Madrid, España

LA ERA DE LOS CONQUISTADORES

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LA ERA DE LOS CONQUISTADORES

 


… que en ello pongan mucha diligencia, e no consientan ni den lugar que los indios vecinos e moradores de las dichas Indias y tierra firme, ganadas e por ganar, resciban agravio alguno de sus personas e bienes; más mando que sean bien e justamente tratados.

Testamento de Isabel la Católica

Isabel la Católica 

Isabel la Católica

                            Isabel la Católica


Isabel la Católica, la reina cuya política religiosa nos sirvió de punto de partida en la sección anterior, encabeza también la presente. Este proceder sirve para señalar dos hechos fundamentales.
El primero es que, en el orden del tiempo, la “era de los reformadores” coincidió con la “era de los conquistadores”. Mientras Lutero se ocupaba de dar los primeros pasos que llevarían a la reforma de la iglesia, Cortés y Pizarro soñaban con conquistar glorias e imperios. El segundo hecho es que, cuando abandonamos la perspectiva germana o anglocéntrica que ha dominado buena parte de la historia eclesiástica, el papel de España en la historia del siglo XVI se agiganta. Y, como fundadora de esa España, se vislumbra siempre la figura cimera de Isabel la Católica.


Herencia Incierta

Cuando nació Isabel, en Madrigal de las Altas Torres, el 22 de abril de 1451, no se esperaba que heredara el trono de Castilla. Tal herencia le correspondía a su medio hermano Enrique, nacido de la primera esposa de Juan II, doña María de Aragón, veinticinco años antes. A fines de 1453, la madre de Isabel, doña Isabel de Portugal, le daba a Juan II otro hijo varón, Alfonso, y con ello parecía seguro que el cetro de Castilla nunca pasaría a manos de la infanta Isabel.
Ocho meses después del nacimiento de Alfonso, murió Juan II, y el trono pasó, sin disturbio alguno, a su hijo mayor Enrique IV. Empero éste no tenía dotes de gobernante, y pronto fueron muchos los descontentos. El nuevo rey emprendió repetidas campañas contra los moros de Granada, aguijoneado por quienes ambicionaban gloria y botín. Pero todas sus campañas no pasaron de meras incursiones en territorios moros, donde los soldados se dedicaban a destruir las cosechas del enemigo. De este modo el Rey esperaba debilitar a los granadinos.
Pero lo que de veras lograba era granjearse la enemistad de los guerreros castellanos, que veían en él un príncipe titubeante. Al mismo tiempo, otros se quejaban de que la justicia del Rey se vendía por dinero, y que el monarca, que se mostraba misericordioso para con el moro, era cruel con los castellanos que obstaculizaban sus deseos. Entre ellos se contaban su madrastra doña Isabel de Portugal y los dos hijos de ésta, Isabel y Alfonso.
El odio del Rey hizo recluir a doña Isabel en el castillo de Arévalo, donde la que hasta poco antes había sido reina de Castilla perdió la razón. Fue en tales condiciones, odiada y apartada de la corte por su hermano, y en compañía de su madre loca y de su pequeño hermano, que la futura reina Isabel pasó los primeros años de su vida. En 1460, cuando contaba nueve años de edad, fue apartada por fuerza de su madre y llevada de nuevo a la corte, donde la colocaron bajo la custodia de los capitanes del Rey. Al parecer, la razón que llevó a Enrique a tomar tal decisión fue que se percató de las tramas que comenzaban a urdirse alrededor de sus dos medio hermanos, y que se acrecentaban porque Enrique no tenía hijos que pudieran heredar el trono.
Cuando era todavía muy joven, y antes de morir su padre, Enrique se había casado con la princesa Blanca de Navarra.
Pronto se corrió la voz de que el príncipe era incapaz de consumar el matrimonio, y a la postre, cuando por motivos de estado se decidió disolver la unión, las autoridades castellanas obtuvieron del Papa su anulación. La razón que entonces se dio, y que resultaría importantísima para la historia posterior de España, era que, por “algún hechizo”, Enrique era incapaz de unirse a su esposa. A partir de entonces sus enemigos comenzaron a llamarle “Enrique el Impotente”, y por ese nombre lo conoce la historia.
Empero el Rey necesitaba proveer sucesor al trono, y por ello contrajo un nuevo matrimonio con Juana de Portugal, hermana del rey de ese país. Hasta el día de hoy los historiadores no concuerdan acerca de si aquel matrimonio se consumó o no. Los cronistas de la época se contradicen mutuamente, según los intereses partidistas. Unos dicen que la impotencia del Rey con su primera esposa no se manifestó con la segunda, y señalan que después Enrique tuvo varias amantes. Otros afirman lo contrario, y dicen —lo que se comentaba ya en vida de Enrique— que tales supuestas amantes no lo fueron de veras, sino que sencillamente se prestaron al disimulo que era necesario para esconder la dolencia del soberano. Estos mismos cronistas añaden que Enrique, ante la necesidad de proveer heredero para el trono, le procuraba amantes a su mujer.
Fue la presencia de uno de estos presuntos amantes lo que llevó al escándalo y por fin a la guerra civil. Don Beltrán de la Cueva, a quien el Rey colmaba de honores, acostumbraba visitar a la Reina aun estando ausente su esposo. Tales visitas dieron lugar a conjeturas, que los enemigos del Rey y de don Beltrán no dejaron de explotar. Cuando por fin la Reina dio a luz una niña, la infanta doña Juana de Castilla, no faltaron quienes dijeran que la presunta heredera del Rey era en verdad hija de don Beltrán.
Con todo, la niña fue declarada heredera de la corona, y los poderosos del reino le juraron obediencia. En su bautismo, Isabel, la futura reina de Castilla, le sirvió de madrina.
La oposición al Rey iba creciendo, y con ella el partido de quienes, sinceramente o por conveniencia, llamaban a la presunta heredera “la Beltraneja”. El marqués de Villena, antiguo favorito del Rey que se veía eclipsado por don Beltrán de la Cueva, unió sus fuerzas a las de su tío Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, y entrambos promovieron una rebelión en la que varios de los más poderosos nobles y prelados del reino se atrevieron a exigirle al Rey que declarara su propia deshonra, haciendo heredero suyo a su medio hermano Alfonso y negando la legitimidad de “la Beltraneja”. Contra el consejo de sus allegados, que lo instaban a tomar las armas frente a los rebeldes, Enrique capituló. Aunque sin declarar explícitamente que doña Juana no era hija suya, nombró a Alfonso heredero de la corona.
Don Beltrán de la Cueva tuvo que ausentarse de la corte, y el marqués de Villena recibió la custodia del joven heredero. Mas esto no satisfizo a los rebeldes, que estaban empeñados en despojar a la corona de toda autoridad, ni al Rey, que se sentía humillado. Creyendo contar con el apoyo del arzobispo Carrillo, Enrique marchó contra los rebeldes. Su desengaño fue grande cuando descubrió que Carrillo y los insurgentes se habían confabulado para coronar a Alfonso, y declarar depuesto a Enrique. Mientras los rebeldes marchaban a reunirse en Avila, el Rey huía hacia Salamanca. Alfonso, que a la sazón contaba poco más de once años, se dejó llevar por las promesas de los conspiradores y aceptó el título real, contra los consejos de su hermana mayor Isabel, quien le señaló que un trono fundado en la usurpación carecería de bases sólidas. Pero Alfonso no tuvo tiempo para ver cumplirse la profecía de su hermana, pues murió poco después de coronado, dejando acéfalo al partido rebelde.
Alonso Carrillo corrió entonces al convento cisterciense de Santa Ana, en Avila, donde residía Isabel, para ofrecerle la corona que antes había ceñido su hermano. Pero la princesa se mostró inflexible, argumentando con el Arzobispo de igual modo que antes lo había hecho con su hermano: “Porque si yo gano el trono rebelándome contra él [Enrique] ¿cómo podría condenar mañana a quien quisiera desobedecerme?” Por fin, junto a los viejos Toros de Guisando, se llegó a un acuerdo entre las partes en pugna. Según ese acuerdo, los rebeldes reconocían a Enrique como soberano, y éste en cambio nombraba a Isabel como su sucesora. De este modo el partido de los insurrectos, carente de una sien sobre la cual asentar la corona de la rebeldía, lograba al menos la humillación del Rey.
Isabel aceptó este acuerdo porque estaba convencida de que doña Juana, la Beltraneja, llevaba con justicia ese apodo, y no era por tanto legítima heredera de la corona. Así, quien nunca esperó ocupar el trono de Castilla, y pasó sus primeros años en medio de penurias y soledades, fue convertida en legítima heredera de su medio hermano Enrique IV.
Enrique no quedó contento con este arreglo, que en fin de cuentas era una mancha en su honra. Al reunirse las cortes del reino, se negaron a ratificar lo acordado en los Toros de Guisando. Y los partidarios de Enrique se dedicaron a alejar a Isabel procurando casarla con algún potentado extranjero, mientras fortalecían su posición ofreciéndole la mano de la Beltraneja al Rey de Portugal.
Empero Isabel no estaba dispuesta a dejarse arrebatar la corona de la que ahora, tras la muerte de Alfonso, se consideraba legítima heredera. Tras hacer sus propias investigaciones, decidió casarse con el príncipe heredero de Aragón, don Fernando, que venía bien recomendado por varios de los consejeros de la princesa. Cuando Enrique se enteró de las gestiones independientes que Isabel llevaba a cabo con respecto a su matrimonio, ordenó que fuera encarcelada. Pero el pueblo de Ocaña se sublevó, e impidió que se cumpliera la orden real. De allí Isabel pasó a Madrigal de las Altas Torres, y después a Valladolid, donde se sentía segura por contar con numerosos simpatizantes.
Mientras tanto, en Aragón, los agentes del Rey de Castilla tenían vigilado a Fernando, para que no acudiera a Castilla a casarse con Isabel o a incitar a la rebelión. Mas el príncipe logró burlar la vigilancia de los castellanos y, mientras supuestamente dormía, escapó. Luego, disfrazado de arriero y con una recua de mulas que llevaba escondidos en burdos fardos los trajes necesarios para la boda, llegó hasta Valladolid, donde lo esperaba su prometida.
La única dificultad que se interponía entonces era el hecho de que Fernando e Isabel eran primos segundos, y que por tanto era necesario una dispensa papal antes de celebrar su matrimonio. El papa Pablo II se negaba a dar tal dispensa, solicitada repetidamente por el Rey de Aragón, diciendo que el de Castilla no estaba de acuerdo con el matrimonio proyectado. Pero al llegar el momento de la boda el arzobispo Carrillo presentó una supuesta dispensa papal, y el matrimonio tuvo lugar. Más tarde los historiadores han llegado a la conclusión de que la tal dispensa era espuria, aunque al parecer Isabel no estaba al tanto de los manejos del Arzobispo. En todo caso, cuando los vientos políticos soplaron decididamente a favor de Isabel y Fernando, Roma confirmó la validez de su matrimonio.
Mientras tanto, Enrique le declaró la guerra a Aragón, alegando que el vecino reino se había inmiscuido en los asuntos internos de Castilla. Pero el papado estaba interesado en fomentar la unidad y la armonía entre los príncipes cristianos, por cuanto la amenaza turca hacia temblar a Europa. Rodrigo Borgia, el futuro Alejandro Vl, fue enviado a España como legado pontificio Las gestiones del legado tuvieron buen éxito, y Enrique consintió en hacer las paces con los aragoneses, aceptar el matrimonio entre Isabel y Fernando, y declarar una vez más que su medio hermana era la legítima heredera del trono.
Las diversas partes que accedieron a este acuerdo esperaban nuevas tensiones y luchas. Pero poco después de los hechos que acabamos de relatar Enrique IV murió inesperadamente, y al día siguiente, 12 de diciembre de 1474, Isabel fue coronada en Segovia como reina de Castilla.


El Trono Se Afianza

La premura con que Isabel fue coronada señala lo incierto de su posición. Aunque Fernando se encontraba fuera de Castilla, combatiendo junto a su padre en el Rosellón, Isabel y sus consejeros decidieron no aguardar su retorno. Lo que sucedía era que el partido de la llamada Beltraneja no había desaparecido del todo. Tan pronto como tuvo noticias de lo acaecido, el Rey de Portugal, quien había recibido en promesa la mano de esa infortunada princesa, reclamó para sí el título real a nombre de su futura esposa e invadió las tierras castellanas.
Fernando acudió presuroso a defender la herencia de su esposa, en tanto que ésta, a pesar de encontrarse en medio de su segundo embarazo (poco antes había dado a luz a su primogénita, a quien llamó Isabel), se dedicó a recorrer el país reclutando un improvisado ejército. El magnetismo personal de la Reina se manifestó entonces, y pronto Fernando pudo oponerse al invasor al frente de un ejército de cuarenta y dos mil hombres.
Los dos ejércitos chocaron en los campos de Toro, y la batalla resultó indecisa. Pero, mientras el Rey de Portugal se dedicaba a reorganizar sus tropas, Fernando envió correos a todas las ciudades de Castilla, y a varios reinos extranjeros, dándoles la noticia de una gran victoria, en la que las tropas portuguesas habían sido aplastadas. Ante tales noticias, el partido de la Beltraneja se disolvió, y el portugués se vio forzado a regresar a su reino. Mientras tanto, a consecuencia de sus largas cabalgatas en defensa de su reino, la Reina perdió la criatura de aquel segundo embarazo.
Tras todas estas vicisitudes, Isabel quedaba dueña de los reinos de Castilla y León, que antes habían pertenecido a su padre Juan II y a su medio hermano Enrique IV. Empero aquellos reinos se encontraban en grave estado. Los grandes nobles y prelados habían aprovechado la debilidad de los dos monarcas anteriores para acrecentar su poder. Y era a ellos que Isabel debía, en parte al menos, el poder ahora ceñirse la corona.
Pero la idea de la realeza que Isabel tenía no le permitía acomodarse a las pretensiones de los poderosos. Además, la administración pública, tras largos años de incertidumbre, estaba en el más completo desorden. La administración de justicia, que Enrique había confiado a subalternos ineptos e indignos, dejaba mucho que desear. Los pasos a través de las montañas estaban en manos de pequeñas bandas armadas, que vivían del pillaje. Pero el problema más urgente, por cuanto imposibilitaba todo plan de gobierno por parte de la Reina, era la actitud levantisca de los magnates, que durante el reinado de Enrique IV se habían acostumbrado a actuar según sus antojos, y a imponer su voluntad sobre la del Rey.
La actitud de Isabel frente a los poderosos se manifestó de inmediato. Doquiera aparecía la más ligera chispa de rebelión, se presentaba la Reina y, combinando la autoridad de su porte y persona con la de las armas que la acompañaban, ahogaba la rebelión. Al tiempo que perdonaba a quienes se habían dejado llevar por los grandes, castigaba a los jefes de la revuelta, por no parecer débil como su difunto hermano. Pero generalmente sus castigos se limitaban a desposeer a los sediciosos de sus plazas fuertes o, cuando más, a desterrarlos. Así fue la Reina afianzando su poder por todos sus territorios, desde Galicia al norte hasta Andalucía al sur.
Las órdenes militares, nacidas en tiempos de guerra constante contra los moros, eran otra amenaza al poder real. Las tres más importantes eran las de Santiago, Alcántara y Calatrava. Para dar una idea del poder de tales órdenes, baste decir que la de Santiago contaba con dos centenares de villas y plazas fuertes, además de las rentas de otras tantas parroquias. Por varias décadas el cargo de gran maestre de cualquiera de estas órdenes había sido codiciado por los magnates, y quienes lo alcanzaban se atrevían a enfrentarse al poder real.
Cuando el cargo de gran maestre de Santiago quedó vacante, la Reina le pidió al Papa que le concediese autoridad para nombrar la persona que lo ocuparía. Un noble, don Alonso de Cárdenas, trató de adelantarse a los designios de Isabel convocando a una elección urgente, que debía tener lugar en Uclés. Pero allí se presentó Isabel inesperadamente y ordenó que la elección fuese suspendida hasta tanto llegase la respuesta del Papa. Cuando esa respuesta llegó, la Reina, en un golpe maestro de habilidad política, nombró gran maestre al propio don Alonso, dejando bien claro que le daba “como gracia lo que él pretendiera como derecho”. A partir de entonces la gran orden de Santiago sirvió de instrumento dócil en manos de Isabel.
Este proceso de sujetar las órdenes militares a la corona fue llevado a feliz término haciendo nombrar a Fernando gran maestre de Alcántara en 1487, y de Calatrava en 1492. Cuando, en 1499, murió don Alonso de Cárdenas, el Rey fue hecho también gran maestre de Santiago.
Un aspecto fundamental de la política centralizadora de Isabel fue la reforma de la hacienda. Hasta entonces eran muchos los que cobraban impuestos de diversas clases, y sólo una fracción de tales impuestos llegaba a la corona. A fin de aumentar el poder del trono, y refrenar el de los magnates, era necesario establecer un sistema de hacienda que hiciera llegar los fondos a las arcas reales. Esto fue lo que hizo Isabel. Su principal colaborador en este campo, don Alonso de Quintanilla, mandó hacer un inventario de todas las riquezas del reino, que se compiló en doce gruesos tomos. A base de ese inventario se reformó el sistema de impuestos, con tan buen éxito que en los ocho años de 1474 a 1482 las entradas de la corona se multiplicaron por catorce. Y, gracias a las reformas implantadas, esto se logró sin aumentar los gravámenes sobre los trabajadores y los menesterosos.
Por último, el trono de Castilla se afianzó sobre la Santa Hermandad. Desde varias generaciones antes, en diversas partes de España, se habían organizado hermandades de defensa mutua. Pero éstas habían caído en desuso durante los reinados de Juan II y Enrique IV. Ahora Isabel decidió darle nueva vida a esa antigua institución, aunque colocándola directamente bajo el poder real. Para poner fin a las rapiñas y abusos que existían por todas partes, se organizó una fuerza de policía que recibió el nombre de “Santa Hermandad”. A esta fuerza cada cien vecinos debían contribuir con el mantenimiento de un hombre de a caballo, que estaría siempre pronto a perseguir a los malhechores. Además, la Santa Hermandad recibió poderes judiciales que le permitían enjuiciar y castigar a los criminales que capturaba. Se trataba entonces de una fuerza militar permanente, de carácter popular, que le servía a la corona tanto para limpiar el país de bandidos y otros criminales como para fortalecer su política de limitar el poder de los magnates. A la postre, la Santa Hermandad llegó a gozar de autoridad para castigar los abusos de los poderosos. Así, una vez más, la corona se apoyó sobre las clases medias y bajas para aplastar a la alta nobleza y a los prelados levantiscos.
Mientras tanto, continuaban las dificultades con Portugal, cuyo rey, insistiendo siempre en su propósito de casarse con doña Juana, “la Beltraneja”, reclamaba para sí la corona de Castilla. Francia, por su parte, aprovechaba las tensiones que existían en la Península Ibérica para tratar de apoderarse de los territorios vascos. Pero a la postre las tropas de Isabel y Fernando se impusieron en ambos frentes, y aplastaron también a los castellanos que continuaban apoyando las pretensiones de Portugal y de la Beltraneja. Fernando se encontraba ausente en Aragón, tomando posesión del trono de su recién difunto padre, cuando Isabel logró concluir la paz con Portugal.
Unidas entonces las coronas de Castilla y Aragón, firmada la paz con Francia y Portugal, y afianzado el poder real dentro de Castilla, quedaba franco el camino hacia la más preciada ambición de Isabel: completar la reconquista mediante la toma de Granada.


La Guerra de Granada

Desde el año 711, los moros habían estado presentes en España. Aunque posteriormente los cristianos llegaron a creer que los siete siglos entre el 711 y el 1492 fueron una larga guerra de reconquista contra el poderío moro, lo cierto es que buena parte de ese tiempo pasó sin que hubiera mayores conflictos entre moros y cristianos, y que repetidamente se hicieron alianzas políticas y militares entre ellos, frente a algún contrincante de una u otra religión. En todo caso, la obra de la reconquista había quedado prácticamente paralizada desde el siglo XIII, cuando el rey Fernando III el Santo había permitido que se estableciera, en el extremo sur de la Península, y como vasallo de Castilla, el reino moro de Granada. La condición `de vasallaje requería que Granada le pagase tributos a Castilla. Pero con el correr de los años, según el reino de Granada fue fortaleciendo sus fronteras, y el de Castilla se vio sumido en la anarquía, tales tributos dejaron de pagarse.
La existencia del reino de Granada era una espina en la carne de Isabel, para quien la misión histórica de Castilla requería la conquista de ese reino. Fernando, por su parte, seguía la vieja política aragonesa de estar más interesado en los asuntos del Mediterráneo que en los de España. Luego, en cierto sentido, la empresa de la conquista de Granada fue un proyecto isabelino y castellano, aunque Fernando tomó en él parte activísima.
Cuando se sintió suficientemente fuerte, Isabel trató de hacer valer su autoridad sobre Granada, exigiendo el pago de los tributos que ese reino le debía a la corona de Castilla. Es de suponer que la hábil Reina sabía que los moros granadinos se negarían a pagar, y que ello llevaría a la guerra. En efecto, los granadinos respondieron que en Granada no se dedicaban a labrar oro ni plata, sino a fabricar armas contra sus enemigos. Se dice que al recibir noticia de esta respuesta Fernando exclamó: “¡A esa Granada le arrancaré los granos uno a uno!” Poco después, los moros tomaron por sorpresa la plaza de Zahara, con lo cual dieron comienzo a las hostilidades.
A partir de entonces (1481), y hasta 1492, Fernando e Isabel se dedicaron, por así decir, a quitarle los granos a Granada uno a uno. Cada año se llevó a cabo una campaña en la que se sitiaron y tomaron varias plazas fuertes de los moros. Fernando dirigía los ejércitos, mientras Isabel, muy cerca de los campos de batalla, los exhortaba con su presencia y se ocupaba de su avituallamiento. Fue en 1489, cuando los gastos de la guerra exigían medidas drásticas, que la Reina envió sus joyas a Valencia, en garantía de un préstamo. Posteriormente se ha confundido este hecho, y se ha dicho, erróneamente, que Isabel empeñó sus joyas para la empresa colombina.
Por fin, en 1490, Fernando e Isabel se consideraron listos a sitiar la propia ciudad de Granada. A fin de mostrarles a los moros que el cerco era permanente, y que no lo levantarían antes de la victoria, los castellanos construyeron frente a la ciudad musulmana la villa de Santa Fe. Al principio esta ciudad militar fue hecha con materiales provisionales; pero cuando el fuego hizo presa de ella los Reyes ordenaron que se reconstruyera en cantería.
Mientras tanto, el reino de Granada pasaba por profundas dificultades internas. Boabdil, su último rey moro, había llegado a esa posición mediante una rebelión, y durante la mayor parte del período de guerra contra los castellanos hubo también disensiones y hasta guerras entre los mismos moros.
A la postre, tras firmar las Capitulaciones de Granada, los Reyes Católicos entraron triunfantes en la ciudad el 2 de enero de 1492. La reconquista había terminado.
Como señalamos en la sección anterior de esta Historia, las Capitulaciones de Granada les garantizaban a los moros toda clase de derechos, que pronto fueron abrogados. A la postre los últimos moriscos de Castilla fueron obligados a recibir el bautismo y adaptarse a las costumbres de los cristianos.
La rendición de Granada le permitió a la Reina ocuparse de un marino genovés que desde algún tiempo antes proyectaba un arriesgado viaje a las Indias navegando, no hacia el este, como era costumbre, sino hacia el oeste. Fue en la ciudad de Santa Fe, en las afueras de Granada, que se firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, que deberían servir de base a la empresa colombina.

Un Nuevo Mundo 


Yo te mando que todas las personas que traten contigo, que las honres y trates bien, desde el mayor al más pequeño, porque son su pueblo de Dios nuestro Señor.

Cristóbal Colón a su hijo Diego


Apenas terminaba España de lograr su unidad nacional, gracias al matrimonio de Fernando e Isabel, y de alcanzar la integridad territorial con la conquista de Granada, cuando le fueron ofrecidos nuevos mundos que descubrir, conquistar, colonizar y evangelizar. Pocos episodios en la historia humana son tan sorprendentes como la enorme expansión española del siglo XVI, sobre todo si tenemos en cuenta que unos pocos años antes los reinos de Castilla y Aragón estaban separados, que el moro retenía todavía el reino de Granada, y que la propia Castilla se encontraba dividida por la discordia y las luchas sucesorias. Atribuirle a Isabel toda la gloria de ese inesperado despertar español sería caer en el error de quienes creen que la historia es una sucesión de personajes heroicos, y no se percatan de los muchos factores que hacen posible la gesta del héroe. Pero aun después de tomar esto en cuenta, no cabe duda de que Isabel fue el personaje del momento, que supo darles forma a las circunstancias que alrededor de ella iban haciendo posible el nacimiento de la España moderna y del imperio español.


La Empresa Colombina

Casi al momento mismo de la rendición de Granada, aparece en la historia un personaje de origen oscuro y todavía discutido, que compartiría con Isabel la gloria de fundar el imperio español de Ultramar. Cristóbal Colón era de origen genovés, al parecer hijo de un cardador de lana, y a los veinticinco años de edad llegó a Portugal, donde comenzó a granjear su fortuna al casarse con doña Felipa Moñiz, que pertenecía a la nobleza de Portugal, y cuyo padre era gobernador de Madeira.
Acerca del motivo y el modo de la llegada de Colón a Portugal, los historiadores difieren, pues mientras unos dicen que formaba parte de la tripulación de una pequeña flota genovesa que fue atacada por los portugueses, y que fue hecho prisionero, otros sospechan que era en realidad pirata, o al menos corsario, y señalan que hubo un corsario de nombre Coulom que tomó parte activa a favor de Francia y Portugal en las guerras que hemos señalado anteriormente en torno al derecho de sucesión de la Beltraneja. De ser esto así, se explicaría por qué Colón fue tan poco explícito con respecto a sus orígenes y carrera anterior.
En todo caso, Colón conoció en Portugal a varios famosos navegantes y cartógrafos, y además tuvo ocasión de navegar tanto a Madeira y Porto Santo como a Guinea, en el Africa. A la postre llegó a su famosa conclusión de que, si el mundo era redondo, como afirmaban tantos sabios, debería ser posible llegar al Oriente navegando constantemente hacia el occidente. Si ése fue su proyecto inicial, o si al principio pensaba solamente descubrir nuevas tierras, inclusive la “Antisla” que algunos cartógrafos colocaban al oeste del océano, no está del todo claro. Al parecer, el proyecto que Colón le planteó a la corte portuguesa no consistía en buscar una nueva ruta a las Indias, sino sencillamente en explorar el Atlántico occidental.
Muerta su esposa, sin esperanza de que la corona portuguesa apoyara su empresa, y cargado de deudas, Colón abandonó el país en secreto, y se dirigió al sur de España. En Huelva vivía la hermana de su difunta esposa, y posiblemente el futuro Descubridor quería dejar con ella a su pequeño hijo Diego. Además, algunos escritores antiguos hablan de un piloto de Huelva, Alonso Sánchez, que había vislumbrado tierras al oeste cuando su navío fue arrastrado en esa dirección por una tormenta.
En varios lugares de Andalucía, y particularmente en La Rábida, Colón encontró oídos atentos y personas de prestigio dispuestas a apadrinar su proyecto en la corte castellana. Puesto que la corte residía en Córdoba, desde donde se dirigían los asuntos de la guerra granadina, Colón se radicó en esa ciudad.
Los Reyes Católicos no tomaron con gran entusiasmo el proyecto colombino. Lo sometieron a varias juntas de letrados, y el informe recibido no fue halagador. Al parecer, además de la cuestión geográfica de si lo que Colón proyectaba era factible, había dudas acerca de la legitimidad de tal empresa.
En todo caso, se le dijo al futuro Almirante que, a causa de la guerra de Granada, la corona española no estaba en condiciones de adoptar su proyecto.
En vista de la continuación de dicha guerra, Colón comenzó a hablar de la posibilidad de marchar a Francia o a Inglaterra, y ofrecerles sus servicios a esas naciones. Parece que se preparaba para marchar cuando un personaje influyente, convencido del valor de su proyecto, o al menos temiendo las consecuencias si Colón se ponía al servicio de otro país y su empresa resultaba tener buen éxito, intervino una vez más ante Isabel en pro del empobrecido aventurero. La Reina le concedió entonces algunos fondos, y con ellos se las arregló Colón hasta que la rendición de Granada le dio nuevas esperanzas.
Las condiciones que Colón ponía para colocarse al servicio de la corona española les parecieron desmedidas a los Reyes, y por algún tiempo el proyecto quedó en suspenso. Pero por fin, en abril de 1492, se firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, que le concedían los títulos de Almirante del Mar Océano y Virrey y Gobernador General de las tierras colonizadas. Además, puesto que la empresa era principalmente comercial, llevada por la esperanza de llegar a las Indias, se les otorgaba al Almirante y a sus sucesores la décima parte de todo el comercio que resultara de la empresa. Es muy probable que estas Capitulaciones, que han despertado el interés de los historiadores, hayan sido vistas por la corte castellana como de menor importancia. Nadie soñaba que el viaje que se preparaba pudiera tener los resultados que tuvo, y por tanto la corona, que arriesgaba bien poco en la empresa, estaba dispuesta a mostrarse pródiga.
Son de todos sabidas las dificultades que tuvo Colón para reunir la tripulación de sus tres carabelas. Fue gracias a la intervención y el apoyo decidido del prestigioso navegante Martín Alonso Pinzón que la pequeña flotilla pudo por fin hacerse a la mar, el 3 de agosto de 1492.
Tras una escala en Canarias, las tres carabelas partieron hacia el occidente ignoto. Colón dirigió la navegación, siguiendo siempre el paralelo 28. Pero su cálculo de la circunferencia terrestre era en extremo inexacto, pues la fijaba en la tercera parte de lo que en realidad es. Por tanto, a principios de octubre la tripulación comenzó a dudar de la empresa toda. Si llegó a haber motín o no, no está claro. Pero en todo caso fue Martin Alonso Pinzón quien, con su prestigio entre la tripulación, logró calmar los ánimos y prolongar la búsqueda unos días más. Por fin, el 12 de octubre de 1492, los cansados aventureros pusieron pie en la isla de Guanahaní, en las Lucayas, a la que nombraron San Salvador.
Tras navegar por las Lucayas, la flotilla colombina se dirigió hacia el sur, donde tocó tierra en Cuba y en Haití. La primera recibió el nombre de Juana en honor del infante don Juan, y la segunda el de La Española. En La Española, la principal de las tres carabelas, la Santa María, encalló, y con sus maderos Colón hizo construir el fuerte Natividad, en la bahía de Samaná. Allí dejó, a modo de guarnición, a algunos de los hombres de la Santa María, con la promesa de visitar el lugar en su próximo viaje.
Las dos carabelas restantes emprendieron entonces el retorno. El mal tiempo las separó, y fueron a dar a distintos puertos en la Península Ibérica. Pero a la postre regresaron a Palos de Moguer, de donde habían partido, el 14 de marzo de 1493.
Los reyes, que se encontraban en Barcelona, hicieron venir al intrépido marino, que trajo consigo varias pruebas de sus descubrimientos, inclusive algunos habitantes de las tierras supuestamente descubiertas, a quienes se llamó “indios” por proceder de las Indias, según él creía. Aunque se ha exagerado el recibimiento de que los reyes hicieron objeto al Almirante, no cabe duda de que fue cordial, y que pronto se comenzaron planes para otro viaje, al tiempo que se expedían solicitudes a Roma para que el Papa, a la sazón el aragonés Alejandro Vl, diera las bulas necesarias para una empresa de colonización y evangelización.
No es necesario relatar aquí los pormenores de los demás viajes colombinos. Acerca del segundo, es preciso señalar que navegó en él, como legado apostólico, el religioso fray Bernardo Boil. Además de tocar por primera vez en Puerto Rico y varias islas menores, Colón y los suyos se dirigieron de nuevo a La Española, donde encontraron destruido el fuerte Natividad. Los indios, hartos del mal trato recibido de los españoles, se habían sublevado y matado a todos los colonizadores. Allí dejó Colón a fray Bernardo, a cargo de la evangelización de la isla, y al militar Pedro Margarita, con la encomienda de conquistarla. Así comenzó lo que sería tan característico de la empresa española en América, es decir, la unión de los intereses de conquista y colonización con la tarea evangelizadora.
Tras visitar de nuevo a Cuba, y levantar acta haciendo constar que se trataba de tierra firme, y que por tanto había llegado al Asia, Colón regresó a España. Durante este segundo viaje se pusieron de manifiesto algunas actitudes de Colón que comenzaron a producir desconfianza entre las autoridades españolas, que dudaban acerca de su aptitud de gobierno, y además temían que tratara de seguir el ejemplo de los grandes de España. A consecuencia de esto, aunque fue muy bien recibido a su regreso a la corte, Colón no pudo partir en su tercer viaje tan pronto como esperaba. Además, mientras el Almirante navegaba en su segundo viaje, España y Portugal concluyeron el tratado de Tordesillas, que demarcaba los campos de exploración y colonización de cada una de las dos potencias marítimas. Esto era índice de que la corte española se percataba de la posible importancia de los descubrimientos de Colón, aunque todavía las comunicaciones del Almirante, en el sentido de que las Indias producirían riquezas suficientes para organizar una nueva cruzada que tomara a Jerusalén, eran recibidas con sonrisas por parte de los Reyes.
El tercer viaje terminó mal para el Almirante. En Canarias dividió su flota en dos, y envió una directamente a La Española, mientras él se dirigió hacia el sudoeste, donde fue a dar a la isla de Trinidad. De allí atravesó a la península de Paria, y por tanto tocó por primera vez el continente americano, aunque no fue sino varios días después, convencido por el flujo de agua del sistema del Orinoco, que declaró que había descubierto “otro mundo”. El trato de los nativos, dulce y acogedor, el oro y las perlas que parecían abundar, y toda una serie de supuestos indicios geográficos, convencieron al Almirante que había llegado al paraíso terrenal, y así lo hizo constar.
Del paraíso, empero, Colón pasó al infierno. Cuando llegó a La Española descubrió que las noticias de la mala administración suya y de sus hermanos Diego y Bartolomé habían llegado a España, y que la Reina había enviado a Francisco de Bobadilla con amplios poderes para juzgar sobre el asunto. Sobre todo, se decía que la administración de los Colón era a la vez débil y cruel, y que esto había resultado en la rebelión de algunos españoles. Cuando Bobadilla llegó a Santo Domingo, lo primero que vio fue un cadalso donde colgaban los cadáveres de siete españoles. Al pedirle cuentas a Diego Colón, éste sencillamente le contestó que otros cinco serían ahorcados al día siguiente. Sin darle más vueltas al asunto, Bobadilla tomó posesión del lugar en nombre de la corona e hizo encarcelar a don Diego. Cuando el Almirante se presentó poco después, también fue arrestado. Y el tercero de los hermanos, Bartolomé, que a la sazón se encontraba fuera de la ciudad con un pequeño ejército y pudo haber resistido, se rindió a instancias del Almirante, que no deseaba resistir a la autoridad real.
Los tres hermanos fueron enviados en cadenas a España, donde seis semanas después de su llegada fueron convocados a la presencia real en la Alhambra, en Granada. Aunque se les declaró inocentes de todo delito, su mala administración era patente, y los soberanos no estaban dispuestos a concederle al viejo marino el poder casi absoluto que reclamaba sobre todo el nuevo mundo que había descubierto. Puesto que el Almirante tampoco era persona que se contentara con menos, a la postre le fueron restaurados los títulos de Almirante y Virrey, pero la administración de La Española—la única colonia que hasta entonces se había fundado— le fue confiada a Nicolás de Ovando. La amargura del Almirante puede verse en las líneas, escritas cuando estaba todavía en cadenas: “Si yo robara las Indias, . . . y las diera a los moros, no pudieran en España mostrarme mayor enemiga”.
No le quedaba entonces otro recurso al viejo lobo de mar que emprender otro viaje. Las demoras fueron muchas y, mientras tanto, otros navegantes partían hacia las supuestas Indias y regresaban con informes de nuevos descubrimientos. Por fin, a principios de 1502, los Reyes autorizaron un nuevo viaje de exploración, comisionando al Almirante para que buscara el estrecho que se suponía existía entre el Caribe y el Océano Indico. Con cuatro carabelas y una tripulación compuesta en su mayoría de mozos sin experiencia, Colón se hizo al mar. Llevaba, entre otras cosas, una carta de presentación para el navegante portugués Vasco de Gama, que había partido hacia el Oriente rodeando el Africa, y con quien el Descubridor esperaba toparse en las Indias, tras cruzar el estrecho que buscaba.
La travesía del Atlántico, completada en el tiempo insólito de tres semanas, fue la única parte feliz de este último viaje. Al llegar al Caribe, Colón descubrió los indicios, aprendidos anteriormente en amarga experiencia, de que un huracán se aproximaba. Contra las instrucciones reales, pidió refugio en Santo Domingo, donde su enemigo Nicolás de Ovando se lo negó, burlándose del pretendido adivino que podía oler el temporal. Colón halló abrigo en un puerto cercano, y Ovando continuó con sus planes de enviar a España una flota de treinta navíos. El vendaval sorprendió a la escuadra de Ovando en el paso de La Mona. Veinticinco buques naufragaron, cuatro regresaron maltrechos a Santo Domingo, y el único que llegó a España fue el que llevaba el dinero que Colón había logrado cobrar de lo que se le debía en La Española, por algunos de sus derechos. Entre los ahogados en aquel desastre se encontraba Francisco de Bobadilla.
Tras esperar que pasara el huracán, Colón continuó viaje a Jamaica, desde allí a la costa sur de Cuba, y estaba a punto de descubrir el estrecho de Yucatán cuando torció al sur, y fue a dar a la costa de Honduras. Siguió entonces un largo período de navegación a lo largo de América Central, en busca siempre del supuesto estrecho que lo llevaría a mar abierto. Después de diversas vicisitudes en las que perdieron dos de sus cuatro navíos, los exploradores llegaron a la costa de Jamaica. Los dos buques que les quedaban estaban tan perforados por las bromas— moluscos en forma de gusanos que taladran las maderas sumergidas—que Colón no tuvo otro recurso que encallarlos y esperar que de algún modo pudiera obtenerse socorro de La Española. Mientras los que quedaban varados en Jamaica trataban de subsistir mediante el comercio con los indios, dos canoas fueron enviadas a La Española en busca de auxilio. Pero en Santo Domingo, Ovando no se mostraba dispuesto a ayudar al rival a quien había suplantado y a quien después había desoído con desastrosas consecuencias. En Jamaica la espera se hacía larga, y buena parte de la tripulación se amotinó y trató de irse a Santo Domingo con canoas tomadas de los indios. Cuando esa empresa fracasó, el contingente español quedó dividido en dos bandos que a la postre tuvieron que resolver sus diferencias mediante las armas. El bando de Colón triunfó, aunque no sin bajas. Los indios se resistían a darles más provisiones a los españoles, pues las suyas comenzaban a escasear. Fue entonces que Colón apeló a una treta que después los autores de ficción han atribuido a muchos personajes. El almanaque señalaba que pronto habría un eclipse lunar. Colón convocó a los jefes indios, les indicó que el Dios todopoderoso estaba enojado porque no alimentaban adecuadamente a los cristianos, y predijo el eclipse.
Cuando la Luna se oscureció y los caciques imploraron perdón, Colón esperó para acceder a sus peticiones hasta el momento preciso en que el astro iba a lucir de nuevo. A partir de entonces los suyos no tuvieron dificultades de suministro.
Grande fue la alegría de los varados cuando apareció en el horizonte una carabela española. Y aun mayor fue su decepción al descubrir que se trataba de un buque enviado por Ovando con instrucciones precisas de enterarse de lo que sucedía en Jamaica, pero no recoger a nadie.
Por fin, cuando los infelices llevaban más de un año en Jamaica, llegó un viejo buque que apenas flotaba, con las velas podridas y taladrado de bromas, que fue todo lo que pudieron encontrar y contratar los que Colón había enviado a La Española. Embarcados en él, los sobrevivientes demoraron más de mes y medio en llegar a Santo Domingo. Allí Colón contrató otro navío y partió por última vez de las tierras que había descubierto. Con su hijo, su hermano, y unos pocos marineros, llegó por fin a San Lúcar de Barrameda, tras dos y medio años de viaje.
El momento no era propicio en España. La Reina estaba enferma de gravedad, y murió a las tres semanas del regreso del Almirante. En medio de tales circunstancias, nadie se ocupaba del viejo marino, máxime por cuanto Fernando nunca había sido tan entusiasta como su esposa en la empresa de Indias.
El propio Colón estaba enfermo, aunque no es cierto que estuviera sumido en la pobreza. Los fondos llevados a España por el navío que había sobrevivido cuando el huracán destruyó la flota de Ovando, y algún oro que Colón trajo consigo del cuarto viaje, constituían una buena suma. Además, la corona respetaba su derecho a la décima parte de lo ganado en Indias, aunque con una interpretación muy diferente de la que le daba el Almirante: Colón decía que le correspondía la décima parte de todo lo ganado, mientras la corona entendía que lo que le tocaba era el diez por ciento de la quinta parte que el Rey recibía. En 1505 Fernando lo recibió, y comenzó una larga serie de negociaciones en las que el Rey le ofreció fuertes rentas, mientras el Almirante insistía en sus títulos y en el cumplimiento estricto de las Capitulaciones de Santa Fe. En pos de la corte el viejo lobo de mar viajó de Segovia a Salamanca, y de allí a Valladolid, donde murió en 1506.


La Importancia de la Empresa Colombina

Si nos hemos detenido en esta narración de los viajes y peripecias de Colón, lo hemos hecho porque en todo ello vemos el primer ejemplo de muchos elementos característicos de la empresa española en el Nuevo Mundo: el arrojo audaz y visionario del Almirante, su búsqueda constante de lugares míticos, llevado por vagos rumores, y el logro de grandes hazañas con un escaso puñado de hombres. Es todo esto lo que le da enorme importancia a la empresa colombina, y se la resta a la constante discusión acerca de si fue Colón el verdadero descubridor de América, o si antes que él llegaron a estas tierras los normandos u otros viajeros. El hecho es que, si de descubrimientos se trata, los únicos verdaderos descubridores del hemisferio occidental fueron los antepasados de los indios americanos que primero llegaron a estas playas, probablemente siguiendo el puente que ofrecían las islas Aleutianas. Después fueron llegando otros, y hay indicios de viajes, no sólo a través del Atlántico, sino también del Pacifico. Y en todo caso, los moradores originales de las llamadas Indias no estaban esperando ser “descubiertos”, sino que tenían su cultura y civilización propias. La importancia de los viajes de Colón no radica entonces, como a menudo pensamos, en que fuera él el primero en ver tierras americanas, sino en que de su viaje se desprendió una vasta empresa de conquista, colonización y evangelización que a la postre uniría ambos hemisferios. Vistos desde tal perspectiva, los cuatro viajes de Colón, y todo lo que alrededor de ellos acaeció, son mucho más que una interesantísima aventura marítima. Son el primer indicio de la forma que tomaría el encuentro entre los dos mundos que por primera vez se vieron cara a cara aquel 12 de octubre de 1492.
Si consideramos la historia de Colón de este modo, pronto veremos que los conflictos entre las autoridades españolas, que tanta amargura le causaron al Almirante, fueron una de las características de la empresa toda durante varias generaciones. Lo que estaba en juego en tales conflictos era nada menos que la política de Isabel y sus primeros sucesores, de limitar el poderío de los magnates. En España, como hemos narrado, la Reina tuvo que enfrentarse repetidamente a los poderosos, que aspiraban a imponer su voluntad sobre el trono. Los pequeños burgueses, a quienes les convenía una monarquía fuerte y centralizada, más bien que el viejo sistema feudal que los grandes trataban de restaurar, fueron los principales aliados de la corona en sus empeños centralizadores. Al abrirse entonces los enormes horizontes del Nuevo Mundo, los Reyes Católicos querían asegurarse por todos los medios de que no se desarrollara acá una nobleza tan poderosa que pudiera oponerse a los designios reales. Ese peligro era tanto más real por cuanto las grandes distancias dificultaban la tarea de gobierno. Fue en parte por esto que los Reyes se negaron a cumplir lo estipulado en las Capitulaciones de Santa Fe, pues ello le habría dado a Colón recursos y poder superiores a los de cualquiera de los viejos nobles contra quienes los soberanos habían tomado severas medidas. Tan pronto como llegaron a España las primeras noticias de los abusos de los Colón en La Española —y abusos hubo— los Reyes enviaron a Bobadilla, y el Almirante y sus hermanos fueron devueltos a España en cadenas. Esto, que muchas veces ha sido descrito como un gran acto de ingratitud, se ajustaba perfectamente a la política que Isabel seguía en Castilla. Ni aun los más encumbrados estaban exentos de la justicia real. Luego, las leyes de la corona en defensa de los indios no llevaban únicamente un interés humanitario, sino que se ajustaban a los propósitos políticos de los soberanos, que temían que, si los conquistadores y colonizadores no tenían límites en su explotación de los indios, se volverían señores feudales con el mismo espíritu independiente de los grandes de España.
Por otra parte, los conflictos entre los españoles en el Nuevo Mundo no se limitaron a las diversas autoridades civiles, sino que involucraron también a las religiosas. Pronto los misioneros establecieron con los indios lazos más estrechos que los que tenían los colonos, y por tanto empezaron a protestar contra el trato de que eran objeto los habitantes originales de estas tierras. Las protestas de los misioneros llegaron repetidamente al trono español, y por tanto muchos de los colonizadores veían a los misioneros como obstáculos en la empresa colonizadora. La respuesta de la corona a las comunicaciones de los misioneros siempre fue ambigua, pues los soberanos se encontraban en difícil situación. Por una parte, la explotación de los indios era la base sobre la que se levantaban grandes señoríos cuya obediencia y lealtad a la corona no eran del todo seguras. Para evitar el desarrollo de un nuevo sistema feudal, era necesario dictar leyes que defendieran a los indios frente a la explotación por parte de los españoles. Además, no cabe duda de que Isabel sentía verdadera compasión hacia sus recién descubiertos “súbditos”, y quería que en todo lo posible se les tratase como a sus súbditos españoles. Pero por otra parte la explotación de las nuevas tierras —entiéndase, de sus habitantes— era necesaria para mantener el naciente imperio español. Sin el oro de Indias, la política española en Europa no podría subsistir. Luego, las leyes que protegían a los indios nunca se cumplieron a plenitud. Lo impedían tanto las distancias y las dificultades en la comunicación como los conflictos de intereses en que la corona se hallaba envuelta.
Todo esto puede verse en la legislación de Isabel acerca de las Indias. Sin repasar toda esa legislación, conviene que nos detengamos a ver cómo trató la Reina la cuestión de la posible esclavitud de los indios. Cuando Colón regresó a La Española en 1495, y encontró a los indios sublevados contra los abusos de los españoles, inició una campaña de pacificación militar. Parte del resultado de esa campaña fue un número de prisioneros de guerra, a quienes el Almirante envió a España para ser vendidos como esclavos. La llegada de esta mercancía humana causó revuelos en la Península, donde Colón había descrito la población americana como gente pacífica, dulce y sencilla. Isabel acudió a los juristas de la época, a fin de determinar si Colón estaba en su derecho al esclavizar a los indios. Al parecer, lo que más le molestaba no era que el Almirante esclavizara a los indios, sino que al hacerlo se apropiaba de derechos que debían pertenecerle únicamente a la corona. Cuando por fin Isabel prohibió que se esclavizara a los indios, excluyó de esa legislación a los caribes, por ser caníbales. Poco tiempo después se permitió esclavizar a los tomados como prisioneros en combate, y a los que fueran comprados de otros amos indios. Además, se desarrolló el sistema de encomiendas, que en muchos casos no fue más que un subterfugio para imponer de nuevo la esclavitud. Cuando los indios vieron que los españoles que iban llegando eran cada vez más, se negaron a hacer las siembras, y a partir de entonces se determinó que era lícito obligar a los indios a trabajar en aquellas cosas que fueran necesarias para el bien común. Así se estableció el sistema de las “mitas”, que perduró a través de todo el período colonial. Contra todo esto el clero protestó repetidamente. La corona respondió con nuevas leyes que supuestamente limitaban los abusos contra los indios, pero que rara vez se cumplieron, y a las cuales siempre hubo excepciones numerosas. Además se dictaron otras cuyo propósito era regular la vida moral de los indios, ordenándoles que llevasen ropas, que no se bañaran tan frecuentemente, que vivieran en poblados, etc. Pero en fin de cuentas se cumplió en ellos el destino a que los condenaba la difícil situación de la corona, que necesitaba de su trabajo para llenar sus arcas, pero que al mismo tiempo quería evitar que los conquistadores se enriquecieran demasiado a costa del mismo trabajo.
Todo esto, sin embargo, no quiere decir que quienes se vieron envueltos en todo este proceso fueran hipócritas desalmados, que se decían cristianos pero que al mismo tiempo, con todo descaro, burlaban los principios de amor al prójimo. La cita de Cristóbal Colón que encabeza el presente capítulo fue escrita por el Almirante con toda sinceridad. De su convicción religiosa no cabe duda alguna, y hasta en ocasiones parece haber tenido experiencias místicas. Pero al mismo tiempo, ese hombre de profunda fe trató de enriquecerse estableciendo un tráfico de esclavos con los indios. Lo mismo puede decirse de casi todos sus acompañantes. La gran tragedia de la conquista no fue que se derramara sobre el continente americano una muchedumbre de desalmados españoles, sino que quienes llegaron a estas tierras eran cristianos sinceros que a pesar de ello no parecían capaces de ver la relación entre su fe y lo que estaba sucediendo en sus días. Esto es cierto, no sólo de Colón y de muchos descubridores, sino también de conquistadores como Cortés y Pizarro, que veían sus empresas como un gran servicio prestado a la predicación del evangelio. La tragedia fue entonces que con toda sinceridad y en nombre de Cristo se cometieron los más horrendos crímenes.
A los habitantes de estas regiones se les arrebataron su tierra, su cultura, su libertad y su dignidad, so pretexto de darles la cultura y religión de los europeos. En pocas ocasiones se ha visto tan claramente como en aquella que la sinceridad no basta para el bien actuar, pues el poder ciega a los poderosos de tal manera que pueden cometer los más terribles atropellos sin que al parecer les moleste la conciencia.
La empresa colombina y su secuela llevaron a la más rápida y extensa expansión del cristianismo que la iglesia hubiera conocido. En esa expansión, aparecieron personajes cuya dedicación al nombre y a las enseñanzas de Cristo eran tales que les permitieron percatarse del crimen que se perpetraba.
Pero la mayoría de quienes confesaban el nombre de Cristo, e iban regularmente a los servicios religiosos, y se preocupaban por la salvación de sus almas, y trataban de cumplir lo que entendían ser los preceptos del cristianismo, no supo elevarse por encima de los intereses de su país o de su persona, y le dio así origen a la llamada “leyenda negra” acerca de la conquista, que, como veremos, no es tan legendaria.

La Justificaciónde la Empresa


… porque en cosa tan santa y tan necesaria, como es la dicha empresa contra infieles, no querríamos que faltase alguna de las que más la pueden justificar… querríamos que… procurárseles de ganar de nuestro muy Santo Padre una bula en que generalmente declarase la dicha guerra contra los infieles, y diese a Nos… todo lo que con ayuda de Dios Nuestro Señor conquistásemos de las tierras de los infieles.

Fernando el Católico

Fernando el Católico LA ERA DE LOS CONQUISTADORES

                            Fernando el Católico


La cuestión de la legitimidad de la empresa conquistadora preocupó tanto a los Reyes Católicos como a sus consejeros. Ya hemos dicho que, entre las dificultades que se plantearon cuando Colón propuso su primer viaje, se contaba la cuestión de si la corona de Castilla tenía el derecho a emprender tal proyecto. Tras el descubrimiento, esa cuestión se planteó con más urgencia. Siguiendo entonces el patrón de siglos anteriores, tanto en lo que se refería a la mediación entre soberanos cristianos como en lo que se refería a la convocatoria a las guerras de cruzada, los soberanos españoles apelaron al papado para que les concediera las bulas que autorizaran sus viajes de exploración, sus esfuerzos colonizadores y, a la postre, la conquista. Luego, a pesar de las voces de protesta que pronto se levantaron, toda la empresa conquistadora se realizó en nombre de Cristo, y la tarea evangelizadora fue uno de los principales argumentos que se esgrimieron para justificar la invasión de estas tierras. Por tanto, en el presente capítulo debemos detenernos a ver el modo en que los cristianos europeos trataron de justificar lo que en ellas se hacía, tanto por medio de bulas papales como mediante el argumento teológico y jurídico.


Las Bulas Papales

Como sucede siempre en tales casos, los cristianos europeos trataron de enfrentarse a la nueva situación planteada por el descubrimiento de América a base de diversos antecedentes que les parecían aplicables. Uno de ellos era la historia de las cruzadas. En ellas, los papas habían declarado la guerra a los infieles, y les habían confiado a ciertos soberanos cristianos el mando de los ejércitos. Cuando tales empresas habían tenido buen éxito, los papas habían otorgado, o al menos reconocido, derechos de posesión sobre las tierras conquistadas, como sucedió, por ejemplo, al fundarse el reino latino de Jerusalén. Sobre esa base, en muchos de los documentos referentes a la conquista aparecen las antiguas frases y fórmulas que se empleaban en las cruzadas. Para los conquistadores, su empresa era semejante a la de quienes, siglos antes en Tierra Santa, habían arremetido contra los sarracenos. Esa actitud se hacia tanto más viable por cuanto hasta el momento mismo del descubrimiento los cristianos peninsulares habían estado luchando contra los moros, en una guerra que les parecía ser una continuación de las cruzadas.
En esa guerra contra los moros se establecieron ciertos precedentes que después se aplicarían en América. Según iba avanzando la guerra de Granada, los Reyes Católicos se ocuparon de establecer la iglesia en los territorios conquistados. Pero, aprovechando circunstancias favorables, y con miras a evitar motivos de fricción con la Santa Sede en cuestiones tales como el nombramiento de los obispos y la fundación de nuevas diócesis, en 1486 los Reyes obtuvieron dos bulas papales que les concedieron el derecho de patronato sobre la iglesia en Granada y Canarias. Según otra bula del mismo año, eso les otorgaba a los soberanos, entre otras cosas, el “derecho de presentación”. Tal derecho consistía en poder “presentar” ante Roma los nombres de las personas escogidas por la corona para ocupar los altos cargos eclesiásticos, particularmente los episcopados. De ese modo esperaban los Reyes Católicos poder hacer nombrar personas de su agrado, y evitar las desavenencias que repetidamente se producían en otras partes cuando quedaba vacante una sede importante. Como veremos más adelante, ese patronato real concedido sobre Granada y Canarias fue uno de los modelos que se emplearon al determinar el modo en que se regiría la iglesia en América.
La guerra contra los moros también sirvió para plantear la cuestión de los límites entre la colonias de Castilla—después España—y las de Portugal. Este último reino había terminado su empresa de reconquista antes que Castilla, y por tanto se había lanzado a tomar territorios moros en el norte de Africa. A principios del siglo XV Ceuta fue tomada por los portugueses, que a partir de entonces se consideraron llamados a dirigir la empresa de la cruzada contra los moros norafricanos. Esto llevó a una serie de negociaciones con los demás reinos de la Península, especialmente cuando la conquista de Granada le abrió a Castilla las puertas de Africa. Se establecieron entonces líneas de demarcación en las tierras moras que se esperaba conquistar, y el papado aprobó tales acuerdos. Todo esto sirvió de base para la solución que se le daría después al problema semejante planteado por el descubrimiento de América.
Desde varias décadas antes, Portugal se había hecho a la mar. Sus exploraciones se dirigieron mayormente hacia la costa occidental del Africa, con la esperanza de rodear ese continente y llegar así a las Indias. Según esa empresa fue avanzando, los portugueses solicitaron la aprobación pontificia. Su propósito era principalmente comerciar, y por tanto el Papa les concedió el monopolio de la navegación hacia las Indias rodeando el Africa. Poco después, en 1456, se les concedió también la jurisdicción espiritual sobre los territorios descubiertos, incluyendo toda la costa africana, “hasta los indios”. En las cuatro décadas siguientes, siempre con la esperanza de llegar al limite sur del continente, los portugueses continuaron explorando las costas de Guinea y del Congo, hasta que por fin llegaron al cabo de Buena Esperanza. Los primeros intentos de convertir a los africanos, y de establecer colonias en esas costas, le fueron dando forma concreta a lo que en aquellas bulas no era sino general. De ese modo los antecedentes portugueses sirvieron para darles mayor precisión a las bulas que los españoles solicitaron más tarde.
Mientras tanto, Castilla se había dedicado a una empresa de conquista que nunca parece haber ocupado toda su atención, pero que después resultó ser una especie de ensayo para la conquista de América. Se trata de la toma y colonización de las Canarias. Desde el siglo XIV los genoveses se habían interesado en esas islas, que a partir de entonces fueron objeto de varias empresas militares, pero sobre todo del pillaje. A la postre, tras una serie de variadas circunstancias, las Canarias quedaron bajo la jurisdicción de Castilla, reconocida por Portugal —el único otro contendiente serio— en 1479. La empresa de colonización de Canarias fue entonces un microcosmos de lo que seria la de América. Allí también llegaron los aventureros en busca de oro y gloria. Allí fueron también los misioneros, que repetidamente tuvieron que oponerse a los desmanes de los colonizadores. Y, según hemos dicho, fue sobre esas islas, y sobre el reino de Granada, que primero obtuvieron los Reyes Católicos el derecho de patronato sobre la iglesia.
Fue a base de todo esto que tanto los cristianos ibéricos como los papas se plantearon las cuestiones relativas al Nuevo Mundo. La conquista, colonización y evangelización de América les parecían ser una extensión de las empresas de Canarias y Granada, y las bulas y demás documentos expedidos en esas ocasiones anteriores fueron los modelos que se emplearon en las nuevas circunstancias.
El descubrimiento de América planteaba varios problemas. Ante todo, era necesario legitimar los derechos de exploración, comercio, conquista y colonización. En la mentalidad de la época, todo esto iba estrechamente unido a la tarea evangelizadora. Luego, una de las principales preocupaciones de los Reyes Católicos tan pronto como el sueño colombino empezó a tornarse realidad fue obtener las bulas necesarias para continuar lo emprendido. Esto no era tarea demasiado difícil, pues a la sazón reinaba en Roma el papa de triste memoria Alejandro VI, de origen aragonés, que se mostraba harto dispuesto a satisfacer los deseos de Fernando, particularmente en cuestiones tan lejanas como las tierras recién descubiertas. Por tanto, en una serie de bulas expedidas en 1493, Alejandro VI les concedió a los Reyes Católicos los mismos derechos que antes otros papas les habían dado a los reyes de Portugal. De ese modo, desde el punto de vista pontificio, el mundo no cristiano quedó dividido en dos grandes esferas de influencia, una portuguesa y otra española. Además, recordando siempre que había cristianos en lugares como la India y Etiopía, de los cuales se tenían solamente noticias vagas, estas bulas aclaraban que la autoridad política y religiosa que se le concedía a la corona española se limitaba a aquellos territorios que no pertenecieran ya a algún príncipe cristiano.
En 1508, Fernando el Católico obtuvo de Julio II la concesión del patronato real sobre la iglesia en todos los territorios descubiertos y conquistados—o por descubrir y conquistar—en América. El Rey, como patrono y fundador de las iglesias en Indias, tenía entonces una serie de derechos y responsabilidades, entre los que se contaba el “derecho de presentación” de que hemos tratado anteriormente al hablar del patronato real sobre Granada y Canarias. Aunque en aquella bula no se hablaba del modo en que se manejarían las finanzas de la naciente iglesia, dos años más tarde el Rey obtuvo otra bula, en la que se le otorgaban, con algunas excepciones, todos los diezmos de las iglesias en Indias. De ese modo la iglesia americana quedó completa y directamente vinculada en sus finanzas y en su episcopado a la corona española, que recibía casi todos sus ingresos y se ocupaba de sus gastos, y que además tenía un “derecho de presentación” que casi equivalía al derecho de nombrar obispos y demás prelados para los cargos vacantes en Ultramar. Poco a poco se le fueron añadiendo a este patronato real otros derechos, hasta el punto en que la iglesia americana llegó a tener casi ningún contacto directo con la Santa Sede, y se volvió una iglesia nacional española que, sin romper en modo alguno con Roma, y al mismo tiempo que le juraba absoluta obediencia, servía en realidad los intereses de la corona española.
Todo esto se entiende si recordamos que los Reyes Católicos y sus sucesores inmediatos se contaban entre los más poderosos monarcas de Europa, que por diversas razones los papas se inclinaban a acceder a sus peticiones, y que en todo caso quienes en esa época ocupaban el trono papal eran los papas renacentistas que hemos estudiado en otra sección de esta historia. Durante los primeros años de la conquista, cuando los tesoros de los aztecas y de los incas no eran más que rumores lejanos, la empresa misionera americana se presentaba como una tarea onerosa que los papas renacentistas no estaban dispuestos a tomar sobre sus hombros, y sí a entregársela a los soberanos de España. En todo caso, esta serie de bulas papales tuvo dos funciones. La primera fue legitimar la conquista. A base de las teorías del poder temporal de los papas que se habían desarrollado durante la Edad Media, había quienes sostenían que el sumo pontífice tenía autoridad temporal sobre todo el orbe, y que por tanto podía concederles las tierras de los paganos a los reyes cristianos. Esa teoría, interpretada de diversos modos, se hallaba tras las bulas que les concedían a los portugueses y españoles los derechos de exploración, comercio, conquista y explotación. Pero, puesto que tales teorías extremas del poder pontificio nunca habían sido aceptadas por todos, durante la conquista hubo quienes expresaron dudas acerca de la validez de tales concesiones papales. Otros, sacudidos por sus propias experiencias en Indias, donde habían sido testigos, y algunos hasta participado, del maltrato a los indios, alzaron también la voz de protesta.
Aunque a la postre la empresa continuó el camino trazado por intereses económicos y políticos, no es posible narrar la historia del cristianismo en América sin decir algo acerca de quienes tan denodadamente lucharon en pro de una mayor obediencia a los dictados del evangelio.


La Protesta: Fray Bartolomé de Las Casas

La historia de Las Casas ha sido objeto de largas controversias, sobre todo por cuanto se le culpa de haber creado, o al menos difundido, la “leyenda negra” acerca de la conquista. Por lo general quienes toman tal actitud son historiadores católicos españoles que tratan de borrar la mancha de los abusos condenados por Las Casas, sin percatarse de que si hay alguien de quien la iglesia católica española debería gloriarse, ese alguien es precisamente Fray Bartolomé de Las Casas.
Nacido en Sevilla en 1474, y tras licenciarse en leyes, Bartolomé de Las Casas partió de su ciudad natal en 1502, con la flota que los Reyes Católicos enviaron a América al mando de Nicolás de Ovando, cuando Colón estaba en desgracia. Durante diez años, el licenciado sevillano vivió en La Española, donde recibió un grupo de indios en encomienda, y donde, al igual que los demás encomenderos, se dedicó a disfrutar del producto del trabajo de los indios, sin ocuparse de su bienestar ni de su evangelización.
Ocho años llevaba Las Casas en Santo Domingo cuando llegaron los dominicos. Al año siguiente, el cuarto domingo de Adviento de 151 1, es decir, inmediatamente antes de la Navidad, el sacerdote dominico Antonio Montesinos predicó un sermón contra los abusos de que los indios eran victimas. Fue un sermón fulminante, que causó gran revuelo en toda la colonia. Las autoridades y demás interesados trataron de hacer callar a los dominicos, que apoyaron a Montesinos. La disputa llegó pronto a la corte española, donde ambas partes argumentaron en defensa de sus posiciones.
Por primera vez se comenzó a cuestionar seriamente el modo en que se llevaba a cabo la empresa americana. Mientras tanto, el licenciado Las Casas había sido ordenado sacerdote, sin que se sepa exactamente la fecha, aunque al parecer fue el primero en recibir órdenes en el Nuevo Mundo. Pero en la cuestión que se debatía entre los dominicos y los colonos, Las Casas, o bien guardaba silencio, o bien tomaba el partido de los colonos. Fue en Pentecostés, en 1514, que Las Casas tuvo una verdadera conversión en lo que al trato de los indios se refería. A partir de entonces, la fe cristiana le pareció radicalmente incompatible con el modo inhumano en que los españoles trataban a los indios, y no tuvo reparo en decirlo ni en tomar el partido de los dominicos en la polémica que el sermón de Montesinos había iniciado. Al año siguiente, en compañía de Montesinos, regresó a España, donde logró el apoyo del Cardenal Cisneros, a la sazón regente por Carlos V. Cisneros lo envió de regreso a las Indias con una comisión de jerónimos que debía investigar el trato dado a los indios. Pero la mala opinión que varios de los miembros de la comisión tenían de los indios, y sus actitudes apaciguadoras para con los encomenderos, llevaron a Las Casas a romper con la comisión y regresar a España, donde continuó su apasionada defensa de los indios. Quizá para deshacerse de él, o quizá para darle una oportunidad de probar sus teorías acerca del mejor modo de evangelizarlos, las autoridades españolas le otorgaron un territorio que evangelizar en Cumaná, en lo que hoy es Venezuela. El experimento de Las Casas fracasó, en parte por que tendía a idealizar la bondad de los naturales, y en parte porque los colonizadores españoles hicieron todo lo posible por obstaculizar el proyecto y fomentar la violencia. A la postre, cuando los indios se rebelaron, Las Casas abandonó el proyecto y se refugió entre los dominicos de La Española. Allí se unió por fin a la Orden de Santo Domingo, y pasó varios años dedicado a las labores literarias.
Tras doce años en Santo Domingo, Las Casas partió para el Perú, pero el mal tiempo lo obligó a desembarcar en Nicaragua. Los colonizadores de esa región reaccionaron de tal modo a sus ideas acerca de los indios, que tuvo que huir a Guatemala. Trató entonces de aplicar su teoría de que el evangelio debía predicarse pacíficamente; pero los indios, que no conocían de los españoles más que el pillaje y la opresión de que eran objeto, no se mostraron dispuestos a escucharlo. Fue durante ese período, en 1537, que escribió Del único modo de llamar a todos los pueblos a la fe. Después pasó a México, donde hizo trabajo misionero, y regresó a España en 1540.
En España, Las Casas publicó su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que inmediatamente suscitó gran controversia, y la suscita todavía. Se trata de una narración de lo acaecido en las Indias a raíz de la llegada de los españoles. Como historia, deja mucho que desear, pues es una obra polémica cuyo autor trata de mover a sus lectores a tomar acción en favor de los indios. Los números se exageran a veces, y no cabe duda de que Las Casas escogió los incidentes que mejor podrían conmover a sus lectores. Pero esto no quiere decir que su información fuera falsa, como lo han pretendido historiadores a quienes molesta el hecho de que el libro de Las Casas haya servido después a los intereses de los enemigos de España. Vista en su propio contexto, como un llamado a sus compatriotas a vivir a plenitud su fe en su trato con los indios, dicha obra resulta admirable y conmovedora.
En parte como resultado de este libro, Carlos V hizo promulgar las Leyes nuevas, que limitaban los derechos de los españoles sobre los indios. Esto causó gran revuelo en América, y en el Perú se llegó a la rebelión armada. A la larga las Leyes nuevas quedaron en el olvido, y el abuso y la explotación continuaron.
Las Casas gozaba de gran prestigio entre los elementos más progresistas de la corte española, y le fue ofrecido el importantísimo episcopado de Cuzco, la vieja capital del imperio Inca. Pero se negó a aceptarlo, y por fin fue nombrado obispo de Chiapas, en el sur de lo que hoy es México. Allí se mostró inflexible para con los encomenderos, como puede verse en su Confesionario. La oposición de los colonizadores se hizo cada vez más vehemente, y tras un año de residencia Las Casas partió de nuevo para España, donde renunció a su diócesis. Desde entonces (1547) hasta su muerte en 1566, a los noventa y dos años de edad, Las Casas se dedicó a corregir y hacer publicar sus escritos, y a oponerse a la política colonial española.
Las Casas basaba su defensa de los indios en principios generales del derecho que gozaban de aceptación en Europa. A base de esos principios, argüía Las Casas que los caciques indios eran verdaderos señores de sus tierras y de sus vasallos, y que el único derecho que los españoles tenían en el Nuevo Mundo era el de proclamar el evangelio. Ese derecho no justificaba las guerras contra los indios, ni el régimen de las encomiendas, sino que sencillamente les permitía a los españoles dedicarse a la propagación de su fe por medios pacíficos. Además, decía Las Casas, los habitantes originales de estas tierras eran gente afable y generosa, que fácilmente sería ganada mediante el buen ejemplo y el amor. Fue este último punto, con su idealización del carácter del indio, lo que más fuerza les restó a los argumentos de Las Casas, pues sus enemigos se gozaron al ver fracasar los intentos de aplicar sus métodos pacíficos. Además, según se fue recrudeciendo la enemistad entre indios y españoles, menos aceptación tuvieron los escritos y las ideas de Las Casas. Sus obras fueron prohibidas en el Perú en 1552, y en España algunos años más tarde. A mediados del siglo siguiente, la Inquisición prohibió la lectura de las obras de Las Casas.


Francisco de Vitoria

Más respetadas fueron las opiniones de Francisco de Vitoria, el dominico que a partir de 1526 ocupó la principal cátedra de teología de la universidad de Salamanca, y que ha sido llamado “fundador del derecho internacional”. En sus dos Relecciones teológicas de los indios, Vitoria se plantea la cuestión de la legitimidad de la empresa española en el Nuevo Mundo.
El punto de partida de esa cuestión es si los indios eran o no verdaderos señores de sus posesiones y de sus instituciones antes de la llegada de los españoles. Es decir, que si los indios no tenían derecho legítimo sobre sus tierras, los españoles podían tomarlas sin contar con ellos. A esto responde Vitoria que los indios eran ciertamente señores legítimos. Ni el pecado mortal, ni la idolatría, ni la supuesta falta de capacidad mental son suficientes para negar el derecho de posesión. Y esto a su vez quiere decir que los españoles no pueden justificar la conquista diciendo que, puesto que los indios eran idólatras, o puesto que practicaban tal o cual crimen, sus territorios no les pertenecían.
Vitoria pasa entonces a discutir las diversas falsas razones, o “títulos no legítimos”, que se aducen para justificar la conquista. El primero de ellos es que el emperador es señor de todo el orbe. Este título, que no se esgrimió en tiempos de los Reyes Católicos, cobraba especial importancia porque al dictar Vitoria sus relecciones el rey de España era el también emperador Carlos V. A esto responde Vitoria que no es cierto que el emperador sea señor de todo el mundo y que, aunque lo fuera, ello no le daría derecho a deponer a los señores naturales de los territorios indios.
El segundo título es paralelo al primero, pues se basa en la autoridad universal del papa, quien les ha otorgado a los españoles los territorios en cuestión. Tal título no es legítimo, pues el papa no es señor temporal de toda la tierra, y si lo fuera tampoco tendría autoridad para delegar su poder a los príncipes seculares. La autoridad del papa se basa en las cosas espirituales y en su administración, y por tanto no se extiende a los no creyentes. Esto a su vez quiere decir que la negativa por parte de los “bárbaros” a aceptar la autoridad pontificia no es razón suficiente para hacerles la guerra. Con esto, Vitoria rechaza la práctica española de leerles a los indios un “requerimiento” o invitación a abrazar el cristianismo, y hacerles la guerra si se negaban.
El tercer título, que es el derecho de descubrimiento, tampoco es legítimo, pues si los indios eran verdaderos señores de sus tierras, como se ha dicho anteriormente, esos territorios no estaban allí esperando ser descubiertos, como si se tratara de una isla desierta.
En cuarto lugar, podría argumentarse que los indios, por no creer en Cristo, han perdido sus derechos. Empero Vitoria responde que los indios, antes de oír la proclamación del evangelio, no pecaban de incredulidad, y que tampoco pecan si no lo aceptan tan pronto como se les anuncia, si ese anuncio no va acompañado de pruebas fehacientes. Por las noticias recibidas, añade nuestro teólogo, “no estoy convencido de que hasta este momento la fe cristiana les haya sido presentada a los bárbaros de tal modo que si no la aceptan estén en pecado mortal”. En otras palabras, que los medios violentos que se han empleado, por su propia naturaleza, exoneran a los que se nieguen a aceptar un cristianismo que les llega con tan tristes recomendaciones. Además, aunque estuvieran en pecado mortal por haber rechazado el evangelio, ello no privaría a los indios de su legítimo derecho de propiedad.
El quinto título se basa en los pecados de los indios, y arguye que los españoles tienen el deber de castigarlos. A esto responde Vitoria que, por muy graves que sean los pecados de los indios, los cristianos no tienen jurisdicción sobre ellos.
Tampoco ha de aceptarse el sexto título, que es el de una supuesta elección voluntaria del señorío español por parte de los indios. Tal elección tendría que hacerse sin miedo o ignorancia, y resulta patente que tales circunstancias no han existido en el Nuevo Mundo. Además, si los caciques son verdaderos señores, tampoco puede el pueblo indio llamar a otros en su lugar sin causa razonable para ello.
Por último, hay quien dice que Dios, en una donación especial, les ha dado esas tierras a los españoles, como antes les dio a los hijos de Israel las tierras de los cananeos. A esto responde Vitoria que “es peligroso creer a aquel que afirma una profecía contra la ley común y contra las reglas de la Escritura, si no confirma sus doctrinas con milagros, los cuales en esta ocasión no se ven por parte alguna ni son realizados por tales profetas”. Y, aunque hubiera tal donación por parte del Señor, esto no garantiza que quienes tomen las tierras estén exentos de pecado, como puede verse en el caso de los reyes de Babilonia a quienes Dios entregó a los israelitas. Por otra parte, Vitoria sí cree que puede haber razones, o “justos títulos”, para hacerles la guerra a los indios. El primero de estos títulos es el de la libre comunicación. Los españoles tienen el derecho de viajar por las tierras de los indios, y de comerciar con ellos, siempre que se ajusten a las leyes que en esos territorios se aplican a los extranjeros. Si los indios no permiten ese libre comercio y comunicación, los españoles pueden apelar a la fuerza, aunque siempre en una medida que se ajuste a las circunstancias, y no utilizando la actitud de los indios como excusa para hacerles violencia excesiva, o para apoderarse de sus posesiones.
En segundo lugar, los españoles tienen el derecho de predicar el evangelio. Aunque esta tarea les corresponde a todos los cristianos, el papa, como señor espiritual de los creyentes, puede encomendársela a los españoles y prohibírsela a los demás. Si los indios permiten la libre predicación del evangelio, pero rehúsan convertirse, los españoles no pueden hacer uso de la fuerza.
Pero si los jefes indios apelan a la fuerza para impedir las conversiones o los bautismos, o si tratan de obligar a los convertidos a abandonar su fe, los españoles pueden utilizar las armas, siempre en la medida de lo necesario para corregir el mal, y no como excusa para destruir el señorío de los indios. Esta es la tercera razón que podría aducirse en defensa de la conquista.
El cuarto título legítimo sería una decisión papal, dándoles a los indios nuevos señores. Pero, puesto que el papa sólo tiene jurisdicción sobre los cristianos, ese íitulo no podría aducirse sino en el caso en que buena parte de la población fuera cristiana.
En quinto lugar, aunque los pecados de los indios no les quitan su derecho de señorío, los españoles sí tienen autoridad para defender a unos contra otros, como en el caso de los sacrificios humanos y la antropofagia. A fin de evitar tales cosas, y en defensa de los que de otro modo serían muertos, los españoles pueden intervenir mediante la fuerza.
Además, los españoles podrían tomar el señorío sobre esas tierras si los jefes de los indios, “comprendiendo la humanidad y sabia administración de los españoles”, le pidieran al rey de España que fuese su soberano.
El séptimo título legítimo para la intervención armada sería el de las alianzas hechas con algún jefe indio, que entonces se viera envuelto en guerra con otro. En tal caso, los españoles tendrán que cumplir sus obligaciones para con sus aliados.
Existe por último un título que se ha aducido, acerca del cual Vitoria tiene dudas, y éste es el de la incapacidad de los indios para gobernarse a sí mismos. Si, como dicen algunos, los indios carecen de la madurez mental para gobernar su propio país, los españoles pueden ocuparse de su tutela. Naturalmente, en este último punto Vitoria casi contradice lo que dijo al principio, pues si los indios son incapaces de gobernarse difícilmente pueden ser señores de sus propias tierras e instituciones.
Las conferencias de Vitoria, dictadas en respuesta a las noticias recibidas de los desmanes ocurridos en el Perú, causaron gran revuelo. El Emperador hizo callar a los más exaltados seguidores del maestro dominico, pero él mismo vio la necesidad de enjuiciar de nuevo toda la empresa de conquista y colonización. Las Nuevas leyes de Indias, promulgadas en 1542, llevan el sello de Vitoria. A partir de entonces se prohibieron las conquistas al estilo de la del Perú, y se prohibió hacerles la guerra a los indios que estuviesen dispuestos a establecer relaciones pacíficas con los españoles.
Pero, por otra parte, no es posible ocultar el hecho de que Vitoria, con todo y ser el gran crítico de los desmanes de los españoles, fue también quien le proveyó justificación jurídica y teológica a la empresa de conquista y colonización. Los “justos títulos” se prestaron a enormes injusticias. La moderación misma de Vitoria, al tiempo que condenaba los crímenes de los conquistadores, acababa por justificar el más grande de los crímenes, que fue la conquista misma, como puede verse en las últimas palabras de su primera Relección: “Resulta patente que, después que ha tenido lugar la conversión de muchos bárbaros, no le es conveniente ni lícito al príncipe renunciar por completo a la administración de esas provincias”.

La Emresa Antillana 


… procuréis con toda diligencia de animar y atraer a los naturales de dichas Indias a toda paz y quietud, e que nos hayan de servir e estar so nuestro señorío e sujeción benignamente, e principalmente que se conviertan a nuestra santa fe católica

Los Reyes Católicos


Como vimos en un capítulo anterior, las primeras tierras que Colón visitó en el Nuevo Mundo formaban parte del archipiélago antillano, y fue en él, en la isla a la que llamó La Española, que el Almirante hizo el primer intento de colonización, que fracasó.
En su segundo viaje, Colón traía instrucciones más precisas de los soberanos, en el sentido de que estableciera colonias permanentes en las nuevas tierras, e hiciera todo lo posible por la evangelización de los indios. A fin de ayudarlo en este último propósito lo acompañaban, además del padre benedictino Bernardo Boil, a quien hemos mencionado anteriormente, tres franciscanos, un mercedario y un jerónimo.


Colonización de La Española

Tras encontrar destruido el fuerte Natividad, Colón y los suyos siguieron navegando a lo largo de la costa de La Española, hasta que llegaron a un lugar que les pareció propicio para fundar una población, a la que nombraron La Isabela, en honor de la Reina. Allí celebraron misa solemne los sacerdotes el Dia de Reyes de 1494, e inmediatamente se comenzó la construcción de los principales edificios. De piedra se construyeron la iglesia, el cuartel general de Colón y el almacén. Los demás edificios, para morada de los vecinos, se hicieron de madera y paja.
Cuando comenzaron a escasear los alimentos, Colón envió a uno de sus lugartenientes de regreso a España, con la encomienda de que procurase provisiones. Además mandó con él un contingente de indios que decía eran caníbales, y les sugería a los monarcas que los repartieran entre las mejores familias del reino para que aprendieran la lengua española y la fe cristiana. Además, decía Colón, capturando y desterrando a esos indios caníbales se ganaba la simpatía de los demás indios, que veían en los españoles una fuerza benefactora. Pero el hecho es que el Almirante tenía además otros propósitos, pues en las mismas instrucciones proponía que se pagaran con esclavos indios las mercancías que los expedicionarios necesitaban. La respuesta real fue ambigua, pues al tiempo que se aceptaron los indios que Colón enviaba se le instaba a procurar la conversión de los habitantes de la región sin uso de violencia ni de destierro.
Mientras tanto, en la nueva colonia las cosas no marchaban bien. Antes de la salida del contingente que iría a España, muchos trataron de desertar y partir con él. Tras castigar severamente a los rebeldes, Colón envió una pequeña columna a la región que los indios llamaban “Cibao”, pensando que quizá ese nombre indicaría que se trataba de Cipango, el nombre que entonces se le daba al Japón. Cuando los enviados regresaron con algún oro, y con noticias de haber sido bien recibidos por los indios, Colón marchó hacia el Cibao con una fuerza mayor. Pero en esa segunda ocasión los indios huyeron, quizá atemorizados por el aparato bélico de los españoles. En el Cibao, el Almirante construyó una fortaleza a la que llamó Santo Tomás, porque los incrédulos que no creían que había oro quedaban refutados.
Empero los indios no estaban dispuestos a permitir que los españoles marcharan impunes por sus tierras y cometieran con ellos los abusos que cada vez se hacian más frecuentes. El cacique Caonabo, a quien se acusaba de haber organizado el ataque al fuerte Natividad, se unió a otros jefes para marchar contra Santo Tomás. Ante tales noticias, Colón mandó una fuerza de varios centenares de hombres a defender la fortaleza, con instrucciones de aplicarles castigos severos a los indios rebeldes, cortándoles las orejas y las narices. El jefe de esa expedición no vaciló a aplicar tales instrucciones con implacable crueldad. Por ejemplo, cuando un indio robó las ropas de un español toda su aldea fue tomada, y al cacique se le cortaron las orejas.
En el entretanto, no hay noticias de que los supuestos misioneros hicieran gran cosa en pro de la conversión de los indios. El principal de ellos, Boil, parece haber estado más interesado en su propio poder que en su labor misionera. Esto llegó a tal punto que, mientras Colón estaba ausente en una expedición a Cuba, Boil se unió a un grupo de rebeldes que rechazaron la autoridad de Diego Colón, se adueñaron de tres naves y partieron para España.
Los que quedaron detrás, desmoralizados y carentes de jefes, se dispersaron por toda la región, cometiendo hurtos y violaciones entre los indios. Estos a su vez aprovecharon la ocasión para tomar venganza, y no pocos españoles fueron apresados y muertos por ellos.
En eso llegó Colón, cansado y amargado de un viaje infructuoso por las costas de Cuba, dispuesto a desatar sobre los indios el huracán de su cólera. Los indios muertos se contaron por millares, y muchos centenares fueron hechos prisioneros y enviados a España como esclavos: Caonabo, quien reunió un ejército de cinco mil hombres y le puso sitio a Santo Tomás, fue derrotado y hecho prisionero. Al cabo de diez meses, los españoles habían destruido todo vestigio de resistencia entre los sublevados. Pero esto no le puso fin a la ola conquistadora. Los españoles invadieron nuevos territorios y sometieron a sus caciques, excepto el de Jaragua, que se hizo vasallo y ofreció pagar tributo, y el de Higüey, cuyo territorio estaba bastante apartado. Los muchos esclavos hechos en esa guerra alentaron la codicia de los conquistadores, que durante algún tiempo continuaron pagando con esclavos indios las mercancías traídas de España. Además, se decretó que cada indio sometido tendría que pagar un tributo trimestral de cierta cantidad de oro, o de una arroba de algodón. Quienes no pagaban los tributos eran reducidos a esclavitud. Ante tal situación, muchos huyeron y se refugiaron en los montes, donde los españoles los cazaban con perros.
No todos los colonizadores concordaban con tales métodos. Cuando el almirante estaba ausente en viaje a España, un fuerte grupo, dirigido por Francisco Roldán Jiménez, se rebeló y huyó al territorio de Jaragua. Aunque el partido de Roldán no se mostró muy amable para con los indios, sí fue menos cruel que el de los Colón, que continuaba exigiendo fuertes tributos y enviando cargamentos de esclavos a España. Fue a consecuencia de tal situación que la Reina cuestionó el derecho del Almirante de vender a los indios como esclavos, y a la postre Bobadilla depuso a los Colón y los envió en cadenas a España. Empero Bobadilla no fue mejor gobernante para los naturales, a quienes continuó oprimiendo en beneficio de los trescientos españoles con que la colonia contaba a la sazón.
La escuadra de treinta y dos buques que llevó a Nicolás de Ovando a hacerse cargo de La Española llevaba también diecisiete franciscanos encargados de continuar la labor de evangelizar a los indios. Empero estos nuevos misioneros, como los anteriores, encontraron muy difícil su labor dadas las malas relaciones que existían entre los indios y los españoles.
Al poco tiempo de llegar al país, Ovando había conquistado la región del Higüey. Pero en la zona de Jaragua, la cacique Anacaona dirigió una rebelión que pronto se extendió también al Higüey, y que fue ahogada en sangre. Anacaona, hecha prisionera por los españoles, fue ahorcada. Mientras tanto, los indios sumisos eran entregados en encomienda a los españoles, con la condición de que éstos les enseñaran la fe cristiana y les pagaran salario.
Pero el sistema de las encomiendas no era más que un subterfugio para la esclavitud, prohibida por la corona. Según cuenta Las Casas, los misioneros no hicieron más que tomar en sus casas algunos niños, hijos de caciques, con el propósito de enseñarles las letras y la fe y buenas costumbres. En 1503 la corona dio instrucciones a sus representantes en La Española en el sentido de que los indios debían vivir en pueblos y no diseminados por toda la comarca, y que en cada pueblo debía haber un oficial del gobierno y un capellán. Pero tales pueblos no fueron los lugares felices que los Reyes esperaban, pues los indios tomados de ellos, y sometidos a trabajos forzados en las minas, a veces no podían ver a sus familias por meses.
Mientras tanto, en Europa, se hacían las gestiones para el establecimiento de la jerarquía eclesiástica en las nuevas colonias. Tras un intento fallido de fundar tres sedes en La Española, en 1511 se fundaron por fin en esa isla las de Santo Domingo y Concepción de la Vega, y la de San Juan en Puerto Rico. Es interesante y revelador notar que en las instrucciones reales a los nuevos obispos se les indicaba que no debían estorbar las labores de extracción de oro, sino que al contrario debían decirles a los indios que el oro se usaría en guerras contra los infieles, y que en todo caso los obispos han de enseñar “las otras cosas que vieren que pueden aprovechar para que los indios trabajasen bien”.
Algunos de los primeros obispos de Ultramar fueron personas dignas, que se ocuparon de tratar de mejorar las condiciones en que vivían los indios. Pero muchos otros fueron indolentes, partidarios decididos de los colonos, o nunca llegaron a tomar posesión de sus diócesis.
Fueron los dominicos, llegados en 1510, quienes más se afanaron por el bienestar y la verdadera conversión de los indios. Entre ellos se contaba Antonio de Montesinos, a quien hemos mencionado anteriormente como el jefe de la protesta contra el régimen de las encomiendas. La comisión de jerónimos que vino a La Española a consecuencias de la agitación de Montesinos y de Las Casas sugirió que se les devolviese la libertad a los indios o que, si tal cosa era impracticable, se hicieran encomiendas perpetuas, más bien que por tres años, y que esas encomiendas fueran estrictamente supervisadas por la corona a fin de evitar abusos. Cuando la corona decretó la libertad de los indios, hubo resistencia por parte de los españoles, cuyos argumentos parecieron confirmarse en una rebelión de indios. El resultado neto fue que éstos perdieron la poca libertad que tenían, y muchos también la vida. A la postre los pocos que lograron sobrevivir aceptaron el bautismo de igual modo que aceptaron la dominación española, porque no les quedaba otra alternativa.


Puerto Rico

La colonización de la isla de San Juan (más tarde llamada Puerto Rico) siguió un proceso paralelo al que hemos visto en La Española. En 1509 don Juan Ponce de León exploró la isla, y al año siguiente Diego Colón, que a la sazón gobernaba en La Española, lo autorizó para conquistarla.
Con un centenar de soldados, Ponce regresó entonces a Puerto Rico, donde estableció su residencia en Caparra. De allí, en una serie de incursiones, se fueron fundando otros centros, inclusive la actual capital de San Juan, adonde los expedicionarios trasladaron su cuartel general. Las capitulaciones que Ponce había firmado con Diego Colón estipulaban que uno de los propósitos de la expedición sería la evangelización de la isla. Las directrices enviadas poco después por la corona ordenaban que se tratara bien a los indios, evitando los abusos que habían tenido lugar en La Española, y que se hiciera por reunir grupos de niños indios que debían recibir instrucción religiosa y pasársela después al resto de la población. Empero esas instrucciones no se cumplieron a cabalidad. En Puerto Rico también se implantó el régimen de encomiendas, con todos sus abusos. Los indios murieron por millares. Los que huían a los montes eran cazados y castigados cruelmente. Los religiosos se quejaban de que los expedicionarios, muchos de ellos casados en España, violaban a las indias o se amancebaban con ellas. A la postre la población indígena desapareció, en parte por mortandad, y en parte por absorción.
En 1512 llegó a Puerto Rico su primer obispo, don Alonso Manso. Este era un hombre culto y refinado, cuya principal contribución fue la fundación de una escuela de gramática, con el propósito de enseñar al clero y a cualesquiera otros que quisieran asistir a ella. Pero, aunque el obispo Manso es venerado en Puerto Rico por haber sido el primer prelado de la isla, el hecho es que pasó buena parte de su carrera en España. A su muerte en 1534 la sede quedó vacante, y no se nombró sucesor sino en 1542.
En el entretanto, el licenciado Antonio de La Gama tomó verdadero interés en los indios, y recibió de la corona la tarea de protegerlos. Como parte de su programa de defensa de los indios, La Gama obtuvo de España autoridad para castigar a quienes maltrataran a los naturales de la isla. De este modo se suavizaron en algo los rigores del régimen de encomiendas y otros abusos. El nuevo obispo, Rodrigo de Bastidas, logró que se les devolviera la libertad a algunos indios. Pero todo esto no bastó para salvar a un pueblo condenado a la opresión y la desaparición.
Al igual que el resto de las Antillas, Puerto Rico quedó eclipsado con los descubrimientos y conquistas de México y el Perú. Muchos marcharon a esas tierras donde el oro era más abundante. El propio Ponce de León marchó hacia la Florida, en busca de nuevas aventuras y mayores riquezas. En consecuencia, hacia fines del siglo XVI la isla estaba relativamente despoblada. En lo eclesiástico, había, además del obispo, una docena de clérigos y un convento. Con ese escaso personal era necesario ministrar a toda la isla.
No fue sino algún tiempo después, cuando San Juan vino a ser un importante puerto por donde pasaba el oro enviado a España desde México y el Perú, que se construyeron las fortificaciones de San Juan, y la isla comenzó a repoblarse.


Cuba

La conquista de Cuba se llevó a cabo de modo más sistemático que la de La Española. Puesto que Colón había sostenido que se trataba de tierra firme, la corona siempre tuvo interés por emprender la conquista, colonización y evangelización de Cuba. Tras el bojeo de Sebastián de Ocampo, que demostró que era una isla, se aprestó en La Española una expedición de conquista y colonización. Diego Velázquez, con el título de almirante, desembarcó en el extremo oriental de la isla con unos trescientos acompañantes. Allí fundó la ciudad de Baracoa, y recibió refuerzos procedentes de Jamaica bajo el mando de Pánfilo de Narváez. La expedición se dividió entonces en tres columnas. Dos seguirían las costas, marchando y navegando de este a oeste, y la tercera, bajo el mando de Pánfilo de Narváez, marcharía por el centro. La única oposición seria por parte de los indios fue la que dirigió el cacique Hatuey, que había llegado de La Española con noticias acerca de la crueldad y avaricia de los conquistadores. Capturado por fin, y condenado a morir en la hoguera, se cuenta que Hatuey se negó a recibir el bautismo, que según el sacerdote le abriría las puertas del cielo, pues si los cristianos iban al cielo él no deseaba estar en tal lugar.
Aunque los indios prácticamente no opusieron resistencia, los españoles, y en particular la columna mandada por Pánfilo de Narváez, se ensañaron con ellos. La matanza de Caonao, en que los españoles destruyeron toda una aldea de indios desarmados, fue sólo uno de muchísimos incidentes parecidos. Más tarde se estableció el régimen de encomiendas y el trabajo forzado en busca del escaso oro que había. El desaliento de los indios fue tal que en muchos casos hubo suicidios en masa. Otros murieron a causa de enfermedades hasta entonces desconocidas entre ellos, y traídas por los españoles. Como en el resto de las Antillas, la raza india estaba destinada a desaparecer, o a ser absorbida por los conquistadores que se juntaron con las indias, ya fuera legal, ya ilegalmente (aunque casi nunca sin antes bautizarlas, por aquello de no unirse con infieles).
Cuba, en mayor grado que La Española o Puerto Rico, se volvió centro de expediciones hacia tierra firme. Fue allí que se organizaron las empresas dirigidas hacia México y la Florida. En vista de que el oro era escaso, muchos colonos se trasladaron hacia esas nuevas regiones. El resultado fue que, ya en 1525, la isla estaba sumida en la pobreza. La sociedad indígena, desarticulada por la llegada de los españoles, y arrancada de sus faenas para dedicarse a la búsqueda de oro, no podía satisfacer siquiera las necesidades alimenticias de la escasa población. Pronto hubo alzamientos de indios, con las consiguientes matanzas. Las comunicaciones entre las siete ciudades fundadas por Velázquez eran malas, y en todo caso las supuestas ciudades no pasaban de pobres caseríos. En tales circunstancias, la iglesia demoró en establecerse debidamente, y no fue sino hacia fines del siglo XVI, con el establecimiento de un convento franciscano y otro dominico en La Habana, que la vida eclesiástica comenzó a cobrar vigor.


Los Esclavos Negros

Desde muy temprano se comenzó a traer negros africanos al Nuevo Mundo, para que se ocuparan de las labores que los españoles no estaban dispuestos a realizar. Ya en 1502, Nicolás de Ovando llevó consigo a La Española varios negros, aunque no traídos directamente de Africa, sino de Sevilla, donde ya eran esclavos. Cuando éstos se fugaron, aprovechando las selvas tropicales, se detuvo por algún tiempo la importación de esclavos negros. Pero en 1505 Ovando reanudó el inhumano tráfico al solicitar de la corona que le fueran enviados un centenar de esclavos negros. A partir de entonces, y según fue desapareciendo la población india en las Antillas, la importación de esclavos africanos aumentó. En 1516, Las Casas llegó a sugerir, como un modo de proteger a los indios, que se trajeran más esclavos de Africa. Pero pronto se arrepintió de haber aconsejado tal cosa, y se dedicó también a la defensa de los negros.
Algunos teólogos pusieron reparos al tráfico de esclavos. Pero es notable que la principal discusión no tenía que ver con la injusticia de la esclavitud, sino con los derechos e intereses de los blancos involucrados en el asunto. Así, por ejemplo, cuando en 1553 se autorizó la importación de 23.000 esclavos al Nuevo Mundo, los teólogos que se opusieron al acuerdo basaron sus argumentos en los privilegios excesivos de ciertos banqueros, que parecían violar los derechos de otros españoles.
La conversión de los esclavos marchó lentamente. Pocos se ocupaban de ella, y se daba por sentado que la instrucción religiosa de los esclavos quedaba en manos de sus amos. A la postre, toda la población negra de las Antillas recibió el bautismo, aunque siempre quedaron vestigios y supervivencias de las viejas religiones africanas, quizá en parte como un medio por el que los negros atropellados conservaban algo de su dignidad e identidad.

La Serpiente Emplumada 


Que dejéis vuestros sacrificios y no comáis carne de vuestros prójimos, ni hagáis sodomías ni las cosas feas que soléis hacer, porque así lo manda nuestro Señor Dios, que es el que adoramos y creemos y nos da la vida y la muerte y nos ha de llevar a los cielos.

Hernán Cortés


Las Antillas no saciaron por mucho tiempo las ansias de oro y de gloria de los conquistadores. Pronto comenzaron a dirigir su mirada hacia nuevas tierras, que prometían ser a la vez más ricas y más difíciles de conquistar. A esto contribuían los mismos indios, que, en un esfuerzo por deshacerse de los invasores, les decían que hacia el oriente, o hacia el norte, o hacia el sur, existían grandes reinos en los que abundaba el oro. En 1517 (el mismo año que Lutero clavó sus famosas noventa y cinco tesis), Francisco de Córdoba descubrió la península de Yucatán, donde tropezó con fuerte resistencia por parte de los indios. A su regreso, trajo informes de la rica civilización maya, uno de cuyos dioses era la serpiente emplumada, Cuculcán. Poco después, movido por los informes de Francisco de Córdoba, Juan de Grijalva exploró las costas de México, y regresó con noticias del grande y rico imperio azteca.
Todo esto inspiró a Diego Velázquez, gobernador de Cuba, a organizar una expedición para explorar y conquistar la región. Para dirigirla, nombró a Hernán Cortes, un notario extremeño que lo había acompañado en la conquista de Cuba. Cuando la expedición estuvo lista, Velázquez pensó quitarle el mando a Cortés. Pero éste, enterado de los planes del gobernador, zarpó sin esperar permiso.


Primeros Encuentros con los Indios

Cortés y su fuerza de unos quinientos hombres y dieciséis caballos se dirigieron ante todo a la isla de Cozumel, donde tuvieron la buena fortuna de alistar a un español, Jerónimo de Aguilar, que había sido hecho cautivo por los indios, y vivido con ellos por algún tiempo. Aguilar sería un valioso instrumento de Cortés, pues le serviría de intérprete. Había también otro español a quien los indios habían apresado. Pero este otro, tras ganar su libertad, había llegado al rango de cacique, se había casado y tenía familia, y por tanto prefirió quedarse con los indios.
Cortés invitó a los indios a aceptar el cristianismo. Cuando se negaron, diciendo que sus dioses les habían servido bien y que no tenían por qué abandonarlos, Cortés ordenó que los ídolos fueran destruidos y arrojados de la cima de la pirámide. Después, en el lugar en que antes estaban los dioses, pusieron un altar con una cruz y la imagen de la Virgen, y el sacerdote Juan Díaz dijo la misa. Aquél fue el primer indicio de los métodos que Cortés proyectaba emplear en la conversión de los indios.
De Cozumel, los conquistadores navegaron a Tabasco, donde encontraron fuerte resistencia por parte de los indios. Pero tras tres días de lucha la artillería y la caballería españolas se impusieron, y los indios se declararon vencidos. Le trajeron entonces a Cortés presentes, entre los que se contaban veinte mujeres para los jefes de la expedición. Una de ellas, Malinche, a quien después los españoles bautizaron con el nombre de doña Marina, le serviría a Cortés de intérprete, y a la postre sería también su concubina. También allí los españoles erigieron una cruz y un altar, y celebraron misa.
Fue probablemente en Tabasco que Cortés se enteró de una vieja leyenda india, que le serviría de instrumento en su empresa de conquista. Era la leyenda de Quetzalcoatl, la serpiente emplumada que también adoraban los mayas bajo el nombre de Cuculcán. Según la tradición, cuyos detalles no están del todo claros, Quetzalcoatl había partido hacia el oriente en una embarcación hecha de serpientes, diciendo que tenía que regresar a su señor, y que algún día volvería a tierras mexicanas, a reclamarlas para sí y para su señor. La leyenda añadía que ese regreso tendría lugar en un año designado en el calendario mexicano como ce acatl, “una caña”. Por fortuna para Cortés, su desembarco había tenido lugar precisamente en tal año, y por tanto el conquistador decidió explotar la leyenda haciendo correr la voz de que él era Quetzalcoatl que regresaba a reclamar sus posesiones.
De Tabasco, Cortés y los suyos siguieron una ruta que a la postre los llevó a la región de Tlascala, el más poderoso y aguerrido de los estados vasallos de los aztecas. En el camino, a pesar de las amonestaciones del padre Bartolomé de Olmedo, que le decía que tal no era el proceder correcto en la conversión de los indios, Cortés iba destruyendo los ídolos, y exhortando a los naturales a abandonar los sacrificios humanos y todas su malas costumbres. La ironía estaba en que, aparte de los sacrificios humanos, no había razón para pensar que las costumbres en cuestión eran menos dignas que las de los españoles, que robaban cuanto podían, violaban las mujeres, y trataban a los indios como si no fueran seres humanos.
La marcha hacia Tlascala fue más difícil que las anteriores, pues se trataba de una región con medio millón de habitantes y con fuertes ejércitos. Repetidamente los españoles se vieron en difíciles situaciones militares de las que sólo pudieron salvarse gracias a su armadura, su artillería y sus caballos. A la postre, convencidos de que no podían vencerlos, los tlascaltecas decidieron establecer alianza con Cortés y los suyos. Puesto que la enemistad entre los aztecas y los tlascaltecas era vieja y profunda, a partir de entonces estos últimos fueron los mejores aliados de los conquistadores. En este caso, Cortés se dejó convencer por las súplicas de Olmedo y, cuando sus nuevos aliados se negaron a destruir sus ídolos, no se atrevió a derribarlos. El apoyo de los tlascaltecas era demasiado importante, y el conquistador sabía que lo perdería si desatendía los consejos del sacerdote.


Tenochtitlán

Durante toda esa larga marcha, Cortés había recibido embajadas y mensajes de Montezuma, el emperador azteca. Esas embajadas, a la vez que le rogaban que no continuara su marcha hacia Tenochtitlán, le preguntaban si de veras era Quetzalcoatl, a quien los aztecas esperaban. Luego, los mismos embajadores le dieron a Cortés indicios de que su política de aplicarse la vieja leyenda estaba teniendo buen éxito. En Tenochtitlán, Montezuma no se atrevía a dar la orden que pudo haber aniquilado a los españoles, por temor de que de veras se tratara de Quetzalcoatl.
Cuando resultó claro que nada lograría disuadir al supuesto Quetzalcoatl de su propósito de visitar Tenochtitlán, el Emperador salió a recibirlo. Junto a él, y acompañados de enorme séquito, los conquistadores entraron en la capital mexicana.
La situación de Cortés era precaria. Aunque había podido entrar a Tenochtitlán con un contingente de aliados tlascaltecas, se encontraba en medio de una enorme ciudad de la que sólo era posible salir por calzadas que atravesaban el lago, y en las que había puentes que los aztecas podrían destruir fácilmente. Además, había partido de Cuba sin permiso de Velázquez, de modo que la corte española, ante la cual el gobernador de Cuba ciertamente protestaría, podría considerarlo rebelde. El único modo de evitar tal acción por parte de la corona era asegurarse del éxito de la empresa, tanto en lo político, económico y militar como en lo religioso.
A los pocos días de llegar a Tenochtitlán, Cortés recibió invitación por parte de Montezuma para que se le uniera en una visita al templo del dios Huichilopochtli, a quien los español llamaban “Huichilobos”. Las palabras de Cortés en el templo fueron harto faltas de respeto para la religión de los indios y el Emperador, agraviado, le pidió que se retirara mientras él ofrecía sacrificios de arrepentimiento a los dioses por haber traído al español al recinto sagrado.
Aquel incidente, y varios otros, convencieron a los españoles de que la hospitalidad con que habían sido recibidos no continuaría por largo tiempo. Montezuma continuaba tratándoles como si fueran visitantes que pronto abandonarían sus territorios. Naturalmente, los españoles no estaban dispuestos a partir tan fácilmente. A la postre, siguiendo el consejo de algunos de sus capitanes, Cortés se decidió a dar el golpe de mano. El y un grupo de sus soldados se presentaron en el palacio imperial, capturaron a Montezuma, y lo “invitaron” a establecer su residencia con ellos.
Dueño de la persona del Emperador, Cortés se creyó suficientemente fuerte para destruir los ídolos. Pero sus primeros hechos de esa índole causaron tal enojo entre la población, que el conquistador desistió por algún tiempo.
Llegaron entonces noticias de que Velázquez había enviado a Pánfilo de Narváez para castigar al rebelde Cortés, y que aquél marchaba hacia Tenochtitlán con una fuerte columna. Cortés salió inesperadamente de Tenochtitlán, cayó por sorpresa sobre Narváez, lo derrotó, y reclutó a casi todos sus seguidores.
De regreso a Tenochtitlán, Cortés encontró que la situación se había deteriorado sobremanera. Cuando los principales jefes indios estaban reunidos en una fiesta en honor de Huichilopochtli, los españoles habían caído sobre ellos y los habían matado sin misericordia alguna. Ante tal atrocidad, el pueblo se rebeló. Cortés trató de calmar los ánimos haciendo aparecer a Montezuma. Pero éste había perdido el respeto de los suyos, que lo apedrearon de tal suerte que murió a los pocos días.
La situación de los españoles se hacia insostenible, pues se hallaban sitiados en medio de una enorme ciudad. Por fin, el 30 de junio de 1520, decidieron abandonar la capital. En aquella noche triste perdieron buena parte de sus soldados y caballos, además de casi todo el oro que trataron de sacar. En la batalla de Otumba, Cortés y los suyos pudieron por fin reorganizarse y derrotar a los aztecas que los perseguían.
Entonces comenzó para los españoles la difícil tarea de conquistar Tenochtitlán. Con la ayuda de sus aliados tlascaltecas, se dedicaron a atacar varias ciudades vecinas, al tiempo que traían desde la costa algunos bergantines, desarmados en piezas. Con aquella flota, armada de nuevo en el lago, comenzó el asedio. Fue una larga batalla. Los españoles y sus aliados tuvieron que tomar la ciudad de edificio en edificio y de canal en canal. Con escombros iban llenando los canales. Cuando estuvieron suficientemente cerca, pudieron ver a algunos de sus camaradas, hechos prisioneros por los aztecas, sacrificados en lo alto de la pirámide donde estaba el altar de Huichilopochtli. Por fin, a pesar de la valerosa resistencia dirigida por Cuauhtémoc, sobrino de Montezuma, la ciudad y el propio Cuauhtémoc quedaron en manos de los españoles. La conquista había terminado.
A partir de entonces, los otros caciques de México, temerosos de que sucediera en sus territorios lo mismo que había sucedido en los del poderoso Montezuma, se fueron doblegando ante los españoles, y declarándose vasallos suyos. En 1525, se dijo que los aztecas proyectaban una sublevación, y Cuauhtémoc y su principal lugarteniente fueron ahorcados. La conquista de Yucatán tomó más tiempo, pero se completó hacia 1541.
En cuanto a Cortés, su enorme triunfo le valió que la corte española olvidara su rebelión contra Velázquez, y le confiriera el título de Marqués del Valle de Oaxaca. Pero pronto, siguiendo su política de no permitir que ningún conquistador se hiciera demasiado poderoso, la corona comenzó a limitar sus poderes. En parte por escapar de una situación que se le hacía cada vez más estrecha, Cortés dirigió otras expediciones a Honduras (1524) y Baja California (1535). Por fin regresó a España, donde murió en 1547.


Los Doce Apóstoles

Aunque dos sacerdotes acompañaron a Cortés desde el principio de su expedición, naturalmente no bastaban para la obra de conversión de tan vasto imperio. Otros tres llegaron después, entre ellos el famoso Pedro de Gante, que se dedicó a la enseñanza y mediante ella hizo un verdadero impacto en el país. Pero Cortés, que a pesar de todas sus violencias era católico sincero y hasta fanático, le escribió a Carlos V rogándole que le enviara frailes, y no sacerdotes seculares ni prelados, pues lo frailes vivirían en pobreza, y serían un ejemplo para los nativos mientras que los seculares y los prelados se ocuparían más de lujos y pompas, y nada o poco harían en pro de la conversión de los indios.
En respuesta a las peticiones de Cortés, llegaron a Nueva España (que así se llamó México) doce franciscanos a quienes después se les dio el título de los “doce apóstoles”. Eran persona dignas, que conservaban rigurosamente el ideal de pobreza de su fundador San Francisco. Se cuenta que uno de ellos, Toribio de Benavente, escuchó que al paso de los franciscanos los indios repetían la palabra “motolinía” y, cuando le dijeron que quería decir “pobre”, decidió que ese sería su nombre. Es por ello que la historia conoce a fray Toribio, que después se destacó por sus crónicas de la época, como Motolinía. Otro de ellos, Martín de Valencia, a quien los franciscanos eligieron por jefe, fue tenido por santo, y su devoción continuó por largo tiempo.
Al recibir a aquellos franciscanos, Cortés se arrodilló ante ellos y les besó las manos, con lo cual los indios comenzaron preguntarse qué poder tenían aquellos pobres predicadores que el propio Cortés se hincaba ante ellos.
La labor de aquellos franciscanos, y de los muchos otros frailes y sacerdotes que los siguieron, no fue fácil. Por una parte, el resentimiento de los indios contra los españoles era grande, pues les habían tomado sus tierras, muchos de ellos violaban a las mujeres, y todos ellos despreciaban los más altos logros de su cultura, tratándolos como a bárbaros. Por otra parte, el triunfo de los cristianos parecía demostrar que su Dios era más poderoso que los de los vencidos, y por tanto eran muchos los indios que se apresuraban a pedir el bautismo, con la esperanza de conquistar de ese modo la buena voluntad de tan poderoso Dios.
El principal método que siguieron los franciscanos, y otros después, fue establecer escuelas donde enseñar a los hijos de los caciques y de los indios más prestigiosos, con la idea de que después esos niños volvieran a sus hogares y convirtieran a sus familiares. Al principio, muchos de los caciques trajeron, no a sus hijos, sino a otros, porque temían el mal que los sacerdotes pudieran hacerles, o que los tomaran como esclavos. Pero poco a poco, según fue aumentando el prestigio de los franciscanos, fueron más los que estuvieron dispuestos a enviar a sus hijos a las escuelas. A través de esos alumnos, un conocimiento rudimentario del cristianismo se fue extendiendo por todo el país.
En algunos casos, la popularidad de los frailes fue tal que cuando las autoridades decidieron mandarlos a otro lugar y hacerlos sustituir por sacerdotes seglares, los indios se sublevaron, tomaron la iglesia, y obligaron a las autoridades a cambiar de política.
Como en toda América, esto trajo conflictos tanto con los sacerdotes seculares como con los colonizadores, que no querían sino explotar a los desventurados indios. Mientras los frailes los defendían, los colonizadores se aprovechaban del sistema de encomiendas, que pronto fue establecido también en Nueva España. Además, los sacerdotes seculares se mostraban celosos de la buena voluntad que los frailes habían logrado conquistar entre los indios, sin considerar que ello se debía, en parte al menos, a lo que Cortés le había dicho en su carta al Emperador, esto es, que los frailes vivían con el pueblo y compartían con él, mientras que muchos de los seculares no querían sino el prestigio y la pompa de sus oficios. Estas luchas entre los frailes, los seculares y los conquistadores duraron por varias generaciones.
Una de las primeras controversias en la iglesia mexicana tuvo que ver con los bautismos en masa que celebraban los primeros misioneros. Tras la derrota de los aztecas, y al parecer también de sus dioses, los indios acudían a recibir el bautismo en grandes números. Los misioneros pensaban que bastaba con que supieran algo del monoteísmo cristiano, la doctrina de la redención en Cristo, el Padrenuestro y el Avemaría. Algunos que parecían tímidos, y que por ello no podían repetir lo que se les enseñaba, también fueron bautizados. El resultado fue que los nuevos cristianos se contaron por millones. Según cálculos de Motolinía, en los primeros años se bautizaron entre cinco y nueve millones de indios. Casi todos los misioneros cuentan haber bautizado centenares en sólo un día, y haber repetido esa práctica durante varios años.
Todo esto produjo cierta controversia, sobre todo por cuanto existían otros motivos de celos. Se acusó a los misioneros, particularmente a los franciscanos, no de bautizar a las gentes sin la debida preparación, como cabría pensar, sino de simplificar en demasía el rito bautismal. A la postre la cuestión llegó al papa Pablo III, quien exoneró de todo pecado a quienes hasta entonces hubieran oficiado un rito de bautismo demasiado simplificado, pero dio instrucciones de que a partir de entonces se cumpliera un ritual que, sin ser tan complicado como el que se practicaba en Europa, no se limitaba al agua y la fórmula bautismo sino que incluía varias de las ceremonias que a través de los años se le habían añadido al rito del lavacro. Con todo, puesto que el Papa había dicho que esto podía obviarse en casos de urgente necesidad, hubo todavía casos en los que algunos misioneros bautizaron a grandes multitudes en un solo día, aunque no se repitió lo que había llegado a tener lugar antes de la controversia, de bautizar a varios de una vez salpicándolos con un hisopo.


Fray Juan de Zumárraga

Poco después de conquistado el imperio azteca, se dieron los pasos necesarios para el establecimiento de la jerarquía eclesiástica en el país. La primera diócesis fundada fue la de Tlascala encomendada al dominico Julián Garcés, y que unos años más tarde se trasladó a Puebla. En 1527, un año después de la fundación del episcopado de Tlascala, la corte española empezó a tramitar en Roma la fundación de otra diócesis en la ciudad de México, y propuso para ella al franciscano Juan de Zumárraga. Aunque la bula papal fue dada en 1530, y Zumárraga fue consagrado en 1533, desde 1527 estuvo a cargo del clero diocesano de México.
En 1547, cuando se reorganizó la jerarquía de las nuevas tierras, se designaron tres archidiócesis, que serían sedes metropolitanas de los demás obispados. (Hasta entonces, todos los obispados americanos estaban bajo la jurisdicción metropolitana de Sevilla.) Esas tres archidiócesis fueron la de Santo Domingo, la de México y la de Los Reyes (Lima). Zumárraga fue hecho entonces primer arzobispo de México, aunque ocupó ese cargo poco tiempo, pues murió antes del año.
La personalidad de Zumárraga en Nueva España nos recuerda la del Cardenal Cisneros en la vieja España. Como Cisneros, Zumárraga fue un erasmista convencido, y trató de que la iglesia novohispana se fundara desde las mismas bases sobre la reforma que Erasmo había inspirado. Al igual que Cisneros en España, Zumárraga se ocupó del estudio y las letras. Fue en parte debido a su iniciativa que se llevó a México la primera imprenta que funcionó en el Nuevo Mundo, y en la que se imprimieron numerosas obras para la instrucción de los indios. Entre las primeras obras impresas se contaba, como hemos consignado, la Suma de doctrina cristiana de Constantino Ponce de la Fuente, a quien la Inquisición condenó en Sevilla por protestante. Aunque en aquella suma, que Zumárraga publicó sin mencionar su autor, se encontraban doctrinas de inspiración erasmista más que protestante, el hecho mismo de escogerla para la instrucción de los indios es señal del espíritu de Zumárraga.
Como parte de ese espíritu erasmista, Zumárraga dio los primeros pasos para la fundación de la universidad de México. En el entretanto, apoyó decididamente la obra del colegio franciscano de Santiago de Tlatelolco, que muchos pensaban debía ser la base de tal universidad. Y una vez más este arzobispo novohispano nos recuerda al Cardenal Cisneros, que jugó un papel tan importante en los primeros años de la universidad de Alcalá. Zumárraga recibió además el título de “protector de los indios”, y lo tomó tan seriamente que cuando los oidores del rey se mostraron injustos para con los indios, y comenzaron a explotarlos en beneficio de sus parientes y allegados, el Arzobispo los amonestó. Cuando los oidores respondieron con palabras y acciones más fuertes, Zumárraga dio parte a la corte, y los hizo deponer.
Empero, al igual que Cisneros, Zumárraga combinaba su espíritu erasmista con un fanatismo inquisitorial. Cuando, en 1536, se estableció la Inquisición en México, Zumárraga recibió el título de “inquisidor apostólico”. Entre esa fecha y el 1543, bajo su dirección, hubo ciento treinta y un procesos, de los cuales la mayoría fue contra españoles, y trece contra indios. El más famoso de estos procesos fue el de don Carlos Chichimectecotl, un cacique de Texcoco que había estudiado en el colegio de Tlatelolco, y a quien se acusó de conservar ídolos, de hablar irrespetuosamente de los sacerdotes y de vivir en concubinato. El acusado confesó que vivía con su sobrina, y en su casa se encontraron algunos manuscritos indios e ídolos que él dijo que conservaba por curiosidad. Nadie testificó haberlo visto adorando a los ídolos. Pero lo que en fin de cuentas hizo que se le condenara fue que alguien declaró haberle escuchado decir que los cristianos tenían varias mujeres y que se emborrachaban, que sus sacerdotes no podían contenerlos, y que por tanto su Dios y su religión no eran dignos de crédito. Sobre esa base, Chichimectecotl fue llevado a la hoguera.
Este hecho sirvió de argumento a quienes decían que a los indios no se les debía instruir, pues era peligroso. Entre ellos contaba el consejero del Virrey, Jerónimo López, quien dice en un escrito que todavía se conserva, que los indios no debían recibir instrucción, pues eran inteligentes, y al aprender a escribir podían comunicarse entre sí de un océano al otro, cosa que no podían hacer antes. Además, decía el mismo autor, enseñarles a leer y poner en sus manos la Biblia era abrir las puertas a toda clase de herejías. Los indios debían permanecer ignorantes por su propio bien, siempre bajo la tutela de los españoles, y el colegio de Santiago debía cerrarse.
Esto era índice del temor que se escondía tras la opinión de las autoridades religiosas acerca de si los indios debían ordenarse o no. En 1539, una asamblea presidida por Zumárraga declaró que podían recibir las cuatro órdenes menores, pero no las que tienen funciones sacramentales. En 1544, en una comunicación a Carlos V, los dominicos argumentaron que los indios eran incapaces de ser ordenados, y que por tanto tampoco debían estudiar. A veces se empleaba, además del argumento de la supuesta incapacidad de los indios, la vieja ley española que no permitía que fuesen ordenados los descendientes de infieles hasta la cuarta generación.
El mismo espíritu prevalecía en los monasterios, a pesar de que los frailes franciscanos estaban más dispuestos a convivir con los indios. Lo más que se les permitía era vivir en el monasterio, donde llevaban una sotana color café atada con un cuerda. Pero no se les admitía a la orden ni siquiera como hermanos laicos, ni se les permitía hacer votos. Si alguno de ello no se comportaba como los demás creían que debía hacerlo, sencillamente lo echaban del monasterio. Tal política se siguió hasta en el caso de las conversiones más sinceras, como la de un cacique que al leer la vida de San Francisco se deshizo de todos sus bienes y pasó el resto de sus días tratando de ser admitido a un monasterio. Aunque por fin, a instancias del Arzobispo, los franciscanos de Michoacán lo admitieron, nunca le permitieron hacer votos permanentes. En 1588 una orden real declaró que tanto las órdenes sacerdotales como la vida monástica debían estar abiertas a los mestizos. Pero en 1636 el Rey se quejó de que en México se estaban ordenando demasiados “mestizos, ilegítimos y otros defectuosos”. No fue sino mucho después que se comenzó a ordenar libremente a los indios.


La Virgen de Guadalupe

La leyenda de la Virgen de Guadalupe, objeto de devoción de buena parte del pueblo mexicano hasta el día de hoy, tuvo sus orígenes poco después de la conquista, y parece ser un modo en que la conciencia indígena protestó contra el atropello que contra ella se cometía. Según la leyenda, en 1531 el indio Juan Diego pasaba cerca del cerro de Tepeyac cuando oyó música, y la voz de la Virgen que lo llamaba, se le daba a conocer, y le daba instrucciones para el Arzobispo Zumárraga en el sentido de que deseaba que se le construyera una capilla en aquel lugar. El indio fue a ver al Arzobispo, quien no le creyó. Tras una segunda aparición, y una segunda entrevista de Juan Diego con Zumárraga, éste seguía incrédulo.
Por fin, en la tercera aparición, la Virgen le dijo a Juan Diego que su tío Juan Bernardino, que estaba enfermo, sanaría, pero que él debía recoger unas flores y llevárselas al Arzobispo. Esto hizo el indio, y cuando desenvolvió la manta en que traía envueltas las flores, apareció en ella la imagen de la Virgen de Guadalupe. Ese mismo día, continúa la leyenda, Juan Bernardino sanó. Zumárraga, convencido por el milagro de la túnica pintada, hizo construir un templo en el Tepeyac, adonde acudieron todos en devoción y gratitud.
Una de las dificultades que esta historia presenta es que no se conserva testimonio alguno de Zumárraga acerca de todos estos acontecimientos, que de ser ciertos debieron haber conmovido al incrédulo obispo. Pero hay más, pues fray Bernardino de Sahagún, buen historiador de los acontecimientos de aquel entonces, cuenta que el cerro de Tepeyac era el lugar en que se le rendía culto a la madre de los dioses mexicanos, cuyo nombre era Tonantzin, es decir, “nuestra madre”. Según dice Sahagún, acudían allá multitudes para ofrecerle sacrificios a la diosa, y después que se construyó el templo cristiano seguían llamándola Tonantzin, dando a entender que ese nombre quería decir “Madre de Dios”. Para el cronista piadoso, lo ocurrido allí es una “invención satánica, para paliar la idolatría debajo de la equivocación de este nombre Tonantzin”. En otras palabras, Sahagún, quien vivió en ese entonces, da a entender que lo que aconteció fue sencillamente que un viejo culto indígena recibió un barniz cristiano.
Sea cual sea la verdad del caso, el hecho es que el culto a la Virgen de Guadalupe le aparece al historiador de hoy como una protesta, quizá inconsciente, de un pueblo oprimido. La leyenda misma de Juan Diego recalca que la Virgen se le apareció al humilde indio, y no al letrado y poderoso obispo español. A la postre, el obispo tuvo que aceptar lo que le decía el indio. Además, la relación entre Guadalupe y Tonantzin señala el hecho de que, aunque los españoles pudieran arrollar los templos, los señoríos y las instituciones de los indios, siempre quedaba un centro de resistencia, que le permitía al indio conservar su dignidad y su orgullo en su propia historia. Desde sus mismos inicios, la leyenda de la Virgen de Guadalupe puede verse como la protesta de un pueblo oprimido. Y no es entonces por pura coincidencia que cuando el pueblo mexicano se rebeló contra el régimen español la Virgen de Guadalupe fue su estandarte.


Nuevos Horizontes

Casi tan pronto como fue conquistado el imperio azteca, los españoles comenzaron a soñar con nuevas conquistas. El cacique de Michoacán, en vista de lo sucedido en Tenochtitlán, se hizo vasallo del rey de España en 1525, y hacia allá fueron los franciscanos a fundar misiones y convertir a los indios. Después, durante el resto del siglo XVI, los franciscanos se establecieron en los actuales estados mexicanos de Durango, Sinaloa y Chihuahua. En varios de estos lugares se siguió el método de juntar los indios en un poblado, llamado “misión” o “reducción”, en el que vivían bajo la tutela de los frailes. Allí aprendían tanto el catecismo como las artes agrícolas, y a veces algunas letras. De ese modo los frailes trataban de protegerlos tanto de los indios que no se sometían como de los españoles que buscaban modo de explotarlos.
La expansión española hacia el norte recibió el impulso de dos sueños. Uno de ellos, la esperanza de encontrar un paso marítimo entre el Pacífico y el Atlántico, llevó a la exploración del Golfo de California, pues por largo tiempo se pensó que la Baja California era una isla, y que de algún modo se podría pasar del Golfo de California al Atlántico. El otro sueño fue el de las “Siete Ciudades de Oro”, de que algún indio les habló a los españoles, y que los impulsó casi directamente hacia el norte, a las regiones de Nuevo México. Más tarde, la amenaza de los franceses en la Luisiana, y de los rusos en el norte de California, inspiró a los españoles a establecer bases y misiones en Tejas y a adentrarse más en California.
Los primeros intentos de colonización y evangelización en la Baja California resultaron fallidos. A la postre fueron los jesuitas quienes lograron establecerse, primero, en la costa oriental del Golfo y, por último, en la península misma. El más destacado misionero en esa obra de expansión fue Eusebio Francisco Kino, de origen italiano, quien fundó una cadena de misiones mucho más allá del alcance del dominio español. A esas misiones Kino y los demás jesuitas que trabajaban bajo sus órdenes llevaron ganado y semillas de varias plantas europeas. Fue Kino quien primero se aseguró de que la Baja California era una península. A la postre sus misiones llegaron hasta Arizona, aunque el propio Kino viajó mucho más allá de su más remota misión, y soñaba con convertir a los apaches cuando murió, en 1711. Otros continuaron su obra, pero en 1767 la corte decretó que todos los jesuitas fueran expulsados de los territorios españoles. Varias de las misiones fueron ocupadas por franciscanos, dominicos y otros. Muchas quedaron abandonadas.
Los franciscanos se interesaron en la región de la Alta California (el actual estado de California en los Estados Unidos) en el siglo XVIII. Cuando el gobierno español organizó una expedición para explorar y colonizar la región, el franciscano fray Junípero Serra se les unió, y se dedicó a fundar misiones por todo el sur de la Alta California. Fray Junípero fue un incansable misionero, que muchas veces llegó más allá de los territorios en que podía contar con la protección de las armas españolas, y que se destacó por su defensa de los indios frente a los abusos de los colonizadores (aunque en fechas más recientes se ha señalado que su actitud ante los indios y su cultura dejaba bastante que desear).
Pero el mayor esfuerzo de los franciscanos se dirigió directamente hacia el norte, donde los conquistadores buscaban las soñadas Siete Ciudades. Unas veces junto a los conquistadores, otras tras ellos, y otras delante, los franciscanos se fueron abriendo paso por el centro de México, y hasta Nuevo México, donde los españoles fundaron en 1610 la Villa Real de la Santa Fe de San Francisco de Asis, conocida hoy sencillamente como Santa Fe. Veinte años después, medio centenar de misioneros cuidaban de más de sesenta mil indios bautizados en Nuevo México. Pero en 1680 hubo una gran sublevación de indios. Entre los cuatrocientos españoles muertos se contaban treinta y dos franciscanos. Obligados a replegarse hacia el sur, los españoles emprendieron la reconquista de la región en 1692, y pronto los misioneros trabajaban de nuevo entre los indios, donde continuaron después a pesar de repetidas insurrecciones.
La presencia de los franceses en la Luisiana fue lo que llevó al gobierno español a interesarse en Tejas, aunque antes Alvaro Núñez Cabeza de Vaca había atravesado la región. A fines del siglo XVII se establecieron las primeras misiones franciscanas en Tejas, y en los próximos cien años se fundaron más de veinte.
Mientras todo esto sucedía hacia el norte, y mucho antes de lo que acabamos de relatar, en el sur de Nueva España los españoles marchaban hacia los territorios mayas de Yucatán, Guatemala y Honduras. La conquista de Yucatán tardó varias décadas en completarse, y no fue sino en 1560 que por fin se nombró un obispo para la región. Pero ya con anterioridad laboraban allí los misioneros, principalmente franciscanos. En muchos casos se les permitió a los caciques yucatecos mantener algo de su autoridad, aunque siempre bajo la tutela de los españoles. Guatemala fue conquistada en 1524 por Pedro de Alvarado, lugarteniente de Hernán Cortés, y en 1534 el papa Julio III erigió la diócesis de Guatemala. Honduras, sin embargo, fue motivo de conflictos entre los españoles procedentes del norte, enviados por Cortés, y los del sur, mandados por Pedrarias Dávila, gobernador de Panamá. Tras largas contiendas, Pedro de Alvarado logró imponerse y establecer su gobierno, bajo el de Nueva España, en la nueva ciudad de San Pedro Sula. Además, la resistencia de los indios, bajo el cacique Lempira, fue valiente y prolongada. En 1540 Alonso de Cáceres fundó la ciudad de Comayagua (Valladolid la Nueva), que vino a ser la sede de la primera diócesis de Honduras. En todas estas expediciones había clérigos encargados de cristianizar a los indios, pero a pesar de ello la obra misionera en esos territorios marchó más lentamente que en México.
Por último, fue también a partir de México que se emprendió la conquista de las Filipinas. Magallanes había visitado ese archipiélago en 1521, y después hubo varias expediciones organizadas en México. Finalmente, la expedición de Miguel López de Legazpi, que llegó a las Filipinas en 1565, inició la conquista. En 1572 se fundó la ciudad de Manila. Puesto que había en aquel archipiélago un buen número de tribus convertidas al Islam, los españoles les dieron a esos naturales el nombre de “moros”, por el que se les conoce hasta hoy. Aparte de los moros, y del fuerte contingente chino que habitaba el país, los españoles no tuvieron mayores dificultades en conquistarlo.
Los motivos de la conquista de las Filipinas no fueron los mismos de la empresa americana, pues lo que se buscaba no era oro ni grandes riquezas, sino una base para el comercio con el Oriente, y para las misiones hacia la misma región. Por ello, y porque los misioneros gozaban de mayor poder, los abusos cometidos con los filipinos, aunque frecuentes, no fueron tantos como los que se cometieron en América. Pero también allí existió la pugna entre colonos y misioneros, y entre diversas autoridades religiosas. Además, porque los misioneros españoles pensaban que los filipinos eran seres inferiores, incapaces de gobernar sus propias vidas o de cumplir las responsabilidades del ministerio ordenado, las Filipinas no se volvieron el centro misionero que se esperaba. Aunque algunos misioneros españoles partieron de ese archipiélago para trabajar en China y en Japón, su obra no tuvo buen éxito, y a la postre se suspendió.

Castilla Del Oro 


Nuestros convertidores tomábanles el oro é aun las mujeres é los hijos é los otros bienes, é dejábanlos con nombre de bautizados.

Gonzalo Fernández de Oviedo


En 1509 se le concedió a Diego de Nicuesa el mando de una expedición que debía colonizar la región de Veragua. Este era el nombre que se le daba a una zona de límites mal definidos, que incluía parte de Centroamérica y de Panamá. La expedición, empero, no tuvo buen
éxito, y a la postre los sobrevivientes tuvieron que acogerse a la dudosa hospitalidad de sus compatriotas que poco antes habían fundado la colonia de Santa María la Antigua, en el Golfo de Urabá. Estos otros colonos no recibieron bien a Nicuesa, y finalmente le dieron un viejo bergantín para que él y los suyos regresaran a España o a La Española. Todos ellos se perdieron en alta mar.


Vasco Núnez de Balboa

La colonia de Santa María la Antigua, donde se refugió Nicuesa, y que tan mal lo recibió, había sido fundada en 1510 por una expedición al mando del bachiller Martín de Enciso. Allí también hubo discordias, en parte por la mala administración de Enciso, que parecía incapaz de organizar la vida de la pequeña comunidad y de proveerle alimentos. A la postre, Vasco Núñez de Balboa, un intrépido aventurero que se había unido ilegalmente a la expedición, logró hacerse del poder. Enciso fue depuesto y enviado de regreso a España, donde se dedicó a socavar en la corte la autoridad de Balboa.
Entretanto, Balboa demostró ser uno de los mejores dirigentes de toda la empresa colonizadora. Pronto se ganó la amistad de los indios de la región vecina, con lo cual pudo obtener alimentos para su gente, y sobre todo oro que enviar a España para granjearse la simpatía de la corona. A los pocos meses de adueñarse de la colonia, en la primavera de 1511, inició un viaje de exploración hacia el oeste. Su marcha fue pausada, pues en cada nuevo cacicazgo se detenía a establecer buenas relaciones con el cacique y los suyos. En las pocas ocasiones en que hizo uso de la fuerza, fue muy comedido, y se aseguró de hacerlo como aliado de alguno de los jefes indios cuyos territorios eran atacados por otros. Pronto los indios le mostraron gran respeto y aun afecto. Fuera por miedo, o por cualquiera otra razón, el hecho es que la expedición de Balboa contó con abastecimientos, oro y mujeres provistas por los indios. Cuando algún jefe indio se mostraba dispuesto a ello, Balboa lo hacía bautizar junto a los de su pueblo, aunque casi siempre con escasísima preparación o explicación de lo que aquel rito significaba. Cuando más, se les decía que mediante él se harían cristianos, y por tanto es probable que muchos caciques entendieran que lo que estaban haciendo era comprometiéndose a una alianza con Balboa, a quien llamaban Tiba, es decir, “cacique cristiano”.
Al año siguiente, tras enviar a España el oro obtenido hasta entonces y recibir de Fernando la confirmación de su cargo gobernador de la provincia del Darién, Balboa dirigió otra campaña de exploración, aunque ahora no hacia el oeste, sino hacia el sur del Golfo de Urabá, internándose por sus ríos. Allí encontró también mucho oro labrado. Pero al indagar acerca del lugar de donde venía, los indios le dijeron que era labrado en tierras del cacique Dabeiba, a cierta distancia hacia el este, y que ese cacique no tenía minas, sino que lo obtenía de otros indios muy aguerridos aun más lejos. En vista de tales noticias, Balboa desistió de esa empresa y se dedicó a proyectar otra de mayor envergadura.
En su expedición de 1511 hacia el oeste, Balboa había recibido noticias repetidas de un gran mar que se extendía al sur del istmo, y en el cual navegaban barcos tan grandes como los de los españoles, según le dijo el hijo del cacique de Conagre. De todo esto el gobernador del Darién le mandó un informe al Rey, diciéndole que la tierra era rica en oro, que había todo un mar que explorar y reinos que conquistar, y que para ello le rogaba le enviara un contingente de mil hombres. Pero lo que recibió fueron noticias de que Fernando y sus consejeros, al comenzar a apercibirse de la magnitud de la operación, no creían que debería quedar en manos de un aventurero como Balboa, y que habían nombrado a Pedrarias Dávila para dirigir la nueva expedición, y para sustituir a Balboa. En todo ello se veía también la mano del bachiller Enciso, quien se preparaba a regresar con Pedrarias.
En vista de tales nuevas, no le quedaba a Balboa otro recurso que mostrar su habilidad. Con un puñado de hombres, y con la ayuda de muchísimos indios, se dirigió hacia el “Mar del Sur”.
Aunque era la época de las lluvias, y por tanto lo aconsejable era esperar unos meses, el arrojado aventurero y los suyos se pusieron en marcha. Una vez más la amistad y el apoyo de los indios fueron de gran valor, pues la expedición no se extravió ni una sola vez, sino que marchó directamente hacia su objetivo. El único hecho bélico fue la toma de una aldea que pudo ofrecerles resistencia, y que pertenecía a un bando enemigo de los indios que los ayudaban. A fines de septiembre de 1513, Balboa vio por primera vez el Océano Pacifico, al que llamó “Mar del Sur”, por haberlo encontrado marchando en esa dirección. Poco después, en una ceremonia formal, tomó posesión de él en nombre de la corona española.
Al regreso se dio un incidente que manchó la carrera de Balboa. El cacique de Pacra, que según otros indios tenía minas de oro, se negó a decirles a los españoles dónde estaban. De hecho, no había tales minas. Pero los españoles les echaron los perros al cacique y a varios de sus lugartenientes, y después quemaron sus cuerpos.
La comisión real entregada a Pedrarias Dávila le daba a la región el nombre de “Castilla del Oro”, en lo cual puede verse el impacto producido por los informes de Balboa y por el oro que había mandado (recuérdese que en esa época no se conocían todavía los tesoros de México y del Perú).
Tan seguros y prometedores eran los planes del Rey y sus consejeros, que obtuvieron del papa que Santa María la Antigua fuera hecha cabecera de diócesis, y nombraron para ocupar su episcopado al franciscano fray Juan de Quevedo.
Empero los resultados de la expedición de Pedrarias, y el gobierno ulterior de éste, fueron todo lo contrario de lo que se esperaba. El propio Pedrarias era un hombre enfermo que rara vez marchaba con sus tropas, y que no se preocupaba por limitar o castigar los desmanes de las mismas. Su lugarteniente, un tal Ayora, era cruel y codicioso. Tan pronto como llegaron a Santa María, muchos de los expedicionarios enfermaron, al tiempo que Ayora destruía la labor diplomática de Balboa enemistándose a los indios. Cuando algunos caciques le trajeron comida, y le hicieron fiesta, Ayora los hizo prisioneros y los mató porque no le trajeron suficiente oro. Muchos indios fueron repartidos en encomienda. Finalmente, todos los indios vecinos huyeron y se escondieron. Los españoles saquearon sus bohíos y robaron sus cosechas. Pero pronto empezaron a pasar hambre. Ningún español se atrevía a salir de Santa María sin un fuerte contingente armado, porque los indios los atacaban. Cuando salían en fuerza, los indios se escondían.
Se dice que más de quinientos españoles murieron, muchos de ellos de hambre. La prometedora Castilla del Oro se había tornado un infierno.
El obispo Quevedo, que había venido con autoridad de veedor, decidió regresar a España con intención de informar al Rey de los malos manejos de Pedrarias y sus lugartenientes. Muchos otros insistían en sus deseos de partir para Cuba o La Española. Dada la escasez de víveres, el gobernador no pudo sino dejarlos ir. Entre los que partieron se contaban los misioneros franciscanos enviados en la expedición, que decidieron marcharse a La Española tanto porque no veían posibilidad alguna de éxito en su empresa como en señal de protesta contra lo que estaba teniendo lugar. Balboa, que estorbaba a Pedrarias, fue enviado en una misión sin sentido hacia el Mar del Sur. El aventurero salió, aunque de mala gana, y confiado en que cuando la corte recibiera noticias de lo que sucedía Pedrarias sería destituido. Pero el Gobernador logró interceptar algunas de sus comunicaciones dirigidas a sus partidarios en España, lo acusó de traidor, y en 1519 lo hizo ejecutar. Fue entonces, en parte por borrar la memoria del explorador, que Pedrarias marchó hacia el Mar del Sur, tomó posesión de él de nuevo como si Balboa nunca hubiera estado allí, y fundó en sus costas la ciudad de Panamá.
Por largo tiempo la antes prometedora Castilla del Oro resultó ser una pesadilla para los colonizadores españoles, hasta que, con la conquista del Perú, se volvió importante puente entre los dos océanos.


Hacia Centroamérica

Aparte las visitas a las costas centroamericanas por parte de Colón y de otros navegantes, la primera exploración de ese territorio fue la de la expedición de Gil González Dávila, en 1522, bajo la jurisdicción de Pedrarias Dávila. Lo acompañaba el sacerdote Diego de Agüero, que fue el primer sacerdote en visitar el interior de Costa Rica y Nicaragua. Según una cuenta detallada, se bautizaron en esa expedición 9.287 indios, aunque en su informe al Rey (a la sazón Carlos V) Gil González habla de 32.000 conversos. En todo caso, de la profundidad de tales conversiones podrá el lector hacerse una idea con sólo tener en cuenta que en la provincia de Guanacaste, en territorios del cacique Nicoya, se bautizaron 6.063 personas tras diez días de enseñanza cristiana. Aunque los informes de los expedicionarios dan a entender lo contrario, hubo casos de explotación y abusos, y la cita que encabeza el presente capítulo se refiere concretamente a esta expedición.
Al año siguiente, a base de la exploración de Gil González, Pedrarias Dávila envió una nueva expedición al mando de Francisco Fernández de Córdoba. Por lo que interesa a la historia posterior, es interesante notar que esa expedición fue costeada en parte por Francisco Pizarro y Diego de Almagro, y que Hernando de Soto formaba parte de ella. En 1524 Fernández de Córdoba fundó las ciudades de León y Granada. Pero poco después Pedrarias Dávila sospechó que su lugarteniente estaba en contacto con Hernán Cortés, con el propósito de colocar su colonia bajo el mando del conquistador de México. Pedrarias marchó entonces a Nicaragua, e hizo procesar y ejecutar a Fernández de Córdoba en la plaza pública de León. A partir de entonces Pedrarias quedó como gobernador de Nicaragua.
En 1531, le fue concedida a León la categoría de sede episcopal, y por algún tiempo su obispo fue cabeza de la iglesia en la mayor parte de Centroamérica.
Desde Nicaragua se dirigieron entonces otras expediciones hacia Costa Rica. Una de éstas, al mando de Diego Gutiérrez, fue atacada por los indios, y sólo escaparon con vida el capellán y otro español que después relató los crímenes que provocaron la venganza de los indios.
Acontecimientos semejantes tuvieron lugar repetidamente, sobre todo después de la conquista de México. Por doquiera aparecía un nuevo capitán que aspiraba a ser otro Cortés, sin percatarse de que las circunstancias en Centroamérica eran muy distintas. Pero poco a poco se fueron fundando las que son hoy las principales ciudades de Centroamérica, y los indios se fueron convirtiendo, unas veces por fuerza, y otras sencillamente dejándose llevar por el prestigio del poderío español.
Quizá el más interesante capítulo de la historia eclesiástica de Centroamérica en aquellos primeros años es el que se refiere al padre Juan de Estrada Rávago. Este era una combinación de franciscano renegado, conquistador ambicioso, misionero benévolo para con los indios, y cortesano fracasado. Estrada estaba a punto de regresar a España, en obediencia a una cédula real que ordenaba que todos los ex religiosos que se encontraran en Indias regresaran a la Península, cuando se enteró de que Juan de Cavallón, quien había sido comisionado por la Audiencia de Guatemala para conquistar a Costa Rica, no contaba con los fondos necesarios para la empresa. Estrada ofreció los suyos, y se unió a la expedición. A la postre, quedó a cargo de la nueva colonia, donde, con una sola excepción, evitó toda violencia contra los indios. Aun más, aprendió la lengua de los naturales del lugar y recorrió buena parte de la región construyendo iglesias, catequizando y bautizando. Con sus propios fondos compró ropas, alimentos y semillas que hizo distribuir tanto entre los españoles como entre los indios. Pronto le fueron enviados desde México doce franciscanos para ayudarle en su labor evangelizadora. Ante la corte, Estrada hacía gestiones para que lo nombraran obispo, puesto que de hecho era el jefe de la empresa colonizadora. Pero lo más que recibió fue el título de Vicario de Costa Rica. En 1562, el gobierno de Costa Rica le fue confiado por la corte a Juan Vázquez de Coronado.
Pronto surgieron diferencias entre éste y el sacerdote, quien se dedicó a continuar su labor misionera, aunque hay indicios de que obstaculizó la obra de gobierno de Vázquez. Estrada partió hacia España con intención de gestionar para sí el episcopado de Costa Rica. Vázquez de Coronado tuvo que enfrentarse entonces a serias dificultades con los indios, a quienes los españoles explotaban cada vez más y que repetidamente se sublevaron. Tras la muerte de su rival, Estrada Rávago regresó a Costa Rica a continuar su labor misionera, aunque sin el título de obispo que tanto ambiocionaba. En 1572 volvió definitivamente a España, donde pasó sus últimos días.
A fines del siglo XVI, la mayoría de los indios de Centroamérica se llamaba cristiana. Pero todavía había grandes regiones que no estaban exploradas, en las que los indios conservaban su independencia. Aún más, en las zonas supuestamente cristianizadas los sacerdotes eran muy escasos, y su labor se hallaba obstaculizada por la enorme mala voluntad que los conquistadores habían creado con su sed de oro. Castilla del Oro nunca le dio a España el precioso metal que su nombre parecía prometer.

Nueva Granada 


… aquellos indios están de guerra y escandalizados de los malos tratamientos que los españoles les han hecho… tomándoles por muchas veces sus hijos y mujeres y parientes, y a ellos esclavos y robándoles sus haciendas.

Fray Martín de Calatayud


La pequeña colonia de Santa María la Antigua, a que nos hemos referido en el capítulo anterior, era todo lo que quedaba de la concesión hecha por la corona a Alonso de Ojeda en 1508, de casi toda la costa norte de lo que hoy es Colombia, desde el Golfo de Urabá hasta el Cabo de la Vela. Puesto que ya contamos las peripecias de la colonia de Santa María la Antigua, no las repetiremos, sino que nos contentaremos con señalar que fue allí que se emprendió la conquista del continente sudamericano, aunque, como hemos visto, pronto la empresa se concentró hacia el oeste y el norte, es decir, los actuales territorios de Panamá y Centroamérica.
A la postre, Santa María fue abandonada, y durante casi dos siglos los contactos entre los europeos y los habitantes de la región fueron escasos y esporádicos.


Santa Marta

La colonización permanente del continente sudamericano comenzó entonces en 1525, cuando Rodrigo de Bastidas fundó la Ciudad de Santa Marta, que todavía existe. Bastidas supo cultivar y conservar las buenas relaciones con los indios. Pero para lograrlo tuvo que mostrarse duro con sus propios compatriotas, que lo obligaron a regresar a La Española. A partir de entonces los colonos se dedicaron a asaltar y explotar a los indios, con los mismos resultados que ya hemos visto en Santa María la Antigua. En 1531, el dominico fray Tomás Ortiz fue hecho obispo de Santa Marta y, junto a veinte correligionarios suyos, se dedicó a regular la vida religiosa y moral de la colonia y a restablecer las buenas relaciones con los indios. Pero a esto se oponían los colonos, que se habían dejado deslumbrar por las leyendas de El Dorado, donde el oro era abundante, y que trataban de descubrir la mítica tierra asaltando a los indios en su afán por forzarlos a decirles dónde había oro. Los españoles no contaban con el valor de los indios, que los derrotaron en varias de sus salidas y por fin atacaron la misma ciudad. Pero, vencidos finalmente los indios, se desató contra ellos una ola de terror y crueldad que el obispo se vio imposibilitado de impedir. Desalentado, y quizá con el propósito de darles cuenta a las autoridades españolas, el obispo Ortiz partió para España, donde murió sin poder hacer gestión alguna.


Venezuela

Mientras tanto Carlos V, cuya política europea requería fondos que todas sus colonias no alcanzaban a suplir, hizo un arreglo con los banqueros alemanes de la casa de Welzer. Según las estipulaciones de ese convenio, los alemanes tendrían derecho a explorar y explotar, bajo la jurisdicción y autoridad del Rey de España, todo el territorio hacia el este y el sur del Cabo de la Vela, es decir, aproximadamente lo que hoy es Venezuela. En 1528 partió de España esa extraña expedición, cuyos jefes y empresarios eran alemanes, mientras que los soldados, y veinte misioneros dominicos que formaban parte de la empresa, eran en su mayoría españoles.
El territorio asignado a los alemanes había sido visitado antes por los españoles, aunque no habían logrado establecerse en él permanentemente. Se sabía en La Española que había perlas en aquella costa, y por tanto fueron muchos los aventureros que la visitaron y que con sus desmanes granjearon la malquerencia los indios para con los españoles. Los que se habían establecido en Cumaná cometieron tales atropellos que los indios los mataron, y junto a los colonos murieron dos sacerdotes que habían tratado de defender a los naturales.
Cerca de Cumaná se fundó después un convento dominico que también fue destruido. Fue en la misma región, junto a un convento franciscano, que Las Casas hizo su intento de evangelización pacífica. Pero ese intento estaba condenado al fracaso debido al modo en que los españoles de Cumaná habían tratado a los indios.
Poco antes de la llegada de los alemanes, se había fundado por fin en Venezuela, por medios pacíficos y bajo la dirección de Juan de Ampués, la colonia de Santa Ana de Coro, en la que las relaciones con los indios vecinos eran relativamente amistosas. Al poco tiempo se nombró un obispo para aquella ciudad al parecer tan prometedora.
Pero la llegada de los alemanes y sus soldados españoles cambió la situación. Los alemanes venían en busca de las riquezas de El Dorado, y aspiraban a emplear a Santa Ana de Coro como su base de operaciones. En este caso, el obispo de la ciudad, que no era partidario de los medios pacíficos empleados en su fundación, les prestó todo su apoyo a los aventureros, hasta tal punto que a la muerte del jefe alemán quedó a cargo de la empresa. Con órdenes suyas, los expedicionarios marcharon hacia el lago Maracaibo, donde hicieron esclavos indios con el propósito de venderlos y costear así la marcha hacia El Dorado.


Cartagena y Bogotá

En el entretanto, los españoles de Santa Marta continuaban sus exploraciones y conquistas, tanto a lo largo del litoral como hacia el interior. En la costa fundaron en 1533 la ciudad de Cartagena, que más tarde llegaría a ser una de las más ricas y fortificadas del Nuevo Mundo. Antes de asentarse en ella, y aun después, tuvieron que luchar encarnizadamente con los indios del lugar. Poco después, con la esperanza de que les sirvieran de intérpretes y les ayudaran a establecer mejores relaciones con los naturales, les fueron enviados varios indios cristianos de Santa Marta. Entre ellos se encontraba la india Catalina, que jugaría en Colombia un papel semejante al de doña Marina en México.
De Santa Marta partió también la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, que se adentró en el territorio y le hizo la guerra al cacique Bogotá, de cuyas tierras se apoderó. Allí se fundó en 1538 la ciudad de Santa Fe de Bogotá, que poco a poco iría eclipsando a Santa Marta, hasta que el episcopado fue trasladado a ella en 1562.
En Bogotá, la expedición alemana se encontró con la de Jiménez de Quesada. Poco después llegó también otra columna procedente de Quito y al mando de Sebastián de Benalcázar. Poco faltó para que los diversos pretendientes a las riquezas de El Dorado se fueran a las armas. Fue gracias a la intervención y mediación del dominico Domingo de Las Casas, pariente de Bartolomé, que los alemanes y los quiteños accedieron a abandonar sus supuestos derechos sobre esa región, a cambio de fuertes sumas y otras concesiones. Este dominico, dicho sea de paso, se mostró celoso seguidor de los principios de su primo, defensor de los indios. Pero la situación de la colonia y el ansia de oro eran tales que muy poco podía hacerse en ese sentido.
Esto puede verse en el caso de Martín de Calatayud, cuyas palabras, citadas en el encabezamiento del presente capítulo, pudieran dar a entender que se trataba de un celoso defensor de los indios. Pero el hecho es que este fraile, que llegó a ser el tercer obispo de Santa Marta, con todo y deplorar los desmanes que se cometían contra los indios, llegó al convencimiento de que eran un mal necesario, pues los españoles necesitaban quienes los sirvieran y los indios no estaban dispuestos a hacerlo.
Su sucesor, Juan de los Barrios, se mostró más firme, y llegó hasta a imponerles censuras eclesiásticas a los encomenderos que no se hubieran ocupado de enseñarles la doctrina cristiana a sus indios, como se suponía que lo hicieran, o que abusaran de ellos en contra de la ley. Pero los encomenderos protestaron ante la Audiencia real, que dictaminó que la cuestión de las encomiendas era de la competencia de las autoridades civiles y no de las eclesiásticas, y sobre esa base le ordenó al obispo que suspendiera las censuras.
Los mismos conflictos surgieron en Cartagena, donde el gobernador Juan Badillo esclavizó a cientos de indios y los envió a sus posesiones en La Española. Esto estaba prohibido por ley, pero los obispos y demás autoridades religiosas nada pudieron hacer.
También a estos territorios se importó el tribunal de la Inquisición, aunque no se empleó generalmente contra los indios, que estaban exentos de ella por ser neófitos en la fe, ni contra los esclavos, que parecían preferir sus rigores a los de sus amos. En efecto, pronto se corrió la voz entre los esclavos de que si sus amos se aprestaban a castigarlos todo lo que tenían que hacer; era clamar: “Reniego de Dios”, y los amos estaban obligados a entregarlos inmediatamente a la Inquisición, cuyos castigos eran más suaves. A la postre se llegó a un acuerdo tácito entre los amos y la Inquisición, en el sentido de que, salvo casos extremos, los esclavos quedaban fuera de la jurisdicción de ésta última. Sí hubo algunos casos de españoles condenados a muerte por judaizantes. Pero sobre todo la Inquisición se ocupó de asegurarse que el “contagio protestante” no penetrara en Nueva Granada. El supuesto contagio llegaba por medio de marinos, comerciantes, corsarios y piratas ingleses y holandeses que por diversas razones desembarcaban en territorios de la colonia española. En este caso, las autoridades tenían sumo interés en que se aplicara todo el rigor de la Inquisición. La mayoría de los capturados se convertía al catolicismo, algunos al parecer sinceramente y otros porque en ello les iba la vida, y en todo caso nunca habían sido protestantes de convicciones profundas. Pero también hubo casos de heroica resistencia. Uno de ellos fue el del joven inglés John Edon, quien había sido capturado en Cumaná cuando trataba de hacer una transacción para comprar tabaco. Tras tres años de encarcelamiento, amonestaciones y torturas, fue condenado a morir quemado en Cartagena en marzo de 1622. Los testigos oculares, todos ellos católicos, dan testimonio del valor de aquel joven que, sin siquiera estar atado, se sentó sobre la pira y no se movió mientras su cuerpo ardía.


El Apostolado Entre los Indios: San Luis Beltrán

Aunque casi todos los documentos que se han conservado se ocupan mayormente de los hechos de los grandes conquistadores, de sus desmanes con los indios, y de sus conflictos con algunos de los misioneros, ésa no es toda la historia. De hecho, la penetración española en Nueva Granada, como en tantas otras regiones, no fue únicamente obra de las armas españolas, sino también de los misioneros. Mucho más allá de los limites del poderío español, en lugares donde la protección militar de sus compatriotas era prácticamente nula, laboraron docenas y centenares de misioneros abnegados. Unas veces marchando de lugar en lugar, y otras estableciendo largas cadenas de puestos misioneros que se adentraban hacia el interior del país, lograron establecer con los indios contactos que hubieran sido imposibles para los colonos. Todos sufrieron penurias, enfermedades y vituperios por parte tanto de indios como de españoles, y algunos hasta la muerte. En las ciudades quedaban los prelados venidos en busca de puestos jerárquicos. Allá quedaba también lo peor del clero español, venido a estas tierras en busca de un ambiente más laxo que el que reinaba en España, y muchos de ellos con la esperanza de hacerse ricos. Pero por los montes y las sierras marchaba una hueste consagrada de hombres dedicados a su ministerio, dispuestos a dar la vida por la conversión de los indios, arriesgándolo todo por su sagrada vocación.
Para dar una idea, siquiera somera, del alcance de este apostolado, bastará con señalar algunas cifras. Antes de terminar el siglo XVI, los franciscanos tenían en Colombia 25 conventos y casi otros tantos centros misioneros. En los próximos cincuenta años, esa cifra se duplicaría. Los dominicos tenían veinte monasterios hacia fines del siglo XVI. Tres de ellos, los de Bogotá, Cartagena y Tunja, estaban adecuadamente dotados y establecidos. Pero muchos de los demás llevaban una existencia precaria en lugares que no eran sino aldeas de las que los misioneros salían para llevar a cabo su labor. Los grandes misioneros de Venezuela fueron los capuchinos y los franciscanos, a quienes no faltaron mártires en la obra evangelizadora. En ambos países los jesuitas, llegados más tarde, se adentraron hacia zonas que los misioneros anteriores no habían tocado. A la postre, hacia fines del siglo diecisiete, había por toda Nueva Granada una red de monasterios y misiones que fue uno de los principales elementos unificadores de la región.
De todos estos misioneros el más famoso es San Luis Beltrán, el primer santo de América, aunque, irónicamente, sólo laboró en estas tierras por espacio de siete años.
Luis Beltrán procedía de una familia valenciana relativamente acomodada. Desde muy joven se sintió llamado al monasterio, aunque vacilaba entre la vida contemplativa de los cartujos y la de los dominicos, que combinaba la contemplación con la acción. Por fin se decidió por los dominicos, y pronto su santidad fue respetada por sus compañeros de orden.
A la edad de veintitrés años era maestro de novicios en el monasterio de Valencia. La fama de su humildad y devoción, así como de su sabiduría, se extendió por toda España, a tal punto que más tarde Santa Teresa lo consultó antes de emprender su reforma de la orden de los carmelitas.
Pero el joven monje no estaba seguro de que Dios lo llamaba a pasar toda la vida en el monasterio. De América llegaban noticias acerca de los millares de indios que no tenían quien les predicara, y que no veían del cristianismo más que los abusos de los colonizadores. En busca de la voluntad de Dios, desembarcó en Cartagena en 1562, cuando contaba treinta y seis años de edad. Tras pasar algún tiempo en esa ciudad, se adentró en el país, donde viajó constantemente predicándoles a los indios y condenando los abusos de los encomenderos. Aunque no se tiene un registro detallado de sus viajes, parece que estuvo en los actuales departamentos de Bolívar, Atlántico, Antioquía y Magdalena, además de Panamá, y que sus conversos fueron unos diez mil. Quienes después contaron su vida dicen que cuando se percató de que sus intérpretes no traducían fielmente lo que él decía le pidió ayuda al cielo, y recibió el don de lenguas, no en el sentido de que hablara en lenguas desconocidas, sino en el sentido en que aparece en el libro de Hechos, de modo que los indios que lo escuchaban podían entenderlo.
Su defensa de los indios frente a los encomenderos fue valiente. Entre las leyendas que de él se cuentan, y que señalan el tono de su enseñanza, está la que se refiere a cierta ocasión en que comía en casa de unos encomenderos y la discusión giraba en torno a la justicia del sistema. Luis Beltrán les dijo a los encomenderos que lo que comían estaba amasado con sangre humana. Los encomenderos, enfurecidos, negaban las alegaciones del misionero. Entonces éste tomó una tortilla de harina y la exprimió. Ante los ojos atónitos de los encomenderos goteó la sangre.
Sea o no cierta la leyenda, muestra que había entre los misioneros de la época un profundo sentido de la injusticia que se cometía con los indios, y la disposición y el valor necesarios para condenarla. Además, frecuentemente aparecen descripciones de Luis Beltrán o de otros misioneros predicando contra la opresión con un fervor semejante al de los profetas del Antiguo Testamento.
Empero las dudas del misionero en cuanto a su vocación no cesaban. Bartolomé de Las Casas le escribió una carta en que le aconsejaba que hiciera un profundo examen de conciencia antes de darles la absolución a los encomenderos. En otra ocasión estaba Beltrán predicando cuando un encomendero llegó y se llevó a todos los indios. Todo esto alimentó las dudas de su espíritu. A la postre escribió a Europa, rogando de las autoridades de su orden que le ordenaran regresar a España. Tras sólo siete años de ministerio en el Nuevo Mundo, partió para su patria, donde su profunda devoción y santidad le ganaron el respeto de sus contemporáneos.
Murió en 1581, y en 1671 fue canonizado por Clemente X. En 1690 fue hecho santo patrono de Nueva Granada.


El Apóstol de los Negros: San Pedro Claver

Muy distinta fue la vida de Pedro Claver, el otro gran santo colombiano. Nació en Cataluña en 1580, poco antes de la muerte de San Luis Beltrán, y desde muy joven decidió unirse a los jesuitas y ser misionero en el Nuevo Mundo. Sus superiores no creían que fuera muy inteligente ni que tuviera otros grandes talentos de índole alguna. Cuando llegó a Cartagena en 1610 era todavía novicio, y tuvo que pasar cinco años más antes de ser ordenado sacerdote. Casi todo ese tiempo residió en los monasterios de Bogotá y de Tunja, dos de los principales que los jesuitas tenían en esa región. Durante ese período sintió profundo dolor al ver los esclavos que eran traídos de Africa, y de quienes nadie parecía ocuparse. Cuando por fin hizo su profesión final, en 1622, añadió junto a su firma otro voto: Petrus Claver, aethiopum siempre servus—Pedro Claver, por siempre esclavo de los negros.
Parte del interés de Claver en los negros se debía al ejemplo de otro compañero jesuita algo mayor que él, Alonso de Sandoval. Sandoval se había dedicado a evangelizar a los negros y a cuidar de sus necesidades. Puesto que para ello era menester conocerlos mejor, trataba de aprender de ellos acerca de las costumbres africanas y de los diversos idiomas que hablaban. Fue así que compuso su obra, pionera en los estudios etnográficos africanos, Naturaleza, policía sagrada y profana, costumbres, ritos y supersticiones de los etíopes, que fue publicada en Sevilla en 1627. Sandoval fue entonces tanto el gran ejemplo de Claver como su primer maestro en cuanto al mejor modo de alcanzar a los esclavos.
Empero, mientras Sandoval iba mayormente a los lugares en que los esclavos servían a sus amos, Claver se dedicó a visitarlos desde el momento mismo en que llegaban a Cartagena. Hacinada en las bodegas malsanas de los barcos negreros, aquella pobre gente sufría una travesía que podía llegar a los dos meses. Durante ese tiempo, apenas se les permitía moverse, pues los traficantes los amontonaban hasta el límite de lo imposible. Muchos creían que al llegar a las tierras desconocidas donde los llevaban serían engordados para servir de alimento a los blancos. La comida que se les daba era el mínimo para mantenerlos vivos. El hedor de sus excrementos era tal que cuando los barcos se acercaban al puerto el mal olor podía percibirse desde la distancia.
A aquella gente desgraciada le dedicó Claver el resto de sus días. Pronto vio que no podía comunicarse con ellos, y trató de que los amos de esclavos le prestaran algunos que habían aprendido español, para que le sirvieran de intérpretes. Pero los amos no estaban dispuestos a servirle en ello, por no perder el trabajo de los traductores. Por fin, Claver logró que su monasterio comprara algunos esclavos con ese propósito. Esto pronto le trajo conflictos con sus hermanos de religión, pues algunos insistían en tratar a los esclavos como tales, y requerir de ellos servicio personal, mientras Claver los trataba como a iguales, y deseaba que los demás jesuitas respetaran y amaran a los intérpretes con los que convivían. Aunque algunos de estos traductores no dieron el resultado apetecido, otros se volvieron fieles acompañantes y amigos del misionero.
Cuando llegaba un barco, Claver y sus intérpretes iban adonde estaban los esclavos. A veces podían visitarlos en las bodegas mismas de los navíos. Pero casi siempre tenían que esperar a que estuvieran en los barracones donde se les colocaba a fin de prepararlos para el mercado. Estas edificaciones eran verdaderas cárceles en las que el único alivio era que había más espacio que en los barcos, y que se les empezaba a dar mejor comida, con el propósito de poder venderlos a mayor precio. Pero aun allí eran muchos los que morían, víctimas de las privaciones del viaje o de nuevas enfermedades. En ocasiones Claver y sus acompañantes entraban en aquellos barracones y encontraban varios muertos tirados en el suelo, completamente desnudos al igual que todos los demás, y cubiertos de moscas. El piso era de ladrillos rotos, que herían las carnes de aquellos infortunados cuando trataban de descansar.
A tales lugares los misioneros llevaban frutas y ropas. Se dirigían primero a los más débiles y enfermos, y después al resto. Cuando alguno estaba en malas condiciones de salud, el propio Claver o alguno de sus intérpretes lo cargaba hasta el hospital cercano que habían hecho construir para los esclavos enfermos. Con los demás se comenzaba de inmediato la obra de evangelización y bautismo, que tenía que ser rápida, pues pronto la mayoría de ellos partiría hacia las plantaciones de sus nuevos amos y por largo tiempo no tendrían ocasión de escuchar de nuevo la predicación cristiana.
Los métodos de Claver eran dramáticos y pintorescos. Puesto que los esclavos llegaban sedientos porque en la travesía se les daba poquísima agua, Claver les daba de beber, y luego les explicaba que el agua del bautismo satisfacía las ansias del alma, como la que les había dado satisfacía las del cuerpo.
Separados en grupos, según las lenguas que cada cual entendía, Claver se sentaba entre ellos, le daba la única silla al intérprete, quien se colocaba en el centro del grupo y así enseñaba los principios de la fe cristiana. A veces les decía que, como la serpiente cambia la piel, así era necesario cambiar de vida al ser bautizado. Acto seguido se daba pellizcos por todo el cuerpo, como si se estuviera quitando la piel, y les explicaba a sus oyentes las cosas que tenían que dejar. En señal de asentimiento, ellos también se daban pellizcos. Otras veces, para explicarles la doctrina de la Trinidad tomaba un pañuelo, lo doblaba de tal modo que se vieran tres pliegues, y después mostraba que se trataba de un solo lienzo. De ese modo, se dice que Claver bautizó a trescientos mil esclavos durante su ministerio en Cartagena.
Pero aquella no era toda la obra del misionero, que seguía ocupándose de los esclavos después de su bautismo. Puesto que la lepra era enfermedad común entre ellos, y cuando alguno la contraía su amo sencillamente lo echaba a la calle, Claver fundó una leprosería en la que pasaba buena parte de su tiempo cuando no había barcos recién llegados. Allí lo vieron repetidamente sus compañeros, abrazado a algún esclavo leproso a quien nadie osaba acercarse, tratando de darle consuelo en medio de su soledad.
Tres grandes epidemias de viruela hubo en Cartagena durante el ministerio de Claver, y en todas ellas se dedicó a limpiar las llagas de los enfermos negros, de quienes nadie más se ocupaba.
Aunque sus superiores repetidamente lo acusaron de no ser muy prudente, el santo misionero sabía los límites a que podía llegar sin que su ministerio fuera aplastado por los blancos. Nunca atacó a los blancos, ni dijo que la iglesia debía condenarlos. Pero era de todos sabido que cuando caminaba por la calle solamente saludaba a los negros y a aquellos de entre los blancos que apoyaban su obra. Cuando alguna rica señorona venía a pedirle que la confesara, Claver sencillamente respondía que había muchísimos confesores disponibles para los españoles, mientras él debía dedicar todo su tiempo a los esclavos, que no los tenían. Se dice también que cuando escuchaba confesiones, y terminaba con los esclavos, les daba preferencia a los pobres, y luego a los niños. Quizá con esa conducta lo que buscaba era no tener que condenar abiertamente la vida y la actitud de quienes se beneficiaban del régimen esclavista. De no haber seguido tal camino, es muy posible que Claver hubiera sido enviado de regreso a España, o que su propia conciencia no le hubiera permitido continuar su ministerio, como en el caso de Luis Beltrán.
Entre los esclavos de Cartagena, y especialmente las esclavas, Claver encontró fieles discípulos y ayudantes. La esclava Margarita, con la anuencia de su dueña doña Isabel de Urbina, que apoyaba la labor de Claver, preparaba los banquetes que el misionero daba en honor de los leprosos y mendigos de Cartagena en ocasión de las grandes festividades eclesiásticas. Otras se dedicaban a enterrar a los esclavos muertos de los que nadie se ocupaba. Otras visitaban a los enfermos, recogían frutas y ropas para los necesitados, etc.
Durante todo este tiempo, la sociedad blanca de Cartagena le prestaba poca atención al pobre jesuita que pasaba su vida entre esclavos. De los que se avenían a tratarlo, la mayoría lo hacia para oponerse a su labor, pues se temía que si los esclavos llegaban a la convicción de que eran gentes tan dignas como las demás se rebelarían contra sus amos. Sus superiores continuaban informando a España que el padre Claver era escaso de inteligencia, carente de prudencia, y casi incapaz de aprender.
Hacia el final de sus días, lo atacó una enfermedad paralizante que por sus síntomas parece haber sido la que hoy se llama mal de Parkinson. Recluido en su celda monástica, raramente se le veía en la calle. Sus últimas tres salidas, espaciadas entre sí, fueron a la casa de doña Isabel de Urbina, donde vivía Margarita, a la leprosería y a un barco recién llegado cargado de esclavos. En esta última ocasión, no pudo más que mirar desde el muelle, mientras corrían sus lágrimas ante tanto dolor, que no podía ya aliviar.
Sus compañeros de monasterio le asignaron un esclavo para que lo cuidara. Y se dio entonces el más triste episodio de la vida de aquel santo varón, pues tuvo que sufrir en su propia carne las consecuencias del mal que su raza le había hecho a la negra. El esclavo encargado de cuidarlo se ensañó con el enfermo, descuidando su lecho y su alimento, y haciéndole sufrir tormentos muy parecidos a los que los esclavos sufrían en la travesía del Atlántico.
Ya próxima la muerte del viejo misionero, los habitantes de la ciudad se percataron de que estaban a punto de perder un santo. Entonces se afanaban por ir a visitarlo en su lecho de enfermo, lo cual muchas veces le causó nuevas torturas. Todos querían llevar alguna reliquia o recuerdo, y despojaron su celda de cuanto había en ella. Ni siquiera su crucifijo le quedó al santo, pues cuando el Marqués de Mancera se antojó de él, el superior del convento le ordenó al enfermo que se lo entregara.
Con todo nadie le oyó pronunciar la más ligera queja, ni siquiera solicitar cosa alguna para su comodidad. Murió en la mañana del 8 de septiembre de 1654, llorado por muchos de quienes lo habían despreciado en vida. Más de doscientos años más tarde fue canonizado por la Iglesia Romana.

Los Hijos del Sol 


Denme los capitanes más famosos, franceses y españoles, sin los caballos, arneses, armas, sin lanzas ni espadas, sin bombardas y fuegos, sino con una sola camisa y sus puñetes… Si desta manera saliesen vencedores, diríamos que merecían la fama de valerosos entre los indios.

Blas Valera


Según vimos en el capítulo anterior, desde que Balboa andaba por tierras panameñas le llegaron noticias de un gran imperio en las costas del Mar del Sur, del cual procedían barcos que, según los indios del istmo, eran tan grandes como los de los españoles. Fue el sueño de conquistar ese imperio lo que movió a Balboa a solicitar de España mayores recursos, y esa solicitud a su vez hizo que se nombrara en su lugar a Pedrarias Dávila, pues no se creía que un hombre de humilde origen como Balboa fuese digno de tal empresa. Empero Pedrarias no era hombre de la estatura necesaria, y pasó todo su tiempo en intrigas centroamericanas. A la postre, el conquistador del gran imperio del sur sería un hombre de origen aún más humilde que el de Balboa, pues se cuenta que en su niñez se alimentó de leche de cerda, y que después se dedicó a apacentar los cerdos de su padre. Pero antes de pasar a narrar tal aventura debemos detenernos a echar un vistazo, siquiera somero, al imperio que se proponía conquistar.


El Tahuantinsuyu

Aunque pronto los españoles dieron en llamar a aquella guión “Perú” o “Pirú”, por el nombre de un río que corría ella, los naturales del país lo llamaban Tahuantinsuyu, es decir “los cuatro rincones del mundo”. Cuzco, su capital, se consideraba el centro del mundo, y desde allí se medían los cuatro rincones: el Chinchasuyu hacia el norte, el Antisuyu hacia la cordillera, el Contisuyu hacia el mar, y el Collasuyu hacia el sur y este, incluyendo el altiplano boliviano y el norte de Chile. Razón tenían aquellos indios para llamar a su imperio “los cuatro rincones del mundo”, pues era uno de los más vastos imperios que la historia haya conocido. Se extendía desde las fronteras de la actual Colombia hasta adentrarse bastante en Chile, y hacia el este incluía buena parte de lo que hoy es Bolivia, y una porción de Argentina. Aunque hasta el presente no se han determinado del todo sus límites, se calcula que comprendía casi dos millones de kilómetros cuadrados.
Se trataba de un imperio relativamente joven, que aun en su leyendas no se remontaba más allá de doce generaciones. Según esas leyendas, sus fundadores habían sido Manco Cápac y su hermana y esposa Mama Ocllo. Esta pareja fue creada por el sol, y por ello a partir de entonces sus descendientes directos, los únicos a quienes se aplicaba verdaderamente el nombre de “incas”, se decían hijos del sol. Manco Cápac y Mama Ocllo nacieron en el lago Titicaca, y de allí partieron hacia el Cuzco, donde enseñaron a los humanos las artes del gobierno, la agricultura y la guerra. A los próximos siete incas se les atribuyen hechos legendarios y, aunque es muy probable que haya habido reyes del Cuzco con tales nombres, no puede decirse que sean verdaderamente personajes históricos en el sentido de que se conozcan sus hechos o su contribución al desarrollo del imperio. Fue el noveno inca, Pachacútec, que ocupó el trono de 1438 a 1471, quien de veras fundó el gran imperio de los hijos del sol. El y su hijo y sucesor Tupac Inca conquistaron regiones tan extensas que las campañas de Julio César palidecen al ser comparadas con las de estos dos grandes reyes. El hijo de Tupac Inca, Huayna Cápac, continuó la obra de su padre y de su abuelo. A su muerte, el Tahuantinsuyu había llegado a su máxima extensión. Huayna Cápac murió en 1527, y ya le habían llegado las primeras noticias de los extraños personajes, de rostro barbudo y piel desteñida, que merodeaban por el extremo norte del imperio. Por tanto, el gran imperio inca, a diferencia del romano, no llegó al siglo de existencia antes de ser invadido y destruido por los bárbaros del norte.
El régimen de los incas consistía en una autocracia paternalista. El inca lo era todo. A él pertenecían, no sólo la tierra, sino también las bestias y las personas. No sin razón se cuenta que Atahualpa le dijo a Pizarro: “Si yo no quiero, ni las aves vuelan ni las hojas de los árboles se mueven en mi tierra”. Las tierras del inca se distribuían y redistribuían periódicamente entre la población para su cultivo, según el tamaño de cada grupo. Hecha tal distribución, y asignado a cada cual el terreno que labrar, una tercera parte del producto se utilizaba para las necesidades inmediatas de los labriegos, otra tercera parte se dedicaba a los dioses, y el otro tercio era para el inca. La porción que correspondía a los dioses se utilizaba para los sacrificios, la mantención de los sacerdotes y las vírgenes dedicadas a los dioses, y las grandes festividades religiosas, en que el pueblo gozaba de abundante alimento, proveniente de esa parte supuestamente apartada para los dioses. La porción del inca se dedicaba a sostener a todos los funcionarios imperiales, al ejército y al inca y su enorme familia (sus esposas y concubinas se contaban por centenares).
Como puede imaginarse, un imperio de tal magnitud necesitaba una gran máquina de gobierno. Los incas hicieron construir dos grandes calzadas que corrían paralelas de norte a sur, una a lo largo de la costa y la otra por las montañas. Puesto que todo aquel imperio se gobernaba sin el conocimiento de la rueda, en los lugares más empinados la calzada de las montañas era en realidad una escalinata empedrada. A lo largo de esas dos arterias, y por mil caminos secundarios, iban y venían los correos o chasquis, a pie, y con un sistema de relevos que permitía que los mensajes se transmitieran con relativa rapidez. Puesto que en la zona andina no se conocía la escritura, los mensajes eran mayormente verbales, ayudados por un sistema de nudos atados en cuerdas de tal modo que permitía a los chasquis recordar los detalles de los mensajes, especialmente los números. Sobre esa base, los contadores del imperio, desde su base en el Cuzco, lo administraban todo. A lo largo de los caminos había grandes almacenes en los que se conservaba una buena parte de los alimentos que le pertenecían al inca. Esos almacenes servían en tiempos de escasez para alimentar a la población. Y en tiempos de guerra se utilizaban como centros de abastecimiento para los ejércitos en marcha. De ese modo los ejércitos imperiales podían moverse rápidamente, sin necesidad de cargar sus propios alimentos.
Se trataba, pues, de una sociedad altamente organizada, en la que, en teoría al menos, nadie pasaba hambre ni necesidad, aunque todo estaba regimentado.
La religión de aquel vasto imperio era de índole politeísta, y en ella se daban algunos casos de sacrificios humanos, aunque no con la frecuencia con que se celebraban en México. El dios creador era Viracocha, quien según la leyenda había creado la humanidad en Tiahuanaco, una ciudad en ruinas en el altiplano boliviano cuyos orígenes los propios incas desconocían. El enorme tamaño de los monolitos de Tiahuanaco llevó a la creencia de que los primeros seres humanos eran demasiado grandes, y que entonces Viracocha los destruyó y creó de nuevo con las proporciones actuales.
Pero el nombre de “viracocha” se les daba también a otras divinidades menores. El sol era el principal objeto de adoración para los incas, pues de él venía la vida toda y el calor necesario para la subsistencia en aquellas elevadas tierras andinas. Las principales festividades religiosas tenían que ver con los solsticios, que señalaban la gracia que el sol les hacía de brillar por un año más. Como hijo del sol, el inca era también su supremo sacerdote y representante en la tierra. A fin de mantener pura esa sangre supuestamente divina, los incas se casaban con sus hermanas. Aunque tenían muchas otras mujeres, y todos sus hijos eran considerados nobles, sólo los hijos de sus hermanas podían heredar el trono, pues únicamente ellos tenían pura sangre divina, procedente de Manco Cápac y su hermana y esposa Mama Ocllo.


Francisco Pizarro

A conquistar aquel vasto imperio, sin soñar la magnitud de la empresa pero con un ansia insaciable de oro, poder y gloria, se lanzó Francisco Pizarro. Este era hijo ilegítimo del hidalgo Gonzalo Pizarro, que no parece haberse ocupado de él más que para ponerlo a cuidar de sus piaras de cerdos. Cuando un buen día éstos se desbandaron, Francisco no se atrevió a regresar a su casa por temor al castigo, y huyó a Sevilla, de donde más tarde embarcó, como tantos otros aventureros, a probar suerte en Indias. En 1510 andaba con Ojeda en su expedición, y de allí pasó a formar parte del grupo de Balboa, cuya confianza se ganó. Al llegar Pedrarias Dávila, se pasó a su bando, y el nuevo gobernador también depositó su confianza en él.
En 1522 Pedrarias mandó una expedición al mando de Pascual de Andoyaga, que exploró el litoral colombiano, pero nunca llegó a establecer contacto con los súbditos de los incas. En 1524, con licencia de Pedrarias y en sociedad con Diego de Almagro, que lo había acompañado en muchas aventuras, Pizarro se hizo al mar. En diversos lugares del litoral se toparon con algunos indios, a quienes trataron con las acostumbradas violencias, arrebatándoles, además, el oro que pudieron. Pero la escasez y la enfermedad pronto hicieron presa de los aventureros, que hubieran perecido de no ser por los refuerzos que les trajo Almagro, quien había zarpado de Panamá algún tiempo después que ellos. De regreso a Panamá, y a base de las noticias del imperio inca que habían logrado en esa expedición, los dos amigos entraron en sociedad con el sacerdote Hernando de Luque, quien proveyó los fondos para una nueva expedición. La incredulidad de los panameños ante las promesas de Pizarro y Almagro puede verse en el mote que le pusieron a Hernando de Luque, “Hernando de Loco”.
La segunda expedición de Pizarro tuvo al principio la misma mala fortuna de la anterior. A la postre se encontró abandonado en la Isla del Gallo, adonde Pedrarias Dávila por fin mandó una expedición de rescate al mando de Juan Tafur. Pero Almagro y Luque le escribieron a Pizarro diciéndole que la situación política en Panamá era tal que si desistía en aquel momento sería necesario abandonar la empresa, pero que si permanecía en la isla ellos le mandarían refuerzos y suministros a la mayor brevedad posible. Fue entonces que se dio la famosa escena en que Pizarro trazó con su espada una raya en la playa y dijo: “Por aquí se va al Perú a ser ricos. Por acá se va a Panamá a ser pobres.
Escoja el que sea buen castellano lo que más bien le estuviere”. Trece de ellos cruzaron la raya y se dispusieron a continuar la alocada empresa de la conquista del Tahuantinsuyu. Con ellos, luego de recibir ayuda de sus aliados en Panamá, Pizarro volvió a explorar el litoral, y al llegar a la grande y rica ciudad de Tumbes, donde fue bien recibido, tuvo por fin pruebas concretas de la existencia de la alta civilización de que tanto se había hablado. Tras otras breves exploraciones, regresó a Panamá con bastante oro para probar el valor de la empresa.
De allí siguió a España, donde obtuvo de la corona los cargos de gobernador, capitán general y adelantado de “Nueva Castilla”, nombre que se le dio a la comarca. Puesto que lo acordado era que Almagro sería el adelantado, desde ese punto comenzaron entre los dos capitanes las desavenencias que después llevarían a cruenta guerra civil. Para Luque se obtuvo el obispado de Tumbes.
De regreso de aquella segunda expedición, Pizarro llevó consigo varios indios. Uno de ellos, a quien la historia conoce con su nombre bautismal de Felipillo, fue quien jugó en la conquista del Perú el papel que doña Marina había jugado en México. Además, en esa expedición Pizarro dejó tras sí, sin siquiera saberlo, uno de sus más poderosos aliados: una epidemia de viruelas, enfermedad hasta entonces desconocida en el país, que diezmó la población y trastornó los sistemas de producción y de asistencia social del Tahuantinsuyu.
La tercera y definitiva expedición partió en 1531. Al llegar a la isla de Puná y a Tumbes, en el Golfo de Guayaquil, Pizarro y los ciento ochenta y tres españoles que lo acompañaban recibieron las primeras noticias de la guerra civil que convulsionaba al país. Huayna Cápac, el nieto de Pachacútec, había muerto, y le había dejado el trono imperial a su hijo Huáscar. Pero también había separado del imperio el reino de Quito, y se lo había entregado a su otro hijo Atao Hualpa (o Atahualpa), que había tenido de una princesa quiteña. Ni Huáscar ni Atahualpa se contentaban con aquella situación, y pronto este último emprendió la guerra contra su medio hermano. Huáscar era sin lugar a dudas el soberano legítimo, pues era hijo de Huayna Cápac y de su hermana. Por ello tenía el apoyo de la vieja aristocracia del Cuzco y de los sacerdotes. Atahualpa, a todas luces usurpador desde el punto de vista de la ley incaica, contaba sin embargo con el apoyo de los más hábiles generales, quienes veían en él el espíritu conquistador de su bisabuelo Pachacútec.
La suerte de la guerra, al principio indecisa, parecía inclinarse hacia Atahualpa, cuyos generales habían logrado varias victorias importantes y se acercaban cada vez más al Cuzco. A sangre y fuego, Atahualpa y los suyos se habían impuesto en las regiones por donde ahora marchaba Pizarro, quien por tanto encontró grande enemistad contra el usurpador, y a base de ella se hizo recibir bien por la mayoría de los naturales de las tierras que atravesaba.
A poco les llegó a los españoles una extraña embajada. Venían emisarios de parte de Huáscar y de sus sacerdotes, preguntándoles si en verdad eran ellos los “viracochas” que según una antigua profecía vendrían del occidente, para salvar al país en momentos de grave crisis. Pizarro reconoció enseguida circunstancias parecidas a las que habían facilitado la conquista de México por parte de Cortés, y acerca de las cuales había oído (no podemos decir que las hubiera leído, por cuanto el gobernador de Nueva Castilla era analfabeto). Con el trueno de sus arcabuces, y las cabriolas de sus caballos, Pizarro hizo todo lo posible por darles a entender a los emisarios que tenía poderes divinos, y les dijo que en efecto él y los suyos eran los viracochas prometidos, que venían a hacer justicia. A partir de entonces, entre los partidarios de Huáscar, se llamó a los españoles “los viracochas”. Atahualpa, por su parte, descreído como era, los llamaba sencillamente “sungasapa”, que quiere decir barbudos. Cuando, más tarde, llegaron los emisarios de Atahualpa, Pizarro se puso también a su servicio. Pero en las marchas por los pueblos iba proclamando que venía a restaurar al rey legítimo.
Atahualpa nunca parece haber sentido gran respeto o temor por aquel puñado de extranjeros. Pero a su retaguardia algunos se rebelaban contra él, y por tanto decidió no marchar hacia Cuzco hasta tanto no se aclarara el misterio de los pretendidos viracochas. Varias veces pudo haberles dado muerte en los pasos por las montañas. Pero la curiosidad de verlos en persona, y su sentido de que en su tierra “ni las aves volaban sin su permiso”, lo perdieron.
En las afueras de Cajamarca, con unas decenas de millares de soldados, Atahualpa esperó a los extraños visitantes, al tiempo que el grueso de sus ejércitos continuaba la marcha hacia Cuzco. Luego, aquel ejército que tanto impresionó a los españoles no era más que la guardia personal del emperador. Tras varias idas y venidas que no es necesario relatar aquí, se acordó que el inca visitaría a los españoles en Cajamarca.
Tan seguro de su poder iba Atahualpa, que le ordenó al general Rumi ñahui que cercara la ciudad con tropas armadas de sogas para atar a los españoles que trataran de huir. Además, al acercarse a Cajamarca, les ordenó a casi todos sus soldados que permanecieran fuera, y él entró en la plaza con unos cinco o siete mil acompañantes, los más de ellos cortesanos sin armas.
Mientras tanto, en la ciudad, se preparaba el golpe alevoso. Pizarro colocó sus piezas de artillería de tal modo que cubrieran las dos únicas salidas de la plaza, y escondió a todos sus soldados y caballos donde no se les viera al entrar, pero dio instrucciones de que estuviera todo dispuesto para empezar a disparar ballestas y arcabuces llegado el momento oportuno.
El inca entró llevado en andas, sentado sobre un escaño de oro, y rodeado de su séquito. Le salió entonces al encuentro el padre Vicente Valverde, quien valiéndose del intérprete Felipillo, le hizo el “requerimiento”, es decir, le explicó la doctrina cristiana, le dijo cuán grandes señores eran el papa y el rey, y lo invitó a declararse vasallo del rey de España y a permitir que se predicara el evangelio en sus tierras. Si el inca entendió lo que se le decía, nunca se sabrá. Pero ciertamente no estaba a punto de declararse vasallo de rey alguno. Exasperado, tomó el Evangelio que llevaba en sus manos el cura, lo examinó, y al no encontrar en él más que aquellos garabatos ininteligibles lo tiró al suelo.
Entonces, mientras Felipillo recogía el libro, el sacerdote corría hacia los españoles dando voces:
“¿No veis lo que pasa? ¿Para qué estáis en comedimientos y requerimientos con este perro lleno de soberbia? …Salid a él, que yo os absuelvo….Venganza, venganza, cristianos. Los Evangelios son despreciados y se los arroja por tierra. Maten a estos perros que desprecian la ley de Dios.
Pizarro y los suyos no necesitaban tales exhortaciones por parte del representante de la iglesia. Tan pronto como se cumplió el requisito de presentarle al inca el “requerimiento”, el jefe español dio la señal convenida para el ataque. Al ver agitarse su pañuelo, los ballesteros y arcabuceros soltaron sus proyectiles sobre los principales indios, y acto seguido la caballería atacó. Los indios no habían visto antes un arma como las tizonas castellanas, capaces de cortar un miembro de un solo tajo. Muchos trataron de huir, pero no encontraban salida alguna. Cuando por fin la presión de las gentes fue demasiada, cedió la pared de piedra, y muchos huyeron despavoridos, mientras algunos españoles a caballo salieron a darles caza a campo abierto. Alrededor del inca la resistencia fue más fuerte. Los indios, sin más armas que oponer, colocaban sus propios cuerpos entre los españoles y su señor. Cuando los aventureros llegaron a las andas que llevaban al soberano, se dieron actos de valor que después ellos mismos narraron. Hubo indios que, cortadas las manos, seguían sosteniendo al inca sobre sus hombros. Otros al ver caer a los que llevaban las andas, corrían a ocupar su lugar, aun sabiendo que se les daría muerte. Por fin un español agarró a Atahualpa por los cabellos y lo echó a tierra.
Al final de la jornada, quedaba Atahualpa prisionero de los españoles, varios miles de indios muertos en la plaza, y un solo español levemente lesionado. Se trataba del propio Pizarro, quien fue herido por un compatriota cuando trataba de asegurarse de que no se le hiciera daño al inca. La ironía de todo esto fue que, casi al mismo tiempo que Atahualpa caía prisionero de los conquistadores, su rival y medio hermano Huáscar caía en poder de las tropas de aquél. Así, mientras los españoles eran dueños de un pretendiente al trono, éste era dueño de su rival.
A instancias de Pizarro, el cautivo inca ordenó que sus ejércitos abandonaran las cercanías de Cajamarca. Tras algunas negociaciones, Pizarro le prometió la libertad a cambio de un rescate que consistía en todo el oro y la plata necesarios para llenar una habitación de más de cien metros cuadrados hasta tan alto como alcanzara la mano del inca. Acto seguido salieron los chasquis por todo el país, y pronto el oro y la plata empezaron a fluir hacia Cajamarca.
Poco después tuvieron lugar dos acontecimientos importantes para la historia del Perú. Uno de ellos fue la llegada de Almagro con un contingente de refuerzos. Puesto que los recién llegados no estuvieron presentes en el hecho de Cajamarca, no les correspondió parte de aquel enorme rescate. Aunque los pizarristas, casi a modo de limosna, les dieron la cantidad de cien mil ducados, a partir de entonces comenzaron las rivalidades entre almagristas y pizarristas.
El otro acontecimiento de importancia fue la muerte de Huáscar. Este trató de llegar a un acuerdo con los viracochas a cambio de que éstos ultimaran a su medio hermano. Enterado Atahualpa —si por Felipillo o por el mismo Pizarro, los cronistas no concuerdan— dio orden a sus generales de que le dieran muerte a Huáscar. Pero no se percataba de que esto le dejaba el campo abierto a Pizarro, quien quedaba en posesión del último pretendiente al trono.
Aunque el rescate se pagó, los españoles no podían soltar a su prisionero. Por ello decidieron hacerle juicio, acusándolo de fratricida. Tras un somero proceso, en el que estuvieron de acuerdo Almagro y el padre Valverde, el inca fue condenado a morir en la hoguera. Cuando, casi de inmediato, marchaba hacia el suplicio, el sacerdote le propuso que si se bautizaba no sería quemado, sino que se le mataría de otro modo. Puesto que en la cultura incaica la muerte por fuego resultaba ignominiosa, el inca accedió y, tras bautizarlo, los españoles lo mataron al garrote. Así terminó aquel vástago de Pachacútec y Huayna Cápac, en cuya tierra ni siquiera las aves volaban sin su permiso.


Resistencia y Guerra Civil

Los españoles hicieron coronar entonces al niño Tupac Hualpa, hijo también de Huayna Cápac, con la esperanza de contar con un inca dócil a sus propósitos. Con él en andas partieron de Cajamarca hacia el Cuzco. Pero poco antes de llegar a la capital, Tupac Hualpa murió misteriosamente, al parecer envenenado por uno de los generales del difunto Atahualpa. Mientras tanto, los invasores hacían todo lo posible por descalabrar el imperio que trataban de conquistar. Con ese propósito decretaron la libertad de todos los “yanacunas”, que eran los siervos del imperio. Aunque a la postre proyectaban convertir a todos los indios en siervos, por lo pronto les convenía aparecer como libertadores de las clases oprimidas.
Poco después recibieron una grata nueva. Manco Inca, otro de los hijos de Huayna Cápac, a quien le correspondía ahora el trono según los principales jefes y sacerdotes del imperio, se unió a ellos, creyendo que de veras eran “viracochas” que venían a ayudarle a sofocar la rebelión de los quiteños. Poco tardó Manco Inca en darse cuenta de su error. Tras dos intentos fallidos, logró escapar del campamento español, y a partir de entonces fue el principal jefe de la resistencia india contra los invasores.
Mientras tanto, Diego de Almagro se había ido con los suyos a buscar fortuna a otras partes. Primero marchó hacia el norte, donde el general Rumi ñahui se había hecho rey de Quito. Junto a Sebastián de Benalcázar conquistó esa ciudad y destruyó la resistencia en esas regiones norteñas. Allí se encontró también con Pedro de Alvarado, quien dirigía una expedición independiente hacia Quito. A cambio de una fuerte suma, Alvarado le cedió sus hombres, armamentos y todos los derechos de expedición. Después de regresar al Perú, Almagro y los suyos partieron hacia Chile, donde sufrieron grandes penurias. Manco Inca aprovechó la ausencia de Almagro para reunir un ejército de cuarenta mil soldados y sitiar a Cuzco, que a la sazón estaba bajo el gobierno de Hernando y Gonzalo Pizarro, hermanos de Francisco. Este último, que se encontraba en la recién fundada Lima, no pudo enviarles socorro, pues él mismo se encontraba casi cercado. Las primeras cinco columnas que salieron en auxilio de los sitiados en Cuzco fueron aniquiladas por los indios.
Si la lucha hubiera sido sólo de indios contra españoles, como a menudo se da a entender, éstos no hubieran podido resistir largo tiempo. Pero contaban con la ayuda de muchos indios que aprovecharon aquella oportunidad para sublevarse contra el régimen incaico. Los dirigían las viejas aristocracias locales, suplantadas por el sistema de gobierno establecido por los incas. Además, los españoles habían traído numerosos indios nicaragüenses y negros de Panamá. Fueron todas estas tropas auxiliares, además de los caballos, la armadura y la pólvora, lo que les permitió a los conquistadores resistir el embate de las tropas incaicas.
Poco a poco, sin embargo, los partidarios de Manco Inca se iban posesionando de los conocimientos bélicos de los invasores. Pronto se vio al propio Manco montado a caballo. Después comenzaron a sonar tiros de arcabuz del lado de los indios. Cuando los de Manco hicieron algunos prisioneros españoles, los obligaron a enseñarles cómo fabricar pólvora. A la postre se dieron encuentros en que quedó probado que la supuesta superioridad española se debía solamente a sus armas y sus caballos, como en una escaramuza en que cuatro indios a caballo derrotaron a treinta peones de infantería española.
La respuesta de los Pizarro fue el terror. Tan pronto como Francisco logró aliviar el cerco de Lima, les envió a sus hermanos una fuerte columna al mando de Alonso de Alvarado, que por el camino se dedicó a mutilar a sus prisioneros, cortándoles la mano derecha a los varones, algunos de ellos niños de brazos, y los senos a las mujeres. Los que escapaban de tan terrible suerte eran herrados como esclavos y utilizados para cargar las vituallas del ejército, hasta que morían de fatiga e inanición. Por todas partes, a sangre, fuego y hierro, los españoles sembraban el terror.
Pero el gran alivio les llegó a los de Cuzco con el regreso de Diego de Almagro, que volvía de Chile. Lo acompañaba Paulo Inca, hermano de Manco, al mando de un ejército indio. Durante algún tiempo se pensó que Almagro y Paulo Inca tomarían el partido de Manco, y los pizarristas temblaron. Pero a la postre pudo más en Almagro la lealtad a lo español, y en Paulo la ambición de ser coronado inca.
Almagro, que decía que el Cuzco no le pertenecía a Pizarro, sino que era parte de la nueva gobernación creada por la corona y entregada a él, se lanzó sobre el Cuzco, donde los únicos que le ofrecieron resistencia fueron los Pizarro. Hechos prisioneros éstos, los demás españoles se juntaron al mando de Almagro y, coronado Paulo Inca como rey del Tahuantinsuyu, se dedicaron a hacerle la guerra a Manco Inca. Mientras tanto, se hacían gestiones de paz con el jefe de los pizarristas, Francisco, que desde Lima demandaba la libertad de sus hermanos y la devolución del Cuzco. Pero no lograron ponerse de acuerdo, y por fin Almagro cayó prisionero de Francisco Pizarro quien, olvidando que éste había perdonado la vida a sus hermanos cuando los tuvo prisioneros, lo hizo ajusticiar.
Ante la insurrección de Manco Inca, Pizarro pidió refuerzos a otras colonias españolas, y pronto comenzaron a llegar de Panamá, México, Nicaragua y otras partes. Pero a pesar de ello, y de los muchos indios y negros que lo ayudaban, la sublevación continuó. Además, en distintos lugares, y al parecer sin coordinar sus esfuerzos con los de Manco Inca, otros indios se alzaron también. Paulo Inca, a quien los pizarristas no reconocían el título imperial dado por los almagristas, luchaba sin embargo de su parte, por temor a la venganza de su hermano. Hubo batallas en las que las tropas de Manco derrotaron a ejércitos españoles de quinientos hombres—número considerable en esa época en el Nuevo Mundo—además de millares de auxiliares indios y negros.
Francisco Pizarro no llegó a ver el país “pacificado”. A mediados de 1541, varios almagristas, cansados del mal trato que recibían, asaltaron su residencia en Lima. Sólo los más allegados siervos del gobernador acudieron en su defensa. Herido de muerte, se cuenta que Pizarro pidió que le trajeran un confesor, y que su paje, quien también murió en el encuentro, le dijo: “Es en el infierno donde os toca iros a confesar”.


El Virreinato del Perú

A fines de 1542, Carlos V creó el virreinato del Perú, y nombró para servir como virrey al caballero abulense Blasco Núñez Vela, padrino de Santa Teresa. La razón por la que el Rey dio este paso fue que le habían llegado noticias de los desmanes cometidos en el Perú por Pizarro y los suyos. Las noticias procedentes de aquellas tierras comenzaban a crear dudas y revuelos entre los teólogos, como hemos visto al tratar de Francisco de Vitoria. A consecuencia de todo esto, y en particular de las gestiones de Bartolomé de Las Casas, se decretaron las Nuevas Leyes de Burgos, que prohibían los abusos de los encomenderos. Además, el Rey quería asegurarse de que no apareciera en América una nueva aristocracia feudal, como la que su abuela Isabel la Católica había tenido que refrenar en España. Luego, Blasco Núñez Vela llegó al Perú a cargo de poner en orden el gobierno español, limitar el creciente poderío de los encomenderos, y poner fin a los abusos contra los indios. Era difícil tarea, pues cuando tuvieron noticia de la misión del Virrey los encomenderos se alzaron, y pronto tuvieron por jefe a Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador, quien se había asentado en un gran latifundio a vivir del trabajo indígena. En vista de las circunstancias, Manco Inca, que todavía continuaba su resistencia, aunque reducida ahora a una guerra de guerrillas, se hizo aliado del Virrey.
En tales condiciones, la situación parecía desesperada para los encomenderos. Pero Manco Inca murió asesinado por unos almagristas a quienes había prestado refugio, y poco después el Virrey fue muerto por los encomenderos en la batalla de Añaquito. Gonzalo Pizarro quedó entonces dueño del Perú, con escasa resistencia por parte de los naturales o de las autoridades españolas.
Empero la corona no podía permitir semejante desobediencia. A la postre Gonzalo Pizarro fue hecho prisionero y decapitado, mientras su hermano Hernando pasaba veintiún años preso en España.
El virreinato trajo cierta medida de estabilidad al Perú. Pero no tardó mucho para que las Nuevas Leyes quedaran olvidadas, y los españoles continuaron explotando a los indios por espacio de varios siglos.
La muerte de Manco Inca no le puso fin a la heroica resistencia de aquel pueblo. El hijo de Manco Inca, Tupac Amaru, fue coronado por los suyos, y logró cierta medida de autonomía hasta que fue capturado y ejecutado por los españoles. Pasado el tiempo, un descendiente suyo, José Gabriel Condorcanqui, tomó la antorcha de la rebelión. Condorcanqui era un hombre de refinada educación que ostentaba el título español de Marqués de Oropesa. Durante todo el año 1780, los indios se quejaron de las crecientes tasas e impuestos del gobierno español. En varios lugares hubo sublevaciones, que las autoridades lograron más o menos contener. Pero el día 4 de noviembre de ese año de 1780 Condorcanqui se alzó, tomando el nombre de Tupac Amaru II. Su rebelión fue más difícil de apagar, pues supo atraerse a mestizos, negros y blancos pobres, que se sentían oprimidos por los impuestos onerosos, las mitas, el servicio personal que los grandes terratenientes esperaban, etc. Además, Tupac Amaru II insistía en que su rebelión no era contra la religión católica, de la que se proclamaba hijo fiel, ni tampoco contra los españoles por el solo hecho de serlo, sino contra las injusticias de algunos pocos españoles poderosos y corruptos. Por ello fue necesario enviar desde Buenos Aires un ejército de 17.000 hombres que por fin lo batió e hizo prisionero. Llevado ante el visitador José Antonio de Areche, uno de los principales explotadores, se le preguntó quiénes eran sus cómplices, y se cuenta que respondió:
“Nosotros somos los únicos conspiradores. Vuestra merced. por haber agobiado al país con exacciones insoportables. Y yo, por haber querido libertar al pueblo de semejante tiranía.
Areche condenó a Tupac Amaru a muerte. Además, antes de ajusticiarlo hizo morir en su presencia a su esposa. Su hermano, Diego Cristóbal Tupac Amaru, continuó la rebelión hasta que él también fue apresado y ahorcado.


La Obra Misionera

Como era de esperarse dados tales comienzos, la obra misionera en el Perú no fue al principio muy exitosa. La actuación de Valverde en Cajamarca indica el tono y carácter de la mayoría de los primeros sacerdotes que visitaron el país.
Y hasta la propia corona estaba dispuesta a premiar tal conducta, pues Valverde fue hecho primer obispo de Cuzco. La actitud de los indios hacia tales obispos se puso de manifiesto cuando los de la Isla de Puná pudieron echarle mano al señor obispo y, en venganza por viejos crímenes cometidos por los conquistadores con su anuencia, se lo comieron. Además, no faltaron los curas que vinieron a América a hacerse ricos, como aquel Hernando de Luque que costeó la empresa de Pizarro.
Al igual que en otras regiones, la labor misionera quedó a cargo de las cuatro grandes órdenes de dominicos (los primeros en llegar), franciscanos, mercedarios y jesuitas. Pero aun esas órdenes de estricta pobreza no estaban exentas de las tentaciones producto de la corrupción reinante. De los mercedarios se contaba toda suerte de historias de vicios, licencia y rapiña. Cuando fue enviado un visitador para investigar la situación, éste murió misteriosamente en San Salvador, antes de llegar al Perú. Por largo tiempo el alto clero se hizo partícipe y se benefició de la explotación de que eran objeto los indios. Y tampoco protestó cuando se decidió tener iglesias separadas, unas para los indios y otras para los blancos.
En tales circunstancias, no ha de extrañarnos que muchos indios se negaran a aceptar el cristianismo, y que hasta hubiera caciques que mataran a aquellos de entre sus súbditos que se convertían. La nueva fe era símbolo de la opresión y explotación del pueblo. Pero a pesar de ello, poco a poco, mal que bien, todos los indios fueron aceptando la fe de los vencedores. Misioneros y “doctrineros” (curas pagados por los encomenderos para que adoctrinaran a sus indios) se ocuparon de que fueran entendiendo esa fe. Y muchos se ocuparon también de que la entendieran de tal modo que se volvieran más dóciles ante sus amos y patronos.
En 1581 llegó a Lima, para hacerse cargo de esa archidiócesis, Toribio Alfonso de Mogrovejo. En esa época la archidiócesis era enorme, pues comprendía bajo su jurisdicción metropolitana lo que hoy es Nicaragua, Panamá, parte de Colombia, todo el Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Chile y parte de Argentina. Venía imbuido de los dictámenes reformadores del Concilio de Trento, de cuyas sesiones tratamos en la Sexta Sección. Que su actuación sería difícil, puede verse en el hecho de que, al convocar a un concilio provincial en Lima para juzgar la actuación del obispo de Cuzco, de quien llegaban pésimos informes, el obispo de Tucumán le arrebató los documentos del proceso y los quemó en el horno de una panadería. Entre tales gentes, el nuevo arzobispo trató de imponer la disciplina tridentina, y lo logró al menos en cierta medida. Gracias a él, aquel concilio prohibió la “mercadura del clero”, y después se les prohibió también a los sacerdotes que cobrasen por la administración de los sacramentos. Toribio hizo componer también un catecismo que se publicó primero en español, quichua y aymara, y después en muchos otros idiomas indios.
Este “Catecismo de San Toribio” se utilizó en buena parte de Sudamérica por más de tres siglos. Además, dictaminó don Toribio, los sacerdotes debían permanecer en cada parroquia por lo menos seis años, y tenían que aprender las lenguas de sus feligreses. Y los encomenderos debían respetar las doce festividades católicas que los indios celebrarían, además de los domingos (los españoles tenían más de treinta fiestas de esa índole, pero se oponían a que los indios las celebraran por no perder su trabajo).
Los planes reformadores de don Toribio chocaron con los del Virrey, que insistía en los derechos de Patronato Real que, como representante del Rey, le correspondían. Con firmeza y humildad, el Arzobispo continuó su obra reformadora. En 1726, ciento veinte años después de su muerte, fue declarado santo de la iglesia católica.
La vida y obra de Santo Toribio de Mogrovejo muestran el carácter de la iglesia que comenzaba a tomar forma en la región. En lucha constante con los elementos más licenciosos, defendiendo a los indios y los pobres sin llegar a oponerse a la injusticia fundamental del régimen, tratando de profundizar la fe de los naturales del país sin contar con los recursos humanos adecuados, el catolicismo latinoamericano se iba formando.
Los otros tres grandes santos de la iglesia limeña muestran el tono de ese catolicismo. Santa Rosa de Lima (1586–1617) fue miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo, es decir, que permaneció en su casa y allí llevó una vida ascética. Su ascetismo la llevó al más alto grado de mortificación de la carne, hasta el punto de llevar escondida bajo los cabellos una corona de clavos de plata que le laceraban la sien. Al igual que Santa Teresa, hubiera deseado ser misionera, pero su sexo se lo impedía. Por tanto, se dedicó a la vida de meditación, y tuvo experiencias de bodas espirituales con Cristo y de éxtasis. El suyo era el mismo ideal de Santa Teresa y de tantas “beatas” (ése era el nombre oficial que se les daba) que existieron en España en aquel siglo dieciséis.
Otro santo limeño, San Martín de Porres, era mulato, y por tanto la orden de los dominicos no le permitió pasar del grado de “donado”, es decir, de sirviente del monasterio. Pero pronto llegó a ser uno de los más conocidos residentes de la prioría del Santo Rosario, en Lima, donde su padre lo colocó. Su fama se debió a su modo de ser afable y servicial. Aunque dominico, su carácter era el de San Francisco. Puesto que había sido barbero y aprendiz de farmacéutico antes de entrar al monasterio, sabía de curas y de sangrías (en ese entonces eran los barberos quienes se ocupaban de cierto tipo de cirugía), y con ellas y con su presencia y cuidado aliviaba a los enfermos, tanto humanos como animales. Pronto tuvo todo un hospital en el monasterio, hasta que lo obligaron a trasladar a sus enfermos a otra parte, y los llevó a casa de su hermana. En sus ratos libres, iba por los montes sembrando higos y otros frutales, con la esperanza de que un día sirvieran de alimento a algún hambriento. Pero lo que sorprendía a todos era su humildad, pues frecuentemente se trataba a sí mismo de “mulato perro”. Fue esa humildad, además de los muchos milagros que se le atribuían, lo que le valió el titulo de santo, concedido por el papa en 1888.
Naturalmente, lo que se implicaba con ello era que la verdadera santidad, en el caso de una persona “inferior” como un mulato, negro o indio, consistía en estar dispuesto a aceptar el lugar que le correspondía en la sociedad.
El otro santo peruano, San Francisco Solano (1549–1610), muestra las tendencias apocalípticas que tendían a aparecer entre quienes buscaban ser fieles cristianos en medio de aquella sociedad corrompida e injusta. Francisco Solano era un hombre callado que había servido de “doctrinero” en Argentina y Paraguay, y a quien todos conocían por su amabilidad y su buen humor. Y sin embargo, una noche de diciembre de 1604 aquel espíritu sosegado salió corriendo y clamando por las calles de Lima que Dios estaba pronto a castigar a aquella nueva Nínive, y que si los limeños no se arrepentían, esa misma noche la ciudad sería tragada por la tierra en medio de un gran terremoto. El impacto del nuevo Jonás fue grande, y las gentes corrieron a las iglesias, prometiendo enmendar sus costumbres.


Por Tierras del Collasuyu

Hasta aquí nos hemos ocupado principalmente de aquellas porciones del Tahuantinsuyu que hoy pertenecen a Perú y Ecuador, y hemos dicho poco acerca de Bolivia y de Chile. Por tanto, aunque sea de forma somera, debemos destacar ciertos hechos de la iglesia en esas regiones, ocurridos en aquella “era de los conquistadores”.
La caída del Cuzco en manos de los invasores europeos fue también la caída del altiplano boliviano, aunque allí también continuó la resistencia por algún tiempo. La primera expedición española a Bolivia fue la de Diego de Almagro, que en su viaje hacia Chile bordeó el lago Titicaca por tierras que hoy son bolivianas. Poco después Gonzalo Pizarro dirigió otra expedición, cuyo resultado fue la fundación de Chuquisaca. Pero la gran invasión española de Bolivia tuvo lugar cuando se descubrió que había riquísimos yacimientos de plata en el cerro de Potosí. Los indios lo sabían, aunque no quisieron explotarlos. Mas, al llegar a conocimiento de los españoles, éstos se desbandaron hacia la región, y para 1573 Potosí era tan grande como Londres. Pero por el mismo hecho de sus grandes riquezas y el modo precipitado de su crecimiento, esa ciudad era también el sitio más corrompido y anárquico del continente. Pronto se fueron fundando otras ciudades, la mayor parte de ellas en el camino que debían seguir las recuas que llevaban la plata potosina.
En cuanto a la obra misionera, en el Altiplano ésta tomó forma semejante a la que tomó en el Perú. Pronto casi todos los indios estaban bajo la encomienda de algún español, y por ese medio, a base de la ley del más fuerte, poco a poco todos se fueron haciendo cristianos.
En las regiones selváticas de lo que hoy es Bolivia, sin embargo, se siguió un orden muy distinto del que tuvo lugar en el Altiplano. Allí fueron los misioneros, sobre todo los jesuitas, quienes sirvieron de vanguardia a la penetración europea. Los indio mojos, por ejemplo, no se dejaban ver de los conquistadores, y fue sólo tras arduos esfuerzos que los jesuitas lograron establecer con ellos contactos permanentes. Luego de vivir con ellos por varios años, algunos de los indios accedieron a residir en pueblos, como los sacerdotes les sugerían. Y no fue sino largos años más tarde, en 1682, que por fin se comenzó a bautizarlos en grandes números. Muy parecida fue la historia de la obra entre los indios chiquitos, llamados así, no por su estatura, sino por lo pequeñas que eran las puertas de sus chozas. En todo caso, por las selvas amazónicas del oriente boliviano la labor evangelizadora continuó por varios siglos, y hubo varios mártires entre los misioneros.
La conquista de Chile, en la que Almagro fracasó, fue emprendida después de su muerte por Pedro de Valdivia, lugarteniente de Pizarro. En 1540, Valdivia marchó hacia el sur y fundó la ciudad de Santiago. Acto seguido distribuyó las tierras circundantes, con sus indios, entre sus soldados, y se estableció el mismo sistema de explotación que hemos visto en otros lugares. Unos diez años más tarde, Valdivia cruzó el Bío-Bío, antigua frontera del poderío inca, y fundó la ciudad de Concepción. Pero los araucanos, al mando del famoso Caupolicán, le ofrecieron fuerte resistencia. El propio Valdivia fue capturado y muerto por los naturales, y Caupolicán sufrió después parecida suerte en manos de los españoles. Pero la insurrección continuó, pues los indios aprendieron las artes bélicas de los europeos, y no pudieron ser dominados sino hacia fines del siglo XIX. Por tanto, desde el punto de vista de la “era de los conquistadores”, Chile no se extendió mucho más allá del Bío-Bío y los alrededores de Concepción.
Entre los primeros conquistadores, hubo sacerdotes muy parecidos a Vicente Valverde. De Juan Lobo se decía que, en combate contra los indios, era como un lobo en medio de ovejas. Y varios otros tomaron también las armas contra los indios. Cuando por fin llegaron los franciscanos y los dominicos, en 1553 y 1557 respectivamente, la calidad del clero, y su atención al bienestar de los indios, mejoraron notablemente.
Entre aquellos primeros dominicos merece mención especial la figura olvidada de fray Gil González de San Nicolás, quien fue un hábil y atrevido misionero entre los indios, y a la postre llegó a la conclusión de que la guerra que se les hacía era injusta. Atacar con el solo propósito de conquistarlas a personas que no habían hecho ningún mal, decía el clérigo, era pecado mortal, y por tanto no debería ofrecerse la consolación de la penitencia a quienes dirigían tales guerras y no se arrepentían de ello. Pronto las palabras de fray Gil hallaron eco entre los demás dominicos y los franciscanos, y se llegó a negarles la confesión a quienes fomentaban la guerra contra los indios. La situación era difícil para las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas, porque fray Gil y los suyos tenían razón. Pero a la postre, y tras una serie de conflictos, se atrapó al fogoso predicador mediante una acusación de herejía por cuanto declaró que las futuras generaciones españolas sufrirían el castigo de los crímenes que sus padres cometían. Esto equivalía a decir que el pecado que se transmite de padres a hijos es no sólo el original, sino también el actual, y tal opinión era herética. Con esa excusa se le impuso silencio al padre Gil González, y se ahogó una de las voces proféticas de su época.

La Florida


No por ser franceses, sino por ser luteranos.

Pedro Menéndez de Avilés

No por ser españoles, sino por ser traidores, ladrones y asesinos.

Dominique de Gourges


Desde muy temprano los españoles supieron que existían hacia el norte extensas tierras. En 1513 Juan Ponce de León, gobernador de Puerto Rico, recibió una cédula real que lo autorizaba para descubrir y colonizar la isla que los españoles llamaban “Bímini”, en la que se decía que había una fuente maravillosa cuyas aguas devolvían la juventud, o al menos tenían sorprendentes poderes curativos. El resultado fue el descubrimiento de la Florida, que recibió ese nombre porque los exploradores tomaron posesión de ella en nombre del rey de España en la fiesta de Pascua Florida. Tras navegar por ambas costas de la península, y tener algunos encuentros violentos con los naturales, Ponce de León regresó a Puerto Rico. Llevaba noticias de un poderoso cacique en la costa occidental de la península (alrededor de donde hoy está la ciudad de Tampa). Puesto que los naturales hablaban del cacicazgo de Calus, los españoles le dieron a aquel cacique el nombre de “Carlos”, por el que se le conoció desde entonces. Varios años más tarde, Ponce de León emprendió una segunda expedición con el propósito de conquistar aquella tierra supuestamente rica. Pero fue herido por los indios y murió en Cuba a consecuencia de ello.
En 1528 Pánfilo de Narváez, de quien ya hemos tratado al hablar de Cuba y de México, intentó conquistar el país. Su expedición fue un fracaso en el que el mismo Narváez perdió la vida. Ocho años más tarde Alvar Núñez Cabeza de Vaca y otros tres sobrevivientes llegaron, cansados y maltrechos, a los territorios españoles de México. Hernando de Soto exploró la región en 1539 y 1540, pero no la colonizó. Y el intento de Tristán de Luna en 1559 no duró más de dos años.


El Reto Francés

Fue la penetración francesa en la región lo que obligó a los españoles a prestarle mayor importancia. Mientras no existía una amenaza francesa, las autoridades hispanas estaban más interesadas en México y Perú, de donde fluían oro y plata abundantes. Pero la presencia de los franceses podría interrumpir las comunicaciones españolas. Y en todo caso todas estas tierras supuestamente le pertenecían al rey de España por donación papal, y cualquier otro europeo era un intruso.
Para colmo de males desde el punto de vista español, los franceses que en 1562 se establecieron en las costas de la Florida bajo el mando de Jean Ribaut eran casi todos hugonotes, es decir, calvinistas. Poco después se fundó otra colonia semejante bajo la dirección de René de Laundoniere. En respuesta a todo esto, la corona española comisionó a Pedro Menéndez de Avilés, quien llegó a San Agustín con una fuerte escuadra y atacó a los franceses. De éstos, los que no huyeron y fueron después muertos por los indios, lo fueron por los españoles, quienes degollaron a ciento treinta y dos soldados. Sólo se perdonó a las mujeres y a los niños menores de quince años. Ribaut no fue capturado en esa ocasión, pues estaba ausente. Pero cuando naufragó y se rindió a los españoles, éstos lo mataron, así como a sus setenta y tantos compañeros. Menéndez de Avilés fundó entonces la ciudad de San Agustín, que a partir de entonces sería el principal baluarte español en la Florida.
Ribaut y los suyos no quedaron sin venganza. El osado francés Dominique de Gourges, que no era protestante pero sí amigo de Ribaut, preparó secretamente una expedición que desembarcó en la Florida, en el mismo lugar de la matanza anterior, capturó a un buen número de españoles, y los ahorcó. Puesto que Menéndez había dicho que mataba a sus víctimas “no por ser franceses, sino por ser luteranos”, Gourges dejó junto a los muertos un cartel en el que decía que los había ahorcado “no por ser españoles, sino por ser traidores, ladrones y asesinos”. Entonces, antes de que pudieran llegar refuerzos desde San Agustín, partió hacia Francia.
Pero aun allí lo persiguió la ira de Felipe II, que reclamaba venganza, y tuvo que pasar escondido el resto de sus días.


La Empresa Española

Menéndez de Avilés y sus lugartenientes fundaron varias colonias en la Florida, pero ninguna de ellas, excepto San Agustín, logró prosperar. El clima era inclemente, y hostiles los naturales. El oro era escaso, y por tanto lo fue también el número de españoles dispuestos a ir a esas tierras. De hecho, mientras la corona pronto tuvo que reglamentar la emigración hacia México y el Perú, a la Florida no iban más que militares y misioneros. Luego, la supuesta colonización de la región nunca pasó de ser una serie de puestos militares, cuya función era asegurarse de que no se establecieran allí otros europeos.
No es necesario relatar la historia de todas aquellas misiones, sino que bastará con señalar el curso general que siguieron. Quienes más de cerca trabajaron con Menéndez de Avilés fueron los jesuitas. Pero también hubo misioneros franciscanos y dominicos. Por lo general, estos misioneros se establecían en algún lugar en que había una guarnición española, y trabajaban a partir de ese centro.
Pero el hecho era que tanto los naturales como los españoles se mostraban recelosos unos de otros. Repetidamente se dieron casos en que los españoles mataron a los indios porque temían que éstos los atacaran por sorpresa. Y los mismos misioneros tampoco se fiaban de aquellas gentes, a quienes veían como salvajes taimados. El resultado fue que en casi todos los lugares se repitió la misma historia. Algún cacique se mostraba amistoso, y los misioneros esperaban su pronta conversión. Pero alguien decía o sospechaba que la supuesta amistad del cacique no era más que un subterfugio, y que los indios proyectaban destruir a los españoles. Entonces se mataba al cacique, o se cometía algún otro acto violento. A la postre, la misión fracasaba, y en muchos casos la guarnición misma, rodeada por indios hostiles, se veía obligada a partir. En toda esa historia, no faltaron mártires entre los misioneros, hasta tal punto que los jesuitas decidieron abandonar la empresa y dedicar sus recursos humanos a campos más prometedores.
Quizá el más interesante proyecto misionero de esta época fue el colegio que Menéndez de Avilés se proponía fundar en La Habana. El propósito de aquel colegio sería educar en él a los hijos de los caciques floridanos, y de otras tierras, con la esperanza de que aprendieran allí la fe cristiana y más tarde, casados con españolas y de regreso a sus países, fueran ellos quienes sirvieran para la conversión de su pueblo. Lo que se esperaba no era que aquellos hijos de caciques llegaran a ser sacerdotes, pues en esa época estaba prohibido ordenar a los indios. Lo que se esperaba era más bien que, puesto que pertenecerían a las aristocracias locales, tales conversos tendrían mucho peso en sus comunidades, y les abrirían el camino a los misioneros. Además, decía Menéndez, los discípulos de tal escuela servirían también como rehenes que garantizarían la buena conducta de sus padres para con los españoles. Por tanto, en aquel proyecto, como en todos los que emprendía España, al propósito misionero iba unido el interés de conquista y colonización.
De la Florida los españoles pasaron hacia territorios más al norte, en parte porque se temían las incursiones de los ingleses, que empezaban a mostrar interés en esas regiones, y en parte porque esperaban encontrar climas más templados e indios menos hostiles. Así se establecieron avanzadas militares y misiones en Guale (hoy Georgia), Santa Elena (Carolina del Sur) y Ajacán (Virginia). Toda esta expansión tenía su base de operaciones en La Habana, de donde se mandaban personal y suministros, pues los puestos establecidos en aquellos territorios inhóspitos nunca lograron abastecerse a sí mismos.
En Ajacán ocurrió un trágico incidente que mostraba las dificultades del método misionero que Menéndez de Avilés se proponía seguir en su colegio. En aquellas tierras cifraron los jesuitas sus esperanzas, pues les ofreció su ayuda un hermano del cacique. Este joven, que tomó el nombre cristiano de Luis, había sido arrancado de su patria por los españoles, y de algún modo fue llevado a México.
Allí se ofreció para acompañar y apoyar una misión a su nativa Ajacán, pero cuando la expedición llegó a la región no pudo encontrar a la gente de Luis, y la falta de suministros la obligó a partir para España. Cuatro años más tarde Luis partía de La Habana con una misión jesuita, compuesta por dos sacerdotes, tres hermanos y cuatro catequistas. Llegados a Ajacán, resultó que el verdadero propósito de Luis era sencillamente regresar a los suyos, y se había ofrecido para el trabajo misionero sabiendo que únicamente de ese modo podría volver a ver su patria. Todo el contingente misionero fue muerto por los naturales, excepto el catequista Alonso Méndez, que logró escapar y por quien se tuvo por fin noticia de los hechos.
La colonización española en aquellas tierras se limitó a las costas del Atlántico, excepto en el caso de la península floridana, en cuya costa occidental los españoles fundaron la ciudad de Pensacola, por temor a los franceses que se habían establecido en la Luisiana. Los puestos en Ajacán, Santa Elena y Guale tuvieron que ser abandonados ante el avance de las colonias inglesas. Poco a poco, durante el siglo XVIII, los españoles fueron tomando verdadera posesión del interior de la Florida. Pero en 1763 tuvieron que cederles esos territorios a los ingleses a cambio de La Habana, que había sido tomada por éstos. Veinte años más tarde la Florida volvió a manos españolas, pero en 1819 fue cedida formalmente a los Estados Unidos, que en todo caso habían ocupado militarmente buena parte de la región.
De la presencia de aquellas antiguas misiones en el continente norteamericano no quedó más que el recuerdo, algunas ruinas, y los olvidados huesos de los misioneros que ofrendaron su vida.

El Virreinato de La Plata 


… el odio que tienen [los encomenderos] a los padres de la Compañía; la causa es tener entendido y estar persuadidos que por ellos están privados de las encomiendas y servicios que pudieran tener para sus chacras y haciendas en los indios del Paraná.

Juan Blázquez de Valverde


Los territorios que hoy constituyen las repúblicas de Argentina,
Uruguay y Paraguay fueron los últimos de toda Hispanoamérica en que los conquistadores se establecieron permanentemente. En busca de un estrecho que lo llevara al Pacífico, Juan Díaz de Solís descubrió el Río de La Plata en 1516, pero su expedición terminó trágicamente cuando fue muerto por los indios. Cuatro años más tarde, Magallanes se detuvo en la región antes de continuar viaje hacia el estrecho al que le dio su nombre. Y en 1526 Sebastián Caboto recogió a dos sobrevivientes de la expedición de Díaz de Solís, que fueron los primeros en contar leyendas acerca de riquezas fabulosas que según los indios se encontraban hacia el oeste. Pronto se formó el mito de la “ciudad encantada de los Césares”, donde el oro abundaba y había un rey blanco. Al igual que las leyendas de El Dorado y de las Siete Ciudades de Oro atrajeron a los aventureros en otras regiones, en este caso la búsqueda de la ciudad de los Césares impulsó la exploración hacia el interior del país. En 1535 Pedro de Mendoza fundó la ciudad de Buenos Aires, pero pronto tuvo que abandonar la empresa debido a la falta de suministros y a la hostilidad de los naturales, que los españoles habían provocado.


Asunción

Mientras la expedición de Mendoza comenzaba a sufrir dificultades, uno de su lugartenientes, Domingo Martínez de Irala, penetró en el interior, y en 1537 hizo construir un fuerte alrededor del cual se creó más tarde la ciudad de Asunción. En 1541, los restos de la expedición de Mendoza abandonaron a Buenos Aires y fueron a establecerse también en Asunción, bajo el mando del mismo Alvar Núñez Cabeza de Vaca a quien antes vimos caminar desde la Florida hasta México. Pero la guarnición se sublevó, depuso a Cabeza de Vaca, y tomó por jefe a Martínez de Irala.
Al parecer, Irala y los suyos fueron mucho más benévolos con los indios que la mayoría de sus compatriotas en otras partes del continente. Quizá esto se debiera en parte a que sabían que dependían de ellos para su subsistencia, y que estaban aislados de toda posible ayuda en caso de un ataque por parte de los naturales. En todo caso, el carácter más bien pacifico de aquella primera penetración en tierras del Paraguay fue un factor del buen éxito que posteriormente tuvieron en ese país las misiones jesuitas. Mientras tanto, los españoles vivieron en relaciones relativamente amistosas con los indios, y las razas se fueron mezclando con el nacimiento de gran número de mestizos. Pronto casi todos los criollos de Asunción sabían tanto el español como el guaraní, que era la lengua de los naturales de esa región.
Aunque el episcopado de Asunción fue creado en 1547, por diversas razones el primer obispo no llegó hasta 1556. La nueva diócesis quedó bajo la jurisdicción de la archidiócesis de Lima.
Los españoles que se establecieron en Asunción trataron de marchar hacia el occidente en busca de la ciudad de los Césares, pero encontraron que los territorios que se hallaban en esa dirección, que hoy pertenecen a Bolivia, eran ya parte de las tierras conquistadas a partir del Perú, y que por tanto les estaban vedadas.


Tucumán

Mientras tanto, Vaca de Castro, el gobernador del Perú, le sugería a Carlos V, como un modo de deshacerse de los muchos aventureros que habían invadido el país, que se emprendiera una nueva expedición hacia el sudeste (lo que es hoy el occidente argentino). Con licencia del Rey, la empresa le fue confiada a Diego de Rojas, quien bordeó el lago Titicaca y descendió por la ladera oriental de los Andes. Aunque Rojas fue muerto en 1544 por una flecha envenenada, el resultado de esa expedición fue el descubrimiento y colonización de Tucumán.
Poco después hubo conflictos de jurisdicción entre los españoles procedentes del Perú y los que venían de Chile, pues ambos reclamaban la región. Por esa razón, y por lo apartado del lugar, Tucumán fue por largo tiempo un territorio indómito, en el que regía la ley del más fuerte.
Cuando por fin se fundó la diócesis de Tucumán, bajo la jurisdicción de la archidiócesis de Lima, su primer obispo, el dominico Francisco de Vitoria (que no ha de confundirse con el otro dominico del mismo nombre que fue profesor en la universidad de Salamanca) resultó ser digno pastor de tal grey, pues fue éste el obispo violento de quien dijimos anteriormente que estaba más interesado en el oro que en su pastorado, y que le arrebató un expediente a Santo Toribio de Mogrovejo, y lo arrojó al horno de una panadería.
Cuando fray Francisco renunció en 1587, le sucedió el franciscano Hernando de Trejo, persona dignísima que se esforzó en aplicar las medidas reformadoras que se habían acordado en Lima, bajo la inspiración de Santo Toribio.
Fue también en Tucumán que laboró entre los indios San Francisco Solano, de quien ya hemos tratado.


Buenos Aires

Aunque había sido fundada mucho antes que Tucumán y Asunción, Buenos Aires fue luego abandonada, y tuvo que ser fundada de nuevo en 1580, ahora con tropas procedentes de Asunción y al mando de Juan de Garay. Poco después llegó un fuerte contingente de franciscanos capitaneados por Juan de Ribadeneyra. A partir de entonces, los franciscanos quedaron a cargo de la vida eclesiástica de la recién fundada ciudad.
Empero Buenos Aires no estaba destinada a prosperar rápidamente. Durante mucho tiempo no pasó de ser una pequeña población, pues no había en ella riquezas capaces de competir con los atractivos de México o del Perú. En 1617 Felipe III la separó de la jurisdicción política del Paraguay, y tres años más tarde se creó la diócesis de la Santísima Trinidad del puerto de Buenos Aires. Pero durante todo ese tiempo la ciudad continuó viviendo mayormente del contrabando y del tráfico de esclavos. En 1725 todavía contaba solamente con dos millares de vecinos.
Fue hacia fines del siglo XVIII, con la creación del virreinato de La Plata (1776), que Buenos Aires comenzó a cobrar importancia, pues quedó convertida en la capital de un vasto territorio.


Las Misiones del Paraguay

El más interesante capítulo de la historia de la iglesia en toda esa región durante la “era de los conquistadores” fue el referente a las misiones de los jesuitas en el Paraguay.
Ya hemos visto que en otros lugares, tales como el norte de México, se siguió la política misionera de reunir a los indios en pueblos donde vivían bajo la dirección de misioneros. En algunos casos esto se hizo a la fuerza, y en otros mediante la persuasión. Pero en ningún lugar se hizo con el éxito o en la escala que se lograron en el Paraguay.
El precursor de las misiones jesuitas en el Paraguay fue el franciscano Luis de Bolaños. Este llegó a Asunción en 1574, y se dedicó a aprender las costumbres y lenguas nativas. Cuatro años más tarde fundó el primer pueblo misionero, donde se reunió medio millar de indios. Poco a poco, con el apoyo del gobierno civil, fundó cinco poblados alrededor de la ciudad de Asunción, cada uno con varios centenares de indios. Su propósito era utilizar la presencia española como ejemplo y estímulo para los indios, pero mantener suficiente distancia entre éstos y los colonizadores para evitar los abusos y desavenencias que habían tenido lugar en otros intentos semejantes.
La obra de los jesuitas se inspiró en la de Bolaños, y uno de sus principales instrumentos fue la traducción guaraní del catecismo de San Toribio, producto de las labores de Bolaños. Pero, a diferencia del franciscano, los jesuitas estaban convencidos de que los colonos y soldados españoles eran un verdadero impedimento para su obra misionera, y por tanto decidieron adentrarse más en el país, hacia regiones donde lo europeo fuese casi desconocido. Esa política quedó confirmada cuando la misión entre los guaycurúes, que eran los indios que más parecían amenazar la ciudad española, resultó ser la más difícil y menos fructífera. A la postre los jesuitas les entregaron sus misiones entre estos indios a los sacerdotes diocesanos, y ellos se dirigieron más al interior del país.
El principal promotor de esas misiones fue el padre Roque González, natural de Asunción, que hablaba el guaraní con la misma fluidez que el español. Su carácter, a la vez dulce y osado, le permitió penetrar en regiones donde nunca se había visto un rostro blanco. En más de una ocasión, cuando supo que los indios eran hostiles, sencillamente se dirigió a la región y pidió hablar con el cacique. De ese modo él y otros jesuitas fueron ganándose la confianza de los naturales, y cuando los invitaron a vivir en pueblos algunos de ellos accedieron.
Los pueblos que así se fundaron eran en realidad pequeñas teocracias. Aunque los indios elegían a sus jefes, todos éstos quedaban supeditados al misionero, que tenía la última palabra, no sólo en cuestiones de moral y religión, sino también en los asuntos prácticos de la comunidad.
El plan básico de estos pueblos era generalmente el mismo. Al centro había una gran plaza, donde tenían lugar las reuniones, las procesiones y las fiestas. Frente a la plaza estaba la iglesia, con la residencia del misionero. Había además un almacén donde se guardaban los bienes comunes, y un edificio aparte para las viudas y los huérfanos. Además de los edificios necesarios para talleres, había un buen número de construcciones alineadas en calles, y en cada una de ellas pequeños apartamentos para cada familia.
Buena parte de la propiedad era tenida en común, aunque también se les permitía a los indios tener pequeños terrenos privados. Los animales, aperos de labranza, semillas, etc., eran propiedad de todo el pueblo. Aunque todos tenían que trabajar cierto número de horas en los campos comunes, siempre hubo tiempo para quienes se interesaban en artesanías especiales, y los naturales llegaron a contar con artesanos hábiles. En algunos de aquellos pueblos, fueron los indios quienes construyeron los órganos para sus iglesias.
Pero no todo era color de rosa. Cada poblado estaba rodeado de grupos de indios que se negaban a abandonar su vida anterior, y que instaban a los otros a volver a ella. Los desertores fueron muchos, pero la mayor parte de ellos volvía por fin a la “reducción”. En otros casos, los indios indómitos instaban a los otros a la rebelión, y fue así que perdieron la vida Roque González (que fue canonizado en 1934) y varios compañeros suyos.
Los peores enemigos de las reducciones, sin embargo, no eran los indios, sino los blancos, tanto españoles como portugueses. Estos últimos temían que las misiones jesuitas fueran un modo de extender el poderío español en tierras brasileñas. Además, la zona en que estaban las misiones era precisamente el territorio que acostumbraban invadir en busca de esclavos. Los españoles, por su parte, se quejaban de que las misiones les quitaban los indios que de otro modo trabajarían en encomiendas. Luego, aunque al parecer existía un conflicto de fronteras entre españoles y portugueses, el hecho es que ambas partes coincidían en su malquerencia hacia las reducciones de los jesuitas.
En 1628 los portugueses de Sao Paulo empezaron a atacar las misiones. Arrasaban los pueblos indefensos y se llevaban por millares a los indios, para venderlos como esclavos. En algunos casos los misioneros acompañaron a sus rebaños en su infortunado éxodo, hasta que los portugueses los obligaron a regresar. El primer remedio que se buscó fue trasladar las reducciones a territorios que estaban claramente fuera de las fronteras del Brasil. A pesar del enorme trabajo que esto conllevó, no resolvió la situación, pues los paulistas sencillamente se internaban más en territorios españoles.
En vista de esa situación, los misioneros decidieron armar a sus feligreses. Los talleres de las reducciones se dedicaron a fabricar armas, y el hermano jesuita Domingo de Torres, de un tiro de arcabuz, mató a uno de los jefes paulistas. Entonces los portugueses se quejaron ante la corte española, con el apoyo mal disimulado de los encomenderos. Pero el papa Urbano VIII excomulgó a los cazadores de indios, y Felipe IV declaró que eran libres y no sujetos a esclavitud. Además, los jesuitas organizaron un ejército indio de cuatro mil hombres que colocaron bajo el mando del aguerrido hermano Torres. En 1641, los jesuitas y sus indios derrotaron decisivamente a los paulistas. Ese mismo año, el Rey rechazó las quejas de quienes acusaban a los jesuitas de haber armado a los indios, y declaró que tenían derecho a hacerlo, siempre que fuese en defensa propia.
El porvenir de las misiones parecía asegurado. A partir de entonces el número y población de las reducciones jesuitas aumentaron prodigiosamente, y en 1731 llegaron a contar con 141.242 indios bautizados. Se trataba de la más exitosa tarea misionera llevada a cabo en aquella “era de los conquistadores”, y tuvo lugar gracias al valor y al tesón de un puñado de conquistadores espirituales que se negaron a dejarse llevar por el atractivo del apoyo militar español.
Pero la oposición a las misiones no cejó. Se rumoraba que los jesuitas escondían fuertes cantidades de oro en sus poblados. Una larga serie de investigaciones siempre demostró lo contrario, pero repetidamente hubo quien hizo revivir la historia y dio lugar a nuevas sospechas y pesquisas.
Además se decía que los jesuitas aspiraban a crear una república independiente, y hasta se dijo que los gobernaba un rey, “Nicolás I del Paraguay”. Además, era la época en que los jesuitas habían caído en desgracia en la corte española y en otras. Por fin, en 1767, se decretó la expulsión de los jesuitas de todas las colonias españolas. El gobernador Francisco de Paula Bucarelli tomó consigo un fuerte batallón, temiendo sublevaciones al hacer cumplir la orden. Pero los jesuitas hicieron todo lo posible por que sus reducciones pasaran a otros misioneros en paz y armonía.
Supuestamente, los franciscanos y dominicos debían continuar aquella labor. Pero eran pocos los misioneros de que esas ordenes podían disponer, sobre todo por cuanto los jesuitas habían dejado vacíos por todas partes. Poco a poco, las reducciones se fueron despoblando. Los administradores nombrados por las autoridades civiles comenzaron a explotar a los indios, que perdieron su confianza en los nuevos misioneros. Los indios se quejaron ante la corona, pero nadie les hizo caso. Pronto comenzaron de nuevo las incursiones esclavistas de los paulistas, y no faltaron otras por parte de españoles.
Para 1813, las antiguas misiones quedaban reducidas a la tercera parte de lo que fueron en su época de mayor gloria. Así fue desapareciendo aquella empresa, que en sus mejores momentos había escrito bellas páginas en la historia de la obra de la iglesia en pro de los desposeídos y perseguidos.

Los Portugueses en Africa 


Hay aquí clérigos y canónicos tan negros como el azabache, pero tan educados, con tanta autoridad, tan instruidos, tan buenos músicos, tan discretos y tan cabales, que bien merecen la envidia de los de nuestras propias catedrales.

Antonio Vieira


Fue en el siglo XIII, más de doscientos años antes de hacerlo Castilla, que Portugal completó su proceso de reconquista contra los moros. A partir de entonces, el único camino de expansión que le quedaba era el mar, pues los castellanos pronto dieron muestras de no estar dispuestos a permitir que el vecino reino extendiera su territorio a costa de ellos. Por tanto, Portugal se lanzó al mar. En la primera mitad del siglo XV, el príncipe Enrique el Navegante le dio gran ímpetu a la exploración de la costa occidental africana. Bajo sus auspicios, y tras catorce intentos fallidos, marinos portugueses lograron pasar más allá del Cabo Bojador, y explorar la Gosta hasta Sierra Leona. Aunque lo que así lograron conocer no era más que un borde del continente africano, esto dio ímpetu a nuevas exploraciones, que continuaron aun después de la muerte de Enrique en 1460. Los motivos que impulsaban esa empresa eran varios. Uno de ellos era la esperanza de llegar a la India, y a los demás territorios donde se podía obtener especias, bien navegando alrededor de Africa, o bien encontrando una ruta a través de ese continente, pero más allá de los límites del poderío de los musulmanes, que en esa época dominaban casi toda la costa norafricana. Otro motivo propulsor de tales expediciones era el deseo de establecer contactos y alianzas con Etiopía. Repetidamente llegaban a Europa informes vagos de un gran reino cristiano que se encontraba al otro lado de los musulmanes, y esto creaba esperanzas de que, estableciendo contacto con ese reino, fuera posible lanzar una gran cruzada conjunta que de una vez por todas le pusiera fin a la amenaza del Islam. A todo esto se añadía la curiosidad, pues las noticias que llegaban con los exploradores acerca de una tierra en que abundaban las aves vistosas y las bestias salvajes, y en la que los seres humanos tenían costumbres extrañas, incitaban a los portugueses a indagar más acerca de esas regiones ignotas. Por último, pronto se añadió el nefando motivo de la trata de esclavos, oro negro manchado en sangre.
En 1487 Bartolomé Díaz rodeó el Cabo de Buena Esperanza, y entre 1497 y 1499 Vasco de Gama subió por la costa oriental del continente, atravesó el Océano Indico hasta la India, y regresó a Portugal con pruebas concretas de que era posible llegar a la India por ese rumbo. Como hemos dicho, cuando los Reyes Católicos le confiaron a Colón la búsqueda de un supuesto paso marítimo en lo que hoy es Centroamérica, le dieron una carta para Vasco de Gama, con quien esperaba reunirse en la India.


El Congo

En 1483 el marino portugués Diego Cao descubrió la desembocadura del Congo, y recibió noticias de que ese territorio, y buena parte del interior del país, le pertenecía al Manicongo, cuyo nombre era Nzinga Nkuwu. La esperanza de establecer contacto con Etiopía le hizo tratar a los súbditos del Manicongo con todo respeto. Allí quedaron cuatro portugueses, mientras Cao llevó consigo cuatro africanos, en parte como huéspedes y en parte como rehenes para garantizar la vida de los cuatro portugueses que quedaban detrás. En Lisboa, el gobierno lusitano trató a los africanos con todo honor, y cuando éstos regresaron a su país poco más de un año después iban contando maravillas acerca de los portugueses. El Manicongo le ofreció alianza a la corte portuguesa, y ésta respondió enviando un contingente de misioneros y artesanos. Al mes, Nzinga Nkuwu se hizo bautizar, y tomó el nombre de Joao, que era el del Rey de Portugal. Al mismo tiempo, los portugueses ayudaban a su aliado a derrotar a sus vecinos más belicosos.
Esa alianza se fortaleció en tiempos del hijo de Joao, Afonso, quien había sido educado por los misioneros y era cristiano sincero. Afonso fue un buen gobernante cuyo principal error fue confundir la prédica cristiana con la vida real de los portugueses, y por tanto confiar demasiado en estos últimos.
Frente a los dominios del Manicongo estaba la isla de Sao Tomé, colonizada por portugueses bajo la dirección de Fernao de Melo. Los colonos de esa isla habían descubierto que su terreno era muy propicio para el cultivo de la caña de azúcar. Pero para dedicarse a ese cultivo necesitaban mano de obra barata, que obtenían tomando esclavos del continente africano. En los territorios del Manicongo, por otra parte, siempre había existido la esclavitud, pero de un modo menos inhumano que el que practicaban los blancos. En todo caso, Melo hizo cuanto pudo por minar las buenas relaciones entre el Congo y los portugueses, pues de ese modo se beneficiaba su tráfico de esclavos. Repetidamente los de Sao Tomé se interpusieron en los mensajes del Manicongo a Lisboa, e hicieron ver a los europeos que los africanos no eran sino salvajes indignos de todo crédito.
A las dificultades surgidas de esto se sumó la mala calidad de los misioneros enviados al Congo para ayudar a sustituir a los que fueron enviados primero. Muchos se dedicaron al tráfico de esclavos. Otros se negaron a vivir en las casas monásticas construidas para ellos, e insistieron en vivir en sus propias casas, donde tenían concubinas e hijos. Lo que sucedía era que en los últimos años Portugal había logrado por fin establecer contacto comercial con el Oriente, y tanto el gobierno como la iglesia perdieron su interés en el Congo.
Por fin el nuevo rey de Portugal, Manuel, respondió a las quejas de Afonso con un Regimiento en el que daba instrucciones detalladas acerca del modo en que los portugueses debían comportarse en el reino aliado. Pero nadie les prestó gran atención, pues el tráfico de esclavos y el cultivo de la caña de azúcar eran negocios de veras lucrativos.
A pesar de todo esto, Afonso continuaba firme tanto en su fe cristiana como en su confianza en la buena voluntad de los europeos. En 1520, tras largas gestiones, el papa León X consagró obispo para el Congo a Enrique, hermano del Manicongo. Pero de regreso a su país, el nuevo prelado se encontró con la triste situación de que los clérigos europeos no le hacían caso. Enrique murió en 1530, y dos años más tarde Sao Tomé fue hecho obispado, con jurisdicción sobre el Congo.
Todo esto lo aceptó Afonso. Pero a su muerte se produjeron largas guerras en torno a la sucesión al trono, y parte de lo que estaba en juego en ellas era el papel de los portugueses en el país. En 1572, el manicongo Alvaro se declaró vasallo de la corona portuguesa, y de ese modo el país continuó teniendo cierta autonomía hasta 1883.
Mientras tanto, aquella alianza que había comenzado de manera tan prometedora, y la misión que la acompañó, habían quedado en ruinas. Los portugueses no estaban ya tan interesados en llegar a Etiopía a través del Congo, pues habían rodeado el Cabo de Buena Esperanza y establecido contacto directo con el Oriente. A partir de entonces, el Africa cambió de aspecto para ellos, y comenzaron a verla, no ya como un objetivo digno de atención, sino como un obstáculo que era necesario salvar para llegar al Oriente, y como una fuente de esclavos para las nuevas colonias del Brasil.


Angola

En parte debido a las dificultades con el Manicongo, los portugueses empezaron a interesarse en los territorios del Ngola, algo más al sur. En esas tierras, conocidas hoy como Angola, los lusitanos siguieron un plan de campaña distinto del que habían seguido con el Congo, pues se dedicaron a imponer su voluntad en la región. Parte de lo que sucedía era que los traficantes de esclavos, buscando mayores ganancias, utilizaban el territorio de Angola para burlar el monopolio que el Manicongo tenía sobre la mercancía humana que pasaba por sus dominios. Por esa razón, fuertes intereses hacían todo lo posible por evitar que se estableciera una alianza con el Ngola. A la postre, el territorio quedó convertido en una colonia portuguesa.
Pero aun entonces Portugal no tenía gran interés en esas tierras. Sólo aspiraba a obtener de ellas esclavos para América, y refugio para sus buques que comerciaban con el Oriente. A Angola, como al Congo, fue lo peor de Portugal, tanto en el orden del gobierno civil como en el de lo religioso. El interior del país no se veía sino como el lugar de donde procedían los esclavos, por lo general capturados y traídos hasta cerca de la costa por otros africanos. Por tanto, fueron pocos los blancos que se internaron en la región con ese fin, y muchos menos los que lo hicieron con propósitos altruistas.


Mozambique

Aunque Bartolomé Díaz rodeó el Cabo de Buena Esperanza más de diez años antes, no fue sino en 1498 que Vasco de Gama y los suyos anclaron en la bahía de Mozambique. Lo que había sucedido era que el gobierno portugués había esperado a tener noticias de otra expedición enviada al Oriente por vía terrestre. Los resultados de ese experimento convencieron a la corte de Lisboa de que la vía marítima resultaba más expedita, y fue por ello que enviaron a Vasco de Gama.
Cuando éste llegó a Mozambique, encontró que buena parte de la costa oriental de Africa estaba en manos de musulmanes. Tras bombardear esa ciudad, siguió camino a Mombasa, donde hizo lo mismo. Por fin, más al norte, encontró buena acogida en Malindi, rival de las otras dos ciudades, y estableció con ella una alianza que perduraría por largo tiempo.
Tras recibir los informes de Vasco de Gama, las autoridades lusitanas decidieron que era necesario enviar una fuerte escuadra a la región, para establecer la hegemonía portuguesa y así garantizar la seguridad de su comercio. En 1505 enviaron a Francisco d’Almeida con veintitrés naves y órdenes en el sentido de que, camino a la India, estableciera el poderío portugués en la costa oriental de Africa. En cinco años, toda esa costa reconocía la hegemonía portuguesa. Cuando, en 1528, Mombasa comenzó a dudar de esa hegemonía, fue arrasada una vez más, y a partir de entonces la resistencia fue poca.
En 1506 llegaron los primeros sacerdotes a Mozambique, y desde entonces siempre los hubo en esa colonia portuguesa. Pero por lo general no se trataba de misioneros, sino de capellanes cuya principal función era servir el contingente portugués que servía de guarnición en los diversos fuertes. Cuando, en 1534, se fundó el episcopado de Goa, en la India, toda la costa oriental de Africa quedó bajo su jurisdicción.
Poco a poco, los misioneros, especialmente los jesuitas y los dominicos, se adentraron en el país. El más famoso héroe de esa empresa fue el jesuita Gonzalo de Silveira, quien se internó hasta Zimbabwe en busca de su rey o monomotapa, al cual convirtió y bautizó. Pero ciertos comerciantes africanos, temiendo el impacto del sacerdote, le dijeron al Rey que el misionero no era sino un espía y un hechicero, y el recién bautizado resolvió matar a su maestro. Este supo lo que se tramaba contra él, pero a pesar de ello decidió permanecer en el país, donde fue estrangulado mientras dormía. Tras él fueron muchos los misioneros que perdieron su vida en los próximos cincuenta años. Pero a pesar de ello, el hecho es que la mayoría del clero no se interesaba por los africanos, y que con ello reflejaba la actitud del propio Portugal, cuyo interés se centraba en el Oriente más que en el Africa.
Como en tantos otros lugares, aquella iglesia no supo distinguir entre su fe y los intereses coloniales. Aunque es cierto que pronto se ordenaron sacerdotes, y hasta un obispo, africanos, y que muchos de ellos se mostraron dignísimos de su ministerio, también es cierto que, aun de tales sacerdotes africanos, se esperaba que todo se midiera según los intereses comerciales y políticos de Portugal. En Africa, como en América, la cruz llegó con la espada, y demasiado a menudo se usó a modo de espada más sutil para dominar o contentar a los que, de otro modo, posiblemente se hubieran sublevado.

Hacia Donde Nace el sol 


No fue poco el mérito que adquirieron en la China los padres, y por consiguiente la religión cristiana, por los muchos libros de nuestra ciencia y de las leyes de nuestros reinos…. A esto se unía ver que los padres siempre tenían en su casa un buen maestro de la literatura china, y que laboraban diligentemente de día y de noche estudiando su literatura.

Matteo Ricci


Cuando, a raíz de los descubrimientos de Colón, el Papa repartió el mundo no cristiano entre España y Portugal, a este último reino le tocó, no sólo el Africa, que había venido explorando desde hacía largo tiempo, sino también todo el Oriente, que era el objetivo hacia el que se había dirigido buena parte de la exploración de la costa africana. Al regreso de Vasco de Gama, la corona portuguesa emprendió la tarea de colonizar los inmensos y riquísimos territorios que según el papado le correspondían. Pero pronto resultó claro que la pequeña nación ibérica, con una población de alrededor de un millón de habitantes, nunca podría apoderarse de la India, Japón o China.
Puesto que, por otra parte, en esos países abundaban productos de alto precio en Europa, tales como la seda y las especias, pronto se decidió seguir una política, no de conquista, sino de comercio.
Tal negocio sería tanto más lucrativo si los portugueses lograban monopolizarlo. Para ello era necesario establecer toda una red de bases comerciales, marítimas y militares que, al mismo tiempo que les permitieran a los lusitanos tratar con el interior de esos territorios, se lo impidieran a sus rivales de otros países de Europa. Con ese propósito los portugueses se hicieron fuertes en una serie de puntos estratégicos. Además de tener las bases africanas a que ya nos hemos referido, cerraron el paso hacia el noroeste, por el Mar Rojo, adueñándose de Socotra, Ormuz y Adén. En la India tomaron y fortificaron la plaza de Goa, y en Ceilán hicieron lo mismo con Colombo. Más adelante, su presencia en Malaca les cerraba el paso hacia la China a los europeos osados que llegaran tan lejos. Por último, en la misma China, Macao les servía de centro de comercio con esa enorme nación. Muchos de esos lugares fueron tomados por fuerza, y en otros, como Macao, los portugueses pudieron establecerse porque así lo deseaban las autoridades del país, que querían traficar con ellos. Pero aun en donde tuvo lugar una conquista armada, el deseo de los lusitanos era establecer con los naturales una relación pacífica, que permitiera las transacciones económicas que deseaban realizar.
En todos los lugares arriba mencionados, y en otros hacia donde se fue extendiendo el influjo portugués, pronto hubo sacerdotes e iglesias. Y se lograron también algunos conversos entre los habitantes originales, especialmente en la India, donde algunas de las castas más bajas veían en la nueva fe una esperanza de liberación. Empero los más de los portugueses se ocupaban poco de la conversión de los naturales, o de su propia fe.


San Francisco Javier

Fue entonces que aparecieron en escena los jesuitas, cuya orden acababa de ser fundada. El rey Joao III de Portugal, a quien habían llegado noticias de los ideales y el celo de la nueva orden, solicitó de Roma que seis jesuitas fueran enviados a sus colonias en el Oriente. Loyola respondió que solamente contaba con dos hermanos disponibles, y por fin se decidió que Francisco Javier fuera uno de los enviados. Este se dispuso a partir inmediatamente, sin tomar tiempo más que para remendar su sotana.
El impacto de los dos jesuitas en Lisboa fue tal que el Rey quiso retenerlos en su capital, y se decidió que uno de ellos permanecería allí, y el otro, Francisco Javier, emprendería la misión al Oriente. En abril de 1541, salió de Lisboa el misionero, armado del título de Nuncio Apostólico para el Oriente.
Durante la travesía, Javier dio muestras de su celo misionero, particularmente en la isla de Socotra, donde se dedicó a evangelizar a los naturales mediante señas, pues no conocía su idioma. Al llegar a Goa, en mayo de 1542, las costumbres de los supuestos cristianos del lugar lo escandalizaron, y fue entonces que por primera vez utilizó un método que pronto se hizo famoso. Salía con una campanilla por la calle, invitando a los niños a seguirle. Los llevaba entonces a la iglesia, donde les explicaba el catecismo y las enseñanzas morales de la iglesia, y los enviaba a sus hogares para que les hablaran a sus mayores de lo que habían oído. De ese modo, Javier se fue abriendo paso en la ciudad. Pronto los adultos vinieron a escuchar su prédica inflamada. A ello se siguieron escenas de arrepentimiento, y renuncia a los placeres, que recordaban los tiempos de Savonarola en Florencia.
Empero no era para predicarles a los portugueses que el misionero había marchado a la India. Su estancia en Goa no era más que un interludio mientras se preparaba a marchar a otras regiones. Cerca de allí había una extensa zona, llamada la Pesquería porque era rica en perlas.
Muchos de los naturales de esa región se habían convertido, pero pronto habían quedado abandonados, carentes de alguien que los guiara en la vida cristiana. Los únicos cristianos a quienes veían eran los comerciantes en perlas, que los visitaban de vez en cuando, y cuyo ejemplo dejaba mucho que desear.
Tras cinco meses en Goa, preparándose para continuar su misión, Javier se fue a la Pesquería, acompañado de dos jóvenes clérigos que conocían el lenguaje de la región. Al principio eran esos dos acompañantes quienes predicaban o traducían lo que el jesuita decía. Pero Javier tenía un sorprendente don de lenguas, y pronto pudo salir por las aldeas con su famosa campanilla, llamando a todos a escuchar sus enseñanzas.
Los conversos se contaban por millares. De otras aldeas cercanas venían peticiones solicitando que el misionero fuera a ellas. Ante la imposibilidad de responder a todas, Javier adiestró a algunos de sus conversos, que fueron por toda la región predicando y bautizando. Pronto hubo cuarenta y cinco iglesias en otras tantas aldeas. De la Pesquería, Javier pasó a la región de Travancore, donde el potentado que se llamaba el Gran Monarca lo recibió cortésmente. Cuando, algún tiempo después, el ejército de un territorio vecino marchó contra Travancore, Javier le salió al encuentro, armado sólo de su crucifijo, su fe y su voz de trueno, y los conminó con tal celo y persuasión que huyeron despavoridos. A partir de entonces, fueron miles los que se convirtieron.
En otras regiones los potentados y los de la casta sacerdotal perseguían a los cristianos, tanto por razones religiosas como porque los veían como agentes de los intrusos portugueses. El propio Javier fue atacado y herido a flechazos, pero logró sobrevivir. Muchos indios fueron al martirio con un gozo que recordaba el de los cristianos de los primeros siglos. Contra los potentados que perseguían a los conversos, Javier trató de emplear el poderío militar portugués. Pero los intereses comerciales se interpusieron, y la proyectada invasión nunca tuvo lugar. Luego, aunque es cierto que Javier nunca empleó las armas para su propia defensa, también es cierto que apeló a ellas, aunque sin éxito, para la defensa de otros cristianos.
En 1546, tras dejar a otras personas a cargo de la obra en la India, se embarcó para Malaca, donde aprendió el idioma malayo, y de donde pasó después a las Molucas. Allí se enteró de una isla cuyos naturales, después de abrazar el cristianismo, se habían vuelto apóstatas y caníbales. Allá fue el valiente misionero, y lo primero que vio al desembarcar fue un montón de nueve cadáveres de portugueses, tirados sobre la playa. Pero a pesar de ello se adentró en la isla, hizo contacto con los nativos, y les habló con tal dulzura, firmeza e inspiración que se arrepintieron y le pidieron que les enviara quien los ayudara a mantenerse en la fe.
De las Molucas, Javier regresó a Malaca, y de allí a Goa, donde debía atender a sus obligaciones como nuncio apostólico.
Además, desde algún tiempo antes había establecido contacto con unos japoneses que le rogaban que fuese a su país, y antes de acceder a esos ruegos, y así alejarse todavía más de su base de operaciones en Goa, era necesario regresar a ella.
Por fin, en 1549, pudo partir para el Japón, acompañado de los tres japoneses que lo habían invitado, y de otros dos jesuitas. En aquel imperio insular estuvo el misionero por más de dos años, y el número de conversos, además de la amable acogida que recibió, le llevaron a pensar que había echado las bases de lo que pronto sería una floreciente iglesia. No podía imaginar que poco después de su muerte, por una compleja serie de razones, se desataría en el país una violenta persecución que casi haría desaparecer su obra. (De hecho, la iglesia japonesa pareció haber sido completamente destruida, hasta que, tres siglos más tarde, otros misioneros descubrieron que todavía quedaban en la región de Nagasaki unos cien mil cristianos, producto de la misión de Javier y sus compañeros.) De Japón, Javier regresó a Malaca, donde recibió noticias de que se había creado una nueva provincia jesuita, que comprendía todo el territorio al este del Cabo de Buena Esperanza, excepto Etiopía, y que él había sido nombrado superior de esa provincia. Puesto que ese cargo echaba sobre sus hombros nuevas responsabilidades, el infatigable misionero tuvo que posponer por algún tiempo el sueño dorado que abrigaba su corazón: predicar el evangelio en China.
Por fin, en 1552, pudo emprender su anhelado viaje. Antes de partir se despidió de Goa, tras escribirle al rey de Portugal: “Lo que nos llena de valor es que Dios mismo ha inspirado en nosotros este pensamiento … y que no dudamos de su poder, que sobrepasa infinitamente al del rey de la China“. Empero no le fue dado al intrépido predicador penetrar en ese país. Las autoridades se lo impedían, y se vio obligado a permanecer en la isla de Sanchón, a las puertas del vasto imperio, donde murió.
Los métodos misioneros de Javier fueron muchos y muy complejos. En lo exterior, lo que casi siempre se le veía hacer era salir a la calle con su campanilla, ganarse a los niños, y a través de ellos a sus padres. Además, su don de lenguas era extraordinario, pues a los pocos meses de estar en algún país podía enseñar el catecismo y predicar en el idioma de la región. Su celo y carácter a la vez dulce y fogoso le abrieron puertas y le permitieron hacer caso omiso de obstáculos y peligros que de otro modo acaso hubieran sido insalvables. Poco después de su muerte se contaban numerosos prodigios hechos por él, o por los predicadores nativos que enviaba a algunas aldeas. Su espíritu de pobreza, y de amor a los pobres y los oprimidos, se puso de manifiesto repetidamente, y le ganó el respeto de muchas gentes que odiaban a los comerciantes y militares portugueses.
Pero al mismo tiempo hay que decir que, carente de recursos humanos, e impulsado siempre por sus ansias de predicar en nuevos lugares, muchas veces Javier hizo poco por la instrucción religiosa de sus conversos. Hubo días en que, según él mismo cuenta, bautizó a diez mil personas. Después marchaba a otro lugar, unas veces dejando a otro clérigo a cargo de aquella misión, y otras no, por carecer de personal suficiente. Además, aunque aprendía los idiomas de los lugares que visitaba, no daba muestras de sentir verdadero respeto hacia su cultura.
Cuando alguien era bautizado, se le daba un nombre “cristiano”, es decir, portugués, y se le vestía de ropas “cristianas”. Al parecer, muchos de los conversos de Javier entendían que al bautizarse se hacían no sólo discípulos de Jesucristo, sino también súbditos de la corona portuguesa. Tales métodos, que dieron resultado en aquellas regiones de América donde la presencia europea aplastó la cultura del país, creaban grandes dificultades en aquellas regiones del Asia en que existían civilizaciones muchísimo más antiguas que la occidental, y desde cuyo punto de vista los europeos no eran más que unos bárbaros que visitaban sus costas.


La Cuestión de la Acomodación

Todo esto se planteó con la llegada al Oriente de una nueva generación de misioneros jesuitas. Aunque éstos fueron muchos, los dos más notables fueron Roberto de Nobili y Mateo Ricci. El primero trabajó en la India, y el segundo en China. Nobili era un jesuita de origen italiano que, al igual que antes Javier, pasó al Oriente con permiso de las autoridades portuguesas. Prácticamente toda su carrera transcurrió en la India, primero en la Pesquería y después en la región de Madaura. En la Pesquería, Nobili se percató de que una de las razones por las que aquellas gentes estaban tan dispuestas a convertirse era que ello las libraba del lugar inferior a que las condenaba el sistema hindú de castas. Pero al mismo tiempo esto quería decir que las castas superiores asociaban la nueva fe con los intocables y otras gentes parecidas, y por tanto no estaban dispuestas a escuchar a los misioneros. Nobili decidió entonces seguir en Madaura un método distinto. El mismo decía que era de origen noble en Italia, y que por tanto en su país de origen pertenecía a las castas más elevadas. Se vestía como los brahmanes y se dedicó a estudiar el sánscrito. Al mismo tiempo que conservaba sus votos monásticos, seguía también la dieta vegetariana de los hindúes, y se hacía llamar por el título honorífico de “maestro”. Además, comenzó a dar pasos para que se autorizara la celebración de la misa en sánscrito. Cuando por fin logró algunos conversos entre las castas superiores, determinó que a su iglesia solamente podían entrar los que pertenecieran a ellas. De ese modo Nobili esperaba convertir primero a los poderosos, a través de los cuales tendría lugar la conversión del resto del país.
Según él, aunque el sistema de castas era malo, se trataba de una cuestión cultural y no religiosa, y por tanto los misioneros no debían oponérsele. Al contrario, era necesario respetar la cultura de los hindúes, y utilizar el sistema de castas para la predicación del evangelio. Naturalmente, lo que cabría preguntarse es si en fin de cuentas la justicia y el amor no son parte integrante del evangelio, y si éste no se tergiversa cuando, con el fin de lograr adherentes, se niegan elementos tan esenciales del mensaje cristiano. Por ello, los métodos de Nobili crearon controversias, hasta que fueron condenados por Roma en el siglo XVIII.
Mateo Ricci siguió en la China una política parecida a la de Nobili en la India, aunque sin llegar a sus extremos. La China se mostraba herméticamente cerrada, pues no le permitía a europeo alguno adentrarse en ella. Poco después de la muerte de Javier, un franciscano español procedente de las Filipinas declaró, tras tratar de predicar en ese país, que “con o sin soldados, querer entrar en la China es como tratar de llegar a la Luna”. Pero a pesar de ello los jesuitas no abandonaron el sueño de Francisco Javier. Comprendiendo que la China era un país altamente civilizado, acostumbrado a tratar al resto del mundo como bárbaros, llegaron a la conclusión de que el único modo de poder hacer algún impacto allí era mediante el cabal conocimiento tanto del idioma como de la cultura del país. Por tanto, en las fronteras mismas de la China, un grupo de jesuitas se dedicó a tales estudios.
Poco a poco los chinos de Cantón se fueron convenciendo de que aquellos europeos, a diferencia de los otros muchos aventureros que venían en busca de riquezas, eran dignos de estima. Por fin, tras una larga serie de gestiones, les fue dado permiso para establecerse en la capital provincial de Chaochin, pero no para viajar por otras regiones del país.
Entre aquel pequeño grupo de misioneros se encontraba el italiano Mateo Ricci. Luego de unirse a la Sociedad de Jesús en 1571, y estudiar en Portugal, fue enviado al Oriente por las autoridades de ese país. Cuando se le nombró como misionero a la China, Ricci se dedicó asiduamente al estudio de su idioma y sus costumbres. Pronto se percató de que entre los chinos se le daba gran valor a la erudición, y por tanto se dedicó tanto a estudiar la literatura china como a darles a conocer a los chinos algo de sus propios conocimientos de matemáticas, astronomía y geografía. Poco a poco se fue dando a conocer como erudito. Su mapa del mundo y los relojes que construía le ganaron la admiración de muchos. Su tratado De la amistad, escrito en chino según los canones de la literatura china, fue muy bien recibido. Pronto circularon noticias acerca del “sabio de Occidente”, y muchos chinos cultos acudían a conversar con él, y a discutir acerca de astronomía, filosofía y religión. La corte imperial comenzó a interesarse en el autor del mapa que hablaba de mundos hasta entonces insospechados, y que explicaba los movimientos de los cuerpos celestes según principios matemáticos complicadísimos, pero que parecían ser correctos. Por fin, en 1606, se le invitó a la corte imperial de Pekín, donde el gobierno le dio facilidades para construir un gran observatorio, y donde permaneció hasta que murió en 1615.
La estrategia de Ricci consistió en penetrar en la China sin tratar de lograr gran número de conversos, pues temía que de otro modo las autoridades lo echaran del país. Repetidamente les dijo a sus jefes que en la China se ganarían más personas mediante la conversación privada que con la predicación abierta. Además, nunca hizo construir iglesia o capilla alguna. Su púlpito era el salón donde él y sus amigos se reunían para estudiar y conversar. A su muerte, dejó un pequeño núcleo de conversos, todos de la más alta sociedad china. Pero su predicación no había penetrado a las demás clases sociales.
Después de la muerte de Ricci, las autoridades chinas siguieron nombrando a otros jesuitas para que fueran sus astrónomos y relojeros oficiales. Poco a poco fue aumentando el número de conversos entre los chinos, y antes del siglo se contaban por cientos de miles.
Al igual que en el caso de Nobili, los métodos de Ricci dieron lugar a largas disputas entre los católicos, aunque no se trataba aquí de castas sociales, sino de la veneración a los antepasados y a Confucio. Los jesuitas decían que tal veneración no era sino una costumbre social, que mostraba el respeto hacia los antepasados. Sus opositores, mayormente dominicos y franciscanos, alegaban que era idolatría. Además, entre ambos bandos se discutía cuál de dos términos chinos debía emplearse para referirse al Dios cristiano. Cuando el emperador de la China se enteró de que la disputa había llegado al papa, se mostró ofendido de que alguien pudiera pensar que un bárbaro europeo, que ni siquiera sabía una palabra de chino, fuera capaz de enseñarles a los chinos cómo hablar su propio idioma.
Pero lo que no se discutió en el caso de la China, y sí en el caso de la India, era si se predicaba verdaderamente el evangelio cuando se le presentaba de tal modo que no parecía incluir palabra alguna de juicio sobre las estructuras sociales existentes. Un cristianismo adaptado al sistema de castas, ¿merece verdaderamente el nombre de tal? Esta pregunta, planteada en tales términos en la India, sería una de las preguntas fundamentales que los cristianos tendrían que hacerse en siglos por venir.

El Brasil 


Si los indios tuvieran una vida espiritual, reconocieran a su Creador y su vasallaje a Su Majestad y obligación de obedecer a los cristianos … los hombres [portugueses] tendrían esclavos legítimos capturados en guerras justas, y también tendrían el servicio y vasallaje de los indios de las misiones. La tierra estaría poblada de colonizadores. Nuestro Señor ganaría muchas almas, y Su Majestad recibiría grandes ingresos de esta tierra.

Manuel da Nóbrega


El primer europeo en navegar por las costas de lo que hoy es Brasil fue Vicente Yáñez Pinzón, a principios de 1500. Pero ese mismo año el portugués Pedro Alvares Cabral partió de Lisboa con una fuerte escuadra con destino a la India. Siguiendo las instrucciones de Vasco de Gama, en el sentido de que evitara las calmas de la costa africana, Alvares Cabral se desvió hacia el occidente, y el 22 de abril sus vigías avistaron la costa brasileña. Tras explorar la región por algunos días, la flota continuó camino a la India, pero no sin antes enviar un buque de regreso a Portugal, con noticias detalladas de las tierras descubiertas y de sus habitantes.
Según lo acordado entre España y Portugal, y aprobado por el papa, aquellas tierras quedaban dentro del territorio que le correspondía al gobierno de Lisboa. Pero éste estaba demasiado ocupado con sus empresas hacia el Oriente, y durante un tercio de siglo se hizo poco por colonizar aquellas costas. Durante ese tiempo, hubo varios viajes de exploración, y se establecieron contactos con los naturales de la región. La única riqueza que se descubrió allí fue una madera, la del llamado “palo de brasil”, que servía para producir tintes, y que le dio su nombre al país. El rey Manuel de Portugal le concedió el monopolio sobre esa madera a un grupo de comerciantes portugueses. Estos establecieron pequeños puestos comerciales, con sendos almacenes, en diversos lugares de la costa. Allí vivía un escaso número de portugueses que se dedicaba a contratar con los indios para que éstos cortaran y llevaran a los almacenes la madera del brasil, a cambio de cuchillos, hachas, agujas, alfileres y chucherías.
Pronto los franceses se interesaron en aquel comercio tan productivo, y comenzaron a competir con los portugueses. Su método era algo distinto, pues lo que hacían era dejar en la costa algunos representantes, que vivían entre los indios, aprendían su idioma, y servían de traductores y de agentes mercantiles. Cuando llegaban los barcos franceses, aquellos traductores y sus amigos indios llevaban la madera a la costa, a cambio de menudencias y útiles semejantes a los que traían los portugueses.
En aquellos primeros contactos, los europeos se maravillaron de la hospitalidad con que los indios los recibieron. Además de darles de comer, les ofrecían sus hijas como concubinas. Según los primeros informes llegados a Europa, se trataba de una noble raza de salvajes, increíblemente inocentes, sin religión ni gobierno. En tales opiniones algunos historiadores han visto una sutil indicación del descontento que comenzaba a aparecer en Europa con respecto a la iglesia y los gobiernos. Decir que los indios brasileños eran perfectamente felices sin religión ni gobierno era dar a entender que quizá lo mismo podría hacerse en la vieja Europa.
Empero aquellos cuadros idílicos de la vida en el Nuevo Mundo pronto les cedieron el lugar a otros informes. Esos indios al parecer tan nobles y pacíficos eran caníbales. Cuando tomaban algún cautivo de una tribu enemiga, lo mataban de un mazazo en la cabeza, y se lo comían en medio de una serie de ceremonias. Eran además, según se decía, harto materialistas, pues no entendían más que de la vida presente, y por tanto estaban dispuestos a vender su alma y cambiar de religión a cambio de unos anzuelos o un cuchillo. Y tampoco gustaban de trabajar, pues se limitaban a sembrar la mandioca que necesitaban, y el resto del tiempo lo pasaban en cacerías, fiestas y danzas.
Pero a pesar de las opiniones encontradas acerca de los indios, todos coincidían en que las tierras eran ricas, capaces de producir, no sólo el brasil que poco a poco iba desapareciendo de las costas, sino también la caña de azúcar. Y, puesto que en esa época el azúcar se vendía a altísimo precio en los mercados europeos, pronto hubo quien empezó a mirar hacia el Brasil con ojos codiciosos.


Las Capitanías

Fue entonces que el rey Joao III les hizo entrega a quince favoritos suyos de otros tantos territorios en la costa brasileña. Estos territorios recibieron el nombre de “capitanías” y los “donatarios” que los recibieron debían tener amplios privilegios, parecidos a los de los señores feudales de antaño. A cada capitanía le correspondían cincuenta leguas de costa y todo el interior tras ellas, hasta el punto indefinido en que comenzaban las posesiones españolas.
El sistema de las capitanías no tuvo buen éxito. Cinco de ellas nunca fueron ocupadas por sus donatarios, y a la postre ocho de las otras diez fracasaron. Las dos que lograron subsistir fueron la de Pernambuco, bajo Duarte Coelho Pereira, y la de Sao Vicente, que incluía a Sao Paulo, y fue donada a Martin Afonso de Sousa. De hecho, este último había comenzado su empresa colonizadora en 1532, antes de que la corona dividiera todo el país en capitanías.
Puesto que a partir de entonces el Rey se reservó el monopolio sobre la madera de brasil y sobre las especias que pudiera haber, la principal fuente de riqueza para los colonos era la caña de azúcar. Pero su cultivo, y la tarea de producir el azúcar, requerían abundante mano de obra. Era necesario talar los montes y limpiar los campos antes de ararlos y sembrarlos. Después había que cortar y moler la caña. Y por último era necesario hervir su jugo, y para ello se necesitaba cortar leña. Luego, el único modo en que esa industria podía resultar lucrativa era mediante el trabajo de los indios. Pero éstos se negaban a trabajar en los campos, prefiriendo la caza y la pesca, y alegando que ésa era tarea de mujeres. Los artefactos que antes sirvieron para comerciar con los indios no eran ya suficientes para incitarlos al trabajo en los campos de caña o en los ingenios.
Fue así que surgió la esclavitud de los indios. Portugal, a diferencia de España, tardó mucho en legislar acerca de si era lícito o no esclavizar a los naturales del Nuevo Mundo. Y cuando esa legislación se produjo, fue siempre ambigua e ineficiente. Al principio los colonos les compraban esclavos a sus vecinos indios, a cambio de herramientas y diversas chucherías. Estos a su vez atacaban a sus enemigos tradicionales, los sometían a esclavitud, y se los traían a los portugueses, quienes justificaban ese comercio diciéndose que les estaban salvando la vida a prisioneros de guerra que de otro modo serían muertos y comidos por los vencedores.
Pero ese modo de hacerse de esclavos no resultó suficiente, en parte porque los indios amigos, una vez saciada su necesidad de cuchillos, hachas, anzuelos, etc., no tenían mayor interés en continuar comerciando con sus vecinos europeos. Se comenzó entonces a incitar a unas tribus a guerrear contra otras, dándoles toda clase de excusas. Además, pronto aparecieron traficantes portugueses, que descubrieron que el modo más barato y económicamente provechoso de hacerse de esclavos era navegar por las costas y hacer cautivos de cualesquiera indios que cayeran en sus manos. En teoría, sólo era lícito esclavizar a los indios tomados en “guerra justa”. Pero las autoridades sabían que las colonias no podían subsistir sin el trabajo de los esclavos, y por tanto siempre fue posible encontrar alguna razón para justificar las excursiones de los traficantes.
Otro modo de satisfacer la demanda de esclavos fue traerlos de Africa. Los indios comenzaron a internarse más en el territorio, y por ello su captura se hacía difícil. Además, una vez traídos a las plantaciones y los ingenios, siempre soñaban con regresar a los suyos, y les era relativamente fácil desaparecer en la maleza. Los africanos, por otra parte, provenían de climas semejantes a los del Brasil, pero no tenían los contactos con las tribus del interior de que gozaban los indios, y por tanto se les hacía más difícil escapar.
Además, algunos misioneros, en sus esfuerzos por defender a los indios, estimularon el tráfico de esclavos africanos. Y a todo esto se añadió la relativa facilidad con que los barcos negreros podían atravesar el Atlántico desde el Congo, Angola o Guinea. Luego, pronto se sumó a los portugueses y a los indios un fuerte número de esclavos negros. La vida de aquellos primeros colonos era licenciosa y desordenada. Muchos tenían varias concubinas indias, y algunos contaban con decenas de ellas.
Algunas de estas mujeres eran esclavas, y otras les habían sido dadas por sus padres a los portugueses en señal de amistad. Los pactos sellados de ese modo se utilizaban para incitar a las tribus amigas a luchar contra los franceses o contra otras tribus, las más de las veces para adueñarse de sus tierras y sus personas.


La Colonia Real

Aquel régimen sin ley no podía durar largo tiempo, sobre todo por cuanto las dos capitanías que habían tenido éxito resultaban en extremo lucrativas. Tanto para establecer el orden como para adueñarse de mayores riquezas, en 1549 el Rey hizo del Brasil una colonia real, y les compró sus derechos a los donatarios. Junto al primer gobernador, Tomé de Sousa, llegaron los primeros jesuitas, bajo la dirección de Manuel da Nóbrega. Poco después, en 1551, Julio III nombró al primer obispo del Brasil, Pero Fernandes Sardinha. Ese primer gobernador resultó ser una persona hábil, que rigió los destinos de la colonia durante cuatro años, manteniendo la concordia con los indios vecinos y asegurándose de que el poder real fuera obedecido en todas las capitanías, y no sólo en Salvador (Bahía), donde estableció su capital.
El obispo resultó ser menos sabio. Pronto se ganó la enemistad de los colonos, y no se ocupaba para nada de los indios. Los conflictos con el gobernador no se hicieron esperar, y el obispo decidió partir para Portugal a llevarle sus quejas al Rey. Pero naufragó, y él y sus acompañantes fueron muertos y comidos por los indios.
El segundo gobernador resultó ineficiente, y lo sustituyó en 1558 Mem de Sá. Este era un personaje firme y aguerrido, de gran habilidad política y diplomática. Pronto tuvo a unas tribus guerreando contra otras, al tiempo que mostraba la fuerza de las armas portuguesas. Los indios, que habían comenzado a inquietarse bajo el anterior gobernador, se llenaron de terror. A los que no fueron muertos o huyeron hacia las selvas del interior, el gobernador los obligó a vivir en las reducciones de los jesuitas.
Al igual que en el Paraguay y otros lugares, los jesuitas del Brasil habían llegado a la conclusión de que el mejor modo de evangelizar a los indios era haciéndolos vivir en aldeas o reducciones, bajo la supervisión de uno o dos jesuitas. Por ello se alegraron de los triunfos de Mem de Sá. Uno de ellos expresó su contento con el terror que el gobernador había sembrado entre los indios, diciendo: “Todos tiemblan de miedo ante el gobernador, y ese miedo, aunque no les dure por toda la vida, nos basta para enseñarles…. Ese miedo les ayuda a oír la Palabra de Dios“.
Esto señala una diferencia notable entre las reducciones jesuitas del Brasil y las del Paraguay. En las de este último país, como dijimos, se trató de seguir un método pacífico. Sacerdotes tales como Roque González hacían todo lo posible por convencer a los indios de que les convenía vivir en aldeas, y muy rara vez apelaron a las armas de los conquistadores. Aun más, los jesuitas del Paraguay pronto decidieron establecer sus reducciones a la mayor distancia posible de los colonos blancos, pues temían el contacto entre sus indios y esos colonos. Los del Brasil, por el contrario, fundaron sus reducciones a la fuerza, y los indios acudían a ellas porque les parecía ser el único modo de escapar de la muerte o la esclavitud.
Por su parte, los jesuitas recibieron agradecidos esa ayuda del brazo secular, y les devolvieron el favor a los colonos ofreciéndoles el trabajo de los indios de las reducciones. Al principio se trataba de trabajo remunerado. Pero, dada la enorme autoridad de los sacerdotes en esas aldeas, y dado el sistema de propiedad en común, a la postre se volvió un sistema de trabajo forzoso, del que los indios no podían escapar, y que se administraba mediante acuerdos entre los sacerdotes y los colonos.
El éxito de las reducciones, según lo medían los misioneros, fue enorme. Pronto los niños aprendieron los principios del catolicismo y la moral que les enseñaban los misioneros, y se dedicaron a convertir a sus padres, y hasta a delatarlos cuando no seguían los preceptos de la iglesia. A los niños que hacían tal cosa se les premiaba y lisonjeaba. Puesto que todas las tradiciones de los naturales estaban íntimamente unidas a su religión, casi todas ellas fueron extirpadas por los misioneros, con la ayuda de sus jóvenes conversos. A fines del siglo XVI, había en el Brasil 128 jesuitas, y casi todos los indios que se habían sometido a los portugueses vivían bajo su tutela.
Empero la reacción indígena no se hizo esperar. Pronto apareció un culto mesiánico que combinaba elementos del cristianismo con otros tomados de las tradiciones del lugar. Cuando las reducciones de los jesuitas sufrían de enorme mortandad debido a una epidemia de viruela, los indios empezaron a hablar de un salvador, a quien llamaban “Santo”, que los libraría del yugo de los portugueses, y haría de ellos sus esclavos. Ese culto, que recibió el nombre de santidade, pronto se esparció tanto entre los indios sometidos como entre los que continuaban escondidos en las selvas, y sirvió de punto de contacto entre ambos grupos.
En 1580 la santidade preocupaba sobremanera a las autoridades, y el nuevo gobernador decidió hacer uso de un mestizo, a quien los portugueses llamaban Domingo Gentes Nobre, y los indios Tomocauna, para ponerle fin a la amenaza de aquel movimiento. Tomocauna era un traficante de esclavos que acostumbraba adentrarse en el corazón del Brasil, ganarse la confianza de alguna tribu, y regresar con millares de esclavos. Tomocauna se dirigió al cuartel general de la santidade, donde residían el “papa” y su esposa, “la madre de Dios”. El resultado de su expedición fue que convenció a un buen número de los adeptos de ese culto que les convenía vivir en la plantación del colono Fernao Cabral de Ataide, que era quien había costeado la empresa. Junto a aquellos indios, Tomocauna regresó a las tierras de Cabral, y éste los recibió y les permitió vivir allí, a cambio de su trabajo. Así se hizo el colono de mano de obra barata.
En 1591 llegó la Inquisición al Brasil. Entre los procesados por ella se contaron Fernao Cabral y su esposa, acusados de haber adorado el ídolo de la santidade, al cual llamaban “María”. Ellos dijeron que lo habían hecho sólo por contentar a sus huéspedes, pero el Santo Oficio los condenó a dos años de prisión.
En cuanto a Tomocauna, regresó al monte, donde se hizo amigo del papa Antonio, jefe de la santidade, y los seguidores de esa secta llegaron a venerarlo bajo el nombre de “San Luis”.
La acusación de que fueron objeto Cabral y su esposa fue típica de los procesos de la Inquisición en aquellos tiempos. En lo que se refería al modo en que los colonos trataban a los indios, nadie fue acusado de esclavizarlos ilegalmente, de explotarlos o de darles muerte. Pero sí se acusó a muchos de venderles armas, de participar de sus ceremonias, y sobre todo de comer carne en Cuaresma cuando estaban viviendo en sus aldeas.


Villegagnon y Los Primeros Protestantes

Durante la primera mitad del siglo XVI, los franceses se contentaron con visitar las costas del Brasil para comerciar con los indios. Pero a mediados de siglo comenzaron a interesarse en establecer una colonia permanente en la región. A cargo de esa empresa quedó Nicholas Durand de Villegagnon, un hábil soldado que se había distinguido en varias campañas europeas.
A fines de 1555, Villegagnon llegó a la bahía de Guanabara con su flotilla de tres navíos. En esa bahía habían estado antes los portugueses, y le habían dado el nombre de Río de Janeiro. Pero la colonia portuguesa tuvo que ser abandonada cuando los indios tamoyos, cansados de los malos tratos recibidos, la atacaron. Luego, los franceses no tuvieron más que declarar que eran enemigos de los portugueses para asegurarse de ser bien recibidos.
Villegagnon y los suyos se establecieron en una isla en la bahía. Era un sitio ideal para la defensa, pues estaba casi rodeada de altos farallones. Los lugares más vulnerables fueron fortificados con ayuda de los indios. Al parecer, el lugar era inexpugnable. Pero su punto débil era la falta de agua potable, que tenía que ser llevada desde la tierra firme.
Con esclavos comprados de los indios vecinos, los franceses comenzaron todas las labores propias de la colonización. Además, puesto que parte del proyecto consistía en fundar una colonia en que hubiese libertad de cultos (era la época de que tratamos en la sección anterior, cuando existían en Francia tensiones continuas entre católicos y protestantes), Villegagnon le escribió a Calvino pidiéndole que enviara pastores protestantes.
Desde el principio, Villegagnon tuvo dificultades con sus colonos. Muchos de éstos habían venido al Nuevo Mundo a enriquecerse. Pero su jefe no les permitía esclavizar a los indios amigos, ni aceptar las mujeres que éstos les ofrecían. Esto dio lugar a una conspiración, pero Villegagnon se enteró de ella, mató al jefe, y puso en cadenas a los demás.
El próximo contingente llegado de Francia, bajo el mando de un sobrino de Villegagnon, traía dos pastores protestantes, enviados por las autoridades ginebrinas en respuesta a la solicitud recibida. Pero esto aumentó las desavenencias en la pequeña colonia. Los católicos acusaron a los protestantes de tratar de convertirlos, y éstos los acusaron a ellos de oprimirlos. Hubo varios incidentes violentos. Por fin Villegagnon tomó el partido de los católicos, hizo matar a cinco de los protestantes, y ordenó que los demás fuesen expulsados de la colonia. Entre los así castigados se contaba el pastor Jean de Léry, uno de los pocos europeos que en aquellas costas trataron de entender a los indios. Las crónicas que Léry ha dejado son una de las principales fuentes que nos permiten conocer hoy el modo en que los indios veían aquella invasión de sus tierras. En ellas se encuentra la historia del diálogo que el pastor sostuvo con un anciano indio:—¿Por qué es que ustedes, los franceses y portugueses, vienen desde tan lejos a buscar madera para calentarse? ¿No hay madera en su país?—Sí la hay— respondió el pastor, —pero no como ésta. Además, no la queremos para quemar, sino para teñir las ropas como hacen ustedes con sus cuerdas de algodón y con sus plumas.
—¿Y necesitan mucha?—Sí. En nuestro país hay comerciantes que tienen más tela, cuchillos, tijeras, espejos y otras cosas que todo lo que ustedes puedan imaginar. Uno solo de ellos puede comprar toda la madera que va en varios barcos.
—¡Ah! Lo que usted me cuenta es increíble. Y ese hombre tan rico, ¿nunca muere?—, —sí. Muere como los demás.
—¿Y qué se hace entonces cuando se muere con todas esas cosas que tiene?—Son para sus hijos, o si no para sus hermanos y parientes.
—Ya me doy cuenta de que ustedes los franceses son locos. Cruzan el mar con mil trabajos y dificultades…. y trabajan con afán para acumular riquezas para sus hijos … ¿No bastará la tierra que los alimenta a ustedes para alimentarlos a ellos también? Nosotros también tenemos padres, madres e hijos a quienes amamos. Pero confiamos en que después de nuestra muerte la tierra que nos alimentó los ha de alimentar a ellos también. Por eso podemos vivir sin grandes preocupaciones.
El pastor Léry y otros establecieron buenas relaciones con los tamoyos, y cuando por fin los portugueses atacaron a los franceses tuvieron que enfrentarse, no sólo a estos últimos, sino también a sus aliados indios. Tras graves bajas, una expedición bajo el mando del gobernador Mem de Sá tomó el fuerte francés. Pero los tamoyos, y los franceses refugiados entre ellos, continuaron ofreciendo resistencia por largo tiempo.
Aunque a partir de entonces no hubo una colonia francesa en Guanabara, los buques de esa nacionalidad continuaban visitando el lugar, y reforzando la resistencia de los tamoyos y de los pocos franceses que quedaban allí. Puesto que algunos de éstos eran protestantes, desde el punto de vista portugués aquella lucha se convirtió en una guerra de religión. Era necesario deshacerse de los herejes que mancillaban aquellas tierras del catolicísimo Portugal.
La lucha continuó por largo tiempo. Los tamoyos derrotaron repetidamente a los portugueses y a sus aliados los tupiniquines. Por fin, los sacerdotes jesuitas Nóbrega y José de Anchieta emprendieron una difícil embajada entre los tamoyos. Estos los recibieron y se mostraron dispuestos a aliarse a los portugueses, quienes recientemente habían roto con los tupiniquines, enemigos tradicionales de los tamoyos. Al aliarse con los portugueses, los tamoyos esperaban poder aplastar a los tupiniquines. Gracias a la embajada de los jesuitas, un fuerte contingente tamoyo abandonó la lucha o se alió a los portugueses. Cuando por fin llegaron refuerzos de Lisboa, los colonos no vacilaron en romper sus tratos con los tamoyos. Muchos de ellos fueron muertos o hechos esclavos, y el resto huyó hacia el interior del país. Mientras tanto, se hicieron las paces entre los portugueses y los franceses, a condición de que éstos últimos abandonaran la región. Esto sucedió en 1575, y con ello se le puso punto final a la empresa de Villegagnon, que duró unos veinte años.


La Triste Suerte de Los Indios

Lo que sucedió entonces con los tamoyos que quedaban fue índice de lo que a la postre sucedería con casi todas las tribus de la costa. Los que no fueron muertos o esclavizados se refugiaron en las selvas, donde invadieron los territorios de otros indios, con las consiguientes guerras y muertes. A fines de siglo, el aventurero inglés Anthony Knivet cayó en sus manos, y logró salvar la vida persuadiéndolos de que era francés. Poco después los convenció a regresar a la costa y tratar de reconquistar sus tierras. Aquella tribu de treinta mil miembros se acercaba al mar cuando fue atacada por los portugueses. Diez mil murieron, y los otros veinte mil terminaron sus días como esclavos.
Esta triste historia, como toda aquella empresa colonizadora, mereció la justa condenación del sacerdote jesuita Antonio Vieira, quien a mediados del siglo XVII, refiriéndose a quienes pretendían ir al Brasil en busca de oro, dijo que su verdadero propósito era adueñarse de los indios, “para hacer correr de sus venas el oro rojo que siempre ha sido la riqueza de esta provincia”.

La Cruz y la Espada 


El método original que emplearon Cristo y los apóstoles es sin duda digno de toda alabanza. Pero solamente puede emplearse donde el evangelio se puede predicar de modo evangélico. Esto ha sido posible en los países orientales más adelantados, como la China, el Japón, Arabia, India y demás. Pero querer que se siga el mismo camino en las Indias Occidentales es locura.

José de Acosta


La historia que acabarnos de narrar es a la vez impresionante y triste. Es impresionante, por cuanto nadie negará el valor y el arrojo de aquellos hombres de hierro, que se lanzaron a conquistar vastos imperios con un puñado de soldados. Es impresionante, porque en poco menos de un siglo España y Portugal habían conquistado y colonizado territorios muchísimo más vastos que los suyos, con poblaciones muchísimo más numerosas. Es innegable el valor de Cristóbal Colón, que se aventuró por mares ignotos en los que se suponía existían monstruos horribles y toda suerte de peligros. Pocos ha habido de tanto tesón como Cortés, que después de la noche triste continuó firme en su empeño de conquistar un imperio. Y pocos tan osados como Pizarro, que en Cajamarca se atrevió a apoderarse de Atahualpa.
Pero al mismo tiempo es una historia triste. Triste, por cuanto en aquel encuentro se destruyeron poblaciones enteras y ricas culturas. Triste, por cuanto quienes tal hicieron no parecen haberse percatado siquiera del enorme crimen que se cometía. Y triste sobre todo porque esto se hizo en nombre de la cruz de Cristo.
La cristiandad occidental había tenido otros encuentros con pueblos distintos de ella. La invasión de los pueblos germánicos fue uno de esos encuentros, y las cruzadas fueron otro. Pero ni en un caso ni en otro se dieron las circunstancias que se conjugaron en la era de los conquistadores. Lo que sucedió en ese siglo XVI fue que aquella cristiandad occidental, convencida de su superioridad por su fe cristiana, sus caballos y sus armas de fuego, se creyó llamada a imponer su civilización por doquier. Y ese llamado, como tan frecuentemente sucede, sirvió a la vez de excusa para la más crasa explotación.
Sólo en el Oriente se siguió una política distinta. Allí resultó claro que las armas occidentales no eran suficientes para conquistar aquellos países. En consecuencia, el mito de la superioridad occidental no tuvo la fuerza que tuvo en Africa y América. Es por ello que pudieron aparecer allí misioneros tales como Nobili y Ricci quienes, con todos sus defectos, al menos mostraron respeto para las civilizaciones en que trabajaban.
Pero en Africa y en América el armamento, la caballería y el uso artero del engaño pronto convencieron a españoles y portugueses de que su civilización era verdaderamente superior, y que por tanto tenían la misión de implantarla en esas tierras. Si de paso se hacían ricos, si conquistaban imperios, si se apoderaban de centenares de esclavos, ello no era más que la bien merecida recompensa por su obra civilizadora y evangelizadora.
Todo esto, sin embargo, no fue únicamente producto de la era de los conquistadores. Desde mucho antes se había ido preparando el camino para semejante interpretación de los acontecimientos. Cuando, en el siglo cuarto, comenzó a desarrollarse la teología oficial del Imperio Romano, que tendía a excluir de la proclamación cristiana la necesidad de justicia en las estructuras sociales, y les daba especial autoridad en la iglesia a los poderosos del orden social, se comenzó a preparar la tragedia de la era de los conquistadores. De hecho, éstos no hicieron más que aplicarle a la nueva situación creada por los descubrimientos el modo de entender la fe cristiana, y la misión evangelizadora, que se había creado a través de los siglos para beneplácito de los poderosos. A fin de salvar las almas, decían los jesuitas del Brasil, era bueno que los portugueses les infundieran terror a los indios. Y los esclavos africanos salían ganando con su esclavitud, decían los negreros, porque ella les daba oportunidad de hacerse cristianos y así obtener la salvación eterna. Cortés y Pizarro, al tiempo que se sabían pecadores avariciosos, se creían evangelizadores escogidos y enviados por Dios. Pero el mal se había sembrado siglos antes, cuando hubo cristianos que no vacilaron en llamar a Constantino “obispo de los obispos”.
Contra tales atropellos, hubo señales de protesta tanto entre los colonizados como entre los cristianos. Entre los primeros, ya hemos señalado que el culto a la virgen de Guadalupe es en cierto modo una vindicación del elemento nativo frente a la jerarquía de los españoles. En ese caso, a la larga esa jerarquía logró asimilar la protesta, y hacerla parte de su propia doctrina. Pero la santidade del Brasil, y la “santería” de los descendientes de los esclavos negros, permanecieron frecuentemente fuera del alcance del poder jerárquico.
Otras veces esa protesta fue más sutil, y entonces es imposible conocer el alcance que tuvo. Tal es el caso de lo sucedido en una iglesia del Altiplano de Bolivia, donde el sacerdote le pidió a un escultor indio que le hiciera dos imágenes que representaran a San Pedro y San Pablo. Algún tiempo después el indio le trajo las dos esculturas pedidas, y el sacerdote las puso a la entrada de la iglesia. Grande fue su regocijo al ver que eran muchos los indios que acudían a venerar aquellas imágenes. Pero, pasados muchos años, se han descubierto, en un lugar apartado, los pedestales en que antes descansaron aquellas esculturas, que no eran sino dos de los antiguos dioses de los naturales. Así, sin que los misioneros lo sospecharan, continuó por largo tiempo la protesta sorda de aquellas culturas al parecer aplastadas. Y hubo también protestas por parte de los cristianos. Bartolomé de Las Casas y Antonio de Montesinos no fueron sino los primeros en una larga serie de defensores de los indios y los africanos. Muchos de ellos han quedado olvidados en los anales de una iglesia dominada por los poderosos. Pero los nombres y hechos cuya memoria ha llegado hasta nuestros días dan testimonio de que, aun en medio de aquellos tiempos violentos, en las selvas más apartadas y en los lugares más peligrosos, hubo quienes supieron ver la distancia entre el evangelio de Jesucristo y el de los conquistadores, entre el amor de Dios y el amor de Mamón.
Hasta el día de hoy perdura ese conflicto en la iglesia que se fundó en aquella era de los conquistadores. Por haber llegado a estas playas bajo el signo de la espada, ciertos elementos dentro de ella se creen en la obligación de continuar bajo ese signo, y seguir acomodando el evangelio a los deseos y conveniencias de quienes detentan el poder. Pero por haber nacido bajo el signo de la cruz, hay en esa misma iglesia quienes insisten en la necesidad de colocar todas las estructuras del poder humano bajo el juicio de esa cruz. La destrucción de la Armada Invencible, por los ingleses y los elementos, en 1588, marcó el fin de la hegemonía española sobre los mares. El poderío portugués había empezado a decaer años antes. Otras naciones tomarían el lugar de esas dos potencias, y bajo sus auspicios se fundarían otras iglesias en diversas partes del mundo. Pero ellas también tendrían que enfrentarse a la misma alternativa. El último capítulo de la era de los conquistadores no se ha escrito todavía.

LA ERA DE LOS CONQUISTADORES

 

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