Madrid, España

LA ORACIÓN SUMO SACERDOTAL DE JUAN 17

Recursos Bíblicos Para Crecer

LA ORACIÓN SUMO SACERDOTAL DE JUAN 17

El capítulo que ahora estudiaremos es el más extraordinario de la Biblia. Es único e incomparable. No estará de más, pues, hacer algunos comentarios preliminares.

Es la única oración larga del Señor Jesús de la que el Espíritu Santo ha considerado oportuno dejar constancia para instrucción nuestra. Sabemos que oraba con frecuencia, pero esta es la única oración que se documenta. Tenemos muchos de sus sermones, parábolas y conversaciones, pero solo esta oración.
Tenemos aquí la oración de alguien que habló como jamás hombre alguno había hablado; la oración de la segunda persona de la Trinidad al Padre: la oración de alguien cuyo oficio, en calidad de Sumo Sacerdote, es interceder por su pueblo.

Tabla de Contenidos

 

Jesús Ora Por Sus Discípulos Juan 17:1–26

1Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; 2como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. 3Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. 4Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. 5Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
6He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. 7Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; 8porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. 9Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, 10y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos. 11Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. 12Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.a 13Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. 14Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. 16No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. 18Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. 19Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.
20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, 21para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. 22La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. 23Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. 24Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. 25Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. 26Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.

Con estos versículos da comienzo uno de los capítulos más maravillosos de toda la Biblia. Es un capítulo en el que vemos a nuestro Señor Jesucristo elevar una larga oración a Dios el Padre. Es un maravilloso ejemplo de la continua comunión entre el Padre y el Hijo durante el ministerio de este último en la Tierra. Es una maravillosa muestra de la intercesión que lleva a cabo constantemente el Hijo en el Cielo como Sumo Sacerdote. Tampoco es un patrón menos maravilloso de las cosas que debieran mencionar los creyentes en sus oraciones. El pueblo de Cristo debe pedir para sí lo que Cristo pide para ellos. Fue un antiguo teólogo quien dijo correcta y acertadamente que “al mejor y más completo sermón jamás predicado le sucedió la mejor de las oraciones”.
Huelga decir que el capítulo que tenemos ante nosotros contiene cosas muy profundas. No podía ser de otra forma. El que lea las palabras dirigidas por una persona de la bendita Trinidad a otra, del Hijo al Padre, debe aceptar sin duda la imposibilidad de comprenderlas plenamente, de penetrar en sus profundidades. En los veintiséis versículos de este capítulo hallamos frases, palabras y expresiones que probablemente nadie ha llegado a entender en su totalidad. Nuestras mentes son incapaces de ello y de comprender los asuntos que contiene. Pero en este capítulo también hay importantes verdades manifiestas a las que haremos bien en prestar toda nuestra atención.
Primeramente, adviértase en estos versículos el glorioso testimonio que nos proporcionan de la misión y la majestad del Señor Jesucristo. Leemos que el Padre “le [ha] dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna”. Cristo tiene las llaves del Cielo en su mano. Él dispone la salvación de toda alma humana. Además de eso, leemos que “esta es la vida eterna: que [le] conozcan a [Él], el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien [ha] enviado”. No basta el mero conocimiento de Dios, eso no salva a nadie. Debemos conocer al Hijo, no solamente al Padre. Conocer a Dios sin Cristo solo nos muestra a un ser temible al que no podemos acercarnos. Solo “Dios […] en Cristo reconciliando consigo al mundo” puede proporcionar paz y vida al alma. No solo eso, también leemos que Cristo ha “acabado la obra” que Dios le había dado para que hiciera. Completó la obra de la Redención y ofreció una justicia perfecta para su pueblo. A diferencia del primer Adán, que no cumplió la voluntad de Dios e introdujo el pecado en el mundo, el segundo Adán no dejó por hacer ninguno de los cometidos de su misión. En último lugar, leemos que Cristo tenía gloria con el Padre “antes que el mundo fuese”. A diferencia de Moisés y David, había existido desde toda la eternidad, mucho antes de su llegada al mundo; y esa gloria la compartió con el Padre antes de encarnarse y nacer de la virgen María.
Cada una de estas maravillosas afirmaciones contiene cosas que nuestras débiles mentes son incapaces de entender plenamente. Debemos darnos por satisfechos con admirar y reverenciar aquello que no podemos entender y explicar en su totalidad. Pero hay algo muy claro: solo alguien que es Dios mismo puede hacer afirmaciones como estas. En la Biblia, ese lenguaje no se aplica jamás a ningún patriarca, profeta, rey o apóstol. Solo es propio de Dios.
Agradezcamos perennemente a Dios que la esperanza del cristiano descanse sobre un cimiento tan sólido como el de un Salvador divino. Aquel a quien se nos ordena que acudamos en busca de perdón y en quien se nos pide que busquemos nuestra paz es Dios además de hombre. Este pensamiento es de gran consuelo para todos aquellos que se preocupan por sus almas y no son personas irreflexivas y mundanas. Tales personas saben y sienten que un gran pecador requiere un gran salvador, y que ningún redentor humano puede cubrir sus necesidades. Regocíjense, pues, en Cristo y descansen en Él confiadamente. Cristo tiene toda potestad y puede salvar perpetuamente porque es divino. La unión de su misión, su poder y su preexistencia demuestra que es Dios.
En segundo lugar, adviértanse en estos versículos los términos en que habló el Señor Jesucristo de sus discípulos. Vemos cómo nuestro Señor mismo dice de ellos: “Han guardado tu palabra; han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti; las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron; han conocido verdaderamente que salí de ti; han creído que tú me enviaste”.
Estas son palabras maravillosas si tenemos en cuenta el carácter de los once hombres a los que hacen referencia. ¡Qué débil era su fe! ¡Qué limitados sus conocimientos! ¡Qué superficiales sus logros espirituales! ¡Qué poco valor demostraban en momentos de peligro! Sin embargo, poco después de que Jesús pronunciara estas palabras, todos ellos le abandonaron y hubo uno que le negó tres veces con juramentos. En resumen, nadie puede leer los cuatro Evangelios atentamente sin advertir que nunca hubo un señor tan grande con unos siervos tan débiles como en el caso de Jesús y los once Apóstoles. Sin embargo, es de estos mismos hombres de quienes la misericordiosa Cabeza de la Iglesia habla aquí en términos tan elogiosos y honrosos.
La lección que tenemos ante nosotros es profundamente reconfortante e instructiva. Es obvio que Jesús ve muchísimo más en su pueblo creyente de lo que nosotros mismos u otras personas podemos ver. La más mínima fe tiene un gran valor a sus ojos. Aunque no sea mayor que una semilla de mostaza, es un gran árbol en el Cielo y supone una diferencia inconmensurable entre quien la posee y el hombre del mundo. Dondequiera que el misericordioso Salvador de los pecadores ve que hay fe en Él, por débil que sea, la mira pasando por alto sus múltiples flaquezas y defectos. Eso es lo que hizo con los once Apóstoles. Eran débiles e inestables, pero creyeron en su Maestro y le amaron cuando había millones de personas que no estaban dispuestas a ello. Y las palabras de Aquel que había afirmado que quien diera un vaso de agua fresca en nombre de un discípulo no quedaría sin recompensa muestran con claridad que jamás olvidó la constancia de sus discípulos.
El verdadero siervo de Dios hará bien en advertir esta característica de la naturaleza de Cristo. Hasta el mejor de los creyentes advierte una gran cantidad de defectos y debilidades en sí mismo, y se siente avergonzado por sus limitados logros espirituales. ¿Pero creemos en Jesús? ¿Nos aferramos a Él y le entregamos nuestras cargas? ¿Podemos decir con toda sinceridad y veracidad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”, tal como diría Pedro más adelante? Consolémonos, pues, con estas palabras de Cristo y no cedamos al desánimo. El Señor Jesús no tuvo en menos a los Once por causa de sus debilidades, sino que las soportó junto con ellos y los salvó porque creían. Y Él no cambia jamás. Hará por nosotros lo mismo que hizo por ellos.


Juan 17:1–8

V. 1: [Estas cosas habló Jesús]. 

Presenciamos una oración del Señor Jesús en una ocasión especialmente señalada: justo después de la Cena del Señor; justo después de un extraordinario sermón; justo antes de su traición y crucifixión; justo antes de que sus discípulos le abandonaran y huyeran; justo al final de su ministerio terrenal.
Tenemos aquí una oración repleta de expresiones particularmente profundas, insondables. Hasta el más sabio de los cristianos reconocerá siempre que hay cosas que no puede entender plenamente.
Sería extraña la actitud de un lector de la Biblia que no atribuyera importancia a consideraciones como estas.

Comenta Agustín:

“Cristo nos dio a conocer la oración que hizo por nosotros. Al ser un Maestro tan grande, no solo edifica a los discípulos por medio de sus sermones, sino a través de lo que dice al Padre en oración por ellos”.

Comenta Calvino:

“La doctrina carece de poder a menos que se le otorgue eficacia desde lo alto. Cristo ofrece un ejemplo a los maestros para que no solo se dediquen a sembrar la Palabra, sino que también la acompañen de oraciones, rogando que Dios los ayude para que, por medio de su bendición, esta labor sea fructífera”.

Señala Bullinger que, entre las tareas del sacerdote judío, no solo estaba la ofrenda de sacrificios, sino también orar por el pueblo.
Con respecto al lugar en que se pronunció esta oración, no hay nada seguro. Algunos —como es el caso de Alford— conjeturan que se produjo en el mismo aposento alto que la Cena del Señor. Comoquiera que sea, esto no parece concordar con la expresión “levantaos, vamos de aquí” (14:31). Parece más probable que se pronunciara en algún lugar tranquilo en el exterior de las murallas, antes de que nuestro Señor cruzara “el torrente de Cedrón” (Juan 18:1). Al menos hay algo seguro. Es una oración completamente distinta de la que nuestro Señor elevó en el huerto de Getsemaní. ¡Ruperto es casi el único que defiende que se trata de la misma!
Con respecto a los oyentes de esta oración, nada invita a pensar que los once Apóstoles no estuvieran presentes al completo. Todos ellos oyeron los sermones de los tres últimos capítulos y no veo por qué no habrían de oír la oración final.
En lo referente al plan general, el orden y la disposición de la oración, me abstengo de expresar opinión alguna. Considero que es más reverente no analizar de forma demasiado meticulosa semejante cuestión. Basta leerla para ver que nuestro Señor ora acerca de sí mismo, acerca de sus discípulos y acerca de aquellos que les sucederían. Pero es más prudente quedarse ahí y no diseccionar, analizar y sistematizar en exceso una oración semejante. Solo se puede señalar una cosa, y es la particular frecuencia con que se repite la expresión “el mundo”. Aparece nada menos que en diecinueve ocasiones.
Termino estas observaciones preliminares aconsejando a todos los que deseen estudiar con detenimiento este maravilloso capítulo de la Escritura que consulten si les es posible las siguientes obras dedicadas a él: Manton’s Sermons on Seventeenth John (Los sermones de Manton sobre Juan 17); George Newton’s Exposition of Seventeenth John (La exposición de George Newton sobre Juan 17) y Burguess’s Expository Sermons on Seventeenth John (Los sermones expositivos de Burguess sobre Juan 17). Al ser obras puritanas de hace dos siglos4, hay muchos que las desconocen y otros tantos que las desprecian. Simplemente me atrevo a señalar que quien se tome la molestia de examinarlas se verá ricamente recompensado. La obra de Manton en particular está a la altura de cualquier otra cosa que se haya escrito sobre este capítulo desde sus días. Es curioso que la otra oración, comúnmente denominada “la oración del Señor”, haya sido objeto de numerosos libros y muchas exposiciones, mientras que una “oración” más larga como es esta ha quedado relativamente desatendida por los expositores.
Afirma Melanchton: “Jamás se oyó en el Cielo o en la Tierra voz más sublime, exaltada, santa, fructífera y elevada que la de esta oración”.

Afirma Lutero:

“A pesar de que esta oración parezca clara y sencilla, en realidad es tan profunda y rica que es imposible llegar hasta el fondo de ella”.

[Y levantando los ojos al cielo]. Esta frase muestra que los gestos corporales en la oración a Dios y su adoración no carecen completamente de sentido. Existe un comportamiento gestual decente y reverente apropiado para dirigirse a Dios. También parece mostrar claramente que esta oración se pronunció en presencia de testigos. Juan escribe como testigo de lo que vio y oyó. Quizá sea ir demasiado lejos decir que esta expresión demuestra que la oración se produjo al aire libre. Se puede mirar hacia arriba y hacia el cielo aun a pesar de estar dentro de una habitación. No obstante, sí inclina la balanza a favor de la tesis de que nuestro Señor se encontraba al aire libre.

Afirma Calvino:

“Si deseamos imitar a Cristo, debemos asegurarnos de que nuestros gestos no expresen más de lo que está en nuestra mente, sino que sean nuestros pensamientos los que guíen nuestros ojos, nuestras manos y lenguas, y todo nuestro ser”.

Observa G. Newton que, a pesar de que los gestos y ademanes no lo sean todo en la adoración de Dios, sí tienen su lugar.

[Dijo: Padre, la hora ha llegado]. La “hora” aquí mencionada es la hora que Dios había señalado en sus designios eternos para el sacrificio de la muerte de Cristo y el cumplimiento definitivo de la obra expiatoria. Ese momento, prometido por Dios y aguardado por los santos durante 4000 años desde la caída de Adán, había llegado por fin; y la “simiente de la mujer” estaba a punto de herir “la cabeza” de la serpiente muriendo como Sustituto y Redentor del hombre. Hasta esa noche “no había llegado su hora” (Juan 7:30); y hasta su llegada, los enemigos de nuestro Señor no podrían herirle. Ahora, por fin, la hora había llegado y el sacrificio estaba preparado.

Dice Agustín al respecto:

“No fue el tiempo el que llevó a Cristo a la muerte, sino que fue Cristo quien eligió el momento de morir. Igualmente decidió junto con el Padre, de quien había sido engendrado eternamente, el momento en que habría de nacer de una virgen”.

Recordemos que también los creyentes, aunque en un sentido mucho más limitado, son todos inmortales hasta que llega su hora; hasta ese momento están a salvo y la muerte no puede dañarlos.
Adviértase cómo nuestro Señor se dirige a Dios como “Padre”. Nosotros podemos hacer lo mismo en un sentido más limitado si tenemos el Espíritu de adopción y somos sus hijos en Cristo. La oración del Señor nos enseña a hacerlo.
Es digno de atención que nuestro Señor utilice la palabra “Padre” en seis ocasiones tan solo en esta oración.

[Glorifica a tu Hijo […], te glorifique a ti]. Considero que el significado de esta frase debe ser el siguiente: “Da gloria a tu Hijo llevándole a la Cruz y al sepulcro para que cumpla triunfante la obra que vino a llevar a cabo y poniéndole a tu diestra y exaltándole sobre todo nombre que se nombra. Hazlo para que te glorifique a Ti y glorifique tus atributos. Hazlo para que glorifique redobladamente tu santidad, tu justicia, tu misericordia y tu fidelidad y demuestre que eres un Dios santo, un Dios justo, un Dios misericordioso y un Dios que mantiene su palabra. Mi muerte vicaria y mi resurrección lo demostrarán y te glorificarán. Termina la gran obra. Glorifícame y, al hacerlo, glorifícate a Ti mismo también. Y de forma igualmente importante, culmina tu obra para que tu Hijo te glorifique llevando a muchas almas redimidas al Cielo, para gloria de tu gracia”.
Señala Stier: “Estas palabras demuestran que el Hijo es igual que el Padre en lo referente a su divinidad. ¿Qué criatura podría presentarse ante su Creador y decir: ‘Glorifícame para que te glorifique a ti’?”.
La gloria de Dios y sus atributos es el gran propósito de toda la Creación y de todos los planes y la providencia de Dios. Nada glorifica tanto a Dios como la culminación de la obra redentora de Cristo por medio de su muerte, resurrección y ascensión al Cielo. Mi opinión es que nuestro Señor estaba pidiendo que su muerte se produjera de inmediato para, por medio de ella, ascender a la gloria y que así la justicia, la santidad, la misericordia y la fidelidad del Padre fueran glorificadas y mostradas a toda la Creación, y muchas almas se salvaran y glorificaran la sabiduría y el poder divinos.

Señala Agustín:

“Algunos consideran que la glorificación del Hijo por parte del Padre consistió en que no lo libró, sino que lo entregó por todos nosotros. Pero si se dice que sería glorificado por medio de la Pasión, ¿cuánto más no lo sería por medio de la Resurrección? Porque en la Pasión se hace más patente su humildad que su gloria, tal como dice el Apóstol en Filipenses 2:7, 11”.

V. 2: [Como le has dado potestad, etc.].

El original griego de parte de este versículo es muy particular, dado que contiene un nominativo absoluto y parece imposible traducirlo literalmente. Sería algo así como: “Para que les dé vida eterna en todo lo relacionado con ese cuerpo o cosa que Tú le has dado”. Parece establecerse una distinción entre todo el cuerpo y cada uno de sus miembros individuales. El cuerpo ha sido entregado en su totalidad a Cristo desde toda la eternidad. Pero ya en el tiempo, los miembros de ese cuerpo son llamados por separado, uno por uno, y se les entrega la vida eterna.
Sin duda, parece que el final del versículo anterior está ligado al comienzo de este: “Que tu Hijo te glorifique salvando almas tal como Tú decidiste que hiciera, puesto que le has dado potestad sobre toda carne para que otorgara vida a todos los miembros del cuerpo místico que le has entregado”.
Cuando leemos que el Padre da “potestad” al Hijo no debemos olvidar que no se trata del poder que entrega alguien superior a alguien inferior. Hace referencia a las disposiciones según los designios de la eterna Trinidad mediante las cuales el Padre encomienda especialmente al Hijo que lleve a cabo la obra redentora. Piensa Newton que “potestad” incluye el honor del Juicio en el último día, tal como sucede en Juan 5:22.
Junto con Agustín, Bullinger, Newton y otros, considero que “toda carne” significa toda la raza humana. No todos son salvos, pero Cristo tiene potestad y autoridad sobre todos ellos. Algunos lo restringen a los “elegidos”, pero no veo que su argumentación tenga demasiado peso. En mi opinión es como en Juan 3:16, donde existe una contraposición entre “mundo” y “los que en Él creen”. Ese parece ser el caso aquí: “Toda carne” y “los que le diste”.
Piensa Crisóstomo que la frase “toda carne” hace especial referencia al llamamiento de los gentiles a la Iglesia y que nuestro Señor quería decir que, a partir de entonces, sería el “Salvador de los gentiles además del de los judíos”.
La frase “vida eterna” comprende todo lo necesario para la salvación absoluta de un alma: la vida de justificación y de santificación, así como la gloria eterna.
El Hijo solo entrega la “vida eterna” a los que le fueron “dados” según los designios eternos de la Trinidad. El hombre no puede saber quiénes son. “Hay muchos de estos que le fueron dados —dice Traill— que no lo saben durante mucho tiempo”. Se invita a todos sin distinción a creer y arrepentirse. Nadie tiene derecho a decir: “No fui dado a Cristo y no puedo salvarme”. Lo que sí está claro es que en el último día se verá que solo se salvarán aquellos que el Padre dio a Cristo.

Comenta Poole:

“No hace falta ascender al Cielo para examinar los libros de los designios eternos. Todos aquellos que el Padre ha dado a Cristo vendrán a Cristo; y no solo le recibirán como Sacerdote, sino que se someterán a Él para ser gobernados y avivados. Si recibimos a Cristo de esa forma, sabremos si pertenecemos a los que han sido dados a Cristo”.

Señala Traill:

“Esta entrega de los hombres al Hijo para que sean salvados y redimidos equivale a la elección y la predestinación”. “El Padre entrega a los hombres al Hijo de dos formas: Una es eterna, encuadrada en los propósitos de su gracia y a la que se hace referencia esencialmente en este pasaje. La otra es en el tiempo, cuando el Padre lleva a los hombres a Cristo por medio de su Espíritu (cf. Juan 6:44). Todos los elegidos son dados al Hijo desde toda la eternidad para que sean redimidos por medio de su sangre; y a su debido tiempo, el Padre lleva a todos los redimidos al Hijo a fin de que sean guardados para vida eterna”.

V. 3: [Y esta es la vida eterna, etc.].

Nuestro Señor nos ofrece este versículo afortunadamente como descripción de las almas salvadas. “La clave para poseer vida eterna; para ser justificado y santificado ahora y glorificado en el Más Allá; se reduce a esto: tener un conocimiento salvador del único Dios verdadero y del Cristo a quien ha enviado para salvación de los pecadores”. En resumen, nuestro Señor declara que quien tenga un conocimiento correcto de Dios y de Cristo es poseedor de la vida eterna.
Por supuesto, debemos tener muy claro que nuestro Señor no habla en este versículo de un mero conocimiento intelectual, como es el del diablo. El conocimiento al que se refiere es un conocimiento que no solo se encuentra en la cabeza, sino también en el corazón, y que influye en la vida. Un verdadero santo es alguien que “conoce al Señor”. Conocer a Dios por un lado (su santidad, su pureza, su aborrecimiento del pecado) y a Cristo por otro (su redención, su oficio de Mediador, su amor hacia los pecadores) son dos de los grandes pilares de la religión salvadora.
Después de todo, unos conocimientos correctos son la raíz de todo cristianismo vital. La luz fue el comienzo de la Creación y la luz es el comienzo de la salvación de todo creyente (cf. Génesis 1:3). Dios ilumina el corazón de un hombre y a continuación este cree (cf. 2 Corintios 4:6). Necesitamos ser “renovados” en nuestro conocimiento (cf. Colosenses 3:10). Debemos saber lo que creemos, es imposible adorar apropiadamente a un Dios desconocido. ¿Conocemos a Dios y a Cristo correctamente?, eso es lo que debemos considerar. Un Dios conocido sin Cristo es un fuego consumidor que no hará más que llenarnos de temor. Si conocemos a Dios sin Cristo, no le valoraremos en su justa medida: la Cruz y la Pasión no tendrán sentido alguno para nosotros. Ver claramente a un Dios puro y santo que aborrece el pecado y al mismo tiempo a un Cristo misericordioso, amante que expía el pecado es la clave esencial de una religión consoladora. En resumen, la vida eterna consiste en conocer a Dios y a Cristo correctamente. “Conocer a Dios sin Cristo —dice Newton— es no conocerle de forma salvadora”.

Comenta Traill:

“El veneno que se oculta en la vida religiosa de muchos es que no se trata de cristianismo en absoluto. Dios sin Cristo es fuego consumidor; adorar a Dios sin Cristo no es más que idolatría; toda creencia en una aceptación de Dios sin Cristo no son más que vanas esperanzas; un Cielo sin Cristo es poco más que el paraíso musulmán”.

Aunque no debemos convertirlo en un ídolo, tengamos claro que el conocimiento es lo principal en la vida religiosa. La mayoría de los malvados lo son por causa de su ignorancia. A menudo, las personas piadosas son descritas en la Escritura con esta sola frase: “Conoce a Dios”.
Considero que el argumento que han acostumbrado a extraer los arrianos y los socinianos de este versículo es bastante débil. Su idea de que nuestro Señor no reivindicaba su propia divinidad porque habla del Padre como “el único Dios verdadero” es absurda e irrazonable. Crisóstomo, Cirilo, Toledo y algunos otros señalan con gran sensatez que la palabra “único” no tenía el propósito de excluir al Hijo y al Espíritu Santo, sino solamente a los ídolos y los falsos dioses con que habían llenado la Tierra las religiones paganas antes de la venida de Cristo. El mismísimo hecho de que la vida eterna no solo consista en conocer a Dios, sino también a Cristo, ya demuestra de por sí la divinidad de Cristo.
Señala Manton que la expresión de este versículo tiene una doble finalidad: en primer lugar, excluir a los ídolos y los falsos dioses; y en segundo lugar, mostrar el orden y la economía de la salvación.
Adviértase que este es el único pasaje del Nuevo Testamento en que nuestro Señor se autodenomina “Jesucristo”.

V. 4: [Yo te he glorificado en la tierra].

Considero que el significado de estas palabras es el siguiente: “Te he glorificado durante mi vida en la Tierra cumpliendo tu Ley a la perfección, de tal forma que Satanás no puede hallar tacha o defecto en Mí; testificando fielmente con respecto a la Verdad en contraposición a la falsa enseñanza de los judíos; mostrándote a Ti y tu identidad de una forma que el hombre jamás había conocido”.
“En la tierra” comprende todo el período de la encarnación de Cristo, desde su nacimiento hasta su ascensión. Durante todo ese tiempo glorificó al Padre con una santidad irreprochable.

[He acabado la obra […] que hiciese]. Interpreto el significado de estas palabras de la siguiente forma: “He completado la obra de redención para la que me enviaste al mundo; mi muerte y mi resurrección se encuentran ya tan cerca que, a efectos prácticos, ya están concluidas”.
Comenta Agustín con respecto a la utilización del pasado en este lugar: “Cristo dice que ha terminado lo que sabe que terminará con toda seguridad. Así, ya utilizó mucho antes el pasado en las profecías, cuando lo que dijo habría de suceder muchos años después. ‘Horadaron —dice— mis manos y mis pies’, no: ‘Horadarán’ ” (Salmo 22:16).

Se ha dicho acertadamente que solo Cristo de entre todos los nacidos de mujer podía decir literalmente: “He acabado la obra que me diste que hiciese”. Hizo lo que el primer Adán fue incapaz de hacer, como todos los santos de todas las épocas: cumplir la Ley a la perfección, y al hacerlo proporcionó una justicia eterna a todos los que creen. A pesar de haber nacido de nuevo y ser creyentes, nosotros no podemos hacer nada semejante. Hasta nuestras mejores obras son imperfectas. Pero este es el ejemplo que debemos tener siempre ante nosotros. Debemos proponernos acabar la obra que el Padre nos dé, ya sea grande o pequeña.

Comenta Musculus que la verdadera obediencia piadosa no consiste en concluir la obra que escojamos arbitrariamente, sino en hacer la obra que Dios nos ha dado o llamado a hacer.
Se podría plantear si el final de este versículo contiene una referencia implícita a la profecía de Daniel de que el Mesías “terminaría” la prevaricación, pondría fin al pecado, expiaría la iniquidad y traería justicia perdurable (Daniel 9:24).
Adviértase con atención que la obra redentora de Cristo era la “obra que le había dado que hiciese”. Era la persona nombrada según los designios de la eterna Trinidad para llevar a cabo esta obra.

V. 5: [Ahora pues, Padre, glorifícame, etc.].

Tras haber hecho un breve recuento de su obra en la Tierra o, por así decirlo, haber rendido cuentas por su ministerio, nuestro Señor repite la oración con que comenzó: “Glorifícame”. Opino que el significado de este versículo es el siguiente: “Padre, dado que mi ministerio terrenal ya ha concluido, te pido que se me restituya esa gloria celestial que de forma inefable compartía contigo como uno de los miembros constitutivos de la Trinidad indivisa, mucho antes de que el mundo existiera. Puesto que el período de humillación y debilidad que me impuse ya se ha cumplido, permíteme volver a compartir tu gloria y sentarme contigo en el trono como hacía antes de la Encarnación”.
Huelga decir que las cosas que se piden en esta oración son muy profundas y están fuera del alcance del entendimiento humano. La gloria que el Hijo tuvo “con el Padre” antes de la creación del mundo sobrepasa nuestra comprensión. Sin embargo, la preexistencia de Cristo y la doctrina de que el Padre y el Hijo son dos personas distintas con la misma gloria se enseñan aquí muy claramente. Parece completamente imposible conciliar este versículo con la teoría sociniana de que Cristo era un mero hombre, como David o Pablo, y que no existía antes de su nacimiento en Belén.
Aprendamos asimismo la lección práctica de que la oración pidiendo “gloria” tiene su razón de ser en aquellos que han hecho la “obra” en la Tierra para Dios. Un deseo perezoso de llegar a la gloria sin hacer nada no se corresponde con el ejemplo de Cristo. Cantar “gloria, gloria” en el lecho de muerte cuando se ha vivido una vida incoherente demuestra, cuando menos, que se es un cristiano muy ignorante.

V. 6: [He manifestado tu nombre].

En esta parte de la oración, nuestro Señor comienza a hablar de su pueblo creyente: directamente de los once Apóstoles, pero también indirectamente y en parte de todos los creyentes de todas las épocas. Y el resto de la oración a partir de este punto se dedica exclusivamente a la situación de los discípulos.
La frase que tenemos ante nosotros significa: “Te he dado a conocer a Ti, tu naturaleza y tus atributos, a mis discípulos”. La palabra “nombre” se utiliza en la Biblia constantemente con este sentido. Así lo vemos en el Salmo 22:22; 52:9; 119:55; Isaías 26:8; Hechos 9:14; Proverbios 18:10. Lo primero que Cristo enseñó y reveló a sus discípulos fue un conocimiento correcto de Dios el Padre.

Comenta Burgon:

“La palabra nombre se utiliza aquí en ese sentido amplio que tan bien conocen los lectores de la Escritura, con el que se designa a Dios mismo. El Salmista dice: ‘El nombre del Dios de Jacob te defienda’ (Salmo 20:1). El Evangelista dice: ‘Y llamarás su nombre Emanuel’, con el sentido de que nuestro Salvador sería lo que significa el nombre de Emanuel, esto es, ‘Dios con nosotros’. Siempre que nuestro Señor hacía saber a los hombres los propósitos y la voluntad del Padre eterno también manifestaba su nombre”.

Indica Traill:

“¿Cuál es el nombre del Padre? Muchos a los que Cristo jamás se lo reveló creen conocerlo. Cuando les preguntas si conocen el nombre del Padre de Cristo, ya tienen la respuesta preparada: Es la primera persona de la Trinidad. Es el Todopoderoso, el Creador y el Señor del Cielo y la Tierra. ¡Sí, pero eso no es más que el nombre de Dios y de forma general! El nombre del Padre de Cristo es el nombre y el descubrimiento de Dios en relación con el Hijo”.

[A los hombres que del mundo me diste]. En esta frase, nuestro Señor describe a sus discípulos. Los llama “hombres que el Padre le había dado del mundo; hombres que eran los hijos escogidos del Padre y a quienes el Padre le había encomendado y confiado para que cuidara de ellos como el buen Pastor”. Piensa Lampe que el término “hombres” se utiliza enfáticamente para excluir la posibilidad de los ángeles. Comoquiera que sea, esto me parece altamente dudoso.
El Padre “da” a los creyentes a Cristo según un pacto eterno llevado a cabo y sellado mucho antes de que ellos nacieran y fueran tomados del mundo por medio del llamamiento del Espíritu. Son propiedad particular del Padre además de ser propiedad del Hijo. Eran “del mundo”, de ningún modo mejores que los demás. Aunque ellos mismos no lo sepan, la verdadera clave de su naturaleza es su llamamiento y su elección del mundo para ser el pueblo de Cristo, y no un mérito suyo que pudiera haber sido previsto.

Estas son cosas profundas, cosas que deben ser leídas con especial reverencia, porque son palabras que el Hijo dirigió al Padre con respecto a los creyentes de las que solo la Trinidad eterna puede ocuparse con seguridad y certeza. Para saber a quiénes ha entregado el Padre al Hijo solamente podemos guiarnos por las manifestaciones externas. Lo que no debemos poner en duda jamás y tenemos que creer con reverencia es que todos los creyentes son dados por el Padre de esa manera, predestinados, elegidos, escogidos y llamados por un pacto eterno, y que su número exacto y sus nombres se conocen desde toda la eternidad. Mientras estemos en la Tierra debemos limitarnos a las invitaciones, las promesas, los mandamientos, las evidencias y la fe; y la elección de Dios nunca destruye nuestra responsabilidad. No obstante, todo verdadero creyente que realmente se arrepiente, cree y tiene el Espíritu puede extraer consuelo de la idea de que ya fue conocido, cuidado y dado a Cristo por medio de un pacto eterno mucho antes de que él conociera a Cristo o se preocupara por Él. Es un consuelo inefable recordar que Cristo se preocupa de lo que el Padre le ha dado.

[Y han guardado tu palabra]. Aquí, nuestro Señor prosigue con la descripción de sus discípulos y cita algunas cosas acerca de ellos que no solo Dios puede ver, sino también los hombres. Dice: “Han guardado, o respetado, o cumplido la Palabra del Evangelio que les enviaste por medio de Mí. Mientras que otros no escuchaban ni guardaban esa Palabra, estos once hombres abrieron sus oídos y sus corazones y obedecieron diligentemente su mensaje”. La obediencia práctica es la primera gran demostración de un discipulado genuino.

V. 7: [Ahora han conocido, etc.].

En este versículo, nuestro Señor pasa a hacer recuento de los progresos de sus discípulos. El significado parece ser: “Han llegado a tal nivel de conocimiento, que ahora saben que las palabras que han oído de Mí y las obras que me han visto hacer son palabras y obras que Tú me diste para que las dijera y las hiciera”.
La idea es que los discípulos “conocen” que la misión de Cristo es divina: “Conocen que Tú me has enviado para que sea el Mesías y me has nombrado para que hable y actúe como lo he hecho”.
Aquí, al igual que en otros pasajes, llama la atención advertir la forma en que Jesús insiste en un conocimiento correcto del Padre como la gran verdad que había venido a revelar al mundo.

V. 8: [Porque las palabras que me diste, les he dado].

En esta frase, nuestro Señor declara lo que había hecho al enseñar a sus discípulos: les había dado las palabras, las doctrinas o las verdades que el Padre le había dado para que proclamara al mundo. El Padre le había dado tanto las palabras que había pronunciado como las obras que había llevado a cabo según los designios eternos de la Trinidad con respecto a la salvación del hombre.
En Juan 3:34; 6:68; 12:48 y 14:10 se puede advertir la utilización especial que se hace del término “palabras” para denotar las doctrinas o las verdades enseñadas por nuestro Señor. En concreto, adviértase la afirmación que hace Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna”.

[Ellos las recibieron, etc., etc.]. Nuestro Señor hace aquí tres notables afirmaciones con respecto a sus discípulos. Habían aceptado y abrazado voluntariamente las verdades que les había traído del Padre. Habían conocido y reconocido que su maestro venía de Dios el Padre. Creían y estaban convencidos de que el Padre le había enviado para que fuera el Mesías. ¡Y todo ello, cuando la inmensa mayoría de sus compatriotas no reconocía ni creía nada semejante!
Debiéramos prestar gran atención al elevado rango que atribuye nuestro Señor a sus discípulos. A primera vista, si recordamos los muchos defectos de su fe y de sus conocimientos, sorprende que nuestro Señor elogiara el hecho de que “conocieran” y “creyeran”. Sin duda estas palabras son comparativas. Sin embargo, si tenemos en cuenta lo inmensamente difícil que era la situación de los discípulos y la oposición que les presentaban los cultos fariseos y escribas, y por encima de todo recordamos que Cristo no había resucitado aún de entre los muertos, veremos que su fe no debía tomarse a la ligera. Después de todo, es un gran consuelo pensar que nuestro Señor no desprecia una gracia débil, y que honra la veracidad y la sinceridad de la fe por pequeña que esta sea. Los creyentes tienen mejor aspecto en el Cielo que en la Tierra.

Observa Manton:

“Los Apóstoles tenían una fe débil. No tenían más que una idea confusa de la divinidad de Cristo y que había sido engendrado en la eternidad. Les dominaba la idea de un Reino terrenal y un Mesías lleno de pompa, sin llegar a entender las predicciones que hacía de su pasión y su muerte. Aunque sabían que era el Salvador y el Redentor del mundo, seguían desconociendo lo referente a cómo serían su pasión y su muerte. ‘Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel’. ¡No obstante, adviértase la forma en que Cristo elogia su débil fe! Sin duda, cuando elogia los débiles y titubeantes comienzos de un pobre pecador es porque le complace animarle”.

Observa Traill:

“Cristo habla todo lo bien que puede de sus discípulos y cubre sus errores. ¡Qué pobremente habían recibido la Palabra de Cristo! ¡Qué débil y tambaleante era su fe! ¡Cuán a menudo les había reprendido Cristo con severidad por su incredulidad y sus otros errores! ¡Sin embargo, nuestro Señor no menciona nada de eso al representarlos ante su Padre! Así es como se dirige siempre nuestro Sumo Sacerdote. No menciona en absoluto los errores de Israel en el Cielo más que para expiarlos”.

¡Por desgracia, el hombre hace justamente lo contrario! Habla de los defectos del prójimo y no de sus virtudes.

Juan 17:9–16


Como todo este maravilloso capítulo, estos versículos contienen cosas “difíciles de entender”. Pero hay dos cosas que destacan con claridad en él que todo verdadero cristiano hará bien en advertir. Dejando de lado esas otras cuestiones, centraremos nuestra atención en estas dos.
Por un lado, se nos enseña que el Señor Jesús hace cosas por los creyentes que no hace por los malvados y los incrédulos. Ayuda a sus almas por medio de una intercesión especial. Dice: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste”.

El mundo aborrece esta doctrina con especial intensidad. Nada hay que contraríe a los malvados y despierte tal amargura entre ellos como la idea de que Dios haga distinciones entre los hombres y ame a una persona más que otra. Sin embargo, como es habitual, las objeciones que plantea el mundo a esta doctrina son endebles e irrazonables. ¡Sin duda, basta reflexionar un poco para advertir que un Dios que tuviera en igual consideración a buenos y malos, piadosos e impíos, justos e injustos, sería un Dios bien extraño! La intercesión especial que hace Cristo por sus santos es acorde con la razón y de sentido común.

Por supuesto, igual que en el caso de cualquier otra verdad del Evangelio, es preciso definir esta doctrina con precisión y según la Escritura. Por un lado no debemos limitar en exceso el amor de Cristo hacia los pecadores, y por otro lado tampoco debemos exagerar su alcance. Es cierto que Cristo ama a todos los pecadores y que los invita a todos a ser salvos, pero también es cierto que ama de forma especial a la bendita congregación de su pueblo fiel, a quienes santifica y glorifica. Es cierto que ha obrado una redención suficiente para todo el género humano y que la ofrece libremente a todos; pero es igualmente cierto que esta redención solo es eficaz para aquellos que creen. También es igualmente cierto que es el Mediador entre Dios y el hombre; pero no es menos cierto que solo intercede vivamente por aquellos que acuden a Dios por medio de Él. De ahí que diga: “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo”.

La intercesión especial del Señor Jesús es una de las grandes claves de la seguridad del creyente. Le observa, le vigila y le cuida alguien que no se adormece ni se duerme. Jesús “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). No se pierden jamás, porque nunca deja de orar por ellos y su oración prevalece. Perseveran hasta el fin, pero no por sus propias fuerzas y bondad, sino gracias a la intercesión de Jesús por ellos. Cuando Judas cayó para no volver a levantarse mientras que Pedro cayó, pero para arrepentirse y ser restaurado, la razón residía en aquellas palabras que dirigió Cristo al segundo: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32).
El verdadero siervo de Cristo debiera confiar en esta verdad y obtener consuelo de ella. Es uno de los privilegios y tesoros específicos del creyente y debiera divulgarse todo lo posible.

Independientemente de lo que la tuerzan y perviertan los falsos cristianos y los hipócritas, todos los que de verdad sientan la obra del Espíritu en su interior debieran asirse firmemente a ella. Bien dice el juicioso Hooker: “Nadie se encuentra tan seguro como nosotros; la oración de Cristo es más que suficiente para fortalecernos independientemente de lo débiles que seamos y para vencer a todas las autoridades antagónicas, independientemente de lo fuertes que sean” .

Por otro lado, en estos versículos se nos enseña que Cristo no desea que los creyentes sean quitados del mundo, sino que sean guardados del mal que en él hay.
No cabe duda que, en su omnisciencia, nuestro Señor detecta en los corazones de sus discípulos un deseo apremiante de partir de este mundo difícil y lleno de problemas. Pocos y débiles, acosados por enemigos en todos los frentes, es perfectamente comprensible que deseen marcharse del campo de batalla a su hogar. Hasta el propio David llegó a decirlo: “¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría” (Salmo 55:6). Siendo sabedor de todo esto, nuestro Señor sabiamente dejó constancia de esta parte de su oración para beneficio de su Iglesia. Nos ha enseñado la gran lección de que considera mejor para su pueblo que permanezca en el mundo y “que sean guardados del mal” en lugar de ser tomados del mundo y sustraídos de cualquier contacto con el mal.

Basta reflexionar un poco para ver la sabiduría de nuestro Señor para con su pueblo, tanto en esto como en todo lo demás. Por agradable que parezca a la carne y la sangre ser liberado del conflicto y la tentación, vemos fácilmente que eso no sería de provecho. ¿Qué bien haría el pueblo de Cristo en el mundo si fuera tomado del mundo inmediatamente después de su conversión? ¿Cómo demostraría el poder de la gracia, su fe, su valor, su paciencia, como formado por buenos soldados de un Señor crucificado? ¿Cómo serían adiestrados apropiadamente para el Cielo y cómo aprenderían el valor de la sangre, de la intercesión y de la paciencia de su Redentor, a menos que lo experimentaran en sus propias carnes? Preguntas de este tenor solo tienen una respuesta. Permanecer en este valle de lágrimas, sufrir pruebas, tentaciones y ataques, y no caer en el pecado a pesar de ello es la mejor manera de fomentar la santificación de los cristianos y la glorificación de Cristo. Es indudable que partir al Cielo de inmediato, el mismísimo día de nuestra conversión, sería muy fácil y nos ahorraría muchos problemas. Pero el camino más sencillo no siempre es el del deber. Quien desee la corona debe soportar la cruz y demostrar que es luz en medio de la oscuridad, sal en medio de la corrupción. “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Timoteo 2:12).

Si nos consideramos verdaderos discípulos de Cristo, contentémonos con saber que Cristo sabe mejor lo que nos conviene. Encomendémonos a su cuidado y contentémonos con permanecer aquí pacientemente todo el tiempo que Él desee; por difícil que sea nuestra situación, siempre nos guardará del mal. No debemos dudar que lo hará si se lo pedimos, porque Él ora para que se nos “guarde”. Podemos estar seguros de que no existe nada que glorifique la gracia de tal modo como vivir a semejanza de Daniel en Babilonia y de los santos en la casa de Nerón: en el mundo sin por ello pertenecer a él; tentados a cada paso y, no obstante, venciendo a la tentación; permaneciendo al alcance del mal y, sin embargo, siendo protegidos de su poder.


Juan 17:9–16

V. 9: [Yo ruego por ellos, etc., etc.]

En este versículo, nuestro Señor da comienzo a la parte específicamente intercesora de su oración y hasta el final del capítulo irá nombrando las diversas cosas que pide para sus discípulos. Quizá convenga recordar que las cosas que pide se pueden dividir en cuatro apartados. Ora por que sus discípulos sean guardados y santificados, por que estén unidos y para que estén con Él en la gloria. No se podrían desear cuatro cosas más importantes para los creyentes.

Decir, como han dicho algunos, que la oración intercesora de nuestro Señor es un ejemplo exacto de lo que hace en el Cielo como nuestro Sumo Sacerdote es forzar la idea y llevarla demasiado lejos. Suponer que el Hijo ruega literalmente al Padre en oración en el Cielo es irrazonable a mi modo de ver, y una idea muy estrecha y limitada de la intercesión de Cristo. Estamos ante una oración de nuestro Señor durante el período de su ministerio terrenal, antes de su ascensión y su entronización a la diestra de Dios; no se nos relata lo que hace por nosotros como Sacerdote al otro lado del velo. Bástenos creer que la intercesión de este capítulo muestra con precisión cuál es el pensamiento de Cristo en cuanto a los creyentes, lo que desea para ellos, el interés activo que se toma en los creyentes y las virtudes que anhela ver en ellos. Por encima de todo, creamos que, si buscamos alcanzar las mismas cosas que nombra Jesús aquí, tenemos un amigo en el Cielo que se ocupará de que no busquemos en vano y hará que nuestra oración sea eficaz.

Cuando nuestro Señor habla de “rogar” por los discípulos y de no hacerlo “por el mundo”, se pueden hacer dos interpretaciones distintas.
Algunos —como Bengel y Alford— sostienen que nuestro Señor quería decir: “Por ahora solo ruego de forma especial por mis discípulos, y no por el mundo”. No están dispuestos a admitir que nuestro Señor ruegue o interceda de forma alguna por los malvados e incrédulos; y citan, no sin razón, su oración por sus asesinos cuando estaba siendo crucificado: “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34).

Otros —como Hutcheson y Lampe— piensan que nuestro Señor quería decir: “Ruego especialmente por mis discípulos porque ellos disfrutan ahora y siempre del privilegio de que Yo ruegue e interceda por ellos”. Los defensores de esta interpretación sostienen que la sola idea de que nuestro Señor pida algo en vano detrae de su honra, y que su intercesión es patrimonio específico de “a los que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25).

Se trata de una cuestión difícil y delicada que probablemente no se llegue a zanjar nunca. Por un lado, no debemos olvidar que nuestro Señor Jesucristo sí se toma un interés especial por los que creen en Él y hace cosas especiales por ellos de las que los malvados y los incrédulos no disfrutan. Por otro lado, debemos recordar que nuestro Señor se compadece de todo el mundo, se preocupa por todos y ha provisto una salvación suficiente para todo el género humano. No se puede eludir el texto que dice de los malvados que “negarán al Señor que los rescató” (2 Pedro 2:1). La interpretación más justa y honrada de las palabras “de tal manera amó Dios al mundo” (Juan 3:16) es considerar “el mundo” como toda la raza humana.

Como en tantas otras ocasiones, el debate gira en torno al significado que se atribuye a una palabra. Si por “intercesión” entendemos de forma vaga y general toda la obra de mediación de Cristo por el género humano, entonces sí es cierto que Cristo intercede por todos, buenos y malos; y este texto significa, pues: “Ahora ruego de forma específica por mi pueblo y solo pienso en ellos”. Si, por otro lado, por “intercesión” entendemos la obra específica que Cristo hace por su pueblo a fin de llevarlos al Cielo tras haberlos llamado, perdonado, justificado, renovado y santificado, está claro que Cristo solo intercede por los creyentes y que estas palabras significan: “Ahora, igual que siempre, ruego especialmente por mis discípulos y no por el mundo”.

Si se me pide una opinión al respecto, reconozco que defiendo convencidamente la segunda de las interpretaciones que he mencionado. Creo que, en el sentido más amplio de la palabra, Cristo jamás “intercede” por los malvados. Considero que tal intercesión es un privilegio específico de los santos y una de las grandes razones de la perseverancia de estos en la gracia. Se mantienen firmes porque hay alguien en el Cielo que intercede activa y eficazmente por ellos.
Considero absolutamente incontrovertible que Jesús ama a todo el género humano, que vino al mundo por todos ellos, que murió por todos, que proporcionó una redención suficiente para todos, que llama a todos, que invita a todos, que exige a todos que se arrepientan y crean, y que se debe ofrecer a todos libre, plena, directa e incondicionalmente. Si no creyera en esto, no me atrevería a subir a un púlpito y no sabría cómo predicar el Evangelio.

Pero si bien creo todo esto, también sostengo convencidamente que Jesús hace una obra especial que no hace por los demás por todos aquellos que creen. Los aviva por medio de su Espíritu, los llama por medio de su gracia, los lava por medio de su sangre; los justifica, los santifica, los salvaguarda, los guía e intercede constantemente por ellos para que no caigan. Si no creyera todo esto, sería un cristiano muy infeliz y desdichado.
Dado que esa es la opinión que sostengo, considero que este texto describe la intercesión especial de nuestro Señor por su pueblo, y que significa simplemente esto: “Ruego por ellos como pueblo especial mío para que sean guardados, santificados y glorificados y estén unidos; pero no ruego por el mundo”.

El famoso texto “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34) es, cuando menos, dudoso. ¿Habrá quien se atreva a decir que aquellos por quienes oró nuestro Señor jamás llegaron a ser perdonados y salvados? ¿Podemos pasar por alto que el día de Pentecostés, cincuenta días después de esa oración, hubo 3000 almas que se salvaron y a quienes Pedro dijo: “Prendisteis y matasteis [a Jesús nazareno] por manos de inicuos, crucificándole” (Hechos 2:23)? ¿Puede alguien demostrar que no eran los mismísimos hombres que crucificaron a nuestro Señor quienes se encontraban entre los conversos y que esa no fue la respuesta a la oración de nuestro Señor? Comoquiera que sea, estas son, en el mejor de los casos, meras conjeturas. Esta cuestión no es imprescindible para la salvación y no es obligatorio que todos los cristianos estén de acuerdo al respecto so pena de excomunión: “Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” (Romanos 14:5).

Comenta Hengstenberg:

“Se puede considerar al mundo de dos formas. En primer lugar está la posibilidad de gracia que, a pesar de la depravación pecaminosa de Adán, sigue disfrutando. Así, ese es el sentido en que Jesús dice: ‘No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él’ (Juan 1:29; 3:17)”.

Considerado de esta forma, el mundo es objeto de la intercesión de Cristo. Los discípulos mismos fueron ganados al mundo. Pero el mundo también puede considerarse dominado primordialmente por principios impíos. En ese sentido se dice de él que es incapaz de recibir el “Espíritu de verdad” (Juan 14:27). Visto de esta forma, rogar por el mundo sería tan inútil como rogar por su príncipe.
Sugiere Manton que debemos establecer ciertas distinciones entre la intercesión de Cristo como Mediador divino y las oraciones de Cristo como hombre mediante las cuales se erige en ejemplo para su pueblo. Sin embargo, por acertado que sea este comentario, difícilmente puede ser aplicable a esta oración de especial solemnidad.

[Sino por los que me diste; porque tuyos son]. Nuestro Señor repite aquí la descripción que había hecho anteriormente de sus discípulos. Eran hombres que “el Padre le había dado” para que los alimentara, enseñara y salvara. Eran las ovejas de su Padre que le habían sido encomendadas. De modo que —parece argumentar— “tengo el compromiso de rogar por ellas y pedir por ellas todo lo que necesiten sus almas. Igual que un buen Pastor, tendré que rendir cuentas por ellas algún día”.

V. 10: [Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío].

Esta frase parece introducirse de forma parentética, como confirmación de la gran verdad de la unión perfecta entre el Padre y el Hijo: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Igual que todo lo demás, estos once discípulos no son más tuyos que míos ni más míos que tuyos”. Esta continua aseveración de la doctrina de la unión absoluta de la divinidad y a la vez de la distinción entre las personas de la Trinidad es notable e instructiva.

[He sido glorificado en ellos]. En esta frase, nuestro Señor parece regresar a los discípulos. “He sido y soy glorificado en ellos, gracias a su fe, su obediencia y su amor, cuando la mayoría de sus compatriotas me ha aborrecido y rechazado. Me han honrado y me han glorificado al seguir conmigo en medio de la adversidad. Ahora ruego e intercedo especialmente, pues, por ellos”.
Adviértase que hasta el amor y la fe más débiles glorifican en cierta medida a Cristo y no le pasan inadvertidos.

V.11: [Y ya no estoy […] yo voy a ti].

Al comienzo de este versículo, nuestro Señor describe la situación de los discípulos y muestra cuáles eran las razones que le impulsaban a orar e interceder de forma especial por ellos. Por primera vez iban a quedarse solos, como huérfanos, y en cierto sentido tendrían que depender de ellos mismos. Hasta ese momento, su Maestro los había acompañado siempre y podían acudir a Él cada vez que tenían alguna necesidad. Ahora estaban a punto de pasar a una situación radicalmente nueva. “El momento de mi partida de este mundo se acerca. Pronto habré de ascender al Cielo e ir a Ti. Pero estas pocas ovejas, estos débiles discípulos, no me acompañarán. Se quedarán solos en un mundo frío y malvado que los perseguirá”.

Observa Poole:

“Cristo habla aquí de sí mismo como si ya hubiera muerto, resucitado y ascendido, aunque nada de esto hubiera sucedido aún, porque estaba a punto de ocurrir”.
No debemos dejar de advertir que nuestro Señor recuerda aquí la situación de su pueblo en la Tierra; se preocupa tiernamente por ellos y hará provisión para su bienestar y seguridad: “Yo conozco tus obras, y dónde moras” (Apocalipsis 2:13).

[Padre santo]. Este es el único lugar en los Evangelios en el que vemos a nuestro Señor dirigirse a su Padre de esta forma. Es indudable que existen buenos motivos para ello. Quizá la utilización del término “santo” se corresponda con la petición al Padre de mantener a los discípulos santos y libres del dominio del mal: “Así como Tú eres santo, mantén también santos a estos discípulos míos”.

[A los que me has dado […], tu nombre]. Aquí tenemos la primera petición que hace nuestro Señor por sus discípulos. Pide que sean guardados y protegidos del mal, de apartarse, de la falsa doctrina, de sucumbir ante la tentación, de doblegarse ante la persecución, de toda argucia y ataque del diablo. El peligro les acechaba por doquier y ellos se caracterizaban por su debilidad. Cristo pide, pues, que sean protegidos.
La expresión “guárdalos en tu nombre” es digna de atención. La interpreto como: “Por medio de tus atributos de poder, amor y sabiduría”. Tal como señalamos anteriormente, el “nombre” de Dios se utiliza con frecuencia en la Escritura para representar su naturaleza y sus atributos.

[Para que sean uno, así como nosotros]. Aquí, nuestro Señor menciona uno de los motivos específicos por los que desea que su pueblo sea guardado, esto es, su unidad: para que sean uno. “Guárdalos para que sean de un solo sentir, para que luchen unidos contra el mismo enemigo y con el mismo propósito, para que no se separen, se debiliten y queden paralizados por culpa de divisiones y de luchas internas”.
Añade el patrón más elevado que existe de unión —” uno, así como nosotros”—: la unión del Padre y el Hijo. Por supuesto, es imposible que exista una unión entre los cristianos semejante a la de dos personas de la Trinidad de forma literal. Pero la unión que Jesús pide en oración que busquen sus discípulos debiera ser una unión íntima y cercana en sentimientos, pensamientos, voluntades e ideas.

Señala Burgon al respecto:

“En el texto original de este versículo y el 21, el término ‘como’ no denota una correspondencia estricta, sino tan solo un parecido general, tal como en el credo de Atanasio, en el que la unión de las dos naturalezas en la persona de Cristo se compara con la unión del ‘alma racional y el cuerpo’ en el hombre” (cf. Mateo 5:48; Lucas 6:36).

La importancia que otorga nuestro Señor a la “unión” entre cristianos queda extraordinariamente ejemplificada en el lugar de preeminencia que recibe en este versículo. La primera protección que desea para sus discípulos es que sean guardados de las divisiones. Esto no debe ser motivo de sorpresa si se piensa en las interminables divisiones que se han producido entre los cristianos a lo largo de todas las épocas, el inmenso daño que han ocasionado al mundo y la asombrosa indiferencia con que muchos las contemplan, ¡como si fueran cosas completamente inocentes y como si la aparición de nuevas sectas fuera algo digno de elogio!

V. 12: [Cuando estaba con ellos […] guardaba en tu nombre].

Nuestro Señor detalla aquí lo que había hecho por los discípulos durante su ministerio: “A lo largo de los tres años que he pasado en la Tierra en compañía de estos once discípulos, los he guardado de todo peligro por medio de tu poder y de tu nombre”. No veo ningún motivo para que el original griego no se traduzca como “por tu nombre”, tanto en este versículo como en el anterior. En ambos casos, la idea parece la misma: proteger por medio de la gracia, el poder y los atributos de Dios el Padre.

[A los que me diste […] ninguno de ellos se perdió]. El término que se traduce como “guardar” en esta frase es completamente distinto de la palabra así traducida en la primera parte del versículo. Ahí simplemente significa “he conservado”. Aquí significa “he vigilado”, tal como hace un pastor con sus ovejas o un guardián que custodia un tesoro: “He vigilado con tal esmero a los discípulos que me diste, que ninguno de ellos ha perecido o se ha perdido”.

[Sino el hijo de perdición]. Obviamente, esta extraordinaria expresión hace referencia a Judas Iscariote, el traidor, el único de los Apóstoles que se perdió y fue condenado al Infierno. El sobrenombre que se atribuye a Judas es un hebraísmo fuertemente enfático que significa “una persona digna de la perdición, que no puede más que perderse y ser condenada por causa de su maldad”. David le dice a los siervos de Saúl: “Sois dignos de muerte”. En otro pasaje dice a Natán: “Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte” o “hijo de muerte” (2 Samuel 12:5; cf. asimismo Salmo 79:11; Mateo 13:38; Lucas 16:8). Es una frase de tremenda dureza para provenir de boca de nuestro misericordioso y amante Señor. Muestra lo desesperadamente perdido que está todo aquel que, a pesar de disfrutar de gran luz y de grandes privilegios como era el caso de Judas, lo desaprovecha y se entrega deliberadamente a sus inclinaciones pecaminosas. Se convierte en “hijo del infierno” (Mateo 23:15).

Estas palabras nos plantean una cuestión de extrema importancia. ¿Quería decir nuestro Señor que en un principio Judas pertenecía a los que el Padre le había “dado” y era realmente un creyente verdadero? ¿Se apartó, pues, de la gracia? Junto con Hammond, Alford, Burgon y Wordsworth, hay muchos que sostienen que Judas fue un verdadero cristiano en un tiempo, de la misma forma que Pedro, Santiago y Juan; que el texto es una prueba incontestable de que es posible perder la gracia, de que un hombre se puede convertir y tener al Espíritu Santo y, sin embargo, apartarse al final y ser condenado al Infierno. Esta doctrina no solo es incómoda, sino que es difícil conciliarla con muchos textos claros de la Escritura, por no hablar del Artículo 17 de la Iglesia anglicana. ¿Pero demuestra este texto fuera de cualquier duda que Judas era uno de los que el Padre había “dado” a Cristo? Estoy convencido de que no es así. Más que presentar una excepción, sostengo que, el “sino” de este versículo tiene un carácter adversativo.

Considero que el verdadero significado es: “A los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió. Pero hay uno que se ha perdido, esto es, Judas, el hijo de perdición; no uno que me había sido dado, sino alguien de quien ya dije hace tiempo que era ‘diablo’, alguien cuyo endurecido corazón le hacía digno de ser destruido”.

Por supuesto, es fácil decir que esta es una interpretación rebuscada y forzada. Pido a los que sean de esta opinión que adviertan que las palabras griegas que se traducen como “sino” se utilizan en otros pasajes del Nuevo Testamento sin que sea posible atribuirles un sentido de excepción y en los que solo se puede hablar de un sentido “adversativo”. Desafío a cualquiera a que niegue que el “sino” de textos como Mateo 12:4 —“sino solamente a los sacerdotes”—, Marcos 13:32 —“sino el Padre”—, Apocalipsis 9:4 —“sino solamente a los hombres”—, Apocalipsis 21:27 —” sino solamente los que están inscritos”—, solo se puede interpretar de forma adversativa, y no como una excepción (cf. asimismo Hechos 27:22 y 2 Reyes 5:17). Y lo mismo sucede aquí. Nuestro Señor no quiere decir: “Ninguno de los que me han sido dados se ha perdido EXCEPTO el hijo de perdición”. Lo que quiere decir es: “Ninguno de los que me han sido dados se ha perdido. Por otro lado, y como contraste, Judas, un hombre que no me fue dado, un hombre privado de gracia, se ha perdido”.

Permítaseme añadir como confirmación de mi tesis que, justo en el siguiente capítulo, S. Juan hace referencia a esta expresión al relatar el prendimiento de nuestro Señor. Dice: “Para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno” (Juan 18:9), sin dar a entender lo más mínimo que nuestro Señor hubiera hecho alguna clase de excepción a la expresión que le había oído pronunciar anteriormente.
De Dieu, Gomarus, Lampe, Hutcheson y Manton son de la misma opinión que yo.

Comenta Ford, citando al obispo Beveridge:

“Aunque parecía que Judas, aquí denominado hijo de perdición, había sido dado a Cristo y había ido a Él, en realidad no era así. Por ende, aunque estaba perdido tal como habían vaticinado las Escrituras, la afirmación de Cristo de que jamás echa fuera ni pierde a nadie sigue siendo cierta”.

[Para que la Escritura se cumpliese]. Igual que en muchos otros pasajes, esto no significa que Judas se perdió a fin de que la Escritura se cumpliera, sino que la Escritura se cumplió con su perdición. El versículo hace referencia al Salmo 109:8.
No debemos dejar de advertir la forma en que se honra la Escritura en este versículo. Hasta en una oración de la mayor solemnidad del Hijo al Padre hallamos una reverente alusión a la palabra escrita del Antiguo Testamento y a los Salmos, ese libro tan frecuentemente citado.

V. 13: [Pero ahora voy a ti, etc.].

Este versículo tiene un carácter algo elíptico. Interpreto su significado como algo parecido a esto: “Pronto abandonaré al mundo e iré a Ti. Antes de abandonar el mundo pronuncio estas cosas en alta voz ante los discípulos para su ánimo y consuelo y para que se cumpla y sobreabunde en sus corazones el gozo que les doy”.
Me cuesta trabajo creer que nuestro Señor esté haciendo referencia al sermón que antecede a esta oración. Parece más natural aplicar “hablo esto” a su oración.
La expresión “mi gozo” aparece anteriormente, en el capítulo 15:11. Significa experimentar ese consuelo interior que Cristo imparte a los creyentes y que solamente conocen quienes aceptan ese don.

V. 14: [Yo les he dado tu palabra, etc.].

En este versículo, nuestro Señor parece describir de manera más detallada la situación de sus discípulos a modo de introducción para una nueva oración en la que vuelve a pedir que se les guarde. Es como si dijera: “No oro por que se guarde a mis discípulos sin tener un buen motivo para ello. Les he dado la Palabra del Evangelio y la han recibido, y eso les ha producido persecución y dolor. En resumen, el mundo los ha aborrecido desde el mismísimo momento en que se convirtieron en mis discípulos porque, igual que Yo, no pertenecen al mundo, ni comparten sus principios ni siguen sus caminos”.

No dejemos de advertir que los creyentes verdaderos deben esperar el odio y la enemistad de los malvados en todas las épocas. No deben sorprenderse de ello. Cristo y sus discípulos tuvieron que soportarlo, y todo cristiano genuino deberá sufrirlo también. Esta enemistad está motivada por el continuo testimonio que dan los creyentes contra las prácticas y opiniones del mundo. El mundo se siente condenado y aborrece a aquellos cuya fe y cuyas vidas lo condenan. Si los creyentes fueran más valientes, más resueltos y más coherentes, descubrirían estas cosas mucho antes que ahora. Lo último que un cristiano verdadero debe esperar o desear es una buena opinión del mundo. Si todo el mundo elogia sus opiniones y su vida religiosa, bien puede preguntarse si no habrá algo muy equivocado en todo ello. No debemos alentar la enemistad del mundo. Hacer gala de un espíritu partidista, estrecho, áspero y hosco es un tremendo error, pero la enemistad del mundo no debe sorprendernos lo más mínimo cuando la suframos; y cuanto más santos seamos, más la sufriremos. Cristo era completamente santo, pero el mundo le aborreció igualmente.

V. 15: [No ruego que los quites, etc.].

En este versículo, nuestro Señor repite su petición de que sus discípulos sean guardados, aunque esta vez de manera más detallada. Parece querer decir lo siguiente: “A pesar de la maldad y la persecución del mundo, no ruego que quites a mis discípulos inmediatamente de él. Sacarlos de esa forma no solo sería perjudicial para ellos, sino también para el mundo. Lo que ruego es lo siguiente: que aun permaneciendo en el mundo, los guardes del mal que en él hay. Aunque estén en el mundo, no dejes que este los corrompa”.

La profunda sabiduría de esta oración es sumamente instructiva. Pocos son los cristianos a los que no les gustaría llegar al Cielo sin pasar por problemas y dificultades. Sin embargo, no redundaría en su propia santificación y privaría al mundo de su enseñanza y su ejemplo. Los creyentes no valorarían jamás a Cristo y el Cielo como lo harán un día si no se los mantuviera durante un tiempo en la Tierra, se les enseñara a conocer sus propios corazones e, igual que a su Maestro, se les “perfeccionase por aflicciones” (Hebreos 2:10).

Señala Hutcheson:

“Por mucho que debamos fijar la mirada en nuestro reposo y prepararnos para él, no debemos anhelarlo hasta el momento que Dios decida, ni tampoco debemos renegar de la vida por causa de los problemas y la persecución que suframos en su servicio”.

Tal como señalan Bullinger y Gualter, este versículo ofrece un sólido argumento indirecto contra la popular teoría de que el secreto de una gran santidad es la vida aislada del mundo en un monasterio o un convento. La santidad se demuestra venciendo públicamente al mal, y no desertando cobardemente de nuestro puesto en la sociedad.

Tres de las únicas oraciones de los santos que se documentan en la Escritura y no reciben una respuesta afirmativa son las peticiones de Moisés, Elías y Jonás de ser “quitados del mundo”.
Observa Gerhard que los Apóstoles habrían de ser los primeros predicadores del Evangelio y la luz del mundo. Si hubieran sido sacados de él inmediatamente después de la partida de su Señor, el mundo habría quedado en tinieblas. No solo eso, la cruz es la escuela de la fe y la paciencia, y si no hubieran permanecido en el mundo no habrían llegado a ser santos eminentes.
Comenta George Newton: “El mundo es el lugar donde glorificamos al Señor; en el mundo venidero seremos nosotros quienes seamos glorificados por Él. Seamos tan nobles como para desear encontrarnos durante un tiempo donde glorifiquemos a Dios en lugar de estar donde seamos glorificados por Él. No deseemos nuestro salario y nuestro descanso hasta haber concluido nuestra obra y haber servido a nuestra generación. Cuando lo hayamos hecho, Dios nos glorificará con Él para siempre”.

La expresión “del mal” recibe múltiples interpretaciones.
Algunos piensan que no se refiere más que al mal abstracto, a toda clase de mal, como el “líbranos del mal” de la oración del Señor, y consideran que comprende todo el mal proveniente del mundo, la carne y el diablo.
Otros piensan que estas palabras deberían traducirse mejor como “el maligno” y aplican la expresión al diablo como el gran causante del mal. Así es como se traduce en Mateo 13:19–38; 1 Juan 2:13–14; 3:12; 5:18.
Probablemente esta cuestión no llegue a zanjarse jamás, dado que la frase griega puede traducirse de ambas formas. Comoquiera que sea, estoy convencido de que la primera traducción es la correcta. Nuestro Señor hace referencia al “mal” abstracto, y no al diablo. Lo considero así, en parte, porque no se menciona al diablo en ninguna parte de esta oración, y por otro lado porque es más coherente y razonable suponer que nuestro Señor deseaba que se guardara a los discípulos de todo “mal” más que del diablo exclusivamente. En mi opinión esto queda más claro aún si se tiene en cuenta que nuestro Señor ha estado hablando del “mundo”, de su odio y su enemistad, y no del diablo. Comoquiera que sea, reconozco con toda franqueza que es una cuestión sobre la que caben discrepancias.

V. 16: [No son del mundo, etc.].

Estas palabras son una repetición literal del final del versículo 14 y no precisan de mayor explicación. Nuestro Señor parece repetirlas a fin de subrayar la petición que acaba de hacer; y esta repetición no hace sino reforzar mi tesis de que es del “mal en el mundo” de lo que desea que se proteja a sus discípulos. “Es preciso que se les proteja y se les guarde especialmente porque, repito, existe una disonancia absoluta, un abismo, entre ellos y este mundo malvado en el que los dejo. Son tremendamente aborrecidos y necesitan también ser tremendamente guardados”.
Obsérvese que las repeticiones en una oración fervorosa no tienen nada de malo: el ejemplo de Cristo las legitima. Es contra las “vanas repeticiones” —tan comunes entre los paganos que repetían las mismas palabras una y otra vez, sin ninguna clase de pensamiento o de sentimiento— que se nos advierte en el Sermón del Monte (Mateo 6:7).

Notas Juan 17:17–26


Estos maravillosos versículos son el broche de oro para la oración más maravillosa que se haya pronunciado jamás en la Tierra: la última oración del Señor tras la primera Cena del Señor. Contienen tres peticiones de la mayor importancia que nuestro Señor pronunció a favor de sus discípulos. Dejando a un lado las demás cuestiones, nos ceñiremos a estas tres.
En primer lugar, adviértase cómo Jesús ora por que su pueblo sea santificado: “Santifícalos en tu verdad —dice—; tu palabra es verdad”.

No cabe ninguna duda de que, al menos en este pasaje, la palabra “santificar” significa “hacer santo”. Es una oración por que el Padre haga a su pueblo más santo, más espiritual, más puro, más piadoso en pensamiento, palabra y hecho, en su vida y su carácter. La gracia ya había obrado eso parcialmente en los discípulos: habían sido llamados, convertidos, renovados y transformados. La gran Cabeza de la Iglesia ora pidiendo que la obra de la gracia se amplíe y se extienda más aún, y que su pueblo sea santificado más profundamente, que sea santo en cuerpo alma y espíritu, que realmente se asemeje más a Él.

Sin duda no hace falta explicar demasiado la incomparable sabiduría de esta oración. Se debe desear una mayor santidad para todos los siervos de Cristo. Una vida santa es la mejor demostración de la veracidad de un cristiano. Quizá los hombres nieguen la validez de nuestros argumentos, pero no pueden eludir la evidencia de una vida piadosa. Una vida así adorna la religión y la convierte en algo hermoso, ganando en ocasiones a personas a las que no se “gana con la Palabra”. Vivir santamente prepara a los cristianos para el Cielo. Cuanto más cerca de Dios viven durante sus vidas, más preparados estarán para morar eternamente en su presencia cuando mueran. Nuestra entrada en el Cielo se deberá a la gracia por completo, y no será por obras; pero el Cielo no sería tal cosa si accediéramos a él sin un carácter santificado. Nuestros corazones deben estar en consonancia con el Cielo si queremos disfrutar de él. La heredad de los santos no solo se reduce a una escritura de propiedad, sino también a una preparación para recibirla. Solo la sangre de Cristo puede acreditarnos para acceder a la herencia, pero la santificación nos da la capacidad para su disfrute.

En vista de hechos como estos, ¿quién puede sorprenderse de que lo primero que Jesús pida para su pueblo sea una santificación mayor? ¿Hay alguien conocedor de Dios que no sepa que santidad equivale a felicidad y que quienes siguen a Dios más de cerca son siempre los que caminan de forma más placentera con Él? Que ningún hombre nos engañe con vanas palabras en este sentido. El que desprecia la santidad y descuida las buenas obras con el falaz argumento de que así honra la justificación por la fe muestra a las claras que no tiene la mente de Cristo.
En segundo lugar, adviértase en estos versículos la forma en que Jesús ora por la unidad de su pueblo: “Para que todos sean uno; que también ellos sean uno en nosotros; para que sean uno, así como nosotros somos uno” y “para que el mundo conozca que tú me enviaste”; esta es una petición clave en la oración de nuestro Señor a su Padre.

Es imposible pedir una prueba mejor del valor de la unidad entre los creyentes y de la pecaminosidad de la división que la gran prominencia que otorga nuestro Maestro a esta cuestión en este pasaje. ¡Qué dolorosamente cierto es que las divisiones han sido siempre la vergüenza de la religión y la debilidad de la Iglesia de Cristo! ¡Cuán a menudo han malgastado los cristianos sus fuerzas contendiendo con sus hermanos en lugar de contender con el pecado y el mal! ¡Con qué frecuencia han dado motivos al mundo para decir: “Ya creeremos cuando hayan resuelto sus divisiones internas”! Es indudable que el Señor Jesús previó todo esto proféticamente. Verlo de antemano fue lo que le impulsó a orar con ese fervor para que los creyentes fueran “uno”.

Recordemos continuamente este aspecto de la oración de Cristo y tengámoslo siempre en cuenta en nuestras conductas como cristianos. Que nadie se tome a la ligera el cisma, como parecen hacer algunos, o considere irrelevante la multiplicación de sectas y facciones. Podemos estar seguros de que estas cosas solo benefician al diablo y perjudican la causa de Cristo. “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18). Antes de llegar a la secesión y la separación, soportemos y aceptemos mucho. Existen movimientos en los que suele darse una gran dosis de falso fervor. Dejemos que los fanáticos que se deleitan en el cisma nos censuren y critiquen si así lo desean. No debe preocuparnos. Mientras tengamos a Cristo y una conciencia tranquila, sigamos pacientemente nuestro camino y esforcémonos en alcanzar la Paz y la Unidad. No en vano oró nuestro Señor con tanto fervor para que su pueblo fuera “uno”.

En último lugar, adviértase en estos versículos cómo Jesús ora para que su pueblo esté con Él finalmente y contemple su gloria. “Quiero —dice— que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado”.
Esta es una conclusión especialmente hermosa y conmovedora para la extraordinaria oración de nuestro Señor. Es de pensar que tenía el propósito de animar y consolar a sus oyentes y fortalecerlos para el inminente momento de la separación. No obstante, aun hoy, esta oración ofrece un inefable consuelo a todos los que la leen.

Ya no vemos a Cristo. Leemos de Él, oímos de Él, creemos en Él y descansamos nuestras almas en la obra que llevó a cabo. Pero hasta el mejor de los cristianos anda por fe, no por vista, y a menudo nuestra pobre y vacilante fe nos lleva al Cielo muy inseguramente. Un día, este estado de cosas tocará a su fin. Finalmente veremos a Cristo como es y conoceremos como fuimos conocidos. Le veremos cara a cara y no por espejo, oscuramente. Estaremos en su misma presencia, disfrutaremos de su compañía y ya no saldremos más. Si la fe ha sido placentera, más lo será la vista; si la esperanza ha sido dulce, más lo será la certidumbre. No sorprende que S. Pablo escribiera: “Alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Tesalonicenses 4:17–18).
Sabemos muy poco del Cielo por el momento. Nos cuesta formarnos una idea de cómo será el estado futuro en que los pecadores perdonados vivan con una felicidad perfecta. “Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser” (1 Juan 3:2). Pero podemos estar tranquilos: después de morir estaremos “con Cristo”. Ya sea en el Paraíso antes de la resurrección o después de la resurrección en la gloria final, la perspectiva es la misma. Los cristianos verdaderos estarán “con Cristo”. No necesitamos saber más. Donde esté la persona que nació, murió y resucitó por nosotros, no puede faltar nada. Bien puede decir David: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11).
Concluyamos esta maravillosa oración recordando solemnemente las tres peticiones que contiene. Tengamos siempre presente la santidad y la unidad en el camino y la compañía de Cristo al final de él. Bienaventurado el cristiano cuya principal meta es ser tan santo y amante como su Señor mientras viva y acompañar a su Señor cuando muera.


Juan 17:17–26

V. 17: [Santifícalos en tu verdad, etc.].

En este versículo, nuestro Señor pasa a plantear su segunda petición a favor de sus discípulos. Lo primero que pidió fue que fueran guardados; lo segundo, que sean santificados. Pide a su Padre que haga más santos a sus discípulos, que los haga alcanzar niveles superiores de santidad y pureza. Le pide que lo haga “en la verdad”; haciendo que la Verdad resplandezca con más poder y eficacia en sus corazones y conciencias. Y para evitar malentendidos con respecto a lo que quiere decir con “verdad”, añade: “Tu Palabra, tu Palabra revelada, es la Verdad a la que me refiero”.
Algunos —como Maldonado— sostienen que esta frase solo significa “santifícalos de verdad”, en oposición a la santificación legal de los sacerdotes que vemos en Éxodo y Levítico. Comoquiera que sea, considero que esto es atribuirle un sentido muy limitado y pobre.
Por otro lado, hay otros —como Mede, Pearce y Burgon— que sostienen que nuestro Señor solo ora por que sus Apóstoles sean consagrados, preparados y apartados para la gran obra del ministerio y que el significado de “santificar” se reduce a eso. Considero que esa es una interpretación defectuosa e imperfecta.
Es indudable que el significado primordial y original de la palabra “santificar” es el de “apartar, separar con una finalidad religiosa”, y se puede aplicar a un vaso, a una casa o a un animal. Pero, igual que en los seres humanos esta separación se evidencia esencialmente en la santidad y piedad de la vida y el carácter, el significado secundario de “santificar” es “hacer santo”, y las personas santas y piadosas son “santificadas”. Tengo la certeza de que ese es el significado de este versículo. Es una oración por que el pueblo de Cristo crezca en santidad y piedad prácticas. En resumen, la petición viene a ser esta: “Sepáralos más y más del pecado y de los pecadores haciéndolos más puros, proporcionándoles una mente más espiritual y haciéndolos más semejantes a ti”. Esta es la tesis de Crisóstomo y de todos los comentaristas más destacados.

Este texto nos ofrece cuatro grandes principios.

a) La importancia de la santificación y la piedad prácticas.

Nuestro Señor lo pide especialmente para su pueblo. Los que desprecian la vida y el carácter cristianos y les restan toda la importancia mientras haya una doctrina sana, saben muy poco de lo que piensa Cristo. Nuestro cristianismo no tiene valor alguno si no nos lleva a valorar y buscar la santificación práctica.

b) La inmensa diferencia entre justificación y santificación.

La justificación es una obra completa y perfecta que Cristo llevó a cabo por nosotros y nos fue imputada, externa a nosotros, tan perfecta y completa en el momento que creemos como lo será siempre, y sin que exista la posibilidad de que se dé en diversos grados. La santificación es una obra interior que el Espíritu Santo lleva a cabo en nuestros corazones y que jamás llegará a ser perfecta mientras vivamos en este cuerpo de pecado. Los discípulos no necesitaban que se orase por su justificación, ya habían sido completamente justificados. Sí necesitaban que se orase por su santificación, dado que aún no estaban completamente santificados.

c) La santificación puede aumentar, ¿por qué si no habría de orar nuestro Señor: “Santifícalos”?

La doctrina de la santificación imputada no aparece en ningún lugar de la Palabra de Dios. Veo con toda claridad la justicia imputada de Cristo, pero no una santidad imputada. La santidad es impartida, y se crece en ella; pero no es imputada.

d) La Palabra es el gran instrumento mediante el cual el Espíritu Santo acomete la obra de la santificación interior.

Mostrando la Palabra con más viveza a la mente, la voluntad, la conciencia y los sentimientos, hace que aumente la santidad del carácter. La santificación desde el exterior por medio del ascetismo y la austeridad física, por medio de formalismos y ceremonias, es completamente ilusoria. La verdadera santificación comienza en el interior. Es ahí donde reside la inmensa importancia de leer la Palabra y escucharla predicada con regularidad. Aunque no se advierta, sin duda contribuye a nuestra santificación. Los creyentes que descuidan la Palabra no crecerán en santidad ni derrotarán al pecado.

Señala Calvino:

“Dado que los Apóstoles no carecían de gracia, debemos deducir de las palabras de Cristo que la santificación no se produce instantáneamente el primer día, sino que es un proceso que se extiende a lo largo de toda nuestra vida”.

Comenta Hutcheson:

“No basta con empezar la obra de santificación, sino que es preciso ampliarla día a día. Cristo ora por aquellos que ya han sido convertidos y santificados”.

Piensa Agustín que “tu Palabra” hace referencia aquí al Verbo personificado, Cristo mismo. Pero los conocimientos de griego de Agustín eran bastante rudimentarios, y no he visto que nadie compartiera su postura a excepción de Ruperto.

V. 18: [Como tú me enviaste, etc.].

Considero que la relación entre el versículo anterior y este es la siguiente: “Pido una mayor santificación para mis discípulos debido a la situación a la que deben enfrentarse en la Tierra. Tal como Tú me enviaste para que fuera tu emisario en un mundo pecaminoso, igualmente los envío ahora para que sean mis emisarios en el mundo. Es de suma importancia, pues, que sean santos —emisarios santos de un Maestro santo— y así acallen a sus acusadores”. Los creyentes son testigos de Cristo y el carácter de un testigo debe ser irreprochable e irreprensible. Este es el motivo por que el Señor ora especialmente para que sus discípulos sean “santificados”.

V. 19: [Y por ellos yo me santifico a mí mismo, etc.].

Este es un pasaje más bien oscuro. Por supuesto, en un sentido, nuestro Señor no precisaba “santificación” alguna. Siempre fue perfectamente santo y estuvo libre de todo pecado. Junto con Crisóstomo, opino que el sentido tiene que ser: “Me consagro a Mí mismo como sacerdote, me ofrezco en sacrificio por una razón en especial aparte de todas las demás: para que mis discípulos sean santificados por medio de la Verdad y lleguen a ser un pueblo santo”. ¿No equivale a decir: “Mi sacrificio tiene tanto el propósito de la justificación como el de la santificación. Quiero tener un pueblo que no solo esté justificado, sino también santificado. Considero que esto es tan importante que es una de las principales razones que me llevan a morir como sacrificio”? Esa parece ser la idea del texto: “Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio”. O por otro lado: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” (Tito 2:14; Efesios 5:26; cf. 1 Pedro 2:24).

Señala Melanchton:

“No cabe duda que aquí la expresión ‘me santifico’ procede de los sacerdotes y las víctimas”.

V. 20: [Mas no ruego solamente por éstos, etc.].

En este versículo y los tres siguientes, nuestro Señor pasa a hacer otra petición por su pueblo. Pide que sean “uno”. Ya había hecho esta petición por los Apóstoles, pero ahora amplía su oración a otros aparte de ellos: a toda la congregación de futuros creyentes. “Ahora ruego también por todos los que creerán en Mí gracias a la predicación de todos mis discípulos en el futuro, y no solamente por mis once Apóstoles”. Todos los creyentes de todas las épocas necesitan ser guardados y santificados, pero nadie tanto como los Once, dado que ellos fueron los primeros en enfrentarse al mundo y soportar el furor redoblado de la batalla. En un sentido, en los primeros tiempos de la Iglesia era más fácil ser “uno” que mantenerse “santificado”. A medida que la Iglesia fue creciendo, la unidad se fue dificultando más.

Adviértase lo amplio que es el radio de acción de la oración intercesora de nuestro Señor. No solo oró por los creyentes presentes, sino también por los futuros. Nuestras oraciones deberían ser semejantes. Podemos alzar la vista y orar por los creyentes que no han nacido aún, aunque no podamos volver la vista atrás y orar por los creyentes que ya murieron.
Observa George Newton que al orar por los demás, por un niño o un amigo, puede sernos de gran aliento recordar que quizá Cristo esté intercediendo justo en ese momento por él o ella. Aquí ora por los que no creían aún pero habrían de creer un día.
Adviértase cómo la “palabra” predicada se menciona como un medio para que los hombres crean: “La fe es por el oír”. La Iglesia que antepone los sacramentos a la predicación de la Palabra no recibirá bendición alguna de Dios, porque no se somete a su mandato.
Piensa Hengstenberg que la “palabra” mencionada aquí comprende todos los escritos de los Apóstoles además de sus sermones.

V. 21: [Para que todos sean uno […]; en nosotros].

Considero que el significado de esta frase es el siguiente: “Ruego por que tanto estos discípulos como quienes les sucederán sean de un solo sentir, con una sola doctrina, un solo corazón y una sola conducta, que estén íntimamente unidos como Tú, Padre mío, y Yo somos de un solo sentir y una sola voluntad a consecuencia de esa unión inefable mediante la cual Tú estás en Mí y Yo estoy en Ti”.
Igual que en el versículo 11, no debemos olvidar que los creyentes no pueden aspirar de forma literal a disfrutar de una unión como la que hay entre el Padre y el Hijo. Comoquiera que sea, deben imitarla.
El verdadero secreto de la unión entre los creyentes reside en la expresión “uno en nosotros”. Solo pueden ser profundamente “uno” cuando están unidos a un solo Padre y a un solo Salvador. Solo entonces serán uno entre sí.
Piensa Ferus que una de las cosas que nuestro Señor tenía en mente al pronunciar esta frase era la unión de la Iglesia judía y la Iglesia gentil en una sola, así como la eliminación de la “pared intermedia de separación”.

[Para que el mundo crea […] enviaste]. Aquí, nuestro Señor introduce una importante razón para orar por que su pueblo sea “uno”. Contribuirá a que el mundo crea en su misión divina. “Cuando el mundo vea a mi pueblo sin divisiones, sin contiendas, unidos en su criterio, su corazón y su forma de vivir, empezará a creer que un Salvador con un pueblo así debe ser realmente un Salvador enviado por Dios”.
Adviértase con atención lo bien que previó nuestro Señor el efecto que tienen las vidas, las conductas y las opiniones de los cristianos profesantes en el mundo que les rodea. La falta de unidad y las consiguientes disensiones entre los cristianos ingleses en los tres últimos siglos han infligido un daño incalculable a las almas y han sido un triste ejemplo del enorme daño que pueden ocasionar los creyentes a la causa de su Maestro al descuidar esta cuestión. “¡Cuánto —dice George Newton— sufren nuestro Señor y su Evangelio por causa de las acaloradas contiendas de aquellos que se autodenominan santos!”.

V. 22: [La gloria que me diste, etc.].

En este versículo, nuestro Señor repite su profundo deseo de unidad para su pueblo. Declara “que a fin de que sean uno les ha dado la gloria que el Padre le dio a Él”. Esta es una expresión de gran dificultad que parece confundir a todos los comentaristas. El nudo gordiano consiste en saber qué quería decir nuestro Señor cuando hablaba de “la gloria” que les había dado.

a) Algunos —como es el caso de Calvino— creen que la “gloria” es la imagen y semejanza de Dios con la que se renovó a los discípulos (2 Corintios 3:18).

b) Otros —como Bengel— piensan que la “gloria” es ese poder, esa influencia y autoridad que acompañó a nuestro Señor en todo lo que dijo e hizo durante su ministerio terrenal. Así, Moisés tenía “gloria” en su semblante al descender del monte (2 Corintios 3:7). Cristo entregó este mismo poder e influencia a los Apóstoles (cf. Hechos 4:33).

c) Otros —como Zuinglio, Brentano, Gualter y Pearce— piensan que la “gloria” es la capacidad de obrar milagros, la gloria particular y especial que caracterizó a nuestro Señor durante su estancia en la Tierra. Así, leemos: “Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre” (Romanos 6:4).

d) Otros —como Agustín, Ecolampadio, Bullinger y Manton— consideran que la “gloria” hace referencia a la gloria celestial y a la inmortalidad que nuestro Señor prometió a sus discípulos: una gloria de la que disfrutarían tras haberle servido fielmente en la Tierra (cf. Romanos 8:18).

e) ¡Toledo hace la extraña sugerencia de que la “gloria” es lo que se nos transmite en la Cena del Señor!

f) Stier y Hengstenberg sostienen que la “gloria” es la unidad de mente y corazón.

g) Algunos —como Gregorio de Niza, Ammonius, Teofilacto y Bucero— opinan que la “gloria” hace referencia al Espíritu Santo, al que también se denomina el “glorioso Espíritu” (1 Pedro 4:14).

Probablemente esta cuestión no se resuelva jamás. Si debo inclinarme por una opinión, prefiero la última de todas. Nada hay tan adecuado para hacer que los discípulos fueran “uno” como el don del Espíritu Santo. ¿Acaso no leemos acerca de “la unidad del Espíritu”? (Efesios 4:3).

V. 23: [Padre, […] mi gloria que me has dado].

En este versículo, nuestro Señor simplifica sus declaraciones acerca de la unidad y se extiende en ellas más plenamente con el fin de mostrar enfáticamente la gran importancia que le otorga a la unidad. Considero que el sentido es algo parecido a esto: “Pido que mis discípulos estén tan íntimamente unidos —conmigo morando en ellos y Tú morando en Mí—, que puedan estar compactados y perfeccionados en un cuerpo, con una sola mente, una voluntad, un corazón y una opinión, a pesar de la diversidad de miembros; y que entonces el mundo, al ver esta unidad, se vea obligado a confesar que Tú me enviaste para ser el Mesías y que Tú amas a mi pueblo como me amas a Mí”.
Al dejar este profundo y difícil pasaje acerca de la unidad, viene bien recordar que la Iglesia, cuya unidad desea el Señor y por la que ora, no es una iglesia particular o visible, sino la Iglesia que es su Cuerpo, la Iglesia de los elegidos, la Iglesia que está formada solamente por los verdaderos creyentes y santos.
Más aún, la unidad por la que ora nuestro Señor no es unidad de formas, disciplinas, gobierno y cosas similares; sino la unidad de corazón, voluntad, doctrina y conducta. Aquellos que hacen de la uniformidad el asunto principal tratado en esta parte de la oración de Cristo están completamente equivocados. Puede haber uniformidad sin unidad, como la hay en muchas iglesias de la Tierra en la actualidad. Puede haber unidad sin uniformidad, como entre los episcopalianos y los presbiterianos piadosos. No hay duda de que la uniformidad puede ser de gran ayuda para la unidad, pero no es unidad en sí.
La unidad que pide nuestro Señor en oración aquí es esa unidad genuina, sustancial, espiritual, interna y de corazón que sin duda existe entre todos los verdaderos miembros de Cristo de todas las iglesias y denominaciones. Es la unidad resultante de que un mismo Espíritu Santo ha hecho de los miembros de Cristo lo que son. Es la unidad que hace que se sientan más unidos en mentalidad unos a otros que con otros que profesan ser de su mismo grupo. Es la unidad que conmueve el mundo y le obliga a confesar la verdad del cristianismo. Mi parecer es que, en esta oración, nuestro Señor pide especialmente por la eterna conservación y el incremento de esta unidad. Y no debe sorprendernos. Las divisiones de los creyentes meramente mundanos duran poco. Las divisiones de los verdaderos creyentes causan el mayor daño posible a la causa del Evangelio. Pierden un tiempo precioso y muchas fuerzas, y dan razones al mundo para la incredulidad. Si todos los creyentes del momento fueran de un mismo sentir y trabajaran juntos, pronto trastornarían el mundo. No nos asombra que el Señor orara pidiendo unidad.

V. 24: [Yo en ellos, y tú en mí, etc.].

En este versículo, nuestro Señor menciona la cuarta y última cosa que desea para sus discípulos en su oración. Tras la protección, la santificación y la unidad, llega la participación en su gloria. Pide que estén “con Él” en la gloria venidera, que la “vean” y la compartan.
Aunque no debemos forzarla en exceso, “quiero” es una expresión notable (cf. Marcos 10:35). Cuando la hija de Herodías pidió la cabeza de Juan el Bautista, dijo: “Quiero que ahora mismo me des” (Marcos 6:25). Quizá no sea más que la expresión de un deseo intenso, pero es el deseo de Aquel que es uno con el Padre y solo quiere lo que quiere el Padre. Probablemente tenga como finalidad transmitir confianza a los discípulos. “Quiero” y así se hará.

Dice Hutcheson:

“ ‘Quiero’ no implica una orden de carácter imperioso, contraria al anterior tono de humildad con que ha hecho sus peticiones, sino que solo implica que con este ruego declara su última voluntad y deja su testamento, dejando su legado del que estaba seguro que se haría efectivo, puesto que lo había comprado por medio de sus méritos y lo había pedido fervientemente en su intercesión”.

Comenta Traill:

“Los cristianos debemos observar la asombrosa diferencia que existe entre la oración de Cristo para ser dispensado de su propio infierno (si se puede llamar así) y su oración por nuestro Cielo. Cuando ora por Él mismo, dice: ‘Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa’. Pero cuando Cristo ora pidiendo el Cielo para su pueblo, dice: ‘Padre […], quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo’ ”.

Sostiene Stier que este “quiero” no es más que una expresión testamentaria del Hijo que, en su unión con el Padre, está expresando su voluntad en ese punto en el que la oración deja de ser una petición”.
Dice Alford que “esta es una expresión de voluntad basada en un derecho reconocido”.
La expresión “donde yo estoy, también ellos estén” es una de esas frases profundamente interesantes que muestran cuál será la naturaleza de la morada futura de los creyentes. Independientemente del lugar en que se encuentren, ya sea antes o después de la resurrección, será en compañía de Cristo. Es como “conmigo en el paraíso”, “partir y estar con Cristo”, “estaremos siempre con el Señor”, (Lucas 23:43; Filipenses 1:23; 1 Tesalonicenses 4:17). Sabiamente, no se nos describe la naturaleza de nuestro futuro estado en su totalidad. Basta con que los creyentes sepan que estarán “con Cristo”. Es su compañía, y no el lugar, lo que proporciona la felicidad.

Comenta Traill:

“El Cielo consiste en la presencia perfecta e inmediata de Cristo. La presencia perfecta es cuando ambas partes están presentes en su totalidad: la totalidad de Cristo y la totalidad de los creyentes. Pero ahora no disfrutamos de la totalidad de Cristo ni tampoco estamos todos con Él. Por su parte tenemos el Espíritu, la Palabra y la gracia. Por nuestra parte están con Él nuestros corazones, así como las obras de nuestra fe y amor y nuestro anhelo de Él. Pero esta presencia es imperfecta y está teñida de distancia y ausencia”.

Por supuesto, no debemos restringir la expresión “vean mi gloria” a la idea de “observar como espectadores”. Incluye la participación, el compartir y el disfrute conjunto (cf. Juan 3:3; 8:51; Apocalipsis 18:7).
La expresión “que me has dado” parece aludir a esa gloria particular que el Padre, en el pacto eterno, decidió otorgar a Cristo como recompensa por la obra de la Redención (cf. Filipenses 2:9).

[Porque me has amado […] fundación del mundo]. Esta frase parece insertarse con el propósito específico de mostrar que la gloria de Cristo en el mundo venidero se había preparado desde la eternidad, antes del tiempo y la creación del hombre, y que no se trataba meramente de algo que hubiera obtenido a consecuencia de su fidelidad en la Tierra, como sucedió con Moisés o Juan el Bautista, sino que lo disfrutaba desde la eternidad en calidad de Hijo eterno del Padre eterno: “Me has amado y me concediste esta gloria mucho antes de la fundación del mundo”, esto es, desde la eternidad. Esta es una afirmación muy profunda que contiene cosas que escapan a nuestra comprensión.

V. 25: [Padre justo, etc.].

En este versículo, nuestro Señor da comienzo a la conclusión de su maravillosa oración. Lo hace declarando el estado de cosas en que estaba a punto de dejar el mundo y sus discípulos. Considero que el significado es el siguiente: “Vengo a ti desde un mundo que no te conoce y que se ha negado a conocerte por medio de mi ministerio. Sin embargo, Yo sí te he conocido y te he sido fiel. Y estos discípulos míos han reconocido y confesado que tú me enviaste para ser el Mesías”.
No está muy claro el motivo por que nuestro Señor utiliza la expresión “Padre justo”. Es un caso único. Quizá tenga el propósito de expresar el contraste entre la maldad de un mundo que “no conoció” al Verbo mientras este estuvo en Él (cf. Juan 1:10) y la justicia de Dios al castigar a este mundo que se negó a conocer a Cristo cuando sus discípulos sí lo hicieron.
La expresión “yo te he conocido”, parece hacer referencia al velo de humillación que cubrió a nuestro Señor durante todo el período de su encarnación. “Aun entonces —parece decir— no he dejado de conocerte y honrarte”.
Una vez más, el elogioso testimonio que se da de los discípulos es digno de atención. A pesar de todas sus debilidades, “han CONOCIDO mi misión divina”.

V. 26: [Y les he dado a conocer […] a conocer aún].

En esta frase, nuestro Señor hace un breve resumen de la que había sido su obra hasta el momento: “Les he dado a conocer tu nombre, tu carácter y tus atributos como el camino de la salvación para un mundo perdido, y seguiré haciéndolo tras mi ascensión por medio del Espíritu Santo”.
Aquí, al igual que en otros pasajes, vuelve a declarar que uno de los grandes propósitos de su ministerio era dar a conocer al Padre.
Como dice George Newton, la expresión “lo daré a conocer” demuestra que “Jesucristo declarará constantemente el nombre de su Padre a otras naciones y personas hasta que llegue el fin del mundo. Enseñará siempre a nuevos eruditos a descifrarla y comprenderla en todas las generaciones mientras el mundo siga en pie”.

[Para que el amor […], y yo en ellos]. Nuestro Señor concluye su oración expresando su deseo de que el amor del Padre reine en los corazones de sus discípulos y que Él mismo también lo haga: “Mi gran deseo es que conozcan y sientan el amor con que tú me amas y que Yo habite siempre en sus corazones por fe”.
No olvidemos que uno de los grandes deseos de S. Pablo en su Epístola a los Efesios era que “habite Cristo por la fe en [sus] corazones” (Efesios 3:17). También dice a los romanos: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Romanos 5:5).
La expresión “daré a conocer mi amor” entraña cierta dificultad. Significa “lo daré a conocer personalmente durante el intervalo que medie entre mi resurrección y mi ascensión”, o bien “lo seguiré dando a conocer por medio de la enseñanza de mi Espíritu una vez que Yo haya abandonado el mundo”. Esto último parece lo más probable.
La expresión “tu amor esté con ellos” también plantea graves dificultades. O bien es “para que tu amor, el mismo amor con que Tú me amas, también recaiga en ellos”, o bien “para que perciban en sus propios corazones cómo es el amor con que Tú me amas”. En lo que a mí concierne, prefiero esta última interpretación.
Señala George Newton con respecto a este versículo: “Si Cristo está en ti, permíteme que te aconseje que le dejes vivir con tranquilidad en tu corazón. No le molestes ni le perturbes; no le enojes. Que no le contraríe permanecer en Ti. Esfuérzate todo lo posible para complacerle, satisfacerle y contentarle de manera que la casa que ha elegido no sea un lugar lóbrego y triste, sino un sitio en que se deleite”.

Comenta Manton:

“Cuando un rey terrenal pernocta en una casa un solo día, ¡cuántas precauciones se toman para que nada le disguste y todo esté limpio y ordenado! ¡Cuánto más cuidadosos habremos de ser nosotros a la hora de mantener limpios nuestros corazones, ejercitar la fe, el amor y otras virtudes, a fin de acoger a nuestro Rey celestial, que convierte nuestros corazones en su morada!”.

Bien podemos abandonar este capítulo llenos de humildad al pensar en nuestra ignorancia con respecto al verdadero sentido de muchas de sus frases. ¡Cuánto hay en nuestra exposición que no pasa de enclenques conjeturas! Parece como si solo estuviéramos arañando la superficie. Recordemos al menos que las cuatro peticiones que nuestro Señor hizo en oración deben ser el deseo diario de todo cristiano: a) ser guardados, b) ser santificados, c) estar unidos, d) la gloria final en compañía de Cristo.

George Newton concluye su exposición de este capítulo con unas palabras conmovedoras:

“¡Qué ferviente e importuno es Cristo con Dios el Padre para que seamos uno aquí y estemos en un mismo lugar en el futuro! ¡Escudriñemos el corazón de Jesucristo, abierto ante nosotros de par en par en esta intercesión, para conocerlo cada vez más hasta que finalmente esa maravillosa oración se cumpla por completo y seamos llevados para siempre con el Señor y estemos donde Él está!”.

LA ORACIÓN SUMO SACERDOTAL DE JUAN 17

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.