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LA CLASIFICACIÓN DE LAS PARÁBOLAS

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LA CLASIFICACIÓN DE LAS PARÁBOLAS

las parábolas d jesús

Ya hemos hecho alusión al hecho de que tanto el vocablo como la realidad de las parábolas tienen antecedentes en el Antiguo Testamento. Se sabe que el Antiguo Testamento se escribió originalmente en el idioma hebreo. La versión griega (LXX o Septuaginta) se hizo dominante cuando ya el hebreo llegó a ser un idioma muerto para los judíos. El vocablo mashal es regularmente traducido en la Septuaginta por parabolé o “parábola”. Es de conocimiento común que mashal puede significar varias cosas en el Antiguo Testamento, y curiosamente sólo llega a significar lo que entendemos por historia parabólica pocas veces. Mashal puede significar: proverbio, enigma, máxima ética, frases breves de sabiduría popular hebrea. A veces estos mashal se nos dan en forma poética, y hay veces inclusive cuando invitan a una especie de comparación. No obstante esto último, la vasta mayoría de los mashal en el Antiguo Pacto no llegan a ser la parábola en forma de historia ilustrativa. Con todo, hay expresiones cortas (no historias) en los Evangelios que corresponden exactamente a lo que se halla en el Antiguo Testamento, y se llaman expresamente parábolas (ver Luc. 4:23, p. ej.). Todo esto nos lleva a la conclusión de que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, “parábola” puede significar una variedad de clases de dichos.

T. W. Manson  distingue entre dos clases generales de parábolas en el Antiguo Testamento, y señala nueve ejemplos tomados de esta parte de la Biblia. Las parábolas de Jesús también pueden dividirse en dos clases generales que obedecen a los mismos principios de clasificación.

Una clase presenta un tipo de conducta humana; la otra un principio referente al gobierno de Dios sobre el mundo. La primera apela a la conciencia ética humana, la otra a la fe del oyente.
Independientemente de las dos agrupaciones de parábolas, se puede notar fácilmente que las parábolas de Jesús se desglosan aún más particularmente. Hay, por ejemplo, parábolas que no son más que dichos (ver Mat. 5:13: “sois la sal de la tierra”; Mat. 6:24: “nadie puede servir a dos señores”; Mat. 7:6: “No deis lo santo a los perros”. Esta clase de dichos parece prevalecer en el evangelio de Mateo y más precisamente en el Sermón del monte, aunque se pueden encontrar en otras partes también (ver Mar. 2:17a; 2:21, 22; Luc. 4:23). Es obvio que esta clase de “parábola” no es lo que normalmente entendemos por parábola o historia ilustrativa. Tal vez podamos considerarla como parábola en germen.

Después, hay parábolas con un poco más de extensión. Inclusive, pueden considerarse como similitudes. Estas parábolas a menudo describen una situación típica con una apelación a la experiencia común de la gente. Casi siempre comienzan con una especie de comparación (ver Mat. 13:44, 45; Luc. 14:28–32; Luc. 15:3–10). Estas “parábolas simples”  en realidad son más que un cuadro; son cuadros que llegan a ser una historia. C. H. Dodd añade:

Ahora bien estas sencillas metáforas pueden convertirse, mediante la adición de detalles, en una especie de cuadro. Por ejemplo: “No se enciende una lámpara y se la pone bajo un celemín, sino sobre un candelero para que ilumine a todos los que están en la casa” … Este tipo de parábola es lo que los alemanes llaman Gleichnis, es decir, semejanza, símil.

Una tercera clase o tipo de parábola puede describirse como parábola narrativa. En esta parábola hay más que un simple cuadro pintado. Más bien, se describe toda una progresión de eventos para lograr una enseñanza principal. Aunque hay excepciones, es notable que Lucas es el Evangelio que más contiene esta clase de parábola. Esta es la clase de parábola con la que se está más familiarizado, y es la que se entiende como tal. Aunque posteriormente se va a trabajar detalladamente con esta clase, cabe señalar algunos ejemplos (ver Mar. 12:1–9; Luc. 10:30–37; 12:16–21; 16:1–8).

Dodd  es de la opinión que no es viable distinguir radicalmente entre las tres clases de parábolas, pero ha hecho notar que hay un fenómeno gramatical observable. En la primera clase (dichos parabólicos) suele haber un solo verbo y éste en tiempo presente; en la segunda clase (parábolas sencillas) hay más de un verbo en tiempo presente; en la tercera clase (las parábolas narrativas) hay pluralidad de verbos y éstos en el pretérito histórico. Otro erudito británico se une a Dodd en este análisis y clasificación gramatical de las parábolas. Es A. M. Hunter en su obra Interpreting the Parables (Interpretando las parábolas).

Ray Summers  solía clasificar las parábolas de Jesús que se hallan en los Evangelios en tres grupos también, pero estos diferían de las clasificaciones vistas hasta ahora. La mayoría de las parábolas las veía como “historias parabólicas” (Mat. 7:24–29; 12:43–45; Luc. 7:41–44; etc.) después, había “parábolas en semilla o dichos” (Mar. 2:19, 20, 21, 22; Luc. 6:39, etc.). Hasta ahora, la clasificación de Summers no parece diferir mucho de la de Jones y Dodd. La tercera clasificación, no obstante, la veía como “actos parabólicos” (Mat. 21:18–22; Mar. 11:12–14, 19–25; Jn. 2:1–11; 5:1–18; 6:1–71; 9:1–41). Esta última clasificación, según Summers, incluía más acción que palabras. El acto parabólico consistía precisamente o bien en una acción de Jesús o de otro que ilustraba una verdadera comparación. Hunter en Interpreting the Parables (Interpretando las parábolas) encuentra 60 parábolas dentro de los sinópticos; cuatro de las mismas enseñan por ejemplo directo más bien que por analogía. Entre estas están: el fariseo y el publicano, el rico insensato y el buen samaritano, el rico y Lázaro. Pareciera que Willi Marxsen contempla esta misma clasificación pero con el nombre de “historias ejemplares”.

Cabe reconocer una de las maneras más precisas para destacar la parábola y distinguirla de otros tipos de historias comparativas. Específicamente necesitamos notar que la parábola no es en su esencia lo mismo que una alegoría. Por naturaleza, la alegoría requiere que cada detalle de la historia tenga un significado independiente. Aunque posteriormente veremos las contribuciones de Adolfo Jülicher, cabe asentar de una buena vez que éste nos hizo el favor de aclarar la naturaleza no alegórica de las parábolas de Jesús. Hizo esto al distinguir radicalmente entre una metáfora y un símil. Aunque hay ejemplos de interpretación alegórica de parábolas dentro del mismo Nuevo Testamento, se debe recalcar que básicamente la parábola se basa más en símiles y no en metáforas. Según Beck: “Una alegoría es como una parábola pero tiene muchas lecciones, a menudo fantásticas, las cuales se basan en metáforas, mientras una parábola es una simple comparación realista basada en un símil”

Muy a diferencia de la alegoría, la parábola tiene una sola enseñanza que dejar. Aunque la parábola puede tener muchos detalles, estos no tienen significados independientes, sino sólo sirven para aclarar la enseñanza principal. La alegoría tiene muchos puntos de comparación; la parábola tiene uno solo. Sobre todo, la parábola refleja la vida real y ocupa términos y ejemplos muy realistas. Específicamente en el caso de las parábolas de Jesús, todas ellas pueden haber tenido bases históricas en la vida real, aunque su propósito en contarlas nunca era sencillamente dar datos biográficos o históricos. Sus parábolas respiraban una atmósfera muy realista, mientras la alegoría muy a menudo no goza de esta característica realista. Más bien, tiende a ser fantástica e increíble.

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                                   Jesús explica las parábolas a sus discipulos

Hunter ofrece tres rasgos de la enseñanza parabólica de Jesús que ayudan en la comprensión de los tipos literarios:
El primero de estos rasgos es el siguiente: es obvio que las parábolas son ejemplos de la práctica popular durante el día de Jesús de contar historias. Jesús, como otros buenos relatores de cuentos, seguía ciertas reglas para dar realce a las lecciones. Éstas incluían: (1) la repetición para llegar a una especie de clímax dentro de la lección; (2) directa o indirectamente se usaba el contraste para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal; (3) solía emplear una combinación del número tres en las historias para destacar a los personajes principales (ver, por ejemplo, la parábola del buen samaritano); (4) las parábolas de Jesús a menudo empleaban elementos en serie con el fin de dar énfasis al último elemento en la serie.

El segundo rasgo de la enseñanza parabólica de Jesús que menciona Hunter es que sus parábolas no las sacaban de un laboratorio estéril o de una celda aislada, sino que las basaba en sus encuentros vivientes con la existencia humana.

El tercer rasgo es que Jesús esperaba evocar una respuesta o decisión de parte de los oyentes. Precisamente durante la semana de pasión se nota que estas respuestas en gente no arrepentida produjeron la crucifixión.

Algo más, se observa que las parábolas de Jesús pueden agruparse según ciertos temas generales. Jones sugiere que hay ciertos “racimos” de parábolas; es decir, hay algunas que naturalmente se agrupan, aunque no hay que procurar obligar a que todas quepan dentro de estas clasificaciones. Un “racimo” se agrupa en torno al tema de la crisis del reino venidero. Tanto la predicación como la realidad del irrumpimiento del reino producían que las campanas de advertencia repicaran. Estas parábolas siempre llevaban dentro de sí la urgencia del arrepentimiento personal y nacional. Había una catástrofe inminente que había que evitar. Algunas de estas parábolas se hallan en Mateo 11:16; 12:38–42, 45; 16:2, 3; 23:36; Marcos 8:11–13, 38; 9:19; 13:30; Lucas 12:49, 54–56; 17:25. Dado que el reino durante el día de Jesús era actual tanto como futuro, es muy posible que algunas de las parábolas de Jesús abordaran la crisis de la consumación escatológica (ver Mat. 24:40, 41; 25:1–13, 31–46; Mar. 13:28, 34).
Otro “racimo” de parábolas dirigidas a pecadores tiene que ver con la gracia de Dios y el arrepentimiento. Jones señala correctamente que la palabra “gracia” raras veces figura en los labios de Jesús, pero su propio comportamiento para con los pecadores demuestra la realidad de la gracia. Lo que sí se destaca es que siempre Jesús (bien en precepto o en acción) asociaba la demanda de Dios con la gracia de Dios. Se nota que la gracia de las bienaventuranzas se establece a base de las demandas (ver especialmente Mat. 5:3). Es interesante observar que gran cantidad de las parábolas de Jesús parece indicar que el reino de Dios “se limita a pecadores” (ver Mar. 2:16; Luc. 7:40; 15:2; 18:9).
El tercer “racimo” de parábolas tiene que ver con las condiciones del reino. Para poder entrar al reino, el súbdito en perspectiva tenía que reunir ciertas condiciones. Es fácilmente comprobable que Jesús a menudo invitaba a la gente a que entrara al reino (Mat. 5:20; 7:21; 18:3; 23:13; Mar. 9:47; 10:15, 23–25). Estas condiciones son: el contar el costo del discipulado (Luc. 14:28–33), el valor (Luc. 16:1–9), un amor que caracterice toda la vida (Mar. 12:28–34; Luc. 10:25–37).
Ray Summers, en algunos materiales inéditos en torno a las parábolas, suele encontrar cuatro divisiones grandes dentro de las cuales la mayoría de las parábolas se distribuyen. Estas cuatro divisiones son: las parábolas del fracaso de Israel, las parábolas del reino, las parábolas de la providencia y las parábolas relacionadas a prácticas religiosas y éticas.

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