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LA IMPORTANCIA DE LAS PARÁBOLAS

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LA IMPORTANCIA DE LAS PARÁBOLAS

las parábolas d jesús

Las parábolas son la fuente que refleja la mayor proximidad posible a las palabras originales de Jesús.

Para los lectores actuales de las parábolas, se nos hace difícil recordar que las enseñanzas de Jesús se dieron en un período carente de las actuales maravillas electrónicas de grabación y comunicación. Cuando Jesús contaba sus parábolas, no había ningún técnico de sonido allí con un avanzado aparato de grabación. No había siquiera un secretario que tomara notas taquigráficas. Además, está el hecho de que el primer registro evangélico más temprano fue el Evangelio de Marcos el cual se hizo aproximadamente en el año 65 del primer siglo, o sea, unos treinta y cinco años después de la muerte de Jesús. Considerando estos datos, preguntamos, ¿cómo entonces es que podemos saber a ciencia cierta que lo que el Nuevo Testamento registra refleja las verdaderas palabras de Jesús? La respuesta se halla en el concepto y la realidad de la tradición (Por tradición se debe entender la fiel transmisión de datos e interpretación de estos bajo el influjo del Espíritu de Dios. Además, los evangelistas se aprovechaban de las tradiciones orales ya fijas por su constante repetición en las distintas iglesias del primer siglo. Pablo hablaba de esta clase de tradición en 1 Corintios 15:3–8 donde afirmaba haber “recibido” datos de otros respecto al meollo del evangelio. En esto los cristianos primitivos seguían las pautas de los judíos en la constante repetición oral de sus tradición para su fácil aprendizaje y para conservar y perpetuar enseñanzas especialmente sagradas).

Conocemos que los apóstoles y discípulos de Jesús eran judíos en su mayoría, herederos de las prácticas hebreas de tradición por lo que las enseñanzas religiosas sagradas fueron conservadas principalmente en forma oral debido al costo de la reproducción manual de libros, pues no existía aún la imprenta. Aunque los Evangelios se escribieron mucho más tarde, Jerusalén y sus contornos tenían a los apóstoles y discípulos que anunciaban el evangelio (kerigma) y utilizaban las enseñanzas (didajé) de Jesús.
Existe toda una disciplina neotestamentaria que analiza con bastante acierto este período de transmisión oral de la tradición de Jesús. Esta disciplina se llama “Historia de las formas”. Uno de sus más acertados exponentes es Joachim Jeremias quien dice respecto a la fidelidad de los registros neotestamentarios en las parábolas:

Quien estudia las parábolas de Jesús, tal como nos las han transmitido los tres primeros evangelios, trabaja sobre un fundamento histórico especialmente sólido; las parábolas son un fragmento de la roca primitiva de la tradición .

Jeremias está bien seguro de que en las parábolas de Jesús encontramos reflejos fidedignos del carácter general del mensaje de Jesús sobre el reino de Dios, especialmente en lo referente al elemento escatológico. Toda alusión en las parábolas a la necesidad del arrepentimiento y sus conflictos con los fariseos expresa atinadamente lo certero y lo histórico. Las parábolas mismas, aunque están traducidas al griego, revelan su trasfondo del idioma materno de Jesús, el arameo. Además, casi todas las parábolas tienen por trasfondo figuras e imágenes de la vida cotidiana en la Palestina de Jesús. Estas aseveraciones de Jeremias valen mucho más cuando uno se da cuenta de que el erudito alemán pasó mucho tiempo en la Palestina y es un reconocido perito en el campo del arameo. Para los evangélicos, es de gran ayuda saber que cuando leemos las parábolas de Jesús, no andamos por las arenas movedizas de la ficción o la mitología. Dodd remacha esto al decir:

Las parábolas son quizá el elemento más característico de la doctrina de Jesucristo consignada en los Evangelios. En su conjunto, a pesar de los retoques que hubieron de experimentar en el curso de su transmisión, presentan el sello de una personalidad bien definida. Su impacto sobre la imaginación hizo que se fijaran en la memoria y les procuró un lugar seguro en la tradición. Ninguna otra parte del relato evangélico tiene para el lector un tono más claro de autenticidad .

Como podemos ver, los evangelistas, por inspiración del Espíritu Santo, supieron dar sus aportaciones a la historia de Jesús al escribir sus respectivos Evangelios, pero en las parábolas es donde hallamos la ipsissima vox (la misma voz) de Jesús. Para los que pretendemos ser sus seguidores en el siglo veintiuno, esto significa mucho.

Las parábolas son la fuente más confiable para llegar al “Jesús verdadero de la historia”.

Hasta el siglo XVIII el Jesús que conocía el mundo era el Cristo del dogma eclesiástico. Es decir, los textos bíblicos asumían un papel secundario ante los pronunciamientos de los credos. Los evangélicos no eludieron este problema a pesar de que sus bases en la Reforma Protestante del siglo XVI recalcaban las Escrituras como su única fuente de fe y orden. Esto se debió al dogmatismo registrado especialmente en las ortodoxias protestantes luterana y calvinista del siglo XVII. Aun hoy, a los que más queremos aferrarnos a las Escrituras, se nos hace difícil leer el Nuevo Testamento en torno a Cristo sin los lentes de la ortodoxia promulgada en el Credo de Calcedonia en 451 d. de J.C. Este problema estriba en que el credo cristológico obedecía a problemas filosóficos particulares de esa época. Casi todos los pronunciamientos eran negaciones de herejías en torno a Cristo que se ventilaban en aquel entonces. El leer hoy los Evangelios sin estos acondicionamientos mentales nos es sumamente difícil, si no imposible. Sea esto como fuere, urge que luchemos por ubicarnos en el contexto de los mismos Evangelios para descubrir al Jesús del Nuevo Testamento.

Un movimiento teológico que afectó grandemente nuestra manera de conocer al Jesús de la historia fue el liberalismo protestante. En sus supuestos filosóficos, ostensiblemente científicos, los teólogos del liberalismo desdeñaban al “Cristo Teológico” del apóstol Pablo para buscar al “Jesús de la historia” de los Evangelios. En sus supuestos en contra del sobrenaturalismo reflejado en la Biblia buscaron a un Jesús más humano, más “histórico”, menos esotérico, menos cósmico pero más terrenal. Rechazaron al Cristo predicado por Pablo para encontrar a un Jesús histórico, a un rabí judío de enseñanzas éticas y humanistas. Para ver con más lujo de detalle el movimiento liberal en el Protestantismo del siglo XIX.

El cuadro bíblico-evangélico, producido por la iglesia primitiva y registrado en el Nuevo Testamento, contiene tanto elementos históricos como elementos teológicos. Todos los retratos de Jesús que hallamos en los Evangelios sinópticos son producto de la fe posresurreccional de la comunidad de creyentes. Esta fe afectó la manera en que se escribieron los Evangelios. Se combinaron hechos reales en torno a la vida y ministerio de Jesús con una fe vibrante en el significado de ambos. La resurrección de Jesús fue lo que impulsó la predicación apostólica y a la larga la producción de los mismos Evangelios. Por esto, mediante las fuentes neotestamentarias, no podemos llegar a un Jesús puramente histórico. Lo histórico es interpretado por la fe de los creyentes primitivos. Esta fe no anula el valor histórico de los eventos narrados, pero sí matiza la forma en que éstos son dados por los evangelistas.
Debe ser obvio entonces que el cuadro liberal del “Jesús de la historia” es un cuadro inaceptable. Hay otros cuadros que son igualmente inaceptables (ver el Apéndice), pero una cosa debe asentarse de una vez y por todas. No se puede prescindir de la realidad histórica de Jesús y su impacto sobre la primera comunidad de fe. Al fin y al cabo, era esta comunidad la que nos dio el cuadro inspirado de Jesús. Por el momento, no obstante, sigue vigente la interrogación: “¿cómo se relaciona el Jesús de la historia con el Jesús de la fe de la iglesia?”. Aunque tendremos que mantener esta pregunta y su tensión en suspenso por algún tiempo más, se puede afirmar, a estas alturas, que las parábolas de Jesús son cruciales tanto en la comprensión del Jesús de la historia como en el Jesús de la fe. Tendremos que mantener juntamente con Peter que si la vida de Jesús es coincidente con las vidas de otros hombres, debe ser posible examinar esa vida del mismo modo que otras vidas del pasado.
Gunther Bornkamm, uno de los principales exponentes contemporáneos de la posibilidad de conocer algo del Jesús de la historia afirma en su Jesús de Nazaret:

Son muchos los que piensan que el camino de la investigación histórico-crítica en este terreno conduce a un callejón sin salida y debe ser definitivamente abandonado. Yo no comparto esta opinión y me resulta imposible comprender porqué este camino llevaría necesariamente a la incredulidad, porqué la fe debería abandonarlo e incluso no podría hacer más que abandonarlo.

Las parábolas de Jesús nos ayudan a esclarecer la problemática historiográfica, pues, como ya se estableció, ellas nos aproximan lo más posible al Jesús de la historia, pero a la vez nos conducen perceptiblemente al Jesús de la fe.

Por ser las parábolas la fuente por excelencia para conocer las doctrinas escatológicas.

Tradicionalmente se entienden por las doctrinas escatológicas “el estudio de las últimas cosas”. Éstas incluyen los conceptos bíblicos en torno a la muerte, el estado intermedio (o carencia de él), la resurrección, el reino de Dios, la segunda venida de Cristo y el estado eterno del creyente y del incrédulo. Las parábolas, no obstante, se centran casi exclusivamente en el concepto del reino de Dios. Es sabido generalmente que lo grueso de la predicación y la enseñanza de Jesús se centraba en el anuncio de la llegada del reino de Dios. Aunque Jesús abordaba ocasionalmente las otras doctrinas escatológicas, hay que admitir que de forma predilecta abordaba la doctrina y la realidad del reino de Dios.

Movimientos teológicos han afectado nuestra manera de entender el reino de Dios, sepámoslo o no. Para el liberalismo protestante, el reino de Dios en labios de Jesús, lejos de ser una doctrina escatológica con fuertes implicaciones para el futuro, se centraba en una sociedad humana realizable sobre este mundo. Ya que los liberales habían interpretado a Jesús en términos puramente humanos, viendo a Jesús como un gran maestro de ética, no podían conceptuar el reino de Dios sino en términos humanistas. El reino de Dios se caracterizaba como una utopía realizable por los hombres dentro de la historia. La venida del reino de Dios implicaba el grado máximo de vivienda para todos, trabajo adecuado para todos, educación al más alto nivel posible, atención médica esmerada, justicia en distribución de tierras, etc.

Fuertes matices socialistas se aprecian en algunos de los exponentes principales del liberalismo tanto en Europa como en Estados Unidos de América. Uno de ellos era Walter Rauschenbusch quien escribió A Theology for the Social Gospel (Una teología para el evangelio social). Un análisis de esta obra revela que goza de fundamento bíblico de acuerdo a la hermenéutica del liberalismo. No es por casualidad que la mayor parte de sus exposiciones bíblicas giran en torno a los profetas clásicos de los siglos VIII y VI antes de Jesucristo. Recordemos que el profetismo clásico siempre anticipaba un reino de Dios realizado sobre esta tierra con un Mesías hecho a la imagen y semejanza del rey David. Siempre su Mesías era una figura netamente histórica. Además de los profetas clásicos, los liberales también centraban sus estudios bíblicos en las enseñanzas de Jesús. Las parábolas de Jesús jugaban un papel primordial en sus escritos. Dentro de este marco, interpretaban las parábolas de Jesús sólo como cuentos moralistas-éticos.
Más tarde se abordará la postura clásica de Albert Schweitzer, pero vale la pena reconocer ahora su papel en el viraje radical de la teología con respecto al concepto que Jesús enseñaba referente al reino de Dios. Schweitzer en su obra Von Reimarus zu Wrede (Desde Reimarus hasta Wrede, traducción inglesa The Quest for the Historical Jesus [La búsqueda del Jesús histórico]) demuestra claramente cómo la postura liberal del siglo XIX ya no podía sostenerse respecto al Jesús de la historia. El ataque de Schweitzer contra esta línea de pensamiento está basado principalmente en su defectuosa escatología. El pensamiento liberal ignoraba totalmente los elementos apocalípticos de Jesús, prefiriendo verlo como maestro de la moral de acuerdo con el estilo profético clásico. Sabemos que eran los profetas clásicos los que fomentaban un concepto del progreso en la historia lo cual desembocaría en el reino de Dios dentro de este mundo. El pensamiento apocalíptico, en cambio, perdía esperanza de tal posibilidad humana del progreso y sólo veía el reino de Dios viniendo con un irrumpimiento de Dios en la historia. Kee, Young y Froehlich  analizan estas dos posturas hebreas respecto a la esperanza.
Había dos conceptos principales dentro del Antiguo Pacto: Primero, en tiempos preexílicos, se creía en la venida de un gobernante ideal quien establecería un reinado de justicia y de paz. Con el tiempo este gobernante se identificó como un descendiente de David; se le devolvería a Israel toda su esplendidez por medio de este gobernante histórico. Segundo, existía la expectación de que Dios mismo establecería su gobierno celestial. Esto tenía que ocurrir, porque el mundo estaba totalmente entregado a Satanás y a las fuerzas diabólicas. Se perdía esperanza de que cualquier fuerza humana pudiera derrocar a los poderes malignos que reinaban en el mundo. Esta desesperanza de la validez del esfuerzo humano es parte y parcela del movimiento apocalíptico.

Crapps, McKnight y Smith iluminan un poco más el carácter de lo apocalíptico:

El movimiento apocalíptico está controlado por un dualismo histórico y ético. Su pensamiento puede definirse como “la creencia dualista, cósmica y escatológica en dos poderes cósmicos, Dios y Satanás (o su equivalente); y en dos eras distintas: la era actual, temporal e irremisiblemente maligno bajo Satanás quien al presente oprime a los justos pero cuyo poder Dios pronto derrocaría. También está el futuro que es perfecto y eterno, bajo el control de Dios en el cual los justos serán benditos para siempre”.

Lo que hizo Schweitzer fue derrocar a todo el movimiento liberal al demostrar que Jesús se identificó plenamente con el movimiento apocalíptico judío de su día. Lejos de ser un maestro de perogrulladas ético-morales en sus parábolas, era todo un apocalíptico que anunciaba la venida radical de esta nueva era por la misma intervención de Dios. Como bien se ha dicho en más de una ocasión, los hombres no suelen ser crucificados por pronunciar enseñanzas éticas inofensivas e inocuas. En la mayor parte de sus parábolas Jesús chocaba con el sistema religioso prevaleciente que esperaba que el reino de Dios se realizara mediante el fiel cumplimiento de la Ley. El Jesús apocalíptico del Nuevo Testamento hasta hoy reta a cualquier sistema que pregona la realización del reino de Dios sobre la tierra mediante los esfuerzos humanos, sean estos ético-morales o socioeconómicos y políticos. La escatología, la realización final o la consumación del reino de Dios, aún está en las manos de Dios.

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                                    Jesús explica una parábola a sus discipulos.

Las parábolas son la fuente principal para el establecimiento de una ética cristiana.

Después de todo lo que se ha dicho hasta ahora respecto a las interpretaciones cuestionables del Jesús de la historia, pareciera imposible hablar de Jesús como maestro de ética. Bueno, lo que sí se puede decir sin temor a equivocarse es que jamás ha existido un Jesús simplemente moralista con enseñanzas éticas intemporales. Más bien, lo que hay que afirmar a cada paso es que la ética de Jesús no puede separarse de su práctica y enseñanzas religiosas; es decir, no puede divorciarse la teología de Jesús de su ética o viceversa. Sólo violentando la ética de Jesús puede verse ésta independientemente de su fundamento religioso. La ética de Jesús es claramente teocéntrica. Al ser así, sólo sigue las pautas establecidas por sus predecesores en el Antiguo Testamento. No podemos leer los oráculos de los grandes profetas clásicos del siglo VIII y VI a. de J.C. sin reconocer que estos grandes voceros de Dios dirigían una palabra de Dios para su situación histórica inmediata. Mayormente expresaban con vehemencia la desaprobación de Dios por causa de la muy manifiesta injusticia social. Esta injusticia social (el robo, la estafa, el maltrato dado a los indefensos, la soberbia de los políticos que desembocaba en la ruina de sus súbditos, el cohecho), nunca era simple y llanamente un problema de índole social. Más bien, estos crímenes eran a su vez pecados ya que eran violaciones de la ley de Dios. Semejante ley, expresada desde el tiempo de Moisés y actualizada en cada época, gobernaba la relación entre el hombre hebreo y su Dios. La activa promoción de la injusticia social no era solamente un problema social; era clásicamente un problema religioso. Esta amalgama de lo social con lo religioso se nota en la legislación hebrea desde las etapas más primitivas de la nación, pero era durante el profetismo clásico que llegó a su expresión máxima. Una y otra vez los profetas clásicos condenaban las prácticas injustas de los hebreos y las clasificaban como ofensas directas contra la persona de Dios. Con estas prácticas ofensivas destruían su relación con Yahveh. Este mismo énfasis sobre la relación entre la ética y la religión lo contemplamos en la enseñanza y la persona de Jesús. Será por lo mismo que un renombrado erudito judío ha loado la ética de Jesús de la siguiente manera:

Jesús es, para la nación hebrea, un gran maestro de la moralidad y un artista en su uso de la parábola … En su código ético hay una sublimidad, una distinción y originalidad de forma inigualadas en ningún otro código ético hebreo … Si viniera alguna vez el día en que este código ético fuera desnudado de su ropaje de milagro y misticismo, el Libro de la Ética de Jesús sería uno de los tesoros más selectos de la literatura de Israel para siempre.

Manson mismo, no obstante, recalca el hecho de que el divorcio pretendido por Klausner entre la ética de Jesús y su carácter religioso es del todo imposible. Divorciar la enseñanza ética de Jesús de su vida religiosa es como deambular por un jardín arrancando flores éticas para tejer una guirnalda para adornar nuestra propia filosofía de la vida. La naturaleza de las flores cortadas es marchitarse; las enseñanzas de Jesús, separadas de la religión de la que proceden, se convierten en sólo consejos admirables pero sin relación a la vida real. Que se diga de una vez por todas, la enseñanza ética de Jesús no se puede divorciar de sus conceptos teológicos.

La vida ética relacionada con el reino de Dios es insostenible sin las prácticas y conceptos religiosos. Como veremos más tarde, la mayoría de las parábolas de Jesús se centraban en el concepto del reino de Dios. El reino y la ética son asuntos que van de la mano. Ser miembro del reino es sostener cierta clase de vida; ser un cristiano regido por la ética de Jesús depende del sometimiento al gobierno de Dios. Esto hace que un estudio de la ética cristiana sin una consideración detallada del contenido y significado de las parábolas sea una tarea muy difícil si no imposible.

LA IMPORTANCIA DE LAS PARÁBOLAS

 

 

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