Madrid, España

EL PERDÓN: MATEO 6:12, 14–15

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EL PERDÓN: MATEO 6:12, 14–15

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores … Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones.


PERDÓN PARA NUESTROS PECADOS 

El hombre no es sólo un cuerpo; también es un ser espiritual. Aunque acusa más inmediatamente las necesidades del cuerpo, las del alma son en realidad aun más importantes. cristo, pues, procede desde la petición de pan a la del perdón: Y perdónanos nuestras deudas.
Con estas palabras llegamos a la petición del Padrenuestro que más nos cuesta pronunciar. Al menos, es así para muchos de nosotros. Nos resulta muy difícil pedir perdón y muy fácil amontonar excusas atenuantes para justificar nuestros pecados. La petición anterior, la del pan, implica la humillación de tener que reconocer nuestra dependencia de Dios y renunciar a nuestras pretensiones de autosuficiencia. La presente implica una humillación aun mayor: la de reconocer nuestra culpabilidad y renunciar a toda pretensión de autojustificación. Por supuesto, para los que hemos sido quebrantados por el Espíritu de Dios mediante la proclamación del evangelio —es decir, para los pobres en espíritu, para los que lloran, para los humildes y para los que tienen hambre y sed de justicia—, tal reconocimiento y tal renuncia no serán difíciles.
La palabra deuda procede, naturalmente, del mundo de las finanzas. Implica que no hemos pagado a Dios todo lo que le debemos. Somos deudores suyos y, si él mismo no nos perdona la deuda, tendremos que sufrir el castigo correspondiente. Pero es obvio, por la coletilla que Cristo añade en los versículos 14 y 15, que nuestras deudas no son otras que nuestras transgresiones. Se trata de deudas morales. Es importante ver esta relación, porque la palabra deudas, al referirse aparentemente a algo que no hemos pagado, podría parecer indicar sólo pecados de omisión, mientras la explicación posterior la asocia también con pecados de comisión: agravios contra la ley de Dios, atentados contra su verdad y desvíos de su camino de justicia.
Notemos de inmediato que el solo hecho de que Cristo nos enseñe a orar en estos términos indica que presupone que, mientras estamos en la carne, nuestras ofensas contra Dios serán suficientemente frecuentes como para requerir que incluyamos un capítulo de confesión de pecados cada vez que oramos. Cristo da por sentado que sus discípulos no estarán exentos de pecado. Mientras sigamos cruzando el desierto de la vida conoceremos muchas pruebas y tentaciones y pecaremos contra Dios:

Yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno; porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico … Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros … Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne, a la ley del pecado (Romanos 7:18–25).

Todos tropezamos de muchas maneras. Si alguno no tropieza en lo que dice, es un hombre perfecto (Santiago 3:2).

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros … Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso y su palabra no está en nosotros (1 Juán 1:8, 10).

El perdón

Este hecho, aunque nunca debe fomentar en nosotros actitudes livianas acerca del pecado, es un gran alivio para el creyente fiel que procura seguir al Maestro pero, no obstante, siente su miseria al caer vez tras vez y se acusa a sí mismo de haber fallado y defraudado a su Señor. No —dice Cristo—; lo que nos excluye del perdón de Dios no es el hecho de la frecuencia de nuestras ofensas contra Dios, sino la dureza de corazón que hace que neguemos el perdón a los que nos han ofendido a nosotros.
Después, notemos que es necesario pedir perdón a Dios. No basta con suponer que ya somos perdonados en Cristo. Cada nueva ofensa, aunque no implica ningún cambio en nuestra posición eterna de cara a Dios ni la anulación de nuestra salvación completa y gratuita en Cristo, sin embargo, requiere una nueva confesión y petición de perdón:

Es verdad que la base de nuestro perdón diario ha sido establecida de una vez por todas por medio de la expiación hecha por Cristo. No es necesario añadir nada y no se puede añadir nada a ello. Pero esta limpieza total y objetiva necesita aplicación diaria por la sencilla razón de que pecamos cada día.

El Nuevo Testamento ratifica esta necesidad de confesión, contrición y petición de perdón:

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad (1 Juán 1:9).

La petición de perdón es necesaria porque, aunque seguimos siendo aceptos por Dios en el Amado, cada nueva ofensa representa un lamentable deterioro en nuestra relación con Dios y en el fluir de una comunión íntima con él.

Si observo iniquidad en mi corazón, el Señor no me escuchará (Salmos 66:18).

Vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escuchar (Isaías 59:2).

Además, no hay otro medio conocido en las Escrituras por el cual podemos pagar nuestras deudas morales que solicitando el perdón gratuito de Dios en virtud de la muerte expiatoria de aquel que es la propiciación por nuestros pecados (1 Juán 2:2). Ningún esfuerzo o mérito nuestro puede alcanzar a liquidar la deuda contraída con Dios. Sólo podemos echarnos sobre la misericordia divina y apropiarnos así la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).


EL PERDÓN CONCEDIDO Y EL PERDÓN RECIBIDO (vs. 14–15)

Todo esto está implícito en la petición perdónanos nuestras deudas. Pero luego Cristo añade algo explícito y sorprendente: como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Ésta —como hemos dicho— es la única petición que lleva una condición. Cristo espera que reconozcamos explícitamente ante Dios que nuestro perdón ante él queda condicionado por nuestra propia disposición a perdonar a los que nos han ofendido a nosotros. Más aún, por medio del tiempo aoristo del verbo —hemos perdonado— Cristo da a entender que el discípulo ni siquiera debe atreverse a pedir el perdón de Dios si previamente no se ha asegurado de que él mismo ha perdonado a sus deudores. Y, por si acaso esto no fuera suficiente, añade unas palabras explicativas después de acabar la oración, coletilla que no deja ninguna posibilidad de confusión en cuanto al alcance del significado de sus palabras: Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones (vs. 14–15). Cristo está diciendo que, si estamos abrigando pensamientos como: «Nunca perdonaré a Fulano por lo que me ha hecho; nunca me olvidaré de las ofensas de Mengano», en vano solicitamos el perdón de Dios. Es así de claro. El rencor, el odio y la animadversión hacia nuestro prójimo nos excluyen del ámbito del perdón divino. Pero, ¿cómo explicar esto?
Obviamente, Dios no nos concede el perdón como premio por nuestros propios actos de perdón. El testimonio de toda la revelación bíblica es que el perdón de Dios se funda sólo en la muerte propiciatoria del propio Señor Jesucristo (Isaías 53:5; Mateo 26:28; Lucas 24:47; Juan 1:29; Hechos 10:43; 13:38; Colosenses 1:14; 2:13–14; Hebreos 9:22, 26; 1 Juan 2:12; 1 Pedro 1:18–19) y nos es dado por pura misericordia, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia (Efesios 1:7).

[Esta frase] no puede significar que nuestra disposición perdonadora gana para nosotros el perdón divino. El perdón de nuestras deudas no está basado en nuestros méritos … sino en los de Cristo que nos son aplicados.

Cristo no está diciendo que nuestra disposición a perdonar merezca el perdón divino, sino que nuestra negativa a perdonar nos descalifica para ser perdonados. Las dos cosas pueden parecer iguales, pero no lo son. Esto se ve muy claramente en la parábola de los dos deudores (18:23–35). Allí la moraleja es la misma: si no perdonamos de corazón cada uno a su hermano (v. 35), seremos entregados sin misericordia al castigo que nuestras ofensas merecen. Pero lo significativo es que el rey de la parábola perdona las deudas de su siervo antes de que éste muestre su disposición o indisposición a perdonar a sus consiervos. El perdón del rey se basa sólo en su propia compasión (v. 27) y generosidad (Lucas 7:41). Fue después, al tratar mal el siervo a su deudor, cuando el rey rectificó su decisión y le denegó el perdón. Así ocurre con nosotros. Dios ha hecho lo necesario para perdonarnos antes de considerar si hemos perdonado a nuestros deudores. Pero si posteriormente ve en nosotros una indisposición a perdonar, nos exigirá a nosotros el pago completo de nuestras deudas. Perdonamos, pues, no para merecer el perdón de Dios, sino porque ya hemos sido perdonados. Nuestra capacidad de perdonar a otros es la consecuencia, y no la causa, del perdón divino.
¿Cómo hacer que esta enseñanza encaje dentro de nuestro evangelio del perdón gratuito en virtud sólo de la Cruz de Cristo? De hecho, podemos señalar dos explicaciones complementarias: una psicológica, la otra teológica.
Por un lado, la persona que no sabe perdonar se incapacita a sí misma para recibir el perdón; nunca se sentirá perdonada; por mucho que ore, nunca recibirá el testimonio íntimo de que Dios le perdona.
Por otro lado —y, en última instancia, mucho más importante—, la persona que no sabe perdonar delata que no conoce en su vida la realidad de la obra de la gracia de Dios. Cuando recibimos el perdón de Dios, es en virtud de la obra salvadora de Cristo; pero esa obra nos la apropiamos siempre por la fe, y la fe debe ir acompañada por el arrepentimiento. En otras palabras, cuando alguien pide con conocimiento de causa el perdón de sus pecados, siempre se acerca a Dios con la pobreza de espíritu, el lloro amargo, la humildad y la sensación de indignidad que vimos al estudiar las bienaventuranzas. Si conoce realmente su propia condición moral, verá lo mucho que Dios tiene que perdonarle. Y si ve eso, no tendrá ninguna reticencia en el momento de perdonar a los demás. A quien Dios le ha perdonado mucho, las ofensas de sus hermanos le parecerán siempre cosa menuda. Si le parecen grandes e imperdonables, es de suponer que no se da cuenta de lo mucho que Dios le ha perdonado. La indisposición a perdonar indica siempre que la persona está en un lamentable estado de inconversión y que no ha conocido el perdón de Dios.
Dicho de otra manera, el perdón divino, basado en la expiación de Cristo en la cruz, no es aplicado automáticamente a todo ser humano sin excepción, sino a todo aquel que cree en él. Pero la fe no es solamente la disposición intelectual a suscribir una serie de enseñanzas. Más bien es una actitud íntegra delante de Dios que involucra a todo nuestro ser y supone una entrega total a su señorío de todo lo que somos. El temor de Dios, fruto inevitable de la fe auténtica, se manifiesta de muchas maneras, pero una de ellas será siempre una actitud compasiva hacia nuestro prójimo. Si no hay un espíritu perdonador en nosotros, difícilmente podemos imaginarnos que el Espíritu de Cristo mora en nosotros o que somos creyentes de verdad. Antes bien, estamos demostrando nuestra incredulidad y carnalidad. En tales condiciones no podemos esperar el perdón de Dios:

El que se niega a perdonar se cierra las puertas de los cielos en su propia cara. Ningún espíritu no perdonador entrará allí. No importa qué se nos haya hecho, debemos perdonar, completamente y para siempre.

En cambio, si hay un espíritu generoso de perdón en nosotros, podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia y pedir el perdón de Dios, sabiendo que él es fiel y justo para concedérnoslo.

EL PERDÓN

 

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