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LA IMAGEN DEL DIOS INVISIBLE

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LA IMAGEN DEL DIOS INVISIBLE

Col 1:15 El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.

En este texto, el apóstol quiere que veamos la absoluta primacía de Jesucristo en todas las esferas de la vida y, como consecuencia, la total eficacia de la salvación que nos proporciona. Él es Señor en los cielos y en la tierra. Él es principio y cabeza de la creación natural y de la nueva creación.
Para comenzar su definición de la persona de Jesucristo, Pablo emplea dos frases que nos hablan, respectivamente, de su lugar preeminente en relación con Dios y con el universo.él es:

(1) la imagen del Dios invisible

 (2) el primogénito de toda creación.

El apóstol elige sus palabras con sumo cuidado y total exactitud. Para entender bien a la persona de nuestro Señor Jesucristo, necesitamos prestar mucha atención a estas frases y a las resonancias bíblicas que contienen.
La primera de ellas —la imagen del Dios invisible ( 2 Corintios 4:4)—, además de ser una frase conscientemente contradictoria (normalmente, lo invisible no tiene imagen), nos invita a toda una serie de reflexiones:

La perfecta «imagen»

En primer lugar, parece que Pablo, al emplear estas frases, esté contestando a los herejes en sus propios términos. Ellos decían probablemente que, si bien Jesucristo era un mediador válido entre Dios y los hombres, sólo era uno entre muchos intermediarios; y que, si bien reflejaba algo de la verdad y la gloria divinas, su revelación de Dios sólo era parcial.
Tanto en el mundo hebreo como en el mundo helénico, se utilizaba la palabra «imagen» (en griego, eikón) con altas connotaciones filosóficas. El Dios trascendente, inalcanzable por el ser humano, sólo podía ser conocido a través de su «palabra» (logos) o de su «imagen» (eikón). Lo importante era determinar cuál era la verdadera imagen y palabra de Dios. Sin duda, por eso mismo, Juan presenta a Jesucristo como el verdadero Logos de Dios (Juan 1:1) y Pablo le presenta aquí como el Eikón de Dios. En diferentes escuelas de pensamiento se debatía cuál era el medio a través del cual el ser humano podía alcanzar las sublimes alturas de Dios: la sabiduría, la razón, la mente, la palabra … Pero todos estos sistemas eran caminos esotéricos de especulación humana, abiertos para los intelectuales, pero fuera del alcance de la gente común:

Es como si Pablo les dijera a los griegos: «Los últimos seiscientos años habéis estado soñando y pensando y escribiendo acerca de la Razón, la Mente, la Palabra, el Logos de Dios; ese Logos ha venido en Jesucristo para que le podamos ver claramente. Vuestros sueños y vuestras filosofías se han cumplido en Jesucristo.»

En otras palabras, el «eikón» que el hombre necesita para poder ver a Dios no es un sistema de filosofía humana. Los herejes ofrecían caminos de conocimiento teórico, pero no conocían a Dios, porque él sólo se da a conocer en Cristo.

El primer Adán y el postrer Adán

Pero, si bien puede ser importante entender el trasfondo filosófico de nuestra frase, aún más importante es comprender que el lenguaje de Pablo es eminentemente bíblico. Sus palabras nos recuerdan enseguida la narración bíblica acerca de la creación del ser humano. Según Génesis 1:27, el hombre fue creado por Dios «a imagen suya, a imagen de Dios». Además, el texto de Génesis procede inmediatamente a hablar del señorío del hombre sobre el mundo creado. Nuestro texto, igualmente, habla acerca de la imagen de Dios y el señorío sobre la creación. Es difícil imaginar que Pablo no fuera consciente de esta similitud de lenguaje. Más bien, con esta frase nos invita a reflexionar sobre dónde vemos la perfecta imagen de Dios y el perfecto señorío sobre la naturaleza. No en Adán y sus descendientes, sino en el postrer Adán, nuestro Señor Jesucristo. Éste, no aquel primer hombre, es la verdadera imagen del Dios invisible, dueño y heredero de la creación.
La imagen de Dios en el primer Adán sólo era un «pequeño reflejo» de Dios aun antes de la caída, y luego quedó distorsionada por el pecado. Era necesario que viniese un «segundo hombre», un nuevo cabeza de raza, el postrer Adán, que llevase perfectamente aquella imagen perdida.
A aquel primer Adán, Dios le concedió la mayordomía sobre la creación, para ejercer un sabio dominio sobre ella (Génesis 1:28–30). Sin embargo, a partir de la caída, el dominio humano sobre la naturaleza se desvirtuó también. En vez de cuidarla bien, el hombre la sometió a sus intereses egocéntricos y cometió toda clase de atropello contra ella. Hizo falta que viniera un segundo hombre para restaurar todas las cosas. El cumplimiento perfecto de los propósitos de Dios en la creación se llevará a cabo no gracias a Adán y sus descendientes, sino bajo el señorío de Jesucristo (Hebreos 2:5–9).
Sin embargo, no debemos pensar que Jesucristo es sólo la imagen de Dios en el mismo sentido que lo fue Adán. Si bien es cierto que hay una notable similitud de lenguaje entre Génesis 1 y nuestro texto, también lo es que Pablo mismo está a punto de indicar grandes diferencias entre Adán y Cristo. Adán fue una parte de la creación; en cambio, Cristo es el Creador (1:16). Adán empezó a existir cuando fue creado; pero el Hijo es antes de todas las cosas (1:17) y tiene una «preexistencia». De él se puede decir: Antes que Adán naciera, yo soy (cf. Juan 8:58). Adán fue creado conforme a la imagen de Dios (Génesis 1:27); Cristo es aquella imagen. Si Cristo es el Creador y existía desde la eternidad, no puede ser considerado una criatura, sino Dios mismo. En él reside toda la plenitud de la Deidad (2:9). Y puesto que Cristo es divino, en su caso la imagen no es un pálido reflejo de la gloria de Dios, como en el caso de Adán, sino el pleno resplandor de su gloria (Hebreos 1:3). Adán es como la luz de la luna; Cristo, como la luz del sol.

El que hace visible al Invisible

Pero la idea más esencial de «imagen» tiene que ver con la comunicación. La imagen de un objeto hace que el objeto sea visible y cognoscible para los demás. Sin imagen, las cosas son invisibles.
Jesucristo no sólo es divino; es «Dios manifestado» o «Dios revelado». Por eso, Juan le llama «el Verbo». Él es Dios comunicándose con los hombres. Pero su comunicación consiste no sólo en palabras, sino en sus acciones y su persona. Todo él es Dios hablando. Todo él manifiesta a Dios. Él es el Logos, la comunicación audible de Dios; pero también es el Eikón, su comunicación visible. El Verbo de vida puede ser visto, contemplado, palpado y oído (1 Juan 1:1–3). En todo lo que dice, hace y es, Jesucristo comunica a Dios, le revela, le manifiesta (Juan 17:6): El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad … Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Juan 1:14, 18; cf. también Juan 1:1; 10:30, 38; 14:9). Por eso también, el autor de la Epístola a los Hebreos puntualiza que, mientras que Dios hablaba antiguamente en los profetas, ahora nos ha hablado en Hijo. (Hebreos 1:1–2, traducción literal). Los profetas eran portavoces de Dios, pero Jesucristo es más que un portavoz: la omisión del artículo sugiere que él es el mismo lenguaje de Dios. Nosotros hablamos en castellano; Dios habla «en Hijo».
Por eso mismo (porque Jesucristo hace visible lo invisible y audible lo inaudible; porque es el perfecto reflejo de Dios y su infalible portavoz), el autor de Hebreos sigue llamándole el resplandor de la gloria de Dios y la expresión exacta de su naturaleza (Hebreos 1:3). Nuevamente nos llama la atención la exactitud del lenguaje. La «gloria» de Dios y su «naturaleza» sólo pueden ser percibidas por el ser humano de una manera lejana y sumamente parcial, porque Dios es invisible (Juan 1:18; 1 Timoteo 1:17). Ningún hombre le ha visto ni le puede ver (1 Timoteo 6:16). Pero, en Cristo, la gloria invisible de Dios —aquella gloria que, si tuviéramos ojos para verla, nos fulminaría— viene a ser maravillosamente visible. La conocemos en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Viéndole a él, vemos la plenitud de Dios porque él es la expresión exacta de su naturaleza.

¿Dios o la imagen de Dios?

Si este texto constituye uno de los principales pasajes bíblicos que versan sobre la divinidad de Cristo, ¿por qué no dice sencillamente «Él es Dios», en vez de «Él es la imagen del Dios invisible»? ¿Por qué, si Jesucristo es divino, muestran los autores del Nuevo Testamento cierta reticencia en el momento de afirmar que él es Dios? ¿Por qué prefieren acudir a fórmulas más complejas? ¿Acaso tienen dudas al respecto?
Por supuesto que no. Lo que ocurre es que la afirmación Jesús es Dios no hace plena justicia a la persona de nuestro Señor. Dios, por definición, es Dios, no un hombre; y Jesús es incuestionablemente hombre. Dios es espíritu (Juan 4:24); y Jesús tenía un cuerpo. Dios es inmortal; pero Jesús murió. Los discípulos llegaron a entender que, en presencia de Jesús, estaban de alguna manera en presencia de Dios; pero, ante la pregunta ¿es Jesús Dios, sí o no?, sospecho que habrían contestado: ¡Sí y no! Sí, porque sin duda alguna en él moraba toda la plenitud de la Deidad (2:9), de manera que quien le ve a él ha visto al Padre (Juan 14:9–11). Sí, porque él es incuestionablemente «Dios con nosotros» (Mateo 1:23). Pero, por otro lado, ¿se puede llamar «Dios» a un ser humano? Rizando el rizo, Jesucristo no es tanto Dios como «Dios hecho hombre», Dios encarnado o «Dios en forma de hombre» (Filipenses 2:6–8).
Sé que las ilustraciones humanas sirven a veces para confundir más que para aclarar conceptos y no sé si la que voy a emplear será útil o no para mis lectores, pero a mí personalmente me ha ayudado. Se trata del cuento de hadas acerca del príncipe y la rana. ¿Lo conoces? Ya sabes: Érase una vez un príncipe apuesto y rico que tenía por delante un futuro espléndido hasta que una malvada bruja le puso bajo un encantamiento y le transformó en una rana grotesca. La historia sigue diciendo que la única manera de romper el encantamiento y de que la rana volviera a convertirse en príncipe era que una hermosa princesa le besara. No me acuerdo bien del resto del cuento, excepto que todo acabó bien, fueron felices y comieron perdices, gracias a la afortunada intervención de una princesa besucona.
Pero la razón de referirme a esta historia es plantear unas preguntas. Cuando el príncipe dejó de existir en forma de hombre y se halló en forma de rana, ¿seguía siendo el príncipe? ¿Y qué porcentaje del príncipe se hallaba dentro de la rana?
En cuanto a la primera pregunta, sin duda mis lectores se dividirán en dos grupos antagónicos. Algunos afirmarán: por supuesto, el príncipe es el príncipe aunque tenga forma de rana. Otros contestarán indignados que una rana no es ni puede ser un príncipe. Yo, en cambio, optaré por una decisión salomónica: Sí y no. Por un lado, el príncipe está incuestionablemente presente en la rana, porque toda la plenitud del príncipe reside corporalmente en ella. Pero, por otro lado, puesto que un príncipe debe ser por definición un ser humano, quizás sea mejor no seguir hablando del «príncipe», sino del «príncipe hecho rana».
En cuanto a la segunda pregunta, creo que está claro que todo lo que era el príncipe se encuentra ahora en la rana. Lo que se ha encarnado en ella no es sólo una «parte» del príncipe, sino todo él. Mientras el príncipe existía en forma de rana, dejó de existir en forma humana.
Y aquí tenemos la gran diferencia entre el cuento de hadas y la historia de Cristo. El príncipe no puede existir simultáneamente en dos formas diferentes como príncipe y como rana, porque ambas existencias pertenecen a la misma esfera del tiempo y del espacio. Pero, en el caso de Jesucristo, la situación es diferente. El tiempo y el espacio constituyen una esfera de existencia completamente distinta de la esfera de la eternidad. De hecho, fueron creados desde la eternidad. Ésta, pues, no está sujeta a ellos, sino que, de alguna manera que no nos es dado entender, los trasciende. Así pues, cuando el Hijo toma forma humana, no es que una parte de la Deidad venga a la tierra y otra quede en el cielo. Toda la plenitud estaba en Cristo; pero, puesto que la eternidad no corre paralela al tiempo, esto no quiere decir que el cielo quedara vacío. Se trata de dos esferas completamente diferentes.
Pongamos otra ilustración que nos ayude a entendernos. Pensemos en un autor de novelas. Un buen día, decide introducirse él mismo como personaje en una de sus historias. Así, escribe página tras página describiendo con mucho realismo su propia participación en diversos episodios de la narración. Crea un personaje convincente. Los demás personajes de la novela conviven y se relacionan con él y los lectores disfrutan del ingenio del autor. Ahora bien, al introducirse él mismo en la novela, el autor no deja de existir en la vida real. Y no es cuestión de decir que el autor del libro y el personaje de la novela existen simultáneamente. Más bien existen en dos esferas diferentes de existencia.
¿Y si Dios, el creador y «autor» de este mundo, decide entrar él mismo como personaje en el mundo y asumir la forma de una criatura? No quiere decir que tenga que «dejar de existir» en la esfera eterna. De hecho, por definición, no puede dejar de existir.


Y ahora, después de todas estas ilustraciones, volvamos a la pregunta planteada por nuestro texto. ¿Quién es Jesucristo? Sin duda, mientras estemos en esta vida, nunca podremos sondear el misterio de la encarnación, y todo lo que nos atrevemos a decir al respecto tiene la misma clase de limitación que cuando los personajes de una novela entran en debate acerca del autor. Todo intento nuestro de explicar la naturaleza de Jesucristo choca con nuestra ignorancia acerca de cómo es la eternidad. Somos criaturas del tiempo y del espacio y no conocemos otro sistema de referencia.
Sólo podemos limitarnos a lo que Dios mismo nos revela en su Palabra y defenderlo de los que se desvían a diestra o siniestra, poniendo en tela de juicio la autenticidad de la humanidad de Jesucristo o negando la plenitud de su divinidad. En nuestras historias, el príncipe se convirtió realmente en rana y el autor entró en su novela como verdadero personaje. En cierto sentido, la rana no es el príncipe y un personaje no es el autor; pero, en otro sentido, el príncipe es la rana y el personaje es el autor. Toda la plenitud del príncipe mora en la rana y toda la personalidad del autor está en el personaje.
Y esto es lo que el apóstol desea comunicar a los colosenses. No se trata de una emanación que sale de Dios y es distinta de él. Quien ve a Jesucristo ha visto a Dios. En él, el Invisible se hace visible. El inmortal se hace mortal. El infinito se despoja a sí mismo (Filipenses 2:7) a fin de poder ser conocido por seres finitos. El Dios lejano y trascendente se nos acerca. El eterno se hace temporal. Se limita al tiempo y al espacio que él mismo ha creado. Pero no deja de ser quien siempre ha sido y siempre será. De esta manera, Jesucristo viene a ser la fiel imagen y representación de Dios que nos puede dar a conocer al Desconocido y hacer ver al Invisible. Por eso, nadie viene al Padre sino por él (Juan 14:6).
Los colosenses, pues, deben abandonar cualquier otro mediador entre Dios y los hombres. Hay un solo nombre dado a los hombres mediante el cual podemos ser salvos. Y es así porque Jesucristo no es un mero ángel o una emanación de Dios, sino la perfecta expresión de la Deidad. Sólo él puede restaurar en nosotros la imagen de Dios que perdimos en la caída, porque él es la imagen de Dios y nosotros, en él, somos transformados a aquella imagen (3:10; 2 Corintios 3:18). Sólo él puede abrirnos el camino al verdadero conocimiento de Dios: Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mateo 11:27).


 

 

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