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LA SANGRE DE SU CRUZ

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LA SANGRE DE SU CRUZ

Meditaciones sobre los sufrimientos del Redentor

LA SANGRE DE SU CRUZ


Varón de dolores

“Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní […] y […] comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera” (Mateo 26:36–37).


La pasión de Nuestro Señor ocupa buena parte de los Evangelios. Casi la tercera parte del espacio está dedicado al relato de sus sufrimientos. Los Evangelios no son meras biografías; de hecho, si hablamos en un sentido estricto, no son biografías en absoluto, puesto que no dicen nada con respecto a gran parte de la vida terrenal de Cristo. Su propósito es teológico: transmitir al género humano lo que Dios ha hecho en Cristo para la salvación de los pecadores. Proclaman buenas noticias, y la Cruz es el centro de ese mensaje de salvación. Si bien hablan del gozo y la paz de Cristo, en lo que se hace hincapié es en su sufrimiento. Se le presenta esencialmente como el varón de dolores. Mateo, en su relato de la agonía en Getsemaní, recalca intensamente ese hecho.

crucifixión


Después de la fiesta

La declaración de Mateo 26:36–37 es significativa. Cristo había conocido la tristeza antes, pero la aseveración de que en Getsemaní comenzó a entristecerse y angustiarse indica una súbita y acusada caída de las olas de la angustia sobre Él. En ese momento, como jamás había sucedido, todas las ondas y olas de Dios comenzaron a pasarle por encima (cf. Salmo 42:7). ¡Qué contraste con la dulce calma y paz del Aposento Alto! Él y sus discípulos acababan de cantar aquel maravilloso himno de Pascua, el Hallel (Salmos 113–118), y Cristo cantó ese himno como nunca se había cantado y como jamás se volvería a cantar, porque Él estaba a punto de cumplirlo al ir a la Cruz.
Ahora los cantos han terminado. La santa paz ha desaparecido y una terrible angustia atenaza de pronto el alma del Redentor al comenzar “a entristecerse y a angustiarse” (Marcos 14:33; Moffatt lo traduce como: “estar espantado y perturbado”). En referencia a la expresión “a entristecerse y a angustiarse”, el Dr. Frederick Krummacher dice que Marcos “utiliza una palabra que en el original indica una repentina y aterradora alarma ante algo terrible […]; se le acercó algo que amenazaba con destrozar sus nervios y helarle la sangre en las venas al verlo”. La Cena ha pasado. El sacrificio que simbolizaba aquella es inminente. El lenguaje utilizado en el original es vívido y expresivo. Indica tormento del alma, un estado de intensa angustia. “Mi alma —dijo— está muy triste, hasta la muerte”. Esta no es una angustia normal. Ningún hombre había experimentado nunca una angustia así y ningún hombre volvería a experimentarla jamás. Jesús de Nazaret fue “varón de dolores” en un sentido singular. Su conocimiento de la aflicción no tenía parangón.
Tras la fiesta, Cristo se hundió repentinamente en un abismo de angustia tan intensa que Él mismo se declaró abrumado hasta el punto de morir. Calvino dice: “Aunque Dios había probado a su Hijo por medio de ciertos ejercicios preparatorios, ahora le hiere más profundamente con una perspectiva más cercana de la muerte y golpea su mente con un horror al que no estaba acostumbrado”.


Frente a la muerte

Ha sido habitual contrastar la muerte tranquila y serena de Sócrates, condenado a beber la copa de veneno, con la angustia de Cristo ante la perspectiva de la muerte. Sócrates afrontó la muerte sin temor y estoicamente porque había llegado a dominar el arte de suprimir sus emociones; pero al hacerlo, como nos recuerda Klaas Schilder, solo vivió una vida a medias y una muerte a medias. Cristo, por el contrario, no suprimió nada ni en la vida ni en la muerte; y en las frías sombras de Getsemaní dio rienda suelta a sus emociones y libertad plena a sus sentimientos. Ciertamente, dio testimonio ante los hombres (aunque fuera brevemente) de su tormento y, por medio de su Espíritu, sus sufrimientos quedaron detalladamente documentados.
No es necesario acudir a Sócrates para contrastar la calma en el momento de la muerte con el horror que atenazó el alma del Salvador. Incontables miembros del pueblo redimido de Cristo han afrontado la tortura y el martirio con valor y serenidad. Fueron más que vencedores, enfrentándose a su prueba con alabanza en los labios. Como Esteban, vieron la gloria de Dios al pasar a la eternidad. Pero la muerte de Cristo es distinta de cualquier otra muerte. Es cierto que el aspecto físico de su muerte tiene mucho en común con otras muertes, pero la comparación termina ahí. Murió como Fiador y Sustituto de su pueblo. No solo tuvo que experimentar la muerte física, sino que también tuvo que probar la muerte eterna —la condenación— ¡la separación de Dios! En todo esto tuvo que luchar con Satanás y vencer a la misma muerte (cf. Génesis 3:15; 1 Corintios 15:26). No hay analogía alguna entre la muerte de Sócrates y la de Cristo. La muerte de Cristo no debe compararse con ninguna otra. Cierto, ¿pero por qué el “gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7), la angustia mental y el dolor inenarrable?


Entrada en la oscuridad

Es cierto que Cristo, en su naturaleza humana libre de pecado, retrocedió ante la perspectiva de la muerte y se apartó de ella con horror, porque la muerte venía con el pecado. También es cierto que percibió el acercamiento de Satanás, quien tras la tentación en el desierto “se apartó de él por un tiempo” (Lucas 4:13). También pudo prever la aproximación de la ira de un Dios santo. Pero ninguno de estos hechos puede explicar la angustia y la tristeza que se mostrarían excesivas para que una naturaleza humana (aunque libre de pecado) las soportara sin ayuda. Tiene que haber algo más profundo y más real que explique la lucha de Nuestro Señor en Getsemaní.
Getsemaní significa “la prensa de aceite”. David podía decir: “Yo estoy como olivo verde en la casa de Dios” (Salmo 52:8). Israel podía decir lo mismo en su larga historia. Pero el Salvador, en su sufrimiento, podía decirlo con más justicia que todos, porque allí en Getsemaní —la prensa de aceite— fue aplastado y herido sin compasión. ¿Pero cómo y por qué? ¿Cómo se puede explicar, aunque solo sea hasta cierto punto, este repentino y dramático cambio de atmósfera entre el Aposento Alto y Getsemani? Cristo supo durante todo el tiempo que le esperaba la muerte. Había luchado con Satanás y sus legiones más de una vez. Había hablado en repetidas ocasiones a sus discípulos de su muerte, diciéndoles lo que esa muerte lograría. Había orado con la mayor confianza en su oración como Sumo Sacerdote (cf. Juan 17). Entonces, ¿por qué se produce este repentino hundimiento en tan terrible tormento? ¿Por qué este escalofriante horror? ¿Por qué es aplastado tan duramente este fruto del olivo? ¿Por qué dice el relato divino que en Getsemani Nuestro Señor COMENZÓ a entristecerse de una manera nueva y terrible? ¿No fue porque Dios comenzó a abandonarle entonces? ¿De qué otra forma puede entenderse esta tristeza?
“Jesús lloró”, pero jamás de esta forma. Ninguna tristeza experimentada anteriormente podía equipararse a esta. En el momento de su arresto había declarado: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11). Esa copa estuvo constantemente a la vista mientras oraba en Getsemaní. ¿Qué copa? “ESTA COPA”, no una copa futura. La copa simbolizada en la Cena (Mateo 26:27–28) era ahora real: Dios la estaba depositando en las manos del Salvador y desprendía el hedor del Infierno. ¡Pero detengámonos! Schilder está en lo cierto. “Getsemaní no es un área de estudio para nuestro intelecto. Es un santuario de nuestra fe”. Señor, perdónanos por las veces que hemos leído acerca de Getsemaní sin derramar una sola lágrima.

 Sumisión en oración

“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).


La agonía de Nuestro Señor en el huerto fue un acontecimiento singular. No hay nada en la experiencia humana que se acerque ni remotamente. Bordea la blasfemia hablar del Calvario o el Getsemaní de alguien. La “hora” de la pasión de Cristo es el mediodía del día de la Historia humana. Ahora vivimos el atardecer. Tal como lo expresa Schilder hábilmente: “El reloj solo puede dar las doce una vez al día. El reloj de Getsemaní solo puede dar la hora una vez en el mundo”.
El relato de las aflicciones de Cristo en Getsemaní debe leerse con asombro y reverencia, sin diseccionarse o psicoanalizarse; ni tampoco es posible hacerlo. En Getsemaní, como dice R.A. Finlayson, “tuvo lugar algo que nos supera por completo, pero que tiene un peso tan distintivo en nuestra redención que no debemos atrevernos a dejarlo de lado”.


El ruego desde la angustia

La copa que depositó el Padre en las manos de Cristo le produjo una tristeza y un espanto que no había conocido anteriormente, y su humanidad libre de pecado se retrajo ante el horror de esa copa. En el Antiguo Testamento, los términos “copa” o “cáliz” hacen referencia a menudo al castigo de Dios por el pecado: “Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos” (Salmo 11:6). “Despierta, despierta, levántate, oh Jerusalén, que bebiste de la mano de Jehová el cáliz de su ira; porque el cáliz de aturdimiento bebiste hasta los sedimentos” (Isaías 51:17). J.A. Motyer, que lo traduce como “el vaso de la copa de temblor”, haciendo doble hincapié en ello, ve en este versículo “una representación del estado de desesperanza y de estar irremisiblemente bajo la ira de Dios”. El Salvador conocía el Antiguo Testamento y ahora era profundamente consciente de la naturaleza de la copa que acababa de recibir, y por ello oró con suprema intensidad pidiendo que, si fuera posible, pasara de Él. En su tormento rogó a su Padre, primero de rodillas y luego postrado en tierra, que esa terrible copa le fuera retirada. Al leer el relato bíblico, oímos el clamor de este espíritu herido. ¿No hay otro camino en consonancia con el propósito redentor del Padre, con la misión que se le había confiado desde la eternidad? ¿No hay otro camino coherente con la justicia y la gloria de Dios? ¿Es la Cruz el único camino? ¡Con qué claridad vemos la verdadera humanidad de Cristo en Getsemaní!, mucho más que en nuestros dogmas habituales. Pues los evangélicos están tan preocupados por defender la deidad de Cristo (y hacen bien), ¡que a menudo casi desconocen cómo manejar su humanidad! Aquí, en Getsemaní, vemos la humanidad libre de pecado y finita de Cristo en un estado de profunda y terrible angustia. Calvino dijo que Cristo sintió horror ante la perspectiva de la muerte porque “tenía ante sus ojos el terrible tribunal de Dios y al Juez mismo armado de inconcebible venganza; y debido a nuestros pecados, la carga de los cuales fue depositada sobre Él, se sentía aplastado por un enorme peso. No hay razón para sorprenderse, pues, de que el terrible abismo de destrucción le atormentara intensamente produciéndole temor y angustia”. Sí, temor y angustia; pero, a diferencia de la experiencia de todos los demás, fue un temor sin mancha por el pecado. Fue Ambrosio quien dijo: “Por mí sufrió Aquel que no tenía motivo para sufrir por sí mismo; y, dejando a un lado las delicias de la Deidad eterna, experimenta la aflicción de mi debilidad”.


El terrible silencio

Una y otra vez, el Salvador se encomienda al seno del Padre con fervorosa súplica, pero su angustiado clamor no recibe respuesta. El Cielo permanece en silencio. Se levanta y cae, se levanta y cae; pero casi parece como si Dios le estuviera apartando. Por el momento, la puerta de la casa de su Padre permanece herméticamente cerrada, a pesar de sus repetidos golpes llamando. ¡Ningún Padre le recibe con los brazos abiertos! Y así descubre que no hay otro camino. “La copa del horror —escribe Krummacher— no pasa de largo apartándose de la víctima; al contrario, su contenido se vuelve más amargo por momentos. Cuanto más se elevan las quejas del Salvador atormentado, más apremiante se vuelve su oración; pero el Altísimo calla y el Cielo parece estar sellado con mil cerrojos”. Se queja en el sentido de expresión de dolor y aflicción, no en el de murmuración.
Para que Cristo fuera nuestro Salvador no había otro camino que el de la Cruz. La justicia de Dios lo exigía, nuestro pecado lo precisaba y Satanás lo temía. Y para aquellos que quieren ser salvos del pecado y sus consecuencias no hay otro camino que el camino de esa Cruz donde la santa conciencia de Dios fue satisfecha, se castigó el pecado y Satanás fue vencido.
Por eso, en medio de “gran clamor y lágrimas”, Nuestro Señor “por lo que padeció aprendió obediencia” (Hebreos 5:7–8). Así fue como el Hijo encarnado, que comparte plenamente nuestra humanidad, aprendió el precio de la obediencia. Jamás necesitó ser corregido. Ahora bien, aprendió lo que significaba ser obediente hasta la muerte de cruz. En consecuencia, el apóstol Pablo pudo escribir: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).
¿Era indiferente el Padre a los apasionados ruegos del Hijo en Getsemaní? ¿Llegó a dejar de complacerse en Él? De ninguna manera. El autor de Hebreos nos asegura que el Salvador “fue oído a causa de su temor reverente” (5:7). La prueba de que fue escuchado es su resurrección de entre los muertos. En ese sentido fue “librado de la muerte”.


La obediencia inquebrantable

Ni por un momento flaqueó Cristo en su obediencia. Jamás dejó de amar a su Padre. Jamás dudó de la justicia de su Padre. El amor y la justicia se encuentran en perfecto equilibrio en Getsemaní. No podía haber vuelta atrás en la misión que su Padre le había encomendado. Su obediencia, pues, fue absoluta e inquebrantable. Eso se evidencia en su misma presencia en Getsemaní. Fue allí voluntariamente. Durante todo el tiempo, su único deseo fue que se hiciera la voluntad de su Padre. De hecho oró pidiendo que no se hiciera su propia voluntad. Concluyó diciendo: “Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (Mateo 26:42). Sus deseos y los de su Padre son en realidad uno solo: no hay discordancia en Getsemaní, no hay choque de voluntades. Sin duda, hay una profunda conciencia de la ira divina y a la vez una total confianza en Dios; pero estos ingredientes, tal como señala George Smeaton, “aunque son distintos, no son en modo alguno incompatibles. Uno se debía a su misión de cargar con los pecados; el otro expresaba su relación personal”.
En Getsemaní jamás se planteó el interrogante de si el Salvador obedecería o desobedecería. En Edén, Dios preguntó: “Adán, ¿dónde estás tú?”. En un sentido, la pregunta se repitió en Getsemaní, y este Adán no intentó esconderse; no tenía necesidad de ello y toda su respuesta fue clara: “¡Aquí estoy!”. Deliberada y voluntariamente, el Buen Pastor entregó su vida por sus ovejas. Como indica ese eminente teólogo del siglo XIX que es William Symington: “La satisfacción vicaria jamás puede ser obligatoria; la voluntariedad forma parte de su misma esencia”. Matthew Henry, pues, puede decir: “Basa su propia voluntad en la voluntad del Padre y resuelve toda la cuestión totalmente en ese contexto”.
Debido a que el sufrimiento del Redentor fue en su naturaleza humana, jamás hubo ni pudo haber ruptura alguna en las profundidades del Ser divino. Ni hubo jamás un momento de duda o reticencia en la experiencia de Cristo. Cuando, en ocasiones, los teólogos reformados hablan de que Cristo estuvo cerca de la desesperación y el desaliento, no siempre seguro de la victoria, y le ven como “un hombre quebrantado”, lo hacen temerariamente y sin el menor fundamento bíblico. Aun cuando Cristo perdiera durante un tiempo la sensación de la presencia y el afecto de su Padre, siguió conociéndole por la sola fe: Él es “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).
Al meditar en la sumisión en oración de Cristo en Getsemaní debemos comprender que allí, como lo expresa Philip E. Hughes, “le vemos soportando nuestro Infierno a fin de que pudiéramos ser liberados para entrar en su Cielo”. Y así, a un precio inenarrable, bebió “la copa” hasta apurarla. “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11). ¡Qué obediencia! ¡Qué amor! ¡Qué misterio!

Ninguno de los rescatados supo jamás
Lo profundas que fueron las aguas que cruzó
Ni lo oscura que fue la noche
Que Nuestro Señor atravesó…

Ahora ofrece a su pueblo “la copa de la salvación” (Salmo 116:13). Estas dos copas, una tan amarga y la otra tan dulce, van unidas: una copa precisaba de la otra. Una copa se vació para que la otra pudiera llenarse hasta desbordar. La primera copa garantizó la segunda. Ambas copas son preciosas y llevan el sello de la gracia soberana. “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de Jehová” (Salmo 116:12–13).

 Fortalecido para sufrir

“Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle” (Lucas 22:43).


Sin un relato inspirado del tormento del Redentor en Getsemaní tendríamos una impresión mucho menos vívida de la particular intensidad de sus sufrimientos y del aplastante peso que soportó. Como destaca el Dr. Campbell Morgan: “Lo único que puedo decir es que al considerarlo con especial cuidado [Getsemaní] a través de esa ventana oscurecida, brilla una luz mística que me muestra los horrores de la Cruz más claramente aún que cuando llego al Calvario”. Getsemaní no es lugar para un apresurado turismo teológico: es el lugar donde el creyente debe detenerse, mirar y orar.


La abnegación

La vida de Nuestro Señor de perfecta obediencia como siervo sufriente que culmina en el tormento de Getsemaní y el Gólgota se caracterizó por la renuncia a sí mismo. Filipenses 2:7 se traduce comúnmente diciendo que Cristo “se despojó a sí mismo”, y B.B. Warfield considera que es una traducción errónea. Ciertamente, Cristo no pudo despojarse a sí mismo de su esencia divina, puesto que entonces habría dejado de ser Dios. La teoría “kenótica” de que Cristo se despojó de su divinidad, o al menos de ciertos atributos divinos, se popularizó con los teólogos alemanes del siglo XIX y sobrevivió adoptando diversas formas. Presenta a un Jesús que o bien es una “divinidad mermada” o bien no es verdaderamente humano. Y como dice Warfield con toda lógica: “Ningún corazón cristiano quedará satisfecho con un Cristo en el que no había divinidad alguna mientras estuvo en la Tierra y en el que quizá no haya humanidad en absoluto ahora que ha vuelto al Cielo”. Warfield recalca que no hay un punto medio entre la doctrina de que Cristo es tanto Dios como hombre y la de que es un simple hombre. Alguien ha dicho que un Jesús que es menos que Dios es como un puente destruido en su extremo. Un Jesús semejante no podría librar de Satanás y del pecado, y la Biblia no presenta a un Jesús así.
La aceptación de la “forma de siervo” [o esclavo] por parte del Hijo eterno de Dios y el que fuera “hecho semejante a los hombres” describe la “kenosis”, la renuncia de Cristo a sí mismo. La Escritura no nos lleva más lejos, pero sí nos muestra a Cristo como el siervo sufriente, sumiso a la voluntad de su Padre y siguiendo un camino de abnegación activa. En ese sentido podía decir: “El Padre mayor es que yo” (Juan 14:28). Es una clara referencia a su estado encarnado, no a su ser esencial, y no debe interpretarse de tal forma que entre en conflicto con esta otra declaración: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). El dominio propio de Cristo como siervo es obvio e impresionante: “Cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23).
Ese mismo dominio propio de Cristo fue evidente en el momento de su arresto, cuando preguntó: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:53–54). Es digno de reseñar en relación con esto que cuando, en respuesta a la afirmación del soldado de que buscaban a Jesús de Nazaret, respondió: “YO SOY, retrocedieron, y cayeron a tierra” (Juan 18:6). Calvino dice: “No había una carencia de poder en Él, pues, para refrenar sus manos si lo hubiera considerado oportuno; pero deseaba obedecer a su Padre, por cuyo decreto sabía que había sido llamado para morir”. Y Calvino añade: “Podemos inferir de esto lo terrible y alarmante que será la voz de Cristo para los impíos cuando suba a su trono para juzgar el mundo”. Comoquiera que sea, toda la vida terrenal de Cristo fue de humilde obediencia. No “se agradó a sí mismo” (Romanos 15:3). El Profesor John Murray comenta: “No esquivó por cobardía golpe alguno”.


El vínculo del pacto

Si bien Nuestro Señor en Getsemaní no recibió respuesta a sus repetidas llamadas a la puerta del Cielo, sabía, por ese profundo silencio, que debía beber el terrible cáliz que el Padre había puesto en sus manos. Fue siempre plenamente consciente del vínculo del pacto entre el Padre (en representación de la Trinidad) y Él mismo (representando a su pueblo): el pacto de gracia. Una y otra vez se dirigió al Padre —una palabra tan frecuente en sus labios— como “mi Padre” y “mi Dios”. Este es el lenguaje del pacto.
Cristo sabía que el Padre le golpeaba para salvar a su pueblo. Antes de ir a Getsemaní, anunció a los discípulos que pronto le abandonarían citando a Zacarías: “Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas” (Mateo 26:31). Se sometió voluntariamente a la vara. En Getsemaní vino a decir: “Aquí estoy”. Su obediencia era la obediencia del pacto. Siempre tuvo en mente su eterna misión como Fiador y Mediador de su pueblo, un pensamiento que dominó su oración como Sumo Sacerdote (Juan 17). Nunca dudó de ese santo decreto por el que vino al mundo para salvar a los pecadores. Y así, cuanto más oscura la noche, cuanto mayor la tormenta y más feroz el conflicto, más extendía su mano hacia su Padre y descansaba en su voluntad soberana.


La mano tendida

Aunque los ruegos de Cristo en el huerto se encontraran con un silencio opresivo, esto no implica que el Padre fuera indiferente a la angustia del Hijo o que su oración no fuera escuchada. Los sufrimientos de Cristo eran una parte esencial de la satisfacción de la justicia divina y el Padre estaba implicado activamente, aun cuando privó al Hijo de sentir su presencia. Finlayson lo expresa emotivamente cuando dice que “el dedo del Padre estaba puesto sobre el pulso del sufriente solitario en Getsemaní y, cuando los latidos de Aquel que sufrió el conflicto parecieron debilitarse, el Cielo se preocupó por Él y encargó a un ángel que le ayudara físicamente”. Había una mano tendida, la mano de su Padre —aun en la oscuridad—, y Cristo lo sabía. Inicialmente, la presencia del ángel debió de suponer un cierto alivio para el siervo sufriente. Llegó en un momento en que la naturaleza humana no podía soportar la presión sin ayuda. Era un momento crítico. Cristo sabía que su tristeza era “hasta la muerte” (Mateo 26:38) y, como señala el Dr. Frederick Godet, esto no era “ninguna figura retórica”. Pero no era la voluntad del Padre que el Salvador muriera en el huerto; y así como después de la tentación en el desierto le ministraron ángeles (cf. Mateo 4:11; Marcos 1:13), en aquella ocasión le fortaleció un ángel. ¡Qué escena tan extraña! ¡Una criatura enviada para ministrar al Creador! Pero por otro lado, como hombre fue hecho “un poco menor que los ángeles” (Hebreos 2:9). Aquí los teólogos se quedan sin respuestas. ¡Gracias a Dios que es así! Hay lugar para el misterio. Hace falta un terreno en el que, en un sentido singular, uno camina por fe y no por los sentidos. Bien dice el obispo Ryle de la experiencia de Cristo en Getsemaní: “Es de tal profundidad que no tenemos sonda que pueda medirla”.
Por un fugaz momento, el alma de Cristo tuvo que estremecerse de gozo al sentir la mano del Padre tocándole. Se trataba de un mensaje de su hogar. El Cielo estaba tras Él. Estaba desamparado, pero no desposeído. Su Padre estaba ahí, en algún lugar en la oscuridad. Su clamor y sus lágrimas no habían pasado inadvertidos.


La situación se agrava

Independientemente del consuelo proporcionado por el ángel al Salvador, este fue transitorio. La misión del ángel no era aliviar a Cristo, sino fortalecerle para una angustia adicional y aún mayor: una angustia fuera del alcance de la resistencia humana. Fue entonces cuando Nuestro Señor “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44). La presencia del ángel sirvió para agravar su sufrimiento. No solo se envió al ángel a fin de que su sufrimiento continuara, sino también para que se pudiera intensificar. La batalla debía proseguir. Era demasiado pronto para decir “consumado es”. El Cordero de Dios debía tener la fortaleza de un león en esta lucha.
El médico Lucas nos relata de la manera más gráfica la agonía de Cristo y, como señaló el Dr. William Hobartt, de Trinity College, en Dublín, en su fascinante estudio The Medical Language of St. Luke (El lenguaje médico de S. Lucas, publicado por vez primera en 1882), los términos utilizados por Lucas traducidos en nuestra versión como “fortalecer”, “agonía”, “sudor” y “gotas de sangre” son todos términos médicos. Por ejemplo, el término que se traduce como “gotas de sangre” se utilizaba en los círculos médicos de la época para hacer referencia a “coágulos de sangre”, y de ahí se deriva la palabra “trombosis”. Así, Moffatt lo traduce de la siguiente manera: “[…] Era su sudor como coágulos de sangre que caían hasta la tierra”. Lucas estaba especialmente interesado en esta agonía de Cristo, cuya humanidad fue reforzada de este modo para soportar una carga de otro modo aplastante, y se le ofreció una visión única de ella. Este terrible sudor resulta aún más extraordinario si tenemos en cuenta que se produjo en una noche tan fría que hasta los soldados en el patio del sumo sacerdote tuvieron que encender un fuego para calentarse.
No sorprende que el piadoso “rabino” Duncan expresara la esperanza de que, si llegaba al Cielo (siempre había un “si” en este extraordinario santo de Dios), “primero [buscaría] el rostro de [su] Señor y luego [preguntaría] por el ángel que acudió a ayudarle en la hora de su tormento en Getsemaní”. Ese debería ser el sentimiento de todo cristiano que visita en sus pensamientos y por experiencia este lugar santo.

Muerte y maldición había en nuestra copa.
Oh Cristo, ¡estaba llena para ti!
Pero has apurado hasta la última gota,
y ahora está vacía para mí.
Aquella amarga copa la bebió el amor
y ahora la bendición es para mí.

Esto se afirma claramente en el rito reformado (holandés) de la Santa Cena: “Tomó la maldición sobre sí mismo a fin de poder satisfacernos con su bendición”. Eso es fundamental. Es cierto que Cristo predicó el Evangelio, pero como bien dice R.W. Dale: “La pura verdad es que si bien vino para predicar el Evangelio, su principal finalidad al venir fue que hubiera un Evangelio que predicar”.

 La hora de Satanás

“Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas” (Lucas 22:53).


Al reflexionar con respecto a la agonía de Cristo en Getsemaní, se hace obvio que, así como la desobediencia de Adán en un huerto trajo la destrucción sobre la Humanidad, la obediencia del “postrer Adán” en este huerto era esencial para la salvación del hombre. Como dice C.H. Spurgeon: “Getsemaní proporciona la medicina para los males derivados de la fruta prohibida en Edén”. Cuando el Salvador, tras comer la Pascua e instituir la Santa Cena, cruzó el arroyo Cedrón para ir a Getsemaní, no solo iba a un lugar al que le gustaba ir a orar y descansar, sino también a un lugar donde sus enemigos pudieran encontrarle con facilidad. Juan nos dice: “Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar” (18:2). Cuando se acercaba la hora de ser traicionado, Cristo fue deliberadamente a su lugar favorito, bien conocido por el traidor. J.J. Van Oosterzee habla del “firme control con que evita cualquier palabra y acto que pueda conducir a su liberación”. Cristo se encontró con sus captores a la entrada del huerto. ¡Qué fácilmente podría haber evitado el arresto! Pero con el espíritu de rendición voluntaria salió al encuentro de sus enemigos. Fue aquí donde Judas, en compañía de los soldados, hizo la señal pactada para identificar al Nazareno: un ostentoso beso de presunto afecto. Fue un acto de lesa traición.

Este fue el más cruel golpe de todos…

Ese beso fue una puñalada en el corazón, un vil acto de deslealtad por parte de alguien que había sido tratado como amigo en el que se podía confiar.

“Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar” (Salmo 41:9).

“No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido; mas para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar” (Juan 13:18). En referencia a esto, el obispo Horne señala: “Los sufrimientos de la Iglesia, como los de su Redentor, suelen comenzar en su propio hogar; sus enemigos declarados no pueden dañarla hasta que sus supuestos amigos la ponen en sus manos […]”.
El “hijo de perdición” había cumplido su cometido y los soldados arrestaron y ataron a Aquel que mantuvo tanta calma entre ellos. Las manos de Cristo fueron atadas con firmeza, pero no antes de que Él las extendiera misericordiosamente para sanar la oreja de Malco (Lucas 22:51). Amy Carmichael dice: “Lo último que hizo Jesús antes de ser maniatado fue sanar”. Y en este momento de su arresto, el Salvador hizo la profunda aseveración siguiente: “Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas”.


Una hora predeterminada

La hora del arresto de Cristo, su juicio y su crucifixión estaba determinada desde la eternidad en el Consejo de la Deidad. Aunque fuera crucificado por “manos de inicuos”, el sufrimiento y la muerte de Cristo fueron “por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hechos 2:23). Esta hora estaba predestinada y, debido a ello, fue profetizada: la profecía depende de la predestinación. De ahí que tanto Mateo como Marcos, en su relato del arresto de Cristo, citen estas palabras: “Todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas” (Mateo 26:56). Claramente, Cristo vio su cautividad en términos del plan soberano de Dios. Toda la Historia se había desarrollado infalible e inexorablemente hacia esta hora. Schilder lo declara de manera excelente: “Dios ha dispuesto todos los siglos anteriores, todos los meandros del tiempo, todos los acontecimientos desde Génesis 1:1 hasta este momento; los ha dispuesto y modelado para que converjan de tal forma que haya un lugar para esta hora en que su Hijo será atado […]. No permitió que ni las fuerzas de arriba ni las de abajo interfirieran en el reloj de la Historia. Dirigió las batallas de los césares, los conflictos de los reyes, la migración de los pueblos, las guerras del mundo, el curso de las estrellas, el Sol y la Luna, el cambio de las épocas y los complejos movimientos de todas las cosas en el mundo de tal forma que llegara esta hora, y tenía que llegar”.
Se equivocan aquellos que consideran la expresión “la potestad de las tinieblas” como una mera referencia al hecho de que las tinieblas sirven de amparo al crimen y que Satanás motiva a los hombres para que lleven a cabo actos malignos en esos momentos. Cristo era consciente de una intensa actividad satánica. Aquí, la traducción de Moffatt muestra el significado: “Esta es vuestra hora, y el Poder oscuro tiene su camino”.
Esta declaración del Salvador que atribuye su arresto a “la potestad de las tinieblas” muestra que inicialmente los planes de sus enemigos tuvieron éxito no porque le atacaron al amparo de la oscuridad, sino esencialmente porque en esta hora Satanás y sus fuerzas recibieron permiso de Dios para someter a Cristo a mayor sufrimiento y humillación. Dios reservó esta hora para Satanás. De todo el tiempo, esta hora fue especialmente suya. Las tinieblas que Cristo mencionó eran las tinieblas del mal y del príncipe de las tinieblas. En esta terrible hora se dejó vía libre a Satanás. En el caso de Job, Dios estableció un límite a la actividad de Satanás. En la experiencia de Cristo, el ataque de Satanás fue ilimitado. Era libre para hacer lo peor, y lo hizo.
Getsemaní y el Calvario marcaron el mediodía en el largo día del mundo, y la autorización de Dios era absoluta cuando Satanás reunió a sus legiones para el enfrentamiento decisivo. El primer Adán había sido presa fácil. ¿Cómo contendría con este Adán? Mientras Satanás entraba en el campo de batalla, lo hacía plenamente consciente de la Palabra de Dios: “Ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. ¿Recordó su cínico desprecio ante la Palabra de Dios cuando anteriormente había preguntado: “¿Conque Dios os ha dicho […]?” (Génesis 3:1). ¿O temía la sentencia que se dictó en Edén? Sin duda fue así. Cuando tentó a Cristo en el desierto, Satanás había hecho todo lo posible para desviarle de esa hora, para que tomara otro camino distinto al de la Cruz; pero todo había sido en vano. Ahora la batalla había comenzado en todo su fragor. Nada podía detenerla. ¡Esta es tu hora, Satanás!


La hora de Cristo

Puesto que Dios eligió soberanamente esta hora, en otro sentido también se puede considerar la hora de Cristo, la hora señalada para su sacrificio. De ahí que se denomine la hora de Satanás en un lugar y la de Cristo en otro. No hay contradicción en ello. Se considera el mismo acontecimiento desde distintos ángulos. Durante su ministerio terrenal, Cristo fue consciente de que habría una hora que sería particularmente suya, así como particularmente de Satanás. Este aspecto de la conciencia mesiánica se destaca en el Evangelio según Juan. El Señor declara repetidamente: “Mi tiempo aún no ha llegado”. Cuando en una ocasión los judíos intentaron arrestarle no pudieron hacerlo: “Entonces procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora” (Juan 7:30). El momento de su arresto y de su muerte no había llegado aún y por mucho que sus enemigos se esforzaran no podrían adelantarlo ni un segundo. La predestinación es puntual a la perfección. (Para expresiones similares a “mi hora” en el Evangelio según Juan, léanse también 2:4; 7:6, 8; 8:20; 12:23, 27; 13:1; 16:32 y 17:1). El Dr. León Morris señala que esta serie de pasajes en el Evangelio según Juan, aunque discreta, es no obstante convincente. Juan deja claro que desde el mismísimo principio había una hora señalada para el Salvador y que antes de ese momento no podía ser dañado.
Cristo era muy consciente de cuándo su hora no había llegado aún. Y fue igualmente consciente cuando esta llegó. De ahí que en su gran oración como Sumo Sacerdote dijera: “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti […]”. Hay un matiz definitivo en la utilización del tiempo perfecto: “La hora ha llegado y está aquí”. Sin embargo, al orar a la misma sombra de la Cruz, Cristo vio su muerte como el medio para la verdadera gloria y vio su propia gloria íntimamente relacionada con la de su Padre. Ciertamente se fundían en uno.
“Entonces la compañía de soldados […] prendieron a Jesús y le ataron” (Juan 18:12). En términos actuales, llevaron a Cristo el Rey esposado. Ya no tenía libertad de movimientos en su propio mundo. Se sometió voluntariamente a cautividad: ¡Aquel que habría de llevar cautiva la cautividad! Mientras Judas guiaba a los soldados al huerto, el Salvador iba a su encuentro. “Levantaos —dijo—, vamos; he aquí, se acerca el que me entrega” (Marcos 14:42). La tormenta había pasado transitoriamente y todo el sufrimiento de Cristo estuvo marcado por un dominio propio absoluto y una sublime compostura. Sabía lo que le esperaba y, al encaminarse a ello, sus pasos fueron firmes.
El huerto volvía a estar vacío, este huerto solitario se encuentra situado en el tiempo a medio camino entre el Edén y el huerto más grande que tan bellamente se describe en Apocalipsis 22, donde fluye para siempre el “río limpio de agua de vida”. La lucha en Getsemaní había sido feroz. Pronto la lucha sería más feroz aún. “La serpiente antigua, que es el diablo y Satanás” se había desenroscado y mostraba sus colmillos desnudos dispuesta a atacar una y otra vez con todo el veneno del que fuera capaz. Pisar serpientes es una experiencia sumamente dolorosa, especialmente para el calcañar.

 El Cordero mudo

Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Mas Jesús callaba (Mateo 26:62–63).


Cuando Cristo se encontraba ante Caifás y el Sanedrín judío, estaba ante el tribunal más elevado y religioso del mundo. ¿No era una oportunidad para que el Profeta celestial hablara, para que entablara un acalorado debate religioso? Sin embargo, para empezar, este Profeta mantuvo un prolongado silencio. Cristo también se mantuvo en silencio ante Pilato (cf. Mateo 27:14) y ante Herodes (cf. Lucas 23:9). Hubo momentos en que habló en presencia de sus examinadores y hubo momentos en que calló. Tal silencio era significativo, y su propósito difería en cada ocasión. En cada caso, el propósito de ese silencio solo puede determinarse por medio del contexto, por la situación del momento.


El enigma del silencio de Cristo

Lo que tuvo lugar aquel día en el Sanedrín fue más una conjura que un juicio. La gran mayoría de los presentes no tenía sino un objetivo: la muerte de Cristo. Para conseguirlo pisotearon la justicia y la moralidad. Mateo cuenta que “los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte” (26:59). Bien puede ser que José de Arimatea y Nicodemo fueran los únicos miembros del Sanedrín que disintieran de su conducta y su comportamiento final (cf. Lucas 23:50–51; Juan 7:50–52).
Estaba claro desde el principio que el Sanedrín no tenía intención de proporcionar al prisionero un juicio justo. Y así comenzó la búsqueda de testigos falsos (cf. Mateo 26:59): ¡ningún otro tipo de testimonio podía servir a su propósito! Este supuesto juicio era una absoluta farsa. Era una desfiguración de la Justicia. Representaba la consumación de la hipocresía. Según la Ley, una persona no podía ser condenada a muerte sobre la base del testimonio de un único testigo (Números 35:30), ¡y por tanto, estos dirigentes religiosos se atuvieron escrupulosamente a la Ley! Debía haber más de un testigo; ¡que hubiera testigos falsos no parecía crearles problemas de conciencia! William Hendriksen afirma acertadamente que ser juzgado por semejantes hombres “era en sí mismo una profunda humillación”.
El intento de convocar testigos se demostró un fiasco. No había carencia de voluntarios. Muchos se ofrecieron, pero fueron incapaces de ponerse de acuerdo entre sí y fue preciso desecharlos. Finalmente, dos testigos citaron las misteriosas palabras del Señor con respecto a destruir el Templo y reconstruirlo en tres días. Pero aun así, no podían ponerse de acuerdo con respecto a la afirmación exacta que había hecho Cristo. Uno puso en su boca: “Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo”; y el otro afirmó que había dicho: “Yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro hecho sin mano” (Mateo 26:61; Marcos 14:58). Por tanto, el texto que era básico para su acusación era incierto. Eso quedó claro a los ojos de todos. Cristo podría haber condenado a sus acusadores, puesto que ninguno le había citado correctamente y ambos habían malentendido sus palabras. Pero no lo hizo, ni siquiera cuando el sumo sacerdote le exigió que respondiera. Ciertamente hubo una considerable provocación. Sería plenamente consciente del cumplimiento de la profecía en aquella asamblea del Sanedrín: “No me entregues a la voluntad de mis enemigos; porque se han levantado contra mí testigos falsos, y los que respiran crueldad”. Tales palabras, si bien expresaban la experiencia de David, hallaron su cumplimiento definitivo en el más grande Hijo del gran David. ¿Entonces por qué permaneció mudo el Salvador en presencia de sus acusadores? Ciertamente no fue porque no supiera qué decir o porque temiera hablar.


La razón del silencio de Cristo

La acusación se basaba en una figura literaria que Cristo había utilizado al echar a los mercaderes y cambistas del Templo. Los judíos cuestionaron su derecho a hacerlo y preguntaron: “¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto?” (Juan 2:18). Fue entonces cuando Cristo les dijo aquellas misteriosas palabras: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”; una afirmación que los discípulos recordaron y entendieron tras su resurrección. Esa figura didáctica precisa de una explicación. Como mero texto no transmite significado alguno. Eso es cierto de todas las figuras. Comoquiera que sea, es de vital importancia establecer la forma correcta del texto antes de poder buscar su significado. La figura debe descifrarse con precisión. Caifás sabía que sus testigos no estaban de acuerdo en lo que había dicho Cristo exactamente. El texto no se había establecido; ¡y sin embargo exigía una explicación! Había abandonado el camino de la Justicia y la Verdad. Cualquier acusación inventada serviría a sus propósitos.
Dios no desvela sus misterios a los malvados. Los miembros de ese Sanedrín no buscaban la Verdad: en el fondo eran asesinos. Schilder dice: “Estos son los pájaros que jamás recogen ninguna semilla de la era de la Justicia; son, por el contrario, aves rapaces que se alimentan de desechos en descomposición”. El Salvador en silencio, la Verdad encarnada, se encontró en aquel día en una atmósfera cargada de intrigas, malicia y corrupción ¡y eso en un tribunal de dignatarios eclesiásticos! ¿No era esto una verdadera “sinagoga de Satanás”?


El significado del silencio de Cristo

En Deuteronomio está escrito: “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre […]” (29:29). Esas palabras eran bien conocidas por los miembros del Sanedrín, y la revelación concerniente a Cristo contenida en sus Escrituras era más que suficiente para guiarles. Cristo permaneció en silencio con respecto a las cosas secretas. Dejó a sus jueces con la Palabra de Dios, y ahí estuvo su gran responsabilidad. Debían ocuparse en las cosas que habían sido reveladas. Cristo se llevaría sus misteriosas palabras al sepulcro. El significado quedaría de manifiesto a su debido tiempo. No arrojaría sus perlas a los cerdos, más bien dejaría a sus jueces desempeñar su elevado cargo ante Dios. En esto les hizo justicia y a la vez los condenó.
Explicar la figura empleada ante el Sanedrín no habría redundado en la gloria de Dios o en el bien de los jueces de Cristo. Imagina lo que hubiera sucedido en caso de que hubiera dicho: “Sepultadme, y en tres días resucitaré”. ¡Habrían considerado que era una forma de evasión ostentosa y sobrenatural! Habría liberado al Sanedrín de su responsabilidad moral. El amanecer del día de reposo del Nuevo Testamento hubiera motivado que los espectadores acudieran como moscas esperando ver su último milagro. ¡Qué burla de la predestinación habría sido! ¡Y qué golpe de suerte para Satanás! ¡Cristo el Redentor reducido a un mero faquir grandioso que no descansa sobre una cama de clavos o camina sobre ascuas, sino que se levanta del sepulcro!
Si Cristo hubiera explicado sus palabras aquel día, habrían sido unas palabras sumamente inoportunas. Jamás haría eso. No prostituiría la misión que había recibido de Dios. Todos sus milagros, incluida su resurrección, eran esencialmente parte de su Reino y de su obra redentora. Eran totalmente diferentes de los que se relatan en los evangelios apócrifos, ¡como cuando se escribe que Jesús de niño, al hacer pájaros de arcilla con otros niños, hizo que los suyos volaran! Pero Cristo no era ningún mago; no tenía necesidad de efectismos.


La majestad del silencio de Cristo

Demasiado a menudo se ha dado un peligroso sentido singular al silencio de Cristo, recalcando de tal forma su obediencia pasiva, que casi se excluye por completo su obediencia activa. El silencio de Cristo fue deliberado, enfático y autoritativo: Hizo lo que quería hacer. La pasividad de su sufrimiento era real, pero también lo era la actividad de su obediencia. Guiado como una oveja al matadero y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, fue activo hasta la Cruz y en ella. Fue a morir como un rey.
El tiempo, el momento elegido por Dios, para la aparición de Cristo ante el Sanedrín es digno de mención. Finlayson afirma que “más o menos en el momento en que los sacerdotes estaban examinando los corderos pascuales, Jesús estaba entrando en Jerusalén para ir a su juicio y someterse al examen de sus jueces terrenales como Cordero de nuestra Pascua”. Y añade: “Y así el sacerdocio levítico juzgó al Sacerdote de otro orden, a Aquel que descendía del orden de Melquisedec […]”.
Cristo se apresuró a hablar cuando se puso en entredicho su mesiazgo (cf. Mateo 26:64). Pero jamás habló en obediencia al hombre, siempre en obediencia a su Padre y cumpliendo su misión. Por su sublime y soberano silencio, se ha ganado el derecho a hablar eternamente. Su silencio fue un acto de tremenda obediencia a la voluntad de su Padre y de sumisión a la maravillosa misión que se le había encomendado en el Consejo eterno. Dice Calvino: “Él es ahora nuestro abogado ante Dios y abre su boca continuamente”. En Patmos, Juan escuchó la voz de Cristo resucitado “como ruido de muchas aguas”. Hughes considera esto una referencia a “la imponente majestad de su voz”. Es cierto; y sin embargo, su silencio ante el Sanedrín fue igualmente majestuoso, igualmente imponente. La infinita fortaleza del Salvador callado debe inscribirse en el mismo corazón de su obra redentora. En ese tribunal eclesiástico, Satanás estaba tentando a Cristo con sus propias ilustraciones, pero distorsionándolas. Con una sola palabra podría haberse liberado de sus enemigos. Pero nuestro silencioso Sacerdote prosiguió majestuosamente hacia su muerte. ¡Oh bendito silencio en el corazón de nuestra redención!
Para satisfacción propia, el Sanedrín concluyó finalmente su proceso. Este Santo Templo, el tema de la figura empleada, podía ahora ser destruido y levantarse en gloria. Así como el primer Templo fue erigido sin sonido de martillo ni herramienta de hierro (cf. 1 Reyes 6:7), igualmente el Templo del cuerpo de Cristo será restaurado en medio de un silencio que nada puede profanar.

 Bajo juramento

“Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Tú lo has dicho” (Mateo 26:63–64).


Esta fue la última asamblea del tribunal supremo eclesiástico judío auspiciada por Dios en el sentido de que podía reunirse legítimamente en su Nombre y esperar su bendición. En el Consejo celestial, una vez que el “velo del templo” se “rasgó en dos, de arriba abajo”, el Sanedrín quedó derogado. En el futuro estaría de más. Quedaría atrapado en el callejón sin salida de su deliberado rechazo de la Verdad. Históricamente, desapareció con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C.
Está última sesión del Sanedrín acreditada divinamente —un consejo que heredó la rica enseñanza y las nobles tradiciones de una gran nación— se reunió a medida que el reloj de la profecía se acercaba al mediodía, y la pregunta que había de dirimirse era clave, la que Cristo mismo había planteado: “¿Y vosotros, quién decís que soy?”. Pero el Sanedrín no oyó el tictac de ese reloj y no fue consciente de la tensión y la solemnidad de aquella hora. El Cristo que se había negado a compartir el secreto de sus enigmáticas palabras con los malvados, manteniendo un firme silencio ante Caifás, cuando fue puesto bajo juramento, juró solemnemente ser el Mesías, el Hijo del Dios viviente.
Caifás estaba exasperado por el silencio de Cristo. Se había propuesto ejecutarle, pero sus presuntos testigos solo habían conseguido dejarle en mal lugar. Al final se vio obligado a recurrir al juramento y utilizó la forma legal con que se acostumbraba en Israel a poner bajo juramento a alguien. La persona juraba sin repetir la fórmula del juramento, simplemente contestaba “sí” o “no”. El juramento planteado por el sacerdote venía a reconocer que hasta ese momento el tribunal no había podido elaborar una acusación contra el Nazareno.
En una ocasión, los sacerdotes principales y los fariseos se reunieron en consejo para tratar el hecho de que muchos estaban creyendo en Jesús de Nazaret y decidir qué debían hacer. “Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación” (Juan 11:48). Fue entonces cuando Caifás dijo: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”. Habló más veraz y profundamente de lo que imaginaba (versículos 51–52); sin embargo, estaba argumentando cínicamente que era preferible que muriera uno, sin importar lo inocente que fuera, a que toda la nación pereciera. Su discurso era lo que León Morris describe como “una muestra de cínico realismo político”. ¡Cuán a menudo en los asuntos de las naciones se ha preferido la conveniencia antes que el principio! Y por desgracia, ¡cuán a menudo ha sido este el caso en los tribunales de la Iglesia con incalculables pérdidas! Ese oportunismo no solo es erróneo, sino que jamás es rentable. ¡La ironía de la situación en que se encontraba Caifás era que sucedió aquello mismo que pretendía evitar! Los romanos vinieron y destruyeron tanto el lugar santo como la nación. El resultado del consejo de Caifás en aquella asamblea de sacerdotes y fariseos fue la orden de que Jesús fuera arrestado a la primera oportunidad. ¡Este Caifás confrontaba ahora a Cristo como su juez! Calvino le califica correctamente como “este hipócrita traidor”. El Dr. A. M. Renwick, el historiador eclesiástico, solía meditar en voz alta en sus clases con respecto a “esa extraña criatura, ¡el astuto eclesiástico!”. El piadoso obispo Ryle comenta que aquí tenemos una “clara prueba de que los altos cargos eclesiásticos no eximen al hombre de flagrantes errores en la doctrina y de tremendos pecados en la práctica. Los sacerdotes judíos podían remontarse en su linaje hasta Aarón y ser sus descendientes directos. Su cargo era de especial santidad y conllevaba responsabilidades específicas. Y, sin embargo, estos mismos hombres fueron los asesinos de Cristo”.
Caifás conocía las Escrituras. Estaba familiarizado con Zacarías 6:12–13: “He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de Jehová […] y se sentará y dominará en su trono”. ¿Recordó Caifás esas palabras al mirar al prisionero? ¿Qué quería decir Jesús cuando habló de levantar el Templo? ¿Era verdaderamente posible que este simple nazareno fuera el edificador del Templo, el esperado Mesías? El verdadero Mesías debía llevar a cabo su obra en gloria. ¿Dónde estaba la gloria? ¿Cómo podía este prisionero, abandonado por sus seguidores y aparentemente en manos de sus enemigos, ser el Mesías? Para Caifás era absurdo. Según Zacarías, el Mesías reuniría el sacerdocio y la corona, pero todos los sacerdotes de Israel detestaban a Jesús.
Caifás miró a la humilde figura que tenía ante sí, sin pompa o elegancia tal como el mundo las considera, y de pronto le conjuró en el Nombre del Dios viviente a que dijera si era el Cristo o no, si Zacarías 6:12–13 se refería a Él o no. Exigió sus credenciales bajo juramento. La Confesión de Fe de Westminster declara: “Solo se debe jurar por el nombre de Dios, usándolo con santo temor y reverencia”. Considerando que, en palabras de Calvino, la mente de Caifás estaba “llena de odio maligno y desprecio hacia Cristo”, no es una exageración señalar que estaba tomando el Nombre de Dios en vano.


La ofensa de este juramento

La exigencia del sumo sacerdote aumentaba el sufrimiento y la humillación de Cristo. Las palabras “te conjuro” dirigidas a Cristo eran un insulto, una sutil forma de negación de Cristo. El juramento solo estaba justificado en casos excepcionales en que se buscaba la verdad, ¡y esta asamblea no buscaba la verdad en absoluto! Si Caifás hubiera preguntado a Cristo directamente si era el Cristo, habría obtenido una respuesta directa. Cristo jamás negó su mesiazgo: lo aseveró frecuentemente. Exigir un juramento era una afrenta a la integridad de su naturaleza. Tácitamente, Caifás estaba impugnando la veracidad de Cristo. Cristo sabía que estaba siendo rebajado al nivel de cualquier pecador a su alrededor. Habla la verdad; ¡no cometas perjurio!
Aparte de eso, Cristo tenía un concepto santo y elevado del juramento. No se debía cambiar ni profanar. Los judíos de aquella época estaban acostumbrados a emplear juramentos para las cosas más triviales. Se utilizaban sin reparo los más solemnes juramentos en el hogar y el trabajo, de modo que el juramento había perdido su fuerza y ya no hacía mella. Cristo condenó esta práctica en el Sermón del Monte. No debían jurar “por esto o por aquello”, porque en cada caso profanaban el Nombre del Creador. “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no […]” (Mateo 5:37). Tomar el Nombre del Dios altísimo a la ligera es un pecado. Comoquiera que sea, sería una equivocación pensar que Dios prohibió el juramento bajo cualquier circunstancia. El mandato de Dios es claro: “A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre jurarás” (Deuteronomio 6:13). Eso no podía ser prohibido por Aquel que no vino “para abrogar la ley o los profetas […] sino para cumplir” y que añadió: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18). Aquel que venía a cumplir la Ley no habría pretendido jamás anular parte alguna de ella. Toda la Ley de Dios queda inviolada.
Cristo, la Verdad encarnada, jamás pronunció una palabra que estuviera fuera del contexto de su pleno conocimiento de Dios. En ese sentido, cada una de sus palabras equivalía a un juramento. Vemos, pues, cuán lamentablemente le agravió y humilló Caifás. Su exigencia era una negación de todo el ser y la naturaleza de Cristo. Esto dolió más al Salvador que el que le golpearan o escupieran como iban a hacer. Pero sucedió. ¡Aquel que era la Verdad fue sometido a juramento para que hablara verazmente!


El peso de su juramento

Warfield nos recuerda que la vida de humillación de Nuestro Señor “no fue su desgracia sino su logro” y que “jamás fue víctima, sino siempre Dueño de las circunstancias”. Debemos tener esto en mente al reflexionar acerca del juramento aceptado con obediencia por nuestro Salvador. Su respuesta fue clara: “Tú lo has dicho”, con el significado de: “Sí, ciertamente; yo soy el Cristo”. Es interesante compararlo con la respuesta de Cristo a Judas cuando, al escuchar a su Señor hablar de aquel que había de entregarle, preguntó: “¿Soy yo, Maestro?”. Cristo contestó: “Tú lo has dicho” (Mateo 26:25). Y así en el relato de Marcos de la respuesta de Cristo a la pregunta de Caifás: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”, leemos: “Y Jesús le dijo: Yo soy” (14:61). Caifás quería un “sí” o un “no” rotundo y recibió un “sí” categórico. El apóstol Pablo, al pensar en las palabras de Cristo a Pilato, habló de esta “buena” o “bella” profesión (1 Timoteo 6:13). Su respuesta a Caifás era digna de la misma descripción.
Cristo era plenamente consciente de la autoridad del Sanedrín y de su llamamiento mesiánico. Sería fiel a ambos. Prestó juramento. El peso de ese juramento descansaba igualmente sobre Caifás, puesto que aquellos que toman juramento están igualmente obligados de la manera más solemne a un comportamiento moral. También ellos han puesto a Dios por testigo de su conducta y se han sometido a su juicio en los mismos términos. Cristo sabía que su respuesta le llevaría a la muerte, pero hizo su noble confesión y añadió: “Os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”. Estaba repitiendo las palabras de Daniel 7:13–14 y el Salmo 110:1 y aplicándolas a sí mismo. Vio más lejos de la Cruz y de su resurrección hasta su glorioso regreso como Juez y vio su entronización a la diestra de Dios. Venía a decir que a su regreso la situación quedaría invertida. ¡En aquel día sus actuales jueces se presentarían ante su tribunal y Él sería su Juez! Eso bien pudo pasar inadvertido a Caifás, pero él ya había oído todo lo que quería oír. En un fingido gesto de consternación rasgó sus vestiduras, sin comprender que este era el símbolo perfecto de la disolución del sacerdocio clásico, ¡ahora que Cristo, el verdadero Sacerdote, había aparecido!
Todos estuvieron de acuerdo en que el prisionero era culpable de blasfemia y debía morir. Se negaron a reconocer sus afirmaciones. “Los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Le rechazaron a la luz de toda su naturaleza, su enseñanza y sus obras. El clamor de su corazón fue: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). Así responde el corazón del hombre caído cuando se enfrenta a Cristo y al desafío de su Cruz y su corona. Los miembros del Sanedrín jamás habían escuchado una declaración tan majestuosa como la que presenciaron cuando Cristo declaró su mesiazgo y anunció su Segunda Venida.
No hay momento más solemne que cuando uno es confrontado con el Cristo de Dios. ¿Es un fraude y un impostor? ¿O es el Salvador y el Juez del mundo?

¿Qué piensas de Cristo?, esa es la prueba
que demuestra tus ideas y tu estado;
hasta verlo a Él de la forma correcta,
en lo demás no has de estar acertado.

El solemne juramento de Caifás reverbera a lo largo de los siglos. —¿Eres tú el Cristo? —SÍ. Ahí está la poderosa roca que soporta la fe del pueblo de Dios en todas las épocas. Aquellos que edifican sobre ese fundamento jamás serán confundidos; ¡porque la boca del Señor lo ha dicho!

 

Sentenciado a muerte

“Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!” (Mateo 26:65–66).


La clara confesión de Cristo de que era el Mesías produjo de inmediato la ira del Sanedrín. El tribunal supremo eclesiástico de los judíos, ahora reunido a toda prisa, registró una repentina oleada de emoción. La confusión y la incertidumbre que hasta entonces habían plagado el proceso desaparecieron y unánimemente respaldaron la condena implícita en las palabras del sumo sacerdote. No tenían ninguna duda acerca de la naturaleza de la acusación vertida sobre el Nazareno.


La acusación

¡Blasfemia! El delito no podía ser mayor. El Sanedrín no podía hacer una acusación más grave. La blasfemia se consideraba un pecado más grave que la idolatría. La Ley era clara al respecto. “El que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto” (Levítico 24:16). El que blasfemaba pecaba de la manera más directa contra Dios. Bajo la Ley judía había muchas ofensas clasificadas como blasfemia, pero a Cristo se le consideró culpable de la peor blasfemia posible cuando afirmó ser el Hijo del hombre y el Hijo de Dios (cf. Mateo 26:64; Juan 10:36). Esta no fue la primera ocasión en que se acusó al Salvador de blasfemia. También se le hizo esta acusación cuando perdonó los pecados (cf. Lucas 5:20–21) y cuando afirmó que Él y el Padre eran uno (cf. Juan 10:30–31). Los judíos consideraban al Nazareno un arrogante impostor que arrebataba a Dios su gloria con prerrogativas divinas (p. ej. perdonar los pecados) y aun llegando a afirmar su igualdad con Dios: “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33).
Caifás era un eclesiástico experimentado. Sabía lo que debía hacer y cuándo. Sabía que pronto habría de presidir una reunión del Sanedrín en sesión plenaria para confirmar el veredicto emitido. Entonces el tribunal sería solemnemente constituido en el Nombre del Dios de Israel y por su autoridad. Al saber que el prisionero estaba acusado de un crimen que merecía la santa intolerancia de Dios, Caifás expresó su presunto horror rasgando sus vestiduras. Por norma estaba prohibido que el sumo sacerdote hiciera esto (Levítico 10:6; 21:10); pero no se trataba de una ocasión normal. Las vestiduras rasgadas tenían el propósito de simbolizar un corazón quebrantado, pero en el corazón de Caifás no había el más mínimo quebrantamiento. En lo más profundo de sí mismo se alegraba de poder condenar por fin al prisionero. Se limitaba a representar un papel. Hendriksen discierne correctamente sus pensamientos: “Ya lo tenemos”.


La prueba

Cristo no solo había confesado su mesiazgo, sino que también había declarado valerosamente: “Os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (v. 64). En otras palabras, Cristo iba a entrar en su gloria y a tomar el lugar que le correspondía a la diestra del Padre. Aquí y ahora, Cristo estaba prisionero, atado, “despreciado y desechado entre los hombres”; pero sus ojos estaban puestos en el porvenir. Veía más lejos de la Cruz, con todo el sufrimiento y la vergüenza que esta suponía. También los judíos creían que el Mesías sería entronizado en gloria; pero habían llegado a interpretarlo en términos terrenales y ciertamente no veían su cumplimiento por medio del sufrimiento y la muerte. El lenguaje de Cristo les era ofensivo e ininteligible. Simplemente le consideraban un impostor confeso y un peligroso advenedizo.
¿No es extraño que los dirigentes judíos, tan familiarizados con los contenidos de la Escritura del Antiguo Testamento, dirigieran sus críticas y sus burlas contra el papel monárquico y profético de Nuestro Señor y pasaran por alto su papel sacerdotal (un papel que, según sus propias Escrituras, era crucial en la obra del Mesías)? Caifás dejó de lado esta cuestión fundamental y, a pesar de las Escrituras, no pensó en la reconciliación y la satisfacción por medio del sufrimiento y la muerte. ¿Había olvidado Isaías 53? En cualquier caso, no fue capaz de ver que la profecía se estaba cumpliendo en su presencia.
Si el Nazareno era realmente la clase de persona que creían los dirigentes eclesiásticos, entonces su acusación estaba plenamente justificada. ¿Pero lo era? ¿Había algo en su vida, en su enseñanza y en su ministerio, que no demostrara sus afirmaciones o que contradijera de algún modo la Justicia y la Verdad? Más adelante, el apóstol Pedro pudo hablar de “Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis”. Estas señales y maravillas eran incontrovertibles. ¿Entonces cómo una persona así, que hacía tales afirmaciones y tan tremendas maravillas, podía ser rechazada de manera tan clamorosa? La verdad era que los dirigentes judíos temían y odiaban a este Maestro que había expuesto su hipocresía, refutado sus argumentos y rechazado sus tradiciones. Le consideraban una amenaza para su poder y autoridad. Su intención era desde el principio librarse de Él por cualquier medio. El principal pecado de Caifás era su deseo de hacer lo que hizo.


La sentencia

¡Muerte! ¡Esta farsa de justa indignación se mantuvo al menos durante un poco más de tiempo! Este Nazareno debía morir ahora a manos de los paganos, puesto que bajo la ley romana los judíos no podían ejecutar a nadie. Y es importante recordar que no solo los judíos fueron responsables de la muerte de Cristo. En última instancia, todo el género humano y cada persona tiene responsabilidad plena de ello. A Pilato le guió el mismo pragmatismo que a Caifás. En ningún momento recibió el Salvador justicia del hombre. Y todo pecador ha dicho a efectos prácticos: “Fuera, fuera, [no quiero que este hombre gobierne sobre mí]”. Fue la comprensión de este hecho lo que llevó a Horacio Bonar a escribir:

Veo los azotes rasgar su espalda,
veo clavada la corona,
y siento que soy uno de aquellos
que se burlan y mofan.

Fui yo quien derramó la sangre sagrada,
en el madero le clavé;
yo crucifiqué al Cristo de Dios,
y en la burla me alié.

Y sin embargo, esa sangre,
con todo, limpia mi pecado;
y una gran paz interior
esa Cruz me sigue dando.

Es preciso recalcar el hecho de la responsabilidad universal por el rechazo de Cristo en vista de la repetida acusación vertida por los eruditos judíos de que los cristianos son culpables de gran parte del antisemitismo que ha asomado su fea cabeza a lo largo de los siglos. Ciertamente, no hay nada en el Nuevo Testamento que apoye ese mal.
En el tribunal de Caifás, el prisionero era ahora objeto de burla y desprecio, como si fuera “gusano, y no hombre”, una mancha en el nombre y el honor de Israel, un filisteo de filisteos, digno de muerte. Aquí tocamos otro punto neurálgico de los sufrimientos de Cristo: el rechazo de su propio pueblo: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Aquel que había llorado por la Jerusalén impenitente fue desposeído oficialmente del reconocimiento como hijo de Abraham. Con este rechazo, Dios estaba desgarrando el corazón del Salvador. Ser rechazado de esta forma por su propio pueblo y ser tratado como un réprobo producía un amargo dolor que tenía que soportar. Ser entregado a los paganos para su posterior juicio y ejecución aumentó el dolor que angustiaba su corazón. Pero Aquel que vino a salvar al mundo debía sufrir a manos del mundo.
Allí está Caifás, con sus vestiduras rasgadas como símbolo de la pérdida de su puesto ahora que había llegado el Sumo Sacerdote eterno. Allí está el Cristo a quien Dios había introducido en los lomos de Abraham y cuyo día Abraham se regocijó en ver por fe (cf. Juan 8:56). Ahora este corazón está quebrantado por un profundo dolor, quebrantado por la mano de Dios. “JEHOVÁ quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (Isaías 53:10). Antes de que los corazones de los elegidos de Dios pudieran ser quebrantados, el corazón del Salvador debía ser rasgado por una angustia indescriptible. El mensaje es claro para todos los que quieren conocer la misericordia de Dios en Cristo. “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos” (Joel 2:13). “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17).
Caifás había seguido su política declarada: Uno por todos. Hay aquí una extraña ironía, porque el sumo sacerdote estaba enunciando involuntariamente un principio que se encontraba en el corazón mismo de la redención. “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28). El apóstol Pablo desarrolla este principio: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19). ¡Uno por todos! Otra voz había hablado, pues, en el tribunal de Caifás. Esas palabras se habían pronunciado en el Consejo eterno de la Deidad, y Cristo las había aceptado por aquellos a quienes el Padre le había entregado. ¡Uno por todos! ¿Escuchó de nuevo esa voz al ser condenado por el Sanedrín? Ciertamente no la había olvidado. En última instancia, habían hablado dos voces en aquel tribunal, la voz de Dios y la voz de Satanás, y ambas dijeron: “Uno por todos”. Pero hay un desacuerdo esencial entre ellas. Dios habla en términos de sustitución redentora, de expiación sustitutiva; Caifás, que es instrumento de Satanás tanto como Judas, habla en términos de eliminación. Dios quería que su Hijo muriera por su pueblo para que los que formaran parte de él pudieran vivir; Caifás quería que Cristo muriera para deshacerse de Él y, por tanto, se ciñe a su política de que era oportuno que un hombre muriera por el pueblo antes que toda la nación pereciese.
De ahí que en la condena de Cristo confluyan la predestinación y la responsabilidad humana. Fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios —y sin embargo— [prendido] e [inmolado] por manos de inicuos” (Hechos 2:23). El propósito eterno de Dios se cumplió en la muerte de su Hijo. ¡Uno por todos! Así, el creyente puede decir: “Cristo me aceptó con todo mi pecado y mi culpa para que yo pudiera aceptarle en toda su justicia”. Eso es lo que tenía en mente Lutero cuando dijo: “Murió por mí; hizo mía su justicia e hizo suyos mis pecados; y si hizo suyo mi pecado, entonces yo no lo tengo y soy libre”.

 

El blanco de la burla

“Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó” (Mateo 26:67–68).


El sanedrín disolvió su sesión nocturna para reunirse formalmente por la mañana. Se había acordado que Cristo había blasfemado y merecía morir.
Sentenciar a alguien a muerte es una tremenda responsabilidad. Uno no espera que los jueces que han pronunciado una sentencia así pasen de inmediato a la frivolidad y el alborozo. Debieran ser hombres apesadumbrados. El tribunal debería quedar inundado por un solemne silencio. Tendría que haber una profunda conciencia de la majestuosidad de la Ley. Uno ve con horror manifiesto el monstruoso espectáculo del tribunal en el palacio del sumo sacerdote en aquella trascendente noche. Fue entonces cuando los jueces de Israel quedaron totalmente desacreditados. Apenas había terminado el proceso cuando sus eminencias dejaron a un lado toda moderación y se entregaron a una malvada orgía de feroz maltrato del prisionero. Cristo se convirtió en el blanco del más diabólico escarnio.


La crueldad de esta burla

Estos dirigentes religiosos, sin duda ayudados por los funcionarios y soldados, se arremolinaron con júbilo maligno en torno a Cristo, a quien consideraban un impostor sin valor, objeto de escarnio y odio, escoria de la tierra. Ahora se divertirían un poco. Le escupieron en el rostro, como símbolo de desafío entre los judíos (Números 12:14; Deuteronomio 25:9). Le golpearon repetidamente con los puños, entre los judíos una muestra de absoluto desprecio (cf. Mateo 5:39). Su rostro pronto quedó hinchado y amoratado a consecuencia de la lluvia de golpes. “De tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Isaías 52:14). El profesor E.J. Young señala que “esto no significa que parezca más desfigurado que otros hombres, sino que su desfiguración era tal que ya no parecía un hombre”. Muchos de los que le vieron quedaron asombrados (literalmente, “conmocionados” o “estremecidos”). Motyer los presenta echándose atrás horrorizados mientras preguntan: “¿Es esto humano?”. Ese semblante golpeado y sangrante debiera hablar tremendamente a nuestros corazones. Como todos los sufrimientos de Cristo, tiene un significado redentor. Calvino lo expresa bien: “Esta insolencia pasó a tener otro propósito muy distinto gracias a la providencia de Dios; puesto que el rostro de Cristo, deshonrado por los esputos y los golpes nos ha restaurado esa imagen que había sido desfigurada y casi borrada por el pecado”.
Repentinamente, el maltrato dio un nuevo giro. Vendando al prisionero bailaron a su alrededor golpeándole una y otra vez diciendo: “Profetízanos […] quién es el que te golpeó”. Sabían que acababa de profetizar su futuro (versículo 64). Algún ingenioso bromista, pues, tuvo la brillante idea de burlarse del Profeta de Nazaret. Allí está en una miseria innombrable mientras sus atormentadores demuestran su propia degradación al intentar degradarle. Sin duda, el Redentor recordó su propia profecía: “Me han rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado […] como león rapaz y rugiente” (Salmo 22:12–13). Ahora los toros, los leones y los perros que se mencionan en el Salmo 2 caen encima de Él, gruñendo y mordiendo con furia incontrolada. ¡Oh alma mía, qué visión! Al mirar esta terrible escena con ojos empañados por las lágrimas —¿lo hacemos?— vemos con inefable asombro el amor incomparable y la infinita condescendencia de Aquel que vino para buscar y salvar a los perdidos.
En cualquier caso, aquí hay un error que es preciso evitar, el peligro de considerar que la obediencia amante de Cristo es principal y exclusivamente por amor al hombre, cuando de hecho aceptó la Cruz principalmente por amor a Dios (Hebreos 10:7). El Dr. Geerhardus Vos recalca que el mesiazgo de Nuestro Señor fue “absolutamente teocéntrico”. “Jesús —dice Vos— aceptó la Cruz motivado por el amor a Dios más que por el amor al hombre, y previamente”. En otro lugar Vos dice: “Al morir, como en todo lo que hizo, santificó el nombre de Dios”. Esta es una verdad que se pasa por alto demasiado a menudo y que no menoscaba en modo alguno la maravilla de que Cristo ama con todo su amor a cada miembro de su pueblo.
Mientras esa figura sufriente y humillada se encontraba allí en pie, sus atormentadores lo despreciaban en sus corazones. Pensaban que estaba completamente en sus manos. ¡Qué equivocados estaban! Cristo jamás se batió en retirada, nunca fue meramente pasivo. En aquel momento estaba exponiéndose activa y voluntariamente a la furia de sus enemigos. Se estaba produciendo el cumplimiento de aquellas palabras proféticas: “Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos” (Isaías 50:6). Fue una obediencia costosa por parte del Salvador el dar la espalda deliberadamente a aquellos que le golpeaban soportando paciente y humildemente esta tortura gratuita. E.J. Young dice: “Hay gran majestuosidad en la descripción, como si el siervo controlara plenamente la situación. Se presenta a sí mismo como alguien que toma la iniciativa”.
Igual que Caifás habló más profundamente de lo que pensaba cuando dijo que era mejor que muriera uno antes de que perecieran todos, los que atormentaban a Cristo dieron en el clavo de los pensamientos del Salvador al preguntar: “¿Quién es el que te golpeó?”. Había muchas manos alzadas contra Él, tanto demoníacas como humanas, pero Cristo sabía que había una que le hería por encima de todas. Y al cargar con nuestros pecados, esa mano no le perdonó: “JEHOVÁ quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (Isaías 53:10).


El significado de esta burla

Cristo sufrió burlas durante la Pasión en varios momentos, y en cada ocasión el escarnio ocupó un lugar singular en su experiencia. Primero se burló de Él Israel, a continuación el mundo pagano, luego un descendiente de Edom (un falso hermano), y finalmente todos a la vez. Se burlaron de Él el Sanedrín, los soldados de Pilato, Herodes y después todos ellos ante la Cruz. El escarnio, pues, en presencia del Sanedrín tuvo sus propias características. Su punto central fue el papel profético de Cristo, un oficio que ahora se ponía claramente en ridículo. Poco sabían sus enemigos que cada detalle de su sufrimiento era el cumplimiento de la profecía, ¡hasta el canto del gallo! Como señala Schilder: “Tenía que cantar, porque Dios hizo que la criatura abriera el pico […]”. Aun cuando los miembros del Sanedrín se burlaban del Mesías, Él se encontraba en la misma cima de la montaña de la profecía. La altitud profética de esta montaña solo tendrá parangón en el día del Juicio.
En medio de este brutal maltrato, Nuestro Señor siguió resueltamente dejándose a merced de sus enemigos, aunque podía haberlos destruido con una sola palabra. Pero mantuvo la omnipotencia de su silencio: “Cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23). El expositor del siglo XVII Alexander Nisbet dice: “Mientras Cristo Nuestro Señor estaba sufriendo en nuestro lugar, se sometió confiada y voluntariamente a la voluntad de su justo Padre para soportar todo lo que merecían los pecadores, según su compromiso en el pacto de la Redención”. Considera la magnitud de la tarea que exigía un precio tan terrible. En medio de este vil tormento, el Salvador nos dejó un ejemplo a seguir. No podemos ser fieles a Cristo en este mundo y evitar el oprobio y el desprecio; y en esto, lo que soportemos debiera corresponder en alguna medida a lo que soportó el Señor cuando fue calumniado de tal forma. Va bien recordar las palabras de Samuel Rutherford: “Las peores cosas acontecidas a Cristo, su oprobio y su Cruz, son mejores que los tesoros de Egipto”.


La raíz de la burla

En ocasiones, el escarnio está justificado. Elías se burló de los profetas de Baal demostrando la impotencia de su dios, igual que el Salmista se burló de los ídolos con bocas que no podían hablar, ojos que no podían ver y oídos que no podían oír (cf. Salmo 115). El dibujante de viñetas se burla de lo que considera una política gubernamental necia o un comportamiento público necio y al hacerlo ofrece un servicio útil a la sociedad. La burla no es errónea per se. Aun Dios se burla (Salmo 2:4). Pero la burla desenfrenada fuera de la santa Ley de Dios se convierte en pura brutalidad. Es completamente destructiva, particularmente de aquel que se burla. Esa burla es una forma de oposición, y detrás de esta oposición a Cristo uno percibe la presencia de lo demoníaco.
Toda hostilidad contra Cristo y su pueblo está fomentada por el poder las tinieblas. El apóstol Pablo era muy consciente de las feroces fuerzas demoníacas de las que el Estado perseguidor no era sino un instrumento. La lucha no era contra carne y sangre, sino “contra principados, contra potestades […], contra huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12). Los creyentes, pues, necesitaban vestirse con “la armadura de Dios”. La batalla era contra las fuerzas de Satanás, y fueron esas mismas fuerzas las que lanzaron este cruel ataque contra el Hijo de Dios en el tribunal del sumo sacerdote, y Aquel que estaba sufriendo sabía muy bien quién le estaba atacando.
A lo largo de su vida terrenal, Cristo nunca sufrió por sí mismo; y, para una criatura libre de pecado, moverse en la atmósfera cargada de pecado de este mundo representaba un intenso sufrimiento. El cristiano se estremece al oír cómo se utiliza el nombre de su amado Salvador en las bromas profanas; y, sin embargo, en muchos sentidos, todos los cristianos son incapaces de ser tan sensibles a la presencia del mal como debieran. Pero Aquel que estaba libre de pecado era plenamente sensible a la presencia del mal. No debemos, pues, limitar sus sufrimientos redentores a los últimos días de su vida antes de su crucifixión y durante su agonía en la Cruz. William Symington afirma correctamente: “En cada caso sufrió por nosotros, nunca por sí mismo […]”. Y añade: “No sintió un solo ramalazo de dolor, no experimentó una sola punzada de tristeza, no exhaló un solo suspiro de angustia, no derramó una sola lágrima de pesar por sí mismo. Si ninguno de sus sufrimientos fue personal, se deduce que todos fueron sustitutivos […]”. Durante todo el período de su vida (terrenal), el Salvador “fue inmolado”.
¡Qué terrible fue la burla de Cristo por parte del Sanedrín! ¡Qué inicua! Si Cristo no hubiera sido arrojado fuera de la esfera de la Ley, tal desprecio y maltrato desenfrenado habrían sido imposibles. Si sus jueces hubieran sido sinceros en su enjuiciamiento del prisionero y en el veredicto que alcanzaron, y si hubieran temido a Dios, habrían entregado al acusado a Satanás para que aprendiera a no blasfemar (cf. 1 Timoteo 1:20). Eso habría sido un acto legítimo y amoroso, pero el Sanedrín no tenía consideración alguna por la justicia o el amor. La ilegalidad y el odio son compañeros inseparables. Y por tanto, se trató al Salvador como un gran mentiroso, un gusano al que pisotear, alguien a quien echar para siempre de los dominios de la Ley. Para Aquel que tenía la Ley de Dios en su corazón y que se deleitaba en hacer la voluntad de Dios, ser expulsado de semejante forma de la esfera de la Justicia representaba un intenso sufrimiento de espíritu, era un tormento mucho mayor que el dolor infligido por el maltrato físico. Y así se cumplieron aquellas palabras proféticas: “Yo soy gusano, y no hombre” (Salmo 22:6). “Fue menospreciado, y no lo estimamos” (Isaías 53:3).
Así sufrió nuestro Sustituto divino. Lo peor estaba por llegar. Como pecadores merecíamos el castigo del Infierno —y allí también se establece la Ley de Dios—; pero el Señor Jesús ocupó nuestro lugar voluntaria y amorosamente y soportó la burla y la oposición que Satanás habría manifestado contra nosotros en el Infierno.

“Por su llaga fuimos nosotros curados”.

 

La corona de espinas

“Y salió Jesús, llevando la corona de espinas […]” (Juan 19:5).


Tras reunirse informalmente durante la noche y declarar a Cristo culpable de blasfemia y merecedor de la muerte, el Sanedrín se reunió formalmente a primera hora de la mañana siguiente para pronunciar la sentencia de muerte y entonces se apresuró a llevar al prisionero ante Pilato, el gobernador romano, el único que podía confirmar la sentencia y ordenar su ejecución.
Aunque, en algunos aspectos, Pilato fue más honrado que Caifás —puesto que reconoció y admitió claramente la inocencia de Cristo—; sin embargo, fue débil y vaciló frente a los dirigentes judíos que clamaban pidiendo su muerte. Cuando Pilato intentó liberar a Cristo, los dirigentes judíos clamaron: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César”. Estaba atrapado por su propio pasado, por su mala administración. “¿A vuestro Rey he de crucificar?”, preguntó; y le contestaron: “No tenemos más rey que César”. Pilato estaba acorralado. Sabía que podían apelar al César, y entonces su administración sería investigada. Reconoció la amenaza velada que había en esas palabras y se plegó a sus exigencias. “Entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado” (Juan 19:12, 15, 16).
Como Caifás, Pilato había antepuesto la conveniencia a los principios, y nuevamente se manifiesta la ironía de la situación, puesto que se produjo el resultado que había intentado evitar: se presentó una queja contra él y se dice que fue destituido y finalmente se suicidó. Miremos como miremos su pecado, no es tan grande como el de los sacerdotes principales que tenían las Escrituras y la evidencia de la luz de Cristo y su enseñanza y, no obstante, le odiaron sin motivo.
Entre bastidores, los soldados se han estado divirtiendo con el prisionero. Al oír que se proclamaba rey, le vistieron con una túnica color púrpura, posiblemente la capa roja de un soldado, confeccionaron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza, poniéndole una caña en la mano por cetro. La parodia prosiguió postrándose a modo de burla en señal de obediencia ante Él, diciendo: “¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza” (Mateo 27:28–30). Probablemente Godet esté en lo cierto al considerar que esta burla iba más dirigida a la nación judía, despreciada por los romanos, que a Cristo personalmente. Pero eso no redujo el sufrimiento y el maltrato de esta burda pantomima. La traducción de Juan 19:5 en nuestra versión señala el dramático momento en que se sacó a Cristo a la vista de todos: “Y salió Jesús, llevando la corona de espinas […]”. Ese triste espectáculo dejó para siempre una profunda impresión en la mente de Juan.


La vergüenza de esta corona

Allí estaba, con el rostro amoratado, hinchado y ensangrentado, y con aquella corona de espinas en la cabeza. Estaba solo, sin amigos, desamparado, traicionado por todos. Esa corona simbolizaba lo que piensa el hombre pecador de Cristo. No había que tomarlo en serio. ¡Solo servía para una representación teatral! Lo convirtieron en un rey de carnaval y lo señalaron como motivo de mofa. Con esta túnica de broma, el cetro de caña y la corona de espinas se le dio la apariencia de una figura teatral. Lutero dice que Cristo fue “contado entre los transgresores, crucificado como un rebelde, ajusticiado por su propio pueblo de la forma más ignominiosa y como el hombre más desamparado de todos”. ¡Ay, sí! “la forma más ignominiosa”, con una vergonzosa corona de espinas hecha por manos de hombre y colocada sobre la frente del Salvador: ¡Ese es el aprecio que el hombre tiene de Cristo!
Los cristianos bien pueden sentirse afligidos y conmovidos por esta visión. No fue así con la multitud en el exterior del palacio de Pilato. Cuando Pilato señaló a la figura golpeada y sangrante diciendo “¡he aquí el hombre!”, esperaba algo de lástima, algo de compasión; pero era en vano. Esa visión solo sirvió para avivar su sed de sangre. ¿No había sufrido ya bastante? ¿No les satisfacía esto? Pero lo único que golpeó los oídos de Pilato fue el clamor unánime de “Crucifica, crucifica” (en el original no aparece el “le”); un verdadero in crescendo de voces furiosas. ¿Qué gritos saludaron al Salvador en esos pocos días? ¡Hosanna! ¡Hosanna!… ¡Crucifica! ¡Crucifica! No podían soportar la Luz del mundo; se sentían más cómodos en las tinieblas del engaño y la hipocresía. Como dice Krummacher, no podían soportar “la plena luz diurna de la verdad lisa y llana”. El Santo de Israel los dejó en evidencia, los desenmascaró, los condenó; y ellos se volvieron contra Él con odio feroz y un deseo consumidor de destruirle. No darían gloria alguna a este Jesús, ninguna honra, nada sino oprobio y desprecio. La corona de espinas les complacía. Esa es la respuesta del corazón del hombre caído al Cristo del Señor. Nada ha cambiado: “Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (Salmo 2:2–3).


El significado de esta corona

Tiene un significado para un mundo perdido. Cristo vino para ser el Salvador del mundo, y eso significaba soportar la Cruz con todo su oprobio y sufrimiento. Esa corona de espinas fue colocada tanto por el hombre como por Dios. La Cruz era la Cruz de Dios a la vez que la del hombre.
Para que recibamos la corona de vida, Cristo debe recibir la corona de espinas. No puede ser nuestro Salvador de ninguna otra forma. A eso es a lo que se refiere Krummacher cuando comenta que, con la corona de su deidad exclusivamente, Cristo solamente podría haber dicho al ladrón agonizante: “Eres anatema”. Pero con la corona de espinas puede decir: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Con la corona de la deidad exclusivamente, solo puede decir a Magdalena o al publicano: “Apártate de mí”. Pero con la corona de espinas puede decir: “Ve en paz, tus pecados te son perdonados”. Es con esta diadema de espinas con la que se inclina en humillación, vergüenza y dolor a buscar y salvar a los pecadores. Solo por medio de la punzante espina de su sufrimiento se puede extraer la espina venenosa de nuestro pecado. En otras palabras: sin la Cruz, Dios no puede perdonar el pecado.
La corona de espinas tiene también un significado para la Iglesia, para el pueblo redimido de Dios. Nos recuerda que Cristo es Rey y ha vencido aun cuando parece derrotado. Por muy degradado que parezca Cristo a los hombres, sigue siendo Rey. En el Calvario cumple una tarea regia y obtiene para nosotros un perdón real. Asciende a un trono al ir a la Cruz, a un trono de gracia. En esta aparente debilidad es el poderoso Vencedor de Satanás, del pecado y de la muerte, el Salvador de este mundo. La Cruz parece necedad al mundo; pero para el pueblo redimido de Dios esa Cruz es victoria, salvación, poder de Dios.


Lo maravilloso de esta corona

Matthew Henry habla de “la paciencia inquebrantable” de nuestro Salvador. Ciertamente, detrás de esa corona de espinas que llevó por nosotros hay una paciencia inquebrantable y un amor inquebrantable: un amor que no podemos entender pero que, por la gracia de Dios, podemos experimentar. Solo un amor inefable, un amor inextinguible, un amor divino podía llevar esa corona de espinas; y eso es lo maravilloso. Hay unos versos de Cristina Rossetti que vienen al caso:

Cargué contigo largos y agotadores días y noches,
en muchos dolores del corazón y muchos llantos,´
cargué contigo, tu dureza, tu frialdad, tus insultos,
durante treinta y tres años.

Con gozo cargué contigo sobre mis hombros.
Los hombres solo marcaron mis espaldas
con el peso de la Cruz; y gritaron ansiosos,
o con sorna sus cabezas giraban.

Un ladrón a la derecha y otro a la izquierda;
seis horas solo, sediento, en aflicción;
al final, abriendo un lugar de refugio para ti,
al morir, uno de ellos traspasó mi corazón.

El Ecce Homo de Pilato —“¡He aquí el hombre!”— sigue resonando en nuestros oídos. Y podemos verlo en fe. Entonces fue presentado como una figura ridícula, como caricatura de la realeza. Solamente los ojos de la fe pueden ver lo maravilloso de la gracia de Dios en tales circunstancias. El Dr. James Stalker escribe: “¡Cuán poco entendió Pilato sus propias palabras!”. Aquel “Ecce Homo” resuena en todo el mundo y dirige los ojos de todas las generaciones a ese semblante desfigurado. Y he aquí, cuando miramos, el oprobio ha desaparecido; es quitado de Él y colocado sobre Pilato, los soldados, los sacerdotes y la turba. Su resplandeciente gloria ha eliminado cualquier rastro de deshonra y ha iluminado la corona de espinas con cien puntos de luz llameante”. La frente que una vez llevó la cruel corona de espinas está adornada ahora con la diadema del universo, puesto que toda autoridad en el Cielo y en la Tierra ha sido dada a Cristo. “Pero vemos […] a Jesús, coronado” (Hebreos 2:9). “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

 

Fuera de la puerta

“Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron. Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota” (Juan 19:17).


¡Vía dolorosa! Esas palabras latinas describen el horror de aquel pavoroso trayecto que recorrió el Salvador vacilando bajo su Cruz hasta el lugar donde habría de morir. Había sido rodeado con una red de intriga, falsedad e injusticia, ¡y es allí donde se suponía que debía entronizarse la Verdad y honrarse la Justicia! Sin embargo, no solo se sometió a la injusticia de sus acusadores, sino que también se sometió a la justicia de Dios que había venido a satisfacer. Se encontraban en equilibrio y tensión la injusticia del hombre y la justicia de Dios. Por el lado humano no había sino injusticia; sin embargo, de una forma que no podemos alcanzar a comprender, el juicio de Dios fue ejecutado por medio de actos malignos de los hombres (Hechos 2:23).


Cristo el proscrito

A Cristo se le negó la justicia desde el momento de su arresto. En la práctica, sus jueces lo dejaron excluido de la Ley y lo trataron en consecuencia. Eso sucedió con Herodes, el Sanedrín y Pilato. Entre ellos no era sino un peón que mover de un lado a otro según sus necesidades. La condena en los distintos tribunales no se basaba en la evidencia, de hecho la desafiaba. Pilato confesó: “No he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes […]; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre” (Lucas 23:14–15). ¡Sin embargo, al final, un gobernador cobarde liberó a Barrabás, culpable de insurrección y asesinato, y se plegó a las exigencias de los acusadores de Cristo! Cristo fue entregado “a la voluntad de ellos” (Lucas 23:25).
¡Se acabó la justicia! Desde el principio, Cristo estuvo en tierra de nadie, y la tierra de nadie era la tierra de todos, en el sentido de que cualquiera podía pisotear al prisionero como le viniera en gana. No había protección legal alguna. La justicia estaba muy lejos. La verdad, por los suelos. La equidad, excluida. ¡En realidad se puso a Cristo fuera de la Ley. ¡Cristo el proscrito!
En una sociedad justa, todo el mundo vive en el contexto de la Ley y tiene derecho a la protección de la Ley. La condena debe estar en el contexto de la Ley; pero Cristo fue condenado fuera de la esfera de la Ley cuando se desechó abiertamente la justicia. Caín recibió una señal para estar protegido de los criminales. Su lugar dentro del territorio de la Ley estaba garantizado. Ese privilegio se le negó a Cristo.


Cristo el maldito

Cristo sintió a la vez el daño de la injusticia humana y el peso de la justicia de Dios al encaminarse a soportar la plena maldición del pecado y así ser maldecido por Dios. Debía morir en una cruz y “maldito todo el que es colgado en un madero” (Gálatas 3:13). Pablo está citando Deuteronomio 21:22–23. La Ley exigía que el cuerpo del criminal ejecutado se colgara en un poste, pero no debía pasar ahí la noche. “Maldito por Dios —declaraba— es el colgado”. De este modo, ser colgado de un madero se consideraba la mayor ignominia posible para un hombre y el final más vergonzoso para su vida, al proclamarse públicamente que estaba bajo la maldición de Dios. Matthew Henry comenta: “Los que le vean colgado de este modo entre el Cielo y la Tierra llegarán a la conclusión de que ha sido abandonado por ambos y no es digno de ninguno de los dos”. El Cristo que redimió a su pueblo de la maldición de la Ley fue hecho maldición por ellos; y al ser colgado del madero proclamaba ese terrible hecho, puesto que en el antiguo Israel, aquellos que eran castigados de la forma descrita en Deuteronomio 21 no eran malditos porque colgaran del madero, sino a la inversa, eran colgados del madero porque eran malditos.
A la luz de Gálatas 3:13, la antigua ley que prescribía que se colgara al ejecutado de un madero se considera un símbolo y un tipo de la maldición que soportó Cristo en el Calvario, de manera similar a como la serpiente de bronce en la vara presagiaba la Cruz. Calvino dice: “Dios no desconocía cuál sería la muerte de su propio Hijo cuando proclamó la ley: ‘Maldito por Dios es el colgado’ ”. Es interesante advertir la utilización del término “madero” en el libro de Hechos (5:30; 10:39; 13:29). La palabra empleada en el original significa madera, y Pedro la utiliza en dos ocasiones. Es más que probable que tuviera Deuteronomio 21:23 en mente y que sus oyentes judíos percibieran de inmediato la fuerza de sus palabras. Pedro estaba diciendo que el Señor Jesucristo había llevado la maldición; no estaba intentando evitar el “escándalo” de la Cruz; al contrario, recordó a sus oyentes en dos ocasiones que Cristo fue “colgado en el madero”.
El apóstol Pablo es implacable en su aplicación del pasaje profético de Deuteronomio 21. Cristo —dice— se hizo “por nosotros maldición”, igual que en otro lugar se nos dice que “por nosotros lo hizo pecado [a Cristo]”. Llevó nuestro pecado y sus consecuencias, aun la maldición de un Dios santo. Fue tratado como un pecador. La maldición de Dios es intrínsecamente santa. Es su condena del pecado y del pecador. Es su poderosa acción contra el pecado, y su efecto es instantáneo. Dios maldijo inevitablemente a Cristo como portador de pecado. Así como la bendición alcanza su plenitud en el Cielo, la maldición alcanza su plenitud en el Infierno, y Cristo experimentó la maldición en su plenitud.
Por Dios y por el hombre de igual modo, pero por distintas razones, se condujo a Cristo fuera de la puerta como el macho cabrío que era cargado con los pecados. Parte del ritual del día de la Expiación precisaba “una ofrenda por el pecado” para la cual se utilizaban dos machos cabríos. Se mataba a uno de ellos y al otro se le enviaba al desierto después de que el sumo sacerdote hubiera depositado sus manos sobre él confesando los pecados de su pueblo. “Aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada […]” (Levítico 16:22). Ese macho cabrío no se presentaba para que se hiciera la expiación con él, sino como sustituto simbólico en una ceremonia de absolución. Simbólicamente se depositaban sobre él los pecados ya expiados a fin de que desaparecieran para siempre de la vista. Aquellos dos machos cabríos eran esenciales para el simbolismo de esa única ofrenda de pecado (versículo 5). Un carnero mostraba el medio y el otro el efecto de la expiación. Cristo se ofreció, pues, con su propia obra y persona, como sacrificio por los pecados de su pueblo, pecados que el Padre había depositado sobre Él, quitándolos de este modo de la vista para siempre (cf. Isaías 38:17; Jeremías 31:34; Miqueas 7:19); pero el precio fue incalculable, el peso aplastante y la maldición amarga como el Infierno.


Cristo el Fiador

Un fiador es, en términos personales, alguien que se compromete por otro. Cristo fue al lugar de la maldición y fue condenado como Fiador por su pueblo. Pagó toda su deuda en calidad de Fiador. Fue así como sufrió el castigo que los hizo completos. Cristo tuvo que sufrir antes de su muerte los dolores del Infierno que otros experimentan después de morir; no en el Más Allá, sino aquí. La injusticia del hombre, pues, que desafiaba toda lógica humana, actuó según la lógica de Dios; y los manejos malignos del hombre se convirtieron en el vehículo de la justicia divina, aunque pueda resultar paradójico para la razón humana. Cristo, pues, se hizo “por nosotros maldición” y se “hizo pecado” como Fiador; y en consecuencia fue llevado fuera de la puerta, ¡aquella puerta por la que había pasado tan recientemente a lomos de un pollino con el “hosanna” resonando en sus oídos! Ahora se le enviaba al lugar de los impuros. El basurero de Jerusalén, un espeluznante símbolo del Infierno en sí mismo, también estaba en el exterior de la puerta. Josías convirtió el valle de Hinom, en un tiempo foco de la más crasa idolatría, en vertedero de basuras, un lugar donde se quemaban las asaduras y donde los fuegos no se extinguían nunca (2 Reyes 23:10). Gehinom, o Gehenna, se traduce en la Biblia como Infierno; y Cristo utilizó a menudo esta palabra en ese sentido, haciendo referencia al Infierno (Gehenna) como un lugar “donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:48 cf., Isaías 66:24). Todo aquello que era impuro se sacaba de la Ciudad Santa. Los cadáveres de animales ofrecidos como sacrificios en el día de la Expiación debían quemarse fuera del campamento (cf. Levítico 16:27). Al citar esto, el autor de Hebreos prosigue: “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (13:12–13).


Cristo el desterrado

Para los lectores hebreos era una afirmación pasmosa que se les dijera que Cristo sufrió fuera del campamento a fin de santificar al pueblo a través de su propia sangre. Era impactante que se les dijera que Cristo hizo este gran sacrificio en lo que consideraban tierra profana, fuera del campamento. En el Israel antiguo, cuando un hombre abandonaba el campamento precisaba de una limpieza ceremonial antes de poder regresar (cf. Levítico 16:26). ¿Cómo, pues, podía Cristo santificar a su pueblo en suelo profano e impío? Comoquiera que sea, la Ciudad Santa había sido profanada en el juicio de Cristo, profanada como jamás lo había sido antes. En los tiempos de Moisés, cuando Israel suscitó la ira de Dios al utilizar el becerro de oro en su adoración, se erigió un “tabernáculo de reunión” a cierta distancia del campamento. En Éxodo 33:7 leemos: “Cualquiera que buscaba a Jehová, salía al tabernáculo de reunión que estaba fuera del campamento”. ¿Qué había sucedido? Israel había profanado el suelo santo en el interior del campamento, de forma que aquellos que buscaban al Señor debían ir fuera del campamento. El pecado había hecho que el campamento fuera impío, de manera que la situación se había invertido: el interior del campamento era impío, pero la presencia de Dios en el santuario provisional fuera del campamento lo convertía en un lugar santo. Fue sagrado por causa de la presencia de Dios.
Lo que sucedió en Jerusalén en los tiempos de Nuestro Señor fue una situación exactamente paralela a la enfrentada por Moisés. Por la iniquidad del juicio de Cristo y el maltrato que se le infligió, la Ciudad Santa quedó completamente profanada. Ahora los viejos valores se habían invertido. Lo que antes había sido sagrado era ahora profano, y lo que había sido profano ahora era santo. La presencia del Salvador consagró lo que había sido profano. Era apropiado y correcto que se ofreciera a sí mismo como sacrificio por nuestros pecados fuera de la puerta. Ahora ya no hacen falta “lugares santos” para adorar a Dios ni los hay a los ojos de Dios.
Poco sabían los que condujeron al Salvador fuera de los muros de la ciudad hasta el Gólgota cuál era el significado de su acción. Para ellos, el prisionero debía ser expulsado de su presencia. ¡Fuera de la puerta! ¡Cristo el intocable! No debía permanecer en lo que ellos consideraban los dominios de la santidad. Este blasfemador, este impostor, debía ser expulsado. No se podía permitir que nada tan impuro contaminara el suelo santo de Jerusalén. Así es como lo veían; así es como querían verlo. Su rechazo de Cristo fue absoluto. Sin embargo, Cristo tenía que morir en Jerusalén, la ciudad de la Palabra. No habría servido ninguna otra ciudad. Era el único lugar en la economía de la Redención donde el Cordero de Dios podía morir fuera de la puerta como alguien maldito por Dios. Mientras los sacerdotes empujaban a Cristo fuera de la puerta ministraban, a pesar suyo, la preparación del sacrificio singular y definitivo por el pecado. Jerusalén era el único lugar: la Pascua era el único momento. “Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta […]” (1 Corintios 5:7–8). “Lo que ahora sigue en pie —dice Calvino— es que comemos continuamente, y no una vez al año”.
¡Fuera de la puerta! ¡Un desterrado en el universo de Dios! ¡Ningún lugar de descanso, ningún santuario! Pero no por mucho tiempo. Pronto la puerta del Cielo se abrirá de par en par para Cristo el Guerrero.

“Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,
y alzaos vosotras, puertas eternas,
y entrará el Rey de gloria”
(Salmo 24:7).

 

Rechazo de la copa de Satanás

“Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó” (Marcos 15:23).


Todo en la vida terrenal de Cristo tenía un significado. Ya fuera comer o beber, lo hacía todo para la gloria de Dios. En su sentido más pleno, su alimento era hacer la voluntad de su Padre. Bebería la copa que el Padre le había dado. Rechazaría la copa de los demonios. Esa fue su ley en la vida y en la muerte.


La copa sin mezcla

La copa que el Padre depositó en las manos del Hijo desbordaba ira y juicio. Cada gota de ella producía tormento. ¡Sin embargo, bebería esta copa para la gloria de Dios! Bebería esta copa en honor de la santidad de Dios y de su justicia. Bebería esta copa de muerte a fin de que ningún miembro de su pueblo paladeara jamás una sola gota de ella. “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11). ¡Sí, sin duda! La bebería hasta las heces. Apuraría esa copa. No quedaría una sola gota. Cuando preguntó a sus discípulos: “¿Podéis beber del vaso que yo bebo […]?” (Marcos 10:38), estaba señalando una acción que ya había comenzado. El Dr. W.L. Lane señala el tiempo presente del verbo empleado podría traducirse: “¿Podéis beber del vaso que yo estoy bebiendo?”.
El Salvador no solo bebería la copa de la ira divina, con su siempre creciente amargor; sino que además, en términos de su sufrimiento, no bebería ninguna otra copa ni aceptaría mezcla alguna. Bebería sin mezclar con nada la copa que le había dado el Padre. Esa copa debía mantenerse pura. Debía beberla tal como la había escanciado Dios. Solamente así podía beberla para la gloria de Dios y solamente así podía beberla de manera salvadora para su pueblo. La copa de la ira de Dios está sin mezclar en su esencia, es decir, sin diluir (cf. Apocalipsis 14:10). Si diluimos esa copa con una sola gota extraña, ya no es la copa de la ira de Dios. En el mismo sentido, si añadimos un solo ingrediente foráneo a la copa de la misericordia de Dios, deja de ser tal. Tanto la ira de Dios como la misericordia de Dios están sin mezclar.


La copa con droga

Era costumbre, a modo de preparación para la crucifixión, ofrecer al condenado una bebida sedante. Marcos dice que se le ofreció a Cristo “vino mezclado con mirra” (Mateo 15:23). Mateo habla de “vinagre mezclado con hiel” (27:34). La palabra traducida como “hiel”, igual que “mara” en el Antiguo Testamento, se puede utilizar en un sentido amplio como algo amargo. De ahí que en la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento), la palabra equivalente a hiel se utilice en ese mismo sentido (p. ej. en Deuteronomio 32:32: “Racimos muy amargos tienen”).
La bebida narcótica se ofrecía a fin de mitigar el dolor. En su relato, Mateo estaba pensando probablemente en el Salmo 69:21a: “Me pusieron además hiel por comida […]”. El Dr. J.A. Alexander señala que “la pasión de Nuestro Señor se ordenó providencialmente de tal forma que se produjera una extraordinaria coincidencia con este versículo”. No debe olvidarse que, en última instancia, es Cristo quien habla proféticamente en este gran salmo de la Pasión.
La mezcla soporífera que se ofreció al Salvador fue rechazada de inmediato. Tan pronto como la paladeó se dio cuenta de lo que era (cf. Mateo 27:34). Una bebida para aplacar su sed habría sido bien recibida, y más adelante la aceptó (versículo 48). “En mi sed me dieron a beber vinagre” (Salmo 69:21). Aceptó ese vino barato, pero rechazó de inmediato la bebida con droga. Debía estar en plena posesión de sus sentidos hasta el último momento. Como observa A. H. Strong, su clamor al sentirse abandonado en la Cruz “no fue una exclamación de sufrimiento irreflexivo y delirante”. Nada debía aislar su espíritu de la realidad de la situación. Spurgeon señala: “Determinó solemnemente que para ofrecer un sacrificio expiatorio satisfactorio debía recorrer todo el camino, desde lo más alto hasta lo más bajo, desde el trono de la gloria más excelsa hasta la Cruz de la más profunda aflicción”. Debía sufrir al máximo. Debía sentir el “aguijón” de su muerte en su plenitud. No se podía permitir anestésico alguno. En el relato que hace Marcos del incidente, el texto griego indica que insistieron en ofrecer esta bebida a Cristo y que la rechazó repetidamente.


La copa satánica

La copa aparentemente inocente que se ofrecía a Cristo tenía un origen siniestro. Solo con probar el sedante reconoció la mano del tentador. Objeto de burla, puesto en ridículo, exhausto tras tambalearse hasta el Gólgota bajo el sol ardiente, anhelaba un trago fresco que aliviara su sed abrasadora. El tentador le dijo: “¡Bebe! Esto refrescará tu lengua”. Satanás sabía que el que iba a ser crucificado era el Mesías. No comprendía, sin embargo, el misterio de esta persona: la unión, sin fusión, de lo divino y de lo humano. Solo Dios mismo comprende ese misterio. Satanás tampoco se percató del hecho de que una persona divina no podía pecar. Cristo vio la situación de inmediato. Rechazó la copa de Satanás. Estaba a punto de descender hasta profundidades aun mayores de sufrimiento al experimentar la ira implacable de un Dios santo contra el pecado y enfrentarse a las legiones de las tinieblas arrojadas contra Él. En ese Infierno, una gota de agua no podía refrescar su lengua ni aliviar lo más mínimo su agonía.
¿Qué hubiera sucedido si Cristo hubiese aceptado esa copa (y esto es imaginar lo imposible)? Entonces, con una mente aturdida, no podría haber orado por los soldados que aguardaban para clavarle en la Cruz. Entonces las siete impresionantes frases en la Cruz jamás se habrían pronunciado. Entonces habría abandonado finalmente su obediencia y todo se habría perdido. ¡Cuánto había en juego mientras empujaban el borde de aquella copa hacia los labios del Salvador! ¡Todo! Todo el decreto divino, toda la profecía, toda la Redención estaba en juego cuando se ofreció una y otra vez esa atractiva copa al Sufridor.
Adán había desobedecido conscientemente, con todos sus sentidos despejados. El “postrer Adán” debía obedecer voluntariamente y con una mente despejada. No sorprende que Schilder diga que “el rechazo de esa copa de mirra es tan importante como el derramamiento de la sangre de Jesús”. El Cristo de Dios no podía flaquear y no lo hizo. Sabía que debía soportar la Cruz. El mundo, como indica Schilder, tenía “una espada en una mano y una copa calmante en la otra”; pero Dios sostenía “una espada en una mano y una espada en la otra”.
El gran Sumo Sacerdote, ofreciendo el sacrificio definitivo por el pecado, debía saber lo que hacía, no podía quedar sin sentido o distraerse en modo alguno. En este encuentro crucial con Satanás, el Salvador no debía estar drogado ni permitir que se pasara de la prioridad del espíritu a la del cuerpo. El cuerpo debía estar al servicio del espíritu, y no al contrario. Se mire desde donde se mire, aquella era la copa de Satanás. Estaba cubierta de sus huellas dactilares. Aún desprendía el fétido olor de su aliento. Cristo la rechazó. La rechazó con todo su ser. Bebió únicamente de la copa del Padre y ahora entrega a cada uno de los redimidos esa preciosa copa desbordante con el dulce vino de su amor, la copa de la salvación.


La copa futura

Hay otra copa que Nuestro Señor rehusó, la cuarta copa de la Pascua cuando instituyó la Santa Cena. Las cuatro copas se entendían en términos de la cuádruple promesa de Éxodo 6:6–7: “Yo os sacaré […] os libraré de su servidumbre […] os redimiré […] y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios”. Esa cuarta copa que el Salvador rehusó era la copa de la consumación y del cumplimiento. Por tanto, dijo: “Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre” (Mateo 26:29). La expresión de “aquel día” nos indica una época en que lo que ahora es incompleto será “nuevo”, esto es, cumplido. El término “nuevo” tiene a menudo en el Nuevo Testamento el significado de consumación.
Cristo no bebió de la copa sacramental ni comió del pan sacramental, pero vio claramente su significado redentor. Herman Ridderbos considera que la relación entre la Cena y comer y beber con Cristo en la gloria no es “meramente la del símbolo y la realidad, sino la del comienzo y el cumplimiento”. Necesitamos recuperar la conciencia de esto cuando nos presentamos ante la Mesa del Señor. Por otro lado, es obvio que Cristo jamás dudó de las consecuencias de su pasión al mirar ese vino tinto símbolo de una muerte violenta. Sabía que bebería de la copa del cumplimiento pleno con sus redimidos en el Reino de Dios y en “la cena de las bodas del Cordero”. Ninguna otra copa debía interponerse entre esta copa de sufrimiento y la bendita copa que le esperaba a Él y a los elegidos.
Al tomar la copa sacramental en nuestras manos, seamos profundamente conscientes de que es un anticipo del banquete celestial. Debemos pensar en la copa que bebió Cristo, la copa que rechazó y la copa que beberá con nosotros en la gloria.

 

El Rey entre bandidos

“Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda” (Lucas 23:33).


Hay un agudo contraste entre la llegada de Cristo al mundo en presencia de los magos, los pastores temerosos de Dios y unos pocos adoradores devotos en el Templo por un lado y su muerte en compañía de bandidos por otro. En cualquier caso, debe recordarse que murió como vivió, en medio de pecadores. “Su posición presentaba simbólicamente el significado de su muerte”, dice acertadamente León Morris. Cristo se sometió voluntariamente a la forma más cruel y degradante de castigo conocida por el hombre, descrita por Josefo como “la manera más miserable de morir de todas”. ¡Qué maravillosa fue esta tremenda sumisión del Señor!

Doce legiones ceñidas con angélica espada
a disposición de Aquel puesto en ridículo y abofeteado;
curó la herida de otro y su propio costado sangraba
con sus pies y sus manos, cruelmente atravesados.
¡Maravillosas maravillas quedaron sin hacer!
Y poco menos maravillosas las que sí efectuó.
¡Oh, qué dominio propio difícil de creer!:
tener todo el poder, y estar como si no;
¡Oh amor abnegado, que solo sintió
por las necesidades de otros, jamás por las de Él.

Es así como el arzobispo R.C. Trench reflexiona acerca de uno de los aspectos de la obediencia de Cristo.
En ocasiones uno puede sorprenderse ante la forma en que los Evangelistas describen la crucifixión del Salvador. No se extienden, como han hecho muchos desde entonces, en los horrores de esta forma de muerte; en lo que se hace hincapié no es en el aspecto físico de los sufrimientos de Cristo. Aunque sin duda su agonía física fue grande, es improbable que sufriera más en la Cruz en este sentido de lo que sufrieron aquellos crucificados con Él. Su agonía física no fue nada en comparación con su sufrimiento espiritual. Por eso, los Evangelios dirigen nuestra atención a lo que soportó Nuestro Señor al llevar nuestros pecados.


La burla de Pilato

Era una práctica común desplegar un cartel con la lista de crímenes de una persona condenada a la crucifixión. Pilato hizo que se colocara este “título” sobre la cabeza de Cristo: “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos”. Al hacer esto se estaba mofando deliberadamente de los judíos. No le preocupaba humillar al crucificado, al cual sabía inocente; sino más bien insultar a los judíos. Su cartel repetía sus anteriores palabras: “¿A vuestro Rey he de crucificar?”; y este calculado insulto hirió a los judíos en lo más profundo. Pilato había derramado todo el desdén y el sarcasmo del que era capaz en esa inscripción. A efectos prácticos venía a decir: “¡Mirad, judíos, este es vuestro rey!”. ¡Menudo rey! ¡Esa figura golpeada, ensangrentada y crucificada! Pilato estaba degustando esta burla, puesto que los judíos le habían exasperado aquel día y su venganza fue dulce, a pesar de los problemas que le producía su debilitada conciencia. Pero, por otro lado, ¡buscar siempre el punto de menor resistencia hace que los ríos y los hombres sean tortuosos! No es difícil imaginar la sonrisa sardónica de Pilato y su desalmada carcajada al leer esta inscripción: ¡Jesús nazareno, Rey de los judíos! I.N.R.I. (Jesus Nazarenus Rex Judaeorum).
Pilato se estaba burlando de los judíos a placer al crucificar al Nazareno entre los criminales más bajos con este título en su cruz. A aquel hombre que había preguntado con amargura “¿qué es la verdad?” no le importó en absoluto la integridad ética al poner a Cristo a la altura de los malhechores. El Salvador sería profundamente consciente de lo que Pilato pretendía; y aunque había sufrido indeciblemente a manos de su propio pueblo, lloraría interiormente por ellos como había llorado por Jerusalén. Pero el amargo sarcasmo de Pilato no le reportó satisfacción alguna; de hecho, todo su ser debió de oponerse a ello, puesto que Dios tenía un gran futuro para la simiente de Abraham. Pilato podía burlarse de los judíos, pero Cristo no. “¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera […]. No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció” (Romanos 11:1–2). Los judíos estarían indignados ante la burla de Pilato; pero el Salvador, comprendiendo su intención, sintió una punzada aún mayor.


Los compañeros de Cristo

Lo fundamental en el Calvario no fue la acción de Pilato, sino la de Dios. Todo allí, como en los demás sitios, estaba firmemente basado en la predestinación. Los compañeros de Cristo en la muerte y su lugar en medio de ellos fue el resultado del ordenamiento de los sucesos por Dios. Cristo lo sabía. Cuando se levantó su cruz en medio de los malhechores, sabía que este era exactamente el sitio donde debía estar. Poco antes había dicho a los discípulos: “Porque os digo que es necesario que se cumpla aún en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento” (Lucas 22:37). En su cruz, pues, Cristo sabía que se había cumplido la palabra dicha a través de Isaías: “Y fue contado con los pecadores”. No era la primera vez que había sido considerado así, y esto por su propia insistencia cuando fue bautizado en el Jordán. Entonces, como ahora, se había identificado plena y libremente con los pecadores, porque a los tales habia venido a salvar. El Señor no se resintió en modo alguno por ser ubicado entre semejantes hombres en el Calvario. La cita de Isaías 53:12 se puede traducir literalmente como: “Él se dejó contar entre los pecadores”. Estaba completamente satisfecho con su posición; no quería que fuese de otro modo. Sabía que su lugar entre aquellos bandidos era voluntad de su Padre y la voluntad de su Padre era la suya. Aquellos criminales, puestos allí por Dios, eran una compañía adecuada en aquel momento para su Hijo. Aquí también está el misterio de la soberanía divina y la responsabilidad humana (cf. Hechos 2:23), esas líneas paralelas que jamás llegan a cruzarse en nuestras mentes. Aquellos que intentan unirlas solo consiguen distorsionar ambas. Es posible, pero en ningún caso seguro, que en el Cielo las líneas paralelas en cuestión se vean con una perspectiva distinta. En esta vida no se debe jugar con ellas. Ambas son ciertas y eso basta. Que el pueblo de Dios le alabe porque su Hijo fue situado así en el Calvario. Afirmemos que Cristo no murió como representante de su pueblo, sino en su lugar, muriendo su muerte para que ellos pudieran vivir. En una palabra, murió como su Sustituto.


La elección de la gracia

¡Gólgota no estaba lejos de Sion (símbolo de comunión) y Gehena (símbolo de perdición)! En el Gólgota se tomó a uno y se dejó al otro. La actuación de Pilato para equilibrar las cosas no tenía validez alguna a los ojos de Dios. Pilato podía despreciar a Israel e intentar quitárselo de encima, pero Dios no se lo ha quitado de encima ni lo hará. Como en los tiempos de Elías, “ha quedado un remanente escogido por gracia” (Romanos 11:5); y esa elección misericordiosa fue evidente en el Calvario, donde un criminal experimentó la circuncisión del corazón que caracteriza a la verdadera simiente de Abraham (Romanos 2:28–29): uno, para que nadie desespere; ¡y solamente uno, para que nadie pueda darlo por supuesto con presunción! De ahí que, en la Cruz, el Salvador llamara a un invitado al Banquete de Bodas. Finlayson lo expresa de manera conmovedora: “Tiene derecho a llevarse a un invitado a casa con Él sin pedir permiso a nadie. Tenía la llave de la puerta de su Padre en su mano traspasada. Podía abrirla y ningún hombre cerrarla. Podía cerrarla y ningún hombre abrirla; y el invitado a quien llevó a casa con Él a la mesa de su Padre era el primer trofeo del Calvario tras concluir el sacrificio”. Al reflexionar con respecto a los que estaban en las inmediaciones de la Cruz, Finlayson añade: “Preferiría estar en los zapatos de Barrabás. Barrabás tenía una maravillosa perspectiva de la Cruz; podía señalar aquella cruz del medio y decir: ‘Allí habría estado yo si no hubiera ocupado mi lugar’ ”.
¡Predestinación y elección! Aquí son evidentes. Los juicios de Dios son insondables y sus caminos inescrutables (cf. Isaías 55:8–9). Muchos se resisten a ello. Se hacen ellos mismos una medida de lo que Dios debería ser y hacer: ¡Dios hecho a imagen del hombre! Deben escuchar la voz de Dios: “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20). “Sí, Padre, porque así te agradó” (Lucas 10:21). John Murray comenta que “al tratar la voluntad determinada de Dios, hay un extremo acerca del cual no podemos interrogarle o replicar cuando ha emitido su veredicto. ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar su gobierno?”.
¡Contado con los transgresores! Hay consuelo y esperanza para el mayor de los pecadores que se arrepiente. Que el pueblo de Dios se incline ante la Cruz y se maraville del hecho de que Cualquiera puede encontrar misericordia. Que cada uno diga: ¿Por qué yo? ¿Existe razón alguna salvo la gracia de Dios?

Hogar de nuestros corazones, no olvidemos
lo que nuestra redención supuso para ti;
que nuestro pensamiento más reverente esté puesto
en el Calvario, sí.

Al pecador ante la Cruz le corresponde no el pensamiento orgulloso y arrogante sino, como lo expresa Amy Carmichael, el “pensamiento más reverente”. Al presentarnos con nuestro pensamiento ante esa Cruz sentimos emociones mezcladas. ¡Qué terrible y, sin embargo, qué maravilloso es este lugar! Juan Bunyan expresa bien nuestros sentimientos:

Vine cargado con la culpa mía
de lejos, sin alivio a mi dolor;
mas en este lugar, ¡oh, qué alegría!
mi solaz y mi dicha comenzó.
Aquí cayó mi carga, y su atadura
en este sitio rota yo sentí.
¡Bendita cruz! ¡Bendita sepultura!
¡Y más bendito quien murió por mí!

“Jesús de Nazaret, Rey de los judíos”. Pilato, como Balaam en la antigüedad, profetizó a pesar de sí mismo. Involuntaria e inconscientemente dio testimonio de la Verdad. Lo que escribió, Dios lo había escrito antes. Cuando las multitudes que le insultaban leyeron el cartel comenzaron a decir: “Si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mateo 27:42). Comoquiera que sea, el Vencedor real alcanzó la victoria. En aparente debilidad y derrota, reinó desde su cruz. Él es el Rey de Israel; no solo de los judíos, sino de todos los que creen en Él: el verdadero Israel de Dios (Gálatas 3:29; 6:16). Que los redimidos del Señor digan: “Tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel”, y que esas letras permanezcan para siempre: I.N.R.I.

 

Las tinieblas de afuera

“Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena” (Mateo 27:45).


Cristo en la Cruz siguió siendo objeto de mofa. Los sacerdotes principales con los escribas y ancianos encabezaban a la turba en esa burla. Le escarnecieron con descaro. “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él”. ¡Entonces, de pronto, oscureció! El silencio era horripilante; solo se oía alguna gota de sangre cayendo sobre las piedras o el crujido de la pisada de un soldado. La terrible imagen de sufrimiento y humillación desapareció de la vista. ¡Y qué escena!

Pregunté a los cielos: “¿Qué enemigo de Dios ha hecho
este acto sin parangón?” Los cielos exclaman:
“Fue el hombre; y nosotros en nuestro horror acabamos con el Sol
ante semejante espectáculo de culpa y vergüenza”.

Cierto: pero esa no es toda la historia.


La singularidad de estas tinieblas

A mediodía, cuando el sol se encontraba en su cenit, Cristo y aquellos que se habían quedado para burlarse se vieron envueltos por unas espesas tinieblas que habrían de durar tres horas. Una Mano de lo alto había ocultado el sol. Acobardados, pero no convencidos, los escarnecedores callaron y se escabulleron. Como dice Calvino, estaban “hechizados por los encantamientos de Satanás”.
En Belén, cuando nació el Salvador, la noche se convirtió en día al brillar la gloria del Señor sobre los pastores. En el Gólgota, el día dio paso a la noche a medida que Cristo se hundió más y más en el abismo de la condenación. En Belén hubo incontables ángeles adorando a Dios; en el Gólgota, las legiones de las tinieblas llenaron la intraspasable penumbra, esperando que la oscuridad triunfara finalmente sobre la luz.
El Gólgota fue muy distinto del monte de la Transfiguración donde el Señor conversó con Moisés, representando la Ley, y Elías, representando a los profetas (cf. Marcos 9:2–4). Allí, por un breve momento, la gloria de la deidad traspasó el velo de la carne, en un fugaz atisbo del radiante esplendor de Cristo cuando llegue al final de esta era “en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Marcos 8:38). Entre el resplandor de la gloria en la Transfiguración y la gloria de la Segunda Venida, en cualquier caso, se encuentran las densas tinieblas del Gólgota.
En la Creación, Dios introdujo en primera instancia la luz. Sin embargo, ahora deja a su Hijo suspendido en las tinieblas al mediodía. ¿Por qué hay que colocar la Luz del mundo en las tinieblas? ¿Por qué hay un extraordinario contraste entre Belén y el Gólgota, entre la Transfiguración y el Gólgota, entre el amanecer de la creación y el de la nueva creación?


El significado de estas tinieblas

Estas tinieblas al mediodía no solo ocultaron el terrible espectáculo de Aquel que sufría la mirada con desprecio de los escarnecedores, silenciando su obscenidad, sino que también ocultó misericordiosamente a Cristo cuando experimentó el momento más tenebroso en la Cruz. Ningún ojo humano debía verle. Estas tinieblas coincidieron con el descenso de Cristo al Infierno. En ese momento sentía la ira implacable de un Dios santo contra el pecado. Esas tinieblas eran símbolo de la ira de Dios. Hendriksen dice que la ira de Dios “se estaba consumiendo en el corazón de Jesús”, añadiendo: “El Infierno vino al Calvario aquel día y el Salvador descendió a él y soportó sus horrores en nuestro lugar”. Era el momento de la Pascua. Justo antes de la primera Pascua, una plaga de tinieblas anunció la maldición de Dios sobre sus enemigos (cf. Éxodo 10:21ss.). Las tinieblas que envolvieron al Salvador en el Calvario fueron claramente una expresión visible de las tinieblas interiores que pusieron aquel terrible clamor de abandono en sus labios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Ser abandonado por Dios es el Infierno.
Aquel fue el momento en que se cumplió la profecía de Daniel 9:26: “El Mesías será [cortado] y no tendrá nada” (LBLA; cf. Isaías 53:8). E.J. Young considera que la expresión “no tendrá nada” es “una forma muy expresiva de presentar su absoluto rechazo, tanto por parte de Dios como por el hombre […]. En esa hora de oscuridad no tenía nada, nada salvo la culpa del pecado de todos aquellos por los que había muerto. Completamente abandonado, fue cortado”. Frans Bakker tiene esto en mente cuando piensa en Cristo en la Cruz, pobre y desnudo como el día en que nació, mientras los soldados echaban a suertes su ropa. “No solo perdió todos sus dones; también perdió al Dador. Pero no clamó por su estado, solamente porque Dios le había abandonado. Cristo clamó a Dios, pero no hubo misericordia para Él; debía soportar la maldición; no tenía derechos”. Esta es la sorprendente verdad; sin embargo, paradójicamente, en ese mismo momento en que lo perdió todo, lo ganó todo. Cuando el apóstol Pablo consideró la muerte de Cristo en la Cruz, le llegó de inmediato el pensamiento de que lo hizo porque le amaba; otra sorprendente verdad.
Estas tinieblas eran igualmente simbólicas de la lucha de Cristo con los poderes de las tinieblas. Al fin y al cabo, aquella era su hora (cf. Lucas 22:53) cuando eran libres para hacer lo peor. Los eclesiásticos que se entregaron a la mofa y a los crueles sarcasmos solo eran los instrumentos de esas siniestras fuerzas de las tinieblas. El oscurecimiento del Sol debía haber hecho que aquellos dignatarios terrenales se pararan a pensar. Cuando Dios hundió a Egipto en tinieblas, Gosén tenía luz. ¡Ahora los hombres se dirigían a tientas a Jerusalén! ¿Dónde estaba su Gosén ahora? Comoquiera que sea, aquellos hombres pasaron por alto el mensaje de las tinieblas. No se arrepintieron. En aquellas tinieblas —no meras tinieblas físicas, sino más bien esas “tinieblas de afuera”—, Cristo batalló con Satanás y sus legiones y triunfó gloriosamente. C.H. Spurgeon dice: “La presente batalla de la que tú y yo participamos en una pequeña medida no es nada en comparación con aquella donde todos los poderes de las tinieblas con sus compactos batallones se precipitaron sobre el todopoderoso Hijo de Dios. Sufrió su ataque, soportó el tremendo impacto de su asalto y al final, con un grito de victoria, llevó cautiva a la cautividad”.
Las tinieblas en el Calvario son también un recordatorio de la “solidaridad” de la Creación con su Señor. Era lógico que el Sol se oscureciera cuando el Creador fue a la Cruz para sufrir en su naturaleza humana. La Creación, cada átomo y célula, depende por completo de Cristo para su existencia. “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17). Él es el Sustentador así como el Creador del Universo. La Escritura recalca la solidaridad que existe entre Cristo y el mundo de la Naturaleza y el vínculo que hay entre la Creación y el hombre mismo. De ahí que se presente a la Creación con dolores de parto, esperando su liberación “de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:21–22). Así como la Creación quedó radicalmente afectada por el pecado del hombre, también participará de la gloria que se depositará sobre los hijos de Dios. Habrá una regeneración cósmica (cf. Efesios 1:10; Colosenses 1:20). “Era inevitable —dice J.N. Geldenhuys— que el mundo de la Naturaleza, la Creación de Dios por medio del Hijo (Juan 1:3), fuera afectada radicalmente en aquel día”. ¡Tinieblas! ¡Un terremoto! ¡Peñas quebradas! No sorprende mucho, pues, que los Salmos asocien el gozo de la Creación con la Venida de Cristo en el último día (por ejemplo, en el Salmo 96:11–13).
Las tinieblas también simbolizan el misterio. Hay mucho misterio en el Calvario. Se nos ha revelado una gran parte: la sustitución, el conflicto con el Maligno, la reconciliación y otras cosas como la santidad, la justicia y el amor de Dios. ¿Pero cuánto de esto puede entender la mente humana? ¿No es el Calvario un lugar velado por las tinieblas, aunque Dios mismo habite en las espesas tinieblas (cf. 1 Reyes 8:12; Salmo 18:11), un lugar tan santo y terrible que lo más sabio es descalzarse y postrarse en un silencio penitente y agradecido?


El presagio de estas tinieblas

Estas tinieblas, cargadas como estaban del juicio divino, apuntaban al Juicio Final. Y por otro lado, las tinieblas se utilizan como símbolo de la ira de Dios. El apóstol Pedro, citando al profeta Joel, declaró: “El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto” (Hechos 2:20; cf. Isaías 13:10; 50:3; Joel 2:30, 31; Amós 8:9). Apenas dos meses antes, el pueblo de Jerusalén había visto cómo el Sol se convertía en tinieblas y, como señala F. F. Bruce: “La luna pascual bien pudo tomar la apariencia de un rojo sangre a causa de esa oscuridad sobrenatural”. Estas señales eran símbolos del día del Juicio, y así la profecía de Joel crea el trasfondo de la descripción del día de la ira en Apocalipsis 6:12: “[…] Y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre […]”. Allí vemos la condenación de los inicuos al terminar este día de gracia y tornarse todo oscuro para siempre.
¿Comenzó a volver la luz cuando Cristo profirió este terrible grito por haber sido desamparado por Dios? Ciertamente, entonces ya podían ver para empapar una esponja en vinagre y dársela a beber (cf. Mateo 27:48). Entonces se cumplió la profecía del propio Señor: “En mi sed me dieron a beber vinagre” (Salmo 69:21): un vino barato y agrio para aplacar su abrasadora sed. Esas tinieblas contuvieron la eternidad en cada minuto que pasó. Se ha aventurado que, puesto que los sufrimientos de Cristo fueron por un tiempo y no eternos, no podían equivaler al castigo eterno de los perdidos. Además se cuestiona cómo la muerte de un solo hombre podía satisfacer el castigo por los pecados de una multitud incalculable. Tales objeciones no tienen en cuenta lo suficiente el hecho de que, mientras Cristo sufría en su naturaleza humana, seguía siendo una persona divina. Debido a la dignidad infinita de Aquel que sufrió, su obra tuvo un valor infinito.
Si las tinieblas que atravesó el Salvador fueron tan terribles, cuán grandes debieron ser las tinieblas del pecado que llevó sobre sí. Esto, dice Calvino, “debiera llevarnos al horror más profundo ante nuestros pecados”. Aquellos que viven y mueren en pecado sin perdonar, viven y mueren en tinieblas. No hay luz alguna para nadie salvo en Cristo. La sabiduría terrenal es tinieblas a los ojos de Dios. Cristo exclamó: “Si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” (Mateo 6:23). Calvino comenta: “Cristo tiene una buena base para declarar que espesas y terribles tinieblas tienen que reinar en la vida de los hombres cuando eligen ser ciegos”. Es Cristo quien, por medio de la Cruz, convierte en día la noche del hombre. Spurgeon dice que “la Cruz es el faro que guía al género humano en el temporal hasta el puerto de la Paz”.
Cuando el covenanter John Welsh fue encarcelado en una celda de Blackness, en el estuario del Forth, recibió una carta de Lady Melville, de Culross, dirigida a él y a sus compañeros de prisión, pidiéndoles que estuvieran agradecidos por estar “en las tinieblas de Blackness y no en la oscuridad de las tinieblas”. Cristo habló solemnemente de las “tinieblas de afuera”, asociándolas a una inenarrable angustia (cf. Mateo 8:12; 22:13; 25:30). Para redimir a su pueblo, entró en esas tinieblas y las soportó. Ahora nos llama “de las tinieblas a su luz admirable”. Él es la luz verdadera y el que le sigue “no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (1 Pedro 2:9; Juan 8:12).


 

 

 

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