Madrid, España

LA CRISIS DEL REINO: 9 PARÁBOLAS

Recursos Bíblicos Para Crecer

LA CRISIS DEL REINO: 9 PARÁBOLAS

las parábolas d jesús

Parábola de la higuera estéril (Luc. 13:6–9)

El contexto sinóptico

Esta parábola es sólo una de varias que se pueden clasificar como parábolas de Jesús que enseñan respecto a la crisis que provoca el reino venidero. Algunas de las otras son: la parábola de las señales de los tiempos (Luc. 12:54–59); el dicho parabólico respecto al ojo como la lámpara del cuerpo (Luc. 11:34–36); la parábola de los niños que juegan en la plaza (Luc. 7:31, 32); la parábola del rico insensato (Luc. 12:16–20); el dicho parabólico de la sal insípida (Luc: 14:34–35); el dicho parabólico de la lámpara puesta debajo de un cajón (Mat. 14:15 ss.); la parábola de los mayordomos (Luc. 12:42–46); la parábola de los talentos (Mat. 25:14–28). Todas estas parábolas destacan la idea de que el reino ha venido en Jesús; los hombres tienen que responder con arrepentimiento y fe. Es un momento de decisión, la más importante decisión de la vida.

Es interesante notar cuántas de las parábolas que se refieren a la crisis del reino se hallan en el Evangelio de Lucas. La parábola de la higuera estéril no es la excepción. Es más, esta parábola se halla únicamente en el Evangelio “gentil”. El hecho de que varias de las parábolas aludidas censuren fuertemente la incredulidad y la terquedad de algunos de los líderes judíos ante el Cristo del reino, explica algo de por lo menos uno de los motivos del evangelista.
Aunque puede ser que el trasfondo de la parábola de la higuera se halle en la historia de Ahiqar, un cuento popular, fechada por lo menos cinco siglos antes de Jesucristo, lo más probable es que haya un trasfondo escriturario en el Antiguo Testamento. Se sabe que la higuera jugaba un papel importante en la vida de los israelitas. Tanto es así que esta planta llegó a significar la prosperidad del pueblo escogido. 1 Reyes 4:25 y Miqueas 4:4 hablan de la seguridad de cada israelita que vivía bajo una viña y una higuera propias. Los mismos símbolos de prosperidad podrían connotar lo contrario; cuando los israelitas por varias razones desagradaban a Dios, su ira se expresaba mediante la remoción del fruto de la viña y de la higuera (Jer. 8:13; Os. 9:10; Hab. 3:17). Israel ocupaba el lugar preferente en la viña del Señor; al no acatar la voluntad de Yahvé, el juicio era seguro. El juicio era simbolizado por la caída de los higos de la higuera (Isa. 34:4; Jer. 5:17; 8:13; Ose. 2:12; Joel 1:17). Es fácil ver cómo Lucas hallaría mucha tela que cortar en la inclusión de tanta parábola de crisis.

El contexto en el ministerio de Jesús

Parece que el cuadro histórico de esta parábola en el ministerio de Jesús, al igual que las demás parábolas de crisis, es uno de aquellos momentos específicos cuando Jesús quería dejar bien clara una idea: su propia persona exigía decisión. Ante su persona el pueblo tenía que tomar una determinación: se quedaba con su culpa (Mat. 23:35; Luc. 11:50) o se disponía a recibir la gracia de Dios que él mediaba. Esta decisión respecto a su persona y obra no era una decisión cualquiera. Básica en esta decisión era una actitud de arrepentimiento.
Las parábolas que tratan de la crisis que amenaza fueron pronunciadas en una situación concreta única; esto es fundamental para su comprensión. No quieren inculcar máximas éticas, sino que quieren sacudir y despertar a un pueblo ciego que corre a su perdición, y, sobre todo, a sus líderes, los teólogos y los sacerdotes. Pero quieren más. Quieren llamar al arrepentimiento.

Uno de los obstáculos más prominentes entre el liderazgo judío era su orgullo por ser del pueblo escogido de Dios. El orgullo, sea en el ámbito individual o nacional, siempre imposibilita una actitud de sumisión. Christian Duquoc describe algo de este orgullo judío ante el anuncio de Jesús.

Los juicios severos de Jesús sobre Israel conceden todo su sentido a su esperanza de una salvación universal. Él cree en la elección del pueblo judío. Pero en la mayor parte de las capas del pueblo se hacía, entonces, de esta elección y de la salvación algo automático: el pertenecer a la descendencia carnal de Abraham era la garantía de salvación. Juan el Bautista ya había reaccionado violentamente contra esta falsa seguridad. Jesús recoge esas ideas del precursor; la descendencia de Abraham no salva del infierno (Luc. 16:26), y el juicio caerá también sobre Israel (Luc. 13:6–9).

Según el contexto en Lucas (13:1–5), Jesús había abordado la cuestión de una catástrofe acaecida entre algunos residentes de la provincia de Galilea. Sucede que no tan sólo las vidas de algunos hombres habían sido quitadas por el gobernador romano, Pilato, sino que la sangre derramada había sido mezclada con la de algunos animales de sacrificio, justo en el momento de ofrecerlos en el templo de Jerusalén. A la tragedia personal y criminal, se agrega otra tragedia, incluso de índole ritual, cosa intolerable para los judíos meticulosos. Jesús pregunta a su auditorio si ellos creían que esta doble tragedia había sucedido a los galileos, porque eran más pecadores que los demás. Su pregunta era retórica, pues conllevaba su propia respuesta rotunda: ¡No! Jesús afirma que peores cosas aguardan a todos aquellos que no demuestran una actitud de arrepentimiento. Lo declara al decir: “… si no os arrepentís, todos pereceréis de la misma manera”.
En este contexto respecto al arrepentimiento Jesús narra la parábola que nos ocupa: la parábola de la higuera estéril. Respecto a su significado para Jesús Bornkamm comenta.

… lo milagroso no es el hecho de que esos hombres hayan sido heridos sino el que vosotros mismos no lo hayáis sido. ¿Qué significa este milagro? Y el texto continúa con la parábola de la higuera estéril que desde hace muchos años no ha producido nada y que merecería ser cortada. Pero el viñador, dispuesto a cuidarla todavía, le ruega al dueño que le conceda un último plazo … El milagro es la paciencia de Dios, incomprensible e inmerecida … el dueño tiene razón: “¿Por qué ha de ocupar la tierra en balde?” … pero esta paciencia tiene sus límites: “¡Un año más!”.

Claro está, para Jesús, Dios había sido más que paciente con el pueblo de Israel. El reino de Dios está entre ellos; está ese reino disponible en su propia persona; el someterse a Jesús como el ungido de Dios implica como condición impostergable el arrepentimiento. Aunque la parábola en sí no es una alegoría, hay quienes admiten la posibilidad de identificar a Jesús con el viñador. Es el viñador, recordemos, el que pide al dueño “un año más”. Aunque la paciencia de Dios era limitada, se pide una oportunidad más. De modo que el anuncio del juicio se convierte en una llamada al arrepentimiento. Pero, ¡es la última llamada!

La parábola para el contexto latinoamericano

Los que viven en América Latina sufren la tentación de encontrar analogías de la higuera estéril en muchas facetas de su sociedad. Algo de esto, ciertamente es justificable, pero es preciso establecer una vez por todas que la parábola de la higuera estéril dentro de Lucas y dentro del contexto de Jesús tiene fuertes tonos religiosos sobre todo. Si está en lo cierto lo que se ha expuesto hasta ahora respecto al punto esencial de la parábola, el arrepentimiento individual y colectivo por parte de los líderes judíos, entonces no será legítimo el obviar el elemento religioso. El latinoamericano, tanto como el europeo, el asiático, el africano y todos, necesita dar media vuelta e ir por otro rumbo. Ese es el significado primordial del griego metanoia (arrepentimiento) respecto a su relación con Dios en Cristo. El latinoamericano no vive de pan solamente; le urge el sustento que sólo la Palabra de Dios puede dar. Quiere decir que el mismo hombre latinoamericano necesita reconocer su propio orgullo cegador que le impide realizar la voluntad del Rey del reino de Dios. Sólo al reconocer su propia insistencia en ser el rey y gobernante de su destino, en detrimento de su sumisión a Cristo, podrá el hombre común y corriente latinoamericano arrepentirse legítimamente, colocando así a Cristo en el trono de su existencia.
Es de observarse, no obstante, que la parábola de la higuera estéril se dirige, en primer término, a los líderes religiosos judíos contemporáneos de Jesús. A ellos se podía achacar muchos de los males del pueblo judío. Eran ellos mismos los que inculcaban en el pueblo un espíritu exclusivista y racista el cual obstaculizaba su aceptación del Ungido de Dios quien personificaba otro concepto y realidad del reino. El reino de Dios se manifiesta entre sus súbditos, dotándoles de una actitud nueva respecto a Dios y al prójimo. Cuando el líder religioso pone trabas, aunque sea inconscientemente, a la realización del reino de Dios, sólo se busca el juicio. El único remedio es el arrepentimiento, el cual se nos describe a continuación:

La naturaleza del arrepentimiento esperado se deduce claramente de la parábola evangélica. El arrepentimiento significa desviarse de una ruta que conduce al desastre. Por lo tanto, involucra un despertamiento a una nueva comprensión del tiempo. Se debe contemplar el peligro en el que Israel se encuentra. Se debe reconocer la unicidad de la hora. Se debe responder a la misión del Narrador de la parábola. “Leer el tiempo correctamente es reconocerlo como el tiempo de Jesús el Mesías, cuya presencia es el ingrediente más significativo del tiempo, puesto que él es el portador del mensaje del juicio final de Dios” 

Compete, pues, a los líderes religiosos de América Latina escuchar con diligencia el mensaje de esta parábola. ¿Hasta qué punto somos nosotros culpables, al igual que los líderes religiosos judíos, por inculcar en nuestros pueblos un orgullo religioso falso que obstaculiza al hombre sencillo un reconocimiento personal a Jesús como Rey? ¿Hasta qué punto nos urge arrepentirnos, tanto católicos como protestantes, por no pregonar un evangelio de Cristo en toda su pureza bíblica? ¿Cuántos de nosotros, líderes religiosos, no hemos permitido que otras cosas ocupen nuestras agendas en lugar de proclamar proféticamente un evangelio completo? ¿Habrá quedado nuestro evangelio truncado o distorsionado por otros intereses que no se centran en el reino de Dios con todas sus facetas espirituales y sociales? ¿Seremos, como líderes religiosos respetados, parte del problema de América Latina en lugar de partes importantes de su solución? ¿Cuántos habremos fallado al Rey por dejar que cosas secundarias ocupen el lugar de las primarias? ¿Seremos culpables de no tomar cada oportunidad que se nos presenta para ocuparnos del bienestar de las personas en nuestro derredor? ¿Seremos culpables de hacer caso omiso de las injusticias cometidas a diario? ¿Nos habremos callado, habremos silenciado la voz profética que nos corresponde ante tales situaciones? Todas estas preguntas las sugiere la parábola de la higuera estéril para nuestro contexto latinoamericano.

Es viable ver en esta parábola también algo de la soberanía extraña de Dios. Muchísimas cosas tienen lugar en la América Latina de hoy que hacen que la gente pregunte: “¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite Dios tanta miseria y tanto sufrimiento en nuestro medio? ¿No le importa?”. Ciertamente, al narrar esta parábola de la higuera estéril, Jesús quiso eliminar cualquier duda respecto a la providencia de Dios. Definitivamente declaraba mediante la parábola que no era la voluntad de Dios que aquellos galileos fueran ejecutados (Luc. 13:1–5). Mencionó también a dieciocho judíos que habían muerto trágicamente cuando una torre cayó sobre ellos (Luc. 13:4). Negó también que Dios quisiera u ocasionara tal desastre. Jesús con brillantez teológica echa a tierra todas las supersticiones y crasos errores doctrinales; estas tragedias no ocurrieron como castigo de Dios sobre un pecado cometido. Ciertamente el Señor no obligaba a las legiones de Pilato a que cometieran semejante atrocidad. Dios no empujó aquella torre para que cayera sobre los pobres judíos. De modo que Jesús, mediante esta parábola, quería dejar la idea de que no es la voluntad de Dios que semejantes eventos sucedan. ¡Dios no está en estas cosas buscando venganza!
Si esta clase de cosas acontece, pues, ¿dónde está la soberanía de Dios? ¿Está Dios en control? La respuesta es un rotundo ¡sí! Sólo la omnipotencia (carácter de todopoderoso) legítima puede permitir la existencia de otros seres libres. Sólo un poder muy incompleto y defectuoso busca coartar la libertad de otros. El poder absoluto de Dios es otro; crea, dentro de su soberanía y omnipotencia, a otros seres dotados del poder de la libertad de decisión y acción. Muchas tragedias, injusticias, miserias, atropellos ocurren, no porque Dios así desea, sino porque el hombre individual y colectivo ha optado por usar su libertad en detrimento de otros. Su propio orgullo y egoísmo lo llevan a realizar cosas muy contrarias a la voluntad de Dios. La soberanía de Dios está intacta pese a los disparates cometidos dentro de la libertad de los hombres. La soberanía de Dios nunca lo conduce a determinar las acciones de los hombres libres.
Algo más nos dice la parábola de la higuera acerca de la soberanía extraña de Dios. Si no hay fruto, la higuera está destinada a ser cortada. Es bien cierto que Dios no estaba detrás de las tragedias mencionadas anteriormente, pero es igualmente cierto que no seguirá permitiendo la improductividad de la higuera. Al fin y al cabo, hará algo al respecto. La parábola termina cuando el dueño de la higuera ha dado un año más de tiempo. Lamentablemente, la nación de Israel y sus líderes religiosos no se arrepintieron. En el año 70 las legiones romanas arrasaron con la ciudad de Jerusalén. La soberanía de Dios se dejó presenciar por el uso de una fuerza secular. La higuera al fin fue cortada. No para siempre se le permite a una higuera estéril ocupar tierra infructuosamente. Hay un límite. Dentro de su propia soberanía, Dios permite que las fuerzas destructoras de nuestra rebelión traigan sus consecuencias.
Todo lo dicho tiene sus injerencias para América Latina. Ninguno de los males que sufrimos se puede achacar a una supuesta falta de soberanía en Dios. Él sigue en control de la historia, pero se autolimita a sí mismo al crear a hombres libres. En último análisis, la libertad egoísta del hombre pecaminoso es la fuente de los males que aquejan nuestra región. Hombres con autonomía perversa cometen atropellos de toda índole sobre sus semejantes; esto acontece en el ámbito individual y colectivo. Quedan perjudicados los individuos tanto como la sociedad. No es la voluntad soberana de Dios que estas cosas sucedan. Su reino no “viene” (Mat. 6:10) cuando injusticias sociales prevalecen a todo nivel de nuestra sociedad. Aunque nos incumbe denunciar como súbditos del reino estas atrocidades actuales, la parábola de la higuera estéril anuncia una gran verdad: ¡Basta ya! ¡Hay un límite! ¡Aun la paciencia de Dios se agota! ¡El juicio está a la vuelta de la esquina!
La parábola de la higuera estéril no sólo se debe aplicar al contexto religioso de América Latina como un todo. También tiene sus aplicaciones muy obvias para el creyente individual. Toda persona creyente reconoce que la salvación personal comienza con el arrepentimiento y la fe. Esta es la experiencia de todo cristiano. Al escuchar el evangelio de Jesucristo cada persona, el Espíritu Santo hace su labor de convencimiento y convicción de pecado. Si la persona atiende el llamado del evangelio, acepta el movimiento del Espíritu sobre su ser, entonces no queda más camino que el arrepentimiento. Hay que reconocer que éste incluye varios aspectos. Primero, uno se convence de su propia pecaminosidad y su necesidad de Jesús. No tan sólo se convence intelectualmente, sino que también hay un elemento emotivo involucrado. El que experimenta la convicción de pecado no puede sino sentir una pena profunda por haber ofendido a Dios. Finalmente, este convencimiento intelectual y la pena que conlleva resultan en un nuevo derrotero para la persona. La parábola de la higuera estéril deja un profundo llamado porque cada hombre se arrepienta y acuda a Cristo. La venida de Cristo acarreó la imperiosa necesidad de decidir respecto al arrepentimiento y la fe. La obra salvadora de Cristo se hace eficaz sólo para aquellos que se arrepienten y colocan su fe en él. En su defecto, la venida de Cristo llega a ser el hecho más condenatorio de la historia. El arrepentimiento del pecado y la fe en Jesús son los únicos medios provistos por Dios para la salvación.
La parábola de la higuera estéril por sus detalles de índole agrícola, prácticamente grita porque se le alegorice. El estudiante serio de la Biblia, no obstante, tiene que resistir esta tentación, porque el ceder sólo le lleva a un callejón sin salida. La tarea a la mano es la de encontrar la enseñanza principal que Jesús quería dejar. Se ha dicho que ésta gira en torno al arrepentimiento. Es, pues, una parábola que no tan sólo advierte en contra de la postergación del arrepentimiento sino que también nos infunde aliento, porque nos asegura de las buenas acciones de Dios para que nos arrepintamos. Siempre queda la opción; podemos arrepentirnos para dar fruto o rehusar arrepentirnos y sufrir las consecuencias (Luc. 13:9).


Parábola del rico insensato (Luc. 12:13–21)

El contexto sinóptico

Esta parábola es otra de aquellas que son peculiares de Lucas, y forma parte de la sección central del Evangelio (Luc. 9:51–18:14) que constituye casi un tercio del escrito. B. H. Streeter sugiere que la sección central de Lucas representa como la mitad del documento “Q”. Lo que nos llama la atención, sin embargo, es que varias parábolas de Jesús que forman parte de esta sección central no tienen paralelos ni en Mateo ni en Marcos. Probablemente la parábola del rico insensato y las otras parábolas sin paralelos en los otros Evangelios vienen de una fuente especial (“L”) de la que disponía Lucas.
No tan sólo esta parábola es peculiar a Lucas, sino también, ella va acorde a un tema que se halla a menudo en el mismo Evangelio: el peligro de las riquezas. Es interesante observar cuántos de los personajes en Lucas tipifican al rico que es insensible ante las necesidades de otros. El “tercer” evangelista es especialmente conciente de la ética en torno a la abundancia y la pobreza. El contexto inmediato dentro del Evangelio contiene un popurrí de enseñanzas que aborda una variedad de conceptos. Se observa que varias de las enseñanzas son dirigidas a los discípulos de Jesús (12:1, 4, 22, 32), mientras otras pretenden hablar a un auditorio menos específico (12:15, 54). Es del todo significativo que la parábola del rico insensato esté ubicada justo en una posición cercana a un llamado a la vida de fe en Dios que no se disipa en la ansiedad (12:22–34). Tanto la parábola en sí como los versículos que siguen vienen siendo una especie de lección en torno a valores.
Si bien la parábola del rico insensato no se halla en otro Evangelio sinóptico, sí se encuentra en el Evangelio de Tomás. Tanto su forma como su contenido llaman la atención por diferir bastante de Lucas. En Tomás (Logion #63) la parábola dice así:

Jesús dijo: Había un hombre rico que tenía muchos bienes. Él dijo: Voy a emplear mis bienes para sembrar, para cosechar, para plantar y para llenar con fruto mis graneros, a fin de que no padezca falta de nada. Esto es lo que pensaba en su corazón. Y en aquella noche murió. ¡Quién tenga oídos, que oiga!.

La forma que asume la parábola del rico insensato en Lucas es muy interesante. Mientras los vv. 17–19 involucran una clase de monólogo, la inclusión de la voz de Dios (v. 20) la convierte en un diálogo limitado. Aunque la mayoría de la parábola emplea verbos en el tiempo pasado, hay veces cuando se emplea el futuro del indicativo (vv. 18, 19). Son estas últimas frases las que revelan el pensamiento privado del rico: “¡Esto haré! Derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes … juntaré … diré”. Los pensamientos privados conducen a acciones concretas. El que Jesús haya utilizado este método literario para demostrar la vida interna del hombre está completamente acorde a la ética general de Jesús que hace que la acción se remonte a la premeditación. Así como piense el hombre, de ese modo será su vida.

El contexto en el ministerio de Jesús

Según Lucas, lo más inmediato que provocó la narración de la parábola del rico insensato era la insistencia de un joven en que Jesús se convirtiera en una especie de juez o árbitro. Se trataba de un caso en que un hermano (más probablemente el menor) se sentía muy incómodo respecto a la inacción de su hermano mayor. Éste no quería dividir la herencia de su padre con los demás hermanos, sino deseaba mantenerla intacta. Parece que el padre de los hermanos ya había muerto, y el menor protestaba, aludiendo que el último testamento de su padre no se cumplía. Fuera hecho con sinceridad o no, pues sería imposible determinar, es del todo posible que el hermano mayor actuara de este modo por razones religiosas. Según Deuteronomio 21:17, al hermano mayor le correspondía retener control sobre la propiedad heredada. Este control, no obstante, implicaba justicia para los demás hermanos. Puede ser que él creyera estar haciendo lo mejor para los hermanos menores al no repartir la herencia aún. Además, el Salmo 133:1 se prestaba para que el hermano mayor considerara que lo más santo era que toda la familia permaneciera unida. Fuera como fuera el asunto, lo concreto es que el hermano menor protestaba la decisión y así apelaba a Jesús para que arbitrara el caso. Jesús se negó rotundamente a hacerlo. Respecto a su negación, Beck agrega:

Puesto que la ley mosaica abarcaba toda obligación, fuera religiosa, civil o criminal, los rabinos eran consultados para dar sus fallos en disputas. Jesús se negó a ser un juez en este caso en donde dos hermanos de la misma fe peleaban una propiedad. Ya que enseguida Jesús advierte respecto a la codicia, parece que el hombre no necesitaba de la justicia, sino que buscaba usar a Jesús sólo para sacar más riqueza.

La avaricia nunca provocaba en Jesús un sentido de buen humor. Sólo hay que recordar su actitud y acciones frente a los cambistas en el templo de Jerusalén.
La solicitud del joven ocasionó que Jesús dijera a la multitud en su derredor: “Mirad, guardaos de toda codicia, porque la vida de uno no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Luc. 12:15). Inmediatamente después, les refiere la parábola del rico insensato. Pareciera, pues, que el trasfondo general de la parábola es la avaricia o la codicia. La enseñanza central de la parábola es que la verdadera vida no depende de las riquezas de este mundo.

La parábola misma menciona un solo actor humano, el que era rico antes de una cosecha de gran abundancia. Su problema principal no era satisfacer sus necesidades básicas cotidianas, sino, al contrario, no hallaba qué hacer con los excedentes de su cosecha. El monólogo no sugiere que el hombre fuera malo o perverso al principio, sino que encaraba una situación problemática real. El mal que posteriormente se descubre en el hombre rico es la solución buscada para su problema. Las palabras: “¿Qué haré?” y “¡Esto haré!” (vv. 17, 18) demuestran su dilema y su solución. El hombre sólo podía pensar en lo que esta bonanza significaba para él: abundancia, bienestar y gozo. De algún modo el rico atribuye todo esto a su propia suerte y/o esfuerzo. Encontraba el sentido de la vida en sus posesiones.
Pero de repente el monólogo se convierte en un diálogo al figurar Dios en la conversación. Quedan bien claras las palabras justicieras de Dios sobre la mala interpretación del rico respecto a la vida. “¡Necio! Esta noche vienen a pedir tu alma …” (v. 20). La misma palabra (necio) se usa en el Salmo 14:1 para referirse al hombre que vive sin Dios. El uso en el contexto de la parábola es probablemente igual.
Por todo lo que se ha dicho hasta ahora respecto a la parábola del rico insensato, es muy fácil ver cómo se podría hallar su significado principal como una enseñanza moralizante respecto a la codicia o la avaricia. Así la ven Kistemaker (p. 184) y Jones (pp. 132, 133), aunque este último contempla la parábola mediante varios aspectos de la existencia inauténtica tales como: la presunción, la autoindulgencia, el ateísmo práctico. Ninguno de estos dos comentaristas contemporáneos peca tanto en moralejas generalizantes como lo hizo el famoso Adolfo Jülicher. Este veía que la enseñanza única de la parábola era “El hombre, aun el más rico, en cada momento está dependiendo del poder de Dios y de la gracia”.
A diferencia de las posibles interpretaciones dadas hasta ahora de la parábola dentro del contexto del ministerio de Jesús, Jeremias y A. M. Hunter insisten en la naturaleza escatológica de la parábola. El profesor Jeremias clasifica la parábola del rico insensato dentro de aquellas que pregonan la gran catástrofe escatológica del reino. Cuando la parábola advierte al rico que “vienen a pedir tu alma” (v. 20), no es que Jesús esté hablando de la inminencia de la muerte en la vida de alguien en particular. Asevera Jeremias:

Pero aquí es preciso evitar un fatal desenlace. No se trata, en efecto, como parece a primera vista, de que Jesús quiera inculcar a sus oyentes la máxima antigua: “rápidamente toca la muerte al hombre”. Más bien, el tenor general de todas las admoniciones y advertencias de Jesús muestra que, como peligro inminente, considera no la muerte inopinada de un individuo, sino la catástrofe escatológica y el juicio inminentes. Así también aquí, Lucas 12:16–20 es una parábola escatológica.

La interpretación escatológica de la parábola ciertamente encaja en la esquematización de los estudios de Jeremias. Probablemente acierta en clasificar esta parábola como una que insiste en la inminencia del juicio para aquellos que ignoran la presencia del reino en Jesús. El carácter escatológico de la enseñanza de Jesús en contradistinción a simples moralejas no necesita reforzarse. Sin duda, las parábolas del reino no pueden hacer otra cosa sino advertir a los oyentes que necesitan prepararse para la venida del reino en su plenitud. Esta preparación involucra principalmente una relación correcta en la que Jesús es tenido por rey. Con todo, uno no puede menos que ver que la parábola tiene mucho que decir respecto a las actitudes ante las riquezas materiales. El mismo Jeremias admite esto tácitamente cuando dice: “Jesús espera que los oyentes refieran el final a su situación: tan locos como el rico insensato amenazado por la muerte somos nosotros, si recogemos bienes—a la vista del diluvio». Atinadamente reconoce que los bienes (las riquezas, bien o mal habidas) nos pueden convertir en “necios” si se les permite ocupar el lugar de Dios en la vida. Una vida cuyo dios es el amasar fortunas no es vida. Es la muerte tanto para el amasador como para la gente que sufre sus injusticias.

La parábola para el contexto latinoamericano

Uno de los problemas más agudos en casi todo país latinoamericano es la disparidad en la distribución de los bienes. Se da una situación en la que las masas viven en una gran miseria y penuria económicas, mientras que los pocos hacen alarde de su opulencia. La mayor parte de los teólogos de la liberación latinoamericanos contemplan alguna solución socialista, o sea, encuentran que la respuesta definitiva a esta disparidad injusta sólo se halla en un cambio de estructuras político-económicas. Específicamente su orientación política marxista ha hecho que condenen el capitalismo como la raíz de todos los males en la América Latina. No hay quien niegue que la expresión latinoamericana del capitalismo principalmente ha demostrado un egoísmo desbordante. Ha sido un capitalismo en el cual efectivamente “los ricos se hacen más ricos, y los pobres se hacen más pobres”. Es preciso preguntar, no obstante, si lo que está bajo juicio no debe ser tanto el sistema económico como tal sino los operarios del sistema. ¿No será que el problema no estriba tanto en el sistema del libre comercio tanto como en los comerciantes? ¿No será que el problema del capitalismo lo son los capitalistas? Al caer el comunismo en el siglo pasado, ¿no habrá demostrado la tremenda reacción popular en los países socialistas de Europa Oriental y en la misma ex Unión Soviética que soluciones para los males sociales no se hallan únicamente en tal o cual sistema socio-económico? Todo lo dicho no pretende ser una defensa del capitalismo; Dios sabe cuánto mal se ha perpetrado sobre la vida de tantos indefensos marginados por “capitalistas”. El punto esencial es que la gran problemática latinoamericana de la disparidad económica no se remonta a sistemas sino a personas. Jesús apelaba a cambios en la gente, no en cambios de estructuras sociales.
La parábola del rico insensato tiene mucho que decir al contexto latinoamericano. Aunque el trasfondo de la parábola en el Evangelio de Lucas es muy distinto al contexto latinoamericano contemporáneo, se pueden encontrar muchos paralelismos. El cuadro descriptivo del rico se asemeja en mucho al latinoamericano que sólo sueña con enriquecerse más. Su propósito último en construir almacenes más grandes no es proveer así más fuentes de trabajo para los que están sin empleo; su deseo de acumular más riquezas no es para poder aumentar más justamente los sueldos de sus empleados; su sueño es sólo el de amasar más riquezas con el fin de que se despreocupe personalmente y que viva holgadamente en el futuro. Sus pensamientos giran sólo en torno a sí mismo. El Rey del reino narra esta parábola para asentar su descontento con la avaricia y la codicia. Estas dos son grandes obstáculos para que uno de verdad sea súbdito del Rey.
Se dijo que el trasfondo de la parábola de Jesús era muy distinto al contexto latinoamericano de hoy. Esto se ve no tan sólo en las condiciones culturales, socio-económicas, etc., sino que se aprecia que la fe hebraica, la religión de Jesús, consideraba que la riqueza era bendición de Dios. Debe aclararse, no obstante, que para el Antiguo Testamento la riqueza material era bendición divina en el sentido que había que utilizarla en beneficio de los menos afortunados: los extranjeros, las viudas, los huérfanos, etc. Convertir las riquezas en base para una vida egocéntrica era, en efecto, desdeñar a la fuente de esas riquezas, a Dios mismo. Desgraciadamente, parece ser la norma que, en Latinoamérica, las riquezas son únicamente para servir de trampolín en el afán de acumular más. Aunque se cambie el sistema socio-económico, si el hombre mismo no se somete a una orientación distinta, a una vida subyugada a Dios en Jesucristo, no va a haber cambios efectivos. El reino de Dios, enseña la parábola, desconoce la codicia y la avaricia; el latinoamericano de hoy necesita conocer por la fe al Rey del reino; si no, tendrá que atenerse al juicio escatológico de Dios. Por esto, lejos de ser una mera perogrullada, la parábola del rico insensato habla poderosamente a América Latina hoy. Urge que los cristianos evangélicos nos veamos ocupados en un evangelismo que tenga a su vez una sensibilidad social.
¿Tendrá la parábola del rico insensato algo que decir respecto a la deuda externa que tanto agobia a los países latinoamericanos? Obviamente que no si dejamos la parábola dentro de su contexto histórico bíblico. Si intentamos contextualizar la parábola a nuestro medio, llevando el sentido original descubierto a la problemática latinoamericana, la respuesta es un rotundo ¡sí!
En términos laicos, la deuda externa de los países latinoamericanos con la banca internacional ha llegado a ser insostenible e impagable. Esto ha provocado una crisis en el ámbito regional e internacional. Osvaldo Sunkel nos fija el escenario:

La política de desarrollo imitativo seguida en las últimas décadas y el desorbitado endeudamiento externo de fines de los años 70 crearon en nuestros países condiciones de extrema dependencia y vulnerabilidad. Aunque hay diferencias importantes entre los distintos países de América Latina, la experiencia común reciente ha mostrado estrategias y políticas de desarrollo que a la postre han resultado inviables e insostenibles y que han desembocado en profundas crisis.

Debe destacarse que cuando se habla de la deuda externa de los países latinoamericanos, no se está abordando sólo un tema interesante para los economistas y/o ministros de hacienda. Desde hace tiempo el endeudamiento latinoamericano deja de ser “un tema” de índole teórica para ser debatida en sociedades académicas. Ha llegado a ser un factor crítico en la vida de la gente común y corriente de América Latina. En una conferencia dictada por un economista latinoamericano, se abordó parte del problema que la deuda representa para la población y economías latinoamericanas. La cita a continuación pretende abarcar lo dicho respecto a las dimensiones de la deuda en términos muy humanos.

Preferiría invitarles a reflexionar sobre la magnitud de la deuda desde otro ángulo, para reconocer cómo, en definitiva, nuestros países, el conjunto de América Latina, termina por asumir una deuda casi equivalente a su producción anual, es decir, al producto generado de un año por los millones de trabajadores de América Latina; o de otro modo, meditar en que somos deudores por un monto equivalente a cuatro o cinco años de exportaciones, debiendo exportar cuanto exportamos durante cinco años sin acreditársenos un solo dólar para acabar con esta inmensa deuda acumulada.

La conferencia de Vuskovic es sumamente informativa, aunque carece de los datos y cifras que a uno le gustaría ver para respaldar algunas de sus aseveraciones. Uno no puede leer la conferencia del aludido economista sin palpar sus fuertes sentimientos en torno a la problemática. Parece insinuar que la deuda externa puede, al fin y al cabo, achacársela a la banca internacional como si ésta estuviera motivada por designios subversivos para acabar de hundir a los países subdesarrollados en la región. A duras penas menciona algunas de las razones de la deuda de corte regional. Entre algunas de sus posibles soluciones está la de no pagar la deuda o, en su defecto, pedir a los mismos bancos prestamistas que la paguen .

Por muchas conferencias que se tengan, el problema de la deuda sigue siendo agudo a todos los niveles de la vida latinoamericana. Parece que empezó a sentirse más fuertemente a raíz de la crisis económica y financiera de 1982 (se refiere a una crisis a nivel mundial). Esta crisis repercutió más profundamente en aquellas economías más débiles. Estas se vieron afectadas más negativamente por los mismos ajustes económicos impuestos por la banca transnacional y el Fondo Monetario Internacional. Había menos dinero para gasto público, traduciéndose esto en menos ingresos y gastos del sector privado. Muchas inversiones en potencia se vieron afectadas, especialmente las de la construcción. Las repercusiones no se hicieron esperar: el desempleo, el subempleo y la marginalidad, la caída de los ingresos y salarios del pueblo, sobre todo los de la gente de bajos ingresos. Esto, a su vez, resultó en suspensión de pagos por servicios públicos, morosidad en los pagos de arriendos, deudas habitacionales, etc. No es difícil ver cómo esto también podría ocasionar muchas quiebras en el sector empresarial. La cadena continúa cuando hay atrasos en los pagos de los impuestos y las contribuciones estatales y municipales. Se contempla un verdadero círculo vicioso recesivo cuando todo esto agrava el déficit fiscal, y éste obliga a reducir aún más los gastos públicos.

¿Qué tiene la parábola del rico insensato que ver con toda la mencionada problemática latinoamericana? Algunos dirán ¡Nada! Otros diremos ¡Mucho!
La parábola del rico insensato debe hablar poderosamente al creyente individual ahora. Sus enseñanzas principales hasta ahora son: el mal de la avaricia, la vida no depende de las riquezas de este mundo. El rico insensato de la parábola es el perfecto representante del avaro. Algunos dirán, “no tengo mucho dinero, no soy rico”. No importa la cantidad que se tenga o no se tenga, la actitud de la persona para con las riquezas pesa mucho. Tanto el rico como el pobre puede encontrarse pensando como si lo realmente valedero de este mundo fuera la riqueza monetaria.

Este error no es patrimonio sólo del rico. La parábola contrasta elocuentemente la riqueza material con la espiritual. Según Jesús, la riqueza realmente valedera es la riqueza para con Dios.
Se ha visto que probablemente para Lucas esta parábola también revistiera ciertos tintes escatológicos. Es decir, las palabras “¡Necio! Esta noche vienen a pedir tu alma; y lo que has provisto, ¿para quién será?” (v. 21) advierten que la crisis del reino de Dios está a la mano. Convenía que el rico, lejos de amasar fortunas dentro de este mundo, se preparara para la venida del reino. Convenía que tuviera a Jesús por Rey y Señor. Aunque parece mentira, lo más fácil para el creyente es perder una visión de lo que significa no estar bajo el reinado de Cristo. El perder esta visión es lo que nos hace apáticos respecto a la difusión del evangelio. Recordemos de nuevo cómo éramos antes de entrar al reino. Recordemos cómo eran nuestras actitudes y acciones antes de experimentar la obra regeneradora de Cristo. El hacer esto nos ayudará a mantener bien pulidas nuestras destrezas en la evangelización. Cada persona necesita enfrentar la disyuntiva que representa la presencia del reino de Dios en Cristo. Al igual que a Jesús, nos toca a nosotros hacer que este enfrentamiento se haga posible.


Parábolas de los talentos y de las diez minas (Mat. 25:14–30; Luc. 19:12–27)

El contexto sinóptico

Estas parábolas, al igual que otras, han provocado que muchos eruditos piensen que se trata de una sola parábola, con dos versiones que tienen la misma enseñanza. Esto obedece a que una parábola dada por Jesús dentro de su ministerio tiene que haberse transmitido oralmente entre el tiempo de Jesús y el registro de la tradición oral en forma escrita. La misma parábola puede haber tenido dos contextos geográficos y temporales de transmisión en los que se conservó la enseñanza básica de Jesús, pero su vocabulario quedó cambiado.
El nombre de la parábola de Mateo nos despista un tanto, porque no tiene nada que ver con talentos o dotes naturales tal y como la palabra parecería significar. Durante el primer siglo cristiano, un talento era una unidad monetaria equivalente a lo que ganarían 6.000 obreros por un día de trabajo: una suma de no poco monto. Pero, habiendo aclarado la cuestión del talento, el título de la parábola sigue despistándonos del tema central. En realidad, la parábola no gira en torno a la unidad de dinero, sino versa sobre la acción de tres siervos a quienes el amo había confiado dinero para ser usado eficazmente durante su ausencia.
A. M. Hunter clasifica esta parábola entre las que hablan en torno a la crisis provocada por el reino de Dios que llega en Jesús. Esto se observa en las tres versiones de la parábola desplegadas en dos de los Evangelios sinópticos (Mateo y Lucas) y también en el Evangelio de los Nazarenos, o sea, uno de los libros apócrifos, escritos cristianos antiguos que no figuran en el canon del Nuevo Testamento. Esta última versión difiere de la de los sinópticos en que agrega unos detalles distintos tocante al tercer siervo a quien el amo había confiado dinero. Este tercer siervo, peor que el segundo, malgastó el dinero del amo en mujeres y música. Por su despilfarro, según este Evangelio apócrifo, al tercer siervo se le encarcela. Jeremias opina que el énfasis original de esta parábola respecto a la crisis del reino fue cambiada en una exageración moralizante por la iglesia judío-cristiana.
Se nota claramente que las versiones de la parábola vistas en Mateo y Lucas son diferentes, aunque se trata esencialmente de la misma historia, con una enseñanza igual. La parábola de los talentos en Mateo viene siendo la parábola de las minas en Lucas. Una teoría propone que el vocabulario variante empleado en las dos versiones sugiere que Lucas y Mateo habrían usado fuentes distintas; es decir, aquí no se está hablando de “Q” (ver el Apéndice). Lo más probable es que la misma parábola tuviera desarrollos tradicionales distintos obedeciendo a los lugares y tiempos distintos de uso.
Las diferencias en las dos versiones de la parábola pueden atribuirse a algo más. Jeremias es de la opinión de que se trata de una fusión de la parábola de las minas con otra, cuya fusión se realizaría antes de que la tradición llegara a Lucas. Precisamente al hablar de los puntos de diferencia más obvios, el erudito alemán afirma:

Probablemente tenemos en estos rasgos una segunda parábola del pretendiente al trono, autónoma en su origen, que enlaza con la situación histórica del año 4 a. de J.C. Arquelao partió entonces hacia Roma, para hacer confirmar su dominio sobre Judea; al mismo tiempo una embajada judía de 50 personas viajó a Roma para intentar impedir su nombramiento. Parece que Jesús utilizó la venganza sangrienta que tomó Arquelao después de su regreso y que el pueblo no había olvidado, para prevenir a sus oyentes, en una parábola de crisis, de una falsa seguridad. Tan insospechado como fue para sus enemigos el regreso y la venganza de Arquelao, así de insospechada caerá la perdición sobre vosotros.

Mateo ubica la parábola dentro de una serie de parábolas que sigue al discurso apocalíptico cuya fuente principal es Marcos 13. La mayoría de estas parábolas en serie recalca la venida del Hijo del Hombre en algún momento de la actual generación. Por la ubicación de Mateo de esta parábola en conjunción con las demás que versan sobre la segunda venida, es claro que este era el sentido de la parábola de los talentos para Mateo. No tan sólo vendría durante la actual generación, sino que vendría para pedir que sus seguidores rindieran cuentas de su fidelidad.
Parece que Lucas desea introducir otros conceptos respecto a la misma parábola. Estos conceptos se dejan ver, al menos parcialmente, por las palabras introductorias que Lucas antepone a la parábola en las que revela dos razones para la parábola. La primera es “por cuanto estaban cerca de Jerusalén” (hay que recordar la importancia que representa para Lucas toda su “sección especial” que abarca el viaje que Jesús emprendiera hacia Jerusalén. Esta no era simplemente la capital de Israel, sino el lugar en donde tanto profeta perdía la vida); la segunda es “porque ellos pensaban que inmediatamente habría de ser manifestado el reino de Dios” (Luc. 19:11). Es fácil ver cómo el “hombre noble de estirpe” es identificado con Jesús que iba a “partir a un país lejano para recibir a un reino y volver” (v. 12); es decir, se refiere a su segunda venida. El viaje a un país lejano implicaría cierta tardanza antes de su regreso. En efecto, parece que, para Lucas y su contexto, la parábola de las minas (o “talentos” en Mateo) se ubica en su Evangelio con el fin de demostrar que la segunda venida no sería inmediata. Es claro, pues, aunque la parábola en sus “dos versiones sinópticas” difieren en cuanto a vocabulario, ciertos detalles, etc., los dos evangelistas interpretan la parábola como enseñando respecto a la segunda venida del Señor. Todo esto es así, pese al hecho de que ambos Evangelios ponen al final de la parábola cierta moraleja: “a todo el que tiene, le será dado; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Luc. 19:26). La aludida moraleja no concuerda con la idea de una segunda venida postergada, sino habla de una sentencia dada a los siervos, fueran dignos o indignos. Parece que esta moraleja formaba parte de la tradición antes de que llegase a los evangelistas, y por esto Dodd opina que la interpretación escatológica de la parábola se atribuye a la redacción posterior y no a Jesús directamente. Dados los presupuestos filosóficos de Dodd, no nos sorprende que así piense. Eso sí, la moraleja que se encuentra tanto en Mateo como en Lucas después de la parábola pero con formas variantes, se halla como un dicho independiente en Marcos 4:25. El dicho sería genuinamente de Jesús, pero su contexto original se ha perdido de tal modo que es irrecobrable. La máxima sería de Jesús, pero su aplicación por la tradición al final de la parábola sería antes de la misma redacción de los evangelistas.
Para resumir, la parábola de los talentos (Mateo) y su versión en Lucas (la parábola de las minas) gozaron de desarrollos y tradiciones diferentes. Parece que la versión de Mateo es la más original, aunque no deja de recibir las influencias del contexto del redactor. En manos de ambos evangelistas, no obstante, la parábola asumió matices escatológicos, dejando así advertencias para sus lectores (contemporáneos de ellos) respecto de la necesidad de ser fieles ante el retorno (demorado en Lucas) del Señor.

El contexto en el ministerio de Jesús

Aunque hay quienes dudan de la legitimidad de buscar un contexto histórico en el ministerio de Jesús que no sea idéntico al presentado por los dos evangelistas, tanto Dodd como Jeremias no vacilan en hacerlo. Su argumentación es un tanto subjetiva, pero tiene sentido, siempre y cuando su concepto del Jesús histórico sea correcto. Para los dos eruditos, hay razones para pensar que las necesidades “parenéticas” de las comunidades de los dos evangelistas obligaron a que los auditorios fueran cambiados. Es decir, como ya se ha visto, para los dos evangelistas, Jesús contaría la parábola de los talentos (o de las minas en Lucas) a sus seguidores para retarles a que se mantuvieran fieles hasta su segunda venida. Para Dodd y Jeremias, no obstante, el auditorio sería otro. Veamos su argumentación respecto al significado de la parábola para Jesús mismo, determinándolo así por el auditorio de la parábola.
El erudito británico es de la opinión que originalmente Jesús daría la parábola de los talentos al judío piadoso común y corriente. ¿Cuáles son las razones para esta aseveración que difiere tanto del contexto escatológico presentado por los sinópticos? Es claro por la frase al final de la parábola (tanto en su forma en Mateo como en Lucas) que el interés central se halla en la rendición de cuentas, especialmente la del siervo miedoso y precavido. Se hace claro que el viaje del dueño es necesario con el fin de dar oportunidad a los siervos para que demuestren su competencia o idoneidad como mayordomos de propiedad ajena. Pero es obvio que la figura central es la del siervo que no quiere correr riesgos. Toda la parábola parece contarse con el fin de que el siervo inútil sea juzgado por los oyentes. Dodd llega a la conclusión:

Entonces, ¿quién es el siervo de Dios al que se condena por una exagerada precaución que equivale a una prevaricación? Yo diría que se trata de ese judío piadoso al que tanto critican los Evangelios. Él busca su seguridad personal en una minuciosa observancia de la ley … Mientras tanto, por una política de exclusivismo egoísta, convierte la religión de Israel en una magnitud estéril. El pueblo sencillo, los publicanos y los pecadores, los gentiles, no se benefician de la observancia farisaica de la ley, y Dios no percibe intereses de su divino capital.

La parábola de los talentos tendría como su blanco aquel judío legalista que no reconocía el papel misionero del pueblo de Dios; permitía que la fe de Israel fuese exclusivista, introspectiva y privada. Esto, en efecto, acaba con los propósitos originales de Dios para Israel, para que fuera “bendición para todas las naciones” (Gén. 12). Mientras el judío interpretaba su fe sólo en términos personales y nacionales, la inversión de Dios en Israel se veía frustrada y truncada. Sólo el castigo aguardaba a tal siervo infructuoso. Esta interpretación es repetida muy de cerca por A. M. Hunter, Interpreting the Parables (Interpretando las parábolas), En síntesis dice que el énfasis de la parábola recae sobre el último siervo quien escondió su talento. Este significaba aquel fariseo piadoso que acaparaba egoístamente la luz destinada para toda la humanidad. Este exclusivismo egoísta no rendía ninguna ganancia por la inversión de Dios, por ende Dios queda defraudado y se ve obligado a juzgar. La hora de rendir cuentas ha llegado.
En el caso de Joachim Jeremias, el auditorio es de carácter más limitado. El estudioso alemán sigue a su mentor inglés (Dodd) en la idea de que el contexto apocalíptico visto en los sinópticos no representa el contexto histórico durante el ministerio de Jesús. Su interpretación de ese contexto histórico también depende del auditorio al cual, se supone, Jesús dirigía la parábola. Basándose en un escrito de Martin Dibelius, Jeremias considera la posibilidad de que la parábola fuera expuesta por Jesús para recriminar al pueblo de Israel en su totalidad por su improductividad. De inmediato, rechaza tal sugerencia. Después, aunque simpatiza con la tendencia de los argumentos de Dodd de identificar al siervo inútil con los judíos piadosos, termina siendo más preciso que su mentor. Para Jeremias, Jesús tenía en mente al escriba judío. Comenta:

Ya vimos que los oyentes de Jesús, al hablar de los siervos, tuvieron que pensar en primer lugar en los jefes religiosos, especialmente en los escribas. Puesto que Jesús, en Lucas 11:52, les reprocha que impiden a sus prójimos tomar parte en el don de Dios, podría aceptarse que Jesús dirigió la parábola de los talentos originalmente a los escribas. Se les ha confiado algo grande: la palabra de Dios. Pero, como los siervos de la parábola, tendrán que dar cuenta pronto de cómo han empleado el bien confiado: si lo han aprovechado según la voluntad de Dios, o si, igual que el tercer siervo, inducidos por el egoísmo y el desdén inconsiderado del don de Dios, han privado a la palabra de Dios de su efecto.

Las parábolas para el contexto latinoamericano

Tengan Dodd y Jeremias razón o no tocante al contexto original de la parábola en el ministerio de Jesús, sus conceptos dan mucho en que pensar. Ciertamente la definición del auditorio de la parábola como bien algún piadoso del pueblo de Israel o más específicamente un escriba, instructor de la ley, nos permite buscar algunas situaciones contemporáneas análogas en la América Latina de hoy. Donde hay situaciones análogas, la enseñanza dejada por Jesús debe tener injerencia y pertinencia. Lo que sí se debe evitar es llegar a máximas generalizantes. Tal ejemplo se encuentra en uno de los teólogos neotestamentarios de más renombre, Rudolf Bultmann. Aunque comenta la parábola en cuestión dentro de la sección sobre “La explicación de la exigencia de Dios”, ubicando la predicación de Jesús en el contexto de su polémica con los judíos, al fin y al cabo existencializa la parábola al decir:

El hombre que es requerido en toda su integridad no tiene ninguna libertad frente a Dios; él tiene que rendir cuentas, como lo enseña la parábola de los que recibieron en depósito los talentos (Mat. 25:14–30 paralelos), el total de su vida. No puede tener pretensión alguna frente a Dios …

Partiendo, de nuevo, de la premisa de que enseñanzas derivadas de ambos contextos (el de la iglesia primitiva y el del ministerio de Jesús) son autoritativas y pertinentes, sólo nos resta ver cuál es el tertium comparationis que venga al caso. Parece que las parábolas de los talentos o las minas, al hablar poderosamente a los creyentes a que sean hallados fieles hasta la segunda venida del Señor (según el contexto sinóptico), deja mucha tela que cortar cuando se relaciona con el estado de los creyentes en América Latina. Claramente, acorde con las ideas inspiradas de los evangelistas Mateo y Lucas, los seguidores de Jesús han de trabajar diligentemente con los recursos (talentos) que el Señor les haya confiado. Sin lugar a dudas, los seguidores de Cristo serán responsables ante él en su regreso. Cuando Mateo registra las palabras: “Al siervo inútil echadlo en las tinieblas de afuera. Allí habrá llanto y crujir de dientes”, es obvio que las entiende como palabras de Jesús y no meramente las del señor de los siervos de la narración parabólica. Estas vienen siendo palabras propias de Jesús respecto a la seriedad de la infidelidad en el uso de los recursos físico-espirituales del creyente. Que no haya confusión; esta parábola, es una advertencia a los discípulos de Cristo. Ellos tendrán que rendir cuentas al Señor cuando él venga exactamente como los tres siervos tuvieron que hacer al volver el dueño. ¿Fidelidad en qué sentido? Han de ser fieles en el manejo de los dones como súbditos del reino, ante la soberanía de Dios en Cristo. Esto implica servicio íntegro al hombre íntegro. El servicio íntegro conlleva responsabilidades ante las necesidades físico-espirituales de los hombres de América Latina hoy.
Darcy Ribeiro, antropólogo brasileño, tiene unas palabras poco halagadoras para los cristianos en la América Latina. Aparentemente achaca todos los males de Latinoamérica al cristianismo. Comenzando con los primeros misioneros católicos, describe cómo destruyeron (desde su punto de vista) las civilizaciones indígenas por causa de su propia “utopía” cristiana. Al hablar de la utopía cristiana, pareciera aludir al concepto cristiano del reino de Dios. Ribeiro sólo tiene palabras cáusticas respecto al ideal cristiano, tildándolo de una “quimera que su propia sociedad no realizó jamás” (p. 20). De inmediato identifica a las acciones de todos los colonizadores con el cristianismo cuando éstos diezman la población indígena por enfermedades, guerras de exterminio entre tribus y trabajos forzados. No hay quien niegue ciertos abusos cometidos por los europeos en el proceso de la colonización del hemisferio, pero achacar todo esto al cristianismo es ir demasiado lejos. Ribeiro, como tanto otro antropólogo teórico, idealiza el estado “natural” de los indígenas como si ellos vivieran en una “utopía” propia antes de llegar los europeos. Todo esto implica que los indígenas no tenían problemas propios: enfermedades, guerras, injusticias, etc., antes de llegar los europeos. Esta es una típica exageración ilusoria del romanticismo del siglo XIX. Pues, bien, el propósito de este trabajo no es entablar una polémica; se ha mencionado la obra de Ribeiro sólo porque demuestra dentro de qué clase de atmósfera el cristiano latinoamericano de hoy ha de llevar a cabo su fidelidad con sus recursos. Esto se hace explícito cuando Ribeiro dice:

Otro vicio es el considerar como un caso de beneficencia humanística la expansión del cristianismo. En la forma salvacionista y de cruzada que él asumió en las Américas, tanto en su vertiente católica, como en la protestante, cristianizar significó siempre subyugar los pueblos a hierro y fuego, con la persecución y destrucción implacables de toda religiosidad anterior y la construcción sobre ellas de portentosos aparatos físicos y espirituales de afirmación de las iglesias triunfantes.

En una cosa tiene razón el antropólogo: la fe cristiana es “salvacionista”; busca la salvación de todo hombre en la América Latina, sea indígena, mestizo o criollo. A todo hombre creyente en Cristo Jesús se le ha dado algún “talento”, se le ha confiado algunos recursos físico-espirituales con los cuales ha de ser fiel al reino de Dios, esa “utopía” (definitivamente irrealizable del todo en este mundo) en donde la soberanía de Dios se deja efectuar en sus súbditos; mientras más “subyugación” a Dios por parte del cristiano, más vida llevada a cabo en pro del prójimo. Para ser más directo, el reino de Dios en los hombres fieles resulta (como siempre ha resultado, aun desde el período colonial) en escuelas, hospitales, orfanatos, asilos para ancianos, etc. Pero la fidelidad no comienza ni termina en “obras de caridad humanística” sino comienza en la comunicación verbal y personal del evangelio de Cristo a todo latinoamericano para lograr su salvación. Esta salvación en Cristo resulta en una correcta relación con Dios (la justificación por la fe) y una buena relación con el prójimo (la santificación). La parábola de los talentos reta hoy, como en el primer siglo, a que los cristianos seamos fieles como súbditos del reino hasta que Cristo vuelva por segunda vez. La palabra clave es “fidelidad”; como cristianos, buscaremos descubrir cuáles son los recursos con los que Dios nos ha dotado; después, usaremos todos esos recursos físico-espirituales en pro del otro. Así, seremos fieles hasta que él venga.
Si volvemos al significado de la parábola de los talentos dentro del contexto del ministerio de Jesús, se verá que una contextualizacion contemporánea de ella hace que los líderes religiosos de la América Latina sean el blanco. Si Jeremias tiene razón, originalmente la parábola sería dirigida a los escribas (maestros de la ley), “puesto que Jesús, en Lucas 11:52, les reprocha que impiden a sus prójimos tomar parte en el don de Dios”. Esta es una censura particularmente severa dada la única razón de ser de los escribas: el correcto manejo de la palabra de Dios. ¿Quiénes eran los escribas? Eran aquellos a quienes había sido confiada la palabra de Dios; les correspondía compartir fielmente esa palabra con el pueblo. De hecho, los escribas se hallaban entre los enemigos más acérrimos de Jesús, precisamente porque éste nunca les dejaba olvidar el tesoro que ellos tenían en la palabra; nunca les dejaba olvidar que su forma de manejar esa palabra era deficiente y miope. Peor todavía, su uso de la palabra sólo podía catalogarse como egoísta. Habiendo sido dotado de los recursos académicos y espirituales como para “trazar bien la palabra”, optaron mejor por convertirla en una “destreza profesional” con la cual lucir su conocimiento al pueblo. En efecto, la adulación del pueblo en virtud de su erudición no dejaba de ser una de sus metas más apetecibles. Además, su familiaridad con la palabra a la larga se convirtió en una especie de desdén para ella. La hermenéutica rabínica revela algo de este desdén al sacar a relucir como el más erudito, el que pudiera inventar una forma razonable de esquivar la plena exigencia escrituraria. Tiene razón Jeremias cuando dice que ellos privaron la palabra de Dios de su efecto.
Los líderes religiosos latinoamericanos de hoy tienen en sus manos mucho del destino del continente, pese a la ola cada vez mayor del secularismo. El que sea un continente, siquiera parcialmente, sumiso a la voluntad de Dios depende del manejo que se tenga de la palabra de Dios. Uno de los grandes principios proféticos del Antiguo Pacto encaja aquí: mientras más luz de Dios uno tenga, más responsable es. La palabra de Dios es el recurso más valioso. La parábola de los talentos nos enseña que seremos tenidos por responsables mayormente respecto a nuestro buen uso de esa palabra para que Dios no quede defraudado y haya “intereses” ganados en hombres y mujeres que oyen y obedecen la palabra de Dios. Esto solo se logrará a medida que los líderes religiosos sean fieles en el uso de la palabra de Dios. La fidelidad se comprobará a medida que los líderes religiosos latinoamericanos dejen de considerar que su puesto dentro de las organizaciones eclesiales sea lo que más importa. La fidelidad en el uso de la palabra de Dios se verificará cuando los pastores y otros líderes dejen de considerar que el ministerio cristiano es cuestión de profesión, como si el ministerio cristiano fuera una especie de gremio al cual sólo los pastores pueden aspirar. Dado el mal uso de la palabra por los escribas al cual alude la parábola de los talentos que viene asemejándose bastante a un exclusivismo profesional, conviene que los líderes religiosos latinoamericanos reconsideren su actitud hacia su trabajo. ¿Habremos sido nombrados pastores y líderes sólo para ocupar un puesto de honor? ¿Es el ministerio cristiano patrimonio exclusivo de cierta casta eclesial? Lo más probable es que la enseñanza de esta palabra cuadre más perfectamente con el énfasis paulino en Efesios 4:11–13. Debe ser obvio al lector más sencillo que la tarea del pastor-maestro (v. 11) es la de capacitar a los santos (creyentes laicos) para la obra del ministerio. Los pastores latinoamericanos seguiremos repitiendo las actitudes y errores de los escribas hasta que aprendamos que “el santo ministerio” es de los miembros de la iglesia, no de un gremio sagrado de oficiales. Oigamos bien el énfasis de la parábola de los talentos dentro del contexto del ministerio de Jesús.
Cabe una palabra más a los líderes religiosos a partir de esta parábola. Uno de los errores principales de los escribas era un énfasis desmedido sobre la letra de la revelación bíblica y una evasión de las implicaciones prácticas. En nuestro medio si un pastor u otro líder religioso se interesa en el bienestar integral de sus feligreses (sus condiciones de trabajo, su vivienda, su alimentación, su educación, etc. tanto como su relación “espiritual” con el Señor), se le mira con cierta suspicacia. Se nos ha enseñado que el evangelio tiene que ver con la salvación del “alma” como si Dios no se interesara en el bienestar completo del hombre. Una cosa diáfana que se aprende de un estudio de las parábolas de Jesús es que el reino de Dios abarca todas las facetas de la vida humana. Es tiempo de que los pastores y demás líderes religiosos dejemos de obstaculizar el reino de Dios en lo que éste tiene de terrenal. Sigamos con el evangelismo, pero no dejemos de trabajar por una vida más justa en este mundo.
Hasta ahora se ha visto que el énfasis de la parábola de los talentos (Mateo) y la de las minas (Lucas) en sus contextos sinópticos tanto como en el ministerio de Jesús parece recalcar la fidelidad ante el retorno inminente del Señor Jesús. Ya que varios de los intérpretes de algún peso son de la opinión de que el auditorio original de la parábola sería los judíos religiosos, esto hace que la parábola sea aún más pertinente para los creyentes contemporáneos.
Una de las enseñanzas de Jesús que más fácilmente se deja a un lado durante nuestro día es la del retorno de Cristo a la tierra para culminar la salvación de los hombres de fe. Se sabe a la vez que la venida de Cristo otra vez implica también juicio para los que deliberadamente hayan rechazado el evangelio. Uno de los problemas es que tanto énfasis se ha dado a la cuestión del orden cronológico de los eventos al final de los tiempos que se tiende a obviar el impacto de la realidad de dicho retorno. Es más, desde el mismo primer siglo (ver 2 de Pedro), ha habido gente que niega de plano la idea de una segunda venida de Cristo. Desgraciadamente, el mismo C. H. Dodd por su empecinado énfasis en una “escatología realizada” niega un retorno personal de Cristo a la tierra. Más bien, por los aparentes conceptos platónicos subyacentes insiste en que solo hay un “encuentro” de cada persona con Cristo en el momento de su muerte física. Una lectura plena de los pasajes bíblicos en donde se aborda la cuestión de la segunda venida, sin embargo, no nos confirma la postura de Dodd. Aunque ciertamente el creyente se encontrará con su Señor después de la muerte cuando la resurrección, esto no nos libera de la verdad de un retorno personal de Cristo a la tierra para inaugurar el éscaton. Ray Summers en su excelente libro The Life Beyond (La vida en el más allá) afirma lo siguiente:

El énfasis en los Evangelios, en Hechos, en las Epístolas y en el Apocalipsis, sin embargo, recae sobre un retorno personal, visible y triunfante de Cristo sobre la tierra para consumar el propósito de Dios en la historia e introducir el orden eterno.

El que la segunda venida de Cristo sea inminente (puede darse en cualquier momento) y segura hace que nuestra fidelidad a Cristo sea aun más imperiosa. Puede ser que haya muchos fracasos en nuestra vida de índole educativa, familiar o de trabajo, pero el único fracaso que más implicaciones dañinas tiene es el fracaso en nuestra fidelidad a Cristo y su causa. La parábola de los talentos en Mateo y la de las minas en Lucas tiene gran implicación para la vida del creyente cristiano de hoy.

Parábola del rico y Lázaro (Luc. 16:19–31)

El contexto sinóptico

Con esta parábola de nuevo nos encontramos con una sola ubicación sinóptica. Como se verá luego, hay una fuente extracanónica que contiene una versión de esta parábola, pero por el momento lo que nos importa es el hecho de que hay una sola fuente en el Nuevo Testamento: el Evangelio de Lucas. Es más, hay ciertas similitudes entre esta parábola y la que se halla en Lucas 16:1–9, o sea, la del mayordomo injusto. Estas semejanzas pueden presentarse como sigue: (1) La cláusula introductoria “Había cierto hombre rico” (Luc. 16:1) y “Cierto hombre era rico” (Luc. 16:19). (2) La enseñanza de la parábola del mayordomo injusto tiene que ver con la idea de no amontonar tesoros sobre la tierra sino en el cielo; puede ser que éste sea uno de los subtemas de la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro. (3) Ambas parábolas urgen al arrepentimiento antes de que sea demasiado tarde.
La naturaleza parabólica de este ejemplo de la enseñanza de Jesús ha sido cuestionada. Tanto es así que varios de los teólogos neotestamentarios de gran peso (tales como Dodd, Bultmann, Bornkamm) ni siquiera abordan esta historia como parábola en algunas de sus obras principales. Algunas de las razones dadas por creer que la historia del rico y Lázaro no es parabólica se detallan a continuación: Primero, se afirma que Lucas 16:19–31 refleja eventos históricos verídicos, o sea, eventos en la vida de gente conocida, por consiguiente, no es una parábola en el sentido tradicional. Segundo, no es normal que en una parábola de Jesús se empleen nombres particulares; de hecho, en esta parábola se nos da el nombre del hombre pobre: Lázaro.
Pese a susodichos argumentos, hay razones poderosas para aceptar esta historia como plenamente parabólica. Jones (pp. 143, 144) detalla algunas de ellas. La misma forma de la historia es típicamente parabólica: (1) Hay una situación específica indicada, cuyo relato comienza con una frase estereotipada en la literatura parabólica: “Cierto hombre …” (v. 19). (2) La historia (no se usa el vocablo “parábola” en el contexto) se incluye en una sección del Evangelio de Lucas que está repleta de parábolas. Parece que éste es uno de aquellos casos en donde Lucas, muy intencionalmente, agrupa un buen número de parábolas. El que se halle la historia dentro de esta colección habla poderosamente de su naturaleza parabólica. Por lo menos, aparentemente así la consideraba Lucas. (3) El diálogo bastante extenso en los vv. 24–31 viene siendo una característica de las parábolas de Jesús.
Si bien algunos eruditos dudan de la naturaleza parabólica de la historia del rico y Lázaro, otros de igualmente gran peso la tienen como tal. Entre ellos están Joachim Jeremias, A. M. Hunter, Alan Richardson, Simon Kistemaker, Peter Rhea Jones y Dwight Marion Beck. Los autores mencionados servirán de base para el estudio de esta parábola.
El título “La parábola del rico y Lázaro” ha sido la forma tradicional para aludir a esta parábola lucana. Es fácil ver porqué así ha sido: estas son las dos figuras principales en la historia. No obstante esto, hay quien opta por bautizar a la parábola con otro nombre. Tanto Jeremias como Jones optan por titular la parábola con “La parábola de los seis hermanos”. Esto obedece a que la misma parábola es una de aquellas con dos secciones. La primera es la que habla de la relación entre el rico y Lázaro, una descripción del estado de ambos. El rico lo es con demasía si se toma en consideración únicamente su condición material; Lázaro es pobre económicamente en grado sumo, pero es, como lo indica el significado de su propio nombre, “ayudado por Dios”. El vocablo “Lázaro” es una abreviatura rabínica del nombre Eliezer, el siervo sirio de Abram (Gén. 15:2) cuyo nombre significa “Dios ayuda”. Se recordará que presuntamente Eliezer fue el siervo enviado para buscar una esposa para Isaac. Su carácter de emisario puede sugerir el papel para Lázaro que hubiera querido el rico: que fuera enviado a sus hermanos. Eso sí, la etimología del nombre de Lázaro impide cualquier interpretación que haga que el pobre vaya al paraíso sólo por su calidad de pobre. Los “pobres” en los Salmos (y es posible que esta parábola tenga por trasfondo directo el Salmo 49) aluden a los piadosos quienes dependen de Dios pese a su condición económica. Jones (p. 145), basándose en unas conferencias dictadas por G. D. Kilpatrick, opina que los pobres en los Salmos son normalmente oprimidos por los ricos y esperan en Dios para ser vindicados.
Es significativo que al rico no se le conozca por nombre, aunque algunos lo han bautizado con el nombre “Dives”; este nombre se remonta a la Vulgata (la versión latina de la Biblia) ya que “dives” es la traducción latina de jo plusios en el texto griego. Estas palabras griegas sencillamente se traducen “el rico”. Es muy obvio, no obstante, que no había la intención por parte de Lucas de poner un nombre propio. La segunda parte de la parábola versa sobre la petición del rico para que se le envíe a Lázaro para que dé testimonio a los cinco hermanos con el fin de que ellos se arrepientan y no lleguen donde su hermano fallecido. Se ha notado que en las parábolas de Jesús que tienen este arreglo doble, siempre el acento recae sobre la segunda parte. En este caso, el énfasis de Jesús cae sobre lo contenido en los vv. 27–31. Ya que esta segunda sección de la parábola involucra principalmente a los cinco hermanos, se ha sugerido que se debe llamar “la parábola de los seis hermanos”, o sea, el rico y sus cinco hermanos.
Parece que hay ciertas fuentes muy probables para esta parábola. Sabemos que Jesús empleaba cosas comunes como las flores, la agricultura, lámparas, etc. para formar sus parábolas. Sus historias parabólicas siempre incluían lo conocido para su auditorio; de no ser así, no habría podido lograr el punto de comparación deseado. Ciertamente, uno de los trasfondos generales para esta parábola serían los salmos del Antiguo Testamento. Ya se ha sugerido que el Salmo 49 haya sido una fuente directa para esta parábola. Una lectura del Salmo 49:5–7, 16–20 y de la parábola revela varios elementos paralelos. Obsérvese:

¿Por qué habré de temer en los días de la adversidad,
cuando me rodee la iniquidad de mis opresores?
Los que confían en sus posesiones
y se jactan de la abundancia de sus riquezas,
ninguno de ellos puede redimir a su hermano,
ni pagar a Dios por su rescate …
No temas cuando alguno se enriquece,
cuando aumenta la gloria de su casa,
porque al morir no llevará nada,
ni descenderá tras él su gloria.
Aunque su alma lo bendiga mientras vive,
y reconozcan que ella le prospera,
entrará en la generación de sus padres,
y nunca más verá la luz.
El hombre que vive con honores, pero sin entendimiento,
es semejante a los animales que perecen.

Es muy obvio que el Salmo saca a relucir lo inevitable de la muerte y con ella la pérdida de toda posesión material. Sin duda, el salmista se centra en el rico impío y en su destino en el Seol. Se destaca la idea de que poner confianza en las posesiones materiales es el colmo de la insensatez. Ahora bien, si es cierto que el Salmo 49 es el trasfondo doctrinal tras la parábola de Jesús, también es claro que la forma narrativa de la historia no se debe al Salmo.
Existe una posibilidad más. Puede ser que estuviera en boga durante el día de Jesús una historia de origen egipcio que sería traída a la Palestina por algunos judíos alejandrinos. Comenta Jeremias:

Para la comprensión de esta parábola, tanto en sus detalles como en su conjunto, es esencial ver que en su primera parte se refiere a una historia conocida, que tenía por tema el cambio de suerte en el más allá. Se trata del cuento egipcio del viaje de Si-Osiris y de su padre Seton Chaemwese al imperio de los muertos, que concluye con las palabras: “Quien es bueno en la tierra, para él se es bueno también en el imperio de los muertos; pero quien es malo en la tierra, para él se es malo también (allí)” … Que Jesús se sirve de esta narración se confirma porque la ha empleado igualmente en la parábola de la gran cena.

Una adaptación judía de esta historia cuenta de los destinos intercambiados de un pobre escriba y un publicano; además, se han encontrado hasta siete reinterpretaciones rabínicas de la misma historia ( Sería un error, sin embargo, creer que Jesús simple y llanamente repetía la historia al contar la parábola. Se nota fácilmente que las similitudes entre la parábola y el cuento egipcio se limitan exclusivamente a la primera parte de la parábola; fue en la segunda parte (el diálogo) en donde Jesús colocó su énfasis. Es justamente en esta parte en donde se deriva el significado o enseñanza netamente de Jesús.

Mientras la naturaleza de una parábola, en contraste con la de una alegoría, exige que se busque una enseñanza principal, es importante, en este caso, ver algunos de los detalles. Estos no vienen a suplantar u ofuscar la enseñanza principal de la parábola; la aclaran y la nutren.
Se nota la opulencia del estilo de vida del rico. Su vestimenta simbolizaba algo de su estatus privilegiado. Llevaba una túnica de lana con color púrpura, cuyo color se extraía de conchas del mismo color. Era de un color que es símbolo de la realeza, aunque en ninguna parte de la parábola se dice de tal posición del rico. No tan sólo su ropa exterior fanfarroneaba su mucha plata sino hasta sus “paños menores” eran importados de Egipto, hechos de lino fino. Tal era su riqueza que no le hacía falta trabajar; al contrario, pasaba sus días en banquetes suntuosos con sus amigos íntimos de igual categoría. Aunque la distancia en términos de metros era poca entre el rico y Lázaro, pues éste estaba tirado a la misma puerta de la mansión del rico, había un distanciamiento infranqueable entre sus condiciones sociales. La indiferencia y la apatía del rico para con Lázaro se palpan a cada paso en la historia. No puede haber un cuadro más claro del orgullo, de jactancia, de egoísmo del rico clásico que sólo sentía desdén y repugnancia para con el pobre indefenso. De nuevo, estos detalles no representan el énfasis principal de la parábola, pero ciertamente fijan el escenario para que el drama se lleve a cabo.

En contraste muy vívido está la condición del pobre a quien “Dios ayuda” (Lázaro). Se nota en primer término que su condición física era la de un cojo; la expresión en el v. 20 (“estaba echado”) implica que lo ponían allí otros para pedir limosnas. Tan así era su condición de discapacitado que los perros callejeros venían a hacerle la vida imposible. Aunque algunos han querido ver en la “ministración de los perros” un contraste con la indiferencia del rico, hay que recordar que la parábola buscaba, más bien, recalcar lo asqueroso del acto. Tan imposibilitado estaba Lázaro para moverse que no podía ni defenderse de los perros que lo amenazaban. El perro durante los días de Jesús no se tenía por mascota sino por guardián. Mayormente los perros eran callejeros y despreciados. El que los judíos llamaran a los gentiles “perros” es indicativo del desdén general en que se les tenía. Los detalles respecto a los perros en la parábola sólo sirven para describir la condición desesperante de Lázaro. ¡La indiferencia del rico es tal que abandona a Lázaro para que caiga como víctima de los perros callejeros! Pero esto no es todo. Además de su condición de discapacitado, además de su calidad de indefenso, el hambre era acompañante permanente de Lázaro. “Y deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico” (v. 21). La construcción gramatical indica que lo deseado nunca se realizaba. Lo que hubiera deseado pero nunca se le daba eran los pedazos de pan que solían usarse como una especie de servilletas. Es decir, para limpiarse los dedos después de comer alguna comida grasosa los participantes en los banquetes utilizaban parte del pan que se les había servido. Este pan, usado así, era arrojado debajo de la mesa. Este era el pan que Lázaro hubiera querido comer. No eran simples migajas o sobras, eran lo absolutamente inservible para los que se llenaban de los manjares provistos por el anfitrión del banquete.

Como si esto fuera poco, la humillación de Lázaro no termina ahí. El v. 22 parece indicar que al morirse el pobre, no había quien le diera sepultura. Aunque se nos dice que los ángeles lo llevaban al seno de Abram, no hay mención de su sepultura; no así con el rico. Al rico se le daría una sepultura con toda la pompa de rigor para personas de su categoría. El texto mantiene silencio respecto a una posible sepultura para el pobre. ¡Una última vejación! Sólo por su condición económica se le exponía a ser clasificado entre los condenados por una corte como criminal; peor todavía, el alma del cuerpo no sepultado se vería destinada a vagar por toda la eternidad sin paz. Así el judío común y corriente tenía a la persona sin sepultura correcta.
Un detalle final debe comentarse. El v. 23 dice que el rico se encontraba en el Hades, estando en tormentos. Kistemaker interpreta el paradero del rico como el infierno. Es necesario, sin embargo, que se vea que hay una diferencia entre el Hades (una transliteración del griego) y Gehenna (también transliteración del griego que significa “infierno”). Es de importancia notar que el texto no emplea el segundo término sino el primero. La palabra Hades alude al lugar de los muertos, equivalente al Seol en el hebreo (así la traducción en la LXX). Tanto Hades como Seol representaban el paradero de todos los muertos, un lugar de sombras y tinieblas; una buena traducción es “sepultura” o “paradero de los muertos” (ver Hech. 2:27, 31). En contraste con esto está Gehenna, la morada final de los impíos. Parece que Hades representa una condición (lugar) pasajero mientras Gehenna es una condición (lugar) permanente. Tanto es así que en Apocalipsis 20:14 se nos dice que al fin “la Muerte y el Hades fueron lanzados en el lago de fuego” (Gehenna). Es obvio que el Nuevo Testamento emplea las palabras “muerte” y “Hades” indistintamente (Apóc. 1:18; 20:13, 14). Con todo, durante el día de Jesús los fariseos creían que después de la muerte física tanto los justos como los impíos estaban en el Hades. Según su tradición, el lugar de los muertos justos se llamaba “el seno de Abraham” o el paraíso. El Hades también albergaba en una parte un lugar de tormento para los impíos. Lo importante aquí es que la parábola (v. 23) indica que el rico estaba bajo castigo, lo cual indica que los impíos empezaban a experimentar los sufrimientos en el Hades cuyos sufrimientos caracterizarían su destino eterno (Gehenna) posterior. Tanto la parábola de Jesús como algunos escritos apócrifos (Enoc 22) indican que tanto bendición (p. ej. cuando Lázaro es llevado al “seno de Abram”, la designación del lugar de honor en el banquete celestial a la derecha del padre de la familia, Abraham) como sufrimiento comienzan en el Hades después de la muerte. Desde luego, todo esto gira en torno a la doctrina del “estado incorpóreo” entre la muerte física y el estado eterno. Este tema no deja de provocar ideas conflictivas y contradictorias aun entre eruditos de la misma confesión. Es importante reconocer, sin embargo, que no hay nada en el Nuevo Testamento respecto a un “purgatorio” en el cual se purguen los pecados para luego pasar al cielo. Este concepto se halla únicamente en los escritos apócrifos o libros no canónicos. Jeremias correctamente indica que el v. 26 “expresa la irrevocabilidad de la decisión de Dios … muestra que Jesús desconoce una doctrina sobre el purgatorio”.

El contexto en el ministerio de Jesús

Ya que esta parábola se halla sinópticamente sólo en el contexto que Lucas provee, ¿cómo se puede determinar el sentido que Jesús habría querido comunicar con la historia? Independientemente del hecho de que Lucas tuviera sus propias razones para ubicar la parábola dentro de su propia construcción literaria, hay razones como para creer que Jesús no dio la parábola para discurrir sobre las diferencias entre los ricos y los pobres; tampoco daría la parábola sólo con el fin de opinar sobre la vida después de la vida. Éstas, por importantes que sean, vienen siendo cuestiones secundarias en la parábola.
Tal vez una de las pistas a seguir en la búsqueda del significado de la parábola para Jesús mismo es determinar el auditorio específico a quien se dio la parábola. Varias sugerencias se han dado al respecto. El contexto inmediato en Lucas no nombra el auditorio. Kistemaker opina que la parábola se daría a los fariseos. Aunque admite correctamente que la parábola bien podría haberse dado en cualquier momento del ministerio de Jesús, Kistemaker arguye con base en la secuencia de Lucas. En el Tercer Evangelio esta parábola es una secuela de la parábola del mayordomo infiel; el que así sea hace que Kistemaker diga que los que escuchaban la parábola tenían que ser fariseos. Esto obedece al hecho de que en Lucas 16:13 las palabras son dirigidas específicamente a ellos. Esto, en efecto, desconoce la labor de la disciplina de la historia de las formas que nos ha enseñado que las parábolas (como otros elementos de la tradición de Jesús) se trasmitían como perícopas (unidades pequeñas de tradición) de modo independiente o aisladamente. Sólo por la contribución de las comunidades creyentes y la de los redactores finales se ubicaron en un orden determinado. Puesto que Lucas mismo no era testigo ocular del ministerio de Jesús, es un poco difícil argumentar sobre los detalles de secuencia. Los fariseos se caracterizaban, según Lucas 16:14, como avaros, pero es mejor admitir que el mismo contexto en Lucas no resuelve el problema.
Otra sugerencia respecto al auditorio específico de esta parábola ha sido la que habla de los publicanos o cobradores de impuestos. Se ha indicado ya que una posible fuente para esta parábola sería la versión rabínica de la historia egipcia ya aludida. En la versión rabínica, la figura maligna (el rico) es un publicano, uno de aquellos tan odiados por los judíos. Puede ser, no obstante, si se recalca exclusivamente la cuestión de la riqueza egoísta, que se obvie que también el auditorio de esta parábola de rigor exigía una “señal” de Jesús y también el pueblo se creía heredero del reino de Dios sólo con base en su descendencia de Abraham. Si se pone énfasis en estas dos últimas características los escribas bien pueden reunir estas cualidades (Mat. 12:38; Mar. 8:11; Luc. 11:29). Hay que reconocer, no obstante, que el énfasis sobre la descendencia de Abraham no era característica exclusiva de los escribas; los fariseos también pretendían lo mismo.
Jones  cita a T. W. Manson en “The Sayings of Jesús” (Los dichos de Jesús) presentando argumentos llamativos a favor de los saduceos como el auditorio de esta parábola. Aunque Jones concuerda en que algunas de las características de los saduceos encajarían para que fueran los destinatarios de la parábola, también contempla algunos obstáculos a que lo sean. ¿No habrían rechazado los saduceos de inmediato cualquier sugerencia respecto a una supervivencia después de esta vida? Si Jesús la hubiera dirigido a los saduceos, ¿habría mencionado como fuente autoritativa a los profetas (v. 29) ya que los saduceos aceptaban como canónico sólo el Pentateuco? También, es bien sabido que los saduceos rechazaban la doctrina judía en torno a los ángeles. Esta parábola (v. 22) alude a los ángeles como los que transportaban a Lázaro al seno de Abraham. Pese a todos estos factores en su contra, Jones cree que los saduceos fueron los candidatos más lógicos para recibir esta parábola.
A. M. Hunter, afirma que la parábola del rico y Lázaro fue dirigida a los saduceos cuando éstos demandaban una señal a Jesús respecto a la vida después de la muerte. Jesús, dice Hunter, empleó esta parábola para condenar el egoísmo de ellos, porque la negación respecto a una vida futura era gran causante de su inhumanidad para con los hombres. Jesús rotundamente rechaza su demanda por una señal. Para Jesús el mismo Antiguo Testamento (“Moisés y los profetas”) son suficientes para aprender a llevar la vida; si no se escucha a ellos, ningún resucitado haría que se portaran de manera diferente. Hunter opina que todos estos requerimientos de los saduceos son sólo pretextos evasivos para evitar las enseñanzas centrales respecto al reino. Para Hunter, pues, la parábola tiene el propósito de exigir el arrepentimiento por parte de los saduceos. Jeremias comparte algo de esto cuando dice: “La petición de señales es una escapatoria y una expresión de impenitencia. Esto se afirma al decir: ‘A cada raza no dará Dios nunca una señal’ (Mar. 8:12)”. Alan Richardson se une a estas ideas con unas contribuciones propias al decir:

… aquella parábola tiene que ver con un rechazo específico de Jesús de dar la señal de la resurrección a los “ricos” incrédulos y autosatisfechos. Tales materialistas tan crasos no son convertidos por “señales”; ellos tienen las Escrituras, pero no “se arrepienten”: ni “se persuaden” si alguien se levanta de los muertos. San Juan dramatiza la verdad de la parábola de Jesús: los milagros de Jesús no convirtieron a los líderes de los judíos, ni tampoco fueron convertidos por la resurrección de Cristo mismo.

Aunque hay muchísimas cosas dentro de esta parábola que son dignas de contemplarse, hay que reconocer que, dentro del contexto del ministerio de Jesús, claramente hay un mensaje en torno al arrepentimiento. La parábola puede haberse dirigido a los fariseos, a los publicanos o bien a los saduceos. Todos requerían este mensaje. Para Jeremias, el arrepentimiento se hizo impostergable para el auditorio, porque había un juicio a la vuelta de la esquina para los impenitentes debido a la irrupción del reino de Dios en Jesús. Jeremias afirma:

Jesús no quiere tomar posición frente al problema de ricos y pobres, tampoco quiere dar una enseñanza sobre la vida después de la muerte, sino que narra la parábola para advertir de la catástrofe inminente a hombres que se parecen al rico y a sus hermanos.

Este mensaje, tomando en cuenta algunos de los detalles de la parábola, tiene mucha injerencia en la América Latina de nuestro siglo.

La parábola para el contexto latinoamericano

El que lea esta parábola sin ver implicaciones importantísimas para el contexto latinoamericano está peor que un ciego. Uno llega a sospechar que su problema es que no quiere ver. Sin caer en una especie de alegorización, es muy factible reconocer situaciones y factores análogos entre la enseñanza principal de la parábola y la América Latina contemporánea. Aunque bien es cierto que los detalles de la parábola no están para cobrar significados independientes sino sólo para establecer y enriquecer la enseñanza central, en el caso de la parábola del rico y Lázaro los mismos detalles se prestan para contextualizar la parábola. Procedamos, pues, a determinar la relación de la enseñanza principal de la parábola en unión con algunos de sus detalles con América Latina.
Como se ha visto, dentro del contexto del ministerio terrenal de Jesús la parábola se dirigía a un grupo de religiosos, bien sean fariseos, escribas o saduceos, encajando mejor estos últimos dentro del contexto histórico. Se recordará que los saduceos eran los líderes político-religiosos de la élite. Eran ricos y poderosos políticamente. Doctrinalmente, desdeñaban la idea de ángeles y una vida futura después de la muerte; no aceptaban la doctrina de la resurrección. Sobre todo, no creían en una retribución o bendición después de la vida. Para ellos, con la muerte física todo se acababa. No es difícil palpar que algunos de los detalles de esta parábola podrían sugerir nexos con su estilo de vida. Socialmente, ellos estaban a favor del status quo político-social. No querían “hacer olas” en cuanto a la estructura socio-política. Por sus mismas doctrinas y posición social, tendían a distanciarse de la gente común y especialmente de los pobres. Los fariseos eran los caudillos religiosos que más se identificaban con el pueblo; los saduceos eran los aristócratas. Bien puede verse que con mucha probabilidad, Jesús narraba esta parábola para que ellos se arrepintieran, cambiaran de actitud y comportamiento. El mensaje del arrepentimiento es central en la parábola; un mensaje corolario es el de la esperanza de gran cambio, hasta cambio social, si el arrepentimiento es cabal. La parábola recalca elementos escatológicos (los destinos distintos del rico y Lázaro) que tienen gran injerencia en el presente (las posibilidades abiertas para los cinco hermanos).
Los saduceos dejaron de existir en cuanto al judaísmo, pero “están vivos y coleando” en América Latina. Hay muchos líderes políticos y religiosos que están muy contentos con la situación moral-social de nuestros países. Ellos forman parte esencial del status quo; no les convienen cambios, aunque estos favorecerían a los grupos mayoritarios. Si bien es cierto que hay líderes, tanto en el ámbito de la política latinoamericana como dentro de las iglesias cristianas, que abogan por cambios en pro de los pobres (la mayoría), también los hay que darán cualquier cosa porque todo se mantenga igual como está ahora. La enseñanza parabólica de la historia del rico y Lázaro les viene muy bien a éstos. Al igual que a los saduceos originales, no les gustará, pero es imprescindible que la oigan. Al igual que requirió valentía de parte de Jesús para contársela (a la larga lecciones como ésta le costó la vida), urge que los creyentes de hoy la propaguen cuando y dondequiera que puedan.
Pero no tan sólo el mensaje central del arrepentimiento ante los abusos del orgullo religioso-social habla al contexto latinoamericano; varios de los pormenores importantes de la parábola anuncian lecciones necesarias para otras situaciones. Nos invitan para ver las analogías; veámoslas.
No se puede vivir en una de las grandes urbes latinoamericanas sin apreciar el abismo que existe entre el pobre y el rico. La misma arquitectura de las casas pregona la separación. Sólo uno tiene que ir a las grandes zonas residenciales de la gente de dinero en una ciudad capitalina de América Latina y lo primero que se ve es una tremenda barda. Este muro está hecho ostensiblemente con el fin de dar seguridad. Como el robo es uno de los problemas sociales principales, hay que hacer algo para proteger los bienes y hasta la vida. Es cierto que la construcción de bardas altísimas impide un poco el robo. También es cierto que esas mismas bardas sirven para que los habitantes no vean lo que sucede en la calle. En cierta manera, esas bardas funcionan como cojines para que lo feo de la vida callejera no ofenda. Esas mismas bardas testimonian de la indiferencia y la apatía que algunos ricos sienten para con la gente de escasos recursos. Pero, al igual que al rico de la parábola, sus riquezas y las bardas más altas no lo pueden aislar de la censura por su apatía respecto a los pobres que están frente al portón. La parábola no está para que el rico se sienta culpable simplemente por ser rico; el Nuevo Testamento nunca condena la riqueza como tal; la parábola arremete en contra del espíritu inhumano de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Se debe observar que la parábola no dice expresamente que el rico hubiera maltratado a Lázaro. Nunca hubo golpes ni injurias hechos por el rico contra el pobre. Lo que se destaca es que el rico, conociendo al pobre hasta por nombre, hace caso omiso cruelmente de su condición patética. ¿Qué nos dice esto a nosotros? ¿Únicamente aumentaremos nuestras “limosnas” a los pobres? ¿Se ha fijado alguna vez cuán impersonal es “la limosna?”. ¿No nos enseña mejor la parábola una identificación con los pobres de tal modo que nos propongamos hacer algo personal y políticamente porque la pobreza tan generalizada disminuya? ¿Nuestra identificación con los pobres nos llevará a ayudar porque nuestras iglesias se vean involucradas activamente en programas no tan sólo caritativos sino tendientes a erradicar las causas de la pobreza?
Es algo muy en boga hoy día hablar de “la hermandad latinoamericana”. Por esta expresión normalmente se entiende que todos los latinoamericanos son “hermanos” porque comparten una cultura común. Todas las naciones fueron colonizadas por hispanoparlantes o portugueses. Hasta en Europa España y Portugal son vecinos. Esto hace que se tenga en común muchas costumbres y demás elementos de la cultura. Hay una tradición histórica relativamente común en el período colonial y en las guerras de independencia. Hay un trasfondo tradicional religioso en común: el catolicismo romano. Esta hermandad está pregonada en ciertos círculos con el propósito de que divisiones geopolíticas se pongan a un lado. Pese a esta hermandad aludida, existen muchas evidencias de que tal cosa es una quimera. Precisamente esta es una de las ideas subyacentes en la parábola del rico y Lázaro. Se debe saber que tanto el rico como Lázaro eran judíos. Por ser ambos judíos, se suponía que ambos vivían bajo el pacto de Dios. Según este mismo pacto, cuyos artículos se ven principalmente en el Pentateuco, había responsabilidades mutuas entre los dos. Los aspectos éticos del Pentateuco exigían que los indefensos, los huérfanos, las viudas, los extranjeros fueran cuidados por los hebreos más privilegiados. Había, por ley, una obligación entre hermanos de velar por el bienestar de cada uno. En el caso del rico de la parábola es evidente que se había olvidado de estas exigencias; estaba tan involucrado en sus propios banquetes y ociosidades que hacia caso omiso total de su hermano a la puerta. Obviamente se trata de una hermandad fallida con sus conocidas consecuencias. Si bien es realizable una verdadera hermandad latinoamericana, no será únicamente con base en intereses político-económicos; será con base en una común lealtad al pacto en Jesucristo. Por esto urge la conjunción de la evangelización y la obra social.
De conocimiento común es el hecho de que la crítica de los marxistas contra toda religión es ser “el opio del pueblo”; es decir, la iglesia predica un mensaje acerca de las glorias futuras del cielo con el fin de que la gente se olvide de su penuria y sufrimiento en el presente. Censuraban a las iglesias por ser agentes del estatus quo. Por mucha razón que hayan tenido los marxistas en el pasado para decir tal cosa respecto a la expresión del cristianismo que ellos conocían, la parábola del rico y Lázaro desmiente tal concepción de la fe. Obviamente la parábola en su primera parte (vv. 19–22) describe la condición de los dos: el rico y Lázaro; relata los papeles y los destinos que quedaron trastocados: el que vivía egoístamente con el único fin de gozarse de la vida sin pensar en los demás ya está en sufrimiento; el pobre, cuya suerte sobre la tierra era menos que envidiable, ahora por “la ayuda de Dios” (Lázaro), se goza en la presencia de Abraham, el padre de la familia de la fe. Esta primera parte que habla sobre destinos supramundanos escatológicos sirve de trasfondo para que se dé una lección que atañe directamente al presente y las urgencias de éste.
En su segunda parte (vv. 23–31) se entabla una conversación entre el rico y Abraham en la que aquél pide que Lázaro lo sirva (trayéndole agua). Lo que nunca se le hubiera ocurrido al rico hacer a favor del pobre en vida, ahora exige que se le haga. Su espíritu de orgullosa impenitencia se palpa a cada paso. El punto esencial de la segunda parte de la parábola se deja ver, sin embargo, cuando el rico hace una segunda petición al Padre Abraham. Presuntamente el rico pide que Lázaro, de nuevo, sea su siervo, llevando un mensaje a sus cinco hermanos. Ostensiblemente el rico quería que la aparición de un difunto (Lázaro) les advirtiera de tal modo que no fueran “también a este lugar de sufrimiento” (v. 28). Jesús pone en labios de Abraham las palabras más importantes de la parábola: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos” (v. 31). Aunque es claro que Jesús aborda con estas palabras cortantes la actitud terca de los líderes religiosos ante su persona, igualmente es claro que habla del destino futuro tanto del rico como de Lázaro para remachar la condición actual del auditorio. Aunque Jones vive en un mundo muy diferente al latinoamericano, tiene unas palabras muy acertadas respecto a contextos como el nuestro. Dice:

… la parábola misma demuestra la pertinencia contemporánea de la perspectiva escatológica. A ningún mal social se le da la vista gorda ni se la aprueba. Cualquier rico insensible como el actor principal de la parábola encara su merecido castigo. Es más, la religión no legitima el orden social. La idea popular de que los pobres experimentan la miseria de la pobreza por causa de sus pecados, una teoría muy cómoda para los ricos, es desmentida por la parábola. Muy decisivamente la parábola se centra en este mundo y es un llamado al arrepentimiento para los hermanos vivientes. No es un mero anuncio tocante a la vida del más allá o palabras alentadoras a los pobres respecto a su futuro. Inequívocamente la parábola esta dirigida a los vivientes: “dejen su autoindulgencia y su falta de compasión, o aténganse a las consecuencias”. La parábola, pues, es un catalizador para el cambio social.

La América Latina de hoy necesita aprender que habrá consecuencias desastrosas si se persiste en el estado de injusticia social en el que se encuentra. Las consecuencias ya se están sintiendo; hay un caos económico y social en muchas partes del hemisferio occidental a raíz de los egoísmos particulares y colectivos desbordantes. Ya se vive con una mentalidad de pobreza en América Latina; la pobreza es una realidad física, aun habiendo tantas riquezas naturales en el área. Muchos de los efectos de la pobreza son causados por la apatía, la insensibilidad, la indiferencia del aparato gubernamental. Por mucho que la voz oficial pregone sus programas de ayuda, existe la corrupción a todo nivel que sólo complica el problema. Fondos públicos que bien podrían emplearse para aliviar el hambre, la falta de vivienda, la carencia de sistemas adecuados de educación pública, la inexistencia de acueductos y alcantarillados suficientes para toda la población acaban en los bolsillos (cuentas bancarias suizas) de la burocracia. Con razón a tanto joven evangélico se le dice que no aspire a puestos públicos, porque “la política es sucia”. Pero, el mensaje central de nuestra parábola grita: ¡No tiene que ser así!
Aunque sea increíble para muchos, la sumisión al señorío de Cristo puede hacer cambios inesperados en el carácter y la fibra moral de las personas. Por esto, urge que este mensaje de advertencia y arrepentimiento sea difundido a todo nivel en la vida privada y pública. La parábola del rico y Lázaro debe escucharse en la América Latina de hoy.
Se ha visto hasta ahora que esta parábola en Lucas 16:19–31 probablemente tuviera el propósito de dejar la enseñanza del arrepentimiento. Dada original y probablemente a los saduceos, esta parábola viene muy bien para llamar al hombre moderno también al arrepentimiento. Puede ser, sin embargo, que la necesidad de tal arrepentimiento varíe entre el contexto original y el de nuestro día. Sin que uno caiga en el hoyo de la alegorización, los pormenores de la parábola se prestan para que se haga una aplicación hermenéutica a la situación contemporánea del individuo.
Se ha observado que esta parábola tiene la peculiaridad de ser la única en la cual se mencionan nombres personales; en este caso son los nombres de Lázaro y también Abraham. Ya que Jones es de la opinión de que la enseñanza de la parábola también gira en torno al significado del nombre Lázaro, conviene que sus razonamientos se mencionen para una cabal aplicación individual. En primer lugar, se nota que el nombre es plenamente judío. En la parábola el rico tanto como el pobre Lázaro eran judíos. El trato dado a Lázaro por el rico era un claro rompimiento del pacto hebreo en su sentido interpersonal. Hay que recordar que los Diez Mandamientos en Éxodo 20, al igual que en los demás códigos legales hebreos, tenían dos aspectos: el vertical y el horizontal. Había leyes que tenían que ver con la relación entre el hombre y Dios. Las había también que regulaban el comportamiento entre los hebreos que se sometían al pacto. Eran éstas las que ignoraba el rico de la parábola. Éste optaba por obviar sus responsabilidades con un hermano del pacto. Es claro también que Jesús, al contar la parábola, se identificaba con el judío pobre. Hay que recordar que el nombre Lázaro significa “ayudado por Dios”. Claramente la gracia de Dios está implícita en la parábola, una gracia que posibilita que el pobre llegue “al seno de Abraham”, lugar de felicidad. No se puede llegar a la conclusión de que el pobre va al lugar de felicidad simplemente por causa de su condición económica. La gracia de Dios se evidencia a cada paso.
¿Cómo se aplica lo anterior a nosotros hoy? Lo más claro es que como miembros del “pacto cristiano”, los creyentes contemporáneos nos vemos urgidos a no tan sólo reconocer sino efectuar la hermandad cristiana. Esto implica que nuestras primeras responsabilidades giran en torno al cuidado y protección de los hermanos en la fe que posiblemente estén en condiciones económicas precarias. La identificación del Señor Jesús con los individuos marginados debe ser suficiente como para que nosotros también nos ocupemos de los hermanos “más débiles” en todo sentido de la palabra.
Otro detalle viene al caso en la aplicación individual de esta parábola. El rico de la historia conocía el nombre del pobre: Lázaro. Este había sido depositado a su puerta (v. 20). Cuando el rico empezó a sufrir su castigo, pidió a Abraham que Lázaro hiciera para él lo que nunca se había hecho para el pobre (v. 24). Hoy conviene que el creyente cristiano indague y llegue a conocer a las personas necesitadas dentro de su propia iglesia. Las exigencias del evangelio no cesan con simplemente el dar “limosnas” a los pobres desconocidos de la calle. Tampoco cumplimos con las demandas del pacto cristiano al pronunciar insensiblemente un “qué Dios te bendiga” ante las necesidades de otros. ¿Cuál es nuestra necesidad de arrepentimiento? Justamente ésta: que nos demos cuenta de nuestra laxitud en el trato para con los necesitados; que sintamos vergüenza por nuestro pecado para con los hermanos; que cambiemos con la ayuda de Dios nuestra manera de relacionarnos con las personas marginadas tanto dentro de nuestras iglesias como fuera de ellas.

las parábolas d jesús

                           Jesús explica las parábolas del reino a sus discipulos


Parábola de los labradores malvados (Mar. 12:1–12; Luc. 20:9–19; Mat. 21:33–46)

El contexto sinóptico

Es preciso que se lea la parábola en su totalidad para captar los distintos puntos esenciales de ella. También es conveniente leer la misma parábola según la expresión particular que le dan los distintos Evangelios. Un libro como Los Evangelios en paralelo por C. McConnell, o también el clásico de A. T. Robertson, Una armonía de los cuatro Evangelios, sirven muy bien para esta actividad.
Esta parábola, como se ha visto hasta ahora, es una de las pocas que se hallan en los tres Evangelios sinópticos. Muchas de las parábolas se encuentran únicamente en uno o dos de los Evangelios. Cuando se da el caso de una parábola en los tres sinópticos, es sumamente instructivo ver cómo los distintos evangelistas la emplean. Veamos algunos de los detalles que distinguen el enfoque de los distintos Evangelios.
En cuanto al contexto inmediato, parece que Lucas tanto como Mateo siguen a Marcos. Es decir, se narra uno de esos eventos en los cuales Jesús se halla dentro del templo judío en Jerusalén. Algunos piensan que estaba en la plaza de los gentiles. Según Marcos, este evento tiene lugar en vísperas de la semana de pasión en la que Jesús pierde su vida. En cierto modo, esta parábola y su contexto sirven como una introducción a los eventos acaecidos durante la última semana de la vida de Jesús. Al estar en el templo, se le acercan los líderes religiosos de los judíos, y le preguntan respecto a la autoridad con la que imparte su enseñanza. Los tres evangelistas registran que Jesús contestó sus preguntas con otra, esta vez con relación a Juan el Bautista y su significado. Por temor a la gente y la gran estima en la que el pueblo tenía al Bautista, los líderes se niegan a contestar la pregunta de Jesús. Dada esta situación, Jesús empieza a enseñar la parábola de los labradores malvados. En esta ocasión es Lucas el que sigue más directamente el orden de Marcos, ya que Mateo inserta la parábola de los dos hijos (Mat. 21:28–32) y la antepone a la de los labradores malvados.
Al comparar la narración de los tres evangelistas, se notan algunas pequeñas diferencias en su manera de relatar la parábola. Marcos, el primer Evangelio en escribirse, empieza diciendo que “Entonces comenzó a hablarles en parábolas” (Mar. 12:1). Por el contexto en el cronológicamente primer Evangelio, se sabe que “les” se refiere a los religiosos. Lucas, en cambio, reza: “Entonces comenzó a decir al pueblo esta parábola” (Luc. 20:9). Pareciera que para Lucas la parábola se dio no únicamente a los líderes religiosos sino a un grupo menos específico, “al pueblo”. Esto encaja muy bien en la tendencia lucana de “universalizar” el mensaje cristiano. Mateo se expresa de modo diferente: “Oíd otra parábola” (Mat. 21:33). Es natural que se exprese así, porque Mateo es el único que le antepone otra parábola a ésta, la de los dos hijos. De nuevo, Lucas sigue más fielmente a Marcos al decir que “cierto hombre plantó una viña” (Luc. 9:1). Mateo, en cambio, emplea más bien “un hombre, dueño de un campo” para indicar más expresamente la identidad de uno de los personajes principales de la parábola. En el resto del v. 1, sin embargo, es Mateo el que sigue al pie de la letra a Marcos. Lucas omite las palabras halladas en Marcos y Mateo que describen todos los arreglos que se le dieron a la viña. Aunque Lucas omite estos detalles, agrega unas palabras muy importantes para él: “se fue lejos por mucho tiempo”. Los propósitos específicos del autor Lucas influyen en su selección de palabras. Aquí podemos observar cómo los distintos evangelistas pueden emplear una auténtica parábola de Jesús, pero se sienten con plena libertad para frasearla según sus propios énfasis. He aquí, la intervención clara del Espíritu Santo en la dinámica de la elaboración de los Evangelios. Más ejemplos de esta dinámica pueden darse. Marcos, seguido por Lucas, dice en el v. 2: “A su debido tiempo …”. Mateo, en cambio, “pero cuando se acercó el tiempo de la cosecha …” (Mat. 21:34). También, Mateo relata que el dueño del campo envió “sus siervos” para que los labradores le entregaran una parte de la fruta. Marcos tanto como Lucas especifican que fue “un siervo” al que envió. Todos estos pormenores que señalan pequeñas diferencias en el relato pueden lucir insignificantes, y lo son en cuanto al impacto general de la parábola. No lo son cuando indican una activa intervención del Espíritu en la labor de los respectivos evangelistas en la hechura de sus Evangelios. Una cosa debe resultar clara: los Evangelios no son biografías, sino modos inspirados para expresar las “buenas nuevas” de Cristo según el tiempo, el contexto y los énfasis de cada evangelista. No es por nada que los Evangelios representen un género nuevo en la literatura mundial. Este género literario no tiene el propósito de sólo impartir datos históricos en torno a Jesús. Más bien, cada Evangelio es una interpretación individualista de las fuentes históricas que los tres tenían en común. Cada evangelista daba su propio sesgo, sus propios énfasis en los arreglos de su mensaje.
Tocante a la naturaleza de esta parábola, las opiniones de los eruditos varían considerablemente. Jeremias piensa que la parábola es puramente alegórica. Con todo, modifica su postura un tanto cuando compara la parábola en los sinópticos con la versión que se halla en el Evangelio gnóstico de Tomás. Asevera que los elementos alegóricos en la parábola son “secundarios”. El erudito alemán opina que hay muy pocos elementos alegóricos en la versión de Marcos, pero más en Lucas. El Evangelio gnóstico de Tomás tiene más, y finalmente, clasifica la versión de Mateo como completamente alegórico. No así, en el pensamiento de C. H. Dodd. Éste apunta:

La parábola más difícil respecto a la situación existente [el ministerio de Jesús] es la de los labradores malvados (Mar. 12:1–8). Para Jülicher y sus seguidores esta es una alegoría construida por la Iglesia primitiva, mirando la muerte de Jesús retrospectivamente. No puedo estar de acuerdo. Como veremos, hay razón como para creer que ha sufrido cierta medida de expansión, pero la historia en sus puntos esenciales es natural y realista en todo sentido .

Hunter expresa algo por el estilo al decir:

A pesar de algunas dudas entre los eruditos, no hay razón contundente para cuestionar su autenticidad sustancial. Por su silencio completo respecto a la resurrección, no es la clase de cosa que algún cristiano posterior pudiera haber inventado … Y, en breve, es totalmente probable que Jesús de hecho empleó durante su última semana en Jerusalén todos los recursos de su imaginación para hacerle ver al Sanedrín su pavorosa responsabilidad ante Dios por rechazar a su Mesías.

Tocante a la forma de terminar la parábola en los respectivos Evangelios, es instructivo notar que Mateo (21:41) difiere de los demás en que hace que el auditorio responda a la pregunta de Jesús en torno a lo que merecen los labradores malvados. En verdad, esta es la norma cuando Jesús hace preguntas, sobre todo a individuos o a grupos opositores. Marcos y Lucas registran que Jesús mismo da contestación a su propia pregunta. Eso sí, los tres concuerdan en citar el testimonio del Salmo 118:22, 23. Este pasaje, desde luego, habla de una piedra desechada por los edificadores. Lucas es el único de los tres evangelistas que añade una frase respecto a cómo esta piedra afecta a los malhechores. Cualquiera que caiga sobre aquella piedra será quebrantado, y desmenuzará a cualquiera sobre quien ella caiga. (Luc. 20:18) se debe notar que aquí hay problema textual: algunos manuscritos no incluyen Mateo 21:44).

El contexto en el ministerio de Jesús

Veamos algunos de los detalles de la parábola. Un dueño de una viña dejó ésta a cargo de algunos empleados. Es probable que este dueño viviera en otro país, y sólo dependiera de otros para su cuidado. Fisher piensa inclusive que es posible que se tratara de un extranjero. Se sabe que grandes regiones de Galilea se dividían entre dueños extranjeros. Esto ocasionaba no poco resentimiento y rebelión contra tales dueños no residentes. En la parábola de los labradores malvados, se nota que el dueño había hecho muchos arreglos de la viña antes de arrendarla a los labradores (Mar. 12:1). Serían arreglos costosos, y naturalmente esperaría recobrar lo invertido. Para tal fin, el dueño hizo una especie de contrato con los labradores según el cual recibiría una porción de la cosecha de la viña. A su vez, los labradores tendrían acceso al uso de la tierra para sus labores. Cuando es el tiempo de la cosecha, el dueño envía representantes para que cobren lo que le correspondía. Pero, un dueño no residente está propenso a que se aprovechen de él siempre y cuando sea posible. Según la parábola, en lugar de pagar lo debido en dinero, pagaron los arrendatarios al representante del dueño con golpes. Según Marcos, esta agresión a los siervos del dueño siguieron vez tras vez. Tanto fue así que algunos emisarios inclusive fueron privados de su vida. Al verse frustrado, el dueño envía a su propio hijo, creyendo así que se le daría el respeto que no se les había dado a sus siervos. Al ver al hijo, es posible que los hombres malos creyesen que el dueño ya había muerto. Hay que recordar que algún tiempo había pasado desde los convenios originales y la llegada del hijo. Puede ser que hayan pensado que, matando al hijo heredero, pudieran hacerse de la propiedad. (Mar. 12:7) Según Fisher, durante la época de Jesús había previsiones legales que permitían que una propiedad se pasara a las manos de los primeros en reclamarla una vez que tal herencia fuera declarada sin dueño. Así mismo, los labradores maliciosamente acabaron con la vida del hijo también. Su maldad era tan grande que arrojaron el cadáver del hijo fuera de la viña sin sepultarlo. ¡Vejación tras vejación! Con este acto de desdén, se adueñaron de la propiedad sin más.
La historia cobra mucho más sentido si se recuerdan las condiciones del país durante la vida de Jesús. Palestina y Galilea en particular eran regiones conflictivas. Algunas causas económicas alimentaban el desorden. No es difícil ver cómo el descontento agrario iba de la mano con sentimientos nacionalistas. El que muchas parcelas grandes fueran posesiones de extranjeros, se prestaba a que se dieran las condiciones para que se pudiera negar la parte que correspondía a los dueños no residentes. Como en el caso de la parábola, los labradores podían quedarse con el dinero del dueño y aun matar a su hijo con impunidad. Dodd  dice que las condiciones socio-económicas en Galilea se asemejaban tanto a los detalles de la parábola que, lejos de ser una historia inventada por la Iglesia primitiva, sólo se puede recalcar su verosimilitud. Se debe agregar que esta parábola se ha llamado también “la parábola del hijo del viñador”.

Aunque la parábola de los labradores malvados pudiera haber sido un relato verídico de eventos acontecidos en la región, definitivamente los líderes religiosos se daban cuenta de que no era así. Jesús sabía utilizar de manera excelente condiciones y costumbres actuales para confeccionar una historia parabólica para dejar un mensaje bien claro para su auditorio selecto. Jesús cierra la parábola con una pregunta: “¿Qué, pues, hará el señor de la viña?” (Mar. 12:9). El sentido pleno de la pregunta realmente gira en torno a qué castigo merecían los labradores malvados. Ciertamente, la respuesta clara es la que dio Jesús en esta ocasión: merecían lo peor, porque sus acciones habían sido totalmente criminales. Lo interesante es que Jesús conteste en esta ocasión su propia pregunta. No era usual que así hiciera. De todos modos, la respuesta de Jesús tenía dos partes. La primera simple y llanamente declara que los labradores merecían ser destruidos por el dueño de la viña (v. 9). La segunda parte de su respuesta está compuesta por un texto del Antiguo Testamento (Sal. 118:22, 23). Con la cita de este texto en labios de Jesús, sus contrincantes se daban cuenta de que éste aludía a ellos como los edificadores. Además, las primeras palabras de la misma parábola vienen siendo prácticamente una repetición de la parábola de la viña que se encuentra en Isaías 5:1, 2. Estas palabras no serían desconocidas para ningún judío contemporáneo de Jesús. Por medio de esta parábola antiguotestamentaria, el pueblo judío se daba cuenta de que era la viña del Señor. No hacía falta mucha perspicacia para saber que los labradores malvados de la parábola de Jesús no eran otros sino los mismos líderes de Israel. Los sinópticos concuerdan en estos mismos líderes judíos “sabían que en aquella parábola se había referido a ellos …” (Mar. 12:12) Aun menos perspicacia se necesitaba para que los líderes se dieran cuenta de que Jesús aclaraba el castigo que ellos merecían, y el hecho de que la viña sería dada a otros. El que la historia romana compruebe que un terrateniente solicitara la ayuda gubernamental y sus fuerzas militares para cobrar una deuda hace que la parábola cobre aun más verosimilitud en sus detalles.
Ciertamente Jesús predijo por medio de la parábola la desintegración del establecimiento religioso judío. Los seguidores de Jesús hasta la fecha somos de la opinión de que la responsabilidad de presentar el reino dejó de estar en los religiosos judíos y pasó a manos de los apóstoles cristianos. Con todo, los líderes judíos no fueron destruidos en el sentido religioso hasta la caída de Jerusalén en el 70 d. de J.C. en la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo judío por las legiones romanas.
La parábola de los labradores malvados goza de tantos paralelos con la historia de Israel que era inevitable con el tiempo que se le alegorizara un poco. El hecho de que Marcos tanto como Mateo citen prácticamente de manera textual Isaías 5:1, 2 hace que sea muy claro para los primeros lectores que la viña es Israel, el dueño es Dios, los múltiples siervos enviados son los profetas, el hijo muerto es Jesús. El que a la postre se haya alegorizado la parábola no resta de manera alguna de la enseñanza principal derivada de ella. Hay que recordar que según los tres evangelistas, esta parábola Jesús la dio en vísperas de la semana de pasión. Por medio de ella declara que los labradores malvados no obraron justamente en el pueblo de Israel. Mataron a sus profetas. Maltrataron al hijo amado y lo mataron fuera de la ciudad. Por lo tanto, el dueño de la viña viene para quitársela a sus usurpadores y se da a otros. Con estas palabras Jesús da esperanza a aquellos que se someten a su reinado. La mayordomía de la viña ya pertenece a otros.
Hunter aclara aún más esto al decir:

La parábola es el cuadro de la historia de Israel a través de sus largos siglos que pinta nuestro Señor. Así y asá se portó Dios en gracia con su pueblo; y así y asá ellos trataron a los mensajeros que les envió: “Oh Jerusalén, Jerusalén tú que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados …”. Y ahora las cosas llegan a su terrible clímax … En un sentido la historia es una autobiografía; el Hombre que la contó era su protagonista principal; y dentro de pocos días después de contarla, llegó ésta a realizarse. Dios envió a su único hijo a Israel para lograr su apelación final; y lo mataron en una mañana de abril, fuera del muro norteño de Jerusalén.

Aunque la parábola, como ya se ha visto, reviste de elementos históricos contemporáneos y refleja casi en síntesis cómo la mayordomía del reino de Dios ha sido pasada de los judíos a los gentiles por el mismo Rey, no deja de enseñar una lección central que se puede percibir a lo largo de la parábola. Esta lección clara es que la mayordomía del reino requiere fidelidad y no la usurpación. Cuando no hay fidelidad, lo justo es que la mayordomía sea pasada a otros. Esta gran verdad suele tener sus aplicaciones para América Latina. Veremos algunas de ellas a continuación.

La parábola para el contexto latinoamericano

América Latina se ha caracterizado durante muchos siglos por tres instituciones con rasgos muy particulares. Estas tres son el gobierno, las fuerzas armadas y la iglesia. Mayormente, las poblaciones de los distintos países latinoamericanos se han visto regidas de alguna manera por estas tres instituciones de índole social. La relación entre estas instituciones y su hegemonía en los distintos países no ha sido homogénea. Dos países pueden contrastarse con facilidad. El pequeño país centroamericano, Costa Rica, se ha destacado por su gobierno democrático, su carencia de un aparato militar, salvo una fuerza policíaca, y una iglesia del estado, la Iglesia Católica Romana. Sólo la última de estas instituciones ha sido perenne en Costa Rica. Hubo un tiempo en su historia cuando existían fuerzas militares, y su gobierno no gozaba exclusivamente de elementos democráticos. Actualmente, el proceso democrático es altamente estimado por el pueblo costarricense. Hay una libertad de culto que no tan sólo se tiene en los códigos legales sino también en la práctica. Prueba está en que prosperan muchas iglesias evangélicas en Costa Rica sin que haya impedimentos ni de parte del gobierno ni de la iglesia oficial. Desde luego, no siempre ha sido así, pero por lo menos durante las últimas décadas, no ha habido opresión contra los evangélicos.
El cuadro en México, el país de habla española más grande del mundo, es totalmente diferente. Desde los inicios de la república había una presencia muy fuerte del ejército. Éste, por supuesto, servía para los fines de los mandatarios en el poder. No obstante esto, fueron pocas las veces que el ejército se usó para sofocar el descontento público. Mayormente, el ejército era vehículo para ayudar en momentos de crisis nacional, fueran éstos desastres naturales u otras emergencias. El gobierno, aunque democrático, era dominado por muchos años por un solo partido político. Muchos de los servicios públicos estaban en manos del gobierno. La industria petrolera, los teléfonos, los medios de creación y distribución de energía eléctrica, todos eran patrimonio nacional, es decir, propiedad del gobierno federal. En general, hay que decir que tradicionalmente, había un intento por proteger los intereses de la mayoría de la población mexicana que vive en una pobreza notable. Se buscaba la forma de que los artículos de mayor consumo del público (“la canasta básica”) no excedieran en precio más allá de las posibilidades de los de menos recursos.
La relación entre la Iglesia Católica Romana y el gobierno de México ha variado durante distintas épocas. Antes de la Revolución Mexicana (1910), mucho del territorio nacional pertenecía a la Iglesia. Después de la Revolución Mexicana, toda esta propiedad se le quitó a la Iglesia. Tanto fue así que por muchos años ninguna iglesia, sin importar su afiliación religiosa, podía ser dueña siquiera del templo dentro del cual celebraba los cultos. En efecto, la iglesia no podía ser dueña de nada. Los ministros no podían votar, fueran éstos sacerdotes católicos o pastores evangélicos. También, no se permitía que ningún extranjero fuera pastor. Todo sacerdote o pastor evangélico tenía que ser mexicano por nacimiento. Se decía que estas medidas obedecían a que antes de la Revolución Mexicana, casi todos los sacerdotes católicos eran extranjeros, y esto significaba que mucha propiedad nacional estaba en manos de no-mexicanos. Y, desde luego, esto no convenía al bien nacional. Durante largos años, prevalecía una actitud bastante anticlerical en el gobierno. Había un tiempo cuando se miraba muy mal que un presidente de la república ejerciera públicamente su religión. Con el tiempo, desde luego, esta actitud iba disminuyendo, y el anticlericalismo era más teórico que práctico.
¿Qué relación guarda todo lo anterior con la parábola de los labradores malvados? Si recordamos que la parábola recalca la importancia de la fidelidad en la mayordomía podemos ver que hay varias maneras de aplicarse esta enseñanza a la escena latinoamericana. Sin caer en una especie de alegoría, hay que recordar que todas las instituciones latinoamericanas mencionadas (el gobierno, el ejército y la iglesia) deben ser siervas del pueblo. Suya es la mayordomía; son mayordomos del poder que el pueblo les ha conferido. Es decir, dentro del marco democrático, todas las instituciones mencionadas tienen la obligación de cumplir con el cometido que el pueblo le ha confiado. En toda democracia el poder radica a fin de cuentas en el pueblo, en la gente. Cada institución tiene su propia responsabilidad de ser fiel y leal en el cumplimiento de los deberes que le corresponde, según el mandato del pueblo. El ejército está para proteger los intereses nacionales. En tiempo de peligro nacional, sea por amenaza de afuera o desastre natural, su buena mayordomía requiere la fidelidad en la protección. Al igual que el hombre de la parábola dejó en manos de los labradores el cuidado y la protección de su viña, los pueblos latinoamericanos han comisionado a sus ejércitos (o fuerzas públicas) para proteger los intereses nacionales, especialmente los derechos de los más humildes. A los gobiernos a lo largo del hemisferio, los pueblos latinoamericanos requieren que sean fieles en el cumplimiento de sus deberes de administrar los fondos públicos, creados éstos por la labor de la gente, en pro de la nación. Esta mayordomía del poder compete principalmente a los gobiernos y a las fuerzas militares. Carece de forma absoluta la fidelidad cuando un siervo público se aprovecha de su puesto para enriquecerse encubierta y deshonradamente.
¿Qué clase de fidelidad se espera de la iglesia? Simplemente que ella cumpla con la comisión de su Señor: la predicación del evangelio, la obra social y el misionar. Tampoco la iglesia muestra fidelidad en la mayordomía cuando sólo busca el mantenimiento y engrandecimiento de su propia estructura y poder. No hay institución latinoamericana que no pueda aprender mucho del énfasis de la parábola de los labradores malvados. Los ejércitos, los gobiernos, las iglesias pueden esperar ser reemplazados (al igual que los labradores malvados de la parábola) si no son fieles en el cumplimiento de sus responsabilidades de manera justa y honrada.
El creyente individual no puede leer esta parábola sin darse cuenta de que ella tiene una aplicación muy personal. A cada cristiano se le ha llamado a ser fiel en el cumplimiento de la tarea a la cual el Señor le haya llamado. Para muchos sería inconcebible que un creyente asumiera el papel del labrador malvado al procurar éste usurpar el papel del dueño de la viña. Desgraciadamente, no es tan sólo posible sino fácil que el creyente, sin darse cuenta de ello tal vez, busque adueñarse de la viña de su propia vida. Por mucho que confesemos que Jesús es Señor, siempre existe la tendencia, por el “viejo hombre” que aún persiste en nosotros, de “robar” la viña al Señor. Jesús es el dueño de la vida de cada creyente, y nos encarga tareas que realizar. Cada vez que optamos por ignorar las demandas del Señor sobre nuestra vida, estamos ignorando su señorío sobre nosotros. La “viña” que antes pertenecía al Señor ahora está bajo nuestro control. Esto se llama usurpación. Según la parábola de los labradores malvados, cuando se ignora las demandas de la fidelidad en la mayordomía, se le quita a los usurpadores su posesión y se le da a otros. Si el Señor nos llama a una tarea en la vida y hacemos caso omiso del cumplimiento de esa tarea, podemos estar bien seguros de que esa tarea se le dará a otro y nos habremos comprobado ser “labradores malvados”. Dios guarde que eso suceda.


Parábola del gran banquete (Luc. 14:15–24; Mat. 22:1–14)

El contexto sinóptico

La mayor parte de los eruditos son de la opinión de que los dos pasajes sinópticos aludidos reflejan básicamente la misma parábola. El lector se preguntará por la razón de esta opinión. Una lectura de los dos pasajes revela toda una gama de diferencias de detalles. Precisamente por estas diferencias marcadas, sobre todo con respecto al auditorio a quien el Señor Jesús da la parábola, un escritor opta por creer que los dos textos contienen parábolas diferentes. Serían dadas en ocasiones distintas con énfasis distintos. Una lectura somera de los dos pasajes, no obstante, hace que uno se dé cuenta de la existencia de un argumento principal casi idéntico en ambos. Algunos de los estudiosos creen que originalmente sería una sola parábola contada por Jesús, pero Lucas y Mateo conocían versiones distintas de ella. Esto obedecería, desde luego, a fuentes distintas utilizadas por los dos evangelistas. Es más, algunos creen que probablemente Lucas sea el que conserva la forma original de la parábola, ya que la versión en Mateo es altamente alegórica. Ya que Jesús contaba parábolas y no alegorías, la versión mateana probablemente contenga evidencias de una tendencia hacia la alegorización, característica de un período posterior a Lucas.
Smith aclara en algo esto al decir:

Aquí, como en el caso de las parábolas de riquezas confiadas a las manos de mayordomos, tenemos versiones diferentes de la misma parábola. El bosquejo común da la historia de cómo huéspedes, previamente invitados a un banquete, de forma descortés rehúsan asistir a última hora, y cómo el anfitrión ocupa sus lugares a la mesa con hombres de la calle.
Las semejanzas en el uso de los verbos son demasiado pocas como para sugerir que existiera una versión griega en común para las dos formas de la historia. Es claro que Lucas preserva la forma más original … En Mateo, en cambio, tenemos una versión alegorizada de la parábola.

Hablaremos más de esto después, pero ahora conviene ver los dos pasajes y sus respectivos detalles comunes y también los diferentes.
Lo primero que llama la atención es que los contextos de las parábolas en los dos Evangelios son diferentes. En Lucas la parábola del gran banquete está ubicada dentro de esa gran sección en el Evangelio que se conoce por “La sección especial de Lucas” (Luc. 9:51–19:44). Según Lucas, Jesús da la parábola estando en la casa de uno de los líderes entre los fariseos. Llama la atención que sólo Lucas registra las comidas que Jesús celebrara con los fariseos (Luc. 7:36; 11:37; 14:1). En cada caso parece que estas comidas servían como bases para palabras de Jesús contra los fariseos (Luc. 7:36–50; 11:38–54; 14:2–24). Después de sanar a un hidrópico para comprobar que era lícito ante Dios hacer el bien los sábados (Luc. 14:2–6), Jesús procede a instruir a los fariseos respecto a la humildad que debía tenerse al ser invitado a una fiesta de bodas (vv. 7–14). Lucas agrega luego que Jesús dijo algunas palabras al anfitrión respecto al buen proceder al invitar a los huéspedes (vv. 12–14). Es obvio que el escenario que pinta Lucas es el de una convivencia social en la que ideas y prácticas divergentes se desplegaban. El fariseo anfitrión tenía las suyas y Jesús las suyas también. Al final Jesús le da un sesgo escatológico a sus instrucciones al fariseo. Uno de los fariseos presentes, habiendo escuchado las palabras de Jesús respecto a la resurrección de los justos (v. 14), asume que es uno de esos justos. A raíz de su comentario, Jesús comienza a contar la parábola del gran banquete. Este es el contexto de la parábola en Lucas.
En Mateo el contexto es: el de las controversias de la semana de pasión dentro de la cual también se da la parábola de los labradores malvados (Mar. 12:1–12). Parece que tres parábolas, la de los dos hijos (Mat. 21:28–32), la de los labradores malvados (Mat. 21:33–46), la de la fiesta de bodas (Mat. 22:1–14), ayudaron a Mateo para expresar uno de los temas teológicos más importantes de su Evangelio: el juicio de Dios sobre Israel.
Entre los detalles diferentes en las dos parábolas están los siguientes: (1) en Lucas el anfitrión es simplemente “un hombre” y la comida es “un gran banquete”; en Mateo el anfitrión es “un rey” y la comida es “una fiesta de bodas” para su hijo. No se le escapa a uno que en Lucas 14:8 Jesús menciona una fiesta de bodas, pero no se asocia con la parábola misma. (2) En Mateo Jesús comienza la parábola con el preámbulo de rigor: “El reino de los cielos es semejante a …”. Esta fórmula no aparece en la versión de Lucas. (3) La parábola que se halla en Mateo no incluye los distintos pretextos que los invitados dan. Éstos figuran sólo en Lucas. Estas justificaciones para no asistir al banquete dadas por los invitados no son legítimas. Seguramente los fariseos conocerían algunos textos del Antiguo Pacto que pudieran haberse utilizado incorrectamente por el vulgo (véanse Deut. 20:5–7; 24:5). Sabrían que dichos pretextos para no asistir al banquete eran inválidos, porque según los textos señalados, las “razones” dadas sólo podían usarse para eximirse del servicio militar y la guerra, no de las obligaciones sociales. (4) En la parábola que se encuentra en Lucas el “hombre” envía un solo siervo para invitar a los huéspedes. En Mateo son varios. (5) Lucas nos dice que sólo el anfitrión estaba airado al enterarse de los pretextos. Mateo, en cambio, reporta que los siervos no tan sólo recibieron las excusas sino también fueron maltratados y muertos. Por ende, el rey de la parábola no tan sólo se enoja, sino que en retribución acaba con los malhechores. Según Hunter (p. 56), los vv. 6, 7 en Mateo son una alusión directa a la destrucción de Jerusalén en 70 d. de J.C., entendida como un castigo de Dios sobre Israel por el maltrato dado a sus siervos. (6) La parábola lucana carece de la alusión al hombre que llega sin el atuendo adecuado (Mat. 22:12). Para Mateo es importante incluir estas palabras de Jesucristo para hacer sobresalir la necesidad del arrepentimiento. Se exigía, pues, “la ropa de bodas”, o sea el arrepentimiento (7). Finalmente, la parábola de Mateo termina con un aforismo: “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. La parábola de Lucas no tiene estas palabras de Jesús.
Hay elementos comunes a las dos parábolas. En síntesis, estos elementos son: (1) El escenario es el de un banquete. (2) Se extiende un convite a un grupo selecto que lo menosprecia. (3) Al ver que la invitación es rechazada por los invitados originales, el anfitrión invita a personas de la calle que normalmente no serían invitadas. (4) Los invitados originales que rechazaron la invitación son descritos como “indignos” de participar del banquete.

El contexto en el ministerio de Jesús

Por lo dicho hasta ahora es probable que estas parábolas tengan que ver con los conflictos que Jesús tenía con los líderes religiosos y su rechazo empedernido al reino de Dios que se hacía presente en la misma persona de Jesús. Ciertamente eran los líderes religiosos, especialmente los fariseos, que buscaban todo pretexto para no recibir el mensaje de Jesús en torno al reino. Eran ellos también los que se enfadaban al ver a Jesús relacionándose con los “pecadores” o sea, los marginados de la sociedad judía. Fisher  parece captar el significado de la parábola para Jesús cuando asevera:

El énfasis original de la parábola tal y como Jesús la contó probablemente se centrara en las excusas que los invitados pusieron y la invitación a los pobres, los mutilados, los ciegos y los cojos (Luc. 14:21). Este mensaje estaba diseñado para desarmar la protesta de los adversarios de Jesús contra su invitación para los pecadores. También recalcaba la urgencia de responder inmediata y decisivamente a la invitación extendida.

Uno no puede leer estas parábolas de Jesús sin darse cuenta de cómo éste contrasta dos grupos de personas. No se nos escapa que los lectores actuales de las parábolas también nos podemos situar en uno de los dos grupos. Por un lado, había durante el día de Jesús aquellos que estaban acostumbrados a recibir invitaciones a semejantes banquetes. No les costaba nada disculparse y así desechar la invitación. Preferían ignorar la importancia de la invitación, y por esto al llegar el siervo para dársela, “no le hicieron caso” (Mat. 22:5). Optaban mejor por ocuparse en las rutinarias cuestiones de los negocios. En cambio, había otro grupo constituido por personas totalmente sorprendidas por la invitación que se les extendía. Estas personas no estaban acostumbradas a recibir invitaciones a banquetes ofrecidos por hombres pudientes. Por esto, la invitación es una muestra de extravagante bondad de parte del que invita. Obviamente, los fariseos durante el ministerio de Jesús tenían muy en poco el ofrecimiento de Jesús para que entraran al reino que él mismo traía. Durante su día y el día de nosotros, todos los pecadores nos quedamos sorprendidos cuando se nos extiende la invitación para que seamos hechos partícipes del reino de Dios en Jesús. Es pura obra de la gracia de Dios.
Hunter sugiere que la parábola también puede llamarse “los invitados despreciativos”. El mismo autor nos ayuda a entender el significado de la parábola para el ministerio de Jesús al decir dramáticamente:

La parábola, pues, es una advertencia contra la autodecepción de parte de los que profesaban ser religiosos cuyo prototipo era el piadoso compañero de mesa. “¡Ah, qué dicha (dices tú) de recibir una invitación al banquete de Dios y así aceptarla! Pero esto es justamente la oportunidad que se te ha brindado, y ¡mira lo que has hecho con la invitación! Y si Dios ahora se propone encontrar lugares en la mesa para pecadores y gentiles, te puedes culpar únicamente a ti mismo. No es Dios quien te ha excluido; te has excluido a ti mismo”.

Se ha dicho que Jesús enseñaba por parábolas y no por alegorías. Esto es cierto, pero no se puede excluir la posibilidad de que algunas de sus parábolas pudieran ser alegorizadas. La parábola del gran banquete presentada en Mateo puede ser una de ellas. El anfitrión del banquete no puede sino simbolizar a Dios. Los convidados originales no son otros sino los religiosos judíos que confiaban en su propio merecimiento. Los segundos en ser invitados son los pecadores y gentiles que de plano se consideraban como excluidos del reino de Dios. Ciertamente, los fariseos que primero oyeron la parábola captaron de inmediato que Jesús hablaba del reino de Dios y su rechazo de éste tal y como Jesús lo traía. También se ofenderían aun más al ver que Jesús alegaba que la invitación al reino sería dada a “pecadores”. No hace falta mucha perspicacia para ver que esta parábola fue usada por Jesús como argumento dentro de su discusión con los religiosos judíos. El que de hecho ellos nunca aceptaron el reino de Dios en Jesús, no se puede culpar a nadie más sino a ellos. Tampoco podemos culpar a nadie más sino a nosotros mismos si no nos sometemos al reino de Dios en Jesús.

La parábola para el contexto latinoamericano

Estas son unas de las parábolas de Jesús que encuentran fácil aplicación al ámbito latinoamericano. Debe ser claro que dentro de las parábolas se hallan dos clases de personas: (1) Las hay que se creen merecedoras de la invitación para que participen en el banquete. Tanto se ufanan de sus derechos y privilegios, tan acostumbradas están a ser tratadas con delicadeza y trato especial que se sienten totalmente indiferentes ante esta nueva invitación. Ponen toda clase de excusa para desairar al que les invitó tan gentilmente. Aunque en el caso de la parábola estas personas eran de la clase privilegiada (los fariseos), hay que recordar que esta clase de actitud no se fundamenta en riquezas o privilegios. Hay personas de la clase humilde que también pueden asumir esta misma actitud de rechazo. El meollo del problema estriba en una actitud de superioridad y egocentrismo que permite que uno menosprecie la bondad de otro al rechazar su invitación. Este desdén puede resultar también por permitir que las cuestiones secundarias de la vida (el negocio, la riqueza) obstaculicen la aceptación de la invitación. Por lo menos, algunos de los pretextos dados en las parábolas para el rechazo de la invitación giraban en torno a intereses económicos. (2) También, según las parábolas, hay personas que, debido a su posición socioeconómica y cultural, se sorprenden al ser convidadas a un banquete de alguien totalmente fuera de su categoría. La aceptación es inmediata y con gozo. De nuevo, la actitud de aceptación a otros y sus bondades para con uno no depende del estado económico en el que uno se halla. Hay personas acaudaladas que tienen una actitud de receptividad y agradecimiento ante todo gesto de bondad de parte de otros. Esto debe hacernos más cautelosos ante la tentación de esteriotipar a la gente, sea rica o pobre en términos económicos. La idea central de las parábolas que nos atañe a todos es esta: la disposición de aceptar con gratitud la invitación de Dios a su reino. Este reino es el que inauguró Jesús en su ministerio terrenal. Es el reino cuya eficacia hicieron posible la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret. Es el mismo reino que será consumado cuando Cristo vuelva para inaugurar el orden eterno.
La parábola del gran banquete en Lucas y la de Mateo en la de la fiesta de bodas tienen una palabra de juicio tanto como un mensaje del favor inmerecido de Dios. Tanto en el caso del indígena más empobrecido en México como el rico más ostentoso en Buenos Aires, Jesús tiene una palabra de juicio para los que ponen excusas ante su invitación a ser súbditos del reino de Dios. Hay que recordar que ser partícipe del reino de Dios implica la sumisión al gobierno, al control y al señorío de Jesucristo. El obstáculo más grande es el egocentrismo en el hombre, sea quien sea. Es justamente el egocentrismo lo que anima a uno para que ponga pretextos a la invitación de Jesús. Al igual que los fariseos que primero escucharon la parábola de Jesús, ambiciones personales pueden servir como excusas para que no nos sometamos al reinado de Cristo. Lo que hay que recordar, sin embargo, es que las excusas son sólo vehículos de expresión del egocentrismo.
Si bien las parábolas a mano contienen un juicio para los que rehúsan someterse al reinado de Dios en Cristo, también ofrecen una palabra de aliento, estímulo y esperanza para aquellos que abierta y gozosamente aceptan la invitación al banquete escatológico. No queda desapercibido el hecho de que las parábolas enseñan que los segundos en ser invitados al banquete aceptaron con gran agradecimiento y pasión. Tampoco se nos escapa que los segundos en ser invitados no merecían la invitación desde la óptica de nadie. Según los judíos religiosos, éstos eran la escoria de la sociedad, los “pecadores”. Aunque Lucas los describe en términos de pobreza y minusválidos (v. 21), los religiosos judíos los verían como malos, ya que atribuirían su condición física o económica al pecado que hubieran cometido con anterioridad. La verdad es que nadie merece la invitación de Dios para que sea súbdito del reino. Es un axioma que los verdaderos súbditos del reino son los que se dan cuenta perfectamente de su inmerecimiento. Son éstos los que con fe y humildad se someten a la voluntad de Dios. Las parábolas, pues, representan buenas nuevas para todos los pecadores. Eso sí, hace falta que los invitados acepten el ofrecimiento con gratitud y sin pretextos. El ofrecimiento a que uno sea súbdito del reino siempre está ineludiblemente dependiente a la sumisión al señorío de Jesucristo. ¡Cuán grande será el gozo en el cielo cuando muchos latinoamericanos participen del gran banquete de Dios!


Parábola de los siervos vigilantes y la del portero vigilante (Mar. 13:32–37; Luc. 12:35–38)

El contexto sinóptico

Algunos piensan que se trata de dos parábolas diferentes, mientras otros creen que es una sola parábola, y que se encuentra en dos de los sinópticos con diferencias de detalle. En la RVA no hay ningún nombre específico dado a estas parábolas, pero una lectura de ésta en ambos Evangelios demuestra que el título que le hemos dado encaja mejor con la versión de Marcos. Esto es así, porque en la versión de Lucas no figura el portero, sino sólo los siervos.
En Marcos, el hombre dueño de la casa, preparándose para salir en un viaje, asigna una labor para cada uno de sus siervos respectivamente. Al portero, sin embargo, dejó instrucciones específicas para que velara. Smith  nos habla de la importancia del papel del portero en los tiempos antiguos:

Las casas palestinas tal y como la sugerida eran separadas de la calle por un patio amurallado en cuyo portón exterior el portero tenía su lugar. De su presencia y vigilancia dependía la seguridad de la casa en contra de robos. La Mishna establecía que si más de una casa daba al patio entonces el dueño podría exigir que los demás contribuyeran al costo del mantenimiento del portero. Claro, al portero no convenía que se le encontrara durmiendo al volver el amo.

Otra cosa que llama la atención en la versión de Marcos es que a los oyentes se les involucra en el argumento de la parábola: Velad, pues, porque no sabéis … (v. 35). Luego diremos más al respecto.
La versión de la parábola en Lucas no tiene portero, sino que se espera que todos los siervos estén despiertos, alertas y pendientes de la llegada del señor de la casa. También Lucas menciona una boda a la que asistiera el señor. Marcos no tiene este detalle. Es obvio, pues, que las dos versiones de la parábola no son idénticas. De allí que muchos hablan de dos parábolas. Muchas de sus expresiones son diferentes, pero la enseñanza de los dos Evangelios por medio de estas parábolas es la misma: la vigilancia de parte de los siervos en cuanto a la llegada del señor de la casa. La parábola urge que los siervos estén preparados para recibir a su amo a la hora que llegue. Es claro que para Lucas la parábola de Jesús se refiere a los discípulos de Cristo, y los amonesta a que estén vigilantes y a la expectativa de su segundo advenimiento. Lucas también menciona las tres vigilias de la noche. Es probable que Lucas mantenga la forma judía en cuanto a las distintas divisiones de la noche; tiene tres divisiones. Marcos, en cambio, utiliza la forma romana de dividir la noche en cuatro secciones o “vigilias” de la noche, consistiendo cada una de tres horas. Dodd opina que Lucas emplea las vigilias de la noche para abordar la preocupación de los creyentes de su día (aproximadamente en el año 80 d. de J.C.) respecto a la demora en el retorno de Cristo a la tierra.
Lucas en su parábola tiene otros detalles que carece Marcos. En el v. 37 habla de un servicio que el amo de la casa rendirá a los siervos vigilantes: se ceñirá el señor de la casa, hará que los siervos se sienten a la mesa y los servirá. No importa el ángulo del cual uno vea este detalle, ciertamente no refleja lo normal. Más bien, lo normal sería que los siervos atendieran a su amo. ¿En dónde es que encontramos a un Señor ciñéndose y sirviendo a sus siervos? El relato de Jesús lavando los pies a sus discípulos y sirviéndoles en la mesa sólo se halla en el Evangelio de Juan (13:1–20). Aunque los eruditos dudan casi unánimemente de alguna dependencia literaria entre el Cuarto Evangelio y los sinópticos, muchos han podido ver algunas similitudes entre algunos sucesos en Juan y algunos en Lucas. Sea esto como fuere, es obvio que Lucas por medio de estos detalles habla de las bendiciones que los siervos vigilantes pueden esperar cuando venga el Señor Jesús.
Dodd asevera que la parábola de los siervos vigilantes, más que ninguna otra, habla poderosamente a la iglesia primitiva que se preocupaba por la tardanza en la prometida segunda venida. Por medio de esta parábola, en su versión lucana, la iglesia primitiva se consolaba mientras esperaba “durante las vigilias de la noche”. Aunque Dodd nos ayuda para ver la verdad de esta esperanza, veremos en la siguiente sección cómo yerra en hacer que la enseñanza de Jesús se reduzca totalmente a la de los evangelistas.
Aunque la mayoría de los estudiosos hoy consideran que la parábola del portero vigilante es una sola, interpretada de manera diferente por los dos evangelistas Marcos y Lucas, Hendrickx argumenta que son dos parábolas diferentes. Asevera:

La parábola de los siervos que esperan es afín a la del portero. Comúnmente se dice que ambas parábolas son derivadas de una parábola originalmente enseñada por Jesús. La implicación es que la primitiva comunidad cristiana o el evangelista creara la actual forma que encontramos en los Evangelios. Sin embargo, los dos relatos del portero y los siervos que esperan son tan diversos en expresión y sintaxis que es imposible que hubiera una sola parábola original. Es más fácil decir que ambas parábolas vienen de los labios de Jesús. Una es reportada por Marcos y la otra por Lucas.

Sea la que fuere la explicación que uno dé al origen de la parábola del portero y la de los siervos, es claro que la enseñanza principal es la misma. Los múltiples detalles diferentes sólo vienen a dar realce a la idea central: la fidelidad en estar a la expectativa de la llegada del señor de la casa.
Fisher opina que un vestigio de la parábola se puede hallar en Mateo 25:14, 15b. Éste dice al respecto:

El tema del portero y los siervos encargados de responsabilidad aparece en varios puntos de los Evangelios. En Mateo 25:14, 15b muy poco de la parábola permanece. Aparece en su forma más amplia en Lucas 12:35–38. El tema se repite en Lucas 19:12, 13. Detrás de las varias versiones, se halla un argumento. Un hombre—lo suficientemente rico como para tener siervos—deja su casa para asistir a una fiesta, tal vez los festejos de una boda. Amonesta al siervo que era el portero a que vele para que cuando el amo de la casa vuelva, tenga quien lo ayude.

El contexto en el ministerio de Jesús

Aunque Dodd  opina que no podemos saber con exactitud el contexto histórico durante el ministerio de Jesús que evocara la parábola del portero vigilante, con mucha facilidad asegura que fue la crisis que la misma presencia de Jesús produjo. Al decirlo, revela de nuevo su prejuicio en contra de enseñanzas escatológicas en Jesús. Veamos su concepto.

Entonces, podemos preguntarnos: ¿Cuál era la emergencia que Jesús tenía en mente? Sabemos que él creía que su propio ministerio evocaba la crisis suprema de la historia. No hay nada en la parábola misma que niegue la idea de que la emergencia que él contemplaba fuera de hecho la crisis creada por su propia venida en lugar de una crisis en el futuro distante.

Uno nunca deja de asombrarse de cómo los eruditos, basándose en sus propios presupuestos filosóficos, opten por hacer caso omiso del énfasis de los mismos evangelistas. Es cierto que las circunstancias históricas de éstos cuando redactaron cada Evangelio no fueron las mismas que las de Jesús, pero esto no permite que se pueda pensar que los evangelistas ignoraran los motivos por los que Jesús enseñaba sus parábolas. El mismo Joachim Jeremias, por mucho que admirara a su colega inglés, no daba la razón a Dodd cuando éste permitía que sus presupuestos filosóficos afectaran su interpretación de las parábolas de Jesús. Dodd nos habría servido mejor si se hubiera quedado con su aseveración original: no podemos saber a ciencia cierta la circunstancia durante el ministerio de Jesús que evocara la enseñanza de la parábola del portero. Es mejor admitir no saber que inventar respuestas basadas en filosofías extrañas a los Evangelios.
Es claro que para Marcos y Lucas, Jesús enseñó por medio de la parábola de los siervos vigilantes y la del portero que sus siervos debían estar esperando su retorno. Este período de espera, sin embargo, no debía ser un tiempo de ociosidad. Más bien, con fidelidad y esperanza, los siervos de Jesús debían estar ocupados en los quehaceres del reino. No debían desesperarse con respecto a su retorno, pero tampoco debían permitir que una ansiedad entorpeciera su actividad evangélica. Fisher resume este concepto admirablemente:

Hemos dicho que las varias versiones de esta parábola de Jesús reflejan la necesidad de que la iglesia primitiva interpretara el mensaje de Jesús con relación a su propia situación. Originalmente, Jesús hablaba de la llegada repentina de la nueva era, la gran crisis que precedería su cumplimiento. Él urgía que la gente estuviera preparada para cuando viniera. Pero cuando no aparecía, la iglesia tuvo que ajustarse a una perspectiva a largo plazo. Claramente, el portero no podía estar junto a la puerta por tiempo indefinido. Tenía que estar ocupado en sus tareas normales mientras esperaba el retorno de su amo.

Para muchos que no nos hemos desesperado por el regreso de Jesús, la clara enseñanza de Jesús para sus discípulos de todos los tiempos es que estemos preparados para cuando se realice su regreso. Ciertamente Jesús quería que sus discípulos no tan sólo estuvieran a la expectativa de su retorno, sino que también estuvieran ocupados en las cosas del reino.

Las parábolas para el contexto latinoamericano

Aunque la situación va cambiando en muchos países latinoamericanos debido a la situación económica, todavía muchos hogares de medianos ingresos tienen empleados en la casa para ayudar con las tareas domésticas. Dependiendo del país y la situación económica de la mayoría de sus habitantes, suele haber personas empleadas para ayudar con el jardín, la lavada de ropa, la cocina, el aseo de la casa, el cuidado de los niños y hasta la lavada del vehículo. En algunos hogares de gente pudiente, a menudo hay una o más personas para cada tarea mencionada. En otras casas de menos ingresos, puede ser que una sola persona tenga que realizar muchas de estas funciones.
Otro trabajo en hogares latinoamericanos que nos recuerda de la parábola a mano es el del portero. A ciertas zonas residenciales la entrada es cerrada para el público; a menudo hay un hombre encargado para que realice la vigilancia y admita únicamente a las personas que tengan el permiso de los dueños de las casas en el sector. Especialmente en los casos de los porteros y otros que realizan la vigilancia se exige que la persona sea de absoluta honradez. Normalmente no se da este empleo a personas desconocidas o con recomendaciones poco confiables. Esto es así, porque no tan sólo los bienes materiales de los dueños de las casas están en juego, sino que también la seguridad y bienestar de sus hijos están a riesgo. Es obvio que la característica que más se exige para que uno sea portero o velador para los hogares de familias latinoamericanas es la confiabilidad responsable. De nada sirve que a una persona de altas recomendaciones se le pague bien si ésta no se esmera en hacer bien su trabajo, sobre todo el de la vigilancia. Tristes situaciones se han dado en las grandes urbes de Latinoamérica cuando los encargados de la vigilancia no cumplieron con sus responsabilidades. Pérdidas y daños materiales cuantiosos se han reportado en la prensa, todo a causa de un velador irresponsable o deshonesto. Aun niños han sido secuestrados por maleantes debido al incumplimiento del velador encargado. Sin embargo, la mayor parte de los veladores cumplen fielmente con su tarea, ya que saben que esto es lo que esperan y exigen sus patrones. Habrá algunos porteros inclusive que cumplen con sus responsabilidades no sólo porque temen ser despedidos, sino porque conocen las consecuencias funestas para los vecinos del sector si no lo hacen.
Los tiempos y las culturas cambian, pero la enseñanza de Jesús en su parábola de los siervos vigilantes, y la del portero, no. Como ya se ha visto, la parábola en su versión lucana tanto como en Marcos enseña que los discípulos de Cristo deben estar a la expectativa de su regreso. Nadie sabe cuándo eso será (Mar. 13:32, 33). No tiene caso que estemos haciendo adivinanzas respecto al tiempo de su venida. La Biblia misma nos dice que Cristo ha de volver cuando menos lo esperemos (Luc. 12:40). El tiempo de su venida no es lo importante. Lo esencial es que estemos velando y a la expectativa de su regreso. Esto involucra actividad cristiana en todas sus facetas espirituales: la misionera, la educativa, la social. El Señor nos ha dejado con las tareas de la vigilancia y la labor cristiana. Debemos vivir todos los días como si viniera hoy.


Parábola de las diez vírgenes (Mat. 25:1–13)

El contexto sinóptico

El Evangelio de Mateo es el único de los sinópticos que contiene esta parábola.
El evangelista Mateo coloca esta parábola entre la de los mayordomos (Mat. 24:45–51) y la de los talentos (Mat. 25:14–30). El mismo evangelista registra las palabras de Jesús que nos aseguran que la parábola es una que arroja luz sobre la naturaleza de la crisis que trae el reino de Dios: Entonces, el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al novio (Mat. 25:1). Con destreza Mateo sitúa la parábola después del discurso de Jesús sobre el fin de la era. Al final de dicho discurso Jesús habla de una separación entre dos clases de mayordomos (ver Mat. 24:45–51). Al mayordomo fiel se le otorga un puesto de responsabilidad; al mayordomo malo, sin embargo, se le asigna un lugar entre los hipócritas, merecedores de castigo. Algo del mismo tema se encuentra en la parábola de las diez vírgenes; cinco son “prudentes”, y las otro cinco son “insensatas” (v. 2). Las “prudentes” pudieron entrar a la casa del novio; a las “insensatas” se les negó la entrada por su descuido. Este tema de una separación entre los buenos y los malos es algo que figura en las parábolas en Mateo 24–25. Incluso, en el relato del juicio de las naciones (Mat. 15:31–46) aparece el mismo tema. Debe ser obvio que la concatenación de las parábolas con temas similares en el Evangelio de Mateo no es por casualidad. Muy intencionalmente el evangelista ubica estas parábolas una tras la otra con la mira de recalcar la necesidad de estar preparado para la crisis del reino.

El contexto en el ministerio de Jesús

En la historia Jesús cuenta de diez doncellas, acompañantes de la novia, que siguieron las pautas establecidas para las bodas orientales. Desde el principio de la historia, sobresale la idea de la urgente necesidad de prepararse. Juntamente con esta idea se da otra también: la de ignorancia respecto a la hora exacta del regreso del novio y lo repentino de éste. La combinación de estos dos conceptos a la larga nos va a reflejar el propósito de la parábola dentro del ministerio de Jesús.
Los detalles acerca de las bodas judías que nos son narrados por Mateo son reveladores de la realidad histórica durante el tiempo del ministerio de Jesús. Es claro que la parábola tiene por trasfondo una boda judía común y corriente. Se sabe que la ocasión de una boda durante el tiempo de Jesús representaba una celebración comunal. Las festividades de una boda solían durar toda una semana, y muchas personas participaban en ellas. De tal importancia eran las bodas judías que se les excusaba a los rabíes de su estudio de la ley juntamente con sus alumnos con el fin de que todos participaran en los festejos, Jesús mismo habló de la suspensión del ayuno durante el tiempo de una boda (Mat. 9:15; Mar. 2:19; Luc. 5:34).
La parábola hace alusión a la última etapa en el proceso del matrimonio. Entre las etapas estaban: (1) “El noviazgo”, concertado éste por los padres de los cónyuges en perspectiva; ya que la madurez sexual se alcanzaba durante la adolescencia, el noviazgo se concertaba cuando los dos futuros esposos estaban bien jóvenes, a veces la mujer sólo contaba con doce años y el varón con trece; esta era la edad mínima establecida por los rabinos. (2) “El compromiso” dentro del cual los dos novios se daban votos, y el varón pagaba un dote o precio matrimonial al padre de la novia (ver Gén. 34:12; Éxo. 22:16; 1 Sam. 18:25); también ofrecía un regalo a la novia. A estas alturas, se consideraba que la pareja estaba legalmente casada; si el nexo se rompiera por alguna razón, se tenía esta rotura por un divorcio. Es más, si fuera a morir prematuramente el varón, la novia era considerada ya una viuda. Con todo, el matrimonio no se consumaba sexualmente hasta la ceremonia formal, a veces un año después del noviazgo. (3) “La ceremonia matrimonial”: Joachim Jeremias dice que ésta se celebraba dentro del hogar de la novia. Smith, en cambio, asevera que sólo en casos anormales se tendría la ceremonia en casa de los padres de la novia. Normalmente, dice, se celebraría en la casa de los padres del novio. Dados los detalles dentro de la parábola en torno al proceder de los eventos, sin embargo, pareciera que Smith tiene más razón respecto al lugar de la celebración de la ceremonia misma.
Se debe agregar también que era costumbre que diez amigas de la novia la acompañaran mientras esperaba la llegada del novio a su casa. Éstas se vestían de blanco, y rodeaban a la novia; serían amigas especiales de ella aproximadamente de la misma edad de la novia. (4) “La procesión”: el novio normalmente llegaba a la casa de la novia en horas de la tarde, pero solía haber muchas demoras, y se hacía tarde. Estas demoras en la Palestina actual son cosa de orgullo, ya que se entiende que los padres de la novia están exigiendo regalos más costosos al novio. También, el novio por estas demoras considera que la novia es más valiosa, porque los padres de ella se demoran en entregársela. Al llegar el novio a la casa de los padres de la novia, se emprendía la procesión rumbo a la casa futura del matrimonio, o sea, la de los padres del novio. Era costumbre que se llevara a la novia a su nuevo hogar en una especie de litre o cama portátil.
La primera oración de la parábola puede prestarse a ser malentendida (v. 1). No se debe visualizar a las diez vírgenes sentándose por la orilla del camino, esperando la llegada del novio. Éstas, más bien, estarían junto a la novia, preparándola para la llegada del novio. Ellas tenían que estar preparadas con sus lámparas para acompañar a los novios al hogar de los padres del novio en donde se llevaría a cabo la ceremonia de matrimonio. Es interesante, no obstante, que la novia no es la figura central en la parábola. Son las diez vírgenes, juntamente con el novio, los que ocupan el lugar de atracción central. Llama la atención que son las cinco doncellas “insensatas” las que son el eje central alrededor del cual gira la parábola.
Ya se asentó que cinco de las vírgenes eran prudentes y cinco insensatas. Estos calificativos se dan para explicar que cinco hicieron los preparativos debidos para la procesión y cinco no. Las insensatas habían traído sus lámparas, pero no una cantidad adecuada de aceite. Las “lámparas” serían, más bien, una clase de antorcha, ya que quinqués o lámparas de casa no servirían a la intemperie, porque el viento apagaría la mecha. En efecto, las lámparas consistían en un palo con un material a la parte superior que absorbía el aceite de oliva. Desgraciadamente, el aceite duraba apenas unos quince minutos, y luego había que echarle más a las antorchas para que siguieran iluminando el camino.
Al tardar el novio en llegar a la casa de la novia hasta las altas horas de le noche, las diez doncellas se cansaron de esperar y se durmieron. Hay que notar que todas las vírgenes se durmieron; éste no era el problema. Era natural que las diez se cansaran, dada la larga espera. Según la parábola, lo problemático era que cinco de las muchachas no tuvieron la previsión de abastecerse de aceite suficiente para participar en la procesión matrimonial hacia el hogar del novio. Al oír el anuncio de la llegada del novio, las cinco doncellas se dieron cuenta demasiado tarde de que el aceite que tenían no daría abasto. Pidieron a las otras cinco muchachas previstas que les hicieran el favor de proporcionarles algo de su aceite. Éstas se negaron a hacerlo, ya que no habría suficiente aceite para que durara durante toda la trayectoria de la procesión si satisficieran tal petición. Además, hacían falta las antorchas bien iluminadas para participar en las danzas de rigor al llegar a la casa del novio. Ante esta situación, no les quedaba más remedio que rehusar la petición y recomendar a las cinco muchachas sin suficiente aceite a que salieran a esas horas a buscar más aceite. Es lógico reconocer que el proceso de la consecución del aceite haría que no llegaran a tiempo a la casa del novio. A las personas que no participaban en la procesión matrimonial se les negaba la entrada a las demás actividades matrimoniales. De ahí que al terminar la parábola, veamos a las cinco doncellas imprevistas a la puerta de la casa de los padres del novio rogando que se les admita (v. 11).
¿Cómo se debe interpretar esta parábola? ¿Cuál es su énfasis principal? Desgraciadamente, la misma naturaleza de la parábola se ha prestado para que reciba toda clase de interpretación alegórica. Este ha sido el caso desde el tiempo de la iglesia primitiva hasta la actualidad. Se ha observado anteriormente cómo la alegorización disparatada sólo conduce a la comisión de una injusticia contra la misma enseñanza de Jesús. Lo más usual dentro del proceso de la alegorización es que a Jesús se le identifique con el novio; los intérpretes que alegorizan la parábola a las diez vírgenes las hacen figuras de la iglesia. Otras “figuras” son: las lámparas son buenas obras, el aceite es el Espíritu Santo, el grito “¡He aquí el novio!” (v. 6) representa el sonido de trompeta cuando la segunda venida de Cristo. Debe ser claro que una alegorización desenfrenada sólo es producto de la vívida imaginación de los intérpretes.
En vez de centrarnos en los detalles de la parábola, debemos procurar ver la idea central que Jesús quería dejar: la necesidad de estar preparados para su retorno. Fisher, recalca esto al decir:

Sea que la parábola sea interpretada por su contexto dentro del ministerio de Jesús o por la expectación del regreso del Señor por la iglesia primitiva, el significado es claro. La llegada del momento esperado es inminente. Puede llegar con un grito aun cuando la gente está dormida. La prueba crucial consistirá en si los oidores están preparados para ese momento. Los que están preparados entrarán al gozo de la nueva era; los insensatos serán desheredados (Mat. 25:12) y excluidos de la nueva era. La irrupción repentina de la Nueva Era presenta a los creyentes su prueba más severa.

Conviene indicar a los lectores que por la expresión “nueva era” Fisher no se refiere al movimiento herético de la actualidad sino al reino de Dios. Su libro fue escrito en 1979 antes de la aparición de dicho movimiento sincrético que combina elementos cristianos con pensamientos del lejano oriente. Es probable que si Fisher escribiera el libro hoy, no empleara el término que para lectores modernos puede ocasionar confusión.
Una cosa es clara: esta parábola es dirigida a los discípulos de Cristo. A los lectores de todo tiempo la enseñanza de esta parábola se relaciona con el contexto general del regreso de Jesucristo a la tierra. Llama la atención que la expresión en Mateo 25:13, “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”, es un eco de lo que se lee en Mateo 24:36: “Pero acerca de aquel día y hora, nadie sabe; ni siquiera los ángeles de los cielos, ni aun el Hijo, sino sólo el Padre”. La misma idea se encuentra en Mateo 24:42: “Velad, pues, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor”. Aparte de esto, la expresión tan propia de Jesús en Mateo 25:12, “De cierto os digo …” nos hace reconocer que el Señor habla de su propio retorno y no son únicamente palabras alusivas al novio de la parábola.
Debe ser claro que el contexto dentro del cual Mateo ubica la parábola de las diez vírgenes habla poderosamente a favor de un énfasis sobre la segunda venida de Cristo. En la parábola de los mayordomos (Mateo 24:45–51) el señor de la casa vuelve oportunamente. En la parábola de los talentos (Mateo 25:14–30) el hombre que emprende un viaje regresa para arreglar cuentas con sus siervos. Es lógico, pues, que el retorno repentino del novio cuadra dentro de la misma esquematización.
Albert E. Barnett ofrece algunas palabras interesantes respecto al sentido general de la parábola:

La historia es una excelente incorporación de las expectaciones escatológicas de la iglesia primitiva. Hay la expectación de que el Mesías puede aparecer en cualquier momento. La aparente demora de su venida prueba severamente el entusiasmo de los creyentes pero no ha de apagar su estado de alerta. Al contrario, lo inesperado debe crear una preparación constante en vez de un letargo. Los “prudentes” dejarán el tiempo completamente en las manos de Dios y se concentrarán en estar preparados. Después de la llegada del Mesías, cesará toda oportunidad de prepararse para el juicio. Preparación para el juicio no puede ser hecha por una persona para otra. Cada individuo ha de aceptar la responsabilidad por su propia preparación.

De nuevo y con relación a la parábola de las diez vírgenes, la idea central es “estar preparado”. Claramente sobresale la idea de que las personas no preparadas (las “insensatas”) no serán recibidas en el reino de Dios al igual que a las vírgenes sin aceite no se les permitió la entrada a los festejos de la boda en la casa del novio. En cambio, las personas “prudentes” son aquellas que están perennemente preparadas para recibir al Señor en la hora de su llegada. La enseñanza del Nuevo Testamento en general indica que esta preparación está constituida por las siguientes cosas: una fe personal en la obra redentora de Jesús; esta confianza en la eficacia de la expiación realizada en el evento de muerte-resurrección de Jesús es acompañada naturalmente por obras que validan la profesión. No es por nada que Mateo concluya su agrupación de parábolas en torno a la segunda venida con el relato magistral del juicio de las naciones (Mat. 25:31–46). En este relato que abarca también la separación entre las ovejas y los cabritos (vv. 32, 33) es obvio que los verdaderos creyentes se sorprenden cuando el Señor de la historia les dice que lo habían servido. Los justos, siguiendo lógicamente los dictados de su fe en Cristo, se ocupan en el servicio y el cuidado a otros. Su sorpresa es genuina, porque los que sirven a Cristo verdaderamente por la fe no hacen alarde de sus obras; más bien, dan por sentado que el servicio a otros es parte y parcela de su fe cristiana. Los que están “a la izquierda” (v. 41), el lugar aciago, ignoran que su falta de servicio a otros también ha demostrado su total carencia de fe en Cristo y las obras caritativas que ésta presupone. Es importante recalcar a estas alturas que lo primordial en la salvación es la fe en la obra redentora del Salvador Jesucristo. Las obras son resultados lógicos y secuenciales de esta fe. Si las obras en sí pudieran resultar en la salvación, el sacrificio de Jesús no hubiera sido necesario. Pero también es importante ver que la verdadera fe en Cristo va a resultar irremisiblemente en las obras.

La parábola para el contexto latinoamericano

Habiendo establecido la enseñanza principal de la parábola, o sea, el estar preparado para el comienzo de la consumación del reino de Dios en la venida de Cristo, será relativamente fácil encontrar ciertas analogías en América Latina.
La preparación es una cualidad muy anhelada y preciada de parte de la mayoría de los latinoamericanos. Este anhelo se observa no tan sólo en el campo académico o intelectual, sino también en todos los aspectos de la vida. La experiencia en ciertos campos es más valorada que la preparación académica. Existen muchas escuelas técnicas en los distintos países latinoamericanos, y éstas contribuyen grandemente para que la vida de muchos sea más fácil y llevadera. Lo interesante es que muy a menudo personas con problemas de índole mecánica (plomería, carpintería, etc.) buscan a técnicos experimentados en la práctica de su oficio para resolverlos. No es que desconfíen o desdeñen la preparación académica de los técnicos, sino que más bien prefieren a personas que se han probado en el campo de su pericia. Los jóvenes recién graduados de las escuelas técnicas algunas veces tienen dificultades al comenzar su carrera, porque su propia juventud y su relativa inexperiencia militan en su contra. La gente a veces opta por llamar a un plomero de muchos años de experiencia, aunque sin título, antes que confiar un trabajo de gran envergadura a un neófito. Cuando se trata de trabajos de índole práctica, el empirismo lleva la batuta.
No tan sólo en los campos prácticos se aprecia la experiencia. En las distintas profesiones (medicina, abogacía, odontología, arquitectura, etc.) se requieren títulos académicos de universidades reconocidas para que los profesionales puedan ejercer sus carreras. Los estudios universitarios son exigentes, largos y costosos en esfuerzo humano. El comenzar una carrera no garantiza la terminación de ella. Muchos abandonan su carrera sin terminarla por varias razones. Con todo, nadie quiere visitar un médico puramente empírico. Es decir, el latinoamericano común y corriente no está anuente a confiar su cuidado médico a una persona que no haya querido pagar el precio de prepararse adecuadamente. Eso sí, esta preparación implica años de experiencia dentro del campo de la especialidad de uno. Otra vez, se tiende a apreciar más a los médicos que hayan ejercido la profesión por varios años; a los médicos jóvenes, por excelente que haya sido su preparación académica, al principio les cuesta lograr la confianza de la gente. Tienen que pagar el precio de largos años de experiencia en hospitales y clínicas, muchas veces en áreas rurales donde los profesionales carecen de muchas comodidades. De nuevo, la preparación empírica es necesaria para el buen ejercicio de la carrera que fuera.
En América Latina hay otra profesión para la que se requiere buena preparación: el ministerio cristiano. La mayor parte de los seminarios teológicos en la región requieren la misma preparación preuniversitaria que otras carreras. Los años de preparación académica dentro del seminario varían de país en país. Los mejores seminarios latinoamericanos están totalmente al nivel de otras escuelas profesionales. Los que ofrecen la licenciatura normalmente requieren cuatro años de clases y una tesis de grado. Se exige un dominio de idiomas bíblicos (hebreo y griego) juntamente con otras materias dentro del tradicional currículo teológico. Al igual que otras carreras, se exige que los egresados tengan varios tipos de experiencia en iglesias durante sus años de estudio. De nada sirve que un graduado del seminario pueda hacer exégesis de pasajes bíblicos utilizando los idiomas originales si no sabe llevarse con la gente de la congregación. Por esto urge que cada graduado del seminario también haya tenido amplia experiencia en el trabajo cotidiano de la iglesia. Pero, desgraciadamente, como en el caso de los médicos jóvenes, algunas iglesias no quieren llamar como pastor a un recién graduado del seminario. Suelen decir: “No lo conocemos”. Lo que a menudo no saben es que el hombre ya está bien preparado tanto académica como empíricamente para la tarea del pastorado. Lo triste es que muchas veces les cuesta a los pastores jóvenes ganarse la confianza de las distintas congregaciones en su área. Éstas a menudo prefieren llamar a un hombre experimentado en el campo pastoral, aunque se dan cuenta de errores garrafales cometidos por éste en otros lugares. Parece que el valor de la preparación, tanto intelectual como empírica, no es reconocido uniformemente en todas partes.
En América Latina se confirma la enseñanza de la parábola de las diez vírgenes. Jesús nos dice que los creyentes necesitamos estar preparados para cuando él venga. Esta preparación involucra el estudio tanto como la experiencia. El estudio de la Biblia, Palabra de Dios, es tarea de toda la vida del cristiano. También, la vida nos ofrece múltiples y continuas oportunidades de servir a Cristo, sirviendo a otros. La parábola de las diez vírgenes nos enseña que hemos de estar continuamente preparándonos para su venida. Hace falta “aceite” para nuestras lámparas. Encontrémonos entre los bien abastecidos y preparados. Esto se logra mediante nuestro caminar con Cristo y en el servicio a otros.

LA CRISIS DEL REINO

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.