Madrid, España

LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD

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LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD

La doctrina de la Trinidad siempre ha estado signada por dificultades, y por tanto no es de sorprendernos de que la Iglesia en su intento de formularla fuera tentada repetidamente a racionalizarla y dar una construcción de esta que fracasó en hacer justicia a la información escritural.

Tabla de Contenidos

Louis Berkhof

EL PERÍODO PREVIO A LA REFORMA.

Los judíos de la época de Jesús enfatizaban con firmeza la unidad de Dios, y este énfasis fue trasladado a la Iglesia cristiana. El resultado fue que algunos descartaron completamente las distinciones personales en la deidad y otros fallaron en hacer total justicia a la deidad esencial de la segunda persona y la tercera persona de la Santísima Trinidad. Tertuliano fue el primero en usar el término «Trinidad» y formular la doctrina, pero su formulación fue deficiente en virtud de que implicaba una subordinación injustificada del Hijo al Padre. Orígenes fue incluso más lejos en esta dirección al enseñar explícitamente que el Hijo está subordinado al Padre con respecto a la esencia y que el Espíritu Santo está subordinado incluso al Hijo. Él sustrajo de la deidad esencial de estas dos personas en la deidad y elaboró una plataforma para el arrianismo, que negó la deidad del Hijo y del Espíritu Santo al representar al Hijo como la primera criatura del Padre y al Espíritu Santo como la primera criatura del Hijo. Así, la consubstancialidad del Hijo y del Espíritu Santo con el Padre fue sacrificada a fin de preservar la unidad de Dios; y las tres personas de la deidad fueron hechas para diferir en rango. Los arrianos aún retuvieron una semblanza de la doctrina de las tres personas en la deidad, pero esto fue sacrificado enteramente por el monarquianismo, parcialmente en aras de la unidad de Dios y parcialmente para sostener la deidad del Hijo. El monarquianismo dinámico vio en Jesús nada más que un hombre y en el Espíritu Santo una influencia divina, mientras que el modalismo monarquianista se refirió al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo meramente como tres modos de manifestación sucesivamente asumidos por la deidad. Por otro lado hubo también algunos que perdieron de vista la unidad de Dios en tal medida que terminaron en triteísmo. Algunos de los monofisitas tardíos, como Juan Ascunages y Juan Filópono, cayeron en este error. Durante el Medioevo, el nominalista Roscelino fue acusado del mismo error. La Iglesia comenzó a formular su doctrina de la Trinidad en el siglo cuarto. El Concilio de Nicea declaró al Hijo ser co-esencial con el Padre (325 d.C.), mientras que el Concilio de Constantinopla (381 d.C.) afirmó la deidad del Espíritu Santo, aunque no con la misma precisión. En cuanto a la interrelación de los tres fue profesado oficialmente que el Hijo es generado por el Padre y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. En oriente la doctrina de la Trinidad halló su declaración más plena en la obra de Juan de Damasco, y en occidente en la gran obra de Agustín De Trinitate. La primera aún retiene un elemento de subordinación, que es totalmente eliminado por el segundo.

EL PERÍODO POSTERIOR A LA REFORMA.

No tenemos mayor desarrollo de la doctrina de la Trinidad sino solo un encuentro reiterado de algunos de las tempranas construcciones erróneas de esta luego de la Reforma. Los arminianos Episcopius, Curcellæus y Limborgh, revivieron la doctrina de la subordinación, prácticamente de nuevo, por lo que parece, para sustentar la unidad de la deidad. Adscribieron al Padre una cierta preeminencia sobre las otras personas, en orden, dignidad y poder. Una postura de algún modo similar fue asumida por Samuel Clarke en Inglaterra y por el teólogo luterano Kahnis. Otros siguieron el camino señalado por Sabelio al enseñar una especie de modalismo como, por ejemplo, Emanuel Swedenborg, que sostenía que el Dios-hombre eterno se encarnó en el Hijo y operó por medio del Espíritu Santo; Hegel, que habla del Padre como Dios en sí mismo, del Hijo como Dios objetivándose a sí mismo, y del Espíritu Santo como Dios regresando hacia sí mismo; y Schleiermacher, que se refiere a las tres personas simplemente como tres aspectos de Dios: el Padre es Dios como la unidad subyacente de todas las cosas, el Hijo es Dios como viniendo a la personalidad consciente en el hombre, y el Espíritu Santo es Dios como viviendo en la Iglesia. Los socinianos de la época de la Reforma se movieron conforme a los lineamientos del arrianismo, pero incluso fueron más allá de Arrio al hacer de Cristo meramente un hombre y del Espíritu Santo solo un poder o una influencia. Fueron los precursores de los unitarios y también de los teólogos liberales que hablan de Jesús como un maestro divino, e identifican al Espíritu Santo con el Dios inmanente. Finalmente, hubo también quienes, en vistas de que se referían a la declaración de la doctrina de de una Trinidad ontológica como ininteligible, quisieron detenerse antes y descansar satisfechos con la doctrina de una Trinidad económica, una Trinidad como revelada en la obra de redención y en la experiencia humana, como Moses Stuart, W. L. Alexander y W. A. Brown. Durante un tiempo considerable el interés en la doctrina de la Trinidad mermó y la discusión teológica se centró más particularmente en la personalidad de Dios. Brunner y Barth nuevamente llamaron la atención a su importancia. Este último lo coloca en gran medida en el primer plano, discutiéndolo en conexión con la doctrina de la revelación y consagra 220 páginas de su Dogmática a ello. Materialmente, deriva la doctrina de la Escritura pero, formal y lógicamente, encuentra que está implicada en la simple oración: «Dios habla». Él es Revelador (Padre), Revelación (Hijo) y Revelacidad (Espíritu Santo). Él se revela a sí mismo, Él es la revelación y Él es también el contenido de la revelación. Dios y Su revelación están identificados. Él permanece Dios también en Su revelación, absolutamente libre y soberano. Esta postura de Barth no es una especie de sabelianismo porque él reconoce tres personas en la deidad. Más aún, no admite ninguna subordinación. Dice: «Así, al mismo Dios quien en unidad intacta es Revelador, Revelación y Revelacidad, se adscribe también en variedad intacta en sí mismo precisamente este modo triple de ser».1


Dios Como Trinidad en Unidad

La palabra «Trinidad» no es tan expresiva como la palabra holandesa «Drieeenheid», porque esta simplemente puede denotar el estado de ser tres, sin ninguna implicación en cuanto a la unidad de los tres. Es generalmente entendido, sin embargo, que como término técnico en la teología incluye aquella idea. No hace falta decir que cuando hablamos de la Trinidad de Dios nos referimos a una trinidad en unidad y a una unidad que es trina.

LA PERSONALIDAD DE DIOS Y LA TRINIDAD.

Como se indicó anteriormente, los atributos comunicables de Dios enfatizan Su personalidad en virtud de que estos lo revelan a Él como un Ser racional y moral. Su vida sobresale claramente ante nosotros en la Escritura como una vida personal; y este es, desde luego, de gran importancia para sostener la personalidad de Dios, porque sin esta no puede haber religión en el sentido real de la palabra: ninguna oración, ninguna comunión personal, ninguna confianza dependiente y ninguna esperanza confiada. En vistas de que el ser humano es creado a imagen de Dios, aprendemos a entender la vida personal de Dios de la contemplación de la personalidad como la conocemos en el ser humano. Deberíamos ser cautelosos, no obstante, de no establecer la personalidad del ser humano como un estándar por el cual la personalidad de Dios deba ser medido. La forma original de personalidad no está en el ser humano sino en Dios; la Suya es arquetípica, mientras que la del ser humano es derivada. Esta última no es idéntica a la primera, pero contiene rastros tenues de similitud con ella. No deberíamos decir que el ser humano es personal mientras que Dios es suprapersonal (un término muy desafortunado), porque lo que es suprapersonal no es personal; pero en cambio, lo que aparece como imperfecto en el ser humano existe en perfección infinita en Dios. La diferencia sobresaliente entre ambos es que el ser humano es unipersonal mientras que Dios es tripersonal. Y esta existencia tripersonal es una necesidad en el Ser divino y en ningún sentido el resultado de una elección de Dios. Él no podría existir en ninguna otra forma que en lo tripersonal. Esto ha sido argumentado de diversas maneras. Es muy común argumentarlo a partir de la idea de la personalidad en sí. Shedd fundamenta su argumento en la auto conciencia general del Dios trino, como distinguida de la particular auto conciencia individual de cada una de las Personas en la deidad, porque en auto conciencia el sujeto debe conocerse a sí mismo como un objeto, y también percibir que lo hace. Esto es posible en Dios debido a Su existencia trina. Él dice que Dios no podría ser auto contemplativo, auto cognitivo y auto comunitario si Él no fuera trino en Su constitución.2 Bartlett lo presenta de un modo interesante una variedad de consideraciones para probar que Dios es necesariamente tri-personal.3 El argumento a partir de la personalidad para probar al menos una pluralidad en Dios puede expresarse de forma tal así: Entre los seres humanos el ego despierta a la conciencia solo en contacto con el no-ego. La personalidad no se desarrolla ni existe en aislamiento sino solo en asociación con otras personas. Por consiguiente no es posible concebir la personalidad en Dios fuera de una asociación de personas iguales en Él. El contacto con Sus criaturas no contaría a favor de Su personalidad más que lo que el contacto de un ser humano con los animales explicaría la personalidad de este. En virtud de la existencia tripersonal de Dios existe una plenitud infinita de vida divina en Él. Pablo habla de esta pléroma (plenitud) de la deidad en Efesios 3:19 y Colosenses 1:9; 2:9. En vistas del hecho de que hay tres personas en Dios, es mejor decir que Dios es personal en lugar de hablar de Él como una Persona.

PRUEBA ESCRITURAL DE LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD.

La doctrina de la Trinidad es decididamente una doctrina de revelación. Es cierto que la razón humana puede sugerir algunos pensamientos para sustentar la doctrina y que en ocasiones los seres humanos, sobre fundamentos puramente filosóficos, han abandonado la idea de una unidad pura en Dios e introducido la idea de movimiento viviente y auto distinción. Y es también cierto que la experiencia cristiana pareciera exigir tal construcción de la doctrina de Dios. Al mismo tiempo es una doctrina que no hubiéramos conocido ni hubiéramos sido capaces de sostener con cierto grado de confianza, solamente sobre la base de la experiencia, y que fue traída a nuestro conocimiento solo por medio de la auto revelación especial de Dios. Por lo tanto es de gran importancia que reunamos pruebas escriturales de ella.

Pruebas en el Antiguo Testamento.

Algunos de los primeros Padres de la Iglesia e incluso algunos de los teólogos posteriores, haciendo caso omiso del carácter progresivo de la revelación de Dios, dieron la impresión de que la doctrina de la Trinidad fue completamente revelada en el Antiguo Testamento. Por otro lado, los socinianos y los arminianos fueron de la opinión de que en ningún modo se encontraba allí. Ambos estaban equivocados. El Antiguo Testamento no contiene una revelación plena de la existencia trinitaria de Dios pero contiene varias indicaciones de ella. Y esto es exactamente lo que podría esperarse. La Biblia nunca lidia con la doctrina de la Trinidad como una verdad abstracta sino que revela la vida trinitaria en sus variadas relaciones como una realidad viviente, a un cierto grado en conexión con las obras de la creación y la providencia, pero particularmente en relación con la obra de redención. Su revelación más fundamental es una revelación dada en hechos más que en palabras. Y esta revelación se incrementa en claridad en la medida en la que la obra redentora de Dios es revelada de forma más clara, como en la encarnación del Hijo y el derramamiento del Espíritu Santo. Y cuanto más sobresale la gloriosa realidad de la Trinidad en los hechos de la historia, más claras se vuelven las declaraciones de la doctrina. La revelación más plena de la Trinidad en el Nuevo Testamento se debe al hecho de que la Palabra se hizo carne, y que el Espíritu Santo hizo Su morada en la Iglesia.
La prueba para la Trinidad en ocasiones ha sido hallada en la distinción de Jehová y Elohim, y también en el plural Elohim, pero lo primero está totalmente infundado y lo último es, para decir lo menos, muy dudoso, aunque Rottenberg aún lo sostiene en su obra titulada De Triniteit in Israels Godsbegrip.4 Es mucho más plausible que os pasajes en donde Dios habla de sí mismo en plural, Génesis 1:26; 11:7, contengan una indicación de distinciones personales en Dios, aunque incluso estos no señalan a una trinidad sino solo a una pluralidad de personas. Incluso indicaciones más claras de tales distinciones personales se encuentran en aquellos pasajes que se refieren al Ángel de Jehová, que por un lado se identifica con Jehová y por el otro es diferenciado de Él, Génesis 16:7–13; 18:1–21; 19:1–28; Malaquías 3:1; y también en pasajes en los que la Palabra o la Sabiduría de Dios es personificada, Salmo 33:4, 6; Proverbios 8:12–31. En algunos casos se menciona más de una persona, Salmo 33:6; 45:6, 7 (comp. Hebreos 1:8, 9), y en otros Dios es el orador, y menciona tanto al Mesías como al Espíritu, o el Mesías es el orador que menciona tanto a Dios como al Espíritu, Isaías 48:16; 61:1; 63:9, 10. De modo que el Antiguo Testamento contiene una anticipación clara de la revelación más completa de la Trinidad en el Nuevo Testamento.

Pruebas en el Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento avanza con una revelación más clara de las distinciones en la deidad. Si en el Antiguo Testamento Jehová es representado como el Redentor y el Salvador de Su pueblo, Job 19:25; Salmo 19:14; 78:35; 106:21; Isaías 41:14; 43:3, 11, 14; 47:4; 49:7, 26; 60:16; Jeremías 14:3; 50:14; Oseas 13:3, en el Nuevo Testamento el Hijo de Dios claramente sobresale con esa capacidad, Mateo 1:21; Lucas 1:76–79; 2:17; Juan 4:42; Hechos 5:3; Gálatas 3:13; 4:5; Filipenses 3:20; Tito 2:13, 14. Y si en el Antiguo Testamento es Jehová quien habita entre Israel y en el corazón de aquellos que le temen, Salmo 74:2; 135:21; Isaías 8:18; 57:15; Ezequiel 43:7–9; Joel 3:17, 21; Zacarías 2:10, 11, en el Nuevo Testamento es el Espíritu Santo que habita en la Iglesia, Hechos 2:4, Romanos 8:9, 11; 1 Corintios 3:16; Gálatas 4:6; Efesios 2:22; Santiago 4:5. El Nuevo Testamento ofrece la clara revelación de Dios enviando a Su Hijo al mundo, Juan 3:16; Gálatas 4:4; Hebreos 1:6; 1 Juan 4:9; y tanto al Padre como al Hijo enviando al Espíritu, Juan 14:26; 15:26; 16:7; Gálatas 4:6. Encontramos al Padre dirigiéndose al Hijo, Marcos 1:11; Lucas 3:22, al Hijo teniendo comunión con el Padre, Mateo 11:25, 26; 26:39; Juan 11:41; 12:27, 28, y al Espíritu Santo orando a Dios en el corazón de los creyentes, Romanos 8:26. De forma que las personas separadas de la Trinidad sobresalen con claridad ente nuestra mente. En el bautismo del Hijo el Padre habla desde el cielo, y el Espíritu Santo desciende en forma de una paloma, Mateo 3:16, 17. En la gran comisión Jesús menciona a las tres personas: «… bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», Mateo 28:19. También son nombrados junto a cada uno en 1 Corintios 12:4–6; 2 Corintios 13:14; y 1 Pedro 1:2. El único pasaje que habla de la tri-unidad es 1 Juan 5:7, pero este es de dudosa autenticidad y por tanto eliminado de las últimas ediciones críticas del Nuevo Testamento.

DECLARACIÓN DE LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD.

La doctrina de la Trinidad puede ser mejor abordada brevemente en conexión con diversas proposiciones, las cuales constituyen un compendio de la fe de la Iglesia sobre este punto.

a) Hay en el Ser Divino una esencia indivisible (ousia, essentia). Dios es uno en Su ser esencial o naturaleza constitutiva. Algunos de los primeros Padres de la Iglesia usaron el término «substantia» como sinónimo de «essentia», pero escritores posteriores evitaron el uso de esto en vistas del hecho de que en la Iglesia latina «substantia» se usaba como una traducción de «hupostasis» así como también de «ousia», y por tanto era ambiguo. En el presente los dos términos «sustancia» y «esencia» suelen usarse de forma intercambiable. No hay ninguna objeción a esto considerando que tenemos en cuenta que estos tienen connotaciones apenas diferentes. Shedd las distingue de este modo: «Esencia viene de esse, ser, y denota ser energético. Sustancia procede de substare, y denota la posibilidad latente de ser.[…] El término esencia describe a Dios como una suma total de perfecciones infinitas; el término sustancia lo describe a Él como el fundamento subyacente de actividades infinitas. El primero es, comparativamente, una palabra activa; el último, una pasiva. El primero es, comparativamente, un término espiritual, el último uno material. Hablamos de sustancia material en lugar de esencia material».5 En virtud de que la unidad de Dios ya fue abordada anteriormente, no es necesario abundar en detalles en la conexión presente. Esta proposición con respecto a la unidad de Dios se basa en pasajes tales como Deuteronomio 6:4; Santiago 2:19, sobre la auto existencia y la inmutabilidad de Dios, y sobre el hecho de que Él sea identificado con Sus perfecciones como cuando Él es llamado vida, luz, verdad, justicia, etc.

b) En este Ser Divino hay tres Personas o subsistencias individuales, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto es probado por los diversos pasajes referidos como sustentadores de la doctrina de la Trinidad. Para denotar estas distinciones en la deidad, los escritores griegos por lo general emplearon el término hupostasis, mientras que los autores latinos emplearon el término persona, y en ocasiones substantia. Debido a que lo primero era proclive al error y lo último era ambiguo, los escolásticos acuñaron la palabra subsistentia. La variedad de términos usados señala el hecho de que siempre se sintió su insuficiencia. Por lo general se admite que la palabra «persona» es una expresión imperfecta de la idea. En lenguaje común denota un individuo racional y moral separado, poseedor de auto conciencia y consciente de su identidad en medio de todos los cambios. La experiencia enseña que donde uno tiene una persona, también tiene una distintiva esencia individual. Cada persona es un individuo distinto y separado, en quien se individualiza la naturaleza humana. Pero en Dios no hay tres individuos juntos ni separados uno del otro, sino solo auto distinciones personales dentro de la esencia divina, la cual no es solamente genérica sino también numéricamente una. Por consiguiente muchos prefirieron hablar de tres hipóstasis en Dios, tres modos diferentes, no de manifestación, como enseñó Sabelio, sino de existencia o subsistencia. Así, Calvino expresa: «Por persona, entonces, quiero decir una subsistencia en la esencia divina, una subsistencia que, aunque relacionada con los otros dos, se distingue de ellos mediante propiedades incomunicables».6 Esto es perfectamente permisible y puede evitar malos entendidos, pero no debería hacernos perder de vista del hecho de que las auto distinciones en el Ser divino implican un «Yo» y un «Tú» y un «Él» en el Ser de Dios, que asumen relaciones personales entre sí. Mateo 3:16; 4:1; Juan 1:18; 3:16; 5:20–22; 14:26; 15:26; 16:13–15.

c) La completa esencia indivisa de Dios pertenece igualmente a cada una de las tres personas. Esto significa que la esencia divina no está divida entre las tres personas sino que está completamente en toda su perfección en cada una de las personas, de manera que tienen una unidad numérica de esencia. La naturaleza divina se distingue de la naturaleza humana en que puede subsistir total e indivisiblemente en más de una persona. Mientras que tres personas entre los seres humanos tienen solamente unidad específica de naturaleza o esencia, esto es, poseen la esencia idéntica, las personas en la deidad tienen una unidad numérica de esencia, esto es, poseen la esencia idéntica. La naturaleza o esencia humana puede ser referida como una especie, de la cual cada ser humano tiene una parte individual, de modo que hay una unidad específica (de especie); pero la naturaleza divina es indivisible y por consiguiente idéntica en las personas de la deidad. Es numéricamente una y la misma, y por tanto la unidad de la esencia en las personas es una unidad numérica. De esto se desprende que la esencia divina no es una existencia independiente junto con las tres personas. No tiene existencia fuera de ni aparte de las tres personas. Si lo fuera, no habría unidad verdadera sino una división que conduciría a un tetrateísmo. La distinción personal es una dentro de la esencia divina. Esta tiene, como se denomina generalmente, tres modos de subsistencia. Otra conclusión que se desprende de lo anterior es que no puede haber ninguna subordinación en cuanto al ser esencial de una persona de la deidad a la otra, y por tanto ninguna diferencia en dignidad personal. Esto debe sostenerse contra el subordinacionismo de Orígenes y otros primeros Padres de la Iglesia, y los arminianos, y de Clarke y otros teólogos anglicanos. La única subordinación de la que podemos hablar es una subordinación con respecto al orden y la relación. Ocurre especialmente cuando reflexionamos sobre la relación de las tres personas con la esencia divina que todas las analogías nos fallan y nos volvemos profundamente conscientes del hecho de que la Trinidad es un misterio más allá de nuestra comprensión. Es la gloria incomprensible de la deidad. Así como la naturaleza humana es demasiada rica y demasiado plena como para ser encarnada en un solo individuo, y llega a su expresión adecuada solamente en la humanidad como un todo, así el Ser divino se despliega en sí mismo en su plenitud solamente en su trile subsistencia como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

d) La subsistencia y la operación de las tres personas en el Ser Divino están signadas por un determinado orden definido. Existe un orden determinado en la Trinidad ontológica. En la subsistencia personal el Padre es primero, el Hijo segundo y el Espíritu Santo tercero. Difícilmente deba decirse que este orden no se corresponde con ninguna prioridad de tiempo ni de dignidad esencial, sino solo con el orden lógico de derivación. El Padre no es engendrado por nadie; el Hijo es eternamente engendrado del Padre y el Espíritu procede del Padre y del Hijo desde toda la eternidad. La generación y la emanación ocurren dentro del Ser divino, e implican una subordinación determinada en cuanto a la forma de subsistencia personal, pero no subordinación en cuanto a lo que se refiere a la posesión de la esencia divina. Esta Trinidad ontológica y su orden inherente es la base metafísica de la economía de la Trinidad. Es natural, por tanto, que el orden existente en la Trinidad esencial sea reflejado en las opera ad extra que están más particularmente adscritas a cada una de las personas. La Escritura indica claramente este orden en los así llamados praepositiones distinctionales, ek, dia, y en, los cuales se usan para expresar la idea de que todas las cosas proceden del Padre, por medio del Hijo y en el Espíritu Santo.

e) Hay determinados atributos personales por los cuales se distinguen las tres personas. Estos son los llamados opera ad intra, porque son obras dentro del Ser divino que no terminan en las criaturas. Son operaciones personales que no son realizadas por las tres personas conjuntamente y que son incomunicables. La generación es una acción solamente del Padre; la filiación pertenece exclusivamente al Hijo; y la emanación solo puede ser adscrita al Espíritu Santo. Como opera ad intra estas obras son distinguidas de la opera ad extra, o aquellas actividades y efectos por los cuales la Trinidad se manifiesta externamente. Estas nunca son obras de una persona exclusivamente sino siempre obras del Ser divino como un todo. Al mismo tiempo es cierto que en el orden de la economía de las obras de Dios algunas de las opera ad extra son adscritas más particularmente a una persona y algunas más especialmente que otras. Pese a que todas son obras de las tres personas conjuntamente, la creación se adscribe principalmente al Padre, la redención al Hijo y la santificación al Espíritu Santo. Este orden en las operaciones divinas señala al orden esencial en Dios y forma la base de lo que generalmente se conoce como la economía de la Trinidad.

f) La Iglesia confiesa la Trinidad como un misterio más allá de la comprensión humana. La Trinidad es un misterio, no meramente en el sentido bíblico de que es una verdad, que anteriormente estaba oculta pero ahora es revelada; sino en el sentido en que el ser humano no puede comprenderla y hacerla inteligible. Es inteligible en algunas de sus relaciones y sus modos de manifestación, pero ininteligible en su naturaleza esencial. Los diversos esfuerzos que han sido realizados para explicar el misterio fueron especulativos más que teológicos. Invariablemente resultaron en el desarrollo de concepciones triteístas o modalistas de Dios, en la negación de la unidad de la esencia divina o de la realidad de las distinciones personales dentro de la esencia. La dificultad real reside en la relación en la que las personas en la deidad se erigen en relación a la esencia divina y unas con otras; y esto es una dificultad que la Iglesia no puede eliminar sino solo intentar reducir a su proporción adecuada por una definición apropiada de términos. Nunca ha intentado explicar el misterio de la Trinidad sino solo procurado formular la doctrina de la Trinidad de manera tal que los errores que la ponían en peligro fueran evitados.

VARIAS ANALOGÍAS SUGERIDAS PARA ARROJAR LUZ SOBRE EL ASUNTO.

Desde los primeros tiempos de la era cristiana se hicieron intentos para arrojar luz sobre el Ser trinitario de Dios, sobre la trinidad en unidad y la unidad en trinidad, por analogías extraídas de diversas fuentes. Aunque son todas defectuosas, no puede negarse que fueron de cierto valor en la discusión trinitaria. Esto se aplica particularmente a aquellas derivadas de la naturaleza constitutiva, o de la psicología, del ser humano. En vistas del hecho de que el ser humano fue creado a imagen de Dios, resulta natural suponer que, si existen algunos rastros de la vida trinitaria en las criaturas, los más evidentes de estos serán hallados en el ser humano.

a) Algunas de estas ilustraciones o analogías fueron tomadas de la naturaleza inanimada o de la vida vegetal, como el agua de la fuente, el arroyo y el río, o la niebla creciente, las nubes y la lluvia, o en la forma de lluvia, nieve y hielo; y como el árbol con raíces, tronco y ramas. Estas y todas las ilustraciones similares son muy defectuosas. La idea de la personalidad es, desde luego, completamente deficiente; y aunque esbozan ejemplos de una naturaleza o sustancia común, no son ejemplos de una esencia común que esté presente, no peramente en parte, sino en su completitud, en cada una de las partes o formas constitutivas.

b) Otras de mayor importancia fueron tomadas de la vida del ser humano, particularmente de la constitución y los procesos de la mente humana. Estas fueron consideradas de importancia especial porque el ser humano posee la imagen de Dios. A esta clase pertenece la unidad psicológica del intelecto, los afectos y la voluntad (Agustín); la unidad lógica de tesis, antítesis y síntesis (Hegel); y la unidad metafísica del sujeto, objeto y sujeto-objeto (Olshausen, Shedd). En todas estas tenemos una determinada trinidad en unidad, pero no tri-personalidad en unidad de sustancia.

c) Se ha llamado la atención, también, a la naturaleza del amor, que presupone un sujeto y un objeto, y llama a la unión de ambos, de modo que, cuando el amor realiza su obra perfecta, incluye tres elementos. Pero es fácil ver que esta analogía es falible en vistas de que coordina dos personas y una relación. No ilustra para nada una tri-personalidad. Más aún, solo se refiere a una cualidad y no a toda una sustancia poseída en común tanto por el sujeto como por el objeto.


Las Tres Personas Consideradas de Forma Separada

EL PADRE O LA PRIMERA PERSONA DE LA TRINIDAD.

a) El nombre «Padre» es aplicado a Dios. En la Escritura, este nombre no siempre es usado acerca de Dios en el mismo sentido. (1) A veces se aplica al Dios trino como el origen de todas las cosas creadas, 1 Corintios 8:6; Efesios 3:15; Hebreos. 12:9; Santiago 1:17. Aunque en estos casos el nombre se aplica al Dios trino, se refiere más particularmente a la primera persona, a quien se adscribe en la Escritura la obra de la creación de manera más especial. (2) El nombre también se adscribe al Dios trino para expresar la relación teocrática en la que Él se sitúa con relación a Israel como Su pueblo del Antiguo Testamento, Deuteronomio 32:6; Isaías 63:16; 64:8; Jeremías 3:4; Malaquías 1:6; 2:10. (3) En el Nuevo Testamento el nombre se utiliza generalmente para designar al Dios trino como el Padre en el sentido ético de todos Sus hijos espirituales, Mateo 5:45; 6:6–15; Romanos 8:16; 1 Juan 3:1. (4) En un sentido totalmente diferente, no obstante, el nombre se aplica a la primera persona de la Trinidad en Su relación con la segunda persona, Juan 1:14, 18; 5:17–26; 8:54; 14:12, 13. La primera persona es el Padre de la segunda en un sentido metafísico. Esta es la paternidad original de Dios, de la cual toda paternidad terrenal no es sino un tenue reflejo.

b) La propiedad distintiva del Padre. La propiedad personal del Padre es, hablando negativamente, que Él no es engendrado ni no engendrado, y positivamente hablando, la generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo. Es cierto que la espiración es también una obra del Hijo, pero en Él no se combina con la generación. Estrictamente hablando, la única obra que es peculiar del Padre de forma exclusiva es la de la generación activa.

c) Las opera ad extra imputada más particularmente al Padre. Todas las opera ad extra de Dios son obras del Dios trino, pero en algunas de estas obras el Padre es evidentemente en el primer plano, tales como: (1) Diseñar la obra de redención, incluyendo la elección, de la cual el Hijo fue en sí mismo un objeto, Salmo 2:7–9; 40:6–9; Isaías 53:10; Mateo 12:32; Efesios 1:3–6. (2) Las obras de creación y providencia, en especial en sus etapas iniciales, 1 Corintios 8:6; Efesios 2:9. (3) La obra de representar a la Trinidad en el Consejo de Redención, como el Ser santo y justo, cuyo derecho fue violado, Salmo 2:7–9; 40:6–9; Juan 6:37, 38; 17:4–7.

EL HIJO O LA SEGUNDA PERSONA EN LA TRINIDAD

a) El nombre «Hijo» es aplicado a la segunda persona. La segunda persona en la Trinidad es llamada «Hijo» o «Hijo de Dios» en más de un sentido de la palabra. (1) En un sentido metafísico. Esto debe sostenerse contra los socinianos y unitarios, que rechazan la idea de una deidad tri-personal, ven en Jesús a un mero hombre y se refieren al nombre «Hijo de Dios» como algo aplicado a Él principalmente como un título honorario que le fue conferido. En la Escritura es muy evidente que Jesucristo es representado como Hijo de Dios, independientemente de Su posición y Su obra como Mediador. (a) Se habla de Él como el Hijo de Dios desde un punto de vista de la pre-encarnación, por ejemplo en Juan 1:14, 18; Gálatas 4:4. (b) Es llamado el «unigénito» Hijo de Dios o del Padre, un término que no se aplicaría a Él si fuera solo el Hijo de Dios en un sentido oficial o ético, Juan 1:14, 18; 3:16, 18; 1 Juan 4:9. Compárese 2 Samuel 7:14; Job 2:1; Salmo 2:7; Lucas 3:38; Juan 1:12. (c) En algunos pasajes hay evidencia abundante a partir del contexto que el nombre es indicativo de la deidad de Cristo, Juan 5:18–25; Hebreos 1. (d) Aunque Jesús enseña a Sus discípulos a hablar de Dios y dirigirse a Él como «Padre nuestro», Él mismo habla de Él, y se dirige a Él, simplemente como «Padre» o «mi Padre», y por consiguiente muestra que Él era consciente de una relación singular con el Padre, Mateo 6:9; 7:21; Juan 20:17. (e) Según Mateo 11:27, Jesús como Hijo de Dios afirma un conocimiento único de Dios, un conocimiento que nadie más puede poseer. (f) Los judíos ciertamente entendieron la afirmación de Jesús de que Él era el Hijo de Dios en un sentido metafísico, porque se refirieron como blasfemia a la manera en que Él hablaba de sí mismo como Hijo de Dios, Mateo 26:63; Juan 5:18; 10:36. —(2) En un sentido oficial o mesiánico. En ciertos pasajes este sentido del nombre se combina con el que mencionamos previamente. Los siguientes pasajes aplican el nombre «Hijo de Dios» a Cristo como Mediador, Mateo 8:29; 26:63 (donde este sentido se combina con el otro); 27:40; Juan 1:49; 11:27. Esta posición de Mesías-Hijo está, desde luego, relacionada con la filiación original de Cristo como Hijo. Fue solamente porque Él era el Hijo de Dios eterno y esencial que pudo ser llamado el Hijo de Dios como Mesías. Más aún, la posición como Mesías-Hijo refleja la filiación eterna de Cristo como Hijo. Es desde este punto de vistas de esta situación Mesías-Hijo que Dios es incluso llamado el Dios del Hijo, 2 Corintios 11:31; Efesios 1:3, y en ocasiones es mencionado como Dios en distinción del Señor, Juan 17:3; 1 Corintios 8:6; Efesios. 4:5, 6. —(3) En un sentido nativista. El nombre «Hijo de Dios» es dado a Jesús también en vistas del hecho de que Él debió su nacimiento a la paternidad de Dios. Fue engendrado, según Su naturaleza humana, por la operación sobrenatural del Espíritu Santo, y en ese sentido es el Hijo de Dios. Esto se indica con claridad en Lucas 1:32, 35, y puede inferirse también probablemente a partir de Juan 1:13.

b) La subsistencia personal del Hijo. La subsistencia personal del Hijo debe sostenerse contra todo modalismo, que en una forma u otra niega las distinciones personales en la deidad. La personalidad del Hijo puede ser sustentarse de esta manera: (1) El modo en que la Biblia habla del Padre y del Hijo juntos el uno con el otro implica que uno es tan personal como el otro, y es también un indicativo de una relación personal existente entre ambos. (2) El uso de apelativos «unigénito» y «primogénito» implican que la relación entre el Padre y el Hijo, aunque singular, puede no obstante representarse aproximadamente como una de generación y nacimiento. El nombre «primogénito» se halla en Colosenses 1:15; Hebreos 1:6 y enfatiza el hecho de la generación eterna del Hijo. Simplemente significa que Él era antes de toda creación. (3) En la Escritura, el uso distintivo el término «Logos» señala en la misma dirección. Este término se aplica al Hijo, no en el primer lugar para expresar Su relación con el mundo (que es bastante secundario), pero para indicar la relación íntima en la que Él se sitúa con respecto al Padre, la relación como la establecida entre una palabra y el orador. A diferencia de la filosofía, la Biblia representa al Logos como personal y lo identifica con el Hijo de Dios, Juan 1:1–14; 1 Juan 1:1–3. (4) La descripción del Hijo como la imagen, o incluso como la misma imagen de Dios en 2 Corintios 4:4; Colosenses 1:15; Hebreos 1:3. En la Escritura, Dios sobresale claramente como un Ser personal. Si el Hijo de Dios es la misma imagen de Dios, Él también debe ser una persona.

c) La generación eternal del Hijo. La propiedad personal del Hijo es que Él es eternamente engendrado del Padre (brevemente denominado «filiación») y participa con el Padre en la espiración del Espíritu. La doctrina de la generación del Hijo es sugerida por la representación bíblica de la primera y la segunda personas de la Trinidad como se sitúan en la relación el Padre y el Hijo entre sí. No solo los nombres «Padre» e «Hijo» sugieren la generación del último por el primero, son que también el Hijo es denominado reiteradamente «el unigénito», Juan 1:14, 18; 3:16, 18; Hebreos 11:17; 1 Juan 4:9. Diversas particularidades merecen énfasis en conexión con la generación del Hijo: (1) Es un acto necesario de Dios. Orígenes, uno de los primeros en hablar de la generación del Hijo, se refería a esto como un acto dependiente de la voluntad del Padre y por lo tanto libre. Otros en distintos momentos expresaron la misma opinión. Pero se vio claramente en Atanasio y otros que una generación dependiente sobre la voluntad opcional del Padre no sería igual y homoousios con el Padre, porque el Padre existe necesariamente y no puede ser concebido como no existente. La generación del Hijo debe ser referida como un acto necesario y perfectamente natural de Dios. Esto no significa que no esté relacionado con la voluntad del Padre en ningún sentido de la palabra. Es una obra de la voluntad necesaria del Padre, lo cual significa meramente que Su voluntad concomitante se deleita perfectamente en ello. (2) Es un acto eterno del Padre. Esto se desprende naturalmente de lo precedente. Si la generación del Hijo es un acto necesario del Padre, de modo que es imposible concebirlo como no generando, este participa naturalmente en la eternidad del Padre. Esto no implica, sin embargo, que sea un acto que fuera completado en un distante pasado lejano sino en cambio que es un acto atemporal, el acto de un presente eterno, un acto que es siempre continuo y sin embargo completado. Su eternidad se desprende no solo de la eternidad de Dios sino también de la inmutabilidad divina y de la verdadera deidad del Hijo. En adición a esto puede inferirse de todos aquellos pasajes de la Escritura que enseñan ya sea la pre-existencia del Hijo o su igualdad con el Padre, Miqueas 5:2; Juan 1:14, 18; 3:16; 5:17, 18, 30, 36; Hechos 13:33; Juan 17:5; Colosenses 1:16; Hebreos 1:3. La declaración del Salmo 2:7, «Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy», es citado generalmente para probar la generación del Hijo pero, según algunos, con propiedad bastante dudosa, cf. Hecho 13:33; Hebreos 1:5. Conjeturan que estas palabras se refieren al surgimiento de Jesús como Rey Mesiánico y al reconocimiento de Él como Hijo de Dios en un sentido oficial, y probablemente deba enlazarse con la promesa hallada en 2 Samuel 7:14, así como están en Hebreos 1:5. (3) Es una generación de la subsistencia personal en lugar de la esencia divina del Hijo. Algunos han expresado como si el Padre generara la esencia del Hijo, pero esto es equivalente a decir que Él generó Su propia esencia, porque la esencia de tanto el Padre como el Hijo es exactamente la misma. Es mejor decir que el Padre general la subsistencia personal del Hijo pero de este modo también le comunica a Él la esencia divina en su totalidad. Pero al hacer esto debemos cuidarnos ante la idea de que el Padre primero generó una segunda persona y luego comunicó la esencia divina a esta persona, porque eso llevaría a la conclusión de que el Hijo no fue generado de la esencia divina sino creado de la nada. En la obra de generación hubo una comunicación de esencia; fue un acto indivisible. Y en virtud de esta comunicación el Hijo también tiene vida en sí mismo. Esto está de acuerdo con la declaración de Jesús: «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo», Juan 5:26. (4) Es una generación que debe concebirse como espiritual y divina. En oposición a los arrianos, que insistían en que la generación del Hijo necesariamente implicaba separación o división en el Ser divino, los Padres de la Iglesia enfatizaron el hecho de que esta generación no debe concebirse en un modo físico y criatural sino que debe ser referido como espiritual y divino, excluyendo la idea de división o cambio. Conlleva distinctio y distributio, pero no diversitas ni divisio en el Ser divino (Bavinck). La analogía más sorprendente de esto se halla en el pensamiento y el habla del ser humano, y la Biblia misma parece apuntar a esto cuando habla del Hijo como el Logos. (5) La definición siguiente puede darse sobre la generación del Hijo: Es aquel acto eterno y necesario de la primera persona de la Trinidad por el cual Él, dentro del Ser divino, es el fundamento de una segunda subsistencia personal como la suya propia, y sitúa a esta segunda persona en posesión de la esencia divina completa, sin ninguna división, alienación ni cambio.

d) La deidad del Hijo. La deidad del Hijo fue negada en la Iglesia primitiva por los ebionitas y los alogianos, y también por los monarquianistas dinámicos y los arrianos. En los días de la Reforma los socinianos siguieron su ejemplo y hablaban de Jesús como un mero hombre. La misma postura fue asumida por Schleiermacher y Ritschl, por una hueste de académicos liberales, particularmente en Alemania, por los unitarios y por los modernistas y humanistas de la actualidad. Esta negación solo es posible para quienes desestiman las enseñanzas de la Escritura, porque la Biblia contiene una abundancia de evidencia para la deidad de Cristo.7 En la Escritura hallamos que (1) se afirma explícitamente la deidad del Hijo en pasajes tales como Juan 1:1; 20:28; Romanos 9:5; Filipenses 2:6; Tito 2:13; 1 Juan 5:20; (2) se aplican nombres divinos a Él, Isaías 9:6; 40:3; Jeremías 23:5, 6; Joel 2:32 (comp. Hechos 2:21); 1 Timoteo 3:16; (3) se adscriben a Él atributos divinos, tales como existencia eterna, Isaías 9:6; Juan 1:1, 2; Apocalipsis 1:8; 22:13, omnipresencia, Mateo 18:20; 28:20; Juan 3:13, omnisciencia, Juan 2:24, 25; 21:17; Apocalipsis 2:23, omnipotencia. Isaías 9:6; Filipenses 3:21; Apocalipsis 1:8, inmutabilidad, Hebreos 1:10–12; 13:8, y en general cada atributo que pertenece al Padre, Colosenses 2:9; (4) se habla de Él como haciendo las obras divinas, como creación, Juan 1:3, 10; Colosenses 1:16; Hebreos 1:2, 10, providencia, Lucas 10:22; Juan 3:35; 17:2; Efesios. 1:22; Colosenses 1:17; Hebreos 1:3, perdón de pecados, Mateo 9:2–7; Marcos 2:7–10; Colosenses 3:13, resurrección y juicio, Mateo. 25:31, 32; Juan 5:19–29; Hechos 10:42; 17:31; Filipenses 3:21; 2 Timoteo. 4:1, la disolución final y la renovación de todas las cosas, Hebreos 1:10–12; Filipenses 3:21; Apocalipsis 21:5, y (5) se le otorga a Él honor divino, Juan 5:22, 23; 14:1; 1 Corintios 15:19; 2 Corintios 13:13; Hebreos 1:6; Mateo 28:19.

e) El lugar del Hijo en la economía de la Trinidad. Debe notarse que el orden de existencia en la Trinidad esencial u ontológica se refleja en la economía de la Trinidad. El Hijo ocupa el segundo lugar en las opera ad extra. Si todas las cosas proceden del Padre, estas son a través del Hijo, 1 Corintios 8:6. Si el primero es representado como la causa absoluta de todas las coas, el segundo se sitúa claramente como la causa mediadora. Esto se aplica a la esfera natural, donde todas las cosas son creadas y sustentadas por medio del Hijo, Juan 1:3, 10; Hebreos 1:2, 3. Él es «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, [que] venía a este mundo», Juan 1:9. Esto también se aplica a la obra de redención. En el Consejo de Redención Él asume ser el Fiador para Su pueblo, y ejecutar el plan de redención del Padre, Salmo 40:7, 8. Él lleva a cabo esto más particularmente en Su encarnación, sus sufrimientos y su muerte, Efesios 1:3–14. En conexión con Su función, los atributos de sabiduría y poder, 1 Corintios 1:24; Hebreos 1:3, y de misericordia y gracia, son adscritos especialmente a Él, 2 Corintios 13:13; Efesios 5:2, 25.

3. EL ESPÍRITU SANTO O LA TERCERA PERSONA EN LA TRINIDAD

a) El nombre aplicado a la tercera persona de la Trinidad. Aunque se nos dice en Juan 4:24 que Dios es Espíritu, el nombre se aplica más particularmente a la tercera persona de la Trinidad. El término hebreo por el cual Él es designado es ruach, y el griego pneuma, ambos de los cuales se derivan, como el latín spiritus, de la raíz que significa «respirar». De ahí que también pueda traducirse como «aliento», Génesis 2:7; 6:17; Ezequiel 37:5, 6 o «viento», Génesis 8:1; 1 Reyes 19:11; Juan 3:8. Por lo general, el Antiguo Testamento utiliza el término «espíritu» sin ninguna calificación, o habla de «el espíritu de Dios» o «el Espíritu del Señor», y emplea el término «Espíritu Santo» solamente en Salmo 51:11, Isaías 63:10, 11, mientras que el Nuevo Testamento rara vez aplica el adjetivo «santo» a Dios en general pero lo usa con frecuencia para caracterizar al Espíritu. Esto, con toda probabilidad, se debe al hecho de que fue especialmente en el Espíritu y en Su obra santificadora que Dios se reveló a sí mismo como el Santo. Es el Espíritu Santo quien hace Su morada en el corazón de los creyentes, quien los separa para Dios y quien los limpia del pecado.

b) La personalidad del Espíritu Santo. Los términos «Espíritu de Dios» o «Espíritu Santo» no sugieren personalidad tanto como lo hace el término «Hijo». Más aún, la persona del Espíritu Santo no aparece en una forma personal claramente discernible entre los seres humanos, como lo hizo la persona del Hijo de Dios. Como resultado la personalidad del Espíritu Santo fue puesta a menudo en cuestionamiento, y por tanto merece una atención especial. La personalidad del Espíritu fue negada en la Iglesia primitiva por los monarquianistas y los pneumatómacos. En su negación fueron seguidos por los socinianos en el tiempo de la Reforma. Incluso más tarde Schleiermacher, Ritschl, los unitarios, los modernistas actuales y todos los sabelianos modernos rechazaron la personalidad del Espíritu Santo. Suele decirse en el presente que aquellos pasajes que parecieran implicar la personalidad del Espíritu Santo simplemente contienen personificaciones. Pero las personificaciones son ciertamente raras en las escrituras en prosa del Nuevo Testamento y pueden reconocerse con facilidad. Más aún, tal explicación destruye claramente el sentido de algunos de estos pasajes, p. ej. Juan 14:26; 16:7–11; Romanos 8:26. La prueba escritural para la personalidad del Espíritu Santo es suficientemente abundante: (1) Designaciones que son propias de la personalidad son dadas a Él. Aunque pneuma es neutro, aun así el pronombre masculino ekeinos es utilizado para el Espíritu en Juan 16:14; y en Efesios 1:14 algunas de las mejores autoridades tienen el pronombre relativo masculino hos. Más aún, el nombre Parakletos es aplicado a Él, Juan 14:26; 15:26; 16:7 que no puede traducirse por «consuelo» ni ser referido como el nombre de ninguna influencia abstracta. Que se entienda como persona está indicado por el hecho de que el Espíritu Santo como Consolador está situado en yuxtaposición con Cristo como el Consolador a punto de partir, a quien se aplica el mismo término en 1 Juan 2:1. Es cierto que este término es seguido por los neutros ho y auto en Juan 14:16–18 pero esto se debe al hecho de que interviene pneuma. (2) Las características de una persona son adscritas a Él, tales como inteligencia, Juan 14:26; 15:26; Romanos 8:16, voluntad, Hechos 16:7; 1 Corintios 12:11 y afectos Isaías 63:10; Efesios 4:30. Más aún, Él realiza acciones adecuadas a la personalidad. Él busca, habla, testifica, ordena, revela, anhela, crea, hace intercesión, levanta a los muertos, etc., Génesis 1:2; 6:3; Lucas 12:12; Juan 14:26; 15:26; 16:8; Hechos 8:29; 13:2; Romanos 8:11; 1 Corintios 2:10, 11. Todas estas cosas no pueden ser un mero poder ni una influencia sino a una persona. (3) Él es representado como situado en tales relaciones con las demás personas como implicación de Su propia personalidad. Él está posicionado en yuxtaposición con los apóstoles en Hechos 15:28, con Cristo en Juan 16:14, y con el Padre y el Hijo en Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13; 1 Pedro 1:1, 2; Judas 20, 21. La exégesis seria exige que en estos pasajes el Espíritu Santo sea referido como una persona. (4) También hay pasajes en los que el Espíritu Santo es distinguido de Su propio poder, Lucas 1:35; 4:14; Hechos 10:38; Romanos 15:13; 1 Corintios 2:4. Tales pasajes serían tautológicos, sin sentido e incluso absurdos si fueran interpretados de acuerdo al principio de que el Espíritu Santo es meramente un poder. Esto puede mostrarse mediante la sustitución del nombre «Espíritu Santo» palabras tales como «poder» o «influencia».

c) La relación del Espíritu Santo con las demás personas en la Trinidad. Las controversias trinitarias primitivas llevaron a la conclusión de que el Espíritu Santo, así como el Hijo, son la misma esencia que el Padre, y por consiguiente co-substanciales con Él. Y la larga disputa sobre la cuestión, sea que el Espíritu Santo procedió del Padre solamente o también del Hijo, fue finalmente zanjada por el Sínodo de Toledo en 589 mediante la adición de la palabra «Filioque» a la versión en latín del Credo Constantinopolitano: «Credimus in Spiritum Sanctum qui a Patre Filioque procedit» («Creemos en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo»). Esta emanación del Espíritu Santo, brevemente llamada espiración, es su propiedad personal. Mucho de lo que se dijo con respecto a la generación del Hijo también se aplica a la espiración del Espíritu Santo y no necesita repetirse. Sin embargo, pueden señalarse los siguientes puntos de distinción entre ambos: (1) La generación es obra solamente del Padre; la espiración es obra tanto del Padre como del Hijo. (2) Por la generación el Hijo es capacitado para tomar parte en la obra de espiración, pero el Espíritu Santo no adquiere tal poder. (3) En el orden lógico la generación precede la espiración. Debe recordarse, no obstante, que todo esto no implica ninguna subordinación esencial del Espíritu Santo al Hijo. En espiración así como también en generación hay una comunicación de la totalidad de la esencia divina, de modo que el Espíritu Santo está en igualdad con el Padre y el Hijo. La doctrina de la emanación del Espíritu Santo del Padre y del Hijo se basa en Juan 15:26, y sobre el hecho de que el Espíritu es también denominado como Espíritu de Cristo y del Hijo, Romanos 8:9; Gálatas 4:6, y es enviado por Cristo hacia el mundo. La espiración puede definirse como aquel acto eterno y necesario de la primera y la segunda personas de la Trinidad por la cual ellas, dentro del Ser divino, se vuelven el fundamento de la subsistencia personal del Espíritu Santo y colocan a la tercera persona en posesión de la totalidad de la esencia divina, sin ninguna división alienación ni cambio.
El Espíritu Santo se sitúa en la relación más estrecha posible con las demás personas. En virtud de Su emanación del Padre y del Hijo el Espíritu es representado como situándose en la relación más estrecha posible a ambas de las otras personas. A partir de 1 Corintios 2:10, 11 podemos inferir no que el Espíritu sea lo mismo que la auto conciencia de Dios sino que Él está tan estrechamente conectado con Dios el Padre como el alma del ser humano lo están con el ser humano. En 2 Corintios 3:17 leemos: «Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad». Aquí el Señor (Cristo) es identificado con el Espíritu, no con respecto a la personalidad sino como una forma de obrar. En el mismo pasaje el Espíritu es denominado «el Espíritu del Señor». La obra por la cual el Espíritu Santo fue enviado a la Iglesia en el día de Pentecostés estuvo basada en Su unidad con el Padre y el Hijo. Vino como el Parakletos para ocular el lugar de Cristo y hacer Su obra en la tierra, esto es, enseñar, proclamar, testificar, llevar testimonio, etc., como había hecho el Hijo de Dios. Ahora en el caso del Hijo esta obra reveladora reposaba en Su unidad con el Padre. Así como la obra del Espíritu está basada en Su unidad con el Padre y el Hijo, Juan 16:14, 15. Notemos las palabras de Jesús en este pasaje: «El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber»

d) La deidad del Espíritu Santo. La deidad del Espíritu Santo puede establecerse desde la Escritura por una línea de pruebas bastante similares a las empleadas en conexión con el Hijo: (1) Se le dan nombres divinos, Éxodo. 17:7 (comp. Hebreos 3:7–9); Hechos 5:3, 4; 1 Corintios 3:16; 2 Timoteo 3:16 (comp. 2 Pedro 1:21). (2) Se le adscriben perfecciones, tales como omnipresencia, Salmo 139:7–10, omnisciencia, Isaías 40:13, 14 (comp. Romanos 11:34); 1 Corintios 2:10, 11, omnipotencia, 1 Corintios 12:11; Romanos 15:19, y eternidad, Hebreos 9:14 (?). (3) Obras divinas son realizadas por Él, tales como creación, Génesis 1:2; Job 26:13; 33:4, renovación providencial, Salmo 104:30, regeneración, Juan 3:5, 6; Tito 3:5, y la resurrección de los muertos, Romanos 8:11. (4) Honor divino también es rendido a Él, Mateo 28:19; Romanos 9:1; 2 Corintios 13:13.
e) La obra del Espíritu Santo en la economía divina. Hay determinadas obras que son adscritas más particularmente al Espíritu Santo, no solo en la economía general de Dios sino también en la economía especial de la redención. En general puede decirse que es tarea especial del Espíritu Santo llevar las cosas a su cumplimiento por medio de obrar inmediatamente sobre y en las criaturas. Así como Él mismo es la persona que completa la Trinidad, así Su obra es el cumplimiento del contacto de Dios con Sus criaturas y la consumación de la obra de Dios en cada esfera. Sigue la obra del Hijo, así como la obra del Hijo sigue la del Padre. Es importante tener esto en cuenta, porque si la obra del Espíritu Santo se divorcia de la obra objetiva del Hijo, está destinado a surgir un falso misticismo. La obra del Espíritu Santo incluye lo siguiente en la esfera natural: (1) La generación de vida. Como el ser procede del Padre y el pensamiento por medio del Hijo, así la vida está mediada por el Espíritu, Génesis 1:3; Job 26:13; Salmo 33:6 (?); Salmo 104:30. En ese sentido Él pone el toque de finalización a la obra de la creación. (2) La inspiración general y la calificación de los seres humanos. El Espíritu Santo inspira y califica a los seres humanos para realizar sus tareas oficiales, para obrar en ciencia y en arte, etc., Éxodo 28:3; 31:2, 3, 6; 35:35; 1 Samuel 11:6; 16:13, 14.
Incluso de mayor importancia es la obra del Espíritu Santo en la esfera de la redención. Aquí los puntos siguientes pueden mencionarse: (1) Preparación y calificación de Cristo para su obra mediadora. Le preparó un cuerpo a Cristo y así lo habilitó para convertirse en un sacrificio por el pecado. Lucas 1:35; Hebreos 10:5–7. En las palabras «mas me preparaste cuerpo» el escritor de Hebreos sigue a la Septuaginta. El significado es: Me has capacitado por medio de la preparación de un cuerpo santo para convertirme en un sacrificio real. En Su bautismo, Cristo fue ungido con el Espíritu Santo, Lucas 3:22, y recibió los dones calificadores del Espíritu Santo sin medida, Juan 3:24. (2) Inspiración de la Escritura. El Espíritu Santo inspiró la Escritura y así trajo a los seres humanos la revelación especial de Dios, 1 Corintios 2:13; 2 Pedro 1:21, el conocimiento de la obra de redención que es en Cristo Jesús. (3) Formación y expansión de la Iglesia. El Espíritu Santo forma y hace crecer la Iglesia, el cuerpo místico de Jesucristo, por la regeneración y la santificación, y habita en ella como el principio de la nueva vida, Efesios 1:22, 23; 2:22; 1 Corintios 3:16; 12:4 ss. (4) Enseñar y guiar a la Iglesia. El Espíritu Santo testifica de Cristo y lleva a la Iglesia hacia toda verdad. Al hacer esto Él manifiesta la gloria de Dios y de Cristo, incrementa el conocimiento del Salvador, guarda a la Iglesia del error y la preparar para su destino eterno, Juan 14:26; 15:26; 16:13, 14; Hechos 5:32; Hebreos 10:15; 1 Juan 2:27.

PREGUNTAS PARA EL ESTUDIO ADICIONAL.

¿Contiene la literatura pagana alguna analogía de la doctrina de la Trinidad? ¿Comienza el desarrollo de la doctrina de la Trinidad desde lo ontológico o desde la economía de la Trinidad? ¿Puede la economía de la Trinidad entenderse fuera de lo ontológico? ¿Por qué la doctrina de la Trinidad es abordada por algunos como introductoria de la doctrina de la redención? ¿Cuál es la concepción hegeliana de la Trinidad? ¿Cómo la concibió Swendenborg? ¿Dónde encontramos sabelianismo en la teología moderna? ¿Por qué es objetable sostener que la Trinidad es puramente económica? ¿Qué objeciones hay a la concepción humanitaria moderna de la Trinidad? ¿Por qué Barth trata la Trinidad en los prolegómenos a la teología? ¿Cuál es la importancia práctica de la doctrina de la Trinidad?

Stuart Olyott


¡Bendita Trinidad!


La evidencia de la Escritura, pues, nos conduce a la Trinidad: no hay sino un Dios; hay tres que son Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; estos tres son distintos, y están diferenciados entre sí por sus cualidades personales. La generación es un acto del Padre solamente. Solamente del Hijo se puede decir que es engendrado. La procesión solo puede atribuirse al Espíritu Santo. De esta manera hemos presentado casi todos los principales puntos de la doctrina de la Trinidad. Solamente unos pocos quedan por clarificar, lo cual haremos ahora.


La Trinidad ontológica

Libros más complicados que este hablan de “la Trinidad ontológica” (o algunas veces de la “Trinidad esencial”). Esto significa, simplemente, que dentro de la Divinidad hay un cierto orden definido. El Padre es primero; el Hijo, segundo; y el Espíritu Santo, tercero. Esto no significa que uno haya existido antes que otro, pues cada persona es eternamente Dios. Tampoco significa que uno sea mayor, el segundo menor y el tercero inferior, pues cada persona es Dios por derecho propio y las personas son iguales. Es sencillamente un reconocimiento de las eternas relaciones que existen entre las personas de la Divinidad.
Al Padre no le engendra alguna otra persona. Ni tampoco procede Él de cualquiera de las otras. Él es el Padre del Hijo, a quien ha engendrado desde la eternidad. El Espíritu procede de Él y es su Espíritu. Él envía y opera a través tanto del Hijo como del Hijo y el Espíritu Santo, y nunca ocurre lo contrario.
El Hijo es eternamente el Unigénito del Padre, es enviado por Él y lo revela. También envía al Espíritu Santo y opera por medio de Él —que es su Espíritu— y nunca ocurre lo contrario.
El Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, y actúa para ambos y los revela.
Cada uno es igualmente Dios y, por tanto, igual en honra, poder y gloria. Uno no es Dios más que el otro. Ninguno es más sabio o más santo que las otras personas. Ninguno está subordinado al otro: en otras palabras, no tienen diferente rango. Sin embargo, en lo que respecta a las relaciones personales entre ellos, existe este orden concreto y, en ese sentido —y solamente en ese—, está implícita una cierta subordinación. Hay una prioridad, pero no una superioridad. Hay un orden en la Divinidad, pero no hay rangos. Cuando utilizamos la expresión “Trinidad ontológica”, estamos teniendo en cuenta simplemente este hecho. Así es dentro de la Divinidad. Así son las cosas entre las personas de la Trinidad.


La Trinidad económica

Estas relaciones dentro de la Divinidad se reflejan en la manera como Dios actúa. Esto es lo que significa el término “Trinidad económica”. Todo lo que Dios hace procede del Padre: Él es primero. Se lleva a cabo a través del Hijo: Él es segundo. Y lo efectúa el Espíritu: Él es tercero. Todas las obras de Dios son obras de las tres personas conjuntamente. Es cierto que algunos versículos de la Escritura señalan a la creación como la obra del Padre, la redención como la obra del Hijo y la santificación como la obra del Espíritu. Sin embargo, cuando observamos todo lo que la Escritura tiene que decir, vemos que en cada caso el Padre es la Causa, el Hijo el Mediador, y el Espíritu Santo el que aplica y completa. Por supuesto, hemos de subrayar de nuevo que las personas de la Trinidad son juntamente iguales. No hay superior ni inferior. Sin embargo, hay este orden armónico de las personas cuando actúa la Divinidad. Así obra Dios.
Podemos ver esto claramente cuando consideramos la obra creadora de Dios: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Sin embargo, fue su Hijo “por quien […] hizo el universo” (Hebreos 1:2), y está muy claro que fue el Espíritu Santo quien efectuó la obra (Génesis 1:2), pues a Él se lo describe a menudo como el Agente de la creación (Salmo 104:30). Dios el Padre lo hizo, a través del Hijo, por medio del Espíritu Santo.
Lo vemos en la obra salvadora de Dios. Fue Dios el Padre quien eternamente dio un pueblo escogido a su Hijo, y quien envió a este al mundo para salvarlos (Juan 6:37–40). Fue a Dios el Hijo a quien se entregó a la muerte por las transgresiones de ellos, y el que fue resucitado para su justificación (Romanos 4:24–25). Es Dios el Espíritu Santo quien los hace partícipes de los beneficios que Cristo ha obtenido para ellos (1 Corintios 2:1–5; 1 Tesalonicenses 1:5–10). La obra del Espíritu Santo sigue a la obra del Hijo, de la misma manera que la obra del Hijo sigue a la del Padre. No existe exactamente un orden definido dentro de la Divinidad. Esto se refleja externamente por la manera como Dios obra. Cuando utilizamos la expresión “Trinidad económica”, tenemos sencillamente en cuenta esta verdad.


Sin analogía

No estamos más próximos a explicar el incomprensible misterio de la Trinidad, pero al menos hemos podido observar lo que de hecho dicen las Escrituras acerca del mismo. La verdadera dificultad reside en comprender cómo cada persona puede ser Dios mismo y, sin embargo, tener esa relación particular con las otras dos personas. La dificultad continúa, y nunca se podrá salvar. Está fuera del alcance de la mente humana.
No obstante, desde el primer siglo hasta nuestros días, son muchísimos los que han tratado de descubrir y utilizar diferentes analogías e ilustraciones para hacer comprensible la verdad de la Trinidad (por ejemplo: las tres hojas de un trébol; mente, emociones y voluntad en un hombre; el Sol, sus rayos y su calor, etc.). Cada una de ellas es defectuosa de una u otra manera. O bien expresa algo menos de lo que la Biblia dice, o algo más, o algo diferente. Debemos reconocerlo: la doctrina de la Trinidad no tiene analogía. No hay manera en absoluto de ilustrarla. No hay nada comparable en ninguna parte. Es el primer y gran misterio de todos. ¿Cómo puede una ilustración finita describir al Dios infinito? Es el ser de Dios lo que estamos considerando, y Él está, por definición, fuera del alcance del entendimiento de los mortales.


La mejor manera de explicarlo

Es imposible saber la verdad acerca de Dios sin estudiar su Palabra. Por consiguiente, no podemos ayudar a la gente a creer este misterio a menos que estén dispuestos a que se les explique la Biblia, o a abrirla por sí mismos. Si tenemos la oportunidad de hablar acerca de este tema con un amigo que muestre interés, ¿por qué no seguir el método y orden de este libro con la Biblia abierta?
Si las circunstancias no permiten una larga explicación, lo mejor que podemos hacer es llevar a nuestros amigos a un versículo bíblico que examinamos en el capítulo 6. Al menos, esto los ayudará a empezar a pensar acerca del tema. El versículo en cuestión es Mateo 28:19, donde Jesús nos manda que vayamos y hagamos discípulos a todas las naciones, “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. El no dijo “nombres” sino “nombre”. Esto aclara que se está refiriendo a un solo Ser. Solamente hay un Dios. Tampoco dijo: “[…] del Padre, Hijo y Espíritu Santo”, como si estos fueran meramente tres términos con el mismo significado, algo así como “yo, mí y mí mismo”. Tiene cuidado en señalar que cada uno tiene su propia identidad, y distingue entre ellos diciendo “del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Solamente hay un Dios. Hay tres que son Dios. Estos son Uno, en cierto sentido, y Tres, en un sentido totalmente diferente. El Padre es primero, el Hijo es segundo y el Espíritu Santo es tercero. Hay, por supuesto, mucho más que decir (como hemos visto). Sin embargo, esta es, en esencia, la doctrina de la Trinidad.

 

WAYNE GRUDEM


¿Cómo Puede Dios ser Tres Personas y Sin Embargo Un Solo Dios?


Los capítulos precedentes han considerado muchos atributos de Dios; pero si entendemos sólo esos atributos, no comprenderemos apropiadamente a Dios, porque no entenderíamos que Dios, en su mismo ser, siempre ha existido como más de una persona. De hecho, Dios existe como tres personas, y sin embargo es un solo Dios.
Es importante recordar la doctrina de la Trinidad en conexión con el estudio de los atributos de Dios. Cuando pensamos de Dios como eterno, omnipresente, omnipotente, etcétera, podemos tener la tendencia a pensar sólo en Dios Padre en conexión con esos atributos. Pero la enseñanza bíblica sobre la Trinidad nos dice que todos los atributos de Dios son verdad de las tres personas, porque cada una es plenamente Dios. Por tanto, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son también eternos, omnipresentes, omnipotentes, infinitamente sabios, infinitamente santos, infinitamente amor, omniscientes, y todo lo demás.
La doctrina de la Trinidad es una de las doctrinas más importantes de la fe cristiana. El estudio de las enseñanzas bíblicas sobre la Trinidad nos da una noción más profunda del asunto que es el centro de toda nuestra búsqueda de Dios: ¿cómo es Dios en sí mismo? Aquí aprendemos que en sí mismo, en su propio ser, Dios existe en las personas de Padre, Hijo y Espíritu Santo, y sin embargo es un solo Dios.


EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

Podemos definir la doctrina de la Trinidad como sigue: Dios existe eternamente como tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y cada persona es plenamente Dios, y hay sólo un Dios.


La doctrina de la Trinidad se revela progresivamente en la Biblia

1. Revelación parcial en el Antiguo Testamento.

La palabra Trinidad nunca se halla en la Biblia, aunque la idea que denota la palabra se enseña en muchos lugares. La palabra Trinidad quiere decir «tri-unidad» o «tres en uno». Se usa para resumir la enseñanza bíblica de que Dios es tres personas y sin embargo un solo Dios.
A veces algunos piensan que la doctrina de la Trinidad se halla sólo en el Nuevo Testamento, y no en el Antiguo. Si Dios ha existido eternamente como tres personas, sería sorprendente no hallar indicaciones de eso en el Antiguo Testamento. Aunque la doctrina de la Trinidad no se halla explícitamente en el Antiguo Testamento, varios pasajes sugieren o incluso implican que Dios existe como más de una persona.
Por ejemplo, según Génesis 1:26, Dios dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza». ¿Qué significa el verbo en plural («hagamos») y el pronombre plural («nuestra»)? Algunos han sugerido que son plurales de majestad, una forma de hablar que el rey solía usar para decir, por ejemplo: «Nos complace concederte tu petición».1 Sin embargo, en el hebreo del Antiguo Testamento no hay otros ejemplos de que un monarca use verbos plurales o pronombres plurales para referirse a sí mismo con un «plural de majestad», así que esta opinión no tiene evidencia que la respalde.2 Otra opinión es que Dios aquí está hablándole a los ángeles. Pero los ángeles no participaron la creación del hombre, ni tampoco el hombre fue creado a imagen y semejanza de los ángeles, así que esta idea no es convincente. La mejor explicación es que ya en el primer capítulo de Génesis tenemos una indicación de una pluralidad de personas en Dios mismo.3 No se nos dice cuántas personas, y no tenemos nada que se acerque a una doctrina completa de la Trinidad, pero se implica que interviene más de una persona. Lo mismo se puede decir de Génesis 3:22 («El ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros, pues tiene conocimiento del bien y del mal»), Génesis 11:7 («Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos»), e Isaías 6:8 («¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?»). (Note la combinación de singular y plural en la misma oración del último pasaje).
Es más, hay pasajes en donde a una persona se le llama «Dios» o «el Señor», y se distingue de otra persona de quien también se dice que es Dios. En Salmo 45:6–7 el salmista dice: «Tu trono, oh Dios, permanece para siempre; … Tú amas la justicia y odias la maldad; por eso Dios te escogió a ti y no a tus compañeros, ¡tu Dios te ungió con perfume de alegría!» Aquí el Salmo va más allá de describir algo que pudiera ser cierto de un rey terrenal y llama al rey «Dios» (v. 6), cuyo trono durará «para siempre». Pero luego, hablando a la persona que llama «Dios», el autor dice que «por eso Dios te escogió a ti y no a tus compañeros» (v. 7). Así que a dos personas separadas se les llama «Dios» (heb. Elojim). En el Nuevo Testamento, el autor de Hebreos cita este pasaje y lo aplica a Cristo: «Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos» (Heb 1:8).4
De modo similar en el Salmo 110:1 David dice: «Así dijo el Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies». Jesús apropiadamente entiende que David se refiere a dos personas separadas como «Señor» (Mt 22:41–46), pero ¿quién es el «Señor» de David si no Dios mismo? ¿Y quién podría decirle a Dios: «Siéntate a mi derecha» excepto alguien que sea también completamente Dios? Desde la perspectiva del Nuevo Testamento podemos parafrasear este versículo: «Dios Padre le dijo a Dios Hijo: “Siéntate a mi derecha”». Pero incluso sin la enseñanza del Nuevo Testamento sobre la Trinidad, parece claro que David estaba consciente de una pluralidad de personas en un solo Dios. Jesús, por supuesto, entendía esto, pero cuando les pidió a los fariseos una explicación de este pasaje, «nadie pudo responderle ni una sola palabra, y desde ese día ninguno se atrevía a hacerle más preguntas» (Mt 22:46). A menos que estén dispuestos a reconocer una pluralidad de personas en un solo Dios, los intérpretes judíos de la Biblia hasta este día no tienen una explicación más satisfactoria del Salmo 110:1 (o de Gn 1:26, o de los demás pasajes que acabamos de considerar) que la que tuvieron en el día de Jesús.
Isaías 63:10 dice del pueblo de Dios que «se rebelaron y afligieron a su santo Espíritu», al parecer sugiriendo que el Espíritu Santo es otra persona distinta de Dios mismo (es «su santo Espíritu»), y que a este Espíritu santo lo «afligieron», lo que sugiere característica de capacidades emocionales de una persona distinta. (Is 61:1 también distingue «El Espíritu del Señor omnipotente» de «del Señor», aunque en ese versículo no se le atribuye ninguna cualidad personal al Espíritu del Señor).
Evidencia similar se halla en Malaquías, en donde el Señor dice: «El Señor Todopoderoso responde: «Yo estoy por enviar a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí. De pronto vendrá a su templo el Señor a quien ustedes buscan; vendrá el mensajero del pacto, en quien ustedes se complacen» (Mal 3:1–2). Aquí, de nuevo, el que habla («el Señor Todopoderoso») se distingue a sí mismo del «Señor a quien ustedes buscan», lo que sugiere dos personas separadas, a ambas de las cuales se les llama «Señor».
En Oseas 1:7 el Señor está hablando, y dice de la casa de Judá: «la salvaré … por medio del Señor su Dios», de nuevo sugiriendo que a más de una persona se le puede llamar «Señor» (heb. Yahvé y «Dios» (Elojim).
Y en Isaías 48:16 el que habla (evidentemente el siervo del Señor) dice: «Y ahora el Señor omnipotente me ha enviado con su Espíritu».5 Aquí el Espíritu del Señor, como el siervo del Señor, ha sido «enviado» por el Señor Dios en una misión en particular. El paralelo entre los dos objetos del envío («a mí» y «a su espíritu») encajaría con el concepto de ver a ambos como personas distintas; parece significar más que simplemente «el Señor me ha enviado a mí y a su poder».6 De hecho, desde una perspectiva completa del Nuevo Testamento (que reconoce a Jesús el Mesías como el verdadero siervo del Señor que predicen las profecías de Isaías), Isaías 48:16 tiene implicaciones trinitarias: «Y ahora el Señor omnipotente me ha enviado con su Espíritu», si las dice Jesús el Hijo de Dios, se refiere a las tres personas de la Trinidad.
Todavía más, varios pasajes del Antiguo Testamento que hablan del «ángel del Señor» sugieren una pluralidad de personas en Dios. La palabra que se traduce «ángel» (heb. malak) significa simplemente «mensajero». Si el ángel del Señor es un «mensajero» del Señor, él es distinto del Señor mismo. Sin embargo en algún momento al ángel del Señor se le llama «Dios» o «el Señor» (vea Gn 16:13; Éx 3:2–6; 23:20–22 [note «mi nombre está en él» en v. 21, RVR 1960]; Nm 22:35 con 38; Jue 2:1–2; 6:11 con 14). En otros puntos en el Antiguo Testamento «el ángel del Señor» simplemente se refiere a un ángel creado, pero por lo menos en estos pasajes del ángel especial (o «mensajero») del Señor parece ser una persona distinta que es plenamente divina.
Uno de los pasajes más disputados del Antiguo Testamento que podría mostrar personalidad distinta para más de una persona es Proverbios 8:22–31. Aunque en la parte anterior del capítulo se podría entender solo como una personificación de la «sabiduría» para efecto literario, que muestra a la sabiduría llamando al sencillo e invitándole a aprender, vv. 21–31, uno podría argüir, dice cosas en cuanto a la «sabiduría» que parecen ir más allá de la mera personificación. Hablando del tiempo cuando Dios creó la tierra, la «sabiduría» dice: «Allí estaba yo, afirmando su obra. Día tras día me llenaba yo de alegría, siempre disfrutaba de estar en su presencia; me regocijaba en el mundo que él creó; ¡en el género humano me deleitaba!» (Pr 8:30–31). Su obrar como un «artesano» al lado de Dios en la creación sugiere la idea de una personalidad distinta, y las frases que siguen pudieran parecer incluso más convincentes, porque sólo una persona puede decir «Día tras día me llenaba yo de alegría», y puede regocijarse en el mundo y deleitarse en la humanidad.7
Pero si decidimos que «sabiduría» aquí se refiere al Hijo de Dios antes de que encarnara, hay una dificultad. Los versículos 22–25 (VP) parecen hablar de la creación de esta persona a la que se le llama «sabiduría»:

El Señor me creó al principio de su obra,
antes de que él comenzara a crearlo todo.
Me formó en el principio del tiempo,
antes de que creara la tierra.
Me engendró antes de que existieran los grandes mares,
antes de que brotaran los ríos y los manantiales.
Antes de afirmar los cerros y los montes,
el Señor ya me había engendrado.

¿No indica esto que esta «sabiduría» fue creada?
En realidad, no. La palabra hebrea que comúnmente quiere decir «crear» (bará) no se usa en el versículo 22. La palabra que usa es kaná, que aparece ochenta y cuatro veces en el Antiguo Testamento y casi siempre significa «conseguir, adquirir». La LBLA es más clara aquí: «El Señor me poseyó al principio de su camino» (de modo similar RVR 1960). (Note este sentido de la palabra en Gn 39:1; Éx 21:2; Pr 4:5, 7; 23:23; Ec 2:7; Is 1:3 [“dueño”]). Este es un sentido legítimo y, si se entiende la sabiduría como una persona real, significaría sólo que Dios Padre empezó a dirigir y hacer uso de la poderosa obra creadora de Dios Hijo en el tiempo en que empezó la creación;8 el Padre convocó al Hijo para que trabajara con él en la actividad de la creación. La expresión «me engendró» en los versículos 24 y 25 es un término diferente pero podría llevar un significado similar; el Padre empezó a dirigir y hacer uso de la obra poderosa creadora del Hijo en la creación del universo.

2- Revelación más completa de la Trinidad en el Nuevo Testamento.

Cuando empieza el Nuevo Testamento, entramos en la historia de la venida del Hijo de Dios a la tierra. Era de esperarse que este gran suceso estuviera acompañado de enseñanza más explícita en cuanto a la naturaleza trinitaria de Dios, y eso es en efecto lo que hallamos. Antes de mirar esto en detalle, podemos simplemente mencionar varios pasajes en donde se mencionan juntas a las tres personas de la Trinidad.
Cuando Jesús se bautizó, «en ese momento se abrió el cielo, y él vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él. Y una voz del cielo decía: “Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él”» (Mt 3:16–17). Aquí, en un mismo momento, tenemos a los tres miembros de la Trinidad desempeñando tres actividades distintas. Dios Padre habla desde el cielo; Dios Hijo está siendo bautizado y el Padre le habla desde el cielo; y Dios Espíritu Santo desciende del cielo para posarse y capacitar a Jesús para su ministerio.
Al final de su ministerio terrenal, Jesús dice a sus discípulos que «vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28:19). Los mismos nombres «Padre» e «Hijo», tomados de la familia, la más familiar de las instituciones humanas, indican muy fuertemente que el Padre y el Hijo son personas distintas. Cuando se pone al «Espíritu Santo» en la misma expresión y en el mismo nivel de las otras dos personas, es difícil evadir la conclusión de que al Espíritu Santo también se le ve como una persona de igual posición que el Padre y el Hijo.
Cuando nos damos cuenta de que los autores del Nuevo Testamento generalmente usan el nombre «Dios» (gr. Teos) para referirse a Dios Padre y el nombre «Señor» (gr. kurios), para referirse a Dios Hijo, es claro que hay otra expresión trinitaria en 1 Corintios 12:4–6: «Ahora bien, hay diversos dones, pero un mismo Espíritu. Hay diversas maneras de servir, pero un mismo Señor. Hay diversas funciones, pero es un mismo Dios el que hace todas las cosas en todos».
De modo similar, el último versículo de 2 Corintios es una expresión trinitaria: «Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes» (2 Co 13:14). Vemos a las tres personas mencionadas separadamente en Efesios 4:4–6 igualmente: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos».
A todas las tres personas de la Trinidad se las mencionan juntas en la frase de apertura de 1 Pedro: «Según la previsión de Dios el Padre, mediante la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser redimidos por su sangre» (1 P 1:2). Y en Judas 20–21 leemos: «Ustedes, en cambio, queridos hermanos, manténganse en el amor de Dios, edificándose sobre la base de su santísima fe y orando en el Espíritu Santo, mientras esperan que nuestro Señor Jesucristo, en su misericordia, les conceda vida eterna».
Sin embargo, la traducción de la RVR 1960 de 1 Jn 5:7 no se debe usar en esta conexión. Dice: «Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno».
El problema con esta traducción es que se basa en un número muy pequeño de manuscritos griegos no confiables, el más antiguo de los cuales procede del siglo XIV d.C. Ninguna traducción moderna en inglés incluye esta traducción, y todas la omiten, como también la mayoría de los manuscritos griegos de las principales tradiciones del texto, incluyendo varios manuscritos muy confiables del IV y V siglo d.C., y también citas incluidas por los padres tales como Ireneo (ca. 202 d.C.), Clemente de Alejandría (ca. 212 d.C.), Tertuliano (murió después del 220 d.C.), y el gran defensor de la Trinidad, Atanasio (373 d.C.).


Tres declaraciones resumen la enseñanza bíblica

En un sentido la doctrina de la Trinidad es un misterio que jamás podremos entender por completo. Sin embargo, podemos entender algo de su verdad resumiendo las enseñanzas de la Biblia en tres afirmaciones:

1. Dios es tres personas
2. Cada persona es plenamente Dios
3. Hay sólo un Dios

La siguiente sección desarrollará en más detalle cada una de estas afirmaciones.

1. Dios es tres personas. El hecho de que Dios es tres personas quiere decir que el Padre no es el Hijo; son personas distintas. También quiere decir que el Padre no es el Espíritu Santo, sino que son personas distintas. Y quiere decir que el Hijo no es el Espíritu Santo. Estas distinciones se ven en varios de los pasajes citados en la sección anterior tanto como en muchos otros pasajes adicionales del Nuevo Testamento.
Juan 1:1–2 nos dice: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». El hecho de que el «Verbo» (que en los vv. 9–18 se ve que es Cristo) está «con» Dios muestra distinción entre él y Dios Padre. En Juan 17:24 Jesús habla a Dios Padre acerca de «mi gloria, la gloria que me has dado porque me amaste desde antes de la creación del mundo», mostrando de este modo distinción de personas que participan de la gloria, y en una relación de amor entre Padre e Hijo antes de que el mundo fuera creado.
Se nos dice que Jesús continúa como nuestro Sumo Sacerdote y Abogado ante Dios Padre: «Si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo» (1 Jn 2:1). Cristo es el que «también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7:25). Sin embargo, a fin de interceder por nosotros ante Dios Padre, es necesario que Cristo sea una persona distinta del Padre.
Es más, el Padre no es el Espíritu Santo, y el Hijo no es el Espíritu Santo. Se les distingue en varios versículos. Jesús dijo: «Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho» (Jn 14:26). El Espíritu Santo también ora o «intercede» por nosotros (Ro 8:27), lo que indica una distinción entre el Espíritu Santo y Dios Padre ante quien se hace la intercesión.
Finalmente, el hecho de que el Hijo no es el Espíritu Santo también se indica en los varios pasajes trinitarios mencionados antes, tales como la gran comisión (Mt 28:19), y en los pasajes que indican que Cristo volvió al cielo y luego envió al Espíritu Santo a la iglesia. Jesús dijo: «Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes» (Jn 16:7).
Algunos han cuestionado si el Espíritu Santo en verdad es una persona distinta, antes que simplemente el «poder» o «fuerza» de Dios en acción en el mundo. Pero el Nuevo Testamento es muy claro y fuerte.9 Primero están los varios versículos mencionados anteriormente, en donde se pone al Espíritu Santo en una relación de coordinación con el Padre y el Hijo (Mt 28:19; 1 Co 12:4–6; 2 Co 13:14; Ef. 4:4–6; 1 P 1:2); puesto que el Padre y el Hijo son personas, la expresión coordinada intima fuertemente que el Espíritu Santo también es una persona. Luego hay lugares donde el pronombre masculino él (gr. ekeinos) se le aplica al Espíritu Santo (Jn 14:26; 15:26; 16:13–14), lo que uno no esperaría de las reglas de la gramática griega, porque el sustantivo «espíritu» (gr. pneuma) es neutro, no masculino, y ordinariamente se le añadiría el pronombre neutro ekeino. Es más, el nombre Consejero o Consolador (gr. parakletos) es un término que comúnmente se usa para hablar de una persona que ayuda o da consuelo o consejo a otra persona o personas, pero se usa para referirse al Espíritu Santo en el Evangelio de Juan (14:16, 26; 15:26; 16:7).
También al Espíritu Santo se le adscriben otras actividades personales, tales como enseñar (Jn 14:26), dar testimonio (Jn 15:26; Ro 8:16), interceder u orar a favor de otros (Ro 8:26–27), escudriñar las profundidades de Dios (1 Co 2:10), conocer los pensamientos de Dios (1 Co 2:11), decidir repartir algunos dones a algunos y otros dones a otros (1 Co 12:11), prohibir o no permitir ciertas actividades (Hch 16:6–7), hablar (Hch 8:29; 13:2; y muchas veces en el Antiguo y Nuevo Testamentos), evaluar y aprobar un curso sabio de acción (Hch 15:28), y entristecerse por el pecado en la vida de los creyentes (Ef 4:30).
Finalmente, si se entiende que el Espíritu Santo es simplemente el poder de Dios, antes que una persona distinta, entonces toda una serie de pasajes no tendrían sentido, porque en ellos el Espíritu Santo y su poder o el poder de Dios se mencionan juntos. Por ejemplo, Lucas 4:14: «Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu» estaría diciendo: «Jesús regresó a Galilea en el poder del poder». En Hechos 10:38: «Me refiero a Jesús de Nazaret: cómo lo ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder», significaría: «Me refiero a Jesús de Nazaret: cómo lo ungió Dios con el poder de Dios y con poder» (vea también Ro 15:13; 1 Co 2:4).
Aunque tantos pasajes claramente distinguen al Espíritu Santo de los otros miembros de la Trinidad, un versículo difícil ha sido 2 Corintios 3:17: «Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad». Los intérpretes a menudo han dado por sentado que «el Señor» aquí significa Cristo, porque Pablo frecuentemente usa «el Señor» para referirse a Cristo. Pero probablemente ese no es el caso aquí, porque se pudiera elaborar un buen argumento partiendo de la gramática y del contexto para decir que este versículo se traduce mejor con el Espíritu Santo como sujeto: «Ahora bien, el Espíritu es el Señor …».10 En este caso, Pablo estaría diciendo que el Espíritu Santo es también «Yahvé» (o «Jehová»), el Señor del Antiguo Testamento (note el claro trasfondo del Antiguo Testamento en este contexto, empezando en el v. 7). Teológicamente esto sería muy aceptable, porque se podría decir con verdad que así como Dios Padre es «Señor» y Dios Hijo es «Señor» (en el pleno sentido del Antiguo Testamento de «Señor» como nombre de Dios), también el Espíritu Santo es aquel a quien se llama «Señor» en el Antiguo Testamento; y es el Espíritu Santo el que nos manifiesta especialmente la presencia del Señor en esta era del nuevo pacto.11

2. Cada persona es plenamente Dios. Además del hecho de que las tres personas son distintas, el testimonio abundante de la Biblia es que cada persona es también plenamente Dios.
Primero, Dios Padre es claramente Dios. Esto es evidente del primer versículo de la Biblia, en donde Dios creó los cielos y la tierra. Es evidente por todo el Antiguo y Nuevo Testamentos, en donde a Dios Padre claramente se le ve como Señor soberano sobre todo y en donde Jesús ora al Padre celestial.
Luego, el Hijo es plenamente Dios. Aunque este punto se desarrollará con mayor detalle en el capítulo 26, «La persona de Cristo», en este punto podemos brevemente notar varios pasajes explícitos. Juan 1:1–4 claramente afirma la plena deidad de Cristo:

En el principio ya existía el Verbo,
y el Verbo estaba con Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba con Dios en el principio.
Por medio de él todas las cosas fueron creadas;
sin él, nada de lo creado llegó a existir.
En él estaba la vida,
y la vida era la luz de la humanidad.

Aquí a Cristo se le menciona como «el Verbo», y Juan dice tanto que él estaba «con Dios» y que él «era Dios». El texto griego hace eco de las palabras de apertura de Génesis 1:1: («En el principio …») y nos recuerda que Juan está hablando de algo que fue cierto antes de que el mundo fuera hecho. Dios Hijo siempre fue plenamente Dios.
Los Testigos de Jehová han cuestionado la traducción «el Verbo era Dios», y lo traducen como «la Palabra era un Dios» implicando que el Verbo era simplemente un ser celestial pero no plenamente divino. Justifican su traducción señalando el hecho de que el artículo definido (gr. jo, «el») no aparece antes de la palabra griega Teos («Dios»). Dicen que, por consiguiente, Teos se debe traducir «un Dios». Sin embargo, ningún erudito griego reconocido ha seguido tal interpretación, porque es de conocimiento común que la oración sigue una regla general de la gramática griega, y la ausencia del artículo definido solo indica que «Dios» es el predicado antes que el sujeto de la oración.12 (Una publicación reciente de los Testigos de Jehová ahora reconocen la regla gramatical pertinente pero continúan afirmando de todas maneras su posición en cuanto a Juan 1:1).13
La irregularidd de la posición de los Testigos de Jehová se puede ver además en su traducción del resto del capítulo. Por varias otras razones gramaticales, la palabra Teos también carece de artículo definido en otros lugares de este capítulo, tales como el versículo 6 («Vino un hombre llamado Juan. Dios lo envió»), versículo 12 («les dio el derecho de ser hijos de Dios»), versículo 13 («sino que nacen de Dios»), y versículo 18 («A Dios nadie lo ha visto nunca»). Si los Testigos de Jehová fueran consistentes en su argumentación en cuanto a la ausencia del artículo definido, deberían haber traducido todos éstos casos con la frase «un dios», pero en cada uno de estos casos traducen «Dios».
Juan 20:28 en su contexto también es una fuerte prueba de la deidad de Cristo. Tomás había dudado de los informes de los otros discípulos de que habían visto a Jesús resucitado de los muertos, y dijo que no creería a menos que pudiera ver las huellas de los clavos en las manos de Jesús y poner su mano en su costado herido (Jn 20:25). Después Jesús se apareció a los discípulos cuando Tomás estaba con ellos. Le dijo a Tomás: «Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe» (Jn 20:27). En respuesta a esto, leemos que Tomás exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20:28). Aquí Tomás llamó a Jesús «Dios mío». La narración muestra que tanto Juan al escribir su Evangelio y Jesús mismo aprobó lo que Tomás había dicho y alentó a todos los que oyeron a Tomás a creer lo mismo que Tomás. Jesús de inmediato le responde a Tomás: «Porque me has visto, has creído … dichosos los que no han visto y sin embargo creen» (Jn 20:29). En lo que a Juan atañe, este es el dramático punto cumbre del evangelio, porque inmediatamente le dice al lector, y en el mismo siguiente versículo, que esta es la razón por la que escribió:

Jesús hizo muchas otras señales milagrosas en presencia de sus discípulos, las cuales no están registradas en este libro. Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida (Jn 20:30–31).

Jesús habla de los que no le verán y sin embargo creerán, y Juan de inmediato le dice a los lectores que ha incluido los acontecimientos escritos en su Evangelio para que ellos puedan creer también de esta manera, imitando a Tomás en su confesión de fe. En otras palabras, todo el evangelio fue escrito para persuadir a las personas a imitar a Tomás, que sinceramente llamó a Jesús: «Señor mío y Dios mío». Debido a que Juan presenta esto como el propósito de su evangelio, la oración cobra fuerza adicional.14
Otros pasajes que hablan de Jesús como plenamente divino incluyen Hebreos 1, en donde el autor dice que Cristo es la «fiel imagen» (v. 3, gr. karákter, «duplicado exacto») de la naturaleza o ser (gr. jupostasis) de Dios; lo que quiere decir que Dios Hijo duplica exactamente el ser o la naturaleza de Dios Padre en todo detalle; cualquier atributo o poder que Dios Padre tiene, Dios Hijo lo tiene por igual. El autor pasa a referirse al Hijo como «Dios» en el versículo 8 («Pero con respecto al Hijo dice: «Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos»), y le atribuye a Cristo la creación de los cielos cuando dice de él: «En el principio, oh Señor, tú afirmaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos» (Heb 1:10, citando Sal 102:25). Tito 2:13 se refiere a «nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo», y 2 Pedro 1:1 habla de «la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo».15 Romanos 9:5, hablando del pueblo judío, dice: «De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. !¡Alabado sea por siempre! Amén».16
En el Antiguo Testamento, Isaías 9:6 predice:

Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo;
la soberanía reposará sobre sus hombros, y se le darán estos nombres:
Consejero admirable, Dios fuerte.

Al aplicarse esta profecía a Cristo, se refiere a él como «Dios fuerte». Note la aplicación similar de los títulos «Señor» y «Dios» en la profecía de la venida del Mesías en Isaías 40:3: «Preparen en el desierto un camino para el Señor; enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios», citada por Juan el Bautista en preparación para la venida de Cristo en Mateo 3:3.
En el capítulo 26, abajo, se considerarán muchos otros pasajes, pero estos deberían ser suficientes para demostrar que el Nuevo Testamento claramente se refiere a Cristo como plenamente Dios. Como Pablo dice en Colosenses 2:9: «Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo».
Luego, el Espíritu Santo también es plenamente Dios. Una vez que entendemos que Dios Padre y Dios Hijo son plenamente Dios, las expresiones trinitarias en versículos como Mateo 28:19 («bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo») cobran significación para la doctrina del Espíritu Santo, porque muestran que al Espíritu Santo se le clasifica en un nivel igual con el Padre y el Hijo. Esto se puede ver si reconocemos lo inimaginable de que Jesús hubiera dicho algo como: «Bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo y del arcángel Miguel»; esto le habría dado a un ser creado una posición enteramente inapropiada incluso para un arcángel. Los creyentes en todos los siglos pueden ser bautizados solamente en el nombre (y por consiguiente en una toma de carácter) de Dios mismo.17 (Note también los otros pasajes trinitarios mencionados arriba: 1 Co 12:4–6; 2 Co 13:14; Ef 4:4–6; 1 P 1:2; Jud 20–21).
En Hechos 5:3–4 Pedro le pregunta a Ananías: «¿Cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo … ¡No has mentido a los hombres sino a Dios!». De acuerdo a las palabras de Pedro, mentirle al Espíritu Santo es mentirle a Dios. Pablo dice en 1 Corintios 3:16: «¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?» El templo de Dios es el lugar donde Dios mismo mora, lo que Pablo explica por el hecho de que «el Espíritu de Dios» mora allí, de este modo evidentemente igualando al Espíritu de Dios con Dios mismo.
David pregunta en Salmo 139:7–8: «¿Adónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿Adónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú». Este pasaje atribuye al Espíritu Santo la característica divina de omnipresencia, algo que no se aplica a ninguna de las criaturas de Dios. Parece que David está igualando al Espíritu de Dios con la presencia de Dios. Huir del Espíritu de Dios es huir de su presencia, pero si no hay ningún lugar a donde David pueda huir del Espíritu de Dios, entonces él sabe que donde quiera que vaya también tendrá que decir: «Tú estás allí».
Pablo le atribuye al Espíritu Santo la característica divina de omnisciencia en 1 Corintios 2:10–11: «El Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo, nadie conoce los pensamientos de Dios [gr. literalmente «las cosas de Dios»] sino el Espíritu de Dios».
Es más, la actividad de dar el nuevo nacimiento a toda persona que nace de nuevo es obra del Espíritu Santo. Jesús dijo: «Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu. No te sorprendas de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo”» (Jn 3:5–7). Pero la obra de dar vida nueva espiritual a los seres humanos cuando se convierten es algo que sólo Dios puede hacer (cf. 1 Jn 3:9: «nacido de Dios»). Este pasaje, por consiguiente, da otra indicación de que el Espíritu Santo es plenamente Dios.
Hasta este punto tenemos dos conclusiones, y ambas se enseñan por profusamente toda la Biblia:

1. Dios es tres personas
2. Cada persona es plenamente Dios.

Si la Biblia enseñara sólo estos dos hechos, no habría problema lógico por ningún lado en hacerlos encajar uno con otro, porque la solución obvia sería que hay tres dioses. El Padre es plenamente Dios, el Hijo es plenamente Dios, y el Espíritu Santo es plenamente Dios. Tendríamos un sistema en donde hay tres seres igualmente divinos. Tal sistema de creencias se llamaría politeísmo; o, más específicamente, «triteísmo», o la creencia en tres dioses. Pero eso dista mucho de lo que la Biblia enseña.

3. Hay sólo un Dios. La Biblia dice claramente que hay un Dios y sólo uno. Las tres personas diferentes de la Trinidad son una no sólo en propósito y en acuerdo en lo que piensan, sino que son una en esencia, una en su naturaleza esencial. En otras palabras, Dios es sólo un ser. No hay tres dioses. Hay sólo un Dios.
Uno de los pasajes más conocidos del Antiguo Testamento es Deuteronomio 6:4–5: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas».
Cuando Moisés canta:

¿Quién, Señor, se te compara entre los dioses?
¿Quién se te compara en grandeza y santidad?
Tú, hacedor de maravillas, nos impresionas con tus portentos (Éx 15:11)

la respuesta obviamente es: «nadie». Dios es único, y no hay nadie como él y no puede haber nadie como él. De hecho, Salomón ora: «Así todos los pueblos de la tierra sabrán que el Señor es Dios, y que no hay otro» (1 R 8:60).
Cuando Dios habla, repetidamente dice sin dejar duda que él es el único Dios verdadero; la idea de que hay tres dioses para adorar antes que uno sería impensable a la luz de estas afirmaciones extremadamente fuertes. Sólo Dios es el único Dios verdadero y no hay nadie como él. Cuando habla, sólo él habla; no está hablando como un Dios de tres que deben ser adorados. Él dice:

Yo soy el Señor, y no hay otro;
fuera de mí no hay ningún Dios.
Aunque tú no me conoces, te fortaleceré,
para que sepan de oriente a occidente
que no hay ningún otro fuera de mí.
Yo soy el Señor, y no hay ningún otro. (Is 45:5–6)

De modo similar, llama a todos en la tierra a que se vuelvan a él:

Fuera de mí no hay otro Dios;
Dios justo y Salvador,
no hay ningún otro fuera de mí.
Vuelvan a mí y sean salvos,
todos los confines de la tierra,
porque yo soy Dios, y no hay ningún otro.
(Is 45:21–22; cf. 44:6–8).

El Nuevo Testamento también afirma que hay sólo un Dios. Pablo escribe: «Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti 2:5). Pablo afirma que «no hay más que un solo Dios» (Ro 3:30), y que «no hay más que un solo Dios» (1 Co 8:6).18 Finalmente, Santiago reconoce que incluso los demonios reconocen que hay sólo un Dios, aunque su asentimiento intelectual al hecho no es suficiente para salvarlos: «¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen, y tiemblan» (Stg 2:19). Pero claramente Santiago afirma que uno «hace bien» en creer que «Dios es uno».

4. Todas las soluciones simplistas deben negar una hebra de la enseñanza bíblica. Ahora tenemos tres declaraciones, todas las cuales se enseñan en la Biblia.

1. Dios es tres personas
2. Cada persona es plenamente Dios.
3. Hay sólo un Dios.

En toda la historia de la iglesia ha habido esfuerzos por concebir una solución sencilla a la doctrina de la Trinidad negando una u otra de estas afirmaciones. Si alguien niega la primera afirmación, nos deja con el hecho de que cada una de las personas que se mencionan en la Biblia (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es Dios, y que hay sólo un Dios. Pero si no tenemos que decir que son tres personas distintas, hay una solución fácil: son simplemente nombres diferentes de una persona que actúa diferente en diferentes ocasiones. A veces esta personas se llama a sí mismo Padre, a veces se llama Hijo, y a veces se llama Espíritu.19 No tenemos dificultad en entender eso, porque en nuestra propia experiencia la misma persona puede actuar en un momento como abogado (por ejemplo), en otro momento como padre de sus propios hijos, y en otro momento como hijo respecto a sus padres; el mismo individuo es un abogado, padre e hijo. Pero tal solución negaría el hecho de que las tres personas son individuos distintos, que Dios Padre envía a Dios Hijo al mundo, y que el Hijo ora al Padre, y que el Espíritu Santo intercede por nosotros ante el Padre.
Otra solución sencilla se hallaría al negar la segunda afirmación, es decir, al negar que alguna de las personas que la Biblia menciona realmente es Dios plenamente. Si simplemente sostenemos que Dios es tres personas, y que hay sólo un Dios, tal vez podríamos vernos tentados a decir que alguna de las «personas» en este un Dios no es plenamente Dios, sino que es una parte subordinada o creada de Dios. Esta solución la tomarían, por ejemplo, los que niegan la plena deidad del Hijo (y del Espíritu Santo).20 Pero, como vimos arriba, esta solución tendría que negar una categoría entera de la enseñanza bíblica.
Finalmente, como se anotó arriba, una solución sencilla surgiría al negar que hay sólo un Dios. Pero esto resultaría en una creencia en tres dioses, algo claramente contrario a la Biblia.
Aunque el tercer error no ha sido común, como veremos más abajo, cada uno de los primeros dos errores ha aparecido en un tiempo u otro en la historia de la iglesia y todavía persiste en algunos grupos de hoy.

5. Toda analogía tiene sus limitaciones. Si no podemos adoptar ninguna de estas soluciones sencillas, ¿cómo podríamos unir estas tres verdades de la Biblia y mantener la doctrina de la Trinidad? A veces algunos han usado varias analogías derivadas de la naturaleza o de la experiencia humana intentando explicar esta doctrina. Aunque estas analogías son útiles a un nivel elemental de entendimiento, todas resultan inadecuadas o equívocas bajo mayor reflexión. Decir, por ejemplo, que Dios es como un trébol, que tiene tres partes y sin embargo sigue siendo un trébol, falla porque cada hoja es sólo una parte del trébol, y no se puede decir de una hoja que sea todo el trébol. Pero en la Trinidad cada una de las personas no es simplemente una parte separada de Dios, sino que cada una es plenamente Dios. Es más, la hoja de un trébol es impersonal y no tiene personalidad distinta y compleja de la manera que la tiene cada persona de la Trinidad.
Otros han usado la analogía del árbol con tres partes: raíz, tronco y ramas, y todas constituyen un solo árbol. Pero surge un problema similar, porque estas son sólo partes de un árbol, y de ninguna de ellas se puede decir que sea todo el árbol. Es más, en esta analogía las partes tienen propiedades diferentes, a diferencia de las personas de la Trinidad, todas las cuales poseen todos los atributos de Dios en igual medida. Y la falta de personalidad en cada parte es igualmente una deficiencia.
La analogía de las tres formas del agua (vapor, agua y hielo) es también inadecuada porque (a) ninguna parte del agua jamás es las tres cosas a la vez,21 (b) tienen diferentes propiedades o características, (c) la analogía no tiene algo que corresponda al hecho de que hay sólo un Dios (no hay tal cosa como «un agua» o «toda el agua en el universo»), y (d) falta el elemento de la personalidad inteligente.
Se han derivado otras analogías de la experiencia humana. Se pudiera decir que la Trinidad es como el hombre que a la vez que es agricultor, alcalde de la ciudad y anciano en la iglesia. Funciona en papeles diferentes en ocasiones diferentes, pero es un solo hombre. Sin embargo, esta analogía es muy deficiente porque hay sólo un individuo haciendo estas tres actividades en tiempos diferentes, y la analogía no puede explicar la interacción personal entre los miembros de la Trinidad. (De hecho, esta analogía simplemente enseña la herejía llamada modalismo, que se considera más abajo).
Otra analogía tomada de la vida humana es la unión del intelecto, las emociones y la voluntad en un solo ser humano. Aunque estas son partes de la personalidad, sin embargo, ningún factor constituye la persona entera; y las partes no son idénticas en características sino que tienen capacidades diferentes.
Así que, ¿qué analogía debemos usar para enseñar la Trinidad? Aunque la Biblia usa muchas analogías de la naturaleza y la vida para enseñarnos varios aspectos del carácter de Dios (Dios es como una roca en su fidelidad, es como un pastor en su cuidado, etc.), es interesante que en ninguna parte la Biblia usa analogía alguna para enseñar la doctrina de la Trinidad. Lo más cercano que tenemos a una analogía se halla en los mismo títulos «Padre» e «Hijo»; títulos que claramente hablan de personas distintas y de la estrecha relación que existe entre ellos en una familia humana. Pero a nivel humano, por supuesto, tenemos dos seres humanos enteramente separados, y no un ser compuesto de tres personas distintas. Es mejor concluir que ninguna analogía expresa adecuadamente lo que es la Trinidad, y todas desorientan de maneras significativas.

6. Dios existe eterna y necesariamente como la Trinidad. Cuando fue creado el universo, Dios Padre habló las palabras creadoras poderosas que lo hicieron existir, Dios Hijo fue el agente divino que realizó estas palabras (Jn 1:3; 1 Co 8:6; Col 1:16; Heb 1:2), y Dios Espíritu Santo estaba activo «iba y venía sobre la superficie de las aguas» (Gn 1:2). Así que es como esperaríamos: si los tres miembros de la Trinidad son igual y plenamente divinos, los tres han existido por toda la eternidad, y Dios ha existido eternamente como Trinidad (cf. también Jn 17:5, 24). Es más, Dios no puede ser otro que el que es, porque es inmutable (vea capítulo 11 arriba). Por consiguiente, parece apropiado concluir que Dios necesariamente existe como Trinidad; no puede ser otra cosa que lo que él es.


Han surgido errores al negar alguna de estas tres afirmaciones que resumen la enseñanza bíblica

En la sección anterior vimos cómo la Biblia exige que expresemos las siguientes tres afirmaciones:

1. Dios es tres personas
2. Cada persona es plenamente Dios.
3. Hay sólo un Dios.

Antes de examinar más las diferencias entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la manera en que se relacionan entre sí, es importante considerar algunos de los errores doctrinales en cuanto a la Trinidad que han surgido en la historia de la iglesia. En esta revisión histórica veremos algunos de los errores que debemos evadir en cualquier pensamiento ulterior en cuanto a esta doctrina. De hecho, los principales errores trinitarios que han surgido, han resultado debido a una negación de una u otra de estas tres afirmaciones primordiales.22

1. El modalismo aduce que hay sólo una persona que se nos presenta en tres formas (o «modos») diferentes. En varias ocasiones algunos han enseñado que Dios no es en realidad tres personas distintas, sino una sola persona que se aparece a los seres humanos en diferentes «modos» en ocasiones diferentes. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento Dios aparece como «Padre». En los Evangelios, esta misma persona divina apareció como «el Hijo» como se ve en la vida humana y ministerio de Jesús. Después de Pentecostés, esta misma persona entonces se nos reveló como el «Espíritu» activo en la iglesia.
A esta enseñanza también se hace referencia con dos otros nombres. A veces se le llamas sabelianismo, por un maestro llamado Sabelio que vivió en Roma a principios del siglo III d.C. Otro nombre que se le da al modalismo es «monarquismo-modalista», debido a que esta enseñanza no sólo dice que Dios se nos reveló en «modos» diferentes sino también dice que hay sólo un supremo gobernador («monarca») en el universo y que es Dios mismo, que consiste de sólo una persona.
El modalismo obtiene su atractivo del deseo de recalcar claramente el hecho de que sólo hay un Dios. Puede aducir respaldo no sólo de pasajes que hablan de un solo Dios, sino también de pasajes como Jn 10:30 («El Padre y yo somos uno») y Jn 14:9 («El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»). Sin embargo, el último pasaje puede simplemente significar que Jesús revela plenamente el carácter de Dios Padre, y el pasaje anterior (Jn 10:30), en un contexto en el que Jesús afirma que realizará todo lo que el Padre le ha dado que haga y salvará a todos los que el Padre le ha dado, parece querer decir que Jesús y el Padre son uno en propósito (aunque también pudiera implicar unidad de esencia).
La debilidad fatal del modalismo es el hecho de que debe negar las relaciones personales dentro de la Trinidad que aparecen en tantos lugares de la Biblia (o debe afirmar que estas fueron simplemente una ilusión, no algo real). Por tanto, debe negar que hubo tres personas separadas en el bautismo de Jesús, donde el Padre habla desde el cielo, y el Espíritu desciende sobre Jesús como una paloma. Debe decir que todas esas instancias en donde Jesús ora al Padre son una ilusión o una charada. La idea del Hijo o el Espíritu Santo intercediendo por nosotros ante Dios Padre se pierde. Finalmente, el modalismo en última instancia pierde la esencia de la doctrina de la expiación; es decir, la idea de que Dios envió a su Hijo como sacrificio sustitutivo, y que el Hijo llevó la ira de Dios en nuestro lugar, y que el Padre, representando los intereses de la Trinidad, vio el sufrimiento de Cristo y quedó satisfecho (Is 53:11).
Es más, el modalismo niega la independencia de Dios, porque si Dios es sólo una persona, no tiene capacidad de amar o comunicarse sin otras personas en su creación. Por consiguiente fue necesario que creara al mundo, y Dios ya no sería independiente de la creación (vea capítulo 12 sobre la independencia de Dios).
Una presente denominación dentro del protestantismo (definida ampliamente), la Iglesia Pentecostal Unida, es modalista en su posición doctrinal.23


2. El arrianismo niega la plena deidad del Hijo y del Espíritu Santo

a. La controversia arriana. El término arrianismo se deriva de Arrio, obispo de Alejandría, cuyos puntos de vista fueron condenados en el Concilio de Nicea en el 325 d.C., y que murió en el 336 d.C. Arrio enseñaba que Dios Padre en cierto momento creó al Hijo, y que antes de ese tiempo el Hijo no existía, ni tampoco el Espíritu Santo, sino sólo el Padre. Por tanto, aunque el Hijo es un ser celestial que existía antes que el resto de la creación y que es mucho mayor que todo el resto de la creación, con todo no es igual al Padre en todos sus atributos; se puede incluso decir que es «como el Padre» o «similar al Padre» en su naturaleza, pero no se puede decir que sea «de la misma naturaleza» como el Padre.
Los arrianos dependen fuertemente en pasajes que llaman a Cristo el Hijo «unigénito» de Dios (Jn 1:14; 3:16, 18; 1 Jn 4:9). Si Cristo fue «engendrado» por Dios Padre, razonaban, eso debe querer decir que Dios Padre le dio la existencia (porque la palabra «engendrar» en la experiencia humana se refiere al papel del padre en la concepción del hijo). En Colosenses 1:15 hay respaldo adicional para el concepto arriano: «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación». ¿Acaso la expresión «primogénito» aquí no implica que el Hijo fue en un punto traído a existencia por el Padre?24 Y si esto es verdad del Hijo, necesariamente debe ser cierto del Espíritu Santo también.
Pero estos pasajes no nos exigen creer la posición arriana. Colosenses 1:15, que llama a Cristo «el primogénito de toda creación», se entiende mejor si se dice que quiere decir que Cristo tiene los derechos o privilegios del «primogénito»; es decir, de acuerdo al uso y costumbre bíblicos, el derecho de liderazgo o autoridad en la familia de la generación de uno. (Note Heb 12:16 en donde se dice de Esaú que vendió su «primogenitura»; la palabra griega prototokia es cognada del término prototokos «primogénito» en Col 1:15). Así que, Colosenses 1:15 significa que Cristo tiene los privilegios de autoridad y gobierno, privilegios que le pertenecen como «primogénito», pero con respecto a toda la creación. La NIV en inglés traduce esto en forma útil: «el primogénito sobre toda creación».
En cuanto a los pasajes que dicen que Cristo fue el «Hijo unigénito» de Dios, la iglesia primitiva sintió tan fuertemente la fuerza de muchos otros pasajes que mostraban que Cristo era plena y completamente Dios, que concluyeron que, lo que sea que «unigénito» significara, no significaba «creado».* Por consiguiente el credo niceno en 325 afirmó que Cristo era «engendrado, no hecho»:

Creemos en un Dios, Padre Todopoderoso, Hacedor de todas las cosas visibles e invisibles, y en un Señor Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado del Padre, el unigénito; es decir, de la esencia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, el mismo Dios del mismo Dios, engendrado, no hecho, pues es de una sustancia (jomoousion) con el Padre …25

Esta misma frase la reafirmó el concilio de Constantinopla en 381. Además, la frase «antes de todos los siglos» se añadió después de «engendrado del Padre», para mostrar que ese «engendrado» fue eterno. Nunca empezó a suceder, sino que es algo que había sido eternamente verdad de las relaciones entre el Padre y el Hijo. Sin embargo, la naturaleza de ese «engendrado» nunca se ha definido muy claramente, aparte de decir que tiene que ver con las relaciones entre el Padre y el Hijo, y que en algún sentido el Padre ha tenido eternamente primacía en esa relación.
En repudio adicional a la enseñanza de Arrio, el credo niceno insistía que Cristo era «de la misma sustancia que el Padre». La disputa con Arrio tenía que ver con dos palabras que se hicieron famosas en la historia de la doctrina cristiana, homoousios («de la misma naturaleza») y homoiousios («de naturaleza similar»).26 La diferencia depende del significado diferente de dos prefijos griegos: homo- que quiere decir «mismo», y homoi- que quiere decir «similar». Arrio se contentaba con decir que Cristo era un ser celestial sobrenatural y que fue creado por Dios antes de la creación del resto del universo, e incluso que era «similar» a Dios en su naturaleza. Por tanto, Arrio aceptaba la palabra homoiousios. Pero el concilio de Nicea en 325 y el concilio de Constantinopla en 381 se dieron cuenta de que esto no era suficiente, porque si Cristo no era exactamente de la misma naturaleza del Padre, no es plenamente Dios. Así que ambos concilios insistieron en que los creyentes ortodoxos confiesen que Jesús es homoousios de la misma naturaleza de Dios Padre. La diferencia entre la dos palabras era sólo una letra, la letra griega iota, y algunos han criticado a la iglesia por permitir que una disputa doctrinal sobre una sola letra consuma tanta atención durante la mayor parte del siglo IV d.C. Algunos se han preguntado: «¿Podría algo ser más necio que discutir por una sola letra en una palabra?» Pero la diferencia entre la dos palabras era profunda, y la presencia o ausencia de la iota realmente marcaba la diferencia entre el cristianismo bíblico, con una doctrina verdadera de la Trinidad, y una herejía que no aceptaba la plena deidad de Cristo, y por consiguiente no era trinitaria y a la larga destructiva para toda la fe cristiana.

b. Subordinacionismo. Al afirmar que el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre, la iglesia primitiva también excluyó una doctrina falsa relacionada, es decir, el subordinacionismo. En tanto que el arrianismo sostenía que el Hijo fue creado y no era divino, el subordinacionismo sostenía que el Hijo era eterno (no creado) y divino, pero con todo no igual al Padre en ser o atributos; el Hijo era inferior o «subordinado» en ser a Dios Padre.27 El padre de la iglesia primitiva Orígenes (ca. 185–254 d.C.) abogaba una forma de subordinacionismo que sostenía que el Hijo era inferior al Padre en ser, y que el Hijo eternamente deriva su ser del Padre. Orígenes intentaba proteger la distinción de personas y escribía antes de que la doctrina de la Trinidad fuera claramente formulada en la iglesia. El resto de la iglesia no le siguió sino que en el concilio de Nicea claramente rechazó su enseñanza.
Aunque muchos de los dirigentes de la iglesia primitiva contribuyeron a la formulación gradual de una doctrina correcta de la Trinidad, el más influyente de todos fue Atanasio. Tenía sólo veintinueve años cuando llegó al concilio de Nicea en 325 d.C., todavía no como miembro oficial sino como secretario de Alejandro, obispo de Alejandría. Sin embargo, su mente aguda y capacidad de escribir le permitió tener una influencia importante en el resultado del concilio, y él mismo llegó a ser obispo de Alejandría en 328. Aunque en Nicea fueron condenados, los arrianos rehusaron dejar de enseñar sus puntos de vista y usaron su considerable poder político en toda la iglesia para prolongar la controversia por la mayor parte del resto del siglo IV. Atanasio llegó a ser el punto focal del ataque arriano, y dedicó toda su vida a escribir y enseñar en contra de la herejía arriana. «Lo persiguieron con cinco exilios que abarcaron diecisiete años de huir y esconderse», pero, por sus incansables esfuerzos, «casi por sí solo Atanasio salvó a la iglesia del intelectualismo pagano».28 El «credo atanasiano» que lleva su nombre no se piensa hoy que proceda de Atanasio mismo, pero es una afirmación muy clara de la doctrina trinitaria que ganó uso creciente en la iglesia desde alrededor del 400 d.C. y en adelante y todavía se usa en las iglesias católica y protestante hoy. (Vea apéndice 1).

c. Adopcionismo. Antes de dejar la discusión del arrianismo, hay que mencionar una enseñanza falsa relacionada. El «adopcionismo» es el concepto de que Jesús vivió como un hombre ordinario hasta su bautismo, pero que Dios «adoptó» a Jesús como su «Hijo» y le confirió poderes sobrenaturales. Los adopcionistas no sostienen que Cristo existió antes de que naciera como hombre; por consiguiente, no piensan que Cristo fue eterno, ni piensan que es el ser exaltado y sobrenatural creado por Dios que sostienen los arrianos. Los adopcionistas piensan que incluso después de que Jesús fue «adoptado» por Dios como el «Hijo», no fue divino en su naturaleza, sino solamente un hombre exaltado a quien Dios llamó su «Hijo» en un sentido único.
El adopcionismo nunca logró la fuerza de un movimiento como el arrianismo, pero hubo algunos que sostuvieron ideas adopcionistas de tiempo en tiempo en la iglesia primitiva, aunque sus puntos de vista nunca se aceptaron como ortodoxos. Muchos en tiempos modernos que piensan que Jesús fue un gran hombre, alguien a quien Dios concedió poderes de manera especial, pero que no era realmente divino, caerían en la categoría de adopcionistas. La hemos colocado aquí en relación con el arrianismo porque esta noción también, niega la deidad del Hijo (y, de modo similar, la deidad del Espíritu Santo).
La controversia sobre el arrianismo llegó a su cierre en el concilio de Constantinopla en el 381 d.C. El concilio reafirmó las declaraciones nicenas y añadió una declaración de la deidad del Espíritu Santo, que había caído bajo ataque en el período desde Nicea. Después de la frase «y el Espíritu Santo», Constantinopla añadió: «el Señor y Dador de la vida; que procede del Padre, que con el Padre y Hijo juntos es adorado y glorificado; de quien hablaron los profetas». La versión del credo que incluye las adiciones de Constantinopla es lo que comúnmente se conoce hoy como el credo niceno (vea en la p. 1232 el texto del Credo Niceno).

d. La cláusula filioqué. En conexión con el credo niceno, hay que mencionar brevemente un desdichado capítulo en la historia de la iglesia, y se trata de la controversia sobre la inserción de la cláusula filioqué en el credo niceno, inserción que con el tiempo llevaría a la división entre el cristianismo occidental (católico romano) y el cristianismo oriental (que consiste hoy de las varias ramas del cristianismo ortodoxo oriental, tales como la iglesia griega ortodoxa, la iglesia rusa ortodoxa, etc.) en el 1054 d.C.
La palabra filioqué es un término latino que quiere decir «y del Hijo». No se incluyó en el credo niceno ni en la primera versión del 325 d.C. ni en la segunda versión del 381 d.C. Esas versiones simplemente decían que el Espíritu Santo «procede del Padre». Pero en el año 589 d.C., en un concilio regional de la iglesia en Toledo (en lo que ahora es España), se añadió la frase «y del Hijo», de modo que el credo entonces decía que el Espíritu Santo «procede del Padre y del Hijo (filioqué)». A la luz de Jn 15:26 y 16:7, en donde Jesús dijo que enviaría al Espíritu Santo al mundo, parecía que no podía haber objeción a tal afirmación si se refería que el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo en un punto en el tiempo (particularmente en Pentecostés). Pero esta fue una declaración en cuanto a la naturaleza de la Trinidad, y se entendió que la frase hablaba de las relaciones eternas entre el Espíritu Santo y el Hijo, algo que la Biblia nunca considera explícitamente.29 La forma del Credo Niceno que tenía esta frase adicional gradualmente ganó en uso general y obtuvo endoso oficial en el 1017 d.C. La controversia entera se complicó por políticas eclesiásticas y luchas por el poder, y esto que parecía ser un punto doctrinal muy insignificante fue la principal cuestión doctrinal en la división entre el cristianismo oriental y occidental en el 1054 d.C. (La cuestión política subyacente, sin embargo, fue la relación de la iglesia oriental a la autoridad del papa). La controversia doctrinal y la división entre las dos ramas del cristianismo no se han resuelto hasta el día de hoy.
¿Hay alguna posición correcta en este asunto? El peso de la evidencia (por tenue que parezca) parece favorecer claramente a la iglesia occidental. A pesar del hecho de que Jn 15:26 dice que el Espíritu de verdad «procede del Padre», esto no niega que proceda también del Hijo (tal como Jn 14:26 dice que el Padre enviaría al Espíritu Santo, pero Jn 16:7 dice que el Hijo enviaría al Espíritu Santo). De hecho, en la misma oración en Jn 15:26 Jesús habla del Espíritu Santo como el que «yo les enviaré de parte del Padre». Y si el Hijo junto con el Padre envía al Espíritu Santo al mundo, por analogía parecería apropiado decir que esto refleja el orden eterno de sus relaciones. Esto no es algo en lo que podemos insistir claramente basados en un versículo específico, pero mucho de nuestra comprensión de las relaciones eternas entre el Padre, Hijo y Espíritu Santo vienen por analogía de lo que la Biblia nos dice en cuanto a la manera en que se relacionan a la creación en tiempo». Es más, la formulación oriental corre el peligro de sugerir una distancia innatural entre el Hijo y el Espíritu Santo, lo que conduce a la posibilidad de que incluso en la adoración personal un énfasis en una experiencia más mística, inspirada por el Espíritu, se pudiera buscar a costa del descuido de una adoración racionalmente entendible de Cristo como Señor. No obstante, la controversia fue en última instancia sobre un punto de doctrina tan oscuro (esencialmente, las relaciones entre el Hijo y el Espíritu antes de la creación) que ciertamente no merecía una división en la iglesia.

e. La importancia de la doctrina de la Trinidad. ¿Por qué la iglesia se preocupó tanto por la doctrina de la Trinidad? ¿Es realmente esencial sostener la plena deidad del Hijo y del Espíritu Santo? Sí, lo es; porque esta enseñanza tiene implicaciones para la médula misma de la fe cristiana. Primero, la expiación está en juego. Si Jesús es solo un ser creado, y no plenamente Dios, es difícil ver cómo él, una criatura, pudo aguantar la total ira de Dios contra todos nuestros pecados. ¿Podría alguna criatura, por grande que sea, de veras salvarnos? Segundo, la justificación por la fe sola queda amenazada si negamos la plena deidad del Hijo. (Esto se ve hoy en la enseñanza de los Testigos de Jehová, que no creen en la justificación por la fe sola). Si Jesús no es plenamente Dios, tendríamos razón para dudar si en realidad podemos confiar en que él nos salve completamente. ¿Podríamos realmente depender plenamente en alguna criatura en cuanto a nuestra salvación? Tercero, si Jesús no es un Dios infinito, ¿deberíamos orar a él o adorarle? ¿Quién sino un Dios infinito y omnisciente podría oír y responder a todas las oraciones de todo el pueblo de Dios? ¿Y quién sino Dios mismo es digno de adoración? En verdad, si Jesús no es más que una criatura, por grande que sea, sería idolatría adorarlo; y sin embargo el Nuevo Testamento nos ordena hacerlo (Flp 2:9–11; Ap 5:12–14). Cuarto, si alguien enseña que Cristo fue un ser creado pero con todo el que nos salva, esta enseñanza erróneamente empieza a atribuir crédito por la salvación a una criatura y no a Dios mismo. Pero esto exalta erróneamente a la criatura antes que al Creador, algo que la Biblia jamás nos permite hacer. Quinto, la independencia y naturaleza personal de Dios está en juego; si no hay Trinidad, no hubo relaciones interpersonales dentro del ser de Dios antes de la creación, y, sin relaciones personales, es difícil ver cómo Dios pudiera ser genuinamente personal sin la necesidad de una creación con la cual relacionarse. Sexto, la unidad del universo está en juego; si no hay una pluralidad perfecta y perfecta unidad en Dios mismo, no tenemos base para pensar que puede haber alguna unidad última entre los diversos elementos del universo. Claramente, en la doctrina de la Trinidad está en juego la esencia misma de la fe cristiana. Herman Bavinck dice que «Atanasio entendió mejor que cualquiera de sus contemporáneos que el cristianismo se levanta o cae con la confesión de la deidad de Cristo y la Trinidad».30 Luego añade: «En la confesión de la Trinidad palpita el corazón de la religión cristiana; todo error resulta o se remonta a una reflexión más profunda, a una percepción equivocada de esta doctrina».31

3. El triteísmo niega que haya sólo un Dios. Una manera posible final de intentar una reconciliación fácil de la enseñanza bíblica en cuanto a la Trinidad sería negar que hay sólo un Dios. El resultado sería decir que Dios es tres personas y cada persona es plenamente Dios. Por consiguiente, hay tres dioses. Técnicamente este concepto se llamaría «triteísmo».
Pocos han sostenido este concepto en la historia de la iglesia. Tiene similitudes a muchas religiones paganas antiguas que sostenían una multiplicidad de dioses. Esta percepción resultaría en confusión en la mente de los creyentes. No habría adoración, ni lealtad, ni devoción absolutas a un solo Dios verdadero. Nos preguntaríamos a cuál Dios deberíamos darle nuestra lealtad máxima. Y, en un nivel más hondo, esta noción destruiría todo sentido de unidad última en el universo; incluso en el mismo ser de Dios habría pluralidad pero no unidad.
Aunque ningún grupo moderno aboga por el triteísmo, tal vez muchos evangélicos hoy sin intención tienden a una noción triteísta de la Trinidad, reconociendo la personalidad distinta del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pero rara vez dándose cuenta de la unidad de Dios como un ser indiviso.


¿Cuáles son las distinciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

Después de haber hecho este estudio somero de los errores respecto a la Trinidad, ahora podemos pasar a preguntar si algo más se puede decir en cuanto a las distinciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Si decimos que cada miembro de la Trinidad es plenamente Dios, y que cada persona participa plenamente de todos los atributos de Dios, ¿hay alguna diferencia entre las personas? No podemos decir, por ejemplo, que el Padre es más poderoso o más sabio que el Hijo, ni que el Padre y el Hijo son más sabios que el Espíritu Santo, ni que el Padre existía antes del Hijo o el Espíritu Santo, porque decir algo así sería negar la plena deidad de los tres miembros de la Trinidad. Pero, ¿cuáles son, entonces, las distinciones entre las personas?

1. Las personas de la Trinidad tienen funciones primarias diferentes al relacionarse con el mundo. Cuando la Biblia habla de la manera en que Dios se relaciona con el mundo, tanto en la creación como en la redención, se dice que las personas de la Trinidad tienen funciones diferentes o actividades primarias diferentes. A veces a esto se le ha llamado la «economía de la Trinidad», usando economía en el sentido antiguo que quiere decir «ordenamiento de actividades». (En este sentido, la gente solía hablar de la «economía de la familia» o «economía doméstica», refiriéndose no solo a los asuntos financieros de una familia, sino a todo el «ordenamiento de actividades» dentro de la familia). «Economía de la Trinidad» quiere decir las diferentes maneras en que las tres personas actúan al relacionarse con el mundo y (como veremos en la próxima sección) uno con el otro por toda la eternidad.
Vemos estas funciones diferentes en la obra de la creación. Dios Padre habló las palabras creativas para hacer que el universo existiera. Pero fue Dios Hijo, el Verbo eterno de Dios, el que realizó estos decretos creativos. «Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir» (Jn 1:3). Es más, «por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él» (Col 1:16; vea también Sal 33:6, 9; 1 Co 8:6; Heb 1:2). El Espíritu Santo estaba activo igualmente de una manera diferente, porque «iba y venía» sobre la faz de las aguas (Gn 1:2), aparentemente sosteniendo y manifestando la presencia inmediata de Dios en la creación (cf. Sal 33:6, en donde «soplo» tal vez se debería traducir «Espíritu»; vea también Sal 139:7).
En la obra de la redención también hay funciones distintas. Dios Padre planeó la redención y envió al Hijo al mundo (Jn 3:16; Gá 4:4; Ef 1:9–10). El Hijo obedeció al Padre y realizó la redención para nosotros (Jn 6:38; Heb 10:5–7; et al.). Dios el Padre no vino y murió por nuestros pecados, ni tampoco Dios el Espíritu Santo. Ese fue la obra particular del Hijo. Entonces, después que Jesús ascendió de nuevo al cielo, el Padre y el Hijo enviaron al Espíritu Santo para aplicarnos la redención. Jesús habla del «Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14:26), pero también dice que él mismo enviará al Espíritu Santo, porque dice: «Si me voy, se lo enviaré a ustedes» (Jn 16:7), y habla de un tiempo «Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre» (Jn 15:26). Es especialmente el papel del Espíritu Santo darnos regeneración o vida nueva espiritual (Jn 3:5–8), santificarnos (Ro 8:13; 15:16; 1 P 1:2), y empoderarnos para el servicio (Hch 1:8; 1 Co 12:7–11). En general, la obra del Espíritu Santo parece ser llevar a su término la obra que ha sido planeada por Dios Padre y empezada por Dios Hijo (vea capítulo 30, sobre la obra del Espíritu Santo).
Así que podemos decir que el papel del Padre en la creación y redención ha sido planear, dirigir y enviar al Hijo y al Espíritu Santo. Esto no es sorpresa, porque muestra que el Padre y el Hijo se relacionan uno a otro como un padre e hijo se relacionan entre sí en una familia humana; el padre dirige y tiene autoridad sobre el hijo, y el hijo obedece y responde a las direcciones del padre. El Espíritu Santo es obediente a las directivas tanto del Padre como del Hijo.
De este modo, en tanto que las personas de la Trinidad son iguales en todos sus atributos, con todo difieren en sus relaciones a la creación. El Hijo y el Espíritu Santo son iguales en deidad a Dios Padre, pero son subordinados en sus funciones.
Es más, estas diferencias en función no son temporales sino que durarán para siempre; Pablo nos dice que incluso después del juicio final, cuando el «último enemigo», es decir, la muerte, sea destruido y cuando todas las cosas sean puestas bajo los pies de Cristo, «el Hijo mismo se someterá a aquel que le sometió todo, para que Dios sea todo en todos» (1 Co 15:28).

2. Las personas de la Trinidad existieron eternamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero, ¿por qué las personas de la Trinidad toman estos papeles diferentes al relacionarse a la creación? ¿Fue esto accidental o arbitrario? ¿Podría Dios Padre haber venido en vez de Dios Hijo para morir por nuestros pecados? ¿Podría el Espíritu Santo haber enviado a Dios Padre para que muera por nuestros pecados, y luego enviar a Dios Hijo para que nos aplique la redención?
No, no parece que estas cosas pudieran haber sucedido, porque el papel de ordenar, dirigir y enviar es apropiado a la posición del Padre, por el cual se modela toda la paternidad humana (Ef 3:14–15). Y el papel de obedecer, e ir según el Padre envía, y revelarnos a Dios, es apropiado para el papel del Hijo, a quien también se le llama el Verbo de Dios (cf. Jn 1:1–5, 14, 18; 17:4; Flp 2:5–11). Estos papeles no se pudieran haber invertido, ni el Padre habría dejado de ser el Padre ni el Hijo habría dejado de ser Hijo. Por analogía de esa relación, podemos concluir que el papel del Espíritu Santo es también el que era apropiado a las relaciones que tenía con el Padre y el Hijo antes de que el mundo fuera creado.
Segundo, antes de que el Hijo viniera a la tierra, e incluso antes de que el mundo fuera creado, por toda la eternidad el Padre ha sido el Padre, el Hijo ha sido el Hijo, y el Espíritu Santo ha sido el Espíritu Santo. Estas relaciones son eternas, y no algo que ocurrió sólo en el tiempo. Podemos concluir esto, primero, de la inmutabilidad de Dios (vea el capítulo 11); si Dios existe como Padre, Hijo y Espíritu Santo, siempre ha existido como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Podemos también concluir que las relaciones son eternas partiendo de otros versículos de la Biblia que hablan de las relaciones que los miembros de la Trinidad tenían entre sí antes de la creación del mundo. Por ejemplo, cuando la Biblia habla de la obra de Dios en la elección (vea el capítulo 32) antes de la creación del mundo, habla del Padre escogiéndonos «en» el Hijo: «Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, … Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él» (Ef 1:3–4). El acto iniciador de escoger se atribuye a Dios Padre, que nos considera unidos a Cristo o «en Cristo» antes de que siquiera existiéramos. De modo similar, de Dios Padre se dice que «a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo» (Ro 8:29). También leemos del «preconocimiento de Dios Padre» a distinción de las funciones particulares de los otros dos miembros de la Trinidad (1 P 1:2, LBLA; cf. 1:20). 32 Incluso el hecho de que el Padre «dio a su Hijo unigénito» (Jn 3:16) y «envió a su Hijo al mundo» (Jn 3:17) indican que hubo una relación entre Padre e Hijo antes de que Cristo viniera al mundo. El Hijo no llegó a ser el Hijo cuando el Padre lo envió al mundo. Más bien, el gran amor de Dios se muestra en el hecho de que uno que siempre fue el Padre dio al que siempre fue su Hijo unigénito: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito …» (Jn 3:16). «Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo» (Gá 4:4).
Cuando la Biblia habla de la creación, de nuevo habla del Padre creando por el Hijo, lo que indica una relación anterior a cuando empezó la creación (vea Jn 1:3; 1 Co 8:6; Heb 1:12, también Pr 8:22–31). Pero en ninguna parte dice que el Hijo o el Espíritu Santo crearon a través del Padre. Estos pasajes de nuevo implican que hubo una relación del Padre (como originador) y del Hijo (como agente activo) antes de la creación, y que esta relación hizo apropiado que diferentes personas de la Trinidad cumplieran los papeles que cumplieron.
Por consiguiente, las diferentes funciones que vemos que realizan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son simplemente resultado de una relación eterna entre las tres personas que siempre ha existido y existirá por la eternidad. Dios siempre ha existido como tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Estas distinciones son esenciales en la misma naturaleza de Dios, y no podría ser de otra manera.
Finalmente, se pudiera decir que no hay diferencia en deidad, atributos o naturaleza esencial entre el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada persona es plenamente Dios y tiene todos los atributos de Dios. Las únicas distinciones entre los miembros de la Trinidad son la manera en que se relacionan unos con otros y con la creación. En esas relaciones desempeñan papeles que son apropiados para cada persona.
Esta verdad en cuanto a la Trinidad a veces se ha resumido en la frase «igualdad ontológica pero subordinación económica», en donde la palabra ontológica quiere decir «ser».33 Otra manera de expresar esto más simplemente sería decir «iguales en ser pero subordinados en función». Ambas partes de esta frase son necesarias para una doctrina verdadera de la Trinidad; si no tenemos igualdad ontológica, no todas las personas son plenamente Dios. Pero si no tenemos subordinación económica,34 no hay diferencia inherente en la manera en que las tres personas se relacionan entre sí, y consecuentemente no tenemos las tres personas distintas existiendo como Padre, Hijo y Espíritu Santo por toda la eternidad. Por ejemplo, si el Hijo no es eternamente subordinado al Padre en función, el Padre no es eternamente «Padre» y el Hijo no es eternamente «Hijo». Esto querría decir que la Trinidad no ha existido eternamente.
Por esto la idea de igualdad eterna en ser pero subordinación en función ha sido esencial para la doctrina de la Trinidad en la iglesia desde que fuera aceptada en el credo niceno, donde dice que el Hijo fue «engendrado del Padre antes de los siglos» y que el Espíritu Santo «procede del Padre y del Hijo». Sorprendentemente, algunos escritos evangélicos recientes han negado la subordinación eterna en función entre los miembros de la Trinidad,35 pero ella ha sido claramente parte de la doctrina de la Trinidad en la iglesia (en sus expresiones católica romana, protestante y ortodoxa), por lo menos desde Nicea (325 d.C.). Por eso, Charles Hodge dice:

La doctrina nicena incluye (1) el principio de la subordinación del Hijo al Padre, y del Espíritu al Padre y al Hijo. Pero esta subordinación no implica inferioridad.… La subordinación que se propone es solamente en lo que concierne al modo de subsistencia y operación.…

Los credos no son nada más que un arreglo bien ordenado de las verdades de la Biblia que conciernen a la doctrina de la Trinidad. Defienden la personalidad distinta del Padre, Hijo y Espíritu … y su perfecta igualdad consecuente; y la subordinación del Hijo al Padre, y del Espíritu al Padre y al Hijo, en cuanto a modo de subsistencia y operación. Estas son verdades bíblicas, a las cuales los credos en cuestión no añaden nada; y es en este sentido que han sido aceptadas por la iglesia universal.36

De modo similar, A. H. Strong dice:

Padre, Hijo y Espíritu Santo, si bien iguales en esencia y dignidad, se distinguen uno y otro en orden de personalidad, oficio y operación.…

La subordinación de la persona del Hijo a la persona del Padre, o en otras palabras un orden de personalidad, oficio y operación que permite que el Padre sea oficialmente primero, el Hijo segundo y el Espíritu tercero, es perfectamente congruente con igualdad. La prioridad no necesariamente es superioridad.… Francamente reconocemos una subordinación eterna de Cristo al Padre, pero mantenemos al mismo tiempo que esta subordinación es una subordinación de orden, oficio y operación, y no una subordinación de esencia.37

3. ¿Cuál es la relación entre las tres personas y el ser de Dios? Después de la explicación precedente, la pregunta que queda sin resolverse es: ¿cuál es la diferencia entre «persona» y «ser» en esta consideración? ¿Cómo podemos decir que Dios es un ser indiviso, y sin embargo en este ser hay tres personas?
Primero, es importante afirmar que cada persona es completa y plenamente Dios; es decir, que cada persona tiene la plenitud completa del ser de Dios en sí mismo. El Hijo no es parcialmente Dios, ni tampoco un tercio de Dios, sino que el Hijo es total y plenamente Dios, y lo mismo el Padre y el Espíritu Santo. Por tanto, no sería apropiado pensar en la Trinidad según la figura 14.1, en la que cada persona representa sólo un tercio del ser de Dios.
Más bien, debemos decir que la persona del Padre posee todo el ser de Dios en sí mismo. Asimismo, el Hijo posee todo el ser de Dios en sí mismo, y el Espíritu Santo posee todo el ser de Dios en sí mismo. Cuando hablamos de Padre, Hijo y Espíritu Santo juntos no estamos hablando de ningún ser mayor que cuando hablamos solo del Padre, solo del Hijo o solo del Espíritu Santo. El Padre es todo del ser de Dios. El hijo también es todo del ser de Dios; y el Espíritu Santo es todo del ser de Dios.

Esto es lo que el credo atanasiano afirmó en las siguientes oraciones:

Y la fe católica es esta: que adoramos a un Dios en Trinidad, y Trinidad en unidad; no confundiendo las personas, ni dividiendo la sustancia [esencia]. Porque hay una persona del Padre; otra del Hijo; y otra del Espíritu Santo. Pero la deidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es toda una; igual la gloria, coeterna la majestad. Tal como el Padre es, tal es el Hijo y tal el Espíritu Santo.… Y así como estamos obligados por la verdad cristiana a reconocer a cada persona por sí misma como Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe decir que hay tres Dioses, o tres Señores.

Pero si cada persona es plenamente Dios y tiene todo el ser de Dios, tampoco debemos pensar que las distinciones personales son atributos adicionales añadidos al ser de Dios

Las distinciones personales en la Trinidad no son algo añadido al ser real de Dios

Más bien, cada persona de la Trinidad tiene todos los atributos de Dios, y ninguna persona tiene atributos que las otras no posean.
Por otro lado, debemos decir son realmente personas y que no son simplemente diferentes maneras de ver el ser de Dios. (Esto sería modalismo o sabelianismo, según se explicó arriba). Así que la figura 14.3 no sería apropiada.

Las personas de la Trinidad no son simplemente tres maneras diferentes de mirar al ser de Dios

Más bien, nuestro concepto de la Trinidad debe ser tal que la realidad de las tres personas se mantenga, y se vea a cada persona relacionada con las otras como un «yo» (una primera persona) y un «tú» (una segunda persona) y un «él» (una tercera persona).
La única manera que esto parece posible es decir que la distinción entre las personas no es una diferencia en «ser» sino una diferencia en «relaciones». Esto es algo muy distante de nuestra experiencia humana, en donde toda «persona» humana diferente es diferente también en ser. De alguna manera el ser de Dios es tanto mucho más grande que el nuestro que dentro de su ser indiviso puede haber un desdoblar de relaciones interpersonales, para que pueda haber tres personas distintas.
¿Cuáles son, entonces, las diferencias entre Padre, Hijo y Espíritu Santo? No hay ninguna diferencia en atributos. La única diferencia entre ellos es la manera en que se relacionan uno con otro y con la creación. La cualidad singular del Padre es la manera en que se relaciona como Padre con el Hijo y con el Espíritu Santo. La cualidad singular del Hijo es la manera en que este se relaciona como Hijo; y la cualidad singular del Espíritu Santo es la manera en que este se relaciona como Espíritu.38
Aunque los tres diagramas que acabamos de dar representan ideas erróneas que hay que evitar, el siguiente diagrama puede ser útil al pensar en la existencia de tres personas en un solo ser indiviso de Dios.

Hay tres personas distintas, y el ser de cada persona es igual a todo el ser de Dios

En este diagrama, al Padre se le representa con la sección del círculo marcada con una P. Luego, en el resto del círculo, avanzando como las manecillas del reloj, al Hijo se le representa con la sección del círculo marcada con una H; y después, avanzando también como las manecillas del reloj, al Espíritu Santo se le representa con la sección del círculo marcada con ES. Así que hay tres personas distintas, pero cada persona es plena y totalmente Dios. Por supuesto, la representación es imperfecta, porque no puede representar la infinitud de Dios, ni su personalidad, ni, a decir verdad, ninguno de sus atributos. También hay que mirar el círculo en más de una manera a fin de entenderlo; se debe entender que las líneas punteadas indican relación personal y no una división en el ser de Dios. Por tanto, el círculo mismo representa el ser de Dios mientras que las líneas punteadas representan una forma de existencia personal pero no una diferencia de ser. El diagrama puede, con todo, ayudarnos a guardarnos contra algunos malos entendidos.
Nuestras personalidades humanas proveen otra analogía tenue que puede ayudar a pensar en cuanto a la Trinidad. Un hombre puede pensar en diferentes objetos fuera de sí mismo; cuando hace esto, él es el sujeto que piensa. También puede pensar en sí mismo, y entonces él es el objeto de quien se está pensando; así que es a la vez sujeto y objeto. Es más, puede reflexionar en sus ideas en cuanto a sí mismo como una tercera cosa, ni sujeto ni objeto, sino pensamientos que él tiene como sujeto en cuanto a sí mismo como objeto. Cuando esto sucede, el sujeto, el objeto y los pensamientos son tres cosas distintas. Sin embargo cada cosa de cierta manera incluye todo su ser; el hombre en su totalidad es el sujeto, y el hombre en su totalidad es el objeto, y los pensamientos (aunque en un sentido menor) son pensamientos la totalidad de sí mismo como persona.39
Pero si el desdoblamiento de la personalidad humana permite esta clase de complejidad, el desdoblamiento de la personalidad de Dios debe permitir mucha mayor complejidad que esto. Dentro del ser de Dios, el «desdoblamiento» de personalidades debe permitir la existencia de tres personas distintas, mientras cada persona sigue teniendo la totalidad de Dios en sí misma. La diferencia en personas debe ser de relación, no de ser, y sin embargo cada persona debe tener verdadera existencia. Esta forma tripersonal de ser está más allá de nuestra capacidad de entenderlo. Es una clase de existencia muy diferente de cualquier cosa que hayamos experimentado y muy diferente de todo lo demás en el universo.
Debido a que la existencia de tres personas en un solo Dios es algo que está más allá de nuestra comprensión, la teología cristiana ha llegado a usar la palabra persona para hablar de estas diferencias en relaciones, no debido a que entendamos completamente lo que se quiere decir con la palabra persona al referirse a la Trinidad, sino más bien para que podamos decir algo en lugar de no decir nada.

4. ¿Podemos entender la doctrina de la Trinidad? Debemos estar advertidos por los errores que se han cometido en el pasado. Todos son el resultado de intentos de simplificar la doctrina de la Trinidad y hacerla completamente comprensible, eliminando todo su misterio. Esto jamás se podrá lograr. Sin embargo, no es correcto decir que no podemos entender nada de la doctrina de la Trinidad. Ciertamente podemos entender y saber que Dios es tres personas, y que cada persona es plenamente Dios, y que hay sólo un Dios. Podemos saber estas cosas porque la Biblia las enseña. Es más, podemos saber algunas cosas en cuanto a la manera en que las personas se relacionan entre sí (vea la sección anterior). Pero lo que no podemos entender completamente es cómo encajan todas esas enseñanzas bíblicas distintas. Nos preguntamos cómo puede haber tres personas distintas, y cada persona tener todo el ser de Dios en sí misma, y sin embargo Dios es sólo un ser indiviso. Esto somos incapaces de entender. Es más, es saludable espiritualmente para nosotros reconocer abiertamente que el ser de Dios es mucho más de lo que jamás podremos comprender. Esto nos hace humildes ante Dios y nos lleva a adorarle sin reserva.
Pero también se debe decir que la Biblia no nos pide que creamos una contradicción. Una contradicción sería: «Hay un Dios y no hay un Dios», o «Dios es tres personas y Dios no es tres personas», o incluso (que sería similar a la afirmación previa) «Dios es tres personas y Dios es una persona». Pero decir que «Dios es tres personas y hay sólo un Dios» no es una contradicción. Es algo que no entendemos, y por consiguiente es un misterio o una paradoja, pero no debería ser problema para nosotros siempre que la Biblia enseñe claramente los diferentes aspectos del misterio, porque en tanto que nosotros somos criaturas finitas y no deidad omnisciente, siempre habrá (por toda la eternidad) cosas que no entenderemos completamente. Louis Berkhof sabiamente dice:

La Trinidad es un misterio … el hombre no puede comprenderla ni hacerla inteligible. Es inteligible en algunas de sus relaciones y modos de manifestación, pero ininteligible en su naturaleza esencial.… La dificultad real está en las relaciones en que las personas de la deidad tienen que ver con la esencia divina y una con otra; y esta es una dificultad que la iglesia no puede eliminar, sino sólo tratar de reducir a su proporción apropiada mediante una definición apropiada de términos. Jamás ha tratado de explicar el misterio de la Trinidad, sino solamente formular la doctrina de la Trinidad de tal manera que se eviten los errores que la ponen en peligro.40

Berkhof también dice: «Es especialmente cuando reflexionamos en las relaciones de las tres personas con la esencia divina que todas las analogías nos fallan, y llegamos a estar profundamente conscientes del hecho de que la Trinidad es un misterio mucho más allá de nuestra comprensión. Es la gloria incomprensible de la Deidad».41


Aplicación

Debido a que Dios en sí mismo tiene unidad y diversidad, no es sorprendente que la unidad y la diversidad también se reflejen en las relaciones humanas que él ha establecido. Vemos esto primero en el matrimonio. Cuando Dios creó el hombre a su imagen, no creó solo individuos aislados, sino que la Biblia nos dice que «Hombre y mujer los creó» (Gn 1:27). Y en la unidad del matrimonio (vea Gn 2:24) vemos, no una triunidad como Dios, pero por lo menos una asombrosa unidad de dos personas, personas que siguen siendo individuos distintos y sin embargo llegan a ser un cuerpo, mente y espíritu (cf. 1 Co 6:16–20; Ef 5:31). De hecho, en las relaciones entre el hombre y la mujer en el matrimonio también vemos un cuadro de las relaciones entre el Padre y el Hijo en la Trinidad. Pablo dice: «Ahora bien, quiero que entiendan que Cristo es cabeza de todo hombre, mientras que el hombre es cabeza de la mujer y Dios es cabeza de Cristo» (1 Co 11:3). Aquí, así como el Padre tiene autoridad sobre el Hijo en la Trinidad, el esposo tiene autoridad sobre la esposa en el matrimonio. El papel del esposo es paralelo al de Dios Padre. y el de la esposa es paralelo al de Dios Hijo. Es más, así como Padre e Hijo son iguales en deidad, importancia y personalidad, el esposo y la esposa son iguales en humanidad, importancia y personalidad. Y, aunque no se lo menciona explícitamente en la Biblia, el don de los hijos dentro del matrimonio, que resultan del padre y de la madre, y están sujetos a la autoridad del padre y de la madre, es análogo a las relaciones del Espíritu Santo al Padre y al Hijo en la Trinidad.
Pero la familia humana no es la única manera en que Dios ha ordenado que haya diversidad y unidad en el mundo que refleja algo de su propia excelencia. En la iglesia tenemos «muchos miembros» y sin embargo «un cuerpo» (1 Co 12:12). Pablo reflexiona en la gran diversidad entre los miembros del cuerpo humano (1 Co 12:14–26) y dice que la iglesia es de esta manera: tenemos muchos miembros diferentes en nuestras iglesias, con diferentes dones e intereses, y dependemos y nos ayudamos unos a otros, demostrando de esta manera gran diversidad y gran unidad al mismo tiempo. Cuando vemos a personas diferentes haciendo muchas cosas diferentes en la vida de una iglesia. debemos agradecerle a Dios que esto nos permite glorificarle al reflejar algo de la unidad y diversidad de la Trinidad.
También debemos notar que el propósito de Dios en la historia del universo frecuentemente ha sido exhibir unidad en la diversidad, y de esta manera exhibir su gloria. Vemos esto no sólo en la diversidad de dones en la iglesia (1 Co 12:12–26), sino también en la unidad de judíos y gentiles, de modo que todas las razas, diversas como son, están unidas en Cristo (Ef 2:16; 3:8–10; vea también Ap 7:9). Pablo se asombra de que los planes de Dios para la historia de la redención hayan sido como una gran sinfonía de modo que su sabiduría está más allá de nuestra comprensión (Ro 11:33–36). Incluso en la misteriosa unidad entre Cristo y la iglesia, en la cual se nos llama la esposa de Cristo (Ef 5:31), vemos unidad más allá de lo que jamás podríamos haber imaginado, unidad con el mismo hijo de Dios. Sin embargo, en todo esto nunca perdemos nuestra identidad individual sino que seguimos siendo personas distintas siempre capaces de adorar y servir a Dios como individuos únicos.
A la larga el universo entero participará de esta unidad de propósito, con toda parte diversa contribuyendo a la adoración de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque un día ante el nombre de Jesús se doblará toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2:10–11).
En un nivel un poco más cotidiano, hay muchas actividades que podemos desempeñar como seres humanos (en la fuerza laboral, en organizaciones sociales, en presentaciones musicales, y en equipos atléticos, por ejemplo) en las cuales muchos individuos distintos contribuyen a una unidad de propósito o actividad. Al ver en estas actividades un reflejo de la sabiduría de Dios al permitirnos tanto unidad como diversidad, podemos ver un tenue reflejo de la gloria de Dios en su existencia trinitaria. Aunque nunca lograremos captar plenamente el misterio de la Trinidad, podemos adorar a Dios por lo que él es en nuestros cantos de alabanza, y en nuestras palabras y acciones que reflejan algo de su carácter excelente.


PREGUNTAS PARA APLICACIÓN PERSONAL

1. ¿Por qué Dios se agrada cuando las personas exhiben fidelidad, amor y armonía dentro de una familia? ¿Cuáles son algunas maneras en que los miembros de su familia reflejan la diversidad que se halla en los miembros de la Trinidad? ¿De qué forma su familia refleja la unidad que se halla entre los miembros de la Trinidad? ¿Cuáles son algunas maneras en que las relaciones en su familia pudieran reflejar más plenamente la unidad de la Trinidad? ¿Cómo pudiera la diversidad de las personas de la Trinidad animar los padres a permitir que sus hijos desarrollen diferentes intereses entre sí, y de los de los padres, sin pensar que la unidad de la familia sufrirá daño?
2. ¿Ha pensado usted alguna vez que si su iglesia permitiera que surgieran nuevas y diferentes clases de ministerios, que eso podría estorbar la unidad de la iglesia? ¿O ha pensado usted que animar a las personas a usar otros dones para el ministerio que los que se han usado en el pasado podría ser divisivo en la iglesia? ¿Cómo podía el hecho de unidad y diversidad en la Trinidad ayudarle a enfocar esos asuntos?
3. ¿Piensa usted que la naturaleza trinitaria de Dios se refleja más plenamente en una iglesia en la que todos los miembros tienen el mismo trasfondo racial, o una en la que los miembros vienen de muchas razas diferentes (vea Ef 3:1–10)?
4. Además de nuestras relaciones dentro de nuestras familias, todos existimos en otras relaciones con la autoridad humana en el gobierno, en el trabajo, en sociedades voluntarias, en instituciones educativas y en el atletismo, por ejemplo. A veces tenemos autoridad sobre otros, y a veces estamos sujetos a la autoridad de otros. Sea en la familia o uno de estos otros aspectos, dé un ejemplo de una manera en la que su uso de autoridad o su respuesta a la autoridad pudiera ser más como el patrón de relaciones dentro de la Trinidad.
5. Si vemos la existencia trinitaria de Dios como la base fundamental de todas las combinaciones de unidad y diversidad en el universo,¿cuáles son otras partes de la creación que muestran unidad y diversidad (por ejemplo: la interdependencia de sistemas ambientales de la tierra, o la fascinante actividad de las abejas en una colmena, o el trabajo armonioso de las varias partes del cuerpo humano)? ¿Piensa usted que Dios nos ha hecho para que podamos deleitarnos espontáneamente en las demostraciones de unidad en la diversidad, tal como una composición musical que manifiesta gran unidad y a la vez gran diversidad de las varias partes al mismo tiempo, o en la diestra ejecución de alguna estrategia unida planeada por miembros de un equipo atlético?
6. En el ser de Dios tenemos una unidad infinita combinada con la preservación de personalidades distintas que pertenecen a los miembros de la Trinidad. ¿Cómo puede este hecho tranquilizarnos si alguna vez empezamos a temer que llegar a ser más unidos a Cristo al crecer en la vida cristiana (o llegar a ser más unidos unos a otros en la iglesia) pudiera tender a obliterar nuestras personalidades individuales? En el cielo, a su modo de pensar, ¿será usted exactamente igual a todos los demás, o tendrá una personalidad que será distinta y propia? ¿De qué modo las religiones orientales (tales como el budismo) difieren del cristianismo en este respecto?

 

Geerhardus Vos: LA TRINIDAD

¿Por qué no debemos buscar una prueba concluyente de la Trinidad en el Antiguo Testamento?

a) Porque la revelación del Antiguo Testamento no se completó, sino que sólo fue preparatoria. Lo perfecto sólo llega al final.
b) Bajo la dispensación del Antiguo Testamento, el concepto de la unicidad de Dios tenía que imprimirse profundamente en la conciencia de Israel a la vista de todas las inclinaciones politeístas.
c) No debemos imaginarnos que los santos del Antiguo Testamento pudieran leer en el Antiguo Testamento todo lo que nosotros podemos leer allí a la luz del Nuevo. Sin embargo, lo que leemos en él es claramente el propósito del Espíritu Santo, ya que Él no sólo escribió las Escrituras del Antiguo Testamento para entonces sino también para ahora.

¿Qué rastros de la doctrina de la Trinidad podemos descubrir, sin embargo, en el Antiguo Testamento?

a) La distinción entre los nombres Elohim y Yahvé. Elohim es el Dios que actúa en Israel y entre los paganos mediante la creación y la providencia. Yahvé es el Dios que se ha dado a conocer a sí mismo mediante la dirección teocrática y la revelación. Compárese Génesis 1:1 con 2:4. Allí donde Dios se revela a sí mismo, lleva otro nombre, es decir, uno le conoce en ese sentido no sólo más que en cualquier otro lugar, sino también como otro.
b) La forma plural de este nombre Elohim (véase Eloah).
Desde Pedro Lombardo, muchos han encontrado una prueba de la Trinidad en esta forma. Por ejemplo, Lutero, pero no así Calvino. Sin embargo, Elohim se usa con relación al Padre y al Hijo (véase Sal 45:8); el nombre también aparece referido a personas e ídolos (Ex 22:8; 1 Sam 28:13) El plural debe entenderse como algo intensivo, igual que son extensos los “cielos o las “aguas”. Apunta a la plenitud inagotable de Dios, y por lo tanto es un pluralis majestatis en el sentido más profundo del término.
c) El concepto del Ángel del Señor, מַלְאַךְ יְהֹוָה.
En relación con esto existen las siguientes hipótesis:
1. El Ángel del Señor es un espíritu finito, un ángel creado. Así lo creían Agustín o Jerónimo y, más adelante, Kurz y Delitzsch. Este Ángel, dicen, puede hablar como si fuera Dios, ya que el mensajero habla ex persona para aquel que lo ha enviado y se identifica con él. Sin embargo, ¿cómo podría un mensajero así ser recibir honras religiosas en lugar del que lo envió? Jueces 6:11, 18, 22–23.
2. El Ángel del Señor es el Logos, la segunda persona de la Trinidad Esto es lo que pensaban Ireneo o Tertuliano y, más tarde, dogmáticos luteranos y reformados (Calvino duda en algunos lugares, aunque parece tomar partido por el apartado 1 mencionado anteriormente) o Hengstenberg. Algunos suponen que el Logos se ha unido personalmente durante un tiempo a un ser creado.

El Ángel del Señor no es una persona sino únicamente una apariencia impersonal de Dios.

una entrada momentánea de Dios en la esfera de lo visible. מַלְאַךְ debe entenderse como un sustantivo abstracto.
Nosotros aceptamos la interpretación número 2, ya que sólo ella le hace justicia a todos los datos. Sin embargo, también observamos lo siguiente:
1. Aquellos que contemplaron y se beneficiaron de esta apariencia no tenían un concepto claro y nítido de la doctrina de la Trinidad.
2. El Ángel, el Mensajero, no era un ser creado, era el Logos eterno, pero la forma visible mediante la cual se reveló fue creada, y el Logos no estaba unido personalmente a ella, como sí lo estuvo con la naturaleza humana que asumió más tarde.
Los motivos para esta interpretación son los siguientes:
1. El Ángel habla con la autoridad de Dios (Gn 16:13).
2. Las personas se dirigen a él como Dios (Gn 16:13).
3. Hace obras divinas (Ex 23:20).
4. Tiene atributos divinos (Gn 16:8).
5. Acepta honores divinos (Jos 5:14).
6. Se le distingue de un ángel creado, Éxodo 33, donde se distingue al Ángel de la Presencia de un ángel corriente (Is 63:9; Dt 4:37).
7. Su nombre se alterna con el nombre Elohim (Zac 12:8).
d) El concepto de Jokmá, חָכְמָה, “sabiduría”, tal como aparece en Proverbios 8:22 y siguientes y en Job 28:12–27. Aquí se personifica la sabiduría, de manera que se convierte en objetivo para Dios mismo, y sin embargo mantiene una estrechísima relación con Él. Es la imagen de su pensamiento, la huella perfecta de su existencia interior (dentro y fuera de él al mismo tiempo). En el prólogo del Evangelio de Juan se dicen cosas similares del Logos.
e) También se atribuyen atributos divinos a la palabra de Dios en el Antiguo Testamento (p. ej., Sal 33:4; Is 40:8; Sal 119:105).
f) La doctrina del Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento. El Espíritu es el principio de la vida natural, racional y razonable del mundo y, por lo tanto, representa la inmanencia autoconsciente de Dios. También es el Espíritu de revelación. Por último, Él es también el Espíritu que vive con cada creyente (véase Sal 51:13; 143:10). El Espíritu actúa como una persona que se encuentra objetivamente frente a Dios (Is 63:10; 48:16).
g) Pasajes del Antiguo Testamento en los que Dios habla de sí mismo en plural. La iglesia siempre ha tenido una concepción trinitaria de estos pasajes. Los siguientes son sentimientos divergentes:
1. Es un pluralis majestatis, como solían usar los gobernantes orientales cuando hablaban de sí mismos. No hay antecedentes de eso en la Escritura. Sólo en una fecha relativamente tardía aparece algo así (Gn 20:15; cf. Esdras 6:8).
2. Es un pluralis communicationis por el cual Dios se incluye a sí mismo entre los ángeles (cf. Is 6:8); así pensaban Filón y también Delitzsch en sus primeros años. Sin embargo, en Génesis 1:26 no se puede atribuir una participación activa en la creación a los ángeles.
3. Es un pluralis de autogeneración, en el que el sujeto se considera y se dirige a sí mismo como objeto, de modo que surge la apariencia de una pluralidad. Véase Hitzig. Esto no está probado, véase Génesis 2:18; Salmos 12:5.
h) Pasajes del Antiguo Testamento donde se nombra expresamente a más de una persona; Salmos 45:6–7; 110:1. Hebreos 1:8–9 demuestra que estos pasajes deben entenderse de esta manera.
i) Pasajes que hablan de tres personas; Números 6:24–26; compárese 2 Corintios 13:14; Salmos 33:6; Isaías 61:1; 63:9–10.

¿De qué manera deben aportarse pruebas a favor de la Trinidad sobre la base del Nuevo Testamento?

Tendrá que demostrarse:

a) Que hay un Dios
b) Que sin embargo hay tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, respectivamente, a las que se llama Dios y se considera como Dios.
c) Que hay, por lo tanto, unidad en la trinidad y trinidad en la unidad.

¿Qué textos del Nuevo Testamento hablan de las tres personas conjuntamente?

Lucas 1:35; 3:21–22; Mateo 28:19; 2 Corintios 13:14; 1 Corintios 12:3–4; 1 Pedro 1:2. Además, sobre todo, en los capítulos 14–16 del Evangelio de Juan la enseñanza del Señor tiene un carácter trinitario.

¿Qué dos asuntos son de especial interés a la hora de argumentar a favor de la Trinidad?

La deidad del Hijo y la personalidad del Espíritu Santo. La personalidad del Hijo y la deidad del Espíritu Santo, en cambio, son tan ciertas que argumentarlo resulta prácticamente superfluo.

¿Hay algún lugar en el Nuevo Testamento que nos proporcione una doctrina completa de la Trinidad?

No, como en el caso de otros dogmas, aquí también se dejó que la iglesia, bajo la dirección del Espíritu Santo, reuniera los datos desperdigados por toda la Escritura y luego formulara el dogma de manera gradual y en contraste con todo tipo de error.

¿Quién fue el primero en usar el término Trinidad?

En su forma latina, el primero en usar el término fue Tertuliano, que habla de una Trinitas Unius Divinitatis. Antes de él, sin embargo, ya se utilizaron términos relacionados en griego. Teófilo, obispo de Antioquía de Siria, habló de ἡ τρίας τοῦ σεοῦ. Esto era en la segunda mitad del siglo II después de Cristo.

¿Qué personaje de la iglesia griega ha contribuido más al desarrollo dogmático de la doctrina de la Trinidad?

Apolinar de Laodicea, que, sin embargo, era un hereje en su Cristología, y el más grande de los capadocios.

¿Quién ha contribuido más en Occidente?

Tertuliano. Con él, sin embargo, todavía había muchas cosas que no estaban claras. Él sostenía que el Hijo y el Espíritu procedían del Padre tan sólo por el bien de la creación. No tienen toda la sustancia de la Deidad, sino que son “partes” o “porciones” subordinadas al Padre, etc.

¿Qué hay entre Tertuliano y los capadocios?

La presentación oficial de la doctrina de la iglesia en Nicea y Constantinopla. El credo que allí se aceptó también es recogido por nuestra Confesión belga, artículo 9, y por lo tanto es vinculante para nosotros a la hora de formular la doctrina de la Trinidad.

¿Qué dice este credo?

Tal como fue originalmente aceptado en Nicea (aparte de los cambios posteriores) dice así:

Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles;
y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; Unigénito nacido del Padre, es decir, de la sustancia del Padre; Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado; de la misma naturaleza (homoousios) que el Padre; por quien todo fue hecho: tanto lo que hay en el cielo como en la tierra; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó y se encarnó, se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, y subió a los cielos, y que vendrá a juzgar a vivos y muertos;
y en el Espíritu Santo….

Aquellos que, por el contrario, dicen: “Hubo un tiempo en que Él no era”; “No era antes de que fuera engendrado”; y que Él fue hecho de la nada o que es de otra sustancia o esencia (o que es creado), o que el Hijo de Dios es variable o cambiante, esto es lo que la iglesia católica (y apostólica) anatematiza.1

¿Con qué tesis se puede expresar la doctrina de la Trinidad?

a) Solamente existe un ser divino. La Escritura se expresa nítidamente contra todo politeísmo (Dt 6:4; Is 44:6; Sant 2:19).
b) En este único Dios hay tres modos de existencia, a los que nos referimos con la palabra “persona” y que son, cada una, este único Dios verdadero. En la Escritura, a estas tres personas se les llama Padre, Hijo y Espíritu Santo.
c) Estas tres personas, aunque conjuntamente son el único Dios verdadero, sin embargo se distinguen entre sí en la medida en que asumen relaciones objetivas entre ellas, se dirigen la una a la otra, se aman y pueden interactuar entre sí.
d) Si bien estas tres personas poseen una y la misma sustancia divina, las Escrituras, no obstante, nos enseñan que, con respecto a su existencia personal, el Padre es el primero, el Hijo el segundo y el Espíritu Santo el tercero, que el Hijo es del Padre y el Espíritu del Padre y del Hijo Además, su actuación refleja externamente este orden de existencia personal, ya que el Padre obra a través del Hijo, y el Padre y el Hijo obran a través del Espíritu. Existe, por tanto, una subordinación en cuanto a la forma personal de existir y la manera de obrar, pero ninguna subordinación con respecto a la posesión de la única sustancia divina.
e) La sustancia divina no se divide entre las tres personas como si cada una poseyera un tercio. Tampoco es una nueva sustancia diferente de las tres personas. Por último, tampoco es una abstracción de nuestro pensamiento en un sentido nominalista. Pero de una manera en la cual cualquier otra analogía resulta deficiente, cada una de estas personas posee toda la sustancia divina.

¿En qué dos puntos se ha cuestionado el acuerdo de la Confesión de Fe de Nicea con la descripción precedente?

a) Se han planteado dudas sobre si con el uso de la palabra homoousios los Padres de Nicea realmente quisieron decir que el Hijo era de un solo ser, eso es, de una y la misma sustancia que el Padre. Repetidamente, también en los últimos tiempos, se ha afirmado que homoousios no quiere decir nada más que “similar”. Que estas dudas son infundadas se deduce de las siguientes apreciaciones:
1. Si los Padres nicenos no hubieran querido decir nada más que el Hijo es similar al ser del Padre, entonces no habrían tenido que rechazar el término arriano homoiousios, cuyo significado preciso es “similar”. Sin embargo, lo rechazaron.
2. La confesión de Nicea dice explícitamente: El Hijo es engendrado de la sustancia del Padre.
3. Si no hay nada más que semejanza, y el Hijo sigue siendo Dios, entonces se incurre en el triteísmo, es decir, en la “tri-divinidad”.
b) Se ha propuesto que la Confesión de Nicea hace que el Hijo reciba no sólo su existencia personal sino también su deidad del Padre. De hecho, hay expresiones que permiten ser interpretadas en este sentido: “engendrado de la sustancia del Padre; Dios de Dios, Luz de Luz”. Hay que admitir que en este punto los autores de la Confesión todavía no habían alcanzado una claridad absoluta. Ya los capadocios usaron la descripción más cuidadosa y exacta de engendrado y espirado “dentro de la sustancia divina”. A Agustín le corresponde el honor de, sobre la base de las Escrituras, haber eliminado por completo este elemento de subordinación en cuanto a la sustancia de la doctrina de la Trinidad. Era un elemento peligroso.

Ofrece una descripción de los términos más importantes que han sido usados ​​por los teólogos (y todavía lo están siendo) en su doctrina de la Trinidad.

a) En primer lugar tenemos las palabras ousia e hipóstasis (οὐσία y ὑπόστασις) Ousia es el ser de Dios en abstracto que es común a las tres personas. Hipóstasis, por otro lado, significa el modo de existencia personal de este ser, lo que llamamos persona.
Ambos términos provienen de la filosofía griega. Ousia es platónico, hipóstasis es estoico. Este último originalmente significa “autoexistencia” y, por lo tanto, pudo ser utilizado por los teólogos durante mucho tiempo para expresar lo mismo que ousia. Más adelante adoptó más el sentido de “persona”. Pero no de inmediato. Por consiguiente, se creó una gran confusión porque ahora se podía escuchar al mismo tiempo la afirmación de que había una hipóstasis y que había tres hipóstasis en la divinidad
b) Otra palabra griega es physis, “naturaleza”. Esto también indicaba la sustancia de Dios como algo distinto a las personas. Sin embargo, physis y ousia no son lo mismo. Ousia es el ser de Dios en abstracto Physis incluye los atributos presentes en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, aquellos que pertenecen exclusivamente al ser divino. Los atributos, sin embargo, van inseparablemente unidos al ser (φύσις en griego).
c) Todavía hay otra palabra griega más: prosōpon (πρόσωπον) El significado original es “cara” o “máscara”. El término latino persona, de donde obtenemos “persona”, tiene el mismo significado. Naturalmente, los herejes sabelianos, que sólo querían oír hablar de una trinidad revelada, hicieron uso de estas palabras con entusiasmo para ganar la aceptación de sus opiniones. La consecuencia de esto, sin embargo, fue que los ortodoxos evitaron estas palabras. Así que los griegos utilizaron el mencionado hipóstasis para referirse a “persona”, incluso donde antes habían usado prosōpon.
d) La iglesia latina occidental también tuvo dificultades al principio para encontrar términos inequívocos. Había dos palabras latinas; a saber, substantia y subsistentia. A veces usaba ambas para hacer referencia a la sustancia, otras lo hacían para denotar persona, y a veces empleaban una para referirse a sustancia y otra a persona. La solución que se alcanzó fue la siguiente:
1. El término substantia fue abolido en relación con Dios. Substantia se asociaba por contraste con accidentia, “accidente”, “azar”, y al llamar a Dios “sustancia” uno no quería dar la impresión de que en Dios también existe el azar.
2. Esta palabra rechazada fue reemplazada por el término más preciso essentia, “ser”, “esencia”, que corresponde al griego ousia.
3. En latín, la naturaleza de Dios, como inclusiva de los atributos de su ser, se llama natura, que coincide con el griego physis.
4. La palabra subsistentia siguió en uso para indicar el modo personal de existencia. Por lo tanto, significa lo que llamamos persona. En el mismo sentido apunta suppositum, una traducción de las palabras griegas hipóstasis y hypokeimenon (ὑποκείμενον).
e) Los antiguos también hablaban de una perijoresis o enyparxis (περιχωρήσις, ἐνυπάρξις); en latín: circumcessio o inexistentia mutua, un “ser mutuo”. Lo que se pretendía decir era que las personas de la Divinidad están la una en la otra recíprocamente (Juan 14:22; 17:21; 1 Cor 2:10–11). Hay una especie de circulación interna en el seno de la Divinidad, un movimiento eterno dentro del ser de Dios.
f) Las personas de la Trinidad se distinguen unas de otras por su carácter (character hypostatius sive personalis; en griego: τρόπος ὑπάρξεως). Este factor personal se expresa en los nombres Padre, Hijo y Espíritu Santo, que dan a conocer la singularidad de las tres personas. Este factor es incomunicable, es decir, pertenece sólo a una persona. Por lo tanto, sirve para distinguir a las personas. En el caso del Padre, es su engendramiento del Hijo (pero no como causa al soplar la procedencia del Espíritu, porque Él tiene eso en común con el Hijo). En el caso del Hijo, es el hecho de ser engendrado por el Padre. En el caso del Espíritu Santo, es que es espirado por el Padre y el Hijo.
g) En cuanto a la relación entre las personas y la sustancia, y, en particular, con respecto a la cuestión de cómo se distinguen las personas de la sustancia, no existe una unanimidad absoluta entre los ortodoxos. Aquí hay dos extremos que deben evitarse: el sabelianismo que admite únicamente una persona, de quien se dice que se reveló a sí mismo en tres formas, y el triteísmo, que no engloba a las tres personas dentro de la unidad de sustancia. Con vistas a encontrar el término medio adecuado, algunos dicen que las personas se distinguen de la sustancia modaliter, “de acuerdo con el modo”, es decir, como sustancia en abstracto y como la sustancia en cierto modo con determinadas formas de existencia (pero no realiter, formaliter o simplemente ratione). Otros afirman que las personas se distinguen entre sí realiter, “en realidad” (pero no essentialiter o simplemente ratione). Mastricht dice: “Si alguien no puede seguir este estilo de discurso escolástico, entonces simplemente que crea con la Escritura que las personas se distinguen como tres y declare que más allá de eso no sabe qué tipo de distinción existe (ya que las Escrituras no han revelado estas cosas), o que se las distingue sobrenaturalmente, no de manera natural”.
h) En cuanto a la idea relacionada con las palabras hipóstasis, subsistencia, suppositum y persona, tampoco reina la unanimidad. Calvino admite que la palabra “persona” es tan sólo una ayuda, pero aun así no desaprueba su uso. Los socinianos, remonstrantes, anabautistas, cartesianos y también Cocceio han cuestionado su uso. La definición más antigua era: “Persona es el ser divino mismo que se distingue por un cierto carácter independiente y por su propia forma de existencia”. Más tarde se agregaron descripciones adicionales. La definición aceptada de los antiguos dogmáticos se remonta más allá de Melanchthon a Boecio. Dice así: “Persona es una entidad independiente, indivisible, racional, incomunicable, no sostenida por otra naturaleza y que no forma parte de otra cosa”.
Para poder alcanzar cierta claridad en este asunto, primero es necesario formular demandas claras que una definición teológica de persona debe satisfacer. Estas demandas son:
1. No puede menoscabar la unidad del ser de Dios. Por ejemplo, si uno dice “persona es lo que no existe en otra naturaleza”, eso parece excluir a las personas de la Trinidad. Estas personas indudablemente no existen en sí mismas sino en la naturaleza divina.
2. Debe contener en sí misma un elemento sea común a la personalidad divina y humana. En Cristología, específicamente la persona divina de Cristo sirve para representar a la persona humana de los elegidos en la justicia de Dios. Si no existiera un punto de semejanza, entonces esto no podría suceder.
3. Debe ser reformada, en el sentido de que permita que la naturaleza humana del Mediador sea impersonal. Si yo digo: “Persona es un ser con autoconciencia y autodeterminación (libre albedrío)”, entonces se incluye la naturaleza humana del Salvador.
Para satisfacer estas tres condiciones al mismo tiempo, ahora podríamos realizar una formulación aproximadamente en estos términos: “persona es una entidad independiente, indivisible, racional, incomunicable, no sustentada por otra naturaleza, que posee en sí misma el principio de su funcionamiento”.
O bien, podríamos contentarnos con una descripción más modesta: “Persona, en relación con la Trinidad, significa la esencia divina en un modo específico de existencia, que se distingue por este modo específico de existencia de esa esencia y de las otras personas”. Para más detalles sobre este punto, véase Cristología.
i) A las actividades por las cuales cada una de las personas de la Trinidad existe como distinta de las demás, se les llama “obras internas” (opera ad intra). Son actividades personales que no son comunes a todas las personas y que son incomunicables. Como tales encontramos el engendramiento y la espiración del Padre, para el Hijo el ser engendrado y espirar, y para el Espíritu el ser espirado. A estas obras, por las razones mencionadas, se las denomina obras divididas (opera divisa).
j) En contraste con las “obras internas” están las “obras externas” (opera ad extra). Estos no se pueden dividir, sino que pertenecen a todo el ser (Gn 1:26; Juan 5:17, 19).
1. Las obras externas se realizan por el poder de Dios, y el poder como un atributo pertenece al ser.
2. En la economía o administración de Dios, cada persona tiene su tarea singular. Por ejemplo, la creación se atribuye al Padre, la salvación al Hijo, etc. Sin embargo, aquí también las tres personas en cierto sentido trabajan conjuntamente, es decir, el Padre a través del Hijo y del Espíritu, el Hijo a través del Padre y del Espíritu.
3. Además, en la economía en un sentido más restringido, es decir, en la economía de la salvación, las personas de la Trinidad existen en una confraternidad judicial. Nada puede suceder sin que cada una esté involucrada judicialmente. El Padre, como Juez, representa la santidad violada y es iracunda. Pero al mismo tiempo, el pensamiento de la salvación brota en la profundidad de su corazón paternal y manda al Hijo como Mediador y al Espíritu Santo como quien aplica la salvación. El Hijo realiza la obra de Mediador, pero lo hace oficialmente por amor al Padre, y a través del Espíritu Santo aplica sus méritos. El Espíritu Santo obra en los corazones de los elegidos, pero lo hace por amor al Padre y al Hijo.
4. Este orden de actuación nos remite al orden de existencia. Sólo porque el Padre es la primera persona, Él ocupa ese lugar en el plan de salvación y en las obras externas en general. Sólo porque el Hijo es la segunda persona, también asume en ambos aspectos la posición que adopta. Y lo mismo es cierto en el caso del Espíritu Santo.

¿Por qué es importante esta doctrina de la economía de Dios?

Porque contiene una poderosa protesta, tanto contra el panteísmo que identifica a Dios con el mundo como contra el deísmo que mantiene separado a Dios del mundo. Dios no es el trasfondo inconsciente del mundo, sino que en Él hay una abundancia de distinciones conscientes. Tampoco Dios guarda una distancia con su mundo, sino que está presente como Creador y Sustentador, como Salvador y Santificador, como la fuente de todo ser, de todo pensamiento, de toda la vida que hay en el mundo.

¿Se han extraído analogías sobre la doctrina de la Trinidad de la naturaleza?

Sí, esto ya se hizo desde muy temprano.

a) Muchos padres de iglesia adujeron imágenes físicas.
b) Agustín, en concreto, desarrolló la analogía que existe entre la Trinidad y la unidad del intelecto, la voluntad y las emociones en el alma humana. Al reflexionar cuidadosamente, esta analogía podría desembocar en el sabelianismo o el modalismo. En el hombre, estos tres principios se resumen sin duda en la unidad de la persona. Agustín tenía una fuerte impresión de la unidad de Dios y, por lo tanto, a veces raya en el sabelianismo. “Se habla de tres personas no tanto porque querían decirlo, sino porque no querían guardar silencio al respecto”. Esta analogía vuelve a aparecer en Anselmo, Melanchthon, entre los reformados, en Keckermann y en muchos teólogos posteriores.
c) Para los escolásticos medievales, el punto de partida es que todas las relaciones positivas deben atribuirse perfectamente al ser más perfecto de todos. Por tanto, debe haber sido creado en sí mismo y crear, crear y no ser creado; así opina, por ejemplo, Duns Escoto.
d) También los hay que toman como su punto de partida la bondad o el amor de Dios; así lo han hecho, recientemente, Müller y Dorner. La bondad y el amor presuponen el compañerismo entre más de una persona. De esta manera, sin embargo, uno no llega a la Trinidad, sino, a lo sumo, a una bi-unidad.
e) Por último, tenemos la distorsión panteísta de la doctrina de la Trinidad. Los nombres bíblicos eclesiásticos se usan para dotarlos de un sentido completamente nuevo. Un ejemplo es la construcción de Hegel: el Padre es Dios en su idea eterna de sí mismo y para sí mismo; el Hijo es la idea eterna de Dios en su alteridad, el mundo como objetivado por Dios; el Espíritu es la idea devuelta de nuevo a sí mismo en el elemento de la comunidad.

¿Debemos atribuirle personalidad al ser de Dios en sí mismo?

No, porque entonces obtenemos cuatro personas. La esencia, sin embargo, no es impersonal ya que existe en tres personas. Sólo si se abstrae la esencia de este último, puede decirse que no es personal.

¿Cuáles son los dos extremos entre los cuales se encuentra la doctrina ortodoxa de la Trinidad?

a) El modalismo o sabelianismo. Solamente reconoce la persona divina, que asume tres formas de revelación.
b) El triteísmo o la tri-divinidad. Enfatiza la trinidad de personas hasta tal punto que pierde de vista la unidad del ser.

¿Cómo se refuta el sabelianismo?

Mostrando:

a) Que la Escritura en todas partes establece una distinción entre cada una de las personas divinas. El Padre le habla al Hijo y del Hijo, y el Hijo al Padre y del Padre.
b) En la economía de Dios, tal como se revela en el plan de salvación, las personas aparecen en relaciones judiciales entre sí. Así pues, deben tener la capacidad y la competencia de emprender tales relaciones. Por ejemplo, lo que se dice sobre el Consejo de la Paz no sería más que una mera apariencia si las personas no se distinguieran entre sí.
c) Que esta herejía niega la inmutabilidad de Dios tan pronto como se toma la distinción entre las personas más en serio. Algunos sabelianos enseñan que la Divinidad desde la eternidad fue una y unipersonal, pero que por el bien de la revelación se ha dividido en una trinidad de personas. Esta es la doctrina panteísta de un autodesarrollo de Dios en el mundo.
d) Que el sabelianismo no permite hacerle justicia a la humanidad del Mediador. Según este punto de vista, es meramente una revelación de parte de Dios, como la aparición del Ángel del Señor.

¿Se usa siempre el nombre Padre en referencia a Dios en el mismo sentido?

No.

a) Algunas veces se le llama a Dios Padre como el origen de todo lo que ha sido creado. En este sentido, puede decirse que el nombre se refiere a la Trinidad como un todo y al Padre, en la medida en que dentro de la economía divina, la obra de la creación recae sobre Él (compárese Ef 3:16).
b) En la mayoría de los casos, y con mucha diferencia, a Dios se le llama Padre de los hombres, en la medida en que Él es quien engendra a sus hijos. Así pues, el nombre indica la soberanía de Dios en la obra de la gracia. Por lo tanto, si llamamos a Dios el Padre de todo no estamos en sintonía con las Escrituras. Tampoco es cierto cuando se dice que la verdad es que todos somos sus hijos en el sentido más profundo de la palabra.
c) Completamente distinto de estos dos sentidos es el significado del nombre Padre cuando se aplica a la primera persona de la Trinidad en su relación con la segunda persona. El Padre es el Padre del Hijo y esta es una relación sobrenatural, de la cual sólo puede decirse que toda filiación humana es una imagen.

¿Siempre se llama Hijo de Dios a la segunda persona en el mismo sentido?

No, cuando algunos afirman que el nombre Hijo es únicamente un nombre oficial para Cristo, lo rechazamos, no porque este nombre nunca ocurra en este sentido, sino porque éste no es su significado primario y básico. Los socinianos sostuvieron que a Cristo se le llama Hijo como el Mesías que es. Pero nosotros mantenemos:

a) Que se le llama Hijo en tanto que, de una manera sobrenatural dentro de la Trinidad, Él es eternamente generado por el Padre.
b) Que incluso como Mesías, sólo se le puede llamar Hijo porque Él es Hijo sobrenaturalmente, ya que Cristo sólo puede ser el Mesías porque es el Hijo eterno de Dios. La confirmación más clara de esto son los muchos lugares donde se establece la más estrecha relación entre su filiación como Hijo con su valor como Mediador y su resurrección. (Hechos 13:13; Rom 1:4).

Demuestra que la razón primera y más importante por la cual a la segunda persona se le llama Hijo reside en su relación eterna y sobrenatural con el Padre, y que es independiente de su posición como Mediador.

Esto se deduce:

a) De aquellos lugares en los que a la Palabra se le llama Hijo antes de su encarnación (Gal 4:4; Juan 1:14, 18).
b) De los lugares en los que se usa el nombre Hijo de Dios de tal modo que se incluye la deidad del Señor (Juan 5:18–25; Heb 7).
c) De los lugares en los que se le llama el unigénito Hijo de Dios (Juan 1:14, 18; 3:16, 18; 1 Juan 4:9).
d) Del hecho de que en ningún lugar Cristo le ora a Dios como “Padre nuestro” ni habla de Él como “nuestro Padre”. Siempre es “Padre”. En estos lugares, el Señor no se coloca en la misma línea que sus discípulos. Para Él, Dios es un Padre en un sentido completamente diferente, infinitamente más elevado que para ellos.
e) Del hecho de que en Marcos 13:32 el Señor se presenta a sí mismo como “el Hijo”, diferenciándose de los ángeles y los hombres.
f) Del hecho de que en Mateo 11:27 se deriva un conocimiento absolutamente singular de Dios, que nadie más puede poseer, en función de su filiación.
g) Del hecho de que al aceptar el título de Hijo de Dios, Cristo podía ser acusado de blasfemia.

¿Es correcto hablar del Padre como la “Fuente de la Deidad”, como muchos han hecho?

Esta expresión no es bíblica. También puede provocar malentendidos. La Escritura usa el nombre de Padre en relación con su intención de mostrar la existencia personal del Hijo. El Padre es la fuente de eso, no de su deidad. La deidad de las tres personas es una e indivisible, y pertenece a cada una de las tres personas. Por otro lado, el Hijo y el Espíritu Santo derivan su existencia personal del Padre, el Espíritu Santo del Padre y del Hijo.

 Si esto es así, ¿cómo es, sin embargo, que al Padre en algunos lugares se le sitúa como Dios en relación con el Hijo y el Espíritu Santo?

En tales lugares, a Cristo no se le concibe como la Palabra eterna, salvo por su encarnación, sino específicamente como Mediador y Garante del pacto de gracia. Esto sucede en 1 Corintios 8:6; Juan 17:3; Efesios 4:5, 6; 2 Corintios 11:31; y Efesios 1:3.

 ¿Qué comentario hizo Agustín con respecto a la existencia personal del Padre?

Dijo que el Padre tiene su existencia personal precisamente en la generación del Hijo y en la espiración del Espíritu Santo, y que así, en cierto sentido, la existencia personal del Padre está determinada por el Hijo y el Espíritu.

¿Qué es el carácter personal del Padre?

Considerándolo en términos negativos, es el hecho de no ser generado. En términos positivos, es tanto su generación como su espiración. En sí mismo, espirar también le pertenece al Hijo, pero en esta conexión con la generación, sólo está presente en el Padre.

¿Qué obras externas se le atribuyen más específicamente al Padre?

a) La primera es la planificación del consejo de redención, incluida la elección.
b) La obra de la creación y la providencia, especialmente sus primeros resultados.
c) La representación de la Trinidad en su deidad correctamente mantenida en la obra de la redención.

En consecuencia, ¿qué atributos se atribuyen predominantemente al Padre?

a) Poder, Mateo 11:26.
b) Justicia, Génesis 18:25; Juan 17:25; 2 Tesalonicenses 1:6.

A su vez, por lo que se refiere a la segunda persona de la Trinidad, ¿qué hay que tratar?

a) La existencia personal del Hijo, su base y naturaleza.
b) Su deidad.
c) Su función económica.

¿Qué información nos proporciona la Escritura para que podamos determinar más exactamente la relación que existe entre la primera y la segunda persona dentro de la Trinidad?

a) Los nombres Padre e Hijo, que se presuponen el uno al otro.
b) Las palabras “unigénito” y “primogénito” (Juan 1:14, 18; 3:16–18; 1 Juan 4:9; Col 1:15; Heb 1:6).
c) La doctrina de la Palabra de Dios, la doctrina del Logos y las designaciones de Cristo que parecen estar conectadas con ella; a saber, “el resplandor de la gloria y la imagen misma de su sustancia” (Heb 1:3), “la imagen del Dios invisible” (Col 1:15; 2 Cor 4:4); además, la “Sabiduría” en el Antiguo Testamento.

¿Qué se debe observar acerca de los nombres Padre e Hijo?

Que de ellos se deriva a veces demasiado y en otras ocasiones demasiado poco. Demasiado si uno cree haber encontrado aquí la prueba de una comunicación del ser del Padre al Hijo; muy poco si se mantiene que estos términos solamente deben tomarse en sentido figurado y que no expresan una relación real entre las dos personas.

Demuestra que en los nombres de Padre e Hijo no necesita producirse en sí mismo una comunicación del ser.

Si este fuera el caso, tendría que basarse en el supuesto hecho de que entre los hombres un hijo obtiene su ser por comunicación de su padre. Este, sin embargo, no es el caso. Sólo los traducianos sostienen que lo es, y únicamente cuando, al mismo tiempo, son realistas. De acuerdo con la visión reformada, Dios está creando continuamente el ser de los hombres. Naturalmente, esto no se puede aplicar ni de lejos al Hijo. Él no fue creado, sino generado. Por lo tanto, habrá que admitir que en el uso común de los nombres padre e hijo para referirse a las relaciones divinas y humanas, el punto de comparación no puede radicar en la comunicación del ser.

¿Acaso no habla Juan 5:26 de una comunicación del ser?

No, no habla de una comunicación de la vida del Padre a la Palabra antes de su encarnación, sino tan sólo de una comunicación de la vida al Mediador. Ya Calvino explicó correctamente este pasaje en el último sentido mencionado. Debería leerse detenidamente el contexto.

¿Cuándo se deriva muy poco de los nombres Padre e Hijo?

Cuando se desea encontrar una mera expresión de la unidad del ser o de la igualdad de las personas entre sí.

¿En qué reside el verdadero significado de estos nombres?

En el concepto de causalidad. El Padre es llamado Padre y el Hijo, Hijo porque el primero es la causa de la existencia personal de este último.

¿Qué debe observarse con respecto a la designación “Hijo unigénito”?

Persisten diferencias de opinión en cuanto a su significado. Desde luego todos deben admitir que esta designación le pertenece a Cristo como la Palabra eterna, y por lo tanto antes y con independencia de su encarnación. Pero algunos sostienen que no significa nada más que desde la eternidad, el Padre y el Hijo están unidos por el amor como lo estaría un padre terrenal con su único hijo. Es un lenguaje figurado para expresar la grandeza de este amor.
En contra de este punto de vista hacemos la siguiente observación: si uno ya reconoce que el nombre Hijo expresa una relación eterna y sobrenatural, es desde todo punto de vista necesario descubrir en “Hijo unigénito” una descripción más exacta. Sería muy antinatural en esta última designación tomar una mitad literalmente y la otra de forma figurada. Nosotros tomamos ambas literalmente. Así pues, para nosotros el nombre “Hijo unigénito” incluye el hecho de que la relación de causalidad es una relación, por un lado, de generación y, por el otro, de ser engendrado. Además, que esa relación se refiere a la más íntima de las unidades, completamente distinta de la unidad de Dios con sus hijos de la que se habla en Juan 1:12. Esta diferencia radica en unigénito. Los demás no nacen de esta manera. Por último, Juan 1:14 nos enseña que la posesión de la gloria divina por parte del Hijo es coherente de cierta manera con esta generación. El texto dice: “una gloria como la del unigénito del Padre”.

¿Dónde aparece el término “primogénito”?

En Colosenses 1:15, “el primogénito de todas las criaturas”. Lo que está en juego principalmente en la explicación de estas palabras es el genitivo πάσης κτίσεως. ¿Se trata de un genitivo partitivo o de un genitivo comparativo? En el primero de los casos el sentido se convierte en “el primogénito de todas las criaturas”. Cristo estaría incluido entonces en el concepto de criatura. Algunos que disputan la deidad de Cristo sostienen que esto es lo que quiere decir el apóstol.
En el segundo caso, el sentido es “quien ha nacido antes, y luego fueron creadas todas las criaturas”, de manera que Cristo se encuentra fuera del círculo de las criaturas. El genitivo depende, pues, del concepto comparativo incluido en “el primero”.
El último punto de vista es el correcto. El texto no dice, de “toda la creación”, como cabría esperar según el primer punto de vista, sino sólo de “cada criatura”, lo cual solamente encaja con el último punto de vista. Conviene observar la clara distinción que el apóstol hace aquí entre ser nacido y ser creado. Esto último es cierto de todas las demás cosas, pero sólo lo primero se puede decir de Cristo. Él nació pero no fue creado.

38. ¿En qué otro lugar encontramos el término “primogénito”?

En Hebreos 1:6, donde se agrega que Él puede llevar ese nombre porque ha heredado la naturaleza divina, “habiendo llegado a ser muy superior a los ángeles, ya que ha heredado un nombre más excelente que ellos.”. El nombre al que se alude es “primogénito” (cf. vv. 4, 6, 9).

¿Apareció el nombre Logos en otro lugar antes de su uso en el Evangelio de Juan?

Sí, el Antiguo Testamento ya hablaba de una “palabra de Dios” por medio de la cual se hicieron los cielos, tal como hemos visto anteriormente.
En los escritos profanos de Filón, así como en la teología judía anterior y posterior, también se usó este nombre, aunque con un significado básicamente diferente, al que se debe prestar atención. Con Filón y otros, la palabra es un medio de revelación y creación. La idea es que Dios está tan alto y tan por encima de lo finito que no puede entrar en contacto inmediato con su creación. Así que se trata de disminuir esta distancia infinita mediante un ser intermedio, una especie de mediador cósmico, que luego le revela a Dios al hombre y que, por tanto, recibe el nombre de “logos”, palabra.
En el Evangelio de Juan y en las Escrituras en general es bastante diferente. En primer lugar, ahí no se le llama a Cristo Logos, “Palabra”, por lo que Él hace con respecto al mundo, sino por lo que Él es en relación con el Padre. Aquí es donde uno debe prestar la mayor atención para comprender el profundo significado de esta doctrina del Logos. El otro pensamiento también está presente. Dios habló y puede hablarle al hombre a través de Cristo, porque el Hijo es su Palabra eterna. Pero este pensamiento es secundario y deriva del primero.

Especifica qué elementos se incluyen en el hecho de que la segunda persona de la Trinidad sea la Palabra.

a) La palabra es algo causado por el hablante.
b) Sin embargo, esta palabra no se crea de la nada. Su razón ya es inherente al hablante.
c) La palabra reproduce una imagen del hablante; es una huella de su existencia personal. Existe una equivalencia entre el hablante y su palabra.
d) El hablante y la palabra permanecen unidos el uno al otro de la manera más íntima. Incluso después de que haberla hablado, la palabra vive en la conciencia.

¿Alguna vez alguien ha querido encontrar algo más en la doctrina del Logos?

Sí, algunos han encontrado en ella una confirmación de su concepción filosófica de la Trinidad. Incluso algunos teólogos reformados han enseñado que la generación fue un acto del pensamiento divino del Padre. Sin embargo, Logos pueden tener un doble significado: (1) palabra en su sentido externo, es decir, habla; (2) palabra en su sentido interno, es decir, razón. Si se toma en este último sentido, el pensamiento sería que el Hijo es llamado la Palabra como aquel que surgió de la eternidad por el pensamiento del Padre. Sin embargo, las Escrituras no brindan ninguna ocasión para interpretar la designación Logos en este sentido.

¿Qué más se enseña en Juan 1:1 y 18 con respecto al Logos?

Que Él estaba “con Dios” (πρὸς τὸν θεόν) y “en el seno del Padre” (εἰς τὸν κόλπον τοῦ πατρός). En estas dos ocasiones se emplea una preposición que sugiere dirección. El Hijo está “hacia el Padre” y “hacia el seno del Padre”. La idea parece ser que Cristo, a través de la generación continua, se vuelve, por así decirlo, a través del impulso de su vida personal hacia el Padre.

¿Qué expresiones relacionadas con la doctrina del Logos están presentes en Hebreos 1:3?

Aquí se llama al Hijo ἀπαύγασμα τῆς δοξῆς καὶ αρατὴρ τῆς ὑποστάσεως de Dios; es decir, “el reflejo de su gloria y la imagen de su sustancia”.

¿Qué tiene de característico la Carta a los Hebreos en su modo de argumentar la divinidad de Cristo?

Esta argumentación es peculiar al basarse en la grandeza de su herencia como Mediador y su honor como Mediador y de ahí razonar su filiación eterna. Alguien que es Mediador de esta manera, sólo puede ser el Hijo sobrenatural de Dios o, más exactamente, “el Hijo natural de Dios”. Tal es también el razonamiento en el tercer versículo del que aquí nos estamos ocupando. Hay que considerar la conexión entre este versículo y lo que sigue a continuación de esta manera: “Ya que Él es el reflejo de la gloria del Padre, etc., ha podido obtener este lugar de poder y honor y tomar su lugar a la diestra de la majestad en las alturas”.

¿Con qué propósito parece utilizar el autor de Hebreos las expresiones “reflejo de la gloria del Padre”, etc.?

Se usan para conectar la divinidad del Hijo con la unidad de Dios. El Hijo es, como quien dice, un reflejo, una huella del Padre, y todavía se distingue de Él. Con “reflejo de su gloria” viene a expresarse la unidad en el ser, mientras que “impronta de su sustancia” se refiere a la igualdad de las personas. Una imagen no era capaz de expresar estas dos verdades al mismo tiempo. Por lo tanto, se eligieron dos imágenes. De un ser con el Padre y, sin embargo, engendrado del Padre (eso es lo que las dos imágenes nos enseñan). Aquí “impronta” significa “sello” en el sentido de “lo que está estampado”, por ejemplo, la impresión en una moneda.

¿Qué nombres se le atribuyen a Cristo en Colosenses 1:15 y 2 Corintios 4:4?

Aquí se le llama “la imagen de Dios”. En 2 Corintios 4 eso se relaciona con el hecho de que la gloria de Dios se revela en Él. Como imagen del Padre, Cristo participa en esa gloria divina que sólo le pertenece a Dios (Rom 1:23). Cuando ahora se dice, “Él es la imagen del Dios invisible”, eso implica, “la imagen visible del Dios invisible”. En otras palabras, de lo que aquí se habla es de la Palabra encarnada. Pero el Verbo encarnado no podría ser la imagen de Dios a menos que fuera esa imagen como la Palabra eterna.

¿Qué se deduce de todos los datos de la Escritura tratados hasta ahora?

a) La relación entre el Padre y el Hijo es de causalidad.
b) También es una relación de unidad del ser.
c) Es una relación de igualdad de personas.
d) Es una relación que tiene que ver con la posesión de la naturaleza divina por parte del Hijo, ya que de esa posesión se infiere repetidamente que el Hijo participa en la gloria de Dios.

¿Qué juicio se debe hacer al hablar de la comunicación del ser del Padre al Hijo?

Si por eso se piensa en el ser como si primero hubiera existido en el Padre y luego éste lo hubiera tomado y se lo hubiera comunicado al Hijo, entonces ese lenguaje parece muy dudoso.

¿Qué objeciones hay contra tal idea?

a) Nos parece que no hace justicia a la divinidad absoluta del Hijo. Una deidad comunicada no es una divinidad absoluta sino una contradicción. La deidad no se puede comunicar. Siempre es por sí misma, es autoexistente.
b) Puede conducirnos fácilmente a concebir al Hijo como un ser creado. Donde algo se comunica, hay que pensar en una persona a quien se le comunica. Si ahora el Hijo está allí antes de que se le comunique el ser, entonces Él también es generado a partir de esta comunicación del ser. Pero ¿cómo? ¿De la nada? Eso no puede ser. Y sin embargo, la comunicación del ser parece conducir a esa implicación.
c) Los antiguos teólogos en realidad no han querido referirse a una comunicación del ser. Lo que querían decir era una communicatio que hace que se tenga en común en ser. El Padre no genera primero al Hijo para luego comunicarle el ser a Él. Pero en el seno del único ser divino genera al Hijo a partir de ese ser y por lo tanto hace que este ser sea algo común entre Él y el Hijo.

¿Es la generación del Hijo un acto temporal, transitorio, o algo eterno y permanente?

Es algo eterno y permanente. No se puede pensar en la continuación o la progresión en el tiempo. En su Institución de la Religión Cristiana 1.13.29, Calvino parece negar esta eternidad. Se deriva directamente de la eternidad de Dios.

¿Es la generación un acto de voluntad del Padre o un acto eterno y necesario?

Lo último. De lo contrario, el Hijo sería una criatura, porque todo lo que procede de la voluntad de Dios, y por tanto podría no haber sido, es creado. Por supuesto que la generación no es contraria a la voluntad del Padre. Lo único que se pretender decir es que no lo es en el mismo sentido que, por ejemplo, la creación como resultado libre de esta voluntad.

¿Implica la generación una división o división en el ser divino?

No; su resultado es que el Hijo posee por completo el ser divino, igual que el Padre. Sólo hay un Dios y el Hijo es ese Dios.

¿Cómo se describe la generación del Hijo?

Es el acto eterno y necesario de la primera persona de la Trinidad, en virtud del cual, dentro del mismo ser divino, Él es la base para la existencia de una segunda persona, igual a su propia persona, y por la cual Él hace que esta segunda persona participe en la posesión del ser divino, sin que por ello se produzca división alguna.

¿Cuál es la diferencia entre deidad y divinidad?

Muchos de los que disputan la doctrina de la Trinidad están dispuestos a atribuirle divinidad al Hijo. Los arrianos, semi-arrianos, socinianos y otros unitarios niegan la unidad del ser. A todas estas personas hay que plantearles esta pregunta: ¿Es el Hijo Dios en el sentido en que uno puede hablar de un solo Dios? Eso lo decide todo, y ante esa pregunta todos deben tomar partido. Nadie puede salvarse de ella con respuestas vagas.

¿Qué tipo de pruebas hay para la deidad del Hijo?

Las hay de dos tipos:

a) Pruebas indirectas, es decir, pruebas extraídas de hechos y datos que presuponen la deidad.
b) Pruebas directas, consistentes en pasajes bíblicos que enseñan intencionadamente la deidad del Hijo.

¿En qué consiste la primera categoría de pruebas?

En lugares que:

a) Le atribuyen nombres divinos al Hijo (Sal 45:7–8 comparado con Heb 1:8–9; Is 9:6; y 7:14 comparado con Mt 1:23; Mal 3:1 comparado con Marcos 1:2 y Lucas 1:16; 1 Tim 3:16 y Heb 1:10–11 comparado con Sal 102:26; y Ef 4:8–9 con Sal 68:18).
b) Le atribuyen propiedades divinas al Hijo, concretamente:
1. Eternidad (Miq 5:2 comparado con Mt 2:6; Is 9:6; Heb 7:3; Ap 1:8; Juan 8:58).
2. Inmensidad y omnipresencia (Mt 18:20; 28:20; Juan 3:13).
3. Omnipotencia. (Ap 1:8; Juan 5:19; Heb 1:3).
4. Omnisciencia (Juan 21:17; 16:30; 2:24–25; 1:49; Ap 2:23 comparado con 1 Re 8:29). Marcos 13:32 no es una objeción. Agustín habla de un desconocimiento oficial de su naturaleza humana.
5. Inmutabilidad (Heb 1:11–12 comparado con Sal 102:26; y Heb 13:8).
6. Plenitud de la deidad (Col 2:9).
c) Le atribuyen obras divinas al Hijo, específicamente:
1. La obra de la creación (Prov 8:27; Juan 1:3; Col 1:16–17; y Heb 1:2, 10).
2. La obra de la providencia (Heb 1:3; Col 1:17; Juan 5:17).
3. La realización de milagros (Juan 5:21; 6:40; ([5:36]).
4. Las obras de redención (Hechos 20:28; Juan 13:18; 10:16; Ef 5:26; Juan 16:7, 14).
d) Le atribuyen honores divinos al Hijo, en concreto:
1. Fe dirigida a Él (Juan 14:1). Él enseña de manera distinta a los fariseos y los escribas, incluso a Moisés y los Profetas, con autoridad, y con una palabra que no permite ninguna apelación superior.
2. Esperanza (1 Cor 15:19; 1 Tes 1:3; 1 Tim 1:1).
3. Adoración formal (Heb 1:6; Sal 2:12; Juan 5:23; Flp 2:9–10).
4. Invocando gracia de Él (2 Cor 13:13; 1 Cor 1:2; Hechos 7:59; 9:14; Ap 5:13; 1 Pe 4:2; 2 Tim 4:18; Ap 1:6; 2 Pe 3:18).

¿Qué textos hablan directa e intencionadamente de la deidad del Hijo?

Juan 1:1; Romanos 9:5; Filipenses 2:6; Tito 2:13; Juan 5:20; 20:28.

¿Qué hay en Juan 1:1?

“La Palabra era Dios”. Con esto se atribuye la deidad absoluta al Hijo, porque Él lleva el mismo nombre que el Padre, con quien Él era en el principio.

¿Cuántas traducciones hay de Romanos 9:5?

a) La traducción habitual, “… de quien es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, alabado sea por siempre, Amén”. Interpretadas de este modo, estas palabras proporcionan la evidencia más fuerte para la deidad del Hijo.
b) Otros, sin embargo, lo traducirían, “de quien Cristo debe ser alabado por siempre”. Las palabras finales se referirían entonces al Padre.
c) Y aún hay otros que traducirían: “De quién es Cristo según la carne, quién está por encima de todas las cosas. Sea Dios alabado por siempre”. Las últimas palabras deben referirse, pues, al Padre.

¿Por qué la primera traducción es la correcta y las dos últimas han de ser rechazadas?

a) Porque Cristo es el antecedente, y aquí no es arbitrario pensar en Él cuando el apóstol continúa diciendo: “el cual es …”
b) Porque las palabras “según la carne”, en virtud del contraste implícito, exigen una descripción de la deidad del Señor (cf. Rom 1:3).
c) Las palabras aplicadas a Cristo tienen una estrechísima relación con lo que precede, ya que añaden un nuevo eslabón a la cadena de privilegios de Israel.
d) Si aquí hubiera una doxología a Dios el Padre, el orden de las palabras en el original no coincidiría con lo que siempre es el orden de las palabras en tales doxologías.
e) Después de que Pablo haya lamentado la triste apostasía de Israel, uno no espera una doxología a Dios en este contexto.

¿Cuál es la respuesta cuando alguien dice que en ninguna otra parte Pablo llama al Señor, Dios?

Que ciertamente lo hace; p. ej. en Tito 2:13 y Hechos 20:28.

Entonces, ¿cómo puede el apóstol distinguir a veces de forma tan marcada entre Dios y Cristo (p. ej., 1 Corintios 8:6; Efesios 4:5)?

Esta distinción se entiende en el contexto de la economía de Dios. Aquí se coloca a Cristo como Mediador en contraste con Dios, no como Hijo frente al Padre.

¿Cuál es la respuesta cuando alguien dice que no hay alabanzas (doxologías) a Cristo en las cartas posteriores escritas por los apóstoles?

Esta afirmación se basa en la negación de la autenticidad de 2 Pedro y de la apostolicidad de la Epístola a los Hebreos, así como en una explicación errónea de 1 Pedro 4:11. En todo caso, 2 Timoteo 4:18 y Apocalipsis 1:6 y 5:13 no puede ser descartados.

Da una breve explicación de Filipenses 2:6.

Podemos traducir este pasaje tan discutido e interpretado de tan diversas maneras como sigue: “El que poseía el mismo ser de Dios el Padre (siendo en forma de Dios) no consideró la igualdad en la economía de la actuación de Dios como algo para sustraer (no concibió la igualdad con Dios como si se tratara de algo que poder robar), sino que se humilló a sí mismo, etc.”.
Es decir, por lo que respecta a su ser divino, Cristo, como el Padre, existía en forma de Dios. Sin embargo, en el orden de las personas, Él era la segunda persona, de modo que en el consejo de paz le correspondía a Él ser el garante, con todo lo que eso lleva implícito. Así que el apóstol pretende decir: En esta división de la obra de la redención, Cristo no consideró que ser igual al Padre fuera algo que se pudiera sustraer, como algo que tuviera que tomar para Él por la fuerza. Como segunda persona se sometió a esta segunda obra, con todo el sufrimiento y la muerte que llevaba aparejada, y por tanto se ha convertido en el gran ejemplo de la abnegación. Así que el texto enseña:

a) Que el Hijo posee juntamente con el Padre el mismo ser divino.
b) Que, no obstante, en el orden de las personas, en el modo de existencia, Él no es la primera sino la segunda persona.

¿Cómo se llama al Hijo en Tito 2:13?

“Nuestro gran Dios y Salvador”. A pesar del deseo de algunos, las palabras iniciales no se refieren a Dios el Padre, en cuyo caso habría que traducirlo: “de nuestro gran Dios y de nuestro Salvador”. Se refieren a Cristo:

a) Porque la expresión “aparecer” nunca se usa para el Padre, sino que siempre significa el regreso del Hijo para juzgar.
b) Porque lo que sigue sólo concierne al Hijo.
c) Porque si la referencia fuera a Dios el Padre, la expresión “gran Dios” sería superflua. En el Día del Juicio, pretende decir el apóstol, Cristo será revelado como un gran Dios y Salvador. Así que la adición de “gran” tiene mucho sentido.

¿Qué encontramos en 1 Juan 5:20?

Que el Hijo es el verdadero Dios y la vida eterna. Aquí, también, estas palabras deben referirse a Él y no al Padre, porque:

a) De lo contrario, se diría lo mismo dos veces.
b) En este sentido, no se dice de Dios el Padre que Él sea la vida eterna.
c) Aquí las palabras deben mostrar que Cristo es capaz de hacer lo que se le atribuye al comienzo del versículo, es decir, venir y darnos entendimiento para que podamos conocer a Aquel que es verdadero. Él es capaz de hacerlo, afirma el apóstol, porque Él es el verdadero Dios y la vida eterna.

¿Qué podemos decir sobre Juan 20:28?

Lo que debemos considerar aquí no es una manifestación de asombro, sino de asombro dirigido a Cristo, ya que:

a) El texto dice: “Tomás respondió y dijo”.
b) “Dios mío” quizá podría ser una manifestación de asombro, pero “Señor mío” sólo puede referirse a Cristo.
c) El contexto exige esta explicación, que se está dirigiendo a Cristo. Las palabras contienen el reconocimiento de Tomás de la resurrección del Señor. Deberíamos fijarnos en que el Señor acepta este reconocimiento de su deidad.

¿Qué abarca la obra del Hijo dentro de la economía de la actuación de Dios?

Ocupa el segundo lugar en las obras externas [opera ad extra] de Dios. A través de Él son creadas todas las cosas. En nombre del Padre, asume el papel de Garante en el consejo de paz y a su tiempo lleva a cabo su obra mediadora en la tierra para continuar su intercesión en el cielo ante el Padre.

¿Existe una conexión entre la filiación eterna de Cristo y su obra como mediador?

Sí; la Escritura los une entre sí. Debido a que Él es la segunda persona en la Trinidad, y por tanto tiene su existencia personal del Padre, es apropiado que de las tres personas Él sea el enviado, que viene a cumplir la obra de siervo del pacto. Así pues, las Escrituras presentan al Hijo como un siervo.

¿El Hijo también tiene una relación estrecha con lo creado, aparte de su posición como Mediador?

Sí; porque como todas las cosas son creadas a través de él, también son creadas para él. Eso sale especialmente a relucir en las cartas de Pablo desde su primer encarcelamiento (Ef 3:9, 11; 1:3–4; Col 1:16; Ef 1:10; 5:5; cf. 1 Cor 15:2).
Habría que notar, sin embargo, que en esta relación al Hijo no se le lama Mediador. El nombre “Mediador” siempre tiene presente la relación mediante la cual la encarnación sitúa a la Palabra en relación con la creación. Esta última relación es consecuencia en su totalidad de las exigencias de la obra de la redención.

¿Qué atributos se le asignan principalmente al Hijo como resultado de su obra en la economía de la actuación de Dios?

a) Sabiduría (1 Cor 1:24; Prov 8).
b) Fidelidad, ya que eso es particularmente característico de un mayordomo (cf. 1 Cor 4:2 con Heb 3:1–2; Juan 5:30; 8:29, 49–50).
c) Poder, tanto en el sentido de autoridad como de fuerza (1 Cor 1:24; Heb 1:3).
d) Misericordia y gracia (2 Cor 13:14; Ef 5:2, 25).


Dios el Espíritu Santo3

¿Qué tres puntos deben analizarse aquí?

a) La existencia personal del Espíritu Santo, su naturaleza y grado.
b) Su deidad.
c) Su participación en la economía de Dios.

¿Qué es lo que más se disputa, la personalidad o la deidad del Espíritu Santo?

Su personalidad. Una vez establecida ésta, ya no será posible dudar de su deidad. Con el Hijo, la situación es justo la inversa. Él es quien apareció y se reveló personalmente en la carne. Por otro lado, el Espíritu Santo rara vez hace su obra en formas visibles. Él es la persona que habita y ora dentro de los creyentes y, por lo tanto, en cierto sentido se le identifica con ellos. Por lo tanto, se encuentra menos en una relación personal hacia los creyentes

¿Qué error se desprende de una falsa comprensión de estas características?

El antiguo error sabeliano de que el Espíritu Santo es tan sólo una expresión del poder de Dios. Este es también el punto de vista de todos los unitarios, tanto los anteriores como los más reciente. También es la opinión del sabelianismo moderno de la escuela de Schleiermacher, según el cual el Espíritu Santo es Dios en la iglesia como un todo. Se afirma que el Espíritu Santo comenzó a existir cuando la iglesia cristiana hizo su aparición. Este error se ve facilitado porque los luteranos atribuyen más al sacramento en sí mismo y a la palabra misma que los reformados. Por lo tanto, no sienten la necesidad, en la misma medida en que lo hacemos nosotros, de la actividad personal del Espíritu Santo.

¿Con qué datos tenemos que contar para determinar la existencia personal del Espíritu Santo?

a) Con el nombre “Espíritu” (hebreo, ruach; griego, pneuma).
b) Con la expresión “procedente de”, mediante el cual las Escrituras describen la relación entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.
c) Con textos que hablan de una unidad entre el Espíritu y el Padre o el Espíritu y Cristo (1 Cor 2:10–11; 2 Cor 3:17; Ef 1:17; y el Evangelio de Juan).
d) Con textos que atribuyen todas las cualidades de la personalidad al Espíritu Santo.

¿Hay algo en particular expresado por el nombre “Espíritu” que pertenezca a la tercera persona de la Trinidad como persona?

Sí, todo parece indicar que sí. El nombre Hijo para la segunda persona tiene esa importancia. Por lo tanto, ese también será el caso con el nombre Espíritu. El nombre no puede tener en mente un sentido abstracto, como no lo tiene en el caso del Padre y el Hijo. Si a la tercera persona se le llama específicamente el Espíritu Santo, también debe haber una razón concreta para ello. Finalmente, en la Bendición Apostólica, el nombre “Espíritu” se encuentra junto a los nombres personales “Padre” e “Hijo” ”.

Entonces, ¿qué enseña el nombre Espíritu acerca de la existencia personal del Espíritu Santo?

a) Las palabras hebreas y griegas para Espíritu significan originalmente “aliento” y posteriormente “viento” y cualquier poder invisible. Ahora, sin embargo, la respiración es la marca distintiva de la vida. En Génesis 2:7 el soplo de vida significa la comunicación de la vida. Por consiguiente, a la tercera persona de la Trinidad se le llama Espíritu porque, en lo que se refiere a su existencia personal, Él es manifestado desde la eternidad por el Padre y por el Hijo, porque el aliento personal de vida pasa, como quien dice, de ellos a Él. En este sentido hay que tener presente, como ocurre con la generación del Hijo, que aquí no nos encontramos con una mera figura humana usada por Dios en la Escritura para indicar relaciones dentro de su ser. Más bien al contrario. El aliento como signo de vida en los seres vivos es una imagen en lo creado del modo particular en que el Espíritu Santo, que es el supervisor de la vida, recibe su existencia personal del Padre y del Hijo.
b) El aliento o el viento son algo activo, algo que actúa con fuerza. Igualmente, el Espíritu Santo es la persona de la Trinidad que trae vida y movimiento a lo creado.
c) Si el aliento de una persona es soplado a otra, eso implica al mismo tiempo que hay una similitud entre la vida que así se origina y la vida de la que emana la respiración. Así que entre el Espíritu Santo, el Hijo y el Padre, además de la unidad del ser, también hay una semejanza entre las personas, con el resultado de que cada uno es la imagen del otro.

¿Podemos distinguir aún más entre la “exhalación” [espiración] y la generación?

No, no en lo que se refiere a la acción en sí. Sobre la diferencia formal hablaremos más adelante.

¿Que nos enseña Juan 15:26 sobre la existencia personal del Espíritu Santo?

Que “procede del Padre”. La gran pregunta es cómo debe entenderse esta procedencia. ¿Debería tomarse como una descripción de espiración eterna o de envío temporal? En el primer caso, el Espíritu Santo recibe su existencia personal desde toda la eternidad; en el último, la tercera persona de la Trinidad es enviada a la iglesia después de consumarse la obra de la redención.

¿Cómo puedes demostrar que el sentido de la expresión es el primero y no el segundo?

a) En los versículos inmediatamente precedentes donde se menciona el envío temporal del Espíritu Santo, las Escrituras usan otra palabra, no “a quien yo haré que proceda del Padre”, sino “a quien yo enviaré del Padre”.
b) No se dice “el cual procederá del Padre”, sino “el cual procede del Padre”, en presente. Por lo tanto, debe referirse a un acto eterno y siempre presente.
c) Si se tratara de una procedencia temporal, el Señor diría: “Enviaré al Espíritu, a quien el Padre (por lo demás o por lo general) envía”.
d) La preposición que aquí se utiliza es la misma que se usa en otros lugares con respecto al Hijo.

Si esta interpretación del versículo es correcta, ¿cómo es que aquí se dice que el Espíritu Santo procede “del Padre” y no del Padre y el Hijo?

Pues porque aquí el Hijo habla como Mediador y no se incluye a sí mismo. Aunque el Espíritu ciertamente procede de Él como Hijo, considerado desde el punto de vista de deidad, resulta menos apropiado que lo mencione en calidad de Mediador.

¿Puede deducirse de 1 Corintios 2:10 y 11 que el Espíritu con respecto a Dios es el mismo que el espíritu del hombre en relación con el hombre; en otras palabras, que no se le distingue personalmente de Él sino sólo como una de sus facultades?

No; de ninguna manera puede deducirse tal cosa de este texto. El apóstol únicamente desea decir que el Espíritu se encuentra en una relación igualmente estrecha con la profundidad de Dios que el espíritu del hombre consigo mismo. El Espíritu está en Dios como el espíritu del hombre está en el hombre. Así pues, el punto de comparación radica en la estrecha unión entre el Espíritu y Dios. Es tan estrecha como en el hombre, tan estrecha como la unidad que existe entre la naturaleza humana y el espíritu del hombre. Igual que uno es un ser en sí, también el otro es un ser en sí. Pero la similitud no va más allá y uno tiene que forzar la imagen para encontrar en ella algo más. En el caso del hombre, la unidad es tal que el hombre y su espíritu son sólo una persona. Por lo que respecta a la divinidad, la unidad es tal que aun así puede haber tres personas en un único ser divino. A pesar de la comparación, hay una gran diferencia.

¿Qué enseña 2 Corintios 3:17?

Que “el Señor”, es decir, la persona divina del Mediador, es el Espíritu. Esto es así en el sentido de que al volverse al Señor, Israel al mismo tiempo se volverá hacia el Espíritu y será liberado de todo velo y esclavitud porque el Espíritu obra la libertad (véase el contexto). Lo que se tiene presente aquí es, en primer lugar, la unidad económica entre el Espíritu y el Mediador en la obra de la redención. Pero esta unidad apunta de nuevo a la unidad en el ser divino.

¿Qué enseña Efesios 1:17?

Aquí al Espíritu se le llama “Espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de” Dios y de Cristo. Esto quiere decir que el Espíritu Santo posee este conocimiento de Dios por naturaleza y por lo tanto puede comunicarlo.

¿Qué nos enseña el Señor sobre el Espíritu Santo en sus últimos discursos transmitidos en el Evangelio de Juan?

Que, al igual que el Hijo, Él enseña, proclama y da testimonio, y que para Él estos actos, como ocurre con las palabras de Cristo, son el resultado de escuchar y recibir (Juan 16:13–14). Con Cristo, sin embargo, todo esto fue el resultado de su permanencia eterna al lado del Padre, de la relación íntima y absolutamente única que mantuvo y mantiene con el Padre. Por lo tanto, tal relación también debe existir con respecto al Espíritu Santo (cf. Juan 14:26; 16:13; 1 Juan 2:20–21).

¿De qué manera descarta la teología sabeliana más reciente aquellos textos que prueban la personalidad del Espíritu Santo?

No viendo en ellos nada más que una personificación enfática. Uno debe evitar a toda costa ver la personalidad, ya que la deidad del Espíritu Santo está tan firmemente establecida que, cuando se demuestra su personalidad, ya no se puede evadir la doctrina de la Trinidad.

¿Por qué no se puede admitir que en estos textos haya una personificación?

a) Nunca se puede aceptar una personificación allí donde anularía el sentido de una declaración y malograría el propósito por el que se hizo esa declaración. Este sería el caso en Romanos 8:26. Si el Espíritu Santo no es realmente una persona, entonces no hay consuelo en el hecho de que interceda por nosotros. Uno no conforta a alguien con personificaciones.
b) No cabe esperar una cantidad tan grande de dichos figurados en el Nuevo Testamento y en su prosa. Especialmente en la argumentación dogmática no hay lugar para tales dichos.
c) Siempre es fácil distinguir las personificaciones de todo lo demás. En Juan 3:8; Hebreos 12:24; y 1 Corintios 13:1–8, todos sienten de inmediato que se encuentran ante personificaciones. Pero este no es el caso en los textos que hablan del Espíritu Santo.

¿Qué pruebas hay de la personalidad del Espíritu Santo?

a) La personalidad del Espíritu se ve por su procedencia, ya que esta última es la base de la primera, igual que la generación es el fundamento de la personalidad del Hijo.
b) El Espíritu habla de sí mismo en primera persona (Hechos 10:19–204; 13:2). En los tres textos de prueba significativos en el Evangelio de Juan, Cristo se refiere a él con el pronombre personal masculino έκεῖνος (Juan 14:26; 15:26; 16:13–14).
c) Todas las marcas distintivas de la personalidad se le atribuyen a Él, tales como:
1. Intelecto (1 Cor 6:11; Juan 14:26; 15:26; Rom 8:16; 1 Tim 4:1; Is 61:1; Hechos 13:2; 5:3; 20:28).
2. Voluntad (1 Cor 12:11; Hechos 16:7).
3. Emociones (Ef 4:30; Is 63:10; Mt 12:32).
d) Nuestra relación con el Espíritu Santo es del tipo que sólo solo es posible tener con una persona (Mt 28:19; 2 Cor 13:13).
e) El Espíritu Santo ha aparecido en formas personales independientes, como una paloma (Mt 3:16), como lenguas de fuego (Hechos 2:3–4).
f) El Espíritu Santo se distingue como una persona de su propio poder (Lucas 1:35; 4:14).

Distingue entre la generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo.

a) La generación tiene lugar solamente a través del Padre; la espiración sucede a través del Padre y el Hijo.
b) Algunos dicen que la generación no sólo causa un nuevo modo de existencia en el ser divino, sino también un modo de existencia que es como el de Aquel que lo genera. Esto último no es cierto en el caso de la espiración. La razón que se ofrece para ello es que un modo de existencia sólo puede ser una imagen de uno y no de dos. Pero, ¿cómo si los dos ya son el uno como el otro, como es el caso del Padre y el Hijo? Este punto es, como mínimo, dudoso.
c) La consecuencia de la generación es la comunicación de la capacidad, a su vez, de otorgar la participación en el ser divino. A través de la generación, el Hijo recibe el atributo necesario de la verdadera respiración. En la espiración, tal atributo necesario no se le comunica al Espíritu Santo. En Él, el movimiento interno de la Trinidad llega a su conclusión y a su descanso.
d) Con respecto al orden lógico, la generación se produce primero y luego la espiración. Pero esta no es una distinción en el tiempo. Ambas son igualmente eternas.

¿El Espíritu Santo procede sólo del Padre o también del Hijo?

También del Hijo, aunque la iglesia griega lo niega. Existen varios motivos detrás de esta negación. Concuerda sobre todo con la dirección mística de la iglesia griega. De esta manera, la obra salvadora del Espíritu Santo dentro del alma podía separarse más fácilmente de la obra objetiva del Mediador. Las pruebas de que también procede del Hijo son las siguientes:

a) Si el Espíritu no procede del Hijo, entonces hay un punto en la Deidad donde el Hijo y el Espíritu no se afectan el uno al otro, sino que están separados. Entonces su unidad sería sólo indirecta, es decir, en el Padre.
b) El Hijo envía al Espíritu en el tiempo. Él no podría hacer esto si el Espíritu tampoco procediera de Él eternamente, ya que el orden de la actuación en la Trinidad sigue el orden de existencia entre las tres Personas (Juan 16:7).
c) Al Espíritu se le llama el Espíritu del Hijo y el Espíritu de Cristo tanto como el Espíritu del Padre (Gal 4:6; Rom 8:9; Flp 1:19).
d) Todo lo que el Espíritu tiene, lo tiene del Hijo tanto como del Padre (Juan 16:13–15).

Si el Espíritu Santo tiene su existencia personal del Hijo, quien a su vez tiene la suya del Padre, ¿no representa eso entonces un menoscabo en la deidad del Espíritu Santo?

No, porque mediante la espiración el Espíritu Santo no recibe su deidad sino tan sólo su existencia personal. Al recibir esta última, se le hace partícipe al mismo tiempo del único ser divino indivisible.

¿Cuántos tipos de procedencia del Espíritu Santo hay?

Solamente uno. El Espíritu Santo procede como un Espíritu único dentro del ser divino (no de la nada). Pero hay una espiración doble, una del Padre y una del Hijo.

¿Cómo se demuestra la deidad del Espíritu Santo?

Probando que:

a) Ostenta nombres divinos. No son válidos como pruebas aquellos pasajes que presentan palabras del Antiguo Testamento como pronunciadas por el Espíritu Santo. Tales lugares no se refieren directamente a su deidad, sino que simplemente se derivan de su obra en la economía de la actuación de Dios como autor de las Sagradas Escrituras. Las palabras de los hombres del Antiguo Testamento se presentan a veces en el Nuevo Testamento como pronunciadas por el Espíritu Santo (cf. Is 6:9 con Hechos 28:25). Sin embargo, sí son válidos como pruebas Hechos 5:3, 9; 1 Cor 3:16; 6:19; y 1 Juan 4:13.
b) Se le asignan atributos divinos:
1. Eternidad (Gn 1:2).
2. Omnipresencia (Sal 139:7–8; 1 Cor 3:16).
3. Omnisciencia (1 Cor 2:10; Juan 16:13; 2 Pe 1:21).
4. Omnipotencia (Lucas 1:35).
c) Se le atribuyen obras divinas:
1. La creación (Gn 1:2; Sal 33:6).
2. La preservación y el gobierno (Sal 104:30).
3. Milagros (Mt 12:28; 1 Cor 12:4; Lucas 1:35).
4. El perdón de los pecados y la regeneración (1 Cor 6:11; Juan 3:5).
5. El gobierno de la iglesia (Hechos 13:2; 15:28; 20:28).
6. La predicción de acontecimientos futuros (Juan 16:13).
7. La iluminación y la santificación (Ef 1:17–18; 2 Tes 2:13; 1 Pe 1:2).
8. La resurrección de los muertos (Rom 8:11).
d) Se le tributan honores divinos (Mt 28:19; 2 Cor 13:13; Ap 1:4; 1 Cor 6:19–20).
e) Uno puede pecar contra el Espíritu Santo y cometer así, de hecho, el pecado más severo e imperdonable.

¿En qué consiste la obra distintiva del Espíritu Santo, a diferencia de la obra del Padre y del Hijo, dentro de la economía de la actuación de Dios?

En perfeccionar las cosas llevándolas a su objetivo. Como el Espíritu Santo es la persona que completa la Trinidad, su obra completa la obra de Dios en cada área. Algunos han encontrado aquí un motivo para la designación Espíritu Santo. (Sin embargo, la santidad es la “separación” de Dios). Entonces se llamaría “Santo” al Espíritu Santo porque en Él el ser de Dios, tres y uno, es completo en sí mismo y el Padre y el Hijo vuelven a unirse en un punto. La Escritura, sin embargo, no habla de esto.

¿Cómo se designa el Espíritu Santo como consecuencia de esta, su obra distintiva?

Como Aquel a quien son todas las cosas, como puede verse comparando Romanos 11:36 con 1 Corintios 8:6. Del mismo modo que la preposición “de” pertenece al Padre y la preposición “a través” al Hijo, la preposición “a” le pertenece al Espíritu Santo.

¿Qué relación tiene la obra del Espíritu Santo con la del Hijo?

Sigue en orden, igual que la obra del Hijo sigue a la del Padre. Esto siempre hay que tenerlo presente, ya que si uno separa la obra del Espíritu de la actividad mediadora objetiva del Hijo, acabamos con un falso misticismo.

¿En qué aspectos diversos lleva a cabo el Espíritu Santo su obra distintiva?

a) En la creación, donde Él es el superintendente de la vida, como el Padre es la fuente del ser y el Hijo el arquitecto del pensamiento (cf. Gn 1:2; Job 26:13; 33:4; Sal 33:6; 104:30; Is 40:13). El Espíritu Santo pone la mano final sobre lo que se crea, como lo demuestran sobradamente las expresiones “hermano”, “hecho … el heredero” y “adornar”.
b) El Espíritu Santo es el que impulsa continuamente y posibilita la ciencia, el arte y el servicio oficial (Ex 28:3; 31:6; 35:35; Sal 51:12; Is 45:1; y otros pasajes).
c) El Espíritu Santo ha preparado el cuerpo del Mesías, según la promesa de Dios Padre hecho al Fiador en el consejo de paz (cf. Sal 40:7–8 con Heb 10:5). A la preparación de este cuerpo también le pertenece la inspiración de este pasaje bíblico, ya que está destinado a formar una imagen de Cristo.
d) El Espíritu Santo también ha trabajado continuamente en la naturaleza humana del Mediador y le ha proporcionado dones de gracia, los cuales necesitaba para desempeñar las funciones de mediador. Esto sucedió especialmente en su bautismo en el río Jordán y en su exaltación. Por supuesto que esta dotación sólo hace referencia a su naturaleza humana.
e) El Espíritu Santo también actúa en el cuerpo de Cristo, la iglesia. Él ya formó la iglesia bajo el viejo orden regenerando a creyentes individuales, convirtiéndolos, llevándolos a hacer una confesión y uniéndolos. Tras la exaltación del Mediador, el Espíritu Santo ha comenzado a formar el cuerpo místico del Señor, en el cual Él mora y une la cabeza, Cristo, con los miembros individuales. Esto comenzó con el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, que encuentra su explicación en este derramamiento (Ef 2:22).
f) Además, el Espíritu Santo actúa en los creyentes individuales mediante:
1. La gracia preparatoria.
2. La gracia de la regeneración y el llamamiento.
3. La conversión, a la que pertenece la fe.
4. La aplicación de la justificación.
5. La santificación. Esto incluye la obra de recreación que ocurre a la muerte de los creyentes en sus almas y en la resurrección de los muertos en sus cuerpos.

¿Qué atributos se le asignan especialmente a Dios el Espíritu Santo como resultado de esta obra distintiva?

a) Santidad.
b) Bondad (Sal 143:10).
c) Gracia (Heb 10:29; Zac 12:10).
d) Fuerza y ​​poder, especialmente el poder del perfeccionamiento (Lucas 1:35).
e) Gloria, en un sentido activo, como el de convertir en glorioso (1 Pe 4:14).

           

J. I. Packer

                

   

DIOS ES UNO Y TRES

Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.
Isaías 44:6


El Antiguo Testamento insiste continuamente en que sólo hay un Dios, el Creador que se ha revelado a sí mismo, a quien se debe adorar y amar de manera exclusiva (Deuteronomio 6:4–5; Isaías 44:6–45:25). El Nuevo Testamento está de acuerdo (Marcos 12:29–30;1 Corintios 8:4; Efesios 4:6; 1 Timoteo 2:5), pero habla del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres agentes personales que obran juntos como equipo para producir la salvación (Romanos 8; Efesios 1:13–14; 2 Tesalonicenses 2:13–14; 1 Pedro 1:2). La formulación histórica de la Trinidad (palabra derivada del latín trinitas, que significa “cualidad de ser tres”) trata de circunscribir y salvaguardar este misterio (no de explicarlo; eso está fuera de nuestro alcance), y nos hace enfrentarnos con un pensamiento que tal vez sea el más difícil de cuantos se le ha pedido jamás a la mente humana que maneje. No es fácil, pero es cierto.
Esta doctrina surge de los hechos que presentan los historiadores del Nuevo Testamento, y de la enseñanza de revelación que, hablando a lo humano, creció a partir de esos hechos. Jesús, quien oró a su Padre y les enseñó a los discípulos a hacer lo mismo, los convenció también de que Él era personalmente divino, y la creencia en su divinidad y en que es correcto ofrecerle nuestra adoración y nuestras oraciones, es básica dentro de la fe del Nuevo Testamento (Juan 20:28–31; cf. 1:18; Hechos 7:59; Romanos 9:5; 10:9–13; 2 Corintios 12:7–9; Filipenses 2:5–6; Colosenses 1:15–17; 2:9; Hebreos 1:1–12; 1 Pedro 3:15). Él mismo prometió enviar otro Paráclito (Él había sido el primero), y la palabra paráclito describe un ministerio personal con muchas facetas, como las de consejero, abogado, ayudador, consolador, aliado, apoyo (Juan 14:16–17, 26: 15:26–27; 16:7–15). Este otro Paráclito, que vino el día de Pentecostés para cumplir con este ministerio prometido, era el Espíritu Santo, reconocido desde el principio como una tercera persona divina: mentirle a Él, dijo Pedro poco después de Pentecostés, es mentirle a Dios (Hechos 5:3–4).
Así fue como Cristo ordenó que se bautizara “en el nombre (singular: un Dios, un nombre) del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”: las tres personas que son el Dios único al que se consagran los cristianos (Mateo 28:19). Así es como encontramos a las tres personas en el relato sobre el bautismo del propio Jesús: el Padre reconoce al Hijo, y el Espíritu manifiesta su presencia en la vida y el ministerio del Hijo (Marcos 1:9–11). Así es como leemos la bendición trinitaria de 2 Corintios 13:14, y la oración para pedirles gracia y paz al Padre, al Espíritu y a Jesucristo, en Apocalipsis 1:4–5 (¿ habría puesto Juan al Espíritu entre el Padre y el Hijo si no lo hubiera considerado divino en el mismo sentido que ellos?). Éstos son algunos de los ejemplos más destacados con respecto a la postura y el énfasis trinitario del Nuevo Testamento. Aunque no aparezca en su texto el lenguaje técnico del trinitarianismo histórico, la fe y el pensamiento trinitarios están presentes a lo largo de todas sus páginas, y en ese sentido, se debe reconocer la Trinidad como una doctrina bíblica: una verdad eterna acerca de Dios que, aunque no aparece nunca de manera explícita en el Antiguo Testamento, es clara y manifiesta en el Nuevo.
La afirmación básica de esta doctrina es que la unidad del Dios único es compleja. Las tres “subsistencias” personales (como se les llama) son centros iguales y coeternos de conciencia propia; cada una de ellas es un “yo” en relación con dos que son “tú”, y cada una de ellas participa de la plenitud de la esencia divina (la “sustancia” de la divinidad, si nos atrevemos a llamarla así), junto con las otras dos. No se trata de tres papeles representados por una sola persona (eso es modalismo); tampoco se trata de tres dioses que forman un grupo (eso es triteísmo); el Dios único (“Él”) es también e igualmente “ellos”, y “ellos” están siempre juntos y siempre cooperan. El Padre toma la iniciativa, el Hijo se somete y el Espíritu ejecuta la voluntad de ambos, que es también la suya propia. Ésta es la verdad acerca de Dios que fue revelada a través de las palabras y las obras de Jesús, y que le proporciona una fuerte base a la realidad de la salvación, tal como la presenta el Nuevo Testamento.
La importancia práctica de la doctrina de la Trinidad se encuentra en que nos exige prestar igual atención y dar igual honor a las tres personas en la unidad de su misericordioso ministerio con nosotros. Ese ministerio es el tema que trata el Evangelio, que no es posible plantear, tal como lo demuestra la conversación de Jesús con Nicodemo, sin traer a colación sus distintos papeles dentro del plan de gracia divino (Juan 3:1–15; observe en especial los vv. 3, 5–8, 13–15, y los comentarios expositivos de Juan, que algunas versiones presentan como parte de la propia conversación, vv. 16–21). Según la norma bíblica, todas las formulaciones no trinitarias del mensaje cristiano son inadecuadas y, en realidad, fundamentalmente falsas, y por naturaleza, tenderán a desfigurar la vida cristiana.


LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD

J. Oliver Buswell

 

«¿Hay más de un Dios? No hay sino uno solo, el Dios vivo y verdadero» (Catecismo Menor de Westminster No. 5). «¿Cuántas personas hay en la Divinidad? Hay tres personas en la Divinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y estas tres personas son un solo Dios, las mismas en sustancia, iguales en poder y en gloria» (Cat. Men. No. 6).
Es esencial para la fe cristiana que Dios sea uno solo, y que Dios subsista como tres personas, cada una de las cuales es Dios. Que Dios sea trino y uno por naturaleza es un misterio, y considerado por los incrédulos como una contradicción. Se dice que H. Emerson Fosdick dijo: «La doctrina de la Trinidad es una contradicción en aritmética». Por supuesto, esta declaración no es verdadera. Ningún trinitario sostiene que, al mismo tiempo y en el mismo sentido, uno es igual a tres. Sin embargo, la Biblia enseña que hay un Dios, no tres, y que hay tres personas, cada una de las cuales es Deidad. El Ser de Dios es complejo.
El concepto del Dios trino se encuentra solamente en la tradición judeo-cristiana. Tal como hay solo un monoteísmo, una sola doctrina de la creación de la nada, una sola doctrina de la omnipotencia, así hay un solo Dios Trino y Uno entre todas las religiones del mundo.
En verdad, se encuentran tríadas en todas partes, pero estos casos de tres en uno no se comparan lógicamente en un sentido verdadero con la doctrina de la Trinidad. Se ha alegado que la tríada Hegeliana, tesis, antítesis, y síntesis, es una especie de trinidad. Sin embargo, no es ese el caso. El universal concreto hegeliano es un concepto idealista, determinista, panteísta, casi totalmente contradictorio al trinitarismo bíblico.
Es la historia de la revelación la que produce la doctrina de la Trinidad, no la filosofía especulativa. La doctrina bíblica de la Trinidad bien se puede bosquejar bajo cuatro proposiciones: (1) Dios es uno. (2) Jesús es Dios. (3) El Espíritu Santo es Dios. (4) Estas tres personas están en relación de sujeto-objeto, cada uno al otro dentro de la Deidad.


DIOS ES UNO

«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Dt 6:4, 5). «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éx 20:3). «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Dt 5:7). «Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo…. Ciertamente en ti está Dios, y no hay otro fuera de Dios. Yo soy Jehová, y no hay otro» (Is 45:5, 6, 14, 18). «Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí (Is 46:9).


El testimonio del Nuevo Testamento

La unidad de la Deidad se enseña tan enfáticamente en el Nuevo Testamento como en el Antiguo Testamento, y eso en conjunción directa con la Deidad de Cristo. «Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas y nosotros por medio de él» (1 Co 8:4–6). «Un cuerpo, y un espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos» (Ef 4:4–6). Que Dios es uno se da por sentado como uno de los hechos más obvios. «Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen y tiemblan» (Stg 2:19).


Implicaciones

La doctrina de la unidad de Dios tiene implicaciones tanto filosóficas como devocionales de suma importancia. En una parte del libro La cabaña del Tio Tom, Harriet Beecher Stowe tiene un hermoso pasaje en el cual describe al cristiano devoto, al Tío Tom, deletreando las palabras de su Biblia a la luz de la hoguera en medio de la oscuridad. Dice ella que la mente cristiana no tiene temor de los espíritus malignos en las tinieblas, porque la fe en Dios de alguna manera trae consigo la convicción del orden en el universo.
A pesar de todos los problemas y las dificultades sabemos que hay un plan, un propósito, una mente, y una meta para todo. El politeísmo refleja la mente esquizofrénica del pecado y de las tinieblas. El monoteísmo crea la mente integrada de la fe, que ve un propósito obrando en todas las cosas.


JESÚS ES DIOS

Cuando Tomás, el que dudaba, vio al Señor resucitado, exclamó:
« ¡Señor mío y Dios mío! » (Jn 20:28). La palabra para Dios en este texto es «jo Theos». No se puede dudar de que los primeros discípulos consideraban a Jesús como Dios en el sentido más absoluto de la palabra, sin limitación o subordinación. Pablo describe a los santos como «aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tit 2:13). Que el nombre «Dios» se aplica a Jesús en este texto es claro por varias razones. Primero hay un artículo con dos sustantivos que, como regla general, indica que los dos sustantivos son designaciones de un objeto o persona. Además, en todo el Nuevo Testamento está claro que es Cristo cuya «manifestación gloriosa» se espera. Cristo Jesús es nuestro gran Dios y Salvador.
En una forma de expresión similar Pedro se refiere a los que han obtenido la fe «por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo». Y continúa: «Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesucristo» (2 P 1:1, 2). Pablo se refirió a Cristo con las palabras «el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos» (Ro 9:5). En este texto algunos se han esforzado en cambiar el sentido por un cambio de puntuación, pero, un trato honrado y sencillo de la sintaxis de la oración debiera dejar bien claro que aquí Pablo designa a Jesús como Dios en el sentido supremo. En otro lugar Pablo se refiere a «la gracia de nuestro Dios y Señor Jesucristo» (2 Tes 1:12). En 2 Corintios 5:10 Pablo nos enseña que «es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo». El mismo pensamiento se expresa en Romanos 14:10 en las palabras según el texto crítico: «porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios». Parece evidente que Pablo estaba pensando en las palabras de Cristo en Juan 5:22 de que el Padre le había dado todo el juicio, así que los nombres Cristo y Dios son intercambiables en la mente de Pablo.


Jesús es Jehová

No solamente es Jesús llamado Dios en el Nuevo Testamento, sino que también se le llama Señor en citas del Antiguo Testamento donde la palabra usada es Jehová. En la profecía de Zacarías se dice de Juan el Bautista: «Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos» (Lc 1:76). Es obvio que Lucas entendió esta profecía como una referencia a Juan como precursor de Jesús. Pero Zacarías estaba refiriéndose a Malaquías 3:1, donde la palabra es «Jehová» y no «Señor». «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí … ha dicho Jehová de los ejércitos». Así «el Señor» cuyos caminos Juan iba a preparar, es nada menos que Jehová mismo.
Pablo da mucho énfasis a la profecía de Joel: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Ro 10:13). Es claro que en el contexto Pablo llama a Cristo «el Señor», pero en Joel 2:32 dice: «Y todo aquel que invocase el nombre de Jehová será salvo». En la referencia al juicio de los santos en Romanos 14:10, Pablo añade una cita de Isaías 45:23: «Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios». Que Jehová es el que habla en las palabras de Isaías es claro por los versículos 24 y 25. Estos pasajes indican que Cristo y Dios y Jehová son uno mismo.


Cristo el Hijo de Dios

A Cristo se le llama «Hijo de Dios» veintenas de veces en el Nuevo Testamento. Creo que el pasaje clave para este tema es Juan 5:18: «Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque … decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios». En el uso judío la frase «hijo de» ordinariamente no implicaba ninguna subordinación sino más bien igualdad e identidad de naturaleza. Así, Bar Kokba, el que dirigiera la rebelión judía de 132–135 D.C. en el reinado de Adriano, se llamaba por un nombre que significaba «hijo de la estrella». Se supone que tomó este nombre para identificarse con la misma estrella predicha en Números 24:17. El nombre «Hijo de Consolación» (Hch 4:36) sin duda significa «el Consolador». «Hijos del Trueno» (Mr 3:17) probablemente significaba «Hombres Tronadores». «Hijo del Hombre», especialmente como se aplica a Cristo en Daniel 7:13 y constantemente en el Nuevo Testamento, significa esencialmente «el Hombre Representativo». Así, cuando Cristo dijo «Hijo de Dios soy» (Juan 10:36), sus contemporáneos lo entendieron como identificándose con Dios igual con el Padre, en un sentido sin reserva.


Las proclamaciones del cielo

Las ocasiones en que la divina filiación de Cristo fue declarada desde el cielo, según las crónicas evangélicas, son de gran significación.

(1) En su bautismo. «Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Mr 1:10, cf. Mt 3. 6, 17; Lc 3:21, 22; Jn 1:32–34).
(2) En la ocasión de su transfiguración. «He aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd» (Mt 17:5, cf. Mr 9:7; Lc 9:35; 2 P 1:17).
(3) Otra vez, en una ocasión de su ministerio público, poco antes de su crucifixión, Jesús dijo: «Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y la glorificaré otra vez» (Jn 12:27, 28). En este lugar la palabra «Hijo» no se usa, pero la relación filial está claramente implicada en las palabras que Jesús dirigió al «Padre».

Igualdad esencial, subordinación económica

En las palabras que tenemos de Jesús, la divina filiación indica una relación de absoluta igualdad esencial. Cuando tratemos de la persona y obra de Cristo, mostraremos que todas las referencias a la subordinación del Hijo al Padre significan una subordinación funcional en la economía del programa redentor divino. Es de suma importancia que distingamos entre subordinación económica o funcional y la igualdad esencial. Cuando Jesús dijo: «El Padre mayor es que yo» (Jn 14:28) y «No puedo yo hacer nada por mí mismo» (Jn 5:30), tenemos que entender estas declaraciones como refiriéndose a su subordinación económica en «los días de su carne». Pero, cuando dijo «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió» (Jn 5:22, 23); «Yo y el Padre uno somos» (Jn 10:30); debe quedar claro que en estos pasajes tenemos que ver con la relación de igualdad esencial.
Este principio se recalca además en 1 Juan 2:22, 23: «¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre».


El significado de engendrado. ¿En que sentido fue «engendrado» Cristo?

(1) El Nacimiento Virginal. Es claro por el historial del nacimiento virginal que Cristo, el eterno Hijo de Dios, se hizo hombre por el milagro de ser engendrado por el Espíritu Santo. Creo que una traducción correcta de Lucas 1:35 sería «El Espíritu Santo vendrá a ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por tanto, lo que es nacido será llamado santo. [Él es] el Hijo de Dios». En Mateo 1:18 se dice que Cristo fue engendrado «por el Espíritu Santo». La enseñanza de la Escritura se resume en el Credo Apostólico en las palabras «concebido del Espíritu Santo, nació de la virgen María». El nacimiento virginal de Cristo fue un milagro obrado por la Tercera Persona de la Trinidad, por el cual la Segunda Persona de la Trinidad, el eterno Hijo de Dios, tomó para sí mismo una naturaleza humana, de tal manera que «se hizo hombre». En este sentido Cristo fue engendrado en el curso de la historia humana en un tiempo y lugar determinado. Este engendramiento no fue el origen de su Ser. La preexistencia de Cristo se presume constantemente por toda la Biblia.
(2) Se llama a Cristo «el primogénito» (o «el primero engendrado») de los muertos en Colosenses 1:18 y Apocalipsis 1:5. Esta metáfora significa que Cristo es el primero que resucitó de entre los muertos en forma o cuerpo inmortal. Otras personas resucitadas de la muerte, como Lázaro, fueron resucitados a una vida física normal. Cristo es el primero en levantarse al otro lado de la muerte, para no morir más.
(3) En el Salmo 2:7 tenemos las palabras «Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi Hijo eres tú; Yo te engendré hoy». Que estas palabras están en forma de revelación y declaración y no tienen referencia a engendrar literalmente en el sentido de comenzar literalmente la existencia de la persona, debe ser evidente por varias razones. (a) El elemento mesiánico en el segundo salmo aparece en el cuadro de la coronación de un rey. (b) El Rey es una persona que existe antes de hacerse la revelación declaratoria «Mi hijo eres tú». (c) Es una persona a quien Dios pondrá sobre el santo monte de Sión (v. 6). Por estas y otras razones, tenemos que entender las palabras «Yo te engendré hoy», no en el sentido literal «Yo he causado que existas hoy» sino en el metafórico: «Hoy, en este día, he declarado y revelado que tú eres mi hijo».
Con esta interpretación están de acuerdo las distintas citas que del Salmo 2:7 se hacen en el Nuevo Testamento (Hch 13:32, 33; Heb 1:5; 5:4–6). Al predicar en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo dijo: «Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy» (Hch 13:32, 33). Aun Thayer, un unitario, en su léxico, bajo gennao dice: «… formalmente para mostrarle [a Cristo] como el Mesías, a saber, por la resurrección: Hechos 13:33.» Es evidente entonces que Pablo consideró la resurrección de Jesús de los muertos como una parte definida del sentido de la declaración en el Salmo 2:7.
Pablo expresa el mismo pensamiento en forma diferente en Romanos 1:3, 4: «Acerca de su Hijo, quien llegó a ser un descendiente de David según la carne, y quien fue designado como el Hijo de Dios con poder, según el Espíritu Santo, por la resurrección de personas muertas, Jesucristo nuestro Señor». Aquí es muy evidente el pensamiento de que la resurrección es declaratoria de la eterna filiación de Cristo. En cuanto a la forma plural de la palabra nekron, «personas muertas», no estoy seguro si Pablo quiere que pensemos de la resurrección de Cristo como relacionada con la resurrección dc otros al mismo tiempo, como se narra en el pasaje algo oscuro de Mateo 27:52, 54, o si debemos entender el plural en el sentido genérico y no literal. La última interpretación parecería indicada —prima facie— por el uso de la palabra en Hechos 17:31, 32, «por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos. Pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez». En este punto, Alford dice: «Tal vez aquí, «cuando oyeron de la resurrección de muertos», a saber la de Cristo, nekron siendo genérico. Pero las mismas palabras aparecen en … [1 Corintios 15:12 «¿Cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?»]; así que preferiría tomarlas aquí como inferencia de la posibilidad general de la resurrección de los muertos como una doctrina de Pablo, del caso que menciono».1
Me inclino a pensar, sin embargo, que las palabras «de los muertos» en Hechos 17:32 no son genéricas, y que no quieren decir que los oyentes meramente infirieron la resurrección de los muertos de la mención de un caso por Pablo, sino más bien que ellos tomaron la referencia de Pablo al juicio futuro, aparte de su mención de la resurrección de Cristo, como involucrando una resurrección de muertos para juicio.
Si este es el caso en Hechos 17:31, 32, tenemos que recurrir al hecho del plural en Romanos 1:4 como un caso de un uso literal del plural. Alford piensa que el significado es «la resurrección de los muertos, considerado como un hecho realizado en la de Cristo».2 Por supuesto que esto es posible, pero me inclino a pensar que en Romanos 1:3, 4 Pablo, en su uso del plural, pensaba en la resurrección de los santos mencionada en Mateo 27:52.
Pero cualquiera que sea el significado del plural en Romanos 1:3, 4, es indiscutible que Pablo consideró la resurrección de Cristo como demostrativa y declarativa de su filiación eterna y divina, en el sentido del Salmo 2:7 interpretado por Pablo en Hechos 13:31, 32.
El autor de la Epístola a los Hebreos dos veces cita el Salmo 2:7 como declarativo de la exaltada filiación eterna de Cristo, sin conectar la exaltación a un evento particular. En el capítulo 1 leemos: «¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy?» (v.5). Más tarde, al hablar del sumo sacerdocio, dice: «Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aaron. Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec» (Heb 5:4–6).
Así estamos justificados en decir que el engendramiento del Hijo a que se refiere en el Salmo 2:7, como lo interpreta el Nuevo Testamento, no es una generación literal de su Ser en ningún sentido de la palabra, sino que es una referencia a la revelación declaratoria de Dios de la eterna filiación divina, en particular de la resurrección de Cristo de entre los muertos.
(4) La palabra «primogénito», prototokos, se aplica varias veces a Cristo en el Nuevo Testamento. En Lucas 2:7 se refiere a su nacimiento virginal, y en Colosenses 1:18 y Apocalipsis 1:5 se le llama «primogénito de los muertos». Estos casos son perfectamente claros.
En Romanos 8:29 leemos: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos». Otra vez en Hebreos 1:6 leemos: «Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios.» En estos dos casos el sentido de la palabra «primogénito» es claramente «el que tiene la preeminencia, que tiene todos los derechos y privilegios del primogénito». De acuerdo a la costumbre judía, el primogénito ocupaba el lugar sobresaliente de prominencia. Tal interpretación satisface completamente el sentido de la palabra en Romanos 8:29 y Hebreos 1:6. No hay en estos dos pasajes ningún pensamiento ni sugerencia de que Cristo jamás haya sido engendrado o nacido en sentido literal. No hay ni la más mínima sugerencia de que su Ser personal haya tenido un principio. Sencillamente él es el que tiene el lugar de preeminencia, los derechos del primogénito, en el eterno programa de Dios.
Otro caso en que este mismo sentido se considera probable es en Colosenses 1:15 donde se dice de Cristo que es «prototokos de toda creación». La mayoría de los estudiantes de la Biblia consideraría que la palabra significa que él es el primogénito en el mismo sentido de Romanos 8:29 y Hebreos 1:6. Sin embargo, como se nota en el margen de Nestlé, Erasmo marcó la palabra con un acento en la penúltima sílaba más bien que en la antepenúltima. El estudiante del griego sabe por supuesto, que el asunto del lugar del acento es una cosa de opinión editorial, no una cosa del texto original. Cuando se acentúa esta palabra en la antepenúltima sílaba tiene un sentido pasivo, «primogénito», pero cuando se acentúa en la penúltima, tiene el sentido de «el que engendra o produce». En este caso debemos traducirlo «él es el original quien ha engendrado o producido cada cosa creada». Este sería el mismo pensamiento que se encuentra en Juan 1:3 y Hebreos 1:2, donde se declara que Cristo es el Creador.
Se hace objeción a esta interpretación de Colosenses 1:15 sobre la base de que la palabra tiene el uso colateral en el sentido de una madre que da a luz un niño de su propio cuerpo. Se dice que no se puede pensar de la creación bajo tal figura, porque esto sugiere cl panteísmo. Noto la fuerza de la objeción. No obstante, me parece que la objeción tiene contestación. Creación se describe en Hebreos 11:3 por las palabras «haber sido constituidas las edades [griego] por la palabra de Dios». No me parece que es una metáfora demasiado rara al pensar de Cristo como el original que produjo (o engendró) la creación, o creer que esta figura gramatical necesita suscitar la idea de panteísmo. Estas palabras en Colosenses 1:15 se siguen por la cláusula explanatoria del versículo 16: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él».
Entonces sugiero que prototokos en Colosenses 1:15 significa «el que originalmente produjo (o engendró)». Si esta sugerencia no es correcta, la alternativa es «el que tiene los derechos del primogénito», y nuestra tesis de que «primogénito» no tiene referencia al origen o fuente de su existencia se mantiene.

El significado de «unigénito»

(5) Ahora tenemos que considerar una palabra muy especial, «unigénito», monogen, aplicada a nuestro Señor Jesucristo. Se refiere a él como aquel cuya gloria es «como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14). En la versión común de Juan 1:18 se le llama «monogen Hijo», pero en el texto crítico de este pasaje se le llama «monogen Dios».
El versículo más famoso de todos, Juan 3:16, tiene las palabras tan bien conocidas «su hijo unigénito» (monogen), y la frase se repite en el versículo 18 del mismo capítulo en el mismo contexto. Juan usa esta expresión otra vez: «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito [monogen] al mundo, para que vivamos por él» (1 Jn 4:9).
Parece que los padres de la iglesia del siglo IV, en el ardor de la controversia arriana, entendieron esta palabra como de alguna manera conectada con la raíz del verbo gennao, que significa producir o engendrar, así nuestra palabra «unigénito» viene del uso del siglo IV. Cuando los padres ortodoxos de la iglesia fueron desafiados por los arrianos, quienes decían que Cristo era un ser creado e indicaban la palabra monogen como evidencia, los padres ortodoxos no tenían las facilidades para probar que la palabra no tiene nada que hacer con engendrar, pero sabían que, a la luz de otras escrituras, Cristo no fue creado; «Nunca hubo un tiempo en que él no era». Por esto aceptaron la palabra «engendrado», pero agregaron las palabras «no creado».
La idea de que el Hijo fue engendrado por el Padre en la eternidad pasada, no como un acontecimiento sino como una relación inexplicable, ha sido aceptada y enseñada en la teología cristiana desde el siglo IV. Carlos Hodge, el más grande de los teólogos sistemáticos, en su discusión de la doctrina histórica de «la generación eterna del Hijo» la da por sentada. Dice: «El Hijo es engendrado del Padre; se declara que es el unigénito Hijo de Dios. La relación entonces de la Segunda Persona a la Primera es de filiación. Pero qué significa el término, ni la Biblia ni los credos antiguos lo explican».3
Cuidadosos estudios lexicográficos prueban sin lugar a dudas que la palabra monogenés no se deriva de la raíz gennao, engendrar, sino de genos, género o clase. La palabra, entonces, significa «en una clase aparte o única», «el único de su género». La Biblia francesa dice correctamente «son fils unique».
Ya hemos examinado arriba todos los casos en que se aplican a Cristo las palabras «engendrado» o «nacido», o las palabras relacionadas con estas, y podemos decir con confianza que la Biblia no dice nada acerca de «engendrar» como una relación eterna entre el Padre y el Hijo.
La sugerencia de que eliminemos completamente la doctrina de la eterna generación del Hijo es algo revolucionaria. Es posible que fuéramos mal entendidos. Habrá quienes no estén de acuerdo con que aclaremos así la absoluta igualdad esencial del Hijo con el Padre. Sin embargo, los únicos individuos que entenderían el significado son aquellos que deben entender la razón. Personalmente puedo aceptar los credos antiguos sin equívocos, porque cuando se dice «engendrado pero no creado» se reduce la palabra «engendrado» a un cero absoluto. Sin embargo, sí creo que la doctrina de la «generación eterna» debe ser eliminada.
Pero, si abandonamos la generación eterna, ¿qué diremos de la filiación eterna? Eso es ya otra cosa. No hay dudas —y hemos presentado arriba suficiente evidencia para el significado de la frase «Hijo de Dios»— que «Padre, Hijo, y Espíritu Santo» son palabras aplicadas por los escritores de las Escrituras para indicar las relaciones eternas dentro de la deidad trina. Todo lo que es necesario para que retengamos toda la riqueza del sentido de filiación sin retener la doctrina antibíblica de la generación eterna es que entendamos y asimilemos lo que se ha dicho arriba de la doctrina bíblica de la filiación. No se presenta al Hijo ni como engendrado, ni como un subordinado, ni como un inferior en ningún sentido. Pero cuando Jesús se llamó a sí mismo el Hijo de Dios, y sostuvo que Dios era su propio Padre, esto era «haciéndose igual a Dios» (Jn 5:18) en el idioma que habló.
Cualquiera que haya tenido el magnífico privilegio de asociarse con su padre en la obra del Señor en sus años maduros, tiene una base de entendimiento de la paternidad y filiación sin la idea de subordinación. Esos años en los cuales mi padre era pastor en Minneapolis y yo lo era en Milwaukee, y tuvimos compañerismo en los grandes asuntos de nuestra iglesia, en campañas, en el estudio bíblico, en experiencias pastorales, y en muchas otras maneras, son una herencia de incalculable valor. No debe ser difícil entender las palabras «Padre e Hijo» como si comunicaran una relación personal en la eterna Trinidad, sin involucrar en ningún sentido la idea de engendrar, ni de una subordinación esencial.

Iguales en sustancia

Nuestra declaración confesional de que las tres Personas son «la misma sustancia, iguales en poder y gloria» se basa en frases bíblicas tales como aquella en Hebreos 1:3, character tes jupostaseos, «la imagen misma de su sustancia». Se dice que el Señor Jesucristo es la expresión exacta de la sustancia de Dios.
Pero ¿qué es sustancia? Para contestar esta pregunta no será necesario entrar en ideas filosóficas; por ejemplo, las palabras que expresan la idea de sustancia que se encuentra en la Metafísica de Aristóteles. De una manera sencilla podemos decir con exactitud que «sustancia» es cualquier cosa que sea necesaria para que sea la cosa de que estamos hablando. La sustancia de Dios es cualquier cosa que sea necesaria para ser Dios. Así se declara que nuestro Señor Jesucristo es la expresión exacta de la Deidad. «En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad [theotes] » (Col 2:9).


EL ESPÍRITU SANTO DE DIOS

No hay tanto material en las Escrituras en cuanto a la deidad personal del Espíritu Santo como lo hay en cuanto a la deidad personal del Hijo, pero habiendo establecido la deidad de Jesucristo se comprueba que hay distinciones personales dentro de la Deidad. Si Dios es uno y Jesús es Dios, no es difícil aceptar la proposición de que el Espíritu Santo es Dios. Que la iglesia primitiva lo entendió así se muestra en pasajes tales como Hechos 5:3, 4: «Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo? … No has mentido a los hombres, sino a Dios».


El Espíritu Santo en el evangelio de Juan

Que el Espíritu Santo es una persona divina, «la misma en sustancia, igual en poder y gloria» con el Padre y el Hijo, se manifiesta a través de toda la Escritura. Las referencias al Espíritu en el Evangelio de Juan deben hacer abundantemente claro el asunto. La primera mención del Espíritu Santo en el cuarto evangelio se encuentra en el capítulo 1:32–34: «También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». El pensamiento de estos versículos tiene estrecha relación con el que tenemos en 1 Corintios 12:13. «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo … y a todos nos dio a beber de un mismo Espíritu». En estas referencias vemos que se compara el Espíritu Santo al poder refrescante y vivificador de Dios, bajo la metáfora del agua del bautismo y del agua de beber. En la paloma de la visión que ocurrió en el bautismo de Jesús tenemos simbolizado el carácter quieto y sencillo del modo de operación del Espíritu Santo.
El poder vivificador del Espíritu Santo se concentra en la conversación entre Cristo y Nicodemo. «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne [expresión metafórica para la naturaleza humana], carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu [espiritual] es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla [o, el Espíritu respira] de donde quiere, y oyes su sonido [voz]; mas ni sabes de donde viene, ni a dónde va; así es [nacido] todo aquel que es nacido del Espíritu» (Jn 3:5–8). Es por medio del Espíritu vivificador que es obrado el milagro de la regeneración.
El poder vivificador del Espíritu se ve nítidamente en la historia de la conversación entre Cristo y la samaritana. «Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (Jn 4:10–14).
El mismo pensamiento se amplía en un discurso público del Señor un poco después. «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún el Espíritu Santo no se manifestaba [en ríos de agua viva] porque Jesús no había sido aún glorificado» (Jn 7:37–39).
Los ríos de agua viva corriendo de los corazones de los creyentes evidentemente significan el poder del Espíritu Santo en el programa misionero de esta edad. Creo que un estudio de la palabra «gloria» en el Evangelio de Juan, mostrará que la glorificación del Señor Jesucristo significa su sacrificio en la cruz y la consumación de su obra terrenal. El programa misionero para esta edad —y la venida del Espíritu Santo para este propósito, los ríos de agua viva—empezó en el día de Pentecostés.
En su discurso de despedida el Señor dijo mucho en cuanto al ministerio del Espíritu Santo. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre; el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará entre vosotros» (Jn 14:15–17).
En estas palabras resalta la presencia personal del Espíritu. Su presencia invisible tomará el lugar de la presencia visible de Jesús entre sus discípulos.
He traducido la última preposición en este pasaje por «entre» más bien que por «en». En la preposición en (en el griego) con el plural del dativo. Gramaticalmente, por supuesto, la frase preposicional podría entenderse distributivamente, «en cada uno individualmente», pero el contexto no indica tal concepto. Estará «con vosotros para siempre», meté jumón. Ya «vosotros le conocéis» porque «mora con vosotros», pará jumin, y va a estar entre vosotros o «en vosotros como grupo», en jumin.
Hay una expresión muy trillada, basada en un mal entendido de estos versículos, al efecto de que desde el día de Pentecostés el Espíritu Santo mora en los creyentes, mientras que en el Antiguo Testamento sólo moraba con o sobre ellos. Los hechos no dan apoyo alguno a tal idea. El Espíritu moraba en Josué. Se dice de Israel bajo la dirección de Moisés que Dios «puso en medio de [dentro de] él su Santo Espíritu» (Is 63:11). «Mi Espíritu estará en medio de [«en», la misma preposición] vosotros, no temáis» (Hg 2:5). En cada uno de estos tres pasajes la preposición es «en», en hebreo beth, el equivalente de la palabra en (griego) del Nuevo Testamento. El Espíritu Santo de Dios, como una Presencia Personal, está y siempre ha estado y siempre estará en medio del pueblo de Dios, en sus corazones y en sus mentes.
Cristo continuó en su discurso de despedida. «Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14:25–26). Otra vez se promete la presencia personal del Espíritu Santo en el ministerio de enseñanza y de recordación para reemplazar la presencia personal de Cristo con sus discípulos.
Además, en el discurso de despedida encontramos las palabras «Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí» (Jn 15:26). Estas palabras son en esencia un nuevo énfasis de lo que se ha dicho anteriormente. En el contexto, el Espíritu Santo, viniendo del Padre, es paralelo al concepto de que Jesús, en cuanto a su presencia visible, regrese al Padre. La palabra nada tiene que ver con alguna relación eterna tal como el «proceder» en la eternidad del Padre, o del Hijo y del Padre. Sencillamente, el Espíritu Santo ha de venir del cielo.
En la discusión de la omnipresencia de Dios se explicó claramente que el «venir» o «ir» de Dios en las referencias bíblicas (con excepción de la presencia corporal visible de Cristo) no indica ningún movimiento de un lugar a otro, porque Dios como Espíritu es omnipresente. Cuando Isaías dijo: «Oh, si rompieses los cielos y descendieras» (Is 64:1), el contexto muestra que sabía que Dios estaba con él en su ministerio, pero lo que estaba pidiendo era una manifestación especial. Así, que el Espíritu Santo viniera como lo hizo en el día de Pentecostés no se puede entender correctamente como si no estuviera ya con el pueblo del Señor aquí en la tierra.
Cristo en su discurso de despedida, tanto como en su ministerio anterior, predijo la «venida» del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. No implica que el Espíritu Santo no estuviera ya aquí, sino que el Espíritu iba a venir en el sentido de una gran manifestación, un gran hecho constitutivo, para iniciar el programa misionero del Señor para esta edad, tal como el Espíritu Santo había iniciado el testimonio del pueblo de Dios en el monte Sinaí.
Está bien, pues, decir que en el día de Pentecostés el Espíritu Santo «vino del cielo», pero es erróneo pensar de su venida como si se moviera de un lugar a otro. Más bien, su venida significa una manifestación especial de su presencia.
La culminación de la enseñanza acerca del Espíritu Santo en el Evangelio de Juan la hallamos en el capítulo 16, versículos 4b–7. «Esto no os lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros. Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré». Tenemos que detenernos un momento para preguntarnos el significado de que Cristo se «vaya» en estos versículos. La respuesta no es principalmente su ascensión. Estas palabras habló Cristo la noche antes a su crucifixión, y no me cabe duda de que en la mente de Juan mientras escribía (probablemente en sus propios apuntes de los dichos de Jesús), el irse tuvo referencia primeramente a la crucifixión, la que puso fin a la asociación visible y común que Cristo había tenido con sus discípulos. En otras palabras «que yo me vaya» en este contexto particular significa «termino mi obra y me voy». Entonces nos justificamos al decir que la predicha «venida» del Espíritu Santo dependía de la obra terminada de Cristo en la cruz, la resurrección, los cuarenta días, y la ascención. Si Cristo no hubiera terminado su ministerio terrenal, el Espíritu Santo nunca habría podido venir.
Pero no debemos tomar este hecho en un sentido estrecho. Es igualmente verdad de que si no fuera por la seguridad de que Cristo acabaría su obra, el Espíritu Santo nunca habría venido sobre los profetas del Antiguo Testamento. Si no fuera por la obra consumada de Cristo, una cosa absolutamente segura en los decretos eternos de Dios, el Espíritu de Dios nunca podría haberse manifestado. La revelación en Pentecostés, la revelación en Sinaí, toda la gracia de Dios, y toda la verdad de Dios en todas las edades dependen totalmente de la obra terminada de Cristo.
Jesús terminó su discurso: «Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo, [Satanás], ha sido ya juzgado» (Jn 16:8–11).
Las palabras, «de justicia, por cuanto voy al Padre», verifican la sugerencia de arriba. El irse de Cristo desde el punto de vista del discurso de despedida se refiere a la consumación de su ministerio terrenal, para luego reasumir su lugar a la diestra del Padre.
Este pasaje entero es copioso en sus implicaciones: (1) Al predicar el evangelio podemos estar confiados en que el Espíritu Santo mismo, Deidad personal, producirá convicción en el corazón de los que oyen. «Él convencerá al mundo del pecado» de no creer en Cristo. (2) La justificación depende de la obra consumada de Cristo. (3) El juicio final viene con una seguridad absoluta. El Señor aquí escoge de entre las cosas predichas en las Escrituras en cuanto al juicio final, el juicio final de Satanás mismo (Ap 20:10). El cristiano no vive sub specie aeternitatis, «bajo el panorama de la eternidad», en el sentido de Espinoza, de una eternidad estática y sin tiempo. Al contrario, vive bajo el panorama de eventos escatológicos definidos, específicos y revelados-finitos, pero de proporciones cósmicas. Los juicios de Dios vendrán con seguridad. Las palabras del discurso de despedida siguen: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Jn 16:12–15).
¿Qué podría ser más claro en cuanto a la dirección del divino Espíritu personal prometido para el pueblo de Dios?
La declaración «no hablará por su propia cuenta» se refiere al hecho de que en la economía divina, el tiempo de los eventos escatológicos es una función particular de Dios el Padre, como se menciona varias veces en las Escrituras (Hch 1:7). Las palabras «él me glorificará» se refieren a esa fase de la economía divina en la cual la Segunda Persona de la Trinidad se presenta a la raza humana como la Persona especial de la Deidad con la cual ella tiene que ver.
Al revelar las cosas futuras y la dirección especial prometida en estos versículos, generalmente las entienden los teólogos como referencias a la obra especial del Espíritu Santo en la inspiración de los escritores del Nuevo Testamento. Discutiremos este asunto cuando lleguemos al tema de la revelación y la inspiración. La promesa general de dirección por el Espíritu es para toda la iglesia; pero en particular se realiza en la obra de inspiración de los libros del Nuevo Testamento por el Espíritu Santo.
En último lugar, después de la resurrección, aparentemente en la noche del día de resurrección, Jesús apareció a sus discípulos y dijo: «Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos» (Jn 20:21–23).
El apartar o retener los pecados no es el punto principal de este pasaje para nuestro propósito actual. Este poder de los apóstoles de Cristo se explica mejor en Mateo 16:19; 18:18, donde se usa el futuro perfecto en la apódosis en cada caso. La idea es que los discípulos de Cristo en la tierra no tienen poder en y por sí mismos, pero, cuando movidos por el Espíritu Santo prediquen el evangelio, y las almas acepten el perdón ofrecido en el evangelio, los discípulos pueden tener la seguridad de que el perdón de los pecados y la experiencia terrenal ya han tenido su contraparte celestial en la eterna elección de Dios.
Ahora estamos estudiando la relación del Espíritu Santo en la Trinidad, y el propósito en mencionar este pasaje es para mostrar que aun antes del día de Pentecostés los discípulos de Cristo habían recibido el Espíritu Santo y se les aseguró de su presencia en el ministerio misionero.
El sencillo acto de soplar para simbolizar la dádiva del Espíritu Santo es un método gráfico de presentar una verdad invisible. Compárese el soplo que dio vida a los huesos secos que tenemos en Ezequiel 37 y el acto espiritual de Dios en la creación del hombre en Génesis 2:7.
Algunos que dividirían rigurosamente el ministerio del Espíritu Santo tratan de mostrar que, aunque Jesús en esta ocasión sopló simbólicamente y dijo: «Recibid el Espíritu Santo», sin embargo los discípulos no recibieron el Espíritu Santo en ese momento, sino que tuvieron que esperar hasta el día de Pentecostés. Al contrario, el acto simbólico de soplar ciertamente significa que los apóstoles en verdad recibieron en ese momento la bendición del Espíritu Santo
El henchimiento del Espíritu puede ser un acto repetido en la experiencia de un hijo de Dios en cualquier dispensación. Para el propósito del tema bajo discusión, debe desprenderse de Juan 20:22 que la recepción del Espíritu Santo, un henchimiento del Espíritu Santo, no se limita a ocasiones especiales, ni al desenvolvimiento de las dispensaciones, sino que está siempre disponible para el pueblo de Dios. A su vez esto significa que el Espíritu Santo es inmutable, vale decir, que sus acciones no cambian y que su carácter y ministerio esencial son siempre los mismos.
El estudio ya dado arriba sobre la doctrina del Espíritu Santo en el Evangelio de Juan hace abundantemente evidente que el Espíritu Santo de Dios, «co-igual y consustancial» con el Padre y el Hijo, infinito, eterno, e inmutable en todos sus atributos divinos, y siempre lo mismo en todas las dispensaciones en cuanto a su ministerio particular en el programa divino de la redención.


La procesión del Espíritu

Los estudiantes de la historia eclesiástica son conocedores del hecho de que la iglesia primitiva entendió incorrectamente las palabras de Juan 15:26, «el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre … el cual procede del Padre». No las entendió en el sentido del contexto inmediato como una declaración de que después de la ascención de Cristo el Espíritu Santo sería manifestado del cielo en el día de Pentecostés. Pero la iglesia primitiva entendió este pasaje como si enseñara la doctrina de «la procesión eterna» del Espíritu Santo dentro de la Trinidad. La posición ortodoxa reconoció que el Espíritu Santo es eterno y nunca fue creado, ni en ninguna manera empezó a existir en un evento temporal. Sin embargo, la tendencia hacia la subordinación esencial de la Segunda Persona y especialmente de la Tercera Persona de la Trinidad, condujo a una insistencia en la idea de que de alguna manera en la eternidad pasada, el Espíritu Santo, no en tiempo, pero, no obstante, esencialmente «procedió», o en otras palabras poseyó un ser cuasi-dependiente. En el credo de Nicea las dos ramas, oriental y occidental, de la iglesia acordaron decir del Espíritu que «procedió» del Padre. Pero en la iglesia de occidente, comúnmente al usar el credo agregaron las palabras «y del Hijo», filioque. El móvil para la adición parece claro. En el oriente, la opinión de Orígenes de la generación eterna del Hijo, aunque no de hecho arriana, con todo dio pie a los semi-arrianos. Decir solamente que «el Espíritu procede del Padre» dejaba lugar para una cuasi-subordinación del Hijo. La iglesia de occidente vio esto y recurrió al expediente de agregar la palabra filioque para expresar la idea de que en la eterna procesión, el Hijo es igual con el Padre como fuente de la procesión del Espíritu. En consecuencia, el Hijo no queda en ninguna manera subordinado, en cuanto a esta doctrina, en el entendimiento de la iglesia de occidente y en su uso del credo. Ciertamente la actitud de occidente en este asunto fue una tendencia en la dirección correcta, es decir, en contra de cualquier subordinación esencial del Hijo en la eterna Trinidad.
La pregunta todavía ante nosotros es, ¿retendremos la doctrina de la procesión eterna del Espíritu Santo? Mi opinión es que su único valor en nuestra teología ortodoxa, expresado en los grandes credos de la iglesia primitiva, es que nos da un medio para concebir la relación entre el Espíritu y el Padre y el Hijo. Estoy casi seguro de que ningún trinitario ortodoxo desde la Reforma ha querido decir más que esto en el uso de la frase. En toda la eternidad pasada y por toda la eternidad futura, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, es el Espíritu del Padre y del Hijo.
Es mi opinión personal que la palabra «procesión» o «procede» es un obstáculo más bien que una ayuda. La Escritura ciertamente no enseña la «procesión» del Espíritu Santo como un modo de expresar su relación eterna dentro de la Trinidad. El laico nada entiende por la frase, y para el teólogo no resulta de ayuda para aclarar la idea.

LA RELACIÓN «YO»–«TÚ»

Hemos mostrado que Dios es uno, que Jesús es Dios, y que el Espíritu Santo es Dios. Queda por demostrar que las tres personas, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, cada una de las cuales es Dios en el sentido más amplio de la palabra, está en la relación «Yo» y «Tú», o de sujeto-objeto, cada uno con los otros. Jesús aquí en la tierra oró al Padre y habló del Espíritu Santo como una persona independiente de sí mismo. Dijo: «Tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Jn 16:15). Dios el Padre habló desde el cielo en tres ocasiones identificando a Jesús como su Hijo eterno, independiente de sí mismo. El Espíritu Santo, en una manifestación especial en el día de Pentecostés, vino para constituir la iglesia visible para esta edad.


Indicaciones de la Trinidad en el Antiguo Testamento

En la sección en la cual llamamos la atención a la unidad de Dios como se enseña en el Nuevo Testamento, citamos varios pasajes en los cuales la divina unidad se afirma enérgicamente, en estrecha unión con referencias igualmente enérgicas a la deidad de Jesucristo. Estos pasajes son notables porque no contienen indicación alguna de que los escritores del Nuevo Testamento advirtieran problema alguno en la conjunción de estas dos ideas. El que un Dios fuese complejo en su ser, y existiera en tal manera que hubiera distinciones personales dentro de la deidad, no fue problema para los cristianos del siglo primero.
Si lo hubiera sido, el Nuevo Testamento habría reflejado algún conflicto al respecto; porque otros problemas se indican enfáticamente. Por ejemplo, Dios como hombre, Dios en la carne, era para los adversarios de Cristo un problema sin solución. Entendieron de sus palabras «Yo y el Padre una cosa somos» (Jn 10:30; cf. Jn 5:18) que él pretendía ser Dios. «Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle». Cuando Jesús los interrogó en cuanto a sus móviles, contestaron: «Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (Jn 10:31–33). Jesús se mantuvo delante de ellos como un hombre con todas las obvias características de un cuerpo humano. «Por supuesto», Dios no podría ser un hombre; por eso su pretensión era blasfemia.
Jesús contestó citando del Salmo 82, mostrando que la naturaleza humana y la naturaleza divina no son contradictorias. Después de todo el hombre es creado a la imagen de Dios y así, en vez de ser contradictorio, se relaciona con Dios en cuanto a su naturaleza. Por eso, razonaba Jesús con ellos, Dios en la carne no era necesariamente imposible. Sus pretensiones posiblemente pudieran ser la verdad. Entonces procede a la evidencia de sus obras.
Aun con este argumento razonado, sus opositores rehusaron aceptarlo. «Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos» (Jn 10:39). El problema no era sobre distinciones personales dentro de la deidad, porque los judíos para esto estaban preparados. El problema era, Dios en forma humana y humilde.
Que el Mesías descrito en el Antiguo Testamento sería Dios, se presenta magníficamente en el gran artículo por Warfield «The Divine Messiah in the Old Testament» [El Mesías divino en el Antiguo Testamento].4 Jehová promete mandar al Mesías, y el nombre del Mesías será «Jehová nuestra justicia» (Jer 23:6). Esto significa que el Mesías que Jehová Dios mandará será el mismo Jehová Dios. El Mesías será llamado «Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz…. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto» (Is 9:6, 7). Que la frase «Dios fuerte» se refiere definitivamente a Dios se ve claramente por las palabras de Isaías 10:20, 21.
David escribió del Mesías: «Jehová dijo a mi Señor; siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110:1). Comentando sobre este versículo, Jesús probó que el Mesías ha de ser el Señor de David (Mt 22:41–46; Mr 12:35–37; Lc 20:41–44).
Tomando en cuenta estas escrituras no es difícil entender cómo el autor de la Epístola a los Hebreos, sin la menor indicación de estar consciente de anacronismo, habló de Moisés en el tiempo del Éxodo como que tuvo «por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los Egipcios» (Heb 11:26). En el Nuevo Testamento griego de Nestlé, por lo menos hasta la 23a. edición, tenemos en el versículo 5 de Judas, «El Señor salvó a un pueblo de Egipto». Para Judas, las palabras, «El Señor», se referían a Jesús. A juzgar por la evidencia dada en el margen de Nestlé, el texto «Jesús salvó a un pueblo de Egipto» parecería ser mejor atestiguado. Esto no nos sorprende cuando la evidencia para la total aceptación de la preexistencia deidad del Mesías está ante nosotros.
Hemos dado sólo unos pocos ejemplos de los muchos en el Antiguo Testamento en los cuales la deidad del Mesías prometido se indica claramente; pero además de los pasajes mesiánicos, hay muchas indicaciones en el Antiguo Testamento de que hay distinciones personales dentro de la deidad. Ya hemos hecho referencia a la teofanía de Génesis 18:17, en la cual Jehová, en forma visible, habló a Abraham, y «Jehová hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová» (Gn 19:24). Este uso del nombre divino parecería indicar distinciones personales.
Hay numerosas referencias al «Ángel de Jehová», distinto de Jehová, y a la vez idéntico con Jehová. Algunas de estas son: Génesis 16:10, 13; 22:11–16; 31:11–13; Éxodo 3:2–4; Josué 5:13–15; 6:2; Zacarías 1:10–13; 3:1, 2. En varios de estos pasajes el término «el Ángel de Jehová», parece completamente intercambiable con «Jehová», «el nombre de Jehová», lo que equivale a decir el ser de Jehová está en su ángel especial (Éx 23:20, 21). La presencia del Ángel de Jehová es lo mismo que la presencia del Señor (Éx 32:30–34; 33:14; cf. Is 63:9).
También hay en el Antiguo Testamento numerosas referencias al Espíritu de Dios, del Espíritu de Jehová, mostrando la deidad personal del Espíritu Santo como una entidad aparte dentro de la deidad. Algunos de estos pasajes son: Génesis 1:2; Éxodo 31:2–4; Job 26:13; Zacarías 4:6; Isaías 63:10, 11; Salmo 51:11.
Puesto que la palabra Kyrios se traduce Jehová en la Septuaginta, es mi convicción que cuando Pablo dice: «el Señor [kyrios] es el Espíritu» (2 Co 3:17) quiere decirnos que Jehová es el nombre del Espíritu Santo, tan verdaderamente como Jehová es el nombre del Padre, y del Hijo. El «nombre», no «nombres», del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo en el cual somos bautizados debe entenderse como Jehová, el nombre del Dios trino. Las distinciones personales dentro de la deidad se indicaron claramente en el Antiguo Testamento y no presentaron novedad ni dificultades para los cristianos judíos del primer siglo.


Sabelianismo o modalismo

La enseñanza modalista de la Trinidad encontró su expresión más clara en la doctrina de Sabelio quien vivió en la primera mitad del siglo III. Según este punto de vista, no hay tres personas en la deidad, cada una de las cuales está en la relación de «Yo»-«Tú» con las otras, sino que hay una sola persona en la deidad que aparece en diferentes tiempos en las tres diferentes formas, algunas veces como el Espíritu Santo, otras como el Hijo, y otras como el Padre.
El modalismo aparece en los lugares menos esperados en la historia eclesiástica. En una conversación casual en el tren hace algunos años, un evangelista muy conocido, muy popular en círculos fundamentalistas, me dijo con entusiasmo que él tenía «una nueva idea» que solucionaría los problemas en cuanto a la doctrina de la Trinidad. Expuso el caso del sabelianismo con claridad e ingenuidad. Pensó que su idea era original. «Pero Dr. Fulano», le dije, «Ud. es un sabeliano.» «¿Un qué?», me dijo.
Le pregunté: «¿Cómo explica Ud. las oraciones de Jesús y el que haya hablado del Padre y del Espíritu Santo en forma objetiva? Ud. tiene que explicar esos pasajes de la Escritura». Su respuesta fue rápida y segura: «No, no tengo que explicar esas cosas; sencillamente no las entiendo». Parecía perfectamente satisfecho de sí mismo al quedar en una posición en que no entendía pasajes de la Escritura que contradecían rotundamente su punto de vista.
En una breve conversación con Karl Barth, en Suiza, en agosto de 1950, me referí a su libro Bosquejos Dogmáticos y le pregunté si su opinión acerca de las Personas de la Trinidad, como las expresaba en su libro, no era Sabelianismo. «Bueno, podría llamarlo sabelianismo», contestó francamente. A veces Barth niega que es un «modalista». Pero mi estimado colega, el Dr. Alan Killen, quien es un especialista y crítico en el campo de la teología del tipo bartiano, me dice que un análisis cuidadoso de las ideas de Barth muestra que en verdad es un modalista o sabeliano.
En la conversación mencionada arriba, pregunté al profesor Barth, cómo explicaba él las oraciones de Jesús y sus dichos en los cuales él habló objetivamente del Padre y del Espíritu Santo. Su respuesta fue, en efecto, que al hablar de la deidad, la diferencia entre sujeto y objeto desaparece completamente. Le dije: «¿No es eso entonces, misticismo?», a lo cual él contestó: «Bien, podría llamarse misticismo».
Ciertamente cualquiera que cree en la Biblia y la toma en serio tendrá que rechazar el punto de vista sabeliano o modalista de la Trinidad.


Uso de la ilustración

Tradicional

En la historia de la iglesia se han usado muchas ilustraciones para mostrar que cuando decimos que Dios es uno y que hay tres personas en la Trinidad no estamos expresando una contradicción, ni un «absurdo en matemáticas». Se dice que San Patricio de Irlanda, usó una hoja de trébol. La levantó delante de su congregación y dijo: «¿Qué es esto?» «Una hoja de trébol», fue la respuesta. Entonces le sacó uno de los pétalos y dijo: «¿Qué es esto?» Otra vez la respuesta fue «Una hoja de trébol», y así con los tres pétalos. Esta ilustración puede ser útil al tratar con niños. Muestra en forma sencilla que un término puede referirse a lo que es «uno» en un sentido del término y «tres» en otro sentido. Pero no debe llevarse la ilustración más allá de esto.
Al tratar con mahometanos, misioneros de experiencia han usado la ilustración del sol, que es un cuerpo, pero que manifiesta luz, calor, y tiempo. También esta ilustración muestra que un término puede significar «uno» en un sentido y «tres» en otro sentido del término. Sin embargo, la ilustración sería inexacta si sus posibles aplicaciones fueran analizadas.
El agua, que existe en tres formas, líquida, sólida, y gaseosa, es una ilustración que se ha usado en forma popular. No obstante, esto nos llevaría al sabelianismo; en verdad, la mayoría de las ilustraciones populares que demuestran solamente «tres» en un sentido y «uno» en otro sentido, son de un valor muy limitado.


Ilustraciones sicológicas

(a) Conocimiento. Una ilustración mejor de algo que podría ser «tres» en un sentido y «uno» en otro sentido sería el conocimiento de tres testigos de un mismo hecho. Por supuesto, siendo los testigos finitos en sus puntos de vista y en su memoria, las ideas de los «tres» no serían idénticas. Sin embargo, habría una gran área de identidad, y si los testigos fueran competentes, podríamos decir, para todo propósito práctico, que la idea del testigo A, más la idea del testigo B, más la idea del testigo C, serían una y la misma cosa, la totalidad sería igual a cualquiera de las tres ideas, y cualquiera de las tres ideas contendría la totalidad.

(b) Complejidad de la mente individual. Es mi convicción que en el estudio de la psicología tenemos ilustraciones que son útiles en nuestro estudio de la Trinidad. James Orr dice: «Si yo estuviera dispuesto a buscar una sombra de tales distinciones (como las que existen dentro de la Trinidad) en nuestra vida mental, creo que la buscaría, como Agustín sugiere, en el poder misterioso que el alma tiene de dialogar consigo misma —en esa vida interior ideal del espíritu, cuando la mente, incluyendo el mundo exterior, conversa y argumenta consigo misma—, se divide dentro de sí misma, y discute consigo misma, proponiendo preguntas y contestándolas, proponiendo dificultades y solucionándolas, ofreciendo objeciones y venciéndolas, y todo el tiempo permaneciendo, podemos decir, en la capacidad de un tercero, el espectador neutral de sí mismo, tomando nota de lo que cada lado propone en el debate, y dando un veredicto favorable o desfavorable sobre el asunto. No obstante, después de todo, esta trilogía es una sombra, y en conexión con otros elementos de nuestra vida espiritual, puede surgir tenuemente lo que la Trinidad pudiera significar si la distinción fuera más profunda.»5
Encuentro esta sugerencia de Santiago Orr muy iluminadora. De lo que sabemos de la psicología, un ser personal es una complejidad. Hay diferentes centros o núcleos de conocimiento, aun en una personalidad bien integrada. En verdad, eso no explica la Trinidad. Pero por lo menos muestra que no nos contradecimos cuando enseñamos lo que la Escritura dice acerca de Dios, vale decir, que Dios siendo infinito en todas sus perfecciones, es complejo, trino, en sustancia.

(c) Personalidad colectiva. Es posible que sea de ayuda una ilustración tomada de la psicología social, que trata del asunto del conocimiento y de la personalidad desde el polo opuesto al que Santiago Orr lo trata, que reconoce el hecho de lo que algunos llamamos «personalidad colectiva». Es un hecho observable en la psicología social que seres personales son capaces de un tipo de unidad en las relaciones sociales, en la cual la existencia personal colectiva es algo más que la suma de los individuos. Hay tal cosa como la unidad del círculo familiar. Hay tal cosa como «una mente colectiva», no como una entidad sustantiva, sino como una función de grupo que va más allá de las funciones de los individuos.
Otra vez tenemos que dejar perfectamente en claro que la personalidad colectiva no explica la Trinidad. Solamente nos ayuda a ver que la doctrina misteriosa del trino Dios no es una contradicción.

(d) La oración de Cristo. El hecho es que Cristo en su oración como Sumo Sacerdote comparó la unidad imperfecta de los discípulos con la unidad perfecta de la Trinidad. En Juan capítulo 17 oró: «Para que sean uno, así como nosotros» (v. 11). «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado» (vv. 21–23).
No debemos contender en ningún momento que estas palabras de Jesús nos permiten concluir que la unidad de los creyentes es, en cualquier manera, ontológicamente la misma que la unidad ontológica de la Deidad Trina. Todo lo que podemos decir, en verdad, es que hay una analogía entre la imperfecta y defectuosa unidad de los discípulos de Cristo y la absolutamente perfecta y completa unidad de las tres personas de la Trinidad.


Ilustraciones combinadas

Tomando ahora dos de las ilustraciones psicológicas, una mostrando la complejidad de la personalidad individual, y la otra mostrando la unidad de la personalidad colectiva, todavía no tenemos una exposición razonada. Todavía no tenemos una explicación. La Trinidad es todavía un misterio. Sin embargo, estas dos ilustraciones son útiles. Pueden ser usadas de tal modo que se evite cualquiera implicación errónea.
Postulemos, entonces, tres personas absolutamente idénticas en todos los atributos de deidad. Tres personas con la misma omnisciencia serían una omnisciencia. Tres personas con la misma omnipotencia serían una omnipotencia. Tres personas con el mismo propósito y decreto todo comprensivo tendrían un propósito y un decreto. Las tres personas serían un Dios en una compleja unidad indisoluble: una verdad gloriosa que no involucra nada contradictorio.


VALOR DE LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD

No debemos pensar en la doctrina de la Trinidad como tanto equipaje que estamos obligados a llevar sólo porque la Biblia la enseña y porque Dios se ha revelado a sí mismo en el proceso de la
historia como una Trinidad. La doctrina de la Trinidad es indispensable para la armonía y unidad de otras doctrinas mayores en el sistema cristiano.

(A) La doctrina de la Trinidad provee el único medio por el cual podemos racionalmente concebir a Dios existiendo en la eternidad antes de la creación del mundo finito. No iría al extremo de algunos en decir que una personalidad no podría existir sin un objeto, pero estaría de acuerdo, sí, en que es difícil, si no imposible, que concibamos un sujeto personal sin objetividad.
Agustín pensó que la cuestión de las actividades de Dios antes de la creación era una «cosa profunda», contestada correctamente al decir que no había tiempo «antes de la creación», porque el tiempo empezó cuando la creación se realizó. Agustín se resiente por una cierta respuesta como burlona: ¿Qué hacía Dios antes de la creación del mundo? «He aquí como respondo yo a quien pregunta qué es lo que hacía Dios antes que hiciese el cielo y la tierra. Respondo, pues, no como dicen que respondió otro, burlándose, huyendo de la dificultad y diciendo que entonces estaba Dios preparando los tormentos del infierno para los que pretenden averiguar las cosas altísimas e inescrutables. Una cosa es reír y otra enseñar. Así, no respondo lo que aquel, pues con más gusto respondería: «No lo sé», cuando efectivamente lo ignorara, que responder una chanza con que se vea burlado el que preguntó cosas muy altas y alabado el que respondió falsas» (Confesión, libro XI, cap. 12).
Calvino, por el contrario (Institutas I, XIV) se resiente de esta pregunta como impertinente y piensa que esta es una contestación adecuada. Él, francamente, presume que hubo algún tiempo antes de la creación, según las Escrituras, del cual no sabemos nada sino lo que estas revelan. Calvino dice: «No sería legal ni oportuno inquirir por qué razón Dios la demoró tanto; porque si la mente humana trata de penetrarla, fallará cien veces en la tentativa; ni en verdad podría haber alguna utilidad en el conocimiento de lo que Dios mismo ha ocultado a propósito para probar la modestia de nuestra fe. Un cierto ancianito devoto mostró gran astucia cuando cierto burlón preguntó cómicamente lo que Dios había estado haciendo antes de la creación del mundo. Él replicó que había estado haciendo el infierno para hombres demasiado curiosos. Esta admonición, no menos grave que severa, debe reprimir el desenfreno que estimula a muchos y los impela a especulaciones perversas y dañinas».
No estoy de acuerdo con Agustín en que el tiempo —es decir, la mera posibilidad abstracta de secuencia en la relación de antes y después— empezó con la creación de la materia finita. Por otro lado, el reproche de Calvino de la indagación especulativa en este mundo, es uno de los pocos lugares en que no puedo seguir a Calvino. Estoy a favor de la mente inquisitiva. Me parece que no hay impropiedad de especular en cuanto a Dios antes de la creación del mundo finito. En realidad, el Salmo 90 guiará mi mente justamente a estas especulaciones.
El gran físico y filósofo de la generación pasada de la Universidad de Cambridge, Sir Arturo Eddington (1882–1944), aunque sostuvo que el universo material ha tenido un principio, sin embargo, no podía aceptar la doctrina de la creación por un Dios personal, por la razón de que no podía concebir de un sujeto personal que existiese por toda la eternidad pasada sin un objeto para luego, de repente, crear un universo. Esto, dijo, para él implicaría una falta de continuidad en el mismo ser de Dios. Por supuesto, Eddington (y ha habido otros pensadores que han luchado con el mismo problema de una manera similar) estaba pensando solamente en el concepto unitario de Dios. Creo que él tenía razón al decir que tal concepto carece de consistencia.
No obstante, la doctrina de la Trinidad quita completamente esta dificultad. Si «hay tres personas en la Divinidad: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo; y estas tres personas son un solo Dios, las mismas en sustancia, iguales en poder y en gloria», entonces la subjetividad de Dios desde toda la eternidad pasada, los atributos personales del amor y la autoexpresión en confraternidad, tenían infinita objetividad.
En otras palabras, la doctrina de la Trinidad, lejos de ser una dificultad filosófica o una carga al pensamiento cristiano, es el único modo razonable por el cual podemos pensar de la existencia de Dios en la eternidad pasada.

(B) La doctrina de la Trinidad es el único modo por el cual nuestras mentes humanas pueden concebir la ejecución de la expiación que Cristo ha hecho por nuestros pecados. Sería difícil para nosotros, sin esta doctrina, tener concepto del hecho de que una Persona que es «infinita, eterna, e inmutable en su ser, sabiduría, poder, santidad, bondad, justicia, y verdad»; una persona que, conservando todos sus atributos esenciales de Deidad, literalmente llegó a ser un miembro de nuestra raza en la historia; que tal Persona confrontó nuestra raza humana con el amor de Dios en una vida terrenal; que nosotros, la raza humana, lo clavamos en la cruz, lo colgamos allí, mientras lo ridiculizamos y burlamos; que él literalmente llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, muriendo en el acto de perdonar, cuando merecíamos ser echados al castigo eterno; que él literalmente fue al lugar de los muertos mientras su cuerpo permaneció en la tumba; que él literalmente se levantó de entre los muertos en su cuerpo de resurrección, como el que nosotros tendremos en nuestra resurrección; que él ascendió al «país lejano, para recibir un reino», y que él volverá (Lc 19:12) y reinará sobre su reino, sería imposible que nuestras mentes se apoderaran de todos estos hechos relacionados con la expiación de Cristo, excepto en términos de la Deidad Trina. «Porque de tal manera amó Dios [Padre] al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito [la Segunda Persona de la Trinidad], para que todo aquel que en él cree [por medio de la convicción del Espíritu Santo, Jn 16:8; Ef 2:8], no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16).

(C) La doctrina de la Trinidad ilustra el significado de la comunión cristiana con Dios. «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos hijos de Dios» (1 Jn 3:1). Los versículos de Juan 17 ya citados contribuyen a este tema. El hecho de que Dios sea Padre, Hijo, y Espíritu Santo prueba que Dios es un Dios de amor y de comunión. Las palabras de Cristo, como las tenemos en su oración sumo-sacerdotal, muestran que Dios se propone tomarnos en comunión consigo mismo, que debemos ser miembros de la familia de la fe, de la familia de Dios.
Por supuesto que somos finitos; somos creados, mientras que las Personas de la Trinidad son infinitas en sus perfecciones, eternas y no creadas. Sin embargo, debemos estar anonadados por la maravilla del pensamiento que Dios, quien es un Dios de amor y de comunión, nos creó para comunión con sí mismo. Pensemos en las posibilidades infinitas del futuro, la contemplación de las riquezas infinitas del amor, conocimiento y desarrollo personal, que se extienden delante de nosotros, en el reino eterno de Dios. ¿Cómo puede uno con tal herencia ser llevado por los desatinos y la locura de una vida mundana?
Recuerdo muy bien un sermón predicado por Guillermo Sunday en la ciudad de Chicago hace muchos años, sobre el texto de 1 Samuel 10:22, «El está escondido entre el bagaje». Cuán vívidamente pintó el cuadro de la figura gigantesca de Saúl, el rey, arrastrándose por algún escondrijo entre el bagaje, cuando una corona esperaba a su cabeza. Este es un cuadro de la locura de uno que da la espalda a la invitación del evangelio. Le es ofrecida a uno una corona si uno la recibe. Uno está invitado a hacerse miembro de la familia del Rey de Reyes y Señor de Señores.

LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD

 

Una respuesta

  1. wilfred dice:

    la teologia es completamente catolica….mat 28;19 fue anadido al texto y esto es verificable…en el primer siglo nadie hablo sobre esto..ni santiago, lucas etc…no hasta el segundo siglo… la teologia esta llena de mitologia…la trinidad es comun en otras religiones paganas !!!

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