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FIDELIDAD EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN: 5 FRASES

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FIDELIDAD EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN: 5 FRASES

FIDELIDAD EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN

Hebreos 10:32-34

Fundamentalmente, el interés que los lectores tienen en el evangelio queda reflejado en que han sufrido mucho a raíz de la persecución. El autor describe su fidelidad mediante cinco frases

Sostuvisteis gran combate de padecimientos (v. 32)

El combate en cuestión no es una batalla militar, sino una lucha deportiva. Quiero decir que la palabra empleada en el texto griego es athlesin, de donde procede nuestro atletismo, y que el autor está comparando a sus lectores, no con soldados, sino con atletas.
Han luchado fielmente. ¿Contra quiénes? Aquí los comentaristas dan diferentes interpretaciones, especialmente en relación con la palabra padecimientos. Para algunos, los padecimientos son las heridas y lesiones producidas como consecuencia de la lucha. Otros entienden que los padecimientos son los enemigos contra los cuales los creyentes han luchado. Es decir, el maligno había enviado los padecimientos a ver si por medio de ellos podía neutralizar su testimonio. Sea como fuere, el maligno no se ha salido con la suya, porque los creyentes han superado la prueba, han sostenido el combate y se han mantenido fieles hasta vencer.
¿Y en qué ha consistido el combate? Para saberlo, debemos proceder a la segunda frase…

Por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo (v. 33)

Al decir por una parte –en contraste con la otra «parte» de la segunda mitad de este versículo–, el autor da a entender que se está dirigiendo a un sector de la iglesia: algunos de vosotros fuisteis hechos espectáculo; otros de vosotros os identificasteis con aquellos que estaban sufriendo esta persecución.
¡Fuisteis hechos espectáculo! Theatrizomenoi es la palabra en griego. Obviamente, tiene que ver con el teatro. Los lectores se habían encontrado como actores haciendo el ridículo ante el gran público, pasando momentos de vergüenza y desprecio, sintiéndose objeto de las burlas de los demás. La misma palabra, sin embargo, también puede referirse a los espectáculos de lucha que se realizaban en las arenas de la antigüedad. Era allí donde el sadismo de los romanos recibía su satisfacción, en los combates de gladiadores entre sí o contra bestias. Allí la gente era expuesta al sufrimiento, y la multitud recibía placer viendo el sufrimiento ajeno.
Algo parecido ha ocurrido con los lectores. Quizás todavía no habían tenido que sufrir, literalmente, en la arena. Pero habían sido objeto de la crueldad humana, crueldad que no sólo consistía en el maltrato, sino en la burla y el oprobio.
El autor utiliza aquí tres palabras fuertes. Vituperios es una palabra que nos habla de insultos hirientes o acusaciones falsas. En cambio, tribulaciones nos habla de actos violentos e injustos, ya sean de tipo material o físico. Se puede tratar de una multa, de un encarcelamiento o de una tortura. Los vituperios son abusos morales, expresados en palabras; las tribulaciones son abusos materiales o físicos, expresados en hechos concretos. Los lectores han sufrido de las dos maneras. Pero en cualquier caso, sufrieron de una manera pública, en la cual tuvieron que conocer la humillación de ser puestos en ridículo delante de sus vecinos. Éste es el sentido de la tercera palabra, espectáculo. Tuvieron que afrontar la vergüenza de una reputación dañada y una dignidad vulnerada. Esto último es lo que más nos cuesta a algunos. Ser puestos en ridículo, ser objetos de burla y desprecio.
Todo esto fue la suerte frecuente de los creyentes, tanto judíos como gentiles, a lo largo del primer siglo. El historiador clásico, Tácito, que, desde luego, no puede ser acusado de ser simpatizante del evangelio, describió el sufrimiento de los cristianos de Roma, bajo Nerón, con estas palabras:

Su muerte fue cuestión de deporte. Se les cubría con pieles de animales salvajes y se les hacía despedazar como perros. O se les ataba a cruces y se les prendía fuego para que sirvieran de antorcha durante la noche cuando la luz del día se desvanecía.

FIDELIDAD EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN

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No sólo se trataba de martirios especialmente crueles, sino de actos realizados en público, para el disfrute sádico del populacho. ¡Todo un espectáculo!
Algunos comentaristas suponen que éste no puede haber sido aún el caso de nuestros lectores, porque en el 12:4, el autor dice: Aún no habéis resistido hasta la muerte, combatiendo contra el pecado. No suscribo este argumento, porque pienso que el autor podría dirigir estas palabras a los creyentes que quedan, aun en el caso de que otros ya hubiesen sufrido el martirio. Pero, aun admitiendo el criterio de estos comentaristas y suponiendo que la Iglesia todavía no había tenido que afrontar el extremo del martirio, lo que los creyentes habían sufrido por la causa de Cristo era muy grande.

Por otra [parte], llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante (v. 33)

La tercera frase se refiere al sector de la Iglesia que no conoció directamente la persecución, pero que se identificó con los que la sufrían. Su solidaridad constituye un elocuente testimonio de la firmeza del compromiso que aquellos creyentes tuvieron al principio de su vida cristiana. Porque una cosa es que la policía llame a tu puerta a las cuatro de la madrugada y te lleve, lo quieras o no, a la cárcel. Otra es que a la mañana siguiente te avisen de que la policía se ha llevado a tus hermanos y tú, voluntariamente, vayas a la comisaría a ver si puedes ayudarles, sabiendo que así te expones al riesgo de sufrir la misma suerte.
Quien se solidariza con sus hermanos de esta manera demuestra una valentía extraordinaria. En contraste, recordemos las conmovedoras palabras con que el apóstol Pablo pide solidaridad a su amigo Timoteo y denuncia la falta de ella en otros compañeros:

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones del evangelio según el poder de Dios … Ya sabes esto, que me abandonaron todos los que están en Asia, de los cuales son Figelo y Hermógenes … En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta (2 Timoteo 1:8, 15; 4:6).

En contraste con la amarga experiencia del apóstol, el comportamiento de los lectores de Hebreos destaca por su valentía y solidaridad. Ellos no se habían avergonzado de los que padecían persecución, sino que habían corrido el riesgo de identificarse con ellos. Como consecuencia –dice el autor– llegaron a ser sus compañeros. Por supuesto, en cierto sentido ya lo eran desde antes; pero la palabra traducida por compañeros tiene que ver con koinonia, es decir, con la comunión cristiana, con la disposición de compartir las situaciones de los otros, en momentos de bien y de mal, para la edificación de todos. Por medió de la solidaridad en el sufrimiento, habían llegado a disfrutar de una comunión especialmente intensa con los que sufrían.
Los que hayáis vivido la persecución de las iglesias evangélicas en nuestro país, sabréis que esto es cierto. Nunca se ha vivido una comunión más intensa que en aquellos días de zozobra y aprensión, cuando los hermanos nunca sabían lo que iba a suceder y cómo iban a comportarse las autoridades civiles. Entonces había una hermosa solidaridad entre los creyentes. En cambio, al desaparecer las amenazas de fuera, desgraciadamente empiezan a asomar los conflictos y desacuerdos internos. Mientras existe la presión exterior, nos olvidamos de las cosas pequeñas que nos dividen y nos solidarizamos los unos con los otros en las cosas grandes que nos unen.

Porque de los presos también os compadecisteis (v. 34)

Ahora nos enteramos de que una de las maneras en las que los creyentes habían sufrido durante el período de persecución fue estando prisioneros. Y sus hermanos en la fe los habían visitado en la cárcel. Tuvieron compasión de ellos y así les manifestaron su compañerismo cristiano.
En aquel entonces, las autoridades civiles no hacían provisión para los presos. Quien era echado en la cárcel, allí se pudría hasta la muerte, a no ser que algún pariente o amigo le llevara comida y ropa y atendiera a sus necesidades. Por lo tanto, la solidaridad de los hermanos en la fe no solamente era aconsejable, sino, en algunos casos, absolutamente necesaria. Por esto mismo, el Nuevo Testamento destaca la necesidad de atender a los presos: no porque los autores bíblicos tuvieran un especial interés en la evangelización en las cárceles, sino porque los presos de conciencia tenían una necesidad imperiosa de la ayuda de sus hermanos en la fe. Por esto mismo, leeremos más adelante:

Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo (13:3).

La referencia es primordialmente a los presos cristianos, a los hermanos en la fe que están en la cárcel a causa de su fidelidad al evangelio.
En el pasado, pues, los lectores habían cumplido fielmente con este mandato. No había sido cuestión sólo de tener a los presos en su pensamientos, ni de orar por ellos, ni de ofrecerles palabras de consuelo, sino de llevarles lo que necesitaban. Así se había manifestado su compasión.
Al hacerlo, habían dado evidencias de compartir el mismo espíritu del Señor Jesucristo. Porque, ¿qué se nos dice acerca de él? En el 4:15 hemos leído que no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades. Él se ha compadecido de nosotros. Y, por supuesto, su compasión no ha sido solamente cuestión de palabras o sentimientos, sino que él nos ha visitado en la cárcel de nuestra miseria humana y ha atendido a nuestra necesidad. Los que han visitado a sus hermanos en la prisión, por tanto, han seguido el ejemplo de la compasión del Señor Jesucristo. Y lo han hecho a riesgo de tener que pagar en su propia carne los mismos sufrimientos que iban a aliviar. Aquí, la palabra compadecer adquiere su pleno significado, porque literalmente significa sufrir juntamente con alguien y es a esto a lo que estaban dispuestos.
Si volvemos por un momento a 2 Timoteo, encontraremos un hermoso ejemplo de la misma compasión en la persona de Onesíforo:

Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino que cuando estuvo en Roma, me buscó solícitamente y me halló (1:16–17).

Pablo estaba encarcelado en un rincón poco accesible de los sótanos de la cárcel imperial de Roma. Pero Onesíforo hizo un esfuerzo sobrehumano a fin de superar los impedimentos burocráticos y físicos, localizar a Pablo y atender a sus necesidades.

Y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo (v. 34)

La última de las cinco frases es quizás la más sorprendente de todas: los creyentes habían sobrellevado la pérdida de sus posesiones por causa del evangelio, no sólo con resignación, sino con gozo.
Algunos comentaristas sugieren que la situación contemplada aquí podría haber sido la persecución que hubo en Roma en el año 49 bajo el emperador Claudio. Fue dirigida en contra de la comunidad judía, y Suetonio, el historiador romano, explica cuál fue su causa: Los judíos caían constantemente en disputas a instigación de Crestus. Muchos historiadores dan por sentado que Suetonio no había entendido bien la situación. Él pensaba que Crestus era un judío residente en Roma que provocaba disturbios, cuando es casi seguro que éstos se debían a la predicación del evangelio de «Cristo» en las sinagogas de Roma.
Sabemos que dos de aquellos que tuvieron que huir de la ciudad, como consecuencia de esta persecución, fueron Priscila y Aquila (Hechos 18:2). Se habían convertido al cristianismo y seguramente estaban involucrados en la controversia con los demás judíos.
No debemos imaginar que esta clase de orden imperial fuera ejecutada siempre con civismo y respeto. Siempre que un sector de la población era desalojado, constituía una invitación abierta a los demás a hacerse con los bienes de los expulsados. Así ocurrió en Alejandría, en el año 36, cuando los judíos fueron echados de ciertos sectores de la ciudad. Filón describe este desalojamiento en estos términos:

Sus enemigos corrieron sobre sus casas, ahora vacías, y comenzaron a asaltarlas, dividiendo los contenidos como botín de guerra.

Todos aquellos que habían sido expulsados de Alejandría en el año 36, como de Roma en el año 49, conocieron el despojo de sus bienes. Salvaron lo que podían llevar encima. Lo demás cayó en manos del populacho. Ésta es la clase de situación que el autor describe aquí. Los lectores habían sido echados de sus casas, con la pérdida de todos sus bienes, por causa de su fe en el Señor Jesucristo.
A esto somos llamados todos nosotros. No necesariamente a sufrir el despojo literal de nuestras posesiones, sino a tener la misma actitud en cuanto a ellas que vemos en estos creyentes hebreos, de manera que, si llega el momento en que tengamos que perderlas, podamos recibirlo con gozo. En otras palabras, el Señor Jesucristo nos pide que tengamos nuestras posesiones, no encerradas en el puño de la mano, sino colocadas sobre la palma abierta, de tal manera que el Señor pueda quitárnoslas en cualquier momento, sin provocar en nosotros otra reacción que la que vemos en Job: Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito (Job 1:21).
Más allá del comportamiento ejemplar de los hebreos, está la enseñanza de Jesucristo:

No os hagáis tesoro en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan (Mateo 6:19).

Quien verdaderamente se hace tesoros en el cielo, ve las posesiones materiales, no como un fin ni como una ambición, sino como un recurso que el Señor le ha dado para que pueda vivir una vida de testimonio, edificación y santidad. Por lo tanto, puede encajar con serenidad el despojo de sus bienes. En realidad, la actitud hacia las posesiones materiales es una de las cosas que más claramente distingue al verdadero creyente de una persona meramente religiosa. En el mejor de los casos, el no-creyente encaja la disminución de su patrimonio con resignación y aguante, pero nunca se gloriará en ella, ni conocerá el gozo del Señor en medio de la prueba. En cambio, esto es lo que dicen el Señor Jesucristo y los apóstoles:

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen4 y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos porque vuestro galardón5 es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros (Mateo 5:11–12).

Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos (Lucas 6:22–23).

Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones (Romanos 5:2–3).

Un ejemplo del gozo cristiano en medio de circunstancias que el incrédulo tendría por penosas, es la experiencia de los apóstoles Juan y Pedro ante el Sanedrín: salieron de la presencia del concilio gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre (Hechos 5:41). Ésta fue también la experiencia de los lectores de Hebreos. Seguramente, como Pablo y Bernabé en Filipos, habían cantado himnos en la cárcel (Hechos 16:25). Habían reaccionado con gozo ante el despojo de sus bienes.

FIDELIDAD EN MEDIO DE LA PERSECUCIÓN

 

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