Madrid, España

EL DIVORCIO Y LAS SEGUNDAS NUPCIAS

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EL DIVORCIO Y LAS SEGUNDAS NUPCIAS

En una situación de tragedia personal y de daño estructural en la sociedad [como resultado de tantos divorcios y de los cambios en las leyes], la iglesia ha sido llamada a un ministerio que refleja los tres oficios mediadores de Cristo: declarar la voluntad revelada de Dios acerca del matrimonio; restaurar a los pecadores por medio del evangelio del arrepentimiento y el perdón de pecados; y nutrir a las personas, para que por la gracia de Dios sean fieles en sus matrimonios. En este artículo, es necesario que nos ocupemos principalmente en el ejercicio del primero de estos oficios. El primer paso será el de examinar las tres tradiciones eclesiásticas principales acerca del divorcio y las segundas nupcias.

EL DIVORCIO Y LAS SEGUNDAS NUPCIAS

LA ENSEÑANZA DE LAS IGLESIAS

 

LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA

La iglesia católica romana enseña que la unión matrimonial es indisoluble. Dicen específicamente que el matrimonio sacramental consumado no podrá ser disuelto, excepto por la muerte. Esto significa que una pareja casada, si han tenido relaciones sexuales después de que los dos hayan sido bautizados, no se puede divorciar; ni el adulterio provee causa suficiente para disolver los lazos matrimoniales. Aun así, la indisolubilidad marital no es tan absoluta en el enfoque católico; la iglesia romana no descarta todo divorcio. Tampoco el divorcio es la única manera de ser liberado de las obligaciones de un matrimonio destrozado. Hay dos enfoques distintos.
El divorcio como privilegio de la fe. Según la doctrina católica romana, ningún matrimonio puede ser disuelto por autoridad meramente humana. La iglesia, sin embargo, tiene autoridad en ciertas condiciones para disolver el matrimonio entre un creyente y un no creyente, porque esto sirve los intereses superiores de la fe. El privilegio del divorcio reservado para los fieles toma dos formas.
El divorcio según el privilegio paulino (llamado así porque se basa en 1 Corintios 7:15), fue establecido primero por el Papa Clemente III en el siglo doce. El código de ley canónico del año 1983 define las siguientes condiciones en las cuales se puede otorgar este divorcio: ninguno de los dos cónyuges había sido bautizado cuando se contrajo el matrimonio; uno de los dos cónyuges se ha convertido ahora, y ha sido bautizado; una «interpelación» se ha hecho por el cónyuge, pero ni se convertirá ni vivirá en paz con el cónyuge convertido. La pareja puede divorciarse, y el creyente está libre para casarse de nuevo en la fe.
El privilegio petrino se distingue del paulino en que se aplica a casos en que uno de los dos cónyuges había sido bautizado antes de contraer matrimonio. El divorcio por causa de la fe en tales circunstancias será otorgado solamente por dispensación papal. Se propusieron nuevos cánones sobre el privilegio petrino para la nueva versión del código en el año 1983, pero no fueron adoptados. Aunque teóricamente esto todavía es un medio para obtener un divorcio, en la práctica ha sido desplazado por el mayor uso del procedimiento de la anulación.
La anulación como una alternativa del divorcio. Hay unos ocho millones de católicos divorciados en los Estados Unidos. La iglesia no excomulga a las personas divorciadas, pero si se casan de nuevo, no se les permite recibir los sacramentos, al menos que su matrimonio original se disuelva o se anule. «Una anulación es una declaración por un tribunal, diciendo a la iglesia que el matrimonio nunca existió legalmente como una unión sacramental según la ley canónica». En el año 1968, hubo 338 anulaciones en los Estados Unidos; para el año 1978, el número había aumentado a 27.670, y se recibieron dos veces esta cantidad de peticiones en el año 1981.
Los motivos por los cuales un matrimonio puede ser anulado incluyen impedimentos como la impotencia, la consanguinidad, y la afinidad; motivos documentales como la forma defectiva o una unión previa; el consentimiento simulado; el consentimiento logrado por la fuerza o por el miedo; y motivos psicológicos, especialmente la «falta de discreción» al contraer el matrimonio y la «falta de competencia debida», o la incapacidad de cumplir las obligaciones matrimoniales.
Como observa un escritor católico,

«Si, según normas civiles, el matrimonio ha sido irrevocablemente quebrantado, es muy probable que, según las normas eclesiásticas actuales, nunca hubo una unión sacramental verdadera».

Se puede apreciar la preocupación pastoral de la iglesia católica romana, pero su manera de resolver el debate es más verbal que real. Podrían dejar de resolver los problemas por medio de sus definiciones, si fueran abiertos a reconsiderar exegéticamente su noción de indisolubilidad.

LA IGLESIA ORTODOXA ORIENTAL

A diferencia de la iglesia católica romana, la iglesia ortodoxa oriental no tiene un solo código de ley canónica que es vigente para todas las iglesias locales. Tal código unificado, se sostiene, sería ajeno al espíritu de la ortodoxia, que pone el énfasis en la autonomía en el gobierno eclesiástico y en la disciplina. Como resultado, es difícil expresar la posición de la iglesia en detalle con precisión. No obstante, los principios y las líneas generales de su enfoque son claros.
La iglesia ortodoxa oriental enseña la indisolubilidad ideal del matrimonio, tanto en esta vida como en la vida venidera:

«La unión entre marido y mujer es un fin en sí mismo; es una unión eterna entre dos personalidades únicas y eternas que no se puede quebrar.»

Por lo tanto, «el matrimonio cristiano no es solamente una unión terrenal sexual, sino un vínculo que continuará cuando nuestros cuerpos sean «espirituales» y cuando Cristo sea «todo en todo»».
A la luz de esto, la iglesia disuade a las viudas y a los viudos a casarse de nuevo, aunque se permiten un segundo y un tercer matrimonio como una concesión a las necesidades y los deseos humanos terrenales. Por lo tanto, la indisolubilidad del matrimonio no es absoluta; el vínculo marital se puede disolver como consecuencia de la muerte física o la muerte moral. Como lo expresa un escritor ortodoxo.

«El don del matrimonio cristiano debe ser aceptado, y debe ser vivido libremente, pero eventualmente puede ser rechazado por el ser humano».

El divorcio por causa de adulterio. La iglesia oriental reconoce el divorcio por causa de adulterio como una dispensación divina. «Según el evangelio, el adulterio destruye la realidad misma, la esencia mística, del matrimonio». El divorcio por causa de adulterio denuncia «la ausencia, la desaparición, la destrucción del amor, y por lo tanto simplemente declara que un cierto matrimonio no existe». Frecuentemente se apela a la analogía de la muerte en la enseñanza ortodoxa acerca del divorcio.

En las palabras de nuestro Señor, en el caso de infidelidad conyugal, el ideal del matrimonio cristiano es totalmente destruido. Por esta razón, el vínculo de confianza mutua, el amor, la fe, y el ejercicio mutuo de la autoridad de cada uno sobre el cuerpo del otro, es quebrado; consecuentemente, el propósito del matrimonio es destruido. Tal caso es considerado por los teólogos y moralistas ortodoxos como equivalente a la muerte espiritual. Tal como la muerte física es la única causa natural que pueda disolver el vínculo nupcial, así la muerte moral produce el mismo resultado, la disolución de la unión matrimonial. El abismo creado entre los cónyuges por la muerte moral y espiritual es mucho más grande que el abismo causado por la muerte natural.

Se debe notar que hay dos caminos posibles después de que se haya cometido adulterio:

1) el arrepentimiento, el perdón, la reconciliación, y la restauración.

2) la impenitencia, la muerte moral, la disolución, y el divorcio.

El divorcio como ejercicio del cuidado pastoral. Para ser exacto, según la iglesia ortodoxa oriental, el adulterio es la única causa del divorcio mencionada en la enseñanza de Cristo. La iglesia, sin embargo, puede otorgar el divorcio por otras causas, basándose en el principio de la oikonomía —el cuidado amoroso de sus miembros. La oikonomía (dirección, administración) está en contraste con la akribeia (exactitud, precisión). Los límites no son prescritos; «la iglesia reserva el derecho de manejar cada problema de una manera pastoral».

En el caso de familias divididas, el mal menor es el divorcio, lo cual es otorgado por la iglesia, siguiendo el ejemplo de Moisés. Esto no se otorga fácilmente ni felizmente, sino con cuidado y con tristeza, para los que, por causa de la «dureza de su corazón», se sienten incapaces de continuar viviendo su vida conyugal como «dos cuerpos unidos en uno».

La Iglesia Ortodoxa Oriental considera seriamente las siguientes condiciones al conceder un divorcio y al permitir casarse de nuevo: el adulterio, la fornicación, y todas las demás acciones inmorales cometidas por cualquier de los cónyuges; acciones peligrosas y amenazas contra la vida de parte de cualquier de los dos; el aborto sin el consentimiento del marido; la impotencia que existía antes de casarse y ha continuado dos años después de casarse; el abandono de parte de cualquiera de los dos por más de dos años; la apostasía o la herejía; la enfermedad mental que dure cuatro años después de casarse, o la lepra.

EL ENFOQUE CLÁSICO PROTESTANTE

Los protestantes evangélicos se distinguen por su adherencia al principio de sola scriptura. Las Sagradas Escrituras son la única regla infalible de fe y práctica, y la iglesia no tiene ninguna autoridad para obligar la conciencia con leyes propias. La iglesia puede determinar casos de conciencia como parte de su ministerio, pero el «Juez Supremo» en cada controversia «es ningún otro más que el Espíritu Santo que habla en las Escrituras». El principio protestante de la autoridad involucra la doctrina de la suficiencia de las Escrituras, que sostiene que «el consejo completo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria y para la salvación, fe y vida del hombre, está expresamente expuesto en las Escrituras, o se puede deducir de ellas por buena y necesaria consecuencia». La posición protestante clásica sobre el divorcio, a la luz de estos principios, está expresada en forma concisa en la Confesión de Fe de Westminster:

Aunque la corrupción del hombre sea tal que le haga estudiar argumentos para separar indebidamente a los que Dios ha unido en matrimonio; sin embargo, nada sino el adulterio o la deserción obstinada que no puede ser remediada, ni por la Iglesia ni por el magistrado civil, es causa suficiente para disolver los lazos del matrimonio.

Otra sección de la Confesión autoriza casarse de nuevo en el caso de adulterio.

En el caso de adulterio después del matrimonio, es lícito para la parte inocente promover su divorcio, y después de este, puede casarse con otra persona como si la parte ofensora hubiera muerto.

Hace tiempo, los puritanos ingleses habían llegado a un consenso acerca de las segundas nupcias después de un divorcio por causa de adulterio, basándose exegéticamente en la cláusula de la excepción en Mateo. William Perkins (1558–1602) había incluido deserción como motivo legítimo de divorcio en algunas circunstancias, basado en las instrucciones de Pablo sobre matrimonios mixtos en el capítulo siete de 1 Corintios.21 Entre los miembros de la asamblea de Westminster que habían publicado obras acerca del matrimonio antes de la asamblea, el más importante es William Gouge, quien presidió el comité de la asamblea sobre el divorcio. La posición de Gouge sobre los motivos legítimos del divorcio se expresa en forma sucinta en oposición al «error de los papistas»: «Con respecto al adulterio, no negamos que es motivo justo de divorcio: incluso decimos (con el apoyo de las palabras de Cristo) que es la única causa legítima de divorcio». Se permite casarse de nuevo si el motivo del divorcio ha sido el adulterio, pero en el caso de la deserción, la parte inocente solamente queda libre de las obligaciones de relaciones conyugales; no se permite casarse de nuevo, porque el matrimonio no ha sido disuelto totalmente. Gouge está consciente de otras interpretaciones reformadas de la excepción paulina (1 Corintios 7:15), pero no las discute, porque el problema es remoto.

En muchas iglesias reformadas más allá de los mares, la deserción es considerada una disolución de los lazos matrimoniales, y se otorga libertad a la parte abandonada a casarse con otro.

Recientemente, la posición clásica protestante ha sido criticada por algunos evangélicos por ser demasiado relajada, no solamente porque permite el divorcio por «deserción maliciosa», sino también porque permite casarse de nuevo después de un divorcio por causa del adulterio. William Heth y Gordon Wenhan son especialmente críticos de la posición de Westminster, que ellos llaman el «enfoque de Erasmo», porque «la tradición exegética empezó con Erasmo y fue ampliada por Lutero y otros reformadores y confirmada…por esta Confesión de Fe.». La tesis es que Erasmo se apartó de la enseñanza uniforme de la iglesia primitiva que sostenía que, al casarse de nuevo después de un divorcio por cualquier motivo, se cometía adulterio. Examinaremos su exégesis más adelante, pero por ahora es importante notar que, lo que Heth y Wenham llaman «la posición de la iglesia primitiva» es más precisamente la posición «agustiniana final». Todavía en el año 413, Agustín escribiría: «No está claro en las Escrituras si un hombre que ha abandonado a su esposa por causa de adulterio, lo cual ciertamente se le permite, será él mismo también considerado un adúltero si se casa de nuevo. Y aunque fuera así, no creo que cometa un pecado grave». La posición definitiva de Agustín, según la cual tal hombre sería considerado un adúltero, aparece seis años después.26
Así que de ninguna manera es cierto que Heth y Wenham hayan presentado adecuadamente la enseñanza de la iglesia primitiva. Según el erudito jesuita, Theodore Mackin, en su libro masivo, Divorce and Remarriage [El divorcio y las segundas nupcias], «Los escritores cristianos sobre el tema del adulterio, el divorcio, y las segundas nupcias, comenzando con la mitad del segundo siglo y continuando por lo menos hasta Agustín…nunca llaman adúlteras a las siguientes personas: [1] Un marido que se casa de nuevo después de dejar a una esposa adúltera. [2] Un marido que se casa de nuevo después de ser abandonado por su esposa. [3] Una mujer que se casa con un hombre en cualquier de estos dos casos». Además, la posición final de Agustín nunca fue adoptada por las iglesias orientales, las cuales permitían el divorcio y el volverse a casar. Mackin resume la disciplina de la iglesia bizantina en el siglo trece:

Esta indisolubilidad cede a la dispensación divina expresada por Cristo en…Mateo 5:32 y 19:9. … Pero se entendía que el adulterio que hace legítimas la separación y la disolución no era la única causa, sino que era un ejemplo y un punto de partida para considerar otras causas semejantes. Era evidente que otros crímenes se cometían que dañaban el matrimonio con igual o mayor severidad. El aborto y el intento de homicidio de parte del cónyuge son solamente dos ejemplos.

Como hemos visto, la diferencia histórica entre la iglesia católica romana y las iglesias ortodoxas orientales sobre la doctrina del divorcio persiste hasta hoy. Por lo tanto, mientras debemos darle crédito a Erasmo por su aporte exegético a la discusión, el hecho de ponerle la etiqueta de «el enfoque de Erasmo» a la posición que permite casarse de nuevo después de un divorcio legítimo tiende a confundir, y es peyorativo.


EL PACTO DEL MATRIMONIO Y EL DIVORCIO

Los textos bíblicos clave que se deben comparar son los que tratan directamente el tema del divorcio y el casarse nuevamente; la regulación mosaica (Deuteronomio 24:1–4), la protesta profética (Malaquías 2:13–16), la enseñanza de Jesús (Mateo 5:32; 19:9; Marcos 10:11–12; Lucas 16:18), y la enseñanza de Pablo (1 Corintios 7:10–16). Estos tienen sentido, sin embargo, en el contexto más amplio de la enseñanza bíblica acerca del matrimonio como un pacto. Como hemos visto, la perspectiva del matrimonio como un pacto es una parte tan íntegra de la religión y la cultura del Antiguo Testamento, que el pacto de Dios con Israel frecuentemente se describe en esos términos. Tristemente, sin embargo, la figura del matrimonio se utiliza principalmente para hablar de la apostasía de Israel. Los profetas, especialmente Oseas, Jeremías, y Ezequiel, describen la infidelidad al pacto de Sinaí de parte de Israel en términos de adulterio (na’ap) y fornicación (zana). Oseas 2:2 (2:4 en el Texto Masorético y en la Septuaginta) es típico:

Contended con vuestra madre, contended;
porque ella no es mi mujer, ni yo su marido;
apartad, pues, sus fornicaciones (zana) de su rostro,
y sus adulterios (na’ap) de entre sus pechos;

Según la Palabra del Señor por medio de Oseas, el problema con Israel era que, «cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí» (6:7); «porque traspasaron mi pacto, y se rebelaron contra mi ley» (8:1). Las estipulaciones del decálogo forman la base de la acusación: «no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen…» (4:1–2). Como resultado de una trasgresión seria del pacto, y sin arrepentirse, la relación entre Dios y Su pueblo se alteró radicalmente. Así, Oseas, siguiendo las instrucciones del Señor, nombra a un hijo Lo-ammi, «porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios» (1:9). En la figura de Oseas 2:2, el «matrimonio» entre Dios y su pueblo ha sido disuelto; la restauración requeriría nada menos que un nuevo pacto (Jeremías 31:31–32).
El lenguaje del divorcio para una relación alterada entre Dios y su «esposa» es explícito en Jeremías: «Ella vio que por haber fornicado (na’ap, LXX moicao) la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio; pero no tuvo temor la rebelde Judá su hermana, sino que también fue ella y fornicó (zana, LXX porneuo)» (Jeremías 3:8). Como veremos, este precedente divinamente establecido es muy relevante para la enseñanza de Jesús y Pablo. Pero, primero, ¿qué de Moisés?

LA REGULACIÓN MOSAICA

La existencia de la práctica del divorcio es reconocida en algunos textos del Pentateuco, sin comentario sobre su moralidad (Números 30:9; Levítico 22:13; 21:14). Es similar a la poligamia en este sentido. Sin embargo, Moisés regula su práctica, en un pasaje conocido en Deuteronomio.

Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, pero después resulta que no le gusta por haber encontrado en ella algo indecente, le dará por escrito un certificado de divorcio y la despedirá de su casa. Ella, después que haya abandonado la casa, podrá casarse con otro; pero si su segundo marido también llega a despreciarla y le entrega un certificado de divorcio, despidiéndola de su casa, o si este segundo marido se muere, entonces el que fue su primer marido no podrá volver a casarse con ella debido al estado de impureza en que ella se encuentra; esto sería un acto repugnante para el Señor, y ustedes no deben deshonrar el país que el Señor su Dios les da en propiedad (Deuteronomio 24:1–4, Dios Habla Hoy).

Esta versión capta la idea del pasaje, que no es especificar los motivos legítimos para divorcio, sino definir la condición de una mujer divorciada (por eso debe tener una declaración escrita) y evitar que ella sea tratada como un producto que se puede comprar y vender (por lo tanto, la prohibición de que se case de nuevo con el marido que se divorció de ella, después de un matrimonio intermedio). La expresión hebrea ‘erwat dabar, traducida aquí «algo indecente», podría ser traducida «alguna conducta indecente». El único otro lugar en el Antiguo Testamento donde ocurre esta frase ‘erwat dabar (literalmente «la desnudez de la cosa») es Deuteronomio 23:14, donde se refiere al excremento como algo indecente o repulsivo. El contexto determina su uso en Deuteronomio 24. Mientras la mujer no encuentra favor en los ojos del primer marido porque ha encontrado alguna cosa vaga «desagradable» en ella, el segundo marido se divorcia de ella simplemente porque la desprecia. Lo que es feo depende de los ojos del que ve. El hecho inevitable es que, el divorcio por aversión fue tolerado bajo la ley civil de Moisés, aunque se entiende por la ordenanza de la creación que esto sería moralmente incorrecto.

LA PROTESTA PROFÉTICA

Aunque técnicamente era legal, esta manera de practicar el divorcio no escapó de la protesta en el Antiguo Testamento, siendo desafiado vigorosamente en Malaquías 2:13–16. El tema general del capítulo 2 es el quebrantamiento de la fe entre la comunidad del pacto, tanto de parte de los sacerdotes (2:1–9) como de parte del pueblo (2:10–16). El verbo bagad (actuar o tratar con peligro, infidelidad, o engaño) ocurre cinco veces en los últimos siete versículos, empezando con la pregunta, «¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros padres?» (v. 10), y terminando con la exhortación, «Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales» (v. 16). Malaquías protesta contra dos instancias concretas de infidelidad al pacto: el casarse con esposas paganas inconversas («hija de dios extraño»), el divorcio (de la «mujer de vuestra juventud»). Estos, por supuesto, podrían ser partes de un solo evento, pero son tratados en el texto como si fueran distintas instancias de «traición».
La frase clave en la primera parte del versículo 16 ha sido traducida así:«Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo Jehová de los ejércitos».
Pero en el siglo diecinueve, el erudito alemán del Antiguo Testamento, Ewald, sugirió un cambio en la puntuación en el hebreo que daría la siguiente traducción:

El que por odio rompe el vínculo del matrimonio,
dice Yahvé, el Dios de Israel,
—él cubre con crueldad su vestido,
dice Yahvé de los ejércitos.

La versión de la Septuaginta tiene la misma idea en la primera frase, y podría ser traducida así:

Si os divorciáis por odio,
dice el Señor Dios de Israel,
Entonces la iniquidad cubre vuestros pensamientos,
dice el Señor de los ejércitos.

La expresión que usa Malaquías para describir las consecuencias de una traición de la confianza matrimonial de parte del marido, solamente porque no le gusta su esposa, es: «la violencia (hamas) cubre su vestido (lebus)». La frase es difícil de entender, y la Septuaginta («la iniquidad cubre vuestros pensamientos») no nos ayuda aquí. Hamas se usa en el Antiguo Testamento específicamente para referirse a la violencia física, pero también para hablar de cualquier daño causado con malas intenciones. Lebus ha sido interpretado de varias maneras. El léxico de Genesius menciona la palabra árabe por vestido (libasun) y su uso en el Qur’an como metáfora por la esposa (Sura 2.183, «Las esposas son vuestro vestido y vosotros sois el suyo»), pero no hay ningún uso paralelo en el Antiguo Testamento. Una explicación más probable es que el profeta hace referencia a la ceremonia matrimonial, en que el hombre cubría la mujer con su «ala» (la extremidad) de su vestimenta, simbolizando su protección y su compromiso (Ver Rut 3:9, Ezequiel 16:8). Lebus sería entonces una metonimia, una palabra usada en representación de la relación matrimonial, la cual sería radicalmente abusada por causa de un divorcio arbitrario.
Esta última interpretación tiene sentido en el contexto, especialmente a la luz de la expresión «la mujer de vuestra juventud», que se refiere a la primera etapa de la relación matrimonial. La maldad del divorcio es algo obvio y serio, y la adoración de Dios no es un sustituto por la justicia en relaciones humanas. Para parafrasear lo que el Señor dijo a través del profeta Oseas, «Quiero fidelidad, y no sacrificios». Tal divorcio constituye traición (bagad) del pacto matrimonial.
Lejos de debilitar la protesta del Señor contra la infidelidad matrimonial, la palabra profética contra el divorcio se hace más fuerte por ser más definida. El divorcio por el «odio» es un quebrantamiento radical de la fidelidad; es una «violencia» contra la compañera con quien se ha unido en matrimonio. Por lo tanto, es condenado por el Dios de justicia, misericordia, y lealtad.

LA ENSEÑANZA DE JESÚS

La presentación más completa de la enseñanza de Jesús sobre el divorcio (Mateo 19:3–12; Marcos 10:2, 12) se da en respuesta a una pregunta tramposa de los fariseos. Sabemos de la Misná (promulgada alrededor de 200 A.D.) que había distintas respuestas para esta pregunta entre las dos escuelas rabínicas contemporáneas, Shamai y Hilel. El relato más largo en Mateo merece varias observaciones.
La preocupación dominante. El propósito de la enseñanza de Jesús es el de proteger a sus discípulos del divorcio, de preservar el matrimonio, y no de prevenir el matrimonio. La preocupación dominante es por la fidelidad al ideal original del matrimonio, expresado en la ordenanza de la creación. La exhortación culminante, «lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» es dirigida a la pareja, especialmente al marido, quien supone falsamente que tiene el derecho de terminar el matrimonio. El divorcio bajo la ley judía y romana no requería la declaración de una tercera parte (civil o religiosa), confirmando que la pareja ya no estaba unida. El divorcio era cuestión de que el marido repudiara a su esposa (ley judía), o que cualquier de los dos repudiara al otro (ley romana). Solamente se requería evidencia de intención, normalmente por escrito, lo que era siempre un requisito de la ley judía. En el imperio romano, los cónyuges disolvían sus propios matrimonios por retirar su consentimiento. En el judaísmo, el marido solo podía dejar a la mujer; era el único agente de la disolución (aunque podía ser obligado bajo ciertas circunstancias a dejar a su esposa por insistencia de ella).
El punto práctico de la exhortación es que las actitudes y las acciones que contribuyen a la ruptura de la relación deben someterse al principio de mantener intacto lo que Dios ha unido. Una separación emocional ya es un paso en el sentido equivocado.
La regulación mosaica. La sección relevante del tratado sobre el divorcio de la Misná (Gittin 9:10) es breve y se puede citar enteramente.

La escuela de Shamai dice: Un hombre no puede divorciarse de su esposa, al menos que haya encontrado en ella alguna cosa indebida (debar ‘erwa), como se dice, porque ha encontrado alguna cosa indecente (‘erwat dabar) en ella. Pero la escuela de Hilel dice: Aunque sea porque ella haya arruinado un plato de comida para él, porque ha encontrado alguna cosa indecente (‘erwat dabar) en ella. R. Akiba dice: Aunque sea porque ha encontrado a otra mujer más hermosa que ella, como dice, entonces sucede, si ella no encontró favor delante de sus ojos.

Las dos escuelas citan el mismo texto del Antiguo Testamento (Deuteronomio 24:1), pero con énfasis distinto. Shamai pone el énfasis en ‘erwat y lee, «indecente en alguna cosa». Hilel pone el énfasis en dabar y se lee, «indecente en alguna cosa». El «motivo» según Hilel es subjetivo y abierto; el marido decide lo que es indecente. El «motivo» según Shamai es más objetivo, pero la expresión en que fundamenta su argumento es muy vaga para apoyarlo. Es comprensible, dado el pecado de los hombres, que la «exégesis» de Hilel llegó a ser la interpretación más aceptada, la cual Rabbi Akiba (90–135 A.D.) simplemente amplía, para llegar a su conclusión lógica con el mismo apoyo exegético.
Jesús, por otro lado, desafía la suposición común entre todos en esta discusión, es decir, que el propósito del pasaje en Deuteronomio sea el de explicar los motivos legítimos para el divorcio. Su prueba bíblica es la voluntad original de Dios expresada en la ordenanza de la creación. Visto desde esa perspectiva, es evidente que el permiso mosaico fue aceptado como una acomodación a la dureza del corazón del hombre —quienes posiblemente harían algo peor para deshacerse de sus esposas. Como observa Lane, «Cuando Jesús afirma que Moisés estableció la pauta de la carta de repudio por causa de la dureza de sus corazones, estaba usando una categoría legal establecida de acciones permitidas por maldad o debilidad». La intención del «mandato» mosaico no era la de aprobar el divorcio arbitrario, sino de limitar las consecuencias del pecado debido al dominio de los hombres. La conclusión de Stonehouse es correcta: «Aunque el uso que se ha dado a este pasaje para justificar un relajamiento ha sido ilegítimo, todavía es verdad que esta provisión mosaica para la protección de la mujer supone que el divorcio era permisible. Cristo condena lo que Moisés aceptó como el estatus quo». La provisión civil debe ser leída dentro del contexto de la enseñanza más amplia de la Torá entera, con sus preocupaciones preeminentes por la justicia, por la misericordia, y especialmente en este caso, por la fidelidad.
La cláusula de la excepción. La controversia principal sobre la enseñanza de Jesús acerca del divorcio se centra en la interpretación de la cláusula de la excepción, que aparece dos veces en Mateo, aquí en el texto del divorcio, y también en el sermón del monte.

Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación [me epi porneia], y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera. (Mateo 19:9)
Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación [parektos logos porneias], hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio. (Mateo 5:32)

La cláusula de la excepción produce dos preguntas: ¿Cuál es el significado de porneia [traducida fornicación]en este contexto? y ¿Cómo afecta esta cláusula el debate sobre contraer nupcias nuevamente?

La pregunta léxica. Porneia es el término general para toda relación sexual ilícita o inmoral. La forma específica se indica a veces en el contexto. Si hay pago de dinero, es prostitución. Si involucra parientes cercanos, es incesto. Si involucra personas del mismo sexo, es homosexualidad. Si involucra una pareja que no se ha casado, es falta de castidad. Si involucra una persona casada con alguien que no sea su cónyuge, es adulterio. La Septuaginta utiliza porneia con referencia a la prostitución y el adulterio, pero no la falta de castidad prematrimonial, la homosexualidad o el incesto. Lo que es esencial para la correcta interpretación de la cláusula en Mateo es la observación hecha anteriormente: que en el Antiguo Testamento, se describe la infidelidad de Israel al pacto, terminando en su «divorcio» del Señor, en términos de fornicación y adulterio (porneia y moicheia en la LXX; ver, por ejemplo, Oseas 2:2; 4:13–14; 6:7; 8:1; Jeremías 3:6–9; 13:27; Ezequiel 16:15, 32, 59; 23:43–45). Este uso continúa en el período intertestamentario, como en Eclesiásticus 23:22–23:

Así también la mujer que ha sido infiel a su marido
y le ha dado de otro un heredero.
Primero, ha desobedecido a la ley del Altísimo,
segundo, ha faltado a su marido,
tercero, ha cometido adulterio (en porneia emoicheuthç)
y de otro hombre le ha dado hijos.
(Biblia de Jerusalén)

La pregunta sintáctica. Heth y Wenham, junto con Gundry, aplican el criterio de la rigurosidad, no al divorcio, porque ellos están de acuerdo en que el divorcio se permite en el caso de adulterio, sino al contraer matrimonio nuevamente. Ellos sostienen que no se permite en ningún caso casarse de nuevo mientras viva el cónyuge, ni cuando el divorcio haya sido por adulterio. Como dice Gundry, «La cláusula de la excepción en Mateo permite la formalización —según normas judías— de la ruptura que ya sucedió entre marido y mujer por causa de la inmoralidad de la mujer. Pero Mateo no permite que el marido se case de nuevo».
Se supone que esta prohibición absoluta de contraer matrimonio de nuevo después del divorcio distingue a Jesús de las escuelas rabínicas más estrictas, y explica la reacción de asombro entre los discípulos. «Si esta es la situación entre marido y mujer, sería mejor no casarse» (Mateo 19:10). Gundry entiende que los versículos 11 y 12 apoyan la prohibición de casarse después de un divorcio por adulterio: «Después de que hayan tenido que divorciarse de sus esposas por inmoralidad…, por obediencia a la ley de Cristo que establece que no deben casarse después de un divorcio, [los verdaderos discípulos de Jesús] no se casan de nuevo, sino que viven como eunucos, para que su justicia no sea menos que la de los escribas y los fariseos, perdiendo la entrada al reino (compare el versículo 12 con 5:20).
Gundry, sin embargo, se concentra en la reacción de los discípulos, sin discutir la pregunta previa acerca de la sintaxis de la cláusula de la excepción. La pregunta sintáctica es: ¿la cláusula de la excepción se refiere al divorcio y al casarse de nuevo, o solamente al divorcio? En otras palabras, ¿Jesús hace una afirmación simple, diciendo que al divorciarse y casarse de nuevo se comete adulterio, excepto cuando el divorcio haya sido por porneia? ¿O Jesús hace una afirmación doble, diciendo a) que el divorcio es adulterio, excepto cuando es por causa de porneia, y b) que al divorciarse y casarse de nuevo, se comete adulterio, sin excepciones?
Phillip H. Wiebe ha examinado la médula del asunto desde el punto de vista de la lógica de oraciones con cláusulas de excepción. Tales oraciones, dice Wiebe, afirman dos cosas. Ilustra el punto con este ejemplo: «Cualquiera que exceda la velocidad máxima, excepto cuando es autorizado por ley, y choca con otro vehículo, será sujeto a prosecución criminal».
Esta oración significa no solamente que los conductores normales que exceden la velocidad y chocan serán juzgados, sino también que los conductores de vehículos de emergencia no pueden ser juzgados si tienen un accidente al exceder la velocidad en el cumplimiento de su deber. Las proposiciones contenidas en la cláusula de la excepción son dos:

(1) Cualquiera que exceda la velocidad, sin ser autorizada por la ley, y choca con otro vehículo, está sujeta a la prosecución criminal, y
(2) Cualquiera que exceda la velocidad, siendo autorizada por la ley, y choca con otro vehículo, no está sujeta a la prosecución criminal.

Cuando la afirmación acerca del divorcio, con la cláusula de la excepción, es sometida al análisis lógico, es evidente que también contiene dos proposiciones:

(1) Si un hombre se divorcia de su esposa, sin que la causa del divorcio sea la infidelidad de su esposa, y se casa de nuevo con otra mujer, él comete adulterio, y
(2) Si un hombre se divorcia de su esposa, siendo la causa del divorcio la infidelidad de su esposa, y se casa de nuevo, entonces él no comete adulterio.

Así que la cláusula de la excepción permite tanto el nuevo matrimonio como el divorcio, cuando hay causa suficiente para disolver los lazos del matrimonio. Esto armoniza con el significado del divorcio en Palestina del primer siglo, que no era una separación permanente de dos personas que nunca podrían casarse de nuevo. Según la Misná (Gittin 9:3), «La fórmula clave en la carta de divorcio era «Eh aquí, eres libre para casarte con cualquier hombre»». Donde se justifique el divorcio, hay libertad para casarse de nuevo.
La reacción de asombro de parte de los discípulos («Si esta es la situación entre marido y mujer, sería mejor no casarse») no es tan sorprendente —todavía eran alumnos muy novatos (ver Mateo 16:22–23; 20:20–21, 24), y además es una pregunta totalmente entendible, aun aparte de la pregunta acerca de contraer matrimonio nuevamente. Como lo expresa Martin Franzmann, «Los discípulos estaban sorprendidos de oír que Jesús uniera al hombre y a la mujer tan categóricamente, es decir sin concesiones a los sentimientos, a los deseos, o a la utilidad. La mujer reclama el amor y la lealtad del hombre, no porque ella le agrade, o porque le de consuelo, o porque le de un hijo, sino simplemente porque Dios la ha puesto a su lado». El comentario de los discípulos de que «es mejor ser soltero» es exactamente la actitud machista que se esperaría de ellos, al escuchar el desafío radical de Jesús en contra de sus suposiciones egoístas sobre el divorcio.

LA ENSEÑANZA DE PABLO

El apóstol Pablo habla del asunto del divorcio en 1 Corintios 7:10–16, dirigiéndose primero a la pareja cristiana, recordando la enseñanza de Jesús en los evangelios, y después aplica los principios de la enseñanza de Jesús a la situación en que solamente uno de los dos cónyuges ha entrado en el nuevo pacto por fe en Cristo.

Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer. (vv. 10–11)

Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. … Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios. (vv. 12, 13, 15)

En los versículos 10–11, el apóstol, apelando a la enseñanza directa del Señor («no yo, sino el Señor»), instruye a la esposa a no separarse (corizo) de su marido, y al marido a no dejar (afiemi) a su esposa. Los dos verbos se refieren al divorcio en el sentido de una separación física. El español contemporáneo debería traducirlos «divorcio» en los dos casos, para evitar confusión con la idea moderna de una separación legal. Esto está confirmado por el hecho de que se usaba la palabra agamos (literalmente, «no casado») para hablar de la persona separada.
A la luz de lo que Pablo acaba de decir acerca del deber conyugal (vv. 2–5), es poco probable que él sugiriera el divorcio sin casarse de nuevo como una solución permanente para dificultades matrimoniales. Pablo no contesta la pregunta si el marido abandonado también está obligado a permanecer sin casarse en forma indefinida, para mantener abierta la posibilidad de reconciliación. Esto lo deja para resolver después, según los principios que se pueden aplicar. Aunque las Escrituras son ciertamente suficientes, no es realista esperar respuestas específicas para cada posibilidad concebible.
Según el versículo 15, cuando un no creyente «abandona» a un creyente, el consejo de Pablo es: «deje que se vaya», es decir, que deje que el divorcio siga su curso. En vez de exhortarle que permanezca sin casarse de nuevo, dice que el creyente no está «sujeto a servidumbre», que no está atado (ou dedoulotai) al matrimonio. ¿Esto implicará libertad para casarse de nuevo? ¿O solamente indica que no tiene obligaciones maritales? El contexto lo determina. Sabemos que el verbo corizo se usaba comúnmente para referirse a un divorcio en que se terminaban todos los deberes maritales. La diferencia en tono entre los versículos 12 y 15 puede explicarse, si se toma en cuenta dos cosas: a) la esperanza que tenía Pablo por una reconciliación en el caso de un matrimonio en que los dos cónyuges eran cristianos, y b) su reconocimiento realista de una situación cuando un no creyente se divorcia de un creyente. El vínculo matrimonial, como en el caso de adulterio, ha sido disuelto, no por la incompatibilidad religiosa de la pareja, sino por la infidelidad irremediable de parte del cónyuge no creyente.
En el caso de los divorcios que han ocurrido por «dureza de corazón» antes de la conversión, se puede aceptar que el estado legal de la persona sea considerado como no casado. Tales divorcios constituyen deserción irremediable de parte de uno o dos de los cónyuges, y por lo tanto el matrimonio está disuelto. Pero, ¿se puede aplicar este principio al caso en que un creyente se divorcia de un cónyuge creyente? Si la deserción es obstinada y no tiene remedio, incluso a través del ministerio y la disciplina de la iglesia, la respuesta será afirmativa, pero con cautela. Esto se aplica especialmente a la persona que deseaba mantener el matrimonio, pero cuyo cónyuge tomó las medidas para disolverlo. Al mismo tiempo, la acción de la parte culpable puede ser una ofensa censurable.
Las Escrituras no prohíben el nuevo matrimonio en casos de deserción irremediable. Donde hay una conversión genuina, demostrada con el arrepentimiento sincero y fe en Jesucristo, la iglesia, después de proveer consejería pastoral e instrucción en la enseñanza bíblica acerca del matrimonio, puede aprobar un nuevo matrimonio en el Señor.


LA ANALOGÍA DE LA FE

Esto nos lleva a la cuestión del propósito de la cláusula de la excepción. ¿Afirma una sola excepción? Y si es así, ¿porneia tiene solamente significado sexual?
John Stott contesta que sí en los dos casos. «Porneía significa inmoralidad física sexual. La razón que Jesús hizo que fuera la única causa permisible de divorcio debe ser porque viola el principio de «una sola carne», que es fundamental para el matrimonio, tal como ha sido ordenado por Dios y definido bíblicamente». De manera similar, John Murray: «Sin duda, está escrito que la fornicación es la única causa legítima por la cual un hombre puede dejar a su esposa». Sin embargo, tanto Stott como Murray reconocen que Pablo permite que un creyente divorciado de un no creyente se case de nuevo. Los dos tienen cuidado en limitar el privilegio paulino a condiciones precisas en el texto apostólico.57 Pero, a pesar de su definición limitada de «deserción» (1 Corintios 7:15), esta todavía constituye «causa suficiente para disolver los lazos de matrimonio». Es decir, ya sea que porneia no es la única causa justificada para un divorcio, o que no significa exclusivamente algo sexual en la cláusula de la excepción.
El único enfoque satisfactorio de este asunto está en la analogía de la fe, que provee el racionamiento teológico que une los dos pasajes de excepciones. ¿Por qué el adulterio (que por lo menos está incluido en el término porneia) es causa suficiente para disolver los lazos del matrimonio? Porque es un quebrantamiento radical de la fidelidad marital, violando el compromiso de amor conyugal exclusivo. ¿Por qué el abandono de parte del no creyente en un matrimonio mixto deja al creyente libre para casarse de nuevo? Porque es un rompimiento radical de la fidelidad marital, violando el compromiso de un compañerismo de por vida. La circunstancia excepcional que tienen en común los dos casos es la violación intencional y radical del pacto matrimonial.
La afirmación crucial de Jesús en la discusión del divorcio en los evangelios es su conclusión sacada de la ordenanza de la creación: «por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6; Marcos 10:9). Es importante recordar que esto se dirige en primera instancia a los cónyuges mismos, y no a una tercera parte. Ni la ley judía ni la ley romana exigía un decreto de divorcio de parte de una autoridad eclesiástica o civil. El divorcio se efectuaba por un simple acto de renuncia de parte del marido (ley judía) o del marido, la esposa, o los dos (ley romana). Como hemos visto, el peso de la enseñanza de Jesús se dirige hacia la prevención del divorcio, y hacia el desarrollo de un compromiso con la relación de una sola carne, que ha sido establecida en el pacto matrimonial. Las palabras clave se dirigen, no a los divorciados, sino a los casados, porque Jesús está llamando a los maridos y las esposas a preservar sus matrimonios y a vigilar contra su destrucción intencional. En breve, hace un llamado a la fidelidad del pacto.
La cláusula de la excepción ilustra la posibilidad trágica de que los matrimonios pueden ser destruidos por la infidelidad marital. Sería perverso tomar esto como una invitación a «estudiar argumentos para separar indebidamente a los que Dios ha unido en matrimonio». Como bien dice Ridderbos, «El punto de la limitación de Jesús…es que el divorcio solamente se permite en casos donde uno de los dos cónyuges, por traición radical de los lazos maritales, ya ha quebrantado irremediablemente el matrimonio de hecho». No obstante, tales traiciones y tales rupturas ocurren en un mundo caído, y la cláusula de la excepción es realista acerca de las devastaciones que trae el pecado sobre la relación matrimonial.
Así que, aunque es verdad que el divorcio siempre es anormal, y surge de la pecaminosidad humana, también es verdad que es divinamente autorizado en circunstancias de infidelidad grave. Aunque porneia en la cláusula de la excepción en Mateo puede referirse en primera instancia al pecado específicamente sexual de adulterio, su uso constante en el Antiguo Testamento para referirse al quebrantamiento del pacto de parte de Israel, crea la posibilidad de que está siendo usada aquí como una sinécdoque, es decir, como una parte (adulterio) en representación de un todo (violación grave del pacto de matrimonio). Como lo expresa Bullinger: «Con [prostitución o adulterio], sin duda [Cristo] no ha hecho excepciones para ocasiones similares o peores, sino que él las incluía en ello. Porque el santo apóstol también incluyó la infidelidad como ocasión para el divorcio». Aunque no es sabio tratar de hacer una lista completa de tales pecados, es claro que algunas violaciones del pacto matrimonial son moralmente iguales al adulterio: un marido que obliga a su esposa a tener un aborto; una esposa que tiene un aborto sin el conocimiento de su marido; un marido que golpea habitualmente a su esposa o a sus hijos. Todas estas acciones acuchillan el corazón de la relación matrimonial. El abusador obstinado en particular cae dentro de la definición legal típica de deserción, que puede significar «que uno abandone o deje físicamente al cónyuge, o que uno trate a su cónyuge de tal manera que sea forzado a abandonarlo, o que sea justificado en abandonarlo». Como tal, seguramente provee causa suficiente para disolver los lazos del matrimonio, porque como dice el apóstol, «a vivir en paz nos llamó Dios».


RESUMEN DE LOS PRINCIPIOS BÍBLICOS

1. El matrimonio es más que un contrato bilateral en que solamente se involucra la voluntad de dos partes, y ciertamente es más que un encuentro romántico basado en una atracción erótica. El matrimonio es un pacto, del cual Dios es testigo. Dios une la pareja en una relación, con el propósito de que sea una unión permanente y sexualmente exclusiva.

2. El divorcio no es una solución para la decepción marital, o para un matrimonio con dificultades simplemente. Debemos animar a los cristianos: a creer que los recursos están disponibles para hacer que sus matrimonios «funcionen»; a asumir las responsabilidades y los fracasos; a buscar la gracia y el perdón de Dios; y a creer que es preferible soportar las dificultades y el sufrimiento, antes de desobedecer un mandato claro de Cristo.

3. El compromiso del pacto entre un hombre y una mujer, uniéndose en un compañerismo de por vida, compartiendo sus vidas y su amor conyugal, provee el contexto para confiar y tener paciencia cuando surjan las decepciones y las dificultades.

4. No obstante, hay que reconocer que algunos matrimonios son destruidos por un quebrantamiento de la lealtad al pacto. Así son las devastaciones del pecado sobre la relación marital, cuyo vínculo es moral, y no metafísico. La maldad en tales casos significa la destrucción de la relación, de tal manera que el pacto no se pueda cumplir, y el divorcio es la comprobación pública y legal de ello.

5. Dios detesta la infidelidad al pacto, en todas sus formas maritales repugnantes: el adulterio, el incesto, el divorcio arbitrario, la deserción malévola, y la violencia marital. Todas estas son conductas destructivas que acuchillan el mismo corazón de la unión única, haciendo una sola carne, entre marido y esposa. El adúltero, el desertor, y el abusador crónico son todos culpables de una traición grave a su cónyuge. Por sus acciones, repudian intencionalmente la relación del pacto marital, y proveen causa justa para la disolución de los lazos matrimoniales.

6. La determinación de que si un caso de violación del pacto marital es radical e irremediable depende de las circunstancias particulares. El hecho de que la Biblia da mucho valor a un compromiso de por vida en la unión marital, y el hecho de que se debe buscar la reconciliación, aun en circunstancias de provocación extrema, significa que la ventaja de la duda siempre está en contra del divorcio. La Confesión de fe de Westminster da un consejo sabio, diciendo que las personas involucradas «no deben ser dejadas en su caso a su propia voluntad y discreción» (24:6). Con esto, el enfoque ahora cambia a la pregunta práctica acerca de cómo la iglesia puede estar disponible para ayudar y sanar a las personas con matrimonios difíciles o rotos.


 

 

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