Madrid, España

EL DÍA DE REPOSO

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EL DÍA DE REPOSO

Hebreos 4 no se trata, pues, como un nuevo capítulo en el argumento del autor. Sin embargo, quizás el cambio de capítulos sea un buen momento para detenernos a fin de considerar el significado de la palabra «reposo», que ya apareció en la cita del Salmo 95 (Heb 3:11) y en la exposición posterior del autor (Heb 3:18), pero que ahora, en Heb 4:1–13, se convertirá en el tema central.
De hecho, la palabra «reposo» ha dado lugar a una diversidad de interpretaciones. Algunos comentaristas hablan como si el reposo fuese algo neta y exclusivamente del futuro, idéntico a la «gloria» de 2:10. Otros lo identifican con aquella fe que nos salva, el hecho de dejar de esforzarnos por pretender conseguir una salvación por méritos propios y descansar en la obra ya completa del Señor Jesucristo. Y hay otros que hablan del reposo como una experiencia subjetiva en la vida actual del creyente, el arte de descansar en el Señor Jesucristo en nuestra vivencia diaria.


EL CONCEPTO DE «REPOSO» EN LAS ESCRITURAS

Antes de considerar estas opciones, quizás valga la pena decir unas palabras acerca del concepto de «reposo» a lo largo de las Escrituras. En primer lugar, debemos recordar que el «reposo» es mucho más que una mera ausencia de trabajo. El sentido bíblico se acerca más a la idea de «bienestar total» que a la de «ocio». De acuerdo, no podemos alejarlo del todo de la idea de «dejar de trabajar», porque el versículo 10 nos dirá: «el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas». Pero, en general, el concepto de reposo es altamente positivo: no indica pasividad ni es incompatible con la actividad; más bien se refiere a la plena realización y satisfacción del ser humano. Es el lugar de pleno bienestar, de toda plenitud.

Cuando, después de su regreso a Belén, Noemí dice a Rut que debe buscarle hogar (Rut 3:1), literalmente lo que ella dice es que ha de buscarle «reposo». La idea es que Rut vive en una situación precaria, dependiente de los pocos ingresos que proporciona el espigar en campos ajenos, sin ilusiones de futuro, sin la más elemental seguridad de vida: Lo que necesita es un hogar que sea suyo de verdad, y un marido que la cuide y le garantice una seguridad. La palabra «reposo» implica esto.
Por supuesto, Rut encontrará el reposo por medio del «redentor», Booz. Todo un anticipo de aquel otro Redentor, quien está buscando para nosotros un lugar de plena realización y satisfacción, lugar donde sentiremos que es nuestro hogar de verdad, donde estaremos plenamente a gusto y disfrutaremos de bienestar y seguridad perfectos. Por esto el Señor Jesucristo pudo decir aquellas palabras tan entrañables en Mateo 11:28:

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mateo 11:28).

El descanso que Cristo nos ofrece no es el ocio; implica llevar un yugo, y normalmente uno lleva un yugo a fin de arar, o sea, a fin de trabajar duramente. Así pues, el descanso de Cristo no es estar en cama sin hacer nada, sino que es el bienestar perfecto en el servicio de Cristo. En esta vida, lo que se nos ofrece es trabajo y tribulación, y es principalmente a nivel anímico como experimentamos su reposo. Pero en la vida venidera, Él nos ofrece el reposo en plenitud: el cumplimiento de todo lo que Dios nos ha prometido en cuanto a gozo, herencia y plena satisfacción.
El «reposo», pues, en las Escrituras siempre apunta hacia el día final, cuando estemos en la presencia de nuestro Señor. Mientras estamos en esta vida el reposo que podemos experimentar siempre será parcial, aun cuando es real.


EL REPOSO EN HEBREOS 4

Si así es el «reposo» en general, ¿qué uso hace nuestro autor de esta palabra? ¿De qué reposo habla? Creo que podemos identificar al menos cuatro puntos de referencia detrás del «reposo» de Hebreos 4:


El reposo de Canaán

Queda claro que la referencia primordial es al reposo de Canaán, la entrada en la Tierra Prometida. Cuando el salmista dice que Dios jura en su ira que los israelitas no entrarán en su reposo, obviamente es a Canaán a lo que se refiere (vs. 11, 18). Ésta es la referencia de fondo en todo el contexto de Hebreos 4. Con ella, tanto el Salmo 95 como el autor de Hebreos recogen un uso de la palabra «reposo» que se remonta al Pentateuco. Por ejemplo, lo encontramos en Deuteronomio 12:9:

«Hasta ahora no habéis entrado al reposo y a la heredad que os da Jehová vuestro Dios».

Moisés se dirige a Israel y les asegura que Dios tiene para ellos un lugar de reposo, si bien aún no lo han alcanzado. No es que al entrar en la Tierra Prometida los judíos vayan a dejar de trabajar, porque tendrán que conquistarla y después cultivarla. Tendrán mucho trabajo. Pero, en comparación con las aflicciones y la inseguridad del desierto, llegar a la Tierra será para ellos llegar a casa, tener su propia patria, entrar en una tierra que les proporcione plena satisfacción y gozo; o sea, entrar en su reposo.
Y así fue. Cuando finalmente Israel entró en la tierra bajo la mano de Josué y derrotó a sus enemigos, se nos habla nuevamente del «reposo» que el pueblo disfrutó:

«Aconteció, muchos días después que Jehová diera reposo a Israel de todos sus enemigos alrededor, que Josué… llamó a todo Israel…» (Josué 23:1–2).


El reposo de Dios después de la creación

Canaán es la referencia primaria. Pero no es la única. Al proceder en su argumento, el autor de Hebreos recoge otras referencias al «reposo» y las incorpora en su tema. Lo hace de tal forma que es obvio que, para él, todos esos «reposos» aparentemente diferentes hablan de una misma realidad espiritual.
Casi desde el principio del capítulo 4, el autor relaciona el reposo de los israelitas con el reposo de Dios en el séptimo día después de la creación (vs. 3–4). Incluso nos da a entender que, en realidad, está hablando de lo mismo: los israelitas tendrían que haber entrado en aquel reposo que es el de Dios después de la creación. Al final del versículo 3, el autor puntualiza que Dios no dice: «No entrarán en su reposo», sino «en mi reposo». La Tierra Prometida, pues, no es sino una ilustración del reposo de Dios después de los seis días de la creación. El propósito de Dios para Israel fue que, después de años de sudar en el desierto, descansaran de las luchas con los enemigos y de las aflicciones del camino, y entrasen en su reposo; es decir, el reposo de Dios, no el propio de Israel. Dios no tenía en mente para ellos la mera entrada en un país terrenal, sino la participación en su propio reposo.

«[Dios] dijo:… No entrarán en mi reposo; aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día. Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo» (vs. 3–5).

Estamos bien familiarizados con el hecho de que Dios estuvo trabajando en la obra de la creación durante seis días, hasta que la creación fue buena en gran manera, perfecta y completa, y entonces Él descansó.

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí era bueno en gran manera… Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación» (Génesis 1:31–2:3).

Naturalmente, cuando se nos dice que «Dios reposó», tampoco quiere decir que a partir de este momento Dios se tumbara en la cama y jamás hiciera nada más. Porque nosotros sabemos que Dios es un Dios que cuida y sostiene su creación. Aun los detalles más pequeños de la vida se deben a la actuación de Dios. Él actúa asimismo en la historia. De hecho, detrás de todo lo que estamos viendo de la historia del Éxodo, está la intervención poderosa de Dios. Asimismo Dios actúa poderosamente en nuestra redención. Dios constantemente está actuando, como dijo el Señor Jesucristo: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo [también] trabajo» (Juan 5:17).
Cuando se nos dice, pues, que Dios cesó de sus obras, es a ciertas obras específicas, las de la creación, a las que se está refiriendo. La idea es que Dios obró hasta que su obra llegó a la perfección y, entonces, sobre la base de esa perfección, pudo descansar.


El reposo de Cristo después de la redención

Algo muy parecido vemos en la obra de la nueva creación. Aunque el autor de Hebreos no la menciona explícitamente en el capítulo 4, ya previamente ha establecido que el Hijo, en su obra redentora, sigue el mismo patrón que acabamos de ver en relación a la creación. Este punto de referencia, no explícito, está en el trasfondo del capítulo y es importante recordarlo.
En el 1:3 se nos dice que el Señor Jesucristo, «habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas». Es decir, en cierto sentido Jesús también ha entrado en su reposo. En la Cruz pudo clamar: «Consumado es» (Juan 19:30); y previamente, en su oración al Padre, había dicho: «He acabado la obra que me diste que hiciese» (Juan 17:4). Habiendo acabado esta obra a la perfección, ahora puede descansar con respecto a ella. Por lo tanto, al ser exaltado a la diestra de Dios, se sienta. Se sienta, ciertamente, en señal de volver a asumir el gobierno, pero también en señal de haber acabado la obra previa de redención.

«Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Isaías 53:10–11).

¡Satisfecho! Satisfecho con la plena satisfacción que es un ingrediente imprescindible del reposo en su concepto bíblico. Satisfecho porque la obra es perfecta y completa.
Naturalmente, al hablar del «reposo» de Cristo, tampoco queremos decir que Él haya dejado de actuar. Él está ejerciendo una actividad completísima de gobierno en el universo. Además tiene otros ministerios específicos en torno a nuestra salvación: intercede por nosotros, sigue siendo nuestro Sumo Sacerdote fiel, nuestro abogado y mediador ante el Padre. Pero descansa con respecto a aquella obra redentora que ya ha sido acabada.


El reposo que aún falta

Hasta aquí hemos visto varias referencias que sirven de trasfondo a lo que el autor quiere enseñarnos acerca del reposo: el reposo de Canaán, el reposo sabático de Dios después de la creación, y el reposo de Cristo después de la redención. Pero el Salmo 95 –dice el autor– nos revela otra dimensión más del reposo, y éste es el tema principal que hemos de considerar.
El Salmo indica que la intención de Dios para el hombre no quedó ni mucho menos agotada con la entrada de Israel en la Tierra Prometida. Sigue siendo cierto hoy que Dios nos llama al reposo, a su reposo. El autor comprende que es así porque David sigue hablando de la necesidad de escuchar la voz de Dios «hoy» para que la gente de su día no se quede excluida del reposo de Dios (v. 7), y el Espíritu Santo sigue aplicando las palabras de David a sucesivas generaciones, y seguirá haciéndolo «entre tanto que se dice hoy» (3:7, 13).

El autor no explica lo que David debió entender acerca de esto –ni creo que nosotros podamos definirlo exactamente– pero sí sabe lo que él mismo quiere decir al exhortar a sus lectores con las mismas palabras. Él ve que la obra redentora de Jesucristo ha provisto una nueva dimensión de «entrada en el reposo» (4:6–11). En estas circunstancias, la historia del Éxodo –junto con el patrón establecido por el descanso sabático de Dios y la ascensión de Cristo– es ejemplar para nosotros en dos sentidos: primero como modelo a seguir, por cuanto nosotros también somos un pueblo peregrino que caminamos por el desierto de la vida con la mirada puesta en la esperanza de entrar en el reposo de Dios; luego como modelo a evitar, por cuanto los israelitas dejaron de entrar en el reposo por su incredulidad. Aún queda en el futuro el pleno cumplimiento de todo lo que las Escrituras quieren expresar mediante la palabra «reposo». Afirmemos, pues, nuestra fe para proseguir en el camino hacia el reposo de Dios, y prestemos atención al serio aviso del ejemplo de aquellos que fueron excluidos del reposo por causa de su incredulidad.


EL PATRÓN ESTABLECIDO: TRABAJO Y REPOSO

Ahora, antes de intentar explicar lo que el autor entiende por nuestra entrada en el reposo de Dios, vamos a resumir lo que hemos visto hasta aquí, a fin de ver que en las Escrituras se establece un patrón para la vida de fe, un patrón que consiste en un período de trabajo seguido por el reposo.

– Primero lo hemos visto en el caso de Dios en la creación. Él trabajó seis días y luego descansó el séptimo día. Con esto marcó las pautas para los que hemos sido creados a su imagen. Porque Dios no solamente, por así decirlo, reposó para sí mismo; sino que su intención es que el hombre comparta con Él su reposo, el reposo de Dios.

– Esta intención divina tuvo un primer cumplimiento en el caso de Israel. Después de cuarenta años de lucha, prueba y aflicción en el desierto, tendrían que haber entrado en la Tierra Prometida. De hecho, por causa de su incredulidad, casi todos fueron excluidos. Pero su ocupación de la Tierra había sido la intención de Dios, y sirve como ejemplo del patrón.

– Por supuesto, la incredulidad de la mayoría no abrogó los propósitos de Dios. En la segunda generación se cumplió la entrada al reposo: bajo Josué el pueblo de Israel entró en la Tierra. Pero así tampoco quedó agotada la promesa de Dios. Al contrario, fue un cumplimiento bastante pobre, porque aun dentro de la tierra había enemigos a los cuales, a causa de su propia pecaminosidad e incredulidad, los israelitas eran incapaces de vencer.

– Por esto, David y otros autores del Antiguo Testamento comprendieron que había un principio espiritual más allá de la literalidad de entrar en Canaán, e insisten en la necesidad de escuchar hoy la voz de Dios, a fin de no quedar excluidos del reposo de Dios en un sentido espiritual.

– Luego vemos que nuestro Señor Jesucristo, nuestro Josué, entra victorioso en el reposo después de vencer a todos sus enemigos y cumplir perfectamente su trabajo. Él repite el mismo patrón: años de sudores y aflicciones que culminan en la crucifixión y luego el reposo de sentarse a la diestra de Dios.

– Y ahora, los creyentes en Jesucristo somos llamados a seguir el camino que Él ha abierto. Debemos llevar nuestra cruz y seguirle hasta el fin si queremos entrar en el reposo de Dios.


EL «YA» Y EL «TODAVÍA NO» DE NUESTRO REPOSO

¿Pero en qué sentido hemos de entrar en el reposo? ¿La referencia es a algo del pasado, del presente o del futuro: al reposo de la fe, cuando creemos por primera vez y dejamos atrás nuestras obras por haber comprendido que la salvación es un don gratuito por la obra de Cristo; al reposo como experiencia presente de confianza en el Señor Jesucristo, descubriendo que aun en medio de las tormentas de la vida podemos encontrar un refugio de paz y bienestar en Él; o al reposo de «la gloria», al cumplimiento final de las promesas de Dios en nuestra herencia futura?
A la luz del patrón establecido en nuestro texto, y que acabamos de ver, debemos entender que el sentido primario en el que hemos de entrar en nuestro reposo es el tercero: el reposo que aún nos espera en el futuro. Es de la posibilidad de exclusión del reino eterno de la que el autor nos avisa, no de alguna experiencia menor, y cualquier otra interpretación que no haga justicia a este sentido principal es, a mi juicio, errónea. Si seguimos el paralelismo con el Éxodo, queda claro que nuestra condición actual como creyentes es la de estar en el desierto, bajo la dirección de nuestro Líder celestial, camino a la Tierra Santa. Si no fuera así, ¿a qué vendrían las exhortaciones a evitar los errores de los israelitas en el desierto o a seguir adelante en el camino? Pero si es así, entonces es obvio que, para el autor, no hemos llegado aún a la Tierra Prometida; el reposo de Dios debe referirse principalmente a nuestra entrada futura en la plenitud de nuestra herencia.

Dicho esto, sin embargo, las tres clases de «reposo» que hemos mencionado siempre van juntas. Son inseparables, tres dimensiones de una sola realidad. Quien no ha repudiado la arrogancia de pensar que puede forjar su propio camino a la gloria por sus propias obras, no ha sido redimido de Egipto por la sangre de Cristo y está aún en sus pecados. Quien ha sido redimido por Cristo y le sigue por el desierto, debe aprender que nunca acabará el trayecto si depende de sus propios recursos humanos, sino que ha de aprender a descansar en el poder de Dios. Nuestra entrada final en el reposo depende del «reposo» del pasado, cuando dejamos de obrar y creímos en la obra perfecta de Cristo; y del «reposo» del presente, el descubrimiento de que en nuestra profunda debilidad el poder de Dios se perfecciona.
No tiene por qué sorprendernos, pues, que ciertas frases de nuestro capítulo sean ambivalentes. Aunque el significado principal del «reposo» sea la gloría futura, no podemos descartar la posibilidad de que el autor haya tenido en mente también las otras dos dimensiones. Veamos algunos ejemplos:

– En el versículo 1 leemos:

«Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado».

– Aquí el autor parece decir que algunos de sus lectores dan señas de no haber alcanzado todavía el reposo. En este caso, el reposo ha de ser una experiencia para ser disfrutada por el creyente en la actualidad, algo del pasado o del presente. Pero puede ser también que el sentido de la frase no sea tan ajustado; que el autor sólo quiera decir que ciertos síntomas en la vida de sus lectores podrían indicar que no están en el buen camino de alcanzar el reposo en el futuro.

– En el versículo 3 –«los que hemos creído entramos en el reposo»– nuevamente encontramos un texto que se presta tanto a una interpretación presente como futura: o bien, «los que hemos creído, en aquel momento de creer hemos entrado en el reposo»; o bien, «los que hemos creído somos los que vamos a entrar en él».

– En el versículo 11 –«procuremos entrar en aquel reposo»– la referencia es claramente a un reposo que los lectores todavía no conocen, aunque la frase en sí no determina si el reposo es el del más allá o el de una experiencia que deben conocer en el presente. Personalmente me inclino por la primera interpretación, pero esta preferencia mía se debe al conjunto del contexto y, especialmente, a la ilustración del Éxodo, no a la frase en sí.

Pasado, presente y futuro. Ya sabemos que la salvación participa de las tres dimensiones: hemos sido salvos, por cuanto hemos sido redimidos ya de la esclavitud de Egipto; vamos siendo salvos en el presente, al crecer en santidad por el poder de Dios en nuestras vidas; y seremos salvos finalmente cuando Cristo vuelva (9:28). También sabemos –porque el autor acaba de decírnoslo– que la fe que salva, si bien se manifestó en nosotros en algún momento del pasado, debe seguir caracterizando nuestras vidas hasta el final: fuimos redimidos por la fe; pero, si nuestra fe fue auténtica, viviremos por la fe a lo largo de nuestro peregrinaje y hasta llegar a la Tierra Prometida, «reteniendo firme hasta el fin nuestra confianza del principio» (3:14). Si la salvación y la fe tienen distintas manifestaciones en el pasado, el presente y el futuro, ¿ha de sorprendernos que lo mismo sea cierto en cuanto al reposo?

Entendemos, pues, que el reposo de Dios tiene una dimensión que ya es cosa del pasado en la experiencia de todo verdadero creyente. Esta dimensión pasada tiene que ver con nuestra justificación. Los efectos de la justificación son la paz con Dios y el bienestar de una conciencia tranquila, el pecado perdonado, una nueva relación de confianza con el Padre, una nueva posición en la que somos constituidos hijos y herederos, el don del Espíritu Santo como sello y garantía de nuestra herencia final, la entrada en el ámbito de las promesas de Dios… Todo esto representa para nosotros, a partir del día en que creemos en el Señor Jesucristo, un profundo reposo anímico: el alivio de una conciencia limpia, el privilegio del acceso al Padre, la esperanza de nuestra herencia, el consuelo del Espíritu y el gozo de la salvación. Éste es el pasado de nuestro reposo.

En el presente, nuestro reposo consiste en la apropiación diaria del bienestar que Cristo nos proporciona. En medio de las tormentas del camino descubrimos que podemos encontrar en Él un refugio. En todo momento tenemos derecho de acceso al Padre por el camino nuevo que Cristo ha abierto, y podemos disfrutar de la comunión con Él. En medio de las pruebas y aflicciones aprendemos a echar nuestras ansiedades sobre Él, a fin de encontrar paz y serenidad. Ahora sabemos que nuestra vida es vivida a la luz de los propósitos de Dios y de su providencia. No podemos entender todas nuestras circunstancias, pero sabemos en quién hemos creído, y esto nos proporciona seguridad en medio de los desconciertos de la vida. Así pues, nuestro reposo actual consiste en descansar en Jesucristo de día en día; por la fe poner nuestra mano en la suya, recordar que tenemos, sea cual sea nuestra situación, un fiel Sumo Sacerdote y Salvador, que no solamente ha forjado el camino que debemos seguir, sino que está a nuestro lado, por su Espíritu, dirigiéndonos en el camino y dándonos fuerzas para proseguir.
Pero, por supuesto, las dimensiones del reposo que ya hemos conocido en el pasado y que actualmente disfrutamos, son como nada en comparación con el reposo que aún esperamos en el futuro: el descanso del cumplimiento final, la llegada a casa, la entrada en la Ciudad Celestial y en nuestra herencia, el perfecto bienestar del reposo de Dios.

Pasado, presente y futuro. ¿Hemos «entrado en el reposo» al creer en Jesucristo? Entonces ahora podemos y debemos aprender a descansar en Él, a «entrar en el reposo» aun en medio de las luchas y aflicciones del desierto. Pero, sobre todo, debemos tener la mirada puesta en el retorno del Señor Jesucristo y el cumplimiento pleno del «reposo de Dios».

                                                    EL DÍA DE REPOSO


¿UNA SEGUNDA EXPERIENCIA NORMATIVA?

Así pues, quizás sea válido ver estas diferentes dimensiones del reposo en el capítulo 4 de Hebreos. Lo que no debemos hacer, a mi parecer, es utilizar este texto para apoyar la idea de una segunda experiencia normativa en la vida del creyente, después de su conversión, que le transforme de un «creyente sin reposo» a uno con reposo.
Naturalmente, al irnos apropriando de los beneficios de Cristo, tendremos muchas experiencias de su reposo. Jamás descubriremos cómo Dios es nuestro refugio si no pasamos por diversas pruebas y tormentas. Pero al conocer diversidad de pruebas, tendremos diversidad de experiencias de la protección y ayuda de Dios, de lo que es «entrar en su reposo». Hay un sentido, pues, en el que debemos ir descubriendo nuevas dimensiones del reposo. Pero debemos distinguir entre esto, por un lado, y, por otro, la idea de una experiencia espiritual normativa que divide a los creyentes en dos grupos: los que han tenido la experiencia y los que no. Con diferentes matices, ésta ha sido una enseñanza dada en varios círculos a lo largo de este siglo, y siempre acaba produciendo confusión y división.

En esta vida no hay ninguna experiencia después de la cual podemos decir: «Ya he llegado; he entrado en el reposo de Dios y ya nada ni nadie puede sacarme del disfrute de mi descanso». ¡Ojalá fuese así! Pero la experiencia demuestra que el descanso que tenemos en Cristo es como el maná: el reposo de ayer no necesariamente nos vale para hoy. Podemos haber descubierto en el pasado grandes secretos y privilegios de la paz de Dios; pero hoy, ante una nueva prueba, necesitamos volver a encontrar nuestro descanso en el Señor. El reposo en el desierto no es una sola experiencia de paz, sino una experiencia constante y diaria. Es cuestión de beber continuamente del Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), de ser lleno de Él constantemente (Efesios 5:18), de disfrutar momento tras momento de la comunión con Cristo, de entrar vez tras vez en la presencia de Dios.

Así pues, no debemos crear dos categorías absolutas de creyentes: los que han entrado en el reposo y los que solamente han salido de Egipto. Las Escrituras no las conocen, como tampoco nos enseñan ningún «método» para pasar de la una a la otra. Mientras estamos en el desierto, nuestra vida participará del reposo de Dios y de muchas luchas y aflicciones. Que nadie, pues, nos engañe con doctrinas falsas que nos ofrezcan un descanso fácil. La vida espiritual es descrita en estos términos por el apóstol Pablo:

«Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos» (2 Corintios 4:8–9).

Según Pablo, la vida de fe es todo menos fácil. Si bien es cierto que la gracia de Dios proporciona alivio en todas las tribulaciones, éstas siguen siendo tribulaciones.


«REPOSAR DE LAS OBRAS»

Ahora debemos considerar otro matiz de nuestro texto. Hemos dicho que el concepto bíblico de «reposo» es altamente positivo y tiene más que ver con el gozo, la satisfacción y el pleno bienestar que con una mera ausencia de aflicción, esfuerzo y trabajo. Sin embargo, vemos en nuestro texto que el reposo implica el dejar de obrar:

«Reposó Dios de todas sus obras» (v. 4).

«El que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras» (4:10).

¿En qué sentido hemos de dejar de obrar? Ya hemos visto que el séptimo día Dios acabó las obras de la creación y «entró en su reposo», pero no dejó de trabajar con respecto a otras obras suyas; y que Jesucristo dejó las obras de la redención cuando se sentó a la diestra del Padre, pero no dejó de realizar otras funciones que sigue ejerciendo hoy. Para «reposar», la obra anterior tiene que haber sido acabada y completa. Descansamos de ella. Pero a continuación no viene la inactividad, sino una nueva forma de servicio.

Lo mismo es cierto de nosotros. Al echarnos sobre la gracia de Dios, dejamos de «obrar» (Romanos 4:4–5); es decir, ya no obramos en el sentido de acumular méritos para ganar nuestra propia salvación. Pero en otro sentido no dejamos de obrar, sino proseguimos en una vida de buenas obras hasta haber cumplido aquel ministerio al cual Dios nos ha llamado. Pero hemos de insistir en el hecho de que estas obras de nuestro ministerio y servicio no son el medio por el cual ganamos nuestro reposo; más bien son el fruto de un reposo ya ganado para nosotros por el Señor Jesucristo. En vano intentamos obrar para ganar nuestra salvación: nuestras obras caen vergonzosamente lejos de la meta. Si hay posibilidad de reposo para nosotros, tanto en el sentido limitado actual como en el sentido pleno de nuestra redención final, es gracias a la obra completada de Cristo.
Esto lo sabemos muy bien por otros textos bíblicos:

«Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras…» (Efesios 2:8–10).

Nuestra salvación jamás puede ser ganada por nuestras obras, sino sólo por la obra perfecta de Cristo. Sin embargo, el haber entrado en el reposo, en el sentido actual, no significa que vivamos una vida de ocio, sino de servicio. De la misma manera que el Padre y el Hijo trabajan hoy, aun habiendo acabado la obra de creación y redención, el creyente redimido ahora trabaja, no para realizar obras para su salvación –de éstas ya ha reposado– sino como expresión de la salvación ya ganada, mediante las buenas obras que Dios mismo preparó de antemano.
Una idea parecida la encontramos en Hebreos 13:20–21:

«El Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él».

Observamos que hay una condición para que podamos realizar esta obra buena, y es que previamente Dios tiene que hacernos aptos. La «obra buena» no es, por lo tanto, el medio por el cual ganamos la salvación (o reposo), sino el fruto de la salvación que Dios nos da. Sin su obra previa en nosotros, jamás estaríamos capacitados para poder obrar bien. Las obras que ahora hacemos –si son obras agradables a Dios– las hacemos en su poder. Por lo tanto hemos de atribuir a Dios toda la gloria, reconociendo que sin la capacitación de su Espíritu no podríamos obrar el bien.

«Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios» (Gálatas 2:20).

Así pues, en cuanto al pasado, hemos de «dejar las obras» a fin de encontrar aquella justicia que es por la fe, la justicia que es don de Dios en virtud de la expiación de Cristo. Como Pablo tal y como lo cuenta en su testimonio de Filipenses 3– hemos de dejar de obrar nuestra propia justicia –porque es una tarea absolutamente contraproducente y vana– y hemos de acudir a aquella otra justicia que es de Cristo. O como dice en Romanos:

«Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia» (Romanos 4:4–5).

Hemos de dejar de obrar para poder ser justificados por la fe. Hemos de «dejar de obrar», en el sentido de dejar de confiar en nuestra capacidad de ganar con nuestras obras aquella justificación. No podemos confiar en la obra completa y perfecta de Jesús si seguimos confiando a la vez en nosotros mismos, porque en la medida en que atribuimos algún mérito a nuestras obras, atentamos contra la naturaleza completa de la obra de Cristo.
El reposo, por lo tanto, viene cuando dejamos de intentar forjar por mérito propio la entrada al reposo de Dios y descansamos por la fe en la obra acabada y perfecta de Jesús.

«Entrar en el reposo es cesar de las obras propias. Es el mismo fundamento y la base de toda la salvación de Dios, es el fin de mis obras y el cesar de ellas y entrar en el reposo por la fe. No es ninguna doctrina nueva y extraña la que predican estos capítulos, sino el mensaje antiguo del evangelio, que enfatiza la diferencia entre la fe y las obras. Es la diferencia entre los esfuerzos humanos por un lado y por el otro el entrar por la fe al reposo de Dios, porque Dios ha terminado la obra y esto completamente. Éste es el grande y glorioso mensaje del evangelio».22

Sin embargo, de la misma manera en que el reposo del Dios Creador y el del Hijo Redentor no implica la inactividad en Ellos, nuestra salvación por la fe y sin obras tampoco implica inactividad en la vida posterior a la conversión. La vida cristiana es una vida de obras, de peregrinaje y de crecimiento; es una vida en la que hemos de contribuir a la edificación del pueblo de Dios; es una vida de sacrificio y abnegación, de guerra espiritual, de lucha, de lograr victorias en medio de pruebas y aflicciones; es una vida de testimonio y evangelización; es una vida de amar al prójimo y servir a Dios. Y todo esto representa «obras». Aparentemente es todo lo contrario de un descanso.
El Nuevo Testamento está lleno de exhortaciones a las obras:

«Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna» (1 Timoteo 6:18–19).

Pablo aquí está instando a que los creyentes procuren entrar en el reposo futuro y que lo hagan haciendo buenas obras.

«¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?… La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma… La fe actuó juntamente con sus obras [de Abraham], y… la fe se perfeccionó por las obras…» (Santiago 2:14, 17, 22).

Podríamos alargar mucho más la lista de citas.23 Pero éstas no son las obras que el hombre se esfuerza en acumular a fin de adquirir mérito ante Dios, pensando ganar el reposo de la paz con Dios a través de ellas. Estas obras son el fruto de la fe, no su sustituto; son las obras que proceden de una salvación ya obrada, que ahora debe fructificar en nosotros. Si verdaderamente crees, si en este sentido has «entrado en el reposo», esto se verá en las obras de justicia que ahora haces como fruto de tu regeneración. Éstas no son el medio de tu salvación, pero sí el fruto y la demostración de su autenticidad.

Pero hemos de decir más aún. Puesto que las obras que realizamos como creyentes no son el fruto de nuestro esfuerzo carnal, sino del poder del Espíritu de Dios, «entrar en el reposo» en nuestra experiencia presente implica reconocer la absoluta impotencia de nuestra carne y la necesidad de depender del poder de Dios en nosotros y de descansar en él.
Y cuando esta vida se acabe, y «entremos en el reposo» de Dios de la manera más completa, dejaremos atrás las luchas y aflicciones de esta vida; ya no tendremos que trabajar más en la dura tarea de «edificación del templo» ni tendremos que proseguir más en el difícil camino de nuestro Éxodo; pero la gloria no será para nosotros un lugar de ocio, sino de glorioso servicio.

«Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen» (Apocalipsis 14:13).

Cada dimensión del «reposo», –pasada, presente y futura– implica un descanso con respecto a las obras anteriores. En cada caso, entramos en nuestro reposo en virtud de una obra completa: la del Señor Jesucristo.


CONFIANZA Y DISFRUTE

Por lo tanto, cada etapa del reposo de Dios –pensemos en él como algo del pasado, o del presente, o del futuro– no es más que una apropiación nuestra de la obra perfecta de Cristo. Esto tiene al menos dos implicaciones.
Por una parte, en cada etapa de la vida de fe hemos de confiar en Jesucristo. Quien cree en Jesús descansa en Él. Es la persona que confía plenamente en el Señor la que conoce la paz, serenidad y tranquilidad de entrar en su reposo. Esto es cierto de nuestra fe inicial: recibir a Cristo como nuestro Señor y Salvador es conocer la paz con Dios. Es cierto a lo largo de nuestro camino cristiano: constantemente hemos de seguir creyendo en Jesucristo y renovar nuestra confianza en Él para nuevas circunstancias y nuevas pruebas; y, al hacerlo, vamos descubriendo que Él es nuestro refugio y fortaleza, aun en las aflicciones más fuertes, y disfrutamos de la «paz que sobrepasa todo entendimiento» (Filipenses 4:7). Y seguramente será cierto para nosotros el día en que nos toque cruzar el Jordán de la muerte: allí también nuestro descanso será en el Señor.

Así pues, en primer lugar el reposo tiene que ver con «confiar» en Jesucristo. Pero también, en segundo lugar, tiene que ver con «disfrutar» de Jesucristo y de nuestra relación con Él. Entrar en su reposo es adentrarnos en una relación de amor y gozo en el Señor. Cuando en el pasado oímos el evangelio y creímos en el Señor Jesucristo, seguramente experimentamos mucho gozo y gratitud y empezamos a amar al Señor en respuesta a su amor hacia nosotros. También es seguro que cuando estemos en la gloria amaremos al Señor, experimentaremos su gozo y disfrutaremos eternamente de su presencia. La cuestión es si hoy por hoy le amamos, o si aquel primer amor nuestro se ha enfriado. Porque, sin duda, según cómo vaya nuestra relación de amor con el Señor, así será nuestra experiencia diaria de su reposo.

En resumidas cuentas, pues, el reposo de Dios al que el autor de Hebreos se refiere en este capítulo es ante todo algo que espera al creyente en el futuro. En esta vida conocemos los trabajos y tribulaciones del camino por el desierto, pero nos anima la esperanza de llegar a la Tierra, al cumplimiento de las promesas de Dios, de entrar en su reposo. Sin embargo, hay dimensiones del reposo de Dios que el creyente disfruta aun en esta vida. En el orden espiritual, ya está sentado con Cristo en los lugares celestiales y, por lo tanto, en un sentido más limitado pero no menos real, ya entra en el reposo de Dios.

«Venid a mí todos los que estáis trabajos y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28) es una promesa cuyo pleno cumplimiento nos espera en el futuro; pero también es una promesa a la que nos aferrarnos en nuestra experiencia actual y cuya verdad ya empezamos a experimentar.


EL DÍA DE REPOSO

Antes de concluir este estudio introductorio, conviene añadir una especie de pie de página a lo que hemos dicho acerca del reposo de Dios y comentar, a la luz de ello, el significado del concepto bíblico del «día de reposo».
Después de haber trabajado seis días en las obras de la creación, Dios descansó el séptimo día (v. 4). Este hecho no sólo sirve para establecer el patrón que hemos visto: un período de trabajo seguido de otro de reposo, sino también fue la razón por la cual Dios estableció para los seres humanos que debemos santificar el séptimo día, trabajando seis días y dedicando el séptimo al Señor.

«Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó» (Éxodo 20:8–11).

Es obvio que este reposo del séptimo día no está lejos del pensamiento del autor, porque no sólo lo menciona explícitamente en los versículos 4 y 10, sino que también emplea un vocablo que nos lo recuerda: al principio del capítulo la palabra traducida como «reposo» es katapausis, una palabra general que habla del descanso, con los habituales matices de bienestar, paz, gozo, etc.; pero a partir del versículo 9, utiliza otra palabra, sabbatimos, que, como su forma indica, quiere decir: «descanso sabático».

Cuando Dios designó un día entre siete para el día de reposo no fue, en primer lugar, por razones biológicas. Estamos acostumbrados a reconocer la conveniencia de establecer un descanso semanal porque el ser humano no puede mantener su ritmo de trabajo indefinidamente. Le conviene un día de descanso. Por esto, en casi todos los países del mundo después de seis días de trabajo hay uno de descanso. El mundo lo hace por motivos fisiológicos de salud. Pero ésta no es la razón aducida por las Escrituras. El hecho de que fisiológicamente necesitamos este reposo es cierto; pero es la consecuencia de que Dios nos ha creado conforme a ciertos patrones. La causa del patrón del reposo sabático la tenemos que encontrar en razones espirituales. Dios ha instituido el sábado, no en primer lugar porque nosotros necesitemos un cambio de ambiente, no porque no podamos mantener el ritmo de estar siempre trabajando, sino porque corresponde a un patrón ineludible establecido por Dios: después de los días de trabajo viene el día de reposo en el cual hemos de descansar del trabajo. Dios ha incorporado en nuestras vidas semanales un patrón que nos recuerda su propósito eterno para la humanidad redimida: que después de su vida de trabajos y aflicciones aquí, entren en su reposo.
Pero en el caso del día de reposo, ¿de qué reposo tenemos que disfrutar? Nuevamente hemos de puntualizar que el cuarto mandamiento no habla tanto de nuestro propio reposo, bien merecido después de seis días de trabajo, como del reposo de Dios.

Hemos visto que Dios trabajó seis días y después descansó porque lo que Él había hecho era bueno en suma manera y, por así decirlo, quiso disfrutar de ello. Hemos visto que después de treinta y tres años de trabajo, el Señor Jesucristo se sentó a la diestra de la Majestad y ahora disfruta de las consecuencias de su trabajo. Y nosotros somos llamados por Dios a entrar en su reposo, a disfrutar de los beneficios de la creación y de los de la nueva creación por la obra del Señor Jesucristo. Es sobre la base de la obra completa de Dios y del Señor Jesucristo que nosotros celebramos el día de reposo.

Nosotros, por lo tanto, celebramos en el día de reposo la perfección de nuestra liberación de Egipto y el hecho de que el camino por el desierto que estamos siguiendo en nuestra vida diaria ha sido ya forjado por Aquel que ha ido delante de nosotros y ahora, por su Espíritu, nos acompaña en el camino. Celebramos nuestra relación con Él, celebramos este amor del que estuvimos hablando hace un momento. Y lo celebramos en anticipo del gran Día de Reposo, cuando entraremos plenamente en el gozo de nuestro Señor.

Naturalmente, es posible celebrar el día de reposo de una manera legalista, sin saber nada del reposo verdadero de Dios. También es posible que uno se bautice sin haber recibido jamás aquella vida nueva en Cristo que es la razón de ser del bautismo; y es posible participar de la Santa Cena sin estar identificado con la Cruz de Cristo. Pero no por esto dejamos de practicar el bautismo y la Santa Cena, y no por esto hemos de dejar de celebrar auténticamente el día de reposo. Los cristianos damos un carácter distinto al domingo y lo guardamos como día en el que no trabajamos, como anticipo e ilustración del reposo venidero.
Por supuesto, el día semanal de reposo no es el cumplimiento de las promesas de Dios. Sólo es un pequeño anticipo simbólico. Pero, puesto que el patrón de nuestra vida es el mismo que vemos en Dios en la creación y en Cristo en la redención, Dios nos invita a celebrar el patrón de esta manera simbólica: después de los días de trabajo, dejar un día de reposo para celebrar las bendiciones de Cristo.

Me temo que esta apreciación del «sábado» se va perdiendo entre los creyentes de nuestra generación. Necesitamos recuperar la naturaleza entrañable del día de reposo. El domingo debería ser para nosotros un día radicalmente distinto de los restantes días de la semana, un día en el que descansamos del trabajo y dedicamos tiempo a la celebración de aquel reposo que Cristo nos ha ganado por su obra redentora. El domingo debería ser, en cierto modo, la meta de la semana, porque es un pequeño reflejo del patrón de nuestras vidas según los propósitos de Dios: después del trabajo del camino entraremos, gracias a la obra perfecta del Señor Jesucristo, en el reposo de Dios.

«Si por causa del día de reposo apartas tu pie
para no hacer lo que te plazca en mi día santo,
y llamas al día de reposo delicia, al día santo del Señor, honorable,
y lo honras, no siguiendo tus caminos,
ni buscando tu placer,
ni hablando de tus propios asuntos,
entonces te deleitarás en el Señor,
y yo te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra,
y te alimentaré con la heredad de tu padre Jacob;
porque la boca del Señor ha hablado» (Isaías 58:13–14, )

versión de La Biblia de las Américas

 

Una respuesta

  1. Salvador Pérez dice:

    Buenas tardes , muy interesante la explicación , solo que no entendí porque , si Dios mediante la ley de Moises fijo el séptimo día , de reposo , alguien decidió mucho tiempo después cambiar al domingo . Entiendo lo que comento como el significado del reposo . Pero creo que si quiero hacer lo más exacto como Dios quiere y realizo el mandato . Sería que descansáramos el sábado , hasta donde he estudiado , Jesús también descanso el sábado , incluso un día que recogió espigas en sábado los fariseos quisieron juzgarlo , me ayudaría mucho contestando porque el cambio de domingo por el sábado . Mil gracias

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