Madrid, España

LA CRISIS DEL SUICIDIO

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LA CRISIS DEL SUICIDIO

Llegué a casa más tarde que de costumbre, un lunes por la tarde, después de pasar el día en el lago con mi hija y mi sobrina. Todo parecía estar bien en casa, y saboreamos la comida. Cuando concluimos, mi esposa, Joyce, me dijo: «Vayamos a la otra habitación. Hay algo que quiero discutir contigo.» Nos fuimos a la sala y nos sentamos. Joyce me miró y dijo: «Norm, ha ocurrido una tragedia a un matrimonio de la iglesia ayer mismo, y tú no podrías haber hecho nada en este caso.» Siguió diciéndome que un marido desesperado, que estaba separado de su esposa y sus dos hijos, fue a verla el domingo por la mañana, exigiéndole que le diera la custodia de los dos niños. Cuando ella se negó, él sacó un revólver, la mató y luego, apuntándose él mismo con el revólver, se suicidó.
Yo había visto a este hombre tres días antes para una primera sesión de aconsejar. Había hablado con nuestro pastor en dos ocasiones. El día anterior a la tragedia me había llamado y había hablado conmigo por teléfono.

La Crisis Del Suicidio

Siempre nos quedamos anonadados cuando alguien que conocemos o con quien hemos hablado se mata o mata a otro. Agradecí a Joyce la forma en que me lo dijo, porque ella previó mi reacción. Me preguntó: «¿Cómo responderías en una situación semejante?»

Ésta no fue una experiencia aislada, aunque desearía que lo hubiera sido. La mayoría de nosotros esperamos no tener que enfrentarnos a situaciones del carácter del suicidio. Pero no podremos evitar tener que hacerlo. Y los que están en el ministerio ven a cierto número de personas que piensan en el suicidio o que han hecho ya planes para quitarse la vida. Algunos no dan aviso alguno, en tanto que otros dan señal de ello mediante un grito de auxilio.
Antes de ser nombrado ministro de educación y juventud en la iglesia en que acostumbro a ministrar, un joven de la iglesia se hallaba en el internado, lejos de su hogar. Durante su último año de colegio dejó de recibir una A (o sea, un sobresaliente) en uno de los cursos, por primera vez en el transcurso de nueve años. Por alguna razón que él mismo no pudo alterar, se lanzó desde una torre de más de cincuenta metros al suelo y murió. Cinco años más tarde, el padre del muchacho se disparó un tiro en la cabeza, poniendo fin a su vida. Había otros dos hijos que formaban parte de nuestro grupo de juventud. Siempre me he preguntado lo que pasaría por su mente al pensar en los dos miembros amados de su familia que ya no estaban con ellos. Por fortuna, ellos parecían estables mentalmente, y no hubo más tragedias en la familia.

En cierta ocasión, hace unos años, me pidieron que viera a la novia de un joven que se había suicidado. Se había lanzado desde el puente más alto de Long Beach, y su cuerpo fue descubierto después de haber estado en el agua durante dos semanas. Al hablar con su novia, pronto descubrí un alto nivel de inseguridad y un bajo nivel de estimación personal en ella. Hasta entonces había dependido en alto grado de aquel joven y ahora su mundo había quedado hecho trizas. Ella misma presentaba un alto riesgo de suicidio, hasta tal punto que durante el período en que le aconsejé, yo nunca estuve seguro de volverla a ver en una próxima sesión.

Cuando vino para la segunda sesión de aconsejar, noté que llevaba la mano vendada. Le pregunté qué había sucedido y me explicó que había entrado en su apartamento un hombre y había intentado matarla. Ella forcejeó con él y el resultado fue un corte en la mano. El individuo la violó y luego huyó. Mientras me relataba el hecho me sorprendió el tono de su voz, dominado por una rabia quieta, controlada, tensa, y finalment me dijo: «Espero que la policía no lo encuentre. Yo soy la que quiero encontrarle, y sé lo que le haré.»
Seguí trabajando con ella durante unas semanas, pero a causa del riesgo de suicidio, que en este caso era muy alto, acabé recomendándola a un psiquiatra.

Como ministro, al aconsejar en estas crisis suicidas, es necesario que te des cuenta de que la crisis no sólo implica a la persona que intenta suicidarse, sino también a los demás miembros de la familia o a otros seres queridos.

Hace años estaba dirigiendo un curso de entrenamiento de maestros en una iglesia y noté a un individuo que estaba allí para una sesión que duró un día, pero no daba la impresión de participar mucho en lo que se hacía. Por la tarde vino para explicarme por qué estaba allí. Me dijo que hacía un mes que su hijo de veinte años, que estaba en una universidad del Estado, se había quitado la vida. Su hijo era el muchacho más inteligente que había pasado por las escuelas de la ciudad, y, pese a ello, había decidido que no valía la pena vivir. Había planeado muy cuidadosamente su muerte. Fue a la playa cercana a la universidad y bebió cierta cantidad de cianuro. En su nota de suicidio, de veinte páginas, que me dejó leer, decía que se había asegurado de beber la suficiente cantidad para poder morir, pero no una cantidad excesiva que no le permitiera pasar por la experiencia de la muerte. ¿Qué podía decírsele a este padre? Es de esto que trata este ministerio nuestro: establecer contacto con los que están condolidos y sufren, para ayudarles.

Te ruego que procures que cada una de las personas de tu iglesia que tenga alguna responsabilidad relacionada con el aconsejar lea este capítulo. Que las secretarias de la iglesia y tu cónyuge lean también este capítulo. Es posible que sean ellas las que tengan que responder a la llamada de una persona amenazada por el suicidio, cuando tú no estés presente. No pueden decirle al afectado que espere hasta que tú vuelvas.
Hace ya mucho tiempo me di cuenta de la importancia de que todo el personal que trabaja en la iglesia esté preparado para una situación así. Yo había venido aconsejando a varias personas que presentaban tendencias suicidas, y una noche, al principio del servicio, me llamaron por teléfono. Uno de mis aconsejados se había hecho cortes en las muñecas y había abierto la espita del gas en su casa. Tras las primeras palabras, le hice cerrar la espita del gas y pude determinar que los cortes eran superficiales. Pero tenía que ir a ayudarle. Pedí a alguien de la sala que llamara a mi esposa, y cuando Joyce llegó le referí lo que había sucedido, le pasé el teléfono y le dije: «Tardaré veinte minutos en llegar allí. Sigue hablando con ella sobre cualquier cosa, pero mantenla al otro lado de la línea. Hasta luego.» Y apresuradamente me dirigí hacia la puerta. Permanecí en aquella casa durante dos horas, hasta que llegó su marido. A pesar de las protestas de la mujer, era necesario que él lo supiera y de este modo pasara a formar parte del equipo de apoyo.
Más tarde, cuando llegué a casa, Joyce me dijo: «Norm, tú enseñas a los estudiantes del seminario la forma de aconsejar al suicida. Me gustaría mucho aprender algo sobre el tema yo misma.» Comprendí entonces su necesidad y le dediqué el tiempo necesario para mostrarle la forma de hacerlo. Hay ocasiones en que ella ha sido la persona que ha contestado a una llamada, tanto si le ha gustado como si no. Y esto va a ocurrir al personal de tu iglesia, e incluso a tu esposa. Ayudémosles a que estén capacitados y se sientan cómodos respecto a la forma en que han de ministrar a otros.

El suicidio es un acto de autodestrucción deliberado en el cual la probabilidad de sobrevivir es incierta. Hay más de 34.000 personas que se suicidan cada año en los Estados Unidos. En este número están incluidos los casos que se conocen, puesto que hay muchos suicidios que no son denunciados y pasan inadvertidos. La evaluación más probable es que el suicidio es la causa número diez en el orden de causas de muerte en los EE.UU. El número de suicidios podría llegar muy bien a los 100.000 anuales. Y hay más de cinco millones de intentos de suicidio cada año. Yo creo que entre el 10 y el 20 % de los que intentan suicidarse, acabarán matándose ellos mismos. Sobre medio millón de personas son las que se suicidan cada año en todo el mundo. En el grupo que comprende los jóvenes de quince a diecinueve años de edad, el suicidio sobrepasa como causa de muerte a todas las otras, con la excepción de los accidentes de tráfico y el cáncer. Y en algunos colegios y universidades el suicidio es la principal causa de defunción entre el cuerpo estudiantil .
En las Escrituras no hallamos juicio sobre el suicidio, pero hallamos varios casos de suicidio registrados como hechos históricos.

En el Antiguo Testamento se mencionan los siguientes:

Abimelec (Jueces 9:54), Sansón (Jueces 16:28–31), Saúl (1 Samuel 31:1–6), el escudero de Saúl (1 Crónicas 10:5), Ahitófel (2 Samuel 17:23) y Zimrí (1 Reyes 16:18). En el Nuevo Testamento tenemos el relato de Judas Iscariote (Mateo 27:3–5). Hay muchos relatos extrabíblicos de suicidio. Quizá el relato más familiar es el suicidio en masa de los defensores de Masada, después de haber resistido varios años los ataques de los romanos.


La Actitud de la Iglesia Respecto al Suicidio

Durante varios siglos la Iglesia no dijo mucho sobre el suicidio. Agustín fue el primero en hablar del mismo. Consideró que el suicidio era, en general, ilegítimo e indicaba una mente débil. Tomás de Aquino, en el siglo trece, indicó acerca del mandamiento «No matarás» que se refiere tanto al hecho de matarse uno mismo como matar a otros.
En el año 452, el Concilio de Arlés fue el primer cónclave de la iglesia que condenó el suicidio. El segundo Concilio de Orleáns, en el año 533, ordenó que se rehusaran las ofrendas u oblaciones para los suicidas. El Concilio de Brage, en 563, negó los ritos religiosos en el entierro de los muertos por suicidio. El Concilio de Toledo, el año 693, castigó, a los que intentaban el suicidio, con la exclusión de la comunión de la iglesia durante dos meses.

Durante la Edad Media, la ley civil empezó a seguir las enseñanzas de la Iglesia y a prohibir el suicidio. Empezó a hacerse una práctica corriente y regular la profanación del cadáver del suicida. El cuerpo de los suicidas era arrastrado por las calles. Se clavaban astillas a través del corazón de la víctima, y a veces los dejaban sin sepultar, en las encrucijadas, para que se los comieran los animales y las aves de presa. O bien se les colgaba de una horca y se les dejaba allí hasta que se descomponían. La superstición y el temor se ponían grandemente en evidencia. Si la muerte había ocurrido en una casa, el cuerpo no era sacado por la puerta, sino por una ventana, o bien se abría un boquete en la pared. En Escocia se creía que si el cuerpo de una persona así era enterrado a la vista del mar o de tierra cultivada, daría resultados desastrosos para la pesca o la agricultura. En Inglaterra, el último cadáver arrastrado por las calles y enterrado en una encrucijada fue en 1823. El año 1882, en Inglaterra se ordenó que los suicidas podían tener entierros normales. Pero los fuertes sentimientos y viva reacción contra esta clase demuerte han permanecido activos durante siglos.


¿Por qué Cometen Suicidio Las Personas?

El diez por ciento de las personas que cometen suicidio lo hacen sin que haya razón aparente para ello.
El veinticinco por ciento son clasificados como inestables mentalmente. Tienen varias motivaciones, justificaciones y razones para reaccionar así. Si una persona afirma que ha estado bajo cuidado psiquiátrico o confinado en un hospital mental, es lógico preguntar si el médico le recetó medicación. No es extraño que la persona, una vez fuera del cuidado de su psiquiatra, olvide tomar la medicación prescrita, y esto puede contribuir a su estado de confusión.
El cuarenta por ciento de los que cometen suicidio lo nacen bajo un impulso durante un período de trastorno emocional. Están experimentando alguna clase de tensión, dolor, emoción o derrota. En un momento en que la tensión es abrumadora, deciden suicidarse. Esta clase de individuos es la que más probablemente piden auxilio y, por consiguiente, son más fáciles de ayudar. Van a necesitar ser apoyados, entendidos y que se les ayude de alguna forma a que sean conscientes de sus problemas, de forma que no vuelvan a considerar de nuevo el suicidio como una opción.
Hay un tipo que se llama «Suicida Depresivo». La persona se halla en un estado permanente de furor inaceptable, que se ha ido desarrollando debido a una serie de sucesos en su vida sobre los cuales él no tiene control alguno. Dentro de nuestras iglesias tenemos a personas deprimidas que son verdaderos «suicidas esperando turno». No se les reconoce porque reprimen sus síntomas depresivos tan bien como su ira, y cuando mueren todo el mundo se queda sumamente sorprendido.
Hay muchos que se suicidan para aliviar el dolor. Las personas que tienen poca resistencia para el dolor y lo experimentan fácilmente, con tendencia al dolor crónico, son candidatas al suicidio. Las que tienen un alto nivel de dolor, por regla general tienen tres posibilidades: una deformación psicopática que reduce el dolor; drogas o alcohol, o finalmente el suicidio. Con frecuencia dicen: «No quiero morir, pero no encuentro otra salida; simplemente, no puedo resistirlo».
Otros cometen suicidio para vengarse. Algunos adolescentes se sienten abrumados por el rechazo de otra persona. Desean herirle y este deseo es mayor que el de vivir. Para otros, la muerte de un ser querido, un miembro de la familia o un amigo, es algo superior a sus fuerzas. Muchos enfermos o ancianos indican en sus notas de suicidio que no pudieron soportar la idea de ser una carga para los demás.
El veinticinco por ciento de los que se suicidan lo hacen después de considerar la cuestión con calma y sopesar los pros y contras de vivir y morir. Deciden que la muerte es la mejor opción. Puede parecer extraño que haya personas que piensen tal cosa. Quizá este factor pueda motivarnos a nosotros, que conocemos las buenas noticias de la vida, a compartirlas con los que no tienen esperanza.
¿Hay alguna clase particular de personas que sean más propicias al suicidio? Doman Lum informa en su libro Responding to Suicidal Crisis:

«Los que estudian el suicidio han caracterizado a la persona suicida como un individuo “insatisfecho-dependiente” que exige constantemente, se queja, insiste y controla; que es inflexible y carece de adaptabilidad; que consigue alienar a los demás con sus exigencias; que necesita confirmación de su valor personal con miras a mantener sus sentimientos de estima de sí mismo; que llega un día en que acaba siendo rechazado; y que es una personalidad infantil que espera que otros tomen decisiones y las lleven a cabo por él».


¿Cuáles Son los Mitos Comunes Sobre el Suicidio?

La comprensión de algunos de los mitos comunes va a ayudarnos a apreciar qué es y qué no es el suicidio.

MITO 1: El suicidio y el intento de suicidio son la misma clase de comportamiento.

El suicidio lo comete, generalmente, una persona que quiere morir, en tanto que el intento de suicidio lo lleva a cabo, por regla general, uno que, hasta cierto punto, desea vivir. El intento de suicidio es llamado «un grito de ayuda». La persona que intenta suicidarse tiene intención de cambiar algo. La mayoría espera ser rescatada.
Hay una minoría de personas que no planean con cuidado sus intentos y mueren, aunque en realidad no lo desean. Una esposa intentó suicidarse paulatinamente, cada seis meses, en un intento de controlar a su marido. Abría la espita del gas poco antes de que él llegara a casa, encontrándola él a punto de perder el conocimiento. Naturalmente, recibía mucha atención por parte de su marido después de esto; pero dicha atención se disipaba lentamente, hasta un nuevo intento de suicidio de ella. Una vez, no obstante, su marido tardó dos horas más en llegar a casa. Este error de cálculo le condujo a la muerte.

MITO 2: El suicidio es un problema de cierta clase de personas.

El suicidio ni es una maldición de los ricos ni la enfermedad de los pobres. No respeta la clase socioeconómica, raza o edad de la persona. Los adolescentes que proceden de familias pobres que están moviéndose bajo presión se suicidan, pero esto es el resultado del aislamiento y no de la pobreza (7). Parece que hay un incremento en el porcentaje de los hombres de raza blanca, en comparación con los de raza negra. Los hombres superan a las mujeres en el porcentaje de suicidios, en tanto que las mujeres superan a los hombres en intentos de suicidio. A la edad de 15 años hay 64 intentos de suicidio por cada chica que en realidad se suicida. La mayoría de los intentos de suicidio que se producen en los adolescentes son para llamar la atención.

MITO 3: Las personas que hablan de suicidio no suelen cometerlo.

Alrededor del 80 % de los que se han quitado la vida han comunicado su intención de hacerlo con anterioridad al acto. Toda amenaza o sugerencia de suicidio debe tomarse seriamente, puesto que la mayoría de los actos van precedidos por una advertencia. Por desgracia, muchos avisos son pasados por alto o no se les ha hecho el caso que requerían. Hay que tomarlo en serio, porque éste es el grito de ayuda de una persona desesperada. Se siente sin esperanza y está confiando en ti a través de su ruego.

MITO 4: Una vez una persona ha estado en condiciones de suicidarse puede considerarse que será un riesgo de modo permanente.

Esto no es verdad. Muchos que han pensado suicidarse o han intentado hacerlo, han descubierto luego la respuesta a sus problemas y dejan de ser un riesgo.

MITO 5: El suicidio se hereda o se da en familias.

Si otro miembro de la familia se ha suicidado, este hecho puede hacer que la persona tema su futuro comportamiento. Aunque la tendencia al suicidio no se hereda, el ambiente familiar y los ejemplos de otros pueden ser factores que influyen. Es un comportamiento aprendido.

MITO 6: Si una persona es cristiana no va a suicidarse.

Esto, por desgracia, no es cierto. Algunos han dicho que si una persona comete suicidio no es en realidad una persona nacida de nuevo; un verdadero creyente no puede llegar nunca a ser tan desgraciado que pueda pensar en un acto como éste. Pero los cristianos, así como los no cristianos, experimentan toda clase de desórdenes físicos y emocionales. Debido a los muchos factores que pueden impulsar a una persona a considerar el suicidio, es necesario que recordemos que ninguno de nosotros está inmune.

MITO 7: El suicidio y la depresión son sinónimos.

La mayoría de las personas que intentan suicidarse están experimentando tensión, e incluso otros experimentan tensión y no tienen pensamientos de suicidio. La afirmación «No puedo comprender por qué hizo esto; no parecía desgraciado o deprimido», indica la creencia de que el suicidio ocurre sólo cuando hay desgracia o depresión. La depresión no es un signo de pensamientos suicidas. Sin embargo, siempre que una persona está deprimida hemos de vigilar la posibilidad de pensamientos o posibilidades de suicidio.

MITO 8: La mejoría después de una crisis suicida significa que el riesgo de suicidio ha terminado.

Los estudios realizados por el Centro de Prevención del Suicidio de Los Ángeles indican que casi la mitad de las personas que han pasado una crisis suicida y más tarde se han suicidado, lo han hecho dentro de los tres meses siguientes a su primera crisis. El período de tiempo que sigue inmediatamente a la crisis suicida es, al parecer, crítico. Si una persona afirma inmediatamente que sus problemas están resueltos y parece contento en exceso, debemos estar alerta y preocupados.


¿Quién Es un Riesgo Serio de Suicidio?

Como hemos indicado, a veces es difícil obtener estadísticas de confianza sobre porcentajes de suicidios. Es posible que los porcentajes reales sean dos veces superiores a los que conocemos. No obstante, hay algunas estadísticas que nos muestran quiénes son un riesgo elevado. El porcentaje de suicidios es mucho más elevado en los hombres que en las mujeres, para cualquier edad. Los hombres de más de 65 años forman el grupo de más alto riesgo de suicidio en América, o sea, el 38 por cien mil, un porcentaje que aumenta al avanzar la edad, para llegar al 50 por cien mil a la edad de 85 años. Esto contrasta con los 12 suicidios por cien mil para la población en general, según los datos del Centro Nacional para Estadísticas de Salud (8). El porcentaje es significativamente más alto para los divorciados. A la edad de 65 años casi el 75 % de los que se suicidan son divorciados. El porcentaje en los solteros, viudos o adultos es también bastante más elevado que en el grupo de casados.


Señales de intento de suicidio

Al trabajar con los aconsejados, o mediante el contacto con individuos en nuestra vida cotidiana, es importante tener en cuenta los indicios verbales y no verbales que dan las personas sobre sus intenciones de suicidio.

El intento de suicidio.

Éste es el grito más claro y dramático pidiendo ayuda. Uno que ha intentado suicidarse, necesita inmediatamente ayuda y soporte.

La amenaza de suicidio.

Toda clase de amenaza debe tomarse en serio. La mayoría de los que hablan sobre suicidio intentan ponerlo en práctica.

La indicación de suicidio.

Algunas personas que toman en consideración matarse no comunican de modo claro su intento. Lo hacen mediante afirmaciones como: «Estaríais mucho mejor si yo no estuviera», «La vida ha perdido todo significado para mí», o «Lo que pasa es que la vida me resulta más difícil cada día.» Algunos que expresan un interés más vivo de lo corriente en el suicidio, pueden estar indicando sus intentos de hacerlo. Un cristiano debe preguntarse: «¿Pierde su salvación una persona que se suicida?» o bien: «¿Qué piensa realmente Dios de una persona que se quita la vida?»

La actividad suicida.

Hay muchas clases de actividad suicida. El asegurarse que se han pagado todas las cuentas pendientes, el hacer un testamento, el hacer arreglos como si la persona pensara marcharse a un largo viaje, son indicios de que una persona está considerando el suicidio. Es importante, sin embargo, no estar analizando las actividades de cada persona ¡viendo en ellas intenciones de suicidio escondidas detrás de cada mata!

Síntomas suicidas.

Una seria y larga enfermedad puede llevar a una persona hasta la desesperación, especialmente si no hay solución inmediata o si la enfermedad es irreversible. Otros síntomas son los cambios súbitos en la personalidad, tales como pasar fácilmente de un estado de humor a otro, alteraciones bruscas, ansiedad, agitación. Recuerda, asimismo, que entre los alcohólicos hay una incidencia de suicidios muy elevada. La depresión agitada es uno de los signos más serios de que una persona puede atentar contra su vida. El depresivo que se aisla y retrae, se queda en casa durante largos períodos solo, negándose a establecer contacto con los demás, es también un riesgo definido. Una persona que piensa en el ‘suicidio puede estar aquejada por síntomas físicos como la pérdida del apetito, del interés sexual, del peso u otros. Hay que vigilar los cambios súbitos e importantes de comportamiento.

Crisis recientes.

Muchos suicidios han tenido lugar como respuesta a una tensión específica e inmediata. Cada persona evalúa la tensión o stress de forma diferente. Pueden dar lugar a una crisis la muerte de un ser amado, un fracaso en el trabajo o la escuela, problemas matrimoniales o problemas de la casa, la pérdida del empleo, un noviazgo deshecho, un revés financiero, un divorcio o separación, un rechazo o pérdida de alguna clase que afecta a personas a las que se quería. Todo esto puede hacer que la persona ponga en duda el valor de su vida.

Debido al gran interés que se observa en todo lo concerniente a la prevención del suicidio, se han desarrollado numerosas escalas de prevención del suicidio. El propósito de las mismas es ayudar al consejero o ministro a descubrir cuáles son los indicadores del suicidio que tienen más valor. Uno de los índices más útil es el de William Zung: «Índice del suicidio potencial» (IPS). Este cuestionario ha sido preparado para producir una evaluación numérica que permite, a la vez, una evaluación objetiva y subjetiva del riesgo suicida (9).

Zung halló en su investigación que las personas que no presentan tendencias suicidas producen un resultado medio de 43.2, en tanto que una puntuación de 72.8 se considera propia de los que intentan suicidarse.
Se sugieren las siguientes directrices para un uso efectivo del IPS de Zung:

A — Cada punto debe ser valorado independientemente, sin referencia a otros puntos.
B — Cada punto debe valorarse dentro del marco de las respuestas del aconsejado, no en el extremo.
C — Los puntos son valorados en términos de intensidad, duración y frecuencia, con una escala de cinco puntos:

0 = Nada, no está presente o es insignificante.
1 = Mínima intensidad o duración, presente sólo un poco en el tiempo o frecuencia.
2 = Intensidad o duración pequeña, presente sólo a veces.
3 = Intensidad o duración moderada, presente en buena parte del tiempo.
4 = Intensidad o duración severa, presente en la mayor parte del tiempo en cuanto a frecuencia.

La severidad de la condición puede ser establecida mejor haciendo las siguientes preguntas:

Intensidad: ¿Cuál era su intensidad?
Duración: ¿Cuánto tiempo duró?
Frecuencia: ¿Con qué frecuencia?, o ¿cuántas veces?

D — Hay que dar los valores positivos y presentes cuando:

1. La conducta es observada.
2. El aconsejado describe la conducta como habiendo ocurrido.
3. El aconsejado admite que el síntoma está todavía presente.

E — Hay que considerar los puntos como negativos y no presentes (cero) cuando:

1. El síntoma no ha ocurrido y no es un problema.
2. El aconsejado no da información de importancia sobre el punto.
3. La respuesta del aconsejado es ambigua incluso después de clarificar las preguntas que se le han hecho.

Los consejeros harán bien en usar el IPS u otro medio a fin de tener ayuda para predecir los suicidios con mayor precisión.
Como cada vez hay más suicidios de adolescentes, y teniendo en cuenta que la adolescencia es un período de gran tensión, es importante considerar algunas observaciones específicas de cambios de comportamiento que pueden ser una señal de aviso. Aquí hay algunos de los cambios de comportamiento sobre los que hay que estar alerta:

1. Un cambio dramático en la calidad de los resultados y rendimiento en la escuela.
2. Cambios en el comportamiento social.
3. Un uso excesivo de drogas o alchohol.
4. Cambios en el comportamiento diario y formas de vida.
5. Fatiga extrema.
6. Aburrimiento.
7. Disminución del apetito.
8. Preocupación o incapacidad para concentrarse.
9. Signos claros de enfermedad mental, tales como alucinaciones, ideas delirantes o hablar consigo mismo.
10. Dar a otros sus posesiones queridas.
11. Faltar a la escuela.
12. Falta de comunicación con los miembros de la familia o el personal de la escuela. Los adolescentes que llegan a un estado de desesperación lo suficientemente serio como para escoger el suicidio, con frecuencia deciden hablar con alguien de su edad u otra persona interesada, fuera de su familia o entidades asociadas con la escuela.
13. Aislamiento y carácter moroso.
14. Insomnio.
15. Falta de suficiente relación con el padre. Esto puede haber ocurrido debido a la ausencia del padre como resultado de muerte o divorcio, o porque el padre está tan absorbido por su carrera que no tiene tiempo de desarrollar una relación con su hijo.
16. Una relación madre-hija difícil, especialmente en ausencia de una figura paternal fuerte y segura.
17. Embarazo.
18. Exceso en el fumar, que indica tensión.
19. Una historia de maltratos en la infancia. Experiencias del tipo de golpes cuando se es niño, pueden llevar a la violencia posteriormente en la adolescencia; dicha violencia va dirigida, por regla general, hacia uno mismo, dando como resultado el suicidio.
20. Un envenenamiento «accidental», especialmente si se repite este rasgo de conducta (10).

Cualquiera de éstos, o una combinación de ellos, podría estar presente en la vida de un adolescente normal que no está pensando en suicidarse. Pero no se está seguro, a menos que se verifique. Si te has puesto en contacto con la persona, podrías exponerle el comportamiento que estás observando y preguntarle si realmente ocurre algo. Tu intención es darle la oportunidad de ser franco y que te confiese lo que le perturba. Los mismos hechos que hemos discutido sobre el suicidio en general corresponden también a este grupo.
El otro grupo que se puede considerar, con referencia a la edad, es el de los ancianos, ya que éstos constituyen el grupo más vulnerable de toda la gama. ¿Recuerdas lo que dijimos antes acerca del promedio de suicidios en los hombres de 65 años? Se suicidan cinco veces con más frecuencia que el resto de la población y doce veces más que las mujeres ancianas. Hay razones que lo explican.
Las personas ancianas están a menudo tristes, cansadas, solas y enfermas. Los hombres, en especial, han perdido gran parte del sentido de la vida porque ya no poseen sus ocupaciones o empleos. Uno de los problemas de nuestra sociedad es que la gente ponga tanto énfasis en su trabajo. Para ellos es la fuente de su identidad y autoestimación. Y, sin otros pilares que les den sentido, se retiran; esto es como dejar salir el aire en un globo. No queda nada, y este hecho se refleja en su depresión y en el incremento del promedio de suicidios.
¿Cómo es posible ayudar a las personas de edad? Evalúa al individuo cuidadosamente. ¿Está enfermo? ¿Deprimido? ¿Mentalmente estable? ¿Posee suficientes recursos financieros o carece de algunas de las cosas necesarias en la vida? ¿Se ha visto forzado a renunciar a su independencia al vivir en un lugar en que se le cuida, o con algún pariente? ¿Cómo soporta su frustración? ¿Habla sobre su futuro, o vive para los recuerdos del pasado?
Los ancianos nos dan señales de sus intenciones como hacen otros. Si empiezan a limpiarlo todo y disponer de sus propiedades, incluso de los recuerdos atesorados, hay que estar alerta. Si alguno ha estado deprimido durante un largo período de tiempo y ahora, de repente, está alegre y jovial, puede tratarse de un riesgo elevado.
La persona de edad necesita un examen físico. Esto le ayuda a sentirse útil, le anima y complementa. Necesita escuchar que alguien se da cuenta de su situación. Ayuda a los miembros de la familia a incluirla entre sus actividades. Forma un equipo de sostén de la iglesia sobre una base continua, a fin de mantenerse en contacto con los demás. Una de mis preocupaciones sobre los recluidos en centros y hogares es la negativa a que los jubilados tengan sus animales consigo. Un gato o un perro afectuoso es apreciado por la persona de edad y puede contribuir a que algunos sigan viviendo. Hagas lo que hagas, esfuérzate por aliviar la soledad (11).
Tu tarea es conseguir que la persona diga de nuevo sí a la vida. Ayúdale a enfocar sus actividades, indicándole lo que puede hacer, en vez de hacer lo que no puede o no tiene que hacer.


Cómo Ministrar a la Persona con Tendencias Suicidas

Cuando te pones en contacto con una persona que presenta un riesgo de suicidio, es necesaria una intervención definida. La vida de la persona está en juego, y tanto si quieres implicarte en el caso como si no, ¡debes hacerlo! Tu tarea inicial es ayudar a la persona a seguir con vida. La segunda es ayudarle a conseguir que comprenda de qué forma ha ido a parar a este estado y, tras ello, guiarle a efectuar los cambios necesarios que te aseguren que esto no ocurra de nuevo.
Recuerda, asimismo, que no eres omnipotente y que la vida de esta persona no está sobre tus espaldas. Tu papel es, simplemente, el de ayudarle tanto como te sea posible.
Muchos individuos que consideran la posibilidad de suicidarse llaman a un amigo, a la iglesia o a una agencia de sostén. Así es que el procedimiento sugerido aquí se centra sobre un plan para ministrar a los que llaman. Se pueden usar los mismos principios que en un ministerio cara a cara con alguien que, durante la sesión de aconsejar, indica que tiene ideas o intenciones suicidas.

PASO 1: Establece una relación, mantén el contacto con la persona en cuestión y obtén información.

Para muchas personas el proceso es gradual cuando se hallan bajo tensión. Empiezan a buscar soluciones a sus problemas y emplean la alternativa 2, 3, 4 y 5, y quizá algunas otras, todas sin éxito, antes de que lleguen a la solución del suicidio. Muchos luchan contra esta alternativa, y de nuevo lo mismo con otras alternativas, pero si se les pone una barrera en el camino, regresan a su última opción como solución. Recuerda que el individuo con tendencias suicidas es ambivalente con respecto a la vida y a la muerte. Él desea quitarse la vida, pues está cansado de vivir. Pero al mismo tiempo desea ser rescatado por alguien. Cuando esta persona llama, es importante empezar a desarrollar una relación positiva. Dicha relación puede ser la razón por la que desea permanecer vivo. Cuando llame, puedes decirle algo como:
«Hizo bien llamándome.»
«Estoy contento de que llamara.»
«Creo que hay alivio para Vd.»
Estas afirmaciones son importantes, porque le confirman que ha tomado una decisión correcta y le aseguran que hay alguien que tiene interés en él. Esta aprobación verbal podría ser la forma de hacerle llegar el mensaje para que pueda tomar otras decisiones apropiadas. La persona suicida necesita que se le hable con calma, confianza y con voz de autoridad (pero no de forma autoritaria), y de tal manera que no reciba la impresión de que se le desafía. El cuidado, la aceptación y el interés genuino son muy importantes.
A medida que hablas, es importante hallar algún terreno común sobre el cual tú y el paciente podáis telefonearos y quedar de acuerdo. Un punto por el que comenzar es el hecho de que el paciente tiene un problema, que necesita ayuda y que tú deseas ayudarle. Algunas veces, cuando el afectado no define bien las cosas y es ambivalente, se requiere más tiempo para descubrir algún terreno común. Es importante usar la palabra «ayuda» con frecuencia en diferentes contextos. Es importante, también, mostrar interés hacia el paciente e intentar discernir sus sentimientos. Es necesario que se establezca una relación de confianza. Esto se consiguedando respuestas directas a las preguntas. No debes temer identificarte ni mostrarle tu relación con la iglesia u otra organización, caso de que lo requiera. Si te preguntara si has ayudado a otra persona en circunstancias similares y no lo has hecho, sé sincero, pero hazle saber, también, que te sientes con suficientes recursos y preparación para ayudarle.
Al establecer la relación, identifícate y trata de conseguir el nombre del sujeto, su número de teléfono y su dirección. Estas preguntas deben hacerse bastante espaciadas durante la conversación, a fin de que la persona no se sienta amenazada indebidamente con ellas. Si hubiera resistencia por su parte a dar el nombre, no hagas presión sobre este punto. Puedes preguntar: «¿Podría conocer su nombre de pila para que pueda saber cómo llamarle? Yo me sentiría más cómodo sabiendo su nombre.» Si no te diera su dirección, puedes preguntarle de qué parte de la ciudad es. Si te da un área general, puedes responderle diciendo: «¡Oh!, esto está cerca de …» Esta afirmación quizá le estimulará a darte más información.
Puedes encontrar a una persona que te haga prometer que no dirás a nadie que él ha llamado. Los consejeros profesionales y los ministros tienen el derecho a mantener cierta información con carácter confidencial. Sin embargo, las leyes de algunos estados (como el de California) requieren que el consejero se ponga en contacto con las autoridades cuando alguno amenaza con quitarse la vida propia o la de otro, y tú no le puedes prometer que no lo harás. Ahora bien, puedes asegurarle que no harás nada para perjudicarle.
En la conversación deberías intentar conseguir el número de teléfono de otros individuos que puedan ayudar a esta persona, como parientes, vecinos, médicos, etc.

PASO 2: Identificar y clarificar el problema.

Escucha toda la historia de la persona, haciendo tan pocas interrupciones como te sea posible. Anímale a que te diga: 1) lo que le ha llevado al punto en que se encuentra ahora, 2) qué es lo que le molesta en el momento presente, y 3) qué es lo que ha intentado hacer para resolver su situación. No le presentes retos por medio de afirmaciones como «Lo que debería hacer es esto o aquello», «No debería pensar de esta forma», o «Las cosas no son tan malas como le parecen», pues son contrarias a su forma de pensar y, en realidad, no le ayudan. Céntrate en lo que siente el afectado y ayúdale a clarificar sus sentimientos. Si tiene dificultad en expresar sus sentimientos, ayúdale a precisarlos y a seleccionarlos. Procura reflejar lo que tú crees que está pensando y sintiendo, puesto que esto contribuirá a ayudarle a que clarifique el problema. Su sensación abrumadora de inutilidad e impotencia ahora puede ser fraccionada en problemas específicos cuyas soluciones se puedan ver más fácilmente. Cuando pueda ver los problemas, puede empezar a formar un plan determinado para resolverlos. Y si tú entiendes la naturaleza del problema que él trata de resolver contigo, puedes entender mejor cuáles son sus puntos fuertes y débiles. Tú necesitas explorar las razones por las que quiere morir.
Si una persona te llama y sólo habla de sentirse abatida o deprimida, pueden ser útiles expresiones y preguntas como las siguientes: «Parece que Vd. está deprimido desde hace algún tiempo. ¿Cuán deprimido ha estado Vd. en las últimas semanas?» «¿Cuándo se siente Vd. deprimido?» «¿Ha pensado Vd. alguna vez que la vida no vale la pena de ser vivida?» Preguntas como éstas pueden ayudar a una persona que vacila en transformar sus sentimientos en palabras. Es necesario que el intento real de suicidio quede bien claro y a la vista, si es que has de ayudarle.
Cuando una persona tiene dificultad para hablar sobre el suicidio, generalmente siente alivio si se da cuenta de que tú no tienes miedo de hablar abiertamente sobre el mismo. Esto, a veces, puede aliviarle en su impresión de acorralamiento. El suicidio debe ser tratado de una manera franca y sin comentarios de tipo moral. El suicidio no es una cuestión moral para la persona afectada. Es, en su mayor parte, el resultado de la tensión. Muchos ya están luchando con sentimientos de culpabilidad, y si tiene lugar una discusión del suicidio como un acto inmoral, esto puede añadir a su carga emocional y ser aún motivo de más desánimo.
Si estás hablando personalmente con un adolescente que está considerando el suicidarse, háblale sobre sus creencias acerca de la muerte. Muchos adolescentes no han visto nunca una persona muerta, ni han estado presentes en un entierro. No entienden su carácter final y definitivo. Puede que estén pensando en la atención que van a recibir. Ayúdales a obtener una perspectiva realista de la muerte que pueda frenarles en sus intentos (12).

PASO 3: Evalúa el potencial suicida.

Hay cierto número de factores que permiten hacer esta evaluación. Cuando escuches a una persona, vas a recibir datos clave que te ayudarán a tomar una determinación.
1. — Edad y sexo. Recuerda que el promedio de suicidios se incrementa con la edad y que es más probable que lleguen hasta el final los hombres que las mujeres. Los solteros varones y de mayor edad son los más vulnerables. Las mujeres más jóvenes es menos probable que lleven a cabo su plan. Las personas afectadas por el alcoholismo están consideradas con un alto riesgo. Y los bebedores esporádicos son más vulnerables al suicidio que los crónicos y consumados bebedores. El alcohol, a menudo, sirve como defensa contra el dolor, y posteriormente se convierte en una nueva fuente de dolor. Si el dolor es intolerable en estado sobrio, el suicidio puede ser atractivo (13).
2. — Historia del comportamiento respecto al suicidio. Es importante averiguar si éste es el primer intento o si es uno más de una serie. Cuanto más reciente es el comienzo del comportamiento suicida, mayores son las probabilidades de prevenirlo. Pero, al mismo tiempo, mayor es la necesidad de una intervención activa. Una pauta extensiva de comportamiento suicida puede requerir un largo tratamiento por un profesional. Si la persona ha intentado suicidarse repetidamente, es probable que acabe alguna vez logrando su propósito. La tarea, tanto del paraprofesional como del profesional, es ayudar a romper este círculo suicida y ayudar a la persona a desarrollar un plan de vida.
3. — Evaluación del plan suicida. Hay tres partes en el plan:
a) ¿Cuál es el potencial letal del mismo? Cuando una persona ha admitido que está planeando acabar con todo puedes preguntarle: «¿De qué forma está pensando suicidarse?» Algunas veces las palabras duras pueden hacer comprender al afectado la realidad de la situación. Dispararse y ahorcarse son considerados los métodos más mortíferos, siguiéndoles la ingestión de barbitúricos y el envenenamiento con monóxido de carbono. El potencial mortífero de un método se mide por lo abrupto del punto en que no hay posibilidad de retorno. Algunos usan explosivos, cuchillos, veneno o el ahogarse.
b) ¿Hasta qué punto le es accesible el método? Si tiene a mano una pistola o un frasco de pastillas, el riesgo es mayor. Pregúntele qué clase de pastillas son y dónde están. Si hace planes para usar una pistola, pregúntele: «¿Dónde la tiene? ¿Dónde está? ¿La tiene cargada?»
c) ¿Hasta qué punto es concreto y específico el plan? Si ha elaborado los detalles del mismo muy bien, el riesgo es mayor. Si la persona dice: «Aquí tengo 100 pastillas, o voy a abrir la espita del gas; he tapado las grietas alrededor de la puerta y de las ventanas para que no se escape», es evidente que el plan es concreto. Pero si dice que tiene que ir a comprar las pastillas, la pistola o la manguera para el tubo de escape del coche, el riesgo es menor.
4. — Tensión o «stress». Ésta deberá ser evaluada desde el punto de vista del que llama. A ti puede parecerte insignificante pero para él puede ser distinto. Si ha experimentado pérdidas, reveses o, incluso, éxitos, esto puede crear stress o tensión.
5. — Síntomas. ¿Cuáles son los síntomas en la vida de la persona? ¿Tiene depresión?, ¿alcoholismo?, ¿agitación?, ¿está en estado psicopático? Recuerda que la depresión agitada es el peor síntoma. Si sus factores de tensión y los síntomas son elevados, es necesario que actúes rápidamente.
6. — Recursos. ¿Qué recursos tiene esta persona a su disposición que le puedan servir de ayuda? ¿Tiene amigos o parientes cerca? ¿Hay servicios de consejo a su alcance en el lugar donde reside o en su área de trabajo? ¿Tiene lugar en el que residir? La falta de estos recursos hace que el factor riesgo sea más elevado. Si una persona permanece en su casa pero está rodeado de un ambiente impropio, sería mejor que se le cuidara en cualquier otra parte. Es posible que necesite estar distanciado de uno de los padres, o de un cónyuge, o de otra persona que esté implicada en el problema que le afecta. Uno que vive en un ambiente deprimente (un entorno negativo en el que la estimación propia de la persona es atacada constantemente) sería mejor sacarlo de esta influencia.
7. — Estilo de vida. ¿Cuál es su estilo de vida? Si es inestable con un historial de cambios o pérdidas de empleo, cambios de residencia, bebida, comportamiento impulsivo y otros cambios el riesgo es mayor.
8. — Comunicación con los demás. ¿Se ha aislado esta persona de los demás, incluyendo los amigos y la familia? Si es así, representaría un riesgo elevado. Si todavía está en contacto con los demás, se puede hacer uso de los mismos para ayudarle.
9. — Condición médica. Si no hay problemas físicos el riesgo es menor. Si hay alguna enfermedad o lesión, háblale de ella y averigua lo seria que es. ¿Es algo real, o se trata de un problema en la mente de la persona? ¿Ha ido a ver a un médico? Algunos que tienen una enfermedad incurable es posible que piensen en el suicidio como un medio de eliminar el dolor para sí mismos y los gastos para su familia.

PASO 4: Formula un plan para ayudar al que llama.

Es importante descubrir qué parte del plan ha sido puesto en acción y conseguir que lo invierta. Si ha abierto la espita del gas y sellado las ventanas, has de conseguir cierre la espita y abra las ventanas. En modo alguno debes contentarte con la promesa de que lo hará en cuanto tú cuelgues el teléfono. Dale instrucciones específicas y permanece al habla hasta que lo lleve a cabo. Pídele que abra la puerta y las ventanas. Si tiene una pistola cargada, que la descargue. Si es automática, que saque el dispositivo de la cámara y que saque las balas del dispositivo. Después debe colocar las balas en un cajón y poner la pistola en otra parte que no le sea accesible, caso de que sufra un arrebato. Si la persona tiene pastillas, hay que decirle que las tire al retrete. Si no quiere cambiar su plan, sigue hablando hasta que consigas que consolide su relación contigo hasta el punto de que tenga confianza en ti.
Luego has de conseguir que se comprometa. Hazle prometer que te llamará si tiene otra vez dificultades o si se siente tentado a quitarse de nuevo la vida. Los profesionales han encontrado que esto es muy efectivo. El afectado puede no hacer caso de otras obligaciones, pero cumplirá la promesa de llamarte. Tu palabra de ánimo a través del teléfono puede mantener en vida a la persona.
Un consejero profesional afirmó una vez que cuando se hallaba fuera de la ciudad le llamó un paciente suyo para hablar con él. El individuo se hallaba muy deprimido, y más tarde se descubrió que estaba haciendo planes para suicidarse aquella misma noche. La esposa del consejero contestó, diciendo: «Mi esposo no está aquí esta noche, pero yo sé que quiere hablar con Vd. Voy a ponerme en contacto con él y le llamará, y también me gustaría que Vd. volviera a llamar. Se lo haré saber; y gracias por haber llamado.» Más tarde, cuando el consejero vio a esta persona, se enteró que fueron esas palabras las que le habían mantenido en vida aquella noche.
Ayuda al afectado a precisar cuáles son sus puntos fuertes y sus recursos. Si se ha comprometido contigo y puesto de acuerdo en que no hará nada, ayúdale a ampliar sus ideas sobre el problema y descubrir los recursos que posee y que ha perdido de vista durante la crisis. En algunos casos el paciente necesita ser hospitalizado. Si ves que la persona está muy deprimida, asegúrate de advertirle que el proceso de recuperación implica ciertos altibajos. Quizás conozcas algunas instituciones o agencias de las cuales puedas obtener el alimento que necesita, el empleo que le hace falta o la ayuda profesional o legal que está buscando. Tal vez haya un vecino que pueda quedarse con él o darle ayuda emocional. Asegúrate de convencerle que hay varias alternativas positivas al suicidio. Es posible que no las vea en aquel momento, pero trata de convencerle de que, trabajando juntos, entre los dos vais a descubrirlas.
Antes de terminar la llamada, tu tarea final es conseguir que la persona se quede comprometida con otra de alguna forma. Es posible que quieras que venga a verte a la iglesia para que le aconsejes, o que vaya a una institución en la que sabes pueden ayudarle. Puedes decirle: «Puedo verle mañana a las 11», o «Podría hacer que nuestro pastor le viera. ¿Puede venir Vd. a verle luego?» Que él sepa que tú estás esperando verle y trabajar el problema con él, y que él puede hallar más ayuda poniéndose en contacto con otro personalmente.
En este tipo de aconsejar es importante transmitir al aconsejado la idea de que te interesas por él. Es también importante hacerle comprender el hecho de que Dios le ama y cuida de él. En algunos casos es posible que incluso sientas la necesidad de decirle esto por teléfono en la primera conversación. Otras veces es mejor decirlo cara a cara. Pero ten cuidado con el enfoque y el tono, pues no deben tener aire de sermón. La verdad del amor de Dios debe ser explicada de modo natural y sincero, bajo la dirección del Espíritu Santo, pero en el momento oportuno.
Resumiendo, hay tres elementos cruciales en el enfoque de aconsejar por teléfono:

1. Actividad. Debe sentir que hay alguien que está haciendo algo apropiado para él en aquel momento. Esta garantía ayuda a aliviar su tensión.
2 Autoridad. El consejero debe ser para él una figura con autoridad que se está haciendo cargo de la situación. El que llama no es capaz de hacerse cargo de su vida en aquel momento; por lo tanto, alguien debe hacerlo.
3. Implicación con otros. Si el que llama comprende que hay otros implicados en aquel mismo instante que tienen interés en él y quieren ayudarle, es más probable que se sienta atendido y responda.

LA CRISIS DEL SUICIDIO

 

Una respuesta

  1. Marcela dice:

    Gracias.
    Estamos llamados para ayudar y servir

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