LA IRREVERENCIA DE NADAB Y ABIÚ

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LA IRREVERENCIA DE NADAB Y ABIÚ

Lev 10:1 Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó.
Lev 10:2 Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová.
Lev 10:3 Entonces dijo Moisés a Aarón: Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado. Y Aarón calló.

LA IRREVERENCIA DE NADAB Y ABIÚ

Nadab y Abiú eran los dos mayores de los cuatro hijos de Aarón. Ellos habían subido al monte de Sinaí junto con su padre, su tío Moisés y los setenta ancianos, en respuesta al mandato del Señor. En el capítulo 8, supimos que ellos habían sido ordenados como sacerdotes junto con su padre y sus hermanos. Por lo tanto, tenían el derecho de ofrecer incienso, es decir, de mezclar ciertas especias aromáticas y colocarlas en un incensario que contenía trozos de carbón de palo encendidos, para que las brasas hicieran que el incienso se evaporara exhalando un humo aromático.Sin embargo, Nadab y Abiú, ofrecieron “fuego extraño” al Señor. Los carbones para los incensarios se debían tomar del altar del holocausto. ¿Los tomaron Nadab y Abiú de algún otro lugar? ¿Ofrecieron incienso en un momento inapropiado del día? ¿Hicieron algo que sólo su padre Aarón estaba autorizado para hacer? ¿Se intoxicaron cuando llevaron el incienso? (Vea el versículo 9.) ¿Fue orgullo, ambición, celos o impaciencia lo que motivó sus acciones? Sea lo que fuere la razón, el punto es que ellos desobedecieron al Señor. Su castigo fue inmediato y terrible. ¡Salió de la presencia de Jehová un fuego que los quemó! Las mismas palabras acerca del fuego se encuentran al final del capítulo 9, pero allá el fuego fue una prueba de la bendición del Señor cuando consumió los sacrificios. En respuesta, el pueblo gritó de alegría. Ahora Aarón quedó en silencio cuando el fuego consumió a sus hijos.Sin embargo, Moisés tenía algo que decir. Le recordó a Aarón que no se debía burlar del Señor con desobediencia, que él no iba a tolerar una adoración que fuera hecha desafiando su santa voluntad. El pueblo de Dios estaba ligado a él por el pacto que él había hecho con ellos en el monte de Sinaí. Ese pacto procedía del amor de Dios; la respuesta del pueblo debería ser de obediencia decidida y absoluta.

 

Hoy tampoco Dios le tolera a su pueblo el descuido ni la indiferencia. La respuesta al perdón de Dios en Cristo requiere santidad de vida. Pablo les dijo a los cristianos de Roma: “Os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1).

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