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LA DOCTRINA DE LA PREDESTINACIÓN

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LA DOCTRINA DE LA PREDESTINACIÓN

¿QUÉ SIGNIFICA LA PREDESTINACIÓN?

“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:4–5)

Muchos encuentran la idea de la predestinación divina difícil de aceptar, y se empeñan en negar el claro sentido de textos como este. Pero la enseñanza del apóstol no tiene ambigüedades; él claramente afirma que nuestras bendiciones espirituales se originan en la elección eterna de Dios (vs. 4) sobre la base de la predestinación divina. Esto significa que Dios preordenó la salvación de los elegidos, expresada aquí en términos de santidad y filiación.

Una de las maneras como la gente la niega es decir que Dios meramente predestinó que hubiera un pueblo santo para ser sus hijos a través de la fe en Cristo, sin preordenar quiénes lo irían a ser. Todo lo que Pablo quiere decir, según este punto de vista, es cómo Dios organizó la salvación, sin realmente decidir quién participara de ella. Pero el lenguaje de este pasaje refuta tal razonamiento. Pablo no dice que Dios escogió que hubiera un pueblo santo en Cristo, sino que el nos escogió para que fuéramos santos. El versículo 5 no dice que Dios predestinó el principio de adopción como la manera de salvación, sino que “nos hubo predestinado”, a saber, Pablo y los lectores cristianos de esta carta, para que fuéramos realmente adoptados en su familia. Dios nos escogió para ser su pueblo santo; Él predestinó que nosotros fuéramos adoptados como sus hijos.

Otra negación de la predestinación proviene del lenguaje de Pablo en Romanos 8:29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. Aquí, la predestinación es precedida por la presciencia. Hay gente que sostiene que esto significa que Dios vio por adelantado que alguna gente creería y que entonces Él predestinó que los creyentes fueran salvos. Según este punto de vista, lo que Dios ve y sabe por adelantado es nuestra fe, de manera que la salvación en última instancia descansa sobre nuestro acto de creer, el cual hace o permite que Dios nos escoja. Pero este concepto anula la idea misma de la elección; hace vana la enseñanza que Pablo quiere transmitir de manera tan clara, a saber, que la salvación descansa sobre el propio carácter y propósito de Dios. Niega lo que Pablo escribió en Tito 3:5: “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.”
¿Sobre cuál base predestinó Dios a aquellos que son salvos? ¿Según qué principio? Efesios 1:5 responde directamente a esta cuestión. “En amor habiéndonos predestinado”, escribe Pablo, “según”… ¿Qué? ¿La previsión por Dios de nuestra fe? ¡NO! “Habiéndonos predestinado… según el puro afecto de su voluntad.” La predestinación es soberana y gratuita; no descansa sobre lo que somos o hemos hecho o haríamos, sino en el puro afecto y voluntad de Dios.

Es aquí cuando la frase “en amor” se vuelve importante para nuestro argumento. Romanos 8:29 dice que Dios nos predestinó habiéndonos conocido de antemano; nuestro versículo dice que Dios nos predestinó “en amor”. Estas dos expresiones son sinónimas, puesto que Dios nos conoce de antemano en el sentido bíblico del término: nos amó. Podríamos leer así nuestro pasaje: “Habiéndonos amado de antemano, nos predestinó”. Esto es lo que Moisés explicó acerca de la elección de Israel, en Deuteronomio 7:7–8. ¿Por qué Dios te escogió?, preguntó. No fue porque fuerais un pueblo grande o numeroso, “sino por cuanto Jehová os amó”. Detrás del misterio de la elección divina está el misterio aun mayor y majestuoso del amor soberano de Dios por los pecadores.

John Owen escribe:

“La elección revela la gloria de la naturaleza de Dios que es amor, puesto que “Dios es amor” (1 Juan 4:8–9) …Si podemos mirar en todos los tesoros ocultos en la maravillosa naturaleza de Dios, hallaremos que la elección no puede ser atribuido a más que al amor”.

¡Qué diferencia hace, qué paz y gozo proporciona, darse cuenta de que nuestra salvación depende del amor de Dios por nosotros! Porque el amor de Dios es eterno, inmutable y todopoderoso. Dios, habiéndonos amado en la eternidad, nos predestinó para ser adoptados como sus hijos, escogiéndonos para ser santos delante de Él, todo en nuestro Señor Jesucristo y a través de Él.


PREDESTINACIÓN Y RESPONSABILIDAD HUMANA

Ahora quisiera considerar las dos objeciones principales que son dirigidas contra la doctrina bíblica de la predestinación. La primera es que la predestinación parece excluir la voluntad y responsabilidad del hombre. Esto parece razonable para la gente, puesto que si la salvación está basada en una decisión que Dios hizo antes del tiempo, entonces lo que la gente haga hoy parece no tener importancia. La gente señala pasajes en la Biblia que demandan una respuesta o una decisión a tomar, y consiguientemente declaran que la predestinación no es bíblica.  ¿No dijo Josué a Israel:  “Escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15)? ¿No prueba esto que somos salvos por lo que nosotros mismos decidimos, en vez de lo que Dios decida?

La respuesta es que la Biblia enseña tanto la predestinación divina como la plena responsabilidad humana. Nuestra teología debe ser capaz de incorporar las dos ideas representadas en Efesios 1:5 y Josué 24:15, tanto los muchos pasajes que hablan de la soberanía total de Dios en la salvación, como aquellos que declaran la total responsabilidad del hombre ante Dios. De esta manera, la mejor manera de comenzar a tratar esta cuestión es darnos cuenta de que la Biblia enseña vigorosamente ambas doctrinas.
¿Cómo, entonces, hemos de reconciliarlas? La respuesta es que no podemos hacerlo. Aquí se nos da lugar para practicar un excelente principio de Calvino: allí donde la Biblia pone fin a la enseñanza, pongamos nosotros fin al querer saber. La Biblia asevera tanto la predestinación divina como la responsabilidad humana sin tener que reconciliarlos, y nosostros también debieramos disponernos a hacer lo mismo.

Una observación: Que siempre hay misterio en donde se reunen lo divino y lo humano. Piense en la relación entre las naturalezas divinas y humanas en Jesucristo. Podemos identificarlas, pero no podemos decir donde comienza una y termina la otra. Jesús es, al mismo tiempo, tanto plenamente Dios como plenamente hombre. Lo mismo es cierto en cuanto a la relación entre la autoría humana de las Escrituras y su autoría divina: ambas son verdad, pero la relación entre ellas es un misterio. De igual manera, están la plena soberanía divina en nuestra salvación y la plena responsabilidad humana de creer y obedecer al evangelio.

¿Pero no nos hace títeres la predestinación, haciendo nosotros sin otra opción lo que Dios decidió hace mucho por adelantado? La respuesta es que la Biblia no lo presenta así. Efesios 1:5, entre otros versículos, enseña la predestinación, pero la misma Biblia presenta claramente al hombre y la mujer ejerciendo decisiones genuinas. Toma el ejemplo de Judas Iscariote. Su traición de nuestro Señor fue profetizada en el libro de los Salmos (Sal. 41:9) y también por Jesús antes que sucediera. El Antiguo Testamento incluso predijo cuántas piezas de plata se pagarían (Zac. 11:12–13). ¿Pero es excusado por traicionar a nuestro Señor? En absoluto; él es claramente condenado como responsable por sus malvados hechos.

El ejemplo bíblico más poderoso es Jesucristo mismo. He aquí Uno cuya vida no sólo estuvo predestinada, sino registrada de antemano en muchos de sus detalles. Sin embargo, ¿quién puede llamar al Hijo de Dios títere, sin voluntad ni responsabilidad? Piensa en la muerte de Jesús. En Hechos 2:23, el apóstol Pedro atribuye directamente la muerte de Cristo a la predestinación de Dios: “a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios…” Pero continúa para asignar la culpa a los judíos que lo despreciaron: “…prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole.” La soberanía divina y la responsabilidad humana están juntas la una con la otra en la Escritura. No tenemos que reconciliarlas, sino que debemos aceptar lo que Dios afirma en ambas.

Es por esta razón que la predestinación no está reñida con el evangelismo. Hay gente que dice: “Si Dios predestina a la gente para salvación, ¿entonces por qué molestarnos en predicar el evangelio?” La respuesta es que Dios ordena no sólo los fines sino también los medios. Él predestina la salvación de sus elegidos, y nos ordena predicar el evangelio con este fin. Si nosotros no predicamos y enseñamos el evangelio, entonces ninguno será salvo. Pero Dios ha ordenado que ellos lo sean. Así que Él también ha ordenado que nosotros prediquemos y proclamemos el evangelio; y por consiguiente nosotros lo haremos, ejerciendo nuestra responsabilidad humana de acuerdo con su voluntad soberana. James Boice añade:

“Además, sólo es la elección lo que nos da alguna esperanza de éxito cuando evangelizamos. Si Dios no puede llamar a gente efectivamente a la fe, ¿cómo podremos hacerlo nosotros? Nosotros no podemos persuadirlos. Pero si Dios está actuando, entonces Él puede obrar en nosotros aun si nosotros somos testigos ineptos. Nosotros no sabemos quiénes son los elegidos de Dios, pero podemos descubrir quiénes son algunos de ellos hablándoles acerca de Jesús… Podemos hablarles con atrevimiento porque sabemos que Dios ha prometido bendecir su Palabra y no permitirá que esta vuelva a Él sin cumplir su propósito (Isa. 55:11)”.


¿ES JUSTA?

La otra objeción principal en contra de la predestinación tiene que ver con la justicia. Hay gente que contesta que si los cristianos son salvos a causa de la elección soberana de Dios, entonces no es justo tener a los demás como responsables por su pecado e incredulidad. Es útil saber que esta objeción se presenta por la Biblia misma. En Romanos 9, Pablo trata el asunto de la predestinación. Él presenta el ejemplo de Jacob y Esaú, recordándonos que “no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal… se le dijo [a su madre Rebeca]: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Rom. 9:11–13). Entonces, Pablo presenta retóricamente su objeción basada en la justicia: “¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.” (Rom. 9:14–15)

El argumento de Pablo es que cuando consideramos la salvación de los pecadores, la justicia simplemente es una categoría equivocada. La justicia ofrece sólo condenación: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). No es como si Dios mirara abajo a una humanidad neutral, decidiendo hacer que unos creyeran y otros lo rechazaran. Más bien, Él miró a una humanidad ya culpable en pecado e incredulidad. Es por esto que la elección es “en Cristo”, porque está unida con la intención de Dios de enviar a su Hijo a morir por los pecados de los elegidos. Dios pasa por alto algunos rebeldes pecadores, permitiéndoles continuar su camino al infierno para la alabanza de su justicia. A otros, Él salva para la gloria de su gracia, puesto que como Pablo dice en Romanos 9:16: “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”.

La predestinación no es injusta, porque todos en el infierno habrán sido condenados por su propia elección de pecar y rechazar a Dios. A. W. Tozer dijo correctamente: “Sólo habrá un texto en el infierno, y será grabado en los grandes muros de aquel terrible lugar: “Tus juicios son verdaderos y justos, oh Señor”.10 Pero la canción del cielo será “Sublime gracia del Señor, que a un infeliz salvó.” James Boice por tanto, escribe: “No es justicia lo que necesitamos de Dios: es gracia. Y la gracia no puede ser ordenada. Tiene que fluir a nosotros de los propósitos soberanos de Dios decretados antes de la fundación del mundo, o no vendrá en absoluto”.


ADOPCIÓN COMO HIJOS

Pablo enseña la predestinación y es importante para nosotros creerla y entenderla. Pero más importante aun es aquello a lo que somos predestinados. En Efesios, Pablo describe a los cristianos con diferentes términos: “santos que están… fieles en Cristo Jesús”. El versículo 5 presenta uno de sus designaciones favoritas y más importantes, a saber, que el cristiano es un hijo de Dios: “habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos”.
La idea de la adopción de Pablo parece haber sido tomada del ejemplo de la ley civil romana. La adopción no era infrecuente en la sociedad romana, y los hijos adoptados gozaban de los mismos plenos derechos que los hijos legítimos. La adopción generalmente comportaba el tomar hijos, a menudo para continuar un linaje familiar como heredero. Esta es la razón por la que debemos mantener una distinción, hablando de la adopción, en cuanto al género. Así como todos los cristianos constituyen la novia de Cristo, tanto hombre como mujer, así también todos son adoptados como hijos de Dios.

El escritor cristiano Lew Wallace escribió la historia Ben Hur acerca de un príncipe judío que fue tomado como esclavo por los romanos. Posteriormente, él salvó la vida de un cónsul romano, siendo finalmente adoptado como hijo suyo y recibiendo su anillo grabado de poder y autoridad. Esta elevación de esclavo a heredero real describe nuestra elevación de vergonzosos pecadores a aquellos hechos santos en Cristo y así adoptados como los hijos propios de Dios.
La adopción comportaba un complicado procedimiento legal, que culminaba con la presentación por el padre de su nuevo hijo ante el magistrado romano. Efectuaba un cambio radical, cortando los antiguos lazos familiares, y de la misma manera los cristianos son separados por adopción del pecado y del mundo. La adopción romana era una separación tan radical que todas las deudas y obligaciones pasadas eran borradas; así también Dios nos separa de nuestra deuda y nuestra lealtad en el servicio al pecado. Entre los privilegios que ganamos de la filiación a través de nuestra adopción en Jesucristo se encuentran estos:

1. Una relación con Dios como Padre, con acceso abierto hasta su presencia.
2. El derecho al cuidado y provisión de Dios, tanto material como espiritual a través del Espíritu Santo.
3. El privilegio de la disciplina paternal de Dios, al obrar en nosotros para que se coseche justicia y paz.
4. El derecho a heredar todos los bienes de nuestro Padre en el siglo venidero.
5. Aceptación como hermanos amados con Jesucristo. Es por esto por lo que Pablo dice que somos predestinados para adopción “a través de Jesucristo”, quien es nuestro Mediador y Salvador cuando confiamos en Él.


UN AMOR TAN ASOMBROSO

¿Por qué debemos enfatizar la adopción en nuestra enseñanza acerca de la predestinación? La respuesta es que la predestinación y la adopción son dos ángulos del mismo tema: el asombroso amor de Dios por nosotros en Jesucristo.
La relación entre la predestinación y la adopción puede ser bien ilustrada por una situación en la iglesia que anteriormente servía yo. Había una pareja cristiana que por muchos años intentaba tener un hijo sin éxito, y luego con mucha oración finalmente concluyeron que Dios quería que adoptaran a un hijo. Fueron ellos conducidos por un gran amor y anhelo que tenían por un hijo, y también motivados por la imagen del amor de Dios presentado en este versículo. Fue “en amor” que ellos buscaron la adopción; el amor fue la fuente de todo lo que resultaría en la adopción de este hijo, así como en la adopción nuestra por Dios en su familia.

Aprovechando de la experiencia de otra familia como adoptar un niño de Rusia, esta pareja hizo las solicitudes, satisfizo los requerimientos, y finalmente recibió una fotografía de la pequeña que sería su propia hija. Todo lo que tenían era una fotografía, pero ellos derramaron su amor en la niña que conocían sólo de esta manera, dándole un nombre, orando por ella y empezando a comprar las cosas que necesitaría cuando llegara a su familia.
Allí era una huérfana en una remota tierra, sin padres y totalmente ajena al gran amor compasivo en los corazones de estos cristianos. Ellos estaban planeando su adopción y atesorando bendiciones. Me los imagino mirando con amor a una simple fotografía de su hija, y me doy cuenta de que esto refleja sólo débilmente el amoroso conocimiento por adelantado que Dios tuvo de nosotros en la eternidad pasada. Como esto, Dios puso su amor sobre nosotros desde lejos y predestinó nuestra adopción como hijos suyos.

Llegó el tiempo cuando marido y mujer se fueron a Rusia. Hubo problemas con su viaje, pero finalmente llegaron a una tierra extraña donde pasarían diez días buscando a su hija. Se encontraron con oficiales médicos que les sugirieron espantosos informes sobre los problemas de salud y desarrollo de la pequeña. Hubo un momento en el que tuvieron que defenderse del intento de otra familia de coger a su pequeña. Después de días persistiendo y trabajando a través de todo el proceso reglamentario, al final llegaron a un juzgado ruso para defender su idoneidad para tomar a su niña pequeña. Demasiados obstáculos, demasiados gastos, demasiadas dificultades y problemas, ¿qué les movió a través de todo ello? Fue el gran amor por esta niña, a la que ellos habían conocido sólo desde lejos, pero que le habían puesto su nombre y la habían querido, y para quien habían atesorado ricas bendiciones. Finalmente, el amor logró triunfar y con gran gozo esta pequeña vino a casa como su hija, para que le prodigaran su favor y entrara en el gozo de su hogar.

Piensa, entonces, a lo que le llevó al amor de Dios conseguir triunfar en tu adopción. Dios tuvo que hacer frente a una barrera mucho mayor que la distancia o la burocracia: tuvo que hacer frente al obstáculo de tu pecado, contra el cual tuvo que oponer su propia naturaleza santa. Él tenía la oposición del diablo, el cual quería apartarte con él para el infierno. ¡Pero cuánto llegó a hacer Dios para que fueras su bienamado como hijo suyo! Él envió a su Hijo natural y divino al mundo para tomar tus enfermedades, para entrar en la miseria y humillación de este siglo caído, y para vivir la vida que tú deberías haber vivido, santa y sin mancha ante Dios. Habiendo cumplido toda justicia, Él se ofreció a sí mismo por juicio en tu lugar, cargando con tus pecados en la cruz. Pedro escribe: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Este es el precio que el amor de Dios habría de pagar para remover tu pecado y hacerte su hijo: el precio de la preciosa sangre de Jesús, “el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8).
Este es el persistente amor de Dios que cruza los océanos del tiempo, y en una gracia todopoderosa te toma como Su precioso niño e hijo. Ciertamente, como el padre en la parábola de Jesús del hijo pródigo, Él te verá viniendo de lejos, y correrá para encontrarte cuando todavía estés viniendo por el camino, bañándote con besos y lágrimas, cubriendo tus hombros con unos vestidos de justicia, y gritándote “¡Hijo mío, hijo mío!”

“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad…” La respuesta de aquellos que han confiado en Cristo nunca debe ser la de inquietarse, preocupándose si fueron o no predestinados por Dios. En vez de ello, las Escrituras nos enseñan a razonar: “A través de la fe en Jesucristo soy adoptado en la familia amada de Dios mismo por la predestinación amorosa de Dios, según el propósito de su soberana voluntad”. Dándonos cuenta de esta verdad, clamaremos en respuesta llamándolo “Padre”, y ocupando nuestro lugar con gozo como hijos de Dios. Como uno de los compositores de nuestros himnos lo puso por escrito, así también nosotros cantamos:

Tu amor salvador ha triunfado, Señor;
Tu gracia me ha conquistado.
Ahora, perdonado, limpiado, redimido, restaurado,
Alzo mi corazón en alabanza, Señor,
Para ser tu entregado hijo.

 

 

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