Madrid, España

LA SEGUNDA VENIDA Y SUS CONSECUENCIAS

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LA SEGUNDA VENIDA Y SUS CONSECUENCIAS


Entre los eventos más importantes de la escatología están la segunda venida y sus consecuencias: la Resurrección y el Juicio Final.


La Segunda Venida

Con la excepción de la certeza de la muerte, la doctrina escatológica en la que los teólogos ortodoxos están más de acuerdo es la segunda venida de Cristo. Es indispensable para la escatología. Es la base de la esperanza cristiana; el único evento que marca el inicio de la finalización del plan de Dios.


Lo definido del evento

Muchas Escrituras indican claramente que Cristo va a regresar. En su gran discurso sobre el fin de los tiempos (Mt. 24–25), Jesús mismo promete que volverá: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, y todas las tribus de la tierra harán lamentación cuando vean al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mt. 24:30). Varias otras veces en este mismo discurso menciona “la venida del Hijo del hombre” (vv. 27, 37, 39, 42, 44). Hacia el final del discurso leemos: “Enviará sus ángeles con gran voz de trompeta y juntarán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (25:31). Todas las enseñanzas de este discurso, incluidas las parábolas, dan por supuesta la segunda venida. De hecho, Jesús pronunció su discurso en respuesta a la pregunta de sus discípulos: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo?” (Mt. 24:3). Más tarde esa semana, mientras declaraba ante Caifás, Jesús dijo: “Tú lo has dicho. Y además os digo que desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo” (Mt. 26:64). Aunque Mateo recoge más que los otros evangelistas: Marcos, Lucas y Juan, también incluyen algunos comentarios de Jesús sobre la segunda venida. En Marcos 13:26 y Lucas 21:27, por ejemplo, encontramos declaraciones casi idénticas de que la gente que viva en los últimos días verá al Hijo del hombre venir en nubes de poder y gloria. Y Juan nos dice que en el aposento alto Jesús prometió a sus discípulos: “Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis” (Jn. 14:3).
Además de las propias palabras de Jesús, hay muchas otras declaraciones directas en el Nuevo Testamento sobre su regreso. En la ascensión de Jesús, dos hombres vestidos de blanco, probablemente ángeles, dijeron a los discípulos: “Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11). La segunda venida formaba parte del kerygma apostólico: “Así que, arrepentíos …para que él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado. A este, ciertamente, es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hch. 3:19–21). Pablo escribió sobre la segunda venida en varias ocasiones. Él aseguró a los filipenses: “Pero nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso semejante al suyo, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:20–21). Este pasaje en un libro que no es explícitamente escatológico es particularmente significativo porque demuestra el efecto práctico que la segunda venida tendrá sobre nosotros. Probablemente la declaración más clara y directa de Pablo sea 1 Tesalonicenses 4:15–16: “Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Ts. 4:15–16). Otras declaraciones directas las encontramos en 2 Tesalonicenses 1:7, 10 y Tito 2:13. Además, encontramos en Pablo muchas referencias menos elaboradas a la segunda venida: 1 Corintios 1:7; 15:23; 1 Ts. 2:19; 3:13; 5:23; 2 Ts. 2:1, 8; 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 4:1, 8. Otros autores también mencionan la segunda venida: Hebreos 9:28; Santiago 5:7–8; 1 Pedro 1:7, 13; 2 P. 1:16; 3:4, 12; 1 Juan 2:28. Desde luego la segunda venida es una de las doctrinas más ampliamente enseñadas en el Nuevo Testamento.


Lo indefinido del momento

Mientras que el hecho de la segunda venida se afirma de forma muy enfática y clara en las Escrituras, no ocurre lo mismo con el momento. De hecho, la Biblia deja claro que no sabemos, ni podemos descubrir el momento exacto en que Jesús regresará. Aunque Dios ha establecido un momento definido, éste no ha sido revelado. Jesús señaló que ni él ni los ángeles conocían el momento de su regreso, y tampoco sus discípulos: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. Mirad, velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la mañana” (Mr. 13:32–33, 35; ver también Mt. 24:36–44). Aparentemente el momento de su regreso era uno de los asuntos a los que Jesús se estaba refiriendo cuando, justo antes de su ascensión, respondió a sus discípulos la pregunta sobre si ahora sería el momento en que restauraría el reino a Israel: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las ocasiones que el Padre puso en su sola potestad” (Hch. 1:7). En lugar de satisfacer su curiosidad, Jesús les dijo a sus discípulos que iban a ser sus testigos por todo el mundo. Que el momento de su regreso no les sería revelado explica que Jesús pusiese tanto énfasis en lo inesperado del momento y en que por tanto era necesario estar atentos (Mt. 24:44, 50; 25:13; Mr. 13:35).


El Carácter de La Venida

Personal

Que la segunda venida de Cristo sea de carácter personal no es objeto de ninguna discusión extensa. Más bien, simplemente se asume en todas las referencias que hay sobre su regreso. Jesús dice, por ejemplo: “Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis” (Jn. 14:3). La declaración de Pablo de que “el Señor mismo descenderá del cielo” (1 Ts. 4:16) deja pocas dudas de que el regreso será de naturaleza personal. La palabra de los ángeles en la ascensión de Jesús: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11), establece que su regreso será tan personal como fue su partida.
No obstante, algunos intérpretes recientes han dado a las Escrituras citadas anteriormente una interpretación diferente. Esto es un intento por resolver lo que creen que son dos énfasis opuestos e incluso en conflicto dentro de las enseñanzas de Jesús.1 Por una parte, está el motivo apocalíptico: el reino irá precedido de un suceso cataclísmico repentino: el regreso personal de Cristo. Por otra parte, está la enseñanza de que el reino es inmanente. Ya está presente en el mundo y continuará creciendo de modo gradual. William Newton Clarke interpreta el primero a partir del segundo: “No se puede esperar un regreso visible de Cristo a la tierra, sino un avance amplio y progresivo de su reino espiritual.… Si nuestro Señor simplemente completa el regreso espiritual que ha comenzado, no habrá necesidad de un advenimiento visible para hacer perfecta su gloria en el mundo.”2 Algunas veces este enfoque se ha adoptado con la convicción de que Jesús creía y enseñaba (como hizo la iglesia primitiva) un regreso a corto plazo, probablemente dentro de esa misma generación, pero es obvio que estaba equivocado.3 Una exégesis detallada de los pasajes pertinentes demostrará, no obstante, que en ningún momento Jesús enseña de forma específica que vaya a regresar pronto. Además no existe una razón esencial para que el reino no pueda ser a la vez presente y futuro, a la vez inmanente y cataclísmico.


Físico

Están aquellos que afirman que la promesa del regreso de Jesús se cumplió en Pentecostés mediante una venida espiritual. Jesús después de todo dijo: “Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). También dijo: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él” (Jn. 14:23). Y Pablo habló de las riquezas de este misterio: “Cristo en vosotros, esperanza de gloria” (Col. 1:27). Algunos intérpretes dan mucho peso al uso del término παρουσία (parousia) para la segunda venida. Señalando que la palabra básicamente significa “presencia,” argumentan que su fuerza en las referencias a la “venida del Señor” es que Jesús está presente con nosotros, no que vaya a venir en algún momento futuro.
Desde Pentecostés Cristo ha estado con y en cada creyente desde el momento del nuevo nacimiento. Sin embargo, hay varias consideraciones que impiden que consideremos esta presencia espiritual como el pleno significado de la venida que él prometió. Aunque es cierto que el significado básico de παρουσία es “presencia,” también significa “venida” y es el significado que más aparece en el Nuevo Testamento, como se puede determinar examinando el uso de la palabra en contexto. Además hay otros términos del Nuevo Testamento, en particular ἀποκάλυψις (apokalupsis) y ἐπιφάνεια (epiphaneia), que indican claramente “venida.” Y la afirmación en Hechos 1:11 de que Jesús volverá de la misma manera que partió implica que regresará corporalmente. Sin embargo, quizá el argumento más persuasivo sea que muchas de las promesas de las segunda venida de Jesús fueron hechas después de Pentecostés, de hecho unos sesenta años más tarde, y siguen colocando en el futuro esa venida.


Visible

Los testigos de Jehová mantienen que Cristo empezó su reinado sobre la tierra el 1 de octubre de 1914. Sin embargo, no fue un regreso visible a la tierra, porque Jesús no tiene un cuerpo visible desde la ascensión. Ni siquiera fue un regreso literal porque fue en el cielo donde Cristo ascendió al trono. Su presencia, pues, tiene la naturaleza de una influencia invisible.
Es difícil reconciliar el concepto de la segunda venida que tienen los testigos con las descripciones bíblicas. Una vez más señalamos Hechos 1:11: el regreso de Cristo será como su partida, que fue claramente visible, porque sus discípulos vieron como Jesús era llevado al cielo (vv. 9–10). Otras descripciones de la segunda venida dejan claro que será bastante evidente; por ejemplo, Mateo 24:30: “cuando vean al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.”


Inesperada

Aunque la segunda venida estará precedida de varias señales: la abominación desoladora (Mt. 24:15), gran tribulación (v. 21), oscurecimiento del sol (v. 29), éstas no indicarán el momento concreto del regreso de Jesús. En consecuencia, habrá muchos para los que el regreso será inesperado. Será como en los días de Noé (Mt. 24:37). Aunque Noé pasó algún tiempo construyendo el arca, ninguno de sus contemporáneos, excepto su propia familia, se preparó para el diluvio. La gente se sentirá segura, pero la destrucción repentina caerá sobre ellos (1 Ts. 5:2–3). Las enseñanzas de Jesús sugieren que debido al gran retraso en la segunda venida, algunos estarán descuidados (Mt. 25:1–13; cf 2 P. 3:3–4). Cuando la parousia finalmente ocurra, sucederá tan deprisa que no habrá tiempo para prepararse (Mt. 25:8–10).

Como dice Louis Berkhof:

“La Biblia sugiere que el grado de sorpresa ante la segunda venida de Cristo estará en relación inversa con su grado de expectación.”


Triunfante y gloriosa

Varias descripciones del regreso de Cristo indican su carácter glorioso, un claro contraste con las circunstancias humildes y bajas de su primera venida. Esta última fue la primera etapa de la humillación de Cristo, la anterior fue la etapa final de su exaltación. Vendrá en las nubes con gran gloria y poder (Mt. 24:30; Mr. 13:26; Lc. 21:27). Estará acompañado de ángeles y anunciado con voz de arcángel (1 Ts. 4:16). Se sentará en el trono glorioso y juzgará a todas las naciones (Mt. 25:31–46). La ironía de esta situación es que el que fue juzgado al final de su estancia en la tierra será juez de todos en su segunda venida. Está claro que será el Señor triunfante y glorioso sobre todas las cosas.

La unidad de la segunda venida

Un grupo grande e influyente de cristianos conservadores enseña que la venida de Cristo se producirá en dos etapas. Estas etapas son el arrebatamiento y la revelación, o el “venir por” los santos y el “venir con” los santos. Estos dos eventos estarán separados por la gran tribulación, que se cree que durará unos siete años. A los que defienden este punto de vista se les denomina pre-tribulacionistas, y la mayoría de ellos son dispensacionalistas.
El arrebatamiento o el “venir por” será secreto; nadie se dará cuenta, excepto la iglesia. Como precede a la tribulación, no existe ninguna profecía que se tenga que cumplir antes de que pueda suceder. En consecuencia el arrebatamiento puede ocurrir en cualquier momento o como se suele decir, es inminente. Liberará a la iglesia de la agonía de la gran tribulación. Después, al final de los siete años, el Señor regresará nuevamente, trayendo con él a su iglesia con una gran llegada triunfal. Esto será un evento visible, glorioso y universalmente reconocible. Cristo después establecerá su reino terrenal del milenio.
En contraste con el pre-tribulacionismo, las otras teorías sobre la segunda venida de Cristo mantienen que habrá una única venida, un evento unificado. Dirigen todas las profecías sobre la segunda venida hacia un único evento, mientras que los pre-tribulacionistas dirigen algunas de las profecías hacia el arrebatamiento y otras hacia la revelación.

¿Cómo vamos a resolver este tema? ¿La segunda venida será un suceso de una sola etapa o de dos? Aunque examinaremos  numerosas consideraciones que se relacionan con este tema, hay una muy importante que debemos tener en cuenta ahora. Tiene que ver con el vocabulario utilizado para designar el segundo advenimiento. Los tres términos utilizados principalmente para segunda venida son παρουσία, ἀποκάλυψις, y ἐπιφάνεια. Los pretribulacionistas argumentan que παρουσία hace referencia al arrebatamiento, la primera etapa del regreso, la esperanza bienaventurada del creyente de ser liberado de este mundo antes de que llegue la tribulación. Los otros dos hacen referencia a Cristo viniendo con los santos al final de la tribulación.
Sin embargo, cuando los examinamos con más detenimiento, los términos que designan la segunda venida no apoyan la distinción hecha por los pre-tribulacionistas. En 1 Tesalonicenses 4:15–17, por ejemplo, el término παρουσία se utiliza para denotar un evento que es difícil de entender como el arrebatamiento: “Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida [παρουσία ] del Señor, no precederemos a los que durmieron. El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.”

Como dice George Ladd:

“Es muy difícil encontrar una venida secreta de Cristo en estos versículos.” Además, el término παρουσία se utiliza en 2 Tesalonicenses 2:8, donde leemos que después de la tribulación Cristo con su venida destruirá al hombre de pecado, al anticristo, de forma pública. Además Jesús dijo de la παρουσία: “porque igual que el relámpago sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del hombre” (Mt. 24:27).10

Los otros dos términos tampoco se ajustan a los conceptos pre-tribulacionistas. Aunque supuestamente la παρουσία, no la ἀποκάλυψις o la ἐπιφάνεια, es la esperanza bienaventurada que espera la iglesia, Pablo agradece que sus lectores hayan enriquecido su conocimiento mientras “esperáis la manifestación [ἀποκάλυψις] de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 1:7). Asegura a los tesalonicenses que: “Es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, mientras que a vosotros, los que sois atribulados, daros reposo junto con nosotros, cuando se manifieste [ἀποκάλυψις ] el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder” (2 Ts. 1:6–7). Y Pedro habla del gozo de los creyentes y de la recompensa en conexión con el ἀποκάλυψις: “Al contrario, gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 P. 4:13). Con anterioridad había escrito que sus lectores tendrían que sufrir varias pruebas: “para que, sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro (el cual, aunque perecedero, se prueba con fuego), sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1:7). Estas dos referencias (y también 1:13) sugieren que los creyentes a los que Pedro está escribiendo (que son parte de la iglesia) recibirán su gloria y honor en el ἀποκάλυψις de Cristo. Sin embargo, según los pre-tribulacionistas, la iglesia debería haber recibido ya su recompensa en la παρουσία.
Finalmente, Pablo habla de ἐπιφάνεια como del objeto de la esperanza del creyente. Escribe a Tito que los creyentes deben vivir vidas santas “mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa [ἐπιφάνεια] de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit. 2:13). Podemos encontrar un uso similar de ἐπιφάνεια en 1 Timoteo 6:14 y 2 Ti. 4:8. Concluimos que el uso de una variedad de términos no es indicación de que haya dos etapas en la segunda venida. Más bien, que los términos sean intercambiables apunta claramente a un único evento.


La inminencia de la segunda venida

Una cuestión adicional que debemos tratar es si la segunda venida es inminente o no. ¿Podría suceder en cualquier momento, o hay ciertas profecías que deben cumplirse primero?
Algunos cristianos, en particular aquellos que sostienen que Cristo vendrá por los santos antes de la tribulación, creen que el regreso se producirá en cualquier momento. Según esto, debemos estar preparados en todo momento porque esta posibilidad nos podría tomar desprevenidos. Para apoyar esta suposición se utilizan varios argumentos:

1. Jesús les dijo a sus discípulos que debían estar preparados para su regreso ya que no sabían cuando podría suceder (Mt. 24–25). Si se tienen que producir otros sucesos antes de que Cristo regrese, como la gran tribulación, es difícil de entender por qué habló de un tiempo desconocido, porque sabríamos al menos que el regreso no se produciría hasta que esos otros sucesos hubieran tenido lugar.

2. Se repite el énfasis en que debemos esperar entusiasmados porque la venida del Señor está próxima. Muchos pasajes (por ej., Ro. 8:19–25; 1 Co. 1:7; Fil. 4:5; Tit. 2:13; Stgo. 5:8–9; Jud. 21) indican que la venida podría estar muy próxima y ser quizá en cualquier momento.12

3. La declaración de Pablo de que esperamos nuestra esperanza bienaventurada (Tit. 2:13) requiere que el siguiente evento en el plan de Dios sea la venida del Señor. Si en su lugar el paso siguiente fuese la gran tribulación, casi no podríamos tener esperanza ni expectación. Al contrario, nuestra reacción sería de temor y aprensión. Ya que el retorno de nuestro señor es el evento siguiente en el plan de Dios, no hay razón para pensar que no vaya a suceder en cualquier momento.

Sin embargo, cuando se examina detenidamente, estos argumentos no son del todo persuasivos. ¿Los mandatos de Cristo para que estemos atentos a su regreso y las advertencias de que su regreso puede ocurrir en un momento inesperado y sin señales claras significa necesariamente que este vaya a ser inminente? Ya ha habido un periodo intermedio de casi dos mil años. Aunque no sabemos cuánto durará el retraso, ni sabemos por tanto el momento preciso del regreso de Cristo, sí sabemos que no se ha producido todavía. No saber cuándo sucederá no impide saber ciertas fechas en las que no ocurrirá.
Además las palabras de Jesús en el momento en que fueron dichas no querían expresar que la segunda venida fuera inminente. Indicó por medio de al menos de tres de sus parábolas (el hombre noble que fue a un país lejano, Lucas 19:11–27; las vírgenes prudentes y las insensatas, Mt. 25:5; y los talentos, Mt. 25:19), que iba a haber un retraso. De forma similar, la parábola de los siervos (Mt. 24:45–51) implica un periodo de tiempo en el que los siervos prueban su carácter. Además, ciertos acontecimientos tenían que suceder antes de la segunda venida; por ejemplo, Pedro se haría viejo y enfermaría (Jn. 21:18), el evangelio se predicaría a todas las naciones (Mt. 24:14), y el templo sería destruido (Mt. 24:2). Si estos sucesos tenían que ocurrir antes de que Jesús regresara, la segunda venida no podría suceder inmediatamente. Cuando decía: “¡Vigilad!” y “No sabéis la hora” no estaba siendo incoherente con un retraso que permitiera que ciertos sucesos ocurrieran.
Esto no quiere decir que no sea adecuado hablar de inminencia. Sin embargo, es el complejo de eventos que rodean la segunda venida lo que es inminente, y no el evento único que es la segunda venida. Quizá deberíamos hablar de este complejo como inminente y de la segunda venida como “próxima.”


Resurrección

El principal resultado de la segunda venida de Cristo, desde el punto de vista individual de la escatología, es la resurrección. Esta es la base para la esperanza del creyente cuando se enfrenta a la muerte. Aunque la muerte es inevitable, el creyente anticipa el ser liberado de su poder.


La enseñanza bíblica

La Biblia promete claramente la resurrección del creyente. El Antiguo Testamento nos ofrece varias declaraciones directas, la primera la encontramos en Isaías 26:19: “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! Porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra entregará sus muertos.” Daniel 12:2 enseña tanto la resurrección del creyente como del malvado: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua.” La idea de la resurrección también se afirma en Ezequiel 37:12–14: “Por tanto, profetiza, y diles que así ha dicho Jehová, el Señor: Yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío; os haré subir de vuestras sepulturas y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis, y os estableceré en vuestra tierra. Y sabréis que yo, Jehová, lo dije y lo hice, dice Jehová.”
Además de las declaraciones directas, el Antiguo Testamento afirma que podemos esperar la liberación de la muerte o Seol. Salmos 49:15 dice: “Pero Dios redimirá mi vida del poder del Seol, porque él me tomará consigo.” Aunque no hay ninguna afirmación sobre el cuerpo en este pasaje, hay una esperanza de que la existencia incompleta en el Seol no sea nuestra condición final. Salmos 17:15 habla de despertar en presencia de Dios: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza.” Algunos comentaristas ven sugerencias semejantes en Salmos 73:24–25 y Proverbios 23:14,14 aunque esta última es cuestionable.
Aunque debemos ser cuidadosos y no leer demasiado de las revelaciones del Nuevo Testamento en el Antiguo Testamento, es significativo que Jesús y los escritores del Nuevo Testamento mantuvieran que el Antiguo Testamento enseña la resurrección. Cuando fue preguntado por los saduceos, que negaban la resurrección, Jesús les acusó de error debido a la falta de conocimiento de las Escrituras y del poder de Dios (Mr. 12:24), y después siguió argumentando a favor de la resurrección basándose en el Antiguo Testamento: “Pero respecto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés cómo le habló Dios en la zarza, diciendo: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? ¡Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos! Así que vosotros mucho erráis” (vv. 26–27). Pedro (Hch. 2:24–32) y Pablo (Hch. 13:32–37) vieron Salmos 16:10 como una predicción de la resurrección de Jesús. Hebreos 11:19 elogia la fe de Abraham en la habilidad de Dios para resucitar a la gente de entre los muertos: “porque pensaba que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también lo volvió a recibir.”
El Nuevo Testamento, por supuesto, enseña la resurrección con mucha más claridad. Ya hemos señalado la réplica de Jesús a los saduceos, que se recoge en los tres evangelios sinópticos (Mt. 22:29–32; Mr. 12:24–27; Lc. 20:34–38). Y Juan recoge varias ocasiones adicionales en las que Jesús habla de la resurrección. Una de las declaraciones más claras es Juan 5: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán… No os asombréis de esto, porque llegará la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; pero los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (vv. 25, 28–29). Otras afirmaciones de la resurrección se encuentran en Juan 6:39–40, 44, 54, y la narración de la resurrección de Lázaro (Jn. 11, especialmente vv. 24–25).
Las epístolas del Nuevo Testamento también dan testimonio de la resurrección. Pablo claramente creía y enseñaba que iba a haber una futura resurrección del cuerpo. El pasaje clásico y más extenso es 1 Corintios 15. La enseñanza se señala especialmente en los versículos 51 a 52: “Os digo un misterio: No todos moriremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta, porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros seremos transformados.” También se enseña con claridad la resurrección en 1 Tesalonicenses 4:13–16 y de forma implícita en 2 Corintios 5:1–10. Y cuando Pablo apareció ante el concilio, creó disensiones entre fariseos y saduceos al declarar: “Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga” (Hch. 23:6); hizo una declaración similar ante Félix (Hch. 24:21). Juan también afirma la doctrina de la resurrección (Apoc. 20:4–6, 13).


Una obra del Dios trino

Todos los miembros de la Trinidad están implicados en la resurrección de los creyentes. Pablo nos dice que el Padre resucitará a los creyentes mediante el Espíritu: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que está en vosotros” (Ro. 8:11). Hay una conexión especial entre la resurrección de Cristo y la resurrección general, un punto que Pablo resalta de forma especial en 1 Corintios 15:12–14: “Pero si se predica que Cristo resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación y vana es también vuestra fe.” En Colosenses 1:18 Pablo hace referencia a Jesús como: “la cabeza del cuerpo que es la iglesia, y es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia.” En Apocalipsis 1:5 Juan de forma similar hace referencia a Jesús como “primogénito de los muertos.” Esta expresión no señala tanto a que Jesús haya sido el primero en el tiempo dentro de un grupo como a su supremacía sobre el grupo (cf. 1:15 “el primogénito de toda la creación”). La resurrección de Cristo es la base de la confianza y esperanza de los creyentes. Pablo escribe: “Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Ts. 4:14). Y aunque el contexto no menciona explícitamente la resurrección general, al inicio de su primera epístola Pedro vincula el nuevo nacimiento y la esperanza de vida del creyente a la resurrección de Cristo y después toma en consideración la segunda venida, cuando la fe genuina traiga como resultado la alabanza, la gloria y el honor (1 P. 1:3–9).


De naturaleza corporal

Varios pasajes del Nuevo Testamento afirman que el cuerpo será devuelto a la vida. Uno de ellos es Romanos 8:11: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que está en vosotros.” En Filipenses 3:20–21 Pablo escribe: “Pero nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso semejante al suyo, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” En el capítulo de la resurrección, 1 Corintios 15, dice: “se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural, también hay un cuerpo espiritual” (v. 44, NVI). Pablo también deja claro que la idea de que la resurrección ya haya sucedido, o sea, en forma de resurrección espiritual no incompatible con el hecho de que los cuerpos todavía sigan en las tumbas, es una herejía. Hace esto cuando condena las ideas de Himeneo y Fileto: “que se desviaron de la verdad diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Ti. 2:18).
Además, hay conclusiones o evidencias indirectas de la naturaleza corporal de la resurrección. La redención del creyente se dice que implica al cuerpo y no sólo al alma: “Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Ro. 8:22–23). En 1 Corintios 6:12–20 Pablo señala la importancia espiritual del cuerpo. Esto está en claro contraste con la idea de los gnósticos, que minimizaban el cuerpo. Mientras que algunos gnósticos sacaron la conclusión de que al cuerpo, por ser malo, se le debe aplicar un ascetismo estricto, otros creían que lo que se hiciera con el cuerpo era espiritualmente irrelevante, y por tanto se dejaban llevar por un comportamiento licencioso. Sin embargo, Pablo insiste en que el cuerpo es santo. Nuestros cuerpos son miembros de Cristo (v. 15). El cuerpo es templo del Espíritu Santo (v. 19). “El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor y el Señor para el cuerpo” (v. 13). A la vista del énfasis que se pone en el cuerpo, la frase que sigue inmediatamente es sin duda un argumento a favor de la resurrección del cuerpo: “Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder” (v. 14). La conclusión de todo el pasaje es: “glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (v. 20).
Otro argumento indirecto para el carácter corporal de la resurrección es que la resurrección de Jesús fue de naturaleza corporal. Cuando Jesús se apareció a sus discípulos, estos se asustaron pensando que estaban viendo un espíritu. Él les calmó diciendo: “¿Por qué estáis turbados y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (Lc. 24:38–39). Y cuando más tarde se le apareció a Tomás, que se había mostrado escéptico ante su resurrección, Jesús dijo: “Pon aquí tu dedo y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Jn. 20:27). Que Jesús fuera visto, escuchado y reconocido por sus discípulos sugiere que tenía un cuerpo similar al que poseía anteriormente. El hecho de que la tumba estuviera vacía y el cuerpo nunca fuera hallado por los enemigos de Cristo es una indicación más de la naturaleza corporal de su resurrección. La conexión especial entre la resurrección de Cristo y la del creyente es un argumento a favor de que nuestra resurrección también sea corporal.
Ahora nos enfrentamos a la cuestión de qué significa exactamente decir que la resurrección afecta al cuerpo. Hay ciertos problemas en considerar la resurrección como una mera resucitación física. Uno es el de suponer que el cuerpo estará sujeto de nuevo a la muerte. Al parecer Lázaro y los demás resucitados por Jesús al final acabaron muriendo otra vez y fueron enterrados. Sin embargo, Pablo habla de un nuevo cuerpo “incorruptible” en contraste con el cuerpo “corruptible” que es enterrado (1 Co. 15:42). Un segundo problema es el contraste que se hace entre “cuerpo natural [con alma]” que se siembra y el “cuerpo espiritual” que se resucita (v. 44). Hay una diferencia significativa entre los dos, pero no sabemos la naturaleza exacta de esa diferencia. Además, hay declaraciones explícitas que excluyen la posibilidad de que el cuerpo resucitado sea puramente físico. Pablo dice hacia el final de su discurso sobre la resurrección del cuerpo: “Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50). La respuesta de Jesús a los saduceos: “pues en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo” (Mt. 22:30), parece implicar lo mismo. Finalmente, está el problema de cómo un cuerpo se puede reconstituir a partir de las moléculas que pueden haber formado parte del cuerpo de otra persona. El canibalismo presenta el ejemplo más extremo de este problema. Pero los cuerpos humanos que sirven para fertilizar los campos donde crecen las cosechas y las cenizas que se esparcen por un río del cual se bebe el agua son otros casos a tener en cuenta. Una parodia absurda de la pregunta de los saduceos: “En la resurrección, ¿de cuál de ellos será ella mujer?” (Mr. 12:23), podría ser: “En la resurrección, ¿de quién serán las moléculas?”
Lo que tenemos, pues, es algo más que una supervivencia después de la muerte mediante el espíritu o el alma; sin embargo, este algo más no es simplemente una resucitación física. Hay una utilización del viejo cuerpo, pero con una transformación durante el proceso. Este nuevo cuerpo tiene cierta conexión o identidad con el antiguo, pero está constituido de forma diferente. Pablo habla de él como de un cuerpo espiritual (1 Co. 15:44), pero no lo elabora. Utiliza la analogía de una semilla y la planta que surge de ella (v. 37). Lo que surge del suelo no es exactamente lo que se plantó. No obstante, surge de esa semilla original.
El problema filosófico aquí es la base de la identidad. ¿Qué es lo que marca a cada uno de nosotros como el mismo individuo en el nacimiento, como adulto y en la resurrección? El adulto es la misma persona que el niño, a pesar de los cambios que se producen en el cuerpo humano. De la misma forma, a pesar de la transformación que se produce en la resurrección sabemos por Pablo que seguiremos siendo la misma persona.
A veces se asume que nuestros nuevos cuerpos serán como el de Jesús en el periodo inmediatamente posterior a su resurrección. Su cuerpo aparentemente tenía las marcas físicas de la crucifixión, y se le podía ver y tocar (Jn. 20:27). Lucas 24:28–31, 42–43 y Juan 21:9–15 parecen indicar que comió. Sin embargo, se debería tener en cuenta que la exaltación de Jesús todavía no se había completado. La ascensión, que implicaba la transición de este universo espacio-tiempo a la esfera espiritual del cielo, puede que haya producido otra transformación. El cambio que sucederá en nuestros cuerpos en la resurrección (o, en el caso de los que todavía estén vivos, en la segunda venida) sucedió en dos etapas en su caso. Nuestro cuerpo resucitado será como el cuerpo actual de Jesús, no como el cuerpo que tuvo Jesús entre su resurrección y su ascensión. No tendremos esas características que tuvo el cuerpo terrenal resucitado de Jesús que son incoherentes con las descripciones de nuestros cuerpos resucitados (o sea, ser físicamente tangibles y tener necesidad de comer).
Concluimos que habrá una realidad corporal de algún tipo de resurrección. Habrá cierta conexión y surgirá de nuestro cuerpo original, pero, no obstante, no se tratará de una mera resucitación de nuestro cuerpo original. Más bien será una transformación o metamorfosis. Una analogía podría ser la petrificación de un tronco o una cepa. Aunque la forma siga siendo la del objeto original, la composición es completamente diferente. Tenemos dificultades para entender por qué no sabemos la naturaleza exacta del cuerpo resucitado. Sin embargo, parece que retendrá y a la vez glorificará la forma humana. Estaremos libres de las imperfecciones y necesidades que tuvimos en la tierra.


Tanto de justos como de injustos

La mayoría de las referencias a la resurrección son a la resurrección de los creyentes. Isaías 26:19 habla de la resurrección de una manera que indica que es una recompensa. Jesús habla de “resurrección de los justos” (Lc. 14:14). En sus palabras a los saduceos declara que “los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni se dan en casamiento” (Lc. 20:35). Le afirma a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn. 11:25–26). En Filipenses 3:11 Pablo expresa su deseo y esperanza “si es que en alguna manera logro llegar a la resurrección de entre los muertos.” Ni los evangelios sinópticos ni los escritos de Pablo hacen una referencia explícita a que los no creyentes sean resucitados de entre los muertos.
Por otra parte, una serie de pasajes indican una resurrección de los no creyentes. Daniel 12:2 dice: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua.” Juan cuenta unas palabras similares de Jesús: “No os asombréis de esto, porque llegará la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; pero los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:28–29). Pablo, en su defensa ante Félix, dijo: “Pero esto te confieso: que, según el Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres; creo todas las cosas que en la Ley y en los Profetas están escritas; con la esperanza en Dios, la cual ellos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos” (Hch. 24:14–15). Y como tanto creyentes como no creyentes estarán presentes e implicados en el juicio final, concluimos que la resurrección de ambos es necesaria.


El Juicio Final

La segunda venida también dará lugar al gran juicio final. Esto es para mucha gente uno de los momentos más temibles respecto al futuro, y debería de serlo para aquellos que están apartados de Cristo y que por lo tanto serán juzgados entre los impíos. Sin embargo, para los que están en Cristo, es algo que pueden anticipar, porque sus vidas quedarán vindicadas. El juicio final no tiene la frialdad de intentar averiguar cuál es nuestra condición o nuestro estatus espiritual, porque Dios ya lo conoce. Lo que hará es poner de manifiesto públicamente cuál es ese estatus.


Un evento futuro

El juicio final ocurrirá en el futuro. En algunos casos Dios ya ha puesto de manifiesto su juicio, como cuando llevó al cielo con él a los justos Enoc y Elías, envió el diluvio (Gn. 6–7) y destruyó a Coré y a todos los que participaron con él en la rebelión (Núm. 16). Un ejemplo del Nuevo Testamento es cuando Dios hizo que cayeran fulminados Ananías y Safira (Hch. 5:1–11). Friedrich Schelling, entre otros, mantenía que la historia del mundo es el juicio del mundo, que, en otras palabras, los sucesos que ocurren dentro de la historia son, en efecto, un juicio sobre el mundo. No obstante, no es esto todo lo que la Biblia tiene que decir sobre el juicio. Un evento definitivo tiene que ocurrir en el futuro. Jesús alude a ello en Mateo 11:24: “Por tanto os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma que para ti”.”
En otra ocasión habló claramente del juicio que ejecutaría en conexión con la futura resurrección (Jn. 5:27–29). Hay una imagen ampliada de este juicio en Mateo 25:31–46. Mientras predicaba en el areópago Pablo declaró que Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos” (Hch. 17:31). Más tarde Pablo argumentó ante Félix: “acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero” (Hch. 24:25). Escribió a los Romanos: “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro. 2:5). El autor de la carta a los hebreos lo expresó de forma clara y directa: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). Otras referencias claras son Hebreos 10:27; 2 Pedro 3:7 y Apocalipsis 20:11–15.
Las Escrituras especifican que el juicio ocurrirá después de la segunda venida. Jesús dijo: “porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mt. 16:27). Esta idea también la encontramos en Mateo 13:37–43; 24:29–35 y 25:31–46. De forma similar Pablo escribió: “Así que no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas y manifestará las intenciones de los corazones. Entonces, cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Co. 4:5).


Jesucristo el juez

Jesucristo se representa a sí mismo sentado en un trono de gloria y juzgando a todas las naciones (Mt. 25:31–33). Aunque en Hebreos 12:23 se habla de Dios como el juez, está claro por otras referencias que delega su autoridad en el Hijo. Jesús mismo dijo: “porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo… y, además, le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del hombre” (Jn. 5:22, 27). Pedro dijo a los que estaban reunidos en la casa de Cornelio: “Y [Jesús] nos mandó que predicáramos al pueblo y testificáramos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos” (Hch. 10:42). Pablo informó a los atenienses que Dios: “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos” (Hch. 17:31). Y Pablo escribió a los corintios: “porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10). Segunda de Timoteo 4:1 estable que Cristo juzgará a los vivos y a los muertos.
Parece que los creyentes compartirán el juicio. En Mateo 19:28 y Lucas 22:28–30 Jesús sugiere que los discípulos juzgarán a las doce tribus de Israel. También se nos dice que los creyentes se sentarán en tronos y juzgarán al mundo (1 Co. 6:2–3; Apoc. 3:21; 20:4). Aunque no se nos cuentan los detalles exactos, aparentemente Cristo permitirá que los santos compartan esta obra.


Los sujetos del juicio

Todos los humanos serán juzgados (Mt. 25:32; 2 Co. 5:10; He. 9:27). Pablo advierte que: “todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Ro. 14:10). Todo secreto será revelado; todo lo que haya ocurrido en cualquier momento será evaluado. Algunos se han preguntado si los pecados de los creyentes se incluirán o no: esto parecería innecesario dado que como creyentes han sido justificados. Pero las declaraciones que hacen referencia a la revisión de los pecados son universales. La perspectiva de Louis Berkhof sobre este asunto probablemente sea correcta: “Las Escrituras nos conducen a creer que [los pecados de los creyentes] lo serán [revelados], aunque, por supuesto, serán revelados como pecados perdonados.”
Además, los ángeles malos serán juzgados en ese momento. Pedro escribe que “Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al infierno [Tártaro] y los entregó a prisiones de oscuridad, donde están reservados para el juicio” (2 P. 2:4). Judas 6 hace una declaración prácticamente idéntica. Los ángeles buenos, por su parte, participarán en el juicio reuniendo a todos los que van a ser juzgados (Mt. 13:41; 24:31).


Las bases del juicio

Los que comparezcan serán juzgados según sus vidas terrenales. Pablo dijo que todos compareceremos en el juicio: “porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Co. 5:10). Jesús dijo que en la resurrección todos comparecerán “los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; pero los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:29). Mientras que uno podría deducir de Mateo 25:31–46 que es el hacer buenas obras lo que marca la diferencia, Jesús indica que algunos que afirman haber hecho buenas obras y que incluso parecen haberlas hecho, serán rechazados (Mt. 7:21–23).
El criterio sobre el cual se hará la evaluación es la voluntad revelada de Dios. Jesús dijo: “El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que he hablado, ella lo juzgará en el día final” (Jn. 12:48). Incluso los que no hayan escuchado explícitamente la ley serán juzgados: “Todos los que sin la Ley han pecado, sin la Ley también perecerán; y todos los que bajo la Ley han pecado, por la Ley serán juzgados” (Ro. 2:12).


Lo irrevocable del juicio

Una vez declarado, el juicio será permanente e irrevocable. El justo y el impío serán enviados a su destino final respectivo. No hay alusión alguna de que el veredicto pueda cambiar. Al concluir sus enseñanzas sobre el juicio final, Jesús dijo que los que estaban a su izquierda: “Irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna” (Mt. 25:46).


Implicaciones de la segunda venida y sus consecuencias

1. La historia no seguirá simplemente su curso, sino que bajo la guía de Dios llegará a su consumación. Sus propósitos se cumplirán al final.
2. Nosotros como creyentes deberíamos vigilar y trabajar con anticipación por el regreso seguro del Señor.
3. Nuestro cuerpos terrenales se transformarán en algo mucho mejor. Las imperfecciones que conocemos ahora desaparecerán; nuestros cuerpos eternos no conocerán el dolor, la enfermedad, ni la muerte.
4. Llegará un tiempo en que se hará justicia. El mal será castigado, y la fe y la fidelidad serán recompensadas.
5. A la vista de la certeza de la segunda venida y de lo irrevocable del juicio que le sucederá, es muy importante que actuemos de acuerdo con la voluntad de Dios.

 

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