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EL SERMÓN DE ESTEBAN

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EL SERMÓN DE ESTEBAN

El Ministerio De Esteban

A pesar de las descollantes cualidades de Esteban, su ministerio provocó un feroz antagonismo. No se nos dice por qué, pero se explica que quienes se oponían eran ciertos individuos de la sinagoga llamada de los Libertos. También se menciona a unos judíos de Cirene y de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia (9a).

Los libertos (libertinoi, transliteración griega de un término latino) eran esclavos que habían obtenido su libertad y la de sus descendientes. ¿Pero quiénes eran los judíos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia? Piensan algunos que pertenecían a cuatro sinagogas distintas, y que los libertos conformaban una quinta. Otros piensan que se trataba de dos, tres o cuatro sinagogas. Pero quizá sea mejor entender, con la NVI, que Lucas se refiere a una sola sinagoga (porque la palabra aparece en singular). La BA también lo entiende así, y dice que la sinagoga comprende personas de los cuatro lugares mencionados. Dado que habían sido liberados de la esclavitud, tienen que haber sido judíos extranjeros que se habían trasladado a Jerusalén. Podría ser que entre los de Cilicia estuviera incluido Saulo de Tarso.

La designación de Esteban como uno de los siete, encargado del cuidado de las viudas, no requería que renunciara a la predicación; era precisamente a su mensaje que se oponían estos miembros de la sinagoga.
Primero, con él [es decir con Esteban] se pusieron a discutir (9b). Pero no habían tenido en cuenta el calibre del hombre al que se oponían, porque no podían hacer frente a la sabiduría ni al Espíritu con que hablaba Esteban (10), lo que quizá deba entenderse como ‘la inspirada sabiduría con la que hablaba Esteban’ (NEB). Se trataba del cumplimiento de la promesa de Jesús, que registra Lucas, de que les daría a sus seguidores ‘tal elocuencia y sabiduría para responder’ que sus adversarios no podrían responderles ni contradecirles.2
Segundo, frustrados en los debates abiertos, los adversarios de Esteban iniciaron una campaña de desprestigio en su contra, porque cuando fracasan los argumentos, con frecuencia el lodo ha resultado ser un excelente sustituto. De modo que instigaron a unos hombres (presumiblemente mediante soborno) para que dijeran: ‘Hemos oído a Esteban blasfemar contra Moisés y contra Dios’ (11). De esta manera agitaron al pueblo, a los ancianos y a los maestros de la ley (12a).
Tercero, se apoderaron de Esteban y lo llevaron ante el Consejo (12b), y luego presentaron testigos falsos (13a).

De este modo la oposición, que comenzó con cuestiones teológicas, fue degenerando en calumnias y terminó con violencia. Este mismo orden de los acontecimientos se repite con frecuencia. Al comienzo se da un serio debate teológico. Cuando esto falla, la gente suele comenzar una campaña personal basada en mentiras. Finalmente, recurren a las acciones legales o cuasi legales para intentar librarse de su adversario por la fuerza. Dejemos que otros se valgan de estas armas contra nosotros; ¡no recurramos nosotros a semejantes procedimientos!
Después de esta presentación de Esteban, Lucas se ocupa de aclarar aquello de lo cual lo acusaban (6:13–15), luego sintetiza la defensa que hizo Esteban ante el Consejo (7:1–53), y finalmente describe la sentencia sumaria que se dictó en su contra, en otras palabras, su muerte por apedreamiento (7:54–60).

EL SERMÓN DE ESTEBAN

                                  El sermón de esteban

Esteban Es Acusado | 6:13–15

El rumor que se había hecho circular era que Esteban había blasfemado contra Moisés y contra Dios (11). Ahora ante el sanedrín los testigos falsos ampliaron la acusación: Este hombre no deja de hablar contra este lugar santo y contra la ley (13). Nos detenemos para tomar nota de que se trataba de una doble acusación extremadamente seria. Porque nada era más sagrado para los judíos, y nada más precioso, que su templo y su ley. El templo era el lugar santo, el santuario de la presencia de Dios, y la ley constituía la sagrada escritura, la revelación de la mente y la voluntad de Dios. Por consiguiente, dado que el templo era la casa de Dios y la ley constituía la palabra de Dios, hablar contra cualquiera de ellos equivalía a hablar contra Dios o, en otras palabras, blasfemar.

¿Pero en qué sentido habló Esteban contra el templo y contra la ley? Los falsos testigos explicaron: Le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que nos dejó Moisés (14). Las palabras de Esteban contra el templo y la ley aparecen, entonces, como su enseñanza acerca de lo que Jesús de Nazaret haría con ambos. ¿Pero tenía razón Esteban? ¿Era Jesús un iconoclasta, que había amenazado con destruir el templo y cambiar la ley, privando así a Israel de sus dos posesiones más preciadas e incluso oponiéndose al Dios que los había dado? Por cierto que Jesús había sido acusado de esto, y podemos tener la seguridad de que Esteban se hacía eco fielmente de su enseñanza.
¿Qué fue, entonces, lo que dijo Jesús acerca del templo y la ley? Primero, dijo que remplazaría al templo. “Nosotros le oímos decir: ‘Destruiré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro, no hecho por hombres’ ”. Sus oyentes creyeron que hablaba literalmente, y preguntaron: ‘Tardaron cuarenta y seis años en construir este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días?’4 ‘Pero’, comenta Juan, ‘el templo al que se refería era su propio cuerpo’, tanto su cuerpo de resurrección que fue levantado al tercer día, como también su cuerpo espiritual, la iglesia, que habría de ocupar el lugar del templo material. De modo que Jesús se atrevió a hablar de sí mismo como el nuevo templo de Dios que remplazaría al antiguo. ‘Yo les digo’, declaró, ‘que aquí está uno más grande que el templo.’6 En consecuencia, si bien en el pasado el pueblo se reunía en el templo para encontrarse con Dios, en el futuro el lugar de reunión con Dios sería él mismo.
Segundo, Jesús dijo que él cumpliría la ley. Desde luego que se lo acusó de despreciar la ley, por ejemplo en relación con el sabat. Pero los escribas y los fariseos no habían entendido a Jesús. Lo que él hizo fue contradecir las tergiversaciones de los escribas en cuanto a Moisés, y de este modo arrasar con las tradiciones de los ancianos. Pero nunca fue irrespetuoso para con la ley misma. Por el contrario, dijo: ‘No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos sino a darles cumplimiento.’ En particular, su decisión de dar su vida por nosotros daría cumplimiento a todo el sacerdocio y a todos los sacrificios.
Lo que Jesús enseñó, por lo tanto, fue que el templo y la ley serían remplazados. Con ello no estaba queriendo decir que no hubieran sido dones divinos en primer lugar, sino que por la voluntad de Dios tendrían su cumplimiento en él, el Mesías. Jesús era y es el reemplazante del templo y el cumplimiento de la ley. Más todavía, afirmar que tanto el templo como la ley señalaban hacia él y ahora se cumplen en él, equivale a magnificar la importancia que tienen, y no a denigrarlos.

Hasta donde podemos discernirlo, Esteban estaba enseñando fundamentalmente lo mismo que Jesús había enseñado. Los testigos falsos lo acusaron de decir que Jesús de Nazaret destruiría el templo y cambiaría la ley. Es decir, representaban la obra de Cristo en términos negativos, destructivos. Pero lo que realmente estaba haciendo Esteban era predicar a Cristo, en forma positiva y constructiva, como Aquel en el cual todo lo que el Antiguo Testamento predijo y anunció se cumple, incluidos el templo y la ley.

A esta altura todos los que estaban sentados en el Consejo fijaron la mirada en Esteban y vieron que su rostro se parecía al de un ángel (15). No deja de ser significativo que el Consejo, con la mirada fija en el prisionero en el banquillo de los acusados, hubieran, visto que su rostro resplandecía como el de un ángel, porque esto fue también lo que le ocurrió al rostro de Moisés cuando descendió del monte Sinaí con la ley. ¿Acaso no se trataría del expreso propósito de Dios el que, cuando fue acusado de oponerse a la ley, el rostro de Esteban resplandeciera de la misma manera que el de Moisés cuando recibió la ley? De este modo Dios mostraba que tanto el ministerio de Moisés para con la ley, y la interpretación que de ella hacía Esteban, tenían su aprobación. Por cierto que la bendición de Dios sobre Esteban se manifiesta constantemente. La gracia y el poder de su ministerio (8), su irresistible sabiduría (10) y su rostro resplandeciente (13) eran señales de que el favor de Dios se había posado sobre él.

Esteban Presenta Su Defensa | 7:1–53

Muchos de los que estudian el discurso de Esteban lo han criticado por considerarlo desordenado, pesado e incoherente. Un buen ejemplo es George Bernard Shaw en su prefacio a Androcles and the Lion [Androcles y el león]. Se refiere a Esteban como ‘un joven orador sumamente intolerable’ y ‘un latoso engreído y falto de tacto’, y agrega que ‘pronunció un discurso en el consejo, en el que … los sometió a un tedioso bosquejo de la historia de Israel, con la que presumiblemente estaban tan familiarizados como él’. Otros consideran que a su discurso le falta no sólo interés sino sentido. Dibelius, por ejemplo, escribió sobre ‘la falta de pertinencia de la mayor parte de su discurso’.10 Las valoraciones negativas sobre la capacidad de oratoria de Esteban no son universales, por cierto. William Neil considera que su discurso es ‘una sutil y hábil proclamación del evangelio’.

Es importante tener en cuenta la naturaleza y el propósito del discurso de Esteban. Una vez que le fueron dirigidas esas dos acusaciones tan serias, el sumo sacerdote lo desafió a contestar ante el sanedrín: —¿Son ciertas estas acusaciones? (7:1). Por eso Esteban tuvo que defenderse de ellas, y lo hizo elaborando una apología a favor de su evangelio radical. Lo que hizo no fue simplemente repasar los aspectos salientes del relato del Antiguo Testamento, con los que el sanedrín estaba tan familiarizado como él, sino hacerlo de tal modo que pudiese sacar lecciones que ellos nunca habían aprendido ni siquiera notado. Su preocupación consistía en demostrar que su posición, lejos de ser una ‘blasfemia’ por ser irrespetuosa para con la Palabra de Dios, en realidad la honraba. Porque el propio Antiguo Testamento confirmaba su enseñanza acerca del templo y la ley, especialmente al predecir al Mesías, mientras que al rechazarlo eran ellos quienes se mostraban irrespetuosos para con la ley, no él. Es evidente que la mente de Esteban estaba saturada del Antiguo Testamento, porque su discurso es como un entramado cubierto de alusiones a él.

 El Templo

No era debido a su magnificencia arquitectónica que los judíos atesoraban el templo, sino porque Dios prometió ‘poner su nombre’ allí, y allí encontrarse con su pueblo. Varios salmos dan testimonio del amor de Israel para con el templo. Por ejemplo, ‘Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo.’ Esto estaba bien. Pero muchos llegaron a una conclusión errónea. Concebían a Yahvéh tan completamente identificado con el templo que su existencia material les garantizaba protección a ellos, mientras que su destrucción significaría que los había abandonado. Era contra esta noción que se expresaban los profetas.13 Mucho antes que ellos, como señaló Esteban al Consejo, las grandes figuras del Antiguo Testamento nunca imaginaron que Dios estuviera encerrado en un edificio.
Lo que hizo Esteban fue elegir cuatro épocas principales de la historia de Israel, dominadas por cuatro personalidades destacadas. En primer lugar destacó a Abraham y la era patriarcal (7:2–8); luego a José y el exilio egipcio (9–19); tercero a Moisés, el éxodo y la peregrinación por el desierto (20–44); y finalmente a David y Salomón, y el establecimiento de la monarquía (45–50). El rasgo que relaciona a estas cuatro épocas es que en ninguna de ellas Dios estuvo limitado a algún lugar en particular. Por el contrario, el Dios del Antiguo Testamento era el Dios vivo, un Dios en movimiento y en marcha, que constantemente llevaba a su pueblo hacia nuevas aventuras, y siempre acompañándolos y dirigiéndolos por el camino.

 Abraham | 7:2–8

He aquí la síntesis que hace Esteban de la primera época, la patriarcal, en la que Abraham era la figura clave:

7:2 … El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando éste aún vivía en Mesopotamia, antes de radicarse en Jarán. 3 ‘Deja tu tierra y a tus parientes —le dijo Dios—, y ve a la tierra que yo te mostraré.’
4 ‘Entonces salió de la tierra de los caldeos y se estableció en Jarán. Desde allí, después de la muerte de su padre, Dios lo trasladó a esta tierra donde ustedes viven ahora. 5 No le dio herencia alguna en ella, ni siquiera dónde plantar el pie, pero le prometió dársela en posesión a él y a su descendencia, aunque Abraham no tenía ni un solo hijo todavía. 6 Dios le dijo así: ‘Tus descendientes vivirán como extranjeros en tierra extraña, donde serán esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años. 7 Pero sea cual sea la nación que los esclavice, yo la castigaré, y luego tus descendientes saldrán de esa tierra y me adorarán en este lugar.’ 8 Hizo con Abraham el pacto que tenía por señal la circuncisión. Así, cuando Abraham tuvo a su hijo Isaac, lo circuncidó a los ocho días de nacido, e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.’

No es accidental que Esteban describa a Yahvéh como el Dios de la gloria, porque su gloria es la manifestación de sí mismo, y Esteban está a punto de ofrecer detalles de la forma en que se hizo conocer a Abraham. Se le apareció primeramente cuando … aún vivía en Mesopotamia, en Ur de los caldeos, cuando él y su familia ‘adoraban a otros dioses’.15 Con todo, aun en ese contexto idolátrico, Dios apareció y le habló a Abraham, diciéndole que debía alejarse de su casa y su gente y emigrar a otro país que posteriormente le mostraría. Algunos comentaristas consideran que Esteban cometió un error en esto, porque deducen de Génesis 11:31–12:1 que el mandato de Dios a Abraham le fue dado en Jarán, no en Ur. Pero Génesis 12:1 puede traducirse, ‘El Señor había dicho a Abram’ (como en RVR95), sugiriendo que lo que le dijo en Jarán era en realidad una confirmación de lo que ya le había dicho en Ur. Cierto es que más adelante Dios se había anunciado a Abram como ‘el Señor, que te hice salir de Ur de los caldeos…’, y tanto Josué como Nehemías dan testimonio de esto. De modo que Abram salió de Ur y se estableció en Jarán. Pero de allí Dios lo mandó a iniciar otra etapa de su viaje y lo trasladó a la tierra de Canaán. No obstante, no le dio herencia alguna en ella, ni siquiera dónde plantar el pie, pero en cambio le prometió dársela en posesión … a su descendencia, aun cuando en ese entonces no tenía ningún hijo. Al mismo tiempo, ellos tampoco la heredarían inmediatamente, porque primero debían ser extranjeros en tierra extraña, en la que serían esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años (Esteban se conforma con una cifra redonda, si bien el tiempo de su esclavitud fue de 430 años). Durante su cruel servidumbre Dios no los olvidó ni los abandonó; intervino para castigar a la nación que los esclavizó y de esta manera los rescató de su esclavitud (7).

No podemos dejar pasar el énfasis que Esteban pone en la iniciativa divina. Fue Dios quien apareció, habló, mandó, prometió, castigó y rescató. De Ur de los caldeos a Jarán, de Jarán a Canaán, de Canaán a Egipto, de Egipto nuevamente a Canaán, Dios dirigía cada etapa del peregrinaje de su pueblo. Aunque toda la medialuna fértil desde el río Éufrates hasta el río Nilo fue escenario de sus migraciones, Dios estuvo con ellos. ¿Por qué fue esto? Fue porque hizo con Abraham el pacto que tenía por señal la circuncisión (8), es decir, le hizo un pacto solemne a Abraham de bendecir a él y a su posteridad, y le dio la circuncisión como señal y sello de ese pacto. Por lo tanto, mucho antes de que fuese un lugar santo, hubo un pueblo santo, al que Dios le había hecho una promesa. Luego renovó la promesa que le había hecho a Abraham, primero a su hijo Isaac, luego a su nieto Jacob, y posteriormente a sus bisnietos los doce patriarcas (8b). De este modo Esteban hace la transición entre Abraham y José, la segunda gran figura del Antiguo Testamento que quiere destacar (9–16).

 José | 7:9–16

7:9 Por envidia los patriarcas vendieron a José como esclavo, quien fue llevado a Egipto; pero Dios estaba con él 10 y lo libró de todas sus desgracias. Le dio sabiduría para ganarse el favor del faraón, rey de Egipto, que lo nombró gobernador del país y del palacio real.
11 Hubo entonces un hambre que azotó a todo Egipto y a Canaán, causando mucho sufrimiento, y nuestros antepasados no encontraban alimentos. 12 Al enterarse Jacob de que había comida en Egipto, mandó allá a nuestros antepasados en una primera visita. 13 En la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y el faraón supo del origen de José. 14 Después de esto, José mandó llamar a su padre Jacob y a toda su familia, setenta y cinco personas en total. 15 Bajó entonces Jacob a Egipto, y allí murieron él y nuestros antepasados. 16 Sus restos fueron llevados a Siquén y puestos en el sepulcro que a buen precio Abraham había comprado a los hijos de Jamor en Siquén.

Notamos de inmediato que, si Mesopotamia fue el sorprendente contexto en el cual Dios se le apareció a Abraham (7:2), Egipto fue el escenario igualmente sorprendente de los vínculos que tuvo Dios con José. Seis veces en siete versículos Esteban repite la palabra Egipto, como para asegurarse de que sus oyentes han captado su significación. Esta era la ‘tierra extraña’ en la que los descendientes de Abraham serían extranjeros y esclavos durante 400 años (6), y se debió a los celos de los patriarcas con respecto a su hermano menor José que tuvo lugar la migración (9). Si bien José era entonces extranjero y esclavo en Egipto, no obstante, Dios estaba con él (9). En consecuencia, Dios … lo libró de todas sus desgracias (principalmente por su injusto encarcelamiento por Potifar), y le dio sabiduría (especialmente para que pudiera interpretar sueños), de modo que se ganó el favor del faraón y fue nombrado gobernador del país (10).
Dios no estuvo solamente con José sino también con toda su familia, porque los salvó de morir durante la hambruna (11). Egipto era, también, el lugar donde se daría esta liberación divina.

Esteban describe las tres visitas de los hermanos de José a Egipto, la primera para obtener cereales (12), la segunda cuando José se dio a conocer a ellos (13), y la tercera cuando llevaron a su padre Jacob con ellos, con sus mujeres e hijos, setenta y cinco personas en total (14). Esta es la cifra que se menciona en la traducción de Génesis 46:27 y Éxodo 1:5 de la LXX, aunque el texto hebreo en ambos versículos dice setenta. Es probable que la discrepancia dependa de si los hijos de José están incluidos o no en el total. Esteban no lo menciona, y para nosotros resulta difícil imaginar cuán traumático le habrá parecido a Jacob este viaje a Egipto. Seguramente sabía que en una hambruna anterior el Señor le había prohibido a su padre Isaac que fuera a Egipto, ordenándole, en cambio, que permaneciera en la tierra prometida. ¿También incluía a Jacob esta prohibición? Es indudable que fue para aliviar los recelos de Jacob que en Berseba, cerca de la frontera entre Canaán y Egipto, Dios le dijo por medio de una visión nocturna que no temiera ir a Egipto, porque él mismo iría con él, lo bendeciría allí y finalmente lo llevaría de regreso.19 Bajó entonces Jacob a Egipto (15). Y allí murieron él y todos sus hijos, lejos de la tierra prometida, a la que nunca regresaron. Solo sus restos fueron llevados para ser sepultados allí (16).
Había dos terrenos con sepulturas patriarcales en Canaán. El primero era el campo y la cueva de Macpela cerca de Hebrón, que Abraham compró a Efrón el hitita; el segundo era una parcela de tierra cerca de Siquén, que Jacob compró a los hijos de Jamor.21 Algunos comentaristas se han burlado de Esteban (o de Lucas) por confundir las cosas, ya que Esteban dice que fue Abraham quien compró la tumba de Siquén, en lugar de Jacob. Pero teniendo en cuenta los antecedentes es improbable que Esteban, con su íntimo conocimiento del Antiguo Testamento, hubiera cometido este error. Es mejor suponer que Jacob compró la tumba de Siquén en nombre de Abraham, ya que todavía vivía, o que, al ofrecer un panorama completo de la sepultura de todos los patriarcas, Esteban unió deliberadamente los dos sitios, por cuanto Jacob fue sepultado por pedido de él mismo en el campo de Macpela, mientras que los huesos de José fueron enterrados muchos años más tarde en Siquén.23

 Moisés | 7:17–43

La tercera época que menciona Esteban (17–43) estuvo dominada por Moisés, mediante cuyo ministerio Dios mantuvo sus promesas a Abraham, promesas que parecían estar suspendidas. Es posible que la forma en que Esteban trata la carrera de Moisés (que divide en tres períodos de cuarenta años) sea más larga y más completa que su relato de los otros porque se lo había acusado de hablar contra Moisés (6:11). No dejó a sus jueces ninguna duda en cuanto a su inmenso respeto por el liderazgo de Moisés y su participación en el establecimiento de la ley.

7:17 Cuando ya se acercaba el tiempo de que se cumpliera la promesa que Dios le había hecho a Abraham, el pueblo crecía y se multiplicaba en Egipto. 18 Por aquel entonces subió al trono de Egipto un nuevo rey que no sabía nada de José. 19 Este rey usó de artimañas con nuestro pueblo y oprimió a nuestros antepasados, obligándolos a dejar abandonados a sus hijos recién nacidos para que murieran.
20 En aquel tiempo nació Moisés, y fue agradable a los ojos de Dios. Por tres meses se crió en la casa de su padre 21 y, al quedar abandonado, la hija del faraón lo adoptó y lo crió como a su propio hijo. 22 Así Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabra y en obra.
23 Cuando cumplió cuarenta años, Moisés tuvo el deseo de allegarse a sus hermanos israelitas. 24 Al ver que un egipcio maltrataba a uno de ellos, acudió en su defensa y lo vengó matando al egipcio. 25 Moisés suponía que sus hermanos reconocerían que Dios iba a liberarlos por medio de él, pero ellos no lo comprendieron así.
26 Al día siguiente, Moisés sorprendió a dos israelitas que estaban peleando. Trató de reconciliarlos, diciéndoles: ‘Señores, ustedes son hermanos; ¿por qué quieren hacerse daño?’
27 Pero el que estaba maltratando al otro empujó a Moisés y le dijo: ‘¿Y quién te nombró a ti gobernante y juez sobre nosotros? 28 ¿Acaso quieres matarme a mí, como mataste ayer al egipcio?’ 29 Al oír esto, Moisés huyó a Madián; allí vivió como extranjero y tuvo dos hijos.
30 Pasados cuarenta años, se le apareció un ángel en el desierto cercano al monte Sinaí, en las llamas de una zarza que ardía. 31 Moisés se asombró de lo que veía. Al acercarse para observar, oyó la voz del Señor: 32 ‘Yo soy el Dios de tus antepasados, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.’ Moisés se puso a temblar de miedo, y no se atrevía a mirar.
33 Le dijo el Señor: ‘Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa. 34 Ciertamente he visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto. Los he escuchado quejarse, así que he descendido para librarlos. Ahora ven y te enviaré de vuelta a Egipto.’
35 A este mismo Moisés, a quien habían rechazado diciéndole: ‘¿Y quién te nombró gobernante y juez?’, Dios lo envió para ser gobernante y libertador, mediante el poder del ángel que se le apareció en la zarza. 36 Él los sacó de Egipto haciendo prodigios y señales milagrosas tanto en la tierra de Egipto como en el Mar Rojo, y en el desierto durante cuarenta años.
37 Este Moisés les dijo a los israelitas: ‘Dios hará surgir para ustedes, de entre sus propios hermanos, un profeta como yo.’ 38 Este mismo Moisés estuvo en la asamblea en el desierto, con el ángel que le habló en el monte Sinaí, y con nuestros antepasados. Fue también él quien recibió palabras de vida para comunicárnoslas a nosotros.
39 Nuestros antepasados no quisieron obedecerlo a él, sino que lo rechazaron. Lo que realmente deseaban era volver a Egipto, 40 por lo cual le dijeron a Aarón: ‘Tienes que hacernos dioses que vayan delante de nosotros, porque a ese Moisés que nos sacó de Egipto, ¡no sabemos qué pudo haberle pasado!’
41 Entonces se hicieron un ídolo en forma de becerro. Le ofrecieron sacrificios y tuvieron fiesta en honor de la obra de sus manos. 42 Pero Dios les volvió la espalda y los entregó a que rindieran culto a los astros. Así está escrito en el libro de los profetas:

‘Casa de Israel, ¿acaso me ofrecieron ustedes
sacrificios y ofrendas
durante los cuarenta años en el desierto?
43 Por el contrario, ustedes se hicieron cargo
del tabernáculo de Moloc,
de la estrella del dios Refán,
y de las imágenes que hicieron para adorarlas.
Por lo tanto, los mandaré al exilio’ más allá de Babilonia.

El exilio y la esclavitud de los israelitas en Egipto se prolongaron durante cuatro siglos amargos. ¿Se había olvidado Dios de su pueblo, y de sus promesas de bendecirlos? No. Ya había advertido a Abraham sobre los 400 años de esclavitud y maltrato (6). Pero ahora, por fin, ya se acercaba el tiempo (el tiempo señalado, porque Dios es el Señor de la historia) de que se cumpliera la promesa que Dios le había hecho a Abraham (17a). En realidad Dios le había hecho dos promesas a Abraham, a saber, darle tanto una simiente (numerosos descendientes) como una tierra (Canaán). La primera promesa se estaba cumpliendo ya durante la cautividad, porque el pueblo crecía y se multiplicaba en Egipto (17b). ¿Pero cómo se cumpliría la promesa en cuanto a la tierra? Sólo después de mucho sufrimiento. Porque subió al trono de Egipto un nuevo rey que, al no saber nada de José, ‘explotó’ (JB) a los israelitas y los oprimió, incluso obligándolos a dejar abandonados a sus hijos recién nacidos para que murieran (18–19).

Fue en aquel tiempo, cuando el pueblo experimentaba los máximos sufrimientos y su perspectiva no era nada prometedora, que nació Moisés, el libertador señalado por Dios. ‘Un niño nada ordinario’ es la traducción de la NIV de una expresión que combina las ideas de ser hermoso y agradable a Dios (agradable a los ojos de Dios, 20). Por tres meses fue criado por su propia madre, pero luego se crió en el palacio egipcio como hijo adoptivo de la hija del faraón (21). De modo que fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios y se hizo poderoso en palabra y en obra (22).
A los cuarenta años de edad, tuvo el deseo de allegarse a sus hermanos israelitas, con la intención de conocer su situación a fin de remediarla (23). Al ser testigo de dos casos de injusticia, se propuso intervenir por su cuenta. Primero, intentó defender a un israelita, y mató al egipcio que lo estaba maltratando (24). Al día siguiente trató de reconciliar a dos israelitas que estaban peleando, y los exhortó a tener presente que eran hermanos y que por consiguiente no debían herirse mutuamente (26). En ambos casos supuso que sus hermanos reconocerían y aceptarían la vocación que había recibido de Dios de liberarlos (25). Pero ellos no lo comprendieron así. En cambio, el israelita que estaba maltratando al otro desconoció la autoridad de Moisés para ser su gobernante y juez, y le preguntó si se proponía matarlo a él como había matado al egipcio (27–28). Alarmado al comprobar que su asesinato había sido descubierto, Moisés huyó a Madián, donde se estableció como extranjero, se casó, y tuvo dos hijos (29). Este fue el comienzo de su segundo período de cuarenta años.

Al final del mismo, Moisés llegó a un punto decisivo en su carrera, cuando Dios tuvo un encuentro con él y lo comisionó. Cierto es que se dice que fue un ángel el que se le apareció en el desierto cercano al monte Sinaí, en las llamas de una zarza que ardía (30). No obstante, fue la voz del Señor la que lo llamó, y la que le anunció que él era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, por lo cual Moisés se puso a temblar de miedo, y no se atrevía a mirar (31–32). Luego la voz divina le ordenó quitarse las sandalias porque el lugar que estaba pisando, en la presencia del Dios vivo, era tierra santa (33). Esta afirmación era central para la tesis de Esteban. Había tierra santa fuera de la tierra santa. Todo lugar donde está Dios es santo. Más todavía, el mismo Dios que se encontró con Moisés en el desierto de Madián también estaba presente en Egipto, porque había visto la opresión de su pueblo allí, los [había] escuchado quejarse, y, más aun, había descendido en persona para librarlos, y ahora mandaba a Moisés de vuelta a Egipto para hacer efectiva su liberación (34). Este mismo Moisés, a quien los israelitas habían rechazado como su gobernante y juez, ahora era enviado por Dios para ser gobernante y libertador, mediante el poder del ángel que se le apareció en la zarza (35).

El tercer período de cuarenta años los pasó Moisés en el desierto después que los sacó de Egipto. Más aun, tanto en la tierra de Egipto como en el Mar Rojo, y en el desierto, su ministerio de características únicas, como libertador y legislador, había sido autenticado (tal como el ministerio igualmente único de los apóstoles) mediante prodigios y señales milagrosas (36). Este mismo Moisés, siguió diciendo Esteban, procurando exaltar su ministerio, es quien predijo la venida del Mesías como un profeta semejante a él mismo, estuvo en la asamblea [ekklēsia] en el desierto, juntamente con el pueblo y con el ángel que le habló en el monte Sinaí, y es quien recibió palabras de vida, oráculos de Dios, para comunicárselas a su pueblo (37–38). Por cierto (y aquí Esteban anticipa la forma en que va a finalizar su defensa), esta nación grandemente privilegiada se negó a obedecer a Dios: Nuestros antepasados no quisieron obedecerlo a él, sino que lo rechazaron. No sólo deseaban … volver a Egipto, sino que, rechazando el liderazgo de Moisés, encargaron a Aarón la fabricación de dioses sustitutos que fueran delante de ellos a la tierra prometida (39–40). Luego ofrecieron sacrificios al becerro de oro y tuvieron fiesta en honor de la obra de sus manos (41); por eso, Dios se alejó de ellos y los entregó a que rindieran culto a los astros (42a). Aun cuando Esteban apoya su acusación con una cita de Amós 5 datada varios siglos más tarde, no obstante se refiere al culto corrupto de Israel durante sus cuarenta años en el desierto. Los sacrificios que ofrecieron no eran en realidad para Yahvéh, aunque ellos lo pretendieran así, sino más bien para ídolos paganos (42b–43).
En su discurso, Esteban reseñó la vida y el ministerio de Moisés a través de sus períodos en Egipto, en Madián y en el desierto, y mostró que en cada período y lugar Dios estuvo con él.

Crisóstomo entendió lo que esto significaba. Tanto cuando Moisés estaba siendo educado en el palacio egipcio como cuando Dios se le apareció en el desierto de Madián no hay ‘una sola palabra sobre el templo, ni una sola palabra sobre sacrificios’ (Crisóstomo repite esta frase). De hecho, la tierra santa donde estaba la zarza que ardía era ‘mucho más maravillosa … que … el lugar santísimo’, porque en ninguna parte se dice que Dios hubiera aparecido en el santuario interior en Jerusalén como lo hizo ante la zarza que ardía. De modo que la lección que nos deja la experiencia de Moisés es la de que ‘Dios está presente en todas partes’ y que ‘el lugar santo es dondequiera que esté Dios’.

David y Salomón | 7:44–50

Es en la cuarta época descrita por Esteban (44–50), que incluye el asentamiento en la tierra prometida y el establecimiento de la monarquía, que se menciona por primera vez una estructura religiosa, a saber el tabernáculo del testimonio que nuestros antepasados tenían en el desierto (44).

7:44 Nuestros antepasados tenían en el desierto el tabernáculo del testimonio, hecho como Dios le había ordenado a Moisés, según el modelo que éste había visto. 45 Después de haber recibido el tabernáculo, lo trajeron consigo bajo el mando de Josué, cuando conquistaron la tierra de las naciones que Dios expulsó de la presencia de ellos. Allí permaneció hasta el tiempo de David, 46 quien disfrutó del favor de Dios y pidió que le permitiera proveer una morada para el Dios de Jacob. 47 Pero fue Salomón quien construyó la casa.
48 Sin embargo, el Altísimo no habita en casas construidas por manos humanas. Como dice el profeta:

49 ‘El cielo es mi trono,
y la tierra, el estrado de mis pies.
¿Qué clase de casa me construirán?
—dice el Señor—.
¿O qué lugar de descanso?
50 ¿No es mi mano la que ha hecho
todas estas cosas?’

Al hacer referencia al tabernáculo y al templo, Esteban no se expresa en forma despectiva en relación con ninguno de ellos. Por el contrario, los asocia con algunos de los nombres más importantes de la historia israelita: Moisés, Josué, David y Salomón. Más aun, el tabernáculo fue construido como Dios le había ordenado a Moisés, según el modelo que este había visto (44). Luego lo trajeron consigo bajo el mando de Josué a la tierra que tomaron de las naciones a las que desalojaron (45a). Por un período prolongado allí permaneció como centro de la vida nacional, incluso hasta el tiempo de David (45b), quien disfrutó del favor de Dios y pidió que le permitiera proveer [para él] una morada más importante y permanente (46). En este relato sobre la transición entre el tabernáculo y el templo, Esteban aparece para algunos como favoreciendo el primero por ser móvil. Pero la verdad es que no expresa preferencia alguna por el tabernáculo ni rechazo por el templo. Porque ambos fueron levantados de conformidad con la voluntad de Dios. Con todo, ¿acaso esto no contradice la tesis de Esteban? No; lo que Esteban señala no es que haya estado mal construir el tabernáculo o el templo, sino que nunca debieron ser considerados en sentido literal como la casa de Dios. Porque el Altísimo no habita en casas construidas por manos humanas (48). Pablo iba a argumentar en el mismo sentido ante los filósofos atenienses (17:24). Además, aunque este sentimiento no se expresa claramente en el Antiguo Testamento, Salomón mismo así lo entendió. Cuando estuvo construido el templo oró así: ‘Pero ¿será posible, Dios mío, que tú habites en la tierra? Si los cielos, por altos que sean, no pueden contenerte, ¡mucho menos este templo que he construido!’ Sin embargo, en lugar de citar este versículo, Esteban cita Isaías 66:1–2 donde Dios dice: El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. Por lo tanto ¿qué clase de casa me construirán? Dios mismo es el Creador; ¿cómo podría el Hacedor de todo cuanto existe ser limitado a estructuras hechas por el hombre? (49–50).

No es difícil, por consiguiente, entender la tesis de Esteban. Un solo hilo recorre toda la primera parte de su defensa: es el de que el Dios de Israel es un Dios peregrino, que no se limita a ningún lugar en particular. Afirmaciones clave en su discurso son las de que el Dios de la gloria se le apareció a Abraham cuando todavía estaba en la pagana Mesopotamia (2); que Dios estaba con José incluso cuando fue esclavo en Egipto (9); que Dios se acercó a Moisés en el desierto de Madián, y que de este modo convirtió en ‘tierra santa’ ese lugar (30, 33); que, aun cuando en el desierto Dios había ‘andado de acá para allí, en una tienda de campaña a manera de santuario’, sin embargo, el Altísimo no habita en casas construidas por manos humanas (48). Es evidente, entonces, por las Escrituras mismas, que la presencia de Dios no puede estar localizada, y que ningún edificio puede confinarlo ni inhibir su actividad. Si tiene casa alguna en la tierra, es con su pueblo con el cual vive. El Señor se ha comprometido mediante un pacto solemne a ser su Dios. Por lo tanto, de conformidad con lo que prometió en el pacto, dondequiera esté ese pueblo, allí también está él.

La ley

Los falsos testigos habían acusado a Esteban de dos blasfemias, a saber de ‘hablar contra este santo lugar y contra la ley’ (6:13). Respondiendo a ambas acusaciones desarrolló una defensa similar que en cada asunto él era más bíblico que ellos. Es decir, como mostró Esteban en su discurso, las Escrituras del Antiguo Testamento ponían menos énfasis en el templo, y más énfasis en la ley, que ellos. Hemos seguido su argumentación en relación con el templo; ahora, en relación con la ley, les devuelve el desafío a sus jueces. No es él, sostiene Esteban, quien ha manifestado desprecio por la ley, sino ellos, como sus antepasados antes que ellos. El acusado asume el papel del acusador.

Este tema ya ha sido bosquejado en la primera parte del discurso de Esteban. Su respeto por Moisés y por la ley no admitía ambigüedad. Su reconocimiento de la vocación divina de Moisés ha quedado claro. El nacimiento y la educación temprana de Moisés fueron dirigidos por Dios (20–22). Su llamado le llegó directamente de Dios, quien le habló desde la zarza que ardía (31–32). Su designación como gobernante y libertador de Israel le fue hecha por Dios, quien ‘lo envió’ (35), y de ese mismo Dios ‘recibió palabras de vida’ para transmitirle a su pueblo (38). Por lo tanto, la falta de respeto de la que fue objeto Moisés no provino de Esteban sino de los propios israelitas. Fueron ellos quienes no lo reconocieron como el libertador divinamente enviado (25), quienes empujaron a Moisés a un lado (27), quienes rechazaron su liderazgo (35), y en el desierto se negaron a obedecerle; en cambio, en sus corazones se volvieron a Egipto y se hicieron idólatras (39–41). Así les pasó también a los profetas. Esteban citó a dos de ellos (Amós en los versículos 42–43, e Isaías en los versículos 48–50), y en ambas citas los profetas increpaban a Israel.
De modo que a continuación, habiendo expuesto la pasada infidelidad de Israel para con la ley y los profetas, Esteban pasó a acusar a sus jueces del mismo pecado.

7:51 ¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo! 52 ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus antepasados? Ellos mataron a los que de antemano anunciaron la venida del Justo, y ahora a éste lo han traicionado y asesinado 53 ustedes, que recibieron la ley promulgada por medio de ángeles y no la han obedecido.

Notamos que Esteban osadamente describe a los integrantes del sanedrín como tercos, epíteto que tanto Moisés como los profetas aplicaron a Israel. A estos jueces que insistían en la circuncisión corporal, los describió como duros de corazón y torpes de oídos (‘incircuncisos de corazón y de oídos’, RVR95), otra expresión que les era común a Moisés y a los profetas y que daba a entender que eran ‘paganos de corazón y cerrados a la verdad’ (LPD). Más todavía, en su obstinado rechazo de la revelación de Dios, les dijo: son iguales que sus antepasados (51).
Al insistir en su acusación con mayor detalle, Esteban los declaró culpables de pecar contra el Espíritu Santo, el Mesías y la ley. Primero: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo! (51), al rechazar sus exhortaciones. En segundo lugar, en tanto que sus antepasados habían perseguido a todos los profetas, y hasta mataron a los que de antemano anunciaron la venida del Justo, ellos habían obrado peor aun, porque habían traicionado y asesinado a aquel que los profetas habían anticipado (52). Tercero, si bien habían sido grandemente privilegiados al recibir la ley promulgada por medio de ángeles y no la han obedecido (53).

El discurso de Esteban no fue tanto una autodefensa como un testimonio de Cristo. Su tema principal tenía carácter positivo, que Jesús de Nazaret había venido a remplazar al templo y a cumplir la ley, de lo cual ambos daban testimonio. Como lo expresó Calvino, ‘Ningún daño puede hacérsele al templo y a la ley, cuando se establece a Cristo como el fin y la verdad de ambos.’


Esteban es apedreado | 7:54–60

7:54 Al oír esto, rechinando los dientes montaron en cólera contra él. 55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios. 56 —¡Veo el cielo abierto —exclamó—, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios! 57 Entonces ellos, gritando a voz en cuello, se taparon los oídos y todos a una se abalanzaron sobre él, 58 lo sacaron a empellones fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo. Los acusadores le encargaron sus mantos a un joven llamado Saulo.
59 Mientras lo apedreaban, Esteban oraba. —Señor Jesús —decía—, recibe mi espíritu. 60 Luego cayó de rodillas y gritó: —¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado! Cuando hubo dicho esto, murió.

Esteban estaba listo para ser el primer Martys [mártir] verdadero, quien selló su testimonio con su sangre. Su muerte estaba llena de Cristo. Lucas registra tres expresiones pronunciadas por Esteban, la primera de las cuales se refiere a Cristo, mientras que las dos restantes están dirigidas a Cristo.
Primero, cuando los del sanedrín, furiosos por sus acusaciones, rechinaron los dientes delante de él (54), gruñendo como animales salvajes, Esteban, lleno del Espíritu, tuvo una visión de la gloria de Dios (55), y gritó: ¡Veo el cielo abierto … y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios! (56). Se han hecho varias conjeturas para explicar por qué Jesús estaba de pie (hecho que se repite en los versículos 55 y 56), en lugar de estar sentado, a la derecha de Dios. Puede ser ‘como un hijo de hombre’, que en la visión de Daniel34 fue conducido a la presencia de Dios, estuvo de pie para recibir autoridad y poder. Pero parecería probable que el hecho de que Cristo estuviera de pie se relacionara más directamente con Esteban, y que se había puesto de pie ya sea como su defensor celestial o para recibir a su primer mártir. Como lo ha expresado F. F. Bruce, ‘Esteban ha venido confesando a Cristo ante los hombres, y ahora ve a Cristo confesando a su siervo ante Dios.’

Los miembros del Consejo no estaban dispuestos a escuchar el testimonio de Esteban con su exaltación de Jesús, y en consecuencia se taparon los oídos y trataron de ahogar su voz mediante gritos. Peor todavía, estaban decididos a silenciarlo. De manera que se abalanzaron sobre él (57), lo sacaron a empellones fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo (58a). Por cuanto los romanos habían privado a los judíos del derecho a imponer la pena capital, al parecer el apedreamiento de Esteban se trató más bien de un linchamiento callejero que de una ejecución oficial. No obstante, tuvo una pequeña semblanza de justicia, dado que de acuerdo con la ley, los primeros en comenzar la lapidación de la persona condenada debían ser los testigos, es decir sus acusadores: en el caso de Esteban, los testigos falsos de 6:13 o los miembros del sanedrín. De cualquier manera, le encargaron sus mantos a un joven llamado Saulo (58b), una experiencia que este jamás olvidó (22:20). Así, discretamente, Lucas incorpora a su relato al hombre que pronto será la figura dominante.

Fue durante el apedreamiento que Esteban pronunció su segunda frase: —Señor Jesús …, recibe mi espíritu (59). Su oración es similar a la que Lucas registra que Jesús pronunció antes de morir, ‘¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!’ Pero no fueron esas sus últimas palabras. La tercera vez que habló fue cuando cayó de rodillas y gritó: —¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado! (60a). Vemos reminiscencias de la primera palabra desde la cruz, que registra Lucas, ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.’ Sea que Esteban deliberadamente imitara a su Maestro, o que Lucas hubiera observado y destacado el hecho, hay varios paralelos entre la muerte de Jesús y la muerte de Esteban. En ambos casos la ejecución fue acompañada de dos oraciones, ya que cada cual oró pidiendo perdón para sus ejecutores, y pidiendo que Dios recibiera su espíritu al morir. De esta manera el discípulo, ya sea consciente o inconscientemente, reflejó a su Maestro. La única diferencia estaba en que Jesús dirigía sus oraciones al Padre, mientras que Esteban las dirigió a Jesús, llamándolo Señor y colocándolo a la par de Dios.

Lucas concluye su relato con un dramático contraste entre Esteban y Saulo. Esteban ‘durmió’ (60b, RVR95; murió en NVI), término al que Bengel consideró ‘una palabra luctuosa pero dulce’40 y F. F. Bruce ‘una descripción inesperadamente hermosa y apacible de una muerte tan brutal’. Por contraste, ‘Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban’ (8:1a). Volveremos luego a la influencia de Esteban sobre Saulo. A esta altura basta con notar con qué fulgor resplandece la tranquila fe de Esteban contra el oscuro fondo de la cólera asesina de Saulo (8:1, 3).


Conclusión

Lo que más interesa a muchas personas en cuanto a Esteban es el hecho de que fue el primer mártir cristiano. La principal preocupación de Lucas era otra, sin embargo. Pone de relieve el papel vital que representó Esteban en el desarrollo de la misión cristiana mundial, tanto por su enseñanza como por su muerte.
La enseñanza de Esteban, mal entendida como ‘blasfemia’ contra el templo y la ley, consistía en que Jesús (como él mismo había sostenido) era el cumplimiento de ambas cosas. Ya en el Antiguo Testamento Dios estaba ligado a su pueblo, dondequiera estuviese, no a un edificio. Así que ahora Jesús está dispuesto a acompañar a su pueblo dondequiera que vaya. Cuando poco después Pablo y Bernabé se encaminen hacia lo desconocido en su primer viaje misionero, habrán de encontrar (como lo descubrieron antes Abraham, José y Moisés) que Dios está con ellos. Esto es exactamente lo que informaron al regresar (14:27; 15:12). Sin duda esta seguridad resulta indispensable para la misión. Los cambios resultan penosos para cualquiera, especialmente cuando afectan a los edificios y a las costumbres que amamos, y no deberíamos desear los cambios por el solo hecho de hacer cambios. Aun así, el cristiano está abierto a los cambios. Sabe que Dios se ha ligado a su iglesia (prometiendo que jamás la abandonará) y a su Palabra (prometiendo que nunca pasará). Pero la iglesia de Dios consiste en personas y no en edificios, y la Palabra de Dios consiste en la Escritura y no en la tradición. Mientras que se conserven estas verdades esenciales, los edificios y las tradiciones pueden desaparecer en caso necesario. No debemos permitir que ellos aprisionen al Dios vivo o impidan su misión en el mundo.
La iglesia recibió un rudo golpe con el martirio de Esteban y con la violenta oposición que se desató a continuación. Pero, con el beneficio de la mirada retrospectiva, podemos ver cómo la providencia de Dios se valió del testimonio de Esteban para promover la misión de la iglesia, tanto mediante la palabra como mediante la acción, tanto mediante la vida como mediante la muerte.

 

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