Madrid, españa.

JESUCRISTO: SU AUTORIDAD MESIÁNICA

Recursos Bíblicos Para Crecer

JESUCRISTO: SU AUTORIDAD MESIÁNICA

 

El Mesías en Isaías y en sus contemporáneos.

La división del reino después de Salomón y el consiguiente colapso del reino del norte resultaron en la esperanza del retorno de las glorias del reino unido con un nuevo “David” en el trono. Mientras que la profecía sobre la corte de un período anterior simplemente afirmaba la legitimidad de la dinastía davídica, los profetas del siglo octavo comenzaron a anunciar un período de juicio y tribulación, después del cual tendría lugar una restauración. En el reino del sur, los fracasos espirituales de los reyes davídicos llevaron esa esperanza a su forma más desarrollada en las profecías de Isaías. Isa 9:1–7 predice un tiempo de esperanza después de la derrota que sufrieron por los invasores asirios. Las tierras ocupadas—ahora en oscuridad—serían iluminadas mediante la liberación; los enemigos de Israel serían aplastados (Isa 9:1–5). Esta liberación coincidirá con el nacimiento de un rey davídico ideal, cuyo reinado inaugurará una era de paz, justicia y rectitud eternas (Isa 9:6–7). Cualquiera sea el significado exacto de los “nombres de realeza” dados al niño, (Isa 9:6)—Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz—claramente exceden los títulos atribuidos previamente al rey davídico.
Isa 11:1–10, con su contexto que representa un retorno a las condiciones del paraíso (Isa 11:6–9), tiene implicancias escatológicas todavía más fuertes. La imagen de un brote o retoño que emerge del tronco de Isaí (el padre de David; Isa 11:1), que recuerda el “retoño del poder” del Sal 132, se convertirá en una metáfora común para el rey davídico venidero entre los profetas exílicos y posexílicos. Lo que tiene en común con los salmos reales, es que describe al rey como un juez justo que muestra misericordia hacia los oprimidos y destruye a los malvados. El hecho que el rey posea el Espíritu de Dios de manera permanente (Isa 11:2–3) tiene su precedente en la unción de David (1 Sam 16:13; comparar 10:6, 9–10), donde “desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David”. Los rasgos distintivos de la profecía—y aquellos que se adquieren repetidamente en el judaísmo posexílico—incluyen los poderes extraordinarios de sabiduría y discernimiento del Rey en virtud del Espíritu que recibiera y la manera espectacular en que destruye a los malvados “con la vara de su boca” y “con el espíritu de sus labios”. Simplemente habla y se cumple su juicio. Aquí el retoño davídico adquiere rasgos proféticos y reales.

Las expectativas mesiánicas de Miqueas

 muestran afinidad con su contemporáneo Isaías (Miq 5:1–5). También él predice el surgimiento de un líder en Israel, pero agrega que su origen es de Belén, la cuna de David (Miq 5:2; comparar 1 Sam 17:12). Miqueas describe a su gobernante como uno que será “engrandecido hasta los fines de la tierra”, un hombre de paz, que apacentará a su rebaño con el poder del Señor (Miq 5:4–5). Esta imagen de pastor, basada sin duda en la vocación de David, volverá a surgir en Ezequiel y en los Salmos de Salomón seudoepigráficos.

Las profecías de Oseas y Amóstambién contienen expectativas reales mesiánicas. 

Ose 3:5 predice que después del juicio de Dios sobre el exilio asirio, “volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey”. Se indica un contexto escatológico en que esto ocurrirá “en el fin de los días”. De manera semejante Amós afirma que aunque la nación será asolada en el juicio, Jehová promete “más no destruiré del todo la casa de Jacob” (Amós 9:8). Después del juicio y la dispersión, tendrá lugar la renovación: “En aquel día yo levantaré el tabernáculo … para que ellos … posean el resto de Edom, y a todas las naciones” (Amós 9:11). La última cláusula se traduce en la Septuaginta como “para que el remanente del pueblo y todas las naciones que llevan mi nombre me busquen”. Se hará referencia a este texto en el concilio de Jerusalén en Hech 15:15–18, donde Santiago lo utiliza para justificar la proclamación del evangelio a los gentiles.

Profecías sobre el exilio y la restauración: 

Jeremías y Ezequiel. En el período previo y durante el exilio de Babilonia, Jeremías y Ezequiel afirman que Dios levantará un “retoño” de David o un nuevo “David” que reinará sobre un reino restaurado y unido. A pesar de que predice el juicio de Dios sobre Jerusalén, Jeremías afirma la fidelidad de Yavé a las promesas de su pacto, incluyendo sus promesas a David. Aunque el pacto davídico es superado por la promesa de un nuevo pacto (Jer 31:31–40), el cual es una extensión más que un reemplazo de los anteriores, y Dios sigue siendo fiel a sus promesas a David y a su simiente para siempre. En Jer 23:5–6 Yavé declara que vendrán días “en que levantaré a David renuevo justo, y reinará … y hará juicio y justicia … y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra”.
Ezequiel, el profeta sacerdotal y contemporáneo más joven que Jeremías, continúa afirmando la tradición de la promesa davídica a la vez que pone mayor énfasis en la restauración del templo. Ezequiel se refiere explícitamente a la venida futura de “David” (Eze 34:23–24; 37:24–25). El contexto es la renovación y la restauración. Yavé reunirá a su pueblo y los reestablecerá en la tierra. Los purificará y recibirán un nuevo corazón y un nuevo espíritu. Se unirán nuevamente como una sola nación y vivirán en paz y prosperidad. Yavé habitará en medio de ellos como su Dios; y ellos serán su pueblo. Yavé pondrá sobre ellos un rey y un pastor, “mi siervo David”, quien los apacentará y será su rey para siempre.

El Mesías en los profetas posexílicos. 

El regreso de los exiliados por decreto de Ciro y el subsiguiente nombramiento de Zorobabel, nieto del rey Joaquín como gobernador de Judá despertó las esperanzas en que Dios estaba a punto de cumplir las promesas de su pacto con David. Tanto Zacarías como Hageo vieron a Zorobabel como el heredero davídico designado por Yavé para reconstruir el templo (Hag 2:22–23; Zac 6:9–14). Las profecías de Zacarías también reúnen las figuras mesiánicas de rey y sacerdote. En Zac 6:9–14, se le dice al profeta que haga una corona y la coloque sobre el sumo sacerdote Josué, diciendo “He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de Jehová. Él edificará el templo de Jehová, y él llevará su gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado; y consejo de paz habrá entre ambos” (Zac 6:12–13).
El “renuevo” o “brote” aquí es una alusión al “renuevo justo” de Jer 23:5–6, el rey davídico venidero. Algunos intérpretes ven esto como la introducción de las dos figuras mesiánicas—la real y la sacerdotal—una idea que se desarrollará en los Rollos del mar Muerto. Otros consideran que ambos oficios emergen de una única figura, como ocurre con el testimonio cristiano primitivo de Jesús como sacerdote y rey.
Las expectativas de un rey mesiánico aparecen también en Zacarías, donde a la hija de Jerusalén/Sión se le dice que se regocije por la venida de su rey: “He aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zac 9:9–10).
El asno es a la vez un símbolo de realeza (Gén 49:11; 1 Rey 1:38) y una señal de humildad. Como rey ideal, el Mesías venidero recibe dominio universal “de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra” (Zac 9:10; comparar Sal 72:8; 89:26). Será un hombre de paz, quien dependerá totalmente de la gracia y el poder de Yavé para su gobierno.

El Mesías en el judaísmo del segundo templo

Las esperanzas mesiánicas se desvanecen (tercer a segundo siglo a.C.). Debido a que Zorobabel no estuvo a la altura de las expectativas mesiánicas y a que el dominio sobre Palestina continuaba—primero por los persas y luego por los griegos—las expectativas y la esperanza escatológicas del Mesías davídico parecen haber disminuido. Aunque no se habían olvidado las promesas davídicas, se las ubicaba en el pasado y en un futuro escatológico distante. Sirac (ca. 180 a.C.), aunque confirma la naturaleza eterna del pacto davídico (Eclo 45:23–26), no muestra interés en su cumplimiento por medio de un Mesías individual.
Una falta de interés similar se observa en 1 Macabeos, esta vez motivada por las aspiraciones asmoneas a la autoridad real. Una de las pocas referencias al pacto davídico aparece en las últimas palabras de Matatías, que dice: “David, por su misericordia, heredó el trono real para siempre” (1 Mac 2:57). Al igual que Sirac, el autor confirma la esperanza tradicional de la duración eterna de la línea de David, pero le asigna su restauración a un futuro escatológico. Para el momento presente, los asmoneos son los agentes de la salvación de Dios y gobernar es su derecho divino (comparar 1 Mac 4:46; 14:41).

Expectativas mesiánicas renovadas en el primer siglo a.C. La corrupción y finalmente el colapso de la dinastía asmonea, y el siguiente dominio de Palestina por parte de Roma, renovaron las esperanzas en un rey davídico que derrotaría a los enemigos de Israel y restauraría las antiguas glorias de la nación. Los Salmos de Salomón, una colección posiblemente compuesta en los círculos fariseicos en la segunda mitad del primer siglo a.C., representa la expresión más fuerte de esta esperanza en el período del Segundo Templo. Los Salmos se escribieron desde la perspectiva de un grupo de pietistas judíos, que claman contra ciertos “pecadores” (=los reyes-sacerdotes asmoneos) quienes habían usurpado arrogantemente el trono de David (Salmos Sol. 17:5–6, 22), profanado el templo y que superaban incluso a los gentiles en sus pecados (Salmos Sol. 1:6–8; 2:3–5; 8:8–13; 17:7–9, 19–20). Como resultado de ello, Dios envió a un conquistador extranjero, “un hombre ajeno a nuestra raza” (Salmos Sol. 17:8)—probablemente el general romano Pompeyo en el año 63 a.C.—quien derrotó a la ciudad, mató y expulsó a sus habitantes, y asoló la tierra (Salmos Sol. 2:6–8; 7:2; 8:14–22; 17:11–20).
En respuesta a esta gran profanación, el salmista clama a Dios para que levante un rey, el “hijo de David” (el primer uso de ese título en el judaísmo del segundo templo) para que gobierne sobre ellos (Salmos Sol. 17:21). El papel del Mesías será “quebrantar a los príncipes injustos” (Salmos Sol. 17:22, 23, 36; Núm 24:17), aniquilar a las naciones impías y expulsar a los pecadores de Jerusalén (Salmos Sol. 17:22–45). Como el rey-guerrero davídico del Sal 2, quebrará el orgullo del pecador como vaso de alfarero, y machacará con vara de hierro todo su ser (17:23–24; Sal 2:9; comparar Isa 11:4; (Sal 89:24; 110:5–6). Aquí vemos la epítome del rey guerrero mesiánico quien derrocará a los enemigos de Israel y le devolverá a la nación las glorias del reino unido bajo el gobierno de David.
Aunque es una figura humana, el rey tiene los atributos divinos de sabiduría, fortaleza y justicia. No tiene pecado (Salmos Sol. 17:36), y condena a los pecadores “por el testimonio de sus corazones” (17:25; comparar Isa 11:3; Luc 1:51), no permitirá que habite en la tierra hombre alguno que cometa maldad (17:27). Aunque grande en poder y autoridad, el rey está subordinado a Yavé y depende de él. El Sal 17 comienza y termina con afirmaciones del reinado eterno de Yavé (Sal 17:1, 46; comparar 17:3) y pone énfasis en que, aunque el Mesías es efectivamente un rey justo, “el Señor mismo es su rey” (17:34). El rey glorifica a Dios (17:30) y recibe su instrucción (17:32; comparar Isa 54:13); su esperanza está en Yavé (17:39).
Los rollos de Qumrán, como los Salmos de Salomón, reflejan una fuerte oposición a los reyes-sacerdotes asmoneos y a los opresores romanos. No obstante, en la comunidad de Qumrán dirigida por sacerdotes, se expresa expectativa por dos figuras ungidas: Una real y una sacerdotal. En 1QS 9:11, se pone la expectativa en tres figuras: Un profeta precursor y dos mesías, es probable que la figura profética se haya tomado de la especulación en relación con “un profeta como Moisés” de Deut 18:15 o tal vez de la expectativa del retorno de Elías que se ve en Mal 3:1; 4:6. Ambas figuras eran importantes para los primeros cristianos, el primero en relación con Jesús (Hech 3:22; 7:37) y el segundo vinculado con Juan el Bautista (Mar 1:2; Mat 17:10–11; Luc 1:17). El “Mesías de Aarón” de Qumrán es un sumo sacerdote del fin de los tiempos, mientras que el “Mesías de Israel” es un príncipe laico de linaje real davídico. Este equilibrio procurado por los sectarios fue el resultado, por un lado, de los pecados y las fallas de los reyes davídicos y por el otro de la usurpación y el abuso del poder real por parte de los asmoneos.
La expectativa mesiánica también aparece en la literatura apocalíptica del judaísmo del segundo templo. 1 Enoc es un obra compuesta que representa varios períodos y autores (segundo siglo a.C. a primer siglo d.C.). Una figura mesiánica identificada como “hijo de hombre” aparece repetidamente en Similitudes de 1 Enoc (capítulos 37–71). Construida sobre la figura de Dan 7—donde uno “como hijo de hombre” viene en las nubes, al cual se presenta ante el “Anciano de días” para recibir la gloria, el dominio y el reino eterno; el hijo de hombre de Enoc se describe como ser celestial preexistente. Fue llamado, nombrado y escondido en la presencia del Señor de los espíritus desde antes de la creación del mundo para ser revelado finalmente a los santos y elegidos (48:4, 7; 62:6–7). Aunque Dan 7 arma el marco para la descripción del libertador mesiánico, el autor toma figuras de los textos reales mesiánicos (especialmente Isa 11; Sal 2), así como de aquellos vinculados con el siervo de Isaías (Isa 42; 49). Si 1 Enoc representa tradiciones precristianas, contendría la indicación más clara de las expectativas precristianas de una figura mesiánica conocida como el Hijo de Hombre.
Otras obras apocalípticas—especialmente Cuarto Esdras y 2 Baruc—proveen evidencia de las expectativas mesiánicas del primer siglo. El libro Cuarto de Esdras presenta al Mesías como un rey davídico designado por Dios para juzgar y destruir al imperio romano y a las naciones impías, y para reunir y liberar a su pueblo (2 Esdr 7:28–29; 11:37–12:1; 12:31–34; 13:3–13; 13:25–52; 14:9). En 2 Baruc, el Mesías aparece después de un período de gran confusión, conflicto y destrucción (29.2–3; 71.1–72.3); destruirán a las huestes del “cuarto” reino (Roma) y llevarán a su último gobernante al monte Sion para que el Mesías lo juzgue y lo ejecute (39:1–40:3). El Mesías reunirá a las naciones, entregando a la espada aquellas que hayan oprimido a Israel, y salvando a las que no lo hayan hecho (72:2–6). Luego se sentará en paz eterna en el trono de su reino (capítulos 73–74; comparar 29:5–8; 40:2–3).

El Mesías en los escritos rabínicos.

 La literatura rabínica judía de los siglos tercero a quinto d.C. da muestra de fuertes expectativas en relación con el Mesías venidero (Targum, Midrashim, Talmud). El Mesías se describía como un descendiente de David que sería el agente de Dios para la liberación. Provisto del poder y del Espíritu de Dios, destruirá a los enemigos de Israel, reunirá a los judíos dispersos y los unirá en una sola nación. Jerusalén y el templo serán reconstruidos y las fronteras de Israel se expandirán. La nación será la joya y la envidia del mundo. Los gentiles correrán a Israel para ver la gloria de Dios.
Aunque estos escritos rabínicos coinciden en general con las expectativas del segundo templo, surge un problema por la escasez de citas sobre el Mesías en materiales rabínicos anteriores, del primer y segundo siglos d.C. Por ejemplo no hay dichos acerca del Mesías atribuidos a rabinos antes de la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. De manera semejante, la Misná—la evidencia más antigua de enseñanza rabínica posterior a la destrucción (ca. 200 d.C.)—se refiere al Mesías sólo rara vez e incidentalmente, en frases hechas como por ejemplo “el día del Mesías” (m. Ber. 1.5) y “las huellas del Mesías” (m. Sota 9.15). El historiador judío Josefo, quien escribió a fines del primer siglo d.C., nunca menciona al Mesías (salvo por las dos referencias a Jesús; Ant. 18.3.3 §63; 20.9.1 §197, como título que le dieron sus seguidores), aunque sí describe una variedad de falsos profetas y líderes carismáticos que dirigieron revueltas populares contra los romanos.
La mejor explicación para esta aparente indiferencia de los rabinos de los siglos primero y segundo puede ser la devastación causada por dos guerras desastrosas contra Roma. La primera terminó con la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C., y la segunda—la revuelta de Bar Kojba en el 132–35 d.C.—provocó la paganización de Jerusalén y prácticamente la erradicación del judaísmo. Cuando las esperanzas de una independencia nacional y del restablecimiento del templo quedaron aplastadas, muchos rabinos rechazaron las expectativas mesiánicas y se volcaron exclusivamente al estudio de la Torá como la meta suprema de la vida religiosa. Dejaron mayormente de lado la especulación mesiánica y escatológica; por lo menos en los círculos que produjeron la Misná. La aversión de Josefo a la idea surgió también por su visión antizelote y prorromana. Desde su perspectiva, era un fervor mesiánico falso lo que había causado la destrucción de la nación.
No obstante, en una etapa siguiente, cuando Israel comenzó a narrar nuevamente su historia y a buscar la salvación final de Dios, las tradiciones del segundo templo relacionadas con el Mesías se recuperaron y se adaptaron a una nueva Sitz im Leben. Este escenario explica la fuerte continuidad de los temas mesiánicos entre el judaísmo del segundo templo y los rabinos talmúdicos.

Conclusión: 

Unidad y diversidad en las expectativas mesiánicas del primer siglo. Aunque se consideraba que el “judaísmo” era una entidad monolítica con un conjunto común de creencias, y que todos los judíos del primer siglo esperaban “al Mesías”, la investigación reciente se ha centrado en la diversidad de expectativas escatológicas en el judaísmo del segundo templo. Aunque esto es cierto, si se lleva al extremo este énfasis en la diversidad se niega tal cosa como “la idea mesiánica” en el judaísmo del primer siglo, y se afirma que los primeros cristianos crearon la idea del Mesías como forma de explicar la identidad de Jesús. Por el contrario, si no se niega la diversidad en las creencias y expectativas entre los judíos del primer siglo, la evidencia anterior indica una fuerte y extendida expectativa de un rey venidero de la línea de David: El Mesías.

El Mesías en el Nuevo Testamento

Jesús el Mesías.

 La pregunta más apremiante en relación con el Jesús histórico es si Jesús se consideraba a sí mismo el Mesías. En los Evangelios, Jesús prácticamente nunca reclama explícitamente el título, y con frecuencia hace callar a quienes lo identifican como tal (Mar 1:34; 3:11–12). William Wrede trató a este llamado “secreto mesiánico” como la evidencia de que Jesús no se identificaba a sí mismo con el Mesías y afirmó que el motivo del secreto fue una idea de Marcos para ocultar la vida básicamente no mesiánica de Jesús (Das Messiasgeheimnis in den Evangelien, 1901). Los únicos dos pasajes sinópticos donde Jesús acepta el título están en debate. En la versión de Marcos de la confesión de Pedro, Jesús no responde a la afirmación de Pedro “tú eres el Mesías” en lugar de eso hace referencia al sufrimiento del “Hijo del Hombre” (Mar 14:62). De manera similar, cuando el sumo sacerdote le pregunta en el juicio, “Dinos si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (DHH), Jesús responde en Mateo con el enigmático “Tú lo has dicho” (Mat 26:64).
Por otra parte, hay evidencias de que Jesús se identifica a sí mismo con el Mesías. Las más significativas son sus afirmaciones de autoridad extraordinaria como el inaugurador del reino de Dios (Mar 1:15; Mat 12:28), sobre los demonios y las enfermedades, sobre la ley y el sabat (Mat 5:21–48; Mar 2:23–28; 3:1–6), para perdonar los pecados (Mar 2:1–12), y como el juez final de todos los pueblos (Mar 8:35–38). El pedido de Santiago y Juan de ocupar lugares prominentes en el reino (Mar 10:35–37) indica que habían expectativas mesiánicas entre los discípulos (comparar Hech 1:6) y la respuesta de Jesús implica que efectivamente se sentaría en el trono mesiánico (10:40).

Muchas de las acciones de Jesús también son implícitamente mesiánicas:

1. El llamado a los 12 apóstoles, como reconstitución del remanente de Israel (Mar 3:13–19).
2. entrar en Jerusalén montado en un asno en cumplimiento de la profecía mesiánica de Zac 9:9 (Mar 11:1–10).
3. Limpiar el templo de vendedores y cambistas en un acto implícito de juicio (Mar 11:11–17).

Las acusaciones que llevaron a la crucifixión de Jesús también implicaron sus afirmaciones mesiánicas. Durante el juicio, con seguridad le habrían preguntado a Jesús sobre sus motivos y acciones. Si hubiera negado la autoridad mesiánica, es poco probable que lo hubieran condenado a muerte o entregado a la autoridad romana. En realidad, hay buena evidencia de que crucificaron a Jesús justamente por sus pretensiones mesiánicas. El letrero en la cruz anunciaba el cargo contra Jesús como “rey de los judíos” (Mar 15:26). Es prácticamente seguro que el letrero es histórico, más que inventado por la iglesia primitiva, debido a que “rey” no era un título que Jesús utilizaba para sí mismo, ni la iglesia primitiva lo adoptó como título mesiánico. Otros detalles incidentales en la escena de la crucifixión tales como la corona de espinas, el manto púrpura y la situación donde los soldados se burlan de Jesús como “rey” refuerzan esta afirmación de que a Jesús lo ejecutaron como “rey de los judíos”, y que el cargo en su contra se basó en afirmaciones mesiánicas.
La preferencia de Jesús por el título de “Hijo de Hombre” (comparar Dan 7:13–14) y su reticencia a identificarse explícitamente como el Mesías probablemente se debieron a las connotaciones políticas y militares del título en el judaísmo del primer siglo. Jesús evitaba el título porque no comunicaba adecuadamente el papel sufriente del Mesías. En su primer advenimiento, Jesús no había venido para derrotar a las legiones romanas sino para establecer el reino de Dios ofreciéndose a sí mismo como rescate por el pecado.

El Mesías en los cuatro Evangelios y en Hechos. 

En los Evangelios y en Hechos christos generalmente se usa como título (“el Mesías”) más que como segundo nombre (“Jesús Cristo”). Mateo, por ejemplo, registra la genealogía desde Abraham hasta la venida del Mesías (Mat 1:17–18). Simeón anhela ver al “Ungido del Señor” antes de morir (Luc 2:26), y los ángeles les anuncian a los pastores que el Mesías ha nacido en Belén (Luc 2:11). El pueblo espera ansiosamente al Mesías y se pregunta si Juan no lo será (Luc 3:15). Los demonios gritaban al reconocer a Jesús “porque sabían que él era el Mesías” (4:41 DHH). Pedro confiesa “tú eres el Mesías” (Mar 8:29 DHH) y durante su juicio la acusación era que había afirmado ser el Mesías (Mat 26:63, 68; 27:17; Mar 14:61; Luc 22:67). En la predicación apostólica en Hechos, la identidad mesiánica de Jesús tiene un papel protagónico (Hech 2:31; 5:42; 17:3; 26:23).
Otra característica de los Evangelios sinópticos es el uso de “Hijo de Dios” como título mesiánico. Mientras que en muchos contextos del Nuevo Testamento, la condición divina de Hijo que tiene Jesús es primeramente ontológica, expresa su deidad esencial, en otros es principalmente mesiánica. Esta última se relaciona con la tradición de la promesa davídica, la cual dice que el rey venidero de la línea de David tiene una relación única de padre-hijo con Dios (2 Sam 7:14; Sal 2:7; 89:27–28). El ángel Gabriel conecta la identificación de Jesús como “Hijo del Altísimo” con su recepción del trono de David (Luc 1:32). Cuando los demonios ven a Jesús, exclaman “tú eres el hijo de Dios” porque “sabían que él era el Mesías” (Luc 4:41). Pedro confiesa que Jesús es el “Mesías, el Hijo de Dios” (Mat 16:16 DHH) y el sumo sacerdote interroga a Jesús preguntándole “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Dios bendito?” (Mar 14:61 DHH). En estos contextos, “Hijo de Dios” es prácticamente sinónimo de “Mesías”.

Jesús como el Mesías en los Evangelios y en Hechos. 

Aunque los cuatro Evangelios comparten temas comunes relacionados con Jesús como el Mesías, cada uno tiene su propio énfasis.

El Evangelio de Mateo. 

Mateo destaca la identidad de Jesús como el Mesías davídico real, introduciendo su evangelio con una genealogía que identifica a Jesús como “hijo de Abraham” e “hijo de David” (1:1). Sus “fórmulas de cumplimiento” destacan repetidamente que Jesús es el cumplimiento de las Escrituras hebreas (Mat 1:22–23; 4:14–16; 8:17; 13:35). “Hijo de David” se convierte en el título mesiánico preferido de Mateo, aparece 10 veces. En cumplimiento de Miq 5:2, Jesús nace en Belén de un descendiente de David y es el heredero del trono davídico (1:20; 2:1).

El Evangelio de Marcos. 

La presentación mesiánica de Marcos pone mayor énfasis en el papel sufriente del Mesías. Aunque Marcos no evita el título—su primera línea identifica su escrito como “principio de la buena noticia de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios” (DHH)—se esfuerza en mostrar que el Mesías es el “Hijo del Hombre que no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos” (10:45). La estructura de Marcos manifiesta ese énfasis. La primera mitad del Evangelio de Marcos demuestra la autoridad asombrosa de Jesús como Mesías y como Hijo de Dios. Se llega a la culminación en 8:27–30, cuando Pedro confiesa “Tú eres el Mesías” (DHH). Desde ese punto en adelante, Jesús comienza a enseñar que el papel del Mesías es sufrir y morir como rescate por el pecado (8:32–33; 9:30–31; 10:32–34, 45). Se hace un llamado a los seguidores de Jesús a que sigan el camino del sufrimiento del Mesías, a que tomen sus propias cruces y a que lo sigan (8:34).

El Evangelio de Lucas.

 En el Evangelio de Lucas, el papel de Jesús como Mesías se relaciona con el propósito de Lucas a lo largo de Lucas-Hechos de mostrar que el mensaje fundado en las Escrituras hebreas es una buena noticia para toda la gente. El relato del nacimiento de Jesús en Lucas, como en Mateo, confirma que Jesús es el “Ungido del Señor” (2:26), el Mesías que vino a cumplir las promesas hechas a David (1:32–35). Pero esto es mucho más que un mensaje de nacionalismo judío. Para Lucas siempre había sido parte del plan de Dios que el Mesías fuera una “Luz para revelación a los gentiles” (Luc 2:32; Hech 13:47; Isa 42:6; 49:6) y que ese mensaje de salvación saldría de Jerusalén hasta lo último de la tierra (Hech 1:8).
Otras características “mesiánicas” están en línea con el retrato mesiánico real que hace Lucas acerca de Jesús. Lucas pone especial énfasis en el papel de Jesús como profeta del fin de los tiempos. Es el mensajero-profeta Isa 61:1–2 (Luc 4:18–21) y el profeta como Moisés de Deut 18:15 (Hech 3:22–23; 7:37). Como Moisés, habla por Dios y los que lo rechacen serán juzgados; serán “desarraigados” del pueblo de Dios (Hech 3:23).

El Evangelio de Juan. 

La cristología del Evangelio de Juan identifica a Jesús como el logos divino, la autorevelación del Padre que trae vida eterna a todos los que creen (Juan 1:1–18; 3:16; 7:41–43). Pero Juan de ninguna manera niega la identidad mesiánica de Jesús ni sus raíces judías. Curiosamente, Juan es el único escritor de los Evangelios que utiliza la transliteración griega messias de la palabra hebrea mashiach (“Mesías”; 1:41; 4:24). También demuestra conocimiento de las tradiciones judías (Juan 2:6, 23; 6:4; 7:2, 37–39; 10:22; 19:14, 31) y de la geografía de Palestina (Juan 4:3–5; 9:7; 10:23). Aunque el Evangelio de Juan se solía ver como el más griego de los cuatro Evangelios, ahora a veces se lo caracteriza como el más judío, con profundas raíces en el Antiguo Testamento y en el judaísmo. Para Juan, Jesús es el Mesías judío, el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. Pero Jesús también es el Hijo divino que vino para revelar al Padre y traer gracia y verdad a un mundo perdido.

El libro de los Hechos.

 En Hechos, el cumplimiento de las promesas mesiánicas en Jesús es central para la predicación apostólica (Hech 2:14–39; 4:4, 8–12; 13:16–47). En el sermón de Pentecostés, Pedro identifica la muerte, la resurrección y el ascenso de Jesús a la diestra de Dios como una entronización davídica y el cumplimiento del pacto davídico. Pedro les dice a los judíos de Jerusalén que en cumplimiento del Sal 110:1–2, “a este mismo Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías” (Hech 2:36 DHH). La recepción y el derramamiento del Espíritu por parte de Jesús cumple Joel 2:28–32 y marca la inauguración del fin de los tiempos (2:17), cuando el mensaje de salvación saldrá de Jerusalén hasta lo último de la tierra.

El Mesías en Pablo. 

Mientras que los Evangelios y los Hechos generalmente tratan a christos como un título, Pablo lo trata casi siempre como nombre. Esto posiblemente se deba a la composición predominantemente gentil de las iglesias paulinas, para quienes “Mesías” no era una designación común. La teología de Pablo está profundamente impregnada del judaísmo y de las promesas de un Mesías. Al comienzo de la carta a los Romanos, Pablo cita lo que probablemente era un primitivo himno cristiano cuando dice que en la vida terrenal, Jesús era “del linaje de David” cuya venida había sido “prometida antes por sus profetas en las santas Escrituras” (Rom 1:3–4; comparar Rom 9:5; 2 Tim 2:8). Sin embargo, el énfasis da un giro hacia el envío del Hijo preexistente. Aunque la ascendencia davídica todavía sirve para legitimar la condición mesiánica de Jesús, también caracteriza la humilde encarnación del Hijo preexistente (Gál 4:4; Rom 8:3; Fil 2:7). Como Mesías judío, Jesús es también el segundo Adán e Hijo de Dios, cuya muerte en la cruz y resurrección revirtió el resultado de la caída, trajo justificación a todos los que creen, e inauguró la resurrección de los muertos. El mensaje que vino “a los judíos primeramente” es ahora salvación para todo el mundo (Rom 1:16–17).

El Mesías en Hebreos.

Como Pablo, el autor de Hebreos da por sentada la ascendencia davídica y la identidad mesiánica de Jesús, pero no hace énfasis en ello. Su preocupación principal es la condición de Hijo eterno y sumo sacerdote escatológico de Jesús. Heb 1:5 y 5:5 citan las profecías mesiánicas fundacionales de 2 Sam 7:14 y del Sal 2:7 para demostrar la condición elevada del Hijo de Dios preexistente, sobre los ángeles. Sólo secundariamente y tal vez por conjetura, estos textos confirman que Jesús ha cumplido las promesas hechas a David. La ascendencia davídica de Jesús puede estar implícita en la referencia que desciende de Judá (Heb 7:14; comparar Gén 49:10). Pero este punto se señala para demostrar el sacerdocio no levítico de Jesús “según el orden de Melquisedec” (Heb 5:6, 10; 6:20; 7:11, 17), no para afirmar su legítimo derecho al trono de David. A medida que el autor anima a sus lectores a dejar atrás el viejo pacto como mera sombra de las cosas celestiales (10:1; 8:5; 9:23), también va más allá de la descripción tradicional del Mesías davídico a favor de una cristología que exalta al Hijo eterno y preexistente.

El Mesías en Apocalipsis. 

En Apocalipsis, el mesianismo davídico vuelve a tener prominencia en la medida en que se identifica a Jesús como “el León de la tribu de Judá”, “la raíz de David”, “la estrella resplandeciente de la mañana” (Apoc 5:5; 22:16; comparar 3:7), haciendo eco de las promesas mesiánicas de Gén 49:8–10; Isa 11:1–10; y Núm 24:17. Aquí el autor no evita las figuras mesiánicas tradicionales, ya que el libro revela la gloriosa venida del Mesías para juzgar y salvar. Aquel que viene con ojos como llama de fuego y una espada de dos filos en la boca (Apoc 1:13–16; 19:12–14) concuerda bien con las figuras tradicionales del Mesías conquistador. Herirá la tierra con la “vara de su boca” y matará a los impíos con “el espíritu de sus labios”, para establecer la justicia eterna de Dios (Isa 11:4; comparar Sal 2:9).

 

Newsletter

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *