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Jesús es Dios

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Jesús es Dios

En 1 Juan 5:1–5, el énfasis está colocado en el hecho de confiar en Jesucristo. Una persona que confía en Cristo ha nacido de Dios y puede vencer al mundo. Creer que Jesucristo es el Hijo de Dios es básico para la experiencia cristiana.

Pero, ¿cómo sabemos que Jesucristo es Dios? Algunos de sus contemporáneos lo llamaron mentiroso y engañador (Mateo 27:63). Otros han sugerido que fue un fanático religioso, un loco o quizá un patriota judío sincero, pero tristemente equivocado. Las personas a las que Juan les estaba escribiendo estaban expuestas a una enseñanza popular falsa de que Jesús era simplemente un hombre sobre el cual “el Cristo” había descendido cuando Jesús fue bautizado. En la cruz, “el Cristo” dejó a Jesús (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”) y este murió como cualquier otro ser humano.

La epístola de Juan refuta esta falsa enseñanza. Presenta tres testigos infalibles para comprobar que Jesús es Dios.

Primer testigo—el Agua. Jesús vino “mediante agua y sangre”. El agua se refiere a su bautismo en el Jordán, cuando el Padre habló desde el cielo, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:13–17). En el mismo momento, el Espíritu descendió en forma de paloma y reposó sobre él. Este fue el testimonio que dio el Padre en cuanto al Hijo en el comienzo del ministerio de Jesús.

Segundo testigo—la Sangre. Pero el Padre dio otro testimonio a medida que se fue acercando el momento de la muerte de Jesús. Habló en forma audible desde el cielo, diciendo: “Lo [mi nombre] he glorificado, y lo glorificaré otra vez” (Juan 12:28). Además, el Padre testificó con poder milagroso cuando Jesús estaba en la cruz: la oscuridad sobrenatural, el terremoto y la ruptura del velo del templo (Mateo 27:45, 50–53). No debe extrañarnos que el centurión haya exclamado: “Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mateo 27:54).

Jesús no recibió “el Cristo” en el bautismo ni lo perdió en la cruz. El Padre, en ambas ocasiones, dio testimonio de la deidad del Hijo.

Tercer testigo—el Espíritu. El Espíritu fue dado para dar testimonio de Cristo (Juan 15:26; 16:14). Podemos confiar en el testimonio del Espíritu porque “el Espíritu es la verdad”. Nosotros no estuvimos presentes en el bautismo de Cristo ni en su muerte, pero el Espíritu Santo sí estuvo. El Espíritu Santo es la única Persona actualmente activa en la tierra que estuvo presente cuando Cristo tuvo su ministerio aquí. El testimonio del Padre es historia pasada, pero el testimonio del Espíritu es experiencia presente. El primero es externo, el segundo es interno y ambos concuerdan.

¿Cómo testifica el Espíritu dentro del corazón del creyente? “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:15–16). Su testimonio es la confianza interior que tenemos de que pertenecemos a Cristo. No es una confianza que “fabricamos” nosotros mismos, sino una confianza que Dios nos da.

El Espíritu también nos da testimonio por medio de la Palabra. A medida que leemos la Palabra de Dios, él nos habla y nos enseña. Esto no sucede en el caso de un hombre que no es salvo (1 Corintios 2:14), sino únicamente en el creyente.

Un creyente se siente “como en casa” con el pueblo de Dios porque el Espíritu mora en él. Esta es otra manera por medio de la cual el Espíritu da testimonio.

La ley requería dos o tres testigos para arreglar un asunto (Deuteronomio 19:15). El Padre dio testimonio en el bautismo y en la cruz, y en el día de hoy el Espíritu da testimonio dentro del creyente. El Espíritu, el agua y la sangre ponen fin a la cuestión: Jesús es Dios.

Nosotros recibimos el testimonio de los hombres, ¿por qué razón, pues, tenemos que rechazar el testimonio de Dios?

La gente dice a menudo: “¡Ojalá pudiera tener fe!” ¡Pero todo el mundo vive por fe! Las personas confían unas en otras a lo largo de todo el día. Confían en el médico y en el farmacéutico, confían en la cocinera del restaurante y aun confían en el conductor del vehículo que va por el otro carril de la autopista. Si podemos confiar en los hombres, ¿por qué no podemos confiar en Dios? ¡Y al no confiar en él, uno lo está convirtiendo en mentiroso!

Jesús es Dios: esta es la primera certeza cristiana, y es fundamental para todo lo demás.

Wiersbe, W. W. (1994). Genuinos en Cristo: Estudio Expositivo de la Primera Epístola de Juan (pp. 169–171). Sebring, FL: Editorial Bautista Independiente.

Cristo es adorado como Dios.

Todo estudioso de las Escrituras sabe que Dios exige que se le adore sólo a El. Adorar a cualquier otro ser o cosa constituye una idolatría (Ex. 20:3–6; Dt. 6:13–15). Jesús reconoció esa verdad durante Su vida terrenal. Recuérdese que, cuando fue tentado por Satanás, Cristo respondió: «… Escrito está: «Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás»» (Mt. 4:10). De modo que habría sido deshonesto que Jesús hubiese aceptado la adoración de los hombres a menos que El fuese Dios y, por lo tanto, merecedor de esa adoración. Lo cierto es que Jesús aceptó el ser adorado como solamente Dios debe ser adorado. Los sabios del Oriente, cuando vinieron a ver al rey que había nacido «postrándose lo adoraron» (Mt. 2:11). Los discípulos que estaban a punto de perecer en el mar de Galilea y fueron rescatados por el Señor «… vinieron y le adoraron, diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios»» (Mt. 14:33). El ciego de nacimiento a quien Jesús sanó, también se postró y adoró al Señor (Jn. 9:38). Las mujeres a las que Jesús se manifestó después de Su resurrección, «… abrazaron sus pies y le adoraron» (Mt. 28:9). Antes de Su ascensión a la gloria, Jesús se reunió con Sus discípulos en el monte de los Olivos y ellos le adoraron (Lc. 24:52). Es importante notar que en ninguna de las ocasiones mencionadas hubo protesta alguna por parte de Jesús. Aquel que había venido a cumplir la ley hubiese violado el primer mandamiento del decálogo de haber sido un simple hombre. La realidad es que Cristo aceptó el ser adorado porque, como Dios, El es digno de tal honor. La escena que aparece en el libro del Apocalipsis no puede ser más elocuente: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos (Ap. 5:12–13). El cuadro que se presenta en el Apocalipsis es muy singular. El Dios Padre (sentado en el trono) y Dios el Hijo (el Cordero) reciben la misma adoración y alabanza (véase Jn. 5:23).

Carballosa, E. L. (1982). La deidad de Cristo (pp. 121–122). Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz.

 

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