Madrid, madrid. España

EL PRIMOGÉNITO DE TODA CREACIÓN

Recursos Bíblicos Para Crecer

EL PRIMOGÉNITO DE TODA CREACIÓN

Redes Sociales


COLOSENSES 1:15b–16

… el primogénito de toda creación; porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles o invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de él y para él.


LA PRIMOGENITURA DE CRISTO (1:15)

Pablo acaba de establecer con la mayor exactitud posible quién es Jesucristo: él es la imagen del Dios invisible. Ahora procede a explicar cuál es su posición en el universo y su relación con el mundo creado: él es el primogénito de toda creación.
Parece que el propio apóstol era consciente de que esta última frase se presta a diferentes interpretaciones, por lo cual la explica más ampliamente en los versículos 16 y 17 para que no haya confusión alguna en cuanto a su significado.
No obstante, todavía hay personas que interpretan la frase primogénito de toda creación como si significara que Cristo fue el primer ser creado por Dios. A nuestro juicio, las frases adicionales fueron añadidas por Pablo precisamente para descartar este malentendido. El creador de todas las cosas no puede ser él mismo una criatura. Puesto que todas las cosas fueron creadas en él (1:16), él mismo no puede ser incluido entre todas estas cosas. El que es antes de todas las cosas (1:17) no puede estar él mismo sujeto al tiempo y al espacio como los seres creados. Como veremos, todo el afán del apóstol es demostrar que Jesucristo no es una mera emanación de Dios según la enseñanza gnóstica; no es ni siquiera el más exaltado de los seres angelicales; es tan intrínsecamente divino como el Padre, tan inextricablemente unido a él como la imagen lo es al objeto, como el resplandor lo es a la gloria o como la palabra lo es a la persona que habla.
Entonces, ¿cómo debemos entender nuestra frase? Nuevamente, se trata de palabras escogidas cuidadosamente por el apóstol y cuyo significado es amplio y profundo, lleno de resonancias y de implicaciones:

 

Engendramiento

Notemos en primer lugar que la palabra primogénito contiene la idea de engendramiento. Es decir, sugiere que entre Dios y Jesucristo existe una relación de paternidad. Pablo acaba de llamar a Cristo su Hijo amado (1:13). Aunque, como ya hemos dicho, no tenemos derecho a afirmar que el Hijo fue creado por el Padre, sí hay base bíblica para afirmar que fue engendrado por él. ¿Y esto qué significa? No lo sabemos. O, mejor dicho, sólo podemos entenderlo en la medida en que Dios ha tenido a bien revelárnoslo por medio de ilustraciones humanas, ilustraciones que, naturalmente, no pueden hacer justicia a las realidades eternas, sino que son pálidos reflejos temporales de esas realidades.
Si hablamos de «Padre e Hijo» es por al menos dos razones. En primer lugar, un hijo se parece siempre a su padre. Son de la misma especie. Un cachorro de perro es perro. Un cordero es oveja. Un niño es, como su padre, un ser humano. Así, el Hijo es «consustancial» con el Padre. Tiene la misma naturaleza que él.
En segundo lugar, de alguna manera, Jesucristo «procede» de Dios como un hijo procede de su padre. Si queremos ahondar más en este concepto, sólo podremos echar mano a la clase de ilustración que el propio Nuevo Testamento emplea: el Hijo procede del Padre como una imagen procede de un objeto, como la palabra expresa la mente o como el resplandor sale de la gloria. Más allá de esto no podemos ir.
¿Y en qué momento empezó el Hijo a proceder del Padre? (Con esta pregunta no estamos contemplando el momento de la encarnación, sino al Hijo en su relación eterna con el Padre. Al ser engendrado por el Espíritu Santo en la virgen María, Jesucristo también «salió» del Padre [ver Juan 16:28], pero eso es otra cosa.) No nos es dado entender estas cuestiones, pues pertenecen a la eternidad, esfera que por definición no podemos entender. Pero hablar de «momentos» cuando se trata de la eternidad es en sí una torpeza. Más bien tendríamos que decir algo así como que «el Hijo es eternamente engendrado por el Padre». Una imagen no procede de su objeto sólo en un momento determinado, sino que procede de él continuamente.
En el caso de la paternidad humana, el padre sólo empieza a existir como padre cuando nace su primogénito. Un padre humano, como padre, sólo es tan «viejo» como su hijo. Así es también con Dios. Pero, por supuesto, el padre humano ya existía como ser humano, aunque no en forma de padre, antes del nacimiento de su primogénito. Sin embargo, no tenemos derecho a pensar que hubo un «tiempo» en el que el Padre existía a solas y que luego vino un «momento» en que procedió de él el Hijo. Tal idea, además de no tener en cuenta la realidad de la eternidad, carece de apoyo bíblico y tampoco hace justicia a las ilustraciones que hemos mencionado. La imagen de un objeto empieza a existir en el mismo instante en que empieza a existir el objeto; éste no existe con anterioridad a la imagen. El resplandor de la gloria tiene la misma duración que la propia gloria. El Verbo está presente cara a cara con Dios —y, de hecho, es Dios— desde el principio (Juan 1:1). La existencia del Hijo es tan eterna como la del Padre. Es decir, siempre ha existido. No tiene principio ni fin (Hebreos 7:3), sino que es el principio y el fin de todo lo demás (1:18; Apocalipsis 1:8; 21:6; 22:13).
Así pues, Cristo es llamado el «primogénito» por cuanto, como Hijo, procede del Padre y, en sentido figurado, es engendrado por él. Pero no debemos pensar tampoco que, mediante esta palabra, Pablo quiere dar a entender que Cristo es el primero de muchos hijos de Dios engendrados de manera similar. Es cierto que, a través de Cristo, Dios piensa llevar muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10) y que éstos no son engendrados de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios (Juan 1:13). Pero el «engendramiento» de Cristo es único e irrepetible. Por eso, allí donde Pablo habla del primogénito, el apóstol Juan habla del unigénito (Juan 1:14, 18; 3:16). Dios ha engendrado espiritualmente a muchos hijos, pero hay un solo Hijo que sea «logos y eikón» de Dios.
Si nos preguntamos, entonces, por qué Pablo utiliza la palabra primogénito, la respuesta tiene que ver, sin duda, con otros matices importantes que esta palabra conlleva …

Hijo amado

Debemos recordar que, en el Antiguo Testamento, Israel era llamado el «primogénito» de Dios. Cuando Moisés fue enviado por Dios a anunciar la última de las plagas, tuvo que pronunciar la siguiente sentencia: Así dice el Señor: Israel es mi hijo, mi primogénito. Y te he dicho: «Deja ir a mi hijo para que me sirva», pero te has negado a dejarlo ir. He aquí, mataré a tu hijo, a tu primogénito (Éxodo 4:22–23).
Con estas palabras, Dios indica que Israel es su hijo predilecto y más favorecido, su amado, y que tiene un puesto distintivo en sus planes y propósitos. Si Dios pudo hablar así con referencia a Israel, ¡cuánto más con referencia a Jesucristo! No olvidemos que Pablo acaba de llamar a Cristo exactamente eso: el Hijo amado de Dios (1:13).

Supremacía

En las Escrituras existe una estrecha relación entre la primogenitura y el derecho a gobernar. Por eso, durante la monarquía de Israel, el heredero legítimo del trono —el que estaba destinado a reinar— era siempre el primogénito del rey. Por eso también, cuando Jacob le compró a Esaú la primogenitura, fue en cumplimiento de lo que Dios ya había dicho a su madre Rebeca: El mayor servirá al menor (Génesis 25:23). También Efraín es llamado «primogénito» (Jeremías 31:9) en cumplimiento de la bendición de Jacob (Génesis 48:20), aun cuando era el menor de los hijos gemelos de José. E, igualmente, cuando Dios llama a su Mesías mi primogénito, añade que él será el más excelso de los reyes de la tierra (Salmo 89:27). Ser primogénito de toda la creación es ejercer el gobierno supremo sobre ella. En otras palabras, «primogénito» es un título mesiánico (ver Hebreos 1:6). Llamar a Cristo el «primogénito» es exaltarlo, concederle honores supremos, reconocerlo como rey legítimo del universo, colocarlo por encima de todo el mundo creado y establecer su soberanía y preeminencia (1:18).

Herencia

El primogénito es siempre el principal heredero. De hecho, en el pensamiento hebreo, primogénito es prácticamente un sinónimo de heredero y es posible que Pablo emplee aquí la palabra con este significado. Es de observar que el texto similar de Hebreos 1:2 reza: su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo. ¡Difícilmente podemos encontrar una mejor manera de parafrasear primogénito de toda creación! Esta misma idea volverá a aparecer al final del versículo 16: todo ha sido creado por medio de él y para él. El Hijo no sólo es el creador, sino también el heredero.


CRISTO, CREADOR DE TODO (1:16)

Como ya hemos dicho, los versículos 16 y 17 vienen a ser una ampliación y explicación de la última frase del 15, redondeando el concepto del Hijo como Creador y Señor del universo. La preeminencia de Cristo por encima de toda criatura sigue siendo el tema de esta sección.
Y aquí, el apóstol amontona frases para dejar totalmente clara la idea de que no existe absolutamente nada que no haya sido creado por Cristo y que no esté sometido finalmente a su autoridad soberana. Veamos, pues, estas frases una por una:

En él fueron creadas todas tas cosas
La primera establece que el Hijo es creador de absolutamente todo. Como dice Juan: Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Juan 1:3). Tanto él como Pablo emplean a este respecto frases tan contundentes que resultan casi redundantes. Obviamente, su afán es comunicar a sus lectores que no hay ningún ser, por muy poderoso que sea, que se escape de la autoridad superior de Cristo.
Lo curioso de esta frase es la preposición. No dice que todas las cosas fueron creadas por medio de él, sino en él. Por supuesto, es cierto que todo fue creado «por medio» de él, y Pablo mismo lo dirá al final de este mismo versículo. Pero la frase en él es aún más significativa. Cristo no sólo es el autor de la creación, sino también su sustentador y su heredero. Todo fue creado por él y para él. Él lo gobierna y lo mantiene en pie. Él es el agente y la meta de la creación. No sólo es aquel a quien todas las cosas deben su origen, sino también aquel que determina su fin. Las leyes, los principios y los propósitos que gobiernan la creación brotan de él y culminan en él. En todos los sentidos, es en relación con Cristo como la creación tiene su existencia. Él es su punto de referencia.
Pero, sin duda, el énfasis de esta primera frase recae sobre la palabra todas. Cristo es el creador no sólo del mundo material (como quizás hayan opinado los herejes), sino de todo cuanto existe. Y, para que no quepa la menor duda de que todas significa todas, Pablo elabora este concepto en las frases siguientes.

Tanto en los cielos como en la tierra
En el principio creó Dios los cielos y la tierra (Génesis 1:1) y lo hizo en Cristo. Vayamos a donde vayamos en este universo, y aun, si fuera posible, fuera de él, nunca nos encontraremos en un espacio no creado por Cristo (cf. Salmo 139:7–8). Estemos en el momento en que estemos, nunca estaremos en un tiempo no creado por él. Cualesquiera que sean los seres que habiten los cielos o en los lugares más oscuros de la tierra, todos fueron creados por él.

Visibles o invisibles
Lo visible se refiere seguramente al mundo material y terrenal; lo invisible, al mundo espiritual y celestial. La absoluta universalidad de la creación de Cristo se extiende al mundo oculto de espíritus, demonios caídos y ángeles santos. Allí también, todo lo que existe es creación de Cristo y, por tanto, está sujeto a su autoridad.

Ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades
Con lo que acaba de decir, Pablo ha dejado fuera de toda duda que Cristo es el creador de absolutamente todo. Pero, para que nadie pretenda que, aun después de lo dicho, podría caber alguna excepción, el apóstol menciona por nombre las diferentes jerarquías celestiales del mundo oculto. Todas ellas, sin excepción alguna, son creación suya.
Enseguida se despierta nuestra curiosidad. Queremos saber más acerca de estas categorías de seres invisibles. ¿Qué diferencia existe entre los tronos y los dominios o entre los poderes y las autoridades? Las palabras empleadas son casi sinónimas. ¿Se trata de diferentes grados de poder o de las diversas regiones en las que ejercen su influencia? ¿La jerarquía es ascendente o descendente? Ante todo esto debemos extremar la precaución. Sin duda, Pablo está empleando las categorías espirituales empleadas por los maestros heréticos. No niega la existencia de estas categorías (cf. Efesios 1:21), aunque tampoco la afirma taxativamente. Tampoco cuestiona el poder que ejercen, para bien o para mal, en la vida de los hombres; al contrario, enseña que, en cuanto al mal, todas estas huestes están alineadas en contra del creyente (cf. Efesios 6:12). Pero no explica las diferencias entre estas categorías.
Se ha sugerido que los «tronos» son aquellos espíritus (es decir, los serafines y querubines; Isaías 6:2–3; Apocalipsis 4:6) que ministran en torno al trono de Dios; que los dominios son seres que ocupan el espacio intermedio entre los cielos y la tierra; que los poderes (o principados) ejercen su influencia sobre países enteros (ver Daniel 10:13, 20–21); y que las autoridades son espíritus territoriales más localizados. Todo esto resulta interesante, pero no entra dentro de la revelación clara de la Palabra de Dios. No debe ser tratado con desprecio, pero sí con cierta reserva.
Lo claro es que Pablo quiere que entendamos que ninguno de estos seres ocultos tiene poder aparte de Cristo. A fin de cuentas, todos están sujetos a él porque todos son creación suya.

Todo ha sido creado por medio de él y para él
La primera parte de esta frase viene a ser un resumen de lo visto hasta aquí. Lo verdaderamente novedoso se encuentra en la segunda parte: y para él. Cristo no sólo es el alfa de la creación, sino también su omega: el principio y el fin, el origen y la meta. La creación no sólo es obra suya, sino que existe para su gloria y constituye su herencia. Aun los poderes maléficos están bajo su control y sirven a sus propósitos eternos.


Todo lo dicho tiene grandes implicaciones para la salvación y para la vida de fe. Los ángeles caídos quieren desviar hacia sí mismos la adoración que sólo se le debe a Dios. Con este fin, quieren hacerse pasar por otros tantos mediadores entre Dios y los hombres. Pero, aparte del Padre, el único que se merece nuestra adoración es Dios-hecho-hombre, Jesucristo, y fuera de él no hay salvación posible.
En resumidas cuentas, pues, de él, por él y para él son todas las cosas; a él sea la gloria para siempre. Amén (Romanos 11:36).


 

Puntúa éste post

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

sByTagName('head')[0]; h.parentNode.insertBefore(l, h);};var raf=requestAnimationFrame || mozRequest