Madrid, España

LA HERMOSURA DE JESÚS

Recursos Bíblicos Para Crecer

LA HERMOSURA DE JESÚS

Un retrato del carácter humano perfecto de Jesucristo y algunas aplicaciones a la vida cristiana

LA HERMOSURA DE JESÚS

Niñez


La concepción de Jesús fue milagrosa (Lucas 1:29–37), pero no hubo nada antinatural acerca del nacimiento de Jesús o acerca de su vida como niño. Inmediatamente podemos rechazar historias –que se encuentran en libros apócrifos– de extraños milagros efectuados por un niño precoz. ¡Estas historias le representan marchitando los brazos y piernas de otros niños que le habían hecho daño, o haciendo más larga o más corta la madera de la carpintería de su padre de forma milagrosa!
Con el debido respeto al gran Martín Lutero, éste estaba equivocado, sin duda alguna, en las líneas del familiar villancico:

La vaca mugiendo despierta al Señor [hasta aquí es correcto]
Mas no llora el pequeño Señor Jesús.

Eso pone a Jesús fuera de la experiencia de los seres humanos normales. Más cerca de la Escritura están las palabras de la Sra. C.F. Alexander:

Él era pequeño, delicado e indefenso,
Lágrimas y sonrisas como nosotros Él conoció;
Y siente nuestra tristeza,
Y comparte nuestras alegrías.

Sin duda la Sra. Alexander tenía en mente Lucas 2:39, 40:

“Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.”

Estas palabras resumen la verdad acerca de la niñez de Jesús hasta la edad de doce años. Lucas sabía esto porque consultó con testigos oculares (Lucas 1:1–4), y ¿qué mejor testigo pudo haber tenido que la propia María?
Al principio estaban los dos padres. Parece razonablemente cierto que José murió en la etapa temprana de la vida de Jesús, pero no durante su primera infancia. También nacieron cuatro hermanos y algunas hermanas (Mateo 13:55, 56; Marcos 6:3), pero para cuando Jesús comenzó su ministerio, Él era “el hijo de María” (Marcos 6:3), lo cual sugiere que José había muerto anteriormente. Así que, primero estaban mamá y papá y, luego, como el hijo mayor, Jesús vio llegar a sus hermanos y hermanas. Era una familia pobre. Deducimos esto del hecho de que la ofrenda que José y María hicieron después del nacimiento de Jesús era la permitida a aquellos que eran demasiado pobres para ofrecer un cordero (Lucas 2:24; cf. Levítico 12:8). Puesto que Jesús siguió la profesión de José, podemos imaginarlo ayudando a su padre de una manera rudimentaria como todos los niños pequeños.
Podemos imaginar fácilmente las tentaciones que le vinieron a Jesús. Tentaciones a quejarse por la carga que los niños mayores tienen que soportar ayudando con los más pequeños; o a tener envidia de las cosas buenas que otras familias tenían y que ellos no llegaban a alcanzar. Probablemente Él tenía que ahorrar para tener cosas que otros niños recibían como regalos.
Y era una familia religiosa. La piedad de María se ve en su sumisión al mensaje del ángel (Lucas 1:38), y en su cántico de acción de gracias (Lucas 1:46–55). Los padres de Jesús le presentaron en el Templo (Lucas 2:22–24), e hicieron todo lo que requería la Ley del Señor (Lucas 2:39). Jesús fue un niño normal; ¡ciertamente no sufría dolores de cabeza por causa de una aureola permanente! Él estuvo rodeado todo el tiempo de piedad y fue enseñado en las Escrituras desde la etapa más temprana. Ahora debemos considerar Lucas 2:40 un poco más en detalle.

Corona de espinas y clavos


“Y el niño crecía…”

En esta situación, Jesús creció de una manera completamente natural. La misma palabra se usa al hablar del crecimiento de Juan el Bautista (Lucas 1:80). Yo creo que esto significa que Jesús no era, de ninguna manera, un excéntrico. A los tres años, Él era lo que debe ser un niño de tres años, no como un niño de seis. A los diez años, Él era un niño normal de diez años.

Pues Él es el modelo de nuestra niñez;
Día a día, como nosotros, creció Él.
(SRA. C.F. ALEXANDER)

Él aprendió a andar y a hablar. Aprendió a relacionarse con sus padres, hermanos y hermanas, tíos y tías, como cualquier otro niño normal. ¡Yo no pienso que sea malo sugerir que algunas veces se equivocó en sus sumas! No obstante, no cometió pecado. Él fue tentado a la envidia, la ira y los engaños infantiles, pero no cedió a las tentaciones.


“y se fortalecía”

Los niños crecen fuertes por medio de la comida sana y el ejercicio saludable. Jesús no era una persona débil. El creció en fortaleza; de no haber sido así, hubiera sido muy extraño que más tarde le siguiesen los personajes rudos que Él reunió en torno a sí. Era suficientemente fuerte para escapar de los empujones de la turba homicida en Nazaret (Lucas 4:30). Cualquier cálculo de las distancias que recorrió o estimación del dolor físico que sufrió al ser azotado (Juan 19:1) nos llevará a la conclusión de que Jesús no era el ser débil y afeminado retratado a menudo por los artistas.
El esfuerzo físico del cual Jesús fue capaz fue fenomenal. Piensa, por ejemplo, en su último ascenso de Jericó a Jerusalén. Este camino a través de una región solitaria y rocosa, sin sombras, se eleva hasta una altura de unos 900 metros. El viaje duraría unas seis horas. Al comenzar el día, Jesús había sanado a un ciego en Jericó (Marcos 10:46). Junto al calor del Sol abrasador, estaba la agotadora emoción de las caravanas que subían a la fiesta a Jerusalén. Éste no era un andar constante y relajado, y cualquiera que fuese más débil que Él habría estado muy contento de poder reposar sus piernas cansadas al final del día. Sin embargo, ¿qué sucedió? Allí estaba Él disfrutando felizmente de un banquete en su honor entre sus amigos de Betania (Juan 12:1, 2; cf. Juan 12:12). Y éste no es un incidente aislado. En los Evangelios le vemos a menudo ascendiendo a una colina después de un día de trabajo agotador (Marcos 6:46; Lucas 6:12). En Mateo capítulo 13 versículo 1, leemos: “Aquel día salió Jesús de la casa…” Previamente, aquel día, había estado ocupado en la clase de debates que a nosotros nos dejan agotados, pero ahora Él se embarca en un largo sermón, interrumpido por preguntas que demandaban respuestas. Aquellos que predican sabrán lo que esto debió haberle costado a nuestro Señor. Jesús era fuerte y sano y el fundamento de esto fue establecido en los primeros años de su vida.
De todo esto, podemos concluir no sólo que Él tenía conocimiento de algunos juegos (Mateo 11:16–19), sino que también jugaba y disfrutaba de su comida. Además, Jesús debió de haber estado familiarizado con tentaciones a la glotonería, a hacer trampas y a tomar represalias contra los compañeros. de juego que eran injustos o que le hacían daño.


“y se llenaba de sabiduría”

Esto significa que Jesús tenía deseos de aprender. Escuchaba a otros (Lucas 2:46), hacía preguntas y estaba dispuesto a someterse a las preguntas de otros, y a darles respuestas (Lucas 2:47). Hubo un proceso de desarrollo gradual que le llevó al ejemplo significativo en el Templo a la edad de doce años. En una familia judía en aquellos días, Jesús habría aprendido pasajes de la Escritura de tal manera que podía recordarlos en años posteriores.
No obstante, la sabiduría es más que conocimiento. Es la habilidad para usar lo que sabemos al relacionarnos con otras personas, soportando las decepciones y generalmente conduciéndonos con competencia y humildad. Jesús demostró que podía hacer frente a la vida de la manera apropiada a cada etapa de su crecimiento. Puesto que “el principio de la sabiduría es el temor del SEÑOR” (Salmo 111:10 LBLA), sabemos que su conocimiento de la Escritura le llevó a amar a su Padre y a vivir de tal manera que le agradase en todo.
La confianza de Jesús en su Padre fue nutrida mediante la oración y la inmersión profunda en los contenidos y la atmósfera de la Escritura aprendidos en los primeros años de su vida en el hogar y en la sinagoga.
Una vez más, no debemos olvidar las tentaciones que Él venció según crecía en sabiduría. El debió de haber sido tentado a la precocidad y el orgullo. Y según crecía, sin duda, estaba la posibilidad de que causase envidia entre sus hermanos y hermanas como había sucedido con José muchos siglos antes (Génesis 37:3–11). Aunque los hermanos de Jesús no creyeron sus afirmaciones hasta después de Pentecostés (Juan 7:5; cf. Hechos 1:14), no hay evidencia de que ellos se resintieran contra Él; por el contrario, ellos le recibieron de nuevo durante su ministerio (Juan 2:12). Esto es una evidencia de la asombrosa sabiduría en la manera en que Jesús manejó su relación con su familia. No existe una prueba de piedad y humildad mayor que la del escrutinio de nuestra familia día tras día.
Se puede argumentar que la palabra “llenaba”, en nuestro texto implica una dotación especial del Espíritu Santo. Esto puede ser así, pero ello no saca la niñez de Jesús del ámbito de la experiencia humana natural. Hasta los niños pueden recibir una medida completa del Espíritu Santo apropiada a su edad, como Juan el Bautista fue “lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15).


“…y la gracia de Dios era sobre él”

Esto no puede significar gracia salvadora y, por tanto, debe referirse a la gracia habilitadora de Dios y el favor hacia Él.
Piensa en la influencia maligna del mundo que le rodeaba; el efecto sobre Él de su viaje con su familia a Egipto (Mateo 2:13, 14); la mala reputación de Nazaret (Juan 1:46). La suya no fue una vida enclaustrada y protegida y, como nosotros, necesitaba la capacitación de Dios para vivir una vida agradable a Él. Más que eso, pienso que estas palabras reflejan el carácter de Jesús. Él creció en gracia, y ya reflejaba el santo amor de Dios en todo lo que hizo.
La vida de oración de Jesús, su confianza, su conocimiento de la Biblia y su sabiduría, estaban profundamente arraigados en los tempranos hábitos de oración y aprendizaje bíblico desarrollados en la vida familiar en Nazaret.
Sería provechoso para los padres el meditar largo y tendido sobre estas cosas. El temor de “empacharlos de religión” tiende a hacer a los padres modernos reticentes a enseñar piedad a sus hijos. Esta es una edad tolerante en la cual se ridiculiza el tomarse algo en serio. Los niños pequeños son expuestos cada vez más a las crudas realidades de la vida sin protección o guía, haciendo la niñez más y más peligrosa, y la candidez de un niño es objeto de burla. La tarea de los padres hoy no es envidiable; necesitan la gracia de Dios que les capacite para adiestrar a sus hijos en esa gracia.
Hace siglos, Robert Southwell (c. 1561–95) celebró la perfecta niñez de Jesús:

Que la locura alabe lo que ama el capricho,
Yo alabo y amo a aquel niño
Cuyo corazón ningún pensamiento,
Cuya lengua ninguna palabra,
Cuya mano ninguna obra deshonró.
Yo le alabo más, le alabo mejor;
Toda alabanza y amor son suyos
Mientras le amo, vivo en Él,
Y en maldad no puedo vivir.

 

De los doce en adelante


Creo que es correcto tomar Lucas 2:51, 52 como una impresión de la adolescencia y juventud de Jesús.

“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”

Aún tenemos en la mente la seguridad que nos proporcionan las palabras del Padre en el bautismo de Jesús: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22) coṁo su veredicto sobre lo que a menudo se conocen como los años de silencio del Señor. Sin embargo, ¿cuáles fueron las pruebas que Jesús venció para hacer posible tal veredicto? Podemos nombrar algunas con una certidumbre razonable:

1. Los desafíos normales de la vida familiar, tal como hemos mencionado anteriormente. Estos habrán crecido más que menguado según fue creciendo la familia.
2. Las tensiones de la adolescencia comunes a todos los jóvenes. No podemos dejar de expresar a menudo el hecho de que Jesús fue un joven normal.
3. La tentación al resentimiento de uno que amaba a su propia nación, por las restricciones impuestas sobre los judíos por el poder romano ocupante.
4. Su creciente conciencia de su relación especial con Dios el Padre. No podemos seguir el curso de esa creciente conciencia, pero sabemos que ya había llegado a un estado significativo cuando Jesús tenía doce años de edad (Lucas 2:41–49), y no cabe duda de que esto puso una cierta tensión en sus relaciones dentro de la familia.
5. Sabemos que su padre vivía cuando Jesús tenía doce años, pero algún tiempo más tarde José murió. Podemos imaginar la tensión añadida que esto habrá puesto sobre Jesús, como el hijo mayor, al tener que sacar adelante el negocio de carpintería de su padre (Marcos 6:3).
¿Cómo pudo Jesús hacer frente a la vida en esas circunstancias? Consideremos con más atención Lucas 2:51, 52.


“Y descendió con ellos …”

Jesús no venció estas tentaciones por estar protegido contra ellas. Él fue capacitado por la gracia de Dios para vivir sin pecado en unas relaciones normales y naturales. Ya sea que fuese o no consciente de ello en aquel tiempo, cada parte de su vida como joven le fue útil más tarde en sus tres años de ministerio.

Sus responsabilidades domésticas en el hogar:

“El Reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado” (Mateo 13:33; véase también Lucas 11:5, 6).

Cubría las necesidades con el dinero que tenía:

“Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura” (Mateo 9:16).

Su trabajo como artesano:

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí… Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29, 30; véase también 7:24–27; 13:47, 48).

Su relación con la vida ciudadana:

“Mas ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros, diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis” (Mateo 11:16, 17).

Su conocimiento de la vida nacional y del mundo en general:

“En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos… O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató…” (Lucas 13:1–5).

Todas estas cosas enriquecieron su entendimiento de las vidas de otros e hicieron su enseñanza comprensible a la gente común. Él no tomó a mal las limitaciones de sus primeros años, sin duda, porque sabía que Dios tenía un propósito en todas ellas.

Los yugos que Él hizo eran verdaderos,
Porque el Hombre que soñaba
Era también
Un artesano;
Las cargas que el buey llevó
Eran ligeras.
En la noche
Se acostaba en su cama y sabía
Que ninguna bestia de su rebaño que pacía en un pesebre,
Era molestada por una amargura innecesaria.

Las convicciones de un hombre
Pueden ser completas y correctas,
Pero si falla con la plomada y la regla,
Si se burla del cuidadoso
Y suave cepillado
Y de la precisión con la escuadra,
Algún cuello llevará
La cicatriz del desatino.
(GLADYS LALEHAW)

Aquí está el ejemplo perfecto para los jóvenes. Dios mismo puede dar paciencia y un sentido de satisfacción en cualquier situación en que vivan y crezcan, y en cualquier etapa de su desarrollo.
Si, como sugieren muchos eruditos, el Santiago que escribió la epístola que lleva ese nombre era un hermano de Jesús, es muy posible que muchas de sus instrucciones prácticas estén basadas en lo que vio en la vida de hogar de ṡu hermano mayor. Un ejemplo sería:

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:13–18).


“y estaba sujeto a ellos”

Esta idea es chocante a muchos oídos modernos, pero es una parte esencial del ejemplo que Jesús sentó ante cada cristiano. Es interesante que se diga que Jesús obedecía a sus padres después de los doce años de edad. Ninguna medida de avance cultural puede quitarle su significado a este hecho (Efesios 6:1–3; Colosenses 3:10).

“La gran sumisión de Jesús a Dios la aprendió primero en las pequeñas sumisiones a sus padres y aun cuando el mandato de Dios significara tenerles que dejar, nunca significó para Él la negación o anulación del mandato inferior. Él volvió, el joven volvió del Templo, y se sujetó a sus padres y, si hemos de creer a Juan, Él hizo provisión para su madre entre la compañía de discípulos en el momento mismo en que se hallaba en el climax de la obediencia a su Padre celestial.”
(TOM SMAIL)

El principio básico es el quinto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12), y Jesús obedeció toda la Ley de Dios sin una sola falta. La obediencia es una parte del honrar a los padres, pero es evidente que esto toma una forma diferente según crecemos hacia la madurez. Pudo ser que Jesús alguna vez se encontrase ante el dilema de que los deseos de sus padres estaban en conflicto con lo que Él sentía ser la voluntad de Dios para Él. Sería un error que nos metiésemos demasiado en conjeturas en esta área, pero el ejemplo que se nos da es el de una persona de carácter, entendimiento y capacidad, que honra a sus padres y trata en todo momento de agradarles. El no se burló de manera arrogante ni desconsiderada de los deseos de José y María. Cualquier pensamiento de que en Lucas 2:49 Jesús los puso en su lugar, o de que les estaba diciendo que de entonces en adelante Él iba a ir por su camino, está excluido por la afirmación de que Él les estaba sujeto. ¿Continuó esta sumisión hasta el tiempo en que Jesús dejó el hogar a la edad de 30 años? Podemos estar seguros de esto: Él nunca, en ningún momento o en ninguna etapa dejó de honrar a su padre y a su madre. En nuestros días, ésta podría llegar a ser una de las diferencias notables entre los jóvenes cristianos y los no cristianos.


“Y Jesús crecía en sabiduría…”

No hubo una inyección de conocimiento repentina o milagrosa. Jesús aprendió los hechos y desarrolló gradualmente el entendimiento y la sabiduría. No obstante, no cabe duda de que este proceso fue más rápido y extenso que lo normal; sin embargo, Él no era anormal.

“…Cristo fue no sólo física, sino psicológicamente, completamente (aunque no meramente) humano. Tuvo, por ejemplo, una mente humana. Esta es la razón por que se pudo decir de Él que “crecía en sabiduría” (Lucas 2:52). Fue claramente precoz (Lucas 2:46 ss.), pero esto no excluye que tuviese que pasar por el desarrollo intelectual normal de un niño. No nació con una mente adulta, mucho menos con una mente omnisciente. Aprendió por la observación del mundo que le rodeaba, escuchando a su madre y escudriñando las Escrituras.”
(DONALD MACLEOD)

Mas adelante la gente se quedaba maravillada de su conocimiento ya que no había ido a las “escuelas” (Mateo 13:54–56; Juan 7:15). Jesús pudo haber estado familiarizado con tres idiomas:

“Ciertamente sabía arameo. Cuando los judíos regresaron de la cautividad, hablaban arameo, la lengua que hablaban sus amos. Sus citas indican que leía en el original hebreo, y no en una traducción griega. “…y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer.” (Lucas 4:16). Sus charlas estaban llenas de citas del Antiguo Testamento. Luego, también, su Galilea natal estaba llena de habitantes de habla griega. Por razón de su posición, Galilea estaba expuesta a influencias griegas que eran inevitables. Probablemente se comunicó en griego con las gentes de Tiro y de Sidón. Es altamente probable que fuese un maestro del hebreo, el arameo y el griego.
(J. OSWALD SANDERS)

El aprendizaje básico de Jesús debió de haber sido en las Escrituras del Antiguo Testamento. Dijo que su enseñanza venía de Dios (Juan 7:16–19; 14:24), así que podemos imaginarlo proclamando las Escrituras, pidiendo luz al Padre en una actitud de sumisión, especialmente según comenzó a darse cuenta de que se aplicaban de una manera única y profunda a Él mismo.
¡Oh, por una generación de hombres y mujeres que tuviesen como prioridad el estudio y entendimiento de las Escrituras, y la aplicación de lo que aprenden a su conducta y actitudes en el mundo que les rodea! La llamada del maestro –“¡sigúeme!”– debe significar al menos esto.


“…y en estatura…”

Pienso que esto significa algo más que centímetros de altura. Probablemente significa fortaleza física, moral y emocional. Cuando consideramos las presiones que soportó durante los tres tempestuosos años de su ministerio público, no nos sorprendemos de que durante sus años de formación desarrollara fortaleza física y estabilidad emocional. Esto debe significar que no abusó de su cuerpo, y que fue cuidadoso de no caer en ningún exceso que minase su fortaleza.


“…y en gracia para con Dios y los hombres”

La respuesta de Jesús a la ansiedad de sus padres (Lucas 2:49) refleja una determinación a agradar a Dios en todo, y las palabras que vinieron del Cielo en su bautismo (Lucas 2:32) confirman que creció en este compromiso. En éste, como en cualquier otro aspecto de su vida, nuestro Señor nos presenta el ejemplo perfecto, como nos recuerda Pablo constantemente:

“Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables” (2 Corintios 5:9).

“Que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:10).

“Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más” (1 Tesalonicenses 4:1).

No nos resulta fácil entender cómo Jesús pudo haberse ganado el favor de la gente. Posteriormente en su vida, provocaba ira y envidia y, al final, la crucifixión. Y nosotros mismos sabemos por experiencia que aun nuestro pobre ejemplo de piedad a menudo resulta ofensivo a los demás.
Parece que, en general, la gente honesta y sin prejuicios admiraba el carácter genuino de Jesús y, ciertamente, éste ha sido el caso a lo largo de toda la Historia. Y hay personas que admiran a un cristiano genuino y ven en él o ella a una persona en que se puede confiar, que puede dar consejo y consuelo cuando se necesita. Finalmente, podemos decir que Jesús no provocó deliberada o descuidadamente la desaprobación de los demás. Su única meta era amar a Dios con todo su ser y, como consecuencia, amar a los demás (Marcos 12:29–31).
No hay lugar en nuestro crecimiento como cristianos para actitudes como: “Yo debo decir lo que siento. Me da igual lo que piensen los demás,” o: “No me preocupa lo que otros puedan pensar.” El ejemplo de Jesús pone sobre nosotros la responsabilidad de tener buena reputación ante quienes nos rodean, tanto en cuanto sea posible:

“Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación” (Romanos 15:2).

“Como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos. Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 10:33–11:1).

“Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean respondones…” (Tito 2:9).

Que todos los jóvenes piensen más acerca de la vida joven de Jesús y que sea ésta, más que los modelos y modas populares del día, lo que forme sus actitudes hacia la vida:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

¡Si al menos pudiésemos entusiasmar a nuestros jóvenes con Jesús de tal manera que Él llegase a ser más atractivo y emocionante para ellos que cualquier estrella o diversión!

Aquel a quien los coros de ángeles adoran,
Sosteniendo cada terrible decreto,
A sus padres terrenales ahora obedece
En profunda humildad.
Por esto revelada tu humildad,
Jesús, te adoramos a ti.
(J.B. DE SANTEOIL 1689 tr. J. Chandler)

 

Palabras de gracia


Ahora estamos en disposición de examinar tan de cerca como podamos el carácter de Jesús tal como es descrito en los relatos evangélicos de los años de su vida pública. Después de treinta años de preparación, fue expuesto a la vista pública para que todos viesen la hermosura de su vida perfecta. Se nos ha dado el retrato desde cuatro ángulos (los cuatro Evangelios), y con el comentario del Espíritu Santo en otras Escrituras.
Probablemente la primera cosa que nos impresiona de otras personas es su manera de hablar. Podemos notar su sonrisa o cuando fruncen el ceño. Podemos reaccionar ante su vestimenta o ante algún hábito, pero generalmente lo que importa es lo que dicen y la manera en que lo dicen. Y Santiago nos dice:

“Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto…” (Santiago 3:2),

reflejando la afirmación de Jesús mismo,

“Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:37).

No hay duda de que cuando Jesús habló, produjo el impacto más extraordinario sobre las personas, tanto individualmente como sobre las multitudes, y de la misma manera sobre sus amigos como sobre sus enemigos. Por ejemplo, los alguaciles del Templo fueron enviados a arrestar a Jesús; éstos probablemente eran hombres armados y más que capaces de llevar a cabo su comisión, pero regresaron a sus superiores sin Él, diciendo como excusa: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:32; 45, 46). Ellos vinieron a arrestarle con espadas; Él los arrestó con palabras. Escuchemos la voz de Jesús a través de los oídos de personas que le escucharon.


Autoridad

Al final del Sermón del Monte, Mateo nos dice:

“La gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mateo 7:28, 29; véase también Lucas 4:32).

Él hablaba de tal manera que nadie podía refutarlo. Tenían que creerle o crucificarle.
A menudo nosotros necesitamos los adornos de oficio para dar algún peso a nuestras palabras. La autoridad de Jesús estaba en la verdad de lo que El decía, que daba la medida a todos los hechos y a todos los testimonios de las conciencias de las personas. Éste debe ser nuestro modelo:

“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13; véase también 6:10; Lucas 21:15).

Hemos de pensar bíblicamente para poder hablar bíblicamente. ¡Esto no significa que sólo debamos usar palabras de la Biblia! Cuando la ocasión lo demandaba, nuestro Señor citaba las palabras reales del Antiguo Testamento, y Él lo podía haber hecho con más frecuencia si lo hubiese deseado. Toda su enseñanza, ya fuera citando las Escrituras o no, estaba en perfecta armonía con el Antiguo Testamento; conocía su Biblia y estaba capacitado por el Espíritu Santo para usar ese conocimiento con un efecto poderoso.


Palabras de gracia

En el Salmo 45, se predice al que había de venir:

“Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; La gracia se derramó en tus labios; Por tanto, Dios te ha bendecido para siempre” (Salmos 45:2).

Así que no nos sorprende que después del discurso de Jesús en la sinagoga de Nazaret,

“todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (Lucas 4:22; Isaías 42:2 compárese con Mateo 12:15–21).

Esto se refiere no sólo al contenido de aquel discurso sino también a la manera en que lo pronunció. Esto no significa que Jesús oscureciera la verdad o que se desviara de ella para agradar a la gente. De hecho, fue tan veraz que al final esto hizo airarse a la gente, e intentaron matarle (Lucas 4:22–29).
La amabilidad consiste en no agravar intencionadamente cualquier cosa que produzca agitación en las masas; está impregnada de cortesía, amor, humildad y transparente sinceridad. Cuando Jesús impartió enseñanza bíblica en el Templo: “gran multitud del pueblo le oía de buena gana” (Marcos 12:37), traducido en la Biblia de las Américas como: “la gran multitud le escuchaba con gusto.” Una persona que habla con gracia tiene siempre en su corazón el bien de los demás y no su sufrimiento. El tono mismo de la voz de nuestro Señor fue reconocido por María la mañana de la resurrección (Juan 20:16).
El hablar con gracia no calumnia, ni maldice, ni replica, ni miente; por el contrario es amable, placentero y razonable (véase Santiago 3:17). La gracia no es vaselina; no implica adulación ni una pegajosidad nauseabunda.
Este es el ejemplo de Jesús que nosotros debemos seguir. Pablo nos dice que hablemos la verdad en amor (Efesios 4:15 LBLA) y que sea nuestra “palabra siempre con gracia, sazonada con sal” (Colosenses 4:6). La sal excita el sabor: ¿realmente quieren escucharnos las personas o simplemente están siendo corteses? La sal previene la corrupción: la meta de nuestra habla, como lo fue la de nuestro Señor, es hacia el bien y la piedad de los demás. Cuando nuestro Señor vio que algunos de sus seguidores le abandonaban, preguntó a los doce discípulos: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”, a lo cual respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:66–68). Esto fue cierto de Jesús en un sentido único; y sin embargo, nosotros también podemos ver que las personas son atraídas a Cristo por medio de nuestra habla con gracia.


Candidez

El profeta Isaías predijo de Jesús que no habría “engaño en su boca” (Isaías 53:9), y Pedro que conoció bien a Jesús tuvo el gozo de decirnos que aquí había un ejemplo a seguir por nosotros (1 Pedro 2:21, 22). Jesús fue el ejemplo perfecto de su propia enseñanza en Mateo 5:33–37. Nunca fue culpable de exageración o de doble lenguaje. Siempre fue honesto. ¡Cuán propensos somos nosotros a exagerar para nuestro propio beneficio, y con qué facilidad permitimos que la deshonestidad se deslice en nuestra conversación! Cuando describimos eventos en nuestras vidas o discutimos con otras personas, o supuestamente representamos lo que otras personas dicen o creen, a menudo somos “económicos con la verdad”.
No nos tomamos seriamente la advertencia de Jesús en Mateo 12:36, 37 de que seremos juzgados por nuestras palabras. Cuando Isaías vio la gloria de Jesús, su primera reacción fue: soy un “hombre inmundo de labios” (Isaías 6:5; Juan 12:41). Nosotros no hemos escuchado verdaderamente la voz de Jesús si no hemos sido llevados a orar: “SEÑOR, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios” (Salmo 141:3 LBLA).
A menudo, cuando estamos bajo tensión mental o con dolor físico, es cuando perdemos el control de nuestras lenguas. No obstante, aun cuando Jesús soportó juicios injustos y la más inenarrable agonía en la Cruz, nunca utilizó un lenguaje amargo o indigno. Lo que se dijo de Job puede decirse de Jesús con aún mayor asombro: “En todo esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:10).

Señor, háblame para que pueda hablar
En vivos ecos de tus tonos…
Oh, lléname con tu plenitud, Señor,
Hasta que rebose mi propio corazón
En ardiente pensamiento y brillante palabra
Para tu amor contar, tu alabanza mostrar!
(FRANCES R. HAVERGAL)

 

Sin mancha del mundo


Este mundo es un lugar pecaminoso. Desde nuestro nacimiento, su maldad penetra en nuestras mentes y en cada parte de nuestras vidas. “El mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19). Esta es la razón por que muchas personas han llegado a la conclusión de que la única manera de vivir una vida santa es separarse del mundo en algún tipo de aislamiento o régimen monástico. Sin embargo, Jesús no siguió este rumbo.
Existe una clase de “superespiritualidad” evangélica que desprecia las cosas normales de la vida y, por temor a los excesos, es renuente a gratificar los deseos naturales. Nuestro Señor apreciaba la comida y la amistad, el sueño y las reuniones sociales. La compañía de otros nos puede arruinar a nosotros, pero a Él no le contaminó y Él nos muestra el camino de la victoria en el mundo. Él es el ejemplo perfecto de cómo “hacer las cosas naturales espiritualmente y las cosan espirituales naturalmente”.


Jesús se integró en el mundo

Cuando leemos que Jesús estaba “apartado de los pecadores” (Hebreos 7:26), la evidencia es clara contra la sugerencia de que se abstuviera del contacto con gente pecaminosa. No hubiera podido cumplir su propósito de venir al mundo a salvar pecadores si no hubiese tenido nada que ver con ellos. No se limitó a estirar un dedo delicado para tocar el mundo y luego retirarse apresuradamente por temor a la contaminación. Él se sumergió en el mundo de sus días.
A menudo los cristianos evangélicos están tan “separados” del mundo que no pueden comunicarse con las personas que les rodean en los ámbitos ordinarios de la vida. En Lucas 15:1, cuando “se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle”, Jesús estaba sin duda hablando su propia lengua. Es muy improbable que cuando compartía una comida con tales personas les predicara continuamente. Ellos no habrían sido atraídos a tal persona. Él era capaz de encontrarse con ellos a su altura, y sólo podía hacer esto si estaba genuinamente interesado en sus vidas cotidianas.
Jesús se mezclaba con la gente. No les mantenía a una cierta distancia por temor a ser contaminado por ellos. Él disfrutó del placer inocente de un banquete de bodas al cual fue invitado (Juan 2:1, 2), y de las celebraciones organizadas por Zaqueo (Lucas 19:7) y Leví (Marcos 2:15). Esto era tan normal en Jesús que sus críticos se quejaban: “He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11:18, 19).
Esta es una exageración similar a las acusaciones lanzadas contra un pastor que sea popular con los jóvenes: “oh, sólo se interesa por ellos,” o que usa una ilustración tomada de la televisión: “oh, se pasa todo el tiempo delante de esa caja.” No es que Él comiese o bebiese con exceso, sino que había un contraste muy vivo entre Jesús y lo que ellos estimaban que un santo hombre de Dios debía ser. Quienes siguen a Jesús disfrutarán de este mundo pero “como si no lo disfrutasen” (1 Corintios 7:31). Jesús no se entregó al esnobismo social. Él se mezcló con personas de todos los ámbitos de la sociedad: los ricos y respetables y los pecadores (Lucas 7:36–50; 14:1). Una mirada a lo que sucedió en las dos ocasiones registradas en Lucas capítulos 7 y 14 mostrará que Jesús no vaciló en ejercer su ministerio en aquellas situaciones en las que fue llamado a hacerlo. De hecho, fue muy duro en sus comentarios. No obstante, a lo que vamos aquí es que fue capaz de mezclarse con personas de todos los ámbitos de la sociedad sin vergüenza y sin corromperse.
Jesús conocía todo acerca de la vida tal como la vivían las personas que le rodeaban. No sólo sabía de ella, sino que la compartía. De tal manera que podía hablar con facilidad de la pesca, los negocios, el cuidado de la casa, los juegos infantiles, los niños voluntariosos, las prostitutas, los ricos y los pobres, los que tenían negocios turbios, los reyes y gobernantes, los pedigüeños y los políticos.
Lejos de aislarse del mundo, Jesús vivió una vida natural y era sensible a todos los gozos y angustias del mundo. Para Jesús éste era el mundo de Dios, y aceptaba la vida, sus dones y desafíos, como procedentes del Padre. Así que observaba todo lo que le rodeaba. Observaba lo que la gente hacía y cómo lo hacía. Escuchaba los pájaros cantando, a los niños riendo y a las personas tristes llorando. Nuestro Señor estaba impresionado por la hermosura de la creación de su Padre. Se dice de Bernardo de Claraval que podía pasear todo un día por el precioso escenario de las orillas del lago Ginebra, ¡pero que posteriormente era totalmente incapaz de recordar siquiera que había estado en un lago! Posiblemente podríamos llamarle un soñador espiritual, pero Jesús nunca fue así. Él advertía los pajarillos sobre un tejado (Mateo 10:29), las flores en los campos (Mateo 6:28), un sastre trabajando (Mateo 9:16), y los niños cuando eran fastidiosos (Lucas 7:32).
Jesús, por tanto, es nuestro ejemplo perfecto de integración en el mundo. Si no hubiese vivido como lo hizo, su ejemplo hubiese sido de muy poca ayuda para nosotros que tenemos que luchar a brazo partido con todo tipo de personas y situaciones. Pablo refleja el ejemplo de nuestro Maestro en el curso de su instrucción a los creyentes corintios a separarse de los creyentes inmorales, pero no del mundo en general, al decir:

“No absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo” (1 Corintios 5:10).

¡Precisamente!


Jesús no fue corrompido por el mundo

Nuestro problema es que somos absorbidos muy fácilmente hacia los caminos pecaminosos del pensamiento y comportamiento del mundo. Jesús fue capaz de combinar la integración total en el mundo con la libertad total de la corrupción del mundo. No encontramos ninguna insinuación de ningún deseo en nuestro Señor de compartir el pecado y la vileza del mundo que le rodeaba. En ningún momento fue influido por el desenfreno y las ambiciones viles de la sociedad de sus días. Nunca cedió por un solo momento a la ardiente lucha del mundo por el placer y la prosperidad. De hecho, le repelían tales actitudes, como muestran claramente sus bienaventuranzas (Mateo 5:3–12).
Jesús no necesitaba la aprobación del mundo (Lucas 6:26), ni necesitaba ser sostenido por su apoyo. Anhelaba el compañerismo de sus amigos (Mateo 26:40), pero no el apoyo moral o material de un mundo sucio y contemporizador.
Uno de los grandes objetivos del sacrificio que nuestro Señor ofreció por nosotros fue “librarnos del presente siglo malo” (Gálatas 1:4). Pablo se gloriaba en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo “por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14). Además, se nos advierte constantemente en la Escritura acerca de la influencia corruptora del mundo:

“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15–17; véase también 2 Corintios 6:14–7:1; 2 Timoteo 4:10; Santiago 4:4; Judas 23).

Somos muy conscientes de la importancia de estas advertencias cuando escuchamos a personas que han intentado influir en prostitutas para bien, pero que ellos mismos han caído en la inmoralidad; o aquellos que tratando de ayudar a drogadictos, han sucumbido a ese hábito; o aun pastores, que tratando de aconsejar a personas angustiadas han llegado a estar envueltos emocional y moralmente. Entonces, ¿cómo podemos nosotros integrarnos en el mundo como nuestro Maestro, y no ser contaminados por él?
El principio básico se encuentra en las propias palabras de nuestro Señor acerca de sus discípulos: “éstos están en el mundo… porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:11, 14).
En otras palabras, si nosotros estamos envueltos en el mundo, nuestro corazón debe estar claramente separado del mundo. Hemos de amar a las personas, quienesquiera que sean, como creadas a imagen de Dios aunque terriblemente desfiguradas. Sin embargo, no hemos de amar las maneras impías de pensar y vivir del mundo. No hemos de conformarnos al modelo de este siglo (Romanos 12:2).
No obstante, ¿cómo logró nuestro Señor esta integración distanciada? Una gran parte de la respuesta debe estar en su constante comunión con el Padre: “Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16; véase también Mateo 14:23; Marcos 1:35; Lucas 3:21; 6:12; 9:18, 28; 11:1).
Esta vida de oración demostró su dependencia del Padre y su amor al Padre. Jesús pudo decir: “porque… el príncipe de este mundo… nada tiene en mí. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre” (Juan 14:30, 31). Como bien han dicho otros, si nuestro Señor necesitaba pasar tiempo en oración, cuánto más necesitamos nosotros entregarnos a la comunión con el Padre. Si nuestro corazón está enamorado de Él, compartiremos su amor por los pecadores, y también su odio hacia el pecado de ellos.
Por tanto, queda claro que nuestro rechazo de un aislamiento monástico del mundo no debe significar que dejemos de tomarnos tiempo para la comunión con Dios, pues este es el gran secreto de la separación, de todo corazón, de todas las cosas que le afligen a Él. No sólo eso, sino que en todo tiempo y en todas las situaciones necesitamos desarrollar el hábito de elevar nuestro corazón al Señor para su fortalecimiento y protección. También tenemos la intercesión de nuestro Señor mismo por nosotros.

“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15).

Aprendamos también del deseo que sentía nuestro Señor por el compañerismo de sus amigos. Por un lado, de ninguna manera debemos ser tan “cultocéntricos” que lleguemos a aislarnos de la sociedad secular, ni tampoco descuidar el fortalecimiento de la comunión con nuestros hermanos creyentes con el peligro que ello acarrea. Quienes ejercen un trabajo a tiempo completo en la política local o nacional, o en ocupaciones similares, deben tomar muy en cuenta esta advertencia. Cuanto más alta sea la montaña que escalemos, más fuerte soplará el viento, y necesitaremos estar atados más firmemente a nuestros compañeros de escalada.


La participación de Jesús en el mundo

Otra razón para la firme separación de Jesús de las influencias dañinas del mundo fue su actitud positiva a su misión en este mundo.
Jesucristo vino a salvar a las personas de la misma contaminación que pudo haberle hundido a Él. Sin embargo, no se introdujo en la oscuridad del mundo que le rodeaba por medio de una política revolucionaria o por la fuerza física. Él tenía un discípulo llamado Simón el Zelote (Lucas 6:15) que probablemente había sido miembro de un grupo revolucionario judío opuesto violentamente al gobierno romano. No obstante, ahora era un seguidor de Jesús, quien renunció a todo este tipo de actividades en sus palabras a Pilato: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían” (Juan 18:36). Era un patriota que lloró sobre su ciudad amada anhelando su salud y prosperidad espiritual (Lucas 19:41–44).
Y además Jesús dio ímpetu al cambio radical en las actitudes de las personas y en la sociedad. Todos los que se oponen a la injusticia social o quienes remueven la conciencia pública por el interés de las personas que sufren, pueden encontrar su motivación en Jesús de Nazaret. Su integración con los pecadores no sugiere de ninguna manera que Él fuera blando con respecto al pecado. Su método era la enseñanza paciente, apuntando a la necesidad de un cambio del corazón (Marcos 7:14, 15).
Él dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). De la misma manera nos dice a nosotros: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14). La luz es efectiva sólo porque es esencialmente diferente de las tinieblas y porque penetra en las tinieblas. Lo mismo es cierto si hemos de ser “la sal de la tierra” (Mateo 5:13).
Hemos de ser diferentes y hemos de integrarnos. Un salvavidas estará en el agua con la persona que se está ahogando, pero éste controla las olas, mientras que la otra es controlada por ellas. Si perdemos nuestro carácter de ser “otros”, no sólo fracasaremos en nuestra integración, sino que seremos vencidos por las tinieblas y la corrupción que nos rodean.
El impacto positivo sobre este mundo sólo es posible con un amor que se da a sí mismo. No podemos seguir a Jesús en su ofrecimiento de sí mismo sobre la Cruz como un sacrificio por el pecado; pero en Él vemos toda una vida dominada por el amor a los perdidos. Él es el buen pastor que sale por las colinas buscando las ovejas perdidas (Mateo 18:12–14). Una vez más, Pablo capta el espíritu de nuestro Maestro en la instrucción que nos da: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:21).

Oh déjame sentirte cerca de mí;
El mundo está tan cerca;
Veo las visiones que deslumbran,
Los sonidos tentadores yo oigo;
Mis enemigos están tan cerca de mí,
Alrededor y dentro de mí;
Pero, Jesús, acércate más aún
Y escuda mi alma del pecado.
(JOHN E. BODE)

 

Humildad


El orgullo está en el fondo de nuestra pecaminosidad y nos es más natural que la humildad. Nos es difícil imaginar a una persona perfectamente humilde, y aún más problemático intentar seguir a Jesús en esta virtud. Jesús mismo hizo esta afirmación extraordinaria:

“Soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29).

El no sólo parecía ser humilde a los demás, sino que se sentía genuinamente humilde, le era natural. Esto está subrayado en el himno de Pablo acerca de Jesús: “se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:8). El himno de Pablo está en el contexto de una súplica suya a los miembros de la iglesia filipense de que ellos viviesen “con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (v. 3). Éste no es un asunto teórico, ni siquiera meramente un asunto de crecimiento personal en la gracia. Es vital para la calidad de nuestro testimonio a otros y para nuestra relación con los demás miembros en la vida de la iglesia.
Posiblemente la mejor manera de considerar la humildad de Jesús es observar cómo hizo frente a las pruebas que en nosotros hubiesen puesto de manifiesto, con más probabilidad, nuestro orgullo y autoestima.


La prueba de la grandeza conocida

De algunas personas que son muy inteligentes, muy instruidas o muy eminentes, decimos: “¡Y él lo sabe!” Cuando las personas son grandes y lo saben, la tentación al orgullo es, de hecho, muy fuerte y pocos superan la prueba.
Jesús pudo decir de sí mismo: “he aquí más que Jonás en este lugar… he aquí más que Salomón en este lugar” (Mateo 12:41, 42). Otras dos afirmaciones nos muestran la conciencia que tenía Jesús de que su grandeza excedía con mucho las alturas a las cuales cualquier otro pudiera aspirar, un estado elevado que sólo los dementes se han atrevido a reclamar para sí:

“Yo soy de arriba” (Juan 8:23).

“Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo” (Mateo 11:27).

Esta era una grandeza infinitamente superior a cualquier cosa en la experiencia humana normal y, con todo, casi con el mismo aliento, Jesús dijo ser “humilde de corazón” (Mateo 11:29). Con qué rapidez reivindicamos nuestra dignidad y demandamos atención de otros si tenemos alguna posición de importancia. Sin embargo, nunca vemos a Jesús demandando una atención o favor especial. Él no esperaba que los demás cumpliesen un protocolo al acercarse a Él; más bien le escuchamos decir que “no vino para ser servido sino para servir” (Mateo 20:28), y le vemos poner esto en práctica al tomar una toalla y una vasija de agua para lavar los pies de sus discípulos (Juan 13:1–10). Como alguien ha dicho: “Si somos demasiado grandes para las cosas pequeñas, somos demasiado pequeños para las cosas grandes.”
Jesús estuvo dispuesto a ser uno entre muchos otros que esperaban ser bautizados (Lucas 3:21). ¡Matthew Henry sugiere que Él se puso al final de la cola! No sólo eso, sino que al someterse al bautismo, nuestro Señor deliberadamente se estaba identificando con los pecadores arrepentidos. Además, Jesús no insistió en bautizar a todas las personas que fueron convertidas por medio de su ministerio (Juan 4:2).
Jesús no aburría a otras personas con abrumadores recordatorios de quién era Él. Tenía que hablar de sí mismo y llamar la atención sobre sí mismo como el objeto de nuestra fe; pero con la misma frecuencia hablaba de su subordinación a la sabiduría de su Padre y su voluntad para con Él (Juan 5:19; 7:16; 8:28; 12:49–50). Estaba dispuesto a admitir lo que no conocía (Mateo 24:36; Marcos 13:32).
Esta tentación a deslumbrar a otras personas con su conocimiento y sabiduría superiores debió de haber sido tremenda. Podía dejar anonadados a sus discípulos. Pudo haber sometido a la mujer de Samaria a argumentos lógicos de altos vuelos (Juan 4:7–26). Pudo haberse impuesto sobre las dos personas en el camino de Emaús, pero en lugar de eso, escondió su identidad de ellos (Lucas 24:13–16). Pudo tratar con los eruditos a su misma altura y ponerles en su sitio si era necesario (Mateo 22:46), pero las personas necesitadas y humildes le entendieron fácilmente (Marcos 12:37; Juan 4:13, 14).
Con la posible excepción de su entrada en Jerusalén (Mateo 21:1–11), Jesús nunca buscó la alabanza de hombres y mujeres sino sólo de Dios. Después de haber sanado a muchas personas les advirtió que no contasen a otros quién era Él. Cuando Jesús conoció que los fariseos estaban tramando su muerte, se escabulló de entre ellos en silencio. Pudo haber utilizado su poder milagroso para confundirles, pero en lugar de eso, hizo que pareciera como que tenía temor, simplemente porque Él nunca usaría ese poder para su propia seguridad. Al hacer esto, se puso a sí mismo a nuestra altura para nuestro consuelo (Mateo 12:14–18).
Nuestro Señor no intimidó a las personas con su autoridad ni sofocó la libre expresión de sus personalidades. No iba por ahí dando órdenes a la gente. Tenía poder milagroso, una personalidad fuerte y una amplia variedad de dones y talentos, pero nunca los utilizó para elevar su propio yo o para hacer a los demás sentirse pequeños e inadecuados.
Cuando nosotros tenemos posiciones sociales o autoridad, estamos tentados a guardarnos el privilegio para nosotros mismos, pero uno de los objetivos de la obra de Jesús por su pueblo, fue hacer posible que ellos compartiesen su gloria. Él oró diciendo: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria” (Juan 17:24).


La prueba de la pobreza

La posición nos tienta al orgullo, y lo mismo la pobreza. Una persona pobre puede estar orgullosa de su pobreza, y despreciar a aquellos que están en mejor situación. Jesús no tenía un dormitorio permanente (Mateo 8:20). Con frecuencia advirtió a las personas acerca de los peligros de las riquezas (Marcos 10:17–25; Lucas 12:13–21). No obstante, Él se sentía igualmente feliz de comer con los ricos o los pobres (Lucas 7:36; 15:1, 2).


La prueba de la independencia

El orgullo levanta su cabeza en un espíritu de independencia autosuficiente. El rico no tiene necesidad de la ayuda del pobre, y el pobre no quiere la “caridad” del rico. Nuestro Señor pudo haber tomado tal actitud; llegó a decir a uno de sus discípulo: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Sin embargo, era lo suficientemente humilde como para admitir su necesidad de la ayuda de su Padre (Hebreos 5:7) y de la amistad de sus discípulos (Lucas 22:28).
Existe un verdadero ministerio espiritual hacia otros cuando recibimos con alegría su hospitalidad u otras formas de ayuda, aun si, estrictamente hablando, no lo necesitamos. Otros necesitan sentirse queridos y útiles, y al final, todos dependemos los unos de los otros de alguna manera. El orgullo rehúsa aceptar ayuda.


La prueba de la necesidad humana

Algunas veces, los que están en lugares altos, están demasiado exaltados ante sus propios ojos para ver las necesidades de las personas que les rodean. Si por alguna razón llegan a ser conscientes de tales cosas, muy a menudo su ayuda es mecánica, impersonal e insensible. No obstante, cuando Jesús vio “las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas” (Mateo 9:36). Él se humilló a sí mismo para ver la angustia de otros y para sentir el dolor con ellos.
Es fácil que las personas orgullosas apacigüen sus conciencias haciendo algo para ayudar a los necesitados en general. Nuestro Señor tuvo tiempo para los individuos. La mujer de Samaria (Juan 4:7–26) y Nicodemo (Juan 3:1–15) recibieron la atención indivisible del Señor. No se irritó cuando, en su camino para volver a la vida a la hija de Jairo, fue estorbado por una mujer que sufría una hemorragia (Marcos 5:22–34). Por el contrario, se detuvo y le ministró sin prisas. La multitud pudo haberle dicho a los ciegos que callasen, pero Jesús se detuvo para atender a su necesidad (Mateo 20:32). Luego, después de su resurrección, Jesús envió un mensaje a los discípulos y, recordando la vergonzosa negación de Pedro, escogió a Pedro para una mención especial. Jesús nunca estuvo a distancia; tuvo cuidado de las personas de manera genuina; no les mantuvo a una cierta distancia profesional. Por esta razón, hombres, mujeres y niños, ricos y pobres, le encontraron asequible. Generalmente las personas no tienen confianza en aquellos que son orgullosos.


La prueba de la aclamación popular

La adulación de las multitudes es una tentación segura al orgullo. ¡Sin embargo, esto no se le subió a Jesús a la cabeza! En lo que fue, tal vez, la hora de su mayor popularidad, al entrar en Jerusalén, Él estaba cumpliendo la predicción: “he aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna” (Mateo 21:5). Este mismo Jesús estaba igual de feliz al recibir la adoración de los niños (Mateo 21:15) y al tomar a niños pequeños en sus brazos (Marcos 10:16), no para una foto política, sino porque tenía un mismo corazón con ellos.


La prueba de la lealtad familiar

Con demasiada frecuencia los que alcanzan posiciones de autoridad o influencia comienzan a despreciar sus orígenes humildes. Nuestro Señor no dudó en ir a casa de su familia. Aun cuando fue malentendido por ellos y se vio obligado a recordarles el hecho de que Él era el Hijo de Dios, tuvo mucho cuidado de no repudiarles. La versión Reina Valera de Lucas 2:49 y Juan 2:4 sugiere aspereza en las palabras de nuestro Señor:

“…¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”

“…¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.”

Sin embargo, en realidad son amables y respetuosas, aun cuando está corrigiendo la actitud de María hacia Él. Esto se refleja mejor en la Nueva Versión Internacional:

“¿Por qué me buscabais? –preguntó Él–. ¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre?”

“¿Por qué me comprometes? –respondió Jesús–. Todavía no ha llegado mi hora.”

Cualquiera que sigue a Jesucristo será tierno y protector hacia sus padres, hermanas y hermanos (1 Timoteo 5:4, 8).


La prueba del tratamiento injusto

Una persona orgullosa puede ser humillada y reaccionar duramente por su dignidad herida. Jesús fue llamado loco (Marcos 3:21); fue traicionado con un beso (Mateo 26:48, 49); su rostro fue abofeteado y le dejaron desnudo (Mateo 27:28–30); pero Él no adoptó una actitud de autodefensa o venganza (1 Pedro 2:22, 23); por el contrario, lo que le preocupaba era la pecaminosidad y culpa de aquellos que le estaban tratando injustamente (Lucas 23:34).


La prueba de la adversidad

El orgullo es quebradizo, se rompe fácilmente bajo la prueba y se queja de que merece un trato mejor. La humildad se doblega ante la adversidad y aguanta. Jesús dijo: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42); “como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7).


La prueba de las experiencias espirituales

No hay nada más nauseabundo que el orgullo espiritual. Probablemente la razón por que muchos de nosotros tenemos pocas experiencias exaltadas es que el Señor sabe que nos enorgulleceríamos y haríamos que otras personas se sintiesen inferiores. Nadie tuvo una comunión más íntima con Dios que Jesús. Nadie experimentó el poder del Espíritu como Jesús; pero Él sólo habló de su comunión con el Padre porque quería que sus discípulos mismos caminasen cerca de Dios.
¡Qué experiencia tan exaltada tuvo en el monte cuando se transfiguró! No obstante, instruyó a sus discípulos: “No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos” (Mateo 17:1–9). Muchos de nosotros no hubiésemos podido parar de hablar de ello, ¿verdad? Jesús sólo llamó la atención sobre sus milagros para mostrar que éstos autenticaban su afirmación de ser el Hijo de Dios. Pablo siguió a su Maestro al demostrar una reticencia similar (2 Corintios 12:1–10).


La prueba de hablar acerca de la humildad

La broma acerca del discurso sobre “La humildad y cómo la obtuve yo” y el ejemplo del personaje de Dickens llamado Urías Heep (“yo soy siempre tan humilde”) son demasiado penetrantes como para consolarse con ellos. Parece casi imposible que podamos hablar de nuestra propia humildad (si tenemos alguna), sin anular lo que decimos al estar orgullosos de ello. No obstante, Jesús fue humilde; Él lo sabía y habló de ello (Mateo 11:29), pero sin orgullo. Probablemente es cierto decir que si nuestra humildad no es inconsciente entonces es exhibicionismo. Sin embargo, Jesús conscientemente “se humilló a sí mismo” (Filipenses 2:8) y nos dice que hagamos lo mismo (Lucas 18:14)
El mejor camino a la humildad es aborrecer nuestro orgullo.

La Cruz sangrienta al contemplar
Do el Rey de gloria padeció,
Riquezas quiero despreciar
Y a la soberbia tengo horror
(ISAAC WATTS)

 

Obediencia


La obediencia de Jesús es también un desafío para aquellos que confían en Él. La vida cristiana es una vida de obediencia a Dios (1 Pedro 1:14). En esto, Jesús es también nuestro modelo.


Su obediencia a la voluntad de Dios

Jesucristo vino al mundo con la meta específica de obedecer la voluntad de Dios:

“Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste;
Mas me preparaste cuerpo.
Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí” (Hebreos 10:5–7).

Esta es una cita del Salmo 40:6–8, donde las palabras originales eran:

“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado,
Y tu ley está en medio de mi corazón.”

La obediencia de nuestro Señor no era forzada; Él hubiese armonizado con David: “tus mandamientos fueron mi delicia” (Salmos 119:143). Tampoco era la obediencia de Cristo una mera conformidad externa a las leyes; su corazón estaba en ello. Él quería lo que su Padre deseaba. En su obediencia, pudo decir: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30).
Puesto que Jesús vino al mundo con la meta de la obediencia, no es sorprendente que su primer acto público fuese ser bautizado (Mateo 3:13–17), lo cual, entre otras cosas, fue su dedicación a la misión que el Padre le había encomendado. Inmediatamente después del bautismo de Jesús, tenemos un ejemplo perfecto de su obediencia, al permitir ser “llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mateo 4:1). Además, las tentaciones de Satanás trataron de desviarle a la desobediencia, razón por la cual resistió las sugerencias que a tal fin le hizo el Maligno.
Juan, en su Evangelio, parece especialmente interesado en subrayar la obediencia de Jesús a la voluntad del Padre.

“Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34).

“No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Juan 5:30).

“Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29).

“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4).

Véase también Juan 8:55.
El corazón y el alma de nuestro Señor estaban volcados en su obediencia al Padre; era su placer, su comida y bebida. Jesús no obedeció por un deber legal sino por amor.

“…Tenemos que recordar que la obediencia del Hijo es siempre en respuesta al amor y la gracia del Padre, que el Hijo obedece al Padre porque puede confiar en su amor por Él. Esta es la razón por que las instrucciones en Efesios y Colosenses dejan clara su orientación específicamente cristiana al incluir no sólo exhortaciones a los hijos a obedecer a sus padres, sino también exhortaciones a los padres a amar a sus hijos (Efesios 6:4; Colosenses 3:21).”
(TOM SMAIL)

No obstante, la obediencia de ninguna manera excluye el dolor, tal como vemos muy claramente en el huerto de Getsemaní (Lucas 22:39–46). Como Pablo escribiría más tarde: “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Jesús anticipó el horror del dolor físico y la agonía espiritual implícitos en la compra de nuestra redención; se horrorizó y “era su sudor como grandes gotas de sangre”. Para Él, el pecado era la cosa más repugnante y nauseabunda: y sin embargo, Dios “por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). El sufrir por un mal que nosotros no hemos hecho, nos causa el mayor dolor interno y aquel que era totalmente inocente sufrió “el justo por los injustos” (1 Pedro 3:18).
La separación de aquellos a los que amamos nos deja a menudo devastados, especialmente cuando muere un compañero de muchos años. Habría un momento cuando Jesucristo, que estuvo eternamente en una relación perfectamente amante “a la diestra del Padre” (Juan 1:1, 2), clamaría: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Lo que Jesús anticipó era, humanamente hablando, impensable. ¿Cómo podía Él, el inmaculado, cargar la culpa, la sentencia y el castigo de los pecados de una multitud incontable? Todo su ser clamaba contra tal cosa, pero en este momento crucial su compromiso con la obediencia no vaciló:

“Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:27, 28).

“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).

Nosotros estaremos siempre agradecidos a Él por eso, pero mientras tanto, también se nos desafía a permanecer obedientes delante de la más feroz tentación.


Su obediencia a la Ley de Dios

La Ley de Dios es un reflejo de su gloria, lo cual significa que la obediencia a sus mandamientos le agrada y le da honor y alabanza. Nuestro Señor también cumplió este objetivo perfectamente, su obediencia a la Ley de Dios fue una parte esencial de su sumisión total a la voluntad de Dios. Por ejemplo, su vida entera fue de perfecta obediencia a los primeros tres de los Diez Mandamientos:

“No tendrás otros dioses delante de mí.”
“No te harás ídolo…”
“No tomarás el nombre del SEÑOR tu Dios en vano”
(Éxodo 20:3–7 LBLA)

Jesús dijo que el mayor mandamiento es “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:29, 30). Se podría decir que esto da una perspectiva positiva a los primeros tres de los Diez Mandamientos. Nadie puede leer los Evangelios –Mateo, Marcos, Lucas y Juan– sin ver que la vida de Jesús alcanzaba perfectamente la medida del requisito de un amor total a Dios.
Jesús liberó el cuarto mandamiento –“Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éxodo 20:8)– de normas y reglas nimias y triviales que destruían el verdadero disfrute del día. Dijo que no había venido a “abrogar la ley” (Mateo 5:17), y ciertamente usaba el día de reposo de una manera que honraba a Dios y era de beneficio para otros. Era su “costumbre” (Lucas 4:16) reunirse con otros para adorar y escuchar la Palabra de Dios.
Nuestro Señor también guardó el quinto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12). Ya hemos explorado esto anteriormente en relación con sus años de juventud (Lucas 2:49–51). La respuesta de Jesús a sus padres: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”, no era una reprensión, sino un simple recordatorio para ellos de la naturaleza especial de su nacimiento. Lo que decía era: “Seguro que vosotros esperaríais que yo estuviese aquí.” Según fue pasando el tiempo, la diferencia entre su relación con su Padre celestial y su madre terrenal creó tensiones que pusieron a prueba su obediencia al quinto mandamiento. Podemos sentir esta tensión en los incidentes registrados en Mateo 12:46–50 y Juan 2:4. Nuestro Señor tuvo que distanciarse de los temores de su madre y de cualquier derecho que ella pudiese asumir de dirigirle o corregirle, pero por mucho que agudicemos la imaginación, no podemos ver ninguna violación del quinto mandamiento.
El ejemplo más sublime de obediencia está en su interés por el bienestar de su madre mientras colgaba en agonía de la Cruz (Juan 19:25–27). Él pudo haber sido excusado por pensar sólo en sí mismo en aquella situación, pero en lugar de eso, reconoció a su madre e hizo lo que pudo para proveer para el futuro de ésta.
Este es un estudio importante para los niños y los jóvenes que están tratando de desarrollar una relación con padres incrédulos que honre a Dios.
Los mandamientos restantes –“No matarás,” “No cometerás adulterio,” “No hurtarás,” “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio,” “No codiciarás” (Éxodo 20:13–17)– entran en la categoría del segundo gran mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). Cuando consideramos la vida de Jesús, vemos a alguien en quien está perfectamente ejemplificado el amor a los demás. Es imposible encontrar lugar alguno en que Jesús quebrante ninguno de estos cinco mandamientos. En lugar de eso, Él los llena con una vida de amor y compasión abnegados.
Sin embargo, hemos de interpretar estos cinco mandamientos a la luz del tratamiento que les da nuestro Señor en el Sermón del Monte (Mateo 5:21–48). Allí Él muestra que el requisito no sólo es externo y físico, sino también interno y espiritual. La obediencia ha de estar en el ámbito del pensamiento y la decisión. La ira, la lujuria y la codicia son condenadas. Nosotros no podemos leer el corazón de los demás, mucho menos podemos entremeternos en el pensamiento de Jesús, pero, como veremos en el capítulo 20, Él nos desafía a hacerle sonrojarse. “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46). Su corazón no le condena (1 Juan 3:21). En Él vemos piedad y no ira; amor y no lujuria; honestidad y no engaño; contentamiento y no avaricia.
En adición a la obediencia meticulosa de nuestro Señor a los Diez Mandamientos, que son permanentes, Él también fue cuidadoso en guardar leyes que no estarían en vigor para los cristianos después de su muerte y resurrección. Un ejemplo de esto se encuentra en Mateo 8:4, donde le dijo a los leprosos sanados que fuesen al sacerdote en consonancia con la Ley de Moisés. Él observó la Pascua (Mateo 26:17–19) y pagó los impuestos del Templo (Mateo 17:24–27).
La vida preciosa de Jesús fue de humildad y obediencia voluntaria a la voluntad de Dios. No hubo una “jota ni una tilde” (Mateo 5:18) que no fuese cumplida a la perfección. Ningún coste, ningún tiempo, ninguna inconveniencia, ninguna reticencia, le impidieron su total sumisión. Aun su sumisión al examen y veredicto de Pilato fue porque su Padre le había dado ese poder al gobernador romano (Juan 19:11).
Se nos dice que “por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8). Esto no puede significar que Jesús comenzó a obedecer según sufrió; Él se sometió a la voluntad de su Padre aun antes de que comenzara el mundo (Hebreos 10:5–7). Tampoco puede significar que Jesús aprendió a obedecer según creció en madurez, en un proceso de perfeccionamiento. Él fue siempre perfecto y siempre perfectamente obediente. Mas bien, Jesús experimentó lo que significa mantener un corazón obediente aun cuando éste sea sometido constantemente a las pruebas más severas.
La obediencia de nuestro Señor no fue automática o sin esfuerzo; Él tuvo que ir desarrollándola según vivía, afrontando cada desafío sobre la base de su amor a su Padre. Nosotros también debemos aplicar nuestras mentes constantemente en cada paso del camino, no dando nada por sentado, al confiar solamente en su perfecta obediencia para nuestra salvación.

Un Dios soberano es mi Dios,
Grande y poderoso al salvar,
Sin verse, está cerca de mí,
Es siempre fiel para librar.
Sonríe y hay consolación,
Su gracia, cual lluvia, veré,
Y muros de amor rodearán
Al alma que defienda Él.
(AUGUSTUS TOPLADY)

 

Carácter de siervo


Uno de los grandes títulos dados en el Antiguo Testamento al Mesías que había de venir era “el siervo del SEÑOR” (Isaías 42:1–4; 49:1–6; 50:4–10; 52:13–53:12 LBLA). No puede haber duda de que esto se aplica a nuestro Señor:

“Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, Y el pábilo que humea no apagará, Hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles” (Mateo 12:17–21; véase también Mateo 8:17; Hechos 8:32–35; Filipenses 2:7).

Él era el siervo de su Padre y, por esa razón, siervo para su pueblo.
Aquí, de nuevo, Jesús nos deja sin ninguna duda de que Él nos ha dado una norma por la cual vivir:

“Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. No obstante, no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:42–45; véase también Lucas 22:27; Juan 13:12–15).

Pablo sigue el ejemplo de su maestro,

“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor” (1 Corintios 3:5).

“Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número” (1 Corintios 9:19; véase también Hechos 28:3; Colosenses 1:23).

Pablo también sigue al Señor en su enseñanza:

“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13; véase también Efesios 5:21).

Los cristianos son siervos del Señor y son llamados a servirse los unos a los otros. Esa actitud ha de manifestarse en nuestras relaciones con las personas inconversas y en nuestros esfuerzos por testificarles, y también, más allá de ellos, hacia nuestros enemigos.
Para una disertación sobre la vida de nuestro Señor como siervo, lo mejor que puedo hacer es citar a R.E.O. White:

“Servicio significa todas las aplicaciones positivas de la ley suprema del amor; negativamente esa ley prohíbe todas las formas de venganza por los males sufridos; positivamente incluye toda variedad posible de bien que un alma puede hacer por otra, el ministerio de sanar y aliviar el dolor (lo cual es el pensamiento inmediato de Jesús cuando fue cuestionado acerca del amor al prójimo), el socorro al pobre, el buen recibimiento al que no tiene hogar, el visitar al enfermo y al encarcelado, el consolar al que sufre, el dar amistad al desahuciado, el reconciliar a los que están enemistados, el abstenerse de juzgar, el ejercitar la misericordia, y todas las demás incontables reacciones de corazones amables a la multiforme necesidad humana. Sin embargo –aunque mucho menos familiar a la mayoría de nosotros, y mucho menos popular–, esto incluye también el servicio a los demás en las cosas del espíritu: el dejar brillar la luz de uno, el contar las buenas nuevas, el dar tan gratuitamente como hemos recibido, el dar testimonio de nuestro descubrimiento de Cristo, el dar fruto (Mateo 5:16; 23–24; 7:1–5; 9:10–13; 10:7, 8; Lucas 6:36; 7:13–15; 10:29–37; 15; 24:28; Juan 15:2, 8, 27).”

A menudo, nuestro concepto del servicio cristiano está muy limitado. Para algunos, está confinado a contarle a otros acerca de Cristo y las buenas nuevas. Para otros, es hacer alguna obra de caridad ocasional o dar una donación esporádica a una buena causa. No habremos entendido la mente de Cristo hasta que nos demos a nosotros mismos en vidas de amor y servicio a Cristo, y debido a eso, en amor y servicio a los demás.
Tal servicio a los demás no debe tener motivos ulteriores. Demasiado a menudo esperamos ganar algo por lo que hacemos por los demás: “una buena acción merece otra.” Sin embargo, la enseñanza y el ejemplo de Jesús fueron un total darse a sí mismo por el bien de los demás y, en último término, por la salvación de ellos.

“Dijo también al que le había convidado: Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lucas 14:12–14).

Comentando este texto, R.E.O. White dice:

“Sería necio entender esto como una prohibición de toda hospitalidad amigable entre familiares y amistades (tal como la que Jesús mismo disfrutó con los doce); pero tal hospitalidad es un intercambio de funciones placenteras para el disfrute mutuo, no tiene el rango de servicio, ni (como algunos judíos estrictos pudiesen haber imaginado) como la limosna requerida en relación con ciertas fiestas: para ser servicio debe ser completamente desinteresado”

Tal servicio es costoso. El coste puede ser en términos de dinero, tiempo o posesiones. Puede ser en el uso de nuestros dones y talentos para ayudar a otros que están en necesidad o apuros. No obstante, el coste más grande es a menudo en términos de nuestro orgullo. Fue esto lo que nuestro Señor expuso de una manera tan hermosa cuando lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:1–17). Ninguno de los doce se rebajaría –aunque lo hubiese pensado– a lavar el estiércol y la suciedad del camino de los pies de sus compañeros. Y no hay evidencia de que ellos recibiesen de buena gana el reto que Jesús les presentó o de que sus conciencias fuesen afectadas de manera considerable. El orgullo endurece nuestros corazones y mentes de tal manera que la idea de un servicio tal como el que Él prestó aquel día ni se nos ocurre.
Nunca puedo pensar en estas cosas sin recordar a un colega mío que estuvo en un pastorado rural hace muchos años. Durante un largo período de tiempo, sin la ayuda ni la gratitud de nadie, estuvo vaciando el cubo del retrete de la capilla cada semana.
No cabe la menor duda de que el carácter de siervo está en el centro del discipulado cristiano, del compañerismo cristiano, del testimonio cristiano y del ministerio cristiano. Jesús dijo:

“Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:13–15).

Sin embargo, por mucho que nos esforcemos, nuestro servicio siempre será imperfecto. Cuando nos desesperamos por los defectos de nuestros esfuerzos, regocijémonos en el perfecto carácter de siervo del Señor.

Humildad y majestad,
Humanidad y deidad,
En total perfección,
El hombre que es Dios.
Señor de la eternidad,
Mora en la humanidad,
Se hinca en humildad
Para lavar nuestros pies.

Qué gran misterio es,
Humildad y majestad,
Inclínate y adora,
Pues este es tu Dios,
Este es tu Dios.
(GRAHAM KENDRICK)

 

Fortaleza


El pecado nos sustrae nuestras resoluciones mentales y nuestra fortaleza física. En contraste con esto, Jesús fue la persona más fuerte, la más poderosa que haya vivido jamás. Ya hemos reflexionado acerca de su fortaleza física en el capítulo 1. Muchos cristianos son físicamente débiles, aunque esto no sea por culpa suya. Así que, aquí estamos considerando la fortaleza de carácter de nuestro Señor, que hace increíble la imagen de Él en la que es retratado tan a menudo como afeminado e inseguro.


Su coraje

En Jesús no había nada de debilidad ni falta de carácter.

“Su coraje, su franqueza, su resistencia, su enojo, su plan de ataque… todo habla de su fortaleza de propósito, su vigor de carácter… Él era temido tanto como amado.”
(OTTO BORCHERT)

Conforme las nubes tormentosas del antagonismo y la oposición comenzaron a parecer frías y amenazadoras, y según se fue acercando el tiempo en que había de ser crucificado, “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51). Sus discípulos se quedaron petrificados: “Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá?… Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él” (Juan 11:8, 16). “Ellos [los discípulos] se asombraron, y le seguían con miedo” (Marcos 10:32), pero Jesús guardó la calma y la compostura. Observemos a Jesús en algunas otras situaciones que resaltan su coraje:

“Él estaba sentado en un banquete ofrecido por uno de los fariseos. Vio cómo estos poderosos representantes de un cuerpo religioso grande y ampliamente difundido (Josefo calcula su número en unos 6.000) estaban observando cada uno de sus movimientos con ojos malignos. Y Él aprovechó esta oportunidad de plantear la cuestión desafiante de la santidad del día de reposo, dando su propia opinión valiente sobre el tema (Lucas 14:1–4), aunque sabía que la muerte era la pena por el quebrantamiento del día de reposo (Éxodo 31:15). Jesús tomó esta cuestión disputada de una manera aún más valerosa cuando, en una sinagoga judía, mandó ponerse en pie al hombre con una mano seca (Marcos 3:3), trayendo así, de manera consciente, el asunto a la palestra. ¿Acaso algún hombre en alguna ocasión desafió a sus enemigos de una manera más atrevida? El mismo día Él les desenmascaró con la pregunta: ‘¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal?’ (v. 4). Podemos entender perfectamente la observación del evangelista: ‘Y ellos se llenaron de furor’ (Lucas 6:11).”
(OTTO BORCHERT)

Jesús efectuó milagros de muchas clases diferentes, echando fuera demonios, curando leprosos, paralíticos y ciegos, dando de comer a más de 5.000 personas, más tarde a más de 4.000. Los fariseos debieron de haber estado al corriente de todo esto y, sin duda, ellos mismos habían visto algunas de estas señales milagrosas por sí mismos. Y con todo, aún pedían una señal del Cielo que demostrase la fuente de su poder. Humanamente hablando, la vida de nuestro Señor estaba en las manos de ellos, pero Él valientemente rehusó su demanda en lugar de gratificar la incredulidad de ellos (Marcos 8:11–13).
Lejos de ser intimidado por las amenazas contra Él, Jesús parece haber ido al ataque deliberadamente. Considera esta secuencia de eventos hacia el final de su vida:

1. Devolvió la vida a Lázaro después de haber estado muerto cuatro días, provocando a las autoridades a conspirar para matarle (Juan 11:38–57).
2. Cabalgó hacia Jerusalén atrayendo la aclamación del público “ante las narices” de aquellos que estaban dispuestos a asesinarle (Juan 12:12–19).
3. Dio vida a la parábola del secamiento de la higuera estéril (Marcos 11:12–14).
4. Limpió los atrios del Templo de los explotadores sin escrúpulos (Marcos 11:15–18).
5. Pronunció parábolas claramente dirigidas contra los líderes nacionales, y profetizó su ruina (Marcos 12:1–12).

Su resolución no se evaporó con el calor de la batalla; más bien creció en fortaleza y determinación. Al principio de su ministerio, caminó justo por en medio de una multitud determinada a matarle (Lucas 4:30).
El coraje de Jesús se ve de una manera más clara en las dramáticas horas finales de su vida. Su calma frente a los juicios totalmente injustos (Mateo 26:59–61) dejaron sin duda perplejo a Pilato (Juan 19:8–10). Jesús no perdió el ánimo ante la mirada burlona de Herodes (Lucas 23:8–9) o el examen de un Pilato perplejo (Mateo 27:13–14). Asintió libre y abiertamente que era el Hijo de Dios a pesar de que de esta manera estaba firmando virtualmente su sentencia de muerte (Mateo 26:24; Marcos 14:61). Y en la Cruz, su sufrimiento extremo en cuerpo y alma no extrajo de Él un clamor por misericordia o piedad. Ni por un solo momento hubo intento alguno de escapar al horror absoluto de esa tortura de torturas. De hecho, es muy probable que rehusara el vino mezclado con hiel (Mateo 27:34) para no ser librado en nada de la intensidad del sufrimiento.
No obstante, ¿se debilitó Jesús al anticipar la Cruz en el huerto de Getsemaní? (Lucas 22:39–46). Indudablemente vaciló ante la terrible ordalía que había de sobrevenirle; tal vez podamos hablar realmente de temor. Esto sería coherente con su humanidad. Sin embargo, el temor no es lo opuesto al coraje. Muchas personas que han hecho grandes hazañas, tales como conquistar altas montañas o explorar las regiones árticas, dicen que no tener miedo es una necedad. El temor de esa clase no disminuyó su coraje, sino que más bien lo aguzó y lo distinguió de la mera temeridad. Nuestro Señor no fue temerario.
Por ejemplo, Él no cedió a las sugerencias temerarias de Satanás (Mateo 4:1–11). Cuando el sufrimiento era necesario, lo afrontaba con valor, pero si no era necesario, no dudaba en escapar de él (Juan 8:59; Lucas 4:28–30). El temor y el coraje son amigos. Jesús no perdió el ánimo en el huerto sino que arrostró la realidad del desafío que estaba delante de Él.


Su impacto

Las personas fuertes causan un impacto en quienes les rodean. Ellos no tienen que hacer valer sus derechos ante los demás o hacerles callar a gritos. Jesús forzaba reacción y respuesta a sí mismo, nunca neutralidad. Él era amado u odiado. Causaba división y repugnancia. La misma gente pudo clamar: “¡Hosanna!” o: “¡Crucifícale!” Era considerado como un libertador o como alguien altamente peligroso (Juan 11:47, 48; 12:19; Marcos 12:12). Provocaba el autoanálisis, la reflexión y el asombro. Cuando trató de mantenerse al margen, no dio resultado (Marcos 7:24) y, aun en su ausencia, la gente no podía dejar de hablar de El. Jesús provocó asombro (Marcos 5:15; 11:18); no obstante, fue buscado constantemente por prostitutas, líderes religiosos, gobernantes, madres y todo un ejército de personas diversas.
Jesús causó la más honda impresión en todos los que le conocieron. Cuando le preguntó a sus discípulos lo que la gente decía de Él, la respuesta de ellos es que les recordaba a Juan el Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas (Mateo 16:14). Sin duda, había muchos aspectos del carácter de nuestro Señor que recordaban a la gente a tales hombres, pero es significativo que ellos nombraban a los tres personajes con más coraje que uno podía imaginar.
Cuando los discípulos de los fariseos y los herodianos se acercaron a Jesús con su truculenta pregunta, dijeron: “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres” (Mateo 22:15–16). Cuando un centurión romano vio cómo murió Jesús, exclamó: “¡Verdaderamente, este hombre era justo!” (Lucas 23:47).
El impacto de Jesús sobre otras personas no era en ninguna manera superficial. En su presencia, una compañía de soldados retrocedió y cayó a tierra (Juan 18:6). Jesús hizo a las personas conscientes de su propia pecaminosidad. Pedro sintió esto (Lucas 5:8), y también los maestros de la Ley y los fariseos (Juan 8:7, 9).
Jesús nos desafía en el ámbito de nuestro coraje y del impacto que hacemos en los demás. Se dice de Robert Murray McCheyne que la gente quedaba convencida de su propia pecaminosidad aun mientras Él caminaba entre ellos. Tal es el poder de la piedad. ¡Algunas veces, hombres y mujeres se comportan más sobriamente cuando están en la presencia de un alzacuello clerical! Si exhibiéramos más del carácter de Jesús, influiríamos a otros para bien, aun si no fuesen conscientes de que somos cristianos.
El impacto asombroso de Jesús se demuestra también por la inmensa influencia de su vida en el mundo desde que Él vino. Esto es aún más notable cuando recordamos que no tuvo más que tres años a la vista del público para dejar esta huella. Mahoma trabajó durante veintidós años, y Buda cuarenta y cinco, y no cabe duda de que estos dos hicieron un gran impacto en la historia del mundo. No obstante, ni éstos ni ningún otro pueden compararse lo más mínimo con la asombrosa influencia de Jesucristo sobre la Humanidad, a pesar de la brevedad de su vida pública y su muerte poco después de cumplir treinta años (Lucas 3:23).
El impacto de Jesús se ve también en la respuesta que la gente dio a su llamado para que le siguieran:

“Sólo hace falta leer un poco entre líneas para asegurarse de que casi todos los pintores nos han inducido al error. Nos han mostrado a un hombre frágil, desnutrido, con un rostro tierno, la cara de una mujer cubierta por una barba, y una mirada benigna pero frustrada, como si los problemas de la vida fueran tan gravosos que la muerte fuese una bienvenida liberación. Éste no es el Jesús a cuya palabra los discípulos dejaron sus negocios para alistarse en una causa desconocida.”
(BRUCE BARTON)

Algunos de sus discípulos eran pescadores. Eran personajes físicamente fuertes, recios. ¿Cómo podía una persona débil, afeminada, persuadir a tales hombres a dejarlo todo y arrostrar la dificultad, la persecución y la muerte por Él? Una cosa tal sería increíble. Piensa en las afirmaciones de ellos de que nunca jamás le abandonarían; estaban dispuestos a morir por Él (Mateo 26:33–35). Ningún personaje sin firmeza de carácter podía inspirar la respuesta y la continua lealtad que estos hombres dieron a Jesús. Lo mismo es aplicable a las mujeres:

“Los hombres le seguían… pero las mujeres le adoraban. Esto es significativo. Los nombres de mujeres constituyen una gran proporción de la lista de sus amigos íntimos. Eran mujeres de una amplia variedad de situaciones en la vida, encabezadas por su madre… Estaban Marta y María, dos amables damas que vivían fuera de Jerusalén, y en cuyo hogar, con Lázaro, su hermano, Él disfrutó con frecuencia de la hospitalidad; estaba Juana, una mujer rica, la esposa de uno de los mayordomos de Herodes; éstas, y muchas otras del tipo que solemos designar como buenas mujeres, le siguieron con una devoción que no conocía cansancio o temor.
El hecho importante, y demasiado a menudo olvidado, en estas relaciones es éste: que las mujeres no son atraídas por la debilidad. El tipo de hombre llamado espiritual, melancólico, de labios finos, puede producir un instinto maternal, removiendo una emoción que es mitad respeto, mitad pena. Sin embargo, desde que el mundo comenzó, ningún poder ha atado el afecto de las mujeres hacia un hombre como la masculinidad. Los hombres que han sido “hombres de mujeres”, en el sentido más fino, han sido las figuras vitales, conquistadoras de la Historia.”
(BRUCE BARTON)

Jesús inspiró atrevimiento, pureza, grandeza y nobleza en las personas en aquella época, y ha continuado haciéndolo desde entonces a lo largo de los siglos. Nada podría dar una evidencia más clara de su fortaleza de carácter.

“Pilato levantó su mano: el griterío y el tumulto cesaron; una quietud de muerte descendió sobre la multitud. Él se giró y vio la figura que estaba a su lado, y de sus rudos labios estalló una sentencia que es el retrato más verdadero que ningún pintor nos haya dado jamás. El testimonio involuntario del débil romano en la presencia de la fortaleza perfecta, la certidumbre perfecta, la calma perfecta:
‘¡He aquí!,’ dijo, ‘¡el hombre!’ ”
(BRUCE BARTON)

Es posible que no compartas mi conclusión de que Jesús era una persona físicamente robusta, pero no hay duda acerca de su vigor moral.
En nuestra debilidad es un alivio saber que estamos cubiertos por la perfecta fortaleza de carácter de nuestro Señor. Con todo, hemos de extendernos hacia el mismo coraje que Él tenía, y producir un impacto en el mundo que nos rodea. Decimos tanto, predicamos y hacemos muchas cosas buenas y, con todo, nuestro impacto es demasiado insignificante. Que el Señor nos dé su fortaleza para hacer a otros fuertes.

¡Dadnos un Cristo viril para estos días duros!
Vosotros pintores, escultores, mostrad al guerrero audaz;
Y vosotros que volvéis las meras palabras en oro destellante,
Por demasiado tiempo vuestros labios han sonado en la alabanza
De la paciencia y humildad. Nuestros caminos
Se han separado de la quietud de antaño;
Necesitamos un hombre de fortaleza con nosotros para sostener
La brecha misma de la muerte sin asombro.
¿No arrojó con azotes Él a los ladrones de los atrios del Templo?
¿E hizo a los mismísimos demonios caer?
¿Y maldijo a la higuera que era sólo hojas?
¿Y calmó el tumulto enfurecido de los mares?
¿No cargó Él el mayor de todos los dolores,
Silenciosamente sobre la Cruz del Calvario?
(REX BOUNDY)

 

Victoria sobre Satanás


Como nosotros, Jesús estuvo sujeto a las astucias de Satanás a lo largo de toda su vida. El diablo nunca flojea en su enemistad hacia Jesús o su pueblo. No obstante, hay ocasiones cuando la presión satánica es más acentuada. Esto lo podemos ver al comienzo del ministerio público de nuestro Señor, en la mitad, y en las últimas etapas de su vida sobre la Tierra. En todos estos momentos, Jesús fue el amo de la situación.


Al comienzo

Inmediatamente después de su bautismo, Jesús “fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (Mateo 4:1–11). Sin duda, hubo elementos en esta experiencia que se relacionaban con su ministerio especial y la obra de salvación de los que nosotros no podemos participar. Sin embargo, aquí hay muchos elementos comunes a nuestra experiencia, y la fortaleza de nuestro Señor resistiendo a Satanás es para nosotros tanto un consuelo como un desafío.
La ocasión de su prueba es significativa, pues sucedió inmediatamente después del bautismo de nuestro Señor. Fue un punto crítico importante en su vida, al mostrar su compromiso público con la voluntad y el propósito de Dios, que le llevaría en última instancia a la muerte sobre una cruz. El bautismo tiene para nosotros un significado similar al comprometernos abiertamente a vivir para Dios y a servirle con toda nuestra vida. Este es un punto crítico para nosotros, y Satanás, casi sin excepción, nos asalta justo después de nuestro bautismo con la misma tentación que pondrá nuestra resolución a prueba. De repente tenemos dudas o nuestras circunstancias cambian dramáticamente, y pronto descubrimos si nuestra fe es real o fingida. El ser probados no es un error; de la misma manera que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para este propósito, nosotros sabemos que Dios tiene la intención de que esta experiencia nos resulte saludable.
Satanás tuvo la audacia de intentar desviar aun al Hijo de Dios del camino que Él mismo había escogido. Cada tentación fue una prueba de fe. Primero fue tentado a usar sus poderes milagrosos para su propio beneficio. Esto hubiese revelado falta de confianza en la bondad de su Padre. Luego fue tentado a poner a prueba el cuidado protector de su Padre en lugar de confiar en Él con simple fe. La tercera tentación fue tomar un atajo para llegar a su reinado universal, pasando por alto la Cruz. Si Él hubiese cedido a esto, hubiese exhibido una falta de confianza en el plan de su Padre. Puesto que Jesús fue tentado en todos estos ámbitos, nuestra confianza en la provisión de nuestro Padre, en su protección, y en su plan para nuestras vidas, ciertamente también será puesta a prueba. La fortaleza de Jesús nunca se ve de una manera tan clara como en su rechazo completo a la poderosa prueba de Satanás, y en su afirmación de compromiso total con su Padre.


A mitad de camino

Llegó un momento en el ministerio de nuestro Señor en que comenzó a hacer un significativo cambio de acento. Hasta este punto, había estado demostrando con su vida, enseñanza y milagros quién era Él. Esto llegó a un clímax cuando hizo a sus discípulos las memorables preguntas: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”… “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:13–15). La respuesta de Pedro mostró que ellos habían entendido: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 16). Sólo entonces Jesús introdujo este cambio de acento: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y… ser muerto” (Mateo 16:21). En ese momento Satanás atacó de nuevo por medio de la protesta de Pedro:

“Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reprenderle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.”

No obstante, Jesús estaba preparado para responderle. Él reconoció la mente que estaba detrás de esa voz.

“¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:22–23).

De esa manera repelió a Satanás, no cediendo ni un milímetro a su seducción.
El mismo enemigo viene a nosotros cuando hemos estado algún tiempo en el camino cristiano. Él sugiere que hemos hecho demasiado poco progreso; debemos reconocer que estamos realmente desanimados; estamos cansados y ya es hora de que nos apartemos del conflicto; hay un camino más fácil a seguir, y ha de andarse sin pensarlo más ni discutirlo. ¡No le escuches!


Las etapas finales

Muy cerca del final de su vida sobre la Tierra, Jesús de nuevo era muy consciente de las presiones de la influencia satánica sobre Él:

“Viene el príncipe de este mundo” (Juan 14:30); “mas esta es vuestra hora [la de su enemigo], y la potestad de las tinieblas” (Lucas 22:53).

La Cruz, con todo su horror y vergüenza, estaba a pocas horas, pero la fortaleza de Jesús permaneció intacta hasta el fin. Pudo decir acerca de Satanás: “él nada tiene en mí” (Juan 14:30). Él no había permitido en ningún momento que el maligno hiciese ninguna cabeza de puente hacia sus pensamientos, deseos o metas. “No hay nada en mí que le pertenezca a él”.
Jesús obtuvo una victoria completa sobre cada intento de Satanás de llevarle a ceder o a desviarle de su misión. Al considerar esto, nos quedamos completamente abrumados con asombro y admiración. En su fortaleza podemos poner al mismo enemigo en fuga, en obediencia al mandamiento del Señor.

De fortaleza en fortaleza continúa;
Pelea y lucha y ora;
Pisotea todos los poderes de las tinieblas
Y gana el día bien peleado;
Para que habiendo hecho todas las cosas,
Y habiendo pasado todos los conflictos,
Puedas vencer sólo por Cristo,
Y permanecer firme al final.
(CHARLES WESLEY)

Esta es una lucha continua que demanda toda nuestra energía espiritual y determinación. Si somos tentados a debilitarnos, recordemos la afirmación de Martín Lutero que aun “Jesús tuvo que trabajar arduamente para mantener a raya a Satanás”.
Ten dominio propio y permanece alerta. “Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe” (1 Pedro 5:8–9).

 

Amor paciente y bondadoso


Según hemos ido contemplando el carácter humano perfecto de Jesucristo, hasta ahora hemos resistido la inclinación a reflexionar sobre su amor. Como niños pequeños, el amor de Jesús es lo primero que conocemos de Él. El amor es el aspecto más sobresaliente de su carácter y que se extiende a toda su persona y obra. Su amor ha atraído hacia Él a millares incontables, y ha inspirado los esfuerzos más valerosos en la propagación del Evangelio y del alivio de la miseria humana. Jesucristo nos ha enseñado la realidad de la naturaleza misma de Dios: “Dios es amor” (1 Juan 4:16).
Entonces, ¿por qué no hemos comenzado este retrato celebrando el amor de Jesús? La respuesta es que mucho del cristianismo evangélico moderno se ha centrado tanto en el amor de Cristo que ello ha distorsionado la imagen. Es una gloriosa verdad el que casi cada rasgo de su carácter está condicionado por su amor. Sin embargo, también es verdad que podemos resaltar tanto al “dulce Jesús, humilde y tierno” que quedamos cegados en cuanto a la perfecta simetría de su carácter. Esto a su vez afecta al mensaje que declaramos y al tipo de vida cristiana que vivimos.
Enmendemos ahora la deficiencia del retrato que hasta aquí hemos hecho, y regalémonos la vista con la hermosura y el esplendor puros del amor de Jesús. Sin embargo, no perdamos de vista nuestro propósito principal: el asegurarnos de la perfección de Jesús en cada detalle, y el recordarnos a nosotros mismos la meta y el objetivo de nuestras vidas como cristianos.
Nuestro problema ahora es expresado de una manera preciosa por el autor de himnos S. Trevor Francis:

Oh, qué profundo amor el de Cristo;
Grande es y libre; no puedes medir.
Es como un gran mar poderoso
En su abundancia sobre mí.

¿Cómo podemos nosotros reducir un gran mar al espacio de unas pocas páginas? Pablo ya ha efectuado el milagro si tenía a Jesús en mente cuando escribió 1 Corintios capítulo 13. Sea o no así, los versículos 4–7 de ese capítulo nos dan la más exquisita descripción del amor, y son un buen prisma por el cual distinguir los muchos colores del amor de Jesús. En el versículo 4 Pablo comienza con “El amor es paciente, es bondadoso” (LBLA).


El amor es paciente

Hay un pasaje precioso en el librito de John Thomas Gwyn Rejoice Always (Banner of Truth) acerca de la paciencia de Jesús:

“Hasta cuando estaba rodeado por multitudes y las personas le llamaban y querían que efectuara milagros, Él encontró tiempo para ser paciente y tierno con los niños. Algunas veces nosotros somos tan impacientes como si toda la sabiduría, el poder, el conocimiento y el entendimiento, tanto espirituales como de otro tipo, nos hubieran sido dados a nosotros. Nos volvemos impacientes con la gente, soportamos a los necios de muy mala gana y, por supuesto, detrás de esta actitud hay una gran raíz de orgullo, un sentimiento de ser superiores a los demás… No podrás encontrar ni un solo caso en el cual el Señor Jesucristo se entremeta en la vida de otra persona. Nunca se impuso a sí mismo o sus ideas de una manera áspera o beligerante. Él dijo: ‘He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo’ (Apocalipsis 3:20). Mandó a la higuera que se secase y no diera fruto, pero nunca le dijo eso a ningún ser humano, nunca.”

Jesús fue paciente consigo mismo. A la edad de doce años era consciente de que estaba destinado a una obra especial para su Padre (Lucas 2:49). Durante su adolescencia y temprana madurez debió de haber sido tentado a ir adelante con su tarea; pero tuvo que trabajar durante dieciocho años más antes de estar completamente preparado para la misión que vino a cumplir. Muchas vidas han dejado de vivir a la altura de sus expectativas por falta de una preparación paciente. Nuestro Señor no erró en este punto; por el contrario, vemos su paciencia demostrada en el progresivo desarrollo de su ministerio. Durante dos años y medio, trabajó pacientemente y esperó a que sus discípulos entendiesen quién era Él, y sólo entonces comenzó a hablar acerca de su carácter mesiánico y de su muerte y resurrección (Mateo 16:21). Además, Juan recordaba a Jesús diciendo: “Mi tiempo aún no ha llegado” (Juan 2:4; 7:6, 8), y Jesús resistió cualquier tendencia a hacerse popular (Mateo 8:4; 12:16; Marcos 5:43; 7:36; 8:30; Lucas 4:41; Juan 6:15). Ni la tentación del diablo (Mateo 4:1–11), ni su propia popularidad con la multitud, pudo incitar en Él la impaciencia y, por tanto, la acción precipitada, hasta que pudo decir: “Ha llegado la hora” (Juan 12:23; véase también Mateo 26:18).
No hay nada más maravilloso que la paciencia que Jesús tuvo con sus adversarios y los que le rechazaron. El Evangelio de Juan nos da cinco relatos extensos de la manera de razonar de nuestro Señor ante las criticas irrazonables (Juan 5:16–47; 6:25–28; 7:16–24; 8:13–59; 10:24–39). Otros muchos pasajes se podrían añadir (Mateo 15:1–11; 16:1–4; 21:23–46; 22:15–46). Cualquier lectura de estos pasajes le hace a uno pensar cómo pudo el Señor ser indulgente con tanta hipocresía y completa ceguera voluntaria. No obstante, Él fue indulgente con ellos, proveyéndonos un ejemplo de una maravillosa perseverancia paciente que nos avergüenza. No perdió la paciencia con ellos; ellos perdieron la suya con Él, porque no podían refutar su sabiduría, y su mensaje dejaba en evidencia la insinceridad de ellos.
En Mateo 10 versículo 25, Jesús reflexiona sobre la acusación de sus adversarios de que Él estaba bajo el poder de Beelzebú. Matthew Henry comenta:

“Jesucristo, nuestro Señor y Maestro, se encontró con un dicho del mundo muy duro; ellos le llamaron Beelzebú, el dios de las moscas, el nombre del primero de los diablos, con quien –decían ellos– Él estaba aliado. Es difícil decir qué es lo que nos ha de maravillar más aquí: la maldad de los hombres que injuriaban de esta manera a Cristo, o la paciencia de Cristo que soportó ser injuriado de esa manera.”

La respuesta de Jesusea los gadarenos que no querían tener nada más que ver con Él no fue emitir juicio contra ellos, sino humildemente marcharse y dejar detrás un testigo poderoso (Marcos 5:1–20). Su reacción ante la gente de un pueblo samaritano que rehusó recibirle fue igual de paciente (Lucas 9:51–56). Algunas veces, Jesús fue obstaculizado para trabajar en ciertos lugares debido a la oposición y a la incredulidad. Pacientemente se fue a otro terreno y enseñó a sus discípulos a hacer lo mismo (Mateo 10:14, 15; 12:14, 15; 13:58).
La paciencia de nuestro Señor se ve también en el tiempo que estuvo dispuesto a dedicar a aquellos que le pidieron su ayuda. Nada era demasiado problemático para Él, y ningún momento era mal momento para que se parase y supliese la necesidad de alguien. Podemos pensar en Él, parando en su viaje en medio de las multitudes que le apretaban para sanar a la mujer que tenía una hemorragia (Lucas 8:43–48), para dar la vista a un ciego (Lucas 18:35–43), para llamar a Zaqueo a que bajase del árbol (Lucas 19:1–10). Jesús le dedicó tiempo a Nicodemo (Juan 3:1–15), y a la mujer de Samaria (Juan 4:1–26), a los niños (Marcos 10:13–16) y a un joven rico (Marcos 10:17–22).
Además de todo esto, nos quedamos más asombrados ante la paciencia de nuestro Señor con sus discípulos. Haremos bien en no ser demasiado críticos con su lentitud para entender lo que Jesús les estaba diciendo. En su situación, sin duda, nosotros hubiésemos sido más tardos en entender. La paciencia de Jesús fue probada en este punto como podemos discernir de exclamaciones como: “¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?” (Mateo 17:17); “¿También vosotros sois aún sin entendimiento?” (Mateo 15:16); “¿No entendéis aún?” (Mateo 16:9); “¿Cómo es que no entendéis?” (Mateo 16:11); “¡Oh insensatos y tardos de corazón!” (Lucas 24:25), y “no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27). ¡Cuánto no debió de haber sido tentado a airarse contra ellos!

“Por tres años los tuvo con Él día y noche, toda su energía y recursos volcados en un esfuerzo para crear en ellos un entendimiento. Pero, con todo eso, nunca entendieron completamente… A pesar de todo lo que pudo hacer o decir, ellos estaban persuadidos de que Él planeaba derrocar el poder romano y entronizarse a sí mismo como rey en Jerusalén. De aquí que ellos nunca se cansasen de pelearse por cómo habían de repartirse los oficios. Dos de ellos –Jacobo y Juan– hicieron que su madre viniese a Él y le pidiese que sus hijos se sentaran, uno a su mano derecha y el otro a su izquierda. Cuando los otros diez lo oyeron se pusieron furiosos con Jacobo y Juan; pero Jesús nunca perdió su paciencia.”
(BRUCE BARTON)

Una vez Jesús se indignó cuando los discípulos trataron de impedir que las personas le trajesen sus niños (Marcos 10:13–16). ¿Cómo pudieron ellos haber pensado que Él les rechazaría? Su paciencia con el impetuoso y desatinado Pedro nos debe animar a muchos de nosotros que nos vemos reflejados en aquel discípulo. La reprensión de Pedro a Jesús (Mateo 16:22), su protesta temeraria de que él moriría por su maestro antes que negarle (Mateo 26:33–35; todos los discípulos compartieron esta protesta), y su irreflexivo uso de la espada cuando Jesús fue arrestado (Juan 18:10) debieron de haber hecho a Jesús suspirar. Y con todo, el Señor resucitado le envió un mensaje especial (Marcos 16:7) y pacientemente restauró su amor y confianza en una conversación personal memorable (Juan 21:15–19). No nos sorprende que Juan en años posteriores reflexionara: “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1). Y el apóstol Pablo hablaría de la “paciencia sin límites” de Jesucristo hacia él (1 Timoteo 1:16 NVI), y oraría por los creyentes tesalonicenses: “El Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo” (2 Tesalonicenses 3:5).


El amor es bondadoso

El sentido de la palabra “amor” que destacó Pablo es “utilidad”. Significa ser bueno y generosamente útil a los demás. Yo supongo que cuando se menciona el nombre de Jesús, este es el pensamiento que viene a la mente de la mayoría de las personas. El himno infantil expresa este pensamiento en palabras sencillas:

Jesús que vivía por encima del firmamento vino a ser hombre y morir;
Y en la Biblia podemos ver cuán bueno acostumbraba a ser.
Él fue por ahí, y fue tan bondadoso que curaba a las personas que estaban ciegas;
Y de muchos que estaban ciegos y lisiados, tuvo piedad y les sanó.
(ANN GILBERT)

La bondad de Jesús fue tal que sólo una historia completa de su vida es adecuada para hacer justicia al tema. Su bondad fue expresada en forma de compasión hacia toda clase de personas en una amplia variedad de necesidades: un leproso (Marcos 1:41), ciegos (Mateo 20:34), una viuda desconsolada (Lucas 7:13), la evidencia de la aflicción universal (Mateo 9:36; 14:14), y una multitud hambrienta (Marcos 8:2; Mateo 15:32). Él mismo comparó su amor a la ternura de una gallina reuniendo a sus polluelos para protegerlos bajo sus alas (Mateo 23:37).
Jesús le hizo recordar a Mateo la profecía de Isaías:

“La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará” (Mateo 12:20; Isaías 42:3).

Mateo comprendió que Jesús veía a la gente como tallos u hojas quebrados y heridos, pisoteados por hombres desconsiderados, e incapaces de levantarse a sí mismos. Pensó que Jesús era como un hombre que levantaba con ternura ese tallo, limpiando el terreno alrededor de él y ayudándole a llegar a ser de nuevo recto y fuerte.
La compasión de Jesús se refleja también en su ministerio a sus discípulos cuando vemos, por ejemplo, en Juan 14:1–3:

“No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (véase también Juan 14:15–18; 15:18, 19; 16:4; 17:9).

Sólo una persona fuerte puede ser verdaderamente tierna. En Jesús vemos la fortaleza dedicada a la ayuda de la debilidad. Su bondad fue siempre práctica. Él le dijo a los padres que le diesen a la hija de Jairo algo de comer después de haberla resucitado de nuevo a la vida (Marcos 5:43). Le aconsejó a Marta que no estuviese ansiosa por la hospitalidad (Lucas 10:40, 41). Nos dejó dos ordenanzas inmensamente valiosas y útiles: el bautismo de creyentes y la Cena del Señor.
Él aseguró a las personas la recompensa por la fidelidad (Mateo 19:27–29) y que Dios tendría misericordia de los recién llegados a su Reino (Mateo 20:1–6). Dedicó tiempo a advertir cuidadosamente a sus discípulos acerca de los problemas que les vendrían (Lucas 18:31–34). Estaba interesado por aquellos que sufrirían cuando Jerusalén fuese atacada (Mateo 24:19, 20). Quería que sus discípulos supiesen que sus oraciones serían escuchadas y respondidas (Lucas 18:1–8). Amó a un joven a pesar de su obstinación (Marcos 10:21).
Nuestro Señor también mostró bondad en su uso de parábolas, en sus milagros y en su obra salvadora. Considera su uso de las parábolas. Él pudo haber deslumbrado a todos sus oyentes con verdades profundas, pero su interés era ser de la mayor utilidad al mayor número de personas. Sus amigos recibían ayuda para entender su enseñanza y sus enemigos quedaban sin excusa. Es cierto que aun sus discípulos no siempre veían el significado de las parábolas inmediatamente, y algunas veces necesitaban las explicaciones del Señor (por ejemplo Mateo 13:36), pero eso sólo prueba cuánto más perplejos hubiesen estado sin las ilustraciones que Jesús usaba. Los líderes judíos comprendieron rápidamente qué Jesús estaba hablando de ellos en algunas de las parábolas (Mateo 21:45). Si hemos de seguir al Maestro aquí, hemos de trabajar arduamente para encontrar maneras de hacer el mensaje claro y sencillo a nuestros vecinos y amigos. Jesús fue suficientemente amable como para rechazar la jerga religiosa y alcanzar las mentes de los oyentes más humildes. Nosotros debemos hacer lo mismo.
Ya sea que pensemos que el Señor espera que nosotros llevemos a cabo milagros o no, no hay duda de que debemos seguirle en la tierna compasión que motivó sus milagros; éstos no sólo eran un despliegue de poder, eran actos de bondad (Lucas 7:11–15; 22:49–51; Juan 11:33–44). Las sanidades, la alimentación de los hambrientos, el calmar la tormenta; en todas estas cosas se muestra la compasión de nuestro Señor. La vida de Jesús nos confronta con el desafío constante a “amar a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). Esto significa compasión más acción útil, esto es, bondad.
Pablo escribió: “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó…” (Tito 3:4) Este es el ejemplo supremo, y a la luz de esto Pablo continuó diciendo: “para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres” (Tito 3:8). Pedro, que sabía de esto más que Pablo, por experiencia de primera mano, declaró que Él “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38). Jesús mismo expresó este asunto de manera muy sucinta al final de la parábola del buen samaritano: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37).

Oh, Maestro, permite que yo nunca busque
Tanto el ser consolado como el consolar;
Ser entendido como entender;
Ser amado, como amar con toda mi alma.
(SEBASTIAN TEMPLE)

 

Amor desinteresado


La parte siguiente de la descripción que hace Pablo del amor es:

“El amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor” (1 Corintios 13:4, 5).


El amor no tiene envidia

“La palabra usada aquí puede expresar cualquier mal sentimiento excitado a la vista del bien de otros; no solo envidia, sino odio, emulación y similares.”
(CHARLES HODGE)

Como hemos visto, nuestro Señor nació en una familia pobre. Más tarde, durante los tres años de su vida pública Él mismo declaró: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). No sabemos precisamente cómo se financiaban Jesús y sus discípulos. Parece que Judas manejaba el dinero de ellos (Juan 12:4–6; 13:29) para comida y ayuda a los pobres. Sólo podemos suponer que sus fondos fueran suplidos por amigos, o que pudieran tener recursos de sus ocupaciones pasadas. Ciertamente recibieron hospitalidad (Lucas 7:36; 10:38; 14:1). La idea que tenemos es de una vida dependiente de los demás, pero en ningún lugar de los Evangelios podemos encontrar una sola insinuación de que Jesús fuera envidioso de los ricos y de los materialmente prósperos. Él ciertamente habló muy fuerte contra el peligro de confiar en las riquezas y sobre el obstáculo que las posesiones pueden ser para la vida espiritual (Marcos 10:23–25; Lucas 12:13–21; 16:19–25). Jesús enseñó a sus discípulos:

“No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo” (Mateo 6:19, 20),

y su vida y actitudes hacia las cosas materiales armonizaba con esa enseñanza. Lejos de ser envidioso de los demás, Jesús vivió una vida de confianza en su Padre celestial, y en esto, Él estaba contento.


El amor… no es jactancioso, no se envanece

Hemos tratado de explorar la humildad de Jesús en el capítulo 5. Baste aquí subrayar que Él no dudó en dejar claro quién era, y predecir la gloria que sería suya cuando regresase. No obstante, podemos leer y releer esos pasajes donde hace esas afirmaciones sin encontrar un simple indicio de orgullo. Nos producen náuseas los que tienen dones manifiestos, posesiones o una posición social, que esconden los hechos bajo una falsa humildad. Igualmente nos enferman quienes nunca nos permiten olvidar las ventajas que ellos tienen. Jesús no fue ni un embaucador ni un jactancioso y, de todas, ésta es una de las perfecciones más difíciles de alcanzar. Los que son jactanciosos y orgullosos buscan la alabanza de los demás, y no pueden vivir si los demás no piensan bien de ellos. Sin embargo, esta misma fue la actitud que Jesús condenó en otros y Él mismo rehuyó (Juan 5:41–44; 12:43).


El amor… no hace nada indebido

Es imposible imaginar a Jesús haciendo algo de lo cual se tuviese que avergonzar, o que otros pudiesen encontrar moralmente repulsivo o descortés. La etiqueta puede ser hipócrita, y puede ser innecesariamente gravosa. No obstante, las costumbres de etiqueta o cortesía generalmente alivian a los demás, al tener en cuenta las cosas que les ofenden o que no les gustan.
Para nuestro Señor, esto significó un equilibrio delicado entre mantener su autoridad como Mesías y actuar con cortesía tanto hacia sus enemigos como hacia sus amigos. Dos ejemplos sobresalientes ilustrarán esto. En su relación con su madre, sus palabras hacia ella (Lucas 2:49; Juan 2:4), fueron una mezcla perfecta de distanciarse a sí mismo de ella, en el ámbito de su relación especial con el Padre, y la amabilidad de un hijo con su madre. El otro ejemplo es la denuncia terrible que hizo el Señor de los escribas y fariseos (Mateo 23:13–36). ¡No parece que allí haya habido mucha cortesía! Sin embargo, el contexto pone aun esas duras palabras en perspectiva. Hasta aquel momento Jesús había razonado pacientemente con aquellas personas, y ahora había llegado el tiempo de hablar claro, pero entonces notemos las palabras que siguen:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37).

Las duras palabras de nuestro Señor a los escribas y fariseos eran en sí mismas tanto una apelación a ellos, como una defensa de aquellos a quienes ellos estaban pisoteando con su terrible legalismo.
Jesús no fue descortés con las autoridades aun cuando sufría la mayor de las injusticias de manos de ellos. Sus respuestas a sus jueces Caifás, Anás, Herodes y Pilato llevan todas las marcas de la moderación y el respeto, a pesar del proceder despreciable de ellos para con Él. Jesús tampoco se burló de las costumbres de sus días; pagó el impuesto que Él mismo había dicho que no necesitaba pagar (Mateo 17:24).
De la manera que un artista ve hermosura en las más amenazadoras nubes de una tormenta, así hay hermosura aun en los duros “ayes” de nuestro Señor. Aun allí Él no descendió a la incorrección de ser grosero.


El amor… no busca lo suyo

De nuevo, toda la vida de Jesús en todas sus partes podría citarse para mostrar la manera perfecta en que Él cumplió este aspecto del amor. Expresado de manera positiva, es evidente que el objetivo de nuestro Señor en su vida sobre la Tierra era darse a sí mismo totalmente por el bien de los demás. Desde el momento en que vino, su compromiso total fue “buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Desde el rechazo a la tentación de efectuar un milagro para satisfacer su propia hambre (Mateo 4:4), al momento en que rehusó descender de la Cruz y salvarse a sí mismo (Mateo 27:42), Jesús estuvo dispuesto a darse y entregarse.
En su camino a la Cruz Jesús dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas” Lucas 23:28). Aun mientras estaba sufriendo la extrema agonía de la crucifixión, su pensamiento fue para sus perseguidores (Lucas 23:34), para su madre (Juan 19:26), y para uno que sufría con Él (Lucas 23:43).
Puede haber momentos en que tengamos que reclamar nuestros derechos o deudas justas, especialmente cuando otros dependen de nosotros, o cuando actuamos en defensa de los derechos de otros. No obstante, Pablo siguió el ejemplo de Jesús cuando recordó a los Corintios su derecho a recibir un pago de ellos y, al mismo tiempo, renunció a ese derecho: “lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo” (1 Corintios 9:12).
Y cuando Pablo quiere persuadir a los cristianos a pensar en el efecto de sus acciones sobre otras personas, su argumento decisivo es: “Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Romanos 15:3). Cuando somos tentados a hacer nuestro deseo, sin importarnos cuánto pueda herir a los demás creyentes, o cuánto pueda hacer peligrar sus vidas espirituales, debemos reflexionar sobre este ejemplo de nuestro Maestro. Algunas veces decimos sobre ciertas acciones nuestras: “mi conciencia está tranquila,” pero si midiéramos esa acción con el patrón de amor establecido por Cristo, nuestra conciencia no estaría tranquila y nos llevaría a confesar nuestro pecado al Señor y a aquellos a quienes hemos hecho daño.


El amor… no se irrita

Jesús fue esencialmente una persona amante de la paz, hacedor de la paz. Él apaciguó rápidamente las discusiones entre los discípulos (Lucas 9:46; 22:24). No dio lugar a la reacción irascible ante la afrenta personal. El número de veces en que el Señor pudo muy bien haber sido tentado a la venganza es inmenso; esto debió de haber sido así especialmente cuando fue acusado de obrar por el poder de Satanás (Mateo 12:24). Sin embargo, el ejemplo supremo de Jesús en este punto fue predicho por Isaías el profeta:

“Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7).

Esto se cumplió en el juicio de Jesús (Mateo 27:12, 14), y Pedro, que lo supo todo sobre esta situación, escribió más tarde:

“Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba” (1 Pedro 2:23).

Muchos de nosotros, cuando somos confrontados con este ejemplo de Jesús, nos quedamos mudos de vergüenza.


El amor… no toma en cuenta el mal recibido (LBLA)

¡Qué lista de injusticias sufridas podía haber recopilado Jesús! ¿Podemos imaginar la escena? Sus enemigos están reunidos ante Él al final de su vida terrenal. Él da libre curso a una diatriba final contra ellos, golpeándoles con cada indignidad personal, cada falsa acusación, y cada intento de tergiversar sus palabras y acciones. El dique del dominio propio ha estado refrenándolo todo y ahora revienta. Sus ojos echan chispas, su herido orgullo vocifera acusación sobre acusación. ¡No! ¡No! No podemos imaginar tal escena. Él no tuvo en cuenta el mal, y nosotros tampoco debemos hacerlo. Por el contrario, escuchamos su voz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Y, por supuesto, Él murió para este mismo propósito, para que las cuentas del mal contra nosotros pudieran ser borradas y la gran promesa del pacto cumplida: “Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17).
No nos puede sobrevenir ninguna bendición más grande, y no podemos mostrar mayor amor a otros, que el olvidar sus faltas. Con demasiada frecuencia seguimos a Jesús a una gran distancia en el asunto de un espíritu perdonador. La miserable posición intermedia de: “Yo puedo perdonar pero nunca olvidaré” es sostenida frecuentemente por cristianos que deberían tener más conocimiento, porque Jesús no les ha tratado a ellos de esa manera. Y la otra afirmación dudosa: “Estoy esperando tener una excusa y entonces perdonaré”, desaparece ante el ejemplo de Jesús en la Cruz. Algunas veces se afirma que debemos esperar que los demás se arrepientan o se disculpen antes de perdonarles. Hay un elemento de verdad en esto en lo que se refiere al camino de salvación (Marcos 1:15; Hechos 20:21) y en el asunto de la disciplina de la iglesia (Mateo 18:15–18; 1 Corintios 5:1–5). No obstante, yo estoy persuadido de que la enseñanza de nuestro Señor en Mateo 6:12–15, 18:21–35 y Lucas 6:37, no nos deja opción en lo personal sino a olvidar gratuitamente, sin importar cuál sea la actitud de aquellos que nos ofenden.

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34–35).

Que el amor de Cristo me llene
Como las aguas llenan el mar;
Exaltándole, humillándome,
Esta es la victoria.
(KATIE B. WILKINSON)

 

Amor que todo lo soporta


La descripción detallada que hace Pablo del amor termina:

“No se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará” (1 Corintios 13:6–8).


El amor… no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad

Esto puede traducirse propiamente: “El amor no se regocija en la injusticia, sino que se regocija junto con la justicia, esto es, simpatiza con ella y tiene un gozo común con ella” (véase el comentario de Charles Hodge). En la Escritura, la “verdad” a menudo significa “lo que es justo” (véase Juan 3:21; 1 Juan 1:6).
Cualquier repaso a la vida de Jesús debe concluir con que su amor fue perfecto también en este respecto. Él aborrecía lo que era malo y siempre armonizaba con lo que era justo. Podemos ilustrar su aborrecimiento de lo malo con su desenmascaramiento constante de la hipocresía, la cual es una negación de la verdad (Juan 8:1–11; Mateo 6:1–18; 23:1–36; Marcos 7:6, 7; Lucas 12:56; 13:10–17).
En las ocasiones en que el gozo de nuestro Señor se menciona específicamente, su regocijo está con la verdad. Él “se regocijó” cuando los discípulos le informaron del éxito de su predicación del Evangelio (Lucas 10:17–21). Habló de “mi gozo” como el fruto de la obediencia a su Padre (Juan 15:10, 11), y de la separación del mal en el mundo (Juan 17:13–15).
Sin embargo, la mayor demostración del amor de nuestro Señor, aborreciendo el pecado y amando la verdad, es su disposición a sufrir por nosotros: “para librarnos del presente siglo malo” (Gálatas 1:4).
Esta es una gran prueba de la realidad de nuestro amor. ¿Nos horrorizamos siempre ante la presencia del mal y de los efectos del pecado? ¿Estamos siempre del lado de la verdad y de la justicia, no de mala gana sino deleitándonos genuinamente en aquellas cosas que agradan al Señor y le producen gozo?


El amor… todo lo cubre (LBLA, margen)

La explicación de esta cualidad del amor está en las palabras de Pedro: “el amor cubrirá multitud de pecados” (1 Pedro 4:8). Podemos ver esto obrando constantemente en la vida de Jesús. Lo vemos especialmente en su protección de la mujer que derramó perfume sobre su cabeza (Lucas 7:37–50); de la mujer hallada en adulterio (Juan 8:1–11); de sus discípulos contra las acusaciones de los fariseos (Mateo 12:1–8); de los discípulos cuando Él fue arrestado (Juan 18:8, 9) y de Pedro contra la posible venganza por su ímpetu al cortarle la oreja al siervo del sumo sacerdote (Lucas 22:50–51; Juan 18:10–11).
Jesús protegió a sus discípulos de que les sobrecargasen con enseñanzas y les confundiesen acerca de cosas que no estaban preparados para entender. Con qué amor dijo: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12; compárese Marcos 4:33 y Juan 13:7). Pero de manera suprema la muerte de nuestro Señor fue para cubrir nuestros pecados, para protegernos de la justa ira de Dios. ¡Que ejemplo tan difícil de seguir para nosotros!

“El amor nos mantiene callados, templando nuestra tendencia a hablar demasiado y precipitadamente. El amor tiene un sentido intuitivo de cuándo debe mantener su boca cerrada. El amor aborrece el escándalo. Los escándalos son vulgares, siempre indecentes. No obstante, el amor nos ahuyenta del escándalo por razones más profundas que el decoro y el buen gusto. El escándalo hiere a las personas; y el amor aborrece todo lo que hiere innecesariamente a la gente. Esta es la razón por que una persona que ama se desvía de los chismes y los rumores, por respeto a la persona criticada… El amor cubre las faltas para no herir, sino sanar. Mantiene silencio sobre las cosas para que las personas puedan ser sanadas entre bambalinas. Jesús mismo nos enseñó esto cuando nos dijo cómo responder cuando un hermano o hermana nos ha hecho algo malo. Mantenedlo entre los dos si es posible; y si esto no funciona, mantenedlo en un círculo pequeño. Que la iglesia lo sepa sólo como el último recurso (Mateo 18:15–18). Esta es la tapadera del amor, la manera en que el amor guarda el espacio y el tiempo para la curación.”
(LEWIS B. SMEDES)


El amor… todo lo cree, todo lo espera

Esto no significa creer ingenuamente todo lo que oímos y confiar en todas las personas que nos encontramos, sin importar cuál sea su reputación. Sino que es una actitud de apertura hacia los demás en la cual nuestro primer pensamiento no es de suspicacia. Hay una actitud destructiva que siempre busca significados ocultos en lo que otras personas dicen o motivos ocultos en lo que hacen. No es fácil ilustrar esto con la vida de Jesús “porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:24, 25). La suspicacia no era un problema para Jesús porque Él conocía la verdad acerca de los demás. Sin embargo, aún tenemos el vivo ejemplo de su proceder con Judas. Él sabía que era Judas quien le entregaría (Juan 6:64; 13:11), y esto hace aún más notoria su sumisión a Judas y su beso traicionero (Lucas 22:48), dejando abierta la posibilidad de que la vergüenza sobreviniese al traidor antes de que fuese demasiado tarde. El amor no pudo ir más lejos. Posiblemente deberíamos estar más dispuestos a ser engañados de lo que estamos. El amor no se defiende a sí mismo.


El amor… todo lo soporta. El amor nunca deja de ser

El amor sobrevive a todo lo demás de dos maneras. Dura más que cualquier cosa que se le opone y trata de destruirlo. Pero también dura más que cualquier otro método de afrontar las situaciones; es la única cosa que nunca cae en desuso. En la vida de Jesús sobre la Tierra, su perseverancia en el amor es recogida por la observación de Juan: “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1).
Hemos visto algo de la perseverancia del amor de Cristo en nuestra discusión sobre su paciencia. Aquí, el acento está en el poder del amor para resistir toda oposición a sí mismo. El ejemplo más sobresaliente de esto es la manera en que Jesús rehusó permitir a Satanás desviarle de su amoroso propósito de morir por nuestra salvación.
Hasta los discípulos de nuestro Señor fueron culpables de intentar estorbar el camino de su ministerio de amor. Estaba indignado cuando negaban el acceso a Él a personas que traían a sus hijos para recibir su bendición (Mateo 19:13–15). Las multitudes también hubiesen estorbado a Jesús silenciando al ciego que solicitaba su ayuda (Lucas 18:35–42), y también haciéndole su rey antes de que Él se hubiese ofrecido a sí mismo como expiación por el pecado (Juan 6:15). Sin embargo, en todas estas cosas el amor perseveró.
Cuando Jesús volvió de nuevo a la vida y le fue dada “toda potestad… en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), podríamos haber esperado que adoptase una actitud diferente en su ministerio: ¿tal vez ahora el amor estaba anticuado? Pero no, en absoluto. Después de su resurrección, no podemos percibir ninguna diferencia de enfoque. Escuchamos las mismas palabras fuertes y amables de consuelo: “no temáis,” “paz a vosotros” (Mateo 28:10; Lucas 24:36; Juan 20:19, 26). Vemos el mismo interés por individuos como María Magdalena (Juan 20:10–18), Tomás (Juan 20:24–29) y Pedro (Juan 21:15–19); la misma disposición a responder a las preguntas con paciencia (Lucas 24:13–27; Hechos 1:6, 7); el mismo interés por hacer a su pueblo útil en su Reino (Mateo 28:19–20; Juan 20:21; Hechos 1:8), y la misma confianza amante de su presencia y bendición (Mateo 28:20; Juan 20:22; Lucas 24:48, 49).
El amor nunca está caducado, y debemos recordar esto en todos nuestros intentos de testificar a otros. John Owen nos da una poderosa ilustración de esto:

“Un cristiano que es dócil, humilde, amable, paciente y útil a todos; que condesciende con la ignorancia, las debilidades y las enfermedades de los demás; que pasa por alto las provocaciones, las injurias y el desprecio, con paciencia y silencio, excepto donde la gloria y la verdad de Dios claman por una justa vindicación; que se apiada de toda clase de hombres en sus fracasos y extravíos, que está libre de celos y conjeturas malvadas; que ama lo que es bueno en todos los hombres, y a todos los hombres aun donde ellos no son buenos ni hacen lo bueno; expresa más las virtudes y excelencias de Cristo que lo puedan hacer miles con las obras de piedad y caridad más magníficas, donde este marco (el amor perseverante) está ausente en ellos.”

Sobrepasa el conocimiento ese tu querido amor,
Mi Salvador Jesús; sin embargo, esta alma mía
De tu amor, en toda su anchura y largura,
Su altura y profundidad, su fuerza sempiterna
Querría conocer más y más.
(MARY SHEKLETON)

 

Gozo


Algunas personas han pensado y enseñado que es malo expresar nuestras emociones. Esto es estoicismo, lo cual se puede entender de una manera sencilla como “poner al mal tiempo buena cara”, una negativa a dar lugar a las lágrimas, un desprecio a la emoción de cualquier tipo. Algunos cristianos en la práctica, si no por principio, detestan las lágrimas, ya sean de tristeza o de gozo. Estos, con muy poca o ninguna frecuencia, dan lugar a la exuberancia en la adoración.
Como veremos en los próximos dos capítulos, nuestro Señor expresó libremente emociones tales como la tristeza, la indignación y la ira. Él tenía una tristeza y una preocupación genuinas por los incrédulos. Su ejemplo nos muestra esas emociones en su fluir natural, pero siempre sin pecado, y siempre con los sentimientos correctos de aborrecimiento de lo malo y amor a lo que debe ser amado. Las emociones restringidas nos pueden resultar muy dañinas, y es bueno tener el ejemplo de Jesús para librarnos por un lado de las inhibiciones hechas por el hombre, y por el otro del exhibicionismo.
Pero ¿se aplica esto a emociones tales como el gozo y la felicidad? ¿Sonreía o reía nuestro Señor? Los hechos básicos están claros. Los Evangelios no registran nunca a Jesús sonriendo o riendo; sólo una vez se dice de Él que “se regocijó en el Espíritu” (Lucas 10:21). No puede caber duda de que la mayor impresión que Jesús causó en aquellos a los que conoció fue la de un “varón de dolores” (Isaías 53:3), y no tengo el deseo de defender al Señor como jovial o como siendo siempre el “alma y vida de la reunión”. No obstante, no pienso que la evidencia nos permita dejar el asunto ahí. De hecho, B.B. Warfield llega tan lejos como para decir:

“Si nuestro Señor fue ‘varón de dolores’, fue de una manera aún más profunda ‘varón de gozo’.”

¿Cuál es la evidencia? Observemos antes de nada que las palabras “se regocijó” (Lucas 10:21) son realmente muy fuertes, indicando que todo su corazón estaba lleno de exuberancia ante las noticias de una misión evangelística victoriosa. Su gozo fue “en el Espíritu Santo” (LBLA), y debió de haber sido expresado libre y abiertamente, pues, de lo contrario, los discípulos no se habrían dado cuenta.
Luego debemos recordar que en su sermón en el día de Pentecostés, Pedro citó del Salmo 16:8–11: “Veía al Señor siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua” (Hechos 2:25, 26). Pedro aplicó estas palabras de David a Jesucristo, dejándonos sin ninguna duda de que el Señor tenía un corazón gozoso que a menudo se desbordaba en un habla llena de gozo. Otra evidencia añadida está en Hebreos 1:9: “Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros.” El escritor ha hecho un prefacio a esta cita del Salmo 45:6, 7 con las palabras “Mas del Hijo dice: …”
¿Es posible que Jesús estuviese lleno de gozo sin al menos sonreír, si no reír? ¡Yo lo dudo!

“No se puede suponer que, exceptuando esta ocasión particular solamente (Lucas 10:21), Jesús llevó a cabo su obra sobre la Tierra en un estado de depresión mental. Su venida al mundo fue anunciada como ‘nuevas de gran gozo’ (Lucas 2:10), y las nuevas que Él mismo proclamaba eran ‘las buenas nuevas’ en grado sumo. ¿Es concebible que Él fuese por ahí proclamándolas con un semblante triste?”
(B.B. WARFIELD)

Nosotros podemos afirmar que en nuestra adoración sobria tenemos gozo en nuestros corazones. No obstante, si esto no es algunas veces obvio a los demás, seguramente estamos quedándonos lejos del ejemplo de nuestro Señor. Con demasiada frecuencia nos dan gozo las cosas erróneas, como la caída de otros. Nos reímos ante las gracias de los borrachos o acerca de las relaciones matrimoniales. Nuestro gozo más grande debería estar en el progreso del Evangelio, la conversión de pecadores, el crecimiento en la piedad de otros creyentes y, sobre todo, la gloria y la gracia de Dios.
También hay muchos aspectos de la vida de Jesús que apuntan en la misma dirección. Por ejemplo, la gente le contrastaba con Juan el Bautista porque era “un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11:18, 19). En una ocasión, “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle” (Lucas 15:1), y cuando Mateo fue convertido, Jesús fue a su casa y tuvo una comida con él y sus amigos (Marcos 2:15, 16). No hemos de imaginar a Jesús como el frivolo bromista, acaparando el protagonismo. Sin embargo, no puedo pensar que Él hubiese durado cinco minutos en aquella clase de compañía si se hubiese sentado (o reclinado) allí todo el tiempo con una solemnidad sin sonrisa. No hay nada más humano que la risa y, con toda seguridad, nuestro Señor era perfectamente humano también en esto.
Es cierto que los niños algunas veces se acercan a una persona mayor que está abatida por la tristeza, pero normalmente esto sería para mostrar pena. Habitualmente a los niños les repelen las personas que son tan solemnes que no sonríen ante un simple parloteo o las travesuras infantiles. No obstante, los niños se sentían a gusto con Jesús, se agrupaban en torno a Él, y le cantaban alabanzas mientras los adultos planeaban matarle.
¿Es posible que Jesús les enseñase a sus discípulos a ser felices y Él mismo careciese de felicidad? Es cierto que podemos ser felices sin ser chistosos, pero yo dudo que sea posible ser felices sin que esto sea obvio a los demás por medio de nuestra presencia y nuestras expresiones faciales. ¡Nosotros reímos y sonreímos! Jesús enseñó a sus discípulos el camino de la felicidad (Mateo 5:3–12) por medio de las cualidades espirituales de la pobreza en espíritu, el llanto, la humildad, el anhelo por la justicia, la misericordia, la pureza, la apacibilidad, y el sufrimiento de la persecución.
Jesús habló del gozo en la presencia de los ángeles ante el arrepentimiento de los pecadores (Lucas 15:10). Esto sólo puede significar que Dios se goza cuando las personas se vuelven a Él. Él es el “Dios bendito” (1 Timoteo 1:11), lo que significa que Él es feliz, y Jesús estaría representando al Padre de una manera falsa si Él mismo no fuese una persona feliz.
Aun con la sombra de los sufrimientos de la Cruz cerniéndose sobre Él, Jesús habló de “mi gozo”. Él les dijo a sus discípulos que quería que ellos compartiesen ese gozo hasta la plenitud (Juan 15:11), y oró a su Padre que esto fuese así (Juan 17:13). Hasta cuando Él salió para ser arrestado, cantó un himno con sus discípulos (Mateo 26:30). Él mismo estaba gozoso mientras contemplaba su victoria final (Hebreos 12:1–3). No “aguaba la fiesta” de una reunión social (Lucas 5:27–32; 15:1, 2). No era un solitario sin sonrisa, sino que disfrutaba del mundo de Dios.
Recuerdo unas vacaciones para jóvenes en las que, un domingo por la tarde, los líderes fueron desafiados con la pregunta: “¿Te ha hecho feliz el ser santo?” La enseñanza de Jesús no es contra la felicidad, sino contra la felicidad por unos motivos erróneos, y su ejemplo armonizaba con su enseñanza.
Además de estas cosas, está la evidencia de nuestro Señor adorando y dando gracias a su Padre. De nuevo, podemos sentir el gozo de nuestro Señor, según Él exalta las virtudes de su Padre y mientras le da las gracias por su fidelidad (Mateo 11:25–26; Juan 11:41–42).
Finalmente, no me es posible pensar en Jesús sin un guiño de ojos cuando habló acerca de colar mosquitos y tragar camellos (Mateo 23:24), vigas en los ojos de la gente (Mateo 7:3–5), o un camello pasando por el ojo de una aguja (Mateo 19:24).
Se puede pensar que he elaborado demasiado sobre muy poco en este capítulo y que la especulación ha excedido a los hechos. En cualquier caso, no deberíamos tener duda de que en Jesús vemos una mezcla de gozo y solemnidad, de felicidad y aflicción. Nosotros tendemos a los extremos en nuestras emociones, y pasamos de ser despreocupados a malhumorados, de felices a solemnes. Se nos puede etiquetar por nuestra falta de equilibrio emocional, pero la hermosura perfecta de nuestro Señor despliega cada emoción en una gloriosa simetría.

¡Jesús! Estoy descansando
En el gozo de lo que eres tú;
He encontrado la grandeza
De tu amante corazón.
Me has ofrecido el observarte,
Y tu hermosura llena mi alma,
Pues por tu poder transformador,
Tú me has dado sanidad.
(JEAN S. PIGOTT)

  

Tensiones


Como dice B.B. Warfield, podemos minimizar o magnificar indebidamente las emociones de nuestro Señor.

“La primera tendencia puede correr el riesgo de darnos a un Jesús algo frío y remoto de quien apenas podemos creer que sea capaz de simpatizar con todas nuestras enfermedades. La otra pudiera estar posiblemente en el peligro de ofrecernos un Jesús tan absolutamente humano que apenas merezca nuestra mayor reverencia.”

Es en el ámbito de nuestras emociones donde nuestras imperfecciones quedan manifiestas de una manera más clara. Sentimos dolor por las cosas que no deberíamos, reímos de las cosas que nos deberían enfadar. Este es un auténtico barómetro de nuestra pureza mental y con demasiada frecuencia nos quedamos escasos. Por ejemplo, el pecado rara vez está ausente de nuestra ira (Efesios 4:26).
Ya hemos considerado las emociones de nuestro Señor reflejadas en su amor y gozo. Sin embargo, Él tenía una gama completa de sentimientos humanos, y éstos se revelan hasta cierto punto, en palabras clave que se usan acerca de Él.


Indignación

Cuando Jesús vio a los discípulos intentando impedir que las personas le trajesen a sus hijos, Él se indignó (Marcos 10:14). La palabra griega usada es muy fuerte, que implica un sentimiento de dolor y vejación. Jesús no estaba simplemente irritado de una manera superficial, estaba entristecido por lo que había sucedido y se sintió molesto. Esto está confirmado por sus propias palabras:

“Y a cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le atase al cuello una gran piedra de molino y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

¿Cuál es nuestra reacción, por ejemplo, ante al abuso de menores o el aborto provocado? ¿Hacemos sólo una ligera protesta? Si nosotros no sentimos dolor e ira ante tales cosas, estamos muy lejos del ejemplo de nuestro Señor.


Resentimiento airado

Un día de reposo los fariseos estaban observando muy de cerca para ver si Jesús curaba la mano seca de un hombre. Ellos estaban más preocupados por un detalle de su Ley que por la necesidad de este hombre. Eran hombres duros, legalistas, faltos de compasión. Jesús los miró “con enojo” y estaba “entristecido por la dureza de sus corazones” (Marcos 3:1–6). Lo que Jesús sintió aquí no fue un mero fastidio pasajero.

“El término usado para su ira, es justamente el término para un resentimiento permanente, inclinado hacia la venganza. Precisamente lo que se atribuye a Jesús en este pasaje es esa indignación hacia lo malo, percibido como tal, que forma el núcleo de lo que nosotros llamamos justicia vindicativa. Esta es una reacción necesaria de todo ser normal contra el mal percibido.”
(B.B. WARFIELD)


Tensión dolorosa

Otra palabra usada en conexión con las emociones de nuestro Señor no es fácil de describir ni de entender. La dificultad se aclarará por las diferentes maneras en que es traducida:

mandar rigurosamente (Mateo 12:16)
encargar rigurosamente (Marcos 1:43)
mandar enérgicamente (Mateo 16:20; Marcos 8:30)
reprender mucho (Marcos 3:12)
reprender (Marcos 4:39; 9:25; Lucas 4:39; 8:24; 9:55).

Jesús “reprendió” tormentas, fiebres y espíritus malos; dio mandatos enérgicos a sus discípulos, y amonestó a las personas que sanó a no difundir su fama.
Tal variedad de significados refleja la mezcla de tensiones que Jesús sintió en aquellas ocasiones, y es difícil entrar en esas emociones o explicarlas. ¿Por qué tendría que haber en Jesús unos sentimientos tan fuertes, y hasta ira, cuando Él le está diciendo a las personas meramente que no divulguen las noticias acerca de Él? ¿Cómo cuadra esta ira con “el amor… no se irrita”? Hemos de admitir que cualquier intento de explicar lo que parece haber sido una actitud casi amenazadora es especulativo. No obstante, merece la pena explorarlo tanto como podamos. Se han sugerido muchas respuestas, la mayoría de las cuales encuentran algún defecto en las personas sanadas. Tal vez la actitud de ellos hacia el ministerio de Jesús o hacia su persona eran erróneas. Tal vez el leproso no debió haber roto las costumbres de la época con su acercamiento directo a Jesús.
Sin embargo, me parece que las emociones de nuestro Señor estaban mucho más relacionadas con su aversión en aquel momento a la publicidad; la tensión es más acerca de sí mismo que sobre cualquier otra persona. Antes de intentar dar una respuesta al problema, debemos mencionar otra palabra usada respecto a Jesús que revela emociones similares.


Agitación profunda y fuerte

Esta palabra se usa respecto de nuestro Señor para describir sus emociones en circunstancias similares a aquellas de la tensión que acabamos de considerar. La ocasión más reveladora fue en la tumba de Lázaro. Cuando Jesús vio a María y a las demás llorando, “se estremeció en espíritu y se conmovió” (Juan 11:33), y cuando escuchó a la gente preguntando por qué no había impedido que Lázaro muriera, Jesús fue “profundamente conmovido otra vez” (v. 38).
Creo que esta última ocasión, contiene una posible pista para nuestro entendimiento de los sentimientos de Jesús. Esta es una palabra muy fuerte, que puede ser usada respecto al bufido de un caballo cuando es asaltado por el miedo, o al apresurarse impaciente hacia la batalla.
Considera la situación. Jesús tuvo que afrontar el pesar del duelo. Él estaba cara a cara con la muerte y, por tanto, con los efectos más angustiosos de la entrada del pecado en el mundo. Compartió esa angustia con la más profunda compasión; la muerte y el duelo son la evidencia más significativa de cómo se ha echado a perder la obra de las manos de Dios en el mundo. Jesús no sólo estaba herido, debido al dolor que sentía por sus amigos: estaba airado por la ofensa que esas cosas constituían para su Padre y cómo esas cosas robaban la gloria de su Padre en su mundo. Así que ya podemos percibir algo de la tensión entre las emociones de amor e ira en la mente y el corazón de nuestro Señor.

“El espectáculo de la angustia de María y sus compañeros encolerizó a Jesús, porgue evidenciaba intensamente a su conciencia lo malo de la muerte… Él ardió con rabia contra el opresor de los hombres. Una furia inextinguible se apodera de Él; todo su ser se descompone y se perturba…”
(B.B. WARFIELD)

No obstante, hemos de añadir otro elemento a la agitación que Jesús sintió. En el mismo momento que sentía este dolor, Jesús también sabía que Él tenía la solución al problema del pecado, la muerte y todo lo que causa el dolor y la aflicción de la gente. Además, la razón misma por la que había venido al mundo era proveer esa respuesta. Pero ¡aún no! La Cruz y la resurrección aún habían de venir, y aun entonces el mundo debería esperar a su Segunda Venida para la erradicación completa del pecado y la muerte. Esta es la razón por que la prioridad de Jesús era predicar el Evangelio con sus bendiciones espirituales inmediatas, más que obrar milagros. Las multitudes que buscaban sanidad estaban en peligro de estorbar esa obra (Marcos 1:38, 45).
Posiblemente, ahora podamos entender su explosión emocional cuando le decía a las personas que había sanado que no divulgasen las noticias de su poder. En el ámbito humano, Él experimentó la frustración reflejada en las palabras “Aún no ha venido mi hora” (Juan 2:4). La divulgación de su fama sólo podía multiplicar las súplicas por su ayuda y levantar las expectativas de la gente desmedidamente, como de hecho sucedió. Sin embargo, Él sabía que la satisfacción completa de aquellas expectativas debía esperar.
La ternura y amabilidad de nuestro Señor está equilibrada perfectamente por su ardiente indignación en otras situaciones, tales como el mal uso del Templo (Juan 2:17), y en su frecuente denuncia de los hipócritas (Mateo 7:15; 12:34; 15:7; 23:13–36; Lucas 13:15).
Si estos pensamientos se acercan a la verdad, vemos en Jesús la mezcla más exquisita de compasión, simpatía, dolor, frustración e ira en alguien cuya mente y corazón estaban en perfecta armonía con los de su Padre.
¿Adónde llegamos nosotros en la experiencia de tales sentimientos? Pienso que podemos apreciar dónde estamos si nos preguntamos a nosotros mismos qué sentimientos tenemos sobre la idea de orar y trabajar para el regreso de Jesús al mundo. ¿Sentimos la tensión de querer que más personas sean salvas por un lado, y el deseo de que el mundo sea librado del pecado y sus efectos por el otro? ¿Sentimos una tensión entre el deseo por la salvación de nuestros amados, y el anhelo por la vindicación de Cristo en su Venida y por la gloria del Señor que ha de ser revelada? Debemos poner nuestras emociones bajo el control de la Escritura y, si lo están, podremos sentirnos algunas veces desgarrados como se sintió nuestro Señor. Entraremos más profundamente en “la participación de sus padecimientos” (Filipenses 3:10; 1 Pedro 4:13).
En este capítulo me ha animado B.B. Warfield en su obra sobre la vida emocional de nuestro Señor en su libro La persona y la obra de Jesucristo. Warfield concluye una sección de esta manera:

“Jesús ardió en ira contra los males que encontró en su travesía por la vida humana de una manera tan verdadera que se enterneció con piedad ante la visión de la miseria del mundo; y de estas dos emociones procedió su verdadera misericordia.”

¡Mas de tu gloria hazme ver,
Tú, santo, sabio y verdadero!
Yo, tu viva imagen quiero ser
En gozo y en dolor también.
(JOHANN C. LAVATER)

 

Emociones


Como alguien ha dicho, Jesús era Dios como si no hubiera sido hombre, y hombre como si no hubiera sido Dios. Puesto que Él era humano en cada aspecto, aparte del pecado, no nos sorprende que experimentase todo el abanico de las emociones humanas. Además de aquellas que ya hemos considerado, ahora podemos pensar en su gratitud, su patriotismo, su celo, su sensibilidad y sus reacciones ante las situaciones tuvo que confrontar.


Gratitud

Las ocasiones en que nuestro Señor expresó gratitud son muy interesantes y, con toda seguridad, apuntan a un marco mental constantemente agradecido. Él dio gracias por la comida (Mateo 15:36; Marcos 8:6, 7; Juan 6:11), y esto lo hizo de tal manera que causó una profunda impresión sobre el apóstol Juan, quien más tarde menciona en su narración: “…al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor” (Juan 6:23). Aparentemente, cuando Jesús daba gracias no era un ritual formal, Él lo hacía con sentido.
En otro momento, Jesús estaba reflexionando sobre el hecho maravilloso de que el Padre da la sabiduría espiritual a las personas con una capacidad intelectual humilde más que a los que están orgullosos de su conocimiento. Esto le deleitaba tanto que Él alababa a su Padre por ello (Mateo 11:25). Esto también debería estimular nuestra gratitud, porque da esperanza a todos y nos hace dependientes de la gracia de Dios.
Jesús dio gracias a su Padre por las oraciones contestadas (Juan 11:41), y lo hizo públicamente para fortalecer la fe de las personas que se amontonaban alrededor. Este es el mismo Jesús que advirtió acerca de la oración ostentosa (Mateo 6:5–8). Está claro que esto es un asunto de motivaciones. ¿Estamos llamando la atención hacia nosotros para que otros piensen que somos personas muy espirituales, o tenemos por encima de todo en nuestras mentes la alabanza del Señor y el bienestar de su pueblo en todo lo que hacemos, y no sólo en la oración pública?
Posiblemente, el lugar más sorprendente donde Jesús dio gracias a su Padre fue en la primera Cena del Señor (Marcos 14:23; Lucas 22:17, 19). ¿Cómo pudo Él dar gracias al Padre por los símbolos de su sacrificio cercano? Con toda seguridad fue porque era uno con el Padre en el todo de la obra de la redención que iba a llevar a cabo. De manera similar, en medio de las llamas que les consumían, los mártires han dado gracias a Dios por el privilegio de morir por Él. En esto, ellos cumplieron la exhortación del Señor –“gózaos y alegraos”– al ser perseguidos por su causa (Mateo 5:11–12), y siguieron el ejemplo de los apóstoles (Hechos 5:41).
No cabe duda de que los sentimientos de agradecimiento son característicos de los verdaderos seguidores de Jesucristo. Como escribió Pablo:

“Dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18).


Amor por su país

El patriotismo es despreciado por algunos, y otros piensan que no es espiritual, pero los seguidores de Jesucristo serán verdaderos amantes de su propio país. Jesús fue suficientemente crítico con los líderes de su pueblo como para no caer en el error de “mi país, bueno o malo”. Él no era dado a un desprecio fanático de otras naciones como lo eran la mayoría de sus contemporáneos. Mas bien estaba entregado a la salvación de personas de todas las naciones (Mateo 28:19; Lucas 24:47; Hechos 1:8), pero con todo, no cabe duda de que Él tenía un sentimiento profundo por el bienestar de su propio pueblo. Es cierto que esto surgió principalmente debido a que los judíos eran especiales en el programa de salvación de Dios, pero el elemento humano de “la tierra que yo más amo” no estaba ausente de ninguna manera. La distinción aquí es notoriamente difícil de definir, pero estoy seguro de que un seguidor de Jesús anhelará lo mejor para su nación y lamentará profundamente los pecados y los defectos de ella (Romanos 9:1–3; 10:1).
A pesar de ser ampliamente rechazado por su propio pueblo (Juan 1:10, 11), no hay sospecha de placer o maligna satisfacción cuando nuestro Señor describe la caída de la nación que se cumpliría en el año 70 d.C. Él lloró sobre la ciudad impenitente: “¡Jerusalén, Jerusalén!” (Mateo 23:37). Jesús amaba la historia de su pueblo, hablaba con frecuencia de Abraham, Moisés, David e Isaías. Aceptó gustosamente el ser aclamado como el “Hijo de David” (Mateo 21:9), y se refirió a una mujer como “hija de Abraham” (Lucas 13:16), y a Zaqueo como “hijo de Abraham” (Lucas 19:9). Él vino a buscar y a salvar “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24).
Parte de la agonía de Getsemaní y de la copa amarga de sufrimiento que Jesús tuvo que beber fue el ser rechazado por su propio pueblo mientras gritaban: “¡Sea crucificado! ¡Sea crucificado!” (Mateo 27:23). El rechazo por parte de aquellos a los que amamos apasionadamente es una agonía inenarrable.
El patriotismo puede desembocar erróneamente en una xenofobia pecaminosa, en orgullo, y hasta en acciones violentas, pero los seguidores de Jesús no han de suprimir sus deseos naturales por el bienestar y la prosperidad de su propia nación.


Celo

Cuando Jesús limpió el Templo del tráfico impío, sus discípulos recordaron que estaba escrito: “El celo de tu casa me consume” (Juan 2:17; Salmo 69:9). Su compromiso con Dios y su gloria es evidente durante toda su vida.
El celo de nuestro Señor nunca se convirtió en fanatismo, aunque fue acusado de ello (Juan 7:20; 10:20). El verdadero celo es entusiasmo por toda la verdad y no sólo por una parte de la misma. Los fanáticos toman una parte de la verdad a expensas del resto; así el celo por la justicia de Dios puede ensombrecer su amor; el celo por la misericordia puede ser a expensas del testimonio fiel de sus juicios. Los fariseos estaban especializados en el diezmo y habían olvidado la justicia; honraban el sábado celosamente pero su compasión era muy defectuosa; intentaban separarse del pecado pero olvidaban ser tiernos hacia los pecadores. En todas estas áreas nuestro Señor tenía un enfoque equilibrado, Él vino a mostrarnos cómo es Dios en todos sus gloriosos atributos.
El fanatismo siempre es frenético para obtener su propósito, y usará cualquier método para hacer avanzar su causa. Jesús nunca fue frenético, aunque a menudo dejó a sus discípulos sin aliento, como indica el uso de la expresión “en seguida” en el Evangelio de Marcos (1:20, 21; 6:45; 8:10). La suya fue una vida de fe, confiando en su Padre, y los que le siguen no necesitan estar usando frenéticamente métodos que son grandes en entusiasmo pero no tan buenos en confianza y consideración.
El verdadero celo siempre es constructivo; el fanatismo tiende a la destrucción. Podemos ver el contraste cuando Jacobo y Juan quisieron mandar que descendiera fuego del cielo sobre las personas que no querían recibirles (Lucas 9:51–56). Jesús, en efecto, les dijo que se cuidasen de un espíritu fanático. El celo de Jesús inspiró a sus discípulos al entusiasmo (Mateo 20:20–28). Él no apagó el celo de ellos pero corrigió sus motivos.
En los tiempos de los motores de vapor, la poderosa máquina era empujada hacia adelante cuando el vapor se concentraba y se dirigía hacia los canales adecuados. En la estación, el vapor se dejaba escapar con mucho ruido y confusión. El fanatismo es dado al ruido y la confusión. Nuestro Señor no era así, sus energías y celo estaban controlados y dirigidos a la gloria de un Dios santo y de gracia.


Sensibilidad

Nadie puede leer los Evangelios sin ver en Jesús una gran ternura y sensibilidad en una amplia variedad de situaciones. Ante la tumba de Lázaro, no mostró un rostro estoico, sino que lloró libremente con los demás dolientes (Juan 11:35). Mientras miraba sobre la ciudad de Jerusalén y reflexionaba sobre su destrucción venidera, no pudo contener las lágrimas (Lucas 19:41). Sus sentimientos de piedad, nunca lejos de la superficie, se desbordaron cuando vio a una viuda siguiendo el ataúd de su único hijo (Lucas 7:13), y cuando se dio cuenta de que las multitudes que le seguían al desierto estaban hambrientas (Mateo 15:32). Hasta cuando denunció a la nación y predijo su caída, no pudo dejar de pensar en el efecto que la destrucción venidera tendría sobre una madre lactante y su hijo (Mateo 24:19). Además, le prohibió a sus discípulos dejar los hogares donde habían sido recibidos. Ellos no debían herir a sus anfitriones al tratar de buscar otro lugar mejor (Marcos 6:10).
Este hombre de corazón tierno fue herido cuando sus discípulos no pudieron mantenerse despiertos y sostenerle en oración (Mateo 26:40). Él mismo dijo cuánto “había deseado” estar con ellos la noche antes de su arresto (Lucas 22:15). Vemos la misma sensibilidad expresada en asombro ante la fe del centurión romano (Mateo 8:10; Lucas 7:9), y ante la incredulidad de la gente en su propio pueblo (Marcos 6:6).
Posiblemente bajo este encabezamiento de la sensibilidad podemos incluir la amigabilidad de Jesús. Él le dijo a sus discípulos: “os he llamado amigos” (Juan 15:15), y es evidente que ellos le debían más a Él que Él a ellos. No obstante, le vemos cultivando amistades y no hay duda de que ellos eran una fortaleza para Él. Una de las razones dadas para su llamamiento de los doce discípulos era “para que estuviesen con él” (Marcos 3:14). Algunas veces ellos probaron su paciencia. Ellos dormían mientras Él se angustiaba con su Padre (Marcos 14:37), y al final le abandonaron al huir cuando más les necesitaba (Mateo 26:56). No obstante, ellos eran aún sus amigos.
Jesús se arriesgó al reunir alrededor de sí a un grupo de amigos; algunas eran mujeres solteras, como las hermanas de Betania (Lucas 10:38–39). Entre sus discípulos, atrajo a tres de ellos –Pedro, Jacobo y Juan– de una manera especialmente íntima (Lucas 8:51; 9:28), arriesgándose a ser acusado de favoritismo. Sin embargo, a pesar de esos riesgos, y a pesar de las discusiones que surgían algunas veces entre los doce respecto a cuál era el mayor (Lucas 9:46–48), y de la ambición de dos de ellos por tener un lugar especial en su Reino (Marcos 10:35–37), Jesús unió a sus amigos, los unos a los otros, al mismo tiempo que se hizo querer por todos.
Nuestro Señor no sólo tenía una necesidad humana natural de amigos, sino que Él también fue un buen amigo para otros. “Y amigo hay más unido que un hermano” (Proverbios 18:24). Su amor a sus discípulos, su paciente enseñanza, advertencia y corrección pueden verse a lo largo de toda la historia del Evangelio. Al final, ellos declararon que morirían por Él.
Nosotros necesitamos amigos, y en esto también nuestro Señor señala el camino. Él nos muestra cómo ganar amigos dándonos nosotros mismos a ellos. A menudo las personas que dicen no tener amigos no han encontrado la manera de mostrar amistad a otros.


Reacciones maduras

Con todo, este hombre de emociones y sensibilidad naturales nunca fue confundido por situaciones inesperadas o particularmente dolorosas. Sus reacciones eran siempre maduras y caracterizadas por el aplomo, sin importar que fuese rechazado por familiares o amigos, o tener que afrontar preguntas truculentas de sus enemigos, o el beso traicionero cuando fue arrestado.
Jesús no sufrió de depresión porque tenía claro cuál era su identidad; porque tenía una relación bien integrada con su Padre, y tanto con sus amigos como con sus enemigos; y porque tenía un propósito claramente definido para su vida. No se frustró por obtener logros inferiores a los previstos, aunque algunos que se quedan por debajo de sus propias expectativas se consuelen con el aparente fracaso de Jesús. Se entristeció cuando otros le defraudaron, de la misma manera que lo hubiese hecho cualquier otro humano.
Fue sólo en la Cruz, y en su experiencia de separación del Padre, cuando tuvo un sentimiento de vacío y de no ser amado, dando lugar a las palabras del Salmo 22:6: “Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo,” las cuales anticipaban los sufrimientos de Jesús en su crucifixión.
Las emociones reprimidas son peligrosas, pero las emociones naturales son lo que nos hacen humanos. Donald Macleod ha escrito:

“En nuestros días, con frecuencia se espera que los cristianos sean superhombres emocionales; que soporten la pérdida de un ser querido sin estremecerse, asintiendo estoica y fríamente a la voluntad de Dios. El tener temor, o sentirse confundido, o deprimido, es desechado al considerarlo como un fracaso espiritual. Cuán liberador es volverse de toda esa superficialidad incomprensiva y acudir al Hombre; verle llorar y escucharle preguntar: ‘¿Por qué?’ ¡Qué maravilloso saber que Dios nos permite apenarnos, que no nos rechaza cuando no podemos hacer frente a algo, y que nos posee aun cuando estamos deprimidos y aterrados!”

Tal fue tu verdad, y tal fue tu celo,
Tal deferencia a la voluntad de Tu Padre,
Tal amor y humildad tan divina
Yo las transcribiría y las haría mías.
(ISAAC WATTS)

 

Confianza


La confianza no es una característica de Jesús en la que pensemos muy a menudo. De hecho, la noción misma puede suscitar una pregunta en nuestras mentes, en el sentido de si es correcto hablar de su fe. No obstante, un maestro bíblico del siglo XVIII escribió:

“La parte más fragante del sacrificio expiatorio de Cristo fue su confianza inquebrantable en la fidelidad y amor de su Padre.”
(BENGEL)

Si titubeamos para estar de acuerdo con esto, es probablemente porque aún no conseguimos dar pleno valor a lo genuino de la naturaleza humana de nuestro Señor. Cuando nos sobreponemos a nuestro titubeo, descubrimos que Él era perfecto y completo también en esto, y que su fe está demostrada no sólo en la Cruz, sino desde el principio de su vida sobre la Tierra hasta su final.
Deberíamos haber estado preparados para esto por el tono de algunas de las escrituras del Antiguo Testamento que muestran anticipadamente los pensamientos de nuestro Señor (Salmos 16:7–10; Isaías 50:4–9). Una escritura anticipa la conclusión de sus enemigos: “Que se encomiende al SEÑOR” (Salmos 22:8 LBLA; compárese Mateo 27:43). No debemos estar ciegos a lo que sus enemigos vieron claramente. De hecho, éste fue el punto focal del asalto de Satanás cuando nuestro Señor ayunó en el desierto (Mateo 4:1–11):

1. Satanás puso a prueba la confianza de Jesús en la bondad de su Padre, al sugerir que utilizase su poder milagroso para proveerse de comida. Él no tenía “dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20), pero nada le persuadiría a dudar de la provisión de su Padre para Él.
2. Satanás puso a prueba la confianza de Jesús en la protección de su Padre, al sugerir una prueba artificial y temeraria de ello. Su Padre podía enviar doce legiones de ángeles (Mateo 26:53), pero Jesús confió en que el Padre sabía lo que era mejor para Él.
3. Satanás puso a prueba la confianza de Jesús en el propósito de su Padre de darle los reinos del mundo después de la Cruz.
Nuestro Señor no falló las pruebas.

Posiblemente el lugar en el que nuestra confianza en Dios se expresa más claramente es en nuestra vida de oración; así que, repasaremos brevemente las oraciones de nuestro Señor con esto en mente.


Su vida de oración

Nosotros nos mantenemos cerca de las personas en que confiamos para renovar nuestra fortaleza y confianza y nuestra paz mental. Así que no nos sorprende descubrir la mención frecuente de Jesús, buscando un lugar de quietud donde Él pudiese tener comunión con su Padre (Mateo 14:23; Marcos 1:35). Lucas se esfuerza en notar los hábitos de oración del Señor (Lucas 3:21; 5:16; 6:12; 9:18, 28; 11:1). La oración era como el poder vigorizador de Jesús. Él se mantenía cerca de la persona en que podía confiar completamente. Una y otra vez, Jesús declaró su dependencia del Padre para tener sabiduría, la sustancia de su enseñanza, y sus obras de poder (Juan 5:19, 30; 7:16; 8:28; 12:49, 50; 14:10, 24). No puede caber duda de que hay una conexión esencial entre la vida de oración de nuestro Señor y la efectividad de sus palabras y obras.


Oración de compromiso

No se nos da un relato de las palabras de nuestro Señor cuando oró en su bautismo (Lucas 3:21), pero ciertamente, ésta fue la ocasión de su compromiso de entrega al plan acordado con el Padre para nuestra redención. Podemos creer que al darse a sí mismo a la tarea, pidió por la certeza del compromiso de su Padre con Él, y por la capacitación del Espíritu Santo para darle fortaleza y sabiduría para llevarla a cabo. Así, con frecuencia, nuestra falta de fe se manifiesta al no buscar al Señor seriamente al comienzo de cualquier empresa en su nombre.


Oración pidiendo dirección

En este asunto tenemos la tendencia de ir de un extremo a otro. O usamos la oración como una excusa para no pensar, o pensamos como una excusa para no orar. Antes de que Jesús llegase al momento importante de escoger a sus doce discípulos, “fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas 6:12). Podíamos estar tentados a pensar que, puesto que era un hombre de sabiduría y discernimiento, Jesús no necesitaba orar; pero Él confió en que su Padre le daría la sabiduría que necesitaba y pasó la noche expresando esa confianza en oración. Entonces, ¿cómo es que escogió a Judas, el cual al final le traicionaría? Otto Borchert ofrece este útil comentario:

“¿No está Juan tal vez acertado cuando nos dice que Jesús sabía desde el principio quien le traicionaría? (Juan 6:64, 70). Si esto fuese así, entonces podemos entender por qué Jesús pasó la noche en oración antes de escoger a los apóstoles (Lucas 6:12). La hora en que llamó a los doce demandaba de Él un sacrificio inmenso; Él estaba tomando la serpiente en su regazo. ¡Cuán cierto es que para Él la oración significaba sacrificio!”

y no cabe duda de que Juan estaba en lo cierto.


Oración por otros

Se nos habla de ocasiones específicas en las que nuestro Señor oró a su Padre por otros. Él oró por los niños pequeños (Mateo 19:13), por los discípulos cuando estaba próximo a dejarles (Juan 17:9–19), por Pedro (Lucas 22:32), y por aquellos que le crucificaron (Lucas 23:34). Esto no era una mera formalidad; Él oraba por otros porque confiaba en su Padre para intervenir en sus vidas y responder a sus peticiones.
En Juan 17 podemos ver algunas de las peticiones detalladas que Jesús hacía por sus discípulos. El pidió al Padre que los protegiera (v. 11), que les diese gozo (v. 13), que los preservase del poder de Satanás (v. 15), que los santificase (v. 17), y que los uniese (vv. 20, 21).


Oración de gratitud

Nuestra fe en nuestro Padre celestial y su provisión para nuestras necesidades se refleja en oraciones de acción de gracias. Jesús es el ejemplo perfecto para nosotros al dar gracias a su Padre por los panes y el pescado (Lucas 9:16), por la bendición de su Padre sobre la misión evangelística de los discípulos (Lucas 10:17–21), por la atención de su Padre a sus oraciones (Juan 11:41, 42) y por el pan y el vino en la Cena del Señor (Lucas 22:19, 20).


Oración de sumisión

En el huerto de Getsemaní (Mateo 26:36–46; Marcos 14:32–42; Lucas 22:40–46), tenemos posiblemente el relato más vivo de nuestro Señor en oración, en el cual su confianza en el Padre brilla muy vivamente.
Tom Smail, en su libro The Forgotten Father, señala que un padre en aquellos días continuaba siendo el cabeza de familia aun cuando sus hijos se hubieran hecho adultos y cargaran con su parte de responsabilidad. Era el motor y protector de la familia mientras viviese. Este entendimiento de la paternidad del Antiguo Testamento vierte luz sobre la actitud de Jesús cuando oró: “Abba, Padre,” especialmente en la agonía de Getsemaní. Al usar esa expresión, nuestro Señor se estaba sometiendo a la voluntad de su Padre, sin importarle el coste, aun si éste tuviese que ser la vida misma.

“La relación especial y singular de Jesús con su Padre… de ninguna manera implica una exención privilegiada de la obligación de obediencia que la paternidad impone y la filiación acepta. Por el contrario, la obediencia del Hijo único, es una obediencia única, mayor que la requerida de cualquier otro. Como lo expresa el antiguo himno cristiano citado por Pablo en Filipenses: ‘obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!’ (Filipenses 2:8). En su contexto original Abba significa esto, o no significa nada.
“Debemos añadir inmediatamente que el Padre –cuyo derecho a hacer una demanda tal es reconocido y aceptado por su Hijo en Getsemaní– no es un legislador severo que amenaza venganza o un sino inevitable ante el cual no hay más alternativa que ceder. Entender la expresión: ‘no se haga mi voluntad, sino la tuya,’ como una sumisión forzada, es malentenderla completamente. El Padre al que Jesús se dirige en el huerto es el mismo que Él ha conocido toda su vida y al que ha hallado generoso en su provisión, fidedigno en sus promesas y absolutamente fiel en su amor. Puede obedecer la voluntad que le envía a la Cruz con esperanza y expectación, porque es la voluntad de Abba, cuyo amor ha sido probado de tal forma que ahora se puede confiar en Él de manera absoluta, con la más completa obediencia. Esto no es una obediencia legal movida por un mandamiento, sino una respuesta confiada al amor conocido.”

Si es cierto que nosotros podemos hablar con franqueza a las personas en las que confiamos, entonces la petición de nuestro Señor repetida tres veces –“Padre, si quieres, aparta de mí esta copa”– es un acto de fe en el cual Él confiaba que su Padre entendiese. Esto estaba en el molde de muchas oraciones del Antiguo Testamento en las cuales los hombres expresaban sus temores, sus dudas y hasta sus argumentos con Dios (Salmos 13:1–4; 74:1–11; Jeremías 14:19–22; 20:7–10; Habacuc 1:12–2:1).
Sin embargo, aquellos hombres no se quedaban con sus quejas. Mientras oraban, su confianza en el Señor era fortalecida y ellos se hacían más sumisos a su voluntad (Salmos 13:5; 74:12–17; Jeremías 14:22; 20:11–13; Habacuc 3:17–19). Así que, escuchamos las palabras memorables de nuestro Señor: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Tom Smail aplica esto a nosotros de esta manera:

“No obstante, ir por el camino de Cristo y ser conformados a su semejanza es alcanzar esa gloria por medio del sufrimiento, por medio de una participación en su Cruz. Nosotros, en nuestro camino, hemos de llegar adonde Él llegó en su camino; hasta el punto en Getsemaní donde la oración que hacemos no es respondida y ha de convertirse en una oración para hacer su voluntad; a la experiencia del silencio del Cielo tanto como de su respuesta; a la obediencia en darse a sí mismo sin obtener un éxito obvio sino el hundimiento en un fracaso aparente; al lugar donde damos testimonio fiel y nadie hace caso.”

La oración de nuestro Señor en Getsemaní fue natural y tenía todos los motivos y emociones naturales. Yo encuentro esto desafiante y al mismo tiempo alentador.

“Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (Hebreos 5:7).


Oración en la aflicción

En la Cruz, en medio del sufrimiento más agudo, Jesús oró: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Cuando estamos inmersos en problemas o angustias somos tentados a quejarnos con amargura, y a menudo descuidamos la oración. Nuestra fe parece evaporarse en el calor del sufrimiento. Estas palabras de Jesús prueban al menos una cosa: Dios es aún “Dios mío”. La cuestión es genuina y surge de un sentido real de abandono, pero, con todo, es el clamor de la fe. El desafío final a la fe es el momento de la muerte. Qué emocionante que nuestro Maestro corone su vida perfecta de fe con simple confianza: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lucas 23:46). La queja es seguida por el acto de confianza en su Padre.
Su confianza perfecta en su Padre cubre nuestra falta de fe. Y su confianza perfecta es nuestro ejemplo. Él nos dice:

“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir… pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6:25–32).

“Es en la relación viva de nuestro Señor con Dios donde se revela el valor de su pensamiento. Él vivió por una confianza constante en su Padre que prestaba aplomo y serenidad a su espíritu en todas las circunstancias. Ni la oscuridad, ni la tempestad, ni la soledad, ni la enemistad, ni la clara certidumbre de la muerte, le hicieron temer; no mostró la menor ansiedad acerca de sus propias necesidades, o del resultado de su trabajo. La noche en que fue traicionado habló con calma de la reunión en el Reino del Padre; y en la Cruz, en el momento de mayor oscuridad aún dijo: ‘Dios mío, Dios mío…’ Su fe nunca flaqueó.”
(R.E.O. WHITE)


Contentamiento

La confianza de nuestro Señor también se reflejó en su contentamiento. Él no tenía hogar ni recursos humanos y, con todo, no mostró envidia de otros, ni celos ni amargura. En Él no había una ambición intranquila ni una insatisfacción dubitativa. Todo esto surgió de su confianza en su Padre, que era como la de un niño.
Aquí está la semejanza a Cristo; la completa confianza en nuestro Padre celestial; una vida de oración, compromiso, intercesión, gratitud, sumisión y contentamiento, todo ello porque confiamos en Él.

¿Por qué necesitaba orar quien tenía por derecho filial
Sobre todo el mundo, tanto en pensamiento como en sentido,
La plenitud de la omnipotencia de su Padre?
¿Por qué pedir en oración lo que era suyo por poder?

Vana es la pregunta; Cristo era un hombre necesitado,
Y siendo hombre, su deber era orar.
El Hijo de Dios confesó la humana necesidad,
Y sin duda pidió una bendición cada día.
No cesa aún de suplicar por los pecadores,
No hasta que el Cielo y la Tierra hayan de pasar.
(HARTLEY COLERIDGE)

 

Pureza


La pureza es mucho mayor que la moralidad. Incluye muchas de las cualidades que consideramos en otras partes de este libro, tales como la separación del mal, la humildad, el amor, la integridad y los motivos correctos. Sin embargo, aquí necesitamos concentrarnos en aquellas cosas que, desgraciadamente, fluyen a la mente en estos días inmediatamente cuando hablamos de alguien como puro, es decir, una vida sexual inmaculada. Debemos tratar tales asuntos en relación con la vida de Jesús con la mayor reverencia y delicadeza, pero el clima moral actual nos prohíbe alejarnos asustados de ellos. Puesto que para nosotros es imposible conocer los pensamientos y los deseos secretos de otra persona, sólo podemos ser guiados por lo que la Escritura dice de Jesús, lo que otros dijeron de Él, su propia enseñanza y su conducta en relación a otros hombres y mujeres.


Declaraciones de la Escritura

Las Escrituras del Antiguo Testamento hablan del Mesías venidero como justo (Isaías 9:7; Jeremías 23:6); aunque esto es más amplio que la pureza moral, ciertamente la incluye.
Jesús tenía unos treinta años cuando el Padre declaró que se agradaba de su Hijo (Lucas 3:22). De nuevo, esto cubre mucho más que los estrechos límites de la moralidad de Jesús, pero al mismo tiempo nos asegura que el Padre no encontró falta en Jesús en este ámbito durante su infancia, su juventud y su temprana madurez.
Muy poco después de la muerte de Jesús, y cuando todas las memorias de su vida estaban aún frescas, Pedro declaró públicamente: “negasteis al Santo y al Justo” (Hechos 3:14). Él pudo hacer esta declaración osadamente y sin temor a ser contradicho. Toda la vida de nuestro Señor, sus palabras y su conducta, podían soportar de igual manera el escrutinio de sus amigos y de sus enemigos.
De nuevo, cuando en Hebreos 7:26 leemos que Jesús era “santo, inocente, sin mancha”, no podemos equivocarnos al pensar que unos términos tan amplios incluyen el hecho de que en los asuntos sexuales nuestro Señor fue inmaculado.
Las Escrituras afirman con frecuencia la impecabilidad de nuestro Señor (2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:22; 1 Juan 3:5). La Biblia también nos muestra que Jesús resistió toda tentación que se le presentó (Mateo 4:11; 16:23; Lucas 22:44; Hebreos 4:15). Esas tentaciones fueron reales y eran iguales a las que asaltan a cualquier otro ser humano.


Lo que otros dijeron

Vale la pena notar que la vida de Jesús le recordaba a la gente de alrededor a hombres cuyas vidas estaban por encima de cualquier reproche: Juan el Bautista, Elías y Jeremías (Mateo 16:13, 14). También los mismos demonios rindieron tributo a Jesús como “el Santo de Dios” (Marcos 1:24).


La enseñanza de Jesús

Jesús fue intransigente en su enseñanza acerca de la vida moral (Mateo 5:27–30; 19:1–10). No tubo reparos en incluir el adulterio y la inmoralidad sexual entre las cosas que hacen a una persona impura (Mateo 15:19). No obstante, Jesús no permitió que las personas pensasen meramente en términos de conducta externa. Las palabras de Mateo 5:27, 28 debieron haber sorprendido a aquellos que las oyeron por primera vez:

“Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.”

Jesús se estaba dirigiendo a sus discípulos varones. Está claramente en armonía con esta enseñanza el decir que cualquier mujer que mira a un hombre con pensamientos lujuriosos ya ha cometido un pecado atroz.


Su conducta

Desafortunadamente, sin embargo, los predicadores no siempre viven a la altura de su enseñanza, así que es correcto preguntar si el corazón de Jesús era tan puro como su enseñanza demandaba. Consideraremos la manera en que Jesús vivió su enseñanza en el siguiente capítulo, pero en este punto, podemos decir que todo lo que sabemos acerca de su integridad nos asegura que no era un hipócrita. Él nunca podría haber sido tan escrutador de los corazones en su enseñanza si su conciencia le hubiese traicionado. Consideraremos la acusación que algunos han hecho de una relación inmoral entre nuestro Señor y sus amigas en el apéndice.
Estos son días difíciles para mantener nuestras mentes puras y nuestra conducta limpia. Esta es la razón por que Pablo nos dice que concentremos nuestros pensamientos en:

“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8);

lo cual puede hacerse mejor insistiendo mucho y profundamente en la pureza de Jesús en sus pensamientos, palabras y obras.

Más pureza dame, más fuerza para vencer;
Más libertad de las manchas terrenales, más anhelo por el hogar;
Más apto para el Reino, más usado seré;
Más bendito y santo, más, Salvador, como tú.
(PHILIPP BLISS)

 

Integridad


Uno de los mayores problemas que tenemos que vencer es la hipocresía, que es una marca sobresaliente de nuestra naturaleza humana caída. Nos parece imposible ser de corazón lo que aparentamos ser a los demás. Los políticos y los comediantes comercian con su imagen pública. No quieren que conozcamos la verdad sobre ellos y, cuando se descubre algún detalle deshonroso o impropio acerca de ellos, los medios de comunicación se aseguran de que el mundo entero lo sepa. Jesús dijo de los líderes religiosos de su día: “porque dicen, y no hacen” (“no practican lo que predican”) (Mateo 23:3), y hay un elemento de esta inconsecuencia aun en las mejores personas, en mayor o menor grado.
No obstante, Jesucristo era diferente. Su integridad perfecta era uno de los aspectos más notables de su vida santa. Él vivía lo que enseñaba. A diferencia de otros, no tenía que modificar su conducta, ya fuese por temor (Juan 7:13), o por un deseo de alabanza de la gente (Juan 12:43).
Durante nuestros memorables días en Suffolk, mi esposa Muriel y yo nos dimos cuenta de que la alabanza máxima de las personas era: “siempre es el mismo,” “siempre es la misma”. Tal vez la expresión se usa también en otras partes del país para significar que una persona así no modifica su estilo de vida, lenguaje u opiniones para adaptarse a quienes le rodean. Jesús fue “siempre el mismo” ya fuese en el hogar o en la sinagoga, en el mercado o a solas, con amigos o entre sus enemigos.
Se ha dicho de alguien: “Este hombre irá lejos; cree cada palabra que dice.” Podemos examinar cada detalle de la enseñanza de Jesús y verlo exhibido perfectamente en su vida. Esto no le resultaba forzado; le era perfectamente natural. Nadie le dijo jamás: “Lo que estás haciendo no concuerda con lo que enseñas.” Jesús mismo nunca tuvo que decir: “No debí haber dicho eso,” o: “No debía haber hecho eso”. Su vida era buena, íntegra y sana.
Podemos probar la integridad de Jesús considerando el Sermón del Monte, en que sentó las normas de la vida cristiana en considerable detalle. Por ejemplo, ¿vivió Él la calidad de vida que describió en lo que llamamos las Bienaventuranzas? (Mateo 5:3–12). La respuesta ha de ser que allí tenemos un estudio del carácter del hombre que pronunció esas palabras. El presente libro pudo haber sido escrito fácilmente sobre la base de esos versículos.
Por ejemplo, Jesús no lloró por su propio pecado, porque no tenía ninguno, pero ciertamente se lamentó por el pecado mismo y sus efectos en la vida humana. Él fue capaz de hablar sin orgullo de su propia humildad (Mateo 11:28), y a menudo otros hablaron de esta cualidad (2 Corintios 10:1). No tuvo hambre de justicia a la manera en que nosotros anhelamos la victoria sobre el pecado, pero pudo decir: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Jesús vino al mundo precisamente con este propósito, para mostrar misericordia a quienes no la merecían y para hacer un camino de paz con Dios para los pecadores. No podemos pensar en Jesús regocijándose en medio de sus sufrimientos en la Cruz, porque allí Él soportó la ira de Dios en nuestro lugar. Sin embargo, de manera asombrosa, habló de su gozo a pocas horas de su muerte (Juan 15:11), dio gracias por el pan y el vino que hablaban de sus sufrimientos (Mateo 26:27), y leemos de Él: “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2).
Jesús fue el ejemplo perfecto de la “sal de la tierra” y de la “luz del mundo” (Mateo 5:13–16). Su vida refrenó la propagación de la corrupción en el mundo y penetró en la oscuridad de ese mundo con la verdad y el amor.
Además, Jesús cumplió perfectamente la Ley de Dios en su vida de obediencia (Mateo 5:17–20). Nunca le vemos perder la paciencia con personas concretas a causa de una ofensa personal (Mateo 5:21–26). Ciertamente Él se airó contra la hipocresía y la injusticia (Mateo 23:13–36), pero su ira era siempre en defensa de otros, de la verdad y de la gloria de Dios.
Hemos considerado la pureza de nuestro Señor en el capítulo 17 (Mateo 5:27–32). Baste decir aquí que Él siempre trató a las mujeres como personas y no como objetos sexuales; siempre les dio un respeto total.
Podría parecer que Jesús contradijo su enseñanza acerca de los juramentos (Mateo 5:33–37), en su uso del “de cierto, de cierto,” “os digo la verdad,” como por ejemplo en Juan 10:1. No obstante, al usar esta expresión, Jesús estaba dando una ilustración clara de su significado en Mateo 5. Él estaba haciendo afirmaciones positivas sin matizaciones o ambigüedad, y su propia integridad era suficiente para que sus palabras llevasen consigo convencimiento. Se podría citar toda la vida de Jesucristo para mostrar cómo vivió a la altura de su enseñanza: “no resistáis al que es malo” y “amad a vuestros enemigos” (Mateo 5:38–48).
Jesús anduvo haciendo lo bueno, pero en ningún momento hizo ostentación de su bondad de tal manera que fuese honrado por los hombres por lo que hacía (Mateo 6:1–4). Tuvo un cuidado genuino de aquellos que estaban necesitados, y su bondad era enteramente para el beneficio de ellos y no para su propia alabanza.
Una y otra vez, Jesús se fue a un lugar apartado para orar, pero nunca leemos que haya elevado largas oraciones en público (Mateo 6:5–15). Oró a su Padre en todo tipo de ocasiones, por toda clase de razones, de la misma manera que enseñó a otros a hacerlo (Lucas 18:1–8).
Todo lo que Jesús hizo estaba dirigido a agradar a su Padre, no a impresionar a la gente. Él tenía un solo Señor y su lealtad nunca estuvo dividida (Mateo 6:16–24). Confiaba en su Padre implícitamente y de esa manera fue el ejemplo perfecto de su enseñanza en Mateo 6:25–34. Sus juicios de otros estaban totalmente exentos de prejuicios (Mateo 7:1–6). Él anduvo el camino estrecho de la confianza, la pureza y la verdad (Mateo 7:7–29).
Nuestro Señor nos exhortó a perdonar a los demás y a servirles con humildad (Marcos 11:25, 26; Lucas 17:1–4), y en estas virtudes, como en todas las demás partes de su enseñanza, nos ha dado el ejemplo perfecto.
Puede que nuestras inconsecuencias no aparezcan en la superficie de nuestras vidas, pero es cuando las personas se acercan más a nosotros, cuando las grietas comienzan a aparecer y, cuanto más conocen de nosotros, esas grietas se convierten en simas abismales. Esto es lo que prueba la realidad del amor entre un esposo y una esposa y entre los miembros de una iglesia. Sin embargo, al examinar la vida de Jesús de una manera tan cercana, llegamos a quedar completamente convencidos de su integridad. Sus discípulos tuvieron la mejor oportunidad de hacer el mejor examen posible de la vida de Jesús. Más tarde, habiendo reflexionado, uno de ellos, declaró: “y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

“Si seguimos a Jesús por las calles donde caminó entre los hombres, nos tropezaremos con la veracidad y el candor que exhibió constantemente. Siempre era Él mismo, sin pose ni fingimiento. No tenía amor por los dichos oscuros, todo en torno a Él era sencillo y natural. Es cierto que había una dignidad mayestática en su sinceridad y candor; este hombre se atrevió a alejar de Él todos los medios deshonrosos para un fin. Él no conoció nada de lo que nosotros llamamos oportunismo. Aun si por momentos pudiera parecer que un camino torcido pudiera ayudarle, Él siempre tomó el camino que iba en línea recta hacia delante.”
(OTTO BORCHERT)

Haznos ser lo que profesamos ser,
Que la oración sea oración, y la alabanza, alabanza desde el corazón;
De la irrealidad, oh, líbranos,
Y que nuestras palabras reciban el eco de nuestros caminos.
(HENRY TWELLS)

 

Simetría perfecta


Al considerar el carácter de nuestro Señor, podemos ser tentados a pensar que todos los aspectos de ese carácter están perfectamente equilibrados. En un sentido eso sería correcto. No obstante, todo depende de lo que nosotros queramos decir por “equilibrados”. Una casita con una puerta en medio de su fachada y dos ventanas de igual tamaño a cada lado de la puerta está bien equilibrada, pero no es muy interesante que digamos. No debemos pensar en las perfecciones de Jesús como si Él tuviese una cantidad igual de amor por un lado y severidad por el otro, o una cantidad igual de tristeza y gozo; o una cantidad igual de paciencia y urgencia. Hemos de pensar más bien en simetría. Esto significa que las proporciones de cada parte son tales que no ofenden a la vista. El edificio no es desigual ni es más pesado arriba que abajo, sino que cada parte tiene la medida correcta y está en el lugar adecuado y es del color apropiado. El todo concuerda con sus alrededores dando placer al conjunto.
Los diferentes aspectos del carácter de nuestro Señor están en perfecta simetría. El pecado destruye la armonía de la personalidad humana de tal manera que podemos decir que una persona es extravertida, otra es introvertida, una es inactiva y otra es dinámica. Parte de la obra de la santificación es corregir nuestros extremos y vencer nuestras debilidades. Esto significa que hemos de llegar a ser más como Jesucristo. En el momento en que nos especializamos en una de las cualidades de nuestro Señor a expensas del resto, distorsionamos la imagen. Cuando decimos que Él es una cosa, inmediatamente hemos de añadir: “Oh, sí, pero también es otra.”

“Puedes haber visto conjeturas respecto a lo que llaman el temperamento de nuestro Señor. Ya fuera del tipo predominantemente optimista, o del colérico, o del melancólico… Después de haber leído todo y pensado todo sobre este asunto, volvemos a caer en esto: el cuerpo y el alma de nuestro Señor deben de haber sido los mejor compuestos y los mejor equilibrados; Él debe de haber tenido el mejor temperamento que haya poseído jamás cualquiera de los hijos de los hombres.”
(ALEXANDER WHYTE)

“No tiene sentido buscar algún temperamento particular en Jesús. Nunca tendremos éxito poniendo etiquetas a sus dones espirituales como estamos acostumbrados a hacer con otros. Al recordar la purificación del Templo los hombres le han tildado de colérico. Y con la misma facilidad podía ser denominado flemático cuando pensamos en cómo dormía durante la tormenta y cuando guardó silencio ante sus jueces. Se dice que fue optimista, permitiendo que la multitud le rindiese un homenaje jubiloso; e inmediatamente después le encontramos llorando (Lucas 19:37–41). De la misma manera, podríamos pensar en Él como de un melancólico incorregible, puesto que la unción de María le hace pensar en su sepultura (Juan 12:7), o porque pronunciase sus parábolas sólo para que la gente no las pudiese entender (Marcos 4:11, 12). No, ese tipo de definiciones actuales de las disposiciones naturales no bastan aquí.”
(OTTO BORCHERT)

Lo que hemos hecho en este libro hasta ahora ha sido un intento de analizar el carácter de Jesús. Sin embargo, una exploración de esta simetría nos llevará a una especie de síntesis de muchas cosas que hemos visto de Él. Otra palabra que podríamos usar para describir esto es “aplomo”: nunca hubo desequilibrio en Él. Muchos escritores han admirado este equilibrio, simetría, aplomo de Jesús. Por ejemplo:

“Si deseáramos representar la constitución psíquica de Jesús de una manera correcta, hay una cosa por encima de todas las demás sobre la que debemos poner nuestro dedo; vemos en esta alma un choque extraordinario de contrastes. Este Jesús es franco y comunicativo; lamenta su necesidad; no esconde su temor, y da expresión vivida a su gozo; no hay nada taciturno o reservado en torno a Él. Y luego, otra vez, es el recluido, el hombre que camina solo, velando durante toda la larga noche por sí mismo; puede poseer lo mejor y guardarlo en su propio pecho, diciendo a sus discípulos aun al final: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12). Este Jesús es tan singularmente lúcido y sereno, tan curiosamente sosegado y dueño de sí mismo; y luego, otra vez, se conmueve de tal manera que parece como si su reserva hubiese sido atravesada, como si su equilibrio interno fuese perturbado. Él es manso, pero también tan intensamente serio; su carácter es heroico y, con todo, está lleno de ternura. Todas sus palabras son maravillosamente profundas, y al mismo tiempo tan transparentemente claras. Su ocupación es la conquista del mundo y, con todo, puede hablar a una mujer normal y corriente de una manera tan penetrante que uno podría casi pensar que la salvación del alma de ella era su única ocupación” (Juan 4:5–17).
(OTTO BORCHERT)

Podemos ver esta maravilla de la simetría de nuestro Señor desde el ángulo de sus relaciones. Las relaciones de Jesús siempre fueron lo que debieron ser. Él armonizaba con su Padre, fue honorable con su familia, paciente y cariñoso con sus amigos y cortés, pero franco, con sus enemigos. Estaba en paz consigo mismo y nunca estaba “de mal humor”, incomodado o descontento por las personas o los eventos. No extraña que todo tipo de personas fuesen atraídas a Él, como vemos en la variedad de temperamentos entre sus doce discípulos. Y esto es tan cierto hoy como lo fue entonces.
Jesús enseñó que el mandamiento más importante es: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas,” y el segundo más importante es: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:28–31). Él mismo exhibió ese orden de prioridades hasta la perfección.
Jesús fue perfecto también en su actitud a la vida misma. Él era sensible a su brevedad y sufrimiento pero nunca se irritó por el trato que le dio la vida. Pasó mucho tiempo aliviando los ‘sufrimientos de otros y defendiendo a las víctimas de la injusticia, pero aceptó sus propias experiencias como la voluntad del Padre para Él, para ser usadas para el avance de su causa.
También vemos esta personalidad “equilibrada” reflejada en sus métodos de enseñanza y testimonio a otros. Su enfoque variaba y estaba siempre perfectamente adaptado a la situación y a las personas a quienes habló. Algunas veces hacía preguntas; otras veces contaba historias, mientras que a menudo hacía una alocución directa. Su manera de tratar a la mujer de Samaría en Juan 4:1–26 está en completo contraste con su proceder con el joven rico (Marcos 10:17–22), y su respuesta a Nicodemo fue diferente de esas otras.

“…su perfección moral descansa en el singular equilibrio de virtudes opuestas. Es la presencia en un alma de cualidades aparentemente contradictorias lo que da a su carácter su plenitud; es la perfecta armonía de las mismas lo que da a si vida completa ese aplomo que es la perfección de la fortaleza. La fortaleza de mente y voluntad están muy raramente unidas a la amabilidad; la amabilidad y la compasión no siempre consiguen preservar los más altos niveles de justicia y pureza; y de nuevo, la justicia y la pureza raramente mantienen su tolerancia y buena voluntad, especialmente hacia el injusto y el impuro. Parece suficiente si pudiésemos sobresalir en una virtud o la otra; Jesús revela la cima de cada una en un carácter simétrico. Este es en parte el significado de aquella gran frase de Pablo acerca de ‘la estatura de la plenitud de Cristo’ (Efesios 4:13). Y en este respecto una vez más el ideal del parecido con Cristo se eleva muy alto por encima de nuestros logros, reprendiendo nuestra complacencia, y empequeñeciendo nuestra demasiado baja aspiración con el retrato de un maestro.”
(R.E.O WHITE)

En Jesucristo había una mezcla perfecta de gozo y seriedad, de majestad y humildad, de sabiduría y sencillez, de dependencia y certidumbre.
Esto nos lleva al final de nuestro intento de pintar un cuadro verbal del carácter humano perfecto de Jesús, la imagen que todos los creyentes llevarán un día, la semejanza hacia la cual debemos esforzarnos. Los eventos de la vida de nuestro Señor son importantes, pero no tienen significado aparte de su carácter inmaculado. Las biografías a menudo favorecen a su sujeto. A nosotros nos ha sido imposible hacer tal cosa; los hechos hablan por sí mismos. Nuestro único peligro ha sido distorsionar la imagen y detraer de su hermosura.

“¿Quién puede encontrar en su vida una simple carencia, un simple fracaso para presentarnos un ejemplo perfecto? ¿En qué dificultad de la vida, en qué prueba, en qué peligro o incertidumbre dejamos de encontrar el ejemplo que necesitamos cuando volvemos nuestros ojos a Él? Y si tal vez, por la gracia de Dios, se nos permite caminar con Él un solo paso en el camino, cómo arden nuestros corazones dentro de nosotros anhelando estar siempre con Él, para ser fortalecidos por el todopoderoso poder de Dios en el hombre interior, para hacer de cada huella que Él ha dejado en el mundo una piedra sobre la que pisar para ascender escalando sobre su sendero divino. ¿No estamos en lo cierto al decir que, junto a nuestro deseo de estar en Cristo, está nuestro anhelo correspondiente a ser como Cristo; que en nuestros corazones después del gran acto de obediencia hasta la muerte por la cual Él llegó a ser nuestro Salvador, sólo está su vida santa en nuestro mundo de pecado por el cual Él llega a ser nuestro ejemplo?”
(B.B. WARFIELD)

Propicio Señor Jesús, gobernador de toda la naturaleza,
¡Hijo de Dios e Hijo del Hombre!
A ti amaré, a ti honraré,
A ti, gloria, gozo y corona de mi alma.
Hermoso es el amanecer, hermosa la luz de la Luna,
Y todas las huestes de estrellas rutilantes:
Jesús brilla con más intensidad, Jesús brilla con más pureza
Que todos los ángeles de los que el Cielo se jacta
(Del alemán, 1677)

 

¿Importa?


Si no fijamos nuestros ojos en el carácter perfecto de Jesucristo, es probablemente porque nunca hemos visto su hermosura. Imagina a alguien que una tarde ve una gloriosa puesta de Sol y no quiere volver a ver una cosa igual: “Oh, sí, ya he visto una; son bonitas, ¿verdad?” Con toda seguridad, habiendo visto una vez una puesta de Sol así, uno no puede esperar a la siguiente oportunidad. Se la contamos a otros, la describimos y la saboreamos. Si nunca hemos visto una puesta de Sol pero alguien nos la ha descrito, estamos ansiosos por tener la misma experiencia por nosotros mismos, y no sólo una, sino una y otra vez. Aun si las puestas de Sol fuesen siempre exactamente iguales, no nos cansaríamos de verlas, pero siempre hay variaciones de color y formas que disfrutar. ¿Por qué grabamos con el vídeo nuestros programas favoritos? Cuando los reproducimos serán exactamente iguales que cuando los vimos la primera vez; no obstante, queremos verlos otra vez.
No obstante, con la hermosura de Jesús siempre hay algo nuevo, un nuevo aspecto de su perfección que admirar. Aquellos que han vislumbrado “la hermosura de Jesús” querrán “volver sus ojos a Él” tan a menudo como puedan. Si alguien pensara: “No puedo ver a qué viene tanto alboroto,” eso diría más acerca de esa persona que acerca de Jesús. Tal persona tiene necesidad de visión espiritual, o al menos necesita mirar más de cerca la vida de Jesús. Algunas personas no regeneradas han admirado a Jesús de Nazaret, aun cuando no hayan entendido correctamente lo que han visto.
Entonces, ¿cuál es la interpretación correcta del carácter perfecto de Jesucristo? ¿Qué impacto debería tener sobre nosotros la observación de su hermosura más allá de una admiración genuina? Las respuestas a esas preguntas nos llevan al meollo de la fe y la experiencia cristianas.


La perfección de Jesús debería convencernos de la verdad del cristianismo

Uno de los argumentos más expresivos en favor de la verdad del cristianismo es el hecho asombroso de que sólo un hombre, en toda la historia de la raza humana, ha vivido una vida absolutamente perfecta. Una perfección tal no podría surgir de manera natural de una raza universalmente pecaminosa sin una sola excepción aparte de Jesucristo mismo. Debe de haber alguna explicación para esta maravilla, y la que da la Escritura debería demandar nuestra más seria consideración; esto es, que Jesús era Dios en carne humana.
Esto debería convencernos también de que el cristianismo es válido para cualquier cultura y nación. Puesto que Él era único, pertenece a todos, y tiene el derecho a llamar a todos los pueblos a que le sigan.
Un hombre así no podía haber sido inventado; cualquiera que lo hubiese hecho compartiría su perfección. La vida de Jesucristo se autentica a sí misma.


La perfección de Jesús nos debería hacer comprender nuestra imperfección

Muchas personas han presentado la vida de Jesús a otros, sugiriendo que aquí hay un ejemplo de lo que todos nosotros podemos hacer si lo intentamos. Este punto de vista no comprende en absoluto por qué Dios envió a su Hijo al mundo. La perfección de Jesús tiene la intención de mostrarnos lo que no somos y cuán fútil es cualquier intento de seguir a Jesús sobre la base de los recursos humanos. Más que animarnos a ver lo que podemos hacer, la vida de Cristo nos condena. Debería convencernos de que estamos bajo la ira de Dios (Romanos 3:9–23).
En el relato de la vida de Jesús en el Nuevo Testamento, el pecado se marchitó en su santa presencia. La respuesta de Pedro a la pesca milagrosa registrada en Lucas 5:8 fue: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” Esta exhibición del poder del Señor, hizo sentir a Pedro no sólo su debilidad sino también su pecaminosidad. Zaqueo fue compelido a renunciar a su deshonestidad (Lucas 19:1–10), y los fariseos no pudieron permanecer en la presencia del desafío de nuestro Señor a sus vidas personales (Juan 8:1–11).
En Romanos 3:23 tenemos las conocidas palabras de Pablo: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” El contexto de esas palabras muestra que no pueden significar que somos medidos por el poder milagroso y la sabiduría de Dios. Lo que ciertamente significan es que la gloria del carácter de Dios se revela en Jesucristo, y nuestros mejores esfuerzos por ser bondadosos se quedan muy lejos de ese ejemplo. Jesucristo obedeció perfectamente la Ley de Dios. Vemos en su vida una adhesión completa tanto a la letra como al espíritu de la Ley. Podemos no estar dispuestos a admitir nuestra pecaminosidad cuando somos confrontados con los Diez Mandamientos (1 Juan 3:4); pero cuando vemos la Ley de Dios ejemplificada perfectamente en Jesucristo, nos quedamos sin ninguna excusa.
Si vemos el carácter de Jesús, como algo que podemos alcanzar por nuestros propios esfuerzos, sólo hemos captado una visión muy limitada de ese carácter. Necesitamos echarle una mirada larga y profunda. Cuando lo hagamos, desesperaremos de nuestros débiles esfuerzos y nos veremos como aquellos que han caído de la justicia original de Adán y, por tanto, necesitados del perdón de Dios, y la gracia que cambia vidas.


Necesitamos ser cubiertos por la misma perfección que nos condena

A pesar del hecho de que la vida perfecta de Jesús nos convence de nuestra propia imperfección, deberíamos estar muy contentos de ella. Para empezar, sin ella no seríamos conscientes de nuestra necesidad espiritual. Estaríamos como personas expuestas a un gran peligro pero sin ser conscientes de ello; tales personas están muy agradecidas a quien les convence del peligro en que están.
Sin embargo, más que eso, los cristianos no deberían cesar nunca de dar gracias a Dios por el carácter perfecto de Jesús, porque por Él somos rescatados “de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:10). La perfección de Jesús es esencial para nuestra salvación por dos razones. Una es que, sin ella, su ofrenda de sí mismo como sustituto por nosotros hubiese sido totalmente inaceptable para Dios. Su ofrenda tenía que ser “como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19); sólo así sería aceptable. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). Que nuestro corazón y mente salten en adoración y acción de gracias por la impecabilidad de Jesús; la aceptación de su sacrificio en favor nuestro dependía de ello.

No había otro suficientemente bueno
Para pagar el precio del pecado;
Solo Él pudo abrir la puerta
Del Cielo y dejarnos entrar.
(SRA. C.F. ALEXANDER)

Esta es la razón por que el mensaje cristiano a las personas no regeneradas nunca debe quedarse en el ejemplo de Jesús. No somos salvos por seguir su ejemplo, sino al ser devastados por ese ejemplo y llevados a la Cruz como la respuesta a la pecaminosidad que la perfección de Jesús desenmascara.
La segunda razón por la que el carácter perfecto de Jesús es importante para nuestra salvación es que aquellos que confían en Cristo son cubiertos por la misma perfección. Nuestro endeudamiento completo a la obediencia perfecta de Jesucristo es claro por la afirmación de Pablo:

“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).

En Romanos 10:4 Pablo también dice: “porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.” Su significado es éste: la meta y objetivo de la Ley era la perfección; Jesucristo ha logrado esa meta, y todos los que creen en Él participan del beneficio de esa perfección porque les es acreditada a ellos.
La sumisión total de Jesús a la voluntad del Padre es esencial para nuestra salvación. Todos nosotros somos pecadores, y “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Jesucristo no sólo pagó por nosotros la pena por nuestra desobediencia, sino que su obediencia perfecta permanece delante de la presencia de Dios en favor nuestro, y así nosotros podemos cantar con Augustus M. Toplady:

Los terrores de la Ley y de Dios
Conmigo no tienen nada que ver;
La obediencia y la sangre de mi Salvador
Esconden todas mis transgresiones.

Jesús es “el SEÑOR, justicia nuestra” (Jeremías 23:6 LBLA). Nuestros pecados, su culpa y su castigo fueron cargados sobre Él, y ahora estamos vestidos de su justicia (Zacarías 3:1–5; Mateo 22:1–14). Vestidos con su justicia, podemos entrar en la presencia de Dios sin temor de ser rechazados. Dios nos ve en Cristo. Bien podemos cantar:

Jesús, tu sangre y tu justicia
mi hermosura son, mi glorioso vestido;
en medio de mundos llameantes, ataviado en ellos
con gozo levantaré mi cabeza.
¡Esta vestidura sin mancha aparece igual
cuando la arruinada naturaleza se hunde con los años!
Ninguna edad puede cambiar su glorioso matiz;
la vestidura de Cristo es siempre nueva.
(NICHOLAUS L. VON ZINZENDORF)

Este retrato de Jesús ha de ser admirado pero, más que eso, debe ser objeto de nuestra fe; sin Él, no hay salvación. Deberíamos leer los Evangelios con aliento entrecortado, ya que vemos a Jesús en toda situación concebible que podría hacernos caer. Nuestra salvación pende de su victoria en cada instante. Bendícelo por su triunfo total sobre el mundo, la carne y el mal.


La semejanza con Jesús es el gran objetivo de la obra de Cristo por nosotros y la obra de gracia del Espíritu dentro de nosotros

¿Por qué murió Jesucristo por nosotros? Podríamos responder correctamente: Para salvarnos de la ira venidera de tal manera que ninguno de nosotros “se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). La eternidad será demasiado corta para agotar nuestra gratitud por una salvación así. No obstante, también podemos decir que el gran objetivo de la obra de Dios en Cristo por nosotros fue preparar el camino para la obra del Espíritu dentro de nosotros; y el resultado final de esa obra es transformarnos en la imagen del amado Hijo de Dios. Este objetivo está claramente afirmado:

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29).

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).

“Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:49).

“Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:2–3).

Además, vemos el mismo objetivo implícito en las diferentes descripciones que la Escritura da de la obra del Espíritu en nosotros y sus efectos. Por ejemplo, se dice que somos nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5:17, 18; Efesios 2:10). Esta nueva creación es restaurar la imagen de Dios en nosotros, la cual ha sido desfigurada por el pecado (Génesis 1:27; Efesios 4:23, 24; Colosenses 3:10); ello implica que la meta de nuestra salvación es la semejanza a Jesús.
Nuestra salvación también es descrita en términos de regeneración o “nuevo nacimiento”. Somos hechos hijos de Dios (Juan 1:12, 13) y participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4). Hemos de crecer por medio de la comida espiritual. Hemos de llevar los rasgos de la familia:

“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 4:31–5:2).

“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:7, 8; véase también Mateo 5:44–48; 6:32, 33).

También somos llamados a ser discípulos de Jesucristo. Su llamada: “Sígueme” es una llamada a prestar atención a su enseñanza y a observar cuidadosamente su modo de vida con el propósito de llegar a ser como Él.


La semejanza con Cristo es esencial para que la vida de la iglesia sea saludable

En Filipenses 2:1–15 Pablo describe cómo debe ser la vida de la iglesia. Este capítulo es famoso por su gran afirmación acerca de la gloria de Jesucristo, su venida como hombre, su muerte, su resurrección y su ascensión al más alto lugar del universo (vv. 6–11). Se puede entender que seamos tentados a fijar nuestra atención en estos versículos, pero la pregunta que nos debemos hacer es: ¿Por qué están allí?
La respuesta es que se espera que descubramos en ellos el “sentir” de Cristo (v. 5), sus actitudes hacia sí mismo y hacia los demás. Se nos dirige a lo que Él hizo para que podamos discernir por qué lo hizo. Hemos de contemplar su modestia, su autohumillación, su autoentrega, y resignación, y ésta ha de ser nuestra actitud hacia nosotros mismos en nuestra relación con los demás miembros de iglesia. Si esto es así, entonces la queja y la discusión se habrán desvanecido y la unidad prevalecerá en la iglesia. No nos asombra que Pablo diga que estas cosas han de llevarse a cabo “con temor y temblor”. Tampoco nos maravilla que necesitemos que sea el Espíritu Santo quien nos capacite para que deseemos ser ese tipo de personas, y darnos gracia para ser ese tipo de personas (vv. 12–13).


La semejanza con Jesús es vital para nuestro testimonio a los incrédulos

Las palabras clásicas de Jesús dejan esto claro para todos los cristianos de todos los tiempos:

“Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34, 35).

Y el ejemplo de los apóstoles desafió a quienes se les opusieron:

“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).

Estoy seguro de que una razón por la que, en nuestros días, nuestro impacto en las personas es tan pequeño, es que desfiguramos a Jesús, cuyo nombre llevamos. Muy a menudo nuestras vidas son una caricatura de la suya. En el capítulo 2 de su comentario sobre Filipenses capítulos 1 y 2, el Dr. D. Martyn Lloyd-Jones dice:

“El mundo hoy, como todos nosotros bien sabemos, no está muy dispuesto a escucharnos a nosotros o la predicación. Ello nos dice que no tiene interés en la teología y el dogma, y puede haber algo de verdad en eso; el mundo se ha hecho psicológico, por no decir cínico, y no está preparado para prestar atención a lo que dice la gente. No obstante, cuando ve una vida que es triunfante, una personalidad que es claramente victoriosa, entonces comienza a prestar atención. Los primeros cristianos conquistaron el mundo antiguo simplemente siendo cristianos. Fue su amor los unos por los otros y su tipo de vida lo que impactó tremendamente al mundo pagano, y no cabe duda de que ésta es la mayor necesidad del momento, la demostración de la calidad de vida cristiana entre hombres y mujeres. Esto es algo a lo cual todos estamos llamados y algo que todos nosotros podemos hacer.”

Evidentemente, el llegar a ser como Jesús no es un asunto accesorio que sólo los especialistas pueden explorar. Tampoco es algo opcional para tomarlo cuando sentimos que hemos de hacerlo o cuando se nos desafía especialmente a ello. El llevar la semejanza de Cristo es central al propósito de nuestra salvación; es la esencia de nuestra experiencia espiritual. Sin embargo, ¿cómo somos transformados en esa semejanza? Este es el tema que debe ocuparnos ahora.

La hermosura de Jesús llene mi vida,
La hermosura de Jesús llene mi vida,
La hermosura de Jesús llene mi vida,
La perfecta hermosura de Cristo.
Llene mis pensamientos, mis palabras, mis actos,
Mi todo doy en adoración
(GRAHAM KENDRICK)

 

La imitación de Cristo


El proceso de llegar a ser como Cristo es parte de lo que significa la santificación. Hay dos aspectos de este proceso a los cuales hemos de dar igual importancia; está la parte de Dios y la nuestra. Podemos describir esos dos aspectos así: por un lado confiar, y por el otro intentarlo; nosotros confiamos que Dios haga su parte, mientras que al mismo tiempo, nosotros mismos nos esforzamos en hacer su voluntad. Podemos cometer un grave error en este asunto. Podemos resaltar uno de estos aspectos por encima del otro de tal manera que dejemos todo a Dios, o actuamos como si todo dependiese de nosotros. Si cometemos cualquiera de estos errores el resultado será la frustración y el fracaso.
Algunos cristianos han comprendido la verdad de que somos dependientes del Señor, pero han derivado de ello conclusiones erróneas. Hablan de “dejar a Cristo vivir su vida en mí”, como si el Señor hiciese todo el trabajo y ellos no tuvieran nada que hacer. Algunos himnos tienden a confirmar esta idea. “Sólo canales, bendito Maestro” es un himno en el que parece que el creyente es meramente una especie de tubería a través de la cual Cristo actúa. Otro dice:

Sepultado con Cristo y resucitado con Él también;
¿Qué me queda a mí por hacer?
Simplemente cesar de luchar y contender,
Simplemente andar en novedad de vida.
Gloria sea a Dios.

Sabemos lo que estos anegos están diciendo y les amamos, pero estos sentimientos son engañosos. Pablo dice que tenemos que ocuparnos de estas cosas “con temor y temblor” (Filipenses 2:12), y nuestra responsabilidad de tratar de ser como Jesús se nos presenta de muchas maneras. Se nos dice claramente que copiemos su ejemplo (1 Pedro 2:21–23; Efesios 5:1, 2; Colosenses 3:13; 1 Juan 3:16). Se nos exhorta a poner los ojos en Jesús (Hebreos 12:2). Esto, por supuesto, es un mirar con vistas a la inspiración, la instrucción y la imitación. Al mirar a Jesús de esta manera, seremos transformados en su imagen (2 Corintios 3:18).

“Mírale en todo momento, y en todo lugar; y al contemplarle, es una ley del nuevo nacimiento el que llegues a ser como Él. Ningún hombre puede mantenerse mirando a Jesucristo todos sus días sin que al final llegue a ser santo como Él.”
(ALEXANDER WHYTE)

Consideraremos el proceso viendo primero en este capítulo y luego, en el siguiente, nuestra responsabilidad de seguir el ejemplo de Jesús: el intentarlo. Luego en el capítulo 23 trataremos la maravillosa obra del Espíritu Santo garantizándonos un final triunfal a nuestra santificación: en esto confiamos.
La imitación, el tratar de ser como Jesucristo, es un buen concepto bíblico (Efesios 5:1; 1 Tesalonicenses 1:6), y está implícito en el mandamiento de nuestro Señor a sus discípulos a seguirle.
¿Qué entendieron Pedro y los otros discípulos que quiso decir el Señor cuando les llamó con las palabras: “Venid en pos de mí” (Mateo 4:19)? ¿Era “venid conmigo a dondequiera que yo vaya de tal manera que ayudéis a formar una multitud”? ¿Era “prestad atención a mi enseñanza de tal manera que la podáis pasar a otros”? Para responder a estas preguntas podemos seguir la línea del ejemplo de las escuelas de profetas del Antiguo Testamento (2 Reyes 4:38; 6:1). En ellas, los estudiantes se reunían alrededor del maestro y llegaban a ser una especie de familia ampliada. Marcos señala que Jesús “estableció a doce, para que estuviesen con él” (Marcos 3:14). Como mínimo, la llamada de Jesús era para que los discípulos viviesen con Él. Ello implicaba la atadura personal y la entrega de toda una vida a la influencia formativa del Señor.
Esta llamada que Cristo nos hace hoy no puede tener el mismo tipo de atadura física que disfrutaron los discípulos. La nuestra ha de ser una relación espiritual con el Señor viviente a través de las Escrituras, la oración y la comunión con su pueblo. No obstante, el acento en este punto está en que la naturaleza de la relación es de dedicación exclusiva. Ha de ser un compromiso total a vivir con Jesús no menor de lo que fue para los doce de entonces. La vida cristiana no es a tiempo parcial ni ha de ser fragmentada en partes sagradas y partes seculares. Su plenitud se ha de hallar en las palabras de Jesús:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti [entrar en una relación íntima y continua contigo], el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Evidentemente, el propósito principal de un discípulo que vive con su maestro es aprender de su enseñanza. El llamado de Jesús no es meramente: “escuchadme”; es: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Jesús no sólo enseñó a sus discípulos a ser mansos y humildes, sino que también mostró esas cualidades en acción. De la relación de un erudito griego con su maestro se ha dicho: “Él también compartía su vida, miraba sus propósitos más recónditos y le observaba para ver si vivía según sus propias normas.” Michael Griffiths lo explica de la siguiente manera:

“Los maestros más maduros encarnaban de esta manera la tradición perfecta de los padres, de Sinaí y de Dios. Esa es la razón por que sus palabras y sus obras eran de tanto interés. El alumno tenía que absorber toda la sabiduría tradicional con ‘los ojos, los oídos y con cada miembro’, buscando la compañía de un rabí, sirviéndole, siguiéndole e imitándole, y no sólo escuchándole. La tarea del alumno es, por tanto, no sólo escuchar, sino también ver. El alumno es un testigo de las palabras de su maestro; y también es un testigo de sus acciones. No sólo dice: ‘yo escuché de mi maestro’; sino también: ‘yo vi a mi maestro hacer esto o aquello’.”

Aquí ciertamente se arroja luz sobre lo que significan para nosotros expresiones del Nuevo Testamento tales como: “puestos los ojos en Jesús” (Hebreos 12:2). Cuando leemos las Escrituras hemos de recibir no sólo instrucción, sino que hemos de observar muy de cerca el ejemplo perfecto de nuestro Maestro, de tal manera que seamos “transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Corintios 3:18).

“Ahora bien, el gran designio de todos los creyentes es ser como Jesucristo, en toda gracia y en todo el ejercicio de la misma. Él es en todas las cosas el modelo y el ejemplo para ellos. Por tanto, cuando tienen una percepción de la gloria de cualquier gracia tal y como fue ejercitada por Cristo, y al mismo tiempo un sentido del defecto y la carencia propios de ellos, siendo la conformidad a Él el designio de ellos, no pueden hacer otra cosa que aplicarse a sí mismos a Él en una invocación solemne, solicitando para ellos, de los tesoros y plenitud de Él, una comunicación adicional de esa gracia. Y estas cosas se promueven mutuamente las unas a las otras en nosotros si atendemos a ellas adecuadamente. Un adecuado sentido de nuestro propio defecto en cualquier gracia nos avanzará en la expectativa de la gloria de esa gracia en Cristo. Y una percepción, una contemplación adecuada, del glorioso ejercicio de cualquier gracia en Él, nos dará luz para descubrir nuestro propio gran defecto en ese respecto, y nuestra carencia de ello. Bajo una percepción de ambas cosas, una aplicación inmediata a Cristo por medio de la oración producirá un inenarrable avance de nuestro crecimiento en la gracia y en la conformidad a Él. No puede haber ninguna otra manera o medio efectivos para proveer suministros de gracia de parte de Él, para extraer agua de las fuentes de la salvación. Cuando, en una santa admiración y en un ferviente amor por alguna gracia ejercitada eminentemente en y por Él, y con un sentido de nuestra propia escasez de la misma gracia, se la pedimos en fe, Él no nos la negará.”
(JOHN OWEN)

Es interesante que en Juan 14:6 la primera cosa es: “Yo soy el camino.” Esto no significa de ninguna manera menospreciar la importancia de la verdad revelada, sino que denota que la “verdad” ha de encontrarse tanto en lo que Jesús fue e hizo como en lo que dijo. Podemos ver cómo Pablo siguió el mismo principio en su ministerio en Tesalónica. Cuando posteriormente escribió a esa iglesia defendiendo su autoridad apostólica, no dijo: “Recordad lo que os enseñé,” sino: “Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros” (1 Tesalonicenses 2:10). Vemos, pues, que “venid en pos de mí” significa: “vivid conmigo y aprended de mi ejemplo.”
Debemos ir más lejos. Esta llamada de Jesús también encierra el privilegio de aprender mientras trabajamos con Él. Los discípulos eran aprendices que trabajaban bajo su afectuosa aunque crítica mirada. Jesús no dijo: “Esto es lo que tenéis que hacer, ahora id y hacedlo.” Más bien su llamada era para que los discípulos aprendiesen de la experiencia del trabajo. Cuando ellos habían concluido una parte del trabajo, informaban a Jesús, el cual estaba emocionado con lo que ellos habían sido capaces de hacer, pero no tan satisfecho con la posibilidad de que se enorgulleciesen de ello (Lucas 10:17–20). Por tanto, para nosotros: “Venid en pos de mí” significa: “Trabajad conmigo y así aprended de vuestros éxitos y fracasos a crecer como yo.”
Hay una implicación posterior en el mandamiento de Jesús: “Venid en pos de mí.” El reunió a sus discípulos alrededor de sí mismo como hemos visto, pero esto también los acercó los unos a los otros. Ellos aprendieron los unos de los otros mientras vivían y trabajaban juntos. Este aspecto de la vida de la iglesia se olvida a menudo. El crecimiento en santidad y en parecido con Cristo no sólo es un ejercicio individual sino que se estimula también cuando vivimos y trabajamos juntos en la comunión de la iglesia. Pablo vincula con frecuencia el ministrarse los unos a los otros con el procedimiento de nuestro crecimiento hasta “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:11–16; Colosenses 3:16).
Sin embargo, también necesitamos aclarar nuestros motivos. No hemos de ser guiados por el legalismo: “Hago estas cosas porque están en las normas.” Es cierto que el Señor mandó a sus discípulos a seguirle, pero la motivación ha de ser el amor por Él, no un temor de las consecuencias de romper las normas. Necesitamos más que un conocimiento del testimonio bíblico del carácter de nuestro Señor. Necesitamos paladear su hermosura y deleitarnos en su perfección, o no le estaremos siguiendo seriamente. Esto no es una inclinación natural, es la obra del Espíritu Santo.
Mucho menos hemos de tratar de ser como Jesús para impresionar a otras personas. Es cierto que Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras” (Mateo 5:16), pero eso era una advertencia contra el vivir vidas enclaustradas. Los demás deben recibir el impacto de nuestra santidad, y Jesús dejó bien claro el motivo: “para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” Hemos de ser guiados por el celo por la gloria del Señor.
De ninguna manera hemos de descuidar esta responsabilidad personal de seguir a Jesús, modelando nuestras vidas por la suya y ayudando a los demás a hacer lo mismo.

Oh déjame ver tus huellas
Y plantar en ellas las mías;
Mi esperanza para seguir como es debido
Está en tu fortaleza solamente.
Oh, guíame, llámame, atráeme,
Sosténme hasta el final;
Y entonces en el Cielo recíbeme,
Mi Salvador y mi amigo.
(JOHN BODE)

 

¿Es justo?


Es posible, no obstante, que después de todo, este desafío a seguir el ejemplo de Jesucristo y ser como Él sea irreal. Él era Dios en carne humana: ¿no le daba esto una ventaja injusta sobre la gente corriente? Él era perfecto, y este es un objetivo que nosotros nunca podremos alcanzar; ¿de qué vale apuntar hacia lo imposible? Por otro lado, tal vez los sufrimientos de Jesús no eran tan severos como los nuestros puesto que Él tenía recursos internos que nosotros no poseemos. Y la misma cuestión surge acerca de sus tentaciones; ¿eran tan reales para Él como lo son para nosotros? Además, podríamos preguntar: ¿Dependía Jesús del Espíritu Santo tanto como debemos hacerlo nosotros?


Jesús fue un hombre real

Estas cuestiones surgen en nosotros, la mayoría de las veces, porque no hemos comprendido el hecho de la humanidad verdadera de Jesús. El comentarista francés Godet ha sido para mí como un desbordante rayo de luz. Su tratamiento de “aquel Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14) nunca ha dejado de entusiasmarme desde la primera vez que lo leí:

“El acento no está en… “el Verbo”, aunque este nombre es repetido enfáticamente…, sino en “fue hecho carne”. El término simplemente denota las partes blandas del cuerpo, las cuales, por medio de los nervios y los vasos sanguíneos de los cuales están impregnadas, se encuentra que son el asiento de la sensibilidad física… el término puede designar no sólo el cuerpo sino la sensibilidad al placer y al dolor. El significado de la palabra carne no queda agotado por la idea de cuerpo… Denota la plenitud de su naturaleza humana, en virtud de la cual Él pudo sufrir, o disfrutar de felicidad, ser tentado, luchar, aprender, hacer progresos, amar, orar, exactamente como nosotros [cursivas mías],

lo cual, siendo interpretado, significa que nuestro Señor parecía un hombre, vivía como un hombre, hablaba como un hombre y, más que eso, sentía como un hombre.
Debemos tener cuidado con dos errores opuestos. No debemos intentar separar la naturaleza divina de nuestro Señor de su naturaleza humana de tal manera que asignemos una acción a su naturaleza humana y otra a su naturaleza divina. Él es una persona gloriosa, maravillosa. Y además debemos tener bien clara su naturaleza divina auténtica y su igualmente auténtica naturaleza humana. Él no era una mezcla de las dos. Como alguien ha dicho: “Él era y es verdadero hombre como si no hubiese sido Dios, y era y es verdadero Dios como si no hubiese sido hombre.”
El gran predicador escocés Alexander Whyte dijo:

“Mientras que su gloria celestial, ahora y por siempre, adorna su naturaleza humana hasta su plenitud, y perfecciona su naturaleza humana hasta toda perfección posible, y corona su naturaleza humana con todo honor y recompensa posibles; al mismo tiempo, toda su gloria celestial no quita, ni en ninguna manera borra, o quiebra, ni siquiera una de las verdaderas fronteras y límites de su naturaleza humana. Su divinidad no extingue ni en ninguna manera deteriora en el Cielo ni en la Tierra, su humanidad real y verdadera y siempre permanente.

La humanidad de Jesús no era ficticia sino tan real como la nuestra.


Sus tentaciones fueron auténticas

En Hebreos 4:15 se nos dice:

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”

Esto no puede significar que Jesús experimentara cada tipo de prueba posible para los seres humanos. Por ejemplo, es improbable que Él padeciera de malaria, ¡posiblemente ni siquiera de un catarro común como lo conocemos nosotros! Tampoco pudo Él, como hombre, pasar por la experiencia de dar a luz un niño. Nuestro Señor no tuvo los gozos y las penas de la vida matrimonial ni de la paternidad.
Sin embargo, estas penas y gozos implican sentimientos que son los mismos en otros eventos. Son comunes tanto a hombres como a mujeres con temperamentos diversos en una variedad de situaciones. Por ejemplo, a pesar de que Jesús no experimentase las emociones y las pruebas del proceso de la maternidad, las mujeres generalmente han encontrado siempre posible relacionarse con Jesús y encontrar plena consolación y satisfacción en Él. Lo que tal vez no podamos explicar lógicamente parece tener respuesta en la experiencia.
La confianza en su Padre fue probada en el desierto al principio de su vida pública (Mateo 4:1–11). No importa cómo entendamos nosotros el detalle de lo que realmente ocurrió allí, no debemos permitir que nada detraiga de la realidad y severidad de aquellas tentaciones.
Además Jesús pasó treinta años en el seno de la vida de una familia, muy probablemente actuando como el cabeza de familia después de la temprana muerte de su padre. Las personas solteras a menudo sienten que sus necesidades no son entendidas o suplidas suficientemente. Al menos aquí podemos decir con absoluta confianza: “Jesús sabe,” “Él entiende.”


Sus sufrimientos fueron auténticos

La verdadera humanidad de Jesús significa que nunca debemos pensar que su dolor fue de ninguna manera menos severo porque Él era Dios, o que Él no necesitaba coraje para afrontar sus pruebas como lo necesitaríamos nosotros. De hecho, yo creo que lo opuesto es la verdad. Su divinidad haría su sufrimiento más intenso en lugar de hacerlo menor, debido a su mayor sensibilidad a la gravedad y ofensa del pecado, y al tener que soportar el castigo por el pecado del cual Él era totalmente inocente. También es cierto que cuanto más refinada es una persona, mayor es su conciencia del dolor físico intenso y de la agonía mental. Nuestro Señor sentía como un hombre, y podemos estar seguros de que sus sufrimientos fueron como lo hubiesen sido para nosotros, si no más.


Jesús dependía del Espíritu Santo

Para vivir la vida cristiana dependemos totalmente del Espíritu Santo. La pregunta que surge es si era lo mismo para Jesucristo que para nosotros. La respuesta es que Jesús vivía diariamente en el poder del Espíritu Santo. Su confianza en el Espíritu era genuina, pero no obstante habían diferencias con respecto a nuestra experiencia.
El tema de la obra del Espíritu Santo en la vida humana de Jesús ha sido desarrollado profunda y provechosamente por el difunto profesor J. Douglas MacMillan. Él muestra cuán dependiente fue Jesús del Espíritu Santo desde su concepción hasta su resurrección y ascensión a la gloria. El profesor también señala las diferencias entre la morada del Espíritu Santo en Cristo y en un creyente.

“Esas diferencias son importantes para ayudarnos a entender la absoluta superabundancia y plenitud de la unción y el poder del Espíritu en Él. En primer lugar, aun en el creyente cristiano más santo y más piadoso y obediente, el Espíritu Santo siempre se encuentra con la resistencia del mal. En cada uno de nosotros aún permanece lo que podemos llamar la herencia del pecado. No obstante, el corazón del Señor Jesús fue siempre sin pecado, y su vida sin ninguna mancha de injusticia en absoluto. En su naturaleza humana impecable, el Espíritu Santo no se encontró con ninguna resistencia de ninguna clase, ni resentimiento ni negativa.
“En segundo lugar, ningún cristiano jamás es llenado hasta la “plenitud” absoluta del Espíritu. Sus operaciones, influencias, sostén, y liderazgo en nuestra naturaleza humana caída son siempre parciales y, por tanto, incompletas. Sin embargo, con Jesús, una vez más, éste no era el caso. El pudo ser, y de hecho fue, lleno con la perfecta plenitud del Espíritu Santo, por encima de toda medida, o “sin medida” (Juan 3:34 LBLA). En Él, la morada del Espíritu Santo era central y completa sin dejar un hueco o vacío.
“En tercer lugar, en nosotros el Espíritu Santo se encuentra con un yo, una “autocentralización” que se opone a Dios, que es orgullosa y confiada, aun en el cristiano. En la persona de Jesús, el Espíritu vino y llenó a un hombre que era perfectamente santo y cuya naturaleza humana estaba dispuesta, siempre, a dar una cooperación perfecta a todas las indicaciones, guías y direcciones del Espíritu.”

Esto sirve para subrayar cuánto necesitamos nosotros, “pecadores salvos por la gracia”, el poder de la morada del Espíritu para capacitarnos a crecer en la semejanza de Jesucristo. También deberíamos animarnos porque es el mismo Espíritu que estaba en Cristo el que nos es dado para fortalecernos en el ser interior (Efesios 3:16), y para perfeccionar la obra de gracia que Él mismo ha comenzado (Filipenses 1:6). Esto también hace una clara distinción entre la experiencia evangélica de la gracia que nos capacita, y la escuela del “Jesús nuestro ejemplo”, en la cual se nos deja al amparo de nuestros pobres recursos. El cristianismo es más que moralidad; es vivir no “conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4).
Así que vemos que la llamada a seguir a Jesús es perfectamente razonable. Podemos mirarle a Él no sólo como nuestro modelo, sino también como nuestra inspiración a perseverar en el tratar de vivir de una manera que agrada a Dios. Al hacerlo, se nos asegura que nuestro Maestro no es un tirano sin sentimientos, sino uno que nos gobierna y nos guía con una amante comprensión. Él da el Espíritu Santo y:

“no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

En todas las cosas, como tus hermanos
Fuiste hecho, pero libre de pecado;
“Pero cuan diferente a nosotros, oh Señor,”
Replica la voz interior.

¡Oh santo Dios! ¡Pero frágil, débil hombre!
No nos es dado el saber
Cómo un alma y un cuerpo inmaculados sintieron
Tentación, dolor y aflicción.

Nuestra fe es débil; ¡oh Luz de Luz!
Aclara tú nuestra nublada percepción
Para que, Hijo de Hombre e Hijo de Dios,
Te demos el debido honor.
(JOSEPH ANSTICE)

 

El parecido familiar


Hemos visto en el capítulo 22 que los cristianos están obligados a tratar de ser como Jesucristo imitando su ejemplo. Esto subraya nuestra responsabilidad personal de luchar con todo nuestro ser para ser semejantes a Él.

“…todo verdadero creyente tiene en su corazón… una inclinación habitual y un deseo de ser como Cristo. Y sería fácil demostrar que, donde esto no está, tampoco está la fe ni el amor.”
(JOHN OWEN)

No obstante, si éste es el límite de nuestro entendimiento del asunto, entonces caeremos pronto en la desesperación. El cristianismo es más que mera moralidad, más que intentar vivir una vida buena en nuestras propias fuerzas. La vida cristiana comienza con la obra del Espíritu Santo dentro de nosotros. Él nos lleva a confiar en Jesucristo, su muerte y resurrección, a obtener perdón por nuestros pecados. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo comienza una “obra de gracia” en nuestras vidas venciendo a la vieja naturaleza con su predisposición pecaminosa y guiándonos a la santidad, a la semejanza a Cristo. En toda nuestra lucha y esfuerzo tenemos el gozo de saber que:

Y cada virtud que poseemos, y cada victoria que ganamos,
y cada pensamiento de santidad, son sólo suyos.
(HARRIET AUBER)

En otras palabras, el proceso es tanto activo como pasivo. Es algo hecho por nosotros y algo hecho en nosotros por el Espíritu; esto implica tanto el intentarlo como el confiar. Se ha hecho mucho daño al resaltar uno de estos aspectos a expensas del otro. Ambos son verdaderos; ambos son vitales.
Otra manera de describir la obra hecha dentro de nosotros es en términos del nuevo nacimiento. El comienzo de la obra del Espíritu dentro de nosotros es una nueva vida, un nuevo nacimiento (Juan 3:3–8; Tito 3:5, 6; 1 Pedro 1:23). Nosotros somos hechos hijos de Dios (Juan 1:12, 13; Romanos 8:12–17; 1 Juan 3:1), y la prueba de esto es que gradualmente se va viendo en nosotros el parecido familiar (Mateo 5:44–48; Efesios 4:31–5:2; 2 Pedro 1:3, 4; 1 Juan 4:7, 8).
Uno de los grandes clásicos cristianos sobre el asunto de la semejanza a Cristo es La imitación de Cristo, de Thomas à Kempis. Como hemos visto, la idea de la imitación no está excluida de ninguna manera, pero está limitada. Cuando imitamos a alguien es como si nos ponemos un abrigo, lo cual es un acto externo y no tiene nada que ver con nuestra condición interna. En su valiosa evaluación de este libro James Stalker ha comentado:

“No es principalmente por un acto externo tal por lo que un cristiano crece como Cristo, sino por una unión interna con Él. Si fuese por un proceso de imitación, entonces sería como la imitación que una niña hace de su madre. Esta es la más completa de las imitaciones. La niña reproduce los tonos de su madre, sus gestos, las más pequeñas peculiaridades de su manera de andar y sus movimientos, con una perfección asombrosa y casi risible. Sin embargo, ¿por qué es tan perfecta la imitación? Se podría decir que es debida a las innumerables oportunidades que la niña ha tenido de ver a su madre, o debida a la minuciosidad de la observación de los niños. No obstante, todo el mundo sabe que hay más que esto. La madre está en su hija; en su nacimiento le comunicó a ella su propia naturaleza; y el éxito de la imitación es debido a que se ejerza en la niña esta misteriosa influencia. De manera similar, nosotros podemos copiar cuidadosamente los rasgos del carácter de Cristo, mirándole fuera de nosotros, como un pintor mira a su modelo; pero podemos hacerlo mejor aún, podemos, por la oración y la lectura de la Palabra, vivir diariamente en su compañía, y recibir la impresión de su influencia; pero, si nuestra imitación de Él ha de ser lo más profunda y lo más completa, algo más es necesario; Él debe estar en nosotros como la madre está en su hija, habiéndonos comunicado su propia naturaleza en el nuevo nacimiento.”

La razón por que somos capaces de seguir el ejemplo de Jesús con algún grado de éxito es debida a la obra de su Espíritu en nosotros. Esta obra es al mismo tiempo positiva y directa. Posiblemente el texto que mejor presenta estas cosas es:

“…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13).

En estas palabras Pablo se está dirigiendo a la iglesia en Filipos, pero lo que se aplica al todo se aplica a sus partes, a cada miembro. El gran consuelo es que el Espíritu asegura que nosotros queremos ser santos y que nos capacita para actuar con ese fin.
Podemos ver inmediatamente que nuestro crecimiento hacia la semejanza con Cristo es un proceso gradual. Cualquier afirmación de perfección instantánea (por cualquier medio), es visto como falso por las mismas descripciones de la vida cristiana que encontramos en el Nuevo Testamento. Es un discipulado (Lucas 14:26–33), un producir frutos (Juan 15:1–17), un crecimiento en la gracia (2 Pedro 3:18). El paralelo con el crecimiento de los niños es muy exacto. En algunos momentos parece no haber mucho desarrollo, pero entonces el niño parece “dar el estirón”. Posiblemente una enfermedad o un accidente impide el proceso por un tiempo, pero luego, de repente, el niño es un joven o una señorita. Todos estos pasos y etapas encuentran su paralelismo en nuestro crecimiento espiritual gradual.
Podemos rastrear el proceso considerando primero la obra del Espíritu dentro de nosotros, y a continuación el adiestramiento que nos da el Padre como a sus hijos.


La obra del Espíritu en nosotros

La obra del Espíritu en nuestros corazones es para “guiarnos” (Romanos 8:14). Él hace esto por medio de insinuaciones internas, sin las cuales, perderíamos nuestro deseo por la santidad y nuestro celo por ser como Cristo. Él trae a nuestras mentes la enseñanza de la Escritura y estimula nuestra hambre y sed de justicia (Mateo 5:6). Cuando nos aburrimos de las Escrituras o nos cansamos en nuestra vida de oración, Él nos estimulará de nuevo para gustar con placer esos medios espirituales de nuestro progreso. Tal vez una simple afirmación en un sermón actúe como restaurador o estimulante espiritual. Puede ser la vida o el testimonio de otro cristiano lo que nos espolee. Alguna experiencia inesperada en la vida, de pérdida o ganancia, puede obrar maravillas en nuestra vida espiritual. Es el Espíritu Santo quien efectúa estas cosas dentro de nosotros. Él nos hace sentir nuestra inanición espiritual; Él dirige nuestros pensamientos a la Cruz o a alguna otra verdad desatendida. Él aplica la verdad de la Escritura a nuestra conciencia; nos da gozo en el Señor y paz por medio del creer (Romanos 15:13).
No debemos olvidar que la mente del Espíritu Santo está enteramente en armonía con el propósito del Padre y del Hijo. ¿Cuál fue el propósito del Padre al poner su amor sobre nosotros antes de que el mundo comenzase? Fue para que nosotros podamos llevar la semejanza familiar:

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29).

¿Por qué el Hijo de Dios vino al mundo, murió y resucitó? Fue para que el propósito de su Padre se cumpliera:

“Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:10, 11).

Puesto que el propósito del Padre y del Hijo está absolutamente claro, no nos sorprende que el Espíritu esté decidido a llevar la obra de la gracia a su plenitud:

“el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Fue la obra del Espíritu en el corazón de C.H. Spurgeon la que le llevó a decir:

“…y luego pedimos llevar fruto. Oh, ayúdanos a sacar a la luz los frutos del Espíritu para la gloria de Dios. Que nuestro carácter sea más hermoso cada día. Si hay algunas evidencias de la obra artística de Cristo en nosotros, quiera Él continuar con ese lápiz divino, hasta que haya producido en nosotros un carácter perfecto y seremos entre los hombres copias de la perfección de nuestro Maestro.”


La formación dada por el Padre

Por el nuevo nacimiento y la adopción llegamos a ser hijos de un Padre celestial (Mateo 6:9; Efesios 1:5), cuyo proceder con nosotros está diseñado perfectamente para formar nuestro carácter en la semejanza familiar. Él supervisa cada experiencia de nuestras vidas para este gran fin (Romanos 5:3–5; 8:28–30; 2 Corintios 4:16–18). Aquí está la explicación de todas las cosas que nos suceden, ya sean dolorosas o placenteras. Es maravilloso saber que estamos en las manos de un Padre perfecto y muchos de nuestros interrogantes y problemas se disolverían si nos tomásemos en serio este hecho. Mucho de lo que nos sucede es parte de la disciplina amorosa de nuestro Padre:

“Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por Él; Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Sin embargo, si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:5–11).

Podemos ver esta formación trasladada a la experiencia de una persona en lo siguiente:

Pedí al Señor crecer
En fe, y amor y toda gracia,
Que conociese más de su salvación,
Y buscase más seriamente su faz.
Fue Él quien me enseñó así a orar,
Y Él, creo yo, ha respondido la oración;
Pero ha sido de tal manera
Que casi me ha llevado a la desesperación.
Yo esperaba que en alguna favorecida hora,
De una vez, Él respondiese mi petición;
Y, por el poder constrictivo de su amor,
Subyugase mis pecados y me diese descanso.
En vez de esto, me hizo sentir
Los males ocultos de mi corazón,
Y dejó que los airados poderes del Infierno
Asaltasen mi alma por todas partes.
Aún más, con su propia mano pareció
Intentar agravar mi aflicción,
Frustró todos los designios justos que yo planeé,
Arruinó mi calabacera, y me humilló (Jonás 4:5–11).
“¿Señor por qué es esto?”, lloré temblorosamente,
“¿Perseguirás tu gusano hasta la muerte?”
“Ha de ser de esta manera”, respondió el Señor,
“Yo respondí a la oración que pedía gracia y fe,
Estas pruebas internas empleo yo
Para de ti mismo y del orgullo librarte,
Y quebrar tus planes de gozo terrenal
Para que puedas buscar tu todo en mí.”
(JOHN NEWTON)

No estamos equivocados al pedir al Señor experiencias exaltadas de sí mismo dándonos un nuevo gozo, nueva certidumbre y nuevo denuedo en nuestro testimonio diario, pero no se debe permitir que tales cosas eclipsen el gran objetivo por el cual somos salvos, esto es, ser como Jesús. Las experiencias pueden ayudar indirectamente, pero la semejanza con Cristo no se consigue por un único acto de fe, ni por alguna experiencia espiritual, no importa cuán deseable pueda ser. Crecemos como Él, y el crecimiento es estimulado por el Sol y la lluvia, el frío y el calor, el viento y la calma. Comentando Romanos 8:17 Tom Smail escribe:

“Los herederos se conocerán debido a que su relación con el Padre y con sus hermanos será la misma que la de su Coheredero mayor. Comenzará a aparecer en sus vidas un auténtico reflejo de la misma obediencia abnegada, la misma gracia hacia el necesitado y el pecaminoso, y la misma oposición perseguidora del mundo, pero también un reflejo de la misma gloria, la misma aceptación y presencia divina, la misma santidad, triunfo y poder de resurrección. La herencia de Cristo es el parecido a Cristo, es entrar en su combinación única de obediencia y autoridad, humildad y grandeza, debilidad y poder, sufrimiento y gloria, muerte y resurrección, servicio y reinado. Definirlo de esa manera es desenmascarar todo el triunfalismo carismático barato, que sólo está interesado en una solución sin dolor y sensacional a todos sus problemas, como la falsificación barata que es.”

Viniendo de un hombre con una cálida simpatía por la renovación carismática, esas


 

 

 

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