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LA LIBERTAD DEL PECADO

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LA LIBERTAD DEL PECADO


La libertad del pecado


“Vendido.”
El subastador era enérgico y serio, y la palabra que habló sin rodeos llegó claramente a la multitud reunida a unos pasos de la vieja taberna de Wetherburn. El lugar fue Williamsburg, Virginia; el año, 1994. Fue una reinterpretación de la venta de esclavos que se había producido en la Williamsburg colonial. Los manifestantes lo llamaron deshumanizante; sus defensores alegaron que estaban mostrando una cara de la historia para que la gente pudiera ver, oír, y sentir, lo que había sucedido en el pasado.
La Biblia registra incidentes cuando los creyentes poseyeron esclavos. Como hijos de Dios, sin embargo, no los trataron con crueldad, sino de acuerdo al principio general: Ama a tu prójimo como a ti mismo. El apóstol Pablo fue instrumento para la conversión al cristianismo de un esclavo fugitivo llamado Onésimo y entonces lo instó a volver a su amo quien también era cristiano. En su carta a Filemón, Pablo amorosamente apela para que el esclavo sea tratado como creyente, porque todos ellos sabían que había una esclavitud mucho peor de la que habían sido liberados: la esclavitud del pecado. Sí, Onésimo, el esclavo, fue librado cuando oyó y fue hecho creyente en el evangelio de Jesucristo. Fue librado del pecado, de Satanás, y de la muerte.


Diferentes palabras para el pecado

¿Qué significa estar libre de pecado? Antes de que podamos responder esta pregunta, debemos tener una clara comprensión de lo que es pecado.
Estamos viviendo en un momento en que no existe clara distinción entre el bien y el mal. Como resultado, muchos están viviendo en pecado, y al mismo tiempo se imaginan que son libres para actuar como les parezca. En la Biblia, Dios no tiene pelos en la lengua. Él nos dice claramente lo que quiere que la gente haga y lo que prohíbe. Además, él usa diferentes palabras en las Escrituras para describir la desobediencia contra él.
La palabra pecado en sí muy a menudo significa errar el tiro. Podemos apuntar en la dirección correcta de la voluntad de Dios, pero nunca daremos en el blanco. No importa lo mucho que lo intentemos, nunca daremos justo en el blanco. De hecho, nosotros perdemos el objetivo completamente con nuestro pecado.
La palabra transgresión también es utilizada para describir nuestra desobediencia a Dios. Transgresión significa cruzar la línea prohibida. En una descripción del sufrimiento del Salvador prometido, el profeta escribió: “Él fue herido por nuestras rebeliones [transgresiones]” (Isaías 53:5). Debido a nuestra naturaleza pecaminosa, siempre cruzamos la línea en la que Dios ha colocado el letrero: MANTÉNGASE FUERA.
Otro sinónimo de pecado es iniquidad. “Él fue… molido por nuestras iniquidades” (Isaías 53:5 NVI), es una manera de explicar lo que Cristo ha hecho por nosotros. La palabra iniquidad significa fallar en llegar a la perfección. Estamos engañándonos a nosotros mismos cuando comparamos lo que somos y lo que estamos haciendo, con lo que hacen los demás, porque siempre seleccionamos a alguien que no está a la altura de nuestra manera de actuar o pensar. Pero la comparación que Dios quiere que hagamos no es con otros seres humanos pecaminosos, sino con él. Él es santo y nosotros no. Por lo tanto, la verdadera evaluación de nuestra persona nos hace llegar a la conclusión que hemos fallado y nunca alcanzaremos la perfección, porque nuestra vida está llena de maldad.

Persona felíz por su libertad del pecado.

 

El origen del pecado

Pero, ¿de dónde provienen nuestros pecados? ¿Provienen de influencias externas durante nuestro crecimiento? Ciertamente hoy en día existen muchas de esas influencias. Incluso los mejores hogares cristianos se han visto expuestos a todo tipo de impiedad a través de la televisión. Aunque fácilmente el pecado se multiplica de muchas maneras, estas influencias malvadas no son el origen de nuestro pecado personal.
Más bien, el pecado ha sido tejido en nuestro propio ser a partir del momento en que fuimos concebidos. Cuando vemos a los recién nacidos, parecen tan inocentes que podemos fácilmente razonar que no han vivido el suficiente tiempo para poder pecar. Además podemos concluir que en el comienzo de nuestra vida nosotros también gozamos de esa inocencia. Sin embargo, nuestra razón e incluso nuestros ojos nos engañan fácilmente en asuntos espirituales. Es por eso que Dios se complace en revelarnos no sólo la forma en que comenzó el mundo, sino también la manera como el pecado llegó a infectar a toda la raza humana.
Dios dio a nuestros primeros padres vida perfecta y hermoso hogar en donde vivir. Cuando Dios los creó, escribió su ley en los corazones de ellos de modo que tenían perfecto conocimiento de su voluntad. Además, les dio un mandato especial que les permitiría demostrar su amor a él. Dios les prohibió comer del “árbol del conocimiento del bien y del mal”. No obstante, ellos desobedecieron, y de inmediato todo su ser fue corrompido por el pecado. Desobedecer un solo mandamiento significa violar toda la ley.
Ese primer pecado no sólo corrompió completamente a Adán y a Eva, sino que también es el origen de todo el pecado en el mundo. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). David sabía el origen de su pecado. “En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). Él había heredado su naturaleza pecaminosa de sus padres, y nosotros también, ya que “lo que nace de la carne, carne es” (Juan 3:6). Dado que somos carne pecaminosa, nosotros pasamos nuestros pecados a la próxima generación.

Las consecuencias del pecado

Nunca pensemos que nuestros pecados, por insignificantes que puedan parecernos a nosotros, no son importantes. Dios había dicho a Adán que si comía de la fruta prohibida, moriría. Adán sí murió, y un día también nosotros moriremos a menos que el día del juicio ocurra primero. La muerte es consecuencia del pecado.
El pecado trajo consigo la condenación de Dios. El pecado hace enojar a Dios tanto, que él ha reservado el lugar llamado el infierno para aquellos quienes son desobedientes. En otras palabras, Dios amenaza a los pecadores con la condenación eterna, y multitudes oirán a Cristo decir en aquel último día: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41). Sí, nosotros también necesitamos oír estas palabras de los labios de nuestro Salvador, porque el pecado ha traído la maldición de Dios sobre nosotros.

La esclavitud del pecado

Para reforzar su advertencia contra el pecado, Jesús enseñó que el pecado mantiene en servilismo a la gente. “De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34). ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Está diciendo que somos esclavos del pecado? Lo somos si estamos viviendo apartados de Dios, si hemos rechazado a Jesús como nuestro Salvador. Jesús estaba hablando a aquellos que no eran creyentes en él, diciéndoles: “Ustedes piensan que son libres. Están orgullosos de ser descendientes de Abraham. Piensan que su nacimiento y sus buenas obras los justifican delante de Dios, pero están equivocados. En realidad son esclavos del pecado.”
Es una forma muy fuerte de expresarse. No es la forma de ganar amigos ni influir en la gente. Pero Jesús no estaba participando en un concurso de popularidad, sino que vino para buscar y salvar a los que se habían perdido. Él vino a llamar a pecadores al arrepentimiento.
El apóstol Pablo utiliza la expresión: “esclavos del pecado” (Romanos 6:6) en la descripción de cómo somos todas las personas por naturaleza. Ambos, Jesús y el apóstol, utilizaron la palabra esclavo para describir a alguien: que no tiene poder por su propia cuenta, que está completamente bajo el control de otra persona y que tiene que hacer constantemente lo que esa persona ordena. Esto describe acertadamente el poder que tiene el pecado sobre el individuo, y las Escrituras ofrecen algunos ejemplos clásicos de la esclavitud del pecado.
Caín es la primera persona que demostró que el pecado tenía control completo de él. Era celoso de su hermano Abel y lo odiaba. A pesar de la advertencia de Dios, Caín invitó a su hermano Abel al campo y allá lo mató. Después de que lo asesinó, sintió lástima por él mismo, pero ningún remordimiento por su pecado. La Biblia dice: “Salió, pues, Caín de delante de Jehová” (Génesis 4:16). Esta es otra manera de decir que Caín permaneció siendo incrédulo y esclavo del pecado.
David es un buen ejemplo de cómo la pasión pecaminosa de un creyente puede aventajarlo fácilmente. Primero vio a Betsabé; luego la sedujo. Después, utilizó el asesinato para encubrir sus sucios hechos, y vivió en pecado al parecer por casi un año antes de que fuera guiado a arrepentirse y recibiera el perdón de Dios.
Un día un joven vino a Jesús para hacerle la pregunta más importante de su vida: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Jesús le señaló algunos de los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no mentirás; sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Con estas palabras Jesús no lo estaba dirigiendo al cielo, sino que quería llevarlo al conocimiento de su pecado. Pero el hombre estaba buscando algo que pudiera hacer, más allá que obedecer los Diez Mandamientos. Inclusive afirmó que los había obedecido todos. Pero Jesús lo desenmascaró cuando le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo… Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque tenía muchas riquezas” (Mateo 19:21, 22). El pobre hombre rico fue esclavo de su codicioso corazón.
Los ejemplos citados nos llevan a realizar un poco de introspección. El hombre que siempre está mirando a las mujeres bellas puede estar coqueteando con un corazón lleno de lujuria. Si estamos constantemente preocupados por asuntos de dinero, el materialismo puede fácilmente comenzar a dominar nuestra vida, y como resultado no estaremos satisfechos, a pesar de lo mucho que tengamos.
El mundo está lleno de personas que se imaginan que son tan libres como las aves, pero que en realidad son esclavos de algún pecado en particular. Lo que ellos necesitan oír es el llamado de Dios al arrepentimiento y el mensaje que proclama la libertad del pecado.

Cristo libera a los pecadores

Pero, ¿cómo puede uno ser libre del poder del pecado? Cristo, no sólo le da la respuesta, sino que él es la respuesta. “A los judíos que habían creído en él, les dijo, ‘Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Le respondieron: ‘Descendientes de Abraham somos y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?’ Jesús les respondió: ‘De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo si queda para siempre. Así que, si el hijo os liberta, seréis verdaderamente libres’ ” (Juan 8:31–36).
Sólo aquellos que permanecen en la palabra de Jesús conocen la verdad y son sus discípulos. Y, ¿cuál es la verdad que nos hace libres del poder y las consecuencias del pecado? Es la bendita verdad que Jesús mismo le dijo a Nicodemo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga la vida eterna” (Juan 3:16). Es la verdad de: que Dios envió a su eterno Hijo al mundo, que él nació sin pecado y que a lo largo de toda su vida no cometió ningún pecado. Es cierto que era un hombre con sentimientos y que sufrió la agonía de ser rechazado por su propio pueblo, que sufrió la humillación y la maldición de la cruz, pero también es cierto que nos amó tan profundamente que derramó su sangre y dio su vida, e incluso sufrió el infierno cuando fue abandonado por Dios. ¿Por qué? Para redimirnos del pecado y del poder que de otra manera tendría sobre nosotros. El Hijo nos ha hecho libres; somos verdaderamente libres.
Pero, ¿qué hay de la maldición que Dios amenaza imponer a todos los que quebrantan sus mandamientos? Ya no está sobre nosotros. “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros (pues está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado en un madero’)” (Gálatas 3:13). Maldijo Dios a su propio Hijo para salvarnos del fuego infernal y para la gloria del cielo. Sólo Cristo nos ha liberado de la maldición del pecado.
Muchos llevan con ellos la pesada carga de culpabilidad. Puede ser un terrible incidente en su vida o puede ser el estilo de vida que están llevando. Se encuentran tan sumergidos en su pecado que no saben cómo salir. Cristo es el único quien puede librarlos de la culpa y del cautiverio, de su pecado. Lo que ellos necesitan más que nada es su palabra de perdón, que es la única que puede eliminar la culpa, librar de la mala conciencia, y motivarlos a vivir santamente.
Jesús hizo libre a Zaqueo, un hombre rico. Al menos una parte de la riqueza de Zaqueo fue obtenida fraudulentamente. Cuando Jesús estaba pasando por su ciudad, Zaqueo fue a verlo. Como era un hombre pequeño de estatura, se subió a un árbol para ver al hombre de quien había escuchado tanto. Jesús lo vio y le ofreció posar en su casa. Jesús lo llamó a la fe, y por eso Zaqueo fue librado de la esclavitud del dinero. Esto fue evidente en su decisión: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado.” Jesús no dejó ninguna duda de que este hombre tenía un cambio completo de corazón cuando dijo: “Hoy ha venido la salvación a esta casa” (Lucas 19:8, 9). Zaqueo no fue obligado a tomar esa decisión. Lo hizo libremente porque había sido librado por Cristo de la esclavitud de su pecado.
En uno de sus viajes, en el pozo de Jacob, Jesús se encontró con una persona deshonrada, una mujer que tenía mala reputación (Juan 4). Ella nunca antes se había encontrado con Jesús y se sorprendió por lo mucho que sabía sobre ella. Ella había tenido cinco maridos y los había descartado a todos, y el hombre que vivía con ella cuando se encontró con Jesús ni siquiera era su marido. Pero la palabra de la gracia y salvación de Jesús la liberó del poder que su naturaleza pecaminosa ejercía sobre ella. Más tarde, su testimonio a la gente en la ciudad dejó en claro: “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Juan 4:29). Ella no dudó que Cristo la había perdonado y librado de su pecado.
John Newton sabía por experiencia propia, lo que significa ser liberado por Cristo de la esclavitud del pecado. Había nacido en Londres en 1725. Su padre era capitán y su madre una devota mujer cristiana. Ella enseñó a su hijo las verdades de la Biblia, resumidas en su catecismo. Cuando Newton tenía siete años, su madre murió. A los 17 años se unió a su padre en el mar. Por su propia decisión vivió impíamente. Se puede bien imaginar, lo que este joven hizo, cada vez que su buque llegaba a un puerto. Después de haber pasado un tiempo en el calabozo, él comenzó a leer la Biblia. Más tarde, fue marinero a bordo de un buque cuyo capitán era cristiano. El capitán instruyó a Newton en las verdades del pecado y la salvación, y por la palabra de Dios que él aprendió de este hombre, fue convertido. La verdad había hecho libre a John Newton.
Estudió para el ministerio y llegó a ser un predicador muy conocido en toda Inglaterra. Nunca olvidó la abundancia de amor que su Señor había vertido sobre él. Sabía lo que significaba por gracia ser perdonado de todos sus pecados y librado del poder de aquella maldición. John Newton escribió muchos himnos, entre ellos el siguiente:

Sublime gracia del Señor
Que a un pecador salvó;
Perdido andaba; él me halló.
Su luz me rescató.  

La doble naturaleza del cristiano

Todavía usted puede estar confundido por la expresión “libertad del pecado”. Usted sabe muy bien que a pesar de que es creyente en Cristo, el pecado es un compañero cotidiano de la vida. La Biblia enseña dos verdades: a través de Cristo somos liberados del pecado, pero no somos libres de pecado. Al mismo tiempo, somos tanto perdonados hijos de Dios como también seres humanos pecadores. ¿Cómo puede ser esto? Es porque, de este lado de la tumba, nunca podremos arrojar por completo la naturaleza pecaminosa que hemos heredado de nuestros padres.
En la Biblia nuestra naturaleza pecaminosa se describe de varias formas: la carne, el viejo Adán, el viejo hombre, o el viejo ser. Pablo confiesa: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7:18). El apóstol dice que su viejo Adán era todavía tan malo como el día en que nació. Incluso después de su conversión, aún estaba con él. Y Jesús está describiendo cómo somos todos por naturaleza, cuando dice: “De dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lujuria, la envidia, la calumnia, el orgullo, y la insensatez” (Marcos 7:21, 22). Jesús deja en claro que la desobediencia comienza en el corazón, sin importar si el acto se realiza o no. Por ejemplo, la Biblia nos dice que el odio es tanto un pecado como el homicidio (1 Juan 3:15) y que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón (Mateo 5:28).
Desde la creación del mundo Dios sabía que la naturaleza de la gente estaba corrompida por el pecado y que siempre tienen naturaleza pecaminosa. “Todo designio de los pensamientos de su corazón sólo era de continuo el mal” (Génesis 6:5). En el momento que somos convertidos nuestro corazón corrupto no deja de pecar. A pesar de que hemos sido liberados de la culpa, de la maldición, y del poder del pecado, y hemos sido totalmente perdonados por Dios a través de Cristo, todavía tenemos la carne pecaminosa que se aferra a nosotros. Contantemente tenemos que confesar: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7:18). Antes de que fuéramos traídos a la fe en Cristo, nuestro viejo Adán tenía el control completo. No podíamos hacer lo que complacía a Dios. Nuestro corazón y nuestra vida estaban llenos de pecado.
Pero ahora por las buenas nuevas, como cristianos tenemos otra naturaleza, la que recibimos el día cuando fuimos convertidos por el poder del Espíritu Santo. Por la gracia de Dios fuimos traídos al conocimiento de nuestros pecados, y hemos aprendido a confiar en Cristo como nuestro Salvador. Llegamos a ser nuevas criaturas. Ahora tenemos un “nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).
Este nuevo ser es llamado por diferentes nombres: nuevo hombre, ser interior, espíritu. El apóstol Pablo describió esta nueva naturaleza que el Espíritu Santo ha creado en nosotros. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). Nuestra vieja naturaleza sólo es pecaminosa; nuestra nueva naturaleza sólo es santa. Cada cristiano tiene esta doble naturaleza, y nosotros los creyentes tenemos ambas naturalezas. Dicho de otra manera, al mismo tiempo somos santos y pecadores.

La batalla

El hecho de que los cristianos tenemos esta doble naturaleza explica lo que sucede en nuestro corazón. Lucha constante se da entre nuestra naturaleza pecaminosa y nuestro nuevo ser. ¿Por qué esa guerra? “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre ellos, para que no hagáis lo que quisierais” (Gálatas 5:17). Nuestro viejo Adán, dice: “Está bien pecar. No deberías negarte ese placer.” El nuevo hombre responde: “El pecado es contrario a la santa voluntad de Dios, quien quiere que usted viva según su Palabra.” El uno quiere permitir sus pasiones pecaminosas, y el otro pelea contra ellas. El uno vive para él mismo y el otro para Dios. Esa es la batalla que cada cristiano peleamos cada instante.
Usted se puede haber preguntado: ¿Por qué es tan difícil ser cristiano si Dios me ha traído a la fe y me mantiene en ésta? ¿Por qué todavía tengo que luchar tanto para: tener pensamientos puros, hablar decentemente, y hacer lo que es correcto? Es porque somos cristianos. Si no fuéramos creyentes en Cristo, no habría en absoluto ninguna lucha espiritual. Nuestros corazones y vidas, estarían completamente dominados por el pecado. Pero para seguir a Cristo tenemos que crucificar nuestra carne pecaminosa cada día, porque nuestro viejo Adán no muere sin dar la batalla.
Así cada instante confesamos nuestros pecados, nos arrepentimos de ellos, nos volvemos a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador. Su gracia es nuestra fuerza para llevar a cabo nuestra lucha con nuestra naturaleza pecaminosa, batalla que sólo terminará el día en que muramos.
En uno de nuestros retiros de jóvenes, el presentador explicó a los jóvenes que ellos tenían esta doble naturaleza. Aunque ellos habían sido hechos nuevas criaturas por Cristo, todavía tenían su viejo Adán con ellos, el cual constantemente trataba de conducirlos a cometer todo tipo de pecado. Les demostró en una forma vívida la batalla que tendrían que librar diariamente. Con un proyector de películas, mostró una escena de una película que representaba una lucha con espadas. Utilizando la camiseta blanca que vestía como una pantalla de proyección, mostró una batalla entre dos espadachines. Y mientras estaban viendo, les recordó de la feroz lucha que necesitan librar contra todo tipo de pecado y tentación.
En el caso de aquellos que hemos sido cristianos durante unos cuantos años, sabemos lo fácil que es para nuestra naturaleza pecaminosa obtener la ventaja. Después de todo, ha sucedido en nuestra vida muy a menudo. Por ejemplo, nos complace recibir crédito y elogio por algún logro, pero es una lucha recibirlo de tal manera que le demos toda la gloria a Dios.
Con toda la perversidad que se muestra en revistas, películas, y televisión, es una lucha vivir de manera digna y pura. Muy fácilmente puede tomar dominio la lujuria pecaminosa del corazón. Ninguna generación ha sido tan bendecida con posesiones materiales como lo somos nosotros hoy, pero las cosas materiales pueden fácilmente convertirse en una distracción. Peor aún, sabemos que el materialismo puede fácilmente tomar control de nuestro corazón y de nuestra vida. Es lucha constante, mantener a Cristo como nuestro apreciado tesoro.
Las dos naturalezas descritas anteriormente también explican la diferencia entre el creyente y el incrédulo. La persona impía sólo tiene la naturaleza pecaminosa la cual controla completamente sus pensamientos, palabras, y acciones. El incrédulo simplemente no experimenta los conflictos espirituales que tenemos.
Pero nosotros, los que llamamos a Jesús nuestro Señor, somos una nueva creación de Dios. Nuestra fe en Cristo es la fuerza que domina en nuestra vida. Para nosotros, el nuevo hombre domina la situación. Cristo y su Palabra, están encargados de nuestra vida, y así ha sido desde el día de nuestra conversión. Nuestro bautismo ayuda en nuestra lucha para vivir cristianamente día a día.
Al explicar el significado del bautismo para nuestra vida cotidiana, el Doctor Martín Lutero escribió lo siguiente en su Catecismo Menor:

¿Qué significa este bautizar con agua?

Significa que el viejo Adán en nosotros, debe ser ahogado diariamente por el pesar y arrepentimiento, y que todas sus obras y deseos malos deben morir. También significa que cada día debe resucitar una persona nueva para vivir ante Dios en justicia y pureza por siempre.

¿Dónde está escrito esto?

San Pablo dice en Romanos, capítulo 6: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva”.

Ahora estamos viviendo esa nueva vida en Cristo porque hemos sido liberados del pecado.


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