EL PELIGRO DE LA APOSTASÍA

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EL PELIGRO DE LA APOSTASÍA


EL PELIGRO DE LA APOSTASÍA

HEBREOS 6:4–5


Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo,
y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados …


LO QUE EL TEXTO NO PUEDE SIGNIFICAR

Sin duda, éste es uno de los textos más difíciles y chocantes de todo el Nuevo Testamento, y que ha causado mucha perplejidad y angustia a muchos creyentes de buena fe. Una lectura superficial y descuidada puede despertar en nosotros grandes temores, porque nos da la impresión de que el autor está diciendo que el creyente que vuelve atrás a comportamientos mundanos nunca puede ser restaurado, sino que está condenado eternamente sin ninguna esperanza de salvación. De hecho, la suerte de tal persona, si éste fuera el caso, sería peor que la del incrédulo: porque éste al menos sigue teniendo la posibilidad de arrepentirse y creer en Jesucristo, mientras aquella ya no tiene más oportunidad.
Si luego preguntamos: ¿hasta dónde tiene el creyente que volver atrás para poder encontrarse en esta situación?, quizás venga a nuestra mente el 10:26 para suplir la respuesta:

Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados.

 

señal de stop a la apostasía

                                                    Apostasía

Según esta combinación de textos, parecería que con un solo pecado consciente cometido después de nuestra conversión nos colocamos en una posición en la cual ya no podemos ser salvos. Ya hemos vuelto suficientemente atrás. Ya no hay más esperanza.
Esta interpretación de nuestro texto no es nueva. Sabemos que en el tercer siglo de la era cristiana algunos predicadores, preocupados a causa de la relajación del nivel ético de muchos cristianos, utilizaron la Epístola a los Hebreos para enseñar que el cristiano que peca consciente y deliberadamente después de su conversión, ya no tiene más esperanza de salvación.
Si así fuera, el futuro de muchos de nosotros sería espantosamente negro. Yo, al menos, tendría que reconocer que me espera la perdición más atroz. Muchos de nosotros, en tal caso, estaríamos eterna y definitivamente condenados.
Antes de estudiar el texto en detalle, por lo tanto, conviene dedicar unos momentos a considerar su interpretación general. La que hemos visto hasta aquí debe ser desechada, no porque queramos eludir la seriedad de lo que el autor está diciendo, sino por dos razones de peso: 1) choca con la enseñanza general de las Escrituras; y 2) no hace justicia a lo que el texto realmente dice.
En primer lugar, choca con lo que el autor nos ha dicho hasta aquí acerca de aquella gran ilustración bíblica de la vida de fe, el éxodo. Ya hemos visto que los judíos en el desierto pecaron de muchas maneras y sufrieron, como consecuencia, el juicio de Dios, por lo cual quedaron excluidos de la Tierra Prometida. Pero también es cierto que en casi todos estos casos, por la intercesión de Moisés o el clamor del pueblo, el juicio divino fue cortado. Dios tuvo misericordia de su pueblo. Hubo restauración. Aquellos que merecidamente habían sido mordidos por la plaga de serpientes, por ejemplo, fueron sanados al mirar la serpiente de bronce. Vez tras vez, cuando parecía que Dios ya había perdido toda paciencia con el pueblo, su misericordia intervino para impedir su destrucción. Si la serpiente de bronce sirvió para restaurar al pueblo herido, ¿acaso no tiene la Cruz de Cristo poder para sanar al creyente caído?
Pero más importante aún es el hecho de que Hebreos nos enseña que los israelitas fueron excluidos de la Tierra Prometida, no por haber murmurado contra Moisés, ni por haber fornicado con las hijas de Moab, ni siquiera por haber cometido idolatría en el caso del becerro de oro. Todas estas cosas merecieron el castigo de Dios, pero todas pudieron ser perdonadas, y de hecho fueron perdonadas y sanadas. Lo que los excluyó finalmente fue su incredulidad, el hecho de que, llegado el momento de la verdad, demostraron no creer en Dios, sino que su corazón todavía estaba en Egipto. Fue esa incredulidad y rechazo de la Palabra de Dios los que les impidieron finalmente entrar. Ciertamente, todos aquellos otros pecados eran síntomas previos de esta misma incredulidad. Pero todos ellos eran susceptibles de ser perdonados sobre la base del arrepentimiento y la restauración.
Así que, decir que el pecado en la vida del creyente le elimina ipso facto de la Tierra Prometida, no concuerda con la ilustración del éxodo. Ésta nos advierte que cualquier caída en pecado puede ser síntoma de una actitud de corazón que a la larga se manifestará como incredulidad; pero la exclusión es sobre la base de la incredulidad, no del pecado en sí.
En segundo lugar, esta interpretación no cuadra con nuestra experiencia de la vida espiritual. Muchos de nosotros hemos conocido períodos de estancamiento y enfriamiento, en los cuales hemos vuelto a los gustos y comportamientos mundanos, hemos dejado de asistir a la iglesia, de leer la Palabra, de orar y vivir en una relación intensa de compromiso con el Señor Jesucristo. Muchos tenemos que confesar que, aun después de nuestra conversión, hemos caído en pecados vergonzosos. Sin embargo, podemos dar fe también de que el buen Pastor nos ha venido buscando, ha extendido su mano, nos ha arrebatado del peligro, nos ha restaurado y nos ha devuelto a su redil. En su misericordia, Dios nos ha concedido que nos arrepintamos para escapar del lazo del diablo (2 Timoteo 2:25–26).
En cambio, el autor de Hebreos está hablando de personas incapaces de arrepentirse. Éste es otro problema diferente, como veremos. Decir que el creyente que cae en pecado no tiene posibilidad de restauración, sencillamente no cuadra con la experiencia vital que conocemos. Sin embargo, nuestra experiencia sería de poco valor testimonial si no concordase con lo que dicen las Escrituras.
Pero, en tercer lugar, esta interpretación choca, precisamente, con algunas de las enseñanzas más claras del Nuevo Testamento. Fundamental al respecto es esta afirmación del Señor Jesucristo:

De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno (Marcos 3:28–29).

En seguida vemos que Cristo hace una distinción. En efecto, existe una situación en la que una persona no tiene posibilidad de perdón. Pero no es una situación de pecado cualquiera, porque acaba de decir: Todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean. No hay ningún pecado que Dios no pueda perdonar en virtud de la expiación de Cristo, excepto aquel que Jesús llama blasfemia contra el Espíritu Santo. Más adelante tendremos ocasión de investigar cuál es ese pecado. Aquí nos limitaremos a anticipar que no es otro sino la incredulidad ante el evangelio.
Hay perdón, por lo tanto, para todo aquel que cree. Y el apóstol Juan nos recuerda que somos mentirosos si, como creyentes, afirmamos que no pecamos:

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la ventad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 1:8–2:1).

No existe el creyente que no haya caído en pecado. No hay ningún creyente que no peque. Porque cuando la verdad está en nosotros y no nos estamos cegando ante la realidad de lo que somos, cada día el Espíritu nos va revelando nuevos niveles y dimensiones de pecaminosidad en nuestras vidas. En cambio, ¿cómo puede Dios perdonar nuestros pecados si el solo hecho de caer en pecado fuera a eliminarnos de la esperanza de la salvación?
El mismo autor de Hebreos dirá más adelante: Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia (12:1). Ahora bien, si hemos de despojarnos de pecado, es de suponer que el pecado está presente en nuestras vidas. Aquí podríamos añadir toda una lista de otras exhortaciones en las que los autores del Nuevo Testamento, dirigiéndose a creyentes, les dicen que dejen atrás los caminos del pecado y sigan los de la justicia. En vano lo dirían si, por el solo hecho de caer en pecado, sus lectores no tuviesen ninguna esperanza de salvación. Si el solo hecho de pecar nos elimina del camino cristiano, ¿qué sentido tiene la exhortación? Porque el que no peca no necesita la exhortación, y para el que ha caído en pecado ya es demasiado tarde para dársela. El hecho de que constantemente los apóstoles exhorten a sus lectores a no pecar, indica no sólo que existe la posibilidad de que pequen, sino también que ya han caído.
En cuarto lugar, esta interpretación atenta contra aquel ministerio del Señor Jesucristo que el autor está exponiendo en este mismo contexto: es decir, su ministerio sacerdotal. Porque este ministerio presupone que no solamente necesitamos un Redentor que nos redima de Egipto, sino también un Sacerdote que nos acompañe en todo el viaje a fin de hacer expiación por nuestros pecados a lo largo del trayecto a la Tierra Prometida.
Si, después de salir de Egipto, la caída en pecado hubiese significado la eliminación de los israelitas, ¿qué sentido habría en los sacrificios levíticos y ministerio sacerdotal del tabernáculo? Y si, después de nuestra conversión, cualquier pecado nos elimina de la salvación, ¿qué sentido tiene el ministerio sacerdotal de Jesús?
Alguien podría contestar: Nuestro Sacerdote tiene el ministerio de interceder por nosotros precisamente para que nunca caigamos. Desde luego, es cierto que el Señor Jesucristo intercede por nosotros, como también intercedía por los discípulos:

Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandeaios como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos (Lucas 22:31–32).

Con todo, Jesús sabía que Pedro iba a caer, aun a pesar de su advertencia, y que necesitaría ser perdonado y restaurado. Su ministerio no consiste solamente en la intercesión, sino también en proveer aquel sacrificio en virtud del cual podemos ser restaurados. Notemos también que lo que Jesús pedía explícitamente en el caso de Pedro no era que éste no cayese, sino que en medio de la tentación y la caída no le faltase la fe. Ésta es una idea clave para la compresión de todos los textos que estamos comentando.
Ciertamente, pues, el Señor Jesucristo intercede por nosotros y, sin duda alguna, nuestra liberación de muchas tentaciones se debe a su intercesión. Pero ésta no es la totalidad de su ministerio sacerdotal. En el Antiguo Testamento, la obra del sacerdote no consistía tanto en la intercesión anterior a la comisión del pecado, como en la presentación de un sacrificio adecuado ante Dios cuando los israelitas ya habían pecado. Ésta era su intercesión principal: la que salía del sacrificio y pedía el perdón de Dios y la remisión de pecados sobre la base de la sangre derramada.
En esto también consiste el principal ministerio sacerdotal de nuestro Señor Jesucristo. Él intercede por nosotros en base a su sacrificio eterno de valor permanente, pidiendo la remisión de nuestros pecados. Decir, pues, que cualquier pecado nuestro elimina toda esperanza de salvación, es negar la eficacia —o incluso la posibilidad— del presente ministerio sacerdotal de Jesucristo.
Todos nosotros, como creyentes, hemos tenido que volver alguna vez a nuestro Sumo Sacerdote avergonzados, moralmente desnudos ante su presencia, para confesarle nuestros pecados y conocer su restauración.
Ahora, precisamente ésta no es la situación que el autor contempla en estos versículos, porque dice explícitamente que las personas que tiene en mente nunca llegan, ni pueden llegar, a ese momento de arrepentimiento; nunca vuelven, pues, al Salvador para conocer la restauración.
Por consiguiente, esa lectura superficial del texto no nos vale por razones bíblicas. ¿Cómo, pues, debemos leerlo? ¿A quiénes tiene el autor en mente cuando habla de los que una vez tuvieron diversas experiencias espirituales, pero luego recayeron?
Vamos a volver al texto para ver, en primer lugar, ciertas cosas que no dice.


LO QUE EL TEXTO NO DICE

Vamos a empezar por el final, con la frase: es imposible que … sean otra vez renovados para arrepentimiento. Notemos bien que no dice: es imposible que sean otra vez restaurados a su relación con Dios; ni tampoco dice: es imposible que sean otra vez perdonados; ni tampoco que es imposible que sean otra vez restaurados a la comunión de la iglesia. Lo que sí dice es que estas personas no pueden ser renovados para arrepentimiento. Es decir, su problema es sumamente grave. Si pudiesen arrepentirse encontrarían perdón y restauración. Pero precisamente su problema es que no pueden arrepentirse. Son incapaces de ello. De ahí que su apostasía sea irremediable. No porque Dios no esté dispuesto a perdonarlos, sino porque son personas que han creado una situación interior dentro de ellas mismas que les imposibilita el arrepentimiento. Se han endurecido de tal manera que ni entra en su cabeza la conveniencia del arrepentimiento. Esta es su situación.
Por lo tanto, más adelante tendremos que preguntarnos en qué circunstancias puede una persona quedar incapacitada para el arrepentimiento. Si podemos identificar estas circunstancias, entonces habremos entendido bien la situación que el autor está planteando aquí. Pero de inmediato vemos algo muy importante: mientras exista en ti un espíritu de arrepentimiento, mientras te repugnen tus pecados y aspires a la santidad, mientras la hermosura moral de Jesucristo siga siendo tu modelo, está claro que no te encuentras en la condición de estas personas.
Si has caído en pecado y, como consecuencia, sientes horror de ti mismo, si reconoces con vergüenza ante Dios tu suciedad, si íntimamente lamentas y lloras lo que has hecho y recibes la gracia de acudir al Señor Jesucristo, diciéndole: Señor, ten misericordia de mí, límpiame, sálvame, restáurame; entonces, por definición, no te encuentras en la condición contemplada en nuestro texto.
Otra cosa que el autor no dice es que estas personas hayan sufrido una caída en pecado. Lo que dice de ellas—y la diferencia de matiz es importante—es que recayeron. Además, probablemente debemos añadir la última parte del versículo 6 a este verbo: recayeron … crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.
¿Esto qué quiere decir? Quiere decir que su «vuelta atrás» ha sido de tal orden que se han identificado con aquellos judíos que habían clamado ante Pilatos: Crucifícale. Han repudiado su fe en Jesucristo como Hijo de Dios, Mesías y Salvador del mundo; por lo tanto, le tienen por impostor y hereje, y aprueban el veredicto de sus verdugos. Implícitamente, pues, han vuelto a crucificarle.
La suya no es una caída moral cualquiera, sino un abandono consciente y a ultranza de aquella fe en el Señor Jesucristo que antes habían profesado. Tiene además este agravante: cuando los judíos clamaban: Crucifícale, no sabían lo que hacían (Lucas 23:34); lo hacían por ignorancia (Hechos 3:17). En cambio, éstos han probado y gustado de los beneficios que hay en Jesucristo y, a pesar de ello, ahora han vuelto de nuevo a crucificarle.
La tercera cosa que el texto no dice tiene que ver precisamente con la lista de los beneficios espirituales en los cuales esas personas habían participado. Se dice de ellos que fueron iluminados, que gustaron del don celestial, que fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y que gustaron de la buena palabra de Dios y de los poderes del siglo venidero. Estos beneficios son de una calidad tan alta que, naturalmente, la lista nos da la impresión de que fueran creyentes de verdad. Sin embargo, el autor escoge cuidadosamente su lenguaje como si quisiera evitar decir que lo fueran. Él nunca dice: los que una vez creyeron en Jesucristo; los que una vez fueron salvos; los que una vez nacieron de nuevo, o fueron sellados por el Espíritu Santo. No dice ninguna de estas cosas. Dice cosas que indican que habían participado plena y activamente en la comunión de la iglesia y que habían tenido la apariencia de ser creyentes. Pero evita decir que hubiesen conocido la misma esencia de lo que significa ser creyente: creer en el Señor Jesucristo y nacer de nuevo. Esas personas no se habían caracterizado por su fe y regeneración.
Al contrario, a pesar de haber vivido durante tiempo en el mismo umbral de la fe, participando en la comunión de los creyentes, íntimamente se habían resistido a tomar el paso decisivo de arrepentirse y creer. Su misma proximidad a la verdad, en vez de empujarlos hacia un compromiso personal con Cristo, había obrado en ellos, a causa de su resistencia, un endurecimiento tal, que ahora el autor podía decir de ellos que era imposible que llegasen a arrepentirse. El lenguaje del autor nos hace ver que eran personas que habían estado muy cerca del reino de Dios, hasta el punto de participar ampliamente en la vida de la iglesia e incluso de dar notables señales de vida espiritual y, sin embargo, esta vida no era auténtica en ellos.
Pero, seguramente, más de uno de mis lectores estará reaccionando con cierto escepticismo ante estas últimas afirmaciones. ¿Realmente se puede sostener que las frases de los versículos 4 y 5 se puedan aplicar a una persona que nunca fue creyente de verdad? Así pues, debemos dejar de mirar lo que el texto no dice y examinar estas frases para ver lo que el autor sí dice acerca de esas personas.


LO QUE EL TEXTO SÍ DICE

El texto establece cinco características de los apóstatas, cada una de las cuales merece un estudio cuidadoso.


1. Fueron iluminados

La primera de ellas es que habían sido iluminados. ¿Qué quiere decir esto? Algunos comentaristas suponen que es sinónimo de ser regenerados o convertidos. En tal caso, por supuesto, tendríamos que entender que habían sido creyentes de verdad y, por extensión, que es posible perder la fe y, con ella, la salvación. En el 10:32 encontramos un texto que da cierto apoyo a esta interpretación:

Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos.

Aquí el autor parece emplear la palabra iluminación como sinónimo de conversión. Al menos, es una palabra que indica el comienzo del camino cristiano. Nadie puede ser salvo si no ha sido iluminado; por lo tanto, la iluminación es una característica de todo creyente.
Pero lo que tenemos que establecer es la cuestión siguiente: ¿Puede alguien que no es creyente haber sido iluminado? Nuestra respuesta es que sí. Puedes haber sido iluminado sin haber llegado a la fe. Lo que no puedes hacer es llegar a la fe sin previamente haber sido iluminado. Pero es posible, después de haber recibido la iluminación necesaria, parar el proceso y no seguir adelante a la fe.
La iluminación es aquella obra del Espíritu Santo por la cual el evangelio es aplicado a la mente del oyente de tal manera que éste llega a entenderlo y a comprender sus implicaciones para su vida; es la revelación por parte del Espíritu de la persona y obra del Señor Jesucristo y de la esperanza de la gloria de Dios para todo aquel que crea en Él (2 Corintios 4:5). Por supuesto, la iluminación del Espíritu no acaba con la conversión, sino que sigue a lo largo de la vida del creyente (ver Efesios 1:17–19). Pero su comienzo es anterior a la conversión. La conversión y la fe son imposibles sin una iluminación previa. Por lo tanto, es correcto usar la idea de iluminación como punto de referencia del comienzo de la vida cristiana, como hace el autor en el 10:32, pero no necesariamente se ha de entender como sinónimo de conversión, fe y regeneración.
La iluminación tiene que ver con revelación, comprensión e instrucción. Uno puede haber entendido el evangelio y, sin embargo, no creerlo. Ser iluminado es llegar al conocimiento del mensaje cristiano, no necesariamente abrazarlo. Por tanto, de muchas personas se puede decir que han sido iluminadas, pero sólo de algunas de ellas que se han convertido.
Por ejemplo, como acabamos de ver, los judíos que reclamaron la crucifixión de Jesús lo hicieron en ignorancia. No había habido iluminación. Precisamente, fue a causa de su ignorancia por lo que Dios les dio otra oportunidad de escuchar el evangelio mediante la predicación de Pedro. Pero la implicación de lo que Pedro les dice en su discurso en el pórtico de Salomón (Hechos 3) es que ahora ha venido la iluminación: han podido observar la sanidad del cojo; han sabido acerca de la muerte de Jesús, su resurrección y el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés; ya han conocido suficientes evidencias claras como para no tener excusa si rehúsan creer en Jesucristo. Ahora, llegada la iluminación, son responsables de su respuesta. Sin embargo, no todos los que escucharon a Pedro recibieron el evangelio. Hubo iluminación, pero sólo produjo fe en algunos.
Existe otra posible explicación de la palabra iluminación que es enormemente atractiva, pero que finalmente no ofrece plenas garantías. Sabemos que a mediados del s. II la palabra griega traducida iluminación había llegado a ser sinónimo de bautismo (por aquello de que cada colectivo suele usar ciertas palabras con connotaciones especiales que finalmente pueden llegar a adquirir un significado nuevo). Si se pudiese establecer que este uso de la palabra ya había cuajado en el siglo I, entonces el autor sólo estaría diciendo acerca de esas personas que se habían bautizado en agua. Hay ciertas pistas en el Nuevo Testamento que nos hacen pensar que éste podría haber sido el caso. Por ejemplo, en Efesios 5, el apóstol Pablo habla del traspaso del creyente desde las tinieblas de la vida anterior a la luz de la vida actual en Cristo (v. 8); su tema, pues, es la iluminación. Luego, en el versículo 14, cita unas palabras que algunos expertos piensan procedían de un himno de bautismo:

Por lo cual dice:
Despiértate, tú que duermes,
Y levántate de los muertos,
Y te alumbrará Cristo.

La idea del himno parece ser que la persona bautizada «duerme» —es decir, que muere con Cristo—, pero se levanta de los muertos al salir del agua y empieza a vivir como un «iluminado», alumbrado por la luz de Cristo que le guía en su vida de resurrección. Por lo tanto, existe alguna evidencia, incluso dentro del mismo Nuevo Testamento, para identificar la iluminación con el bautismo, lo cual simplificaría el problema de la interpretación de nuestro texto: entonces se trataría de personas que habían celebrado el acto externo del bautismo, pero que, con el tiempo, habían demostrado no ser creyentes de verdad. Sin embargo, las evidencias no son suficientes como para establecer que sea algo más que una posibilidad. No podemos afirmarlo con toda certeza.


2. Gustaron del don celestial

En segundo lugar, esas personas gustaron del don celestial. ¿Cuál es este don celestial? Aquí también los comentaristas dan varias explicaciones.
Algunos suponen que es el don del perdón de pecados o de la justificación (Romanos 6:16). Otros, que se refiere a la dádiva de vida eterna en Cristo Jesús que es consecuencia de la justificación (Romanos 6:23). Otros piensan que es Jesucristo mismo, aquel don inefable enviado por el Padre (2 Corintios 9:15). Así pues, hay muchas maneras de entender esta frase.
Nos limitaremos, sin embargo, a las dos interpretaciones que parecen gozar de mayor apoyo. En primer lugar, aquellos que ven en la iluminación una referencia al bautismo suelen ver en el don una referencia a la Santa Cena. El «don» es el cuerpo de Jesucristo que por vosotros es dado (Lucas 22:19), y del cual comemos simbólicamente cuando participamos del pan. Esta interpretación queda reforzada por el uso del verbo gustar. Aunque este mismo verbo es empleado con un sentido metafórico en el versículo 5, lo cual sugiere que también podría tener un sentido metafórico aquí, en principio es un verbo que tiene que ver con la degustación de comida. También apoya esta interpretación el hecho de que nuestro texto no sea la única ocasión en que el verbo gustar es empleado en la Biblia en torno a la celebración de la mesa del Señor. En Hechos 20:11, donde dice que Pablo, después de haber partido el pan y comido, habló largamente, el verbo traducido comido es literalmente gustado, el mismo verbo que aquí.
Entendiendo la frase en este sentido, el autor estaría diciendo: Esas personas no solamente fueron bautizadas, sino también llegaron a ser miembros comulgantes de la iglesia que participaron regularmente en la mesa del Señor; sin embargo, ahora han apostatado. Nos recuerda lo que dijo Pablo en cuanto a Israel en el desierto:

Todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto (1 Corintios 10:3–5).

Puedes participar de la mesa del Señor sin ser creyente de verdad.
La otra interpretación relaciona el don celestial con el derramamiento del Espíritu Santo. Pedro, al finalizar su predicación en el día de Pentecostés, dice:

Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:35).

El que ésta sea una interpretación posible, viene apoyado por la frase siguiente en el texto de Hebreos: fueron hechos partícipes del Espíritu Santo.
El inconveniente de esta interpretación es que, a primera vista, da la impresión de que se trataba de creyentes que habían recibido el Espíritu Santo, porque uno no puede tener el Espíritu y no ser de Cristo, y se llega a ser de Cristo por medio de la fe. Pero, si miramos con más atención, vemos que el texto no habla de recibir ni de tener el Espíritu, sino de gustar de Él.
Gustar indica cierta clase de participación. Efectivamente, por todo lo que podemos deducir acerca de esas personas, habrán tenido el privilegio de participar en algunos aspectos del don del Espíritu Santo derramado en Pentecostés. Se beneficiaron del testimonio, predicación y enseñanza que Él inspiró en los apóstoles. Recibieron ayuda y atención a través de los diversos dones que Él había repartido en la congregación. Algunos, sin duda, se vieron sanados de diferentes enfermedades por medio de su poder. Así probaron las consecuencias de su derramamiento.
Pero la regeneración —la obra esencial del Espíritu Santo en la vida del creyente— nunca es descrita en el Nuevo Testamento en términos de gustar. Gustar da la impresión de «probar sólo un poco». La regeneración, en cambio, es una inmersión, un bautismo, una experiencia total. No es probar un poquitín, sino una plena identificación con el Espíritu Santo: el Espíritu en nosotros; nosotros en el Espíritu. Éste no es el lenguaje de nuestro texto.
Ciertamente, tanto el Señor Jesucristo como el apóstol Pablo hablaron de la relación entre el Espíritu y el creyente en términos de beber de Él (ver, por ejemplo, Juan 4:14; 7:38; 1 Corintios 12:13). Pero Pablo matiza que el beber, en la experiencia del creyente, viene a continuación de la inmersión total en el Espíritu, mientras Jesucristo describe el beber como una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:14) y como ríos de agua viva (Juan 7:38). En ningún caso se nos habla de gustar del Espíritu.


3. Fueron hechos partícipes del Espíritu Santo

Algo parecido se puede decir de la frase siguiente: Fueron hechos partícipes del Espíritu Santo. Por supuesto, una expresión de este tipo puede y debe ser aplicada a los creyentes. Todo creyente ha sido hecho partícipe del Espíritu Santo. Pero también puede ser aplicada a ciertas personas que nunca llegan a creer en Jesucristo. No necesariamente es una frase que se tenga que limitar a la experiencia de la regeneración. Hay muchas maneras en las que uno puede participar del Espíritu Santo.
Nuevamente, el autor está intentando expresar el grado extremo en el que estas personas se aproximaron a la conversión sin que jamás hubiesen tomado el paso decisivo. Habían estado en la misma puerta. Pero su lenguaje, escogido siempre con mucha precisión, nunca va más allá de este límite; nunca nos dice explícitamente que fueron sellados, bautizados o regenerados por el Espíritu; utiliza siempre frases más nebulosas para indicar que, a pesar de su proximidad, nunca llegaron del todo. Recibieron consecuencias de la experiencia del don del Espíritu, pero no la esencia. Llegaron a ser salpicados por su derramamiento, pero nunca fueron bautizados en Él.
Habían escuchado el evangelio. Testificaron su confirmación por medio de señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo (2:4; la palabra repartimiento tiene la misma etimología que participación en 6:4). Vivieron la euforia contagiosa de aquellas manifestaciones, y la tremenda subida de esperanza en cuanto al retorno del Mesías y el establecimiento definitivo del reino mesiánico. Muchos judíos participaron en todo esto. En cierto sentido, pues, llegaron a ser hechos partícipes del Espíritu. Pero luego, un tiempo después, al desvanecerse la euforia se marcharon de la comunión de la iglesia.
Con respecto a esta frase, también nos encontramos con una posible interpretación alternativa que tiene que ver con las formas externas del cristianismo. Del mismo modo en que la frase fueron iluminados puede referirse al bautismo en agua, y gustaron del don celestial a la mesa del Señor, así la frase fueron hechos partícipes del Espíritu Santo es, en la opinión de algunos comentaristas, una referencia a la imposición de manos a continuación del bautismo. En tal caso, tendríamos aquí tres ritos externos de la iglesia, todos los cuales deben ser impartidos como signo externo de una fe viva, pero que en sí no garantizan la presencia de la fe en la persona que los recibe. Una vez más, hemos de decir que la sugerencia es atractiva, pero deja de convencer del todo, ya que la frase fueron hechos partícipes del Espíritu Santo parece no limitarse a un acto ceremonioso. Da la impresión de que se trata de algo más espiritual.


4. Gustaron de la buena palabra de Dios

En cuarto lugar, esas personas habían gustado de la buena palabra de Dios. Esta frase ofrece menos dificultades de interpretación. Sin duda, quiere decir que habían escuchado la predicación apostólica; puede ser, incluso, que le dieran su aprobación intelectual como algo cierto y bueno; y después, al integrarse en la iglesia, siguieron recibiendo instrucción. Pero una cosa es asentir con la cabeza y otra cosa muy diferente es comprometerse con la vida.


5. Gustaron de los poderes del siglo venidero

Y en quinto lugar, habían gustado de los poderes del siglo venidero. Esta frase obviamente enlaza con lo que acabamos de decir acerca de su participación en el Espíritu Santo.
¿Cuáles son estos poderes del siglo venidero? Para empezar, debemos recordar que, para los judíos, la historia se dividía en dos partes: el presente siglo malo, en el cual reina la injusticia y la impiedad; y el siglo venidero, en el cual el Mesías establecería el reino de Dios. Los poderes del siglo venidero son, pues, los poderes de la era mesiánica.
Ahora bien, la plena manifestación pública del Mesías no llegará hasta que Jesucristo vuelva en gloria y majestad; sólo después de su segunda venida se establecerá en plenitud el reino de Dios. Sin embargo, el Mesías ya ha aparecido la primera vez; y, juntamente con Él, una primera manifestación del reino de Dios. Por esto Jesús pudo decir:

Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios (Mateo 12:28).

Vivimos en una época en la que Cristo ya ha venido y aún ha de venir, en la que el reino de Dios ya se ha manifestado entre nosotros, pero aún tenemos que orar: Venga tu reino; en la que estamos esperando la plena manifestación de los poderes del siglo venidero, y a la vez vivimos ya por ellos.
Los profetas del Antiguo Testamento no sólo profetizaron la venida del Mesías, sino que anticiparon que la era mesiánica sería caracterizada por el poderoso derramamiento del Espíritu de Dios:

Yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos (Isaías 44:3).

Conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy Jehová vuestro Dios, y no hay otro; y mi pueblo nunca jamás será avergonzado. Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones … Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo (Joel 2:27–30).

Para los profetas, el siglo venidero aún estaba en el futuro. Para los autores del Nuevo Testamento, en cambio, estaba en el futuro y en el presente. El Mesías ya había llegado y aún estaba por venir. En la dispensación que se abrió en Pentecostés y se cerrará en el momento de la segunda venida, estamos viviendo el «ya y todavía no» del mundo venidero. Los poderes del siglo venidero ya están entre nosotros; pero su plena manifestación aún queda para el futuro.
Por lo tanto, cuando el autor de Hebreos dice que ellos han gustado de los poderes del siglo venidero, está hablando de los poderes y señales de la era mesiánica, manifestados en el ministerio de Jesús el Mesías y en el derramamiento del Espíritu. Así, por ejemplo, en los primeros días siguientes a Pentecostés, el cojo anduvo, los enfermos fueron sanados y se realizaron milagros hasta con el paso de la sombra de los apóstoles (Hechos 5:15). La noticia se extendió por todo el mundo judío y la gente se preguntaba: ¿Ha llegado el reino mesiánico? Hubo una gran expectación, euforia, gozo y esperanza.
Pero todos aquellos que testificaron los milagros, conocieron la euforia y se beneficiaron de las sanidades ¿creyeron de verdad en Jesucristo para salvación? No tenemos base para decirlo. Más bien al contrario. Muchos gustaron de los poderes del siglo venidero sin que por ello podamos afirmar que fuesen realmente salvos.
Recordemos al respecto las palabras solemnes del Señor, Jesucristo:

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:21–23).

El hecho de haber testificado o haberse beneficiado de milagros realizados en el nombre de Jesús, o de haber gustado cualquier manifestación poderosa del siglo venidero, en sí no nos hace ciudadanos del reino de Dios.

Si unimos todos los datos que hemos visto hasta aquí, deducimos que hay dos líneas principales de interpretación de estas frases (vs. 4–5) que describen a los que recayeron. La primera supone que todas ellas se refieren a aspectos externos de la práctica religiosa: el bautismo, la participación en la mesa del Señor, la imposición de manos, la asistencia a reuniones de enseñanza bíblica y el hecho de haber presenciado milagros y señales. La segunda entiende que las frases van más lejos y se refieren a la participación de los recaídos en aspectos espirituales de la fe, pero sin haber cruzado aquella línea de un auténtico compromiso con Jesucristo que hubiera significado su verdadera regeneración: habían llegado a escuchar y entender el evangelio, saborear los beneficios de la nueva vida, formar parte de una comunidad en la que pudieron comprobar el poder poderoso de Dios, disfrutar de la predicación y de la enseñanza de la Palabra, y ser beneficiarios de las acciones poderosas del Espíritu.
Notemos bien que las dos líneas de interpretación indican que los recaídos estuvieron en la misma frontera de la fe, pero nunca la cruzaron. Llegaron a acercarse a la verdad todo lo posible sin abrazarla personalmente. A este respecto, observemos nuevamente lo que el autor no dice acerca de ellos: no dice que creyeran en Jesucristo, ni que fueran justificados, ni que nacieran de nuevo, ni que fueran sellados por el Espíritu, ni que fueran salvos. Podemos suponer que, como en el caso de aquellos apóstatas descritos por el apóstol Juan, salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros (1 Juan 2:19). Salieron de nosotros, por lo cual deducimos que habían formado parte —al menos en apariencia— de la iglesia local; pero no eran de nosotros, en el sentido de que nunca habían conocido aquella obra de regeneración en sus vidas que los constituyera en auténticos miembros de la familia de Dios. Es posible formar parte de una iglesia local y no ser miembro de la Iglesia universal.
Puestos a elegir entre las dos líneas de interpretación, yo prefiero la segunda por razones puramente pragmáticas procedentes de lo que he visto en mi experiencia. Personalmente he conocido a personas que, durante un tiempo, han estado en los «límites» del evangelio, participando en todas sus actividades externas, incluso llegando a ser bautizados y a participar en la mesa del Señor, que luego han tenido una verdadera experiencia de conversión y han tenido que reconocer que previamente participaban en lo externo pero no en lo esencial. Es posible, pues, según lo que he podido observar, participar en lo externo y después tener una auténtica conversión a Cristo. Pero el autor está hablando de algo que hace imposible tal conversión.
Por lo tanto, creo que la segunda línea es preferible. En tal caso, el autor estaría diciendo lo siguiente: que la participación activa en los beneficios espirituales de la fe, sin que éstos correspondan a una conversión genuina, produce un progresivo endurecimiento del corazón; éste se vuelve insensible al evangelio y puede llegar al extremo de ser incapaz de abrirse ante sus enseñanzas. Si, en estas condiciones, una persona reniega de la fe y vuelve a otras creencias, su restauración resultará imposible, no porque Dios no esté dispuesto a perdonarle, sino porque su propio corazón se ha endurecido de tal modo que ya no le es posible el arrepentimiento.
Con esto entendemos que aquí el autor no está hablando de la imposibilidad de restaurar a auténticos creyentes que han caído en pecado; no está atentando contra la doctrina de la seguridad de la salvación; no está diciendo que puedes haber nacido de nuevo, pero si alguna vez vuelves al mundo ya lo has perdido todo y por mucho que creas ya no puedes encontrar la salvación. Más bien, hemos de entender:

Una vez más nuestro autor enfatiza que la continuidad es la prueba de la realidad. En estos versículos no está cuestionando la perseverancia de los santos; podemos decir que más bien está insistiendo en que aquellos que perseveran son los verdaderos santos.

En otras palabras, las personas a las que el autor alude se habían involucrado en la vida de la iglesia y tenían toda la apariencia de ser creyentes. Ahora habían abandonado la fe, pero antes habían dado la impresión de creer las doctrinas esenciales del evangelio enumeradas en los versículos 1 y 2. Habían dado aparentes evidencias de participar en la vida del Espíritu Santo, pero finalmente habían demostrado que no era así.
¿Y qué de los que quedan, los lectores que reciben la epístola y sus advertencias?
El autor no ha hablado de los apóstatas con la sola intención de decir que su restauración es imposible. Su propósito no ha sido el de darnos una doctrina difícil de digerir. Más bien, su intención ha sido la de advertir a los miembros de la Iglesia que aún son fieles al Señor acerca de las implicaciones de cualquier abandono suyo de la fe de Cristo. Delante de ellos hay dos alternativas. O bien seguirán el ejemplo de los apóstatas y regresarán a las formas caducas del judaísmo; negarán al Señor Jesucristo, volverán a crucificarle, dirán: No queremos que ese hombre reine sobre nosotros; en cuyo caso, se encontrarán en una situación en la que será inútil intentar predicarles el evangelio. O bien son cristianos de verdad, en cuyo caso se levantarán y seguirán su marcha por el desierto.
¿Qué conclusiones, pues, debemos sacar de este texto? Al menos dos. En primer lugar, establece un hecho bien conocido:

Aquellos que han compartido los privilegios del pacto del pueblo de Dios, y luego renuncian a ellos deliberadamente, son las personas más difíciles de recuperar para la fe.

Lo que es imposible en su caso —repito— no es su perdón por parte de Dios, sino su propio deseo de volver y ser perdonados.
En segundo lugar, es un texto que nos estimula a examinarnos para ver si estamos en la fe (2 Corintios 13:5), porque podría ser que alguno estuviese en la misma situación que éstos: la de involucrarnos en la vida de la iglesia, participar en sus ritos y actividades, pero sin conocer a Dios ni jamás haber nacido de nuevo por obra del Espíritu Santo. Es posible pasar mucho tiempo no estando lejos del reino de Dios sin nunca llegar a entrar en él. Es posible dar asentimiento intelectual a la verdad del evangelio, sin llegar realmente a creer en él.
Así pues, necesitamos ver si somos parte de aquella tierra buena que, al caer la semilla en ella, brota y da fruto para vida eterna; o si pertenecemos a aquella tierra dura que, al caer la misma semilla en ella, al principio aparenta estar brotando, pero en realidad no produce plantas que lleguen a buen término.
Pero desde luego, este texto no tiene el propósito de quitamos la esperanza. No está aquí para destrozarnos y hundirnos haciéndonos pensar que ya no hay posibilidad de salvación para nosotros. Su finalidad es la de advertirnos de los peligros, a fin de que determinemos seriamente seguir adelante.

Señor, no queremos ser de aquellos que vuelven atrás para perdición, sino de aquellos que siguen hacia adelante contigo a la salvación eterna. Nos da mucho miedo ver nuestra debilidad. Pero por esto mismo necesitamos las enseñanzas de esta epístola. Queremos, pues, volver a poner la mirada en la persona de nuestro Sumo Sacerdote y considerar su capacidad de guardarnos, animarnos, levantarnos, interceder por nosotros y remitir nuestros pecados por el sacrificio de sí mismo. Ante nuestra debilidad te damos gracias nuevamente por el hecho de tener a Jesucristo como nuestro Sumo Sacerdote. Pedimos que suplas lo que nos falta con los recursos de tu gracia, para que nos sostengan en el camino hasta llegar a la tierra que nos has prometido. Te lo pedimos en el nombre de nuestro gran Salvador. Amén.


 

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