Madrid, España

LA SUMISIÓN DE LAS ESPOSAS Y EL AMOR DE LOS ESPOSOS

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LA SUMISIÓN DE LAS ESPOSAS Y EL AMOR DE LOS ESPOSOS

Sin la relación marital, el hombre y la mujer por creación son iguales, pero en la estructura familiar el esposo tiene que asumir ciertas prerrogativas divinamente ordenadas, y la esposa debe aceptar alegremente esta relación.

 

La Sumisión de Esposas 

Cada relación personal contiene un elemento de sumisión. En el orden natural de cosas el esposo ocupa una posición de prioridad. Pablo lo reconoce cabalmente al pedirles a las esposas que estén sujetas (22; 1 Co. 11:2–16; Col. 3:18). 

Bruce escribe que:

“No es que las esposas sean inferiores a sus esposos, sea natural o espiritualmente. Pero Pablo reconoce una jerarquía divinamente ordenada en el orden de la creación, y en este orden la esposa tiene un lugar en seguida después del esposo”.

Las esposas deben estar dispuestas a rendirse a sus esposos a fin de que el esposo pueda ejercer la autoridad de la que es responsable. Muchos matrimonios modernos han fracasado porque las esposas no han estado dispuestas a reconocer este principio tal como se relaciona al trabajo del esposo, la ubicación del hogar y la disciplina de los niños. La esposa ha de hacer esta deferencia como al Señor, o sea, como una parte del deber de ella hacia el Señor. Debe darse por sentado que aquí Pablo está hablando acerca de familias cristianas, donde esta clase de sumisión debería ser al mismo tiempo factible y posible.
Para ubicar su apelación dentro del marco de referencia de esta carta, Pablo introduce la analogía del señorío de Cristo como un argumento adicional en favor de su aseveración de que las esposas deben someterse a sus esposos (23; cf. 1:22). En 1 Corintios 11:3, Pablo escribió: “Ahora quiero que os percatéis de que la cabeza de todo hombre es Cristo; que la cabeza de la mujer es el hombre; y que la cabeza de Cristo es Dios” (NVI). En esta “ascendente cadena de relaciones” dos ideas importantes son evidentes. (1) El ser cabeza “denota primordialmente una autoridad que controla y el derecho de (recibir) obediencia”. (2) El control y la obediencia ocurren “dentro de un organismo viviente en el cual las dos partes se complementan mutuamente”. La unidad yace en la base de las tres relaciones mencionadas en la nota en Corintios, y Pablo ve la esperanza de familias unidas en esta comprensión de la relación entre esposo y esposa.
El esposo no sólo es cabeza de la mujer; en forma análoga también es su Salvador (“el Salvador del cuerpo”, BJ.). Una interpretación estricta nos guiaría a aplicar la última frase del texto primordialmente a Cristo, quien es “el liberador y el defensor de la iglesia que es su cuerpo”. Desde luego que el esposo no puede ser el salvador de su esposa en términos redentores, pero sí puede ser su protector y proveedor. Cualquier sacrificio y dádiva de sí mismo que genere un sentimiento de bienestar y seguridad normalmente producirá una sumisión voluntaria y amorosa de su esposa. Martin concluye diciendo: “El esposo debe encontrar la pauta de su conducta en la conducta de Cristo hacia su iglesia.”
El versículo 24 repite la responsabilidad de las casadas de estar sujetas a sus maridos, así como la iglesia está sujeta a Cristo. La pequeña frase en todo pudiera ser ofensiva a la mujer moderna, que ha recibido un grado tan amplio en la sociedad de hoy. ¿Cómo puede esto llevarse a cabo si ella tiene responsabilidades fuera de casa, como en efecto sería si tiene una carrera? La contestación es: hay que fijar prioridades. Foulkes observa:

“Ella puede cumplir cualquier función y cualquier responsabilidad en la sociedad, pero si ha aceptado delante de Dios la responsabilidad del matrimonio y de una familia, éstas deben ser su primera actividad.”

Así como se espera que la iglesia le dé a Cristo el primer lugar en su devoción y su servicio, asimismo la esposa debe darle primer lugar a sus funciones de esposa y de madre. El carácter íntimo y delicado de las relaciones maritales y familiares no permite equivocación alguna en este particular. Pero la sumisión debe ocurrir dentro del contexto del amor, y cuando es así, no es onerosa ni humillante, sino más bien, algo que magnifica.

LA SUMISIÓN DE LAS ESPOSAS Y EL AMOR DE LOS ESPOSOS
 

El Amor de Esposos

Que las esposas no piensen que los esposos no tienen nada que contribuir a esta relación. Pablo tiene algo que decirle al esposo también. San Crisóstomo comentó:

“¿Has visto la medida de la obediencia? Escucha también la medida del amor. ¿Quieres que tu esposa te obedezca como la iglesia ama a Cristo? Entonces cuídala tú a ella, como Cristo cuida a la iglesia.”

Amad a vuestras mujeres (25) les dice Pablo a los esposos. Detrás de esta exhortación e impartiéndole un significado infinito está la majestuosa analogía de la iglesia como la esposa de Cristo, que fue introducida un poco antes pero que ahora es desarrollada hasta llegar a su culminación (cf. 27). La palabra amad es un imperativo presente (agapate) y significa “continuad amando” o “seguid amando”. El amor que trajo al esposo y a la esposa a su matrimonio debe ser nutrido y expresado conforme pasan los años. Durante todos los años de la relación marital los esposos deberían amar a sus esposas tal como lo hicieron el día que se desposaron con ellas.
Los esposos deben amar a sus esposas así como Cristo amó a la iglesia. Mediante esta analogía Pablo caracteriza el amor que un esposo ha de tener para su esposa. El amor de Cristo para su iglesia es el ejemplo supremo de todos los amores, y en este caso es el amor que un esposo debe demostrar hacia su esposa.

El amor de Cristo fue un amor que se dio a sí mismo (5:25).

Cristo “se entregó a sí mismo por la iglesia” (25b, VM.). En la mente de Pablo, Cristo fue dado por Dios a la humanidad, y a su vez Cristo se dio a Sí mismo por la liberación del hombre. (Cf. Ro. 5:8). En Gálatas 1:4 el apóstol habla de “nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados”. En Tito 2:14 Pablo describe a Cristo como “quien se dio a sí mismo por nosotros”. Previamente el apóstol ha mencionado ya esta verdad esencial en 5:2, donde apela a sus lectores a andar “en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros”.
En la teología altamente cristocéntrica de Pablo, Cristo es la norma para el todo de la vida. Aquí, el amor que se da y se sacrifica a sí mismo constituye la mismísima esencia de la vida cristiana. Si “caminar en amor” es necesario para toda la vida, se sigue que es compulsoria para esta relación particular de la vida. Por ende, la aplicación es que, así como Cristo se dio a Sí mismo por su iglesia, un esposo debe estar dispuesto a hacer cualquier sacrificio, y hasta el sacrificio de su propia vida, si tal cosa fuese necesaria, para el bienestar y la felicidad de su esposa. Moule interpreta a Pablo como que éste dice:

“Amad a vuestras esposas, con un amor que siempre tiene el calor del primer verano de su alegría humana pura, pero que ha sido mantenido alto y fiel desde entonces mediante un ideal tan grande como el cielo.”

El afecto supremo de Cristo incluye pasión, devoción imperecedera, sensibilidad a la necesidad, y la negación de sí mismo. Los esposos deben amar a sus esposas con esa clase de amor.

 El amor de Cristo fue un amor santificador (5:26–27).

El propósito del gran sacrificio que Cristo hizo de Sí mismo al morir, provocado por su amor sin límite, fue la santificación de la iglesia. Algunas traducciones no expresan la idea de Pablo en este pasaje con claridad, pues traducen ambos verbos (santificarla, hagiase, y habiéndola purificado, katharisas) como si apareciesen en el mismo tiempo. Sin embargo, habiéndola purificado es un participio aoristo e indica acción que ha ocurrido previamente a la acción del verbo principal, santificarla. Siendo así la situación, la mejor traducción sería: “a fin de que pudiera santificarla, habiéndola limpiado” (NASB). En otras palabras, “habiéndola limpiado” se refiere a la purificación que ocurre en la regeneración, en tanto que santificarla denota la limpieza o purificación del pecado innato. Hodge favorece esta interpretación de los verbos, y escribe:

“La Biblia siempre representa la remisión de pecado, o la eliminación de la culpa como algo que precede a la santificación. Nosotros somos perdonados y reconciliados con Dios a fin de que podamos ser hechos santos.”

Si bien este exégeta no acepta la santificación como. una segunda experiencia de crisis, Hodge es explícito en cuanto a la distinción entre la regeneración y la santificación, la cual es atinadamente denotada por el participio aoristo. Puesto que ambos verbos están en el tiempo aoristo puntual, estamos justificados en considerarlos como que se refieren a experiencias decisivas más que graduales. La Biblia enseña que ambas, la regeneración y la santificación, son experiencias tales: de crisis.
En el lavamiento del agua por la palabra es un paralelo de la expresión en Tito 3:5, donde Pablo afirma que Dios nos salvó “por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. El término lavamiento no alude a la regeneración bautismal. Tal como Bruce afirma, “tocante a esta perversión doctrinal, ni siquiera debería ser necesario decir que el Nuevo Testamento no le da fundamento alguno; la regeneración es un cambio interior obrado por el Espíritu Santo”. Sin embargo, el simbolismo del bautismo es usado para expresar el pensamiento. La acción que purifica y aleja la culpa y el poder del pecado en la experiencia de la regeneración es significada y testificada públicamente en el bautismo.15 El simbolismo del agua, representando purificación espiritual, o limpieza, se encuentra por toda la Biblia y nosotros deberíamos ver la referencia que estamos considerando aquí dentro de tal contexto (cf. Eze. 16:9; 36:25; 1 Co. 6:11; He. 10:22). La frase por la palabra no puede ser interpretada como que significa ya sea la fórmula de bautismo, o la confesión de quien está siendo bautizado; se refiere al evangelio, o la palabra de Dios. También debe ser asociada a la palabra santificarla, en vez de a habiéndola purificado. De acuerdo a este análisis, la traducción sería: “Cristo santificó a su iglesia, habiéndola limpiado con el lavamiento del agua.” En Juan 17:17 leemos que Cristo oró diciendo: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” La palabra de Dios es el medio o instrumento por el cual la purificación más profunda más allá de la conversación es llevada a cabo. Esta segunda bendición es administrada por el Espíritu Santo después de que el cristiano convertido ha aceptado por la fe la muerte meritoria de Cristo.
Pablo parece haberse movido muy lejos de su interés central, del amor que los esposos deben tener para sus esposas. La belleza intrínseca de su analogía de la novia y del novio capturó la imaginación del apóstol, y guió su pensamiento en esa dirección. Pero esencialmente él sigue hablando de lo mismo. Las esposas tienen imperfecciones; no vienen a sus esposos como esposas perfectas, tal como sucede en el caso de la iglesia. El amor de Cristo lo llevó a pagar el precio supremo de la muerte a fin de santificar a su esposa. De igual manera el amor del esposo debe ser tal que logre la eliminación de esas características de la esposa que impedirían que la relación marital produzca los gozos que Dios intentó que tuviera. Barclay observa: “El verdadero amor es el gran purificador y limpiador de toda la vida.”
La santificación de la iglesia hace posible que Cristo se la presente a sí mismo, una iglesia gloriosa (27). La palabra traducida presentársela (parastese) no debe interpretarse como que significa aquí la presentación de una ofrenda, sino simplemente como “la postulación”. Cristo es “al mismo tiempo el Agente y el Fin u Objeto de la presentación”. Cristo presenta a la esposa a sí mismo. Raramente, la preparación de la novia para la boda es fundamentalmente la tarea del Novio. Ningún embellecimiento externo puede hacerla aceptable ante los ojos de El. La belleza es la tarea del amor. En este caso, el amor hasta el sacrificio del Novio refina la relación con la iglesia hasta que la novia sale reluciente en la belleza de la santidad. El término gloriosa sencillamente significa “en armonía con la naturaleza con la cual El la ha dotado”, una naturaleza resplandeciente en su propio derecho. Westcott da una paráfrasis de la expresión que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante con las siguientes palabras: “sin una brizna de contaminación ni una señal de edad.” Wesley interpreta la primesa frase como: “impureza de cualquier pecado.” El explica arruga como una “deformidad resultante de cualquier proceso negativo”. Santa y sin mancha repite el pensamiento de 1:4. Este es el gran objetivo del ministerio purificador del Señor. En 2 Corintios 11:2 el apóstol se refiere a su propio “celo de Dios” por la iglesia, que es lo que lo lleva a presentarla como “una novia pura para su esposo” (ŖSV). La presentación final ocurrirá en ese día final cuando Cristo aparezca, pero aun ahora está ocurriendo a fin de que los humanos puedan ver su maravillosa gracia.
En los versículos 25–27 vemos “Una Iglesia Gloriosa”. La iglesia mantiene una relación triple: (a) con el mundo, la eklesia (los que han sido llamados y están reunidos); (b) consigo misma, el koinonía (compañerismo); (c) con. Cristo como su cuerpo, el kerygma (la predicación). (1) La iglesia amada para poder ser santificada, 25–26. (2) La iglesia santificada y purificada: mediante el lavamiento del agua, el bautismo. Mediante la sangre que ha sido aplicada, tal como es postulado en la Cena del Señor. Por la palabra. Todos éstos cobran vitalidad y realidad en la presencia del Espíritu,  La iglesia presentada como la novia de Cristo, sumisa, gloriosa, universal y victoriosa.

 El amor de Cristo era un amor sustentador y protector (5:28–31).

Aquí Pablo retorna a la relación entre esposo y esposa, pero no ha dejado atrás su analogía. Al final del versículo 29 añade la frase: como también Cristo a la iglesia. Se nos dicen dos cosas en cuanto al cuidado amoroso de los esposos para sus esposas. En primer lugar, ellos han de amar a sus esposas como a sus mismos cuerpos (28). El significado de esta frase, tal como aparece en esta traducción y en otras, es ambiguo. Lo que Pablo quiere decir aquí no es el amor del cuerpo físico. Los esposos deberían amar a sus esposas “como si fuesen el propio cuerpo de ellos; como parte de su ser total, no como si fuesen alguien fuera de ellos”. La unidad de la relación es tal que el que ama a su mujer, a sí mismo se ama. La esposa y el esposo son “partes complementarias de una personalidad”.
Segundo, cuando los esposos piensen en sus esposas como parte de sí mismos, como su propia carne, instintivamente la alimentarán, la protegerán, y la cuidarán tiernamente para ellos mismos (29). Actuarán en la misma manera como actúa Cristo, quien nos ama y nos protege como miembros de su cuerpo (30). La frase de su carne y de sus huesos no aparece en algunas traducciones. La razón es que no aparece tampoco en algunos de los más antiguos y mejores manuscritos. Se ha conjeturado que un escribano las añadió en anticipación del siguiente versículo, que es una cita de Génesis 2:24.
A continuación el apóstol recuerda la ley primitiva del matrimonio, tal como es dada en Génesis 2:24 (v. 31). Esto no intenta recalcar que un esposo deba separarse de su padre y de su madre cuando se case, sino más bien para reforzar la idea de la unidad, tal como es expresada en la cláusula: y los dos serán una sola carne. La ordenanza de la creación declara la absoluta unidad e identidad del esposo y la esposa. Se han hecho numerosos intentos de aplicar este versículo mística y alegóricamente, y con especialidad en lo que toca a la identidad del hombre con Cristo y la iglesia. Pero tal interpretación debería evitarse. La relación interpretativa entre la unión de Cristo con su iglesia, y la unión del esposo con su esposa es parte íntegra de todo el pasaje. Pero la analogía no debe ser llevada más allá del énfasis sobre la unidad. La unión de Cristo con su iglesia es sin duda alguna la más alta posible de las relaciones, y le sugiere a Pablo la pauta para la relación marital. En esta conexión, Barclay ve un énfasis en el carácter “irrompible” del amor. Comentando en la identificación del esposo con la esposa, ese comentarista escribe: “El esposo está unido a ella como los miembros del cuerpo están unidos entre sí. No le es posible pensar en separarse de ella más que lo que podría pensar en hacer pedazos su propio cuerpo.”

 El amor de Cristo es un misterio (5:32–33).

La frase Grande es este misterio es una explicación que necesita clarificación. Esta traducción se parece mucho a la de la NASB, que reza: “Este misterio es grande.” La palabra mysterion es usada por Pablo en diversas maneras. Primero, la usa para denotar el secreto eterno de Dios, que era salvar a todos los hombres a través de Cristo, y especialmente el incorporar a los gentiles en su pueblo creyente (cf. 1:9; 3:3–9; 6:19). Segundo, usado en plural, denota verdades divinas en general (1 Co. 4:1; 13:2; 14:2). Tercero, usado en singular, tiene referencia a “alguna verdad profunda y particular del plan divino que ha sido revelada” (cf. Ro. 11:25; 1 Co. 15:51). Aquí en el versículo 32 es usado en esta última manera. El significado de la declaración de Pablo es: “Es una gran verdad la que está aquí escondida” (NEB).
Pero, ¿cuál es el antecedente que causa esta declaración? No es la referencia a la ordenanza de la creación, aunque eso sería lo más natural. Cuando menos esa es la manera en la que Pablo pensó que sus lectores interpretarían sus palabras, de modo que él mismo aclara el significado: Yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. A pesar de su intención original de ocuparse de la relación entre esposo y esposa, Pablo se encuentra otra vez atrapado en las maravillas y las glorias de la unión de Cristo con su iglesia. Desde luego que hay un elemento de misterio en todas las relaciones de la vida, pero el misterio preeminente, el misterio de misterios, es el del amor y sacrificio de Cristo por su pueblo redimido.
Descendiendo de sus alturas sublimes, el apóstol hace un resumen de lo que ha estado diciendo en el pasaje precedente. El versículo 33 nos lleva de regreso al 22. Cada uno de vosotros da énfasis a la obligación que tiene cada esposo de amar a su mujer como a sí mismo. La palabra respete traduce un verbo que literalmente significa “temor” (phobetai, “reverencie”, VM.). Pero definitivamente las esposas no pueden ser sus propias personas si viven teniendo miedo de sus esposos. La misma idea aparece en el versículo 21. Los cristianos son exhortados a someterse “unos a otros en el temor de Dios”. Lo que esta frase intenta denotar no es el terror y la inseguridad, sino la fe y la reverencia, tal como son entendidas en el pensamiento del Antiguo Testamento. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Pro. 9:10). Por ende, la esposa debe “reverenciar” (VM.) a su marido en el sentido de respetarlo como cabeza del hogar, y de apegarse a él en fe, sabiendo que él ha hecho a un lado “a todas las demás” por ella. Crisóstomo expresa el significado de este versículo con estas palabras llenas de discernimiento:

“¿Y cuál es la naturaleza de este temor? Significa que ella no te contradiga, o que se coloque a sí misma contra ti, o que ame la preeminencia; si el temor gobierna hasta este punto, basta. Pero si tú la amas, como se te ordena que lo hagas, tú lograrás más que esto; lo que es más, lograrás esto ya no por temor, sino que el amor mismo tendrá su efecto.”


Taylor, W. H. (2010). La Epístola a los Efesios. En Comentario Bíblico Beacon: Gálatas hasta Filemón (Tomo 9) (pp. 257–265). Lenexa, KS: Casa Nazarena de Publicaciones.

 

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