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La Deplorable Condición del Hombre y el Poder de Dios Un Resumen Claro del Evangelio

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La Deplorable Condición del Hombre y el Poder de Dios Un Resumen Claro del Evangelio

 

 

PRÓLOGO

¡¿SALVO DE QUÉ?!

Pronunció su respuesta lentamente, pavoneándose, dejando caer todo el peso en la última palabra con firmeza, como si con ello pudiera darle un empujón a su interlocutor. El interlocutor era un cristiano evangélico que estaba compartiendo el evangelio, y el que respondió de aquella manera tan brusca era un pastor de más de 60 años de edad. La primera vez que le oí contar la historia de su roce con el evangelista me quedé un poco sorprendido. Después de todo, él era pastor. Debería saber de qué necesitamos ser salvos, pero no lo sabía. De verdad no lo sabía, pero estaba exultante por haber confrontado tan firmemente a quien pretendía evangelizarlo. ¡Cómo me habría gustado tener una copia de este libro en aquellos momentos!
¿Qué es el Evangelio? ¿Podría usted resumirlo? ¿Se diferencia en algo del Evangelio de los cristianos de hace setenta años? En estos cinco mensajes (predicados en Edimburgo en marzo de 1941), el Dr. David Martyn Lloyd-Jones, célebre pastor de la Capilla de Westminster, en Londres, nos da la respuesta. Admiro la claridad y el poder de su predicación.
Estos mensajes muestran la mente tan poderosamente crítica que le dio Dios al Dr. Lloyd-Jones (o simplemente “el doctor”, como se le conocía de manera cariñosa y respetuosa). Aquí expone la historia de la filosofía, de la psicología y de la política junto con la historia de los tiempos bíblicos y de la iglesia. Piensa de manera clara y sucinta, y esa claridad de pensamiento se traduce bien al papel.
Además, la brevedad de este libro lo hace aun más impactante.
En estos mensajes, el doctor expone las pretensiones de quienes rechazan o intentan modificar el cristianismo bíblico, analizando la segunda mitad de Romanos 1 con gran claridad y con el poder del evangelio.
Con la guerra como telón de fondo, Lloyd-Jones rechaza la lamentable ignorancia de quienes afirman que el hombre es bueno y ven la guerra como una aberración de nuestro estado natural. Según Lloyd-Jones, Romanos 1 contradice esta idea por completo. En “La historia religiosa de la humanidad” el doctor subraya la importancia de nuestro concepto del ser humano y muestra su total desacuerdo con la escuela de la historia de las religiones y con la idea de que el hombre está mejorando. Tras examinar Romanos y la historia de la humanidad, concluye de manera contundente que tenemos un gran problema espiritual.
Su segundo mensaje, “Religión y moralidad”, habla de cómo la moralidad debe ir precedida por la religión y derivarse de ella. Esto contradice la idea moderna de intentar tener moralidad sin religión. Este cambio de orden es un error que tiene graves consecuencias, empezando por la extinción de la propia moralidad que se pretende exaltar. La moralidad no es autónoma. Cuando desaparece el evangelio, las buenas obras no tardan en desaparecer también.
Todo el tercer mensaje trata de la doctrina del pecado, doctrina que Lloyd-Jones identifica como una de las más odiadas y ridiculizadas de todas las doctrinas cristianas. ¿Cuál es nuestro problema más grave? El pecado. El doctor hace un resumen de las teorías de la naturaleza humana, y pone de manifiesto algunas de sus deficiencias. Siguiendo el razonamiento de Pablo, dice que el pecado es deliberado, degradante y detestable. El capítulo 1 de Romanos es tan penetrante hoy como lo era en los años cuarenta.
Al explorar la gravedad de nuestra condición, los tres primeros mensajes nos conducen al abismo y nos llevan al cuarto mensaje, sobre “La Ira de Dios.” Lloyd-Jones describe de manera explícita la ira de Dios contra el pecado. Basándose tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, deja claro que las interpretaciones imbuidas de sentimiento distorsionan el retrato de Dios que encontramos en la Biblia. Sólo podemos entender de verdad el amor de Dios si representamos fielmente su compromiso con la justicia y la santidad.
Estos fueron los cuatro mensajes de Lloyd-Jones. En su momento, dijo que le parecía que hacía falta un quinto que se centrara de manera más positiva en “La Única Solución”, así que, cuando llegó el momento de publicarlos, añadió un capítulo adicional al final. Hay pocos capítulos que resumen mejor el evangelio.
Lo que encontramos en estas cinco exposiciones es el evangelio explicado con gran claridad y esperanza. Estos capítulos siguen siendo actuales a través del tiempo. Hoy mismo los he usado en una conversación con un amigo que no es cristiano, pero que está buscando entender el Cristianismo.
Le recomiendo estos mensajes. Espero que al leerlos se sienta alentado en el evangelio y animado a compartirlo con los demás.

Mark Dever
Capitol Hill Baptist Church
Washington, DC

CAPÍTULO UNO

LA HISTORIA RELIGIOSA DE LA HUMANIDAD

Romanos 1:21

Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.

Todos conocemos el dicho que nos recuerda que a veces, “quien bien te quiere te hará llorar”, y sabemos que es necesario ponerlo en práctica cuando se educa a los niños, o se cuida a un enfermo. En ciertos casos puede que lo mejor para el niño o para el paciente sea causarle un dolor temporal. Se trata de una tarea difícil para el padre o el médico, una tarea ante la que ambos se encogen, y que intentan evitar por todos los medios, pero si de verdad los mueve un interés genuino por la otra persona, no les queda otro remedio.
En mi opinión, ése es el principio que la Iglesia está llamada a aplicar en este tiempo de crisis y calamidad si quiere actuar como la verdadera iglesia de Dios hoy en día. Sin embargo, está claro que ha sido negligente en ese sentido; ha sido tan negligente como los individuos que la componen, puesto que la iglesia somos nosotros mismos, quienes formamos parte de ella, y siempre es más grato proporcionar alivio y consuelo que provocar dolor y reacciones desagradables.
Pero sin duda ha llegado el momento de tratar la situación del mundo actual de una forma radical.
Nada podría resultar tan letal como que se extendiera la idea de que el propósito de la iglesia es calmar y confortar a los hombres y mujeres que se sienten infelices debido a las circunstancias actuales. Digo “el propósito” porque, claro está, todos debemos dar gracias a Dios por el maravilloso consuelo que nos ofrece el evangelio, y que no podemos encontrar en ningún otro sitio. Sin embargo, si damos la impresión de que ésa es la única función de la iglesia, estaremos justificando en parte la crítica que se le hace de que su función principal es proporcionarle una especie de droga al pueblo. En un principio, bajo el impacto inmediato de la guerra, era esencial que fuéramos calmados y consolados, pero si la iglesia no hace nada más, seguro que daremos la impresión de que nuestro cristianismo es débil y vacío. El ministerio de dar consuelo es una parte de la labor de la iglesia, pero si ésta le dedica toda su energía sólo a esa tarea, como hizo en general durante la última guerra, probablemente emerja de los problemas actuales con sus filas aún más diezmadas y contando menos aún en la vida de las personas.
De la misma manera, si se contenta con hacer vagas afirmaciones generales dirigidas a ayudar y alentar el esfuerzo nacional, si sólo intenta añadir un brillo espiritual a los discursos de los líderes seculares del país, aunque bien podría obtener un aplauso y una popularidad momentáneos por parte de las autoridades, al final se verá desacreditada a los ojos de los que tienen algo de entendimiento.
Aparte de todo lo demás, si la iglesia se conforma con una de esas dos actitudes, o con una mezcla de ambas, se coloca a sí misma en una posición negativa: está sólo paliando los síntomas en vez de tratar la enfermedad de forma activa y positiva; está intentando suavizar las dificultades, o, cambiando la metáfora, siendo un simple acompañante en vez del solista; está respondiendo a una afirmación en vez de plantear el desafío y, en consecuencia, está dando la impresión de estar asustada y desorientada. De la misma manera, y aquí me dirijo más específicamente a nosotros, los cristianos evangélicos, no debemos continuar con nuestra vida religiosa y con nuestros métodos como si no sucediera nada a nuestro alrededor, y como si aún viviéramos en los espaciosos días de la paz. Hemos usado ciertos métodos muy agradables que nos han encantado. ¿Qué podría resultarnos más grato que tener nuestra religión y disfrutar de ella de la forma que lo hemos hecho durante tanto tiempo? ¡Qué bueno es sentarse a escuchar! Ha sido un placer para el intelecto y, a veces, una delicia emocional y artística, pero lamentablemente, no ha tenido nada que ver con el mundo en que vivimos. No ha tenido nada que ofrecerles a aquellos que no saben nada de nuestra historia o nuestro estilo de vida, quienes desconocen nuestro lenguaje y hasta nuestras presuposiciones. ¡Qué distante y aislado! ¡Qué alejado de un mundo plagado de problemas en el que se tambalean los cimientos de todo lo que se consideraba valioso!
Tenemos que despertar y darnos cuenta de que aunque nuestro evangelio es eterno e inmutable, también es contemporáneo. Tenemos que confrontar la situación actual y decirle al mundo lo que nadie más puede decirle.
Deberíamos hacerlo por muchas razones. Nos instan a ello la necesidad del mundo, su agonía, su dolor, su enfermedad. Pero aparte de eso, es nuestro deber; es parte de la comisión dada a la iglesia en sus orígenes. La iglesia es deudora en el sentido en el que San Pablo se describe a sí mismo en el versículo catorce de este capítulo. Algunos dirían que si la iglesia falla en estos momentos de crisis, si no se da cuenta de que se está jugando su propia existencia, el resultado principal de la difícil situación en que se encuentra el mundo será el final de la iglesia. Yo difiero totalmente de esa proposición. La iglesia seguirá adelante porque es la iglesia de Dios y Él la sostendrá hasta que complete su obra. Pero si fallamos, puede que se debilite en números y en fuerza más de lo que se haya visto desde hace siglos. Y, por encima de todo, habremos traicionado la causa.
Tenemos que encarar la situación actual tal y como es, pero la manera en que lo hagamos es de vital importancia. Por eso digo que debemos estar dispuestos a “hacer llorar a los que queremos bien”.
Si de verdad queremos ayudar a los demás y transmitir el mensaje de redención, primero tenemos que hurgar en la herida y sacar los problemas a la luz, pero no podemos hacerlo sin causar dolor y, quizás, sin ofender. Esto, a su vez, nos hará perder la popularidad y el favor de que gozamos cuando lo único que hacemos es aliviar al mundo, o ignorarlo, mientras disfrutamos de nuestra propia religión. Repito que el no haber tratado la situación, en general, de manera vital y realista durante la última guerra es uno de los capítulos más tristes de la historia de la iglesia cristiana.
Esto no debe volver a pasar, cueste lo que cueste. La última guerra se consideró como una especie de interludio en el drama de la vida, y la humanidad, sin darse cuenta de que era parte esencial e inevitable del drama mismo, simplemente esperaba que terminara para volver a la vida que tan abruptamente había dejado en agosto de 1914. En aquellos momentos no se enfrentó al verdadero problema, pero teniendo en cuenta la situación actual y la historia de los últimos veinte años, es necesario que lo hagamos ahora. Nuestra actitud no puede ser la de esperar a que acabe la guerra para que podamos retomar nuestras actividades normales. Debemos ser más activos que nunca, especialmente en nuestra manera de pensar.
La cuestión central es ésta: ¿Por qué se encuentra el mundo en la situación actual? Debemos buscar la respuesta a esta pregunta prestando especial atención a las enseñanzas sobre la vida que han sido más populares en los últimos cien años. El hecho de que las cosas estén como están ya es bastante grave, pero cuando además las contrastamos con las imágenes optimistas y brillantes de la vida que nos han mostrado con tanta frecuencia, el problema se acentúa. La guerra de 1914–18, como se ha dicho, se ha visto como una pausa extraña e inexplicable en la marcha hacia adelante del progreso humano. El progreso debería continuar después de la guerra. Sin embargo, ¡aquí estamos, en las circunstancias actuales! ¿Cómo se explica todo esto? ¿Cuál es la causa de los problemas que tenemos?
A estas alturas, debería ser obvio que esa manera de ver la vida estaba totalmente equivocada. ¿Pero lo es? ¿Es tan obvio para todos los que nos consideramos cristianos? ¿Durante años no nos hemos gozado muchos de nosotros en lo que nos parecía el inevitable progreso del mundo? ¿No hemos sentido en nuestro interior que, a pesar de que el número de miembros de las iglesias, así como el número de asistentes, fuera cada vez menor, y a pesar del evidente deterioro del ambiente social general, el mundo era un lugar mejor? Mientras que el mundo iba dejándose llevar paulatina pero inexorablemente a su situación actual, la voz de la mayoría, lejos de dar señales de alarma, se alegraba de los maravillosos logros del hombre y del inicio de una gran nueva era en la historia de la humanidad.
Sólo puede haber una explicación para todo esto: esa manera de entender la vida tiene que ser trágicamente incorrecta en su esencia.
Para exponer dicha falacia y revelar la verdad, quiero que dirijan su atención a la segunda mitad del primer capítulo de la Epístola a los Romanos. No conozco ningún pasaje de las Escrituras que describa de manera tan exacta el mundo de hoy y la causa de los problemas. De hecho, no hay nada en la literatura contemporánea que describa el escenario actual de manera tan perfecta. Es un pasaje terrible. Melanchton describió el versículo 18 como “un exordio tan terrible como el rayo”. Y al igual que el rayo, no sólo aterroriza, sino que además ilumina. Estoy deseando estudiarlo con ustedes ya que revela algunas de las falacias más comunes que han llevado a la humanidad a la falsa concepción de la vida que la ha mantenido engañada durante tanto tiempo.
La primera cuestión a considerar es la concepción del hombre mismo, especialmente en su relación con Dios.
No es necesario indicar que este asunto es de gran importancia. Como es lógico, nuestra manera de abordar el tema del hombre y sus problemas dependerá de cómo entendamos al hombre. Puede que la contradicción entre la visión bíblica y la visión popular de los últimos años sea más evidente aquí que en ningún otro sitio. La segunda mitad del siglo pasado se recordará siempre como un periodo de intensa actividad intelectual y de investigación científica. Quizás aún no seamos plenamente conscientes de todos los cambios que se produjeron como resultado de ese esfuerzo, pero seguro que no hubo cambio más notable como consecuencia de todo esto que la manera de entender al hombre. En este momento no nos interesa, ni tenemos tiempo de estudiar en profundidad, la cuestión general de la nueva concepción que se puso de moda sobre el origen y el desarrollo del hombre. Lo que nos interesa es la nueva manera de entender la relación del hombre con Dios. Al mismo tiempo, cabe destacar que en ambas cuestiones imperaba el mismo principio: el del crecimiento y el desarrollo.
Este principio subyace en todos los conceptos de la vida y del hombre que cobraron fuerza durante ese periodo. En el ámbito de la religión esta tendencia dio lugar a una nueva ciencia, o lo que vino a llamarse ciencia: la religión comparada, que surgió en parte como resultado de los movimientos colonizadores del siglo anterior y en parte como resultado de los hechos que salieron a la luz gracias al trabajo de las distintas sociedades misioneras. En cualquier lugar al que fuesen, los misioneros descubrían que los nativos y los salvajes tenían todos alguna forma de religión. Poco a poco empezaron a fijarse en esas religiones y a interesarse por ver la correlación entre el tipo de religión que encontraban y el tipo de personas entre las que la encontraban. Con el tiempo, basándose en todo esto, se formuló una teoría que venía a decir que en la historia del ser humano se podía encontrar una evolución evidente en cuanto a la religión. Los pasos y las etapas se podían distinguir claramente a medida que se pasaba de la forma más primitiva a la más desarrollada.
No podemos entrar en detalles, pero según los que pertenecían a esta escuela, el hombre en su forma más primitiva era animista, es decir, creía en un espíritu indefinido que residía en los árboles, en las piedras y en otros objetos. Después vino una especie de magia, luego el culto a los antepasados y el totemismo, el culto a los espíritus, el fetichismo, etc., hasta llegar a una etapa que podríamos describir como politeísmo, que es la situación en que se encontraban Grecia y Roma en la época de nuestro Señor. Finalmente, de eso se pasó al monoteísmo, a creer en un solo Dios. Con esto se pretendía demostrar que existe una ley innata en el hombre que le hace buscar a Dios. Según decían, está presente en la forma humana más primitiva e ignorante, y a medida que el hombre crece, se desarrolla y progresa, la idea va purificándose y haciéndose más noble hasta llegar a la creencia de los judíos en un Dios santo y justo. Los que defendían este punto de vista argumentaban que lo que ellos podían elaborar como teoría según los datos que habían observado se confirmaba también con lo que encontraban en el Nuevo Testamento. Decían que en la Biblia se puede ver un desarrollo paulatino de la idea de Dios que tenían los Hijos de Israel. Lo que importa aquí es que esta teoría presupone que el hombre, por naturaleza, es una criatura que está siempre buscando y anhelando conocer a Dios y tener comunión con Él, y que Cristo es el hombre que ha ido más lejos y ha llegado más alto en el esfuerzo. Para algunos, por supuesto, esta teoría servía para demostrar que Dios no existe, y que el desarrollo que se observa no es más que un refinamiento y una mejora gradual, y un intento de proporcionar respetabilidad intelectual a lo que originalmente fue un mito surgido como resultado del miedo a la vida.
Así que ésa es la teoría dominante. ¿Qué respuesta le damos?
Me gustaría dirigir su atención a este pasaje de Romanos 1 para que veamos lo falsa que es esta teoría. Para organizar el tema, podemos dividirlo en los siguientes apartados:
1) Es una visión contraria a la historia bíblica. San Pablo les recuerda a los romanos, y por tanto a nosotros, que los hechos la refutan. Su propósito es mostrar que todo el mundo es culpable ante Dios, y lo hace señalando que nadie tiene excusa. Para ello explica que al principio Dios, habiendo hecho al hombre, se le reveló. No sólo reveló su eterno poder y su Deidad en la naturaleza y en la creación, de las cuales todos los hombres deberían deducir su existencia, sino que introdujo en el hombre, en su misma esencia, un conocimiento, un indicio y un sentido de Dios que deberían conducir a los hombres a Dios. El hombre, dice San Pablo, empezó con el conocimiento de Dios, y si ahora le falta es porque lo ha suprimido deliberadamente y lo ha perdido. La historia del hombre con respecto a Dios, según el apóstol, no es una historia de desarrollo y avance gradual, sino más bien de declive y caída, es decir, de retroceso.
Por supuesto, una correcta interpretación del Antiguo Testamento nos muestra que esto es así. Al principio, el hombre tiene comunión con Dios y está en un estado de felicidad, pero esa comunión se rompe como consecuencia de sus propias acciones, de su propio pecado, y así empiezan los problemas del hombre. El conocimiento de Dios se mantuvo durante un tiempo, pero, tal y como vemos en la Biblia, se fue volviendo cada vez más débil. Y a medida que disminuye el conocimiento de Dios, la vida se deteriora. Me gustaría recordarles que incluso Abraham creció en un estado de idolatría. Incluso el linaje especial de Sem se había deteriorado y se había apartado del verdadero conocimiento de Dios. Pero entonces Dios toma a Abraham y se le revela de una manera especial. Esta revelación se les transmite a Isaac y a Jacob y a los Hijos de Israel. ¿Pero qué pasa con ellos? Sólo hay que leer la historia para darse cuenta de que tienen exactamente la misma tendencia que las otras ramas de la raza humana. Lo que encontramos en ellos no es el deseo de aprovechar su posición única y su conocimiento, o el deseo de profundizar en el misterio, sino la tendencia a volver al culto a los ídolos y al politeísmo e incluso a formas más bajas. De hecho, la historia del Antiguo Testamento se puede resumir como la historia de Dios intentando preservar el conocimiento de sí mismo a través de sus siervos en medio de un pueblo recalcitrante que siempre tendía a recaer en formas más bajas de religión. Eso no es desarrollo sino retroceso.
Lo que quiero destacar es que, si eso es lo que pasaba con este pueblo especial al que Dios estaba siempre ofreciéndole revelaciones y manifestaciones precisas y únicas de sí mismo, es totalmente ridículo pensar que el resto de la humanidad estaba constantemente esforzándose por alcanzar un conocimiento cada vez más completo de Dios. Los israelitas no llegaron a creer en un sólo Dios como resultado de su propio empeño y esfuerzo. Dios se les reveló de una manera especial. Ellos no buscaban a Dios, sino que se alejaban de él una y otra vez. Dios, en cambio, los buscó y siguió guiándolos a pesar de su rebeldía. Así pues, la historia bíblica muestra claramente que la humanidad, que comenzó teniendo conocimiento de Dios y disfrutando de una vida que se correspondía con dicho conocimiento, se apartó de ese conocimiento, tendiendo a alejarse cada vez más de Dios. El hombre no avanzó desde el animismo, el fetichismo, etc. hasta el monoteísmo, sino que se degeneró en la dirección opuesta.
2) Pero esta teoría tampoco se corresponde con la historia del hombre posterior a la Biblia. En la historia de la iglesia encontramos una extraña periodicidad que es muy característica. En ella se alternan constantemente periodos de progreso y de declive, de avivamiento espiritual y de apatía espiritual. Sin profundizar más en el tema, esto se ve muy claramente en la historia de la iglesia en nuestro propio país. Si la doctrina del progreso y el desarrollo fuera cierta, sería de esperar que cada avivamiento produjera inevitablemente un mayor progreso; que los hombres, habiendo sentido el estímulo y el ímpetu de un tiempo de gran bendición, redoblaran sus esfuerzos y continuaran creciendo y desarrollándose con una intensidad cada vez mayor. Pero no es así. El fervor de la Reforma Protestante empezó pronto a pasar y a declinar. Entonces llegó el periodo puritano, cuando se puede decir que la gente de este país era realmente devota y fervorosa. Éste fue uno de los periodos más nobles de nuestra historia, pero pronto le dio paso a la era de la Restauración, con todo su pecado y su vergüenza. ¿Quién podría creer que la Inglaterra de la primera parte del siglo XVIII, como se describe, por ejemplo, en el libro Inglaterra Antes y Después de Wesley, es el mismo país que la Inglaterra de los puritanos? Y ha seguido la misma trayectoria desde entonces, no sólo en el país en general, sino también en zonas concretas, en lugares de culto concretos, en familias concretas e incluso en individuos concretos. Comparen cómo es el país hoy, y cómo ha sido durante los últimos veinte años, con la Inglaterra de mitad de la época victoriana.
3) Alguien podría preguntar: ¿Y qué pasa con la evidencia de la religión comparada de la que ha hablado antes? Pues me alegra que me pregunten porque aquí, como en tantos otros ámbitos, se está descubriendo que cuanto más minuciosa es la investigación, más confirma la enseñanza bíblica. El final de la era victoriana se caracterizó por la manera en que las teorías eran elevadas a la categoría de hechos, y se hacían amplias generalizaciones basadas en pruebas insuficientes sin más confirmación ni apoyo. Claro, la tragedia es que, una vez que estas ideas empiezan a circular, se tarda mucho tiempo en deshacer sus terribles efectos e influencia.
Muchas veces el hombre común—y a veces también el erudito—lleva muchos años de retraso con respecto a los descubrimientos más recientes. Porque la verdad es que, en el campo de la religión comparada, las pruebas más recientes apoyan lo que dice la Biblia, y esto lo reconocen cada vez más eruditos de reconocido prestigio. Consideren, por ejemplo, estos dos pasajes de un artículo sobre Religión Comparada publicado en el Expository Times en noviembre de 1936:

“La primera conclusión a la que llegamos a través del estudio de la mayoría de las religiones primitivas es que todas comparten la creencia clara, vívida y directa en un Ser Supremo. Esta creencia ocupa un lugar predominante entre todos los pueblos primitivos. Debe haber estado profundamente arraigada en la más antigua de las culturas humanas desde el origen de los tiempos, antes de que la humanidad empezara a dividirse en grupos. (…) Aunque nuestro estudio de los pueblos más primitivos haya sido breve, los resultados parecen justificar nuestra convicción de que la religión comenzó con la creencia en un Dios Supremo”.

De la misma manera, el profesor C. H. Dodd, en su comentario de la Epístola a los Romanos, dice:

“Los estudiosos de la religión comparada no se ponen de acuerdo en si el politeísmo idólatra es, de hecho, resultado de la degeneración de algún tipo de monoteísmo, pero por lo menos existe una cantidad sorprendente de evidencia de que entre muchos pueblos, no sólo en las civilizaciones de India y China, que eran más avanzadas, sino también entre los bárbaros de África Central y Australia, subsiste la creencia en algún tipo de Espíritu Creador junto con la superstición del culto a dioses o a demonios, y muchas veces con la impresión, más o menos oscura, de que esta creencia pertenece a un orden superior o más antiguo” (p.26, refiriéndose a evidencia presentada en Soderblom, Das Werden des Gottesglaybens).

Y también tenemos la impresionante obra del Padre W. Schmidt (uno de cuyos libros ha sido traducido al inglés con el título The Origin of Religion) que nos ofrece pruebas contundentes en este mismo sentido. En otras palabras, los resultados de una investigación científica minuciosa entre las razas y tribus más simples y primitivas del mundo apoyan esta idea. Lo único que puede explicar que estos pueblos creyeran en un Dios Supremo es lo que dice la Biblia. Por mucho que se haya apartado, y por muy bajo que haya caído, todavía existe el recuerdo y la tradición de lo que la humanidad sabía al principio.
4) Pero, dejando a un lado la evidencia que he presentado, voy a mostrarles que esta teoría es obviamente falsa aunque sea sólo desde el punto de vista de nuestro conocimiento de la naturaleza del hombre. La idea de que el hombre está por naturaleza imbuido de este anhelo, de esta sed de conocer a Dios, parece monstruosa cuando miramos al hombre moderno. Según esta teoría, nosotros, viviendo como vivimos en la actualidad, con todas las ventajas de que disponemos en cuanto al aprendizaje y al entendimiento, y contando con el resultado de la evidencia de todos los que han vivido antes que nosotros, deberíamos estar en el escalón más alto. Nuestro conocimiento de Dios debería ser mayor, y nuestro deseo de saber más debería ser mayor todavía. Si lo pensamos, dan ganas de reírse por no llorar. Es muy fácil sentarse en un estudio y desarrollar una teoría colocando las pruebas una por una sobre el papel. Todas parecen encajar perfectamente, y si no lo hacen, el creador de la teoría tiene la libertad de manipularlas y cambiar su distribución.
De esta manera, los académicos han teorizado sobre las tribus primitivas y los salvajes desde la distancia. Si hubieran salido a la calle, o entrado en los clubes del West End, o en los tugurios del East End, se habrían percatado en seguida de que su hipótesis central era completamente falsa. Lo que sigue siendo cierto es que “el hombre …es lo que debe estudiar la humanidad”. Lo que es cierto con respecto a un individuo, lo es con respecto a los demás. Lo que es cierto sobre cada uno de nosotros es cierto sobre todos. Y el hecho es que dentro de nosotros mismos está la prueba final que demuestra que lo que dice San Pablo es verdad: en el hombre existe este antagonismo contra Dios, “por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios” (Rom. 8:7).
El hombre, por naturaleza, siempre quiere escaparse de Dios y alejarse de él, y San Pablo nos dice precisa y exactamente por qué existe esta tendencia, y cómo se manifiesta.
En primer lugar, se debe a la rebeldía inherente a la naturaleza humana: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios”. A los hombres les molesta la idea misma de Dios porque sienten que implica que su libertad se ve coartada de alguna manera. Se ven aptos para ser “dueños de su destino y capitanes de su alma”, y por tanto, exigen el derecho de hacer lo que quieran y vivir como les parezca. Rehúsan adorar y glorificar a Dios. Reniegan de él, le vuelven la espalda y afirman que no lo necesitan. Renuncian a su modo de vida y se sacan de encima lo que consideran la servidumbre, la esclavitud de la religión y una vida controlada por Dios. Eso es lo que ha hecho que el hombre se aparte siempre de Dios. Confunden el libertinaje y la permisividad con la libertad; se rebelan contra Dios y rehúsan glorificarlo.
Pero segundo, el hombre es desagradecido por naturaleza. Las palabras de San Pablo, “Ni le dieron las gracias”, no se pueden explicar de otra manera. Si Dios sólo nos diera leyes, se podría entender, hasta cierto punto, la rebeldía del hombre, pero de Él recibimos “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Santiago 1:17). Él es la fuente y el origen de toda bendición, y aun así, el hombre lo rechaza. Al principio del todo, y aunque Dios le había proporcionado las condiciones perfectas en el Paraíso, donde tenía todo lo que pudiera desear, el hombre se creyó la insinuación de Satanás contra el carácter de Dios y se olvidó de toda su bondad. Y así ha sido desde entonces, como podemos observar en la historia de los Hijos de Israel. A pesar de toda la paciencia y bondad que les demostró Dios, ellos le volvieron la espalda constantemente. No hay nada tan terrible en la historia de Israel como su vulgar ingratitud, y la mayor demostración de la ingratitud no sólo de los israelitas, sino de la humanidad en general, fue el rechazo a Jesucristo, el Hijo de Dios. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”. Sí, lo entregó a la muerte cruel en el monte Calvario para que el hombre pudiera ser absuelto y perdonado. Pero ¿qué hacen los hombres, en general, para agradecerle lo que hizo por ellos? ¿Le demuestran su agradecimiento rindiéndose a Él e intentando llevar una vida que honre y glorifique su nombre? No hay nada que la humanidad odie más que el regalo supremo del amor y la misericordia de Dios. “El tropiezo de la cruz” (Gál. 5:11) sigue siendo la mayor ofensa del evangelio cristiano. “Ni le dieron las gracias”. Si el hombre se opone a la ley de Dios, se opone aun más al hecho de que su salvación dependa única y exclusivamente de la gracia y la misericordia de Dios.
La razón es, por supuesto, la que San Pablo expresa en el tercer paso de esta historia, que describe la caída de la humanidad y su alejamiento del conocimiento de Dios: la soberbia de los hombres. “Se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.” En otras palabras, el paso final es rechazar la revelación de Dios y sustituirla por sus propias ideas. Rechazan el conocimiento de Dios que se les ofrece, rechazan las maravillosas obras de Dios, pero, sintiendo la necesidad de una religión, proceden a crearse su propio dios, o sus propios dioses, y luego los adoran y los sirven. El hombre cree en su propia mente y su propio entendimiento, y el mayor insulto que puede recibir es que le digan, como le dice Cristo, que tiene que volverse como un niño pequeño y nacer de nuevo.
Ésos son los pasos. Los estudiaremos con más detalle en mensajes posteriores, pero éste es el panorama general. El hombre se rebela contra Dios – contra cómo es y cómo se revela–, llegando incluso a odiarlo por su bondad y terminando por crearse sus propios dioses. Esto no fue sólo la historia de la humanidad en su comienzo, sino que es también una descripción exacta y precisa de los últimos cien años y, en particular, de los últimos cuarenta. Cualquier cosa que propongamos hacer con nuestro mundo, cualesquiera que sean los planes o las ideas que tengamos con respecto al futuro, todo será en vano si ignoramos este hecho básico. Ser blandos y dejarse enredar en vagas generalizaciones sobre el hombre y su desarrollo, etc., e invitarlo a seguir a Cristo en su situación actual no es suficiente. Hay que convencerlo de su pecado. El hombre tiene que enfrentarse a la terrible y desnuda verdad sobre sí mismo y su actitud con respecto a Dios. No podrá creer en el evangelio y volver a Dios mientras no acepte esa verdad.
Ésa es la tarea de la iglesia; ésa es nuestra tarea. Comencemos por examinarnos a nosotros mismos. ¿Aceptamos la revelación de Dios que se nos da en la Biblia, o basamos nuestras opiniones en alguna filosofía humana? ¿Nos da miedo que nos digan que estamos anticuados o pasados de moda porque creemos en la Biblia? O lo que es más, ¿es Dios supremo y central en nuestra vida, lo glorificamos de verdad y demostramos a los demás nuestro constante esfuerzo por agradarlo? Por último, ¿lo hacemos voluntaria y alegremente, no como alguien que obedece una ley, sino como hombres y mujeres que, al ver al Hijo de Dios morir en la cruz del Calvario por nuestros pecados, estamos tan llenos de gratitud que podemos decir con gozo:

“Amor tan grande, sin igual,
En cambio exige todo el ser”?

CAPÍTULO 2

LA RELIGIÓN Y LA MORAL

Romanos 1:18

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres…

Me gustaría que se fijaran bien en estas dos palabras: “impiedad” e “injusticia”, y más concretamente, se fijaran en el orden en que aparecen en el texto y en la relación que existe entre ellas. Empleando términos más modernos, estas dos palabras y el orden en que aparecen en el texto nos invitan a pensar en la relación entre la religión y la moral. Éste es un tema que también ha acaparado mucha atención en los últimos cien años. Esta gran falacia con respecto a la vida es, en gran medida, otra de las causas de que el mundo se encuentre en la situación actual. Tal y como vimos en el caso de la religión comparada y el concepto del hombre sobre Dios, aquí también observamos que en los últimos cien años la situación se ha revertido con respecto a lo que se pensaba anteriormente. Es asombroso ver cómo esta segunda mitad de la Epístola a las Romanos resume a la perfección la situación del mundo de hoy. Si hubiera sido escrita expresamente para el presente, no podría haber sido más perfecta ni completa. La carta contempla una por una las principales líneas de pensamiento y razonamiento de la mayoría de las personas y las desarrolla minuciosamente hasta sus últimas consecuencias.
Para poder entender bien la situación debemos darnos cuenta de que el hombre es enemigo de Dios por naturaleza y de que hace todo lo posible por librarse de Él y de lo que considera la carga de la religión. El hombre se rebela contra Dios y contra el tipo de vida que Dios ordena, y al hacerlo se crea nuevos dioses y nuevas religiones y elabora una nueva manera de vivir y de salvarse.
Aquí, en el asunto que pretendemos estudiar juntos, encontramos un ejemplo perfecto de esta tendencia.
Hasta hace unos cien años, se podía decir sin faltar a la verdad que para la gran mayoría de las personas de este país primero venía la religión y después la moral y la ética. En otras palabras, su manera de entender en qué consistía una vida recta se basaba en la religión y en su comprensión de la Biblia. “El temor de Dios” era el motivo subyacente; era, en el lenguaje del Antiguo Testamento, el principio de la sabiduría. Por supuesto, esto se debía a que, gracias a los diversos movimientos y avivamientos religiosos, la gente había llegado a comprender la pecaminosidad y la depravación de sus vidas. Al volverse religiosos, habían entendido la importancia de vivir de forma recta. Ésa era la mentalidad de aquel tiempo.
Pero entonces llegó el gran cambio. Al principio no fue un rechazo abierto a Dios, sino un giro en el énfasis que se le daba a estos dos asuntos. El interés fue concentrándose cada vez más en la ética, enfatizándose la moral a expensas de la religión. No se negaba a Dios, pero se le tenía cada vez más como simple telón de fondo de la vida. Todo esto se hacía bajo el pretexto de que hasta entonces se le había dado demasiada importancia al aspecto personal y experimental de la religión y que los aspectos ético y social no se habían enfatizado lo suficiente, pero se siguió por esa línea hasta el punto de afirmar bastante abierta y descaradamente que lo único que importaba era la moral y la conducta. La religión se dejó de lado, llegándose a declarar sin ningún rubor que lo importante era vivir una vida recta y dar lo mejor de uno. Cualquier cosa que insistiera en la intervención milagrosa de Dios en la vida del hombre, especialmente en su salvación, era cuestionada, y luego negada; todo lo que enfatizara la relación vital entre Dios y el hombre era minimizado hasta casi dejar de existir.
Los credos y las confesiones de fe, los sacramentos e incluso la asistencia a un lugar de culto se consideraban medios que habían servido un propósito en el pasado, cuando los hombres eran ignorantes y tenían que ser más o menos obligados a vivir una vida recta por miedo, pero ahora ya no hacían falta. Jesús de Nazaret, lejos de ser el Hijo único de Dios que había venido a la tierra para preparar una manera milagrosa de salvar a los hombres, no era más que el más importante maestro y ejemplo de todos los tiempos. Era simplemente más importante que los demás, pero no era diferente a ellos.
La religión dejó de ser la base de una vida recta, y su lugar lo ocuparon los estudios y la creencia en que las obras destinadas a mejorar las condiciones sociales sólo pueden tener efectos positivos. Con cierto aire de condescendencia nos dijeron que la magia, los ritos y los tabúes de la religión habían sido más o menos necesarios en el pasado, pero que ahora el hombre, en su condición moderna, inteligente e intelectual, no necesitaba tales cosas. De hecho, se habían vuelto ofensivas. Lo único necesario era mostrarle al hombre lo que era bueno y darle instrucciones al respecto.
¿No es eso lo que se ha enseñado comúnmente? Lo importante ha sido vivir una vida recta, ser morales. La mayor parte de la gente ya no acude a un lugar de culto y, por desgracia, muchos de los que asisten no lo hacen porque crean que es esencial y vital, sino por costumbre o porque de alguna manera les parece que es lo correcto. La religión, lejos de ser el impulso primario y la fuente de todas las ideas sobre la vida y sobre cómo deberíamos vivirla, se ha convertido en un mero apéndice incluso en el caso de muchos de los que todavía cumplen con ella. La justicia, o la moral, ha sido colocada en primer lugar, y no se sabe nada de la piedad. Al igual que los fariseos de antaño, ha habido muchos entre nosotros que se han escandalizado por la injusticia de ciertas acciones, pero no han comprendido que su propia justicia denotaba una falta de piedad mucho más reprensible ante Dios. Se ha revertido el orden: la moral se ha antepuesto a la religión, y la injusticia se considera un crimen más atroz que la impiedad.
Pues bien, ahora debemos plantearnos la pregunta crucial: ¿Cuál ha sido el resultado de todo esto? ¿Qué consecuencias ha tenido? La respuesta la encontramos en el estado del mundo en la actualidad. Nos dijeron que se podía entrenar al hombre para que no pecara. Se le podría enseñar a ver que la guerra es una locura, pero aquí estamos, en plena guerra. Y ya antes de la guerra, y aparte de ella, esta enseñanza había llevado a casi todos los países, incluido éste, al terrible lío moral que caracterizaba la vida de la gente. El término ‘moral’ mismo ha perdido casi por completo su significado, y los pecados del pasado se han convertido en la moda del presente. No se puede negar que, tanto moral como intelectualmente, la sociedad en general ha caído a los niveles más bajos de los últimos doscientos años, los más bajos, de hecho, desde el avivamiento evangélico del siglo diecinueve.
Quiero dejar claro que, según la Biblia, se trata de algo inevitable, tan claro como que tras el día viene la noche. Cuando el orden de la religión y la moral se revierten con respecto a lo que encontramos en el texto que nos ocupa, la consecuencia es, inevitablemente, lo que Pablo nos presenta de manera tan clara y tan terrible en el resto del capítulo. La religión debe preceder a la moral si queremos que ésta sobreviva. La piedad es imprescindible para la ética. Sólo podremos alcanzar una sociedad recta si la construimos sobre la fe en Dios y el deseo de glorificarlo, habiendo comprendido nuestra total dependencia de Dios y aceptado su manera de vivir y la salvación en Jesucristo, su Hijo.
Ésta no es una simple afirmación dogmática, sino que se ha demostrado repetidamente a lo largo de la historia. Como nos recuerda San Pablo, básicamente, en esto consiste la historia de la humanidad. Ése fue el caso de los Hijos de Israel en el Antiguo Testamento, y podemos verlo también en la historia de Grecia y de Roma. Ambos pueblos tenían ideas morales elevadas y sistemas éticos y conceptos de la ley y la justicia refinados, pero su caída se debió, en última instancia, a la degeneración moral. Lo mismo puede decirse de este país. La religión y el avivamiento espiritual siempre nos han llevado al despertar moral e intelectual y al deseo de producir una sociedad mejor, mientras que a la inversa, la impiedad siempre ha conducido a la injusticia. La disminución en el celo y el fervor espirituales, incluso si éstos se transfieren a un deseo de mejorar el estado de la sociedad, siempre ha desembocado en un declive tanto moral como intelectual.
Los grandes periodos de la historia de este país en todos los ámbitos son las épocas isabelina, puritana y victoriana. Cada una de ellas vino tras un avivamiento religioso sorprendente, pero los hombres dejaron que la religión pasara a segundo plano, llegando incluso a olvidarse de ella; pensaron que podían vivir según la moral nada más y, en consecuencia, la degeneración aumentó rápidamente. Emil Brunner afirma que este proceso es tan definido que se puede considerar como una ley de vida que consta de varios pasos y etapas. En sus propias palabras:

“El sentimiento por lo personal y lo humano que es fruto de la fe puede sobrevivir la muerte de las raíces desde las que ha crecido durante algún tiempo, pero no puede durar mucho. Por regla general, la decadencia de la religión se convierte en rigidez moral en la segunda generación, y en la desaparición de toda moral en la tercera generación. La humanidad sin religión no ha sido nunca una fuerza histórica capaz de resistir. Incluso hoy en día, cuando la separación de la fe cristiana se prolonga en el tiempo, la consecuencia es la deshumanización de toda condición humana. ‘El vino de la vida se ha servido’ y sólo quedan los posos.”

Éste es, por tanto, un principio fundamental que debemos entender bien antes de poder empezar a organizar un nuevo estado de sociedad y un nuevo mundo. La religión, la verdadera fe en Dios a través de Jesucristo, es fundamental, vital, esencial. Cualquier intento de organizar la sociedad sin esa base está condenado al fracaso, tal y como lo ha estado en el pasado. Como acabamos de ver, la historia lo demuestra de manera pragmática, ofreciéndonos pruebas abundantes, pero podemos ir más allá del pragmatismo. Un estudio de la Biblia, o más concretamente, un estudio del hombre a la luz de la Biblia, nos presenta múltiples razones de por qué, si confiamos en la moral sin la religión, o si anteponemos la primera a la segunda, estamos abocados al desastre. Veamos algunas de estas razones.
1) Antes que nada, anteponer la moral a la religión es insultar a Dios. Éste debe ser nuestro punto de partida porque de aquí se deriva todo lo que sigue. No obstante, incluso si dejamos a un lado esta razón, debemos empezar por aquí porque es algo absoluto, y esta distinción es muy importante. Antes de empezar a pensar en nosotros y en cómo nos afecta a nosotros, antes de empezar a pensar en el bien de la sociedad o en cualquier otra cosa, debemos empezar con Dios, adorando a Dios. Si defendemos la piedad sólo porque conduce a la verdadera moral, si recomendamos la religión porque conduce al mejor estado posible de la sociedad, entonces estamos revirtiendo el orden de nuevo e insultando a Dios.
A Dios no se le puede considerar un medio para conseguir un fin, y la razón principal para defender la religión no debe ser los beneficios que puedan derivarse de ella. Con todo, se escuchan bastantes comentarios que sugieren que la religión y la Biblia sólo tienen valor en relación con la grandeza de Inglaterra, y por eso las demás naciones nos acusan de hipócritas con tanta frecuencia. Tendemos a creer, y puede que con razón, que en el pasado hemos sido bendecidos porque hemos sido religiosos, pero cuando nos aprovechamos de ese hecho y utilizamos la religión para recibir bendiciones, insultamos a Dios. Cuanto más religiosa sea la nación, más moral, segura y sólida será.
Llevados por este pensamiento, los estadistas y líderes caen en la tentación de defender la religión de boca para afuera y de creer que debe mantenerse en términos generales, pero eso es lo contrario de lo que yo quiero enfatizar, y de lo que enfatiza la Biblia. Debemos adorar a Dios porque es Dios, porque es el Creador, porque es el Todopoderoso, porque es el “Altísimo, el que vive eternamente”, porque Su nombre es Santo, y en Su presencia es imposible pensar en ninguna otra cosa. Todos los pensamientos sobre uno mismo o sobre los beneficios que se podrían obtener, todas las ideas respecto a los posibles resultados y ventajas para nosotros, o para nuestra clase o nuestro país, se desvanecen. Él es Supremo y Único. Anteponer cualquier cosa, por noble y elevada que sea, a Dios es negarlo. Los resultados y las bendiciones de la salvación, la vida moral y el estado mejorado de la sociedad se derivan de la verdadera fe y no deben usurpar el primer lugar en ningún caso. Como he dicho, si adoramos a Dios de verdad y experimentamos su presencia, eso no puede pasar.
Éste es uno de los peligros más sutiles a que nos enfrentamos cuando intentamos planear un nuevo estado de sociedad para el futuro. Es un peligro que puede verse en los escritos de algunos autores actuales a quienes les preocupa el estado de este país. Me refiero en particular a hombres como T. S. Eliot y Middleton Murray, que defienden una sociedad religiosa y una educación cristiana, o lo que ellos entienden por tales cosas, sólo porque se dan cuenta de que todo lo demás ha fracasado y piensan que es más probable que esto tenga éxito. Sin embargo, no entienden que lo primero que se necesita para poder tener una sociedad cristiana y una educación cristiana son cristianos.
No hay ningún sistema educativo, ni cultura, ni formación capaz de producir ni cristianos ni una moral cristiana. Para conseguir esto debemos estar cara a cara con Dios y ver nuestro pecado y nuestra absoluta impotencia; necesitamos conocer la ira de Dios, arrepentirnos ante Él y recibir por gracia el regalo de la salvación en Jesucristo, su Hijo. Pero eso no se menciona. Los hombres desean los beneficios del cristianismo, pero no quieren pagar el precio. Tenemos que recordarles que “Dios no puede ser burlado” y que incluso en nombre de la civilización cristiana se le insulta con frecuencia. Pase lo que pase, a Dios se le debe adorar por Él mismo, porque es Dios. Él lo exige y así tiene que ser.
2) En segundo lugar, me gustaría señalar que anteponer la moral a la religión es, además, insultar al hombre. Es de destacar que cuando el hombre se propone exaltarse a sí mismo, siempre acaba rebajándose e insultándose. Espero tratar este punto con más detalle más adelante, pero me parece importante enfatizar el principio ahora. El versículo 22 lo resume a la perfección: “profesando ser sabios, se hicieron necios.” El hombre siempre siente que Dios lo encadena, que no le permite desarrollar libremente sus maravillosos poderes y capacidades. Se rebela contra Dios en un esfuerzo por expresarse a sí mismo; se rebela en nombre de la libertad, pensando que puede hacer de sí mismo una persona más grande y más noble. Como hemos visto, en eso ha consistido la revolución de los últimos cien años contra la religión revelada. ¡Ah! ¡Hemos oído tantas cosas sobre la emancipación del hombre! Se llegó a pensar que el hombre moral es mucho más noble que el hombre religioso, y por eso se antepuso la moral a la religión. ¿Pero cuáles son los hechos? Permítanme citarlos en orden para demostrar que la antigua regla sigue siendo válida, y que al intentar elevarse, el hombre sólo ha conseguido insultarse a sí mismo.
En primer lugar, la moral está más interesada en las acciones del hombre que en el propio hombre. Nos lanza ese insulto desde el principio. No quiero pararme a enfatizar el hecho de que ese interés en nuestras acciones es siempre mucho más negativo que positivo, lo cual hace que el insulto sea aun mayor, pero incluso tomándolo de la mejor manera posible, no hay nada que insulte más a la personalidad que decir que sus acciones importan por sí solas. Esto no necesita demostración. Sólo tenemos que recordar lo que pensamos de las personas que nos dejan claro que no están interesadas en nosotros, sino en lo que hacemos o lo que somos: nuestro cargo o estatus, nuestro puesto, o la posibilidad de que les seamos útiles de alguna manera. ¡Qué insulto! Pues lo mismo sucede con la moral. Sólo le interesa nuestra conducta, nuestro comportamiento. Se podría argumentar que cuando mejora nuestra conducta, mejoramos nosotros también, pero eso no hace disminuir el insulto ya que el “yo” fundamental, quien yo soy, continúa estando supeditado a mi conducta, y en última instancia esto destruye la personalidad, como ha quedado patente en los últimos años. Nos hemos estandarizado en casi todos los aspectos y nuestra existencia parece haberse vuelto completamente monótona. Al concentrarnos cada vez más en la conducta y el comportamiento, en la mera adquisición de conocimientos y en cómo aparecemos ante los demás, no sólo se ha desvanecido la variedad, sino que el genio y el carácter son cada vez más difíciles de encontrar y se ha perdido la verdadera individualidad.
Pero segundo, la moral está más interesada en las asociaciones del hombre que en el hombre mismo. Lo que le importa es la sociedad, el estado o el grupo, y su principal preocupación con respecto al hombre es que éste se conforme a un patrón común. Hasta el lenguaje lo prueba: “estado”, “sociedad”, “social”; éstas son las palabras que utiliza. La personalidad individual se ha ignorado, quedando en el olvido. Todo se hace por el bien del estado o de la sociedad. Aquí de nuevo el argumento es que si mejora la masa, mejora el individuo, pero esto también es insultar a la personalidad al sugerir que el individuo es sólo una mota en una enorme masa de humanidad. La religión cree que se puede mejorar la sociedad mejorando a los individuos que la componen. La moral cree que se puede mejorar al individuo mejorando el estado general.
Juzguen ustedes mismos cuál de los dos le da valor a la personalidad del hombre, al hombre en sí. Los métodos empleados lo demuestran de manera aun más clara. La moral usa la coacción: legisla y fuerza a los hombres a conformarse al estándar general. Lo queramos o no, tenemos que hacer ciertas cosas. Admito que esto es esencial para gobernar un estado, pero creo que sigue siendo un insulto a la personalidad. Además, es la antítesis misma del cristianismo, que lleva al hombre a ver la justicia de lo propuesto, creando en él un profundo deseo de ejemplificarlo en su vida. La moral dicta y ordena, pero como les dice San Pablo a los gálatas: “la fe …obra por el amor” (Gálatas 5:6).
Pero tercero y por encima de todo, la moral insulta al hombre porque ignora lo que es más elevado en él, lo que lo diferencia de los animales en última instancia: su relación con Dios. Trata con el hombre sólo en el plano más bajo y se olvida de que fue hecho para Dios. En el mejor y más noble de los casos, pone límites a sus logros y a las posibilidades de su naturaleza. Puede que ayude a hacer del hombre un animal racional y noble, pero no tiene en cuenta la gloriosa posibilidad de que el hombre se haga hijo de Dios. Por el contrario, es terrenal y temporal; ignora por completo la altura de las montañas y la visión de la eternidad, y por eso fracasa. Veamos una sencilla ilustración: un niño está lejos de casa, quizás pasando algún tiempo con algunos parientes. Extraña su casa y a su madre, y empieza a llorar. Sus amigos hacen todo lo posible por ayudarlo. Sacan juguetes, sugieren juegos, y le ofrecen golosinas, chocolate y todo lo que saben que le gusta, pero no sirve de nada. Ni los muñecos, ni los juguetes, ni los manjares más especiales pueden satisfacer a un niño que quiere estar con su madre.
A su corta edad, este pequeño filósofo comprende que, en ese momento, todas esas cosas son un auténtico insulto, y las aparta de sí. Necesita a su madre; no le sirve ninguna otra cosa. El hombre en su estado de pecado no sabe lo que necesita de verdad, pero muestra claramente que las mejores y más elevadas ofertas de los hombres no le satisfacen. Dentro de él existe una profunda insatisfacción que sólo puede satisfacer Dios mismo. No darse cuenta de esto no sólo es inadecuado, sino que es un insulto. El hombre fue hecho para Dios y a la imagen de Dios, y aunque ha pecado, ha caído y se ha apartado, conserva dentro de sí esa nostalgia que no se satisfará mientras no regrese a casa con su Padre.
3) En tercer lugar, este intento de anteponer la moral a la religión fracasa porque no proporciona ninguna autoridad ni razón final para la vida del hombre. Nos estamos acercando al ámbito de la aplicación práctica de todo lo que hemos dicho hasta este momento. La moral nos insta a vivir una vida recta, pero inmediatamente surge la pregunta: ¿Por qué deberíamos vivir una vida recta? Y ante esta pregunta, el haber separado la moral de la religión nos conduce de nuevo al fracaso. Podemos probarlo siguiendo dos líneas de pensamiento.
El punto de vista que ve la moral como un fin en sí mismo y que la defiende por sí misma basa la respuesta a la pregunta de “¿Por qué?” en el intelecto nada más. Apela a la razón y al entendimiento. Lo que antes se consideraba pecado ahora se ve como resultado de la ignorancia o de la falta de formación. Su propósito es dibujar un tipo de vida mejor y más elevado, y para ello perfila una Utopía donde todas las personas reciben enseñanza y formación y, en consecuencia, se contienen y hacen todo lo posible por contribuir al bien común. Les muestra que ciertas acciones resultan dañinas tanto para el individuo mismo como para la comunidad en general y, lo que es más, les hace ver que tales acciones son impropias del hombre, y que el realizarlas sería indigno y supondría bajar su propio estándar. Ése es su método. Le habla al hombre de su maravillosa naturaleza y de cómo ha evolucionado del animal. Le ruega que deje atrás al animal y se eleve a la altura de su propia evolución, intentando atraerlo para que acepte estas premisas colocando ante él imágenes de la sociedad ideal. Fundamentalmente, es un llamado al intelecto, a la razón, al lado racional de la naturaleza humana.
Pero esto significa que, en última instancia, es una cuestión de opinión. Este punto de vista se presenta como el más alto, el mejor y el que lleva a la mayor felicidad, pero se queda sin respuestas cuando se encuentra con personas que no están de acuerdo, que piensan que así no se consigue satisfacer la auténtica naturaleza del hombre. Y esta postura se ha ido extendiendo cada vez más, especialmente desde la última guerra, cuando el culto a la auto-expresión se ha vuelto cada vez más fuerte y más popular. Los que pertenecen a este culto han negado que el retrato descrito por los moralistas sea el mejor y el más alto. Por el contrario, lo han visto como algo que nos encadena, que nos restringe y que es, por tanto, enemigo del interés más alto del individuo.
Al convertir la felicidad y el placer en la máxima aspiración del hombre, han trazado un esquema de la vida y de la conducta que es justo lo contrario. No tenemos tiempo de profundizar en este punto en este momento, pero es importante señalar que, ante este desafío, ningún sistema moral puede ofrecer una respuesta si no está basado en la religión. Todas las opiniones son igual de válidas, y cada uno puede hacer lo que mejor le parezca puesto que no hay autoridad suprema.
Pero también podemos probar esto de otra manera. Basar la alegación sólo en el intelecto y en la parte racional de la naturaleza humana está abocado al fracaso porque ignora lo que es más vital en el hombre. Ésa es la auténtica falacia que se encuentra por detrás de casi todo el pensamiento del último siglo. Se considera al hombre exclusivamente como intelecto y razón. Sólo hay que decirle qué es lo correcto y cómo hacerlo. Sorprendentemente, este punto de vista ha prevalecido a pesar de la evidencia existente en sentido contrario. Poseer un intelecto no garantiza una vida moral, como demuestran constantemente los periódicos, las biografías y las memorias.
No se puede dar por sentado que un hombre instruido y refinado vaya a llevar una vida recta. Muchas veces, los que mejor conocen las consecuencias de ciertos pecados contra el cuerpo son los que más caen víctimas de ellos. ¿Por qué sucede esto? Sin lugar a dudas, la psicología moderna ha arrojado luz sobre el asunto, pero, increíblemente, no ha puesto fin a la concepción de la vida que considera al hombre como intelecto exclusivamente. Dentro del hombre existen profundos instintos primarios. El ser humano es una criatura de deseo y lujuria. Su cerebro no es una máquina independiente y aislada, y su voluntad no existe como compartimento separado. Estas otras fuerzas no paran y ejercen su influencia sobre los poderes más altos constantemente. Por tanto, un hombre puede saber que cierta manera de proceder está mal, pero eso no importa. Desea algo, y su deseo puede ser tan fuerte que lo lleve a racionalizarlo y a encontrar argumentos a favor. Recordemos las palabras de San Pablo, que lo explica perfectamente en el capítulo siete de la Epístola a los Romanos, versículo 15: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.” Un planteamiento que no reconoce que eso es intrínseco a la naturaleza humana está condenado al fracaso. El hombre, siendo lo que es, necesita una autoridad por encima de él; apelar a la razón y a la voluntad no es suficiente; hay que incluir al hombre en su conjunto, y tener en cuenta, especialmente, el elemento del deseo.
4) En último lugar, debemos tratar el otro aspecto práctico fundamental de este asunto. Cuando preguntamos por qué debemos vivir una vida recta, surge otra pregunta: ¿Cómo se supone que tengo que vivir una vida recta? Y una vez más vemos que la moral sin la religión no nos sirve porque no nos da poder. “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago,” dice San Pablo en el versículo 19. Ése es el problema: la falta de poder, no poder hacer lo que sabemos que deberíamos hacer, o lo que nos gustaría hacer, y no poder dejar de hacer lo que sabemos que está mal. A la humanidad no le basta con conocer la verdad, sino que necesita, además, poder. En esta cuestión la moral fracasa porque deja el problema en nuestras manos. Tenemos que hacerlo todo nosotros, pero como hemos visto, el problema es precisamente que no podemos, que fallamos. En última instancia, los sistemas morales sólo apelan y ayudan a un cierto tipo de personas. Si somos lo que se denomina “buenos por naturaleza”, dichos sistemas pueden sernos útiles y alentadores. Y cuando digo “buenos por naturaleza”, me refiero a buenos a los ojos del hombre, no de Dios, buenos en el sentido de no cometer determinados pecados, no en el sentido bíblico de justo y santo.
A este tipo de persona le resultan útiles los sistemas morales, pero ¿y los que no son así? ¿Qué pasa con los que son rebeldes por naturaleza, los que son más dinámicos y están más llenos de vida, a quienes les sale más fácil y naturalmente el mal que el bien? Está claro que a los que somos así la moral no nos ayuda puesto que nos deja exactamente como somos y donde estamos. No nos proporciona el poder necesario para refrenarnos del pecado porque sus argumentos son fáciles de dejar de lado. No nos proporciona el poder necesario para restaurarnos cuando caemos en el pecado. Nos deja fracasados, condenados y sin esperanza. Nos recuerda que hemos fallado, que hemos sido derrotados, que no hemos llegado al nivel que se espera de nosotros, y aunque nos inste a intentarlo de nuevo, nos condena mientras lo hacemos, y nos aboca al fracaso porque el problema sigue dependiendo de nosotros. La moral no puede ayudarnos; no tiene poder que ofrecernos, y si hemos fallado una vez, pensamos, es probable que fallemos de nuevo, con lo cual no tiene sentido intentarlo. Es mejor rendirnos, darnos por vencido y abandonarnos en manos del destino. Lamentablemente, y precisamente por esta razón, eso es lo que han hecho muchas personas.
Además, no puede capacitarnos. Nos ofrece un estándar, pero no nos ayuda a alcanzarlo. No es más que un buen consejo. No nos da poder alguno. Por tanto, hemos visto que fracasa en todos los aspectos, tanto en la teoría como en la práctica.
Es una tragedia que desde hace tanto tiempo el hombre haya caído en el error de revertir el verdadero orden de la religión y la moral, porque cuando se vuelve al orden correcto, la situación cambia por completo. En lo que falla la moral por sí sola, triunfa el evangelio de Cristo, que empieza con Dios y existe para glorificar su santo nombre. Restaura la relación del hombre con Dios, reconciliándolo con Él por medio de la sangre de Jesús. Le dice al hombre que él es más importante que sus acciones y su entorno, y que no podrá enderezar lo que hace y lo que lo rodea si no se endereza él primero. Apela al hombre en su conjunto, cuerpo, alma y espíritu, intelecto, deseo y voluntad, dándole el punto de vista más alto posible y llenándolo de pasión y del deseo de llevar una vida recta para expresar su gratitud a Dios por su admirable amor. Además, le proporciona poder. El hombre se encuentra sumido en la vergüenza y la miseria causadas por su pecado y su fracaso, pero el evangelio lo restaura, asegurándole que Cristo ha muerto por él y por sus pecados y que Dios lo ha perdonado. Lo llama a empezar de nuevo y a vivir una nueva vida, prometiéndole el poder de vencer la tentación y el pecado, y capacitándolo a la vez para vivir la vida que sabe que debe vivir.
Y ahí, sólo ahí, se encuentra la verdadera esperanza del hombre y del mundo. Todo lo demás se ha intentado sin éxito. La impiedad es el mayor pecado que existe y la causa de todos nuestros problemas. La humanidad tiene que volver a Dios y empezar con Él, y para eso, bendito sea Dios, la puerta sigue abierta de par en par en “Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2).

CAPÍTULO TRES

LA NATURALEZA DEL PECADO

Romanos 1:18, 28 y 32

18. Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad;
28. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen;
32. …quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.

He elegido estos tres versículos de esta sección para que podamos estudiar la naturaleza del pecado, al menos en lo que se refiere a su esencia, movidos a ello por una especie de necesidad lógica. Hemos visto que el hombre, por naturaleza, es un ser que se opone a Dios, no un ser que desea a Dios. También hemos visto que para tratar el problema de la humanidad no basta con intentar llevar a cabo una reforma moral. ¿A qué se debe esto? ¿Qué hay en la naturaleza humana que lo explique? Cuando nos hacemos estas preguntas, nos topamos de frente con la doctrina del pecado.
Podemos decir sin miedo a equivocarnos que esta doctrina es una de las más controvertidas que existen, lo cual no es de extrañar ya que es la clave del problema del hombre. No hay otro tema que cause, o haya causado, tanto desprecio, sarcasmo y burla. No hay otra doctrina que se haya ridiculizado más. Ninguna ha levantado tanta pasión y tanto odio. Como digo, no es sorprendente por dos razones muy diferentes. La primera es que si la doctrina del pecado es correcta y verdadera, se destruye por completo el fundamento de la doctrina moderna del hombre. Asimismo, la doctrina del pecado es el postulado esencial que conduce al plan de salvación milagrosa y sobrenatural que se presenta en la Biblia. Por tanto, no es sorprendente que la batalla más intensa se haya librado precisamente en este punto.
Al analizar con más detalle este asunto encontramos que, una vez más, de la misma manera que en los casos anteriores, la línea de pensamiento ha seguido ciertos pasos concretos también aquí. Y al igual que antes, el aspecto fundamental que observamos es que la idea que ha sido más popular con respecto al pecado durante los últimos cien años es contraria a la que existía con anterioridad. Una característica indiscutible de estas ideas modernas es la coherencia que existe entre ellas. Todas siguen un patrón determinado y forman parte de un plan general.
La idea central es el cambio tan profundo que se ha producido en la manera de entender al hombre como ser, su naturaleza, su origen, su desarrollo, etc. Un escritor de nuestro tiempo lo expresó a la perfección al afirmar que es difícil que, en el futuro, cuando los historiadores estudien los últimos cien años, no se den cuenta de que el declive y la desaparición de la doctrina del pecado sigue un curso paralelo a la doctrina de la evolución del hombre desde el animal. Eso es lo que yo creo. La nueva concepción del hombre produjo inevitablemente cambios en la manera de ver las actividades del hombre, y donde vemos esto con más claridad es en el tema del pecado.
La teoría moderna no era tan tonta como para afirmar que el hombre no tenía nada malo, o que era perfecto. Sus acciones, sin ir más lejos, demostraban que no era así. El hombre seguía haciendo cosas que no debía hacer, cosas contrarias a sus propios intereses y a los intereses de la sociedad. Además, no conseguía llevar el tipo de vida que a los proponentes de esta teoría les parecía que debía llevar. De alguna manera había que explicar estos hechos personales de la vida del hombre, junto con otros relacionados con la vida comunitaria, como la guerra, y ahí fue donde se introdujo el cambio. Los hechos no se negaron, pero al evaluarlos y explicar su origen, la nueva manera de hacerlo se desvió totalmente de la concepción anterior. Esta última, como veremos en detalle más adelante, postulaba que el pecado era deliberado, que era algo que había entrado en la vida del hombre, haciéndolo caer y creando un problema nuevo. Afirmaba que, en el principio, el hombre se encontraba en un estado de perfección y que el pecado fue lo que, al aparecer, lo hizo caer de ese estado. Sin embargo, es obvio que la nueva concepción del hombre, que lo describe como una criatura que ha evolucionado a partir del animal, no podía aceptar esa antigua explicación de sus fallos y fracasos, y se ha negado rotundamente a hacerlo. Para ello, ha ofrecido su propia teoría y su supuesta explicación.
Aunque no podemos entrar en detalles, es necesario mencionar ciertas expresiones muy comunes de esta nueva concepción. Algunas son altamente filosóficas, mientras que otras son más prácticas. Dentro de las primeras cabe destacar la idea de que el pecado es un principio de antagonismo necesario que parece ser parte de la vida. El pecado no es tanto el mal, sino más bien una resistencia proporcionada por la vida para que las facultades positivas puedan ejercitarse y desarrollarse. Se puede entender el pecado como unas pesas que hay que levantar para desarrollar los músculos intelectuales y morales, o como una resistencia que hay que quitar de en medio para poder avanzar. Es necesario para que haya crecimiento y, en general, no es malo, sino bueno.
Otra idea es que el pecado es la oposición de las tendencias más bajas del hombre al desarrollo gradual de la conciencia moral. Una vez más, según este punto de vista el pecado no es malo, sino que es la batalla que libran los instintos animales que nos quedan contra las demandas de nuestra cada vez mayor conciencia moral. Por así decirlo, es la lucha que existe entre el hombre y el animal que conviven en nosotros. No es que el animal sea malo per se, sino que se vuelve malo si permitimos que domine nuestra vida cuando el que debería tener el control es el hombre.
Otra idea lo explica de una manera un poco distinta, afirmando que el pecado es una especie de estado negativo, una negación en vez de algo presente y real. Es la ausencia de cualidades positivas, o de su desarrollo pleno. No es una actividad por parte de lo más bajo, sino el fracaso de lo más alto, que no consigue esforzarse como debiera. Por tanto, no podemos decir que el hombre es malo, sino que no es bueno. El pecado es un estado negativo, una negación.
Y además está la idea de que se trata casi por completo de una cuestión de conocimiento y formación. Según este punto de vista, si lo más bajo se esfuerza al máximo y lo más alto no actúa como debiera, está claro que es por una falta de conocimiento, de entrenamiento, de formación, que bien podría deberse al ambiente en que se ha criado el hombre. Por tanto, esta concepción ve al pecado, sobre todo, como una cuestión de dónde vive uno y de cómo se le educa, y considera que lo único necesario para solucionar el problema son sistemas educativos y programas que acaben con los barrios bajos.
Hay otras ideas que no hace falta mencionar, como la que no reconoce que haya nada malo en lo que llamamos pecado, pero las que acabamos de describir son las principales. Está claro que todas ellas siguen el mismo patrón y se basan en la misma idea central, que se puede resumir así: el pecado no es un problema grave. Lo que pasa, nos dicen, es que los religiosos lo exageraron hasta el extremo, acabando no sólo con su propia felicidad, sino también con la de aquellos que caían bajo su influencia. La concepción antigua, añaden, conducía a una morbosidad y una introspección sin fin, y muchas veces incluso a la desesperación. Al darle demasiada importancia al asunto, se aumentó y se magnificó en vez de tratarlo simplemente como una etapa inevitable en la evolución del hombre, y lo que no era más que una especie de dolor propio del desarrollo espiritual se exageró hasta convertirse en un miedo enfermizo; uno de los ajustes naturales relacionados con el proceso fisiológico y el desarrollo de la vida se consideró como un estado patológico, y la vida se convirtió en algo triste y sombrío; los hombres vivían en un estado de servidumbre y esclavitud. Sin embargo, la idea moderna es completamente distinta.
La nueva concepción también se niega a ver el pecado como una fuerza activa, algo que existe de forma independiente, aparte del hombre. Lo entiende más bien como el resultado de no aprender lo que deberíamos sobre la bondad, la belleza y la verdad. Es simplemente una reliquia, una fase negativa. No es nada por sí mismo, sino una etapa de inmadurez en la que el niño aún no se ha hecho hombre, o en la que el animal aún no se ha hecho completamente humano.
La otra característica de esta concepción es que no considera que el hombre sea responsable; la responsabilidad es siempre de las circunstancias, del contexto o de las oportunidades de que goza el hombre. Se le exime a él de responsabilidad y se hace responsable a la situación económica, al contexto familiar, a la educación recibida y, a veces, a la genética. El hombre es digno de recibir lástima, no culpa ni castigo. Debemos hablarle con cariño y animarlo a que sea bondadoso y decente, ya sea un individuo o un país, como la actual Alemania. (A propósito, ésta es una perfecta ilustración de la actitud que acabo de mencionar: la de aquellos que piensan que Alemania es inocente y culpan al Tratado de Versalles de todos los problemas que encontramos hoy en día.) Pero, sin duda, el hecho más significativo con respecto a esta moderna concepción es que no menciona para nada al pecado a los ojos de Dios. Nunca usa la palabra culpa y pasa por alto el hecho de que el pecado es, antes que nada, una trasgresión.
Sin embargo, desde el punto de vista de la Biblia, el pecado es exactamente lo contrario. Vamos a verlo de manera resumida. En primer lugar, no se puede explicar como una simple etapa en el desarrollo del hombre ya que es algo que está fuera del hombre, que puede existir y de hecho existe aparte del hombre, algo que ha entrado en la naturaleza humana desde fuera. Por tanto, no se puede explicar de forma adecuada ni suficiente si se considera en términos puramente humanos. La Biblia va más allá y nos muestra cómo de hecho la experiencia apunta en esa dirección. Somos conscientes de que existe un poder que actúa en nosotros y nos influye, con el que podemos luchar, un poder que podemos vencer y rechazar. Por supuesto, donde mejor podemos ver esto es en la tentación de nuestro Señor Jesucristo. La tentación no pudo surgir de él mismo, ni de su naturaleza, porque él era perfecto. La tentación, la incitación a pecar, era totalmente externa.
Pero no basta con decir que el pecado es un poder que tiene su propia existencia. Es una fuerza poderosa y terrible, diabólica, con una maldad verdaderamente aterradora. Es un espíritu definido, una actitud real y activa. Además, es un poder al que el hombre le ha abierto la puerta, algo que le afecta profundamente en su vida. No es algo insignificante y trivial, un mero vestigio del pasado. No afecta solo a una parte del hombre y de su naturaleza, sino que está tan arraigado en nosotros que afecta a todo nuestro ser: el intelecto, los deseos y, consecuentemente, la voluntad. De hecho, es un problema tal que el único que puede hacer algo al respecto es Dios en Cristo.
No hace falta indicar que es de vital importancia aclarar cuál de las dos concepciones es correcta antes de empezar a planear para el futuro. ¿Podemos tomarnos este asunto a la ligera y ser optimistas en nuestra manera de entender el hombre y la vida? ¿Es el pecado algo que la humanidad podrá quitarse de encima a medida que progrese? ¿Se deteriorará lo más bajo “el animal”, y continuará desarrollándose y aumentando lo más alto “el hombre”? Todas estas preguntas son importantes. En un sentido, podríamos responderlas analizando la historia del siglo pasado, cuando se puso de moda la visión optimista, implementándose sus principios en los terrenos educativo y social, y prácticamente en todos los aspectos de la vida. Ese análisis revelaría la falacia de la concepción del pecado como algo sin importancia.
De hecho, el estado del mundo en este momento es una respuesta suficiente en sí misma, pero no es la respuesta que yo doy por dos razones. La primera es que el temperamento y la perspectiva optimistas rara vez se dejan influir por los hechos. Como el Sr. Micawber, cuando todos sus planes salen mal y los acontecimientos demuestran que sus profecías y predicciones optimistas eran falsas, siguen manteniendo la serenidad, siguen esperando lo que han imaginado que aparecerá. De no ser así, la última guerra y sus consecuencias habrían bastado, pero los exponentes de esta concepción se aferraron a ella con tenacidad a pesar de que los hechos que demostraban lo contrario eran más que evidentes. La segunda razón para no adoptar ese método es que siempre es mejor tratar con los principios que sustentan la conducta y las acciones. Si se demuestra que los principios están equivocados, obviamente lo que emana de ellos estará equivocado también. Y en cualquier caso, el problema de vivir una vida de pecado, según la Biblia, no es simplemente que tenga resultados desastrosos, sino que está mal de por sí, en su propia naturaleza y esencia.
Por consiguiente, lo que propongo es que consideremos de forma positiva lo que dice el apóstol sobre este tema en los versículos que estamos estudiando. Puede que no haya habido nunca un análisis más completo y aterrador del pecado y de todas sus obras que éste y, aun así, está escrito magistralmente. El apóstol no tiene pelos en la lengua. Expresa la verdad sin rodeos y al mismo tiempo con tal economía de estilo y lenguaje que en ningún momento se vuelve sensacionalista. Siente que debe revelar al completo toda la inmundicia del pecado para que no quede al respecto ninguna idea equivocada, pero no intenta complacer el depravado gusto de quienes desean regodearse en el lodazal de los detalles desagradables. ¡Qué contraste con respecto al tipo de novela y de literatura que se ha vuelto tan popular en los últimos años! Quiera Dios que podamos presentar sus enseñanzas con el mismo cuidado que él.
Lo que dice Pablo sobre el pecado se puede dividir en tres apartados.
1) Su primer gran principio es que el pecado es deliberado. En el versículo dieciocho pasa de la gloriosa proclamación del evangelio a la otra cara de la moneda. Les recuerda a los creyentes de Roma que así como la justicia de Dios se revela de fe en fe, “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres”. Y seguidamente empieza a atacar al pecado en su esencia misma/de manera frontal al pecado. “La ira de Dios”, afirma, “se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad.” Desde el principio acusa al pecado de ser deliberado, y luego lo repite en el versículo 28, donde afirma: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios”—o, como dice la versión Dios habla hoy, “como no quisieron reconocer a Dios”— “[Dios] los entregó a una mente reprobada”. Es la misma acusación, que vuelve a aparecer otra vez en el último versículo (32): “…quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.”
Estas tres afirmaciones reflejan la naturaleza del pecado, especialmente el hecho de que es algo deliberado. ¡Qué lejos están de la idea que nos dice que no es que los hombres pequen, sino más bien que, debido a sus circunstancias y su contexto, se peca contra ellos, o de la imagen que muestra a los hombres como criaturas que se encuentran en una etapa negativa de su desarrollo! ¡Qué lejos de la noción según la cual el pecado no es algo real y presente, sino el hecho de no haber llegado al nivel verdadero, o de que el pecado se debe simplemente a la falta de conocimiento y de formación! Porque la verdad es que es algo completamente real, algo activo y militante. Si cambiamos el orden de los versículos y leemos primero el 18, después el 32 y por último el 28, San Pablo sugiere que dicha actividad se manifiesta al menos en tres etapas.
La primera es que los hombres no aprobaron tener en cuenta a Dios, o no quisieron reconocer a Dios. Es decir, al principio tienen conocimiento de Dios, pero deciden ignorarlo, no lo aprueban. No es simplemente que no lleguen a la altura del estándar, sino que lo rechazan de forma intencionada. No es sólo que no alcancen el blanco, sino que dejan de apuntar hacia él y se niegan a reconocerlo como estándar, como objetivo en su vida. Dios es destronado deliberadamente y la manera de vivir que él propone es tirada por la borda. Esto fue así al principio de la historia de la humanidad y sigue siendo así. Nuestro país cuenta con un trasfondo y una tradición religiosos. Teníamos una manera de concebir la vida y de vivir basada en la fe en Dios, y la mayoría de la gente no es ajena a esta concepción de la vida con la que todos han tenido contacto en algún momento. Por eso, es una concepción que tiene que ser rechazada intencionadamente para que los hombres puedan llevar el tipo de vida que están llevando hoy en día. Deciden que está mal, o que es absurda, o que está pasada de moda y, sabiendo perfectamente lo que hacen, la rechazan y eligen justo lo contrario. De hecho, la gran mayoría de la gente no sólo no niega haberlo hecho, sino que se enorgullece de ello.
El segundo paso se muestra aún más en el hecho de que, aunque saben lo que dicen las Escrituras sobre lo que piensa Dios de esa conducta, no sólo la practican, sino que se deleitan con todos los que hacen lo mismo que ellos. Lo que prueba de manera concluyente que el mal no es lo que queda del animal en nuestra naturaleza es el hecho de que, aunque se le advierta de las consecuencias, el hombre sigue pecando a toda costa. Aunque el hacerlo puede suponer perder la salud o el dinero, aunque implica perder su carácter y bajar sus expectativas y aunque puede llevarlos incluso a la perdición eterna, los hombres persisten en él. Y lo peor es el placer que les da el propio pecado, cómo lo disfrutan y cómo hablan e incluso bromean sobre el asunto. Si se sintieran avergonzados, el argumento de que el pecado es algo negativo se parecería por lo menos un poco a la verdad, pero el hecho es que los hombres presumen de sus pecados y hablan sobre ellos y animan a otros a seguir su ejemplo. Sólo hace falta leer los periódicos o escuchar la radio para descubrir hasta qué punto esto ha llegado a ser así.
El tercer paso es el que el apóstol describe diciendo que “detienen” con injusticia la verdad. Esta es la evidencia más clara de la actividad del pecado y de su carácter deliberado. El hecho de que los hombres decidan no creer en Dios y eliminarlo de sus vidas, de que ignoren todas las consecuencias y en un espíritu de bravuconería elijan la otra vida no quiere decir que terminen con Dios y con la verdad a partir de ese momento. La verdad continúa recordándoles su existencia y preocupándolos, y lo hace de forma tajante a través de la conciencia advirtiendo, condenando y prohibiendo. La Verdad no es estática, sino que está viva dentro de nosotros—es “la luz que alumbra a todo hombre”. Ése es el significado de la palabra remordimientos y de lo que normalmente llamamos dolores de conciencia, que se acentúan especialmente en ciertas ocasiones, como en la enfermedad, la muerte, la guerra, etc. La Verdad nos persigue y nos preocupa.
El hombre no es ignorante; conoce la diferencia entre el bien y el mal, lo malo y lo bueno, y este conocimiento lo confronta y lo preocupa en todo momento. Sin embargo, lo que hace el hombre, dice Pablo, es detenerlo, suprimirlo, intentar sofocarlo por todos los medios, y destruirlo. Las formas en que los hombres tratan de ahogar dentro de sí la actividad de la verdad son casi infinitas: presentan argumentos contra ella e intentan justificarse. Rechazan sus postulados e intentan racionalizar sus propias fechorías. Pueden incluso intentar usar la psicología para argumentar que la conciencia misma no existe. Cualquier cosa con tal de acallar su voz y librarse de sus acusaciones. Y si no consiguen aplacar la conciencia por medio de la argumentación, el rechazo o la persuasión, entonces se sumergen aún más en el pecado de forma deliberada con la esperanza de ahogarla. Se niegan a tomarse un tiempo para pensar y razonar; evitan la verdad de manera consciente y hacen todo lo posible por esconderla de ellos mismos. “¿Por qué parar?”, se preguntan. “¿Por qué pensar cuando el pensar nos produce dolor y desconcierto?” Así detienen la verdad en aras de su injusticia y por medio de ella. El problema de la humanidad no es que no sepa lo suficiente sobre la verdad, sino que la rechaza de manera deliberada. La dificultad del hombre no está en que su avance hacia la verdad sea lento y arduo, sino que prefiere ir en la dirección opuesta. Su problema no es que le falte luz, sino que, como se nos recuerda en Juan 3:19, “los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”.
2) Pero San Pablo también se muestra ansioso por demostrar que el pecado es degradante y denigrante, como se ve claramente en los versículos 21–23 y 25, donde lo resume todo diciendo: “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.” Lo que está diciendo, como hemos visto, es que los hombres dejan de adorar a Dios conscientemente y que, por tanto, no tienen excusa. Pero eso no es todo. Hay otra cosa que es igualmente característica del pecado y sus efectos y que provoca la ira del apóstol. Si los hombres abandonaran a Dios y continuaran con sus vidas sin religión y se olvidaran de la adoración por completo, la situación sería bastante mala, pero la realidad es aún peor, porque el pecado no sólo es deliberado, sino que es degradante en sus efectos y depravado en su naturaleza. Habiendo abandonado a Dios, los hombres no dejan de ser religiosos, no cesan de adorar. Se crean otros dioses y los adoran. ¿Y cuál es la naturaleza de esos nuevos dioses? Pablo no nos da la lista completa; eso sería prácticamente imposible debido a su gran número. Sin embargo, nos deja entrever la situación de paganismo con estas palabras: “cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles… honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador.” Así resume el fenómeno del paganismo, incluyendo la adoración a los ancestros, al sol, a la luna, a las estrellas, a las bestias, a los pájaros, la creencia en la magia, etc. ¡De la gloria del Dios incorruptible a esas cosas! Del Creador a la criatura. No hace falta decir nada más. ¡Qué caída! ¡Qué manera de bajar el estándar! ¡Qué degradación más absoluta!
Pero lo que provoca el sarcasmo de Pablo ¡es que todo esto se hizo en nombre de la sabiduría! La gente se pavoneaba y se jactaba de su progreso. ¿Cómo se explica esto? La única explicación posible es la que da el propio Pablo: es el efecto corruptor y denigrante del pecado que entenebrece la mente y el entendimiento y nos hace necios, o tontos, como se ha traducido la palabra “necios” en algunas versiones.
Y eso es tan cierto en la actualidad como lo era en los tiempos de Pablo. El hecho de que los hombres de los últimos cien años hayan imaginado que hacían algo nuevo y original al dejar de adorar a Dios tiene algo de patético ya que sólo han repetido esta vieja historia, reproduciendo hasta el más mínimo detalle. Lo más característico de esta tendencia es que los hombres siempre han abandonado la religión buscando el progreso y la ilustración, el conocimiento y el entendimiento, la emancipación de la servidumbre y la tiranía, y la libertad. Burlarse de la religión casi se ha convertido en el sello de la inteligencia.
Eso es lo que se dice, pero ¿cuáles son los hechos? Un vez más, se trata de una repetición exacta de la vieja historia. La influencia denigrante del pecado es tan evidente ahora como lo era en la época de Pablo, tanto intelectual como moralmente, y en la teoría tanto como en la práctica. Podemos contemplar esto de la siguiente manera:
Pensemos en los dioses que los hombres adoran y han adorado, especialmente durante los últimos veinte años. El uso del término “dioses” y “adorar” es perfectamente justificable, ya que aquello por lo que vive el hombre, por lo que está dispuesto a dar su tiempo, su energía, su dinero, lo que lo estimula y lo entusiasma, eso es su dios. Por aquello vive, aquello lo controla y por aquello está dispuesto a sacrificarlo todo. ¿Cuáles son los dioses modernos? Antes que nada yo pondría al hombre mismo. Puede que en los últimos dos o tres años no haya sido tan evidente, pero antes de eso la creencia en el hombre y en sus poderes casi no tenía fin. No había nada imposible para el hombre, y una de las razones más poderosas para rechazar a Dios era que esa creencia era un insulto para el hombre ya que le imponía límites.
Esta creencia en el hombre se ha expresado de muchas formas distintas. En última instancia, es la explicación del Nazismo y del Bolchevismo, el culto a la raza y a la sangre y al Estado. A veces me horroriza el número de personas que adoran a Inglaterra, y pienso que gran parte del heroísmo que se demuestra hoy es resultado de la verdadera adoración de un código o una tradición. Otros dioses a los que se adora son el dinero y la riqueza y las cosas que se pueden comprar, como casas, vehículos, y estatus o posición social. Conozco a padres que adoran a sus hijos, literalmente. Por algún tiempo parecía obvio que muchos estaban volviendo al culto al cuerpo y a estar en forma, y basta con echarle un vistazo al periódico para darse cuenta de que hay un marcado resurgimiento de la astrología. Y luego están las sectas que han crecido tanto desde la última guerra: la teosofía, la Ciencia Cristiana y la popular enseñanza psicológica que nos dice que creamos en nosotros mismos, que tengamos fe en nosotros mismos. He leído un artículo muy interesante y provocativo que sugiere que el aumento del número de animales de compañía es decididamente una cuestión de religión, y eso sin mencionar cómo se trata a las mascotas. Todos estos son los dioses a quienes se han vuelto las personas, presumiendo al hacerlo de cuán superiores son a sus padres y a sus antepasados, quienes adoraban al único y verdadero Dios viviente. Indudablemente, sobran los comentarios.
Vemos exactamente lo mismo si comparamos la forma en que los hombres pasan su tiempo hoy en día con lo que hacían cuando creían en Dios y lo adoraban. La influencia del pecado es enorme y yo lo detesto y lo denuncio especialmente por la manera en que insulta al hombre y degrada todas sus capacidades, especialmente las superiores. Cuando los hombres creían en Dios, sus actividades los ennoblecían y los elevaban. Con el deseo de desarrollar sus mentes, leían los mejores libros que podían encontrar y sus temas de conversación incluían la teología, la política y otros asuntos que requerían el ejercicio de la inteligencia. Al decir esto me refiero no sólo a ciertas clases sociales o a los habitantes de las ciudades, sino a la población en general, tanto de la ciudad como del campo. ¿Hay algo más trágico que comparar y contrastar al hombre medio de hace, digamos, cincuenta años con el hombre medio de hoy?
El hombre moderno vive de periódicos y revistas, repite los puntos de vista de otros sin pensar por sí mismo y pasa su tiempo escuchando la radio o sentado en el cine. En sus charlas y debates le interesan más que nada el deporte y el juego. Incluso su interés por la política se ha degenerado, y el hombre se ha vuelto tan apático que se ha dejado gobernar por los políticos más aburridos y abúlicos que este país haya tenido jamás. De hecho, se puede decir que la actitud de pereza y de amor por lo fácil y placentero de la mayor parte de nuestro pueblo ha tenido una influencia directa en la guerra actual. En Europa se han cometido crímenes que habrían levantado a todo el país cincuenta o sesenta años atrás, pero ahora se han dejado pasar no ya sin que haya una protesta clamorosa, sino que ni siquiera se ha hecho comentario alguno. Tanto intelectual como moralmente hemos presenciado un triste declive que es la invariable consecuencia de honrar y dar culto a “las criaturas más que al Creador, el cual es bendito por los siglos”.
3) Pero Pablo hace una declaración más con respecto al pecado. Dice que es detestable, y no se conforma con hacer la declaración simplemente, sino que la ilustra describiéndonos el tipo de vida que se vivía en aquella época. Redacta una lista de los pecados tan desagradables y nauseabundos de los que eran culpables aquellos hombres y mujeres y de los que alardeaban: las perversiones sexuales, “fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia” (Romanos 1:29–31). ¡Qué lista tan horrible! ¡Qué detestable!
Podríamos subdividirla fácilmente, pero lo que yo quiero es mostrar cuán nauseabundos y detestables son todos ellos. Tanta inmundicia hay en la avaricia, la maldad, la envidia, el engaño, la malignidad, la murmuración, la soberbia, etc. como en las formas más vulgares de perversidad sexual y libertinaje. La misma lujuria y pasión, ese horrible “quemarse” al que se refiere Pablo se encuentra en todos, aunque algunos de ellos los hemos dejado pasar como bastante respetables. ¡Qué fútil y ridículo es intentar quitarle importancia al pecado cuando pensamos en las tergiversaciones y contorsiones, la pasión y la lujuria que se manifiestan en la ira y en la malicia, en los celos y en la envidia y en la forma en que las personas maquinan para destruirse los unos a los otros socialmente y en todos los aspectos de la vida. Sólo hay una palabra para describirlo: es detestable.
Pero una vez más debemos recordar que esta lista de Pablo es una descripción tan exacta de la vida de hoy como de la de entonces. No podría hacerse un recuento más perfecto de nuestra mentalidad, que, llevada por el sexo, nos ha conducido a la promiscuidad, la infidelidad, el divorcio y el desorden moral de la sociedad actual. La vida se ha vuelto vulgar y fea; la decencia y la castidad se consideran signos de debilidad y de desarrollo incompleto. Todo se justifica como forma de autoexpresión, y cuanto más nos comportamos como animales, más perfectos somos. El sentido moral mismo parece haberse atrofiado, porque lo que dijo Jeremías de su generación se puede decir de la nuestra también: “¿Se han avergonzado de haber hecho abominación? Ciertamente no se han avergonzado en lo más mínimo, ni supieron avergonzarse” (Jer. 8:12). ¡Es increíble! No sólo no se han avergonzado, sino que se han hundido y revolcado en el lodo.
Éste es el problema al que nos enfrentamos. En nosotros, en el hombre, existe esta terrible y poderosa fuerza llamada “pecado” que nos separa de Dios y nos lleva a odiarlo y al mismo tiempo nos degrada y nos incita a una conducta que sólo se puede describir como detestable. Es inútil pensar en estas cuestiones y hablar sobre ellas teóricamente. Es criminal mirar la vida a través de cristales color de rosa. Sólo si nos enfrentamos a los hechos y comprendemos la verdadera naturaleza del problema nos daremos cuenta de que existe un único poder suficiente y adecuado para tratarlo: el poder de Dios.

CAPÍTULO CUATRO

LA IRA DE DIOS

Romanos 1:18

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad.

En este versículo el apóstol empieza a mostrar la necesidad del evangelio que ha estado ensalzando. Ha descrito su naturaleza y ha mostrado cuál es el único modo en que podemos recibirlo y disfrutar de sus beneficios. También se ha referido al sentido de urgencia que él mismo siente con respecto a la tarea de proclamar el evangelio, y ahora empieza a relacionar todo lo que ha presentado hasta ese momento con la situación del hombre. ¿A qué se debe que la proclamación del evangelio sea un asunto tan urgente? La respuesta es que “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres”. ¿A qué se debe que la salvación sea enteramente una cuestión de fe? La respuesta es que todas las personas, tanto judíos como gentiles, son irremediablemente culpables ante Dios. ¿Cómo es que nada excepto el poder de Dios para salvación puede resolver el problema? La respuesta está en el caos originado por el pecado, que trastocó tanto la posición del hombre ante Dios como la naturaleza humana.
Pero el apóstol empieza por aquello que es más urgente y central: la ira de Dios. Primero afirma el hecho de su existencia y luego analiza qué la produce y cómo se manifiesta. En los mensajes anteriores yo he adoptado el orden inverso. Primero he expuesto el caso y examinado la situación para, a partir de ahí, demostrar que todo esto tiene que provocar irremediablemente la ira de Dios. Como he repetido en cada mensaje, lo he hecho así porque la situación a la que nos enfrentamos presenta un elemento nuevo que hace necesario seguir este procedimiento. El problema en los tiempos de San Pablo, como él mismo afirma en el versículo 32, no era que el hombre negara la ira de Dios, o que no creyera en ella, sino que, aunque conocía el juicio de Dios contra el pecado y la maldad, seguía pecando y disfrutando con que otros también lo hicieran. En este país hubo un tiempo en que pasaba lo mismo, pero durante el último siglo ha dejado de ser así. Ya no es simplemente que los hombres vivan ajenos a la doctrina o que pequen a pesar de conocerla, sino que la niegan, la disputan, y la rechazan completamente. Ésa es la situación a la que tenemos que enfrentarnos y de eso es de lo que vamos a hablar ahora.
En cierto sentido, aún estamos estudiando el problema del pecado, pero mientras que en el mensaje anterior lo relacionábamos con el hombre, ahora queremos abordarlo en lo que respeta a Dios.
Este tema de la ira de Dios difiere un poco de las cuestiones que nos han ocupado hasta ahora. Aunque no sea así en su totalidad, podemos decir que, en general, las falacias que hemos presentado sobre la actitud del hombre con respecto a la moral y su incorrecta concepción del pecado pertenecen al mundo de fuera de la iglesia, pero en el tema de la ira de Dios y la actitud de los hombre al respecto, se trata tanto de la situación de dentro de la iglesia como de fuera de ella, si no más. Personalmente, me aventuraría a opinar que una de las causas principales de que la iglesia haya perdido autoridad en los últimos años es que se ha ido alejando de esta doctrina cada vez más. Primero la suavizó; después, durante algún tiempo, dejó de mencionarla; y finalmente la atacó y la rechazó abiertamente.
Podemos afirmar con toda seguridad que no hay otra doctrina que le cause tanta repulsa a la mayoría de los hombres como ésta. Hemos mencionado que la doctrina del pecado que se revela en la Biblia ha sido ridiculizada por muchos, pero entre aquellos que aceptan la enseñanza del pecado, hay muchos que rechazan la de la ira de Dios.
Las personas que no pertenecen a la iglesia y que tienen un concepto del hombre totalmente opuesto a lo que nos dice la Biblia no encuentran ninguna dificultad en esta doctrina puesto que la pueden descartar fácilmente explicándola por medio de la teoría de la religión comparada y del desarrollo del hombre. Para ellos esta doctrina no es más que la supervivencia del instinto de miedo proyectado en la fe en Dios. Es la reliquia de un estado primitivo, algo que ha subsistido desde el tiempo de los tabúes, cuando el hombre era tan ignorante que había que obligarlo a vivir una vida recta. Y claro, algunos lo explican fácilmente recurriendo a la psicología. Langdon Brown, en el libro Thus We are Men, [Así Somos Hombres] dice de manera clara y dogmática que el declive en la creencia en la ira de Dios es paralelo a la desaparición progresiva de la figura del severo, autocrático, estricto padre victoriano.
En otras palabras, la idea es que en el pasado los hombres proyectaban en Dios los complejos que sus propios padres les habían creado. Sería fácil demostrar lo superficial que es esta concepción. Bastaría con citar los numerosos casos de hombres que, aun teniendo padres excesivamente indulgentes, creían en la ira de Dios, o los de aquellos cuyos padres eran verdaderos tiranos, pero aun así rechazaban por completo la creencia en la ira de Dios. Sin embargo, me parece importante estudiar este asunto con mayor profundidad ya que el gran problema de las personas que defienden esa postura es que realmente no creen en Dios.
Pero aparte del rechazo de quienes no creen en él, nos encontramos con una objeción cada vez mayor a la idea de la ira de Dios por parte de personas que sí están interesadas en la religión. A veces la causa de esta creciente objeción ha sido el sentimiento de que la idea de la ira no encaja con la del amor de Dios. No es que nieguen la idea por completo, sino que no pueden reconciliarla con la doctrina del amor de Dios, de la que están convencidos. Otros van más allá y se oponen a la idea de la ira de Dios completamente y dicen que hablar de la ira de Dios es una grave tergiversación de su carácter. Estas personas parecen pensar que Dios sólo tiene un atributo: el amor. Nunca mencionan sus otros atributos, como la rectitud y la santidad y la justicia. Les desagradan las ideas que se asocian con estos atributos, tales como la equidad y el juicio y el castigo. Enfatizan tanto el amor de Dios que dan la impresión de que el Nuevo Testamento sólo dice que “Dios es amor”, olvidándose de que también dice que “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5).
Otros defienden la postura de que, independientemente de que la ira de Dios exista o no, está claro que es mejor no predicar sobre ella ni darle importancia. Estas personas señalan el gran cambio que se ha producido en la condición de la humanidad desde el punto de vista del intelecto y el conocimiento. Piensan que puede que la predicación y la enseñanza sobre este aspecto de la verdad fuera útil en otros tiempos, pero que en la actualidad a los hombres les molesta la simple sugerencia de una amenaza, así que es probable que se opongan al evangelio si usamos métodos así. Por otra parte, nos dicen, el hombre de hoy en día, siendo tan ilustrado, siempre está dispuesto a escuchar y a responder a una invitación basada en el amor, pero se niega a ser obligado o empujado.
Sea cual fuere la objeción, todos los que conocen los hechos saben que durante los últimos cincuenta años se ha oído muy poco sobre la ira de Dios. Se ha puesto el énfasis en el amor de Dios hasta el punto de casi excluir todo lo demás. Los efectos y las repercusiones de esto han sido muy amplios, mucho más de lo que a menudo pensamos. Su efecto en el mundo de la teología ha sido profundo, especialmente en lo que se refiere a la doctrina más fundamental de todas: la doctrina de la muerte de Cristo y la expiación. La concepción expiatoria de la muerte de Cristo casi ha desaparecido; la idea de una poderosa transacción en que Dios se enfrentó al pecado y lo castigó en el cuerpo de nuestro Señor en la cruz casi no se conoce. La cruz sólo se ve como una manifestación del amor de Dios.
No podemos detenernos más en este punto, pero queremos mencionar que es una consecuencia directa del rechazo de la doctrina de la ira de Dios. De la misma manera, la doctrina de la justificación sólo por la fe ha caído en desuso. La salvación se ha ido representando cada vez más como una acción por parte del hombre mientras que Dios espera pacientemente en actitud de amor a que volvamos a él. Lo único que hace Dios es animarnos a que volvamos; por lo demás, es completamente pasivo. En otras palabras, obviamente, el rechazo de la idea de que Dios sienta ira hacia el pecado ha tenido influencia en toda la teología cristiana, pero además ha afectado a muchos otros ámbitos de la vida tales como el hogar y la educación de los niños, el sistema educativo, la reforma de las prisiones y la manera de entender cómo se deben castigar los crímenes y delitos.
Lo que se ha pretendido en este tema, al igual que en el caso del evangelio, es eliminar la idea de la recompensa y el castigo y enseñar la importancia de la bondad en sí. La ley, la disciplina y la obligación impuesta por un estándar externo de lo que está bien y mal, de lo bueno y lo malo, se han vuelto cada vez más impopulares. Se nos dice que no veamos a Dios como a un legislador que tiene que enfrentarse al pecado y castigarlo; que no debemos pensar que el pecado conduce a otro castigo que no sea el que nos infligimos nosotros mismos cuando pecamos; y que tenemos que comprender que, para que la gente mejore, no debemos castigarlos cuando hacen mal, sino manifestar nuestro amor por ellos. Debemos mostrar más fe en el hombre y en la bondad de su esencia, y animarlo a vivir una vida mejor.
En otras palabras, tanto en la religión como en los asuntos seculares, ha existido una profunda objeción a la idea de que hay un legislador y una ley externa con un sistema de recompensas y castigos. El concepto de autoridad se ha considerado sinónimo del de tiranía. El hombre mismo se ha convertido en el estándar, y no se le puede imponer nada desde fuera. Hay incluso quienes dicen que la misión de la escuela no es tanto enseñarle al niño conocimientos cuanto sacar de él lo que tiene dentro. Estas personas piensan que no se debe obligar a los alumnos a adquirir ni siquiera los conocimientos más básicos, sino que se debe dejar que elijan lo que quieren aprender según sus gustos.
Por tanto, para estas personas la idea de la ira de Dios se basa en una concepción falsa de Dios y del hombre. El Dios de amor ni puede castigar ni puede desear el castigo, y el hombre, si es dirigido, entrenado y enseñado adecuadamente, nunca necesitará ser castigado.
¿Cómo podemos responder a todo esto?
1) Antes que nada, quiero dirigir mi respuesta al aspecto práctico o pragmático, y con eso me refiero a que los hechos solos, por sí mismos, sirven para mostrar que los argumentos que hemos mencionado son falsos. Más tarde veremos que también son falsos cuando se juzgan según un estándar más alto.
Como ya hemos indicado, gran parte del argumento en contra de la creencia en la doctrina de la ira de Dios se ha presentado de una manera más o menos utilitaria. El tipo de predicación que se hacía antiguamente, se nos dice, haría que la gente se fuera de nuestras iglesias, mientras que enfatizando el amor de Dios los atraemos. La respuesta a este argumento no puede ser más sencilla: los hechos indican justo lo contrario. Nuestras iglesias se han ido quedando vacías a medida que la idea del juicio y la ira de Dios han pasado a segundo plano. Ahora se piensa que el amor de Dios lo cubre todo y que lo que hagamos no importa porque el amor de Dios lo justificará todo al final. Cuanto más ha acomodado la iglesia su mensaje para agradar a la gente, mayor ha sido el descenso en el número de asistentes a los lugares de culto.
Pero más inquietante aún es el hecho de que al mismo tiempo se ha producido un descenso en la fe en Dios. Al dejar de creer en Dios como Señor de toda la tierra y como Juez eterno ante quien todos tendremos que rendir cuentas, y al ver a Dios cada vez más como un ser benigno que le sonríe indiscriminadamente a todo y a todos, los hombres han dejado de creer en él y, por tanto, viven como si no existiera.
Simplemente no es cierto que si sólo enfatizamos el amor de Dios, los hombres creerán en él, ni que si, por el contrario, anunciamos su ira y su justicia, se alejarán de él. Los hombres sólo siguen creyendo en Dios si entienden, aunque sea sólo un poco, el significado del “temor de Dios”.
De la misma manera, los hechos refutan el argumento de que el hombre moderno se niega a ser obligado a vivir una vida recta por temor a Dios, pero que sí responde a una invitación. Esto ya lo hemos visto en un mensaje anterior, así que me doy por satisfecho con manifestar que, a medida que los hombres han dejado de creer en la ira de Dios y han descartado la idea de la ley y la justicia, sus estándares morales se han deteriorado y su conducta se ha relajado.
En cuanto al argumento de que la creencia en la ira Dios ha desaparecido como resultado de la desaparición del típico padre severo de la época victoriana, éstos son los hechos: A medida que los hombres dejaron de reconocer a Dios como aquél al que tendrán que rendirle cuentas y bajo cuya mirada viven, en todas las relaciones humanas se empezó a perder poco a poco el sentido de la disciplina y el orden. A un hombre que no vive una vida de obediencia no tardará mucho en dejar de importarle si sus hijos le obedecen o no. El resultado es que la disciplina en el hogar se ha descuidado y los niños no les muestran a sus padres el respeto que deberían, convirtiéndose a menudo en los tiranos de la casa.
La verdad es que los que fueron criados bajo la disciplina severa, estricta y muchas veces dura de los tiempos antiguos sentían más respeto por sus padres y les demostraban mayor consideración. La idea de que la creencia en la ira de Dios ha desaparecido como resultado de la desaparición del tipo de padre victoriano es superficial, cuanto menos, porque no responde a la pregunta de por qué dejaron de portarse así los padres. ¿Qué los empujó a hacerlo? La razón no puede estar en el aumento del conocimiento y el aprendizaje puesto que muchos padres, aun teniendo estudios, no cambiaron de comportamiento para con sus hijos. La única explicación aceptable es la que estamos dando aquí. Al disminuir el sentido de responsabilidad del hombre hacia Dios, al dejar de creer que Dios determina todos los aspectos de la vida, incluido el orden natural de la sociedad, se relajaron en general las ideas de familia y hogar, de matrimonio y paternidad y, cómo no, de ley y orden, y los hombres se vieron como su propia ley. ¿Y qué esperanza hay de que el mundo pueda vivir en paz y concordia si las naciones no están dispuestas a reconocer una ley por encima de ellas mismas, una ley con sanciones y poder, una ley que, si no la cumples, traerá sufrimiento y castigo?
La noción de que hemos superado la idea de la ira de Dios “una idea que quizás fuera útil en el pasado” queda refutada por completo nada más considerar los hechos.
2) Si nos hemos detenido demasiado en el argumento a este nivel, ha sido para poner de manifiesto lo superficial que es si lo juzgamos teniendo en cuenta la simple observación de los hechos de la vida, pero tenemos algo infinitamente más importante que considerar. “La ira de Dios se revela desde el cielo.” No es cuestión de opinión o de argumentación; es un hecho que ha sido revelado. Lo que los hombres puedan pensar, decir o decidir no tiene importancia ninguna. Considerándonos inteligentes, nos hacemos nuestros propios dioses, o le quitamos a Dios todo lo que, según nuestra mente natural, nos resulta odioso y repugnante, y alegremente nos imaginamos que todo está bien. ¡Es el paraíso de un necio: ridículo e infantil, aparte de arrogante! Además de ser pura teoría, que, como hemos visto, no se sustenta en ningún hecho, es una negación directa de lo que se ha revelado con respecto a Dios. Cabe esperar que los hombres que no creen en Dios rechacen la idea de su ira; lo que es sorprendente es que cualquier persona que crea que la Biblia es la verdad revelada y que acepte lo que dice sobre el amor de Dios pueda rechazar lo que nos dice con la misma claridad sobre su ira. La ira es una parte tan vital e integral de la revelación como el amor. Ésa es la base del razonamiento de Pablo en este momento. La ira de Dios contra el pecado ya se ha revelado, y Pablo se siente tan orgulloso del evangelio porque en él Dios nos muestra cómo podemos salvarnos de ella.
¿Pero cómo se revela esta ira de Dios? Es importante recordar que no podemos pensar en la ira de Dios de la misma forma que en la del hombre. No implica impaciencia, ni enojo descontrolado; no tiene nada de arbitrario ni injusto. Todo lo contrario: representa el odio que Dios siente hacia el pecado y la maldad, el antagonismo que existe entre su santidad y el pecado, y su justa indignación contra este poder rebelde que ha entrado en el mundo y en la vida del hombre y que ha provocado tal desorden entre sus criaturas.
Esta ira se ha revelado. ¿Cómo? Sólo podemos resumir brevemente la respuesta a esta pregunta.
En primer lugar está lo que podríamos denominar “revelación general”.
Ésta se revela en la propia naturaleza, donde existe una ley por la cual cualquier transgresión va seguida de dolor y sufrimiento. Si ignoramos ciertas leyes, tenemos que aceptar la consecuencia del dolor posterior. Podemos poner como ejemplo la salud. Si la descuidamos, sufrimos. Si hacemos algo para perjudicarla o la ponemos en peligro de manera intencionada, sufrimos. No somos libres en el sentido de hacer lo que queramos sin preocuparnos lo más mínimo. Podemos negar la existencia del Dador de la ley, pero desde luego no podemos negar que la ley existe.
Pero incluso antes de llegar a las acciones y sus consecuencias nos encontramos con la conciencia. Tenemos un sentido de lo que está bien y lo que está mal, y sabemos que no deberíamos hacer ciertas cosas. Como dice Pablo en el versículo 15 del capítulo siguiente: “…mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15). Aunque intentemos acallar nuestra propia conciencia y negar su validez, al juzgar a los demás y censurar sus acciones la estamos volviendo a rehabilitar, porque así anunciamos que existe un estándar por el que juzgar y un sentido, o incluso una ley, de lo que está bien o mal y de la justicia. En la humanidad existe un sentimiento general de que el mal debe ser castigado y de que las malas acciones deben acarrear consecuencias.
Pero segundo, volviendo a la Biblia, la revelación es aún más fuerte y más explícita. La ira de Dios es parte de la revelación especial de la Biblia y se puede encontrar tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Está claro que la ira de Dios es la explicación que se da en el libro de Génesis al estado del mundo. El trabajo y el pesar, el esfuerzo y el sudor son el castigo del pecado, y el hecho de que la naturaleza sea violenta de por sí parece tener el mismo origen. El hombre está condenado a vivir como vive debido a su pecado contra Dios.
Asimismo, el verdadero propósito de Dios al darnos la Ley era revelar su santidad, su odio hacia el pecado, su determinación de castigarlo. La finalidad de la Ley no era proporcionar una manera de salvarnos, sino, según Pablo, mostrar que el pecado es “sobremanera pecaminoso” (Romanos 7:13) y revelar lo que Dios pensaba de él y lo que haría al respecto en el caso de todos aquellos que se negaran a aceptar su gracia. La Ley nos “cierra la boca” delante de Cristo y nos hace ver que, teniendo en cuenta la condenación del pecado, lo necesitamos desesperadamente.
La ira de Dios es también fundamental en el mensaje de los profetas, quienes no se limitaron a pedir reformas y a indicar la nueva manera en que debería caminar la nación. No se detuvieron con el llamamiento al arrepentimiento. De hecho, la urgencia con que llamaban al arrepentimiento se debía a que el “Día del Señor”, el día del juicio, el día de la condenación, estaba cerca. “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado,” exhorta Isaías (Isaías 55:6); “Quizá seréis guardados en el día del enojo de Jehová,” anuncia Sofonías (Sofonías 2:3). Con Malaquías, todos vieron que venía “el día ardiente como un horno” (Malaquías 4:1). Los profetas no habían sido elegidos como simples maestros de ética, sino que habían sido enviados principalmente para clamar a Israel y que ésta se salvara de la destrucción a que la estaba llevando inevitablemente su pecado.
Pero la enseñanza sobre la ira de Dios se revela constantemente a lo largo de la historia de los hijos de Israel en el Antiguo Testamento. Todos los problemas y las tragedias, tanto de los individuos como de las naciones, se explican así: son la consecuencia de olvidarse de Dios y apartarse de él. Dios castiga las trasgresiones, unas veces de forma activa, y otras de forma pasiva, permitiéndoles seguir su propio curso y haciéndoles cargar con las consecuencias de sus decisiones. La razón principal del cautiverio en Babilonia no fue el fracaso político y la derrota militar, sino que fue resultado directo de haber abandonado a Dios; era la ira de Dios revelándose contra el pecado. Y de la misma manera los acontecimientos del año 70 d.C., el saqueo de Jerusalén, la expulsión del pueblo judío de su país, y la destrucción del templo son el cumplimiento literal de lo que se le había dicho a Israel que pasaría si no se arrepentía. La historia del pueblo elegido es sin duda una espantosa demostración de la ira de Dios contra el pecado.
Con sólo mencionar el nombre de Juan el Bautista recordamos las palabras “huir de la ira venidera” (Lucas 3:7). Al ser el último profeta, él representa el mensaje profético en esa aterradora frase. Sobre el que había de venir dice: “Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.” (Mateo 3:12).
Pero la enseñanza es igualmente clara y contundente en el ministerio de nuestro Señor. Podemos mencionar unos cuantos ejemplos. En Mateo 7: “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego” (versículo 19); y un poco más adelante: “Apartaos de mí, hacedores de maldad” (versículo 23). O piensen en las palabras que usa cuando les habla a sus discípulos sobre la cuestión del miedo a los hombres: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” (Mateo 10:28). O en las imágenes del juicio que encontramos en Mateo 25 y en Lucas 13:23–30, y en las referencias a la ciudad de Jerusalén, o en Juan 3:36, que nos dice: “la ira de Dios está sobre él”.
Esta misma enseñanza la encontramos en la advertencia que se nos hace en el libro de Hechos: “Sed salvos de esta perversa generación”, y en las epístolas, especialmente en la exposición de la revelación de la ira de Dios ofrecida por San Pablo en los versículos 24, 26 y 28 del capítulo 1 de la epístola a los Romanos. Según Pablo, Dios castigó el pecado de quienes lo habían rechazado, se habían alejado de él y se habían creado sus propios dioses; castigó el pecado del antiguo mundo pagano y reveló su ira contra él de la siguiente manera: “Los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos” (versículo 24). “Los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (versículo 28). En otras palabras, el estado en que se encontraba el mundo pagano es una demostración de la ira de Dios.
Dios castigó su pecado dejando de refrenarlo, permitiendo que siguiera su propio curso y que sufriera las consecuencias. Entregó a los hombres a una mente reprobada. Cuanto más lo negaban y lo ignoraban, en cierto sentido, más proclamaban su existencia. Normalmente pensamos que Dios manifiesta su ira haciendo algo, castigando al hombre de manera activa, pero aquí vemos que a veces la manifestación de su ira es simplemente no hacer nada, dejar que se le dé rienda suelta al pecado y que éste se muestre en toda su inmundicia, monstruosidad y horror, sin control, sin límite. Indudablemente, todo esto tiene gran relevancia en el presente. ¿No es esta la explicación de la actual situación del mundo y de la humanidad? Nos hemos creado nuestras propias ideas de Dios y nuestras propias filosofías y hemos reemplazado con ellas la revelación; hemos intentado construir un nuevo Jesús y hemos ordenado nuestras vidas según nuestras ideas, no las de Dios. Esta apostasía lleva un siglo avanzando y los hombres llevan un siglo presumiendo del nuevo mundo que iban a crear. Durante algún tiempo todo parecía ir bien; no ocurría nada terrible, y a finales del siglo pasado y principios de éste parecía que había llegado la era perfecta, pero desde entonces se han producido las dos guerras más horribles de la historia y la vida se ha deteriorado y degenerado de la forma que hemos visto.
¿Qué significa todo esto? No es más que una repetición de lo que dice Pablo: “Dios nos entregó a una mente reprobada”, y permitió que cosechásemos lo que habíamos sembrado. El juicio de Dios ha caído sobre nosotros. No quiero decir con esto que Dios haya causado o enviado la guerra, pero sí que ha permitido que nuestro pecado siga su curso y que nos conduzca a sus inevitables consecuencias, produciendo en nosotros sufrimiento y dolor. El estado del mundo en este momento proclama a toda voz “la ira de Dios contra toda impiedad y pecado”, y negar esta verdad es afirmar que sabemos más sobre Dios que los profetas, que los apóstoles y que el propio Cristo.
No sé si debería añadir algo más. Lo que sí sé es que el mundo actual tiene una necesidad acuciante de que se proclame y se anuncie “la ira de Dios contra toda impiedad y pecado” sin más argumentación ni apelaciones. Deberíamos enfatizar las lecciones del presente estado del mundo y advertir a las personas de que, si no se arrepienten, las cosas podrían ponerse aún peor. Sea lo que sea que pensemos o digamos, la realidad de la ira de Dios contra el pecado se revela simple y claramente de muchísimas formas. Pero aun así, me gustaría añadir unas palabras como respuesta a las posibles objeciones.
No hay nada tan arrogante, o tan peligroso, como usar el tipo de argumento que dice que no deberíamos creer nada con respecto a Dios que no podamos creer con respecto al hombre. Este argumento parece muy razonable, pero encierra dos falacias importantísimas. La primera es no entender el significado de la palabra “ira” y pensar en ella en términos de la pecaminosa ira humana. La segunda es no darse cuenta de que Dios es santo y de que es esencialmente distinto de nosotros. “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1 Juan 1:5). Apenas podemos concebir esta afirmación, y por eso, cualquier intento por nuestra parte de postular lo que podría ser verdad respecto a Dios no es más que una suposición basada en la ignorancia. La justicia y la santidad de Dios exigen su odio hacia el pecado y hacia todas las obras de éste. Cualquier otra cosa es inconcebible.
Pero esto no quiere decir ni por un momento que Dios no sea un Dios de amor, como muchos parecen pensar. De hecho, es justo lo contrario: sólo podemos ver de verdad el amor de Dios y apreciar la grandeza y la gloria del evangelio a la luz del odio que siente hacia el pecado. La medida de su enojo contra el pecado es la medida del amor que está dispuesto a perdonar al pecador y a amarlo a pesar del pecado. Aunque durante los últimos cien años se ha hablado y se ha escrito mucho del amor de Dios, hay poca evidencia de que dicho amor se haya apreciado de verdad, y menos aún de que la gente esté dispuesta a entregarlo todo por él. La idea del amor se ha sentimentalizado tanto que se ha convertido en poco más que una vaga benevolencia general.
El amor de Dios es un amor santo. No se expresa perdonando el pecado ni haciéndole concesiones, sino enfrentándose a él, pero de una forma que no destruye al pecador junto con su pecado, sino que lo libra de él y de sus consecuencias. Tal y como señala nuestro Señor en la parábola que le contó a Simón el fariseo (Lucas 7), sólo podemos apreciar el amor de Dios de verdad cuando reconocemos nuestra pecaminosidad ante Dios: “sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho” (versículo 47).
Por último, no existe razón alguna para poner objeciones a esta enseñanza sobre “la ira de Dios” porque la vía de escape está abierta de par en par. Nadie tiene por qué permanecer bajo la ira de Dios, y con toda seguridad eso resuelve el tema. Si no hubiera solución, la cuestión sería distinta, pero ¿qué pueden esperar quienes se niegan a aceptar el regalo de la salvación sino sufrir las consecuencias de tal rechazo? Y de ahí viene la urgencia en la predicación de Pablo y de los demás apóstoles, y de todos los grandes predicadores que han surgido después de ellos. Por eso el evangelio es una buena noticia. La ira de Dios ya se ha revelado, pero la manera de escapar a dicha ira se ha revelado también en el evangelio de Cristo. La mayor prueba de estupidez que podemos dar es discutir sobre la ira y negar su existencia, ignorando el anuncio del amor y la gracia. Al hacerlo, nos condenamos a nosotros mismos a un sufrimiento y castigo innecesarios, y nos quedamos sin posibilidad alguna de excusa o de súplica.

CAPÍTULO 5

LA ÚNICA SOLUCIÓN

Romanos 1:16

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.

Con estas palabras presenta San Pablo el tema central de esta gran epístola. Todo lo que sigue parte de esta proposición. La palabra “porque”, con la que empieza, une esta parte del texto con la anterior. Pablo tiene un mensaje que transmitirles a los griegos y a los bárbaros, a los sabios y a los necios, e incluso a los ciudadanos romanos. De hecho, ha intentado llegar hasta Roma en varias ocasiones, pero sin éxito, y está ansioso por predicar allí porque “no se avergüenza del evangelio de Cristo”.
Ahora bien, es necesario entender la expresión que emplea Pablo. Es lo que se llama litote, es decir, el uso de una negación para referirse a una afirmación. Es un recurso literario que, según dicen, es propio de los ingleses que, al intentar no ser pretenciosos, cuando quieren decir que nos va muy bien en algún sector de la guerra, lo expresan diciendo que “no hay razón para no estar satisfechos con el progreso realizado hasta el momento”. En otras palabras, lo que el apóstol está diciendo es que se siente orgulloso del evangelio y se deleita en él.
¿Pero por qué utiliza la forma negativa? Si hacemos una lectura, aunque sea rápida, de sus epístolas, queda claro que en este caso no se trata simplemente de una cuestión del carácter de Pablo, sino que le añade fuerza a la aseveración. Esto lo podemos ver fácilmente trayendo a la memoria algunos hechos con respecto a la gran ciudad de Roma, donde vivían las personas a quienes les estaba escribiendo.
Lo que pasaba en Roma también sucedía en otras ciudades donde ya había predicado, como Atenas o Corinto, pero, después de todo, Roma era la mayor metrópolis de aquella época. Era la sede del gobierno imperial, que regía la parte más importante del mundo de aquel entonces, y atraía hacia sí lo que se consideraba más preciado y valioso, por lo cual a Roma acudían representantes de todas las religiones y escuelas de filosofía y de pensamiento. Pero sobre todo, Roma era famosa por sus leyes y su sistema de gobierno. Era una ciudad orgullosa – la ciudad más orgullosa del mundo. Presumía de su riqueza y su poder, de su conocimiento y su cultura, de sus religiones y su sistema de gobierno, y sus grandiosos edificios eran conocidos en todo el mundo. Parecía ser la ciudad perfecta; la cultura y el progreso humanos habían alcanzado su cénit en ella. Era la encarnación del orgullo por la grandeza humana y los logros del hombre de un modo que prácticamente ninguna otra ciudad lo ha sido desde entonces. Roma mostraba este espíritu especialmente en su actitud hacia la religión cristiana, como ha quedado registrado en los anales de la historia, tanto los oficiales como los no oficiales. Para Roma, no podía haber nada tan ridículo como el evangelio.
La simple idea de que un pequeño grupo de gente insignificante, perteneciente en su mayoría a uno de los más pobres de los territorios conquistados, era portador del mensaje que necesitaba oír toda la humanidad era absurda. Y la idea se volvió aún más ridícula cuando se hizo evidente que la esencia de dicho mensaje era la creencia en que un hombre que provenía de una de las ciudades más despreciadas dentro de aquel territorio, quien, además, ni siquiera era un gran erudito o un filósofo, sino que era un carpintero corriente, era el único Hijo de Dios.
Pero lo que convirtió a este mensaje en una verdadera locura fue el hecho de que este hombre, lejos de ser un gran y poderoso conquistador que sometiera a las naciones bajo su fuerza y poder, fue crucificado entre dos ladrones, en la mayor debilidad e impotencia. Para los griegos, con sus ideas filosóficas, esta afirmación de la pequeña secta de los denominados cristianos era un disparate, pero para los romanos era aún peor. Su debilidad, además de ser una locura, era una ofensa.
Pablo se está dirigiendo a personas que vivían en ese ambiente. Está dispuesto a predicarle el evangelio a la orgullosa, sofisticada y vanidosa metrópolis del mundo, con toda su riqueza y poder. No, no es sólo que esté dispuesto a hacerlo; es que está ansioso por hacerlo. Sabe lo que piensa Roma del evangelio, y que considera más que despreciables a todos los que creen en él y lo predican, pero eso ni le preocupa ni le afecta. Y cuando llega allí no se siente desalentado, ni piensa que deba disculparse por su mensaje, sino todo lo contrario: se siente orgulloso del evangelio, se deleita y se regocija en él. Para Pablo, todo lo que Roma es y de lo que puede presumir, comparado con el evangelio, se vuelve insignificante. Roma intenta ridiculizar, despreciar y avergonzar a todos los que creen en él; lo había hecho hasta entonces, y continuaba haciéndolo, pero siendo consciente de lo que Roma representa y piensa, Pablo no siente vergüenza porque sabe que lo que predica hace tanta falta en Roma como en cualquier otro sitio, y que supera con creces el valor de todo lo que tienen y todo lo que creen en Roma.
Debería ser evidente para todo el mundo que, curiosamente, la situación en que se encuentran la predicación del evangelio y el evangelio mismo en la actualidad, en éste y en la mayoría de los países, se parece a la que he estado describiendo sobre Roma. Hubo un tiempo en que los hombres reconocían la verdad del evangelio y admitían que mostraba el camino correcto, aunque no consiguieran ponerlo en práctica. Puede que pusieran objeciones a sus estrictas demandas éticas y morales, pero al hacerlo le estaban rindiendo tributo a la vez que intentaban justificar su propia debilidad y su pecado. En aquellos días la gente pensaba que el evangelio presentaba la forma de vida mejor y más elevada. De hecho, según algunos, era tan alta y noble que era imposible e impracticable, así que lo aceptaban de boca para afuera, pero no lo ponían en práctica.
Eso se pensó durante años, pero ahora es distinto. Las cosas han cambiado mucho, y hemos vuelto a una situación parecida a la de Roma en los tiempos de San Pablo. La actitud general hacia el evangelio es totalmente diferente. Los hombres pasaron de reconocerlo como algo verdadero y bueno a tratarlo con condescendencia e ignorarlo, y después a atacarlo y a oponerse a él de forma activa, pero en la actualidad hemos llegado todavía más lejos: el evangelio es ridiculizado y desechado. El hombre moderno piensa que el evangelio es algo que ninguna persona culta y razonable podría aceptar ni creer y lo sitúa en la categoría del folklore y la superstición, considerándolo simplemente como un vestigio del tiempo en que los hombres, en su ignorancia, eran esclavos de diversos miedos y fobias. Todo esto puede probarse, se afirma, con el avance del conocimiento, el resultado de los descubrimientos científicos, y la luz que la psicología ha arrojado sobre la naturaleza del hombre y su extraño comportamiento.
Ciertos aspectos de la enseñanza moral del evangelio sí se aceptan y se alaban, aunque algunas personas rechazan incluso éstos, pero las afirmaciones centrales del evangelio – la deidad única de Cristo, los milagros que realizó mientras estuvo en la tierra, su muerte expiatoria y su resurrección física, la persona del Espíritu Santo y las declaraciones de los primeros capítulos del libro de Hechos – todas estas cosas son rechazadas con desprecio y sarcasmo. No ser religioso o ser anti-religioso se ha convertido en el sello de la cultura y el conocimiento. Y no sólo eso, sino que creer en el evangelio se ve como uno de los mayores obstáculos al verdadero progreso y desarrollo.
Según el hombre moderno, la salvación se consigue aprovechando todo el potencial de las capacidades del hombre que se pueden entrenar por medio del conocimiento y la educación. El hombre debe salvarse a sí mismo; el hombre puede salvarse a sí mismo; la salvación está en sus manos. Ésa es la esencia del credo moderno, y si alguien se atreve a mencionar el evangelio de Cristo, con su ofrecimiento de una salvación milagrosa, los demás lo ven como un idiota que se ha quedado atrás en el tiempo. Y si insiste en su mensaje, se ofenden y lo miran como si estuviera haciendo algo que hubiera sido aceptable hace cientos de años, cuando el hombre era ignorante y primitivo, o algo que podría estar bien todavía en el caso de los salvajes de las selvas africanas. Y si llegara a decir que el evangelio es la única esperanza para el hombre, tanto individual como colectivamente, lo tomarían por loco o por tonto.
Sin embargo, eso es precisamente lo que afirmamos hoy, como lo hizo Pablo hace tanto tiempo, sin avergonzarnos ni pedir disculpas. Además, nuestras razones son las mismas que animaron a Pablo y a las demás personas que han predicado el evangelio a lo largo de los siglos.
El texto es tan brillante y glorioso que nos vamos a limitar principalmente a ensalzarlo, refiriéndonos sólo de pasada, y a modo de crítica, a los necios argumentos de quienes lo rechazan. La verdad es que tampoco tardaríamos mucho en refutar dichos argumentos; basta con mencionar el estado del mundo actual, que no es más que un terrible monumento al fracaso del hombre, y pedirles a todos aquellos que rechazan el evangelio, con una actitud parecida a la de la antigua Roma, que se familiaricen con la historia y vean lo que le pasó tanto a aquella ciudad tan orgullosa, poderosa y culta como a otras que mantuvieron una postura semejante.
¡No! No dudo en afirmar que la única esperanza del hombre es la fe en el evangelio de Cristo. Sé perfectamente todo lo que se dice sobre la ciencia, el conocimiento y la cultura. Sé que al final de esta guerra, igual que cuando acabó la última, el mundo anunciará con confianza sus planes y estrategias para crear un mundo nuevo sin tener en cuenta lo que dice el evangelio. Todo esto lo sé, y aun así afirmo que el evangelio es la única esperanza. ¿Por qué? Por las mismas razones aducidas por San Pablo en las palabras del texto que nos ocupa, donde las expone con claridad:
1) Antes que nada, está orgulloso del evangelio porque a través de él Dios nos salva. En esto se diferencia de todo lo que se le ha ofrecido al hombre como forma de vivir y como manera de entender la vida, y ésa es la razón principal por que debemos deleitarnos y regocijarnos en él. Pero vamos a analizar esto con más detenimiento y ver lo que implica.
Desde el primer momento vemos que posee una autoridad única; todas las demás ideas con respecto a la vida y sus problemas han sido creadas por el hombre. En el mejor de los casos, no pasan del ámbito de la especulación y la suposición. A veces hablan con un dogmatismo y una seguridad llenos de arrogancia, característicos de las mentes inferiores. Las grandes mentes y los pensadores más profundos siempre han reconocido y confesado que no saben y se han descrito a sí mismos como buscadores de la verdad. Usan expresiones como “Creo”, “Pienso”, “Imagino”, “Supongo”, “Debe de ser así, sin duda”. No saben, y admiten que los problemas más importantes de la vida están rodeados de un misterio que escapa a la capacidad de la mente humana. El hecho mismo de que existan tantas escuelas de pensamiento distintas, con teorías diferentes, da pruebas de esta incertidumbre e incapacidad. El mundo de la antigüedad, en el que vivía Pablo, había presenciado el surgimiento de muchas escuelas de filosofía, cada una con sus proponentes y defensores, y cada una afirmando estar más cerca de la verdad y la realidad últimas que las demás.
Algunas se gloriaban en Aristóteles, otras en Platón, otras en Sócrates y otras en Zenón, pero todas estas escuelas terminaban con una pregunta. Cada una de ellas demostraba gran conocimiento y entendimiento, y cada una tenía su sistema, pero había otro factor en el mundo antiguo que probaba que todas las escuelas eran, en última instancia, inadecuadas: el gran número de religiones que existía. El pensamiento sólo no era suficiente. Había algo por detrás del mundo; había fuerzas y poderes ocultos. La vida no podía explicarse sin invocar a los dioses, y el Imperio Romano estaba repleto de templos donde las distintas religiones adoraban a esos dioses.
Encontramos una perfecta ilustración de esta situación en Hechos 17 con respecto a Atenas, y lo mismo ocurría en Roma y en las demás grandes ciudades. A pesar de toda su pompa y boato, su orgullo y su conocimiento, lo único que tenían era incertidumbre y espíritu de temor. Presumían de sus grandes hombres y de sus maravillosos sistemas filosóficos, pero su orgullo carecía de fundamento. Los propios grandes hombres de los que presumían reconocían que no sabían, e incluso muchos de ellos acababan suicidándose. ¡Qué absurdo presumir del cerebro, el entendimiento y la perspicacia de un hombre y de sus asombrosos procesos de pensamiento si en última instancia no te llevan a ningún sitio! Pero lo que Pablo ofrecía, lo que predicaba, era totalmente diferente. Él conocía los otros sistemas, pero también sabía que eran limitados y que no servían para solucionar problemas. Él no podía basar su orgullo en los hombres y sus sistemas. Para poder enorgullecerse de un sistema, éste debía tener autoridad y certeza.
No podía ser una simple aproximación a la verdad; tenía que ser la Verdad misma. Las especulaciones no salvan, pero el evangelio que predicaba Pablo no era especulación; era la revelación de parte de Dios mismo. Como les escribe a los gálatas: “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gálatas 1:11–12). No había por qué avergonzarse de ese mensaje. Y hoy es exactamente igual. Miren todo lo que se ha escrito, predicado y enseñado en los últimos cien años. En cierto sentido, la habilidad y el esfuerzo humanos nunca se habían ejercido tanto. La filosofía se ha glorificado y el hombre ha afirmado que podía resolver el misterio de la vida y del universo. El hombre nunca ha estado tan orgulloso de sí mismo, de sus logros y de su entendimiento, pero ¿cuál ha sido el resultado de todo esto? ¿Cómo está la vida hoy en día? ¿No estamos exactamente igual que en los tiempos de Pablo? ¡Es una tragedia! Nos hemos jactado de procesos y sistemas, que no han producido ningún resultado. Nos hemos enorgullecido de nuestra capacidad para pensar, pero la función del pensamiento es llegar a conclusiones válidas. Seamos sinceros. ¿Nos encontramos más cerca de solucionar los problemas de la vida que los filósofos que vivieron y murieron antes de Pablo? La respuesta a esta pregunta la encontramos en la situación del mundo moderno. Nuestro conocimiento ha crecido sólo en relación a los aspectos externos de la vida, sus comodidades y placeres, pero la vida en sí sigue siendo un enigma, y el arte de vivir parece tan escurridizo como siempre. Los sistemas rivales siguen fallando y no pueden satisfacer nuestras necesidades, pero el evangelio no es una filosofía humana; no es una idea del hombre, ni el resultado del esfuerzo de búsqueda del hombre. Es la revelación de lo que Dios cree y dice sobre la vida.
Pero es importante mencionar también que el evangelio no es sólo lo que Dios desea y espera de nosotros. No es un simple sistema ético y moral, ni un programa social. No es un simple llamado a un tipo de vida más elevado, más noble. Eso se podría decir, hasta cierto punto, del Antiguo Testamento y su revelación, pero la humanidad no logró responder a él en absoluto. El evangelio de Cristo no es una repetición de ese llamado en una forma todavía más imposible; no es únicamente la revelación de lo que Dios espera de nosotros y del patrón de vida al que desea que nos conformemos. Es eso, pero según Pablo, es algo mucho más maravilloso aún. Si fuera sólo eso, sería algo de lo que enorgullecerse, puesto que es un modo de vida infinitamente superior a cualquier cosa que haya producido el hombre, pero, en última instancia, no podríamos gloriarnos en él porque implicaría nuestra propia condenación, nuestro fracaso, nuestra perdición final.
No, la gloria del evangelio consiste en que es, sobre todo, un anuncio de lo que Dios hace, y de lo que ha hecho, en la persona de Jesucristo. Ésa era la esencia del evangelio de Pablo, tal y como nos muestra en el resto de la epístola. Ése era el evangelio que predicaban todos los apóstoles. Predicaban a Jesús como el Cristo. Hacían una proclamación, un anuncio. Su objetivo principal era que la gente oyera lo que ellos llamaban “las buenas nuevas”.
En primera instancia no esbozaban un programa para la vida, no transmitían un punto de vista que intentaban que la gente aceptara, no iban por el mundo propagando un nuevo orden o patrón de vida, sino que exponían hechos y explicaban su significado. No predicaban un programa; predicaban a una persona. Decían que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios que había venido del cielo a la tierra. Decían que había manifestado y demostrado su deidad única viviendo una vida perfecta, sin mancha, sin pecado, en completa obediencia a Dios y realizando milagros. Su muerte en la cruz no fue sólo el final de su vida como resultado del rechazo de sus paisanos; tuvo un significado más profundo y eterno. Era algo que tenía que pasar para que la humanidad pudiera reconciliarse con Dios. Era una transacción entre Dios Padre y Dios Hijo. Era el Hijo llevando nuestro pecado “en su cuerpo sobre el madero”, y el cumplimiento de la antigua profecía de Isaías, que dijo que el Mesías “herido fue por nuestras transgresiones” y “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Citando otras palabras del propio Pablo: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19). Pero eso no fue todo. Se había levantado de la tumba, se había aparecido a algunos testigos elegidos, y había ascendido al cielo. Desde el cielo había enviado el regalo del Espíritu Santo sobre los primeros cristianos, dándoles no sólo un nuevo entendimiento, sino poder y vida nuevos. Sus vidas habían sido transformadas por completo, y ahora tenían vida de verdad.
Ése era el mensaje. Lo importante era lo que Dios había hecho. Se trataba del plan de Dios para la salvación, para la justificación. El hombre sólo tenía que aceptarlo y someterse a él. Este mensaje sí que era algo de lo que sentirse orgulloso. Con este mensaje uno podía enfrentarse a los estoicos y a los epicúreos de Atenas sin sentir vergüenza, sin tener que disculparse. Este mensaje hacía que las más importantes filosofías del mundo parecieran los balbuceos de un bebé.
2) Pero una segunda razón para gloriarnos en el evangelio es que funciona: “es poder de Dios para salvación”. No es sorprendente que Pablo use la palabra “poder” al escribirle a los romanos ya que era una palabra importantísima para ellos. Los romanos lo juzgaban todo en términos de poder. Roma era la gran ciudad imperial, y el poder era para Roma lo que la sabiduría para Atenas. Sólo valoraban aquello que funcionaba, lo que tenía poder. No importaba si las cosas eran nobles y excelentes en sí mismas, si las ideas eran sublimes; lo único que importaba era que funcionaran, que dieran resultado.
Los romanos eran tremendamente pragmáticos y utilitarios en su forma de ver el mundo. Ése era el rasero por el que lo medían todo. Pablo lo sabía, y por eso los desafió con esas palabras. ¿Querían resultados? Perfecto. Él estaba preparado para mostrárselos; es más, estaba preparado para retarlos a ellos. ¿Qué resultados habían conseguido con todo su conocimiento, su cultura y su multitud de religiones? Si de verdad querían resultados, ¿dónde estaban los suyos? ¿Qué tipo de vida vivían los ciudadanos del Imperio Romano? ¿Qué nivel de moralidad tenían? Y luego se responde a sí mismo desde el versículo 18 hasta el final del capítulo. Ése es el tipo de vida que llevaban. ¿Eso es el éxito? ¿Eso es civilización y cultura? ¿Eso es algo de lo que vanagloriarse? ¿De qué sirven todas las filosofías si no pueden tratar los problemas de la vida? Parecen ser intelectuales e interesantísimas, pero el propósito de la filosofía no es plantear problemas, sino resolverlos.
El propio Pablo se había jactado en el pasado de la Ley judía y de que él la guardaba, pero luego se dio cuenta de que aquello de lo que presumía era simplemente algo externo; cuando comprendió el verdadero significado interno, espiritual, de la ley, descubrió que él había sido un completo fracaso. Ese tema lo desarrolla en el capítulo 15 de esta carta. En el intento por resolver los problemas de la vida, fallan todos los esfuerzos del hombre, ya sean puramente intelectuales o consten de luchas morales o de un arduo camino místico. ¡El evangelio que Pablo estaba predicando, sin embargo, funcionaba! Él lo había experimentado en su propia vida; el evangelio lo había cambiado y transformado todo. Le había traído paz y descanso a su alma y victoria a su vida. Y lo mismo podía decir una multitud innumerable de personas con experiencias como la suya. ¿Cómo era posible? Pablo vuelve a responder a la pregunta enseguida.
La clave de la respuesta es que sólo el evangelio enfrenta, expone y trata el problema fundamental del hombre y sus necesidades. Sólo el evangelio comprende la terrible realidad de los hechos; es el único que ve al hombre tal y como es. Sin una antropología verdadera, hablar de soteriología no tiene sentido: el diagnóstico debe preceder al tratamiento. El evangelio es único en ambos aspectos. Es el único que diagnostica correctamente y es el único que tiene el remedio. Observemos qué método emplea. ¿Cuáles son los principales problemas de la vida y del hombre, los más importantes? ¿Dónde podemos encontrar las causas de nuestra miseria y fracaso, de cómo está la vida en este mundo en la actualidad? Las hemos visto ya en nuestro estudio anterior de esta sección.
Primero, antes que nada nos encontramos cara a cara con el hecho de que la ira de Dios es algo real. Pablo empieza por ahí porque, obviamente, es el asunto más serio e importante de todos, pero es también aquello en que la humanidad nunca piensa, lo que nunca incluye en sus cálculos. El hombre piensa y planifica en términos del propio hombre, y por eso sus planes siempre fallan: están condenados al fracaso. ¿Cómo puede uno planear la vida y el mundo y al mismo tiempo excluir de esos planes a Dios, que es el Hacedor, Sustentador y Controlador de todas las cosas?
Dios no sólo ha hecho el mundo, sino que se involucra en él de forma activa e interviene constantemente en todos los asuntos. Sus leyes son absolutas y no se pueden evitar. Él ha decretado que la desobediencia, el mal y el pecado sean castigados, y uno de los castigos es permitir que nuestras acciones tengan sus propias consecuencias aquí y ahora, en este mundo. Dios ha decidido, ordenado y dispuesto que una vida que se olvida de él, que se enfrenta a él, no goce de éxito y felicidad, sino que sea maldita. Ésa ha sido la historia de la humanidad desde el principio hasta el día de hoy, y continuará siendo así hasta el final de los tiempos. Esto es algo que la humanidad se ha negado a reconocer; de hecho, lo ha ridiculizado.
El hombre estaba convencido de que podía salir adelante sin Dios, pero ¿cuál ha sido el resultado? El fracaso continuado. Nadie puede frustrar los planes de Dios. Los hechos de la vida, el relato de la historia, proclaman la ira de Dios contra toda impiedad e injusticia. Ése es nuestro primer problema. Hemos pecado contra Dios. Nuestra relación con él está mal y su ira está sobre nosotros. Hemos imposibilitado que nos bendiga. Su santa naturaleza requiere que castigue nuestras transgresiones, y ¿qué podemos hacer nosotros al respecto? ¡Nada! Nuestras lágrimas, nuestra pena, nuestro trabajo y nuestro esfuerzo no nos sirven de nada. No podemos expiar nuestro pasado, ni deshacer nuestras equivocaciones, ni compensarlas. Nadie puede cumplir la ley: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10); “que toda boca se cierre”. El mundo entero es culpable ante Dios (Romanos 3:19).
Entonces, ¿no hay esperanza? ¿No se puede hacer nada? Gracias a Dios, el evangelio de Cristo nos da la respuesta, como ya hemos visto. Dios se ha encargado de nuestros pecados en Cristo. Se ha cumplido con lo que exigen la santidad y la justicia. Cristo “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Dios está dispuesto a recibirnos en Cristo. Él, quien fue “hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13), hizo desaparecer la maldición pronunciada contra el pecado, y en él hay esperanza para todos. La ley de Dios, que decreta tristeza, pena y trabajo arduo como consecuencia del pecado, ha sido satisfecha. Dios en Cristo nos ofrece perdón y absolución, y en lugar de maldición, bendición. Sin Dios no podemos ser felices, “porque no hay paz, dice mi Dios, para los malvados”. Por mucho que lo intentemos, y la humanidad lo ha hecho, no podemos conseguirlo. El primer paso es tener el favor de Dios, y en Cristo es gloriosamente posible; Dios mismo nos lo ofrece.
Segundo, esto suscita otra pregunta: ¿Por qué está mal la relación del hombre con Dios? ¿A qué se debe que el hombre elija siempre pecar? La respuesta es que el hombre se ha separado de Dios y, como resultado, toda su naturaleza se ha pervertido y se ha vuelto pecaminosa. La tendencia del hombre es alejarse siempre de Dios. Por naturaleza aborrece a Dios y piensa que Dios se le opone. Su dios es el hombre mismo, sus habilidades, sus capacidades y sus propios deseos. Pone objeciones a la idea de Dios y a las exigencias que Dios le plantea. Ya hemos visto todo esto en detalle en estudios anteriores. Además, el hombre desea y codicia lo que Dios prohíbe, y siente aversión hacia las cosas de Dios y hacia el tipo de vida al que Dios lo llama.
Éstas no son meras afirmaciones dogmáticas. Son hechos que explican lo dispuesta que está la gente a aceptar cualquier teoría, por débil que sea, que cuestione la existencia de Dios o el elemento sobrenatural de la religión, aunque no haya pruebas que la sustenten. Son hechos que explican por sí solos la inmundicia que caracteriza a la vida de hoy. Todos los pensadores serios reconocen estos hechos, pero los no cristianos miran los hechos de forma tan superficial que sus propuestas al respecto no pueden sino fracasar. Sólo les interesan las acciones de los hombres e intentan inventar métodos para persuadirlos de que no actúen conforme a su naturaleza.
Escriben libros y dan conferencias sobre las terribles consecuencias del pecado, tanto para los individuos como para la sociedad; ofrecen una imagen idílica de lo que significa vivir una vida recta, pero ignoran el problema central: ¿Por qué desea el hombre lo que está mal? Ésa es la cuestión. ¿Cómo es que el hombre, ante el bien y el mal, y sabiendo las consecuencias, las dolorosas consecuencias que el mal conlleva, aun así elige el mal? Y no sólo los hombres ordinarios o ignorantes, sino todos los hombres, incluso los más intelectuales y cultos, los que se pasan la vida pensando en estos problemas. ¿Por qué? ¿Cómo se explica? Solo existe una respuesta satisfactoria: la que nos da el evangelio de Cristo: la propia naturaleza del hombre ha caído. El centro mismo de su ser está mal, y consecuentemente, todo lo demás está mal.
No puede mejorar porque lo que necesita es un cambio radical, una nueva naturaleza. El hombre ama la oscuridad y detesta la luz. ¿Qué se puede hacer por él? ¿Puede cambiarse a sí mismo? ¿Puede renovar su naturaleza? “¿Puede el etíope cambiar su piel, o el leopardo sus manchas?” ¿Puede el hombre cambiar todas sus tendencias naturales? Podemos darle ropa nueva, ofrecerle otra casa en un entorno diferente, proporcionarle el mejor y más elevado entretenimiento, educarlo y entrenar su mente, enriquecer su alma con frecuentes dosis de la cultura más refinada que se haya conocido jamás, podemos hacer todo esto y más, pero él seguirá siendo el mismo hombre en su esencia, y sus deseos y su vida interior no cambiarán.
De no ser así, hace mucho que el mundo, tanto a nivel individual como en su conjunto, habría alcanzado la perfección. Pensemos en todo el trabajo de los filósofos y pensadores. Consideremos especialmente los enormes cambios que se han producido y las leyes sociales que se han aprobado en los últimos cien años con el propósito de resolver los problemas de la humanidad. Todas estas cosas son buenas y correctas hasta cierto punto. Pero el gran problema continúa: el hombre necesita una naturaleza nueva. ¿Dónde puede obtenerla? Una vez más, sólo existe una respuesta: en Jesucristo, el Hijo de Dios quien bajó del cielo y se convirtió completa y perfectamente en hombre. Jesús es Dios y hombre. Sólo en El se unen lo divino y lo humano, y El ofrece darnos su naturaleza.
Desea hacernos hombres nuevos para que él sea “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Todos los que ponen su fe en él y lo reciben obtienen esta nueva naturaleza y, como consecuencia, todas las cosas cambian. Quienes aborrecían a Dios ahora lo aman y anhelan conocerlo cada vez más. Su mayor deseo es complacerlo, honrarlo y glorificarlo. Las cosas que antes les deleitaban ahora les parecen odiosas y detestables, mientras que ahora anhelan andar en los caminos de Dios. Al yo que antes glorificaban y querían complacer en todo momento ahora lo aborrecen y lo consideran su peor enemigo y, a su vez, esto les lleva a establecer nuevas relaciones con los demás. Al amar a Dios primero, llegan a amar al prójimo como a sí mismos. El egoísmo es la causa de todas las peleas, los conflictos y las guerras. El orgullo es la raíz de todas las desavenencias sociales. Pero en Cristo, el yo es crucificado y podemos disfrutar de la paz verdadera. Una sociedad nueva sólo es posible si está formada por hombres nuevos, y sólo Cristo puede producir hombres nuevos.
Tercero, nos queda otro gran problema. El pecado no es sólo algo que está en nuestro interior; es una fuerza poderosa que existe fuera de nosotros, que entró en la vida del hombre desde el exterior y que atacó incluso al Hijo de Dios. El hecho de que seamos perdonados es glorioso, el que tengamos una naturaleza nueva es más que maravilloso, pero seguimos encontrándonos con este terrible poder que se enfrenta a cada uno de nosotros y que lucha por vencernos y esclavizarnos.
Ha vencido a los más poderosos, a los más fuertes. No ha dudado en medir sus fuerzas con el propio Dios. Su sutileza y sus sugerencias aparecen por todas partes. ¿Quién soy yo para enfrentarme a un enemigo así? ¿Qué es el hombre, incluso en su mejor momento, contra un oponente así? ¿Quién puede conquistar a este Goliat que nos amenaza con la derrota y la ruina? ¿Quién puede librarnos de esta encarnación de los filisteos? ¿Quién puede conquistar a este enemigo, que derrotó a Adán en toda su perfección e inocencia, y lo atrajo a la desgracia y a la muerte? El hombre, desde luego, no, porque todos los hombres han fallado: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). “El mundo entero está bajo el maligno.” Satanás se ha convertido en “el dios de este mundo”. Es el “hombre fuerte armado que guarda su palacio”.¿Es todo inútil? ¿Tenemos que seguir esforzándonos en vano? ¡No! Ha aparecido un David que ha aniquilado a este Goliat; un Jonatán ha derrotado a los filisteos de nuevo.
El Dios–Hombre se ha alistado y le ha asestado al enemigo una herida mortal de la que no podrá recuperarse nunca.

¡Oh, sabiduría amorosa de nuestro Dios!
Cuando todo era pecado y vergüenza
Un segundo Adán entró en la batalla
Y vino a rescatarnos.

¡Oh, sabio amor! La carne y la sangre
Que en Adán fallaron
Luchan de nuevo contra el enemigo,
Y ahora prevalecen.

Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, ha vencido a Satanás. Habiendo sido probado en todo, no sólo ha salido indemne, sino que “ha echado fuera al príncipe de este mundo”. “Ha despojado a los principados y a las potestades, exhibiéndolos públicamente, y triunfando sobre ellos en la cruz.” (Colosenses 2:15) La simiente de la mujer ha herido la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15) y ha vencido a la muerte, a la tumba y a todos los poderes enemigos del hombre y de sus intereses. El León de la tribu de Judá ha prevalecido, y no sólo por sí mismo, sino también por nosotros. Nos ofrece su propio poder y promete revestirnos de su fuerza. Ya no tenemos que sufrir más derrotas; de hecho, en él podemos ser más que vencedores sobre cualquier potestad que se levante contra nosotros.
Éstos son los problemas del mundo, los problemas de la humanidad, sus problemas y los míos. El evangelio los expone y los resuelve. Cristo satisface todas nuestras necesidades, y es el único que puede hacerlo. “Bien lo ha hecho todo”. El mensaje del evangelio se centra en él y en lo que él ha hecho. No es una teoría; es algo que funciona. Es un hecho del que dan testimonio las vidas de cristianos de todos los tiempos. ¿Avergonzarnos? ¡No, y mil veces no! Antes nos avergonzaríamos de todo lo demás, de nuestro necio orgullo, de nuestra fachada vacía y nuestra pompa, de nuestras fútiles argucias y vanos esfuerzos que se quedan en nada. ¡No! ¡No! “No me avergüenzo del evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.
3) Pero las palabras “todo aquel” nos llevan a la tercera gran razón por la que Pablo se gloriaba en el evangelio. Es lo que utiliza Dios para salvarnos y funciona, pero lo más importante es que funciona para todos y cada uno de nosotros, para todo el mundo. Una vez más encontramos en este punto algo en lo que es único. Es para el judío primero, pero también para el gentil. Es para el sabio y también para el necio. Ningún tipo de persona queda excluido de su alcance. De esto sí que nos podemos jactar. Todas las cosas de que presumían los demás, de las que se gloriaban, atraían sólo a algunos y, por tanto, contaban con un número limitado de seguidores; no eran universales.
Algunas religiones atraían a un cierto tipo de personas, y otras a otro. La filosofía sólo atraía a los sabios y cultos, pero no tenía nada que ofrecerles a los bebés ni a los pobres. No existía ni una sola filosofía que atrajera a todo el mundo. Había escuelas rivales, y lo que satisfacía a una era rechazado por la otra. La fuerza militar apelaba a los fuertes y nobles, y los ideales del derecho y la justicia tenían sus propios seguidores. El nacionalismo apelaba sólo a los ciudadanos de los distintos países, como bien sabía Roma, que estaba siempre intentando someterlos a todos bajo su hegemonía. El mundo estaba dividido y prevalecía la discordia. Aquello de lo que uno se gloriaba era anatema para otro, y cualquier intento de producir algo universal que satisficiera a todos había fracasado. ¿Podría alguien jactarse de cualquiera de estas propuestas?
Pero el evangelio de Cristo es totalmente diferente. Es para cualquiera, para todos. Su secreto es que lo único que ve en el hombre es el fracaso, el pecado y la debilidad. Todas las demás ideas apelan a cierto tipo de composición psicológica y temperamento. Presuponen algo en nosotros, y consecuentemente, están abocadas al fracaso. Un hombre se enorgullece de su propio país, y no de otro; una persona sin inteligencia ni capacidad natural no puede aprender de verdad, no puede llegar a comprender las cosas. Y así podríamos seguir con la lista completa de propuestas y panaceas. Pero al evangelio no le preocupan nuestras diferencias naturales. Se centra en lo que tenemos todos en común: el pecado y la rebelión contra Dios, el fracaso en nuestras vidas y el sentimiento de culpabilidad. Destruye todas las diferencias poniéndonos a todos juntos delante de Dios, postulando nuestra debilidad e impotencia, y apoyando su eficacia en el poder del propio Dios.
Por tanto, no importa ni quienes somos ni lo que somos. Nadie es ni demasiado alto, ni demasiado bajo. Ya no hay griego ni judío, bárbaro ni escita, hombre ni mujer, siervo ni libre. Dios ve nuestras almas perdidas, impotentes, desesperadas, y nos ofrece la misma salvación a todos.
Otros grandes pensadores y maestros habían llegado hasta Roma antes que Pablo deseando dirigirse a los grandes, a los nobles, pero no tenían nada que ofrecerles a los pobres. Pablo, en cambio, está dispuesto a predicarles a todos: al Emperador en su trono, a los consejeros y a los capitanes, pero también a los soldados, a los esclavos y a los marginados. Tiene un mensaje para todos, y es el mismo mensaje para todos. ¿Avergonzarse? ¿Cómo?, si es lo único que merece que nos sintamos orgullosos y exultantes; es lo único lo suficientemente grande y amplio para tratar el problema de todo el mundo y para incluir la alabanza de todos.
¡Qué pequeño e insignificante parece todo aquello de lo que se jactan los hombres si lo comparamos con Jesucristo y su evangelio! Su atractivo es parcial y falto de poder y no conduce a nada excepto al fracaso y la desilusión.
Sólo existe un mensaje que pueda incluir a toda la humanidad superando las divisiones y las diferencias. Sólo existe un poder que pueda unir a todos los hombres en una verdadera hermandad. Sólo existe una solución al problema del hombre y al problema del mundo. Es el evangelio de Cristo, que es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.
Cualquiera que haya creído y haya probado su verdad y su poder se habrá unido a Pablo afirmando y cantando: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 6:14). El coro ya tiene muchísimas voces, pero llegará a tener aún más. Como nos dice Juan en su visión: “Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5:11–13). Que Dios nos conceda ser parte de ese coro celestial. Si creemos en él, le rendimos nuestra vida y nos gloriamos sólo de él aquí y ahora, nuestra presencia entre aquella bendita multitud está garantizada.

Dever, M. (2014). PRÓLOGO: ¡¿SALVO DE QUÉ?! En La Deplorable Condición del Hombre y el Poder de Dios: Un Resumen Claro del Evangelio (pp. 1–119). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

 

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