EL PATRÓN DE LA ORACIÓN

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EL PATRÓN DE LA ORACIÓN

Jesús realizó muchos milagros. En el transcurso de su ministerio, él caminó sobre el agua, convirtió agua en vino, sanó enfermos, levantó a los muertos. Como dijo Juan: “Jesús también hizo muchas otras cosas, las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25).
Siempre me ha causado asombro que los discípulos no le preguntaran a Jesús cómo caminar sobre el agua, cómo calmar la tempestad, o cómo hacer cualquiera de sus demás milagros. No obstante, sí le pidieron a Jesús que les enseñara sobre la oración. Nótese que no le pidieron a Jesús que les enseñara cómo orar; más bien le rogaron “enséñanos a orar” (Lucas 11:1). Estoy seguro de que los discípulos veían claramente la inseparable relación entre el poder que manifestaba Jesús y las horas que pasaba a solas conversando con su Padre.
La instrucción que da Jesús respecto a la oración nos llega desde el Sermón del Monte en Mateo 6 así como de Lucas 11. Jesús introduce sus afirmaciones sobre el patrón para la oración con estas palabras:

Cuando ores, no seas como los hipócritas, porque a ellos les encanta orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para que la gente los vea; de cierto les digo que con eso ya se han ganado su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y con la puerta cerrada ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Cuando ustedes oren, no sean repetitivos, como los paganos, que piensan que por hablar mucho serán escuchados. No sean como ellos, porque su Padre ya sabe de lo que ustedes tienen necesidad, antes de que ustedes le pidan. Por eso, ustedes deben orar así (Mateo 6:5–9).

Nótese que Jesús dijo “ustedes deben orar así”, no “digan esta oración” u “oren con estas palabras”. Existe cierta interrogante sobre si Jesús habrá pretendido que repitiéramos la oración. No estoy atacando el uso del Padrenuestro; ciertamente no tiene nada de malo usarlo en la vida personal del creyente o la vida devocional de la iglesia. No obstante, Jesús no estaba dándonos una oración para recitar tanto como un patrón para mostrarnos la forma de orar. Jesús nos estaba proveyendo un bosquejo de prioridades o las cosas que deben ser prioridades en nuestra vida de oración. Veamos las secciones del Padrenuestro una a una.

EL PATRÓN DE LA ORACIÓN


PADRE NUESTRO

Las primeras dos palabras de la oración son radicales según como están usadas en el Nuevo Testamento. La palabra Padre no era la forma básica de dirigirse a Dios que se encontrara en la comunidad del antiguo pacto. Su nombre era inefable; uno no se podía dirigir a él con ningún grado de intimidad. El término Padre casi nunca se usaba para hablar de Dios o para dirigirse a él en oración en el Antiguo Testamento. Pero en el Nuevo Testamento, Jesús nos llevó a una relación íntima con el Padre, rompiendo la división que simbolizaba el velo del templo. Jesús nos dio el incomparable privilegio de llamar a Dios “Padre”.
Jesús fue el primero que se conoce en tomar la oración y convertirla en un discurso personal con Dios. Jesús, quien hablaba arameo, usó la palabra aramea Abba, cuya mejor traducción es “Papá” o “Papi”. Casi podemos oír el grito de alarma de los discípulos y ver la mirada de asombro en sus caras: “Jesús, no habrás querido decir eso; ¡no puedes estar hablando en serio! Ni siquiera se nos permite decir el nombre de Dios en voz alta. Ni siquiera lo llamamos Padre, ¡mucho menos Papá!”.
Es irónico que hoy vivamos en un mundo que asume que Dios es el Padre de todos, que todos los hombres son hermanos. Lo oímos en los clichés “la paternidad de Dios” y “la hermandad de los hombres”. Pero la Escritura en ningún lugar dice que todos los hombres sean nuestros hermanos. Sí dice, no obstante, que todos los hombres son nuestro prójimo.
En cierto sentido restringido Dios es el Padre de todos los hombres como el Dador y Sustentador de la vida, el progenitor por excelencia de la raza humana. Pero nada en la Biblia indica que un individuo pueda dirigirse a Dios en un tono familiar. La única excepción es cuando la persona ha sido adoptada en la familia de Dios, habiendo expresado la fe salvadora en la expiación de Cristo y habiéndose sometido a su señorío. Entonces y solo entonces se le concede a uno el privilegio de llamar a Dios su Padre. A quienes lo recibieron, Dios “les dio el derecho [autoridad, privilegio] de ser hijos de Dios” (Juan 1:12, NVI). Solo entonces Dios llama “hijos” a los hombres. La palabra griega exousia, traducida como “derecho”, denota la libertad de actuar y la autoridad para esa acción. Llamar a Dios “Padre” sin contar con la debida credencial de filiación es un acto de extrema presunción y arrogancia.
En la introducción al Padrenuestro no encontramos la idea de paternidad y hermandad universales. Esta suposición cultural tácita hace que pasemos por alto lo que Jesús está diciendo. En primer lugar, nadie en el mundo puede dar por sentada la paternidad de Dios. Jesús es la única persona con el derecho último de dirigirse a Dios de esta forma, porque solo Jesús es el monogenes, el “unigénito del Padre” (Juan 1:14), quien ha existido desde toda la eternidad en una relación filial única con el Padre.
Si existe una paternidad y una hermandad universales en algún sentido, tendría que ser en el contexto de la discusión de Jesús con los fariseos en Juan 8. Los fariseos aseguraban ser hijos de Abraham, descendientes de Dios por asociación ancestral. Jesús los desafió en este punto, diciéndoles: “Si fueran hijos de Abrahán, harían las obras de Abrahán. Pero ahora intentan matarme; a mí, que les he dicho la verdad, la cual he escuchado de Dios. Esto no lo hizo Abrahán… Ustedes son de su padre el diablo, y quieren cumplir con los deseos de su padre” (Juan 8:39–40, 44).
Hay una clara distinción entre los hijos de Dios y los hijos del Diablo. Los hijos de Dios oyen su voz y le obedecen. Los hijos del Diablo no escuchan la voz de Dios; le desobedecen haciendo la voluntad de su padre, Satanás. Solo hay dos familias, y todo el mundo pertenece a una de las dos. Ambos grupos, no obstante, tienen una cosa en común. Los miembros de cada familia hacen la voluntad de sus respectivos padres, ya sea Dios o Satanás.
Si recorremos el Nuevo Testamento, investigando quiénes son los hijos de Dios, la respuesta es clara. El Nuevo Testamento no es ni vago ni enigmático en este punto. Romanos 8:14–17a dice lo siguiente:

Porque los hijos de Dios son todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios. Pues ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice nuevamente al miedo, sino que han recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.

En el verso 14 de este pasaje, la palabra todos (autoi en griego) está en lo que se denomina forma enfática para indicar exclusividad. La mejor traducción del verso es: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, solo ellos son los hijos de Dios”, o “son los únicos hijos de Dios”. Pablo enseña que es solo por el Espíritu Santo que podemos llamar Padre a Dios. La significación de lo anterior en el Nuevo Testamento es que somos hijos, no descendientes ilegítimos, porque estamos en unión con Cristo. Nuestra filiación no es automática; no se hereda y no es una necesidad genética, sino que es más bien derivada. La palabra del Nuevo Testamento para esta transacción es adopción. Debido a nuestra relación adoptiva con Dios a través de Cristo, nos convertimos en coherederos con Cristo.
Es solo porque estamos en Cristo y Cristo está en nosotros que tenemos el privilegio de dirigirnos a Dios como nuestro Padre y acercarnos a él en una relación filial. Martín Lutero dijo una vez que si tan solo pudiera comprender las primeras dos palabras del Padrenuestro, nunca volvería a ser el mismo.
La palabra nuestro significa que el derecho a llamar a Dios “Padre” no es solo mío. Es un privilegio corporativo que le pertenece a todo el cuerpo de Cristo. Cuando oro, no vengo ante Dios como un individuo aislado, sino como miembro de una familia, una comunidad de santos.


EN EL CIELO

En el tiempo en que Jesús pronunció las palabras del Padrenuestro, había un intenso debate sobre la ubicación precisa de la presencia de Dios. En la discusión entre Jesús y la mujer junto al pozo, Jesús se apresuró en observar que Dios es Espíritu, y como tal no podía ser localizado en un sitio en particular (Juan 4). No estaba ni en el Monte Guerizín, como pensaba la mujer, ni en Jerusalén, como creían algunos judíos.
Ciertamente Dios es omnipresente. No existen restricciones finitas para su divina presencia, y no obstante Cristo habló de la residencia del Padre en el cielo. ¿Por qué? Cristo estaba hablando de la trascendencia de Dios. Puesto que Dios no es parte de este proceso mundano, él no es parte de la naturaleza. No puede ser confinado a una localidad. El Dios al que nos dirigimos está por encima y más allá de los límites finitos del mundo.
La línea inicial del Padrenuestro nos presenta una tensión dinámica. Si bien debemos venir ante el Señor en una actitud de intimidad, aun así hay un elemento de separación. Podemos venir a Dios y llamarlo Padre, pero esta relación filial no nos permite tener el tipo de familiaridad que produce desdén. Hemos de venir con confianza, sí, pero nunca con arrogancia o presunción. “Padre nuestro” habla de la cercanía de Dios, pero “en el cielo” apunta a su alteridad, su separación. El punto es el siguiente: cuando oramos, debemos recordar quién somos y a quién nos dirigimos.


SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

No importa qué tan cerca nos invite Dios a venir, aún existe un abismo infinito entre nuestra pecaminosidad y su majestad. Él es el celestial; nosotros somos terrenales. Él es perfecto; nosotros imperfectos. Él es infinito; nosotros finitos. Él es santo; nosotros profanos. Jamás debemos olvidar que para nosotros Dios es lo completamente “otro”.
La sagrada “alteridad” de Dios es un hecho que los hijos de Aarón olvidaron, pero solo lo olvidaron una vez. En Levítico 10:1–3 leemos:

Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario y pusieron fuego e incienso en ellos, y ofrecieron delante del Señor un fuego extraño, que él nunca les mandó ofrecer. Entonces, de la presencia del Señor salió un fuego que los quemó, y murieron delante del Señor. Entonces Moisés le dijo a Aarón: “A esto se refería el Señor cuando dijo: ‘Seré santificado entre aquellos que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado’ ”.

Dios exige que se lo trate como santo, porque él es santo. Él es celoso de su honra. En este pasaje, él no ruega respeto. Se trata más bien de la constatación de un hecho: “Me tratarán como santo”. Jamás debemos cometer el fatal error de Nadab y Abiú y acercarnos a Dios con una actitud irreverente y descuidada.
Al mirar la primera petición del Padrenuestro, podemos ver que ésta es la primera prioridad de la que habló Jesús. Su petición inicial fue que el nombre de Dios fuera santificado. Es la palabra griega hagios, que se traduce literalmente como “santo”. La máxima prioridad del cristiano es ver que el nombre de Dios se mantenga santo, porque él es santo. Si esa fuera la única petición que la comunidad cristiana hiciera, y si los creyentes la hicieran ferviente y regularmente, sospecho que el avivamiento por el que oramos y la reforma que tanto ansiamos se harían realidad al instante. Todo —nuestro trabajo, nuestro ministerio, y todos los aspectos de nuestra vida diaria— experimentaría un cambio.
En el Antiguo Testamento, el propósito expreso de la elección de los israelitas y de sus leyes y ceremonias religiosas y alimentarias era establecerlos como una nación santa, separada de las culturas comunes y corrientes de la antigüedad. ¿Era esto para el honor de ellos? No, era para el honor de Dios. El honor de Dios debe convertirse en la obsesión de la comunidad cristiana de hoy. El honor no debe ser para nuestras organizaciones, nuestras denominaciones, nuestros modos individuales de adoración, ni siquiera nuestras iglesias en particular, sino únicamente para Dios.
Considera las palabras que se nos dan en Ezequiel 36:22 (NVI): “Así dice el Señor omnipotente: ‘Voy a actuar, pero no por ustedes sino por causa de mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones por donde han ido’ ”. Qué gran cambio. La nación elegida para tener el incomparable privilegio de dar a conocer la grandeza de Dios había elegido profanar su nombre públicamente. Dios tuvo que reprenderlos por su traición. A fin de cuentas, nuestros nombres, nuestras organizaciones y nuestros esfuerzos no tienen ningún sentido a menos que honremos el nombre de Dios.
Hoy en día, en nuestro mundo prevalece una terrible falta de temor de Dios. Martín Lutero observó una vez que aquellos que lo rodeaban le hablaban a Dios “como si él fuese un aprendiz de zapatero”. Si eso era cierto en los días de Lutero, ¿cuánto más lo será hoy? Con todo, la máxima prioridad que Jesús estableció es que el nombre de Dios debería ser santificado, honrado y exaltado.
El nombre de Dios es una expresión de quién es él. Nosotros poseemos la imagen de Dios. Allí donde Dios no es respetado, es inevitable que quienes poseen su imagen también sufran una pérdida del respeto.


VENGA TU REINO

Un motivo central en la Escritura es el reino de Dios. Éste fue el tema principal de la enseñanza y la predicación de Jesús. Él llegó como el cumplimiento del mensaje de Juan el Bautista, el cual era claro, preciso, y sencillo: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2).
En el Sermón del Monte, el discurso inaugural de su predicación, Jesús se enfocó en el reino. Debido a este enfoque, el sermón fue más que una simple presentación ética de principios para la vida buena. Jesús estaba hablando de las cualidades del carácter de las personas que viven un estilo de vida redimido dentro del reino de Dios.
El concepto de reino es difícil de entender para los cristianos de América. Nosotros tenemos una democracia, en la que la mera idea de una monarquía es repulsiva. Somos herederos de los revolucionarios que proclamaron: “¡Aquí no serviremos a ningún soberano!”. Nuestras naciones están construidas sobre una resistencia a la soberanía. América ha peleado batallas y guerras enteras para liberarse de la monarquía. ¿Cómo hemos de entender el pensamiento de las personas del Nuevo Testamento que oraban para que el Hijo de David restaurara la monarquía y el trono de Israel?
El Rey ha llegado. Cristo ha sido exaltado, se sienta a la derecha de Dios y reina como Rey. Pero Jesús no es solo el Rey espiritual de la iglesia, donde su única responsabilidad es ejercer autoridad sobre nuestra piedad, como si hubiese una separación entre iglesia y estado. Jesús es Rey del universo. Esa es la realidad de la ascensión. Pero el mundo no cree ni reconoce esta realidad. Aunque ese reinado es un hecho establecido, es invisible para el mundo en que vivimos. En el cielo, no hay duda al respecto. En la tierra, existe bastante duda al respecto. Jesús estaba diciendo que debemos orar para que el reino de Dios se vuelva visible en la tierra, que lo invisible se vuelva visible.
La rebelión contra la autoridad de Dios no es nada nuevo o único en nuestro tiempo o en la cultura de Occidente. En el Salmo 2:2–3 leemos: “Los reyes de la tierra hacen alianzas; los caudillos se declaran en contra del Señor y de su Mesías. Y dicen: ‘¡Vamos a quitarnos sus cadenas! ¡Vamos a librarnos de sus ataduras!’ ”.
¿Cuál es la reacción de Dios a este alzamiento? “El que reina en los cielos se ríe; el Señor se burla de ellos” (Salmo 2:4). Pero Dios no se divierte mucho tiempo, porque en los versos 5–6 leemos: “Pero ya enfurecido, les habla, y con su enojo los deja turbados. ‘Ya he establecido a mi rey sobre el monte Sión, mi lugar santo’ ”. El Señor les habla a los que se han rebelado contra él —los involucrados en esta cósmica Declaración de Independencia— y proclama: “Yo he establecido a mi Rey, he ungido a mi Cristo, y más les vale que se le sometan”. Al seguir leyendo, en el verso 10 aprendemos algo más:

Ustedes, los reyes: ¡sean prudentes! Y ustedes, los jueces: ¡admitan la corrección! Sirvan al Señor con reverencia… no sea que él se enoje y ustedes perezcan, pues su enojo se enciende de repente. ¡Bienaventurados son los que en él confían!

Los cristianos deben orar para la manifestación del reino de Cristo y el surgimiento de su reino. Si esa es nuestra oración, es nuestra responsabilidad mostrar nuestra lealtad al Rey. La gente no tendrá que adivinar a quién estamos exaltando.


HÁGASE TU VOLUNTAD

Esta frase no está pidiendo que el consejo determinado de Dios se lleve a cabo o que Dios dé comienzo a las cosas que él ha preestablecido desde la eternidad. Más bien estamos orando por obediencia a la voluntad preceptiva revelada de Dios; lo que él nos ha puesto en claro por medio de sus mandamientos. Esta tercera petición es una oración por obediencia de parte del pueblo de Dios, que quienes conforman el pueblo de Dios obedezcan sus mandamientos.


EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

Los ángeles en la corte de Dios hacen lo que él dice y desea. Su pueblo en la tierra no. Dios es el Hacedor del Pacto; nosotros somos los transgresores del pacto, quienes frecuentemente estamos en una trayectoria de colisión con la voluntad del Padre.
Hay un sentido en el que las primeras tres peticiones están todas diciendo lo mismo. La honra del nombre de Dios, la visibilidad de su reino, y la obediencia a su voluntad son prácticamente el mismo concepto repetido de tres formas distintas. Están inseparablemente relacionadas. Dios es honrado con nuestra obediencia, su reino se hace visible con nuestra obediencia, y evidentemente su voluntad se hace cuando somos obedientes a esa voluntad. Éstas son las prioridades que expuso Jesús.
No deberíamos llegar a toda prisa y con arrogancia a la presencia de Dios y asaltarlo con nuestras mezquinas peticiones, olvidando a quién nos estamos dirigiendo. Debemos asegurarnos de que hemos exaltado apropiadamente al Dios de la Creación. Solo después de que Dios ha sido debidamente honrado, adorado y exaltado, las subsecuentes peticiones del pueblo de Dios ocupan el lugar que les corresponde.


EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA, DÁNOSLO HOY

Dios provee para su pueblo. Merece la atención que lo que aquí se pide es el pan diario, no el bistec diario o el costillar de primera calidad diario. Dios suple las necesidades, pero no siempre las exquisiteces.
Observemos la experiencia de los israelitas luego de su liberación de la tierra de Egipto. Dios le proveyó el pan al pueblo milagrosamente en forma de maná. ¿Qué sucedió entonces? Primero, ellos dejaron de darle gracias a Dios por su provisión. Segundo, dejaron de pedirle su provisión. Tercero, comenzaron a quejarse de su provisión. Finalmente, comenzaron a recordar lo bien que andaban las cosas en Egipto. Soñaban con los pepinos, los melones, los puerros, y los ajos que habían tenido en Egipto —al mismo tiempo que olvidaban la opresión, las durezas, y las torturas que habían soportado a manos del Faraón. Se quejaban por tener que comer maná al desayuno, maná al almuerzo, y maná en la cena. Los israelitas comían suflé de maná, pastel de maná, merengue de maná, maná cocido, maná horneado, y maná asado. Pronto estaban pidiendo carne a gritos. En Números 11:18–19 se nos relata esta historia:

Pero dile al pueblo que se santifique para mañana. Ustedes van a comer carne, pues han llorado ante mí y han dicho: “¡Cómo quisiéramos que alguien nos diera a comer carne! La verdad, ¡nos iba mejor en Egipto!” Así que yo, el Señor, voy a darles a comer carne. Y no la comerán un día ni dos; ni cinco, diez o veinte días, sino todo un mes, hasta que les salga por las narices, y se harten de comerla.

Dios dijo: “Si quieren carne, les voy a dar carne, y van a comerla hasta el hastío”. Una de las cosas que delata nuestra condición caída es el concepto del hombre que se hace a sí mismo, alguien que se arroga el mérito por la abundancia de sus bienes y olvida la Fuente de todas sus provisiones. Debemos recordar que a fin de cuentas es Dios quien nos da todo lo que tenemos.


PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS, COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES

Ésta es una oración extremadamente peligrosa de pronunciar, pero contiene un principio que el Nuevo Testamento se toma muy en serio. La advertencia suprema de Jesús es que Dios nos juzgará según cómo juzguemos nosotros a los demás. Si el ser humano es salvo por gracia, ¿qué mejor evidencia de la salvación de un hombre podría haber que su muestra a los demás de la gracia que él mismo ha recibido? Si tal gracia no es evidente en nuestras vidas, sería válido cuestionar la autenticidad de nuestra presunta conversión.
Debemos tomar a Dios en serio en este punto. En Mateo 18:23–35, Jesús relata la historia de dos hombres que debían dinero. Uno debía alrededor de 10 millones de dólares y el otro debía unos 18 dólares. El hombre al que se le debía la enorme cantidad perdonó a su deudor. Éste, en cambio, no quiso perdonar al hombre que le debía la mísera suma de 18 dólares.
Lo más interesante es que ambos hombres pidieron lo mismo: más tiempo, no una total condonación de la deuda. Era irrisorio que el hombre con la deuda extremadamente elevada pidiera más tiempo, pues aun para los actuales estándares salariales la cantidad adeudada era una cifra astronómica. El pago diario de entonces era aproximadamente 18 centavos. El hombre con la deuda pequeña podría haberla pagado en tres meses. Su solicitud de más tiempo no era descabellada, pero su acreedor, en lugar de expresar el perdón que había recibido, comenzó a hostigarlo. El punto debería quedar claro. Nuestras ofensas mutuas y las ofensas que la gente comete contra nosotros son como una deuda de 18 dólares, mientras que las innumerables ofensas que hemos cometido contra Dios el Señor son como la deuda de 10 millones de dólares.
Jonathan Edwards, en su famoso sermón “La justicia de Dios y la condenación de los pecadores”, dijo que cada pecado es más o menos atroz dependiendo del honor y la majestad de aquél a quien hemos ofendido. Puesto que Dios posee honor infinito, majestad infinita, y santidad infinita, el más leve pecado tiene consecuencias infinitas. Los pecados aparentemente triviales son nada menos que una “traición cósmica” vistos a la luz del gran Rey contra el que hemos pecado. Somos deudores que no pueden pagar, y no obstante hemos sido liberados de la amenaza de la prisión por deuda. Es un insulto a Dios que neguemos el perdón y la gracia a quienes nos lo piden, y al mismo tiempo afirmemos que nosotros mismos hemos sido perdonados y salvados por gracia.
Hay otro punto importante a considerar aquí. Incluso en nuestro acto de perdón no hay mérito. No podemos elogiarnos delante de Dios y reclamar perdón meramente porque le hemos mostrado perdón a alguien más. Nuestro perdón de ninguna manera obliga a Dios con nosotros. Lucas 17:10 señala claramente que no hay mérito ni siquiera en la mejor de nuestras buenas obras: “Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: ‘Somos siervos inútiles, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’ ”.
Nada merecemos por nuestra obediencia, porque la obediencia —aun al nivel de la perfección— es el requisito mínimo de un ciudadano del reino de Dios. Habiendo cumplido con ese deber, lo único que podríamos reclamar sería una ausencia de castigo, pero por cierto ninguna recompensa, porque solo habríamos hecho lo que se esperaba que hiciéramos. La obediencia nunca califica como un servicio “más allá del deber”. Sin embargo, no hemos obedecido; hemos pecado gravemente. Por lo tanto, estamos meramente en una situación de postrarnos ante Dios y suplicar su perdón. Pero si lo hacemos, debemos estar preparados para mostrar nosotros mismos ese perdón; de lo contrario, nuestra posición en Cristo pende de un hilo. Lo que Jesús está diciendo, en el fondo, es esto: “Las personas perdonadas perdonan a los demás”. No nos atrevamos a pretender ser poseedores de su vida y naturaleza y al mismo tiempo fallar en exhibir esa vida y naturaleza.
Para profundizar en esta idea, si Dios ha perdonado a alguien, ¿podemos nosotros hacer menos? Sería increíble pensar que nosotros, que somos tan culpables, rehusáramos perdonar a alguien que ha sido perdonado por Dios, quien está completamente libre de culpa. Debemos ser espejos de la gracia para los demás, reflejar aquello que nosotros mismos hemos recibido. De esta forma, se aplica la Regla de Oro en términos prácticos.
El perdón no es un asunto privado sino corporativo. El cuerpo de Cristo es un grupo de personas que viven a diario en el contexto del perdón. Lo que nos distingue es el hecho de que somos pecadores perdonados. Jesús llama la atención no solo a los elementos horizontales en la petición, sino también los verticales. Debemos orar diariamente por el perdón de nuestros pecados.
Algunos quizá pregunten en este punto: “Si Dios ya nos ha perdonado, ¿por qué deberíamos pedir perdón? ¿No está mal pedir algo que él ya nos ha dado?”. La respuesta última a preguntas como ésta siempre es la misma. Lo hacemos porque Dios lo ordena. 1 Juan 1:9 indica que una señal del cristiano es su continua petición de perdón. El tiempo verbal en griego indica un proceso continuo. El deseo de perdón pone al cristiano en una situación aparte. El incrédulo racionaliza su pecaminosidad, pero el cristiano es sensible a su carencia de mérito. La confesión ocupa una porción significativa de su tiempo de oración.
En lo personal, me parece un poco aterrador pedirle a Dios que nos perdone en la medida en que nosotros perdonamos a otros. Es casi como pedirle justicia a Dios. Yo solía advertirles a mis alumnos: “No le pidan a Dios justicia. Podrían conseguirla”. Si, en efecto, Dios me perdonara en una proporción exacta a mi disposición a perdonar a los demás, yo estaría en graves problemas.
El mandato de perdonar a los demás como nosotros hemos sido perdonados se aplica también a la cuestión de perdonarse a sí mismo. Tenemos la promesa de Dios de que cuando le confesamos nuestros pecados, él nos perdona. Desafortunadamente, no siempre creemos esa promesa. La confesión requiere humildad en dos niveles. El primer nivel es la admisión de la culpa propiamente tal; el segundo nivel es la humilde aceptación del perdón.
Una vez me visitó una mujer desconcertada por un problema de culpa y me dijo: “Le he pedido a Dios que me perdone por este pecado una y otra vez, pero sigo sintiéndome culpable. ¿Qué puedo hacer?”. La situación no implicaba la repetición constante del mismo pecado, sino la constante confesión de un pecado cometido una vez.
“Debes orar una vez más y pedirle a Dios que te perdone”, le respondí. En sus ojos apareció una mirada de impaciente frustración. “¡Pero ya lo he hecho!”, exclamó. “Le he pedido a Dios una y otra vez que me perdone. ¿Qué gano con pedírselo de nuevo?”.
En mi respuesta, apliqué con firmeza la proverbial fuerza de la vara a la cabeza de la mula: “No estoy sugiriendo que le pidas perdón a Dios por aquel pecado. Te estoy pidiendo que busques perdón por tu arrogancia”.
La mujer no podía creer lo que oía. “¿Arrogancia? ¿Qué arrogancia?”. Ella asumía que su reiterada súplica de perdón era una prueba positiva de su humildad. Ella estaba tan contrita por su pecado que sentía que debía arrepentirse de él eternamente. Pensaba que su pecado era demasiado grande para ser perdonado con una dosis de arrepentimiento. Que los demás se las arreglen con la gracia; ella iba a sufrir por su pecado sin importar cuánta gracia Dios pudiera ofrecer. El orgullo le había puesto una barrera a la aceptación del perdón en esta mujer. Cuando Dios nos promete que nos perdonará, insultamos su integridad cuando rehusamos aceptarlo. Perdonarnos a nosotros mismos después de que Dios nos ha perdonado es un deber tanto como un privilegio.


NO NOS METAS EN TENTACIÓN, SINO LÍBRANOS DEL MAL

A primera vista, pareciera que esta sección del Padrenuestro consta de dos peticiones separadas, pero no es así. Está hecha siguiendo la forma literaria del paralelismo usado en el Antiguo Testamento: dos formas distintas de decir una misma cosa. Jesús no está sugiriendo que Dios nos tentará al mal si no le pedimos lo contrario. Santiago 1:13 dice específicamente que Dios no tienta a nadie. Dios puede probar, pero nunca tienta al mal. Una prueba es para crecimiento; la tentación tiende al mal.
No toda tentación es de Satanás, porque Santiago dice que también somos tentados por nuestra lujuria. El mal inherente dentro del corazón del hombre es capaz de tentar al ser humano sin la ayuda de Satanás.
La súplica de evitar la tentación y la petición de liberación del mal son una misma cosa. La versión Reina Valera no es la mejor traducción de este texto, porque el mal del que habla Jesús no es el mal en el sentido general. En griego, la palabra traducida como “mal” es de género neutro; en esta sección del Padrenuestro, la palabra está en género masculino. Jesús estaba diciendo que deberíamos pedirle al Padre que nos libere del Maligno, de las arremetidas que Lutero llamó los “descontrolados asaltos de Satanás”, el enemigo que quiere destruir la obra de Cristo en este mundo.
Jesús nos estaba diciendo que le pidamos al Padre que construya una valla a nuestro alrededor. La petición no pretende evitar las pruebas de este mundo, sino protegernos de la abierta exposición a los ataques de Satanás. En su “Oración Sumosacerdotal”, Jesús le pidió al Padre, no que sacara a los discípulos del mundo, sino más bien “que los protejas del maligno [poneros]” (Juan 17:15, NVI).
En esta petición, pedimos la presencia redentora de Dios. Sin esa presencia, somos presa fácil para el enemigo. Pensemos en el entusiasta Pedro, cuando había terminado de recitarle a Jesús el extremo de su compromiso, la profundidad de su amor y devoción, y la intensidad de su lealtad. Jesús, mirándolo y previendo su negación, dijo: “Simón, Simón, Satanás ha pedido sacudirlos a ustedes como si fueran trigo; pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe” (Lucas 22:31–32). En otras palabras, Jesús le dijo a Pedro que por su cuenta él sería masilla en las manos de Satanás. Si no fuese por la intercesión de Cristo a favor de Pedro, éste se habría perdido; su fe habría fallado.
No solo tenemos a Jesús para que interceda por nosotros para protegernos del enemigo, sino que nosotros mismos debemos pedirle a Dios que nos mantenga a salvo de las manos del enemigo.
En seis peticiones, Jesús bosquejó el patrón y las prioridades para nuestra vida de oración. El cierre tradicional del Padrenuestro —“Porque tuyo es el reino, el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.”— no aparece en los mejores manuscritos. Muy probablemente no aparecía en el texto original, sino que era una conclusión de las oraciones común en la iglesia primitiva. Sin embargo, es un final apropiado y verdadero. Vuelve la atención al comienzo de la oración, elevando una doxología a Aquel que escucha nuestras peticiones.


 

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