Madrid, España

LA GRACIA DEL REINO: 5 PARÁBOLAS

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LA GRACIA DEL REINO: 5 PARÁBOLAS

las parábolas d jesús

Parábola de la oveja perdida (Luc. 15:4–7; Mat. 18:12–14)

El contexto sinóptico

Las tres parábolas agrupadas por Lucas para enseñar la alegría de encontrar lo perdido se hallan dentro de su gran sección central (Luc. 9:5–18:14). En especial Lucas 15 “pertenece a aquel segmento narrativo lucano (14:1–17:10) que recalca el ‘evangelio del Mesías’ ”. Mucho de este material es tomado de su fuente especial “L”; en particular, la parábola de la dracma perdida y el hijo perdido forman parte de este material peculiar a Lucas. No así la parábola de la oveja perdida, pues ésta se halla también en el Evangelio de Mateo. Eso sí, los dos Evangelios ubican la misma parábola en contextos totalmente diferentes. Los contextos diferentes hacen que la parábola cobre un significado distinto en cada caso. Lucas, por ejemplo, por la misma ubicación de la parábola con otras que enseñan la alegría de encontrar lo perdido, tiende a fijar sus parámetros didácticos. A la larga, la parábola asume énfasis evangelísticos. Es más, en Lucas la parábola es referida a los fariseos y los escribas quienes censuran a Jesús por asociarse y hasta comer con los elementos marginados de la sociedad judía: los publicanos y los pecadores. Jesús da la parábola para dejar bien clara la idea de que Dios se regocija mucho más de un pecador arrepentido que “por los noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Luc. 15:7). En Mateo, en cambio, el contexto es otro: la parábola es contada por Jesús a un grupo de discípulos. El ambiente se establece al plantearse una pregunta: “¿Quién es más importante en el reino de los cielos?” (Mat. 18:1). Para contestar esta pregunta hecha por los discípulos, Jesús hace que se le acerque un niño. Después procede a comparar al niño con la vulnerabilidad de los creyentes cristianos, destacando así las distintas ocasiones de caer que se presentan (vv. 6–11). De inmediato se narra la parábola de la oveja perdida cuyo punto esencial (para Mateo) es: “no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno de estos pequeños” (v. 14). Es muy obvio que dentro del contexto catequista de Mateo, que se remonta a la década de los 80, la parábola alude a los cristianos tiernos en la fe que fácilmente podrían apostatarse. La pregunta que enseguida se hace es: ¿cuál de los dos contextos refleja el contexto histórico del ministerio de Jesús? Dodd, después de analizar ambos contextos, aboga por “la originalidad” del contexto lucano. Kistemaker, en vez de ver tanto la mano redaccional de los evangelistas, prefiere optar porque Jesús mismo contara la parábola dos veces en distintos contextos históricos . Como quiera que uno vea la cuestión de los contextos sinópticos variantes de la parábola, sean éstos debido a la teología de los evangelistas o al orden cronológico del ministerio de Jesús, es preciso recordar que la enseñanza derivada de los dos contextos es distinta. Bonnard resume la problemática y una posible solución al comentar sobre la versión mateana:

¿Cuál de estas dos versiones remonta hasta Jesús? Los exégetas están divididos. Los partidarios del texto de Lucas hacen observar que (en Luc. 15:1, 2) transmite un eco más concreto de uno de los conflictos de Jesús con los escribas y fariseos. J. Jeremias ve en nuestra parábola una de las numerosas sentencias pronunciadas por Jesús contra sus adversarios y convertidas por la tradición en exhortaciones a los discípulos, es decir, a los miembros de las primeras comunidades cristianas … Sin embargo, es preciso advertir que la figura de los pequeños que no hay que despreciar (Mat. 18:1) y la imagen de la oveja perdida de Lucas se adaptan mejor a los pecadores o injustos del tiempo de Jesús (para quienes los fariseos y los esenios no tenían más que desprecio), que a los miembros oscuros de una comunidad siropalestinense de los años 80.

En resumen, parece que la parábola de la oveja perdida, aunque refleja todas las características de una palabra genuina de Jesús, fue utilizada por los dos evangelistas según las exigencias de sus respectivos contextos históricos. Lucas, el evangelista gentil con grandes simpatías con el mensaje universal del Evangelio, refleja probablemente en su Evangelio un contexto más cercano al del Jesús histórico. Mateo, en cambio, se siente con entera libertad, bajo el influjo del Espíritu, de hacer que la parábola abarque cuestiones eclesiales. Lucas refleja fielmente el conflicto de Jesús con los fariseos y los escribas al dejar la idea de la alegría de Dios sobre el arrepentimiento de los “pecadores” tan despreciados por sus contrincantes. Mateo, con la misma parábola, expresa preocupación por los cristianos recién convertidos para que estos no se extravíen del redil de la iglesia.

El contexto en el ministerio de Jesús

Todo lo dicho en la sección anterior establece el marco para poder intentar determinar la importancia de esta parábola para Jesús. Con una plena aceptación del marco lucano como un cuadro fidedigno del ministerio de Jesús, se nota que de nuevo Jesús intencionalmente busca los marginados de la sociedad judía por acompañantes. Su disposición a ignorar los “tabúes” judíos es una de las marcas que destaca a Jesús de todos sus contemporáneos. Entre estos “pecadores” estaban los publicanos. Estos eran judíos que aceptaban empleo del gobierno romano para cobrar los impuestos de rigor. Se les llamaba “pecadores”, no tanto por una inmoralidad imaginada o real, sino porque trabajaban en un oficio carente de honor. Varios oficios “gozaban” de la desaprobación de los líderes religiosos. Entre ellos estaban los que arreaban burros, los curtidores, los pastores y los vendedores de “chucherías”. El empleo de estas personas impedía que pudieran seguir fielmente los escrúpulos de los fariseos, y por lo tanto eran catalogados como “pecadores”. Es más, uno podía ser pecador simplemente por no ser judío; ser gentil era ser pecador. Todo esto implica que ser pecador no siempre implicaba una inmoralidad, sino simplemente ser un marginado social.
El lío en que se hallaba Jesús con los líderes religiosos obedecía no tan sólo a su asociación con esta clase de gente sino que, peor todavía, solía comer con ellos: “Éste recibe a pecadores y come con ellos” (Luc. 15:2). Resulta que la pureza ritual del altar los fariseos la habían transferido al comer cotidiano, máxime cuando se reunían con otros fariseos en comunión religiosa. Los fariseos no eran sacerdotes ni oficiaban en los sacrificios, pero su comunión exclusivista en comidas con otros de su “pureza legal” hacía que se creyesen con nivel sacerdotal. Para ellos, el que Jesús comiera con “pecadores” lo igualaba con ellos, bajándolo a su nivel. Jesús, no obstante esta actitud, comía y se identificaba con los marginados como actos parabólicos, símbolos de la llegada de la era mesiánica, la era del perdón.
Todo este trasfondo nos ilumina el propósito de Jesús en dar la parábola de la oveja perdida; quería dejar la idea clave de la necesidad de “dejar las noventa y nueve” en busca de la oveja perdida. Obviamente Jesús alude a los marginados tan odiados por su auditorio. Es muy posible que, al narrar la parábola, Jesús tuviera presente el contenido de Ezequiel 34. El profeta, sin medir palabras, arremete en contra de los pastores egoístas quienes se ocupaban de sí mismos y se olvidaban de las ovejas perdidas. Para entender el peso de su argumento (y el de Jesús en la parábola), hay que reconocer que el Antiguo Testamento caracterizaba a Dios como el pastor de Israel (Gén. 49:24; Sal. 23:1; Jer. 50:19). Es más, tanto el Pentateuco como el autor de 1 Reyes (Núm. 27:17; 1 Rey. 22:17) insisten en que Israel necesita de un pastor que le guíe. Ezequiel señala (34:11, 12) que la naturaleza de Dios se ve en su cuidado especial por sus ovejas; ese cuidado incluye su búsqueda por ellas cuando se extravían. Hay quien (Jones, p. 173) contempla en Ezequiel 34 elementos escatológicos y mesiánicos ya que sugiere que David llegará a ser el pastor de Israel (vv. 23–25). Es del todo posible, pues, que Jesús mismo viera en Ezequiel 34 una indicación de su propio papel como el pastor escatológico. Los seguidores posteriores de Jesús claramente lo veían con ese rol (Juan 10; Heb. 13:20; 1 Ped. 2:25; 5:4). Es claro ver cómo el auditorio de Jesús había hecho caso omiso de su propio papel como pastores compasivos en busca de los perdidos. Los fariseos se sentían mucho más cómodos reuniéndose con otros de su misma “santidad”; preferían quedarse con las noventa y nueve que estaban seguras. Habían perdido del todo el afán por llevar las ovejas perdidas al redil. No les simpatizaba considerarse pastores, ya que estos eran tratados, como por naturaleza, ladrones de ovejas y de campos ajenos. Cuán fácil es dejar que nuestro “puesto” nos ciegue la vista a la tarea encomendada. Claramente, Jesús contó esta parábola para que los fariseos se arrepintieran de su actitud exclusivista y que ellos compartieran el gozo que Dios mismo sentía por una oveja rescatada. La parábola, además, es una vindicación de su propio ministerio. A. M. Hunter comenta:

… Jesús, por lo tanto, reivindica su ministerio, porque su actitud hacia los pecadores es la misma que la de Dios. Dios libremente perdona al hombre que no está en condiciones para exigir tal perdón (Interpreting the Parables [Interpretando las parábolas],.

Bornkamm descubre su énfasis luterano al decir:

… a los publicanos y a los pecadores que están en la mesa con Jesús—lo mismo que al hijo perdido—no se les pregunta sobre el grado de su progreso moral … En lugar de ser una gestión del hombre preparando la gracia, se puede decir que la penitencia es “ser encontrado”

Aunque es difícil reconciliar la definición de Bornkamm del arrepentimiento con el del Nuevo Testamento, ciertamente da con el clavo al enfatizar la impotencia del hombre para merecer el perdón. Algo también de esto está en la parábola.

La parábola para el contexto latinoamericano

Sin rodeos, parece que el impacto principal de esta parábola para nuestro contexto es el de que insiste en un trato más justo y compasivo para los indefensos de nuestra población. Se ha visto que en el contexto mateano la parábola termina con una insistencia en que Dios no quiere que ninguno de los pequeños se pierda (Mat. 18:14). “Los pequeños” en este contexto son los miembros nuevos de la iglesia siropalestina de la octava década del primer siglo. De nuevo, el contexto mateano goza de la inspiración divina tanto como el lucano. Por esto, no se puede ignorar su implicación para nuestro medio. La intención de Mateo es muy válida para el día de hoy en América Latina. Es una tragedia experimentada por todo grupo cristiano en nuestro medio: la pérdida de algunos creyentes nuevos. Muy a menudo estos simplemente “se extravían” por su propia falta de entrega y compromiso con el Señor. Pero, este no es el “punto” de la parábola dentro del marco mateano; más bien, nos urge buscar hasta hallar a aquellas ovejas que, por la razón que fuere, se extravían. Para eso están los pastores; deben buscarlos para que “los pequeños” no se pierdan definitivamente.
Si bien el contexto mateano nos conduce a una situación eclesial de carácter más local, el contexto lucano tiene un sabor más universal. Dado el contexto conflictivo y de matices sociológicos en Lucas, Jesús obviamente, al hablar de las ovejas, no se limita a simples catecúmenos de la iglesia. Más bien, por haber sido atacado por su relación con los “pecadores”, Jesús desea demostrar su propia evaluación de esas “ovejas perdidas”. Abiertamente Jesús declara que a Dios le place mucho más el que un pecador se arrepienta que los noventa y nueve “justos”. Su propia misión (“buscar y salvar lo que se había perdido”) orienta a Jesús hacia una predilección por los indefensos, los pobres y los marginados sociales. Su propio gozo refleja el de Dios al ver a uno de éstos arrepentido. La parábola estuvo dirigida a los fariseos y los escribas; ellos necesitaban reconocer el valor de los “pecadores” y ayudarlos igual que Jesús al identificarse con ellos. ¿Qué nos dice esto a nuestro medio latinoamericano? Nos habla magistralmente de nuestra necesidad de salir en defensa de los indefensos latinoamericanos; aquellos que, por su situación económica-social no pueden valerse por sí mismos. Nos reta a que en el ámbito personal y eclesial nos valgamos de todos los medios a nuestra disposición para aliviar las injusticias sociales tan arraigadas en las sociedades latinoamericanas. La parábola es un llamado a que abandonemos cualquier concepto clasista que nos controle. La parábola es un llamado a que nos arrepintamos y que busquemos a las ovejas perdidas que nos rodean por doquier. Cuando hagamos eso, “habrá gozo en el cielo”.
Si la parábola de la oveja perdida tiene impacto para las actitudes sociales de los latinoamericanos, más tiene para el creyente individual. No hace falta recalcar que hay muchas “ovejas” perdidas en el derredor de cada templo cristiano y en torno a la casa de cada creyente cristiano. No hace falta aclarar al creyente cristiano que el mundo y los individuos que lo componen se pierden no tan sólo socialmente sino también espiritualmente. El hombre perdido no es únicamente aquél que se ve conquistado por la bebida, por el sexo, por la drogadicción sino que también lo es la persona que no ha puesto su fe personal en el salvador, Cristo Jesús. Se dan muchos casos de personas que, según las normas sociales, son individuos de buena moral. La fe cristiana, aunque insiste en una vida ético-moral, es más que el buen comportamiento. La fe implica una relación personal con Jesús. Es urgente, pues, que la parábola de la oveja perdida cobre para nosotros más que un sentido social. Nos incumbe también, por medio de vida y testimonio verbal, ser portadores del evangelio de Cristo a las ovejas perdidas dentro de la esfera de nuestra influencia. Cuando esto sucede, hay gozo en el cielo. Habrá también gozo en la vida de la oveja antes perdida pero ya encontrada.


Parábola de la moneda perdida (Luc. 15:8–10)
El contexto sinóptico

En esta parábola estamos tratando con una de las que son exclusivas del Evangelio de Lucas. Ya que esta parábola es una de la trilogía puesta por Lucas en su capítulo 15, es obvio que no hay gran diferencia en el contexto de ésta y la parábola que la precede y la que la sigue. Lo que sí se debe notar es que ésta es pareja de la anterior; la que sigue, la del hijo perdido, no guarda exactamente la misma relación. Dodd puntualiza:

La parábola del hijo perdido no es exactamente paralela con las otras dos. Su “punto” reside, al parecer, en el contraste entre el gozo de un padre al regreso de su hijo veleidoso y la mezquina actitud del “respetable” hermano mayor. No obstante, la aplicación se refiere a la misma situación en el ministerio de Jesús. Así la presenta Lucas, y no podemos dudar de que está en lo cierto.

Es llamativo cómo Lucas en este caso característicamente organiza su material en pares. A menudo cuando Lucas habla de un hombre, de inmediato habla también de una mujer (Zacarías y Elisabet; José y María; Simeón y Ana; la viuda de Sarepta y Naamán, el sirio; el hombre con el grano de mostaza y luego la mujer que pone levadura en la harina; y ahora el pastor que pierde una oveja y una mujer que pierde su moneda. Debe notarse, no obstante, que este interés por incluir a las mujeres no es sólo característico de Lucas; Jesús mismo, a diferencia de sus contemporáneos judíos, no tenía miedo de referirse a las mujeres como personas y no sólo como posesiones.

 El contexto en el ministerio de Jesús

Aunque esta historia no es una simple repetición de la parábola anterior, pues hay cambios en cuanto a detalles, sí es evidente que la enseñanza dejada por Jesús es la misma: el gozo grande motivado, en este caso, por el hallazgo de una moneda perdida. Los detalles difieren y algunos de ellos interesan mucho, porque contribuyen a la lección principal de la parábola. La parábola gira en torno a una mujer que había ahorrado diez dracmas. La dracma equivalía a un denario, o sea, la remuneración de un jornalero por un día de trabajo. Se trata, pues, de una mujer de pocos recursos. Este dinero probablemente era su dote; era de suma importancia para ella, pues la mujer que no se casaba era no tan sólo socialmente inaceptable, sino que estaba indefensa y destinada a la penuria más grande. Respecto al dinero perdido Jeremias observa:

… las diez dracmas recuerdan, a los conocedores de la Palestina árabe, el tocado femenino, guarnecido de monedas; este adorno pertenece a la dote, representa su propiedad más preciosa y no se lo quitan ni durante el sueño.

El hecho de haber extraviado una de estas dracmas representaba para la mujer una tragedia de grandes proporciones. Se pone a buscar “con empeño” por todos lados; su estado de ansiedad se deja palpar. Por la misma construcción de la casa, la búsqueda se hace difícil. Se trataba de una casa carente de ventanas, por ende oscura; no se trata de una búsqueda nocturna. La mujer enciende un “quinqué” para intentar hallarla. Ni con su lámpara rústica logra éxito; se pone a barrer con las hojas de una palmera. Ya que el piso era de tierra endurecida y hasta un tanto rocosa, al barrer se podría oír el choque de la moneda contra las piedras. Al fin, ¡eureka!, la encuentra. A esta altura de la parábola Jesús llega al gran tertium comparationis: la alegría compartida por lo hallado: “del mismo modo habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (v. 10). Dos cosas son muy significativas respecto a esta parábola que sobresalen: (1) su parentesco con la parábola anterior (la de la oveja perdida) se hace patente cuando Jesús mismo especifica la lección en ambas: “os digo” (compárese el v. 7 con el v. 10); (2) el uso del tiempo futuro en el verbo principal (“habrá”) puede ser indicativo de su carácter escatológico. Así, por lo menos, opina Jeremias:

El futuro de Lucas 15:7 hay que entenderlo escatológicamente: Dios se alegrará en el juicio final, cuando, junto a los muchos justos, pueda también anunciar la absolución a uno de los pequeñuelos, a un pecador arrepentido; Él se alegra más por esto. Así es Dios. Quiere la salvación de los perdidos, pues le pertenecen; su andar errante le ha dolido y Él se alegra del retorno al redil. Es la “alegría soteriológica” de Dios.

Debe ser claro ahora, mediante estas dos parábolas vistas hasta ahora en el capítulo 15 de Lucas, que Jesús quiere aclarar ante sus opositores la naturaleza de su propia misión en la que él se dedica a buscar a los pecadores mediante su asociación con ellos. Su relación con ellos demuestra la evaluación divina del valor de los pecadores en contraposición a la de los “religiosos”. La relación de Jesús con los pecadores es redentora por naturaleza. Su propio gozo es desbordante al ver el cambio de actitud y de rumbo (arrepentimiento) de uno de ellos.

La parábola para el contexto latinoamericano

El contexto sinóptico de la parábola es instructivo. Ya se ha dicho que la parábola de la moneda perdida forma parte de una trilogía de historias parabólicas que son exclusivas del Evangelio de Lucas. Se sabe que el capítulo 15 de Lucas pertenece a una sección especial cuyos materiales no figuran en los demás Evangelios. El capítulo 15 en especial se centra en lo que se conoce como “el evangelio del Mesías” (Luc. 14:1–17:10). Esta sección especial manifiesta un evangelio que se preocupa por los marginados y los despreciados (14:1–24), los cojos, los ciegos, los pobres y los perdidos (15:1–32). Dicho “evangelio del Mesías” también está cargado de una sensación de crisis (16:1–17:10). Todo esto significa que Lucas 15, el sitio de la parábola de la moneda perdida, se identifica plenamente con el tema general del Evangelio: “El hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10).
No es difícil encontrar una aplicación de esta parábola para América Latina. Si la enseñanza principal de esta parábola, al igual que la de las otras dos de la trilogía, es la desbordante alegría que se efectúa cuando algo perdido se halla, hay múltiples ocasiones para aplicar esta enseñanza al medio latinoamericano. Dios se interesa en el bienestar material tanto como el espiritual de los latinoamericanos. Difícilmente se pueda encontrar otra área más necesitada respecto a “los perdidos”. Los hay en el sentido económico a todo lo largo del hemisferio. Que éstos necesitan que sean “hallados”, no hay quien dude. Los que deseamos acatar las enseñanzas parabólicas de Jesús, no podemos sino desear que se hallen medios para que se ponga más atención a la grave situación de los marginados. Esta atención debe crearse no tan sólo en la esfera gubernamental sino también en la eclesiástica. No es justo que grandes cantidades de dineros se gasten en lujos de parte de las iglesias sin que se preocupen por las necesidades físico-espirituales de la gente. Ciertamente la alegría de Dios se desborda al ver que su pueblo se ocupe de “encontrar” a los que se pierden en las inequidades de la sociedad latinoamericana.
Pareciera innecesario que se dijera que hay distintas formas de estar perdido. Ya se ha hablado de los “perdidos” sociales. Los hay también espirituales. Es decir, el hombre sin Cristo está ya perdido; su destino es el de vivir eternamente sin Dios y sin esperanza. El hombre nace en el pecado, y está por lo tanto alejado de la presencia de Dios. Cuando al perdido se le predica el evangelio, hay la oportunidad de aceptar o rechazar tal mensaje de salvación. Si la opción es a favor del evangelio, el pecador es convertido y salvo. Cada vez que esto ocurre, la alegría en el cielo es como la alegría de la mujer que encontró el dinero que se había perdido. Por el contexto de la parábola, es claro que esta es la enseñanza diáfana de ella. Jesús quería dejar bien clara la idea de que el deseo más grande de Dios es que lo perdido se halle. Jesús mismo había dicho en otra ocasión, “el hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Aunque la conversión del pecador involucra su propia decisión favorable en pro del evangelio de Cristo, esto nunca viene a ser la causa de su redención. Ésta es provista por Dios en la muerte expiatoria de Jesús. La salvación desde su comienzo hasta su fin es obra de Dios. Por esto, es Dios mismo quien se regocija cuando cada pecador perdido se apropia de esa redención en Cristo por la fe. Su regocijo es grande cuando el perdido es hallado.


Parábola del hijo perdido (Luc. 15:11–32)

El contexto sinóptico

La historia en torno a un muchacho que abandona el calor del hogar para buscar su suerte muy distante de su tierra es la parábola más larga y la más famosa de Jesús. Lucas la ubica al final de la trilogía, porque es un cierre “con broche de oro” de este capítulo; es de notarse que esta parábola también se halla únicamente en el Tercer Evangelio. Aunque el nombre “hijo pródigo” se ha hecho ley por la costumbre, hay quien opina que esto representa un trasnombramiento, pues el punto de comparación no es con el comportamiento del hijo sino con el gozoso amor perdonador del padre. El que el padre ocupe el papel principal en la parábola es demostrado muy lúcidamente por Bornkamm . El padre da la libertad a su hijo para que se marche, y esto pese al hecho de que el hijo pida inoportunamente su herencia. Peor todavía, el hijo trata al padre como si ya se hubiera muerto; el padre no persigue al hijo a pesar de los atropellos morales de éste; es la figura del padre en la memoria del hijo la que lo estimula a reaccionar al estar sumido en la peor de las miserias. La benevolencia y la abundancia de la casa paterna lo motivan para que vuelva en sí. Es más, el que el muchacho haya ofendido a su padre sirve de motivación para que pida ser tratado como un simple siervo. El padre está continuamente pendiente del regreso de su hijo, tanto así que no espera dentro de su casa sino que lo ve aun estando a gran distancia de la casa. El padre es el que toma la iniciativa, corriendo donde su hijo para besarlo. El padre se olvida de las ofensas del hijo para colmarlo de lo mejor de su casa. Ciertamente, el padre de la parábola viene siendo el actor principal. Pero ya que la parábola completa involucra no tan sólo al hijo perdido y al padre amoroso sino también al hermano iracundo, se ha sugerido que un mejor nombre sería “La parábola del padre compasivo y del hermano airado”, porque, en efecto, la historia contrasta dos modos de recibir a un perdido.

Dada la importancia que tiene el padre para la parábola y también el papel del hermano mayor, la inclusión de los dos en el título no es un desatino.
Se debe hacer énfasis en el hecho de que la historia del hijo judío emigrado a otras tierras reviste características de lo real y no de lo alegórico. Durante el día de Jesús había cuatro millones de judíos en la diáspora pero sólo medio millón en Palestina. Muchos de éstos habían emigrado justamente para buscar su fortuna en países con más oportunidades.

La naturaleza de la historia es genuinamente parabólica y no alegórica. El padre de la parábola es un padre humano, pero, eso sí, ilustra el amor de Dios.
Aun la lectura más superficial de la parábola revela que ésta se divide en dos secciones lógicas: (1) la que describe la acción inmadura del hijo al abandonar el hogar paterno y la recepción del padre perdonador cuando el retorno del hijo perdido (vv. 11–24), y (2) la reacción negativa del hermano mayor (vv. 25–32). En ambas secciones una de las cosas que más llama la atención es el lugar que ocupan las conversaciones entre los protagonistas principales. A veces la conversación es un monólogo, por ejemplo, el que sostiene el hijo menor consigo mismo (vv. 17b–19); otras veces se constituye en una especie de discurso, cuando el hijo confiesa ante su padre (v. 21b). En total, habla el hijo menor, el padre, el siervo y el hermano mayor. Interesantemente, el único diálogo tiene lugar entre el padre y el hijo mayor.
Por el cambio tan radical de ambiente y por causa de la censura tan drástica a los fariseos que está implícita, algunos opinan que la segunda sección de la parábola no formaba parte de la parábola originalmente. Creen, más bien, que esta censura tan marcada no es digna de Jesús, y probablemente es lucano de origen. Por mucho que Lucas haya favorecido los elementos universales del evangelio y haya despreciado todo lo hebraico inauténtico en el ritualismo judío, no es comprobable que esta segunda sección sea producto unilateral de Lucas. La parábola tiene todos los rasgos de unidad cohesiva. Beck lo expresa muy bien al decir: “Algo del artístico genio escritor de Lucas figura en esta historia, pero lo ha mezclado de modo creativo y perfecto su arte con la originalidad aún mayor de Jesús”.

El contexto en el ministerio de Jesús

Ciertamente Jesús no daba sus parábolas como simples lecciones moralistas; menos las daba para dejar verdades intemporales. Siempre sus parábolas se daban dentro de un contexto inmediato que las requería. A menudo era el contexto el que daba cierta fisonomía a la parábola. El genio de Jesús en el empleo creativo de la parábola según las exigencias del contexto y casi de modo espontáneo es muy palpable. Ya se ha visto con cierto lujo de detalle la actitud de los fariseos y los escribas ante la relación de Jesús con los “pecadores”. La parábola del hijo perdido, aunque bien pudiera haberse dado bajo otras circunstancias afines durante el ministerio de Jesús, es la que mejor habla al problema de los líderes religiosos. Casi se pueden ver las muecas de autosatisfacción en los rostros de los fariseos cuando Jesús empieza la parábola y detalla los pormenores respecto de hasta donde llegó el “pecador”. Su autosatisfacción estriba en el hecho de que no había modo de que se identificaran con el hijo menor. Al contrario, pensarían que Jesús estaba dándoles la razón acerca de su evaluación de los pecadores. Cuando Jesús aborda el arrepentimiento del hijo menor (el v. 17 usa la expresión “volviendo en sí”, expresión tanto hebrea como aramea que significa el arrepentimiento), es muy posible que por primera vez algunos de los fariseos se dieran cuenta de la posible condición arrepentida de los acompañantes de Jesús. Es más, el que Jesús haya relatado la importancia de la comida restauradora compartida entre el padre e hijo puede haber aclarado aún más los motivos de Jesús al comer con “pecadores”. Estos fariseos serían muy aptos al identificarse con el hijo mayor, el que se negaba a comer y hasta rehusaba reconocer al retornado como hermano. Esto se observa en su uso un tanto despectivo de la expresión “éste tu hijo” (v. 30). Al igual que ese hermano mayor, los fariseos desconocían la calidad de hermanos de los pecadores. Los mismos sentimientos de enojo y odio del hermano mayor, los reconocían como suyos también. Pese al espíritu antagónico de los fariseos para con él, Jesús los amaba. En esto Jesús compartía el amor filial del padre de la parábola quien amaba de igual modo a los dos hijos. Ciertamente el amor del padre se palpa claramente, pero Jesús no quería sólo describir un amor paternal; sobre todo tenía la intención de que los fariseos reconociesen la compasión del padre ante un hijo arrepentido. Al reconocer esto, se llega al tertium comparationis de la parábola. Lo que Jesús deseaba que los fariseos reconocieran era el contraste entre la compasión del padre y la respuesta indignada del hijo mayor. No era difícil para los líderes religiosos reconocer su papel en la historia. Mediante esta parábola, Jesús busca una decisión por parte de los fariseos para que ellos entren al reino de Dios. Esto lo podían hacer al reconocer la legitimidad del ministerio de Jesús entre los pecadores, porque la actitud de Jesús hacia los pecadores era la de Dios. A todas luces, esta parábola es una que habla de forma diáfana de la gracia del reino de Dios.

La parábola para el contexto latinoamericano

La contextualización de esta parábola para nuestro medio puede hacerse convenientemente al considerar ciertos aspectos de dos de los personajes principales de la parábola. Los veremos según su aparición cronológica en la parábola.
Es muy claro que la parábola quiere que el hijo menor represente ante el auditorio (los fariseos y los escribas) al “pecador”. Sus pecados son múltiples según el modo de pensar de los líderes religiosos, y estriban en varios delitos. En primer término su misma juventud estaba en su contra. La “madurez” de los “ancianos” (léase “líderes religiosos”) tenía cierto prejuicio adverso contra todo lo que olía a juventud. Aunque Jesús es el que describe la condición del joven perdido, es significativo que no hay ni una sola palabra condenatoria dentro de la misma parábola respecto a la juventud del muchacho. Pareciera, en cambio, que la misma simpatía que Jesús sentía para con los “pecadores” (según la definición de los fariseos y los escribas) haría que no dijera ninguna palabra condenatoria respecto al muchacho; sólo describía los líos desastrosos en los que se había metido debido a su separación del hogar paterno. Lo que sí se nota es que su juventud no es una marca en su contra para Jesús.
No es ningún secreto que la América Latina de hoy es un continente de jóvenes. El Centro Latinoamericano de Demografía (Celade) dice al respecto:

Es importante destacar que en la gran mayoría de los países, 16 entre 20, con más del 80 por ciento de los habitantes de la región latinoamericana, el 35 por ciento de la población tiene menos de 15 años.

Todo esto se ha indicado para que se reconozca que cuando se habla de América Latina se está hablando de un conjunto de países con gran elemento joven. Esta juventud no ha de ser despreciada ni tildada de “pecadora” simplemente por ser menor de edad. Aunque su modo de comportamiento, según los mayores de edad, no refleja como quisiéramos los valores tradicionales, debemos ser pacientes con ellos y esperar (como lo hiciera el padre de la parábola) que ellos hallen su camino al cambio de actitudes respecto a esos valores. Según la parábola, el padre no intentó imponer su voluntad, sino que permitió que el joven descubriera por sí mismo el error de su camino. El padre no perdió esperanzas respecto a las posibilidades de ese hijo; estaba pendiente a su retorno a la casa. Aunque esta parábola se ha usado bien intencionadamente por muchos para hablar de los excesos de la juventud, hay que reconocer que Jesús mismo narró la parábola justamente para demostrar las potencialidades del pecador respecto al cambio de actitud y rumbo en la vida. Hay que tener presente siempre que la figura del hijo perdido sale bastante bien parada por causa de su arrepentimiento; esto contrasta marcadamente con el papel del hijo mayor que no demuestra tal capacidad. América Latina, reconozcamos la riqueza potencial que hay en la juventud nuestra; ayudemos todo lo posible porque esa potencialidad se realice. El futuro de América Latina depende de ello.
Hay un segundo factor llamativo en lo relacionado con el hijo menor por su analogía con las condiciones latinoamericanas de la contemporaneidad. Notamos que la emigración del joven de la parábola reflejaba una realidad histórica-cultural en el pueblo judío palestino del tiempo de Jesús. Muchos de los jóvenes judíos emigraban a otros países para buscar una mejor vida económica; ellos formaban un eslabón más en la gran cadena de poblaciones judías fuera de la Palestina que solemos llamar “la diáspora”. El hijo perdido, según la historia, tuvo una gran ventaja; llegó con bastante dinero en el bolsillo. Pese a esto muy pronto se hallaba sin dinero, sin amigos, sin identidad. La condición del hijo perdido en la “tierra lejana” es perfectamente análoga a la de muchos latinoamericanos que se ven obligados a emigrar del campo a la ciudad. Este fenómeno de la emigración campesina latinoamericana a las grandes urbes de la región en busca de empleo ha sido una de las características sociológicas de nuestro tiempo. La concentración de grandes poblaciones en las ciudades ha resultado en enormes e incalculables problemas para las ciudades, las economías de los respectivos países, etc. Los problemas mayores, no obstante, los han confrontado los mismos emigrados. Ellos han tenido que abandonar todo lo familiar: su hogar, su familia, su modus vivendi. Han llegado a las grandes ciudades en muchos casos sin amigos, sin familiares, sin hogar, sin dinero. Pronto ellos se hallan con las mismas crisis de identidad que sufrió el joven de la parábola. Su desesperación lo llevó a trabajar con hombres desconocidos (gentiles), pastoreando animales inmundos para los judíos (los puercos). Su mismo estado de alienación sociológica lo llevó a un peor estado de alienación psicológica. Llegó a creerse carente de valor, distanciado de todo lo familiar y todo lo valioso. Desprovisto de hogar, identidad personal y hasta de su religión, el joven experimentaba una crisis de proporciones gigantescas. La analogía con la experiencia de tanto latinoamericano llegado a la gran ciudad es clara. La parábola del hijo perdido ofrece una esperanza para todo aquel que se encuentre en semejante situación; no estamos solos en el mundo; hay un Dios compasivo y perdonador que nos tiene en gran estima. Somos de valor inmensurable para él. Lo somos también para la familia de Dios. Por esto las iglesias cristianas necesitan salirse de las cuatro paredes de sus templos para “buscar y salvar lo perdido”. Al igual que el hijo perdido, son de gran valor para Dios, para la iglesia y para la nación. La iglesia debe verse involucrada en el proceso de adaptación de los emigrados latinoamericanos. Muy a menudo, son las personas que más fácilmente están dispuestas a escuchar un evangelio de reconciliación.
Si la identidad del hijo menor es muy clara dentro de la parábola, la del padre es aún más. Se necesita volver a insistir en el carácter no alegórico de la parábola. No es que el padre de la parábola sea Dios, ni el hijo menor sea el pecador común, ni el hijo mayor sea el judaísmo; más bien cada uno de los protagonistas principales de la parábola está para que el drama llegue a su “lección” principal: la gran alegría de Dios por el arrepentimiento del pecador. Con todo, el padre de la parábola ciertamente ilustra el amor perdonador de Dios. La figura del padre es una perfecta metáfora de la persona y acción divinas. Sobre todo la parábola destaca la gran diferencia entre la actitud generosamente bondadosa del padre y la mezquindad del hijo mayor. Los fariseos y los escribas no podían sino verse muy mal parados cuando Jesús describía al hijo mayor. Estos no creían posible que los cobradores de impuestos, los “pecadores” pudieran arrepentirse. Jesús narró la parábola justamente para contestar la pregunta hipotética: “¿Qué pasa cuando un publicano o un gentil se arrepiente?” Kistemaker comenta:

Jesús pintó el amor del padre por sus hijos para aclarar muy bien que el amor de Dios es infinito. Su auditorio reconocía a Dios en la persona del padre. Ellos sabían que el pecado siempre es contra Dios primero y contra el prójimo segundo. ¿Cómo perdona Dios a un pecador para restaurarlo como miembro de su familia? La actitud del padre en la parábola es representativa del amor perdonador de Dios para con un pecador que se arrepiente.

América Latina necesita el modelo del padre que se encuentra en la parábola. Se acaba de hablar de la población joven que tienen nuestros países. Mucha de esta niñez puede verse en la calle sin quien la atienda, sin quien la provea de una educación adecuada, sin quien se ocupe de su bienestar. Uno no tiene que vivir en América Latina por mucho tiempo sin experimentar el desgarre del corazón al contemplar la situación de tanto niño abandonado en la calle por sus padres. Sin duda, hay explicaciones de índole socio-económicas que tendrán algo que ver, pero difícilmente se pueda achacar tanto abandono exclusivamente a la situación económica de la familia. Parte de los males ocasionados por el hacinamiento en las grandes urbes es la criminalidad en contra de los niños. Se puede apreciar por la observación y por la lectura de los diarios de cuánto niño queda a la intemperie y peor todavía expuesto al maltrato de elementos indeseables en la calle. La prostitución, la drogadicción, el robo se aprende en la calle. La pregunta que se hace es: ¿En dónde está el padre de estos muchachos? ¿No tendrá la más mínima cantidad de compasión por sus propios hijos? ¿Su propio egoísmo habrá permitido que abandone al infierno de la calle a su hijo? Es lamentable que los gobiernos de nuestra área se vean obligados a financiar programas en pro de la protección de la niñez. El amor, la compasión, la paciencia del padre de la parábola siguen siendo un aliciente y un reto a los padres latinoamericanos de hoy. No es por casualidad que el protagonista principal de la parábola sea el padre.
Sería muy difícil que un creyente cristiano leyera esta parábola sin que se le desgarre el corazón. Los motivos de este desgarre son varios. En primer término la mayoría de nosotros no podemos leer siquiera superficialmente la parábola sin vernos identificados con el hijo perdido. Nuestra propia peregrinación en la vida ha comprobado que también hemos dado la espalda al calor hogareño para luego pasar años quizá en caminos muy equivocados y perdidos. Muchas veces tardíamente llegamos a reconocer el error de nuestro camino, y creemos imposible el retorno al hogar paterno para remediar los dolores que hemos ocasionado a otros dentro de la familia. Es decir, algunos al leer esta parábola se sentirán impactados personalmente por eventos desastrosos que sólo pueden achacarse a sí mismos. Lo que se debe recordar, no obstante, es que la parábola tiene un desenlace feliz. Estaba el padre de la familia aún esperando el regreso del hijo descarriado. Por imposibles que parezcan las soluciones en relaciones rotas dentro de las familias o dentro de las iglesias, siempre hay que recordar que lo imposible para los hombres es posible para Dios. El peor intento de reconciliación es el que no se hace. La disposición del ofendido no siempre se conoce bien. Al igual que el hijo perdido no sabía a ciencia cierta exactamente la reacción de su padre al volver a casa, tampoco sabremos la actitud del ofendido dentro de la familia, especialmente si las relaciones interpersonales han estado rotas por mucho tiempo. Esto no impide que hagamos la lucha para que presentemos nuestras disculpas y procuremos hacer las paces.
Claro está, esta parábola tiene su aplicación espiritual también. No existe persona que no haya hecho el papel del hijo perdido ante Dios. Es más, puede ser que hace años nuestra relación con el Señor esté rota por la presencia de pecado conocido. Urge que el arrepentimiento personal intervenga y que volvamos al Padre que espera para perdonarnos. Sólo así habrá una paz renovada en nuestra vida.

las parábolas d jesús

         Jesús explica las parábolas del reino a sus discipulos


Parábola del fariseo y el publicano (Luc. 18:9–14)

El contexto sinóptico

Se nota desde el arranque que esta es una de las parábolas de Jesús que se halla exclusivamente en el Evangelio de Lucas. Ya que este es el caso, no se puede hacer una comparación entre los distintos contextos de la parábola en los demás Evangelios. Pese a esto, sí se puede reconocer que Lucas mismo ubica la parábola dentro del armazón general de los Sinópticos en lo que se ha llamado “La sección especial de Lucas” (Luc. 9:51–18:14). Es precisamente en esta sección especial de Lucas donde el evangelista hilvana una historia muy dramática respecto al viaje de Jesús hacia Jerusalén con el fin de darse en sacrificio expiatorio. Para hacerlo, emplea materiales de otras fuentes accesibles a él, pero emplea grandemente mucho material que procede de la llamada fuente “L”, o sea, esa fuente a la cual únicamente Lucas recurría. Muchas de las parábolas más conocidas de Jesús se hallan en esta fuente. Así es con la parábola del fariseo y el publicano.
Se nota que Lucas agrupó esta parábola con otra que tenía que ver con la oración, es decir, la parábola del juez y la viuda (Luc. 18:1–8). Ésta recalca la eficacia de la oración persistente o tenaz. La parábola del fariseo y el publicano, en cambio, recalca el peligro de la oración presumida (vv. 9–14). Según Jones, Lucas ordenó estas dos parábolas una tras la otra para dejar una lección sobre la oración que alentara tanto como retara. Asevera el perspicaz autor estadounidense también que una de las razones por las que estas parábolas se conservaron dentro de la tradición sinóptica es porque estas mismas historias poseían cualidades didácticas para afrontar problemas y necesidades en la iglesia cristiana posterior al tiempo de Jesús. Justamente estas mismas cualidades didácticas hacen que las parábolas tengan una injerencia directa en las iglesias cristianas de hoy. Estas las veremos más tarde.
Otra influencia del evangelista sobre la expresión de la parábola es que hace que ésta se aplique más ampliamente que sólo a los fariseos. Es decir, la enseñanza de la parábola está para todo aquél que tenga el mismo espíritu farisaico, sea que se halle fuera o dentro de la iglesia. Precisamente esta ampliación del auditorio para la parábola cuadra con la práctica del evangelista de universalizar su mensaje. Hay que recordar que Lucas es el evangelista que más incluye a todos los no judíos y a los marginados dentro del alcance del amor de Cristo. Aunque Jesús hace que el fariseo sea uno de los protagonistas principales de la parábola, para Lucas la parábola se dirigía a cualquier persona que se justificara a sí mismo y sobre todo al religioso cuyo espíritu fuera santurrón. Por esto, el evangelista advierte por medio de la parábola a todo cristiano, fuera miembro de la iglesia en Roma, en Antioquía o en otra parte, que no debía orar con el espíritu del fariseo. Es totalmente posible que Lucas se hubiera topado con algunos cristianos que tenían la misma actitud que el fariseo de la parábola. Es decir, desdeñaban a sus compañeros cristianos como si fueran menos “espirituales” que ellos. Claramente, para Lucas la autojusticia y el desdén para otros eran dos posturas interrelacionadas psicológicamente.
En esta parábola y en otros lugares dentro de los Evangelios los fariseos quedan muy mal parados, principalmente por su pretensión de superioridad espiritual. Kistemaker  indica, sin embargo, que sería un error atribuir esta actitud negativa a todos los fariseos, ya que Nicodemo tanto como José de Arimatea eran fariseos. Es evidente que los demás evangelistas no caracterizaban a estos dos con esta actitud negativa. Es claro, pues, que Jesús en esta parábola describe la actitud de un fariseo en particular que se creía superior a sus demás compatriotas por su observancia estricta de la Ley de Moisés. El apóstol Pablo, en Filipenses 3:4–6, describe su propia actitud como fariseo y sus pasadas pretensiones legalistas. Quién quita que esta misma parábola de Jesús fuera influyente en la actitud no legalista del Saulo de Tarso convertido. Ciertamente, uno de los elementos principales dentro de la parábola tiene que ver con qué cosa constituye la verdadera justicia ante Dios. Destaca la parábola la idea de que la justicia que Dios requiere no se halla dentro del legalismo.
¿Cómo era el legalismo del fariseo? Al acudir al templo para orar, el religioso por medio de sus palabras desmiente su necesidad de Dios ya que confía en su propia justicia. Se cree capaz de cumplir con los requisitos que él mismo ha establecido. Ante la presencia de otro que no es capaz de hacerlo, sólo puede sentir el desdén. Entre los requisitos impuestos por los fariseos estaba la oración dos veces al día: a las 9:00 h y a las 15:00 h. Llama la atención que va a la parte exterior con el fin de ser visto en la oración por los hombres. Al orar, se pone de pie y al mirar hacia el cielo “oraba consigo mismo”. Es interesante que la RVA traduzca el griego pros jeaton de esta manera. Textualmente, hay cierta ambigüedad en el uso de la expresión. Puede ligarse la expresión con “ponerse de pie”, significando así “se apartó para orar”. En su defecto, puede ligarse con el verbo orar, y esto cambia el sentido para que se lea tal como los revisores de la RVA indican. Dentro del contexto, esta traducción es la más lógica. Es como si estuviera orando a sí mismo y acerca de sí mismo. La lógica en la traducción es que obviamente la oración del fariseo se centra en sí mismo. Tenía el propósito de ser oída por la gente en su derredor. No se le escapa al lector que el pronombre “yo” figura por lo menos cuatro veces en la oración. También sobresale el hecho de que en la oración no hay ninguna petición. Lo más probable es que así resulta, porque el fariseo se creía totalmente autosuficiente. Tampoco hay confesión en la oración, porque legalistamente había cumplido con todos los mandamientos de Moisés. Se creía totalmente inocente, pero ignoraba el papel de la gracia de Dios.
Es más, en la oración el fariseo fanfarronea que hace dos cosas por encima de lo prescrito por la ley. Hace alarde de ayunar dos veces por semana, los lunes y los jueves. La ley de Moisés exigía que el pueblo ayunara sólo una vez al año en el Día de la Expiación (Lev. 16:29–31; 23:27–32; Núm. 29:7—“afligir el alma” se entiende como ayuno, comp. NVI—). No obstante esto, los fariseos insistían en ayunar los días adicionales. Tal práctica no era común entre la gente común.
Otro motivo de fanfarronería de parte del fariseo era su práctica de diezmar más allá de lo que la ley demandaba. Según ésta, se esperaba que se pagase un diezmo sólo sobre la cosecha agrícola (Deut. 14:22). El fariseo afirmaba que pagaba diezmos de “todo lo que poseía”. Si el religioso tenía granos agrícolas entre sus posesiones, el agricultor que los cosechó ya habría pagado un diezmo. Pese a esto, el fariseo quería informar a Dios que pagaba un diezmo adicional, cosa no requerida por la ley. Quería impresionar a Dios con su legalismo sacrificial.
El otro personaje principal de la parábola es el publicano. Éste era odiado no tan sólo por el fariseo de la parábola sino por la mayoría de los judíos. Era considerado como traidor, ya que era un burócrata del sistema romano de cobrar impuestos. Que un correligionario se vendiera al gobierno romano era particularmente despectivo. Que éste se aprovechara de su puesto para abusar del pueblo judío era doblemente odioso. Una de las tentaciones más agudas para los publicanos era precisamente eso, es decir, abusar del pueblo, exigiendo más impuestos de los que el gobierno romano pedía. Obviamente, muchos de los publicanos se hacían ricos de esta manera a expensas del pueblo. Que este publicano en particular hubiera abusado del pueblo no se nos dice en la parábola. Lo que sí se nota de inmediato es que el publicano asume la postura del penitente lo cual puede sugerir el reconocimiento de un grado elevado de culpabilidad. De nuevo, sus palabras y su postura corporal indican su sentido de enorme tristeza por su pecado. Queda “a cierta distancia” de los demás, y no podía ni levantar los ojos al cielo. Siguiendo la costumbre judía para señalar el arrepentimiento, se golpeaba el pecho. Si era culpable de robar al pueblo, abusando así de su puesto, tenía que darse cuenta de que no era posible que restituyera todo lo que había robado. Según Levítico 6:2–5, el que robara tenía la obligación de devolver la totalidad de lo robado más una quinta parte. Todo esto tenía que entregárselo al ofendido el mismo día en que ofrecía un sacrificio ante Dios por su pecado. Reconociendo la imposibilidad de cumplir con este requisito de la ley, prefería quedarse lejos de los sacerdotes y los demás adoradores. No le quedaba más remedio que arrojarse sobre la misericordia de Dios y pedir el perdón.
Es significativo que el publicano escogiera el templo en lugar de una sinagoga para elevar su oración de penitencia. Había sinagogas por todas partes en la Palestina de su día, pero no se atrevía a entrar a una de ellas. Buscaba el perdón de Dios, pero temía lo que la gente dijera dentro del ambiente familiar de una sinagoga. Como a todo judío se le permitía entrar al atrio exterior del templo; es aquí donde eleva su oración de arrepentimiento, un lugar de menos contacto personal con la gente.
La oración del publicano es reveladora. Se contrasta su oración drásticamente con la del fariseo. Es obvio que el publicano, por el peso de su pecado, no recurre a ningún sistema oficial de orar. Por su puesto tan odiado por el pueblo judío, es muy posible que no practicara los ritos de su fe desde hacía mucho tiempo. Puede ser que por esto los elementos normales de la oración falten en su plegaria. Cosas como palabras de alabanza, adoración y agradecimiento no figuran en su oración. Su pecado pesa tanto sobre él que sólo puede sollozar “Dios, sé propicio a mí, que soy pecador” (v. 13). En el texto griego está el artículo definido lo cual indica que el publicano se creía no tan sólo un pecador común como los demás sino el pecador, ya que consideraba su propio pecado como algo especialmente grave. Kistemaker describe esta actitud magistralmente:

El pecador, como el publicano se llama a sí mismo, viene a Dios con las manos vacías. No tiene ningún mérito ni reclamación. No piensa siquiera en pretextos o explicaciones. Comparaciones con otros quedan fuera de lugar. Sabe que él es el pecador que ruega por la misericordia. Su exclamación, “Dios, sé propicio a mí,” es una plegaria para que Dios perdone su pecado y no le haga llegar la ira divina. Pide misericordia, porque no se atreve a pedir más. Ora y espera la respuesta de Dios.

La parábola del fariseo y el publicano hace más que describir el gran contraste entre las actitudes ante Dios de los dos protagonistas principales. También la parábola deja un cuadro bien claro de cómo es el Dios de los dos. Hay quien piensa, inclusive, que la parábola se da con el propósito de convencer a los oyentes de la realidad de un Dios de libertad. Según Jones, se dan dos representaciones de Dios que se ponen a la par en la parábola. La primera es falsa y es la del fariseo. Es falsa, precisamente porque tiende a remover la libertad de Dios; Dios no podía amar a un publicano. Además, se veía obligado a aceptar a los fariseos. En su defecto, era imposible que Dios amara un publicano. En cambio, la segunda representación de Dios es la del publicano que sí permite una libertad para que Dios sea Dios. Éste es libre para perdonar a quien quiera y según sus propios criterios. Esto introduce una segunda característica de Dios que se puede apreciar a lo largo de la parábola: la soberanía de Dios. Cuando Jesús declara “Os digo que éste descendió a casa justificado en lugar del primero” (14a) demuestra su plena soberanía para perdonar a los imperdonables. La libertad de Dios siempre echa a tierra todas las falsas rigideces establecidas por los hombres. Así fue en el caso del publicano que recibió el perdón de Dios por su espíritu arrepentido.
Jesús termina la parábola en Lucas con la misma frase que había empleado en otra parábola (Luc. 14:11) y en otro contexto (Mat. 23:12): “Porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. El que la parábola termine con una frase generalizadora demuestra que no siempre las parábolas tienen que interpretarse asociándolas con un evento específico en el ministerio de Jesús. Esta es una de esas parábolas. El que así sea hace que su aplicación al contexto contemporáneo sea más fácil.

El contexto en el ministerio de Jesús

Ya se ha observado que Lucas no establece un auditorio específico para la parábola. Es decir, no se menciona un grupo en particular como los fariseos o los saduceos, etc. Sólo dice que la parábola fue relatada por Jesús a unos que demostraban su autojustificación y su desprecio por los demás (v. 9). Según Hendrickx, La parábola no arremete contra los fariseos en general. Tampoco destaca a los publicanos como objetos del odio de los judíos específicamente. Más bien, la parábola hace sobresalir a este publicano que confía en la misericordia de Dios. Jesús, por medio de la parábola, desea persuadir a su auditorio a que el perdón de Dios aguarda a los pecadores que ponen su confianza en la misericordia de Dios. En cambio, los hombres que se creen justos por sus propios méritos y que simultáneamente excluyen a los pecadores de la salvación serán rechazados por Dios. Tal concepto puede hallarse claramente en el mensaje general de Jesús. Éste proclama a un Dios que no excluye a pecadores cuya confianza está puesta en su misericordia; al contrario, los acepta (Luc. 7:36–50; 15:1–32; 19:1–10). Puesto que Dios es así para Jesús, podemos dar por sentado que Cristo escogió los dos protagonistas principales de la parábola para establecer una vez por todas su premisa básica en virtud de su controversia con los fariseos respecto a la salvación de los publicanos. La parábola, pues, se dirige tanto a pecadores como a los fariseos. A los pecadores Jesús afirma que el arrepentimiento y la confianza en la misericordia de Dios resultan en su justificación. A los fariseos Jesús establece que la postura de rechazo de parte de ellos va contra el pensamiento y el deseo de Dios. Jesús quería advertir a los fariseos a que no limitaran la misericordia de Dios; es decir, ésta permitía el perdón de Dios para los pecadores siempre y cuando ellos demostraran una actitud sumisa y de profundo arrepentimiento.

La parábola para el contexto latinoamericano

Aunque la parábola bajo estudio cobra matices sumamente religiosos, no deja de presentar oportunidades para su aplicación al medio político-religioso-social de los países latinoamericanos. Aunque la enseñanza principal de la parábola respira un ambiente netamente religioso, se puede observar que hay elementos sociales dentro de la parábola que tienen su injerencia en el medio latinoamericano. Estos elementos son: el prejuicio y el clasismo.
En primer lugar es evidente que la parábola está impregnada del prejuicio. El fariseo de la historia ilustrativa muestra su prejuicio contra el publicano por varias razones. Claro, por su propio sentido de superioridad religiosa, desdeña al pobre “pecador” por su modo de ganar la vida. El publicano se dedicaba a cobrar los impuestos gubernamentales a favor de los administradores romanos que llevaban la batuta en la Palestina. Cierto es, como ya se ha explicado, algunos de los judíos que servían a las fuerzas romanas se enriquecían a costa del pueblo judío. Se puede entender cómo se tendría una actitud negativa para con las personas que le robaban a uno. Pero la parábola demuestra que de por medio había un odio de parte del fariseo, no tanto por abusos económicos sino por su estatus social. Es de conocimiento común que los fariseos tenían su propia manera de clasificar a la gente. Entre los “pecadores” había muchas personas rechazadas por los fariseos simplemente por su trabajo. Entre ellas estaban los curtidores. También en el escalafón social los pescadores ocupaban un renglón inferior. Es muy posible que el puesto del cobrador de impuestos fuera considerado también un rango social inferior.
No hay que rebuscar mucho entre la sociedad latinoamericana para encontrar ciertos prejuicios semejantes. El que una persona tenga un trabajo cuya remuneración no es grande a veces es motivo de desprecio de parte de cierto nivel de la sociedad. He aquí, un prejuicio de índole económica. A veces el prejuicio no estriba exclusivamente en razones económicas. La clase de trabajo también suele ser motivo de rechazo. Hay cierto elemento en la sociedad latinoamericana que contempla el trabajo del servidor público como algo indigno. Muchos jóvenes evangélicos, por ejemplo, miran con desdén el trabajo del político, porque consideran que la política de por sí es sucia. Se sabe, no obstante, que cualquier trabajo puede ser digno siempre y cuando el que realiza el trabajo lo desempeñe con honradez. Urge que haya jóvenes cristianos que se dediquen con ahínco e idealismo al servicio de la patria como servidores públicos. Hacen falta cristianos de verdad que contemplen su servicio público como un ministerio y que sean luz y sal en el trabajo tal y como Jesús mandó en el Sermón del monte. Mientras se siga relegando el trabajo gubernamental a los elementos no cristianos del país, la política seguirá siendo “sucia”.
El clasismo también es un problema en América Latina como en muchas otras partes del mundo. Por clasismo se entiende la división artificial y dañina entre los distintos niveles socioeconómico-culturales de la sociedad. Lo más común es que se hable de tres grupos principales: la clase alta, la clase media y la clase baja. Esta división normalmente se usa cuando se trata de distinciones económicas. Es decir, la clase alta sería la vasta minoría que es dueña de la mayor parte de los recursos económicos del país. Grosso modo los integrantes de esta clase normalmente son los dueños de las industrias, los grandes comercios, la banca y los altos funcionarios gubernamentales. La llamada clase media es la que está formada por los profesionales y los empleados de sueldos y prestaciones cómodos. El tamaño de esta clase en América Latina varía de país en país. La llamada clase baja constituye la mayoría en muchos países latinoamericanos. Precisamente lo que llama la atención para muchos es la enorme disparidad en el nivel de vida de los integrantes de las distintas clases. Mientras los de la clase alta viven holgadamente si no con lujos, los de la clase baja luchan por los elementos más básicos de la vida: alimentos, vivienda y ropa adecuada. Por la enorme diferencia entre estas dos clases en América Latina, suele darse que los integrantes de ellas nunca se ven en contacto los unos con los otros. Esto hace que el prejuicio y hasta el desdén entre las dos clases se den.
Otro género de clasismo existe también por el nivel de preparación académica. Las personas con mayor y avanzada preparación cultural suelen mirar con cierto aire de desprecio a los conciudadanos de menos cultura. Ambos tipos de clasismo son lamentables, pero se dan. La parábola del fariseo y el publicano tiene sus lecciones positivas y correctivas contra el prejuicio y el clasismo. Jesús, por medio de la parábola, enseña que no importa el puesto o el nivel económico de la persona (sea fariseo o publicano). Dios acepta a la persona no por su estado socioeconómico sino por su actitud para con los demás y para con Dios. Hace falta una buena dosis de arrepentimiento de parte de todas las clases con respecto al prejuicio y el desdén que tienen para otros que no sean de su clase. Lo cristianamente ideal sería una sociedad no clasista. Aprendamos las lecciones de la parábola del fariseo y el publicano.
Para los miembros de la iglesia cristiana esta parábola es especialmente pertinente. Lo más fácil es que nos olvidemos de nuestra vida pasada en la que dábamos rienda suelta al pecado. Los que nos hemos criado en un hogar cristiano estamos especialmente dados a olvidar que también fuimos rescatados del pecado por la sangre de Jesús. Mientras más tiempo uno sea creyente, más tendemos a olvidarnos de que aún somos pecadores con necesidad de arrepentimiento. Desdichadamente, muchos de los creyentes cristianos hemos asumido la actitud y la postura del fariseo. No es que conscientemente despreciemos a otros como el fariseo, sino que más bien llegamos a ponernos cómodos en nuestra relación con el Señor, pensando que la salvación por Cristo nos exime del pecado. ¡Nada más lejos de la verdad! Si bien es cierto que la mayoría de los creyentes evangélicos no son dados a los vicios más degradantes, esto no permite que nos cataloguemos como personas sin pecado. Esto precisamente es donde nos asemejamos más al publicano. Éste a todas luces cumplía con todas las leyes del judaísmo, y para el público, era muy “justo”. El problema con esto es que las demandas de Dios no son las mismas que las del vulgo. Los creyentes con años de experiencia en la fe reconocen que siempre hay el problema del “yo” en nosotros. Siempre hay la tentación a sucumbir ante los deseos personales en lugar de cumplir con la voluntad conocida de Dios. En otras palabras, el egocentrismo es el problema mayor de todos. Está bien que hayamos dejado atrás a los “pecados” más obvios ante la sociedad, pero recordemos que por ser personas caídas, nunca llegaremos a la perfección o la impecabilidad en esta vida. Al igual que el publicano, necesitamos reconocer el pecado que nos arrastra, confesarlo ante el Señor y pedir perdón en nombre y por la obra de Cristo Jesús. El arrepentimiento es una actitud más que un acto. Ya que el pecado es permanente aun en los creyentes, el arrepentimiento debe caracterizarnos también como algo permanente. La parábola nos enseña claramente que existe el peligro de que el creyente llegue equivocadamente a la idea de una superioridad espiritual. Esta misma actitud conduce a la larga a desprecio para con los demás. Los seguidores de Jesús quedan debidamente advertidos en contra de esta actitud. A la luz de esta parábola, pues, quedan dos cosas que los creyentes deben procurar evitar: una falsa actitud de superioridad espiritual y el olvido de nuestra propia condición de pecador.


Parábola de los obreros de la viña (Mat. 20:1–16)

El contexto sinóptico

He aquí otra parábola encontrada únicamente en Mateo. Es lo más probable que esta parábola se tomó de la fuente exclusiva de Mateo, o sea, la fuente “M” (ver “Disciplinas Neotestamentarias” en el Apéndice). Aunque la parábola es peculiar a Mateo, el contexto en que se da tiene paralelos en Marcos y Lucas. Por ejemplo, siguiendo el orden de Marcos (Mar. 10:17–22) se encuentra la historia de Jesús y el joven rico en Mateo 19:16–22. El mismo orden es seguido por Lucas también en 18:18–23. Además, Mateo (19:27–30) también sigue a Marcos (10:23–31) en el relato de los sacrificios y los beneficios de los discípulos. Lucas sigue a Marcos también en 18:24–30 con la misma narración. En fin, el evangelista Mateo simplemente toma el contexto de Marcos y lo enriquece al agregar la parábola de los obreros de la viña; ninguno de los otros sinópticos contiene dicha parábola.
Mateo señala la moraleja de los dos relatos con el adagio “Pero muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros” (Mat. 19:30). Justo a esta altura en el orden de Marcos, el evangelista Mateo coloca la parábola. Es obvio que para Mateo este refrán que se encuentra en Lucas con un contexto diferente (Luc. 13:30) indicaba la aplicación que Jesús tenía en mente para la parábola. Este dicho proverbial habla del cambio total entre el destino de los del mundo y los del reino de Dios (Mat. 20:16). Típicamente, el erudito británico C. H. Dodd opina que el adagio fue usado por Mateo sin que hubiera mucho nexo lógico entre la parábola y el dicho . Barnett, en cambio, encuentra que el dicho al final de la parábola es clave para su comprensión. En esta ocasión pareciera que el metodista estadounidense acierta más que el anglicano inglés.
El contexto inmediato de la parábola es la pregunta hecha por Pedro respecto a lo que los discípulos recibirían por seguir a Jesús (Mat. 19:27). Claro está, parte de ese contexto inmediato es también la respuesta de Jesús que se encuentra en Mateo 19:28–30. Dentro de su respuesta, Jesús declara que sus discípulos recibirían bendiciones incontables por su lealtad sacrificial. Entre las bendiciones aparentemente escatológicas estaba la de ocupar lugares de prominencia en el nuevo Israel, entendido en este contexto como el reino de Dios. Otras bendiciones incluirían el aumento en el número de familiares espirituales y la vida eterna. Es interesante el uso de esta última expresión que caracteriza más a las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan. Se sabe que la expresión “vida eterna” en Juan ocupa el lugar que “reino de Dios” tiene en los sinópticos. Por lo menos, la expresión “vida eterna” no es característica de los sinópticos.
Llama la atención que al finalizar sus palabras respecto a las bendiciones futuras de los discípulos leales, Jesús agrega el dicho ya aludido “Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros”. Al terminar la parábola misma, Jesús invierte el orden del adagio al decir: “Así, los últimos serán primeros, y los primeros últimos”. El significado de este cambio se aclarará al ver el contenido de la misma parábola (la RVA nos indica que algunos manuscritos antiguos agregan las siguientes palabras al refrán: porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos). También, es interesante cómo algunos eruditos manejan las palabras de este dicho. La mayor parte de las versiones bíblicas atribuyen las palabras encontradas en Mateo 20:16 a Jesús, ya que no forman parte de los dichos del dueño de la viña. Sin embargo, por lo menos una versión inglesa (The New English Bible) no pone las palabras entre comillas, indicando así que son palabras de Mateo y no las de Jesús. En cambio, la RVA correctamente las incluye dentro del relato de Jesús mismo. Para nuestros propósitos, las palabras de Mateo 20:16 representan la aplicación de Jesús mismo a su propia parábola. Son imprescindibles para una interpretación sana de la parábola.

El contexto en el ministerio de Jesús

¿Quiénes fueron los primeros oyentes de la parábola? ¿A qué grupo dirigía Jesús la parábola? Aunque dentro del pasaje sólo se mencionan los discípulos, no sería nada extraño que algunos de los opositores de Jesús estuvieran dentro del auditorio durante el ministerio de Jesús. Por lo menos la parábola tiene un impacto para los discípulos tanto como para los escribas y los fariseos. Ciertamente, debido al tenor general del judaísmo contemporáneo de Jesús, los dos grupos estarían afectados por la enseñanza de la religión respecto al valor y la necesidad de las obras meritorias. El favor de Dios se ganaba, según esta enseñanza, por guardar la ley. La obediencia a la ley y la realización de otras obras meritorias eran imprescindibles para estar en buena relación con Dios. Tan influidos por esta enseñanza, ni los mismos discípulos de Jesús podían escaparse de ella. Para algunos judíos, inclusive, sus obras meritorias ponían a Dios en tal situación que éste se sentía obligado a recompensarles por sus buenas obras. En cierto sentido, por su obediencia a la ley, “manejaban” a Dios, coartando así su libertad. Sin darse cuenta, los judíos hacían exactamente lo mismo que los paganos al “controlar” a sus dioses por medio de sus sacrificios idolátricos. Desde luego, ni los líderes religiosos judíos ni los discípulos de Jesús se daban cuenta del error de esta actitud nociva que se había posesionado de ellos. Uno de los propósitos principales de la parábola de Jesús era contrarrestar este error y dejar la enseñanza positiva de la gracia ilimitada de Dios.
El nombre de la parábola varía entre los distintos expositores. Jeremias (Las parábolas de Jesús, p. 136), por su énfasis sobre el papel del dueño de la viña, opta por bautizar a la parábola con el nombre “El buen patrón”. Otros la han llamado “Paga igual”. La mayoría de los comentaristas, sin embargo, prefieren el título que lleva la RVA: “Los obreros de la viña”. Lo que se debe aclarar, no obstante, es que la parábola no enfoca de manera preponderante la cuestión de relaciones y condiciones laborales ni la de los problemas involucrados dentro de la fuerza laboral de sueldos justos. Dicho sea de paso, estos factores se hacen presentes en la parábola pero no representan el propósito principal de ella. Más bien, el dueño de la viña por medio de su actuación de gran bondad para con sus obreros señala una gran verdad teológica: Dios da libremente buenas dádivas a los hombres por la pura gracia. Hunter destaca esto con claridad:

Comenzaremos con “los obreros de la viña”, no sólo porque sea una de las parábolas más bellas y desconcertantes … sino porque proclama de la forma más cautivadora la gracia del Dios que trae el reino, lo cual es el tema de este capítulo. Una vez D. S. Cairns dijo: “Concibe la gracia como la más extravagante bondad de Dios”. La parábola invita a los escribas y los fariseos a que hagan justamente esto.

La topografía de Israel hacía que el viñedo fuera algo muy importante para la vida agrícola judía. Ya que los escritores del Antiguo Testamento conocían al dedillo este rasgo de la cultura israelita, era natural que éste sirviera como cantera para sus modos de pensar y expresarse. Por ejemplo, Israel era el viñedo de Dios, y el cuidado de Dios para su pueblo se describía en términos de la acción de un viñador. También, el desagrado de Dios para con su pueblo se expresaba por medio de la desolación y la ruina que resultaban de la holgazanería e irresponsabilidad de ellos (ver Prov. 24:30; Isa. 1:8; 5:1–7; Jer. 12:10).
Veamos algunos de los detalles de la parábola. No se menciona la estación o temporada específica del año en la parábola. Probablemente fuera el mes de septiembre cuando los eventos narrados en la parábola tendrían lugar. Esto se dice porque es en ese mes cuando se realiza la vendimia. En Israel las uvas empiezan a madurarse antes, pero hasta septiembre es cuando se cosechan. Smith (p. 185) indica que aunque él personalmente acepta esta época del año como el trasfondo de la parábola, otro escritor llamado Lagrange opina que se trataba más bien de los meses de la primavera cuando era urgente sacar la maleza de los viñedos. También, según Lagrange, el hecho de que el v. 12 mencione la palabra griega kauson ocasiona que dicho autor prefiera la primavera. En la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento) este vocablo traduce el hebreo que significa el viento sofocante del oriente llamado el siroco. Es importante reconocer, no obstante, que la palabra no siempre se traduce de esa manera, y no hay por qué creer que así deba traducirse en la parábola.
Si se acepta el mes de septiembre como el marco temporal para los eventos de la parábola, podemos saber que en el primer siglo las horas laborales comenzaban a las 6:00 h y terminaban a las 18:00 h. Desde luego, los obreros judíos tomaban tiempo durante el día para comer y hacer sus oraciones de rigor. Normalmente se consideraba que la extensión de tiempo invertido en la labor era de 10 horas. Se sabe también que durante el mes de septiembre, aún los calores al mediodía son considerables.
Según la parábola, el dueño de un viñedo de algún tamaño se hizo el propósito de cosechar todas sus uvas en un solo día. Esta es una explicación por la necesidad de seguir contratando gente hasta tarde en el día. Posteriormente, se notará otra posible razón. Estos jornaleros eran hombres que trabajaban por la paga correspondiente de un día. Se congregaban en un lugar específico (como la plaza central) donde los contratistas en perspectiva pudieran encontrarlos fácilmente. No estaban sin trabajo por ser ociosos, sino porque no existía otra clase de empleo. No eran esclavos sino hombres libres en el sentido de que se ofrecían para trabajar por la paga. Los esclavos no podían hacer esto. No obstante, en un sentido muy real, no eran hombres libres, porque sólo les quedaba la opción de trabajar en las labores menos deseables. No les quedaba otro remedio que aceptar el trabajo y la paga que se les presentaran.
Según el horario de trabajo que ya se indicó, es obvio que el dueño del viñedo tuvo que madrugar para llegar a la plaza para contratar obreros. Esto se hizo, prometiendo a los jornaleros lo usual en cuanto a paga: un denario. Esta cantidad de dinero era suficiente para que una familia se sostuviera por un día. Esto significaba que si no se lograba trabajo, la familia carecía de todo lo necesario para subsistir. Según la parábola, aparentemente todos los hombres contratados al principio estaban conformes con lo ofrecido en cuanto a paga. Éstos fueron despachados al viñedo para comenzar la vendimia. A eso de las 8:00 h o 9:00 h, mientras los jornaleros contratados seguían trabajando, el dueño del viñedo regresa a la plaza donde encontró otros jornaleros que todavía buscaban trabajo. El dueño los contrata para que trabajen durante las horas restantes de la jornada. Simplemente les dice que pagaría lo justo. A estas alturas se empieza a sospechar que la razón preponderante por el empleo de otros jornaleros de parte del dueño de la viña no es su afán por terminar la vendimia en un solo día. Más bien, ya se comienza a percatarse otros móviles en la actuación del dueño. Regresa a la plaza, porque se da cuenta de que aún quedaban hombres sin trabajo cuyas familias sufrirían. Prueba está en que el hombre vuelve no menos de tres veces más a la plaza para contratar gente, la última vez a las 17:00 h. Se aprecia algo del espíritu caritativo del dueño de la viña, pero también se nota algo del espíritu luchador de los obreros que esperaban en la plaza porque se les contratase aunque fuera por una parte del día con una parte del sueldo de un denario. Hay una demostración de dedicación, sacrificio y confiabilidad en los hombres de la plaza que sólo pensaban en el sostén de sus familias.
Era costumbre que se les pagara a los jornaleros al finalizar las horas de la jornada. Los judíos estaban bien enterados de las leyes del Antiguo Testamento que protegían al obrero y exigían que se les pagara justa y oportunamente (ver Lev. 19:13 y Deut. 24:15). La parábola no vacila en pintar al dueño de la viña como un hombre caritativo, justo y cumplidor de todo lo que la justicia demandaba. Más que justicia, había también de por medio un espíritu sumamente bondadoso de parte del dueño de la viña. Esta generosidad del dueño se revela en las distintas ofertas de contratación que hace a los obreros. Sólo a los primeros en contratarse se fijó la paga normal, un denario. A los demás, o se les dijo que se les pagaría “lo justo” o no se menciona el monto de la paga. Los obreros van al trabajo confiando plenamente en la justicia del contratista. Hendrickx añade algo pertinente respecto al dueño:

El dueño de la viña cumple con su palabra. Al ordenar a su mayordomo que pague a los obreros, sólo estipula una cosa más: que comience a pagar primero a los últimos y así sucesivamente hasta a los primeros. ¡Qué sorpresa que a los contratados a las 17:00 h se les dé un denario! Éstos están felices, gozosos y agradecidos. Le tienen al dueño no tan sólo por confiable y honesto sino también por muy generoso. Todos los jornaleros contratados durante el curso del día recibieron la misma paga y atestiguan de la bondad y la generosidad del contratista.

La descripción de la actitud de los jornaleros, sin embargo, deja fuera a los que fueron contratados a las 6:00 h. Éstos, al ver lo que se les pagó a los jornaleros que llegaron más tarde al trabajo, creían que el dueño les pagaría más que a los otros. Viendo su generosidad para los demás, esperaban que a ellos se les pagara más que lo convenido. ¡Cuán grande su sorpresa y su desconcierto al saber que se les pagaría justamente lo convenido! No se quedaron callados; empezaron a protestar a voz viva (vv. 11, 12). Ellos murmuraron contra el dueño por la aparente “injusticia” del trato desigual. Según su manera de concebir las cosas, no era correcto que se les pagara igual que a los demás, porque habían sorportado el peso y el calor del día. Creían que la cantidad de trabajo realizado bajo condiciones desfavorables ameritaba más de lo convenido. Sin embargo, el contratista les dijo a todos por medio de una conversación con uno que lo convenido era lo convenido. Le dijo al individuo (y a los demás) que tomara la cantidad acordada y que se fuera. Si al dueño le placía ser generoso con los demás, ellos no tenían base para quejarse a no ser que estuvieran embargados de un espíritu regañadientes o “un ojo maligno”.
Se debe reiterar que las parábolas de Jesús no deben ser interpretadas alegóricamente, pero conviene que se note cuál sería la identidad de los “murmuradores” de la parábola. Éstos pueden compararse con el hermano mayor de la parábola del hijo perdido (Luc. 15). En conjunto reflejan la actitud de algunos de los fariseos que creían que ocupaban un puesto privilegiado ante Dios por su riguroso cumplimiento de la Ley. Se creían los primeros en el reino de Dios. Esperaban que Dios les iba a premiar por sus obras, y también Dios negaría bendiciones a los pecadores sin méritos.
La pregunta que hace el contratista es de suma importancia. La esencia del sentido es: “¿No tengo yo la libertad de hacer con mi dinero lo que bien me plazca?”. La importancia de esta pregunta se hará más clara al ver la enseñanza principal de la parábola. Ésta la comenzamos a ver en la cita tomada de Smith:

La parábola representa un rechazo vigoroso del punto de vista que Jesús encontraba prevaleciente entre los pietistas de su tiempo. La creencia de que Dios galardonaba a los hombres por la observancia de la Ley había evolucionado en la doctrina de que, por medio del cumplimiento escrupuloso de los mandamientos de la Ley …, los hombres podían acumular un tesoro de mérito para que pudieran reclamar para sí una recompensa rica en la vida futura.

A estas alturas, debe ser claro que la parábola no tiene el propósito de enseñar lecciones sobre economía o relaciones obrero-patronales. Por lo tanto la parábola no debe usarse como un ejemplo para enseñar sobre tales cuestiones. Más bien, la parábola recalca que la gracia suplanta la justicia imparcial o las prácticas comerciales con ganancias.
Hendrickx  aclara aun más el tenor general del sentido de la parábola:

Cuando Jesús dio la parábola, tenía delante un auditorio bien adiestrado en la doctrina judía del mérito. Sus contemporáneos creían que el hombre tenía que acumular a su favor numerosas buenas obras para que éstas se pudieran convertir en recompensas ante Dios. Con éstas podía venir ante Dios y reclamar sus recompensas. Esta era la doctrina de las obras durante el tiempo de Jesús. El pueblo debiera conocer la gracia de Dios que ellos veían en los salmos y las oraciones. No obstante esto, hacían énfasis en el valor de los méritos acumulados por las obras.

Llama la atención que esta parábola es ofensiva para algunos. La tentación de todo hombre, imbuido de los valores de la sociedad, es pensar en términos de una justicia estricta o la buena economía. Los valores de la parábola son otros. Ésta enseña que el trato de Dios con el hombre no involucra una cantidad calculada de la gracia divina. Al contrario, Dios liberalmente otorga al hombre de fe las dádivas del perdón, la reconciliación, la dicha y la seguridad. Estas dádivas son producto de la pura gracia y son inmensurables. Desgraciadamente, sin embargo, la gracia de Dios tiene sus límites según la creencia de algunos. Debe ser asunto de gran gozo el que pecadores lleguen al reino de los cielos por medio de la gracia de Dios. La historia comprueba, no obstante, que aun dentro de los rangos cristianos se dieron casos en que algunos cristianos resentían la presencia de personas que no pertenecían a su estrato socio-económico, nivel cultural o raza. Ciertamente, la parábola de los obreros de la viña desmiente la validez de tal clase de pensamiento. Durante el tiempo de Jesús, los fariseos especialmente desdeñaban a “pecadores”, y los tenían por indignos de formar parte del reino de Dios. Entre estos pecadores se hallaban no tan sólo personas cuya moral dejaba algo que desear, sino también había personas cuyos trabajos los excluían desde la óptica de los fariseos. Curtidores y hasta pastores de ovejas estaban dentro de estos oficios “pecaminosos”.
Durante el siglo XVIII en Inglaterra, algunos miembros de la iglesia cristiana despreciaban a los nuevos convertidos que procedían de las clases más bajas de la sociedad. Los evangelistas que con tanto fervor llevaban el evangelio a estas personas eran censurados por la gente de las clases “altas”. Entre estos evangelistas estaban Juan y Carlos Wesley. También, Guillermo Booth, el fundador del Ejército de la Salvación, recibió la desaprobación de miembros “regulares” de la iglesia cuando llevaba “sopa, jabón y salvación” a los habitantes de los tugurios de Londres. Jesús encontraba muchos en su derredor durante su época que necesitaban la clara enseñanza de esta parábola. Sus propios discípulos la necesitaban; los fariseos la necesitaban. Nosotros la necesitamos hoy también.

La parábola para el contexto latinoamericano

Es una gran tentación empezar la aplicación de la parábola de los obreros de la viña al contexto latinoamericano por medio de una comparación de los sistemas laborales y socio-económicos del antiguo Israel con los de la actualidad latinoamericana. Aunque este enfoque sería interesante y quizá provechoso, el hacerlo no daría con el blanco en cuanto a la enseñanza principal de la parábola. Hay que tener presente de manera continua que cada parábola normalmente tiene una enseñanza principal que dejar, aunque se emplean muchos detalles de la vida común para desarrollar la historia. Es un error garrafal hacer hincapié exclusivo en los detalles de la parábola a costa de la enseñanza principal. Es obvio que la parábola de los obreros de la viña, aunque tiene muchos aspectos interesantes respecto a las prácticas socio-económicas y laborales, su propósito primordial no se centra en ellos. Vale la pena agregar, no obstante, que los detalles que se dan son históricamente fidedignos, y nos dan un vistazo claro de la vida precaria que llevaban los “hombres libres” del Israel del tiempo de Jesús. Estos detalles sólo sirven para dar realce a la lección singular: la libre gracia de Dios que no limita acceso al reino de Dios a unos cuantos “selectos”. Más bien, la bondad y generosidad del dueño de la viña sólo son descriptivas de las mismas características del Dios del reino. La parábola hace énfasis en la inclusividad de la gracia de Dios; el legalismo del judaísmo del tiempo de Jesús, especialmente entre los fariseos, hacía énfasis en la exclusividad del reino; se limitaba a los que se esmeraban en cumplir la Ley con el propósito de ganar méritos ante Dios y así justificarse a sí mismos por sus obras. La parábola de los obreros de la viña, en cambio, hace hincapié en la pura gracia de Dios. Los hombres que entran al reino lo hacen sólo por la libre gracia (el favor inmerecido de Dios). No hay obra alguna que pueda hacer que ameriten la entrada al reino de Dios. El Dios de la gracia libremente confiere entrada a su reino a los hombres que no buscan mérito en sus propias obras sino en la provisión dada por Dios mismo en la obra redentora de su Hijo, Jesús. Esta obra redentora se efectuó en la cruz del calvario hace más de dos mil años. Esta misma obra redentora, aunque hecha para todos los hombres, sólo se hace eficaz en los hombres de fe.
¿Cuál es el elemento en la cultura latinoamericana al que habla la parábola de los obreros de la viña? No es otra cosa sino el legado dejado por el espíritu de los fariseos. La presencia numérica de judíos no es grande en América Latina de modo que no se le puede atribuir al Judaísmo la tendencia hacia el legalismo. De hecho, el dominio del espíritu legalista no se puede achacar a ningún grupo religioso actual; más bien, la tendencia hacia la autojustificación por medio de las obras es universal. Si prevalece en el medio latinoamericano más que en otras áreas, tal vez se puede encontrar la razón en que la religión principal de la región históricamente ha dado un lugar preponderante a la eficacia de las buenas obras en la salvación. Sea esto como fuere, la trampa del legalismo no es problema exclusivo del Catolicismo Romano. Protestantes, tanto como católicos, caen en la trampa, y aunque teóricamente confiesan que la salvación es por la gracia, por medio de la fe (Ef. 3:8–10), les es sumamente difícil creer que la permanencia en la salvación también es por la gracia. Hunter , confirma todo lo dicho:

La gracia se ha definido como “el amor de Dios, espontáneo, hermoso, inmerecido, trabajando en Jesucristo para la salvación de los hombres”. Esta es la teología de la parábola, y la del evangelio.

Siempre existe la tentación de creer que de alguna manera hacen falta las buenas obras para complementar la fe en Cristo en la salvación. Nadie duda, ni protestantes ni católicos, que la redención comprada por la muerte y resurrección de Jesús sea esencial. Lo que sí se duda es que la sangre de Cristo sola sea suficiente. Siempre está el gusanillo que nos dice que tenemos que hacer algo aparte de confiar en la obra salvadora de Cristo. Siempre hay algo en la naturaleza humana pecadora que nos hace pensar que somos capaces de salvarnos a nosotros mismos. Esta misma creencia tiende a convencernos también de que somos mejores que otros por causa de nuestras obras humanas. He aquí, el espíritu de los fariseos, actualizándose en nuestro medio. Justamente la parábola de Jesús de los obreros de la viña se dio para que los oyentes de todos los tiempos se convenzan de que esta tendencia es pecaminosa y altamente traicionera. Quiera el Señor de toda gracia influir en el corazón de cada latinoamericano para que sepa que la salvación es por medio de la redención realizada por Jesús en la cruz, nada más. Urge que la fe siempre esté puesta en Jesús y no en nosotros mismos, especialmente en la posibilidad de ganar la salvación por obras meritorias. ¿Cuál es el papel de las buenas obras? Simplemente son características ideales de los creyentes en la obra redentora de Cristo. Como el escrito neotestamentario de Santiago dice: “la fe sin obras es muerta” (Stg. 2:14–20). Resumiendo, las obras están presentes en el creyente, no para que se salve, sino porque ya experimentó la redención en Cristo por la fe. Las obras son idealmente el resultado de la salvación, no la causa de ella.

LA GRACIA DEL REINO: 5 PARÁBOLAS

 

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