Madrid, España

LA CREACIÓN: GÉNESIS 1:1-2:25

Recursos Bíblicos Para Crecer

LA CREACIÓN: GÉNESIS 1:1-2:25


El Comienzo del Génesis

La creación: No podía ser más majestuoso el comienzo del Génesis 1. Con lenguaje sobrio, esquemático, y con estilo pictórico, el primer capítulo de la Biblia nos introduce en los «orígenes» con una magistral descripción de la creación del universo, en el centro y como causa de la cual aparece el Creador en toda su augusta grandeza. «En el principio, Dios…»
Resulta difícil, por no decir imposible, determinar cómo el autor de Génesis 1 llegó a tener conocimiento de lo escrito en el relato de la creación. Descartada la idea de adaptación de un mito pagano,1 se han sugerido otras hipótesis: 1) que se trata de una revelación concedida a Adán y transmitida posteriormente de generación en generación hasta Moisés; 2) que Dios lo reveló a Moisés por medio de una visión, en una especie de «apocalipsis retrospectivo»; 3) que Dios inspiró al escritor sagrado, al modo como guió a los autores de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, es decir, iluminando y dirigiendo su meditación y su composición literaria. Dado que carecemos de datos bíblicos en los que apoyar cualquier teoría, parece lo más prudente dejarlas todas en el terreno de las conjeturas, aunque reteniendo el principio de que, de algún modo, «toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Ti. 3:16). Al fin y al cabo, lo que nos interesa no es el cómo, sino el qué.


EL DIOS CREADOR (1:1)

Ni este pasaje ni ningún otro de las Escrituras nos adelantan prueba alguna de la existencia de Dios ni se afanan por demostrar que fue Él quien creó todas las cosas. La Biblia no empieza con demostraciones, sino con decididas afirmaciones. Los hechos declarados son fundamentales; por eso reaparecen una y otra vez a lo largo del Antiguo Testamento para hallar su expresión culminante en el Verbo hecho carne (Jn. 1:14). La persona y las enseñanzas de Cristo ofrecen fundamento firme para creer el hecho de la revelación, y luego, «por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios» (He. 11:3). Quien no acepte el hecho de esa revelación divina, que ilumina al hombre mediante la Palabra escrita, tendrá que buscar otros medios para satisfacer su curiosidad natural frente al misterio del universo y obtener una cosmovisión satisfactoria. El creyente acepta como fundamental el principio de Hebreos 11:6: «Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.» Por eso la Biblia comienza con la firme declaración de la primera gran verdad revelada: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» No se trata del principio de Juan 1:1, que corresponde a la eternidad, sino al comienzo de las obras de Dios, que abarcan la totalidad del universo («los cielos y la tierra»). La tierra no es más que un granito de arena comparada con la inmensidad del cosmos; pero en ella se ha desarrollado el drama de la redención que afecta a toda la creación de Dios en todos los aspectos (Ro. 8:20, 21) e incluso se relaciona íntimamente con el misterioso ser de Dios.

El principio (1:1).

Algunas mentes han especulado sobre el punto y el momento inicial de la formación del universo y, sin fundamento científico serio, han llegado a afirmar la eternidad de la materia que, como consecuencia de combinaciones fortuitas de sus átomos, daría origen a los primeros seres vivos, punto de partida en la larguísima cadena de la evolución a lo largo de millones de años. Pero el primer versículo de la Biblia niega esta hipótesis al afirmar la creación de cielos y tierra ex nihilo, de la nada. Este es el significado del verbo hebreo bará que se usa en el texto2. Cabe señalar que el concepto del universo como algo que tuvo su principio y que tendrá su fin ha ido ganando terreno entre los científicos, muchos de los cuales, basados en cálculos distintos, han llegado a pensar que el universo tuvo su origen hace cuatro o cinco billones de años.
Podría parecer ociosa la pregunta relativa a lo que había en la eternidad antes de la creación, pues esto es algo de lo que queda en el arcano de misterios no revelados. Con todo, las Escrituras arrojan luz sobre ese período. Anterior a la Creación, existía el Dios Trino en la comunión interna de sus «personas» (Jn. 17:5, 24). Anterior a la Creación, el consejo divino y el plan de acción relativo a la misma y al proceso de salvación que tendría lugar en la tierra (Ef. 1:20; 2 Ti. 1:9). Anterior a la creación, la inmolación del Cordero de Dios, que en la mente divina era tan real como en su realización histórica en el siglo I de nuestra era (1 P. 1:20). A partir de la creación, la acción de Dios aparece bajo las coordenadas espacio-tiempo; pero antes, por encima e independientemente del tiempo y del espacio, como verdadero «comienzo» de todo, estaba Dios mismo en su infinitud y eternidad, en su acción planeadora de la creación del universo y de la redención humana.

La creación
La primera fase (1:2).

«La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo.» Estas dos frases han servido de base a la interpretación «reconstruccionista» de la semana de la creación, expuesta por el teólogo escocés Tomás Chalmers y popularizada por C. I. Scofield en su famosa Biblia anotada. Según su teoría, los seis días no fueron días de creación, sino de reconstrucción. Tras la creación de cielos y tierra relatada en el versículo 1, se produjo un horrible cataclismo, asociado con la caída de Satanás. Sería durante este período que tuvieron lugar en la tierra todos los cambios descritos por los geólogos. A partir de esta ruina, Dios inició su obra de reparación para hacer resurgir el orden, obra que le ocupó durante los seis días «solares» de Génesis 1. De este modo se cree inútilmente poder armonizar los descubrimientos innegables de la Ciencia con el relato bíblico. Esta «teoría de la laguna» (gap theory), como se ha denominado, revela imaginación, pero carece de fundamento bíblico sólido, pues no se atiene a las exigencias lingüísticas. Según Henri Blocher: «El veredicto sobre el conjunto de la hipótesis debe ser: «del todo imposible.» No recibe apoyo del texto, sino que más bien introduce en él su propio marco, abriendo su propia laguna imaginaria entre los dos versículos a fin de establecerla… Pero su ejemplo entraña una admonición valiosa. Nos pone en guardia contra toda interpretación que ingeniosamente añada algo a las Escrituras explotando los silencios de ellas y disponiendo las cosas con la mejor de las intenciones, pero sin someterse a la disciplina de la filología. Como indicó Bacon, la imaginación humana no necesita alas; más bien necesita pesas de plomo para mantenerla con los pies sobre la tierra.»
Por nuestra parte, creemos que Génesis 1:1 nos informa de la creación de la materia prima del universo, que no necesariamente había de ser un modelo de orden y belleza desde el primer momento. El fiat divino podía incluir un proceso a través de diversas etapas al final de las cuales lo que inicialmente había sido caos se convertiría en maravilloso cosmos. Esto es lo único que con cierta probabilidad podemos deducir del texto bíblico. No sabemos más, y a los efectos del plan de la redención, lo revelado nos basta.
El Espíritu vivificante de Dios (1:2). «El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.» Algunas versiones, teniendo en cuenta de que el término hebreo ruaj, a semejanza del griego pneuma, puede significar «espíritu» y «viento», han traducido: «un viento de Dios soplaba sobre las aguas»; pero la mayoría de intérpretes optan por ruaj = espíritu, en este caso el Espíritu de Dios. Así entendida, la frase nos presenta un principio de capital importancia. Si el caos había de ser ordenado para convertirse en habitación humana, no se lograría mediante fuerzas y progresos inherentes a la materia misma, sino por la acción del Espíritu divino. El sentido pleno de la afirmación bíblica únicamente podemos alcanzarlo a la luz del conjunto de las Escrituras. Sólo así es posible discernir las funciones de las personas del Trino Dios: los propósitos del Padre, la obra del Hijo en el escenario de la historia y la acción vivificante del Espíritu, sin que haya división alguna en la voluntad divina que todo lo ordena. Se ha de oír la «palabra», el poderoso fiat divino, pero antes de resonar el Verbo se introduce el Agente vivificante, quien incuba el caos para llevar a efecto el mandato. El estudiante hará bien en notar esta primera mención del Espíritu de Dios como dato fundamental para la formulación de una doctrina bíblica del Espíritu Santo.

La palabra creadora (1:3).

Toda la potencia creadora reside en Dios mismo, por ser quien es; pero Él da expresión a su voluntad por medio de su palabra.4 Este hecho puede parecer de escaso significado al pensar en el pobre valor que a menudo tienen las palabras humanas. En muchos casos resultan éstas tan vacías, tan leves e ineficaces que se acepta como cierto el dicho popular: «las palabras se las lleva el viento.» Pero cuando se trata de la palabra que Dios pronuncia hay en ella una enorme capacidad ejecutiva. Lo que Dios dice ha de cumplirse necesariamente, pues él es inmutable, mantiene lo que ha dicho. Y además es omnipotente; nada hay que pueda impedir la realización de su propósito. Sin duda, el centurión de Capernaúm entendía bien esta eficacia del verbo divino cuando dijo al Señor Jesucristo: «Solamente di la palabra, y mi criado sanará» (Mt. 8:8).
Teniendo en cuenta que el Hijo había de llamarse VERBO (Palabra) y que en el Nuevo Testamento todas las obras de la creación se le atribuyen a Él (Jn. 1:1–4; Col. 1:15–19; He. 1:1–3), cabe reconocer aquí no sólo una expresión eficaz de la voluntad de Dios, sino también la presencia y la acción del Hijo, siempre el Agente divino en el transcurso de la historia.
Seguramente una palabra anterior había determinado la existencia de la materia; pero en el versículo 3 por primera vez hallamos la frase «Y dijo Dios», con relación a la luz («Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz»). El misterio del mal y su origen no han sido revelados; forman parte de lo que Dios aún mantiene como secreto (Dt. 29:29). Pero sí se ha revelado el hecho de que la luz surge de Dios para desvanecer las tinieblas con miras a que la luz de su presencia se manifieste radiante, sin sombras ni imperfecciones, como se evidenciará cuando la obra sea completa (Ap. 21:23, 24).
Es natural que se establezca un parangón entre la luz que «fue» en medio de las tinieblas primitivas y la luz de la revelación de la gracia de Dios en Cristo Jesús, quien ahuyenta mediante el Evangelio las tinieblas morales y espirituales que Satanás ha producido en el mundo (2 Co. 4:2–6). El Verbo o Palabra, la luz y la vida se hallan en constante combinación en la Biblia (2 Ti. 1:10; He. 1:1–3; 1 Jn. 1:1–5). Todo esto aparece entretejido en un plan divino que apunta a una perfecta y gloriosa consumación (el telos de los griegos). Las etapas serán muchas y aparentemente confusas, pero no por simple casualidad, sino porque así lo rige la sabiduría de Dios, que hace avanzar el proceso histórico hasta la meta predeterminada.
Puede llamar la atención el hecho de que Dios creara la luz (tercer día) antes que las «lumbreras» (el sol, la luna y las estrellas) (día cuarto). Sin pretender explicar los misterios de orden natural que se encierran en el proceso de la creación, podemos imaginar que los astros habían sido creados, al menos en su período inicial, junto con la tierra, en el acontecimiento relatado en el versículo 1 y que sólo en el cuarto período o «día» aparecieron de modo visible, como «lumbreras» que no sólo iluminaran, sino que señalaran las divisiones del tiempo.
Por otro lado, el relato de la creación puede no ser rigurosamente cronológico. Algunos comentaristas han hecho notar la existencia de un sugerente esquema de «correspondencias» con dos tríadas de días en las que el primero corresponde al cuarto, el segundo al quinto y el tercero al sexto:
Primer día: la luz.
Cuarto día» Las «lumbreras».
Segundo día: la atmósfera y la división de las aguas.
Quinto día: las aves y seres acuáticos.
Tercer día: Formación de la tierra seca.
Sexto día: Toda clase de animales y el hombre.

La observación de este esquema ha sugerido la «interpretación literaria» de Génesis 1, según la cual el relato es producto de una disposición artística que no pretende seguir un orden cronológico sino lograr una finalidad teológica: ver el universo entero, la tierra y sus habitantes como resultado de la acción creadora de Dios.

La aprobación divina (1:4).

El versículo 4 contiene la primera expresión de la satisfacción de Dios frente a su obra: «Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas» (cursivas añadidas). Las palabras son de insuperable sencillez, pero su repetición a lo largo del relato de la creación encierra un principio teológico —y aun filosófico— de máxima importancia. Destierra todo concepto dualista, que postula una esfera material, informada por el mal, y otra espiritual en la que residía el bien, siendo el creador de la primera un demiurgo distinto del verdadero Dios. Tales conceptos pasaron, con diversos matices, del zoroastrismo de Persia al maniqueísmo, a través del cual han afectado a la pureza de las doctrinas cristianas a través de los siglos y arraigado en formas variadas de ascetismo. El dualismo constituye una «explicación» fácil de la existencia del bien y del mal, pero es ajeno a la revelación bíblica. Las Escrituras presentan a Satanás no como dios rival del Creador, sino como una criatura que cayó de su primer estado. No se nos dan detalles de esta caída de Lucifer y persiste el misterio del origen del mal; pero es importantísimo para el pensamiento cristiano que Dios sellara como buenas las obras materiales de su creación.
Merece la pena, asimismo, notar que el adjetivo «buena», referido a la luz, tiene también en el original hebreo (tob) el significado de «bella». La luz creada el primer día era el principio de la belleza y la armonía que distinguiría la magnífica obra de Dios en su totalidad. El Creador revelado en la Biblia es el esteta por excelencia. Sólo en comunión con Él podemos apreciar los valores de la estética. Agustín de Hipona tenía razón cuando aseveraba que «no se puede captar la belleza sino en el fundamento que la origina».

Día y noche (1:4, 5).

Al meditar en los versículos 4 y 5, hemos de tener en cuenta de que el lenguaje subraya grandes principios que han de realizarse tanto en la esfera material como en la espiritual. La luz benéfica se separa de las tinieblas, y el alternar de «día» y «noche» —fenómeno fundamental en la experiencia de los moradores de la tierra— arranca de este principio. Se ha citado la frase Y hubo tarde y hubo mañana, un día (lit.) para apoyar la idea de que los días de la creación fueron días solares, pero esta insistencia pretende conocimientos que no podemos tener sobre el gran proceso creativo. Parece más probable que lo que se señala, en términos generales, es la progresión por etapas de las tinieblas a la luz y que el limitado y conocido fenómeno causado por la rotación del globo terráqueo sobre su eje cada 24 horas surge del gran «principio» y no a la inversa. Los hebreos recogían el concepto que se introduce aquí al reconocer la puesta de sol como el fin de un día y el principio de otro. Nuestro sistema planetario es el resultado de las primeras fases de la creación, de modo que no podía funcionar a la manera de hoy (dando por resultado el día y noche de 24 horas), cuando las formas y fuerzas eran aún muy diferentes. Todos los procesos físicos y biológicos dependen de variadas manifestaciones del principio de separación y unión.
Conviene no perder de vista que la aparición de la luz no significa la total desaparición de las tinieblas, sino simplemente su separación («Y separó Dios la luz de las tinieblas»). Esta coexistencia por separado de luz y tinieblas podría parecer una imperfección, pero aun de ella obtendría Dios efectos beneficiosos: la oscuridad de la noche que sigue a la claridad del día facilitaría el sueño del hombre con sus efectos reparadores.
Difícilmente podemos sustraernos a otro pensamiento que el texto nos sugiere. En el plano espiritual la luz divina tiene su foco en Cristo, «luz verdadera» que, por su advenimiento al mundo, «alumbra a todo hombre» (Jn. 1:9). Siguiendo la figura, hubo resistencia de parte de las «tinieblas», pero éstas no prevalecieron contra la luz (Jn. 1:5). La victoria de la luz sobre las tinieblas es el gran tema del Evangelio. En muchos aspectos de la historia humana vemos luces, sombras y tenebrosidades; las vemos en el desarrollo de las diferentes culturas, de los sistemas políticos, económicos y sociales. Pueden observarse incluso en la historia de la Iglesia cristiana y continuarán siendo visibles hasta el día escatológico en que «no habrá allí más noche … porque Dios el Señor los iluminará» (Ap. 22:5). Pero entretanto llega ese día será saludable recordar que Dios, por su gracia, puede transformar la noche en bendición, y que, mientras subsista el régimen de separación entre luz y tinieblas, el creyente debiera guardarse de intentar unirlas o confundirlas (Ef. 5:10–12). En la Biblia, tan fuerte como el llamamiento a la comunión es el llamamiento a la disociación (Is. 52:11; 2 Co. 6:14–18).

La expansión (1:6–8).

Siguiendo la traducción de la Vulgata, las antiguas versiones emplean el término «firmamento» (del latín firmus, firme, sólido) para describir la obra del segundo día, lo que ha dado lugar a la idea de una bóveda fija. Pero la palabra hebrea raqiya debe traducirse por «expansión». Así el gran proceso de separación, propio de esta etapa de la obra creadora, lo de «abajo» se distinguía de las »alturas» (shamayim, cielos). Aun hoy, el cúmulo de nubes tormentosas se destaca a los ojos del hombre como «las aguas de arriba». En la época que se describe aquí el volumen de las aguas habría sido inmensamente mayor; a pesar de eso, la separación se efectuó y se formó la atmósfera, elemento esencial para el sostenimiento de la vida biológica tal como nosotros la conocemos. Las revistas de nuestro tiempo publican de cuando en cuando artículos más o menos serios sobre la posible habitabilidad del planeta Marte, en los que siempre se presupone la existencia de atmósfera como condición indispensable para la existencia de seres vivos, Si existiera, aunque variasen las proporciones de oxígeno, nitrógeno, etc., habría posibilidad de vida. De no existir, la vida sería imposible, según los científicos. El aire que respiramos y que nos parece cosa tan natural es una de las mayores maravillas de la creación. Este detalle nos recuerda que nuestra vida se sostiene gracias a miles de delicados factores físicos, químicos y biológicos en sabia combinación. El Hijo Creador sigue sustentando «todas las cosas con la palabra de su poder» (He. 1:3)
Otra gran etapa ha llegado a su fin; ha transcurrido otro día del proceso. De nuevo, como en el caso del día y de la noche, es Dios quien llama cada cosa por su nombre. La expansión en su parte superior se llamó «cielos», término que no indica la creencia en una bóveda fija sostenida por altas columnas o montañas, sino que, por su elasticidad y compresibilidad, se aplica a un fenómeno de capital importancia para la vida humana. No olvidemos que la majestuosa procesión de los días tiene por meta la creación y la vida del hombre.

Tierras y mares (1:9, 10).

Nos hallamos ante una nueva separación. De la enorme masa acuosa de los océanos surge la parte sólida de la tierra. Puede extrañarnos que el tercer día se divida en dos partes, efectuándose en cada una obras que nos parecen muy distintas. Cualquiera que fuese el porqué de tal redacción, su lógica es innegable. El descubrimiento de la tierra seca, probablemente por efecto de movimientos sísmicos de enorme potencia y el hundimiento de las partes más frágiles, origen de los mares, era paso preliminar y esencial si había de manifestarse la plenitud de la vida vegetal, que ocupa la segunda mitad del día. Podemos imaginarnos lo impresionante de este nuevo paso en el proceso de la creación. ¿Era un cataclismo? ¿Volvía la creación al caos? No, era una jornada de trabajo más en la preparación del escenario en que había de aparecer el hombre.

Creación de la vida vegetal (1:11, 12).

«Dijo Dios: Produzca la tierra…» Estas sencillas palabras señalan el principio de la vida orgánica, algo completamente diferente de la materia inorgánica. La tierra está compuesta de minerales y sustancias que, pese a la riqueza de sus elementos químicos, no crece ni se reproduce. La unidad fundamental de la planta, como de todo ser vivo, es la célula con su núcleo de protoplasma, una sustancia compuesta de proteínas de increíble complejidad. ¿Cómo llegó a existir la primera célula con capacidad para alimentarse, dividirse y multiplicarse, que es el mecanismo de todo crecimiento? Si el materialista rechaza un acto de Dios, tiene que creer que en algún «caldo de cultivo», expuesto a radiaciones solares, sujeto a enormes presiones y a la acción del calor, las moléculas se ordenaron mediante complicadísimas combinaciones por casualidad, ya que la materia inerte no puede pensar ni organizar nada por sí misma. Pero la experiencia humana desconoce el orden aparte de una mente organizadora que dirija cualquier experimento. Científicos ha habido que han logrado sintetizar algunos aminoácidos, elementos importantes del protoplasma, pero confiesan que están muy lejos de la sintetización del protoplasma en toda su complicada realidad como elemento vital del núcleo de la célula. Y aun si alcanzaran tal logro algún día, no quedaría probado que lo acaecido en el tercer día de la creación fue un fenómeno fortuito producido en el «caldo» primitivo. Un proceso creador que tiene su origen en Dios es un supuesto mucho más razonable que la casualidad del filósofo mecanicista.
Es posible que el versículo 11 se refiera a las formas más elementales de la vida vegetal y que el 12 indique el pleno desarrollo de plantas que se multiplican por medio de semillas. La semilla envuelve una célula fertilizada que surge de la planta «padre» para dar lugar al «hijo». Nos encontramos otra vez con los principios de unión y separación, esta vez en el plano sexual, donde se decide la propagación de la vida.
En la aparición de las plantas se destacan la abundancia y la variedad (hierbas y árboles «según su género», vv. 11, 12). Dios es riquísimo en ideas. Sus obras nunca se caracterizan por la monotonía o la parvedad de formas. Tanto el mundo vegetal como el animal ofrecen miles de especies diferentes, muchas de ellas paradigmas de armonía y belleza. Haríamos bien en aprender la lección implícita en este hecho; así quizá nos libraríamos de la tendencia a confundir la unidad con la uniformidad, lo que generalmente nos lleva al empobrecimiento mental, a la estrechez de miras, incluso a la intolerancia.
También es de notar que la segunda obra del tercer día no es resultado directo de la palabra de Dios; se lleva a cabo con el concurso de la naturaleza. Se interpela a la tierra («produzca la tierra hierba verde…») para que participe en el proceso creador.6 Sus sustancias y energías estarán al servicio de Dios en la formación del maravilloso mundo vegetal. Dios no necesita segundas causas. Puede hacerlo todo con sólo quererlo o mediante el poder de su palabra. Basta su fiat para que todo se haga. Sin embargo, entra en sus propósitos usar a menudo causas secundarias para llevarlos a efecto. Y también al contemplar todo lo realizado en el día tercero vio Dios que era «bueno». Había concluido «la tarde y la mañana» del día tercero.

Las lumbreras (1:14–18).

En nuestro comentario sobre la creación de la luz ya nos hemos referido a la aparente incongruencia entre la obra del primer día y la del cuarto. Podemos añadir que mayor sería la incongruencia si pensáramos que en la creación de los cielos (v. 1) no se incluían los astros, pues en tal caso ¿cuál era el contenido de los cielos? Keil expresa un punto de vista evangélico bastante generalizado cuando sugiere que el sol, la luna y las estrellas empezaron a ser creados al principio (v. 1), pero no alcanzaron su perfeccionamiento hasta el día cuarto. J. H. Sailhamer apoya esta interpretación en razones lingüísticas dando la siguiente traducción del versículo 14: «Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar…», con lo que se asume que las lumbreras ya existían y que ahora se les asignaba la función específica de separar el día de la noche.7 El énfasis recae no en su creación, sino en su finalidad conforme al propósito divino: ser «señales para las estaciones, para días y años», aunque sin excluir su función iluminadora (v. 15). Por supuesto, esta última finalidad nada tiene que ver con la astrología, incompatible con la condenación que el Antiguo Testamento hace de toda forma de adivinación del futuro. Más razonable parece ver en esas «señales» la orientación que podrían proporcionar en diferentes aspectos de la actividad humana: agricultura, navegación, elaboración de un calendario, etc.
Quizás alguien argüirá que en el versículo 16 claramente se dice: «E hizo Dios las dos grandes lumbreras…» (cursivas añadidas). ¿No contradice esta frase la interpretación antes sugerida? No necesariamente si la comparamos con el relato de la creación del hombre. El designio divino fue hacer al hombre («Hagamos al hombre…»), y en el versículo 27 se nos dice que «lo creó» a su imagen; pero en esta obra Dios usó material preexistente, según 2:7. ¿No pudo suceder algo semejante en la formación de las «lumbreras»?
Al analizar este pasaje, lo más sobresaliente, sin duda, es su cuidada carga teológica, con un fuerte acento antimítico. Las cosmogonías orientales estaban saturadas de politeísmo. En ellas los astros se confunden con los dioses, por lo que eran objeto de adoración. El relato bíblico es una finísima refutación del antiguo paganismo; aun la selección de las palabras denota una honda preocupación monoteísta. Curiosamente no se usan los nombres de «sol» (shemesh) o «luna» (yareaj); estos astros son designados con las denominaciones «lumbrera mayor» y «lumbrera menor». La razón es bien sencilla: Shemesh y Yareaj eran nombres de divinidades mitológicas. Y en contraste con la capacidad atribuida a los astros para regir la vida y el destino de los seres humanos, el sol, la luna y las estrellas aparecen en el día cuarto como simples objetos sometidos totalmente al Dios único y soberano y como instrumentos ideados para beneficio del resto de la creación, especialmente de la humanidad. Reiteramos que todo el relato se dirige hacia su consumación —la creación del hombre— y este «día» señala la provisión de algo absolutamente esencial para la existencia del ser que Dios había de crear a su semejanza.


Vida Acuática En el Día Quinto (1:20–23)

Vida animal (1:20)

Esta sección es breve, pero señala un paso adelante de gran importancia, pues las aguas, siempre en obediencia a la palabra divina, producen «seres vivientes» (nefesh jayah). Las plantas viven y se reproducen, pero se hallan ancladas a la tierra; los animales, por el contrario, pueden controlar sus movimientos. Los científicos describen formas rudimentarias de vida animal que eluden una clasificación clara entre vegetal o animal, pero la narración del Génesis no tiene por qué entretenerse con las menudencias de las clasificaciones científicas; en líneas generales, y según la experiencia normal del hombre, existe una gran diferencia entre la planta y el animal. La creación de los animales sería de gran utilidad para el hombre en la tierra.
El hecho de que esta vida animal comenzase en los mares concuerda con las observaciones de los biólogos. Probablemente las «aves» del versículo 20 serían los reptiles alados, de los que tanto se ha escrito en libros de ciencia popular.
La creación de los monstruos marinos (1:21). El término hebreo, tanninim (en singular, tannin), se traduce por «dragón» en Jeremías 51:34; Ezequiel 29:3; 32:2, y por «monstruo marino» en Salmo 74:13; 148:7 y Job 7:12. No parece del todo afortunada la traducción de la Nueva Biblia Española: «cetáceos», pues posiblemente los tanninim constituían una especie de seres enormes hoy extinguida.
La abundancia de formas de vida en los mares es algo que aun hoy nos llama la atención. Es evidente que ha habido muchas especies que han vivido y han desaparecido, bien que algunas antiquísimas perduran hasta nuestros días. Lo único que la ciencia sabe de cierto sobre tales especies es que aparecen, se reproducen mientras existen y luego desaparecen, unas veces de forma misteriosa; otras por la presión de condiciones naturales más o menos comprensibles.
No nos son demasiado simpáticas las muestras de los monstruos marinos y de los enormes reptiles alados cuyos esqueletos se han conservado fosilizados entre las rocas, y cuyas reconstrucciones se exhiben en los museos de ciencias naturales. Pero también esto «vio Dios que era bueno» (v. 21). Recordemos, además, que Dios hizo referencia al «leviatán» cuando quiso convencer a Job de que la sabiduría del Creador se halla muy por encima de los pobres razonamientos humanos (Job 41). Aprendamos a respetar las maravillas de sus obras, cada una de las cuales tiene su lugar en la economía de la creación, sea la florecilla del campo o los animales que habitan en lo profundo de los mares. Si era «bueno» para Dios, ha de serlo también para nosotros.


Los Animales Terrestres (1:24, 25)

Las dos partes del día sexto. Nos extraña esta división del día sexto en dos partes, la primera de las cuales se refiere a la creación de los animales terrestres y la segunda a la del hombre. En vista de la evidente relación de todo el proceso anterior con el hombre como señor de todo, habríamos esperado que una sección del esquema se dedicara exclusivamente a él, pero no es así. Quizá se quiere recalcar el dominio del hombre sobre los animales, incluidos los más desarrollados; o tal vez el propósito es recordar el parentesco del hombre con el resto de animales en el aspecto físico. De esto también pueden deducirse lecciones saludables.
En la primera parte se observa una vez más el carácter mediato de la acción creadora de Dios, quien da órdenes a la tierra para que «produzca seres vivientes según su género». Eso nos hace pensar que también en este nuevo acto Dios usa material ya existente, sustancias vitales atesoradas en la tierra, si bien la operación creadora no se debe a una combinación fortuita de elementos y fuerzas de la naturaleza, sino a la intervención de Dios, una vez más al poder de su palabra.
Los animales creados durante este día se dividen en tres grupos: el de los animales salvajes, el de los domésticos y el de los restantes, más pequeños. Entre ellos, pero por encima de todos ellos, como corona de la creación, está a punto de aparecer el hombre.


LA CREACIÓN DEL HOMBRE Y EL SÁBADO (1:26–2:3)

«Hagamos al hombre» (1:26).

Reiteramos aquí la necesidad de recoger del relato inspirado lo que Dios ha querido darnos, sin dedicarnos a cavilaciones inútiles —y a menudo peligrosas— sobre lo que no se ha revelado. Lo revelado es sorprendente y de gran valor, pero sólo se comprenderá plenamente en el marco de la totalidad del plan de la redención y a la luz del propósito de Dios en Cristo.
Tanto en este pasaje como en 2:4–19 se observa el doble aspecto del ser humano. Por un lado aparece como unido a la naturaleza y dependiente de ella; por otro, la trasciende. En palabras de Kidner: «Es descrito como en la naturaleza y sobre ella, en una relación de continuidad y de discontinuidad. Comparte el sexto día con otras criaturas; es hecho del polvo como ellas (2:7, 19), se alimenta como ellas (1:29, 30) y se reproduce de modo semejante… ellas son la mitad de su contexto.»8 Pero hay algo distinto en el hombre que lo hace infinitamente superior a cualquier otro ser creado. Está destinado a constituir la obra maestra del Creador por la naturaleza de la personalidad que le fue dada. Sin duda, era propósito de Dios tener junto a sí —bien que necesariamente subordinado a su voluntad— un ser con el que pudiese comunicarse y a quien honrara con innumerables privilegios y bendiciones, pero esperando de él también amor, adoración, comunicación, servicio. Y Dios hizo al hombre con una triple composición: cuerpo (el nefesh del AT), alma y espíritu (1 Ts. 5:23). Conviene notar que el acto creador tiene que ver con la totalidad del proyecto y no con sus partes. Cuando Dios dice «Hagamos al hombre» no quería decir «hagamos un cuerpo superior a todo cuerpo animal hasta ahora conocido», ni tampoco «hagamos un alma como principio vivificante del cuerpo»; ni siquiera limitaba su atención al espíritu que haría posible los altos vuelos del hombre en su comunión con Dios. Pensaba en el hombre como persona integral, con una visión holística, como un todo. La concepción radicalmente dualista del hombre, con sus nefastas derivaciones, es fruto de la filosofía griega, no de la revelación bíblica. La grandiosidad de la persona humana podía contemplarla Dios anticipadamente en Aquel de quien pudo decirse con toda propiedad: «¡He aquí el hombre!» (Jn. 19:5). De Él diría también Dios mismo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mt. 3:17). No nos sorprenderá, pues, que al final del sexto día, viera Dios que todo lo que había hecho era «bueno en gran manera».
El consejo (1:26). «Hagamos al hombre.» Algunos autores opinan que el plural denota asociación de Dios con los ángeles, lo que incluiría a éstos en el consejo divino; pero esta interpretación carece de fundamento, pues en ninguna parte de la Biblia se sugiere que el hombre fuese creado a semejanza de los ángeles. Tampoco hay suficiente fundamento para ver en la frase un «plural de majestad», dada su ausencia en el hebreo del Antiguo Testamento.9 Lo más razonable parece tomar en consideración la forma plural del nombre de Dios en el Antiguo Testamento, Elohim, lo que nos llevaría a pensar, como pensaron los antiguos padres de la Iglesia, en la Trinidad divina. En este caso el consejo se limita al Trino Dios. No hay por qué desechar esta interpretación, pues es perfectamente legítimo arrojar la luz de la revelación posterior sobre esta indicación primitiva de una realidad crucial. Toda la Biblia revela las funciones del Padre, del Hijo y del Espíritu, en el marco de una sola voluntad, tanto en la obra de la creación como en la de la redención.
La decisión divina señala la consumación de todo el proceso anterior, y por mucho que pugne con ideas científicas muy en boga en nuestros días, mantenemos, a la luz de las Escrituras, que el hombre no apareció como simple producto del proceso evolutivo, sino que los procesos anteriores —impresionantes, vastísimos, prolongados probablemente a través de millones de años— tuvieron por objeto preparar el escenario donde había de vivir este ser privilegiado, más débil que otros animales en el aspecto físico, pero dotado de inteligencia y de facultades espirituales que le permitirían relacionarse con Dios y ejercer dominio sobre la creación inferior.
Los antropólogos suelen cribar la tierra en busca del «eslabón perdido» que confirme la descendencia del hombre de seres inferiores (antropoides) próximos a él en la escala de la evolución. Pero el hecho más evidente a la observación no es la semejanza física que emparentaría al hombre con sus antecesores animales, sino la gran diferencia mental, moral y espiritual que le separa del animal más desarrollado. Reza el adagio popular que »aunque la mona se vista de seda, mona se queda». Nada más cierto. El simio seguirá rascándose la cabeza, partiendo nueces y haciendo monerías; entre mono y mona engendrarán monos iguales a ellos, pero ni antes ni después filosofarán sobre el significado de su existencia, ni percibirán la bella armonía de la creación de Dios, ni escribirán, ni se comunicarán inteligentemente con su Creador. El abismo es intransitable aparte de un acto especial de Dios. Y ese acto se describe en el versículo 26.
«A nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (1:26). «Imagen» traduce tselem, y «semejanza», damuth, pero las discusiones de los eruditos sobre estos términos no les ha llevado a acuerdo alguno sobre los matices de diferencia que pueda haber entre ellos. Es más útil señalar una reiteración —incluso un paralelismo—, la cual resalta la importancia de esta obra divina, que multiplicar dudosas especulaciones. Lo fundamental ya se ha hecho constar: lo más notable del hombre no es su semejanza con la creación animal -que existe como hecho anatómico y fisiológico-, sino este misterioso «ser semejante» a Dios.
Los expositores han acostumbrado a poner de relieve a alguno de los aspectos de esa semejanza, pero lo más sensato es tener en cuenta como un todo la globalidad de ellos. Nuestras consideraciones, lógicamente, tropiezan con la dificultad de que el hombre que nosotros conocemos es un ser caído, y hemos de esforzar tanto la razón como la imaginación —dentro de las declaraciones bíblicas— para poder tener una idea de la admirable persona hecha según el consejo divino. De paso podemos notar que aun el cuerpo —en el apogeo de su desarrollo normal— es una maravilla de belleza y adaptabilidad. Un animal desarrolla ciertas capacidades, las propias de su especie, en un grado más elevado que el hombre; por ejemplo, el nadar de un pez o el vuelo de una ave, pero carece de la versatilidad del hombre, que es capaz —bajo entrenamiento y disciplina— de una gran diversidad de ejercicios que le permiten desarrollar numerosísimas actividades espectaculares. Además puede inventar herramientas y máquinas que le ayudan a dominar su medio ambiente.
Pero lo que realmente nos interesa es la personalidad humana, acerca de la cual podemos notar lo siguiente: 1) su razón, que le permite considerar los distintos factores o aspectos de cualquier cuestión con el fin de llegar a claras deducciones. Haciendo uso de esta facultad, el hombre no sólo tiene conciencia de sí mismo; también «filosofa»; quiere saber el porqué de su existencia, su origen, el sentido de su vida, su destino. Pascal demostró la agudeza de su percepción espiritual cuando con lucidez escribió: «El hombre es sólo una caña, la más frágil de toda la naturaleza; pero es una caña que piensa. No hace falta que el universo entero se arme para aniquilarlo: un vapor, una gota de agua basta para acabar con él. Pero incluso aunque el universo lo aplastara, el hombre seguiría siendo más noble que aquello que lo mata, pues sabe lo que es morir y sabe la ventaja que el universo tiene sobre él; el universo, en cambio, no sabe nada.»10 Cierto, muy cierto; pero ¿cómo explicar esta superioridad intelectual del hombre si se niega su origen divino? No hay evidencia alguna que justifique la hipótesis de que la inteligencia pueda desarrollarse a partir de lo «no-inteligente». El hombre es inteligente porque fue hecho a imagen de Dios. 2) Su sentido estético, que le permite apreciar toda clase de combinaciones de forma y color, admitiendo algunas como hermosas y considerando otras como feas. En este don el hombre puede reconocer agradecido la bondad de Dios hacia él. 3) Su libertad moral por la que escoge entre acciones alternativas, calificando ésta como buena y la otra como mala. Sin esta libertad que entraña la obligación moral, el hombre no puede ser «hombre hecho a imagen y semejanza de Dios». 4) Su capacidad de buscar a Dios y relacionarse con Él. Ésta es la mayor gloria del hombre, pese a que ha quedado empañada por los efectos de la caída. De esto habremos de decir mucho más al comentar la entrada del mal en el mundo. e) Su dominio sobre la tierra., punto que tratamos a continuación.
«Que tenga dominio» («Señoree») (1:26). Según Delitzsch, el dominio del hombre sobre el resto de la creación «no es contenido, sino consecuencia» de la imagen divina; pero esta distinción poco importa a efectos prácticos. Lo que parece claro es que Dios quiso hacer del ser humano su virrey en el mundo. Von Rad se ha valido de un símil esclarecedor al escribir: «Así como los grandes reyes de la tierra hacen erigir una estatua suya como distintivo emblemático de su voluntad de soberanía, en aquellas provincias de su reino a las que no van personalmente, así también el hombre con su semejanza a Dios ha sido puesto en la tierra como signo de la majestad divina. Es propiamente el mandatario de Dios, llamado a preservar y ejercer la divina pretensión de soberanía sobre la tierra.»11
La importancia de tal delegación de autoridad divina fue bien captada y cantada por el salmista: «Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies» (véase Sal. 8:3–8).
Los descubrimientos de la ciencia y los avances de la técnica de todos los tiempos, se derivan de ese dominio otorgado por Dios a los seres humanos. Deplorablemente el hombre caído utiliza sus facultades y su poder para glorificarse a sí mismo, no para glorificar a Dios; es un auténtico usurpador. En su rebeldía, no sólo se opone a Dios, sino que a menudo atenta gravemente contra el maravilloso reino de la naturaleza. El comportamiento antiecológico, tan preocupante en nuestros días, es resultado de un abuso suicida del poder de dominio que el hombre recibió de su Creador. Fenómenos cada vez más amenazantes, como la contaminación atmosférica y de las aguas, la destrucción de la capa de ozono, la desforestación, etc. muestran hasta qué punto la humanidad se ha apartado del propósito original de Dios. Al traspasar sus justos límites, el hombre está creando gravísimos peligros en su hábitat natural. Está cavando su propia sepultura.

«Varón y hembra los creó» (1:27).

Tres veces se repite en este versículo el verbo «crear» (bará) que normalmente se reserva para la creación ex nihilo. No vamos a sacar conclusiones inseguras de este hecho; pero la repetición parece destacar tanto la originalidad de la personalidad humana como la importancia de su creación con relación a el plan de Dios. La raza humana existe, llega a realizar sus plenas posibilidades en la tierra y se propaga por su doble constitución sexual. Es importante notar el despliegue en el relato de la creación del hombre: «De manera que Dios creó al hombre a su imagen … varón y hembra los creó.» También el ser humano, a semejanza de Dios, es plural. Dios es trino; el «hombre», es decir, el ser humano, es binario, sin que esto deba dar pie a la idea de que el primer hombre era «bisexual» en el sentido en que hoy se entiende la palabra12.
La riqueza psicológica y sociológica de este versículo no ha sido suficientemente ponderada por quienes acusan al cristianismo de antifeminista. En él radica el fundamento de la dignidad femenina y la condenación de todos los abusos que contra la mujer se han cometido a lo largo de los siglos. E. Brunner lo comentaba magistralmente en los siguientes términos: «Doble frase prodigiosa, de una simplicidad tan lapidaria que apenas nos percatamos de que hace desaparecer tras de nosotros todo un mundo de mitos, de especulación gnóstica, de cinismo y de ascetismo, de divinización del sexo y de angustia sexual.»13
Más tarde la narración sagrada arrojará luz sobre las relaciones entre varón y mujer, pero nada posterior puede anular el profundo sentido del versículo que estudiamos.

La bendición divina sobre la pareja humana (1:28).

La bendición tiene una manifestación doble: 1) la multiplicación de la raza; y 2) su dominio sobre todo cuanto respira, que abarca, sin duda, los reinos vegetal y mineral. No sabemos por qué la primera pareja no tuvo hijos antes de la caída y es inútil preguntar sobre esta cuestión. Lo seguro es que el instinto sexual, con su resultado en la multiplicación de la raza y en la posibilidad de que así sojuzgara la tierra, pertenece al plan primitivo de la creación; en manera alguna fue un producto secundario de la caída. Es preciso distinguir entre la sexualidad, don de Dios, y la concupiscencia, que es la degradación de ese don bajo la nefasta influencia del pecado. Es razonable pensar que fue la concupiscencia lo que en el fondo indujo a los antiguos paganos a relacionar el poder reproductor del hombre con la fertilidad en general, que proyectaban en sus divinidades. De ahí la práctica, generalizada entre los cananeos y otros pueblos, de la prostitución sagrada con orgías sexuales. «Resulta significativo que el poder reproductor sea separado de la semejanza a Dios y situado aparte en una bendición especial.»14

El sostenimiento físico del hombre y los animales (1:29, 30).

Lo que Dios crea lo preserva. A Él le corresponde determinar el modo de esa preservación. Y lo hace ordenando las relaciones entre el hombre y todo lo creado. Aquí, cual bendición adicional, hace entrega a los seres humanos de los frutos del campo, aunque es de suponer que el dominio de los animales, que ya les había sido otorgado, le permitía hacer uso conveniente de ellos. Existe en el texto un marcado contraste entre la solicitud divina que provee de lo necesario para el hombre y la creencia mesopotámica de que el hombre fue creado para alimentar a los dioses.
En nuestro análisis del lenguaje usado en el versículo 29 nos enfrentamos con una cuestión. Las palabras de Dios a la pareja ¿significan que en su estado de inocencia el hombre era vegetariano y que la ingestión de carne de animales sacrificados data de la caída? Es muy posible, pues el reino vegetal posee todo lo necesario para una nutrición completa, equilibrada y saludable del cuerpo humano. Con todo, es peligroso basar sistemas y prácticas sobre el silencio de las Escrituras. Más tarde el pacto noético permitió el uso de la carne animal para la alimentación humana (Gn. 9:2, 3).
Algunos creen que la entrega de las plantas a los animales como alimento, según el versículo 30, debe hacer pensar que éstos eran todos herbívoros antes de la caída y que se convirtieron en carnívoros como reflejo de la entrada del mal en el mundo. Sin duda, la caída del virrey de Dios en la tierra afectó trágicamente a la creación que se hallaba bajo su mano (Ro. 8:19–21), pero las evidencias aportadas por geólogos y paleontólogos no apoyan la teoría, por lo que de nuevo prevenimos contra la tendencia a creer que todo ha sido revelado en esta breve y sencilla narración. Fieras que se atacaban mutuamente y peces que se devoraban como una función en la economía de la naturaleza existían hace millones de años y quedan abundantes restos animales fosilizados con todas las características de los carnívoros. Con todo, parece claro que la existencia en el paraíso se caracterizaba por la apacibilidad y la armonía, y no deja de ser significativo que en la era del reinado mesiánico «el león como el buey comerá paja» (Is. 11:7). A la vista de todos estos datos, conviene reafirmar la necesidad de prudencia en el momento de sacar conclusiones, la más clara y destacada de las cuales es que el Dios de la creación es también el Dios de la providencia.

La aprobación divina (1:31).

El día sexto finaliza con una expresión muy cumplida de satisfacción por parte del Creador, quien contempla su maravillosa obra ya acabada. La expresión que aparece reiteradamente en los versículos 4, 10, 12, 18, 21 y 25 aplicada a cada una de las obras divinas se usa aquí refiriéndose al conjunto de la creación: «Vio Dios todo lo que había hecho» (cursivas añadidas). De lo creado en cada uno de los seis días se dice que era bueno; ahora de la totalidad se dice que era bueno en gran manera. Todo se ajustaba perfectamente al fin determinado por el propósito divino. Nunca acabaremos de entender el misterio de la presencia del mal en el mundo; pero una cosa aparece clara en el relato bíblico: «Ningún mal ha entrado el mundo por la mano de Dios; su omnipotencia no quedó limitada por ninguna fuerza adversa con la que hubiera de contar» (von Rad). Las sencillas palabras del texto desvanecen de modo absoluto cualquier sombra de maniqueísmo. En el proceso de la creación no concurrían dos reinos, dos principios o fuerzas, el bien y el mal. Todo lo creado proviene de Dios a través del Hijo (Col. 1:15–17). Si el mal penetró en el mundo, aunque ignoremos cómo y por qué, tal calamidad tuvo que ver, sin duda, con la necesaria libertad de criaturas llamadas a servir a Dios. Sea como fuere, el mal manchó la primera creación, obra en todas sus partes del Creador. La existencia de una provincia rebelde —revelada en la Biblia— es muy diferente del concepto de dos mundos —el de la luz y el de las tinieblas— de distinta procedencia.
La obra de la creación estaba concluida, sellada con el beneplácito divino. Cuando más tarde sería contemplada por ojos creyentes, inspiraría las más bellas composiciones poéticas y musicales, como atestiguan muchos de los salmos (el 8, el 19 y el 148, por ejemplo) y algunas de las obras de compositores cristianos. Haydn no sintió rubor en confesar: «Jamás me he sentido tan piadoso como cuando estaba trabajando en La creación. Todos los días caía de rodillas y rogaba a Dios que me diese la fuerza necesaria para llevar a feliz término la obra.»15 Como se sabe, toda la obra converge hacia el final, saturado en el espíritu y el lenguaje de los Salmos: «¡Canten al Señor todas las voces. Denle gracias todas sus obras. Resuene un canto coral de alabanza a la gloria de su nombre! ¡Dure eternamente la gloria del Señor! ¡Amén! ¡Amén!»


EL DESCANSO DEL DÍA SÉPTIMO (2:1–3)

Las obras acabadas (2:1)

El versículo 2:1 es una admirable conclusión del relato antecedente (cap. 1). Todo lo que Dios se había propuesto ha quedado perfectamente concluido. El texto pone de nuevo ante nosotros la vasta perspectiva de 1:1, pues no sólo es acabada la tierra como morada para el hombre, sino que Dios finaliza su acción creadora en los cielos y en la tierra con «todo el ejército de ellos». La palabra shebaoth (huestes) implica multiplicidad ordenada. Y es precisamente el orden, un orden maravilloso, lo que distingue a la inmensidad de la creación, desde los movimientos de astros mucho mayores que nuestro sol hasta la agitación de los elementos constitutivos del átomo. La mente humana siente mareo al examinar la vastedad del universo y se asombra al pensar en las fuentes de energía que el átomo encierra. Y con todo los científicos confiesan que aún no han hecho más que tocar el borde de la gloriosa vestidura del Omnipotente.
La creación quedaba acabada, pero no abandonada, como piensan los deístas. El Creador seguiría atento a su obra y a la historia que en el escenario humano había de desarrollarse. Nada escaparía a la benéfica acción de su providencia, y nada impediría sus intervenciones especiales cuando lo creyera conveniente.
El verbo «acabar» denota no sólo cesación, sino también perfeccionamiento. En la consumación de los siglos el Hijo Creador, al acabar la obra mayor y mucho más costosa de la redención, exclamaría: «¡Consumado es!» Existe estrecha relación entre la primera consumación y la segunda; en ambas el Hijo es el divino Obrero.


El concepto del sábado (2:2, 3)

El descanso dei día séptimo (2:2). «Y reposó [Dios] … de toda la obra que hizo.» Sabemos por Isaías 40:28 que el Dios eterno, el Creador de los confines de la tierra no desfallece ni se fatiga con cansancio, como corresponde al Omnipotente. El descanso de Génesis 2:2 no puede ser, pues, el reposo que repara las fuerzas supuestamente gastadas en la obra de la creación, sino un período ordenado por la sabiduría de Dios, durante el cual determinó Él no realizar ninguna otra obra de esa naturaleza. Más tarde veremos que ese descanso es interrumpido por la caída, que trágicamente inaugura la obra de la redención. Sería con relación a ésta que Jesús declararía: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo» (Jn. 5:17). Pero el lector comprenderá perfectamente que en 2:2 se trata de las obras de la creación que, una vez acabadas, sólo necesitan el sostenimiento divino, que también se efectúa mediante la poderosa palabra del Hijo (He. 1:3).
La bendición y la santificación del sábado (2:3). La bendición divina sobre el sábado indica el valor que el Creador otorga al establecimiento de intervalos en los que se alterna el trabajo con el descanso, ambos altamente beneficiosos. Una vez más el escritor sagrado parece querer evitar cuanto pudiera emparentar su narración con las tradiciones mesopotámicas. Tal vez por eso, como han sugerido algunos autores, se abstiene de usar la palabra shabbath (sábado), próxima al sapattu babilónico, día del plenilunio, que coincidía con el quince de cada mes. En Mesopotamia los días 7, 14, 21 y 28 eran días de mal agüero; en ellos podía esperarse cualquier desgracia. Pero, según el texto bíblico, el «séptimo día» fue bendecido por Dios, por lo que ningún mal podía derivarse de él. Como tantos otros bienes de la creación, también el descanso tendría un carácter altamente benéfico. Hay indicios del principio de descanso semanal (con una semana de siete días) en antiguos escritos asirios, babilónicos y egipcios que posiblemente se remontan al sublime ejemplo que se presenta aquí. Modernamente se admite que es imposible mejorar este ritmo. Lo beneficioso que para el hombre resulta el día de reposo, tanto desde el punto de vista físico y psíquico como del social, justifica plenamente el dicho de Jesús: «El sábado fue instituido para el hombre» (Mr. 2:27). Y tan rico en significado es el día de reposo que en el Nuevo Testamento el concepto nos introduce plenamente en la esfera de la salvación (He. 3 y 4).
Dios no sólo bendijo el séptimo día; también lo santificó. De este versículo arranca una de las doctrinas más importantes de la Biblia (la santificación). Literalmente, santificar significa separar algo o alguien para Dios. El gran sábado divino, tras las obras de la creación, fue algo que correspondía totalmente a Dios, pero al mismo tiempo apunta de modo paradigmático al sábado a nivel humano. Es como si Dios dijera al hombre: «Te entrego el tiempo, como corresponde a tu condición de ser finito; pero has de comprender que no es tuyo por derecho propio. Cada séptimo día lo apartarás como día simbólico de dedicación a mí, y te acordarás de que todo tu tiempo es don mío que has de “redimir”.» En palabras de Westermann: «La santificación del sábado establece un orden para la humanidad según el cual el tiempo se divide en tiempo y tiempo sagrado… Al instituir el séptimo día Dios instituyó una polaridad entre lo cotidiano y lo solemne, entre los días de trabajo y los de descanso, que había de ser determinante para la existencia humana.»16 No obstante, haremos bien en no recalcar excesivamente esa polaridad, pues en realidad todo todos los días, todas las horas forman parte del santo tesoro del tiempo, y debieran ser vividos santamente para gloria de Dios. Siempre hay un riesgo en acentuar la distinción entre lo sagrado y lo profano.
El sábado de la ley mosaica. ¿Existe alguna relación entre el día de reposo en Génesis 2:2 y el sábado en Éxodo 20:10, 11? Parece evidente que el sábado no fue instituido al pie del Sinaí, pues dice: «Acuérdate del día de sábado para santificarlo … porque en seis días hizo Yahvéh los cielos y la tierra… y descansó en el séptimo; por tanto bendijo Yahvéh el sábado y lo santificó.» La referencia al pasaje que tenemos delante, como algo entonces ya conocido, es clarísima. Ahora bien, el modo de guardar el sábado entre los israelitas fue ordenado en la ley con el fin de hacer efectivos los propósitos principales de tal día: 1) recordar que todo el tiempo es de Dios; 2) proveer el descanso necesario para hombres, mujeres y bestias como medida social de capital importancia; y 3) considerar el sábado como la «señal del pacto» (Éx. 31:13–17). Por tal motivo, la observancia del shabbath fue piedra de toque demostrativa de la calidad de la fe y la obediencia de los israelitas. En varias ocasiones, sin embargo, el Señor distinguió netamente entre el sentido primordial del sábado y el legal; el primero era permanente; el segundo, pasajero. A sus palabras «el sábado fue hecho para el hombre», añadiría Jesús: «no el hombre para el sábado».

EL HOMBRE EN EL HUERTO DEL EDÉN (2:4–25)

Significado del capítulo

Muchos críticos consideran que esta pasaje es una narración duplicada de la creación, procedente de otra fuente, el documento J o yahvista (por el uso del nombre de Yahvéh o Elohim Yahvéh dado a Dios). Como hemos indicado en la introducción al Génesis, nada nos obliga a rechazar de plano el uso de materiales preexistentes, bajo la guía de Dios mismo, por parte del escritor sagrado; pero esto no implica que los «documentos» hayan de verse como fuentes inconexas, inexactas o contradictorias. Por el contrario, vemos en el desarrollo del texto bíblico una unidad, un progreso y una armonía sorprendentes, en los que cualquier visión de fuentes varias se desvanece pronto ante la corriente majestuosa del relato bíblico con su contenido diverso.
Claramente puede observarse que el capítulo 2 no es una simple duplicación del precedente. Aunque está estrechamente relacionado con la acción creadora de Dios, la perspectiva es totalmente distinta. En el capítulo 1, el marco que contemplamos es el universo, con Dios como centro. En el 2, el marco es la tierra, que se estrecha hasta reducirse a un huerto, y el eje, aun sin desplazar a Dios, es el hombre. Todo el relato es eminentemente antropocéntrico. En Génesis 1, vemos la formación de un gran escenario; en 2:5ss., el comienzo de la historia que sobre ese escenario ha de desarrollarse. En Génesis 1, todo cuanto va sucediendo muestra la realización del propósito del Dios Creador.; en la porción que hemos empezado a considerar, todo parece una introducción al relato de la caída (cap. 3), donde comienza a revelarse el Dios Redentor.
El lenguaje es sobrio y, por tratar hechos extraordinarios —en cierto aspecto únicos en la historia humana— nos plantea problemas y cuestiones que han dado lugar a las especulaciones más variadas y hasta contrapuestas. No debemos descartar la presencia de símbolos y de claros antropomorfismos, por lo que haremos bien en guardarnos de interpretaciones excesivamente literales. Asistimos en aquel período inicial de la historia a una situación singular. Es la auténtica prehistoria. No ha de sorprendernos, pues, que Dios escogiera especiales medios y maneras de comunicar lo esencial del plan de redención sin explicar el «cómo» de muchas cosas, utilizando un lenguaje peculiar, propio de un período cuando no podían regir las normas usuales de la historiografía moderna. No por eso la narración bíblica ha de entenderse como leyenda. Tras la forma de la narración se halla el contenido, histórico, verdadero, tan importante que forma parte de los fundamentos de la verdad revelada.


«Los cielos y la tierra» (2:4–6)

En la primer parte del versículo 4 encontramos el primero de los toledoth del Génesis, en torno al cual se han mantenido opiniones opuestas. Muchos comentaristas opinan que la frase «Así tuvieron origen los cielos y la tierra» es la conclusión, a modo de signatura, del relato anterior de la creación (cap. 1), mientras que otros ven en ella la introducción al relato que sigue. Es difícil hallar razones suficientes para optar por una de las dos interpretaciones, pero la cuestión tampoco tiene demasiada importancia, pues no afecta al contenido de ninguno de los dos capítulos.
Lo que sí merece ser notado es el cambio introducido en el versículo 4. En la primera parte se nos presentan «los cielos y la tierra»; en la segunda se nos habla de «la tierra y los cielos», lo que parece confirmar nuestra observación de que a partir de este momento la tierra y lo que en ella acontezca va a ocupar el lugar preferente.
Existen diferentes criterios sobre el significado de los versículos 5 y 6, que algunos expositores consideran como un paréntesis entre el versículo 4 y el 7.17 Otros creen ver en el pasaje un retorno al principio del «día tercero» (1:9–11), cuando primeramente se hizo separación de tierra y mar y apareció la tierra seca, pero inicialmente sin vegetación. Parece, sin embargo, más probable que se trate de una región limitada de la tierra, donde Dios haría surgir el huerto que había de ser hogar del hombre. El lugar es árido, carente de vegetación, pero el escenario va a cambiar pronto por la acción providente de Dios. Los versículos 8 y 9 han de recoger el hilo de la historia de esta preparación, pero antes de llegar al detalle del huerto es necesario ver al hombre, cumbre de la creación.


La formación del hombre (2:7)

No hay nada en este pasaje que anule la profunda verdad de Génesis 1:26–28, que analizamos en su lugar. La narración es complementaria; añade algunos aspectos de las relaciones personales del hombre: con Dios, con los animales, con su mujer.
Es Yahvéh Dios quien formó o modeló al hombre, polvo de la tierra, e insufló en su nariz «aliento de vida». Notemos que falta «del» en el original, de modo que hemos de leer: «Yahvéh Dios formó al hombre, polvo de la tierra», lo que indica la parte física en la composición del ser humano. También al llegar a este punto haremos bien en no abusar del literalismo imaginándonos a Dios con manos que toman une montoncito de arcilla, lo moja en agua, hace barro y seguidamente modela una figura de hombre sobre el cual sopla con su boca. Obviamente nos hallamos ante un cúmulo de antropomorfismos, pero éstos encierran valiosas lecciones. El cuerpo del hombre está emparentado con la tierra. Sus componentes químicos (hidrógeno, oxígeno, calcio, etc.) son los mismos que se hallan en los restantes seres de la naturaleza, incluidos los minerales. Curiosamente se da una afinidad lingüística en el hebreo entre adam (hombre) y adamah (tierra). Pero esta conexión es bastante más que una curiosidad; expresa una realidad. La tierra vendría a ser para el hombre «su cuna, su hogar y su sepultura» (B. Jacob). Con todo, este parentesco con la tierra no tiene nada de humillante, pues «de Jehová es la tierra y su plenitud» (Sal. 24:1). El cuerpo humano es una de las más grandes maravillas salidas de las manos de Dios. Su degradación no se debe a su composición física en sí, sino a los efectos del pecado. Las diferentes formas de maniqueísmo y de platonismo han desfigurado deplorablemente el concepto bíblico del cuerpo. No fueron únicamente los antiguos babilonios los que veían en el hombre un ser totalmente contaminado porque, según el poema Enuma Elish, está compuesto de arcilla amasada con la sangre de un dios rebelde. Aun en el ámbito cristiano, en tiempos de exaltación mística, el cuerpo ha sido visto como cárcel del alma, como asiento de toda concupiscencia y de toda inclinación malsana. No se tenía en cuenta que el cuerpo, ciertamente, puede convertirse con facilidad en instrumento de iniquidad, pero que también puede serlo de justicia al servicio de Dios (Ro. 6:12, 13, 16–22). Y que, además, fue enaltecido y santificado con la encarnación del Hijo de Dios. Lo decisivo, lo que realmente cuenta, es que Dios «sopló en su nariz aliento de vida». El antropomorfismo aquí es evidente; pero también lo es su significado. Por la acción divina el hombre recibe todas las cualidades particulares propias de una vida superior, la que corresponde a un hacerse a semejanza de Dios.
«Y fue el hombre un ser viviente.» Debe tenerse en cuenta que la expresión (hebreo, nefesh jayah) se usa también aplicada a la creación inferior (1:20 y 24), de modo que no podemos enfatizarla a los efectos de distinguir entre la vida humana y la meramente animal. La diferencia entre la una y la otra surge de la naturaleza especial del ser humano, resultado del plan divino: «Hagamos al hombre a nuestra imagen.» La tierra fue materia prima, pero no pudo por su propia energía «producir» al hombre como había producido la hierba. El hombre fue obra primorosa de la mano de Dios.


El huerto en Edén (2:8–14)

Popularmente se identifica el huerto en que Dios puso a Adán con el Edén; pero este nombre corresponde a la región donde el huerto fue establecido. En opinión de algunos, se deriva del sumerio edin, que significa llanura, estepa o desierto, pero otros hebraístas la entroncan con eden, «delicia». Probablemente por esta razón la Septuaginta tradujo «jardín» por parádeison (paraíso), quizá procedente del persa pairidaeza (jardín cerrado). Aun la versión castellana es bien clara: «Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén», lo que claramente indica que Edén tenía una mayor extensión que el huerto.
La situación, Hay motivos para creer que el Edén y su huerto corresponden a lugares geográficos, dependiendo su ubicación de la descripción de sus ríos en los versículos 10–13. Desde luego, el nombre «Cus» no tiene nada que ver con el mismo nombre usado en otras partes de las Escrituras para designar Etiopía. Los únicos ríos que podemos identificar son el Éufrates y el Tigris (Hiddekel), que se acercan el uno al otro tanto en la región de su nacimiento (Armenia) como en la de su desembocadura en el Golfo Pérsico. Si Edén se deriva de edin, llanura, la segunda opción parece la más razonable, pero siempre como una tentativa de solución, ya que el diluvio pudo haber cambiado mucho la fisonomía de las tierras en cuestión y los datos admiten diversa interpretación.

Sus riquezas (2:10, 11).

El río salía del Edén para regar el huerto, de modo que había abundanda de agua para asegurar una florida vegetación. No sabemos nada con certeza acerca del Pisón y el Gihón y se disputan los significados exactos de las voces traducidas por «bedelio» y «ónice». La mención de oro aumenta la impresión de riquezas, aunque la primera pareja humana no tenía necesidad de ellas para vivir. Se trata probablemente de notas de una fuente antiquísima que Moisés aprovechó bajo dirección divina; pero es más sabio respirar el fragante aire del huerto de Edén en su significado espiritual que procurar soluciones para problemas de escasa importancia (se han perdido las claves que pudieran resolverlos) o dar pábulo a la imaginación en busca de significados alegóricos, hermenéuticamente poco recomendables.
Los árboles del huerto (2:8, 9). De la inmensidad del mundo Dios escogió la llanura de Edén, y en ella «plantó un huerto … al oriente». Probablemente hemos de entender este último término con relación a Palestina, que había de ser el centro geográfico de la revelación. Y en ese huerto coloca Dios al hombre. La historia de la humanidad acaba de empezar.
La mención de árboles gratos a la vista y buenos para comer es de especial importancia frente a ideas ascéticas que se empeñan en hacer del sufrimiento y de la ausencia de placer en sí una virtud. Nada más lejos de la enseñanza bíblica, pues antes que el pecado irrumpiera en el mundo todo estaba hecho y dispuesto para deleite del hombre. Dios le proveyó no sólo de un mínimo de alimento para el cuerpo, sino, en primer lugar, de objetos de gran belleza, «gratos a la vista». Se encierra en estas expresiones la existencia, ya desarrollada, del sentido estético, propio del hombre y desconocido en las bestias. La bondad alimenticia de los frutos se expresa con el calificativo tob, que —como vimos— significa «bello», «agradable a los sentidos» tanto como «bueno». De nuevo se destaca el elemento del deleite y no sólo la satisfacción de una necesidad material.
El «árbol de vida» en medio del huerto encierra misterios que aún no se han revelado. Sabemos que habrá un árbol de vida, de obvia intención simbólica, en la nueva creación; ese árbol producirá doce frutos anuales y sus hojas servirán para sanidad de las naciones (Ap. 22:2). También sabemos que al árbol de la vida no podría tener acceso el hombre caído; al rebelde hay que impedirle a toda costa que «coma, y viva para siempre» (3:22). ¡Cuán terrible que el hombre hubiese sido inmortal en su pecado!
Aunque mucho de lo relacionado con el hombre en este relato tiene una legítima proyección espiritual centrada en Cristo, conviene no perder de vista el sentido original del texto. Seguramente había algo en el árbol que habría permitido al hombre en la tierra vivir para siempre. Algunos biólogos han pensado que la muerte del hombre no necesariamente es «natural» y que la prolongación de la vida física de modo indefinido entra dentro de lo posible. Por supuesto, la virtud vivificante del fruto del árbol dependería no tanto de alguna cualidad específica como de la acción de Dios en una renovación de su hálito original sobre la «nariz» del hombre. Algunos comentaristas han visto en el árbol un elemento sacramental, es decir, un medio físico para obtener un resultado espiritual (Kidner). Lo importante es subrayar que en la voluntad de Dios para con el hombre está la vida de la que Él mismo es manantial (Sal. 36:9). La inmortalidad no era característica intrínseca del hombre, pese a ser éste imagen de Dios, pues es Dios «el único que tiene inmortalidad» (1 Ti. 6:16); pero a Él le plugo bendecir al hombre con la posibilidad de vida imperecedera. Todo dependería de la actitud de la criatura humana ante la autoridad del soberano Creador.
«El árbol de la ciencia del bien y del mal» fue el único árbol prohibido al hombre; le estaba vedado a éste comer de su fruto bajo pena de muerte. Los efectos mortíferos de tal fruto se debían a una causa moral, no a alguna sustancia letal en él contenida. La actitud del hombre ante la prohibición divina indicaría su obediencia o su desobediencia al Señor del universo. La desobediencia no sólo conduciría al conocimiento del mal; era en sí el mal. Lo más grave de éste era la ruptura de la relación armoniosa del hombre con Dios, lo que en el fondo, desde el primer momento, significaba la muerte. Recuérdese la solemne afirmación de Pablo en Romanos 5:12.
Son tan numerosas como variadas las interpretaciones que del árbol del conocimiento del bien y del mal se han dado. De entrada hemos de rechazar la idea de que el texto bíblico constituye un ataque a la capacidad humana para el progreso cultural, viendo en la prohibición un empeño por parte de Dios en mantener al hombre en un estado de infancia intelectual incapaz de alcanzar la madurez y la plena responsabilidad moral. El tenor general de las Escrituras contradice esta objeción. Asimismo descartamos totalmente la idea popularizada de que el árbol era un manzano, probablemente originada en la semejanza existente entre los términos latinos malus (malo) y malum (manzana). Algunos comentaristas han sostenido la interpretación sexual, basándose en 3:7 y en el castigo infligido a la mujer después de la caída, directamente relacionado con el área de la sexualidad; también se recuerda que el verbo «conocer» en muchos textos de la Biblia tiene una clara connotación sexual. Pero esta interpretación es incompatible con el hecho de que, ya antes de la caída, Dios había dicho a la primera pareja: «Fructificad y multiplicaos». Más plausible parece la idea de que el solo hecho de comer del árbol, por ser un acto de desobediencia, era en sí un mal. Antes el hombre ya conocía el bien; ahora, si comía, seguiría conociendo el bien, pero tendría asimismo conocimiento del mal inherente al desacato ante el mandato divino, y con ese mal conocería experimentalmente todos los males acarreados por el pecado. Por otro lado, querer «conocer el bien y el mal» puede significar querer conocerlo «todo», lo que es propio únicamente de Dios. Así pareció entenderlo la serpiente (3:5). Y a esa plenitud de conocimiento se querría llegar no por vía de revelación divina, sino por propia iniciativa autónoma del hombre. Convenientemente adaptado, el mito de Prometeo se haría realidad.
Es inútil especular acerca del propósito divino al incluir este árbol funesto entre los demás del huerto. ¿No habría sido mejor eliminar toda posibilidad de caída? Posiblemente ninguna respuesta será satisfactoria para el incrédulo; pero debe tenerse en cuenta que al crear Dios al hombre a su semejanza, creaba un ser con capacidad moral y libre para tomar sus decisiones morales. La prohibición divina «situó al hombre ante la seriedad y la decisión que implica la obediencia» (von Rad). Pero la calidad de esa capacidad moral sólo puede demostrarse mediante algún tipo de prueba. Y prueba fue el enfrentamiento de Adán con el árbol en cuestión. Sin embargo, en último término, la respuesta a nuestras preguntas sobre el tema sólo nos las podría dar Dios mismo, y esto es algo que Él no ha tenido a bien declararnos. Suficiente es lo que nos ha revelado para que crezcamos en su conocimiento y en su gracia.


Un marco de relaciones (2:15–17)

Algunos teólogos hablan de un «pacto de obras» entre Dios y Adán; pero es mejor examinar las palabras bíblicas sin procurar encajarlas en un sistema teológico; esto puede incitarnos a multiplicar consideraciones y conclusiones que sobrepasen lo revelado. Algún orden tenía que haber, pero el elemento de mandato se reduce a un mínimo, y no hay nada que impida el fluir de la gracia de Dios en toda su plenitud. En tales circunstancias, ¿qué propósito habría en un pacto si todo era de Dios y el hombre se movía libremente dentro de la esfera de su voluntad?
Las obligaciones del hombre (2:15). El hombre había de cultivar el huerto y guardarlo. Aquí tiene su origen el principio bíblico de la dignidad del trabajo. La actividad de Adán, sin exceder sus fuerzas, no sólo contribuiría a su bienestar físico; facilitaría el desarrollo de su capacidad creativa. El versículo desvanece por completo la creencia de que el huerto edénico era un lugar de ocio voluptuoso, donde la única ocupación era lo que en lenguaje popular se conoce como «comer la sopa boba». El ocio, como período de descanso y esparcimiento, es saludable y, por consiguiente, necesario; pero la ociosidad, entendida como modo de vivir sin trabajar, es uno de los amargos frutos de la caída, causa de innumerables injusticias económicas y sociales. Por eso Dios, que siempre ha querido lo mejor para el hombre, encomendó a Adán el cuidado y custodia del huerto. El hecho de que tuviese que guardar un huerto cercado da a entender que fuera de él había peligros. Las fieras abundaban, y muchos piensan que la labor del primer hombre se encaminaba hacia la conversión de toda la tierra en un Edén maravilloso en el que todas las fuerzas hostiles estuvieran bajo el dominio humano. El concepto de vigilancia puede insinuar también la necesidad de mantenerse precavido frente a la posibilidad de entrada del mal.

La prohibición fundamental (2:16, 17).

El hombre debía todo cuanto era y tenía a Dios. Creado para mantenerse «en órbita» alrededor de su Creador, estaba obligado a hacer de Dios el centro de su ser y de su existencia. El hombre tal como lo conocemos hoy no nos ofrece más que la imagen de una humanidad defectuosa y moralmente arruinada, pues ha perdido la plenitud que sólo se halla en Dios y en una total sumisión a su voluntad. Pero Dios se había propuesto crear un hombre, un ser que pudiera amarlo, adorarlo, mantener comunión espiritual con Él y servirlo en libertad. Aun dentro de los límites de nuestra pobre experiencia de seres caídos, es evidente que ningún padre desearía en modo alguno que sus hijos revoltosos se convirtiesen en autómatas que necesariamente hicieran su voluntad, pues el amor sería inexistente, la obediencia no tendría sentido y las relaciones personales quedarían anuladas.
Sobre el significado del árbol prohibido, recuérdese lo expuesto en nuestro comentario al versículo 9.
Destaquemos solamente que la comunicación de Dios con Adán, aunque sea en forma de mandatos, presupone la facultad humana de escuchar, comprender, razonar y obedecer consciente y libremente. No hay mención de una respuesta por parte de Adán, pero se hace evidente la comunión espiritual que existía de modo habitual entre Dios y el hombre (cp. 3:8). Desdichadamente, el hilo de esta comunión se rompería trágicamente en la caída.


La Institución Del Matrimonio (2:18–25)

El hombre y los animales (2:19, 20).

Con lenguaje de gran sencillez, aparentemente casi pueril, las Escrituras nos hacen ver al hombre frente a los animales y aves del campo, con referencias a la fauna de la región. El hombre, cuya capacidad de conocimiento intuitivo pudo ser originalmente muy superior a la nuestra hoy, comprendía la naturaleza de los animales puestos en su entorno y les dio nombres apropiados. He aquí un principio de clasificación basado en conocimientos exactos, fundamento del «método científico» moderno. Además, si tenemos en cuenta que en el antiguo Oriente el hecho de dar un nombre expresaba un derecho de soberanía, la nominación de los animales por Adán vendría a confirmar el dominio que Dios otorgaba al hombre según 1:28b.

La falta de una compañera (2:18, 20).

El hombre, bajo la autoridad del Creador, dominaba sobre la creación. Había estado en contacto con los animales, cuya presencia seguramente había celebrado; pero no halló entre ellos ninguno que pudiera satisfacer adecuadamente sus necesidades físicas y psíquicas. Le faltaba la compañera «idónea». Pese a saberse acompañado, Adán se sentía sumido en la soledad, circunstancia que Dios reconoce como «no buena». Muchos pensadores y poetas han cantado las excelencias de la soledad, propicia al recogimiento interior y a la meditación; pero el aislamiento también ha causado en los seres humanos grandes depresiones y a menudo ha sido terreno inmejorable para la tentación. Recordemos la experiencia del propio Hijo de Dios (Mt. 4:1). Y Dios, por iniciativa propia, jamás crea situaciones conducentes al pecado. Con razón declararía Santiago: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Stg. 1:13). Dios puede permitir la tentación, pero no la genera; más bien hace lo posible para que no caigamos en ella, según pedimos en la oración del Padrenuestro. De ahí la reflexión divina («No es bueno que el hombre esté solo») y la decisión de Dios de formar la mujer, complemento y «ayuda» por excelencia para el hombre.
Las dificultades de la narración. Ya hemos visto que el designio original sobre la creación del hombre abarcaba los dos sexos: «…varón y hembra los creó» (1: 27), por lo que puede parecernos extraño que en esta narración complementaria Dios haga al varón, converse con él y por fin le traiga una esposa sacada de su propio ser. Debemos, no obstante, tomar en consideración que Génesis 1:27 sólo nos refiere escuetamente el hecho de la creación del ser humano, sin entrar en detalles en cuanto al orden y al modo de la formación de la pareja, que es lo que encontramos en 2:21, 22.
No han faltado maliciosos que han visto en el relato de la «costilla» un cuento sólo apto para mentes infantiles, pues de ser cierto —han pensado— el hombre tendría una costilla menos que la mujer. Este modo de pensar revela la más crasa ignorancia respecto a las peculiaridades del lenguaje bíblico y sus amplias posibilidades en el uso de figuras plásticas de riquísimo valor significativo. El letargo misterioso en que quedó sumido Adán bien puede sugerirnos la absoluta privacidad del acontecimiento, del que no habría más testimonio que el de Dios mismo a través de su revelación. El recurso a la costilla (en hebreo tsela, que también significa «lado» o «costado») es insuperable si había de enseñarse la identidad de naturaleza de los sexos en la raza humana y la relación de compañerismo que debía haber entre el hombre y su esposa. Lo que no puede sugerirnos el relato es la suposición, ya mencionada, de que el hombre originalmente fue andrógino y que posteriormente evolucionó a heterosexual. No ha faltado quien ha creído que la «costilla» no fue otra cosa que los órganos genitales femeninos traspasados del hombre andrógino al nuevo ser, la mujer.18 Esta peregrina idea no tiene apoyo en las Escrituras; más bien surge del pensamiento helénico vertido en la literatura griega.19 No menos sugestiva es la costilla para expresar la relación que habría de haber entre los dos sexos en la esfera del matrimonio, una relación de unión admirable («una sola carne», v. 24) —sin que ninguna de las dos partes pierda su propia identidad— y de satisfacción mutua en un plano de igualdad esencial. Por la honda percepción espiritual que revela, se ha hecho famoso el comentario de Matthew Henry: «Dios no hizo a la mujer de la cabeza del hombre para dominarlo, ni de sus pies para ser hollada por él, sino de su costado para ser igual a él, de debajo de su brazo para ser protegida y de junto al corazón para ser amada.» Tan gran sublimidad ha tenido a ojos de Dios la relación conyugal que Él mismo la ha usado como ilustración de su relación con el pueblo escogido, Israel o la Iglesia (este es el gran tema de Oseas y el de Pablo en Efesios 5:22ss.). Sin duda, Adán advirtió de inmediato lo maravilloso del nuevo don que en la mujer le concedía Dios. Por eso no pudo reprimir una exclamación de asombro y satisfacción: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (NBE). Antes habían desfilado por delante de él toda clase de animales, posiblemente en parejas; pero la soledad persistía. Ahora, ante la mujer, dice: «Ésta sí…» De este modo se colmaba su felicidad y se cumplía el propósito divino.
Que Adán fue consciente de la especialísima relación que había de unirlo a su mujer se deduce del nombre que le dio. Él había nominado a los animales que le rodeaban (v. 19). ¿Cómo nombraría a su compañera? Le da su propio nombre en forma femenina. La versión de Reina-Valera se ha valido de un neologismo, «varona», a fin de conservar la fuerza del original hebreo, donde ish (varón) se convierte en ishsha (mujer).

Institución del matrimonio (2:24).

Que el relato que estamos considerando constituye la institución del matrimonio (monógamo y estable) se deduce de la referencia que el Señor Jesucristo hizo a la relación hombre-mujer «al principio» (Mt. 19:4, 5). El versículo 24 parece un comentario inspirado del autor basado en la naturaleza misma de la unión conyugal. Sobresale el hecho de que la unión matrimonial implica un desgajamiento del tronco paterno: «Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.» Si nos atenemos a la enseñanza global de las Escrituras, no podemos deducir de este versículo que el hombre, al casarse, ha de desentenderse por completo de sus padres y sus necesidades. Lo que se enseña es la nueva relación vital y fundamental para la estabilidad de la pareja y para la adecuada realización de sus fines. Hoy los padres debieran comprender lo sabio de la ordenación bíblica: los nuevos cónyuges necesitan casa aparte donde criar a sus hijos sin las tensiones de una autoridad dual, a menudo conflictiva. Bastante difícil es, a causa del pecado, mantener el matrimonio al nivel original sin añadir complicaciones familiares.
El «ser una carne» no se limita a la unión sexual; entraña compenetración profunda y entrega mutua; afecta a los sentimientos y la voluntad tanto como al cuerpo. El amor opera el milagro de que, aun siendo los cónyuges dos, son uno. Cada uno siente que el otro forma parte de sí mismo. Ahondando en esta experiencia, el apóstol escribiría: «Nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida…» (Ef. 5:29). ¡Ideal admirable a cuya realización debe aspirar la pareja creyente confiando en la gracia de Dios!
Otro principio implícito en el 24 es el orden a observar en la relación entre los dos sexos. La presencia del pecado ha originado la promiscuidad y las relaciones prematrimoniales. Según el texto, la «unión» sólo se consuma cuando se ha dejado «padre y madre» para formar el propio hogar y dar comienzo a una nueva familia, asumiendo todas las responsabilidades que eso comporta. Es verdad que el principio bíblico no señala nada sobre las formalidades de ese desgajamiento-unión, es decir, sobre la boda, que serían reguladas por los usos culturales y sociales de cada lugar y época. Sin embargo, dadas las serias implicaciones sociales inherentes a la unión de un hombre y una mujer, en particular el probable nacimiento de hijos, ha sido normal en las sociedades de todos los tiempos que el matrimonio de facto fuese regulado por disposiciones legales que las diversas costumbres sabiamente han sancionado. Decididamente corroboramos lo escrito por Henri Blocher: «En los tiempos bíblicos el acontecimiento que la Biblia denomina matrimonio afectaba a toda la sociedad. La idea de un matrimonio puramente privado es simplemente una aberración reciente, resultado del individualismo y de la desintegración de las comunidades tradicionales. La fiesta nupcial aseguraba el carácter público del matrimonio. Para la Biblia el vínculo matrimonial es parte de las realidades sociales que son supervisadas por la autoridad civil; es la ley (judía o romana) la que liga a la mujer a su marido (Ro. 7:2; cp. Dt. 22)… La fórmula de 2:24 sugiere que ‘dejar padre y madre’ debe preceder a la unión física.»20

La desnudez de la inocencia (2:25).

Siendo «una carne», solos en medio de su hermoso mundo y libres aún de toda concupiscencia pecaminosa, Adán y su esposa no sentían la necesidad de ropa para cubrirse. Lo presumiblemente benigno del clima tampoco impondría el uso de prendas de abrigo.
La declaración bíblica, pese a su concisión, es indicativa de la armonía interior que había en el alma humana antes de la caída. El sentimiento de vergüenza siempre tiene un fondo enigmático, pero siempre aparece asociado con algún acto o experiencia que turba la conciencia. Según von Rad, es «la señal de la pérdida de una unidad interna».21 En el Antiguo Testamento, la vergüenza se asocia a la pobreza (Job 24:7, 10; 31:19; Ez. 18:16) o a la culpabilidad (Gn. 3:7, 10, 11; Ez. 16:22, 37, 39; Os. 2:3; Mi. 1:8). Lo uno y lo otro ha torturado a muchos seres humanos, que han tratado de ocultar o desfigurar su realidad mediante tapujos diversos. Pero ninguno de esos motivos se daban en la experiencia de la primera pareja en el período de su inocencia. Lo que el texto quiere, sin duda, resaltar es que su existencia discurría por cauces de paz espiritual, sin conflictos que causaran turbación a su alma y rubor en sus mejillas. Disfrutaban plenamente de la serenidad y la bienaventuranza propias de una vida en comunión ininterrumpida con Dios, lo que les permitía ordenar perfectamente sus relaciones personales y todo su comportamiento. En ese estado, no necesitaban vestidos ni máscaras de ninguna clase. Delante de Dios y delante el uno del otro, podían continuar desnudos sin avergonzarse.

LA CREACIÓN

GÉNESIS 1

 

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