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JESÚS: EL CRISTO

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JESÚS: EL CRISTO


“… y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).

Con estas palabras el ángel del Señor informa a José acerca de Jesús, su nombre y su misión. Jesús, en griego, equivale a la palabra hebrea “Josué”, que quiere decir “Jehová es salvación”. Jesús significa “salvador”, describiendo su labor de salvar a los hombres de sus pecados (Lucas 19:10).
El título Cristo, o Mesías, quiere decir “ungido”. Esto designa a Jesús como el cumplimiento de las esperanzas mesiánicas de los judíos del Antiguo Testamento. El nombre Jesucristo significa “El Mesías que vino a la Tierra para salvar a la humanidad perdida”.


Jesús, El Hijo de Dios

La pregunta lógica que sigue es: ¿Quién es este Jesús y este Mesías? Se han dado muchas respuestas. Algunos de los judíos pensaron que era el hijo de José y María (Mateo 13:55; Marcos 6:3); otros lo llamaron engañador (Mateo 27:63); otros pensaron que era un profeta (Juan 6:14); algunos hoy en día piensan que él fue solamente un hombre que vivió una vida más santa.

A. ¿Qué dice la Biblia, qué dice Jesús y qué dicen los apóstoles que lo conocieron muy bien?

– Juan el Bautista dijo que Jesús es el hijo de Dios. “Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:34).
– Marcos dijo que es el Hijo de Dios. “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Marcos 1:1).
– Pedro dijo que es el Hijo de Dios. “Respondiendo Simón Pedro, dijo, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).
– Pablo dijo que es el Hijo de Dios. “… Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gálatas 4:4).
– El ángel Gabriel dijo que es el Hijo de Dios. “… el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).
– Los demonios dijeron que es el Hijo de Dios. “… ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios?” (Mateo 8:29)
– Jesús mismo dijo que es el Hijo de Dios. “… El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo: Yo soy …” (Marcos 14:61, 62; ver Mateo 26:64 y Juan 10:36).
El testimonio culminante vino del PADRE cuando dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17; ver Mateo 17:5).

B. Poderes divinos y honores atribuidos a Jesús.

Aunado al testimonio arriba indicado de la deidad de Cristo, se dice que él posee poderes y honores que pertenecen sólo a Dios.

1. Cristo tiene el poder para crear.

Toda la Biblia atribuye el poder de crear a Dios (Génesis 1:1; Isaías 48:12, 13). En muchos pasajes de las Escrituras el mismo poder se le atribuye a Jesús (Juan 1:1–3; Efesios 3:8–11; Colosenses 1:16, 17).

2. Cristo tiene el poder de perdonar pecados.

Este es un poder exclusivo de Dios, pero en Lucas 5:20–25, Jesús dice que él tiene poder de perdonar pecados, y lo demuestra sanando al paralítico.

3. Cristo es un Ser digno de adoración.

Dios es el único que debe ser adorado; sin embargo, Dios concedió este honor a Jesús: “Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Juan 5:22, 23).

Estos poderes y honores son de Cristo, porque él es el Hijo unigénito que está en el seno del Padre (Juan 1:18). Cuando Jesús hablaba al pueblo acerca de Dios, nunca usó el término “nuestro Padre”. Nunca se clasificó con los mortales para indicar igualdad. En Mateo 6:9, Jesús usó el término “Padre nuestro”, pero estaba enseñando a sus discípulos una forma de orar.

Jesús no es meramente un hombre. Él es el Hijo unigénito de Dios que vino a la Tierra y vivió como un hombre por algunos años, pero él es y siempre ha sido en un solo sentido el HIJO DE DIOS.


Títulos que indican su posición y trabajo

Un hombre dijo que encontró en la Biblia doscientos cincuenta y cuatro (254) títulos dados a Jesús. Un diamante tiene muchas facetas; y cada una de ellas reflejará algo nuevo y bello de la gema. De la misma manera podemos ver a Jesús desde cualquier ángulo o fase de su vida y mirar alguna belleza nueva reflejando su grandeza y su amor por el hombre.
En esta sección estudiaremos algunas de estas fases de la vida del Maestro:

A. Jesús, nuestro Salvador.

El diccionario define “Salvador” como “que salva” y por antonomasia es Jesucristo. Esta fase de la vida de Jesús es, quizá, la que más brilla de todas.
El ángel dijo a José: “… llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). El ángel del Señor dijo a los pastores en la llanura de Judea: “… os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lucas 2:11). Jesús resumió su misión en la Tierra así: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

Romanos 5:6–8 dice que cuando el hombre era aún débil e incapaz de salvarse a si mismo, cuando era un pecador que no merecía salvación, Cristo murió para salvarles por la gracia y el amor de Dios. 1 Pedro 1:18, 19 dice que el hombre fue redimido, comprado y rescatado de la esclavitud no con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha ni contaminación.
Un misionero trabajando en Africa buscó por mucho tiempo una palabra nativa que pudiese expresar la idea de “Salvador”. Un día había gran conmoción en la aldea. Cuando este misionero se unió a la muchedumbre congregada en la plaza, se encontró con un nativo pálido y sangrando, narrando excitadamente su escapatoria de las fauces de un tigre. Y usó cierta palabra para describir al que lo había salvado.

Inmediatamente el misionero escribió esa palabra y al siguiente domingo predicó a Jesús como el Salvador usándola. Cuando la gente se congregó junto a él, después del culto, le dijeron: “Ahora comprendemos que Jesús murió en la cruz para salvarnos del pecado y de Satanás. Esto es lo que tratabas de decirnos por muchas lunas”.

Este misionero dice: “He vivido cuatro años en África prácticamente solo. He sido azotado por la fiebre treinta veces, tres veces atacado por leones, varias veces por rinocerontes, varias veces emboscado por los nativos; por catorce meses no vi un pedazo de pan, pero les diré que estaría contento de sufrir todo esto de nuevo con tal de tener la satisfacción de volver a llevar la palabra ‘Salvador’ a otras tribus de África Central”.

Muchas religiones ofrecen a sus seguidores esperanza de salvación por medio del abuso y tortura del cuerpo. Otros, con observar ciertas máximas morales; y, aun, la esperanza es vaga. La máxima seguridad del cristiano es que Dios salvó al hombre por el amor que le tiene, no por las obras de la justicia que hacemos “… sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:5, 6).
Sólo el cristianismo tiene un Salvador. Una razón más de porqué creemos que ésta es la única religión verdadera.

JESÚS: EL CRISTO

JESÚS: EL CRISTO

B. Jesús, Nuestro Señor.

Ningún término es más expresivo, en cuanto a la fe de los primeros cristianos, que el término “Señor”. Pedro proclamó en el día de Pentecostés que los judíos habían crucificado a Jesús, pero que Dios le había hecho “Señor y Cristo” (Hechos 2:36). En Hechos 10:36 Pedro dice que él es “Señor de todos”.

Pablo declara que nosotros confesamos con la boca a “Jesús como el SEÑOR” (Romanos 10:9). El creyente confiesa a Jesús como su Salvador, como su Mesías o Cristo y, especialmente como su Señor. En Filipenses 2:9–11 Pablo explica: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.
La expresión “Senor” indica la soberanía de Cristo sobre sus seguidores – la iglesia (Colosenses 1:18). Él es el Maestro y el cristiano es siervo. La palabra “Salvador” indica lo que Cristo ha hecho y hace por el creyente. La palabra “Señor” refleja lo que el creyente tiene que hacer por Cristo, su Salvador. A mucha gente le gusta leer y oír lo que Cristo ha hecho por ellos; pero continuamente no muestran interés por saber la respuesta que Cristo espera y requiere de ellos. ¡Si Cristo no es Señor de todo, no podrá ser nuestro Señor en todo! Jesús dijo: “¿Por qué me llamaís, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46). Es necesario enfatizar más esta fase de Cristo hoy día.

C. Jesús, Nuestro Mediador.

La palabra “mediador” sugiere a uno que “esta entre dos partes”. Esto implica que estas partes están peleadas o difieren una de la otra, y este mediador se está esforzando por traerlas a una armonía o acuerdo. Las Escrituras enseñan que cuando el hombre está en pecado, está enemistado con Dios, alejado de él y sin esperanza.
Cristo vino y murió para hacer posible la paz entre Dios y el hombre, sea judío o sea gentil (Efesios 2:16).
Cristo murió en la cruz para remover (quitar) la barrera (el pecado) que hay entre Dios y el hombre. Cuando el hombre acepta el perdón ofrecido por Cristo por medio del evangelio, entonces puede reconciliarse con Dios y ser uno con él de nuevo.
Cristo fue el único apto para quitar esa barrera. Solamente él es sin pecado. Nadie puede morir por los pecados de otro mientras tenga sus propios pecados. También es cierto que solamente Jesús puede ser mediador entre Dios y el hombre. Pablo escribe: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5). Jesús dice: “… nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Un mediador debe tener conocimiento de las dos partes, y debe concernirle el bienestar de ambas. Jesús, “siendo en forma de Dios”, (Filipenses 2:6) antes de venir a la Tierra, comprendió totalmente el lado de Dios, y después vino a la Tierra para poder comprender el lado humano (leer Hebreos 2:17, 18; 4:15, 16).
Así que Cristo Jesús es el único y perfecto “mediador” entre Dios y el hombre.

D. Jesús, Nuestro Profeta.

Cuando la obra de Jesús es vista en su concepto más amplio, se divide, generalmente, en tres oficios que él ejerce: profeta, sacerdote y rey.
En el Antiguo Testamento un profeta era uno que hablaba por Dios. Amos dijo que él no era profeta por capacitación o hijo de alguno, sino que era pastor o boyero y recogía higos silvestres. Pero “Jehová me tomó de detrás del ganado, y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel. Ahora, pues, oye palabra de Jehová …” (Amos 7:14–16). Los profetas iban hablando el mensaje de Dios para el tiempo y necesidad presentes. Iban prediciendo también eventos futuros.

El Antiguo Testamento señala sin error a un gran profeta que iba a ser el revelador de Dios en la Tierra. En Deuteronomio 18:15 Moisés reveló: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis”. Pedro nos relata que este profeta es Jesús (Hechos 3:19–26).

Hebreos 1:1, 2 dice que Dios habiendo en otros tiempos, comunicado su mensaje al hombre de muchas maneras, pero “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”. Jesús fue el divino Maestro y revelador de la voluntad de Dios para el hombre.
Como profeta, Jesús habló con autoridad, para que la gente conociese que él hablaba por Dios. “… la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mateo 7:28, 29). Y más aun, habló sencilla y claramente para que todos comprendieran. Gran multitud del pueblo le oía con gozo (Marcos 12:37). Todos estaban de acuerdo hasta sus enemigos: “… ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46).

El ministerio profético de Jesús, después de subir al cielo, fue continuado por el Espíritu Santo que Jesús envió. Jesús dijo a sus discípulos la noche antes de morir: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).
Cuando leemos el Nuevo Testamento podemos aceptar por fe y completa seguridad que es el mensaje de Dios para nosotros. Jesús, el gran Profeta de Dios dijo: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió” (Juan 7:16). “Yo hablo lo que he visto cerca del Padre …” (Juan 8:38).

E. Jesús, Nuestro Sumo Sacerdote.

Un sacerdote era un ministro o líder en cualquier religión, ya sea pagana (Hechos 14:13) ya sea bíblica (Mateo 8:4). El sumo sacerdote era el guía de los sacerdotes. En el libro a los Hebreos, Jesús es mencionado diez veces como el Sumo Sacerdote. Cristo es considerado el verdadero Sumo Sacerdote, del cual Aarón era sólo un tipo. Todos los cristianos son sacerdotes (1 Pedro 2:9).

Sus trabajos son especificados en Hebreos 5:1: “Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados”. La función del sumo sacerdote en el período mosaico era dirigir la adoración a Jehová en el templo y ofrecerle sacrificios en pro de la gente. Aarón, siendo humano y, por tanto un sumo sacerdote pecador, tenía que ofrecer sacrificio primeramente por su propio pecado y el de su familia (Levítico 16). Entonces podía entrar por segunda vez al lugar santísimo, rociando sangre en el trono de la misericordia (propiciatorio) por los pecados de Israel. Por medio de este acto los pecados de Israel eran recordados año con año, hasta que viniera “el Cordero” de Dios a quitar por completo los pecados del pueblo (Hebreos 10:1–4).

1. Jesús es comisionado sumo sacerdote.

En Hebreos 5:4–6 el escritor narra que Jesús es hecho sumo sacerdote por Dios mismo: “Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”.

David sabía esto, y lo dijo en el Salmo 110:4. Ya hemos dicho que Jesús es nuestro Profeta, Sumo Sacerdote y Rey. Es interesante notar que Jesús no es sumo sacerdote según el orden de Aarón (Aarón era de la tribu de Leví, la tribu sacerdotal). Los escritores del Nuevo Testamento dan mucha importancia al hecho de que Jesús era de la casa y del linaje de David (Lucas 2:4; ver Marcos 11:10; Mateo 21:9). ¿Cómo pudo Jesús ser Sumo Sacerdote, si procedía de la tribu de Judá, la tribu real? La respuesta se halla en el hecho de que Jesús es Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec (Hebreos 6:20; 7:15–17). Melquisedec era superior a Abraham, y era rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo (Hebreos 7:1–4).

2. Su preparación.

La preparación o entrenamiento de Jesús para ser nuestro sumo sacerdote empezó cuando él dejó las glorias del cielo y vino a la Tierra para ser uno de los que él representa (Filipenses 2:5–8).
Hebreos 2:14 revela que Jesús fue participante en “carne y sangre” de la misma forma que nosostros. En Hebreos 4:15 su preparación continúa cuando es tentado en todo lo que nosostros somos tentados, y aún sigue sin pecado. Podemos notar parte del entrenamiento para cumplir su oficio en Hebreos 5:8, donde leemos que él aprendió la obediencia por las cosas que sufrió, siendo así nuestro sumo sacerdote perfecto y completo. Para interceder con propiedad entre Dios y el hombre, Jesús necesitó “… ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote, en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:17, 18).

Aparte de no tener pecado, no hay nada de la experiencia humana que le sea desconocida. Hoy en día, como nuestro sumo sacerdote, fiel y misericordioso, él aboga ante Dios por su pueblo, que está sitiado por el pecado y la enfermedad (Hebreos 4:15, 16; Romanos 8:33, 34).

3. Su ofrenda.

Cuando Aarón hacía expiación por los pecados de Israel bajo el Antiguo Testamento, usaba sangre de toros y de chivos para el sacrificio a Dios. Cuando Jesús, nuestro sumo sacerdote, ofreció su sacrificio a Dios, se ofreció a sí mismo. Hebreo 9:11, 12 dice: “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención”.

De las Escrituras sacamos estos hechos:
a. El tabernáculo en que entró Jesús para ofrecer su sacrificio no fue una tienda en el desierto, ni en el templo de Jerusalén. La expiación no fue hecha en el lugar santísimo de Jerusalén, sino en el mismo cielo ante la presencia de Dios (Hebreos 9:24).
b. Su altar de sacrificio no fue uno bronceado en el patio del templo, sino en una burda cruz en el monte Gólgota.
c. Su ofrenda no fue la sangre de los machos cabríos ni de becerros, sino su sangre preciosa, “… como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19). Él es el sacrificio y el sacrificador (Juan 10:17, 18).
d. El efecto de su sacrificio. El efecto del sacrificio de Aarón en el día de la expiación era un recordatorio anual, que no quitaba el pecado (Hebreos 10:4).
Sin embargo, cuando Jesús vino y ofreció su sacrificio, no necesitó ofrecerse a sí mismo cada año. Hebreos 9:26 dice: “De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”. Jesús ofreció de una vez por todas el sacrificio perfecto que puso fin al sacrificio animal, y quitó el pecado para siempre, haciendo posible la redención eterna por su sangre.

F. Jesús, Nuestro Rey

1. Jesús predicho para ser Rey.

El tercer gran oficio de Cristo es REY, y fue profetizado por Jeremías: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jeremías 23:5; ver Zacarías 6:13).
Su reino procedió de Dios pero por medio del linaje de David. Gabriel dijo a María: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre” (Lucas 1:32). Dios había prometido a David que saldría de su simiente uno que iba a establecer un reino que duraría para siempre (2 Samuel 7:12, 13), y esto se cumplió en Jesús.

2. Jesús aclamado para ser Rey.

Después de su bautismo, empezó a predicar que el reino de los cielos estaba a la puerta. En Mateo 16:28 Jesús predijo: “De cierto os digo que hay algunos de los que están aqui, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino”. Cuando Pilato preguntó a Jesús: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” Él le dijo: “tú lo dices”. Lo cual equivale a: SÍ (Lucas 23:3).

3. La naturaleza de su reino.

Jesús dijo que su reino no era de este mundo. En Juan 18:36 Jesús dice a Pilato: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aqui”.
El reino de Jesús es espiritual (ver Romanos 14:17; Hebreos 1:8, 9). Cristo es, por tanto, Rey, un Rey de verdad; el Rey de la salvación, Rey de la paz, Rey de la justicia. Su reino está en el corazón de cada humano para el gran propósito de salvar sus almas.

4. La duración de su reino.

Gabriel dijo a María en Lucas 1:33: “y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Pedro exhorta a los cristianos a ser diligentes en tener segura su vocación y elección, “Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:11). Cristo, en su reino mediador, es el que busca redimir al género humano. Él continuará reinando por la eternidad; entonces veremos sobre su cabeza muchas coronas, y sabremos que él es verdaderamente Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:12, 16).

 

 

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