donde hay desigualdades de trato, alcemos nuestra voz profética y nuestra influencia personal y colectiva para que cesen. Donde hay injusticias institucionalizadas en contra de los marginados de la sociedad latinoamericana, usemos nuestra voz y voto para desarraigar con el tiempo dichas injusticias. Donde hay problemas de desempleo o subempleo, como cristianos pacientes busquemos las maneras (dentro de nuestras esferas de influencia) de que el capital disponible en el país se quede allí para así crear más fuentes de trabajo. ¿Se logrará de la noche a la mañana? ¡No! Recordemos: no nos compete forzar el reino; Dios lo traerá a su debido tiempo. Mientras tanto, nos urge ser pacientes: resistentes y perseverantes ante el mal, haciendo todo lo posible porque la situación cambie. ¡Todo esto con la plena esperanza de que al fin Dios logrará la victoria!
Ya que la parábola figura únicamente en Marcos, no se puede hacer distingos claros entre el contexto de la iglesia primitiva y el del ministerio de Jesús. Esto simplifica bastante la aplicación de la parábola para el creyente individual. Recordamos que había tres elementos principales en la historia: la siembra, el proceso inexplicable de la germinación de la semilla y la cosecha. Ya que muchas de las parábolas de Jesús se centraban en el concepto del reino de Dios, es lógico pensar que la cosecha se refiera al reino. Si es así, podemos ver que el reino de Dios tiene su comienzo en la acción de Dios y así mismo culmina. El hombre no entiende cómo la semilla crece de por sí. El reino de Dios sigue con elementos enigmáticos, pero el creyente puede estar seguro de que la acción divina que inauguró el reino en la persona y ministerio de Jesús también lo culminará sin que el hombre creyente entienda todo. Lo que sí llama la atención al creyente individual es que le toca sembrar. La labor de la siembra sí le toca al creyente al comunicar el evangelio a otros. Cómo esa semilla sembrada germina y produce fruto no nos compete. Esa es la obra de Dios. Lo que más necesita recordar el creyente cristiano es que el reino de Dios no lo puede “construir” él. El avance y la culminación del reino corresponden al poder divino. Sólo podemos quedarnos maravillados de su realidad. Sólo nos resta esperar con una paciencia activa a que Dios termine lo que ha comenzado.

LA VENIDA DEL REINO

 

 

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