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EL REY DAVID

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EL REY DAVID

David, el hijo de Isaí, (reinó c. 1010–970 a.C.) fue el segundo rey de Israel, quien sucedió a *Saúl y fundó una dinastía real que duró hasta el exilio babilónico (586 a.C.). *Salomón, el hijo de David, reinó sobre todo Israel, y los descendientes de David tras Salomón gobernaron sobre el reino del sur, Judá.

Este artículo repasa y analiza los relatos de David en los Libros Históricos del AT, junto con los datos extrabíblicos relevantes.

  • David en los Libros Históricos
  • David en las fuentes extrabíblicas
  • ¿Fue el David bíblico un personaje histórico?
  • Conclusión
  • David en los Libros Históricos 

Los principales relatos sobre David se encuentran en 1-2 Samuel, 1 Reyes y 1 Crónicas. También hay breves referencias en Rut, Esdras y Nehemías.

1.1. Los libros de Samuel

1.1.1. Resumen. David se presenta en 1 Samuel 16 como el hombre escogido por Dios para sustituir a Saúl como rey (véase 1 Sm 15:28). 1 Samuel 17–31 describe el creciente protagonismo de David en Israel durante la vida de Saúl. 2 Samuel 1–7 narra cómo se convirtió en rey de Judá y luego de todo Israel, capturando *Jerusalén, que se convirtió en su ciudad real (2 Sm 5:6–16), y recibiendo promesas divinas acerca de la dinastía que fundaría (2 Sm 7). Derrotó a los filisteos (2 Sm 5:17–25), rompiendo su anterior control sobre Israel (2 Sm 8:1), y consiguió victorias sobre otros pueblos vecinos (2 Sm 8:2–8; 10; 1 Re 11:14–18), convirtiendo a algunos de ellos en sus súbditos. Mantuvo una relación amistosa con Hiram de Tiro (2 Sm 5:11). La administración real, que ya existía en el período de Saúl (1 Sm 14:50–52), se desarrolló bajo el gobierno de David (2 Sm 8:15–18; 20:23–26; se desarrollaría todavía más bajo Salomón [1 Re 4]). Los últimos años del reinado de David se estropearon debido a los conflictos familiares y la guerra civil (2 Sm 13–18), si bien se restauró una especie de paz (2 Sm 19–20). 2 Samuel 21–24 es una conclusión al relato de David como rey que combina diversos materiales, algunos de los cuales tienen que ver con períodos anteriores del reinado de David.

1.1.2. ¿Qué tipo de relato y de fuentes? ¿Qué clase de texto es el relato de David que hallamos en los libros de 1 y 2 Samuel? Además de esto ¿cómo debemos interpretarlo?

En primer lugar, se trata de una obra maestra, “probablemente la narración más grande de toda la antigüedad sobre el desarrollo de la vida de una persona que va evolucionando en lentas etapas a lo largo del tiempo, formada y alterada por las presiones de la vida política, las instituciones públicas la familia, los impulsos del cuerpo y el espíritu y, por último, el triste declive de la carne”, un ejemplo brillante de “la economía narrativa astringente de la que hace gala la Biblia, de su capacidad para definir personajes y dejarnos diálogos reveladores con unos pocos trazos” (Alter, ix).

En segundo lugar, es un relato complejo. Se ocupa de temas (la monarquía israelita, el carácter y los actos de David) sobre los cuales el autor parece mostrarse ambivalente, de modo que no es posible realizar un análisis sencillo.

Tercero, la narración de David en 1-2 Samuel forma una unidad literaria. Tanto si es o no la obra de una persona, es lo suficientemente coherente como para que pudiera serlo (de ahí las referencias al “autor” de este relato en los siguientes párrafos).

Muchos cuestionarían esta última afirmación. Hasta hace poco se sostenía mayoritariamente que los libros de Samuel eran una obra compuesta, fabricada a partir de diferentes fuentes que se pueden reconstruir hoy día, al menos parcialmente, a partir de sus puntos de vista divergentes. Por tanto, los expertos solían hablar de un “Relato del arca” (1 Sm 4–6; 2 Sm 6), que describía las fortunas del arca en tiempos de *Samuel, Saúl y David; de una “Historia de la ascensión de David” (1 Sm 16:14–2 Sm 5:25); de una “Narrativa de la sucesión” (2 Sm 9–20; 1 Re 1–2), cuyo tema era la cuestión de quién sucedería a David. Son muchos todavía los que mantienen estos puntos de vista, pero otros argumentan que las diferentes secciones de 1-2 Samuel se integran mejor unas con otras de lo que implicarían tales teorías (Gordon 1984; Alter, ix–xiv). Incluso el argumento habitual de que 1 Samuel contiene dos relatos sobre el modo en que Saúl se encontró con David por primera vez (1 Sm 16:18–23; 17:12, 55–58) ha sido cuestionado (Provan, Long y Longman, 222–24).

El espacio no nos permite extendernos aquí sobre estas cuestiones. Este artículo asume como cierta la postura según la cual la narración de David en 1-2 Samuel es un relato único y complejo, y que cualesquiera que sean las fuentes que subyazcan la narrativa, y por muchas personas que pudieran haber participado en su composición, las primeras etapas de su historia literaria ya no se encuentran a nuestro alcance.

Naturalmente que podemos especular acerca de las tradiciones con las que pudo haber contado el autor. Es posible que los relatos de las campañas militares de David (2 Sm 8; 10) y las listas de sus oficiales y soldados (2 Sm 20:23–26; 23:8–39) hubieran existido en registros oficiales. Pero esta explicación difícilmente se puede aplicar a otros incidentes—por ejemplo, los numerosos diálogos, aparentemente privados (e.g., 1 Sm 20:1–23; 26:14–25; 2 Sm 6:20–22). ¿Debemos imaginarnos al autor como un contemporáneo o casi contemporáneo de David que recopilaba tradiciones sobre David, tal vez entrevistándose con aquellos que habían tenido relación con David, o incluso con el mismo David? Desde luego no es algo imposible. Si David era como se le describe en 1-2 Samuel, posiblemente sus contemporáneos y generaciones posteriores, hubieran querido preservar las tradiciones existentes sobre su persona. Pero los libros de Samuel, al igual que el resto de los Libros Históricos del AT, no contienen ninguna declaración sobre el método histórico. E incluso dando por bueno que el autor tuvo numerosas tradiciones a su disposición, ¿cómo las utilizó? ¿Produjo en algunos momentos lo que Gordon (1994, 297) denomina una “facción”—reconstrucciones artísticas (que posiblemente sólo se basaban mínimamente en la tradición) del “tipo de cosas” que debieron haberse dicho o hecho en determinadas ocasiones? No podemos dar respuesta a estas preguntas. El autor u autores han desaparecido por completo, y ni siquiera han dejado tras de sí sus nombres, mucho menos aún alguna descripción de sus fuentes y método.

1.1.3. ¿Propaganda? Si es poco lo que podemos decir acerca de las fuentes del relato en 1-2 Samuel, ¿existe alguna otra base para poder aceptarlo como fiable? Para responder a ello debemos analizar de forma más detallada cómo se describe a David.

En muchos lugares se presenta a David en términos favorables—por ejemplo en los relatos de su batalla con *Goliat (1 Sm 17) y su huída de Saúl. La narración de sus primeros años como rey (2 Sm 5–10) muestra cómo su gobierno supuso una gran bendición para Israel (véase 2 Sm 5:12). 2 Samuel 7, el clímax del relato de la ascensión de David, sugiere la relevancia teológica e histórica de lo logrado por David: le dio a Israel el “reposo” (seguridad) en Canaán que Moisés había predicho, teniendo éxito allí donde otros líderes anteriores habían fracasado (2 Sm 7:1, 10–11; cf. Dt 12:10). El narrador observa que David fue mayoritariamente aceptado como el único sucesor adecuado de Saúl (2 Sm 5:1–2; cf. 1 Sm 18:16). Incluso Jonatán y Saúl reconocieron este hecho (1 Sm 23:17; 24:20).

Tomadas en su conjunto, estas características dan a entender que el relato pretende, en parte, ser una apología pro-davídica. Después de todo, a David se le podría describir como un usurpador, ya que no era hijo de Saúl; no resulta sorprendente, pues, que el relato explique porqué estaba justificado que asumiera el poder y defienda los pasos que tomó para obtenerlo.

Se puede establecer una comparación con la Apología de Hattushili, un texto hitita que data del siglo XIII a.C., en el que Hattushili describe cómo se convirtió en rey de los hititas, deponiendo a su sobrino Urhiteshub. La Apología enfatiza en todo momento lo correcto de las acciones emprendidas por Hattushili, y cómo la diosa Ishtar guió y bendijo su vida (COS 1.77:199–204). De modo similar, el realto de la ascensión de David hace todo lo que puede para vindicarlo: Dios claramente estaba con él desde el principio (1 Sm 16–17); David fue leal a Saúl y solamente huyó de él para salvar su vida (1 Sm 18–20); se rodeó de un grupo que podría describirse como rebeldes (1 Sm 22:2), pero nunca les ordenó ir contra Saúl, incluso cuando tuvo la oportunidad de hacerlo (1 Sm 24; 26); sirvió a un rey filisteo durante un tiempo (1 Sm 27–29), pero sólo para escapar de Saúl (1 Sm 27:1–4), y mientras estuvo al servicio del filisteo, nunca atacó a los israelitas (1 Sm 27:5–12); no estuvo en Gilboa cuando Saúl murió (1 Sm 29–31); no ordenó las muertes de Abner e Is-boset, y se disgustó cuando supo que habían muerto (2 Sm 3:6–4:12). De esta y otras maneras el relato defiente a David frente a cualquier posible acusación de haber obrado mal (McKenzie, 32–34–).

Algunos recelan de esta intención apologética: ¿a qué vienen esas enérgicas afirmaciones sobre la inocencia de David, a menos que la realidad fuera más difícil de asumir? Así pues, B. Halpern (73–93) habla de los “diez pequeños indios”, personas a los que David probablemente mató o había matado, pese a las pretensiones del relato que afirma lo contrario: Nabal (1 Sm 25); Saúl y sus hijos en Gilboa (1 Sm 31); Abner (2 Sm 3); Is-boset (2 Sm 4); los otros descendientes de Saúl (2 Sm 21); Amnón (2 Sm 13); Absalón (2 Sm 18); Amasa (2 Sm 20); Urías (2 Sm 11).

  1. L. McKenzie (89–127) sigue un enfoque similar. McKenzie (44–45) basa su argumento en dos principios. El primero es el “principio del escepticismo”: “cuando algún aspecto de la historia bíblica encaja con un tema literario o ideológico, deberíamos mostrarnos escépticos acerca de su valor histórico” (McKenzie, 44). A éste le añade el “principio de la analogía”: “el pasado fue básicamente análogo al presente”; en contreto, “la gente de todas las épocas ha tenido básicamente las mismas ambiciones e instintos” (McKenzie, 44). Siguiendo estos principios, lee la narración bíblica “a contracorriente”, aplicando la regla del cui bono? (¿quién se beneficia?). Si el relato nos quiere hacer creer que David no tuvo ninguna responsabilidad por la muerte de un individuo, aunque se viera beneficiado por esa muerte, entonces deberíamos leerlo a “contrapelo” y concluir que, después de todo, David fue responsable (McKenzie, 45).

Este enfoque no consigue convencer del todo, en parte porque se muestra excesivamente receloso. Si se sospecha del relato bíblico cada vez que trata de defender a David (que es a lo que equivalen los razonamientos de Halpern y McKenzie), entonces no hay lugar para ningún tipo de defensa. El propio relato nos dice que David fue acusado, o al menos considerado sospechoso, de actuar mal durante su vida (2 Sm 3:37; 16:5–8), y en esta situación cabría esperar algún tipo de defensa de David. Considerar a David culpable simplemente porque se trató de defenderlo es forzar demasiado el “principio del escepticismo”. Provan, Long y Longman (217–21) realizan la observación de que el “principio de la analogía” tiende a ser reduccionista, ya que arroja dudas sobre cualquier informe de un comportamiento inusual (en este contexto, una conducta que se rige por principios o altruista).

Es más, este enfoque no le hace justicia a otras partes de la narración. Sin duda hay elementos apologéticos presentes en 1-2 Samuel, pero algunas partes del relato no se pueden explicar fácilmente recurriendo a ese argumento. El carácter de Saúl en 1 Samuel es un ejemplo de ello. Saúl no es una caricatura del tipo que hubiésemos esperado en un texto meramente apologético, sino más bien un personaje complejo hacia el cual el narrador parece mostrar cierta simpatía.

Por encima de todo, 2 Samuel 9–20 contiene muchos aspectos negativos sobre el carácter del propio David, comenzando con el incidente con Betsabé y Urías (2 Sm 11–12) y continuando con una historia de violación y asesinato en el seno de la familia de David (2 Sm 13–14). El relato de la guerra civil entre David y su hijo Absalón (2 Sm 15–18) lo deja en mejor lugar: se somete a la voluntad de God (2 Sm 15:26; 16:11–12) y evita una destrucción innecesaria (2 Sm 15:14). Sin embargo, esta sección finaliza con David postrado por el dolor por Absalón y humillado por el reproche de Joab (2 Sm 18:33–19:7). Su regreso a Jerusalén se ve enturbiado por el descontento entre las tribus (2 Sm 19:41–43), y esta sección de la narración concluye con el asesinato de Amasa y el sórdido compromiso que puso fin a la rebelión de Seba (2 Sm 20). En estos capítulos está claro que David se encuentra bajo el juicio de Dios (véase 2 Sm 12:10).

Hasta tal punto resalta 2 Samuel 9–20 los defectos de David, que J. Van Seters (277–91) los considera (junto a 1 Re 1–2) como interpolaciones posteriores que tienen como fin socavar la presentación positiva que se hace de David en otros lugares de 1-2 Samuel. Pero una cosa no se desprende necesariamente de la otra. Es más verosímil que el autor tuviera una opinión matizada de David y que quisiera darle el peso debido tanto a los logros como a los defectos de David (Gordon [1994, 288–95] observa otros problemas con el enfoque de Van Seters).

En cualquier caso, la presentación negativa de David no se limita a 2 Samuel 9–20. En la “conclusión” de 2 Samuel 21–24 a David se le presenta tanto en sus mejores momentos (2 Sm 22: la vindicación de David como el rey escogido por Dios; 2 Sm 23:1–7: David como gobernador justo) como cerca de sus momentos más bajos (2 Sm 24: el relato del orgullo de David y todas sus consecuencias; obsérvese también la mordaz referencia a Urías al final de la lista de los guerreros de David en 2 Sm 23:39). (Para una discusión más profunda del retraro de David en 1-2 Samuel, y especialmente en 2 Samuel 21–24, véase Satterthwaite.)

1.1.4. Una historia teológica. Por lo tanto, no parece probable que el “tema literario o ideológico” (términos que emplea McKenzie) de este relato se pueda identificar simplemente con la justificación de David. Lo mejor es considerar los libros de Samuel como una sutil reflexión teológica sobre las implicaciones de la llegada de la monarquía a Israel, que reconoce tanto los beneficios (e.g., una mayor estabilidad política) como las desventajas (e.g., oportunidad para que se diera un abuso de poder). La presentación que se hace de David encaja con esto: se muestra celoso por salvaguardar el honor de Dios, talentoso y bravo, y en su mejor momento representa el ideal de la monarquía israelita, pero no siempre está a la altura de ese ideal, y las decepciones de sus últimos años apuntan a algunos de los problemas que más adelante le sobrevendrían a la monarquía. La ambivalencia misma que muestra el relato sobre la persona de David es un argumento a favor de su fiabilidad histórica. El relato no se puede tratar como si fuera simplemente una obra de *propaganda tendenciosa.

1.2. Los libros de los Reyes. 1 Reyes 1–2 describe los últimos años de David y el sucesión al trono de Salomón. Estos capítulos reflejan claramente las mismas reservas sobre la monarquía que hemos visto en en la segunda mitad de 2 Samuel. El David de 1 Reyes 1–2 es un anciano débil, cuya reticencia a la hora de nombre públicamente a Salomón como su sucesor da pie a intrigas (1 Re 1), y cuyas últimas palabras, una terrible mezcla de piedad y resentimiento (1 Re 2:1–9), llevan a Salomón a ejecutar a Adonías, Joab y Simei en dudosas circunstancias (1 Re 2:13–46).

Frente a esto, las referencias posteriores a David en los libros de Reyes son generalmente positivas. 1 Reyes 11:14–18 ofrece más detalles de la subyugación de Edom por parte de David. Otros textos mencionan la promesa de Dios a David (1 Re 6:12; 8:15–26; 9:4–5), citan a David como modelo de fidelidad religiosa (1 Re 11:4–6; 15:4–5; 2 Re 14:3; 18:3; 22:2) y describen cómo Dios evitó ciertos males a posteriores reyes de Judá “por amor a David” (1 Re 11:12–13; 2 Re 8:19; 19:34).

1.3. Los libros de las Crónicas

1.3.1. Comparación con los libros de Samuel y Reyes. Muchos incidentes que se encuentran en 1-2 Samuel son relatados de forma parecida o casi idéntica en 1 Crónicas 11–29 (e.g., compárese 1 Cr 11:1–9 con 2 Sm 5:1–10; 1 Cr 17 con 2 Sm 7). En general, no obstante, el relato de David en 1 Crónicas difiere considerablemente de los de Samuel y Reyes.

Hay grandes bloques de material en Samuel y Reyes que no tienen paralelo en Crónicas. En 1 Crónicas casi no hay nada que se corresponda con 1 Samuel 16–30 (la carrera de David durante la vida de Saúl), 2 Samuel 2–4 (la guerra entre las casas de David y Saúl tras la muerte de éste), 2 Samuel 9 (la bondad de David hacia Mefi-boset), 2 Samuel 11 (la aventura de David con Betsabé), 2 Samuel 12 (la profecía de juicio de Natán sobre la casa de David), 2 Samuel 13–14 (la violación de Tamar y el asesinato de Amnón), 2 Samuel 15–20 (la revuelta de Absalón y la posterior guerra civil), 2 Samuel 21:1–14 (la ejecución de siete de los hijos de Saúl), 2 Samuel 22:1–23:7 (el cántico de David y sus últimas palabras), y 1 Reyes 1–2 (las intrigas que se produjeron en torno a la sucesión).

Por el contrario, apenas hay nada en Samuel y Reyes que se corresponda con 1 Crónicas 12 (la lista de quienes tomaron partido por David durante su ascensión), 1 Crónicas 16:7–43 (la acción de gracias de David cuando el arca llegó a Jerusalén; disposiciones para el arca y el tabernáculo), 1 Crónicas 22 (el encargo de David a Salomón), 1 Crónicas 23–26 (la organización que hizo David del personal del templo y sus deberes), 1 Crónicas 27 (divisiones del ejército y oficiales tribales), 1 Crónicas 28:1–29:9 (los planes de David para el templo, la recolección de materiales y dinero), y 1 Crónicas 29:10–25 (la oración de David; la unción de Salomón como rey en una reunión de líderes tribales).

Los relatos de David en 1 Crónicas y en Samuel and Reyes son hasta cierto punto complementarios; cada uno llena las lagunas que deja el otro. Pero en general, el reinado de David y la ascensión de Salomón suenan de manera muy distinta en 1 Crónicas cuando se los compara con Samuel y Reyes. Por ejemplo, un ejercicio interesante consiste en tratar de armonizar los relatos de la transición de David a Salomón en Reyes y Crónicas: el débil, indeciso y vengativo David de 1 Reyes 1–2 parece muy alejado del personaje autoritativo que encontramos en 1 Crónicas 22 y 28–29 que hace preparativos para el templo de Salomón, que instruye a éste en sus deberes y se asegura la lealtad del pueblo hacia él (véase Williamson, 151–89; Selman, 210–63).

Hay otras referencias a David en Crónicas. Las genealogías de 1 Crónicas 1–9 trazan el linaje de David hasta el período postexílico (1 Cr 3:1–24). Al igual que Reyes, Crónicas contiene referencias a David en sus relatos de reyes posteriores. Estas referencias son coherentes con el relato de 1 Crónicas 11–29, que se centra en las disposiciones de David para el templo y la adoración que se ha de realizar en el mismo (2 Cr 2:7; 8:14; 23:18), en la promesa que Dios le hace (2 Cr 1:9; 6:4–17; 23:3), según la cual sus descendientes son los reyes legítimos de todo Israel (2 Cr 10:19; 13:5–8) y en su fidelidad en el ámbito religioso (2 Cr 28:1; 34:2).

1.3.2. Fuentes y método. Crónicas data de una fecha posterior al exilio (1 Cr 3:17–24; 9:1–44), y vuelve a contar tradiciones anteriores para una audiencia postexílica (Jones, 92–94–). El Cronista le estaba ofreciendo a sus contemporáneos una visión clara de lo que debía ser Israel. Un elemento central de esta visión eran las afirmaciones de que la única monarquía viable para las doce tribus de Israel era la que ofrecían los descendientes de David, que el único lugar de culto legítimo era el templo de Jerusalén, y que ambas cuestiones habían sido siempre así, incluso durante la época de la monarquía dividida, cuando habían existido reyes y lugares de adoración rivales (véase 2 Cr 13; 30). El Cronista considera que la promesa hecha al linaje de David sigue vigente (las pequeñas alteraciones en 1 Cr 17, comparadas con 2 Sm 7, sacan a relucir esta cuestión [véase Williamson, 132–37]) y ve lo que Dios ha logrado a través de David y Salomón como un compromiso de sus actos futuros a favor de Israel (Kelly, 262–64–).

Para conseguir sus propósitos, el Cronista elabora un relato de David que, cuando se compara con Samuel y Reyes, parace extremadamente sesgado. Los libros de Samuel presentan el ascenso de David al poder como algo lioso y extenso, y 1 Reyes evidencia las ambigüedades morales de la sucesión de Salomón. 1 Crónicas, por el contrario, presenta a David como el fiel sucesor del infiel Saúl, cuyo liderazgo es rápidamente reconocido por las doce tribus tras la muerte de éste (1 Cr 10–11), y en muchos casos antes incluso de que se produzca (1 Cr 12:1–22; obsérvese el versículo 22). Asimismo, la sucesión de Salomón también se trata como algo exento de problemas, un acontecimiento que David preparó cuidadosamente (1 Cr 22:2–19; 28:1–29:9) y que fue ordenado por Dios (1 Cr 28:5; 29:1).

Sin embargo, la etiqueta de “apología pro-davídica” no cuadra con el relato de David en 1 Crónicas, como tampoco lo hace con los de Samuel y Reyes, aunque por distintas razones. Primeramente, debería distinguirse entre la apología por el propio David que se elaboró como mucho poco después de su muerte (véase el punto 3.2.3) y las afirmaciones hechas a favor de la dinastía davídica varios siglos más tarde. Segundo, y más importante, parece probable que el Cronista presupusiera en su audiencia un cierto conocimiento de las tradiciones de Samuel y Reyes (Williamson, 17–23–). Por ejemplo, 1 Crónicas 11:3 describe cómo David es ungido como rey de Israel “conforme a la palabra de Jehová por medio de Samuel”, cuando no se ha hecho ninguna referencia previa a Samuel (pero cf. 1 Sm 13:14). Del mismo modo, los relatos de 1 Crónicas 12:19–22 (los partidarios de David cuando está huido) y 1 Crónicas 20:1–3 (la captura de Rabá) no parecen muy coherentes para un lector que desconozca la historia completa en Samuel. De hecho, se diría que parte del efecto de Crónicas depende de que la audiencia se dé cuenta de qué es lo que falta y de esa manera perciba la presentación de David como deliberadamente selectiva y positiva (pero téngase en cuenta la postura de Auld [34–39], según el cual los relatos de Samuel–Reyes y Crónicas están basados en un texto común que narra la historia de los reyes de Judá desde David hasta la caída de Jerusalén, que cada uno de ellos ha complementado de manera independiente al resto. Si se acepta su punto de vista, mermaría la fuerza del último argumento. Sin embargo, no se ocupa del pasaje citado anteriormente en detalle).

La presentación de David en los libros de Crónicas podría describirse mejor como un relato teológico que tiene por objeto hacer que los israelitas postexílicos reflexionen sobre la relevancia que sigue teniendo para ellos el hecho de que Dios eligiera a David y a Jerusalén varios siglos antes.

1.4. Esdras, Nehemías, Rut. Los libros de Esdras y Nehemías solamente contienen breves referencias a David. Algunas de ellas remontan hasta él diversos aspectos del culto del templo (Esd 3:10; 8:20; Neh 12:24, 36, 45–46; cf. 1 Crónicas). También hay referencias a Jerusalén como la “ciudad de David” (Neh 3:15; 12:37). El libro de Rut es una narración sobre los ancestros de David, Booz y Rut, tal como dejan claro los versículos finales (Rut 4:18–22). Pero David en Rut 4 es un mero nombre, y cualquier relevancia que el lector crea ver en las referencias que se hacen a su persona dependen del conocimiento que haya derivado sobre él de otros lugares.

En resumen, las referencias a David en Esdras, Nehemías y Rut subrayan su importancia en la historia de Israel, pero no nos dicen nada que ya no nos hayan dicho más extensamente Samuel, Reyes y Crónicas.

  1. David en las fuentes extrabíblicas

Vamos a considerar ahora otros datos relacionados con David.

2.1. Datos arqueológicos. Diversos hallazgos arqueológicos se han relacionado con la época de David.

2.1.1. Niveles de destrucción. A. Mazar (374) observa que *Meguido (un asentamiento cananeo) y Tel Qasile (un lugar filisteo al que no se hace mención en la Biblia) aparentemente fueron destruidos por el fuego en torno a 1000 a.C., y sugiere que esta destrucción “quizás se pueda atribuir a David”. K. A. Kitchen (98, 100) añade a esta lista *Ecrón (Tel Miqne), parece ser que abandonada a finales del siglo XI a.C., y Bet-seán, destruida alrededor de 1000 a.C. y tal vez vuelta a ocupar por los israelites (véanse las entradas sobre estos emplazamientos en NEAEHL). Que David capturara o destruyera estos lugares encajaría con los relatos bíblicos (e.g., 2 Sm 5:12, 25; 8:1), aunque el AT no le atribuye tales acciones.

2.1.2. Asentamientos, urbanización. Meguido y Tel Qasile continuaon siendo habitados después de esta destrucción, si bien a una escala más modesta que antes. Estos y otros asentamientos, tales como los encontrados en Khirbet Dawara (cerca de Michmash) y en Tel *Beerseba, pueden fecharse en el período del reinado de David (Mazar, 374).

En el Neguev central, una serie de unos cincuenta pequeños asentamientos fortificados, que siguen a un largo período en el que no había ningún asentamiento en la región, podrían datar del período de David y Salomón (Mazar, 390–96–). Quizás se establecieran para asegurar las rutas comerciales a través del Neguev en dirección al Mar Rojo. De todos modos, la datación de estos asentamientos como pertenecientes a la época de David y Salomón es cuestionada (Barkay, 324). Tal vez sea más segura la datación de varias fortificacines en el valle de Beerseba que hablan de principios del siglo X a.C. Resultaría verosímil vincularlas con iniciativas de la monarquía unida (Herzog).

El período de David y Salomón también asistió a una mayor ocupación de la costa palestina (Mazar, 389), posiblemente como uno de los resultados de las relaciones amistosas entre ambos reyes y Fenicia (2 Sm 5:11; 1 Re 5:1).

En general, Mazar (387–89) considera que los tiempos de David y Salomón se caracterizaron por una aumento de la urbanización: muchas de las pequeñas aldeas del período de los jueces fueron abandonadas o bien se convirtieron en ciudades (véase también Kitchen, 154–56). W. G. Dever, basándose en la teoría de la formación del estado, argumenta que en el siglo X a.C. surgió un estado israelita en Palestina. Dever cita los siguientes criterios para la formación del estado: (1) el tamaño de la población; (2) un “modelo jerárquico de asentamiento urbano … caracterizado por centros regionales” (Dever, 249); (3) el rey, la burocracia, un ejército profesional y la construcción de defensas; (4) pruebas de estratificación social y de especialización del comercio; (5) la presencia de palacios y templos; (6) un “sistema económico redistributivo, basado en impuestos y tributos” (Dever, 249); (7) un sistema de escritura. Incluso tomada por sí misma, la evidencia arqueológica de la Palestina del siglo X a.C. satisface estos criterios, a excepción del tercero, que se apoya mayormente por el relato bíblico. Nótese, no obstante, que la cronología sobre la que se basa el enfoque de Mazar y otros ha sido cuestionada (véase el punto 3.1.1).

2.1.3. Jerusalén. Muchos de los hallazgos mencionados anteriormente tienen que ver con desarrollos que no se describen específicamente en el AT o que podrían aplicarse tanto a la época de David como a la de Salomón. Un emplazamiento dondre cabría esperar una correlación clara entre los relatos bíblicos y el registro arqueológico es *Jerusalén. Se dice que David capturó Jerusalén (anteriormente un enclave jebuseo), la convirtió en su ciudad real y emprendió allí una serie de proyectos de construcción (2 Sm 5:6–10). Sin embargo, incluso según la valoración más optimista, en Jerusalén se han realizado pocos hallazgos que se puedan fechar con seguridad como del siglo X a.C. (Cahill, especial-mente 54–72).

2.2. Inscripciones. Hay tres inscripciones que se refieren, o podrían referirse, a David por su nombre.

2.2.1. Estela de Tel Dan. La estela de Tel Dan, una inscripción fragmentaria escrita en arameo y procedente del lugar del mismo nombre, fue descubierta y publicada tan sólo en los años 90 del siglo pasado (para una traducción, breve discusión y referencias adicionales, véase Kitchen, 36–37). En esta inscripción, un rey arameo describe su victoria sobre un “[xxx]ram hijo de [xxxx] rey de Israel” y “[xxx]ías hijo de [xxxx.xx]? la casa de David” (líneas 8 y 9 [los caracteres que faltan se representan mediante una “x” y el carácter dudoso con un “?”]). Los nombres de los reyes podrían reconstruirse con ayuda de 2 Reyes 8–9 como “Joram hijo de Acab” y “Ocozías hijo de Joram”, reyes de Israel y Judá, respectivamente, y cuyas muertes tras librar una batalla con Hazael de Aram se describen en 2 Reyes 9. El autor de esta inscripción sería, pues, Hazael, y la inscripción dataría del 841 a.C. o poco tiempo después. Lo que importa aquí es la referencia a David como fundador de la dinastía de Judá, de tal manera que un rey extranjero hiciera referencia a los reyes de Judá como pertenecientes a “la casa de David”.

2.2.2. Inscripción de Mesa. Parte de la deteriorada línea 32 de la inscripción del rey Mesa de Moab, que también data de mediados del siglo IX a.C., ha sido restaurada y traducida como “y la casa de [Da]vid habitó en Horonem” (Lemaire, 30–37 [Horonem se encuentra en el sur de Moab]). Si esta restauración resulta ser correcta, el texto se referiría a David como elfundador de una dinastía real.

2.2.3. Lista topográfica de Shoshenq. Una inscripción del faraón Shoshenq I en la que se conmemora la invasión de Israel en 926/925 a.C. enumera los lugares por los que pasó su ejército. La sección de esta lista que se ocupa del sur de Judá y el Neguev contiene una referencia a “los altos de Dwt”. Kitchen (93) propone que Dwt podría ser el equivalente egipcio de “David”. Se dice que David estuvo activo en el Neguev durante algunos años antes de convertirse en rey (1 Sm 24:1; 27; 30), y esta inscripción, que data de unos cincuenta años después de la muerte de David, podría hacerse eco de esa conexión histórica.

En Israel no se ha encontrado ninguna inscripción en la que se mencione a David. Esto no resulta difícil de explicar. Es poco probable que las inscripciones promulgadas por David, Salomón o reyes posteriores de Judá hubieran sobrevivido a las invasiones y ocupaciones de los siglos posteriores, especialmente en el caso de Jerusalén, que es el lugar donde con mayor probabilidad habrían podido erigirse tales inscripciones en su momento. Otros reinos comparables del I milenio nos han dejado restos igualmente escasos: Aram-Damasco, Aleppo, Moab, Amón, Edom, Tiro y Sidón (Kitchen, 90–91–).

  1. ¿Fue el David de la Biblia un personaje histórico?
  2. Las evidencias arqueológicas e inscripciones son interesantes, pero por sí mismas no nos dirían nada sobre David, más allá de su nombre y del hecho de que había fundado una casa real. Por este motivo, los relatos modernos del reinado de David hasta hace poco tendían a seguir, más o menos, los libros de Samuel (complementado con detalles procedentes de Crónicas), y a adaptar los datos extrabíblicos dentro del marco de los relatos bíblicos (e.g., Bright, 195–211; Herrmann, 145–73). Incluso J. M. Miller y J. H. Hayes (149–88), quienes sospechan de la presencia de elementos legendarios en los relatos bíblicos, los siguieron en su mayoría al hacer su presentación. Sin embargo, recientemente se han planteado dudas sobre este procedimiento, y la pregunta que surge es si los relatos bíblicos de David se pueden utilizar de este modo.

3.1. Argumentos en contra

3.1.1. Arqueología. Ya hemos notado la escasez de evidencias arqueológicas que tengan que ver con la Jerusalén del siglo X a.C. Podría parecer que este hecho socava las afirmaciones de los relatos bíblicos. Así, el estudio de M. Steiner concluye diciendo: “Parece improbable que [la Jerusalén del siglo X a.C.] fuera el centro de un gran estado, la capital de la monarquía unida de los textos bíblicos. Era demasiado pequeña y común para que se correspondiera con las descripciones bíblicas de la ciudad bajo el gobierno de David y Salomón” (Steiner, 363; cf. Killebrew, 345).

  1. Finkelstein (cf. Finkelstein y Silberman, 340–44) ha propuesto una cronología revisada para la arqueología de Palestina entre los siglos XII a VIII a.C., lo que supondría que muchos de los descubrimientos previamente asignados al período de la monarquía unida (véase el punto 2.1.2) deberían asignarse al siglo IX a.C., con lo que se eliminaría un apoyo sustancial al cuadro bíblico de los reinos de David y Salomón. Finkelstein y Silberman (153–59) defienden que nunca hubo una monarquía unida: los reinos de Israel y Judá siempre fueron independientes, y se desarrollaron en direcciones separadas. Sin embargo, la propuesta de una revisión de la cronología ha sido enérgicamente contestada (Kitchen, 139–46; Halpern, 451–78).

3.1.2. Argumentos histórico-literarios. Los argumentos arqueológicos de este tipo se combinan con otros argumentos relacionados con la naturaleza de los relatos bíblicos de David, según los cuales no son sino creaciones tendenciosas de un período posterior, que podría ser el siglo VII a.C. (Finkelstein y Silberman, 144), el período persa (Davies, 72–89–) o incluso el helenístico (Thompson, 207–10–), y que se inventaron para apoyar los objetivos político-religiosos de la propia época en que vivían los autores, y que es mejor considerar no como evidencias del siglo X a.C., sino del período en que se compusieron realmente. Así, T. L. Thompson relaciona los relatos de David y Salomón con los objetivos perseguidos por los gobernantes hasmoneos de mediados del siglo II a.C., y sostiene que “las historias bíblicas de Saúl, David y Salomón no tienen que ver en absoluto con la historia … tratarlas como si fueran historia es malinterpretarlas” (Thompson, 206).

No es posible aquí realizar un análisis completo de las cuestiones que plantea este enfoque (véase el amplio estudio de Provan, Long y Longman, 3–104). Nos limitamos a esbozar algunos argumentos que se han presentado en apoyo del relato bíblico.

3.2. Contraargumentos

3.2.1. Jerusalén. La ausencia de restos sustanciales del siglo X a.C. en Jerusalén puede que no sea un buen argumento en contra de que el emplazamiento hubiera funcionado como la capital de David. En muchas partes de la antigua ciudad se ha construido encima con posterioridad, y en otras no es posible realizar excavaciones (e.g., el Monte del Templo). Jerusalén ha sufrido muchas destrucciones y reedificaciones a lo largo de su extensa historia, así que tal vez no deberíamos esperar que hubieran llegado hasta nosotros muchos restos de la Jerusalén del siglo X a.C. Se han descubierto pocos restos de la Jerusalén de la Edad del Bronce (1550–1200 a.C.), y sin embargo las cartas de Amarna procedentes de Jerusalén (nos. 285–90 [Moran]) señalan que era un centro regional del gobierno egipcio en el siglo XIV a.C. Así las cosas, la ausencia de vestigios del siglo X a.C. no tiene por qué descartar la posibilidad de que Jerusalén hubiera servido como centro de la administración de David (Kitchen, 150–54; pero nótense los puntos de vista divergentes de Steiner, 349–51).

3.2.2. Paralelos del imperio de David. Un “imperio” de David tal como se describe en 2 Samuel 8 y 10 no es algo imposible para el siglo X a.C. en la zona del Levante (Kitchen, 98–104–). Se afirma que consistía en un territorio nuclear (Israel), territorios conquistados que estaban bajo el control de Israel (Edom, Moab, Aram-Damasco y tal vez Soba) y súbditos aliados (Hamat, Amón y quizás Gesur)—un territorio sustancial, pero no tan extenso como para situarlo en el ámbito de lo legendario. Kitchen recoge evidencias de otros imperios de un tamaño y estructura similares en el Levante de los siglos XII–X a.C.: Tarhuntassa, Carquemis, Aram-Soba. Después de todo, este fue el período en el que las grandes potencias de la Edad del Bronce Reciente (Egipto, Asiria y Babilonia) se encontraban en pleno declive (el reino hitita de Anatolia había desaparecido por completo), y en el que, durante un tiempo, los estados más pequeños tenían la oportunidad de florecer. Además, en contra del argumento de que la Jerusalén del siglo X a.C. era demasiado pequeña para haber servido como centro de un imperio davídico, se puede mantener que hubo precedentes de un imperio que en sus primeras etapas fue gobernado desde una ciudad relativamente pequeña (Kitchen, 154).

3.2.3. ¿Evocación del pasado de un período posterior? Por último, en contra de la tesis de que el David bíblico es una invención que data de varios siglos después de la época en que se supone que vivió, una serie de especialistas sostiene que los relatos de 1-2 Samuel no son lo que cabría esperar de un escrito del período persa o helenístico. Halpern (57–72) enumera varios detalles históricos y lingüísticvos que sugieren que las fuentes de 1-2 Samuel datan de una fecha no posterior al siglo IX a.C. McKenzie considera, sin embargo, que los elementos apologéticos de 1-2 Samuel, sobre los que se muestra escéptico, muestran que los relatos “contienen información histórica genuina acerca de David.… ¿Quién se inventaría tales alegaciones contra David sólo para tratar de justificarlas?” (McKenzie, 35–36–). Alter comenta: “Si David fuera fruto de la invención de una tradición nacional muy posterior, sería el más peculiar de los reyes fundadores legendarios”, y cita el servicio de David como vasallo de los filisteos, el incidente con Betsabé y el modo en que “se le ve repetidamente en toda su debilidad, y va oscilando entre la nobleza de sentimientos y hechos y las ansias de venganza en su propio lecho de muerte” (Alter, xvii).

  1. Conclusión

Esto puede formar nuestra conclusión. David tal como se presenta en los Libros Históricos del AT es visto desde muchos ángulos: como un líder israelita celoso de Dios que unió a su pueblo y les trajo una paz que antes no habían conocido; como un hombre cuyas debilidades personales socavaron muchos de sus logros anteriores; y (en Crónicas) como un símbolo de esperanza para las generaciones postexílicas, una señal de que Dios todavía iba a restaurar la fortuna de Israel. La profundidad, complejidad y (en ocasiones) ambivalencia de estos retratos de David sugiere que están basados en hechos históricos.

FAMILIA DE DAVID

Las complejas y variadas referencias a la familia de *David en la Biblia se pueden tratar atendiendo a sus orígenes, esposas e hijos.

  1. Orígenes de David
  2. Esposas de David
  3. Hijos de David
  4. Orígenes de David

La ascendencia de David aparece en dos pasajes veterotestamentarios, Rut 4:18–22 y 1 Crónicas 2:4–15, y una vez en el NT (Mt 1:3–5). La genealogía es similar, aunque no idéntica, en las tres, y resulta llamativa por la franca admisión de las raíces no israelitas de David, a través de Rut la *moabita, así como de las *cananeas Tamar y Rahab:

Judá (a través de Tamar [Gn 38])

Fares

Hezrón

Ram

Aminadab

Naasón

Salma o Salmón (a través de Rahab [según Mt 1:5, como texto singular])

Booz (a través de Rut)

Obed

Isaí

David

El propósito de esta genealogía (véase Genealogías), como puede verse en 1 Crónicas 2, era presentar una descendencia clara desde Judá hasta David—algo que no ha llegado hasta nosotros en ningún otro lugar del AT. Esto se logró a través de Ram y Salma (Salmón), personas que ambos casos nos resultan desconocidas fuera de este capítulo y de las genealogías en Rut y Mateo. La genealogía de Ram en 1 Crónicas 2:10–17 tienen una forma distinta a las de Jerameel y Caleb que aparecen a continuación, lo cual indica que la de Ram era originalmente independiente. En 1 Crónicas 2:12 la genealogía es linear hasta Isaí, inclusive. Después se enumera a la familia de Isaí—David y sus hermanos— en 1 Crónicas 2:13–17 (la Biblia nunca nombra a la madre de David). Ram, que por lo demás es el hijo de Jerameel (1 Cr 2:25, 27), aquí forma un puente entre Hezrón y Aminadab (1 Cr 2:10). La referencia a Aminadab y a su hijo Naasón, “el príncipe de los hijos de Judá”, se toma prestada de Números 2:3. Posteriormente Salma (el padre de Belén en 1 Cr 2:51) conecta a Naasón con Booz (1 Cr 2:11). La fabricación de la genealogía recuerda a la obra de el Cronista en otros lugares, y forma parte integral de Crónicas, aunque puede que sea un apéndice añadido a Rut. En cualquier caso, puede que ambos autores hayan utilizado una genealogía construida anteriormente.

La Biblia da a entender que la familia de David era rica y ocupaba una posición social destacada. La expresión gibbôr ḥayîl (“hombre rico”) que se emplea en referencia a Booz, el bisabuelo de David, en Rut 2:1 y a Cis, padre de Saúl, en 1 Samuel 9:1 (LBLA: “poderoso [e] influyente”) también aparece en alusión a David en 1 Samuel 16:18, donde el “valiente” de la RV60 convierte al siguiente descriptor, “hombre de guerra”, en redundante. También se puede deducir en 1 Samuel 16:5, donde Samuel santifica a Isaí y a sus hijos después de mandar a los ancianos de Belén que se santifiquen a sí mismos, por lo que parece que Isaí era uno de esos ancianos y por tanto un ciudadano importante de la ciudad.

Estas pistas evocan una imagen de David distinta de la tradicional, que lo presenta como un humilde pastor. Como hijo de un próspero propietario de tierras y ganado, tal vez un “criador de ovejas” como el rey de Moab en 2 Reyes 3:4, es posible que el joven David cuidara ovejas, pero esa no era su profesión. Las pocas referencias que se hacen en la historia de David a él como pastor se encuentran principalmente al comienzo (1 Sm 16:11, 19; 17:15, 28, 34, 40; 2 Sm 7:8), y podría ser que con ellas se pretendiera prefigurar su futuro, inspirándose en la habitual metáfora del antiguo Oriente Próximo de un rey como pastor de su pueblo (cf. 2 Sm 5:2).

1 Crónicas 2:13–15 presenta a los siete hijos de Isaí, de mayor a menor: Eliab, Abinadab, Simea, Natanael, Radai, Ozem y David. Se desconoce cuál es la fuente de esta lista. 1 Crónicas 27:18 menciona a un hermano de David llamado Eliú, presumiblemente una variante de “Eliab”. 1 Samuel 16:6–10 y 17:12–15 solamente nombran a Eliab, Abinadab y Sama (una variante de “Simea”, también llamado Simea [2 Sm 13:3] y Simei [2 Sm 21:21]). Nada se sabe de los otros tres nombres de la lista: Natanael, Radai y Ozem.

1 Samuel 16:10 afirma que Isaía presentó a sus siete hijos (o “siete de sus hijos”) a Samuel antes de mandar llamar a David, y 1 Samuel 17:12 dice explícitamente que Isaí tenía ocho hijos. Algunos especialistas sugieren que David era el séptimo hijo de acuerdo con el estatus favorecido de esa posición en la literatura tradicional, y que la declaración de 1 Samuel 16:10 está mal colocada o tiene un carácter proléptico. Otros afirman que la designación de David como el octavo hijo enfatiza su anonimato, de modo que su futura grandeza fue el resultado de la bendición divina, y no del orden de nacimiento. Todavía hay otros que proponen que los hijos de Isaí solamente eran cuatro—David y los tres hermanos nombrados en Samuel—y que el número creció hasta los siete debido al motivo tradicional de que el séptimo hijo es especial.

Estos textos concuerdan en presentar a David como el más joven, de acuerdo con un tema literario y teológico que se encuentra en otros lugares de la Biblia. Así, en Génesis Dios favorece sistemáticamente a los hermanos menores, como Isaac, Jacob, Raquel y José. L. E. Stager sostiene que el estatus de David como hijo más joven tiene sentido a la luz de las condiciones ambientales y económicas de Palestina a principios de la Edad del Hierro, cuando el aumento de la población en las zona montañosa central supuso una presión sobre los recursos y la economía agrícola. Como último en la línea de herederos, el hijo menor tendría que haber buscado otros medios de subsistencia, como el ejército o el saqueo.

Aparte de 1 Crónicas 2:16–17, las dos hermanas de David, Abigail y Sarvia, se mencionan juntas únicamente en 2 Samuel 17:25, donde se llama a Abigail la hija de Nahas, no de Isaí. Si no se trata de un error textual—una descolocación del nombre “Nahas”, que aparece dos versículos más tarde—Abigail podía haber sido la hermanastra de David. La única otra Abigail en el AT es la anterior esposa de Nabal, quien contrajo matrimonio con David (1 Sm 25); es posible que las dos fueran la misma mujer (Levenson; Levenson y Halpern).

El nombre de Sarvia aparece a menudo en la historia de David en la expresión “los hijos de Sarvia”, en referencia a Joab, Abisai y Asael. J. Van Seters (25) propuso que en realidad Sarvia era un hombre, ya que generalmente en el Israel antiguo a los hombres se les designaba por el nombre de su padre. También se han cuestionado los lazos familiares de los hijos de Sarvia con David, ya que prácticamente no tienen ningún papel en la ascensión de David hasta que éste se convierte en rey; tal vez su estatus dentro de su ejército dio como resultado que se les identificara como sus parientes de sangre (McKenzie 2000, 55).

  1. Esposas de David

El harén fue una característica de la monarquía del Oriente Próximo que David introdujo en Israel. También representaba las alianzas y maniobras políticas de David. La Biblia le atribuye a David al menos diecinueve esposas y concubinas:

Mical (1 Sm 18:20–29; 25:44; 2 Sm 6:20–23; 1 Cr 15:29)

Ahinoam (1 Sm 25:43; 2 Sm 2:2; 3:2; 1 Cr 3:1)

Abigail (1 Sm 25; 2 Sm 2:2; 3:3; 1 Cr 3:1)

Maaca (2 Sm 3:3; 1 Cr 3:2)

Haguit (2 Sm 3:4; 1 Cr 3:2)

Abital (2 Sm 3:4; 1 Cr 3:3)

Egla (2 Sm 3:5; 1 Cr 3:3)

anónima (2 Sm 5:13–16; 1 Cr 14:3–7)

diez concubinas (2 Sm 15:16; 16:21–22; 20:3)

Betsabé (2 Sm 11–12; 1 Re 1–2; a quien se llama Bet-súa en 1 Cr 3:5)

Abisag (1 Re 1–2)

El valor político de Mical para David es evidente en 1 Samuel 18:20–29, donde el diálogo entre él y *Saúl tiene que ver sistemáticamente con convertirse en “yerno del rey”, una posición que colocaría a David, indirectamente, en la línea de sucesión al trono. En ningún momento se dice que David amara a Mical, y se le presenta como alguien sin ambición, pero está dispuesto a arriesgar su vida para convertirse en yerno de Saúl. Aunque nunca intenta ver a Mical durante todo el tiempo que está huyendo de Saúl, sí exige su regreso como condición para negociar con Abner (2 Sm 3:13), y es nada menos que el heredero de Saúl, Is-baal (Is-boset), el que la envía de vuelta. Estas peculiaridades plantean la posibilidad de que este “matrimonio” fuera forzado por motivos políticos: para consolidar la pretension de David al trono de Israel después de que se hubiera convertido en rey (McKenzie 2000, 118, 137–38). El hecho de que Mical no tuviera hijos (2 Sm 6:23) habría sido entonces una estrategia por parte de David para asegurarse de que no le diera herederos a Saúl.

La ciudad natal de Ahinoam, Jezreel, presumiblemente era una aldea (de ubicación desconocida) del desierto de Judea y no el famoso valle septentrional, como indica su permanente aparición en tandem con Abigail cuando David se traslada para gobernar Judá (1 Sm 25:43; 27:3; 30:5; y especialmente 2 Sm 2:2). Más importante es el hecho de que podría tratarse de la misma esposa de Saúl del mismo nombre (1 Sm 14:50), ya que no hay ninguna otra Ahinoam en la Biblia. Esto explicaría la declaración de Natán en 2 Samuel 12:8 de que Yahvé le había dado las esposas de Saúl (“tu señor”) a David.

La historia del matrimonio de David con Abigail en 1 Samuel 25 es una obra maestra de la literatura, que también contiene algunas pistas intrigantes acerca de la historia (véase Levenson; Levenson y Halpern; McKenzie 2000, 95–101). Abigail evita un baño de sangre después de que su anterior marido, Nabal (que significa “loco” y probablemente sea simbólico y no su nombre real), provocara la ira de David con sus insultos. Sin embargo, Nabal muere providencialmente, y Abigail le trae a David las riquezas de David, posición social y estatus político, lo que convierte a este episodio en un paso crucial en la ascensión de David al trono de Judá.

Al igual que Mical, Maaca era una princesa, hija del rey Talmai de Gesur (los Altos del Golán). Su matrimonio con David probablemente selló un tratado entre ambos reyes.

El matrimonio con Betsabé estuvo motivado, de forma excepcional, más por la pasión que por la política. 2 Samuel 11–12 destaca en relación con el material circundante por su ausencia de tono apologético al hablar de David, y probablemente se trate de una inserción posterior (McKenzie 2000, 155–61). A Betsabé se la llama la hija de Eliam (2 Sm 11:3; hija de Amiel en 1 Cr 3:5), el nombre del hijo del enormemente sabio consejero de David, Ahitofel (2 Sm 15:12; 16:23; 23:34). Por tanto, es posible que el cambio de lealtad de Ahitofel de David a Absalón fuera una respuesta a la ejecución de Urías y la humillación de Betsabé.

La política que rodea la historia de Abisag difiere de la del resto de matrimonios de David. Ella sirvió para probar la virilidad del anciano rey y, por consiguiente, su idoneidad para el trono. Así pues, la exaltación que hace Adonías de sí mismo como rey (1 Re 1:5) sigue directamente a la afirmación “pero el rey nunca la conoció [refiriéndose a Abisag]” (1 Re 1:4), pese a su belleza y cercanía (1 Re 1:2–3). Puede ser que el hecho de saber que el matrimonio no se había consumado animara posteriormente a Adonías a solicitar la mediación de Betsabé ante *Salomón para pedir el matrimonio con Abisag. De todos modos, resulta difícil entender por qué Adonías fue tan necio como para ignorar las implicaciones políticas de su demanda o para confiar en la mediación de Betsabé. Esta es la razón por la que la historia ha sido considerada como una construcción literaria pensada para ofrecer alguna excusa para la ejecución de su hermano a manos de Salomón.

Explicaciones similares aparecen en 1 Reyes 2 para las muertes (o destierro en el caso del sacerdote Abiatar) de otros de los oponentes políticos de Salomón, incluido Joab, el “sobrino” de David. La condena que hace David en su lecho de muerte de Joab por los asesinatos de Abner y Amasa, crímenes que se habían producido hacía décadas, especialmente en el caso de Abner, apenas oscurece la auténtica razón para la ejecución de Joab: su apoyo a Adonías (1 Re 1:7). El verdadero motivo de Salomón es tan obvio que algunos expertos leen 1 Reyes 1–2 como una especie de parodia de la apología real que ilustra el baño de sangre que inevitablemente mancilló la línea davídica o la institución de la monarquía en general.

  1. Hijos de David

2 Samuel contiene dos listas de los hijos de David— los que nacieron en *Hebrón (2 Sm 3:2–5) y los que lo hicieron en *Jerusalén (2 Sm 5:13–16)—que se combinan en 1 Crónicas 3:1–9, si bien con algunas diferencias importantes.

Las diferencias entre Simea y Samúa y entre Elisama y Elisúa son cuestiones menores debidas a la forma de deletrear o a la corrupción textual. El nombre Bet-súa en lugar de Betsabé, aunque posiblemente se trate de una variación a la hora de escribir, más probablemente sea una alusión a la esposa de Judá (Gn 38). La atribución que se hace en Crónicas de los primeros cuatro hijos de la lista, siendo Salomón el cuarto, a Bet-súa contradice 2 Samuel 12:24, donde Salomón es el primer hijo que sobrevive de la unión entre David y Betsabé. Aparentemente, en 1 Crónicas 3:1–3 el Cronista trató de continuar con el patrón de nombrar a las madres. Dado que Betsabé era la única madre de Jerusalén mencionada en 2 Samuel, y puesto que claramente Salomón era su hijo, el Cronista le asignó a ella los primeros cuatro nombres de la lista. Elifelet y Noga son ditógrafos de Nefeg y el posterior Elifelet en la lista de Crónicas.

Amnón violó a su hermanastra Tamar (la única hija de David que se nombra en la Biblia) y fue asesinado por el hermano de ésta, Absalón a instancias de Jonadab, el astuto sobrino de David (2 Sm 13). El estatus de Amnón como primogénito e hijo de Ahinoam, quizás la anterior esposa de Saúl, plantea la posibilidad de que su asesinato fuera el resultado de una intriga política.

El nombre del segundo hijo está corrompido en el TM de Samuel y Crónicas. Basada en otros testigos textuales para ambos libros, la mejor lectura parece ser dlwyh = Daluiah (McCarter 1984, 101–2). No se sabe nada más sobre este hijo, y generalmente se supone que murió durante su infancia.

Absalón fue el siguiente en la línea sucesoria de David, y esto puede haber sido un factor a tener en cuenta detrás de su revuelta en 2 Samuel 15–19.

La historia de agitación en el reino y en la familia real en 2 Samuel 13–20 se suele leer al pie de la letra como el resultado de la debilidad personal de David y como un castigo por su pecado con Betsabé. Sin embargo, algunos especialistas concluyen que es probable que se escribiera para evitar cualquier sospecha de que David hubiese podido participar en la muerte de sus hijos (McCarter 1981; McKenzie 2000, 165–72), y que la historia de Betsabé se añadió más tarde. Este punto de vista se puede presentar tal como sigue: Amnón y Absalón eran los hijos mayores y herederos al trono en el momento de sus respectivas muertes, y Absalón evidentemente se había rebelado, así que cada uno de ellos representaba una amenaza para David. Si bien la historia presenta el asesinato de Amnón como obra de Absalón por motivos personales, es posible que David estuviera detrás del mismo. Absalón se ocultó durante tres años con su abuelo Talmai, mientras David intentaba capturarlo (2 Sm 13:37–39; siguiendo la traducción que hace McCarter [1984, 344] de 2 Sm 13:39: “el espíritu del rey estaba ya agotado de salir contra Absalón”). Habida cuenta que Talmai había establecido un tratado con David, uno se pregunta por qué David no le conminó a entregarle a Absalón. Tal vez David envió a Absalón a Gesur para custodiarlo. Asimismo, la historia presenta la muerte de Absalón como obra de Joab, quien contravino la orden de David (2 Sm 18). Sin embargo, pese a las muestras de dolor de David, Joab nunca fue castigado por desobedecer. ¿Podría ser que quizás estuviera en realidad siguiendo órdenes? De hecho, la bondad de David en estos capítulos, especialmente por lo que a sus hijos respecta, en claro contraste con la crueldad de los “hijos de Sarvia”, es un motivo recurrente.

Tras la desaparición de Absalón, Adonías era el siguiente en la línea de sucesión al trono, de ahí su autoproclamación en 1 Reyes 1:5 después de que no se considerara a David apto para gobernar debido a su flacidez. La historia de 1 Reyes 1:11–40 es necesaria para explicar por qué Salomón fue finalmente el sucesor en lugar del heredero legítimo. Aun así, algunos han observado lo artificial que resulta la historia, como pone de manifiesto el hecho de que no se registre ninguna promesa de David a Betsabé en el sentido de que Salomón le sucedería. El nombre “Salomón” significa “su sustituto”, y aunque es probable que originalmente se refiriera a “reemplazar” el primer hijo de David y Betsabé, que murió en la infancia (2 Sm 12:15b–25), las posibles alusiones a Urías y a David son difíciles de ignorar. Curiosamente, el nombre escogido por Yahvé, “Jedidías” (2 Sm 12:25), no se vuelve a utilizar.

Figura 1. Listas de los hijos de David
2 Samuel 3:2–5 2 Samuel 5:13–16 1 Crónicas 3:1–9
    Amnón (de Ahinoam) Amnón (de Ahinoam)
      Quileab (de Abigail) Daniel (de Abigail)
    Absalón (de Maaca) Absalón (de Maaca)
     Adonías (de Haguit) Adonías (de Haguit)
      Sefatías (de Abital) Sefatías (de Abital)
       Itream (de Egla) Itream (de Egla)
       Samúa Simea
        Sobab Sobab
          Natán Natán
            Salomón Salomón
        Ibhar Ibhar
        Elisúa Elisama
Elifelet
Noga
         Nefeg Nefeg
Jafia Jafia
Elisama Elisama
Eliada Eliada
Elifelet Elifelet[1]

 

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