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LA JUSTIFICACIÓN

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LA JUSTIFICACIÓN


La justificación es no sólo uno de los grandes beneficios de la muerte de Cristo, sino también una doctrina cardinal del cristianismo, porque lo distingue como una religión de gracia y de fe. Y la gracia y la fe son las piedras angulares de la justificación.

El significado de la justificación

Justificar significa declarar justo. Tanto la palabra hebrea (—sadaq—) como la griega (—dikaioo—) significan anunciar o pronunciar un veredicto favorable, declarar justo. El concepto no significa hacer justo, sino atribuir justicia. Es un concepto de los tribunales, así que, justificar es dar un veredicto de justicia. Nótese el contraste entre justificar y condenar en Deuteronomio 25:1; 1 Reyes 8:32; y Proverbios 17:15. Como anunciar la condenación no hace que una persona se convierta en malvada, tampoco la justificación hace a una persona justa. No obstante, con condenar o justificar se anuncia el estado verdadero y real de la persona. Sin embargo, la persona malvada ya es malvada cuando se pronuncia el veredicto de condenación. Igualmente, la persona justa ya es justa cuando se anuncia el veredicto de justificación.

El problema en la justificación

Puesto que esta es una idea forense, la justificación se relaciona con el concepto de Dios como Juez. Este tema se encuentra por toda la Biblia. Abraham reconoció a Dios como el Juez de toda la tierra, que tenía que hacer lo justo (Génesis 18:25). En el canto de Moisés la justicia y la rectitud de Dios son reconocidas (Deuteronomio 32:4). Pablo le llama a Dios el Juez justo (2 Timoteo 4:8). El escritor de Hebreos llama a Dios el Juez de todos, y Santiago les recuerda a sus lectores que el Juez estaba delante de la puerta (Santiago 5:9).
Si en Dios, el Juez, no hay injusticia y es completamente justo en todas Sus decisiones, entonces ¿cómo puede El declarar justo a un pecador? Y todos somos pecadores. Dios solamente tiene tres opciones cuando los pecadores comparecen ante Su tribunal: Condenarlos, comprometer Su propia justicia para recibirlos tal y como están, o transformarlos en personas justas. Si El puede ejercer esta tercera opción, entonces los puede declarar justos. Pero cualquier justicia que un pecador posea tiene que ser auténtica, no ficticia; real no imaginaria; aceptable por las normas de Dios, y ni aun un poquito menos que eso. Si esto se pudiera llevar a cabo, entonces, y solamente entonces, puede El justificar.
Job expresó el problema con precisión cuando preguntó: “¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?” (Job 9:2).

la  justificación

                             Hombre alegre por su justificación en Cristo

El procedimiento en la justificación (Romanos 3:21-26)

Dios pone en efecto esta tercera opción: El puede transformar a los pecadores en personas justas. ¿Cómo? Haciéndonos justicia de Dios en Cristo (2 Corintios 5:21), constituyendo justos a los muchos (Romanos 5:19), dándoles a creyentes el don de la justicia (v. 17). Hay cinco pasos en el proceso, como se detalla en el pasaje central tocante a la justificación, 3:21–26.

El plan (Romanos 3:21).

El plan de Dios para proveer la justicia necesaria se centró en Jesucristo. Fue aparte de la ley. La construcción no lleva el artículo, lo que indica que era aparte no sólo de la ley mosaica, la cual no podía proveer la justicia (Hechos 13:39), sino también de toda complicación legal. Fue manifestada (una forma perfecta pasiva) en la encarnación de Cristo, y los efectos de esa gran intervención en la historia continúan. Es constantemente atestiguado por la Ley y los Profetas, que dieron testimonio del Mesías venidero (1 Pedro 1:11). Así que, el plan se centra en una persona.

El requisito previo (Romanos 3:22).

La justicia llega por la fe en el ahora revelado Jesucristo. El Nuevo Testamento nunca dice que somos salvos a causa de la fe (esto requeriría dia con el acusativo). Siempre hace de la fe el canal por el cual recibimos la salvación (dia con el genitivo). Pero, por supuesto, la fe necesita tener el objeto correcto para que sea efectiva, y el objeto de la fe salvífica es Jesucristo.

El precio (Romanos 3:24–25).

Muy claramente, el precio pagado fue la sangre de Cristo. El costo para El fue lo máximo. A nosotros el beneficio nos llega gratuitamente (la misma palabra se traduce “sin causa” en Juan 15:25), es decir, sin alguna causa en nosotros, y por lo tanto por Su gracia.

La posición.

Cuando el individuo recibe a Cristo, es situado en Cristo. Esto es lo que hace a la persona justa. Somos hecho justicia de Dios en El. Sólo esta justicia conquista nuestra desesperada condición pecaminosa, y cumple con todas las demandas de la justicia de Dios.

El pronunciamiento (Romanos 3:26).

La justicia de Cristo que tenemos no sólo cumple las demandas de Dios, sino que también demanda que Dios nos justifique. Somos justos de hecho, no en ficción; por lo tanto, el Dios santo puede permanecer justo y justificar al que cree en el Señor Jesucristo.
Por consiguiente, nadie puede acusar a los elegidos de Dios, puesto que en Cristo somos justos a la vista de Dios. Y por esto es que Dios puede justificarnos.

La prueba de la justificación

La justificación se prueba por la pureza personal. “El que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7). Nuestra posición es la de absueltos del pecado, de modo que éste no tiene ya dominio sobre nosotros. La justificación ante el tribunal de Dios se demuestra por la santidad de vida aquí en la tierra ante el tribunal de los hombres. Esta era la perspectiva de Santiago cuando escribió que somos justificados por las obras (Santiago 2:24). Fe no productiva no es fe genuina. Los creyentes han de mostrar por sus obras ante los hombres lo que son en Cristo. La fe sola nos justifica delante de Dios y nos permite entrar en el cielo. Las obras nos justifican ante los hombres.
Para concluir: La justificación nos asegura la paz con Dios (Romanos 5:1). Nuestra relación con El es justa, legal y eterna. Esto constituye el fundamento seguro para la paz con Dios.

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