Madrid, España

LA MUERTE, RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN DE CRISTO

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LA MUERTE, RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN DE CRISTO

Cristo realizó muchas obras, pero la obra por excelencia que realizó fue el morir por los pecados del mundo (Mateo 1:21; Juan 1:29). Están incluidas en su obra expiatoria su muerte, resurrección y ascensión. No sólo debe morir por nosotros, sino también debe vivir por nosotros. No sólo debe resucitar de los muertos, para nosotros, sino ascender para interceder por nosotros (Romanos 8:34; 4:25; 5:10).


La Muerte de Cristo

Su importancia

El acontecimiento extraordinario y la doctrina central del Nuevo Testamento puede ser sintetizada en las siguientes palabras: “Cristo fue muerto [el acontecimiento] por nuestros pecados [la doctrina]” (1 Corintios 15:3). La muerte expiatoria de Cristo es la característica única de la religión cristiana. Martín Lutero declaró que la doctrina cristiana se distinguía de toda otra, y especialmente de aquella que parecía cristiana, por el hecho de que es la doctrina de la cruz. La batalla toda de la Reforma fue por la interpretación correcta de la cruz. Los reformadores enseñaban que el que entiende la cruz como corresponde, entiende a Cristo y a la Biblia.
Se trata esta de una característica única de los evangelios que hace del cristianismo la religión por excelencia; puesto que el problema es el del pecado, y la religión que adopta disposiciones perfectas para la liberación de la culpabilidad y el poder del pecado, es divinamente completa. Jesucristo es el autor de la “salvación eterna” (Hebreos 5:9), es decir, de la salvación final. Todo lo que la salvación puede significar es adquirido o asegurado por El.


Su significado

Hay cierta relación verdadera entre el hombre y su Hacedor. Algo ocurrió para destruir esta relación. No sólo está el hombre alejado de Dios, y se diferencia de Dios en carácter, sino que hay un obstáculo que bloquea u obstaculiza el camino, cual peña gigantesca, obstáculo tan grande que el hombre no lo puede hacer a un lado por su propio esfuerzo. Ese obstáculo es el pecado, o más bien la culpabilidad, que significa el pecado asignado por Dios contra el pecador.
El hombre no puede remover ese obstáculo. Sólo Dios puede hacerlo. Dios debe tomar la iniciativa y salvar al hombre, de otra manera no podrá ser salvo. El que Dios haya hecho esto constituye el testimonio de las Sagradas Escrituras. Envió a su Hijo del cielo a la tierra para remover ese obstáculo y hacer de esa manera posible la reconciliación del hombre con su Dios. Al morir por nuestros pecados, quitó la barrera separatoria; soportó sobre si lo que nosotros debíamos de haber soportado; realizó por nosotros lo que nosotros éramos impotentes de hacer por nosotros mismos; esto hizo porque era la voluntad del Padre. Esta es la esencia de la expiación.


La Resurrección de Cristo

El hecho o realidad de la resurrección

La resurrección de Cristo es el milagro por excelencia del cristianismo. Una vez que establecemos la realidad de este acontecimiento, la discusión de los otros milagros del evangelio se hace innecesaria. Además, es el milagro sobre el que se sustenta o se desploma toda la fe cristiana; pues el cristianismo es una religión histórico que basa sus enseñanzas en acontecimientos definidos que ocurrieron en Palestina hace unos diecinueve siglos. Estos acontecimientos son el nacimiento y ministerio de Jesucristo, que culminó con su muerte, sepultura y resurrección. De estos, la resurrección es la corona, puesto que si Cristo no resucitó, luego no es lo que afirmaba ser; su muerte no fue entonces una muerte expiatoria; luego los cristianos han sido engañados por siglos; los predicadores han estado declarando errores; los fieles han sido engañados por la falsa esperanza de la salvación. Pero, gracias a Dios, en vez del signo de interrogación, podemos colocar el de admiración en esta doctrina: “¡Pero ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho!”


La evidencia de la resurrección

“Ustedes los cristianos viven de la fragancia de una tumba vacía”, dijo un escéptico francés. Es verdad que las que vinieron a embalsamar el cuerpo de Jesús en aquella memorable mañana de Resurrección descubrieron la tumba vacía. Esta verdad no se ha explicado, y no podrá explicarse aparte de la verdad respecto de la resurrección de Jesús. ¡Con que facilidad los judíos podrían haber refutado el testimonio de los primeros predicadores, presentando el cuerpo de nuestro Señor! Pero no lo hicieron, porque no podían.
¿Cómo se podría explicar la existencia de la iglesia cristiana, que seguramente habría permanecido sepultada con su Señor, si Jesucristo no hubiera resucitado? La iglesia viva y radiante del día de Pentecostés no nació de un dirigente muerto. ¿Qué haremos con el testimonio de los que vieron a Jesús después de su resurrección, muchos de los cuales hablaron con El, le tocaron, comieron con El; con el testimonio de centenares de quienes Pablo dijo que vivían en su día; muchos de los cuales nos han proporcionado su testimonio inspirado en el Nuevo Testamento? ¿Cómo recibiremos el testimonio de hombres que por su honradez y sinceridad jamás habrían predicado un mensaje si hubieran creído que era falso, y que lo sacrificaron todo por esa predicación?
¿Cómo explicaremos la conversión de Pablo el apóstol, de perseguidor del cristianismo en uno de los misioneros más grandes, a menos que en realidad hubiera visto a Cristo en el camino a Damasco? Sólo hay una respuesta para todas estas preguntas: Jesucristo resucitó.
Se han realizado intentos de evadir la verdad. Los dirigentes judíos afirmaron que sus discípulos habían robado el cuerpo como si un pequeño grupo de discípulos tímidos y desilusionados pudieran haber reunido suficiente valor para arrebatar a los endurecidos soldados romanos el cuerpo de su Maestro, cuya muerte había truncado sus esperanzas.
Algunos estudiosos modernos tienen sus explicaciones. “Los discípulos experimentaron simplemente una visión”, nos dicen. ¡Como si centenares de personas hubieran visto la misma visión y se hubieran imaginado que veían realmente a Cristo! “Jesús no murió en realidad, sino que se desmayó y estaba todavía con vida cuando fue quitado de la cruz”, dicen otros. ¡Como si un pálido y débil Jesucristo, bañado en sangre, hubiera podido persuadir a los discípulos que dudaban, y especialmente a Tomás, de que era el Cristo resucitado de la muerte!
Estas explicaciones son tan débiles que llevan en sí su propia refutación. De nuevo afirmarnos lo siguiente: Cristo resucitó. De Wette, el teólogo liberal, afirmó que “la resurrección de Jesucristo no puede ponerse en duda, de la misma manera que no se pone en duda la certeza histórico del asesinato de César.”


El significado de la resurrección

Significa que Jesús es todo lo que afirmó ser, Hijo de Dios, Salvador, Señor (Romanos 1:4). El mundo respondió a las afirmaciones y derechos de Jesús enviándolo a la cruz; Dios respondió resucitándole.
Significa que la muerte expiatoria de Cristo fue una realidad, y de que el hombre podrá hallar el perdón por sus pecados pasados, y así hallar paz con Dios (Romanos 4:25). La resurrección es realmente la consumación de la muerte expiatoria de Cristo. ¿Cómo sabemos que no era una muerte ordinaria? ¿Cómo sabemos que lavará realmente el pecado? ¡Porque resucitó!
Significa que tenemos un sumo sacerdote en los cielos que simpatiza con nosotros, que ha vivido nuestra vida, y conoce nuestras tristezas y enfermedades y que está capacitado para darnos poder para vivir la vida cristiana día tras día. El que murió por nosotros, vive ahora por nosotros (Romanos 8:34; Hebreos 7:25).
Significa que podemos saber que hay una vida venidera. “Pero nadie ha regresado jamás para contarnos con respecto al otro mundo”, constituye una objeción común. Pero alguien ha retornado, Jesucristo. A la pregunta ¿si un hombre muere, vivirá de nuevo? La ciencia sólo puede contestar: “No lo sabemos.” La filosofía puede decir: “Debe de haber una vida futura.” Pero el cristianismo puede decir: “Porque El vive, viviremos también nosotros; porque el resucitó de los muertos, también resucitarán todos.”
La resurrección de Cristo nos proporciona, no sólo prueba de la verdad de la inmortalidad, sino la seguridad de inmortalidad personal (1 Tesalonicenses 4:14; 2 Corintios 4:14; Juan 14:19).
Significa que hay la certeza de un juicio futuro. Tal como lo ha dicho el apóstol inspirado, Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón al cual designó; dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:31).
Tan cierto como Jesús resucitó de los muertos para ser juez de los hombres, así también los hombres resucitarán de la tumba para ser juzgados por El.


La Ascensión de Cristo

La verdad de la ascensión es corroborada por los evangelios, Hechos y las epístolas. ¿Qué significado tiene este hecho histórico? ¿Qué doctrinas se basan en él? ¿Cuáles son los valores prácticos?
La ascensión nos enseña que nuestro Maestro es:


El Cristo celestial

El Señor Jesucristo abandonó este mundo porque le había llegado el momento de retornar a su Padre. Su partida fue un ascenso, así como su entrada en el mundo había sido un descenso. El que había descendido, ahora ascendió adonde estaba antes. Y de la misma manera que su entrada en el mundo era sobrenatural, así también fue su partida.
Consideremos la forma de su partida. Sus apariciones y desapariciones después de la resurrección habían sido instantáneas, la ascensión había sido gradual, pues las Sagradas Escrituras nos dicen: “Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo” (Hechos 1:10). No fue seguida de ninguna otra aparición, en la cual el Señor les apareciera en medio de ellos en persona, para comer y beber con ellos. Las apariciones de esta clase terminaron con la ascensión. Fue el alejamiento, de una vez por todas, de la vida terrenal que los hombres viven en este mundo. Desde ahora en adelante, los discípulos no deben considerarlo como el Cristo según la carne, es decir, que vive una vida terrenal, sino como el Cristo glorificado que vive una vida celestial en la presencia de Dios, y estableciendo contacto con ellos por medio del Espíritu Santo. Antes de la ascensión apareció el Maestro, desapareció y reapareció de nuevo de tiempo en tiempo, con el objeto de apartarlos gradualmente de la dependencia del contacto visible y terreno con El, y acostumbrarlos a la comunión invisible, espiritual, con El. De manera entonces que la ascensión se convierte en la línea divisoria de dos períodos de la vida de Cristo: desde el nacimiento hasta la resurrección es el Cristo de la historia humana, el que vivió una vida perfecta bajo condiciones terrenas. Desde la ascensión, es el Cristo de la experiencia espiritual, que vive en el cielo y toca a los hombres por medio del Espíritu Santo


El Cristo exaltado

En un lugar las Sagradas Escrituras, refiriéndose a Cristo, emplean el vocablo “iba”, mientras que en otro los Anales Sagrados dicen que “fue alzado”. El primero representa a Cristo en circunstancias que se presenta al Padre por voluntad y derecho propios; el segundo recalca el acto del Padre por medio del cual el Señor es exaltado, como recompensa por su obediencia hasta la muerte. Su lento ascenso por la voluntad del Padre, a plena vista de los discípulos les hizo a estos comprender que abandonaba la vida terrena, y al mismo tiempo los convirtió en testigos oculares de su partida. Pero una vez oculto a la vista, el viaje fue completado por un acto de su voluntad. El doctor Swete hace el comentario siguiente:

En ese instante toda la gloria de Dios brilló a su alrededor, y se halló en el cielo. El cuadro no era del todo nuevo para El; en la profundidad de su conciencia el Hijo del hombre recordaba las glorias que durante la época anterior a su encarnación había compartido con el Padre, “antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). Pero el alma humana de Cristo, hasta el momento de la ascensión, no había experimentado la visión amplia de Dios que resplandeció en El al ser levantado de la tierra. Era este el objetivo de su vida humana, el gozo puesto delante de El (Hebreos 12:2); y en el momento de la ascensión fue logrado.

Fue en vista de su ascensión y exaltación que Cristo declaró lo siguiente: “Toda potestad [autoridad] me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18; lea Efesios 1:20–23; 1 Pedro 3:22; Filipenses 2:9–11; Apocalipsis 5:12). Citamos a continuación de nuevo al doctor Swete:

Nada es hecho en ese gran mundo desconocido que llamamos cielo sin esta autoridad inicial, guiadora, que todo lo determina. Procesos que son inconcebibles para nuestra mente son llevados adelante, más allá del velo, por agencias igualmente inconcebibles. Es suficiente para la iglesia el saber de que todo lo que se hace allí es hecho por la autoridad de su Señor.


El Cristo soberano

Cristo ascendió a su sitial de supremacía o jefatura sobre todas las criaturas. Es la “cabeza de todo varón” (1 Corintios 11:3), “la cabeza de todo principado y potestad” (Colosenses 2:10); todas las autoridades del mundo invisible como así también del mundo de los hombres están bajo su dominio (1 Pedro 3:22; Romanos 14:9; Filipenses 2:10, 11). Posee esta soberanía universal, a ser ejercitada para el bien de su iglesia que es su cuerpo; Dios “sometió todas las cosas debajo de sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia”. En un sentido especial, por lo tanto, Cristo es la Cabeza de la iglesia. Esta jefatura se manifiesta de dos maneras:

(1) Por la autoridad ejercida por El sobre todos los miembros de la iglesia.

El apóstol Pablo emplea la relación matrimonial como ilustración de las relaciones entre Cristo y la iglesia (Efesios 5:22–33). De la misma manera que la iglesia vive en sujeción a Cristo, así también las esposas deben sujetarse a sus maridos; así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, así también los esposos deben ejercer su autoridad en el espíritu de amor y sacrificio personal. La obediencia de la iglesia a Cristo es una sumisión voluntaria; de igual manera debiera la esposa ser obediente no sólo por causa de la conciencia, sino por amor y reverencia.

Para los creyentes, los vínculos matrimoniales se han convertido en “misterio” (una verdad con significado divino), pues ellos revelan la unión espiritual entre Cristo y su iglesia; “autoridad de parte de Cristo, subordinación de parte de la iglesia, amor de ambas partes, amor que responde al amor, para ser coronado en la plenitud del gozo, cuando se complete la unión a la venida del Señor” (Swete).

Una característica prominente de la iglesia primitiva fue la actitud de amorosa sumisión a Cristo. “Jesús es Señor” no fue solamente la declaración de un credo, sino también la regla o gobierno de la vida.

(2) El Cristo ascendido no es sólo el poder gobernante y dirigente de la iglesia, sino también la fuente de su vida y energía.

La relación que hay entre la rama y el árbol, la cabeza y el cuerpo, guarda también el Cristo vivo con su iglesia. Aunque la Cabeza de la iglesia está en el cielo, mantiene estrecha comunión con su cuerpo en la tierra, siendo el Espíritu Santo el vínculo de comunicación (Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:19).


El Cristo que preparó el camino

La separación entre Cristo y la iglesia terrenal que comenzó con la ascensión, no es permanente. Ascendió en calidad de precursor para preparar el camino para ellos, a fin de que le siguieran. Su promesa fue la siguiente: “Donde yo estuviere, allí también estará mi servidor” (Juan 12:26). El término precursor se aplica primeramente a Juan el Bautista pues fue él quien preparó el camino para Cristo (Lucas 1:76). Así como Juan preparó el camino para Cristo, así también el Cristo ascendido preparó el caminó para la iglesia. Esta esperanza es comparada “a la segura y firme ancla del alma, y que entra hasta dentro del velo, donde entró por nosotros como precursor Jesús” (Hebreos 6:19, 20). Aunque sacudidos por las olas de la prueba y la adversidad, los fieles no necesitan temer el naufragio, mientras mantengan firme su esperanza en las realidades celestiales. En sentido espiritual, la iglesia ha seguido ya al Cristo glorificado. En efecto, Dios hizo sentar a los creyentes “en los cielos con Cristo Jesús” (Efesios 2:6). Por medio del Espíritu, los creyentes ascienden con el corazón y la mente hasta el Cristo resucitado; pero se producirá una ascensión literal correspondiente a la de Cristo (1 Tesalonicenses 4:17; 1 Corintios 15:52). Esta esperanza de los creyentes no es engaño, pues están conscientes del poder o fuerza de atracción del Cristo glorificado (1 Pedro 1:8). Con esta esperanza, el Señor Jesucristo consoló a sus discípulos antes de su partida (Juan 14:1–3). “Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Tesalonicenses 4:18).


El Cristo que intercede

En virtud de haber asumido nuestra naturaleza, y muerto por nuestros pecados, Jesús es el Mediador entre Dios y el hombre (1 Timoteo 2:5). Pero el Mediador es también un Intercesor, y la intercesión va un paso más allá de la mediación. Un mediador quizá ponga en contacto a dos personas o partes, dejándolas luego solas para que solucionen sus dificultades. Pero un intercesor hace algo más, ya que expresa una palabra en favor de la persona a quien representa, o por quien se toma interés. La intercesión es un ministerio importante del Cristo ascendido (Romanos 8:34). Forma el punto culminante de sus actividades salvadoras. Murió por nosotros; resucitó por nosotros; ascendió por nosotros, y hace intercesión por nosotros (Romanos 8:34). Nuestra esperanza no reside en el Cristo muerto, sino en uno que vive; y no simplemente en uno que vive, sino en uno que vive y reina con Dios. El sacerdocio de Cristo es eterno, por lo tanto su intercesión es permanente.

Por lo tanto, puede llevar a un término feliz (salvar hasta lo sumo, Hebreos 7:25) todo caso que asume para la defensa, garantizando así a los que se acercan a Dios por su mediación la restauración completa del favor divino y la bendición. En realidad, el hacer eso es el propósito mismo de su vida en el cielo; vive para este fin con el objeto de interceder ante Dios por su pueblo. No se puede suspender esta obra intercesora mientras dure el mundo … pues la intercesión del Cristo ascendido no es una oración, sino una vida. El Nuevo Testamento no lo representa como suplicante que ante el Padre, con los brazos extendidos, y con voz alta y lágrimas, ruega por nuestra causa ante la presencia de un Dios remiso, poco inclinado a responder, sino que lo presenta como Sacerdote-Rey en su trono, que pide lo que desea de un Padre que siempre oye y concede las peticiones.

—Swete.

¿Cuáles son las peticiones principales de Cristo en su ministerio intercesor? La oración de Juan 17 sugerirá la respuesta.
Análoga a la dignidad de mediador es el de abogado (en el griego “Paracleto”) (1 Juan 2:1). Un abogado o paracleto es aquél llamado a ayudar a una persona en dificultades o necesidad, para administrar ayuda o proporcionar consejo y protección. Tal era la relación del Señor con sus discípulos durante los días de la carne. Pero el Cristo ascendido está preocupado también con el problema del pecado. En calidad de Mediador, obtiene acceso, para nosotros, en la presencia de Dios; en calidad de Intercesor, lleva las peticiones ante Dios; como Abogado, hace frente a las acusaciones lanzadas contra nosotros por el “acusador de los hermanos” en lo que respecta al pecado. Para los verdaderos creyentes, una vida de pecado habitual está fuera de la cuestión (1 Juan 3:6); no obstante, casos aislados de pecado son posibles en los mejores creyentes, y tales ocasiones requieren la defensa de Cristo. En 1 Juan 2:1, 2 se expresan tres consideraciones que dan fuerza a su defensa: primero, el Señor está con el Padre, en la presencia de Dios; segundo, es el Justo, y como tal, hace expiación por otros; tercero, El es la propiciación por nuestros pecados, es decir, un sacrificio que asegura el favor de Dios mediante la expiación de los pecados.


El Cristo omnipresente

Mientras se encontraba en la tierra, Cristo estaba limitado a un sitio a la vez, y no podía estar en contacto con cada uno de sus discípulos en todo momento. Pero mediante su ascensión a la Fuente de poder del universo, estuvo en condiciones de enviar su poder y personalidad divina en todo momento y en todo lugar a todos los discípulos (Juan 14:12). La ascensión al trono de Dios le dio no sólo omnipotencia (Mateo 28:18) sino también omnipresencia, haciendo posible para El el cumplimiento de la promesa que dice: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en yo medio de ellos” (Mateo 18:20).


Conclusión: valores de la ascensión

¿Cuáles son los valores prácticos de la doctrina de la ascensión?

(1) El estar conscientes del Cristo ascendido, a quien esperamos ver algún día, constituye un incentivo para la santidad (Colosenses 3:1–4). La mirada hacia arriba contrarrestará la atracción hacia abajo.

(2) El conocimiento de la ascensión contribuye a la concepción justa de la iglesia. La creencia en un Cristo meramente humano hará que la gente considere a la iglesia como simple sociedad humana, empleada para fines filantrópicos y morales, pero desprovista de poder o autoridad sobrenaturales. Por otro lado, un conocimiento del Cristo ascendido dará como resultado el reconocimiento de la iglesia como organismo, una organización sobrenatural que deriva su vida divina del Jefe resucitado.

(3) El tener conciencia del Cristo ascendido producirá una justa actitud hacia el mundo, y hacia las cosas del mundo. “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20).

(4) Fe en el Cristo ascendido inspirará un sentido profundo de responsabilidad personal. La creencia en el Cristo ascendido lleva consigo el conocimiento de que tendremos que rendirle cuentas algún día (Romanos 14:7–9; 2 Corintios 5:9, 10). El sentido de responsabilidad hacia el Maestro en los cielos sirve de freno al pecado, y de incentivo para seguir la justicia (Efesios 6:9).

(5) Con la fe en el Cristo ascendido está relacionada la gloriosa y bendita esperanza de su retorno. “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez” (Juan 14:3).

LA MUERTE, RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN DE CRISTO

 

 

Una respuesta

  1. Janette Pasarell Chamorro dice:

    Aprendo mucho de la Palabra de Dios con sus Ministerios. Gracias. Dios continúe bendiciéndoles.

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