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La esencia de la iglesia local en la Epístola a los Efesios

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La esencia de la iglesia local en la Epístola a los Efesios

Una nueva perspectiva de la naturaleza misionera de la iglesia local debe basarse en un fundamento bíblico. Una de las fuentes más importantes para esta nueva perspectiva es la carta del apóstol Pablo a los Efesios. El cuidadoso estudio de Efesios nos provee un panorama amplio y profundo de la naturaleza misionera de la congregación local. La descripción que se presenta a continuación no tiene el propósito de ser una exégesis detallada de Efesios. Antes bien, usaremos algunas declaraciones importantes que se encuentran en esa carta para abrir una ventana hacia la eclesiología misionera de Pablo. Él veía a la iglesia local como un organismo que debía crecer continuamente en su expresión misionera debido a su imprescindible naturaleza en el mundo. Las palabras «una, santa y católica», refiriéndose a la naturaleza de la Iglesia, pueden trazarse hasta los cánones del Primer Concilio de Constantinopla en el 381 d.C., y las ideas expresadas ahí datan, por lo menos, desde el tiempo de Ignacio, a inicios del siglo segundo. Es sorprendente como Ignacio quiso aplicar las enseñanzas e ideas de Pablo sobre la naturaleza de la iglesia descritas en Efesios.

Al estudiar la eclesiología misionera de Efesios no nos sería difícil desviarnos para examinar las diferentes palabras que se refieren a la Iglesia. A Martín Lutero, por ejemplo, le desagradaba la palabra «iglesia» (Kirche), en alemán por su trasfondo jerárquico e institucional. Lutero prefería palabras tales como multitud (Haufe), asamblea o convocación (Versammlung), colección o grupo (Sammlung), o congregación, como una unidad corporal (Gemeinde).

Pero las palabras mismas no son tan importantes como lo es el énfasis que la Reforma dio a la naturaleza de la Iglesia. Dicho énfasis queda claramente expresado en el Credo Apostólico como la «Comunión de los santos». El credo hace hincapié en la Iglesia como congregación, comunión, compañerismo o el pueblo de Dios. Pablo subrayó este mismo enfoque sobre el pueblo de Dios desde la perspectiva del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento utiliza la palabra ekklesia por lo menos setenta y tres veces e invariablemente el significado implica la idea de una asamblea —ya sea la reunión o los individuos reunidos.

Sin embargo, el estudio semántico poco enriquece nuestro entendimiento sobre la naturaleza de la Iglesia. Antropólogos y lingüistas han sugerido que para poder entender un concepto dado en su contexto cultural, es de mayor ayuda buscar equivalentes dinámicos de pensamiento, figuras retóricas y sentimientos expresados. Un aspecto de este método involucra el uso de descripciones gráficas que comunican ciertos significados. Paul S. Minear encontró noventa y seis palabras o figuras que representan la Iglesia en el Nuevo Testamento. Un análisis cuidadoso de estas metáforas de la Iglesia en Efesios puede ser de mucha ayuda para entender la perspectiva de Pablo sobre la misión de la Iglesia.

La palabra ekklesia aparece sólo nueve veces en Efesios. Esto es sorprendente ya que este libro se considera como la máxima expresión de la eclesiología de Pablo acerca de la Iglesia. La ausencia de la palabra ekklesia muestra que Pablo desarrolla su pensamiento en un estilo hebreo, por medio de representaciones pictográficas o figuras retóricas en lugar de utilizar silogismos de lógica griega. Un examen cuidadoso de Efesios revela que Pablo emplea por lo menos quince diferentes palabras o frases pictográficas. Las más importantes son: «santos» (usada nueve veces), «cuerpo» (usada ocho veces), «soldado con armadura» (usada ocho veces) y «esposa» (usada siete veces). Una serie de imágenes menores hermosean los grandes conceptos: «pueblo elegido de Dios» (usada cuatro veces), «hijos» o «familia» (usada cuatro veces), «la destreza del trabajo», «edificar» o «templo» (usada tres veces), «un canto de alabanza» o «una ofrenda» (usada dos veces), «un nuevo hombre» o «un nuevo ser» (usada dos veces). Finalmente, una serie de imágenes vislumbran en la carta una sola vez: «la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de amor», «imitadores de Dios», «reino de Cristo», «hijos de luz», «sabios», y «embajadores».

Estas fotografías verbales son lúcidas pinturas que iluminan la perspectiva paulina de la naturaleza de la Iglesia y muestran el trasfondo de las palabras confesionales de las iglesias de antaño: «una, santa, católica y universal». Así que debemos comenzar nuestro estudio de Efesios desde el corazón mismo de la epístola, donde el Credo también comienza - con el concepto de la unidad del cuerpo de Cristo. En otras palabras, se ofrece una teología bíbilica de la perspectiva paulina de la Iglesia tal como se expresa en Efesios.

La misión de la iglesia es misión en unidad (Efesios 4:1-16)

El apóstol Pablo declara categóricamente que hay «un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos» (Efesios 4:4–6). No se habla de la Iglesia en forma plural. No confesamos ser «santas iglesias católicas» ni «familias de Dios» ni «pueblos de Dios» ni «cuerpos de Cristo» ni «nuevos Israeles». En la perspectiva bíblica de la Iglesia, el plural solamente se refiere a la localización geográfica de las iglesias locales, pero no a la naturaleza existencial de la Iglesia. En Efesios ekklesia sólo aparece en singular.

Recibimos por fe la unidad de la Iglesia. Esta unidad es dada por Dios, no hecha por humanos. Es una unidad sostenida por el Espíritu de Dios que es quien reúne a la Iglesia. La Iglesia permanece como el misterio (Creatio Dei) de los elegidos y pecadores justificados por Dios por la fe en Jesucristo. Pablo dice que la Iglesia es como un edificio construido por Dios a través de su Hijo en el poder del Espíritu Santo. Dios trino es el divino constructor (Efesios 2:10, 21–22). Dios edifica la Iglesia por medio de la misión y el fruto de dicha actividad constructora de Dios es la unidad del Cuerpo de Cristo. Como dice Carlos Barth, no podemos justificar, espiritual- o bíblicamente, «la existencia de una pluralidad de iglesias genuinamente separadas y excluyéndose mutuamente una de otra, ni interna ni externamente. Una pluralidad de iglesias en este sentido significa una pluralidad de señores, una pluralidad de espíritus, una pluralidad de dioses».

La unidad de la Iglesia es una afirmación de fe. En medio del quebrantamiento y divisionismo de la Iglesia, esa unidad no es un hecho evidente, no puede ser observado. Todos somos «Gentiles», «extranjeros» y «advenedizos», separados por la «pared divisoria» (Efesios 2:11–14). No obstante, aceptamos por fe el hecho de un solo cuerpo porque creemos en un solo Dios, en un solo Jesucristo y en un solo Espíritu Santo.

Esta confesión tiene un significado práctico. Si recibimos por fe la unidad de la Iglesia, debemos esforzarnos por buscar esa unidad (Efesios 4:1–3). Pablo nos exhorta a que caminemos como creyentes «dignos de la vocación con la cual fuimos llamados», y que seamos «humildes, mansos, soportándonos con paciencia y solícitos en guardar la unidad». Otra versión lo traduce como «esforzándonos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3).

La unidad del cuerpo es básicamente una unanimidad interna más que una uniformidad externa basada en aspectos institucionales u organizacionales. Pablo habla de este espíritu unificador en Filipenses 2:1–11 y en 1 Corintios 1:12–13. Dicha unidad significa ser miembros los unos de los otros, como se ve en 1 Corintios 12, en el sentido de que los gozos y los honores, los lamentos y los dolores de cada miembro afectan a todos los miembros, porque todos son un cuerpo. En Efesios, Pablo no habla de denominación, ni de concilio, ni de asociación. Pablo nos enseña acerca del Cuerpo. Él desea que entendamos que hemos recibido por fe la unidad de una Iglesia universal y nos esforcemos en lograr dicha unidad en el ejercicio de nuestros dones al servicio del mundo —es decir, de la misión.

Lo que significa ser uno, tal como lo expresa Pablo en Efesios 4:1–6, se explica claramente en los versículos 7 al 16 del mismo capítulo. Es la idea de un cuerpo con muchos miembros que ejercen sus dones como parte de ese cuerpo. A cada miembro se le ha dado un don (4:7). El Dador es Cristo quien «lo ha llenado todo» (4:8–10). Entre estos dones se incluyen los de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Efesios 4:11–12). El propósito de los dones es equipar a los santos para un servicio diaconal, para la edificación (es decir, el crecimiento) del cuerpo de Cristo (Efesios 4:12). Así que la idea de unidad no tiene que ver sencillamente con juntar individuos o denominaciones en una forma netamente organizacional como si fueran piezas de un rompecabezas que se acomodan para lograr una unidad mayor. El concepto de Pablo es que el todo define la identidad de cada parte y esa unidad compone la suma de las partes. La iglesia es como una amplia familia o como una tribu. Los individuos como tales tienen valor en sí mismos en cuanto se relacionan al cuerpo de Cristo, derivan su verdadero significado por razón de su lugar en el todo, es decir, en la Iglesia. Como Pablo lo expresa en 1 Corintios 12:14–27, una mano suelta o un oído u ojo fuera de lugar no tiene ningún significado; no tienen propósito ni identidad en sí mismos. Al contrario, reciben su importancia en el hecho de que Dios los ha constituido como parte funcional del cuerpo completo.

Este concepto del cuerpo transforma el individualismo Occidental y corrige el conformismo marxista. Cada persona es de suma importancia y es única y especial como criatura de Dios. Su valor dentro de la Iglesia surge de su participación en la totalidad del cuerpo a través del ejercicio de sus dones y de acuerdo a la gracia que le ha sido dada. En este sentido podemos entender la verdad expresada por Cipriano: «extra ecclesiam nula salus» (fuera de la iglesia no hay salvación). Apartado del cuerpo ningún miembro puede mantener su coyuntura con Dios, ni como creyente ni por su relación a la misión a la cual Cristo le ha llamado.

La unidad de la iglesia es introvertida y extrovertida simultáneamente. Los dones son dados por el Espíritu Santo «para perfeccionar (equipar) a los santos», para que ellos puedan efectuar el propósito externo del Espíritu, «ergon diakonias» («la obra del ministerio», 4:12). El versículo 4:12 continúa diciendo que en este esfuerzo todos los santos trabajan juntos «eis oikodomen tou somatos tou Xristou» («para la edificación del cuerpo de Cristo»). Es en este momento cuando se constituye la unidad de la iglesia desde adentro hacia afuera. Aquí los miembros ejercitan sus variados dones para prepararse cada uno para su misión y para su ministerio en el mundo.

Esta unidad no es como un introvertido club de entusiastas con idéntica forma de pensar. Aquí hay un cuerpo de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros quienes asisten y se capacitan cada uno en la proclamación del evangelio en el mundo que les rodea. Es el Cuerpo mismo que explotó en acción en aquellos primeros años de la iglesia, yendo por todas las naciones y haciendo discípulos, predicando, enseñando y bautizando (Mateo 28:19–20). Este Cuerpo fue conocido por poseer todas las cosas en común (Hechos 4:32). Ellos se preocupaban por los enfermos, cuidaban de las viudas, de los huérfanos y de los pobres. Esta es una unidad exteriorizada que busca dar, en las avenidas y calles del mundo, una invitación a la gran fiesta (Mateo 22:9–10).

Jesús declaró la perspectiva de esta unidad exteriorizada en su oración sacerdotal. «La gloria que me diste, les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a mí» (Juan 17:22–23 Biblia de las Américas).

El propósito que prevalece en todo esto es que la Iglesia crezca y llegue a la «unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo… Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efesios 4:13, 15–16).

Dicho crecimiento consiste en una unidad que se va ampliando en forma integral a través de la incorporación de nuevos miembros al Cuerpo (crecimiento numérico); a través del desarrollo espiritual de los miembros del Cuerpo mientras ellos ejercen sus dones en beneficio del mundo (crecimiento orgánico y espiritual); a través de un incrementado impacto del Cuerpo de Cristo en el mundo al cual ha sido enviado (crecimiento diakonal); y a través de un entendimiento más amplio y profundo del señorío de Cristo en la Iglesia, evitando que los miembros sean «llevados por doquiera por todo viento de doctrina, por estratagema de hombres» (crecimiento teológico, Efesios 4:14).

Misión y unidad se ven entrelazadas en esta perspectiva de Pablo acerca de la Iglesia. Llegará el día en que Cristo presente la Iglesia «a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (Efesios 5:27, comparar con Apocalipsis 21:9–10, 25–26).

La misión de la iglesia es misión en santidad (Efesios 1:1–14; 4:17–5:5; 5:6–6:20; 3:14–21)

Es difícil hablar de la santidad de la iglesia. En la ecclesiología hemos tenido que crear algunas distinciones cuidadosas—tales como: visible vs. invisible; forma vs. esencia; ideal vs. real; institución vs. comunidad y perfecta vs. imperfecta— con el propósito de entender el dolor que tenemos por la falta de santidad en la Iglesia. El agua de la santidad fluye fuerte y profundamente en Efesios. También hemos visto que aquí los «santos» son una imagen dominante. Pablo llama a los efesios a una vida santa (5:1–21), llamados a ser luz en las tinieblas (5:8–14), a combatir el mal y los poderes del aire como soldados listos para la guerra (6:10–18). Todo esto afirma la confesión del Credo de los Apóstoles concerniente a la santidad de la Iglesia: «Creo en la santa iglesia universal».

Recibimos por fe la santidad de la Iglesia (Efesios 1:1–4). Es un don de Dios, afirmado por Él mismo como su propósito para nosotros. Pablo empieza su epístola con un himno antiguo en donde se exaltan diez bendiciones que describen la misión de Dios a través de las edades. Este pensamiento se expresa en forma de una letanía de alabanza a las obras de las tres Personas de la Trinidad. ¿Qué ha hecho Dios por nosotros? Nosotros somos:

Por el Padre:      1. escogidos, 2. hechos santos, 3. predestinados, 4. adoptados

CORO: para la alabanza de su gloria

Por el Hijo:      5. redimidos, 6. perdonados, 7. hechos conocedores del misterio, 8. unidos en Cristo, 9. herederos con él.

CORO: para la alabanza de su gloria

Por el Espíritu:      10. sellados

CORO: para la alabanza de su gloria

Con el lenguaje poético de este himno se explica nuestra naturaleza como pueblo santo de Dios. Recibimos esta afirmación por fe porque no podemos verla. Cuando miramos nuestras vidas como individuos no vemos mucha santidad. Con la boca confesamos que somos santos (como en Efesios 1:1); pero con la mente sabemos, y con el corazón sentimos, que somos pecadores andando como los gentiles en la vanidad de nuestras mentes, Efesios 4:17.

Así proseguimos, luchando individual y colectivamente por alcanzar la santidad que se expresa en la idea de ser el Cuerpo de Cristo (Efesios 4:17–5:14). Pablo, el apóstol de los gentiles, condena una serie de prácticas realizadas por ellos y hace brillar la luz resplandeciente de la Palabra sobre ciertos aspectos culturales de sus seguidores señalando las prácticas equivocadas que deben modificarse en la vida de aquellos que han llegado a ser un «nuevo hombre» (4:24). Estas vidas transformadas crean orgánicamente una nueva cultura transformada. Pablo enfatiza unas prácticas y unas actitudes muy personales como son: la sensualidad, la lascivia y la inmoralidad (4:19, 22; 5:3); la avaricia (4:19, 28 5:3), el hurto (4:28); la falta de diligencia en el trabajo (4:28); el lenguaje profano (4:29; 5:4) la amargura y la cólera (4:26–27, 31); la mentira (4:25) y la codicia (5:5). El apóstol llama a los miembros de la congregación a ser «hijos de luz», cada uno dando su iluminación por medio de los «frutos de bondad, justicia y verdad» con tal de que su luz haga desvanecer las tinieblas en las vidas de otros y pueda a su vez llamarlos a «despertar» y «levantarse de los muertos» para que «Cristo brille» en ellos (Efesios 5:8–14).

En el contexto de este pasaje, Pablo sólo habla de la conducta individual. Él quiere que sepamos que la iglesia como organismo se ve afectada por la manera en que los miembros hablan, cómo llevan a cabo sus trabajos, cómo usan o abusan de sus cuerpos, cómo piensan y se autoevalúan, y cómo se relacionan con los que sufren necesidad. Así que la santidad de la Iglesia queda directamente afectada por la vida de cada «nueva criatura». Cada miembro demuestra ser parte del Cuerpo de Cristo en su forma de vivir en el mundo. La manera de pagar nuestros impuestos, de administrar nuestra familia y nuestras finanzas, de votar políticamente, y de hablar en público o en privado tiene una conexión íntima con la santidad de la Iglesia.

Por el hecho de ser miembros del cuerpo, cuando confesamos nuestra creencia en la santidad de la Iglesia, confesamos nuestro compromiso con nuestra propia santidad. Esto incluye el llamado a la transformación de la cultura, la economía, la política, la educación y aún el estilo de vida de los creyentes. Pablo desea que reconozcamos que nuestra santidad se vive dentro de las situaciones de la vida personal individual como una expresión de la santidad de la Iglesia. (Efesios 5:6–6:20).

La Iglesia como una comunidad de «los hijos de luz» (5:8) ilumina las partes más oscuras del mundo a través de la santidad de sus miembros, tanto individual como colectivo. Matero dice que los discípulos de Jesús son «la luz del mundo» (Mateo 5:14). También, Pablo dice que la santidad de la Iglesia se relaciona con la santidad en la adoración (Efesios 5:19–20), la santidad en la organización y sumisión de la iglesia local (5:21), la santidad en relaciones matrimoniales (5:22–33), la santidad en ser padres de familia (6:1–4) y la santidad en el trabajo (6:5–9).

La santidad de la Iglesia en la sociedad es nuestro punto de batalla, «no contra sangre y carne sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (6:12). En medio de tan gran maldad individual y colectiva, la Iglesia nunca debe pensar que la fuerza política y económica puede reemplazar la fuerza de la santidad de la Iglesia en Cristo Jesús. La Iglesia organizada así como individualmente debe mantenerse firme en la verdad. Es decir, debe estar rodeada de la verdad como con un cinturón alrededor de su cuerpo; poniéndose el evangelio como si fuera calzado; y manteniendo la fe como un escudo de defensa contra la opresión y el pesimismo. La Iglesia debe proclamar la salvación con certeza, pregonar la Palabra de Dios como un golpe de ofensiva contra el mal, y orar fervientemente como una contraseña que presenta las necesidades del mundo a Dios (Efesios 6:10–20). Una vez que la Iglesia se haya vestido con la armadura que Pablo describe, estará lista para comenzar a cambiar al mundo a través del ejercicio de la verdadera santidad misionera.

La verdadera santidad crece en amor (Efesios 3:17b–19). En Efesios 3:14–21 Pablo describe con detalle la santidad como un «poder en el hombre interior por su Espíritu» (3:16), como «Cristo habita por la fe en vuestros corazones» (3:17) siendo «llenos de toda la plenitud de Dios» (3:19). ¿Qué es lo que está al centro de la santa presencia de Dios en la Iglesia? ¡Amor! «En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros», dijo Jesús (Juan 13:35 ver Juan 15:10–12). No hay otra actividad que identifique completamente al cristiano y a la Iglesia con su Señor, que el amor. ¿Cuál es la esencia de toda la ley y los profetas? El amor a Dios y el amor al prójimo (Deut 6:5; Lev. 19:18; Mat. 19:19; 22:39; Mr. 12:31; Rom. 13:9; Gal. 5:14; Stg. 2:8). Pablo también desafía a la iglesia de Efeso en ser «arraigados y cimentados en amor» para que ellos puedan «comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y de conocer el amor de Cristo» (3:17–19). El amor es el poder de la Iglesia en el mundo. Como historiador de la iglesia, Kenneth Scott Latourette demostró que el amor era el poder transformador más radical que desató una fuerza incalculable a través de los discípulos de Jesús y que finalmente conquistó al Imperio Romano. «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13). Y es aquí donde se halla la santidad de la Iglesia. «Esto os mando», dijo Jesús. «que os améis unos a otros» (Juan 15:17). Con esto vemos la profundidad de la afirmación del Credo, «Creo en la santa iglesia universal (católica), la comunión de los santos».

La misión de la iglesia es misión hacia todos (Efesios 1:15-23; 2:1-22; 3:1-13)

La carta a los Efesios sigue su canto de redención con una de las Cristologías más cósmicas (aparte de Colosenses 1 con la cual es paralela) que se encuentran en el Nuevo Testamento. Pablo quiere que entendamos los que es la Iglesia mediante el mejor conocimiento de aquél que es la Cabeza de la Iglesia. Porque la Iglesia deriva su vida, su naturaleza y su misión de la Persona de Jesucristo. Carlos Barth dice que:

La Iglesia no es la comunidad llamada cuerpo ni comparada con el cuerpo, sino Cristo mismo. Él es el cuerpo. Por naturaleza El no es simplemente uno (porque un cuerpo es la unidad de muchos miembros), sino uno en muchos. No es que soma sea una buena imagen para la comunidad como tal, sino que Jesucristo es por naturaleza soma... La comunidad no es soma porque es una agrupación social que como tal tiene algo de la naturaleza de un organismo y nos hace recordar un organismo… Ella es soma porque se deriva realmente de Jesucristo, porque ella existe de Él como Su cuerpo. La relación en Él o más bien con Él, es evidente en todas partes: «hoi polloi en soma esmen en Xristoi» (Rom. 12:5). Él es la «Cabeza» de este cuerpo, el centro, el cual constituye su unidad, organiza su pluralidad y garantiza ambas (Col. 1:18, Efes. 5:23)… Aparte de Jesucristo no hay otro principio o «telos» para constituir u organizar o garantizar su cuerpo.

Así que cuando leemos la Cristología desarrollada en Efesios 1, deberíamos tener «alumbrados los ojos de nuestro entendimiento» (1:18), y reconocer que se nos ha dicho algo acerca del Cuerpo que es la Iglesia. ¡Lo que se nos ha dicho es fantástico! Lo que fue hecho en Cristo es precisamente la «supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos» (1:19). Cristo ha sido resucitado de entre los muertos, se ha sentado a la diestra del Padre en los lugares celestiales, puesto sobre todo principado y autoridad, poder y señorío, y se le ha dado dominio sobre todo nombre y tiempo. Todas las cosas han sido sujetas debajo de sus pies. El es dado a la Iglesia como el Rey sobre todas las cosas y El es la Cabeza del Cuerpo, la Iglesia. En El toda la plenitud se manifiesta. El lo llena todo en todo (1:20–23).

Ahora bien, si dicha cristología cosmológica se aplica al Cuerpo de Cristo, del cual El es la Cabeza, entonces nos enfrentamos con una universalidad difícil de comprender. Recibimos por fe la universalidad de la Iglesia porque la reconocemos como una expresión de la intención universal de Dios en Jesucristo. Al elegir un pueblo, la intención de Dios es de alcanzar al mundo entero. Como Johannes Verkuyl nos hace recordar respecto a Israel, «Al escoger a Israel como un segmento de toda la humanidad, Dios nunca quitó sus ojos del resto de las naciones; Israel fue el pars pro toto (la parte para, o en lugar de, el todo), una minoría llamada a servir a la mayoría. La elección de Abraham y de Israel hecha por Dios tiene que ver con el mundo entero».

Recibimos la universalidad de la Iglesia por fe porque no la vemos aún. En verdad, hay mil quinientos millones de personas alrededor del mundo que pueden ser contados dentro de la Iglesia cristiana de una forma u otra. También hay cuatro mil quinientos millones de personas que aún se ven fuera del rebaño de Jesucristo, el Buen Pastor. Si la Iglesia es para todos, ¿por qué no están todos en la Iglesia?

Porque alconfesar la universalidad de la Iglesia en Jesucristo, tratamos arduamente de cumplirla en el mundo (Efesios 2:1–13). En el capítulo 2 Pablo menciona que todos los que estábamos lejos de Dios, «muertos en nuestras transgresiones», hemos sido resucitados con El a fin de «mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros» quienes hemos sido hechos cercanos (2:5–7, LBLA). «Acordaos», dice Pablo, «de que en otro tiempo vosotros (cuando éramos Gentiles en cuanto a la fe)… estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Efesios 2:11–13, RV1960).

Ya que esta salvación es para todos los pueblos, la Iglesia no puede cesar de llamar, de invitar, de traerlos a los pies de Jesucristo. La Iglesia universal (en este sentido de católica) debe encontrarse en las calles y las avenidas de la ciudades de este mundo como un mensajero que lleva una invitación especial. La Iglesia universal es una fraternidad completamente abierta, sí, con sus puertas abiertas para recibir a todos. La Iglesia universal no puede disminuir su universalidad por razón de ningún exclusivismo, sea este social, económico, racial, sexual, cultural o nacional. La Iglesia universal por su misma naturaleza misionera, es precisamente enviada a todos los pueblos por la Cabeza de la Iglesia «el cual lo llena todo en todo».

Puesto que recibimos la universalidad de la Iglesia por fe y tratamos arduamente de llevarla a cabo en el mundo, podemos entender que nuestras vidas como cristianos son una expresión de la universalidad de la Iglesia (Efesios 2:13–22). Nos consideramos a nosotros mismos como cristianos mundiales que anuncian las buenas nuevas de que la pared intermedia de separación ha sido abolida en Cristo Jesús (2:13–15).

Por lo tanto, toda distinción étnica y social ha sido abolida en la plenitud del Cuerpo de Cristo, reconciliada a través de la muerte y la resurrección de Jesús. (2:16–18). Ya no somos «extranjeros ni advenedizos, sino…conciudadanos de los santos y de la familia de Dios» (2:19) dentro de la estructura del edificio que Dios está edificando (2:20–22). A veces la Iglesia ha malinterpretado esta verdad al decir que debería homogenizar toda diversidad cultural y étnica. La unidad que menciona Pablo es mucho más penetrante. Dentro de su unidad en Cristo, el nuevo hombre puede expresar con gozo las diferencias personales y culturales como regalos de Dios y como la riqueza variada de todos los que componen el Cuerpo de Cristo. Todos hemos sido atraídos dentro de la Iglesia universal para que la Iglesia pueda llegar a ser cada vez más universal. Luego se nos envía a hacer discípulos. La Iglesia no es un club exclusivo de privilegiados sino que es un nuevo hombre unido en Cristo y compuesto de personas de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas del mundo (Apoc. 7:9).

Cristo nos une para que podamos llamar a otros a su Reino de gracia. Hemos sido atraídos «a fin de mostrar (a todos y a cada uno) en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús» (2:7, LBLA).

Mientras la Iglesia llega a ser más universal, su cuerpo crece en su universalidad (Efesios 3:1–13). La exposición de Pablo sobre la naturaleza misionera de la Iglesia en Efesios es a la vez profunda y sencilla. Reconocida por fe, la universalidad llega a ser algo por lo cual la Iglesia lucha arduamente. La consecuencia natural es el crecimiento integral de la Iglesia. Como la «casa de Dios», como un «templo santo» (2:19, 21), la Iglesia continúa edificándose geográfica-, cultural-, numérica-, étnica- y socialmente. Aquí vemos el gran «misterio» del propósito de Dios para todas las naciones, revelado a Pablo, del cual él es «siervo» (3:2–12).

Tomado prisionero por la intención universal de Jesucristo, Pablo es enviado «por causa de los gentiles» (3:1). Pablo es hecho el mayordomo-administrador del misterio: «que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo», (3:6). El misterio revelado a Pablo es que la voluntad de Dios establece la universalidad de la Iglesia. Pablo existió para anunciar a los gentiles las incomprensibles riquezas del señorío cósmico de Cristo (3:8), «a fin de que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia». El dice que la sabiduría de Dios es hecha manifiesta en la iglesia universal y mostrada aún a las fuerzas espirituales en el cielo, según su eterno y universal propósito (3:10–11). Viviendo en la encrucijada del Asia Menor, en una ciudad cosmopolita llena de gente de muchas culturas, razas e idiomas, los cristianos de Efeso, aunque antes fueran extranjeros, llegan a formar parte integral de aquella gran muchedumbre «de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (3:15; compare con Filipenses 2:9–10).

Hemos estudiado la naturaleza misionera de la Iglesia a través de las fotografías verbales dibujadas por Pablo en Efesios. Y hemos permitido que esas figuras retóricas formen una confesión del glorioso propósito misionero de Dios. Así que Pablo nos desafía con una poderosa visión de la congregación local en misión. Por el mismo hecho de confesar nuestra fe en «una santa iglesia universal, la comunión de los santos», nos hemos intencional- e inevitablemente comprometido a participar en la misión de Dios en el mundo.

 

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