LA IMPOSIBILIDAD DE LA RESTAURACIÓN

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LA IMPOSIBILIDAD DE LA RESTAURACIÓN

HEBREOS 6:6–8

Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados…
y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.
Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada.

             Muy preocupado y pensativo

LA IMPOSIBILIDAD DE LA RESTAURACIÓN

Seguimos mirando este texto difícil y duro. Hasta aquí hemos intentado dar respuesta a la pregunta: ¿Quiénes son estas personas, descritas en los versículos 4 y 5, que han cometido una apostasía de tal envergadura que les excluye de toda posibilidad de volver al arrepentimiento? Hemos visto que se trata de personas que antes profesaban ser cristianas y, según las apariencias, eran miembros comulgantes y bautizados de la Iglesia, pero que nunca llegaron a ser verdaderos hijos de Dios. Sin embargo, su misma proximidad a la verdad les ha endurecido de tal manera que ahora son incapaces de responder ante ella, porque quien se resiste durante largo tiempo a entregarse a Cristo, finalmente se vuelve insensible al evangelio.
Hemos apoyado esta interpretación en el hecho de que el autor evita decir de esas personas que fuesen creyentes, o que hubiesen sido regeneradas por el Espíritu Santo. Dice muchas otras cosas acerca de ellas que indican su participación activa en la Iglesia, pero omite aquello que es absolutamente imprescindible para distinguir a los verdaderos hijos de Dios de quienes solamente lo son en apariencia.
Antes de seguir adelante, conviene constatar que, por muy importante que sea diferenciar en teoría entre el creyente y la persona que sólo profesa serlo, en la práctica poco importa establecer esta diferenciación. Pues en el primer caso la persona sin duda se cree creyente, pero ¿quién de nosotros es capaz de distinguir entre lo que cree ser y lo que es? Nos conviene recordar que la demostración de la autenticidad de nuestra profesión está en nuestra perseverancia en ella (4:14; 10:23, 38–39).
Aún quedan en torno a estas personas dos preguntas muy importantes a las que debemos ahora dirigir nuestra atención. La primera es: ¿qué han hecho para encontrarse en la terrible condición de ser incapaces de volver al arrepentimiento? La segunda: ¿por qué es imposible su arrepentimiento?

LA NATURALEZA DE ESTA APOSTASÍA

Primero, pues, ¿qué es lo que han hecho? Nuevamente, el lenguaje del autor es contundente: Recayeron —nos dice—, pero no se trata de una caída cualquiera en el pecado, sino de la clase de caída descrita en la segunda parte del versículo 6: recayeron … crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.
¿Qué quiere decir esto? Estas personas probablemente eran hebreos que habían profesado fe en Jesucristo, pero que, por alguno de los motivos que ya hemos examinado —las presiones familiares, la persecución, la desilusión al ver que el Señor Jesucristo no volvía cuando le esperaban—, habían abandonado la Iglesia y vuelto a la sinagoga. Nuestra reacción ante esto podría ser la de no considerarlo muy grave; a fin de cuentas, en la sinagoga también adoraban a Dios y procuraban guardar su ley. Pero, para el autor, era un asunto de suma gravedad. Si nos ponemos a pensarlo, veremos que el autor tenía razón.
¿Qué significaba el retorno a la sinagoga? Implicaba el rechazo de Jesucristo como el Mesías. Si anteriormente se habían separado de la sinagoga para integrarse en una congregación cristiana, era precisamente porque los judíos, a estas alturas, no admitían que en la sinagoga se enseñara que Jesús de Nazaret fuese el Cristo. Volver ahora a la sinagoga era decir: He rectificado mi opinión en cuanto a Jesucristo; ya no le acepto como el verdadero Mesías. Por supuesto, si no aceptas el mesiazgo y señorío de Jesús, menos aun le aceptarás como el Hijo de Dios encarnado; y, si rechazas a la persona de Jesucristo, también rechazarás su obra. Volver a la sinagoga era volver al sistema levítico de sacrificios de animales, que todavía, en el momento de la redacción de Hebreos, se realizaban en el templo de Jerusalén. Esto, a su vez, indicaba un rechazo personal de la validez del sacrificio universal de Jesucristo en la Cruz como único medio de salvación aceptable ante Dios.
Naturalmente, la persona que no acepta ni la obra salvadora de Jesús, ni su persona divina, tendrá que dar una nueva interpretación a todo su ministerio terrenal. Sus milagros y señales ya no pueden ser evidencias fehacientes de que Dios estaba con Él. Se tendrá que suponer que fueron realizados en el poder de otro ser distinto de Dios. Sus pretensiones de divinidad y de unción mesiánica tendrán que ser interpretadas como blasfemia. Su muerte en la Cruz, lejos de ser el colmo de la injusticia, ahora parecerá la suerte merecida por un impostor.
En otras palabras, la persona que volvía a la sinagoga después de conocer y profesar fe en el evangelio, implícitamente se identificaba con el criterio de aquellos judíos que antes habían reclamado a Pilato la crucifixión de Jesús: ¡Fuera, fuera, crucifícale! … No tenemos más rey que César … No queremos que éste reine sobre nosotros (Juan 19:15; Lucas 19:14).
Dadas las circunstancias en aquellos momentos, el retorno al judaísmo era claramente incompatible con la aceptación de la divinidad de Jesucristo y el carácter definitivo de su sacrificio. Era declarar públicamente que Jesús no era Dios, ni el Salvador del mundo, ni el Mesías. Era colocarse al lado de los que le crucificaron.
Cuando Jesús preguntó a los judíos: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?, le respondieron: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios (Juan 10:32–33). Le habían llevado a la Cruz por esta misma razón: Tú, siendo hombre te haces Dios; … Según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios (Juan 19:7). Si ahora esos supuestos creyentes negaban la divinidad de Jesús, implícitamente suscribirían el veredicto de aquellos que llevaron a Jesús a la Cruz.
De hecho, su pecado sería peor. Aquellos otros judíos podían aducir que habían sido engañados por los sacerdotes y eran ignorantes en cuanto al evangelio. Éstos, en cambio, han gustado la buena palabra de Dios y han probado los beneficios del Espíritu Santo; han participado durante tiempo en la enseñanza y comunión de la Iglesia. Ahora, pues, si rechazan a Jesús, lo harán con los ojos bien abiertos y nunca podrán aducir la ignorancia como factor atenuante.
Por lo tanto —dice el autor—, su rechazo a Jesús tiene la misma fuerza que si le crucificasen de nuevo para sí mismos. Por supuesto, no podían volver a crucificarle en un sentido literal, pero su implícita validación del veredicto de los judíos hacía que las actitudes que le llevaron a la Cruz se repitiesen. No le crucifican de nuevo literalmente, pero sí lo hacen para sí mismos. Es decir, se apropian para sí aquel veredicto sobre la vida y obra de Jesús que los judíos habían declarado ante Pilato: ¡Crucifícale!
El rechazo de Jesús por parte de los judíos no solamente tuvo el espantoso desenlace de la crucifixión; también fue en sí mismo la expresión del mayor insulto posible. Fue el equivalente de decir: Este hombre no viene de Dios, sino del demonio. La Cruz fue una manera de atribuir al maligno lo que era de Dios y pisotear el buen nombre del Santo de Israel. Asimismo, aquellos que, después de haber participado en la comunión de la Iglesia, dan su espalda al evangelio y recaen en la apostasía vuelven a exponer a Jesucristo a vituperio.
Seguramente, estas palabras del autor delatan el hecho de que algunos de aquellos que habían apostatado, no solamente habían vuelto a la sinagoga, sino que se habían convertido en enemigos abiertos del evangelio, negando públicamente que Jesucristo fuese el Hijo de Dios, hablando mal de Él y exponiéndole otra vez a vituperio.
¿Cuál, pues, es el pecado que el autor está denunciando en estos versículos?
No está contemplando la inmoralidad, la injusticia, la falta de rectitud, la mentira, el engaño, la envidia, ni ninguno de aquellos horribles pecados en los cuales el creyente, lamentablemente, puede caer; pero de los cuales, por la gracia y misericordia de Dios, puede también ser restaurado. No. Aquí se está dirigiendo a una situación muy clara y concreta (aunque conviene volver a insistir en que cualquiera de estos otros pecados puede ser síntoma de esta situación). Al igual que en el 2:1–4 o el 3:7–4:11, aquí también el autor está contemplando el pecado de la incredulidad.
Los apóstatas, aparentemente, habían profesado ser creyentes, pero ahora habían dado la espalda a Jesucristo y vuelto al judaísmo. De la misma manera que los israelitas en el desierto, al llegar a la misma frontera de la Tierra Prometida, habían decidido no entrar, sino volver a Egipto, éstos habían dado vuelta atrás. El paso del tiempo había revelado que, en el fondo, no creían el evangelio, el único mensaje que pudo haberlos salvado. Su pecado fue la incredulidad.
Tampoco era una incredulidad cualquiera. No podían ya excusarse ante Dios diciendo que desconocían el evangelio, porque lo conocían bien, tanto por la predicación apostólica como por medio de las poderosas señales que la acompañaban (2:4). El suyo era un terrible ejemplo de lo que Jesucristo había llamado blasfemia contra el Espíritu Santo (en Marcos 3:28–29); es decir, atribuir al maligno lo que en realidad es obra del Espíritu Santo de Dios.
En aquella ocasión, los judíos habían dicho de Él que tenía a Beelzebú, que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios y que tenía espíritu inmundo (Marcos 3:22, 30). Jesús, entonces, había pronunciado estas solemnes palabras:

De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno (Marcos 3:28–29).

Quien atribuye al demonio lo que es la obra redentora de Dios en Jesucristo, se coloca a sí mismo fuera del ámbito de aquella redención. Por esto, la persona que «blasfema contra el Espíritu Santo» no tiene perdón, porque ipso facto ha rechazado aquel único evangelio que le puede salvar. Está practicando una forma extrema de incredulidad.
Al volver al judaísmo, ¿qué habían hecho aquellos apóstatas sino esto? Su negación de la eficacia de la obra de Jesucristo era un repudio de aquel único nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos (Hechos 4:12). Afirmar —implícita o explícitamente— que Jesucristo no es el Hijo de Dios, Salvador del mundo y legítimo Señor de todos, es atribuirle engaño. Si en Él no hay salvación, todas sus pretensiones deben ser fraudulentas; vienen del abismo, del maligno.
Quizás ni estas personas, ni otras semejantes en nuestros días, hubiesen declarado que Jesucristo era un enviado de Satanás con estas mismas palabras. Pero si no ha sido enviado por Dios, ¿quién es? Las pretensiones de Jesús son tan extraordinarias que sólo admiten dos opciones: o bien es de Dios o bien es del diablo. Por esto, repudiar el evangelio con conocimiento de causa es blasfemar contra el Espíritu Santo.

LA IMPOSIBILIDAD DE RESTAURACIÓN

Pero, ¿por qué dice el texto que es imposible que estas personas sean otra vez renovadas para arrepentimiento?
Sencillamente por esto: su pecado era la incredulidad; habían renegado de su fe en Jesucristo; pero el principio que nos une a Jesucristo y nos hace partícipes en la salvación es precisamente la fe. Sólo la fe podría haberles vuelto al ámbito de la salvación. Pero la fe es justo lo que ya no tenían.
No puedes ser a la vez incrédulo y creyente. No puedes tener fe y no tenerla. Puedes tener poca fe. Puedes orar como el padre del muchacho lunático: Creo; ayuda mi incredulidad (Marcos 9:24). Pero no puedes ser a la vez incrédulo de verdad y creyente de verdad.
Todos los pecados pueden ser perdonados y las blasfemias cualesquiera que sean. Aunque esto no es una excusa para que cometamos pecado, sí es una gran esperanza para aquel que ha caído. No hay nada que Dios no pueda perdonar si volvemos a Él con arrepentimiento. Pero si no crees, no hay manera de llegar al arrepentimiento.
La incredulidad, por definición, excluye a la persona de la posibilidad de salvación, por cuanto implica el rechazo de aquel único principio por el cual podemos apropiárnosla. La salvación no la podemos ganar por méritos propios. Nos la apropiamos por la fe. Si somos incrédulos, ¿cómo podemos ser salvos?
Expresemos la misma idea en términos de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Si negamos la divinidad y obra redentora del Señor Jesucristo, evidentemente rechazamos a aquel único Salvador que nos puede liberar de nuestra condición perdida. Si negamos que en Jesucristo se manifiesta el poder del Espíritu de Dios, no hay otro poder en el universo que pueda alcanzarnos para la salvación. Si el único que puede atraernos al Señor Jesucristo es el Espíritu Santo y rehusamos creer lo que nos ha revelado acerca de Él, nos excluimos nosotros mismos del alcance de la mano salvadora de Dios. Quien, habiendo entendido bien el evangelio, no cree en él; o, habiendo escuchado el testimonio bíblico acerca de la vida de Jesucristo, se niega a admitir su autoridad, divinidad y poder salvador; se está oponiendo a la obra del Espíritu Santo en su vida, de tal manera que no le queda ninguna posibilidad de salvación.
Vemos aquí la grandeza de nuestra responsabilidad humana. Somos responsables de cómo respondemos ante el evangelio. Somos responsables de nuestras reacciones cada vez que leemos la Palabra de Dios o escuchamos una predicación fiel de la misma. Cuando Dios nos habla, podemos responder con fe y obediencia o con incredulidad e indiferencia. Responder con incredulidad es terriblemente serio. En última instancia, representa un camino de progresivo endurecimiento en el cual nos volvemos incapaces de recibir la gracia de Dios y responder con arrepentimiento a su llamamiento.
La incredulidad no suele manifestarse de golpe. Son las pequeñas infidelidades las que nos llevan a infidelidades mayores. Es la resistencia a la voz de Dios en cosas pequeñas la que nos conduce finalmente a una resistencia total a su obra en nuestras vidas. Por esto las diversas manifestaciones del pecado en nuestra vida son sumamente serias; no porque en sí nos excluyan de la gracia de Dios, sino porque pueden ser pequeños síntomas de aquel espíritu de incredulidad que sí nos aleja de ella. La incredulidad es, finalmente, lo único que nos puede excluir del ámbito de la salvación.
Desde luego, el autor aquí no está hablando de aquel que no cree por no haber escuchado el evangelio nunca. Tampoco contempla al creyente asediado por diversas dudas. Ni aquel que ha caído en algún pecado. Está hablando de aquel que, habiendo entendido el mensaje de salvación y habiendo profesado fe en el Señor Jesucristo, demuestra, por la progresiva manifestación de incredulidad en su vida, que su profesión no ha sido viable. Por la incredulidad de su corazón, se va endureciendo ante la voz del evangelio hasta llegar al extremo de tomar la decisión ponderada de renunciar a la fe, declarando implícitamente que Jesucristo no es su Rey y Salvador y que no se someterá a su señorío.
Tal persona no tiene remedio. Su endurecimiento voluntario y culpable representa un rechazo, por definición, de la única solución provista por Dios. No tiene remedio, no porque Dios no esté dispuesto a perdonar su pecado y salvarle, sino porque en sí es incapaz de volver a Dios para pedirle perdón, o aun de sentir su propia necesidad de salvación. Se ha endurecido.
Insistamos en esto. El texto no dice que tales personas no puedan ser renovadas para salvación, o para el perdón de Dios, sino que es imposible que sean otra vez renovadas para arrepentimiento. No dice que Dios no quiera perdonar sus pecados, sino que ellos mismos son incapaces de arrepentirse. No es que Dios no pueda justificarlas si creen, sino que ellas mismas no son capaces ya de creer. Hay algo en ellas que no les permite responder a la invitación del evangelio. Por esto mismo, es de suma importancia que respondamos ahora que podemos. La persona que decida dejarlo para mañana, no puede garantizar que habrá un mañana; pero, más serio todavía, tampoco puede garantizar que, aun habiendo mañana, ella misma tenga la disposición de arrepentirse y creer.

UNA ILUSTRACIÓN (vs. 7–8)

Todo esto el autor lo ilustra mediante una figura. Nos describe dos terrenos y las dos clases de plantas que florecen en ellos:

Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; peto la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada

Esta ilustración nos recuerda otros textos bíblicos que hablan de diferentes clases de tierra y de los frutos que producen. Pensamos en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:16); o en la parábola del sembrador, en la cual diferentes terrenos responden de distintas maneras ante la siembra de la semilla (Mateo 13:3–8, 18–23); o en la descripción del fruto del Espíritu y de la carne en Gálatas 5:16–25. Pensamos en el cántico de la viña (Isaías 5:1–7): Dios plantó una viña esperando cosechar uvas, pero la viña, aun después de podarla, cuidarla y ponerle abono, sólo daba uvas silvestres. Pensamos en el discurso de Moisés, en el que describe la suerte de aquel que se aparta de los caminos de Dios: será desarraigado de su tierra con ira, con furor y con indignación, por haber demostrado ser raíz que produce hiel y ajenjo (Deuteronomio 29:18, 28). Pensamos, igualmente, en el Salmo 1, que contrasta, mediante metáforas procedentes de la agricultura, al piadoso y al impío. Todos estos textos nos recuerdan el lenguaje empleado en Génesis para describir la tierra buena producto de la creación y la tierra maldecida después de la caída del hombre: Maldita será la tierra por tu causa … Espinos y cardos te producirá (Génesis 3:18).
Así pues, la ilustración sigue en la línea de muchos textos bíblicos que vienen a significar todos lo mismo: que puede haber dos terrenos muy cercanos, que reciben la misma lluvia y cuidado, pero uno es fructífero y el otro no. Sobre la buena tierra la lluvia desciende y produce abundancia de fruto, útil para quien la ha trabajado. Así es el creyente fiel ante la Palabra: cuando Dios habla, él creciendo en santidad y produce en su vida el fruto del Espíritu Santo. Pero muy cerca puede haber otro terreno. Recibe la misma lluvia y la misma semilla —las mismas bendiciones de Dios, el mensaje del mismo evangelio— y, sin embargo, sigue produciendo los mismos espinos y abrojos de antes. No hay transformación ni crecimiento. No produce fruto para la gloria de Dios.
Notemos, de paso, que no se nos dice de este último terreno que antes produjera una buena cosecha y ahora espinos y abrojos. Más bien la idea es que se trata de un terreno que siempre produce espinos y abrojos.
¿Qué hacer con una tierra así? No vale la pena regarla más, porque sólo producirá espinos más tupidos. Por esto el autor ha dicho desde el principio (6:1) que no piensa volver a lo mismo otra vez: a esas alturas sería inútil. La tierra que durante varias estaciones se muestra infructífera, probablemente siempre lo será. El oyente que nunca responde con fe y obediencia al mensaje de la Palabra, se endurece hasta que la Palabra ya no penetra en él.

Una vez que una persona ha conocido la obra del Espíritu Santo, ha visto la verdad, y quizás ha hecho una profesión intelectual, pero luego ha retrocedido rechazando todo deliberadamente, cuando un alma ha hecho esto, no hay esperanza alguna. No dudo que Dios quiera salvarles si pudiera hacerlo, mas Dios mismo no tiene mayor poder que el Espíritu Santo para renovarlos para arrepentimiento

Entonces, ¿qué se puede hacer con este terreno? No hay nada que hacer. La única cosa que el labrador puede hacer es quemar las malas hierbas para que no invadan los terrenos colindantes.
La persona que responde con fe ante la llamada del Espíritu Santo, lo demuestra por el fruto que produce. Su vida va cambiando. Llega a ser un campo fructífero para el Señor. En cambio, la persona que no responde con fe, sino que íntimamente rechaza el señorío de Jesucristo y se resiste a la obra del Espíritu Santo, también lo manifiesta por las malas hierbas que su vida produce.
Así fue en el caso de Israel. Aquella incredulidad que finalmente se demostró con toda claridad, previamente ya se había ido manifestando en toda una serie de espinos y abrojos: murmuraciones, idolatrías, fornicaciones, toda aquella lista de desgracias que Pablo resume en 1 Corintios 10. Vino a ser evidente que eran incrédulos por su manera de vivir. Demostraban por su comportamiento que estaban próximos a ser maldecidos, y que su fin iba a ser la exclusión de la Tierra Prometida. Dios les dio abundantes oportunidades de arrepentimiento y mostró una gran paciencia. Pero finalmente se vio que era inútil.

LA RAZÓN DE ESTA ENSEÑANZA

Antes de concluir este capítulo, necesitamos preguntarnos por qué el autor nos ha dado esta enseñanza.
Al indicar la inutilidad de predicar a los que se han endurecido, su intención no parece haber sido la de hacer que sus lectores nunca más testificasen a los que habían dejado la Iglesia. Únicamente Dios sabe cuándo una persona ha alcanzado el punto de la recaída definitiva. Mientras haya esperanza de arrepentimiento, debemos perseverar en nuestro testimonio, sabiendo que el Señor es capaz de darnos grandes sorpresas.
La intención del autor ha sido, más bien, la de advertirnos a nosotros de la seriedad del peligro de la apostasía, y enseñarnos que, si descuidamos la salvación, nosotros también podemos encontrarnos fuera del alcance de la llamada al arrepentimiento.
Debemos, por lo tanto, tener mucho cuidado en el momento de aplicar este texto a casos determinados. Sólo Dios sabe quién está blasfemando contra el Espíritu Santo en la intimidad de su corazón. Sólo Dios sabe quién se ha resistido a la obra de Cristo hasta el punto de hacer inútil toda exhortación adicional. Sólo Dios sabe quién, en el fondo, detrás de las apariencias, es incrédulo. Nosotros sólo podemos discernir estas cosas en parte (ver Mateo 7:6, 16–18).
Esto no quiere decir que nunca debamos aplicar las enseñanzas de este texto, porque el Espíritu Santo puede darnos discernimiento. Él se lo dio al autor en esas circunstancias: le hizo comprender que, en cuanto a los apóstatas, era inútil seguir insistiendo en la proclamación del evangelio, porque su situación era ya irremediable. El apóstol Juan nos dice que el Espíritu Santo nos puede dar el discernimiento para no orar más a favor de ciertas personas, porque su pecado es ya para muerte (1 Juan 5:16).
Pero, en todo caso, necesitamos un discernimiento dado desde lo alto antes de atrevernos a aplicar estos principios a la vida de otra persona. Estas advertencias son para nosotros mismos. Están para inspirarnos temor y temblor en nuestra perseverancia en el evangelio.
No debemos, por lo tanto, aplicar a rajatabla un texto como éste a todo aquel que muestra alguna resistencia ante la proclamación del evangelio, ni mucho menos a los creyentes que caen en pecado. ¿Quién de nosotros no se ha resistido durante algún tiempo ante el llamamiento del evangelio? ¿Quién no ha intentado eludir la reprensión del Señor? En muchas ocasiones, sólo ha sido después de una profunda lucha espiritual, que hemos admitido la reprensión y claudicado ante las exigencias del evangelio. Vayamos, pues, con cuidado.
Pero, por otro lado, tengamos cuidado con minimizar el peligro aquí señalado. Es cierto que hoy en día pocos sufrirán la tentación de dejar la fe en Jesucristo a fin de volver al judaísmo. Pero hay muchas otras maneras en las que podemos cometer una apostasía parecida a la de aquella gente. Lo más terrible de todo es que podemos seguir participando exteriormente en las actividades de la iglesia y, sin embargo, puede ser que nunca nos hayamos comprometido con Jesucristo de verdad. Nuestra profesión puede ser vacía porque íntimamente no estamos dispuestos a someternos al señorío de Cristo y nos identificamos con la actitud de los que le crucificaron: no queremos que Él reine sobre nosotros.
Finalmente, una palabra de ánimo. No nos olvidemos de que estas palabras tan solemnes nos llegan en medio de una epístola cuyo tema principal es el sacerdocio de Jesús. Tenemos un Sumo Sacerdote que conoce perfectamente nuestra condición, nuestras tentaciones y nuestras luchas; que, por lo tanto, es poderoso para guardarnos en el camino; cuyo sacrificio es eficaz para limpiarnos de todo pecado y cuyo poder puede levantarnos en cualquier momento de caída. Él único peligro, en realidad, es el de volvernos incrédulos con respecto a nuestro Sumo Sacerdote. Su mano es poderosa para levantarnos, sea cual sea nuestra situación, con tal de que creamos y volvamos a Él con arrepentimiento.
Así pues, la nota dominante de la Epístola será sumamente positiva: Levantad las rodillas caídas (12:12); seguid adelante con el Señor Jesucristo.

 

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